Kitabı oku: «Los lunes también son viernes»

Yazı tipi:



A Balbi, por enseñarme

a escuchar con el corazón.



ADVERTENCIA

Todo lo que leerás a continuación son ideas, estrategias y herramientas que han funcionado para enriquecer mi vida profesional y para continuar en la construcción de la mejor versión de lo que hago.

Las quiero compartir contigo; eso no quiere decir que todas ellas te vayan a servir a ti, pero estoy seguro de que de esta lectura saldrá algo positivo para ayudarte a ver el lado más divertido, más apasionado, más amable y más productivo de tu trabajo.

De cualquier manera, te advierto que este libro no sustituye ningún tipo de coaching, consultoría, mentoría o consejería laboral. O… tal vez sí.

ÍNDICE

PORTADA

CONTRAPORTADA

DEDICATORIA

CITAS

ADVERTENCIA

INTRODUCCIÓN. La mancha amarilla de los lunes

PRIMERA PARTE. SIGNIFICADO

1. ANTES DE QUE RENUNCIES

2. ¿PARA QUÉ TE LEVANTAS DE LA CAMA?

3. NO ERES STEVE JOBS

4. CUESTIÓN DE PERSPECTIVA

5. MERAKI

SEGUNDA PARTE. MENTALIDAD

6. NO VENDAS TALADROS

7. MINDSET

8. SALTA AL AGUA

9. CÓMO SÍ…

10. DOSIS DE BASURA

TERCERA PARTE. CONEXIÓN

11. CONECTA

12. PEQUEÑAS DIFERENCIAS

13. JEFES MALOS

14. VER, ESCUCHAR Y HABLAR

15. ESPÍRITU COLABORATIVO

CUARTA PARTE. COMPROMISO

16. QUE TE DUELA

17. REACCIÓN VS. RESPONSABILIDAD

18. LEARNABILITY

19. RITUALES

20. PRODUCTIVIDAD PERSONAL

QUINTA PARTE. TRASCENDENCIA

21. SENTIDO DE CONTRIBUCIÓN

22. HAZ-LO VALIOSO

23. RESIGNIFICAR

24. LIDERAZGO

25. HAY ALGO MÁS: TU LEGADO

FICHA SEMANAL

BIBLIOGRAFÍA

PÁGINA LEGAL

AUTOR

PUBLICIDAD LID EDITORIAL

INTRODUCCIÓN

LA MANCHA AMARILLA DE LOS LUNES

Pasamos más tiempo trabajando que haciendo cualquier otra cosa. No resulta lógico que el trabajo nos genere una experiencia desmotivadora y poco humana.

Laszlo Bock,

ex vicepresidente senior de

Gestión de personas de Google

Hay personas que odian los lunes. Sobre todo, por el regreso al trabajo.

Laborar en un lugar que detestas o al que simplemente no le encuentras sentido ni motivación suficiente es muy mal negocio. De verdad… no es nada redituable. Ni para ti, ni para la organización en la que estés. Mucho menos, si estamos hablando de tu propio proyecto.

Si supieras la cantidad de dinero, tiempo, energía, oportunidades y de salud que dejas escapar por hacer como que «medio trabajas» o como que «medio te gusta».

Hay infinidad de personas que se sienten desbordadas, desmotivadas, descorazonadas o desinteresadas (lo «menos peor»), sin hallarle siquiera un sentido lógico o trascendente a su trabajo. De esas que solo esperan el viernes para poder respirar un poco. Esto, sin duda, impacta en sus resultados, en su productividad, en su familia y hasta en su bienestar general.

Los años 2020 y 2021 fueron muy reveladores frente a ese enorme reto que sacudió a todos y que ni el futurista más competente habría predicho con exactitud. Para muchos, trabajar desde casa en plena pandemia representó un calvario, mientras que otros se sintieron muy cómodos. Lo que antes era una posibilidad estigmatizada, como laborar de forma remota o bajo un sistema híbrido, hoy ya es la forma común de operar de muchas organizaciones.

En estos años, la supervivencia de muchas empresas y emprendimientos en medio del caos solo fue un reflejo interno de la preparación frente a la crisis, así como de lo que cada dueño o colaborador había construido con anterioridad y que gestionaba regularmente con sus empleados.

Muchos que se encontraban en un limbo laboral continuaron ahí por meses, padeciendo cada minuto que pasaban encerrados entre cuatro paredes. Todos deseando que el tiempo transcurriera rápido y que el reloj marcara la hora de salida. Aunque para algunos fuera ir del escritorio a la cocina y de ahí a la sala de televisión.

Ahora tenemos interesantes desafíos. Vivimos en una época compleja. Hay que desarrollar nuevas compe­tencias y otros estilos de trabajar. Es momento de replantear las cosas, pero tenemos un grave problema para que esto ruede como debería: no a todos les agrada lo que hacen. Y muchos terminan sacrificando sus gustos y pasiones por diversos motivos, como la recompensa económica, por ejemplo. «Todo se vale por el sueldo», parecieran decir algunos. Por eso su energía está puesta en la llegada del tan ansiado fin de semana.

Por otro lado, hay buenas noticias. A lo largo de mi vida he conocido a la contraparte: a los que ansían los lunes para ir a trabajar. Ciertos seres, un tanto «extraños», que realmente disfrutan lo que hacen y que, no conformes con esto, se divierten. Y además lo hacen más allá de la paga que reciben, que también en la mayoría de los casos es buena.

Estos sujetos son difíciles de encontrar; forman parte de un bajo porcentaje de la población y no tienen una fórmula mágica ni le vendieron el alma a su jefe o a alguno de sus clientes. Nada de eso. Existen y claramente tienen una forma diferente de afrontar las cosas, desde el esfuerzo, la voluntad y la creatividad.

Picasso, el pintor y escultor español, decía:

«Hay personas que transforman el sol en una simple mancha amarilla, pero hay también quien hace de una simple mancha amarilla el propio sol».

Me encanta la metáfora de Picasso, desde una visión laboral. Cada lunes, tienes la decisión de observar tu empleo de dos maneras: por un lado, puedes percibirlo simplemente como una burda mancha amarilla en una pintura. Imagínatela fea, compleja, deforme, incómoda y pesada de ver. Por otro, si miras detenidamente esa mancha y descubres sus bondades, aquella puede ir evolucionando hacia una figura amarilla un poco más amigable. Incluso, con el tiempo, poco a poco y si así lo decidimos, esa mancha amarilla (o ese trabajo) puede transmutarse ¡en un brillante sol de viernes por la mañana, todos los días!

Un gran ejemplo es lo que sucedía en la Edad Media, cuando a los artesanos principiantes se les exhortaba a elaborar su magnum opus (obra maestra), con la finalidad de que dichos aprendices obtuvieran no solo mayor reputación y reconocimiento, sino además el derecho para elaborar sus propias obras y venderlas en su taller, así como el de adoctrinar a otros.

Me queda claro que tanto para ellos como para Picasso y para los artistas de nuestros días, el verdadero arte es el de conseguir observar, dentro de las manchas amarillas que surgen a diario y que están al alcance de todos, la belleza y la armonía de esos soles cálidos y brillantes que pocos alcanzan a vislumbrar. En otras palabras: lo que dejas de hacer o haces con tu trabajo es la ligera diferencia entre una vida laboral opaca y la versión brillante de la misma. Entre detestar los lunes a disfrutarlos tanto como los esperados viernes.

