Kitabı oku: «El Errante I. El despertar de la discordia»

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EL ERRANTE I
EL DESPERTAR DE LA DISCORDIA


DAVID GALLEGO

EL ERRANTE I
EL DESPERTAR DE LA DISCORDIA

EXLIBRIC

ANTEQUERA 2021

EL ERRANTE I EL DESPERTAR DE LA DISCORDIA

© David Gallego

Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Exlibric

Iª edición

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ISBN: 978-84-18230-38-7

DAVID GALLEGO

EL ERRANTE I EL DESPERTAR DE LA DISCORDIA

Prólogo

El carruaje avanzaba por el ancho camino de tierra que discurría entre la linde del bosque y la alta pared de un cementerio, construida con piedras apiladas irregularmente unas sobre otras. El ocupante retiró la cortina de la ventana y asomó la cabeza para escrutar el exterior, nervioso. Tras comprobar que nada nuevo sucedía, volvió a su sitio e instó a acelerar la marcha al cochero, quien azotó con las riendas a los dos caballos que tiraban del vehículo.

El temor de aquel hombre era fundado, pues, al poco de pasar el carruaje, un hombre se puso en pie sobre el muro de piedra, proyectándose su figura en una sombra sobre el suelo por la luz de la luna llena. Su atuendo, tan oscuro como el carbón, se confundía con las sombras, de modo que resultaba invisible frente a unos ojos no entrenados. Observó el vehículo unos segundos, meditabundo, y después se dejó caer de lo alto de la pared sin generar el más mínimo ruido, con la capa desplegada en la caída como las alas de un ave.

El coche acababa de atravesar la entrada de la finca vallada y circulaba por el jardín hacia la vivienda, a través de un camino bordeado por arbustos podados con precisión y esculturas de mármol que representaban animales, cazadores y figuras femeninas. Cuando se detuvo, varios hombres armados se acercaron a él, y el ocupante bajó. Era un hombre mayor y bastante grueso. Sus ropas, confeccionadas con un material que costaba más de lo que otras personas soñaban con tener, habían visto su talla agrandada a la fuerza.

—Todo seguro, señor. Los hombres han registrado el perímetro en varias ocasiones. No hay ningún peligro —comentó el capitán al mando.

—No, no es seguro, capitán. Viene a por mí, lo sé. No se detendrá hasta que esté muerto.

—Tranquilícese, señor. Le garantizo que no sufrirá ningún daño. He dispuesto un hombre armado en cada acceso a la mansión. Nadie saldrá ni entrará sin que nos demos cuenta. Por favor, vaya a sus aposentos a descansar. Estará exhausto después del viaje. Nosotros nos encargaremos de todo.

El hombre entró en la casa, no menos preocupado que antes. Los demás se dispersaron por el patio, cada uno hacia la zona que se le había asignado vigilar. Dentro había más hombres, todos armados y alerta; sin embargo, eso no conseguía calmar al hombre.

El interior de la casa no era menos impresionante que el jardín: un techo alto con una araña colgante, muebles de madera de ébano con decoraciones de oro y plata, un suelo de mármol tan limpio y encerado que parecía un espejo. Subió a la segunda planta, donde un hombre armado le abrió la puerta de su habitación. El soldado permaneció firme junto a la puerta, y el hombre, una vez entró, cerró la puerta con llave desde dentro.

Trató de respirar para tranquilizarse. Estaba agotado. La tensión no le había permitido descansar ni una sola noche aquella semana. Se acercó a la ventana para contemplar el panorama. Las estrellas inundaban el cielo nocturno, y más abajo se veía a los soldados patrullando por el patio, cada uno identificado por el fuego de una antorcha. A pesar de toda la seguridad que había, se sentía muy indefenso.

***

El capitán permanecía frente a la entrada de la vivienda junto a dos de sus hombres, vigilantes ante cualquier movimiento extraño. Con gesto aburrido, echó mano a una caja pequeña de metal, de la que sacó un poco de tabaco de mascar, y se lo colocó en la boca.

—Apuesto a que luchar en la guerra sería más divertido —murmuraba para sí el capitán—. Odio cuando nos toca proteger a algún paranoico que piensa que todos tienen intención de matarlo solo porque posee más riqueza que los demás. Ya me gustaría ver a alguno de estos estirados que se creen nobles trabajando alguna vez. Menos mal que la paga es buena.

El pensamiento en voz alta del capitán se vio interrumpido por un alarido procedente del interior de la vivienda. Tan pronto como llegó a ellos, los soldados del exterior corrieron hacia el lugar de origen, con la carrera iniciada por el capitán. En el interior todo seguía como antes y, en la planta superior, el soldado que vigilaba la habitación golpeaba la puerta con el hombro una vez tras otra.

—¡Aparta! —el capitán lo empujó, y abrió la puerta con otro juego de llaves.

No había signos de violencia. La ventana estaba herméticamente cerrada, y la puerta también lo había estado, pero definitivamente el cliente no iba a poder pagarles por aquel trabajo.

—Imposible —murmuró alguien.

El hombre, que tanto había temido por su vida, estaba tendido en el suelo sobre un charco rojo. Tenía la carne de la frente quemada, y, al acercarse a él, el capitán reconoció un símbolo en la quemadura: una estrella de tres puntas.

Capítulo 1

Aquella era una noche fría. La luna estaba alta en el cielo, y su luz se colaba entre las copas frondosas de los árboles, iluminando vagamente el suelo del bosque y formando un espectáculo de luces y sombras que se agitaba con cada racha de viento.

—¡Más vale que corras, crío, porque te cortaré las manos si te agarro!

El chico se adentró entre los árboles, perseguido por tres hombres que, aunque no estaban en forma, serían capaces de alcanzarlo sin demasiada dificultad. La carrera lo estaba fatigando, y el frío hacía mella en él. Los harapos que llevaba apenas le cubrían el cuerpo. Tenía las piernas cansadas y los dedos entumecidos, pero no por ello tenía intención de detenerse, y mucho menos de soltar la manzana que había conseguido y que con tanta fuerza agarraba, como si, en cualquier momento, alguien fuese a tirar de ella para arrebatársela. El estómago le reclamaba algo de comida.

Pronto se dio cuenta de que correr por el bosque resultaba una tarea incómoda y muy complicada. Tropezó con algunas raíces que asomaban del suelo y que le frenaron la marcha, y, en una ocasión, se le hundieron los pies en un charco de barro, lo que provocó que perdiese el equilibrio y cayese sobre él. Apenas le tomó unos instantes levantarse y continuar, sintiendo más cercanos los gritos de sus perseguidores.

Cuando llegó a un claro y no había riesgo de chocar con ningún tronco, giró la cabeza unos segundos para saber cuánta ventaja tenía. Las siluetas de sus perseguidores se revolvían a su espalda, cada vez más cercanas. Al volver la cabeza, se encontró de bruces con el hocico de un caballo pálido, lo que lo pilló desprevenido y terminó por sobresaltarlo, haciéndolo caer de espaldas al suelo.

Una vez se hubo recobrado del susto, comprobó que el caballo contaba con un jinete: una figura sombría que llevaba una sencilla armadura confeccionada con cuero negro, y que se cubría la cabeza con una capucha y la cara con una prenda, de modo que lo único que se veía de él eran los ojos, apenas distinguibles en la oscuridad. Aparte de eso, lo que más destacaba era el mango de una espada que asomaba por encima de su hombro derecho. Eso asustó aún más al muchacho, que retrocedió a rastras, olvidando la manzana que lo había llevado hasta allí. Pero sus perseguidores casi habían llegado al claro. Estaba acorralado.

Los hombres alcanzaron el lugar entre risotadas e improperios, fantaseando acerca de todo lo que pensaban hacer con el chico, pero se callaron en cuanto se percataron de la presencia del otro hombre. Estuvieron unos segundos observándolo y murmurando, hasta que uno se atrevió a hablar:

—Eh, tú. ¿Quién eres? —dijo el que parecía ser el cabecilla de los tres.

El jinete ladeó la cabeza, pero permaneció en silencio. El chico se sintió aliviado al ver que el cuarto hombre no tenía ninguna relación con los otros, pero, aun así, seguía tenso, dispuesto a salir corriendo en cualquier momento.

—¿Qué haces aquí? —siguió sin obtener respuesta, lo que comenzó a ponerlo histérico—. Oye, inútil, ¿me estás escuchando?

El jinete descendió de la montura, lo que hizo que los matones se pusieran alerta. Observó al niño, que se había hecho a un lado mientras trataba de recobrar el aliento, y después a la fruta manchada de barro que estaba en el suelo. Por su apariencia, supuso que el chico tendría unos quince años.

—Deben de gustaros mucho las manzanas —la voz del jinete sonaba tranquila—si os habéis molestado en perseguirlo por un bosque a estas alturas de la noche solo por una.

—Esto no tiene nada que ver contigo, así que harías bien en largarte —dijo el cabecilla.

El hombre misterioso se quedó inmóvil en el sitio, de nuevo en silencio.

—¿No le has oído? Ha dicho que te largues —repitió otro de los matones.

—¿Nadie te ha dicho que no hay que entrometerse en los asuntos de los demás? —siguió el cabecilla—. ¿No? Vaya, parece que alguien necesita que le enseñen modales. Vamos, chicos, dadle una lección que no pueda olvidar.

Los otros enseñaron unos dientes ennegrecidos en una sonrisa al recibir esa orden. Desenvainaron sus armas: un puñal y dos porras de madera con refuerzos metálicos en el extremo. El cabecilla, que portaba el puñal, se acercó rápidamente a su objetivo, confiado. Sabía que, a la distancia a la que estaba, su oponente sería incapaz de desenvainar la espada a tiempo.

—Deberías saber que, cuando se te ordena algo, debes obedecer.

Asestó un tajo horizontal, pero el ataque se vio interrumpido cuando su adversario se apartó, a la vez que le agarraba la muñeca con una mano. Le propinó un rodillazo en el abdomen y le arrancó el puñal de la mano. Con un giro rápido, clavó el arma en la nuca de su dueño, que cayó pesadamente al suelo.

—Lo siento, pero no se me da bien obedecer.

Los otros dos corrieron hacia él con las porras en alto, más asustados que valientes, pero rabiosos por la muerte de su compañero. El primero trató de golpear a su rival con un ataque descendente, pero recibió un codazo en la sien que lo tumbó antes de finalizarlo. El siguiente encadenó una serie de ataques torpes, todos esquivados fácilmente por el jinete, que, aprovechando un fallo en la defensa de su atacante, se colocó tras él y, con un movimiento rápido y seco, le giró la cabeza hasta una posición antinatural, con el acompañamiento del quejido de las vértebras. El que había caído antes se levantó, dispuesto a caer sobre el rival con todo lo que tenía, pero, al ver el resultado de los otros dos, se vio disuadido de seguir peleando, y echó a correr tan rápido como le permitieron las piernas.

El miedo del niño había pasado al asombro. Nunca había visto a nadie desenvolverse así en una pelea. Mientras terminaba de asimilar todo lo ocurrido, el hombre se acercó al cuerpo del cabecilla y, después de un breve examen, arrancó una bolsa pequeña de piel que llevaba atada al cuello con un cordel. La palpó antes de abrirla y descubrir el contenido suculento de varias monedas de cobre y algunas de plata, que relucían cuando la luz de la luna incidía sobre ellas directamente. Su primera intención fue guardarse el dinero, pero entonces reparó en el chico, que aún seguía allí, y en los andrajos que vestía. Suspiró, y tras rebuscar en el monedero, se quedó con un par de monedas. Después tiró la bolsa a los pies del chico, lo que produjo un sonido metálico que le llamó la atención.

—Procura que no te lo roben. Y ahora, vete.

El muchacho, después de comprobar el contenido, se ató la bolsa al cuello y se marchó corriendo. El hombre recogió la manzana, la restregó contra su atuendo para quitarle el barro y se la ofreció al caballo, que la aceptó después de olfatearla.

El bosque se quedó tranquilo. Lo único que se oía era el rumor del viento entre las ramas y el canto de los grillos. Los cuerpos se quedaron adornando el suelo del claro, como un elemento más del bosque.

—Bien —dijo, como si hablara con la montura—, vamos a seguir con lo nuestro. Cuanto antes acabemos, mejor. Me ha entrado hambre.

Capítulo 2

—Con tranquilidad, señoritas. Hay suficiente para las dos.

El sujeto, un hombre feo y rechoncho que estaba semidesnudo, manoseaba los pechos descubiertos de ambas mujeres mientras les dedicaba miradas cargadas de deseo y lascivia. Le sudaban las manos, así como todo el cuerpo graso. Desprendía un olor a sudor y a cuadra que era un ataque para cualquier nariz, pero, como profesionales de su oficio, las tiernadamas se esforzaban por disimular la repulsión que les generaba.

Siguiendo con los procedimientos habituales, lo sentaron a los pies de la cama ancha que ocupaba la mayor parte de la habitación. Posaron las manos sobre las rodillas del cliente y las fueron subiendo suavemente, hacia el bulto de más arriba.

—¿Queréis ver mi arma secreta?

***

El caballo se detuvo junto a las escaleras de madera que daban acceso al interior del edificio, f lanqueadas por antorchas encendidas, cuyas llamas permitían conocer la ubicación de los escalones. El jinete desmontó después de examinar la estructura, una construcción sencilla de madera que contaba con dos plantas. Había visto lugares más lujosos que ese, y le resultaba curioso que alguien hubiera decidido instalar un negocio como ese en un lugar tan poco transitado.

A aquellas altas horas de la noche, lo único que quedaba en el salón de la planta baja eran hombres borrachos, algunos sentados junto a las mesas redondas distribuidas por la sala y otros tirados en el suelo, y tiernadamas aburridas y cansadas, puesto que, una vez que los clientes habían pagado, estaban obligadas a acompañarlos hasta que el servicio se considerara finalizado, aunque ese servicio fuera permanecer sentadas y observarlos mientras caían víctimas del sueño causado por el alcohol.

Sin embargo, muchas preferían aquello a tener que acostarse con cualquiera de ellos. La mayoría de los hombres que frecuentaban el lugar, y la idea de mantener relaciones sexuales con ellos, no resultaban agradables a ninguna de las chicas, pero su sustento dependía de ello, así que no podían exigir mucho más. Por eso, cuando el jinete entró al salón, las mujeres desviaron la atención hacia él, agradeciendo la visita de un hombre con un aspecto mejor que el de cualquier otro que hubiera pasado por allí. Algunas se desabrocharon los cordones de sus corsés, invitando al recién llegado a descubrir más, otras jugueteaban con las piernas, insinuantes, y hasta hubo alguna que otra tiernadama que se acercó a él y le preguntó directamente cuáles eran sus mayores deseos.

—Ahora mismo, dormir y comer. En ese orden —fue su única respuesta.

Se detuvo a reconocer el rostro de todos los allí presentes, pero no encontró el que buscaba. Las mujeres desistieron del intento de llamar su atención al comprobar que las ignoraba por completo, y volvieron a sus anteriores posiciones junto a los clientes ordinarios.

El hombre subió a la planta superior, donde encontró cuatro habitaciones. Tres de ellas vacías y con la puerta abierta, pero una estaba cerrada.

—Aquí es.

***

Cuando las mujeres se disponían a retirarle las calzas al cliente, alguien abrió la puerta de una patada.

—Pero ¿qué…? —gritó el hombre, furioso por la interrupción.

—Hola, Gist.

El cliente tardó unos segundos en asimilar lo que estaba viendo.

—¿Garrett?, ¿eres tú?

—Pareces sorprendido. Supongo que yo también lo estaría si me reencontrara con alguien a quien daba por muerto. Si tantas ganas tenías de librarte de mí, al menos haber contratado a alguien capaz de hacerlo.

Gist palideció.

—Garrett, te juro que no sé de qué estás hablando.

—Señoritas —Garrett adoptó un tono de voz más cordial—, ¿serían tan amables de permitirnos conversar en privado?

Se apartó de la puerta a la vez que describía una ligera reverencia, y las tiernadamas, cubriéndose con sus ropas, abandonaron la habitación tan rápido como pudieron. Una vez salieron, Garrett cerró la puerta.

—¿Dónde está mi dinero, Gist?

—Puedo explicártelo —Gist echaba miradas nerviosas al saco de piel que estaba sobre una mesa de noche, pegada a una de las paredes de la habitación.

—Estoy deseando escucharlo —dijo Garrett mientras se cruzaba de brazos.

—Verás, resulta que mis contactos me dijeron que habías desaparecido, así que decidí invertir el dinero en futuros negocios.

—Y también en un par de tetas, por lo que veo.

—¿Qué?, ¿esto? —tartamudeó—. No, amigo, esto es una invitación. El cliente de mi último encargo decidió pagarme así.

—Gist, tu contacto no tenía información sobre la persona que busco, y, además, has intentado librarte de mí para ahorrarte mi parte. Te lo advertí antes de aceptar el trabajo: si intentas jugármela, te arrepentirás.

—Por favor, Garrett, ¿no podrías hacer una excepción esta vez? ¿Acaso crees que echarás el dinero tanto de menos?

En un abrir y cerrar de ojos, Garrett desenvainó la espada a su espalda y colocó la punta bajo la entrepierna de Gist, que dio un respingo al sentir el contacto del acero frío en la piel a través del tejido fino de las calzas.

—¿Qué me dices de esto? ¿Crees que lo echarás tanto de menos? —amenazó Garrett—. Quiero mi dinero, y lo quiero ahora.

Gist tragó saliva.

—Está bien. Tú ganas. Lo tengo en ese saco. Déjame cogerlo —se rindió al fin, a lo que Garrett respondió retirando el arma lentamente.

Se acercó despacio a la mesa donde estaba el saco, y rebuscó en su interior hasta que encontró lo que buscaba, ocultándolo con su cuerpo. Garrett se apoyó en la pared junto a la ventana de la habitación, frente al lugar donde estaba Gist.

—¿Sabes? Quizá tengas razón y te subestimé. Pero esta vez será diferente —dicho esto, se giró y echó a correr hacia Garrett con una daga en la mano.

Sin sorprenderse por la estratagema de Gist, Garrett dio un paso hacia delante y le hizo tropezar, sin que la daga que llevaba llegara a ser siquiera una amenaza. Aprovechando el desequilibrio de su rival y el impulso que llevaba, lo sostuvo por debajo de los hombros y lo envió contra la ventana, que se rompió sin resistencia cuando el cuerpo impactó contra ella. Garrett bajó la cabeza y suspiró.

—¿Por qué siempre tienen que hacerlo tan difícil?

Registró el saco y encontró dinero dentro, aunque no todo el que le correspondía. Después, se encaminó hacia las escaleras para continuar fuera, observado atentamente por las mujeres que habían escuchado la conmoción de la pelea.

Gist estaba boca abajo en el suelo de tierra, sobre una alfombra de cristales rotos que se le clavaban en la piel como agujas. Trató de incorporarse, pero soltó un alarido en cuanto sintió algo que le perforaba el gemelo. Giró la cabeza y vio a Garrett de rodillas junto a él, con la daga que había utilizado para intentar matarlo.

—Oh, perdona. ¿Te duele? —soltó Garrett con tono burlón.

—¡Demonios, Garrett! Déjame en paz. Esta iba a ser una noche tranquila.

—Lamento haberte fastidiado los planes, pero me debías esto —le mostró la bolsa con el dinero.

—Ya tienes el dinero. ¿Qué más quieres?

—Asegurarme de que esto no se repita.

Se colocó sobre Gist y lo agarró por el pelo para obligarlo a levantar la cabeza. Le puso la hoja del arma en el cuello, dispuesto a cortarlo.

—¿Qué está pasando aquí? ¿Qué es todo este alboroto?

Una persona había aparecido del interior del edificio. Se trataba de una mujer, visiblemente mayor que las demás tiernadamas de la casa de placer, vestida con un atuendo elegante que denotaba una mayor riqueza que ellas. Debía de tratarse de la madame de aquel lugar.

