Kitabı oku: «La ética en Wittgenstein y el problema del relativismo»

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Darlei Dall’Agnol

La ética en Wittgenstein y el problema del relativismo

Traducción de Jonathan Elizondo Orozco

Prismas

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Darlei Dall’Agnol

La ética en Wittgenstein y el problema del relativismo

Traducción de Jonathan Elizondo Orozco

Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, foto químico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el per miso previo de la editorial.

© Darlei Dall’Agnol, 2016

© De esta edición: Universitat de València, 2016

© De la traducción: Jonathan Elzondo Orozco, 2016

© De la presentación: Vicente Sanfélix Vidarte, 2016

Publicacions de la Universitat de València

Arts Gràfiques, 13 – 46010 València

Diseño de la colección: Inmaculada Mesa

Corrección y maquetación: Communico. Letras y Píxeles

Ilustración de la cubierta:

«Wittgenstein» (Daniel Muñoz Mendoza)

ISBN: 978-84-9134-039-3

Para Milene

Parece que no puede decirse más que: ¡Vive feliz!

WITTGENSTEIN

Afirmar que existen diversos sistemas de ética no equivale a afirmar que todos ellos sean igualmente correctos. Esto carece de sentido. De la misma manera que carecería de sentido afirmar que cada uno es correcto desde su propio punto de vista. Lo único que significaría es que cada uno juzga como lo hace.

WITTGENSTEIN

AGRADECIMIENTOS

Este libro reúne principalmente tres conferencias pronunciadas en la Universitat de València en marzo de 2013 por invitación del profesor Vicente Sanfélix Vidarte, en el ámbito del proyecto de investigación «Formas de Vida y Cultura: Wittgenstein y el Relativismo». Tienen en común la tentativa de entender el sentido ético que el filosofar tenía para Wittgenstein, y también mostrar que su ética no es relativista. Este tema surgió con mayor énfasis con ocasión de la reseña publicada en Pasajes, n.º 42, de mi libro Seguir Regras hecha por Vicente Sanfélix, quien se mostró crítico con mi interpretación no-relativista de Wittgenstein. Para facilitar la comprensión de un público más amplio, agregué un texto introductorio. Los lectores especializados en Wittgenstein pueden simplemente saltarse esta parte. Me gustaría agradecer la invitación de la Universitat de València y a los participantes en las discusiones que tuvieron lugar con motivo de mis conferencias, especialmente a Vicente Sanfélix Vidarte, Nicolás Sánchez Durá, José Vicente Bonet y Julián Marrades. Agradezco también a Jonathan Elizondo Orozco la traducción de las conferencias al español y a Vicente la revisión; así como al CNPq, con el que estoy en deuda por el constante apoyo a mi investigación filosófica.

Índice

PRESENTACIÓN: WITTGENSTEIN Y MÁS, por Vicente Sanfélix

INTRODUCCIÓN: UN LUGAR PARA LA ÉTICA EN LA OBRA DE WITTGENSTEIN

Algunos aspectos de la vida de Wittgenstein

El único libro publicado en vida: el Tractatus logicophilosophicus

El abandono y la vuelta a la filosofía

El libro Investigaciones filosóficas

Observaciones finales

1. EL SENTIDO ÉTICO DEL TRACTATUS: LO QUE NO SE PUEDE DECIR, SE DEBE HABLAR

Los límites de lo que puede ser dicho

Aquello que solamente puede ser mostrado

Sobre la naturaleza de los juicios éticos

Más allá de la ética: la moralidad

El sentido ético del Tractatus

El debate actual entre cognitivistas y no-cognitivistas

2. EL SENTIDO ÉTICO DE LAS INVESTIGACIONES: LA FORMA DE VIDA HUMANA Y SUS JUEGOS DE LENGUAJE MORAL

Algunas observaciones filosóficas sobre la forma de vida humana

Juegos de lenguaje moral

3. EL SENTIDO ÉTICO DEL ON CERTAINTY: LAS CERTEZAS MORALES

Sobre el supuesto fundacionismo de Wittgenstein

Las certezas morales y sus funciones en los juegos de lenguaje

BIBLIOGRAFÍA

PRESENTACIÓN WITTGENSTEIN Y MÁS

El libro que el lector tiene entre sus manos le resultará de interés tanto si no está familiarizado con el pensamiento de Wittgenstein, como si lo está. En el primer caso, porque en el capítulo inicial de su libro el profesor Dall’Agnol ofrece una síntesis, admirablemente concisa y precisa, de las líneas maestras del pensamiento de quien muchos no dudarían en considerar hoy como el filósofo más importante del siglo XX. En el segundo, porque en el resto de capítulos el lector familiarizado con la filosofía wittgensteiniana será testigo del abordaje de esta desde una perspectiva que no suele ser usual, me refiero a la ética.

En efecto, aunque contamos con evidencias suficientes para concluir que Wittgenstein consideraba que su pensamiento gravitaba en torno a un centro ético, lo cierto es que fueron muy pocas las páginas, y aun observaciones, en que explicitó, por decirlo con expresión wittgensteiniana, el “espíritu” ético de su obra. De ahí quizás la escasa atención que, por comparación con otros aspectos de esta: la filosofía de la lógica, del lenguaje, de la psicología, incluso la metafísica…, su dimensión ética ha concitado. Y de ahí, ahora a buen seguro, la extrema dificultad de la empresa abordada por el profesor Dall’Agnol. Intentar sacar a la luz el significado ético del pensamiento wittgensteiniano es como intentar precisar la forma y dimensión de un inmenso iceberg del que solo una mínima parte aflora a la superficie.

En cualquier caso, en esta tarea, y esto es algo que me gustaría subrayar, el autor de este libro no se queda en la exposición de una simple interpretación del pensamiento wittgensteiniano. Y no se queda en esto por dos razones al menos. La primera, porque la interpretación que Dall’Agnol propone de los textos wittgensteinianos va a menudo más allá de ellos; es decir: acuña distinciones y conceptos que no están en el propio Wittgenstein, con el objetivo de hacer hablar a los textos wittgensteinianos sobre aquello acerca de lo cual su autor principalmente calló. La segunda, porque Dall’Agnol no se limita a forjar una interpretación propia del pensamiento wittgensteiniano en discusión con las tendencias interpretativas más recientes de este, sobre todo la de los así llamados neo-wittgensteinianos, sino porque utiliza a Wittgenstein, su interpretación de Wittgenstein, para terciar en discusiones filosóficas sustantivas y plenamente actuales.

Del primero de estos dos rasgos recién apuntados de este trabajo de Dall’Agnol da buena cuenta, por ejemplo, la distinción que establece entre «decir» y «hablar», para superar de esta forma el mutismo obstinado al que la última sentencia del Tractatus, aludida en su Prefacio como un resumen del sentido del libro, parece abocar, recuérdese: “De lo que no se puede hablar, se debe guardar silencio”. Dado que entre aquello de lo que no puede hablarse Wittgenstein sitúa la ética (y la estética, y la religión…) parecería que una consecuencia del pensamiento wittgensteiniano sería que debiéramos callar ante cosas como la homofobia, el racismo, el sexismo o, en general, cualquier tipo de injusticia. La distinción de Dall’Agnol nos evita esta consecuencia: lo que Wittgenstein estaría prohibiendo es decir algo sobre la ética, recordándonos con ello su diferente estatuto con respecto a la ciencia; no proscribiendo que hablemos sobre cuestiones morales. Su recomendación del silencio afectaría a la ética, no a la moral; tendría un significado filosófico, no, por así decirlo, vital. Del segundo de los rasgos arriba apuntados da buena cuenta cómo Dall’Agnol se sirve de (su interpretación de) Wittgenstein para defender una posición superadora del dilema entre cognitivismo y no cognitivismo ético, o para oponerse al relativismo moral. Lo que cognitivistas y no cognitivistas tendrían en común sería su pasar por alto la especificidad de los juegos de lenguaje morales; lo que los relativistas desatenderían es la existencia de una última instancia de justificación que la constituiría la forma de vida humana, que Wittgenstein contrapondría a las formas de vida no humanas, reales o imaginarias.

