Kitabı oku: «Vida de lago»

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DAVID JAMES POISSANT

VIDA DE LAGO

Traducción de Teresa Arijón y Bárbara Belloc


“Vida de lago es una auténtica maravilla. Tierna y desgarradora, hermosa e inquietante, explora lo que puede emerger de la estela de la tragedia y de las profundidades del amor. Una novela que los lectores nunca olvidarán”. - Bret Anthony Johnston

Es el último verano en la casa junto al lago, donde la familia Sterling se reunía durante las vacaciones. Richard y Lisa, para asombro de sus hijos, Michael y Thad, han decidido venderla. Van a jubilarse y mudarse a Florida. Es el primer indicio extraño; ellos, que fueron hippies y son profesores en la prestigiosa Universidad de Cornell, planean un retiro anodino y convencional. Algo falla bajo la límpida superficie cotidiana, y está surgiendo.

Pero nadie imaginó lo que sucedería después. Un accidente en la playa deriva en una tragedia; una muerte que invoca a otra, ocultada durante décadas. Esa herida secreta sigue abierta; revela un pasado traumático e ilumina con luz impiadosa el presente. El alcoholismo de Michael, que siempre se ha negado a tener hijos, y ahora, con su esposa Diana embarazada, se encuentra al borde del divorcio; la vida sin destino de Thad, que ambiciona ser poeta, y vive de Jake, su novio; los silencios culpables de Richard y Lisa. Infidelidades, fracasos amorosos, proyectos aplazados; en un fin de semana decisivo, lo que cada uno creía ser se ha puesto en tela de juicio.

Con una prosa intensa y una capacidad asombrosa para asumir la perspectiva de cada personaje, Vida de lago es una arrolladora y emocionante novela familiar. Como ya demostrara en los cuentos de su libro El cielo de los animales, David James Poissant tiene un talento singular para detectar el momento clave: cuando deben asumirse las deudas con los sueños de juventud, para que el futuro sea algo más que los errores acumulados en el pasado.

Poissant, David James

Vida de lago / David James Poissant. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

Traducción de: Teresa Arijón ; Bárbara Belloc.

ISBN 978-987-628-608-4

1. Narrativa Estadounidense. 2. Novelas. I. Arijón, Teresa, trad. II. Belloc, Bárbara, trad. III. Título.

CDD 813

Título original: Lake Life

Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere

Edición en formato digital: abril de 2021

© David James Poissant, 2020

By arrangement with the Author. All rights reserved.

© de la traducción Teresa Arijón y Bárbara Belloc, 2020, 2021

© de la presente edición Edhasa, 2020, 2021

Avda. Córdoba 744, 2º piso C

C1054AAT Capital Federal

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ISBN 978-987-628-608-4

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Índice

  Cubierta

  Portada

  Sobre este libro

  Créditos

  Dedicatoria

  Primera parte. Viernes 1 2 3 4 5 6 7 8 9 10 11 12

  Segunda parte. Sábado 13 14 15 16 17 18 19 20 21 22

  Tercera parte. Domingo 23 24 25 26 27 28 29 30 31 32 33 34 35 36

  Cuarta parte. Domingo a la noche 37 38 39 40

  Agradecimientos

  Sobre el autor

Para mis padres, que me dieron el agua,

y para Marla, que me enseñó a nadar

Primera parte Viernes

1

El niño en la parte de atrás de la lancha, riendo.

El cielo grabado en peltre, amenaza de lluvia.

Michael Starling, treinta y tres años, cobijado en el bote de pesca de su padre mira la otra lancha, el niño, la bahía; el agua que ya no será suya porque los padres de Michael van a vender la casa.

Llegaron ayer —Michael y Diane, Jake y Thad— y les dieron la noticia: Richard y Lisa Starling no van a pasar sus años de retiro en el lago. En una semana, la casa de verano de la familia se venderá para que, en cambio, los padres de Michael y Thad puedan mudarse a un rincón de la costa de Florida, lleno de arena, tipos que piden margaritas a los gritos y otro montón de cosas claramente no-Starling.