Garrett maldijo para sí. Aquella noche estaba sufriendo más interrupciones de las deseadas.

—¿Quién ha destrozado mi ventana? ¿Quién va a arreglarla?

—¡Cállate, vieja loca! —vociferó Garrett.

La mujer trató de disimular su humillación con indignación. El insulto de aquel hombre había tocado una fibra mucho más sensible de lo que imaginaba.

—¿Quién te crees que eres para hablarme de esa forma?

Garrett, cansado de todo aquello, tiró la daga al suelo y se acercó a la oreja de Gist:

—Esta vez te has librado, pero la próxima vez que te vea serás hombre muerto, así que harías bien en desaparecer.

Sin mediar más palabra, montó en el caballo y se marchó, ignorando a la mujer, que no paraba de pedir explicaciones. Le había costado demasiadas molestias recuperar menos del dinero que le correspondía, pero al menos ya había terminado.

Capítulo 3

Aún era temprano cuando Garrett cruzó la aldea de Lignum de regreso a su cabaña. El sol apenas había comenzado a despuntar en el horizonte, pero algunos de los habitantes ya se preparaban para otra jornada de trabajo. Era una localidad pequeña que no contaba con más de diez edificaciones, pero los bosques de los alrededores, que favorecían una producción maderera abundante, la habían convertido en la abastecedora de pueblos y ciudades donde los árboles no crecían tan fácilmente. A excepción del herrero y su mujer y de los propietarios de la posada, todos los habitantes trabajaban en el aserradero, como si se tratase de una tarea ancestral que debiera continuarse con cada generación.

Garrett disfrutaba del aire tranquilo que se respiraba allí. No mantenía tratos con casi nadie además del herrero, al que había acudido alguna vez para herrar al caballo. Los lugareños lo conocían como el solitario de la colina, donde se encontraba la cabaña. No les daba problemas, y ellos no le causaban problemas a él, así que nadie se preocupaba ni molestaba. Si lo veían, algo que no era frecuente, solía ser en la posada o en el camino que atravesaba la aldea, siempre a lomos de su montura.

Después de dejar Lignum a la espalda, jinete y caballo llegaron a la pequeña cabaña de madera situada en una loma desde la que se podía contemplar todo el paisaje boscoso. Garrett ató las riendas a un poste y accedió al interior.

—Hogar, dulce hogar —murmuró. Llevaba varias noches sin pasar por allí, y la última la había pasado en vela.

La habitación contaba con todos los elementos que necesitaba: frente a la puerta había una chimenea de piedra en la que descansaban unos leños listos para arder; a la derecha, una mesa cuadrada pegada a la pared y una silla a su lado, y, a la izquierda, una cama sencilla y un armario. No le hacía falta nada más.

Se acomodó en la silla después de desatarse la vaina del arma y dejarla sobre la mesa. Respiró profundamente mientras observaba la vivienda. No hacía mucho que ocupaba ese lugar. Se preguntó cuánto tiempo pasaría antes de tener que irse de allí.

Una voz proyectada en un eco susurrante sonó de pronto en su cabeza:

—Y ahora, ¿qué?...

—Dormir y comer —contestó—. En ese orden.

De un bolsillo de su atuendo extrajo una cinta de tela roja, quemada por ambos extremos, manchada y raída con el tiempo. La observó largo y tendido, hasta que los párpados cayeron y el mundo alrededor desapareció.

***

El sol estaba alto en el cielo, y la ciudad ya había despertado por completo. Los habitantes recorrían las calles, ajetreados y ocupados con sus quehaceres. Una plaza redonda con una fuente en el centro alojaba varios de los puestos del mercado, que se prolongaba por una de las calles que descendían desde allí. Numerosas personas acudían diariamente a observar, comparar y comprar los productos que se exponían, y los dueños de los puestos gritaban a pleno pulmón lo buena que era la calidad de sus géneros, en un esfuerzo por atraer más transeúntes.

El chico había alcanzado aquella ciudad amurallada esa misma mañana, después de haber caminado durante al menos una hora desde que abandonara el bosque. Mantenía la mano cerrada con fuerza alrededor de una bolsa pequeña de piel, a la vez que se abría paso con poca autoridad entre la marea de personas. Devoraba con la mirada todas las piezas de comida que encontraba a su paso. Todo tenía un aspecto fantástico: naranjas, manzanas y otras muchas frutas de colores vivos que se habían recogido esa misma mañana, hogazas de pan recién horneadas y pasteles y dulces cuyo olor llamaban la atención de los más golosos. La boca se le hizo agua antes de que se diera cuenta.

Se detuvo frente al puesto de los pasteles. Había clavado los ojos en un pastel de hojaldre horneado, relleno de crema y cubierto con azúcar. La dueña, una mujer de constitución ancha y brazos fuertes, atendía a los clientes con rapidez, de modo que en ese puesto no se acumulaba la gente. El chico extendió la mano para coger el pastel, pero la mujer se la golpeó antes de que lo tocara.

—Niño, no lo toques, que lo manchas —dijo esto sin ni siquiera mirarlo, ocupada en llamar la atención de más clientes.

—Pero tengo hambre.

—Sin dinero no hay comida.

El chico abrió un momento la bolsa que agarraba con tanto celo y sacó una moneda marrón, que mostró después a la mujer.

—Aquí no vas a comprar nada con solo un tronco de cobre, así que vete. Me espantas a los clientes.

A decir verdad, era la primera vez que manejaba dinero, por lo que no fue capaz de entender a lo que la mujer se refirió al decir «tronco de cobre».

En las cuatro naciones que formaban el mundo conocido de Árcanthur, la economía se basaba en el uso de monedas de cobre, plata y oro, pero cada una de las naciones había decidido nombrarlas de manera única, como una forma de hacerlas propias. Así, en Rhydos estaban asociadas a una relación de similitud por color, de modo que las monedas recibían los nombres de troncos de cobre, ríos de plata y trigos de oro. Algo parecido sucedía en Ignavia, donde se las conocía como tierras, lunas y soles. En Orea, por otra parte, las asociaban a su nivel de poder adquisitivo, por lo que recibían las denominaciones de infantes, príncipes y reyes. En cambio, en Caecia preferían referirse a las monedas según el metal con que eran acuñadas, y dedicar el tiempo y la imaginación a otros asuntos.

En ese momento, al chico le rugieron las tripas. Llevaba mucho sin comer y ahora podría hacerlo, así que siguió intentándolo.

—Tengo más —enseñó todo el contenido de la bolsa.

La mujer abrió los ojos de par en par en cuanto la vio.

—¿De dónde has sacado eso? —le arrancó la bolsa de la mano. —Es mío. ¡Devuélvemelo!

—¿Tuyo? —dijo mientras miraba los harapos del niño—. ¿A quién se lo has robado?

—No lo he robado, me lo dio un señor. ¡Dámelo!

—No te creo, sucia rata. ¡Guardia!, ¡al ladrón! ¡Guardia!

El chico giró la cabeza en la dirección en la que apuntaba la mujer, a tiempo de ver a un guardia armado con una alabarda encaminado hacia él. Asustado por lo que pudiera pasarle, abandonó la plaza en dirección a una callejuela. En cuanto se perdió entre el gentío, el guardia abandonó la persecución y regresó a su puesto. La mujer se guardó la bolsa con una sonrisa y continuó como si nada hubiera ocurrido.

De nuevo, había vuelto a quedarse sin comer. El estómago comenzaba a exigirle que calmara su apetito, pero no iba a ser posible. Sentado con la espalda apoyada en la pared de uno de los edificios del callejón, el chico dejó caer la cabeza entre las rodillas. Las lágrimas le anegaron los ojos. Se sentía impotente. Moriría de hambre o de frío, y a nadie le importaría.

—Si solo fuera más fuerte…

Capítulo 4

La oficina del alguacil no era mucho más grande que las típicas viviendas de una habitación de los campesinos. Cabía esperar algo más de alguien que estaba a cargo de la seguridad de toda una ciudad. El alguacil estaba sentado en un asiento de cuero oscuro, detrás del enorme escritorio que ocupaba el centro de la estancia, examinando los papeles esparcidos por la tabla. Era un hombre canoso con abundantes arrugas en la cara, pero presentaba un aspecto físico mejor que el de la mayoría de los hombres a esa edad. Frente a él, al otro lado del mueble, un joven permanecía de pie, firme y ligeramente impaciente, retirándose cada poco tiempo los rizos negros que le caían sobre los ojos.

—Ah, aquí está —el alguacil por fin encontró el documento que buscaba—. Así que tú eres la nueva adquisición. ¿Cuál es tu nombre, novato?

—Teren Rendor, señor —dijo el joven formalmente.

—¿Edad?

—Diecinueve años, señor.

—Dime, muchacho, ¿por qué has ingresado en el cuerpo de la guardia?

—Para mantener la seguridad y el orden, señor —fue incapaz de contener el entusiasmo por más tiempo—, y para arrancar de raíz los parásitos que se alimentan del esfuerzo y el trabajo de las gentes de Alveo, señor.

El viejo sonrió con tristeza al escuchar las palabras del joven. No pudo evitar recordarse a sí mismo cuando tenía una edad cercana a la del chico frente a él.

—Ojalá todo fuese así de fácil —musitó el alguacil mientras bajaba la cabeza. Después de unos segundos de silencio, se levantó del sillón—. Ven conmigo. Veamos si estás preparado para esto.

Salieron de la oficina a una plazoleta apartada de la ciudad, cercana a la muralla. El alguacil lo condujo a otra estructura, adosada al edificio de la oficina. En cuanto un vigilante abrió la puerta metálica de rejas que daba acceso al interior, accedieron a un tramo de escaleras iluminado por antorchas que descendía varios metros bajo el nivel del suelo.

—¿Los calabozos, señor?

—Así es. Debes estar preparado para afrontar todo lo que te aguarda en este trabajo.

El muchacho estaba intrigado a la par que confuso. Una vez terminaron de bajar escalones, el alguacil recogió la antorcha de uno de los soportes de la pared.

—No te alejes de mí.

Se adentraron en la oscuridad de los calabozos. Las celdas eran espacios cuadrados formados por paredes de barrotes, de modo que el interior de ellas quedaba a la vista, y estaban dispuestas de tal forma que formaban pasillos entre ellas. Perderse en ese entramado de paredes de rejas metálicas sería algo sencillo.

Aquel lugar era enorme, o al menos así se lo pareció al joven. Allí abajo la atmósfera era calurosa y asfixiante, y la iluminación, escasa, de modo que lo poco que se diferenciaba de la oscuridad era gracias al fuego de la antorcha. Mientras el alguacil recorría los pasillos en silencio, el soldado lo seguía de cerca, observando el interior de las celdas. Creyó reconocer bandidos y matones que amenazaban con rajarle el cuello cuando pasaban junto a ellos, y mendigos tan desnutridos que eran un conjunto de piel y huesos.

Pero, mientras más se adentraban, los presos tenían un peor aspecto. Vio a una mujer que tenía pústulas en la nariz y los párpados. Tardó en reconocer que la mujer sostenía un bebé y, en cuanto la luz alumbró también su rostro, comprobó que padecía el mismo mal que su madre. En la misma celda había un hombre al que le faltaba parte de la piel de la cara, lo que dejaba a la vista sus músculos faciales.

Todo a su paso eran gemidos y lamentaciones ininteligibles. Seguían con el recorrido cuando algo se abalanzó contra las rejas de una de las celdas. Mientras el soldado retrocedía asustado, el alguacil acercó la antorcha hacia el lugar para alumbrar a un niño. El novato lo examinó con un gesto de horror en la cara. Al niño le faltaba el labio inferior, y en su lugar había una herida sangrante que no parecía cicatrizar. Varios arañazos le recorrían la cara, y parecía que los ojos se le fueran a salir en cualquier momento de las cuencas. Pero lo más extraño de todo era que sonreía. Sonreía tan abiertamente que dejaba expuestos unos dientes sanguinolentos. La sonrisa dio paso a una carcajada. La boca estaba llena de heridas, y parte de la lengua había desaparecido. Paró la risa de repente, y entonces el novato se dio cuenta de que lo miraba fijamente. Con un movimiento brusco, el niño tendió una de las manos. Unos muñones ocupaban el lugar donde estuvieron los dedos. El novato miró al alguacil, aterrado.

—Lo encontramos en una calle mientras se comía los dedos. Hace todo lo posible por herirse. Está poseído —el alguacil estaba serio mientras hablaba.

El niño se había alejado de la reja y saltaba y giraba por toda la celda, a la vez que gritaba y reía. Sin previo aviso, se derrumbó y pegó la cara al suelo. Emitía ruidos extraños, semejantes a los de un animal.

—Lo ejecutarán en pocos días. Pobre diablo.

El novato volvió a mirar al niño, que se golpeaba la cabeza contra el suelo. El alguacil abrió la marcha de regreso a las escaleras, donde el aire parecía escasamente más ligero. Mientras subían los escalones, el joven preguntó:

—¿Qué crímenes han cometido?

—Vivir. Están enfermos, y eso los convierte en un peligro para la seguridad de los demás. A veces, ni siquiera es necesario un robo o un asesinato para condenar a alguien a la muerte, y estoy seguro de que ninguno eligió acabar así.

De regreso al despacho, el alguacil se detuvo en la plazoleta.

—¿Cómo dices que te llamas?

—Teren, señor.

—Bien, Teren, ¿sigues queriendo mantener el orden y la seguridad?

El joven se puso firme antes de contestar:

—Sí, señor —dijo sin vacilar.

Capítulo 5

El hambre sacó a Garrett de unos sueños intranquilos. Un sudor frío le inundaba la frente. Se tomó unos segundos para calmarse mientras recordaba dónde estaba. Tenía los músculos ligeramente agarrotados por haberse quedado dormido en la silla. Se observó la mano y vio que la cinta había caído al suelo. Después de recogerla, la guardó en el mismo bolsillo del que la había sacado. Tuvo que caminar un poco por la habitación para desperezarse por completo. Una vez lo hizo, volvió a colocarse la vaina a la espalda y se encaminó a la posada de la aldea.

Era una estructura sencilla de una sola planta. Un par de escalones conducían al interior de una amplia estancia cuadrada en la que había repartidas varias mesas redondas. En el lado derecho estaba instalada una barra de madera que recorría toda la habitación, donde un hombre entrado en años y con los ojos hundidos bajo unas cejas pobladas limpiaba unas jarras.

A esas horas de la mañana, la mayoría de los habitantes de Lignum seguían ocupados con sus respectivos trabajos, por lo que apenas había personas en la posada cuando Garrett apareció. El posadero lo observó mientras se sentaba en una mesa que había en un rincón, cerca de la puerta.

Poco después, a la mesa acudió una chica joven con una sonrisa radiante, con un plato de guiso de ternera, y se lo sirvió a Garrett sin mediar palabra. Aunque pasaba pocas veces por allí, Garrett siempre pedía lo mismo, por lo que llegó el punto en que le servían sin necesidad de preguntarle.

La chica que le había servido la comida se llamaba Lis, una muchacha que había comenzado a convertirse en mujer. El pelo, de una tonalidad dorada, lo llevaba recogido en una cuidada trenza que le llegaba hasta la mitad de la espalda. Era amable con todos los que pasaban por la posada, pero también era capaz de ser estricta con ellos cuando bebían más de la cuenta, y todos allí la respetaban, aunque fuese tan joven. O, al menos, así solía ser.

Aquel día un grupo de tres hombres escandalosos ocupaba una de las mesas. Reían a carcajadas y eructaban sin reparos, indiferentes al desprecio que se apreciaba en las miradas de los demás presentes hacia ellos. Por su manera de comportarse, no parecían ser de allí. Garrett les dedicó una mirada, pero sin dejar de devorar la comida en ningún momento.

—¡Oye, moza, tráenos más vino! —gritó uno de ellos.

Lis no parecía cómoda teniendo que atenderlos, pero lo hacía diligentemente, con la esperanza de que se marcharan pronto. Se acercó a la mesa con otra jarra de vino y comenzó a servirlo. Mientras, uno de los hombres le subió la mano por una de las pantorrillas. Lis se sintió avergonzada, pero no supo cómo reaccionar, así que no dijo nada cuando el hombre llegó a la nalga. Solo deseaba que desaparecieran y no regresaran nunca.

Garrett, aun ocupado con la comida, no les quitaba el ojo de encima a los hombres ni se perdía un solo detalle, como la mano juguetona de uno de ellos. Lis se retiró de la mesa, pero el hombre que había empezado a tocarla, moreno y con el pelo recogido en una coleta corta, la apresó por la muñeca.

—Ven aquí, muchacha. No me dejes así.

—Por favor, señor, suélteme —Lis comenzaba a preocuparse. Nunca le había ocurrido algo semejante.

—Qué educada —bajó el tono de voz—. ¿También eres así en la cama?

Lis estaba cada vez más nerviosa. Consiguió liberar su muñeca y se alejó de la mesa, pero el hombre, que no esperaba encontrar resistencia, la siguió. El posadero dejó las jarras para intervenir.

—Déjala —se puso delante del hombre con la mano en alto.

—Aparta, viejo —agarró al posadero con ambas manos y lo empujó con fuerza—. Oye, perra, ¿qué estás haciendo?

Lis estaba asustada frente a la actitud tan agresiva del hombre. Los otros dos observaban la escena mientras bebían.

—Señor, por favor, déjeme en paz —Lis no era capaz de mirarlo a los ojos.

—Venga, cielo, ¿no quieres divertirte? Lo pasaremos bien —notó una mano que le atenazó el hombro de repente—. Viejo, ya te he dicho que no te metas.

Pero la sorpresa del hombre fue enorme cuando, al darse la vuelta, recibió un puñetazo en la nariz que lo tiró al suelo. Garrett se sacudió la mano. Los otros dos, que tardaron en reaccionar por la cantidad de vino que llevaban encima, se levantaron de su sitio, desafiantes.

—¿Le damos una paliza, Reimus?

Reimus levantó una mano para calmarlos mientras se llevaba la otra a la nariz, de donde comenzaba a brotar sangre. Sus compañeros se acercaron a él y lo ayudaron a levantarse.

—Esto no se ha acabado —dijo señalando con el dedo a Garrett, que permanecía impasible—. Salgamos de aquí, muchachos.

Nadie abrió la boca mientras los alborotadores se dirigían a la puerta, gruñendo y murmurando.

—¿Estás bien? —preguntó Garrett en cuanto se hubieron ido.

Lis asintió, todavía asustada e incapaz de articular palabra. El posadero agradeció a Garrett su intervención.

—Era necesario —dijo—. No me dejaban comer tranquilo.

Capítulo 6

Alveo era la ciudad más grande y la capital de la República de Rhydos. Estaba situada en el curso medio del río Antis, lo que proporcionaba abundantes terrenos fértiles en los alrededores para el cultivo. Fuera de las murallas de la ciudad era todo un conjunto de aspas de molinos y campos dorados donde los campesinos trabajaban cosechando el trigo bajo el sol apremiante del mediodía.

El río Antis dividía la ciudad en dos partes, conectadas por numerosos puentes de piedra lo suficientemente amplios para permitir el tránsito de personas, caballos y carruajes. La ciudad estaba ligeramente en pendiente, y ese desnivel físico se había tomado como referencia para distribuir los distintos estamentos en la ciudad.

La mayoría de las viviendas estaban en el distrito inferior, pertenecientes a los campesinos y a los comerciantes con poca riqueza. Era una zona donde las casas se colocaban con el único criterio de ocupar los espacios que estuvieran disponibles, y el suelo ni siquiera había llegado a adoquinarse, por lo que solía ser el distrito más sucio y polvoriento de los tres.

Por encima estaba el distrito medio, que contenía la zona comercial, donde se encontraban la plaza del mercado, las calles de los artesanos y las distintas posadas y tabernas. El cuartel, la oficina del alguacil y los calabozos estaban ubicados también en ese distrito. Allí los edificios se distribuían con más orden, y el suelo de las calles ya era de piedra, aunque con algún que otro desperfecto.