Dada esta riqueza del libro de Dall’Agnol, a la hora de someterlo a evaluación habría que aplicarle un doble criterio. Por una parte, un criterio hermenéutico. Por la otra, otro más sustantivo. ¿Da Dall’Agnol una interpretación satisfactoria del pensamiento de Wittgenstein?, es la pregunta a la que hay que responder cuando se le aplica el primero. ¿Nos resultan las tesis filosóficas sustantivas que Dall’Agnol sostiene plausibles?

Aunque no comparto algunas de las interpretaciones que Dall’Agnol hace del pensamiento de Wittgenstein, y me siento más propenso de lo que él lo hace a comprender lo que de correcto pueda haber en los puntos de vista no cognitivistas y relativistas en ética, de algo no dudo: las tesis que el lector va a encontrar en este libro merecen una seria consideración.

Vicente Sanfélix Vidarte

INTRODUCCIÓN

UN LUGAR PARA LA ÉTICA

EN LA OBRA DE WITTGENSTEIN

Dado que ya tenemos un buen número de libros introductorios y de trabajos académicos sobre el pensamiento de Wittgenstein, algunos buenos y otros no tanto, cabría preguntarse: ¿para qué un libro más y una introducción al pensamiento de este filósofo, considerado uno de los más importantes del siglo XX?

En primer lugar, porque no siempre los libros existentes elucidan el sentido ético que el filosofar tenía para Wittgenstein. Además de ser ese nuestro mayor interés al estudiar su pensamiento, el propio autor del Tractatus y de las Investigaciones resaltaba constantemente el carácter práctico de su trabajo teórico. En una carta a un amigo, Wittgenstein afirmó que el sentido del Tractatus es ético. Aquí el lector encontrará una tentativa explícita de subrayar ese aspecto de su pensamiento, incluyendo su obra tardía; por ejemplo, el libro Sobre la certeza.

En segundo lugar, la relación entre las dos mayores obras de Wittgenstein, el Tractatus y las Investigaciones, no siempre es explicada de forma clara y convincente. Como se sabe, a pesar de haber escrito el primer libro durante la década de 1910, y el segundo en la década de 1940, Wittgenstein quería publicarlos en un único volumen. Esto por sí solo sugiere una estrecha relación entre las dos obras que todavía no ha sido completamente aclarada, y que revierte, a su vez, en el sentido ético de las Investigaciones. Vamos a intentar remarcar esa relación sosteniendo que en ambas obras la filosofía tiene una tarea eminentemente crítica, y que las Investigaciones realizan esa tarea sin cometer algunos de los errores que el Tractatus no evitó. Por consiguiente, hay continuidad a la vez que ruptura entre las dos principales obras de Wittgenstein.

Estas dos razones justifican la iniciativa de publicar un nuevo trabajo introductorio a Wittgenstein. Esperamos haber llenado de forma satisfactoria esa laguna en los estudios de su pensamiento. Finalmente, esperamos alcanzar el mayor objetivo de este pequeño libro: motivar al lector a leer las obras del mismo Wittgenstein, reflexionar sobre ellas, comprenderlas y buscar su superación.

Algunos aspectos de la vida de Wittgenstein

Ludwig Joseph Johann Wittgenstein nació en Viena, el día 26 de abril de 1889. El hijo más joven de una de las familias más ricas del Imperio Austro-Húngaro, Ludwig vivió su infancia y su adolescencia en un ambiente social, cultural e intelectual realmente estimulante.

Muchos artistas y músicos visitaban frecuentemente el palacio de su padre, Karl Wittgenstein, un industrial mecenas de las artes, en la Alleegasse. Entre ellos podemos destacar a los músicos Brahms y Mahler. Desde temprano Ludwig, así como muchos en su familia, mostró una pasión especial por la música, pasión que lo acompañó durante toda su vida. Paul, uno de sus hermanos, se convirtió en un pianista profesional, y habiendo perdido la mano derecha en la Primera Guerra Mundial, fue homenajeado por Ravel, quien compuso para él el famoso Concierto para la mano izquierda. Fue también en ese ambiente en el que el joven Ludwig, motivado por su hermana Margarete, entró en contacto con la obra de filósofos clásicos tales como Kant, Kierkegaard, etc., y principalmente con Schopenhauer, los cuales marcarían profundamente su pensamiento.

La ciudad de Viena era el centro cultural de Europa en el tránsito del siglo XIX al XX. Fue allí donde nació el psicoanálisis y donde las artes florecieron de forma esplendorosa. Además de los músicos ya citados, merecen especial mención personajes de la talla de Schönberg, crítico del tonalismo e inventor de la escala dodecafónica; Klimt y Kokoschka, quienes denunciaron el ornamentalismo vacío del l´art pour l´art; o Adolf Loos, quien criticaba el uso de artefactos en las casas como objetcs d´art. En ese ambiente destacó igualmente el periodista y ensayista literario Karl Kraus, agudo crítico del lenguaje artístico de su época. Sus trabajos preparaban el camino para una crítica del lenguaje desde un punto de vista filosófico, realizada primeramente de una forma empírica por Mauthner, que sería recusada, como veremos en la próxima sección, por Wittgenstein en el Tractatus, quien, no obstante, comparte en este libro la concepción de la filosofía como «crítica del lenguaje».

El joven Ludwig fue educado por tutores hasta los 14 años de edad en su propia casa, pues su padre quería evitar los vicios de la educación escolar formal. Por motivos no muy claros, tal vez por negarse a seguir los planes profesionales que para ellos había pensado su padre, dos de sus hermanos, Hans y Kurt, se suicidaron. Ese hecho llevó al padre de Ludwig a mudar sus métodos educacionales.

Por otra parte, desde muy temprano, Ludwig mostraba grandes habilidades técnicas. Se cuenta que a los 10 años construyó un prototipo de una máquina de coser. Por eso, en 1903 fue enviado para estudiar a una escuela técnica en Linz. Ahí mostró aptitud para la mecánica y la física teórica, y entró en contacto con el trabajo del físico Heinrich Hertz. Estimulado por su padre, en 1906 fue a estudiar ingeniería mecánica en Berlín, donde mostró gran interés por la aviación. En 1908, se mudó a Manchester, Inglaterra, para estudiar aeronáutica en el College of Technology. Al investigar problemas de estabilización de objetos voladores, se convenció de que era necesario usar un turbo-reactor. Para diseñar ese motor de propulsión tuvo que estudiar sus principios matemáticos, y se fascinó por la matemática pura. La preocupación por los fundamentos de la matemática lo llevó a buscar, en 1911, al matemático Gottlob Frege en Alemania, quien le aconsejó estudiar con Bertrand Russell en Cambridge.