Eso que estos extraños «artesanos» saben: el «secreto» del doble empleo. Por un lado, el que eligieron o que les fue asignado, y por otro, el que reinventan cualquier día de la semana. Así lo asumen y así lo deciden. Son los que de verdad moldean una obra maestra en sus profesiones y negocios. Justo de esto se trata Los lunes también son viernes.

Seas un CEO o un freelancer. Trabajes desde el sillón de tu casa o en un corporativo. Seas un emprendedor o un reconocido inversionista. Un vendedor o un gerente de mercadotecnia. Estés lanzando una startup o seas colaborador en el negocio de la familia. Con un lenguaje directo, relajado y sin paja, en este libro encontrarás ideas para recuperar y resignificar la pasión que necesitas para ponerle corazón a todo lo que emprendas en el mundo laboral.

En tu lectura, conocerás un sencillo, pero a la vez práctico y útil modelo: un pentágono que al aplicarlo en lo que haces, seguramente revolucionará la forma en la que esculpes tu trabajo.

Cinco valiosos elementos integran este pentágono a prueba de balas, en este nuevo paradigma laboral al que nos enfrentamos.

Los lunes también son viernes igualmente te ayudará a disminuir veinte rayitas a las expectativas y a la fantasía del empleo de tus sueños, para que así accedas a la posibilidad de lo que SÍ está en tus manos modificar o gestionar. De esta manera, lograrás darle otra definición a tu profesión y podrás hacer el negocio de tu vida. Uno en donde verdaderamente disfrutes y ganes no solo dinero, sino además vida.

Deseo que la pases tan bien al leer este libro como yo disfruté al escribirlo, y que descubras que los lunes… también tienen su encanto.

David Montalvo


CAPÍTULO 1

ANTES DE QUE RENUNCIES

Todo hay que volver a inventarlo... el amor no tiene por qué ser una excepción.

Julio Cortázar,

escritor argentino

El trabajo perfecto no existe: esto es algo que he venido predicando con el tiempo. De verdad, no existe. Y si alguien te dijo lo contrario, quiso verte la cara. Por más «ideal» que sea nuestro empleo, tarde o temprano, algunos días (incluso muchos viernes) nos fastidiará la alarma del despertador que suena cada mañana o la junta por Zoom que pudo haberse evitado con un mensaje por correo electrónico.

Solo basta con que te observes frente al espejo «hecho garras» al despertar después de una larga jornada que incluyó unas horas de desvelo. Claro, cuando se suponía que ya ibas a descansar, para resolver los «impostergables» pendientes. Nada cool para la mejor selfie de tu vida.

Tampoco es para culparnos. A muchos nos ha molestado escuchar todos los días la extensa lista de urgencias del jefe o incomodado ese cliente que exige mucho, que quiere pagar poco y que todavía se queja. Muchos hemos aguantado cargas extenuantes con una sonrisa permanente de oreja a oreja.

Yo he estado ahí. Sé lo que se siente despertar en la madrugada con la mente a todo lo que da, preguntándote si lo que estás haciendo realmente es lo que deseas hacer el resto de tu vida. (Y más cuando hay varias deudas revoloteando alrededor de tu cabeza y de tus ingresos.) Muchas veces eso ocurre porque el enfoque solo está en el fastidio de lo que no nos gusta. Y queremos tirar la toalla.

Insisto, no hay que sentirse culpable por ello. Más si entendemos que nuestro cerebro está diseñado para sobrevivir, para protegernos, para lograr lo más indispensable. En otras palabras, para llegar a fin de mes y poder pagar nuestras cuentas pendientes y darnos uno que otro gustito.

Chris Guillebeau, en su libro Born for this menciona que el trabajo ideal tiene que ver con el tridente «dinero, alegría y fluidez». Y aunque, por supuesto, son puntos de suma importancia, creo que hay momentos donde se requiere un poco más que eso.


Muchas veces estamos tan estancados, tan agobiados y tan estresados, que lo último que queremos es darle los buenos días a Esther la de recepción o reírte de los chistes malos de Francisco, el del área comercial. De llegar a las metas y objetivos ni hablamos. Simplemente queremos sacar la chamba y listo. Ya sea para cobrar esa factura que enviamos semanas o meses atrás o para recibir un sueldo que nos otorgue tranquilidad, así sea por un rato.

Me cuesta mucho creer que podemos ser completa y absolutamente felices SIEMPRE en la oficina. Y vaya que te lo dice alguien a quien contratan para transmitir inspiración al personal de las organizaciones. Sí. A veces no dan ganas y punto. Y está bien.

En la película Soul (Disney Pixar) también lo plasmaron de una forma muy honesta: «Estamos en el negocio de la inspiración, Joe, pero no es común sentirnos inspirados». Wow. Vaya, hasta a Batman lo hemos visto en medio de una crisis existencial para renunciar a su «empleo» de salvaguardar Ciudad Gótica. Y si no lo crees, «pregúntale» a Garrick en el famoso poema «Reír llorando» de Juan de Dios Peza.

EL QUINCE POR CIENTO

Según el estudio State of the Global Workplace, publicado por Gallup en 2017, solo el 15 % de los trabajadores a nivel mundial está verdaderamente comprometido y conectado con su trabajo. Por lo tanto, cualquier persona que pertenezca al abrumador 85 % restante puede estar dentro de alguno de los siguientes escenarios:

1 Es infeliz con lo que hace.

2 Ya se fastidió. Ya se cansó.

3 Lo ahogó la rutina.

4 No se siente valorado.

5 Se limita a cumplir con sus tareas diarias.

6 Padece estrés constante.

7 Le gusta, pero no le apasiona. Y le da pereza buscar otra opción.

8 Su jefe es insoportable.

9 Es lo que le tocó. Es en donde lo contrataron.

10 Se frustra por no tener los suficientes retos u oportunidades.

11 Vive ansioso al no tener las suficientes habilidades.

12 Solo está por la paga.

¿Cuál será el problema? No sé si es por demasiada presión o poca motivación. Si no hay incentivos suficientes o si hay pésimos responsables de recursos humanos. Puede ser también por las malas prácticas, la negatividad de algunos, la ausencia de cultura organizacional o incluso la falta de compromiso. Creo que es un poco de todo. Lo único de lo que estoy convencido es de que tu trabajo, ya sea que lo hayas elegido con todas las ganas y el entusiasmo o porque «era lo que había», no tiene ni debe ser una carga o una maldición necesaria.

Se oye muy cursi, pero de verdad:

– Trabajar es una bendición.

– Es dignificar tu humanidad.

– Es ofrecer una parte de ti al mundo.

– Es compartir tus dones y talentos a la sociedad.

– Es heredar un legado.

– Es una forma de darle sentido a tu existencia.

Estoy convencido de que existe un enorme porcentaje de influencia sobre lo que tú haces o dejas de hacer cada día en tu empleo. No son los incentivos, los aumentos, las promociones, las comisiones, el jefe compasivo, ni el que te motiven, lo que verdaderamente hace la diferencia entre tu felicidad y tu infortunio laboral.

Algo diferente e inteligente estará haciendo ese 15 % que el restante 85 % dejó olímpicamente de lado. Como dijo Stephen Covey, autor de Los 7 hábitos para la gente altamente efectiva:

«No soy producto de mis circunstancias. Soy producto de mis decisiones».

MERCEDES

«Quiero renunciar, no puedo más con mi trabajo», me dijo Mercedes a la mitad de uno de mis seminarios. Tenía un notable puesto como directora regional de una importante empresa farmacéutica. Pero no era suficiente.