El distrito superior era el más reducido de los tres, y el más grandioso. Lo ocupaban las viviendas de los comerciantes más ricos y de las personas más inf luyentes, y el punto más alto estaba dominado por la Asamblea del Consejo, responsable del gobierno de Rhydos. En ese distrito también se encontraba una de las parroquias de la Capilla. El paisaje allí era un regalo para la vista, con fuentes labradas cada pocos pasos y zonas ajardinadas, y, en los espacios que quedaban libres entre unas edificaciones y otras, se habían formado patios interiores con abundante vegetación f lorida y bancos de piedra. Eran unos lugares que invitaban a los habitantes del distrito superior al descanso y a compartir veladas íntimas.

En Alveo, a medida que descendía el río, también lo hacía la riqueza de los habitantes. A Teren se le había asignado patrullar el distrito superior. Vestía una cota de malla sobre la que llevaba el uniforme propio de la guardia de Alveo, un sobreveste de tela tintada de azul y amarillo, con el símbolo de cinco espigas de trigo colocadas en círculo sobre el corazón. Vigilaba las calles del distrito con una amplia sonrisa en la cara y una sensación de orgullo que le inundaba el cuerpo, mientras apretaba con fuerza la empuñadura de la espada que llevaba atada a la cintura, la misma que había pertenecido a su padre. Continuó con la patrulla, apartándose los rizos de los ojos cada poco tiempo.

***

El estómago ya no le iba a conceder tregua. El chico deambulaba por las calles cercanas al mercado, con la esperanza de encontrar cualquier pieza de comida que alguien hubiese perdido o desechado, pero no había encontrado nada en el tiempo que llevaba dedicado a esa tarea.

Llegó a uno de los muchos puentes de piedra de la ciudad. Se asomó sobre la barandilla, y debajo de él, con una diferencia de altura de varios metros, la corriente del río discurría con fuerza en su descenso. Se sintió tentado por la llamada del abundante caudal. Creía que iba a morir de hambre igualmente, por lo que saltar en aquel momento aceleraría el proceso.

Pero pronto abandonó esa idea. Por cobardía o por todo lo contrario, pero no fue capaz siquiera de atreverse a saltar. Rendido, se sentó en el suelo frío del puente mientras contemplaba el ir y venir de los demás. Esperaba que alguien se compadeciese de él, pero todos parecían estar demasiado ocupados como para mirarlo, y los pocos que lo hacían, también pasaban de largo. El niño bajó la cabeza, sin ningún rastro de esperanza.

Y entonces, un pensamiento le surgió en la cabeza. Si nadie le iba a dar comida, quizá podría conseguirla él. La mujer del mercado lo había llamado ladrón. Pues bien, entonces iba a serlo. Se dirigió de nuevo a la marabunta de personas, hasta el puesto de dulces de la plaza, con una determinación que nunca en su vida había reunido. Llegó al lugar con los ojos puestos en la presa. La mujer estaba distraída atendiendo a un cliente, pero alcanzó a verlo de reojo.

—¿Tú otra vez? —dijo con tono despectivo.

Pero el chico no se amedrentó porque la mujer lo viera, y sin dudar ni un instante cogió el pastel que no había podido llevarse antes y echó a correr.

—¡Al ladrón! ¡Me ha robado! ¡Que alguien lo coja!

Corrió con el corazón a punto de estallarle, pero apenas había comenzado la huida cuando chocó con un transeúnte, que a su vez chocó con otro, hasta que el último afectado terminó por caer sobre uno de los puestos de fruta del mercado, quedando destrozado y con la mercancía esparcida por doquier, que se convirtió en una trampa para el equilibrio de aquellos que no esperaban encontrar una naranja bajo el pie.

—Ay, madre —dijo en cuanto vio a media docena de personas tiradas por el suelo por su culpa.

El chico se sintió avergonzado por la metedura de pata, pero no disponía de tiempo para lamentarse.

—¡Lo siento! —gritó mientras echaba a correr de nuevo.

No pasó mucho antes de que alguien le ordenara a lo lejos que se detuviera. El mismo guardia que antes lo había dejado marchar ahora lo perseguía con la intención de alcanzarlo por el revuelo que había armado. Así que el chico tuvo más motivos para correr.

Aprovechaba hasta el más mínimo hueco que encontraba entre las personas para escabullirse entre ellas. Pronto descubrió que a la persecución se unieron compañeros del primer guardia, mientras que la gente se apartaba para no verse implicada, entretenida por el acontecimiento que se estaba desarrollando.

Los pies lo llevaron ciudad arriba, donde el suelo era liso y menos irregular, y donde la multitud comenzaba a aminorar y era menos probable tropezar, pero los guardias no parecían dispuestos a dejarlo marchar sin más. Salieron de entre el tumulto de personas y lo vieron correr hacia el distrito superior. Ellos contaban con la ventaja de que conocían la ciudad, a diferencia del chico, y ahora que no había gente por delante que los obstaculizara alcanzarlo sería un juego de niños.

Estaba cansado, condenadamente cansado. Llevaba varios días sin comer, apenas había dormido, y parecía que huir se había convertido en su pasatiempo favorito, pero no iba a rendirse, no ahora que tenía algo de comida. Solo le faltaba encontrar un momento de tranquilidad para alimentar el cuerpo.

No tardó en darse cuenta de lo conveniente que hubiera sido conocer las calles de la ciudad. Acababa de dar con una calle sin salida, y, si volvía por donde había venido, esquivar a los guardias sería prácticamente imposible. Miró a su alrededor, y tuvo la suerte de encontrar unas cajas de madera, apiladas unas sobre otras, junto a un muro de poca altura que sería alcanzable, y más con ayuda de las cajas. Escuchó las voces de los guardias mientras se encaramaba sobre la torre de cajas. No podía ver qué había al otro lado del muro, pero la suerte ya estaba echada.

Saltó por encima de la pared y cayó amortiguado por unos setos, que también lo mantuvieron escondido, pero el ruido que hizo al hundirse en ellos fue notable, tanto que alguien allí miró en la dirección de su procedencia.

Había ido a parar a un pequeño patio ajardinado comprendido entre dos edificios, con vegetación abundante en cada rincón y una fuente en el centro, y donde normalmente se accedía a través de una puerta en forma de arco que comunicaba con una de las calles del distrito superior. Contaba también con dos bancos de piedra en los laterales en los que relajarse, y en uno de ellos había una chica que sostenía un libro abierto entre las manos.

Vestía un sencillo aunque elegante vestido blanco que le llegaba hasta los tobillos, y llevaba el pelo negro recogido en un pequeño moño coronado con una trenza. Era de una edad similar a la del hambriento fugitivo que la observaba entre las hojas del seto. Pero ella también lo veía a él, después de descubrirlo allí tras su aparición poco discreta. Por la puerta apareció otra persona, una mujer mayor con un vestido oscuro y un trapo que le cubría la cabeza.

—¿Ocurre algo, señorita? —preguntó la mujer al comprobar lo atenta que estaba la chica a los setos.

Pero no llegó a contestar antes de que un guardia irrumpiera también allí.

—Disculpadme —dijo el hombre—, ¿han visto aparecer por aquí a un chico mal vestido, de esta altura, aproximadamente?

La mujer mayor negó, pero la chica volvió a mirar hacia los setos, con una sonrisa divertida y una pizca de malicia en la mirada. El chico juntó las manos y negó suavemente con la cabeza.

—¿Y usted, señorita?

La chica reaccionó. Cambió el gesto a uno más inocente.

—Oh, lo siento. No he visto nada.

—Por favor, si lo ven, avísennos.

—¿Qué ocurre con él? —preguntó con curiosidad la chica.

—Es un ladrón y un alborotador. Ha robado esta mañana en el mercado y ha atacado a muchas personas en su huida.

La chica volvió a mirar hacia las plantas.

—Vaya —volvió a sonreír.

El guardia abandonó el patio, y la mujer y la chica hicieron lo mismo poco después. El chico, por su parte, aprovechó la aparente calma para mordisquear el dulce, cuyo relleno de crema había dejado de ser un relleno y le había manchado toda la mano por haberlo apretado durante la carrera. Pero igualmente le supo a gloria.

No llegó a acabarlo antes de abandonar el patio, vigilante ante la aparición de cualquier guardia. En aquel momento le llamaba la atención otro asunto, uno que encontró caminando calle abajo junto a la mujer de vestido negro, poco antes de entrar en una de las viviendas de la misma calle. Se acercó hasta allí, hasta un edificio de tres alturas levantado con ladrillo y piedra. La fachada estaba cubierta con enredaderas que ascendían por ella, y en la segunda altura había una puerta doble de cristal que daba a un balcón, adornado con f lores de colores llamativos. Se asomó a una de las ventanas de la planta baja, pero los cristales ref lejaban más de lo que permitían ver a través de ellos, de modo que apenas pudo diferenciar nada del interior.

—¿Qué haces, muchacho?

El chico dio un respingo al sentir detrás de él una voz acusadora. El estómago le dio un vuelco al comprobar que procedía de un hombre joven con el mismo uniforme que el de los guardias que lo habían perseguido. Su mano izquierda descansaba sobre la empuñadura de la espada que llevaba a la cintura, y parecía tener problemas en mantener algunos mechones de pelo apartados de los ojos.

Tragó saliva mientras el guardia lo examinaba de arriba abajo. Vio que se detuvo en el pastel mordido que llevaba en la mano.

—Así que tú eres el ladrón que ha alterado a mis compañeros —se puso serio—. Esta vez te dejaré ir, yo pagaré eso, pero tienes que prometerme que nunca volverás a robar, ¿queda claro?

—Sí, señor —el chico asintió aliviado. Las piernas no le habrían agradecido otra huida.

—Y ahora, será mejor que te vayas antes de que alguien te encuentre.

Con un tímido asentimiento, el chico echó a correr calle abajo, alerta aún ante la aparición de más guardias. El joven se quedó atrás, observándolo mientras se alejaba.

—Muy bien, Teren —dijo para sí—. Sigamos con la ronda.

Capítulo 7

Las nubes volaban bajas, y el cielo comenzaba a teñirse de tonos rojizos. Garrett estaba sentado en una roca, junto a un camino que atravesaba uno de los bosques cercanos a Lignum. Los árboles, que f lanqueaban el paso, extendían sus ramas frondosas, formando arcos de hojas que mantenían a la sombra la mayor parte del lugar. El ambiente estaba en calma. Lo único que se oía era el piar de los pájaros y el roce de una piedra lisa contra el filo de una espada. El caballo de Garrett lo esperaba pacientemente mientras terminaba de afilar el arma.

—Sabes que esto no es necesario, no puedo estropearme…

—Me relaja hacerlo.

En la lejanía, comenzó a escucharse el ritmo apresurado de unos cascos de caballos. El sonido creció en intensidad a medida que se acercaba, hasta que se extinguió junto a Garrett. Seis jinetes se habían detenido en el camino, con los ojos puestos en el hombre que afilaba su arma. El que lideraba la marcha era un hombre de mediana edad que llevaba al descubierto unos brazos musculosos, marcados por varias cicatrices, al igual que su rostro, curtido e inexpresivo. Una cicatriz le cortaba la ceja derecha en dos.

Junto a él iba una persona que llevaba una capa oscura que le cubría la cabeza con una capucha, de modo que nadie reconociese su rostro. Garrett dedicó una mirada fugaz al grupo y siguió con la tarea que lo ocupaba.

—Gunthar —dijo con voz serena—. Esperaba que estuvieras muerto.

—Yo también me alegro de verte, Garrett.

Se produjo el silencio. Los hombres, algunos impacientes, miraban a Garrett, que no parecía tener intención alguna de querer hablar.

—Tengo un trabajo que quizá te interese —hizo una pausa, a la espera de que Garrett reaccionara. Pero no lo hizo, de modo que siguió—: la oportunidad de hacer historia. Mi socio considera que el Consejo lleva demasiado tiempo gobernando Rhydos de una forma que perjudica a todos. Creo que tiene razón, así que hemos decidido que es hora de acabar con esos inútiles y colocar a una persona capaz al frente del gobierno.

—Déjame adivinar —interrumpió Garrett—, ¿esa persona capaz está a tu lado?

—Es posible —siguió Gunthar—. Nos haremos con la hija de uno de los consejeros y la utilizaremos para presionar a su padre: él será quien disuelva el Consejo desde dentro. Cuando eso ocurra, mi socio tomará las riendas y nosotros nos cubriremos de oro, tanto que no nos hará falta trabajar nunca más. ¿Qué me dices?

—Un plan muy estudiado, por lo que veo. Y muy original, también. Suerte con eso.

La piedra se desplazaba desde el inicio de la hoja hasta la punta del arma, con fuerza, pero sin agresividad, trazando el movimiento por ambas caras de la espada. El sol seguía en descenso, y el bosque estaba, una vez más, en silencio.

—¿Y bien?

—Ya no me dedico a eso.

—¿Y a qué te dedicas ahora, si puede saberse? Las personas como tú y yo solo sabemos dedicarnos a eso —hizo otra pausa—. O estás con nosotros, o estás contra nosotros, Garrett. Deberías saberlo. Decide bien.

—Prefiero que me dejéis en paz.

A Gunthar se le dibujó media sonrisa. Levantó una mano, a lo que los otros hombres respondieron con unas sonrisas más amplias.

—Te creía más listo. Es una pena tener que deshacerse de ti, pero, si no vas a ayudarnos, de poco nos sirves vivo.

Gunthar y el hombre de la capa se dispusieron a reanudar la marcha, pero los otros cuatro se quedaron atrás, preparando las armas.

—Gunthar —Garrett habló en un tono más alto—. Voy a matarte.

—Eso tendría que verlo —dijo mientras reía—. Adiós, Garrett.

Los dos hombres se alejaron hasta que se perdieron de vista. El caballo de Garrett relinchaba nervioso ante la escena que comenzaba a desarrollarse frente a él, y Garrett aún afilaba la espada, indiferente a los cuatro hombres armados que se acercaban a él lentamente, sedientos de sangre.

—Menuda molestia.

***

El aire de la tarde transportaba los gritos de los niños que correteaban por todas partes y los ladridos de los perros. Ya se había producido el cambio de turno, así que Teren estaría libre de patrullar hasta la guardia de medianoche. Caminaba por las calles estrechas e irregulares del distrito inferior, con cuidado de no meter el pie en un charco de barro o en una pila de excrementos. La mayoría de las viviendas estaban construidas con bloques de adobe unidos entre sí por barro húmedo, pero también había algunas hechas de troncos o tablas y con cubiertas de paja. Presentaban un aspecto muy pobre, apenas comparable al de las casas de piedra labrada y ladrillo del distrito superior.

Teren entró en una de las casas de adobe, en cuyo interior había dos habitaciones. Una contaba con una cómoda y dos camas, una individual y otra doble. La otra habitación disponía de una amplia mesa de madera, tres sillas, una estantería con diversos ingredientes de cocina y, en un lado de la estancia, un fogón donde ardía la madera. Atendiendo el fuego estaba una mujer canosa, con la espalda ligeramente encorvada y los tobillos hinchados.

—Madre —dijo Teren para avisar de su presencia.

La mujer se giró, y las lágrimas acudieron a sus ojos cuando vio a su hijo uniformado. Olvidándose por completo de las llamas, fue todo lo rápido que pudo hacia el soldado y lo abrazó.

—Tu padre estaría muy orgulloso —dijo la mujer con una sonrisa.

Pasaron las horas, y el sol se había ocultado casi por completo cuando Teren abandonó la vivienda, con el estómago lleno para afrontar la ronda nocturna. Aún había tiempo antes del comienzo del turno, así que recorrió las calles hasta salir de los muros de la ciudad, camino del cementerio.

Estaba a las afueras de la capital, comprendido dentro de un perímetro amurallado. Allí era donde terminaban todos los fallecidos, procedentes de cualquiera de los tres distritos, de modo que la muerte era lo que llevaba a compartir el lugar a un mendigo y a un aristócrata. Sin embargo, saltaba a la vista quiénes procedían de una familia más adinerada, como ref lejaban las tumbas grandes esculpidas en piedra blanca, y quiénes procedían de una familia con menos comodidades, tal y como mostraban las tumbas humildes con una simple lápida que apenas contenía una inscripción con el nombre de la persona que descansaba allí.

Teren se erguía firme frente a una de las lápidas sencillas, en silencio y con el semblante serio, mientras contemplaba la inscripción: «Nilus Rendor, defensor de la justicia hasta el final». Cerró los dedos con fuerza alrededor de la empuñadura de la espada.

—No te fallaré, padre.

***

—No me mates, por favor.

—Hace un momento tú has intentado matarme —Garrett se rascó la barbilla—, así que creo que lo justo es que yo hiciese lo mismo, ¿no te parece?

Garrett agarraba por el cuello de la ropa con una mano a uno de los cuatro hombres, y en la otra tenía la daga con la que le había atacado. Los cuerpos sin vida de los otros tres yacían esparcidos por el camino.

—Por favor, tengo familia —su expresión ref lejaba terror y angustia.

—Oh, ¿y sabe tu mujer con qué te ganas la vida?

El hombre no contestó.

—Largo —dijo Garrett con desdén mientras lo empujaba—. Pero tu arma me la quedo yo. ¡Corre! ¡Y no te pares!

El hombre obedeció sin dudar, y corrió tan rápido como se lo permitieron las piernas. Garrett jugueteaba con el arma, sonriente.

—Sería muy aburrido matarte sin más —miró al caballo—. Apuesto a que puedo alcanzarlo.

Dicho esto, arrojó la daga, que impactó en la espalda expuesta del corredor. Satisfecho al comprobar que no se levantaba, Garrett se dirigió hacia la montura.

—Vámonos, Resacoso.

El caballo cruzó la aldea al galope, levantando el polvo a su paso, y se detuvo junto a la cabaña de la colina. Garrett, una vez dentro, abrió el armario y descorrió el panel trasero falso, dejando al descubierto varios cinturones pequeños de cuero que alojaban numerosos cuchillos arrojadizos en ellos. Garrett se colocó uno en la cintura y otros dos sobre los hombros a modo de bandoleras, que se cruzaban en el pecho. Cuando terminó, extrajo la cinta roja del bolsillo y la sostuvo en la mano antes de apretarla en el puño y salir de la cabaña.

El atardecer tocaba a su fin, y la noche comenzaba a adueñarse del día. Los habitantes de Lignum regresaban de los bosques en carros tirados por bueyes, con troncos apilados en ellos. Parecía que aquella iba a ser otra noche tranquila en la pequeña aldea familiar. Garrett contempló el ir y venir de los trabajadores a lomos de la montura durante unos segundos en los que no había más sonido que el rumor del viento a través de los árboles.

—Parece que esta noche tampoco vamos a poder descansar —resopló—. No sé por qué me molesto.

Capítulo 8

Las nubes tapaban la luna, por lo que todo estaba sumido en la oscuridad. La ciudad había cesado su actividad por completo. Las calles estaban vacías, y las personas descansaban en sus viviendas o se entretenían en las tabernas, a excepción de los guardias asignados a las patrullas nocturnas, reconocibles por las antorchas que portaban.

—Por supuesto que vendrá. Si algo sé de él, es que cuatro hombres no son suficientes para detenerlo. Pero no os preocupéis, no supondrá ninguna molestia.

El chico se despertó cuando alguien pasó hablando cerca de donde estaba él, un hueco erosionado en la pared de un callejón poco frecuentado del distrito medio, en el que había improvisado una cama con un saco viejo lleno de tierra. Salió con cuidado de su escondrijo para no golpearse la cabeza, y después se estiró para desperezarse. Aún se sentía desorientado por el sueño del que acababa de despertar. Volvía a tener hambre, pero aún conservaba un muslo de pollo asado apenas roído que había conseguido arrebatarle a un perro tras pelearse con él.