Y así fue como en 1912 Ludwig Wittgenstein fue a Cambridge para encontrarse con Russell, autor de varios libros sobre los principios de la matemática. Allí fue testigo de un ambiente filosófico innovador. Aún bajo la influencia de la revuelta de Georg Eduard Moore contra el idealismo absoluto de Hegel, Russell acababa de publicar los Principia Matemathica, obra seminal del logicismo, es decir, de la tentativa de mostrar que la matemática, particularmente la aritmética, puede ser deducida de axiomas puramente lógicos. En ese caso, la aritmética estaría compuesta por juicios analíticos y no, como sostuvo Kant, por juicios sintéticos a priori. Para comprender mejor la primera gran obra de Wittgenstein, el Tractatus Logico-Philosophicus, y también su obra posterior, debemos reconstruir brevemente ese ambiente filosófico.

Moore puede ser considerado el padre de la filosofía analítica. En el artículo “The Nature of Judgement” (1898) defiende, contra los idealistas hegelianos, que los conceptos poseen existencia independiente de la mente y que las proposiciones son composiciones de conceptos. El propio mundo está, según Moore, compuesto por conceptos, lo que evidencia su simpatía por el realismo platónico, aunque haya también conceptos no existentes. La tarea de la filosofía es la de analizar, en el sentido literal de descomponer un todo en sus elementos constituyentes, las proposiciones hasta encontrar los componentes simples que serían aprehendidos inmediatamente. Moore argumentó también contra el monismo hegeliano, alegando que no todos los objetos están interconectados por relaciones internas. En el inicio de la filosofía analítica, esa concepción influenció profundamente a Russell, quien en 1903 publicó el libro Principios de la Matemática, donde adopta explícitamente las tesis mooreanas. Además, Moore defendió en el libro Principia Ethica, también de 1903, el análisis como elucidación del significado de las palabras, concepción que más tarde influenciaría aún más la filosofía contemporánea.

Sin embargo, tempranamente Russell percibió algunos problemas en la concepción filosófica de Moore, por ejemplo, la existencia de términos que no denotan conceptos. Así, en 1905 publicó el famoso artículo «On Denoting», en el cual defiende la tesis de que algunas expresiones no tienen significado denotativo por sí mismas, sino solamente en el contexto de la proposición en la cual se insertan, presentando así la teoría de las descripciones definidas. Según Russell, existen proposiciones que aparentemente son simples, de la forma sujeto-predicado y sin conectivos lógicos tales como y, o, si… entonces, etc. (por ejemplo, «El actual rey de Brasil es calvo»), pero que un análisis más profundo revela que son compuestas. Además, ellas producen problemas filosóficos, por ejemplo: infringen el principio del tercero excluido. Este principio lógico dice que si una proposición es verdadera, entonces su negación es falsa y no hay una tercera posibilidad. Tomando el mismo ejemplo, si enumeramos todas las personas calvas en el mundo no encontraremos al actual rey de Brasil, pero tampoco lo encontraremos si enumeramos a las personas no calvas. Russell, exhibiendo su fina ironía inglesa, sugirió que quizás los hegelianos gustarían de hacer una síntesis proponiendo que lo que pasaba era que el actual rey del Brasil gastaba peluca. Volviendo al ejemplo, la propuesta russelliana era que la proposición aparentemente simple estaba en realidad compuesta por cuantificadores, identidad, constantes lógicas y por otras proposiciones tales como: existe un individuo x que es rey del Brasil; x es calvo; para todo y, si y es rey de Brasil, entonces y es idéntico a x; etc. Como veremos en la próxima sección, esa forma de analizar el lenguaje marcará profundamente la concepción de la filosofía presentada por Wittgenstein en el Tractatus, así como toda la filosofía contemporánea.

El artículo de Russell «On Denoting» fue escrito bajo fuerte influencia de Frege, quien había hecho, en el artículo «Über Sinn undBedeutung», una distinción central para que comprendamos el Tractatus. Enfrentando dificultades para explicar el valor cognitivo de oraciones que expresan identidad (a = b), Frege sostuvo que el sentido de una palabra, más exactamente de un nombre propio, es su modo de presentación del objeto, y la referencia es el propio objeto. Creía también que el sentido de una frase, de una oración completa, es el pensamiento expresado por ella y su referencia, el valor de verdad de la proposición. De este modo, las expresiones «estrella matutina» y «estrella vespertina» poseen sentidos diferentes, pero se refieren al mismo objeto, a saber, el planeta Venus. Por consiguiente, frases que expresan identidad serían informativas. Como veremos, Wittgenstein aceptará la distinción fregeana, pero recusará esa explicación, ya que los nombres no poseen sentido y las proposiciones no poseen referencia.

Para completar el cuadro de influencias filosóficas sobre la primera gran obra de Wittgenstein, tenemos que mencionar el idealismo transcendental de Schopenhauer. Algunas de las ideas de su principal libro, El mundo como voluntad y representación, pueden ser encontradas en el Tractatus, principalmente las relacionadas con el sujeto volitivo que es, como veremos a continuación, el portador de lo ético. Partiendo de la distinción kantiana entre fenómeno y cosa en sí, Schopenhauer llegó a la conclusión de que el mundo, desde sus fuerzas materiales y físicas hasta la vida orgánica y el propio ser humano, es manifestación de una sola cosa, a saber, la Voluntad, que es la esencia del mundo. Todos los fenómenos no son sino apariciones de la Voluntad. En el ser humano, esa Voluntad consciente de sí se reconoce sin propósito y libremente se anula. El supremo fin ético sería, por lo tanto, dejar de querer. Esa idea marcó al joven Wittgenstein, que defenderá que del portador de lo ético nada se puede decir. No existen valores en el mundo y la única cosa que depende del sujeto es la propia voluntad, cuyo ejercicio será bueno o malo.

Otra influencia sobre Wittgenstein digna de notar fue la del físico Hertz. En el libro Principles of Mechanics, Hertz presentó un ejemplo típico de un problema teórico contra el cual Wittgenstein lucharía toda la vida. Más que eso, él concibió la tarea de la filosofía exactamente como la de remover impedimentos teóricos causados por esos pseudoproblemas. Según Hertz, en vez de preguntarnos como hacían los físicos dentro de la tradición newtoniana: «¿Qué es la fuerza?», debemos restablecer la física sin usar ese concepto. Él sostenía que cuando eso sea hecho la cuestión sobre la naturaleza de la fuerza no va a ser respondida, sino que nuestras mentes dejarán de formular cuestiones ilegítimas. Wittgenstein vio aquí un ejemplo perfecto de los eternos problemas metafísicos que, según él, perturbaron al intelecto humano en la incansable búsqueda del saber. Parece claro que Newton no quiso explicar la naturaleza esencial de la gravitación, sino cómo esta funciona. Wittgenstein se tornó así un ardiente defensor de la idea de que la filosofía está llena de pseudoproblemas y que su misión era exhibir su ilegitimidad. En suma, es esto lo que el Tractatus hará, como veremos a continuación, y también lo hará su obra posterior.

El único libro publicado en vida: el Tractatus logico-philosophicus

El primer trabajo filosófico de Wittgenstein, y uno de los pocos que publicó en vida, fue el libro Tractatus logicophilosophicus, de 1921. En esta sección presentaremos las principales ideas que forman parte de ese pequeño, pero extremamente influyente, texto filosófico.