Estaba desesperada. Su cara lo decía todo. Se desbarrancó en un burnout total. Había estado tan inmersa en su trabajo que acabó abandonándose a ella misma. Padecía ataques de ansiedad, se sentía estresada y vulnerable. El insomnio era el pan de todos los días. La comunicación con la persona a quien solía reportarle ya estaba muy desgastada. Vivía con su madre y la relación no era muy buena. Tener pareja ya era un lujo inalcanzable.

Conforme fuimos platicando, me compartía algunos eventos que habían sucedido en su vida personal y que ahora afectaban su desempeño, además de otras cosas que había dejado de hacer y otras tareas que no había aprendido a delegar. En fin, era toda una telaraña en donde nada fluía bien. La conclusión de Mercedes era que su problema no era propiamente su trabajo per se, sino la forma en que ella lo estaba gestionando.

«Las cosas no cambian; cambiamos nosotros», expresó el escritor y filósofo estadounidense Henry David Thoreau.

Y tenía razón. Y no, no te estoy invitando a que te quedes donde estás… con todos tus problemas, con la falta de resultados, con tus jefes difíciles, adversidades y situaciones tóxicas. Para nada. Como dije al inicio: en tu trabajo, está bien de pronto sentirte agotado, cansado, harto, ojeroso y sin ilusiones. Es más, eso te ayuda a analizar el terreno en donde estás parado. Tal vez abandonar o renunciar pudiera ser la opción para ti. Pero antes de que te rindas, te quiero pedir un favor. El mismo que le pedí a Mercedes: asegúrate de revisar tu estrategia y de enfocarte en hacer cosas como:

 Conocer tu rol dentro de tu organización, tus alcances y tus límites.

 Ser sensible frente a las necesidades de tu equipo.

 Tener claro tu propósito y para qué haces lo que haces.

 Ser institucional, sin victimizarse ni buscar culpables.

 Ser leal a la confianza que te han otorgado.

 Ser flexible frente a los cambios y nuevos retos que se te presenten. Aprender a delegar.

 Comunicarte de forma asertiva con tus colaboradores y jefes.

 Resolver cualquier asunto o conversación pendiente.

 Trabajar con una mentalidad de éxito y una actitud positiva.

 Poner tu máximo nivel de esfuerzo en tus actividades.

 Involucrarte activamente en una causa social.

 Tomar las decisiones correctas, basadas en el impacto positivo al negocio, al equipo, a los socios y, por supuesto, a tu vida.

 Tener un plan de desarrollo y crecimiento.

 Entrenarte en tus áreas débiles o que requieren mejora.

 Conocer la visión, las metas, los objetivos y los valores de tu empresa.

 Haber leído todos y cada uno de los capítulos de este libro (ya que andamos en eso).

Sí, sé que puede leerse como «mucho rollo». Veamos lo que piensa el consultor de negocios Peter F. Drucker, quien lo mencionó de otra manera:

Vivimos en una época de oportunidad sin precedentes: si se tiene ambición e inteligencia, se puede llegar a la cima de la profesión escogida, sin importar dónde se comenzó.

Pero con la oportunidad viene la responsabilidad. Las empresas de hoy no están gestionando las carreras de sus empleados; los trabajadores del conocimiento deben, en la práctica, ser sus propios CEO. Depende de cada uno abrirse un lugar, saber cuándo cambiar de rumbo y mantenerse comprometido y productivo durante una vida laboral que podría abarcar unos cincuenta años.

Todo esto implica el primer elemento del pentágono que te propongo: SIGNIFICADO.

Darle nombre y apellido a lo que hacemos nos coloca en una posición mucho más favorable e incluso hasta más rentable. Estas personas tan inhabituales de las que hablaba el visionario Drucker y que, además, disfrutan su trabajo, saben que el empleo perfecto no existe, pero que dentro de esa imperfección, al colocar los ingredientes precisos y el significado correcto, pueden diseñar el trabajo que desean.

EL MEJOR TRABAJO DEL MUNDO

Antes de curar a alguien, pregúntale si está dispuesto a renunciar a las cosas que lo enfermaron.

Hipócrates,

médico griego

Cuando firmas tu contrato, decides entrar a una organización o aun al iniciar un nuevo negocio, realmente estás aceptando tener dos empleos, como lo comentaba al introducir el libro. El primero es el que aparece en tu hoja de rol y de responsabilidades. Es al que te comprometiste con tu jefe o con tu socio a cambio de una remuneración económica. Y el segundo y más importante, como decíamos, es el que tú creas todos los días, desde que te despiertas, con base en tus decisiones. Por eso, antes de que renuncies, pregúntate si realmente estás diseñando el mejor trabajo del mundo o estás padeciéndolo debido a las circunstancias.

De verdad, los lunes no son tan difíciles como parecen.

CAPÍTULO 2

¿PARA QUÉ TE LEVANTAS DE LA CAMA?

La gente no te compra lo que haces, sino por qué lo haces.

Simon Sinek,

autor de Start with why

Un día en tu vida: suena el despertador. Sacas la mano y tratas de apagar la fastidiosa alarma de tu celular. Te vas moviendo un poco. Estiras los brazos, mientras torpemente vas abriendo los ojos. Te acomodas un poco y vuelves a tomar tu teléfono para revisar las notifica­ciones acumuladas. Y es ahí, justo ahí, en ese preciso momento, en donde habría que hacerse la primera pregunta del día que, por supuesto, comprende una decisión: ¿para qué te levantas de la cama? ¿Para qué haces lo que haces? ¿Por qué no quedarse todo el día, entre sábanas, viendo series?

Seth Godin hace algunos años publicó un post en su blog en donde marcaba las ocho principales razones, en orden de importancia, por las cuales nos despertamos para ir a trabajar:

– Por el dinero.

– Por el desafío.

– Por el placer o la vocación de hacer nuestro trabajo.

– Por el impacto que puede tener nuestro trabajo en el mundo.

– Para construirnos una reputación dentro de nuestra comunidad.

– Para resolver problemas interesantes.

– Para ser parte de un grupo y experimentar la solución de tareas.

– Para sentirse apreciado.

Salvo la primera razón, probablemente el orden de las mismas ha ido cambiando con el tiempo.

Teóricos como Maslow, Herzberg, Locke, Vroom, Alderfer y McClelland, por mencionar algunos, han estudiado los principales motivos por los cuales las personas tienen determinados comportamientos, permanecen o desisten de su empleo. Algunos hablan del salario, condiciones laborales o relaciones sociales, y de las necesidades o las expectativas; otros se van más hacia el poder, la consecución del logro y del reconocimiento.

Como soy un poco curioso, fui a mis redes sociales y les pregunté a mis seguidores: ¿para qué haces lo que haces?, ¿qué te hace levantarte cada mañana? Obtuve todo tipo de respuestas, pero no muy diferentes a las que mencionaba Seth Godin o alguno de nuestros amigos teóricos: «lo hago por mis hijos», «para pagarme una carrera universitaria», «para no defraudar a mis padres», «para darle seguridad a mi familia», «para realizarme», «para satisfacer mis necesidades», incluso «para dejar huella», decían algunos. Me levanto «porque hay que hacerlo», «porque si no voy, no me pagan», «porque es lo que toca», «porque hay un pájaro molesto que no me deja dormir», decían otros.

Sea cual sea tu razón, está bien. Incluso si está asociada a una cuestión económica. Vaya, querer percibir un ingreso o tener una mejor calidad de vida para ti y para tu familia no te hace mejor o peor persona. Así funciona el sistema.