No le llevó mucho tiempo arrancar los pocos trozos de carne que quedaban en el hueso. Una vez terminado, se lamió los dedos para conservar más tiempo el sabor en la boca, y tiró los restos en un lado del callejón. Era de noche y hacía frío, pero no se veía capaz de seguir durmiendo hasta el amanecer. Todavía tenía hambre, pero sabía que a esas horas de la noche no podría conseguir nada sin colarse en algún edificio, una idea que no le resultaba agradable por el riesgo que conllevaba.

Comenzó a caminar por las calles sin rumbo fijo, arrastrando la mano por las paredes rugosas de los edificios y esquivando a los guardias, por temor de que aún tuvieran la intención de dar con él por el alboroto de la mañana.

Se detuvo en uno de los puentes, el mismo en el que se había parado esa mañana. Observaba la corriente del río con la mirada perdida y con la cabeza en otro lugar. Recordó la persecución de esa mañana y cómo había salido airoso al final. Se sintió afortunado de que aquella chica no lo delatara. Y entonces, una idea vino a él. Miró hacia el final de la calle, que conducía al distrito superior. Comenzó a caminar, con la casa de las enredaderas en la fachada en mente.

***

Teren ascendió la calle principal del distrito superior por segunda vez. Ya había recorrido todas las calles del distrito y se disponía a hacerlo una vez más, y así hasta el final del turno, tras el que lo esperaba un merecido descanso en una cama caliente. Ansiaba que llegara ese momento: le pesaban los párpados, estaba cansado y comenzaba a tener frío. El poco calor que desprendía el fuego de la antorcha apenas le calentaba la cara. A pesar de todo, continuaba con la patrulla, alerta en todo momento, acercando la fuente de luz a cualquier lugar oscuro que mereciese la pena comprobar.

Se había convertido en una tarea monótona, por lo que Teren comenzó a fantasear sobre peleas contra bandidos y criminales en las que resultaba victorioso con unas pocas f lorituras. Visualizaba cada movimiento con lujo de detalles, recordando alguna de las lecciones que había recibido en su entrenamiento como miembro de la guardia. Todavía no se había visto envuelto en un combate real, pero se creía capaz de desenvolverse con facilidad cuando llegara el momento. Siempre se había manejado bien con la espada desde que su padre comenzara a entrenarlo cuando era pequeño.

Estaba cada vez más absorto en las peleas y las victorias imaginarias, por lo que apenas prestaba atención al entorno, hasta que un ruido cercano lo arrancó de sus fantasías. Desenvainó la espada.

—¿Quién va? —dijo con voz sobresaltada.

***

El chico se masajeaba los dedos del pie mientras apretaba los dientes y contenía las ganas de gritar. Debido a la escasa visibilidad, había tropezado con una pila de cajas, lo que provocó que algunas cayeran y produjeran un ruido seco sobre el suelo empedrado. Abandonó con rapidez ese lugar sin apartarse de las sombras, pendiente del guardia que rondaba por allí y al que acababa de alertar, y que ya se acercaba a su posición espada en mano.

Pronto se halló frente a la fachada del edificio que buscaba, desde donde comprobó que la habitación de la segunda planta que daba al balcón estaba ligeramente iluminada. La puerta principal estaba cerrada, y las ventanas de la fachada no se podían abrir. La única forma de entrar por ellas sería rompiendo los cristales, una solución que solo daría problemas, así que se entretuvo en buscar otra forma de entrar.

En la parte trasera de la vivienda encontró una puerta metálica en un muro alto y sólido de piedra, por la que se accedía a un pequeño patio trasero en el que, aparte de una mesa con dos sillas y una jardinera con algunas f lores, no había nada más. La entrada requería de una llave, pero, para sorpresa del muchacho, ya estaba abierta. Cruzó el patio sin detenerse demasiado a observarlo, con la atención puesta en la puerta que daba acceso al interior del edificio. Le facilitó mucho la vida que también estuviera abierta.

Al igual que en la calle, el interior de la vivienda estaba en una calma silenciosa. Comenzó a distinguir algunos de los objetos del interior en cuanto los ojos se acostumbraron a la oscuridad reinante. Estaba en un pasillo corto y estrecho, con una pequeña mesa a un lado, que daba a lo que parecía un salón. Todo el suelo estaba cubierto con una alfombra tupida, cálida al contacto con los pies casi descalzos. Las paredes estaban cubiertas con láminas de madera, y en ellas colgaban algunos cuadros con pinturas apenas apreciables. Entre el final del pasillo y el umbral del salón estaba el pie de las escaleras y, junto a él, una masa oscura tendida en el suelo. El chico se acercó para averiguar de qué se trataba, y de repente el tacto de la alfombra se confundió con otro más caliente, pegajoso y viscoso.

Cuando estuvo al lado de la figura, se arrodilló para examinarla mejor: muchas arrugas en la cara y poco pelo en la cabeza, una nariz aguileña entre dos ojos pequeños y un gesto inexpresivo. La figura resultó ser un hombre, probablemente un criado, a juzgar por su ropa sencilla, limpia y cuidada. Apoyó la mano derecha en el pecho del hombre, donde una mancha oscura le ocupaba la mayor parte, pero la retiró al sentir el mismo tacto que en los pies: sangre. El chico se asustó al comprobar que aquel hombre había sido asesinado. Comenzó a sentir mucho miedo, pero no por él. Sin pararse a mirar nada más de la casa, subió las escaleras, marcando la huella de los pies con la sangre que acababa de pisar.

La primera planta, como la planta baja, no presentaba un aspecto fuera de lo normal. Todo parecía estar en orden. Quienquiera que hubiese estado allí, no buscaba dinero ni riquezas. Alcanzó la segunda planta después de tropezar con algunos escalones debido a la prisa que llevaba. Volvía a estar en un pasillo, esta vez más largo y estrecho, f lanqueado por varias puertas cerradas. Su objetivo era la habitación iluminada que había visto desde el exterior.

Pero, antes de poder avanzar, se encontró con la silueta de un hombre que apenas pudo distinguir en la oscuridad. El hombre se percató de su aparición y se giró hacia él. El chico retrocedió un par de pasos con un sudor frío que le caía por la espalda mientras la silueta daba un paso en su dirección. El segundo paso no llegó a darlo, debido a otra silueta aparecida de la nada que lo embistió a la altura de la cintura. Las dos figuras chocaron con una cómoda, de la que cayó un jarrón que estalló al tocar el suelo, y después se enzarzaron en una contienda personal. El chico no se entretuvo en mirar la pelea y corrió pasillo adentro para refugiarse en la primera habitación que encontró.

La alcoba estaba en penumbra, alumbrada escasamente por el fuego de una chimenea. Era una estancia con unas dimensiones reducidas en la que había una cama individual adornada con un ostentoso cabecero de madera oscura, y una mesa y una silla del mismo tipo de madera. Junto a la chimenea, había una chica sentada en el suelo que sostenía un libro entre las manos, y cuya mirada ref lejaba más desconcierto que temor.

—¿Cómo has entrado? —preguntó sin pensar ante la irrupción. Pero, después de examinarlo de arriba abajo, la chica cambió el gesto alterado por una sonrisa ligeramente maliciosa—. Si es el ladrón alborotador. ¿Has venido a robar y destrozar mi casa también?

Él se quedó en silencio, tratando de encontrar las palabras para contestar, pero no parecía tener suerte en la tarea. Era incapaz de hacer otra cosa más que mirarla. Tenía el pulso acelerado, aunque no sabría decir si era por verla a ella o por el conf licto del que huía y que lo había llevado a la habitación. Otro destrozo sonó en el pasillo.

—Ven. Corre —el chico señaló el hueco bajo la cama con una mano mientras se acercaba a él y hacía señas con la otra.

La joven no se movió del sitio. Únicamente le dedicó una mirada con una ceja levantada.

—Hay un hombre muerto ahí abajo, y ahí fuera hay dos personas peleando. Por favor, ven y métete debajo.

—¿Esperas que me lo crea?

Más alboroto procedente de fuera. El chico apretó lo dientes y masculló una maldición antes de acercarse a la chica, agarrarla por el brazo y obligarla a tumbarse bajo la cama. Curiosamente, la chica no se resistió.

—¿Así que esta es tu forma de acercarte a las mujeres? —dijo ella cuando estuvieron los dos bajo la cama—. Dime, ¿te ha funcionado alguna vez antes?

Él la miró con gesto arrugado. La tenía sorprendentemente cerca. El pulso se le aceleró más. Ya sabía por qué era.

—¿De qué hablas?

—Quizá con alguna campesina sucia, pero conmigo no te funcionará.

—Te equivocas, de verdad que hay alguien ahí fuera.

—¿Ah, sí? ¿Y qué haces en mi casa, para empezar?

El chico sintió cómo le subía la sangre a las mejillas. Suerte que la oscuridad bajo la cama escondiera el rubor.

—Yo…

—No me lo digas, ¿te has enamorado de mí solo con verme una vez?

Él no supo qué responder, de modo que ella tomó el silencio como una afirmación. Se echó a reír.

—Qué infantil —dijo entre risas—. Qué básicos sois los hombres.

Pero su carcajada fue interrumpida cuando la puerta se abrió de golpe y un hombre entró de espaldas a ras del suelo, como si algo lo hubiera empujado con fuerza. Llevaba una vestimenta f lexible y ajustada al cuerpo que le dejaba los brazos expuestos, y una media máscara metálica, un poco más grande que un antifaz, le cubría la cara. Cuando se levantó, en el umbral de la puerta apareció otro hombre, que se cubría la cabeza por completo a excepción de los ojos. Ambos portaban una espada, pero ninguno la había desenvainado aún.

—¿Secuestrar niños? No esperaba que cayeras tan bajo.

El chico, sorprendido al escuchar aquel tono familiar, se asomó para reconocer al jinete que lo había salvado en el bosque la noche anterior.

—Nunca le hago ascos a un trabajo si la paga es buena.

Los hombres hablaron mientras se propinaban puñetazos, golpes y patadas. Los dos se movían con destreza y atacaban con agresividad, pero la mayoría de los golpes eran bloqueados. Ambos luchadores parecían estar muy igualados en cuanto a sus condiciones para el combate. Llegó un momento de la confrontación en que los dos desenvainaron las armas, y los metales empezaron a intercambiar opiniones, y, al igual que había sucedido con los puños, las espadas tampoco alcanzaban los blancos. Costaría mucho declarar a un vencedor en aquella pelea.

***

En cuanto se fueron todos los clientes, Lis se puso a limpiar y a recoger las mesas, ayudada por Thomas, el hijo de uno de los leñadores de la aldea que comenzaba a seguir los pasos de su padre, y que aprovechaba cada vez que Lis estaba distraída para observarla.

—Gracias por ayudarme, pero puedo encargarme yo si estás cansado.

—Tranquila —dijo con una sonrisa—, no es ninguna molestia.

La verdad es que sí estaba cansado, pero esos ratos eran los únicos en los que podía verla. Cuando eran niños pasaron mucho tiempo juntos, pero había comenzado a trabajar recientemente en el aserradero, lo que no le permitía estar con ella tanto como quisiera.

Thomas estaba absorto en esos pensamientos cuando alguien llamó a la puerta. No era habitual que apareciese gente por allí a esas altas horas de la noche, pero Lis se acercó a la puerta de todas formas para ver de quién se trataba. Al otro lado, tres hombres esperaban con sonrisas amplias. Uno de ellos tenía la nariz desfigurada.

—Hola, querida.

Lis gritó, pero el de la nariz rota le tapó la boca con una mano y la empujó hacia dentro de la posada. Alertado por el grito, Thomas se acercó a la puerta.

—¡Suéltala!

Estaba dispuesto a empezar una pelea, pero los otros dos hombres corrieron hacia él, lo agarraron por los brazos y lo empujaron hasta chocar con una pared. Thomas se derrumbó al perder el equilibrio, y los hombres comenzaron a patearlo.

—¿Me has echado de menos, cielo? —el aliento le apestaba a alcohol—. Por cierto, antes no he podido presentarme en condiciones: soy Reimus, coleccionista de tesoros y ladrón de virginidades, y tú, querida, estás de suerte.

Lis abrió los ojos, aterrada, y trató de liberarse y gritar, pero Reimus le atenazaba la muñeca. Intentó golpearlo, pero pronto se vio superada por la fuerza del hombre, que terminó por empujarla contra una mesa.

—Por favor, cielo, no hagas esto tan difícil —acercó la cara al cuello de la mujer e inspiró profundamente—. De todas las mujeres, las vírgenes sois mis favoritas, porque tratáis de resistiros, pero en realidad os encanta, y sé que después os sentís agradecidas.

Lis y Reimus seguían forcejeando mientras Thomas trataba de incorporarse y resistirse a sus agresores, cuyas patadas no cesaban. Reimus desabrochó los cordones del corpiño de Lis, dejando expuestos sus pechos. Hizo una mueca.

—No son muy grandes, pero creo que sabré darles uso.

Dicho esto, comenzó a pasar la mano por la mujer, que había empezado a llorar ante la impotencia que sentía. Thomas ya no se movía, y los hombres lo habían dejado tirado para centrarse en su compañero. Los tres hombres seguían sonrientes.

—Déjanos algo a nosotros, Reimus.

—Eso, no seas tacaño.

—Por supuesto, muchachos, pero ya sabéis que a mí me corresponde la primera vez.

Lis tenía el torso colocado boca abajo sobre la mesa, que se balanceaba al mismo ritmo que ella. Agarraba los bordes de la tabla con una fuerza fruto de la rabia y la humillación.

—Lis —susurró Thomas.

Todo lo que podía oír eran el llanto ahogado de la mujer y los gemidos grotescos del hombre. Trató de levantarse una vez más, pero una última patada en la sien le hizo perder el conocimiento.

***

La pelea en la vivienda se había interrumpido para dar paso a una persecución por las calles del distrito superior. Garrett perseguía a su rival, que había escapado en cuanto tuvo la oportunidad. Aunque levemente, había conseguido herirlo, y Gunthar huyó antes de que lo alcanzara una segunda vez, que podría resultar mortal.

Gunthar corría por la calle en dirección a la Asamblea, pero giró bruscamente un recodo, con lo que rompió el campo visual con su perseguidor. Garrett siguió sus pasos, que lo condujeron a un pequeño jardín encerrado entre dos edificios, con bancos de piedra en los laterales y una fuente en el centro, y al que se podía acceder únicamente a través del arco de piedra donde él se encontraba. La vegetación dominaba la mayoría de los rincones del lugar.

Pero Gunthar no estaba allí. En su lugar, había una persona de rodillas en el centro del jardín y con las manos a la espalda. Un saco le cubría la cabeza. Garrett escrutó todo el recinto, pero no veía a nadie más, de modo que se acercó con paso lento y firme a la persona arrodillada. Le retiró el saco con un movimiento rápido, lo que dejó a la vista el rostro de un hombre mayor que presentaba señales de haber recibido un trato poco cordial. Uno de los ojos estaba hinchado y tenía la nariz y los labios ensangrentados. Una mordaza le impedía hablar.

—¿Y tú quién eres?

—Permíteme que os presente —la voz de Gunthar sonó cercana, pero dispersa por el lugar, por lo que resultaba difícil de ubicar—. Garrett, este es Denys, un hombre de negocios que ha amasado una inmensa fortuna. Ah, y también es un miembro del Consejo, aunque seguro que todo esto no te importa.

Garrett seguía buscando en la oscuridad.

—¿A qué juegas? ¡Muéstrate!

—Es posible que me confundiese a la hora de contarte nuestro pequeño plan, y ahora mi error te va a salir muy caro —se echó a reír—. Veo que aún eres tan fácil de engañar como siempre.

Garrett comenzaba a alterarse. Examinaba cada rincón del jardín, pero no lograba encontrar la fuente de la voz que se burlaba de él. Deseaba echarle las manos al cuello y callarlo para siempre.

—Creo que mi socio considerará esta situación muy beneficiosa para comenzar la renovación de Rhydos. Puede que, incluso, me recompense con un lugar entre los miembros del Consejo, ahora que ha quedado un puesto vacante.

La voz se detuvo, y un resorte metálico sonó en el recinto. Algo silbó cerca de Garrett. Se giró hacia el hombre maniatado, al que descubrió en el suelo con un virote de ballesta clavado en la espalda.

—Quizá puedas sobrevivir a una pelea contra varios oponentes, pero me pregunto cuánto tiempo podrás esquivar la horca —sonó otra risa—. Asesinar a un miembro del Consejo no está bien, Garrett.

—Voy a matarte, Gunthar —apretaba los puños con rabia.

—¿Todavía estás con esas? Creo que me moriría de aburrimiento si esperase a que lo hicieras. Lo siento, Garrett, pero me temo que esto sí que es una despedida. Acuérdate de mí cuando te vayan a ejecutar.

La voz cesó de repente, y el silencio volvió a reinar en el patio. Otra voz en forma de eco susurrante apareció en la cabeza de Garrett:

—Será mejor irse cuanto antes…

Garrett miró el cuerpo del consejero asesinado.

—Sí, será lo mejor.

Garrett desistió en la búsqueda de Gunthar y se dispuso a salir del patio, pero en la entrada acababa de aparecer un guardia con una antorcha en la mano. El ruido lo había acercado allí mientras patrullaba. El guardia, que bloqueaba el paso de la salida, observó a Garrett, y luego al cuerpo tendido en el suelo, y, después de apartarse los mechones de pelo de los ojos, dedicó a Garrett una mirada incriminatoria.

—Créeme —comenzó Garrett—, yo soy el bueno en todo esto.

—Me cuesta confiar en un hombre que se afana tanto en ocultar su identidad —Teren desenvainó el arma, tratando de mantener un pulso firme que disimulara su nerviosismo.

Garrett suspiró.

—Tú lo has querido.

Llevó despacio la mano a la empuñadura de la espada.

—Sin sangre, Garrett… No lo empeores... Apártalo de la salida y vete...

Y, como si estuviera de acuerdo, Garrett retiró la mano con la misma tranquilidad.

—No sabía que el cuerpo de la guardia aceptara niños entre sus filas —provocó Garrett mientras analizaba al guardia con atención—. ¿Qué te han prometido a ti? ¿Dinero?, ¿poder?

—Te equivocas. Yo elegí estar aquí —contestó con voz firme—. Quiero seguir los pasos de mi padre.

—Conmovedor. ¿Puedo irme ya?

—Mi padre fue asesinado cuando estaba de servicio. Asesinado por gente como tú.

—Si ya sabes cómo acaba, ¿por qué quieres seguir sus pasos?

—Cuando murió, juré que lo vengaría, y para ello voy a acabar con toda la escoria que asola Rhydos. Y contigo.

—Ya veo —avanzó unos pasos hacia el guardia y se detuvo con los brazos en cruz—. Adelante.

Teren tiró la antorcha al suelo y agarró la espada con las dos manos. En un arranque de rabia mezclada con miedo, cargó hacia su rival con el arma por delante, preparada para atravesar todo lo que se le cruzase en el camino.

—Mal.

Garrett esquivó el ataque sin problemas y propinó una patada a Teren en las costillas que le hizo tambalearse. Teren, incapaz de mantener la cabeza fría, volvió a cargar hacia Garrett, esta vez con la espada en alto, pero el ataque falló al igual que antes. Encadenó una serie de ataques con el arma agarrada con ambas manos, pero demasiado lentos para alcanzar al blanco. Recibió un golpe seco en el pecho que lo tiró al suelo. La espada se le cayó de las manos.

—¿No se aseguraron de que supieras luchar antes de aceptarte en la guardia? ¡Vamos, golpéame!

—¿A qué juegas?... Vete ya…

Después de recobrarse del golpe que lo había dejado sin aliento, Teren recogió la espada y atacó de nuevo. El cansancio y el frío hacían mella en él, pero no eran comparables a la frustración que sentía y que provocaba que ninguno de los ataques tuviera algún efecto.