La tarea crítica de la filosofía

Para comprender bien el Tractatus, es necesario hacer algunas consideraciones sobre la naturaleza de la filosofía. Algunos autores acostumbran a dividir la historia de la filosofía en tres grandes paradigmas. En la filosofía antigua, el interés principal era por la ontología, esto es, por la cuestión del Ser, la naturaleza última de todas las cosas, la esencia de la realidad. En la filosofía moderna, a partir de la revolución copernicana de Kant, el interés principal pasa a la epistemología, la investigación sobre el conocimiento, pues se creía que una respuesta a la cuestión sobre el Ser dependería de una investigación sobre algo más fundamental, esto es, sobre la naturaleza y la posibilidad del conocimiento del Ser. En la filosofía contemporánea, una nueva revolución sucedió: las cuestiones lógico-lingüísticas pasan a ocupar el centro de las atenciones, pues el conocimiento del Ser no puede ser entendido independientemente de su expresión en un lenguaje. Wittgenstein es un autor que contribuyó significativamente a la formación de esa nueva forma de filosofar.

Otra observación importante es la siguiente: después de Kant, la filosofía dejó de investigar los objetos particulares del mundo (estos pasan definitivamente al dominio de las ciencias naturales) y pasó a tratar del modo como ellos pueden ser conocidos o dichos. Durante toda su vida, Wittgenstein siempre sostuvo que la filosofía no compite con las ciencias en la investigación de cómo es el mundo. Por eso, él se inscribe en la tradición transcendental kantiana que reserva a la filosofía una tarea analítico-crítica. Como veremos, en el caso de Kant, la crítica era dirigida a las pretensiones de la razón; en el caso de Wittgenstein la base de la reflexión filosófica es el lenguaje que, desde siempre, nos coloca en una perspectiva transcendental. En otros términos, nada de lo que sea extralingüístico es de interés para la filosofía.

Por ello conviene iniciar una exposición introductoria al Tractatus profundizando en su concepción de la filosofía. Wittgenstein siempre defendió que la filosofía es puramente descriptiva, que ella no construye modelos explicativos de la realidad, pues esa es la tarea de la ciencia. Él siempre sostuvo también que la lógica es la base de la filosofía. Así, en la observación 4.0031 del Tractatus (libro que será aquí citado con su enumeración original) se lee: «Toda filosofía es “crítica del lenguaje” (sin embargo, no en el sentido de Mauthner). Es mérito de Russell el haber mostrado que la forma lógica aparente de la proposición no tiene por qué ser la real». La filosofía no es una crítica del lenguaje en el sentido de Mauthner, pues este hizo una investigación empírica de las diferentes lenguas buscando determinar lo que era común a todas ellas. Una crítica es una investigación de los límites del lenguaje. Como vimos en la sección anterior, en «On Denoting», Russell, a través del análisis, mostró que la oración «El actual rey de Brasil es calvo», a pesar de ser aparentemente simple (sin conectivos lógicos) está compuesta de otras proposiciones que combinadas por la conjunción «y» dan como resultado una proposición falsa que puede ser negada sin infringir el principio del tercero excluido. De esta manera, el método analítico realiza una tarea crítica. Recordemos que en el empirismo clásico la descomposición de las ideas complejas en simples buscaba un esclarecimiento de los orígenes y de los límites del conocimiento humano.

En el caso de Wittgenstein, la tarea crítica reservada a la filosofía debe ser entendida a partir de una clave interpretativa kantiana. El prefacio del Tractatus no deja dudas respecto a su propósito: «Este libro quiere trazar un límite al pensar o, mejor dicho, no al pensar sino a la expresión de los pensamientos; porque, para trazar un límite al pensar tendríamos que poder pensar ambos lados de ese límite (deberíamos pensar lo que no puede pensarse)». Como fue dicho, en la Crítica de la razón pura, Kant pretende trazar los límites de lo que puede ser conocido y mostrar que hay un dominio de objetos no-cognoscibles. Así como Kant restringió el conocimiento a lo que es dado por la sensibilidad (intuiciones son representaciones singulares de los objetos) y por el entendimiento (conceptos son representaciones universales de las características comunes de esos objetos), y mostró que la razón pura puede ser fuente de afirmaciones ilegítimas (ideas como objetos tradicionales de la metafísica dogmática), Wittgenstein restringió al lenguaje significativo lo que puede ser dicho, esto es, las proposiciones, mostrando un ámbito indecible: lo místico. Sin embargo, hay diferencias significativas entre Kant y Wittgenstein: el primero creía que la metafísica descriptiva, o mejor dicho, su filosofía crítica, también estaba, siguiendo el ejemplo de las ciencias naturales, compuesta por juicios sintéticos a priori, esto es, proposiciones necesariamente verdaderas e independientes de la experiencia, y, por lo tanto, que era ciencia. Wittgenstein niega en el Tractatus la existencia de proposiciones sintéticas a priori y por consiguiente, niega el estatuto de cientificidad al proyecto filosófico-crítico, pues sus afirmaciones son sinsentidos.

Para que esta idea pueda ser bien comprendida es necesario aclarar mejor la tarea de la filosofía. Según Wittgenstein la filosofía no es una ciencia natural, ella no construye modelos explicativos de la realidad. La finalidad de la filosofía es el esclarecimiento lógico de los pensamientos. Por eso, ella no es una teoría, un cuerpo de proposiciones, sino una actividad de clarificación del lenguaje. Las diversas hipótesis de la ciencia natural, como, por ejemplo, la teoría de la evolución darwiniana, no están lado a lado con la filosofía, pues a esta le compete trazar los límites de lo que puede ser dicho con sentido, de lo que puede ser figurado proposicionalmente. En otras palabras, la filosofía limita el territorio disputable de la ciencia natural, y eso significa que ella exhibe el dominio de lo impensable presentando claramente lo que es pensable o decible.

Podemos ahora preguntar: ¿cuáles son los límites de lo decible? Para responder a esta pregunta, es necesario asumir que hacemos figuraciones o modelos explicativos de la realidad, es decir que producimos proposiciones, como un axioma (la negación de esta proposición es ella misma una proposición y, por lo tanto, sostenerla es autocontradictorio), y que buscamos analíticamente sus condiciones. Estas son: que los nombres substituyan a los objetos en la proposición (4.0312); que aquellos estén concatenados en las proposiciones (3.14); que la forma lógica de esa concatenación sea idéntica a la forma de la realidad (2.18); y que proposiciones complejas puedan ser obtenidas como funciones de verdad a partir de proposiciones elementares (5).

Wittgenstein inventa las tablas de verdad, un expediente mecánico para establecer la verdad o falsedad de una proposición compuesta, enumerando así todas las posibilidades de combinación entre las proposiciones simples para resultar en el valor de verdad de la proposición compleja. Pero ella debe ser analizada hasta que sean encontradas proposiciones que son realmente función de verdad de sí mismas, es decir, cuya verdad o falsedad sea dada por una comparación directa con la realidad. Considérese ahora la siguiente tabla de verdad para p v ~ p (en lenguaje natural, por ejemplo: llueve o no llueve):


Como se puede notar, el valor de verdad resultante de la combinación es siempre verdadero (el resultado aparece en negrita). Por eso, esa tabla muestra que estamos frente a una pseudoproposición, una tautología, que es siempre verdadera pero nada dice. Nada sabemos sobre el estado meteorológico del mundo cuando alguien afirma que llueve o no llueve.