Cada quien sabrá sus propios intereses y aspiraciones. Pero, de cualquier manera, siento que esos argumentos son muy «cómodos» y que no deberían ser los únicos para levantarse por la mañana. Sobre todo, pensando que es demasiado tiempo el que pasamos trabajando. Una media de 45 años de tu vida. Incluso si formas parte del club de La semana laboral de cuatro horas, como reza el título del libro de Tim Ferriss, o vives como nómada digital. De verdad, son muchas horas invertidas en ello. Qué mejor que darle un sentido aún más trascendente, con SIGNIFICADO.

Todo tu día cambia cuando despiertas por una razón que hace palpitar tu corazón.

CONOCER TU PARA QUÉ

El ensayista y narrador Sergio Sinay, en su charla en TED «¿Para qué trabajamos?», lo expresa de forma muy clara: «El trabajo ocupa, en el más prolijo de los casos, en el más ordenado de los casos y en el más legal de los casos, la tercera parte de nuestra vida de adultos».

Trabajamos, trabajamos y trabajamos. Y el principal motivo para casi todos es el ganarse la vida, dice Sinay. Él mismo cita al poeta y filósofo alemán Novalis:

«La vida no es algo en sí mismo. En realidad, la vida es una oportunidad para algo».

Alguien en alguna parte del planeta se está beneficiando o dejando de beneficiar de lo que haces o has dejado de hacer. No importa si eres jardinero, cajero de un banco, operario en una fábrica, publicista, administras un pequeño comercio o diriges una enorme compañía.

¿Por qué sonríen tus clientes? Dale una revisada a lo que estás haciendo tú para que ellos reciban algo que antes no tenían. Eso tiene que ver con tu para qué. Tu para qué es lo que te hace dar un brinco cada mañana para iniciar la jornada. Tu para qué es lo que te invita a seguir siendo una mejor versión. Cuando en tu trabajo está involucrado tu para qué, piensas que incluso lo harías gratis.

Lewis Garrad, socio de la consultoría Mercer en Singapur, afirma que: «Las personas tienen más probabilidades de prosperar y crecer en un trabajo cuando piensan que tiene alguna razón de ser. Esta es la razón por la que las empresas con un sentido de propósito más sólido y claro tienden a tener un mejor rendimiento financiero». Es algo que revolotea en tu interior. Y que, aunque quieras, no lo puedes callar. Conocerlo es una bendición. No tener idea puede ser la antesala del hartazgo. Si le preguntas a un médico su principal motivo para levantarse de la cama (su para qué) no es el de ir a dar una consulta o a realizar una operación, es más bien poder sanar y ayudarle a otro ser humano a que viva mejor. Lo mismo con un docente, cuyo para qué no es impartir una asignatura, sino compartir ideas para generar una transformación en sus alumnos y que ellos puedan hacer lo mismo con los demás.

Tu para qué no tiene que ser necesariamente tan inspirador y romántico. En las mejores épocas de Apple era algo tan simple (pero provocador) como «desafiar el statu quo».

Blanca, por ejemplo, cuando era joven y después del divorcio de sus padres, observaba cómo su madre llegaba muy tarde a su casa. Ella batallaba económicamente para sacar a su familia adelante. Trabajaba a marchas forzadas para lograrlo. Le costó sudor y lágrimas. Este testimonio la dejó tan marcada, que se hizo una promesa: ayudar a que el mayor número de mujeres que han pasado por una separación logre mejorar sus finanzas. Eso se convirtió en su para qué.

¿Cómo encontrar tu para qué en tu propio trabajo?

Lo primero es indagar si tu empresa ya tiene uno, el cual puedes también ir adoptando como tuyo y adaptando para tu realidad. En caso de que no sea así, algo que funciona para descubrir tu propósito es pensar en la última persona que se beneficia de tu trabajo. ¿Qué problema le estás solucionando?

No importa qué eslabón eres en la cadena de la organización. Piensa en ese cliente final. Ponle cara, nombre, apellido y situación actual. No importa si la empresa en donde laboras vende servicios o productos. Si comercializan cosméticos de belleza, autos, suplementos, blocks de construcción o tuberías. Justo esto lo decía en una conferencia para un grupo inmobiliario: «No están vendiendo casas en un fraccionamiento. Están creando una comunidad».

Trabajar así es muy, muy diferente.

El para qué de estos asesores inmobiliarios podría estar enfocado en ese padre de familia que, entusiasmado e ilusionado, le lleva la noticia a su esposa de que por fin ¡tienen una casa! También ayuda crear una lista de tus posibles para qué. Esos que te conectan con lo mejor de ti, que te retan y que hacen latir tu corazón. Quédate con el que más te hace vibrar. Que sea tu motor para decir: ¡venga, vamos a levantarnos de la cama!


CAPÍTULO 3

NO ERES STEVE JOBS

Es totalmente normal y no es algo malo, el no saber qué quieres hacer con tu vida. Deja de preocuparte y empieza a construir con la esperanza de que lo acabarás averiguando. Seguro que lo encontrarás. Y una vez que lo encuentres, estarás contento de haber desarrollado habilidades y recursos, de haberte hecho amigo de personas excepcionales y de haber hecho cosas buenas.

Sebastian Marshall,

fundador de Ultraworking.com

Si todavía no tienes idea de cuál es tu para qué, no te me estreses mucho. Está bien y se vale no saberlo todavía. Tal vez este capítulo te dará un poco de claridad al respecto. Pero antes, un breve recordatorio: no eres Steve Jobs.

Creo que el mundo (sobre todo las organizaciones) necesita menos personas tratando de imitar a Steve Jobs, a Kamala Harris, a Lady Gaga o a Jeff Bezos (o al afamado personaje que me digas), y más invirtiendo en ser la mejor versión de ellos mismos. Requerimos más Sofías, Karlas, Juanes y Pedros convencidos de lo que hacen y ejecutando acciones concretas, en lugar de remedos de buenas intenciones de otros emprendedores exitosos.

Lo más probable es que ya hayas escuchado sobre el famoso concepto ikigai (te recomiendo que busques el libro de Francesc Miralles y Héctor García: IKIGAI. Los secretos de Japón para una vida larga y feliz). No, no es un tipo sushi o una excentricidad oriental. Ikigai es una palabra milenaria; viene del Japón y parte de los vocablos ki (), que significa «vida», y kai (), que significa «la realización de lo que uno espera y desea». Una aproximación en su traducción sería «la razón de vivir» o «la razón de ser».

En términos occidentales, el ikigai se ha traducido como la composición de cuatro áreas que se conectan:

Tu pasión: lo que amas hacer.

Tu misión: lo que el mundo necesita.

Tu profesión: aquello que te hace generar dinero.

Tu vocación: en lo que eres bueno.

La intersección de los cuatros puntos es tu ikigai, una vía práctica para descubrir tu propósito.

El propósito es justo lo que sigue después de saber para qué te levantas de la cama. Es una manera de darle forma al significado y de materializar lo que sueñas y lo que quieres compartirle a los demás.


Fuente: Tomado de dreamstime, con traducción de Buendiario.com

Es importante que los cuatro pilares estén involucrados para que haya un equilibrio. Sin pasión ni misión, no hay realización ni plenitud, y sin profesión o vocación, no hay prosperidad ni trascendencia.

Según los japoneses, sobre todo en la isla de Okinawa —que no está de más decir que destaca por ser una comunidad muy longeva—, todos, sin distinción, poseemos un ikigai interior que hay que explorar y encontrar.

El ikigai es único, personal e irrepetible. Es el camino para poner tus dones y talentos al servicio de los demás, con el noble fin de hacer de este mundo un mejor lugar donde vivir.

«No busques fuera y lejos lo que está cerca y dentro», dijo el monje Thich Nhat Hanh.