Esta decisión no encaja con los padres de Michael. No son gente estilo Florida. Son ex hippies, académicos. Aman los lagos fríos de montaña, las corrientes claras y frescas, los árboles que cambian de color en otoño. Sus veranos son los veranos de Carolina del Norte, cielos estrellados y la casa rodante modificada, ya sin ruedas, que la familia llama con cariño la cabaña del bosque.

¿Dónde se metieron los padres de Michael? ¿Quiénes son estos locos desatados que se tiran de cabeza y salpican para todas partes y flotan en cámaras de neumático en las serenas aguas de un día de verano en Lake Christopher?

En la orilla, una garza picotea los juncos en busca de pescado. Arriba las nubes cubren y descubren el sol.

Una mañana en el lago —sándwiches, nadar—, este era el plan de los Starling antes de que apareciera la nave invasora, abriendo las aguas tras de sí como un cierre relámpago, sin importarle los nadadores ni la prohibición de hacer olas en la bahía. La lancha echó anclas demasiado cerca y el hombre al timón se descubrió la cabeza y saludó con la gorra —¡una gorra de capitán!— desde cubierta. Dio un grito de alegría, escupió restos de tabaco al agua y subió la música a un volumen muy, muy alto.

Estas no son las reglas de etiqueta del lago. Esto no se hace.

Lake Christopher no es un salón de fiestas, y esta no es una bahía ruidosa. Los residentes más antiguos del lago se esfuerzan para que así sea, y han sobrevivido décadas de desarrollo inmobiliario y dos amenazas de expropiación, una pública y otra privada.

En la embarcación intrusa atruena Jimmy Buffett; pintado de rosa, el nombre: The Party Barge. Las lanchas resplandecen grises bajo el cielo gris.

Al padre de Michael no parece importarle.

—¡Vengan! —le grita al hombre de la gorra de capitán. Entonces todos los del Party Barge saltan al agua, todos excepto el niño (oído de nadador, dice su madre, una lástima) y su hermana mayor, que se queda a bordo para vigilarlo. Al rato, sin embargo, la hermana está acostada boca arriba bajo un toldo en la cubierta, los ojos cerrados, los auriculares puestos.

Michael observa al niño y necesita un trago.

El niño tiene cuatro, quizás cinco años. Donde deberían estar sus bíceps hay un par de flotadores color calabaza. Camina hacia el motor fuera de borda, cubierto por una funda de lona, y lo monta a horcajadas. Un jinete de bermudas plateadas. Su caballo tiene un tatuaje que dice Evinrude, su pista de carreras es el agua manchada de sol.

—¡Arre! —grita.

A alguien podría parecerle simpático. A Michael no.

Los flotadores abultan como brazaletes de tensiómetro. Una mano suelta una rienda invisible y el niño hace estallar una bolsa de Cheetos en su regazo. Gira la cabeza para observar a su hermana que continúa con los ojos cerrados, a sus padres que se alejan nadando. Michael sigue la trayectoria visual del niño. Cuando vuelve a mirar, ve un dedo. Es un dedo medio, que parece un Cheeto, y está levantado en dirección a Michael.

Michael cierra los ojos. ¿Por qué está observando a ese niño? Ni siquiera le gustan los niños. Abre los ojos. El niño le saca la lengua.

Eh, Michael quiere gritarles a los padres negligentes, su hijito de mierda me está insultando y su otra hijita de mierda duerme como un tronco.

Michael tendría que estar nadando, pero su cabeza es una cueva atestada de murciélagos. La sobriedad es un revuelo de alas dentro del cráneo. Ecolocalización detrás de los ojos. Necesita vodka, ya mismo, pero al levantarse esta mañana se encontró con una jarra de jugo de naranja vacía y ni pensar en subir una botella al bote sin que lo pescaran. Su familia tolera muchas cosas, pero vodka antes del mediodía no.

El niño se lleva la bolsa de Cheetos a la boca y su mentón y su pecho se cubren de polvo naranja. Después tira la bolsa al lago. Mira fijo a Michael como desafiándolo a decir algo.