Garrett esquivaba sin esfuerzo los ataques y golpeaba al guardia, joven e inexperto. Se entretuvo más de la cuenta, por lo que, no mucho tiempo después de haber empezado la contienda, se empezaron a escuchar gritos procedentes de la oscuridad de la noche y el repiquetear metálico de las armas y las cotas de malla.

—Me encantaría seguir jugando, pero me temo que debería irme ya —practicó una reverencia burlona—. Por favor, despídeme de tus amigos por mí. Y deberías hacer algo con tu pelo: no puedes luchar si no puedes ver.

Garrett se encaminó a la salida, dando la espalda al guardia. Teren, sin embargo, no estaba dispuesto a dejarlo marchar. Estaba exhausto, pero aun así cargó otra vez hacia él.

—Mal.

Con un solo movimiento, Garrett giró sobre sí mismo para esquivar la estocada, desenvainó el arma y le cortó la espalda a su contrincante con un golpe descendente desde el hombro derecho hasta el riñón izquierdo. La cota de malla apenas opuso resistencia contra la hoja afilada de la espada.

El contacto frío del metal fue seguido inmediatamente del dolor al sentir la piel desgarrada y del calor de la sangre. Con un alarido, Teren se retorció y cayó. Sin despegar la cara del suelo, vio cómo el hombre abandonaba el jardín con rapidez, seguido por las voces alarmadas de los guardias que acudían allí. Estaba tirado sin poder moverse. Los músculos no le respondían, y la sangre manaba de la herida. Junto a él descansaba la espada de su padre.

—He fallado —las lágrimas le anegaron los ojos. El peso de la derrota fue la parte más dolorosa de todas.

Los guardias finalmente llegaron al lugar, donde encontraron el cuerpo sin vida del consejero Denys y a uno de sus compañeros de la guardia, quieto y con una herida abierta que le recorría la espalda.

***

— ¿Te das cuenta de que siempre acabamos en situaciones como esta?...

—Esta es la última vez que me meto donde no me llaman.

—¿Te das cuenta de que eso dijiste la última vez?...

—Lo siento, pero no me parece que sea la mejor ocasión para ponernos a hablar.

—Me aburro… Nunca me das conversación…

—¿Y tenías que elegir este momento para echármelo en cara?

—Es tan bueno como cualquier otro…

—¿Sí? Pues lamento discrepar. No es a ti a quien buscan.

—Tampoco a ti… ¿Por qué huyes, si eres inocente?...

—Supongo que será por costumbre.

—Pero podrías explicarles lo sucedido…

—Dudo mucho que estos hombres me inviten a razonar con ellos.

Los gritos de alarma se propagaron como las llamas, y pronto toda la ciudad estuvo alerta. Los guardias le pisaban los talones, pero Garrett hacía lo posible por no encontrarse con ninguno. Mantenía una conversación en susurros apenas perceptibles mientras esquivaba patrullas y grupos de hombres armados que comenzaban a inundar las calles. Giró una esquina y se encontró cara a cara con un guardia, que a punto estuvo de avisar sobre la localización de Garrett, pero un cuchillo que voló hacia su garganta se lo impidió.

—¡ Hala!, ya has matado a alguien… De verdad que no tienes remedio...

—¿Y qué debería haber hecho, dejar que se me echara encima?

—Nada de esto habría pasado si me hubieras obedecido cuando te dije que te fueras…

—Te encanta echarme en cara mis errores, ¿verdad?

—No sabes cuánto…

Garrett llegó a una de las grandes puertas de la muralla, en el distrito medio. El rastrillo estaba izado y, gracias al revuelo que se había montado en el distrito superior, contaba con poca vigilancia. Solo dos guardias la custodiaban. Garrett estiró los brazos y tensó los músculos. Con la espada en la mano, avanzó hacia la puerta al amparo de la oscuridad. Cuando los soldados lo viesen, ya sería tarde para ellos.

—Espérame, Resacoso.

Una vez salió de la ciudad, no le llevó demasiado tiempo superar la distancia que lo separaba del lugar donde había dejado a la montura, en la linde del bosque, junto al camino que se dirigía a Lignum. Antes de tomar la ruta de regreso, echó un último vistazo a la ciudad, que aún parecía agitarse en busca del responsable de las muertes.

—¿Y qué hay de ese muchacho?... ¿No crees que te has excedido con él?...

—Puede, pero al menos ahora tiene más motivos para querer mejorar. En realidad, le he hecho un favor.

—¿No te preocupa que quiera intentar matarte?...

Garrett se encogió de hombros.

—Me faltan dedos para contar a todas las personas que sueñan con darme muerte. Hace tiempo que dejé de preocuparme por eso.

Capítulo 9

El chico se despertó con la mejilla húmeda, apoyada sobre un charco de baba. Se restregó la mano por la cara para limpiársela, todavía más dormido que despierto. Abrió los ojos despacio, mientras trataba de recordar dónde estaba. Cuando se acordó, y al ver que la chica no estaba con él, se levantó con rapidez.

El golpe con la cama fue tal que la cabeza del chico rebotó hasta casi dar con la frente en el suelo. Salió con cuidado del escondite a la vez que maldecía para sí y se frotaba el lugar del impacto, que le ardía cada vez más. Los muebles que habían sufrido los efectos de la pelea aún estaban desperdigados por la habitación, bastante iluminada por la luz que entraba a través de las puertas del balcón. Se asomó a la calle y vio un carruaje tirado por dos caballos, preparado para partir en cualquier momento. De repente, la chica apareció en la calle, en dirección al vehículo.

Sin perder más tiempo, comenzó a descender las escaleras de tres en tres escalones, hasta que alcanzó la planta baja. El cuerpo que había encontrado la noche anterior ya no estaba, pero la mancha de sangre de la alfombra parecía que nunca fuese a desaparecer. Se dirigió a la entrada principal, esquivando los muebles. La chica había comenzado a subir al carruaje.

—¡Espera! —gritó, justo cuando el cochero cerró la puerta después de que la chica hubiese entrado.

La cortina de la ventana se descorrió, y la chica asomó un poco la cabeza. El cochero aún cargaba alguno de los enseres que componían el equipaje, por lo que parecía que tenían tiempo para una breve conversación.

—¿A dónde vas? —preguntó mientras se acercaba a ella.

—Vaya, el ladrón durmiente se ha despertado. ¿Es que tanto te intereso? —sonrió—. A la finca de mi familia. Perdona que no te diga dónde es, pero no creo que debieras aparecer por allí de imprevisto. A mi padre no le gustaría.

—¿Cuándo vas a volver? —preguntó.

—Quién sabe, quizá no vuelva nunca y ya solo me veas en sueños.

El chico se quedó callado. El cochero terminó de cargar el equipaje y se sentó en la posición del conductor. Le quedaba poco tiempo para hablar.

—¿Cuál es tu nombre?

La chica sonrió y desapareció dentro del coche unos instantes antes de que la cortina volviera a descorrerse y apareciera una mano que le tendía un libro. El chico lo cogió, aunque no entendía el significado de aquello.

—¿Qué es? —preguntó.

—Ven algún día a devolvérmelo, si es cierto que tienes tantas ganas de volver a verme.

El conductor agitó las riendas, señal que indicaba a los caballos que era el momento de ponerse en marcha. El carruaje se alejó a un ritmo moderado, camino de una de las puertas de la muralla.

En cuanto lo perdió de vista, el chico abrió el libro. Se sintió abrumado al ver tantos símbolos diferentes escritos en las hojas de papel. No distinguía nada de lo que ponía, pero le llamó la atención que en la primera hoja no hubiera símbolos grandes y de trazo grueso como en todo el libro, sino otros de un trazo más fino y delicado. Se rascó la cabeza.

Mientras trataba de descifrar el contenido del libro, un hombre de aspecto humilde apareció en la calle, cargado con un martillo y varios rollos de papel bajo el brazo. Desplegó uno de los rollos sobre una pared y luego golpeó un clavo con el martillo hasta que el cartel se quedó en el sitio.

La curiosidad del muchacho lo llevó a acercarse al papel, y en él reconoció el retrato de una persona con una capucha y la cara tapada, de la que solo se veían los ojos. Era el jinete del bosque. No había reparado en que otro hombre también se había visto atraído por el cartel, y, después de examinarlo, lo arrancó de la pared y se fue con él calle abajo, hacia el distrito medio. También fue la curiosidad la que llevó al chico a seguir a aquel hombre hasta el interior de un edificio, una taberna que se anunciaba con un cartel que tenía dibujado un pájaro desplumado con las alas desplegadas.

El interior presentaba un aspecto humilde, con mesas rectangulares ocupando la mayor parte del espacio y algunas redondas un poco más apartadas. El hombre se unió a otros tres que bebían alrededor de una de las mesas alargadas, y plantó el cartel en la tabla ante ellos.

—¿Qué es esto? —dijo uno de ellos.

—Mirad la recompensa.

Los otros hombres obedecieron al primero, y soltaron gritos de sorpresa al ver la cantidad que se ofrecía por llevar a aquella persona ante las autoridades, con o sin vida.

—¿Qué vamos a hacer?

—Iremos a por él, por supuesto.

—Espera —intervino otro, que golpeó en el brazo a uno de sus compañeros—. ¿No es este el que le rompió la nariz a Reimus?

—Es verdad —dijo el segundo—. Es él.

—¿Ya lo habíais visto? ¿Dónde?

—En Lignum. Es una aldea, está cerca de aquí.

El hombre que había recogido el cartel sonrió.

—Muy bien, muchachos, tenemos un nuevo trabajo que hacer.

Los hombres brindaron ruidosamente y después dieron sendos tragos a las jarras de madera, mientras el chico permanecía escondido en un rincón desde donde pudo escuchar toda la conversación. No necesitó escuchar más para saber qué se proponían. Tenía que avisar al jinete, como forma de devolverle el favor por haberlo salvado.

Salió de la taberna y echó a correr calle abajo, decidido, hasta que llegó a una de las puertas de la muralla, donde se detuvo. En aquel punto, la decisión dejó paso a la incertidumbre.

«Espera, ¿dónde narices está esa aldea?»

Se agachó en el sitio y se restregó las manos por el pelo, frustrado. Se le había escapado ese detalle, y era el más importante de todos.

—Aparta, niño —escuchó de pronto tras él.

No se había dado cuenta de que estaba parado en mitad del paso, y ahora le bloqueaba el camino a un carro pequeño tirado por una mula, dirigida por un hombre de aspecto mayor.

—¿Es que no me has oído?

—Perdón, señor, ¿conoce una aldea que se llama Lignum?

—¿Que si la conozco? Voy ahora mismo para allá. Si te quitas de en medio, claro.

El chico sonrió. Aquel hombre era un regalo del cielo.

—¿De verdad? ¿Le importaría llevarme hasta allí?

—¿Tengo pinta de ser un cochero? Aparta de una vez.

El chico no tuvo más remedio que obedecer ante la negativa del hombre, pero eso no significaba que no fuera a sacar partido de él. En cuanto pasó de largo, y tras haberse asegurado de que ni el hombre ni nadie pudiera darse cuenta, se colocó en la parte trasera del carro y se sentó hecho un ovillo.

—Ya tengo transporte —dijo satisfecho—. Ahora queda esperar.

Capítulo 10

Teren se palpó la espalda una vez más. Sentía la presión de los vendajes sobre la piel. El corte le escocía a causa del sudor que le recorría la espalda bajo el uniforme de la guardia. Afortunadamente, la herida resultó ser menos profunda de lo esperado, pero era posible que dejara una cicatriz, como recordatorio del fracaso de aquella noche.

Le habían recomendado que se tomara unos días de descanso, pero hizo caso omiso del consejo. En ese momento estaba en el patio de entrenamiento del cuartel de la guardia, un cuadrilátero con el suelo de arena que precedía la entrada al propio cuartel. Llevaba allí media mañana, junto a uno de los varios muñecos de entrenamiento que había a lo largo del patio. Describía movimientos y ataques con precaución: la zona de la herida le dolía cuando se sobrepasaba.

Agarró con las dos manos la espada y se preparó para atacar de nuevo al estafermo que tenía frente a él. A esa hora del día no había nadie más en el patio de entrenamiento del cuartel de la guardia, por lo que nadie le molestaba o interrumpía.

Golpeaba con fintas, tajos y estocadas. Aunque estaba hecho de madera, Teren no podía evitar ver en el muñeco la imagen del hombre de la otra noche. Eso lo empujaba a atacar con furia y descontrol, hasta que la herida volvía a darle un toque de atención.

Tras recibir otro de los envites, el estafermo terminó por descomponerse, aunque Teren se ensañó un poco más con él antes de perdonarlo. Se detuvo a recuperar el aliento mientras observaba las piezas desprendidas del instrumento de entrenamiento, con unos ojos llenos de desprecio y rabia.

—Dale una tregua —sonó detrás de él—. No puede defenderse.

Teren se giró y vio a una mujer joven, quizá unos años mayor que él. Vestía una armadura sencilla confeccionada con cuero y escamas de acero, pero que no ocultaba su figura esbelta. El pelo rojizo, recogido en una coleta que le caía por el hombro izquierdo, contrastaba con la tonalidad clara de su piel. Tenía los ojos verdes puestos en él, y del cinturón le colgaba una espada envainada.

—¿Crees que puedes hacerlo mejor que él? —dijo Teren mientras señalaba el muñeco con la punta de la espada.

—Puedo intentarlo —la mujer extrajo la espada de la vaina con suavidad. Entrecerró los ojos—. Deberías hacer algo con tu pelo. Es la tercera vez que te apartas los mechones de los ojos.

Teren enarcó una ceja. Se acercó con paso lento a la joven, que retrocedía, con la misma tranquilidad, hacia el centro del patio. Hizo crujir las vértebras de su cuello.

—Vamos allá.

El cansancio acumulado por todo el entrenamiento anterior y la dificultad añadida por la herida le impidieron a Teren luchar con la f luidez de la que sí disponía la mujer, que trazaba movimientos con presteza. Pasaron varios minutos antes de que esta bloqueara uno de los ataques de su contrincante y, acto seguido, describiera un barrido con la pierna que lo derrumbara. El hombre intentó incorporarse, pero se encontró con la punta de la espada de su rival rozándole el mentón.

—Gano yo —le tendió la mano al chico, que aceptó a regañadientes la ayuda para levantarse—. Me llamo Kendra.

—Teren —dijo, frustrado por la derrota. Sacudió la cabeza—. ¿Qué haces aquí? ¿Quién eres?

—Solía trabajar como mercenaria, pero la guardia ha empezado a reclutar más efectivos recientemente. No estaba mal pagado, así que decidí unirme —sonrió—. Parece que ahora somos compañeros.

Sin mediar más palabra, Teren recogió la espada y abandonó el cuartel a toda prisa, con aspecto enfadado, mientras Kendra lo observaba alejarse con una pizca de desconcierto. Caminó por las calles del distrito medio varios minutos, hasta llegar a la plazoleta donde se encontraba la oficina del alguacil. Entró de manera estrepitosa, pero el alguacil, sentado tras el escritorio, no apartó la mirada de los documentos que tenía entre las manos.

—Es un error, señor —la voz de Teren sonó acalorada.

—¿Perdón? —el alguacil levantó los ojos del papel que tenía entre manos.

—Llevo media vida entrenando para ingresar al cuerpo de la guardia, ¿y ahora aceptáis a la primera persona con la que os cruzáis? Con el debido respeto, señor, creo que es una imprudencia.

El alguacil suspiró profundamente mientras dejaba el informe en la mesa y se levantaba del asiento. Su aspecto ref lejaba un cansancio causado por haber dormido poco en los últimos días.

—Tras el ataque que sufrimos la otra noche, me di cuenta de que nuestra seguridad no era tan eficiente como pensaba. La guardia no contaba con soldados lo suficientemente experimentados.

Teren bajó la mirada, molesto.

—Solo reclutaremos a aquellos que muestren las capacidades necesarias para entrar en el cuerpo —concluyó el alguacil.

—¿Y vender su espada al mejor postor es una de ellas?

—Ah, veo que has conocido a nuestra recluta más reciente. Tiene un espíritu entusiasta. Me recordó mucho a ti.

—Es una mercenaria, señor. Se pasará al bando de quien le ofrezca una bolsa de monedas más grande. Puede traicionarnos y vender la ciudad.

—Puede que hasta ahora me haya ganado así la vida —Kendra apareció en la oficina—, pero Alveo es mi hogar y daré mi vida por defenderlo.

Kendra se plantó frente a Teren y le dedicó una mirada desafiante, que fue respondida con otra igual de desafiante, incluso más. El silencio que inundó la estancia provocó que la tensión entre ambos aumentara. El alguacil se dejó caer en el asiento con un lamento.

—No se os pide que os llevéis bien, solo que cumpláis con vuestro deber.

—Pero, señor…

—Lo lamento, muchacho, pero ahora es tu compañera y, si aún quieres formar parte del cuerpo, debes aceptarlo. Es mi decisión.

Teren miró a Kendra, que le respondió con una sonrisa que decía: «Jódete».

—Y ahora, si no os importa, tengo trabajo que terminar.

El alguacil los despidió con un gesto de la mano, y los dos salieron a la plazoleta. Teren, que iba por delante, se detuvo. Con un movimiento enérgico, dio media vuelta y miró a Kendra fijamente a los ojos.

—No pienso quitarte el ojo de encima. Puede que hayas convencido al alguacil, pero yo conozco a los de tu calaña, y sé que nos venderás en cuanto alguien te pague más —las palabras sonaban amenazantes, pero la joven no se dejó amedrentar.

—Lo que tú digas, ricitos.

—Y quiero la revancha. Antes tuviste suerte.

Kendra levantó las cejas. Lo inesperado de aquella petición le provocó la risa:

—De acuerdo, pero primero aprende a pelear, ricitos. Y haz algo con ese pelo tuyo.

Capítulo 11

La tarde llegó acompañada de una lluvia intensa y de unas rachas de viento que la arrastraban en todas direcciones. Los trabajadores del aserradero recogían con prisa los aparejos y los instrumentos de trabajo y regresaban a la aldea, incapaces de continuar frente a las condiciones desfavorables. Garrett escuchaba el fuerte sonido de las gotas de agua golpeando el tejado de la cabaña mientras removía con aire tranquilo los leños que alimentaban el fuego de la chimenea de piedra.

Estaba agachado, en silencio y meditabundo, cuando un sonido más fuerte que los demás lo sacó de sus pensamientos. Alguien había llamado a la puerta. Se acercó despacio al mismo tiempo que agarraba la espada y la desenvainaba. Abrió la puerta con cautela a la vez que mantenía escondida el arma, lista para atacar.

Fuera lo que fuese que esperaba ver, no era lo que encontró: bajo la lluvia había un chico joven, casi un niño, mojado por completo. En las manos sostenía algo envuelto en un trapo y lo apretaba contra su pecho, protegiéndolo del agua con su cuerpo. Garrett no soltó la espada.

—¿Quién eres? —entrecerró los ojos—. Espera, te recuerdo. Eres el crío del bosque. Lo siento, pero no tengo manzanas, así que puedes irte.

—¡Acéptame como tu aprendiz, por favor! —exclamó el chico para hacerse oír sobre el ruido de la lluvia.

Garrett se quedó en blanco.

—¿Qué?

—¡Por favor, señor! ¡Quiero ser fuerte!

—Vete a casa, chico.

—No tengo casa. No tengo nada. Por favor, señor, enséñame a ser como tú.

—Lárgate. Busca un trabajo, cásate, forma una familia y luego muérete. Vive como quieras, pero déjame en paz.

—Quiero ayudar a la gente. Quiero ser igual que tú.

Al escuchar eso, Garrett acercó la cara a la del chico hasta que estuvo a escasos centímetros de ella. Después, confirió a su voz un tono sombrío:

—Mato hombres, mujeres y niños solo por dinero. Destrozo familias: dejo a las madres sin hijos, a las mujeres, viudas; y a los hijos, huérfanos. Soy un monstruo al que todos quieren ver muerto. ¿De verdad quieres ser como yo?

