Kitabı oku: «Vida de lago»
DAVID JAMES POISSANT
VIDA DE LAGO
Traducción de Teresa Arijón y Bárbara Belloc

“Vida de lago es una auténtica maravilla. Tierna y desgarradora, hermosa e inquietante, explora lo que puede emerger de la estela de la tragedia y de las profundidades del amor. Una novela que los lectores nunca olvidarán”. - Bret Anthony Johnston
Es el último verano en la casa junto al lago, donde la familia Sterling se reunía durante las vacaciones. Richard y Lisa, para asombro de sus hijos, Michael y Thad, han decidido venderla. Van a jubilarse y mudarse a Florida. Es el primer indicio extraño; ellos, que fueron hippies y son profesores en la prestigiosa Universidad de Cornell, planean un retiro anodino y convencional. Algo falla bajo la límpida superficie cotidiana, y está surgiendo.
Pero nadie imaginó lo que sucedería después. Un accidente en la playa deriva en una tragedia; una muerte que invoca a otra, ocultada durante décadas. Esa herida secreta sigue abierta; revela un pasado traumático e ilumina con luz impiadosa el presente. El alcoholismo de Michael, que siempre se ha negado a tener hijos, y ahora, con su esposa Diana embarazada, se encuentra al borde del divorcio; la vida sin destino de Thad, que ambiciona ser poeta, y vive de Jake, su novio; los silencios culpables de Richard y Lisa. Infidelidades, fracasos amorosos, proyectos aplazados; en un fin de semana decisivo, lo que cada uno creía ser se ha puesto en tela de juicio.
Con una prosa intensa y una capacidad asombrosa para asumir la perspectiva de cada personaje, Vida de lago es una arrolladora y emocionante novela familiar. Como ya demostrara en los cuentos de su libro El cielo de los animales, David James Poissant tiene un talento singular para detectar el momento clave: cuando deben asumirse las deudas con los sueños de juventud, para que el futuro sea algo más que los errores acumulados en el pasado.
Poissant, David James
Vida de lago / David James Poissant. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
Traducción de: Teresa Arijón ; Bárbara Belloc.
ISBN 978-987-628-608-4
1. Narrativa Estadounidense. 2. Novelas. I. Arijón, Teresa, trad. II. Belloc, Bárbara, trad. III. Título.
CDD 813
Título original: Lake Life
Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere
Edición en formato digital: abril de 2021
© David James Poissant, 2020
By arrangement with the Author. All rights reserved.
© de la traducción Teresa Arijón y Bárbara Belloc, 2020, 2021
© de la presente edición Edhasa, 2020, 2021
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ISBN 978-987-628-608-4
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Índice
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Portada
Sobre este libro
Créditos
Dedicatoria
Primera parte. Viernes 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12
Segunda parte. Sábado 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22
Tercera parte. Domingo 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36
Cuarta parte. Domingo a la noche 37 38 39 40
Agradecimientos
Sobre el autor
Para mis padres, que me dieron el agua,
y para Marla, que me enseñó a nadar
Primera parte Viernes
1
El niño en la parte de atrás de la lancha, riendo.
El cielo grabado en peltre, amenaza de lluvia.
Michael Starling, treinta y tres años, cobijado en el bote de pesca de su padre mira la otra lancha, el niño, la bahía; el agua que ya no será suya porque los padres de Michael van a vender la casa.
Llegaron ayer —Michael y Diane, Jake y Thad— y les dieron la noticia: Richard y Lisa Starling no van a pasar sus años de retiro en el lago. En una semana, la casa de verano de la familia se venderá para que, en cambio, los padres de Michael y Thad puedan mudarse a un rincón de la costa de Florida, lleno de arena, tipos que piden margaritas a los gritos y otro montón de cosas claramente no-Starling.
Esta decisión no encaja con los padres de Michael. No son gente estilo Florida. Son ex hippies, académicos. Aman los lagos fríos de montaña, las corrientes claras y frescas, los árboles que cambian de color en otoño. Sus veranos son los veranos de Carolina del Norte, cielos estrellados y la casa rodante modificada, ya sin ruedas, que la familia llama con cariño la cabaña del bosque.
¿Dónde se metieron los padres de Michael? ¿Quiénes son estos locos desatados que se tiran de cabeza y salpican para todas partes y flotan en cámaras de neumático en las serenas aguas de un día de verano en Lake Christopher?
En la orilla, una garza picotea los juncos en busca de pescado. Arriba las nubes cubren y descubren el sol.
Una mañana en el lago —sándwiches, nadar—, este era el plan de los Starling antes de que apareciera la nave invasora, abriendo las aguas tras de sí como un cierre relámpago, sin importarle los nadadores ni la prohibición de hacer olas en la bahía. La lancha echó anclas demasiado cerca y el hombre al timón se descubrió la cabeza y saludó con la gorra —¡una gorra de capitán!— desde cubierta. Dio un grito de alegría, escupió restos de tabaco al agua y subió la música a un volumen muy, muy alto.
Estas no son las reglas de etiqueta del lago. Esto no se hace.
Lake Christopher no es un salón de fiestas, y esta no es una bahía ruidosa. Los residentes más antiguos del lago se esfuerzan para que así sea, y han sobrevivido décadas de desarrollo inmobiliario y dos amenazas de expropiación, una pública y otra privada.
En la embarcación intrusa atruena Jimmy Buffett; pintado de rosa, el nombre: The Party Barge. Las lanchas resplandecen grises bajo el cielo gris.
Al padre de Michael no parece importarle.
—¡Vengan! —le grita al hombre de la gorra de capitán. Entonces todos los del Party Barge saltan al agua, todos excepto el niño (oído de nadador, dice su madre, una lástima) y su hermana mayor, que se queda a bordo para vigilarlo. Al rato, sin embargo, la hermana está acostada boca arriba bajo un toldo en la cubierta, los ojos cerrados, los auriculares puestos.
Michael observa al niño y necesita un trago.
El niño tiene cuatro, quizás cinco años. Donde deberían estar sus bíceps hay un par de flotadores color calabaza. Camina hacia el motor fuera de borda, cubierto por una funda de lona, y lo monta a horcajadas. Un jinete de bermudas plateadas. Su caballo tiene un tatuaje que dice Evinrude, su pista de carreras es el agua manchada de sol.
—¡Arre! —grita.
A alguien podría parecerle simpático. A Michael no.
Los flotadores abultan como brazaletes de tensiómetro. Una mano suelta una rienda invisible y el niño hace estallar una bolsa de Cheetos en su regazo. Gira la cabeza para observar a su hermana que continúa con los ojos cerrados, a sus padres que se alejan nadando. Michael sigue la trayectoria visual del niño. Cuando vuelve a mirar, ve un dedo. Es un dedo medio, que parece un Cheeto, y está levantado en dirección a Michael.
Michael cierra los ojos. ¿Por qué está observando a ese niño? Ni siquiera le gustan los niños. Abre los ojos. El niño le saca la lengua.
Eh, Michael quiere gritarles a los padres negligentes, su hijito de mierda me está insultando y su otra hijita de mierda duerme como un tronco.
Michael tendría que estar nadando, pero su cabeza es una cueva atestada de murciélagos. La sobriedad es un revuelo de alas dentro del cráneo. Ecolocalización detrás de los ojos. Necesita vodka, ya mismo, pero al levantarse esta mañana se encontró con una jarra de jugo de naranja vacía y ni pensar en subir una botella al bote sin que lo pescaran. Su familia tolera muchas cosas, pero vodka antes del mediodía no.
El niño se lleva la bolsa de Cheetos a la boca y su mentón y su pecho se cubren de polvo naranja. Después tira la bolsa al lago. Mira fijo a Michael como desafiándolo a decir algo.
Es una sensación nueva esto de ser intimidado por un niño, y a Michael mucho no le importa. Se agarra la cabeza. Añora su minibar. No extraña su casa. Prefiere estar aquí que en Texas. Pasó todos los veranos en este lago desde que tenía dos años, y si hay un lugar donde se siente en paz, es aquí.
El niño se arrodilla sobre la funda del motor y se acerca al borde para espiar el agua.
La familia del niño no es de aquí. Michael los había catalogado como forasteros. Pero los forasteros alquilan lanchas en la marina, y esa no es una lancha alquilada. Es una Avalon Ambassador, 90.000 por lo bajo, una embarcación que hace que el bote de pesca de seis asientos de los Starling se parezca a la balsa de Tom Hanks en Náufrago. (El padre de Michael lo bautizó The Sea Cow, y pintó el nombre a mano con pintura azul de pared; nombre que ahora, treinta años más tarde, quedó reducido a un borroso a Cow.) No, estas personas —la madre con sus anteojos de sol Dolce & Gabanna, el padre con su falsa gorra de capitán— no son lugareños ni están de vacaciones. Son flamantes propietarios de una casa en el lago a bordo del también flamante obsequio que el capitán se hizo a sí mismo para paliar la crisis de la mediana edad. Es muy probable que, mientras la Ambassador ingresaba en la bahía, la madre estuviera cortando las etiquetas de los precios de una pila de toallas.
Son personas ruidosas, que exhiben ruidosamente su riqueza. Para Michael, estas personas representan todo lo que está mal en los Estados Unidos en 2018.
Los parlantes se sacuden. Las guitarras ensordecen. Y por el amor de Dios, ¿no hay nadie que le lleve una maldita hamburguesa con queso a Jimmy Buffett para hacerlo callar?
En la línea de la costa, la garza hunde el pico y lo saca embarrado.
En la Ambassador, la chica que se suponía debía vigilar a su hermano duerme profundamente. Es joven, rondará los veinte, bikini, cuerpo torneado y bronceado color miel. Tiene la edad y la figura que tenía Diane cuando se conocieron con Michael aquí mismo, en esta bahía, quince veranos atrás.
El niño ya no está de rodillas. Ahora está agachado sobre el motor. Su hermana cambia de posición mientras duerme y Michael piensa que los hermanos tienen tanta diferencia de edad que el niño podría ser un error. Tal vez el accidente que está por ocurrir ha sido un accidente toda su vida.
Al primero lo asfixias de cariño. Los otros se crían solos, escuchó decir.
Michael no quiere un primogénito, nunca quiso. Ese era el acuerdo. Ese fue siempre el acuerdo.
Diane flota sobre una colchoneta inflable en el agua azul, panza arriba. Hasta dentro de un par de semanas no se le notará, aunque a veces Michael jura que ve la sombra de algo, un contorno, una gordura. Su esposa no es gorda, pero ya no es la chica de la lancha. Michael desearía que lo fuera y, al desearlo, sabe que eso lo obliga a hashtaguear una cosa o la otra. No quiere ser uno de esos hombres que quieren una mujer joven y en forma. Pero no querer serlo no apacigua el deseo. Añora la juventud, la suya y la de su esposa.
¿Esto lo vuelve sexista? Su madre diría que sí. Su padre diría que no. A su hermano Thad no le importaría, y Jake ni siquiera sabría de qué habla. Jake, el rico, atractivo y esbelto novio de Thad es joven. Es ingenuo. Vive en Nueva York y pinta cuadros para otras personas ricas, atractivas y esbeltas que viven en Nueva York. Hasta donde Michael sabe, el interés de Jake por otras personas se mide por los dólares que pagan por sus cuadros.
En el agua, Jake y Thad juegan con una pelota de fútbol. El padre de Michael y el falso capitán se ríen, de sus braguetas brotan burbujas, rojas, obscenas. Las madres están paradas en el agua, conversan, Diane flota cerca de ellas, sobre su colchoneta.
La chica que estaba dormida se incorpora. Le dice algo al hermano que Michael no puede descifrar bajo el estrépito de Jimmy Buffett. Revisa su teléfono, lo apoya a un costado, vuelve a acostarse y cierra los ojos.
Desde su colchoneta, Diane no quiere mirar a Michael.
Durante quince años fueron felices. Bastante felices. Al menos, estaban satisfechos, hasta que Diane hizo un cambio drástico. La gente cambia, dijo. Michael no está tan seguro. ¿Diane cambió o lo engatusó? ¿Esto no será lo que quiso siempre?
Michael va hacia la silla de su padre en el timón y activa el rastreador de peces. La profundidad del agua es de dieciocho metros. A los quince metros, una silueta grande de color gris atraviesa la pantalla, un bagre tal vez, o una rama de árbol que se pudre bajo el agua.
Su madre se ajusta el sombrero de ala ancha que la protege del sol; el sombrero del cáncer, así lo llama ella, un intento de tomar las cosas a la ligera que le pone a Michael la piel de gallina. Probablemente le está contando a la otra madre que derrotó al cáncer de piel. Una vez más Michael piensa: ¿Florida? ¿En serio?
Ahora sí que se divierten los murciélagos. Falta poco para que empiecen a temblarle las manos. De verdad, de verdad, pero de verdad necesita un trago.
El niño apostado sobre el motor vuelve a mostrarle el dedo medio. Los auriculares de su hermana saltaron de sus orejas y tiene la boca floja por el sueño.
La garza en los juncos se rinde y levanta vuelo, sin pesca. El niño la mira y Michael sigue los ojos del niño que siguen al ave.
El niño sonríe. Se pone de pie. Después cae por la borda.
El peso de su cuerpo lo jala hacia abajo y los flotadores saltan de sus brazos como corchos de champagne. Una mano rompe la superficie, cachetea el agua, pero los flotadores se escapan, anfibios, de su alcance. La mano no rompe la superficie por segunda vez.
Y Michael fue el único que lo vio: vio pararse al niño, después caer, vio cómo la parte de atrás de su bermuda golpeaba contra el motor fuera de borda, duro; lo vio deslizarse por el costado; vio, en los ojos del niño, el agua abajo y el sol arriba, una transmisión, una palabra telegrafiada del niño al hombre, y esa palabra era: por favor.
Michael se levanta, se saca los zapatos, se arranca la remera. Llama a los otros, un grito que no sabe si será escuchado con la música a todo volumen de la lancha. Se zambulle. Nada. Gira la cara para respirar y vuelve a pedir ayuda, pero no puede parar. No puede perder el ritmo.
Adelante no hay chapaleo, no se ven manos. Tres brazadas más y Michael ya está cerca. Respira hondo y se sumerge. Busca unas bermudas plateadas, unos dientes, cualquier cosa que pueda reflejar la luz en el lecho de un lago. Pero a tres metros de profundidad la luz es escasa, el agua lóbrega.
Se tapa la nariz, expulsa aire por las orejas para ecualizar la presión.
Cuatro metros y medio. Seis. A ciegas, pero a los manotazos. Puñados de agua, pero ningún niño.
Vamos.
Excava el agua, empuja. ¿A qué profundidad está? ¿A qué velocidad se hunde un cuerpo?
La luz ha desaparecido y el agua se pone más fría cuanto más profundo baja. Pase lo que pase, no debe perder la noción de arriba y abajo.
En la secundaria podía contener la respiración durante un minuto, pero la secundaria quedó atrás. Le laten los oídos. Sus pulmones son carbones ardientes. Si esto se prolonga demasiado, respirará por reflejo. No puede estar bajo el agua cuando eso ocurra.
Tiene que salir a la superficie. Salir a la superficie o ahogarse. Excepto. Excepto.
Un murmullo. La danza de algo que está fuera de alcance. Bermudas oscilando. El rosa de las uñas. O el niño está ahí abajo o Michael está muerto y lo está soñando.
Entonces atrapa la mano.
No puede verla, no puede descifrar la mano del niño en la suya, pero la tiene. La mano está allí, y eso es bueno. Es una mano con la que puede nadar. Subirá a la superficie aferrando esa mano y no la soltará.
Después, en el hospital, Michael se hará muchas preguntas. Digamos que hubiera bebido un trago esa mañana, sólo para tranquilizarse. Digamos que el shock que le produjo la revelación de sus padres, la casa en venta, no lo hubiera llevado a beber tanto la noche anterior. Podría haber aferrado esa mano con más fuerza y emergido a la superficie.
Pero eso no es lo que ocurre.
Lo que ocurre es que Michael patea al niño.
No quiere hacerlo, pero bajo el agua los cuerpos pesan y nadar con un solo brazo es difícil. El cuerpo del niño es un lastre. Es pateado. Y de repente, la mano ya no está.
Michael exhala, pero ya no le queda aire en los pulmones.
Ahora nada en la dirección equivocada. El niño está abajo. ¿Entonces por qué Michael sube? No puede subir sin el niño. Debe regresar, pero su cuerpo no se lo permite. Algo se ha apoderado de él y ese algo en él quiere vivir.
Patea, araña, pero no hay luz. Imposible encontrar la dirección sin la brújula del sol.
Entonces, un resplandor vago. Un objeto que pasa sobre su cabeza.
Ha escuchado historias. Bagres del tamaño de zepelines. Esturiones acorazados como caimanes, de tres metros de largo. A menos que eso que ve sea su alma que asciende, dejándolo atrás.
No.
Está vivo. Vive y está nadando. El pez o alma aumenta de tamaño y Michael nada hacia él.
Ha perdido toda noción de distancia, espacio y tiempo. Todas las dimensiones son agua. Estallan fuegos artificiales detrás de sus ojos y una sirena le grita que respire.
Respira de una vez, piensa. Reúnete con el niño. Acaba con esto.
Excepto que la vida de Michael no es sólo suya. Es un padre. Su vida está marcada por lo que va a nacer. Esta verdad lo golpea con una fuerza tan grande que apenas se da cuenta de que su cabeza choca contra el casco de la lancha.
Todo es agua. Después luz. Después aire.
Tose, jadea y vomita. Respira.
Encima de él, la chica grita. Su hermano está en el fondo del lago. Ahora, seguramente, ya descansa. Seguramente ha dejado de luchar. Ha dejado de gritar el nombre de su hermana bajo el agua.
Michael siente gusto a sal. La sal es sangre y la sangre es suya.
No puede sumergirse. Vuelve a sumergirse. Va a morir.
Es un padre.
Su vida no es suya.
Más allá de la lancha, otros se arrojan de sus colchonetas y nadan hacia él. Y a lo lejos, unos flotadores, separados del cuerpo, giran, se arremolinan succionados por la corriente. Se orbitan uno a otro, saben. Confabulan, en el iris del ominoso parpadeo del agua.
2
Las lanchas cruzan la bahía, buscando al niño. A través de los binoculares, Lisa Starling observa. Podría haberse cambiado de ropa. Después de nadar hasta la orilla, después de marcar el 911 y ayudar a Michael a subir a la ambulancia, antes de agarrar sus binoculares y regresar al borde del agua, podría haberse puesto ropa seca. Pero recién ahora se da cuenta de que todavía está en malla. De todos modos, está bastante seca. El aire cálido ha sorbido el agua de su piel.
Esta mañana, cuando despertó, el cielo estaba azul. Ahora el cielo está gris, cargado de nubes. Color carroña, piensa, aunque no está segura de que ese pensamiento tenga mucho sentido. Pero hay un niño en el fondo de un lago, y por lo tanto el mundo no tiene sentido.
Lisa cree en Dios, aunque no le gustaría conocerlo hoy.
Todo a lo largo de la bahía, vecinos parados en las cubiertas y sentados en los muelles. Se amontonan en la orilla y en la punta. Del otro lado, un hombre sale de su casa con equipo de buceo, entra en el agua, el tanque en la espalda, patas de rana, la válvula reguladora en la boca.
Un par de lanchas de la policía impiden que otras embarcaciones entren a la bahía. Las lanchas son azules y blancas y desde sus techos los reflectores brillan bajo el cielo gris plomo. Arriba, un helicóptero atraviesa las nubes.
Lisa baja sus binoculares. Son Swarovski Swarovisions. Tienen ocho grados de aumento, porque le gusta que los pájaros que observa se vean nítidos. Son pequeños, porque le gusta que sean livianos. Son unos de los mejores binoculares del mundo. Ella lo sabe. Ayudó a rankearlos para la Cornell Lab Review del año pasado.
Vuelve a levantar los binoculares. El bote de pesca de los Starling todavía está ahí, anclado a la par de la lancha de la otra familia. Una tercera lancha policial se mece entre ambos. Hace unos minutos, dos buzos saltaron de esta lancha con linternas grandes como megáfonos.
Su esposo, Richard, fue a reunirse con la otra familia en su lancha. Parece cansado, la cara amarilla, rígida como resina. Está parado, una mano sobre el hombro del hombre que conocieron hace apenas unas horas. El hombre se sacó los anteojos de sol, la gorra de capitán. Aferra la mano de su esposa. La cara de la hija está oculta en el regazo de la madre. La hija y la madre lloran. Hace una hora que lloran mientras los hombres observan el agua sin decir nada.
Lisa baja los binoculares. Siente el frío de la correa en el cuello.
Tendría que haber ido al hospital con Michael y Diane, pero siente que la necesitan aquí. Hay historias de niños que cayeron al agua, fueron rescatados veinte o treinta minutos más tarde y después resucitados. No por milagro, sino por biología. Si las condiciones son favorables. Si el agua está fría. Si uno permanece en la orilla y se queda mirando todo el tiempo que sea necesario.
Pero, si ha de ser honesta, ahora sólo están buscando un cuerpo.
Lisa sube la cuesta que lleva a la casa.
La casa es pequeña y vieja. Distinguida, diría Richard. Vieja no es, y yo tampoco. Bueno, pero están al borde. Lisa tiene sesenta. Su marido pronto cumplirá setenta. La casa del lago es más vieja que los hijos de Lisa, un tráiler de los años setenta adaptado y reciclado como casa en los ochenta. Richard y ella la compraron por impulso, poco después del nacimiento de Michael. Su matrimonio fue turbulento. Se separaron dos veces, después llegaron a un arreglo: no más vaivenes. Seguirían casados, para bien o para mal. La casa de verano fue el apretón de manos que cerró el trato.
¡Y había sido flor de casa! Larga y rasa, la casa descansaba en la cima de la colina como un camión de bomberos descarriado, los postigos blancos, el revestimiento de cedro pintado de rojo. Un porche de barandas bajas al estilo de esos viejos búngalos constrúyalo-usted-mismo de Sears Roebuck envolvía la casa. Una hamaca hecha de retazos colgaba en el jardín entre dos árboles. Un sistema de riego conectado a un timer conservaba el verdor del césped cuando ellos no estaban, y el garaje para dos autos se había transformado en el lugar donde almacenaban sus papeles cuando sus oficinas en Ithaca estaban rebalsadas.
Después llegaron las tormentas del 86 y el 90, la ventisca del 93, el tornado —que les pasó rozando— de 2011. Y mejor no hablar de la gran invasión de hormigas de 2017. Por mucho que lo intentaron, mantener una casa de verano era trabajo, y ellos ya tenían trabajo de sobra. Richard enseñaba en Cornell, Lisa hacía investigación en laboratorios, los dos publicaban. Los veranos eran para descansar, no para hacer reparaciones. Así que descuidaron un poco la casa. En realidad, un montón.
Ahora, el porche está hundido. El revestimiento se puso gris y tiene manchas de moho. Al techo le faltan tejas y las pocas que quedan están cubiertas de musgo. ¿Y Lisa se lo está imaginando o toda la casa está un poco torcida? La hamaca del jardín se pudrió hace rato y el jardín es un tapiz de pasto y zonas resecas, de hormigueros y malezas.
El mes pasado, durante las negociaciones, Lisa y Richard hicieron tantas concesiones ante el informe de daños del inspector, que se prepararon para perder varios miles.
—Un momento —los previno su agente de bienes raíces—. Arreglen el lugar. El mercado está en franca mejoría. De aquí a un año podrían obtener veinte mil más que ahora.
¿Pero qué sentido tenía? Las concesiones son una manera de rebajar el precio, nada más. Aunque prístina, la casa, vendida, sería inevitablemente demolida. El lago está cambiando, llegan inversores. En última instancia, lo que están vendiendo con Richard no es la casa, es la tierra.
A menos que Lisa cancele la venta. Dentro de una semana cerrarán el trato. Todavía no es demasiado tarde para esquivar una demanda. La conserven o la vendan, se queden o se vayan, sabe que Richard no va a contradecirla. Porque tenían un trato. Y Richard rompió el acuerdo, olvidó lo que significaba el matrimonio. El apretón de manos —la casa— tiene que irse. No es un castigo, más bien se trata de equilibrar la ecuación. Para seguir juntos deben empezar de nuevo. Para empezar de nuevo tienen que vender la casa. Eso está claro para Lisa. Y sólo porque Richard no sabe que ella sabe, no es razón para continuar como si nada hubiera sucedido. ¿O sí?
Lisa no está segura.
Sólo está segura de una cosa: la decisión es suya. Richard ya tomó su decisión. Richard renunció a su derecho a opinar.
Cuesta arriba. Sube los escalones del porche. La escalinata cruje bajo sus pies. Debajo, donde sus hijos acostumbraban jugar, ha crecido la hiedra, un escondite para las serpientes. Lisa saltea el quinto escalón, que está podrido. La baranda tiembla. La madera es blanda como el corcho, como esos corchos que por estar demasiado tiempo en la botella se deshacen con el beso del sacacorchos.
Al llegar al último escalón se da vuelta y una vez más acerca los binoculares a su cara. Enfoca y aparece la madre. Lisa tendría que estar con ella en la lancha. Pero si estuviera en la lancha se transformaría en la madre, y ella ya fue la madre. No está dispuesta de ninguna manera a volver a pasar por esa tristeza.
¿Y por qué ocurre esto justamente ahora, durante la última semana que pasarán en el lago? ¿Por qué le roban la belleza de este momento con su familia?
Pero estos pensamientos son viles. Por un instante, siente asco de sí misma.
La otra madre es Wendy. Le dijo su nombre cuando estaban en el agua y Lisa pensó en Peter Pan, no la obra de teatro o la película de Disney sino el libro, uno de los libros preferidos de su madre, a quien perdió hace tres veranos. Cáncer, padres… las humillaciones de volverse distinguido.
¡Dios, la cara de Wendy cuando esos flotadores aparecieron en el agua!
¿Quién estaba vigilando al niño? ¿Quién se suponía que debía vigilarlo? Michael no, pero lo vio y se tiró al agua y emergió debajo de una lancha.
Pobre Michael. Pobre Wendy. Wendy está devastada. Wendy nunca se perdonará a sí misma.
¿Y a dónde van?, se pregunta Lisa no por primera vez, no como si fuera la primera vez en su vida. ¿Dónde han ido el hijo de Wendy y la primogénita de Lisa y todas las almas de los niños que partieron demasiado pronto?
Si existe el cielo, los ha recibido. Después de todo, son niños. Si no inocentes, al menos lo bastante inocentes. Lisa imagina un País de Nunca Jamás para ellos, un lugar donde los fantasmas de los niños esperan, vuelan, hasta que sus padres van a buscarlos.
Lisa alberga esta esperanza. Reza.
Algunos días, lo único que la mantiene en pie es este pensamiento: si Dios es amor, ella volverá a ver a su hija.
3
Jake se ducha y Thad se apoya contra el lavabo. Thad todavía no sabe cómo sucedió: el niño, la lancha, la cabeza de su hermano. Busca respuestas en el espejo del baño, pero lo único que encuentra es su cara pálida y sin afeitar. El espejo se empaña y Thad limpia la condensación. Tiene que recortarse las cejas.
Desde la bahía, nadaron hasta la orilla y corrieron cuesta arriba. Su madre hizo el llamado mientras Thad intentaba convencer a su hermano de que necesitaba una ambulancia, Michael insistía en que estaba bien, que podía conducir, y Diane lloraba y apretaba una toalla empapada en sangre contra la cabeza de su esposo. Cuando llegó la ambulancia, Michael entró a regañadientes, Diane con él, y la madre de Thad se apostó en el borde del lago. Cuando Thad finalmente tuvo tiempo para pensar cómo estaba su novio, lo encontró en el baño.
—¿Todavía estás ahí? —dice Jake. El vapor de la ducha no deja ver nada.
—Aquí estoy —dice Thad.
¿Y quién es este chico con el que está desde hace dos años? Jake tiene veintiséis, cuatro menos que Thad, aunque a veces la brecha parece más amplia y Jake actúa como si tuviera dieciséis años. Ha llegado el momento de tomarse en serio: o se comprometen o se va cada uno por su lado. A Thad lo entristece que Jake no lo reconozca.
—¿Puedo tener un poco de privacidad? —pregunta Jake.
Thad quiere creer que escuchó mal. Abre la cortina de la ducha. Jake está parado bajo el agua. Es menudo y ágil, con acné en el pecho. Hay espuma en sus manos y tiene una erección.
—No lo puedo creer.
Jake cierra la cortina.
—Déjame en paz.
—Hay un niño en el fondo del lago —dice Thad—. Mi hermano está en el hospital.
—Estoy estresado —dice Jake—. Cuando estoy estresado ocurre esto.
Thad sale del baño dando un portazo.
Estresado. Hay una explicación para la conducta de Jake, pero no es estresado. Jake está caliente. Jake siempre está caliente.
Thad también estaba caliente. Antes de la marihuana, antes del régimen de Xanax, Paxil y Seroquel. La pija le funciona, pero el deseo se hizo humo. Tendría que desear a Jake. Jake es hermoso. Es exitoso. Es bueno con Thad, o bastante bueno. Y bastante bueno, dado el prontuario de Thad con los hombres, debería alcanzar y sobrar. Pero no.
Si Jake escuchara, si le preguntara cómo le fue en el día, si le mostrara cariño fuera del sexo. Eso, para Thad, se parecería mucho al amor.
Va hacia la mesa de la cocina. En una casa rodante, la cocina, el comedor y la sala comparten un mismo espacio. Dos de las patas de la mesa están apoyadas sobre la alfombra, las otras dos sobre piso de linóleo color pasta seca. El piso es viejo, de esos que se pegan a las suelas de los zapatos. Thad siente hambre, y después vergüenza por sentir hambre. ¿Cuánto hay que esperar para comer después de una tragedia?
Afuera, su madre sube la cuesta. El pasto está alto. Si no tiene cuidado, se tropezará con la estaca del juego de la herradura.
El silbido de Jake llega desde el baño. Ahora silba un himno: “Come Thou Fount of Every Blessing”, en clave menor. Como buen baptista recuperado, Jake conoce todos los himnos, cada palabra de cada verso. Para él, crecer fue sinónimo de ir a la iglesia los miércoles, los sábados y dos veces los domingos. Thad iba a la iglesia los domingos por la mañana, una o dos veces por mes, y sólo si su madre insistía. (Ella nunca consiguió que su padre cruzara el umbral de ningún templo.) Thad le dio una oportunidad a la iglesia de su madre, pero desde muy chico ya sabía quién era, y aunque esa iglesia no lo condenaba, tampoco era un lugar donde pudiera alzar la cabeza mientras rezaba y encontrar a otros como él sentados en los bancos. Allí las parejas eran hétero. Los solteros eran héteros. La pastora era una mujer casada con un hombre. Nada de esto le resultaba particularmente alentador. Nada de esto le parecía suyo.
No ha pisado una iglesia desde que tenía doce años. Y aunque juzga el infantilismo ocasional de Jake, hay días en que Thad también se siente un niño. Como si, después de abandonar la universidad, añorara una clase a la que asistirá otro. Así se pagan los impuestos. Así se utiliza una chequera. Así se conserva un empleo.
¿Cómo habían hecho sus padres para mantener su empleo durante treinta años y permanecer casados treinta y siete? Su amor es real. Su trabajo es importante. Si googlea el nombre de alguno de los dos aparecen un millar de resultados.
Entonces, ¿cómo se las habían ingeniado para criar dos hijos tan pelotudos?
La madre de Thad llega al porche, pero no entra. Se detiene en el último escalón y observa el agua con sus binoculares.
Thad va a extrañar esta casa, la casa de los veranos, de los juegos de cartas y de la herradura, del pescado frito y la música y los helados y el amor. Pero esta no es la casa que Thad recuerda. Las paredes tienen marcas de agujeros y clavos donde antes colgaban pinturas. Hay cajas amontonadas en los rincones, apiladas o abiertas, a medio llenar. Las bibliotecas están vacías. Los adornos y las baratijas que su madre compraba en los mercados de pulgas están envueltos en papel de diario. Los retratos familiares enmarcados, envueltos en papel madera, mirando la pared.
La única concesión a la ornamentación es la pintura de Jake: un regalo del año pasado, en ocasión de su primera visita al lago. En la pintura, una chica sostiene media granada en la palma de la mano. Un querubín revolotea sobre su hombro. A sus pies, una brújula señala el norte. Uno de los pechos de la chica está al descubierto. Todo esto se suma para expresar algo simbólico, aunque si le pusieran un revólver en la cabeza Thad no podría decir qué. Una parte de él se pregunta si el propio Jake podría decirlo. Jake podría ser un genio, o un farsante. Y si alguien trata de analizar su obra, problema suyo. Thad sólo recuerda que respiró aliviado cuando su madre no protestó por la teta díscola.
Su madre, como norma, es atenta e infaliblemente cortés. La imagina empacando, preguntándose si debe llevarse la pintura o devolvérsela a Jake. Thad no diría que la preocupación materna carece de motivo. Jake tiene un gran ego y la sensibilidad que lo acompaña. Pero una vez más, es posible que ni siquiera haya notado que su pintura es la única que permanece colgada. Jake a veces tiene problemas para dejar de mirarse el ombligo. A los veinticuatro años ya había hecho dos exposiciones individuales. A los veinticinco, le dedicaron artículos en Artforum, New American Paintings y el Times. Sin ir más lejos, la semana pasada el New Yorker le consagró tres páginas a su tercera muestra individual y lo calificó como el próximo gran éxito de Brooklyn, además de elogiar la “ironía mordaz” y el “refrescante exceso” de su obra. Jake fingió que no le importaba, pero Thad lo pescó leyendo el artículo por lo menos seis veces. Tuvo una sola reseña mala. Un artículo publicado en Art in America eligió una muestra grupal y tildó a la obra de Jake de “torpe, desesperada y ansiosa por complacer”, línea que lo dejó postrado en la cama tres días seguidos.
El silbido se diluye, reemplazado por una nota baja. Jake ha encendido la radio Sharper Image para ducha que le regaló a los padres de Thad para Navidad y que es probable que nadie haya usado jamás, excepto el propio Jake.
Thad va al pasillo. Apoya la oreja contra la puerta del baño y entonces lo oye. Sobre la catarata del agua, el zumbido del extractor de aire, el tarareo de Bell Biv DeVoe cantando “Poison”, Thad distingue el suave cacheteo de su novio haciéndose la paja.
La madre de Thad cruza el porche. Thad entra al baño y cierra la puerta. Queda empapado en cuestión de segundos: el baño tiene más vapor que aire.
¿Cómo hizo su hermano? ¿Cómo hizo para superar tanto cieno y oscuridad?
—Tienes que parar —dice Thad—. O al menos, no hacer ruido.
El cacheteo se torna frenético.
—Jake —dice. No quiere abrir la cortina.
El sonido afloja. Jake acabó. La radio se apaga. El agua se detiene. La cortina se abre y asoma la cabeza de Jake, ojos azules, dientes tan blancos que cualquiera pensaría que modela para un producto recomendado por cuatro de cada cinco dentistas.
Esos ojos, sin embargo. Thad ama a este chico. Jake le destrozó el corazón cien veces, pero es Thad quien se lo permite. La culpa no es del chancho sino del que le da de comer.
Jake se seca el agua de la cara. El plan para mañana ya está confirmado, y Thad tendría que cancelarlo. Supongamos que lo hiciera, ¿Jake iría a Asheville sin él o se quedaría? Como fuere, hay un niño en el fondo del lago. Existen cosas más apremiantes que el almuerzo de mañana con el ex de Jake.
—No puedo creer lo que hiciste —dice Thad.
—No me ofendas —dice Jake.
—No te ofendo, me parece una falta de respeto.
—¿Una falta de respeto? Lo que hago con mi pija…
—¿No te importa nada?
Estar en el cuarto de baño es como estar en una boca. Todo está mojado: el espejo, la canilla, los picaportes resbaladizos y relucientes. Jake está ahí parado, chorreando, y Thad le ofrece una toalla, que acepta.
—¿Si no me importa que haya muerto un niño? —dice Jake—. Por supuesto que me importa, no soy un monstruo.
Thad baja la tapa del inodoro y se sienta. En la ducha, Jake se seca el cabello, que es corto y oscuro. Hay pocas cosas en el mundo que le gusten más a Thad que deslizar sus manos por ese cabello —limpio y suave— antes de que Jake lo unte con algún producto. Le gusta el pelo de Jake tal como es. Jake prefiere el look erizo electrocutado.
—Lo único que digo es que hay un tiempo y hay un lugar para cada cosa —dice Thad.
Jake se ríe.
—Tú no crees eso. Piensas que crees eso porque es lo que te enseñaron a creer. Nada de sexo. No en un momento como este. Tú eres respetuoso.
—Mi mamá está…
—¿Tu mamá?
A Thad le pica el brazo. Pasa el dedo por la cicatriz abultada, hinchada por el vapor.
—Yo te escuché desde la otra punta de la casa. ¿Quieres que ella escuche eso?
—Ah —dice Jake—. Eso es otra cosa. Esos son modales. Eso sí lo respeto.
A Jake le importan mucho los modales. En la ciudad lo reconocen tanto por su arte como por su encanto personal. Frank DiFazio —respetado, temido, amado propietario de la Chelsea’s Gallery East, el hombre que hizo a Jake y bautizó a Jake (antes de Frank, Jake era Jacob)—, entrenó a Jake. “Saqué al chico de Memphis y saqué a Memphis del chico”, le escuchó decir Thad a Frank una vez a un amigo.
—Lamento haber sido descortés —dice Jake. Se está secando. Es magro pero no aniñado, musculoso pero no marcado. Thad alguna vez tuvo un cuerpo como ese, pero en los últimos años aumentó de peso. Demasiada marihuana, demasiados snacks después de la cena.
Jake sonríe. Es difícil seguir enojado con él.
Thad se levanta y Jake deja caer la toalla. Empuja la cortina de la ducha y pone una mano sobre la mejilla de Thad.
—Puedo hacerte sentir mejor —dice Jake. Su mano baja hacia la cintura de Thad—. Vamos. Te prometo que seré muy respetuoso.
La mano de Jake se desliza abajo de su short.
Thad lo empuja y Jake golpea la pared, fuerte.
—Dios —dice Jake.
Thad va hacia la puerta. Tiene que salir de allí enseguida o se pondrá a llorar. No quiere conocer al ex de Jake. No quiere perder a Jake. No quiere que un niño esté muerto.
—¿Te parece que lo van a encontrar? —pregunta Thad. Pero Jake no lo mira.
Cuando Jake se da vuelta, su espalda es una celosía, los azulejos de la ducha han dejado su marca.
—Lo siento —dice Thad.
Pero Jake ya no le presta atención. Salió de la ducha y su atención está concentrada en el pequeño frasco negro que acaba de sacar de su neceser. Destapa el frasco, hunde dos dedos adentro y empieza a embadurnarse el cabello con el producto.
4
Diane Maddox exhala. Diane Maddox, que cambió Tennessee por Texas. Diane Maddox, cuyos padres están divorciados. Diane Maddox, que se casó con Michael hace diez años y no usa el apellido de su esposo. Diane Maddox, que lleva un hijo en el vientre. Diane Maddox, que se hizo un aborto en la secundaria y no se arrepiente, pero no está dispuesta a hacerlo por segunda vez. Diane Maddox, que estudió para ser pintora antes de conformarse con ser una de esas profesoras de arte que no llegaron a ser artistas. Diane Maddox, que se pregunta si treinta y tres años no es demasiado pronto para la crisis de la mediana edad, si es que las mujeres las tienen y, en tal caso, significan algo más que comprarse una motocicleta poderosa para conseguir chicas. Diane Maddox, que ha sopesado su lugar infinitesimal en el cruel y excluyente mundo. Diane Maddox, que adora los aros colgantes. Diane Maddox, que siempre soñó con visitar Reikiavik. Diane Maddox, que creció mirando Mad About You y quiso ser Helen Hunt. Diane Maddox, que, en octavo grado, lloró —lloró— con el final de Mad About You, lloró porque Paul y Jamie ya no estaban juntos. Tendrían que haberlo intentado de nuevo, como los padres de Diane lo habían intentado de nuevo incontables veces; intentarlo de nuevo es la fórmula que expresa el dolor que siente una hija cuando algunas mañanas Papá está en casa, comiendo Cheerios, y otras mañanas Mamá dice “ojalá ese miserable se tire con el auto desde un puente”. Diane Maddox, que es infeliz pero para quien el divorcio no representa una opción (no está segura si porque quiere probarles algo a sus padres o a Mad About You). Diane Maddox, que se pregunta si las cosas habrían ido mejor si ella hubiera tomado el apellido de su esposo, aunque todos sabemos que un apellido no puede salvarte. Un apellido no puede salvar un matrimonio, no puede impedir que una casa se venda ni rescatar a un niño del fondo de un lago.
Diane en la ambulancia. Diane no llora, mantiene la calma. Diane sigue las instrucciones del paramédico mientras la ambulancia atraviesa caminos secundarios y el paramédico le toma la presión a Michael. Diane Maddox-no-Starling —y nunca es demasiado tarde para cambiar algo, pero a veces sí— aprieta el paño húmedo contra la cabeza del hombre que ama. O amó. Hay días, digamos la verdad, que no está segura. La sangre se encharca bajo la tela, la frente es un área llena de vasos sanguíneos, dice el paramédico, peor de lo que parece, y Diane entiende que esto significa parece peor de lo que es, aunque no está segura. Van a tener que coserlo, aunque ella espera que no haya contusión, que no haya daño cerebral, que no haya nada permanente porque, para ser sinceros, ¿la chica que dijo en la salud y en la enfermedad puede hablar todavía por la Diane de treinta y tres años? Supongamos que Michael entra en coma o pasa el resto de su vida con pañales, bebiendo con ayuda de un sorbete. ¿La Diane que dijo sí, quiero ama tanto a este hombre como para limpiarle el culo durante los próximos cincuenta años? ¿Y cómo amar a un hombre que ha dejado en claro, si no con palabras, con gestos de fastidio y resoplidos, como cuando saca hilos de las botamangas raídas de sus jeans, que preferiría que ella no tuviera su hijo? ¿Ama tanto a Michael como para quedarse con él? ¿Se ama tanto a sí misma como para marcharse? Diane no lo sabe, lo único que sabe es que la sangre de Michael es real y caliente y no para de manar de su cabeza.
La ambulancia frena, las puertas se abren y Diane respira.
El hospital no es lo que esperaba. Pequeño y marrón y cuadrado, parece menos un hospital que un banco que alguien colocó en el medio del bosque. Una enfermera empuja suavemente a Diane hacia un costado en la vereda, bajan a Michael en silla de ruedas y le piden que sostenga el paño contra su cabeza.
De todos los miedos que Diane conoció en su vida —miedo a volar, a las víboras, a que el signo menos en el test de embarazo se transformara en más—, ninguno puede compararse con el miedo de ver que la cara de su esposo tiñe el agua de rojo. El paramédico empuja la silla de ruedas, la enfermera sostiene la puerta abierta para que entre Michael y Diane lo sigue, sintiéndose inútil.
Adentro, la sala de espera está vacía, el piso en damero. La mujer del mostrador de ingreso es grosera. Los pasillos son sofocantes. La sala de rayos está fría.
Después, Michael está sobre una camilla y ella está a su lado. La Betadine surte efecto y Michael hace una mueca de dolor, tiene la frente color naranja. Cuando entra la aguja Diane tiene que apartar la vista. Sostiene la mano de su esposo. Cuando vuelve a mirar, ocho puntadas frankensteinianas han cerrado su cabeza. Corren paralelas a la ceja y el nacimiento del cabello, como si la ceja izquierda de Michael tuviera una ceja propia.
Después llegan las radiografías y todo está bien —lo suficientemente bien para este médico rural, en todo caso—, aunque Michael mira a Diane como diciendo: cuando volvamos a casa, pediré una segunda opinión. No es que puedan darse el lujo de pagarla, porque ya tienen suficiente con la hipoteca de una casa que vale la mitad de lo que pagaron por ella en 2007, cuatro tarjetas de crédito a punto de explotar, más los préstamos para cubrir los estudios de Diane, que, por mucho que ella se esfuerce en ignorarlos, no van a desaparecer por arte de magia. Sin embargo, está contenta de ver hablar y sonreír a Michael. Sobre todo, está feliz porque no tendrá que cambiarle los pañales hasta que la muerte los separe.
Dicho esto, hay un pañal que no le importaría cambiar dentro de siete meses.
Este amor por alguien que todavía no nació, por alguien que ni siquiera es alguien… ¿cómo explicarle este amor a su esposo? Ella le prometió que nunca querría un hijo, y en su momento la promesa fue genuina. El error no fue quedar embarazada. El error fue hacer una promesa que nunca podría cumplir.
El médico se lava las manos. Dice que pronto vendrá una enfermera para explicarles todo lo relativo al cuidado y la limpieza de la herida, se seca las manos y se va.
Michael todavía está acostado sobre la camilla. Sus ojos enfocados en el vientre de Diane, como si pudiera ver lo que hay adentro.
Vamos a tenerlo, quiere decir ella, pero no lo dice, todavía no.
No es religiosa, pero es supersticiosa. Le parece de mal agüero pelear por el embarazo hoy, como si al hacerlo invitara al espíritu del niño muerto a entrar en ella, o pudiera maldecirla con un bebé de labios cianóticos, sin respiración.
Si el destino es determinado por los pensamientos, por las palabras, lo menos que Diane puede hacer hoy es quedarse callada. Deja que su esposo le tome la mano. Sonríe. Y hay muchas, muchas, muchas, muchas, muchas, muchas cosas que no dice.
5
Tres veces ha dado su testimonio Richard Starling al oficial. Tres veces ha explicado que no sabía lo que ocurría hasta que lo que ocurría terminó; Michael en el agua, la cabeza abierta, la chica en la lancha chillando de una manera que Richard espera no volver a escuchar jamás.
La cara del oficial es tersa, los labios fruncidos en un mohín y brillantes de saliva. Mira a los otros. Los otros son la familia Mallory. El padre se llama Glenn, la madre, Wendy, la hija, Trish. Richard no escuchó el nombre del niño y no se atreve a preguntar.
Glenn da su versión de lo ocurrido, después Wendy. Trish no para de llorar. Una vez más, el oficial pide el testimonio de la hija. Glenn se para. Richard se para.
Richard no es un hombre violento. Fue hippie. Estuvo en Woodstock. Cumplió veintiuno en 1969. Cumplir años en diciembre habría sido una condena cierta, pero los pies planos le salvaron la vida. En vez de ir a Vietnam, pudo terminar la universidad. Jamás pegó una trompada, pero antes de Cornell dio clases en la secundaria en Atlanta durante quince años, así que sabe mucho de peleas. Sabe cuándo un puño y una cara están a punto de encontrarse.
El oficial es joven, de esos que beben mucho los días libres y hacen que su esposa les planche el uniforme todas las noches. Todavía no conoce la pérdida, no puede registrar el dolor que tiene delante de los ojos.
La mano de Richard encuentra el hombro de Glenn.
—¿Por qué no me permite que lo lleve a su casa? —dice Richard.
El oficial frunce el ceño. Están en la lancha de Glenn, que se mece. Richard aferra el respaldo de una butaca para mantenerse erguido. Mira hacia la orilla, pero Lisa ya se fue.
Las lanchas policiales hacen círculos. Los buceadores bucean.
El día que Richard encontró a su hija muerta en el moisés, creyó que podrían revivirla. Incluso ante el hecho consumado, supuso durante horas que encontrarían alguna nueva cura. Eso fue hace mil años, pero no pasa un día sin que la añore.
Estos padres, sin embargo, Glenn y Wendy, ¿ya comprendieron lo que sucedió? ¿O todavía albergan la esperanza de que su hijo emergerá del agua sano y salvo, los saludará y nadará hacia la orilla?
—Señor —dice el oficial—. Debo pedirle que se sienten, los dos.
No mira a Glenn a los ojos. Eso es un comienzo, una señal: si este joven no se avergüenza del tono de su voz, al menos sabe que debería avergonzarse. Glenn no se sienta y Richard tampoco.
—¡Señor! —dice el oficial, pero en ese momento aparece otra lancha policial.
El hombre al timón es más viejo, sus ojos bajo la gorra con visera expresan amabilidad.
—Brockmeier —dice—, venga conmigo.
—Cabo… —dice el joven oficial, pero el gesto adusto de su superior lo corta en seco. Pasa de una borda a la otra y le entrega al oficial con visera la carpeta donde ha registrado las declaraciones del día. Desde el timón, el oficial más viejo toca la visera de su gorra. Mira a todos los miembros de la familia a los ojos y dice:
—Señora. Señorita. Señor.
Cuando llega a Richard dice:
—Señor, creo que a partir de ahora nos haremos cargo de la situación. Si tiene la amabilidad de retirar su bote, me ocuparé de llevar a la familia a su casa.
—No vamos a irnos —dice Glenn. Pero las manos de su esposa no lo sueltan, tiene la cara apretada contra la pechera de su camisa—. De acuerdo, sáquenos de aquí.
El joven oficial extiende una mano que nadie estrecha y todos suben a la lancha policial, primero Trish, después Wendy. Glenn mira a Richard y sólo entonces Richard ve que su mano continúa sobre el hombro de Glenn. Retira la mano y el otro padre se va. Richard mira alejarse la lancha policial y después sube a bordo del The Sea Cow. Cruza la bahía y navega hasta el guardabotes. Pone en marcha el mecanismo y el bote sube. El guardabotes, como la casa que está allá arriba, está derruido. Hay nidos de avispas en los aleros, y los insectos entran y salen por sus túneles como drones de cobre. Las cañas de pescar de Richard descansan en un rincón. Están en malas condiciones. Necesitan tanzas nuevas, carretes nuevos. No sabe si vale la pena llevarlas a Florida. Nunca pescó en el océano. Quizás necesite un equipo nuevo.
Le duele el estómago de sólo pensarlo.
Florida está bien. A Richard le gusta Florida. Habrá pájaros para Lisa y bibliotecas para él. Le gustan esas novelas baratas ambientadas en Florida —misterios en Miami, asesinatos en la playa—, le gusta resolver el crimen en las primeras cincuenta páginas, ir al final y descubrir que acertó. Además hay muchas universidades, montones. Si se aburre, siempre puede volver a enseñar.
Pero Florida no es Lake Chistopher. Florida nunca estuvo en los planes. El plan era quedarse aquí, siempre. Richard no quiere dejar el lago, pero dado lo que hizo, ¿qué derecho tiene a negarse?
¿Por qué hizo lo que hizo? ¿Por qué, el verano pasado, se reunió con Katrina en MCA en Montreal y, aunque no esperaba que pasara nada entre ellos, tampoco puso un solo límite para impedirlo, más allá de la delgada pared que separaba sus habitaciones contiguas en el hotel? ¿Acaso no había llegado al extremo de dejar abierta la puerta de su lado, sólo para ver?
¿Qué estás haciendo?, se preguntó toda la semana, como si observara de lejos a otro hombre hacer cosas que él nunca haría.
Nunca tendría que haberse reunido con ella en el club. Le invitó un trago, pero Katrina sólo quería bailar. Ella bailaba. Richard miraba.
Cuando volvió a la barra, estaba empapada en sudor y sonreía.
—Estos canadienses son corteses —dijo—. Demasiado corteses.
Hacía cuarenta años que no estaba con nadie excepto con Lisa, pero en ese momento Richard supo lo que iba a ocurrir. Katrina no tuvo que guiñarle el ojo. No tuvo que acariciarle el brazo.
Katrina era brillante, una colega: Stanford, física. Su interés en Richard respondía a la teoría de Lisi y los grupos excepcionales, y su aplicación a la física matemática. Necesitaba saber más matemática y Richard era la razón, según dijo, de que hubiera elegido Cornell para su año sabático. A comienzos del nuevo siglo, Richard había trabajado con otro matemático y un físico para desmentir la teoría E8 de Lisi. Eso le dio una fama pasajera (para los estándares de un matemático) y le permitió obtener algunas becas, ofertas de trabajo y el contrato para un libro que escribió y se vendió bien (para los estándares matemáticos). Aunque, en última instancia, ¿quién sabe? La historia podía ponerse del lado de Lisi. Una teoría de gran unificación podría resultar verdadera. Tal vez incluso existirá una teoría convincente del todo, aunque Richard duda de vivir para verlo. Durante su trabajo en Cornell tuvo muchos colegas genios, pero nunca uno tan joven como Katrina. Tenía poco más de treinta años y ya era profesora titular. Le contó que se había salteado grados en la escuela primaria, terminado la universidad en tres años y defendido su tesis doctoral a los veinticuatro. Eso era algo bastante inaudito, y Richard se dio cuenta de que la veneraba.
—Relájate —dijo Katrina—. Es sexo. No es una trampa.
Cambiaron el club por la cama de hotel de Katrina. Richard tuvo problemas para que se le parara, pero después ya no. Se acostó boca arriba, ella lo montó y lo único que pudo pensar era que, alguna vez, él también había sido joven.
Richard no amaba a Katrina, y ella dejó en claro que tampoco lo amaba. Amaba a Lisa: ama a su esposa. Pero una sola vida no alcanza. Si pudiera, volvería a hacer todo otra vez de cien maneras diferentes. Está seguro de que podría vivir cien vidas y no aburrirse nunca.
En el guardabotes, una avispa cae en picada y Richard cuelga los chalecos salvavidas de los ganchos. Saca del bote el cooler con los sándwiches del día que nadie comió. El cooler es pesado. Cargarlo cuesta arriba le dará dolor de espalda.
En la puerta del guardabotes mira hacia atrás y piensa que este puede haber sido su último día en el agua. Teniendo en cuenta lo que ocurrió, su familia podría no querer pescar o nadar. Podrían no querer pasar el resto de la semana allí.
Empieza a subir la cuesta. Hay que cortar el pasto. Arriba el cielo está oscuro, se avecina la lluvia. Deja el cooler en el suelo y se detiene a recuperar el aliento. Antes corría con sus hijos cuesta arriba. Siempre fue un padre viejo, tenía cuarenta años cuando nació Thad, pero solía estar en buena forma.
Ve una herradura en el pasto. Se inclina para recogerla y después se endereza pensando en su espalda.
Su aventura con Katrina duró tres meses. Fueron cautelosos. Siempre usaron preservativos, una sensación nueva a la que tuvo que acostumbrarse, y Katrina no lo llamó ni una sola vez a su casa. Al final, fue Richard el que rompió, más por culpa que por miedo a que lo descubrieran. Katrina lo abrazó, le enderezó el moñito y dijo que entendía. No dejó que la culpara por su infidelidad, y él tampoco la culpó. Si valía la pena proteger un matrimonio, el casado tenía el deber de mantener su promesa.
Ese otoño, después en la primavera, trabajaron codo a codo, como si nada hubiera ocurrido. Los viernes por la tarde, el nuevo novio de Katrina pasaba a buscarla por el laboratorio. Parecía un tipo agradable, era apuesto y de su edad. Se los veía felices juntos y Richard les deseaba lo mejor. Tendría que haberse sentido aliviado. Entonces, ¿por qué se sentía herido?
¿Qué es lo que quiere?
Para empezar, quiere de vuelta su cuerpo. Quiere la energía y el tono muscular de alguien mucho más joven. Quiere ser adorado, no como matemático, sino como hombre.
Quiere que Lisa no lo abandone. Teme que ella lo sospeche, ¿aunque cómo podría saberlo?
En su teléfono celular, Katrina era K. Qué no daría, algunos días, por ver parpadear esa letra en la pantalla negra de su teléfono. Pero no hablan desde que terminó el semestre de primavera. Ella no estuvo en su fiesta de retiro en mayo, una modesta recepción en Malott Hall. Y lo más probable es que no vuelvan a hablar, a menos que Katrina necesite una referencia para una beca o una residencia, carta que Richard escribirá con gusto.
La puerta mosquitero golpea y Lisa se encuentra con él en el jardín. Lo ayuda a cargar el cooler y descansan en el primer escalón del porche.
—¿Lo encontraron? —pregunta Lisa. Y Richard niega con la cabeza. Ella estuvo llorando, tiene la cara hinchada, roja—. Llamó Diane. Le dieron varios puntos a Michael, pero estará bien. Necesitan que vayamos a buscarlos.
—Iré yo —dice Richard.
El helicóptero, que ya se marcha, pasa sobre sus cabezas. En la bahía, los buzos se trepan a sus lanchas.
—¿Ya se han rendido? —pregunta Lisa.
Richard no lo sabe. Supone que es por el clima, le toma la mano.
—Pobre gente —dice Lisa—. Pobre niño.
—¿Vas a estar bien? —pregunta él.
—No —dice ella—. Por supuesto que no.
Se levantan y llevan el cooler hasta el final del porche, después Richard entra a la casa detrás de Lisa.
6
En sueños, Jake corre. Su padre lo tiene en la mira. En sueños, la Remington no tiembla y la bala, cuando llega, es un rayo que le atraviesa la espalda.
En sueños, él está en Phoenix en el campamento Road to Manhood. Reza y reza y reza, pero sigue siendo gay. Los hombres le gritan. El supervisor del campamento le apoya su pene erecto en la espalda.
En sueños, su padre lo llama tragasables, puto, maricón.
En sueños, su padre dice: tú no eres mi hijo.
Del sueño, Jake despierta y Thad lo está mirando desde la otra punta de la habitación.
—¿Cuánto tiempo dormí?
—No mucho —dice Thad—. Mi papá fue a buscar a Michael y Diane. Mamá está preparando la cena. Puedes dormir más si quieres.
Jake se incorpora. La toalla se desliza de su cintura y está desnudo en la cama. Thad está sentado ante el escritorio que sus padres compraron para esa habitación cuando insistió en que era poeta y necesitaba un lugar donde poder trabajar en el lago. Es de esos con tablero rebatible.
—¿Cómo se llama ese tipo de escritorio?
—Secreter —dice Thad.
Vuelve a lo que estaba haciendo: escribir en uno de los pequeños anotadores que lleva consigo a todas partes, cosa que a Jake le resulta insufrible. Jake nunca lleva encima un bloc de dibujo, jamás. Tal vez los poemas de Thad son aceptables. Jake no lo sabe. En el caso de las pinturas, le basta con mirar un cuadro para decir en dos segundos si es bueno, qué buscó el artista y cuánto tardó —o debería haber tardado— en pintarlo. Si le gusta o no la pintura es irrelevante. Lo que importa es la convicción, la evidencia de un buen manejo técnico. Thad tiene convicción. En cuanto al resto, Jake no está tan seguro. El mundo de los poemas de Thad es borroso, como una luna avistada a través de un telescopio retrógrado. Pero, de todos modos, Jake no entiende nada de poesía.
Se levanta; va hacia el escritorio y aferra los hombros de Thad. Le hace masajes y Thad deja la birome. Cierra el anotador.
—Por favor no —dice Thad—. Quiero terminar esto.
—Termínalo —dice Jake—. Nadie te lo impide.
Continúa el masaje. La remera de Thad es azul y rugosa, con cuello, el lagarto de Lacoste con la boca abierta a la altura de la tetilla. Thad necesita remeras nuevas. El año pasado la ropa empezó a quedarle ajustada, y Thad le echó la culpa a la tintorería antes de admitir que era el orgulloso portador de lo que su amigo Wes llamaba un salvavidas. “Bienvenido a los treinta”, dijo Wes, y Thad miró a Jake con unos ojos que decían que de ninguna manera volverían a acostarse con Wes.
Jake desliza las palmas por la espalda de Thad, levanta el borde de la remera y mete las manos debajo.
Thad se pone rígido.
—Dije que no. Dije por favor.
Jake retira las manos.
—Sólo quería ser amable.
—No lo fuiste.
Thad manotea su birome, que rueda del escritorio al piso.
Jake se aleja de Thad. Saca su laptop de la mochila y la abre sobre la cama. Se pone cómodo, una almohada bajo la cabeza, y busca Chat-N-Bate, cliquea Male on Male, y después cambia de opinión y cliquea Male Solo.
En la pantalla, un hombre sentado en una cama. La cama es larga y angosta y hay pósteres en la pared: Metallica, Korn, Tool. Una lámpara de lava y una pila de libros comparten una mesa. Es la idea que tiene un treintañero de un dormitorio universitario, y este hombre tiene treinta como mínimo. Pero Jake compra. El look universitario rinde bien, y así se consiguen muchas propinas. Jake nunca da propinas, pero le gusta mirar.
El hombre en la pantalla tiene el torso desnudo.
Los jeans a la altura de los tobillos.
Está depilado, la tiene larga y sin circuncidar. Se estira la pija mirando a cámara como si viera a Jake a través del lente. Por supuesto que no puede, pero esa es la ilusión: hacer que el otro se sienta visto.
Su nombre artístico es DannyK. Al costado de la transmisión en vivo aparecen los comentarios de los espectadores. Se escucha un bip cuando postean algo y un ding cuando dan propina. Supuestamente, los efebos más atractivos se hacen ricos con esto, aunque Jake nunca vio que nadie dejara más de cincuenta en una hora. Una manera bastante difícil de ganarse la vida. No puede imaginar cómo sería pajearse tanto. Tres, cuatro veces al día está bien… ¿pero una vez por hora durante ocho horas seguidas todos los días? Se te irritaría la piel. O te aburrirías. Tal vez no te aburrirías. Jake no concibe la posibilidad de aburrirse del sexo.
Ahí está el chico, dale que te dale en la pantalla, hasta que Jake tiene una erección. Levanta la vista. Thad lo está mirando.
—¿Me estás cargando? —dice Thad.
Se levanta del escritorio, guarda su anotador en el bolsillo y sale de la habitación.
Jake cierra los ojos. Siente el calor de la laptop en el estómago, frío donde el ventilador de la máquina sopla aire sobre su piel.
Tenía dieciséis años cuando su padre lo encontró masturbándose. La masturbación por sí sola, dada su religión —baptista del Sur— y su iglesia —Iglesia del Glorioso Redentor, en el campus de West Memphis—, ya era algo bastante malo. Pero a Jake no sólo lo atraparon masturbándose, lo atraparon masturbándose con porno. Y no sólo lo atraparon masturbándose con porno, lo atraparon masturbándose con porno gay, un triplete megapecador que le garantizaba una eternidad de tridentes y fuego.
Su padre no lo golpeó, no esa vez. En cambio, abrió la Biblia de Jake. La Biblia había sido un regalo de cumpleaños, el nombre de Jake grabado en oro en una esquina de la tapa de cuero. Con la Biblia entre ellos sobre la cama, su padre lo guio a través de varios pasajes. Se salteó el Cantar de Cantares y optó por versículos que condenaban el pecado sexual. Su padre era versado en apologética y se metieron con el griego, con las múltiples interpretaciones de arsenokoites. Hablaron de David y Betsabé. La historia de Onán tuvo mucho protagonismo.
Su padre admitió que los chicos de la edad de Jake tenían necesidades. No obstante, él no debía satisfacerlas bajo ningún concepto. No le ofreció alternativa, excepto reconocer que de vez en cuando Jake podía meter la pata, y que llegado ese punto su única esperanza era implorar perdón y rezar para que Dios hiciera desaparecer sus erecciones. Su padre también le aseguró que no era gay, que sólo estaba confundido.
Jake no estaba confundido. En la secundaria, un amigo le había mostrado los videos de su padrastro. Las mujeres no le causaban ningún efecto. En cambio, descubrió que miraba a los hombres y después miró a su amigo. “No me mires a mí”, dijo el amigo. “Míralas a ellas.”
En esa época se enamoraba todo el tiempo, aunque nunca hizo nada al respecto hasta un viaje de campamento donde compartió la carpa con Sam McIntosh. Lo único que hicieron fue besarse, pero al día siguiente Sam fue a ver al líder del grupo, el señor Doug. Los dos tenían la misma edad, la misma jerarquía en la iglesia, pero no importó. Sam se arrepintió primero. Jake “lo había obligado a hacerlo”. Sam fue perdonado, rebautizado, quedó limpio de pecado. Jake casi fue excomulgado. No más grupos de jóvenes. No más miércoles a la noche ni viajes de evangelización. Lo único que podía hacer era acompañar a sus padres a la iglesia los domingos, nada más. Su madre lloró. Su padre lo golpeó y dejó de hablarle durante varias semanas.
Unos meses más tarde, cuando Jake cumplió dieciocho, fue enviado al campamento de tres días en Arizona a cargo de un grupo de viejos maricas que simulaban no serlo. Escuchó un testimonio tras otro: Dios podía interceder. Dios podía hacerte hétero. Se te caería la venda de los ojos y, de la noche a la mañana, empezarían a gustarte las tetas.
Jake lo intentó. Participó en todas las ceremonias, respondió todas las preguntas, cantó todas las canciones que hacían falta para tener una aureola. Quiso ser un buen cristiano. Quiso que su padre se sintiera orgulloso de él. Quiso amar a Dios y que Él lo amara.
Jake abre los ojos. En la pantalla, DannyK sigue con lo suyo. Los comentarios se suceden, plagados de imágenes y gifs. Los bips y los dings a tope. Alguien tipea: ¡Dale, puto, dale!
A Jake se le bajó. Cierra la laptop de un golpe. Desde la cocina, oye a la madre de Thad en el teléfono.
Se abre la puerta del dormitorio y Thad asoma la cabeza.
—Ya están viniendo —dice—. Michael está bien. Sólo le dieron unos puntos.
—Me alegro —dice Jake.
Nunca le interesó mucho el hermano de Thad, porque el hermano de Thad nunca mostró interés por él, pero tampoco quería verlo sufrir.
—Tal vez quieras vestirte para cenar —dice Thad.
Se miran fijo. Jake no piensa disculparse por su impulso sexual. Sin embargo, se siente mal. Thad es hábil para generar culpa. Jake se especializa en sentirse culpable.
La panza de Thad roza el picaporte. Esa remera. Antes le llegaba hasta la bragueta, ahora apenas le cubre la cintura. Thad es piel y hueso, salvo por la panza. Salvavidas. Cabe señalar que, más de una vez, cuando caminan por Brooklyn Jake atrae todas las miradas, y muchos parecen preguntarse por qué estará con Thad.
Thad sale de la habitación y cierra la puerta.
Un trueno. Jake no mira afuera. No quiere ver las lanchas policiales, el lago. Chequea su teléfono. Un mensaje de texto. Marco.
Lo de mañana es un error. No tendría que ir, y aunque sabe que no tendría que ir, irá.
Culpa de la curiosidad. Culpa del destino. Culpa de Facebook. Cuando Marco le envió un Imed y dijo que vivía en Asheville y cuando una semana después la madre de Thad llamó e insistió en que visitaran el lago antes de fin de mes, la oportunidad resultó demasiado propicia como para ignorarla. Asheville lo espera, a una hora de distancia. Lo único que falta es que Thad se sume.
Toda relación abierta tiene sus reglas, y estas son las suyas: siempre juntos. Sólo si ambos están cómodos. Nunca con un ex.
Una especie de mantra: Siempre. Sólo. Sin ex.
Durante dos años esas reglas les funcionaron bien. Al principio, Thad no estaba tan convencido de tener una relación abierta, pero Jake no habría aceptado otra cosa. No soportaba que le impusieran restricciones, ni la iglesia ni los hombres. Mejor ser pillo que monaguillo. Mejor pasar una mala noche que sufrir el tormento de no saber qué habría pasado.
Pero Marco es diferente. No sólo es un ex; es el debut de Jake, su primer amor. Con Marco, juntarse a almorzar no significa solamente juntarse a almorzar, ¿verdad?
¿Mañana?, dice el mensaje de Marco. ¿Quedamos así?
Quedamos así, responde Jake. No menciona a Thad. Le manda una serie de emoticones de besos y abrazos, lo suficientemente boba como para no significar nada en caso de que Thad le revise el teléfono, pero lo suficientemente clara para significar algo para Marco, si fuera necesario.
Jake se levanta y guarda la computadora en su mochila. Se pone el calzoncillo y los pantalones.
Afuera el viento hace sonar las ramas de los árboles. Más allá de los árboles, el lago tiene olas y las lanchas han abandonado la bahía.
Jake se agacha y busca la birome de Thad. La encuentra bajo el escritorio. No es linda, es una Bic: cuerpo blanco, punta negra, de las que vienen envueltas en celofán en paquetes de diez. Thad es capaz de escribir con cualquier cosa, una cualidad que a Jake le resulta adorable. Y molesta. Tapa la birome y la deja sobre el escritorio.
Todavía falta un rato para cenar. Tendría que hacer algo productivo. Se tomó el trabajo de pasar los óleos por los controles de seguridad, completó los formularios correspondientes, aunque al final no los necesitó. La mujer de seguridad no les prestó la menor atención. “Pinturas”, dijo Jake, y ella lo dejó seguir por el pasillo, rumbo al avión. La trementina y el barniz no hubieran pasado, pero si necesita un diluyente puede utilizar un poco del combustible de la cortadora de césped. Tiene un par de telas y chinches para estirarlas y llevárselas húmedas a casa. Tiene pinceles y paleta. Tiene su caballete de viaje plegable. Excepto espátulas, tiene todo lo que necesita.