TU PROPÓSITO Y TU TRABAJO

Mi querida amiga y experta en empoderamiento femenino Luana Mor dice: «La desconexión con nuestro propósito es una patología normalizada». Muchos están tan desconectados que ni siquiera se dan cuenta de todo lo que se están perdiendo. Creo profundamente que es posible —y además deseable— llevar diariamente en el backpack de tu vida: tu pasión, tu misión, tu vocación y tu profesión.

Tu ikigai y tu ejercicio laboral no tienen por qué ir en sentido contrario. Algunos creen que si están en «un mal trabajo», no hay forma de tener propósito. Aclaremos esto: tu propósito va más allá del empleo que tengas actualmente.

Ganes lo que ganes, hagas lo que hagas, trabajes en donde trabajes, tu propósito no es negociable.

Ahora bien, más que forzar a que tu trabajo cumpla con los cuatro ejes del ikigai, observa primero si tú realmente los estás poniendo en acción. Y si no es así, revisa qué cambios puedes hacer en tus actividades actuales.

Pepe, un gerente de recursos humanos, estaba desconectado de su ikigai, hasta que descubrió que su verdadero propósito era el de acompañar a otras personas para conseguir sus metas financieras. Eso lo pudo lograr a través de nuevos procesos de capacitación que él mismo diseñó junto con su director. Pepe no solo se alineó más a su propósito, sino que además le resultó más productivo a la compañía.

¿Cuándo llega el propósito?

A cualquier edad es preciso un propósito en la vida. Es la mejor cura contra muchos males.

Isabel Allende,

El amante japonés

Tengo la fortuna y la bendición de trabajar en lo que me apasiona desde hace más de veinte años. Y no estoy tan viejo, solo empecé un poco temprano. Descubrí mi propósito siendo muy joven. Por un lado, fue un regalazo, pero por otro, un desafío significativo. Me costó incertidumbre, dudas y temores saber si estaba en el camino correcto.

Muchos amigos y familiares dudaron sobre si sería una posibilidad concreta para dedicarme a aquella actividad y, además, si sería una fuente real generadora de recursos, y lo cuestionaron hasta cansarse. Incluso mis propios padres (aunque, claro, nunca faltan los que siempre apostaron por mí. Gracias totales a todos). Pero al toparme con mi propósito, ya no podía ser indiferente. Ya no me podía escapar, o al menos elegí no hacerlo.

Sin embargo, soy consciente de que no a todos les sucede igual. Algunos lo conocen desde muy temprana edad, mientras que otras personas se lo empiezan a cuestionar apenas al momento de jubilarse. Hay que darse el tiempo para ese trabajo interior, de exploración constante, para que se vaya revelando según avanzamos en la vida. Sin presionar ni exigir el resultado inmediato.


El propósito puede cambiar

Lo que hoy te motiva, quizás mañana deja de hacerlo. Las prioridades cambian. Considera que el propósito puede moldearse por diferentes circunstancias, ya sea por la misma edad, por experiencias vitales o simplemente por nuevos deseos e intenciones en el corazón.

No por eso vamos a dejar de buscarlo. Siendo muy honesto, el propósito que descubrí a mis 17 años, sin duda, ha tenido modificaciones, variaciones y alteraciones con el tiempo. No es exactamente el mismo que tengo ahora. Y no creo que sea igual al que tendré dentro de tres décadas.

Cambian los planes, cambia la vida, cambia tu propósito. Nuestra flexibilidad será clave en el proceso.

Hay que poner atención también a las decisiones que tomamos, en referencia a lo que nos inspira y a lo que nos detiene. Siempre que inicies un proyecto, una relación laboral (y hasta personal), una meta, un sueño o un objetivo, pregúntate si tiene corazón, si palpita, si te conmueve. Pero, sobre todo, si te está llevando al mejor lugar para manifestar tu propósito o si, por el contrario, te está alejando de él.

Recuerda lo que escribió Mark Twain:

«Hay dos días importantes en la vida. El día que naces y el día que descubres para qué has nacido».

CAPÍTULO 4

CUESTIÓN DE PERSPECTIVA

Cuando alguien encuentra su propósito, también encuentra el camino. Cuando pierde el propósito, también pierde el camino.

John C. Maxwell,

escritor estadounidense

Muchas oficinas o espacios de trabajo están llenos de quejas y de frustración. Y entiendo que esos ambientes se van creando por la misma carga en la operación, que puede ser pesada, compleja o monótona.

Aunque ya sabemos que tener un empleo no es andar entre nubes de algodón y unicornios multicolores, tampoco tiene porque ser un castigo divino. Vaya, a veces hay problemas, pero no todo es tan malo como muchas veces parece. También los lunes tienen su encanto.

En la carretera, de vez en cuando hay que parar para descansar un poco, cargar baterías e incluso disfrutar del paisaje. Lo mismo pasa con el trabajo: también es bueno hacer un alto y revisar cuáles son las cosas buenas que tenemos dentro de todo ese ajetreo y estrés constante.

De pronto nos volvemos incapaces de ver las cosas buenas porque la agenda, la rutina y el mismo ritmo de la vida nos van alejando, nos van cegando. Francesc Miralles, el mismo autor del libro Ikigai, en su cuento «El jardinero de haikus» lo dice de forma sutil pero contundente:

David reflexionó un poco y luego añadió:

—Pero hay muchos instantes en los que no sucede nada bello ni remarcable.

—¿Ah, sí? ¿Cuáles son esos instantes?

—Momentos en los que estás aburrido, agobiado o demasiado cansado para pensar en nada.

—Me estás hablando del observador, no de lo observado. Que tú estés aburrido, agobiado o cansado no significa que el mundo sea así. Solo tienes que lavarte los ojos con agua cristalina y volverás a ver la poesía en cada cosa.

¿Qué «poesía» has dejado u olvidado ver? Hay cosas que probablemente antes eran trascendentales y valiosas, y ahora simplemente pasan inadvertidas. Como quien dice: «Es que antes todo era mucho mejor…», cuando en el fondo tal vez solo es distracción o desen­foque y se pierden el goce de disfrutar muchas fotografías del presente.

Todo es cuestión de perspectiva, del aderezo que tú le pongas. Esto también incluye los cierres de mes, los pagos a proveedores y de impuestos, las juntas interminables o las peticiones «para ayer» de tu jefe o de tu socio. Si haces una lista con al menos diez cosas que puedas agradecer de tu trabajo HOY, tendrás buen material para cargar pilas.

Piensa un poco, sin duda hallarás algo: ese compañero que te contagia con su entusiasmo; cada vez que observas a ese cliente satisfecho; alguna lección recibida; la oportunidad de viajar, de conocer gente nueva; la confianza frente a algún reto; el delicioso aroma del café por la mañana.

Hacer esto es darle un SIGNIFICADO a lo que hacemos. Es poder darnos cuenta de que en la sumatoria final siempre habrá más bendiciones que problemas. Y aunque eso no justifica que haya situaciones por resolver o por afrontar, que pueden ser cansadas o desgastantes, sí nos da la pauta para encarar nuestros días de forma diferente.

Seamos observadores y pregoneros de cosas buenas.

Cuando vayas a la mitad del camino y te encuentres desmotivado, recuerda la razón por la cual diste el primer paso y el precio que pagaste para avanzar. Ahí encontrarás la energía y el impulso necesario.

LA PRIMERA VEZ

No olvidéis nunca que el momento más importante de un acto es su principio, el cual da la señal para que se desencadenen las fuerzas; luego estas no se detienen en el camino, sino que van hasta el final.

