Kitabı oku: «Las razones del altermundismo»
David Montesinos
Las razones del altermundismo
Naomi Klein y alrededores

© David Montesinos, 2020
© De esta edición, Punto de Vista Editores, S. L., 2020
Todos los derechos reservados.
Primera edición: junio, 2020
Publicado por Punto de Vista Editores
www.puntodevistaeditores.com
@puntodevistaed
Diseño de cubierta: Joaquín Gallego
Coordinación editorial: Miguel S. Salas
Corrección: Luis Porras
Fotografía de cubierta: Naomi Klein. © Kourosh Keshiri
ISBN: 978-84-18322-03-7
THEMA: JPF, KCP
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com
Sumario
1. Un fantasma recorre la aldea global
2. A la sombra de las marcas
3. Lo que queda de Seattle
4. Vallar la democracia
5. El capital o la vida. Klein contra Friedman
6. Naomi Klein y sus enemigos
7. El calentamiento global lo cambia todo
8. …Y llegó Trump
9. El shock se hace pandemia
Bibliografía
A Pepa y a Carmen, que parecen creer en mí. A Alejandro Lillo, seguramente por lo mismo.
Hay dos cosas importantes en la política: la primera es el dinero y la segunda no la recuerdo.
Mark Hanna (1895)
1
Un fantasma recorre la aldea global
En 2001, el presidente de la Unión Europea y primer ministro de Bélgica, Guy Verhofstadt, escribió una carta abierta a los «antiglobalización», quienes venían protagonizando las reuniones oficiales de los grandes Estados del planeta con sus multitudinarias contracumbres o marchas alternativas, como ocurrió ese mismo año en Génova o dos años antes en Seattle. Consciente de que la popularidad de instituciones tan influyentes como la Unión Europea (UE), la Organización para la Cooperación y el Desarrollo (OCDE), el grupo de países más industrializados del mundo (G8) o el Fondo Monetario Internacional (FMI) decrecía a la misma velocidad que se incrementaba la simpatía por el Foro Social Mundial (FSM) y todo el entorno activista que empezó su ciclo de protestas en Seattle, Verhofstadt trató de mostrar afinidad con sus preocupaciones.
Seattle, Göteborg, Génova... Miles de personas que salen a la calle a expresar su opinión. Un alivio en nuestra época postideológica. Si no fuera solamente violencia inútil, hasta darían ganas de aplaudir. La antiglobalización forma una resistencia bienvenida en una época en la que la política se ha vuelto estéril, aburrida y técnica. Esta resistencia es buena para nuestra democracia. Sin embargo, ¿qué es lo que realmente quieren decirnos ustedes, los anti-globalizadores? ¿Desean reaccionar con violencia ante cualquier forma de propiedad privada, como el black bloc?, o bien, ¿son adeptos al movimiento slow food, un club mundano que edita lujosos folletos en donde siempre se pregona el consumo de alimentos correctos en los mejores restaurantes?
¿Qué hay repentinamente de malo en la globalización? Hasta hace poco, incluso los intelectuales progresistas alababan el comercio mundial, que va a llevar prosperidad y bienestar a países en los cuales antes sólo había pobreza y recesión. Y con razón. (Verhofstadt, 2001)
Aparte del tono algo condescendiente, e incluso cínico, respecto a los activistas que protagonizaban las contracumbres, llama la atención que la línea del artículo se centre en el supuesto de que los manifestantes de Seattle o Génova están en contra de la globalización per se, lo que les convierte en involucionistas, enemigos de toda forma de progreso. Verhofstadt dijo «comprender» las inquietudes de aquellos grupos de jóvenes, pero la solución era contraria a la que estos supuestamente proponían: no hacía falta menos globalización, sino más. No se trataría entonces de impedir la globalización, sino de dotarla de fundamentos éticos.
Hemos escuchado muchas veces la denuncia, y fue correcto que un alto mandatario la asumiera: se han globalizado el capital y las mercancías, pero no la justicia ni los derechos. Fue Verhofstadt quien convocó la Conferencia Internacional sobre la Globalización en Gante, a la cual invitó a Naomi Klein. La ponencia que la canadiense presentó era en realidad una contestación a la carta del premier belga. Esa y otras intervenciones de Klein en aquellos años fundacionales del Foro Social Mundial repercutieron en la orientación del movimiento de oposición a la globalización neoliberal. También contribuyeron a desactivar la imputación de radicalismo destructivo e incapaz de ofrecer alternativas que pesaba sobre sus participantes más activos1.
En aquella ponencia de Gante, Klein empezó negando el prejuicio que etiqueta a quienes protestan como «antiglobalizadores». No lo son, no luchan contra la globalización, sino a favor de la democracia, explicó. No son luditas que reniegan del progreso tecnológico aplicado al sistema productivo ni se alinean con nacionalistas partidarios de algún trasnochado proteccionismo. Lo que cuestionan es que se ha internacionalizado un único modelo económico: el neoliberalismo, sin alternativa posible. La cultura, los derechos humanos, el medio ambiente y la participación ciudadana —elementos esenciales de lo que conocemos como democracia— sucumben ante la fuerza incontenible de ese modelo que lo reduce todo a la lógica empresarial. Las privatizaciones masivas o los recortes de los servicios públicos son parte esencial de un programa que está sujeto a una plantilla única.
Al debatir este modelo, no estamos poniendo en tela de juicio el comercio de mercancías y servicios a través de las fronteras, sino los efectos mundiales de la profunda empresarialización, la forma en que «lo público» está siendo transformado y reorganizado —recortado, privatizado, desregulado— bajo la admonición de la competitividad en el sistema comercial mundial. (Klein, 2004a, p. 88)
Si una nación no quiere ser dejada de lado por la Organización Mundial del Comercio, debe eximir de impuestos a las multinacionales, privatizar servicios clave, como la sanidad, el agua o la educación, y restringir la capacidad del Gobierno para fijar estándares de salud o medio ambiente.
Son contratos leoninos, pero —explicó Klein en su respuesta al primer ministro— la desregulación la imponen los grandes países a los demás sin contemplaciones, aunque no necesariamente a sí mismos, como se advierte con el mantenimiento de los subsidios para la agricultura y la minería, o de los aranceles de la importación. ¿No hablábamos de igualdad de oportunidades y de libre comercio? Entonces, llamaremos «ortodoxia económica» a lo que los Estados poderosos imponen a los pobres2.
El problema de la globalización —añadió Klein— es, en realidad, el problema del poder. Cuando el discurso de personas bienintencionadas, como el primer ministro belga, trata sobre igualdad o libertad, no parece haber nada más que un vacuo voluntarismo, apenas un pliego intransitivo de buenas intenciones. En las épocas más prósperas del capital, no se atienden estos problemas desde su raíz; en las recesiones, se piden más y más sacrificios.
¿Debemos contentarnos con la promesa de que nuestros problemas se resolverán con más comercio? ¿Con más protección para las patentes farmacológicas y más privatizaciones? Los globalizadores de hoy son como médicos con acceso a un solo medicamento: sea cual fuere la enfermedad —pobreza, migración, cambio climático, dictaduras, terrorismo— el remedio es siempre más comercio. (Klein, 2004a, p. 93)
Pero ¿quién era aquella joven periodista de formas corteses y verbo contundente que se expresaba con tanto aplomo en público? En realidad, en aquel momento, ya era una celebridad en los ambientes del activismo internacional de izquierdas, que habían convertido su libro No logo: el poder de las marcas en poco menos que su texto fundacional. Algunos años antes había sido una niña burguesa canadiense; pasó de ser fanática de la ropa de marca a militar en la izquierda y escribir panfletos en la prensa cuando empezó a advertir la seriedad del compromiso progresista que formaba parte de su tradición familiar.
La intención de este ensayo es demostrar que los trabajos realizados por Naomi Klein son esenciales para entender las claves de la deriva del capitalismo contemporáneo. De igual manera, pretende desacreditar los tópicos y las fórmulas simplistas y superficiales con las que se intentan ridiculizar sus propuestas y, en general, las de los movimientos alterglobalizadores. En relación con muchas de esas críticas, hay motivos para sospechar que, en realidad, se pretende eludir una batalla de ideas que debería ser objeto de permanente atención en todos los medios responsables. Esa espera no puede prolongarse por más tiempo. La gran contracción económica que estalla en 2008, cuyas implicaciones se extienden en el tiempo, permite pensar que el problema es no haber atendido suficientemente a quienes, desde una década antes en Seattle, denunciaron que, bajo la cáscara de una prosperidad impostada y la hegemonía ideológica neoliberal, se agitaban las fuerzas más destructivas del capitalismo.
Sobre Naomi Klein encontramos numerosos comentarios particularmente insustanciales. Por ejemplo, en la celebérrima revista Vogue, en una entrevista que concedió Klein para promocionar su libro Esto lo cambia todo, ensayo que dedica al cambio climático, se le describe como «cálida, divertida, con los pies en el suelo y discretamente estilosa». Por otro lado, en el muy leído ensayo Rebelarse vende, Joseph Heath y Andrew Potter, que cargan de manera inmisericorde contra la izquierda heredada de la rebeldía de los sesenta, la presentan como una consumista que ha trasladado su necesidad de obtener distinción desde la compra de ropa de marca hacia la propagación de pueriles fórmulas de insurrección contra la comida basura o a favor de los alimentos orgánicos. También están quienes no han desaprovechado la oportunidad de ironizar con el hecho de que su documental sobre Esto lo cambia todo, realizado por Avi Lewis, pareja de Klein, contara con la financiación de la actriz Pamela Anderson, icono sexual del cine y de la televisión para multitudes. Por eso, resulta extraño encontrar, entre los numerosos críticos de Klein, lecturas atentas y reflexivas sobre una serie de trabajos cuya profundidad y trascendencia sobresale de todos esos clichés. Me referiré, especialmente en la sexta parte de este ensayo, a los hostiles a Klein, pero antes convendría aclarar algunos puntos sobre el personaje.
Naomi Klein nació en Montreal en 1970. Sus padres, estadounidenses, habían formado parte de la New Left que en los años sesenta protestó insistentemente contra la guerra de Vietnam, de ahí que terminaran por abandonar el país. Su abuelo paterno había trabajado para Disney desde 1936; se convirtió en el líder de las huelgas que sacudieron la empresa en los años cuarenta y que marcaron al fundador de Disney durante el resto de su vida, pues desde entonces se declaró un feroz anticomunista. Su padre, Michael Klein, era pediatra en un hospital público. Su madre, Bonnie, luchó activamente contra la pornografía en una época en la que una deriva tal del movimiento feminista generaba sospechas incluso entre la gente de izquierda. Debido a su documental, Esto no es una historia de amor, se le acusó de ser reaccionaria, intolerante o enemiga de la libertad sexual. El hermano mayor de Naomi también comulgaba con el progresismo de la familia; mientras que ella no —al menos durante su adolescencia—, pues, a pesar de la tendencia ecologista y enemiga del consumismo con la cual creció, se sentía feliz en los centros comerciales, comprando ropa cara e, incluso, trabajando en una tienda de moda.
