Kitabı oku: «Los elefantes no vuelan»
Viva
Los Elefantesno Vuelan
David Montalvo
Los Elefantesno Vuelan

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Colección Viva
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© David Montalvo, mayo 2012
© LID Editorial Mexicana 2012, de esta edición
ISBN: 978-607-7610-43-4
Editora: Cristina Sousa Bravo
Corrección de estilo: Berenice Aguirre Celis
Ilustración de portada e interiores: Paulo Villagrán
Formación: Erick López Ortiz
Impresión: SIGAR
Primera edición en México: agosto de 2012
Índice
Prólogo de Adriana Castro de Alverde
Introducción
01 La historia
02 Reacciones frente al elefante
03 Tipos de elefantes
04 Conoce a tus propios elefantes
05 Los cinco principios básicos. Aprendiendo de los elefantes
06 Lo que sigue Prepárate para futuros encuentros
A mi madre,
la mejor domadora de elefantes
que he conocido.
Un elefante se separó de la manada y fue a cruzar un viejo y frágil puente de madera tendido sobre un barranco. La débil estructura se estremeció y crujió, apenas capaz de soportar el peso del elefante. Una vez a salvo al otro lado del barranco, una pulga que se encontraba alojada en una oreja del elefante exclamó, enormemente satisfecha: «Muchacho, ¡hemos hecho temblar ese puente!».
ANTHONY DE MELLO
La oración de la rana
Prólogo
A lo largo de nuestras vidas, los seres humanos tenemos la fortuna de vivir experiencias que nos marcan. Me considero una mujer muy afortunada porque desde pequeña mis mayores me enseñaron a ser feliz, a disfrutar y a agradecer todo lo que íbamos viviendo, incluso lo que solemos calificar como malo.
A la edad de 19 años conocí al hombre de quien me enamoré y con quien años después tuve cinco maravillosos hijos: Luis Eduardo, Alejandro, Diego, Esteban y Fátima.
Compartimos un noviazgo increíble, sano, con todo lo que connota este término, y después de casi cuatro años, nos casamos y comenzó mi aventura de ser la señora de Alverde.
Nuestra vida se encontraba en plenitud. Era el año 2004 y habían nacido Luis, Alejandro y Diego. Mi esposo nos acababa de regalar nuestra casa y yo cumplía 30 años. ¿Qué más podía pedirle a la vida? ¡Un viaje! Eso vendría a ser la cereza del pastel para un año realmente perfecto. Y así decidimos irnos a Disney los cinco. Sin embargo, unos días antes de que partiéramos, llegó un huracán a Orlando y no pudimos salir, así que decidimos operar a Alejandro de las anginas; de esa forma se encontraría recuperado para la fecha en que habíamos reprogramado el viaje.
Desafortunadamente, cuando uno hace planes son solo eso, planes. Las cosas se complicaron después de la cirugía y, debido a una hemorragia, Alejandro cayó en muerte cerebral.
Nunca hubiéramos imaginado un dolor semejante en la familia. Todavía recuerdo cuando le dijimos a Luis Eduardo que su hermanito había muerto, y la pregunta que hizo de un grito fue:
–¿Ya no va a ir a Disney con nosotros?
Y la respuesta fue clara:
–¡Él ya llegó!, y a un Disney mucho más bonito que al que tú y yo vamos a ir.
Ojalá que todos pudiéramos ver siempre la adversidad como algo más grande y bueno que lo que estábamos esperando y por lo cual habíamos trabajado tanto.
Qué difícil es aceptar el sufrimiento y las dificultades que tenemos enfrente, en vez de aliarnos con ellas para madurar, crecer, y ser mejores.
David Montalvo lo ha vivido en carne propia. Las experiencias por las que ha pasado lo han hecho un ser humano más fuerte y con mayor claridad en el camino que está recorriendo. Hay ocasiones en que es bueno, por no decir indispensable, que las crisis aparezcan para descubrirnos en plenitud.
El dolor y la adversidad existen para que reaccionemos y nos demos cuenta de que estamos vivos y que tenemos que luchar, y no estacionarnos en el conformismo y la comodidad. Después de un momento de dificultad, el alma descansa, y descubrimos talentos que no conocíamos y que no hubiéramos imaginado que existían en nuestro interior.
David, mediante su estilo ameno y a la vez profundo, transmite estrategias sencillas y prácticas para todo aquel que esté pasando por un momento difícil.
Después de leer este maravilloso libro, confirmé que es uno mismo quien decide si seguir adelante, o no; quien, al no poder seguir por el camino planeado, toma uno diferente, cuestionando incluso la noción de destino. Qué grandioso es entonces mirar atrás y advertir que pudimos sortear los obstáculos.
Aunque esas limitaciones muchas veces bloquean nuestra capacidad de pensar, de amar, de imaginar, de crear, al final del camino se convierten en virtudes que nos fortalecen para seguir adelante.
David desarrolla una teoría humanista cuyo más grande acierto es que se aplica con efectividad en nuestra vida, como una guía para dejar de ser infelices ante imprevistos a los que, por desgracia, estaremos siempre expuestos los seres humanos.
Ya les puse mi historia como ejemplo. Junto con mi familia he seguido adelante y trato de apoyar, en lo posible, a otras personas que han pasado por una situación parecida a la mía. No dejé que el dolor me maniatara e inutilizara, y es lo que David quiere transmitirte.
Yo sé, y tú también, de tu capacidad de amar y crecer; entonces, dale para adelante, que vienes con todo, como el buen David lo manifiesta en su libro y en sus conferencias asertivas.
| El dolor y la adversidad existen para que reaccionemos y nos demos cuenta de que estamos vivos y que tenemos que luchar, y no estacionarnos en el conformismo y la comodidad. | |
Agradezco a David que escribiera un poco acerca de mi sentir después de que la muerte de mi ALE me tambaleara, pero no me tumbara. Con aquella terrible experiencia descubrí que mi hijo vino a este mundo a enseñarme a amar y a trascender.
Espero de corazón que en la adversidad descubras verdaderas misiones de vida.
ADRIANA CASTRO DE ALVERDE
Fundadora de Asociación ALE
www.quierodonar.com.mx
Introducción
Y de pronto, la vida cambia
En la vida no todo es color de rosa. Hay momentos que nos marcan para siempre. Hay situaciones que a veces se salen de nuestras manos o de nuestros planes. Existen experiencias negativas difíciles de borrar de nuestra memoria, y desearíamos que nunca hubieran sucedido. Quisiéramos que los problemas desaparecieran de la noche a la mañana.
¿Será posible evitar la adversidad?
Sabemos que si no experimentamos, no crecemos. Si no sentimos, no aprendemos.
Entonces, ¿qué hacer? ¿Se debe mirar en otra dirección? ¿Hay que cambiar de rumbo o cerrar los ojos e imaginar que nada malo existe?
