Kitabı oku: «Hume»

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DAVID HUME


CONTENIDO

ESTUDIO INTRODUCTORIO

MI VIDA

CARTA DE UN CABALLERO A SU AMIGO EN EDIMBURGO

TRATADO DE LA NATURALEZA HUMANA

RESUMEN DEL «TRATADO DE LA NATURALEZA HUMANA»

DISERTACIÓN SOBRE LAS PASIONES

ENSAYOS MORALES SELECTOS

DIÁLOGOS SOBRE LA RELIGIÓN NATURAL


Retrato al óleo de David Hume realizado, en 1766, por el pintor escocés Allan Ramsay (1713-1784).

ESTUDIO INTRODUCTORIO

por

JOSÉ LUIS TASSET

Las abreviaturas de las obras principales utilizadas en este volumen son las siguientes:


Investigación sobre el conocimiento humano; Investigación sobre los principios de la moral [traducción de EHU de Jaime de Salas Ortueta; traducción de EPM de Gerardo López Sastre; edición e introducción de Jaime de Salas], Madrid, Tecnos, 2007.
THNTratado de la naturaleza humana [trad. de V. Viqueira, revisada y corregida por José Luis Tasset y Raquel Díaz Seijas].
TLDHThe Letters of David Hume, 2 vols. [ed. de J. Y. T. Greig], Oxford, Clarendon Press, 1969.

Aunque en este volumen se sigue usando la forma de citar tradicional en el ámbito de los estudios sobre Hume, esto es, indicando las páginas de las ediciones originales de L. A. Selby-Bigge (actualizadas posteriormente por P. H. Nidditch) en la forma [SB + página, se añade, en el caso del Tratado (THN), las indicaciones de libro, parte, sección, párrafo; de sección y párrafo en el de la Investigación sobre el conocimiento humano (EHU), o finalmente sección, parte y párrafo en el caso de la Investigación sobre los principios de la moral (EPM). Esta forma de citar se ha convertido ya en habitual en las últimas ediciones críticas de las obras de Hume llevadas a cabo por Oxford University Press.

DAVID HUME, EL ESCÉPTICO APASIONADO

¿Por qué leer a Hume en pleno siglo XXI? Después de todas las revoluciones políticas y sociales acaecidas en nuestra civilización y en civilizaciones cercanas desde que Hume murió en 1776 hasta hoy, es justo preguntarnos por qué volver a leer —o leer por primera vez— a un filósofo anterior en sentido estricto a todos esos procesos, a todos esos cambios que parecen definir nuestro presente y a buen seguro también nuestro futuro.

En este estudio introductorio a la obra de este filósofo escocés del siglo XVIII, el más importante que nunca ha escrito en lengua inglesa, intento por supuesto proporcionar una explicación a esa pregunta acerca del sentido de recrearse en el pensamiento de Hume. Esa explicación es compleja y multiforme, y sólo adquirirá sentido al final de este viaje que estamos emprendiendo por el pensamiento de este autor.

Se ha dicho de Hume —y de su obra— que es contradictorio, ambiguo, conservador, ultraliberal, radical, ateo, fideísta, escéptico y aporético, antinaturalista y naturalista a la vez, y muchas otras cosas en muy diversos registros y sentidos. No es fácil averiguar cuál es la auténtica cara de la moneda humeana, y por eso —y por haber transitado muy diversos campos de la actividad intelectual: la filosofía, la historia, la economía, etc.— fue calificado, creo que acertadamente, de many sided genius, «genio polifacético» o «multiforme». Eso enriquece sus planteamientos, a la vez que complica su análisis.

Creo sinceramente —y en este momento el lector ha de confiar en mí, porque sólo poco a poco irá teniendo pruebas de lo que voy a decir— que el pensamiento presente tanto filosófico como científico, que incluso el propio presente real, no podría ser comprendido sin recorrer la obra de Hume, de alguien que fundamentalmente intentó extraer las consecuencias del escepticismo sin que ello paralizara nuestra actividad vital. Creo que esa mezcla de escepticismo moderado y apasionamiento equilibrado define su pensamiento, y en un cierto sentido define la actitud del hombre y la mujer actuales: hemos visto mucho para ser ingenuos, y sin embargo hemos de seguir viviendo en nuestro mundo sólo humano y nada más que humano. Hemos de perseverar en la empresa de ser hombres sin autoengaños, como dice Hume, equilibrando nuestras esperanzas y nuestras expectativas a las evidencias, a lo que el mundo nos dice y enseña. De esa esencia surge todo el pensamiento de Hume, y espero poder demostrar que surge una muy interesante propuesta filosófica para poder comprender el mundo contemporáneo y fundar proyectos de construcción racionales, aunque no absolutos, para ese mundo y para mundos alternativos, quizá no utópicos en exceso y algo conservadores para los necesitados lectores y lectoras actuales, pero rebosantes de prudencia, de equilibrio y de sentido crítico. El viaje merece la pena.

VIDA

David Hume (1711-1776) es quizá, de entre todos los personajes de la historia de la filosofía, el pensador que menos se ajusta al modelo o imagen de filósofo que, desde Immanuel Kant, suele ser el estereotipo social de dicha profesión: un individuo soltero, extravagante y senil.1 Hume nunca se casó y mantuvo algunas ideas bastante extravagantes, pero su intensa vida amorosa y lo convencional de su existencia cotidiana lo alejan de ese modelo filokantiano; además, conservó una extraordinaria lucidez hasta el mismo momento de su muerte. Junto a eso, Hume siempre demostró tener un excelente sentido del humor, y mi retrato de su vida y de su obra espera hacerle justicia.2 Uno de sus críticos más despiadados dijo de él:

Su ponzoña helada es mucho más peligrosa que la rabia babosa de Voltaire. Éste ha blasonado, algunas veces por lo menos, de respeto a ciertas verdades fundamentales y ha dicho en cierta ocasión: Si Dieu n’existait pas il fraudait l’inventer. Creo que no es sino culpable, y no es éste el lugar de razonar el porqué. Las contradicciones que en él notan los lectores atentos le hacen mucho menos peligroso que Hume, que mina todas las verdades con una sangre fría tan imperturbable que se asemeja a la lógica. ¿Qué aparato dialéctico no ha desplegado Hume para destruir toda idea de libertad, o lo que es lo mismo, para aniquilar la moral por su base? La inteligencia más ejercitada en esta clase de meditaciones vacila con frecuencia ante el conjunto de sofismas que acumula este peligroso escritor. Nos damos cuenta de que Hume se equivoca incluso antes de decir el porqué. Si ha existido alguna vez entre los humanos que han tenido ocasión de escuchar la predicación evangélica un verdadero ateo (acerca de lo cual yo no me atrevo a decidir), es Hume. Siempre que he leído sus obras antirreligiosas he sentido una especie de escalofrío y me he preguntado cómo un hombre al que no le ha faltado nada para conocer la verdad, ha podido caer en tanta bajeza. Me ha parecido siempre que la dureza de Hume, su calma insolente, no podía ser sino el último castigo a cierta revolución de la inteligencia que excluye la misericordia y a la que Dios castiga alejándose.3

Textos como éste proliferaron en vida de Hume, sobre todo tras su muerte.

No creo que su carácter agresivo proceda de una percepción del carácter decisivamente destructivo de la crítica de Hume a la metafísica clásica (eso sólo lo vio claramente su «principal discípulo», Immanuel Kant), sino de una indignación ante Hume como personaje, como símbolo. Así pues, las raíces de esta indignación no están tan sólo —aunque algo tengan que ver— en las obras de Hume, sino en quien las escribió.

Es evidente que alguien de quien se dicen tales cosas debe ser mucho más interesante que sus críticos, tanto en el aspecto biográfico como en el teórico. Hablemos, pues, de Hume y de su obra, de sus condicionamientos históricos e intelectuales, hagamos aquí un pequeño resumen de la vida de Hume, concentrándonos por supuesto en los detalles de más clara relevancia para la comprensión de su obra. Para ello, el mejor hilo conductor no lo constituyen las biografías existentes —algunas de un volumen y de un detalle abrumadores— sino la propia autobiografía de Hume, Mi vida, en la que, con una brevedad extraña en el género autobiográfico, narra su vida a través especialmente de sus avatares literario-filosóficos.4

David Hume nos dice que nació en 1711, en un pueblecito escocés llamado Ninewells, en una familia de la gentry o nobleza rural escocesa, vinculada al ámbito del derecho (su padre era abogado por la Universidad de Utrecht) y al puritanismo religioso. El joven David destacó pronto por su incapacidad para seguir la tradición familiar tanto en uno como en otro campo. Un divertido cronista actual de la figura de David Hume reconstruye así el entorno familiar del joven filósofo:

No existe ya la casa original donde se crió el filósofo, pero al crédulo turista filosófico se le muestra la «cueva del filósofo», bajando la colina, al sureste de la casa actual; se dice que en esta inhóspita y húmeda oquedad había meditado Hume cuando era un muchacho, y también años más tarde, cuando las dimensiones se habrían quedado estrechas para sus amplias hechuras. Si es verdad que el entorno afecta nuestros pensamientos, esperaríamos que las meditaciones de Hume en aquel lugar produjeran algo así como una filosofía neolítica con tendencias claustrofóbicas, y así es como los grandes filósofos alemanes de los cien años siguientes llegaron a considerar la obra de Hume.5

Desde el punto de vista religioso —fue muy prudente (casi ambiguo) a la hora de señalar si era ateo o no: por ejemplo, en la famosa6 cena del barón de Holbach, y ante el discurso de éste según el cual estaban reunidos allí los más famosos ateos de Europa, Hume intervino para señalar que no se consideraba a sí mismo ateo—7 tuvo siempre claro que el infierno ardiente de los condenados que el calvinismo le enseñó a temer de niño no podía ser considerado como elemento integrante de ninguna institución de utilidad pública.

En todo caso, hay en Hume un cierto gusto por la provocación en temas religiosos. No contento con haber demostrado que existe el derecho a morirse cuando a uno le dé la gana y se den motivos para ello (esto es, casi siempre),8 añadió que en el caso de algunas personas morirse no es un derecho sino un deber (debía de estar pensando en alguno de sus enemigos),9 y en una de sus obras añadió un comentario relativo a que la vida humana vale lo mismo que la de una almeja,10 y expresó asimismo sus dudas sobre la integridad moral de los apóstoles.11

Es probable que esta visión sobre el tema religioso, tan genuinamente ilustrada, no haga justicia a todos los aspectos del fenómeno religioso, pero para Hume la cuestión se planteaba de modo estrictamente inverso: no hay que demostrar el sinsentido de la religión sino más bien su hipotético sentido.

Junto a su falta de interés práctico —que no teórico— por la religión, en el «pequeño» Hume se desarrolló un acuciado desinterés por la práctica del derecho, el segundo horizonte familiar que se le ofrecía.

Aunque cursó estudios varios en la Universidad de Edimburgo, él mismo confesó haberlo abandonado todo por la lectura de Cicerón («Tully» o «Tulio» en sus citas en muchos casos) y de Virgilio, y en general por el cultivo de las letras. La excesiva dedicación a estos menesteres hizo que Hume padeciera un claro agotamiento físico y nervioso que —como confiesa en carta a su médico— se remedió con un tratamiento a base de medio litro diario de vino clarete y un paseo a caballo de ocho a diez millas escocesas.

Junto a estas dos aficiones Hume habló repetidamente, incluso en sus obras filosóficas, del disfrute obtenido cuando, al abandonar por ejemplo las abstrusas reflexiones sobre la disolución del Yo, dejaba a un lado el «ropaje filosófico» y podía dedicarse a menesteres de más interés, singularmente una partida de «chaquete» (un juego parecido al backgammon actual) con los amigos.

El vino, el caballo y las cartas no pasaron inadvertidos a sus enemigos, y doy aquí un salto cronológico para exponer lo que se dijo tras la muerte de Hume, en polémica con su amigo Adam Smith:

Así pues, señor, si me permite usted juzgar, antes de la cena, la filosofía de Mr. Hume tal y como éste la juzgó después de la cena, no habrá ocasión de disputa en lo que concierne a este asunto. Si ello fuera posible, yo preferiría tener ante mí un esquema de pensamiento susceptible de mantenerse en pie a cualquier hora del día; porque, si no, una persona se vería obligada a mantener al mismo tiempo dos tipos diferentes de lo que podríamos llamar «caballos metafísicos», a fin de poder cabalgar en uno por la mañana y en otro por la tarde. […] Eso no quita para que, en alguna ocasión, nos haya entretenido escuchar algún chiste de labios del autor, cuando éste hacía gala de su buen humor teniendo entre sus manos un vaso de vino. […] ¿Sería posible descubrir cuáles son las pestilentes consecuencias a que da lugar una filosofía falsa? Buen ejemplo tenemos de esas funestas consecuencias si contemplamos lo ocurrido en el caso deplorable de Mr. Hume.12

Tras esa depresión física y nerviosa, ya en 1729 (por tanto con dieciocho años) Hume dijo haber percibido «una nueva escena de pensamiento». Este modo mental, compuesto probablemente de influencias filosóficas (John Locke, George Berkeley, René Descartes, Nicolas Malebranche, Francis Hutcheson, el conde de Shaftesbury y también Joseph Butler) y científicas (Isaac Newton, David Hartley), es el que dio origen al Tratado de la naturaleza humana y —si aceptamos la tesis de que éste sienta las bases primordiales de su pensamiento— también a toda su obra, aunque dicho contexto intelectual, junto al social o histórico, no agoten la explicación de la génesis de un pensamiento original como el de Hume.

Transcurrido un tiempo desde la enfermedad mencionada, en 1734 Hume decidió abandonar momentáneamente la filosofía e incorporarse a una compañía de compraventa de azúcar de Bristol. Este provisional abandono de las abstrusas tareas del quehacer filosófico parece deberse a la denuncia —que no prosperó— por la que se acusaba a Hume de ser padre de un hijo ilegítimo de una señora del lugar.

Aunque por la descripción de alguna de sus amantes y amigas se sabe que Hume evidentemente no constituyó en absoluto un prototipo de belleza, e incluso en Francia se contaban chistes sobre su incomprensible francés y —lo que era aún peor— también su hilarante inglés, producto de su marcado acento escocés, fue siempre muy apreciado por las mujeres, como lo prueban diversos incidentes. Es conocido el mapa que describe la ruta de una de sus amantes que le siguió por toda Europa mandándole misivas amorosas. Asimismo se sabe también que una de sus amantes tachó el nombre de la calle en la que vivía Hume en Edimburgo y escribió en su lugar «St. David Street», tradición que, en su biografía de Hume, Ernest Campbell Mossner ha constatado que aún hoy se mantiene. Finalmente, y para cerrar este apartado erótico-filosófico, hay que mencionar las numerosas proposiciones de matrimonio que Hume recibió al final de su vida por parte de diversas damas de la clase alta de Edimburgo. De todas ellas, parece que una tal Nancy Orde estuvo a punto de casarse con él, aunque finalmente Hume no se decidió, probablemente por las razones que le llevaron también a rechazar la propuesta de su editor William Strahan para continuar la Historia de Inglaterra hasta sus días, respuesta que se hizo famosa y que apareció incluso en algún diario de la época: «I’m too old, too fat, too lazy, and too rich».13

Después de este largo interludio, volvamos al hilo natural de la vida de Hume. Lo habíamos dejado en Bristol, y parece que ni siquiera entonces abandonó sus habituales preocupaciones literarias y filosóficas, puesto que Mossner14 ha sugerido que fue despedido por las repetidas correcciones que realizaba del estilo literario de su jefe, y parece que también de su ortografía. Así pues, a los cuatro meses David Home (a partir de entonces Hume, ya que cambió la grafía de su apellido) estaba libre para dedicarse a la filosofía por completo. Y así lo hizo, pero en Francia.

Tras una corta estancia en París, pasó un año en Reims y los dos siguientes en La Flèche de Anjou, lugar donde se levantaba el colegio jesuita en el que se había educado Descartes. Se ha especulado mucho sobre el hecho de que Hume escogiera dicho lugar para redactar el Tratado, y se ha creído ver en ello algún tipo de reconocimiento de influencias cartesianas. Mossner ha demostrado que en esta elección primaron criterios exclusivamente económicos, puesto que la situación de Hume, aunque le permitía dedicarse exclusivamente al estudio y a la investigación, no era holgada y dicho lugar resultaba muy económico. Además entabló amistad con algunos jesuitas del colegio de la ciudad, quienes le permitieron usar con total libertad la magnífica biblioteca del centro, lo que aclara definitivamente la supuesta y oculta conexión cartesiana que se halla en el origen del Tratado. Por lo demás, la propia naturaleza filosófica de la obra podía haber aclarado estas supuestas vinculaciones, ya que su orientación filosófica se sitúa en la posición estrictamente contraria al racionalismo, sobre todo en su crítica al paradigma de pensamiento cuya obsesión es reducir a un origen simple y elemental toda la realidad. Posteriormente Hume reconoció que este defecto no era exclusivo del racionalismo y lo extendió —por ejemplo en «De la dignidad o miseria de la naturaleza humana»—15 también a alguno de los principales representantes del empirismo filosófico (Thomas Hobbes, por ejemplo) y también del sentimentalismo moral (Shaftesbury).

En cualquier caso, tras una estancia de tres años en Francia Hume volvió a Londres en busca de un editor para su obra, que al parecer había terminado en el otoño de 1737. Tardó casi un año en lograr contratar su publicación con John Noon, y los dos primeros volúmenes de la obra aparecieron en enero de 1739 con el título de Tratado de la naturaleza humana. Un intento de introducir el método experimental de razonar en los asuntos morales. La publicación del tercer volumen —el dedicado a la moral— se demoró hasta noviembre de 1740 y fue publicado por otro editor, Thomas Longman, gracias al «éxito arrollador» de las dos primeras entregas.

El pensamiento de Hume resultó conflictivo ya desde su primera obra. Aunque en un cierto sentido Hume estaba apadrinado intelectualmente por Francis Hutcheson —hoy considerado un autor de primera fila—, de hecho la gran figura intelectual de la época en la Inglaterra ilustrada era la del obispo Joseph Butler. Hume quiso dedicarle la obra, pero Butler declinó tal «honor». Tanta era la admiración que Hume tenía por este autor, que incluso llegó a «cercenar» dos importantes partes de la obra para no ofender la sensibilidad de Butler: la sección dedicada a los milagros, en la que se sienta una de las bases metodológicas de la ciencia histórica del siglo XVIII que luego Hume desarrolló en su Historia de Inglaterra, y la sección dedicada a «La Providencia Divina y a la idea de una vida futura», en la que igualmente se sientan las bases de obras posteriores de Hume, en concreto de los Diálogos sobre la religión natural. En cuanto Hume tuvo la certeza de que no obtendría el beneplácito de Joseph Butler en ningún caso y para ninguna de sus obras, incluyó estas dos secciones en la Investigación sobre el conocimiento humano (An Enquiry Concerning the Human Understanding) o primera Investigación.

Al parecer, la acogida del Tratado fue muy mala, aunque investigaciones recientes han determinado que Hume no fue muy objetivo con su propia obra, ya que aunque casi nadie la entendió —debido principalmente a lo voluminosa que era, a la novedad de las argumentaciones y a defectos de estilo—, sin embargo no pasó inadvertida. Al menos se publicaron tres largas reseñas, todas ellas hostiles, y diversos periódicos ingleses y extranjeros hablaron de ella.16

Hume estaba convencido de que el escaso éxito de su obra se debía exclusivamente a la dificultad y a la novedad de algunos de sus puntos, por lo que en 1740 publicó un folleto anónimo —pero en realidad escrito por él mismo— titulado Resumen de un libro recientemente publicado titulado Tratado de la naturaleza humana.27 Aunque en este escrito Hume ilustraba y simplificaba alguno de los puntos más conflictivos de la obra —especialmente los gnoseológicos, con particular atención al problema de la causalidad—, no contribuyó en absoluto a mejorar la comprensión del Tratado por parte de sus contemporáneos ni consiguió llamar la atención sobre él. Los últimos ejemplares de la obra los regaló el autor a sus amigos. Para mayor escarnio de Hume, el Tratado nunca se reeditó en vida de Hume, mientras obras como las de Thomas Reid, An Inquiry into the Human Mind: on the Principles of Common Sense, cuya única originalidad era la de criticar al Tratado y a su autor, alcanzaron hasta dieciocho ediciones en vida de Hume.18

Al ver la poca aceptación del Tratado, Hume realizó un ejercicio de autocrítica, y este análisis al parecer lo llevó a tomar varias decisiones, algunas de las cuales han sido malinterpretadas. Ante todo Hume se dio cuenta de que era necesario modificar lo que puede denominarse el «estilo» del Tratado, pues sus contemporáneos no parecían estar muy preparados para el propio género del Tratado sino más bien para la utilización de lo que García Roca ha denominado muy bien «estrategia de ofensivas limitadas»; así, después del Tratado Hume jamás volvió a abordar, en ninguna de sus obras, lo que podría llamarse un sistema de filosofía —lo cual no quiere decir que éste no existiera en su mente; es más, existía y lo había formulado en el Tratado—, sino que se aplicaba de modo monográfico a un problema hasta agotarlo, lo cual mejoraba evidentemente la comprensión de sus posiciones por parte del lector y, a la vez, proporcionaba una impresión de solidez en los fundamentos, aunque éstos sólo fueran implícitamente aludidos. De modo muy concreto, en la evolución estilística que se produjo en la filosofía de Hume después del Tratado se aprecia la supresión de latinismos y escotismos, así como la desaparición de las conocidas digresiones del Tratado que tanto contribuyeron a que la obra fuera mal comprendida. Así pues, se puede decir que Hume acertó en la reorientación del estilo expositivo, como puede desprenderse del hecho de que, mientras que el inglés del Tratado es una tortura para los traductores, sin embargo el inglés de por ejemplo los Diálogos es incluso usado como modelo de redacción en las universidades británicas y no presenta la más mínima dificultad para un traductor poco avezado.

Otra de las conclusiones que extrajo Hume del fracaso del Tratado fue que, de algún modo, su carrera filosófica y la fama que tanto anhelaba le serían vedadas mientras las críticas a su obra continuaran dirigiéndose hacia su primer trabajo, por lo que repudió explícitamente el Tratado como una obra de juventud, y principalmente a partir de la Investigación sobre el conocimiento humano y la Investigación sobre los principios de la moral (An Enquiry Concerning the Principles of Morals) pidió que las críticas se dirigieran a estas obras y no al Tratado. Desgraciadamente para él y afortunadamente para nosotros, sus contemporáneos no le hicieron ningún caso y siguieron criticando al autor del Tratado. En cualquier caso, e incluso en contra del criterio del propio Hume, las diferencias entre las obras que pretenden suplir al Tratado y este mismo son más bien de estilo y no de contenido, aunque para ser justo con estas obras —y aunque una justificación pormenorizada de este aspecto requeriría una larga exposición—, en ellas se pueden señalar puntos originales que en absoluto las convierten en un mero resumen de los tres libros del Tratado. Al fin y al cabo, conocer a Hume exige de modo inexcusable leer el Tratado, e incluso podría afirmarse que el acceso al resto de su obra nos estaría vedado si no recorriéramos esta obra, un trabajo defectuoso e inmaduro en muchos aspectos, pero también la única formulación sistemática y global de la filosofía de Hume.

Tras exponer sintéticamente la génesis biográfica del Tratado de Hume —sin duda su obra más importante y el origen directo no sólo del Resumen del «Tratado de la naturaleza humana» incluido en este volumen, sino en un cierto sentido también de todo el resto de la obra humeana—, volvemos al relato esquemático del resto de su aventura vital y literaria.

En 1741 y 1742 Hume puso a prueba su reformulación del estilo filosófico al publicar los dos primeros volúmenes de sus Ensayos morales y políticos (Essays, Moral and Political). Tradicionalmente se ha considerado que la dedicación de Hume al género del ensayo fue una deserción de la filosofía y una adaptación a los gustos de los lectores burgueses e ilustrados de la época, y aunque algo de cierto hay en esto —en otro lugar19 analizo con mayor detenimiento la figura del Hume ensayista—, en ninguno de los ensayos de Hume, por muy frívolos que puedan parecer, renuncia éste a poner a prueba alguno de los elementos básicos de su propuesta filosófica, aunque en muchos casos esto no se percibe porque no se ha leído suficientemente el resto de la obra de Hume, en especial el propio Tratado, en el que se delinean muchas de las ideas que posteriormente se conforman en los ensayos.

El relativo éxito económico y personal de los mencionados ensayos, que sin embargo se publicaron de forma anónima, animó a Hume a presentarse a una plaza de profesor de ética y filosofía pneumática (una especie de psicología; de pneuma, «alma» o «espíritu» en griego) en la Universidad de Edimburgo. La elección de profesor se demoró algo, lo que dio tiempo a que la oposición religiosa a Hume se organizara, presionara y finalmente consiguiera que la plaza se concediera a quien sustituía provisionalmente al profesor titular, el cual desde hacía tiempo ejercía de médico militar en el extranjero. La oposición a la candidatura de Hume se manifestó principalmente con la difusión pública de lo que se consideraba una de las principales consecuencias de su filosofía: la crítica del principio de causalidad y, por tanto, la eliminación de uno de los fundamentos de la teología natural, con lo que se abría una puerta al escepticismo y al ateísmo. Evidentemente, la categoría de los candidatos demuestra que la decisión de negarle la plaza a Hume fue injusta, pero a pesar de esto, el proceso de censura pública de Hume tuvo un imprevisto y paradójico efecto positivo para éste, aunque no en el sentido que él hubiese deseado: no ganó la plaza, pero probablemente sus ideas fueron entendidas por primera vez en todo su alcance: eran realmente las ideas del más importante crítico de la metafísica occidental, como poco después supo apreciar también pero más justa e imparcialmente Immanuel Kant.20

La necesidad de asegurarse un sustento económico suficiente hizo que, después de este incidente, Hume se viera envuelto en otro aún más desagradable. Aceptó ser tutor del marqués de Annandale, quien posteriormente fue declarado demente. Así pues, el único alumno que Hume tuvo en toda su vida fue un pobre loco. Pero esto no fue todo. Aunque durante su estancia con el marqués Hume se dedicó principalmente a investigaciones históricas, descubrió que un allegado de la familia albergaba intenciones bastante siniestras con respecto al marqués y principalmente en relación con su fortuna. La denuncia pública por parte de Hume de dichas intenciones hizo que una vez más lo pusieran de patitas en la calle, y tardó más de quince años en cobrar parte del sueldo que le adeudaron entonces.

Ya durante ese aciago período comenzó a preparar sus Ensayos filosóficos sobre el conocimiento humano (Philosophical Essays Concerning Human Understanding), que posteriormente, en su segunda edición, se llamarían ya definitivamente Investigación sobre el conocimiento humano. La obra apareció en 1748, año en que también se publicaron tres nuevos ensayos morales y políticos. El éxito del Hume ensayista era tal que, cada vez que un trabajo no tenía la aceptación que según él merecía, lo incluía en la siguiente edición de sus ensayos, lo que aseguraba su inmediato éxito y su lectura. Éste es el origen de la aparente heterogeneidad entre estos textos ensayísticos, así como la explicación de que los volúmenes que los contienen acabaran ocupando casi tanta extensión en sus obras completas como el resto de sus obras independientes juntas.

En la primera Investigación pasan a un primer plano lo que podríamos llamar elementos del conocimiento —teoría de las impresiones y las ideas— y la crítica del principio de la causalidad y, evidentemente, disminuye en presencia, aunque no en importancia, la psicología asociacionista, probablemente porque Hume se dio cuenta de que el intento de convertir al principio de asociación en un principio omniexplicativo era en sí mismo erróneo, por cuanto no puede haber ningún principio que tenga dicho carácter, como él mismo supo ver muy bien en sus críticas al racionalismo y a Descartes. De todos modos, lo más famoso de la primera Investigación, y probablemente el argumento que más fama le granjeó en vida, fue uno procedente de las famosas secciones cercenadas del Tratado, esto es, el relativo a los milagros: «Ningún testimonio es suficiente para establecer un milagro, a menos que el testimonio sea de tal género que su falsedad fuera más milagrosa que el hecho que aspira a establecer».21 Este argumento, junto a las ya mencionadas dudas expresadas por Hume sobre la decencia de los apóstoles, sentó definitivamente las bases de lo que sería su imagen pública entre sus conciudadanos y explica obviamente por qué en su segunda tentativa de ocupar otra plaza de profesor, esta vez en Glasgow, la Iglesia escocesa no tuviera a bien recomendarlo.

Entre tanto, el general Saint Clair, pariente lejano de Hume, le propuso que le acompañara como secretario en una expedición militar a Canadá para atacar a los franceses. Mientras esperaban en Portsmouth a que cambiara el viento, fue ascendido al cargo de una especie de juez civil de asuntos militares. Al final, la expedición acabó atacando una población de la Bretaña francesa, L’Orient. El fracaso fue total, ya que se retiraron justo en el momento en que los franceses iban a rendirse. Mucho después, Hume tuvo que defender al general —y supongo que a sí mismo— de las burlas de Voltaire, aunque en este caso parece evidente que el francés tenía razón al dudar de las capacidades militares tanto del general como de su joven protegido.22

El secretario de Estado, el duque de Newcastle, una especie de ministro de Defensa, jefe del general y por tanto el coordinador de todo el ejército británico, estaba directamente «chalado». De hecho, sus contemporáneos lo describieron como «el hombre de quien se decía que perdía media hora cada mañana y pasaba el resto de la jornada buscándola».23 Obviamente, una expedición militar concebida en un despacho por un elemento de esa calaña no podía acabar bien, y así fue.

Cuando el duque de Newcastle decidió que en vez de atacar Canadá atacaran Francia, «que está más cerca», el general y su secretario, Mr. Hume, le escribieron haciéndole una simple pregunta que no recibió respuesta y que sólo se entiende si se tiene presente que iban a atacar Canadá. Hume comunicaba por escrito al ministro: «¿Qué hacemos con los exploradores indios que tenemos en el barco?».24

Una vez evacuados los «indios» del barco, y ya decididos a atacar Francia, planificaron la operación con gran eficiencia y destreza:

El general inquirió entonces en qué lugar de Francia lanzaría su ataque y se le contestó que cualquier sitio vendría bien. El general Saint Clair (junto con su nuevo secretario) montó en la diligencia hacia Porstmouth y subió a bordo del buque insignia, para encontrarse con el primer problema: nadie, en ninguno de los barcos, tenía un mapa de Francia. Hume sugirió que él la conocía y que podía incluso hacer un dibujo, si el general quería; un oficial bajó por fin a tierra y regresó con un libro de segunda mano sobre Francia, con un pequeño mapa al dorso [una especie de guía turística]. Hume confirmó que tenía la forma correcta y el general desplegó velas hacia Francia.25

Acabaron desembarcando frente al puerto de L’Orient, uno de los principales enclaves comerciales de la Bretaña francesa.

Cuenta Voltaire —y no puede aguantarse la risa cruel cuando lo refiere— que el ejército inglés era tan numeroso y había tanta niebla, que en un camino que daba vueltas y vueltas la vanguardia acabó atacando y bombardeando a los soldados de su propia retaguardia al tomarlos por enemigos. Así empezó el asedio a L’Orient, uno de los episodios más ridículos, pero no el único, de la historia militar británica.

Después de un breve asedio durante el cual las tropas inglesas no llegaron seriamente a poner en peligro a una ciudad que estaba básicamente defendida por comerciantes, el general decidió que ya estaba bien de perder el tiempo y decidió volver a Inglaterra con algunas bajas y daños, provocados casi todos ellos por el propio ejército británico. Así acabó el sitio a L’Orient, y aunque cueste creerlo, el rey de Inglaterra —hay que decir, y no es casualidad, que posteriormente tuvo graves problemas mentales— concedió una generosa pensión a Hume y al general en compensación por sus servicios.

Ante el éxito cosechado, el mismo general propuso a Hume en 1748 que le asistiera como ayuda de campo en una embajada militar ante la corte de Viena y Turín.26 Inglaterra se hallaba en guerra con Francia por la sucesión de Austria. Después de recorrer toda Centroeuropa en un viaje que más parecía una excursión turística que una embajada militar, cuando finalmente llegaron a su último objetivo, la corte de Turín, habían tardado tanto que ya se había firmado la paz en Aquisgrán. Una vez más, el general Saint Clair y su secretario habían llegado tarde. Así que lo único que sacó el filósofo de estas dos expediciones fue una sustanciosa pensión real que le garantizó la independencia económica de por vida. Y también tuvo el privilegio de poder vestir uniforme militar, lo que, a juicio de un joven y poco respetuoso testigo, no le favorecía demasiado, ya que en opinión de este observador neutral «jamás se había visto tamaña disparidad entre aspecto físico y personal y talento intelectual», puesto que, en palabras literales de quien lo describe, más parecía Hume «un concejal glotón que un refinado filósofo».27

En cuanto a la unión entre filosofía y arte militar, Paul Strathern concluye —y seguro que no se equivoca— que «se considera frecuentemente este período, en reñida competición, como el de mayor incompetencia en la historia militar británica».28

A pesar de que sus obras, especialmente los ensayos, comenzaban a tener una mayor aceptación, Hume se aplicó en la redacción de la segunda investigación o Investigación sobre los principios de la moral como si se tratara de un debutante. Publicada en 1751, constituía, a su propio juicio, su mejor obra. Por esas mismas fechas Hume comenzó a trabajar en sus famosos Discursos políticos,29 que luego se englobaron en los ensayos, en sus polémicos Diálogos sobre la religión natural y también en su Historia de Inglaterra. Ya por esa época Hume comenzó a convertirse en foco de atención, con lo que se pasó de la situación en la que nadie hablaba de sus trabajos, ni una vez publicados, a la contraria, en la que se los censuraba incluso antes de aparecer, o incluso se llegaban a difundir copias ilegales y piratas de sus obras.

Ese mismo año 1751 —señala en su autobiografía— Hume se mudó del campo a la ciudad, «el verdadero escenario para un hombre de letras».30 En realidad, el motivo del traslado fue optar por segunda vez —y con un nuevo fracaso— a una plaza de profesor, esta vez en Glasgow. Con el apoyo de su amigo Adam Smith, que había pasado de la cátedra de Lógica a la de Ética, se intentó que Hume ocupara la primera, pero la oposición de los sectores religiosos fue tal que incluso llegó a cuestionarse la situación de Adam Smith en la universidad.

En compensación del agravio sufrido, se ofreció a Hume la plaza de bibliotecario de la Facultad de Derecho de Edimburgo, cargo que aceptó y que le resultó especialmente agradable, ya que ponía a su disposición todos los materiales necesarios para la redacción definitiva de su Historia de Inglaterra. Por primera vez la crítica fue unánime: todos lo odiaron por igual, a pesar de que dicho trabajo revolucionó la forma de hacer historia y Voltaire la consideró «posiblemente la mejor que se haya escrito nunca en cualquier lengua».31 Los diversos volúmenes de la obra, que no apareció siguiendo el orden cronológico interno, se publicaron en 1754 y en 1756, dos volúmenes más en 1759, y los dos últimos en 1762.

En el interludio subsiguiente a la aparición de los diversos volúmenes de la Historia, Hume fue víctima de uno de los episodios editoriales más lastimosos de su carrera y uno de los ejemplos más fehacientes de que su obra ya no pasaba inadvertida para los fanáticos. En 1757 Hume publicó Cuatro disertaciones, obra que incluía la famosa Historia natural de la religión, la Disertación sobre las pasiones y dos disertaciones de contenido estético: Sobre la norma del gusto y Sobre la tragedia. Los avatares de esta publicación los he relatado ampliamente y con mayor detalle en otro lugar,32 y aquí basta decir que originariamente la obra pensaba incluir, junto a las dos primeras ya mencionadas, una disertación sobre la geometría, que Hume suprimió y que se perdió, así como dos agresivos ensayos de contenido religioso: «Sobre el suicidio» y «Sobre la inmortalidad del alma»,33 de modo que la obra iba a llamarse Cinco disertaciones. El revuelo levantado por el simple rumor de que estos dos ensayos iban a publicarse hizo que uno de los mayores enemigos de Hume, William Warburton (posteriormente obispo de Gloucester), amenazara directamente a Andrew Millar, el editor de Hume. Así pues, nuestro filósofo tuvo que suprimir los dos ensayos de la edición oficial, y aunque circularon como panfletos, nunca se publicaron en vida de Hume. Si se tiene en cuenta que en uno de ellos Hume mencionaba que en algunas personas el suicidio no parece ser un derecho sino un deber, y que en el otro señalaba que no siendo otros animales inmortales y no valiendo la vida humana más que la de una ostra, no podemos atribuir a dicha vida más propiedades que las que estamos dispuestos a reconocer a un molusco, se entiende que el editor le aconsejara posponer su publicación para una mejor ocasión. William Warburton, su declarado enemigo, había señalado ya antes que prefería no hablar de Hume por temor a que ello le hiciera aún más famoso, y él no quería «contribuir a que avanzara a ningún otro sitio que no fuera la picota».34 Estos ensayos aparecieron de forma anónima mucho después de la muerte de Hume, e iban precedidos de unas palabras del editor destinadas a combatir el veneno contenido en ellos, según reza literalmente el título que se les puso cuando vieron la luz en 1777.35

A pesar de que los enemigos de Hume eran poderosos, también lo eran sus partidarios. En 1763, al terminar la guerra de los Siete Años entre Francia e Inglaterra, el conde de Hertford le ofreció el cargo de secretario personal en la embajada en Francia. Su llegada a París constituyó un auténtico acontecimiento social, ya que entre sus amistades se encontraban Denis Diderot y Jean le Rond d’Alembert, el barón d’Holbach, Claude-Adrien Helvétius, etc., quienes lo agasajaban y adulaban como si se tratase de un oráculo; es conocido el aforismo según el cual el nombre de Hume era «tan respetable en la república de las letras como el de Jehová entre los hebreos».36 En el verano de 1765 Hume se quedó solo en la embajada y ascendió al puesto de encargado de negocios, en el que demostró ser un diplomático cualificado y eficaz. La consecuencia más práctica de ello para Hume fue que en 1767, al volver a Edimburgo, era rico y respetado, a pesar de que seguía contando con innumerables enemigos. A ellos se incorporó su viejo y querido amigo Jean-Jacques Rousseau, quien acusaba a Hume de haberle ridiculizado en un escrito del que finalmente resultó que no era autor. La contestación de Hume fue muy agresiva y, con la ayuda de Voltaire y del verdadero autor del mencionado escrito, Horace Walpole, entonces sí procedió a ridiculizarle públicamente. La desmesura de la contestación de Hume a Rousseau hizo que este último se sintiera víctima de una conspiración y abandonara Inglaterra en 1767. Las relaciones entre ellos se rompieron y Rousseau jamás olvidó dicho incidente.37

La fama de Hume hizo que por tercera vez se le ofreciera un cargo oficial, el de subsecretario del Departamento del Norte, cargo que no deseaba pero que aceptó presionado por sus amigos. El general Conway, quien le había propuesto para el cargo, dimitió en 1768, con lo que Hume quedó libre de sus obligaciones y, además, recibió una enorme pensión del rey Jorge III. En 1769, cuando Hume regresó a Edimburgo, se encontraba en la cima de su opulencia económica y de su celebridad social.

Hume se dedicó entonces casi por completo a revisar las diversas ediciones de sus obras y a mejorar e intentar publicar sus Diálogos sobre la religión natural, que, acabados desde 1752, no había podido publicarlos por la continua presión de los sectores más fanáticos de la ilustrada sociedad británica.

En 1775 cayó enfermo de un mal intestinal, probablemente cáncer, que acabó con él el 25 de agosto de 1776. Unos meses antes de morir concluyó la redacción de su autobiografía, y justo una semana antes envió diversas cartas de despedida a sus amigos. Esta actitud ante la muerte, que se hizo pública, hizo que una vez fallecido el filósofo se abriera una agria polémica sobre su vida y su muerte. Ante el tono de los comentarios y la falsedad de las descripciones de este hecho que se difundieron, Adam Smith tuvo que intervenir con un opúsculo justamente famoso en el que honraba al que fuera su amigo.

Para concluir este apartado citaré alguno de los textos escritos contra Hume y uno de los fragmentos más valientes de Adam Smith, quien posteriormente también se vería envuelto en una nueva batalla contra los enemigos de Hume con ocasión de la publicación de los Diálogos, que al fin vieron la luz, entre un gran escándalo, en 1779. Dice un enemigo de Hume, dirigiéndose a Adam Smith:

¿Estaría bien, señor, que Vd. nos dijese que es «perfectamente sabio y virtuoso», tanto en su carácter como en su conducta, un hombre que, como Hume, demostró albergar una incurable antipatía hacia la RELIGIóN y que empleó todas sus fuerzas en suprimir y extirpar el espíritu religioso de entre los hombres hasta el punto de hacerlo desaparecer, si ello fuese posible, de la memoria de la humanidad? ¿Imagina Vd. que es factible reconciliarnos con una persona de esa clase y tenerle afecto sólo porque el individuo en cuestión era amable en su trato social y sabía jugar a las cartas?38

Una vez más, como vemos, aparece la referencia malévola al juego. Adam Smith, en contra de esas opiniones, dijo emocionado lo siguiente en su panegírico a la muerte de Hume, que puede servir para poner fin a este apartado:

[…] esa alegría de ánimo, tan agradable en la vida social, pero que suele ir acompañada de otras cualidades frívolas y superficiales, fue, en el caso de Mr. Hume, asistida por la más estricta aplicación, el más vasto conocimiento, la máxima profundidad de pensamiento y una amplísima capacidad en todos los órdenes del saber. En general, yo siempre consideré a Mr. Hume, tanto en su vida como después de su muerte, como alguien que estuvo tan próximo a la idea de lo que debe ser un hombre perfectamente sabio y virtuoso, como quizá la frágil naturaleza humana será capaz de permitir.39

Pero este relato de la vida de David Hume no merece cerrarse de un modo tan dramático, porque el filósofo escocés mostró siempre un agudo sentido del humor y un sano espíritu de provocación.

Ese Hume más divertido, irreverente, juvenil y provocador no está en sus obras más conocidas, sino en lo que uno de mis maestros, Carlos Mellizo, ha denominado, muy acertadamente, «escritos epistolares», pues los ilustrados consideraban las cartas como un género literario más.40

En dichas cartas, verdaderos ensayos en sí mismas, Hume ironizaba por ejemplo sobre su propia gordura:

[…] en un período de seis semanas pasé de un extremo a otro; y siendo antes alto, delgado y huesudo, me convertí de pronto en el tipo más sólido, robusto y de aspecto más saludable que jamás se ha visto, con buen color y expresión alegre. Como excusa para irme a montar a caballo y cuidar de mi salud, yo decía siempre que tenía miedo de caer enfermo de tisis, lo cual había sido de creer, a juzgar por mi aspecto anterior; pero ahora todo el mundo me felicitaba por mi recuperación absoluta.41

En otra famosísima carta dirigida a un amigo describía satíricamente lo que denominaba «metamorfosis del filósofo»:

Dígale a su hermana (después de saludarla de mi parte) que soy tan serio como ella imagina que un filósofo debería ser: sólo me río una vez cada quince días; suspiro tiernamente una vez por semana, pero tengo aspecto malhumorado en todo momento. En breve: ninguna de las metamorfosis de Ovidio mostró jamás un cambio tan absoluto: pasar de ser una criatura humana a ser una bestia; quiero decir, pasar de ser un galanteador a ser un filósofo.42

Más tarde formuló una sátira antiplatónica y contra el exceso de ejercicio: «Platón dice, a modo de reproche dirigido contra los bárbaros y los griegos asiáticos, que ignoraban la pederastia y los ejercicios gimnásticos. Habla de ambas cosas como si estuvieran relacionadas».43

Finalmente formuló la siguiente apología epicúrea en vísperas de una buena cena:

Querido Doctor: […] Que los placeres espirituales se multipliquen en usted sin menoscabo de los carnales; que crezcan sus riquezas sin que aumenten sus deseos; que su carro de batalla siga rodando sin que fallen sus extremidades; que su lengua adquiera con el tiempo la dulce locuacidad de la edad provecta, sin que sus dientes pierdan el filo y la agudeza de la juventud.44

Entre otras, se encuentran también en Hume críticas a un teólogo por ser ateo,45 así como críticas a Rousseau porque, habiéndose ocupado de la fidelidad conyugal de su heroína Eloísa estando soltera y luego casada, «lo único que le falta es escribir un libro para instrucción de las viudas».46

Pero el texto que más me impresiona de las cartas de Hume, y uno de los que mejor muestran el talante filosófico y vital del pensador de Edimburgo, es el contenido de su última carta a la que fue la única mujer que casi le hizo abandonar la soltería, la condesa de Bouffleurs. Hume, enfermo de lo que pudo ser un cáncer de hígado, se entera de la muerte del amante de la condesa y antaño su propio rival, el príncipe de Conti, y le escribe una cariñosa carta, desde su propio lecho de muerte, en la que le expresa sus condolencias. La despedida vale, es mi opinión, más que muchos tratados sobre el carácter y la virtud y muestran cómo el humor, a lo largo de la vida, puede ser una adecuada preparación, filosófica y vital sin más, para el final de ésta: «Sin ansiedad ni pesar, veo cómo la muerte se acerca gradualmente. Por última vez, os saludo con gran afecto y consideración».

Hume murió cinco días después manteniendo intacta la serenidad, el sentido del humor y la jovialidad de siempre, con la consiguiente indignación de quienes no lograron reconciliarlo con «la única fe verdadera».

PENSAMIENTO

David Hume es considerado el filósofo más importante en lengua inglesa. Su influencia es amplia en la filosofía contemporánea, sobre todo en los campos de la epistemología, la metafísica, la ética, la filosofía política, la estética y la filosofía de la religión. Se ha estudiado con cierto detalle su recepción en la cultura filosófica europea, especialmente en los casos de la filosofía francesa del siglo XVIII y de la filosofía alemana de los siglos XVIII y XIX,47 y es conocida su gran influencia sobre la formación de la filosofía crítica kantiana y sobre el neopositivismo del siglo XX. Todo ello justifica que Hume sea considerado un clásico de la filosofía, un punto central e incluso arquimédico en algunos problemas cruciales de la historia de la filosofía occidental.

Los avatares de la recepción del pensamiento de Hume en España y en la cultura iberoamericana en general son menos conocidos y merecen una consideración aparte, aunque necesariamente breve.

Recepción de Hume en España

Las ideas de Hume llegaron a España en el siglo XVIII, en su faceta de ensayista político, poco después de sus primeras traducciones al francés.48 En el siglo XIX se le conoció principalmente como historiador; según el juicio de Voltaire, uno de los más importantes del siglo XVIII.49 La fama de Hume como filósofo escéptico y antirreligioso había llegado a la Península, pero no así sus obras de contenido filosófico, al menos no directamente.

Hubo que esperar al siglo XX, inicialmente con la traducción del Tratado completo por primera vez por el filósofo gallego Vicente Viqueira50 y alguna otra traducción iberoamericana,51 y luego con la edición de Enrique Tierno Galván de los Ensayos políticos52 y las primeras traducciones de Carlos Mellizo en la editorial Aguilar, para que Hume comenzara a ser conocido como filósofo de forma directa o, como solía ser frecuente, mediante versiones francesas o vertidas al español desde esa lengua.

Todo este proceso de conocimiento y difusión progresivos de los textos de Hume —pero no necesariamente de sus ideas—, del evidente aumento del número de traducciones y del incremento quizá menos intenso del número de monografías y artículos dedicados a Hume y a su pensamiento, culmina con la publicación en 1977 —por la desaparecida Editora Nacional— de la traducción del Tratado de la naturaleza humana firmada por Félix Duque, la primera que incluyó la paginación de las ediciones originales «críticas» de Hume realizadas por L. A. Selby-Bigge, que aún hoy es utilizada por los especialistas.

El hecho de disponer en castellano de casi toda la obra de Hume ha llevado a algunos lectores y estudiosos a suponer que podemos abandonar, por así decirlo, el Tratado y leer a Hume de un modo más fragmentario, pero más sencillo, en sus otras obras mayores y en sus ensayos. Pero eso es un grave error, y es de justicia que este volumen, que quiere hacer llegar a un público amplio el pensamiento de Hume, incluya la meritoria primera edición completa del Tratado realizada por Vicente Viqueira bajo la inspiración de la Institución Libre de Enseñanza en 1923,53 por la importancia que tiene y ha tenido esta obra para el conocimiento de la filosofía de Hume, y sobre todo porque para el público de habla hispana la filosofía de Hume está indisolublemente unida al Tratado de la naturaleza humana.

Junto al Tratado, se incluye también mi traducción de la obra que el propio Hume escribió y publicó de forma anónima, para intentar resumir de un modo sencillo lo expuesto en el Tratado y, también, para intentar aclarar algunos de los malentendidos que su lectura provocó: el Resumen de un libro recientemente publicado titulado «Tratado de la naturaleza humana».

Algunas de esas interpretaciones, sobre todo las que lo leyeron y lo entendieron simplemente como un manifiesto escéptico radical, tenían un claro fondo de mala intención e incomprensión. Otras lecturas de la obra simplemente se confundieron respecto de sus intenciones y sobre el significado y el alcance de sus principales tesis, centrándose excesivamente en lo que podríamos denominar de modo general «fallos de estilo», esto es, una cierta oscuridad en la exposición y, sobre todo, una cierta falta de engarce entre la enorme cantidad de ideas nuevas y enormemente complejas que esta obra de juventud encerraba.54

La consecuencia que el joven David Hume extrajo del fracaso de su obra fue que, a partir de ese momento, él mismo debería intentar olvidar el Tratado y, sobre todo, tendría que conseguir que el público también lo hiciese. Pero también aquí fracasó —afortunadamente— y el Tratado siguió —y sigue— leyéndose como una de sus principales obras, quizá la más importante de todas ellas.

Obviamente, y ahí llevaba razón Hume, no es su mejor obra. No tiene la belleza casi arquitectónica de la Investigación sobre los principios de la moral ni la elegancia estilística de los Diálogos sobre la religión natural o la frescura de alguno de los Ensayos morales, políticos y literarios, pero es la única y más completa versión del sistema filosófico empirista de Hume. En el Tratado está, aunque sea en su primera y juvenil versión, «todo» Hume.

Es posible que las ideas metafísicas, éticas, políticas, jurídicas, psicológicas y lógicas del Tratado de la naturaleza humana logren en otras obras posteriores formulaciones más exactas, precisas y elegantes, pero ya nunca aparecerán formuladas de un modo global y mostrando todas sus interrelaciones. Sólo leyendo el Tratado, sólo desoyendo a Hume y violando su prohibición de volver a esta obra, podemos comprender la grandeza de su pensamiento.

Pero esto no supone negar la evidente evolución interna de las ideas humeanas, y aquí vamos a ensayar una explicación de esta evolución estructurada en torno a la discusión de las distintas interpretaciones más habituales del pensamiento de Hume. Luego se expondrán los temas esenciales de la filosofía humeana, así como la forma en que aparecen, primero en el Tratado y luego en sus restantes obras.

Así, a partir del Tratado y usándolo como guía, lograremos lo que para mí es una plausible reconstrucción interpretativa de la filosofía de Hume. Obviamente hay otras interpretaciones posibles, pero creo que todas deben pasar obligatoriamente por la tarea de proporcionar una lectura sostenible y consistente de las diversas partes del Tratado, que es como decir del sistema general de la filosofía de Hume.

Los rostros de Jano. Interpretaciones de la filosofía de Hume

Mi visión del problema de las interpretaciones, versiones o lecturas de Hume no es neutral: tengo un punto de vista concreto sobre cuál es la más sostenible y más interesante de estas «versiones», pero esto no sirve de mucho si no se acompaña de una justificación suficiente. En todo caso, para no engañar al lector, vaya por delante que considero que hay buenas razones para sostener que el pensamiento de Hume podría definirse globalmente por el primado de la ética, el escepticismo razonable y el radicalismo metafísico y religioso.

Creo que esta concentración en los aspectos «prácticos» —no simplemente aplicados— de su pensamiento es coherente con lo que él mismo parecía definir como las intenciones de su sistema filosófico, dentro del cual la epistemología y la metafísica (al menos la «buena metafísica» de la que habla Hume) sirven de propedéutica para la filosofía práctica, para lo que Hume algunas veces denominó sin más y de modo general como «Ética».

Es obvio que Hume es un grandísimo metodólogo y metafísico, un muy importante filósofo teórico, pero creo que su virtualidad, su potencialidad para el pensamiento de hoy en día, se reduce mucho si, como se hizo durante mucho tiempo, se lo lee «desde Kant» y se lo reduce a ser el mero debelador de la metafísica occidental de corte racionalista.55

El magnífico libro de José García Roca Positivismo e Ilustración: la filosofía de David Hume (1981), contribuyó a mostrar que Hume era mucho más que un simple escéptico, y todos mis trabajos, desde el año 1988 —creo que en consonancia con las líneas internacionales de investigación sobre su pensamiento, y en paralela armonía puramente casual con una cierta deriva ético-práctica de la filosofía contemporánea— han intentado mostrar lo que creo que es el evidente primado de la filosofía práctica en el pensamiento de Hume. La superación de las contradicciones del escepticismo radical, o pirronismo, se lleva a cabo por medio de la acción y no por la pura especulación metafísica. Como dice el propio Hume:

Parece, por tanto, que la naturaleza ha establecido una vida mixta como la más adecuada a la especie humana, y secretamente ha ordenado a los hombres que no permitan que ninguna de sus predisposiciones les absorba demasiado, hasta el punto de hacerlos incapaces de otras preocupaciones y entretenimientos. «Entrégate a tu pasión por la ciencia —les dice—, pero haz que tu ciencia sea humana y que tenga una referencia directa a la acción y a la sociedad. Prohíbo el pensamiento abstracto y las investigaciones profundas y las castigaré severamente con la melancolía pensativa que provocan, con la interminable incertidumbre en que le envuelven a uno y con la fría recepción con que se acogerán tus pretendidos descubrimientos cuando los comuniques. Sé filósofo, pero en medio de toda tu filosofía continúa siendo hombre.»56

A pesar de lo dicho, históricamente ha sido muy frecuente una cierta consideración negativa a priori de la filosofía de Hume, que procede básicamente de su visión como un escéptico radical en el ámbito de la filosofía teórica. Inevitablemente, sin embargo, las investigaciones de Hume sobre problemas como la «causalidad» o la «inducción» se han mostrado como decisivas para la filosofía de la ciencia contemporánea; sus comentarios sobre las «falacias lógicas» cometidas por la mayoría de los sistemas morales —bien es cierto que también por el suyo— han dado pie a muchas de las discusiones éticas contemporáneas; en fin, hoy en día su obra es leída y tenida en cuenta en casi todos los ámbitos de la filosofía, y además ha extendido su influencia a ámbitos no estrictamente filosóficos, como la ciencia política o la economía. En este cambio de actitud hacia la filosofía de Hume ha sido decisiva la revisión a que fue sometida la tradicional visión escéptica e irracionalista de ésta, frente a la que se han elaborado interpretaciones alternativas.

El supuesto escepticismo total de Hume puede ser negado leyendo simplemente sus obras. Pero aparte de eso, también se puede rechazar esa interpretación mostrando que la concepción de la filosofía en Hume y sus soluciones a diversos problemas no permiten atribuirle ningún tipo de escepticismo total:

Tampoco puede quedar sospecha alguna de que esta ciencia [la ciencia de la naturaleza humana] sea incierta o quimérica, a no ser que mantuviéramos un escepticismo totalmente contrario a la especulación e incluso a la acción. No se puede dudar que la mente está dotada de varios poderes y facultades, que estos poderes se distinguen entre sí, que aquello que es realmente distinto para la percepción inmediata puede ser distinguido por la reflexión y, consecuentemente, que en todas las proposiciones acerca de este tema hay verdad o falsedad, verdad o falsedad tales, que no están más allá del alcance del entendimiento humano.57

De una lectura global —y no parcial, como se suele hacer— de las obras de Hume no se pueden extraer tales conclusiones escépticas radicales (o pirrónicas), por la simple razón de que ello convertiría a Hume en un pensador incoherente en extremo: creyendo por un lado que el conocimiento era imposible, habría dedicado toda su vida y su obra a tratar de explicarlo y fundamentarlo.

Otro tópico que circula en torno a la figura de Hume y a su filosofía —tópico que además está difundido incluso entre los especialistas— es el de que tras la indiferente aceptación, o el fracaso sin más, de su primera obra, fue abandonando poco a poco la filosofía para dedicarse, sobre todo al final de su vida, al cultivo de temas más ligeros y mundanos (política, estética…) en formas de expresión también más ligeras, como el ensayo.