También tiene un secreto.
Jake Russell, la estrella de Bushwick, el artista más joven de la galería de Frank DiFazio, el hombre a quien Artforum llamó Nuevo Simbolista del Siglo Veintiuno y el Munch de los Estados Unidos, no pintó un solo cuadro en seis meses.
7
Crepúsculo, o no del todo crepúsculo. Esa hora cadavérica poco antes de la cena… fatalidad.
Lisa está sentada a la mesa de la cocina. Tiene hambre, y el olor del pollo y el romero y las cebollas la hace tener más hambre. Ante ella, medio melón sobre un plato en un charco de su propio jugo, el centro a medio derretir como una geoda prolijamente partida. Sólo tiene que hundir la cuchara en la maraña de semillas en el centro de la fruta, pero la cuchara se siente pequeña en sus manos, la tarea excesiva.
Richard ya tendría que haber vuelto.
Las ventanas están sucias y Lisa se levanta para limpiarlas. Corre el pestillo, abre una. El lago se puso gris. Las lanchas ya se fueron.
El viento sacude el mosquitero y expulsa a un escarabajo: caparazón esmeralda, patas como ramitas. El mosquitero está rojo de óxido. Lisa no recuerda cuándo se limpiaron por última vez las ventanas. No recuerda cuándo fue la última vez que Richard o ella barrieron o lavaron el piso de la cocina. La negligencia podría significar que no merecen la casa. No importa. Pronto no tendrán ninguna casa a la que ir y no limpiar.
En el alféizar, el insecto yace panza arriba, una acusación. Los truenos estremecen la ventana en su marco y al menos esto le da algo útil para hacer.
Junta todos los baldes de la casa y los pone en su lugar, las manijas caídas parecen sonrisas. Un balde recoge el agua que cae de las canaletas; otro recibe las gotas de una enorme gotera con forma de tarántula.
Está todo podrido, dijo el inspector mientras bajaba del techo por la escalera de mano. Lisa temió que la venta no se realizara, pero los compradores no se inmutaron. Y entonces supo que no estaban ahí por la casa. Dentro de una semana, las mejores décadas de su vida quedarían reducidas a polvo por una topadora.
Lisa ya no volverá a ver el culito de Thad galopando sin ton ni son por la casa (cuando empezó a caminar, tuvo una etapa en la que le gustaba correr desnudo). Tampoco verá a Michael alzar un bagre, retorciéndose, mientras sube la cuesta. Ni estudiará un martín pescador con su cresta punk y su pico grueso desde el porche.
Tampoco recorrerán las montañas, dentro de unos años, y encontrarán el camino de entrada y tocarán el timbre. “Nosotros vivíamos aquí.” No dirán nunca esa frase con la esperanza de que les hagan un tour por la cocina renovada o el porche con barandas nuevas. Porque no habrá cocina ni porche. O los habrá, pero no serán los suyos. Su casa desaparecerá y será reemplazada por algo ostentoso y glamoroso.
¿Para qué los baldes, entonces? ¿Por qué no dejar que el agua manche el piso?
Porque la casa es suya. Seguirá siendo suya unos días más y Lisa cuida lo que es suyo.
Sólo tiene que cancelar la venta. Sólo tiene que decir no. Pero eso es lo único que no puede hacer. Se requiere un sacrificio. ¿Pero un sacrificio a quién? ¿Para quién? ¿En nombre de… qué?
Pero estas son las preguntas equivocadas. También podríamos preguntarnos quién es dueño de nuestro dolor.
La primera vez que Lisa hizo el amor fue con un chico llamado Nick. En 1978. Ella estaba en los primeros años de la universidad, tenía veinte y lo hicieron en su Chevy Vega modelo 71. Conoció a Richard dos años más tarde. Poco después se casó con él, y ella insistió en que vendieran el auto. Richard se negó. Era un buen auto. Si Lisa odiaba el Vega, podía usar su Dart. Pero ella no aceptó. No quería ver a Richard conducir ese auto. El sexo significaba mucho para ella. El sexo marcaba todo lo que tocaba. De modo que vendieron el auto. Y si bien Richard no le había sido infiel en esta casa, ella había pasado todo el verano metida allí mientras él la engañaba. A esta casa regresó de la convención con el moñito torcido, y ella supo que las manos de otra mujer habían acariciado su cuello. Cuando Lisa lavó la ropa de Richard, la ropa olía a esa mujer.
No, la casa del lago debe irse, hay que dar vuelta la página, enderezar el eje de sus días.
Separar la paja del trigo y reubicarse: nuevo estado, nueva casa, nuevos pájaros, nuevos amigos, nuevas vidas. No es la única manera de seguir adelante, salvo que, como ya tomó su decisión, es así.
Reacomoda los baldes. Es algo que hizo mil veces, pero los rituales de este tipo ofrecen consuelo, hay algo de seguridad en saber que, al menos, siempre que llovió paró.
8
Thad arrastra un mazo de croquet por el jardín, sobre los hormigueros, el pasto sin cortar. Hay una pelota roja de madera hinchada por la humedad junto a un aro. Thad se agacha para recogerla de una mata de diente de león.
Ayer su padre sacó el juego del garaje, desenvolvió los mazos y colocó los aros en el pasto, aunque nadie se acercó a jugar. No es que supieran jugar al croquet. La versión familiar del deporte implica golpear pelotas al azar y otorgar la cantidad de puntos por aro que se hayan acordado previamente. Las reglas oficiales están escritas en el reverso de la caja, pero Thad nunca las leyó. Discutir los aspectos más sutiles del croquet le parece un pésimo simulacro de una escena de El gran Gatsby. Sus padres pueden ser dueños de una casa en el lago, pero esa casa sigue siendo un tráiler reciclado, comprado antes de que se corriera la voz sobre Lake Christopher, Carolina del Norte, y el tipo de Home Depot comprara medio lago.
Que el padre de Thad haya sacado el juego de croquet, entre todas las cosas, confirma un temor creciente: sus padres quieren resucitar el mundo entero en una semana, todo lo que aman de este lugar. Todos los paseos en el bote y las excursiones de pesca. Todos los pícnics. Todos los juegos: la herradura, los dardos, los naipes. Una marcha forzada por el camino de la memoria.
Jake ama los juegos de la casa del lago, ama competir. Lo que sea que hace vibrar al padre de Thad también hace vibrar a su novio. Para Jake la vida es arte, sexo y deportes. Eso, o bien el arte y el sexo son deportes. Jake se toma las tres cosas como una competencia. Las pelotas de croquet resplandecen en el ocaso. Thad saca su Moleskine del bolsillo, pero no tiene birome. Podría entrar a buscar una, pero no quiere cruzarse con Jake. Resplandecen en el ocaso. Y él dice que es poeta. Una bosta.
Retira los aros y los guarda en la bolsa. Encontró un mazo y hay otro en la caja. Faltan dos. Recorre el jardín rezando para no toparse con una víbora y encuentra el tercer mazo en el pasto. Está estropeado, tiene la cabeza carcomida.
Cuando Papá no estaba mirando, el hermano de Thad reventaba babosas con el mazo. Michael llamaba Cazababosas 3000 a su mazo de croquet preferido. Alzaba el mazo, gritaba “¡Remátala!” al estilo Mortal Kombat, y ejecutaba el golpe fatal. Lo que quedaba era mágico, un charco reluciente de mercurio fermentado. Una vez Michael reventó un caracol, que, a su entender, no era más que una babosa con sombrero. Pero el crujido que acompañó al golpe fue demasiado. Michael vomitó. Thad lloró. Nunca volvieron a matar una babosa o un caracol.
La tormenta está cerca, la sombra de Thad se alarga sobre el pasto. Las barrigas de las nubes se iluminan. Encuentra el último mazo y entra al garaje justo cuando empieza a llover.
El garaje, separado de la casa, nunca se usó para guardar autos. Ahora está abarrotado de todo lo que alguna vez llenó la casa. Cajas apiladas en equilibrio precario, el color uniforme del cartón de U-Haul. Ninguna está etiquetada, típico de sus padres. Los profesores distraídos. Pero Thad no quiere mover esas cajas. Las cajas que busca son largas y blancas.
En la secundaria coleccionaba cómics. En la universidad también, antes de dejar los estudios. Coleccionaba X-Men, principalmente, hasta que abandonó a sus amados mutantes cuando Matt Fraction dejó de escribir el cómic y los X-Men dejaron de tener sentido. Todavía hojea alguno de vez en cuando. En los últimos, Gambit y Rogue, los Ross y Rachel de los superhéroes, finalmente dieron el sí, algo que lo hubiera enloquecido de entusiasmo veinte años atrás. Hoy por hoy, cambiaría a la pareja por unos cuantos X-Men gays en cualquier historia central para la trama.
La mayoría de sus cómics viajaron desde Ithaca hasta la casa de Jake, pero, dado que Thad pasaba los veranos en el lago, el resto quedó aquí. Aunque no es un completista, le gustaría reunir todos sus cómics en un solo lugar. Le llevará tiempo releer los mejores guiones. Quizás le convenga buscarlos en eBay. No sabe cuánto valen. Unos pocos miles de dólares, probablemente. Lo suficiente para mantenerse uno o dos meses en caso de que…
Pero Thad no quiere obsesionarse con ese en caso de que.
Mueve cajas y reordena pilas, pero las cajas largas y blancas no aparecen por ningún lado. A menos que las hayan metido dentro de otras cajas, no están. No puede ser. Sus padres jamás habrían tirado sus cómics a la basura. Él no es el protagonista de una fábula con moraleja pasada de moda.
Encuentra el viejo telescopio de la familia sano y salvo en su polvoriento estuche de cuero. Lo levanta y la manija se desprende. El estuche cae ruidosamente al suelo. Thad suelta la manija, se pone el estuche sobre el hombro como un rifle, baja la puerta del garaje y corre bajo la lluvia hasta la casa.
Su madre está en la cocina. Un voluminoso pollo asado acaba de salir del horno y el aire huele a romero, la casa está caliente.
—Encontré el telescopio —dice. Vuelve a comportarse como un niño. Pese a sí mismo, quiere que su madre esté orgullosa de él.
—Bueno, pero no desordenes el garaje. Los mudadores cobran más si las cajas no están apiladas.
Thad apoya el telescopio sobre la mesa, después va hacia la mesada donde su madre bate manteca derretida en un bol. La mesada tiene forma de herradura y él está parado frente a ella.
—¿Recogiste el juego de croquet? —pregunta su madre.
—Sí.
Dentro de un par de días, como máximo, todos volverán a adoptar sus roles familiares: su padre insociable, su madre asfixiante. Michael malhumorado. Thad compitiendo por el amor de todos.
—¿Los mazos en la caja y los arcos en la bolsa? —pregunta ella.
—Aros.
—En Inglaterra, donde se creó el deporte, son arcos.
Thad sonríe.
—Una interpretación muy liberal de la palabra deporte.
Su madre unta el pollo con manteca usando un pincel de cocina. La piel está dorada pero todavía no alcanzó esa textura marrón crocante que es su sello de fábrica.
—No he visto a Jake en toda la tarde —dice su madre.
—Está pintando —miente Thad—. Tiene que trabajar mucho para la próxima muestra.
—Qué maravilla —dice su madre, pero en realidad no le está prestando atención. Desliza sus manos en las manoplas amarillas, abre la puerta del horno y mete el pollo adentro.
La casa está en silencio. Los truenos cesaron. Sólo se oye la lluvia sobre el techo y las gotas que caen en los baldes.
—Mamá —dice Thad, pero no es el momento. Los ojos de su madre están cerrados, los brazos cruzados sobre el pecho. El día fue demasiado denso y sería monstruoso preguntar por sus cómics extraviados.
Mejor comer algo primero. Mejor jugar algún juego. Tal vez la semana pueda terminar bien después de todo.
Thad piensa eso, después piensa en la otra familia, en el niño. De inmediato se siente egoísta, después débil por sentirse egoísta, después inhibido por sentirse débil. “Parálisis por análisis”, diría Steve, término que Thad está seguro de que su terapeuta robó de Alcohólicos Anónimos.
Mañana Thad despertará e irá hacia la ventana. Si las lanchas están de vuelta, es porque no han encontrado al niño. Su madre llora. Él cierra los ojos.
Sólo se puede hacer una cosa frente a tanto dolor. Drogarse hasta quedar dado vuelta.
9
Richard mezcla y Diane corta el mazo.
Modificaron el Espadas para seis jugadores. Juegan en equipos de tres y van rotando. Richard anota la rotación y el puntaje.
Están en la mesa de la cocina. Lisa preparó té, que sólo ella toma, y llenó un bol con pretzels, que nadie come. Nunca nadie come los pretzels, pero son lindos de ver, un pequeño montículo de tréboles calados. Afuera, la lluvia es copiosa.
Richard reparte las cartas. Michael, Jake y él son un equipo; Lisa, Diane y Thad, el otro. Siempre ha sido así desde que Jake entró en escena. Richard juega mejor con Jake. Jake entiende el juego. Le sigue el tren a Richard. Y, lo que es más importante, juega para ganar. La ambición es fundamental. Por supuesto que juegan para divertirse en familia, pero no tiene nada de divertido jugar sólo para divertirse. Richard prefiere jugar y perder a que nunca gane nadie.
Jake es un buen chico, encantador, exitoso. Un poco vanidoso, ¿pero quién no lo sería con semejante prestigio y fortuna a los veintiséis años? Richard lo mira y desea, Dios lo perdone, que sus hijos se parezcan más a Jake. Desearía haber sido él más como Jake, tener desde muy joven todo lo que quería. Richard llegó tarde al matrimonio, tarde a los hijos, tarde a su carrera. Quizás no sea demasiado tarde para sus hijos. Michael es inteligente. Y sensato. Y Thad está bien cuando toma sus medicamentos. Lo pasó muy mal en el invierno de 2005 y tuvo un segundo intento hace diez años. Pero Thad dice que eso ya pasó, y Richard quiere creer que es verdad.
Lisa revuelve su té.
En los juegos de naipes, Richard y su esposa hacen una pésima pareja. Treinta y siete años de matrimonio deberían traducirse en telepatía y guiños cómplices, pero Richard no tiene paciencia para las apuestas bajas de Lisa ni para sus olvidos de lo que se jugó en la mano anterior. Sólo hay cincuenta y dos cartas, querría decirle. ¡Despierta! Ama a su esposa. Saltaría delante de un ómnibus para salvarla. Pero odia cómo juega Espadas.
Lisa retira el saquito de té de su taza, lo deja gotear y después lo apoya sobre la mesa. Su lugar en la mesa se destaca por la constelación que han dejado los saquitos de té sobre el lustre de la madera. Richard ve que no está concentrada en el juego. Él tampoco. Sólo que finge mejor. Finge satisfacción hasta sentirla, ese tipo de cosas.
Cenaron en silencio, el pollo estaba duro, las verduras gomosas, lo cual no es habitual. No obstante, todos comieron. Todos dijeron lo rico que estaba el pollo, todos mintieron, todos supieron que todos mentían y no dijeron nada, porque eso hacen las familias. Lisa habló poco, Jake y Thad se ignoraron mutuamente, y Michael, bajo el fuerte efecto de los analgésicos, se llevaba la mano a la cabeza cada dos minutos para palpar el vendaje abultado, y Diane lo regañaba y lo obligaba a bajar la mano.
La cena de la noche anterior también había sido incómoda, pero por otros motivos.
—Su padre y yo —empezó a decir Lisa, y Richard vio cómo las caras de sus hijos se desencajaban al enterarse de que perderían la casa familiar.
Richard vuelve a repartir las cartas. Que jueguen una última mano.
—¿No tendríamos que irnos? —Diane se ha dirigido a todos los presentes, y Richard sabe que no tiene que responder.
—¿Por qué, querida? —pregunta Lisa.
Lisa siempre llama querida a Diane, pero nunca a Jake. Jake recibirá un tratamiento cariñoso cuando Thad y él se casen, supone Richard, no antes. Con Lisa, hay que ganarse las cosas.
—Por lo que ocurrió —dice Diane—. ¿Queremos quedarnos?
Ser testigos de que un niño se haya ahogado y seguir adelante, seguir jugando a las cartas. ¿No es irrazonable? ¿Están todos en shock y Diane es la única que puede pensar?
Lisa sonríe la sonrisa de alguien que intenta no llorar y se enfurece al mismo tiempo.
—¿Y a dónde iríamos? —pregunta.
Deja que se vayan, quiere decir Richard. Libéralos, si eso es lo que quieren.
No quiere lastimar a su esposa. Sólo quiere defender a Diane. Richard quiere mucho a Diane. Es buena con Michael, es amable con todos ellos, y sin embargo Lisa la trata con dureza, cosa que Richard no soporta ver.
—Pueden irse si quieren —dice Richard—. Nos encantaría que se quedaran pero…
Lisa frunce el ceño. Sus nudillos se ponen blancos aferrando al asa.
—No vamos a culparlos si quieren cancelar la semana —dice Richard.
Su esposa lo mira fijo. Quiere que él la mire a los ojos, y él no lo hace. La deja fuera de su campo visual, y sus ojos se concentran en el vendaje de Michael, el parche de gasa manchado de naranja por el Betadine. Cuando le saquen los puntos su hijo tendrá una cicatriz.
—Al menos quédense a dormir esta noche —dice Lisa—. A la mañana, si todavía quieren irse, se irán.
Mira a Richard pero se dirige a Diane. Richard mira a Michael. Michael se mira las rodillas.
Jake toma un pretzel, cambia de opinión y hace girar el bol de cerámica, el bol es obra de Diane. Es buena alfarera, pero no tan buena con la pintura. No es Jake, por supuesto. Otra cosa que todos saben y nadie dice.
Espada en alto, el rey de corazones observa a Richard desde su mano. La mano viene floja. Demasiadas pocas figuras para arriesgarse, demasiados triunfos para apostar nulo. A menos que Jake tenga muchas picas altas, empezarán mal pero luego podrán recuperarse.
—Voy a buscar un trago —dice Richard, levantándose.
—Yo también quiero uno —dice Michael.
Su hijo bebe. Más de lo que debería. Más de lo que los otros parecen notar. Richard sólo ve a su hijo una semana en Navidad y una semana cada verano, de modo que puede ser una cosa de las vacaciones. Supone que si Michael tuviera un problema, Diane se lo diría. A menos que Diane sepa algo y tenga miedo de decirlo, así como Richard sospecha y tiene miedo de preguntar.
Saca del freezer los dos últimos frascos de mermelada donde suelen guardar el aguardiente y dos vasos de la alacena. Sirve dos dedos en cada vaso. El aguardiente ilegal se llama Apple Pie y Richard jamás se cruzó con los lugareños que lo destilan. Marca un número telefónico, deja un mensaje, va en auto hasta el basurero municipal y después da una caminata de veinte minutos. Cuando regresa, el dinero bajo el asiento delantero desapareció y los frascos de aguardiente ya están en el baúl. Sus amigos de Cornell encontrarían difícil y peligroso este procedimiento, pero es algo de toda la vida. Es una cosa típica de Carolina del Norte y Richard la entiende. Esa gente es su gente. Nació sureño y morirá sureño, ningún título universitario puede cambiar ese hecho.
Apoya el vaso delante de su hijo y se sienta.
—No lo tomes de golpe —dice, y Michael asiente y se lo baja de un trago. Aguardiente, más vino con la cena, más analgésicos son una bomba de tiempo, pero Richard se muerde la lengua.
La lluvia está parando.
—Fue muy valiente lo que intentaste —dijo Richard cuando llevaba a Michael y Diane de vuelta a casa desde el hospital. Hiciste, tendría que haber dicho. Hiciste, no intentaste. Quiso decir algo más, aunque cualquiera que haya visto morir a alguien sabe que cualquier palabra de consuelo es inútil.
En la mesa, Richard estudia sus cartas, aunque las memorizó apenas las vio. Esta ronda son Jake y él contra Thad y Diane. Diane es buena. Si no fuera por ella, Thad y Lisa estarían perdidos. Cada tercera ronda, cuando Thad y Lisa son pareja, Richard se aprovecha de la situación.
Diane apuesta. Richard bebe un sorbo de su trago y se siente embargado por una alegría radiante y sin filtro. El aguardiente, que ha estado bebiendo todo el verano, no tarda un segundo en hacer efecto. La lengua le llena la boca. Se siente liviano. Jake apuesta bajo, lo cual significa que su mano es una mierda. Thad apuesta alto, entonces tiene todas las cartas. Richard apuesta, arroja un trébol, y Michael se levanta de la silla. Bebe un trago en la mesada de la cocina y vuelve a la mesa con el vaso lleno. En toda su vida Richard jamás tomó tres vasos de aguardiente seguidos una misma noche.
Su mirada pasa de un hijo al otro. “Michael heredó los genes delgados y Thad los jeans apretados”, bromeó una vez Jake. Los dos se parecen a Richard —pómulos altos, ojos hundidos, nariz ganchuda—, pero la altura y la esbeltez de Michael lo hacen un calco de su padre.
Cuando los chicos estaban creciendo, Lisa a veces realizaba un ejercicio mental al que llamaba Inteligente, Feliz, Bueno. Lisa cree que todas las personas pueden ser las tres cosas. Richard siente que lo mejor o lo máximo a que puede aspirar la mayoría es a dos. Él es inteligente. (La falsa modestia es una deshonestidad, peor aún, una pérdida de tiempo.) Es feliz de manera intermitente. Pero casi nunca es bueno. No porque sea malo. Bueno, para Lisa, significa dar, servir a otros con un amor sacrificial. Ese es el asunto: ¿tu vida es una búsqueda de conocimiento, felicidad o buenas acciones? No necesitan excluirse mutuamente, pero casi siempre se excluyen. Tuvo colegas fascinados con su propia maldad y amigos que eran idiotas de buen corazón. Siete combinaciones, entonces. Siete tipos de personas en el mundo, ocho contando a los que no tienen ninguna virtud.
Thad es inteligente. Es bueno. Pero la felicidad le es esquiva. Michael es inteligente, pero tiende a elegir mal y a decir estupideces. Lisa, bueno, Lisa podría ser las tres cosas. Thad juega el as de corazones, que Jake toma con un triunfo. Richard tendrá que estar atento a los descartes de corazones de Jake. De vez en cuando Jake hace trampa y eso destruye la integridad del juego, cosa que a Richard le parece inaceptable. Ganar no tiene gracia si no se gana de verdad.
—Lo que me gustaría saber —dice Michael—, lo que me gustaría saber es qué carajo estaban pensando esos padres.
Su voz es alcohol y analgésicos. Se baja el tercer vaso y lo apoya sobre la mesa con demasiada fuerza.
—Michael —dice Lisa. Su voz es firme, pero también expresa temor. No, parece decir. No arruines este momento. Como si la semana no se hubiera ido a pique.
—Esa gente —dice Michael.
—Glenn y Wendy —dice Richard. Apoya sus cartas sobre la mesa, boca abajo.
—¿Quiénes? —pregunta Michael.
—La gente que estás por calumniar —dice Richard—. Tienen nombres, y sus nombres son Wendy y Glenn.
—Wendy y Glenn —dice Michael—. Tengo unas cuantas mierdas para decir sobre Wendy y Glenn.
—¡Cuidado con lo que dices! —dice Lisa.
Su esposa no es una purista. Es una persona de fe, pero del tipo amigable, progresista, “Dios es amor”, no del tipo o blanco o negro, nada de malas palabras. Pero la casa del lago es sagrada. En eso es eclesiástica. Hay un momento para insultar y un momento para reprimirse. Un lugar para el enojo, un lugar para la paz. Para ella, esta casa siempre ha sido un lugar de paz.
Para Richard la paz es ilusoria. Hay belleza en el mundo, por supuesto, pero ojo. El mundo te quiere muerto y no descansará hasta salirse con la suya.
Jake juega la reina de diamantes, un desperdicio. Thad juega el dos de diamantes. Richard descarta un trébol y Diane gana una baza.
—Quiero decir, ¿quién sube a una lancha a un niño que no sabe nadar? —dice Michael.
—Mi amor —dice Diane, pero Michael golpea la mesa. Los pretzels tiemblan. Ha dejado de llover.
—Esa gente son todo lo que está mal en este país —dice Michael, la voz pastosa por el aguardiente—. Brutos y blancos y clase media alta.
—Michael —dice Lisa—, nosotros somos blancos y clase media alta.
—Tú eres clase media alta. —Michael niega con la cabeza—. Esa gente tendría que ir presa.
Lisa se levanta. Se vuelve a sentar. Como casi nunca se enoja, Richard ha olvidado cómo es cuando está enojada. Y Lisa ahora está enojada.
—Algunas cosas no son culpa de nadie —dice—. Simplemente suceden. Suceden y no son culpa de nadie.
Lisa mira el cielorraso. Es una madre. Tuvo tres hijos. Ahora tiene dos.
—Por favor —dice—. Deja en paz a esa pobre gente.
Todos los ojos están clavados en Michael. Lo que ocurra después depende de él. Ya hubo varias peleas alrededor de esta mesa, en su mayoría gracias a cosas que dijo Michael. Hace dos años hizo llorar a su madre. “Ningún hijo mío vota a Donald Trump”, dijo Lisa y salió hecha una tromba. Esta noche, sin embargo, opta por la diplomacia.
Michael levanta su vaso vacío y Richard no sabe si es un gesto de rendición o un brindis. No es una disculpa. Michael eructa. Un eructo sonoro y prolongado, musical. Pretende aflojar la tensión, pero esta noche nadie se ríe.
Michael cierra los ojos. Cuando vuelve a abrirlos, está focalizado. Richard notó que es un truco, su hijo parpadea para recuperar la sobriedad.
—¿Y si nos olvidamos de todo esto y vamos a comprar un helado? —dice Michael.
Lisa va hacia su hijo y se para detrás de su silla.
—Me parece perfecto —dice.
Le acaricia los hombros y le besa la cabeza. No menciona que está perdiendo el pelo. No aprieta sus hombros como diciendo sigo siendo tu madre y tienes que respetarme. Ya lo ha perdonado, sin que se lo pidiera.
¿Y podría culparse a Richard por preguntarse si el perdón también puede alcanzarlo? Pero Richard no es el hijo. A los hijos se los ama sin condiciones.
Richard se levanta y su familia lo imita. Lavan los vasos, guardan los pretzels en la bolsa y recogen los naipes. Irán a Highlands a comprar helado.
No es demasiado tarde. El helado los salvará. Todo estará bien.
Richard piensa esto y es una idea tan simple que, por un minuto, casi cree que es verdad.
10
En el recuerdo de Thad, Nico’s es una maravilla con torretas en la cima de una colina, una ciudadela que se yergue al costado del camino, gableteada, rococoteada, dienteleonada. En el recuerdo, Nico’s se eleva orgullosamente, un faro en la oscuridad que anuncia helados, waffles convertidos en cucuruchos ante tus propios ojos. Nico’s y el río abajo de Nico’s colmado de truchas —arcoíris, marrones, Brook—, peces morrudos como brazos de fisicoculturistas. En el porche de Nico’s, una hilera de domos en la baranda del deck esperan tu cuarto de dólar para dejar caer comida en tu pequeña mano, los peces esperan que les arrojen los gránulos. Y los gránulos color arena caen al río y tú has venido aquí para esto más que por el helado, esta cacofonía de comida inhalada en glups y pafs, de branquias como fuelles, ecolalia de aletas y escamas, y tú has hecho esto, con tu cuarto de dólar, con sólo arrojar un puñado al gua, has devuelto la vida al río, que ahora se agita. En el recuerdo…
Pero Nico’s, igual que la casa del lago, es aquello en lo que Nico’s se ha convertido. La pintura desleída, llena de manchas marrones, el edificio sobre la colina parece desinflado. Los domos en la baranda del deck han desaparecido, la baranda fue reemplazada por postes desiguales, que no combinan. Fue un error que Nico le dejara su imperio a Teddy. Teddy es el único hijo del muerto, drogón a perpetuidad, que desde que heredó la heladería dos años atrás la ha usado como fachada para traficar otras cosas que probablemente no han perjudicado la venta de helados.
Sí, si lo que buscas es drogarte en Highlands, Nico’s es el lugar. Pregunta por el panzón, el que transpira como un cerdo, el de los tatuajes de cobras gemelas (una en cada antebrazo). Ese es Teddy, y Teddy no es un vendedor cualquiera. Vende cannabis. Índica, sativa, híbridos, cruzas, flores, armados, comestible. Cualquier cosa que Thad pueda conseguir en Brooklyn puede encontrarla más barata y de mejor calidad en el arcón de caoba de Teddy.
Nico’s suele estar atestado por la noche, pero es tarde. La multitud que visita la heladería después de la cena llegó y se fue. Es probable que la lluvia haya ahuyentado a los clientes. Todo está mojado: la escalera, la fachada llena de hongos, el logo de Nico’s pintado de color rosa, que se desprende de la vidriera junto a la puerta color rosa. Thad sostiene la puerta para que pasen todos excepto Michael, que nunca permite que nadie le sostenga la puerta, que siempre deja pasar al otro primero.
Adentro, la heladería está vacía. El hombre que debería estar detrás del mostrador no está detrás del mostrador, cosa que alarma a Thad. ¿Y si arrestaron a Teddy? ¿Y si está muerto? Thad no sabe si podrá dormir esta noche sin fumarse un canuto. De pronto, un olor invade la heladería. Un olor que Thad ya olió antes, un olor corporal compuesto de transpiración, marihuana y sopa de pollo. El olor es seguido por el estrépito, detrás del mostrador, de las puertas blancas estilo saloon. Una panza atraviesa las puertas, seguida por el resto de Teddy.
—¡Thaddeus! —brama. Teddy le vende a Thad desde que eran adolescentes, cuando vendía bolsitas de prensado baratas que sacaba del baúl de su Corolla destartalado, lleno de calcomanías en los paragolpes. Son amigos, si es que se puede ser amigo de un dealer que ves dos veces al año.
Teddy se acerca al mostrador, pero la enormidad de su panza se impone. Thad lo compadece un poco. Pero lo que Thad no puede comprender es el desaliño generalizado de Teddy. La camisa a rayas blancas y rosas y el sombrero de papel de Nico’s han desaparecido. En cambio, Teddy usa una gorra de los Boston Bruins con la visera hacia atrás y una remera Mossimo color té que Thad recuerda fue blanca alguna vez. La remera es ajustada como una camiseta, las tetillas de Teddy sobresalen como botones. Del cuello de la remera asoma una mata de vello enrulado, púbico y obsceno. Saddam después de la captura, ese es el look que Teddy cultiva. Saddam con gorra de hockey.
Teddy extiende una mano carnosa, que Thad estrecha. Los únicos que saben que ese hombre es el dealer de Thad son Michael y Jake. El resto, que piensen lo que quieran.
Teddy se dirige a la bacha detrás del mostrador, se lava las manos y se pone los guantes de látex.
Jake es el primero y hace su pedido, un pedido complicado que no figura en el menú. Si uno escucha a Jake pedir comida, jamás imaginará que se crio a base de leche y pan de maíz, de gallinas cuyas cabezas y plumas él mismo arrancaba. Al menos, así imagina Thad la infancia de Jake por lo que le ha contado, que no es mucho. “Cuéntame una historia”, decía Thad, y Jake respondía: “Había una vez un niño cuyos padres amaban a Dios más de lo que lo amaban a él”.
Si hubiera conocido a Jacob niño, pero cuando Thad conoció a Jake, Frank ya había trocado a Jacob niño por una historia neoyorquina que los ricos pagaban cinco cifras el cuadro para escuchar. Suponiendo que la popularidad de Jake se mantenga en alza, será sólo cuestión de tiempo hasta que algún periodista inquieto haga la peregrinación a Memphis, empiece a golpear puertas y a recabar los testimonios de vecinos, familiares y amigos. Incluso así, Frank le encontrará la vuelta: ¡ratón de campo pelecha en la gran ciudad!
El pedido de Jake es más largo que el pedido más largo que Thad oyó en una fila de Starbucks. Teddy tira de la visera de su gorra. Dejó de prestar atención hace rato.
—Un momento —Teddy interrumpe a Jake—. ¿Vasito o cucurucho?
Thad no necesita mirar para ver la expresión de enojo y consternación que se adueñó de la cara de su novio.
Jake no es un mal tipo. Thad lo ha visto ceder el asiento en vagones de subterráneo atestados, lo ha visto detenerse para dejar veinte dólares en el jarro de una persona sin techo. Basta que vea un aviso de adopción de animales de Sarah McLachlan para que se ponga a llorar. Jake nunca se topó con un extraño o un animal que no le gustara. Pero los conocidos lo sacan de quicio. Por ejemplo, la familia de Thad. Thad está seguro de que a Jake no le gusta ninguno, excepto su padre. De ser así, el pobre Teddy está en el horno.
—Vasito —dice Jake. Y después repite el pedido palabra por palabra. Al final agrega un por favor, aunque ese por favor parece más un ni se te ocurra equivocarte.
Teddy frunce el ceño, se enjuga la frente con el dorso de la mano, y después prepara el helado de Jake con tanta rapidez y precisión que Thad comprende que se estuvo burlando de él todo el tiempo. Teddy sirve el resto de los helados y llama al padre de Thad, que nunca permite que pague otro.
Cuando todos están afuera, sentados en sillas de plástico amarillas o acodados sobre un poste, vigilando el río en busca de peces, Thad pasa del otro lado del mostrador y sigue a Teddy atravesando las puertas vaivén. Al fondo hay dos baldes boca abajo, de esos blancos de veinte litros donde viene el helado. Entre los baldes, una tabla de aglomerado sirve como mesa improvisada, las patas son ladrillos de cemento. El arcón de caoba de Teddy está sobre la mesa y Thad apoya ahí su vaso de helado.
—Tu novio es un pelotudo —dice Teddy, algo que sólo un viejo amigo que también es tu dealer puede decir.
—Lo siento —dice Thad—. Fue un día difícil. Vimos algo.
Pero no quiere hablar de eso, o quiere pero no encuentra las palabras. Mejor hacer lo que vino a hacer y marcharse.
—¿Qué vieron? —dice Teddy.
—Un ciervo —dice Thad—. Vimos cómo alguien atropellaba un ciervo.
La mentira sale fácil, como una exhalación. Teddy se quita la gorra. Debajo, el cuello cabelludo blanco, el cabello castaño, un perfecto Fraile Tuck.
—Hermano —dice Teddy—, qué horrible.
—Sí.
—Qué mierda.
—Sí.
—Bambi, “tu mamá ya no puede estar contigo”.
Teddy abre el arcón y Thad se relaja con la familiaridad de la transacción.
Thad necesita trabajo y bien podría dedicarse a esto. Podría vender marihuana sin ningún problema. Más de una vez, su terapeuta le sugirió que buscara trabajo. No tanto por el dinero —Jake tiene de sobra— sino porque esto es Estados Unidos. Porque en este país trabajo es sinónimo de autoestima y respeto por uno mismo. Y, para ser franco, Thad sabe que ser un poeta que prácticamente no publica no llena las horas de sus días. Pero la mejor razón es esta: no puede contar con Jake para siempre. ¿Y qué será de él cuando llegue ese día?
Como mínimo, Thad necesita una rutina. Algo repetitivo, como una línea de montaje. La satisfacción de ponerle la tapa a kilómetros y kilómetros de envases de champú, o la serena familiaridad de chequear las costuras de la ropa y después deslizar tu tarjeta en el bolsillo: Inspector n.º 5. Thad podría ser el Inspector n.º 5. Nadie se mete con el Inspector n.º 5. Nadie escribe Necesita mejorar bajo el casillero Desempeño, como hacían las maestras de Thad en la primaria. Excepto que un bolsillo no puede conversar contigo. Un envase de champú no puede compartir su parecer sobre la última película de Spike Jonze. Y Thad necesita estar con gente. Cuando no está con Jake, está drogado o dormido. Nunca le gustó estar solo.
Podría tomarse en serio la escritura. ¿Cómo hace Jake para estar parado durante largas horas y pintar el mismo cuadro día tras día? Thad se volvería loco encerrado solo en una habitación. Además, después de los primeros diez versos del poema, se desconcentra. Jake le echa la culpa a la adicción de Thad, y tal vez tenga razón. Jake nunca fuma.
Thad tendría que limpiar su cuerpo, pasar una semana sin drogarse. Salvo que, sin marihuana, no sabe cómo enfrentar el mundo. No es como los otros. No tiene la brillantez de su padre, ni el talento de Jake, ni la gracia de Diane. No tiene el cinismo de Michael para sentirse protegido durante la noche, ni tampoco la fe de su madre para aferrarse a ella cuando las cosas se ponen difíciles. Quiere ser feliz. ¿Pero serlo sin un porro entre los dedos? ¿Cómo vivir sin el amor de otro? ¿Cómo ser feliz estando sobrio y solo?
El balde sobre el que está sentado ya le resulta incómodo, hace demasiado calor, pero lo que hay en el arcón de Teddy es hermoso. En cada compartimiento un frasquito, en cada frasquito una flor, en cada flor una promesa: el mundo te echará de menos si te vas. Thad necesita creer eso.
Su helado se derrite rápido, pero no está aquí por el helado, así que deja que se derrita.
—Esta Blueberry es nueva —dice Teddy.
Sostiene el frasquito a la altura del ojo y lo sacude un poco. A través del vidrio, Thad avista el cogollo verdiazul púrpura.
—Es una índica, así que viene bien para relajarse. También tengo Northern Lights, un clásico, pero ya la probaste. Por el lado de las sativas, tengo una K2 y una Kiwi Green bastante buena. Y estas son las mezclas: Kushes, OG y Kandy. Y acá tengo otros híbridos.
Teddy toca cada frasquito mientras habla. Sus dedos son largos, sus manos enormes.
—Esta —dice Teddy—. Esta es una Blue Cross. Suficiente sativa para mantenerte alerta pero no tanta como para que creas que te persiguen fantasmas.
—Quiero esa —dice Thad.
—Excelente elección. Si quieres, te armo un charuto ahora mismo.
—Gracias, pero ya sabes.
Thad señala la puerta vaivén con el pulgar. Su familia debe estarse preguntando dónde está. Pero tal vez un canuto bien gordo sea lo que su familia necesita. Puede imaginarlos: su madre riendo, su padre practicando un paso de baile con Diane. Michael fumó a escondidas más de una vez con Thad en la secundaria, así que quién sabe. Podría plegarse al plan.
Thad saca doscientos dólares de la billetera de Jake, que siempre está encargado de llevar, y Teddy deposita dos bolsitas en su palma, más papel para armar y un encendedor.
—Si se te acaba, ya sabes.
Teddy sonríe y sus dientes son amarillos. Cierra el arcón de caoba y le pone un candado.
Thad estudia las bolsas. Contienen más marihuana de la que podrá fumar antes de cruzar la seguridad del aeropuerto. Lo cual significa que no volverá a buscar más. Lo cual significa que quizás nunca vuelva a ver a Teddy. Tendría que decir algo, pero es malo para las despedidas. Es más fácil dejar que Teddy crea que regresará el verano próximo. Más fácil, pero menos considerado.
Cuando estrecha la mano de Teddy, sabe que la semana será larga y estará llena de adioses: último chapuzón en el lago. Último juego de herradura en el jardín. Última noche en el muelle mirando subir la luna, estrella por estrella, en el cielo.
Guarda el encendedor, el papel de fumar y las bolsas en el bolsillo. Recoge su vasito de helado. Después cruza la puerta vaivén, esquiva el mostrador y sale al deck.
Michael y su padre están parados junto a la baranda: cucuruchos de helado en mano, el río abajo. Diane está sentada en una silla de respaldo alto, las rodillas pegadas al mentón. Su madre está parada junto a ella. Jake no aparece por ningún lado.
—Sólo quiero saber qué ocurre —dice Michael—. Tengo derecho a saber. Nosotros tenemos derecho a saber.
Mira a Thad como diciendo apóyame en esta, hermano, pero Thad no tiene el menor interés en participar en la escena.
Además, cada vez que hay un desacuerdo, Thad casi nunca está del lado de Michael. Hace muchos años que su hermano es un extraño para él. No podría explicar por qué Michael desaprovechó su oportunidad en Cornell para seguir a Diane a Georgia. Por qué se hizo republicano, por qué, habiendo tantos lugares, se mudó con Diane a Texas.
—¿Desde cuándo vienen planeando esto? —pregunta Michael.
Su padre chasquea la lengua.
—No hay ninguna conspiración, hijo. Tu madre y yo nunca prometimos que pasaríamos nuestros últimos años en la casa del lago.
Entonces es eso. Michael, que apenas puede pagar su vivienda en Dallas, quiere la casa. Es eso, o está furioso porque no lo consultaron primero. Thad entiende. Comparte la decepción de Michael. No obstante, ¿con qué cara podrían pedirles a sus padres que mantengan un lugar que ellos visitan, en el mejor de los casos, dos veces al año? Su padre va a cumplir setenta. ¿Por qué no habrían de reducir los gastos al mínimo y empezar de nuevo en algún lugar donde otros se hagan cargo de las cosas, administren la propiedad y haya seguro de vivienda?
—Tal vez no sea una conspiración —dice Michael—, pero se siente como un váyanse a la mierda con todas las letras.
Tiene la cara hinchada, la frente entumecida, el vendaje enorme.
Thad desearía estar en su casa, a salvo bajo las sábanas de algodón egipcio de Jake. Palomitas de maíz, una pipa de agua, una película mala en la televisión. Que alguien lo lleve de vuelta a Bushwick. Que alguien lo saque ahora mismo del Sur.
—Sólo prométanme que nadie se está por morir —dice Diane. Los pies sobre la silla, el mentón soldado a las rodillas, parece a punto de llorar.
—¿Morir? —dice la madre de Thad—. Oh, querida, no. —Se arrodilla junto a la silla y toma la mano de Diane—. Nadie se va a morir. Nadie se irá a ninguna parte.
—Parece una decisión muy repentina, eso es todo —dice Diane—. Temí que alguien estuviera enfermo.
La madre de Thad se levanta. Los mira. Tiene la frente arrugada y manchas de vejez en la cara que Thad nunca vio antes. Qué extraño mirar a una madre y reconocer que, en el breve lapso desde que la viste por última vez, ha envejecido.
—Es evidente que su padre y yo manejamos mal este asunto —dice—. Hace años que venimos meditando esta decisión. Podríamos habérselo dado a entender. Tendríamos que haberlo hecho, y les pido disculpas. Me conmueve que se preocupen, pero no hay ningún secreto. Sólo necesitamos un cambio. —Frunce el ceño, como si no hubiera logrado decir exactamente lo que quiere decir, pero prosigue—. La casa del lago se vende la semana que viene, yo terminaré mi último año en el laboratorio y después buscaremos un lugar donde establecernos.
—¿Y la casa de Ithaca? —pregunta Michael.
—Hay un montón de profesores recién contratados que estarán más que dispuestos a arrancárnosla de las manos.
Michael desvía la vista.
El padre de Thad traga el último bocado de su cucurucho y se cruza de brazos.
—Si lo que les preocupa es su herencia…
—Papá —dice Thad—. Por favor, eso es lo que menos nos importa.
—A mí me importa —dice Michael.
Una brisa azota las ramas de los árboles en la orilla del río. En algún momento, en medio de todo esto, los grillos de la noche empezaron a cantar.
Michael se apoya contra la baranda. Thad espera algo más, alguna acusación de Michael de mal manejo de fondos o que les pida pruebas de que sigue siendo su albaceas testamentario, pero Michael no dice nada. El único que sabe lo que pasa por su cabeza es el río. Tal vez no se trate de dinero. Tal vez Michael está triste. Ese pensamiento conmueve un poco el corazón de Thad, pero no lo suficiente para caminar hasta la baranda y quedarse junto a su hermano.
Diane se levanta de su silla y abraza a los padres de Thad. Thad va hacia un contenedor de residuos y tira el resto de su helado.
—¿Dónde está Jake? —Baja la escalera hasta el otro deck, pero tampoco está allí. Una huella de guijarros conduce al río y Thad la sigue.
Está listo para fumar. Piensa mucho mejor cuando está drogado, a menos que crea eso porque casi siempre está drogado. Ya casi saborea el papel en la lengua, siente el dulzor, la inhalación caliente en el pecho.
El río corre rápido. Sigue la huella hasta donde el río se ensancha y las truchas se congregan demasiado profundo para verlas. Más adelante, una luz brilla entre los árboles. Sigue la luz hasta un claro y ahí está Jake, a orillas del río, el cabello peinado con gel, los pantalones ajustados, los dientes apretados y los ojos clavados en la pantalla del celular.
—No tengo señal —dice.
—¿A quién quieres llamar, Jake, a Marco? —A Thad no le gusta Marco. No lo conoce, pero la sola idea de su existencia le disgusta. El primer amor perdura, los recuerdos húmedos e imborrables, y Thad está seguro de que Marco todavía significa algo para Jake.
Juntarse a almorzar, dijo Jake. ¿Pero desde cuándo juntarse para almorzar es sólo eso para Jake?
—Respecto de mañana —dice Thad.
—No estás obligado a venir —dice Jake, pero sus ojos siguen clavados en el teléfono.
—¿Y si no voy?
—Si no vienes, no vienes, me da igual.
—¿Y si a mí no me da igual?
Jake baja el teléfono.
—No me gusta —dice Thad—. No quiero ese almuerzo.
Saca la marihuana y el papel del bolsillo, arma un porro, lo enciende y da una pitada. La niebla de su cerebro se disipa. La estática se aclara. Los sonidos son más nítidos. Jake cruza el claro y Thad le ofrece el porro, sabiendo que no lo va a aceptar. Jake fue criado dentro de la religión, y la religión dejó su marca. Para ser un artista en una relación abierta con otro hombre, es sorprendente la cantidad de cosas que siguen siendo pecado para Jake.
Jake lo atrae hacia él.
—Te amo. ¿Me crees?
Thad asiente. Le gustaría creerle.
—Marco es un amigo. Antes era más que un amigo. Ahora no, es un almuerzo. Nada más.
Las manos de Jake buscan la cara de Thad, pero Thad retrocede. Da otra pitada, exhala.
—Michael no quiere que mis padres vendan la casa.
Jake chequea su teléfono.
—Qué estupidez. Tus padres pueden tener algo mucho mejor que ese tráiler. Tienen buenas pensiones, ¿no?
—No comprendes.
—Por supuesto que comprendo —dice Jake—. Entiendo el sentimiento de apego. ¿Crees que quiero vender todo lo que pinto? Pero tus padres necesitan pensar a largo plazo. A veces tienes que soltar lo que amas para amar lo que tienes.
Thad juraría que oyó pronunciar esas mismas palabras a Frank. O eso, o son de alguna película, alguna escena donde la música sube y el protagonista expresa esa clase de verdad que sólo suena profunda cuando va acompañada por violines.
—Entiendo que la casa tiene un valor sentimental —dice Jake—. ¿Pero valor en serio? Si encontrara algún imbécil que me sacara ese lastre de las manos, agarraría el dinero y saldría corriendo. Tu padre lo sabe. No sé por qué Michael discute con él. ¿Quién discute con un genio?
Thad niega con la cabeza.
—Papá no es un genio.
—Pero ganó esa beca.
—La MacArthur —dice Thad—. La llaman la beca de los genios. Pero eso no quiere decir que en realidad sea…
—Pareces sentirte amenazado.
—No me siento amenazado.
Thad da una pitada. El porro de Teddy es más fuerte de lo que solía ser y por un segundo la cabeza le da vueltas. Necesita sentarse, pero no está seguro de poder volver a pararse. Además, la naturaleza lo pone ansioso. Las hojas secas y los gusanos, las hormigas y el pasto. Las plantas son para fumar, no para sentarse encima.
Arriba se encienden diez mil estrellas. Maldita sea. Se sienta.
—De todos modos —dice—, no es una decisión de papá. Por cómo lo están planteando, juraría que es cosa de mamá.
Da la última pitada y apaga el porro en la tierra.
—Más allá de quién haya tomado la decisión —dice Jake—, es la decisión correcta. Estarán mucho mejor en un lugar más lindo, en un lugar cálido, en un lugar con menos impuestos. Florida es una grasada, por supuesto, pero la gente se amontona ahí por una razón. Es, ¿cómo decirlo?, el paraíso de los viejos.
Thad quiere llorar. Tal vez sea la marihuana. Tal vez sea el niño. Quizás el día tan largo. Tal vez sea su miedo de Marco y lo que pueda pasar mañana. Pero, todavía más que llorar, quiere que Jake entienda. Quiere que vea la casa tal como era hace treinta años. Cómo brillaba. Lo limpia que estaba. Lo mullida que era la alfombra cuando te sacabas los zapatos. La cocina llena de olor a pescado fresco y papas que se freían en la misma sartén de hierro. Y cómo se te cerraba la garganta de emoción cuando entrabas por la puerta después de haber pasado un año lejos.
Quiere que Jake vea que es imposible ponerle precio a esos recuerdos, que el tiempo es algo voluble, y que cualquier manera de detener su paso, de aferrarse al pasado, vale cien condominios con vista a la playa en Florida.
Pero sobre todo quiere recordarle a Jake que ninguna de estas cosas tiene nada que ver con él.
—¿Nada más que juntarse a almorzar? —dice.
La tierra gira bajo sus pies. A su lado, el río abre un surco hacia el mar.
Jake suspira. Guarda el teléfono en el bolsillo. No dice nada y Thad tampoco dice nada. Jake da media vuelta y empieza a caminar río arriba y Thad se queda solo.
En la orilla hay una roca, grande, y se trepa a ella. La roca está mojada y erosionada, cubierta de líquenes. Se sienta. Respira hondo. Y por fin, llora.
11
La historia de Lisa es triste, pero no es única. Más de tres mil familias pierden sus bebés cada año por el solo hecho de ponerlos a dormir en sus cunas. Síndrome de Muerte Súbita del Lactante: una denominación incorrecta para esa muerte. No hay nada súbito en asfixiarse. La asfixia puede durar siete minutos. Hoy por hoy hay distinciones: SMSL, asfixia, muerte por causa desconocida. En aquel entonces todo era SMSL, un concepto abarcativo cuando no sabías cómo decirles a los padres Les advertimos que nada de barandas en la cuna, nada de mantas, nada de patos de peluche, les dijimos que acostaran a la bebé boca arriba. Hoy la gente sabe más, las muertes disminuyeron un tercio desde el año en que June murió. Esa disminución tendría que significar un consuelo para Lisa. Ella tuvo bastante que ver con eso. Recaudación de fondos e investigación, concientización, maratones televisadas. Ha caminado muchos kilómetros. Tiene un montón de remeras que lo prueban. Pero cuando se pierde un hijo es imposible encontrar consuelo. Lo que está sufriendo esa otra familia, no existe una palabra para nombrarlo, ninguna palabra puede expresar ese nivel de dolor mezclado con ira, no hay una palabra para lo que Lisa sintió esa mañana en que su hija dejó de respirar y nadie pudo decir por qué.
Lisa se cepilla los dientes. Se peina el cabello. Se pasa una crema que supuestamente hará desaparecer las arrugas alrededor de sus ojos. La crema nunca funcionó y es cara, pero la aplica de todos modos, tal como hacía su madre, un poco por hábito y otro poco por vanidad.
Cuando conoció a Richard tenía veintidós años. Gran edad, gran piel. Eso fue en 1980. Gran año. La nafta costaba veinticinco centavos de dólar el litro. Ella pagaba trescientos dólares por mes de alquiler. Había un demócrata en la Casa Blanca, Bowie sonaba en la radio y consiguió empleo apenas terminó la universidad.
El primer día de trabajo, un hombre que le llevaba nueve años le mostró cómo usar la fotocopiadora. Era guapo y no tenía bigote. En aquella época los docentes de secundaria eran en su mayoría mujeres. Los pocos hombres que había usaban bigote. Tal vez siga siendo así. Lisa no tiene idea. Era una pésima docente, de eso sí está segura. El hombre sin bigote no era un pésimo docente. Ya le había echado el ojo esa mañana, cuando estacionaba en el lugar reservado para el Profesor del Año.
—Así —dijo el hombre sin bigote parado junto a la fotocopiadora. Presionó una panoplia de botones y la máquina zumbó y se sacudió. Enseguida empezó a escupir papeles por el costado —. Me llamo Richard —dijo el hombre, y, muy a su pesar, Lisa sintió que se sonrojaba. Había estado con hombres en la universidad, pero siempre de su edad. En cambio, este hombre. Podía imaginarse parada en puntas de pie para besarlo en el altar, imaginar que los anteojos se chocaban cuando sus labios se acercaban.
Richard esperó una semana para invitarla a salir, seis meses para pedirle matrimonio. Se casaron casi en secreto ese verano y regresaron a la escuela en agosto como el señor y la señora Starling. Lisa tenía veintitrés años.
—¿Por qué tanto apuro? —se preguntan uno al otro a veces—. ¿Por qué estábamos tan apurados?
No lo recuerdan. Alguien le disparó a Ronald Reagan. Alguien le disparó al papa. La vida en los oscuros primeros días de 1981 parecía de pronto breve y frágil. La bala de un francotirador podía borrarte del mapa en cualquier momento, ¿entonces por qué no amar a la persona con quien estás? ¿Por qué no casarte con la persona que amas?
Lisa tapa el pote de crema y lo guarda en el cajón del baño. Se lava las manos. Se corta las uñas.
En octubre del 82 ya estaba embarazada. En julio del 83 su hija, de un mes de edad, estaba muerta. En el transcurso de los dos años siguientes Richard y Lisa se separaron, volvieron a juntarse, dejaron la enseñanza secundaria para dedicarse a sus doctorados, y volvieron a separarse. Pero dado que el clásico de separarse es juntarse para tener sexo triste y nostálgico, Lisa, con el correr de los días, volvió a quedar embarazada.
Pero no fue el nuevo bebé lo que volvió a unirlos. Cuando nació Michael, Lisa pensó en dejar a Richard para siempre. Demasiada angustia compartida. Demasiada June en los labios de su esposo, en sus ojos, en la delicada curva de sus orejas. No, lo que salvó al matrimonio fue la casa.
¿Sabes cómo es enamorarse, no de una persona, sino de un lugar? Cuestas suaves, muelles que crujen. Luz de sol y brisa. Una V de gansos reflejada sobre la superficie de un lago.
Lisa sabe.
Verano del 86, Michael tiene un año, alquilan una casa en el lago. Esperaban veranear cerca de los Finger Lakes o en el Cabo, pero tenían poco dinero y pudieron pasar una semana en las Carolinas por el costo de un fin de semana en Nueva Inglaterra o Nueva York. Así fue como llegaron a Lake Christopher, un lago con pocas casas en las Blue Ridge Mountains, una hora al oeste de Asheville, un lago que Richard había visitado de niño.
Descubrieron que eran otro tipo de personas. Personas más felices. Mejores personas. En el lago, ya no eran los padres agobiados de un niñito chillón sino los amorosos cuidadores de un hijo un poco caprichoso. Ya no eran la pareja aburrida que discute por sexo, eran amantes atentos, generosos y amables. Con el último dinero que les quedaba alquilaron la casa por una semana más. Al comenzar la tercera semana decidieron comprarla.
La compra resultó una empresa titánica, la casa una tremenda inversión que requirió que pidieran dinero prestado a los padres de ambos (ninguno de los cuales tenía mucho para prestar), en una época en que las tasas de interés eran del 10,5 por ciento. Por no mencionar que la casa no estaba en venta. El dueño era un inversor que tenía varias propiedades para alquilar y no veía ninguna razón para desprenderse de esta. Al final, y contra el consejo de su agente inmobiliario, Lisa y Richard pagaron por la casa más de lo que valía. Podrían haber elegido otra, a orillas de ese mismo lago. Pero no. Tenía que ser esa. Esa casa, esa bahía: allí fue donde redescubrieron el amor.
Fue una mala idea y fue la mejor decisión que tomaron en sus vidas.
El lago no sólo salvó su matrimonio. Aquel verano volvió a encaminar sus vidas. Durante los dos años siguientes se graduaron, defendieron sus tesis, Richard consiguió el puesto en Cornell y Lisa en el Laboratorio de Ornitología de Cornell, un contrato conyugal soñado, un golpe maestro, que jamás podría haber ocurrido en 2018. Después nació Thad y la familia Starling inició lo que habría de ser su vida durante los siguientes treinta años.
—¿Vas a venir a acostarte? —llama Richard desde el dormitorio.
Lisa sale del baño. Tendría que ponerse unas gotas de peróxido en los oídos. Hoy nadaron en el agua del lago. Pero está muy cansada. Quiere meterse en la cama y no salir nunca más.
La cena fue mala, el helado, peor. ¿Está forzando las cosas? ¿Tendría que dejar que sus hijos se vayan? ¿Pero cómo vender la casa sin darles la oportunidad de despedirse?
—Voy a preparar un té —dice desde el vano de la puerta—. ¿Quieres uno?
En la cama, Richard lee. Una de esas novelas negras ambientadas en Florida, de tapas chillonas y chicas muertas. Baja el libro. Su sonrisa es tenue, forzada. De sus labios irradian arrugas, como les ocurre a los fumadores, aunque Richard nunca fumó.
—¿Hora de dormir? —pregunta. Ella asiente, y él asiente de vuelta.
En la cocina Lisa llena la pava. Las sartenes, la vajilla y las ollas ya están empacadas. Sólo dejó afuera lo necesario para pasar la semana: seis platos, seis copas, seis vasos, seis tazas, seis juegos de cubiertos. Una tostadora. Una pava. Una olla. Un cuchillo grande. Le gustan las servilletas de tela pero por esta semana se resignará al papel y al plástico: reciclables, por supuesto.
—Usemos vasos de plástico —dijo Richard, y ella lo miró como diciendo: ¿con quién crees que estás hablando?
Pone la pava sobre la hornalla, espera el silbido y enciende el extractor de aire. Bajo la luz de la cocina, la hiedra del empapelado trepa por las paredes, las hojas como espátulas. Siempre le ocurre lo mismo: cuando ve las cosas de una manera ya no puede verlas de otra. Durante años esas hojas de hiedra han sido espátulas.
Cierra la puerta del frente. Lava uno de los platos de la cena. Lleva el repasador húmedo al lavadero y saca uno seco del cajón. A la mañana, uno de sus hijos cortará un pomelo y dejará la mesada pegajosa de jugo. El otro dejará su bol sobre la mesa, con Rice Krispies adheridos al borde. Lisa limpiará todo sin quejarse. Es una anfitriona con todas las letras, pero es más que eso, añora sentirse una madre. Sus hijos ya no la necesitan como la necesitaban. Eso es bueno. No tienen por qué necesitarla. Ya tienen más de treinta años. Pero que no te necesiten es doloroso. Así que limpiará sus platos. Levantará la mesa por ellos. Es como decirles te amo, más allá de que lo noten o no.
Añora a sus hijos de ocho y once años, comiendo sándwiches idénticos, con galletitas Oreo de postre sorpresa. Añora a Michael en el muelle, caña de pescar en mano, siempre un pescado enganchado en el anzuelo. Añora a Thad, su chico radiante, que nunca quería ir a acostarse, recitando de memoria “Jabberwocky” antes de permitirle que lo arrope.
Pero esos niños ya no existen. Fueron reemplazados por hombres, hombres furiosos, desorientados y miedosos. Toda su vida estuvo rodeada por hombres: por hombres y por voces de hombres, insistentes, demandantes y, ay, tan seguros de sí mismos. La casa está a la venta. ¿A quién le importa si es demasiado pedirles? ¿Acaso los hombres no se han pasado la vida pidiéndole cosas?
En la pava, el agua bulle.
Lisa había anticipado cierta resistencia de Michael, pero no una escena. Incluso le arrancó un lo siento, ¿y por qué? ¿Por vender su propia casa sin que él le diera permiso? No tiene derecho. Aunque la casa es de la familia y Lake Christopher es el lugar donde Michael conoció a su esposa. Si se enoja, espera que sea por esto y no por cuestiones de dinero.
Basta de disculpas. Si Richard sospecha el motivo de la mudanza, mejor. Algún día confesará su aventura, o tal vez no. Allá él. Ella no necesita una confesión. Lo que necesita es un cambio.
Cuando June murió, un terapeuta les aconsejó no apresurarse. “No hagan ningún cambio radical en sus vidas”, dijo. “Escapar del duelo no es tan simple como cruzar una frontera interestatal.”
¿De verdad que no? ¿Acaso no lo había sido? ¿Y no volvería a dar resultado? Mucha gente pasa su vida así, atravesando constantemente una vasta geografía de desesperación y manteniendo la esperanza.
Un silbido agudo. Lisa levanta la pava y vierte el agua humeante en una taza, después en la otra. Los saquitos de té giran en remolino. El agua burbujea. Lisa apaga la hornalla. Apoya la pava sobre la mesada y revuelve su té.
Según las escrituras, Dios nunca te envía más de lo que puedes soportar. Ja. Díganselo a una madre que ha perdido un hijo. Ha pasado mucho tiempo desde que Lisa buscó ayuda en la Biblia, mucho tiempo desde que, con los ojos cerrados, acostada en la cama o sentada en el banco de la iglesia, sintió la mano o escuchó la voz de Dios. Sin embargo, reza todas las mañanas y las noches. Reza en busca de consuelo. Reza para poder consolar a otros. Reza para ser escuchada.
Empuja el saquito de té contra la cara interna de la taza con una cuchara. No, siempre le dice Richard, déjalo en remojo. Pero ella no puede contenerse. Le gusta ver cómo se tiñe el agua cuando la cuchara aplasta la bolsita de té. Mete la cuchara en la taza de Richard y empuja fuerte.
En el dormitorio, Richard está dormido. Lisa retira el libro que quedó abierto sobre su pecho y apaga su velador. Vuelve a la cocina y tira el té de Richard en la pileta.
Allá abajo, en el muelle, sus hijos hablan. Todos los demás están en sus cuartos, dormidos o fingiendo estarlo.
Lisa va hacia su silla preferida y se sienta. ¿Cuántos pájaros ha observado desde esa silla? ¿Cuántos libros ha leído? ¿Cómo será el resto de su vida con Richard?
Mantengan la calma, dicen los Salmos. Mantengan la calma y conozcan que Yo soy Dios.
Lisa sabe mantener la calma. Lo que siempre le trae problemas es eso de conocer.
Lisa se sienta sobre sus pantorrillas y bebe su té a sorbos para contrarrestar el frío del aire acondicionado. Observa el agua, con la esperanza de que emerja un niño. Espera, observa, el té surte efecto. Tiene que ir a la cama o corre el riesgo de quedarse dormida en la silla y despertarse con el cuerpo dolorido.
No estará aquí cuando sus hijos vuelvan del muelle, no estará aquí para besarles la frente y mandarlos a la cama. Pero puede imaginar a sus hijos dormidos y verse entreabrir la puerta y mirarlos, ignorando los brazos que ahora envuelven sus vidas, ignorando los cuerpos de los hombres en que se han convertido. Se imagina parada en el umbral de la puerta, observando cómo sube y baja el pecho de sus hijos con la respiración y recuerda otras noches, no hace tanto tiempo, cuando miraba dormir a sus hijos: y que casi no podía soportar tanto amor.
12
Antes las noches eran mejores. Antes del resort y la cancha de golf, antes de que los constructores compraran tierras en las otras bahías, se veían más estrellas. Las estrellas siguen ahí, pero tenues, pequeños puntos en el cielo donde, alguna vez, la noche era profunda y derramaba luz.
Michael está sentado en el muelle junto a su hermano. Tienen los pies en el agua y Thad arroja la caña de pescar, un porro consumiéndose a un costado. Michael bebe, el vaso transpira en su puño, el zumbido confuso del aguardiente decapita uno por uno a los murciélagos que tiene adentro de la cabeza. Bebe demasiado, hecho que ha sabido ocultar tan bien a los demás que hay días en que se lo oculta a sí mismo.
Una vez, cuando era niño, Michael tuvo gripe y una fiebre de casi treinta y nueve grados. La peor parte de estar enfermo no fueron los escalofríos, el dolor en el cuerpo ni todos los kilos que perdió. Lo peor fue no poder pensar con claridad. Su cerebro, a los treinta y nueve grados, era un pedazo de grasa en una sartén, chisporroteante, sus pensamientos sofritos. El Michael adulto, sobrio, siente lo mismo. Si no bebe vuelve a ser ese niño, su cerebro una sartén, sus pensamientos fritos.
Lo peor es la mañana, cuando se levanta. Tiene que aguantar hasta las diez en punto para empezar a beber, y, si no puede enorgullecerse de nada, de eso sí está orgulloso. Antes esperaba hasta el mediodía. Después hasta las once. Pero algo le dice que un trago antes de las diez de la mañana es sinónimo de problemas. Lo cual no impide que no tenga un trago servido y listo para beber a las nueve y media.
Michael bebe a sorbos acunado por el canto de las ranas y los insectos nocturnos. Thad fuma.
—No quiero hablar de la casa —dice Thad.
—Y yo no quiero hablar del niño —dice Michael.
La bahía que se despliega ante sus ojos tiene el tamaño de tres canchas de fútbol, un cordón de tierra que termina en una punta rocosa. En la punta se yergue un mástil. Esta noche alguien olvidó bajar la bandera, que flamea al viento. De niños, en noches como esta, nadaban hasta la punta, trepaban a las rocas, tocaban el mástil y volvían. Michael siempre ganaba.
—¿Qué carnada pusiste?
Thad recoge el sedal. Una plomada de pesca color gris acero cuelga de la tanza: ni anzuelo ni carnada, sólo peso.
—Sólo querría arrojar la línea —dice Thad, después pone acento sureño—. Quiero ponerme en forma. Hace más de un año que no uso una caña de pescar.
Michael sonríe. Toda su vida han jugado a imitar acentos, aunque últimamente menos que cuando eran chicos. “No se burlen”, les decía su madre. “La manera de hablar de una persona no refleja su intelecto.” Michael lo sabe. Nunca fue su intención burlarse.
Como norteño devenido sureño de medio tiempo, devenido texano, siempre se ha sentido fascinado por las maneras de hablar, por cómo los objetos cotidianos adquieren nuevos nombres a un día de distancia en auto: el carro de las compras se transforma en changuito, en el norte los lobos aúlllan y en el sur ladran, y lo que se corta no es la luz sino la electricidad. Y ni hablar de Texas. Texas tiene su propio idioma.
Sus padres son sureños con acento legítimo, aunque el acento era más fuerte cuando Michael era niño y los Starling estaban recién trasplantados de Atlanta. Michael nunca adoptó el acento. Thad tampoco. Pero los veranos en el lago bastaron para aprender la cadencia. A los nueve o diez años, Michael podía imitar perfectamente a los vecinos, a Clyde, que atendía en la marina o al carnicero del mercado. Siempre tuvo facilidad para apropiarse de las voces ajenas.
—¿Quieres probar? —pregunta Thad.
—Acepto —le dice Michael, y Thad le pasa la caña.
Es una caña barata. Tiene un carrete Zebco, de esos con botón de plástico y cono de metal. Era la única clase de carrete que Michael podía manipular cuando era niño. Los otros se enredaban en cuanto aflojaba el pulgar.
Michael apoya el vaso en el muelle. Sopesa la caña con las dos manos.
Thad no está practicando. Los dos saben qué hay en el fondo del lago, algo que Thad no quiere pescar.
Michael sacude la caña como si fuera una rama de sauce, y la plomada vuela sobre la bahía antes de chocar contra el agua y hundirse. Esta noche, la luz de la luna es tan fuerte que ilumina el lugar preciso donde se hundió; muy lejos, los círculos concéntricos se multiplican y se van ensanchando en dirección al muelle.
Pasó un año, pero el lanzamiento fue impecable.
—Guau —dice Thad—: fue un lanzamiento impecable.
Hermanos.
Michael recupera la plomada, deja la caña a un costado y levanta su vaso. Bebe un buen trago. El aguardiente, sumado a los analgésicos, está haciendo efecto. Ya no le duelen los puntos. No siente la cara. Alarga el vaso, Thad lo acepta, bebe un sorbo y se lo devuelve.
—¿Sigues fumando marihuana? —pregunta Thad.
—No puedo. La marihuana aparece en los test antidoping.
—¿Te hacen test antidoping?
—Podrían hacérmelo en cualquier momento, figura en el contrato.
Sería el momento de hacer una broma sobre el precio que hay que pagar para conservar el empleo, pero Michael no la hace. Thad es muy susceptible a la insinuación de que vive a costa de Jake, aunque no tan susceptible como para ponerse a buscar trabajo.