Es una sensación nueva esto de ser intimidado por un niño, y a Michael mucho no le importa. Se agarra la cabeza. Añora su minibar. No extraña su casa. Prefiere estar aquí que en Texas. Pasó todos los veranos en este lago desde que tenía dos años, y si hay un lugar donde se siente en paz, es aquí.

El niño se arrodilla sobre la funda del motor y se acerca al borde para espiar el agua.

La familia del niño no es de aquí. Michael los había catalogado como forasteros. Pero los forasteros alquilan lanchas en la marina, y esa no es una lancha alquilada. Es una Avalon Ambassador, 90.000 por lo bajo, una embarcación que hace que el bote de pesca de seis asientos de los Starling se parezca a la balsa de Tom Hanks en Náufrago. (El padre de Michael lo bautizó The Sea Cow, y pintó el nombre a mano con pintura azul de pared; nombre que ahora, treinta años más tarde, quedó reducido a un borroso a Cow.) No, estas personas —la madre con sus anteojos de sol Dolce & Gabanna, el padre con su falsa gorra de capitán— no son lugareños ni están de vacaciones. Son flamantes propietarios de una casa en el lago a bordo del también flamante obsequio que el capitán se hizo a sí mismo para paliar la crisis de la mediana edad. Es muy probable que, mientras la Ambassador ingresaba en la bahía, la madre estuviera cortando las etiquetas de los precios de una pila de toallas.

Son personas ruidosas, que exhiben ruidosamente su riqueza. Para Michael, estas personas representan todo lo que está mal en los Estados Unidos en 2018.

Los parlantes se sacuden. Las guitarras ensordecen. Y por el amor de Dios, ¿no hay nadie que le lleve una maldita hamburguesa con queso a Jimmy Buffett para hacerlo callar?

En la línea de la costa, la garza hunde el pico y lo saca embarrado.

En la Ambassador, la chica que se suponía debía vigilar a su hermano duerme profundamente. Es joven, rondará los veinte, bikini, cuerpo torneado y bronceado color miel. Tiene la edad y la figura que tenía Diane cuando se conocieron con Michael aquí mismo, en esta bahía, quince veranos atrás.

El niño ya no está de rodillas. Ahora está agachado sobre el motor. Su hermana cambia de posición mientras duerme y Michael piensa que los hermanos tienen tanta diferencia de edad que el niño podría ser un error. Tal vez el accidente que está por ocurrir ha sido un accidente toda su vida.

Al primero lo asfixias de cariño. Los otros se crían solos, escuchó decir.

Michael no quiere un primogénito, nunca quiso. Ese era el acuerdo. Ese fue siempre el acuerdo.

Diane flota sobre una colchoneta inflable en el agua azul, panza arriba. Hasta dentro de un par de semanas no se le notará, aunque a veces Michael jura que ve la sombra de algo, un contorno, una gordura. Su esposa no es gorda, pero ya no es la chica de la lancha. Michael desearía que lo fuera y, al desearlo, sabe que eso lo obliga a hashtaguear una cosa o la otra. No quiere ser uno de esos hombres que quieren una mujer joven y en forma. Pero no querer serlo no apacigua el deseo. Añora la juventud, la suya y la de su esposa.

¿Esto lo vuelve sexista? Su madre diría que sí. Su padre diría que no. A su hermano Thad no le importaría, y Jake ni siquiera sabría de qué habla. Jake, el rico, atractivo y esbelto novio de Thad es joven. Es ingenuo. Vive en Nueva York y pinta cuadros para otras personas ricas, atractivas y esbeltas que viven en Nueva York. Hasta donde Michael sabe, el interés de Jake por otras personas se mide por los dólares que pagan por sus cuadros.

En el agua, Jake y Thad juegan con una pelota de fútbol. El padre de Michael y el falso capitán se ríen, de sus braguetas brotan burbujas, rojas, obscenas. Las madres están paradas en el agua, conversan, Diane flota cerca de ellas, sobre su colchoneta.