Pero sus palabras no impresionaron al chico, que ya había decidido enfrentarse a todo lo que hiciera falta. Lo había meditado en el tiempo que el carro tardó en llegar hasta la aldea, mientras esperaba escondido entre la carga. Aquel hombre era fuerte, él mismo lo había visto, y él deseaba ser fuerte. Necesitaba ser fuerte. Se mantuvo firme, sosteniéndole la mirada a aquellos ojos grisáceos.

—Sí —dijo tajantemente.

Garrett, cansado, retrocedió y cerró la puerta de un portazo. Después de envainar el arma y apoyarla contra la pared, se acercó al armario y sacó de él una cacerola metálica. La llenó con el agua de un odre de piel y la colgó del asa en la chimenea, sobre el fuego. Durante unos segundos se detuvo a observar cómo las llamas danzaban y devoraban los leños de madera.

Se sentó en la silla que había junto a la mesa, y allí estuvo durante bastante tiempo. De un bolsillo de su atuendo extrajo la cinta roja de extremos quemados, y fijó toda la atención en ella.

—Y ahora, ¿qué?...

Garrett sonrió ligeramente, con más tristeza que alegría.

—No lo sé.

La intensidad de la lluvia iba en aumento. Las gotas golpeaban con fiereza el tejado y las paredes de la vivienda. Garrett suspiró, guardó la cinta y se encaminó a la puerta. Esperaba que el muchacho hubiera cambiado de idea en ese tiempo y se hubiera marchado, obligado a encontrar cobijo.

Pero no se había movido. Estaba sentado en el suelo embarrado, con las piernas cruzadas y el cuerpo encorvado hacia delante, utilizándolo como un escudo para proteger lo que quiera que llevase en la mano.

Al oír el sonido de la puerta, el chico levantó la cabeza con un pequeño hálito de esperanza. Garrett estuvo un instante en el umbral mientras observaba el aspecto frágil del chico, que había comenzado a tiritar.

—Entra —dijo, mientras se apartaba y describía un movimiento con la mano.

El chico se levantó con torpeza y obedeció.

—Acércate al fuego —volvió a decir Garrett.

El muchacho aceptó con gusto la orden y se puso todo lo cerca que pudo de las llamas. Apenas sentía las extremidades por culpa del frío, que había penetrado en su piel hasta llegar a los huesos. Garrett retiró la cacerola con cuidado y la puso frente al chico.

—Mete las manos.

El muchacho lo hizo, y entonces notó cómo la sangre f luía de nuevo por sus brazos. El calor del agua se propagaba desde la punta de los dedos hacia los hombros. Sonrió, aliviado. Desde esa posición, se fijó en el rostro del hombre, que contaba con algunas arrugas de expresión marcadas y una barba de varios días. Se encontró con que los ojos grises de él también lo miraban. Así estuvieron durante casi un minuto, hasta que Garrett habló:

—¿Qué se supone que puedes aprender de mí?

—Te vi pelear en el bosque. Fue impresionante, tú solo te libraste de tres enemigos. Quiero aprender a luchar así.

—¿Para qué, para dedicarte a matar?

—No —respondió el chico con decisión—. Para ser fuerte y proteger a las personas que me importan.

Garrett rio como si le acabaran de contar un mal chiste.

—Claro que sí —se tomó un tiempo para dejar de reír antes de cambiar de tema—. Entonces, ¿siempre has estado solo?

El chico bajó la mirada hacia las tablas del suelo.

—No siempre —dijo, con un hilo de voz.

Garrett frunció el ceño.

—¿De dónde has salido, entonces?

El muchacho lo miró a los ojos otra vez, y entonces empezó a hablar.

Capítulo 12

—Duele.

—Lo sé, Melvo, pero estate quieto.

El orfanato era todo cuanto tenía. Todo cuanto había tenido nunca, al igual que los demás niños que vivían allí. Estaba allí desde que tenía memoria, y no había estado en ningún otro lugar ni conocido a más gente que la que se reunía entre los muros de aquel sitio antiguo y estropeado. Y por eso, ninguno de los niños consideraba extraña la forma en que eran criados.

En cuanto los niños alcanzaban los diez años, los encargados del orfanato comenzaban a entrenarlos diariamente. Los hacían correr alrededor del patio exterior varias veces al día, los obligaban a repetir rutinas de ejercicio agotadoras y les enseñaban a pelear.

Tal y como recordaba que le dijeron, Melvo terminó allí en sus primeros años de vida, cuando el orfanato ofreció una suma de dinero a cambio del bebé a los padres, incapaces de mantenerlo por culpa de la miseria en la que vivían. No tenía ni un solo recuerdo de ellos, así que, para él, era como si nunca hubiera tenido padres. El orfanato era su único hogar y, desde entonces, como todos los niños, había sido educado para un único propósito: ser el más fuerte.

Vivían para pelear. Un día tras otro, sin descanso. Entrenar y pelear. Y si se negaban o el cansancio los superaba, eran castigados con la suficiente severidad como para que ninguna de esas dos situaciones se repitiera en los niños. Pero algunos encontraban dificultades para mantener el ritmo impuesto.

—Ya te he dicho que duele, Piedra.

—Y yo te he dicho que no te muevas —llevó el trapo a la herida de la frente de Melvo—. Esta vez te han dado bien.

—Al menos esta vez solo me han pegado puñetazos.

La cara de Melvo estaba llena de moratones e hinchazones. Su cuerpo tampoco reflejaba un mejor aspecto, con múltiples marcas moradas y negras por la piel.

—Odio ser así —dijo Melvo—. Ojalá fuera más fuerte. Así todos me tratarían bien. Ser fuerte tiene que ser maravilloso.

—No creo que sea para tanto.

Melvo miró a su amigo, ocupado en humedecer el paño en alcohol.

—Tú no lo entiendes. Tú ya eres fuerte. Por algo te llaman así.

Al parecer, los encargados del orfanato no encontraban necesario dar un nombre a los niños, pero de esto al final se encargaban ellos mismos. Se asignaban nombres unos a otros en función de la personalidad o la manera de comportarse. De ahí que a su amigo lo llamaran Piedra, por la fuerza de sus puños.

Lo mismo era para él. Los demás niños lo habían bautizado como Muerdepolvo, pero era demasiado largo para llamarlo siempre así, de modo que se quedó en «Melvo».

—¿De dónde la has sacado? —Melvo señaló la botella de alcohol.

—De la despensa.

—Se enfadarán si se dan cuenta. Te pegarán.

—La pondré en su sitio antes de que se den cuenta.

Piedra siguió unos pocos minutos más cuidando las heridas de Melvo.

—Bien, ya estás. Será mejor que vayamos ya a la habitación, o se darán cuenta de que no estamos.

—Sí.

Tan pronto como acabaran la cena, los niños tenían la orden de ir a los dormitorios, situados en el sótano del orfanato, y permanecer allí hasta que fueran levantados temprano a la mañana siguiente. Quebrantar el toque de queda también estaba castigado, pero Melvo nunca había conocido a alguien que lo hubiera hecho. Tras la actividad intensa de cada día, todos agradecían ir a dormir.

Los niños aún estaban despiertos, hablando animadamente entre ellos, y los que se tomaban más tiempo para comer aún regresaban del comedor, por lo que nadie reparó en Piedra y Melvo cuando entraron en la habitación, aun cuando habían sido de los primeros en terminar de cenar.

—¡Silencio, niños! —la voz de un hombre se impuso a la de los niños—. ¡A dormir!

Todos ocuparon su lugar en las diferentes literas que llenaban la sala. En la puerta esperaba el hombre que acababa de dar la orden, y, cuando todos los niños estuvieron acostados, otro hombre entró. Tendría unos cuarenta años, con una barba perfilada y cuidada, vestido con un jubón elegante y con una coronilla que mostraba una calvicie incipiente.

—Hola, mis pequeños. Confío en que os estéis portando bien.

Papá Oslo, el responsable del orfanato, los visitaba con frecuencia. Los observaba mientras entrenaban, y varias veces a la semana acudía por la noche a su habitación para hablarles. Y casi siempre les dedicaba las mismas palabras:

«El mundo fuera es peligroso. Tenéis que haceros fuertes.

»Aquí estáis a salvo, fuera todo son enemigos.

»Es matar o morir. Debéis aseguraros de matarlos primero.

»Soy vuestro único aliado, los demás son enemigos.

»Solo podéis confiar en vosotros mismos».

Y, después de pasearse entre las camas mientras recitaba las palabras con la voz afable de quien cuenta un cuento, se despedía de los niños hasta el día siguiente.

—Buenas noches, Papá Oslo —contestaban todos al unísono.

Melvo estaba tendido en la cama, con la mirada perdida y un único pensamiento en la cabeza: si quería tener una oportunidad de sobrevivir, tenía que hacerse más fuerte.

—Eh, Melvo.

El chico se dio cuenta de que había otro junto a él. Era su compañero de litera, que dormía encima de él.

—Hay una gotera que cae encima de mi cama, así que te toca dormir arriba. Quita de aquí.

Obedeció sin decir nada. Sabía que era eso o recibir una paliza y terminar durmiendo arriba igualmente. Se tumbó en su nueva cama. Una gota de agua le cayó en la mejilla. Apartó la cabeza y no la movió en toda la noche, mientras las gotas humedecían la almohada a un ritmo constante. Y así pasaron muchas noches más.

El orfanato estaba en un lugar apartado. O al menos eso le parecía a Melvo. Apenas salían del recinto amurallado, salvo en las ocasiones en que los llevaban a un bosque cercano a entrenar, siempre bajo la estricta vigilancia de los encargados.

Aquella mañana los niños fueron pasando uno a uno por una de las habitaciones del edificio. Era pequeña, y no había nada dentro además de un barril lleno de agua. Cuando Melvo fue conducido allí, ya sabía a qué le tocaba enfrentarse.

—No aguantes el dolor.

Las palabras llegaban distorsionadas por el efecto del agua. Los pulmones le pedían a gritos una bocanada de aire, pero la mano que ejercía fuerza sobre su nuca no le iba a conceder ese regalo.

—Aguanta el miedo. No tengas miedo. ¡Resiste!

Al mediodía, los niños eran reunidos en el patio y colocados por parejas, y entonces el lugar se llenaba de patadas, puñetazos, agarres, arañazos, mordiscos, golpes bajos y estrategias de todo tipo. Lo que hiciera falta para ganar.

Haciendo honor a su nombre, Melvo acabó en el suelo, pero no por ello su rival decidió terminar. Lo pateó en el estómago y luego en la espalda, y decidió continuar con varios puntapiés más. Con la excusa del entrenamiento, el abuso solía ser habitual, sobre todo en aquellos como Melvo.

—Eh —sonó cerca de ellos. El chico que estaba de pie se giró y se encontró con Piedra, con gesto intimidante en el rostro—. Déjalo.

El chico escupió al suelo y se fue.

Y, cuando el sol empezó a ponerse, todos comenzaron a correr alrededor del perímetro del patio rectangular bajo la mirada de los encargados.

Melvo sentía cómo el sudor le inundaba el pecho y la espalda. Le provocaba escozor en los ojos. Las piernas le temblaban y sentía un dolor en el pecho que parecía decir que los pulmones estuvieran a punto de estallar. Aunque se esforzó para que no sucediera, Melvo cayó, lo que generó las risas y las burlas de los otros. Uno de los encargados se dirigió hacia él con un palo grueso en una mano, pero se detuvo a mitad de camino, cuando otro de los chicos cargó en la espalda con el que acababa de caer y continuó la carrera.

—¿Estás bien? —preguntó Piedra mientras corría con su amigo a la espalda.

—Sí —respondió Melvo con un hilo de voz.

Y de nuevo la noche. Después de terminar pronto de cenar, los dos amigos se escabulleron hacia un rincón del patio, donde Piedra volvió a tratar las heridas de ese día.

—¿Te duele?

—No.

—Si te duele, puedes llorar.

Sentía ganas de hacerlo. Muchas. Pero no lo hizo. Iba a ser fuerte, costara lo que costara.

—Gracias. Si he llegado hasta aquí, ha sido gracias a ti. Algún día me haré fuerte y nos iremos de aquí. Juntos.

Piedra sonrió.

—Pues mientras te haces más fuerte, yo seré fuerte por los dos.

Los dos amigos sonrieron. En cuanto terminaron de cuidar las heridas, regresaron a la habitación. Melvo siguió acompañado de las gotas de agua sobre la almohada.

Y entonces llegó uno de esos días. Un día en que, de pronto, el orfanato recibía varias visitas de personas bien vestidas. Un día en que los niños debían demostrar de qué estaban hechos. Cada cierto tiempo, al orfanato llegaban personas interesadas en adoptar niños, por lo que era habitual que, después de aquellas visitas, algunos de los niños dejaran de ser vistos por allí. Papá Oslo convocaba a algunos de los chicos en una de las habitaciones del sótano, siempre guarecida bajo llave y donde los niños no tenían permitido pasar a menos que fueran reclamados.

Aquella tarde, Melvo descubriría qué se escondía tras esa puerta. No había visto a Piedra en todo el día. Se preguntaba dónde estaría.

—Adelante —dijo uno de los encargados a dos del grupo de niños.

Los niños obedecieron y la puerta se cerró tras ellos. Los demás pasaron varios minutos a la espera, hasta que el encargado volvió a hacer entrar a otros dos, y así cada cierto tiempo. Melvo no lo entendía: por más gente que pasara, nadie volvía a salir por allí. Los tiempos de espera tampoco parecían regulares, a veces sentía que se eternizaban y otras veces apenas debían pasar unos pocos minutos antes de la siguiente pareja. Llegó su turno, pero le hicieron entrar solo.

Caminó por un túnel corto poco iluminado, acompañado por un encargado, hasta dar a una sala circular, al interior de un recinto precintado con barrotes. Sobre él había una grada que rodeaba el círculo central, donde varias personas sentadas lo observaban al otro lado de los barrotes. En el otro extremo del recinto circular había otro acceso. Melvo se fijó en el suelo de piedra gris, manchado en diferentes partes. Algunas, las más secas, presentaban una tonalidad amarronada, y otras tenían un aspecto más rojizo. Eran las más recientes.

—Toma —dijo el encargado junto a Melvo—. Cógelo.

Melvo abrió los ojos de par en par cuando vio el cuchillo que le ofrecía. Lo tomó, no sin vacilar ni preguntarse qué era aquello. El encargado se marchó por donde había venido mientras la puerta al otro lado se abría.

—Ah, y ahora uno de mis mejores chicos —Melvo escuchó la voz de Papá Oslo sobre su cabeza—. Estoy seguro de que no os dejará indiferentes.

En la puerta frente a Melvo apareció otro chico más alto, con los músculos de los brazos ligeramente marcados y con el pelo negro recogido en varias trenzas pequeñas que le caían por detrás hasta la nuca.

Acababa de encontrar a Piedra. También llevaba un cuchillo.

—Muy bien, chicos —dijo Papá Oslo—. Ya sabéis cómo va: es matar o morir.

Piedra avanzó con paso firme hacia el centro, con la respiración visiblemente agitada. Melvo sintió cómo el ritmo cada vez más acelerado del pulso le taladraba la cabeza.

—¿Piedra?

Pero no dijo nada. Levantó el cuchillo y lo descargó sobre Melvo, lo que le provocó un corte superficial en el hombro poco después de apartarse del sitio.

—Pelea —dijo Piedra rabioso.

—No, ¿por qué? No quiero pelear. No contigo.

—¡Pelea!

Piedra atacó de nuevo. Melvo antepuso un brazo por instinto. El metal le provocó otro corte poco profundo. Hacía lo posible por mantenerse alejado de Piedra.

—Esto solo puede acabar de una forma, Melvo, y yo voy a salir de aquí. No pienso perder, así que ¡pelea!

Arrojó el cuchillo y se abalanzó sobre Melvo a la vez. Pudo esquivar el arma, pero no los nudillos que encontraron su sien. El golpe hizo que soltara el cuchillo.

Piedra lo agarró por el cuello de la camisa y lo acercó con un tirón fuerte, que terminó con un impacto de rodilla en el estómago de Melvo. Se dobló, y Piedra lo agarró por la nuca, lo levantó unos centímetros del suelo y lo tumbó de espaldas con un trato poco delicado. Melvo nunca se había percatado de lo muy acertado que era el nombre de su amigo. Se había colocado sobre él y había empezado a descargarle un golpe tras otro. Las mejillas le ardían con cada nuevo impacto, al igual que los huesos de la cara. Sentía la humedad de la sangre procedente de la nariz en los labios, y su sabor le inundaba las papilas.

En los ojos de su amigo solo podía ver rabia. Rabia y desesperación. No mentía al decir que no tenía intención de perder. Su amigo le estaba pegando de verdad. Iba a matarlo de verdad.

Melvo vislumbró un brillo de reojo después de uno de los golpes. Comprobó que realmente estaba allí antes del siguiente golpe. Estiró el brazo. La mano. Los dedos. Lo tocó con la yema y lo arrastró hacia el interior de la palma. Realmente era matar o morir, y Melvo no quería morir, así que no le quedó más remedio que recurrir a la otra opción. Piedra detuvo los golpes cuando sintió la carne abrirse bajo sus costillas. Observó el lugar que le empezó a doler de repente, y vio un cuchillo hundido hasta la empuñadura. Se incorporó con torpeza, con los nudillos cubiertos de sangre. Miró hacia Papá Oslo y los demás en la grada, que compartían el gesto de sorpresa. Miró a Melvo una vez más, que se levantaba con un gesto de horror desfigurado por los golpes. Se miró las manos, marcadas con arañazos y cicatrices.

—Voy a salir de aquí —la voz apenas le salió en un susurro de los labios.

Y cayó, sin más, como una piedra arrojada al fondo de un lago.

El silencio se adueñó de la sala. Nadie pujó por él. Es cierto que había vencido, pero quien de verdad era un buen candidato había sido el otro. Era una verdadera lástima que no volviera a respirar nunca más. Al final, uno de los asistentes lo compró por un precio reducido. Compró, y no adoptó, como Melvo descubrió, del mismo modo que descubrió que no todos los que abandonaban el orfanato era porque encontraran un hogar.

Esa misma noche fue llevado a la residencia de su propietario. Lo alojó en una de las cuadras del establo. Durante los días siguientes, lo puso a prueba en diferentes contiendas, pero, tras la pelea con Piedra, Melvo se mostraba retraído y muy distante, lo que provocó que terminara por ser tratado a palos. Hasta los perros de caza recibían mejor trato que él. No hablaba cuando se le preguntaba ni obedecía las órdenes que recibía, por mucho que le pegaran para que lo hiciera. Era una herramienta que no cumplía su cometido, así que, al final, su dueño decidió abandonarlo en el bosque, como la basura que era.

Capítulo 13

—Estuve todo el día en el bosque. Tenía mucha hambre. Por la noche encontré un campamento y vi que tenían comida, así que intenté acercarme sin hacer ruido y coger algo, pero me pillaron. Tuve que correr, y así fue como nos encontramos.

El silencio habló cuando el chico terminó su historia. Garrett se quedó mirándolo, con las palabras del muchacho aún en la cabeza.

—Así que Melvo, ¿eh?

El chico asintió despacio.

—Qué nombre más horroroso, no me gusta nada. Si he de cargar contigo, tendrás que llamarte de otra forma —levantó los ojos, como si se esforzara en pensar en un nombre—. Azael. Te llamarás así. Tanto si te gusta como si no.

El chico levantó la cabeza. Los ojos le brillaban.

—¿Quiere decir… que me aceptas?

—Supongo que sí —Garrett meneó la cabeza—. ¿Estás seguro de que quieres hacer esto? Sabes que, si no estás a la altura, te podrían matar en cualquier momento, ¿verdad?

—No tengo ninguna duda.

—Muy bien. Puedes llamarme Garrett.