Quizá esa rebeldía contra los criterios imperantes en casa la condujo, precisamente, al paso imprescindible para declararse enemiga eterna de algo: la desilusión. Naomi descubrió que la fascinación por las marcas, cuyo «veneno» es especialmente eficaz entre los jóvenes —más si son féminas—, se basa en la fe en una promesa de felicidad y bienestar que nunca puede cumplirse; por eso, debe reeditarse una y otra vez, en un bucle eterno como el de la moda.
Klein tenía diecinueve años cuando el joven Marc Lépine entró en la Escuela Politécnica de Montreal y mató a diecinueve mujeres; antes de suicidarse, el joven declaró que su objetivo era luchar contra el feminismo. Esa tragedia cambió súbitamente la actitud de Naomi Klein: empezó a sentirse feminista, y a participar en diversas manifestaciones o publicaciones asociadas a género, activismo ciudadano o multiculturalismo. A inicios de los años noventa, abandonó la universidad para dedicarse a realizar colaboraciones periodísticas. A menudo ha reconocido que empezó a detectar que, debido a la obsesión por la corrección política, los usos y las costumbres patriarcales o los signos de discriminación sexual o racial, ha quedado relegado el verdadero factor de la injusticia: la explotación, es decir, la desigualdad entre ricos y pobres. Klein entendió, además, que este no era un problema específicamente canadiense, lo que le permitió plantearse, por primera vez, el asunto de la globalización. Así, notamos que la izquierda, que había alcanzado la hegemonía cultural en las universidades canadienses, provocó la segunda gran desilusión en la vida de Naomi Klein.
El abandono de los fundamentos económicos radicales del movimiento feminista y de los derechos humanos debido a la unión de causas que llegaron a ser conocidas como lo políticamente correcto educó a una generación de militantes en la política de la imagen y no de la acción. Y si los invasores del espacio no tuvieron problemas para penetrar en nuestras escuelas y comunidades, eso se debió, al menos en parte, a que los modelos políticos de moda en el momento de la invasión nos habían equipado mal para enfrentar temas más relacionados con la propiedad que con la representación. Estábamos demasiado ocupados analizando las imágenes que se proyectaban en la pared para advertir que habían vendido hasta la pared misma. (Klein, 2005a, p. 161)
La escritora se refiere al momento en que, a partir de un modelo instalado y proveniente de EE. UU., las grandes marcas estaban apoderándose de espacios académicos antes inalcanzables para ellos, al menos en institutos y universidades públicas. Cuando regresó a los estudios universitarios en 1995, el ambiente había cambiado, y crecía entre los estudiantes la preocupación por el poder de las grandes corporaciones o por los derechos laborales, de manera que se perdió el monopolio de las políticas de identidad. Desde entonces —y considerando que se trata de una periodista—, el empeño de Klein y de quienes trabajan a su lado se ha orientado en viajar por las zonas «calientes» del planeta y documentarse exhaustivamente para descubrir y denunciar las formas de dominación de este nuevo capitalismo global que intenta erigirse como un pensamiento único. No estamos ante un bluff o una celebridad pasajera; los miles de páginas escritas por esta autora canadiense requieren algo más que tópicos y lecturas desatentas.
La eclosión de esta celebridad se debe a la casi simultánea publicación de No logo: el poder de las marcas y la celebración de la mítica contracumbre de Seattle en 1999. Por ello, en aquellos días, se conoció la noticia de que los jóvenes que simpatizaban con los nuevos movimientos sociales habían convertido No logo: el poder de las marcas en su libro de cabecera. El presente libro, que gira en torno al pensamiento altermundista y toma la obra de Naomi Klein como referencia, sería escasamente útil si no hubiera ocurrido nada desde entonces. Sin embargo, la trascendencia de La doctrina del shock, tratado exhaustivo y aterrador sobre los desastres ocasionados por el neoliberalismo, y la evidencia —certificada con la Gran Recesión— de que la economía especulativa se ha convertido en una máquina incontrolada y destructiva, sitúa la obra de la canadiense como un referente esencial para la nueva izquierda global, tanto por su encarnizado diagnóstico de la realidad actual del capitalismo como por su decidida voluntad de construir plataformas de resistencia contra las nuevas formas de dominación. En ese sentido, es esencial el papel de la crisis, que ha tenido la virtud de colocar a cada cual en su sitio.
El neoliberalismo3, doctrina que ha determinado la evolución global en los últimos 40 años, ha evidenciado su fracaso. Su supuesto poder para generar prosperidad se erige a costa del bienestar de la mayoría, aumentando la pobreza, las desigualdades y la inseguridad. Esto ocurre por la destrucción de las instituciones estatales de protección de los débiles, y por trasladar ingentes cantidades de capital desde las clases medias y bajas hacia una oligarquía cada vez más inalcanzable de multimillonarios. No podemos estar más lejos de aquel regreso eufórico al liberalismo de Hayek que proclamaba Margaret Thatcher, ni tampoco del «fin de la historia» de Fukuyama, quien se ufanaba de que, con la caída del Muro, el capitalismo liberal podía deambular tranquilamente por el mundo con la presunción de no aceptar controversias.
El primer gran relato de la globalización que elabora Naomi Klein se encuentra en No logo: el poder de las marcas, publicado poco después de la crisis financiera de los Tigres Asiáticos, en medio de la sugestión por el Efecto Dos Mil y antes del 11S. En ese momento, la evolución de la economía mundial entraba en el vértigo del capitalismo más tecnológico, capaz de alcanzar un crecimiento exponencial de la actividad económica, la real y, especialmente, la especulativa.
Por lo general los informes sobre la red mundial de logos y de productos se presentan envueltos en la retórica triunfal del marketing de la aldea global, un sitio increíble donde los salvajes de las selvas más remotas manejan ordenadores […]. Durante los últimos cuatro años, los occidentales hemos comenzado a ver otro tipo de aldea global, donde la desigualdad económica se ensancha y las oportunidades culturales se estrechan. (Klein, 2005a, p. 23)
Acuñado por John Williamson, economista británico liberal muy influyente en los años ochenta y noventa, el llamado Consenso de Washington alude, en origen, al pliego de exigencias que debían satisfacer las economías emergentes para acceder a los préstamos del Banco Mundial o del Fondo Monetario Internacional. Posteriormente, esto ha servido a los enemigos del neoliberalismo para designar al fundamentalismo de mercado, también llamado pensamiento único. Klein encuentra en el padre de la Escuela de Chicago, Milton Friedman, figura omnipresente en La doctrina del shock, la fuente inspiradora de aquel programa cuyos puntos determinantes eran los recortes drásticos en el gasto social, la destrucción de las barreras y reglas que dificultan el libre comercio, y la privatización de las empresas públicas. Si el modelo de modernización y paz social dominante en gran parte del mundo —no solo en Norteamérica y el resto de Occidente— arranca del New Deal, basado en la implantación de controles y equilibrios para evitar que el capital genere catástrofes como la Gran Depresión, la ortodoxia heredada de Friedman se basa en arrasar con todas las instituciones que construyeron los Estados durante el periodo que comienza desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta el inicio de los años ochenta.
No se trata de criticar las bondades del libre mercado, sino de denunciar la impostura de quienes con más energía lo defienden. Presentado por sus apologetas como una puesta en práctica del viejo ideario de Adam Smith, adaptado a la actualidad tardocapitalista, la práctica neoliberal tiene en realidad mucho de cinismo. Es llamativo que quienes, por ejemplo en España, se han afirmado en esa ortodoxia, que reniega de lo público y apuesta por la iniciativa privada, hayan configurado los cuadros de mando de sus Gobiernos con saqueadores de los bienes de todos, convirtiendo las instituciones en maquinarias de corrupción y bandidaje.
Los ejemplos serían innumerables, pero algunos son especialmente significativos. En 1997, los mismos brokers que aconsejaban con euforia invertir en los mercados asiáticos emergentes retiraron, en pocos minutos, su dinero de las Bolsas de los Tigres cuando una alarma desencadenó el pánico. Por otro lado, Klein se refiere al viaje que Madeleine Albright, secretaria de Estado durante la administración Clinton, realizó a Tailandia dos años después. Esta jugó a ser apóstol de las buenas costumbres: reprochó a la población de aquel país la facilidad con la que cayó en las drogas y la prostitución. Sin embargo, obvió la influencia que el poder omnímodo de su administración otorgaba a los especuladores, lo cual facilitó el empobrecimiento general de los tailandeses. Tampoco vio la conexión entre los horrores, como el turismo pederasta y la rigurosa austeridad del Estado tailandés, que su Gobierno apoyó activamente.
Acaso sea este el «capitalismo compasivo» al que se refería George W. Bush durante su Gobierno. Friedman no dudó en convertir tan ridículo oxímoron en etiqueta del modelo que propugnaban: «No hay contradicción entre un sistema de mercado libre y la búsqueda de notables objetivos sociales y culturales, ni ante aquel y la compasión para con los menos afortunados» (Friedman y Friedman, 1992, p. 199).
El sueño de acabar con los impuestos, la seguridad social y la supuesta dualidad entre quienes viven de los fondos públicos y quienes los sufragan habla de una arcadia capitalista en la que la asistencia a los infortunados debe ser financiada vía impuestos y haciendo recaer su gestión sobre instituciones privadas:
Pero aún sería necesaria una asistencia personal a algunas familias, incapaces por una u otra razón de dirigir sus propios asuntos. Sin embargo, si el peso de esta ayuda fuera a cargo del impuesto negativo sobre la renta, las organizaciones privadas de beneficencia podrían dar y proporcionarían esa asistencia. Creemos que uno de los costes mayores del actual sistema del bienestar es que no sólo mina y destruye la familia, sino que también envenena los impulsos de las actividades asistenciales privadas. (Friedman y Friedman, 1992, p. 175)
Pero este paraíso de la mundialización capitalista que, con alguna pretensión de neutralidad, llamamos globalización, y que el neoliberalismo presenta como el triunfo del individuo libre sobre la opresión de los Estados, es en realidad el sometimiento de las instituciones públicas a los mercados. Por ello, antes que las propias naciones, los primeros afectados son los derechos humanos. ¿No estaremos ante una nueva forma de totalitarismo, en este caso con la cara sonriente del marketing, pero tan peligroso como el que denunciaron los autores de la Escuela de Frankfurt antes y después de la Segunda Guerra Mundial? ¿No estaremos perdiendo el espacio de lo público? O, mejor dicho: ¿no nos estamos lanzando de cabeza hacia la despolitización de las multitudes?