La chica que estaba dormida se incorpora. Le dice algo al hermano que Michael no puede descifrar bajo el estrépito de Jimmy Buffett. Revisa su teléfono, lo apoya a un costado, vuelve a acostarse y cierra los ojos.

Desde su colchoneta, Diane no quiere mirar a Michael.

Durante quince años fueron felices. Bastante felices. Al menos, estaban satisfechos, hasta que Diane hizo un cambio drástico. La gente cambia, dijo. Michael no está tan seguro. ¿Diane cambió o lo engatusó? ¿Esto no será lo que quiso siempre?

Michael va hacia la silla de su padre en el timón y activa el rastreador de peces. La profundidad del agua es de dieciocho metros. A los quince metros, una silueta grande de color gris atraviesa la pantalla, un bagre tal vez, o una rama de árbol que se pudre bajo el agua.

Su madre se ajusta el sombrero de ala ancha que la protege del sol; el sombrero del cáncer, así lo llama ella, un intento de tomar las cosas a la ligera que le pone a Michael la piel de gallina. Probablemente le está contando a la otra madre que derrotó al cáncer de piel. Una vez más Michael piensa: ¿Florida? ¿En serio?

Ahora sí que se divierten los murciélagos. Falta poco para que empiecen a temblarle las manos. De verdad, de verdad, pero de verdad necesita un trago.

El niño apostado sobre el motor vuelve a mostrarle el dedo medio. Los auriculares de su hermana saltaron de sus orejas y tiene la boca floja por el sueño.

La garza en los juncos se rinde y levanta vuelo, sin pesca. El niño la mira y Michael sigue los ojos del niño que siguen al ave.

El niño sonríe. Se pone de pie. Después cae por la borda.

El peso de su cuerpo lo jala hacia abajo y los flotadores saltan de sus brazos como corchos de champagne. Una mano rompe la superficie, cachetea el agua, pero los flotadores se escapan, anfibios, de su alcance. La mano no rompe la superficie por segunda vez.

Y Michael fue el único que lo vio: vio pararse al niño, después caer, vio cómo la parte de atrás de su bermuda golpeaba contra el motor fuera de borda, duro; lo vio deslizarse por el costado; vio, en los ojos del niño, el agua abajo y el sol arriba, una transmisión, una palabra telegrafiada del niño al hombre, y esa palabra era: por favor.

Michael se levanta, se saca los zapatos, se arranca la remera. Llama a los otros, un grito que no sabe si será escuchado con la música a todo volumen de la lancha. Se zambulle. Nada. Gira la cara para respirar y vuelve a pedir ayuda, pero no puede parar. No puede perder el ritmo.

Adelante no hay chapaleo, no se ven manos. Tres brazadas más y Michael ya está cerca. Respira hondo y se sumerge. Busca unas bermudas plateadas, unos dientes, cualquier cosa que pueda reflejar la luz en el lecho de un lago. Pero a tres metros de profundidad la luz es escasa, el agua lóbrega.

Se tapa la nariz, expulsa aire por las orejas para ecualizar la presión.

Cuatro metros y medio. Seis. A ciegas, pero a los manotazos. Puñados de agua, pero ningún niño.

Vamos.

Excava el agua, empuja. ¿A qué profundidad está? ¿A qué velocidad se hunde un cuerpo?

La luz ha desaparecido y el agua se pone más fría cuanto más profundo baja. Pase lo que pase, no debe perder la noción de arriba y abajo.

En la secundaria podía contener la respiración durante un minuto, pero la secundaria quedó atrás. Le laten los oídos. Sus pulmones son carbones ardientes. Si esto se prolonga demasiado, respirará por reflejo. No puede estar bajo el agua cuando eso ocurra.

Tiene que salir a la superficie. Salir a la superficie o ahogarse. Excepto. Excepto.

Un murmullo. La danza de algo que está fuera de alcance. Bermudas oscilando. El rosa de las uñas. O el niño está ahí abajo o Michael está muerto y lo está soñando.

Entonces atrapa la mano.