¿Realmente habrá una forma más simple de andar en el viaje de la vida, o son necesarios los golpes para aprender?
¿Crees que es posible colocar tus ojos más allá de la realidad que estás experimentando ahora, aun cuando te encuentras en medio de un problema del cual no ves la salida?
Pienso en mi madre, quien ha pasado por situaciones difíciles, pero esto, en vez de frenarla o estancarla, le ha dado un doble impulso que le ha permitido evolucionar y sacar lo mejor de sí misma. Suele ser ejemplo para los demás. Muchos se preguntan cómo es posible que se mantenga tan joven, reluciente y con tanta paz, una paz que transmite al instante, en los primeros minutos de plática con ella.
La he visto triste pero nunca sin esperanza. La he visto con angustia pero nunca sin confianza. La he visto llorar, pero más veces la veo amar, y con ese amor del bueno, del que ya casi no se da.
Sé que hay muchas personas como ella en este mundo, pero también soy consciente de que la mayoría no se desenvuelve así.
¿Qué hay en aquellos a quienes parece que ningún huracán los hace caer hasta el fondo? ¿Qué tienen esas personas que, a pesar de los terremotos de su vida, se mantienen de pie?
Todos tenemos problemas de diversos tipos, sabores y colores. A veces las cosas no salen como esperábamos, y de pronto la vida cambia. Cuando la adversidad toca la puerta, quisiéramos ir a escondernos a otro lado o regresar después de un rato para ver si ya se fue a visitar otra casa. Pero resulta que no, que sigue ahí, como si el reloj no se moviera.
Por ejemplo, los siguientes casos fueron tragos amargos para quienes los vivieron; les costó su estabilidad, tranquilidad y paz por mucho tiempo.

Guardó su computadora portátil, cerró el cajón del escritorio, y cuando estaba a punto de salir de su oficina, su jefe lo abordó en la puerta para hablar con él un momento. Ya eran las siete de la tarde, la hora acostumbrada para la salida.
Jaime conocía bien a su director, y ese tipo de encuentros no eran habituales. Al ver su rostro, comenzó a sospechar que algo no marchaba bien. Su jefe le pidió con amabilidad que se trasladaran juntos a su oficina, donde los esperaban otras cuatro personas. Le comunicarían una noticia que daría un giro a todo:
–Tu relación laboral con esta empresa ha llegado a su fin; sin embargo, queremos agradecerte por…
En ese momento todo se nubló para Jaime, y ya no escuchó más. Tomó sus cosas y salió del edificio. Los primeros cuestionamientos daban vueltas en su mente: ¿Cómo se lo digo a mi esposa?, ¿cómo les explico a mis hijos que a su padre ya no lo necesitan más en el trabajo?, ¿cómo voy a pagar la hipoteca? A esta edad, ¿quién me contratará de nuevo?
Esa noche llegó a casa destrozado anímicamente; se desahogó con su mujer, pero aun así no pudo dormir. No concebía que, después de haber entregado más de veinte años de su vida a la empresa, hubieran decidido despedirlo. Además, se encontraba frente a un gran problema que impactaba a toda su familia, y parecía que todas las puertas estaban cerradas.
Jaime debía resolverlo de alguna manera. Tenía buenos amigos con cargos importantes en diversas empresas, pero de cualquier forma lo paralizaba el panorama. 

Cuando Antonio vio los resultados de los exámenes médicos, su vida se le hizo pedacitos. Su corazón se apachurró; no sabía hacia dónde voltear. El diagnóstico no era alentador. Desesperado, increpó a Dios. Tenía cáncer y le quedaban pocos meses de vida. Sus planes iban desintegrándose cual hoja al fuego.
Lo más doloroso fue que, en los últimos días de su enfermedad, ni siquiera su esposa estuvo ahí. Ella no soportó el proceso y decidió abandonar el barco. 

El viernes 13 de octubre de 1972, mientras el estudiante Carlitos Páez documentaba su equipaje en el aeropuerto de Uruguay, solo pensaba en ganar el próximo partido de rugbi en Chile, desconectarse de la rutina y pasar un buen rato con sus amigos. Por supuesto que no imaginó que el avión fuera a estrellarse minutos después en la cordillera de los Andes, ni que pasaría 72 días aislado, a treinta grados bajo cero y con un hambre insoportable. Mucho menos vislumbró que se enfrentaría a la disyuntiva de comer carne humana o morir de inanición. 

Leticia recibió el golpe de la infidelidad que su esposo llevaba escondiendo desde hacía más de cinco años. Su vida se paralizó. Todo se vino abajo: sus hijos, su autoestima, su estabilidad, su confianza. No sabía hacia dónde volverse ni en quién apoyarse. Aparecieron la angustia, la decepción y la culpa, que nublaban su futuro. 

Sergio sintió frustración al ver que su empresa iba hundiéndose poco a poco, día tras día. Aquel transatlántico que tantas glorias le había dado en el pasado a su padre, el fundador, iba haciéndose más y más pequeño cada vez debido a la falta de ventas, a los constantes cambios en el mercado y, desde luego, a una mala dirección de su parte. La principal preocupación de Sergio ya no era generar más ganancias, sino sobrevivir al menos durante los próximos meses. 
| ¿Qué hay en aquellos a quienes parece que ningún huracán los hace caer hasta el fondo? ¿Qué tienen esas personas que, a pesar de los terremotos de su vida, se mantienen de pie? |
¿Qué tienen en común estas historias? ¿Cuál es el hilo conductor? En todas existe una crisis que sacude a sus protagonistas y les roba su tranquilidad.
Algo que no podemos evitar es que, de pronto, la vida nos cambie los planes por un accidente, un despido, una enfermedad terminal, el fracaso de un negocio, un fraude, una deuda, una ruptura, el fallecimiento de un familiar…
Toda nuestra historia cambia con un evento inesperado, una mala noticia, una llamada telefónica, un encuentro, una discusión o, simplemente, por estar en el lugar equivocado. Es como un iceberg que aparece de pronto e impide que sigamos navegando en aguas calmadas.
No importa dónde vivas ni cuáles sean tus creencias religiosas; si tienes veinte o cuarenta años; ni siquiera importa el estado de tus finanzas personales o qué tan sensato seas. La adversidad no respeta a nadie y no es buena inquilina. Aparece cuando nadie quiere y se va después de una buena estancia. No conforme, genera costos muchas veces bastante altos para quien la recibe.
Tenemos una seria desventaja frente a las crisis: nunca llegan solo si uno está preparado para recibirlas, si el momento histórico personal es el adecuado, si se tienen las herramientas para superarlas, o no. Simplemente llegan.