—Entonces no respires por unos segundos —dice Thad. Enciende el porro, que se apagó, y da una pitada. Gira la cabeza para exhalar pero el viento sopla el humo en la cara de Michael.
Que se vayan a la mierda. Todo el tiempo que lleva trabajando allí, ni una sola vez la empresa cumplió la amenaza de los tests aleatorios. Demasiado caro. Demasiado trabajo. La amenaza es el disuasivo.
Estira la mano.
—¿Estás seguro? —dice Thad. Después le pasa el canuto.
Michael inhala. Le quema la garganta, pero los murciélagos desaparecen. Mejor todavía: los murciélagos, la cueva, todo detonó, su cráneo se partió en dos y dejó entrar la noche. Se siente bien.
Devuelve el porro y se acuesta boca arriba sobre el muelle. Saca los pies del agua. Afloja las extremidades y es como si estuviera en una hamaca de red, como si las tablas secas y combadas bajo su espalda lo acunaran para hacerlo dormir.
—Esta no es la mierda que fumábamos en la secundaria —dice Michael.
—Nada que fumes ahora se parece a esa porquería. Esta mierda está a años luz de los fasos que fumábamos cuando éramos chicos. Estamos hablando de hidroponia, cultivo indoor, ingeniería genética.
—No me digas que ahora cultivar marihuana es una ciencia.
—Ahora cultivar marihuana es una ciencia.
Michael quiere otra seca. Es como si toda su vida hubiera comido verduras congeladas. Y ahora tiene un bife. Un bife con guarnición de langostinos. Y vieiras. Con manteca.
—Esta marihuana es manteca —dice Michael.
Las estrellas brillan. La brisa acaricia sus brazos. Thad se ríe y los sonidos que los rodean, el canto de las ranas y el llamado de los grillos, acompasan las risas.
No sólo las acompasan, están en armonía con ellas. Por un instante, Michael cree escuchar los acordes iniciales de “Sweet Caroline”.
—Amigo —dice Michael—. Los grillos están cantando temas de Neil Diamond.
Pero Thad no puede responder. Tiene un ataque de risa. ¿Se está riendo de Michael? Pareciera que sí.
—Voy a ser papá —dice Michael. Se ríe, pero Thad se pone serio.
—¿Qué dijiste?
—Hands, —dice Michael. Touching hands. Reaching out. Touching me, touching you.
El muelle es seda. Las estrellas no se quedan quietas.
—Sweet Caroline!, —canta. Good times never seemed so good!
Las manos de Thad lo sacuden.
—Estás cantando a los gritos, compañero. Me vas a dejar sordo.
Pero Michael no puede evitarlo. Su cuerpo quiere cantar.
Ahora la mano de Thad le tapa la boca —sudorosa, carnosa— y Michael le da un lengüetazo. Thad grita y lo suelta.
Las estrellas hacen piruetas. La luna se derrite. Michael se levanta, se saca la ropa, y el agua, cuando se zambulle, está fría y lo despierta. El vendaje le cae sobre el ojo y se lo arranca, arroja la gasa empapada al muelle.
—Michael —dice Thad—. Los puntos no se tienen que mojar.
Michael intenta recordar qué le dijo el cirujano. Como sea, el agua del lago es asquerosa. Tiene amebas. Necesita un trago. No quiere un hijo. Aunque un varón estaría bien. Pero sería un gasto. Los hijos son caros. Todo el mundo lo dice.
Nada en el agua y el agua es fría. Los sonidos animales vuelven a ser eructos y chirridos. No más Neil Diamond, no más “Sweet Caroline”.
Añora la música. Añora a su hermano y cómo eran las cosas, esa dicha infantil de “te cubro la espalda” y la certeza de que uno caminaría sobre el fuego por el otro, atravesaría una montaña de mierda y un mar de tiburones y jauría de payasos con motosierras. ¿A qué edad se pierde ese amor para siempre?
Michael nada hasta la escalerilla y sube al muelle.
—No te muevas —dice Thad, y sube la cuesta. Regresa unos minutos después con una toalla, vendas limpias y alcohol. Michael se seca y vuelve a vestirse. No lo avergüenza su desnudez. No lo avergüenza estar borracho y drogado delante de su hermano. Lo único que le preocupa es haber confesado el embarazo, aunque quizás Thad no lo escuchó entre tanto canto y chapuzones en el lago.
Lo que Michael necesita ahora es una distracción. Lo que necesita es otro secreto. Se sienta en el borde del muelle, los pies en el agua, y Thad se sienta junto a él.
—Diane y yo estamos en bancarrota —dice. Se seca el pelo con la toalla. Huele a lago y ese olor, pese al cieno y a la mierda de ganso, es un olor que ama—. Los dos nos rompemos el culo trabajando y aun así no podemos pagar las cuentas.
—Es terrible —dice Thad—. ¿Cómo puede ser?
Michael arroja la toalla a un costado. Encuentra su vaso vacío y mastica el hielo.
—Demasiada casa para nosotros —dice—. Nos aprobaron el préstamo, pero no tendrían que haberlo hecho. No por semejante cantidad, y mucho menos con una tasa ajustable. Tendríamos que haber hecho bien las cuentas. Nuestros salarios, los préstamos de estudio de Diane, los dos autos, la deuda de la tarjeta de crédito. La compramos en 2007, justo antes de la debacle, y casi enseguida la escuela de Diane recortó los sueldos. Nuestra casa nunca valdrá lo que pagamos por ella. Los constructores ni siquiera terminaron el barrio.
Thad pone alcohol en un pedazo de algodón y a Michael le da sed. En estos días incluso el olor del Windex le hace agua la boca.
—Es tu turno —dice Michael.
—¿Mi turno para qué?
—Para revelar un secreto.
Thad presiona el algodón sobre los puntos y Michael da un respingo. Incluso a través del vertiginoso resplandor de la marihuana, el aguardiente y las pastillas, el dolor envuelve su cabeza cuando su hermano lo toca.
—No sabía que estábamos jugando ese juego —dice Thad—. Puta madre.
—¿Qué?
—El algodón —dice Thad—. Se pegó a los puntos. —Tira del algodón y el algodón se estira como jalea, húmedo y en forma de cirros—. Parece velcro.
—Sólo coloca el vendaje en su lugar.
—No sé si…
—Está bien —dice Michael—. Coloca una Band-Aid y cuéntame un maldito secreto.
En algún lugar ladra un perro y otro perro le responde.
—Eres un borracho malo —dice Thad.
Un tercer perro se une al coro y, por unos segundos, el mundo se inunda de ladridos. Del otro lado de la bahía, se encienden las luces y los perros son obligados a entrar.
—Creo que mamá y papá tiraron mis cómics a la basura —dice Thad.
—Eso no es un secreto. Cuéntame algo que valga la pena.
Del otro lado de la bahía, las luces se apagan: una, dos, tres.
—Nos cogemos tipos —dice Thad—. Jake y yo.
Michael suelta una carcajada.
—¿Y desde cuándo es un secreto?
—No es un secreto —dice Thad—. Es cosa de putos. Como un ménage à trois. Como parejas que buscan parejas. Como una relación abierta.
Michael no sabe qué decir. Sin un trago, nunca sabe qué hacer con las manos. Levanta la caña de pescar, pero siente los brazos demasiado pesados para arrojar la línea. En cambio, sostiene la punta de la caña sobre el agua. Suelta un poco de línea y la plomada roza la superficie del lago. Más círculos concéntricos. El silencio lo está matando.
—¿Eso es común? —pregunta Michael.
Thad tapa el frasco de alcohol y saca una banda adhesiva de la caja.
—Bueno —dice Thad—, no puedo hablar por…
—Por toda la comunidad gay. Entiendo. ¿Pero qué dicen las estadísticas?
—¿Las estadísticas?
—¿La mayoría de los gays son abiertos o qué? Quiero decir, en mi mundo eso es un poco raro.
—Menos raro de lo que piensas. También hay muchos swingers héteros, diría yo. Ahora quédate quieto.
El vendaje que se acerca a la cara de Michael es enorme. Si Thad lo coloca como corresponde, cubrirá un rectángulo de piel entre la ceja y el nacimiento del cabello sin tocar un solo pelo. Si le falla la puntería, el próximo cambio de vendaje dolerá mucho.
—Entonces, Jake coge con otros tipos —dice Michael—. ¿No te molesta para nada?
—Yo sé que Jake me ama.
Algo de esto le molesta a Michael, no porque le importe lo que hace Thad, sino porque no parece cosa de Thad. Es como si Jake lo hubiera entrenado para decir eso.
El vendaje llega a destino y Michael siente que le atrapa la ceja.
—Carajo —dice Thad.
—No hay problema. ¿Me estás diciendo que no tienes celos?
—¿De Jake? Por supuesto que no. Yo participo. Como mínimo, estoy presente en la habitación.
Michael recoge la línea y deja a un lado la caña de pescar. Estira la mano para alcanzar el vaso, recuerda que está vacío, después se toca el vendaje. Sin ninguna duda está adherido a su ceja.
—No sé —dice—. Yo no podría.
Imagina a Diane con un tipo encima, dándole para que tenga. Se enfurece instantáneamente. Furia real contra un tipo que sólo existe en su imaginación.
—¿No te preocupa que se enamore de otro? —pregunta Michael.
—¿A ti te preocupa que Diane pueda enamorarse de otro?
—No, pero nosotros no andamos cogiendo con todo el mundo.
Thad sacude la cabeza.
—Créeme, nuestro pequeño rendez-vous no tiene nada que ver con el amor.
Excepto que Thad no puede esconderle nada a su hermano y la expresión de su cara lo traiciona. Allí hay algo. No necesariamente miedo, pero sí preocupación. Consternación, como mínimo. Como si, con su interrogatorio, Michael hubiera reordenado el mobiliario mental de Thad. O quizás Jake lo reacomodó hace tiempo y Thad recién ahora se diera cuenta de que algo está fuera de lugar.
Thad enciende el porro. Da una pitada. Arroja la tuca al agua.
—Digamos que un día Diane viene y te dice: “Michael, yo te amo. Soy feliz. ¿Pero sabes qué me haría realmente feliz? Que a veces tuviéramos sexo con otras personas”. ¿Qué le dirías?
—Ni en pedo.
—¿Ni siquiera por su felicidad?
Michael se levanta. Tiene frío. Quiere su cama.
—Ella puede pensar que eso la haría más feliz, ¿pero cómo saberlo? ¿Quién dice que tener sexo con otras personas no la llevaría a cuestionarse un montón de cosas?
—¿Y si así fuera? ¿No vale la pena cuestionarse cosas?
—Por supuesto —dice Michael—. Antes del día de la boda. Antes de comprometerte.
Thad junta las toallas, las vendas, el alcohol.
—Me parece bien. Ustedes hicieron un juramento. Pero las personas cambian. Ya no son los mismos que eran a los veintitrés años.
—No quiero ver a mi esposa con otro tipo.
—Con otra mujer, entonces. ¿Esa no es la fantasía de todos los hombres hétero? ¿Qué dicen las estadísticas?
Michael mira el agua. La cabeza le da vueltas.
Diane y él tenían dieciocho años cuando se conocieron, ella es la única mujer con la que estuvo. Algunos días se siente orgulloso de esto. Otros días le da vergüenza de sólo pensarlo. Como fuere, no teme estar perdiendo nada. Diane es buena en la cama. Era buena. No están juntos desde antes de la pelea, esa mañana, hace ya varias semanas, cuando Diane abrió la puerta del baño y Michael vio el test de embarazo en su mano.
—Tú piensas que la felicidad es conseguir lo que quieres —dice Michael—. Lo que quieres, en la cantidad que quieres, en el momento en que lo quieres. —Le tiembla la voz—. ¿Pero y si eso no fuera la felicidad? ¿Y si la verdadera felicidad fuera mandar a la mierda eso que tanto quieres y seguir juntos, incluso cuando las cosas se ponen difíciles, incluso cuando ninguno de los dos es el que era antes?
Eructa, le arde el estómago. Por muy borracho que esté, no deja de percatarse que acaba de pronunciar el argumento de su esposa para tener ese bebé que él no quiere tener.
Defendemos a los que amamos con ferocidad, incluso a costa de aniquilarnos a nosotros mismos.
Michael se ríe. Se ríe, y de tanto reírse vomita encima de Thad. Lo empapa en vómito. Es como una boca de incendio, destapada; su estómago expulsa un chorro colorido e impetuoso. Se desploma sobre el muelle y sus rodillas golpean las tablas.
—Lo siento —dice. Pero cuando se da vuelta, el mundo ha dejado de girar y su hermano ya está subiendo la colina.
Segunda parte Sábado
13
—Hace tiempo que no veo la cascada —dice el suegro de Diane desde el asiento de atrás—. Años.
Cortés hasta decir basta, Richard insistió en que Diane viajara adelante, aunque el auto que tienen con Lisa es un híbrido, y muy pequeño. Sus rodillas se hunden en el respaldo del asiento de Diane. Nadie está cómodo.
Michael sale de la estación de servicio y siguen hacia el oeste por un camino secundario. Tamborilea los pulgares sobre el volante. Tiene un vaso térmico plateado para café entre las piernas.
Esta mañana, cuando ella se ofreció a conducir, Michael frunció el ceño y la miró con esa mirada. Diane odia esa mirada: cuando Michael entrecierra los ojos para hacerla sentir una tonta. “Tienes suerte de tener un marido que no levanta la voz”, le dicen sus amigas. Cómo explicarles que unas pocas peleas serían mejor que esto de no pelear nunca, esta lenta danza que inevitablemente los llevará a vivir separados aunque vivan juntos.
Michael sube el volumen de la radio y Buddy Holly se interpone entre ellos, canta algo sobre una montaña rusa y un amor eterno. Cualquiera pensaría que su esposo está relajado, pero Diane reconoce esa manera de apretar la mandíbula. Por las noches usa un protector dental para no morderse la lengua mientras duerme.
—No pueden faltar ocho kilómetros —dice Richard.
—Me limito a repetir lo que me dijo el tipo de la estación de servicio —dice Michael.
Dejan atrás un caserío, un manzanar, una vaca solitaria.
Después de haber dormido mal, Diane se despertó y vio más lanchas en la bahía. Preparó huevos revueltos y tostadas, pero no pudo comer. Lisa se quedó en la cama. Thad y Jake fueron a ver a un amigo.
—Tenemos que salir de aquí —dijo Diane, y Michael sugirió ir a la cascada. Entonces se pusieron los trajes de baño, Richard se sumó al plan y por insistencia de Diane pararon en una CVS para comprar apósitos a prueba de agua, y en ese momento Michael y su padre empezaron a discutir sobre cuánto faltaba para llegar a destino.
—Pon en cero el odómetro —dice Richard. Mira pasar los árboles.
¿En qué estará pensando?, se pregunta Diane. Su suegro medita en una dimensión que está fuera del alcance de todos. El profesor distraído, así lo llama Lisa, pero hay algo hermoso en su manera de perderse en sus pensamientos. Diane no se arrepiente de haber estudiado arte, sólo lamenta no haber aprendido otras cosas. Un poco más de matemática y, quién sabe, podría administrar mejor la economía doméstica. Un poco más de geografía y quizás podría encontrar Islandia en el mapa.
—El cuentakilómetros, hijo —dice Richard—. Quiero saber si efectivamente son ocho kilómetros o no.
Michael hace lo que le pide. Pero ya recorrieron más de un kilómetro desde que salieron de la estación de servicio. Esto será motivo de discusión cuando lleguen, y tendrán que volver a medir la distancia en el viaje de regreso. Pero así son las familias: lo insignificante adquiere estatus de imprescindible. Basta juntar tres parejas bajo el mismo techo durante una semana para que todo signifique otra cosa.
Michael bebe de su vaso y se limpia la boca con el dorso de la mano. Sus ojos dicen papá es un caso perdido. Richard se recuesta en el asiento de atrás. En el espejo retrovisor, sus ojos dicen: no te preocupes, sé que estás de mi lado.
Diane cierra los ojos. Fingirá estar dormida durante el resto del viaje.
Esos hombres con sus emociones expresadas a los gritos, con sus mudas luchas de poder. A veces imagina una vida sin hombres, sólo ella y su hija acostadas en una lona en un campo de amapolas y cardenales y cielo azul brillante. En este sueño, hasta a las flores les arrancaron los estambres. Diane y su hija. Pero ¿y si su hija no es una hija sino un hijo?
El auto avanza lento y Diane abre los ojos. Los vehículos se apiñan. No hay carteles ni ripio, sólo pasto aplastado por medio siglo de huellas de neumáticos los días soleados. Michael conduce el auto hacia la banquina, estaciona y apaga el motor.
Afuera del auto el aire es caliente, denso por la lluvia de la noche anterior, y Diane avanza bajo un cielo espeso, lavado. Más allá de la hilera de árboles, un eco suave, agua que se derrama en otra agua.
Dos niños desgreñados emergen del bosque. Uno levanta la mano para que el otro choque los cinco. El otro choca la palma tan fuerte que lo hace tambalear. Michael y Richard se apoyan contra el auto y empiezan a discutir por los kilómetros y quién dijo qué. Desde lejos, la frente de Michael se ve color coral: bulbosa y púrpura como salida del otro mundo, un mundo submarino.
—Caballeros —dice Diane. No está dispuesta a arbitrar en la disputa.
Michael se aleja del auto y su padre lo sigue. Llevan toallas alrededor del cuello, ceremoniales como estolas. Tienen la misma manera de caminar —la misma altura, el mismo paso—, Michael y el hombre que será dentro de cuarenta años. Pasando los niños que chocaron los cinco y pasando los árboles, un sendero los lleva a través del bosque. Ella recuerda el camino. Después de todo, Michael no es el único que se crio aquí. Y aunque los padres de Diane no tenían dinero para una casa de vacaciones, tenían amigos que los invitaban todos los años.
Diane tenía dieciocho años el verano en que conoció a Michael, cuando ella usaba bikini y los abdominales de Michael todavía estaban marcados. Él era divertido e inteligente, y a ella le gustaba que tuviera un incisivo ligeramente superpuesto sobre el otro. Él era alto y desgarbado, con orejas grandes como un conejo amistoso, y sus ojos eran buenos. Además, tenía un gran bulto debajo del pantalón, cosa que no debería haber sido tan importante para ella, aunque no podía evitar sentirse tímidamente orgullosa de semejante atributo.
El sendero hace una curva, y los pinos llaman, las agujas plateadas por la luz del sol, los troncos ambarinos de savia. La cascada suena más cerca, la caída del agua sobre las rocas y las zambullidas de los cuerpos, que giran en el aire y se hunden. Las voces ascienden, del río al bosque y del bosque al cielo. Después termina la curva, el río es una cinta, el agua se ensancha. El sendero se bifurca e impone una opción: seguir la corriente del río o tomar la senda que lleva a la cima de la cascada.
Todo está como era entonces. No sabe por qué temía que las cosas hubieran cambiado. Un río no necesita mantenimiento. Lo único que necesita un río es que no lo contaminen, no le construyan una represa ni obstruyan su nacimiento. Este río ha estado aquí milenios y seguirá estando muchos milenios más.
Un grito que parece un canto, y un niño que cabalga el agua cascada abajo. La cascada no cae, exactamente. No corona un precipicio ni cae perfecta como en una postal. En cambio, el agua desciende rápida por una pendiente inclinada, de unos tres o cuatro pisos de altura. Los niños hacen eslalon de panza y de espaldas, ríen, gritan, cantan canciones. A lo largo de la orilla, el río es suave. En el medio, en cambio, es como un tobogán. Más de una vez Diane vio deslizarse corriente abajo a una chica y salir sin la parte de arriba de la bikini.
La cascada también es tramposa. El agua zigzaguea veloz y se arremolina y por eso no importa desde dónde saltes, no hay ninguna garantía de que no te arrastrará al medio, y por eso Diane nunca se le animó.
El chico que se arroja ahora es alto y de cabello largo. Hace eslalon, de culo y a los gritos, y corcovea corriente abajo. Sale a la superficie, sacude la melena y abandona el río. Sube por el sendero, un runrún de bermudas rosas y piernas flacas y peludas.
No es de aquí. Los hombres de aquí usan jeans cortados o se sacan los pantalones y nadan en calzoncillos. Las viseras de sus gorras están raídas, adornadas por un anzuelo de pesca. Sus bronceados son reales, sus Oakleys, falsos, y beben cerveza de latas que no están escondidas en bolsas de papel. Y para empezar, en estos lares los hombres no se visten de rosa.
Los vacacionistas son muy fáciles de detectar. No son ricos, pero tienen dinero, al menos lo suficiente para alquilar una casa de veraneo o alojarse en el Blackstone Inn. Sus bermudas son estampadas o a cuadros o tienen bordado el logo de Corona. Son pulcros, bien afeitados, los pechos depilados. Sus bronceados son falsos. Sus Oakleys son originales.
Pero las diferencias son cada vez más borrosas. Hipsters y chetos con rastas que se hacen los hippies. Mucho jean. Mucha cerveza PBR.
Cuando conoció a Michael lo tomó por un lugareño, antes de enterarse de que sus padres enseñaban en Cornell. Michael no hablaba como alguien que tiene dinero, lo cual equivale a decir que no hablaba como Diane, a los dieciocho años, suponía que hablaba la gente que tenía dinero. Hablaba como ella. La amaba, y con el tiempo ella también lo amó.
En el agua una mujer nada con una bebé. Le sopla en la cara, la sumerge y enseguida la saca. La bebé ríe sin parar. La mujer estrecha a la bebé contra su pecho y la bebé se queda ahí pegada, el agua corre por sus mejillas.
Diane se da vuelta pero Michael ya está subiendo la senda.
—Michael —llama.
Te amo, tendría que decir. Te perdono el dolor que me has causado estas seis semanas. Ahora vuelve, toma mi mano y vayamos juntos río abajo. Tendría que decir esto, pero no lo dirá. No lo dirá porque lo que más necesita es escuchar esas palabras de boca de Michael.
En cambio dice:
—Cuidado con la cabeza.
Al final de la senda Michael se saca la remera. Todavía está en forma salvo los abdominales, tiene el pecho marcado, las tetillas respingadas como arvejas. A ella le gustan las partes de él que sobresalen, las orejas demasiando grandes, la nuez de Adán y las clavículas. Richard sigue a Michael senda arriba y Diane se saca los zapatos y entra en el agua debajo de la cascada.
La madre recoge agua entre sus manos y la deja caer sobre la cabeza de su hija. Canta. Una canción que Diane no conoce. Habla de un arroyo, de arcilla roja, del sol en el fondo del mar. La bebé arrulla y la madre se baja la parte superior de la malla. Después la bebé toma el pecho y la madre cierra los ojos. Dicha.
Diane sabe que no hay que tocar a un bebé sin preguntar antes, pero la bebé la llama, parece arrojar lazos de luz desde la coronilla de su cabeza de lactante, que la atraen. Y de pronto Diane está junto a ellas, de pronto extiende la mano, de pronto toca con dos dedos el tierno cuero cabelludo. Dedos a cabeza y cabeza a pecho, una corriente le sube por el brazo y llega a su vientre, las cuatro son brevemente magníficamente uno.
—¿De cuánto estás? —pregunta la madre abriendo los ojos.
La cara de Diane debe haberla delatado, porque la madre le pone una mano en el brazo y la pellizca con suavidad.
—Lo siento, todavía no se lo has dicho a nadie.
—No —dice Diane—. No hay problema. Sólo que… ¿cómo te diste cuenta?
Arriba, los chicos gritan de alegría y desafían a la cascada.
—No se te nota —dice la mujer—. Una madre puede darse cuenta, a veces. La semana pasada me equivoqué. Esa fue la fila más larga que hice en Piggly Wiggly en toda mi vida.
Diane se ríe. Quiere abrazar a esa extraña. Quiere tener en brazos a la bebé. Diane y esta madre podrían criar juntas a sus hijas, libres de hombres demandantes y de las trampas del amor romántico. Algunas hembras del reino animal seguramente lo hacen, despachan a los machos una vez cumplida su misión.
Ah, pero ella extrañaría a Michael. Claro que sí. Esos dientes encimados. Su habilidad para encontrar los llaveros que ella siempre deja en cualquier parte. Cómo, cuando ella llora, la abraza todo el tiempo que necesita sin preguntar jamás por qué.
La bebé se quedó dormida en el pecho de su madre, la leche le corre por la mejilla. La madre vadea el río hasta la orilla del frente y se sienta en una lona, con la bebé en brazos. Al rato se da cuenta de que tiene el pecho al aire y se sube la malla. Saluda a Diane con la mano, pero el saludo no es una invitación a reunirse con ellas y Diane regresa al pie de la cascada.
Otros siguen el sendero, surgen de los árboles y se paran en la orilla. Allá arriba los nadadores esperan su turno en la cima de la cascada, Michael y Richard entre ellos.
Antes de venir, Diane se preguntó si tendrían el río para ellos solos, si la noticia del niño ahogado desalentaría a los visitantes o haría que los lugareños se quedaran en sus casas. Pero eso es lo que hace la muerte: te recuerda que estás vivo. El mundo sigue girando y los que siguen con vida continúan arriesgándola. Si los Starling no hubieran estado en el lago cuando sucedió, el niño ahogado tendría tanto peso para ellos como el titular del diario donde se publicó la noticia esta mañana. Lo que ocurrió sólo duele porque lo vieron. Pero esas cosas suceden todos los días.
¿Diane había hablado con el niño? No. Pero podía imaginar su cara, su cabeza rapada y sus ojos azules.
Se desliza bajo la superficie del agua, donde la cascada estalla en un rugido. Se mira la mano. El anillo podría escurrirse de su dedo con facilidad. Hace girar su alianza, pero no tironea. Se para y su esposo la llama, algo en su expresión le recuerda a un niño que necesita que lo miren.
La semana que se conocieron, nadaron aquí. Ella miraba a Michael allá arriba, la luz atrapada en su cabello, la luz bruñéndole las piernas, la luz cayendo con él a toda velocidad cascada abajo. Tenía mariposas en el estómago ese día, el corazón palpitante de deseo. Qué jóvenes eran, las espaldas con espinillas, la piel suave. Cuando lo vio cabalgar la cascada supo que esa noche se acostaría con él.
Pero eso fue hace quince años. A los treinta y tres, Michael tiene mucho menos cabello en la cabeza para que se enrede la luz, y el vello dorado de sus piernas se ha vuelto negro y áspero, como de alambre. Michael se agacha, aprehensivo en el borde del agua, su estatura de dios consumida por completo.
Siéntate, piensa ella. Siéntate antes de que resbales y vuelvas a partirte la cabeza.
Un par de adolescentes se tiran cascada abajo tomados de la mano, la chica en bikini y el chico con el pelo cortado a la taza. A medio camino la fuerza del agua los separa y vuelven a reunirse en el fondo. Se levantan riendo, bañados en espuma, otra vez de la mano.
Arriba, Richard se reúne con Michael. Se sienta, y el agua le pasa rozando los muslos.
Michael se levanta. Y se deja caer. Su bermuda se infla y la corriente lo arrastra. Alza los brazos buscando el cielo, como si le apuntaran con un arma. Después sigue cayendo, con Richard detrás. Michael se levanta del agua. Richard también se levanta, y Diane corre hacia ellos.
—Me duele el culo —dice Michael, frotándose la cola de las bermudas, la cintura—. Me duele en serio.
—Tal vez te lastimaste el coxis —dice Richard.
—No eres médico para hacer un diagnóstico —dice Michael.
Diane desliza la mano bajo la bermuda de Michael pero lo único que toca es carne.
—¿Te golpeaste la cabeza? —pregunta.
—No.
—¿Quieres volver al hospital?
—Ni loco.
El vendaje que Diane le puso en la frente en el estacionamiento del CVS sigue en su lugar. A través del plástico transparente, los puntos se ven secos.
—Está mucho mejor —dice Diane.
La herida no está mejor. Parece carne retorcida cosida con cordones de zapatos. La cicatriz será muy fea.
—Lo lamento por tu coxis —dice Diane, pero su esposo no se ríe. Está hablando con su padre.
—No puedo creer que te hayas animado a tirarte —dice Michael.
No sabe. No sabe que, cuando cayó, su padre estaba detrás de él, protegiéndolo. No sabe que su padre lo estuvo cuidando durante todo el camino.
Vadean las partes bajas del río y nadan en las partes hondas. Dejan que la corriente los lleve un kilómetro y medio, hasta donde el agua se ensancha en un bostezo y forma otra piscina. Poca gente conoce este lugar, lo cual lo convierte en un santuario para los lugareños. Más heladeritas con cerveza, menos ropa. Algunas personas chapotean y nadan. En la orilla del río, un niño de uno o dos años persigue desnudo a un lagarto con un palo.
Desde el agua, una escalera tallada en la roca asciende a un promontorio de piedra. Hombres y mujeres se tiran desde la cima. Hacen panzazos, tirabuzones y todos los otros trucos. Es mucho más seguro saltar aquí que en la cascada. El agua es más profunda y sólo se puede saltar de a uno por vez. La altura no es tanta, pero desde arriba parece un precipicio. La primera vez que vinieron, Diane saltó. Pero todavía no encuentra coraje para volver a hacerlo.
—Michael —dice. Pero él ya está subiendo la escalera, detrás de un niño con bóxers amarillos, una carita sonriente impresa en el trasero.
En la orilla, un hombre con jeans cortados, Michelob en mano, a horcajadas sobre una laja. Latas aplastadas todo alrededor. Es el padre del cazador de lagartos desnudo, adivina Diane, y del niño del bóxer amarillo.
Richard se acerca a ella. Es tan alto que el agua le llega a la cintura allí donde a ella le llega al pecho. Su suegro es pálido pero está en buena forma y sabe cuidar su aspecto, no le salen pelos de los agujeros de las orejas. A Diane le gustaría que Michael se pareciera a Richard cuando llegue a esa edad, suponiendo que Michael y ella sigan juntos cuarenta años más, cosa que, dadas las circunstancias, parece un poco exagerada.
—¿Michael está bien? —pregunta Richard.
Una niña salta seguida por su padre. Michael está por llegar a la cima de la escalera de piedra.
No, quiere decir Diane. Hace años que ya no es el mismo. Pero lo único que dice es:
—No lo sé.
En la orilla el lagarto se escapó y el niño, en cuatro patas, lo busca debajo de las piedras.
—Ustedes no tienen por qué quedarse —dice Richard—. Sé que Lisa quiere que se queden, pero lo más importante es que ustedes hagan sus cosas.
—No —dice Diane—. Quiero quedarme.
Anoche no quería. Hoy quiere. Quiere ver Christopher, Carolina del Norte, por última vez: el río, la cascada, el lago, la tierra, el pueblo. Quiere pintar una puesta del sol en el muelle. Ella no es Jake. Pero ama hacer arte. Y le gustaría hacer las paces con Michael. Y si eso puede suceder en algún lugar, es aquí.
Un llanto. El lagarto no aparece, el niño grita y corre hacia su padre. El hombre bebe un buen trago de su Michelob, apoya la mano sobre la cabeza del niño y, cuando lo toca, se acaban los gritos. El niño se sienta de piernas cruzadas en la roca, al lado de su padre, y después tira de su pene e inspecciona su prepucio con un nivel de intensidad característico de los procedimientos policiales que se ven por televisión.
—¿Crees que algún día ustedes querrán tener uno como ese? —pregunta Richard.
Las mujeres de su edad están acostumbradas a escuchar esa pregunta. ¿Por qué no tienes hijos? ¿Vas a tener hijos? ¿Cuándo vas a tener hijos? Amigos y colegas, extraños, la madre de Diane. Diane nunca entendió esa necesidad de saber quién quiere reproducirse y, si no quiere hacerlo, por qué. Pero viniendo de Richard, la pregunta es una sorpresa. De todas las personas que conoció en su vida, Richard es la más reservada. Sus estándares de decoro son de otra generación, y aunque a veces le parecen anticuados, y otras veces caprichosos, también le resultan admirables. No es de esos hombres que les preguntan a las mujeres si quieren tener hijos, y por unos segundos Diane se pregunta si Michael no se lo habrá dicho.
Su mano, bajo el agua, busca su cintura. A las diez semanas, lo que está dentro de ella mide unos milímetros. Ella lo vio. Tiene dedos en las manos y en los pies, uñas y pelo.
—Veremos —dice.
El niño de los bóxers amarillos salta, salpica por todas partes y emerge escupiendo agua. El hombre en la orilla silba y el niño más pequeño deja de autoexaminarse para ver cómo su hermano nada hacia ellos.
—Lo de ayer fue terrible —dice Richard.
Desvía la mirada, y la revelación cae como nieve sobre los hombros de Diane. Ese hombre callado y reservado necesita alguien con quien hablar. Bueno, ¿por qué no ella? Ella puede hablar con él. Pero no quiere hablar del niño.
—Sé que Michael está enojado por la venta de la casa, pero entiendo la decisión que tomaron —dice Diane, aunque no sabe qué la lleva a decir eso. Se siente una traidora por no tomar partido por su esposo. Además, no entiende el motivo de la venta. Tiene la costumbre de decir lo que cree que los otros quieren oír. Sabe que es así, y eso la preocupa. ¿Está desesperada por que la quieran o es como todo el mundo?
—Gracias —dice Richard—. Pero no sé si Michael me perdonará.
—Lo tomó por sorpresa, eso es todo. Michael se adaptará.
Michael no se adaptará. Su esposo puede guardar rencor durante siglos.
En la orilla, el padre se levanta. Termina su cerveza de un trago y saca algo del bolsillo. Ese algo resulta ser una bolsa de plástico que abre de un sacudón y llena con las latas de cerveza desparramadas por el suelo.
Diane no está acostumbrada a mantener conversaciones largas con su suegro. ¿De qué hablan los físicos matemáticos?
—Eso del multiverso —dice—. Una vez dijiste que todas las combinaciones de cosas que podrían ocurrir están ocurriendo en simultáneo.
—Es sólo una teoría —dice Richard—. Soy escéptico.
Verdadera o no, es una idea que a Diane le gusta y en la que piensa muchísimo. Los días malos se consuela pensando que, en algún lugar, ella es feliz. En algún lugar no hay deudas y Michael es siempre amoroso. En algún lugar tienen un bebé y ella jamás duda del amor de su marido.
Arriba, Michael ha llegado a la cima del promontorio. Se para en un pie, estilo grulla, los brazos en alto. Quiere hacerla reír y Diane se ríe.
—¿Te sientes bien, querida? —dice Richard—. Estás temblando.
—Me siento bien —dice ella—. Fue un escalofrío.
Fue más que un escalofrío. Está triste. También esperanzada, entusiasmada, fascinada, asustada. Va a ser madre. Con o sin Michael, traerá una nueva vida al mundo.
—¡Bomba! —grita su esposo.
Un remolino de brazos y piernas y Michael está en el aire.
Diane acuna la promesa en su vientre.
Con el mentón en las rodillas y las rodillas en el pecho, Michael se aferra los tobillos. Por un segundo parece levitar. Después, con la potencia de una bala de cañón, cae al agua.
14
Antoine’s es uno entre varios edificios amontonados en una cuadra ajetreada y con parquímetros, en Asheville. Las fachadas de los comercios están todas pintadas de colores pastel. Una cigarrería. Una tienda de delicatessen, restaurantes con pizarras en la vereda que anuncian las especialidades para el almuerzo y el trago de la casa. De todos los restaurantes, Antoine’s es el más descuidado. La última mano de pintura color durazno está descascarada y debajo asoman manchones verdosos.
Thad imagina una clientela joven, los brazos grafiteados, los lóbulos de las orejas perforados, pero, adentro, todos van de saco y corbata. Este no es lugar para tatuajes. Es un lugar para almuerzos de trabajo y tarjetas de crédito corporativas.
Jake lleva el blazer de terciopelo aplastado color negro que usa en las inauguraciones y en las cenas con coleccionistas. Es un saco llamativo. Es una bomba, el tipo de saco con el que sueña un chico gay, un sueño salido de su primera incursión en John Varvatos, o de haberse probado su primer traje en Brooks Brothers. En cierto sentido, Jake nunca superó ese sueño.
Thad no tenía ropa para la ocasión y, una hora antes, en las afueras de Asheville, Jake enfiló su auto alquilado hacia la playa de estacionamiento de JCPenney.
—Tenemos que estar lindos —dijo Jake; cuando usa el plural en estas circunstancias no se refiere a ambos, sino a Thad.
En la tienda, Jake tomó unos pantalones kaki y un blazer gris de un perchero. Thad se los probó. El blazer era grueso y lanudo. Los pantalones tenían pinzas.
—Parezco un sepulturero —dijo Thad.
—Te queda perfecto —dijo Jake, y volvió a concentrarse en la pantalla de su celular. Toda la mañana habían sonado los mensajes de texto para decidir cuándo y dónde encontrarse.
En la caja, el empleado les prestó unas tijeras y Jake cortó las etiquetas de la ropa nueva de Thad. Las zapatillas de Thad no combinaban, pero no había tiempo. A Jake le importan las apariencias, pero mucho más le importa la puntualidad.
Ahora Jake cruza el restaurante a grandes zancadas, los zapatos lustrosos, los gemelos relucientes, el cabello brillante, y Thad no sabe si Jake quiso ponerlo lindo o si, por el contrario, le eligió una ropa tan apagada y anodina para que los ojos de Marco nunca se apartaran de él.
La encargada los acompaña hasta una puerta que da a un patio. Afuera hace calor y no hay sombrillas, sólo una pérgola, con hiedra trepadora. Hay una pareja sentada a una mesa, la chica es alta, pálida y flaca, el hombre un latino de camisa roja y cabello oscuro. El hombre se levanta.
—¡Jacob! —dice.
La chica no se levanta, pero es tan alta y su postura es tan elegante que parece que estuviera parada.
Al igual que Thad, Jake parece sorprendido de ver a la chica. Por un momento detiene el paso, pero enseguida cae en brazos de Marco. Tratándose de Jake, los abrazos largos no significan nada; pero este no es un abrazo largo, lo cual significa todo: restricción en la brevedad, premeditación en el apartarse. La mano de Marco busca la solapa de Jake y la recorre con el pulgar.
—Este vejestorio —dice Marco.
—Frank me obliga a usarlo —dice Jake.
En realidad, hace años que Frank intenta convencer a Jake de que se deshaga de ese saco. Pero la mentira es inteligente: elusiva y presuntuosa a la vez. Jake acaba de confirmar el lugar que ocupa en el mundo del arte junto con su desdén obligatorio por ese mundo. Que Thad sepa, este es el objetivo de todos los amigos pintores de Jake: llegar tan alto como para poder despreciar todo lo que antes se morían por tener.
—¿Y cómo anda el viejo Frank? —pregunta Marco.
—Frank anda bien —dice Jake—. Te presento a Thad.
Marco le estrecha la mano y Thad entiende el atractivo de ese hombre. Su tacto es suave. Su mandíbula es fuerte. Tiene el cabello peinado hacia atrás, el cuello de la camisa abierto, el pecho depilado. Sus mangas luchan por contener los músculos de sus brazos. Es un espécimen impresionante, en todos los aspectos que Thad esperaba, excepto en uno, que es crucial. El hombre que está parado frente a él es un modelo de J.Crew: afeitado, empresarial, inofensivo. Ese elemento de peligro, de excitación, que convirtió a Marco en ídolo en la escuela de bellas artes desapareció hace tiempo. Aunque para Jake quizás siempre será el Marco joven, tal como Jake siempre será el chico tímido de blazer negro para Thad.
Thad conoció a Jake una noche de abril hace dos años. Una noche fría, con lluvia inminente. Thad caminaba sin ganas por Chelsea. Le quedaba poco dinero, estaba exhausto, no tenía marihuana. Se dirigía a un micrófono abierto de poesía donde esperaba conseguir un porro o alguien con quien pasar la noche, preferiblemente las dos cosas. Le quedaba un mes de alquiler y después tendría que volver a Ithaca. Mejor admitir la derrota y regresar a casa que morirse de hambre. Entonces, a través de la ancha vidriera de una galería, Thad lo vio. Un chico de veinticuatro años flotando en un mar de trajes. El chico llevaba un saco de terciopelo, con una rosa en el ojal. Tenía el pelo revuelto, los ojos enormes. Cuando el chico se movía la multitud se abría, y Thad comprendió que todas esas personas estaban ahí por él. ¿Quién era ese chico, y por qué lo idolatraban? Después empezó a llover y Thad entró a la galería para averiguarlo.
Marco estrecha la mano de Thad durante demasiado tiempo.
—Encantado de conocerte —dice Marco, y Thad asiente. Ese tipo no le gusta.
La chica de la mesa no se levanta. Tiene un vestido negro corto, las piernas cruzadas.
—Mi novia —dice Marco—. Amelia.
Y de golpe a Thad le encanta Marco.
Jake mira a Amelia, después a Marco. Thad ve que está impactado, pero Jake no pierde la compostura.
Se sientan. Hay platos y cubiertos para cuatro y una jarra sobre la mesa. La jarra reluce, adentro flota una rodaja. Amelia sirve una copa para cada uno. La copa de Thad se desborda y una gota se desliza y humedece el mantel.
—Perdón —dice Amelia, y hay algo de seducción en su manera de acercarse para limpiar la copa de Thad con su servilleta, en su manera de mirarlo.
En la secundaria Thad estuvo con dos chicas. Dejó a una llorando y a la otra perpleja. “Creo que te amo”, dijo la primera. La segunda dijo: “Creo que podrías ser gay”.
Amelia parece lo suficientemente joven para ser una de esas chicas, demasiado joven para salir con Marco. Se lleva la copa a la boca y bebe un sorbo.
Del otro lado de la mesa, Jake habla hasta por los codos. Thad está sentado entre Marco y Amelia, de modo que Jake no puede girar la cabeza sin que Thad interrumpa su campo visual, pero Jake encuentra la manera de esquivarlo, la mesa se prolonga en un golfo profundo como el espacio sideral. En el auto habían acordado que si Thad se sentía incómodo se irían, ¿pero cómo comunicárselo si ni siquiera puede entrar en su línea de visión?
Al fin, es Marco el que interrumpe a Jake.
—¿Y tú a qué te dedicas, Thad?
Hay olor a madreselva en el aire, y Thad siente que se avecina un estornudo. Carolina del Norte siempre lo hace estornudar.
—Oh, Thad no pinta —dice Jake.
—Me parece bien —dice Amelia, y apoya una mano en el hombro de Thad—. Yo tampoco pinto.
Una sarta de brazaletes circunda su brazo. Tiene letras en la muñeca, la palabra amor o paz en otro idioma, o caca, porque los tatuadores también tienen sentido del humor. Thad se alegra porque, a la edad de Amelia, no creyó en nada con tanta fuerza como para hacérselo grabar en la piel. Quizás con el tiempo encontre algo, alguien a quien ame tanto como para entregarle su carne. A veces piensa que ese alguien podría ser Jake. Pero hoy no.
Estornuda.
—Salud —dice Amelia.
—Gracias —dice Thad. Bebe y la margarita es potente, y aprieta una lima entre los dientes. La mano de Amelia abandona su hombro.
—Vamos, hombre misterioso —dice Marco—. ¿A qué te dedicas?
Marco se desentiende de Jake. Su torso gira, las piernas abiertas, el tipo de lenguaje corporal que te asegura que tienes toda la atención de una persona. Al concentrar toda esa atención, sin fingimiento, Thad siente una punzada de nostalgia. ¿Hace cuánto tiempo que nadie lo mira así?
—Thad está escribiendo un libro —dice Jake, y ahora por fin lo mira. Los ojos de Jake son enormes. Le suplican a Thad que no lo haga quedar mal.
—Un libro —dice Marco—. ¡Qué maravilla! ¿De qué se trata?
—Oh —dice Jake—. No le gusta hablar del tema. La escritura es un proceso. Suena un poco pretencioso, lo sé, pero…
—Pájaros —dice Thad, pensando en el libro de su madre. Intentó leerlo una vez, pero el libro no es una introducción al avistamiento de aves. Es un texto para ornitólogos, que se ocupa de las sutilezas de la taxonomía de las aves —clase, orden, familia—, ese tipo de cosas, e incluye un capítulo entero sobre un pájaro llamado arañero, y hasta qué punto integra o no la familia de los trepadores. Thad leyó tres páginas antes de abandonarlo, aunque cuando era niño le gustaba abrir el libro por la mitad, y mirar el cuadernillo a color con páginas más brillosas que el resto. Le gustaban las ilustraciones de pájaros, los picos relucientes y las patitas flacas. Le gustaban los diagramas, la pluma de la cola o el ala marcada con un número romano vinculado a una lista lateral por una línea de puntos. Algunas noches, acostado en la cama, se imaginaba otra vez niño, un cowboy, lazo en mano. Montaba pájaros y los cabalgaba, las riendas eran líneas de puntos: Thaddeus, Rey de los Pájaros.
—Es un libro de poemas sobre pájaros —dice. En realidad, no es mala idea.
—No me digas —dice Amelia—. Marco pinta pájaros.
Todos miran a Marco para que lo confirme. Marco se encoge de hombros. Se lleva dos dedos a la cara y se rasca el mentón.
—Es verdad —dice.
—Ay, Dios mío —dice Amelia—. Marco, tendrías que hacer la tapa del libro.
—¡Por supuesto! —dice Thad. Está mirando a Jake—. Me encantaría que la hicieras.
Jake no lo fulmina con la mirada, pero revuelve la lengua adentro de la boca. Sonríe sin ganas.
—Sería un honor —dice Marco—. Pero me parece que tu editor querrá ver mi trabajo primero.
—No, no, no —dice Thad—. La tapa es tuya. Jake dice que eres genial, y confío en su opinión. De hecho, el editor es amigo de Jake, él los pondrá en contacto.
Si Jake fuera un dibujo animado, acabarían de aplastarle la cara con una sartén.
—Bueno —dice Marco—. Lo menos que puedo hacer es invitar el almuerzo.
Se inclina hacia adelante, los codos sobre la mesa. Sus ojos son luminosos, sus dientes grandes como Chiclets. Donde Marco tiene músculos, Thad tiene grasa. Donde el pecho de Thad se hunde en el centro, los pectorales de Marco sobresalen.
—Tu libro —dice Marco—. ¿Tiene título?
—Pájaro en mano —dice Thad.
Es el peor título que se le ocurre; sin embargo, Marco y Amelia sonríen. La mano de Amelia vuelve a su hombro, acompañada por un tintineo de brazaletes. No le molesta que lo toque, pero lo incomoda no saber qué significa ese gesto.
Llega el camarero y, por insistencia de Marco, todos excepto Amelia piden pez espada.
—Le tengo idea —dice. Y pide pollo.
—Amelia no come nada que nade —dice Marco.
Dos hombres trajeados eligen una mesa cercana. Cuelgan los sacos en los respaldos de las sillas y se aflojan las corbatas. Se sientan y encienden un cigarrillo.
El camarero reaparece con cuatro ensaladas César.
Amelia se mete un tenedor lleno de lechuga en la boca y Thad se pregunta si sabe de qué está hecha una ensalada César: el aliño, las anchoas. Quiere advertirla pero no quiere hacer una escena. Come su ensalada. Bebe su trago. Cuanto más cerca está del fondo de la copa, más fuerte se pone la margarita. Cuando apoya la copa sobre la mesa, Amelia se apresura a llenarla.
—Y tú, ¿a qué te dedicas? —pregunta Thad.
Amelia levanta la mano. Mastica. No tiene maquillaje ni lápiz labial que pueda correrse cuando se lleve la servilleta a la boca. Dobla la servilleta y vuelve a colocarla sobre su regazo. Sus modales son impecables.
—Estoy estudiando —dice—. En Western Carolina, pero podría pasar a Carolina del Norte, todo depende de qué carrera elija.
—Thad estudió literatura inglesa. En Cornell —dice Jake.
No agrega que Thad abandonó los estudios después del segundo año.
—Cornell —dice Amelia—. Sofisticado.
Escribir un libro, estudiar en Cornell. Thad quiere protestar. No es el chico becado que Jake pretende que sea. Sin Jake, Thad no tendría casa. Michael está en bancarrota. Ninguno de los hermanos ha visto un testamento y, que Thad sepa, el dinero de su madre irá a los pájaros y el dinero de su padre a Cornell o a la NASA o a ese superacelerador de partículas en Suiza del que siempre habla. Sus padres reunieron su riqueza para nada, lo cual está muy bien para ellos, aunque no tan bien para los hijos de quienes se espera que hagan lo mismo.
—¿Te gustó Cornell? —pregunta Marco. Su cuerpo todavía dirigido hacia Thad.
Thad habla y Jake pone una expresión de dolor. No está acostumbrado a no ser el centro de atención. Este no es el almuerzo que esperaba.
—¿Y ustedes cómo se conocieron? —pregunta Thad.
Amelia se limpia la boca. Vuelve a doblar la servilleta y la deja sobre su regazo.
—Marco tenía una muestra en el centro de la ciudad —dice Amelia—, y mi profesora de Sociología del Arte nos llevó. Era puntaje extra. —Alarga la mano sobre la mesa y toma la de Marco—. Así lo llamo a veces. Mi pequeño puntaje extra.
Sueltan las manos y los brazaletes de Amelia rastrillan la mesa cuando retira la muñeca.
—¿Estás mostrando obra? —dice Jake.
Thad casi siente lástima de Jake. Esa desesperación por acaparar la conversación. Esa necesidad de asegurarse de que Marco está ahí por él. Si no es sexo lo que busca, es la certeza de que Marco sería suyo, si lo quisiera. Pero Marco no sería suyo si lo quisiera, pese a cualquier impresión que Jake haya tenido al sentarse a almorzar. Thad no es de los que leen los mensajes del celular de su novio, de modo que no tiene cómo saber si Marco le dio falsas esperanzas o Jake se envalentonó solo.
—Sí, Marco está mostrando obra —dice Amelia—. Marco es muy conocido aquí. Sus pinturas están en Zuzu’s, en el River Arts District, que es el lugar.
—No es Gallery East —dice Marco—. Pero está bien para Asheville.
—¿Bien? —dice Amelia. Levanta su copa y la encuentra vacía. Sacude la jarra de margarita y también la encuentra vacía—. Marco es demasiado modesto. Es un superéxito. Esperen a ver nuestra casa.
Marco no dice nada. Nuestra casa sobrevuela la mesa, un signo de exclamación.
—Me gustaría conocer su casa —dice Jake.
Amelia mira a Thad y el día vuelve a ponerse peligroso. Había decidido que ella le gustaba. Ahora ya no está tan seguro.
Amelia vuelve a levantar su copa. Vuelve a encontrarla vacía.
Jake mira a Marco. Marco mira a Thad. Thad mira a Amelia, y Amelia mira su copa vacía. Todos esperan una palabra de Thad. Pero esa palabra no llega porque, afortunadamente, en ese instante llega la comida.
Los platos golpean la mesa. Los vasos de agua vuelven a estar llenos. Los cuencos de la ensalada son retirados y Marco pide otra jarra de margaritas. Un teléfono reproduce los acordes iniciales de “Carolina In My Mind”, de James Taylor, y uno de los hombres de la mesa vecina se levanta para atender la llamada. Hay una puerta abierta y el hombre del teléfono la cruza. Dice algo sobre residuales y no para de repetirlo con énfasis. El otro hombre enciende otro cigarrillo. El cenicero de su mesa es un zigurat de colillas.
Un pescado de treinta dólares mira fijamente a Thad desde su plato. Tiene marcas de parrilla y la piel dorada. Una salsa lo abraza de un lado. Del otro lo acaricia una ensalada de hojas color púrpura. Algo lo eleva uno o dos milímetros y, encima de todo, lo cubre una crema del color de la melaza. Este pescado, dice Marco, es especial, un destacado de la escena culinaria de Asheville. Pero en Nueva York este tipo de cosas están por todas partes. Thad ha participado de más almuerzos de los que recuerda, más beneficios e inauguraciones como el “Peor es nada” de Jake, donde se sirven cosas muy parecidas a esta. Hoy por hoy, la comida que Thad anhela es simple: manteca de maní, budines envasados, sopa salida de la lata. La sola idea de levantar este pescado para ver qué chutney o qué tipo de maíz hay debajo lo aburre.
Podría devolver el pez espada y pedir algo que realmente desee comer, pero no lo hará. Thad es capaz de comer la comida fría antes que rechazar un plato o quejarse. Jake, por su parte, devuelve platos todo el tiempo.
Thad prueba un bocado y tiene gusto a azafrán, después a miel, después a vinagre balsámico, después a escabeche. Prueba otro bocado. Tal vez, Asheville no está tan mal.
—Maravilloso —dice Jake. Su pescado está partido por la mitad, el maíz morado que hay debajo —es maíz morado—, desparramado por el plato.
Marco sacude la mano delante de su cara.
—¿No les molesta ese humo?
A Thad no le molesta. Fumó cigarrillos durante muchos años. Sólo abandonó por Jake, que es muy sensible a los olores, sobre todo al humo del cigarrillo. Thad ve que los ojos de Jake están irritados. Oh, Dios. ¿Marco lo notó primero? ¿Marco era un novio mejor, más atento que Thad?
Marco se levanta y empuja su silla.
—Querido —dice Amelia—. Está bien.
—Sólo voy a hablar con él —dice Marco.
Marco se para y allí está la pasión que Thad esperaba, el magma que bulle bajo la roca. Pero Marco no está presumiendo para Amelia. Si Thad tuviera que apostar, apostaría que Marco está presumiendo por Jake. Si eso fuera verdad, esto no es un almuerzo. Es una guerra. Un torneo de hombres vanidosos, cada gesto, cada palabra es una manera de decir: no te necesito. Mira cuán lejos he llegado.
¿Cuánto tiempo demoró Marco en planear todo esto? Eso se pregunta Thad. La novia, el restaurante caro, la invitación a almorzar. Sin embargo, el fumador no es parte del plan. Marco quiere que Jake se ponga celoso, no lo quiere con los ojos llorosos y con ganas de irse.
En la otra mesa, el hombre del cigarrillo dice algo y Marco se le acerca más. Cuando vuelve a la mesa, el cigarrillo del hombre desapareció. Marco se sienta. Amelia revolea los ojos. Jake parece impresionado, y ese era precisamente el objetivo.
El otro hombre, que ya no habla por teléfono, se reúne con su amigo y los dos murmuran y miran de reojo a Marco. Marco sonríe satisfecho. Jake se lo come con los ojos.
Thad quiere irse a casa.
Se excusa, entra en el baño de hombres y llama al celular de Jake, pero Jake no atiende.
En el baño, textea Thad, ahora mismo, o tendrás que volver a casa solo.
Un minuto después, Jake empuja la puerta.
Thad quiere gritar. Quiere llorar. Quiere volver loco a Jake. Pero primero le dará otra oportunidad. Abre los brazos y atrae a Jake hacia sí. Le besa la mejilla, la oreja. Lo abraza fuerte. Todavía hay tiempo para perdonarlo todo.
—No hagamos esto —dice Thad. Jake intenta liberarse—. Por favor.
La única manera de escurrirse del abrazo de Thad es hacia abajo, pero, al deslizarse de sus brazos, Jake cae y golpea contra el piso del baño. Se le sube el saco, el cuello le roza las orejas. En el suelo parece pequeño, un niño tragado por la ropa de su padre.
—Confiesa que esto es más que un almuerzo —dice Thad.
—No te comportes como un niño —dice Jake. Se para. Va hacia el espejo y se alisa las solapas.
Bajo el espejo del baño hay dos piletas, y Thad se dirige a una de ellas. Abre la canilla y corre el agua. Las recoge en las manos. El agua está fría.
Jake se estudia en el espejo. Retira las ballenitas del cuello de su camisa y vuelve a colocarlas. El cuello queda más derecho, con las puntas bien marcadas.
—Mírame —dice Thad. Ya lo ha probado todo: la amabilidad, la comprensión, el respeto mutuo. Es hora de tirar la bomba.
Jake se arregla el cabello. Saca un resto de comida entre sus dientes.
—Mírame —vuelve a decir Thad. Y cuando Jake se da vuelta, Thad arroja el agua que tiene en las manos sobre Jake. Parece que Jake se meó encima.
Thad se seca las manos y sale del baño.
—Eres un niño —le grita Jake. Sigue gritando, pero Thad no lo escucha. La puerta ya se cerró.
15
El resplandor del hierro ilumina el cielo. La herradura se ensarta en la estaca, gira estrepitosa, y Richard sonríe.
Colina abajo, a mitad de camino entre el agua y la casa, hay una meseta, plana y rodeada por un muro de piedras para evitar la erosión. El muro es bajo, a la altura de la rodilla, un eco del rompeolas que sigue la curva de la costa. Todos los veranos Richard camina junto al muro, encuentra los hoyos ocultos en el pasto, después se arrodilla y afirma cada estaca con un poco de tierra. Las estacas son las reglamentarias: treinta y ocho centímetros de alto, ligeramente inclinadas, separadas por doce metros de distancia.
Las herraduras están oxidadas. Richard encontró una atrapada, una enredadera había crecido a través de los orificios destinados a los clavos y los cascos. La enredadera envolvía la herradura, una hélice rastrera, y Richard separó con suavidad el hierro de la planta, y después golpeó la herradura contra el muro para despegar óxido.
Un camión retumba a lo lejos. Se enciende una cortadora de césped. Los pájaros cantan.
De regreso de la cascada, Richard no esperaba que Michael lo acompañara a la colina, pero aquí están, herraduras en mano.
—Sumaste tres puntos, viejo —dice Michael. La venda se deslizó de la herida y la frente de Michael es una mancha color índigo. Acuna el vaso térmico que llevó consigo toda la mañana, de esos para viaje con tapa antiderrame, pero Richard jamás vio que lo llenara de café.
Abajo, las lanchas de la mañana han desaparecido. O encontraron el cuerpo o se dieron por vencidos y se dejaron llevar por la corriente hacia otro sector del lago.
Richard quiere decirle a su hijo que es valiente, que hizo lo mejor que pudo. Como si sirviera de algo. Michael jamás se perdonará por no haber actuado más rápido, buceado más profundo, así como los padres del niño jamás se perdonarán por los flotadores, así como la hija jamás se perdonará por haberse quedado dormida. Así como Richard jamás de los jamases se perdonará por haber acostado a su hija con un pato de peluche. El puñito de June. En el recuerdo, ella aferra para siempre la pata de ese pato verde.
Pensaron que algún día se lo dirían a los chicos, después lo pensaron mejor. Michael y Thad no tenían por qué saber que tenían una hermana. ¿Por qué perturbarlos? ¿Por qué llamar a una niña a la vida sólo para hacerla desaparecer ante sus ojos?
Incluso ahora, June es un globo atado a la muñeca de Richard. Sobrevuela a sus espaldas, siempre fuera de la vista. Si él se da vuelta, ella se da vuelta con él. Pero siempre está allí, flotando en la periferia.
Richard se saca los anteojos. Limpia las lentes con la camisa. Una segunda herradura espera ser arrojada y la arroja.
El ruido hace callar a los pájaros. Otro ensarte perfecto.
Michael sacude la cabeza.
—¿Juegas en primera o qué?
Richard parpadea, sorprendido por su buena suerte.
—En serio —dice Michael—. ¿Vas a decirme que esta es la primera vez que jugaste a la herradura este año?
Así es, y Richard está perplejo. En sus mejores momentos, hacía un ensarte perfecto en uno cada ocho tiros, pero de eso hace veinte años. Richard viene perdiendo a muerte con Michael desde hace varios veranos.
Michael bebe un sorbo de su vaso. Dos herraduras esperan sobre el muro, pero no tiene apuro por lanzarlas.
Arriba, la casa está en silencio. Thad y Jake se fueron a Asheville, y Lisa no salió del dormitorio en todo el día. Richard podría ir a verla, pero su impulso es estar con su hijo. ¿Eso lo convierte en un buen padre o en un mal esposo?
No lo sabe. Lo único que sabe es que no se conoce tanto. Cuando June murió, los intentos de Lisa por ponerlo “en contacto con sus sentimientos” fueron un fracaso. Grupos de duelo, terapia de pareja, psicoterapia. En terapia, se sentaba en una silla en la otra punta de una habitación donde había un hombre sentado en otra silla, cada sesión un juego de batalla naval. Cuando el otro se acercaba, Richard movía sus naves. Jamás volvió a entrar en ese dormitorio, jamás volvió a mirar ese moisés.
Tendría que ir con Lisa. Tendría que subir la colina y consolar a su esposa. Pero el sol está alto y hay dos herraduras ensartadas en la estaca. Michael se ríe porque, contra todo lo esperable, su padre ya sumó seis puntos. Y su risa colma el corazón de Richard.
—Está bien, viejo —dice Michael—. Te vas al descenso.
Michael recoge las herraduras y se acerca a las piñas que marcan la línea de lanzamiento. Después sus ojos miran a lo lejos. Dos lanchas entraron en la bahía.
—Todavía está ahí —dice Michael.
—Vayamos a la casa —dice Richard. Le apoya una mano sobre el hombro e intenta reorientar la brújula de su hijo, pero el agua es un norte magnético que atrae a Michael. Salta el muro de piedra, corre colina abajo hacia el muelle y Richard lo sigue a paso lento.
La primera lancha es una de las de ayer, un oficial uniformado al timón. La segunda es marrón y roja, triplica a la otra en tamaño, un hombre en la proa y otros dos en la popa. Esos tres no llevan uniforme. Uno usa una remera con un estampado del Demonio de Tasmania de la Warner Brothers. El otro usa gorra y camiseta verde bosque. Los dos usan guantes de trabajo. El primer hombre hace girar una manivela, y un enorme garfio y una cadena descienden a la bahía. La cadena se desenrolla del medio de la lancha, como si saliera de una topadora amarilla.
Sumergido el garfio, la lancha circunda la bahía antes de anclar. Los hombres giran la manivela y la cadena se enrolla con un chirrido ensordecedor, los eslabones grandes como ruedas de tractor.
—Ay, Dios mío —dice Michael—. Lo están pescando.
La superficie del lago se rompe. La cadena arrastra algo. Lo que fue atrapado gira y chorrea.
No es un cuerpo, es una puerta de heladera cubierta de algas y barro. Cuelga un instante antes de que el garfio se abra y la puerta vuelva a caer al lago.
Richard esperaba ver una red, alguna clase de pala. No estaba preparado para ver un garfio de tres pinzas. La lógica, por supuesto, es evidente. El lecho del lago debe ser una maraña de basura y troncos. Con sólo una pasada, cualquier red quedaría reducida a hilachas. Pero un garfio.
—Vamos —dice. No puede mirar esto.
Se da vuelta y ve que su hijo está sonriendo. ¿Por qué sonríe Michael?
—Estaba pensando en ese chiste que nos contabas cuando éramos chicos. Ese chiste malo, malísimo.
—Hijo —dice Richard.
—No, no te vayas. El chiste decía así: “¿Cuál es el colmo de una minidraga?” —Michael hace una pausa, tal vez por énfasis o porque está buscando el remate, difícil saberlo.
—Dragar un dragón de un lago —dice Richard.
—Dragar un dragón de un lago —dice Michael.
—¿Por qué no vamos adentro? —dice Richard. Michael está pálido. Hace mucho calor.
—Así hablan los que tienen miedo de perder al juego de la herradura —dice Michael. Y suben la colina. La cadena se sumerge en el agua a sus espaldas.
Arriba, Diane los está esperando. Viste un solero blanco con espirales grises y verdes. Está sentada en el muro de piedra, los tobillos cruzados. Sus piernas son largas y sus sandalias tocan el pasto. Le ofrece una mano a Richard y él la toma, y pasa por arriba del muro.
Michael y Diane no se miran. Debo estar imaginando, piensa Richard, pero cuanto más observa la escena, más claro se vuelve todo. Algo pasa con estos dos.
—Traje agua —dice Diane. Sobre el muro, unos vasos de plástico transpiran al sol. Richard toma uno y bebe.
—Lisa ya se levantó —dice Diane.
—Voy a verla —dice Richard.
—Está en la bañera —dice Diane—. Al menos, escuché correr el agua durante un buen rato.
—Mamá está bien —dice Michael—. ¿No podemos terminar un maldito juego?
Richard no comprende el cambio de humor de Michael. En el muelle contó un chiste. En presencia de Diane su cara expresa furia.
—¿Te duele? —pregunta Diane.
Estira la mano hacia la venda y Michael retrocede. Tiene una herradura en la mano, pero parece decidido a no arrojarla hasta que Diane se haya ido.
—¿Esas lanchas están haciendo lo que creo que están haciendo? —pregunta.
Richard asiente. Espera que no haya visto el garfio. Desearía poder decir algunas palabras sabias, algo para consolarlos, pero no se le ocurre nada.
Del otro lado de la bahía, los perros llenan el aire con sus lamentos.
—Voy a subir —dice Diane—. Bajaré a avisarte si Lisa te necesita.
Se aleja unos pasos, pero después regresa y abraza a Michael. Él no suelta la herradura, tampoco la abraza. Diane apoya la mejilla sobre su pecho. Permanece así un rato, después le besa el hombro y se va.
Cuando llega a la cima de la colina, recién entonces, Michael mira a su padre.
—¿Qué carajo fue eso? —dice Richard.
—¿Qué carajo qué?
Michael vuelve a llevarse el vaso térmico a la boca. Bebe un sorbo, lo deja y después bebe del vaso de plástico.
—Sé que estás perturbado por lo del niño. Sé que estás triste. Pero no te la agarres con tu esposa.
La mirada de furia con que Michael fulminó a Diane vuelve a sus ojos, pero no dice nada. En cambio, se posiciona en la línea de lanzamiento, retrocede unos pasos, avanza, y lanza la herradura. Por un segundo parece que la U pasará de largo sobre la estaca, pero sólo por un segundo. En el ápice, la herradura corona la estaca de acero y se desliza hacia abajo.
Richard aúlla. Tres ensartes perfectos seguidos.
—Volviste a tres —dice Michael—. ¿Quieres ver si te mando a cero?
Mira la estaca. No quiere mirar a Richard.
—Habla conmigo, hijo. —Quiere tocar a su hijo, pero algo se lo impide—. Siéntate.
Michael frunce el ceño.
—Soy tu padre —dice Richard—. Siéntate.
Michael hace lo que le dice. Con las piernas cruzadas sobre el muro parece listo para meditar, si se meditara con el ceño fruncido.
Richard se sienta a su lado. El muro es calcáreo, las piedras están pegadas con cemento de secado rápido. Él mismo lo construyó, hace años. Cuando era joven no permitía que nadie metiera mano en su casa, cambiara sus neumáticos o el aceite del motor. Después llegaron la titularidad, las investigaciones, las becas, y el tiempo se volvió más valioso que ahorrar dinero en tareas menores. En la hora que le llevaba cortar el césped podía redactar el proyecto para una beca que le reportaría medio millón de dólares a su cátedra. Pero esa parte de su vida terminó. No más estipendios. No más fondos para viajes ni concursos de investigación. No más pedidos de presupuesto para tecnología. Richard está retirado. De aquí en más, la vida será un largo año sabático sin financiamiento.
—Me imagino que sabrás —dice— que tu madre y yo también tuvimos problemas.
—¿Perdón?
Una libélula aterriza sobre la pierna de Richard. Despega.
—Diane y tú. No parecen ser felices.
Michael suspira.
—Estamos en un momento difícil. Ocurrió algo que no puedo comentar.
Richard lo sospecha, no, lo sabe. Está seguro de que sabe lo que hizo su hijo.
—Michael —dice—, no estás solo en esto.
—Nos prometimos que no tendríamos… no queríamos…
Michael mueve la mano y su vaso térmico cae al suelo. Descruza las piernas y lo recoge. Bebe un sorbo. Ahora está encorvado, los pies sobre el pasto.
Richard se endereza.
—Sé que parece que todo terminó, pero no tiene por qué terminar.
—Yo amo a Diane, pero… En realidad no tendría que hablar de esto.
—Está bien —dice Richard. Siente vergüenza, pero puede decirlo. Son dos hombres que han cometido el mismo error. Michael entenderá—. Yo también tuve una aventura.
Michael gira la cabeza hacia su padre, pero lentamente. Como si la cabeza hubiera sido cortada y apoyada en el centro de una bandeja giratoria que girara a un cuarto de revoluciones, a una velocidad destinada a llevar al límite la agonía del padre que debe enfrentar la desaprobación del hijo.
Richard calculó mal, se equivocó fiero.
—¿También? —dice Michael—. ¿Engañaste a mamá?
—Hubo una mujer…
—Ay, Dios mío.
—Otra profesora.
—Ay, Dios mío.
—Cometí un error.
—Y tú pensaste que yo…
—Michael —dice Richard—, por favor, baja la voz.
Michael deja el vaso y se agarra las rodillas, su cabeza cae.
—No quiero saber. No quiero escucharlo y definitivamente no quiero saberlo.