Desde esta perspectiva, el neoliberalismo no es la ejecución de las viejas promesas de la modernidad, sino más bien su traición, y acaso incluso su parodia. Al precio de una enternecedora candidez, podemos creer que la flexibilización del mercado laboral supone una «liberación» para el trabajador. Ciertamente, la sociedad sufre procesos acelerados de individualización, pero ese nuevo sujeto que se vislumbra no se relaciona con el sujeto emancipado y autónomo que mencionaban los sabios de la Ilustración. No se relaciona tampoco con la concepción del contrato social, elemento clave desde el que se sustenta el discurso filosófico de la modernidad, que traslada la soberanía a las comunidades de sujetos libres a través de la voluntad general, la isonomía y las libertades civiles. Para el contractualismo, es legítimo sacrificar una parte de la libertad del individuo a cambio de que las instituciones autorizadas le protejan. Hoy las colosales corporaciones que dominan el mundo se imponen por la fuerza; no podemos estar más lejos de lo que alguna vez se llamó espíritu republicano. El último de los engaños sería el del liberal que dice recuperar el viejo aliento anarquista: mientras que los antiguos seguidores de Bakunin decían combatir el opresor Estado burgués, la ambición de los actuales «anarcocapitalistas» es suprimir en el planeta toda forma institucional que ponga trabas al lucro.
La confusión se origina desde el momento en que no supimos entender que el capitalismo y la democracia no eran lo mismo. Al respecto, Cornelius Castoriadis explica lo siguiente:
El capitalismo como tal no tiene nada que ver con la democracia (no hay más que mirar a Japón, antes y después de la guerra). Y, en el plano económico, sin las luchas sociales el capitalismo se habría hundido decenas de veces en los dos últimos siglos. El paro potencial ha sido aplacado mediante la reducción de la jornada, de la semana, del año y de la vida laboral; la producción ha encontrado salida en los mercados interiores de consumo, constantemente ampliados por las luchas obreras y por las alzas de los salarios reales que éstas han comportado; las irracionalidades de la organización capitalista de la producción han sido corregidas mal que bien por la resistencia permanente de los trabajadores. (Castoriadis, 1998, p. 69)
El neoliberalismo afirma precisamente lo contrario: solo en el capitalismo es posible la democracia. Como sabemos, Friedman no necesitó esperar al gobierno de George W. Bush para que sus principios se convirtieran en doctrina hegemónica entre los economistas y políticos del mundo. El periodo de la «revolución conservadora» del mundo anglosajón, con Margaret Thatcher en Reino Unido y Ronald Reagan en los EE. UU., otorgó al «capitalismo compasivo» la consideración de sistema sin alternativas. Entonces, el objetivo era acabar con la herencia del New Deal impuesto por Roosevelt tras la guerra y hacer pedazos el estado del bienestar. Pese a que conserva su hegemonía, hoy sabemos que el mito del neoliberalismo como práctica emancipadora se ha desplomado, hasta el punto en que su supervivencia es una bestia negra para el bienestar y la igualdad en el mundo. Probablemente, el fin del comunismo, tal y como lo conocimos, haya sido lo mejor para todos; pero si su descrédito posibilitó su caída, debemos pensar que la historia nos brinda nuevamente la oportunidad de inventar nuevas formas de convivencia. Con respecto a esto, los términos en que Tony Judt formula su pregunta son transparentes:
Como sugiere la actual ruina de la izquierda, las respuestas no son evidentes. Pero ¿qué alternativa tenemos? No podemos dejar el pasado a nuestras espaldas y limitarnos a cruzar los dedos: sabemos por experiencia que la política, como la naturaleza, aborrece el vacío. Después de veinte años desperdiciados, ha llegado el momento de empezar de nuevo. ¿Qué hacer? (Judt, 2012a, p. 149)
Si estamos o no en los albores de una nueva sociedad civil planetaria, como afirman Noam Chomsky, Ignacio Ramonet, Susan George, Jean Ziegler o Arundhati Roy, autores afines a Naomi Klein, es algo que trataremos de descubrir en este ensayo. Lo que parece incuestionable es que, en un mundo donde crecen las desigualdades y los depredadores económicos deciden nuestros destinos, se vuelve inaplazable la tarea de organizar la resistencia. Para ello, es preciso ordenar los fundamentos teóricos de la crítica al modelo de la globalización neoliberal y atisbar sus alternativas.
De esta manera, el análisis de los extensos escritos de Naomi Klein, que conviene estudiar detenidamente, ahora es más imprescindible que cuando apareció No logo: el poder de las marcas y los jóvenes que se manifestaban contra la cumbre de Seattle lo llevaban bajo el brazo. Por eso, el objetivo de este ensayo es estudiar las propuestas de Naomi Klein, y presentar las líneas maestras que han ido configurando un discurso crítico imprescindible sobre los males de la sociedad mundializada, o las contradicciones del capitalismo global y las amenazas de su arrollador poder de transformación y destrucción. Debemos saber que, tras el nombre de Naomi Klein, se halla una multitud de colaboradores que ha prestado sostén documental a los densos escritos de la autora. También es importante entender que ella es una periodista, lo cual —sin dejar de reconocer su consistente bagaje intelectual— requiere enmarcar y reforzar el sentido de su discurso asociándolo a algunos de los pensadores más relevantes del mundo moderno y contemporáneo. Forma parte de la misión de este ensayo elucidar algunas de esas asociaciones de las cuales no necesariamente es consciente la autora. Quizá no estemos ante una nueva versión de El Capital, como ha llegado a insinuarse, pero cualquiera que —como yo he hecho— lea y revise con atención las obras más extensas de Naomi Klein puede advertir que nos hallamos ante una de las autoras más relevantes de este siglo incipiente. Y lo que es más decisivo: su lectura ha de ayudarnos a entender qué nos está pasando y qué es lo que puede llegar a pasarnos.
2
A la sombra de las marcas
La era de la ingravidez
No logo: el poder de las marcas es un informe periodístico sobre las corrientes de protesta que empezaban a cuajar a fines del siglo. También recoge las nuevas formas de conciencia reivindicativa, y dota a los mal llamados «antiglobalizadores» de los fundamentos teóricos que necesitan para estructurarse como un movimiento sólido y transitivo. No insinúo que ese libro de Naomi Klein causara la contracumbre de Seattle ni que fuera decisivo en la arquitectura del Foro Social Mundial4. Pero podemos aceptar que su obra ensayística —empezando por el primer libro publicado en 1999— construye un exhaustivo mapa de ideas y una memoria de actuaciones imprescindible para comprender las claves del movimiento de protesta contra la globalización neoliberal. Cómo inspiró la acción reivindicativa de sus actores o si es justificable el elogio inconsciente de sus hostiles, que consideran este libro como «catecismo de los nuevos progres» o «puesta al día del Manifiesto comunista», son cuestiones que podemos ponderar más adelante.
El propósito de No logo: el poder de las marcas es enunciado por la autora con la máxima sencillez y rotundidad:
[…] a medida que los secretos que yacen detrás de la red mundial de las marcas sean conocidos por una cantidad cada vez mayor de personas, su exasperación provocará la gran conmoción política del futuro, que consistirá en una vasta ola de rechazo frontal a las empresas transnacionales, y especialmente aquellas cuyas marcas son más conocidas. (Klein, 2005a, p. 24)
«No es oro todo lo que reluce», solía decirle a Naomi su abuelo, Philip Klein, quien sabía muy bien el porqué de su advertencia: trabajó muchos años para Disney. Ningún relato ha sido tan fulgurante en el periodo entre siglos como el de la globalización, proceso glorioso que llevaría la intercomunicación y la libertad de información y expresión hasta los rincones más remotos, dotando al fin a los sujetos de las armas definitivas contra sus viejos opresores: la pobreza, el patriarcado o la ignorancia. Lo que no supimos inicialmente es que, tras la retórica triunfal de las corporaciones transnacionales, se ocultaba el incremento de las desigualdades o unas brechas tremendas en el acceso a la información. Fueron esas empresas las que, dotadas de un marketing portentoso, se apoderaron del relato de la aldea global.
En ese momento, firmas como Nike, Tommy Hilfiger, Apple o Microsoft, entre otras muchas, encontraban una clave de oro para su sistema de fabricación: la subcontrata.
Estos pioneros plantearon la osada tesis de que la producción de bienes sólo es un aspecto secundario de sus operaciones, y que, gracias a las recientes victorias logradas en la liberalización del comercio y las reformas laborales, estaban en condiciones de fabricar sus productos por medio de contratistas, muchos de ellos extranjeros. Lo principal que producían estas empresas no eran cosas, según decían, sino imágenes de sus marcas. Su verdadero trabajo no consistía en manufacturar sino en comercializar. Esta fórmula, innecesario es decirlo, demostró ser enormemente rentable, y su éxito lanzó a las empresas a una carrera hacia la ingravidez: la que menos cosas posee, la que tiene la menor lista de empleados y produce las imágenes más potentes, y no productos, es la que gana. (Klein, 2005a, p. 32)
Esta problemática viene de lejos. Como consecuencia del periodo de recesión que empieza en los años setenta, se difundió en el mundo mercantil la idea de que el problema de las empresas era su gigantismo. Colosos organizativos destinados a grandes desafíos productivos empezaron a plantearse que lo que ralentizaba su expansión y limitaba sus ganancias era su exceso de peso, de manera que optaron por reducirlo: empezaron por su personal. El modelo fordista, impuesto a partir de los años treinta, presumía la dignidad de sus condiciones laborales porque con ello se fidelizaba al asalariado y se limitaban los riesgos de insurgencia. Frente a ello, el nuevo estilo —el posfordismo— impulsó la idea de que los empleados, las máquinas y otras realidades tangibles constituían ataduras y estorbos que dificultaban el operativo que verdaderamente distingue a una marca: la creación, la identidad, el espíritu que seduce al mundo y que la convierte en una genuina lovemark. Por motivos como este, se habla de un salto más allá en el capitalismo contemporáneo, el cual se habría instalado en un espacio que ya no se deja atrapar por la lógica fordista, basada todavía en el principio productivo.