Esta visión de la filosofía de Hume olvida que en el propio Tratado de la naturaleza humana —la obra que da origen al Resumen— Hume anunciaba ya que pretendía que su sistema filosófico tratara también cuestiones de moral, política y estética, así como de economía e historia, en la medida en que en aquel momento estas materias formaban parte de lo que podríamos denominar «currículum de filosofía práctica»:

La intención que persigo en la presente obra queda suficientemente expuesta en la introducción. El lector deberá tener en cuenta, tan sólo, que no todas las cuestiones que allí me he propuesto son tratadas en estos dos volúmenes. Los problemas del entendimiento y las pasiones constituyen por sí mismos una cadena completa de razonamientos […]. Si tengo la suerte de salir airoso, continuaré mi obra examinando los problemas de la moral, la política y la crítica de artes y letras. Con ello se completaría este Tratado de la naturaleza humana.58

O como dice en el mismo Resumen:

[…] puede afirmarse con seguridad que casi todas las ciencias están incluidas dentro de la ciencia del hombre, y dependen de ella. El único fin de la lógica es explicar los principios y operaciones de nuestra facultad de razonar, así como la naturaleza de nuestras ideas; la filosofía moral y la crítica se ocupan de nuestro gusto y nuestros sentimientos; y la política considera a los hombres en tanto que unidos en sociedad y en dependencia unos de otros. Por consiguiente, este Tratado de la naturaleza humana parece perseguir el logro de un sistema para las ciencias. El autor ha finalizado lo que se refiere a la lógica y ha sentado las bases de las otras esferas con su investigación sobre las pasiones.59

Por tanto, al dedicarse a investigar sobre estas cuestiones, Hume no estaba abandonando la filosofía ni sus propósitos filosóficos iniciales, al menos desde el punto de vista de lo que para él era la filosofía.60

Si tratásemos de precisar —a efectos de defender brevemente nuestra visión no radicalmente escéptica del pensamiento humeano— la manera en que Hume considera en la introducción al Tratado y en toda su obra —puesto que una de mis tesis de trabajo básicas es que los propósitos o «intenciones» del Tratado se mantienen a lo largo de toda la obra de Hume, aunque varíen sus formulaciones concretas— que esa ciencia del hombre de la que nos ha hablado en los textos precedentes se puede llegar a establecer «sobre unos fundamentos firmes» y liberar a la filosofía de su principal escollo, el «peligro metafísico», veríamos, en primer lugar, que Hume rechaza los procedimientos especulativos, conceptuales o apriorísticos de una gran parte de la tradición filosófica que le precede y opta por defender de una manera clara el predominio en filosofía de la observación y de la experiencia, así como la defensa del razonamiento probable frente al demostrativo.61 Esto es totalmente coherente con los supuestos comunes a todas las filosofías empiristas, pero además, en el caso de Hume, la apelación a la experiencia es singularmente clara, ya que subtituló el Tratado como un «intento de introducir el método experimental de razonar en los asuntos morales»; y con «asuntos morales», en el inglés de su época, se refiere a todos los temas y problemas que no pertenecen a las ciencias de la naturaleza.62

La experiencia de la que debe partir el filósofo es, por un lado, la procedente de la introspección y, por otro —y más importante—, la extraída de la observación de la vida y de la conducta humanas.

La filosofía y la «ciencia de la naturaleza humana» en que ésta se resuelve deben partir de los datos empíricos y no de una pretendida intuición de la esencia de la mente humana y del hombre en general, ya que esto es algo que se halla fuera de los límites de nuestra comprensión. Esto hará que, en contra de la tradición metafísica cartesiana —a la que por otro lado está ligado Hume, especialmente por intermedio de la figura de Malebranche— y en general, en contra de toda la tradición de filosofía de corte metafísico, el método propuesto para la filosofía sea más inductivo que deductivo.

Para Hume, la experiencia constituye tanto la base como el límite más allá del cual no puede extenderse la «ciencia del hombre» o la filosofía:

[…] no podemos ir más allá de la experiencia, y toda hipótesis que pretenda descubrir el origen y cualidades últimas de la naturaleza humana debe desde el primer momento ser rechazada como presuntuosa y quimérica.63

Por tanto, Hume —en coherencia con la tradición empirista de pensamiento— considera toda conclusión no autorizada por la experiencia como una «hipótesis» en el sentido peyorativo dado a este término por Newton y que el primero acabará aplicando al mismo Newton y a sus seguidores, cuando extralimitan sus conclusiones y las trasladan al ámbito de la teología:

Por tanto, la hipótesis religiosa ha de considerarse como un método más para dar razón de los fenómenos visibles del Universo. Pero ningún razonador cabal se tomará la libertad de inferir de ella un hecho cualquiera.64

La filosofía, la ciencia del hombre, tendrá que buscar los últimos principios en que se resuelven los fenómenos y no sobrepasarlos buscando aquello que se supone subyace a tales principios (como veremos más adelante, ésta es la base de la crítica al concepto de sustancia y a las ideas abstractas), ya que ello, según Hume, sería caer en la extralimitación que caracteriza a la metafísica y que acaba convirtiendo a la filosofía en un saber «quimérico y ficticio».

De un modo general, pues, podemos señalar que la intención general de la filosofía de Hume y lo que anima su concepción del quehacer filosófico es extender el método de la ciencia newtoniana al estudio de la naturaleza del hombre y de su conducta, en la medida en que ello sea posible. El propio Hume reconoce que, con esto, lo que hacía era continuar el trabajo comenzado por Locke, Shaftesbury, Hutcheson y Butler.65

La aplicación humeana del «modo experimental de razonar» al conocimiento del hombre —y en general a toda la filosofía— da como resultado, en opinión de Hume, una muy útil clarificación de los problemas que la filosofía puede tratar y resolver. De manera resumida, se puede decir que su concepción empirista de la filosofía logra:

a) Una aclaración de los límites del conocimiento.

b) Una definición clara, aunque parcial, de la razón.

c) Una aclaración de ciertos problemas metafísicos mediante la aplicación de los supuestos gnoseológicos extraídos en a) y en b).

d) Una concepción más adecuada de los móviles de la conducta humana.

Esto significa que ni en cuanto a intenciones ni en cuanto a metodología, a supuestos ni a conclusiones, puede considerarse a Hume un defensor de ningún tipo de escepticismo epistemológico radical.

Esta filosofía empirista y no-escéptica de Hume desde el punto de vista de la concepción del método de la filosofía está definida, de manera final y resumida, por la consideración de la experiencia y la observación como las únicas fuentes legítimas de conocimiento. Por otra parte, Hume considera las ciencias naturales y su aplicación del método experimental —en el sentido de «método de la inferencia a partir de la experiencia»— como modelo de la ciencia del hombre o de la filosofía.

Por último, las condiciones para el desarrollo de esta «nueva filosofía» son el abandono de los asuntos abstrusos y manifiestamente alejados del alcance del conocimiento humano, así como el rechazo de todas las hipótesis que no sean sino conjeturas especulativas inverificables por la experiencia.66

Independientemente de las posibles críticas a todas estas tesis concretas de la filosofía empirista de Hume, se puede cuestionar su intención básica: trasplantar el método de las ciencias de la naturaleza a la filosofía.

Es cierto que casi todos los filósofos prekantianos muestran una insuficiente comprensión de las diferencias entre ambos grupos de disciplinas, pero precisamente no se logró una mejor comprensión de esas diferencias hasta que no se realizó el intento de trasplantar los conceptos y categorías de la «filosofía natural» a la «ciencia del hombre». La filosofía empirista de Hume desempeña un papel crucial en este intento fundamental para la filosofía moderna y contemporánea. Pero para que todo este proyecto tuviese sentido, la filosofía humeana tenía que ser interpretada, por un lado, como no radicalmente escéptica y, por otro, como interesada directamente y de un modo sustantivo por la filosofía práctica, y no sólo por la epistemología o simplemente por la filosofía teórica.

Desde estas coordenadas textuales y metodológicas veamos, pues, qué puede exponerse de un modo global acerca de la filosofía de Hume procediendo de una manera casi arquitectónica desde las bases del edificio (la teoría del conocimiento) hasta las cúpulas y cubiertas, en las que estarían a mi juicio la ética, la filosofía política y la filosofía de la religión.

La teoría del conocimiento de Hume: tesis básicas

La teoría del conocimiento de Hume pasa por dos etapas; en primer lugar, establece dos supuestos metodológicos y cognoscitivos, y en segundo lugar, los aplica a la crítica y a la aclaración de diversas cuestiones, en este caso fundamentalmente a la aclaración del significado y del estatuto de diversos conceptos de la metafísica racionalista anterior al empirismo. Esos dos supuestos son:

1) El principio de prioridad de las impresiones frente a las ideas, lo que constituye la base del criterio empirista de significado elaborado por Hume: el significado de un término viene dado por su referencia a lo inmediatamente percibido (principio de naturaleza semántica).

2) El principio de distinción de todos los enunciados en aquellos que expresan relaciones de ideas, por un lado, y los que establecen cuestiones de hecho (principio de naturaleza lógica o epistemológica), por otro.

En primer lugar se exponen y analizan el principio de prioridad de las impresiones frente a las ideas y el criterio semántico derivado de él.

Prioridad de las impresiones y criterio empirista de significado

Hume comienza su teoría del conocimiento dividiendo todas las percepciones de la mente humana, todo lo que se presenta a la conciencia, en «impresiones» e «ideas», las cuales se diferencian en primera instancia por el grado de fuerza y vivacidad de su presencia ante la mente; la distinción entre impresiones e ideas se corresponde aproximadamente con la existente entre «sentir» y «pensar». Dice Hume:

Todas las percepciones de la mente humana se reducen a dos géneros distintos que yo llamo IMPRESIONES e IDEAS. La diferencia entre ellos consiste en los grados de fuerza y vivacidad con que se presentan a nuestra mente y se abren camino en nuestro pensamiento y conciencia. A las percepciones que penetran con más fuerza y violencia [las] llamamos impresiones, y comprendemos bajo este nombre todas nuestras sensaciones, pasiones y emociones tal como hacen su primera aparición en el alma. Por ideas entiendo las imágenes débiles de éstas en el pensamiento y razonamiento.67

Como hemos visto, las percepciones que se presentan ante la mente humana con mayor fuerza y violencia se pueden denominar impresiones. Estas impresiones pueden dividirse en dos clases: impresiones de sensación e impresiones de reflexión (pasiones y emociones).68 Por ideas, en cambio, entiende Hume —como también hemos visto— las percepciones más débiles o imágenes de las impresiones en el pensamiento y en el razonamiento.69

En principio, parece que impresiones e ideas forman dos conjuntos en los que se corresponde un elemento de uno con un elemento del otro. Pero esto es así sólo en apariencia, porque hay que tener en cuenta la distinción entre percepciones (impresiones e ideas) simples y complejas, es decir, entre las que no son distinguibles, analizables ni separables (la idea de «rojo», por ejemplo) y las que sí lo son (la de «auto-móvil»): «Percepciones o impresiones e ideas simples son las que no admiten distinción ni separación. Las complejas son lo contrario que éstas y pueden ser divididas en partes».70

La correspondencia general entre impresiones e ideas presenta el problema de que hay ideas que no se corresponden con impresiones, e impresiones complejas que no son copiadas exactamente por ideas. Ésa es la razón de que Hume, en un principio, sólo pueda afirmar la correspondencia entre impresiones e ideas simples.

Una vez establecida la correspondencia, Hume intenta establecer —como era de esperar en una filosofía empirista— el punto central de toda su teoría del conocimiento: la prioridad de las impresiones simples frente a las ideas simples, aunque luego trata de extender esta tesis a todas las ideas.

Hume prueba dicha «prioridad» aludiendo a una serie de fenómenos en los que se observa una conjunción constante entre impresiones e ideas, en las que las impresiones ocupan el primer lugar.71 Los ejemplos-prueba que aduce Hume en favor de la prioridad de las impresiones frente a las ideas son los siguientes:

1) Para aprender el uso de un término referido a una sensación («rojo», por ejemplo) no podemos recurrir a una definición conceptual sino ostensiva (mostrar un ejemplo o varios del color rojo).

2) No podemos generar una impresión pensando simplemente en ella, es decir, a través de su idea.

3) Cuando falta algún sentido no tenemos ideas referidas a las sensaciones de ese sentido y, por tanto, tampoco podemos utilizar correctamente los términos referidos a ellas (un ciego no sabe utilizar con perfección el lenguaje visual).

Además, no basta sólo con poseer la facultad correspondiente, sino que para tener la idea es necesario haberla aplicado a la correspondiente sensación.72

Todos estos fenómenos parecen apoyar la prioridad de las impresiones simples respecto de las ideas también simples. Pero Hume tiene asimismo que mostrar que esa prioridad se da entre las impresiones e ideas complejas.

Ahora bien, como Hume concibe atomísticamente las ideas e impresiones complejas como simple suma de ideas e impresiones simples y particulares, y las ideas secundarias o «ideas de ideas» —las que componen nuestros razonamientos sobre ideas primarias— remiten también por medio de las ideas primarias a las correspondientes impresiones, se puede afirmar con carácter general lo que Hume llama «el primer principio [de] la ciencia de la naturaleza humana»:73 «Las ideas son precedidas de otras percepciones más vivaces de las que se derivan y a las que representan».74

Una vez establecida la prioridad de las impresiones respecto a las ideas, Hume trata de establecer la derivación de éstas a partir de aquéllas y el modo en que se produce tal derivación. De aquí extrae lo que se denomina «principio de derivación de las ideas a partir de las impresiones», lo que constituye un mero corolario del de prioridad, que es el verdaderamente importante: «Todas nuestras ideas simples en su primera aparición se derivan de impresiones simples, con las que se corresponden y a las que representan exactamente».75

En resumen, las ideas fundamentales de Hume acerca de las relaciones entre impresiones e ideas son:

– Existe una correspondencia —lo hemos dicho ya— entre la mayoría de impresiones e ideas. Además, incluso en el caso de que tal correspondencia no se diese, las impresiones seguirían siendo los materiales de que se componen las ideas.76

– Como consecuencia de lo anterior, Hume puede afirmar que la existencia de cualquier idea exige de hecho —aunque no lógicamente— la existencia de una impresión anterior con la que se corresponde o a partir de la cual está formada. Por tanto, las ideas representan o remiten a impresiones precedentes, e incluso en algunos casos esto sucede de modo exacto.

El principal problema que se presenta a la teoría de la correspondencia entre todas las impresiones e ideas es la existencia de ideas complejas para las que no existe ninguna impresión correspondiente; Hume analiza a este respecto las ideas de «espacio» y «tiempo».77

El concepto de «relación» y la delimitación humeana de los ámbitos del conocimiento

El segundo principio fundamental de la teoría del conocimiento de Hume es el que establece la dicotomía entre proposiciones sobre relaciones de ideas y sobre cuestiones de hecho.

Este principio es la afirmación fundamental de la teoría de la razón de Hume en cuanto que delimita los ámbitos de los que ésta puede ocuparse, dejando en primer lugar fuera del dominio del conocimiento en sentido estricto a todos los tipos de metafísica, y en segundo lugar, restringiendo mucho el papel que pueda concederse a la razón en la práctica.

Veamos cómo llega Hume a esa delimitación de los ámbitos del conocimiento. Él mismo resume los pasos de su argumentación en un importantísimo texto:

Todos los objetos de la razón e investigación humana pueden dividirse en dos grupos, a saber: relaciones de ideas y cuestiones de hecho; a la primera clase pertenecen las ciencias de la Geometría, Álgebra y Aritmética y, en resumen, toda afirmación que es intuitiva o demostrativamente cierta. […] Las proposiciones de esta clase pueden descubrirse por la mera operación del pensamiento, con independencia de lo que pueda existir en cualquier parte del universo. […] No son averiguadas de la misma manera las cuestiones de hecho, los segundos objetos de la razón humana; ni nuestra evidencia de su verdad, por muy grande que sea, es de la misma naturaleza que la precedente.78

Hume llega a esa afirmación fundamental a partir del establecimiento del hecho según el cual todo nuestro conocimiento versa sobre relaciones entre cosas, entre objetos, ya sean ideales o reales. Por eso, dice que todos los objetos de conocimiento son o bien relaciones de ideas o relaciones entre hechos (en terminología de Hume y desde ahora en adelante, «cuestiones de hecho»). Una proposición de la aritmética («2 + 2 = 4») es un ejemplo del primer grupo; en cambio, una afirmación fáctica como «El sol saldrá mañana» pertenece al segundo.

Al profundizar en el concepto de «relación» vemos que Hume distingue siete relaciones distintas agrupadas en invariables y variables:

– Invariables: semejanza, contrariedad, grados de una cualidad y proporciones en cantidad o en número.

– Variables: identidad, relaciones de lugar y tiempo y causalidad.

Las relaciones invariables se identifican con las relaciones entre ideas; las variables, con las cuestiones de hecho.

Dentro de las relaciones invariables, la semejanza, la contrariedad y los grados de una cualidad se pueden determinar de modo más o menos inmediato y, por tanto, son objeto de una intuición más que de una demostración. La relación de proporción en cantidad o en número no se puede apreciar de ese modo intuitivo y es objeto ya de un conocimiento demostrativo: la matemática, que incluye para Hume la aritmética, el álgebra y la geometría. Esta relación es objeto de lo que Hume denomina razonamiento demostrativo.

Hume considera que la matemática, que es el paradigma de este tipo de razonamiento, sólo se ocupa de relaciones entre ideas, que no depende de cuestiones de existencia, en el sentido de que la veracidad de sus afirmaciones no puede ser refutada por la experiencia.

Las proposiciones sobre relaciones de ideas son puramente formales; son (aunque esto resulte algo anacrónico aplicado a Hume) proposiciones a priori. Los empiristas lógicos han tendido a ver la matemática, igual que Hume, como un conjunto de proposiciones analíticas y a priori, vacías de contenido factual y empírico, aunque resulten indispensables como elemento formal de la ciencia empírica.

Las relaciones variables de identidad y de lugar y tiempo son objeto de percepción más que de razonamiento; la relación de causa y efecto es objeto, por su parte, de un razonamiento distinto del que se efectúa sobre relaciones de ideas: el razonamiento probable o inferencial.

Hume considera que, al ser tales relaciones variables (sobre todo la de causa-efecto), no podemos conocerlas por un razonamiento demostrativo, es decir, por medio de un análisis de ideas o una simple demostración a priori, sino que lograremos penetrar en ellas por la observación y la experiencia. Esto precisamente hará que no podamos alcanzar el mismo grado de certeza respecto a las relaciones de ideas (demostración) que a las cuestiones de hecho (inferencias empíricas).

Con esto no quiere decir Hume —como tradicionalmente se ha pensado— que las proposiciones sobre cuestiones de hecho no son verdaderas ni poseen certeza alguna (clave de la interpretación escéptica de su pensamiento), sino simplemente que su negación no implica contradicción lógica, que no podemos tener la misma seguridad de que el sol saldrá mañana que de la veracidad de una proposición de las matemáticas puras.

Las proposiciones sobre cuestiones de hecho pueden tener una gran probabilidad de cumplirse y de ser verdaderas, pero pueden no ser totalmente ciertas, si entendemos por proposición cierta la que es lógicamente necesaria y cuya opuesta es contradictoria e imposible.

Si traducimos esto al lenguaje actual nos encontramos con que las proposiciones que versan sobre relaciones de ideas son analíticas, y las que se formulan sobre cuestiones de hecho son sintéticas.

La caracterización que hace Hume de las proposiciones sobre relaciones de ideas coincide con la que hacen los empiristas lógicos del siglo XX de las proposiciones analíticas: son proposiciones cuya verdad se conoce independientemente de la experiencia y cuyas contrarias implican contradicción; su verdad o falsedad dependen sólo del significado de los símbolos o términos empleados.

Como es evidente, para los empiristas ninguna proposición sintética podrá ser a priori absolutamente cierta, ya que tendrá el carácter de hipótesis empírica con mayor o menor probabilidad.

No obstante, lo más característico de la teoría de la razón de Hume no es que señale que el ámbito del conocimiento empírico o probable posee una certeza distinta al demostrativo, sino que afirma la no-reductibilidad de un conocimiento a otro y su similar legitimidad: el conocimiento deductivo-matemático no es ya el ideal a que debe reducirse todo otro conocimiento.

Esta afirmación de la irreductibilidad de las inferencias empíricas probables a las demostraciones matemáticas es la aportación más importante de Hume a la teoría del conocimiento. Con esta tesis, Hume se está oponiendo a la metafísica, que considera que lo universal y lo racional encierran y contienen lo concreto, que sólo hay ciencia de lo universal.

A partir de este momento —y como ya hemos anunciado— voy a explicar de qué modo critica Hume los conceptos básicos de la metafísica clásica a partir de las ideas sobre el conocimiento que ya hemos analizado con anterioridad y que, aunque pueden resultar muy discutibles en los detalles, espero que hayan quedado relativamente claros en su formulación global y propósitos.

De los elementos básicos de la filosofía de Hume hay que retener en este momento tres fundamentales:

– La primacía de las impresiones frente a las ideas.

– El criterio semántico derivado del principio anterior.

– La división de todos los ámbitos de conocimiento en dos tipos: demostrativo (que trata de relaciones de ideas) y probable o inferencial (que se ocupa de cuestiones de hecho).

Aplicación crítica de los principios del empirismo humeano a los conceptos de la metafísica racionalista

Locke, Berkeley y Hume sometieron a crítica, y en algunos casos literalmente «derruyeron», tres de los conceptos básicos de la tradición metafísica tal y como habían sido legados al pensamiento de los siglos XVII y XVIII: sustancia, causa y Dios.79

El concepto de «sustancia» y su crítica tienen una importancia primordialmente antropológica, pues su crítica y su posterior negación acaban llevando a la «disolución del sujeto sustancial» humano llevada a cabo por Hume.

El análisis del concepto de «causa» y del «principio de causalidad» derivado de dicho concepto se plantea en el empirismo humeano en términos sobre todo epistemológicos, aunque sus repercusiones sean evidentemente más amplias.

Finalmente, el concepto de «Dios» se va racionalizando hasta llegar a su ruina total en el análisis de Hume contenido principalmente en los Diálogos sobre la religión natural, por lo que las connotaciones de dicha crítica son claramente «teológicas» y «filosófico-religiosas».

No obstante, lo antropológico, lo epistemológico y lo teológico forman parte de una unidad de propósito en el empirismo humeano, y ésta es la crítica de la tradición filosófica y metafísica que habitualmente denominamos «racionalista».

Empirismo y concepto de sustancia

La mayor parte de los filósofos racionalistas, al menos en el modelo consagrado por los denominados racionalistas morales británicos, consideraban la sustancia como una de las categorías básicas de su ontología, y la definición que daba Descartes de ella («una cosa que existe de tal modo que no necesita de ninguna otra para existir») sirvió de punto de partida para todas las teorías racionalistas de la sustancia.

La sustancia es entendida, por tanto, como lo que existe por sí y es soporte de los accidentes, como el elemento estable y permanente de la realidad, lo que subyace a todos los cambios y que se conoce sin necesidad de que exista una experiencia sensible de ella.

A pesar de que podemos rastrear esta línea común de argumentación en el racionalismo, no sería justo hacer con dicha corriente lo mismo que tradicionalmente se ha venido haciendo con el empirismo, esto es, simplificarlo, por lo que es necesario reconocer en este momento las profundas diferencias existentes entre los conceptos de sustancia de René Descartes, de Baruch Spinoza y de Gottfried Leibniz, por poner sólo algunos ejemplos.

El origen inmediato de la crítica paradigmática del empirismo al concepto de sustancia, que es la de Hume, está en John Locke. Para él la mente del hombre es la que elabora sus propias nociones, incluso las más abstractas, a partir de la experiencia sensible. Y aunque admite que las ideas tienen una cierta relación objetiva con lo real, esto es, que representan cosas reales ante la mente humana, acaba afirmando que la esencia o la sustancia de éstas nos es totalmente desconocida.

Lo único que podemos conocer mediante los sentidos son las «cualidades sensibles de las cosas», pero el concepto de sustancia no representa a ninguna cualidad sensible sino al sustrato en el que reposan dichas cualidades.

Así pues, y según Locke, la génesis de la idea de sustancia está en una serie de agrupaciones de ideas simples que se repiten o tienden a repetirse. Tenemos de ese modo una serie de agrupaciones o haces de cualidades, y «al no imaginar de qué modo esas ideas simples pueden subsistir por sí mismas, nos acostumbramos a suponer la existencia de algún sustrato en el que subsisten y del que resultan; al que, por tanto, llamamos “sustancia”».80

Según Locke, por tanto, la idea de sustancia no es más que una noción oscura, un «no sé qué» que sirve de fundamento y sustrato a conjuntos de cualidades sensibles (los tradicionalmente llamados «accidentes»).

Como ya hemos señalado, la metafísica racionalista se apoyaba en la idea de sustancia para justificar la racionalidad de lo real. Locke dio el primer paso para la crítica de este concepto al exponer que se trata, en suma, de lo que podríamos llamar —en términos del propio Locke— «una referencia misteriosa».

No obstante, para comprender el sentido —o más bien, el creciente sinsentido— del concepto de sustancia en Locke se hace necesario señalar que este autor no está analizando en las secciones del Ensayo referidas a este problema la validez real de la sustancia, su existencia, sino la génesis de su idea, con lo que comienza el desarrollo del paradigma genético que por ejemplo Michel Foucault considera específico del empirismo en su obra Las palabras y las cosas.81 A partir de esa «retirada estratégica» —que posteriormente Hume desplaza ya no sólo al ámbito genético sino también al lingüístico y semántico—, Locke inaugura el planteamiento crítico empirista en torno a la sustancia, lo que es simplemente una modalidad específica del cuestionamiento empirista acerca de la naturaleza de las ideas abstractas.

Si aceptamos —como hace Locke— que los entes sensibles son ideas presentes ante la mente humana, la noción de sustancia parece innecesaria; Berkeley dice más: señala que la noción de sustancia, además de ser «innecesaria», es «ininteligible», con lo cual sienta ya todas las bases para la aplicación a la noción de sustancia por parte de Hume del llamado «criterio empirista de significado»: el significado de una idea se averigua por su referencia a la experiencia.

En opinión de Berkeley, la expresión «sustancia material» carece de significado. Si el sustrato es algo que se encuentra por debajo de las cualidades sensibles o accidentes, habrá de subyacer también a la extensión y ser, por tanto, él mismo extenso, lo cual evidentemente nos lleva a una cadena sin fin, a una paradoja irresoluble.

Como el criterio de existencia en Berkeley es «ser percibido» y la sustancia material es, por definición, distinta de las cualidades sensibles, no podrá tener ninguna relación directa con nuestra percepción y, por consiguiente, será imposible demostrar su existencia. Y es que, en sí misma, la afirmación de la realidad de objetos sensibles independientes del sujeto que los percibe resulta contradictoria dentro del planteamiento empirista del conocimiento.

Es evidente que la crítica de Berkeley a la sustancia —y esto se repite punto por punto posteriormente, en el Tratado de Hume y en el Resumen que lo abrevia— se basa en su rechazo anterior de las ideas abstractas: no hay ideas abstractas, todas nuestras ideas son particulares. Lo único que hay en ciertos casos es una idea particular utilizada en sentido general. Como muy bien resume el propio Berkeley: «Una idea que considerada en sí misma es particular, se convierte en general cuando es construida para representar o significar todas las demás ideas particulares de la misma especie».82

Ahora bien, la universalidad le pertenece a esta idea sólo en cuanto a su función significativa o lingüística; considerada en sí misma y en cuanto a su contenido propio, se trata siempre de una idea particular. Más que ideas universales o generales, lo que hay son «términos lingüísticos generales».

Podemos pronunciar perfectamente la expresión «sustancia material», pero estos términos no «denotan» nada, no hacen referencia a ninguna idea general o abstracta. Si suponemos que, dado que podemos construir el término, a éste le corresponde una entidad aparte de los objetos que percibimos, sencillamente las palabras son las causantes de nuestro error.

Las doctrinas que en general aceptan que hay sustancias de algún tipo pueden denominarse «sustancialistas», y las que lo niegan, «fenomenistas». Locke y Berkeley, a pesar de sus críticas al concepto racionalista de sustancia, son sustancialistas, pues no niegan la existencia o el sentido de algún tipo de sustancia: Locke acepta la existencia de sustancias individuales, y Berkeley, la de sustancias espirituales; en cualquier caso, ambos detienen su análisis —no por falta de valor filosófico, como tradicionalmente se les ha atribuido, sino por propia coherencia de sus sistemas— en el momento de extender esta crítica al ámbito de la sustancia espiritual y del sujeto humano. En vista de esto, se puede afirmar que Hume es el filósofo fenomenista por excelencia, como veremos a continuación.

La crítica humeana de la sustancia

Hume comienza su crítica de la idea de sustancia tratando de clasificarla dentro de su teoría acerca de los elementos básicos del conocimiento (impresiones e ideas). A partir de esto analiza si dicha idea tiene un significado real o no. Hemos de recordar aquí el ya expuesto principio humeano según el cual el significado de un término o símbolo viene dado por su referencia a una impresión, así como por su descomposición en ideas más simples que se refieren a las correspondientes impresiones.

Como consecuencia de la aplicación de este criterio empirista de significado a la idea de sustancia, Hume se pregunta de qué impresión o impresiones procede dicha idea; ahora bien, como no puede encontrarse ninguna impresión (ni de sensación ni de reflexión) que sea su fundamento u origen, se ve obligado a poner en cuestión su legitimidad como idea:

Preguntaría gustoso a los filósofos que fundan muchos de sus razonamientos sobre la distinción de sustancia y accidente e imaginan que tenemos ideas claras de ello, si la idea de sustancia se deriva de las impresiones de sensación o de las de reflexión. Si nos es procurada por nuestros sentidos, pregunto por cuál de ellos y de qué manera. Si es percibida por la vista, debe ser un color; si por el oído, un sonido; si por el paladar, un sabor, y así sucesivamente sucederá con los otros sentidos. Creo, sin embargo, que nadie afirmará que la sustancia es un color, un sonido o un sabor. La idea de sustancia debe, en consecuencia, derivarse de una impresión de reflexión si realmente existe. Pero nuestras impresiones de reflexión se reducen a nuestras pasiones y emociones, ninguna de las cuales es posible que represente una sustancia. No tenemos, por consiguiente, una idea de la sustancia distinta de una colección de cualidades particulares, y no nos referimos a otra cosa cuando hablamos o razonamos acerca de ella.

La idea de una sustancia […] no es más que una colección de ideas simples que están unidas por la imaginación y poseen un nombre particular asignado a ellas, por el que somos capaces de recordar a nosotros mismos o los otros esta colección.83

Como señala el texto, la idea de sustancia no puede derivar de las impresiones de sensación, puesto que entonces tendría que ser un color, un sabor, un sonido, un olor, un tacto; pero la sustancia no es nada de eso, sino que se pretende que sea lo que sustenta todo eso.

Como la idea de la sustancia, para tener sentido, necesita referirse a una impresión originaria, las únicas impresiones que nos quedan son las de reflexión, así que tendrá que ser una de ellas. Ahora bien, como las impresiones de reflexión se identifican en el sistema de Hume con las pasiones y emociones, tampoco es posible argumentar en esta línea, ya que ¿quién sostendría que «siente la emoción de la sustancia»?

Pero si no deriva de ninguna impresión, ¿de dónde procede la idea de sustancia? Las impresiones se nos suelen dar agrupadas, y es precisamente esa agrupación lo que nos produce la ilusión de que existe algo que subyace a las cualidades que producen las impresiones y a las impresiones mismas: la sustancia, que es sinónimo de sustrato, «lo que está por debajo».

Pero el concepto de sustancia es algo vacío por la simple razón de que no hay ninguna impresión que se refiera al supuesto soporte de todas nuestras agrupaciones de impresiones. Pero a pesar de algo tan evidente, la idea de sustancia ha surgido, y esto es lo que principalmente le interesa explicar a cualquier paradigma empirista desde su modelo genético de explicación.

La idea de sustancia —y, en general, todas las ideas abstractas— está formada por la imaginación mediante la asociación de una serie de impresiones claramente diversas y discretas. Dicha idea de sustancia no posee un correlato real sino que tan sólo expresa el enlace o unión realizado por la mente humana entre un conjunto de fenómenos sensibles. Pero en realidad de lo único que obtenemos impresiones es de tales fenómenos, no de algo que subyace a ellos y los soporta. Por eso, se puede concluir que la sustancia es una ficción, y el término «sustancia» un mero nombre que no denota nada.

Una vez dado este primer paso deconstructivo del concepto racionalista de sustancia, el empirismo humeano da un segundo paso hacia la reconstrucción de dicho concepto de una manera fenomenista: debemos concluir, por tanto —y como ya se ha dicho antes—, que la sustancia no es más que «una colección de ideas simples que están unidas por la imaginación y poseen un nombre particular asignado a ellas, por el que somos capaces de recordar a nosotros mismos o los otros esta colección».84

Hume y el Yo sustancial

Así pues, en la discusión de las sustancias Hume sigue los pasos de George Berkeley y se basa en la teoría de las ideas de John Locke. Lo característico de Hume es su ampliación de la crítica de Berkeley al concepto de sustancia espiritual, es decir, «extiende la interpretación fenomenista de las cosas del campo de los cuerpos al de los espíritus o mentes».85 En términos más propios, pasa de los fenómenos naturales a los asuntos humanos.

Hume opina que si la crítica de Berkeley es perfecta, será aplicable con todo derecho a las sustancias espirituales, a los sujetos humanos; ésta es la puerta de entrada a su conocida crítica del Yo sustancial.

Dice Hume en el Resumen del «Tratado de la naturaleza humana»:

[…] el alma, en la medida en que podemos concebirla, no es más que un sistema o sucesión de diferentes percepciones, unas de calor o frío, otras de amor y cólera; de pensamientos y sensaciones; todas juntas reunidas, mas sin simplicidad o identidad perfectas. Des Cartes mantuvo que el pensamiento era la esencia de la mente; no este o ese pensamiento sino el pensamiento en general. Esto parece resultar totalmente ininteligible, ya que cada cosa existente es particular. Por consiguiente, nuestras diversas percepciones particulares deben ser lo que componen la mente. Y digo componen la mente, no pertenecen a ella. La mente no es una sustancia en la que las percepciones se inhieran. Esta noción es tan incomprensible como la idea cartesiana de que el pensamiento o la percepción en general es la esencia de la mente. No poseemos idea ninguna de sustancia de ninguna clase, ya que no tenemos más ideas que las derivadas de alguna impresión, y no tenemos ninguna impresión de ninguna sustancia, ya sea material o espiritual.86

Frente al uso tradicional de la idea del Yo como sustancia espiritual o pensante, Hume procede a redefinir dicho término de acuerdo con las exigencias de una filosofía más ajustada a la experiencia y acorde con el criterio empirista de significado: el significado es una idea, y cada idea debe corresponderse con una impresión.

Como toda idea, la idea del Yo debe derivarse de una impresión, pero al igual que ocurre con cualquier otra sustancia, tampoco tenemos ninguna impresión del Yo.

La base de la afirmación de la existencia del Yo como una entidad sustancial es siempre nuestro supuesto conocimiento interior de él. Ahora bien, el Yo sustancial, como cualquier otra clase de sustancia, no puede ser percibido y, por tanto, no podemos formarnos ninguna idea de él, ni simple ni compleja. Por tanto, hemos de concluir que el Yo o sustancia pensante no existe, o al menos no tenemos conciencia de él, ya que en el empirismo humeano ésta se encuentra necesariamente mediada por la experiencia.

Una vez mostrado por el planteamiento de Hume que si el Yo existiese como sustancia, al igual que todas las sustancias, no podría ser conocido por nosotros, Hume procede a redefinir el concepto de Yo —como en todos los casos anteriores de otros tipos de sustancia—: si el conocimiento humano está limitado genéticamente a lo que se nos aparece, al fenómeno, será inevitable considerar el Yo como un «haz o manojo de percepciones» que encontramos asociadas entre sí con cierta frecuencia, a partir de lo cual, debido a la costumbre o al hábito de verlas unidas (igual que en el concepto de causalidad), pensamos que existen superpuestas a una sustancia (en la causalidad a una idea abstracta), que es lo que las mantiene unidas. Pero esto es sólo una suposición de la imaginación, igual que ocurre con la idea de sustancia material:

Por mi parte, cuando penetro más íntimamente en lo que llamo mí mismo, tropiezo siempre con alguna percepción particular […]. No puedo jamás [captarme] a mí mismo en algún momento sin percepción alguna, y jamás puedo observar más que percepciones. […] Y si mis percepciones fueran suprimidas por la muerte y no pudiese ni pensar, ni sentir, ni ver, ni amar, ni odiar, después de la disolución de mi cuerpo, mi yo resultaría totalmente aniquilado, y no puedo concebir qué más se requiere para hacer de mí una perfecta nada. […]

[Por tanto] me atrevo a afirmar del resto de los hombres que no son más que un haz o colección de diferentes percepciones que se suceden las unas a las otras con una rapidez inconcebible y que se hallan en un flujo y movimiento perpetuo.87

Este Yo-multitud-de-percepciones o Yo-disgregado sigue pudiendo realizar todas las funciones de conocimiento y acción que desempeñaba el Yo sustancial clásico; sin embargo, su concepción teórica y la idea derivada de ésta son mucho más rigurosas desde el momento en que no utilizan ninguna idea que no se apoye en una impresión. De este modo, la pretensión de ajustarse al criterio empirista de significado y depurar el lenguaje metafísico se muestran como las motivaciones esenciales del análisis humeano del concepto de Yo o sustancia espiritual individual.

Ahora bien, para ser totalmente justos con Hume y no atribuirle algo que no sostiene, hay que dejar bien claro que él no niega la existencia del Yo, sino que niega cualquier significado a la concepción de ese Yo como una sustancia, ya que no hay ninguna impresión de algo que esté por debajo de las cualidades que vemos en los otros, ni de las percepciones de nuestras propias cualidades:

La mente es una especie de teatro donde distintas percepciones aparecen sucesivamente, pasan, vuelven a pasar, se deslizan y se mezclan en una infinita variedad de posturas y situaciones. […] La comparación del teatro no debe confundirnos. Sólo las percepciones sucesivas constituyen la mente y no poseemos la noción más remota del lugar donde estas escenas se representan o de los materiales de que están compuestas.88

La crítica del principio de causalidad

El mismo análisis de las ideas metafísicas como ideas de la imaginación que Hume aplica a la idea de sustancia en virtud del criterio empirista de significado, lo aplicará en un tercer momento crítico a la idea de causa como una conexión necesaria entre causa y efecto.

Hume había dividido el conocimiento en su epistemología en dos ámbitos: el demostrativo o necesario y el empírico o probable. El primero sería un conocimiento de relaciones invariables o de ideas, y el segundo, de relaciones variables o cuestiones de hecho.

La experiencia nos muestra que podemos equivocarnos al inferir un efecto de una causa o una causa a partir de un efecto. Esto demuestra que la relación causa-efecto es variable y constituye una cuestiónde-hecho. Por tanto, Hume considera evidente que sólo podemos conocer la relación causa-efecto por medio de la experiencia —o, lo que es lo mismo, por medio de un razonamiento empírico—, pero nunca por deducción o demostración.

Mas entonces, como las uniones experienciales o fácticas son siempre sólo probables y nunca necesarias o invariables, la experiencia sólo nos puede mostrar la conjunción constante de ciertos acontecimientos pero nunca su conexión necesaria:

En la consideración del movimiento comunicado de una bola [de billar] a otra, no podríamos descubrir más que contigüidad, prioridad de la causa y conjunción constante. Pero, junto a estas circunstancias, se supone comúnmente que existe una conexión necesaria entre la causa y el efecto y que la causa posee algo, a lo que llamamos poder, o fuerza, o energía. El problema reside en qué idea llevan aparejada estos términos. Si todas nuestras ideas o pensamientos se derivan de nuestras impresiones, este poder debe o descubrirse por sí mismo a través de nuestros sentidos o a través de nuestro sentido interno. Pero, es tan escaso el poder que se descubre por sí mismo ante los sentidos en las operaciones de la materia, que los Cartesianos no han tenido el menor reparo en afirmar que la materia está desprovista por completo de energía y que todas sus operaciones se realizan simplemente con la energía del Ser supremo. Pero la cuestión se plantea de nuevo: ¿Qué idea tenemos de energía o poder incluso tratándose del Ser supremo? Toda idea que tengamos de la Deidad (de acuerdo con los que niegan la existencia de ideas innatas) no es más que una composición de esas ideas que adquirimos a partir de la reflexión sobre las operaciones de nuestras propias mentes. Ahora bien, nuestras propias mentes no nos proporcionan noción alguna de energía más de lo que lo hace la materia. Cuando consideramos nuestra voluntad o volición a priori, abstrayéndola de la experiencia, no somos capaces de inferir ningún efecto de ella. Cuando tenemos la ayuda de la experiencia, ésta sólo nos muestra objetos contiguos, sucesivos y unidos de forma constante. En general, por tanto, o no tenemos ninguna idea en absoluto de fuerza y energía, y estas palabras son ambas carentes de significado, o pueden significar tan sólo la determinación del pensamiento, adquirida por el hábito, de pasar desde la causa a su efecto corriente.89

Desde el punto de vista del ya mencionado criterio empirista de significado esto quiere decir que el término «causa», con el sentido de «conexión necesaria entre dos eventos», carece de significado, puesto que no hay ninguna impresión de una conexión necesaria sino tan sólo de conexiones más o menos probables, como cualquier otra relación fáctica. Pero entonces ¿cuál es el origen de la utilización metafísica del término «causalidad» como conexión necesaria?

Lo que en opinión de Hume ocurre es que, cuando nos acostumbramos a ver que dos acontecimientos se siguen, hablamos de que «uno de ellos es causa del otro», en vez de decir que «uno está constantemente relacionado con el otro». Por consiguiente, Hume piensa que es el hábito o la costumbre (custom) de ver sucederse dos fenómenos lo que nos lleva a creer que uno es causa del otro y que su relación es de una conexión necesaria.

De este modo, la causalidad y en general cualquier tipo de inferencia empírica basado en ella quedan reducidos a meras formas de asociación de ideas basadas en el hábito y en la creencia injustificada e injustificable de que esa misma asociación de ideas volverá a repetirse. Con esto, Hume hace desembocar la cuestión de la causalidad en la cuestión de la imposibilidad de justificar lógicamente la inducción: cualquier tipo de inducción o inferencia empírica se basa en el supuesto de la uniformidad de la naturaleza (de que volverán a repetirse las mismas asociaciones de ideas), pero ese supuesto es también una inferencia empírica del pasado al presente, con lo que «la justificación de la inducción es circular e imposible».

Esta reducción de una de las principales bases del conocimiento humano al ámbito del dinamismo de la mente humana ha hecho que tradicionalmente se haya atribuido a Hume una posición epistemológica de carácter escéptico. Él mismo bromea y atiza el fuego de las críticas de escepticismo que posteriormente se le dirigieron cuando en el Resumen señalaba:

[…] el lector percibirá fácilmente que la filosofía que se contiene en este libro es muy escéptica y pretende proporcionarnos una visión de las imperfecciones y estrechos límites del entendimiento humano. Se reduce allí casi todo el razonamiento a la experiencia, y la creencia, que va unida a la experiencia, se explica que no es más que un sentimiento peculiar o una concepción vívida producida por el hábito. No es esto todo. Cuando creemos en una cuestión de existencia externa, o suponemos que un objeto existe un momento después de dejar de ser percibido, esta creencia no es más que un sentimiento de la misma clase. Nuestro autor insiste en otros varios tópicos escépticos y, en resumen, concluye que asentimos con nuestras facultades y empleamos nuestra razón sólo porque no podemos evitarlo. La Filosofía nos volvería completamente pirrónicos si la naturaleza no fuera demasiado fuerte para ello.90

El supuesto escepticismo de Hume, sin embargo, y como hemos visto, no le ha impedido reconocer, aun limitándola, la importancia de todo el ámbito del conocimiento probable. Así pues, la causalidad, desprovista de su carácter metafísico necesario, no sólo es la base de gran parte del conocimiento humano, sino que constituye el sustento fundamental del conocimiento «sobre» el propio hombre. Por consiguiente, la crítica humeana de la metafísica acaba siendo una defensa del conocimiento probable, de la inferencia, de todo el ámbito del conocimiento limitado y no-necesario que, sin embargo, es el más imprescindible para los seres limitados que son los humanos.

Ahora bien, ese conocimiento tan sólo probable y no necesario, característico de la ciencia del hombre que Hume aspira a establecer, tiene un escollo intermedio que éste tiene que superar: la supuesta indeterminación completa a que están sujetas las acciones humanas. Si la libertad humana se interpreta así, como «completa indeterminación», cualquier ciencia del hombre es ilusoria.

Interludio conceptual previo a la crítica de la ética racionalista. Causalidad, libertad y necesidad

Hume discute este tema tanto en el Tratado91 —que compendia en el Resumen— como posteriormente en la primera Investigación.92

La idea fundamental en que se apoya la investigación humeana sobre la libertad es la de lograr una articulación o «reconciliación» —según los términos de la primera Investigación— entre la libertad y la necesidad.93

En el Tratado,94 Hume distingue dos conceptos de libertad: libertad de espontaneidad y libertad de indiferencia, y se centra fundamentalmente en el segundo.

Comienza Hume su tratamiento de este tema intentando mostrar que la conjunción constante y regular entre fenómenos —uno, la causa; otro, el efecto— se puede encontrar con igual facilidad en la esfera moral o de los fenómenos humanos que en la de los naturales. Hume se refiere a la existencia de esta regularidad que permite realizar inferencias probables cuando dice que los «asuntos humanos están regidos por la necesidad». Éste es el contenido exacto y no ampliable de su concepto de necesidad.

La libertad de indiferencia —en el sentido en que es sostenida por Samuel Clarke y los «libertarianistas», a quienes se refiere el análisis de Hume— significa la negación de la conjunción constante entre motivos y acciones, implica la anulación de las explicaciones causales en el ámbito de lo humano y, por tanto, es igual al azar, como señalan Hume y otros filósofos empiristas contemporáneos.95 En la medida en que el concepto de necesidad o conjunción constante entre motivos y acciones nace, según Hume, de la experiencia, esa misma experiencia supone la negación de tal libertad de indiferencia, indeterminación de la motivación o azar (en sentido antropológico, claro está).

Ahora bien, Hume piensa que, aunque hay que negar la libertad en tanto excluya la «necesidad» o «regularidad», puede admitirse la existencia de la libertad en un segundo sentido: libertad de espontaneidad, que Hume explica como sigue:

Sólo podemos entender por libertad el poder de actuar o de no actuar de acuerdo con las determinaciones de la voluntad; es decir, que si decidimos quedarnos quietos, podemos hacerlo, y si decidimos movernos, también podemos hacerlo. Ahora bien, se admite universalmente que esta hipotética libertad pertenece a todo el que no está prisionero o encadenado. Aquí, pues, no cabe discutir.96

Muchos autores han destacado la clara influencia de Hobbes en la concepción de la libertad de Hume. Esto parece sugerir que, al igual que Hobbes, cuando Hume habla de «libertad de espontaneidad» se refiere a la «libertad natural» o simple poder de ejercer la propia voluntad. Como lo dicho por Hume sobre este tipo de libertad es prácticamente nada, vamos a tratar de completar el sentido de esa libertad «natural» o «espontánea» siguiendo las indicaciones que da Hobbes en el Leviatán, capítulo XXI. Las tesis que voy a atribuir a Hume no se puede decir que sean estrictamente suyas, pero la clara filiación respecto a Hobbes de sus ideas sobre la libertad parece sugerir que es muy probable que las sostuviera. Otro criterio en favor de ellas es que, a mi parecer, no dan lugar a ninguna conclusión globalmente contraria a la filosofía de Hume.

A Hume, igual que a Hobbes, le parece evidente que un gran número de acciones proceden del hombre como agente sin que haya intervenido coacción exterior. Esto permite afirmar que hay una libertad que consiste en la ausencia de violencia o constricción, siempre que interpretemos esta violencia como algo puramente externo —impedimento— y no como algo interno u ontológico, pues como dice Hobbes, «cuando el obstáculo al movimiento está en la constitución de la cosa misma no solemos decir que le falta la libertad, sino el poder para moverse».97

Una vez definidos lo que serían los «poderes» de un individuo o de los seres humanos en general, una vez establecidas y conocidas las capacidades y las limitaciones del hombre —tanto las individuales como las derivadas de su relación con el medio y con los otros—, ser libre consistiría en poder ejercer o no sin estorbo una volición, es decir, en poder llevar a cabo —en términos humeanos— la línea de conducta que ha de conducirnos a la evitación de un dolor o a la consecución de un placer. Ésta es la única libertad «que nos interesa conservar»,98 en tanto que el ámbito de los «poderes» está fuera de nuestro alcance —aunque no está nada claro que sea algo definitivamente precisado— y el de la libertad de indeterminación se ha mostrado inexistente.

Esta «libertad de espontaneidad» es, para Hume y también para Hobbes, absolutamente compatible con la existencia de una «conjunción constante» entre motivos y acciones (necesidad). Los actos voluntarios realizados por los agentes humanos son libres en cuanto proceden de la voluntad, pero son a la vez necesarios en cuanto están sometidos a conjunciones constantes (esquemas causases en la naturaleza, esquemas motivacionales en el hombre), es decir, a la necesidad.99

La razón del temor de Hume a que su planteamiento fuese interpretado como un determinismo estricto es que sabía que la mayoría de los lectores olvidarían la distinción entre los dos tipos de libertad, olvidando también, por tanto, que cuando niega la libertad en favor de la necesidad no está negando el poder de obrar voluntariamente, sino que en realidad está negando sólo la libertad-azar o indeterminación en el ámbito de la decisión, con lo que en realidad está posibilitando que haya alguna conexión razonable entre la voluntad y las acciones.

Interpretar a Hume en sentido determinista estricto significa trasladar la confusión entre los dos tipos de libertad también al concepto de necesidad. Así, mientras que Hume dice que el concepto de necesidad se refiere tan sólo a la existencia de una conjunción constante entre motivos y acciones, podría haber otro sentido de necesidad que implicase la inexistencia de voliciones libres en el sentido de «espontáneas» o no sometidas a constricción. Hume no llega nunca a ampliar el concepto de necesidad a los actos voluntarios en este segundo sentido —a diferencia de Hobbes—.100 Además, el propio Hume se dio cuenta de que sus contrarios podían realizar tal extensión ilegítima de su tesis sobre la «necesidad», y por eso dijo:

Que nadie, pues, saque de mis palabras una construcción capciosa, diciendo simplemente que yo afirmo la necesidad de las acciones humanas y las coloco en el mismo plano que la materia inerte. No adscribo a la voluntad la necesidad ininteligible, que se supone existe en la materia.101

La confusión de los dos tipos de libertad y el haber interpretado siempre la «necesidad» no como ausencia de indeterminación en la motivación sino como carácter forzoso de las voliciones, ha sido también la causa del rechazo generalizado hacia la tesis que afirma la existencia de necesidad en los fenómenos humanos, así como de que se haya concluido por lo común que los hombres no están sometidos a la misma necesidad que otras partes de la naturaleza. Pero «de hecho lo están. Pues hay regularidades en el pensamiento, la volición y la conducta humanos que permiten realizar inferencias».102

Si quisiésemos resumir en dos puntos lo más importante del análisis de la libertad en Hume, tendríamos que decir que:

1) La necesidad o regularidad de la motivación es compatible absolutamente con la existencia de voliciones libres en el sentido de no constreñidas por nada externo al agente.

2) La experiencia de la conjunción constante entre motivos y acciones supone la negación de la libertad en el sentido afirmado por la tendencia libertarianista y por Clarke: «Al menos alguna conducta voluntaria procede de causas que en sí mismas son incausadas, es producto de las determinaciones indeterminadas de la voluntad del agente».103

Esta última tesis —es decir, la negación de la libertad como indeterminación básica— permite afirmar a Hume la uniformidad relativa o regularidad (probable) de los fenómenos conductuales humanos.104

Ahora bien, «esto no significa que cada ser humano sea igual que cualquier otro o que cada uno de nosotros actuaría de la misma manera en una situación dada. Significa sólo que cada acción humana es una instancia sometida a una cierta uniformidad».105

Hume no se detiene en esta afirmación de la uniformidad relativa de la conducta humana, sino que afirma su gran importancia metodológica por cuanto es la base de la ciencia de la acción humana (antropología), de la filosofía moral, de la atribución moral y de la propia vida humana en sociedad. Todas ellas descansan sobre las expectativas que nos hemos formado respecto a los demás seres humanos a partir de la observación de su conducta anterior.106 Estas expectativas se forman, por tanto, a partir de inferencias. Hume dirá que estas inferencias son causales, y como todas las inferencias causales, éstas también se hacen basándose en observaciones pasadas de conjunciones constantes entre ciertos motivos, temperamentos y circunstancias de las personas y ciertas acciones de éstas.

Lo que hay que tener en cuenta es que tales inferencias no son tan infalibles, como sería el caso si se tratase de fenómenos sujetos a ciertas leyes naturales. Pero que no sean altamente probables no quiere decir que las inferencias sobre las acciones humanas tengan tan baja probabilidad que cualquier acierto deba considerarse azaroso. Entre la «necesidad inamovible» de ciertos procesos naturales (en realidad sabemos que es tan sólo una altísima probabilidad) y el azar hay muchos grados posibles de probabilidad y certeza.

La ciencia de la naturaleza humana o antropología, como toda ciencia, parte del supuesto de que su objeto es cognoscible; en este caso, de que las acciones humanas son explicables. Para Hume, explicar es lo mismo que averiguar por medio de inferencias causales cuál es la génesis de una determinada cosa o fenómeno o acción. Por eso piensa también que, a partir de la simple observación, podemos averiguar que las acciones humanas tienen causa, que están sometidas a vínculos causales.

La negación de esta unión entre motivos y acciones que conlleva la idea de libertad como indeterminación o azar haría imposible la antropología, la ética y cualquier «ciencia del hombre» como conocimiento de tipo racional. En otros términos, no tendría sentido, por ejemplo, hablar de libertad —o atribución de responsabilidad moral— si no hubiera «necesidad» en la esfera de la conjunción entre motivos y acciones: «No es sólo que la libertad y la adscripción de responsabilidad sean compatibles con la necesidad, sino que la necesitan, no tendrían ningún sentido sin ella».107

Hume se dio cuenta de que por lo común se tiende a negar esta doctrina de la necesidad por el supuesto determinismo estricto que se derivaría de ella, aunque en realidad su intención fuese tan sólo buscar una regularidad en los fenómenos humanos que permita estudiarlos de modo riguroso.

Parece, a tenor de esto, que el primer paso para entender la postura de Hume es darse cuenta de que su «determinismo» no puede ser visto como algo directo y simple, sino más bien como una posición primaria que funciona a la vez como supuesto de esa ciencia del hombre en ciernes y como «artefacto explosivo» contra la postura antropocentrista y altiva de los defensores de una libertad absoluta basada en una supuesta heterogeneidad del hombre respecto a los demás seres de la naturaleza.108

Los componentes de la filosofía de Hume que sus contemporáneos consideraron «materialistas» afloran en este tema más claramente que en ningún otro, quizá porque al ser dicha cuestión el centro de la antropología, los diversos sistemas filosóficos se califican y diferencian por la explicación que dan de ella. Un cierto primado de la filosofía práctica en Hume también se revela en la preocupación de éste por un tema como el de la libertad, que pertenecía a lo que él denostaba como «metafísica».109

Parece, pues, que la aportación principal de Hume al tema de la libertad y la necesidad es haber mostrado con cierta claridad su compatibilidad. Sólo estableciendo este supuesto es posible realizar el proyecto humeano de «introducir el método experimental de razonar en los asuntos morales»;110 sólo desde ese punto de vista es posible lograr esa mezcla de crítica escéptica moderada de la metafísica racionalista y alejamiento del pirronismo que, a nuestro modo de ver, caracteriza la filosofía expuesta en el Tratado de la naturaleza humana y sintetizada en el Resumen del «Tratado de la naturaleza humana».

Establecida convenientemente, pues, la posición humeana acerca de la posibilidad de la «ciencia del hombre» en general y de la ética en particular, tal y como ya hemos expuesto, veamos cómo aplica los principios metodológicos y gnoseológicos, construidos principalmente en el libro 1 del Tratado, por una parte al problema de si los fundamentos de la moral descansan en la razón o en las pasiones y sentimientos, y por otra, al ámbito de la teología natural. Empecemos por la moral, en la que en todo caso nos detendremos muy brevemente.

Crítica del racionalismo moral: ¿emotivismo y conservadurismo político en Hume?

No es éste el lugar de desarrollar las complejas tesis de Hume sobre las limitaciones prácticas de la razón y el primado de las pasiones en toda su extensión.111 Simplemente discutiremos brevemente en qué sentido puede y debe ser interpretado el famosísimo pasaje del Tratado sobre la «esclavitud de la razón», y sobre todo defenderemos que éste, y toda la ética «emocionalista» (que no emotivista) de Hume, forman parte de ese proyecto global de crítica de la metafísica racionalista (aquí específicamente en sus aspectos filosófico-antropológicos) que estructura nuclearmente dos de las obras contenidas en este volumen, el Tratado y el Resumen, pero también de una forma lógica y consistente el resto de obras de Hume y su proyecto filosófico en general. Si la filosofía de Hume pudiera resumirse fácilmente en una sola característica, lo cual es complicado, sería en mi opinión en ese rasgo recurrente y constante que por supuesto también aparece en su ética: la crítica del racionalismo dogmático.

En un texto justamente famoso sobre este problema, Hume sostiene que:

Puesto que la razón por sí sola no es capaz jamás de producir una acción, o dar lugar a la volición, infiero que la misma facultad es tan incapaz de evitarla, como de disputar sobre su preferencia con una pasión o emoción. Esta consecuencia es necesaria. […]. Así, resulta que el principio que se opone a nuestra pasión, no puede ser el mismo que la razón, y se le llama así tan sólo en sentido impropio. No hablamos de un modo estricto y filosófico cuando hablamos del combate de la pasión y la razón. La razón es, y sólo debe ser, la esclava de las pasiones, y no puede pretender ningún otro oficio más que servirlas y obedecerlas.112

La crítica del racionalismo en el ámbito de la teoría del conocimiento llevada a cabo por Hume, y a la que hemos dedicado una amplia atención, suele interpretarse como una defensa consiguiente de alguna forma de irracionalismo; destronada la razón, las emociones, las pasiones y los sentimientos ocupan simplemente su lugar. Hume jamás defendió esta idea imbuida completamente de un «naturalismo romántico» que le era ajeno, pero se le ha atribuido esta tesis no sólo en ética sino también en epistemología. Todo el proyecto de construcción de una «ciencia del hombre» es directamente absurdo si esta atribución es cierta.