—Lo siento —dice Richard—. Pensé que…
—¿Pensaste que le metía los cuernos a mi esposa? Yo jamás haría eso, papá. No soy esa clase de hombre.
Michael levanta la cabeza y busca la cara de su padre.
—¿Cómo es posible que tú seas esa clase de hombre?
Su hijo piensa que es mejor que él. Su hijo con un vaso térmico lleno de aguardiente y una montaña de deudas piensa que es mejor que el padre que cometió un error.
Michael pasa la mano sobre el muro de piedra. Encuentra una piedra floja y la saca.
—¿Mamá sabe?
—A veces pienso que sabe, aunque no sé cómo podría.
Richard mira las ventanas de la casa allá arriba, pero no hay señales de Lisa. Tendría que haber ido con ella. Tendría que estar con su esposa.
—Ojalá no me lo hubieras dicho —dice Michael.
Ahora sostiene la piedra con las dos manos. Vuelve a colocarla en su lugar, la empuja, fuerte, y Richard recuerda las semanas que pasó construyendo ese muro. ¿Pero qué importancia tiene ahora? Lo más probable es que lo tiren abajo la semana que viene.
—Primero Thad —dice Michael—. Ahora tú.
—¿Thad? —dice Richard.
—Thad y Jake son abiertos.
—¿Abiertos?
—Abiertos. Se cogen a otros tipos.
—Ah —dice Richard—. ¿Thad te lo dijo?
Richard no es ningún ingenuo. Más de una generación lo separa de sus hijos y la gente joven hace las cosas de otra manera. Sólo que siempre pensó que Thad era anticuado.
Michael suelta la piedra. La argamasa se ha resquebrajado, y cuando pasa la mano caen guijarros y polvo al suelo.
—¿Thad te hizo una confidencia?
Michael asiente y Richard sacude la cabeza.
—No tendrías que habérmelo dicho —dice Richard.
—Tú tampoco tendrías que haberme dicho que tuviste una aventura.
—Eso es otra cosa —dice Richard, intentando no levantar la voz—. Yo te conté mi secreto. Tú tendrías que haber respetado la privacidad de tu hermano.
—Y tú tendrías que haber respetado a mamá y no cogerte a otras mujeres.
Mujer, quiere decir Richard. ¿Pero para qué? Michael está decidido a atacar cualquier cosa que diga.
Un ruido los hace girar la cabeza. En la bahía los hombres de la lancha maniobran la cadena gigante. El garfio rompe la superficie del agua y sale vacío.
—Tienes que ser mejor hermano —dice Richard—. Diane te ama, no lo olvides. ¿Quieres mi consejo? Sea lo que sea lo que te está pasando, no lo eches a perder. No tienes muchas cosas, pero la tienes a ella.
Richard se baja del muro. Le da la última herradura a Michael. No más palabras, sólo esto. La herradura espera en su mano. Después, una sola palabra:
—Arrójala.
La herradura ya no está en su mano y Michael se mueve rápido. No se toma su tiempo, no acomoda el disparo en la línea de lanzamiento. Pero el lanzamiento, cuando sucede, es incluso mejor que el primero. El primero fue el equivalente en baloncesto de un tiro de abuelita: subió y bajó y embocó la herradura por pura suerte. Este lanzamiento, en cambio, es vigoroso: un feroz vete a la mierda.
La herradura, ese símbolo milenario —la U para arriba trae suerte— recibe la luz del sol en su casco oxidado. Gira. Vuela como si fuera a hacer estallar la estaca.
Tres puntos en juego y los dos esperan. Esperan sin respirar ni parpadear. Esperan que el azar niegue o confirme una victoria.
16
En Bushwick, Marco pagaría tres mil dólares mensuales por el alquiler. Pero esto es Asheville. Jake calcula que Marco debe pagar mil quinientos como máximo. El departamento es de un blanco estéril: alfombra blanca, cielorraso blanco, paredes blancas. No crema, no cáscara de huevo. Blanco. Hace tiempo que Jake no ve un departamento con tanta alfombra y trata de imaginar a Marco pasando la aspiradora. Marco dice que hay tres dormitorios, pero las primeras dos puertas del pasillo están cerradas y no ofrece abrirlas. La tercera puerta da a un dormitorio impecable. Es una habitación enorme: tiene vestidor y cama king size.
—¿Quieren tomar algo? —dice Marco. Se desabrochó otro botón, su pecho depilado reluce. Está todavía en mejor forma que cuando ellos estaban juntos.
—Yo quiero un café —dice Jake. Mira sus pantalones. La mancha de agua ha desaparecido, pero se siente cohibido. Estuvo parado bajo el secamanos en el baño de Antoine’s hasta que se quemó.
Regresan a la sala. Un par de sofás, mullidos y blancos, una mesa ratona con tapa de vidrio metida entre ellos. Jake se quita el saco y lo deja doblado sobre el respaldo de un sofá, después se sienta. Thad se sienta junto a él, Amelia enfrente y Marco va a la cocina. Jake no puede evitar mirar a Thad, allí sentado, y después a Marco en la cocina. Thad no tiene el cuerpo esculpido como Marco, pero es lindo, todavía conserva un aire juvenil, tiene cara de niño. Jake lo quiere. De verdad.
Thad sonríe mientras habla de cosas triviales con Amelia. Lo que lo tenía tan tenso durante el almuerzo parece haberse esfumado. Jake le toma la mano y Thad no la retira.
En la cocina, Marco se hace notar mientras prepara el café; abre y cierra puertas de alacenas con manijas plateadas y despliega sobre la mesada varios paquetes de café, una moledora y una cafetera de émbolo.
Desde su sofá Amelia sonríe, sentada con sus largas piernas encogidas. Jake no sabe qué pensar de ella. Si de algo está seguro es de que Marco no es hétero. Le sorprendería que fuera bi. No su Marco. No el Marco que conoció en la escuela de bellas artes.
Amelia pregunta qué los trajo a la ciudad y Thad le cuenta sobre Lake Christopher, la casa de veraneo de sus padres, la última visita antes de cerrar la venta. Ella se pasa la mano por el pelo y ladea la cabeza, sus ojos tan insinuantes que Jake casi suelta una carcajada. A buen puerto vas por agua.
—La casa es un tráiler —dice Jake.
Thad le suelta la mano y Jake no sabe por qué dijo lo que dijo. ¿Qué lo impulsa a actuar de esta manera? ¿Qué lo hace ser malo?
—Mis padres viven en un tráiler —dice Amelia—. Muchísima gente vive así.
Thad se hunde en los almohadones del sofá y escruta el cielorraso. Jake mira hacia arriba, pero allí no hay nada. Sólo esa terminación tipo pochoclo resquebrajado, que usan los constructores demasiado perezosos para colocar el durlock sin que se vean las uniones.
—Debe ser duro —le dice Amelia a Thad—. Perder la casa familiar.
La conversación se vuelve un murmullo y Amelia descruza las piernas y se levanta.
—Querido —dice hacia la cocina—, ¿tomamos un poco de merca?
—No sé —dice Marco—. ¿Qué dicen nuestros invitados al respecto?
—A tus invitados les fascina la idea —dice Thad.
Jake está totalmente seguro de que Thad jamás tomó cocaína, y eso le hace entender que está en problemas. Thad no se calmó. Estaba esperando para devolver el golpe. Thad no quiere cocaína. Lo único que quiere es joder a Jake.
—¿Jake? —dice Marco—. ¿Te parece bien?
—Por supuesto —dice Jake. Está pensando en anuncios de servicios públicos, asambleas en la escuela secundaria, videos de huevos chisporroteando en una sartén. ¡Sólo tienes que decir que no! Pero es mucho más difícil decir no en la vida real.
En la cocina silba una pava.
Amelia sale y regresa enseguida con una caja de Boggle. Levanta la tapa y vuelca el contenido sobre la mesa ratona. Una bandeja plástica cuadriculada, un reloj de arena, varios dados con letras en lugar de números. Si jugaran al Boggle, Thad los haría pedazos a todos. Las palabras son lo suyo. Pero no están aquí para jugar juegos de mesa.
Amelia destapa con cuidado un extremo del reloj de arena y vierte la mitad del contenido sobre la mesa. Con la tapa de la caja forma montoncitos como hormigueros, después transforma los hormigueros en rayas, después desliza el dedo por la tapa y lo lame hasta dejarlo limpio.
Jake ha ido a fiestas en todos los rincones de todos los barrios, ha visto artistas esnifar, fumar, tragar o inyectarse todas las dogas que existen, y nunca, jamás de los jamases, ha visto que alguien se tomara tanto trabajo por un poco de cocaína. En serio, ¿quién se toma el trabajo de llenar un reloj de arena de Boggle con merca? ¿Por qué no guardan la droga en bolsitas, como hacen todos los drogones respetables?
—El que saque la letra más próxima a la A va primero —dice Amelia.
Thad toma un dado de la mesa y saca una Q.
Y, por fin, aquí llega Marco. Trae una bandeja de plata con cuatro tazas, una cremera y una azucarera. Las tazas son finas, de aspecto delicado. En el centro de la bandeja, la cafetera. El émbolo es dorado y, allí donde usualmente hay una esfera, una calavera les muestra los dientes, los ojos dos piedras semipreciosas.
Amelia hace lugar en la mesa y Marco apoya la bandeja.
—Thad sacó una Q —dice Amelia.
Marco se ríe. Se sienta. Arroja el dado.
Jake odia todo esto. La única vez que jaló cocaína, su corazón latía tan rápido que pensó que iba a morir, y no tiene ganas de volver a intentarlo. Mira a Thad para disuadirlo, pero Thad tiene los ojos clavados en el techo.
Jake dice que necesita ir al baño y desaparece por el pasillo. Pero no es un baño lo que busca. Necesita un lugar donde esconderse, aunque sea un minuto, sólo para calmarse y no llegar al extremo de no poder respirar. También, siente un poco de curiosidad.
Si le hubieran dado mil oportunidades de adivinarlo, Jake jamás podría haber predicho lo que hay detrás de la puerta número uno. Los pintores no cuelgan sus cuadros en sus casas, mucho menos crean minigalerías de su obra, pero eso es lo que hay detrás de la puerta: un altar dedicado a Marco. Todas las pinturas que Marco hizo en la escuela de bellas artes y que jamás se vendieron tapizan las paredes. Jake conoce esas pinturas. La serie de tauromaquia. Los acrílicos de cabras destripadas. El autorretrato en yodo y sangre. Es una obra brutal, mucho mejor de lo que Jake recordaba, pero no hay ni una sola pintura nueva.
La preferida de Jake es la más difícil de mirar, como suelen ser todas sus pinturas preferidas. Es de una serie que Marco empezó después de visitar un matadero. Una mescolanza de hocicos chorreantes, orejas de chancho tatuadas o etiquetadas, cascos de vaca atados con alambres, manchados de sangre. La autenticidad es difícil de fingir y la vieja obra de Marco hace que Jake desee ver la nueva. Tal vez haya vida después de Asheville. Tal vez alguien en Nueva York todavía esté dispuesto a representar a Marco.
Jake sale del cuarto y cierra la puerta. Viendo que nadie se acerca por el pasillo, abre la puerta siguiente y entra. Esta habitación tiene una ventana y buena luz natural; es un estudio. El piso está cubierto de telas, todas envueltas en fundas de almohada o apoyadas de cara a la pared. Dos caballetes le dan la espalda. Quiere ver un cuadro, echar un vistazo a esos pájaros que Marco está pintando, pero escucha una voz y sale.
Sigue por el pasillo hasta el dormitorio, entra en el baño principal y cierra la puerta con llave. El baño es lujoso: lavabos dobles, techos altos, ducha vidriada y jacuzzi.
Se sienta en el borde del jacuzzi y ahí está de vuelta, la sensación de no poder respirar.
¿Y si Marco es mejor pintor que él?
¿Y si Marco vuelve a Nueva York y la gente lo prefiere y las ventas de Jake se van a pique?
¿Y si Thad lo abandona? Ya está planeando su huida en uno de esos sillones blancos. Pronto Jake se quedará solo. Después, en bancarrota. Después sin casa. Las ratas le mordisquearán los dedos en la noche.
Va a vomitar. No, va a morir. Va a morir en el piso del baño de su exnovio mientras su novio y su exnovio toman cocaína. Sería un lindo artículo en el Times.
Va a un lavabo y se tira agua en la cara. Sobre el mármol, un jarro azul con el mapa de Carolina del Norte. Un par de cepillos de dientes dentro del jarro. Uno está nuevo, las cerdas compactas y uniformes. Las cerdas del otro parecen el cabello de alguien que acaba de levantarse de la cama. Jake no tiene la menor idea de cuál cepillo de dientes es el de Marco. Ya no está seguro de conocer a ese hombre.
El agua ayuda. Respira hondo. Se seca la cara con una toalla. Hay un botiquín; lo abre. Busca lubricante, medicamentos recetados —cualquier cosa que Marco pueda considerar privada—, pero sólo encuentra dentífrico, peines y cremas, lo de siempre. Encuentra hilo dental y se saca una espina de pez espada de entre los dientes.
Vuelve a la sala, donde ya han bajado el émbolo de la cafetera. Marco y Amelia beben sorbos de sus tazas. Jake se sienta y toma una. En un día normal, le pondría crema y azúcar al café, pero este no es un día normal. No sabe si sus manos temblorosas sobrevivirán al delicado ballet del azúcar y la cuchara, y se lleva la taza a los labios con las dos manos y bebe el café negro.
—La última raya es tuya —dice Marco.
La cocaína adorna la tapa de la mesa, blanca y gruesa como una oruga. Jake niega con la cabeza con toda la amabilidad que puede.
—Ah, vamos —dice Thad. Se acerca más y sus muslos se tocan. En el sofá de enfrente, Amelia está prácticamente sentada encima de Marco. Tiene la nariz blanca.
Junto a la caja de Boggle hay un sorbete verde de Starbucks y el reloj de arena está volcado. Jake toma el sorbete entre dos dedos, inclina la cabeza y se lo lleva a la nariz. Pero de pronto pasa algo —una corriente de aire—, y la boca de Thad está pegada a su oreja.
—Te perdono —susurra Thad—. Lo único que tenemos que hacer es irnos ahora mismo.
Una mitad de Jake quiere darse vuelta y abrazar al hombre que ama, salir de allí y continuar con sus vidas. La otra mitad, la mitad que odia los ultimátums, que odia la vergüenza —la mitad que susurra en su otro oído que el orgullo es superior al amor—, endereza su mano, pega una narina al sorbete e inhala.
Al principio no siente nada. Después, la nada es seguida por un zumbido, una electricidad que viene de adentro de su cabeza. Chispas, relámpagos. Su cerebro es una bobina de Tesla, la corriente baja por su garganta y electrifica su columna vertebral. Sus ojos son lamparitas, sus labios luces fluorescentes.
Busca a Thad, pero Thad se fue. En el otro sofá, Amelia y Marco se besan, cosa que es difícil de ver. Ver a Marco con una mujer es perturbador.
Entonces Thad regresa. Los pantalones de JCPenney que Jake le compró esta mañana han desaparecido. Sus bóxers son rojo brillante. Se desabotona la camisa y la deja caer al suelo.
—¿Estamos bien? —dice Marco—. ¿Estamos todos bien con esto?
—Yo estoy bien —dice Thad.
—Yo estoy genial —dice Amelia.
Esto no está bien. Esto no es lo que Jake quiere.
Palabras: alguien dice su nombre. Después Marco está en el sofá con él.
—Hagamos otra ronda, ¿sí? —dice Marco.
Marco sacude el reloj de arena y sale más cocaína. No se toma el trabajo de arrojar los dados ni de usar sorbetes ni de hacer rayas prolijas. Una cuchara sobresale de la azucarera que reposa sobre la bandeja de plata y Marco la toma. La limpia hasta sacarle brillo con el borde de la camisa, se toma un saque y le pasa la cucharita a Jake.
Del otro lado de la mesa, Amelia y Thad comparten el sofá. El vestido de Amelia está bajo hasta la cintura y su corpiño, si es que lo llevaba puesto, no está a la vista.
Sus pechos no son grandes sino largos, y Thad los levanta y los suelta de golpe. Le golpean las costillas, y parece que eso duele, pero Amelia se ríe.
A diferencia de Jake, Thad estuvo con chicas en la secundaria, de modo que no es la primera vez, pero Thad no es así. Esto es una actuación destinada a torturar a Jake.
No quiere más cocaína —su corazón ya está martillando en el pecho— y recoge apenas una capa que cubre la superficie de la cuchara. Inhala. Tose.
—Es el goteo posnasal —dice Marco—. A algunas personas les molesta más que a otras.
Después, las manos de Marco están sobre él, le amasan los hombros, le recorren la espalda. Las manos se sienten bien. Se sienten… familares. ¿Y a dónde fue a parar la camisa de Jake? No quiere ver a Thad y Amelia, pero tampoco quiere salir de ese sofá, no quiere que esas manos se detengan.
—Así —dice Amelia.
Se sostiene los pechos con las manos y después, asombrosamente, se mete un pezón en la boca, algo que Jake no sabía que las mujeres podían hacer. Amelia chupa su pezón durante unos segundos, y después baja el pecho reluciente de saliva. Levanta su otro pecho y lo sostiene, y Thad dirige su boca hacia el pezón. Capta la mirada de Jake. Tras un instante de vacilación, el pezón termina en la boca de Thad.
Maldita sea.
Jake vuelca el contenido del reloj de arena en la cuchara, una dosis grande, e inhala la cocaína. Y es buena. La cocaína es buena. Lo hace sentir bien. Su corazón es un metrónomo drogado.
—Eh, tranquilo —dice Marco—. Esta es de la mejor.
Sus manos bajan hacia el estómago de Jake, hacia su cinturón.
Jake piensa en su novio, pero Thad tiene la boca llena, los ojos cerrados en el otro sofá. El cinturón de Jake se abre y él también cierra los ojos. Se preparó durante semanas, imaginó todas las cosas que podían ocurrir ese día. Ningún escenario incluía a Amelia o la cocaína, pero no hay problema. Está bien. No permitirá que eso lo detenga. Sus pantalones están bajos. Está listo.
Salvo que su cuerpo no responde. Las manos de Marco se afanan y él la tiene blanda, cosa que jamás ocurre, no a Jake.
—La coca puede hacer este efecto —dice Marco—. Es fácil calentarse y difícil que se pare. Tengo Viagra, si necesitas.
Maldita sea. Jake tiene veintiséis años. Es bueno en la cama. No necesita una pastilla para que se le ponga dura.
Un ritmo baila en su cabeza y rastrea el tempo hasta un reloj blanco en la pared. En el otro sofá, Amelia tironea de los bóxers de Thad. Jake se libera de las manos de Marco y se sube los pantalones.
—¿Qué pasa? —dice Marco, la voz untuosa de preocupación que Jake quiere creer que es real.
Tantas cosas para decir se agolpan en su lengua.
¿Cómo explicar la necesidad de ser admirado, alabado, y el anhelo de no necesitar tanto esas cosas? ¿Cómo explicar el deseo de ser visto, no como él es, sino como quiere que lo vean?
¿Cómo explicar la desesperación, la paranoia, la vergüenza? ¡Tanta vergüenza! La calentura y la vergüenza por la calentura. Las sesiones de paja varias veces por día. Los tríos. Los cuartetos. Las veces con Thad, y las veces que Thad no se enteró. Los hombres lo buscan, hombres hermosos con jeans de marca y pelo de estrella de rock, pintores y hombres que quieren ser pintores y hombres que jamás serán pintores, pero todavía no lo saben.
¿Y cómo explicar lo que siente por Thad? Jake nunca pidió amar a un hombre, pero lo ama. Lo ama, ¿y ahora qué? ¿Qué puede hacer?
Deséame. Cógeme. Ámame.
Tal vez Marco sea igual, incluso Thad. Todos en el planeta Tierra ardiendo, estallando, desesperados por que los adoren. Tal vez Jake no es especial y quizás es eso lo que más lo asusta.
No hay palabras, no hay manera de comunicar esto, pero no importa porque Marco está parado y lo saca a la rastra del sofá y lo lleva por el pasillo hacia el dormitorio.
Se sientan a los pies de la cama de Marco. Las almohadas cubren la cabecera, más almohadas de las que pueden necesitar dos personas. La cama está cubierta por una colcha, y Jake conoce esa colcha. Una vez, borrachos, Marco y él discutieron si el color de la colcha era espuma de mar o verde, el tipo de discusión que tienen los estudiantes de arte cuando lo único que tienen para mostrar como obra realizada, hasta ese momento de sus vidas, son sus opiniones y su inflexibilidad.
Jake pasa la mano sobre la colcha. Las costuras trazan círculos y espirales, como creando un código Morse en la tela.
—La hizo mi abuela —dice Marco.
—De Puerto Rico —dice Jake—. Me acuerdo.
Todavía te amo, podría haber dicho.
Un sonido húmedo y como de carne que se choca llega al dormitorio desde la sala, y Marco se levanta y cierra la puerta. Entra en el baño y cuando sale tiene el torso desnudo. Su abdomen esculpido, los músculos marcados como huellas de neumáticos en el barro. En una mano, el jarro azul con el mapa de Carolina del Norte. En la otra, palma hacia arriba, una pastilla azul.
Jake acepta el jarro, la pastilla. Traga, bebe.
Aferra la colcha y clava la vista en su bragueta.
Marco se ríe y se tira en la cama junto a él.
—Esto no es “el increíble Hulk”. Lleva un tiempo.
—¿No es peligroso? ¿Mezclar Viagra con coca?
Jake intenta escuchar los ruidos del sexo, pero la puerta cerrada cumple su función.
—Mi último novio mezclaba todo el tiempo —dice Marco.
Novio. Jake no sabe preguntar con tacto, de modo que se limita a preguntar:
—Amelia. ¿Cómo es la cosa?
Marco se encoge de hombros.
—La chupa como los dioses.
Jake debe parecer pasmado, porque de pronto Marco le aferra el hombro y lo sacude con fuerza.
—Es una broma —dice Marco—. Dios santo. No lo sé. Conectamos. ¿Vas a decirme que nunca conectaste con alguien que no es tu tipo?
—Por supuesto —dice Jake—, pero eran hombres.
—Los hombres me siguen gustando, pero también me gusta ella. Es sexy y le encanta hablar de arte.
Jake quiere decir que las únicas personas que hablan de arte en Nueva York son precisamente aquellas con quienes no quieres hablar de arte. Los que hablan son los compradores, los fanfarrones, los estudiantes, los aspirantes a artistas. Cuando Jake se encuentra con sus amigos pintores de lo último que hablan es de arte.
—Amelia me hace acordar a ti —dice Marco —. No al de ahora, sino al de antes. Antes de que el éxito se te subiera a la cabeza —desliza dos dedos por el brazo de Jake—. Yo te amaba, ¿sabes?
Jake quiere sentir algo, pero las palabras de Marco suenan calculadas, ensayadas, y no puede distinguir si pretenden ser amables o crueles.
—Entonces, Amelia y tú, ¿qué son?
—Es lo que es —dice Marco—. No nos gusta etiquetar las cosas.
Eso hace reír a Jake. ¿Cuántas veces escuchó esa misma frase en boca de hombres casados que querían llevárselo a la cama?
—Nos divertimos —dice Marco—. Eso es todo.
¿Y eso es todo lo que Jake significa para Marco? ¿Diversión?
—¿De verdad me amabas? —pregunta Jake. Es más fácil que preguntar: ¿me sigues amando?
Marco exhala un suspiro que parece haber retenido en el pecho durante años.
—¿Quién sabe, Jacob? —dice. Y esa sílaba extra es un hachazo en el corazón de Jake.
La colcha abulta en sus manos. Más que sexo, lo que Jake quiere ahora es estar solo. La cocaína, que le aceleró el corazón, lo hace pensar lento. O es la pastilla azul que redirige la sangre que antes iba a su cerebro. Necesita pensar, pero su mente no funciona.
—No me puse celoso —dice Marco.
—¿Cómo?
Marco se levanta, camina de una punta a otra del dormitorio.
—Cuando Frank empezó a representarte, cuando vendiste todas esas pinturas, dijiste que yo estaba celoso. Pero yo no estaba celoso. Estaba feliz por ti. No me fui por eso.
Jake quiere saber. No quiere saber.
—¿Por qué te fuiste?
—Porque te cogías a todo el mundo, Jacob. Cada vez era la última. Cada vez prometías que no volverías a hacerlo.
—No fueron tantos —dice Jake.
—Spencer —dice Marco—. Roger.
—Nunca tuve sexo con Roger —dice Jake. Está seguro de que no. Está casi seguro.
—Clifton. Alan. Ned. Demetrius.
—Está bien. Ese tipo en la inauguración de Heather —dice Marco—. Tenía una argolla en la nariz. Una argolla en la nariz.
—Yo te amaba —dice Jake.
Marco vuelve a los pies de la cama. Se arrodilla.
—Yo creo que crees que me amabas —dice Marco—. Pero déjame decirte algo. Tú no sabes qué es el amor. Hay algo que está mal contigo. Algo roto. Tú no amas a nadie. Porque no puedes.
Marco le saca los pantalones a Jake, le saca los calzoncillos y Jake, a pesar de sí mismo, ve que la pastilla azul surtió efecto.
Querría decir tantas cosas, pero Marco lo hace callar.
—Basta de palabras —dice Marco—. Déjame hacer lo que tanto esperabas que hiciera.
17
En la cocina, unas zanahorias cortadas para la sopa rebalsan la tabla de madera. Sobre la hornalla espera una olla de agua, sin hervir. Sobre la mesada, una pirámide de cubitos de caldo, una cuchara de madera, una cebolla ceñida por su cáscara dorada. Diane desapila los cubitos, vuelve a apilarlos.
Sabe que no tiene que golpear la puerta. Lo que pasa en el baño no es asunto suyo. Pero incluso desde la cocina oye llorar a su suegra. Diane va a la puerta. Golpea.
O Lisa no la oye por el ruido del agua que corre, o Diane está siendo ignorada. Vuelve a golpear.
Diane comprende. Ella también es una persona reservada. Pero por más reservada que sea una persona, uno no puede dejarla llorando una hora seguida en la bañera. Lisa tiene que saber que no está sola, y si Richard hoy no se comporta como un marido, Diane hará lo imposible por comportarse como una hija.
Mueve el picaporte, la puerta no tiene llave.
—Lisa —llama—. Voy a entrar.
Adentro, el baño es condensación y niebla. Las canillas de bronce chorrean. Hasta la mochila del inodoro está empapada. El espejo sobre el lavabo tiene cuatro bombitas, pero dos están quemadas, y el baño tiene una luz de atardecer, una sensación de calma después de un día de lluvia. En algún lugar, detrás de una cortina de ducha que gotea, Lisa se baña.
La piel de Diane se enrojece. Sus mangas, por efecto de la humedad, se le pegan a los brazos. El agua deja de correr.
—¿Qué pasa? —dice Lisa.
—Soy yo —dice Diane—. ¿Estás bien?
—Estoy bien. Pasando un día en el spa. El vapor es bueno para los poros.
Diane asiente, pero la cortina de la ducha no le ofrece muchas pistas de lo que ocurre. Saca una toalla del toallero, la coloca doblada sobre la tapa húmeda del inodoro y se sienta. A su lado, una brecha entre la cortina y la pared revela los pies de Lisa y, sobre ellos, el metal plateado del grifo de la bañera. El plateado no combina con el bronce del lavabo y eso es lo que le encanta a Diane de este lugar, la casa es un revoltijo, cada cosa rota no es reemplazada, y con el tiempo nada combina con nada porque nada necesita combinar. Este no es un lugar para almorzar con colegas o recibir visitas. Esto es una casa de verano, un lugar para la familia. Los artefactos del baño chocan, pero hay armonía en la discordia.
Los dedos de los pies de Lisa se hunden en el agua. El grifo gotea.
Diane se muere por decir algo, cualquier cosa, pero tiene la fuerte impresión de que no es su turno de hablar.
—Ese niño —dice Lisa—. Esa familia.
Su pie emerge en el agua y los dedos, prensiles, aferran la canilla marcada C. El pie se retira en cuanto el agua empieza a correr, el vapor esquiva la cortina e invade el cuarto de baño. Debe haber algo en la bañera, sales o espuma de baño, porque hay un aroma a flores recién cortadas, eucaliptus, menta. Los dedos de los pies regresan y el chorro de agua se interrumpe.
Se quedan calladas; los únicos sonidos son el goteo del grifo y la respiración entrecortada y llorosa de Lisa.
—¿Quieres que te traiga algo? —pregunta Diane—. ¿Hay algo que…?
—Yo también perdí un hijo —dice Lisa. La cortina se abre, el extremo más lejano es empujado hacia un costado para que Diane pueda ver la cara de Lisa, los ojos hinchados y las mejillas surcadas de lágrimas—. Tuvimos una hija. Se llamaba June. Vivió un mes. Este verano habría cumplido treinta y cinco años.
Diane quiere acercarse a ella, abrazarla, pero la desnudez, la bañera, hacen que sea imposible.
—Lo siento mucho —dice—. Michael nunca me dijo.
—Michael no lo sabe.
Seguramente Diane escuchó mal. Este no es uno de esos secretos que se guardan durante treinta y cinco años y después se le revelan a su nuera desde la bañera.
—Nunca les contamos a los chicos —dice Lisa. Recoge agua en el cuenco de las manos y la arroja sobre su cara—. Te preguntarás por qué no se lo dijimos. Te preguntarás por qué te lo digo ahora.
Diane está mareada. Transpira, hace demasiado calor en ese baño, el aire es irrespirable de tan denso.
—Richard quería decírselo —dice Lisa—, pero no nos pusimos de acuerdo sobre la edad. No puedes decirle a un niño que recién empieza a caminar que tuvo una hermana a la que jamás conocerá. No puedes decirle a un niño que los niños mueren. Por supuesto que puedes, si de poder se trata, pero es un riesgo desde el punto de vista del desarrollo, desde lo emocional. Entonces decidimos que lo haríamos cuando cumplieran siete años. Llegamos a ese acuerdo, basado en lo que leíamos. Sólo que cuando Michael cumplió los siete, Thad tenía cuatro, y no confiábamos en que Michael no se lo dijera. Cuando Thad cumplió siete, Michael tenía diez, y temimos haber esperado demasiado. Cuanto más temíamos y nos preocupábamos, más esperábamos, hasta que decírselo a los chicos se transformó en algo que en última instancia haríamos por nosotros antes que por ellos. De haber habido algún riesgo de que lo descubrieran por otra vía, hubiéramos dicho algo. Pero June nació en Georgia, y fue en Georgia donde murió. En Nueva York nadie sabía. Y así quisimos que fuera cuando dejamos atrás aquella vida.
A Diane le chorrea la nariz por el vapor, pero tiene miedo de mover un dedo, tiene miedo de romper el hechizo. Nunca dudó de que Lisa la quisiera, de esa manera obligatoria en que las madres quieren a las esposas y esposos de sus hijos, pero nunca habían sido particularmente cercanas. Pero esta revelación se parece mucho al amor.
—No hay un nombre para eso, ¿sabes? —dice Lisa—. Tenemos palabras para todo el resto: huérfano, viuda, viudo. Pero no hay una palabra para designar a la madre de un hijo que se va primero.
Diane saca un poco de papel del rollo. Se seca los ojos, la nariz. Es de esas personas que lloran cuando ven llorar a alguien.
—¿Tendríamos que habérselo contado a los chicos? —dice Lisa—. No lo sé. ¿Tendríamos que decírselo ahora? ¿Cómo saberlo? ¿Qué es más egoísta, decírselo ahora, cuando lo único que lograrás es entristecerlos, o callar la verdad porque no soportas volver a vivirla?
—Ninguna de las dos opciones es buena —dice Diane.
—Precisamente. Ninguna de las dos. No hay una manera correcta. La gente dice tienes que ir paso a paso, hacer duelo en este orden durante esta cantidad de tiempo; pero nadie te dice cómo. Nadie te dice cómo hacer el duelo.
Lisa se tira más agua en la cara. El vapor ha disminuido.
—No quiero que mis hijos sientan pena por mí. No quiero que me miren y vean a mamá que perdió una hija. Quiero que miren y vean a mamá. En Georgia, durante un año, en todos los lugares adonde iba la gente me preguntaba qué había pasado, me preguntaban si yo estaba bien. La madre de duelo, esa era yo. ¿Sabes cómo es eso, que una sola cosa te defina?
—No —dice Diane. Aunque sí sabe.
En los restaurantes o cuando camina por el barrio, Diane ve alumnos, alumnos y padres de alumnos, o personas que alguna vez fueron sus alumnos. Para ellos, ella no es Diane. Es la señora Maddox, la maestra de arte de la primaria. Para ellos, ella es plastilina y papel maché y pintar con los dedos. Es permiso para ir al baño y cuaderno de comunicaciones. Incluso para sus colegas, ella es la maestra de arte, lo que la convierte en la persona que supervisa los almuerzos, la que coordina los horarios del ómnibus, la que invariablemente recibe en su aula a los chicos ingobernables en las horas libres. Cada persona, cada aspecto de su trabajo, es un recordatorio de que vive en Texas, no en Nueva York, de que el sueño que abandonó hace años la define.
—La compasión es agotadora —dice Lisa—. Sé que suena terrible, pero hay días en que prefieres fingir que estás bien en vez de que todo el mundo finja en tu presencia. No es justo pedirle eso a otros, lo sé. ¿Y quién sabe si es saludable? Quién sabe qué es lo saludable. Miro esos programas, en las salas de espera, en los aeropuertos, veo toda esa gente que se siente obligada a decir lo que siente, todo lo que siente. A extraños. Por la televisión nacional. No podrás convencerme de que eso es saludable.
Un mechón de cabello, rizado por el vapor, cae sobre los ojos de Lisa y ella se lo retira de la cara.
—A veces imagino que June no es mi hija, como si fuera una vieja amiga a la que hace mucho tiempo que no veo. Lo último que supe de ella fue que estaba en Madagascar estudiando a los lémures. Le gustan los mangos y las castañas tostadas y su color preferido es un poco raro: verde amarillento. Tendría que llamarla, pienso. Después se me rompe el corazón porque, por unos minutos, me permití olvidar. Y ese olvido es fallar. Perder un hijo es pasar el resto de tu vida fallándole a ese hijo que perdiste.
Más papel higiénico. Más lágrimas. Diane siente los pantalones mojados por la humedad del asiento del inodoro a través de la toalla. Mira a Lisa. Lisa la mira. Y es como si un lazo, con nudos corredizos en los dos extremos, atara sus corazones. De ese lazo cuelgan fantasmas de niños junto a niños que aún no han nacido, los cuerpos se mecen tomados de las manos.
—La madre de ese niño —dice Lisa—. Jamás se perdonará. Nunca comprenderá que no fue su culpa.
Los pies de Diane dejan el piso. Sus rodillas encuentran su mentón y se hace una bola apretada sobre la tapa del inodoro.
La lista de cosas que haría por Michael es larga. Pero hay algo que no puede hacer. Sí, tenían un acuerdo cuando se casaron. Sí, ella lo prometió. Pero es un ser humano y los seres humanos tienen derecho a cambiar de opinión.
Nadie va a sacarle a su hijo. Nadie.
Y aunque ese cuarto de baño, y todo el dolor que contiene, le pertenecen a Lisa, Diane no puede reprimirse más. Tiene que hablar.
—Estoy embarazada —dice, y Lisa sonríe una sonrisa radiante.
Otra clase de llanto, nueva, llena el cuarto de baño.
—Hay algo más —dice Diane.
El resto será difícil de oír para Lisa. Los sentimientos de su hijo. La insinuación de Michael de no tener el bebé. No obstante, Diane lo confiesa todo.
Y ve cómo la cara de Lisa se desencaja.
18
A la mierda con Jake.
Se acabó. En lo que a Thad concierne, se terminó.
—Amorcito —dice Jake.
Thad no dijo una palabra durante el viaje de regreso en auto desde Asheville y tampoco habla ahora.
—Si alguien tiene que estar enojado soy yo —dice Jake—. Fuiste tú el que se los cogió a los dos.
Thad lamenta su venganza, mezquina y mediocre. Estar adentro de una mujer. Consensuado, sí, pero él usó a Amelia, usó su cuerpo para devolverle el golpe a Jake.
Lamenta la expresión de la cara de Jake cuando entró en la habitación. Lamenta cómo se miraron, Thad detrás de Amelia en el sofá, después saliendo, arrancándose el preservativo y masturbándose, cuatro movimientos rápidos del puño, y Jake fue el primero en desviar la mirada. Lamenta que Marco haya ido con él al sofá, lamenta haberse dejado acariciar y besar. Lamenta haber devuelto el beso.
Cosa que, para Jake, debe haber sido peor que verlo con Amelia. Es indudable que Jake todavía siente algo por Marco. Es indudable que eso era lo peor que Thad podía hacer. Y lo hizo. Y, todo el tiempo, nadie le hizo señas a Jake para que se sumara.
Terminamos, quiere decir Thad, pero la cena está lista y todos están en casa. Prefiere rumiar su enojo que iniciar un griterío.
—Habla conmigo —dice Jake—. Por favor.
Está suplicando, algo que Jake jamás hace.
Las paredes del dormitorio se vienen encima, claustrofóbicas con su falso revestimiento de madera típico de los setenta.
—No puedo creer que me hayas obligado a ponerme esto —dice Thad, sacándose la camisa de JCPenney. Va al baño a cambiarse de pantalón. No quiere que Jake lo vea ahora.
Ya cambiado, encuentra a Jake en la cama fingiendo dormir. La computadora de Jake está sobre la almohada de Thad. La computadora está cerrada. Thad se sienta en la cama y apoya la computadora, todavía caliente, sobre sus rodillas. Arranca la almohada donde Jake tiene apoyada la cabeza y la arroja al piso.
—Estaba durmiendo —dice Jake.
—Si abro esta computadora, ¿voy a encontrar porno?
Jake no tiene respuesta y Thad abre la computadora. Jake se incorpora en la cama y la sábana cae hasta su cintura. Tiene el torso desnudo.
—¿Cuál es tu contraseña? —dice Thad.
Jake acaricia la sábana sobre sus muslos.
—Voy a hacer pedazos esta computadora, te lo juro por Dios.
—Tu cumpleaños —dice Jake, lo cual sorprende a Thad. Si no estuviera tan furioso, sería un momento dulce.
Tipea la fecha. La pantalla se pone negra, después brillante, después aparece un hombre desnudo. Es una foto borrosa, una selfie tomada por el celular de alguien. Thad arrastra el cursor hacia Historial y encuentra lo que esperaba. Cientos de sitios. Miles. Nada ilegal o con menores de edad, por lo poco que puede ver durante los minutos que dedica a la búsqueda. No obstante: demasiado porno.
—Tienes un problema —dice Thad.
Jake se levanta. Busca su camisa bajo las sábanas y se la pone.
—Soy un macho estadounidense saludable.
—Esto no es saludable.
—Tengo veintiséis años —dice Jake—. Es normal.
—Esto no es normal. Es demasiado. ¿Sabes que los tiempos quedan registrados, no? ¿Que puedes ver cuánto tiempo pasaste en cada sitio?
Jake entreabre la cortina americana y mira el jardín.
—Jake, pasas horas todos los días. Ni siquiera parece divertido. Más bien, parece una compulsión.
Thad continúa revisando el historial y busca el registro del tiempo. No son sólo incursiones furtivas cuando Thad sale de la casa o se va a acostar. Son entradas y salidas durante todo el día, la mayoría de los días, sobre todo al mediodía, cuando Jake está en su estudio. Entonces Thad entiende por qué no ha visto salir un solo cuadro de ese estudio en meses.
—Jake, ¿qué haces todo el día?
La espalda de Jake se tensa, pero no se aleja de la ventana. Las cortinas se cierran de golpe y desparraman polvo.
—Es investigación.
Mentira.
—Una gran investigación.
—Una nueva serie —dice Jake. Y ni siquiera se esfuerza por sonar convincente. Pero cuando se da vuelta, Thad no está preparado para lo que ve. La cara de Jake está lívida. Su pecho sube y baja agitado. Tiene los nudillos blancos y sus manos aferran los bordes de su camisa.
—No voy a permitir que hagas esto —dice Jake. Su voz suena lejana—. Yo te mantengo. Ni siquiera tienes un empleo. Lo que hago en mi estudio es cosa mía. Y lo que hago con mi pija es cosa mía.
—Jake.
—Te cogiste a Marco —dice Jake, la cara desencajada por el llanto que intenta reprimir.
Thad sacude la cabeza.
—No vas a echarme la culpa. Tú te lo cogiste primero.
—No cogimos —dice Jake—. Él solamente… No, vete a la mierda.
Pese a todo lo que tienen en común, son esos cuatro años de diferencia de edad lo que más importa a veces. ¿Qué son cuatro años?, pensó Thad cuando conoció a Jake, cuando lo besó y se metió en su cama. Pero la brecha que va de los veintiséis a los treinta es ancha, y Jake todavía es un veinteañero.
—Necesitas ayuda —dice Thad—. O eres un adicto o estás deprimido y te automedicas con sexo.
Jake suelta una carcajada.
—Tú piensas que todo el mundo está deprimido.
No se equivoca. Thad tiende a proyectar. Pero ahora no está proyectando. Los adultos felices y adaptados se masturban. Muchos miran porno. Pero no lo hacen durante horas todos los días.
—Voy a llamar a Steve —dice Thad—. Tal vez pueda darte un turno la semana que viene.
Pero Jake no está escuchando. Parece estar en trance, la mandíbula floja, los ojos muy abiertos. Después el trance termina y Jake cae de rodillas al piso. Se aferra el pecho. Respira con dificultad. Hay miedo en sus ojos y, en ese momento, a Thad ya no le importa la pornografía ni Marco ni las cosas que dijo Jake. En ese momento, lo único que Thad quiere es ayudar al hombre que ama.
No titubea. Se arrodilla junto a Jake en el piso.
Pasa el tiempo. Thad sostiene la mano de Jake. Poco a poco, la respiración de Jake se normaliza. Deja de llorar.
—Lo llaman ataque de pánico —dice Thad.
—Sé cómo lo llaman.
Van a la cama, la espalda de Thad contra la cabecera, la cabeza de Jake en su regazo. Thad acaricia el cabello de Jake.
—¿Esto ha ocurrido antes?
—Sí.
—¿Con cuánta frecuencia? —pregunta, pero Jake cierra los ojos y Thad comprende que no debe presionarlo. No quiere disparar otro episodio. El primero ya fue bastante duro de ver. Pese a toda su historia de depresión, ansiedad y pensamientos suicidas, Thad nunca sufrió un ataque de pánico.
—Nada de psiquiatras —dice Jake.
—Nada de psiquiatras —dice Thad, aunque Steve se enterará de esto, si no por Jake, a través de Thad, la semana próxima.
El cabello de Jake está empapado, como si tuviera fiebre.
—Entonces —dice Jake abriendo los ojos—, ¿te decepciona o te alivia enterarte de que tu novio está más hecho mierda que tú?
No es una competencia, quiere decir Thad. En cambio dice:
—Todos estamos hechos mierda.
La habitación está tan desnuda, es tan difícil estar ahí, las paredes adornadas con ganchos y clavos donde antes colgaban las fotos familiares. Puede que la casa todavía pertenezca a sus padres, pero Thad no diría que todavía se siente como un hogar.
—Creo que la muerte de ese niño me afectó más de lo que pensaba —dice Jake.
En Bushwick, no son de los que mantienen las cortinas cerradas. Aquí no se animan a abrir una cortina o salir de una habitación por temor a lo que pueden ver afuera. Lanchas y buzos. Garfios y cadenas.
—Ayer no sentí nada de nada —dice Jake.
—Ayer estaban en shock.
Jake respira hondo varias veces. Afloja los puños.
—Nunca le tuve miedo a la muerte —dice Jake. Un veinteañero muy joven—. Cuando creía en el cielo, la muerte no daba miedo. Te morías, ibas a Disneylandia en las nubes, había algodón de azúcar y montaña rusa para siempre.
—¿Ya no crees en el cielo? —pregunta Thad.
“Ooh, heaven is a place on earth.”
El cabello de Jake tiene tanto gel que Thad siente las manos pegajosas y se las limpia en la sábana.
—¿Por qué tanta locura con los temas de los ochenta?
—Soy hijo de los noventa —dice Jake—. Todos queremos lo que no podemos tener.
De las muchas cosas que Thad quiere pero no tiene, lo que más quiere es estar bien.
Tenía diecisiete años la primera vez que intentó matarse. Se paró en una silla y usó un cinturón atado a una cañería del sótano. Una patada rápida lo hubiera empujado hacia el olvido, pero el cinturón era viejo. Se cortó y lo dejó caer al piso. La vergüenza de intentar terminar con todo sólo para tener que volver a intentarlo. En la escuela habían leído “Para encender un fuego”, de Jack London, y la profesora había dicho que congelarse era como quedarse dormido. Eso sonaba apacible, así que Thad dejó el cinturón y la silla, subió los escalones del sótano, se sacó la ropa y salió a los tropezones, en calzoncillos, a la nieve. Lo que vino después no fue apacible. Recuerda que tembló y después se sacudió, los sacudones eran tan violentos que temía que los dientes le cortaran la lengua. Un camionero lo encontró boca abajo en la banquina de Stone Quarry Road, delirando, a punto de congelarse. Un pie con cuatro dedos es lo que quedó de muestra.
Intentó disfrazar el incidente como un accidente de borracho, cosa que podría haber funcionado si hubiera sido un bebedor, si se le hubiera ocurrido retirar el cinturón roto de la cañería. Pero allí estaba colgando, una acusación de cuero y bronce, lo primero que vio su padre cuando bajó al sótano.
Thad pasó dos días en una cama de hospital, el pie vendado, el suero inyectado en el brazo. Un hombre estaba allí, un hombre con chaleco de lana que olía a peperina y se autodenominaba profesional de la salud mental. El susodicho le preguntó sus motivos, sus miedos, sus esperanzas para el futuro.
¿Pero cómo poner eso en palabras cuando tantas cosas lo ponían ansioso —las multitudes, los ruidos fuertes, las fiestas, la soledad—, cuando tantas cosas le inspiraban miedo —el fracaso, la enfermedad, el rechazo, el sufrimiento, la muerte—? Esta última palabra despertó el interés del profesional de salud mental. Si Thad temía la muerte, ¿tal vez en realidad no quería morir? En ese momento, Thad supo que aquel no era el profesional de salud mental adecuado para él.
En el futuro, mejores profesionales lo ayudaron a entender. La depresión no necesita un porqué. La depresión es un laberinto del que no se sale con lógica. En el caso de Thad, la depresión es sinónimo de medicamentos y, en los días buenos, los medicamentos ayudan.
La madre de Thad, después, fue lo más difícil de enfrentar. Su boca decía te amo pero sus ojos decían ¿cómo pudiste? ¿Acaso no habían sido buenos padres? ¿No lo habían amado, respaldado, acompañado a su primera marcha del orgullo cuando salió del clóset?
Ella no había querido hacerlo sentir culpable por su intento de suicidio. Thad necesita creer eso, pues de lo contrario tendría que odiar a su madre por hacerlo sentir tan mal.
En estos días toma sus pastillas, ve a Steve. Hace lo imposible por controlar los malos pensamientos.
—Si Jake te dejara —preguntó Steve una vez—, ¿qué harías?
—Estaría bien —dijo Thad, mintiendo, a sabiendas de que Steve sabía que estaba mintiendo. Steve no tuvo necesidad de preguntar qué ocurriría si Thad dejaba a Jake. En el fondo, ambos sabían quién sería el primero en marcharse.
Pero eso fue antes de hoy. Ahora Thad es más fuerte. Sabe lo que quiere.
La cabeza de Jake pesa en su regazo, pero no le pide que se mueva.
—¿Por qué no quieres hacer terapia? —pregunta Thad.
—Yo no tomo drogas.
—No hablo de farmacología —dice Thad—. Hablo de conversar, ayuda profesional.
Frota las sienes de Jake, le masajea las orejas.
—Cuando cumplí los dieciocho —dice Jake— mis padres me mandaron a Arizona. Uno de esos campamentos “donde te vuelven hétero”. Sin salida, sin teléfono.
Oh, Jake.
—Todas las noches teníamos que acurrucarnos con un supervisor. No lo llamaban acurrucarse. Decían que nuestros padres no nos amaban como debían, que necesitábamos “el tipo correcto” de afecto masculino.
Thad leyó acerca de esos campamentos, aunque Jake es la primera persona que conoce que estuvo en uno. Eso le recuerda que es afortunado. Afortunado por tener los padres que tiene. Afortunado por haberse criado en una ciudad con ambiente universitario.
—Diez minutos por noche —dice Jake— nos acostábamos en el piso. Cada uno con un supervisor, y mi supervisor era Charles.
—Si no estás preparado, no tienes que contarme esto, Jake.
—Había tres posiciones. Uno al lado del otro era fácil, como posar para una foto. El supervisor te ponía el brazo sobre el hombro, no era gran cosa. En la segunda posición tenías que sentarte entre sus piernas, pero quedaba espacio. A la tercera la llamaban “la motocicleta”. Entre las piernas, la espalda contra el pecho. El culo pegado a la bragueta. Se suponía que el “paciente” podía elegir. Yo siempre elegía uno al lado del otro. Pero la última noche Charles dijo: “Esta noche Dios me dice que necesitas la motocicleta”.
Jake se lleva una mano a la cara, se come la uña del pulgar y escupe.
—¿Y qué podía hacer yo? —dice Jake—. El tipo tiene cuarenta años. Yo dieciocho. Además, es un siervo de Dios. Y yo quería mejorar. Yo quería ser curado.
Le tiende la mano a Thad, y Thad la toma.
—Así que me siento entre sus piernas, Charles me atrae hacia él, y ahí es cuando lo siento. No embiste. No se mueve. Pero está allí, empujando contra el coxis. Durante diez minutos. Y esa fue la última vez que busqué “ayuda profesional”. Sinceramente, prefiero matarme antes que ver a otro terapeuta.
La segunda vez que Thad lo intentó tenía veinte años. Esa vez sí quiso hacerlo; la hoja de afeitar cortó la vena a lo largo y no a lo ancho. Al ver la sangre se desmayó antes de cortarse el otro brazo, después despertó en el piso de su dormitorio universitario queriendo vivir.
Cincuenta y ocho puntos y un cuarto litro de sangre después, estaba vivo.
—Tuviste suerte —dijo la médica, una mujer dulce, nativa de India, con un sari bajo el guardapolvo blanco. Un visor le cubría la cara, de esos de plástico que usan los policías en las manifestaciones: equipo quirúrgico antimotines.
—En este momento tendría que estar en una cita —dijo la médica—. Casi estaba en la puerta cuando llegaste. Tuviste suerte, porque soy la mejor.
Thad observaba la aguja que entraba y salía, veía su brazo cerrarse como un pavo, el relleno amarrado. En un determinado momento, se dio cuenta de que no podía moverse. Estaba atado a la camilla.
—Lo siento —dijo la médica—, es el reglamento.
—Nunca más —dijo Thad—. Lo prometo.
Y la médica asintió como si ya hubiera escuchado antes esas palabras.
—Espero que no. Cuando termine de coser este brazo será una obra maestra.
A la semana siguiente le mandó flores. Una semana después pasó a saludarla, pero el hombre del mostrador de ingreso lo miró de reojo antes de pedirle que se fuera. No tenían costumbre de recibir a expacientes que pasaban a saludar.
Thad nunca supo el nombre de la médica, o quizás lo supo y lo perdió en el frenesí del Percocet posquirúrgico. Pero piensa a menudo en ella. Espera que haya llegado a esa cena, que su cita se haya quedado en la mesa del restaurante, esperándola. Espera que la médica sea feliz y esté enamorada y continúe salvando vidas. Nueve dedos de los pies y una franja de cicatriz en su brazo. Y nunca más. Nunca, a menos que…
No. A menos que es el punto final. A menos que es como empiezan los malos pensamientos.
Jake está tan callado que Thad piensa que se quedó dormido, pero cuando le suelta la mano Jake abre los ojos.
—Lamento lo que te pasó —dice Thad.
—Ya lo superé —dice Jake, aunque por supuesto que no lo superó. Nadie supera esas cosas.
En el dormitorio vecino, murmullos, suspiros. Michael y Diane están peleando o están cogiendo. La pared es tan gruesa que es difícil adivinarlo.
El olor de la cena se desliza bajo la puerta, el pollo de la noche anterior reciclado en sopa.
La cabeza de Jake abandona el regazo de Thad y Jake se incorpora. Se miran sentados en la cama.
—¿Y qué vamos a hacer, entonces? —dice Jake—. ¿Con nosotros?
Pero Thad no dice nada. Ahora le toca hablar a Jake. Han ingresado en uno de esos espacios extraños, un planeta habitado por ellos y sólo por ellos: este momento, estos cuerpos, esta cama. Aquí hay menos gravedad, más benevolencia. Aquí hay que decir la verdad y Thad se alegra de que así sea. Ya es hora de decir las cosas que hay que decir.
—Es culpa mía —dice Jake.
De todas las cosas que Thad pensaba que Jake podía decir, esta es la que menos esperaba. Pero la confesión es una moneda arrojada al aire, que gira, y Thad espera ver brillar la otra cara.
—Te empujé a hacer algo que no querías —dice Jake.
—Dijimos que nunca con un ex.
—No me refiero a Marco —dice Jake—. Lo supe el primer mes que estuvimos juntos. Te dije que yo sólo mantenía relaciones abiertas y vi la preocupación dibujada en tu cara. Pensé que te adaptarías. Tú pensaste que yo iba a cambiar. Pero déjame decirte algo —Jake respira hondo, exhala—. Nunca seremos sólo nosotros dos. Yo no quiero eso. Pero te quiero a ti. No puedo imaginar la vida sin ti. Pero tampoco puedo imaginar la vida sólo contigo. Necesito más experiencias.
Gravedad, benevolencia. Thad flota y, por primera vez, se ve con los ojos de Jake.
Antes de Jake, siempre había estado con un solo hombre por vez. Intentó cambiar, por Jake, pero nunca amó el amor que hacen con otros hombres. No obstante, lo aceptó, no quiso decir lo que pensaba, tuvo miedo de quedarse solo. Y Thad no sabría decir quién es más egoísta, no sabría decir qué es peor, si imponer una relación abierta o la monogamia compulsiva. Y en ese momento se da cuenta de que no sólo es culpa de Jake.
A la mierda con la culpa. A la reverenda mierda. Son adultos que quieren cosas diferentes. Para poder estar juntos uno tiene que ceder, y Thad cedió durante dos años completos.
—Jake, si quieres estar con otras personas, tendrías que estar con otras personas, pero yo no puedo acompañarte. Yo necesito estar con un solo hombre y necesito ser suficiente para ese hombre.
La atmósfera se evapora y vuelve la gravedad. A Thad le duele el estómago y hay tristeza en sus ojos.
—Tal vez haya una manera —dice Jake—. Podría dejar que tú elijas a los tipos. Yo podría…
—Jake.
—¿En serio? ¿Vas a dejarme lo más difícil? ¿Vas a obligarme elegir?
—No puedo decidir por ti —dice Thad.
Jake se levanta. Se pone los pantalones. Después sale por la puerta y Thad vuelve a la computadora que descansa sobre sus rodillas. Abre el historial de Jake. Lo borra con un clic. Después borra los archivos, las carpetas, las cookies, el caché.
Si sólo pudiera encontrar el camino de regreso a esa burbuja donde no hay juicio, donde no hay gravedad. Pero son demasiados hombres.
Borra. Vacía la papelera de reciclaje. Expulsa a los otros cuerpos de la vida de Jake.
19
Siempre hay algo más para empacar.
La sopa está sobre la hornalla y mientras espera que se caliente, Lisa arma una caja. Plegar, plegar, cinta. Plegar, plegar, cinta. Tiene los dedos arrugados, la piel todavía rosada por el baño de inmersión. Le vendría bien un vaso de agua fría, pero no quiere salir del dormitorio para buscarlo. Del otro lado de la puerta, los miembros de la familia merodean. Quieren hacerla sentir mejor. Quieren ayudar. Pero Lisa no necesita ayuda. Necesita que la dejen en paz. Han pasado demasiadas cosas en las últimas veinticuatro horas. Una familia perdió a un hijo. Su hijo no quiere formar una familia.
¿Qué le pasa a su hijo? Ella lo hará entrar en razón. Michael será padre. Lisa será abuela. Todos serán felices. Asunto terminado.
Diane le pidió que mantuviera en secreto el embarazo, así como Lisa le pidió a Diane que no hablara de June. Por supuesto que no son promesas destinadas a cumplirse. Será difícil seguir el rastro de quién sabe qué, quién no, quién finge no saber, pero de esto se trata ser madre. Secretos revelados. Promesas rotas.
Llena la caja con ropas de la casa del lago que no necesitará durante la semana: ropa interior de repuesto, un corpiño, trajes de baño viejos, algunos que no le entran desde que Bill Clinton era presidente. Nunca se preocupó mucho por la ropa, pero le encantan los trajes de baño. Enterizos, de dos piezas, lisos, floreados. Debe tener por lo menos diez. En Florida comprará varios nuevos. Tendría que mandar estos a Goodwill, pero no lo hará. Siempre tuvo problemas para deshacerse de las cosas.
La puerta se abre y Richard entra en el dormitorio.
Todavía queda espacio, pero Lisa cierra la caja con cinta de papel. Escribe trajes de baño, bombachas, corpiños con marcador grueso.
—¿Cómo estuvo el baño? —pregunta Richard. Se sienta en la cama. No le pide que lo acompañe y ella se queda parada.
—¿Sabes qué es la próxima semana? —dice Lisa, y enseguida se disculpa por haber preguntado. Richard sabe. Por supuesto que sabe. Es un error pensar que los padres aman menos a sus hijos, aunque a Lisa le llevó un tiempo averiguarlo.
Una sola vez olvidaron el cumpleaños de June, hace años. Fue Richard quien lo recordó. Al día siguiente estuvo callado, muy callado, y ella lo supo. Jamás se perdonará por haberlo olvidado. Y aunque el olvido no signifique que ame menos a su hija, Lisa espera no volver a olvidarlo jamás.
El cumpleaños de June siempre es una cuestión de qué sentir o qué decir, de cómo estar en el mundo. Los veranos que los muchachos pasan con ellos Thad se da cuenta: mamá, hoy pareces estar triste. Los veranos en que los muchachos todavía no han llegado a visitarlos, cuando están solos con Richard, cenan en silencio y se van a acostar lo más temprano posible. Esas noches todo está allí, en los ojos de su marido: el viaje en ambulancia, el velatorio, el entierro; las cacerolas que tiró a la basura porque la gente cree que, cuando uno está de duelo, no puede cocinar; los tranquilizantes, los grupos de duelo, la terapia de pareja; después la iglesia, después el trabajo, la gran mudanza a Nueva York; después la concepción de Michael —tentativa, accidental— y la casa del lago, antes de que la vida comenzara de cero.
Esta vez, la semana próxima, la casa ya no será suya y no podrán cenar allí. Ya la habrán vaciado y el camión de mudanzas habrá trasladado sus pertenencias a Nueva York. La mañana del cumpleaños de June firmarán sobre la línea de puntos. A media mañana se habrá cerrado la venta y pasarán el resto del día en el auto, doce horas desde Christopher a Ithaca. La cena, si se molestan en parar, será en un McDonald’s o un IHOP, algo desabrido y rápido.
Sentado en la cama, Richard está sereno, perfectamente compuesto. A veces desearía que no fuera tan equilibrado. Aunque sea una sola vez le gustaría verlo gritar, arrojar una lámpara o pegarle un puñetazo a la pared, le gustaría verlo indefenso en una bañera, sollozando. Pero su Richard no es así.
Después de la muerte de June, asistieron a un grupo de apoyo interconfesional. Una noche, una madre católica rezó por las almas de los bebés no bautizados, que estaban en el limbo. Fue la primera vez que Richard se levantó y salió. Salió en silencio, pero la semana siguiente, después de soportar una imposición de manos, salió haciendo ruido y nunca más volvió. Lisa continuó asistiendo sin él. No necesitaba comulgar con la idea de Dios de todo el mundo. Le alcanzaba con estar con otros padres y madres que atravesaban un duelo. Richard parecía más feliz estando callado, quedándose en casa. Parecía, porque en realidad el silencio de Richard disimulaba un caleidoscopio de dolor. Lisa no podía verlo entonces. Pasó su matrimonio aprendiendo a mirar.
—No es el fin de semana que esperábamos —dice Richard, y Lisa va hacia él.
Toma su cabeza en las manos y le besa la coronilla. Empuja su cara contra su pecho. Puede estar furiosa con él y amarlo al mismo tiempo. Nadie permanece casado treinta y siete años si no aprende ese truco. Y ella no es ninguna santa. Puede ser muy desagradable.
Una noche, hace ya varios años, tuvieron un desacuerdo. Ella quería pelear, Richard no se enganchaba y ella lo encerró fuera de la casa. Habían hecho cuentas pensando en retirarse y los números no cerraban. Resultó que Richard le enviaba cheques a Michael y Diane. No por pequeñas sumas: cheques abultados. Lisa llamaba “facilitar las cosas” a lo que Richard llamaba “amor”, y discutieron hasta que ella lo sacó a empujones de la casa. Richard pasó media hora bajo la lluvia hasta que ella lo dejó entrar, y la semana siguiente enfermó de neumonía. Tal vez la lluvia y la enfermedad no estuvieran relacionadas. Quizás la neumonía fuera culpa de Lisa. Fuera como fuese, a su edad, podría haber muerto. Y si él pudo perdonarle eso…
Richard alza la mano hacia la cintura de Lisa y ella retrocede.
—Thad está buscando sus cómics —dice.
Richard no dice: te lo dije. “No los tires”, le había advertido. “Thad vendrá a buscarlos.” No obstante un día, limpiando la casa, Lisa había llevado a la rastra las cajas de cómics hasta el cordón de la vereda.
—Siento como si hubiera tirado a la basura su infancia.
—Podemos reemplazarlos —dice Richard—. Hay una tienda de cómics en Highlands.
—Creo que eran X-Men —dice Lisa—. ¿A Thad no le gustaban los X-Men?
—No lo sé —dice Richard—, nunca le pregunté.
Esto resume, más o menos, las riquezas y los límites de su paternidad. Por un lado, no fue de esos padres que intentan vivir vicariamente a través de sus hijos. Nunca pidió demasiado ni levantó una vara que ellos no pudieran superar. Por otro lado, no conoció a sus hijos. Nunca se perdió una graduación y rara vez faltó a una actuación o un partido de béisbol. Pero si al día siguiente le preguntaban cuál equipo había ganado, lo único que podía mencionar era la ecuación que tenía en la cabeza mientras su hijo anotaba un punto.
Lisa se sienta a su lado en la cama y permite que le tome la mano. Si le preguntaran, tendría problemas para explicar la ternura que siente en este momento por este hombre. Ahora tiene el cabello blanco e hirsuto. Sus ojos son azules. Ya no es el hombre con quien se casó, pero sigue siendo el hombre al que ama.
Amor mío, ¿cuánto arrepentimiento cargas en tu corazón?
—Pasa algo raro con Michael y Diane —dice Richard.
Lisa tiene que elegir. Su marido le da calor. Su mano es suave. Pero cumplirá su palabra. Se lo prometió a Diane.
—Creo que están molestos por lo de la casa —dice. No le gusta mentirle a Richard.
—Bueno, no es asunto de ellos. Simplemente, no es asunto de ellos.
Richard se para, va hacia la cómoda y arma una caja de cartón. Saca zapatos del piso del ropero: un par para pescar, un par para salir, un par para cortar el césped. Es un hombre meticuloso, exigente y preciso. Todos los días, para trabajar, usaba moñito. Cuando Richard vio que Lisa hacía mejor el nudo, más derecho, empezó a pedirle que se lo anudara todas las mañanas. Y ella lo hizo, durante casi treinta años.
El moñito fue el primer indicio, el nudo y el olor.
Richard pone los zapatos en la caja y pasa unos minutos acomodándolos, saca un par y vuelve a empujarlo adentro.
—Quieren que tengamos una casa y mantengamos una propiedad sólo para ellos cuando, en el mejor de los casos, pasan únicamente dos semanas por año aquí —dice Richard—. No tienen idea de lo que pagamos de impuestos, seguro, servicios públicos, mantenimiento. No tienen idea de cómo funciona el dinero.
Entonces deja de dárselo, quiere decir Lisa. Tal vez aprendan. Pero esa discusión quedará para otro día.
Richard refunfuña mientras llena la caja: pantuflas, perchas, una salida de baño que hace años no usa.
La casa del lago no es un lugar lógico para retirarse, le recuerda a Lisa. Requiere demasiadas reparaciones. Incluso si estuviera en condiciones, no se imagina pasando el invierno allí. Fuera de temporada, Lake Christopher es un lugar solitario y desolado, y los caminos de montaña pueden cubrirse de hielo en cuestión de segundos.
Pero a Lisa le irrita que compare la lógica con la nostalgia, el recuerdo con la despedida.
Richard camina de un lado a otro y empaca, habla con autoridad, pero también como si intentara convencerse de esa decisión que Lisa tomó por los dos.
—¿Quieres conservar la casa? —dice Lisa.
Richard sólo necesita decir dos palabras para que Lisa se retracte. Puede cancelar la venta, arriesgarse a una demanda, pagar lo que sea necesario. Pero, las palabras. Lisa necesita que sean las correctas.
—Yo quiero lo que tú quieras —dice Richard.
¿Y qué quiere ella? Lo que ella quiere es que Richard vuelva atrás en el tiempo. Lo que ella quiere es que no haya hecho lo que hizo. Yo quiero lo que tú quieras no son las palabras correctas.
Richard pone la misma cara que pone cuando juegan Espadas, inescrutable al extremo de la furia.
Y Lisa se pregunta si no estará siendo mezquina. ¿Y si vender la casa no tiene nada que ver con empezar de nuevo? ¿Y si ella lo estuviera castigando?
Cuando Lisa le hacía el nudo del moñito a Richard le daba dos vueltas, para que al ajustarlo quedara más compacto, más lleno. Eso le sentaba muy bien al aguilucho de Richard, que es como llamaba Lisa a su nuez de Adán, mucho más pronunciada que la de la mayoría de los hombres. No por eso tenía una voz más grave, sólo era la forma, pero Richard se sentía bastante cohibido. Creía que los moñitos disimulaban su prominente nuez de Adán, y ella dejaba que lo creyera.
Una noche, el año pasado, Richard volvió a casa de trabajar, entró por la puerta y Lisa supo que el nudo del moñito no era el que ella había hecho. Este nudo estaba torcido, era producto de una mano menos habilidosa.
—Querido —preguntó—, ¿se te deshizo el nudo del moñito?
—No, no —dijo él—. Hiciste un nudo perfecto.
Pero no olía bien. No olía a él. Richard la besó en la nariz y fue directo a la ducha, aunque rara vez se duchaba de noche. Y Lisa lo supo.
No dijo nada, se limitó a observar a Richard cuando regresaba a casa, varios días por semana, con el moñito anudado por otra mano. No hubo correos electrónicos, ni mensajes de voz, ni mensajes de texto, ni un mensaje de amor olvidado en el bolsillo de la camisa. El celular de Richard no tenía historial, lo cual significaba que borraba todos los registros de sus llamadas. Pero en su lista de contactos había un nuevo integrante: K. Lisa sólo tenía que marcar el número para escuchar la voz de la mujer que entretenía a su esposo en la cama, pero no se animó a llamar. Pocos meses después, los moñitos de Richard volvían a casa todas las noches tal como habían salido, y cuando Lisa revisó sus contactos, K había desaparecido.
—¿Tú qué quieres? —dice Richard. Se inclina sobre la caja abierta. Meticuloso como es, no parece notar que la armó al revés, las flechas que indican hacia arriba apuntadas al suelo.
—Yo quiero vender la casa —dice Lisa. Y se levanta para ayudar a su marido a empacar sus cosas.
20
Michael encuentra a Diane en el dormitorio que comparten en esta casa desde que están juntos. La habitación está a oscuras. Las cortinas están cerradas. Pero Diane no está durmiendo. La cama está hecha y ella está sentada a los pies.
—Tomé una decisión —dice, y Michael cierra la puerta y se sienta en la cama junto a ella.
No necesita preguntar cuál es la decisión. Quiere encararla, pero ella casi nunca lo ha visto beber antes de cenar, y Michael no puede permitir que huela el aguardiente en su aliento.