¿Hábil maniobra? Sin duda, pero necesita que el dispositivo no se conozca en profundidad, pues, a pesar de todo, es necesario producir algo más que glamour. Starbucks necesita café; Nike, zapatillas; Body Shop, cosméticos. Es importante que quienes cosen balones en un insalubre entramado fabril en Filipinas no sepan nada del recorrido comercial de lo que producen, y que quienes lo compren no sepan más de lo que ven en los spots. Se trata, en suma, de separar el logo de las circunstancias de elaboración del producto que venden.
Concepto y no producto: la filosofía entra de lleno en el mundo de la marca. No en vano hablamos del logo, del poder de atracción que el alma de la firma proyecta sobre los consumidores del mundo. Nunca se les pidió tanto a los geniales publicistas de la avenida Madison5 como ahora, cuando no se trata de difundir las virtudes de un determinado producto frente a la competencia, sino de hacer sentir al consumidor la experiencia de la compra. Nadie va, entonces, a Starbucks por su café, sino por la calidez que se siente cuando se está en uno de sus locales.
Ahora entendemos mejor por qué Nike no tiene una estructura de fabricación propia. Desde el principio, la firma entendió que era mucho más barato producir en Asia. En realidad, en esos prosaicos e insalubres lugares llamados fábricas, se produce un objeto en bruto, un ser inanimado que cobrará valor y alma solo en virtud de la firma, que lo volverá deseable e inducirá a un adolescente de Harlem a emplear una considerable cantidad de dólares para adquirir unas zapatillas. Entonces, la empresa, desprovista de la pesada carga de lo material, podrá concentrarse en la permanente reinvención de su propio logo. El ideal de Nike y de otras firmas es sustituir la fábrica por un espacio mínimo, sin más objetos que los ordenadores y la decoración, lleno de personas realizando brainstorming y que discuten eufóricos sobre cómo lograr que más consumidores del mundo amen la marca.
El publicista nunca ha estado más cerca de cumplir la profecía que Andy Warhol anunciaba en sus obras: el producto comercial es el arte mismo. Ya no tiene sentido que una firma patrocine a un artista que expone sus lienzos; el artista ya está trabajando para ella y sus creaciones son publicidad. Las grandes firmas pretenden colonizar el espacio de los signos; suya es la hegemonía cultural de nuestro tiempo.
El sentido de esta mutación ha sido, obviamente, incorporado al lenguaje publicitario. Según Vicente Verdú, hemos superado el estadio del capitalismo de consumo para situarnos en el de la ficción; ya no se trata de hacernos necesitar un artefacto, sino de ofrecernos un no thing. En esta nueva vuelta de tuerca del fetichismo de la mercancía —acaso el más visionario y enigmático de los conceptos marxistas—, lo que adquirimos en el acto de compra es una identidad, una forma de distinción, la participación en una forma cultural.
El anuncio de Kas preguntando «¿Y tú de quién eres?» constituye un tosco vestigio del capitalismo de consumo. En el actual capitalismo de ficción la marca no pretende que seamos sus rehenes o nos alistemos bajo su escudo, no intenta que seamos chicos Kas ni chicas Evax, sino que brinda su oferta para que cada cual, mediante ese don, pueda ser uno mismo. «En un mundo cada vez más globalizado, no está de más reivindicar tu individualidad», dicen los creativos de Lexus. «Nadie dicta tu moda», afirman los almacenes C&A. «No imites, innova», aconseja Hugo Boss. Pero, además, desde finales de 2002, algunas firmas de lujo como Chanel, Vuitton o Dior han comenzado a vender sus productos sin el logo a la vista para aumentar la ocasión —antes robada— de que el comprador personalice la prenda dentro del reino de la egonomía. Las marcas son hoy, ante todo, «proveedoras de ideas», suministradoras de estilos en los que surtirse, siempre para que disfrutemos la ilusión de hacernos nuestro propio yo, nuestro look exclusivo. Y ésta es también la poética de sus textos publicitarios. (Verdú, 2006, pp. 125-126)
La mentira de la flexibilidad
El estilo afectivo y posmoderno de la publicidad del nuevo siglo corresponde a unas prácticas económicas mucho más inquietantes. Para las megacorporaciones, el trabajador es un peso del que hay que desprenderse a toda costa. Realizar eso, en la actualidad, a diferencia de en los tiempos de Ford, es perfectamente posible; lo mismo ocurre con los espacios de producción y el costoso andamiaje técnico con el que hay que proveerlos. No se busca la expansión a partir de la multiplicación de cadenas de montaje, sino, en todo caso, de los centros de distribución y, sobre todo, de difusión. En esta fase avanzada del capitalismo, las grandes firmas no han hecho crecer sus instalaciones ni la cantidad de empleados; es el gasto en marketing lo que se ha incrementado espectacularmente. El capitalismo no es ficcional, pretende parecer que se mueve en el territorio de la ilusión y el espíritu, pero las zapatillas son fabricadas por alguien y en algún taller. Estamos en la era de las contratas y las subcontratas, que asumen realmente la responsabilidad de la manufacturación; la deslocalización, antes que un simple traslado de unidades productivas, es la delegación del peso de la fabricación sobre las espaldas de los contratistas del mundo subdesarrollado, es decir, aquel en el cual los costes pueden minimizarse al máximo. «Y a medida que los antiguos puestos de trabajo se trasladan al exterior, algo más se va con ellos: la anticuada idea de que el fabricante es responsable de sus empleados» (Klein, 2005a, p. 240).
Es aquí donde cobran sentido las zonas de procesamiento de exportaciones, también denominadas como zonas de libre comercio o, como se dice en México, maquilas. En países como Filipinas, China, India, Indonesia o México, entre otros muchos, se produce ropa, calzado, juguetes o artículos electrónicos. En estas factorías, el salario no permite superar el umbral de la pobreza, suele haber una fuerte rotación de empleados y la seguridad laboral brilla por su ausencia. Se traspasa la responsabilidad al contratista, que trabaja normalmente en países donde la observancia de los derechos humanos es laxa. La firma puede tranquilamente desligarse de las condiciones de producción, lo que refuerza su posición en los mercados ante la presión ética del consumidor.
Una zona franca conocida por Naomi Klein, que la visitó en el año 1997, es Cavite, ubicado a 90 minutos al sur de Manila, capital de Filipinas. Se trata de una de las numerosas «zonas económicas» del país. Klein descubrió que la transitoriedad y precariedad eran la lógica dominante dentro de un espacio donde solo se vivía para el trabajo. En las fábricas que Klein compara con inmensos cobertizos, se produce para las grandes firmas de ropa, de artículos electrónicos, de pijamas. En ese lugar, a la periodista le costó distinguir los nombres de las marcas, pues, al contrario de lo que sucede en los centros de consumo, intentan mantener la discreción. Descubrió que, en lo que podía ser una factoría de artículos para Nike, se podían producir también artículos para la competencia de esta firma. Esas condiciones de trabajo nos hacen recordar a escenas tan alejadas en el tiempo como las de las novelas de Charles Dickens:
El proceso de producción está concentrado, o aislado, dentro de esta zona como si se tratara de un residuo tóxico: una producción del 100 % a precios muy, muy bajos. Cavite, como el resto de zonas que compiten con ella, se presenta como el Price Club de las compras a bulto para las multinacionales que buscan gangas; es conveniente elegir un carrito de la compra bien grande. Una vez dentro, resulta claro que las filas de fábricas, cada cual con su puerta y su guardia de seguridad, han sido cuidadosamente diseñadas para arrancar la máxima producción a la franja de terreno donde se hallan. Los talleres sin ventanas, hechos de plástico barato y paredes de aluminio, se apretujan unos contra otros, apenas separados entre sí. Los casilleros con las tarjetas de asistencia se calcinan al sol, garantizando que de cada obrero se extrae el máximo de horas de trabajo, y que todos los días se logra el máximo de horas trabajadas. Las calles de la zona están inquietantemente vacías, y las puertas abiertas —que son el sistema de ventilación de la mayoría de las fábricas— dejan ver filas de muchachas inclinadas en silencio ante máquinas ensordecedoras. (Klein, 2005a, p. 247)
Para los defensores de este modelo, la posibilidad de un desarrollo sostenido para que países como Filipinas erradiquen su secular pobreza pasa por una política regional de atracción para los inversores extranjeros. El gran problema es cómo estos programas de creación de empleo para productos de exportación conducirán a la gente hacia el bienestar si los salarios que se les pagan apenas sirven para la manutención y el alquiler. Lo que existe, en realidad, es un magnífico negocio para la oligarquía local y las firmas extranjeras, que encuentran una mano de obra obediente y barata de cuyas condiciones de trabajo, además, no tienen que responsabilizarse.
«Ya era hora de que los pobres del mundo obtuvieran aquello de lo que siempre gozaron en los países ricos», escuchamos a menudo. Este es un argumento cándido. Ciertamente, los empleos huyen hacia el sur, pero no son los mismos empleos, su calidad es infinitamente inferior. La flecha, además, regresa a su origen arteramente envenenada: debido a la competencia feroz entre los trabajadores del planeta que propone la globalización, el trabajo tiende a precarizarse también en las sociedades desarrolladas. No es extraño que, ante esta tesitura, aparezca cada vez con más fuerza un concepto repleto de connotaciones: el precariado, al cual ya se refería, a fines del siglo XX, el sociólogo alemán Ulrich Beck bajo la designación de «brasileñización» de Occidente.
La consecuencia involuntaria de la utopía neoliberal del libre mercado es la brasileñización de Occidente. Lo que más llama la atención en el actual panorama laboral a escala mundial no es sólo el elevado índice de paro en los países europeos, el denominado milagro del empleo en EE. UU., o el paso de la sociedad del trabajo a la sociedad del saber, es decir, qué aspecto tendrá en el futuro el trabajo en el mundo de la información. Es, más bien, el gran parecido que se advierte en la evolución del trabajo en los denominados primero y tercer mundo. Estamos asistiendo a la irrupción de lo precario, discontinuo, impreciso e informal en ese fortín que es la sociedad del pleno empleo en Occidente. Con otras palabras: la multiplicidad, complejidad e inseguridad en el trabajo, así como el modo de vida del sur en general, se están extendiendo a los centros neurálgicos del mundo occidental. (Beck, 2000, p. 9)
Este modelo que va instalándose aceleradamente entre nosotros ha sido presentado por los ideólogos de la globalización financiera como un éxito del capital, el cual, al flexibilizar sus dispositivos laborales, libera al empleado de las viejas cárceles de hierro del fordismo: el centro de trabajo, los horarios rígidos, el uniforme, entre otros. Entonces, la flexibilización, la deslocalización o la liberalización son las versiones ideológicas que ocultan la verdad de la precarización y el abaratamiento del trabajo. Debemos preguntarnos si este dispositivo de torsión semántica e higienización terminológica es la aportación de la derecha a la era de la corrección política, fenómeno típico de nuestro tiempo y cuyos responsables son, comúnmente, buscados en la izquierda.