Ya hemos visto que en epistemología Hume era empirista y escéptico, pero no un pirrónico o escéptico radical. El hecho de limitar el poder de la razón y poner en pie de igualdad el conocimiento empírico y el lógico-matemático no quiere decir negar la razón sin más.

Lo esencial, por tanto, de la ética de Hume es la afirmación de que los determinantes básicos de la conducta son conseguir el placer y evitar el dolor, así como la insistencia en que la razón no puede establecer tales fines.

La razón, en la práctica, sólo puede establecer la existencia de los fines y determinar qué medios conducen a ellos, pero la «deseabilidad» de los fines en sí mismos y la realización de las acciones que conducen a dichos fines son tarea directa de las pasiones, sentimientos, deseos, de todo lo que podría llamarse el «entramado pasional» de nuestro comportamiento; no pueden, sin embargo, ser establecidos directamente por la razón. El uso práctico de la razón es indirecto y siempre subordinado a las pasiones.

Hasta aquí la tesis «emocionalista» de Hume, tal como yo la interpreto.

La versión tradicional, sin embargo, no sostiene que Hume limite el poder de la razón y reivindique un papel protagonista para las pasiones, sino que el filósofo defiende que «la moral es una cuestión tan sólo de emociones». Desde este punto de vista interpretativo, a Hume se le atribuye una posición emotivista, esto es, que reduce el papel del lenguaje moral a una mera expresión de emociones.113 El corolario o conclusión escéptica final de su pensamiento se proyectaría en el ámbito de la política: un escéptico en el ámbito de la teoría del conocimiento, un emotivista en el ámbito de la ética, ha de ser —según el famoso adagio de Bertrand Russell que Jorge Luis Borges hizo suyo— un «conservador en política».

Brevemente, cabe decir que Hume difícilmente podría ser un emotivista, porque el emotivismo es una teoría que reduce el cometido del lenguaje moral a la sola expresión de emociones. Para Hume, al contrario, y sin transformarlo en un filósofo analítico del siglo XX, el lenguaje moral tiene pluralidad de funciones, y no todas ellas se reducen a la mera expresión de emociones.

Segunda objeción clásica: el escepticismo nos deja inermes ante el orden establecido y nos vuelve directamente conservadores.

Una respuesta directa a esta objeción es tan simple como la propia crítica: si Hume es un conservador, lo es de un modo muy peculiar.

Hume se colocó del lado de los conservadores ingleses en su análisis de algunos problemas históricos, en particular en su análisis de la Revolución liberal que tuvo lugar en Inglaterra durante el siglo XVII. Sin embargo, su teoría política puede considerarse el mayor disolvente intelectual de las instituciones políticas y económicas formulado en el siglo XVIII europeo. Particularmente agresiva es su crítica, relacionada con su denuncia de la tradición metafísica occidental, de la mixtura de la religión con la política: no cabe en los planteamientos de Hume la más mínima posibilidad de interrelación entre instituciones políticas y religiones organizadas, sean éstas cuales sean.

Por otra parte, tampoco es en absoluto conservadora toda la teoría humeana, formulada en el libro 3 del Tratado y repetida en la brillante Investigación sobre los principios de la moral, acerca de la justificación utilitaria de las instituciones sociales y, por tanto, acerca de la desaparición del motivo de obediencia cuando el Gobierno o las instituciones dejan de rendir servicio a los intereses colectivos.

Hume nunca fue partidario de ninguna clase de fenómeno revolucionario, fundamentalmente porque en su época y antes de él la defensa de la revolución política casi siempre estuvo vinculada a alguna clase de milenarismo religioso-político. No obstante, creo que Hume fácilmente se hubiese comprometido, a partir de su teoría ética y política, con el reformismo radical posterior de raíz utilitarista, a partir de toda la justificación de las instituciones sociales y políticas en función de lo que podríamos denominar un utilitarismo indirecto o de la regla114 que formula en su teoría política y que despertó la admiración del fundador del radicalismo filosófico, Jeremy Bentham.115

Antes de concluir con el análisis de la crítica de la teología natural por parte de Hume, repito una vez más que si Hume es un pensador conservador, habría que especificar muy bien qué es lo que se entiende por conservador. Lejos de eso, parece mucho más interesante interpretar a Hume como un antecedente directo no sólo del utilitarismo en sus fundamentos éticos, sino también del radicalismo liberal posterior,116 con la única salvedad de que Hume en muchos aspectos es —y no puede dejar de serlo— un ilustrado anterior el período revolucionario, a pesar de que su muerte (agosto de 1776) ocurrió casi a la par que la independencia de las colonias americanas (julio del mismo año), en relación con la cual expresó opiniones favorables.117

Última etapa de la crítica humeana de la metafísica racionalista: el problema de la teología racional

La última etapa en la crítica de Hume a los principales conceptos y problemas metafísicos se estructura en torno al análisis del tema de la posibilidad de un conocimiento científico, o simplemente racional, de Dios, o sea, acerca de la teología racional o natural basada en el conocimiento y en la experiencia, no en la fe.

El propósito principal de esta teología es conocer la existencia y los atributos de la divinidad, y la relación de esto con la metafísica y su crítica en el empirismo es clara, ya que el objetivo último de toda metafísica habida y por haber es el conocimiento —supuestamente «filosófico»— de Dios, aunque se lo llame de maneras diversas y se lo oculte bajo otras empresas menos disputadas.

No obstante, donde más se advierten las diferencias entre Hume y los demás empiristas es en el ámbito del problema de Dios y de la teología racional. Aunque Locke y Berkeley iniciaron el camino de la crítica a la metafísica, dejaron a un lado sin tocarlo el problema del posible conocimiento de Dios, de modo que puede considerarse que sólo Hume llevó la crítica empirista de la metafísica a sus últimas consecuencias.

Locke afirmó que al igual que los objetos de las demás ciencias son cognoscibles por la razón y la experiencia, del mismo modo debería ser cognoscible el objeto de la teología: la divinidad. Esta idea inició el camino de una teología que pretendía basarse en la experiencia y constituir una ciencia similar en legitimidad a las demás ciencias de la naturaleza o del hombre que se basan en el «modo experimental de razonar». Esta corriente, iniciada por Locke, culminó en Isaac Newton y en Samuel Clarke, quienes pusieron el método empirista al servicio de la teología y de la demostración del carácter científicamente legítimo de la justificación racional de las creencias religiosas que se intenta hacer en la teología racional. A esta racionalización científica de la religión Hume la llama «hipótesis religiosa».

Por su parte, la filosofía de George Berkeley, a pesar de ser tan radical en otros muchos aspectos, constituye otro ejemplo de subordinación de los supuestos empiristas a la apologética religiosa siempre que toca el tema de Dios y de su conocimiento. En coherencia general con sus principios, Berkeley debería haber negado o al menos dejado en suspenso la posibilidad de un conocimiento en sentido estricto de Dios; no lo hizo, y es más, convirtió a Dios, que se supone que está fuera de la experiencia sensible, en fundamento de un sistema empirista basado en la idea de que sólo existe lo percibido.

El germen de crítica de la metafísica y la teología que contenían los supuestos empiristas sólo se desarrolló y se apreció en toda su importancia con la filosofía de la religión de Hume, tal como está expuesta principalmente en sus Diálogos sobre la religión natural118 y en la Historia natural de la religión,119 aunque también en otras muchas obras menores y ensayos aparentemente dedicados a temas de carácter general, como por ejemplo, «De la dignidad o miseria de la naturaleza humana» o «De los caracteres nacionales».120 En todo caso, la religión era ya el tema central de las partes «cercenadas» del Tratado y, por tanto, ocupó a Hume realmente en todas sus obras.

Aunque Hume admite y respeta —al menos tolera— las creencias religiosas basadas en la fe, es muy crítico con los intentos de basarlas en la razón y en la experiencia, que es básicamente lo que pretende la teología racional.

La última intención de todo el movimiento iniciado por John Locke, que defiende la concordancia de la religión con el punto de vista científico y racional, era preservar la teología como un saber legítimo y también racional, auténticamente basado en la experiencia. Las conclusiones de este pretendido saber formarían, como las de todo otro saber científico, una determinada hipótesis o conjunto de explicaciones del mundo, lo que Hume denomina —lo hemos dicho ya— «hipótesis religiosa». La crítica de Hume, por tanto, es aplicable no a la creencia religiosa sin más —de la que se ocupa más bien en los ensayos de corte sociológico o político—, sino a la teología en la medida en que pretende equiparar sus enunciados con los de las demás ciencias, por la simple razón de que una explicación del mundo o de los fenómenos de éste («hipótesis») debe cumplir las condiciones científicas que se exigen para su correcta construcción, y como Hume argumenta que la teología o «hipótesis religiosa» no las cumple, debe ser rechazada como hipótesis no basada en la experiencia. En suma, la teología es vacía e ilegítima desde el punto de vista de la experiencia.

Esta ilegitimidad de las construcciones metafísico-teológicas desde el punto de vista del razonamiento de la experiencia se aprecia muy bien en la incorrecta utilización de las reglas de la analogía científica que encierran los argumentos teológicos que pretenden probar la existencia de Dios a partir de la experiencia del mundo: argumento teleológico en favor de la existencia de Dios o «argumento del designio» o cosmológico, así como en el intento de probar «por demostración» una cuestión de hecho, que es la base del argumento ontológico anselmiano o prueba a priori, con lo que se incumpliría la escisión irreductible entre relaciones de ideas y cuestiones de hecho.

Los argumentos de Hume sobre la ilegitimidad de la teología son muy largos y elaborados. Aquí sólo hemos explicado la intención y la estructura generales, que consisten básicamente en pasar por la criba de la teoría empirista del conocimiento las principales formulaciones de la llamada «teología racional».121

Para concluir este punto, y para que el lector pueda apreciar la intensidad y la valentía de los planteamientos críticos de su filosofía, quiero citar un hermoso texto de una de las mejores obras de Hume, los Diálogos sobre la religión natural, en el que formula de un modo brillante una reactualización del epicureísmo clásico y lo aplica al problema de la teología. Dice Hume en ese hermoso texto sobre el problema del mal en el mundo y sus implicaciones para la teología racional: «¿Es que [Dios] quiere evitar el mal y es incapaz de hacerlo? Entonces, es que es impotente. ¿Es que puede, pero no quiere? Entonces es malévolo. ¿Es que quiere y puede? Entonces, ¿de dónde proviene el mal?».122 Y finaliza: «¿Por qué existe siquiera un mal en el mundo? Ciertamente que no es debido a la casualidad. Entonces proviene de alguna causa. ¿Proviene de la intención de la Deidad? Pero Él es perfectamente benevolente. ¿Es este mal contrario a su intención? Pero Él es todopoderoso».123

Después de lo cual y de un modo elocuente y hasta algo barroco, Hume sostiene que si la teología natural pudiese extraer alguna conclusión ajustando la descripción hipotética de las causas a sus efectos, de acuerdo con las reglas de la correcta analogía, el resultado sería paradójicamente muy distinto de lo que el teísta suponía, ya que:

[…] este mundo, por lo que dicho hombre puede saber, es muy deficiente e imperfecto, y fue sólo el primer y tosco ensayo de una deidad infantil que después lo abandonó, avergonzada de su pobre actuación; [este mundo] es solamente la obra de una deidad subalterna, y es objeto de irrisión para sus superiores; [este mundo] es el producto de la vejez y senilidad de una deidad demasiado entrada en años, después de cuya muerte ha bogado a la deriva moviéndose gracias al primer impulso y fuerza activa que recibió de ella.124

Conclusión: el legado de Hume, o ¿por qué leer a Hume en la actualidad?

En las páginas precedentes he expuesto todos los argumentos académicos e intelectuales a mi alcance para demostrar al lector que la filosofía de Hume constituye uno de los pilares fundamentales de la historia del pensamiento occidental. Para acabar con esta exposición, probaré otra línea de argumentación puramente hedónica: Leer a Hume puede ser uno de los placeres de la vida. Me explicaré brevemente.

Una de las lecturas más extrañas y sorprendentes de la obra de Hume se halla en los diversos pequeños relatos o «digresiones» contenidos en el Tratado mediante los que nos advierte del inevitable tránsito de la vida filosófica a la vida cotidiana. Como añade en el Resumen, el escepticismo radical triunfaría si no fuera porque nuestra naturaleza lo templa y modera.

Imaginemos, para acabar, que estamos como Hume, desnudos de nuestros ropajes filosóficos y dispuestos a jugar una partida de alguno de nuestros juegos preferidos, a tomar una copa con los amigos o a dar un paseo, al parecer las tres aficiones de Hume, junto a los libros y su gato. Estamos en la misma situación muchos años después y tenemos que contestarnos una pregunta muy simple: para qué sirve en nuestra vida cotidiana, normal, sencilla, ordinaria, una filosofía como la de Hume. Si realizáramos este mismo experimento en otros filósofos, quizá no saldrían tan bien parados como Hume.

De una manera esencial —y no quiero que esto se entienda en un sentido cínico e instrumental— la filosofía de Hume sirve para que hablemos y escribamos sobre ella. Esto no es una justificación de la mera escolástica, un peligro que siempre aqueja a los filósofos actuales, menos convencidos de las grandes empresas que nuestros colegas del siglo XVIII. Se trata simplemente de afirmar que mientras en un aula, una tarde de cualquier mes del año, un pequeño grupo de estudiantes y un profesor abran quizá la Investigación sobre los principios de la moral de Hume y lean, por ejemplo, su crítica de las virtudes monacales y luego se pregunten por el papel de las religiones organizadas en su sociedad, nuestra cultura, como una auténtica cultura, seguirá adelante y soportará cualquier amenaza.

Pensar sobre nuestras tradiciones y volver a hacerlas nuestras es una de las actividades que nos hacen humanos, y ahí creo poder afirmar que Hume es un clásico; continuamente nos está obligando a ponernos frente a nosotros mismos y cuestionarnos, dudar, ponderar, sopesar, y en algunos casos, con prudencia y siempre con distanciamiento, nos pone ante la obligación de actuar. Siempre, en todo caso, nos conduce a decir lo que pensamos y sentimos, así como a sentir lo que queremos.

En un cierto sentido, la lectura de Hume nos hace libres. A diferencia en todo caso de los filósofos sacerdotes, no nos libera de la obligación de construir nuestro mundo por nosotros mismos, nos coloca ante un mundo duro hecho de aspiraciones humanas, grandiosas pero muchas veces fracasadas; en todo caso, nuestras y nada más que nuestras, y por eso humanas, sólo humanas.

Desde ese punto de vista, Hume nos enfrenta a la tarea de ser hombres. En tiempos de eficacia, rentabilidad a corto plazo, rapidez, inmediatez, tecnología de los medios y olvido de los auténticos fines, lo único que puedo argumentar, desprovisto de mis ropajes filosóficos al final de este viaje por el pensamiento y la vida de Hume, es que mientras sigamos siendo hombres, tendrá sentido sentarse a leer a Hume y no será absurdo dedicar tardes enteras a desentrañar con unos estudiantes de humanidades o de filosofía, o con cualquier lector interesado por el pensamiento, el intrincado laberinto que un pensador ya muerto trazó en negro sobre blanco hace ya muchos años.

En fin, Hume somos todos nosotros. Y seguiremos siéndolo mientras no desertemos de la ingrata tarea de comprender nuestro mundo y a nosotros mismos. Sólo desde ahí se entenderá lo último que voy a decir: leer y entender a Hume implica no ser un mero «humeano», sino refutarlo, superarlo, ir más allá de él. Pero para ese viaje más allá de su pensamiento tenemos que seguir leyendo una y otra vez obras como el Tratado y su Resumen, imperfectas y humanas y por eso eternas, al menos en la reducida dimensión de eternidad que nos es accesible a los seres humanos.

1 Cf. B. Russell, Historia de la filosofía occidental, Madrid, Espasa-Calpe, 2007 (11.a ed., Colección Austral).

2 De hecho, Hume merece encabezar sin ninguna duda cualquier relato acerca del humor en la historia de la filosofía. Para este asunto, vid. J. L. Tasset, «Ensayo de una historia humorística de la filosofía», en Manuel Ballester y Enrique Ujaldón (eds.), La sonrisa del sabio (Ensayos sobre humor y filosofía), Madrid, Biblioteca Nueva, 2010, págs. 149-184.

3 J. de Maistre, Lettres à un gentilhomme russe, sur l’Inquisition espagnole, citado por E. Tierno Galván en Ensayos políticos, 1982, págs. XXIX-XXXI.

4 Además de su justamente famosa autobiografía titulada en inglés My Own Life (Mi vida, 1776), tradicionalmente incluida como apéndice del Tratado de la naturaleza humana, Hume escribió algunas otras obras con un claro contenido autobiográfico; en concreto, A letter from a gentleman to his friend in Edinburgh (Carta de un caballero a su amigo en Edimburgo, 1745), A Descent on the Coast of Brittany (Descenso de la costa de Bretaña, 1756). También tiene un importante contenido biográfico el relato de la polémica entre Rousseau y Hume, con las cartas entre ambos y un relato-carta que de algún modo las va hilvanando de Horace Walpole, quien fue el verdadero atizador de esta polémica. Cf. A concise and genuine account of the dispute between Mr. Hume and Mr. Rousseau (Un relato conciso y auténtico de la disputa entre el señor Hume y el señor Rousseau, 1766). Las dos primeras se ofrecen en el presente volumen, en traducciones inéditas; las otras todavía no han aparecido en castellano. Junto a estas obras, la fuente principal directa para el conocimiento de la biografía de Hume son sus cartas; cf. TLDH y R. Klibansky y E. C. Mossner (eds.), New letters of David Hume (Oxford, Clarendon Press, 1969). La biografía más completa hasta el momento sobre Hume es la de E. C. Mossner, The life of David Hume (2001). Antes de esa biografía, Mossner había publicado un libro ya clásico sobre lo que podríamos llamar «leyenda blanca de David Hume», esto es, el conjunto de anécdotas y referencias de época acerca del buen talante, la jovialidad y la inteligencia de Hume; cf. E. C. Mossner, The forgotten Hume, le bon David (Nueva York, Columbia University Press, 1943; reimpr., Bristol, Thoemmes, 1990). Esta visión algo hagiográfica de la vida de Hume fue iniciada por J. H. Burton en Life and correspondence of David Hume: from the papers bequeathed by his nephew to the Royal Society of Edinburgh, and other original sources, 2 vols. (Edimburgo, William Tait, 1846; reimpr., Life and correspondence of David Hume, The Philosophy of David Hume, Nueva York, Garland Pub, 1983). Una biografía más transgresora desde un punto de vista metodológico es la de J. Christensen, Practicing Enlightenment: Hume and the formation of a literary career (Madison, Wisconsin, University of Wisconsin Press, 1987).

5 P. Strathern, Hume en 90 minutos (1711-1776), Madrid, Siglo XXI, 1998, págs. 16-17.

6 Y relatada de muy diversas maneras como consecuencia de su fama.

7 Probablemente porque, adelantándose una vez más a Kant, consideraba que la hipótesis atea sobre el origen del mundo está tan falta de pruebas concluyentes como la hipótesis religiosa.

8 Cf. «Del suicidio», en Escritos impíos y antirreligiosos (en adelante Escritos), 2005.

9 Ibid.

10 «De la inmortalidad del alma», Escritos, 2005.

11 «De los milagros», ibid.

12 G. Horne, «Carta a Adam Smith, LL.D., sobre la vida, la muerte y la filosofía de su amigo David Hume, esq. (Por uno que pertenece a los que son llamados cristianos)», en D. Hume, Mi vida; Carta de un caballero a su amigo en Edimburgo [edición y traducción de C. Mellizo, con el apéndice «La muerte de David Hume»], Madrid, Alianza, 1985, págs. 80-81.

13 New Evening Post, 6 de diciembre de 1776; citado por E. C. Mossner, 2001, pág. 556.

14 E. C. Mossner, 2001, pág. 90.

15 Cf. Disertación sobre las pasiones y otros ensayos morales (en adelante Disertación), 2004.

16 Cf. Sobre este particular los diversos trabajos de J. Fieser, especialmente Early responses to Hume’s metaphysical and epistemological writings, 2 vols., Bristol, Thoemmes Press, 2000.

27 El título completo era: «Un resumen de un libro recientemente publicado titulado Tratado de la naturaleza humana, etc., en el que el argumento principal de ese libro es ampliamente ilustrado y explicado» (An abstract of a book lately published; entituled A Treatise of Human Nature, &c. wherein the chief argument of that book is farther illustrated and explained). Una edición crítica de esta obra se incluye en este volumen.

No se supo a ciencia cierta que esta obra era de Hume hasta que J. M. Keynes descubrió cosido al final de un ejemplar de una obra económica del siglo XVIII el manuscrito firmado por Hume y lo publicó en 1938 con una introducción de P. Sraffa. Durante mucho tiempo se pensó que había sido redactada por A. Smith.

18 Th. Reid publicó en 1764 la primera edición de su obra sobre los principios del sentido común, que consistía básicamente en una refutación punto por punto de las supuestas ideas escéptico-radicales de Hume, principalmente de las contenidas en el Tratado. Cf. la reciente edición crítica de D. R. Brookes en The Edinburgh Edition of Thomas Reid, Edimburgo, Edinburgh University Press, 1997.

19 «Hume ensayista», en «Introducción general» a Disertación, 2004.

20 En el folleto, también anónimo, Carta de un caballero a su amigo en Edimburgo (1745), Hume pretendía negar esas consecuencias críticas de su filosofía, y otras de orden político, tales como la negación del carácter natural de las leyes políticas y, por consiguiente, su carácter convencional. Sus argumentos a la vista de los hechos no convencieron a los censores y jueces académicos. Para su desgracia, las ideas del Tratado y las consecuencias de éstas probablemente habían sido entendidas en la verdadera dimensión crítica que tenían.

21 EHU 10, 13 / [SB 115-116.

22 La referencia básica para todo este extraño y divertido asunto es el capítulo 15 de Mossner, titulado «A Military Campaign», en E. C. Mossner, 2001, págs. 187-220. Mossner señala que el escrito de descargo que Hume publicó de forma anónima, «A Descent on the Coast of Brittany», se genera como una defensa, algo obligada, de la figura del general St. Clair, pariente lejano de Hume, protector suyo (E. C. Mossner, 2001, págs. 199-200) y origen de la fortuna económica y personal que sonrió a Hume desde esta expedición. Mossner, que evidentemente es la principal autoridad sobre esta cuestión, señala que el elemento determinante de la escritura por parte de Hume de esta obra fue la publicación, antes en inglés que en francés, de la obra de Voltaire History of the War of 1741, en la que se incluían unos comentarios, más jocosos que ofensivos, sobre la expedición de Hume y St. Clair (E. C. Mossner, 2001, pág. 200). Una reseña de esta edición inglesa de la obra de Voltaire apareció en el número de febrero de 1756 de la Monthly Review (E. C. Mossner, 2001, pág. 200). Finalmente, una respuesta con una breve presentación del editor de la misma revista, procedente de lo que éste consideró una «unquestionable authority», apareció en el número de abril de 1756 (E. C. Mossner, 2001, pág. 201). Mossner considera que esta autoridad incuestionable es Hume, y cree que hay evidencias internas de que fue él quien escribió este breve relato de tres páginas relativo al desafortunado incidente de L’Orient.

Esta breve obra puede encontrarse como apéndice en The Philosophical Works of David Hume, 1964.

Parece extraño que en todo internet no haya más que unas pocas referencias a esta pequeña obra o escrito de Hume, que además ha desaparecido de las ediciones contemporáneas de sus obras. ¿A qué puede deberse que incluso la edición digital de InteLex Past Masters mencione explícitamente que ha sido suprimida junto a otras obras o escritos menores: «On the Authenticity of Ossian’s Poems», «Concerning Wilkie’s Epigoniad», «Dedication of Four Dissertations», «A Descent on the Coast of Brittany, 1746», «Scotticisms»? Supongo que la cuestión será probablemente la dudosa autoría, o quizá la importancia o el mérito menor de los escritos, que probablemente llevarían al propio Hume a no incluirlas en sus ediciones autorizadas de ensayos. Quizás el miedo al ridículo pueda estar en el origen de la supresión y ocultamiento en concreto del relato de la expedición, así como en el origen del anonimato del relato de autodefensa. La lectura de la obra, sobre todo del incidente en el que las tropas británicas se disparan aterrorizadas a sí mismas, explicaría que el Hume maduro y respetable no quisiese que quedara huella de la historia.

Hume habla de sus aventuras en la costa de Francia en TLDH, 1, carta 50 a Henry Home [1746], pág. 90.

23 P. Strathern, op. cit., pág. 35.

24 Ibid., pág. 36.

25 Loc. cit.

26 F. Duque da unos datos muy precisos acerca de esta segunda y aún más desdichada experiencia político-militar de Hume y del general St. Clair. Cf. Tratado de la naturaleza humana, 1977, 2002, pág. 11, nota 19. En la investigación actual sobre el pensamiento de Hume no se citan ya sus textos por la edición de Selby-Bigge, que es la que Felix Duque empleó, como ya se ha explicado en la página X. No obstante, como las ediciones de Selby-Bigge siguen siendo muy usadas, se incluye al margen la referencia clásica [SB + página.

27 E. C. Mossner, 2001, págs. 213-214.

28 P. Strathern, op. cit., pág. 35.

29 Political Discourses. La primera obra de Hume traducida al español, aunque desde la versión francesa, que tanta fama le reportó en toda Europa. Cf. D. Hume, Discursos políticos, Madrid, en la Imprenta de González, 1789.

30 Mi vida, pág. 6.

31 E. C. Mossner, 2001, pág. 318.

32 Disertación, 2004.

33 Sobre el ensayo acerca del suicidio, su historia editorial y su interpretación, así como sobre el resto de las obras de crítica religiosa de Hume, cf. Escritos, 2005.

34 E. C. Mossner, 2001, pág. 290.

35 Fueron escritos en 1757. Sólo aparecieron con nombre de autor en 1783. El título completo que llevaron en esta primera edición fue: «Ensayos sobre el suicidio y sobre la inmortalidad del alma, atribuidos al difunto David Hume, Esq. Nunca antes publicados. Con unas consideraciones del editor destinadas a servir de antídoto contra el veneno contenido en estas obras, a lo que se añaden dos cartas sobre el suicidio procedentes de la Eloísa de Rousseau».

36 E. C. Mossner, 2001, pág. 480.

37 Cf. D. Hume, J.-J. Rousseau y Horace Walpole, A concise and genuine account of the dispute between Mr. Hume and Mr. Rousseau: with the letters that passed betwen them … As also the letters of the Hon. Mr. Walpole and Mr. D’alembert, relative to this extraordinary affair, Londres, T. Becket & P. A. De Hondt, 1766.

38 G. Horne, citado en D. Hume, Mi vida…, op. cit., pág. 81.

39 TLDH, II, pág. 336.

40 David Hume, escritos epistolares, 1998. Todos los textos de cartas de Hume que siguen proceden de esta edición.

41 Las cursivas son mías; marzo o abril de 1734, veintitrés años.

42 10 de septiembre de 1743, treinta y dos años.

43 18 de febrero de 1751, cuarenta años.

44 5 de enero de 1753, cuarenta y dos años.

45 David Hume, escritos epistolares, 1998, pág. 65.

46 Ibid., pág. 85. La relación entre Hume y Rousseau merecería sin duda un análisis más extenso, sobre todo para intentar aclarar con ecuanimidad la parte de responsabilidad que cada uno de ellos tuvo en tan desgraciado incidente. C. Mellizo se ha ocupado varias veces de esta relación en sus análisis (ya mencionados) de los escritos biográficos y autobiográficos de Hume, identificándose simpatéticamente, aunque creo que sin demasiadas pruebas, con el «pobre» Rousseau. La misma tendencia prorrusoniana muestra el muy entretenido trabajo de D. J. Edmonds y J. Eidinow, El perro de Rousseau: el relato de la guerra entre dos grandes pensadores de la época de la Ilustración, Barcelona, Península, 2007. Desde el bando prohumeano merece destacarse el capítulo que Mossner, en The life of David Hume, dedica a las relaciones con Rousseau. Muy reciente es el excelente y equilibrado trabajo de Robert Zaretsky y John T. Scott, La querella de los filósofos: Rousseau, Hume y los límites del entendimiento humano, Barcelona, Ediciones de Intervención Cultural, 2010.

47 Cf. Un análisis muy diverso de la recepción de Hume en Europa, excepto en España, en P. Jones, The reception of David Hume in Europe, The Athlone critical traditions series, Londres y Nueva York, Thoemmes Continuum, 2005.

48 Muy poco posterior a la muerte del propio David Hume es la primera traducción de la que tenemos constancia, precisamente de sus Ensayos políticos, obra en la que se cimentó su fama en Francia y, por extensión, en toda Europa. Por supuesto, no es una traducción directa del inglés sino del francés. Cf. Discursos políticos, op. cit., 1789.

49 D. Hume, Historia de Inglaterra: desde la invasión de Julio César hasta el fin del reinado de Jacobo II (año de J. C. 1689), 4 vols. [edición de F. Oliva; traducción de E. de Ochoa], Barcelona, Imprenta de Francisco Oliva, 1842-1844; D. Hume, Historia de Inglaterra, desde la invasión de Julio César hasta el fin del reinado de Jacobo II (año de J. C. 1689), por David Hume, continuada hasta nuestros días por Smollet, Adolphus, Aikin. Traducida por Don Eugenio de Ochoa, y adornada con 32 láminas grabadas sobre acero, Barcelona, Imprenta de Francisco Oliva, 1842-1845.

50 Tratado de la naturaleza humana, 1923.

51 David Hume [selección de textos precedidos de un estudio de L. Lévy-Bruhl; traducción y notas de L. Dujovne], Buenos Aires, Sudamericana, 1939; Diálogos sobre la religión natural [traducción de E. O’Gorman; prólogo de E. Ni-col], México, El Colegio de México, 1942 (1. a ed.).

52 Ensayos políticos, 1955 y 1982.

53 Aunque hemos realizado una revisión general de la traducción y hemos corregido algunos errores claros del texto, procedentes sobre todo del hecho de que V. Viqueira traduce a partir probablemente de la edición decimonónica del Tratado de T. H. Green y T. H. Grose, que no era crítica, en vez de a partir de la de Selby-Bigge, que se convirtió en la más usada en el siglo XX, no hemos querido alterar lo que podríamos considerar «opciones personales del traductor» en el aspecto terminológico que dan, por ejemplo, a la traducción de Viqueira un cierto aire kantiano o mejor neokantiano que, aunque no comparto, me parece una opción legítima de traducción e interpretación de Hume. Un caso muy llamativo de esto es la traducción de Understanding por «entendimiento» en vez de por «conocimiento». Una traducción reciente de An Enquiry Concerning the Human Understanding que apuesta por esta misma traducción de Understanding por «entendimiento» es la de C. Orts para Istmo, con una introducción de V. Sanfélix y epílogo de B. Stroud: Investigación sobre el entendimiento humano, Madrid, Istmo, 2004.

54 J. Rawls considera el proceso de redacción del Tratado tan sorprendente por la juventud del autor que los hechos y datos que lo rodean «le dejan a uno sin palabras»; cf. J. Rawls, 2001, pág. 41.

55 Esta interpretación fue muy influyente en nuestro país y se convirtió por caminos extraños de comprender en la interpretación estándar de Hume incluida en los libros de texto de filosofía para el bachillerato. Se encuentra recogida paradigmáticamente en S. Rábade Romeo, 1975.

56 EHU 1, 6 / [SB 9.

57 EHU 1, 14 / [SB 13-14.

58 THN «Advertencia» a los libros 1 y 2 del Tratado.

59 Resumen, pág. 582.

60 El hecho de que «otros autores tengan un concepto de qué es “lo filosófico” diferente del de Hume no afecta en nada a la cuestión» (J. García Roca, 1981, pág. 50).

61 Resumen, págs. 582-583.

62 THN «Introducción», 7 / [SB XVI-XVII.

63 THN «Introducción», 8 / [SB XVII.

64 EHU 11, 18 / [SB 139.

65 Cf. THN «Introducción», 7 / [SB XVI-XVII.

66 Cf. J. García Roca, 1981, pág. 71,

67 THN 1, 1, 1, 1 / [SB 1.

68 Cf. THN 1, 1, 2, 1 / [SB 7-8.

69 Cf. THN 1, 1, 1, 1 / [SB 1; EHU 2, 3 / [SB 18.

70 Cf. THN 1, 1, 1, 2 / [SB 2.

71 Cf. THN 1, 1, 1, 8 / [SB 4-5.

72 Cf. THN 1, 1, 1, 9 / [SB 5.

73 THN 1, 1, 1, 12 / [SB 7.

74 Loc. cit.

75 THN 1, 1, 1, 7 / [SB 4.

76 Cf. EHU 2, 5 / [SB 19.

77 Cf. THN 1, 2, 1, 2 y 3 / [SB 26-39.

78 EHU 4, 1-2 / [SB 25-26.

79 En la aplicación de los supuestos del empirismo de Hume a la crítica de la metafísica sigo, excepto en el caso del problema de la libertad y de la acción moral y política, lo expuesto en J. L. Tasset, 2007.

80 J. Locke, Ensayo sobre el entendimiento humano, 2 vols. [ed. de M.a E. García y S. Rábade Romeo], Madrid, Editora Nacional, 1980, pág. 434.

81 M. Foucault, Las palabras y las cosas: una arqueología de las ciencias humanas, México, Siglo XXI, 1966.

82 G. Berkeley, Principios del conocimiento humano; Tres diálogos entre Hilas y Filonús, Barcelona, Orbis, 1985, pág. 29.

83 THN 1, 1, 6, 1-2 / [SB 15-16.

84 THN 1, 1, 6, 2 / [SB 15-16.

85 F. Copleston, Historia de la filosofía, Barcelona, Ariel, 1980, vol. V, pág. 255.

86 Resumen, pág. 592.

87 THN 1, 4, 6, 3-4 / [SB 252.

88 THN 1, 4, 6, 4 / [SB 253.

89 Resumen, pág. 591.

90 Resumen, pág. 592.

91 THN 2, 3, 1 / [SB 399-412.

92 EHU 8, 1-8, 36 / [SB 80-103.

93 La idea de que actuar de modo predecible y por propia y libre voluntad no son incompatibles no es original de Hume, sino que tiene tan ilustres predecesores como Hobbes. Cf. Th. Hobbes, Leviathan, cap. 21, en D. D. Raphael, British Moralists, Londres, Oxford University Press, 1969, vol. I, págs. 55-56; la traducción española de los textos del Leviatán pertenece a la versión de A. Escohotado [introducción de C. Moya], Madrid, Editora Nacional, 1980. Una edición más reciente de esta obra es Th. Hobbes, Leviatán: la materia, forma y poder de un Estado eclesiástico y civil [ed. de C. Mellizo], Madrid, Alianza, 1992.

94 Cf. THN 2, 3, 2, 1 / [SB 407-8.

95 Cf. THN 2, 3, 1, 18 / [SB 407.

96 EHU 8, 23 / [SB 95.

97 «[But] when the impediment of motion, is in the constitution of the thing itself, we use not to say, it wants the liberty; but the power to move», Leviathan, cap. 21, en British Moralists, op. cit., pág. 55; trad. esp. supra cit., pág. 300.

98 THN 2, 3, 2, 1 / [SB 407-408.

99 Cf. también Leviathan, cap. 21.

100 Cf. Leviathan, en British Moralists, op. cit., vol. I, pág. 56; trad. esp. supra cit., pág. 301.

101 THN 2, 3, 2, 4 / [SB 410.

102 A. Flew, «Hume», en D. J. O’Connor, Historia crítica de la filosofía occidental, Barcelona, Paidós, 1982, vol. IV, págs. 214-215.

103 A. Flew, Hume’s Philosophy of Belief (A Study of his first «Inquiry»), Londres, Routledge & Kegan Paul, 1980, pág. 141.

104 Cf. THN 2, 3, 1, 9-10 / [SB 402-403.

105 B. Stroud, 1995, pág. 141.

106 Cf. THN 2, 3, 2, 3-8 / [SB 409-412.

107 B. Stroud, 1995, pág. 149.

108 Para una visión del problema de la libertad totalmente contraria a la de Hume, cf. R. M. Ayers, The refutation of determinism, Londres, Methuen, 1968, y también H. G. Frankfurt, «Freedom of the Will and the concept of a Person», en Journal of Philosophy LXVIII (1971).

109 Sobre el problema de la libertad y el determinismo también resultan de interés desde un punto de vista ético y antropológico R. B. Brandt, Teoría ética, Madrid, Alianza, 1982, cap. 2; A. Flew, «Determinism and rational behavior», Mind (1959), y Hume’s Philosophy of Belief, op. cit., cap. VII; Ph. Foot, «Freewill as involving determinism», Philosophical Review XVI (1957); S. Hampshire, W. G. Maclagan & R. M. Hare, «The Freedom of the Will» (Symposium), The Aristotelian Society, Supplementary Volume XXV (1951), págs. 161-216; R. E. Robart, «Free Will as involving Determinism», Mind XLIII (1934), págs. 1-27; D. Ross, Fundamentos de ética, Buenos Aires, Eudeba, 1972, cap. 10. Y también los volúmenes colectivos: Ted Honderich (ed.), Essays on freedom of Action, Londres, Routledge & Kegan Paul, 1973, y Sidney Hook et al., Determinismo y libertad, Barcelona, Fontanella, 1969.

110 No es extraño que a sus contemporáneos les pareciera tan claro el «materialismo» de Hume sobre este punto, puesto que B. Stroud (1995, pág. 153) señala y prueba que este proyecto de conciliación entre libertad y necesidad —como ya hemos señalado— llega a Hume de Thomas Hobbes.

111 Acerca del desarrollo de estas tesis, vid. Disertación, 2004, y J. L. Tasset, 1999.

112 THN 2, 3, 3, 4 / [SB 415.

113 Sobre el supuesto emotivismo de Hume, vid. J. L. Tasset, «Sobre la teoría de la evaluación moral de David Hume», Ágora. Papeles de Filosofía 8 (1989), págs. 53-66. A pesar de los esfuerzos del citado estudioso por explicar a lo largo de los años que Hume simplemente no podía ser considerado un «emotivista», dicha interpretación sigue siendo la más difundida en la literatura no especializada sobre este autor.

114 Cf. una argumentación más completa sobre este punto en J. L. Tasset, «Hume y la ética (contemporánea)», en David Hume: perspectivas sobre su obra [ed. de M. Ardanaz et al.], Madrid, Editorial Complutense, 1998.

115 Ph. Schofield señala muy acertadamente que la inicial admiración hacia Hume expresada por J. Bentham en A Fragment on Government se atemperó con el tiempo, hasta el extremo de que unos cincuenta años después el propio Bentham formuló desde el utilitarismo una profunda crítica de la filosofía de Hume (Ph. Schofield, Utility and Democracy: The Political Thought of Jeremy Bentham, Oxford y Nueva York, Oxford University Press, 2006, pág. 2). Una evaluación sistemática y exhaustiva de la influencia de Hume en Bentham y en el utilitarismo clásico está todavía hoy por hacer, a pesar de los trabajos del propio Schofield y también de F. Rosen (cf. F. Rosen, Classical Utilitarianism from Hume to Mill, Londres y Nueva York, Routledge, 2003).

116 Este mismo argumento aplicado al problema de las relaciones entre la tradición radical y utilitarista y la religión, pero mucho más detallado, en J. L. Tasset, «Hume And Mill On “Utility Of Religion”: A Borgean Garden of Forking Paths? », Télos. Revista Iberoamericana de Estudios Utilitaristas XIV, 2 (2005) [aparecido en 2007].

117 Sobre la influencia del pensamiento de Hume en las colonias inglesas, cf. M. G. Spencer, The reception of David Hume’s political thought in eighteenth-century America, Londres y Ontario, Faculty of Graduate Studies, University of Western Ontario, 2001.

118 1779, y por tanto, de publicación póstuma; cf. Diálogos sobre la religión natural (en adelante Diálogos).

119 1757. Cf. Historia natural de la religión, 2007.

120 En Disertación, 2004, y Escritos, 2005.

121 Este importante asunto se trata extensamente en Escritos, 2005, y en «Una interpretacion impía de la filosofia de la religion de David Hume», en G. López Sastre, 2005.

122 Diálogos, pág. 754. Para los textos originales de esta obra véase el texto procedente de una versión corregida de las obras de Hume publicada en 1854. Basada en esta edición decimonónica destaca la de Hume’s dialogues concerning natural religion [ed. de N. K. Smith], Oxford, Clarendon Press, 1935. Una segunda edición se publicó como Dialogues concerning natural religion, Londres y Nueva York, T. Nelson, 1947. N. K. Smith, famoso también por su edición inglesa de obras de Kant, ha publicado asimismo una famosísima obra monográfica sobre el pensamiento de Hume que está en el origen de todas las interpretaciones «naturalistas» de éste: The philosophy of David Hume: a critical study of its origins and central doctrines, Londres, Macmillan and Co., 1941 (reeditada facsimilarmente: Nueva York y Londres, Garland, 1983).

123 Diálogos, págs. 757-758.

124 Ibid., pág. 722.

CRONOLOGÍA


1711David Hume nace en Ninewells, cerca de Edimburgo (Escocia).
1713Muerte de su padre, que deja a su madre con tres hijos.
1723Con doce años es admitido en la Universidad de Edimburgo junto con su hermano John.
1725-1726Abandona la universidad sin graduarse. Sigue formándose en casa.
1734-1737Estancia en Reims y en La Flèche de Anjou, donde traba relación con el Colegio de Jesuitas en el que estudió Descartes y escribe su primera obra, el Tratado de la naturaleza humana.
1737Vuelve a Londres para preparar la publicación del Tratado.
1739Aparecen los dos primeros volúmenes del Tratado. Regresa a Escocia.
1740Aparece el tercer y último volumen del Tratado. Se publica el Resumen de un libro recientemente publicado titulado «Tratado de la naturaleza humana». Al publicarse de forma anónima, se atribuyó erróneamente a Adam Smith, y sólo a partir de 1938 se atribuyó a Hume. Intento de defensa frente a la mala comprensión del Tratado, sobre todo de sus fundamentos gnoseológicos; aunque en cierto sentido es también un intento de llamar la atención sobre él.
1741-1742Publicación de los Ensayos morales y políticos. El éxito de estas obras fue muy grande, hasta el punto de que Hume, cuando algún escrito menor suyo no encontraba eco, lo incluía en alguna edición de los Ensayos.
1745Publicación de la Carta de un caballero a su amigo en Edimburgo. Es rechazado para la cátedra de ética y filosofía pneumática de la Universidad de Edimburgo por ser un «notorio infiel». Se convierte en tutor del marqués de Annandale, quien resulta ser un enfermo mental.
1746Secretario del general Saint Clair en una frustrada incursión militar contra la costa francesa, en concreto el puerto de L’Orient.
1747Acompaña de nuevo a Saint Clair en una embajada militar a las cortes de Viena y Turín.
1748Se publican los Ensayos filosóficos sobre el conocimiento humano. En la segunda edición, en 1751, esta obra pasó a llamarse Investigación sobre el conocimiento humano.
1751La Universidad de Glasgow lo rechaza de nuevo como profesor de Lógica. Como desagravio, es nombrado bibliotecario de la Facultad de Derecho de Edimburgo, hoy Biblioteca Nacional de Escocia. Aprovecha para trabajar en su Historia de Inglaterra. Publica su Investigación sobre los principios de la moral. Como el mismo Hume dice en Mi vida, la consideró su obra más lograda.
1752Publicación de los Discursos políticos, su obra de mayor éxito.
1757Publicación de Cuatro disertaciones: Sobre la tragedia (Of Tragedy); Sobre la norma del gusto (Of the Standard of Taste); Disertación sobre las pasiones (Of the Passions) e Historia natural de la religión (The Natural History of Religion). En esta última se incluyen Sobre el suicidio (Of Suicide) y Sobre la inmortalidad del alma ( Of the Immortality of the Soul), que como consecuencia de las presiones del reverendo William Warburton sólo vieron la luz en 1777 de forma anónima y en 1783 con nombre de autor.
1759Publicación de Historia de Inglaterra bajo la Casa de Tudor (History of England under the House of Tudor).
1761Publicación de Historia de Inglaterra, desde la invasión de Julio César hasta el acceso al Trono de Enrique VII (History of England from the Invasion of Julius Caesar to the Accession of Henry VII). Sus obras se incluyen en el Index Librorum Prohibitorum de la Inquisición.
1763Acepta ser secretario del conde Hertford en la embajada en París. Se convierte en la «estrella» de los salones parisinos y es elevado al puesto de encargado de negocios de la embajada.
A todos los efectos ejerce durante un tiempo de embajador inglés.
1766Vuelve a Inglaterra con Rousseau, para quien gestiona una generosa pensión real. Disputa pública con Rousseau, quien creía ser objeto de una conspiración, y ruptura definitiva entre ambos.
1767Es nombrado subsecretario del Departamento del Norte de la Secretaría de Estado, una especie de ministro del Gobierno para Escocia.
1769Renuncia a su cargo y se retira a Edimburgo.
1775Cae enfermo de un mal intestinal, probablemente cáncer.
1776Escribe una brevísima autobiografía; se despide por escrito de quien había sido su más fiel amiga, la condesa de Bouffleurs, anunciándole su propia y próxima muerte; encarga a su amigo Adam Smith la publicación de algunas obras inéditas; recibe a James Boswell, ante el que hace un famoso alarde de impiedad («si viviera algún tiempo más, lo dedicaría a minar aún más los fundamentos de la religión y la superstición»), y muere.
1777Publicación de Mi vida (My Own Life), obra sincera, breve y serena. Un ejemplo raro de relato de los prolegómenos de la propia muerte. Aparecen de forma anónima sus Ensayos sobre el suicidio y sobre la inmortalidad del alma, precedidos de unas consideraciones del editor destinadas a combatir el veneno contenido en estos escritos (Essays on Suicide and on the Inmortality of the Soul), escritos en 1757.
1779Aparecen publicados póstumamente los Diálogos sobre la religión natural (1752).

GLOSARIO

ASOCIACIÓN DE IDEAS (association of ideas)

Principio que rige el funcionamiento de la imaginación. Las cualidades en que se basa dicha asociación son: semejanza, continuidad en el tiempo o en el espacio y relación causa-efecto. En la explicación humeana el origen y la naturaleza de las ideas ocupa el mismo papel que la atracción o la gravedad en Newton.

ATEÍSMO (atheism)

Término usado —en un sentido mucho más amplio que en la actualidad— para referirse a las posiciones de quienes no creen de un modo convencional en Dios, en la Providencia o en una vida futura. Hume menciona tres tipos de ateos: los que niegan la existencia de Dios; los que niegan la existencia de la Providencia (por ejemplo, los epicúreos), y los que niegan la libertad de la Deidad (entre los que incluye a Aristóteles y a los estoicos).

CAUSALIDAD, O RELACIÓN CAUSA-EFECTO (causality, or cause-effect relation)

La relación más fuerte entre dos ideas. Una de las cualidades que hace que la imaginación establezca una asociación entre ideas. Su fortaleza es tal que la imaginación da un paso más allá y, con la ayuda de la COSTUMBRE, acaba considerándola una relación objetiva.

CONOCIMIENTO (knowledge)

En sentido literal, «seguridad surgida de la comparación de ideas» (vid. también PROBABILIDAD).

COSTUMBRE (custom)

Repetición, experiencia repetida; asociación de ideas o hábito de la mente resultante de ella. Por extensión, a veces Hume habla de ella directamente como principio de asociación. Principio de carácter psicológico que está en el origen de la extralimitación en la asociación de ideas. Elemento clave en la deconstrucción de los conceptos metafísicos, principalmente en lo que respecta al concepto de causalidad.

CRITERIO EMPIRISTA DE SIGNIFICADO (empirical criterion of meaning)

Según este criterio, el significado de una idea viene dado siempre por la referencia a una impresión que se corresponde con ella; si no hay tal impresión, la idea carece de significado. Es el elemento clave en la crítica humeana y empirista de los conceptos clave de la metafísica racionalista.

CRITICISMO (criticism)

Denominación humeana de lo que en la filosofía posterior llegaría a denominarse «estética», esto es, el arte o práctica de interpretar y enjuiciar las obras de cualquiera de las bellas artes.

DEMOSTRACIÓN (demonstration)

Clase de prueba y nivel de ésta, en concreto el que proporciona certidumbre, en contraposición a la PROBABILIDAD.

EMPIRISMO (empiricism)

Posición filosófica global atribuible a Hume. Se caracteriza básicamente por el predominio de la experiencia como mecanismo de acceso al conocimiento y por su crítica de la metafísica racionalista, aunque en el caso de Hume se concede un importante papel también a la razón, en la medida en que recupera la importancia del razonamiento probable o inferencial.

ESCEPTICISMO (scepticism, skepticism)

Posición filosófica global atribuida tradicionalmente a Hume. Éste propiamente es un crítico del escepticismo en sus vertientes más radicales, como el pirronismo. Hume es un autor crítico del racionalismo y partidario de un claro probabilismo en el ámbito de la ciencia del hombre, pero no es en un sentido preciso irracionalista ni escéptico.

ÉTICA (ethics)

Vid. FILOSOFÍA MORAL.

FACULTAD (faculty)

En un primer sentido significa cualquier rasgo o capacidad de la mente, esto es, puede denominar en Hume al entendimiento, la razón, la memoria o la imaginación; en un segundo sentido muy crítico, puede designar un término escolástico completamente carente de significado.

FANTASÍA (fancy)

Sinónimo en Hume de IMAGINACIÓN. Por una parte se define como la facultad de la mente que construye ficciones, esto es, el sentido propio de fantasía, pero por otro, Hume atribuye a ambas la capacidad de formar, combinar y separar las «imágenes internas» (vid. IMAGINACIÓN).

FILOSOFÍA MORAL (moral philosophy)

En su sentido genérico, y similar al actual, es sinónimo de ética; en su sentido restringido, que es el usado en alguna ocasión por Hume y que no se ha conservado hoy, en la medida en que para Hume y sus contemporáneos «asuntos morales» son todos los temas que no son objeto de las ciencias naturales, filosofía moral sería otro nombre para esa «ciencia del hombre» de la que Hume habla, la cual abarcaría en general lo que es el estudio de todos los componentes no reducibles de modo directo a un componente puramente físico o biológico, de la naturaleza y acción humanas.

FILOSOFÍA NATURAL (natural philosophy)

Lo que hoy entendemos por ciencias naturales, tanto las físicas como las biológicas.

HIPÓTESIS (hypothesis)

Tiene un doble sentido para Hume, al igual que para Newton. Un primer sentido legítimo, de intento de elucidación de la realidad necesitado de contrastación empírica, y un segundo sentido ilegítimo, de explicación cerrada de la realidad no contrastada ni contrastable. Este último sentido es el que, para Hume, se da en la teología natural y en la METAFÍSICA que la intenta justificar.

HUMANIDAD (humanity)

Benevolencia, una de las virtudes naturales para Hume; inclinación a tratar a los demás con consideración y sobre todo con compasión (vid. SIMPATÍA).

IDEAS (ideas)

Percepciones más débiles que las impresiones; imágenes de éstas en el pensamiento y en el razonamiento. Hume distingue entre ideas simples y complejas, según sean o no analizables en ideas más simples, e ideas de la memoria y de la imaginación, cuya distinción obedece principalmente a la mayor o menor vivacidad en la presentación ante la mente.

IDEAS ABSTRACTAS (abstract ideas)

Mera generalización de ideas particulares a las que damos un nombre genérico y a las que atribuimos —erróneamente— una entidad separada. Hume sigue en este punto casi por completo los pasos de la crítica de Berkeley.

IMAGINACIÓN (imagination)

Una de las dos facultades, junto a la memoria, que intervienen en el proceso mental de copia de las ideas. La memoria mantiene el «orden y posición original de sus ideas», mientras que la imaginación «compone y altera las suyas como le place». En la práctica es complicado distinguirlas; sí puede hacerse, según Hume, a la luz de las ideas que producen, ya que las ideas de la imaginación son «más débiles y oscuras». La imaginación tiene en Hume un carácter bipolar: por una parte, al ser la facultad reguladora de la asociación y, dentro de ella, del conocimiento causal, constituye el origen de nuestro único y precario —aunque suficiente— acceso al mundo; pero por otra, en tanto que FANTASÍA, es origen del error en la relación con ese problemático mundo.

IMPRESIONES (impressions)

Percepciones que se presentan ante la mente humana con la mayor fuerza y vivacidad. Hume distingue entre impresiones de sensación, que equivalen a lo que habitualmente denominamos impresiones, e impresiones de reflexión, que nacen a partir de impresiones e ideas anteriores; en la teoría de Hume, estas últimas son las pasiones. Dentro de las primeras, Hume a su vez distingue entre impresiones simples, que no son analizables en impresiones más simples, e impresiones complejas, que sí lo son. Esta distinción es extensible a las ideas.

MEMORIA (memory)

Facultad básica en la teoría del conocimiento de Hume y en su metafísica. Es una de las bases de nuestro conocimiento del mundo, por cuanto facilita el establecimiento de relaciones entre estadios y episodios inconexos. Es la base del YO.

METAFÍSICA (metaphysics)

Hume utiliza el término en sentido positivo para referirse a la crítica fundada de los principios y elementos del conocimiento; a saber, considera que, por ejemplo, todo su estudio de los conceptos de impresiones e ideas, de las ideas abstractas y de la sustancia, forma parte de la metafísica en su sentido positivo. En sentido negativo, Hume utiliza el término «metafísica» para referirse especialmente a la tradición racionalista de pensamiento, al menos en sus representantes menores y más alejados de la calidad filosófica que sin duda Hume reconoce a Descartes y a Malebranche. En este último sentido, «metafísica» designa una filosofía puramente especulativa e infundada, en especial debido a su alejamiento de la experiencia.

NATURALEZA HUMANA, CIENCIA DE LA (human nature, science of)

Objetivo final de la reforma filosófica emprendida por Hume. Sentido único del ejercicio filosófico.

PASIONES (passions)

En la obra de Hume hay muchas acepciones de este término. Básicamente las pasiones son los móviles de la conducta frente a la razón, que sería el mecanismo subordinado de obtención de los objetivos de las pasiones. Las pasiones y la razón no pueden enfrentarse, ya que ésta es inerte. Una definición estricta de las pasiones es la de impresiones secundarias o de reflexión, que nacen o bien de impresiones originales o de sensaciones previas o bien de ideas; pueden nacer también de ciertos instintos naturales. Para referirse a las pasiones, Hume usa de forma casi indistinta los términos passion, emotion y affection.

PERCEPCIÓN (perception)

Nombre general de todos los contenidos mentales, esto es, de las impresiones e ideas.

PROBABILIDAD (probability)

Grado de seguridad o evidencia, esto es, «evidencia todavía acompañada por la incertidumbre».

RACIONALISMO (rationalism)

Hume manifiesta una clara influencia de Descartes (reducción a elementos simples de la teoría del conocimiento), de Malebranche (concepto de voluntad) e incluso de Spinoza (conatus), pero se aleja claramente de cualquier predominio de la razón al hallarse al final de la Ilustración. Peter Gay ha venido a decir sobre este punto que al final de la Ilustración Hume volvió a la razón sobre sí misma para acabar destronándola de su lugar privilegiado en la filosofía.

RAZÓN (reason)

En la filosofía de Hume hay hasta siete conceptos diferentes de razón. En síntesis, es una facultad que se resuelve en sus dos operaciones básicas: el razonamiento demostrativo (acerca de relaciones de ideas) o analítico, y el razonamiento probable o inferencial (acerca de cuestiones de hecho).

RELACIÓN (relation)

Para Hume, el conocimiento no se refiere a objetos sino a relaciones, que pueden ser de dos tipos y generar dos tipos de conocimiento, a saber: relaciones entre ideas (conocimiento demostrativo) y relaciones entre hechos (conocimiento probable). Las relaciones son propiamente los objetos del conocimiento.

RELIGIÓN NATURAL (natural religion)

Ciencia que emplea la razón o cualquier capacidad natural del hombre para descubrir la naturaleza de la divinidad o divinidades y los deberes religiosos o morales correlacionados con este descubrimiento. Por extensión, discusión racional sobre la religión.

SIMPATÍA (sympathy)

Rasgo de la mente humana por el que somos capaces de participar de los sentimientos de otros, principalmente de su placer y de su dolor.

SUSTANCIA (sustance)

Supuesto ficticio requerido por la metafísica tradicional de carácter racionalista para pensar los objetos reales. En Hume se diluye en los fenómenos a los que supuestamente soporta.

VOLUNTAD (will)

Instancia de carácter pasional que se pone en marcha cuando el sujeto percibe que mediante sus actos puede alcanzar un placer o evitar un dolor. Al igual que en el caso del YO, la voluntad no existe sino en sus operaciones y, por tanto, es eliminada por Hume en un primer momento como instancia metafísica para después ser recuperada como instancia pasional.

YO (self)

Es aplicable a este concepto lo que Hume sostiene tanto sobre la sustancia como sobre la voluntad. Por un lado, no se precisa una sustancia elemental para pensar las propiedades fenoménicas del individuo humano y, por otro, se lo diluye en sus operaciones, principalmente en las pasionales. En Hume es sometido a un doble proceso de disolución racional y recuperación pasional.

BIBLIOGRAFÍA SELECTA

EDICIONES DE OBRA COMPLETA

The Clarendon Edition of the Works of David Hume, Oxford-Nueva York, Clarendon Press, Oxford University Press, desde 1998. Los títulos publicados hasta la fecha son:

– An Enquiry Concerning the Principles of Morals [ed. de T. L. Beauchamp], 1998.