Cuando están en casa es más fácil. Medio litro de vodka por día impide que sus manos tiemblen. Unas cuantas Altoids en la boca cuando vuelve de trabajar, y Diane no huele el alcohol en su aliento. Por supuesto que cuanto más empeoran sus finanzas más barato es el vodka. Cuanto más barato el vodka, peores las jaquecas al día siguiente. Michael escuchó decir que el filtro de carbón activado ayuda, pero ya es bastante difícil esconder botellas en la casa como para tener que esconder también un Brita.
—Antes de que digas nada —dice Michael, pero Diane le aferra la rodilla.
—Voy a tener el bebé —dice—, eso no se discute.
Michael se levanta y va hacia la ventana. La ventana da al lago. Tiene vista a los pinos y luz del sol. El buzón de sus padres es un pescado de plástico que abre la boca para recibir las cartas y el camino junto al buzón está vacío. Tan adentro de la bahía, los únicos que pasan son los vecinos o los amigos de los vecinos en una escapada de fin de semana.
Michael podría vivir aquí. Pensaba que algún día lo haría.
—No tenemos por qué decidirlo hoy —dice.
—Hace semanas que vienes diciendo lo mismo —dice Diane—. Me cansé de esperar. La decisión está tomada. Te amo, pero la decisión está tomada.
A Michael le laten las sienes. Necesita cambiarse el vendaje. Necesita otro trago.
—¿Yo no tengo derecho a opinar al respecto?
—¿Derecho a opinar sobre mi cuerpo?
—¿Derecho a opinar sobre nuestro hijo?
La habitación es peligrosa, está llena de recuerdos felices.
Cuando eran adolescentes pasaban mucho tiempo en esa cama. Ella usaba sus camisas. Eran unos niños. Pero eso fue hace mucho tiempo, cuando el dinero no era una preocupación y un embarazo era impensable. Los días de lluvia se escabullían en ese dormitorio y hacían el amor y nadie lo sabía, o si lo sabían a nadie le importaba. Después se duchaban y a veces, bajo la ducha, volvían a hacer el amor. Ha pasado mucho tiempo desde que estaban juntos de esa manera, de cualquier manera, en realidad. Desde antes de la noticia del embarazo, con certeza. Es muy probable que la última vez haya sido el momento de la concepción.
Dios santo, cómo añora al joven Michael, a la Diane joven. Tiempo, vuelve atrás. Que Michael vuelva a ser joven. Que vuelva a tener dieciocho años.
—No podemos mantener a un hijo —dice Michael.
—Podemos. Si te ascienden a subgerente, son dos dólares más por hora. Eso equivale a ochenta dólares extra por semana.
—No quiero hablar de trabajo.
—Tú mencionaste el tema.
—Yo hablé de dinero.
—El trabajo es dinero, Michael.
Diane alza los pies del piso y se cruza de piernas sobre la cama. El ventilador de techo chirría sobre sus cabezas.
—No te estoy pidiendo el divorcio —dice Diane—. No quiero divorciarme, pero si llegamos a eso, estoy dispuesta.
Del otro lado de la ventana, el mundo se vuelve gris. Michael necesita aire. Necesita salir de esa habitación.
—Además —dice Diane—, se lo dije a tu madre.
Michael vuelve a la cama, ahora está a su lado. Que se lo diga en la cara, que huela el aguardiente en su aliento.
—¡Teníamos un trato! —dice. Está susurrando pero, para sus oídos, el susurro es un grito.
—No recuerdo que hayamos ido a un escribano. No recuerdo haber firmado ningún papel.
—No quiero involucrar a mi madre en nuestra decisión.
—Mi decisión.
Michael no puede soportarlo. ¿Quién es esta mujer? ¿Qué pasó con la chica con las camisas que le quedaban demasiado grandes, la que lo acariciaba, la que le prometió amor eterno?
—No planeaba decírselo —dice Diane—. Quería consolarla y se me escapó.
—¿Qué clase de consuelo es ese? ¿Cómo puede ser que otros se metan en un asunto que sólo es nuestro? Ayer murió un niño. Soy consciente. Yo estaba ahí. Más que nadie. Yo estuve ahí. Todos estamos de duelo. Pero…
—Ella también perdió un hijo —dice Diane, y la expresión de su cara dice que ha dicho demasiado.
La habitación palpita. Por unos segundos Michael no oye nada, el sonido ha quedado suspendido, después sofocado, después vuelve como un rugido, el dormitorio es enorme, después pequeño, después enorme otra vez.
—Lo siento —dice Diane—. No me correspondía a mí decírtelo.
Michael nunca se da cuenta de que está apretando los dientes hasta que le duelen. Deja de apretar, se frota la mandíbula.
—Yo tendría un…
—Una hermana.
Diane le toma la mano, pero él no quiere que lo toque, y se aparta.
—¿Por qué me lo dijiste? —pregunta—. ¿Por qué ella te lo dijo a ti?
Michael vivió treinta y tres años sin saber nada. ¿Por qué ahora?
—Lo siento —dice Diane.
—Por favor, no se lo digas a Thad.
—Jamás se lo diría.
—No lo sé. No tuviste ningún problema en decírmelo.
—No seas malo —dice Diane.
Sonidos en la cocina. Es la hora de la cena.
—¿Le habían elegido un nombre? —pregunta Michael.
—Se llamaba June.
—¿De cuánto estaba? —pregunta—. Cuando perdió el bebé, ¿de cuántos meses estaba?
—Ah —dice Diane—. Ay, Michael, lo siento. No fui clara. La bebé nació. Tenía un mes.
El dormitorio es un corazón que late. Michael siente las manos de Diane en su espalda, pero su tacto lo deja vacío. Su sola proximidad lo enfría. Necesita un trago, necesita salir por la puerta. No le alcanzan las piernas para huir de ella.
21
La mesa está puesta, el aire cargado con el delicioso tufo de la sopa de pollo.
Una vez Jake intentó hacerse vegetariano, pero descubrió que comía más sano siendo carnívoro. A falta de carne, se llenaba la boca con papas fritas y galletas. Por supuesto que existen alternativas, proteínas sin matadero y sangre. Pero el matadero y la sangre saben mejor. Chau, tofu. Chau, nueces y legumbres. Denle pollo todos los días. Sírvanle un xilofón de carne roja y costillas ahumadas.
Lisa revuelve la sopa.
—Es un rejunte —dice—. Espero que esté bien. —Abre una bolsa de celofán y saca una pila de cuencos rojos de plástico—. Me mata usar estas cosas. Pero no se preocupen. Las voy a lavar y las voy a llevar a Ithaca. Tienen una planta de reciclado para este tipo de plástico.
A Jake no lo preocupa en lo más mínimo. El reciclado no es algo que le quite el sueño. Al planeta le quedan… ¿cuánto? ¿Treinta años, a lo sumo? El tamaño de los basurales, mientras tanto, parece carecer de importancia.
—Lamento que la semana haya resultado así —dice Lisa, y Jake se para junto a ella frente a las hornallas. En una olla de hierro de boca ancha el pollo de la noche anterior flota en el caldo. Lisa echa sal y revuelve. En la sopa hay zanahorias, apio y fideos, hojas pequeñas.
Jake y Thad no cocinan. Para la cena, están el restaurante thai bueno y el restaurante thai malo. Está el food truck de tacos coreanos. Está la pizza y el ramen. Montones de pizza y ramen.
Pasaron ocho años desde que Jake estuvo por última vez en la cocina de su madre. Ocho años desde que tomó su té o su sopa de pollo. Ocho años desde Arizona. Dejó el campamento temprano —tenía dieciocho años, nadie podía obligarlo a quedarse— y jamás regresó a su hogar. No soportaba estar cerca de las personas que lo habían enviado allí. No importaba que su madre pensara que estaba ayudando. No importaba que su esposo la tuviera en el puño. Ella era su madre. Tendría que haberlo protegido de Arizona, de su padre, de todas las cosas malas. Tendría que haberlo amado, sin condiciones, no importa qué.
Ocho años desde que habló por última vez con sus padres. Si están enterados de que es pintor en Nueva York, no se comunicaron con él. Él tampoco se comunicará con ellos, no les dará la oportunidad de demostrar, una vez más, que su amor es condicional.
Jake sostiene los cuencos y Lisa sirve. Richard va hacia la mesa, seguido por Michael. Se sientan, hombres listos para ser alimentados, hombres acostumbrados a que los sirvan. Thad no se sentaría. Si estuviera aquí, Thad ayudaría a su madre. Pero Thad está en el dormitorio, malhumorado.
—A cenar —llama Lisa, pero Thad no aparece, ni tampoco, ahora que lo piensa, hay señales de Diane.
Sobre la mesa hay seis botellines con agua y Michael hace una incursión en el freezer. Cuando regresa, un vaso transpira junto a su cuenco. Es un alcohólico. Jake está noventa por ciento seguro de eso. No sabe si entristecerse o sorprenderse porque nadie en la familia parece haberlo notado. Cómo Michael se baja sus buenos vasos de aguardiente en cada comida. Cómo, fuera de la mesa, su mano es un puño que no suelta el vaso térmico. Puede ser que todos lo sepan y no digan nada, así como Jake sospecha que sus padres sabían quién era él, mucho antes de que se lo confesara. Pero ya sea que los Starling sospechen lo de Michael, ya sea que no lo sepan, ya sea que lo sepan y esperen lo mejor, una cosa es indudable: han sido muy buenos con Jake. Pueden ser intensos —los estallidos de Michael, el estoicismo de Richard, la franqueza de Lisa— con todo ese amor ilimitado que nadie les pide. Pero en cuanto a familias adoptivas, le podría haber ido mucho peor.
Jake y Lisa se sientan. Jake toma su sopa.
—Está deliciosa —dice.
Michael y Richard toman las suyas sin decir nada, el hijo se parece tanto al padre que Jake se queda perplejo. Podría pintarlos. Esos hombres, uno al lado del otro. Naturaleza muerta con sopa. Un poco American Gothic. Un poco Munch. Pero ya se hizo. Todo lo bueno ya se hizo antes.
Se abre la puerta y Diane se reúne con ellos. Estuvo llorando, es evidente. Pero es probable que todos hayan llorado, teniendo en cuenta lo que vieron ayer.
Para Jake, la imagen que perdura es la hermana en la lancha, gritando, señalando los flotadores vacíos, el lago que se tragó a su hermano. Los gritos nunca pararon. No pararon cuando Michael salió a la superficie, cegado por la sangre. No pararon cuando llegó la policía. Ni siquiera cuando Jake, horas más tarde, en la ducha, se llenó las orejas de agua logró lavar el sonido de la voz de esa chica. No pararon hasta que encendió la radio de la ducha y dejó que la música lo invadiera todo. No pararon hasta que se masturbó para relajarse. Él no es un monstruo. Tuvo una vida triste. Y sabe qué hacer cuando la tristeza lo abruma.
Diane se sienta entre Michael y Lisa, y Lisa le apoya una mano en el hombro. La mano permanece allí, cosa que parece reconfortar a Diane, aunque nadie dice nada. Michael bebe. No quiere mirar a su madre. No quiere mirar a su esposa. Allí hay gato encerrado.
Por fin, Thad sale del dormitorio. Está peinado. Se cambió la camisa. Es un tipo dulce, tiene esos ojos que te atrapan, esa cara que, de sólo verla, te dan ganas de besarla. No es Marco. Es el vecino de al lado, la opción sensata. Lo cual es aburrido, o bien encantador, según el día.
—Disculpen —dice Thad—. Me quedé leyendo las noticias.
La mano de Lisa abandona el hombro de Diane.
—No quiero saber —dice Lisa—. No quiero ni enterarme de lo que está haciendo ese loco.
Thad intenta hablar, pero su madre lo corta en seco.
—Esta casa es un lugar de paz. Esta comida es la cena que yo preparé. Ese hombre concentra demasiado nuestra atención. No es bienvenido aquí. No esta semana. No a mi mesa. No en mi casa.
—No es tu casa —dice Michael.
—Durante una semana más lo e.
Si Michael quería captar la atención de todos, ahora la tiene. Se pone de pie, aferra la mesa y empuja la silla hacia atrás con suavidad. Está borracho. Apenas se le nota, pero Jake tiene el ojo afilado. Michael se sirve otro trago y vuelve a sentarse.
—Entonces, ¿cuál es la primicia? —pregunta Michael—. ¿Cuál es el último chisme del Salón Oval?
—Por favor, respeta los deseos de tu madre —dice Richard. Apenas ha tocado la sopa.
Michael hace fondo blanco.
—Esto es ridículo. Un niño está muerto. Ya vendieron la casa. ¿Y ustedes tienen miedo de que la política nos arruine la semana?
Michael tiene la cara empapada en sudor, los labios torcidos en una mueca implacable. Su vendaje se afloja, y la familia avista los puntos hinchados, embadurnados de ungüento. Michael manotea con dedos torpes la gasa y, entrecerrando los ojos, vuelve a colocar el vendaje en su lugar.
—¿Quieres hablar de política? —dice Diane—. Muy bien. Richard, Lisa, estamos metidos en este desastre por culpa de su hijo.
Michael se ríe. Aleja el cuenco de sopa. Retrocede la silla, como para dar espacio a su ira.
—Dilo —dice Michael.
Diane parece afligida. Ella no es así. En los dos veranos y las dos navidades que Jake pasó con ella, jamás la oyó pronunciar una palabra ofensiva. Nunca la oyó levantar la voz. Nunca la vio contradecir a su esposo, y eso que Michael es una máquina de decir estupideces.
—¡Dilo!
Diane baja la cabeza.
—Michael votó por…
Pero no puede terminar la frase.
—Ay, hijo —dice Lisa.
—Ay, Dios —dice Thad.
—Lo siento —dice Diane. Pero no está claro quién es el destinatario de ese lo siento. La disculpa rebota en el cielorraso, en las lámparas, en la pintura de Jake que cuelga en la pared. Recorre la habitación hasta que cae y se disuelve a sus pies.
—¿Por qué mierda? —dice Thad—. No eres tan idiota.
—No me llames idiota —dice Michael.
—No llames idiota a tu hermano —dice Richard.
—Hijo —dice Lisa—. ¿En qué estabas pensando?
—Pensando —dice Michael—. Ese es el problema. —Traza un círculo con la mano, señalándolos a todos—. Tanto pensar y pensar todo el tiempo. ¿Y a dónde nos llevó tanto pensamiento? ¿El país pagó sus deudas? ¿Salió de Afganistán? ¿Salió de Irak? ¿Tanto pensar salvó a Detroit? ¿O salvó a nuestros trabajadores de ser reemplazados por mano de obra barata? ¿Tanto pensamiento les dio trabajo a los mineros del carbón? ¿Aumentó los salarios de los docentes a nivel nacional? ¿Tanto pensar rescató a la gente que quería conservar sus casas?
El vendaje se desliza y, una vez más, Michael lo recoloca en su lugar.
—¿Todos pudieron conservar sus planes de salud?
Michael mira a Thad. Thad mira su sopa.
—“Si te gusta tu plan de salud, puedes conservarlo.” ¿Eso resultó ser cierto?
—No —dice Thad—. Excepto que…
—No, no resultó cierto —dice Michael.
—Es mucho más complicado —dice Lisa—. La ley establece regulaciones. Para copagos, para deducibles. Descuentos por recetas. Los que perdieron sus planes, esos planes no eran planes de salud. Eran chanchullos, estafas. Él no hablaba de esos planes.
—Pero no fue eso lo que dijo Obama.
Michael tiene los ojos muy abiertos. Sus dientes resplandecen.
—El presidente Obama —dice Lisa.
Michael sonríe.
—El presidente Obama. Ni una vez te escuché decir el presidente Trump.
—Lo llamaré presidente cuando actúe como tal —dice Lisa.
Michael levanta la cuchara de su cuenco de sopa y la lame hasta dejarla limpia. Golpea la cuchara sobre la mesa una, dos, seis veces.
—Hablemos de drones —dice.
—Suficiente —dice Richard.
—Tu presidente —dice Michael—. Tu presidente ganador del Premio Nobel de la Paz. ¿Sabes a cuántas personas mató?
—¿Además de Bin Laden? —dice Thad.
—Casi cuatro mil personas —dice Michael—. Cuatro mil, de los cuales trescientos eran civiles. Invitados a casamientos. Médicos. Madres que llevaban sus hijos a la escuela. Y eso sólo con los drones.
Lisa sacude la cabeza.
—Estoy segura de que eso no…
—Es verdad —dice Diane—. Yo tampoco quería creerlo, de modo que investigué. Lamento decirles que es verdad.
Michael se echa hacia atrás y las patas delanteras de su silla abandonan el suelo. Se endereza. Suelta la cuchara.
—Mira, mamá, mientras tú estabas tan ocupada salvando pájaros, tu presidente favorito les ordenaba a unas máquinas que mataran personas, y después se sentaba en la sala de guerra y veía por televisión cómo esas máquinas asesinaban personas. Permíteme preguntarte algo. ¿Qué es más valioso, una persona o un pájaro?
—Dios santo, Michael —dice Thad—. Deja en paz a mamá.
—¿Por qué? —dice Michael—. ¿Tú por quién votaste?
—Por Hillary —dice Thad—. Obviamente.
—¿Papá? —dice Michael.
—No es asunto de nadie —dice Richard—, pero voté a Hillary.
—¿Mamá?
Lisa se niega a seguirle el juego a Michael. Permanece sentada, en silencio, digna. A Jake le parece encomiable, también anticlímax. Si él le hubiera hablado a su madre de esa manera, ella le habría cruzado la cara de un cachetazo, suponiendo que el padre de Jake no se la hubiera roto antes a trompadas. Pero Lisa mantiene la compostura. ¿Y esto es amor o algo menos?
—Es mi culpa —dice Diane—. No tendría que haber dicho nada.
—No —dice Lisa—. No es tu culpa. Pero vamos a dejar de hablar de ese monstruo.
—Ese monstruo te bajó los impuestos —dice Michael.
—Habla un auténtico deplorable —dice Thad.
—¿Deplorable? —dice Michael—. ¿Yo soy el deplorable? ¡Tú ni siquiera tienes un empleo!
—Yo no cobro el seguro de desempleo —dice Thad.
—No tienes necesidad —dice Michael.
Mira a Jake, pero se muerde la lengua. Jake sabe lo que Michael piensa de él y le importa un carajo. Tiene medio millón de dólares en el banco y es propietario de su loft. Dona más dinero por año a The Trevor Project que lo que Michael gana en un año cualquiera. En lo que atañe a Michael, Jake no tiene nada que demostrar.
Thad, por su parte, permite que las palabras de su hermano lo afecten.
—Estoy buscando trabajo —dice.
—Hace dos años que estás “buscando” —dice Michael.
—Sólo porque no estoy dispuesto a disfrazarme de árbitro de fútbol…
—Vete a la mierda —dice Michael. Thad ha ido demasiado lejos con esto. El dolor más feroz de Michael, su mayor vergüenza. La familia dice que es un hombre de negocios. Dicen que está en ventas. Nadie menciona el hecho de que, desde hace años, Michael vende calzado en un sórdido Foot Locker en uno de los agonizantes grandes centros comerciales de los Estados Unidos. Un trabajo honesto. Es un trabajo honesto, aunque Michael insiste en que está por debajo de sus capacidades; insiste, pero no dice qué le gustaría hacer.
Michael se levanta, el índice apuntado a la cara de Thad. El vendaje se desliza y Michael se lo arranca.
—Tú tienes el coraje de llamarme deplorable. A mí. Tú no aportas nada a la sociedad. Y en cuanto Jake te abandone, no dudarás un segundo en permitir que los contribuyentes paguen por tu existencia. Y tú. —Se dirige a Lisa—. Dos casas. Dos pensiones de torre de marfil. Y te quejas de que un niño tuvo el mal gusto de ahogarse y arruinar la semana especial de tu familia. Y tú. —Mira a Diane—. ¡Tú ni siquiera votaste por Hillary! Votaste por Stein. Dices que Trump es culpa mía. ¡Por lo menos no desperdicié mi voto! Todo esto mientras estamos aquí sentados en un tráiler, en un estado que vota republicanos. ¿No se dan cuenta? ¡Nosotros somos los deplorables! A Hillary le importa un carajo lo que te pase a ti, o a ti, o a ti. ¿Ustedes piensan que Hillary Clinton alguna vez pasó la noche en un tráiler? ¿Ustedes piensan que le importan los estados donde ella no ganó? Y, diablos, si los liberales no juzgan a mamá y papá por ser sureños, seguramente los juzgan porque les han sacado el puesto a otras personas. ¿Ustedes piensan que este lago siempre se llamó Lake Christopher? Ese nombre se lo pusieron los agentes de bienes raíces. Este lago tenía un nombre nativo norteamericano, pero ese nombre tenía demasiadas sílabas, era demasiado difícil de pronunciar para los blancos, y entonces vino una empresa y compró la tierra y, presto, ahora se llama Lake Christopher. Bonito, fácil de pronunciar, vendible. A partir de ahí, todo marcha sobre rieles. Les compras las tierras a los locales. A los que no quieren vender, los expropias. Les vendes las tierras a los propietarios de Home Depot y RaceTrac y Coke. Llena el lago de percas. Y después te respaldas en la silla y cobras los cheques que van llegando. Eso es Lake Christopher, un pueblo construido sobre las espaldas de la clase trabajadora, en tierras robadas a los nativos americanos, ahora en manos de magnates de los negocios. Pero está bien. Ustedes trabajaron duro nueve meses por año. Se ganaron su paz y su tranquilidad, ¿no es cierto?
Michael respira hondo.
—Tal vez yo sea deplorable, pero ustedes también. Todos ustedes. ¿Porque saben una cosa? Esto son los Estados Unidos de Norteamérica. Todo el mundo es deplorable para alguien.
Después todos están a los gritos, Thad le dice a Michael que es un cretino, Diane le exige a Thad que no insulte a su esposo, Lisa regaña a Diane por haber votado a un tercer partido cuando había tantas cosas en juego, Richard le pide a Michael que no grite, y Michael le pregunta a su padre por qué nunca se pone de su lado. Todos argumentan, nadie escucha.
Excepto Jake. Jake lo entiende todo.
Esta familia. Estas personas lamentables, bien intencionadas. Nunca les gustó ningún regalo de Jake. La radio de ducha abandonada, la pintura colgada de la pared. Pero hay otra ofrenda, algo que nadie más puede dar.
—Escuchen —dice Jake. Son las primeras palabras que pronuncia desde que empezó la cena, cuando elogió la sopa de Lisa. Pero nadie lo escucha en el frenesí de la discusión y se pone de pie. Vuelve a intentarlo—. Tengo algo que decir.
Y Jake les hace un regalo a los Starling que tiene la ventaja de ser verdad.
—Escuchen —dice—. Yo no voté.
Todos los ojos se clavan en él. Las sienes palpitan. Y Jake no puede evitar sonreír. Aunque sea sólo por esta noche, se ha convertido, para esta familia, en eso que siempre fue para la suya. Es el enemigo común, el flagelo contra el que todos pueden descargar su desprecio. Esta noche Jake es la voz que los salva de ellos mismos.
22
Agua, luz de luna, viento. Un vaso, condensación, una bebida tan fuerte que Michael imagina que el aguardiente devora el vidrio, el muelle, ve cómo el veneno se hunde en el lago y, en cuestión de segundos, toda la superficie se cubre de burbujas y panzas de peces muertos.
Está sentado descalzo, los pies en el agua. Ha visto serpientes aquí, grandes, las ha observado moverse en el agua, entre los juncos, las cabezas negras como periscopios.
Arriba las estrellas brillan, la luna en cuarto creciente.
Abajo el lago es un cuenco que refleja el cielo.
En la punta de la bahía, la bandera flamea a media asta. Michael se pregunta quién murió, después reconoce el homenaje, una gentileza hacia los lugareños, la bahía, el niño. En este mundo no abunda la gentileza. Michael tendría que saberlo. Ha contribuido con creces a esa falta de abundancia. El mundo no lo echará de menos cuando se vaya. Tal vez Diane. Un hijo, sí. Pero regalarte una persona para que te extrañe cuando mueras… esa no es una razón para traer una nueva vida al mundo.
Las ranas se lamentan y los insectos palpitan. Las totoras repican atonales en la brisa, un búho llama y Michael responde al llamado, pero él no es su madre. Su madre puede imitar la voz de cualquier pájaro.
Se pregunta cómo será, tener un hijo. No tiene miedo de revolear al bebé o lo que sea que hacen los padres y que después se reproduce en programas espeluznantes de televisión. Tampoco le preocupa no sentir nada al ver al niño por primera vez. Amará a su hijo. Sabe que lo amará. Eso es lo que lo aterra. Amará a ese niño y todo ese amor sofocará su resentimiento durante ¿cuánto, diez, veinte años? No obstante, un día se preguntará quién podría haber sido, dentro de unos pocos años, cuando tenga tiempo de descifrar sus sueños. Cuando llegue ese día, mirará su vida en retrospectiva y culpará al niño. Lo culpará. Y Michael no quiere ser ese padre.
Por supuesto que esta discusión consigo mismo sería más fácil si Michael tuviera sueños. ¿Qué es lo que quiere?
Para empezar, más aguardiente. Hace fondo blanco. Otro búho llama y él responde.
El muelle cruje y Michael sabe quién está detrás de él antes de que la primera palabra salga de su boca. Su madre se sienta y se sienta demasiado cerca. Lleva puestos unos shorts, sus muslos son una topografía de manchas de vejez y arañitas.
—Como búho eres pésimo —dice ella.
—¿Era a ti que te respondía?
—No. Ese era de verdad. Yo estaba por vocalizar, pero me ganaste de mano.
Michael hace repicar el hielo en su vaso. Todavía tiene que encontrar el centro cálido y mullido de la borrachera. Está demasiado en guardia. Demasiado tenso. La espalda rígida y la frente aún en llamas.
—Hiciste flor de escándalo en la cena —dice su madre.
Michael aferra el vaso. El vaso lo protege. Incluso vacío, es un escudo entre su persona y lo que su madre va a decir.
—¿Cómo es posible que ya no hablemos?
Michael no puede hacer esto, no esta noche. No ha bebido lo suficiente.
—Hablamos —dice—. Ahora mismo estamos hablando.
—Me refiero a hablar hablar. En otros tiempos querías hablar conmigo. Ahora es como si no nos conociéramos.
—No sé de qué hablas —dice Michael. Sabe exactamente de qué habla.
Si su madre muriera, si tuviera que decir unas palabras en su entierro, Michael no tiene idea de qué diría. Ella ama a los pájaros. Ama a sus hijos. Él sabe cuánto lo ama y cuánto la ha decepcionado. Pero no la conoce.
—No me molesta que no me llames para preguntarme cómo estoy —dice Lisa—. Los hijos no tienen por qué estar pendientes de sus padres. Pero duele pensar que no quieres que yo te conozca.
Conocerme, piensa Michael. Si ni siquiera él se conoce a sí mismo.
—Quiero decirte algo —dice su madre—, pero no quiero que te enojes conmigo.
—No es la mejor manera de empezar.
—Hablo en serio.
—Yo también hablo en serio. Esa es probablemente la peor manera de empezar. Ya me puse a la defensiva y ni siquiera sé qué vas a decir.
Los ojos de su madre ya no son tiernos. La resolución ha borrado la dulzura de su cara.
—Entonces te lo voy a decir con todas las letras.
—Eso espero.
—Creo que tendrían que tener el bebé.
El vaso se calentó en su mano y lo deja a un costado. Mira la superficie del lago. Si continúa mirando sin parpadear, tal vez su madre se levante y se vaya.
—Sinceramente —dice ella—, no puedo creer que sea un tema de discusión. No puedo creer que tengan dudas de algo así.
—Esto no tiene nada que ver contigo.
—Yo soy la abuela. Me gustaría creer que mi opinión puede ser escuchada.
—Pero no. —No pretende ser malo, pero lo es—. Ni siquiera entras en la ecuación.
Lisa desvía la mirada y Michael se siente una mierda. Pero sólo por unos segundos. Porque esto no es asunto de ella. Este no es su matrimonio. Él puede ser su hijo, pero su vida sigue siendo suya y sólo suya.
La rodilla de su madre roza su rodilla.
—No tendrías que decir cosas que no piensas.
—Dije lo que pienso —dice Michael—. Pero no tendría que haberlo expresado de esa manera. Lo siento.
Del otro lado de la bahía, los perros son un ensueño de ladridos y aullidos. Después, tal como ocurrió la noche pasada, las luces se encienden, alguien hace entrar a los perros y la noche vuelve a ser un murmullo de croares y gorjeos. Una aleta asoma en el agua a pocos metros del muelle. Carpa o lucio, Michael no se decide.
—Si esto es por June —dice Michael. Y oye que su madre contiene el aliento.
Se pasó de la raya. Lo sabe. Mancilló la memoria de su hermana, y lo único que hizo fue pronunciar su nombre.
Su madre se endereza.
—Era un secreto —dice.
—Diane es pésima para guardar secretos. Pero ya lo sabías. Te contó el nuestro.
—Supongo que… —dice Lisa, pero deja la frase sin terminar. Estaba por decir que, en cuestiones de familia, no debería haber secretos. Michael está casi seguro. Pero algo la detuvo. Tal vez otro secreto la hizo cambiar de opinión.
—Entiendo que no hayan querido asustarnos cuando éramos chicos —dice—. Pero una vez que crecimos, que maduramos, ¿por qué no nos dijeron?
La mirada de su madre le dice que nunca será lo suficientemente maduro para esto.
—¿A qué edad? —dice—. ¿Cuándo se los tendría que haber dicho?
—No lo sé, cuando tuviéramos edad suficiente para comprender.
Su madre se ríe, pero la risa es una flor que florece y muere y se marchita todo a la vez.
—¿Comprender? Hijo, no hay nada que comprender. Cuando muere un niño, no se tiene una visión más amplia, no hay reconciliación posible con el destino o con Dios. Cuando muere un niño, lo único que hay que comprender es que no hay nada que comprender. Nada. Yo quise protegerlos de eso.
Michael quiere decir que, como hermano de June, merecía saberlo, pero la pelea que acaban de tener por los bebés, por qué cosa es asunto de quién, hace que esta sea una discusión difícil de ganar.
—Tu padre quería decírselo a los dos —dice su madre—. Después Thad tuvo sus cosas.
Michael odia que su madre llame sus cosas a los intentos de suicidio de Thad, como si transformar las palabras transformara la verdad.
—Después de eso, temíamos que Thad se sintiera muy perturbado, que pudiera… hacerse daño.
—¿Y por qué no me lo dijeron sólo a mí?
Su madre asiente.
—Lo pensamos, pero no nos parecía del todo justo.
—Excepto que se lo dijiste a Diane. En algún lugar querías que yo me enterara.
—Quizás tengas razón. Tal vez, en el fondo, quería que te enteraras.
Su nariz brilla, la cicatriz rosa donde estaba el tumor, un orificio nasal un poco aplastado, más cerrado que el otro.
—Es un mal momento, mamá. No tenemos los medios necesarios.
—Nadie cree tener los medios necesarios. Sólo tienes que hacerlo, y ya está.
—Todos los que dicen eso tienen dinero.
Pero no sabe si ella lo está escuchando. Su madre no puede imaginar su salario ni lo que paga la escuela de Diane: no imagina que, sumando sus ingresos, Diane y él ganan menos de lo que su madre llevará a casa cuando se retire cada año. Olvidó cómo es empezar de cero. O siempre vivió dentro de sus posibilidades y nunca despilfarró.
—¿Y dónde queda lo que quiere Diane? —dice su madre.
—Diane no sabe lo que quiere —dice él. Eso no es verdad. Ella ya decidió. El bebé nacerá. Pero Michael no quiere darle a su madre la satisfacción de esta respuesta, no todavía.
Además, ¿dónde queda lo que quiere él?
¿Acaso él eligió la casa, los autos, el estado donde residen? ¿Acaso las decisiones que lo llevaron a la bancarrota fueron mayormente suyas? Si sacrificarte por alguien que amas es mejor que salirte con la tuya, Michael no ha hecho más que darle a su esposa numerosas oportunidades de sentirse bien consigo misma. Si esto fuera cierto, ¿un aborto no sería la manera perfecta de que Diane demostrara su amor por él?
Por más borracho que esté, Michael no cree sus propias mentiras.
—Supongo que sabes —dice su madre— que recibes un crédito fiscal por cada hijo.
Difícil no soltar una carcajada. Cuando la razón y la vergüenza fallan, su madre apela a su avaricia.
—Eh —dice ella. Y él siente la mano de su madre sobre la mejilla, la palma que hace girar su cara en dirección a la suya. Después la cara de su madre está tan cerca que Michael piensa que va a besarlo en los labios como cuando era niño. Pero sólo apoya su frente en la de Michael y lo roza con su nariz chamuscada.
—Te amo —dice ella—. Soy tu madre y te amo. Eso es todo lo que quiero decir. Por sobre todas las cosas.
En momentos como ese, un rincón del cerebro de Michael se ilumina. Es el rincón que desconfía de los sentimientos, que le dice que no se deje engañar por estas mierdas, que lo mantiene a salvo de la manipulación emocional.
Pero esta noche no. Esta noche ese rincón de su cerebro permanece a oscuras, y sólo tiene que mirar a su madre a los ojos para saber que es amado.
Y esa parte de él que quiere descartar esta verdad por infantil queda reducida a polvo, no sólo por el amor que él retribuye —escaso, si lo compara con el de su madre—, no por la culpa que siente por no corresponder con el mismo amor, sino por la certeza de que traer un hijo al mundo es rendir tu felicidad a alguien más, confiar tu corazón a manos despreocupadas, volubles.
Tener un hijo es arruinarte, para siempre, en nombre del amor.
Tercera parte Domingo
23
Lisa había visto la iglesia, pero hasta hoy no había entrado.
La First Baptist de Lake Christopher se yergue más allá del lado norte del lago. El lado norte es el menos poblado. No tiene marina, no tiene posada, las casas son más viejas y tienen menos pisos. El agua en el extremo norte es poco profunda, la línea de la costa escarpada, la erosión hace que el desarrollo inmobiliario sea demasiado costoso. Pobre al norte, rico al sur. Así se distribuye el prestigio en los lagos. Los ricos quieren agua profunda, costas cuidadas, buenos terrenos. A los lugareños les quedan las tierras que los ricos no quieren, tierras que comparten con la planta potabilizadora, la usina eléctrica, el basurero municipal.
Pasando el lago, en dirección norte por la I-64 y bajando por un camino secundario, está la iglesia, su estacionamiento de ripio atestado de autos.
Todas estas personas, ¿han venido como dolientes o como espectadores? A Lisa le gustaría creer que sus intenciones son nobles, ¿pero quién no cree lo mejor de sí mismo?
Esta mañana ya no se despertó triste sino enojada, furiosa con una furia sin destinatario, un claro signo de que ir a la iglesia le haría bien. Meditar un rato en la casa de Dios. Consolar a una familia cuyo dolor es mucho más grande que el suyo.
Baja del auto y se alisa el vestido. Marrón con estampado de flores, es uno de los que menos le gusta. La parte de arriba se infla y le aprieta la cintura, pero es modesto, anodino, apropiado para el tenor del día. Vestir de negro parecía cosa de mal agüero, dado que todavía no encontraron el cuerpo.
Llega tarde y tiene que escurrirse entre los autos para cruzar el estacionamiento.
La iglesia es blanca, de dos pisos, con techo en punta y una cruz de metal en la cima. El enlucido es de vinilo. Lisa no sabe qué sentir por una iglesia con revestimiento de vinilo. Pero, una vez más, el vinilo es práctico, duradero, barato. Si Dios existe, si Jesús es el hijo de Dios y si dijo todo lo que dicen que dijo, ¿acaso Dios no preferiría el vinilo al Vaticano? Ahórrate el baño de oro. Alimenta a los pobres. Amén.
Más allá de la iglesia, las piedras asoman en el jardín como dientes que nacen torcidos en las bocas de los niños. Las lápidas tienen diferentes alturas y tonalidades, algunas son altas, otras pequeñas y desmoronadas. Junto a la hilera de árboles hay nuevas lápidas, uniformes en color y diseño.
Si le preguntaran, Lisa no sabría decir dónde serán enterrados Richard y ella. Antes hubiera dicho que en el lago. Ahora supone que los pondrán a descansar en Florida. ¿En Florida sepultan a sus muertos? Tan cerca del nivel del mar, ¿los enterrados no asoman a la superficie y se van con la marea? Hay mausoleos, por supuesto, pero Lisa detesta la idea de ataúdes apilados sobre el nivel del suelo, esos catálogos de cadáveres pudriéndose al unísono, cada uno en su cajón.
Tal vez no será enterrada. Tal vez será mejor que la quemen, que sus cenizas sean esparcidas o conservadas sobre la repisa, no le importa. Que se arreglen los vivos. El destino de sus restos será cosa de ellos, no suya. Todo lo demás está por escrito, la orden de no resucitación indisputable, el testamento firmado, el dinero repartido: un tercio para Michael, un tercio para Thad, un tercio para la National Audubon Society. Que los muchachos decidan el resto, cuáles recuerdos familiares conservar o vender o regalar. Que respeten sus deseos o que lamenten no haber podido heredar hasta el último centavo.
En el caso de June, ella guardó un enterito en una bolsa Ziploc. Cuando añoraba a su hija —lo cual ocurría a menudo, muchas veces por día— abría la bolsa y respiraba su olor. Todavía conserva el enterito, aunque el olor se disipó hace mucho tiempo. Incluso ahora puede cerrar los ojos y evocar el perfume de June con el pensamiento: la dulzura húmeda, como almíbar de arce mezclado con musgo, o muffins apenas quemados.
El cuerpo de June fue donado a la facultad de medicina de Georgia, para que futuros médicos pudieran entender mejor el SMSL. Fue la decisión correcta, aunque algunos días se pregunta qué habrá sido de los restos de June, días en los que desearía que hubiera una tumba que visitar o una urna que sostener entre sus manos.
Lisa se queda parada en la escalinata de la iglesia. Mira su reloj. Ha llegado muy tarde.
Sólo quiere entreabrir la puerta, pero se abre de par en par para darle paso. Un hombre de traje gris la cierra a sus espaldas. Tiene lentes gruesos y la cabeza casi calva, unos pocos mechones peinados de una oreja a la otra. Sonríe y le ofrece un folleto de una pila que está junto a la puerta. En el frente hay himnos, en el dorso, versículos de la Biblia, más un resumen de la ceremonia: música, plegarias, ofrenda, sermón del pastor Lance, plegarias, comunión, música, plegarias de cierre.
El orden de la ceremonia está marcado con asteriscos y Lisa sigue los asteriscos hasta el pie de la página, donde se lee: POR FAVOR, LEVANTARSE. En Ithaca, el pastor de la pequeña iglesia interconfesional a la que asiste Lisa un par de veces por mes diría: “Por favor, levántese como quiera o como pueda”. A Lisa siempre le pareció pedante ese lenguaje, pero ahora entiende. En la fe, como en la vida, hay órdenes y hay invitaciones. Ha dejado atrás la tierra de las invitaciones. Ha entrado a una iglesia baptista sureña.
La iglesia no está adornada, no tiene un lugar para el coro ni una pila bautismal, no tiene mosaicos ni vitrales, sólo una alfombra roja y bancos de madera. Los bancos están llenos y todas las sillas plegables del fondo también están ocupadas, de modo que Lisa avanza entre las sillas y se para junto a una mujer que está apoyada contra la pared. La mujer sonríe. Es joven, poco más de veinte años. Lleva un vestido amarillo y un collar de perlas.
El hombre en el frente de la iglesia está hablando desde que Lisa entró. Parado en un púlpito color ámbar, una mesa a su izquierda, un piano a su derecha. A sus espaldas, una pared sin ventanas. Allí donde, en otra iglesia, quizás habría una ventana, un crucifijo de yeso retrata a Cristo en la cima de su agonía, la cabeza echada hacia atrás, los ojos vueltos al cielo. Debajo de la cruz, y un poco hacia la izquierda, pende una bandera estadounidense.
El pastor Lance, en el púlpito, es alto y flaco como Ichabod Crane. No tiene sotana ni alzacuello, ni vestiduras ni estola. Lleva un saco deportivo negro y, bajo el saco, una camisa abotonada hasta arriba sin corbata. La camisa es blanca. El cabello corto. Es apuesto, joven, demasiado joven para predicar la palabra de Dios, piensa Lisa, pero trata de no juzgar. Otra región del país, otro estilo de fe.
La mujer que está parada junto a Lisa está enamorada del hombre detrás del púlpito. Imposible equivocarse, por la manera en que lo mira, mientras acaricia con aire ausente su collar de perlas.
—Hermanos y hermanas —dice el pastor Lance, y su voz, más que retumbar, canturrea—. La muerte no es el final. La muerte es la puerta.
Sonríe y a Lisa le hormiguean los dedos. Ese hombre no tiene carisma debido a su juventud, sino a pesar de esta.
—“Mirad, yo estoy en la puerta y golpeo.” Entonces, ¿qué dice Jesús? “Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré en él, y cenaré con él y él conmigo.”
Sin importar si, más allá de estas paredes, el pastor Lance confía, la confianza que proyecta es genuina. Sin importar si es sabio, la sabiduría que proyecta no es fingida. El pastor habla y Lisa comprende por qué alguien tan joven tiene su propia iglesia.
—Pensemos en eso —dice el pastor Lance—. Pensemos en cómo será comer con Jesús. Imagino que los buenos modales en la mesa serán importantes.
Vuelve a sonreír y la congregación ríe. No es una mañana que invite a la risa, pero él les ha dado permiso para sentir alegría. Con gentileza, los ha desarmado con sus palabras. Sonríe una sonrisa radiante y sus ojos se dirigen al primer banco. Permanecen allí tanto tiempo que Lisa tiene que mirar.
Y allí están: Wendy, Glenn y Trish. El padre sentado entre su esposa y su hija, abrazándolas.
—Tal vez conozcan a la familia Mallory. Son nuevos en Lake Christopher, pero nos han visitado todas las semanas desde abril. Donantes generosos. Fieles asistentes a la escuela dominical. Uno siempre sabe que Glenn está presente por su risa. Y Wendy trajo la tarta de duraznos más sabrosa que probé en mi vida a nuestro pícnic de primavera. Trish empezará la universidad en Duke este otoño. Es una chica brillante, muy aguda.
El pastor Lance desvía la mirada. Sus ojos se posan en la mujer que está al lado de Lisa y la mujer asiente, como diciendo prosigue.
—Y tal vez recuerden a su hijo, Robbie —dice.
Robbie. Cómo gritaba Wendy ese nombre, llamando a su hijo. Es un nombre que Lisa jamás volverá a escuchar sin recordar esa voz.
—Ese niño era pura energía —dice el pastor Lance—. Una mancha de luz en un día oscuro. Robbie era una pistola, diría mi padre. La mejor clase de pistola que existe. No de las que disparan balas. No. De las que disparan el amor a Dios.
A Lisa la alarma la dirección que está tomando el sermón, pero el pastor Lance no parece tener prisa por llegar a destino.
—Hermanos. Hermanas. Hoy compartiré con ustedes una dura verdad, y permítanme dejar en claro que no me produce ningún placer hacerlo. Lo que me da placer es imaginar la decisión que espero que ustedes tomen. Hoy. Una decisión que, si la llevan a cabo, cambiará el resto de sus vidas.
Espera, como si el esfuerzo que le requerirá decir lo que va a decir fuera demasiado grande. Respira hondo y Lisa tiene que mirar hacia otro lado. Espera que no diga eso que ella sabe que va a decir, y entonces lo dice.
—La verdad es esta —dice el pastor—. Hermanos. Hermanas. El infierno existe.
Lisa se apoya y la pared la sostiene. Mira a la mujer a su lado, pero la mujer parece imperturbable. El hombre que recibe a los fieles en la puerta parece imperturbable. La congregación no se revuelve en el asiento ni protesta ni habla y, pese a que hay tantos cuerpos en la iglesia, de pronto Lisa se siente muy, pero muy sola.
—“Yo soy el camino, la verdad y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.” ¿Oyen esto, hermanos y hermanas? Nadie. Ni ustedes. Ni yo. Piensen en la mejor persona que conozcan. La más amable. La más buena. La que da todo su dinero para alimentar a los pobres. Esa persona tampoco. A menos que se arrepienta de sus pecados y entregue su vida a Jesucristo.
Las manos del pastor Lance dejan el púlpito, y da un paso al costado. Su camisa, que ahora se ve, está metida en los jeans, los jeans ajustados a la cintura por un cinturón marrón trenzado, como los que Thad y Michael usaban, con flecos largos colgando del frente, cuando estaban de moda en la escuela primaria. El cinturón del pastor no tiene flecos que cuelguen. Tampoco combina con sus zapatos. Llamaría la atención en Cornell. Pero Lisa está siendo esnob. Ella es una chica sureña, nacida y criada en el sur. Aquí, los hombres se visten así.
—¿El camino es estrecho? —prosigue el pastor Lance—. Es estrecho. ¿Pero la recompensa es grande? Es muy grande. Y por eso es tan importante que aceptemos a Jesucristo como nuestro Señor y Salvador y le entreguemos nuestras vidas. Porque Jesús no dijo: “Nadie viene al Padre, sino por Buda”. No dijo: “Nadie viene al padre, sino por Vishnu”. No dijo: “Nadie viene al padre, sino por Zeus”.
La congregación se ríe en voz baja y el pastor Lance junta las manos.
—No, nosotros sabemos cómo son las cosas. Nosotros sabemos lo que dijo Jesús. Nosotros tenemos el libro. Nosotros recibimos la buena nueva. Nosotros sabemos cómo termina la historia y sabemos que hay un solo camino.
Lisa se recuesta contra la pared y se pregunta: ¿este hombre habrá leído la Biblia? ¿De principio a fin? Ella sí la leyó, y tiene un par de preguntas para hacerle. Quiere preguntarle en cuál de las versiones del Génesis cree. Quiere preguntarle por las ovejas de otros rebaños. Quiere preguntarle qué comió en el desayuno y si se lavó las manos y si la camisa que lleva puesta es una mezcla de algodón y poliéster.
El pastor Lance va hacia la nave, abre las manos y aferra el apoyabrazos del primer banco. La familia Mallory gira la cabeza para mirarlo y, de perfil, Lisa ve cada cara: la de la madre surcada de lágrimas, la del padre atribulada de tanto reprimir el llanto, la de la hija catatónica, como si estuviera drogada.
—Yo no sé nada de nuestro hermano Robbie —dice el pastor Lance—. Yo no sé si está en el cielo. No lo sé, porque no sé si él tenía esa relación personal con Jesucristo. Esto suena espantoso, lo sé perfectamente, y dudé en decirlo. Pero esta mañana, Marcy… —Hace un gesto y queda claro que la mujer parada junto a Lisa es la esposa del pastor—. Marcy y yo estábamos hablando y dije: “Marcy, ha ocurrido algo terrible, pero maldita sea, podemos valernos de esto para que la gente acuda a Jesús. Si logramos evitar que un alma vaya al infierno, sólo una, entonces la muerte de ese niño no habrá sido en vano”. ¿No es verdad, querida?
Marcy asiente y su sonrisa es sincera, compasiva.
Lisa está temblando. El calor de los cuerpos llena la iglesia, el aire acondicionado no aplaca el calor del verano, pero Lisa nunca sintió tanto frío.
—A mí me gustaría pensar que Robbie no está en el infierno —dice el pastor Lance—, pero eso es entre Robbie y Dios. Esa decisión ya fue tomada. Lo único que sé, lo único que todos nosotros sabemos, es que nosotros todavía podemos elegir. Cada uno de nosotros, los vivos. Podemos elegir quedarnos con el Príncipe de la Oscuridad o con el Príncipe de la Paz. Tenemos la oportunidad de abrir la puerta o de cerrársela en la cara al amoroso rostro de Cristo.
El pastor observa a su grey. Deja que su mirada derive, sus ojos parecen posarse unos segundos en cada cara y después se alejan.
—Esta vida es una elección y nuestra alma es nuestro voto. Ahora díganme, hermanos y hermanas, ¿van a votar por el cielo o por el infierno?
La cara del padre de Robbie se contrae. Su cabeza cae y el pastor Lance pasa junto a Wendy para apoyar la mano sobre el hombro de su esposo. El hombro se estremece. Glenn libera sus brazos, que hasta entonces rodeaban a su esposa y su hija, y cae de rodillas al suelo, la cabeza inclinada en la oración.
Lisa no aguanta más. Retrocede sobre sus pasos, cruza entre las sillas plegables y la gente que las ocupa. El hombre que la dejó entrar bloquea la puerta. No tiene la intención de bloquearla. Está en éxtasis. Como el resto de los presentes, mira al frente hipnotizado, Lisa no sabe si por miedo al infierno o con la esperanza de alcanzar el cielo.
—Permiso —susurra.
—Ahora bien, algunos de ustedes se preguntarán cómo es el infierno —dice el pastor Lance—. Si de verdad hay allí un lago de fuego. Si la oscuridad es eterna o sólo dura hasta que se quema el pecado.
Lisa le toca el brazo al hombre extático.
—“¿Cómo?”, se preguntarán. “El infierno puede estar en llamas y no obstante a oscuras? ¿Y qué es un rechinar de dientes?”
El pastor Lance muestra los dientes —prístinos, enderezados por la ortodoncia— y los frota lentamente entre sí, su cara una máscara de perplejidad y asombro.
Otra risa por lo bajo de los fieles.
—Ustedes se ríen —dice el pastor—. Pero el infierno no es un chiste. El infierno es real, y es para siempre.
—Por favor —dice Lisa.
—Imaginen eso que más temen —dice el pastor Lance. Se aleja de la familia, deja a Glenn rezando en el suelo y vuelve a su lugar detrás del púlpito—. Pueden ser las jeringas o las arañas. Tal vez las serpientes. Tal vez lo que más temen es despertar un día y descubrir que todos los que aman se han ido. Quiero que piensen en eso durante unos segundos. Que dejen que el miedo encarne. Ahora imaginen ese miedo multiplicado por…
—¡Permiso!
Lisa ha gritado. Se hace un silencio sepulcral y las palabras del pastor caen al abismo. Todos la están mirando: la congregación, el pastor Lance, el hombre que cuida la puerta, la familia del niño.
Wendy, lo lamento muchísimo.
—Vine a darles mis condolencias —dice Lisa, y sale por la puerta y baja la escalinata. Sus sandalias tocan el ripio y se sienta en el primer escalón para recuperar el aliento. Pero se levanta enseguida. Mejor recuperar el aliento en el auto. Mejor escapar de aquí lo más rápido que pueda.
Pero oye una voz a sus espaldas.
—Espere —llama la voz—. Por favor.
Y Lisa se da vuelta.
Es la esposa del pastor Lance. Es más baja que Lisa, pero está parada un escalón más arriba, y se miran directo a los ojos. El ruedo de su vestido acaricia sus tobillos y su rostro expresa una genuina preocupación.
—Soy Marcy —dice—. Soy la esposa del pastor Lance.
Todavía está a tiempo de darse vuelta e irse, pero Lisa se siente obligada a decir su nombre.
—Lisa.
Marcy sonríe.
—Encantada de conocerla, Lisa. Nunca la había visto por aquí. ¿Se enteró de lo que pasó?
Lisa asiente. No piensa decir que estuvo allí. No quiere darle a Marcy ningún motivo para que la abrace. Que la compasión de Marcy se extienda a aquellos que la necesitan, a los que están amontonados en el primer banco escuchando que el infierno es fuego y arañas, que su único hijo varón puede estar allí ahora.
—Sé que es difícil de escuchar —dice Marcy—. ¿Qué parte le molestó?
—Todo. Todo me molesta. Ver que una iglesia explota una tragedia. Ver que una familia que necesita compasión reciba amenazas de infierno.
Marcy mira por encima de Lisa hacia el cementerio. Mira tanto tiempo que Lisa siente la tentación de irse.
—Usted no cree en el infierno, ¿no? —dice Marcy.
—No. Nunca creí.
Para Lisa, el infierno es como el apéndice, tal vez, hace mucho tiempo, fue esencial para la evolución de algunas religiones. Pero el infierno ha sobrevivido con creces su utilidad. En lo que atañe a la fe, el infierno es un órgano podrido que es necesario extirpar.
—Discúlpeme —dice Marcy—. Pero el infierno está en la Biblia.
—Como la violación, el incesto y el genocidio ordenados por Dios.
Marcy asiente.
—Es un libro difícil. Pero, a falta de la Biblia, ¿cuál sería su fuente de autoridad? ¿Cómo distingue el bien del mal? ¿Cómo se comunica usted con Dios?
—Con la razón —dice Lisa—. También con la fe y las plegarias, pero no olvidemos que Dios nos dio cerebros a los humanos. ¿Por qué tendríamos una lógica a nuestra disposición si no fuera para entender las cosas por nuestros propios medios? En cuanto al bien y el mal, no se necesita un libro para saber cuál es cuál.
—¿Entonces usted no tiene fe en las escrituras?
—Yo tengo fe en la intuición —dice Lisa—. Yo tengo fe en el hecho de que un libro escrito hace milenios, y después reunido por cientos de hombres durante cientos de años, debe necesariamente tener algunos defectos. Algunas crueldades. Algunas incoherencias. Los hombres tienen planes. Las iglesias se retractan todo el tiempo. Nosotros cambiamos de opinión. Dios también.
—Dios no puede cambiar de opinión —dice Marcy.
—¿No puede o no quiere?
—No cambia de opinión —dice Marcy, pero su cara muestra que no está segura.
—Si Dios no cambia de opinión, ¿qué sentido tiene rezar? ¿Por qué Jacob luchó con el ángel? ¿Por qué implorarle a una deidad cuyas decisiones ya fueron tomadas?
Marcy baja del escalón y hace crujir el ripio. Levanta la vista para buscar los ojos de Lisa.
—Nosotros rezamos —dice Marcy— porque a Dios le gusta que pensemos en Él. Lo complace tener noticias nuestras.
—Tal vez —dice Lisa—. O tal vez Dios no es tan demandante.
Marcy se queda callada después. Esa chica a la que triplica en edad, ¿qué sabe de la pérdida? ¿De la fuerza que se necesita para amar a Dios cuando te arrebatan a la persona que más amas en este mundo?
—¿Usted tiene hijos? —pregunta Lisa.
Marcy ladea la cabeza como un perro cuando intenta escuchar y en su cara se dibuja una sonrisa que no puede disimular.
—Estoy en el segundo trimestre. El médico dice que pronto se va a notar.
—Felicitaciones —dice Lisa.
—Usted iba a decir que tener un hijo cambiará mi opinión de Dios. Mi opinión del infierno.
—Es cierto —dice Lisa—. Usted está por aprender qué es el verdadero amor. Suena condescendiente, pero no es mi intención. Es sólo que… usted es tan joven. Usted cree que sabe qué es el amor, y no lo sabe. Pero lo sabrá.
Un pájaro se posa en la baranda de la escalinata detrás de Marcy, un papamoscas, a juzgar por el pico, pero Lisa no tiene tiempo para identificar la especie porque el pájaro sale volando.
—Yo sé qué es el amor —dice Marcy. Hasta ahora su tono fue mesurado, sereno, pero ahora se ha vuelto defensivo, dolido.
—Dentro de seis meses se abrirán otros espacios en su corazón, espacios que usted no sabía que existían. Cuando se abran, sabrá que el infierno no existe. No puede existir. Porque Dios jamás enviaría allí a un niño.
La voz de Marcy, cuando habla, ha recuperado su vigor.
—Para que Dios nos ame con amor perfecto, Él tiene que permitirnos elegir. Los humanos queremos que todos vayan al cielo, y por eso hemos caído. Dios sabe mucho más que nosotros. Su amor es justo. Nuestro amor es imperfecto.
—¿Amor imperfecto? —dice Lisa—. Eso no existe.
Marcy sacude la cabeza con cortesía.
—Nuestro trabajo no es cuestionar a Dios. Dios nos ha creado. Dios puede hacer con nosotros lo que Él considere adecuado.
Es inútil. Lisa llegó demasiado tarde. A esta chica le lavaron el cerebro, cincelado por miles de mañanas de domingo, por miles de rondas de escuela dominical. Marcy tiene su Biblia, su iglesia, sus versículos trémulos, listos para la reverencia. Lo único que tiene Lisa es la vida.
El pájaro está de vuelta. Se posa sobre el último escalón. Es un cazamoscas de Acadia, común, verde oliva, amarillo y blanco, con un canto como si estuviera pidiendo pizza. Este papamoscas puede planear e incluso volar hacia atrás. Gran pájaro. Pega uno o dos saltitos junto a la puerta de la iglesia y luego desaparece. June cumpliría treinta y cinco años la semana que viene. Lisa casi siente que June está con ella, mirándola.
¿Qué estás haciendo?, pregunta June. Tiene el cabello largo. Los ojos color alabastro. Hace un gesto hacia Marcy, después se para al lado de ella. Toda esta situación desagradable ¿es por mí?
Tiene razón.
—¿Nene o nena? —dice Lisa.
Marcy titubea.
Está bien, quiere decir Lisa. No es una trampa.
—Todavía no sabemos —dice Marcy—. Pero para serle franca, espero que sea una niña. Sé que es terrible decirlo y me sentiré feliz con cualquier cosa que Dios nos envíe. Pero no puedo evitar querer una niña.
Una canción sale de la iglesia, el sonido del piano que alguien está tocando.
—Quisiera pedirle un favor —dice Lisa—. Cuando termine la ceremonia, quiero que busque a Wendy y quiero que le diga que su hijo no está en el infierno.
El piano suena. El sol baja. Un camión pasa por la carretera que divide a los pueblos.
—No puedo hacer eso —dice Marcy—. No sé si es verdad.
—Es verdad. Allí adentro hay una madre. Hace dos días perdió a su hijo. Imagine, Dios no lo permita, pero imagine lo que necesitaría escuchar si esa madre fuera usted.
—¿Yo? —dice Marcy. Tira de las perlas como si el collar le ajustara demasiado el cuello.
—Si su hija muriera —dice Lisa, pero se da cuenta demasiado tarde de que ha ido demasiado lejos. Esto no ayudará a Wendy. No traerá de vuelta a June. Está acosando a una mujer embarazada en la puerta de una iglesia, trata de cambiar una opinión que no va a cambiar.
—Será mejor que se vaya —dice Marcy. Lisa quiere creer que escuchó mal, pero no—. Usted contradice las enseñanzas de la Biblia. Usted cuestiona el mensaje de mi esposo, usted ni siquiera ha sido medianamente amable conmigo, ¿y ahora me dice que mi hija se va a morir?
Cuando June murió, Lisa recibió visitas de amigos y vecinos, de madres que querían compartir sus mismas, tristes historias. Usaban los Kleenex de Lisa, le apretaban la mano y después se iban, más en paz con sus propias pérdidas, felices porque estaban seguras de que habían hecho una diferencia en la vida de Lisa.
Hoy, Lisa quería hablarle a la madre de Robbie sobre June, quería prometerle que no está sola. Al menos, Marcy salvó a Wendy de esto, ¿porque desde cuándo el dolor compartido es un consuelo? ¿Desde cuándo, en los momentos más terribles y más oscuros, ayuda saber que otros también sufren? Mejor dejar a Wendy en paz con su familia, con su dolor.
Lisa mira a Marcy, pero se cansó de argumentar. Se da vuelta para irse, pero le queda una última cosa por decir, y vuelve a darse vuelta.
—Espero que se cumpla su deseo —dice Lisa.
—¿Qué deseo? —dice Marcy.
—Espero que sea una nena.
24
Jake nunca visitó una galería fuera de Nueva York.
Debe haber galerías en Tennessee, aunque su padre nunca lo haya llevado a una. De niño, Jake casi nunca veía arte fuera de los libros y no pisó un museo hasta aquel viaje con la escuela al Memphis Brooks Museum of Art. Los otros chicos hacían piruetas y posaban, aburridos con lo que colgaba de las paredes. Jake intentó ignorar las paredes, pero cada sala lo encendía hasta que ya no pudo aguantarse, y se paró delante de cada cuadro para investigar qué lo hacía tan hermoso. Quería llorar. Tenía doce años y había encontrado su lugar en el mundo.
—¿Cuál pintura fue el disparador? —le preguntó Artforum años más tarde.
Responder fue fácil: Margaret Keane, Waiting, 1962, una hermosa pintura llena de índigos y azules. Una mujer, enmarcada por postigos violetas y cortinas blancas, se asoma por una ventana abierta. A sus espaldas, la casa está a oscuras, pero más allá de la casa es de día. Su cabello es castaño, recogido en un rodete pero suelto a los costados, y enmarca su cara. Tantos marcos: el cabello, las cortinas, los postigos, la ventana. Ella está atrapada. Está cansada. ¿Entonces por qué permanece parada en la ventana con cara triste? ¿Qué está esperando esta mujer?
La pintura le recordaba a su madre. Casi siempre estaba triste, casi siempre cansada, y era hermosa con una hermosura que quizás el padre de Jake no podía apreciar.
Ese día Jake aprendió que cada pintura cuenta dos historias: la historia que te ofrece el pintor y la historia que tú aportas a lo que el pintor pinta. Y las dos son válidas, con sus pinceladas, composición, equilibrio, las dos son verdaderas.
Por supuesto que esto sólo vale para el arte. Lo que cuelga delante de Jake en la pujante galería de Asheville no es arte. La galería ni siquiera es una galería y, con su saco de terciopelo, Jake se siente tonto, demasiado elegante.
Lo que primero le llama la atención es el piso. No es de mármol ni de baldosas ni de madera restaurada. Es un alfombrado imitación bereber que va de pared a pared, con motas oscuras, de esas alfombras sin alma que tapizan los salones en las escuelas primarias. Esta alfombra fue instalada para los Wine Night Wednesdays, el color elegido para disimular las manchas. Lo segundo es el resplandor. Demasiadas lámparas de riel. Demasiado vidrio. Las sombras adquieren formas raras e interrumpen las pinturas colgadas en las paredes. Y después están las paredes propiamente dichas, saturadas de pinturas, paredes tan atestadas que Jake no sabe dónde mirar primero.
La primera sala es un berrinche floral, tulipanes en macetas y rosas en floreros. Las flores ni siquiera son interesantes. Nada de detalles tipo Dalí u O’Keeffe, meros arreglos, naturalezas muertas de las casas más comunes y corrientes de los Estados Unidos. Las pinturas parecen fotos malas trasladadas a la tela con pasteles, y quizás lo son.
La segunda sala está dedicada a los paisajes. Uno captura su mirada, un tronco remontando un río en un ángulo que casi hace entrar a Jake en la pintura. Le gusta la composición, salvo por la ardilla rayada que el pintor metió en el fondo, las mejillas llenas de nueces para pasar el invierno, una ardilla de dibujo animado con sus incisivos prominentes y los brazos cruzados. El resto es escoria: praderas, ríos, una cañada en un bosque, luz filtrándose entre los árboles. ¿Por qué, en las pinturas, la luz siempre tiene que abrirse paso a través del follaje y las nubes? Aburrido, aburrido, aburrido. Mira a su alrededor una vez más, pero no encuentra nada bello. Nada sincero. Estas son pinturas de pinturas, los típicos Kinkades y Bob Rosses de la paleta del pintor aficionado.
Revisa los precios. El cuadro más grande —una marina, 36 x 48— vale dos mil dólares. Una pintura de ese tamaño, en la galería de Frank, costaría cincuenta veces más. Pero una pintura de ese tamaño le llevaría varias semanas a Jake. Esta marina se pintó en un día.
A Jake no le resultó fácil llegar: alquiló un auto cuando Thad le anunció que utilizaría el que habían alquilado durante todo el día, manejó una hora hasta Asheville, después rastreó lo que pensaba sería una galería pero resultó ser el equivalente artístico de un mercado de antigüedades, pintores que alquilaban espacios y los llenaban con su producción. En la entrada, se cruzó con una mujer que estaba colgando su propia muestra, otra cosa que jamás había visto antes. Le preguntó dónde podía encontrar a Marco y la mujer señaló hacia el fondo, pasando la locura floral, los paisajes y una serie de habitaciones interconectadas.
La sala siguiente está dedicada a la fotografía. La mayoría de las impresiones son sepia y la persona detrás de la cámara respeta a rajatabla la regla de los tercios. Están las trilladas playas al atardecer. Los niños con globos. Un ratón apostado sobre la frente de un gato. Pósteres motivacionales, en su mayoría sin la frase que suele acompañar la imagen.
Jake sigue caminando. La galería es larga, una típica casa de escopeta sureña decimonónica reinventada para el comercio, y en la última sala, cuando Jake por fin llega al fondo, está lo de Marco. Algunas pinturas fueron descolgadas, a otras las van a colgar. Pero no es Marco quien ocupa el centro de la sala. Es Amelia, rodeada de cajas marrones y cintas de embalar.
Sostiene una pequeña pintura enmarcada, un halcón que aferra en sus garras a una serpiente. Cuando ve a Jake apoya el cuadro en el suelo con el cuidado exagerado de alguien a quien regañaron mucho por sus descuidos en el pasado. Desde la pared, una gaviota gruñona observa a Jake, el pico con manchas carmesí, las alas desplegadas para el vuelo.
—Al final, no tuve oportunidad de hacerlo contigo —dice.
Jake retrocede un paso.
—Soy gay, Amelia.
—Marco dijo exactamente lo mismo cuando nos conocimos.
Es tan joven. Marco le enseñará todo lo que sabe del sexo y luego, cuando ella sea imbatible en la cama y se haya enamorado de él, la abandonará. Jake lo sabe porque estuvo en ese lugar. Amelia es la nueva Jake.
Desde todos los ángulos, los pájaros lo miran: cardenales, azulejos, un par de patos nadando en un estanque. Son Audubons, todos ellos. Son Audubons sin ser del todo Audubons.
En el piso hay una caja con papeles y Amelia se sienta y envuelve la pintura del halcón. Una esquina del cuadro rompe el envoltorio y Amelia le da una segunda vuelta. El papel es delgado, color gris, tipo papel de diario, y no se parece en nada a los que usan los asistentes de Frank.
—¿Ese papel es libre de ácidos? —pregunta Jake.
Amelia lo mira desde el suelo.
—¿Marco te esperaba?
—No.
Amelia coloca la pintura que acaba de envolver en una caja de cartón. La caja está llena de bollos de papel y ella los empuja hacia abajo. Después sella la caja con cinta de embalar. Mal. Todo mal. Malo para la tela, malo para el marco.
—Marco salió —dice Amelia—. Está estresado. Mel quiere que todo esté listo para el mediodía, aunque es domingo y nadie viene los domingos hasta las dos de la tarde, como muy temprano.
—¿Mel?
—Mel Gleason. El dueño. Tienes que conocerlo. Es el mejor.
Jake no tiene paciencia para explicar la brecha que hay entre este mundo y el suyo. Lo que es más: si la explicara, quedaría como un cretino. Que Amelia siga creyendo que su novio es una estrella. Que siga pensando que Marco y Mel son nombres que todos tendrían que conocer.
—¿Hace cuánto que Marco pinta pájaros? —pregunta Jake.
—Desde que lo conozco. —Amelia descolgó un zorzal de la pared. Está otra vez en el suelo, más papel, más aletas de cartón y más cinta de embalar—. Se venden mejor que todo lo que pintaba antes, así que hoy por hoy sus muestras tienen un solo tema: los pájaros.
Jake imagina el libro inexistente de poesía de Thad y se pregunta cuál de todos esos pájaros quedaría mejor en la tapa.
—Los turistas aman a los pájaros —dice Amelia—. Los lugareños también. Un tipo le compró diecisiete. Nos invita todo el tiempo a comer para que veamos cómo los colgó en su casa, pero Marco nunca quiere ir. Dice que hay un puente entre pintor y cliente que nunca debe cruzarse.
El día de hoy es un completo error. Jake vino a ver el arte de Marco, a ver si había evolucionado, y acaba de comprobar que no. Tendría que irse.
—No estás impresionado —dice Amelia—. Estás pensando en Audubon, ¿verdad? Estás pensado que Marco lo desplumó.
Jake escruta las paredes.
Amelia se levanta.
—Mira, Audubon tampoco pintaba pájaros del natural. Pintaba pájaros embalsamados. Las pinturas de Audubon eran pinturas de esculturas de pájaros. Los pájaros de Marco son pinturas de pinturas de esculturas de pájaros. A tres pasos de distancia del animal propiamente dicho. ¿Cómo lo llama Marco? Lo llama metaglosa. Al imitar a Audubon, glosa el estilo de Audubon.
Jake tiene que dejar de mirar a Amelia para contener la risa. No sabe si esta línea de razonamiento suena como un ensayo mal escrito de un pésimo estudiante de teoría del arte o como algo que el propio Frank podría decir para vender ciertas pinturas. Además, por supuesto, está el hecho de que el elemento “meta” no es lo que hace que estas pinturas se vendan. La gente las compra porque los pájaros son lindos.