Azael dio un respingo y comenzó a retirar el trapo que envolvía el libro que llevaba con él. Desdobló el papel que había sacado de entre las páginas y se lo tendió a Garrett, que lo agarró con curiosidad.

El papel contenía el retrato de una persona de la que solo se veían los ojos, y una recompensa por su entrega ante las autoridades de la República de Rhydos, con o sin vida.

—¿De dónde lo has sacado? —preguntó Garrett con gesto serio.

—Han colocado varios por la ciudad. Escuché a unos hombres decir que vendrían a por ti. Saben dónde estás, así fue como me enteré yo también —el recién bautizado como Azael se mostraba preocupado—. ¿Qué vas a hacer?

—No es la primera vez que ponen precio a mi cabeza, y me temo que no será la última. Gunthar debe de estar detrás de esto —maldijo para sí, y después empezó a pensar en alto—: al asesinar a un miembro del Consejo, ha quedado un cargo libre. Querrán ocuparlo pronto y buscarán al mejor candidato para ello, y probablemente se trate del hombre que contrató a Gunthar para la tarea. Tengo que averiguar quién es.

—¿Cómo?

—Iré mañana a Alveo y descubriré de quién se trata. Tú esperarás aquí.

—Pero todos te buscan.

—Que me busquen no quiere decir que me vayan a encontrar.

Pasaron lo poco que quedaba de la tarde y la noche entera sin salir de la cabaña, acompañados todavía por el sonido de las gotas al caer. Azael se quedó dormido frente a la chimenea, recostado en el suelo. Garrett lo colocó en la cama y lo cubrió con la sábana. Después, se sentó en la silla a observarlo mientras escuchaba cómo amainaba el aguacero. En la mano sostenía la cinta roja.

—Así que esto es lo que vas a hacer…

—Eso parece —resopló—. Ya podría haber traído una cama propia.

Aún era temprano cuando Garrett abrió la puerta de la cabaña la mañana siguiente. Aunque amaneció más tranquila que la tarde anterior, el sol seguía sin conseguir abrirse paso entre unas nubes densas y grisáceas. Echó un último vistazo al interior, hacia la cama, donde Azael dormía abrazado a la almohada.

Tras montar a lomos del caballo, emprendió el camino a Alveo. En el trayecto se cruzó con un campamento improvisado, situado a un lado del camino y ocupado, a juzgar por los cuatro caballos que descansaban cerca, por cuatro personas, de las cuales solo una, un hombre, estaba fuera de las tiendas, sobre un tocón, mientras daba cabezadas con una espada desnuda en el regazo.

En cuanto las murallas de la ciudad estuvieron lo suficientemente cerca, Garrett desmontó y apartó a Resacoso del camino que atravesaba el bosque entre Lignum y Alveo, y ató las riendas a la rama de uno de los árboles. Le sorprendió que la entrada a la ciudad no estuviera vigilada, igual que la poca cantidad de personas que pululaban por las calles, aun cuando no era demasiado temprano como para que la actividad en la ciudad hubiera comenzado.

Se dirigió hacia el distrito superior, a la Asamblea del Consejo, y allí descubrió a una multitud de personas, congregada en la pequeña plaza redonda frente a las puertas de la Asamblea. Las voces sonaban unas sobre otras, generando una cacofonía de conversaciones ininteligibles.

Si bien los edificios de ese distrito destacaban por la riqueza de su construcción frente a las estructuras del resto de la ciudad, la Asamblea contrastaba incluso con ellos. Era una edificación robusta enteramente de mármol, con la fachada adornada por numerosas figuras esculpidas dispuestas en un arco sobre una puerta doble de madera de ébano tan alta como un árbol, y f lanqueada por relieves y estatuas adosadas a la pared.

Agazapado, Garrett observaba la escena desde la seguridad del tejado de una de las casas cercanas a la Asamblea, al otro extremo de la plaza. Escrutó todo el lugar en busca de amenazas y posibles rutas de escape, por si surgía algún contratiempo y la situación se complicaba.

Se había desplegado un amplio efectivo de guardias, tanto a lo largo de la calle principal que recorría el distrito hacia la Asamblea como en la plaza, frente a las puertas y rodeando la misma. Pero nadie había pensado en vigilar los tejados.

«Punto para mí».

Las grandes puertas se abrieron, lo que silenció a la multitud. Del interior aparecieron cinco hombres. Garrett, al igual que las demás personas, permanecía atento a los hombres que acababan de salir. Debían de ser los miembros del Consejo. Y ya había cinco, lo que quería decir que el nuevo miembro ya había sido elegido. Quizá el hecho de que se hubiera congregado allí esa gente se debiera a que los consejeros querían presentar a la nueva incorporación.

Para Garrett, toda esa situación era habitual: alguien con demasiada ambición y pocos recursos para progresar contrataba a alguien que asesinara a la competencia y lo ayudara en ello. El nuevo miembro debía de ser el contratista y, si descubría al contratista, quizá podría encontrar al hombre al que pagó para el trabajo. A Gunthar. Y de él obtendría la información que necesitaba. Y luego lo mataría.

Uno de los hombres, cuyo pelo largo y canoso lo denotaba como el mayor de los cinco, había comenzado a hablar. Aunque estaba lejos, Garrett distinguía sus palabras con claridad:

—Hace algunas noches, nuestra gloriosa república sufrió una enorme pérdida: dos de nuestros miembros del Consejo fueron asesinados por obra de un vil asesino. Aún lloramos sus muertes, pero hemos tenido que actuar con rapidez para ocupar sus lugares. No podemos mostrar debilidad en ningún momento ante unos enemigos que esperan una oportunidad para atacarnos. Debemos mantenernos fuertes para dejarles claro que no lograrán vencernos…

—¿Dos consejeros asesinados? —Garrett estaba confuso—. ¿Y cuál de los dos nuevos contrató a Gunthar?

—Parece que al final no va a ser tan fácil…

—Cállate.

—Y ahora, ¿qué?... Parece que vas un paso por detrás, como siempre…

—¿Acaso te importa?

—No, pero tus planes absurdos me divierten...

Mientras, el consejero seguía hablando:

—En mi poder tengo esta carta. En ella están escritas las órdenes que acabaron con los dos anteriores consejeros, y está sellado con el símbolo de la familia real de Orea. Es pronto para sacar conclusiones, querido pueblo, pero, si al final se confirmara que el rey de Orea está tras el ataque, entonces plantaremos batalla a nuestros vecinos cobardes y engreídos del norte. Llevaremos la guerra a sus puertas, acabaremos con el último oreano que se interponga en nuestro camino y le demostraremos a ese rey que no importa cuántos asesinos mande contra nosotros, porque nunca conseguirá debilitarnos.

Siguió con el discurso entre vítores y aplausos, pero Garrett se distrajo con sus pensamientos. La búsqueda de Gunthar se había complicado, y además ahora el Reino de Orea entraba en juego.

—¿Gunthar trabaja para Orea? ¿Desde cuándo? —los pensamientos bullían en su cabeza—. Parece que tendré que viajar para averiguarlo.

Garrett volvió a prestar atención al discurso que aún tenía lugar abajo:

—…y su acto no puede quedar impune, de modo que todo aquel que tenga información sobre el asesino será gratamente recompensado, y recibirá mucho más si además trae con él la cabeza de este criminal sin escrúpulos.

De repente, y casi por instinto, Garrett levantó la cabeza, justo a tiempo de ver situado en el tejado de otro edificio a un arquero soltando la cuerda tensada de su arma en dirección hacia él. Sin apenas tiempo, se vio forzado a maniobrar de forma rápida e imprecisa. La f lecha silbó sobre su cabeza mientras él se dejaba caer del tejado. Unos segundos más tarde y el resultado habría sido muy diferente.

Por desgracia, la precipitación con la que tuvo que esquivar el proyectil no le permitió calcular bien el descenso, de modo que cayó de forma estrepitosa, lo que llamó la atención de los ciudadanos y guardias que estaban cerca de él.

Al darse cuenta del alboroto y del responsable que lo había causado, el miembro del Consejo que hablaba se alarmó.

—¡Es él!, ¡es el asesino! ¡Ha venido a acabar con nosotros! ¡Acabad con él!

De modo que el vil asesino del que hablaban no se trataba de Gunthar. Se referían a él.

—Genial.

Los ciudadanos abandonaron la plaza en desbandada, y los miembros del Consejo se ocultaron en la Asamblea. Por otra parte, los guardias de la plaza empezaron a formar, a la vez que acudían más procedentes de la calle principal, alertados por el revuelo generado. Garrett pronto se vio atrapado entre las alabardas de los guardias que custodiaban las puertas de la Asamblea y las de aquellos que llegaban desde abajo.

—La has hecho buena… Quizá no deberías haber venido…

—¿Tú crees?

Los dos grupos de soldados comenzaban a acercarse el uno al otro despacio y con las armas apuntando al hombre ante ellos. La única opción de huida era descender por la calle principal y buscar la primera vía alternativa que lo condujera hasta la muralla, pero, para ello, debía superar al grupo que ya bloqueaba la bocacalle.

—Esto va a ser divertido…

—No sabes cuánto.

Capítulo 14

—Y con esto, ya está.

Teren se miró al espejo varias veces más, observando la nueva imagen que ofrecía ahora que sus rizos estaban más cortos de lo habitual, y después abandonó la barbería camino del cuartel. A diferencia de otros días a esa misma hora, el mercado y las calles estaban poco transitadas. Las personas debían de estar concentradas en el distrito superior, frente a las puertas de la Asamblea, para escuchar el discurso del Consejo.

También allí era donde estaba desplegada la mayoría de los efectivos de la guardia, de modo que el patio del cuartel tampoco contaba con mucha actividad. Cuando Teren apareció en él, algunos guardias acompañaban a los muñecos de entrenamiento junto a las paredes del patio. Kendra estaba también allí, sudando mientras golpeaba a uno de ellos, y con la coleta rojiza agitándose con cada movimiento. Teren se fijó en que otro de los guardias, uno alto, de musculatura respetable y cabeza casi rapada, había dejado olvidada su rutina de entrenamiento y no le quitaba el ojo de encima a la chica. Se trataba de Darik, un joven que ingresó al cuerpo pocos días antes que Teren y de una edad cercana a la suya, pero cuyos rasgos más avanzados lo hacían parecer mayor.

En cuanto se dio cuenta de que estaba allí, Kendra detuvo la práctica y se acercó al recién aparecido. Teren dejó de fijarse en Darik, por lo que no pudo darse cuenta de que, cuando Kendra se le acercó, hizo un gesto de desaprobación con los labios.

—Vaya, pero si me has hecho caso —dijo Kendra al comprobar la ausencia de mechones en la frente de Teren.

—Estoy listo —contestó él—. ¿Peleamos?

Kendra asintió mientras se pasaba la mano por el sudor de la barbilla. Los dos habían acordado librar otra pelea esa mañana, a modo de revancha. Emplearon espadas de madera para poder ir con todo sin miedo de herir al otro. Y entonces Teren comprobó que Kendra se había contenido en su duelo anterior. Apenas podía seguir la agilidad que mostraba la chica, que marcaba el compás de la pelea. Teren solo pudo ponerse a la defensiva y esperar a que surgiera la ocasión para contraatacar. Pero no solo no surgió, sino que, al esquivar uno de los ataques, la herida de la espalda le recordó su presencia con un intenso escozor. Teren se vio sorprendido por ello, y Kendra aprovechó el momento para acabar la pelea. Teren dio con la espalda en el suelo, igual que en el duelo anterior. Kendra se acercó a él y le tendió una mano, pero Teren la rechazó con un manotazo brusco y se levantó por su propio pie.

—¿Qué ocurre? —empezó ella—, ¿tanto te avergüenza que te gane una mujer?

—Me avergüenza que el cuerpo de la guardia haya aceptado a una vulgar mercenaria como tú.

Kendra arrugó el entrecejo, pero, en lugar de responder, optó por recoger su arma de madera y adentrarse en el cuartel sin ninguna palabra. Teren, por su parte, también recogió el arma, pero solo para poder arrojarla con rabia. Giró sobre sí mismo y la lanzó antes de girar por completo la cabeza, de modo que los ojos no alcanzaron a ver que detrás de él había otra persona, que encajó de lleno el lanzamiento de la espada de madera en la cara. Era Darik.

El impacto le había empujado la cabeza hacia atrás, y la bajó despacio a la vez que gruñía y mostraba los dientes. Clavó los ojos en Teren, que tragó saliva cuando se encontraron con los suyos. La mirada que tenía no le auguraba nada bueno. Darik avanzó hacia él.

Y, como un regalo del cielo, el tañido de una campana llegó por el aire hasta el cuartel, un tañido que todos los guardias sabían qué significaba, pero que para Teren, en aquel momento, era la salvación. Darik lo miró una vez más, como si quisiera dejarle claro que aquello no había terminado, y después se marchó con otros soldados que echaban a correr calle arriba.

Pronto se formó un nutrido contingente de guardias que recorrían las calles hacia el distrito superior, de donde procedía la señal de alarma. Teren marchaba entre ellos, con la espalda quejándose mientras corría. Los vendajes estaban húmedos y se le pegaban a la piel. Temía que la herida se hubiera vuelto a abrir.

Se acercaban al lugar, y nada bueno parecía esperarlos allí. En su ascenso se cruzaron con pequeños torrentes de líquido rojo que discurrían calle abajo. El pelotón de soldados llegó al fin a la plaza, donde el terror los enmudeció. Teren, que había marchado en la retaguardia del pelotón, se abrió paso para ver aquello que había acallado a sus compañeros. Hacían falta los dedos de varias manos para contar todos los cuerpos que se acumulaban en el lugar, cuyos miembros amputados estaban esparcidos por el suelo sobre una alfombra viscosa y carmesí. La plaza se había convertido en un baño de sangre.

Y allí estaba aquella figura oscura, la misma de varias noches atrás, acompañada por la muerte allí donde iba, rematando a su último oponente. A Teren se le entrecortó la respiración al reconocerlo. Esperaba volver a verlo. De hecho, quería volver a hacerlo y así enfrentarse a él, pero no esperaba que fuera tan pronto. El corazón se le aceleró y empezó a embargarle el miedo. Toda esa masacre había sido fruto de un único hombre. Viendo aquella escena, quienquiera que se ocultara bajo esa ropa no parecía humano.

De pronto, alguien gritó una orden, y los demás obedecieron. Los soldados del pelotón se reagruparon y formaron una línea férrea, a la par que, en los tejados de los edificios colindantes a la plaza, comenzaron a aparecer arqueros listos para atacar. Teren no pudo reaccionar. A pesar de estar tras la línea de soldados, sintió cómo la mirada del hombre se detuvo en él.

Lo que ocurrió después le pareció muy rápido como para atender a todos los detalles: escasos segundos antes de que los arqueros abrieran fuego, el asesino corrió hacia la línea. El estómago le dio un vuelco mientras la figura se acercaba a zancadas con la mirada puesta en él, dejando tras de sí los proyectiles errados de los arqueros. Teren desenvainó el arma, a la espera del momento en que tuviera que darle uso. La línea se mantuvo, pero hubo quienes se adelantaron para detenerlo, encontrando su final con aquella decisión y creando grietas en la formación.

Ya lo tenía al alcance de la espada. Teren asestó una estocada, pero el hombre la esquivó y aprovechó la exposición del soldado para rodar sobre su espalda y sobrepasarlo, y emprendió el descenso de la calle a toda prisa, seguido por cada vez más soldados. Teren clavó la espada en el suelo para apoyarse en ella. Se sintió desfallecer, con el corazón aún desbocado y el miedo recorriéndole hasta el último rincón del cuerpo. La espalda le ardía. Ahora estaba seguro de que la herida había vuelto a abrirse.

Los soldados comenzaron a descender también la calle, tras los pasos del atacante. Y, cuando Kendra pasó a su lado, el joven la agarró por el brazo con fuerza, casi por instinto.

—Pero ¿qué…? —Kendra no esperaba el agarre repentino. Se giró para comprobar qué sucedía—. ¿Tú? ¡Suéltame!

—¿Qué piensas hacer?

—No voy a dejar que ese asesino se marche sin más.

—No puedes con él. Te matará.

—No lo sabré si no me enfrento a él.

—Por las Hermanas, ¡para ya! ¡Mira a tu alrededor! —dijo, mientras señalaba la masacre allí presente—. Tú sola no vas a conseguir nada. ¿De verdad crees que vencerías al autor de esto?

—¿Y lo que se te ocurre es dejarlo escapar?

La mujer se zafó del agarre con un movimiento brusco y violento, y marchó con el resto de sus compañeros. Teren permaneció allí mientras veía correr a los demás guardias, dispuestos a cazar a ese criminal. Parecía ser el único que tenía claro que un enfrentamiento con ese hombre era una condena a muerte.

***

—Menudo desastre… Aunque te las has apañado mejor de lo que esperaba…

—He estado en situaciones peores.

—Tal vez, pero me pregunto cómo harás para sobrevivir a esto… Toda la ciudad piensa que fuiste tú el responsable de los asesinatos, y no has demostrado tu inocencia precisamente con lo que acabas de hacer…

—No me juzgues.

—Por favor, no... Jamás se me ocurriría…

Resacoso avanzaba con velocidad por el camino que conducía a Lignum, levantando una estela de polvo a su paso. No había nadie tras él, había logrado escapar de la capital y, si lo estaban siguiendo, les llevaba suficiente ventaja como para salir airoso. Recorrió el mismo camino que esa mañana, pero en mucho menos tiempo. Debía desaparecer por un tiempo, así que recogería al chico y se largaría.

—¿Desde cuándo te haces cargo de otros?... ¿Y qué piensas hacer con él?... ¿Vas a llevarlo contigo?...

Eso era verdad, llevar al chico con él solo lo pondría en peligro. Quizá fuera mejor desaparecer sin más. Quedaba algo de comida en el armario, y contaba con una cabaña para vivir. El muchacho estaría bien allí. Pero no tardó en abandonar ese pensamiento. Apenas había llegado a la aldea cuando vio en la distancia a los mismos cuatro caballos que había visto por la mañana, junto al campamento que estaba a un lado del camino, y a sus respectivos jinetes caminando hacia la cabaña de la colina, con las armas dispuestas.

—Maldición.

Instó al caballo para que acelerara aún más hasta que llegó a la altura de los cuatro hombres. Alertado por el ruido de los cascos, el último de ellos dio media vuelta, pero no pudo esquivar al hombre que cayó con todo su peso sobre él. El ataque llamó la atención de los otros, que se sobresaltaron al verlo.

—¡Es él! —gritó uno.

—¡Matadlo! —dijo otro—. Solo necesitamos su cabeza para cobrar la recompensa.

Aunque estaban armados, aquellos hombres no contaban con la experiencia que sí tenía Garrett. Ni siquiera tuvo que desenvainar para acabar con ellos. Algunos de los habitantes presenciaron el espectáculo violento que se desarrolló en la aldea. Definitivamente, Garrett tendría que irse de allí. Nadie querría tenerlo como vecino después de eso, y no pasaría mucho antes de que los habitantes de Lignum fueran a por él o lo denunciaran a las autoridades.

En cuanto acabó con el último, entró en la casa y, para su sorpresa, en el interior de la cabaña no había nadie.

—¿Azael?

Con timidez, el chico asomó la cabeza de debajo de la cama, y salió al comprobar que era Garrett quien había entrado. Abrazaba su libro contra el cuerpo con ambos brazos.

—Nos vamos —sentenció Garrett.

Tras una carrera al galope que dejó atrás la aldea, Resacoso adoptó un paso lento. Se habían alejado mucho, o al menos eso es lo que le parecía a Azael, que no estaba acostumbrado a los viajes largos. Las nubes del cielo se habían dispersado cuando llegaron a un cruce de caminos, cerca del cual había una vivienda sencilla construida con piedra y cubierta con tejas. El caballo se detuvo junto al edificio, y jinete y pasajero desmontaron. Garrett golpeó la puerta de madera con el puño. Poco después, un hombre de aspecto fuerte, con perilla y ningún pelo en la cabeza, abrió la puerta.