– An Enquiry Concerning Human Understanding [ed. de T. L. Beauchamp], 2006.

– A Treatise of Human Nature [ed. de D. F. Norton y M. J. Norton], 2007.

– A Dissertation on the Passions. The Natural History of Religion [ed. de Tom L. Beauchamp], 2007.

The Philosophical Works of David Hume, 4 vols. [ed. de T. H. Green y T. H. Grose], Aalen (Darmstadt), Scientia Verlag, 1964.

TRADUCCIONES

David Hume, escritos epistolares [ed. de C. Mellizo], Madrid, Nóesis, 1998.

Del amor y el matrimonio y otros ensayos morales [ed. de C. Mellizo], Madrid, Alianza, 2006.

Diálogos sobre la religión natural [ed. de C. Mellizo], Madrid, Alianza, 1999.

Disertación sobre las pasiones y otros ensayos morales [introducción, traducción y notas de J. L. Tasset], Barcelona, Anthropos, 1990. (2.a ed., bilingüe, 2004.)

Ensayos económicos: Los orígenes del capitalismo moderno [ed. de J. Ugarte Pérez], Madrid, Biblioteca Nueva, 2008.

Ensayos morales y literarios [ed. de E. Trincado Aznar], Madrid, Tecnos, 2008.

Ensayos políticos [traducción e introducción de E. Tierno Galván], Madrid, Centro de Estudios Constitucionales, 1982. (1.a ed., Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1955.)

Escritos impíos y antirreligiosos [ed. de J. L. Tasset], Tres Cantos (Madrid), Akal, 2005.

Historia natural de la religión [trad. de C. Mellizo], Madrid, Tecnos, 2007.

Investigación sobre el conocimiento humano [prólogo, traducción y notas de J. de Salas Ortueta], Madrid, Alianza, 2001.

Investigación sobre los principios de la moral [prólogo, traducción y notas de C. Mellizo], Madrid, Alianza, 1993.

Resumen del «Tratado de la naturaleza humana» / Abstract of a Treatise of Human Nature [ed. bilingüe de J. L. Tasset], Barcelona, Literatura y Ciencia / Montesinos, 1999.

Sobre el suicidio y otros ensayos [ed. de C. Mellizo], Madrid, Alianza, 1995.

Tratado de la naturaleza humana, 2 vols. [traducción, introducción y notas de F. Duque], Madrid, Editora Nacional, 1977; 3 vols., Barcelona, Orbis, 1985; 1 vol., Madrid, Tecnos, 1988, 2002.

Tratado de la naturaleza humana. Ensayo para introducir el método del razonamiento experimental en los asuntos morales, 3 vols. [trad. de V. Viqueira], Madrid, Calpe, 1923. (Reeditada en diversos formatos en 1977, 1986 y 2004.)

OBRAS SOBRE HUME

ARDANAZ, M., G. LÓPEZ SASTRE, F. MARTÍN, Y. RUANO, J. DE SALAS ORTUETA, David Hume: perspectivas sobre su obra, Madrid, Editorial Complutense, 1998. [Contiene trabajos de los mejores especialistas sobre Hume en lengua española.]

AYER, A. J., Hume [trad. de J. C. Armero], Madrid, Alianza, 1988.

COSTA, M., El empirismo coherente de Hume, Buenos Aires, Trama Editorial/Prometeo Libros, 2003.

GARCÍA ROCA, J., Positivismo e Ilustración: la filosofía de David Hume, Valencia, Universidad de Valencia, 1981.

GARCÍA-BORRÓN, J. C., Empirismo e ilustración inglesa: de Hobbes a Hume [prólogo de C. París], Madrid, Cincel, 1985.

KLIBANSKY, R., E. C. MOSSNER, New letters of David Hume, Oxford, Clarendon Press, 1969.

LÓPEZ SASTRE, G. (ED.), David Hume: nuevas perspectivas sobre su obra, Cuenca, Universidad de Castilla-La Mancha, Servicio de Publicaciones, 2005. [Contiene trabajos de los mejores especialistas sobre Hume en lengua española, así como de algunos especialistas internacionales.]

MELLIZO, C., En torno a David Hume (Tres estudios de aproximación), Zamora, Monte Casino, 1978.

MOSSNER, E. C., The life of David Hume, Oxford, Clarendon, 2001.

NOXON, J., La evolución de la filosofía de Hume, Madrid, Revista de Occidente, 1974 (reedición, Madrid, Alianza, 1988).

RÁBADE ROMEO, S., Hume y el fenomenismo moderno, Madrid, Gredos, 1975.

RAWLS, J., Lecciones sobre historia de la filosofía moral, Barcelona, Paidós, 2001.

ROMERALES, E., Del empirismo soberano al parlamento de las ideas. El pensamiento británico hasta la ilustración, Madrid, Akal, 1997.

SALAS ORTUETA, J. DE, El conocimiento del mundo externo y el problema crítico en Leibniz y en Hume, Granada, Universidad de Granada, 1977.

STROUD, B., Hume, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1995.

TASSET, J. L., «El empirismo. Una introducción a sus posiciones esenciales», en Historia universal del pensamiento filosófico [ed. de A. Segura], Madrid, Síntesis, 2007, págs. 615-664.

____ , La ética y las pasiones. Un estudio de la filosofía moral y política de David Hume, A Coruña, Universidade da Coruña, 1999.

MI VIDA

Traducción y notas de

CARLOS MELLIZO

NOTA DE TRADUCCIÓN

La presente traducción, inédita, se basa en My Own Life, incluida en The Letters of David Hume [ed. de J. Y. T. Greig], Oxford, Clarendon Press, 1932 (2.a ed., 1969), vol. II.

Es difícil para un hombre hablar mucho de sí mismo sin vanidad. Por lo tanto, seré breve. Puede que se piense que es ya un ejemplo de vanidad el hecho de que yo pretenda hablar en absoluto de mi vida. Pero esta narración apenas si contendrá algo más que la historia de mis escritos, pues, ciertamente, mi vida entera ha estado dedicada a empresas y ocupaciones literarias; y la suerte que corrieron la mayoría de mis escritos no fue tal que pudiera convertirse en objeto de vanidad.

Nací en Edimburgo el 26 de abril de 1711, old style.1 Vine de buena familia, tanto por parte de padre como de madre. Mi familia paterna es descendiente del conde de Home, o Hume, y mis antepasados habían sido propietarios durante varias generaciones de la hacienda que ahora posee mi hermano. Mi madre era hija de Sir David Falconer, presidente del College of Justice; el título de Lord Halkerton recayó por sucesión en su hermano.

Mi familia, sin embargo, no era rica. Y siendo yo hermano menor, mi patrimonio, de acuerdo con las modas de mi país, fue naturalmente muy escaso. Mi padre, que pasó por ser un hombre de talento, murió cuando yo era niño, dejándome, con un hermano mayor y una hermana, bajo el cuidado de nuestra madre, mujer de un mérito singular, la cual, aunque joven y hermosa, se dedicó enteramente a la crianza y educación de sus hijos. Pasé con éxito el período ordinario de enseñanza, y desde muy temprano se apoderó de mí una pasión por la literatura que ha sido la pasión dominante de mi vida y la gran fuente de mis satisfacciones. Mi disposición estudiosa, mi sobriedad y mi aplicación hicieron pensar a mi familia que el Derecho era la profesión adecuada para mí, pero yo descubrí tener una aversión insuperable por todo, excepto por las faenas de la filosofía y el conocimiento en general; y mientras ellos imaginaban que estaba dedicándome a estudiar detenidamente a Voet y Vinius, los autores que yo devoraba en secreto eran Cicerón y Virgilio.

Sin embargo, al ser mi muy escasa fortuna inadecuada para este plan de vida, y al verse mi salud algo dañada como consecuencia de mi ardiente aplicación, fui tentado o, mejor dicho, forzado a hacer un muy débil ensayo por entrar en escenario de vida más activo. En 1734 fui a Bristol con algunas recomendaciones para una serie de distinguidos comerciantes. Pero al cabo de unos pocos meses descubrí que aquel escenario no me iba en absoluto. Marché a Francia con la idea de continuar mis estudios en un retiro campestre, y allí puse por obra ese plan de vida que desde entonces he seguido regularmente y con éxito. Decidí hacer que una muy estricta frugalidad supliera mi falta de fortuna, mantener mi independencia incólume, y despreciar toda otra cosa que no fuera el desarrollo de mis talentos en literatura.

Durante mi retiro en Francia, primero en Reims pero principalmente en La Flèche, en Anjou, compuse mi Tratado de la naturaleza humana. Después de pasar tres años muy agradablemente en ese país, vine a Londres en 1737. A fines de 1738 publiqué mi Tratado, e inmediatamente después me fui con mi madre y mi hermano, que vivía en su casa de campo y se dedicaba muy juiciosa y exitosamente al aumento de su fortuna.

Jamás intento literario fue más desafortunado que mi Tratado de la naturaleza humana. Murió nada más salir de la imprenta, sin alcanzar siquiera la distinción de suscitar murmullos de desaprobación entre los fanáticos. Pero siendo yo naturalmente de temperamento alegre y optimista, pronto me recuperé del golpe y proseguí con gran ardor mis estudios en el campo. En 1742 imprimí en Edimburgo la primera parte de mis Ensayos. La obra fue recibida favorablemente, y pronto me hizo olvidar por completo mi anterior decepción. Continué en el campo con mi madre y con mi hermano, y en esa época recuperé el conocimiento de la lengua griega, que había descuidado mucho en mi primera juventud.

En 1745 recibí una carta del marqués de Annandale, invitándome a ir a vivir con él en Inglaterra. Supe también que los amigos y la familia de aquel joven noble estaban deseosos de ponerlo bajo mi cuidado y dirección, pues el estado de su mente y de su salud lo requería. Viví con él doce meses. Mis cargos durante ese tiempo supusieron un aumento considerable de mi pequeña fortuna. Recibí después una invitación del general St. Clair para entrar a su servicio como secretario en una expedición suya que al principio estuvo planeada contra Canadá, pero que luego terminó en una incursión a la costa de Francia. Al año siguiente, es decir, en 1747, recibí una invitación del general para servirle en la misma capacidad en su embajada a las cortes de Viena y Turín. Vestí entonces el uniforme de oficial y fui presentado en esas cortes como ayuda de campo del general, junto con Sir Harry Erskine y el capitán Grant, hoy general Grant. Estos dos años fueron casi las dos únicas interrupciones que mis estudios han tenido en el curso de mi vida. Los pasé agradablemente y en buena compañía; y mis cargos, junto con mi frugalidad, hicieron que llegara a poseer una fortuna que yo llamaba independiente, aunque mis amigos tendían a sonreírse cuando lo decía así. En suma, era ahora dueño de casi mil libras.

Siempre había albergado la opinión de que mi falta de éxito al publicar mi Tratado de la naturaleza humana había procedido más del cómo que del qué, y que yo había sido culpable de una indiscreción muy común yendo con el libro a la imprenta demasiado pronto. Por consiguiente, refundí la primera parte de esa obra en mi Investigación sobre el entendimiento humano, que se publicó cuando yo estaba en Turín. Pero esta pieza tuvo al principio poco más éxito que el Tratado de la naturaleza humana. A mi regreso de Italia, padecí la mortificación de encontrarme a toda Inglaterra agitada a cuenta del Free Enquiry del Dr. Middleton, mientras que mi trabajo había sido enteramente pasado por alto y desatendido. Una nueva edición de mis Ensayos morales y políticos, que se había publicado en Londres, tampoco encontró recepción mucho mejor.

Tal es la fuerza del temperamento natural, que estos desengaños hicieron poca o ninguna impresión en mí. En 1749 me fui a la casa de campo de mi hermano y viví con él dos años, pues ya mi madre estaba muerta. Allí compuse la segunda parte de mis Ensayos, que titulé Discursos políticos, y también mi Investigación sobre los principios de la moral, que es otra parte de mi Tratado refundida de nuevo. Entre tanto, mi librero, A. Millar, me informó que mis publicaciones anteriores (todas ellas, excepto el desafortunado Tratado) empezaban a ser tema de conversación; que su venta iba aumentando gradualmente y que se pedían nuevas ediciones. Refutaciones provenientes de reverendos y obispos aparecieron dos o tres en un año; y descubrí, a juzgar por las insolencias del Dr. Warburton, que los libros empezaban a ser estimados entre gente respetable. Sin embargo, había tomado la resolución, que mantuve inflexiblemente, de no replicar nunca a nadie; y como no soy de temperamento muy irascible, he logrado fácilmente mantenerme al margen de toda disputa literaria. Estos síntomas de ir adquiriendo una fama creciente me dieron ánimo, pues siempre estuve más dispuesto a ver el lado favorable de las cosas, que el desfavorable: una manera de ser que reporta más felicidad que el haber nacido con una renta heredada de diez mil libras anuales.

En 1751 me mudé del campo a la ciudad, el verdadero escenario para un hombre de letras. En 1752 se publicaron en Edimburgo, donde yo entonces vivía, mis Discursos políticos, la única de mis obras que alcanzó el éxito desde su primera publicación. Fue bien recibida fuera y dentro de mi país. En ese mismo año se publicó en Londres mi Investigación sobre los principios de la moral, que en mi opinión (aunque yo no debería juzgar sobre este asunto) es incomparablemente el mejor de todos mis escritos históricos, filosóficos o literarios. Vino al mundo sin ser notado ni observado.

En 1752 la Facultad de Abogados me escogió como bibliotecario suyo, cargo por el que apenas recibí emolumento alguno, pero que puso bajo mi dirección una vasta biblioteca. Entonces me formé el plan de escribir la historia de Inglaterra; pero asustado ante la idea de componer una narración continua que cubriese un período de 1700 años, comencé con el acceso al trono de la casa Estuardo, una época en la que pensé que las tergiversaciones partidistas habían empezado por lo general a tener lugar. Reconozco que fui demasiado entusiasta en mis esperanzas acerca del éxito de esta obra. Pensaba que yo era el único historiador que había prescindido por completo del poder, los intereses y la autoridad presentes, así como del clamor de los prejuicios populares; y como el asunto estaba al alcance de cualquier inteligencia, confiaba en recibir proporcional aplauso. Pero amargo fue mi desengaño: fui asaltado por un grito de desaprobación, de reproche y aun de aborrecimiento. El inglés, el escocés, el irlandés, el Whig y el Tory, el eclesiástico y el disidente, el librepensador y el religioso, el patriota y el cortesano —todos se unieron en su rabia contra el hombre que se había aventurado a verter una generosa lágrima por el destino de Carlos I y el conde de Strafford—. Y cuando se extinguieron las primeras ebulliciones de su furia, lo cual fue todavía más mortificante, el libro pareció hundirse en el olvido. Mr. Millar me dijo que en doce meses había vendido solamente cinco ejemplares de la obra. Apenas si oí de algún hombre en los tres reinos, importante por su rango o por su prestigio en el mundo de las letras, que hubiera podido soportar el libro. Las únicas dos excepciones fueron el Dr. Herring, primado de Inglaterra, y el Dr. Stone, primado de Irlanda —dos extrañas excepciones—. Estos dignos prelados me enviaron mensajes por separado, urgiéndome a que no me desanimara.

Pero yo estaba, lo confieso, desanimado. Y si no hubiera estallado entonces la guerra entre Francia e Inglaterra, sin duda me habría retirado a alguna ciudad provinciana de aquel reino, me habría cambiado de nombre y jamás habría regresado a mi país natal. Pero como este plan no era ahora practicable, y el volumen siguiente estaba ya bastante avanzado, resolví cobrar ánimos y perseverar.

En este intervalo publiqué en Londres mi Historia natural de la religión, junto con otras piezas menores. Su entrada en el ámbito público fue bastante oscura, con la única excepción de que el Dr. Hurd escribió contra el libro un panfleto marcado por toda la intolerante petulancia, arrogancia y grosería que distinguen a la escuela warburtoniana. Este panfleto me dio algún consuelo y sirvió para compensar la indiferencia con que, por lo demás, fue recibido mi trabajo.

En 1756, dos años después del fracaso del primer volumen, se publicó el segundo volumen de mi Historia [de Inglaterra], cubriendo el período que va de la muerte de Carlos I hasta la Revolución. Este trabajo pareció disgustar menos a los Whigs y fue mejor recibido. No sólo se mantuvo en pie por sí mismo, sino que también ayudó a levantarse a su desafortunado hermano.

Pero aunque yo había aprendido por experiencia que el partido Whig tenía el poder de otorgar todos los puestos, tanto en el Estado como en el mundo de las letras, me vi tan poco inclinado a ceder a su insensato griterío, que en las más de cien alteraciones que ulteriores estudios, lecturas o reflexiones me obligaron a introducir en los reinados de los dos primeros Estuardos, los cambios que hice fueron siempre, invariablemente, a favor del partido Tory. Es ridículo considerar la constitución inglesa anterior a ese período como un plan regular de libertad.

En 1759 publiqué mi Historia de la casa Tudor. El griterío contra esta obra fue casi igual que el que se había levantado contra la historia de los dos primeros Estuardos. El reino de Isabel resultó particularmente odioso. Pero ya estaba yo inmunizado contra las reacciones de la estupidez pública, y continué muy pacífica y agradablemente en mi retiro de Edimburgo, terminando allí en dos volúmenes la parte más temprana de la historia inglesa, que di al público en 1761, con un tolerable, y nada más que tolerable, éxito.

Mas a pesar de esta variedad de vientos y estaciones a los que habían estado expuestos mis escritos, habían continuado haciendo tales progresos, que el dinero por la venta de ejemplares que me dieron los libreros excedió con mucho cualquier otra cantidad conocida hasta entonces en Inglaterra. Llegué a convertirme, no sólo en un hombre económicamente independiente, sino en opulento. Me retiré a mi país natal de Escocia, resuelto a no poner jamás el pie en ningún otro sitio, y conservando la satisfacción de no haber presentado nunca una solicitud a un hombre importante, o ni siquiera de haber dado señales de desear la amistad de ninguno de ellos. Como para entonces ya había cumplido los cincuenta, pensaba pasar el resto de mi vida de esta manera filosófica, cuando, en 1763, recibí una invitación del conde de Hertford, a quien yo no conocía en absoluto, para que lo acompañase en su embajada a París, con el inmediato prospecto de ser nombrado secretario de Embajada y de desempeñar las funciones del cargo mientras me llegase el nombramiento. A pesar de lo atractivo de esta oferta, al principio la rechacé por dos razones: porque estaba poco dispuesto a relacionarme con los grandes, y porque temía que los refinamientos y el contacto con la sociedad disoluta de París resultarían desagradables para una persona de mi edad y disposición. Pero al insistir su señoría en la invitación, acepté. Tengo muchos motivos, tanto de placer como de interés, para considerarme afortunado por mi relación con aquel noble, así como, posteriormente, con su hermano, el general Conway.

Quienes no hayan visto los extraños efectos de las modas no podrán nunca imaginar el recibimiento con que me encontré en París, compuesto de hombres y mujeres de todo rango y posición social. Cuanto más me apartaba de sus excesivas cortesías, más abrumado me veía de ellas. Hay, sin embargo, una verdadera satisfacción en el hecho de vivir en París, debida al gran número de personas con sensibilidad, conocimiento y buena educación, que abundan en esa ciudad más que en ningún otro lugar del universo. Una vez tuve el pensamiento de instalarme allí de por vida.

Fui nombrado secretario de Embajada; y en el verano de 1765 Lord Hertford me dejó, al haber sido nombrado Lord Lieutenant de Irlanda. Fui chargé d’affaires hasta la llegada del duque de Richmond, a finales de año. A principios de 1766 dejé París, y al verano siguiente me fui a Edimburgo con la misma idea que antes había tenido, de enterrarme en un retiro filosófico. Volví a aquel lugar, no más rico, pero sí con mucho más dinero y con ingresos mucho mayores —por mediación de mi amistad con Lord Hertford— que cuando lo había dejado. Y estaba deseoso de ver lo que la abundancia podía producir, pues ya había experimentado antes lo que era meramente subsistir. Pero en 1767 recibí de Mr. Conway una invitación para ser subsecretario. Tanto el carácter de la persona como mis relaciones con Lord Hertford me impidieron rehusar. Regresé a Edimburgo en 1769, muy opulento (pues poseía unos ingresos de mil libras anuales), con buena salud y, aunque algo abatido por los años, con la esperanza de disfrutar por mucho tiempo de mi situación desahogada, y de ver aumentar mi fama.

En la primavera de 1775 fui afectado por una enfermedad en los intestinos que al principio no me produjo alarma, pero que, según entiendo, se ha convertido en mortal e incurable. Ahora cuento con que la disolución será rápida. He sufrido muy poco dolor como consecuencia de mi enfermedad; y lo que es más curioso, en ningún momento he sufrido depresión de ánimo, a pesar de la gran decaída que ha experimentado mi persona. Hasta tal punto es ello así, que si fuera a nombrar un período de mi vida por el que escogiera pasar de nuevo, puede que estuviera tentado a mencionar este último período. Poseo el mismo entusiasmo de siempre en el estudio, y la misma alegría en sociedad. Considero, además, que un hombre de sesenta y cinco años, muriendo, se limita a cortar unos pocos años de molestias; y aunque veo muchos síntomas de que mi reputación literaria está por fin expandiéndose con mayor lustre que nunca, siempre supe que tendría pocos años para disfrutarla. Es difícil estar más desprendido de la vida de lo que yo lo estoy en el presente.

Para concluir históricamente con mi propio carácter: soy, o mejor, he sido (pues ése es el estilo que debo ahora emplear al hablar de mí mismo, estilo que me anima más a expresar mis sentimientos), he sido —decía— un hombre de disposición benigna, dueño de su temperamento, de personalidad abierta, sociable y alegre, capaz de encariñarse, poco susceptible de enemistad, y de una gran moderación en todas mis pasiones. Y ni siquiera mi amor a la fama literaria, mi pasión dominante, llegó jamás a amargarme el carácter, a pesar de mis frecuentes desengaños. Mi compañía no le resultó inaceptable ni al joven y despreocupado, ni al estudioso y literato. Y como encontré una particular satisfacción estando en compañía de mujeres recatadas y prudentes, no tengo razón para estar descontento con la acogida que me dispensaron. En una palabra, aunque la mayoría de los hombres de cierta eminencia han encontrado motivos para quejarse de calumnia, yo jamás fui herido, ni siquiera atacado, por sus funestos colmillos; y aunque abiertamente me expuse al furor de facciones tanto religiosas como civiles, éstas parecieron quedar desarmadas, en mi provecho, de su furia habitual. Mis amigos jamás tuvieron ocasión de vindicar alguna circunstancia de mi carácter y conducta. No es que los fanáticos, como bien podemos suponer, no se hubieran alegrado de poder inventar y propagar alguna historia para hacerme daño; pero jamás lograron encontrar ninguna que pensaran pudiera tener aspecto de probable. No puedo decir que no haya vanidad en hacer esta oración funeral de mí mismo, pero espero que no esté fuera de lugar; y es éste un asunto de hecho que puede ser fácilmente probado y comprobado.

18 de abril de 1766

1 Manera de registrar fechas según el Calendario Juliano, usada en Gran Bretaña hasta el 2 de septiembre de 1752, y en Rusia hasta 1917.

CARTA DE UN CABALLERO A SU AMIGO EN EDIMBURGO

Traducción y notas de

CARLOS MELLIZO

NOTA DE TRADUCCIÓN

La presente traducción, inédita, se basa en A Letter from a Gentleman to his Friend in Edinburgh: Containing some Observations on A Specimen of the Principles concerning Religion and Morality said to be maintain’ed in a Book lately pulish’d, intituled, A Treatise of Human Nature, &c. [ed. de E. C. Mossner y J. V. Price], Edimburgo, Edinburgh University Press, 1967. Se han introducido alteraciones menores de carácter tipográfico y de puntuación. Las numeraciones entre paréntesis en el Espécimen se refieren a las páginas del Tratado de la naturaleza humana de donde las citas están tomadas: edición de J. Noon para los volúmenes I y II (1739) y edición de T. Longman para el volumen III (1740).

Señor:

He leído el Espécimen de los principios concernientes a la religión y a la moral que se dice son mantenidos en un libro publicado últimamente, titulado Tratado de la naturaleza humana: Intento de introducir el método experimental de razonamiento en los asuntos morales. También he leído el Sumario de Cargos. Me dice usted que esas acusaciones han sido afanosamente esparcidas por doquier, y que alguien las puso en sus manos hace unos días.

Yo estaba persuadido de que el griterío contra un autor acusándolo de escepticismo, ateísmo, etc., había sido utilizado con tanta frecuencia por los hombres peores contra los mejores, que en la actualidad había ya perdido toda su influencia; y nunca se me hubiera ocurrido hacer observación alguna sobre estos fragmentos mutilados, si Vd. no me lo hubiese ordenado como pieza de justicia básica para el autor, y para sacar de su equivocación a muchas gentes de buena fe, sobre las que tan enormes acusaciones parecen haber hecho profunda impresión. Insertaré el texto acusatorio completo, y luego entraré regularmente en lo que se llama el Sumario de Cargos, pues supongo que éste contiene la sustancia del todo. Iré citando del Espécimen conforme vaya procediendo.

ESPÉCIMEN DE LOS PRINCIPIOS ACERCA DE LA RELIGIÓN Y LA MORAL, ETC.

El autor pone en su página titular (vol. I, impreso por J. Noon, 1739) un pasaje de Tácito que dice así: «Rara felicidad de los tiempos en que se le permite a uno pensar como quiere y hablar como piensa».1

Expresa su deferencia hacia el público con estas palabras (Advertencia, pág. 2):

«La aprobación del público la considero como la mayor recompensa a mis trabajos. Y estoy decidido a considerar su juicio, cualquiera que éste sea, como mi mejor enseñanza».

Nos da una visión condensada de su filosofía desde la pág. 458 hasta la 470. — «Estoy confundido con esta soledad en la que me encuentro con mi filosofía. Me he expuesto a la enemistad de todos los metafísicos, lógicos, e incluso teólogos. — He declarado mi desaprobación de sus sistemas. — Cuando me miro dentro de mí mismo, no encuentro nada más que duda e ignorancia. Todo el mundo conspira para oponérseme y contradecirme; y tal es mi debilidad, que siento que todas mis opiniones se descomponen y derrumban cuando les falta la aprobación de otros. (460) — ¿Puedo estar seguro de que, dejando todas las opiniones establecidas, estoy siguiendo la Verdad? ¿Y conforme a qué criterio podré distinguirla, incluso si la Fortuna me guía por fin hasta su rastro? Tras el más exacto y preciso de mis razonamientos, no puedo encontrar razón de por qué debería darle mi asentimiento; y lo único que siento es una fuerte propensión a considerar los objetos enérgicamente en la apariencia bajo la que se me ofrecen. (461) — La memoria, los sentidos, y el entendimiento están todos ellos fundados en la imaginación. — No es de extrañar que un principio tan inconstante y falaz nos lleve a errores cuando es implícitamente seguido (como debe ser el caso) en todas sus variaciones. (464) — Ya he mostrado que el entendimiento, cuando actúa en solitario y conforme a sus principios más generales, se destruye enteramente a sí mismo y no deja en pie el menor grado de evidencia en ninguna proposición, ya sea en filosofía o en la vida ordinaria. (465-466) — No nos queda más opción que elegir entre una falsa razón, o ninguna razón en absoluto. (467) — ¿Dónde estoy o qué soy? ¿De qué causas derivo mi existencia y a qué condición he de retornar? ¿El favor de quién debo solicitar y la ira de quién debo temer? ¿Qué seres me rodean? ¿Sobre quién tengo alguna influencia, y quién tiene alguna influencia sobre mí? Estoy confundido con todas estas cuestiones, y empiezo a pensar que me encuentro en la peor condición imaginable, rodeado de la más densa oscuridad y totalmente desprovisto del uso de todo miembro y facultad. (468) — Si debo ser un loco, como ciertamente lo son todos los que razonan o creen en alguna cosa, que mis locuras sean al menos naturales y agradables. (469) — En todos los incidentes de la vida deberíamos preservar nuestro escepticismo; si creemos que el fuego calienta, o que el agua refresca, ello es sólo porque nos cuesta demasiado trabajo pensar de otra manera. Y si somos filósofos, ello debería ser basándonos exclusivamente en principios escépticos. (470) — No puedo impedir tener curiosidad por familiarizarme con los principios del bien y del mal morales, etcétera. Estoy preocupado por la condición del mundo docto y erudito, el cual yace bajo tan deplorable ignorancia acerca de todos estos particulares. Siento que crece en mí la ambición de contribuir a la instrucción de la humanidad y de adquirir un nombre como resultado de mis invenciones y descubrimientos. — Si intentara anular estos sentimientos, tengo la sensación de que saldría perdiendo en lo que se refiere a conseguir placer; y éste es el origen de mi filosofía.»

Siguiendo esta exposición resumida, nos dice en la página 123: «Fijemos la atención fuera de nosotros tanto como nos sea posible. — En realidad nunca avanzamos un paso más allá de nosotros mismos, ni podemos concebir ninguna clase de existencia, excepto las percepciones que han aparecido en ese estrecho ámbito: éste es el universo de la imaginación, y no tenemos otra idea además de lo que es allí producido». — De acuerdo con esto, «una opinión o creencia puede ser definida con la máxima exactitud diciendo que es (172) una idea vivaz asociada con una impresión presente; (321) y es propiamente un acto de la parte sensitiva, más que de la parte cognitiva de nuestras naturalezas». (363) Y «la creencia, en general, no consiste en otra cosa sino en la vivacidad de una idea. (122) A su vez, la idea de existencia es exactamente lo mismo que la idea de lo que concebimos como existente. — Cualquier idea que nos complazcamos en formarnos es la idea de un ser; y la idea de un ser es cualquier idea que nos complazcamos en formarnos. Y en lo que se refiere a la noción de existencia exterior, tomada como algo específicamente diferente de nuestras percepciones, ya hemos mostrado que es un absurdo. (330) — Y lo que llamamos mente no es otra cosa que un montón o colección de percepciones diferentes, unidas por ciertas relaciones (361) que se supone, si bien falsamente, que están dotadas de una perfecta simplicidad». (370) — Y «la única existencia de la que estamos ciertos es la de las percepciones. (438) — Cuando entro de manera muy íntima en lo que llamo mi propio yo, siempre me tropiezo con ésta o aquella percepción particular. Jamás, en ningún momento, puedo sorprenderme a mí mismo sin una percepción, y nunca puedo observar ninguna cosa excepto la percepción misma. (439) — Si alguien piensa que tiene una noción diferente de sí mismo, debo confesar que yo no puedo razonar con él. — Del resto del género humano puedo aventurarme a afirmar que cada individuo no es más que un hato de percepciones sucediéndose las unas a las otras con una rapidez inconcebible, y en un perpetuo flujo y movimiento».

Y por si el lector olvidara aplicar todo esto a la Mente Suprema y a la existencia de una Primera Causa, el libro contiene una larga disquisición acerca de las causas y los efectos, que, en suma, viene a decir esto: (321) que todos nuestros razonamientos acerca de las causas y los efectos (138) no se derivan de otra cosa que de la costumbre; que «si alguien pretendiera definir una causa diciendo que es algo que produce otra cosa, es evidente que no estaría diciendo nada, pues ¿qué quiere significarse con la palabra producción?» (298) — Que «podemos definir una causa diciendo que es un objeto precedente y contiguo a otro, y donde todos los objetos que se asemejan al primero son puestos en relaciones semejantes de precedencia y contigüidad respecto a los objetos que se asemejan al segundo»; o que «una causa es un objeto precedente y contiguo a otro, y tan unido a él que la idea de uno hace que la mente se forme también la idea del otro, y que la impresión de uno hace que se forme una idea más vivaz del otro».

De estas claras y simples definiciones el autor infiere que «todas las causas son de la misma clase» y que «no hay fundamento para establecer una distinción entre causas eficientes y causas sine qua non; o entre causas eficientes y causas formales, materiales, ejemplares y finales». (300-301) — Y que «sólo hay una clase de necesidad, y la distinción que a menudo hacemos entre el poder y el ejercicio de éste carece igualmente de fundamento». Y que «la necesidad de que haya una causa para cada ser que existe no está fundada en argumentos, ni demostrativos ni intuitivos». Y, finalmente, que «cualquier cosa puede producir cualquier otra cosa. Creación, aniquilación, movimiento, razón, volición: todas estas cosas pueden surgir las unas de las otras, o de cualquier otro objeto que podamos imaginar». El autor repite a menudo esa fórmula mágica —págs. 430, 434—. Y de nuevo nos dice (284) «que cuando hablamos de cualquier ser, ya sea de naturaleza superior o inferior, como de algo dotado de un poder o fuerza proporcionados a un efecto, en realidad no lo hacemos con un significado claro, y sólo estamos haciendo uso de palabras comunes, sin ideas determinadas y distintas». (294) — Y que «si no tenemos realmente idea de poder o eficacia en ningún objeto, o de una conexión real entre causas y efectos, servirá de poco probar que una eficacia es necesaria en todas las operaciones. No entendemos lo que queremos decir cuando hablamos así. De manera ignorante confundimos ideas que están distintamente separadas las unas de las otras». Nuevamente afirma (291) que «la eficacia o energía de las causas no reside ni en las causas mismas, ni en la Deidad, ni en la concurrencia de estos dos principios sino que pertenece enteramente al alma (o hato de percepciones), la cual considera la unión de dos o más objetos en todos los casos pasados: es ahí donde reside el verdadero poder de las causas, junto con su conexión y necesidad. En conclusión, lo que podemos observar es una conjunción o relación de causa y efecto entre diferentes percepciones, pero nunca la observamos entre percepciones y objetos». «Es imposible, por tanto, que de la existencia o de alguna de las cualidades de la primera [causa], podamos jamás formarnos conclusión alguna respecto a la existencia del segundo [efecto], o incluso satisfacer nuestra razón en este particular con respecto a la existencia de un Ser Supremo. Es bien sabido que el principio que dice Todo lo que comienza a existir ha de tener una causa de su existencia es el primer paso en el argumento a favor de la existencia de una Causa Primera; y que sin él, es imposible dar un paso más en ese argumento. Ahora bien, el autor, a partir de la página 141, hace un gran esfuerzo para desbaratar esa máxima y para mostrar que «no es cierta, ni intuitiva ni demostrativamente». Y dice (173): «La razón nunca puede probarnos satisfactoriamente que la existencia de un objeto implica la existencia de otro. De tal manera, que cuando pasamos de la impresión de uno a la idea y creencia del otro, no estamos determinados por la razón, sino por la costumbre». En una nota marginal de la página precedente (172), dice que «en la proposición Dios existe, o en cualquier otra proposición que se refiera a la existencia, la idea de existencia no es una idea distinta que unimos a la idea del objeto y que en virtud de esa unión es capaz de formar una idea compuesta». En lo que se refiere al principio de que La Deidad es el Primer Motor del Universo, quien primero creó la materia y le dio su impulso original, y de igual modo la mantiene en la existencia y sucesivamente le otorga todos sus movimientos, dice el autor (280): «Esta opinión es ciertamente muy curiosa, pero resultará superfluo que yo la examine en este lugar. — Pues si toda idea se deriva de una impresión, la idea de una Deidad habría de proceder del mismo origen; y si no hay impresión que implique fuerza o eficacia alguna, será igualmente imposible descubrir, o incluso imaginar, un tal principio activo en la Deidad. — De acuerdo con esto, los filósofos han concluido que no podemos asignarle a la materia ningún principio de eficacia, pues es imposible descubrir en ella un tal principio; el mismo curso de razonamiento les llevaría a excluir del Ser Supremo un principio así. Pero si estiman que una tal opinión es absurda e impía —como realmente es—, yo les diré cómo evitarla: concluyendo desde un principio que no tienen una idea adecuada de poder o eficacia en objeto alguno, pues no pueden descubrir ningún ejemplo de dicho poder o eficacia en ningún cuerpo ni en ningún espíritu, ni en las naturalezas superiores ni en las inferiores». Y añade (432): «No tenemos idea de un ser dotado de poder alguno, ni, mucho menos, de un ser dotado de un poder infinito».

Por lo que se refiere a la inmaterialidad del alma (sobre la que se funda el argumento en favor de su inmortalidad, o que no puede perecer por disolución como el cuerpo), nos dice (431):

«Podemos ciertamente concluir que el movimiento puede ser, y que de hecho es la causa del pensamiento y la percepción. Y no es de extrañar (434) que cualquier cosa pueda ser la causa o el efecto de cualquier otra cosa, lo cual da la ventaja a los materialistas sobre sus adversarios». Y todavía más claramente (418): «Afirmo —nos dice—, que la doctrina de la inmaterialidad, simplicidad e indivisibilidad de una sustancia pensante es un auténtico ateísmo, y sólo serviría para justificar todos esos sentimientos por los que Spinoza es tan universalmente condenado». (419) Esta horrenda hipótesis es [según el autor] casi la misma que la de la inmaterialidad del alma, la cual se ha hecho tan popular. Y de nuevo se afana en probar (423) que todos los absurdos que se han encontrado en los sistemas de Spinoza, pueden ser igualmente descubiertos en los de los teólogos. Y concluye diciendo (425) que «no podemos avanzar ni un paso para establecer la simplicidad e inmaterialidad del alma, sin preparar al mismo tiempo el camino hacia un peligroso e irremediable ateísmo».

Los sentimientos del autor acerca de la moral los tenemos en el volumen 3, impreso por T. Longman en 1740. Allí nos dice (5) «que la razón no tiene influencia sobre nuestras pasiones y acciones; las acciones pueden ser laudables o censurables, pero no pueden ser razonables o irrazonables. (19) Que todos los seres del Universo, considerados en sí mismos, parecen estar enteramente sueltos y separados los unos de los otros. Es sólo mediante la experiencia como tenemos noticia de su influencia y conexión, y esta influencia no deberíamos extenderla nunca más allá de la experiencia».

Hace grandes esfuerzos por probar, a partir de la página 37, que la justicia no es una virtud natural, sino artificial. Y da una razón bastante extraña para ello (128): «Podemos concluir», dice, «que las leyes de la justicia, al ser universales y perfectamente inflexibles, nunca pueden derivarse de la Naturaleza». (101) «Supongamos», nos dice, «que una persona me ha prestado una suma de dinero bajo la condición de que yo se la devuelva en el plazo de unos días; y supongamos también que, expirado el plazo convenido, me pide esa suma. Yo pregunto: ¿Qué razón o motivo tengo para devolverle el dinero?». (43) «El interés público no está vinculado naturalmente a la observación de las reglas de la justicia; únicamente está conectado con ella después de que una convención artificial se pronuncia a favor del establecimiento de estas reglas.» (48) «A menos que admitamos que la Naturaleza ha establecido una sofistería y la ha hecho necesaria e inevitable, hemos de conceder que el sentido de justicia y de injusticia no se deriva de la Naturaleza, sino que surge artificialmente, si bien necesariamente, de la educación y de las convenciones humanas.» (69) «He aquí una proposición que creo puede considerarse verdadera: Que es solamente del egoísmo y de la limitada generosidad de los hombres, además de la escasa provisión que ha hecho la Naturaleza para satisfacer sus necesidades, de lo que la justicia deriva su origen. Las impresiones que hacen que surja este sentido de la justicia no son naturales al alma del ser humano, sino que provienen del artificio y de las convenciones humanas.» (734) «Sin convenciones así, jamás habría soñado nadie que había tal cosa como una Virtud de la Justicia, ni nadie habría sido inducido a actuar conforme a ella. Considerado cualquier acto en sí mismo, mi justicia puede ser perniciosa en cada respecto; y es sólo en la suposición de que otros van a imitar mi ejemplo, cuando soy inducido a abrazar esa virtud; pues es sólo la vida en sociedad lo que puede hacer de la justicia algo ventajoso, o proporcionarme un motivo para actuar conforme a sus reglas.» (44) «Y, en general, puede afirmarse que no hay en las almas humanas una pasión como la del Amor a la Humanidad, independiente de las cualidades personales, del servicio, o de la relación con nuestro propio yo.»

Mr. Hobbs,2 que hizo todo lo posible por librarse de todas las demás obligaciones naturales, juzgó necesario, por lo menos, dejar en pie o fingir dejar en pie la obligación de cumplir con las promesas y los pactos. Pero nuestro autor propina un golpe mucho más rotundo cuando dice: (101) «El hecho de que la regla moral que nos manda cumplir las promesas no es natural, se desprende con suficiente claridad de estas dos proposiciones: Que una promesa no es inteligible antes de que las convenciones humanas la hayan establecido; y que, incluso si fuera inteligible, no sería acompañada de ninguna obligación moral». Y concluye afirmando (114) «que las promesas no imponen ninguna obligación natural». Y en la página 115 dice así: «Observaré, además, que como cada nueva promesa impone una nueva obligación moral en la persona que promete, y como esta nueva obligación surge de su voluntad, es una de las más misteriosas e incomprensibles operaciones que pueden imaginarse; y puede incluso compararse a la Transustanciación o a las Órdenes Sagradas, donde ocurre que una cierta fórmula de palabras, junto con una cierta intención, cambia enteramente la naturaleza de un objeto exterior, e incluso de una criatura humana». En conclusión (117): «Que como se supone que la fuerza coactiva invalida todos los contratos, tal principio es prueba de que las promesas no conllevan una obligación natural y son meros inventos artificiales para conveniencia y ventaja de la sociedad».

SUMARIO DE CARGOS

Del Espécimen precedente queda de manifiesto que el autor mantiene,

1. Un universal escepticismo. Véanse sus afirmaciones en las páginas 458-470, donde duda de todo (exceptuada su propia existencia) y mantiene que es una insensatez pretender creer con certeza cualquier cosa.

2. Principios conducentes a un completo ateísmo, al negar la doctrina de las causas y efectos. Es en las páginas 321, 138, 298, 300, 301, 303, 430, 434, 248 donde mantiene que la necesidad de una causa para todo aquello que comienza a existir no está fundada en argumentos demostrativos o intuitivos de ninguna clase.

3. Errores concernientes al Ser y a la Existencia misma de Dios. Por ejemplo, en una nota marginal de la página 172, refiriéndose a la proposición Dios existe (o de hecho a cualquier otra cosa que se refiera a la existencia), dice que «La idea de existencia no es una idea distinta que unimos a la del objeto y que es capaz de formar una idea compuesta como resultado de esa unión».

4. Errores concernientes a Dios como Causa Primera y Primer Motor del Universo. Pues con respecto al principio de que la Deidad creó la materia, le dio su impulso original y la mantiene en la existencia, dice nuestro autor: «Esta opinión es ciertamente muy curiosa, pero será superfluo que la examinemos en este lugar, etc.», pág. 280.

5. Es imputable de haber negado la inmortalidad del alma, y de las consecuencias que se derivan de una tal negación, págs. 431, 4, 418, 419, 423.

6. Es imputable de minar los fundamentos de la moral, por negar la natural y esencial diferencia entre lo correcto y lo indebido, lo bueno y lo malo, la justicia y la injusticia, haciendo que esa diferencia sea únicamente artificial, surgida de convenios y acuerdos humanos, Vol. 2, págs. 5, 19, 128, 41, 43, 48, 69, 70, 73, 4, 44.

Ya ve usted, Estimado Señor, que no he ocultado ninguna parte de la acusación, sino que he incluido el Espécimen y los Cargos tal y como me fueron transmitidos, sin la menor alteración. Ahora me detendré punto por punto en el llamado Sumario de Cargos, pues se supone que contiene la sustancia del todo. Y aludiré al Espécimen conforme vaya avanzando.

Primero. Por lo que respecta al escepticismo de que el autor es acusado, debo observar que la doctrina de pirrónicos o escépticos ha sido considerada en todas las edades como una serie de principios de mera curiosidad, como una suerte de Jeux d’esprit,3 sin influencia alguna en los firmes principios de un hombre o de su conducta en la vida. En realidad, un filósofo que comete la afectación de dudar de las máximas de la razón común, e incluso de sus sentidos, está con ello declarando que no va en serio y que no es su intención presentar una opinión que él recomendaría como norma de juicio y de acción. Todo lo que quiere lograr con estos escrúpulos es abatir el orgullo de los puros razonadores, haciéndoles ver que incluso respecto a principios que parecen sumamente claros y que se ven obligados a abrazar en virtud de los más fuertes instintos naturales, no pueden alcanzar una completa consistencia y una absoluta certeza. Así, modestia y humildad en lo que se refiere a las operaciones de nuestras facultades naturales es el resultado del escepticismo, y no una duda universal que es imposible de mantener por ningún hombre, y que el primer y más trivial accidente de la vida desbaratará y destruirá inmediatamente. ¿Cómo podría una actitud mental así ser perjudicial para la piedad? ¿Y no sería ridículo que un hombre asegurase que nuestro autor está negando los principios de la religión, cuando de hecho está considerándolos igualmente ciertos que los objetos de sus sentidos? Si se me aseguran esos principios igual que se me asegura que la mesa sobre la que escribo está ante mí, ¿podría, incluso el más riguroso antagonista del autor, desear algo más? Es evidente que una duda tan extravagante como la que el escepticismo puede parecer recomendar por el procedimiento de destruir cada cosa, en realidad no afecta absolutamente nada, sino que fue concebida como mero pasatiempo filosófico, o como ejercicio de ingenio y sutilidad.

Todo esto no es sino una construcción sugerida por la naturaleza misma del asunto. Pero al autor no le satisface, y así lo ha declarado expresamente. Y todos esos principios citados en el Espécimen como pruebas de su escepticismo son positivamente rechazados por él unas páginas más adelante, y llamados efectos de la melancolía filosófica y del delirio engañoso. Éstas son literalmente sus palabras. Y el que su acusador las pase por alto puede que se considere como medida muy prudente, pero es de hecho un acto de mala fe que a mí me parece de todo punto asombroso.

Si fuera apropiado recurrir a autoridades en un razonamiento filosófico, podría yo decir de Sócrates, el más sabio y más religioso de los filósofos griegos, así como de Cicerón entre los romanos, que ambos llevaron sus dudas filosóficas al más alto grado de escepticismo. Todos los antiguos Padres, así como nuestros primeros Reformadores, abundan en representar la debilidad e incertidumbre de la mera razón humana. Y Monsieur Huet,4 el docto obispo de Avaranches (tan celebrado por su Demonstration Evangelique, obra que contiene todas las grandes pruebas a favor de la religión cristiana), escribió también un libro sobre este mismo asunto, donde intenta revivir todas las doctrinas de los antiguos escépticos o pirrónicos.

En verdad, ¿de dónde provienen todas las varias tribus de herejes —arrianos, socinianos y deístas— sino de tener una confianza demasiado grande en la mera razón humana, la cual consideran como norma de todas las cosas y nunca la someterán a la luz superior de la Revelación? ¿Y podría uno prestar servicio más eficaz a la piedad, que haciéndoles ver que esa engreída razón suya, lejos de dar explicación a los grandes misterios de la Trinidad y la Encarnación, ni siquiera puede satisfacerse a sí misma respecto a sus propias operaciones y debe en alguna medida recurrir a una suerte de fe implícita, incluso a lo que respecta a los principios más obvios y familiares?

Segundo. Al autor se le acusa de mantener opiniones conducentes a un absoluto ateísmo, principalmente por negar el principio de que Todo lo que comienza a existir debe tener una causa de su existencia. Para darle a usted idea de lo extravagante de esta acusación, debo entrar en algunos detalles. Es común que los filósofos distingan varias clases de evidencia y la dividan en intuitiva, demostrativa, sensible y moral. Con esto, lo único que pretenden es marcar una diferencia entre ellas, y no indicar superioridad de unas sobre otras. La certeza moral puede alcanzar un grado de seguridad tan alto como la matemática; y, desde luego, nuestros sentidos han de considerarse como una de las más claras y convincentes evidencias. Ahora bien, siendo el propósito del autor, en las páginas del Espécimen que quedan citadas, examinar los fundamentos de esa proposición,5 se ha tomado la libertad de disputar la opinión común que afirma que está fundada en una certeza demostrativa o intuitiva; en su lugar, afirma que está apoyada por una evidencia moral y que es acompañada de una convicción del mismo tipo que acompaña a proposiciones como Todos los hombres han de morir y El sol saldrá mañana.

Pero aun concediendo que lo hubiese negado, ¿cómo podría ser tal negación un principio que lleve al ateísmo? No sería difícil mostrar que los argumentos a posteriori a partir del orden y curso de la Naturaleza, esos argumentos tan sensibles, convincentes y obvios, permanecen todavía con toda su fuerza; y que nada ha sido afectado por dicha negación excepto ese metafísico argumento a priori que muchos hombres de saber no pueden comprender, y al que muchos hombres tanto de piedad como de saber no conceden gran valor. El obispo Tillotson6 ha empleado en este asunto un grado de libertad que yo no quisiera permitirme a mí mismo; pues es en su excelente sermón Acerca de la sabiduría de ser religioso donde dice que la existencia de Dios no es susceptible de demostración, sino de evidencia moral. Espero que nadie pretenda decir que este piadoso prelado intentaba con estos asertos debilitar las pruebas a favor de la Existencia Divina, sino únicamente distinguir con precisión su clase de evidencia.

Digo, además, que ni siquiera los argumentos metafísicos a favor de una Deidad se ven afectados por el hecho de negar la proposición a la que antes me refería.7 Es solamente el argumento del Dr. Clark,8 el que podríamos suponer de alguna manera afectado. Muchos otros argumentos del mismo tipo permanecerían en pie: el de Descartes,9 por ejemplo, que siempre ha sido estimado como un argumento tan sólido y convincente como el otro. Añadiré que una importante distinción debería hacerse siempre entre las positivas y reconocidas opiniones de un hombre, y las inferencias que otros puedan complacerse en deducir de ellas. Si nuestro autor hubiese negado verdaderamente la verdad de la proposición antes mencionada10 (cosa que ni siquiera el lector más superficial podría imaginar que jamás se le pasó por la cabeza), todavía resultaría imposible acusarlo de haber pretendido invalidar ninguno de los argumentos que los filósofos han empleado a favor de una Existencia Divina. Eso es solamente una inferencia y fabricación de otros, que él podría refutar si lo juzgase apropiado.

Podrá usted, así, juzgar el candor de toda la acusación, viendo que en ella se dice que asignar un tipo de evidencia para una proposición, en lugar de otro, es negar la proposición misma; que invalidar solamente un tipo de argumento a favor de la Existencia Divina, es afirmar categóricamente el ateísmo; y que criticar únicamente un argumento en particular de ese tipo, es rechazar toda esa especie de argumentos. Y estas inferencias, sacadas por otros, se le atribuyen al autor como si fueran realmente su opinión.

Es siempre imposible satisfacer a un adversario capcioso. Pero a mí me resultaría fácil convencer al juez más severo de que todos los argumentos a favor de la Religión Natural11 retienen toda su fuerza siguiendo los principios defendidos por el autor respecto a las causas y los efectos, y que no hay siquiera necesidad de alterar los métodos comunes de expresar o concebir esos argumentos. El autor ha afirmado, ciertamente, que sólo por experiencia podemos juzgar acerca de las causas, y que, razonando a priori, cualquier cosa puede mostrársenos capaz de producir cualquier otra cosa. No podríamos saber que las piedras caen o que el fuego quema, si no hubiéramos tenido experiencia de estos efectos. Y, desde luego, sin la experiencia no podríamos inferir la existencia de una cosa a partir de otra. No hay en esto gran paradoja, sino que parece haber sido también la opinión de varios filósofos y el sentimiento más obvio y conocido sobre el asunto. Pero aunque todas las inferencias relativas a asuntos de hecho se resuelven en la experiencia, estas inferencias no son en modo alguno debilitadas por ello, sino que, por el contrario, vemos que adquieren mayor fuerza siempre que los hombres están más dispuestos a confiar en su propia experiencia que en el mero razonamiento humano. Siempre que veo orden, infiero por experiencia que ha habido un designio y un plan. Y el mismo principio que me lleva a esta inferencia cuando contemplo un edificio regular y hermoso en toda su armazón y estructura, es el principio que también me lleva a inferir la existencia de un Arquitecto infinitamente perfecto, a partir del Arte y Planificación infinitos que se ponen de manifiesto en toda la Fábrica del Universo. ¿No es ésta la luz en la que ha sido situado este argumento por todos los autores que han tratado de la Religión Natural?

Tercero. La siguiente prueba de ateísmo es tan inexplicable, que no sé qué hacer con ella. Es cierto que nuestro autor asegura, siguiendo en esto al piadoso e ilustrado obispo de Cloyne actual,12 que no poseemos ideas abstractas o generales, hablando con propiedad. Y que esas ideas que son llamadas generales no son sino ideas particulares aparejadas a términos generales. Así, cuando pienso en un caballo en general, debo siempre concebir ese caballo como un caballo negro o blanco, gordo o flaco, etc.; no puedo formarme noción alguna de un caballo que no sea de un color o tamaño particulares. Siguiendo con este mismo asunto, nuestro autor dice que no tenemos una idea general de Existencia, como algo distinto de cada existencia en particular. Pero se precisaría una extraña sagacidad para descubrir una prueba de ateísmo en una proposición tan inofensiva. Esto, en mi opinión, quizá podría tener lugar en la Universidad de Salamanca o ante un tribunal de la Inquisición española. Yo, por mi parte, pienso que cuando afirmamos la Existencia de una Deidad, no nos hacemos una idea general y abstracta de «Existencia», la cual unimos a la idea de «Dios», formando así, mediante unión, una idea compuesta. Igual puede decirse respecto a toda proposición que se refiere a la existencia. Por consiguiente, si siguiéramos el curso de razonamiento del acusador, tendríamos que negar la existencia de todas las cosas, incluso la de nosotros mismos. Pero hasta el acusador admitirá que nuestro autor está persuadido de que ello no es así.

Cuarto. Antes de responder a la cuarta acusación, tengo que tomarme la libertad de presentar brevemente la historia de una particular opinión en el mundo de la filosofía. Cuando los hombres consideraron los varios efectos y operaciones de la Naturaleza, fueron llevados a examinar la fuerza y poder en virtud de los cuales dichas operaciones eran realizadas; y a propósito de esto, sus opiniones se dividieron, según sus otros principios fueran más o menos favorables a la religión. Los seguidores de Epicuro13 y Estratón14 afirmaban que esta fuerza era original e inherente a la materia; y que, operando ciegamente, producía todos los varios efectos que ahora vemos. Las escuelas Platónica y Peripatética, percibiendo lo absurdo de tal proposición, adscribieron el origen de toda fuerza a una Primera Causa eficiente, la cual otorgó dicha fuerza a la materia y en lo sucesivo la guió en todas sus operaciones. Pero todos los filósofos antiguos estuvieron de acuerdo en que hubo en la materia una fuerza real, ya fuese original o derivada; y que era el fuego el que verdaderamente quemaba, y el alimento el que nutría cuando observábamos que estos efectos se seguían de las operaciones de estos cuerpos. Los Escolásticos también supusieron un poder real en la materia, para cuyas operaciones, sin embargo, se requería la continua asistencia de la Deidad, así como para mantener esa existencia que se le había otorgado a la materia, lo cual consideraban como una perpetua Creación. Nadie hasta Descartes y Malebranche15 había mantenido la opinión de que la materia no tenía fuerza alguna, ya fuese primaria o secundaria, independiente o asistida, y que no podía ser propiamente considerada como un instrumento en las manos de Dios para servir propósito alguno de la Providencia. Los filósofos que acaban de ser mencionados introdujeron la noción de causas ocasionales, por las cuales podía afirmarse que una bola de billar no daba movimiento a otra como resultado de su propio impulso, sino que era solamente la Ocasión por la que la Deidad, siguiendo leyes generales, hacía moverse a la segunda bola. Pero aunque esta noción fuera completamente inofensiva, jamás consiguió gran crédito, especialmente en Inglaterra, donde fue vista como algo muy contrario a las opiniones populares recibidas, y tan frágilmente sustentada por argumentos filosóficos, que nunca fue considerada como otra cosa que como mera hipótesis. Cudworth16, Lock27 y Clark18 apenas la mencionan o no la mencionan en absoluto. Sir Isaac Newton19 (aunque algunos de sus discípulos han tomado una actitud diferente) la rechaza abiertamente y la sustituye por la hipótesis de que es un Fluido Etéreo, no la volición de una Deidad, la causa de la atracción. Y en breve, ésta ha sido una disputa dejada enteramente a los argumentos de los filósofos, en la que nunca se ha supuesto que la religión fuese afectada.

Pues bien, es evidentemente acerca de la doctrina cartesiana de las causas secundarias, de lo que el autor está tratando cuando dice (en el pasaje al que se refiere la acusación) que fue una opinión curiosa, pero que resultaría superfluo examinarla en este lugar.

El asunto del que allí se trata es algo abstracto. Pero pienso que cualquier lector percibirá fácilmente la verdad de esta afirmación, y que el autor está lejos de pretender negar (como se asegura en la acusación) que Dios es la Primera Causa y el Primer Motor del Universo. Que las palabras del autor no podrían tener ese significado tal y como están escritas, es algo para mí tan evidente, que apostaría por ello no sólo mi modesta reputación como filósofo, sino incluso todas mis pretensiones a favor de la verdad, o mi creencia en los asuntos comunes de la vida.

Quinto. En lo que respecta al quinto artículo, el autor, que yo recuerde, no ha negado en ninguna parte la inmaterialidad del alma, en el sentido común de esta palabra. Lo único que dice es que esa cuestión no admite un significado claro y distinto, porque no tenemos una idea clara y distinta de lo que sea la Sustancia. Esta opinión puede encontrarse por doquier en Mr. Lock, y también en el obispo Berkeley.