No puede verla, no puede descifrar la mano del niño en la suya, pero la tiene. La mano está allí, y eso es bueno. Es una mano con la que puede nadar. Subirá a la superficie aferrando esa mano y no la soltará.

Después, en el hospital, Michael se hará muchas preguntas. Digamos que hubiera bebido un trago esa mañana, sólo para tranquilizarse. Digamos que el shock que le produjo la revelación de sus padres, la casa en venta, no lo hubiera llevado a beber tanto la noche anterior. Podría haber aferrado esa mano con más fuerza y emergido a la superficie.

Pero eso no es lo que ocurre.

Lo que ocurre es que Michael patea al niño.

No quiere hacerlo, pero bajo el agua los cuerpos pesan y nadar con un solo brazo es difícil. El cuerpo del niño es un lastre. Es pateado. Y de repente, la mano ya no está.

Michael exhala, pero ya no le queda aire en los pulmones.

Ahora nada en la dirección equivocada. El niño está abajo. ¿Entonces por qué Michael sube? No puede subir sin el niño. Debe regresar, pero su cuerpo no se lo permite. Algo se ha apoderado de él y ese algo en él quiere vivir.

Patea, araña, pero no hay luz. Imposible encontrar la dirección sin la brújula del sol.

Entonces, un resplandor vago. Un objeto que pasa sobre su cabeza.

Ha escuchado historias. Bagres del tamaño de zepelines. Esturiones acorazados como caimanes, de tres metros de largo. A menos que eso que ve sea su alma que asciende, dejándolo atrás.

No.

Está vivo. Vive y está nadando. El pez o alma aumenta de tamaño y Michael nada hacia él.

Ha perdido toda noción de distancia, espacio y tiempo. Todas las dimensiones son agua. Estallan fuegos artificiales detrás de sus ojos y una sirena le grita que respire.

Respira de una vez, piensa. Reúnete con el niño. Acaba con esto.

Excepto que la vida de Michael no es sólo suya. Es un padre. Su vida está marcada por lo que va a nacer. Esta verdad lo golpea con una fuerza tan grande que apenas se da cuenta de que su cabeza choca contra el casco de la lancha.

Todo es agua. Después luz. Después aire.

Tose, jadea y vomita. Respira.

Encima de él, la chica grita. Su hermano está en el fondo del lago. Ahora, seguramente, ya descansa. Seguramente ha dejado de luchar. Ha dejado de gritar el nombre de su hermana bajo el agua.

Michael siente gusto a sal. La sal es sangre y la sangre es suya.

No puede sumergirse. Vuelve a sumergirse. Va a morir.

Es un padre.

Su vida no es suya.

Más allá de la lancha, otros se arrojan de sus colchonetas y nadan hacia él. Y a lo lejos, unos flotadores, separados del cuerpo, giran, se arremolinan succionados por la corriente. Se orbitan uno a otro, saben. Confabulan, en el iris del ominoso parpadeo del agua.

2

Las lanchas cruzan la bahía, buscando al niño. A través de los binoculares, Lisa Starling observa. Podría haberse cambiado de ropa. Después de nadar hasta la orilla, después de marcar el 911 y ayudar a Michael a subir a la ambulancia, antes de agarrar sus binoculares y regresar al borde del agua, podría haberse puesto ropa seca. Pero recién ahora se da cuenta de que todavía está en malla. De todos modos, está bastante seca. El aire cálido ha sorbido el agua de su piel.

Esta mañana, cuando despertó, el cielo estaba azul. Ahora el cielo está gris, cargado de nubes. Color carroña, piensa, aunque no está segura de que ese pensamiento tenga mucho sentido. Pero hay un niño en el fondo de un lago, y por lo tanto el mundo no tiene sentido.

Lisa cree en Dios, aunque no le gustaría conocerlo hoy.

Todo a lo largo de la bahía, vecinos parados en las cubiertas y sentados en los muelles. Se amontonan en la orilla y en la punta. Del otro lado, un hombre sale de su casa con equipo de buceo, entra en el agua, el tanque en la espalda, patas de rana, la válvula reguladora en la boca.