Si se toma el signo proposicional como simple, se requiere que los nombres estén relacionados de un determinado modo. Caso contrario, no habría sentido. Por ejemplo (y solamente para fines ilustrativos, pues Wittgenstein negaría que estemos en ese caso frente a nombres propios refiriéndose a objetos simples en el mundo), los nombres «Aristóteles» y «Platón» en sí nada significan. Pero en un contexto proposicional, cuando alguien dice «Platón está a la izquierda de Aristóteles» (que podemos simbolizar con «aRb») tenemos una proposición legítima cuyos nombres se refieren a algo determinado y que posee sentido, esto es, puede ser verdadera o falsa.

La identidad entre la forma de combinación de los nombres en la proposición y la forma de la realidad es otra condición para que la proposición tenga sentido. Así, una proposición de la forma relacional, por ejemplo, la citada anteriormente «aRb», muestra cómo debe ser el mundo para que ella sea verdadera: manteniendo el mismo caso, que el «objeto» denotado por «a» esté a la izquierda del objeto referido por «b». Sabemos, entonces, que en el mundo hay ciertas relaciones espaciales.

Si el proceso de análisis pasa de la proposición simple hasta lo que la constituye, nada encontraremos sino nombres en el sentido propio. Esto quiere decir, los nombres se refieren a objetos, tal como pensaba Frege. Sin embargo, Wittgenstein niega que los nombres propios tengan sentido, así como que las proposiciones tengan referencia, pues estas solamente poseen sentido, es decir, valor de verdad. La estructura de una proposición es la combinación efectiva de los nombres, y la forma es la posibilidad de la estructura de tener nuevas combinaciones.

De la presentación de las condiciones de sentido podemos también extraer algunas implicaciones «ontológicas». Se trata, en realidad, de una ontología meramente formal. Dado que el lenguaje significativo es la totalidad de las proposiciones con sentido, entonces el espacio lógico es el reino de las puras posibilidades. Siendo la totalidad de las proposiciones verdaderas lo que constituye el discurso de las ciencias naturales, entonces el mundo es la totalidad de los hechos. Finalmente, estando una proposición elemental compuesta por nombres, los hechos están constituidos por objetos, que también son simples y forman la substancia del mundo. Como vemos, el orden de presentación del Tractatus no es ni su orden de argumentación (que, en realidad, comienza en la observación 2.1) ni el orden de la realidad (descrita a partir de la observación 1). Sin embargo, se debe tener cuidado al atribuir a Wittgenstein la llamada «filosofía del atomismo lógico», que fue en realidad elaborada por Russell bajo su influencia.

También es necesario destacar que la presentación de los límites de lo decible mostró que hay algo indecible. Por ejemplo, la referencialidad de los nombres o la identidad entre forma lógica y forma del mundo no se deja expresar por proposiciones significativas. De este modo, afirmar «El nombre “Platón” se refiere a Platón» es emitir un sinsentido. De la misma manera, no es posible decir significativamente que la forma lógica es idéntica a la de la realidad, pues eso se muestra en cada proposición bien construida. Se completa así la tarea crítica del Tractatus: al mostrar que hay algo indecible.

La proposición como figuración

Para comprender ese resultado aparentemente paradójico de Wittgenstein, es necesario aclarar mejor la naturaleza figurativa de la proposición. Se cuenta que el autor del Tractatus tuvo la idea de comparar una proposición con una figuración cuando supo que en París, en los tribunales, se representaban accidentes de tráfico con miniaturas de automóviles. Independientemente de que ese haya sido realmente el caso, parece claro que mapas geográficos, partituras musicales, dibujos, etc., son representaciones de posibles estados de cosas, así como el lenguaje escrito u oral. Para Wittgenstein, una proposición es esencialmente pictórica: ella figura un estado de cosas. Por consiguiente, se puede resaltar la naturaleza pictórica del lenguaje proposicional sin reconstruir el origen efectivo del lenguaje (por ejemplo, el supuesto pasaje de los jeroglíficos hacia la creación del alfabeto).

Una de las ideas centrales de Wittgenstein en el periodo en que escribió el Tractatus fue comparar una figuración con la proposición. Considérese el siguiente dibujo:


Puede representar un determinado estado de cosas, por ejemplo, que Aristóteles está luchando con Platón. La proposición «Aristóteles está luchando con Platón» muestra ese hecho. Por eso, una proposición con sentido, es decir que puede ser verdadera o falsa, es una representación pictórica de un estado de cosas. Podríamos, en fin, simbolizar esa proposición por aRb, una forma lógica encontrada en la lógica clásica de Frege, Russell y Wittgenstein, y que no era representable en la lógica tradicional aristotélica.

Wittgenstein sostenía que una figuración, por ejemplo, un mapa de Brasil, representa una determinada situación en el espacio lógico. Esta es un modelo de la realidad. Los elementos que la componen pueden ser proyectados en los objetos que representan para saber si es verdadera o no. Si los elementos de la figuración están ordenados de forma tal que correspondan a la realidad, entonces tenemos una representación verdadera del país. Caso contrario, tenemos una figuración falsa, por ejemplo, si quisiéramos figurar Brasil dibujando la «bota» que representa a Italia.

Una proposición, por ejemplo, «Brasil es el mayor país de la América Latina», también figura un estado de cosas. Esa proposición, siendo una figuración, puede ser verdadera o falsa, es decir posee sentido. En otras palabras, la proposición dice algo suficientemente determinado. De esta manera, tal figuración es efectivamente verdadera si corresponde al hecho representado. Para Wittgenstein, todo discurso cotidiano que cumpla las condiciones de sentido y el discurso científico son ambos legítimamente construidos. Ese es el dominio de lo pensable, de lo decible.

Con lo dicho, podemos ahora fijar algunos puntos clave. Llamamos «proposiciones» solamente a las oraciones que pueden ser verdaderas o falsas. Las afirmaciones que no cumplan las condiciones de sentido presentadas anteriormente, que no son figurativas, las llamaremos «pseudoproposiciones». Entre ellas encontramos, según Wittgenstein, las afirmaciones lógicas. Por ejemplo, afirmar «llueve o no llueve» no es presentar un estado de cosas, no es decir algo con sentido. Nada sabemos del estado meteorológico actual a través de ella. Tampoco las contradicciones del tipo «Llueve y no llueve» dicen nada. Por consiguiente, quien expresa una tautología nada informa sobre el mundo, nada dice de significativo.

Las afirmaciones absurdas tampoco obedecen a los límites del sentido y, por consiguiente, no son figuraciones. Por ejemplo, la frase «Cuadrados circulares son verdes» es absurda. Nótese que la forma gramatical de la oración es correcta. Sin embargo, la primera expresión no se refiere a ningún objeto. La afirmación, como un todo, no posee sentido, nada representa. Este es el caso también de las oraciones incompletas. Afirmar, «Platón es idéntico» nada dice.

Juicios morales o artísticos tampoco poseen sentido, es decir, no pueden ser verdaderos o falsos. A pesar de no ser absurdos, claramente no son figuraciones de estados de cosas, esto es, no poseen sentido. Quien afirma «Platón no debe mentir», no representa un estado de cosas que pueda ser comparado con la realidad. Por eso, no puede ser verdadero o falso. Él, entretanto, muestra lo que debe ser hecho. Este punto será aclarado en la próxima sección.