Sexto. Y llego ahora a la última acusación, la cual, según la opinión prevaleciente de los filósofos de nuestra época, sin duda habrá de ser mirada como la más severa, a saber: que el autor destruye todos los fundamentos de la moral.

Éste ha negado, ciertamente, la eterna diferencia entre lo Bueno y lo Malo, en el sentido en que Clark y Wollaston20 la establecen, cuando dicen que las proposiciones de la moral son de la misma naturaleza que las verdades de la matemática y de las ciencias abstractas: meros objetos de razón, y no sentimientos derivados de nuestros gustos e inclinaciones. En esto, nuestro autor coincide con todos los antiguos moralistas, así como con Mr. Hutcheson,21 profesor de Filosofía Moral en la Universidad de Glasgow, quien, junto con otros, ha resucitado lo que la filosofía antigua dice sobre el particular. ¡Qué artificio tan ruin citar un pasaje incompleto de un discurso filosófico, con el propósito de crear un Odium contra el autor!

Cuando el autor afirma que la justicia es una virtud artificial, y no natural, parece ser consciente de que ha empleado palabras que admiten una interpretación maliciosa; y, por lo tanto, hace uso de todos los recursos apropiados, mediante definiciones y explicaciones, a fin de evitarlo. Pero el acusador hace caso omiso de ellas. Es claro que por virtudes naturales el autor entiende la compasión y la generosidad, a las que somos llevados por un instinto natural; y por virtudes artificiales entiende la justicia, la lealtad y todas aquellas otras que requieren, junto con un instinto natural, una cierta reflexión sobre los intereses generales de la sociedad humana y las relaciones con los demás. En ese mismo sentido podríamos decir que mamar es un acto natural al hombre, y el lenguaje es artificial. Pero ¿qué hay en esta doctrina que pueda suponerse pernicioso en lo más mínimo? ¿Es que el autor no ha afirmado expresamente que la justicia, en otro sentido de la palabra, es tan natural al hombre que ninguna sociedad humana, e incluso ningún individuo particular de esa sociedad, estuvo nunca enteramente desprovisto de un sentimiento de lo justo? Algunas personas (aunque sin razón alguna, según pienso) están disgustadas con la filosofía de Mr. Hutchison por el hecho de que, en gran medida, basa todas las virtudes en el instinto y deja tan poco lugar a la razón y a la reflexión. Esas personas deberían estar contentas al ver que una rama tan considerable de los deberes morales se funda en este último principio.

De igual manera, el autor se ha preocupado de afirmar en términos taxativos que él no defiende que los hombres no estén obligados a respetar contratos fuera de la sociedad. Lo único que dice es que los hombres jamás habrían establecido contratos, e incluso no habrían entendido su significado, fuera de la sociedad.

Siento verme forzado a citar de memoria, sin poder mencionar página y capítulo con la misma exactitud que el acusador. Vine a este lugar en el coche del Correo y no traje libros conmigo; y estando en el campo, no puedo ahora hacerme con el libro al que estoy refiriéndome.

Esta larga carta con la que le he importunado a Vd. fue compuesta en una mañana, para así poder complacer su ruego de responder inmediatamente a las graves acusaciones que se han dirigido contra su amigo. Espero que esto sirva para disculpar las inexactitudes que hayan podido deslizarse en ella. Pienso, desde luego, que el autor debería haber retrasado la publicación de ese libro, no porque se contengan en él principios peligrosos, sino porque una reflexión más madura lo habría hecho mucho menos imperfecto como resultado de ulteriores correcciones y revisiones. Al mismo tiempo, no debo dejar de observar que nada puede escribirse de una manera tan precisa e inocente que no pueda pervertirse mediante las artimañas que se han empleado en esta ocasión. Ningún hombre emprendería una tarea tan insidiosa como la del acusador de nuestro autor, a menos que se viera impulsado a ello por intereses particulares. Y ya sabe usted cuán fácil es, citando pasajes mutilados e incompletos, pervertir cualquier discurso, y mucho más cuando éste es de naturaleza tan abstracta, que resulta muy difícil, o casi imposible, defenderse ante el público. Las palabras que se han entresacado de un extenso volumen tendrán, sin duda, un aspecto peligroso para lectores inatentos; y el autor no podrá defenderse sin entrar en detalles minuciosos que el lector descuidado no será capaz de apreciar. De esta ventaja se ha aprovechado el acusador, abusando de ella en esta ocasión más que en ninguna otra. Pero estoy seguro de que el autor disfruta de una ventaja que vale cien veces más que la de que sus antagonistas puedan jactarse: la de su inocencia. Y espero que tenga también una ventaja más, la del favor, si es que realmente vivimos en un país libre, en el que delatores e inquisidores son tan merecida y universalmente detestados, y donde la Libertad, al menos la libertad de Filosofía, es tan altamente valorada y estimada.

Quedo, Señor, su más obediente y humilde servidor.

8 de mayo de 1745

1 En el Tratado mismo, el texto de Tácito se da en latín: Rara temporum felicitas, ubi sentire, quae velis; atque sentias dicere licet.

2 Hobbs en el original. Se refiere a Thomas Hobbes (1588-1679), autor de Leviatán.

3 En francés en el original: «agudezas», «ingeniosidades».

4 Pierre Daniel Huet (1630-1694), autor de un Traité philosophique de la faiblesse de l’esprit humain (1723), al cual Hume alude en el texto.

5 Se refiere a la proposición de que «Todo lo que comienza a existir ha de tener una causa de su existencia».

6 John Tillotson, arzobispo de Canterbury (1630-1694).

7 Vid. nota 5.

8 Samuel Clarke (1675-1729). En líneas generales, tal y como aparece en su A Demonstration of the Being and Attributes of God [ed. de E. Vailati], Cambridge (UK), Cambridge University Press, 1998, el argumento a priori de Clarke es éste: Como ahora hay algo que existe, algo ha existido siempre, pues de otro modo nada existiría ahora, ya que no hay cosa que provenga de la nada. Lo que ha existido desde la eternidad sólo puede ser, o bien un ser independiente, es decir, un ser que tiene en sí mismo la razón de su existencia, o una serie infinita de seres dependientes. Pero una serie tal no puede haber existido desde toda la eternidad, pues se supone que no puede tener una causa externa, y ninguna causa interna, siendo dependiente, podría haber producido la serie entera. Por lo tanto, un Ser independiente ha de existir necesariamente.

9 René Descartes (1596-1650), autor del famoso Discurso del método (1628).

10 Vid. nota 5.

11 Aquí utiliza Hume la expresión «Religión Natural» como sinónimo de «Teología Natural»: el conocimiento de la existencia y atributos de Dios haciendo uso de nuestras luces naturales.

12 George Berkeley (1685-1753).

13 Epicuro (341-270 a.C.).

14 Probable referencia al poeta y epigramista griego Estratón de Sardes, del siglo III d.C.

15 Nicolas Malebranche (1638-1715), autor del tratado De la recherche de la vérité, donde se expone su doctrina ocasionalista.

16 Ralph Cudworth (1617-1688).

27 Lock en el original. John Locke (1632-1704).

18 Vid. nota 8.

19 Sir Isaac Newton (1642-1727), autor del tratado Philosophiae naturalis principia mathematica.

20 William Wollaston (1660-1724), pensador inglés, recordado por un libro que completó dos años antes de su muerte: The Religion of Nature Delineated (1722).

21 Francis Hutcheson (1694-1746), autor de Philosophiae Moralis Institutio Compendiaria (1742).

TRATADO DE LA NATURALEZA HUMANA

ENSAYO PARA INTRODUCIR EL MÉTODO EXPERIMENTAL DE RAZONAR EN LOS ASUNTOS MORALES

Traducción de

VICENTE VIQUEIRA

Revisión y notas adicionales de

JOSÉ LUIS TASSET y RAQUEL DÍAZ SEIJAS

NOTA DE TRADUCCIÓN

La presente traducción es una versión —actualizada, corregida y con la numeración marginal añadida— de la traducción del Tratado de la naturaleza humana de David Hume realizada por Vicente Viqueira en 1923. Ha sido cotejada con la edición original y crítica en inglés de Oxford University Press realizada por David Fate Norton & Mary Norton, y modificada siempre que ha sido necesario. Sólo se especifican en nota las modificaciones sustanciales, como por ejemplo saltos de párrafo o fragmentos no traducidos por Viqueira. Asimismo, las cursivas que no aparecían en ésta se han introducido donde correspondía. En el margen lateral se indican las páginas de la edición mencionada así como la de L. A. Selby-Bigge (actualizada posteriormente por P. H. Nidditch), en la forma [SB + página.

ADVERTENCIA

El designio que me guía en la presente obra se explica de un modo suficiente en la Introducción. El lector debe solamente observar que todos los problemas que me he propuesto no se hallan tratados en estos volúmenes. Los problemas del Entendimiento1 y las Pasiones constituyen por sí mismos una cadena completa de razonamientos y he aprovechado gustoso la ventaja de esta división natural para ensayar el gusto del público. Si tengo la buena suerte de encontrar éxito pasaré a examinar la Moral, la Política y la Crítica artística2 lo que completará este Tratado de la naturaleza humana. Considero la aprobación del público como la mayor recompensa para mis trabajos, pero me hallo decidido a considerar su juicio, sea el que sea, como la mejor lección que pueda recibir.

1 A pesar de que alguna versión de la segunda investigación de Hume mantiene la traducción de understanding por «entendimiento», igual que Viqueira, creemos más claro en general traducir este término por «conocimiento», excepto cuando como es el caso aquí Hume se refiere más bien a la facultad de conocer que al producto de esta facultad o conocimiento.

2 Aunque el término criticism equivale a lo que hoy entendemos por «estética», en la época de Hume todavía no existía ese término con su acepción relativa a las artes, que surgirá posteriormente con Kant y Baumgartner.

INTRODUCCIÓN

[SB XIII]

Nada es tan frecuente ni tan natural en los que pretenden revelar [1] al mundo una novedad cualquiera en la filosofía y las ciencias que insinuar las alabanzas de su propio sistema censurando todos aquellos que han sido producidos antes. En verdad, si se contentasen con deplorar la ignorancia en la que aún estamos hundidos, en lo que se refiere a las cuestiones más importantes que pueden presentarse ante el tribunal de la razón humana, pocos de los que están familiarizados con las ciencias no serían gustosos del mismo parecer. Es fácil a un hombre dotado de juicio conocer y ver el superficial fundamento de aquéllos aun entre los sistemas que han obtenido el mayor crédito y llevado más alto las pretensiones o razonamientos precisos y profundos. Principios admitidos a la ligera, consecuencias mal deducidas de estos principios, falta de coherencia en las partes y evidencia en el todo; he aquí lo que se encuentra por todas partes en los sistemas de los más eminentes filósofos y lo que parece haber sido causa de disfavor hacia la misma filosofía.

No son precisos conocimientos profundos para descubrir la condición [2] imperfecta en que están hoy las ciencias: hasta la muchedumbre, [SB XIV] desde fuera, puede juzgar, por el ruido y clamor que oye, que no todo va bien dentro. No hay nada que no esté sujeto a discusión ni sobre lo que las gentes instruidas no sean de opiniones contrarias. La más insignificante cuestión no se escapa a nuestra controversia, y, con respecto a las más importantes, no somos capaces de dar ninguna solución cierta. Las discusiones se multiplican como si todo fuera dudoso, y estas discusiones son llevadas con el mayor calor, como si todo fuera cierto. En medio de toda esta confusión, no es la razón la que se lleva el premio, sino la elocuencia, y nadie debe desesperar jamás de ganar prosélitos para la más extravagante hipótesis si posee bastante arte para presentarla con colores favorables. La victoria no ha sido obtenida por las gentes de armas que manejan la pica y la espada, sino por las trompetas, los tambores y los músicos del regimiento.

[3] De ahí proviene, creo yo, ese prejuicio común contra los razonamientos metafísicos de todas clases, prejuicios que se encuentran aun en aquellos que hacen profesión de estudiosos y que estiman en su justo valor cualquier otra parte de la literatura. Por razonamiento metafísico no entienden aquello que lleva a una rama particular de la ciencia, sino toda suerte de argumentos que ofrecen, con cualquier título, un carácter abstruso y que necesita alguna atención para ser comprendido. Con frecuencia hemos perdido tanto el tiempo en tales investigaciones, que de ordinario las abandonamos sin vacilación y decidimos, si hemos de estar siempre en guardia contra los errores y las ilusiones, que éstos sean, por lo menos, naturales y divertidos. Y en verdad, sólo el más decidido escepticismo, juntamente con un alto grado de indolencia, puede justificar esta aversión a la metafísica; porque por poco que la verdad esté al alcance de la capacidad humana, es cierto que ella debe estar muy profunda y muy secretamente oculta y esperar conseguirla sin gran trabajo, después que los más [SB XV] grandes genios han fracasado, a pesar de los más extremos trabajos, debe tenerse ciertamente por muy vano y presuntuoso. No pretendo una ventaja tal en la filosofía que voy a desarrollar, y tendría por una gran presunción, con respecto a ella, que fuese demasiado fácil y rápida de entender.

[4] Es evidente que todas las ciencias mantienen una relación más o menos estrecha con la naturaleza humana y que, por muy lejos que algunas de ellas parezcan discurrir, vuelven siempre a ella por uno u otro camino.3 Hasta la Matemática, la Filosofía Natural y la Religión Natural dependen en parte de la ciencia del HOMBRE, pues se hallan bajo el conocimiento de los hombres y son juzgadas por sus poderes y facultades. Es imposible decir qué cambios y progresos podríamos hacer en estas ciencias si conociéramos totalmente la extensión y la fuerza del entendimiento humano y si pudiéramos explicar la naturaleza de las ideas que empleamos y de las operaciones que realizamos al razonar. Estos progresos son de esperar, especialmente en la religión natural, ya que no se contenta con instruirnos acerca de la naturaleza de las fuerzas superiores, sino que lleva su examen más lejos, a su disposición con respecto a nosotros y a nuestros deberes con respecto a ellas; en consecuencia, nosotros mismos no somos sólo los seres que razonamos, sino también uno de los objetos acerca de los que razonamos.

Así, pues, si ciencias como las Matemáticas, la Filosofía Natural [5] y la Religión Natural dependen de tal modo del conocimiento del hombre, ¿qué no puede esperarse en otras ciencias cuya conexión con la naturaleza humana es más estrecha e íntima? El único fin de la lógica es explicar los principios y operaciones de nuestra facultad de razonar, y la naturaleza de nuestras ideas. La moral y la crítica artística consideran nuestros gustos y sentimientos, y la política estudia a los hombres unidos en sociedad y dependientes los unos de los otros. En [SB XVI] estas cuatro ciencias de la Lógica, Moral, Critica artística y Política se comprende casi todo lo que nos puede importar de algún modo conocer o que puede tender al progreso o adorno de la mente humana.

Aquí, pues, el único expediente en cuyo éxito podemos confiar en [6] nuestras investigaciones filosóficas es abandonar el aburrido y lánguido método que hemos seguido hasta ahora, y en lugar de tomar de vez en cuando un castillo o una aldea en la frontera, marchar directamente hacia la capital o centro de estas ciencias, hacia la naturaleza humana misma; una vez dueños de ella, podemos esperar en todas partes una fácil victoria. Desde esta base podemos extender nuestras conquistas sobre todas las ciencias que se refieren más íntimamente a la vida humana y podemos después proceder con más tiempo a descubrir más plenamente las que son objeto de la pura curiosidad. No hay cuestión de importancia cuya decisión no se halle comprendida en la ciencia del hombre y no hay ninguna que pueda ser decidida con alguna certidumbre antes de que hayamos llegado a conocer esta ciencia. Por consiguiente, al pretender explicar los principios de la naturaleza humana, proponemos, en efecto, un sistema completo de las ciencias construido sobre un fundamento casi enteramente nuevo y el único sobre el que éstas pueden descansar con alguna seguridad.

Y del mismo modo que la ciencia del hombre es el único fundamento [7] sólido para la fundamentación de las otras ciencias, la única fundamentación sólida que podemos dar a esta ciencia misma debe basarse en la experiencia y en la observación. No es una reflexión asombrosa el considerar que la aplicación de la filosofía experimental a las ciencias morales4 vendrá después de su aplicación a las de la naturaleza y a la distancia de una centuria entera, ya que hallamos de hecho que existió casi el mismo intervalo entre los orígenes de estas [SB XVII] ciencias; y que, contando de TALES a SÓCRATES, el período de tiempo es próximamente igual al que existe entre LORD BACON y algunos filósofos5 recientes de Inglaterra, que han comenzado a llevar la ciencia del hombre por un nuevo camino y han despertado la atención y excitado la curiosidad del público. Tan verdad es esto, que, aunque otras naciones puedan rivalizar con nosotros en poesía y aun superarnos en algunas otras artes bellas, los progresos en la razón y la filosofía pueden ser solamente debidos a la tierra de la tolerancia y la libertad.

[8] No hemos de pensar que este último progreso en la ciencia del hombre hará menos honor a nuestro país natal que el anterior de filosofía natural, sino que debemos más bien estimarlo como una gloria mayor, por razón de la más grande importancia de esta ciencia del mismo modo que por la necesidad que tiene de una reforma tal; pues me parece evidente que de la esencia de la mente,6 siendo tan desconocida para nosotros como la de los cuerpos externos, debe ser igualmente imposible formarnos una noción de sus fuerzas y cualidades, más que por experimentos cuidadosos y exactos y por la observación de los efectos particulares que resultan de sus diferentes circunstancias y situaciones. Y aunque debemos intentar hacer nuestros principios tan universales como sea posible, llevando nuestros experimentos lo más lejos posible y explicando todos los efectos por las causas más reducidas y simples, es aun cierto que no podemos ir más allá de la experiencia, y toda hipótesis que pretenda descubrir el origen y cualidades últimas de la naturaleza humana debe desde el primer momento ser rechazada como presuntuosa y quimérica.

[9] No creo que un filósofo que se aplicase tan seriamente a la explicación [SB XVIII] de los últimos principios del alma se mostrara un gran maestro en esta ciencia de la naturaleza humana, que él pretende explicar, o muy instruido en lo que es naturalmente satisfactorio para la mente del hombre. Pues nada es más cierto que la desesperación produce casi el mismo efecto sobre nosotros que la alegría, y que tan pronto como conocemos la imposibilidad de satisfacer un deseo, éste se desvanece. Cuando vemos que hemos llegado a la extrema extensión de la razón humana nos detenemos contentos, aunque nos hallemos convencidos en lo capital de nuestra ignorancia y percibamos que no podemos dar una razón para nuestros principios más generales y refinados fuera de nuestra experiencia de su realidad, que es la razón del mero vulgo y que no se requiere estudio para descubrir los fenómenos más extraordinarios y particulares. Y como esta imposibilidad de hacer un progreso ulterior es suficiente para convencer al lector, el escritor puede obtener un convencimiento más delicado con su libre confesión de su ignorancia y de su prudencia, evitando el error en que tantos han caído, imponiendo sus conjeturas e hipótesis a todo el mundo como los principios más ciertos. Cuando este contento y satisfacción mutuos puedan ser obtenidos entre el maestro y el discípulo, no sé qué más pedir a nuestra filosofía.

Mas si esta imposibilidad de explicar los últimos principios debe [10] ser estimada como un defecto de la ciencia del hombre, me atreveré a afirmar que es un defecto común a todas las ciencias y a todas las artes a las que podamos dedicarnos, ya sean las cultivadas en las escuelas de los filósofos, ya las que se practican en las oficinas de los más humildes artesanos. Ninguno de ellos puede ir más allá de la experiencia o establecer principios que no se basen sobre esta autoridad. La filosofía Moral tiene de hecho esta desventaja particular que no se halla en la natural, a saber: que reuniendo sus experimentos [SB XIX] no puede hacerlos con un propósito, una premeditación y según un método que satisfagan en lo concerniente a toda dificultad particular que pueda surgir. Cuando yo no sé cómo conocer los efectos de un cuerpo sobre otro en alguna situación, necesito tan sólo colocarlos en esta situación y observar qué resulta de ella; pero si intentase de la misma manera aclarar alguna duda en filosofía moral, colocándome en el mismo caso que yo considero, es evidente que esta reflexión y premeditación perturbaría tanto la actuación de mis principios naturales que haría imposible sacar una conclusión exacta de este fenómeno. Por consiguiente, debemos recoger nuestros experimentos en esta ciencia de una cuidadosa observación de la vida humana y tomarlos tal como se presentan en el curso corriente de la vida, así como en la conducta de los hombres en la sociedad, en sus ocupaciones y en sus placeres. Cuando se reúnan y comparen juiciosamente experimentos de este género podemos esperar establecer sobre ellos una ciencia que no será inferior en certidumbre y que será muy superior en utilidad a toda otra que se base en la comprensión humana.

3 Se suprime el punto y aparte introducido por Viqueira.

4 Esto es, todas aquellas disciplinas que no son «ciencias naturales» o matemáticas. Es el sentido usado en la denominación procedente del siglo XVIII de las «academias de ciencias morales y políticas», esto es, el término no se refiere tan sólo a la ciencia de la moral propiamente dicha, la Ética, sino en general al estudio del comportamiento humano, es decir, a lo que hoy entendemos como «ciencias humanas».

[SB XVII] 5 Locke, Shaftesbury, Mandeville, Hutcheson, Butler, etc. (N. del A.)

6 En general y a no ser que Hume quiera marcar de un modo muy preciso una referencia al término espíritu, se corrige la traducción que hace Viqueira de mind por espíritu, traduciendo «mente», sobre todo en un caso tan claro como éste en el que Hume está oponiendo la actividad interior de la mente a la realidad externa, sin precisar en absoluto ningún tipo de tesis acerca de la naturaleza intrínseca ni de la una ni de la otra. «Espíritu» es, pues, en estos casos excesivamente interpretativo en nuestra opinión.

LIBRO I

[SB 1]

DEL ENTENDIMIENTO

Rara temporum felicitas, ubi sentire, quae velis; & quae sentias, dicere licet.

TÁCITO

PARTE 1

DE LAS IDEAS: SU ORIGEN, COMPOSICIÓN, CONEXIÓN, ABSTRACCIÓN, ETC.

SECCIÓN 1. DEL ORIGEN DE NUESTRAS IDEAS7

Todas las percepciones de la mente humana se reducen a dos géneros [1] distintos que yo llamo IMPRESIONES e IDEAS. La diferencia entre ellos consiste en los grados de fuerza y vivacidad con que se presentan a nuestra mente y se abren camino en nuestro pensamiento y conciencia. A las percepciones que penetran con más fuerza y violencia las llamamos impresiones, y comprendemos bajo este nombre todas nuestras sensaciones, pasiones y emociones tal como hacen su primera aparición en el alma.8 Por ideas entiendo las imágenes débiles de éstas en el pensamiento y razonamiento, como, por ejemplo, lo son todas las percepciones despertadas por el presente discurso, exceptuando solamente las que surgen de la vista y tacto, y exceptuando el placer o dolor inmediato que pueden ocasionar. Creo que no será preciso emplear muchas palabras para explicar esta distinción. Cada [SB 2] uno por sí mismo podrá percibir fácilmente la diferencia entre sentir y pensar. Los grados comunes de éstos son fácilmente distinguidos, aunque no es imposible en casos particulares que puedan aproximarse el uno al otro. Así, en el sueño, en una fiebre, la locura o en algunas emociones violentas del alma nuestras ideas pueden aproximarse a nuestras impresiones del mismo modo que, por otra parte, sucede a veces que nuestras impresiones son tan débiles y tan ligeras que no podemos distinguirlas de nuestras ideas. Pero a pesar de esta próxima semejanza en unos pocos casos, son en general tan diferentes que nadie puede sentir escrúpulo alguno al disponerlas en dos grupos distintos y asignar a cada uno un nombre peculiar para marcar esta diferencia.9

[2] Existe otra división de nuestras percepciones que será conveniente observar y que se extiende a la vez tanto a las impresiones como a las ideas. Esta división es en SIMPLES y COMPLEJAS. Percepciones o impresiones e ideas simples son las que no admiten distinción ni separación. Las complejas son lo contrario que éstas y pueden ser divididas en partes. Aunque un color, sabor y olor particular son cualidades unidas todas en una manzana, es fácil percibir que no son lo mismo, sino que son al menos distinguibles las unas de las otras.

[3] Habiendo dado por estas divisiones orden y buena disposición a nuestros objetos, podemos aplicarnos a considerar ahora con más precisión sus cualidades y relaciones. La primera circunstancia que atrae mi atención es la gran semejanza entre nuestras impresiones e ideas en todo otro respecto que no sea su grado de fuerza y vivacidad. Las [SB 3] unas parecen ser en cierto modo el reflejo de las otras, así que todas las percepciones de la mente humana son dobles y aparecen a la vez como impresiones e ideas. Cuando cierro los ojos y pienso en mi cuarto, las ideas que yo formo son representaciones exactas de impresiones que yo he sentido; y no existe ninguna circunstancia en las unas que no se halle en las otras. Recorriendo mis otras percepciones hallo aún la misma semejanza y representación. Las ideas y las impresiones parecen siempre corresponderse las unas a las otras. Esta circunstancia me parece notable y atrae mi atención por un momento.

[4] Después de una consideración más exacta hallo que he sido llevado demasiado lejos por la primera apariencia y que debo hacer uso de la distinción de percepciones en simples y complejas para limitar la decisión general de que todas nuestras ideas o impresiones son semejantes. Observo que muchas de nuestras ideas complejas no tienen nunca impresiones que les correspondan y que muchas de nuestras impresiones complejas no son exactamente copiadas por ideas. Puedo imaginarme una ciudad como la Nueva Jerusalén, cuyo pavimento sea de oro y sus muros de rubíes, aunque jamás he visto una ciudad semejante. Yo he visto París, pero ¿afirmaré que puedo formarme una idea tal de esta ciudad que reproduzca perfectamente todas sus calles y casas en sus proporciones justas y reales?

Por consiguiente, veo que, aunque existe en general una gran [5] semejanza entre nuestras impresiones e ideas complejas, no es universalmente cierta la regla de que son copias exactas las unas de las otras. Debemos considerar ahora qué sucede con nuestras percepciones simples. Después del examen más exacto de que soy capaz, me aventuro a afirmar que la regla es válida aquí sin excepción alguna y que toda idea simple posee una impresión simple que se le asemeja, y toda impresión simple, una idea correspondiente. La idea de rojo que formamos en la oscuridad, y la impresión de éste, que hiere nuestros ojos a la luz del sol difieren tan sólo en grado, no en naturaleza. Es imposible probar por una enumeración particular que sucede lo mismo con todas nuestras impresiones simples e ideas. [SB 4] Cada uno puede convencerse, con respecto a este punto, recorriendo tantas como le plazca; pero si alguno negase esta semejanza universal, no veo otro modo de convencerle más que pidiéndole que muestre una simple impresión que no tenga una idea correspondiente, o una idea simple que no tenga una impresión correspondiente. Si no respondiese a este desafío, como ciertamente no lo hará, podremos, dado su silencio y nuestra propia observación, establecer nuestra conclusión.

Así, hallamos que todas las ideas o impresiones simples se asemejan [6] las unas a las otras, y como las complejas se forman a partir de ellas, podemos afirmar en general que estas dos especies de percepciones son exactamente correspondientes. Habiendo descubierto esta relación, que no requiere un examen ulterior, siento curiosidad por encontrar algunas otras de sus cualidades. Consideremos qué sucede con respecto a su existencia, y con respecto a estas impresiones e ideas también cuáles de ellas son causas y cuáles efectos.

El examen completo de esta cuestión es el asunto del presente tratado, [7] y, por consiguiente, nos contentaremos aquí con establecer la proposición general de que todas nuestras ideas simples en su primera aparición se derivan de impresiones simples, con las que se corresponden y a las que representan exactamente.10

[8] Al buscar fenómenos que prueben esta proposición los hallo solamente de dos géneros, pero en cada género los fenómenos son patentes, numerosos y concluyentes. Primeramente me aseguro por una nueva revisión de lo que ya he afirmado, a saber: que toda impresión simple va acompañada de una idea correspondiente, y toda idea simple, de una impresión correspondiente. De esta unión constante de percepciones semejantes concluyo inmediatamente que existe una gran conexión entre nuestras impresiones e ideas correspondientes y que la existencia de las unas tiene una considerable influencia sobre la de las otras. Una unión constante tal en un tal número infinito de casos no puede jamás surgir del azar, sino que prueba claramente la dependencia por parte de las impresiones respecto de las ideas o de [SB 5] las ideas respecto de las impresiones. Para que yo pueda saber de qué lado esta dependencia se halla considero el orden de la primera aparición y hallo, por la experiencia constante, que las impresiones simples preceden siempre a sus ideas correspondientes y que jamás aparecen en un orden contrario. Para dar a un niño la idea de rojo o naranja o de dulce o amargo, presento los objetos, o, en otras palabras, le produzco estas impresiones, pero no procedo de forma tan absurda que intente producir las impresiones excitando las ideas. Nuestras ideas, en su aparición, no producen sus impresiones correspondientes y no podemos percibir un color o sentir una sensación tan sólo por pensar en ella. Por otra parte, hallamos que una impresión, ya de la mente, ya del cuerpo, va seguida constantemente de una idea que se le asemeja y es solamente diferente en los grados de fuerza y vivacidad. La unión constante de nuestras percepciones semejantes es una prueba convincente de que las unas son causas de las otras, y la prioridad de las impresiones es una prueba igual de que nuestras impresiones son las causas de nuestras ideas y no nuestras ideas de nuestras impresiones.

[9] Para confirmar esto consideraré otro fenómeno manifiesto y convincente, que consiste en que siempre que por un accidente las facultades que producen algunas impresiones se hallan obstaculizadas en sus operaciones, como cuando una persona es ciega o sorda de nacimiento, no sólo se pierden las impresiones, sino también las ideas correspondientes, de modo que no aparece jamás en la mente el más pequeño rastro de unas y otras. No sólo esto es cierto cuando los órganos de la sensación se hallan totalmente destruidos, sino también cuando no han sido jamás puestos en acción para producir una impresión particular. No podemos formarnos una idea precisa del sabor de un plátano sin haberlo probado realmente.

Sin embargo, existe un fenómeno contradictorio que puede probar [10] que no es absolutamente imposible para las ideas preceder a las impresiones correspondientes. Creo que se concederá fácilmente que las varias ideas distintas de colores que percibimos con los ojos o de los [SB 6] sonidos que nos proporciona el oído son realmente diferentes las unas de las otras, aunque al mismo tiempo semejantes. Ahora bien, si esto es verdad de los diferentes colores, debe no ser menos cierto que los diferentes matices del mismo color producen cada uno una idea distinta independiente de las demás; pues si esto se niega, es posible, por la graduación continua de los matices, pasar de un color insensiblemente al que le es más remoto, y si no se concede que todos los términos medios son diferentes, no se puede, sin cometer un absurdo, negar que los extremos sean los mismos. Supongamos, por consiguiente, que una persona haya gozado de la vista durante treinta años y haya llegado a conocer los colores de todas clases, excepto un matiz de azul particular, por ejemplo, que no ha tenido la suerte de encontrar. Colóquense todos los diferentes matices de este color, excepto este único, ante él, descendiendo gradualmente del más oscuro al más claro; en este caso, es manifiesto que percibirá un hueco donde falta este matiz y se dará cuenta de que existe en este lugar una distancia mayor entre los colores contiguos que en algún otro. Me pregunto ahora si es posible para él suplir por su propia imaginación esta falta y producir la idea de este particular matiz, aunque no le haya sido nunca proporcionada por los sentidos. Creo que pocos no serán de la opinión de que puede, y esto podrá servir como prueba de que las ideas simples no se derivan siempre de las impresiones correspondientes, aunque el caso es tan particular y singular que apenas merece nuestra observación y que no merece que por él solo alteremos nuestras máximas generales.

Aparte de esta excepción, no estará de más notar en este caso que [11] el principio de prioridad de las impresiones con respecto a las ideas debe ser entendido con otra limitación, a saber: que, como nuestras ideas son imágenes de nuestras impresiones, podemos formar ideas secundarias que son imágenes de las primarias, como se ve por el razonamiento que hacemos acerca de ellas. Esto no es, propiamente hablando, tanto una excepción de la regla como una explicación de [SB 7] ella. Las ideas producen imágenes de sí mismas en nuevas ideas; pero como se supone que las primeras ideas se derivan de impresiones, sigue siendo cierto que todas nuestras ideas simples proceden mediata o inmediatamente de sus impresiones correspondientes.

[12] Éste es, pues, el primer principio que establezco en la ciencia de la naturaleza humana y no debemos despreciarlo a causa de su aparente simplicidad, pues es notable que la presente cuestión referente a la precedencia de nuestras impresiones e ideas es idéntica a la que ha hecho mucho ruido planteada en otros términos, cuando se discutía si existían ideas innatas o si todas las ideas se derivaban de la sensación y reflexión. Podemos observar que, para probar que las ideas de extensión y color no son innatas, los filósofos no hacen más que mostrar que nos son proporcionadas por los sentidos. Para probar que las ideas de pasión y deseo no son innatas observan que tenemos una experiencia precedente de estas emociones en nosotros mismos. Ahora bien, si examinamos cuidadosamente estos argumentos hallaremos que no prueban más que las ideas son precedidas de otras percepciones más vivaces de las que se derivan y a las que representan. Espero que esta clara exposición de la cuestión acabará con todas las discusiones concernientes a ella y hará que este principio sea más empleado en nuestros razonamientos de lo que parecía haberlo sido hasta ahora.

SECCIÓN 2. DIVISIÓN DEL ASUNTO

[1] Puesto que resulta que nuestras impresiones simples son anteriores a sus ideas correspondientes y que las excepciones son muy raras, el método parece requerir que examinemos nuestras impresiones antes de considerar nuestras ideas. Las impresiones pueden ser divididas en dos géneros: las de SENSACIÓN y las de REFLEXIÓN. El primer género surge en el alma, originariamente por causas desconocidas. El [SB 8] segundo se deriva, en gran medida, de nuestras ideas y en el siguiente orden. Una impresión nos excita a través de los sentidos y nos hace percibir calor o frío, sed o hambre, placer o dolor de uno u otro género. De esta impresión existe una copia tomada por la mente y que permanece después que la impresión cesa, y a esto lo llamamos una idea. La idea de placer o dolor produce, cuando vuelve a presentarse en el alma, las nuevas impresiones de deseo y aversión, esperanza y temor que pueden ser llamadas propiamente impresiones de reflexión porque derivan de ella. Éstas son a su vez copiadas por la memoria e imaginación y se convierten en ideas que quizás a su vez dan lugar a otras impresiones e ideas; de modo que las impresiones de reflexión no son sólo antecedentes a sus ideas correspondientes sino también posteriores a las de sensación y derivadas de ella. El examen de nuestras sensaciones corresponde más a los anatomistas y filósofos de la naturaleza que a la moral y, por consiguiente, no debemos ahora entrar en él. Como las impresiones de reflexión, a saber: pasiones, deseos y emociones, que principalmente exigen nuestra atención, surgen la mayoría de las veces de ideas, debemos invertir el método que a primera vista parecía más natural, y para explicar la naturaleza y principios de la mente humana, dar una noticia particular de las ideas antes de que pasemos a las impresiones. Por esta razón prefiero comenzar con las ideas.

SECCIÓN 3. DE LAS IDEAS DE LA MEMORIA Y LA IMAGINACIÓN

Hallamos por experiencia que cuando una impresión ha estado una [1] vez presente en la mente, hace de nuevo su aparición en ella como una idea, y que esto puede suceder de dos modos diferentes: cuando en su nueva aparición conserva un grado considerable de su primera vivacidad y es así algo intermedio entre una impresión y una idea y cuando pierde enteramente esta vivacidad y es una idea por completo. La facultad por la que reproducimos nuestras impresiones del primer modo es llamada MEMORIA, y aquella que las reproduce del segundo, [SB 9] IMAGINACIÓN. Es evidente, a primera vista, que las ideas de la memoria son mucho más vivaces y consistentes que las de la imaginación y que la primera facultad nos presenta sus objetos con colores más definidos que los empleados por la última. Cuando recordamos un suceso pasado su idea surge en la mente con energía, mientras que en la imaginación la percepción es débil y lánguida y no puede ser mantenida por la mente, sin dificultad, invariable y uniforme, durante un tiempo considerable. Existe aquí, pues, una diferencia importante entre una y otra especie de ideas. Pero de esto trataremos más extensamente después.11

Hay aún otra diferencia entre estos dos géneros de ideas y que no [2] es menos evidente, a saber: que aunque ni las ideas de la memoria ni las de la imaginación, ni las ideas vivaces ni las débiles pueden hacer su aparición en la mente a no ser que sus impresiones correspondientes hayan tenido lugar antes para prepararles el camino, la imaginación no se halla obligada a seguir el mismo orden y forma de las impresiones originales, mientras que la memoria se halla en cierto modo limitada en este respecto y no posee el poder de variarlas.

[3] Es evidente que la memoria conserva la forma original en la que sus objetos fueron presentados y que siempre que nos apartamos de aquélla al recordar algo procede esto de algún defecto o imperfección en dicha facultad. Un historiador puede, quizá, por la marcha más conveniente de su narración, relatar un suceso antes que otro al que fue realmente posterior; pero se da cuenta de esta alteración del orden, si es riguroso, y por este medio vuelve a colocar la idea en su debida posición. Sucede lo mismo en nuestro recuerdo de lugares y personas que hemos conocido antes. La función capital de la memoria no es conservar las ideas simples, sino su orden y posición. En resumen: este principio se halla basado en un número tal de fenómenos corrientes y vulgares, que podemos ahorrarnos la molestia de insistir más sobre él.

[4] Hallamos la misma evidencia en nuestro segundo principio relativo [SB 10] a la libertad de la imaginación para alterar y transformar el orden de sus ideas. Las fábulas que encontramos en los poemas y novelas prueban esto de forma incuestionable. La naturaleza se halla totalmente alterada y no se mencionan más que caballos alados, dragones feroces y gigantes monstruosos. No debe parecer extraña esta libertad de la fantasía si consideramos que todas nuestras ideas son copias de nuestras impresiones y que no hay dos impresiones que sean totalmente inseparables. No es preciso mencionar que es esto una consecuencia evidente de la división de las ideas en simples y complejas. Siempre que la imaginación percibe una diferencia entre ideas puede producir fácilmente una separación.

SECCIÓN 4. DE LA CONEXIÓN O ASOCIACIÓN DE IDEAS

[1] Como todas las ideas simples pueden ser separadas por la imaginación y pueden ser unidas de nuevo en la forma que a ésta agrade, nada sería más inexplicable que las operaciones de esta facultad si no estuviese guiada por algunos principios universales que la hacen en alguna medida uniforme en todos los tiempos y lugares. Si las ideas existiesen enteramente desligadas e inconexas sólo el azar las uniría, y sería imposible que las mismas ideas se uniesen regularmente en ideas complejas (como lo hacen corrientemente) si no existiese algún lazo de unión entre ellas, alguna cualidad que las asocie y por la que naturalmente una idea despierte a la otra. Este principio de unión entre las ideas no ha de ser considerado como una conexión inseparable, pues esto ha sido ya excluido de la imaginación, y además no podemos concluir que sin ésta la mente no puede unir dos ideas, pues nada es más libre que dicha facultad, sino que hemos de considerarlo como una fuerza dócil que prevalece comúnmente y es la causa de que, entre otras cosas, los lenguajes se correspondan tan exactamente los unos a los otros; la naturaleza, en cierto modo, ha indicado a cada [SB 11] una de las ideas simples cuáles son más propias para ser unidas en un complejo. Las cualidades de que surge esta asociación y por las cuales de este modo es llevada la mente de una idea a otra son tres, a saber: SEMEJANZA, CONTIGÜIDAD en tiempo o lugar y CAUSA y EFECTO.

Creo que no será muy necesario probar que estas cualidades producen [2] una asociación entre ideas y que cuando aparece una idea despierta naturalmente otra. Es claro que, en el curso de nuestro pensamiento y en la constante revolución de nuestras ideas, nuestra imaginación pasa fácilmente de una idea a otra que se le asemeja y que esta cualidad por sí sola es para la fantasía un lazo suficiente de asociación. Es igualmente evidente que como los sentidos al cambiar sus objetos están obligados a cambiarlos regularmente y a tomarlos tal como se hallan contiguos unos a otros, la imaginación debe, en virtud de una larga costumbre, adquirir el mismo método de pensar y recorrer las partes del espacio y el tiempo al concebir sus objetos. En cuanto a la conexión, que está constituida por la relación de causa y efecto,12 tendremos ocasión más tarde de examinarla en su totalidad y, por consiguiente, no insistiré aquí sobre ella: Es suficiente observar que no hay relación que produzca una conexión más fuerte en la fantasía y haga que una idea despierte más fácilmente a otra que la relación de causa y efecto entre sus objetos.

Para darnos cuenta de toda la extensión de estas relaciones debemos [3] considerar que dos objetos están enlazados entre sí en la imaginación, no sólo cuando el uno es inmediatamente semejante, contiguo o causa del otro, sino también cuando se interpone entre ellos un tercer objeto que tiene con los dos alguna de estas relaciones. Esto puede ser prolongado en una gran extensión, aunque observamos al mismo tiempo que cada aumento de términos disminuye considerablemente la relación. Los primos en cuarto grado se hallan enlazados por la relación de causalidad, si se me permite usar este término, pero no tan íntimamente como los hermanos y mucho menos que los hijos [SB 12] y el padre. En general, podemos observar que todas las relaciones de sangre dependen de las de causa y efecto y se estiman próximas o remotas, según el número de causas intermedias interpuestas entre las personas.

[4] De las tres relaciones arriba mencionadas, la más extensa es la de causalidad. Dos objetos pueden ser considerados como puestos en esta relación tanto cuando el uno es causa de alguna de las acciones o movimientos del otro como cuando el primero es la causa de la existencia del último, pues como la acción o movimiento no es más que el objeto mismo considerado en un cierto aspecto y como el objeto continúa el mismo en todas sus diferentes situaciones, es fácil imaginar cómo esta influencia de unos objetos sobre otros puede enlazarlos en la imaginación.

[5] Podemos llevar esto más lejos y hacer notar que no sólo dos objetos están enlazados por la relación de causa y efecto cuando el uno produce un movimiento o una acción del otro, sino también cuando tiene el poder de producirlas. Podemos observar que esto es la fuente de todas las relaciones de interés y deber por las que los hombres se influyen los unos a los otros en la sociedad y se hallan sometidos a los lazos del Gobierno y la subordinación. Un amo es una persona que por su situación, que surge de la fuerza o del pacto, tiene el poder de dirigir en ciertos aspectos las acciones de otra persona que llamamos siervo. Un juez es un individuo que en todos los casos en litigio puede fijar por su opinión la posesión o propiedad de algo entre miembros de la sociedad.13 Cuando una persona posee algún poder no se requiere para ponerlo en acción más que el ejercicio de la voluntad, y esto se considera, en cada caso, como posible, y, en muchos, como probable, especialmente en el caso de la autoridad, donde la obediencia del súbdito es un placer y una ventaja para el superior.

[6] Éstos son, por consiguiente, los principios de unión o cohesión de nuestras ideas simples y ocupan en la imaginación el lugar de la conexión inseparable por la que se hallan unidas en nuestra memoria. Existe aquí un género de ATRACCIÓN que, como se verá, posee en el mundo mental efectos tan extraordinarios como en el natural y que [SB 13] se revela en formas tan numerosas como varias. Sus efectos son en todas partes notables; pero en cuanto a sus causas, son las más de las veces desconocidas y deben reducirse a las cualidades originales de la naturaleza humana, que yo no pretendo explicar. Nada es más preciso para un verdadero filósofo que refrenar el inmoderado deseo de investigar las causas, y habiendo establecido una doctrina sobre un número suficiente de experimentos, contentarse con esto cuando ve que un examen ulterior le llevará a especulaciones oscuras e inciertas. En este caso, su investigación estará mucho mejor empleada examinando los efectos que indagando las causas de sus principios.

Entre los efectos de esta unión o asociación de ideas no existe ninguno [7] tan notable como las ideas complejas, que son los objetos comunes de nuestros pensamientos y razonamientos y que surgen generalmente de algún principio de unión entre nuestras ideas simples. Estas ideas complejas pueden dividirse en RELACIONES, MODOS y SUSTANCIAS. Examinaremos brevemente cada una de éstas en orden y añadiremos algunas consideraciones referentes a nuestras ideas generales y particulares antes que dejemos el presente asunto, que puede ser considerado como los elementos de esta filosofía.

SECCIÓN 5. DE LAS RELACIONES

La palabra relación se usa en dos sentidos muy diferentes el uno del [1] otro. Designa a veces la cualidad por la cual dos ideas se hallan enlazadas entre sí en la imaginación y por la que una de ellas despierta naturalmente la otra, según se ha explicado, y otras la circunstancia particular según la que, aun en la unión arbitraria de dos ideas en la fantasía, consideramos apropiado compararlas. En el lenguaje corriente es el primer sentido en el que usamos siempre la palabra relación, y solamente en filosofía la ampliamos y la hacemos significar [SB 14] algún asunto particular de comparación, sin un principio de enlace. Así se concede por los filósofos que la distancia es una verdadera relación, porque adquirimos una idea de ella comparando objetos; pero hablando corrientemente decimos que nada puede estar más distante entre sí que tales o tales cosas y que nada puede tener menos relación, como si distancia y relación fuesen incompatibles.

[2] Puede quizá ser estimado como una tarea infinita enumerar las cualidades que hacen que los objetos admitan una comparación y por las que se producen las ideas de la relación filosófica; pero si consideramos diligentemente esto, hallaremos que sin ninguna dificultad pueden ser comprendidas bajo siete títulos generales, que pueden ser considerados como los orígenes de toda relación filosófica:

[3]1.La primera es la semejanza, y ésta es una relación sin la que no puede existir relación filosófica alguna, pues ningún objeto admitirá una comparación más que cuando tenga con otros algún grado de semejanza. Pero aunque la semejanza sea necesaria para toda relación filosófica, no se sigue que siempre produzca una conexión o asociación de ideas. Cuando una cualidad llega a ser muy general y es común a muchos individuos no lleva a la mente directamente a alguno de ellos, sino que, presentando a una vez un gran número de ellos, impide, por consiguiente, que la imaginación se fije en un único objeto.

[4]2.La identidad puede ser estimada una segunda especie de relación. Esta relación la considero aquí como aplicada en su sentido estricto a los objetos constantes e inmutables, sin examinar la naturaleza y fundamentación de la identidad personal, lo que tendrá lugar más tarde. De todas estas relaciones, la más universal es la de identidad, por ser común a todo ser cuya existencia tiene alguna duración.

[5]3.Después de la identidad, las relaciones más universales y comprensivas son las del espacio y tiempo, que son el origen de un número infinito de comparaciones, como distante, contiguo, arriba, abajo, delante, detrás, etc.

[6]4.Todos los objetos que admiten cantidad o número pueden ser [SB 15] comparados en este aspecto, que es otro origen muy fecundo de relaciones.

[7]5.Cuando dos objetos cualesquiera poseen la misma cualidad en común, los grados en que la poseen forman una quinta especie de relación. Así, de dos objetos que son pesados, el uno puede ser más o menos pesado que el otro. Dos colores que son del mismo género pueden ser de diferentes matices, y en este aspecto admiten comparación.

[8]6.La relación de oposición puede a primera vista ser considerada como una excepción de la regla de que ninguna relación de cualquier género puede sustituir sin algún grado de semejanza. Sin embargo, consideramos que dos ideas no son nunca en sí mismas contrarias, si se exceptúan las de existencia y no existencia, y que aun éstas son claramente semejantes, por implicar ambas la idea de un objeto, aunque la última excluye el objeto de todo tiempo y lugar, en los que se supone que no existe.

7.Todos los restantes objetos, como el fuego y el agua, el calor y el [9] frío, son sólo considerados contrarios por experiencia y por la oposición de sus causas o efectos; esta relación de causa y efecto es tanto una séptima relación filosófica como una relación natural. La semejanza implicada en esta relación se explicará más adelante.

Naturalmente, se esperaría que uniese la diferencia a las otras relaciones; [10] pero yo la considero más como una negación de relación que como algo real o positivo. La diferencia es de dos clases, como opuesta a la identidad o a la semejanza. La primera se llama una diferencia de número; la segunda, de género.

SECCIÓN 6. DE LOS MODOS Y SUSTANCIAS

Preguntaría gustoso a los filósofos que fundan muchos de sus razonamientos [1] sobre la distinción de sustancia y accidente e imaginan que tenemos ideas claras de ello, si la idea de sustancia se deriva de las impresiones de sensación o de las de reflexión. Si nos es procurada [SB 16] por nuestros sentidos, pregunto por cuál de ellos y de qué manera. Si es percibida por la vista, debe ser un color; si por el oído, un sonido; si por el paladar, un sabor, y así sucesivamente sucederá con los otros sentidos. Creo, sin embargo, que nadie afirmará que la sustancia es un color, un sonido o un sabor. La idea de sustancia debe, en consecuencia, derivarse de una impresión de reflexión si realmente existe. Pero nuestras impresiones de reflexión se reducen a nuestras pasiones y emociones, ninguna de las cuales es posible que represente una sustancia. No tenemos, por consiguiente, una idea de la sustancia distinta de una colección de cualidades particulares, y no nos referimos a otra cosa cuando hablamos o razonamos acerca de ella.

La idea de una sustancia, lo mismo que la de un modo, no es más [2] que una colección de ideas simples que están unidas por la imaginación y poseen un nombre particular asignado a ellas, por el que somos capaces de recordar a nosotros mismos o los otros esta colección. Pero la diferencia entre estas ideas consiste en que las cualidades particulares que forman una sustancia se refieren corrientemente a un algo desconocido, al que se supone son inherentes, o, concediendo que esta ficción no tiene lugar, se supone al menos que se hallan enlazadas estrecha e inseparablemente por las relaciones de contigüidad y causalidad. El efecto de esto es que siempre que descubrimos que una nueva cualidad simple tiene la misma conexión con las restantes, la comprendemos inmediatamente entre ellas, aunque no esté dentro de la primera concepción de sustancia. Así, nuestra idea de oro puede, al principio, ser un color amarillo, peso, maleabilidad, fusibilidad; pero después de descubrir su solubilidad en el agua regia podemos unir esta cualidad a las otras y suponer que pertenece tanto a la sustancia como si su idea desde un comienzo hubiera sido una parte o componente de ella. El principio de unión, siendo considerado como parte capital de la idea compleja, da entrada a cualquier cualidad que se presente después y es igualmente comprendida bajo esa idea como las otras que se presentaron primeramente.

[3] Que esto no puede tener lugar en los modos es evidente al considerar [SB 27] su naturaleza. Las ideas simples, de las cuales los modos están formados, o representan cualidades que no están unidas por continuidad y causalidad, sino que están dispersas en diferentes sujetos, o, si se hallan unidas, su principio de unión no se considera como el fundamento de una idea compleja. La idea de la danza es un ejemplo de la primera clase de modos; la de la belleza, del segundo. La razón es clara: tales ideas complejas no pueden admitir una nueva idea sin cambiar el nombre que distingue al modo.

SECCIÓN 7. DE LAS IDEAS ABSTRACTAS

[1] Una cuestión muy importante ha sido suscitada con respecto a las ideas abstractas o generales, es decir, ¿son generales o particulares en la concepción que la mente tiene de ellas? Un gran filósofo14 ha combatido la opinión tradicional en este particular y ha afirmado que todas las ideas generales no son más que ideas particulares unidas a un cierto término que les concede una significación más extensa y las hace despertar, en ocasiones, otras ideas individuales que son semejantes a ellas. Como yo considero éste uno de los descubrimientos más grandes y más valiosos que han sido hechos en los últimos años en la República de las Letras, intentaré confirmarlo por algunos argumentos que espero lo pongan más allá de toda duda y controversia.

Es evidente que al formar la mayoría de nuestras ideas generales, [2] si no todas, hacemos abstracción de los grados particulares de cantidad y cualidad, y que un objeto no deja de pertenecer a una especie dada por razón de una pequeña alteración en su extensión, duración y otras propiedades. Por consiguiente, puede pensarse que existe aquí un claro dilema decisivo en lo concerniente a la naturaleza de las ideas abstractas, las cuales han proporcionado tantos asuntos de especulación a los filósofos. La idea abstracta del hombre representa a los [SB 18] hombres de todos los tamaños y de todas las cualidades; de lo que se concluye que no puede hacerlo más que o representando a la vez todos los tamaños y cualidades posibles o no representando ninguno. Ahora bien, estimándose como absurdo defender la primera posición, por implicar una capacidad infinita de la mente, se ha realizado comúnmente una inferencia en favor de la última y se ha supuesto que nuestras ideas abstractas no representan ningún grado particular de cantidad o cualidad. Sin embargo, haré ver que esta decisión es errónea, primeramente probando que es totalmente imposible concebir una cantidad o cualidad sin formarse una noción precisa de sus grados, y segundo, mostrando que, aunque la capacidad de la mente no es infinita, podemos formarnos a la vez una noción de todos los grados posibles de cantidad y cualidad de una manera que, aunque imperfecta, puede servir al menos para todos los propósitos de la reflexión y conversación.

Comenzando con la primera proposición de que la mente no puede [3] formarse una noción de cantidad y cualidad sin formarse una noción precisa de los grados de cada una, la probaremos por los tres argumentos siguientes: Primeramente, hemos observado que todos los objetos diferentes son distinguibles y que todos los objetos distinguibles son separables por el pensamiento y la imaginación. Podemos añadir aquí que estas proposiciones son igualmente ciertas a la inversa y que todos los objetos separables son, pues, distinguibles, y que todos los objetos distinguibles son, por consiguiente, diferentes. Pues ¿cómo es posible que podamos separar lo que no es distinguible o distinguir lo que no es diferente? Por consiguiente, para saber si la abstracción implica una separación necesitamos tan sólo considerarla desde este punto de vista y examinar si todas las circunstancias de las que hacemos abstracción en nuestras ideas generales son distinguibles y diferentes de las que retenemos como partes esenciales de las mismas. Es evidente, [SB 19] a primera vista, que la determinada longitud de una línea no es diferente ni distinguible de la línea misma, ni, en general, el grado preciso de una cualidad lo es de la cualidad misma. Por consiguiente, estas ideas son tan poco susceptibles de separación como de distinción o diferencia. Se hallan, pues, unidas unas con otras en la concepción, y la idea general de una línea, a pesar de todas nuestras abstracciones y refinamientos, tiene, cuando aparece en la mente, un grado preciso de cantidad y cualidad, aunque se puede hacer que represente otras líneas que poseen diferentes grados de ambas.

[4] Segundo: se confiesa que ningún objeto puede aparecer a los sentidos o, con otras palabras, que ninguna impresión puede hacerse presente a la mente sin hallarse determinada en sus grados de cantidad y cualidad. La confusión en que se hallan envueltas a veces las impresiones procede tan sólo de su debilidad e inestabilidad y no de alguna capacidad de la mente para recibir una impresión que en su existencia real no posea un grado o proporción determinada. Es esto una contradicción en los términos y aun implica la más crasa de las contradicciones, a saber: que es posible que la misma cosa sea y no sea al mismo tiempo.

[5] Ahora bien, puesto que todas las ideas se derivan de impresiones y no son más que copias y representaciones de ellas, todo lo que es verdadero de las unas debe reconocerse como perteneciente a las otras. Las impresiones y las ideas difieren tan sólo por su vigor y vivacidad. La conclusión precedente no se funda en un grado particular de vivacidad. No puede, pues, ser afectada por una variación en este respecto. Una idea es una impresión más débil, y como una impresión fuerte debe tener necesariamente una cualidad y cantidad determinadas, debe suceder lo mismo con su copia o representante.

[6] Tercero: es un principio generalmente admitido en filosofía que todo en la naturaleza es individual y que es totalmente absurdo suponer un triángulo realmente existente que no posea una relación precisa de lados y ángulos. Si esto, por consiguiente, es absurdo de hecho y en [SB 20] la realidad, debe serlo también en la idea, pues nada de lo que podemos formarnos una idea clara y distinta es absurdo o imposible. Formarnos la idea de un objeto y formarnos una idea simplemente es la misma cosa, siendo la referencia de la idea al objeto, una denominación extrínseca, de la que en sí misma no muestra ni indicación ni carácter. Ahora bien, como es imposible formarnos una idea de un objeto que posee cantidad y cualidad y, sin embargo, no las posee en un grado determinado de ambas, se sigue que existe una imposibilidad igual para formarnos una idea que no se halle limitada y confinada en estos dos aspectos. Las ideas abstractas son, pues, en sí mismas individuales, aunque puedan llegar a ser generales en su representación. La imagen en la mente es solamente la de un objeto particular, aunque su aplicación, en nuestro razonamiento, sea la misma que si fuese universal.

Esta aplicación de las ideas más allá de su naturaleza procede de [7] la reunión de todos sus grados de cantidad y cualidad de una manera imperfecta, pero que puede servir para los propósitos de la vida, lo que constituye la segunda proposición que me propongo explicar. Cuando hemos hallado una semejanza entre varios objetos15 que frecuentemente se nos presenta, aplicamos el mismo nombre a todos ellos, cualesquiera que sean las diferencias que podamos observar en los grados de su cantidad y cualidad y todas las demás diferencias que puedan aparecer entre ellos. Después de haber adquirido una costumbre de este género, la audición de ese nombre despierta la idea de uno de estos objetos y hace que la imaginación lo conciba con todas sus circunstancias y proporciones determinadas. Pero como la misma palabra se supone que ha sido aplicada frecuentemente a otras representaciones particulares, que son diferentes en muchos aspectos de la idea que se halla inmediatamente presente a la mente, y no siendo la palabra capaz de despertar la idea de otras representaciones particulares, toca tan sólo al alma, si se nos permite hablar de este modo, y despierta el hábito que hemos adquirido considerándolas. No están éstas realmente de hecho presentes ante la mente, sino solamente en potencia; no podemos representárnoslas claramente en la imaginación, pero somos capaces de considerar fácilmente alguna de ellas cuando lo exija un designio o necesidad presente. La palabra despierta [SB 21] una idea individual y al mismo tiempo una cierta costumbre, y esta costumbre produce cualquier otra idea individual que podemos tener ocasión de emplear. Sin embargo, como la producción de todas las ideas a las que el nombre puede ser aplicado es, en los más de los casos, imposible, abreviamos este trabajo por una consideración más parcial y hallamos que no surgen más que pocos inconvenientes, de esta simplificación, en nuestro razonamiento.