Omraam Mikhaël Aïvanhov,

filósofo búlgaro

Me gustan las historias de amor, sobre todo esas que permanecen vivas con el paso del tiempo, a pesar de los infortunios. En mis eventos suelo hacerle una pregunta a la audiencia: «¿Quién es la persona que lleva más años de casado?».

Algunos dicen 15, veinte, cuarenta años. A quien haya resultado «ganador» le vuelvo a preguntar: «¿Y cuál es el secreto para lograrlo?». Surgen todo tipo de respuestas. Muchas de ellas sinceramente me conmueven. Después de eso, llevo a todo el público a que recuerde esa primera vez en la que dijeron: SÍ, ACEPTO. En la que se comprometieron con su pareja. Luego, a que traigan a su mente justo ese instante en el que los contrataron o iniciaron su negocio. Suele ser igual de conmovedor.

Recuerda tu primera vez en tu empresa. Lo que pensabas y lo que sentías. Tal vez había entusiasmo, miedo, incertidumbre, emoción, ganas de comerte el mundo. No importa si llevas seis meses o 35 años haciendo lo que haces. Siempre es importante recordar esa primera vez. Y ojo. No para deprimirnos o para aferrarnos a lo que ya fue. Es más bien una visualización creativa de algo que ya experimentamos, que nos sirve para tomar los recursos que necesitamos en el presente.

Reflexiona en lo que hacías en ese tiempo, eso que te funcionaba y que ahora probablemente has dejado de hacer. En palabras de Juan Mateo: «El reto está en inventar nuevas pasiones y recuperar viejas costumbres».

Cambiar de enfoque


Tal vez te parezca muy romántico el tener claro tu para qué, tu ikigai, tus motivos, tus razones y esa primera vez, por lo cual haces lo que haces. Pero la verdad, más allá de su parte inspiradora, esto también tiene un lado sumamente práctico y redituable. Aquello en lo que pones tu atención, crece y se desarrolla. Sea bueno o malo.

Ramón, jefe de almacén de una empresa neozelandesa con planta en México con la que estuve colaborando hace algún tiempo, tuvo la brillante idea de tener una especie de pizarrón en su lugar de trabajo. En él compartía una frase de motivación diferente cada día y además invitaba a que sus compañeros también lo hicieran.

Su intención no era escribirla por escribirla: su idea principal era que pudieran generar conversaciones diferentes entre ellos. Y a raíz de esto surgieron cosas maravillosas, no solo en la propia integración del grupo. Uno de ellos me llegó a comentar lo agradecido que estaba con esta iniciativa, ya que cada vez que iniciaba su turno era como recibir un boost de optimismo para la jornada.

No es ponerte una venda en los ojos. Es solamente colocar la mirada en lo que te ayude a crecer. Es observar más allá de la rutina despertarse-trabajar-comer-trabajar-dormir. Como sostenía el autor de El Principito, Antoine de Saint-Exupéry:

«Si quieres construir un barco, no obligues a la gente a recoger madera ni les asignes tareas y trabajo, mejor enséñales a anhelar la infinita inmensidad del mar».

Enfoca positivamente lo que haces y descubre la grandeza de lo que estás creando diariamente con tu trabajo.

CAPÍTULO 5

MERAKI

¿Y qué es trabajar con amor? Es tejer la tela con los hilos sacados de vuestro corazón, como si vuestro bienamado debiera vestirla. Es construir una casa con afecto, como si vuestro bienamado debiera habitar en ella. Es sembrar granos con ternura y recoger la cosecha con alegría, como si vuestro bienamado debiera comer sus frutos. Es poner en todo lo que hagáis un soplo de vuestra propia alma.

Khalil Gibran,

El profeta

Conocí a Grace cuando impartí varios entrenamientos a los equipos de una empresa de telecomunicaciones. Ya son más de 15 años los que ella ha compartido con la organización. Al inicio, comenzó escalando diferentes niveles. Después Grace se estancó un poco. El fantasma de la rutina y del aburrimiento apareció y, por ende, bajó su entusiasmo.

Aunque se encuentra laboralmente estable, y muy a pesar de su capacidad, desde hace algún tiempo vive peli­grosamente cómoda. Suele mantener una barrera para los demás. Su trabajo no le reta, no le exige. «Es hacer lo mismo de siempre». Su sueldo es suficiente para satisfacer sus necesidades, por lo cual no le preocupa hacer muchos ajustes en su carrera.

Beatriz, por otro lado, aunque lleva prácticamente el mismo tiempo en la industria automotriz, pareciera ser que cada año fuera el primero de su carrera. Desde que entró a la compañía, se ha enfocado en reinventarse personal y profesionalmente. De hecho, ha invertido en ello. Participa constantemente en los diferentes eventos de su empresa, conoce y vive la cultura de la organización y suele relacionarse de forma proactiva con sus compañeros. Su constancia le ha ayudado a convertirse en una importante mentora de la compañía, sobre todo para quienes son de nuevo ingreso.

¿Cuál será la diferencia entre Grace y Beatriz, si ambas hacen muy bien su trabajo?

No es lo mismo trabajar por amor que por necesidad. Ni hacerlo por inspiración que por desesperación. Por significado que por azar.

Cuando le pones corazón, se nota. No por nada (para muchos) la comida en casa sabe mejor. Los días en la oficina se vuelven más cortos, tus relaciones laborales mejoran y sientes que fluyes en el ambiente del día a día en modo zen.

Sin duda, el amor catapulta nuestro trabajo a otro nivel, incluso cuando no estás cien por ciento convencido del mismo. Y créeme, no es un tema de puesto, de sueldo o de proyecto. Ni siquiera de tiempo.

El amor en el trabajo también es una decisión. Y hay que decir SÍ día con día. Claro, no se trata de forzar a otro (ni a ti mismo) para que ame lo que hace. Bien sabemos que en el corazón no se manda. Tampoco existe ningún entrenamiento, capacitación o programa de coaching que pueda instalarte tu capacidad de amar. Esa está dentro de ti. Ya decía Sally Mann: «Siempre ha sido mi filosofía tratar de hacer arte con lo ordinario de cada día… nunca se me ha ocurrido tener que salir de casa para crear arte».

Lo que sí es posible y necesario es reconectarte con esta capacidad y experimentarla en cada cosa que hagas. Es entregarte más. ¿Cómo?

Primero, obsesiónate. De verdad, obsesionarte con lo que haces, y no quitar el dedo del renglón hasta que sea algo extraordinario, al final tiene valiosas recompensas. Por ejemplo, los apasionados que trabajan en la música: me queda claro que en ese arte el talento existe, pero lo estimulas y desarrollas en la medida en la que te vas «enamorando de la música». Muchos de ellos han dedicado gran parte de su vida a aprender, a practicar y a transpirar música. Y eso les ha dado favorables resultados.

Obsesionarse es interesarte por tu trabajo, tus metas, tus valores y tu filosofía. Esto se logra buscando, indagando, preguntando, haciendo y aprendiendo. Y para muestra le puedes preguntar a muchos obsesionados a los que, sin dudarlo, tan solo al hablar de sus trabajos se les hincha el pecho y se les agranda el corazón. Malala, LeBron James, Elon Musk, por dar algunos ejemplos.


LOS GRIEGOS

Cuando conocí Grecia, me enamoré. Más allá de sus condiciones económicas y políticas, es un lugar repleto de personas que disfrutan lo que hacen. Pareciera que portan un letrero que dice: «Aquí sí sabemos vivir». Se siente en su ambiente. Definitivamente es un país con encanto.