Tal vez no hemos sido diagnosticados con una enfermedad terminal, quizas no hemos sido despedidos o ni siquiera hemos sufrido una infidelidad. Probablemente, nuestros problemas tengan otros apodos. Pero, sin lugar a dudas, todos hemos experimentado esa extraña sensación de desasosiego y ansiedad frente a circunstancias desfavorables. Es como si de pronto nos bajaran el interruptor o nos quitaran el dulce de la boca.
El hombre se mide a sí mismo en las dificultades. En la vida se cierran puertas, pero también se abren posibilidades. A lo largo de los años hemos visto a individuos y organizaciones que, incluso estando en la cima del mundo, se han topado con algo que los ha hecho estremecerse y caer. Tal vez te ha sucedido a ti también. Puede ser algo que llegó de golpe o que siempre estuvo ahí, pero que hasta ese instante no habían sido capaces de ver; algo que les dio un vuelco y, en cuestión de un parpadeo, los dejó, si no tocando el suelo, al menos volando a media altura. Hace no mucho tiempo, en 2008, Coca-Cola experimentó una fuerte crisis. Su CEO actual, Muhtar Kent, la explica así: «Nos habíamos vuelto ensimismados. No salíamos a ver cómo cambiaba el mundo».
Cuando Kent tomó el mando de la compañía tenía dos opciones: regodearse en su arrogancia o estabilizar la empresa. Logró lo segundo al aceptar que estaban pasando por un mal momento, y comenzó a crear soluciones a través de la colaboración y ayuda mutua de todos los integrantes de la compañía. En medio de la tormenta, con un tanto de humildad y otro tanto de planeación, estrategia y dirección, logró que el buque virara.
¿Por qué las crisis nos frenan tanto? ¿Por qué es tan complicado salir de ellas? ¿Por qué damos tantas vueltas antes de ponernos en acción para superarlas? Y lo que es peor: si ya sabemos lo que tenemos que hacer, ¿por qué no lo hacemos?
Algunos no saben por dónde empezar, pero muchos otros no actúan por la misma arrogancia que, en su momento, experimentó Coca-Cola. La mayoría de los seres humanos actúan con base en el ego en vez de en la humildad y la inteligencia. Se bloquean cuando las cosas no salen como las habían planeado y tratan de señalar culpables.
De hecho, mi trabajo frecuente me ha permitido observar desde el podio, con detenimiento, a ese complejo grupo, y gracias a ello he podido percibir la reticencia de las personas a aceptar que necesitan hacer algo diferente en sus vidas para seguir creciendo, sobre todo cuando están en aprietos. No aceptan que las cosas se salgan de su control. Ponen cara de Yo estoy de maravilla o de Yo no necesito de tus cuentos, cuando la realidad es otra. Quisieran despertarse un buen día y sentir que sus problemas ya no están, que se fueron volando como por arte de magia.
Pocos son, y son los más valiosos, los que buscan ir más allá de su problema y se comprometen con su vida al aceptar que pueden hacer reingeniería de esta para salir mejor librados de lo que les sucede.
| La mayoría de los seres humanos actúan con base en el ego en vez de en la humildad y la inteligencia. Se bloquean cuando las cosas no salen como las habían planeado y tratan de señalar culpables. | |
No sé si justo ahora estés experimentando una situación de crisis. Desconozco si existe alguna carga pesada en tu vida o en tu trabajo que esté llevándote a perder el control sobre las cosas. Tal vez estés viviendo algo por lo que te has cuestionado si lo que has hecho ha sido lo correcto. Quizá algo haya puesto a tu bienestar en la cuerda floja. Si ese fuera tu caso, estoy plenamente seguro de que esa situación pasará. Así como has salido a salvo de otros pasillos oscuros y difíciles, este también se iluminará; cesará la tormenta y llegará la calma.
Vaya, todo eso hasta suena obvio, ¿no? Y bien podrías reclamarme: Eso lo sabemos. ¿Dónde está la novedad? Aunque no lo creas, para muchos no es tan obvio como parece. Y aunque a algunos les parezcan principios elementales, a la hora de estar en el ruedo, frente al toro, muy pocos los recuerdan y los aprovechan. Que te parezcan sencillos no significa que los apli-ques. Es como un paracaídas: lo importante no es conocerlo o saber que existe, sino saber abrirlo y abrirlo cuando es necesario.
En caso de que sí los pongas en práctica, te felicito, pero hay algo que va más allá y que debes saber: no hay garantía de que nunca volveremos a caer en la misma crisis, de que ya no tropezaremos con un reto o de que no vaya a presentarse algo inesperado que nos saque de nuestras casillas y nos lleve a preguntarnos ¿Otra vez?, ¿y ahora qué hago?
De eso trata este libro. Su propósito no solo es que aprendas a pensar de manera positiva frente a lo que te suceda, sino que además generes nuevos hábitos para afrontar las crisis. Comprenderás que estas te ayudan a desarrollarte personal y profesionalmente para tener una vida más parecida a la que deseas.
Cuando empecé a visualizar el contenido de este libro, me propuse transmitir algo que te resultara tan útil que consideraras regalar un ejemplar a tus colaboradores de trabajo, y tan sencillo que pudieras comentarlo hasta con tus hijos más pequeños.
Mi idea, la cual sostengo con plena convicción porque la he comprobado una y otra vez, es que los seres humanos tienen la grandiosa oportunidad de reencuadrar todo, absolutamente todo lo que les sucede, para dar un giro a su historia, por más neblina que se vislumbre. Solo depende de cómo acomoden las fichas y de las estrategias que utilicen.
Uno de tantos ejemplos es el de Robert Plutchik, psicólogo y profesor estadounidense que obtuvo fama mundial en la década de 1980 por haber identificado y clasificado de forma práctica las emociones, con lo cual trazó las primeras pinceladas de la teoría psicoevolutiva de la emoción. Esta se basa en ocho emociones primarias que pueden combinarse. Por ejemplo, si combinamos alegría y aceptación, experimentaremos amor; esperanza y satisfacción generarán optimismo; dolor más sorpresa producirán desengaño, etcétera. Todo depende del grado de intensidad y de qué tanto nos dejemos llevar por cada emoción.
Plutchik, como varios especialistas, nos confirma que existen vías rápidas, efectivas y avaladas –más allá de la autoayuda o la superación personal– para conducir nuestras emociones de forma objetiva aun después de haber vivido experiencias complicadas. De esta manera, al trabajar desde dentro es posible aprender a gestionar nuestras crisis pasadas, presentes y futuras.
No vayamos muy lejos: cuántos casos no conoces donde la esperanza para alguien era nula, y de pronto todo cambió. ¿Milagro? ¿Buena suerte? ¿Providencia? Tal vez, un poco de todo. Pero, definitivamente, algo tuvo que hacer esa persona para mantenerse en pie y mover el problema del camino. Y estoy seguro de que ese algo fue más que un simple deseo.