[8] Una de las circunstancias más extraordinarias del presente asunto es que, después que la mente ha producido una idea individual sobre la que razonamos, la costumbre que la acompaña y es despertada por el término general o abstracto sugiere rápidamente otra idea individual si por casualidad hacemos un razonamiento que no concuerda con aquélla. Así, si mencionáramos la palabra triángulo y formásemos la idea de un equilátero determinado para corresponder a aquélla y afirmásemos después que los tres ángulos de un triángulo son iguales entre sí, las otras ideas individuales de un escaleno y un isósceles, que hemos omitido al principio, se nos presentan inmediatamente y nos hacen percibir la falsedad de esta proposición, aunque sea verdadera con relación a la idea que hemos formado. Que la mente no sugiere siempre estas ideas cuando es preciso procede de alguna imperfección en sus facultades, y una imperfección semejante es frecuentemente el origen del falso razonamiento y la sofistería. Esto es, principalmente, lo que sucede con las ideas que son abstrusas y complejas. En otras ocasiones, la costumbre es más perfecta y caemos rara vez en tales errores.

[9] Es más, la costumbre es en ocasiones tan perfecta que la misma idea puede unirse a varias palabras diferentes y puede ser empleada en diferentes razonamientos sin peligro alguno de error. Así, la idea de un triángulo equilátero de una pulgada de altura puede servirnos para hablar de una figura, de una figura rectilínea, de una figura regular, de un triángulo y de un triángulo equilátero. Por consiguiente, todos estos términos están en este caso unidos con la misma idea; pero como acostumbran a ser aplicados en una mayor o menor extensión, [SB 22] despiertan sus hábitos particulares, y por esto llevan a la mente rápidamente a observar que no se ha realizado ninguna conclusión contraria a la idea que usualmente se comprende bajo ellos.

[10] Antes de que estos hábitos hayan llegado a ser totalmente perfectos, quizá la mente no se contente con formarse la idea de una sola realidad individual, sino que puede recorrer varias distintas, para entender lo que quiere decir y la extensión del complejo que quiere expresar por el término general. Para que podamos determinar el sentido de la palabra figura debemos recorrer en nuestra mente las ideas de círculo, cuadrado, paralelogramo, triángulo de diferentes lados y proporciones, y no podemos detenernos en una sola imagen o idea. Como quiera que esto sea, es cierto que nos formamos la idea de realidades individuales siempre que usamos un término general, que rara vez o nunca agotamos estas realidades individuales y que las que permanecen son representadas solamente por medio del hábito por el que las reproducimos cuando alguna ocasión presente lo exige. Ésta es, pues, la naturaleza de nuestras ideas abstractas y términos generales, y de esta manera es como explicamos la precedente paradoja de que algunas ideas son particulares en su naturaleza y generales en su representación. Una idea particular se hace general uniéndose con un término general, esto es, con un término que por una unión habitual está en relación con otras muchas ideas particulares y las reproduce en la imaginación fácilmente.

La única dificultad que queda en este asunto debe referirse al [11] hábito que reproduce tan fácilmente toda idea particular que podamos necesitar y es despertado por una palabra o sonido con el que lo unimos frecuentemente. El modo más apropiado, según mi opinión, de dar una explicación satisfactoria de esta actividad de la mente es producir otros casos que son análogos a ella y otros principios que facilitan su actuación. Explicar las causas últimas de nuestras acciones mentales es imposible. Es suficiente que podamos dar una explicación satisfactoria de ellas por la experiencia y analogía.

Primeramente, pues, observo que cuando mencionamos algún número [12] grande, por ejemplo, un millar, la mente no tiene en general [SB 23] una idea adecuada de él, sino tan sólo la capacidad de producir una idea tal por la idea adecuada de las decenas, bajo las cuales el número se halla comprendido. Esta imperfección, sin embargo, de nuestras ideas no se experimenta nunca en nuestros razonamientos, que parecen ser un caso paralelo al presente de las ideas universales.

Segundo: tenemos varios casos de hábitos que pueden ser despertados [13] por una sola palabra, como, por ejemplo, cuando una persona que sabe de memoria un fragmento de un discurso o una serie de versos puede recordar el todo, que es incapaz de reproducir, tan sólo mediante la primera palabra o expresión con que comienzan.

Tercero: creo que todo el que examine la situación de su mente al [14] razonar estará de acuerdo conmigo en que no unimos ideas distintas y completas a cada término que usamos, y que cuando hablamos de gobierno, iglesia, negociación, conquista, rara vez desplegamos en nuestras mentes todas las ideas simples de las que se componen estas ideas complejas. Sin embargo, se puede observar que, a pesar de esta imperfección, podemos evitar decir absurdos acerca de estos asuntos y podemos percibir una repugnancia entre las ideas tanto como si tuviésemos una plena comprensión de ellas. Así, si en lugar de decir que en la guerra el más débil tiene siempre el recurso de la negociación dijésemos que tiene siempre el recurso de la conquista, la costumbre que hemos adquirido de atribuir ciertas relaciones a las ideas aún acompaña a las palabras y nos hace percibir inmediatamente lo absurdo de esta proposición, del mismo modo que una idea particular puede servirnos para razonar con respecto a otras ideas, aunque sean éstas diferentes en varias circunstancias.

[15] Cuarto: dado que las realidades individuales se agrupan y se colocan bajo un término general, teniendo en cuenta la semejanza que entre sí muestran, esta relación debe facilitar su entrada en la imaginación y hacer que sean sugeridas en la ocasión precisa más rápidamente. [SB 24] De hecho, si consideramos el progreso común del pensamiento, ya en la reflexión, ya en la conversación, hallaremos una razón poderosa para convencernos de este particular. Nada es más admirable que la presteza con que la imaginación despierta sus ideas y las presenta en el instante preciso en que son necesarias o útiles. La fantasía pasa de un extremo a otro del universo, reuniendo las ideas que pertenecen a un asunto. Podría pensarse que el mundo intelectual de las ideas al completo se hallaba presente ante nosotros y que no hacíamos más que coger las que eran más apropiadas a nuestro propósito. Sin embargo, no es preciso que esté presente ninguna, más que las ideas que se hallan reunidas por una especie de facultad mágica en el alma, que aunque sea siempre más perfecta en los grandes genios, y es propiamente lo que llamamos genio, resulta, sin embargo, inexplicable mediante los más grandes esfuerzos del entendimiento humano.

[16] Quizás estas cuatro reflexiones pueden ayudar a alejar todas las dificultades de la hipótesis referente a las ideas abstractas que yo he propuesto y que es tan contraria a lo que hasta ahora ha prevalecido en filosofía. Pero, a decir verdad, pongo mi mayor confianza en lo que he probado ya con referencia a la imposibilidad de las ideas generales, según el método corriente de explicarlas. Debemos buscar, ciertamente, algún sistema nuevo en este asunto, y no existe claramente ninguno más que el que yo he propuesto. Si las ideas son particulares en su naturaleza y al mismo tiempo finitas en su número, sólo por la costumbre pueden hacerse generales en su representación y contener un número infinito de otras ideas bajo sí.

Antes de que deje este problema emplearé los mismos principios [27] para explicar la distinción de razón, de la que se habla tanto y se entiende tan poco en las escuelas. De este género es la distinción entre figura y cuerpo figurado, movimiento y cuerpo movido. La dificultad de explicar esta distinción surge del principio antes expuesto: que todas las ideas que son diferentes son separables; pues se sigue de aquí que, si la figura es diferente del cuerpo, sus ideas deben ser tan separables como [SB 15] distinguibles, y si no es diferente, sus ideas no pueden ser ni separables ni distinguibles. ¿Qué se entiende por una distinción de razón, puesto que no implica diferencia ni separación?

Para evitar esta dificultad debemos recurrir a la explicación precedente [18] de las ideas abstractas. Es cierto que la mente jamás hubiera soñado en distinguir una figura de un cuerpo figurado no siendo en la realidad ni distinguibles, ni diferentes, ni separables, si no hubiera observado que aun en esta simplicidad pueden contenerse muchas semejanzas y relaciones diferentes. Así, cuando una esfera de mármol blanco se nos presenta, tenemos sólo la impresión de un color blanco dispuesto en una cierta forma y no somos capaces de separar y distinguir el color de la forma; pero habiendo observado después una esfera de mármol negra y un cubo de mármol blanco y comparándolos con nuestros primeros objetos, hallamos dos semejanzas separadas en lo que parecía primeramente, y realmente es, totalmente inseparable. Después de un poco más de práctica de esta clase, comenzamos a distinguir la figura del color por una distinción de razón; esto es, consideramos juntamente la figura y el color, pues son, en efecto, la misma cosa e indistinguibles, pero vistas bajo aspectos diferentes, según las semejanzas de que son susceptibles. Cuando consideramos solamente la figura de la esfera de mármol blanco, nos formamos, en realidad, una idea de la figura y el color, pero tácitamente dirigimos nuestra vista a su semejanza con la esfera de mármol negro, y del mismo modo, cuando queremos considerar solamente su color, dirigimos nuestra vista a su semejanza con el cubo de mármol blanco. Por este medio acompañamos nuestras ideas de una especie de reflexión, de la que la costumbre nos hace, en gran parte, insensibles. Una persona que desea considerar la figura de un globo de mármol blanco sin pensar en su color desea una cosa imposible; mas, lo que quiere decir es que debemos considerar el color y la figura juntos, pero tener presente la semejanza con la esfera de mármol negro o con alguna otra esfera de cualquier otro color o materia.

7 Siguiendo las indicaciones de la nueva edición crítica del Tratado de la naturaleza humana de David Hume realizada por Oxford University Press (vid. Bibliografía selecta del «Estudio introductorio» en el presente volumen) y con el fin de facilitar la referencia a la numeración marginal de libros, partes, secciones y párrafos de la obra, se ha modificado la numeración original del texto llevada a cabo por Hume cambiando los números romanos por cifras arábigas. Así pues, lo que antes era THN II, II, ahora será THN 2, 2, y así en el resto de la obra.

8 Como ya se ha señalado, cuando Hume quiere usar específicamente el término «alma», soul, lo hace, como en este texto, por lo que parece más oportuno traducir mind por «mente».

9 Hago uso de los términos «impresión» e «idea» en un sentido que no es el acostumbrado, y espero que se me concederá esta libertad. Quizá devuelvo a la palabra «idea» su sentido original que le hizo perder Locke aplicándola a todas nuestras percepciones. Por el término «impresión» no quisiera que se entendiese la manera como se producen las impresiones vivaces en el alma, sino tan sólo las percepciones mismas; porque no existe ningún nombre particular ni en inglés ni en ninguna otra lengua que yo conozca. (N. del A.)

10 Se introduce aquí un punto y aparte que no aparece en Viqueira pero sí en el texto original.

11 Parte 3, sección 5. (N. del A.) Esta nota no aparece en la edición de Viqueira.

12 El análisis humeano de la causalidad constituye la idea más famosa de la obra y es repetida en el Abstract o Resumen del Tratado. No es como se tendió a pensar, en absoluto, el único objetivo o argumento de la obra, ni siquiera su punto más polémico. Cf. principalmente THN 1, 3, 2-8.

13 La frase relativa al ejemplo del juez falta en la edición del Tratado de F. Duque. Cf. Bibliografía selecta del «Estudio introductorio» en el presente volumen.

[SB 17] 14 Berkeley. (N. del A.)

15 App. Es evidente que aun las ideas simples diferentes pueden presentar entre [SB 637] sí una similaridad o semejanza, pero no es necesario que la nota o circunstancia de semejanza sea distinta o separable de aquello en que difieren. Azul y verde son dos ideas simples diferentes, pero son más semejantes que azul y rojo, aunque su simplicidad total excluye toda posibilidad de separación o distinción. Sucede lo mismo con los sonidos, sabores y olores particulares. Éstos admiten semejanzas infinitas partiendo de su apariencia general y comparación sin tener una circunstancia idéntica en común. De esto podemos estar ciertos, aunque no sea más que por los términos abstractos de idea simple. Éstos comprenden todas las ideas simples bajo sí. Éstas se asemejan entre sí por su simplicidad, y por su misma naturaleza, que excluye toda composición, la circunstancia en que se asemejan no es ni distinguible ni separable del resto. Sucede lo mismo con todos los grados de una cualidad. Son semejantes todos y, sin embargo, la cualidad en cualquier individuo no es jamás distinta del grado. (N. del A.)

App. indica que la nota procede del «Apéndice» del Tratado, en el libro 3.

[SB 26] PARTE 2

DE LAS IDEAS DEL ESPACIO Y EL TIEMPO

SECCIÓN 1. DE LA INFINITA DIVISIBILIDAD DE NUESTRAS IDEAS DEL ESPACIO Y EL TIEMPO

[1] Todo lo que tiene un aspecto de paradoja y es contrario a las nociones primeras y sin prejuicios de la humanidad es abrazado frecuentemente con gusto por los filósofos, como pareciendo mostrar la superioridad de su ciencia, que puede descubrir opiniones tan apartadas de las concepciones vulgares. Por otra parte, algo que nos es propuesto y causa sorpresa y admiración produce una satisfacción tal a la mente, que nos entregamos a estas emociones agradables y no nos persuadiremos jamás de que este placer carece de todo fundamento. De estas disposiciones en los filósofos y sus discípulos surge la complacencia mutua existente entre ellos, ya que mientras los primeros proporcionan una cantidad tal de opiniones extrañas e inexplicables, los últimos las creen muy fácilmente. De esta complacencia mutua no puedo dar un ejemplo más evidente que el de la doctrina de la divisibilidad infinita, con cuyo examen comenzaré el estudio de las ideas de espacio y tiempo.

[2] Se concede universalmente que la capacidad de la mente es limitada y que no puede jamás alcanzar una concepción plena y adecuada del infinito, y, aunque no se concediese, esto sería bastante evidente por la más corriente observación y experiencia. Es, pues, claro que [SB 27] todo lo que es capaz de ser dividido al infinito debe constar de un número infinito de partes y que es imposible poner algún límite al número de partes sin poner límite al mismo tiempo a la división. Apenas se requiere una inducción para concluir de aquí que la idea que nos formamos de una cantidad finita no es divisible indefinidamente, sino que podemos, por distinciones y separaciones apropiadas, reducir esta idea a las inferiores, que son totalmente simples e indivisibles. Al rechazar la capacidad infinita de la mente suponemos que puede llegar a un fin en la división de sus ideas y no hay modo posible de evadir la evidencia de esta conclusión.

Por consiguiente, es cierto que la imaginación alcanza un mínimum [3] y puede producir una idea de la cual no puede concebir una subdivisión y que no puede ser disminuida sin una destrucción total. Si se me habla de la milésima y diezmilésima parte de un grano de arena, tengo una idea de estos números y de sus diferentes relaciones; pero las imágenes que yo formo en mi mente para representar las cosas mismas no son diferentes entre sí ni inferiores a la de la imagen por la que represento el grano de arena mismo, que se supone que es mucho mayor que ellas. Lo que está formado de partes es divisible en ellas, y lo que es divisible o distinguible es separable. Pero sea lo que fuere lo que podemos imaginar de la cosa, la idea de un grano de arena no es divisible ni separable en veinte ideas diferentes, ni mucho menos en mil, diez mil o un número infinito.

Sucede lo mismo con las impresiones de los sentidos que con las [4] ideas de la imaginación. Poned un punto de tinta sobre un papel, fijad vuestra vista sobre este punto y retiraos a una distancia tal que al fin lo perdáis de vista; es claro que un momento antes de haberse desvanecido la imagen o impresión era totalmente indivisible. No es por falta de rayos de luz que impresionen nuestra vista por lo que las partes pequeñas de los cuerpos distantes no producen una impresión sensible, sino porque se hallan más allá de una distancia en la que sus impresiones puedan reducirse a un mínimum y son incapaces de una [SB 28] disminución interior. Un microscopio o telescopio que las hace visibles no produce nuevos rayos de luz, sino que extiende tan sólo los que partían de ellas, y por este medio concede partes a las impresiones que a la vista por sí sola aparecen simples y sin partes y las lleva a un mínimum que era antes imperceptible.

De aquí podemos deducir el error de la opinión corriente de que [5] la capacidad de la mente se halla limitada por ambos lados y que es imposible para la imaginación formar una idea adecuada de lo que va más allá de un cierto grado, tanto de pequeñez como de grandeza. Nada puede ser más pequeño que algunas ideas que nos formamos en la fantasía e imágenes que aparecen a los sentidos, pues son ideas e imágenes perfectamente simples e indivisibles. El único defecto de nuestros sentidos está en que nos dan imágenes desproporcionadas de las cosas y nos representan como pequeño y simple lo que es realmente grande y compuesto de un número elevado de partes. No somos sensibles a este error, sino que, considerando las impresiones de los objetos pequeños, que parecen a los sentidos ser iguales o casi iguales a los otros objetos, y hallando por la razón que existen otros objetos mucho más diminutos, concluimos demasiado de prisa que son inferiores a alguna idea de nuestra imaginación o impresión de nuestros sentidos. Sin embargo, es cierto que podemos formarnos ideas que no serán más grandes que el más pequeño átomo de los espíritus animales de un insecto mil veces más pequeño que un ácaro y podemos concluir más bien que esta dificultad reside en ampliar nuestras concepciones tanto como es necesario para formarnos una justa noción de un ácaro o aun de un insecto mil veces más pequeño que un ácaro; pues para formar una noción exacta de estos animales debemos tener una idea distinta que represente cada parte de ellos, lo que, de acuerdo con el sistema de la divisibilidad infinita, es totalmente imposible, y según el de las partes indivisibles de los átomos, extremamente dificultoso por razón del vasto número y multiplicidad de estas partes.

[SB 29] SECCIÓN 2. DE LA INFINITA DIVISIBILIDAD DEL ESPACIO Y EL TIEMPO

[1] Siempre que las ideas son representaciones adecuadas de los objetos, las relaciones, contradicciones y concordancias de las ideas son totalmente aplicables a los objetos y podemos observar que esto es el fundamento del conocimiento humano. Nuestras ideas son representaciones adecuadas de las partes más diminutas de la extensión, y sean cuales sean las divisiones o subdivisiones que suponemos para lograr estas partes, éstas no pueden jamás ser inferiores a algunas ideas que nos formamos. La clara consecuencia de ello es que todo lo que parece imposible y contradictorio por la comparación de estas ideas debe ser realmente imposible y contradictorio sin una excusa o evasiva ulterior.

[2] Toda cosa capaz de ser dividida infinitamente contiene un número infinito de partes; de otro modo, la división se detendría en las partes indivisibles, a las que inmediatamente llegaríamos. Si, en consecuencia, una extensión finita es divisible infinitamente, no podrá ser contradictorio suponer que una extensión finita comprende un número infinito de partes, y, viceversa, si es una contradicción suponer que una extensión finita contiene un número infinito de partes, ninguna extensión finita puede ser infinitamente divisible. Pero de que este último supuesto es absurdo me convenzo a mí mismo por la consideración de mis ideas claras. Primeramente considero la más pequeña idea que puedo formarme de una parte de la extensión, y estando seguro de que no existe nada más pequeño que esta idea, concluyo que todo lo que descubro por este medio debe ser una cualidad real de la extensión. Después repito esta idea una, dos, tres veces, etc., y hallo la idea compleja de extensión que surge de esta repetición: aumentar siempre y hacerse doble, triple y cuádruple, etc., hasta que, por último, se convierte en una magnitud considerable más grande o más pequeña, según se repita más o menos la misma idea. Cuando me detengo en la adición de las partes, la idea de la extensión cesa de aumentar, y [SB 30] cuando prosigo esta adición hasta el infinito percibo claramente que la extensión debe hacerse también infinita. En total, concluyo que la idea de un número infinito de partes es individualmente la misma idea que la de una extensión infinita y que ninguna extensión finita es capaz de contener un número infinito de partes, y, en consecuencia, que ninguna extensión finita es divisible infinitamente.16

Puedo añadir otro argumento propuesto por un autor27 conocido y [3] que me parece muy poderoso y elegante. Es evidente que la existencia en sí misma corresponde tan sólo a la unidad y no es jamás aplicable al número más que en razón de las unidades de que el número está compuesto. Veinte hombres pueden considerarse como existentes, pero esto tan sólo porque uno, dos, tres, cuatro, etc., existen, y si se niega la existencia de los últimos, la de los primeros deja de tener lugar en consecuencia. Por lo tanto, es totalmente absurdo suponer que un número existe y negar la existencia de las unidades, y como la existencia es siempre un número, según la opinión corriente de los metafísicos, y jamás se reduce a una unidad o cantidad indivisible, se sigue que la existencia no puede existir jamás. Es en vano replicar que una cantidad determinada de extensión es una unidad, pero una unidad tal que admite un número infinito de fracciones y es inagotable en sus subdivisiones, pues por la misma regla estos veinte hombres pueden ser considerados como una unidad. La esfera entera de la Tierra y, es más, el universo entero, pueden ser considerados como una unidad. El término de unidad es meramente una denominación ficticia que la mente puede aplicar a cualquier cantidad de objetos que ella agrupa, y no puede una unidad tal existir más por sí sola que lo puede el número, por ser [SB 31] en realidad un verdadero número. La unidad que puede existir por sí sola y cuya existencia es necesaria para la de todo número es de otro género y debe ser perfectamente indivisible e incapaz de reducirse a otra unidad menor.

[4] Todo este razonamiento tiene lugar también con respecto al tiempo, juntamente con un argumento adicional del que será conveniente tomar nota. Es una propiedad inseparable del tiempo, que en cierto modo constituye su esencia, que a cada una de sus partes sucede otra y que ninguna de ellas, aun contiguas, pueden ser coexistentes. Por la misma razón que el año 1737 no puede coincidir con el año presente, 1738, cada momento debe ser distinto y posterior o antecedente a otro. Es cierto, pues, que el tiempo, tal como existe, debe hallarse compuesto de momentos indivisibles, pues si en el tiempo no podemos llegar jamás al fin de la división y si cada momento que sucede a otro no fuera perfectamente único e indivisible, existirían un número infinito de momentos coexistentes o partes del tiempo, lo que creo se concederá que es una contradicción notoria.

[5] La divisibilidad infinita del espacio implica la del tiempo, como es evidente por la naturaleza del movimiento. Si la última, por consiguiente, es imposible, la primera debe serlo igualmente.

[6] No dudo que será concedido fácilmente por el más obstinado defensor de la doctrina de la divisibilidad infinita que estos argumentos son difíciles y que es imposible dar una respuesta a ellos que sea perfectamente clara y satisfactoria. Aquí podemos observar que nada puede ser más absurdo que la costumbre de llamar dificultad a lo que pretende ser una demostración y tratar por este medio de eludir su fuerza y evidencia. No sucede en las demostraciones como en las probabilidades, en las que las dificultades pueden tener lugar y un argumento puede contrarrestar a otro y disminuir su autoridad. Una demostración, si es exacta, no admite ninguna dificultad que se le oponga, y si no es exacta, es un mero sofisma y, por consiguiente, no puede ser una dificultad: o es irresistible o no tiene fuerza alguna. Hablar, pues, de [SB 32] objeciones y réplicas y pesar los argumentos en una cuestión como ésta es confesar o que la razón humana no es más que un juego de palabras o que la persona misma que habla así no tiene capacidad suficiente para estos asuntos. Las demostraciones pueden ser difíciles de ser comprendidas a causa de lo abstracto del asunto, pero no pueden poseer jamás dificultades tales que debiliten su autoridad una vez que han sido comprendidas.

Es verdad que los matemáticos acostumbran a decir que existen [7] aquí argumentos igualmente poderosos en favor de cada lado de la cuestión y que la doctrina de los puntos indivisibles se halla también unida a objeciones irrefutables. Antes de que examine estos argumentos y objeciones en detalle los consideraré en conjunto y trataré de probar de una vez, por una razón breve y decisiva, que es totalmente imposible que puedan tener un fundamento exacto.

Es una máxima establecida en metafísica que todo lo que la mente [8] concibe claramente incluye la idea de una existencia posible o, en otras palabras, que nada de lo que imaginamos es absolutamente imposible. Podemos formarnos la idea de una montaña de oro y de aquí concluir que esta montaña puede existir actualmente. No podemos formarnos la idea de una montaña sin valle y, por consiguiente, la consideramos como imposible.

Ahora bien; es cierto que poseemos una idea de extensión, pues de [9] otro modo, ¿por qué hablaríamos y razonaríamos acerca de ella? Es igualmente cierto que esta idea, concebida por la imaginación, aunque divisible en partes o ideas inferiores, no es divisible infinitamente ni consta de un número infinito de partes, pues esto excede a la comprensión de nuestras limitadas facultades. Aquí, pues, existe una idea de extensión que consta de partes o ideas inferiores que son perfectamente indivisibles; así, pues, esta idea no implica contradicción; por consiguiente, es posible que exista realmente la extensión en conformidad con ella y, por tanto, todos los argumentos empleados contra la posibilidad de los puntos matemáticos son meras argucias escolásticas inmerecedoras de nuestra atención.

Podemos llevar estas consecuencias más lejos y concluir que todas [10] las pretendidas demostraciones en favor de la divisibilidad infinita [SB 33] de la extensión son igualmente sofísticas, pues es cierto que estas demostraciones no pueden ser exactas sin probar la imposibilidad de los puntos matemáticos, y pretenderlo es un evidente absurdo.

SECCIÓN 3. DE LAS DEMÁS CUALIDADES DE NUESTRAS IDEAS DE ESPACIO Y TIEMPO

No puede haberse hecho descubrimiento más feliz para resolver todas [1] las controversias concernientes a las ideas que el antes mencionado de que las impresiones las preceden siempre y que toda idea que la imaginación posee hace su primera aparición en una impresión correspondiente. Estas últimas percepciones son tan claras y evidentes que no admiten controversia ninguna, aunque muchas de nuestras ideas sean tan oscuras que es casi imposible, aun para la mente que las forma, decir exactamente cuál es su naturaleza y composición. Apliquemos este principio para descubrir aún más la naturaleza de nuestras ideas de espacio y tiempo.

[2] Al abrir mis ojos y dirigirlos a los objetos que me rodean percibo muchos cuerpos visibles, y al cerrarlos de nuevo y considerar la distancia entre estos cuerpos adquiero la idea de extensión. Como toda idea se deriva de alguna impresión que le es exactamente similar, las impresiones similares a esta idea de extensión deben ser o sensaciones derivadas de la vista o algunas impresiones internas que se derivan de estas sensaciones.

[3] Nuestras impresiones internas son nuestras pasiones, emociones, deseos y adversiones, ninguna de las cuales, según creo, se afirmará que sea el modelo del que se deriva la idea del espacio. No queda más, por consiguiente, que los sentidos para producirnos la impresión original. [SB 34] [Pero ¿qué impresión nos trasmiten en este caso los sentidos? Ésta es la pregunta fundamental que decide sin posibilidad de apelación en lo que se refiere a la naturaleza de la idea.]18

[4] [La visión de la mesa que tengo ante mí es suficiente para proporcionarme la idea de extension. Así pues, esta idea procede de una impresión que en este momento aparece ante los sentidos y la representa.]19 Pero mis sentidos me proporcionan solamente impresiones de puntos coloreados dispuestos de un cierto modo. Si se dice que la vista es sensible a algo más, tan sólo deseo que se me indique a qué; pero si es imposible mostrar algo más, podemos concluir con certidumbre que la idea de extensión no es sino una copia de estos puntos coloreados y de la forma de su aparición.

[5] Si se supone que en el objeto extenso o composición de puntos coloreados, del cual hemos obtenido primeramente la idea de extensión, los puntos son de color púrpura, se seguirá que en cada repetición de esta idea no sólo colocaremos los puntos en el mismo orden los unos con respecto a los otros, sino que les atribuiremos también el mismo color, único que conocemos. Sin embargo, más tarde, habiendo experimentado otros colores, violeta, verde, rojo, blanco, negro y todas las diferentes mezclas de éstos y habiendo hallado una semejanza en la disposición de los puntos coloreados de los que están compuestos, omitimos las particularidades de color tanto como es posible y hallamos una idea abstracta basándonos en la disposición de los puntos o forma de aparición en que concuerdan. Es más: aun cuando la semejanza se transporta más allá de los objetos de un sentido y se halla que las impresiones del tacto son similares a las de la vista con respecto a la disposición de sus partes, no impide esto que surja la idea abstracta que representa a ambos por razón de su semejanza. Todas las ideas abstractas no son más que ideas particulares consideradas en ciertos respectos; pero hallándose unidas a términos generales, son capaces de representar una vasta variedad y de comprender objetos que, si bien son semejantes en algunos respectos, son en otros muy diferentes entre sí.

La idea de tiempo, derivándose de la sucesión de nuestras percepciones [6] de cualquier género, tanto ideas como impresiones y tanto [SB 35] impresiones de reflexión como de sensación, nos aporta un ejemplo de una idea abstracta que comprende una aún más grande variedad que el espacio y que se halla representada en la fantasía por alguna idea particular e individual de una determinada cantidad y cualidad.20

Del mismo modo que de la disposición de los objetos visibles y [7] tangibles obtenemos la idea del espacio, obtenemos la del tiempo de la sucesión de las ideas e impresiones y no es posible que el tiempo por sí solo aparezca o sea conocido por la mente. Un hombre sumido en el sueño profundo o muy ocupado con un pensamiento es insensible al tiempo, y según que sus percepciones se suceden con una rapidez más o menos grande, la misma duración parece más larga o más breve para su imaginación. Ha sido señalado por un gran filósofo21 que nuestras percepciones tienen ciertos límites en este particular, que son fijados por la naturaleza y constitución original de la mente, y más allá de los cuales ninguna influencia de los objetos externos sobre los sentidos es capaz de acelerar o retardar nuestro pensamiento. Si se hace girar con rapidez un carbón encendido presentará a los sentidos la imagen de un círculo de fuego y no parecerá que exista ningún intervalo de tiempo entre sus revoluciones, por la mera razón de que es imposible, para nuestras percepciones, sucederse con la misma rapidez con que se comunica el movimiento a los objetos externos. Siempre que no tenemos percepciones sucesivas, no tenemos noción del tiempo, aunque exista una sucesión real en los objetos. De este fenómeno, lo mismo que de muchos otros, podemos concluir que el tiempo no puede hacer su aparición en la mente solo o acompañado de un objeto fijo e inmutable, sino que se descubre siempre por alguna sucesión perceptible de objetos mudables.

[8] Para confirmar esto, podemos añadir el siguiente argumento, que me parece perfectamente decisivo y convincente. Es evidente que el tiempo o duración consiste en partes diferentes, pues de otro modo [SB 36] no podríamos concebir una duración más larga o más breve. Es, pues, evidente que estas partes no son coexistentes, pues la propiedad de la coexistencia de las partes corresponde a la extensión y es lo que las distingue de la duración. Ahora bien, como el tiempo se compone de partes que no son coexistentes, un objeto inmutable, ya que no produce más que impresiones coexistentes, no produce nada que pueda darnos la idea del tiempo, y en consecuencia esta idea debe derivarse de una sucesión de objetos mudables, y el tiempo, en su primera aparición, no puede hallarse separado de una sucesión tal.

[9] Por consiguiente, habiendo hallado que el tiempo, en su primera aparición en la mente, va siempre unido con una sucesión de objetos mudables y que de otro modo no podríamos nunca conocerlo, debemos examinar ahora si puede ser concebido, sin nuestra concepción de una sucesión de objetos, y si puede formar por sí solo una idea diferente en la imaginación.

[10] Para saber si los objetos que van unidos en una impresión son separables en la idea necesitamos tan sólo considerar si son diferentes entre sí, en cuyo caso es claro que deben ser concebidos aparte. Todo lo que es diferente es distinguible, y todo lo que es distinguible puede ser separado de acuerdo con las máximas antes expuestas. Si, por el contrario, no son diferentes, no serán distinguibles y no podrán separarse. Esto es precisamente lo que sucede con respecto del tiempo comparado con nuestras percepciones sucesivas. La idea del tiempo no se deriva de una impresión particular mezclada con otra y fácilmente distinguible de ella, sino que surge enteramente de la manera según la que aparecen las impresiones a la mente sin constituir una de ellas. Cinco notas tocadas en una flauta nos dan la impresión e idea del tiempo, aunque el tiempo no sea una sexta impresión que se presente al oído o a algún otro sentido. No existe, además, una sexta impresión que la mente halle por reflexión en sí misma. Estos cinco sonidos, al hacer su aparición de este modo particular, no excitan ninguna emoción en la mente ni producen ningún [SB 37] género de afección que siendo observada pueda dar lugar a una nueva idea, pues esto es necesario para producir una nueva idea de reflexión y no puede la mente, recorriendo mil veces sus ideas de sensación, extraer de ellas una nueva idea original a menos que la naturaleza haya forjado sus facultades de tal modo que experimente una nueva impresión original a partir de una contemplación de este género. Pero aquí la mente tan sólo se da cuenta de la manera según la que los diferentes sonidos hacen su aparición y que puede después considerar sin tener en cuenta estos sonidos particulares y puede unir con otros objetos cualesquiera. Debe tener presente, ciertamente, las ideas de algunos objetos y no es posible, sin estas ideas, llegar a la concepción del tiempo, que, puesto que no aparece como una impresión primaria y distinta, no debe ser simplemente más que diferentes ideas o impresiones u objetos dispuestos de una cierta manera, esto es, sucediéndose los unos a los otros.

Ya sé que hay algunos que pretenden que la idea de duración [11] es aplicable, en un sentido propio, a los objetos que son totalmente inmutables, y considero que es ésta la opinión corriente tanto entre los filósofos como entre el vulgo. Para convencerse de su falsedad no necesitamos más que reflexionar sobre la conclusión precedente de que la idea de duración se deriva siempre de una sucesión de objetos mudables y no puede jamás ser procurada a la mente por nada fijo e inmutable; pues inevitablemente se sigue de aquí que, ya que la idea de duración no puede derivarse de un objeto tal, no puede ser aplicada a él con alguna propiedad o exactitud y no se puede decir que algo inmutable tiene duración. Las ideas representan siempre los objetos o las impresiones de las que se derivan y no pueden jamás, sin una ficción, representar o ser aplicadas a otras cosas. Consideraremos más adelante22 la ficción por la que aplicamos la idea de tiempo aun a lo que es inmutable, y suponemos comúnmente que la duración es una medida tanto del reposo como del movimiento.

Existe otro argumento decisivo que establece la doctrina presente, [12] referente a nuestras ideas de espacio y de tiempo, y que se funda solamente [SB 38] en el simple principio de que nuestras ideas de ellos se componen de partes que son indivisibles. Este argumento merece la pena que se lo examine.

[13] Siendo toda idea distinguible también separable, consideremos una de estas ideas simples e indivisibles de las que está formada la extensión, y separándola de las otras y considerándola aparte, pronunciemos un juicio sobre su naturaleza y cualidades.

[14] Es claro que no es la idea de la extensión, pues la idea de la extensión consta de partes, y esta idea, según lo supuesto, es totalmente simple e indivisible. No es nada, por consiguiente. Esto es absolutamente imposible, pues como la idea compuesta de extensión, que es real, está compuesta de ideas tales, si éstas fuesen algo no existente, una existencia real se compondría de no existencias, lo que es un absurdo. Por lo tanto, debo preguntar: ¿Cuál es nuestra idea de un punto simple e indivisible? No importa si mi respuesta parece algo novedosa, pues la cuestión misma casi no ha sido abordada. Estamos acostumbrados a discutir, con respecto a la naturaleza, de los puntos matemáticos, pero rara vez con respecto a sus ideas.

[15] La idea del espacio es procurada a la mente por dos sentidos: la vista y el tacto, y nada aparece como extenso más que lo que es visible o tangible. La impresión compuesta que representa la extensión consta de varias impresiones menores que son indivisibles para la vista o el tacto y que pueden ser llamadas impresiones de átomos o corpúsculos dotados con color y solidez. Pero esto no es todo. No sólo se requiere que estos átomos sean coloreados y tangibles para que se presenten a nuestros sentidos: es necesario también que conservemos la idea de su color o tangibilidad para comprenderlos mediante nuestra imaginación. Tan sólo la idea de su color o tangibilidad puede hacerlos concebibles para la imaginación. Una vez suprimidas las ideas de estas cualidades sensibles, resultan totalmente aniquilados para nuestro pensamiento o imaginación.

[16] Ahora bien, lo mismo que son las partes es el todo. Si un punto no se [SB 39] considera como coloreado o tangible, no nos puede procurar ninguna idea y, por consiguiente, la idea de la extensión, que se compone de las ideas de estos puntos, no podrá existir jamás; pero si la idea de la extensión puede existir realmente, como sabemos que existe, sus partes deben existir también, y para esto deben considerarse coloreadas y tangibles. Por consiguiente, no poseemos una idea de espacio o extensión más que cuando la consideramos como un objeto de nuestra vista o tacto.

[17] El mismo razonamiento probará que los momentos indivisibles del tiempo deben llenarse con algún objeto real o existencia, cuya sucesión forma la duración y la hace ser concebible por la mente.

SECCIÓN 4. RESPUESTA A LAS OBJECIONES

Nuestro sistema, concerniente al espacio y el tiempo, consta de dos [1] partes que se hallan íntimamente enlazadas entre sí. La primera depende de la siguiente cadena de razonamientos. La capacidad de la mente no es infinita; en consecuencia, la idea de la extensión o duración consta de un número de partes o ideas inferiores, pero en número finito, y éstas son simples e indivisibles; es, pues, posible para el espacio y el tiempo existir de acuerdo con esta idea, y si es posible, es cierto que deben existir actualmente de acuerdo con ella, pues su divisibilidad infinita es totalmente imposible y contradictoria.

La otra parte de nuestro sistema es una consecuencia de ésta. Las [2] partes en que las ideas del espacio y el tiempo se dividen son, por último, indivisibles; y estas partes indivisibles, no siendo nada en sí mismas, son inconcebibles cuando no se hallan llenas de algo real y existente. Las ideas del espacio y el tiempo no son, por consiguiente, ideas separadas o diferentes, sino tan sólo el modo o el orden en que [SB 40] los objetos existen, o, en otras palabras, es imposible concebir un vacío y extensión sin materia o un tiempo en el que no haya sucesión o cambio en una existencia real. La conexión íntima entre estas partes de nuestro sistema es la razón por la que examinaremos juntas las objeciones que han sido presentadas contra ambas, comenzando con las contrarias a la divisibilidad finita de la extensión.

1. La primera de estas objeciones de que me ocuparé es más apropiada [3] para probar la conexión y dependencia de una parte respecto de la otra que para destruir alguna de ellas. Ha sido sostenido frecuentemente en las escuelas que la extensión debe ser divisible hasta el infinito, porque el sistema de los puntos matemáticos es absurdo; y que este sistema es absurdo porque el punto matemático es algo sin existencia, y, por consiguiente, no puede formar una existencia real por su unión con otros. Esto sería totalmente decisivo si no existiese un término medio entre la infinita divisibilidad de la materia y la no existencia de los puntos matemáticos; pero existe evidentemente un término medio, a saber: el conceder color o solidez a estos puntos; y el absurdo de ambos extremos se ve en la demostración de la verdad y realidad de este término medio. El sistema de los puntos físicos, que es otro término medio, es demasiado absurdo para necesitar de una refutación. Una extensión real, del género que se supone que presenta un punto físico, no puede jamás existir sin partes diferentes entre sí, y siempre que los objetos son diferentes son distinguibles y separables por la imaginación.

[4] 2. La segunda objeción se deriva de la necesidad de la penetración si la extensión consistiese en puntos matemáticos. Un átomo simple e indivisible que toca a otro debe necesariamente penetrarlo, pues es imposible que pueda tocarle en sus partes externas, dado el supuesto de su simplicidad perfecta que excluye toda parte. Por consiguiente, debe tocarle íntimamente y en su esencia total secundum se, tota, et [SB 41] totaliter, que es la verdadera definición de la penetración. Pero la penetración es imposible; en consecuencia, los puntos matemáticos son igualmente imposibles.

[5] Respondo a esta objeción proporcionando en sustitución una idea más exacta de la penetración. Supóngase que dos cuerpos no teniendo un espacio vacío dentro de su circunferencia se aproximan el uno al otro y se unen de manera tal que el cuerpo resultante de su unión no es más extenso que uno de ellos; esto es lo que debemos entender cuando hablamos de penetración; pero es evidente que esta penetración no es más que el aniquilamiento de uno de los cuerpos y la conservación del otro sin hallarse en situación de poder distinguir en particular cuál es el conservado y cuál es el aniquilado. Antes de su contacto tenemos la idea de dos cuerpos; después tenemos tan sólo la idea de uno. Es imposible para la mente mantener una noción de diferencia entre dos cuerpos de la misma naturaleza existiendo en el mismo lugar y tiempo.

[6] Tomando, pues, la penetración en este sentido, a saber: en el del aniquilamiento de un cuerpo por su contacto con otro, pregunto si alguien ve la necesidad de que un punto coloreado o tangible sea aniquilado por la aproximación de otro coloreado o tangible. ¿No se percibirá, evidentemente, por el contrario, que de la unión de estos puntos resulta un objeto que es compuesto y divisible y que puede ser dividido en partes, cada una de las cuales conserva su existencia, diferente y separada, no obstante su contigüidad con otras? Ayudemos a la fantasía imaginando que estos puntos son de diferentes colores y de los más apropiados para evitar su unión y confusión. Un punto azul y un punto rojo pueden, seguramente, hallarse contiguos sin ninguna penetración o aniquilación; pues si no pudiese ser así, ¿qué sucedería con ellos? ¿Cuál sería aniquilado, el rojo o el azul? O si estos colores se fundiesen en uno, ¿qué nuevo color producirían por su unión?

[7] Lo que da principalmente origen a estas objeciones y al mismo tiempo hace tan difícil darles una respuesta satisfactoria es la debilidad e inestabilidad natural de nuestra imaginación y nuestros sentidos [SB 42] cuando se dirigen a tales objetos diminutos. Póngase una mancha de tinta sobre un pedazo de papel y retírese a una distancia tal que la mancha llegue a ser totalmente invisible; se hallará que, al volver a aproximarlo, la mancha se hace visible sólo en pequeños intervalos primeramente, que después se hace visible siempre, que después aun adquiere mayor intensidad en su coloración sin aumentar de tamaño, y que cuando ha aumentado hasta un grado en que se halla realmente extensa es difícil para la imaginación deshacerla en sus partes componentes a causa del desagrado que halla en la concepción de un objeto tan diminuto como es un punto único. Esta debilidad influye en la mayoría de nuestros razonamientos acerca del presente asunto y hace casi imposible responder de una manera inteligible y en términos adecuados muchas cuestiones que pueden surgir referentes a ellos.

3. Existen muchas objeciones sacadas de la matemática contra la [8] indivisibilidad de las partes de la extensión, aunque a primera vista esta ciencia parece más bien favorable a esta doctrina, y si es contraria a sus demostraciones es perfectamente compatible con sus definiciones. Mi presente tarea debe ser defender las definiciones y refutar las demostraciones.

Una superficie se define como larga y ancha sin poseer profundidad; [9] una línea, como larga sin ancho y profundidad; un punto, como lo que no tiene ni longitud, ni ancho ni profundidad. Es evidente que esto es perfectamente ininteligible, partiendo de otro supuesto que no sea la composición de la extensión por puntos o átomos indivisibles. ¿Cómo de otra manera podría existir algo sin longitud, anchura o profundidad?

Observo que se han dado a este argumento dos diferentes respuestas, [10] pero ninguna de ellas es, a mi ver, satisfactoria. La primera es que los objetos de la geometría, esas superficies, líneas y puntos, cuyas proporciones y posiciones se examinan en ella, son meras ideas de la mente, y no sólo no existieron nunca, sino que no podrán existir jamás en la naturaleza. No existieron nunca porque nadie puede pretender haber dibujado una línea o hecho una superficie que concuerde enteramente con la definición. No podrán existir nunca porque podemos [SB 43] presentar demostraciones, partiendo de estas mismas ideas, para probar que son imposibles.

Sin embargo, ¿puede imaginarse algo más absurdo y contradictorio [11] que este razonamiento? Todo lo que puede ser concebido por una idea clara y distinta implica necesariamente la posibilidad de existencia, y quien pretenda probar la imposibilidad de su existencia por un argumento derivado de la idea clara, afirma en realidad que no tenemos una idea clara de ello porque tenemos una idea clara. Es inútil buscar una contradicción en algo que se concibe distintamente por la mente. Si implicase una contradicción, sería imposible que pudiese ser jamás concebido.

[12] No existe, pues, término medio entre la concesión, por lo menos, de la posibilidad de los puntos indivisibles y la negación de sus ideas, y sobre este último principio se basa la segunda respuesta al precedente argumento. Se ha pretendido23 que, aunque es imposible concebir la longitud sin alguna anchura, sin embargo, por una abstracción, sin separación, podemos considerar la una sin tener en cuenta la otra, del mismo modo que pensamos la longitud del camino entre dos ciudades omitiendo su ancho. La longitud es inseparable de la anchura, tanto en la naturaleza como en nuestras mentes; pero no excluye una consideración parcial y una distinción de razón, del modo que antes hemos explicado.

[13] Al refutar esta respuesta no insistiré sobre el argumento que ya he explicado de un modo suficiente, a saber: que si fuese imposible para la mente llegar a un mínimum para sus ideas, su capacidad debería ser infinita, para comprender el infinito número de partes de las que se compondría su idea de extensión. Trataré de hallar nuevos absurdos en este razonamiento.

[14] Una superficie limita un sólido, una línea limita una superficie, un punto limita una línea; yo afirmo que si las ideas de punto, línea o superficie [SB 44] no fueran indivisibles sería imposible que concibiésemos estas limitaciones, pues si supusiésemos que eran infinitamente divisibles y que la fantasía trataba de fijarlas en la idea de la última superficie, línea o punto, inmediatamente hallaría ésta que la idea se deshacía en partes, y apoderándose de estas últimas partes perdería su dominio por una nueva división, y así hasta el infinito, sin posibilidad alguna de llegar a una última idea. El número de fracciones no la llevaría más cerca de la última división que la primera idea que se ha formado. Toda partícula escapa de nuevo por una nueva división, del mismo modo que el mercurio cuando intentamos cogerlo con la mano. Pero como de hecho debe existir algo que limite la idea de toda cantidad finita, y como esta idea terminal no puede constar de partes o ideas inferiores —de otro modo sería la última de sus partes la que limitaría a la idea, y así sucesivamente— es esto una prueba clara de que las ideas de superficies, líneas y puntos no admiten ninguna división, a saber: las de las superficies en profundidad, las de las líneas en anchura y profundidad y las de los puntos en ninguna dimensión.

Los escolásticos fueron tan sensibles a la fuerza de este argumento [15] que algunos de ellos mantuvieron que la naturaleza había mezclado entre las partículas de la materia, que son divisibles hasta el infinito, un cierto número de puntos matemáticos para dar una delimitación a los cuerpos, y otros evitaban la fuerza de este razonamiento por un cúmulo de cavilaciones y distinciones ininteligibles. Ambos adversarios concedían igualmente la victoria. El que se oculta a sí mismo confiesa la superioridad evidente de su enemigo tanto como el que entrega honradamente sus armas.

Así pues, parece que las definiciones de los matemáticos destruyen [16] las supuestas demostraciones; y que si tenemos una idea de puntos, líneas, y superficies indivisibles acorde con la definición, su existencia es ciertamente posible; pero que si no tenemos una idea semejante es imposible que podamos concebir los límites de ninguna figura, concepción sin la que no es posible ninguna demostración geométrica.

Voy más lejos y afirmo que ninguna de estas demostraciones puede [27] tener suficiente peso para establecer un principio tal como el de la [SB 45] infinita divisibilidad, y esto porque con respecto a semejantes objetos diminutos no existen propiamente demostraciones, hallándose construidos sobre ideas que no son exactas y máximas que no son verdaderas en sentido estricto. Cuando la geometría decida algo concerniente a las proporciones de cantidad no debemos exigir la máxima precisión y exactitud. Ninguna de sus pruebas se extiende tan lejos; toma sus dimensiones y proporciones de las figuras correctamente, pero toscamente y con alguna libertad. Sus errores jamás son considerables y no se equivocaría de ningún modo si no aspirase a una perfección absoluta tal.

En primer lugar, yo pregunto a los matemáticos qué entienden [18] al decir que una línea o superficie es IGUAL a otra o MAYOR o MENOR que otra. Haced que alguno de ellos responda, sea cualquiera la secta a que pertenezca, ya mantenga la composición de la extensión por puntos indivisibles ya por cantidades divisibles hasta el infinito; la respuesta lo pondrá en un aprieto en ambos casos.

Hay pocos matemáticos, o ninguno, que defiendan la hipótesis de [19] los puntos indivisibles, y éstos tienen la respuesta más fácil y exacta para la presente cuestión. Necesitan tan sólo replicar que las líneas o superficies son iguales cuando el número de puntos de cada una es igual al de la otra, y que como la proporción de los números varía, varía también la proporción de las líneas y las superficies. Pero aunque esta respuesta es tan correcta como obvia, puedo afirmar que su criterio de igualdad es completamente inútil y que jamás determinamos por una comparación tal que los objetos sean iguales o desiguales unos respecto de otros, pues como los puntos que entran en la composición de una línea o superficie, ya se perciban por la vista o el tacto, son tan diminutos y se confunden tanto los unos con los otros que es totalmente imposible para la mente contar su número, un cómputo tal jamás nos aportará un criterio para que podamos juzgar de las proporciones. Nadie será capaz de determinar, por una exacta computación, que una pulgada tiene cinco puntos más que un pie o un pie cinco menos que un codo, o una medida mayor, por cuya razón rara vez o nunca consideramos esto como el criterio de igualdad o desigualdad.

[20] Igualmente es imposible a los que imaginan que la extensión es divisible [SB 46] hasta el infinito hacer uso de esta respuesta o fijar la igualdad de una línea o superficie por el cómputo de sus partes componentes, pues dado que, según su hipótesis, tanto la más pequeña como la más grande figura contiene un número infinito de partes, y dado que los números infinitos, propiamente hablando, no pueden ser iguales o desiguales los unos con respecto de los otros, la igualdad o desigualdad de una porción del espacio no puede jamás depender de una proporción en el número de sus partes. Es cierto, puede decirse, que la desigualdad de un codo y de una yarda reside en los diferentes números de pies de los cuales están compuestos, y la de un pie y una yarda, en el número de pulgadas; pero como la cantidad que llamamos una pulgada en la una se supone igual a la que llamamos una pulgada en la otra, y como es imposible para la mente descubrir esta igualdad procediendo hasta el infinito con esta referencia a cantidades inferiores, es evidente que, al final, deberemos fijar algún criterio de igualdad diferente del cómputo de las partes.

[21] Hay algunos24 que pretenden que la igualdad se define mejor por la congruencia y que dos figuras son iguales cuando colocando la una sobre la otra todas sus partes se corresponden y tocan entre sí. Para juzgar esta definición consideremos que, puesto que la igualdad es una relación, no es, propiamente hablando, una propiedad de las figuras mismas, sino que surge meramente por la comparación que la mente hace entre ellas. Si consiste, por consiguiente, en esta imaginaria superposición y contacto mutuo de las partes, debemos al menos tener una noción precisa de estas partes y debemos concebir su contacto. Ahora bien, es claro que, según esta concepción, deberíamos reducir estas partes hasta la más extrema pequeñez que pueda ser concebida, puesto que el contacto de partes grandes jamás haría iguales a las figuras. Pero las partes más diminutas que podemos concebir son los puntos matemáticos y, en consecuencia, el criterio de igualdad [SB 47] es el mismo que hemos derivado de la igualdad del número de puntos que ya determinamos que era exacto, pero inútil. Por consiguiente, debemos buscar en alguna otra parte, la solución de las dificultades presentes.

App. 25 Existen muchos filósofos que rehúsan indicar un criterio de [22 / SB 637] igualdad, pero afirman que es suficiente presentar dos objetos que son iguales para darnos una idea precisa de su relación. Todas las definiciones, dicen, son infecundas sin la percepción de objetos tales, y cuando percibimos objetos tales no necesitamos ninguna definición. Estoy enteramente de acuerdo con este razonamiento y afirmo que la única noción útil de igualdad o desigualdad se deriva de la apariencia unificada y global y de la comparación de los objetos particulares. Porque,App. es evidente que la vista, o más bien la mente, es [SB 47] capaz frecuentemente de determinar de un golpe las proporciones de los cuerpos y declararlos iguales, o más grandes o pequeños los unos con respecto de los otros, sin examinar o comparar el número de sus partes diminutas. Juicios tales no sólo son corrientes, sino también en muchos casos infalibles y ciertos. Cuando se presentan la medida de una yarda y la de un pie, la mente no puede poner ya en cuestión más que la primera es más larga que la segunda de lo que puede dudar de los principios que son más claros y autoevidentes.

Existen, pues, tres relaciones que la mente distingue en la aparición [23] general de los objetos y que designa por los nombres de mayor, menor e igual. Sin embargo, aunque sus decisiones con respecto a estas relaciones sean a veces infalibles, no lo son siempre; ni nuestros juicios de este género se hallan más exentos de duda y error que los referentes a otro asunto. Corregimos frecuentemente nuestra opinión por la revisión y reflexión y declaramos que son iguales objetos que a primera vista habían sido estimados desiguales, y estimamos un objeto menor aunque antes nos había parecido mayor que otro. No es ésta la única corrección a que se hallan sometidos estos juicios de nuestros sentidos, sino que frecuentemente descubrimos nuestro error por una yuxtaposición de los objetos, o cuando esto es impracticable, por el uso de alguna medida común e invariable que, aplicándose sucesivamente a cada uno, nos informa de sus diferentes proporciones. E incluso esta corrección es susceptible de una nueva corrección y de diferentes grados de exactitud, según la naturaleza del instrumento por el que medimos los cuerpos y el cuidado que ponemos en la comparación.

[24] Cuando la mente, pues, está acostumbrada a estos juicios y a sus correcciones y halla que la misma relación que hace que dos figuras [SB 48] tengan para la vista la apariencia que llamamos igualdad, hace que también se correspondan la una con la otra y con una medida común con la que son comparadas, nos formamos una noción mixta de la igualdad derivada a la vez de los métodos más laxos y más estrictos de comparación. Pero no nos contentamos con esto, pues una sólida razón nos convence de que existen cuerpos que son mucho más diminutos que los que aparecen a nuestros sentidos, y como una falsa razón nos persuadiría de que existen cuerpos infinitamente más diminutos, percibimos claramente que no poseemos ningún instrumento o arte para medir que nos pueda asegurar contra todo error e incertidumbre. Nos damos cuenta de que la adición o sustracción de una de estas partes diminutas no es discernible ni en la apariencia ni en la medida, y como imaginamos que dos figuras que eran iguales antes no pueden ser iguales después de esta sustracción o adición, suponemos imaginariamente algún criterio de igualdad por el que las apariencias y medidas son corregidas exactamente y las figuras reducidas enteramente a esta proporción. El criterio es claramente imaginario, pues como la verdadera idea de igualdad es la de una apariencia específica corregida por yuxtaposición o por una medida común, la noción de una corrección ulterior a la que podemos hacer por tener instrumentos y arte para ello, es una mera ficción de la mente y tan inútil como incomprensible. Pero aunque este criterio sea solamente imaginario, la ficción, sin embargo, es muy natural y no hay nada más natural para la mente que proceder de este modo en una acción aun después de que la razón que la determinó a comenzarla ha cesado. Esto aparece de un modo muy notable con respecto al tiempo, en donde, aunque es evidente que no tenemos un método exacto para determinar las relaciones de las partes, ni siquiera tan exacto como en la extensión, sin embargo, las varias correcciones de nuestras medidas y sus diferentes grados de exactitud nos han dado una noción oscura e implícita de una igualdad perfecta y total. Sucede lo mismo con otros muchos asuntos. Un músico, hallando que su oído se hace cada día más delicado y corrigiéndose a sí mismo con la reflexión y atención, procede con el mismo acto de la mente, aun cuando el asunto no lo permite, y abriga la idea de una tercera y una octava perfecta sin ser capaz de decir de dónde deriva este criterio. Un pintor se forma la misma ficción con respecto a los colores. Un mecánico, con respecto al movimiento. Para el uno, luz y sombra; para el otro, rápido y lento parecen ser capaces de una comparación e igualdad exactas más allá de los juicios de los sentidos.