—Tendrías que ver las últimas —dice Amelia—. Marco expandió sus horizontes. Las nuevas son todas parejas. Algunos tienen pichones. Mis preferidos son los azulejos. Están por acá. Tienen un gusano en el pico. Creo que serían perfectos para el libro de Thad.
—Ese libro no existe.
Amelia se cruza de brazos. Parece confundida. El piso, donde ella está parada, es un campo minado de paspartús y marcos y bollos de papel.
—Thad y yo estábamos peleando —dice Jake.
—Me di cuenta.
—Y Marco y tú quedaron en medio del fuego cruzado. Inventar el libro fue parte de la pelea. Quiero decir, Thad escribe poemas, pero sólo ha publicado unos pocos. Además, los pájaros son la pasión de su madre. Si escribiera un libro, dudo que fuera sobre pájaros.
—Si escribiera un libro, ¿sobre qué sería?
—Tampoco lo sé.
Duele decirlo, porque es verdad.
—Bueno, ¿de qué se tratan los poemas?
Tendría que poder decir de qué se tratan. Pero no recuerda el tema de un solo poema de Thad. No puede conjurar ni una imagen ni un título, un verso pegadizo.
—Deben ser malos —dice Amelia.
—¿Por qué dices eso?
—Los buenos poemas son difíciles de olvidar.
Eso no es verdad. Los poemas de Thad son buenos. A Jake le dijeron que son buenos. Salieron en revistas. No en revistas revistas, sino en periódicos, en suplementos. Algo en Montana. El suplemento del suplemento del suplemento. Thad estaba orgulloso de ese. Pero si los poemas son tan buenos, ¿por qué Jake no puede recordar ni uno?
Ay, Dios. ¿Jake es como Amelia, que no se da cuenta de nada, y su novio es un escritorzuelo? ¿O a Jake se le han subido tanto los humos que no puede apreciar la poesía de Thad por lo que es? ¿Thad es un pésimo poeta, o Jake es un pésimo novio?
No sabe cuál de las dos cosas, y ahora no es momento para averiguarlo, porque Marco acaba de entrar.
—Jacob —dice Marco. Sus ojos brillan pero está despeinado. La ropa que lleva puesta es la adecuada para desarmar y volver a armar un espacio, shorts manchados de pintura y una remera vieja, el cuello tan estirado que deja ver su pecho. Le pide a Amelia que los deje solos y ella, en puntas de pie, lo besa en la mejilla. Después abraza a Jake.
—Fue muy divertido conocer a alguien famoso —dice.
Jake quiere protestar, pero antes de que pueda pronunciar una palabra Amelia apoya la mano sobre su saco. Frota el terciopelo aplastado, del codo a la muñeca, de la muñeca al codo, y la tela se oscurece, después se ilumina bajo las luces cegadoras de la galería.
—Tú piensas que no conocemos la diferencia entre lo que tenemos aquí y lo que tienes en Nueva York —dice Amelia—. Pero la conocemos. Lo dejaste en claro. Se lo refregaste en la cara.
—Amelia —dice Marco.
Jake no tiene palabras. La subestimó. Los subestimó a ambos.
—Sólo quiero preguntarte algo —dice Amelia—. ¿Tu novio va a tus inauguraciones?
Va. Se viste bien, y siempre sabe qué decirle a Frank, o a un comprador, o a un pintor que está fascinado con Jake. Thad siempre está allí, siempre le hace bromas dulces sobre su saco de terciopelo.
—A todas —dice Jake.
—Me lo imaginaba —dice Amelia—. Parece un tipo muy, muy agradable.
Después se va.
—Lo lamento —dice Marco—. Hoy no es la de siempre.
Camina por la sala. Con mucho menos cuidado que Amelia, descuelga cinco pinturas de la pared. El ruido de los marcos hace parpadear a Jake. Marco apila las pinturas en el suelo, se arrodilla y abre una caja de cartón sin etiquetar. Envuelve rápido las pinturas, sin fanfarria.
—Podrías haber llamado —dice Marco.
—Pensé que si llamaba me dirías que no viniera.
El pájaro que Marco tiene en la mano, Jake piensa que es una espátula, las plumas rosadas, el pico con forma de cucharón. Hace cinco minutos, lo que más deseaba en el mundo era deshacerse de esta gente, hacerse humo. Pero al ver a Marco de rodillas, envolviendo sus pájaros, siente una oleada de compasión, urgente e intensa.
—Yo puedo ayudarte —dice Jake—. Vi tus primeros trabajos, el matadero, los chanchos. Tienes talento, pero lo estás desperdiciando aquí. Si volvieras a mudarte…
—¿Por qué no te vas a la mierda?
Marco baja la pintura de la espátula. Se levanta y va hacia la otra punta de la sala. Quedan tres pinturas colgadas y las retira de la pared.
—¿Yo tengo talento? Miserable arrogante. ¿Crees que no lo sé? ¿Crees que estuve esperando media década para que Jacob Percival Russell viniera a decírmelo?
—Yo solamente…
—Así terminan las cosas, Jake. Algún día tendrás una mala muestra. Quizás no sea la próxima. O la próxima. Pero en algún momento algún crítico decidirá que ya están hartos de ver tus cosas. Su obra se volvió derivativa, dirán, una parodia de sí misma. Otro crítico se hará eco de esa crítica, después otro, hasta llegar al consenso, y quedarás fuera de juego.
Marco agarra la pintura de la espátula, la envuelve y la mete en la caja. Cierra la caja con cinta de embalar.
—En el mejor de los casos, cuando tengas setenta años, alguien reflotará un artículo sobre “maestros olvidados” en el Times. Tu nombre aparecerá junto con otros veinte. Uno de esos nombres estará destacado y, si es el tuyo, la gente volverá a comprar tu obra. Pero no nos engañemos. Los dos sabemos que tu nombre no será el destacado. Porque no se trata del arte. Se trata del artista. ¿Y tú qué eres? Eres blanco, eres cis, eres clase alta, eres varón. Tú no eres lo que el mundo del arte necesita en este momento. Dentro de cincuenta años, te necesitarán todavía menos.
Marco envuelve las últimas tres pinturas. Se le acabaron las cajas y apoya los marcos contra la pared. No quiere mirar a Jake. Ha dicho demasiado, o quizás no ha dicho lo suficiente.
—Uno de estos días pídele a Frank que te muestre una lista de sus clientes —dice Marco—. Pídele ver la lista de los últimos treinta años. Fíjate cuántos nombres reconoces, y verás lo despiadado que es este negocio. Tal vez entonces te preguntarás qué tiene de malo elegir una ciudad que amas, instalarte allí y hacer obra que se vende. Porque, créeme, dentro de veinte años, cuando estés en bancarrota, cuando no sepas a dónde ir, cuando la gente haga chistes y diga que Jake Russell suena a raza de perro, yo todavía estaré aquí, feliz de la vida, pintando pájaros.
Marco se endereza. Mira a los ojos a Jake.
—Yo tengo talento. Por qué no te vas un poco a la mierda.
Jake amaba a este hombre. Todavía lo ama. Quiere abrazarlo, quiere golpearlo.
—Pinta tus pájaros —dice Jake—. Pero también pinta arte verdadero.
—Arte verdadero.
—No quise decir…
—Está bien. No puedes evitarlo. Eres el que eres. Pero te diré la verdad. Lo intenté. Lo intenté y ya no puedo pintar de esa manera. Ya no puedo encontrar el camino de regreso a ese mundo de fantasía de mis veinte años. No espero que comprendas.
Jake quiere decir que comprende, que hace meses que no agarra un pincel, pero esa vergüenza es privada. Si es demasiado íntima para compartirla con Thad, indudablemente es demasiado íntima para compartirla con Marco.
Marco apila las cajas cerradas contra una pared y comienza a vaciar las que contienen sus nuevos trabajos. Desenvuelve una pintura y se la pasa a Jake. Una pareja de zorzales lo miran desde su nido.
Marco desenvuelve varios cuadros más y los cuelga de la pared. Son pinturas uniformes, los mismos marcos, del mismo formato, lo que facilita instalar la muestra. Marco hace un gesto y Jake cuelga los zorzales de un clavo.
—¿Es tan difícil creer que soy feliz? —pregunta Marco.
Es difícil. Porque Jake no sería feliz. Para eso, preferiría seguir el camino de Michael. Preferiría vender calzado para hombres antes que hacer arte malo. Al menos, sería un trabajo honesto. Pero esto, esta galería, estas pinturas en las paredes, nada de esto le parece honesto a Jake.
—Pensé que serías diferente —dice Marco—. Cuando te busqué, pensé que los dos habríamos madurado, que nos habríamos calmado. Pero sigues siendo el chiquilín con el saco de terciopelo negro que se cree mejor que todos los demás. Debe dolerte mucho saber que no envidio nada de lo que tienes.
Jake intenta tocarlo y Marco le empuja la mano.
En torno a ellos, los pájaros parecen aletear, cobrar vida, gorjear y trinar, agitar las alas y cantar.
—Mírate —dice Marco—, jamás entenderé cómo hace Thad para aguantarte.
Jake apoya las manos sobre los hombros de Marco y Marco se deja tocar. Después Marco hace lo mismo, los hombros de Jake en sus manos.
No se abrazan. Nunca volverán a abrazarse. Son luchadores, se bambolean, cansados de la pelea. Sus frentes se tocan y no hay amor en ese contacto. Sin embargo, se quedan así durante mucho, mucho tiempo.
25
Los aparejos de pesca cubren la mesa de la cocina. Anzuelos y cebos artificiales, flotadores y señuelos, tanzas, boyas y plomadas.Hasta esta mañana, cuando Richard se decidió a limpiarlos y ordenarlos, no se había dado cuenta de que eran tantos. Incluso ahora que agregó la hoja extra a la mesa, no hay suficiente espacio para desparramar todo su equipo.
Con un cesto a su lado, Richard arroja lo que puede a la basura. Un anzuelo rosa partido por la mitad. Un señuelo doble hélice roto. Un spinnerbait sin hojas ni esmerillones.
Es sorprendente la cantidad de objetos que puede acumular una persona en treinta años. El padre de Richard estaría disgustado. Richard, que creció con pocas cosas materiales, fue educado para despreciar al tipo de persona en que se ha convertido: elitista, académico, clase media alta; alguien que tiene más de lo que necesita, alguien que, la mayoría de las veces, no sabe valorar todo lo que tiene. Aquí hay más señuelos de los que podrá usar en toda su vida, más novelas baratas ambientadas en Florida en el garaje de las que llegará a leer antes de morir.
Sus hijos son iguales.
Todas las navidades Michael se aparece con el último modelo de celular, el más caro. Pero no puede pagar las cuentas y le pide a Richard que le extienda otro cheque.
Thad, al menos, es frugal; su tendencia acumuladora se limita a los libros y cómics que puede comprar. Esas compras expresan una pasión y Richard espera que dure, espera que los libros hagan feliz a Thad por el resto de su vida. De niño, Thad tenía problemas para dedicarse a una sola cosa. Primero le gustaba dibujar. Después le gustaron los deportes: el fútbol americano y el béisbol. En la escuela secundaria le interesó el teatro, después la música. Tuvo una banda… ¿cómo se llamaba? Thad tocaba el teclado, el más prescindible de los instrumentos de las bandas de garaje y, como era de esperar, en menos de un año la banda prescindió de él.
Richard tira a la basura varios señuelos oxidados, un anzuelo sin púa.
Diane viene desde la cocina y Richard hace lugar en la mesa para que pueda apoyar su plato, el sándwich que se preparó para almorzar.
—Son hermosos —dice Diane, pasando el dedo sobre los ojos exagerados de un señuelo Hula Popper. En todos los años que pasó con ellos en el lago, ni una sola vez acompañó a Richard a pescar.
—¿Dónde se fueron todos? —pregunta Richard. Durmió hasta tarde y fue una sorpresa despertar con la casa semivacía.
—Michael fue a Highlands. Lisa está en la iglesia. Jake salió temprano, no sé a dónde fue, pero Thad le prohibió que se llevara el auto, así que tuvo que alquilar otro. No sé qué está pasando. Ni siquiera sabía que teníamos una Enterprise aquí. Si necesitas ir al pueblo, allí está el auto de Thad. No sé si no quiere compartirlo con nadie o solo con Jake.
—No hay problema —dice Richard—. Será agradable pasar el día en el lago.
Del otro lado de la ventana las lanchas han desaparecido y el sol está alto, el agua parece cristal. Esta es la bahía que recuerda. Este es el lago que ama.
Thad se reúne con ellos. La cafetera se ha enfriado, pero se sirve lo que queda en un jarro y lo calienta en el microondas. Pregunta dónde se fueron todos, Diane le recita la misma perorata que le recitó a Richard, y Thad se sienta con ellos a la mesa. Bebe su café a sorbos y mira un señuelo cuchara, la superficie dentada como las pinzas de un cascanueces.
—Cuidado, hijo —dice Richard, y enseguida se siente mal. Todo este rato dejó que Diane revolviera los aparejos sin inmutarse. Intenta no hacer esto, no quiere tratar a las parejas de sus hijos con más respeto del que les prodiga a ellos, pero le resulta difícil por la manera en que se comportan sus hijos muchas veces, por las decisiones altamente cuestionables que toman. Él los ama con un amor pleno e incondicional. Pero respetar es más difícil que amar.
—Creo que mamá tiró mis cómics a la basura —dice Thad.
—Estoy seguro de que van a aparecer —dice Richard—. Pásame ese flotador.
Thad desliza un corcho de pesca rojo sobre la mesa.
—Estaban en unas cajas de cartón blancas. Unas cajas largas, con unos cien cómics cada una. Algunos eran muy valiosos.
—Eh —dice Richard—. ¿Y si contamos chistes?
Su hijo no es ningún estúpido. No pasará por alto que está tratando de cambiar de tema. No obstante, Richard saca a relucir su polvoriento arsenal de chistes trillados.
—¿Cuál es la diferencia entre cazar y casar?
—No lo sé —dice Diane—. ¿Cuál es la diferencia?
—Cazar es cuando las personas matan animales, y casar es cuando se matan entre ellas.
Diane se ríe con gusto. Thad ya conoce ese chiste. Conoce todos los chistes de Richard.
—Esa banda en la que estabas —dice Richard—. ¿cómo se llamaba?
—¿Estuviste en una banda? —pregunta Diane.
—Papá usa la palabra banda con mucha liberalidad —dice Thad—. Más bien éramos cinco chicos de escuela secundaria y un garaje. Hacíamos covers de Weezer, algo de Blink-182, mucho de Green Day. Era 2004, así que nos sabíamos al derecho y al revés American Idiot.
—¿Pero cuál era el nombre de la banda? —dice Richard.
—Inadequate Grass —dice Thad.
—Eso es. Se llamaba así.
—¿Recuerdas el juego de computadora? —le pregunta Thad a Diane—. ¿The Oregon Trail?
—Por supuesto —dice Diane.
—Estabas en el camino, había una sequía y tu buey moría por comer Inadequate Grass. Jugábamos con el doble sentido.
Richard no le sigue el tren. Está tratando de recordar si alguna vez jugó un videojuego.
—También teníamos remeras —dice Thad—. El nombre en el frente, una hoja de marihuana en la espalda. Nos creíamos muy vivos. Nosotros no podíamos usarlas, porque se supone que uno no puede usar la remera de la banda que integra, así que tratábamos de venderlas. Hicimos algunos shows, batallas de bandas. Arrastrábamos esa caja de remeras a todas partes pero nunca vendimos ni una. —Mira a Richard—. Tal vez esa caja de remeras esté aquí. En el garaje. Con mis cómics.
Una vez limpia la mesa de aparejos rotos, Richard acomoda anzuelos y señuelos en los compartimentos de su caja de pesca.
—Creo que esta tarde iré a pescar —anuncia.
—Yo voy a Nico’s —dice Thad.
Diane no dice nada y Richard odia imaginarla sola con su sándwich. Desearía saber por qué están peleados Michael y ella. Desearía saber cómo ayudar.
—¿Te gustaría venir conmigo…?
La invitación es sincera, pero Diane la descarta con un ademán y Richard se pregunta si habrá pensado que la invitaba por compromiso. O quizás prefiere pasar un rato a solas. Después de todo, él tampoco es un gran conversador.
Diane come su sándwich. Thad va a su cuarto. Richard se levanta de la mesa.
El cesto a su lado está lleno de cosas rotas, flotadores de plástico aplastados, anzuelos torcidos, señuelos demasiado oxidados para atraer a los peces. La caja de pesca, cuando la levanta, está más liviana, sólo contiene lo que todavía puede ser útil.
26
Highlands no tiene un buen bar, mucho menos un buen boliche, y nada parecido a los bares ruidosos, con rincones oscuros, que acostumbra frecuentar. En sus días libres, o después de trabajar, el culo de Michael calienta los taburetes de todos los bares que existen en Dallas-Fort Worth. Paga en efectivo para que Diane no pueda rastrear sus movimientos con las tarjetas de crédito, aunque más de una vez le ha preguntado por qué retira tanto dinero en cajeros automáticos.
El año pasado había un lugar en Highlands. Decente. Barato. Henry’s, ¿puede ser? ¿Harry’s? Algo con H. O con W. ¿Willy’s? No está seguro. Esta mañana bebió aguardiente, justo antes de salir, y le cuesta ordenar sus pensamientos.
Pasa frente a Nico’s y toma Main Street, tres cuadras de boutiques y cafés. Dobla por una calle lateral y estaciona su Hyundai entre un Mercedes último modelo y un señorial Lincoln Town Car. Los que viven aquí tienen dinero. Revisa su billetera —suficiente efectivo para tres tragos, tal vez cuatro—, baja del auto y busca Henry’s. O Willy’s. Cualquier bar estará bien.
Las campanas de la iglesia dan las once. Maldita sea, es domingo. La ley que regula los bares indica que tendrá que matar una hora, suponiendo que pueda encontrar un lugar que sirva alcohol un domingo. La sangre le arde en las manos, en la cara, pura adrenalina de sólo pensar que tal vez no consiga un trago. Es patético. No es que no sepa que es patético.
Pronto dejará de beber.
No puede parar. Si pasa medio día sin beber le tiemblan las manos. Después vienen las jaquecas, el sudor frío, el dolor de estómago y los calambres.
Se apresura por la vereda, chequea todos los toldos, todas las vidrieras, en busca de alcohol. Está nublado. Parece que fuera a llover otra vez pero no. Las calles están semivacías, la mayoría de la gente está en la iglesia o esperando que abran los lugares. Un poco más adelante, una anciana hace entrar a su chihuahua a una tienda donde venden golosinas libres de gluten para perros.
Michael se detiene en dos lugares de brunch, pensando en una mimosa, pero en ambos recibe la misma respuesta —no sirven alcohol antes del mediodía— y se marcha.
Pasa delante de la panadería, de la cafetería que cambia de nombre todos los años, del viejo teatro que ha sido la fachada de al menos cinco negocios desde que Michael era niño. No obstante, el frente sigue igual, el letrero de Galaxy donde solía estar el único cine del pueblo, la G ausente, las letras herrumbradas. En la cima de cada letra emergen púas —para repeler a las palomas— y Michael no puede evitar preguntarse si algún pájaro se habrá ensartado alguna vez y quién se habrá encargado de limpiar sus despojos.
Pasa de largo por Highlands Fine Art Gallery, después retrocede sobre sus pasos. La vidriera es grande. Se ven algunas gotas, recién lavaron los vidrios. Adentro, telas de colores brillantes interrumpen las paredes. No sabría decir si son buenas. No entiende el arte abstracto. Le gusta lo que hace Jake. Jake no salpica una tela con pintura y lo llama arte. Puede que sus pinturas no tengan sentido, pero al menos los objetos parecen objetos de la vida real. Al menos tiene destreza para pintar.
Una vez Michael le preguntó a Jake qué significaba el cuadro que pintó para la casa del lago, pero Jake se rio de la pregunta. “¿Qué significa?”, preguntó. “¿Qué significan tus zapatos? ¿Cuál es el significado del sol?” Michael intentó argumentar que esos significados eran evidentes. Los zapatos protegen los pies. El sol es esencial para la vida en la tierra. Pero Michael ya había aprendido la lección. Por muy agradable que parezca Jake, por más regalos o dinero que desparrame, por muy buena educación que tenga o por más cosas que haya superado, el novio de Thad sigue siendo un cretino.
Además, Jake nunca le brindó a Diane su tiempo o su consejo profesional como artista, nunca pidió ver su trabajo, y Diane siempre fue demasiado tímida como para pedírselo. Jake sabe que ella esculpe y pinta, y sin embargo no ha mostrado el menor interés.
A la mierda con Jake. Michael hará algo lindo por Diane. Le llevará un regalo, algo que diga por favor, no te divorcies de mí. Lo siento. Estoy asustado.
La galería está abierta y entra. Tal vez él no sepa lo que es bueno, pero sabe lo que le gusta a su esposa. Entre una docena de pinturas podría elegir la que mejor combine con las que cuelgan de las paredes de su casa, aunque ninguna es obra de Diane, hecho que desconcierta a Michael. Los artistas no exhiben su propia obra. La venden, dice su esposa. No importa que nadie compre, que el dormitorio de huéspedes esté abarrotado de pinturas, jarrones y cerámicas de Diane.
La galería es amplia, un laberinto de paredes bajas y sin apoyos, como cubículos de oficina. Un laberinto de arte. Michael escucha voces y las sigue hasta el centro del laberinto donde una mujer y un hombre conversan. El hombre es viejo, cabello gris, traje gris. La mujer, de mediana edad, tiene unos anteojos enormes encabalgados en la nariz. El cabello corto, la frente tapada por un flequillo. ¿Por qué las mujeres, cuando rondan los cuarenta, se cortan el pelo tan corto?
El hombre sostiene una pintura enmarcada, y la mujer la examina. Es una pintura de la aurora boreal sobre una cadena montañosa, y es bella. Michael se sorprende de encontrar tamaña belleza en ese lugar. La mujer se acerca a la pintura hasta que su cara está a milímetros de la tela, después retrocede. Empuja los anteojos sobre el puente de su nariz.
—¿Es original? —pregunta—. ¿O…?
Después dice algo que a Michael le suena como giclée.
—Es un giclée —dice el hombre.
Michael casi espera que el tipo le diga señora. Debe ser el dueño o el curador, o como se llame la persona que dirige una galería. Él también usa anteojos, las lentes con marco de níquel y redondas. No se da por aludido por la presencia de Michael. La mujer tampoco.
La mujer contempla la pintura un poco más. Todo en la postura del hombre, la expresión de su cara, revela que no es un individuo acostumbrado a sostener cuadros, pero que, por esta clienta, está haciendo una excepción.
—Esperaba un original, no un giclée —dice ella.
Michael realmente necesita que esa gente deje de decir giclée.
—Es una buena reproducción —dice el hombre.
¿Entonces giclée significa reproducción? ¿Por qué no dicen reproducción? ¿El giclée es algo especial en sí mismo o sólo sirve para que los compradores se sientan especiales diciendo esa palabra?
—Le doy mi palabra —dice el hombre—. Este giclée es el número cuatro de cincuenta. Una tirada muy limitada.
Si vuelve a decir esa palabra, Michael va a giclear el cuadro que tiene más cerca con el puño.
—El único original de esta serie —dice el hombre— es el Reikiavik.
Michael se había dado vuelta para irse, pero Reikiavik lo detiene. Reikiavik es una palabra que conoce. Es la capital de Islandia. Lo sabe porque Diane siempre dice que le gustaría ir.
Michael se da vuelta y el hombre sostiene una pintura de la capital de Islandia por la noche. La imagen es un conjunto de grises y verdes, un poco opaca, un poco tosca comparada con la reproducción.
La mujer se lleva una mano a la mejilla. Se acaricia el lóbulo de la oreja con el pulgar.
—Prefiero el giclée, pero me encantaría tener un original. Llevaría los dos, pero lamentablemente no tenemos espacio. No tendría que haber tirado abajo esa pared de la cocina.
Michael no quiso reírse. Los dos se dan vuelta.
—Enseguida estoy con usted —dice el hombre.
La mujer desvía la vista.
—Tendré que pensarlo un poco. ¿Puede reservarlas?
—Por supuesto —dice el hombre—. Veinticuatro horas, no lo olvide.
—Por supuesto que no, no volveré a cometer el mismo error.
Recién cuando el hombre vuelve a colgar la pintura de la pared y escolta a la mujer con paso lento, mientras siguen conversando hasta la salida, recién entonces Michael ve la pintura que quiere. No es ninguna de las que reservó la mujer. Es un paisaje. Nada ampuloso, y eso es bueno. A Diane no le gusta lo ampuloso. Prefiere lo sutil; por ejemplo, ella hubiera preferido una casa más pequeña. Ese paisaje que está en la pared le va a encantar. Un camino negro que atraviesa unas colinas verdes, el cielo azul arriba, ni una sola nube.
Tiene que tenerla. Una pintura no puede reescribir los últimos dos meses, pero ya es algo. Esta pintura dice sé que mereces algo mejor, y haré lo imposible por merecer tu amor. Y si no dice eso, al menos dice me importa. Presto atención. Sé lo que te gusta.
—Veo que le agrada esta.
El hombre está de vuelta. Michael observa que lleva un pañuelo amarillo en el bolsillo superior del saco. Michael está con zapatillas, jeans y remera, y de pronto se siente muy, pero muy mal vestido.
—Su cabeza —dice el hombre, y tiene todo el aspecto de alguien que habla con acento británico, alguien que podría llamarse Gerald.
—Mi caballo —dice Michael, ensayando su mejor acento británico. Al diablo con todo. Jamás volverá a ver a este tipo.
—Su… ¿caballo?
—Patea fuerte —dice Michael, con la voz más británica que puede imitar.
—Qué terrible.
—No hay problema —dice Michael—. Tendría que ver lo que yo le hice al caballo.
El hombre abre mucho los ojos y Michael se acerca más al paisaje que a Diane le gustaría.
—¿Esto también es Islandia? —pregunta.
El hombre asiente.
—Me parecía. Con mi esposa viajamos por la campiña islandesa esta primavera y estoy totalmente seguro de que pasamos por estas colinas.
Michael se aclara la garganta. El hombre se anima. Tal vez no se crea lo del acento ni la historia del caballo, pero cree en el dinero de Michael y con eso basta.
—Es una reproducción preciosa —dice el hombre—. Mi favorita de la serie.
Michael está confundido. Mira más de cerca. El paisaje le parece una pintura.
—¿Esto no es una pintura?
—Es un giclée.
—Discúlpeme —dice Michael—. Creo que no tenemos estas cosas en Londres.
—Soy yo el que se disculpa —dice el hombre. Y deletrea la palabra—. El proceso de giclée es el método de reproducción con impresora de chorro a tinta con más alta resolución que existe. Mejor que el láser. Mejor que la serigrafía.
Michael se muere de ganas de pasar un dedo por la tela, sólo para sentirla.
—¿Esto no es pintura?
—Es tinta, pero con base de pigmentos. Sin colorante. Y con cincuenta años de garantía contra el desgaste. En realidad, es mejor que una pintura, no se resquebraja, no se agrieta, no se raja. Dígame, ¿no le parece increíble que algunos insectos coman pintura?
—Salvo que el artista no pintó esto —dice Michael.
—El artista pintó este paisaje. Por supuesto que sí. Pero el artista no pintó este.
El dueño de la galería parece ofuscado. ¿Cuántas veces por semana tiene esta misma conversación? ¿Cuántas veces se ve obligado a defender las obras que vende?
—El artista no pintó este —dice el hombre—, pero lo firmó y lo numeró. La firma: la firma es pintura.
—¿El tipo de pintura que comen los insectos?
El dueño de la galería estudia los cordones de sus zapatos y Michael lo pesca al vuelo: Michael es la anécdota que este hombre le contará a su esposa esta noche. Sacudirán las cabezas. Se morirán de risa a costa suya. Para cenar, comerán la comida elegante que comen los residentes de Highlands. Escucharán música en su fonógrafo o en el aparato que usan los residentes de Highlands para escuchar música. El hombre del acento británico falso y la cabeza vendada será una anécdota divertida en todas las fiestas durante años.
—¿Usted mencionó un original? —dice Michael.
—Hay uno solo en la serie —dice el hombre—. El retrato de Reikiavik.
Michael va hacia la segunda de las dos obras que reservó la mujer. La mira de cerca. Para su sorpresa, Reikiavik se parece tanto a una ciudad capital como Ithaca, donde él creció. Los edificios parecen cajas, son pequeños. Una solitaria iglesia de concreto se alza por encima del resto.
A Michael le gusta más el paisaje brillante. A Diane también le gustaría más. Pero Michael no puede superar el hecho de que es una tela sobre la que una máquina escupió tinta. No, este regalo, para significar algo, tiene que ser pintura. Tiene que ser real.
Michael se acerca más y el hombre le pide que retroceda un paso. La pintura de esta tela es verdadera, tiene textura, tiene capas gruesas. Hay una cerda en el borde de un edificio. Michael retrocede. El dueño de la galería saca un pañuelo del bolsillo trasero del pantalón y se suena la nariz.
—¿Cuánto? —pregunta Michael.
—¿Perdón? —dice el hombre, y vuelve a guardar el pañuelo en el bolsillo.
Michael se pregunta si lo está haciendo mal. Nunca compró una obra de arte.
—La pintura. ¿Cuál es el precio?
—Bueno, es un original.
—¿No sólo la firma?
—Señor, le garantizo que esta pintura fue pintada por el artista. Su precio son seis mil dólares.
Michael retrocede otro paso de la pared. No estaba preparado para esto. La pintura tiene el tamaño de la tapa de una caja de zapatos.
—¿Seis lucas? ¿Por esto?
—Sí, señor. Aunque, como quizás habrá escuchado, está reservada para una de nuestras mejores clientas. No podré venderla hasta el día de mañana a esta misma hora.
Mira a Michael con una mirada que dice es evidente que usted no tiene dinero, váyase. Y esa mirada enfurece a Michael. Por supuesto que ha manejado mal sus finanzas. Por supuesto que está al borde de la bancarrota y tiene una deuda espantosa con su tarjeta de crédito. Pero este arrogante pelotudo no puede saber esas cosas de sólo mirarlo. Michael podría tener dinero. Si hubiera sido un poco más sabio. Si no hubiera comprado una casa tan grande. Si hubiera sabido cómo funcionan las tasas de interés, cómo funcionan las tarjetas de crédito, cómo se comportan las hipotecas. Si hubieran sabido que, en 2018, su casa no valdría lo que pagaron en 2007 por ella. Si entonces hubiera sabido lo que sabe ahora, diablos, podría ser un hombre rico.
—Le pagaré siete —dice Michael.
El dueño de la galería enarca las cejas.
—Lo siento, señor, pero la señora Lynn es una de nuestras clientas más queridas…
—Ocho. Ocho lucas.
El propietario chasquea la lengua.
—Es sumamente halagador, pero me temo que…
—Nueve —dice Michael—. Ni un centavo más. Esa pintura ya está sobrevaluada.
Sobrevaluada. Es una palabra que nunca usó antes, pero se cansó de oír a Jake repetirla.
El propietario agarra la pintura.
—Usted sí que sabe negociar —dice Michael.
Abandonó por completo el acento falso. Le importa un bledo. Le borró esa expresión petulante de la cara a ese infeliz.
—Doce mil —dice Michael—. Dos veces lo que vale. Incluso estoy dispuesto a emitir dos cheques. Seis lucas para la galería. Seis lucas para usted.
El propietario no lo mira.
—O a una organización de caridad que usted elija —dice Michael. Eso le gusta. Suena como algo que puede decir una persona rica.
—Ojalá pudiera —dice el propietario.
—Vamos —dice Michael.
—Nos vendría bien.
—Acepte el dinero.
El propietario cierra los ojos. Cuando los abre, Michael sabe que ha ganado. El hombre retira la pintura de la pared y Michael lo acompaña hasta un escritorio junto a la puerta de entrada.
—Una cosa más —dice Michael—. Quiero que la llame.
—¿Que llame… a quién?
—A la compradora que reservó la pintura. Llame a la señora Lynn.
—No creo que sea necesario. —El hombre está agitado. Transpira. Saca el pañuelo del bolsillo y se enjuga la frente—. Tal como van las cosas, quizás no quiera la pintura, después de todo. No hay necesidad de molestarla a menos que…
—Es necesario —dice Michael—. No puedo cerrar este trato con la conciencia tranquila hasta no estar seguro de que el acuerdo anterior fue cancelado. No pienso hacer negocios con alguien que no es honesto.
El propietario suelta una risita nerviosa, pero Michael no se ríe.
Tañen las campanas de la iglesia. Es mediodía.
El hombre está parado detrás del escritorio. Hay un teléfono de línea junto a un recipiente de vidrio lleno de mentas. Michael desenvuelve una y la deja caer en su boca. Deja caer el envoltorio al suelo.
—En realidad no veo por qué es necesario —dice el hombre.
—Esas son mis condiciones —dice Michael. Le arde la garganta. Está desesperado por un trago.
El hombre saca una libreta pequeña, con tapas de cuero, de un cajón del escritorio. Pasa varias páginas y después levanta el tubo del teléfono. Pero no marca el número. Mira fijamente a Michael y Michael no puede adivinar, por su expresión, si el hombre le tiene lástima o miedo, si piensa que es un excéntrico o un loco. Pero quiere el dinero. De eso está seguro.
—Llámela —dice Michael.
El hombre titubea, después marca.
Lo que ocurre luego es duro de escuchar. En el teléfono, el dueño de la galería le dice a su clienta que la pintura ya no es suya. La noticia no es bien recibida, y el hombre pasa un rato hablando, le suplica a la mujer que no llore, le jura que sigue siendo su clienta favorita. Cuando concluye la llamada está pálido. Se seca los ojos. Tiene saliva en las comisuras de la boca. No mira a Michael.
—La pintura es suya —dice.
Sobre el escritorio, junto al recipiente de caramelos de menta, Reikiavik lanza destellos plateados en el cielo nocturno.
—Lo siento —dice Michael—. Cambié de opinión.
27
Highlands Comics and Collectibles no es lo que Lisa esperaba.
Ella esperaba una cueva oscura, húmeda y llena de telarañas. Esperaba el hedor de una librería de usados: moho y polvo, páginas de libros amarilleadas por el tiempo. Esperaba adolescentes con anteojos, con aparatos en los dientes. En cambio, se encuentra con una mujer que orilla los treinta con una remera azul y roja de Superchica.
Su cabello es castaño, largo hasta la cintura, como lo usaba Lisa en la universidad; pero el de ella está bañado de reflejos rosados y púrpuras. Lee un cómic de El Hombre Araña detrás del mostrador. Detrás del mostrador una vitrina exhibe hilera tras hilera de cómics y muñecos coleccionables.
El resto de la tienda está limpio y ordenado. Los colores asaltan los sentidos. Los productos llenan todos los rincones y cuelgan de todas las paredes. Esculturas y pósteres. Capas y capuchas. Mesas cubiertas de cajas angostas forman una isla en el centro. Las cajas están abarrotadas de cómics, los cómics sellados en bolsas plásticas con cartón detrás para que el papel no se ondule.
Ella no sabe si Thad todavía colecciona cómics o se concentra exclusivamente en su poesía, si quiere sus historietas viejas para volver a leerlas o sólo por los recuerdos que evocan. No conoce a Thad como lo conocía antes, y eso es una pérdida. Los padres no tienen hijos preferidos, pero, si los tuvieran, el preferido de Lisa sería Thad.
Durante años no pudo convencerlo de que leyera. Probó con la ciencia ficción, los westerns, las novelas de misterio de Richard, las biografías, las revistas de supermercado. A ella le encantaba leer y, como madre, la perturbaba que su hijo no lo disfrutara. Pensó que podría incitarlo a la lectura deslizando cómics en su mochila escolar y bajo la puerta de su dormitorio. Batman. Los Cuatro Fantásticos. El Increíble Hulk. Pero no se enganchaba con nada. Hasta X-Men.
Mirado en retrospectiva, el cómic vino como anillo al dedo. ¿Un grupo de mutantes cuyos poderes se manifestaban, espontáneamente, en la pubertad? A diferencia de otros héroes, los X-Men eran incomprendidos, temidos y odiados por ser quienes eran, por su origen. La metáfora no era precisamente sutil, pero esos libros acompañaron a Thad en los últimos años de la escuela primaria y después en la secundaria, donde no tuvo problemas para salir del clóset.
Fue una tía abuela la que le regaló a Thad un libro de poemas como obsequio de graduación de la secundaria. Lisa había pasado años ofreciéndole libros, pero jamás se le había ocurrido darle un libro de poesía. ¿Pero quién hubiera dicho que el niño que odiaba los libros se haría poeta al llegar a la adultez? Cuando regresaba a casa de la universidad, Thad dejaba sus libros en pilas por todas partes, volúmenes delgados con fajas que decían Premio Pulitzer en las tapas y nombres de autores que ella no reconocía. Lisa intentaba leerlos para tener algo de qué hablar con su hijo, pero le resultaban impenetrables, los poemas desconcertantes y oscuros y tristes. Lo único que esperaba era que no empeoraran la depresión de Thad. Todavía lo espera.
Tiene un gran cerebro, su hijo. Sólo necesita un empujón. Ella sabe que escribe. Lo ve garabatear un cuaderno de vez en cuando. Pero nunca comparte con ella su trabajo y ella tiene miedo de pedírselo. Le dolería muchísimo si le dijera que no.
La mujer del mostrador desliza El Hombre Araña en una bolsa de plástico.
Thad hacía lo mismo, leía cada cómic con cuidado, después lo metía en una bolsa con un cartón, y la cerraba herméticamente. ¿Qué estaba pensando Lisa, por más apurada que estuviera por limpiar la casa? ¿Cómo, cómo, cómo pudo haber tirado sus X-Men a la basura?
La mujer sale de atrás del mostrador.
—¿En qué puedo ayudarla?
—Estoy buscando unos cómics. Pero no estoy segura de lo que estoy buscando.
—No hay problema. Soy Maya. Estoy aquí para ayudar.
En la vitrina hay tres monstruos, uno al lado del otro. Todos son el gusano gordo de La Guerra de las Galaxias, el que Leia estrangula con su cadena. Lisa no entiende por qué cada uno está etiquetado con un precio diferente.
—Estoy aquí por mi hijo —dice Lisa.
—¿Cuántos años tiene su hijo?
Las uñas de Maya son rojas y azules para combinar con la remera, los colores alternan en cada dedo. Golpetean la vitrina donde están los gusanos.
—Tiene treinta. Le gustan los X-Men. Mejor dicho, le gustaban. Quizás todavía le gusten, no lo sé.
—Estoy segura de que sí —dice Maya—. Los fans de los X-Men son leales a muerte.
En Cornell, Lisa temía cada visita al técnico de informática. Digamos que tenía un archivo que no podía descomprimir. Ella hacía su pregunta y el hombre hacía tres cosas. Primero se reía para hacerle saber lo banal que era su pregunta. Segundo, le hacía una pregunta que sabía que ella no podría responder. (¿Los archivos están encriptados? ¿Pudiste abrir las carpetas?) Por último, suspiraba y hacía lo que tenía que hacer sin enseñarle cómo hacerlo.
Lisa temía que la trataran de la misma manera en la tienda de cómics, pero Maya no es el técnico de informática. Es decir, hasta que Lisa dice lo que dice después.
—Tiré sus cómics a la basura.
Maya se ríe. Mira a Lisa. Deja de reírse.
—¿Habla en serio?
Afuera, un auto toca bocina. En la vereda de enfrente, la gente hace cola en una pizzería muy popular.
—Perdón —dice Maya—. Espere un momento.
Cruza la tienda con paso rápido, desaparece detrás de una cortina en el fondo y regresa con otro empleado. Usa una remera de Superman, pero no se pavonea con ella como hace Maya, la remera es uno o dos talles más pequeña. Pero es guapo, de tez clara y ojos oscuros. Tendrá unos veinticinco años, y tiene el cabello negro con peinado afro.
—Él es Ken —dice Maya—. ¿Podría decirle a Ken lo que acaba de decirme?
Lisa se siente incómoda.
—Tiré a la basura los cómics de mi hijo.
Ken se tapa la boca y no con horror fingido. Está horrorizado.
—Carajo —dice—. ¿Cuántos?
Lisa señala las mesas en el centro de la tienda. Las cajas tienen dos tamaños, y ella sabe cuál era el tamaño de las que arrastró hasta el cordón de la vereda.
—Las más cortas. ¿Cuántos cómics caben en dos de esas?
—Trescientos —dice Ken—. Tal vez cuatrocientos.
—Trescientos o cuatrocientos entonces —dice Lisa.
—Carajo —dice Ken.
Maya niega con la cabeza.
—Un momento —dice Ken.
Corre al fondo de la tienda y vuelve con un tercer empleado. Lo cual la obliga a preguntarse ¿cuántas personas trabajan en una pequeña tienda de cómics?
Este hombre es más viejo que los otros dos: andará por los cincuenta. Tiene una tupida barba gris y, en vez de Superman, lleva una camisa hawaiana abotonada hasta el cuello. De su cinturón cuelga un pez inflable de goma roja, como una de esas galletitas suecas que vienen en cajas azules y amarillas. El pez cuelga desde la cintura hasta la rodilla.
—Disculpe —dice Ken—. Sólo una vez más.
Pero Lisa no quiere seguir jugando este juego. Si la obligan a decirlo otra vez, se pondrá a llorar. Y el hombre de la camisa hawaiana debe haberse dado cuenta porque la hace pasar a la trastienda, detrás de la cortina, la invita a sentarse en una silla plegable y le ofrece una taza de té.
—Lo lamento mucho —dice.
Hay una mesa plegable delante de la silla y el hombre apoya el jarro. Las hojas de té flotan en un colador de metal en forma del logo de Batman, un ala del murciélago enganchada en el borde del jarro. Del agua sube vapor. El té queda en remojo.
—Yo también lo lamento —dice Maya—. Pero hace años que esperamos que llegue este día. La madre que tira a la basura los cómics de su hijo. La fábula con moraleja. Usted es una leyenda.
—Usted es la carta Pikachu Illustrator 1998 de las madres —dice Ken.
El hombre más viejo, el dueño de la tienda que resulta llamarse Matthew, carraspea.
—Lo que quieren decir es que estamos encantados de conocerla. Nunca tuvimos la oportunidad de rearmar una colección perdida. Es el Santo Grial de este trabajo.
Todos acercan sus sillas a la mesa. La mesa está cubierta de cartas. Excepto que las cartas no son reyes ni reinas, son criaturas. Debajo de cada criatura hay números, como si fueran estadísticas de béisbol, pero indescifrables.
—Eligió un buen día para venir —dice Maya—. Sólo hacemos el inventario una o dos veces por año, y por eso nos encuentra a los tres juntos.
La trastienda es como Lisa imaginaba que sería la tienda: mal iluminada, con piso de linóleo que se pega a las suelas de sus zapatos. Hay pilas de cómics embolsados en plástico por todas partes, y esas cajas blancas están por todos lados: algunas llenas, otras a medio llenar, algunas con tapa y otras sin.
Lisa bebe un sorbo de té, demasiado caliente y todavía demasiado aguado. El colador de Batman golpea contra sus dientes.
—Entonces —dice Ken—, ¿de qué títulos estamos hablando?
—X-Men —dice Lisa—. Todos.
—Eso es fácil —dice Ken—. ¿Qué años?
—Desde 2000 a 2010. Pero sólo los veranos. Es resto los tiene. Sólo guardaba aquí los números de verano.
Matthew escruta el cielorraso.
—Eso abarcaría las series de Whedon, Casey, Austen, Claremont, Brubaker y… Fraction.
—No te olvides de Grant Morrison —dice Ken.
Maya levanta una carta, estudia las estadísticas y vuelve a dejarlas sobre la mesa.
—Grant Morrison lo arruinó todo.
—¿Qué estás diciendo? —dice Ken—. Grant Morrison es lo más.
—¡Hizo que Magneto fingiera ser chino durante dos años! Imagínate que eres un lector chino. ¡Crees que existe un X-Men chino! Y después descubres que no, que todo el tiempo era Magneto.
—Eso era…
—Racista —dice Maya—. La palabra que estás buscando es racista.
Ken niega con la cabeza.
—¿De verdad vas a darme un sermón sobre la raza?
—¿De verdad vas a hacerle machoexplicación sobre políticas de género a una lesbiana?
—Listo —dice Matthew—. Se acabó.
Mira a Lisa y se disculpa con la mirada.
—Oh, no es nada —dice ella—. Trabajo en Cornell.
Lisa trata de estar a tono. Es liberal. Es progresista. Es feminista. Pero los cambios constantes en el lenguaje, santo Dios. La desorientó que un estudiante graduado la llamara intolerante por haber aprendido demasiado tarde el término no binarie. A Lisa le gusta esta generación. En serio. Admira su compasión, su voluntad de inclusión, de justicia social, su defensa de los derechos civiles. No obstante, podrían aprender un poco de paciencia, mostrar un poco más de respeto por quienes los precedieron. Lisa estaba en todas las marchas antes de que estos chicos nacieran. Echará de menos a sus alumnos, pero no a los engreídos, a los que están totalmente seguros de haberlo descubierto todo a los veintidós años.
Pero Ken y Maya no son así. Son apasionados. Les importa el arte que aman y cómo se representan los distintos grupos en ese arte. Eso es diferente de menoscabar a alguien por no conocer las palabras correctas. A juzgar por su cara, Lisa no está segura de que Matthew valore los argumentos de Ken y Maya, y está bien. Lo está intentando. Después de todo, los contrató. Mejor dejar que evolucione a su propio ritmo que acusarlo de pelear en el bando contrario.
Matthew tira del pescado que le cuelga del cinturón y lo apoya sobre su muslo. Parece un globo con forma de animal, sin expresión, la boca cerrada, los ojos cerrados. Lisa no capta del todo la elección del accesorio. Pero, bueno, ella sobrevivió a los pantalones pata de elefante, los jams, las hombreras y los stilettos. Durante un tiempo, las plumas en el pelo eran lo máximo. ¿Por qué no llevar un pez colgado del cinturón?
—Pez cinturón —dice Matthew—. Los hace un amigo. Estoy seguro de que se pondrán de moda.
Ken y Maya, reconciliados, se miran a los ojos y es evidente que hacen un gran esfuerzo para no reírse de Matthew.
Matthew se levanta y todos lo siguen pasando la cortina hacia las cajas que ocupan el centro de la tienda.
—Tomará un tiempo —dice—. Pero creo que podemos volver a armar la colección de su hijo. El problema son los meses. Las fechas de las tapas de Marvel y las fechas de publicación no siempre coinciden. Un cómic de junio podría tener una estampilla de agosto.
—Entonces compraré desde junio hasta septiembre —dice Lisa—. Por las dudas.
Matthew se queda mirándola.
—Eso serían unos cuatrocientos cómics. Y algunos podrían ser caros. Le haré un descuento por comprar en cantidad, pero todavía estamos hablando de más de mil dólares. Y eso si tenemos los números. Es probable que falten algunos.
—Voy a llevar todo lo que tenga. Y necesito que estén dentro de sus bolsas. Sin etiquetas, sin precios. Quiero que mi hijo piense que son los suyos.
—Usted es una buena madre —dice Maya.
A Lisa le gustaría creerlo. Pero si ella fuera una buena madre, ¿a Thad le costaría tanto adaptarse, sería un chico tan triste como es? Lisa no es estúpida. Sabe cómo funciona la depresión, el control absoluto que la naturaleza impone sobre la crianza. Pero es una madre y, como madre, es difícil creer que la infelicidad de un hijo no es culpa tuya.
Los cómics no van a curar la depresión de Thad, por supuesto, pero podrían hacerlo feliz durante un día, quizás durante varios días, y para Thad cualquier cantidad de días felices es un montón.
—De acuerdo —dice Matthew. Mira a sus empleados con la gravedad de un entrenador que arenga a sus jugadores para un gran partido—. Maya, tú te ocuparás de X-Force, X-Factor, Excalibur y Generation X. Ken, tú te harás cargo de los personajes: Wolverine, Cable, X-Man y Deadpool. —Mira a Lisa—. ¿Su hijo coleccionaba Deadpool?
Por todos los carpinteros reales que han vivido en este mundo, Lisa no tiene ni idea.
—¿Deadpool es un X-Men?
—Es tangencial —dice Ken—, pero forma parte del canon.
—No sé qué significa eso —dice Lisa.
—Mejor incluyamos a Deadpool —dice Matthew—. Yo me ocuparé de Uncanny X-Men y Astonishing X-Men. Ken, trae un par de viejas Wizards para usarlas de referencia. No quiero saltearme ningún número.
Lisa casi espera que el hombre diga a la una, a las dos y a las tres y que los otros salgan corriendo.
—Estoy tan entusiasmada —dice Maya.
—Voy a conseguirlos a todos —dice Ken.
Están embelesados. Todos ellos.
—La invito a sentarse en la trastienda y disfrutar de su té —dice Matthew—. Esto puede llevar un buen rato.
—Gracias —dice Lisa—. Gracias por su tiempo.
Matthew sonríe y es refrescante ver a alguien que ama su trabajo, que es bueno en lo suyo. Lisa quiere eso para sus hijos. No le importa que no sean profesores o científicos. No le importa que ganen mucho dinero con lo que hacen, aunque sería bueno que ganaran lo suficiente para vivir. Lo único que quiere es que regresen a sus casas satisfechos al final del día, con la certeza de haber hecho un buen trabajo. Ella quiere eso para ellos. Esa sensación de propósito, de propósito y de creer que han usado bien su tiempo.
—Usted es de verdad una buena madre —dice Matthew.
Lisa asiente. Acepta el cumplido.
—Una cosa más —dice él. Vacila, y detiene el movimiento del pez que le cuelga del cinturón—. Sólo para que no haya malentendidos.
—¿Qué?
—No hay devolución.
28
Con la mano en la palanca de comando, Richard sigue la línea de la costa, y maniobra con cuidado para evitar que las hélices choquen contra las rocas. Un poco más adelante, un árbol caído interrumpe la planicie de la bahía, y Richard lo esquiva. Hay brisa y eso hará que pescar en los bajíos sea un reto; el viento y las ramas bajas son los enemigos más feroces del sedal.
Richard aminora la marcha, apaga el motor y ancla. Aquí, en esta caleta, su padre le enseñó a pescar.
Este lago no fue elegido al azar para pasar las vacaciones aquel verano en que Lisa y Richard encontraron su casa. Cuando Richard era niño, su familia pasó una semana en Lake Christopher. El viaje en auto duró tres horas, de Georgia a Carolina del Norte, un viaje fácil. Su padre era profesor de secundaria, un hombre de medios modestos, y la familia acampó: padre, madre e hijo en bolsas de dormir que hacían juego. En aquellos tiempos había lugar de sobra para acampar cerca del lago. Probablemente eran tierras de alguien o pertenecían a un coto de caza, pero nadie prestaba atención o, si se daban cuenta, no les importaba. Hoy en día a la gente le importa, la tierra se compra, se desarrolla, se tiran abajo las casas viejas y se construyen otras nuevas todos los años.
Richard chequea la soga del ancla. El sol está alto, la luz viaja ocho minutos y veinte segundos para rebotar en la gorra de béisbol que usa para protegerse la cabeza. El lecho del lago está casi dos metros más abajo del bote, el agua tiene una profundidad de menos de un metro donde piensa arrojar la línea. En este instante todas las cosas son como Richard quiere que sean. Si no puede imponer orden en su familia, al menos puede imponer sus reglas en el lago. Puede anclar donde ancló mil veces antes. Puede enganchar en su anzuelo el primer gusano gordo y glorioso del día. Puede arrojar la línea como su padre le enseñó a hacerlo sesenta años atrás.
¿Qué hizo con los gusanos? Los está… los está pisando.
El tubo de plástico azul se desprende del taco de su bota con un sonido de succión y Richard hace palanca para liberar la tapa agujereada. Los gusanos se retuercen, ilesos, y Richard coloca uno en el anzuelo, arroja la línea y observa cómo cae su corcho de pesca.
El corcho no flota. Ningún pez muerde el anzuelo. Impaciente, Richard recoge la línea. Vuelve a arrojar. Le gusta la forma que traza la línea al lanzarla, la silueta del hilo, como el cuerno de una montura, seguida por el golpe del corcho en el agua. Le gusta cómo el flotador se hunde antes de enderezarse. Esto le da tanto placer como cortar el césped, cosa que Richard siempre hizo. Una economía de líneas, una sola manera de hacer las cosas, bien. No como la física. La física es desordenada, la física matemática consiste en extraer un diseño de ese desorden. O intentarlo. Intentar y fracasar, y volver a intentarlo.
Richard vuelve a arrojar la línea. Hubiera sido un buen pescador con mosca si se hubiera tomado el tiempo de conocer los ríos de Carolina o los caminos de las truchas. En cambio, es lo que es: un pescador de róbalos y alburnos. Nada de moscas vistosas o botas de vadeo para él, sólo un bote de pesca y un carrete Zebco con botón, poco elegante, pero eficaz.
La línea se pone tensa y el corcho se sumerge. Richard tira para atrás. Enrolla el carrete. La caña se inclina. El pez tira fuerte y Richard afloja. Está pescando con la línea del verano pasado. Todos los años cambia la tanza, pero esta vez tuvo pereza. ¿Para qué tomarse tanto trabajo sabiendo que no podría disfrutarla todo el verano? Espera que la línea resista. Soporta cuatro kilos. Pero las percas son taimadas. Ha visto algunas muy pequeñas cortar tanzas nuevas con sus embestidas.
Se arrodilla en la proa y saca el motor del agua. El pez tira de la línea, se dirige hacia el árbol caído. Si el pez llega a las ramas, todo habrá terminado. Richard quedará enganchado en el ramaje y por mucho que tironee no podrá desenredarse. No puede hacer otra cosa que enderezar la caña y esperar que la tanza no se corte.
Richard enrolla el sedal. Nada se rompe. Sumerge la red y atrapa el pez.
Es una perca, sí, pero no cualquier perca. Richard acaba de pescar la perca sol con orejas más grande que vio en su vida. El récord mundial, si mal no recuerda, supera apenas los dos kilos trescientos. Este pez no es tan grande, pero es lo suficientemente grande como para parecer transfigurado fuera de toda proporción, poseído por el demonio. Tiene la frente gibosa y su estómago sobresale, las escamas parecen uñas. Es como si alguien le hubiera metido un inflador de bicicleta en la boca y lo hubiera inflado. Si le atara una cuerda a la cola tendría un globo.
Las percas sol son sus peces preferidos porque siempre deparan una sorpresa. Pueden emerger a la superficie verdes o azules, o salir del agua con sus escamas color calabaza. Las aletas pueden ser lisas o a rayas, los opérculos negros o rojos.
Richard Starling no es propenso a las emociones, pero los peces pueden arrancarle una lágrima.
Ninguno de sus conocidos devolvería este pez al agua.
Él lo devuelve.
No necesita comerlo. No necesita una foto ni colgar un trofeo de la pared para recordar su tamaño. Guarda sus implementos y levanta el ancla.
El medidor de combustible se acerca a V y la marina no está lejos.
Desde que Richard compró la casa en Lake Christopher, Clyde atiende los surtidores de combustible de la marina y abastece los botes, y Clyde hoy está allí. Es alto, la espalda encorvada por la edad y usa una camisa a cuadros de manga larga que enrolla hasta los codos. Tiene los brazos pecosos por el sol.
La marina es pequeña, unas pocas docenas de muelles, una media docena de botes amarrados. Los surtidores son de los viejos con cabeza de burbuja, los números corren como los de las máquinas tragamonedas. Un freezer plateado publicita hielo. Sobre el lado oeste del lago están construyendo una imponente nueva marina. Sin duda le arruinará el negocio a Clyde en cuestión de años.
—¿Cómo van las cosas, Rich?
Clyde es el único que lo llama Rich. Un día empezó a hacerlo y Richard nunca se sintió obligado a corregirlo.
—Las cosas van bien —dice—. Gracias por preguntar.
Clyde lo amarra y va hacia el surtidor más cercano. No necesita preguntarle qué octano. Hace años que le pone combustible a The Sea Cow y ya le conoció tres motores y un casco reconstruido.
—¿Cómo está tu familia? —pregunta Richard.
Aunque no las conoce, Richard sabe que Clyde tiene una esposa, Nadine, y una hija, Cece. Cece tiene la edad de Thad. Es la oveja negra, la chica que huyó a Asheville. Durante un tiempo, Clyde no quiso hablar de ella. Después Cece tuvo un hijo y todo fue perdonado, como suele serlo cuando hay nietos, o al menos eso oyó decir. Richard no espera ser abuelo. Ni Michael ni Thad manifestaron ningún interés en tener hijos. Y quizás sea mejor así. No logra imaginarlos como padres, por más que le gustaría mucho tener nietos.
—La familia está bien —dice Clyde. Encaja la manguera al costado del bote y abre la válvula, después se sienta en una silla de jardín destartalada, con tiras de vinilo, que alguna vez fue roja y ahora es rosada, descolorida por el sol.
—El año pasado sobrevivimos a un tornado. Destruyó la casa, hasta los cimientos.
—Santo Dios.
—Todos están bien. El seguro pagó los daños y la casa nueva es más linda que la anterior. Perdimos el F-150. No lo teníamos asegurado. Nadine llevó al gato y los álbumes de fotos al sótano justo a tiempo. También logramos salvar la bandera de mi padre. Pero yo perdí mi Purple Heart. Eso duele.
La mayoría de los amigos de la edad de Richard estuvieron en el ejército. A veces lo avergüenza no haber estado. Pero aunque Clyde compartió con él muchas historias a lo largo de los años, nunca, ni una sola vez, compartió una historia de la guerra.
—¿Cómo está tu hija? —pregunta Richard.
—Sigue en Asheville.
Clyde nunca mencionó un marido o un novio, ni tampoco quién podría ser el padre del niño, y Richard sabe que no debe preguntar.
—Cece hace ropa ahora —dice Clyde—. Se vende en tiendas de toda la ciudad. Es increíble lo que cuesta un vestido en estos días.
—Las cosas son cada vez más caras.
Clyde niega con la cabeza.
—Estoy avergonzado. Ayudé a llegar a la presidencia a ese palurdo pensando que las cosas cambiarían. Me siento como un pelotudo… —Clyde entrecierra los ojos—. Perdón. Me siento un tonto.
Richard no dice nada. Jamás eligió a sus amigos por cómo votan y, después de lo que pasó anoche, no tiene el menor deseo de hablar de política.
—¿Y cómo está Lisa? —dice Clyde—. ¿El cáncer no volvió?
—No. Ella está bien, con buena salud. Le falta un año para retirarse. Yo me retiré el mes pasado.
Clyde se levanta, extiende la mano y se dan un apretón. La válvula hace clic y Clyde saca la manguera del tanque.
—Te retiraste. ¿Te dan un reloj o qué?
Más allá del estatus emérito y el paquete de compensaciones estándar, no hubo regalos y hubo poca fanfarria. Apenas una pequeña recepción, torta, unas palabras del decano y palmadas en la espalda, un poco decepcionante después de tantos años de servicio. No es que esperara gran cosa. Sí esperaba que Katrina estuviera presente. Esperaba verla por última vez.
—No me regalaron ningún reloj —dice—. ¿Y tú qué cuentas? ¿La nueva marina te tiene nervioso?
—Vamos a sobrevivir —dice Clyde, pero no mira a los ojos a Richard mientras lo dice y Clyde no es de esos que hablan y desvían la vista. Cuelga la manguera del surtidor—. ¿Cómo están tus hijos?
Es difícil ser un genio, todavía más difícil ser el padre de dos hijos que no son genios, otra cosa que Richard sabe que no debe decir en voz alta. Entonces responde:
—Los chicos están bien.
No están bien. Sus hijos lo han decepcionado. Él los ama y le duele pensar eso, pero lo han decepcionado. Sólo desearía saber en qué se equivocó como padre.
Clyde le dice a Richard el precio, Richard paga en efectivo y le dice a Clyde que se quede con el vuelto, tal como ha hecho siempre, durante más de treinta años.
—Dale un abrazo de mi parte a tu nieto —dice Richard.
Clyde desamarra el bote y el bote se mece, desatado del muelle.
—Qué pena lo de ese niño.
—Me enteré —dice Richard, y lo deja ahí.
—¿Cómo es posible que pase algo así?
¿Cómo? Porque la gente se ahoga, se ahogan miles de personas por año sólo en los Estados Unidos, según la información que Richard encontró anoche en su teléfono. Incluso, morir ahogado es más común que el SMSL. Esto no es ningún consuelo, por supuesto, pero Lake Christopher tampoco está maldito. En un lago de ese tamaño, tarde o temprano tenía que ocurrir. Es una inevitabilidad estadística.
Clyde apoya un pie en el costado del bote, listo para empujarlo.
—Espera —dice Richard. Clyde vuelve a apoyar el pie en el muelle. Tira de la soga—. Vuelve a amarrarme —dice Richard—. Antes de irme, quiero contarte la historia de mi hija. Quiero hablarte de mi hijita.
29
No hay bar donde se suponía que debía estar el bar. Lo que antes era el bar ahora es una tienda de antigüedades. Afuera de la tienda, un hombre lee el diario sentado en un banco.
—Henry se mudó a Asheville —dice el hombre, sin levantar la vista, y Michael sigue de largo.
Dos cuadras más, dos vueltas a la esquina, y Michael se encuentra debajo de una marquesina verde con el letrero Winter Wine Bar en letras rojas. No tiene ganas de tomar vino, pero tendrá que conformarse. Beberá dos copas, quizás tres. Como mucho, una botella. Lo suficiente para evitar que le tiemblen las manos, pero no tanto como para no poder conducir de regreso a casa.
Adentro, las sillas se amontonan vacías alrededor de las mesas que Michael deja atrás camino a la barra.
—Bienvenido a Winter —dice el barman. Si alguna vez hubo algo de convicción en su saludo, desapareció hace mucho arrasada por el tedio de la rutina. Huele a cigarrillo y a un generoso baño de colonia que intentó disimular el olor y fracasó. Su bigote estilo Dalí cuelga flojo, sin cera, y tiene un delantal blanco encima de la camisa, de modo que parece más un barbero de los años veinte que un hombre que atiende un bar.
El barman baja una copa. La copa captura la luz y él la hace girar, la inspecciona desde todos los ángulos. La copa está inmaculada. No obstante, el hombre saca un repasador blanco de un gancho de la pared y limpia el borde de la copa. El repasador deja fibras en el borde y el barman deposita la copa de vino, ahora un poco peluda, sobre la barra.
Michael no necesita ver la carta de vinos para saber que lo único que podrá pagar en un lugar como ese es el tinto de la casa. Pide una botella, después pide nueces.
—¿Nueces? —dice el barman.
—¿Maníes? —dice Michael—. ¿Castañas?
El barman sostiene la botella de vino en una mano, un tirabuzón en la otra. Atraviesa el corcho con destreza, sin mirar. Un gesto jactancioso, gratuito.
—¿Algo para masticar? —dice Michael—. ¿Pretzels? ¿Papas fritas?
Algo para la panza. Una barrera contra la acidez que vendrá.
—Tenemos un brie ahumado muy agradable —dice el barman—. También tenemos una bandeja de quesos y una bandeja de frutas. O un combo. El combo trae quesos y frutas.
El corcho sale de la botella con un pop húmedo. El barman sirve un poco de vino en la copa con sombra de hilachas, pero Michael le hace señas para que siga sirviendo hasta que el vino llega casi al borde.
Michael levanta la copa y se la lleva a la nariz. El aroma es áspero, demasiado roble, demasiado dulce. No hay problema: no hay que pensarlo como un vino. Hay que pensarlo como un sistema que inocula alcohol en el cuerpo.
Quiere beber, pero algo lo detiene por un instante, después un instante más. Es una sensación parecida a cuando realmente tienes que mear. Ya te bajaste el cierre del pantalón. El inodoro está ahí. La brisa te acaricia las bolas y pronto sentirás el dulcísimo alivio. No obstante, saboreas el momento, la presión que lleva a la liberación. La tortura exquisita del casi. Michael disfruta del suspenso, después inclina la copa y hace fondo blanco.
Cierra los ojos. Siente calor en todo el cuerpo. Es amado.
El barman parece preocupado.
—No se preocupe —dice Michael.
Apoya su copa vacía sobre la barra, y el barman vuelve a llenarla. El barman le mira la frente y Michael toca el vendaje. Considera la posibilidad de volver a imitar el acento británico pero es demasiado tarde, el hombre ya escuchó su voz.
—Mordedura de serpiente —dice Michael.
La expresión de la cara del barman trasunta incredulidad.
—Una cobra. Era enorme la hija de puta. La gente piensa que no hay serpientes en Islandia, pero dígamelo a mí.
Es divertido ver al barman decidir cómo comportarse, verlo sopesar cuánto esfuerzo vale una propina.
Michael empieza la segunda copa, pero el vino ya comenzó a arder. Este ardor no es el incendio del aguardiente ni el soplete del escocés con hielo. No, este fuego es tramposo, un ramo de flores con un poco de gasolina, te inclinas para olerlo y el vino tinto prende un fósforo. Necesita comer algo, algo que calme el revoltijo ácido del tanino, de modo que pide la tabla de quesos y espera que venga con galletitas.
La tabla de quesos, cuando llega, no viene con galletitas, sólo queso, al mejor estilo gourmet; fetas finísimas distribuidas en diseños geométricos sobre la tabla. Muy bien, entonces. Comerá queso.
El barman le pregunta de qué lugar de Islandia es.
—Reikiavik —dice Michael.
—¿En serio? —dice el barman—. Nunca conocí a nadie de ahí.
—Probablemente sí. Estamos en todas partes, nos mezclamos, somos como esos insectos con forma de palo.
Michael se siente sonreír. Se siente extrañamente bien, como si todo fuera a salir bien. Quizás draguen el lago y encuentren vivo al niño. Quizás Diane tenga un aborto espontáneo y las cosas vuelvan a ser como eran. Piensa esto y no se siente mal. Un minuto después, se siente mal por no haberse sentido mal.
Vacía la copa y el barman pone vertical la botella para volver a llenarla. La gente dice que una botella son cinco copas, pero bien servidas, son tres.
—Debe hacer frío ahí —dice el barman.
—Un equívoco común —dice Michael—. Groenlandia es hielo e Islandia es verde. En verano usamos pantalones cortos. Ahí es cuando salen las serpientes.
El barman limpia la barra con el repasador.
—Y tenemos caballos especiales, muy simpáticos. Los entrenan para ahuyentar a las serpientes.
—Caramba —dice el barman—. No tenía idea.
—Tiburones también. Los arponeamos, dejamos que se pudran durante seis meses y después los comemos. El tiburón podrido es una exquisitez en Islandia.
Esta parte, la más inverosímil, es verdad. Y con esta verdad, Michael pierde su público. El barman desvía la mirada. Se lleva dos dedos al bigote, tira de la punta y suelta. Michael quiere que el bigote vuelva a su lugar, como el de un villano inclinado sobre una mujer atada a las vías del tren, pero el bigote cae, fláccido.
Come más queso. Mira el vino, está decidido a hacer durar esta copa.
El vino está surtiendo efecto y Michael es un barco a la deriva. Un zumbido agradable electriza su lóbulo frontal. Tendría que volver a casa. Allí hay aguardiente para beber, hay peces en el lago y puede ayudar a su padre a atraparlos.
—Otra botella —dice Michael.
El barman titubea, después saca una segunda botella de la pared, pero es interrumpido por una mujer de cabello negro que entra por la puerta.
—Carajo, Lou —dice—, no le sirvas eso.
La mujer se sienta en un taburete al lado de Michael. Tiene un collar de plata y un vestido negro reluciente. Michael no sabe nada de telas, pero la de ese vestido ondula bajo las luces del bar como el lago bajo la luna. Está demasiado vestida para la iglesia, demasiado elegante para un funeral y demasiado arreglada para un bar en pleno día.
—Mejor no tomes ese tinto —dice la mujer—. Si no puedes gastar mucho, al menos pide el La Crema, el pinot. Aquí el vino de la casa es asqueroso.
Michael asiente y el barman cambia de botella. Si la palabra asqueroso lo ofende, no lo demuestra, y Michael percibe que esos dos son amigos.
El lápiz labial de la mujer es muy rojo, sus mejillas tienen demasiado colorete. Está excesivamente maquillada, como una mujer mayor que intenta pasar por joven, salvo que ella ya es joven, más joven que Michael, treinta años como máximo.
—No entendí tu nombre —dice.
—No lo dije —dice Michael. No está coqueteando. Está nervioso. Estaba feliz bebiendo con el miserable hombre del bigote, pero la llegada de esta mujer arruinó la tarde.