¿Es necesariamente negativa la flexibilidad? No. El problema se origina cuando entendemos que solo beneficia al gran empleador, en la medida en que puede esquivar el compromiso de proveer a sus trabajadores de horarios dignos, seguridad social y condiciones de salubridad. Los defensores de este modelo, que por lo general disponen de medios de comunicación muy potentes para hacerse escuchar, proponen el concepto de individuo autónomo para definir al trabajador del nuevo capitalismo, un reino rebosante de oportunidades en el que se vive poco menos que una arcadia profesional donde pasamos de esa antigualla del trabajo asalariado al reino del autoempleo. Muy bien preparados y dueños de los exquisitos conocimientos —en especial, en electrónica— que supuestamente requiere la nueva economía corporativa, los jóvenes se incorporan al mercado y trabajan según el horario que les apetece; lo hacen desde su casa y no aceptan las absurdas imposiciones de un modelo disciplinar que ya no tiene sentido en el nuevo milenio.
Desgraciadamente, como afirmaba el abuelo de Naomi Klein, «no es oro todo lo que reluce». Durante los periodos de crisis, el miedo se impone en el espacio desregulado. Atemorizados por las oleadas de despidos, nos convencemos de que debemos aceptar cualquier oportunidad para continuar en la empresa o para salir del paro, aunque las condiciones que proponen sean indignas. El empleador gana a corto plazo, pero olvida un principio que Henry Ford tenía muy claro hace un siglo: si el trabajo no es seguro ni está bien pagado, no es posible obtener la identificación del empleado con su empresa. Adiós a la cultura del mérito, el trabajador no dura tanto en la empresa como para que se consolide su valía, es despedido antes, seguramente después de haber sido despedido y readmitido en la misma empresa otras veces. Eso explica que el trabajo asalariado no produzca la redistribución de riqueza de otros tiempos, y que un número creciente de personas, directamente dañadas por este método, albergue una rabia incontenible contra las grandes corporaciones.
Siguiendo el célebre concepto de Max Weber, podemos considerar el capitalismo clásico, basado en la fidelidad a la empresa, como una «cárcel de hierro» para el trabajador, pero sin olvidar, como el propio Weber entendió perfectamente, que aquella podía ser también un hogar bastante confortable. He aquí el origen del estado del bienestar, donde los principios de negociación entre clases están garantizados por la maquinaria institucional, lo cual aleja el peligro de la individualización. A medida que avanza el siglo XX —y en especial durante la década de los sesenta—, las pirámides burocráticas de Estado y empresa van siendo sospechosas de coartar las libertades de los individuos deseosos de trazar biografías singulares y no reductibles a la categoría de hombre-masa, pero será recién durante el último cuarto de siglo cuando aquel modelo empiece a desmantelarse.
Según Richard Sennett, el final del periodo de los acuerdos de Bretton Woods, que supone la eliminación del patrón oro y el tránsito en las corporaciones de la hegemonía de las direcciones a la del accionariado, da lugar al llamado capital impaciente. Desde entonces, los valores de las acciones, y no necesariamente los de la producción, son los que determinan las ganancias a corto plazo, que son exigidas por el accionista. En ese contexto nuevo, las empresas flexibles y con un gran poder de innovación reciben los mayores apoyos financieros, mientras las que tienden a la estabilidad y la autoconservación empiezan a ceder la hegemonía. Eso explica por qué Wall Street y los demás centros financieros responden con entusiasmo a las empresas que despiden empleados. La consecuencia, más allá de los apresurados beneficios financieros, es el deterioro del otrora mayor tesoro de las compañías: el capital social. Sennett dijo lo siguiente:
Los tres déficits del cambio estructural son la baja lealtad institucional, la disminución de la confianza informal entre los trabajadores y el debilitamiento del conocimiento institucional […]. Según mi criterio el capital social es bajo cuando la gente decide que sus compromisos son de baja calidad, y alto cuando la gente cree que sus asociaciones son de buena calidad […]. Si un empresario le dice a uno que se las tiene que arreglar solo, que la institución no le ayudará cuando se encuentre en apuros, ¿por qué habría de sentir uno lealtad hacia ella? (Sennett, 2007, pp. 58-59)
Cómo las marcas se apoderaron de la protesta
¿Y qué hacía entretanto la izquierda? Naomi Klein ha insistido muchas veces en que la izquierda, por ejemplo, en las universidades, se desorientó completamente durante años, sobre todo al iniciar la década de los noventa.
Antes de referirnos a ese momento, previo a la eclosión de los nuevos movimientos sociales, conviene entender que el pensamiento antagónico al stablishment de las naciones opulentas, más allá de la tradición revolucionaria obrera del siglo XIX, encuentra un momento de apogeo en el fascinante pero confuso bullicio de los años sesenta, época que influenció intensamente la obra de Klein.
En la Década Prodigiosa, la que manifestó su inconformismo fue la primera generación que se sintió en condiciones de resistirse a la cultura del trabajo fijo, la familia tradicional y, en definitiva, la sumisión del sedentarismo. Aquellos trabajadores no empezaban a sentirse espiritualmente ligados a la empresa ni al american way of life por la misma razón por la que no creían en el propósito patriótico de liberar a nadie en Vietnam. El problema llegó después, cuando los enemigos burgueses dejaron de pedirles que se cortaran el pelo y que no fumaran más hachís, y asumieron, de la manera que les resultó más rentable, muchos de sus signos.
Un estudio exhaustivo de los modos con los cuales las marcas desplazaron históricamente su estrategia hacia la apropiación de las formas de la rebeldía es el de Thomas Frank, autor del libro La conquista de lo cool. Él considera que siempre hubo una secreta afinidad entre las formas de rebeldía de los años de los hippies y la transformación empresarial que llegaba del fin de la posguerra. Defensor de la teoría de la asimilación y crítico de los héroes de la contracultura de los años sesenta, anuncia con relación a su ensayo:
[…] se cuenta aquí la evolución histórica de una forma de vida y cultural alternativa, cómo dejó de ser una fuerza contestataria y pasó a convertirse en una fuerza hegemónica: la historia de cómo el hippismo pasó de ser la lengua de los marginados a ser el lenguaje de la publicidad (Frank, 2011, p. 31).
Thomas Frank detecta, incluso en la actualidad, una fuerte resistencia a aceptar que la contracultura fue connivente con la lógica del hedonismo consumista, como si fuera imposible salir de la lógica enunciada por los propios rebeldes, quienes se declararon enemigos del sistema. Sin embargo, no es casualidad que, frente al estilo conformista y aún traumatizado por la guerra de los años cincuenta, la publicidad en la era Kennedy apostara por la individualidad y la protesta. Contra el esclerotizado modelo laboral de las viejas empresas, donde sobrevivía el hombre de traje gris, es decir, el obediente que jamás salía del guion convencional, los nuevos creativos de la avenida Madison encontraron en el frenesí juvenil de aquellos años la legitimidad que necesitaban para proclamar su propio ego caótico y, a la vez, creativo e innovador. Impusieron ese modelo en sus agencias de marketing y con él fecundaron la imagen de las marcas. De esta manera, se hace difícil discernir si la contracultura fue una batalla contra el capitalismo burgués y la sociedad convencional o si —como propone Frank— fue un episodio más en la evolución histórica de la clase media norteamericana. En este sentido, no cabe la confusión respecto a aquellos tonos de alegre espíritu juvenil y revolucionario que pasaron a adoptar los spots: «El objetivo principal de liberar toda esa creatividad no era, desde luego, derribar el capitalismo, ni siquiera conseguir que los empleados fueran más felices en el lugar de trabajo, sino poner en marcha la locomotora del cambio —«la revolución permanente»— que conduciría a la actual sociedad de consumo» (Frank, 2011, p. 167).
Lógicamente, muchos protagonistas de los movimientos alternativos de aquel tiempo veían en la propuesta publicitaria de absorber los signos que llegaban de los festivales de rock o las comunas hippies una perversa intención: desactivar la revolución banalizando su sistema de señales. Pero Thomas Frank no comparte este punto de vista conspirativo: la iconografía del rock atraía a los publicistas porque encontraron un punto de convergencia entre la espontaneidad de aquellos jóvenes melenudos y la deriva del capitalismo de consumo que ellos detectaron con el cambio de década. Lo joven, lo camp, el amor libre y el inconformismo pasaron a convertirse en koiné, es decir, en lenguaje común. De esta manera, no solo se trataba de seducir a los menores de treinta años, sino al público en general, mucho más dispuesto, a partir de la beatlemanía y los fenómenos similares, a aceptar los nuevos valores, aunque solo fuera en relación con las compras.
No se estaba desplomando solo un mapa moral represivo y obsoleto que encerraba a las personas en las cárceles de la disciplina familiar y laboral o en la represión del deseo. Según Thomas Frank, lo que caía con estrépito, en las sociedades opulentas que habían superado la dureza de la posguerra, era la ética del ahorro y el premio diferido, el ascetismo de quien se sacrifica sin permitirse el derecho al goce.
No es de extrañar que los mismos textos que elogiaban la contracultura por cuestionar las formas convencionales acabasen adoptando su idea más importante: la revolución de las formas del consumo estadounidense. Las personas mayores habían sido contrarias a gastar, habían guardado su dinero celosamente; gastaban sólo cuando se aseguraban de la superioridad de un producto y a veces ni tan siquiera entonces. La cultura juvenil recibió sus mayores aplausos por su intención de acabar con aquella anticuada, incluso puritana, actitud, inducida los años de la depresión. (Frank, 2011, p. 211)
Aunque encontremos puntos de conexión entre la teoría de la asimilación y el lamento de Naomi Klein por la apropiación de las formas del lenguaje contracultural, la postura de Thomas Frank puede conducir a un callejón sin salida. En su ensayo, no estima el valor emancipatorio de aquel tsunami social y político de los años sesenta, del que son en gran medida herederos nuestros valores y costumbres —no solo nuestras compras—. Por eso no sabemos cómo podemos emprender un proyecto crítico y transformador sin que sus signos queden automáticamente expuestos a la absorción publicitaria.