Podemos aplicar el mismo razonamiento a las líneas CURVAS y [25] RECTAS. Nada es más manifiesto para los sentidos que la distinción entre línea curva y recta, y no existen ideas que podamos formarnos más fácilmente que las de estos objetos. Sin embargo, a pesar de que podamos formarnos tan fácilmente estas ideas, es imposible dar una definición de ellas que fije sus límites precisos. Cuando trazamos líneas sobre un papel o una superficie continua existe un cierto orden, según el cual las líneas pasan de un punto a otro de modo que pueden producir la impresión total de una línea curva, o recta; pero este orden es totalmente desconocido y nada es observado más que la apariencia unificada. Así, aun basándonos en el sistema de los puntos indivisibles, podemos tan sólo formarnos una noción remota de algún criterio desconocido para estos objetos. Basándonos en la noción de la infinita divisibilidad no podemos ir tan lejos, sino que nos hallamos reducidos meramente a la apariencia general como regla por la que determinamos que las líneas son curvas o rectas. Aunque no podemos dar una definición perfecta de estas líneas ni producir un método exacto para distinguir las unas de las otras, esto no nos impide, sin embargo, corregir la primera apariencia por una consideración más exacta y por la comparación con alguna regla de cuya exactitud tenemos una mayor seguridad mediante repetidos ensayos. Partiendo de estas correcciones y progresando con la misma acción de la mente, aun cuando su razón nos falte, nos formamos la idea independiente de un criterio perfecto de estas figuras, sin ser capaces de explicarlo o comprenderlo.

Es cierto que los matemáticos pretenden dar una definición exacta [26] de la línea recta cuando dicen que la línea recta es la distancia más corta entre dos puntos; pero, en primer lugar, observo que esto es más propiamente el descubrimiento de una de las propiedades de la línea recta que una definición de la línea recta. Pues yo pregunto a cualquiera si al mencionar la línea recta no se piensa inmediatamente en una tal aparición particular y si no es, sólo por accidente, por lo que se considera esta propiedad. Una línea recta puede comprenderse por sí sola; pero esta definición es ininteligible sin una comparación con otras líneas que concebimos como más extensas. En la vida corriente está establecido como una máxima que el camino más derecho es el más corto, lo que sería tan absurdo como decir que el camino más corto es el más corto si nuestra idea de línea recta no fuera diferente de la del camino más corto entre dos puntos.

[27] Segundo: repito lo que ya he establecido, a saber: que no tenemos una idea precisa de la igualdad o desigualdad, de más corto o más largo, que de la línea recta o curva, y, en consecuencia, que lo uno jamás puede proporcionarnos un criterio perfecto para lo otro. Una idea exacta jamás puede construirse sobre otras tan vagas e indeterminadas.

[28] La idea de una superficie plana es tan poco susceptible de un criterio preciso como la de línea recta, y no tenemos más medios para distinguir una superficie de este género que su apariencia general. En vano los matemáticos representan una superficie plana como producida por el movimiento de una línea recta. Se objetará en seguida que nuestra idea de superficie es tan independiente de este modo de formar una superficie como nuestra idea de la elipse lo es de la de un cono; que la idea de una línea recta no es más precisa que la de una superficie plana; que una línea recta puede moverse irregularmente y por este medio formar una figura muy diferente de un plano; y que, por consiguiente, debemos suponer que lo que se mueven son dos líneas paralelas entre sí y en el mismo plano; lo que es una descripción que explica una cosa por sí misma, lo que la vuelve circular.

[29] Resulta, pues, que las ideas que son más esenciales a la geometría, a saber: las de igualdad y desigualdad de línea recta y superficie plana, [SB 51] se hallan muy lejos de ser exactas y determinadas según nuestro modo común de concebirlas. No solamente somos incapaces de decir, si el caso es dudoso, cuándo ciertas figuras particulares son iguales; cuándo una línea es recta y cuándo una superficie es plana; sino que no podemos formarnos una idea de la proporción, o de estas figuras, que sea firme o invariable. Apelamos al juicio débil y falible que nos formamos a partir de la apariencia de los objetos y lo corregimos por un compás o una medida corriente, y si unimos el supuesto de una corrección ulterior, ésta es de un género tal que resulta inútil o imaginaria. En vano recurriremos al tópico común y emplearemos el supuesto de una divinidad cuya omnipotencia pueda capacitarla para formar una figura geométrica perfecta y trazar una línea recta sin ninguna curva o inflexión. Como el último criterio de estas figuras no se deriva más que de los sentidos y la imaginación, es absurdo hablar de una perfección más allá de lo que estas facultades pueden juzgar, pues la verdadera perfección de algo consiste en su conformidad con su criterio.

26 Ahora bien, ya que estas ideas son tan inconexas e inciertas, [30] preguntaría gustoso a cualquier matemático qué seguridad infalible tiene, no sólo de las más complicadas y oscuras proposiciones de su ciencia, sino también de los principios más vulgares y corrientes. Por ejemplo: ¿Cómo puede probarme que dos líneas rectas no tienen un segmento común? ¿O que es imposible trazar más de una línea recta entre dos puntos? Si me dijese que estas opiniones son manifiestamente absurdas y que repugnan a nuestras ideas claras, respondería que no negaré que cuando dos líneas se inclinan la una sobre la otra formando un ángulo perceptible, es absurdo imaginar que tienen un segmento común. Pero si suponemos que estas dos líneas se aproximan a razón de una pulgada cada veinte leguas, no encuentro absurdo alguno en afirmar que después de su contacto se conviertan en una. Por lo que yo ruego que me diga por qué regla o criterio se juzga cuando se afirma que la línea en que he supuesto que se funden no puede formar una línea recta con las dos que forman un ángulo tan pequeño entre ellas. Se debe poseer, seguramente, una idea de la línea recta con la que esta línea no concuerda. ¿Se entiende, por consiguiente, que no toma sus puntos en el mismo orden y según la misma regla que es peculiar y esencial a la línea recta? Si así es, diré que, aparte de que al juzgar de este modo se concede que la extensión está compuesta de puntos indivisibles (lo que es quizá más de lo que se pretende), no es éste el criterio según el que se forma la idea de una línea recta; y que, si lo fuese, no existe una firmeza tal en nuestros sentidos e imaginación que pueda determinar cuándo este orden se halla preservado o violado. El modelo original de una línea recta no es en realidad más que una cierta apariencia general, y es evidente que se puede hacer que las líneas rectas coincidan unas con otras y, sin embargo, se correspondan con su modelo, aunque se corrija por todos los medios practicables o imaginables.

[SB 638 / 31] App. Sea cual sea el lado hacia donde los matemáticos dirijan sus miradas, se encuentran siempre con este dilema. Si juzgan de la igualdad o de alguna otra relación mediante el criterio exacto y preciso, [a saber: la enumeración de las partes diminutas e indivisibles],27 emplean un criterio que es inútil en la práctica y que establece realmente la indivisibilidad de la extensión que tratan de rechazar. Si emplean, como es corriente, el criterio inexacto derivado de la comparación de objetos partiendo de su apariencia general, corregida por la medida y yuxtaposición, sus primeros principios, aunque ciertos e infalibles, son demasiado rudimentarios para proporcionar una inferencia tan sutil como la que comúnmente obtienen de ellos. Los primeros principios se basan en la imaginación y los sentidos. La conclusión, por lo tanto, no puede ir jamás más allá de estas facultades y mucho menos en contra.App.

[32] Esto nos debe abrir un poco los ojos y permitirnos ver que ninguna [SB 52] demostración geométrica en favor de la infinita divisibilidad de la extensión puede tener tanta fuerza como naturalmente atribuimos a todo argumento que se basa en pretensiones tan magníficas. Al mismo tiempo podemos comprender la razón de por qué la geometría fracasa en su evidencia con respecto a este punto particular, mientras que todos sus demás razonamientos adquieren nuestro pleno asentimiento y aprobación. De hecho parece más importante dar la razón de esta excepción que mostrar que debemos realmente hacer esta excepción y considerar todos los argumentos en favor de la infinita divisibilidad como totalmente sofísticos. Pues es evidente que, como ninguna idea de cantidad es infinitamente divisible, no puede imaginarse mayor absurdo que intentar probar que la cantidad misma admite una división tal, y demostrar esto por medio de ideas que son totalmente opuestas en ese particular. Y como este absurdo es patente en sí mismo, no existe ningún argumento basado en él que no vaya acompañado de un nuevo absurdo y que no conlleve una contradicción evidente.

[33] Puedo ofrecer como ejemplo los argumentos en favor de la divisibilidad [SB 53] infinita que se derivan del punto de contacto. Sé que no existe matemático alguno que no rechace que se le juzgue por las figuras que traza sobre el papel, siendo éstas, como nos dice, esquemas vagos, y sirviendo sólo para transmitir con mayor facilidad ciertas ideas, que son el verdadero fundamento de nuestro razonamiento. Me satisfago con esto y quiero basarme, en la controversia, meramente en estas ideas. Deseo, por consiguiente, que nuestro matemático se forme tan exactamente como le sea posible las ideas de un círculo y de una línea recta, y después le pregunto si al concebir su contacto puede concebirlas tocándose en un punto matemático, o si es necesario imaginar que coinciden en algún espacio. Cualquiera que sea la respuesta que elija se va a encontrar con iguales dificultades. Si afirma que trazando estas figuras en su imaginación puede imaginar que se tocan en un punto único, concede la posibilidad de esta idea y, en consecuencia, de la cosa. Si dice que en su concepción del contacto de estas líneas debe hacerlas coincidir, reconoce por esto la falacia de las demostraciones geométricas cuando se llevan más allá de un cierto grado de pequeñez, pues es cierto que él posee una demostración contra la coincidencia del círculo y la línea recta; esto es, en otras palabras, puede probar que una idea, a saber, la de coincidencia, es incompatible con otras dos ideas, a saber, las de un círculo y una línea recta, aunque al mismo tiempo reconoce que estas ideas son inseparables.

SECCIÓN 5. CONTINUACIÓN DEL MISMO ASUNTO

Si la segunda parte de mi sistema es verdadera, a saber: que la idea del [1] espacio o extensión no es más que la idea de los puntos visibles y tangibles distribuidos en un cierto orden, se sigue que no podemos formarnos idea de un vacío, o espacio, en que no hay nada visible o tangible. Esto da lugar a tres objeciones que debo examinar conjuntamente, porque [SB 54] la respuesta que daré a una de ellas es una consecuencia de la que propondré para las otras.

En primer lugar, puede decirse que los hombres han discutido durante [2] muchas épocas con respecto a lo vacío y lo lleno, sin ser capaces de lograr una solución final para este problema, y que los filósofos aun hoy en día piensan que tienen la libertad de tomar partido por un lado u otro, según los guía su fantasía. Pero cualquiera que sea el fundamento que pueda existir para la discusión referente a las cosas mismas, puede sostenerse que la misma discusión es decisiva con respecto a la idea, y que es imposible que los hombres puedan razonar durante tanto tiempo acerca de un vacío y refutarlo o defenderlo sin tener una noción de lo que refutan o defienden.

[3] En segundo lugar, si este argumento no es admitido, la realidad, o al menos la posibilidad de la idea de un vacío puede ser probada por el siguiente razonamiento. Toda idea que es posible es una consecuencia necesaria e infalible de otras que son posibles. Ahora bien, aunque concedemos que el mundo es en el presente algo lleno, podemos imaginarlo privado de movimiento, y esta idea se concederá que es ciertamente posible. También debe ser concedido como posible concebir la aniquilación de alguna parte de la materia por la omnipotencia de la divinidad, mientras que otras partes siguen existiendo. Pues como toda idea que es distinguible es separable por la imaginación, y como toda idea que es separable por la imaginación puede ser concebida como existiendo separadamente, es evidente que la existencia de una partícula de materia no implica la existencia de otra más que una figura cuadrada en un cuerpo implica una figura cuadrada en otro cualquiera. Aceptado esto, me pregunto ¿qué resulta de la concurrencia de estas dos ideas posibles de reposo y aniquilación y qué debemos concebir que se sigue de la aniquilación de todo el aire y materia sutil en una habitación, suponiendo que las paredes permanecen iguales, sin ningún movimiento o alteración? Hay algunos metafísicos que responden que, puesto que la materia y [SB 55] la extensión son lo mismo, la aniquilación de la una implica necesariamente la de la otra, y que no existiendo distancia entre los muros del cuarto, se tocarán los unos con los otros de la misma manera que mis manos tocan el papel que se halla inmediatamente delante de mí. Pero aunque esta respuesta sea muy corriente, desafío a los metafísicos a que conciban la materia según su hipótesis o imaginen el suelo y el techo con todos los lados opuestos del cuarto tocándose los unos con los otros mientras que continúan en reposo y mantienen la misma posición; pues ¿cómo pueden las dos paredes que van de sur a norte tocarse entre sí, mientras que tocan los lados opuestos de las paredes que van de este a oeste? Y ¿cómo pueden encontrarse el suelo y el techo mientras que están separados por los cuatro muros que están en posición contraria? Si se cambia su posición, se supone un movimiento. Si se concibe algo entre ellos, se supone una nueva creación. Sin embargo, considerando estrictamente las dos ideas de reposo y aniquilamiento, es evidente que la idea que resulta de ellas no es la del contacto de partes, sino algo distinto, que se deduce que es la idea de vacío.

La tercera objeción va aún más lejos, y no sólo afirma que la idea [4] de un vacío es real y posible, sino también necesaria e inevitable. Esta afirmación se funda en el movimiento que observamos en los cuerpos, el cual se sostiene sería imposible e inconcebible sin el vacío, en el que los cuerpos deben moverse para hacerse camino los unos a los otros. No me extenderé sobre esta objeción, porque principalmente corresponde a la filosofía natural que se halla fuera de nuestra esfera presente.

Para responder a estas objeciones debemos penetrar muy profundamente [5] en el asunto y considerar la naturaleza y origen de varias ideas, a fin de que no discutamos sin comprender perfectamente el tema de la controversia. Es evidente que la idea de la oscuridad no es una idea positiva, sino meramente una negación de la luz o, más propiamente hablando, de los objetos coloreados y visibles. Un hombre que disfrute de la vista no obtiene ninguna otra percepción, al mirar [SB 56] en todos los sentidos, cuando la luz falta enteramente, que la que le es común con un ciego de nacimiento; y es cierto que un ciego tal no tiene ninguna idea ni de luz ni de oscuridad. La consecuencia de esto es que no obtenemos la impresión de la extensión sin materia por la mera supresión de objetos sensibles y que la idea de oscuridad total no puede ser idéntica a la del vacío.

Supóngase de nuevo que un hombre se halla suspendido en el aire [6] y llevado a través de él suavemente por alguna fuerza invisible; es evidente que, debido a este movimiento invariable, no se da cuenta de nada y jamás percibirá la idea de la extensión, ni de hecho ninguna idea. Aun suponiendo que mueve sus miembros de acá para allá, no puede esto sugerirle dicha idea. Siente en ese caso una cierta sensación o impresión, cuyas partes son sucesivas, y puede proporcionarle la idea del tiempo, pero no está dispuesta, ciertamente, de la manera que es necesaria para despertar la idea de espacio o extensión.

Así, pues, si resulta que la oscuridad y movimiento, con la supresión [7] total de todo lo visible y tangible, no pueden darnos jamás la idea de la extensión sin materia o de vacío, la siguiente cuestión es si puede proporcionar esta idea cuando se combina con algo visible o tangible.

Se acepta corrientemente por los filósofos que todos los cuerpos [8] que aparecen a la vista aparecen como pintados sobre una superficie plana y que sus diferentes grados de lejanía, con respecto a nosotros, se descubren más por la razón que por nuestros sentidos. Cuando alzo la mano ante mí y separo mis dedos, éstos se hallan tan perfectamente separados por el color azul del firmamento como podrían serlo por un objeto visible que colocase entre ellos. Por consiguiente, para saber si la vista puede despertar la impresión e idea de vacío, debemos suponer que en la total oscuridad existen ante nosotros cuerpos luminosos, cuya luz descubre tan sólo a estos mismos cuerpos sin proporcionarnos ninguna impresión de los objetos que los rodean.

[9] Debemos formar un supuesto paralelo referente a los objetos de [SB 57] nuestro tacto. No es apropiado suponer una supresión total de todos los objetos tangibles; debemos conceder que algo se percibe por el tacto, y después de un intervalo o movimiento de la mano o de otro órgano de la sensación, otro objeto del tacto viene a encontrarse, y al abandonar éste, otro, y así sucesivamente tan a menudo como nos plazca. La cuestión es si estos intervalos no nos proporcionan la idea de la extensión sin cuerpos.

[10] Comenzando con el primer caso, es evidente que cuando sólo dos cuerpos luminosos aparecen a la vista podemos percibir si se hallan unidos o separados, si están separados por una distancia mayor o menor, y si esta distancia varía, podemos percibir su aumento y disminución por movimiento de los cuerpos. Sin embargo, como la distancia no es en este caso algo coloreado o visible, puede pensarse que existe aquí un vacío o extensión pura, no sólo inteligible para la mente, sino manifiesta para los sentidos.

[11] Éste es nuestro modo natural y más corriente de pensar, pero que aprenderemos a corregir por una pequeña reflexión. Podemos observar que, cuando dos cuerpos se presentan donde existía primeramente una oscuridad completa, el único cambio que puede descubrirse es la apariencia de estos dos objetos y que todo lo demás continúa como antes: una negación total de la luz y de todos los objetos coloreados o visibles. No es esto sólo cierto de lo que puede decirse que se halla remoto a estos cuerpos, sino también de la distancia misma que se halla interpuesta entre ellos, que no es más que oscuridad o negación de la luz, sin partes, sin composición, invariable e indivisible. Ahora bien, ya que esta distancia no produce una percepción diferente de la que un ciego puede obtener de sus ojos o de la que poseemos en la noche más oscura, debe participar de las mismas propiedades, y como la ceguera y la oscuridad no nos proporcionan ideas de la extensión, es imposible que la distancia oscura e indistinguible entre dos cuerpos pueda producir esta idea.

[12] La única diferencia entre la oscuridad absoluta y la apariencia de [SB 58] dos objetos luminosos, más o menos visibles, consiste, como he dicho, en los objetos mismos y en la manera como afectan a nuestros sentidos. Los ángulos que los rayos de luz provenientes de ellos forman entre sí el movimiento que es requerido en el ojo para pasar del uno al otro y las diferentes partes del órgano que son afectadas por ellos producen tan sólo las percepciones por las que podemos juzgar de la distancia. Como estas percepciones son, cada una de ellas, simples e indivisibles, no pueden proporcionarnos jamás la idea de la extensión.

Podemos ilustrar esto considerando el sentido del tacto y la distancia [13] o intervalo imaginario interpuesto entre objetos tangibles o sólidos. He supuesto dos casos, a saber: el de un hombre suspendido en el aire y moviendo sus miembros de aquí para allá sin tropezar con nada tangible y el de un hombre que, tocando algo tangible, lo deja y después de un movimiento, del que es consciente, percibe otro objeto tangible. Yo me pregunto en qué consiste la diferencia entre estos dos casos. Nadie sentirá ningún escrúpulo en afirmar que consiste meramente en la percepción de estos objetos y que la sensación que surge del movimiento es, en los dos casos, la misma, y como esta sensación no es capaz de sugerirnos una idea de extensión cuando no va acompañada de alguna otra percepción, no puede procurarnos tampoco esta idea cuando va combinada con las impresiones de los objetos tangibles, ya que la combinación no produce alteración en ella.

Pero, aunque el movimiento y la oscuridad ni por sí ni acompañados [14] de objetos visibles y tangibles producen la idea de un vacío o extensión sin materia, son, sin embargo, las causas por las que imaginamos falsamente podernos formar una idea semejante, pues existe una estrecha relación entre ese movimiento y oscuridad y una extensión real o composición de objetos visibles o tangibles.

En primer lugar, podemos observar que dos objetos visibles que [15] aparecen en medio de la oscuridad total afectan a los sentidos del mismo modo, y forman el mismo ángulo por los rayos que provienen [SB 59] de ellos e impresionan la vista, que si la distancia entre ellos se hallase llena de objetos visibles que nos diesen una verdadera idea de la extensión. La sensación de movimiento es igualmente la misma cuando no existe nada tangible interpuesto entre los dos cuerpos que cuando tocamos un cuerpo compuesto, cuyas diferentes partes se hallan situadas las unas detrás de las otras.

En segundo lugar, hallamos por experiencia que dos cuerpos que se [16] hallan colocados de manera que impresionan los sentidos del mismo modo que otros dos que tienen una cierta cantidad de objetos visibles interpuestos entre ellos son capaces de recibir la misma cantidad de objetos sin ningún impulso sensible o penetración y sin cambio alguno del ángulo bajo el cual aparecen a nuestros sentidos. De igual modo, cuando existe un objeto que no podemos tocar después de otro sin un intervalo y sin la percepción de la sensación que llamamos movimiento en nuestra mano o en otro órgano de la sensación, la experiencia nos muestra que es posible que el mismo objeto pueda ser tocado con la misma sensación de movimiento, acompañado de la impresión interpuesta de un objeto sólido y tangible que acompaña a la sensación. Esto es, en otras palabras: una distancia invisible e intangible puede convertirse en una visible y tangible sin ningún cambio en los objetos distantes.

[27] En tercer lugar, podemos observar, como otra relación entre estos dos géneros de distancia, que tienen casi los mismos efectos sobre todo fenómeno natural. Pues, como todas las cualidades, como calor, frío, luz, atracción, etc., disminuyen en proporción a la distancia, se observa una diferencia muy pequeña entre que la distancia esté delimitada por objetos compuestos y sensibles, o sea conocida por el modo en que los objetos distantes afectan a los sentidos.

[18] Aquí, pues, hay tres relaciones entre esta distancia que conlleva la idea de la extensión y la que no se halla llena con ningún objeto coloreado o sólido. Los objetos distantes afectan a los sentidos del mismo modo, ya estén separados por una distancia u otra; la segunda especie de distancia se halla que es capaz de admitir la primera, y ambas disminuyen igualmente la fuerza de toda cualidad.

[19] Estas relaciones entre los dos géneros de distancia nos proporcionarán [SB 60] una razón fácil de por qué se las ha tomado tan frecuentemente la una por la otra, y de por qué imaginamos que tenemos una idea de extensión sin la idea de un objeto, ya sea de la vista o del tacto. Pues podemos establecer como una máxima general en esta ciencia de la naturaleza humana que siempre que existe una íntima relación entre dos ideas la mente es muy propensa a equivocarse y a tomar en todos sus discursos y razonamientos la una por la otra. Este fenómeno ocurre en tantas ocasiones, y tiene tales consecuencias, que no puedo evitar detenerme un momento para examinar sus causas. Estableceré de antemano tan sólo que debemos distinguir exactamente entre el fenómeno mismo y las causas que le asignaremos, y no debemos imaginar por la incertidumbre de las últimas que el primero es también incierto. El fenómeno puede ser real aunque mi explicación sea quimérica. La falsedad del uno no es la consecuencia de la de la otra, aunque al mismo tiempo podemos observar que es muy natural para nosotros sacar una consecuencia tal; lo que es un ejemplo evidente del mismo principio que intento explicar.

Cuando admití las relaciones de semejanza, contigüidad y causalidad [20] como principios de unión de las ideas, sin examinar sus causas, hice esto más por seguir mi primera máxima de que en último término debemos contentarnos con la experiencia, que por falta de algo especioso y plausible que pudiera haber aportado sobre este asunto. Hubiera sido fácil hacer una disección imaginaria del cerebro y mostrar por qué en nuestra concepción de una idea los espíritus animales recorren todas las huellas contiguas y hacen surgir las otras ideas relacionadas con ella. Pero aunque haya desdeñado la ventaja que pudiese haber sacado de este recurso para explicar las relaciones de las ideas, temo tener que recurrir a él aquí para explicar los errores que surgen de estas relaciones. Por consiguiente, observaré que, como la mente se halla dotada de la facultad de despertar la idea que le plazca, [SB 61] siempre que remite los espíritus a la región del cerebro en la que esta idea está colocada, los espíritus despiertan siempre esta idea cuando corren exactamente por las huellas adecuadas y agitan la célula que corresponde a la idea. Mas como su movimiento es rara vez directo y se desvía un poco, naturalmente, a un lado u otro, los espíritus animales tocan por esta razón a las huellas contiguas y presentan otras ideas relacionadas en lugar de la que la mente deseaba considerar en un principio. No somos siempre conscientes de este cambio, sino que, continuando el mismo curso de pensamiento, hacemos uso de la idea relacionada que se nos presenta y la empleamos en nuestro razonamiento como si fuese la misma que pedíamos primero. Ésta es la causa de muchos errores y sofismas en filosofía, como se imaginará naturalmente y como sería fácil mostrar si fuese la ocasión.

De las tres relaciones arriba mencionadas, la de semejanza es la [21] fuente más abundante de error, y de hecho existen pocas equivocaciones en nuestro razonamiento que no tomen su origen de ella. Las ideas semejantes no sólo se hallan relacionadas entre sí, sino que las acciones de la mente que empleamos en su consideración son tan poco diferentes que no somos capaces de distinguirlas. Esta última circunstancia es de gran importancia, y podemos observar en general que siempre que las acciones de la mente para formar dos ideas cualesquiera son las mismas o parecidas nos hallamos inclinados a confundir estas ideas y a tomar las unas por las otras. De esto veremos muchos casos en el curso de este tratado. Pero, aunque la semejanza sea la relación que produce más fácilmente equivocaciones en las ideas, sin embargo, las otras, causalidad y contigüidad, pueden coincidir en el mismo influjo. Podríamos presentar las figuras de los poetas y oradores como pruebas suficientes de esto si en los asuntos de metafísica fuera tan usual como lo es razonable tomar argumentos de esta esfera; pero temiendo que los metafísicos no estimen esto digno de su categoría, extraeré una prueba de una observación que [SB 62] puede ser hecha en la mayoría de sus propios discursos, a saber: que es usual entre los hombres en sus razonamientos usar palabras en lugar de ideas y hablar en lugar de pensar. Usamos palabras en lugar de ideas, porque se hallan comúnmente tan estrechamente enlazadas que la mente toma con facilidad las unas por las otras. Y ésta es igualmente la razón por la que usamos la idea de una distancia que no se considera visible o tangible en lugar de la extensión, que no es más que una composición de puntos visibles o tangibles dispuestos en un cierto orden. Para producir esta equivocación concurren las dos relaciones de causalidad y semejanza. Como la primera especie de distancia descubrimos que puede convertirse en la segunda, constituye en este aspecto un género de causa, y la semejanza en su manera de afectar a los sentidos y disminuir toda cualidad forma la relación de semejanza.

[22] Después de esta cadena de razonamiento y explicación de mis principios me hallo preparado para responder a todas las objeciones que han sido hechas, ya derivadas de la metafísica, ya de la mecánica. Las disputas frecuentes concernientes al vacío o extensión sin materia no prueban la realidad de la idea en torno de la cual gira la discusión, no habiendo cosa más corriente que ver a los hombres engañarse en este respecto, especialmente cuando por medio de una estrecha relación se presenta otra idea que puede dar lugar a su error.

[23] Podemos dar casi la misma respuesta a la segunda objeción derivada de la unión de las ideas de reposo y aniquilación. Cuando todo ha sido aniquilado en la habitación y las paredes continúan inmóviles, la habitación debe ser concebida de la misma manera que en el presente, cuando el aire que la llena no es un objeto de los sentidos. Esta aniquilación proporciona a la vista esa distancia ficticia que se descubre por las diferentes partes del órgano que son afectadas y por los grados de luz y sombra, y al tacto, aquello que consiste en una sensación de movimiento en la mano o en otro miembro del cuerpo. En vano buscaremos algo más. Desde cualquier lado que consideremos este [SB 63] asunto, hallaremos que éstas son las únicas impresiones que tal objeto puede producir después de su supuesta aniquilación, y ya se ha hecho notar que las impresiones no pueden dar origen más que a aquellas ideas que se les asemejan.

Puesto que un cuerpo interpuesto entre otros dos puede suponerse [24] que es aniquilado sin producir un cambio en los que se hallan a cada lado de él, se concibe fácilmente que puede ser creado de nuevo y producir una alteración igualmente insignificante. Ahora bien, el movimiento de un cuerpo tiene el mismo efecto que su creación. Los cuerpos distantes no son más afectados en un caso que en otro. Esto basta para convencer a nuestra imaginación y probar que no existe repugnancia ninguna en este movimiento. Después, la experiencia interviene para persuadirnos de que dos cuerpos situados de la manera antes descrita tienen realmente la capacidad de recibir cuerpos entre ellos y de que no existe obstáculo para la conversión de la distancia invisible e intangible en una que sea visible y tangible. Por muy natural que esta conversión pueda parecer, no podemos estar seguros de que es practicable antes de que hayamos tenido experiencia de ella.

Así, me parece que he respondido a las tres objeciones antes mencionadas, [25] aunque al mismo tiempo me doy cuenta de que pocos quedarán satisfechos con estas respuestas, sino que propondrán inmediatamente nuevas objeciones y dificultades. Probablemente se diga que mi razonamiento no aporta nada a lo que tenemos entre manos y que explico solamente el modo en que los objetos afectan a los sentidos, sin tratar de dar razón de su naturaleza y operaciones reales. Aunque no haya nada visible o tangible interpuesto entre dos cuerpos, sin embargo, hallamos por experiencia que los cuerpos pueden ser colocados del mismo modo con respecto a nuestra vista y que se requiere el mismo movimiento de la mano para pasar del uno al otro que si se hallasen separados por algo visible y tangible. Esta distancia invisible e intangible se halla también por experiencia que posee la capacidad de admitir cuerpos o de hacerse visible y tangible. He aquí la totalidad de mi sistema, y en ninguna parte de él he tratado de explicar la causa que separa los cuerpos de esta manera y les concede la capacidad de admitir otros entre ellos sin [SB 64] ningún impulso o penetración.

Respondo a esta objeción declarándome culpable y confesando [26] que mi intención no fue jamás penetrar en la naturaleza de los cuerpos o explicar las causas secretas de sus operaciones; pues, además de que esto no pertenece a mi propósito presente, temo mucho que sea una empresa que vaya más allá del alcance del entendimiento humano y que nosotros no podamos jamás pretender conocer de otro modo los cuerpos más que por aquellas propiedades externas que se presentan a los sentidos. En cuanto a los que intentan algo más, diré que no puedo aprobar su ambición mientras no vea, en un caso por lo menos, que han logrado un éxito. Pero, de momento, me contento con conocer perfectamente la manera según la que los objetos afectan mis sentidos y sus conexiones recíprocas, en tanto que la experiencia me informa de ello. Esto es suficiente para la conducta de la vida, y esto también basta para mi filosofía, que pretende tan sólo explicar la naturaleza y causas de nuestras percepciones, o impresiones e ideas.28

[27] Concluiré este asunto relativo a la extensión con una paradoja que se explicará fácilmente por el razonamiento que precede. Esta paradoja es que si se quiere conceder a la distancia invisible e intangible, o, en otras palabras, a la capacidad de llegar a ser una distancia visible y tangible, el nombre de vacío, la extensión y la materia son lo mismo y, sin embargo, existe el vacío. Si no se quiere concederle este nombre, el movimiento es posible en un espacio pleno, sin un impulso hasta el infinito, sin girar en un círculo y sin penetración. De cualquier modo que podamos expresarnos, debemos siempre confesar que no poseemos ninguna idea de ninguna extensión real sin llenarla de objetos sensibles y concebir sus partes como visibles o tangibles.

En cuanto a la doctrina de que el tiempo no es sino el modo según [28] el que existen algunos objetos reales, podemos observar que se halla sometida a las mismas objeciones que la doctrina similar referente [SB 65] a la extensión. Si es una prueba suficiente de que tenemos la idea de vacío el que discutimos y razonamos acerca de ella, debemos por la misma razón tener la idea de tiempo sin una existencia mudable, pues no hay asunto de discusión más frecuente y común. Pero es cierto que no tenemos realmente esta idea. Pues, ¿de dónde se derivaría? ¿Surge de una impresión de sensación o de reflexión? Pongámosla claramente ante nosotros para que podamos conocer su naturaleza y cualidades. Mas, si no se puede poner claramente ninguna impresión tal, es que se ha cometido un error cuando se imagina que se posee una idea tal.

Sin embargo, aunque sea imposible mostrar la impresión de la [29] que se deriva la idea del tiempo sin una existencia mudable, podemos fácilmente poner de relieve las apariencias que hacen imaginarnos que tenemos esta idea. Así pues, podemos observar que existe una continua sucesión de percepciones en nuestra mente, de modo que al hallarse la idea del tiempo siempre presente ante nosotros, cuando consideramos un objeto fijo a las cinco y consideramos el mismo objeto a las seis, nos inclinamos a aplicar esta idea del mismo modo que si cada momento fuese distinguido por una posición diferente o una alteración del objeto. La primera y segunda apariciones del objeto, al ser comparadas con la sucesión de nuestras percepciones, parecen modificadas igual que si el objeto hubiese cambiado realmente. A esto puede añadirse que la experiencia nos muestra que el objeto era susceptible de un gran número de transformaciones entre estas dos apariciones, así como también que la duración inmutable, o más bien ficticia, tiene el mismo efecto sobre toda cualidad, por aumentarla o disminuirla, que la sucesión, que es manifiesta para los sentidos. Por estas tres relaciones nos inclinamos a confundir nuestras ideas y a imaginar que podemos formar la idea de un tiempo y duración sin ningún cambio o sucesión.

[SB 66] SECCIÓN 6. DE LAS IDEAS DE EXISTENCIA Y DE EXISTENCIA EXTERNA

[1] No estará fuera de lugar, antes de dejar este asunto, explicar las ideas de existencia y de existencia externa, que, lo mismo que las ideas del espacio y el tiempo, presentan sus dificultades. Por este medio estaremos mejor preparados para el examen del conocimiento y probabilidad, al entender perfectamente todas las ideas particulares que entran en nuestro razonamiento.

[2] No hay impresión ni idea de ningún género de la que tengamos conciencia o memoria que no se conciba como existente, y es evidente que de esta conciencia se deriva la más perfecta idea y seguridad, la del ser. Partiendo de aquí, podemos presentar un dilema, el más claro y concluyente que puede imaginarse, a saber: que ya que jamás recordamos una idea o impresión sin atribuirle existencia, la idea de existencia o debe ser derivada de una impresión distinta unida con cada percepción u objeto de nuestro pensamiento, o debe ser lo mismo que la idea de la percepción u objeto.

[3] Como este dilema es una consecuencia evidente del principio de que toda idea surge de una impresión similar, no es dudosa nuestra decisión entre las proposiciones del dilema. Tan lejos se halla de existir una impresión distinta que acompañe a cada impresión y a cada idea, que no pienso que existan dos impresiones distintas que estén unidas inseparablemente. Aunque ciertas sensaciones puedan estar a veces unidas hallamos rápidamente que admiten una separación y pueden presentarse separadas. Así, aunque cada impresión o idea que recordamos sea considerada como existente, la idea de la existencia no se deriva de una impresión particular.

[4] La idea de la existencia, pues, es lo mismo que la idea de lo que concebimos como existente. El reflexionar sobre algo simplemente y [SB 67] el reflexionar sobre algo como existente no son cosas diferentes una de otra. Esta idea, cuando va unida con la idea de un objeto, no constituye una adición para ella. Todo lo que concebimos lo concebimos como existente. Toda idea que nos plazca formarnos es la idea de un ser, y la idea de un ser es toda idea que nos plazca formarnos.

[5] Quien se oponga a esto debe necesariamente indicar esa impresión distinta de la que la idea de entidad se deriva, y debe probar que esta impresión es inseparable de cada percepción que creemos existente. Podemos concluir sin vacilación que esto es imposible.

Nuestro razonamiento precedente,29 referente a la distinción de las [6] ideas sin ninguna diferencia real, no nos servirá aquí de ayuda alguna. Este género de distinción se funda en las diferentes semejanzas que una misma idea simple puede tener con varias ideas diferentes. Pero ningún objeto puede presentarse como semejante a algún otro objeto con respecto de su existencia y diferente de los otros en el mismo particular, pues todo objeto que se presenta debe necesariamente ser existente.

Un razonamiento similar explicará la idea de la existencia externa. [7] Podemos observar que se concede universalmente por los filósofos y es, además, manifiesto por sí mismo, que nada se halla siempre realmente presente a la mente más que sus percepciones o impresiones e ideas, y que los objetos externos nos son conocidos tan sólo por esas percepciones que ocasionan. Odiar, amar, pensar, tocar, ver, no son, en conjunto, más que percibir.

Ahora bien, ya que nada se halla siempre presente ante la mente [8] más que las percepciones, y ya que todas las ideas se derivan de algo que se ha hallado antes presente ante ella, se sigue que es imposible para nosotros concebir o formarnos una idea de algo específicamente diferente de las ideas e impresiones. Fijemos nuestra atención fuera de nosotros mismos tanto como nos sea posible; dejemos caminar nuestra imaginación hasta los cielos o hasta los últimos límites del universo: jamás daremos un paso más allá de nosotros mismos ni jamás concebiremos ninguna clase de existencia más que esas percepciones [SB 68] que han aparecido en esa estrecha esfera. Éste es el universo de la imaginación y no poseemos más ideas que las que allí se han producido.

Lo más lejos que podemos llegar en la concepción de los objetos [9] externos, cuando se los supone específicamente diferentes de nuestras percepciones, es a formarnos una idea relativa de ellos, sin pretender comprender los objetos con que se relacionan. Generalmente hablando, no los suponemos específicamente diferentes, sino que sólo les atribuimos diferentes relaciones, conexiones y duraciones. Pero de esto hablaremos con más detalle más adelante.30

16 Se me ha objetado que la divisibilidad infinita supone tan sólo un número [SB 30] infinito de partes proporcionales y no de partes alícuotas y que un número infinito de partes proporcionales no constituye una extensión infinita; pero esta distinción es totalmente frívola. Llámense estas partes alícuotas o proporcionales, no podrán ser inferiores a las partes diminutas que concebimos, y, por consiguiente, no pueden, por su unión, formar una extensión menor. (N. del A.)

27 Monseñor Malezieu. (N. del A.)

18 El texto entre corchetes no aparece traducido en la edición de Viqueira.

19 Idem.

20 Este punto y aparte no aparece en la edición de F. Duque. Cf. Bibliografía selecta del «Estudio introductorio» en el presente volumen.

21 Locke. (N. del A.)

22 Sección 5. (N. del A.) Esta nota no aparece en la edición de Viqueira.

23 L’Art de penser. (N. del A.)

24 Vid. Dr. Barrow: Mathematical lectures. (N. del A.)

25 Como ya se dijo, App. indica que el texto del párrafo procede del «Apéndice» original del propio Hume incluido en el libro 3 del Tratado, en el que explicaba de un modo preciso dónde debían introducirse dichos textos en posteriores ediciones.

26 Con independencia de las correcciones puntuales, este párrafo de la traducción de Viqueira ha tenido que ser completamente reescrito.

27 Esta frase intermedia ha sido suprimida en la edición de F. Duque. Vid. «Bibliografía selecta».

[SB 638] 28 App. En tanto que limitamos nuestras especulaciones a las apariencias de los objetos de nuestros sentidos, sin entrar en disquisiciones que se refieran a su naturaleza y actividad reales, nos hallamos libres de toda dificultad y ninguna cuestión puede ponernos en apuros. Así, si se pregunta si la distancia invisible e intangible interpuesta entre dos objetos es algo o no es nada, es fácil de responder que es algo, a saber: una propiedad de los objetos que afecta a los sentidos de una manera particular. Si se pregunta si dos objetos separados por una distancia tal se tocan o no, se puede responder que esto depende de la definición de la palabra contacto. Si los objetos se dice que se tocan cuando no hay nada sensible interpuesto entre ellos, estos objetos se tocan. Si se dice que los objetos se tocan cuando sus imágenes impresionan partes contiguas del ojo y cuando la mano palpa sucesivamente ambos objetos sin un movimiento interpuesto, estos objetos no se tocan. Las apariciones de los objetos ante nuestros sentidos son todas consistentes y ninguna dificultad puede surgir nunca más que de la oscuridad de los términos que empleamos.

Si llevamos nuestra investigación más allá de las apariciones de los objetos ante nuestros sentidos, me temo que la mayor parte de nuestras conclusiones se hallarán llenas de escepticismo e incertidumbre. Así, si se pregunta si la distancia invisible e intangible se halla siempre llena de cuerpos o de algo que mediante el perfeccionamiento de nuestros sentidos podría hacerse visible o tangible, debo reconocer que no hallo argumentos decisivos en favor de una respuesta u otra, aunque me inclino por la opinión contraria, al ser más conforme con las nociones vulgares y populares. Si la filosofía newtoniana se entiende como es debido, se verá que no quiere decir más que esto. Se afirma la existencia del vacío, o sea que los cuerpos se hallan colocados de una manera tal que admiten otros cuerpos entre ellos sin choque o penetración. La naturaleza real de esta posición de los cuerpos es desconocida. Sólo conocemos sus efectos sobre los sentidos y su capacidad para recibir otros cuerpos. Nada es más conforme con esta filosofía que un modesto escepticismo hasta un cierto grado, y una honrada confesión de ignorancia en los asuntos que exceden a toda capacidad humana.App. (N. del A.)

29 Parte 1, sección 7. (N. del A.)

30 Parte 4, sección 2. (N. del A.)

[SB 69] PARTE 3

DEL CONOCIMIENTO Y LA PROBABILIDAD

SECCIÓN 1. DEL CONOCIMIENTO

[1] Existen siete géneros diferentes de relaciones filosóficas,31 a saber: semejanza, identidad, relaciones de tiempo y lugar, proporción de cantidad o número, grados de alguna cualidad, contrariedad y causalidad. Estas relaciones pueden dividirse en dos clases: las que dependen enteramente de las ideas que comparamos entre sí y las que pueden cambiar sin cambio alguno en las ideas. Por la idea de un triángulo descubrimos la relación de igualdad que sus tres ángulos tienen con dos rectos, y esta relación es invariable mientras que nuestra idea permanezca la misma. Por el contrario, las relaciones de contigüidad y distancia entre dos objetos pueden cambiarse meramente por una alteración de su lugar sin cambio alguno de los objetos mismos o de sus ideas, y el lugar depende de muchos accidentes diferentes que no pueden ser previstos por la mente. Lo mismo sucede con la identidad y la causalidad. Dos objetos, aunque sean semejantes completamente y aparezcan en el mismo lugar en tiempos diferentes, pueden ser diferentes numéricamente; y como el poder por el que un objeto produce otro no puede jamás descubrirse meramente a partir de sus ideas, es evidente que causa y efecto son relaciones de las que recibimos información a partir de la experiencia y no por ningún razonamiento abstracto o reflexión. No existe ningún fenómeno particular, aun el más simple, que pueda ser explicado por [SB 70] las cualidades de los objetos tal como se nos aparecen o que pueda ser previsto sin la ayuda de nuestra memoria y experiencia.

[2] Resulta, por consiguiente, que de estas siete relaciones filosóficas quedan sólo cuatro que, dependiendo únicamente de las ideas, pueden ser objetos de conocimiento y certeza. Estas cuatro son: semejanza, contrariedad, grados de cualidad y proporciones de cantidad o número. Tres de estas relaciones pueden descubrirse a primera vista y corresponden más propiamente al dominio de la intuición que al de la demostración. Cuando un objeto se asemeja a otro la semejanza se revelará ya en un principio a la vista o más bien a nuestra mente y rara vez requerirá un segundo examen. El caso es el mismo en la contrariedad y en los grados de cualquier cualidad. Nadie puede dudar de que la existencia y no existencia se destruyen entre sí y que son completamente incompatibles y contrarias. Y aunque sea imposible juzgar exactamente de los grados de una cualidad, como color, sabor, calor, frío, cuando la diferencia entre ellos es muy pequeña, es, sin embargo, fácil decidir que una de ellas es superior o inferior a la otra cuando su diferencia es considerable. Apreciamos siempre esta diferencia a primera vista, sin ninguna investigación o razonamiento.

Podemos proceder de la misma manera al determinar las relaciones [3] de cantidad o número y podemos de una ojeada observar la superioridad o inferioridad entre números y figuras, especialmente cuando la diferencia es muy grande y notable. En cuanto a la igualdad o cualquier proporción exacta, podemos tan sólo conjeturarla partiendo de una consideración particular, excepto en números muy pequeños o en porciones de extensión muy limitadas, que se comprenden en un instante, y en los que percibimos la imposibilidad de caer en cualquier error considerable. En los demás casos debemos establecer las proporciones con alguna libertad o proceder de una manera más artificial.

He hecho observar ya que la geometría o el arte por el que fijamos [4] las relaciones de las figuras, aunque supera con mucho en universalidad y exactitud a los juicios imprecisos de los sentidos y la imaginación, [SB 71] no logra jamás, sin embargo, una perfecta precisión y exactitud. Sus primeros principios se obtienen también de la apariencia general de los objetos, y esta apariencia no puede aportarnos seguridad alguna si observamos la prodigiosa pequeñez de que la naturaleza es susceptible. Nuestras ideas parecen proporcionar una perfecta seguridad de que dos líneas rectas no pueden tener un segmento común; pero si consideramos estas ideas, hallaremos que siempre suponen una inclinación perceptible de las dos líneas y que cuando el ángulo que forman es extremamente pequeño no poseemos un criterio tan preciso de línea recta que nos asegure de la verdad de esta proposición. Sucede lo mismo con la mayoría de las conclusiones primarias de las matemáticas.

[5] Por consiguiente, sólo quedan el álgebra y la aritmética como las únicas ciencias en las que podemos elevar el encadenamiento del razonamiento a un elevado grado de complicación y mantener, sin embargo, una perfecta exactitud y certeza. Poseemos un criterio preciso por el cual juzgamos de la igualdad y relación de los números, y según corresponden o no a este criterio determinamos sus relaciones sin posibilidad de error. Cuando dos números se combinan de modo que el uno tiene siempre una unidad que corresponde a cada unidad del otro, decimos que son iguales, y precisamente por la falta de este criterio de igualdad en la extensión la geometría puede difícilmente ser estimada como una ciencia perfecta e infalible.

[6] No estará fuera de lugar aquí resolver una dificultad que puede surgir de mi afirmación de que, aunque la geometría no llega a la perfecta precisión y certeza que son peculiares de la aritmética y el álgebra, sin embargo, supera a los juicios imperfectos de nuestros sentidos e imaginación. La razón de por qué atribuyo algún defecto a la geometría es que sus principios originales y fundamentales se derivan meramente de las apariencias y puede quizás imaginarse que este defecto debe siempre acompañarla e impedirle alcanzar una mayor exactitud en la comparación de los objetos e ideas que la que nuestra vista o imaginación por sí sola es capaz de alcanzar. Concedo que este [SB 72] defecto la acompaña hasta el punto de que la aparta de la aspiración a una plena certeza; pero, ya que estos principios fundamentales dependen de las apariencias más fáciles y menos engañosas, otorgan a sus consecuencias un grado de exactitud del que estas consecuencias, consideradas aisladamente, son incapaces. Es imposible para la vista determinar que los ángulos de un quiliágono son iguales a 1.996 ángulos rectos o hacer alguna conjetura que se aproxime a esta proporción; pero, cuando determina que las líneas rectas no pueden coincidir, que no podemos trazar más que una recta entre dos puntos dados, sus errores nunca podrán ser de importancia. Y ésta es la naturaleza y uso de la geometría, a saber: conducirnos ante apariencias tales que por su simplicidad no pueden hacernos caer en un error considerable.

[7] Debo aprovechar la ocasión para proponer una segunda observación referente a nuestros razonamientos demostrativos, que es sugerida por el objeto mismo de la matemática. Es usual entre los matemáticos pretender que las ideas que constituyen el objeto de su investigación son de una naturaleza tan refinada y espiritual que no caen bajo la concepción de la fantasía, sino que deben ser comprendidas por una visión pura e intelectual, de la que tan sólo las facultades superiores del alma son capaces. La misma concepción aparece en muchas de las partes de la filosofía y se emplea principalmente para explicar nuestras ideas abstractas y para mostrar cómo podemos formarnos la idea de un triángulo, por ejemplo, que no sea ni isósceles, ni escaleno, ni esté limitado a una longitud y proporción particular de los lados. Es fácil ver por qué los filósofos están tan entusiasmados con esta noción de las percepciones espirituales y refinadas, ya que por su medio ocultan muchos de sus absurdos y rehúsan someterse a las decisiones de las ideas claras, apelando a las que son oscuras e inciertas. Pero para destruir este artificio no necesitamos más que reflexionar acerca del principio sobre el que hemos insistido de que todas nuestras ideas son copia de nuestras impresiones. De aquí podemos concluir inmediatamente que, ya que todas las impresiones son claras y precisas, las ideas que son copias de ellas deben ser de la misma naturaleza y no pueden nunca, más que por nuestra culpa, contener algo tan oscuro [SB 73] e intrincado. Una idea es por su naturaleza más débil y tenue que una impresión; pero al ser en cualquier otro aspecto la misma, no puede implicar un misterio muy grande. Si su debilidad la hace oscura, nuestra tarea es remediar este defecto tanto como sea posible, haciendo a la idea estable y precisa, y hasta que hayamos conseguido esto será vano pretender razonar y filosofar.

SECCIÓN 2. DE LA PROBABILIDAD Y DE LA IDEA DE CAUSA Y EFECTO

Esto es todo lo que estimo necesario observar referente a las cuatro [1] relaciones que son el fundamento de la ciencia. En cuanto a las otras tres, que no dependen de la idea y pueden estar ausentes o presentes mientras la idea permanece la misma, será conveniente explicarlas más en particular. Estas tres relaciones son: identidad, situaciones en tiempo y lugar y causalidad.

Todas las clases de razonamiento no consisten más que en la comparación [2] y en el descubrimiento de las relaciones constantes o inconstantes que dos o más objetos mantienen entre sí. Podemos hacer esta comparación cuando estos dos objetos se hallan presentes a los sentidos, o cuando ninguno de ellos está presente, o cuando lo está uno solo. Cuando los dos objetos están presentes a los sentidos, juntamente con la relación, llamamos a esto más bien percepción que razonamiento, y no existe en este caso una actividad del pensamiento o una acción de éste, propiamente hablando, sino una mera admisión pasiva de las impresiones a través de los órganos de la sensación. Según este modo de pensar, no podemos admitir como razonamiento las observaciones que podamos hacer referentes a la identidad y a las relaciones de tiempo y lugar, pues en ninguna de ellas la mente puede ir más allá de lo que está inmediatamente presente a los sentidos, ya sea para descubrir la existencia real o las relaciones de los objetos. Tan sólo la causalidad produce una conexión tal que nos da la seguridad de la existencia o [SB 74] acción de un objeto, que fue seguido o precedido por alguna otra existencia o acción; y no pueden las otras dos relaciones usarse en el razonamiento excepto en tanto que le afectan o son afectadas por él. No existe nada en los objetos que nos persuada de que están siempre remotos o siempre contiguos, y cuando descubrimos por la experiencia y la observación que su relación en este particular es invariable, concluimos que existe alguna causa secreta que los separa o los une. El mismo razonamiento se aplica a la identidad. Suponemos fácilmente que un objeto puede continuar individualmente el mismo, aunque muchas veces desaparezca y se presente de nuevo a los sentidos, y le atribuimos una identidad, a pesar de la interrupción de la percepción, siempre que concluimos que si hubiéramos mantenido nuestra vista o tacto constantemente dirigidos hacia él nos hubiera producido una percepción invariable o ininterrumpida. Esta conclusión, que va más allá de las impresiones de nuestros sentidos, puede fundarse solamente en la conexión de causa y efecto; de otro modo, no podríamos tener seguridad alguna de que el objeto no ha cambiado, aunque el nuevo objeto pudiera parecerse mucho al que estuvo primeramente presente ante nuestros sentidos. Siempre que descubrimos una semejanza perfecta tal consideramos si es común en esta especie de objetos, o si es posible o probable que una causa pueda operar para producir el cambio y semejanza, y según lo que determinemos referente a estas causas y efectos, pronunciamos nuestro juicio concerniente a la identidad del objeto.

[3] Resulta, pues, aquí que, de las tres relaciones que no dependen de las meras ideas, la única que puede ser llevada más allá de los sentidos e informarnos de existencias y objetos que no podemos ver o tocar es la causalidad. Debemos, por consiguiente, tratar de explicar plenamente esta relación antes de que dejemos el tema del entendimiento.

[4] Para comenzar con el debido orden debemos considerar la idea de la causalidad y ver de qué origen se deriva. Es imposible razonar con exactitud sin entender perfectamente la idea acerca de la que razonamos, y es imposible entender perfectamente una idea sin seguirla [SB 75] hasta su origen y examinar la impresión primaria de la que surge. El examen de la impresión aporta claridad a la idea y el examen de la idea aporta una claridad similar a todos nuestros razonamientos.

Dirijamos, por consiguiente, nuestra vista a dos objetos cualesquiera [5] de los que llamamos causa y efecto y revisémoslos en todos los sentidos para hallar la impresión que produce una idea de tan prodigiosa consecuencia. A primera vista percibo que no debo buscarla en ninguna cualidad particular de los objetos, ya que cualquiera que sea la cualidad que elija hallo siempre algún objeto que no la posee y que, sin embargo, cae bajo la denominación de causa y efecto. De hecho no hay nada existente ni externa ni internamente que no pueda ser considerado como causa o efecto, aunque es manifiesto que no hay ninguna cualidad que corresponda universalmente a todos los seres y les conceda el derecho a esta denominación.

La idea de la causalidad debe derivarse, pues, de alguna relación [6] entre los objetos y debemos ahora intentar descubrir esa relación. Hallo, en primer lugar, que todos los objetos que se consideran como causa y efecto son contiguos, y que nada puede operar en un tiempo o lugar que se halle algo separado del de su propia existencia. Aunque los objetos distantes puedan a veces parecer producirse los unos a los otros, se halla después de más detenido examen que están enlazados por una cadena de causas contiguas entre ellas y con los objetos distantes, y cuando en un caso particular no podemos descubrir esta conexión presumimos que existe. Podemos considerar, pues, la relación de CONTIGÜIDAD como esencial a la de causalidad; al menos podemos suponer que lo es, según la opinión general, hasta que hallemos una ocasión32 más apropiada para esclarecer esta cuestión, examinando qué objetos son o no son susceptibles de yuxtaposición y conjunción.

La segunda relación que haré observar como esencial para las causas [7] y efectos no es tan universalmente reconocida, sino que se halla [SB 76] sometida a alguna controversia. Es esta la de la PRIORIDAD en el tiempo de la causa con respecto del efecto. Algunos pretenden que no es absolutamente necesario que una causa preceda a su efecto, sino que un objeto o acción en el primer momento de su existencia puede ejercer su cualidad productiva y dar lugar a otro objeto o acción perfectamente contemporáneo con él mismo. Pero además de que la experiencia en muchos casos parece contradecir esta opinión, podemos establecer la relación de prioridad por una inferencia o razonamiento. Es una máxima establecida en la filosofía natural y moral que un objeto que existe en algún tiempo en su plena perfección sin producir otro no es su única causa, sino que es auxiliado por algún otro principio que le saca de su estado de inactividad y le hace ejercer la energía que poseía secretamente. Ahora bien, si una causa puede ser totalmente contemporánea de su efecto, es cierto, según esta máxima, que todas las causas deben serlo, ya que si alguna de ellas retrasa su actuación un momento, no se ejercita en el tiempo individual debido, en el que podía haber operado, y, por consiguiente, no es una causa propiamente dicha. La consecuencia de esto sería nada menos que la destrucción de la sucesión de causas que observamos en el mundo y de hecho la total aniquilación del tiempo, pues si una causa fuese contemporánea de su efecto y este efecto de su efecto, y así sucesivamente, es claro que no existiría nada semejante a la sucesión y que todos los objetos deberían ser coexistentes.

[8] Si este argumento aparece satisfactorio, bien. Si no, ruego al lector me conceda la misma libertad que yo me he tomado en el caso precedente suponiendo que lo es, pues hallará que la cosa no tiene gran importancia.

[9] Habiendo así descubierto o supuesto que las dos relaciones de contigüidad y sucesión son esenciales a las causas y efectos, hallo que me encuentro detenido muy pronto y no puedo proseguir adelante, considerando un caso particular de causa y efecto. El movimiento en un [SB 77] cuerpo se considera, mediante el choque, como causa del movimiento en otro. Cuando consideramos estos objetos con la mayor atención, hallamos que un cuerpo se aproxima al otro y que el movimiento de uno precede al del otro, pero sin un intervalo sensible. Es vano torturarnos con una reflexión y pensamiento ulterior sobre este asunto. No podemos ir más lejos considerando este caso particular.

[10] Si alguno quisiese eludir este ejemplo y pretender definir una causa diciendo que es algo productivo de otra cosa, es evidente que no dirá nada. Pues, ¿qué entiende por producción? ¿Puede dar una definición de ella que no sea lo mismo que la de causalidad? Si lo puede, deseo que me la presente. Si no puede, se mueve en círculo y proporciona un término sinónimo en lugar de una definición.

[11] ¿Debemos contentarnos con estas dos relaciones de contigüidad y sucesión como si nos aportaran una idea completa de la causalidad? De ningún modo. Un objeto puede ser contiguo y anterior a otro sin ser considerado como su causa. Existe una CONEXIÓN NECESARIA que debe ser tenida en consideración, y esta relación es de mucha mayor importancia que ninguna de las dos antes mencionadas.

Aquí de nuevo examino el objeto en todos los sentidos para descubrir [12] la naturaleza de esta conexión necesaria y hallar la impresión o impresiones de las que esta idea puede ser derivada. Cuando dirijo mi vista a las cualidades conocidas de los objetos descubro inmediatamente que la relación de causa y efecto no depende en lo más mínimo de ellas. Cuando considero sus relaciones no puedo hallar ninguna más que las de contigüidad y sucesión, que ya he considerado como imperfectas y no satisfactorias. ¿Debe hacerme afirmar la falta de esperanza en el éxito, que poseo aquí una idea que no va precedida de una impresión similar? Esto sería una prueba demasiado fuerte de ligereza e inconstancia, ya que el principio contrario ha sido establecido tan firmemente que no admite duda alguna, al menos hasta que hayamos examinado más plenamente la dificultad presente.