Voy a compartir contigo algunas estrategias para desarrollar esa pericia que nos ayuda a salir rápido de nuestras crisis y a dejar de percibirlas como bardas interminables. Sí, a veces son simples topes, y su función es positiva: nos obligan a hacer un alto o a bajar la velocidad para reflexionar y poder con-tinuar andando.
Esto lo he constatado una y otra vez en los últimos años por la dinámica de mi trabajo. Me ha tocado escuchar los llamados de ayuda de cientos de personas que experimentan dolor en sus vidas. También me he enterado de esta situación por gente que ha tenido la confianza de establecer comunicación escrita conmigo. Empresarios, profesionistas, directores de importantes compañías, vendedores, amas de casa, jóvenes universitarios, por mencionar algunos, han abierto su corazón para confesarme que realmente lo estaban pasando muy mal y no veían el final del túnel.
En todos ellos, en cada eco de sus voces, distinguí un factor común: ninguno esperaba que fuera a presentarse un cambio en su vida. Y aun cuando en algunos casos el cambio era previsible, no lo habían vislumbrado. La mayoría, porque su atención estaba enfocada en otra cosa.
¿Por qué este libro?
Las crisis atraviesan cualquier puerta, incluso bóvedas mentales muy poderosas. Detrás de cada ser humano hay una historia difícil. El hombre se funde, como el oro, en el crisol y aprende aun de la desgracia, siempre y cuando así lo decida.
Nadie nos enseñó a amar; tampoco a sufrir. Problemas, todos los tenemos. Tan simple como eso. Nadie es inmune a ellos. No se trata de que quieras terminar con tus problemas. El verdadero arte no está en evitarlos, sino en descubrir y comprender su origen para, después, lograr que se quiten de nuestro trayecto.
He identificado que los problemas no son lo que nos preocupa principalmente, sino sus consecuencias. No tenemos miedo al cambio, sino a cambiar uno mismo, a lo que esto implica, a las renuncias, a las responsabilidades de un nuevo yo.
Se teme a salir de la zona de confort, a dejar a un lado lo conocido y reconocer que lo que tenemos enfrente nos impide progresar. Hay personas que no solo cargan maletas sino enormes baúles de recuerdos de su pasado y quieren vivir con base en ello. Por eso, este libro representa –además– una alternativa de reconciliación con ese pasado y de despedida de él. Usaremos nuestras debilidades para enfocar la energía en las fortalezas que nos ayudan a empoderarnos en el presente.
Hace tiempo lo dijo el Dalái Lama: «En los periodos difíciles puedes aprender a desarrollar fuerza interior, determinación y coraje para hacer frente a los problemas. El verdadero fracaso es el desánimo, pues significa que has perdido una gran opor-tunidad para crecer».
Pasar por crisis es propio de la evolución emocional del hombre. Vivimos en un mundo donde existe tanto la luz como la oscuridad, el yin y el yang, el karma y el dharma, el lado blanco y el lado negro, la salud y la enfermedad, el éxito y la derrota, la bondad y la maldad, el amor y el miedo. No podemos negar esa dualidad a la que nos enfrentamos todos los días. Así como hay personas que acopian víveres para apoyar a los damnificados, por ejemplo del terremoto en Haití, tam-bién hay otros que secuestran, asesinan o torturan sin piedad ni remordimiento.
Frente a las crisis, el ser humano se desconecta de su esencia; se convierte a menudo en un animal descontrolado que actúa por impulso, y esto le ocasiona momentos de derrota, oscuridad y preocupación.
Así como un día puedes estar tocando el cielo, al día siguiente no quieres levantarte de la cama. Un día tienes un importante puesto en una empresa, y otro no sabes con qué pagar la colegiatura de tus hijos. Es entonces cuando sobrevienen las crisis, cuando existe una brecha entre lo que deseamos y lo que realmente sucede.
La oscuridad es ausencia de luz; la crisis es ausencia de paz.
Las crisis se han convertido en el pan de todos los días de millones de personas y negocios. Como rayo láser, penetran relaciones, familias, departamentos laborales y organizaciones enteras. Todas conllevan consecuencias.
| El hombre se funde, como el oro, en el crisol, y aprende aun de la desgracia, siempre y cuando así lo decida. | |
Cuántas empresas no conocemos que por dificultades mal sorteadas han tenido que cerrar sus puertas. Hasta la propia madre tierra ha sido blanco de las atrocidades que le ocasiona el hombre y que desembocan en desastres naturales. Pero este libro no trata de ser dramático o fatalista, sino más bien objetivo y propositivo a partir de una premisa:
Si somos capaces de ir más allá de la visión primitiva, típicamente humana, que se enfoca en el miedo, el coraje y la decepción provocados por nuestros problemas, no solo podremos resolverlos de forma sabia, sino que –incluso– obtendremos valiosas lecciones de ellos para que logremos recorrer nuestro camino con mayor sentido, sin tantos tropiezos.
Como una vez dijo el reconocido psicólogo argentino y profesor de Filosofía Roberto Pérez: «La crisis es al hombre lo que el viento al fuego». Quiere decir que o te impulsa o te apaga.
Numerosas empresas y organizaciones mundiales están siendo golpeadas por crisis económicas. A estas sumemos la violencia, inseguridad e incertidumbre colectiva, al menos, en el caso de Latinoamérica.
Muchos se preguntan por qué pasa esto o aquello y critican, se quejan y buscan culpables. Pero lo he confirmado una y otra vez: quienes sobresalen son los que se enfocan en lo que sí pueden lograr y transmiten esa actitud a toda su gente.
Mientras unos ponen su atención en sus crisis y dicen que son imposibles de erradicar, otros proponen y generan cambios poderosos.
Un país es el reflejo de sus ciudadanos. Todos los días surgen adversidades que hay que sortear, y si nadie pone su atención en el lado positivo, la crisis termina provocando caos e influyendo negativamente en la sociedad actual y en sus futuras generaciones.
Entiendo que, por nuestro tipo de cultura y la educación que recibimos comúnmente, es difícil para muchos observar cosas buenas dentro de toda la maraña de información negativa que consumimos a diario. Para la mayoría es casi una aventura titánica obtener las lecciones positivas de lo malo que sucede y ponerlas en práctica para su beneficio.
En un mundo de cambios acelerados, como el que nos tocó, las crisis se arraigan más y son más difíciles de contrarrestar cuanto mayor es nuestro desarrollo. Cada vez hay más conflic-tos que interrumpen la vida de millones de personas. Crece el índice de divorcios, suicidios, pacientes con depresión o desbalances emocionales, empleados insatisfechos… Incluso se dice que las crisis económicas y sociales a nivel mundial son mucho más fuertes ahora que hace veinte años.