Los griegos tienen una palabra que encierra el concepto de ponerle pasión a lo que hacemos. Le llaman meraki, que significa: «Hacer algo con amor, con creatividad y poniendo tu alma en ello».

Trabajar meraki es un verdadero pero necesario compromiso. No es cualquier cosa. No te invita solo a trabajar más, ser más eficiente, llegar a los números de este mes o vender más. No. Te dice: PON TU ALMA EN ELLO.

En otras palabras: por el amor de Dios, INVOLÚCRATE. Trabaja duro, pero métete de lleno. La mayoría no lo hace. Y lo que sucede es que todo su trabajo se reduce a actividades repetitivas.

Uno puede ir a trabajar, por su cuenta o para alguien, y estar absoluta, robótica y completamente disociado de lo que hace. Sí, se despierta. Va a su oficina, hace como que trabaja. Trata de cumplir para evitar ser amonestado o despedido. Pero al final, lo que haya hecho o dejado de hacer, le pasa de noche.

Si gastas el mismo tiempo en trabajar de forma meraki a hacerlo de forma un tanto insípida, creo que sería mejor quedarnos con la primera.

Bien lo explica el emprendedor Gary Vaynerchuk:

Vive tu pasión, ¿y qué significa eso? Significa que cuando te levantas por la mañana para ir a trabajar, cada día, lo haces impulsado por el hecho de ir a hacer lo que más interés tiene para ti en este mundo. Ya no piensas en las vacaciones, no sientes necesidad de descansar de lo que haces —trabajar, el ocio y la relajación van todo en uno—. Ni siquiera prestas atención a la cantidad de horas que empleas en ello, porque para ti no se trata realmente de trabajo. Ganas dinero, pero lo harías de todas formas, incluso de manera gratuita.

Meraki es no quedarte en la sala de espera de la indiferencia o ser testigo inmóvil y silencioso. Es pasar de lleno a disfrutar de la fiesta.

Conoce más sobre lo que haces. Estudia, pregunta, busca. Involúcrate en otras actividades de tu trabajo, aunque no sean de tu área. Cada día inicia pensando en que, hagas lo que hagas, hay que ponerle alma y corazón. Ahí está el verdadero significado y un motivo más para levantarte de la cama. Tarde o temprano, notarás la diferencia meraki.


CAPÍTULO 6

NO VENDAS TALADROS

Podemos recorrer todo el mundo en busca de la belleza, pero si no la llevamos con nosotros, nunca la encontraremos.

Ralph Waldo Emerson,

escritor y filósofo estadounidense

Existe una curiosa historia sobre un colaborador de limpieza de la NASA que cuando el expresidente John F. Kennedy le preguntó cuál era su trabajo, respondió sin chistar: «Estoy ayudando a llevar un hombre a la Luna».

No es nada nuevo, pero muy seguido lo olvidamos, que la gestión del cambio organizacional inicia con la gestión personal de cada uno de los colaboradores. Entramos entonces al segundo elemento del pentágono: la MENTALIDAD. Un elemento vital en el proceso de asumir nuestro empleo o negocio.

Es complejo, pero una empresa crece también gracias a cómo sus involucrados procesan y ajustan sus creencias, sus patrones de pensamiento, sus emociones y, por supuesto, sus acciones. De acuerdo con esto, regularmente te encuentras en los centros de trabajo con gente que sonríe de forma sincera y otra con la cara apagada. Unos que transmiten pasión y otros que contagian hastío. De pronto ves a algunas personas que irradian luz y otros que traen una nube gris integrada.

Con los primeros, en la mayoría de los casos, quieres convivir más o aprender de ellos. A los segundos, tratas de evitarlos.

Si el trabajo es el barro que se moldea, la mentalidad es lo que da esa chispa de creatividad en las manos para crear la figura soñada. Victor Küppers, autor y consultor holandés especializado en la gestión del entusiasmo, nos brinda un poco de claridad al respecto. Ha develado una fórmula muy sencilla que lo explica y que tiene mucho sentido:

V=(C+H)*A

En donde el Valor de la persona es igual a la suma de los Conocimientos y de las Habilidades multiplicada por la Actitud.

Muchos pueden tener conocimientos. Las habilidades se desarrollan con el tiempo. Pero al final, lo que multiplica y nos lleva a otro nivel es sin duda la ACTITUD, que tiene más que ver con nuestra forma de ser, con cómo pensamos, cómo nos autogestionamos y relacionamos, que con la información de nuestro disco duro.

Las personas que irradian cosas buenas suelen trabajar mucho en generar una actitud positiva: no la que nos han querido vender lamentablemente como una ilusión efímera, una llamarada de petate que se enciende con un poco de positivismo tóxico, sino una actitud positiva real, honesta, congruente, aplicable y sostenible con el tiempo.

Tu actitud puede cambiarlo todo.

La actitud positiva es un malentendido. «Los clientes no quieren taladros, quieren comprar agujeros», es una expresión común en el mundo de las ventas. Las personas nos movemos por pensamientos, pero también por emociones. Buscamos, en el fondo, experiencias y resultados más que cosas. Así como no queremos un martillo solo para fijar un clavo, sino para lo que se produce con ello. De ahí que la actitud, tanto la que proyectamos como la que percibimos en otros, sea tan importante, incluso por encima de muchos contextos y situaciones.

El problema es que algunas personas y (malamente) algunas organizaciones no le han dado a este concepto el lugar que se merece. Muchos la observan como un ingrediente más dentro del abanico de la superación personal. Otros la tachan de romántica, idealista, utópica y a veces hasta innecesaria dentro del frío y competido mundo capitalista.

La verdad es que la actitud positiva es sumamente redituable, aun en ambientes complejos. Porque vaya que nos ofrece «muchos hoyos» que necesitamos en la pared de la cotidianidad.

Shawn Achor, apasionado promotor de la Psicología positiva y autor del bestseller La ventaja de la felicidad, dice:

«Un cerebro positivo es 31 % más productivo que un cerebro en negativo, neutral o estresado».

Y lo creo. Ejemplos tenemos y de sobra: deportistas en todas las disciplinas que logran llegar y conquistar medallas en los Juegos Olímpicos. Empresarios que de la bancarrota crearon un imperio. Artistas que cumplieron el sueño de estar arriba del escenario frente a multitudes. Personas con alguna discapacidad y que frente a circunstancias adversas sacaron la casta para lograr cosas inimaginables. El común denominador: la actitud con la que trabajan y encaran la vida.

Esas historias las hemos escuchado una y otra vez. Pero aquí se trata de revisar tu propia historia. No porque las demás no sean importantes, sino porque nuestro día a día es particular y funciona de forma diferente a muchos ejemplos inspiradores. En nuestra realidad, me gusta emplear la simplicidad de la óptica del ex primer ministro del Reino Unido:


Así de sencillo. Nuestra actitud positiva se pone a prueba cuando:

 El proyecto no sale como esperabas.

 Las ventas bajan o los clientes no pagan.

 Te piden resultados y sientes que no los cumples.

 La producción se estropea.

 Necesitas trabajar a la par de un colaborador insoportable.

 Hay que quedarse horas extras.

 Te despiden o renuncias.

 Tu empleado de confianza resulta no ser tan confiable.

 Eres testigo de una injusticia.

 Te ves obligado a hacer home office debido a un extraño virus.

Sabes que tu actitud positiva es auténtica cuando funciona no solo en tiempos de bonanza, sino además como antídoto frente a esos días nublados. Incluso en la tempestad, dicha actitud siempre tendrá sus ventajas como:

– Apertura hacia nuevas posibilidades.