Es muy oportuno revisar la versión que ofrece Raymond Williams sobre este problema. Es una figura clave del llamado Grupo de Manchester y, por tanto, de los cultural studies. Para este autor, la asimilación no es un fenómeno circunscrito históricamente a la era del pop. En realidad, lo que él llama modernismo, es decir, la cultura antagónica, vive en esa tensión permanente desde los tiempos en que Baudelaire observaba con el aire suspicaz de un flaneur el bullicio de las multitudes que la Revolución Industrial trajo a las grandes ciudades como París. La fractura biográfica, la soledad, el desclasamiento, la automarginación del artista o escritor adquieren una aureola mítica, pero todo empezará a cambiar tras los primeros años del siglo XX.
Lo que sucedió con bastante rapidez es que el Modernismo perdió muy pronto su postura antiburguesa, y se integró cómodamente al nuevo capitalismo internacional. Su intento de constituir un mercado universal más allá de las fronteras y las clases, resultó espurio. Sus formas se presentaron a la competencia cultural y la interacción comercial generadora de obsolescencia, con sus cambios de escuelas, estilos y modas tan esenciales para el mercado […]. Las imágenes aisladas y enajenadas de alienación y pérdida, las discontinuidades narrativas, se han convertido en la iconografía facilona de los comerciales, y el héroe solitario, amargo, sardónico y escéptico asume su lugar preparado de antemano como estrella del thriller. (William, 1997, pp. 55-56)
Williams no duda —refiriéndose, por ejemplo, a las vanguardias— que algunos de aquellos artistas, antes que disidentes antiburgueses, eran más bien burgueses disidentes: libertarios, iconoclastas respecto a los lazos sociales y nacionales, partidarios del mercado abierto e internacionalizado. Pero, al margen de si esta caracterización es válida o no para toda la cultura antagonista, no parece que la manera en que el capital ha interiorizado tales valores sea la que inicialmente proponían aquellos creadores:
[…] en particular en el cine, las artes visuales y la publicidad, ciertas técnicas que otrora fueron experimentales y significaron verdaderas conmociones y afrentas, se han convertido en convenciones operativas de un arte comercial de amplia distribución, dominado desde unos pocos centros culturales, mientras muchas de las obras originales se incorporaron directamente al comercio internacional corporativo […]. Pero en lugar de la rebelión, está el tráfico programado del espectáculo, en sí mismo significativamente móvil y, al menos en la superficie, deliberadamente desorientador. (William, 2010, p. 86)
La élite del modernismo tuvo el mérito de dislocar las convenciones asumidas por la sociedad burguesa, pero su lenguaje fue, a lo largo del siglo XX, cristalizando en formas simples y fácilmente traducibles a la imaginería del marketing y las multitudes. Los artistas que emigraban o huían desde lugares y lenguas remotos para vivir en un frío antro de Nueva York o París hablaban de la fragmentación, del abandono, de la incomunicación o del laberinto de la identidad individual y colectiva, ya que en sus biografías estuvo presente todo eso. Entonces, la significación de un cuadro de Van Gogh o de los poemas de Rimbaud es reconvertido a los intereses del stablishment, que alcanzó su culminación publicitaria en los años sesenta, cuando la rebeldía y el individualismo alcancen valor hegemónico en el mundo de los signos. Para el nuevo capitalismo, la precariedad, la transitoriedad o la pérdida de los referentes históricos ya no significa lo mismo que en las obras de los antagonistas; son, empero, las claves de su propia deriva como modelo productivo y de intercambio.
Un ejemplo de esa apropiación mercantil de los signos de rebeldía y antagonismo se encuentra insistentemente a lo largo de las seis temporadas de la serie Mad Men. El genial publicista que la protagoniza, Don Draper, atraviesa una seria crisis personal en los momentos finales del relato. Deambula por la California que despide los años sesenta pensando en dejar su trabajo, su familia y su acomodada posición… Quizá se convierta en vagabundo o piense incluso en el suicidio, como da a entender por sus últimas llamadas telefónicas, propias de un hombre confuso y desesperado. Acude a un retiro budista donde llora por la inmensa mentira que ha sido su vida. Por la mañana, hermanado con otros arrepentidos de la locura consumista y vestido como un convertido al budismo, saluda al nuevo sol. A continuación, observamos el mítico anuncio de Coca-Cola en su época más hippie y pacifista. Suponemos que es la nueva creación de Draper, quien, por fin, ha recordado que, por encima de todo, es un gran vendedor de sueños.
Abandonada en ese punto, la lectura de Williams es ingrata, pues podría sumirnos en la confusión de un pesimismo asimilacionista similar al de Thomas Frank. Entonces, es esencial conocer la postura de este autor con respecto a la existencia de formas culturales propiamente populares y no reductibles a la homogeneización de la cultura de masas. Lo singular del planteamiento de Raymond Williams, de sus compañeros de la Escuela de Manchester y de los estudios culturales consiste en la detección de diversas formas de resistencia en la recepción de los artefactos culturales generados por el consumo de masas. Alejándose de la pura pasividad, la comunidad reestructura y subvierte los signos que recibe; esto da lugar a una circulación simbólica en el territorio social que el poder no tenía prevista. En ese sentido, podemos encontrar un nexo con los planteamientos de Klein, que, en la cultura y, sobre todo, en las formas de participación política, encuentra líneas de acción originalmente populares que, en los tiempos de la mundialización, son capaces de articular proyectos de resistencia activos y eficaces.
¿Y después de los años sesenta? Volvamos a Klein y su experiencia en la universidad dos décadas después, cuando el recurso de la izquierda, ante el evidente triunfo del capitalismo frente a sus hostiles, fueron las políticas de identidad. Bajo la aparente radicalidad con la que se revelaban contra el uso de fórmulas racistas o patriarcales, a veces con una exhaustividad y una insistencia sospechosas, se escondía una lamentable incapacidad para contrarrestar ideológicamente el apogeo del capitalismo. Naomi Klein, que confiesa ser parte de aquel marasmo iluso que solo era capaz de simular posiciones agresivas, reconoce haber tardado en notar que esa batalla por la corrección política era parte de una derrota de la que aún no nos hemos repuesto del todo.
En este nuevo contexto globalizado, las victorias de la política de la identidad se han reducido a redistribuir el mobiliario mientras la casa arde. Sí, hay muchos programas televisivos multiétnicos y hasta más ejecutivos negros, pero cualquiera que sea el grado de mejora cultural posterior, no se han evitado las rebeliones de los marginados ni que el problema de los sin techo alcance proporciones de crisis en muchos centros urbanos estadounidenses. (Klein, 2005a, p. 160)
¿Perdieron aquellos universitarios la batalla contra la discriminación racial o sexual? Podemos afirmar que, una vez más, su lenguaje fue hábilmente asimilado por el marketing para la globalización comercial. ¿Creen las grandes corporaciones en la emancipación de la mujer, la distribución de la riqueza o la diversidad étnica y cultural? No, sus prácticas laborales alimentan todos esos males. Sin embargo, cuando, por ejemplo, Benetton convierte en símbolo distintivo la diferencia racial, sus productos se venden mejor. Cuando Starbucks emplea su monstruoso poder de inversión para arrasar las tiendas locales, no consigue proteger las opciones singulares, sino más bien uniformizarnos a todos en el consumo. Naomi Klein advierte, frente a la iridiscencia hortera y pueril de las franquicias que —como McDonald’s— proliferaron desde los años cincuenta, un toque new age en las nuevas marcas. Ikea, GAP, The Body Shop y Starbucks consiguen establecer una «conexión con el alma». No se trata de comprar muebles o pijamas ni de tomar café, sino de ayudar a encontrarnos con la espiritualidad.
Nunca el sistema es tan poderoso como cuando se apropia de los códigos que articulan el discurso antagonista. «Esto siempre lo hicieron los publicistas», dirán los pesimistas como Thomas Frank. Es cierto, pero nunca como ahora, ni siquiera en los años sesenta, se sofisticó tanto el mecanismo de incorporación de mensajes críticos hacia dispositivos tan característicos del sistema como la uniformización de las masas o la búsqueda del estatus a través de la adquisición de productos.
No podemos engañarnos en este punto: a fin de cuentas, se trata de capitalismo. Si los malls imitan a pueblos y ciudades, es porque, en estos, han desaparecido los espacios públicos; si las firmas incitan a la mujer o a los homosexuales a liberarse de sus opresores, es porque han descubierto su enorme poder de gasto. Con respecto a esto, Klein dice lo siguiente:
La unión de ventas y espectáculo que se observa en las supertiendas y los centros comerciales temáticos ha creado una amplia zona gris de espacios privados seudopúblicos. Los políticos, la policía, los trabajadores sociales y hasta los dirigentes religiosos saben que los centros comerciales se han convertido en la plaza principal de las ciudades. Pero a diferencia de las plazas antiguas, que eran y siguen siendo espacios de discusión comunitaria, de protestas y de reuniones políticas, el único tipo de discurso que se permite en estos espacios es la charla sobre el marketing y el consumo. Los manifestantes pacíficos son rutinariamente expulsados de ellos por los guardias de seguridad porque perturban las compras, y hasta las protestas políticas son ilegales allí dentro. (Klein, 2005a, p. 225)
¿El ágora ha sido trasladada al centro comercial? Eso es imposible; el ágora es impracticable en el mall, donde solo puede ser un simulacro.
¿Y la ética empresarial? Podríamos contestar que el capitalismo no es ético, que solo cree en la rentabilidad. Sin embargo, el discurso moralista es más potente a nivel publicitario que nunca. Sabemos que empresas extendidas por todo el mundo, y acusadas a menudo de prácticas nefastas respecto a los derechos laborales o al medio ambiente, han patrocinado programas solidarios de la ONU. También han creado organizaciones humanitarias y han presentado bellos discursos a favor de la cooperación y los derechos humanos. ¿No es esto un triunfo? No parece que, a consecuencia de esos aparentemente bondadosos proyectos, hayan surgido reglamentos con verdadero poder sancionador respecto a la ética corporativa. Se trata, en el mejor de los casos, de un voluntarismo escasamente transitivo; en el peor de los casos, de pura hipocresía calculada estratégicamente para vender más.
Obviamente, los controles no los van a establecer motu proprio Nike, Shell o Walmart. ¿Lo establecerán, entonces, los representantes de los ciudadanos? Parece difícil en un contexto en el cual las operaciones comerciales desbordan por completo el poder regulador de las instituciones del Estado-nación.
¿Consumidor o ciudadano?