—Ella es Gwendolyn DeMarco —dice Lou—. Gwen, este hombre es de Islandia.
—Me llamo Michael —les dice.
Lou le sonríe a Gwen, pero los ojos de Gwen están fijos en Michael.
—Mi papá es de Islandia —dice.
Lou sonríe y golpea a Michael en el brazo.
—Eh —dice—, tenías razón, ¡los islandeses son como bichos palito!
Lou le sirve una copa a Michael, después abre una segunda botella y sirve otras dos copas, una para Gwen y otra para él. Este vino huele mejor que el primero, frambuesas y lavanda, y baja suave por la garganta, no se necesita queso.
—¿De qué parte de Islandia eres? —pregunta Gwen.
—Reikiavik —dice Michael. Es la única ciudad islandesa que conoce.
—¿Qué distrito?
—¿Distrito?
—¿Al este o al oeste del centro de la ciudad?
Michael cierra los ojos. El mareo le resulta insoportable. No puede seguir con esto.
—No soy de Islandia —dice.
—Mi padre tampoco —dice ella—. Te estaba jodiendo. Quería saber cuánto tiempo podías sostener la farsa.
Ella sonríe, y pese al exceso de maquillaje la sonrisa parece genuina. Lou no sonríe. Va hacia la bacha detrás de la barra y enjuaga el repasador.
—Es muy sensible —susurra Gwen.
Beben y Michael le ofrece su queso a Gwen, y ella toma una feta. Abre la boca muy grande para que no se le corra el lápiz labial. El borde de su copa de vino ya está teñido de rojo.
Lou cierra el grifo. Está envuelto en vapor. Su repasador debe estar reluciente de tan limpio. Se da vuelta y llena las tres copas hasta el borde.
—¿Por qué vamos a brindar? —pregunta Gwen.
A Michael le gustaría brindar a la memoria del niño, pero cuando intenta recordar su nombre lo único que le viene a la cabeza son esos flotadores anaranjados girando, chocándose contra el costado de la lancha.
—Por Islandia —dice Michael.
Gwen se ríe. Lou no.
—Por Islandia.
Beben.
Bajan sus copas.
Lou saca un atado de Marlboro del bolsillo de su delantal y un cigarrillo del atado.
—Enseguida vuelvo —dice. Y sale por una puerta detrás de la barra.
Michael bebe más vino. Estar lejos de su familia lo tranquiliza, pero extraña a Diane. Está seguro de que ella todavía lo ama. Por ejemplo, hace un par de noches, se olvidó de ponerse el protector bucal antes de acostarse, y ella lo despertó cuando estaba apretando los dientes y le llevó el protector bucal a la cama, recién cepillado con dentífrico. Lavar el aparato dental baboseado de otra persona, eso es amor, el tipo de amor que nunca te abandona, el tipo de amor que se queda contigo cuando eres viejo. Su padre tiene razón. Tiene que arreglar las cosas. Sería un imbécil si perdiera a Diane.
Sin embargo, cuando tiene la oportunidad de demostrar, si no su amor, al menos su cariño, ¿qué es lo que hace? Arruina todo. Cambia la reproducción barata que Diane hubiera atesorado por la oportunidad de cagar a un tipo a quien nunca volverá a ver. Todo porque pensó que ese tipo pensaba que era mejor que él.
¿Y quién sabe si incluso eso es verdad? ¿Y si todos lo que tienen dinero no lo miran siempre desde arriba? ¿Y si pensar eso es más fácil que admitir las cosas que él piensa de sí mismo?
Detrás de la barra hay un espejo a lo largo de la pared donde deberían estar las hileras de botellas y Michael mira a Gwen en el espejo. El taburete de Gwen chirría y ella se da vuelta para mirarlo. Su vestido es corto, el collar de plata desaparece entre sus pechos. No tiene alianza. Desliza las manos sobre la barra, como para enfatizar lo que quiere decir.
—¿De dónde eres, realmente? —dice Gwen. Sus labios están muy rojos.
Michael dice que de Texas. Levanta su copa, la encuentra vacía y la llena por la mitad. Su segunda botella está bajando demasiado rápido.
—Aquí —dice Gwen, agarra su botella y le completa la copa. La mano de Gwen busca el brazo de Michael, dos dedos en la muñeca, como si le tomara el pulso. Michael deja que la mano permanezca allí un segundo, que es un segundo demasiado largo, antes de retirar el brazo.
Tendría que irse. Nunca engañó a su esposa y tendría que pagar e irse ahora mismo.
Otra alternativa sería continuar bebiendo y ver qué pasa. No desea a Gwen. Lo que lo halaga es la atención que le presta, como si hubiera entrado sin querer en la vida de otra persona. La vida de Michael no es así. De todas las tardes y las noches que ha pasado en bares, de todos los hombres desesperados que ha visto intentar conquistar mujeres, no recuerda una sola vez en que una mujer haya intentado seducirlo.
¿Y esto fue lo que le pasó a su padre, la atención devino en adulación devino en indiscreción sin que se diera cuenta? No puede imaginárselo, no puede imaginar quién querría cogerse a su padre.
El aire acondicionado del bar se enciende y una ráfaga fría se dispara de un aparato polvoriento sobre sus cabezas.
—¿Y qué haces en Texas, Michael? —pregunta Gwen—. Espera, déjame adivinar. Eres arquitecto.
Michael niega con la cabeza. Si los moretones y el vendaje no la asustaron, tal vez enterarse de lo que hace la hará salir corriendo.
—Abogado.
—No.
—Eres médico. No. ¡Director de finanzas! Eres director de finanzas de una empresa Fortune 500.
—Basta —dice él—. Por favor. Cada cosa que dices hará que sea mucho peor cuando lo descubras.
Gwen frunce el ceño.
—Vamos. No puede ser tan malo.
—Vendo zapatos. —Hacía mucho tiempo que no lo decía en voz alta—. En Fort Worth hay un centro de compras de mierda. Lo llaman “El shopping triste”. La mitad de las tiendas están cerradas. Hasta la tienda de pretzels cerró. No queda casi nada. Un Sears, un Sbarro, una óptica. Y Foot Locker. Ahí estoy yo.
Gwen sonríe.
—Entonces eres dueño de un negocio. ¿Qué tiene de malo?
—No soy el dueño —dice Michael.
—¿Gerente?
—Tampoco gerente. Y te voy a ahorrar tiempo. No soy supervisor de turnos ni supervisor de planta ni representante de ventas ni ayudante de ventas.
—¿Hay algo más bajo que ser ayudante de vendedor?
Michael bebe un sorbo de vino.
—Ser subayudante de vendedor. Es lo más bajo que puede haber. ¿Y sabes qué es lo más gracioso de todo? Yo soy el empleado más antiguo. Yo entrené a todas las personas bajo cuyas órdenes trabajo.
El taburete de Gwen cruje y vuelve a estar de frente a la barra. La tabla de quesos está casi llena, las fetas transpiran bajo las luces del bar y ella come otra.
—¿Te das cuenta? —dice Michael—. ¿Te das cuenta lo que significa tener treinta y tres años y recibir órdenes de gente que tiene dieciocho? ¿Pasar el día de rodillas, atando cordones de zapatillas que ni siquiera puedes comprar, deslizándolas en los pies de otros? ¿Sabes lo mal que huelen los pies de la gente, Gwen?
Gwen se mira al espejo y se acomoda el pelo con las dos manos.
—¡Yo soy Al Bundy! ¡Mi vida es un chiste y yo soy el remate!
Se acabó el coqueteo. Ella ya se cansó de él. Una vez más, su vida es sólo suya.
—¡Y los clientes! Dios mío. No sabes lo mal que tratan a los empleados.
Lou está de vuelta, huele a humo.
—¡Él sí que sabe! —dice Michael—. ¿No es cierto, Lou? Lou, por favor dile a Gwen lo horrible que es la gente.
—La gente no es horrible —dice Gwen.
—Es horrible. La gente es lo peor que existe. Eso que dice esa chica. La chica judía. ¿Cómo se llamaba? ¿La chica que se escondió de los nazis y escribió un diario?
—¿Ana Frank?
—¡Ana Frank! Eso que escribió: “pese a todo…”. ¿Cómo era la cita?
—Sé a qué te refieres —dice Gwen.
Michael sabe que está borracho. Sabe que tendría que callarse.
Gwen mira a Lou. Tal vez son amantes, tal vez sólo viejos amigos. Más allá de su relación, es igual que en la galería. Michael es la anécdota que le contarán a todos sus amigos.
Michael saca su teléfono del bolsillo y googlea la cita. “A pesar de todo, sigo creyendo que la gente es buena de verdad en el fondo de su corazón.”
El mundo se está poniendo de costado, su taburete se afloja.
—“A pesar de todo, sigo creyendo que la gente es buena de verdad en el fondo de su corazón.” Esa es la frase. ¿Y sabes qué, Gwen? Es mentira. Suena lindo, pero es mentira.
—Cállate, por favor —dice Gwen.
—Y te diré algo más. Ana Frank no trabajó ni un solo día en Foot Locker.
Michael no ve venir el puño. Está sentado en su taburete, después está en el suelo.
En el suelo, el niño pasa flotando. Va a la deriva, los ojos cerrados, fuera de alcance. Los brazos y las piernas abiertos. La cara serena. Después el niño desaparece y Lou está parado encima de él.
Michael ha recibido muchas trompadas, pero Lou no parecía un tipo capaz de dar trompadas. Tal vez Lou es judío. Tal vez sintió que tenía que proteger a Gwen. Tal vez se hartó de Michael. No importa, hay una razón por la que Michael conoce todos los bares de mala muerte en el área de Fort Worth. Es porque rara vez bebe sin que lo echen a patadas. En la mayoría de los lugares, tiene suerte si pasa una semana sin hacer enfurecer a alguien.
—Lo siento —dice Lou. Le ofrece una mano y Michael la acepta, deja que Lou lo ayude a levantarse. El bar gira. Gwen los mira desde su taburete.
El piso es una jungla de triángulos y cuadrados y Michael demora unos segundos en comprender que arrastró la tabla de quesos cuando cayó.
Saca la billetera del bolsillo. No sabe cuánto cuesta el vino. Aunque lo supiera, está demasiado borracho para hacer cuentas. Deja todo el efectivo que tiene sobre la barra. Sabe que no alcanza. Empieza a irse pero la voz de Lou lo detiene en la puerta.
—¿Qué te pasó en la cabeza realmente?
Michael palpa el vendaje, todavía en su lugar. Le duele la mandíbula por el puñetazo de Lou.
—Traté de salvar una vida —dice—. Fallé.
30
Thad encuentra Nico’s vacío. No cerrado, sin clientes. Llama a Teddy, pero Teddy no sale del fondo.
La Blue Cross que le vendió Teddy lo puso ansioso, o es eso o un fin de semana rodeado por la familia, lleno de muerte, puso ansioso a Thad y la Blue Cross no surte efecto. Quizás necesita una variedad con menos sativa. Pero el experto es Teddy. Teddy sabrá lo que necesita. Lo que en realidad necesita es que le cambien la dosis o la medicación. Eso ocurre cada cinco años, más o menos: 2005, 2008, 2013. Estamos en 2018. Ya es hora, pero quedará para la semana próxima. Por ahora, tendrá que arreglarse con la marihuana de Teddy.
Más tarde, la heladería estará atestada de lugareños y vacacionistas, las sillas del deck, todas ocupadas. Pero esta siempre ha sido la hora preferida de Thad, la tranquilidad de la media tarde, demasiado tarde para almorzar, la multitud nocturna todavía a horas de distancia. Se queda un minuto más en la heladería, después chequea el deck. Baja por la escalera que lleva al porche, después sigue el sendero entre los árboles hasta la roca junto al río donde estuvo el viernes por la noche. Lisa y ancha, la roca sobresale como una lengua que no se anima a probar el agua. Teddy está sentado en la roca, fumando un porro.
Teddy le hace señas para que se acerque. Tiene el pelo grasiento. Su remera, estirada en el abdomen y deshilachada dice: LOVE IN AN ELEVATOR. Thad no necesita mirar para saber qué dice en la espalda: LIVIN’ IT UP WHEN I’M GOIN’ DOWN.
Teddy le ofrece el porro y Thad acepta. Titubea y se lo devuelve sin darle una seca. Quiere tener la cabeza clara cuando Jake vuelva a casa. Si Jake vuelve a casa. Ayer no planeaba darle un ultimátum a su novio, esta mañana no esperaba que Jake se fuera tan temprano sin decir a dónde iba. A Asheville, supone Thad, aunque no sabría decir si fue para reprochar a Marco o para acostarse con él. Como sea, Thad no necesita estar drogado a esa hora. Necesita esperar, sobrio, la llamada de Jake.
Teddy da otra pitada.
—¿Dónde está la familia?
—No lo sé —dice Thad, y se sienta con Teddy en la roca—. Cada uno se fue por su lado. Mamá está en la iglesia. Papá pescando.
—¿Qué piensa pescar?
—Lo de siempre. Róbalo, perca sol y robaleta negra.
—Robaleta negra —dice Teddy—. El pescador es un roba aletas. Son muy fáciles de pescar en ese lago. Te les pones encima con el bote, y en cuestión de horas tienes el freezer lleno.
Es verdad. Thad y su padre pescaron tantas en una sola noche que, hacia la tercera o cuarta docena, la pesca perdió su encanto y empezó a parecerse a un trabajo, al menos para Thad. No para su padre, que es capaz de pescar día y noche sin cansarse.
—Detesto la robaleta —dice Teddy—. Los animales que se acercan a los humanos no me merecen la menor confianza. Yo quiero ser más inteligente que mi comida. Las robaletas son estúpidas. Saltan a tus brazos con un silbido.
Teddy es un drogón, por supuesto. Pero también es un genio. Muchas cosas contradicen esta hipótesis, pero ¿saltan a tus brazos con un silbido? Eso no es efecto de la marihuana. Y Thad siente la punzada que siente cuando la poesía llega sola y es mejor que cualquier línea que haya salido de su pluma.
—A mí dame una Liberty —dice Teddy— y dame truchas. Dame una arcoíris, una Brook, una marrón. Ese tendría que ser el desafío. No cuántos pescados puede pescar una persona en un solo día. No el peso ni el tamaño. Nuestras metas tendrían que ser más nobles. Composición, diversidad dentro de una misma especie. Ese tendría que ser el objetivo del pescador.
Da una pitada y Thad ya no se puede aguantar, el humo, el olor, el río, el día despejado y cálido. Acepta el porro, da una pitada.
—Metas nobles —dice Teddy—. Hace años que no saco una trucha marrón de este río. Sin embargo, si el universo así lo quisiera, si yo pescara tres truchas diferentes en estas aguas en un mismo día —una arcoíris, una Brook, una marrón—, ese día abandonaría mi caña para siempre y moriría feliz.
Thad da otra pitada. Ya está colocado. En la orilla de enfrente, el follaje danza y los largos brazos de los árboles se estiran sobre el río, como si quisieran estrecharle la mano. Thad se tapa la cara con la remera.
—Tendría que habértelo advertido —dice Teddy—. Esta marihuana es fuerte.
Thad se saca la remera. Del otro lado del río, los árboles son sólo árboles, las ramas sólo ramas.
Hoy intentó dos veces llamar a Jake. Las dos veces, Jake no respondió. Thad quiere que este día se termine. Quiere saber si seguirán juntos, no importa si en una relación abierta o cerrada.
—Acá abajo vive una Brook —dice Teddy.
Le da una última pitada al porro y tira la tuca corriente abajo. El río pasa veloz junto a ellos, pero el mundo, más allá del lago, se mueve en drogada cámara lenta.
Después Teddy está panza abajo sobre la roca. Parece un león, marino, un león marino con pies y manos y una remera transpirada de Aerosmith. Le hace señas, y Thad se acuesta boca abajo a su lado.
—Aquí, mira —dice Teddy. Tiene un brazo en el agua, la cara apretada contra la piedra—. La pequeña Brook y yo estuvimos practicando.
Thad también apoya la cara contra la piedra. Teddy sonríe, tiene el borde de la roca encajado en la axila, el brazo sumergido en el agua hasta el codo.
—Me agradas, Thad —dice Teddy.
—Tú también me agradas —dice Thad, y una oleada de gratitud le recorre la espalda. ¿Cuándo fue la última vez que alguien le dijo que le agradaba? No que lo amaba, no que lo apreciaba, sino que genuinamente le agradaba, dicho sin explicación y sin la expectativa de que le responda de la misma manera.
—No eres como los otros clientes —dice Teddy—. Hablas conmigo.
—Es fácil hablar contigo.
Teddy se estira y revuelve el agua con el brazo.
—¿En qué crees, Thad?
Su cara aplastada contra la roca parece un poco trastornada.
—¿Hablas de religión? La religiosa es mi madre. Yo no practico ninguna fe.
Lo cual no es del todo cierto. ¿Pero cómo se define a un tipo que iba a la iglesia de vez en cuando que se volvió ateo que se volvió lo que sea que Thad es ahora? Después de sobrevivir al segundo intento, anhela creer en algo más grande que él, pero no le resulta fácil encontrar ese algo. Esperaba haberlo encontrado en Jake, pero ni siquiera consigue que Jake le atienda el teléfono.
—¿No crees en nada?
—Creo en algo —dice Thad—. No sé cómo llamarlo. Amor, tal vez.
—Yo no lo llamaría amor.
—¿Y cómo lo llamarías?
—¿Yo? —dice Teddy—. Yo creo en algo a lo que llamo el universo. El universo sabe lo que quieres. El universo sabe lo que estás pensando. Tú sólo eres responsable de una cosa, ¿y sabes cuál es?
—¿El universo? —dice Thad.
—El universo —dice Teddy—. La gente te dirá que el universo no importa, pero no les prestes atención. El secreto para vivir una buena vida es ignorar lo que dice la gente. Tú y yo, nosotros no respondemos a la gente. Respondemos al universo. Y cuando lo hacemos, el universo nos responde. Se alinea. Algunas personas lo llaman caos, o Dios. Tú lo llamas amor. Otros dicen lo que sea y siguen con sus cosas. Pero la vida no es lo que sea. Estamos hablando del maldito universo. Él conoce tus necesidades. Y tú puedes contar con él, lo cual significa que él puede contar contigo.
Thad se acuesta boca arriba y su mejilla ya no se apoya sobre la superficie de la piedra.
—Teddy —dice—. No tengo la menor idea de lo que me estás diciendo.
—Te estoy diciendo la verdad —dice Teddy.
Thad quiere decirle a Teddy que su verdad es cruel. Que si se puede contar con que el universo es responsable, el universo vio ahogarse a un niño y no hizo nada. ¿Por qué valdría la pena escuchar a un universo como ese? ¿Qué clase de responsabilidad es esa?
Un chapoteo, y Teddy saca un pez, agitándose, del agua.
—El universo —dice Teddy.
—¡A la mierda! —dice Thad.
Es un pez pequeño, una trucha Brook, a juzgar por la cabeza verde y la cola roja. Su pupila negra está rodeada por un círculo dorado. La boca se abre. La cola busca la corriente en el aire vacío. Teddy tiene a la trucha agarrada por el medio, como si la empuñara. Afloja la mano, y entre los dedos Thad ve unos lunares dorados y rojos. Los círculos se funden en un diseño a lo largo del dorso del animal y se mezclan con el rojo de su vientre. Thad está acostumbrado a ver truchas arcoíris, la franja rosa, el dorso con motas negras, pero nunca había visto una Brook de cerca. Es un pez hermoso, ¿pero cómo? ¿Cómo pudo surgir algo tan hermoso de un universo tan feo?
Teddy besa al pez, un piquito en la cabeza. Le ofrece el pez a Thad para que lo bese.
—No, gracias —dice Thad. Y Teddy baja la trucha al agua, y la trucha desaparece.
Se quedan un rato acostados en la roca. Las ramas de los pinos inclinadas sobre sus cabezas.
—El universo —dice Teddy—. Piensa en él.
—Lo haré —dice Thad.
No lo hará. Pero Teddy lo inspiró. Si el universo es despiadado, Thad no puede esperar misericordia. Tiene que actuar. Tiene que ajustar la dosis, fumar menos, tomarse en serio la poesía o abandonarla. Debe aceptar que, cuando Jake elija, tal vez tenga que mudarse. Y tendrá que tomarlo bien. Tiene que aprender a enfrentar su tristeza y sobrevivir.
Teddy se levanta.
—Será mejor que vuelva a la heladería.
Thad no verá a Teddy el verano próximo. Necesita decírselo. Necesita agradecerle su amistad y todos esos años de marihuana.
Pero no tiene la oportunidad de hacerlo. Se oye un gorjeo, el sonido que hace su teléfono cuando perdió la señal y reconecta. El gorjeo es seguido por las campanitas de dos llamadas perdidas, dos mensajes que esperan respuesta, y Thad abre el correo de voz con la esperanza de escuchar a Jake.
El primer mensaje es de Michael. Pero es incoherente. Thad apenas puede descifrar lo que dice su hermano, y lo saltea.
El segundo mensaje de voz es claro. Es Michael otra vez. Sólo que ahora lo llama desde el destacamento de policía.
31
Richard fue el que encontró a June.
Se había sofocado mientras dormía, la cabeza apretada contra un pato de peluche. O tal vez no. Ellos no la habían arropado excesivamente, no la habían puesto a dormir boca arriba. Los paramédicos y los médicos no pudieron precisar la causa. Demasiadas variables. El SMSL es así de impredecible. Hubo una breve pero insoportable investigación, Richard y Lisa fueron interrogados en habitaciones separadas. ¿Estaban seguros de que el otro no había asfixiado a la niña? Richard comprendía la obligación legal, pero eso no impidió que amenazara con bajar de un puñetazo al policía.
En el funeral la gente empeoró las cosas, como tienden a hacerlo las personas bienintencionadas.
—Dios no te da más de lo que puedes soportar —dijo un hombre, y Lisa hundió las uñas en el brazo de Richard. Los dos querían abofetearlo, sacarle los ojos y arrancarle la lengua de raíz.
—Esto es más de lo que puedo soportar —dijo Lisa durante el resto de la semana, sollozando.
El año que siguió fue un mazazo: cuando tuvieron que desarmar el moisés y llevarlo al ático. Cuando un termómetro o un sonajero aparecía en un lugar inesperado y le arruinaba el día a Richard. Cuando Lisa, que tuvo leche durante varias semanas más, aparecía con las camisas manchadas.
Richard nunca se lo había contado a nadie en más de treinta años. No sabe por qué lo compartió con Clyde, pero lo hizo, sentados en sillas de jardín en el muelle de la marina. Él hablaba y Clyde escuchaba. Cuando una lancha se acercaba a buscar combustible Richard se callaba, Clyde atendía al cliente, y cuando la lancha se alejaba y Clyde volvía a sentarse, Richard retomaba el relato. Debió haber hablado más de una hora, cada detalle, todo lo que podía recordar, todo. Cuando terminó, Clyde dijo:
—Lo siento mucho. —Estrechó la mano de Richard, desamarró el bote y lo ayudó a alejarse del muelle. Había tanta ternura en sus ojos que Richard pensó que iba a llorar.
“Llorar está bien”, diría Lisa. “Es saludable.”
Pero Richard no está tan seguro. Mejor seguir en el agua con los ojos secos. Mejor pescar unas horas más y disfrutar uno de sus últimos días en el lago.
Está a un kilómetro y medio de su bahía cuando ve las lanchas de la policía, sin sirenas, sin luces. La lancha grande no está, la lancha de dragado con sus poleas y su garfio.
Se está haciendo tarde, ya casi es la hora de cenar.
Reduce la velocidad, se detiene. Las lanchas de la policía andan a la deriva, un espacio se abre entre ellas, y un cuerpo flota en ese espacio abierto.
Richard mira hacia otro lado. No necesita verlo para saber que es el hijo de Glenn y Wendy.
Orden, diseño. El consuelo de los números:
20: la cantidad de segundos que tardan en llenarse de agua los pulmones de una persona que se ahoga.
4: la cantidad de minutos antes de que un cadáver comience a descomponerse. Se forma dióxido de carbono. Se rompen células. El cuerpo se come a sí mismo de adentro hacia afuera.
10 trillones: la cantidad de microbios en el colon de un niño del tamaño de Robbie. Las bacterias florecen. La piel se decolora. El metano y el sulfato de hidrógeno inflan la cavidad abdominal y el pecho.
2-22: la cantidad de días que demoran las bacterias en producir gas al punto de la hinchazón. Las variables incluyen el índice de masa corporal y la temperatura del agua. Cuanto más fría el agua, más lento el proceso.
0,61: la cantidad de grados Farenheit que la temperatura del agua de los lagos ha aumentado en todo el mundo cada década durante los últimos cuarenta años.
54: la cantidad de horas desde que el niño cayó de la lancha.
48: la cantidad de horas que demora un cuerpo en subir a la superficie cuando el agua es cálida.
Richard todavía no conoce estos números. Los conocerá esta noche, cuando el insomnio lo lleve a buscarlos en internet. Por ahora no hay números, sólo un cuerpo blanco en el agua azul.
Tal vez no sea el cuerpo del niño, se dice a sí mismo. Tal vez el cuerpo no sea un cuerpo.
Vuelve a mirar, ve las bermudas plateadas. Aparta la vista.
No hay manera de corregir esto, pero hay algo que sí puede hacer. Supongamos que fuera a ver a la familia del niño antes que la policía. ¿No sería mejor escuchar la noticia de una voz empática, de un hombre que conoce en carne propia el dolor que están atravesando?
Richard recuerda la calle. El policía de la lancha, el joven, se la hizo repetir dos veces a Glenn. La calle está sólo a dos bahías de distancia, la casa de esa familia en algún lugar en esa calle. Él puede encontrarla. Si se apura, puede llegar antes que la policía.
Aumenta la velocidad y se dirige hacia la bahía más cercana. Ya estuvo allí antes. Son veintidós kilómetros de costa, y Richard ha pescado en todos los canales y tributarios, en todas las ensenadas, en todas las caletas.
Entra en la bahía. Aquí no hay tráilers. Aquí las casas son inmensas, los muelles no son de madera podrida sino de plástico y aluminio, las lanchas suspendidas sobre el nivel del agua en elevadores hidráulicos.
Encontrar la casa de la familia será un desafío. Circunda la bahía una vez, dos veces, buscando su lancha.
Esa pobre familia. Este será el peor día de sus vidas.
¿Y cuál es el plan de Richard, exactamente? Amarrar en su muelle. Golpear su puerta. ¿Después qué? Suponiendo que pueda encontrar el lugar, suponiendo que la familia esté en casa, suponiendo que salgan a la puerta, ¿qué les dirá Richard? ¿Qué palabras podrían expresar el horror de que hayan encontrado el cadáver de su hijo?
No tiene importancia. Llegó tarde.
Detecta la lancha. La casa, arriba. Un patrullero sube por el camino de entrada y la madre del niño corre a su encuentro. Un oficial baja del auto. La madre cae al suelo. El oficial la levanta y ella vuelve a caer.
Después Glenn está a su lado. Después Trish. Se abrazan como pueden y Richard ya no puede seguir mirando. No le queda nada por hacer, no puede compartir este dolor.
El sol está bajando. Tendría que estar con su familia. Se aleja de la bahía y apunta su bote en dirección a casa.
32
Michael no debería sorprenderse de estar allí. Es un verdadero milagro que no lo hayan arrestado nunca. ¿Cuántas trompadas tiró estando borracho? ¿Cuántas veces manejó hasta su casa sin estar en condiciones de manejar?
No está borracho. O sí lo está, pero no borracho borracho. Podría haber llegado a casa. No quiso someterse al test de alcoholemia porque, técnicamente, es probable que esté sobre el límite, pero eso no quiere decir que no pueda llegar a su casa sano y salvo. Si ellos quieren ver cómo es no estar en condiciones, él se lo mostrará. Les permitirá vislumbrar los momentos más destacados de su vida. Dos botellas de vino no son nada. Para no estar en condiciones todavía faltan una o dos botellas. No estar en condiciones es vomitar para seguir bebiendo, despertarse sin saber cómo llegaste a casa, después levantarse y revisar el paragolpes de tu auto en busca de abolladuras y sangre.
Sople aquí adentro o será arrestado.
Al carajo. No había chocado. No había cruzado una doble línea amarilla. No había manera de que el policía lo supiera, a menos que estuviera esperando, acechando en la puerta del bar. Caer en la trampa. ¿Eso existe o es algo de la televisión? A menos que Lou haya llamado a la policía. O Gwen. O el dueño de la galería. O la mujer con la que se chocó cuando iba en falsa escuadra por la vereda hacia su auto. La manera en que abrazó a su hijito y cruzó la calle. La expresión de su cara cuando se dio vuelta para mirarlo. A la mierda con ella.
Recuerda que llamó a Thad, recuerda que en ese momento le parecía muy importante que su hermano supiera que tenían una hermana, recuerda que se lo dijo al teléfono, la casilla de mensajes de Thad es ahora una bomba de tiempo, no hay manera de desactivarla.
Después estaba en la puerta de su auto tratando de embocar la llave en la cerradura.
Después estaba detrás del volante tratando de embocar la llave en el encendido.
Había avanzado una cuadra cuando escuchó acercarse las sirenas: staccato, inflexibles.
Le dieron permiso para hacer un llamado, lo cual resultó no ser algo que sólo ocurre en televisión. Llamó a su hermano, dejó un segundo mensaje y poco después Thad llamó al destacamento para decir que estaba en camino. Pero eso fue hace horas.
Tal vez Michael está donde tiene que estar. En un banco. En una celda. En un destacamento minúsculo de un condado, con una sola celda, dos escritorios y un reloj de pared con un tic tac demasiado fuerte.
No está solo. El oficial que lo arrestó está sentado a su escritorio y otro borracho comparte la celda con él. Parece que se desmayó, quizás está dormido. Ocupa todo a lo largo el único otro banco de la celda, lo cual es impresionante, dado que el banco no es mucho más ancho que una barra de gimnasta. El hombre duerme boca arriba. Es calvo, de cejas tupidas y tez pálida. Tiene los dos ojos amoratados que corre por su mejilla.
Michael no tendría que estar aquí. Estudió en Cornell, maldita sea.
—¡Estudié en Cornell, maldita sea! —grita.
No importa que no hubiera podido entrar si sus padres no trabajaran ahí, no con sus notas. No importa que en realidad no haya estudiado y haya desperdiciado la oportunidad para seguir a Diane a Savannah.
El oficial no levanta la vista.
La celda es pequeña, las rejas están demasiado juntas. Un inodoro bajo ocupa una esquina de la celda, sin pared ni puerta que resguarde la privacidad.
¿Por qué demora tanto Thad?
El hombre del banco se revuelve. Su mano busca su cara y la sangre chorrea hasta el mentón.
Esto: esto es cuando Michael tiene que cambiar de vida. Esto es tocar fondo, ¿verdad? Salvo que ni siquiera está borracho. Está mareado. Está bajo arresto porque su fianza y sus multas y sus cargas pagarán la fiesta de Navidad del destacamento este año. Por eso detuvieron a Michael, por eso lo esposaron y lo empujaron con una brutalidad innecesaria al asiento trasero del patrullero. Porque no es de aquí. Porque quieren sacarle el poco dinero que le queda.
Ni siquiera pegó un volantazo.
—¡No pegué un volantazo! —grita.
—Tendría que haber aceptado el test de alcoholemia, entonces —dice el oficial.
—No me importa lo que digan los números. Yo sé cuándo estoy en condiciones de conducir.
El policía asiente. Es muy probable que ya haya escuchado ese argumento. Hay una foto enmarcada de su esposa y sus hijos sobre el escritorio. En la foto, la familia asoma detrás de una calabaza de Halloween recién tallada, el oficial está más joven, más delgado, sin uniforme.
—No soy ningún borracho —dice Michael.
—Duerma la mona —dice el oficial. Suena más cansado que enojado. Sin duda él también preferiría estar en casa con su familia. Probablemente vive en el pueblo, tiene una linda casa, está juntando dinero para asegurarse un buen retiro. Probablemente tiene un plan de salud financiado por el estado, beneficios y… ¿está haciendo un crucigrama? ¿En horas de servicio? ¿Le pagan por esta mierda? Michael tendría que haber sido policía.
El hombre en el banco de la celda exhala con gotitas de sangre. Tiene desgarrado el frente de la camisa. Los pantalones meados. Prueba A: Michael no es ningún borracho. Hay gente que toca fondo mucho peor que él.
—¿Qué hizo este? —pregunta Michael.
—¿Ed? —dice el policía—. Es cliente de la casa. Finalmente se metió en una pelea que no pudo ganar. ¿Me permite darle un consejo? Por más borracho que esté, nunca le dispare al perro de su vecino.
—Dios —dice Michael—. ¿Y dónde está el otro tipo, el tipo que lo golpeó?
El oficial parece perplejo.
—Ed le disparó a su perro. Yo también lo hubiera molido a palos.
Así se hace justicia en Carolina. El oficial vuelve a su crucigrama. El crucigrama ocupa toda una página de uno de esos libracos que se venden junto con revistas de sudoku y biblias de tapa blanda en Dollar Tree.
Suena el teléfono del destacamento y el policía mantiene una breve conversación.
—Está bien —dice mientras cuelga—. Su hermano está en camino.
—¿Esta vez va en serio?
—Yo sólo repito lo que él me dijo.
Sin embargo, el oficial se levanta, abre la puerta de la celda y deja que Michael agarre una silla. Saca una lata amarilla de debajo de su escritorio y Michael recupera su reloj, sus llaves, su billetera colmada de tarjetas de crédito exprimidas al límite. Falta el teléfono, después recuerda que lo dejó en el auto. Se levanta y se pone el cinturón.
—Siéntese —dice el oficial, y Michael obedece—. Dos recomendaciones: primero, camino a su casa, compre algún champú antipiojos. RID es el mejor, pero cualquier marca sirve. Tal vez salga ileso, pero últimamente tuvimos una pequeña plaga. Mejor prevenir que curar.
A Michael le pica el cuero cabelludo de sólo pensarlo y reprime la necesidad de pasarse la mano por el cabello.
—Segundo, sé que no es asunto mío, pero veo personas como usted todos los días. Antes yo era como usted. Estaba borracho antes de que se pusiera el sol. Tenía resaca todas las mañanas. Lo único que pretendo decirle es que hay mejores maneras de vivir.
—Tiene razón.
La cara del oficial delata expectativa, el esbozo de una sonrisa.
—No es asunto suyo —dice Michael.
Lo dice demasiado fuerte, y el policía del crucigrama se levanta de golpe.
—¿Quiere volver a la celda?
Que se vaya al carajo. Michael no es el borracho que ese policía piensa que es. Físicamente, puede tener dependencia del alcohol, puede necesitar un trago cada tantas horas para que no le tiemblen las manos, y otros cuantos tragos para sobrellevar el día. Pero no es un borracho cualquiera. No es Ed.
—¿Cómo dijo? —dice Michael, más enojado de lo que podría haber previsto—. ¿Qué piensa hacer, arrestarme dos veces seguidas? ¿Por contestarle? ¿Pagué la fianza o no?
—¡Michael! —Thad aparece en el umbral, después cruza la puerta.
—Una cosa más —dice el oficial.
—Ah, vaya a terminar su crucigrama —dice Michael.
El policía saca unas esposas de una cartuchera de cuero en su cinturón, las golpea sobre la palma de la mano y las esposas se abren, listas para cerrarse sobre unas muñecas.
Pero Thad se mueve más rápido, pide disculpas, empuja a Michael para que vuelva a sentarse en la silla. Thad le endulza la oreja al oficial durante un buen rato, lo intenta todo. Como último recurso, presenta a Michael como un héroe de pueblo, relata la historia del niño ahogado y su intento de salvarlo. Thad señala el vendaje de Michael.
—Carajo —dice el oficial—. ¿Fue usted?
—Desde que se golpeó la cabeza no es el mismo —dice Thad.
Michael se ríe. Nunca fue más auténticamente él mismo que ahora. Nunca es más auténtico que cuando está furioso y tiene un par de tragos encima.
—Puedo soltarlo con un apercibimiento —le dice el oficial a Thad—, pero tendré que llenar varios papeles.
La conversación es interrumpida por un crujido y un golpe seco. Michael se da vuelta y ve a Ed caído boca abajo y ensangrentado en el suelo. El piso es de cemento y la cara de Ed, cuando la levanta, tiene la expresión de una cara que acaba de chocarse contra el cemento. Escupe varios dientes, su boca es una armónica de orificios curiosamente bien espaciados. Un gemido escapa por los orificios y, en cuestión de segundos, el gemido se transforma en rugido.
—Ay, Dios mío —dice el oficial—. Tengo que llamar al dentista.
De todas las personas con las que se topó ese día, Michael siente más lástima por el oficial de policía. Probablemente eligió ese trabajo para ayudar a la gente, para detener la marea de dolor que inunda el mundo. Sólo que, por mucho que lo intente, por muchas vidas que salve o conductores que deje en libertad con un apercibimiento, la marea, implacable, regresará. Cada noche aparecerá otro Michael, otro Ed, otro charco de sangre y dientes que limpiar.
El quejido aumenta en decibeles y en profundidad.
—Olvidemos los papeles —dice el oficial—. Váyanse.
Michael quiere decir que se arrepiente de su actitud, de sus palabras groseras, pero pedir disculpas no es su fuerte y deja que Thad lo saque a la rastra del destacamento y lo haga salir por la puerta, mientras los alaridos de Ed se amplifican en el aire.
El sol está bajando. Es el crepúsculo, o el ocaso. Michael nunca supo la diferencia. Suben al auto, pero Thad deja la llave colgando en el encendido. Apoya la frente contra el volante. Después de un rato, la cabeza se levanta y Michael ve las pupilas dilatadas, los ojos irritados.
—A la mierda —dice—. Estás drogado.
Thad gira la llave.
—No puedo creer que me hayas hecho venir a un destacamento, discutir con un policía para sacarte, y que ahora tenga que llevarte a casa. La próxima vez que bebas de más, dejaré que te pudras en la celda.
—No bebí de más.
Michael baja la visera y observa su cara en el espejo. Tiene el labio hinchado, la mandíbula púrpura por el puñetazo de Lou. Toca con la lengua una muela de atrás, ahora floja. Levanta la visera. No soporta mirarse.
—Me dejaste ahí un montón de horas —dice.
—Tenía miedo de manejar. Nunca manejé drogado.
—Voy a manejar yo.
Thad se ríe, una risa con algo de desprecio. Sale haciendo marcha atrás de la playa de estacionamiento. Pero demora demasiado en enderezar el auto, demasiado en llegar a la calle principal.
—En serio —dice Michael—. Puedo manejar.
—Estás borracho.
—No estoy borracho.
Thad le pega un manotazo al volante. El auto gira bruscamente a la izquierda y lucha para retomar el carril.
—Si no estás borracho, ¿por qué estabas en la cárcel?
—No era una cárcel. Era una celda en un destacamento de policía.
—¿Por qué estabas en una celda en un destacamento de policía?
—Porque no quise hacer el test de alcoholemia.
—Y si no estás borracho, ¿por qué no quisiste hacer el test de alcoholemia?
—Porque el test de alcoholemia hubiera dicho que estoy borracho.
Thad gira la cabeza y Michael vigila el camino por ambos.
—¿Sabes lo estúpido que suena eso? —dice Thad.
—No me llames estúpido —dice Michael—. Y mejor mira por dónde vas.
Después se quedan callados. Faltan dieciséis kilómetros para Highlands y otros dieciséis hasta el lago, pero son caminos sinuosos de montaña, traicioneros incluso en las mejores condiciones. A la velocidad que conduce Thad, podrían demorar una hora en llegar a casa.
Los árboles pasan lentamente del otro lado de la ventanilla. Llegan a la cima de una colina, después toman una recta, dejan atrás paredes de roca dinamitadas para abrir el camino.
—Tienes que parar de beber tanto, Michael.
La sensación de haber sido descubierto lo deja helado. Le vomitó encima a Thad. Thad fue su única llamada telefónica. Será difícil, ahora, ocultárselo. Pero cuanto más cavila Michael, más se maravilla de lo bien que supo ocultarlo. ¿Y qué importa si es un borracho? ¿Qué importa si es un borracho y toda su familia se entera?
—Si necesitas beber —dice Thad—, simplemente no bebas y manejes. ¿Cómo te sentirías si mataras a alguien por manejar borracho?
Michael quiere decir que sabe perfectamente bien cómo se sentiría. Hace dos días, si no hubiera tenido resaca, si hubiera nadado un poco más rápido… pero hay demasiados árboles, demasiadas ramas que pasan zumbando. Si abre la boca para hablar corre el riesgo de vomitar.
—Para a un costado —dice. Los pinos hacen piruetas. Le pica la cabeza de sólo pensar en los piojos que hormiguean en su cuero cabelludo—. Detente, por favor.
—¿Que me detenga dónde?
—Por favor —dice Michael, y abre la puerta antes de que el auto frene.
Después todo sale de él, el aguardiente de la mañana, el vino, el queso. No es un lindo espectáculo y se queda colgado de la puerta abierta hasta estar seguro de haber expulsado todo.
Se limpia la boca, se respalda en el asiento y cierra la puerta.
—Vuelve a decírmelo —dice Thad—. Dime que no eres un borracho.
33
Del otro lado de la ventana, el sol está alto pero se hunde rápido. Pronto golpeará el agua y se consumirá, un derrame químico, naranja y rosa y azul a través de la bahía. Diane lo ha visto cientos de veces, y cada vez se queda sin aliento. Esa franja de agua plateada en el sol, esa agua arcoíris como la estela que deja una pérdida de combustible detrás de una lancha… esto nunca deja de ser hermoso. Ella entiende a Monet, él se ganó su corazón. Almiares y castillos y nenúfares, una y otra vez transformados por la hora del día. Hasta los charcos, vistos desde el ángulo correcto, despliegan una cierta magnificencia. Con suficiente luz, Diane está convencida de que cualquier cosa puede ser bella.
Observa el lago. Traspasó los límites, está parada junto a la cama de Thad y Jake. La cama está deshecha, las almohadas hundidas donde apoyaron las cabezas. Está sola, Richard se fue a pescar y los otros se tomaron el día libre. Esta mañana cambió el vendaje de Michael, le limpió la herida y él se fue, sólo dijo que estaría en Highlands si lo necesitaba.
Está en ese dormitorio porque se siente sola, aburrida. La valija en el medio de la cama, ni siquiera tuvo que abrirla. El cierre estaba abierto hasta la mitad cuando Diane entró. Toca la valija. A Jake no le importaría.
Por supuesto que le importaría. Pero la curiosidad mata al gato. En los dos años que se conocen, Jake ni una vez le mostró sus herramientas, los pinceles que usa, los óleos. Ella tampoco se lo pidió. Quiere ser respetuosa, quiere evitar las preguntas que deben hacerle todo el tiempo los aficionados y los aspirantes. ¡Pero tiene tantas preguntas para hacerle! Y después de todo, ¿qué tiene de bueno conocer a un maestro del arte que practicas si no puedes pedirle ayuda?
Pero ella es Diane. Y él es Jake. Es famoso. Es más que improbable que alguna vez le muestre el respeto que ella le muestra. Ella lo sabe. También sabe que no se puede perder un respeto que nunca se tendrá, así que tira del cierre relámpago y abre la valija.
Los pinceles que encuentra adentro son buenos, no esos baratos que ella compra en Michaels o Jo-Ann cuando están de oferta. Hasta las virolas de los pinceles de Jake están inmaculadas, lo cual significa que son nuevos o que es un obsesivo de la limpieza. Da vuelta la valija y los tubos de óleo se amontonan sobre la cama. Algo queda atrapado adentro y Diane lo libera. Empieza a desenvolverlo y ve que es un caballete, un caballete de viaje compuesto por varas huecas como las estacas de las carpas unidas por elástico.
Las telas de Jake, enviadas por encomienda, están apoyadas contra la pared. Tienen el mismo tamaño, 20 x 24, pequeño para Jake, pero ideal para lo que ella hace: perfecto, en realidad. Son dos, todavía en blanco, y ya pasaron tres días. ¿Cuánto tiempo pensarán quedarse Jake y Thad? ¿Un día más? ¿Dos o tres, como máximo? No importa, a este paso está claro que Jake no utilizará las dos telas. Al menos, Diane trata de convencerse de esto mientras toma las cosas que va a necesitar.
Hay una paleta, pero es demasiado personal, demasiado de Jake. Usará un plato. Le gusta cómo se mezcla el óleo sobre la porcelana. Cómo gira, grasoso y brillante. Cómo la porcelana parece girar con la pintura cuando se mezclan los colores, mientras la madera parece rechazarla.
Debe haber veinte tubos de óleo. Elige una docena, después devuelve cuatro. Con ocho le alcanzará. Hay un delantal, que Diane sacude. Resopla y se infla, nuevo y blanco, geométrico con las líneas del plegado. Despliega el delantal sobre la cama pero no se queda plano, así como un mapa de rutas no se achata por más que intentes alisarlo muchas veces con las manos. Usar el delantal también sería un exceso. Diane tiene remeras viejas. Usará una de ellas.
Siente una patada.
En realidad no. Es demasiado pronto. Patadas fantasma, así las llaman. Ya las sintió antes, se preocupó, googleó, se relajó.
Se pone una remera vieja, busca un plato, después lleva todo al muelle. El traslado requiere dos viajes, que llevan demasiado tiempo. El sol no se puso todavía, pero un grupo de nubes avanza raudo y la luz ya no es buena. El agua perdió su brillo, ahora reducido a una neblina diáfana.
Hay un par de sillas Adirondack azules en el muelle y Diane acomoda los óleos de Jake en una, después pone una mancha de cada color en el plato. Orienta el caballete en dirección al sol, de espaldas al lugar de la tragedia del viernes. Todavía no se atreve a mirar en esa dirección.
Diane acomoda la tela y el plato, con miedo de empezar. En su casa, esos uno o dos días por semana que dedica a pintar usa acrílicos o acuarelas, materiales baratos que secan rápido. Pero estos son óleos, y eso significa que son caros, de secado lento y fáciles de enchastrar. No ha pintado con óleo desde que iba a la escuela de bellas artes.
Acerca el pincel al plato y, enseguida, hace todo mal. Los óleos tienen pigmentos y tonalidades diferentes de los que acostumbra usar. Intenta armar un violeta con el cadmio y el cobalto pero el rojo tiene demasiado amarillo, y le queda un violeta color moretón. Agrega un poco de carmín y, después de un rato, consigue el violeta que buscaba.
Cuando levanta la vista, la superficie del agua volvió a cambiar. Ahora el lago es menos púrpura, las nubes menos rosadas, el sol está más bajo en el cielo. Nunca pintó un crepúsculo. ¿Cómo se hace? ¿Cómo se pinta un tema que no mantiene el color ni se queda quieto?
Apoya el plato que oficia como paleta en un apoyabrazos de la silla. Observa el horizonte, elige otro pincel. Pasa el pincel limpio por la tela seca, solamente para sentir el ondular de las cerdas. Hace sólo una semana desde que Diane pintó por última vez, pero siente como si nunca hubiera tenido un pincel en la mano, y lo baja.
¿A quién quiere engañar? Da clases en la escuela primaria por una razón. Los que no pueden ser artistas y todas esas cosas. Seguro, estudió en la SCAD en Savannah, pero no es un gran talento aún no descubierto. Cada vez que prepara una tela, cada vez que hunde sus dedos en la arcilla, acepta ser quien es, hasta dónde ha llegado, cuán lejos puede llegar. Algunos días hace arte. Otros días hace un desastre y se pregunta: ¿para qué?
Si muriera mañana, nadie añoraría su obra. Su obituario diría que fue docente, hija, esposa. Y efectivamente es esas cosas. Y está orgullosa de serlo. Enseñar no es fácil. Inspirar a los niños, presentarles los gajes del oficio, es un trabajo importante. No obstante, no le molestaría que su muerte fuera recordada, aunque sea de manera secundaria, como una pérdida para el arte.
Cuando ella muera, ¿qué será de las pinturas y las cerámicas que llenan la habitación de huéspedes y abarrotan el garaje? Supongamos que es la primera en irse. ¿Michael conservará su obra? ¿La donará a alguna institución de caridad? Preguntar esto es como preguntar si su esposo la ama o no la ama.
Levanta el pincel.
—No hagas eso.
Diane suelta el pincel, que rueda por el muelle y cae al lago. Se da vuelta y ve a Jake parado en el muelle, el ceño fruncido.
No tiene preparada ninguna excusa. En su fantasía, la pintura que lograba era tan buena que Jake quedaba pasmado y no podía regañarla por haber arrasado con sus óleos. Por suerte no llegó a dar la primera pincelada. Lo único que hizo es desperdiciar un poco de óleo.
—Lo siento —dice—. Tendría que haber preguntado.
—Está bien. Alguien tiene que usarlos.
Jake se acerca, toma un pincel limpio de la silla y se lo entrega a Diane, y ella se siente como una niña a la que pescaron robando monedas del cajón de las medias de su padre, sólo que esta vez su padre no le grita, sino que le entrega un rollo de billetes.
—No pintes el sol —dice Jake—. Quiero decir, se puede pintar un crepúsculo, pero ya se hizo, ¿sabes? El sol es como los pájaros. De golpe, todo el mundo pinta pájaros. Lo cual no equivale a decir que alguien no encontrará la manera de hacer que los pájaros o el sol resulten interesantes, pero…
—Ese alguien no seré yo.
—No será ninguno de nosotros dos.
Diane no sabe qué esperar. Todavía quiere pintar el crepúsculo, pero Jake nunca la ha visto trabajar. Si no está segura de poder animarse a pintar delante de él, todavía está menos segura de querer mostrarle un motivo que le resulta tedioso.
Jake retrocede y se sienta en la otra Adirondack, que parece tragarlo. Es un hombre tan pequeño.
Diane pone manos a la obra, hunde el pincel en el óleo y traza una línea violeta que atraviesa la tela. El color es demasiado, una boca que quiere aullar.
—Diane —dice Jake—. ¿Somos amigos?
Ella quiere decir que no. Quiere recordar que esta es probablemente la conversación más larga que han mantenido. En cambio dice:
—Por supuesto.
Entonces él se levanta de la silla y se para a su lado. Ella trajo cinco pinceles y él elige el más grande con la cerda en ángulo.
—¿Puedo? —pregunta.
Ella le ofrece el plato y Jake pasa el pincel sobre el carmín, después hace una cola de cometa para llegar al dorado. Lleva el pincel a la tela y traza una yema radiante sobre la franja violeta de Diane, después mezcla el dorado y el rojo con una pincelada más abajo. Todo demora diez segundos, y cuando Jake retrocede Diane ve el horizonte que tienen delante de los ojos reflejado en la tela.
—Presto —dice Jake—. Crepúsculo.
Ella quiere preguntarle cómo lo hizo, excepto que lo vio hacerlo. Si haberlo visto no simplificó las cosas, una explicación seguramente no ayudará.
—Haces que parezca tan fácil —dice.
No está buscando lástima —está auténticamente impresionada— y sacude la cabeza cuando Jake dice:
—No intentaba lucirme.
—No lo dije en ese sentido —dice Diane, pero Jake ya dejó el plato.
—No hay problema. Sé que soy un jactancioso. Ni siquiera soy un gran pintor.
Diane no sabe de dónde salen esas palabras. Jake parece triste. Por lo general es arrogante y se muestra satisfecho consigo mismo, o al menos simula estarlo.
—No digas eso —dice Diane—. Eres un pintor talentoso. No es justo para quienes no lo somos que finjas otra cosa.
Jake parpadea, sorprendido, y Diane se pregunta cuántas personas le dirán la verdad y cuántas le dirán lo que quiere oír. Él podría decir no, Diane, tú también eres talentosa, pero no lo dice, y ella se alegra. Si ella es honesta con él, tiene que respetar que él también sea honesto con ella.
—¿Por qué me preguntaste si éramos amigos? —dice.
Jake camina hasta el borde del muelle y mira el agua, el sol. A ella le gustaría tener sus ojos, sólo por un día. Percibir el color y la línea y la luz como él los percibe.
—No lo sé —dice Jake—. Se me ocurrió que tenemos algo en común. Thad y Michael están obligados a estar aquí. Sus padres los llaman y ellos vienen corriendo. Siempre ha sido así. ¿Pero nosotros? —Se da vuelta y el sol se está poniendo a sus espaldas—. Tú y yo, nosotros no somos Starling. Nosotros elegimos estar aquí. Podemos irnos cuando se nos dé la gana.
—¿No te gustan?
—Me gusta Thad —dice Jake—. Amo a Thad. Pero la familia es complicada. Hace ocho años que no veo a la mía.
Diane conoce la historia. No completa, pero lo suficiente para saber que el padre de Jake una vez lo apuntó con una escopeta, que su madre fue testigo y nunca dijo una palabra. En la familia de Jake no se puede ser Jake.
—Los Starling pueden ser tu familia, si los dejas.
Jake se ríe.
—Me estás diciendo que me case con Thad.
—Si quieres —dice Diane—, pero no fue eso lo que quise decir. Quise decir que Lisa y Richard te amarán como a un hijo si los correspondes.
Jake elige un pincel limpio de la silla. Tiene óleo en las manos, una mancha en la manga de su camisa de lino blanco. Ella quiere preguntarle por qué está tan bien vestido y dónde pasó el día, pero debe tener mucho cuidado al elegir las palabras. No sabe cuáles preguntas podrían ahuyentarlo.
—Ya te aman —dice Diane.
—No siempre tengo esa sensación con la madre de Thad.
Jake se para frente a la tela. Pinta rápido, completa el cielo, después pasa al lago. Lo que busca no es exactamente el horizonte que tiene delante de los ojos, sino algo más grande, más rico, algo que refulge en un espectro de color mucho más amplio que los colores que está viendo.
—Quiero preguntarte algo —dice Diane—. ¿Alguna vez le preguntaste a Lisa por sus cosas?
Jake no dice nada. Mira a Diane, pero ella no puede descifrar su expresión. ¿Está avergonzado por no haberse interesado jamás por la vida de Lisa, o está desconcertado y se pregunta por qué tendría que interesarse?
—Es eso —dice Diane—. Es exactamente por eso que a veces ella te trata con frialdad. Acabas de descartar toda su vida con una mirada.
Jake vuelve a concentrarse en la tela.
—No lo hice.
—Sí que lo hiciste. No quisiste hacerlo, pero lo hiciste. Y está bien. Eres joven. Pero se espera que en algún momento muestres interés en las vidas de los demás. Además, vale la pena conocer a Lisa. Ha tenido una vida plena.
Jake pinta. Colorea los bordes de la tela sin el menor cuidado, a diferencia de lo que suele hacer Diane. El óleo salpica y él no se inmuta.
—¿Me creerías si te digo que esto es lo primero que pinto desde hace meses?
—Eso no es verdad.
Otra patada que no es patada. Tendría que haber almorzado más.
—Es verdad —dice él—. Estoy hecho mierda. Demasiado metido en mi cabeza.
Dime más, quiere decir Diane, pero no confía en sus motivos. ¿Espera ayudarlo o busca compañía en su baja autoestima?
—No puedo creer lo que acabo de decirte —dice Jake—. Ni siquiera se lo dije a Thad.
El sol se pone rápido y Jake se apresura para capturarlo, empuja el caballete, sostiene la tela con la mano. Es muy descuidado comparado con ella, pero las cosas le salen mucho mejor.
—A veces pienso que es Dios —dice Jake—. Sé que es una tontería.
—No me parece una tontería.
Jake se aleja de la tela, entrecierra los ojos. Tiene más óleo en la camisa, óleo en el cabello.
—Cuando estoy en casa —dice— alzo el pincel para pintar y la tela es un imán que lo rechaza. El pincel la sobrevuela, como si mi brazo estuviera poseído, como si Dios me detuviera. Mis padres querían que fuera pastor. Papá decía que Dios le había dicho que yo tendría mi propio rebaño. Sé que es mentira. Sé que es cosa de mi padre. Sin embargo, una parte de mí no puede evitar sentirse castigada. Por pintar. Por amar a Thad. Es como si hubiera ignorado mi vocación, desobedecido lo que Dios había dispuesto para mi vida.
El lago resplandece. El sol se ha puesto.
—¿Crees en Dios? —pregunta Jake.
Diane no lo sabe, y admite que no lo sabe.
—Donde me crié Dios estaba en todas partes —dice Jake—. En el aire que respirabas. En las canciones que cantabas. Agradecíamos a Dios por las cosas buenas que nos pasaban y agradecíamos a Dios por las cosas malas. Agradecíamos a Dios por nuestra comida, sin importar qué comida fuera. ¿Puedes imaginarte dándole gracias a Dios por unos waffles? No hablo de waffles caseros. Hablo de Eggos. No creo que Dios quiera que le den las gracias por eso.
Hace algunos retoques con el pincel, pero la pintura está terminada. Diane teme que la estropee si sigue dando pinceladas.
—Ayer permití que un hombre a quien amé me chupara la pija —dice Jake—. Hoy descubrí que pinta imitaciones de Audubon y me aborrece. La vida es tan rara.
Diane retrocede un paso. Intenta disimular la sorpresa que le sube a la cara, pero fracasa.
—Perdón —dice Jake—. No quería resultar chocante. Sólo que es agradable tener alguien con quien hablar.
Es agradable. Algunos días, cuando vuelve a casa de la escuela, Michael y ella casi no hablan.
Patada, patada.
Jake baja el plato y el pincel. Se aleja de la pintura, ladea la cabeza hacia la izquierda, después hacia la derecha.
—¿Te gusta Rothko? ¿Las telas grandes, los grandes bloques de color?
—Sé quién es Rothko.
Le encanta la obra de Rothko. Quiere que Jake lo sepa y, al quererlo, entiende que desea demasiado su aprobación.
—Rothko se mató —dice Jake—. Se cortó las venas y se desangró hasta morir. Además tomó pastillas. Una lástima.
A lo lejos, un bote entra en la bahía y Diane ve que es el Sea Cow. Richard ya está en casa.
—En Los Ángeles —dice Jake—, en el MOCA hay una sala de Rothko. La última vez que estuve, el que curó la muestra colocó un maniquí en el centro de la sala, una estupidez tipo “objet trouvé”. Tienen ocho Rothkos, de los buenos, y los ocultan detrás de un hombre de plástico. Yo hubiera pagado diez lucas por diez minutos sin esa cosa en el medio. Sólo para hundirme en esas pinturas. Para absorberlas todas al mismo tiempo.
Jake retocede dos pasos.
—Toda esa belleza, y nadie pudo verla por culpa de ese hombre de plástico en el medio de la sala.
Abre los brazos.
—Listo. Puto crepúsculo.
La pintura es deslumbrante. Es más que un crepúsculo, más que un lago, y Diane comprende que su error fue intentar pintar lo que veía. Jake entiende la luz y el dibujo demasiado bien como para pintar lo que tiene delante de los ojos. Lo que hizo es estilizado, impresionista. Es precisamente lo que Jake dijo que un crepúsculo no podía ser. Es interesante. Es todos los colores de El grito mezclados y reorganizados y pintados de nuevo. Que Jake pintara esto en quince minutos llena a Diane de tanta admiración que se olvida para siempre de la envidia.
Jake se da vuelta, la cara empapada en sudor. Hay tristeza en sus ojos. También alegría. Sobre todo alegría.
Jake ama esto.
Entonces Diane sabe que ella nunca será Jake. No sólo porque no es tan buena. No sólo porque jamás pagaría diez lucas para ver unos Rothkos en una pared. Porque el arte no es su vida. Su vida es la vida: la gente. Michael, su madre, los alumnos nuevos cada año. La vida que crece dentro de ella ahora. Si le dieran a elegir entre la gente y pintar, elegiría siempre a la gente. No cree que Jake vaya a elegir lo mismo.
Jake se seca la cara y la manga le deja manchas de óleo en la frente.
—Vamos —dice—. Firmemos.
Toca suavemente el negro y estampa su firma en la esquina inferior derecha. Le ofrece el pincel a Diane.
—Trabajo en equipo —dice—. No podría haberlo hecho si no hubieras empezado.
Por supuesto que no, quiere decir Diane. ¿Pero por qué su instinto la lleva a sentir que él está siendo condescendiente? No hay nada condescendiente en los ojos feroces de Jake, en su cara manchada de pintura, en la manera que sostiene el pincel con la punta negra.
—Por favor —dice—. Hablo en serio.
Y ella firma.
Arriba, en la colina, aparece un auto. Lisa baja del auto y saluda. Saca una caja blanca larga del baúl y entra en la casa.
Patada, patada.
Algo no está bien, una especie de calambre o retorcijón, algo que, estando embarazada, supuestamente no debe sentir. Se agarra el viente.
The Sea Cow se acerca. Lisa baja por la colina.
El calambre empeora y Diane cae de rodillas.
Después Lisa está en el muelle a su lado, le pregunta a Diane dónde le duele, pero Diane tiene dificultades para hablar. El dolor es demasiado intenso. Se agarra el estómago.
—Carajo —dice Jake—. ¿Qué es? ¿Qué pasa?
—Estoy embarazada —dice Diane.
Jake parece como si le hubieran dado un golpe bajo, después está exultante.
—Felicitaciones. ¡Oh, Dios mío!
—No es el momento —dice Lisa—. Ayúdame a levantarla.
Después todo pasa muy rápido. Lisa y Jake la ayudan a subir la colina.
—¿Qué pasa? —grita Richard desde el agua mientras amarra el bote—. Santo Dios, ¿qué pasa?
Pero nadie responde. Nadie le presta atención. Lisa ayuda a Diane a subir al asiento trasero del auto y se sienta junto a ella. Jake se acomoda detrás del volante y espera a Richard, que sube la colina a grandes zancadas.
—Apúrese —grita Jake. Richard frunce el ceño y camina un poco más rápido hasta que por fin llega al auto y se sienta.
—¿Qué pasa? —pregunta Richard—. ¿Adónde vamos?
Jake no responde. No espera que Richard se ponga el cinturón de seguridad. Hace marcha atrás a toda velocidad y después sale disparado por el camino. En ese momento, después de respirar hondo varias veces, Diane saca el teléfono del bolsillo y marca el número de Michael muchas, muchas veces.
34
En el asiento del acompañante, el hermano de Thad juguetea con el aire acondicionado. Con la otra mano se masajea la cara.
—Se me aflojó una muela de atrás. —Apoya la cabeza contra la ventanilla—. Necesito mi auto.
—Mañana —dice Thad—. Estás borracho. Yo estoy drogado. Vamos a casa.
—Mi teléfono está en el auto. Déjame recuperar el teléfono. Está estacionado en el camino. —Baja la visera, se mira al espejo, mete la lengua entre los dientes—. También, si ves un supermercado, necesito champú antipiojos.
No por primera vez, Thad juega al juego de averiguar cuál vida es más invivible, cuál de los dos la pasa peor.
No es una competencia. La voz del padre de Thad le horada los oídos. Los dos han sido una gran desilusión para mí. No es que su padre haya dicho eso, jamás lo diría, pero está allí, está en sus ojos cuando le pregunta a su hijo qué hizo el año pasado y Thad responde “escribir poesía”.
—¿Probaste hacer terapia? —pregunta Thad.
Michael levanta la visera.
—La terapia es una mierda.
—Pero estás deprimido.
Michael abre apenas su ventanilla y saca un dedo afuera. Para Thad sería muy fácil pulsar el botón y guillotinar el dedo en dos.
—No estoy deprimido —dice Michael.
—Todos estamos deprimidos —dice Thad—. Somos una familia de depresivos. Sólo que yo soy el único que busca ayuda.
Michael retira el dedo y cierra la ventanilla.
—Papá no está deprimido.
—Por supuesto que sí. Su generación es diferente. Los hombres de su edad no expresan las cosas. Sólo viven vidas infelices.
—¿Y mamá?
—No sé. Mamá podría estar bien. Es sin lugar a dudas la más sana de los cuatro.
Michael mira por la ventanilla. El camino da muchas vueltas y Thad quiere pedirle que mire hacia adelante. Ya limpió suficiente vómito de Michael por esta semana.
—¿Qué tiene de bueno la terapia? —pregunta Michael.
—¿Para empezar? —dice Thad—. Las drogas.
—¿Tu terapeuta trafica drogas?
Thad no sabe si Michael está bromeando o se hace el tonto. No es estúpido. Cuando era adolescente Thad una vez revisó los archivos de su madre. Encontró boletines que confirmaban que las notas de Michael eran más bajas que las suyas. Después se topó con dos sobres que no sabía que estaban ahí. No recordaba haber hecho la prueba de coeficiente intelectual. Aparentemente, la había hecho en cuarto grado para un proyecto de investigación de un estudiante graduado. Su madre siempre los ofrecía como voluntarios para los estudios que se hacían en Cornell. Thad abrió los dos sobres. Los dos CI eran altos, dos desviaciones estándar arriba del promedio. Pero el de Michael era cuatro puntos más alto. Sin embargo, la parte favorita de la historia para Thad es que los sobres estaban sin abrir. Muy de su madre. Consiguió los puntajes y después no quiso saber. O, si quiso saber, se negó a permitir que la curiosidad tomara la delantera. Cuánta templanza. Qué amor brillante e inflexible.
Hasta este día, Thad nunca le dio la noticia a Michael ni tampoco la satisfacción de esos cuatro puntos.
—Prescribe drogas —dice Thad—. En realidad, esas te las da el psiquiatra. Mi psicoterapeuta no puede hacer recetas.
—¿Qué clase de drogas? —pregunta Michael.
—¿Yo? Yo adoro a la santa trinidad: Xanax, Paxil, Seroquel.
Se aproximan a una zona de zigzag y Thad disminuye la velocidad. En el lago, uno se olvida que está en las montañas. En el auto, cuando hay que hacer una curva, es imposible olvidarlo.
—¿Para qué tres pastillas? —pregunta Michael.
—Una para la ansiedad, una para la depresión, una para la psicosis.
—Un momento, ¿eres psicótico?
—Soy bipolar. Corro el riesgo de tener episodios psicóticos, sí.
Una llovizna cae de las nubes y Thad enciende el limpiaparabrisas.
—¿De verdad piensas que estoy deprimido? —pregunta Michael.
—No soy médico. Sólo sé lo que veo, y lo que veo es un depresivo que usa el alcohol, que, para el caso, es un depresor, para sostenerse.
—¿El alcohol es un depresor?
Una vez más, Michael le está tomando el pelo, o tal vez no. Difícil saberlo cuando estuvo bebiendo. Ahora la lluvia cubre el parabrisas y Thad acelera el limpiaparabrisas.
—¿Hace cuánto que tomas esas pastillas? —pregunta Michael.
—Este cóctel en particular ya lleva cierto tiempo. Tiendo a cambiarlo cada cinco años.
—¿Por qué?
—Porque las pastillas dejan de hacer efecto y quiero matarme.
El camino está mojado. Los limpiaparabrisas limpian. El efecto de la marihuana se disipó.
—Mierda —dice Michael—. No lo sabía. Sabía que era malo, pero no sabía que era para tanto. Supongo que una parte de mí esperaba que quizás sólo quisieras…
—¿Atención?
Thad estrangula el volante. Quiere recordarle a Michael que tiene una cicatriz en el brazo, que le cortaron un dedo del pie. Pero es la primera vez que hablan del tema. Afloja las manos. Afuera, la lluvia se apacigua.
—Está bien —dice por fin—. Aprendí a aceptar lo difícil que es entenderlo para alguien que no quiere morir.
Un cartel dice: Highlands 3 kilómetros. Más adelante, otra curva en el camino, una pared de roca a la derecha, un guardarraíl a la izquierda. Thad aminora la marcha a treinta, veinticinco kilómetros.
En terapia, Steve dice que la mejor manera de estimular a otro a expresar su vulnerabilidad es compartir la propia, pero Thad no sabe qué decir para lograr que Michael admita que bebe demasiado.
—Steve dice que…
—¿Quién es Steve? —pregunta Michael.
—Mi terapeuta.
—¿Tu terapeuta se llama Steve?
Veinte kilómetros por hora, quince. Entran en la curva y Michael está muerto de risa.
Thad no entiende qué es tan gracioso. Después, cuanto más lo piensa, más gracioso le parece. Su terapeuta se llama Steve. Esos brazos peludos cuando usa camisas de manga corta. ¿Qué clase de médico usa manga corta?
Entonces Thad también se muere de risa y vuelven a ser jóvenes. Son hermanos que llenan el auto con su alegría, que se ríen sin parar hasta el segundo en que Thad dobla la curva y atropella al ciervo.
Thad no es el primero que atropella al ciervo. El ciervo está muerto, y no es tanto que lo atropella sino que le pasa por encima. Frena, pone marcha atrás y vuelve a aplastarlo. Sus entrañas, que antes apenas asomaban, ahora están totalmente desparramadas en el camino.