– Mayor empatía frente a las necesidades de otros.

– Flexibilidad al cambio.

– Estimular la creatividad para encontrar mejores soluciones.

– Construcción de relaciones más duraderas.

– Mayor concentración y enfoque.

– Mejor descanso, más bienestar.

– Incrementar la capacidad de disfrute.

– Aumentar la habilidad de negociación.

– Más posibilidades de éxito frente a nuevos retos.

Tu actitud también es una forma de dar más valor. Personas positivas suelen crear resultados positivos.

TU VALOR ADICIONAL

Con demasiada frecuencia subestimamos el poder de una caricia, una sonrisa, una palabra amable, un oído atento, un cumplido honesto o el más mínimo acto de cuidado, todos los cuales tienen el potencial de cambiar la vida.

Leo Buscaglia,

escritor y orador motivacional

En términos económicos, el VALOR ADICIONAL es el beneficio extra (tangible o intangible) que pudiera hacer un producto o servicio más deseable o competitivo. Muchas empresas lo tienen. Las lovemarks como Google, Lego, Apple, Tesla, Starbucks o Harley Davidson son un gran ejemplo al respecto.

Si lo trasladamos a nuestro lado más humano y desde el binomio costo-beneficio, nosotros también somos capaces de ofrecer algo más allá de nuestro salario o utilidad recibida. Vaya, más allá del taladro. Y no está de más explicar que tu valor adicional NO ES hacer tu trabajo con calidad. Eso ya lo damos por hecho. Son, más bien, esas pequeñas y sutiles cosas a las que se refiere Churchill.

Tu propio valor adicional es eso que ofreces, además de tus tareas cotidianas en tu trabajo, que aporta y que definitivamente suma a tu equipo, a tu organización, a tus clientes y a tu negocio. Y ese puede ser tu diferenciador personal.

El valor adicional también es una forma de contagiar la actitud positiva en acciones concretas que inspiran a todos. Por ejemplo: ¿Cómo llegas y cómo participas en las juntas? ¿Qué tanto te interesas por los objetivos de tu organización? ¿Cómo atiendes a tus clientes? ¿Qué se lleva la gente después de charlar contigo? ¿Qué tanto tiempo le dedicas a la innovación y a la creatividad para mejorar procesos?

Te cuento lo que hace Santiago, uno de mis clientes y dueño de una empresa de servicios. Es famosa su costumbre de invitar personalmente a comer a cada uno de sus nuevos vendedores en las primeras dos semanas de su ingreso. Muchas veces lo hace en su propia casa. El gesto que ofrece y la dinámica que genera no solo sirve de reconocimiento al empleado, sino que además él, como líder, se ve beneficiado al recibir retroalimentación y escuchar las necesidades de su gente. Y cuidado. El fin del valor adicional no debería de ser una promoción o un aumento de sueldo (que pudiera ser una consecuencia), sino más bien como un principio de sumar al mundo con tu trabajo y de hacer mejor las cosas.

No vendas taladros. Ofrece hoyos y soluciones que aporten y generen valor.

Haz que tu presencia sea memorable.

CAPÍTULO 7

MINDSET

En tiempos de cambio, quienes estén abiertos al aprendizaje se adueñarán del futuro, mientras que aquellos que creen saberlo todo estarán bien equipados para un mundo que ya no existe.

Eric Hoffer,

escritor y filósofo estadounidense

Imagínate que te contratan como director ejecutivo de tu propio negocio o de la empresa en donde laboras. Y una de tus funciones es la de auditar el desempeño de tu propio trabajo para validar tu permanencia. Una evaluación certera estaría ligada a todo eso que tal vez hoy, al profundizar, modificarías, integrarías o descartarías de tus actividades. A lo que te dirías, pedirías, agradecerías e incluso reconocerías de tu labor.

Y no, no lo digo para que te estreses o quieras sacar tus KPI (indicadores claves de desempeño), claro está, sino para que puedas tomarlo como referencia a fin de introyectar un poco.

Como colaborador de una compañía o como emprendedor es indispensable estar atento a los cambios que son posibles y necesarios para nuestro progreso profesional. Es tiempo de tomar decisiones más ejecutivas y más pensadas hacia nuestro crecimiento. Hay que aprender a ser CEO de nosotros mismos.

PENSAR QUE NADA PUEDE CAMBIAR

Ya lo decíamos, existen millones de trabajadores a nivel mundial que laboran con mala actitud, sin sentido ni dirección, y que generan pérdidas de millones de dólares por su baja o nula productividad. Y esto no solo le cuesta a la empresa. También a ellos ese comportamiento en ocasiones les cuesta la chamba y a veces hasta la vida.

Muchos suelen ser estáticos y hasta robotizados. Se focalizan en cosas tremendamente irrelevantes. Sienten que su trabajo es tan sufrible que los ha esclavizado. La indiferencia y el creer que las cosas ya no se pueden mejorar son dos asesinos silenciosos que nos van matando por dentro. Como dijo el escritor ruso León Tolstói: «Todos quieren cambiar el mundo, pero nadie piensa en cambiarse a sí mismo». O en palabras del filósofo Sócrates:

«El secreto del cambio es enfocar toda tu energía no en luchar contra lo viejo sino en construir lo nuevo».

MINDSET

Todos deberíamos hacer conciencia no solo de lo que pensamos, sino también de cómo lo hacemos. La reco­nocida psicóloga y catedrática de la Universidad de Stanford, Carol Dweck, es un referente internacional en educación por sus ideas sobre mentalidad. Ha sido precursora, organizando y divulgando el concepto mindset.

El mindset se conforma por nuestras creencias y patrones de pensamiento. Dicho de otra manera por el coach Anthony Robbins: «Las fuerzas invisibles que nos controlan». Si cambias tu mente, cambias tu trabajo. De ahí que proponga que MENTALIDAD sea el segundo elemento de nuestro pentágono.

Según Dweck, existen dos tipos de mentalidad: fija y de crecimiento. Esta última es la mentalidad de creer que se puede mejorar y de transitar por lo posible; a todo eso se refiere como tener el mindset adecuado.

La mentalidad fija es con la que nos suelen formar desde que somos pequeños, sobre todo cuando se nos etiqueta y dictamina la falta de talento, al vernos «incapacitados» para resolver algo en particular o para comportarnos de forma determinada. Si el niño es «mal portado», «burro» en Matemáticas o no puede completar exitosamente los ejercicios de Gramática, para muchos padres y docentes es prácticamente un caso perdido. Lo más seguro es que no tendrá éxito y en algunos casos hasta se le llega a confinar al grupo de los «niños problema».

Esta forma fija de pensar es absolutista y maniquea: premio o castigo. Pierdes o ganas, lo tienes o no, triunfas o fracasas. Y se basa en tus logros en el AHORA. En la gratificación inmediata.

La mentalidad de crecimiento, por otro lado, es la que vamos diseñando con el tiempo y no está condicionada a lograr un éxito en específico sino, más bien, en una visión más enfocada a la mejora continua. Al progreso, a pesar de las pérdidas de clientes o de las artimañas de la competencia.

Contrario a si tienes una mentalidad fija, el mindset adecuado te dice: «Todavía no lo logras, pero puedes aprender y practicar y lo terminarás haciendo».

En la mentalidad fija, incluso ya de adultos, se juzga y se «mide» la inteligencia: «si no llegas al objetivo, no sirves», «mejor renuncia», «no tienes talento», «no naciste para las ventas». Por prejuicios así no es extraño que muchos se bajen del barco.

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Hacim:
174 s. 41 illüstrasyon
ISBN:
9786078704507
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