Un ejemplo de ello es lo que menciona Ian I. Mitroff, experto en manejo de crisis y profesor en la Marshall School of Business: «En 2001 poca gente hubiera entendido el concepto de bombas voladoras, hasta que sucedió el atentado contra las Torres Gemelas. Definitivamente, a pesar de toda la tecnología y los avances en seguridad, no estaban preparados para ello. Ahora hay que pensar lo impensable».
¿Cuál es la diferencia entre nosotros y las personas expertas en manejar las crisis? ¿En qué radica que ciertas organizaciones alcancen a distinguir las lecciones escondidas en medio de la turbulencia? ¿Por qué unas sobresalen y otras no?
Me queda claro que esto va más allá de la actitud, aunque no la excluyo por completo. No podemos guiarnos solo por teorías motivacionales que señalan que para enfrentar la vida basta con sonreír y pensar que nada malo acontece. Ayuda, pero no es suficiente.
El secreto está en el proceso. Después de una crisis, cada proceso es diferente en cada ser humano u organización. El que ha llevado Estados Unidos para salir de su recesión actual es distinto del que inició Coca-Cola para cambiar su cultura corporativa. No es el mismo proceso el que lleva un director general para aumentar sus habilidades de liderazgo que el de una madre para educar a sus hijos. Pero sí, en definitiva, los puntos en común son la visión, la estrategia y el compromiso que constituirá el proceso, donde será indispensable poner en acción toda la energía. A esto algunos lo llaman resiliencia. Es una forma dinámica, concienzuda y positiva de adaptarnos en momentos adversos.
Aunque todos pasamos por crisis, no todos reaccionamos igual. No existe la talla única en este tema. Esto se debe a que no todos observamos la vida a través de las mismas gafas. No por nada una persona es capaz de sobreponerse a una muerte, y a otra le cuesta una barbaridad superar el fin de una relación. Puede haber alguien que salga de una crisis financiera en un año, mientras que otro se estanca por el resto de sus días. Para algunos, quedarse sin empleo es el trampolín perfecto para iniciar lo que después se convertirá en un próspero negocio.
| He identificado que los problemas no son lo que nos preocupa principalmente, sino sus consecuencias. No tenemos miedo al cambio, sino a cambiar uno mismo, a lo que esto implica, a las renuncias, a las responsabilidades de un nuevo yo. | |
¿Te suena familiar?
La gran noticia que quiero darte es que no solo tenemos la oportunidad de replantear lo que nos sucede, sino –además– la capacidad de crear nuestro proceso de resiliencia para hacer frente a futuras crisis y, así, llegar a donde queremos. Por lo tanto, se puede aprender a reaccionar favorablemente.
Leer Los elefantes no vuelan es una buena manera de comenzar este proceso para quitar lo que estorba, estorbó o estorbará en tu evolución y que puedas andar de forma más ligera por la vida. No importa si te encuentras en medio de un desierto emocional o si tu empresa está a punto de derrumbarse. Tampoco importa si ahora es el momento más maravilloso de tu travesía. Este libro ofrece las pautas para que diseñes tu propio mapa, para que realmente vivas el instante presente y para que aun en la adversidad puedas salir avante, sin perderte la lección.
Este libro no pretende enseñar; simplemente…
… es un camino, un viaje de autodescubrimiento. Es un espejo, un encuentro con lo mejor y lo no tan bueno de ti. Es una invitación para que vuelvas a ser tú mismo, para que te reconectes con tu esencia, que normalmente desatendemos por atender los estímulos externos que nos llevan a querer justifi-car situaciones difíciles en vez de hacer algo con ellas. Es una llamada para que descubras lo que hay detrás de todo lo que te sucede. No pierdes nada al intentarlo. De hecho, tiene enormes ventajas vivir así: se generan más y mejores resultados en menos tiempo, y la vida sube a otro nivel.
Si diriges una organización, la lectura de este libro te ayudará a liderar mejor; si eres vendedor, seguramente descubrirás nuevos caminos y oportunidades; si eres padre de familia, podrás generar mayor empatía con tus hijos; si eres joven, tendrás más claro el futuro que quieres diseñar. La idea es dejar de ser espectadores y volvernos cocreadores de nuestra vida.
En pocas palabras, este libro está diseñado para recordarte lo que has olvidado, para regresar a lo esencial y para ponerte de cara a tu futuro al mismo tiempo que disfrutas tu presente, aun estando con el alma en un hilo. Al final de cuentas, las cosas no cambian; cambiamos nosotros, como señaló el filó-sofo estadounidense Henry David Thoreau. Cuando en verdad vayamos al interior, podremos modificar el exterior.
Tal vez nuestro contexto actual no sea el más adecuado, pero resulta sorprendente –casi milagroso– que cuando uno empieza a entenderlo y a descifrar el porqué de su orden preciso, ese contexto cambia. Y no hablo de la matrix ni de tomar una cápsula para acceder a otra dimensión; hablo de agudizar los sentidos, abrir la mente, sensibilizarse, ajustar el lente para poder captar cosas que por lo general son invisibles para muchos, sobre todo para quienes se rigen por un limitado sistema de creencias.
Echar mano de nuestra conciencia y generar una frecuencia positiva de pensamiento, trabajando al mismo tiempo el interior y en nuestra voluntad, es más que suficiente para empezar a descubrir bendiciones que normalmente están detrás de cualquier problema. Es cuando se manifiesta lo que antes era invisible.
El verdadero cambio radica en esa capacidad de formar el hábito de ir más allá de lo que creemos, más allá de lo que se nos ha dicho que es normal. En otras palabras, el reto frente a cualquier crisis no radica solo en observar de manera diferente, sino en dirigir la atención mucho más lejos, a pesar de los viejos hábitos.
Pero ¿cómo lograrlo cuando estamos en la posición de un Jaime, un Antonio, un Carlitos, una Leticia o un Sergio; cuando todo parece estar en contra; cuando nuestra empresa no prospera; cuando hemos cargado la misma crisis durante años y cada vez pesa más?
Este libro puede darte esa y otras respuestas. Está escrito para que logremos despertar. Y sé que este preciso instante en que estás leyéndolo es el momento perfecto. Estés pasando, o no, por una situación adversa, este mensaje es para ti. No trates de racionalizar mi discurso; más bien reflexiónalo, desmenúzalo y aplica las ideas que obtengas. Disfruta.

Para algunos, quedarse sin empleo es el trampolín perfecto para iniciar lo que después se convertirá en un próspero negocio.
¿Quieres saber cómo puede ayudarte la metáfora de un animal enorme y grisáceo en el proceso de abrir los ojos y de enfrentar tus propias crisis? Estoy seguro de que, después de leer este libro, nunca volverás a ver un elefante como solías verlo.
Los problemas no desaparecen solos y los elefantes no vuelan.