Un par de lanchas de la policía impiden que otras embarcaciones entren a la bahía. Las lanchas son azules y blancas y desde sus techos los reflectores brillan bajo el cielo gris plomo. Arriba, un helicóptero atraviesa las nubes.

Lisa baja sus binoculares. Son Swarovski Swarovisions. Tienen ocho grados de aumento, porque le gusta que los pájaros que observa se vean nítidos. Son pequeños, porque le gusta que sean livianos. Son unos de los mejores binoculares del mundo. Ella lo sabe. Ayudó a rankearlos para la Cornell Lab Review del año pasado.

Vuelve a levantar los binoculares. El bote de pesca de los Starling todavía está ahí, anclado a la par de la lancha de la otra familia. Una tercera lancha policial se mece entre ambos. Hace unos minutos, dos buzos saltaron de esta lancha con linternas grandes como megáfonos.

Su esposo, Richard, fue a reunirse con la otra familia en su lancha. Parece cansado, la cara amarilla, rígida como resina. Está parado, una mano sobre el hombro del hombre que conocieron hace apenas unas horas. El hombre se sacó los anteojos de sol, la gorra de capitán. Aferra la mano de su esposa. La cara de la hija está oculta en el regazo de la madre. La hija y la madre lloran. Hace una hora que lloran mientras los hombres observan el agua sin decir nada.

Lisa baja los binoculares. Siente el frío de la correa en el cuello.

Tendría que haber ido al hospital con Michael y Diane, pero siente que la necesitan aquí. Hay historias de niños que cayeron al agua, fueron rescatados veinte o treinta minutos más tarde y después resucitados. No por milagro, sino por biología. Si las condiciones son favorables. Si el agua está fría. Si uno permanece en la orilla y se queda mirando todo el tiempo que sea necesario.

Pero, si ha de ser honesta, ahora sólo están buscando un cuerpo.

Lisa sube la cuesta que lleva a la casa.

La casa es pequeña y vieja. Distinguida, diría Richard. Vieja no es, y yo tampoco. Bueno, pero están al borde. Lisa tiene sesenta. Su marido pronto cumplirá setenta. La casa del lago es más vieja que los hijos de Lisa, un tráiler de los años setenta adaptado y reciclado como casa en los ochenta. Richard y ella la compraron por impulso, poco después del nacimiento de Michael. Su matrimonio fue turbulento. Se separaron dos veces, después llegaron a un arreglo: no más vaivenes. Seguirían casados, para bien o para mal. La casa de verano fue el apretón de manos que cerró el trato.

¡Y había sido flor de casa! Larga y rasa, la casa descansaba en la cima de la colina como un camión de bomberos descarriado, los postigos blancos, el revestimiento de cedro pintado de rojo. Un porche de barandas bajas al estilo de esos viejos búngalos constrúyalo-usted-mismo de Sears Roebuck envolvía la casa. Una hamaca hecha de retazos colgaba en el jardín entre dos árboles. Un sistema de riego conectado a un timer conservaba el verdor del césped cuando ellos no estaban, y el garaje para dos autos se había transformado en el lugar donde almacenaban sus papeles cuando sus oficinas en Ithaca estaban rebalsadas.

Después llegaron las tormentas del 86 y el 90, la ventisca del 93, el tornado —que les pasó rozando— de 2011. Y mejor no hablar de la gran invasión de hormigas de 2017. Por mucho que lo intentaron, mantener una casa de verano era trabajo, y ellos ya tenían trabajo de sobra. Richard enseñaba en Cornell, Lisa hacía investigación en laboratorios, los dos publicaban. Los veranos eran para descansar, no para hacer reparaciones. Así que descuidaron un poco la casa. En realidad, un montón.

Ahora, el porche está hundido. El revestimiento se puso gris y tiene manchas de moho. Al techo le faltan tejas y las pocas que quedan están cubiertas de musgo. ¿Y Lisa se lo está imaginando o toda la casa está un poco torcida? La hamaca del jardín se pudrió hace rato y el jardín es un tapiz de pasto y zonas resecas, de hormigueros y malezas.