Otro tipo de afirmación es aquella que constituye el propio corpus del Tractatus. Las observaciones de Wittgenstein, y de toda la tradición filosófica, son sinsentidos. En otras palabras, ellas pretenden decir aquello que solamente puede ser mostrado. Por ejemplo, cuando afirmamos algo suficientemente determinado como «Platón fue el maestro de Aristóteles», cada nombre se refiere a algo, pero afirmar todo nombre debe necesariamente tener referencia para que el lenguaje pueda tener sentido es emitir una afirmación que va, ella misma, contra lo que está siendo requerido. Ella es un sinsentido.

Es por ese motivo por el que Wittgenstein, en el final del Tractatus, se ve obligado a rechazar su propio libro. En 6.54, escribió: «Mis proposiciones son elucidaciones de este modo: quien me entiende las reconoce al final como sinsentidos, cuando mediante ellas –a hombros de ellas– ha logrado auparse por encima de ellas. (Tiene, por así decirlo, que tirar la escalera una vez que se ha encaramado en ella). Tiene que superar esas proposiciones; entonces verá el mundo correctamente». La superación del Tractatus es una condición para comprender correctamente la posición en él defendida por Wittgenstein. Vamos a desarrollar más este punto a continuación.

Decir y mostrar

La distinción entre lo que puede ser dicho y lo que solamente puede ser mostrado es la más importante de todo el Tractatus. Ya sabemos dos cosas: primero, que lo que una proposición exhibe es su sentido, es decir, la posibilidad de ser verdadera o falsa; segundo, que las condiciones que tornan posible una proposición (la referencialidad de los nombres, la identidad entre forma lógica y forma de la realidad, etc.) son indecibles –no figurables–, pero se muestran en la propia proposición. Ahora, querer decir aquello que se muestra produce sinsentidos. Ese es exactamente el dominio discursivo de la filosofía: ella quiere decir lo que solamente se muestra, por ejemplo, la esencia de la realidad como compuesta por hechos, hechos y solamente hechos.

Podemos, entonces, aclarar mejor las relaciones entre decir y mostrar. Para esto podemos partir de la simple constatación de que hay afirmaciones que nada dicen, aunque muestran algo. Por ejemplo, una tautología, como vimos anteriormente, nada dice. No sabemos nada sobre el actual estado meteorológico cuando alguien dice «llueve o no llueve». La cuestión, entonces, es: ¿qué muestra una tautología? Para Wittgenstein, muestra las propiedades formales del lenguaje. Manteniendo el mismo ejemplo, la mencionada tautología muestra que si una proposición es verdadera, entonces su negación es falsa y no hay una tercera posibilidad. Ese es un principio elemental de la lógica, como vimos anteriormente.

Pero las relaciones entre decir y mostrar no se agotan aquí. Un juicio moral tampoco dice nada. En otras palabras, él no presenta un estado de cosas. En realidad, un juicio moral no satisface las condiciones del decir, por ejemplo, sus nombres no hacen referencia a objetos. Sin embargo, como vimos anteriormente, él no es un absurdo. Podemos, entonces, concluir que un juicio moral del tipo «Debes mantener las promesas» nada dice, pero muestra lo que debe ser hecho.

Esa misma observación vale para los juicios artísticos y los religiosos. Estos no satisfacen las condiciones del decir, pero muestran algo. Wittgenstein recusa, de esta manera, el estatuto de cientificidad para la moral, el arte, la religión, pero, como veremos más adelante, él no quiere abolir esos dominios del discurso humano como querían los positivistas lógicos. Al contrario, quiere salvaguardarlos del cientificismo, esto es, de la tentativa de reducir todo a la ciencia creyendo que solamente ella puede presentarnos una visión adecuada del mundo.

Vamos a intentar aclarar mejor las relaciones entre decir y mostrar. Sabemos que una proposición bien construida dice y muestra al mismo tiempo. Afirmar que «Platón fue el maestro de Aristóteles» representa un estado de cosas que, siendo verdadero, retrata un hecho. Es eso lo que la proposición dice. Al mismo tiempo, muestra a quién cada nombre se refiere y también muestra que hay ciertas relaciones en el mundo, o mejor dicho, muestra la forma del mundo. Si no es posible decir significativamente la forma lógica y la forma del mundo, entonces estamos ante un límite claro del lenguaje.

Una tautología nada dice, pero muestra ciertas propiedades formales del lenguaje y, por consiguiente, del propio mundo. Si el meteorólogo de la televisión nos dijera que hoy va a llover o no va a llover, no sabríamos si debemos coger el paraguas al salir de casa. Pero si pensamos mejor sobre lo que esa tautología muestra, entonces veremos que solamente hay dos posibilidades en el mundo: o lloverá o no. Aquí, se percibe por qué no es posible decir lo que se muestra, pues al intentar hacerlo repetimos exactamente la misma frase. Por consiguiente, los límites del lenguaje son los límites del mundo.

Este es el mejor momento para introducir un tema delicado del Tractatus, a saber, el solipsismo. Wittgenstein escribió en 5.6: «Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo». Esa afirmación no puede ser tomada en un sentido empírico, esto es, los límites del mundo de una persona no dependen, por ejemplo, del número de palabras que ella conoce, de su competencia lingüística. Tampoco puede ser tomado en el sentido idealista: el «yo» no es lo único existente. Wittgenstein expresamente niega que el «yo pensante» o el «yo representante» exista (5.631).

¿En qué sentido, entonces, podemos hablar de un sujeto? Para Wittgenstein, el sujeto no es el cuerpo humano que es compuesto por hechos. El sujeto que verdaderamente importa es aquel que está en el límite del mundo. En otras palabras, el sujeto es un límite del lenguaje porque es condición de su existencia y no de su sentido. Ese sujeto es el sujeto volitivo concebido a partir de Schopenhauer y que es, en el Tractatus, el portador de lo ético. Aunque tampoco de él podemos decir nada. Como veremos, la buena o mala voluntad se muestra en las propias acciones. El sujeto volitivo no puede ser figurado, siendo más bien condición de la existencia de toda figuración.

Por esa razón, es necesario leer con atención la observación 6.53 del Tractatus. Wittgenstein escribió:

El método correcto en filosofía consistiría propiamente en esto: no decir nada más que lo que se puede decir, esto es: proposiciones de la ciencia natural –algo, por tanto, que no tiene nada que ver con la filosofía–; y entonces, siempre que alguien quisiese decir algo metafísico, demostrarle que no había dado significado alguno a ciertos signos en sus proposiciones. Este método no sería satisfactorio para la otra persona –no tendría la sensación de que le estábamos enseñando filosofía– pero tal método sería el único estrictamente correcto.

Se ve claramente aquí que Wittgenstein quiere abolir la metafísica, la tentativa de decir aquello que se muestra, pero no el arte ni la moral, esto es, los dominios del lenguaje humano que muestran sin pretensiones de decir algo verdadero o falso.

Lo místico: la lógica y la ética

Wittgenstein llamó «místico» simplemente al mostrar que hay algo indecible (6.522). No hay, por lo tanto, defensa de un misticismo particular, doctrinario, en el Tractatus. Por «místico», Wittgenstein quiere decir que tanto la lógica como la ética forman parte del dominio de lo no figurable. Ya sabemos que la referencialidad de los nombres y la identidad de la forma lógica y de la forma del mundo no se expresan por proposiciones bipolares. En el fondo, esto significa que nada significativo puede ser dicho sobre el Ser. Por consiguiente, la ontología no puede ser ciencia. Tampoco podemos responder significativamente a la pregunta de la metafísica tradicional: ¿por qué hay el ente y no antes nada? Tanto una metafísica materialista como una creacionista intentan decir más de lo que efectivamente puede ser dicho, de lo que puede ser figurable verdadera o falsamente. En el Tractatus se lee: «La “experiencia” que necesitamos para entender la lógica no es la de que algo está de esta o aquella manera, sino la de que algo es; pero precisamente eso no es ninguna experiencia» (5.552). Por consiguiente, al intentar clarificar la esencia de la proposición y de ese modo la esencia del mundo, Wittgenstein transgredió los límites del sentido mostrando que son indecibles. Pero en cada proposición bien construida, aquello que es se muestra.