Naomi Klein se muestra siempre extraordinariamente interesada por los movimientos de recuperación de los espacios públicos. Ese interés supone la constatación de un hecho acaso invisible pero sumamente inquietante: la ciudadanía ha perdido las calles, que están colonizadas ahora por ejércitos de publicistas, es decir, por los criados de las grandes corporaciones globales. Naomi Klein se refiere a formas activas de ciudadanía como los graffitis, el intercambio de productos alimentarios entre personas, la ocupación de casas deshabitadas por grupos de vida alternativa o los huertos urbanos, sin olvidar formas de pura supervivencia, como la mendicidad, que son perseguidas por la policía cada vez con más intensidad. Entonces, hoy las calles de las grandes ciudades se han convertido en parques temáticos, y el pulso de la vida social y política en ellas es muy criminalizado, aún más cuando es más espontáneo.
Klein elogia el esfuerzo de introducir perspectivas irónicas y lúdicas en las manifestaciones públicas realizadas por los movimientos con implantación transnacional como Recuperar las Calles, Hecho por Nosotros Mismos o los ciclistas de la Masa Crítica. Frente a un modelo anquilosado y previsible de reivindicación —pensemos en la organización sindical típica de la conmemoración del Primero de Mayo—, este estilo de fiesta urbana o happening alimenta el sentimiento de que las gentes pueden divertirse y debatir por sí solas, sin necesidad de pedirles a empresas o poderes públicos que administren su aburrimiento e indiferencia. Para el poder de estas iniciativas, lo desasosegante es que, lejos de la lógica indignada de quien afirma que «hay que hacer algo», han optado por hacerlo realmente. Nada que ocurra a sus espaldas deja tranquilos a los amos del mundo.
¿Qué ocurre con Internet? Su trascendencia en la apresurada transformación de nuestras comunidades es tan incuestionable como controvertidas son sus implicaciones políticas. Como en toda revolución tecnológica, el poder de desencadenar consecuencias opresivas o emancipadoras es tan colosal que los utopistas de la arcadia digital se cargan de razones tanto como los escépticos que, alimentando la hipótesis terrorífica del Gran Hermano y la deshumanización por el maquinismo, apuestan por la distopía. Es incuestionable que el procesamiento de datos a la velocidad de la luz es parte esencial de nuestras vidas. Naomi Klein apuesta rotundamente por aprovechar las opciones que presenta la Red para desarrollar vínculos entre movimientos solidarios, sin que ello suponga ignorar el papel determinante que la bestial aceleración de las comunicaciones, operada en los últimos veinte años, ha desempeñado en la globalización capitalista.
Es como Internet en general: puede haber sido creada por el Pentágono, pero pronto se ha convertido en juguete de los militantes y los piratas informáticos.
De modo que, aunque la homogeneización cultural —la idea de que todos coman en Burger King, calcen zapatillas Nike y vean vídeos de los Backstreet Boys— puede inspirar una claustrofobia global, también ha echado las bases para que exista una buena comunicación mundial. (Klein, 2005a, p. 412)
En este punto, debemos preguntarle a la autora de No logo, ahora que ya conocemos los peligros del poder de las marcas, si realmente es posible luchar contra su poder, que parece omnímodo. Para ello, es precisa una intensa labor de concienciación, de tal manera que, para cualquier tipo de consumidor, los principios éticos gobiernen la selección de la compra frente al argumento de la sugestión publicitaria.
Cuando los colegios, las universidades, las comunidades religiosas, las asociaciones gremiales, los cuerpos municipales y otras instituciones hacen sus compras al por mayor según criterios éticos, las campañas contra las marcas avanzan mucho más que lo que permite la guerra simbólica de los ataques contra los anuncios o las protestas ante las supertiendas. (Klein, 2005a, p. 462)
En otras palabras, la acción común de muchos consumidores es capaz de castigar o premiar a las empresas en función de factores como la higiene medioambiental, el trato a los empleados, las deslocalizaciones o el aprovechamiento del trabajo esclavo. Cuando esa presión es sistemática, su eficacia puede servir para que las empresas desistan de emplear medios éticamente execrables para hacer negocios. Existen ejemplos de ciudades cuyos consistorios han dejado de comprar energía a diferentes empresas de gran peso internacional porque sus barcos han producido ingentes vertidos en los mares o porque financian a dictadores africanos. La técnica del boicot o de compras selectivas puede hacer un tremendo daño a las empresas cuyas prácticas van contra principios éticos fundamentales.
No obstante, el error sería esperar demasiado del consumo selectivo. Conviene no eludir que, cuando se lucha contra la conversión del ciudadano en consumidor por la vía de concienciarle de su poder respecto a las compras, corremos el riesgo de reproducir el problema de raíz. Si lo que queremos es formar sujetos con conciencia social y política, ciudadanos con capacidad de compromiso y no compradores que les protesten a las uniones de consumidores cuando las empresas no les satisfacen, entonces tenemos que salir del espacio del mall en el que nos movemos, incluso cuando estemos fuera de sus límites físicos. Además, este tipo de iniciativas, realizadas con una escrupulosidad casi neurótica, corren el riesgo de resultar minoritarias y, por tanto, ineficaces, pues es difícil provocar simpatías en multitudes a las que se les pide sentirse culpables por consumir. De otro lado, estas campañas no suelen crear tejido jurídico obligatorio, sino códigos de conducta que se resuelven con etiquetas que vemos en los productos; por eso, resulta difícil saber hasta qué punto se cumplen, pues suponemos que es fácil eludirlas impunemente.
Zygmunt Bauman es más contundente que Naomi Klein a la hora de recomendar desembarazarse de la lógica del consumo cuando se profundiza en la reflexión ética. Si el principio moral que organizó a las sociedades durante milenios era el cuidado de los otros, entonces el problema es que esa función esencial de cuidar ha recaído sobre las marcas, las cuales necesitan que reconozcamos esa relación para que se multipliquen las situaciones donde el producto y el comprador puedan encontrarse. Mediante las «compras éticas», muchas marcas consiguen presumir que luchan contra el hambre en el mundo, contra la extinción de las ballenas o que luchan a favor de los niños víctimas de minas antipersona. De esta manera, consuman una función terapéutica muy significativa ante la conciencia de culpa de los consumidores. Esa conciencia no solo sufre por los niños hambrientos —que normalmente residen lejos—, sino también por el tiempo que dejamos de conceder a nuestros familiares y amigos, de manera que el purgante es a la vez cómplice de la enfermedad: «[…] mediante la publicidad y la entrega de analgésicos morales comercializados, los mercados de consumo no evitan, sino, por el contrario, facilitan el marchitamiento, el languidecimiento y la desintegración de los vínculos interhumanos» (Bauman, 2011, p. 107).
Sabemos que la tierra tiene límites y que necesitaríamos varias docenas de planetas como el nuestro para mantener el ritmo de consumo, considerando que otros países superpoblados aspiran hoy a emular nuestras costumbres. El problema es que, si son las grandes firmas las que monopolizan hoy la posibilidad de realizar conductas éticas, se debe seguir incrementando el consumo. La sostenibilidad es un concepto clave, pero ningún político que aspire a ser votado se atreve a prometer a sus ciudadanos que restringirá sus posibilidades de consumo, pues, entre otras cosas, le acusarían de perpetuar la crisis y trabar el crecimiento. Para Bauman, la solución pasa, inexcusablemente, por un giro en la conciencia ciudadana lo bastante escorado como para poner límite a los propios deseos de consumo.
Quizás haya llegado ya la hora de devolver la responsabilidad moral a su vocación primigenia: la de garantizar la supervivencia mutua. Y todo indica que la condición primordial entre todas las condiciones necesarias para llevar a cabo este reenfoque es la desmercantilización del impulso moral. (Bauman, 2011, p. 113)
En el capítulo de conclusión de No logo: el poder de las marcas, Naomi Klein asume que el consumismo es el gran enemigo del ciudadano, y así puede plantear la posibilidad de una lucha popular y a la vez global, tan global como los poderes económicos que debe combatir. Esa lucha, en el contexto de un país productor como Filipinas —nación que la autora visitó—, es la última secuencia de una larga batalla histórica que antes se libró contra los señores feudales, después contra los ejércitos de los dictadores militares, y ahora se dirige hacia los propietarios de las fábricas. Es inútil esperar que Inditex, Nike o Walmart creen códigos éticos: no les interesa redactarlos y, si los redactan, no les interesará cumplirlos, pues van contra el primordial de los intereses de una empresa, que es la rentabilidad económica.
En contra de lo que a menudo hemos oído sobre la alterglobalización, el objetivo no es acabar con los Gobiernos, ni siquiera combatirlos. Critican su inacción porque, en realidad, lo que pretenden es recuperarlos. Somos los ciudadanos los que hemos de aprender a gobernarnos a nosotros mismos, pero la auténtica transitividad de las propuestas que nacen de cualquier forma de asambleísmo solo existirá si sirve para presionar a los actores institucionales a cambiar sus programas. Si elevamos la voz para afirmar que no nos representan, es porque necesitamos que lo hagan; debemos buscar nuevas formas de representación popular, formas que, por cierto, deben empezar a desbordar el marco de los viejos Estados-nación. En vísperas de empezar el nuevo siglo, a punto de asistir a una forma completamente novedosa e inesperada de protesta en la cumbre de Seattle, la autora de No logo: el poder las marcas veía llegado el momento de globalizar la resistencia.
Cuando estos movimientos de resistencia comenzaron a formarse a mediados de la década de 1990, parecían ser un conjunto de partidarios del proteccionismo que se reunían por la sola necesidad de combatir todo lo que tuviera alcance global. Pero a medida que los militantes se han unido por encima de las fronteras, ha aparecido un programa distinto, que sigue integrando la globalización pero que requiere arrancarla de manos de las multinacionales. Los inversores éticos, los piratas culturales, los defensores de los espacios públicos, los sindicalistas de McDonald’s, los hacktivistas de los derechos humanos, los militantes universitarios y los vigías anticorporativos de Internet constituyen los primeros capítulos de la lucha para que exista una alternativa ciudadana al imperio internacional de las marcas. Esa exigencia, que en algunas partes del mundo se sigue susurrando apenas, como para evitar el mal de ojo, consiste en construir un movimiento de resistencia a la vez popular y altamente técnico; un movimiento tan global y capaz de una acción coordinada como las multinacionales que intenta subvertir. (Klein, 2005a, p. 512)
3
Lo que queda de Seattle
La contracumbre lo cambió todo
Durante más de medio siglo de duración del GATT (Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio)6 se celebraron ocho rondas. La ronda que se celebró en Seattle se llamó Ronda del Milenio, término enunciado como si fuera a durar para siempre, pero que desapareció súbitamente y sin dejar rastro. Eran las últimas semanas de 1999, por lo que el nombre otorgado a la cumbre parece explicarse por lo inminente del 2000. Aquella grandilocuencia contenía propósitos en apariencia trascendentes: era el momento de que las naciones elaboraran una agenda común para el desarrollo y la convivencia, la globalización era la oportunidad para que la prosperidad y las libertades se mundializaran tanto como el comercio.