El mes pasado, durante las negociaciones, Lisa y Richard hicieron tantas concesiones ante el informe de daños del inspector, que se prepararon para perder varios miles.

—Un momento —los previno su agente de bienes raíces—. Arreglen el lugar. El mercado está en franca mejoría. De aquí a un año podrían obtener veinte mil más que ahora.

¿Pero qué sentido tenía? Las concesiones son una manera de rebajar el precio, nada más. Aunque prístina, la casa, vendida, sería inevitablemente demolida. El lago está cambiando, llegan inversores. En última instancia, lo que están vendiendo con Richard no es la casa, es la tierra.

A menos que Lisa cancele la venta. Dentro de una semana cerrarán el trato. Todavía no es demasiado tarde para esquivar una demanda. La conserven o la vendan, se queden o se vayan, sabe que Richard no va a contradecirla. Porque tenían un trato. Y Richard rompió el acuerdo, olvidó lo que significaba el matrimonio. El apretón de manos —la casa— tiene que irse. No es un castigo, más bien se trata de equilibrar la ecuación. Para seguir juntos deben empezar de nuevo. Para empezar de nuevo tienen que vender la casa. Eso está claro para Lisa. Y sólo porque Richard no sabe que ella sabe, no es razón para continuar como si nada hubiera sucedido. ¿O sí?

Lisa no está segura.

Sólo está segura de una cosa: la decisión es suya. Richard ya tomó su decisión. Richard renunció a su derecho a opinar.

Cuesta arriba. Sube los escalones del porche. La escalinata cruje bajo sus pies. Debajo, donde sus hijos acostumbraban jugar, ha crecido la hiedra, un escondite para las serpientes. Lisa saltea el quinto escalón, que está podrido. La baranda tiembla. La madera es blanda como el corcho, como esos corchos que por estar demasiado tiempo en la botella se deshacen con el beso del sacacorchos.

Al llegar al último escalón se da vuelta y una vez más acerca los binoculares a su cara. Enfoca y aparece la madre. Lisa tendría que estar con ella en la lancha. Pero si estuviera en la lancha se transformaría en la madre, y ella ya fue la madre. No está dispuesta de ninguna manera a volver a pasar por esa tristeza.

¿Y por qué ocurre esto justamente ahora, durante la última semana que pasarán en el lago? ¿Por qué le roban la belleza de este momento con su familia?

Pero estos pensamientos son viles. Por un instante, siente asco de sí misma.

La otra madre es Wendy. Le dijo su nombre cuando estaban en el agua y Lisa pensó en Peter Pan, no la obra de teatro o la película de Disney sino el libro, uno de los libros preferidos de su madre, a quien perdió hace tres veranos. Cáncer, padres… las humillaciones de volverse distinguido.

¡Dios, la cara de Wendy cuando esos flotadores aparecieron en el agua!

¿Quién estaba vigilando al niño? ¿Quién se suponía que debía vigilarlo? Michael no, pero lo vio y se tiró al agua y emergió debajo de una lancha.

Pobre Michael. Pobre Wendy. Wendy está devastada. Wendy nunca se perdonará a sí misma.

¿Y a dónde van?, se pregunta Lisa no por primera vez, no como si fuera la primera vez en su vida. ¿Dónde han ido el hijo de Wendy y la primogénita de Lisa y todas las almas de los niños que partieron demasiado pronto?

Si existe el cielo, los ha recibido. Después de todo, son niños. Si no inocentes, al menos lo bastante inocentes. Lisa imagina un País de Nunca Jamás para ellos, un lugar donde los fantasmas de los niños esperan, vuelan, hasta que sus padres van a buscarlos.

Lisa alberga esta esperanza. Reza.

Algunos días, lo único que la mantiene en pie es este pensamiento: si Dios es amor, ella volverá a ver a su hija.

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Türler ve etiketler

Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
15 kasım 2024
Hacim:
341 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9789876286084
Yayıncı:
Telif hakkı:
Bookwire
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