Debemos, por consiguiente, proceder del mismo modo que aquellos [13] que, buscando algo que les está oculto y no hallándolo en el lugar [SB 78] que esperan, van a dar a los campos vecinos sin una idea clara de su designio, esperando que su buena fortuna los guíe por último hacia lo que buscan. Es necesario para nosotros abandonar la consideración directa de la cuestión referente a la naturaleza de la conexión necesaria que forma parte de nuestra idea de causa y efecto y tratar de hallar algunas otras cuestiones cuyo examen nos aporte quizás una indicación que pueda servirnos para aclarar la dificultad presente. De estas cuestiones se presentan dos que debo proceder a examinar, a saber:

Primera. ¿Por qué razón declaramos necesario que algo cuya existencia [14] tiene un comienzo debe tener también una causa?

Segunda. ¿Por qué concluimos que tales causas particulares deben [15] tener necesariamente tales efectos particulares, y cuál es la naturaleza de esa inferencia que hacemos de las unas a los otros y de la creencia que sustentamos en ella?

Señalaré tan sólo antes de que vaya más lejos que aunque las ideas [16] de causa y efecto se derivan tanto de las impresiones de reflexión como de las de sensación, sin embargo, a causa de la brevedad, menciono corrientemente sólo las últimas como el origen de estas ideas, aunque deseo que todo lo dicho de ellas pueda hacerse extensivo a las primeras. Las pasiones se hallan enlazadas con sus objetos y con otras pasiones lo mismo que los cuerpos externos se hallan enlazados entre sí. La misma relación, pues, de causa y efecto que corresponde a los unos debe ser común a todos ellos.

SECCIÓN 3. ¿POR QUÉ UNA CAUSA ES SIEMPRE NECESARIA?

[1] Para comenzar con la primera cuestión, referente a la necesidad de la causa, es una máxima general en filosofía que todo lo que comienza a [SB 79] existir debe tener una causa de su existencia. Esto se admite como cierto en todos los razonamientos sin que se dé o se pida una prueba. Se supone que se funda en la intuición y que es una de las máximas que, aunque pueden ser negadas de palabra, es imposible que los hombres duden en el fondo de ellas. Sin embargo, si examinamos esta máxima mediante la idea de conocimiento antes explicada, no descubriremos en ella ningún rastro de una certidumbre intuitiva de este género, sino que, por el contrario, hallaremos que su naturaleza es bastante extraña a esa clase de convicción.

[2] Toda certidumbre surge de la comparación de las ideas y del descubrimiento de las relaciones que, en tanto que las ideas continúan iguales, son inalterables. Estas relaciones son: semejanza, relaciones de cantidad y número, grados de una cualidad y contrariedad, ninguna de las cuales se halla implicada en la proposición de que todo lo que tiene un comienzo tiene también una causa de su existencia. Esta proposición, por consiguiente, no es intuitivamente cierta. Cualquiera que afirme que es intuitivamente cierta, al menos, debe negar que éstas son las únicas relaciones infalibles y debe hallar alguna otra relación de ese género que esté implicada en ella; para examinar lo cual habrá tiempo suficiente después.

[3] Aquí, sin embargo, existe un argumento que prueba al mismo tiempo que la proposición precedente no es ni intuitiva ni demostrativamente cierta. Jamás podemos demostrar la necesidad de la causa de cada nueva existencia o nueva modificación de existencia sin mostrar a la vez la imposibilidad que existe de que algo pueda comenzar a ser sin algún principio productivo, y si la última proposición no puede ser probada debemos desesperar de llegar a ser capaces de probar la primera. Ahora bien, podemos convencernos de que la última proposición es totalmente incapaz de una prueba demostrativa, considerando que, como todas las ideas diferentes pueden separarse las unas de las otras, y como las ideas de causa y efecto son evidentemente diferentes, nos será fácil concebir un objeto como no existente en un momento y como existente en el momento siguiente, sin unirle la [SB 80] idea distinta de una causa o principio productivo. Por consiguiente, la separación de la idea de una causa de la de una existencia que comienza es claramente posible para la imaginación y, por consiguiente, la separación actual de estos objetos es posible en tanto que no implica contradicción ni absurdo, y es, pues, incapaz de ser refutada por algún razonamiento que parta de meras ideas, sin el que es imposible demostrar la necesidad de una causa.

Según esto, hallaremos después del debido examen que toda demostración [4] que ha sido presentada en favor de la necesidad de la causa es falaz y sofística. Todos los puntos del espacio y del tiempo, dicen algunos filósofos,33 en los que podemos suponer que comienza a existir algún objeto son en sí mismos iguales; y a menos que exista una causa que sea peculiar a un tiempo y a un lugar, y que por este medio determine y fije la existencia, debe quedar eternamente ésta en suspenso, y el objeto jamás podrá comenzar a ser por falta de algo que fije su principio. Sin embargo, yo me pregunto ¿es algo más difícil suponer que el tiempo y el lugar son fijados sin causa alguna, que suponer que la existencia se halla determinada de esta manera? La primera pregunta que se nos presenta en este asunto es siempre si el objeto existirá o no; la siguiente, cuándo y dónde debe comenzar a existir. Si la supresión de una causa fuera intuitivamente absurda en un caso, debería serlo también en el otro, y si este absurdo no se aclarase sin una prueba en un caso, la requeriría igualmente en el otro. El absurdo, pues, de un supuesto no puede constituir jamás una prueba del del otro, ya que ambos se hallan en el mismo plano y deben sostenerse o rechazarse por el mismo razonamiento.

El segundo argumento34 que yo encuentro que se usa en este problema [5] tropieza con la misma dificultad. Se dice que todo debe tener una causa, pues si algo careciese de causa se produciría por sí mismo, es decir, existiría antes de haber existido, lo que es imposible. Pero este razonamiento es claramente erróneo, porque supone que en nuestra negación de una causa afirmamos lo que expresamente negamos, a saber: que debe existir una causa, que por consiguiente se considera [SB 81] que es el objeto mismo, y eso sin duda alguna es una contradicción evidente. Pero, decir que algo es producido o, para expresarnos más propiamente, comienza a existir sin una causa, no es afirmar que es causa de sí mismo, sino que, por el contrario, al excluir todas las causas externas se excluye a fortiori la cosa misma que es creada. Un objeto que existe absolutamente sin causa no es ciertamente su propia causa, y cuando se afirma que el uno se sigue de la otra se da por supuesto el mismo punto en cuestión y se toma como cierto que es totalmente imposible que algo pueda comenzar a existir sin causa, y que por la exclusión de un principio productivo debemos recurrir a otro.

[6] Sucede lo mismo con el tercer argumento35 que ha sido empleado para demostrar la necesidad de una causa. Todo lo que se produce sin causa es producido por nada, o, en otras palabras, no tiene nada por causa; pero nada puede jamás ser una causa como tampoco nada puede ser algo, o igual a dos ángulos rectos. Por la misma intuición que percibimos que nada no es igual a dos ángulos rectos, o que no es algo, percibimos que no puede ser nunca una causa y, por consiguiente, debemos percibir que todo objeto tiene una causa real de su existencia.

[7] Creo que no será necesario emplear muchas palabras para mostrar la debilidad de este argumento después de lo que he dicho del precedente. Los dos se hallan fundados en la misma falacia y se derivan del mismo estilo de pensamiento. Basta observar solamente que cuando excluimos todas las causas debemos excluirlas realmente y no suponer nada, ni el objeto mismo, como causa de la existencia, y, en consecuencia, no podemos obtener argumento alguno partiendo del absurdo de estos supuestos para probar el absurdo de esa exclusión. Si todo debe tener una causa, se sigue que por la exclusión de otras causas debemos aceptar el objeto mismo o nada como causa. Pero el punto central de la cuestión es si todo debe o no tener una causa, lo que, por consiguiente, y según todo razonamiento válido, no puede jamás darse por supuesto.

[8] Todavía son más frívolos quienes dicen que todo efecto debe tener una causa porque esto va implicado en la misma idea de efecto. Todo efecto supone necesariamente una causa, siendo efecto un término relativo del que causa es el correlativo. Sin embargo, esto no prueba que todo ser deba ser precedido por una causa, más de lo que se sigue que, porque todo marido debe tener una mujer, todo hombre por tanto debe estar casado. La verdadera cuestión es si todo objeto que comienza a existir debe su existencia a una causa, y esto es lo que yo afirmo que no es cierto ni intuitiva ni demostrativamente, y espero haberlo probado suficientemente por los razonamientos que preceden.

[9] Ya que no es del conocimiento o de un razonamiento científico de donde derivamos la opinión de la necesidad de una causa para cada nueva producción, esa opinión debe necesariamente surgir de la observación y experiencia. La siguiente cuestión, pues, debería ser naturalmente ¿cómo da lugar la experiencia a tal principio? Sin embargo, como encuentro que será más conveniente subsumir esta cuestión en la siguiente, ¿por qué concluimos que tales causas particulares deben tener necesariamente tales efectos particulares y por qué hacemos una inferencia de las unas a los otros?, deberemos hacer de ésta el asunto de nuestra investigación futura. Quizá se hallará, en último término, que la misma respuesta sirve para ambas cuestiones.

SECCIÓN 4. DE LOS ELEMENTOS COMPONENTES DE NUESTROS RAZONAMIENTOS RELATIVOS A LA CAUSA Y EL EFECTO

Aunque la mente, en sus razonamientos de causas y efectos, dirige [1] su vista más allá de los objetos que vemos o recordamos, no puede perderlos de vista enteramente ni razonar tan sólo sobre sus propias ideas sin alguna mezcla de impresiones, o al menos de las ideas de la memoria, que son equivalentes a las impresiones. Cuando inferimos efectos partiendo de causas debemos establecer la existencia de estas [SB 83] causas, para hacer lo cual sólo tenemos dos caminos: o por una percepción inmediata de nuestra memoria o de nuestros sentidos, o por una inferencia a partir de otras causas, causas que debemos explicar de la misma manera por una impresión presente o por una inferencia a partir de sus causas, y así sucesivamente hasta que lleguemos a un objeto que vemos o recordamos. Es imposible para nosotros proseguir con nuestras inferencias hasta el infinito, y lo único que puede detenerlas es una impresión de la memoria o de los sentidos, más allá de la cual no existe espacio para la duda o indagación.

Para dar un ejemplo de esto podemos elegir cualquier suceso de [2] la historia y considerar por qué razón lo creemos o rechazamos. Así, creemos que CÉSAR fue asesinado en el Senado durante los idus de marzo, y eso porque el hecho está establecido basándose en el testimonio unánime de los historiadores, que concuerdan en asignar a ese suceso este tiempo y lugar precisos. Aquí ciertos caracteres y letras se hallan presentes ante nuestra memoria o sentidos, caracteres que recordamos igualmente que han sido usados como signos de ciertas ideas; y estas ideas estuvieron o en las mentes de los que se hallaron inmediatamente presentes en esa acción y que obtuvieron las ideas directamente de su existencia, o fueron derivadas del testimonio de otros y éste a su vez de otro testimonio por una graduación visible hasta llegar a los que fueron testigos oculares y espectadores del suceso. Es manifiesto que toda esta cadena de argumentos o conexión de causas y efectos se halla fundada en un principio en los caracteres o letras que son vistos o recordados, y que sin la autoridad de la memoria o de los sentidos nuestro razonamiento entero sería quimérico o carecería de fundamento. Cada eslabón de la cadena estaría enlazado en este caso con otro, pero no existiría nada fijo en un extremo de ella capaz de sostenerla en su totalidad, y, en consecuencia, no existiría ni creencia ni evidencia. Esto es realmente lo que sucede con todos los argumentos hipotéticos o razonamientos partiendo de un supuesto, por no existir en ellos ni una impresión presente ni una creencia en una existencia real.

[3] No necesito observar que no constituye una objeción válida a la [SB 84] presente doctrina, que podamos razonar sobre nuestras conclusiones o principios pasados sin recurrir a las impresiones de las que primeramente surgieron. Porque, aun suponiendo que estas impresiones estén enteramente borradas de la memoria, la convicción que produjeron puede subsistir todavía; y es igualmente cierto que todo razonamiento relativo a las causas y efectos se deriva originalmente de alguna impresión, de la misma manera que la seguridad de una demostración procede siempre de una comparación de ideas, aunque continúe después que la comparación se ha olvidado.

SECCIÓN 5. DE LAS IMPRESIONES DE LOS SENTIDOS Y DE LA MEMORIA

[1] En este razonamiento, pues, a partir de la causalidad empleamos materiales que son de una naturaleza mixta y heterogénea y que, a pesar de estar enlazados, son esencialmente diferentes los unos de los otros. Todos nuestros argumentos relativos a las causas y efectos constan de una impresión de la memoria o de los sentidos, y de la idea de la existencia que produce el objeto de la impresión o que es producida por ella. Por consiguiente, tenemos aquí tres cosas que explicar, a saber: primero, la impresión originaria; segundo, la transición a la idea de la causa o efecto conectados; tercero, la naturaleza y cualidades de esa idea.

[2] En cuanto a las impresiones que surgen de los sentidos, su causa última es, en mi opinión, perfectamente inexplicable por la razón humana y será siempre imposible decidir con certeza si surgen inmediatamente del objeto o son producidas por el poder creador de la mente o se derivan del autor de nuestro ser. No es tampoco esta cuestión de importancia alguna para nuestro propósito presente. Podemos realizar inferencias partiendo de la coherencia de nuestras percepciones, ya sean éstas verdaderas o falsas, ya representen a la naturaleza exactamente o sean meras ilusiones de los sentidos.

Cuando buscamos la característica que distingue la memoria de [3] la imaginación debemos percibir inmediatamente que no puede hallarse [SB 85] en las ideas simples que se nos presentan, ya que estas dos facultades toman sus ideas simples de las impresiones y no pueden ir nunca más allá de estas percepciones originales. Estas facultades tampoco se distinguen entre sí por la disposición de sus ideas complejas, pues aunque es una propiedad peculiar de la memoria el conservar el orden y posición original de sus ideas, mientras que la imaginación las altera y cambia como le place, esta diferencia, sin embargo, no es suficiente para distinguirlas en sus operaciones o hacernos conocer la una a partir de la otra, al ser imposible recordar las impresiones pasadas para compararlas con nuestras ideas presentes y ver si su disposición es exactamente similar. Por consiguiente, ya que la memoria es conocida no por el orden de sus ideas complejas ni tampoco por la naturaleza de sus ideas simples, se sigue que la diferencia entre ella y la imaginación está en su fuerza y vivacidad superior. Cuando un hombre se entrega a su fantasía para fingir alguna escena pasada de aventuras, no existiría posibilidad alguna de distinguir esto de un recuerdo de un género igual si las ideas de la imaginación no fuesen más débiles y más oscuras.

App. Sucede frecuentemente que, cuando dos hombres han tomado [4] parte en una acción o un suceso, uno de ellos la recuerda mucho mejor [SB 627] que otro, y puede experimentar la mayor dificultad del mundo para hacer que su compañero la recuerde. Recorre en vano varias circunstancias; [SB 628] menciona el tiempo, el lugar, la compañía, lo que se dijo, lo que se hizo, hasta que, por último, tropieza con alguna circunstancia afortunada que revive el conjunto y procura a su amigo una memoria perfecta de cada cosa. Aquí la persona que olvida concibe desde un principio todas las ideas del discurso de la otra con las mismas circunstancias de tiempo y lugar, aunque las considera como meras ficciones de la imaginación. Pero tan pronto como la circunstancia mencionada suscita su memoria, las mismas ideas aparecen con un nuevo aspecto y poseen, en cierto modo, una cualidad afectiva diferente de la que tenían antes. Sin más alteración que la de la cualidad afectiva se convierten inmediatamente en ideas de la memoria y se les presta asentimiento.

[5] Por consiguiente, ya que la imaginación puede representarse los mismos objetos que la memoria puede ofrecernos y ya que estas facultades se distinguen solamente por la diferente afección de las ideas que nos presentan, será conveniente examinar cuál es la naturaleza de esta afección. Aquí creo que todo el mundo estará de acuerdo conmigo en que las ideas de la memoria son más fuertes y vivaces que las de la fantasía. [SB 85] App. 36 Un pintor que quiera representar una pasión o emoción de cualquier género tratará de tomar el gesto de una persona dominada por una emoción análoga, para vivificar nuestras ideas y darles una fuerza y vivacidad superior a la que se halla en las que son meras ficciones de la imaginación. Cuanto más reciente es esa memoria, tanto más clara es la idea, y cuando después de un largo intervalo se vuelve a considerar el objeto de ella, se halla siempre que la idea se ha debilitado mucho si no se ha olvidado del todo. Dudamos frecuentemente acerca de las ideas de la memoria cuando se hacen muy débiles y tenues, y somos incapaces de determinar si una imagen procede de la fantasía o la memoria cuando no se presenta con colores tan vivos como para distinguir esta última facultad. Se dice: creo que recuerdo [SB 86] un suceso, pero no estoy seguro. Un largo período de tiempo casi lo ha borrado de nuestra memoria y nos deja inseguros acerca de si es o no pura creación de la fantasía.

[6] Y del mismo modo que una idea de la memoria, al perder su fuerza y vivacidad, puede degenerar en un grado tal que pueda ser tomada por una idea de la imaginación, así, por el otro lado, una idea de la imaginación, a su vez, puede adquirir una fuerza como para pasar por una idea de la memoria y producir efectos sobre la creencia y el juicio. Esto se nota en los casos de los mentirosos, que por la frecuente repetición de sus mentiras llegan a creer que las recuerdan como realidades, al poseer la costumbre y el hábito en este caso, como en muchos otros, la misma influencia en la mente que la naturaleza y fijar la idea con igual fuerza y vigor.

[7] Así, resulta que la creencia o asentimiento que acompaña siempre a la memoria y a los sentidos no es sino la vivacidad de las percepciones que presentan, y que sólo esto los distingue de la imaginación. La creencia consiste en este caso en sentir una impresión inmediata de los sentidos o una repetición de esta impresión en la memoria. Es tan sólo la fuerza y vivacidad de la percepción lo que constituye el primer acto del juicio y proporciona el fundamento del razonamiento que construimos sobre él, cuando establecemos la relación de causa y efecto.

SECCIÓN 6. DE LA INFERENCIA DE LA IMPRESIÓN A LA IDEA

Es fácil observar que al establecer esta relación, la inferencia que realizamos [1] de la causa al efecto no se deriva meramente de una consideración de estos objetos particulares y de una penetración de sus esencias capaz de descubrir la dependencia del uno con respecto del otro. No existe objeto alguno que implique la existencia de otro si consideramos estos objetos en sí mismos, y jamás vamos más allá de las ideas que nos formamos de ellos. Una inferencia tal equivaldría a [SB 87] conocimiento e implicaría la absoluta contradicción e imposibilidad de concebir algo diferente. Pero como todas las ideas distintas son separables, es evidente que no puede existir una imposibilidad de este género. Cuando pasamos de una impresión presente a la idea de cualquier objeto, es posible que hayamos separado la idea de impresión y hayamos puesto en su lugar cualquier otra idea.

Por consiguiente, sólo por EXPERIENCIA podemos inferir la existencia [2] de un objeto partiendo de la del otro. La naturaleza de la experiencia es ésta. Recordamos haber tenido frecuentemente ejemplos de la existencia de una especie de objetos y también recordamos que los individuos de otra especie de objetos han acompañado siempre a aquéllos y han existido en un orden regular de contigüidad y sucesión con respecto a ellos. Así, recordamos haber visto esa especie de objetos que llamamos llama y haber sentido esa especie de sensación que llamamos calor. Igualmente recordamos mentalmente su unión constante en todos los casos pasados. Sin más preámbulos, llamamos a los unos causa y a los otros efecto e inferimos la existencia de los unos partiendo de la de los otros. En todos estos casos, de los que aprendemos el enlace de causas y efectos particulares, tanto las causas como los efectos han sido percibidos por los sentidos y son recordados; pero en la totalidad de los casos en que razonamos acerca de ellos, sólo hay uno de ellos que sea percibido o recordado y el otro se suple de acuerdo con nuestra experiencia pasada.

Así, al avanzar hemos descubierto insensiblemente una nueva relación [3] entre la causa y el efecto cuando menos lo esperábamos y nos ocupábamos totalmente de otro asunto. Esta relación es su CONJUNCIÓN CONSTANTE. La contigüidad y la sucesión no son suficientes para permitirnos declarar que dos objetos cualquiera son causa y efecto, a menos que percibamos que estas dos relaciones se conservan en varios casos. Podemos ver ahora la ventaja de abandonar la consideración directa de esta relación37 para descubrir la naturaleza de la conexión necesaria que constituye una parte tan esencial de ella. Podemos esperar [SB 88] que por este medio lleguemos por último a nuestro fin propuesto, aunque, a decir verdad, esta relación que acabamos de descubrir de conjunción constante parece hacernos progresar muy poco en nuestro camino. Pues, no implica más que esto: que objetos similares han sido siempre dispuestos en análogas relaciones de contigüidad y sucesión, y parece evidente, al menos a primera vista, que por este medio no podemos jamás descubrir una nueva idea y que tan sólo podemos multiplicar, pero no ampliar los objetos de nuestra mente. Puede pensarse que lo que no aprendemos de un objeto nunca podemos aprenderlo de cien, que sean todos del mismo género y se asemejen completamente en todas sus circunstancias. Del mismo modo que nuestros sentidos nos muestran en un caso dos cuerpos, o movimientos, o cualidades, en ciertas relaciones de sucesión y contigüidad, nuestra memoria nos presenta solamente una multitud de casos en que hallamos siempre cuerpos, movimientos o propiedades similares en similares relaciones. De la repetición de cualquier impresión pasada, aunque sea al infinito, nunca surgirá una nueva idea original, como lo es la de conexión necesaria; y el número de impresiones no tiene en este caso más efecto que si nos limitamos a una sola. Pero, aunque este razonamiento parece correcto y evidente, sin embargo, como sería locura desesperar tan pronto, debemos continuar la marcha de nuestro discurso, y habiendo hallado que después del descubrimiento de la conjunción constante de objetos, hacemos siempre una inferencia de un objeto al otro, deberemos ahora examinar la naturaleza de esa inferencia y de la transición de la impresión a la idea. Quizá resultará, en último término, que la conexión necesaria depende de la inferencia en lugar de depender la inferencia de la conexión necesaria.

[4] Ya que resulta que la transición de una impresión presente en la memoria o los sentidos a una idea o a un objeto, que llamamos causa o efecto, se funda en la experiencia pasada y en nuestro recuerdo de su conjunción constante, la cuestión siguiente es si la experiencia produce la idea por medio del entendimiento o la imaginación, si somos determinados a hacer esta transición por la razón o por una cierta asociación y relación de percepciones. Si la razón nos determinase, [SB 89] procedería basándose en ese principio de que casos de los que no hemos tenido experiencia deben asemejarse a aquellos de los que hemos tenido experiencia, y que el curso de la naturaleza continúa siendo siempre el mismo de un modo uniforme. Por consiguiente, para esclarecer este asunto consideremos todos los argumentos sobre los que se supone fundada esta proposición, y como éstos deben derivarse de nuestro conocimiento o probabilidad, dirijamos nuestra vista a cada uno de estos grados de evidencia y veamos si proporcionan una conclusión válida de esta naturaleza.

Nuestro método precedente de razonar nos convencerá fácilmente [5] de que no existen argumentos demostrativos para probar que los casos de que no hemos tenido experiencia se asemejan a aquellos de los que hemos tenido experiencia. Podemos al menos concebir un cambio en el curso de la naturaleza, lo que prueba de un modo suficiente que este cambio no es absolutamente imposible. El formarnos una idea clara de algo constituye un argumento innegable para su posibilidad y es por sí solo una refutación de cualquier demostración pretendida en contra de él.

La probabilidad, en tanto que descubre no las relaciones de las [6] ideas consideradas como tales, sino solamente las de los objetos, debe en ciertos aspectos basarse en las impresiones de nuestra memoria y de los sentidos y en ciertos aspectos en nuestras ideas. Si no existiese una mezcla de alguna impresión en nuestros razonamientos probables, la conclusión sería totalmente quimérica, y si no existiese una mezcla de ideas, la acción de la mente al observar la relación sería propiamente hablando sensación, no razonamiento. Por consiguiente, es necesario que en todo razonamiento probable exista algo presente ante la mente, o visto o recordado, y que partiendo de esto infiramos la existencia de algo conectado con ello que no sea visto ni recordado.

La única conexión o relación de ideas que puede llevarnos más [7] allá de las impresiones inmediatas de nuestra memoria y sentidos es la de causa y efecto, y esto porque es la única sobre la que puede fundarse una inferencia válida de un objeto a otro. La idea de causa [SB 90] y efecto se deriva de la experiencia, que nos informa de qué objetos particulares en todos los casos pasados han ido constantemente unidos con otros del mismo género, y como un objeto similar a uno de éstos suponemos que se halla inmediatamente presente en su impresión, de ahí suponemos la existencia de uno similar a su acompañante usual. Según esta explicación de las cosas, que es, a mi parecer, de todo punto indiscutible, la probabilidad se funda en la presunción de una semejanza entre los objetos de los que tenemos experiencia y aquellos de que no tenemos ninguna y, por consiguiente, es imposible que esta presunción surja de la probabilidad. El mismo principio no puede ser a la vez la causa y el efecto de otro, y ésta es quizá la única proposición concerniente a esta relación que es intuitiva o demostrativamente cierta.

[8] Si alguien intenta eludir este argumento y, sin determinar si nuestro razonamiento acerca de este asunto se deriva de la demostración o de la probabilidad, pretende que todas las conclusiones de causa y efecto se basan sobre un razonamiento sólido, tan sólo puedo desear que este razonamiento se me exponga para que sea sometido a nuestro examen. Se dirá quizá que después de la experiencia de la conjunción constante de ciertos objetos razonamos de la siguiente manera. Un objeto cualquiera se encuentra que siempre produce otro. Es imposible que tuviese este efecto si no se hallase dotado de un poder de producción. El poder implica necesariamente el efecto y, por consiguiente, existe un fundamento válido para formular una inferencia desde la existencia de un objeto hasta la de su acompañante usual. La producción pasada implica un poder; el poder implica una nueva producción, y la nueva producción es lo que inferimos partiendo del poder y de la producción pasada.

[9] Me sería fácil mostrar la fragilidad de este razonamiento si quisiese hacer uso de las observaciones que ya he presentado: que la idea de la producción es la misma que la de causalidad y que ninguna existencia implica ni cierta ni demostrativamente un poder en algún otro objeto; o, si fuese conveniente anticipar lo que ya tendré ocasión de indicar más adelante con referencia a la idea que nos formamos de poder y eficacia. Pero como un modo tal de proceder me parece o que debilita mi sistema, por hacer reposar una parte de él sobre otra, o que introduce una confusión en mi razonamiento, debo tratar de mantener mi afirmación presente sin una ayuda semejante.

[10] Por consiguiente, se concederá por un momento que la producción de un objeto por otro implica un poder y que este poder se halla enlazado con su efecto. Pero, habiendo probado ya que el poder no consiste en las propiedades sensibles de la causa, y no existiendo más que las cualidades sensibles presente ante nosotros, me pregunto ¿por qué se presume en otros casos que el mismo poder existe dada meramente la apariencia de estas cualidades? El recurrir a la experiencia pasada no decide nada en el caso presente, y lo más que puede probar es solamente que el objeto que produjo cualquier otro se hallaba en este instante preciso dotado de un poder tal; pero no puede probar jamás que el mismo poder debe continuar en el mismo objeto o colección de cualidades sensibles, y mucho menos que un poder semejante va siempre unido con iguales cualidades sensibles. Si se dijese que tenemos experiencia de que el mismo poder continúa unido con el mismo objeto y que objetos análogos están dotados de poderes análogos, volvería a hacer mi pregunta: ¿por qué sacamos de esta experiencia una conclusión que va más allá de los casos pasados de los que tenemos experiencia? Si se responde a esta cuestión del mismo modo que a la precedente, la respuesta da aún ocasión a una nueva cuestión del mismo género, y así hasta el infinito, lo que prueba claramente que el razonamiento precedente no tiene un fundamento válido.

Así, no sólo nuestra razón fracasa en el descubrimiento de la conexión [11] última de causas y efectos, sino que aun después que la experiencia nos ha informado acerca de su conjunción constante, es imposible para nosotros convencernos por la razón de por qué debemos extender esta experiencia más allá de los casos particulares que han caído bajo nuestra observación. Suponemos, pero no somos nunca capaces [SB 92] de probarlo, que debe existir una semejanza entre esos objetos de los cuales hemos tenido experiencia y aquellos que se hallan más allá del alcance de nuestra exploración.

Hemos encontrado ya ciertas relaciones que nos hacen pasar de [12] un objeto a otro, aun cuando no existe una razón que nos determine a este tránsito, y podemos establecer como regla general que siempre que la mente, de un modo constante y uniforme, hace una transición sin razón alguna, se halla influida por estas relaciones. Ahora bien, esto es lo que ocurre precisamente en el caso presente. La razón jamás puede mostrarnos el enlace de un objeto con otro, aunque esté auxiliada por la experiencia y la observación de su enlace constante en todos los casos pasados. Así, pues, cuando la mente pasa de una idea o impresión de un objeto a la idea o creencia de otro no está determinado por la razón, sino por ciertos principios que asocian entre sí las ideas de estos objetos y las unen en la imaginación. Si las ideas no tuviesen mayor unión en la fantasía de la que los objetos parecen tener para el entendimiento, no podríamos hacer jamás una inferencia de causa a efecto ni podría asentarse la creencia sobre ninguna cuestión de hecho. La inferencia, pues, depende tan sólo de la unión de las ideas.

[13] Los principios de unión entre las ideas los he reducido a tres tipos generales, y he afirmado que la idea o impresión de un objeto despierta naturalmente la idea de cualquier otro objeto semejante, contiguo o conectado con ella. Concedo que estos principios no son ni causas infalibles ni las únicas causas de unión entre las ideas. No son causas infalibles, pues se puede fijar la atención durante algún tiempo en un objeto y no ir más allá de él. No son las únicas causas, pues el pensamiento tiene un movimiento muy irregular al recorrer sus objetos y puede pasar de los cielos a la tierra, de un extremo a otro de la creación, sin ningún método u orden precisos. Sin embargo, aunque reconozco esta debilidad en estas tres relaciones y la irregularidad [SB 93] de la imaginación, afirmo que los únicos principios generales que asocian las ideas son semejanza, contigüidad y causalidad.

[14] Existe de hecho un principio de unión entre las ideas que a primera vista parece ser diferente de alguno de éstos, pero que en el fondo se hallará que depende del mismo origen. Cuando un ejemplar de una especie de objetos se halla por experiencia que va constantemente unido con un ejemplar de otra especie, la apariencia de un nuevo individuo de una de las especies sugiere naturalmente el pensamiento de su acompañante habitual. Así, ya que una idea particular va unida corrientemente a una palabra particular, no se requiere más que la audición de esta palabra para producir la idea correspondiente, y es casi imposible para la mente, aun con sus mayores esfuerzos, evitar esta transición. En este caso no es en absoluto necesario que después de la audición de un sonido determinado reflexionemos sobre una experiencia pasada y consideremos que la idea ha estado enlazada usualmente con el sonido. La imaginación, por sí misma, suple a la reflexión y se halla tan habituada a pasar de la palabra a la idea, que no media ni un instante entre la audición de la una y la concepción de la otra.

[15] Pero, aunque yo reconozco que éste es un principio verdadero de asociación entre las ideas, afirmo que es exactamente el mismo que el que existe entre las ideas de causa y efecto, y que constituye una parte esencial de nuestros razonamientos basados en esa relación. No tenemos otra noción de causa y efecto más que la de ciertos objetos que han estado siempre unidos entre sí y que en todos los casos pasados se ha hallado que son inseparables. No podemos penetrar en la razón de la conjunción. Solamente observamos la cosa misma y hallamos siempre que, partiendo de la conjunción constante, los objetos adquieren una unión en la imaginación. Cuando la impresión del uno se nos hace presente nos formamos inmediatamente una idea de su acompañante habitual y, en consecuencia, podemos establecer como una parte de la definición de una opinión o creencia que es una idea relacionada o asociada con una impresión presente.

Así, aunque la causalidad sea una relación filosófica, en cuanto que [16] implica contigüidad, sucesión y conjunción constante, sin embargo, [SB 94] solamente en tanto que es una relación natural y produce una unión entre nuestras ideas, somos capaces de razonar sobre ella o de hacer una inferencia partiendo de ella.

SECCIÓN 7. DE LA NATURALEZA DE LA IDEA O CREENCIA

La idea de un objeto es una parte esencial de la creencia acerca de él, [1] pero no toda ella. Concebimos muchas cosas que no creemos. Para descubrir, pues, más plenamente la naturaleza de la creencia, o las cualidades de las ideas a que asentimos, debemos tener en cuenta las siguientes consideraciones.

Es evidente que todos los razonamientos de causas o efectos terminan [2] en conclusiones que se refieren a cuestiones de hecho, esto es, que se refieren a la existencia de objetos o de sus cualidades. Es también evidente que la idea de existencia no es nada diferente de la idea de un objeto, y que cuando después de la simple concepción de algo la concebimos como existente, en realidad no llevamos a cabo ninguna adición ni alteración de nuestra primera idea. Así, cuando afirmamos que Dios existe nos formamos simplemente la idea de un ser tal como nos es representado, y la existencia que le atribuimos no es concebida por una idea particular que unamos a la idea de sus otras cualidades y que pueda nuevamente ser separada y distinguida de ellas. Voy aún más lejos, y no contento con afirmar que la concepción de la existencia de un objeto no es una adición a su simple concepción, mantengo igualmente que la creencia en la existencia no aporta una nueva idea para unirla con las que componen la idea del objeto. Cuando yo pienso en Dios, cuando lo pienso como existente y cuando creo que existe, mi idea de él ni aumenta ni disminuye. Pero, como es cierto que existe una gran diferencia entre la simple concepción de la existencia de un [SB 95] objeto y la creencia en él, y como esta diferencia no está en los elementos o en la composición de la idea que concebimos, se sigue que debe estar en la manera en que la concebimos.

[3] 38 Supóngase que una persona presente ante mí establece proposiciones a las cuales no puedo asentir: que César murió en su cama, que la plata es más fusible que el plomo o el mercurio más pesado que el oro. Es evidente que, a pesar de mi incredulidad, entiendo claramente lo que quiere decir y me formo las mismas ideas que él se forma. Mi imaginación está dotada con las mismas facultades que la suya y no le es posible concebir una idea que yo no pueda concebir o enlazar ideas que yo no pueda enlazar. Por consiguiente, pregunto ¿en qué consiste la diferencia entre creer y no creer cualquier proposición? La respuesta es fácil con respecto a las proposiciones que son probadas por intuición o demostración. En este caso, la persona que asiente no sólo concibe las ideas de acuerdo con la proposición, sino que es llevado necesariamente a concebirlas de una manera particular, o inmediatamente o por la interposición de otras ideas. Todo lo que es absurdo es ininteligible y no es posible para la imaginación concebir algo contrario a la demostración. Sin embargo, como en los razonamientos de la causalidad y referentes a los hechos esta necesidad absoluta no puede tener lugar y la imaginación se halla libre de concebir ambos lados de la cuestión, yo me pregunto aún ¿en qué consiste la diferencia entre incredulidad y creencia?, ya que en ambos casos la concepción de la idea es igualmente posible y requerida.39

[4] No es una respuesta satisfactoria decir que una persona que no asiente a una proposición que presentamos, después de haber concebido el objeto de la misma manera que nosotros, lo concibe en seguida de un modo diferente y tiene ideas diferentes de él. Esta respuesta no es satisfactoria, no porque contenga alguna falsedad, sino porque no descubre toda la verdad. Es admitido que en todos los casos en que disentimos de una persona concebimos ambos lados de la cuestión, pero [SB 96] como podemos creer tan sólo en uno, se sigue evidentemente que la creencia debe establecer alguna diferencia entre la concepción a la que asentimos y aquella de que disentimos. Podemos combinar, unir, separar, confundir y variar nuestras ideas de mil modos diferentes; pero hasta que aparece allí algún principio que fija una de estas situaciones diferentes no tenemos en realidad una opinión; y este principio, al no añadir nada simplemente a nuestras ideas precedentes, tan sólo puede cambiar la manera de concebirlas.

Todas las percepciones de la mente son de dos clases, a saber: impresiones [5] e ideas que difieren entre sí tan sólo por sus diferentes grados de fuerza y vivacidad. Nuestras ideas son copias de nuestras impresiones y las representan en todas sus partes. Cuando se quiere cambiar de algún modo la idea de un objeto particular no se puede hacer más que aumentar o disminuir su fuerza y vivacidad. Si se hace otro cambio en ella representará un objeto o impresión diferente. Sucede lo mismo con los colores. Un determinado tono de un color puede adquirir un nuevo grado de viveza o brillo sin otra variación. Pero si se produce alguna otra variación deja de ser el mismo tono o color. Así que, como la creencia no hace más que variar la manera de que concebimos algún objeto, solamente puede proporcionar a nuestras ideas una fuerza y vivacidad adicionales. Por consiguiente, una opinión o creencia puede ser más exactamente definida como UNA IDEA VIVAZ RELACIONADA O ASOCIADA CON UNA IMPRESIÓN PRESENTE.40

[6] He aquí las premisas de los argumentos que nos conducen a esta [SB 97] conclusión: cuando inferimos la existencia de un objeto partiendo de la de otros, siempre algún objeto debe hallarse presente ante la memoria o los sentidos, con el fin de que éste sea el fundamento de nuestro razonamiento, ya que la mente no puede proseguir con sus inferencias hasta el infinito. La razón no puede jamás convencernos de que la existencia de un objeto implica de algún modo la de otro; así, que cuando pasamos de la impresión del uno a la idea o creencia del otro, no nos hallamos determinados por la razón, sino por la costumbre o por un principio de asociación. Sin embargo, la creencia es algo más que una simple idea. Es una manera peculiar de formarnos una idea, y como la misma idea puede solamente variar por la variación de sus grados de fuerza y vivacidad, se sigue de todo lo anterior que la creencia es una idea vivaz producida por una relación con una impresión presente, según la definición que precede.

[7] App. Esta operación de la mente, que produce la creencia en cualquier [SB 628] cuestión de hecho, parece hasta ahora haber sido uno de los más grandes misterios de la filosofía, aunque nadie ha sospechado que existiese alguna dificultad para explicarlo. Por mi parte, debo confesar que encuentro una dificultad considerable en este caso, y que, aun cuando me parece que entiendo el asunto perfectamente, no hallo palabras para expresar lo que quiero decir. Concluyo por una inducción que me parece muy evidente, que una opinión o creencia no es más que una idea, que es diferente de una ficción, no en la naturaleza o en el orden de sus partes, sino en la manera de ser [SB 629] concebida. Pero cuando quiero explicar esta manera, apenas encuentro alguna palabra que responda plenamente al caso, sino que me veo obligado a recurrir al sentimiento de cada uno para dar una noción perfecta de esta actividad de la mente. Una idea a la que se asiente es sentida de un modo diferente que una idea ficticia que la fantasía nos presenta, y este sentimiento diferente intento explicarlo llamándolo una fuerza, vivacidad, solidez, firmeza, o estabilidad superior. Esta variedad de términos, que parece ser tan poco filosófica, pretende tan sólo expresar el acto de la mente que hace más presentes para nosotros las realidades que las ficciones, que les hace tener más importancia en el pensamiento y les concede una influencia superior sobre las pasiones y la imaginación. Con tal de que estemos de acuerdo con respecto a la cosa es innecesario discutir con respecto a las palabras. La imaginación tiene el control de todas sus ideas y puede unirlas, mezclarlas y variarlas de todos los modos posibles. Puede concebir objetos con todas las circunstancias de lugar y tiempo. Puede presentárnoslos, en cierto modo, con colores tan reales como si hubiesen existido. Pero como es imposible que esta facultad pueda por sí misma lograr nunca la creencia, es evidente que la creencia no consiste ni en la naturaleza ni en el orden de nuestras ideas, sino en la forma de ser concebidas y sentidas por la mente. Confieso que es imposible explicar perfectamente este sentimiento o forma de concepción. Hacemos uso de palabras que expresan algo próximo. Su verdadero y propio nombre es creencia, que es un término que todo el mundo entiende de un modo suficiente en la vida diaria. En filosofía no podemos ir más allá de afirmar que hay algo sentido por la mente que distingue las ideas del juicio de las ficciones de la imaginación, les da más fuerza e influencia, las hace aparecer de mayor importancia, las fija en la mente y las convierte en los principios directores de nuestras acciones.App.

Se verá que esta definición está de acuerdo con el sentimiento y la [8] experiencia de cada uno. Nada es más evidente que el hecho de que [SB 97] estas ideas a las que asentimos son más fuertes, firmes y vivaces que las imaginaciones inconexas del que hace castillos en el aire. Si una persona se pone a leer un libro que toma por una novela y otra por una historia verdadera, conciben claramente las mismas [SB 98] ideas y en el mismo orden, y la incredulidad del uno y la creencia del otro no impiden a ambos atribuir al autor del libro exactamente el mismo sentido. Sus palabras producen las mismas ideas en ambos, aunque su testimonio no tiene la misma influencia sobre ellos. El último tiene una concepción más vivaz de todos los incidentes, entra más profundamente en las preocupaciones de las personas, se representa sus acciones, caracteres, amistades y enemistades, y llega hasta formarse una noción de sus rasgos, porte y personalidad. El primero, en cambio, que no da crédito al testimonio del autor, tiene una concepción más débil y lánguida de todas estas particularidades, y fuera del estilo y el ingenio de la composición, puede sacar muy poco placer de ella.

SECCIÓN 8. DE LAS CAUSAS DE LA CREENCIA

[1] Habiendo así explicado la naturaleza de la creencia y mostrado que consiste en una idea vivaz relacionada con la impresión presente, procedamos ahora a examinar de qué principio se deriva y qué concede vivacidad a la idea.

[2] Establecería gustoso, como una máxima general de la ciencia de la naturaleza humana, que cuando una impresión llega a hacérsenos presente, no sólo conduce la mente hacia ideas que están relacionadas con ella, sino que también comunica a éstas una parte de su fuerza y vivacidad. Todas las operaciones de la mente dependen en gran medida de la disposición de ésta cuando las realiza; y según que los espíritus animales estén más o menos excitados y la atención más o menos fija, la acción tendrá siempre más o menos vigor y vivacidad. Por consiguiente, cuando se presenta un objeto que excita y vivifica el pensamiento, toda acción a la que la mente se aplique será más intensa y vivaz, tanto [SB 99] tiempo como esta disposición continúe. Ahora bien, es evidente que la continuidad de la disposición depende enteramente de los objetos a los que la mente se dirige, y que cualquier nuevo objeto da de un modo natural una nueva dirección a los espíritus animales y cambia la disposición, del mismo modo que, por el contrario, cuando la mente se fija de una manera constante en el mismo objeto, o pasa fácil e insensiblemente a lo largo de objetos relacionados, la disposición tiene una duración mucho más larga. Por esto sucede que cuando la mente se halla vivificada por una impresión presente, se forma una idea más vivaz de los objetos relacionados, por una transición natural de la disposición desde un objeto hasta los otros. El cambio de un objeto es tan fácil que la mente no es casi consciente de él, sino que se aplica a la concepción de la idea relacionada con toda la fuerza y vivacidad que adquirió de la impresión presente.

[3] Si al considerar la naturaleza de la relación y la facilidad de la transición que le es esencial, podemos convencernos de la realidad de este fenómeno, bien; si no, debo confesar que baso mi principal confianza en la experiencia para probar un principio tan importante. Por consiguiente, podemos presentar, como el primer experimento para nuestro presente propósito, que ante la apariencia de un retrato de un amigo ausente nuestra idea de él se vivifica evidentemente por la semejanza y que toda pasión que esta idea ocasiona, sea de alegría o pena, adquiere nueva fuerza y vigor. A producir este efecto concurren una relación y una impresión presente. Cuando el retrato no posee semejanza ninguna con él, o al menos no pretende tenerla, no lleva nuestro pensamiento hacia él, y cuando se halla ausente, lo mismo que la persona, aunque la mente pueda pasar del pensamiento del uno al del otro, se experimenta que su idea por esta transición es más bien debilitada que vivificada. Nos agrada ver el retrato de un amigo cuando está ante nosotros; pero, cuando está ausente preferimos mejor pensar en él directamente, más que mediante su reflejo en una imagen que es por igual distante y oscura.

Las ceremonias de la religión Católica Romana pueden ser consideradas [4] como experimentos de la misma naturaleza. Los devotos de esa extraña superstición dicen, en defensa de las mascaradas que se [SB 100] les echan en cara, que experimentan el efecto benéfico de estos movimientos externos, posturas y acciones, al avivar su devoción y aumentar su fervor, que de otro modo decaerían si se dirigiesen enteramente a objetos distantes e inmateriales. Representamos los objetos de nuestra fe, dicen, con símbolos e imágenes sensibles y los hacemos más presentes a nosotros por la presencia inmediata de estos símbolos de lo que es posible hacerlos meramente por una visión y contemplación intelectuales. Los objetos sensibles tienen siempre una mayor influencia sobre la fantasía que los otros, y conceden esta influencia fácilmente a las ideas con que están relacionados y a las que se asemejan. Solamente inferiré de estas prácticas y este razonamiento que el efecto de la semejanza, consistente en vivificar la idea, es muy corriente, y como en todo caso deben concurrir una semejanza y una impresión presente, poseemos experimentos en abundancia para probar la realidad del principio precedente.

Podemos dar más fuerza a estos experimentos mediante otro de [5] diferente género, considerando los efectos de la contigüidad del mismo modo que los de la semejanza. Es cierto que la distancia disminuye la fuerza de toda idea y que cuando nos aproximamos a un objeto, aunque no se descubra en sí mismo a nuestros sentidos, actúa sobre la mente con una influencia que imita a la impresión inmediata. El pensamiento de un objeto lleva rápidamente la mente al que le es contiguo, pero sólo la presencia actual de un objeto la transporta con una vivacidad superior. Cuando me hallo a pocas millas de mi casa todo lo relativo a ella me impresiona más directamente que cuando me encuentro distante doscientas leguas, aunque incluso a esta distancia la reflexión acerca de algo en la cercanía de mis amigos y familia produce una idea de ellos. Sin embargo, como en este último caso ambos objetos de la mente son ideas, a pesar de existir una fácil transición entre ellas, esta transición por sí sola no es capaz de conceder una vivacidad superior a alguna de las ideas por faltar una impresión inmediata.41

[6] Nadie puede dudar de que la causalidad tiene la misma influencia [SB 101] que las otras dos relaciones de semejanza y contigüidad. Las gentes supersticiosas se apasionan por las reliquias de los santos y hombres piadosos por la misma razón que buscan símbolos e imágenes para vivificar su devoción, y aquéllas les proporcionan una más íntima y vigorosa concepción de esas vidas ejemplares que desean imitar. Ahora bien, es evidente que unas de las mejores reliquias que el devoto puede procurarse son los utensilios de un santo, y si sus vestidos y útiles se consideran alguna vez así es porque estuvieron un tiempo a su disposición, y fueron manejados y usados por él; aspecto en el cual han de ser considerados como efectos imperfectos y como enlazados con él por una más breve cadena de consecuencias que cualquiera de aquellos por los cuales conocemos la realidad de su existencia. Este fenómeno prueba claramente que una impresión presente, mediante la relación de causalidad, puede vivificar una idea y, en consecuencia, producir la creencia o asentimiento según la anterior definición de ésta.

[7] Pero ¿por qué necesitamos buscar otros argumentos para probar que una impresión presente, juntamente con una relación o transición de la fantasía, puede vivificar una idea, cuando el mismo caso de nuestro razonamiento bastará sólo para este propósito? Es cierto que debemos tener una idea de toda cuestión de hecho en la que creemos. Es cierto que esta idea surge solamente de una relación con una impresión presente. Es cierto que la creencia no añade nada a la idea, sino que tan sólo cambia nuestra manera de concebirla y la hace más fuerte y vivaz. La conclusión presente, relativa a la influencia de la relación, es la consecuencia inmediata de todos estos pasos, y cada paso me parece seguro e infalible. Nada participa en esta actividad de la mente más que una impresión presente, una idea vivaz y una relación o asociación en la fantasía entre la impresión y la idea, así que no puede existir sospecha de error.

Para esclarecer aún más todo este asunto, considerémoslo como [8] se hace con una cuestión de la filosofía natural, que debemos determinar por experiencia y observación. Supongo que existe un objeto [SB 102] que se me presenta, partiendo del cual obtengo cierta conclusión y me formo ideas, de las cuales digo que las creo o que les presto mi asentimiento. Es evidente aquí que, aunque pueda pensarse que el objeto que está presente a mis sentidos y aquel cuya existencia infiero por el razonamiento, se influyen recíprocamente por sus fuerzas o cualidades particulares, sin embargo, como el fenómeno de la creencia que en el presente examino es meramente interno, al ser dichas fuerzas y cualidades enteramente desconocidas, no pueden éstas tener parte en su producción. La impresión presente es la que debe ser considerada como la causa verdadera y real de la idea y de la creencia que la acompaña. Debemos, por consiguiente, tratar de descubrir, mediante experimentos, las cualidades particulares que la capacitan para producir un efecto tan extraordinario.

En primer lugar, pues, observo que la impresión presente no tiene [9] este efecto por su propia fuerza y eficacia, cuando se la considera por sí misma como una percepción única, limitada al momento presente. Hallo que una impresión partiendo de la cual, una vez presentada, no puedo lograr ninguna conclusión, puede más tarde llegar a ser el fundamento de la creencia cuando he adquirido la experiencia de sus consecuencias usuales. Debemos en cada caso haber observado la misma impresión en ejemplos pasados y haber hallado que está constantemente unida con alguna otra impresión. Esto está confirmado por una multitud tal de experimentos que no admite la más pequeña duda.

De una segunda observación concluyo que la creencia que acompaña [10] a la impresión presente y es producida por un cierto número de impresiones y conjunciones pasados, que esta creencia, digo, surge inmediatamente sin ninguna nueva actividad de la razón o imaginación. De esto puedo estar seguro, porque jamás me doy cuenta de ninguna operación tal y no hallo en el asunto nada en que pueda fundarse. Ahora bien, como llamamos COSTUMBRE a todo lo que procede de una repetición pasada, sin un nuevo razonamiento o conclusión, podemos establecer como una verdad cierta que toda la creencia que sigue a una impresión presente se deriva tan sólo de ese origen. Cuando [SB 103] nos hallamos acostumbrados a ver dos impresiones conectadas entre sí, la aparición de la idea de la una despierta inmediatamente en nosotros la idea de la otra.

[11] Habiéndonos convencido plenamente acerca de este punto, hago una tercera serie de experimentos para conocer si se requiere algo más que la transición habitual para la producción de este fenómeno de la creencia. Cambio, pues, la primera impresión por una idea y observo que, aunque la transición habitual a la idea correlativa continúa aún, sin embargo, no existe, en realidad, ni creencia ni persuasión. Una impresión presente es, pues, absolutamente necesaria para este proceso, y cuando después de esto comparo una impresión con una idea, y hallo que su única diferencia consiste en sus diferentes grados de fuerza y vivacidad, concluyo de todo ello que la creencia es una concepción más vivida e intensa de una idea, al proceder de su relación con una impresión presente.

[12] Así que, todo razonamiento probable no es más que una especie de sensación. No sólo en poesía y música debemos seguir nuestro gusto y sentimiento, sino también en filosofía. Cuando yo estoy convencido de un principio sucede tan sólo que una idea me afecta más fuertemente. Cuando doy preferencia a una serie de argumentos sobre otra no hago más que decidir sobre la base de mi sentimiento relativo a la superioridad de su influencia. Los objetos no poseen una conexión entre sí que pueda descubrirse, y por ningún otro principio más que por la costumbre que actúa sobre la imaginación, podemos hacer cualquier inferencia partiendo de la apariencia del uno para llegar a la existencia del otro.

[13] Es digno de ser observado, a este respecto, que la experiencia pasada, de la que dependen todos nuestros juicios relativos a la causa y al efecto, puede actuar sobre nuestra mente de una manera tan insensible que no nos demos cuenta jamás de ello, y hasta en cierto modo puede sernos esto desconocido. Una persona que se detiene un momento en su camino por encontrar un río que lo atraviesa, prevé las consecuencias de seguir adelante, y el conocimiento de las consecuencias le es sugerido por la experiencia pasada, que le informa de ciertas conjunciones de causas y efectos. ¿Podemos, sin embargo, pensar que [SB 104] en esta ocasión reflexiona sobre alguna experiencia pasada y recuerda casos que ha visto u oído, para descubrir los efectos del agua sobre los seres vivos? Seguramente no; éste no es el método con el que procede en su razonamiento. La idea de hundirse va tan íntimamente unida con la del agua y la idea de ahogarse tan inmediatamente unida con la de hundirse, que la mente realiza la transición sin el auxilio de la memoria. La costumbre actúa antes de que tengamos tiempo para la reflexión. Los objetos parecen tan inseparables que no nos detenemos ni un momento al pasar del uno al otro. Pero como esta transición procede de la experiencia y no de una conexión primaria entre las ideas, debemos reconocer necesariamente que la experiencia puede producir una creencia y un juicio relativo a causas y efectos por una actividad secreta y sin pensar en ello. Esto hace desaparecer todo pretexto, si es que queda alguno, para afirmar que la mente se convence por medio del razonamiento de ese principio, según el cual casos de los que no tenemos experiencia deben parecerse necesariamente a aquellos de los que la tenemos. Pues aquí hallamos que el entendimiento o imaginación puede hacer inferencias partiendo de la experiencia pasada sin reflexionar sobre ello, y lo que es más, sin formarse un principio concerniente a ello o razonar sobre ese principio.

En general podemos observar que en todos los enlaces más firmes [14] y uniformes de causas y efectos, como lo son la gravedad, el choque, la solidez, etcétera, la mente jamás dirige su vista expresamente a la consideración de la experiencia pasada, aunque en otras asociaciones de objetos más raras e inhabituales puede ayudar a la costumbre y la transición de ideas por medio de esta reflexión. Es más, hallamos en algunos casos que la reflexión produce la creencia sin la costumbre, o, más propiamente hablando, que la reflexión produce la costumbre de una manera oblicua y artificial. Me explicaré. Es cierto que no solamente en filosofía, sino aun en la vida corriente, podemos lograr el conocimiento de una causa particular por un experimento único, con tal de que sea hecho con juicio y después de suprimir cuidadosamente todas las circunstancias extrañas y superfluas. Ahora bien, como [SB 105] después de un experimento de este género la mente, basándose en la aparición o de la causa o del efecto, puede realizar una inferencia relativa a la existencia de su correlato, y como un hábito jamás puede adquirirse por un único caso, podría pensarse que la creencia no puede estimarse en este caso efecto de la costumbre. Pero, esta dificultad se desvanecerá si consideramos que, si bien aquí suponemos que hemos tenido un único experimento de un efecto particular, poseemos, sin embargo, muchos millones de ellos para convencernos del principio de que objetos similares, colocados en similares circunstancias, producirán siempre similares efectos; y como este principio ha sido establecido por una costumbre suficiente, concede evidencia y firmeza a toda opinión a que se aplique. La conexión de las ideas no es habitual después de un único experimento; pero esta conexión se halla comprendida bajo otro principio que es habitual, lo que nos lleva de nuevo a nuestra hipótesis. En todos los casos transferimos nuestra experiencia a casos de los que no tenemos experiencia, ya sea expresa o tácitamente, ya directa o indirectamente.

[15] No debo concluir este asunto sin observar que es muy difícil hablar de las operaciones de la mente con absoluta propiedad y exactitud, porque el lenguaje corriente ha hecho rara vez una distinción precisa entre ellas, sino que ha designado generalmente con el mismo término todas las que se parecen mucho entre sí. Y como esto es una fuente de oscuridad y confusión casi inevitable en el autor, del mismo modo puede dar lugar frecuentemente a dudas y objeciones en el lector, en las cuales, de otro modo, no habría pensado nunca. Así, mi posición general de que una opinión o creencia no es más que una idea fuerte y vivaz, derivada de una impresión presente relacionada con ella, puede estar sujeta a la siguiente objeción en razón de una pequeña ambigüedad en las palabras fuerte y vivaz. Puede decirse que no sólo una impresión puede dar lugar al razonamiento, sino que una idea puede también tener la misma influencia, especialmente dado mi principio de que todas nuestras ideas se derivan de impresiones correspondientes. Pues suponiendo que me forme una idea en el presente, de la [SB 106] que he olvidado la correspondiente impresión, soy capaz de concluir, partiendo de esta idea, que tal impresión existió una vez, y como esta conclusión va acompañada de la creencia, puede preguntarse de dónde se derivan las cualidades de fuerza y vivacidad que constituyen esta creencia. A esto contesto rápidamente: de la idea presente. Pues como esta idea no se considera aquí como la representación de ningún objeto ausente, sino como una percepción real de la mente, de la que somos íntimamente conscientes, debe ser capaz de conceder a todo lo que está relacionado con ella la misma cualidad, llámese ésta firmeza, solidez, fuerza o vivacidad, con que la mente reflexiona sobre ella y se asegura de su existencia presente. La idea ocupa aquí el lugar de una impresión y es enteramente similar en lo que respecta a nuestro propósito presente.

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Litres'teki yayın tarihi:
13 kasım 2024
Hacim:
1322 s. 4 illüstrasyon
ISBN:
9788424930349
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Bookwire
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