Esta es la historia...
Capítulo 01

La historia
¿Qué está tapando la visibilidad del camino?

Hace mucho tiempo, cuatro ejecutivos de una importante empresa norteamericana fueron a África para vacacionar. La compañía los premió con ese viaje por haber alcanzado objetivos importantes.
En una de las visitas programadas, atravesaron parte de la mágica sabana en un Jeep. En su recorrido por las llanuras del Serengueti, fueron de asombro en asombro por la diversidad de la fauna local: había hienas, monos, ñus, rinocerontes, cebras, jirafas, leopardos. Era un lugar majestuoso.
Una de las principales atracciones de la reserva, que no estaba incluida en la excursión contratada, era la posibilidad de observar, a tan solo unos cuantos metros, una manada de leones alimentándose. Aseguraban que era un espectáculo maravilloso, pero solo los cuidadores del parque tenían acceso regular a él por el riesgo que implicaba.
Después de seis horas de recorrido, al acercarse la noche, los ejecutivos pidieron a su guía masái que los llevara a donde se encontraban esos imponentes animales. Él, en un respetable inglés, les explicó que sería un tanto complicado porque habían cambiado algunas carreteras y en esa época del año estaba lleno de zonas pantanosas. No obstante, el grupo insistió y el guía accedió a desviarse de la ruta planeada.
Todo marchaba de maravilla para los turistas. Iban en su 4x4 disfrutando, sacando fotografías, emocionados por la grandiosa experiencia.
Tomaron una vereda llena de vegetación. De hecho, no era común que pasaran autos por allí. Resultaría peligroso, pero los ejecutivos ya habían persuadido al guía ofreciéndole un poco más de dinero.
De pronto, vieron que algo estaba obstaculizando el camino. Parecía un animal grande, según la dimensión de aquella mancha gris. Los directivos temieron que fuera un rinoceronte.
–¿Ya vieron lo que hay allá? –exclamó Pedro señalando hacia el frente.
Había anochecido y la visibilidad era poca. El protocolo de los guías indicaba que no detuvieran la marcha en estos casos porque podía ser peligroso, pero no había forma de continuar. Así, el guía frenó poco a poco y les dijo a sus compañeros:
–Por el tamaño, debe de ser un elefante.
–Solo hay que tocar el claxon para que avance y podamos seguir detrás de él –propuso uno de ellos.
Lo hicieron y no hubo respuesta. El hombre aceleró el motor con la marcha en neutral para que el ruido ahuyentara al animal, pero fue inútil. Tampoco sirvió que le gritara. Eso empezaba a ser frustrante para los turistas.
El guía apagó el motor, abrió cuidadosamente la puerta y descendió del vehículo para ver de qué se trataba. Aunque pidió a los otros cuatro que permanecieran quietos, no hicieron caso y bajaron también. No querían perderse la oportunidad de ver de cerca a tan imponente animal.
Los animales estaban acostumbrados a los automóviles de la carretera, pero no a verlos fuera de ella. Tienen un gran sentido de olfato, y si este los olía, arremetería contra ellos. Sin duda, no es lo mismo ver un animal en el circo o en el zoológico que estar frente a uno en estado salvaje.
Se acercaron un poco más para observar el trabajo del guía. El hombre hizo algunos ademanes bruscos, moviendo la maleza para hacer avanzar al animal, pero también resultó inútil. Parecía que el asombroso mamífero de casi siete toneladas y media había tomado ese sitio y no pensaba irse a ninguna parte, pasara lo que pasara.
Como no conseguían nada, algunos comenzaron a mostrar preocupación. Marcel, el más joven de todos, los alentó:
–No entiendo su miedo. No creo que eso sea un elefante, pero si es, se quitará cuando avancemos. Estamos creando un conflicto innecesario. El guía sabe más que todos, y él hará que se quite lo más rápido posible.
–¿Cómo no va a ser un elefante? ¿Qué, acaso no ves su trompa y los colmillos? –señaló Víctor, el director de comercialización de la empresa. Y justo cuando terminó de hablar, se escuchó al animal barritar fuertemente.
A Víctor, por la adrenalina y el miedo del momento, solo se le ocurrió recoger algunas piedras y arrojárselas. Pero nada.
Parecía que solo le hacían cosquillas. Cuando movió un poco sus patas delanteras, Víctor le lanzó unas varas que había recogido, mas el resultado fue el mismo.
El guía le pidió que detuviera su ataque:
–Los elefantes pueden ser muy agresivos cuando se los provoca. Además, en la reserva está prohibido maltratar a los animales.
Mientras decía lo anterior, el guía avanzó entre la maleza, tratando de no perturbar al animal. Distinguió su piel arrugada, sus grandes orejas moviéndose suavemente. Pero sabía que algo no andaba bien: no era su comportamiento habitual.
–¡Este animal es gigante! –exclamó Sofía, la responsable de finanzas de la empresa–. ¡Podría matarnos en un momento! No sé por qué nos metimos en esto. Hay que regresar inmediatamente.
El guía, resignado y un poco más ecuánime, aprovechó para pedirles que volvieran al automóvil:
–Me temo que no se moverá, al menos por un buen rato. Está aquí por alguna razón. Probablemente, no es nuestro momento para seguir. Ya oscureció, y no quiero meterme en problemas. Tampoco debo acercarme mucho porque puede ser fatal. Están frente a uno de los mamíferos más grandes del mundo. Tendremos que dejar el espectáculo de los leones para otro día.
–¡Cómo que otro día! –exclamó Víctor molesto–. Ahorita hago que se mueva, sí o sí. ¿No dicen que en algunos lugares ya no saben qué hacer con tanto elefante? Hasta los matan. Creo que sería bueno empezar a quitar estas cosas de aquí… O hable por su radio para que vengan sus colaboradores y nos lo muevan. Les daremos una buena propina.
–No se trata de propina. Tienen que aceptarlo: así es la vida, así es África. El elefante manda, y no podemos hacer nada. Sus reglas no son las de los humanos. Vayamos de regreso. Ya buscaremos otras opciones, o les mostraré a otros leones más adelante –propuso el guía.
–¡No es posible! –dijo Pedro–. Todo lo que hicimos para llegar hasta aquí, y un elefante se pone enfrente. ¡Lo único que nos faltaba! ¡Siempre es lo mismo! Por eso prefiero no entusiasmarme, porque siempre pasan imprevistos. Yo les dije que no confiáramos en este guía. Ni ha de conocer el camino. Hay que exigirle que nos devuelva nuestro dinero.
Pedro, a pesar de ser el director general de la compañía, tenía mucha dificultad para delegar, e incluso consideraba difícil que su gente tuviera éxito en el viaje. Su carácter, aparentemente fuerte y controlador, ahora se encontraba endeble.