En la Conferencia sobre ética, que mantiene algunas de las ideas del Tractatus, escrita en el final de la década de los veinte, aunque publicada solamente en 1965, Wittgenstein sostiene que una de las «experiencias» éticas fundamentales es el asombro ante la existencia del mundo. Ahora bien, cualquier tentativa de decir algo significativo sobre el factum del mundo produce sinsentidos. Así, la ética no puede ser ciencia, no puede ser expresada en proposiciones bipolares. Sin embargo, la moralidad se exhibe en las afirmaciones cotidianas, en los juicios morales sobre lo que debemos o no hacer.

Es verdad que en el Tractatus hay una serie de afirmaciones que parecen ser juicios éticos. Y de hecho lo son. Por ejemplo, la última observación del libro, a saber: «de lo que no se puede hablar, se debe guardar silencio» puede ser entendida como una «ley» ética. Además de eso, cuando su autor discute el sentido de la vida, afirmando que debe estar fuera del mundo, que no hay valores en el mundo, que la buena voluntad no muda el mundo, sino solamente a sí misma, etc., está intentando decir algo que se muestra (véanse las últimas páginas del Tractatus). Por eso, también la parte final del Tractatus está constituida por pseudoproposiciones éticas que son sinsentidos.

Es necesario recordar entonces que la ética es entendida, a partir de Moore, como «una investigación general sobre lo bueno» y, por consiguiente, como una disciplina filosófica de estudio de la moralidad. Negar a la ética el estatuto de cientificidad no significa cohibir manifestaciones morales cotidianas. Cabe preguntar: ¿qué se muestra bajo el punto de vista moral? Lo que se muestra por sí misma es la buena voluntad en concordancia con el mundo, con la facticidad, como forma de vivir feliz. Caso contrario, tendremos una vida infeliz. En otras palabras, la moralidad de los actos humanos se muestra por sí misma en el ejercicio de la vida feliz.

Podemos finalmente percibir con claridad lo que Wittgenstein está pretendiendo con su libro, y comprender también su sentido general. Al separar la figuración proposicional, que presenta estados de cosas del mundo, de las enunciaciones filosóficas, él está mostrando que la ética, como disciplina filosófica, no puede estar constituida por proposiciones y, por consiguiente, no puede ser ciencia. Sin embargo, él estaba lejos de querer abolir la moralidad cotidiana. En el día a día, las personas emiten juicios morales y nada hay, en principio, de errado en ellas. Es solamente el discurso filosófico que pretende fundamentar esos juicios el que produce pseudoproblemas. Los sinsentidos éticos, tales como el del propio Tractatus, deben ser silenciados. La moralidad, libre de las confusiones filosóficas, se exhibe en la vida cotidiana de las personas.

Lo mismo puede ser afirmado del arte y de la estética. Esta última, como disciplina filosófica, intenta decir lo que solamente se muestra. Por ejemplo, en una pintura o en una sinfonía musical, la belleza se manifiesta por sí misma. Cuando intentamos decir algo sobre ella, producimos pseudoproposiciones, sinsentidos. Por ejemplo, cuando leemos el Fausto de Goethe, o un poema cualquiera, no debemos estar preocupados por la verdad de aquello que es expresado. Por el contrario, cuando percibimos la musicalidad poética, sentimos placer al reconocer lo bello. No tiene sentido preguntar por la correspondencia de lo que Goethe habla con los hechos mundanos. Así, el arte, libre de las confusiones filosóficas, exhibe lo bello y son solamente las afirmaciones estéticas (en el sentido de una ciencia de lo bello o de una filosofía del arte) las que chocan contra los límites del lenguaje.

Podemos ahora comprender el sentido del Tractatus como un todo. En una carta a von Ficker, Wittgenstein escribió:

El sentido del libro es ético. Una vez quise incluir en el prefacio una frase que no está de hecho allí ahora pero que le transcribiré aquí porque quizá sea para usted una clave. Lo que quise escribir entonces era esto: Mi trabajo consta de dos partes: la que aparece aquí más todo lo que no he escrito. Y justamente esa segunda parte es la importante. Pues lo ético viene limitado por mi libro, en cierta forma, desde dentro, y estoy convencido de que, estrictamente, solo así puede ser limitado.

Lo que Wittgenstein quiso hacer, en el fondo, fue restringir el discurso de la ciencia para dejar lugar a la moralidad.

Se puede concluir que el sentido ético del Tractatus consiste en separar ciencia y moral, y así salvaguardar el dominio de los valores contra el cientificismo. Esto quiere decir, la moralidad tiene más que ver, por ejemplo, con experimentar sentimientos adecuados ante ciertas situaciones que con racionalizaciones. Como veremos, las Investigaciones filosóficas también mantienen una distinción entre los juegos de lenguaje morales y los científicos. La confusión entre uno y otro genera problemas metafísicos que necesitan ser disueltos. Por consiguiente, la función terapéutica del análisis filosófico está presente tanto en el Tractatus como en las Investigaciones. Este punto será examinado después de que investiguemos el periodo intermedio del pensamiento de Wittgenstein.

El abandono y la vuelta a la filosofía

Después de concluir el Tractatus, Wittgenstein abandonó la filosofía, pues creía haber resuelto en lo esencial todos sus problemas, como prueba el prefacio del libro. El Tractatus fue compuesto en plena I Guerra Mundial (1914-1918) en la cual Wittgenstein participó activamente, inclusive siendo condecorado por actos de valor. Acabó el libro cuando aún estaba preso en el norte de Italia, donde hizo la última transcripción de sus observaciones del Diario Filosófico y dio forma final al Tractatus. Liberado, volvió a Viena y después de publicar con muchas dificultades el Tractatus (el libro solo fue aceptado después de tener incluida la introducción de Russell que Wittgenstein, en realidad, desaprobaba y repudiaba como expresión de sus ideas), que él consideraba el libro de su vida, pasó a dedicarse a diversas actividades prácticas.

Dos de esas actividades merecen destacarse. La primera, íntimamente relacionada con el ideal ético exhibido por el Tractatus de transformación en la forma de vivir y profundamente influenciada por Tolstoy, a quien Wittgenstein leyó durante el periodo de la guerra, fue la de trabajar como profesor en las escuelas primarias del interior de Austria, particularmente, en las pequeñas villas rurales de Kirchberg y Trattenbach. En esos lugares, Wittgenstein se involucró en proyectos de reforma educacional llegando a componer un diccionario con las palabras más usadas cotidianamente por los habitantes de aquella región remota. Además de eso, procuró enseñar a los niños cambiando los métodos pedagógicos, lo que incluía por ejemplo reconstruir esqueletos de animales, hacer visitas al campo para observar las estrellas y, socráticamente, llevar a través de preguntas a cada alumno a encontrar por sí mismo las respuestas a los problemas. Esas actividades tomaban el tiempo que los padres reservaban al trabajo, y así Wittgenstein se vio envuelto en conflictos que lo hicieron abandonar sus pretensiones tolstoyanas y volver a Viena.