Michael abre la puerta y vomita. Thad quiere hacer lo mismo. Abre la puerta, pero retiene la bilis.
El ciervo es una hembra, una hembra grande, de pelaje marrón y con manchas rojizas. El cuello está inclinado. El cuerpo atraviesa la línea blanca que divide el camino. Thad ha visto animales muertos en las rutas de Carolina del Norte y también en el estado de Nueva York. Pero es más común que los ciervos abollen a los autos que que los autos maten a los ciervos. Lo que atropelló a esta cierva era grande y no se detuvo.
Pero no es la cierva muerta lo que le llama la atención a Thad. Es el cervato. Las ancas con manchas blancas y las patas flacas como juncos, está parado en el guardarraíl, el hocico ensangrentado, las orejas alertas, los ojos clavados en su madre.
—La reputísima mierda —dice Michael.
Esperan. Se respaldan en sus asientos y miran a través de las puertas abiertas. Y mientras miran, el cervato se acerca a su madre. Le frota el cuello con el hocico, después la cara. Huele las entrañas y las empuja como si quisiera volver a ponerlas en su lugar.
—Carajo —dice Michael.
Thad baja del auto y el cervato no se asusta. ¿Acaso cree que su madre se va a levantar? ¿Los animales pueden entender la muerte?
—No, no, no —dice Michael. Tiene la cara enterrada en las manos.
—Tranquilo —dice Thad. Le habla a su hermano, pero también le habla al cervato.
—Quiero ir a casa —dice Michael.
Thad se agacha junto a la puerta abierta del auto, pero no quiere acercarse demasiado. El olor es fuerte. Ya llegaron las moscas. El cervato lame la cara de su madre.
—Llévame a casa —dice Michael—. Por favor.
Alguna vez fueron niños en una bañera, cantaban y se lavaban las espaldas. Niños que peleaban por los pijamas —demasiado chicos para Michael, demasiado grandes para Thad—, los rojos con locomotoras púrpuras y rieles negros en la cintura. Eran niños bajo las mantas, su madre les leía el cuento de la araña y el cerdo.
¿Dónde está el padre de Thad en estos recuerdos? En su estudio. En el laboratorio. Trabajando. Leyendo. Pero así era papá. Ellos lo necesitaban, pero les habían enseñado a no enojarse por su ausencia. La ausencia era el territorio de los padres, y ellos dejaban que su padre trabajara tranquilo.
Pero metido en la cama, la panza caliente y el pelo todavía mojado, con su hermano junto a él y su madre flotando arriba mientras se deslizaba, sereno y soñador, en el sueño, Thad nunca fue más feliz. Y no espera volver a ser tan feliz nunca más. O el mundo era diferente entonces, o el mundo sigue siendo el mismo y Thad cambió demasiado. Como sea, no hay manera de volver atrás.
Entonces Michael baja del auto. El cervato alza la vista. Michael cierra de un portazo y el cervato cruza el camino, salta el guardarraíl y desaparece de la vista. Thad corre hacia el guardarraíl, pero lo que parecía un risco escarpado desde el auto resulta ser una pendiente moteada de pinos que el pequeño ciervo no tiene dificultad en atravesar a toda velocidad. El cervato corre, salta, un esquiador milagroso que hace eslalom cuesta abajo.
Thad se da vuelta y su hermano es un espectáculo: golpeado, vendado, el labio hinchado como una babosa lista para el mazazo. Se acerca a Michael y juntos hacen rodar a la cierva muerta hasta el costado del camino.
En el auto, Thad se limpia las manos en los pantalones, pero el olor los ha seguido, hierro y bosque y almizcle animal. El olor viaja con ellos el último kilómetro hasta Highlands, y cuando Thad frena junto al auto de Michael, el olor todavía los acompaña.
Jamás volverá a comer carne de ciervo.
Tampoco contará la historia. No a Jake. No a sus padres. No en un poema o durante una cena con amigos. Un milagro deja de ser milagroso cada vez que alguien lo cuenta, muta de hecho a mito, de cómo fue a cómo se lo recuerda, hasta que llega un momento en que uno se pregunta si el milagro de verdad sucedió. La idea de estar en un festejo de Navidad y que Jake diga “Thad, cuéntales lo del ciervo” le resulta insoportable.
Frena el auto y mira a Michael.
—¿Vas a ir a buscar tu teléfono?
—Diane está embarazada —dice Michael.
Thad está seguro de que oyó mal, después está seguro de que no. Nunca vamos a tener hijos, Michael siempre decía eso. Y qué. Thad va a ser tío.
—Es maravilloso —dice Thad—. ¿Quién más lo sabe?
—Sólo mamá.
—¿De cuánto está Diane?
—Diez semanas, tal vez once.
—¿Los médicos no saben?
—No fuimos al médico.
Thad no sabe mucho de embarazos, pero varios amigos tienen hijos y sabe que no se espera tanto para ir al médico. Hay demasiadas cosas de que ocuparse —nutrición, clases de parto, vitaminas prenatales— como para no empezar de inmediato. Uno descubre que está embarazado y llama al médico. Va. Su vida cambia.
—No lo planeamos, si eso es lo que quieres saber —dice Michael.
Del otro lado del parabrisas el sol baja, las copas de los árboles se encienden como fósforos. Pronto las Blue Ridge resplandecerán como un mar interior.
—¿Pero estás entusiasmado? —pregunta Thad—. ¿Ya te hiciste a la idea?
—Vamos a tenerlo —dice Michael, después baja del auto para buscar su teléfono.
Thad revisa su correo de voz. Los mismos dos mensajes. Vuelve a escuchar el primero y esta vez, ya no tan drogado, sin Teddy hablando o el río zumbándole en la oreja, alcanza a descifrar lo que dice su hermano. Y lo que escucha le pone la piel de gallina. La voz de Michael suena ebria, pastosa, pero las palabras son inconfundibles: tenían una hermana. Se llamaba June. Está muerta.
Después Michael está junto a él en el auto.
—¡Lo encontré! —dice, mostrando su teléfono.
—¿Es verdad? —dice Thad, mostrando su teléfono.
Michael está demudado.
—Mierda. No quería… No quise…
—Sólo dilo. ¿Es verdad?
Pero el silencio de Michael es la única confirmación que necesita.
Tiene tantas preguntas. ¿Quién era esa hermana? ¿Cuánto tiempo vivió? ¿Hace cuánto que Michael lo sabe? ¿Y por qué se lo dijeron a Michael y a él no?
Pero no hay tiempo para hacer preguntas porque Michael está insultando, mirando la pantalla de su teléfono.
—Algo anda mal —dice Michael.
—¿Qué?
Suena el teléfono de Thad. No es la llamada que estaba esperando, no es Jake, sino su madre.
—Llamadas perdidas —dice Michael.
—¿Cuántas?
Michael le muestra el teléfono y allí, en letra negra sobre la pantalla blanca, Thad lo ve.
Domingo: llamadas perdidas: 22.
35
En la sala de espera, Richard camina de un extremo a otro y Jake observa.
Lisa inclina la cabeza. Tal vez está rezando. Thad le contó a Jake que, cuando eran niños, su madre a veces los arrastraba a la iglesia, aunque últimamente es menos devota.
La sala de espera es modesta, el piso en damero plastificado, el techo bajo. Hay una hilera de doce sillas anaranjadas contra las paredes, y Jake y Lisa están sentados en dos. En un rincón, el mango de un lampazo emerge de un balde amarillo lleno de agua gris. Un letrero plástico —Cuidado: piso mojado— abre sus patas junto a una máquina expendedora de café, de esas que cambian monedas de veinticinco centavos por café malo en vasitos de cartón.
No hay nadie más en la sala de espera. Pueblo chico, hospital chico. La recepcionista reconoció a Diane en cuanto cruzó el umbral.
—¿Cómo sigue la cabeza de su esposo? —preguntó antes de que Lisa le explicara que estaban allí por Diane. La mujer levantó el teléfono. ¿Quién sabe si ya habrá llegado el médico? Tal vez todavía lo estén esperando
—¿Qué pasa? —pregunta Richard por fin—. ¿Por qué nadie dice nada? ¿Qué le pasa a Diane?
—Tiene calambres —dice Jake.
—¿Calambres? —dice Richard—. ¿Estamos aquí por unos calambres?
Jake mira a Lisa. Lisa mira a Jake.
Richard advierte las miradas.
—¿Hay algo que yo no sé?
—Diane está embarazada —dice Lisa—. Aún no se lo había contado a nadie.
Richard se deja caer pesadamente en una silla y Lisa se levanta y va a sentarse con él.
—Aún no se lo había contado a nadie —dice Richard—, pero te lo contó a ti.
Lisa asiente.
—Y a ti también.
—Recién ahora —dice Jake—. En el muelle.
—¿Yo soy el único que no lo sabía? —Richard levanta demasiado la voz y Lisa le apoya una mano en la nuca.
—Querido —dice—, lo único que debería preocuparte, en este momento, es que Diane esté bien.
—Calambres —dice Richard—. Eso es malo.
—No es bueno —dice Lisa.
Jake se levanta y sale. Odia los hospitales, odia la enfermedad. Esa charla de los calambres de Diane, la idea de que pierda el hijo, es demasiado. Necesita un poco de aire fresco.
Afuera ha caído la noche y el asfalto negro del estacionamiento reluce bajo los faroles como regaliz con encaje de cristal.
Carajo. Michael tendría que estar aquí con Diane. Thad tendría que estar aquí con él. Lisa los llamó. Dice que están en camino, pero Jake quiere que lleguen rápido. No puede volver a entrar solo en esa sala de espera, no puede enfrentar el dolor de Richard y Lisa cuando les digan que no serán abuelos.
¿Y qué le dirá a Thad cuando llegue? Suponiendo que Thad le pregunte dónde estuvo, ¿qué le dirá Jake? Suponiendo que el ultimátum siga firme, ¿qué le dirá?
¿Qué tiene de malo que Jake quiera la chancha y los veinte: tener el amor de un hombre y el vértigo de muchos más? ¿Realmente Thad debe obligarlo a elegir?
La culpa es de Jake. Thad nunca quiso esto y Jake siempre lo supo.
La culpa es de Thad. Es un adulto que toma decisiones de adulto y aceptó el trato.
Quizás sea culpa de ambos. Pero no. Esto es Estados Unidos. En Estados Unidos siempre alguien tiene la culpa.
Al menos, hoy pudo pintar. Eso ya es algo.
Mira su reloj. Llama a Frank.
—¿Jacob? —la voz de Frank suena áspera, con la dulzura del sueño aunque todavía no son las diez de la noche.
Cuando Jake conoció a Frank, Frank lo intimidó. Es carismático, le gusta tocar a la gente, siempre te pone una mano en el brazo. Pero su reputación es excelente. Jamás engañó a un cliente, nunca intentó seducir a un artista que representa. En la galería es un negociador duro, pero con sus pintores es el que anima la fiesta, un confidente y un amigo.
—Perdón —dice Jake—. Sigue durmiendo.
Frank tose una tos que suena como un puñado de pinceles en una licuadora, el traqueteo de décadas de cigarrillos. El cáncer, cuando llegue, será agresivo e imparable.
—Está bien —dice Frank—. ¿Qué cuenta mi pequeña estrella de rock esta noche?
—Nada bueno. Un niño se ahogó, el hermano de mi novio casi se ahoga intentando salvarlo, y ahora su esposa está en el hospital. Pero no te llamé por eso.
—Dios santo —dice Frank—. ¿Dóndes estás?
—En la montaña. No importa dónde. No conoces el lugar.
Frank permanece callado durante tanto tiempo que Jake se pregunta si se habrá quedado dormido.
—Tengo que confesarte una cosa —dice Jake—. Hace meses que no pinto. Quiero decir, pinté un crepúsculo, pero fue por casualidad. El asunto es que tendrías que cancelar mi próxima muestra. No sé si volveré a pintar alguna vez.
Frank tose una tos gruesa, cargada de flema. O es eso, o se está riendo. Jake no sabría decirlo.
—Escucha, Jacob —dice Frank, y esta es la voz que Jake conoce, la voz que les vende a los millonarios pinturas que de otro modo jamás comprarían. Es una voz como una bayoneta, con surcos de sangre—. Tu última exposición se vendió completa. Fuiste sensación en el Times. Por supuesto que no estás pintando. No tendrías que estar pintando. Tendrías que estar festejando. Tendrías que estar como loco. Tendrías que estar dudando de todo lo que hiciste hasta ahora y preguntándote qué vendrá después. ¡Angustia! ¡Lágrimas! ¡Tienes veinticinco años!
—Veintiséis.
—¡Veintiséis! Esto tenía que suceder. Eres lo máximo. Eres una maldita máquina. Hace rato que tendrías que haber tenido un colapso nervioso. Un escándalo. Pero quedémonos con el colapso nervioso. Es más fácil de superar. Te prometo que vas a volver a pintar.
—¿Y si no vuelvo a pintar?
—Vas a volver a pintar. Todo el mundo se bloquea y después se recupera.
—¿Todo el mundo?
—Bueno —dice Frank—, no todo el mundo. Algunos se van al carajo. Pero no estamos hablando de ellos.
—¿Pero y si…?
—Confía en mí. No es nada serio. Llámame cuando hayas pasado un año entero sin pintar.
—Pero ¿y mi próxima muestra?
—Se pospondrá —Frank tose—. Que esperen. Que piensen que estás haciendo algo especial, cosa que, muy pronto, será verdad.
Se hace un silencio en la línea. Jake no sabe qué decir.
—Y, Jacob. —La voz de Frank es severa, cromo pulido hasta el brillo enceguecedor—. Sólo asegúrate de que tu próxima muestra sea algo especial.
Jake realmente no sabe qué responder. Hace semanas que teme este llamado y, en menos de dos minutos, pasó de la ansiedad al alivio y del alivio al terror.
Frank ríe-tose.
—¡Estoy bromeando! Pero la próxima vez, no me llames tan tarde. Ahora ve a acostarte. Y dale un abrazo de mi parte a tu novio. Es adorable.
Frank cuelga. Jake guarda el teléfono en el bolsillo, y aquí llegan Thad y Michael en el auto de Thad. El auto estaciona y Michael baja de un salto y pasa corriendo junto a Jake. Thad avanza más despacio por la vereda.
—Eh —dice Jake, pero Thad sigue de largo y entra en el hospital.
Tendría que haber llamado. No tendría que haber dejado a Thad sin noticias todo el día. Ahora lo único que puede hacer es entrar.
En la sala de espera, Lisa regaña a Thad. ¿Dónde estaban? ¿Por qué nunca atienden el teléfono? Mientras tanto, ya hicieron pasar a Michael a la parte de atrás.
Thad se sienta, Jake se sienta a su lado, y Thad se levanta y vuelve a sentarse, dejando una silla de por medio.
—¿Tú lo sabías? —le pregunta Richard a Thad desde la otra punta de la sala, y Jake se pregunta lo mismo para sus adentros.
—¿Si sabía qué, papá? —pregunta Thad.
—Lo de Diane —dice Richard—. Está embarazada. ¿Lo sabías?
Habla en voz demasiado alta otra vez, y otra vez Lisa le frota la nuca.
—Me lo dijo Michael hace media hora.
Richard sacude la cabeza, se para y va arrastrando los pies hasta la máquina de café. Empuja el letrero de precaución a un costado y busca monedas en los bolsillos. Lisa se acerca con su monedero, y le vuelca varias en la palma de la mano.
—Estoy segura de que iban a decírtelo —dice Lisa, pero Richard no la escucha. Está estudiando la oferta, eligiendo el tamaño del vaso y el tipo de café.
Una vez, cuando Jake era niño, su padre alquiló una trituradora de tocones en la ferretería. En lugar de ruedas, la trituradora tenía un disco que giraba y la hoja, cuando mordía la madera, emitía el chirrido más espantoso que Jake oyó en su vida. Jake oye ese mismo ruido cuando Richard aprieta un botón y la máquina se sacude y chirría al soltar el café.
Lisa se sienta entre Jake y Thad y les pone un brazo sobre el hombro. Thad no se entrega al abrazo de su madre, cosa que a Jake le parece rara. Sabe que Thad está enojado con él. Pero no entiende por qué está enojado con Lisa.
El traqueteo de la máquina de café se extingue con un siseo, y Richard saca el vasito del dispenser. Es un vaso pequeño, tiene un asa compuesta por dos semicírculos de papel con un agujero en el medio, plegadas como alas de mariposa. Richard bebe un sorbo, hace una mueca y arroja el vasito en el balde del lampazo.
—Sólo para que quede claro —dice Richard—. ¿Todos lo sabían?
—¿En serio? —dice Thad—. ¿Vas a sermonearme a mí por guardar secretos?
Después Thad se levanta y Jake lo sigue afuera. Se quedan parados en la vereda justo delante de la puerta del hospital.
—No pasó nada —dice Jake, pero le está hablando a la espalda de Thad—. Fui a Asheville pero no pasó nada. Marco se terminó. Se acabó. Te amo.
Pero Thad no dice yo también te amo. Se da vuelta, y está llorando.
—Tengo una hermana —dice.
—Perdón —dice Jake—. Pero no entiendo.
—Mamá se lo dijo a Diane. Diane se lo dijo a Michael. Michael me lo dijo a mí. Una hermana, June, antes de que Michael naciera. Sólo vivió un mes.
—Ay, Dios mío —dice Jake. Da un paso adelante y Thad se deja abrazar. Después Thad se endereza, carraspea, y se enjuga las lágrimas.
—Tendría que entrar —dice.
Thad todavía está en los brazos de Jake, y Jake quiere decirle tantas cosas. Quiere hablarle de Marco, de los pájaros, del crepúsculo y la pintura y su conversación telefónica con Frank. Y quiere que Thad le cuente cómo pasó el día, y en ese momento sabe que el amor que dice sentir por Thad es real. Le interesa. Le importa. Ese hombre le importa más que él mismo. Diablos, incluso quiere leer sus poemas.
Pero no dice ninguna de esas cosas. En cambio dice:
—Tienes que estar con tu familia.
Y lo deja ir.
36
Diane aferra la mano de su esposo.
La camilla donde está acostada es ancha, y a través de la bata de papel siente la espalda fría. Las luces de la pequeña sala son tenues, tiñen las paredes de gris, y hay un mueble bajo del largo de la pared. Una máquina que le recuerda al retroproyector de la escuela primaria está encima de su cabeza. Michael está parado a la altura de su cintura.
Tiene un aspecto terrible. El cabello pegado al cráneo, aplastado como después de un chaparrón. Las mejillas con barba incipiente, la mandíbula lastimada. Tiene la frente hinchada y no se ha cambiado el vendaje en todo el día. Un reguero de vómito mancha la pechera de su camisa y huele a vino picado.
A los pies de Diane, una mujer llena papeles en una carpeta. Lleva guardapolvo blanco, pero no estetoscopio, y Diane no sabe si es médica o enfermera. No estaba entre los que atendieron a Michael el viernes. Le hace preguntas a Diane y anota sus respuestas.
¿De cuánto está? Diez semanas.
¿Está tomando vitaminas prenatales? No.
¿Ya se hizo una ecografía? No.
¿Quién es su médico de cabecera en Texas? No tiene.
¿Quién está siguiendo el embarazo? Diane.
Se hace un largo silencio.
O la mujer de la bata blanca piensa que es una estúpida, o ve este tipo de cosas todo el tiempo: embarazos no planeados, la pareja que se niega a tomar una decisión, suponiendo que si esperan un tiempo el problema se resolverá solo.
Quizás el problema se está resolviendo solo, quizás su cuerpo está expulsando el problema de su útero. Salvo que el problema no es un problema, nunca lo fue, no para Diane, y ella no quiere que se resuelva.
La mujer saca una hoja de la carpeta, la da vuelta y vuelve a ponerla en su lugar. Tacha algo y escribe otra cosa encima. Todo eso es insoportable de ver. No hay urgencia en sus movimientos, no hay prisa. ¿Y si el tiempo fuera esencial? ¿Cómo es posible que la mujer del guardapolvo blanco no tenga el menor apuro?
—Por favor —dice Diane por fin—. ¿Podría ir un poco más rápido, por favor?
—Oh, querida, no hay apuro —dice la mujer—. ¿Tienes una hemorragia?
No tiene.
—¿Siguen los calambres?
No siguen. El dolor se calmó después de estar un rato acostada.
—Es común. Tu útero se está expandiendo. Es una sensación que nunca experimentaste antes. Algunas madres la sienten más que otras. Haremos todas las pruebas necesarias, pero lo más probable es que estés bien.
Michael le aprieta la mano.
—Voy a pedir una ecografía —dice la mujer del guardapolvo blanco—. Enseguida vuelvo.
La mujer se va y Michael le pregunta a Diane qué sucedió. Tiene los ojos vacíos. Toda la electricidad que tenían se ha esfumado, o como se llame ese brillo que prueba que tu alma está viva.
—Tuve contracciones —dice Diane—. Como si estuviera por venirme la menstruación.
—¿Duele? —pregunta Michael, y ella querría preguntarle cuán sincera, en una escala de uno a diez, es su preocupación. Después de todo, ¿acaso no es esta la carta Salir de la cárcel que estaba esperando?
—Quiero que venga mi mamá —dice Diane.
—Ya la llamo —dice Michael, pero Diane sacude la cabeza. Si pierde el embarazo, es mejor que su madre no se entere. Su madre es frágil, bien intencionada pero muy suceptible. ¿Por qué no me lo dijiste antes?, le preguntaría, y Diane tendría que defenderse. Eso no es un consuelo, aunque sea amor. Y en este momento Diane necesita las dos cosas.
Michael le suelta la mano. Se arrodilla y su cara queda a la altura del vientre de Diane.
—Necesito que me digas algo —dice Diane. No quiere susurrar, pero el susurro hace que sea más fácil decir lo que quiere decirle—. Dime que me amas o dime que no me amas. Pero necesito saber.
Michael abre la boca para hablar y ella se la tapa con la mano. Michael se sobresalta, pero deja la mano donde está. Su aliento es caliente.
—No respondas —dice Diane, y ya no susurra—. No me lo digas hasta no estar seguro. Porque ahora sí: esto es el comienzo o el fin. No puedo seguir viviendo como vivimos los últimos dos meses. No puedo seguir viviendo como vivimos los últimos dos años. Yo te amaré siempre, Michael, pero no me quedaré contigo si me tratas de esta manera.
Michael abre la boca bajo su mano, labios húmedos y rechinar de dientes, pero ella no afloja. Clava las uñas y Michael cierra la boca.
—Si este bebé todavía está adentro mío, voy a tenerlo. Y tú, o te quedas, o te vas, basta de términos medios. Necesito saber si estás conmigo, si me amas y si quieres que sigamos juntos.
La palma de su mano está húmeda por el aliento caliente; las yemas de los dedos, ásperas por la barba incipiente de sus mejillas. Diane afloja la mano y la cara de Michael se hunde en su panza.
—Estoy contigo —dice, y con eso tendrá que bastar. No es tan bueno como te amo, no es lo mismo que no me iré a ninguna parte, pero Michael toma la mano de Diane entre las suyas y la besa. Ella le pasa la mano libre por el cabello y encuentra el lugar favorito de su cuerpo, esa hendidura secreta donde la columna intersecta con el cráneo. Este es el primer momento íntimo que comparten en meses.
—Hoy me arrestaron —dice Michael, hablándole a la panza.
Diane no dice nada, pero su mano deja de moverse. Michael gira la cabeza para que ella pueda verle la cara.
—Es probable que tenga un problema con la bebida —dice—. Lo tengo. Tengo problemas con el alcohol. A veces despierto en mitad de la noche y necesito un trago de vodka para volver a dormir.
—Nosotros no tomamos vodka. —A ella no se le ocurre otra cosa para decir. No lo sabía. Sabía que a su esposo le gustaba beber. Pero esto, una adicción, no tenía la menor idea—. Ni siquiera tenemos vodka en casa.
—En el ropero de atrás, en el archivo, último cajón: dos botellas. En el sótano, debajo de la escalera, con los adornos de Navidad: tres botellas. En el garaje, detrás de la caldera, una botella grande.
Ella no llora, está demasiado sorprendida para llorar.
—¿Hace cuánto tiempo que ocurre esto?
—Tres años.
¿Tres años?
—No sé si estoy más enojada contigo por no habérmelo dicho o conmigo misma por no haberme dado cuenta.
—No te culpes —dice él.
—Ah, no te preocupes. Te culpo a ti. Pero también me culpo. —Le toma la mano. Ella puede escuchar. Puede intentarlo. Dice—: Cuéntame.
Michael le cuenta. Le dice cómo empezó, con tragos después de trabajar, después tragos después de los tragos después de trabajar. Cómo fue en aumento hasta necesitar beber para poder sobrellevar el día. Le habla de los bares y le cuenta que lo echaron a patadas de muchos. Le dice que ha manejado borracho, aunque nunca lo pescaron hasta hoy. Le habla de la celda, del hombre que se cayó al suelo y se rompió la cara, le dice que Thad fue a rescatarlo.
—Tienes que hablar con tus padres —dice Diane, pero a Michael no le gusta la idea—. Tienes que hacerlo. Para superar esto, es probable que debas dejar de trabajar, al menos tomarte una licencia. Vas a necesitar ayuda. Vamos a necesitar dinero.
—No puedo pedirle más dinero a mi padre.
—Entonces se lo pediré yo.
—Diane, por favor —dice Michael, y ella ve que está humillado. Peor, está muerto de vergüenza.
—De acuerdo —dice—. Lo dejaré en tus manos. Pero no puedes estar borracho cuando nazca el bebé. Si dentro de seis meses todavía sigues bebiendo, tendrás que irte de casa.
Michael asiente. Diane se da cuenta de que no es lo que esperaba escuchar. Tampoco es lo que ella hubiera querido decirle. Pero es la única manera. No piensa criar a un hijo junto a un hombre que tiene justamente eso en común con su propio padre. No piensa hacerlo.
—No puedes ser alcohólico y ser el padre de nuestro hijo —dice Diane.
—Está bien —dice Michael.
—No lo voy a tolerar.
—Entiendo.
—Esto no se negocia. Mi madre me crio sola. Yo puedo criar un hijo. Prefiero hacerlo sola antes que permitir que arruines a nuestro hijo.
—Dios mío —dice Michael—. Te amo tanto.
Y esas son las palabras que ella necesitaba oír. Llegan como la lluvia para refrescar un día sofocante, y ella lo atrae hacia sí y lo besa, su primer beso desde antes de que le mostrara a Michael el test de embarazo, el signo color rosa que significaba que sería mamá. Es un beso rápido, abreviado. Su esposo huele a vómito y a vino, y si pudo escondérselo tan bien antes, Diane no puede evitar preguntarse si volverá a ocultárselo en el futuro.
—Eh —dice ella—, ¿quieres escuchar un chiste?
—Por supuesto.
—¿Cuál es la diferencia entre cazar y casar?
Michael sonríe. Ya conoce el remate. Conoce todos los chistes de su padre, pero Diane ve que está dispuesto a seguirle la corriente.
—No sé —dice él—. ¿Cuál es la diferencia entre cazar y casar?
—La diferencia —dice Diane. Y después dice—: Mierda.
Olvidó cómo termina.
Michael se ríe. Se levanta y, sin parar de reír, apoya las manos sobre la camilla. Diane no recuerda la última vez que lo oyó reír, pero la risa le afloja algo en la boca, después se atraganta, después escupe un diente. El diente rebota varias veces sobre la camilla y cae al suelo.
—Olvidé mencionarlo, hoy me pegaron un puñetazo en la cara —dice.
—Déjame verlo —dice Diane.
Michael recoge el diente, se lo pasa y ella lo estudia. Es una muela. A juzgar por el esmalte suave, casi lustroso, de la corona, es una de las muelas que frota por las noches. Por alguna razón salió entera, las raíces intactas. Diane se la devuelve y Michael la guarda en su bolsillo.
—Dime —dice ella—. ¿Cómo termina el chiste?
—Cazar es cuando las personas matan animales —dice Michael. Le acaricia el cabello. Le besa la cabeza—. Y casar es cuando se matan entre ellas.
La mujer de guardapolvo blanco está de vuelta. Hay una caja en un canasto de alambre junto a la puerta, saca un par de guantes de la caja y se los pone.
—Perdón —dice Michael—. ¿Usted es la doctora?
—Soy la ecografista —dice la mujer de guardapolvo blanco—. La doctora está en camino.
Se sienta en un taburete giratorio y saca varios objetos de los cajones del mueble bajo que está contra la pared. Cuando se da vuelta, tiene un frasco en la mano. Diane sabe por las películas lo que va a pasar y se levanta la remera. Por favor, Dios mío, piensa, preguntándose si esta es una plegaria exigua o si es la única plegaria sincera.
—Esto no es gran cosa —dice la ecografista—. Si quieres imágenes en 3-D tendrás que ir a Asheville o a Atlanta.
Hay una pantalla en la pared a medio metro de los pies de Diane. Lo que aparezca o no aparezca allí cambiará su vida.
La ecografista sostiene el frasco sobre la panza de Diane y el gel se desliza frío, traslúcido. Esparce el gel sobre su abdomen y después acerca un aparato a su piel. El aparato parece un mouse de computadora, de los inalámbricos. La ecografista pulsa algunos botones en la máquina que está junto a la cabeza de Diane y la pantalla de la pared se pone blanca y brillante, después negra. Michael le toma la mano. La pantalla negra se estremece y de pronto la sala se ilumina con la imagen de su útero.
La ecografista desliza el mouse sobre el estómago de Diane y se oye una especie de soplido, como olas que rompen en una playa lejana. El agua los rodea. El agua envuelve la sala.
¿Pero qué están mirando? Un aleteo, movimiento, pero nada discernible. No se ve nada claro.
Diane no puede respirar. El mouse recorre su abdomen hasta que no aguanta más.
—¿Es eso? —pregunta.
La ecografista sonríe.
—Son ellos.
—¿Ellos? —dice Michael.
Diane escruta la pantalla y ve no una forma sino dos. Mientras mira, las formas se transforman en cuerpos acurrucados.
Su mano queda suelta y la camilla tiembla con el peso de Michael que se agarra para no caerse y después se endereza.
—Mellizos —dice la ecografista—. Sacos amnióticos separados. Es demasiado pronto para saber el sexo. Y sí, tienes diez semanas de embarazo. —Le palmea el hombro a Diane—. Te das cuenta por los bracitos que florecen, por las piernas.
Que florecen. Diane imagina tulipanes que se abren en un cantero, pétalos que se despliegan para disfrutar del sol.
—¿Mellizos? —dice Michael.
Antes de que la ecografista responda, otro sonido inunda la sala.
—¿Qué es eso? —pregunta Michael. Está asustado, y Diane lo ama por eso.
—Eso —dice la ecografista— es el bebé A. El ritmo cardíaco es fuerte, ciento setenta y ocho latidos por minuto.
—¿Eso es bueno? —pregunta Michael.
—Ciento setenta y ocho es perfecto —dice la ecografista—. Ciento setenta y ocho es justamente lo que necesitamos.
Encuentra el segundo feto. Esperan. Mueve el mouse en círculos cada vez más amplios, después lo desliza por el costado del cuerpo de Diane, casi hasta llegar a la espalda.
—¿Qué es lo que anda mal? —dice Michael.
La ecografista no dice nada. Vuelve a mover el mouse hacia el estómago de Diane y se escucha un latido.
—Otra vez el bebé A —dice—. Creo.
—¿Cree? —Michael se suelta de la camilla—. ¿Cree?
Y ya está, ya es un padre.
Diane cierra los ojos, siente el lento recorrido del mouse sobre su cuerpo. La sala está en silencio, salvo por el zumbido de la máquina. El sonido son olas y ella es la playa.
—Por favor —dice Michael.
Diane quiere incorporarse, tocarle la cara y decirle que se tranquilice, que existe una posibilidad, por pequeña que sea, de que el bebé B esté bien, que su ritmo cardíaco sea fuerte. Pero no se moverá hasta saberlo, no toserá ni doblará un dedo ni abrirá los ojos. Se quedará acostada en esa camilla para siempre, hasta escuchar el latido del corazón de su hijo.
—Por favor —dice Michael.
Una baqueta estremece el aire, prestissimo.
—Y aquí estamos —dice la ecografista—. Bebé B.
Diane abre los ojos. Michael llora.
—Mellizos —dice Michael.
—Mellizos —dice Diane.
—Oh, Dios mío —dice Michael—. Tendré que vender un montón de zapatos.
Cuarta parte Domingo a la noche
37
Nico’s está atestado —la noche está despejada y fresca—, los murciélagos revolotean y el cielo está estrellado, los árboles se mecen y la luna es una cimitarra. Alaridos, risas, cantos de búhos. Los niños andan a los saltos por el deck.
Es tarde para un helado pero, después de dejar a Michael y Diane en casa, Lisa le sugirió a Richard que sería bueno darles un poco de espacio a los futuros padres, y por esa razón los futuros abuelos terminaron aquí.
Cucuruchos de helado en mano, Richard y Lisa cruzan el deck y van hacia la escalera.
Bajo un árbol, un muchacho rasguea una guitarra. En una mesa, dos chicas examinan una a otra sus quemaduras de sol, un frasco de áloe vera entre ellas. Alguien puso una hilera de antorchas sobre la orilla musgosa del río. Además del perfume a citronella, las antorchas arrojan una luz parpadeante sobre el patio. Los bancos unidos a las mesas le recuerdan a Richard las mesas de pícnic de los parques municipales.
Hay una mesa vacía y Richard se sienta. Mira hacia arriba y espía. Entre las tablas del deck ve la huella de una zapatilla, la pata de un perro, una moneda metida en una hendija. Si se parara y extendiera la mano, podría liberar la moneda. Se imagina haciéndolo. Imagina, absurdamente, que todo lo que está arriba seguirá el derrotero de la moneda —el deck, los cuerpos, las zapatillas—, como si la moneda fuera lo que mantiene todo en su lugar.
Lame su helado y su corazón late acongojado por todas las cosas de las que se enteró hoy, por todo lo que quiere decir. Su esposa mira el río y Richard la mira a ella.
Se sintió tan furioso en el hospital, tan poco querido, tan poco digno de confianza, cuando se enteró de que era el único que no sabía sobre el embarazo. Después Michael salió a la sala de espera. Diane estaba bien. No sólo eso, Richard sería abuelo. De mellizos. En ese instante, el resentimiento que se le estaba metiendo en el corazón desapareció.
No obstante, el cuerpo en el agua. No puede sacarse de la cabeza la imagen del niño, lo pálida que se le había puesto la piel con la hinchazón.
—Querido —dice Lisa—. ¿Estás bien?
Sus ojos dejaron de mirar el río y ahora escrutan su cara.
—Estoy bien —dice Richard. Su dolor es cosa suya. Nunca demostró lo que le pasa por dentro. Casi se divorciaron por eso, hace mucho, cuando Lisa sintió que él no sufría tanto como debía por haber perdido a June. Pero no hay una manera incorrecta de sufrir. Eso lo aprendieron juntos, volvieron a empezar, compraron una casa de verano y, de esa manera, continuaron siendo marido y mujer.
—Lamento no habértelo dicho antes —dice Lisa—. Quería que te lo dijeran Michael o Diane primero. Sinceramente, me enteré hace un día.
—Está bien —dice él—. Estoy bien.
Un rulo de helado se desliza del cucurucho y Richard se lame la mano.
—Sólo quiero que sepas que no fue específicamente contigo —dice Lisa—. No planeaban decírselo a nadie hasta no estar seguros de que iban a tenerlo.
—¿A tenerlo?
—Quiero decir…
—No. Eso es absurdo. La gente casada no aborta.
Lisa siempre dijo que para ser tan inteligente, Richard puede ser espantosamente lelo, y la expresión de su cara le recuerda que hay muchas cosas del mundo que él no entiende.
—La gente casada aborta por un montón de motivos —dice Lisa.
—Nadie que yo conozca.
—Muchos que conoces. Sólo que no te enteras.
Richard ya se hartó del helado pero sigue lamiendo, sólo para evitar que la crema se escurra por su brazo.
En otra mesa, un niño de cabello azul, de unos nueve o diez años, toca la pantalla de un teléfono. Su madre y su padre lo flanquean, comen helado de los vasos rosados de Nico’s con cucharas de plástico. El niño del cabello azul pide más helado y sus padres lo ignoran. Vuelve a pedir esta vez más fuerte y sus padres le dicen que no.
—Lo encontraron —dice Richard.
—¿A quién encontraron? —pregunta Lisa, pero él no tiene que responder y ella no tiene que volver a preguntar—. Ay, Dios.
—Intenté decírselo a los padres. Pensé que sería más fácil escucharlo de alguien que comprende, de alguien que no lleva uniforme. Pero la policía llegó antes.
—¿Estabas ahí? ¿Viste el cuerpo?
Richard asiente. Está asqueado del helado. Tiene la lengua dormida. La mano fría.
Dos mesas más allá, el niño de cabello azul exige más helado, ya. Una conmoción, voces más altas y el niño y su padre empiezan a discutir.
—Vete a la mierda —dice el niño.
—¡Liam! —grita la madre.
Richard no quiere reírse, pero esta noche, este fin de semana, ya se pasaron de rosca.
—Vete a la mierda —le grita el niño a su madre y después mira a Richard y grita—: ¡Usted también váyase a la mierda!
Al escuchar eso, el padre del niño se levanta, le arranca el teléfono de la mano y lo arroja lejos, el teléfono traza un arco que termina bajo el agua. El niño del cabello azul pega un alarido y corre hacia la orilla del río.
El bullicio que inundaba el deck se acalla. Todos están concentrados en el río, en el niño. El niño se da vuelta. Sus manos son puños. Tiene la cara llena de lágrimas.
—¡Váyanse todos a la mierda!
Sus padres miran la escena escudados en sus vasos de helado, inconmovibles. Pero cuando el niño sube la escalera y atraviesa corriendo el deck, los padres se levantan y corren detrás de él. Y ya está. Se han ido. Las conversaciones se retoman en las mesas. El muchacho que está debajo del árbol vuelve a tocar la guitarra.
—Eso fue todo un espectáculo —dice Lisa.
En la otra mesa quedaron los vasos de helado, casi llenos. Richard se pregunta si los padres volverán a buscarlos o si la vergüenza les impedirá regresar.
—¿Crees que tienen idea de lo que les espera? —pregunta Richard.
—Estoy segura de que no es la primera vez que arma un escándalo.
—Me refería a Michael y Diane. ¿Crees que están preparados para eso?
—Nadie está preparado para eso.
—¿Nosotros estábamos preparados? —pregunta, y se arrepiente en cuanto esas palabras salen de su boca.
—¿Qué me estás preguntando, Richard?
Tiene que decidir: o se retracta, o sigue adelante.
—¿Hacía cuánto que estábamos casados, un año? A veces me pregunto si no nos apresuramos demasiado en tener hijos.
Lisa estaba lamiendo su helado. Ahora baja el cucurucho.
—Eso es como decir que deseas que June nunca hubiera nacido.
—No estoy diciendo eso.
Aunque a veces lo desea, a veces cambiaría las pesadillas, la angustia incomparable, a veces cambiaría ese mes de amor por un poco de paz, por tres décadas de sueño ininterrumpido.
—¿Qué estás diciendo? —dice Lisa.
Él no lo sabe. Está cansado. Está triste. Quiere ir a casa.
—Lo siento —dice—. No sé qué estoy diciendo.
En el hospital, cuando Diane le puso la ecografía en la mano, ¿por qué se enfureció, aunque apenas por un instante y casi en sueños? Hace una hora que se lo pregunta. Y ahora tiene la respuesta. Porque Diane va a tener dos y él ni siquiera pudo conservar a su primogénita. Y pensar que podría haberse deshecho de esos dos.
—Habla conmigo —dice Lisa—. Dime qué quisiste decir.
Richard intenta hablar y no puede. Está cansado, le pesa el cuerpo con el peso de todo lo que no puede decir. Se levanta. Le duelen las piernas, pero va hacia el tacho de basura, tira el cucurucho y vuelve a la mesa.
—¿Querido? —dice Lisa.
La mesa es de aluminio, la tapa está revestida en plástico, y sobre esa superficie Lisa apoya su mano izquierda. Ella no es de usar joyas, pero siempre lleva puesta la alianza y el anillo de compromiso que le regaló Richard. El diamante era de su abuela. Es pequeño, pero estuvo en la familia durante cinco generaciones. La sola idea de decirle a Lisa lo que hizo, de verla sacarse ese anillo, le resulta atroz. Pero la idea de seguir viviendo de esta manera un solo día más le resulta intolerable.
—¿Por qué me torturas? —dice.
No grita. No tiene necesidad de gritar. No es un niño petulante de cabello azul. Es un hombre lo bastante viejo como para saber que su papel en este universo es minúsculo, tan pequeño que es imposible de calcular. Ha resuelto ecuaciones, ha propuesto algunas teorías que se derrumbarán o perdurarán en el tiempo. Hacer feliz a la mujer que está del otro lado de la mesa, amarla y que ella corresponda su amor, esa es la última meta de su vida. Pero no puede alcanzarla solo.
Sus miradas se cruzan y Richard cae en la cuenta de que lleva más años en este mundo junto a esta mujer que sin ella. No habrá un escándalo. Ni reproches ni gritos. Ellos no son así.
—Cuando hayamos terminado —dice—, cuando hayamos vendido las dos casas, ¿cuál es tu plan?
—¿Mi plan?
—¿Vas a dejarme o no?
—¿Dejarte?
El cucurucho de Lisa cae de su mano a la mesa, se desparrama y gotea al suelo. Cierra los ojos. Sus dedos aferran la tabla de la mesa.
—¿Cómo lo supiste? —dice Richard.
Ella gira la cabeza. Está escuchando el río.
—Ella nunca supo hacerte el nudo del moñito como yo.
Richard levanta los restos del helado, los lleva a la basura y vuelve a sentarse.
—Hagas lo que hagas, me lo merezco —dice.
—Quién sabe qué se merece o no se merece alguien. Yo sólo sé lo que quiero.
—¿Qué quieres?
—Que lo que ocurrió no haya ocurrido. Fuera de eso, me gustaría que encontráramos la manera de seguir adelante. ¿Te gustaría encontrar una manera de seguir adelante conmigo, Richard?
—Por supuesto. Por supuesto que sí.
Ella abre los ojos. Está serena.
—¿Era menor de edad?
—No.
—¿Era tu alumna?
—No.
—Bueno, entonces no quiero saber. Si tienes necesidad de desahogarte, habla con otra persona. En su momento tomaste una decisión. Ahora no me cargues a mí con los detalles.
Lisa estira el brazo sobre la mesa, sobre el charco de helado, y le toma la mano.
—¿Cómo haremos para seguir adelante? —pregunta Richard.
—Seguiremos adelante. Es la única manera. Seguir adelante.
—¿Como si nunca hubiera ocurrido? —dice Richard.
—Por supuesto que no. Eso siempre estará ahí, lo que hiciste. Te odio por eso. Pero también te amo. Estoy aprendiendo a amarte y odiarte al mismo tiempo.
Hace un año que Richard anhela la absolución. Pero esto es mejor. Esto es el matrimonio. Esto es el amor. El amor es llevar cosas a la rastra —hijos muertos, casas que se vienen abajo porque nadie las mantiene, infidelidades atadas a la espalda— y seguir andando.
Quiere compartir esta teoría con ella, pero hace décadas que le expone todas sus teorías. Mejor cerrar la boca. Mejor pasar los últimos años que les quedan escuchando, o aprendiendo a escuchar.
—Tengo la sensación de que me la estás haciendo demasiado fácil —dice.
Lisa sonríe.
—Así es.
Lisa mira el agua. En algún lugar del río hay un teléfono.
—No tiene por qué ser Florida —dice.
—No —dice Richard—. Florida está bien.
Ella le suelta la mano. Levanta el brazo y ve el enchastre del helado.
—¿Recuerdas lo que dijiste cuando nos conocimos? —pregunta Richard—. Yo me presenté. Dije: “Soy Richard Starling”. Y tú dijiste: “Un Starling es un estornino, y los estorninos son pájaros terribles”.
Lisa asiente.
—Lo son. Son invasores, no nativos. Arrasan los cultivos y cubren los campos de excremento. Matan a otros pájaros y les roban los nidos. Pero hacen formaciones hermosas, tengo que admitirlo. Esos diseños que ves, ¿como cardúmenes de peces en el cielo? Esos son ellos. Un murmullo de estorninos. No obstante, son pájaros espantosos. Pensé en no usar tu apellido.
Lisa sonríe. Se levanta.
Él quiere decir que está arrepentido de lo que hizo, pero el momento de las disculpas ya pasó. Se levanta, y Lisa se cobija en su abrazo.
—Eh —dice—, vamos a ser abuelos.
Es su turno de sonreír. Sonríe abrazando a su esposa. Sonríe viéndola subir la escalera para buscar servilletas de papel para limpiarse el brazo. Sonríe siguiendo el camino de ripio que lleva a la orilla del río.
Y entonces Richard lo ve, a la luz de las antorchas, el reflejo. Debajo del agua, encajado entre dos piedras, el teléfono del niño relumbra. Un videojuego que nunca será terminado está en pausa, un hombrecito suspendido en mitad del salto. Está en el aire, listo para aplastar a su enemigo, esperando para aterrizar. Se quedará allí colgado, piensa Richard, en mitad del aire, hasta que el teléfono se quede sin batería o la corriente se lo lleve.
38
Thad maneja, deja atrás el hospital, las luces altas encendidas y el ojo alerta por si se cruza un ciervo.
No están lejos de la casa. Cruzan el puente, la represa que controla el nivel del agua del lago, cuando enfila hacia el estacionamiento ruinoso, iluminado por una hilera de faroles, que mira al barranco. Dentro del perímetro, un puñado de tienditas cerradas se desintegran en ladrillo y polvo, rectángulos de aglomerado combados por la lluvia sellan los huecos de las ventanas. Calle abajo, los nuevos RaceTrac, Pizza Hut y Walgreens que dejaron fuera de carrera a estos negocios familiares encienden sus luces de neón.
—¿Qué hacemos aquí? —pregunta Jake.
Thad estaciona y baja del auto. Camina hasta el guardarraíl que protege el estacionamiento del barranco escarpado que da a la represa. Al oeste, el lago es cristal. Al este, el lecho abrupto del valle es cascote y roca. La represa está en el medio, una torre de cemento de muchos metros de alto. Los insectos chillan. Es una noche clara. Todo está iluminado por las estrellas: el puente, el guardarraíl, el barranco. El guardarraíl es idéntico al de las autopistas, ondulado con remaches, ostenta las cicatrices de los autos descarrilados que repelió. Cada muesca es un auto que no salió volando por el aire, cada rasguño un corazón que todavía bombea sangre en una caja torácica.
Jake se reúne con él en el guardarraíl. Abajo, los árboles asoman entre las rocas, los pastos entre las piedras. El guardarraíl llega hasta la cintura. Si alguien quisiera, sería muy fácil pasar la pierna por encima y dar un paso y después otro.
A lo lejos, una mata de muérdago estrangula las ramas de un árbol pequeño que creció al costado del risco. Las hojas parásitas bañadas por la luz de la luna, los frutos una ristra de perlas rosadas.
—¿Qué hacemos aquí, querido? —La voz de Jake es tierna, suavizada por lo que no se dijo durante demasiado tiempo.
Thad sigue el guardarraíl hasta un charco de luz ciclópeo que derrama un farol torcido y destartalado, y Jake lo sigue.
—Vi que borraste todo mi porno —dice Jake—. ¿Ahora también tienes problemas con eso? ¿No sólo con los hombres sino con las películas?
Un camión cruza el puente, ilumina la escena.
—No puedo darte lo que necesitas —dice Jake—. Pero lo sabías desde un principio. —Se agacha y recoge una piedra de un tramo de vereda resquebrajada—. Actúas como si te debiera algo, pero no te debo nada. No estoy equivocado por querer lo que quiero.
—No estás equivocado.
—Y no soy una mala persona.
—No eres una mala persona.
—Porque a veces me haces sentir que soy una mala persona.
Thad aferra el guardarraíl. Siente el filo, y lo aferra todavía con más fuerza.
—Yo nunca dije…
—No tienes necesidad de decirlo. Está en tu manera de mirarme. Me juzgas por las relaciones sexuales que tengo, por la frecuencia con que las tengo y con quién. Yo no puedo estar con alguien que se sienta dueño de mi cuerpo. Del corazón, no hay problema. Del alma, por supuesto, si es que existe. Pero no de mi cuerpo.
Thad suelta el guardarraíl. Tiene surcos rosados en las palmas de las manos.
—El sexo con otras personas me incomoda, sí —dice Thad—. Siempre me incomodó. La primera vez que lo intentamos supe que eso no era para mí. Tendría que haberlo dicho. Pero no tendría por qué haberlo dicho. Sabías que me sentía incómodo. Lo sabías, y no te importó. Me pediste que cambiara y lo intenté. Lo sigo intentando. Pero no soy un tipo abierto. Lo lamento si eso hace que parezca una anomalía ante tus ojos, pero me gusta la monogamia.
—Y eso es lo único que yo no puedo darte.
Jake tira el brazo hacia atrás y arroja la piedra que tiene en la mano contra el muérdago. La piedra pasa de largo sin golpear la planta y Jake se agacha para elegir otro pedazo de baldosa.
—Pero no sólo se trata de otra gente —dice Thad—. Tú me engañaste. Siempre juntos. Sólo si nos sentíamos cómodos. Nunca con un ex. Esas eran las reglas. Esas eran tus reglas, y las violaste. Te humillaste y me humillaste.
Thad se agacha y recoge una piedra. La arroja con fuerza y falla con ganas.
—Era sólo sexo —dice Jake.
—No. Me estabas midiendo. Tu pasado y tu presente, uno al lado del otro. Al menos respétame lo suficiente para admitir eso.
Jake arroja su piedra y el muérdago explota, las bayas llueven perladas sobre las rocas.
Thad está manejando mal las cosas. O está siendo sincero por primera vez en dos años. Quiere de vuelta a Jake, quiere que las cosas sean como eran entre ellos el primer mes, antes de que comenzaran a hablar de relaciones abiertas. Quiere de vuelta al muchacho del saco de terciopelo negro.
Todavía quedan unas bayas colgando del muérdago. Thad arroja más piedras, pero le falla la puntería. Ni siquiera pasan cerca. Levanta una última piedra. Si vuelve a fallar, se dará por vencido.
—No puedo darte lo que quieres —dice Jake—, pero puedo darte la seguridad de que no me iré a ninguna parte. Déjame comprar la casa.
—¿Qué?
—De eso se trata este fin de semana, ¿no? Tú estás triste. Michael está enojado. Ustedes quieren la casa. Esa casa me costaría, ¿cuánto? ¿Cuatro o cinco pinturas? Déjame comprarla para ti y para Michael. O sólo para ti. Ni siquiera la pondré a mi nombre.
—Jake —dice Thad.
—Todos ganan. Tus padres reciben el dinero. Ustedes conservan la casa. Yo me quedo contigo.
—Jake, no puedes comprar mi amor.
—Entonces cásate conmigo.
Thad deja caer la piedra. El canto de las cigarras y el croar de las ranas se funden en un rugido sincopado.
—¿Desde cuándo quieres casarte? —pregunta Thad.
—Tú necesitas seguridad, yo quiero dártela. Cásate conmigo.
—Eso no es justo —dice Thad—. Sigues poniendo las reglas. Sigues siendo el único que gana dinero. Yo seguiré teniendo que acostarme con otros tipos o tendré que permitir que tú te acuestes con ellos. No me estás proponiendo matrimonio, Jake. Me estás proponiendo que me transforme en un mantenido.
No piensa compartir a Jake, no ahora, y de ninguna manera estando casados. Que lo llame anticuado. Que lo llame intransigente. Que lo llame como se le antoje llamarlo. No puede ceder en esto. Duele demasiado.
—¿Estás tomando tus medicamentos? —pregunta Jake.
—Esto no tiene nada que ver con mis medicamentos.
—¿Pero los estás tomando?
—Siempre tomo mis medicamentos. Pero no obran magia. Hacen que pueda soportar los días malos. Cuando no surten efecto, recurro a la marihuana. Pero ninguna de las dos cosas evapora el dolor.
Jake se deja caer en el pavimento, la espalda apoyada contra el guardarraíl.
—Estoy atrapado. Me tienes atrapado.
—No sé qué quieres decir.
—Si me quedo —dice Jake—, será en tus términos. Si me voy, te matas.
Después Thad está de rodillas junto al hombre que ama.
—No voy a matarme.
—Si me fuera ahora mismo, ¿vas a decirme que no lo pensarías?
—Siempre lo estoy pensando —dice Thad. Sabe que suena muy triste, pero no quiere mentir. Basta de mentiras entre ellos—. Estoy enfermo. Siempre voy a estar enfermo. Eso viene conmigo. Ese es el trato. No voy a pedir disculpas por ser como soy.
—No estoy buscando una disculpa —dice Jake.
—Cuando vuelva (cuando volvamos, quiere decir, porque espera que vuelvan juntos), iré a ver a Steve, después veré a mi médico y modificaremos las dosis de mis medicamentos o probaremos otros nuevos. Ya es momento de hacerlo. Pero ese no es un buen motivo para que te quedes conmigo si quieres irte. Te doy mi palabra de que eso no terminará conmigo. Te lo prometo. Te amo. Te juro que no estás atrapado.
Jake tiene la cabeza entre las manos. Es tan pequeño. Sin su saco y sin gel en el cabello, es como si no tuviera armadura. Sus manos recorren el borde de su camisa, y Thad se arrodilla en el suelo para mirarlo a la cara.
—Siempre dices que eres como eres, que viniste programado así —dice Jake—. ¿Y cómo vine programado yo? ¿Eso no tiene ninguna importancia?
—Yo no te pido que cambies. Sólo te digo que yo ya no voy a intentar cambiar.
—Pero si quiero quedarme contigo, tengo que cambiar.
—Si quieres quedarte conmigo, tienes que elegir.
Pase lo que pase, Thad debe mantener la calma. No quiere provocar otro ataque de pánico, pero tienen que atravesar esto. Esta es la conversación que deberían haber tenido dos años atrás.
—Lamento lo de Marco —dice Jake—. Metí la pata. No más sorpresas. No más ex. De ahora en más, nos pondremos de acuerdo por anticipado.
—Mi amor —dice Thad—. Tienes que elegir.
—Yo no puedo estar con alguien que necesita tanto de mí.
—Y yo no puedo estar con alguien a quien no le alcanzo.
Jake deja caer la cabeza y permanecen allí sentados durante un rato, las manos de Thad apoyadas en las rodillas de Jake. Cuando Jake por fin levanta la cara, el flequillo le cuelga pero no alcanza a ocultar sus ojos. Sonríe, y es el hombre más hermoso que Thad ha visto en su vida.
—Lo hemos hecho a mi manera durante dos años —dice Jake—. Supongo que es justo que intentemos hacerlo a la tuya.
Gratitud no es la palabra para lo que siente Thad. Este sentimiento trasciende la gratitud. Hasta tuvo miedo de esperar que esto ocurriera. En el tiempo que llevan viviendo juntos, no hubo muchos sacrificios por parte de Jake. Que Jake sea capaz de poner las necesidades de Thad, por una vez, por encima de las suyas, bueno, no lo es todo, pero intentarlo es mucho más de lo que Thad tenía hace un minuto.
Thad besa la mejilla de Jake, besa su cuello.
—No será perfecto —dice Jake—. Te lo advierto, voy a mandarme cagadas. Pero si estás dispuesto a tenerme paciencia, yo estoy dispuesto a intentarlo.
Y no hay nada más que decir, a Thad no le queda otra cosa que abrir los brazos y abrazar al hombre que ama.
39
Michael se reúne con Thad y sus padres en la mesa de la cocina, mientras, afuera, Diane se reúne con Jake en el muelle. Es tarde, casi medianoche, pero nadie está cansado, nadie está listo para ir a acostarse.
—Pensé que teníamos que hablar los cuatro —dice la madre de Michael—. Pero primero —le dice a Thad—, tengo algo para ti.
Desaparece en su dormitorio y regresa cargando una caja blanca larga. Apoya la caja junto a la silla de Thad y Thad levanta la tapa. Michael se levanta para ver. Cientos de cómics en sus bolsas de plástico colman la caja como fichas relucientes en el cajón de un archivo. Thad saca uno. El cómic está embolsado y Thad retira la cinta adhesiva de la bolsa para poder mirarlo. Lo trata con mucho cuidado, da vuelta cada página lentamente, acuna el cómic. Michael vuelve a sentarse.
—Los encontré —dice su madre—. Estaban en el garaje.
—Yo revisé el garaje —dice Thad.
—Estaban en el fondo.
—Yo revisé el fondo.
Sus ojos se encuentran y Michael percibe conversaciones completas contenidas en una mirada, en un suspiro. Estos no son los cómics de Thad, Thad sabe que estos no son sus cómics, su madre se arrepiente de haberlos tirado a la basura y Thad la perdona. Porque el hecho de que se haya tomado tanto trabajo para conseguir estos vale mucho más que si los hubiera guardado todo ese tiempo. Nada de esto se dice: como no hubo daño, no hay necesidad de decir la verdad. Mejor fingir, hacer las paces, pasar a otra cosa. Mejor vivir y morir por los secretos a voces que toda familia guarda.
Michael se levanta de la mesa. Es demasiado pedir que abandone el alcohol de un día para el otro, pero digamos que bebe otra cosa, que esta noche se olvida del alcohol. En la cocina, abre una alacena y saca un jarro y el café descafeinado instantáneo que sólo bebe su madre. Llena la pava de agua, se para junto a la hornalla y poco después la pava silba.
Les ofrece café a los otros, su madre acepta y va a buscar otro jarro. Sacude el frasco y los cristales de café deshidratado repican contra el vidrio. No sabe cuánto hay que poner en cada jarro. Vierte el agua, pone varias cucharadas de café y vuelve a reunirse con su familia en la mesa.
Bebe un sorbo. Está demasiado fuerte.
Toda la noche estuvo pensando en lo que Diane dijo en el hospital. No tiene que decírselo a sus padres, pero cuanto más lo piensa, más quiere que ellos lo sepan. Ya fue bastante difícil esconderles el embarazo. No le gustan los secretos y no tiene por qué cargar con esto solo.
—Mamá, papá —dice—. La cagué.
Les cuenta la historia de su alcoholismo y ve que su madre está impactada. Su padre asiente ante todo lo que dice y Michael se pregunta si no lo habrá sospechado todo el tiempo.
Cuando termina, ha hecho llorar a su madre.
Va a la cocina y vuelve con la azucarera, un par de cucharitas y una jarra de leche. Juntos, Michael y su madre logran que sus cafés sean bebibles.
—Si necesitas ir a uno de esos lugares para rehabilitarse —dice su padre—, nosotros lo pagaremos.
—Llegado el caso, te tomo la palabra —dice Michael.
La jarra de leche deja una marca de humedad sobre la mesa y las cucharas reposan a su lado.
—¿Crees que puedes dejar de beber antes de que nazcan los bebés? —pregunta su madre.
Es una pregunta justa. Dejar será difícil, y Michael se conoce lo suficiente como para saber que nunca fue particularmente bueno con las cosas difíciles. Pero eso no es motivo para no intentarlo.
No obstante, quedan tantas cosas para resolver: ¿cómo harán para mantener a dos bebés y una casa que, incluso antes del gasto que implicarán los hijos, ya no podían pagar?
Podrían quemar las naves: declararse en bancarrota. Sacrificar la casa, los autos. Renunciar a sus teléfonos y a toda la tecnología. Podrían aprender a ser felices con menos —menos canales de televisión, menos distracciones, menos cuentas—, podrían aprender a vivir sus vidas dentro de sus propios medios. No es el sueño americano, pero al diablo con el sueño americano.
O Michael podría encontrar un trabajo mejor, ellos podrían levantar cabeza y pagar sus deudas. No es necesario huir de todos los problemas.
Pero hay tiempo. Este problema no se resolverá esta noche. Y si se puede confiar en los contadores, Michael todavía no ha tocado fondo. Dentro de siete años podría estar libre de deudas. En menos de siete meses podría estar sobrio para el nacimiento de sus hijos.
Hijos.
Michael detesta vender zapatos, pero podría vender zapatos por ellos. Y por Diane. Podría aprender a poner las necesidades de la familia por encima de las suyas. Le gusta imaginar que podría ser esa clase de hombre.
—El viejo dormitorio en Ithaca es tuyo, si lo necesitas —dice su madre—. Nos quedaremos allí hasta que yo termine mi último año en el laboratorio. Después, en Florida…
—No podemos hacer eso —dice Michael.
—Por supuesto que pueden. No es ninguna vergüenza. Pat y Alan, que viven en nuestra misma calle, despidieron a su hija y ella volvió a mudarse con ellos. No es tu culpa, es esta maldita economía.
Está en fase de negación, su madre.
—Mamá, esto no es culpa de la economía. Es culpa mía.
—Muchos chicos de tu edad…
—Tengo treinta y tres años.
—De tu generación…
—Mamá. —Su madre bebe un sorbo de café. No quiere mirarlo—. Está bien. Puedes decirlo. Soy un fracaso.
—Eso no es verdad.
—Es verdad. Tus hijos son fracasados.
Michael mira a su hermano y lo que hace su hermano le rompe el corazón en mil pedazos. Thad saca un encendedor del bolsillo, después una bolsita de marihuana. Después el papel para armar. Desparrama el botín sobre la mesa de la cocina.
—Él tiene razón, mamá —dice Thad—. Yo soy un fumón. Michael es un borracho. Pero no es sólo eso. Tomamos pésimas decisiones. Cornell nos vino de arriba —Cornell— y lo arruinamos. Ustedes nos dieron todas las oportunidades, papá y tú, y nosotros las malgastamos casi todas.
Michael termina su decaf de un trago. El café no lo ayudó a olvidar el aguardiente que espera en el freezer.
—Enfréntalo, mamá —dice—. Tus hijos son un desastre.
—Por favor, no digas eso —dice su madre—. Duele.
—No —dice Thad—. Eso es lo que queremos decir. Fuiste una gran madre. Fuiste la madre perfecta. Estás libre de culpa y cargo. Cómo salimos nosotros, eso es culpa nuestra.
—Sé que te decepcioné —dice Michael, y su madre siente que no le alcanzan los brazos para abrazarlo. Le toma la cara, una mejilla en cada mano. Lo sostiene con fuerza, lo obliga a mirarla a los ojos.
—No me desilusionaste —dice—. Nunca nos decepcionaste, ni a mí ni a tu padre.
Michael quiere que le suelte la cara. Le hace doler, y tal vez quiere hacerle doler. Tal vez quiere hacerle doler un poco.
—Eres amado —dice ella.
—Mamá, ya lo sé.
—No —dice ella—. No lo sabes. Nunca lo sabrás. Y está bien. No tienes por qué saberlo. Sólo tienes que dejarte amar.
Le suelta la cara y después hace lo mismo con Thad. El padre mira hacia otro lado. Demasiada ternura. Demasiada emoción para una noche.
Michael echa la cabeza hacia atrás, la apoya contra la pared.
Mirada desde abajo, la pintura de Jake se ve enorme. Nunca le gustó: la chica, el pecho, la granada por la mitad. Le parece pretenciosa, dramática, inadecuada para ese lugar. Los colores chocan, como si tuvieran la intención de no armonizar con los muebles de la casa. Pero el hombre que la pintó hace feliz a su hermano y con eso basta.
A través de la ventana y pasando el porche con mosquitero, Michael ve a su esposa y a Jake parados delante de otra pintura en el muelle, la que pintaron juntos esa tarde. No conoce toda la historia. Había cosas más excitantes de que hablar en el camino de regreso: los mellizos, la paternidad y todo lo que eso conlleva. Pero él sabe que esa pintura hizo feliz a Diane. Necesita recordar eso. Que, para ella, el arte es más que un pasatiempo o un trabajo. El arte es algo que ama. Tal vez, por ella, él también pueda aprender a amarlo.
Quiere ser un mejor esposo, y quiere empezar hoy.
No obstante, todavía falta decir una cosa y la dice:
—Se lo dije a Thad.
—Hijo, ¿por qué? —dice su padre sin poder contenerse—. Espera, ¿qué fue lo que le dijiste?
No, Michael no le dijo nada a Thad sobre la aventura de su padre. Jamás haría eso. Ojalá su padre no se lo hubiera dicho a él. Eso no es asunto de nadie, es asunto de sus padres.
—Le dije lo de nuestra hermana —dice Michael.
Sus padres se dan vuelta, listos para consolar a Thad, pero Thad está sereno. Si está molesto porque no se lo dijeron, no lo demuestra. Se mete la marihuana y los papeles en los bolsillos y se cruza de brazos.
—Se llamaba June —dice su madre—. Hubiera cumplido treinta y cinco años la semana que viene. Tenía un mes cuando murió.
—¿Cómo fue? —pregunta Thad.
—Eso es lo más difícil. Nunca lo sabremos. Podría haber sido por asfixia. Pudo haber sido SMSL. El forense escribió “muerte por causa desconocida”. Contigo y con tu hermano, siempre tuvimos el moisés al lado de la cama. Durante los primeros meses, te juro que me despertaba cada hora para ver si respiraban.
Pone más leche en su café, lo revuelve, bebe un sorbo.
—Tendríamos que habérselo dicho —dice—. Ustedes tendrían que haberlo sabido antes que Diane. Pero con lo de ese niño, y con el cumpleaños de June tan cerca, se me escapó.
—Está bien —dice Thad.
—Nosotros queríamos decírselo —dice su padre.
Su madre termina el café y lleva los jarros y las cucharas a la pileta de la cocina. Guarda la leche y la azucarera.
—¿Hay una foto? —dice Thad, y Michael no puede creer que jamás se le ocurrió preguntar eso. Quiere verla y, al mismo tiempo, no está listo para conocer a esa niña que jamás conocerá.
Su madre vuelve a la mesa. Su cartera está en el suelo. La recoge y la apoya sobre su regazo. Saca una billetera de la cartera, y de la billetera algunas fotografías. Allí, detrás de ventanas plásticas amarilleadas por el tiempo están los Starling: padre, madre, hijos. De entre las fotos de sus hijos, su madre extrae una foto tamaño documento de June.
En la foto, la hermana de Michael está acostada boca arriba con pañales sobre una piel de cordero. Mira a cámara y su expresión es intensa, curiosa. Sus ojos son azules, su cabello negro como la noche. El año es 1983, la fecha está estampada en una esquina bajo Holand Mills.
Michael le pasa la fotografía a Thad.
—Es hermosa —dice Thad.
—Lamento haberlo mantenido en secreto —dice su padre.
—Yo lamento que ustedes hayan perdido una hija —dice Thad.
Le devuelve la foto a su madre, que vuelve a guardar a su hija y regresa la billetera a su cartera.
—No quise patearlo —dice Michael—. No quise aflojar la mano.
No ha planeado decir esto, confesar. Pero ahora que todos los secretos se revelan, descubre que no puede parar.
—El niño —dice—. Yo lo tenía de la mano. Lo tenía y lo pateé. Lo solté.
—Tenías que subir a tomar aire —dice Thad—. Te hubieras ahogado.
—Ojalá me hubiera ahogado antes que subir solo.
—No —dice su madre—. Tus hijos necesitarán a su padre.
—Vas a ser un buen padre, Michael —dice su padre.
Siguen hablando sus padres, pero Michael ya no los escucha. Está pensando en el niño en el lago. Está pensando en su hermana.
Esa tarde, cuando dejaron al ciervo, Michael se dio vuelta y miró el cadáver por la luneta mientras el auto se alejaba. Casi esperaba ver aparecer un buitre, pero el cuerpo yacía en soledad allí donde lo habían dejado, al costado del camino. Yacería intacto un rato más, hasta que, por obra de la transubstanciación, se transformara en carroña. A Michael le gusta esa idea: la idea, aunque suene ingenua o infantil, de que puede haber un período de gracia que le ponga freno a los buitres. Que incluso al cadáver de un animal salvaje se le otorgue ese tiempo para yacer en capilla ardiente, ceremonial, intocado.
Y tal vez esta sea bendición suficiente, ser un ciervo en el medio del camino, ser un niño en el fondo de un lago, ser una bebé atrapada en los pliegues de su moisés. Yacer un minuto —fragante y todavía caliente, cuando la vida acaba de irse—, persistir, yacer, antes de que los paramédicos se abalancen; antes de que los peces oscuros se internen todavía más en las profundidades; antes de que el camión, el guardabarros abollado, se aleje a toda prisa y las sombras hagan círculos oscuros en el cielo y, por fin, se lancen en picada.
Sólo esto. Quedarse un rato —añorado, perdido, amado— antes de que bajen los pájaros y te pelen los huesos.