Estuvieron largo rato esperando. Marcel, el director de mercadotecnia, insistía en que exageraban, y consideraba que si seguían andando, el animal se movería. Estaba un poco indiferente, como si nada pasara, y mejor fue a sacar unas fotos de las montañas, del paisaje y de sus compañeros.
Sofía, por su parte, no dejaba de morderse las uñas y cada vez se estresaba más. Tenía hambre, estaba cansada y necesitaba un buen baño.
«No sé en qué momento dije que sí los acompañaría. Esto no es para mí. Si el elefante nos hace algo, no la vamos a contar. Voy a regresarme sola; no me importa nada más», caviló Sofía. Mientras tanto, Víctor caminaba por los alrededores buscando una piedra puntiaguda para arrojársela al elefante. Los demás trataban de calmarlo con bromas, pero era inútil:
–No vamos a irnos hasta que esa cosa se mueva. No es posible. No puede ganarnos un lento y torpe animal de cuatro patas –decretó Víctor.
Pedro prefirió subirse al Jeep y, con los brazos cruzados y cara de decepción, no dejaba de quejarse y lamentarse por lo que estaba ocurriendo. En su psicosis, imaginaba que en cualquier momento algunos cómplices del guía aparecerían para asaltarlos. Estaba convencido de que el elefante era solo una trampa. Por todo lo que había pasado en su vida, sentía que el mundo conspiraba en su contra. Su lema, de hecho, era Piensa mal y acertarás. Le habían advertido que tuviera cuidado con los africanos porque eran muy astutos para engañar al turista. Sabía que ese dichoso show de los leones era demasiado bueno para ser verdad.
El guía trataba de persuadirlos para que retornaran al campamento. Y aunque ya eran tres los que querían regresar, los otros dos insistían en hacerle algo al elefante para poder continuar el recorrido. Deseaban solucionar el problema de alguna manera, pero no sabían cómo.
Trataron de asustarlo, le echaron el auto, le lanzaron de todo. El paquidermo seguía inmóvil, como hipnotizado. Lo peor era que no solo obstaculizaba el camino, sino que ni siquiera los dejaba ver qué había más allá. No sabían si el resto del trayecto estaba libre o si había otros animales obstruyéndolo también. En un lugar así nunca se sabe con qué se puede topar uno.
Nadie resolvía nada, nadie daba una solución real. Por el contrario, comenzaban a tener más conflictos entre ellos.
Quién iba a decirlo: habían obtenido valiosos resultados en la empresa, acumulado poder y escalado peldaños; eran extraordinariamente hábiles para hacer negocios, pero ahora estaban atrapados en plena África, y todo por un elefante que apareció cuando menos lo esperaban.
Este era un buen momento para dejar el ego a un lado y reencontrarse con ellos mismos. Debían hacer algo diferente. 

Tú, ¿qué hubieras hecho?
Imagina que estás en ese exótico lugar disfrutando de una invaluable experiencia después de haber triunfado en algún proyecto de tu vida. Todo parece como sacado de una película de fantasía. Y de pronto, un animal gigantesco se atraviesa en el trayecto.
¿Cómo te sentirías? ¿Qué pensarías?
¿Regresarías al campamento para pedir ayuda? ¿Harías hasta lo imposible para moverlo a como diera lugar? ¿Buscarías otra forma de continuar caminando? ¿Seguirías golpeándolo hasta que se fuera?
La historia de los cuatro viajeros y el elefante no es muy ajena a la nuestra. Ellos ya tenían claro el destino, pero todo cambió repentinamente.
Así funciona esto que llamamos vida. A veces, cuando uno está disfrutando del paisaje o en la travesía hacia determinado sitio, un elefante llega y todo se vuelve diferente. Nos cambia los planes, las prioridades; nos sacude, nos hace replantear objetivos.
Todos atravesamos por nuestros propios serenguetis. Son momentos de frustración, coraje, desánimo, miedo, resignación. La vida se transforma.
La hazaña de estos hombres parecía sencilla. La verdad es que lo único que había que hacer era quitar al elefante del camino en el menor tiempo posible para poder continuar el recorrido. Pero ¿cuáles eran los miedos que los bloqueaban? ¿Cuáles eran los costos que tenían que pagar? Probablemente, el elefante no se movería. O, por el contrario, en un descuido arremetería contra ellos para aplastarlos. No sabían a ciencia cierta qué estaba sucediendo.
Así llegan a nuestra vida los grandes elefantes: sin anunciarse, sin pedir permiso. Si no estamos preparados, nos toman por sorpresa. Son animales enormes a los que muchos les profesan respeto. Con decir que algunos hasta los consideran sagrados…
La primera vez que escuché referencias de los elefantes fue en mi niñez. Recuerdo una clase de la primaria en donde nos explicaron lo maravilloso de estos animales, la lentitud de sus movimientos en contraste con la fuerza de sus pasos. Pero ninguna explicación se acerca a lo que viví cuando realmente tuve uno enfrente; quedé sorprendido.
Algo que me llamó poderosamente la atención fue su gran tamaño y que en estado de furia sean capaces de destruir comunidades enteras. Pero en su estado normal es todo un deleite observarlos, ya que su forma de conducirse en su hábitat y la manera en que se comunican entre ellos son muy interesantes. Todo depende del momento en que se los encuentre y a través de cuál cristal se los observe.
Entonces, ¿qué representa el elefante?
¡El elefante simboliza tu crisis, problema o adversidad!
Es todo cambio crítico o complicado que no te deja avanzar, que no te deja crecer; esa situación difícil, ese momento inesperado, el fallecimiento de un ser querido, una enfermedad, una separación, una pérdida, pocas ventas, baja autoestima, rechazo, miedo, traición, despido; eso que nos quita la tranquilidad y genera angustia, depresión o inseguridad.
Pueden existir elefantes en cada área de nuestra vida: hay emocionales, financieros, físicos, mentales y hasta sociales. Unos son muy claros y concretos, y otros se camuflan entre la vegetación de la vida diaria.
Cuando las cosas ya no son como antes o como nos gustaría que fueran, es necesario detenerse a observar si hay algunos elefantes estorbando en el camino.
La buena noticia es que el elefante puede traer grandes enseñanzas a tu vida.
Un elefante, ¿enseñarme a mí?, te preguntarás.
¡Claro! Te lo explico con este caso real:

La vida que llevaba Julieta no era la que había soñado; sin embargo, no quería cambiar. Su mal carácter, su rencor y su baúl de prejuicios le impidieron atraer a una pareja o amigos verdaderos. Solía echarles la culpa al pasado, a que así la habían educado, y pensaba que no había posibilidad alguna de que las cosas fueran diferentes. Su economía no era la mejor, pero, como maestra, tenía lo suficiente para sobrevivir.