En 1926, juntamente con su amigo el arquitecto Paul Engelmann, Wittgenstein diseñó y participó en la construcción de una casa para su hermana Margarete, que todavía hoy abriga el Instituto de Cultura de Bulgaria, en Viena. La casa posee trazos que recuerdan al Tractatus por la simplicidad y funcionalidad. Quien visita la sede del movimiento La Secesión (que revolucionó la cultura artística vienesa criticando la ornamentación vacía de las casas y los objetos cotidianos), la cual fue proyectada por Adolf Loos y Gustav Klimt, y patrocinada por el padre de Wittgenstein, Karl, y posteriormente va hasta la casa diseñada para su hermana, comprende la radicalización de estilo que el autor del Tractatus llevó a cabo: no hay absolutamente ningún ornamento.

Fue en ese periodo cuando algunos miembros del Círculo de Viena para la Concepción Científica del Mundo, liderados por Moritz Schlick, buscaron a Wittgenstein, quien a esa altura ya se había tornado una celebridad, pues el Tractatus Logico-philosophicus se convirtió en un libro conocido y admirado en toda Europa e, inclusive, estaba influenciando al movimiento que más tarde sería conocido como positivismo lógico. Wittgenstein participó en algunas reuniones con algunos miembros de ese grupo. El resultado de esos diálogos está registrado en el libro Ludwig Wittgenstein y el Círculo de Viena, organizado por Friedrich Waismann.

El principal interés de los miembros del Círculo de Viena por el Tractatus estaba centrado en la crítica que hace a la metafísica y en el aparato lógico que Wittgenstein creó para sostener sus posiciones. Particularmente, los positivistas lógicos interpretaron algunas afirmaciones del Tractatus (por ejemplo, que comprender una proposición significa saber lo que es el caso si ella es verdadera) en términos de sus propios intereses cientificistas. El principio básico del movimiento establece que el sentido de una oración es su modo de verificación y fue concebido en términos empiristas, esto es, como si una oración debiera ser descompuesta hasta que se encuentren proposiciones simples (Prottokolsätzen), cuyo valor de verdad debería ser establecido a partir de los datos de los sentidos. Esa tesis difícilmente puede ser atribuida al primer libro de Wittgenstein, pues las proposiciones elementales son, como vimos en la sección anterior, el resultado del análisis lógico y no necesariamente son obtenidas a partir de datos elementales de la observación empírica del mundo. Por eso, más que influencias genuinas, hubo muchos malentendidos por parte de los miembros del Círculo de Viena de la obra de Wittgenstein.

Las diferencias entre los positivistas lógicos y el autor del Tractatus fueron claramente expresadas por Engelmann:

El positivismo sostiene –y esta es su esencia– que aquello de lo que podemos hablar es todo lo que importa en la vida. Mientras que Wittgenstein cree apasionadamente que todo lo que realmente importa en la vida humana es precisamente aquello sobre lo que, desde su punto de vista, debemos callar. Cuando él, no obstante, dedica inmensos trabajos a delimitar lo que no es importante, no es la línea costera de esa isla lo que se está dedicando a examinar con tan meticulosa exactitud, sino los confines del océano.

En otras palabras, los positivistas eran cientificistas, mientras que Wittgenstein pretendía defender la esfera de los valores morales, artísticos, etc., de las racionalizaciones instrumentalizadoras de la ciencia. Los primeros querían abolir la metafísica juntamente con todo aquello que no podría ser considerado ciencia; Wittgenstein quería exactamente proteger el arte, la moral y la religión.

Felizmente, los contactos filosóficos de Wittgenstein en ese periodo no se restringían a los miembros del Círculo de Viena. En realidad, un brillante joven matemático inglés, Frank Ramsey, visitó a Wittgenstein y posteriormente mantuvieron discusiones sobre temas lógicos y filosóficos por intermedio de cartas. Ramsey escribió incluso una reseña del Tractatus para la revista Mind donde criticaba algunas de sus ideas. Probablemente (como demuestra el prefacio de las Investigaciones) la decisión de Wittgenstein de volver a Inglaterra (y a la filosofía) debe mucho al contacto con Ramsey que, trágicamente, falleció muy joven. El ambiente encontrado al retorno de Wittgenstein a Cambridge en 1929 no era muy diferente de aquel dejado algunos años antes. Russell y Moore continuaban dominando la escena filosófica. Este último publicó el artículo «A Defence of Common Sense» en 1925, que sería objeto de atención especial en la obra tardía de Wittgenstein, especialmente en el libro On Certainty, el cual algunos comentadores caracterizan como suficientemente original para distinguir un «III Wittgenstein». Sobre este punto habremos de volver.

Luego que Wittgenstein volvió a la filosofía, reconoció que algunas ideas del Tractatus estaban equivocadas. Para citar un caso: algunas de las presuposiciones lógicas asumidas en aquel libro, particularmente la independencia lógica entre las proposiciones elementales, se reveló equivocada. Cuando tenemos afirmaciones que contienen números en su interior, por ejemplo: «Platón mide 1,80 m», sabemos que, si son verdaderas, entonces muchas otras oraciones son falsas, incluyendo aquella que afirma que Platón mide 2 metros.

En esa fase de reformulación de su pensamiento, Wittgenstein escribió el artículo «Some Remarks on Logical Form», donde, a pesar de percibirse claramente que algunas de las ideas del Tractatus continúan intactas, comienza a cogitar posiciones que son antagónicas a su primer libro. Solamente para ilustrar: él escribe en ese artículo que la forma lógica de las proposiciones no puede ser establecida a priori, sino que debe partir de la observación de los propios fenómenos. Posteriormente, en el inicio de los años treinta, admitirá la posibilidad de un lenguaje fenomenológico, algo intermediario entre la física y el mundo. Después, rechazó esa concepción.

Otro trabajo importante de ese periodo es la ya citada «Conferencia sobre Ética». En ella se percibe claramente la posición asumida en el Tractatus, la de que no hay proposiciones éticas, de que los valores absolutos no forman parte del mundo y, por consiguiente, no son expresables a través de oraciones con sentido. Por ejemplo, algunas de las «experiencias» que Wittgenstein reconoce que poseen valor ético y que exhiben esos valores absolutos son relatadas a partir de símiles. Así, sentirse absolutamente seguro con independencia de lo que acontece en el mundo, o sentirse culpable es como sentirse en las manos de Dios o no contar con su aprobación, «experiencias» estas que no pueden ser expresadas en proposiciones como verdaderas o falsas. En otras palabras, la «Conferencia sobre Ética» continúa con la posición del Tractatus según la cual la ética es una tendencia a expresar lo que no puede ser dicho con sentido. Se perciben, sin embargo, algunas formas de análisis de los usos de las palabras bueno, correcto, deber, etc., que son recursos metodológicos ampliamente explorados en la obra tardía. Solamente a título de ilustración: se diferencia entre un uso absoluto de la palabra correcto (por ejemplo, en el juicio moral «no es correcto inventar calumnias») y los usos relativos de la misma palabra (por ejemplo, «ese es el camino correcto para Roma»). A pesar de ser la ética una tentativa de decir lo que no puede ser dicho, Wittgenstein termina la «Conferencia sobre Ética» afirmando que es una tendencia humana que por nada ridiculizaría.

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