—Mierda —exclamó en cuanto vio quién había llamado. Cerró la puerta tan rápido como pudo.

—Vamos, Iolnar. ¿No te alegras de verme?

—¿Sinceramente? No —sonó desde dentro—. Cada vez que apareces los problemas vienen contigo, y el que termina pagando soy yo.

—Esta vez será diferente. Venga, abre la puerta.

—No te creo. Sé que me vas a meter en algún lío tuyo.

—Iolnar, te recuerdo que me debes una. Si no fuese por mí, aún estarías pudriéndote en aquella prisión.

—Sí, prisión en la que acabé por tu culpa.

—Podría haberte dejado allí, pero en lugar de eso me jugué el cuello para sacarte. Vamos, abre la puerta.

Se hizo el silencio. Azael observaba la escena con un aire de curiosidad y diversión. La puerta se abrió, y el hombre salió a regañadientes.

—¿Qué quieres?

—Que cuides de él —dijo a la par que señalaba al chico.

—¿Qué?

—¿Cómo? Pero yo quiero estar contigo —intervino el muchacho.

Garrett resopló.

—Es muy peligroso, chico. Ahora que todo el mundo me busca lo mejor que puedo hacer es desaparecer. Si sigues conmigo, lo más probable es que te maten. Quédate con Iolnar, solo hasta que vuelva. Es un viejo conocido, no tienes de qué preocuparte.

—Chico —intervino el otro hombre—, entra en la casa. Y cierra la puerta.

Azael miró a Garrett, que asintió con suavidad, y obedeció lo que se le había ordenado. En cuanto cerró la puerta, Iolnar se abalanzó sobre Garrett.

—¿Qué está pasando, Garrett?

—Aún no lo sé. Gunthar contactó conmigo. Un trabajo. Al principio creía que pretendía secuestrar al hijo de un miembro del Consejo para presionarlo, pero terminó por asesinar a uno de ellos. Supuse que su contratista querría ocupar la vacante, pero murieron dos en la misma noche. Y además, parece que todo eso tenga relación con Orea, y yo soy el principal sospechoso de las muertes.

—¿El principal sospechoso? ¿Qué has hecho?

—Es una larga historia —le cortó Garrett antes de que preguntara más—. ¿Puedes hacerte cargo de Azael?

El gesto de Iolnar se transformó. La sorpresa era visible en sus ojos.

—¿Lo has llamado Azael? Pero ¿en qué demonios estás pensando?

—Tranquilo, Iolnar. Mira, solo quiero que lo cuides un tiempo. Y de paso enséñale a leer y a escribir. Volveré a por él antes de que te des cuenta.

—Pero ¿quién es, Garrett? ¿Y por qué Azael? —se detuvo y adoptó un gesto interrogante—. ¿Acaso es tu…?

—No, Iolnar. No es él. Mi hijo está muerto, ¿recuerdas?

Iolnar bajó la mirada ligeramente. Se sintió mal por haber sacado el tema.

—¿Lo has encontrado ya? —preguntó Iolnar despacio, como si temiera adentrarse en terreno pantanoso con aquellas palabras.

—Aún no, pero sigo buscándolo.

Los dos hombres se quedaron en silencio. Un ladrido que surgió del interior de la vivienda los sacó de sus pensamientos.

—Está bien, lo haré —aceptó Iolnar al fin—. ¿Qué harás tú?

—Esfumarme. Abandonaré Rhydos. Viajaré al norte, a Orea, para buscar respuestas —hizo una pausa—. Gracias, Iolnar.

—No, no me lo agradezcas. Maldita sea, no soy una niñera, Garrett. Espero que me compenses por esto. Y ahora vete, antes de que me arrepienta.

Después de montar en el caballo, Garrett se alejó al trote del lugar. Iolnar lo observó unos segundos mientras se perdía en la distancia.

—Creo que ya me arrepiento.

Entró en la casa. Azael estaba en la entrada, de pie, intimidado por un perro blanco que parecía un caballo que no le quitaba el ojo de encima al invitado y sacudía el rabo de lado a lado. Iolnar apartó al animal del chico, y luego lo examinó con atención. Quiso decir algo, pero no sabía cómo tratar con un niño.

—No tienes pelo —dijo Azael de repente.

—Ya empezamos —murmuró—. ¿Alguna otra observación evidente?

—No, quiero decir que pareces joven para no tener pelo. He visto hombres mayores sin pelo, pero tú no pareces tan viejo.

—Qué halagador. Garrett olvidó mencionar lo encantador que eres —hizo una pausa—. Me llamo Iolnar. Iolnar Koul.

—Yo soy Azael. Azael nada más —se calló un momento—. ¿Por qué no tienes pelo?

—Eres insistente, por lo que veo. Me gusta así, me da un aspecto de tipo duro —dijo, mientras se acariciaba la perilla y fruncía el ceño—. ¿Cómo conociste a Garrett?

—Me salvó de unos hombres que me perseguían por un bosque.

Iolnar esbozó una sonrisa.

—Je, parece que los años lo están ablandando. Los dos trabajábamos juntos hace mucho tiempo, ¿lo sabías? Con otro hombre. Éramos tres socios, los mejores en nuestro trabajo.

—¿Y cuál era ese trabajo?

Iolnar no supo cómo responder. «Matar por dinero, el trabajo que toda persona desea». No, definitivamente no podía decirle la verdad.

—Digamos que… ayudábamos a algunas personas a resolver sus… problemas.

—¿Qué tipo de problemas?

—¿Es que siempre haces tantas preguntas? Espero que Garrett vuelva pronto —suspiró—. ¿Sabes leer?

—No.

—¿Escribir?

—Tampoco.

—¿Contar?

—Con los dedos.

—¿Cazar?

—Ratones y algún pajarillo.

—¿Y qué tal te defiendes? ¿Sabes pelear?

Azael se rascó la cabeza mientras le asaltaban los recuerdos de su tiempo en el orfanato.

—No muy bien —confesó con vergüenza.

Iolnar dejó escapar otro suspiro.

—Parece que me espera mucho trabajo —estiró los músculos de la espalda—. Ven conmigo, vamos a buscarte algo de ropa. Y a lavarte un poco. Te huelo desde aquí.

***

—¿Crees que es una buena idea, Rob?

—Estoy seguro, señor. Ha demostrado que es capaz de darlo todo por defender la capital y la república. No me cabe ninguna duda de que aceptará gustoso ayudar a que Alveo prospere.

Los dos hombres hablaban en una amplia habitación rectangular de la Asamblea. Uno era el alguacil de Alveo, y el otro, de pelo largo y canoso, estaba detrás de un escritorio, de espaldas al alguacil, mirando por un ventanal por el que entraba la luz a raudales. Un rostro viejo pero elegante ref lejado en el cristal le devolvía la mirada. Un tercer hombre, moreno, de mediana edad y mirada adusta, esperaba de pie y en silencio a un lado de la estancia, con las manos a la espalda.

—Está bien, tráelo ante mí —comenzó el hombre junto al ventanal—. Pero no le digas nada aún. Antes quiero evaluarlo yo mismo.

—Sí, maese Fert —hizo una reverencia y se marchó.

La estancia se quedó en silencio.

—Svelnar.

—¿Señor? —el hombre que estaba apartado se acercó a la mesa.

—¿El mercenario recogió la recompensa?

—Sí, señor. Tomó el dinero y se marchó después de asesinar a los consejeros.

—Bien. No creo que nos cause ningún problema, pero, si lo hace, ya sabes cómo actuar.

—Sí, señor.

—¿Qué ha pasado con nuestro chivo expiatorio? El hombre de esta mañana, ¿lo han capturado ya?

—Aún no, señor, pero toda la guardia está alerta por si aparece. Se han distribuido carteles con la noticia de la recompensa por toda la región.

—Bien. Casi siento lástima por él, pero alguien debía cargar con el muerto —inspiró profundamente—. Qué pena, el consejero Denys me caía bien, solía divertirme. Me produce un enorme pesar haber tenido que sacrificarlo. Pero es normal que los peones sean los primeros en caer. Deben hacerlo para que el rey triunfe.

Capítulo 15

El capitán Felion y sus hombres descansaban en el exterior de una taberna mientras contemplaban cómo el día tocaba a su fin. Estaban en una fortaleza pequeña de Orea, donde se encontraba la residencia de un sacerdote de la Capilla. Era un trabajo de escolta lo que los había llevado allí ese día. Debían asegurar la llegada del sacerdote a la capital. Se trataba de una tarea rutinaria, nada a lo que no se hubieran enfrentado antes y, por tanto, nada de lo que preocuparse. La capital estaba a poco más de dos horas a caballo desde allí, pero las ocupaciones del sacerdote habían retrasado la hora de partida hasta casi la noche, de modo que les tocaría cabalgar en la oscuridad.

Los hombres estaban descansados y preparados para comenzar el viaje en cualquier momento, con las armas listas y afiladas, aunque más por costumbre que por necesidad, dado que nadie esperaba darles uso esa noche. Ninguno de ellos estaba preocupado. Nunca habían tenido problemas antes, y aquella no habría de ser distinta a las demás escoltas.

El aire se enfriaba a medida que el sol se ocultaba en la distancia. Los soldados encendieron antorchas y fueron hacia las caballerizas, donde varios mozos se habían encargado de mantener a los caballos. Aquel punto era el que se había designado para reunirse una vez que anocheciera. Poco después de haber llegado, el sacerdote apareció.

—Todo listo, señor —comenzó el capitán—. Podemos partir en cuanto guste.

—Pues no nos demoremos más —dijo el sacerdote con una sonrisa—. Partamos.

—Sí, señor. Muchachos —hizo un gesto con la mano—, ¡nos vamos!

El sacerdote era un hombre entrado en años, con el pelo corto y canoso y la cara llena de arrugas. Vestía una túnica gris que le llegaba hasta los tobillos, y que mostraba un aspecto tan viejo como la persona que la llevaba. Se preparaba para subir al caballo cuando un niño apareció entre los soldados con una nota para él. En cuanto la entregó, el niño salió corriendo por donde había venido. Intrigado, el sacerdote desdobló el papel para ver que todo cuanto había en él era un símbolo. Una estrella de tres puntas. El hombre no entendió el significado del mensaje.

—¿Todo bien, señor? —preguntó Felion desde su montura.

—Por supuesto —respondió el sacerdote mientras dejaba caer la nota. Tras esto, subió al caballo.

El viaje comenzó por fin, cuando las estrellas ya brillaban en el cielo. El grupo, compuesto por siete soldados y el capitán, todos ellos con abundante experiencia en combate, avanzaba a trote ligero. El capitán encabezaba la marcha, seguido de cerca por el sacerdote y otros dos soldados, formando una punta de f lecha en cuyo centro estaba el objetivo a escoltar. Los demás estaban un poco más rezagados, aunque cerca del grupo. Hablaban tranquilamente entre ellos acerca de lo que harían al volver a casa: uno comentaba las ganas que tenía de volver a ver a su esposa, otro decía que pasaría tiempo con sus hijos, y aquellos que no tenían quien los recibiese pensaban animadamente en la cerveza y el vino que los esperaban en alguna taberna.

Tras casi media hora de viaje, el camino se estrechaba al pasar por un bosque, así que adoptaron una formación en fila de dos, manteniendo la cabeza de la f lecha en todo momento. El fuego de las antorchas disipaba las sombras alrededor de la partida de escolta, permitiendo ver los troncos anchos y fuertes de los árboles que les f lanqueaban el paso. El canto de los grillos, los cascos de los caballos sobre el suelo empedrado y el rumor del viento entre las ramas eran todos los sonidos que los acompañaban. No había presencia de lobos ni ninguna otra clase de bestia. Aquel viaje sería tranquilo.

Felion estaba también absorto en sus pensamientos, pero pronto los abandonó al notar una presencia. Alzó la antorcha y entrecerró los ojos para escrutar en la oscuridad.

—Alto —dijo de repente.

Todos los hombres que seguían hablando se callaron, sorprendidos por la repentina detención. Uno de los que estaba junto al sacerdote se acercó a Felion.

—¿Todo bien, capitán? —la única contestación de Felion fue señalar hacia delante con el dedo, así que siguió la dirección que indicaba con la mirada.

Frente al grupo, a unos veinte pasos de distancia, había una silueta oscura de pie en mitad del camino, cuya presencia se disimulaba en la sombra. Con un examen más atento, el soldado reconoció una figura masculina que vestía un atuendo y una armadura oscuras, así como una capa con capucha que le ocultaba el rostro. Llevó la mano a su ballesta y preparó un virote.

El hombre que les cortaba el paso se llevó la mano izquierda a la cintura y desenvainó una espada. Fue entonces cuando todos los soldados se alarmaron y prepararon sus armas. Respiraban alterados y en tensión, dispuestos a saltar sobre aquella figura en cualquier momento. El soldado de la ballesta se adelantó unos pasos y se puso por delante del capitán. Se llevó el arma a la cara, listo para disparar.

—Dispara, soldado —dijo Felion al ballestero que tenía ante él.

Con la misma tranquilidad con la que había desenvainado el arma, la figura trazó un corte horizontal a la altura de los hombros. Los soldados se asustaron un momento al verlo trazar ese movimiento, pero pronto se dieron cuenta de lo absurdo que resultaba. Sería alguna clase de amenaza o algo parecido, pero no podría tratarse de un ataque.

—He dicho que dispares, soldado —repitió el capitán. Pero el ballestero no solo no respondió, sino que además soltó la ballesta—. ¿Qué haces, soldado?

De repente, la cabeza del soldado se desprendió del cuerpo y cayó al suelo con un ruido sordo. Felion abrió los ojos con una mezcla de sorpresa y miedo. Los demás soldados se estremecieron, y algunos de ellos gritaron cuando el cuerpo también cayó de la montura. Ninguno era capaz de explicar lo que acababa de suceder, pero todos coincidían en que tendría que ver con el hombre que estaba de pie ante ellos.

Con una orden del capitán, los demás cargaron hacia él. La figura oscura no se inmutó mientras los jinetes recortaban distancia hacia su posición al galope y con las armas en alto. Dos de ellos se acercaban a la vez por ambos lados, de modo que, si trataba de detener el golpe de uno, recibiría el del otro.

Unos pocos segundos y un movimiento amplio con el brazo fue lo único que necesitó para librarse de ambos jinetes. El resto del grupo cargó hacia él, a excepción del capitán, que se mantuvo junto al sacerdote, expectante al resultado del nuevo ataque. Los otros cuatro soldados habían alcanzado el lugar donde descansaban los cuerpos de sus compañeros, pero la silueta oscura había desaparecido.

—¡Avanzad! —gritó el capitán—. ¡Debemos poner el objetivo a salvo!

Los hombres se reagruparon y continuaron la marcha al galope, más angustiados y alarmados que antes.

—¿Qué demonios era eso? —preguntó uno de ellos. Nadie respondió, precisamente porque esa pregunta también los asaltaba.

Se acercaban a la linde del bosque, y una vez que lo abandonaran, cabalgarían por una vasta llanura hasta la capital, de modo que sería más difícil que los sorprendieran, mientras que los árboles servirían de escondrijo a cualquiera que tramara algo contra ellos. Aunque esperaban que el peligro hubiera pasado, todos temían que el atacante de antes saltara en cualquier momento sobre ellos desde la oscuridad.

Afortunadamente, no apareció nadie. Ante el grupo de escolta se abrió una vista amplia del territorio de Orea, cuyos límites se perdían en la distancia y se difuminaban con el mar que aparecía en el horizonte. Desde la posición en la que estaban se contemplaba toda la planicie que conformaba el paisaje del reino.

Siguieron el camino mientras dejaban el bosque a sus espaldas. El capitán echó un último vistazo atrás, a tiempo de ver cómo los seguía otro jinete que sostenía un arma con la mano izquierda.

—¡Cuidado! —gritó para alertar al grupo, pero, antes de que se dieran cuenta, el jinete ya los había alcanzado.

Los dos hombres situados en la retaguardia cayeron en un abrir y cerrar de ojos. Los demás, conscientes de que la huida ya no era posible, se volvieron para plantarle cara. Debido a la oscuridad y a la velocidad con que avanzaba, Felion no vio los detalles de la pelea, pero que el jinete aún los siguiera le indicaba que todos sus hombres habían acabado de la misma forma.

—¡Corra!, ¡yo lo detendré!

El sacerdote continuó cabalgando, tal y como el capitán le ordenó, mientras este se detenía y daba media vuelta hacia su perseguidor.

—Hasta aquí has llegado, hijo de perra —cargó hacia él—. ¡Esto es por mis hombres!

En cuanto estuvo lo suficientemente cerca, asestó un corte rápido y fuerte sobre el enemigo, pero el otro jinete se tumbó de espaldas sobre la grupa del caballo para esquivarlo y se incorporó para atacar al capitán, que se había quedado expuesto. Sin embargo, Felion corrigió la maniobra a tiempo e interpuso su arma en el trayecto de la espada del atacante, que había comenzado a describir un tajo descendente.

Aquel intercambio de maniobras duró unos segundos, pero el tiempo pareció detenerse cuando el capitán observó cómo la hoja de su espada se cortó limpiamente al contacto con el acero de su rival. Se recuperó de la sorpresa demasiado tarde y recibió un golpe en la mandíbula que lo derribó.

Tumbado en el suelo, vio al jinete seguir avanzando hacia el sacerdote, completamente indefenso. Vio la mitad partida de su espada, así como la parte de la hoja que todavía se sostenía en la empuñadura, agarrada aún por unos dedos engarfiados. Dirigió la mirada desde la mano hasta el extremo ensangrentado de su brazo, separado y situado a un metro de él. No sabía cómo explicar lo que acababa de suceder.

Decenas de metros por delante, el caballo del sacerdote resollaba en un galope sin descanso. El viejo miraba hacia atrás con frecuencia, cada vez más asustado. Quienquiera que fuese aquella persona, había acabado con ocho hombres, y algo le decía que no se detendría ahí. No veía al perseguidor, pero sabía que no estaba a salvo. Sabía que iba tras él y no pararía hasta alcanzarlo. Hasta asesinarlo.

Sin previo aviso, el caballo se desplomó, y el sacerdote cayó hacia delante de tal forma que dio con la cabeza en el suelo de piedra. Un reguero de sangre le apareció en la frente. Se giró hacia el caballo, que no se levantaba, así que continuó a pie. No se sentía en edad de correr, pero el miedo y el instinto de supervivencia hacen que hasta un cojo pueda levantarse y huir cuando se ve en peligro.

El hombre tropezó y cayó al suelo, golpeado esta vez en los dientes. ¿De verdad había tropezado? No había notado nada que hubiera chocado con su pie, pero era la única explicación posible para que ahora estuviera tirado en el suelo. Trató de levantarse, y ahí fue cuando descubrió que algo iba mal.

No conseguía que los pies le obedecieran. Realmente, ni siquiera los sentía. Tampoco las piernas. Las rodillas le dolían, pero creía que se debía a que habían recibido el impacto de la caída. Giró la cabeza y vio que ambas piernas se encontraban en el suelo, a unos dos pasos de distancia de él. Un alarido sobrecogedor inundó la atmósfera nocturna.

Volvió la vista hacia delante, y allí estaba el jinete, observándolo desde su caballo negro. Desmontó y comenzó a caminar hacia el sacerdote. En una mano llevaba una pieza metálica, con un brillo incandescente. Se agachó junto al hombre y lo observó en silencio. Pasaron así casi un minuto en que el sacerdote no pudo más que intuir su final. Aquel hombre lo estaba torturando con la espera.

—¡Mátame! —imploró—. ¡Hazlo ya, criatura impía! ¡Las Hermanas te castigarán por tus actos!

El asesino miró al viejo con unos ojos cargados de ira.

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