Julieta estuvo amenazando en diversas ocasiones con quitarse la vida hasta que una tarde de octubre, cuando sintió que ya no podía más, cumplió su promesa; murió en completa soledad y con muchos nudos por deshacer, círculos por cerrar y puertas por abrir. Fue una vida desperdiciada a causa de los desacuerdos y desencuentros de su mente con los demás, con el mundo; a causa de todos esos elefantes que se atravesaron en su camino. 
Conozco muchas julietas que tomaron la misma decisión cuando se toparon con un animal de estos. Algunas optaron por golpearlo, gritarle, quejarse de y con Dios. Después decidieron callar, reprimir lo que sentían y esperar a que se moviera. Fue en vano: el elefante siempre siguió allí.
| Cuando las cosas ya no son como antes o como nos gustaría que fueran, es necesario detenerse a observar si hay algunos elefantes estorbando en el camino. |
He visto caer a personas con valiosos proyectos por un simple elefante. He visto carreras devastadas por no poder superar o manejar uno de estos encuentros.
Por otra parte, he entrevistado a múltiples hombres y mujeres que han obtenido importantes logros en distintas áreas de su vida. En todos ellos detecté un factor común que determinó su éxito: supieron lidiar con sus elefantes en vez de quejarse amargamente de ellos.
Todo elefante puede llegar a ser positivo si así lo deseamos, pero sobre todo, si nos hacemos responsables de él.
No es muy sensato echarle la culpa a Dios cuando parece que la felicidad olvidó tocar nuestra puerta. No es una buena medida atribuir la falta de logros a que el país está en crisis, a que no recibimos suficiente apoyo o a que no hay demanda de nuestros productos o servicios. No se puede justificar el fracaso de una familia con el argumento de que las parejas ya no son como antes.
Todos esos aparentes resultados negativos provienen de un mal manejo de los elefantes. Algunos de ellos existen, pero otros solo están en el inconsciente. Lo cierto es que ambos son dañinos y estorban.
En otros casos he comprobado que no es que las personas ignoren cómo moverlos, sino que los perciben tan inmensos que, de entrada, se dejan apantallar y, por lo tanto, se paralizan, como si de pronto se desconectaran del instinto de supervivencia que puede ponerlos a salvo.
Esa es la reacción de mucha gente frente a algo que no puede resolver. Muchos pierden más tiempo y energía por esa actitud que por la misma crisis.
Estoy convencido de que hay momentos en la vida en donde decir «Ya basta» o «Ya fue suficiente» y tomar decisiones al respecto hace toda la diferencia.

Recuerdo la historia de Arturo, alguien que asistió a uno de mis seminarios. Para él todo marchaba aparentemente bien. Trabajaba en una compañía de seguros donde, entre sueldo y comisiones, su ingreso era más o menos considerable. Sus hijos estudiaban en universidades de prestigio; se consideraba un buen padre y mantenía una relación cálida con Rocío, su esposa, a quien amaba profundamente. De pronto, en un chequeo médico de rutina, a ella le detectaron cáncer, y todo se vino abajo.
La enfermedad fue un proceso doloroso; el final, aún más. Rocío falleció seis meses después del diagnóstico. Y aunque Dios le concedió a Arturo la gracia de pasar tiempo de calidad con ella y su familia, no se perdonaba no haber podido hacer nada para salvarla. Se peleaba contra todo y todos. De pronto el culpable era el doctor; luego, Dios; después, el destino.
Cuando entró a ese círculo vicioso, todo empezó a bloquearse y a salir mal: lo despidieron de la compañía, se refugió en el alcohol, sus hijos le hablaban cada vez menos… En una noche de soledad, se puso a llorar amargamente, harto y desesperado por no encontrar la salida de ese momento oscuro.
No nada más se sentía solo, sino traicionado por el mundo. No dejaba de preguntarse ¿Por qué a mí?
Después de unos años, con esfuerzo, voluntad y terapia, salió adelante y resurgió. Una vez, platicando con él, me dijo: «Creo que esto pudo haber sido muy diferente si yo hubiera tenido la información que tengo ahora. Me ha costado mucho trabajo evolucionar, pero quisiera contar mi experiencia a la gente para ayudarlos a acortar la brecha entre lo que les sucede y lo que pueden elegir y hacer para sentirse bien a pesar de ello. Ahora estoy seguro de que toda pérdida humana puede ser ganancia espiritual». 
Es común que escuchemos hablar de elefantes como estos todos los días y en cualquier lugar. El gran problema de Arturo se debió a que estaba condicionado, al igual que muchas personas, por la idea de que el mundo funciona a base de suerte, como si fuera un juego del destino. Todo cambió cuando tomó la situación en sus manos, después de ese «Ya basta».
Desde pequeños, a muchos se les ha inculcado que su vida siempre será obstaculizada por monstruos grises, y que Ni modo, no hay mucho que hacer más que aguantar porque así te toca.
Hasta los medios de información se encargan de advertirnos que hay una manada de elefantes asechando al país. Pueden tener algo de razón, pero hay quienes se enganchan tanto con esa idea que la asumen como su realidad en vez de cambiar su perspectiva y, así, no formar parte de las estadísticas.
Aquí surge una cuestión: ¿por qué algunos países y algunas compañías, grandes y pequeñas, resurgen mejor y con más fuerza que otras después de una crisis?
Existe algo que no todos ven, que muy poca gente observa, porque, de hecho, los elefantes tapan la visibilidad y obstruyen la mayor parte del camino. Eso es, justamente, lo más importante y lo que hace la diferencia: lo que hay detrás del elefante.
Me preguntarás: Bueno, David, ¿y qué es lo que hay? Eso lo descubrirás en los próximos capítulos. Tenme paciencia. Antes debes saber que así como el éxito deja pistas, los elefantes dejan huellas. Esas huellas son el resultado de la primera respuesta o decisión que tomas cuando llegan a tu camino. Todo se define en esos primeros minutos.
De hecho, el problema no es que los elefantes deambulen por el mundo; esos, siempre habrá, de todos tamaños, colores y aspectos. No solo se trata de saber qué hacer para que se vayan, para evitar que llegue una manada.
Lo importante es comprender que los elefantes no tienen alas, por lo cual es imposible que de pronto se vayan volando y desaparezcan como si nada hubiera pasado. Ese animal seguirá ahí si no hacemos algo productivo para que se mueva.
El andar del elefante es proporcional a nuestra capacidad para reaccionar. Hay que hacerse responsable con lo que experimentamos y capitalizar las lecciones que nos arroja cada elefante.
¿Cómo reaccionarías tú si de pronto se cruza un elefante en tu safari personal?
¿Qué costos tiene para ti, tu familia o tu empresa que sigas reaccionando siempre de la misma manera?
¿Qué puedes perder para empezar a ganar?
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