Hoy sabemos que se trataba de una farsa. El objetivo no confeso era avanzar en el ciclo liberalizador, lo que supuso incrementar la brecha norte-sur y la asimetría de los intercambios. Si hasta la década de los ochenta el contenido de las reuniones de la OMC (Organización Mundial del Comercio) solía centrarse en la vigilancia de las actividades de las empresas, en vísperas del nuevo siglo eran los Estados quienes recibían advertencias respecto a sus malas costumbres. En otras palabras, reuniones como la de Seattle, en el fondo, pretendían forzar a los países en vías de desarrollo a desactivar los marcos regulatorios internos con los que gravaban las operaciones de las corporaciones extranjeras.
Naomi Klein ha recordado años después que, en No logo: el poder de las marcas, se refirió varias veces a un activista inglés llamado John Jordan, cuyas intervenciones se le antojaron proféticas, pues, poco después de publicarse ese libro, ocurrió lo de Seattle. En el libro de Klein, se recogen las siguientes palabras de Jordan:
Las multinacionales están dañando la democracia, el trabajo, las comunidades, la cultura y la biosfera. Sin darse cuenta nos han ayudado a ver que todos los problemas responden al mismo sistema, a relacionar todos los temas con otros y a no pensarlos como si fueran independientes entre sí. (Klein, 2005a, p. 318)
En torno al movimiento Recuperando las Calles, Jordan estableció conclusiones sobre los métodos usados en algunas algaradas de ecologismo urbano, en ciudades como Londres, al enfrentarse a los bulldozers que destruían calles para facilitar el tránsito automovilístico. Se celebraban fiestas donde se leían poemas, se colgaban falsas televisiones de los árboles, se repintaban los pasos de cebra… Se trataba de convertir el arte y la imaginación en un instrumento político útil y eficaz. La experiencia que Jordan refirió a Klein fue profética incluso en lo relativo a los problemas de todo movimiento social. En una ocasión, el movimiento Recuperando las Calles consiguió celebrar una fiesta espontánea con veinte mil participantes nada menos que en Trafalgar Square. Aquello escapó de las manos de los activistas, quienes no pudieron evitar la hooliganización del acto, que acabó en duros enfrentamientos con la policía. Esto animó a los periódicos, al día siguiente, a hablar de vándalos y anarquistas que aterrorizan a los vecinos con consignas antisistema.
Conviene no olvidar estas alusiones a la experiencia como activista de Jordan, pues desvelan algunas claves de una forma de insurgencia ciudadana que tuvo, unos meses después de la publicación del primer libro de Naomi Klein, su pistoletazo de salida en la ciudad de Seattle. La creación del Foro Social Mundial, cuya primera edición se realizó dos años más tarde en Porto Alegre, es su resultado más palpable.
Pero ¿qué pasó en Seattle? No es objetivo de este trabajo dar cuenta periodística exhaustiva de unos hechos que parecen lejanos en el tiempo, sobre todo si consideramos todo lo que ocurrió después (el 11 de Septiembre, la segunda invasión de Irak, la Gran Recesión, el brexit, el ascenso de los partidos neofascistas en Europa, la elección de Trump…). Nos interesa conocer las conclusiones que Naomi Klein, y con ella los principales agentes del FSM, han ido obteniendo sobre lo ocurrido. Esto no fue fácil en aquel momento porque fue una sorpresa monumental para todo el mundo, sobre todo para los participantes a la cumbre oficial y para la prensa internacional, que no supo interpretar este acontecimiento y se limitó a dar por fracasado el evento y la llamada Ronda del Milenio.
La semana de protestas contra la cumbre se inicia el 28 de noviembre, y se establece un calendario dedicado a temas específicos como el derecho a la vivienda, del medio ambiente, de la mujer, derechos laborales, democracia, etcétera. Al día siguiente, se producen las primeras detenciones por descolgar una pancarta desde una grúa de setenta metros; hay una cadena humana por la condonación de la deuda; el conocido agricultor francés José Bové ofrece sus productos en las puertas de un McDonald’s. Al día siguiente, cientos de jóvenes manifestantes bloquean el hotel Sheraton, donde se ha de celebrar la cumbre; intervienen los antidisturbios y empiezan los supuestos enfrentamientos; la respuesta de los manifestantes a la violencia policial es la resistencia pasiva. Se suspende el acto inaugural porque la mayoría de delegados no ha conseguido acceder, así que permanecen en las habitaciones de sus respectivos hoteles. El 1 de diciembre se declara el estado de emergencia y se prohíbe cualquier acto de protesta en un amplio radio alrededor del Sheraton. Más de seiscientos activistas son detenidos y llegan noticias de malos tratos en los calabozos por parte de la policía. Las protestas continúan con actos y conciertos que reúnen cantidades crecientes de participantes. Días después se da por cerrada la reunión sin ningún acuerdo reseñable.
Conviene no olvidar los nombres de las organizaciones que tuvieron una participación decisiva en la contracumbre. Acción Global de los Pueblos (AGP) fue determinante por su capacidad organizativa, que le permitió coordinar con grupos de activistas contra la injusticia ambiental y social de todo el mundo para citarlos en Seattle. También fue importante Industrial Workers of the World, sindicato norteamericano de inspiración anarquista y que contaba, entre sus asociados, con Noam Chomsky. Direct Action Network (DAN), formado básicamente por estudiantes, estaba vinculado a los ingleses de Recuperando las Calles y coordinó con jóvenes de EE. UU. y Canadá. Public Citizen, con una espectacular cifra de miembros, se puede definir como un movimiento norteamericano de consumidores. Indigenous Enviromental Network, un grupo de indígenas de toda Norteamérica que defiende los planteamientos ecologistas y critica la fiebre desreguladora que en materia medioambiental defendía la OMC.
La lista es mucho más amplia. Para resultar inesperada, debemos reconocer que la contracumbre estaba perfectamente planificada por sus participantes. Pese a algunas acusaciones poco fundadas de violencia y desobediencia civil por parte de algunos grupos libertarios, la impresión general recogida por la prensa es que los disturbios sucedieron por el nerviosismo que provocó el acontecimiento en las autoridades más que por la agresividad de los manifestantes.
En su segundo ensayo, Vallas y ventanas. Despachos desde las trincheras del debate sobre la globalización, Naomi Klein ofrece su versión del nacimiento de todo un movimiento reivindicativo global. A diferencia de No logo: el poder de las marcas, este libro es una colección de escritos breves que se encadenan a partir de la precariedad que origina el hecho de ser manufacturado desde distintos lugares del mundo, los cuales no son elegidos por casualidad. Por eso, el libro empieza en Seattle, donde Klein tomó una activa participación. Con aquel acontecimiento clave como punto de partida, este segundo libro se anuncia como la crónica del tiempo en que decidió activamente dar noticia de los movimientos de lucha contra la globalización capitalista. La autora es optimista con ellos, pues cree que Seattle marca el inicio histórico de un gran movimiento de protesta universal. Sus protagonistas, mal llamados «antiglobalizadores» —en todo caso, son enemigos de las multinacionales—, saben que el fenómeno de la aceleración exponencial de las comunicaciones, que abrió las puertas a la gigantesca expansión de los mercados, es el que, acelerando los intercambios de información entre personas, ha impulsado las nuevas alianzas civiles.
Pero ¿por qué se manifestaron aquellas multitudes que tomaron Seattle? Para empezar, fueron audaces al cuestionar, públicamente, el mito de que lo que es bueno para las empresas lo es para la gente. Es cierto que han ido apareciendo formas de nacionalismo que, a veces desde el reclamo de nuevas formas de proteccionismo económico o desde la pura violencia fanática, han lidiado con las evidentes amenazas de este maelström que parece dispuesto a tragárselo todo. Pero, en realidad, los Nuevos Movimientos Sociales (NMS) cuestionan que las fronteras de la globalización se expandan sistemáticamente en detrimento de los derechos laborales, de la democracia o del medio ambiente.
¿Jóvenes hartos de reglas? No, ese es un cliché de los liberacionismos de los años sesenta del que ahora no podemos estar más lejos. En vez de abolir normas, se trata de proteger el derecho de los ciudadanos a establecer las normas que los protejan. Es falso que, como se desliza desde las reuniones de la OMC, la batalla sea entre globalización y proteccionismo; en realidad, se trata de un enfrentamiento entre la globalización neoliberal y los partidarios de una globalización basada en los derechos humanos.
Encuentros como el de Seattle han generado un efecto trascendental en la opinión pública: empieza a ser sospechoso que se diga «economía» cuando realmente se está diciendo «capitalismo». La primera escaramuza de guerra de guerrillas se le gana a aquello que en los años noventa se llamaba pensamiento único, como si tras la caída del Muro ya no fuera posible hablar de otras opciones y la crítica hubiera quedado proscrita, como si la célebre TINA («There is not alternative») thatcheriana diera por muerta y enterrada toda forma de insumisión. Al fin el capitalismo vuelve a ser tema de debate, no es un avance pequeño.
Pero no nos engañemos, no hay rastros del viejo conflicto, no se trata de volver al comunismo de Lenin o de Mao, entre otras cosas porque las condiciones históricas que hicieron posible la revolución proletaria han mutado. No podemos extrañarnos de que, en muchos países del este de Europa, exista la sensación de que las estatuas de Stalin han sido derribadas para poner en su lugar los monolitos de McDonald’s. Muchos de los conceptos marxistas (por ejemplo, el fetichismo de la mercancía) siguen teniendo una envidiable vigencia. Es cierto que el poder sigue en manos de unos pocos —como en los antiguos países de la órbita soviética— y que tratan igualmente mal a la mayoría de las personas. De aquellos Estados totalitarios, donde los ciudadanos se limitaban a la obediencia, hemos pasado al poder omnímodo de las multinacionales.
La lucha no puede ser idéntica a la de quienes la entienden como una experiencia de centralización de la batalla por el poder; esta lógica no corresponde al ciclo en que nos hallamos. Desde la vieja izquierda, se critica a los NMS (Nuevos Movimientos Sociales) por carecer de líderes y tender a la dispersión. Esa tendencia es, ciertamente, un riesgo, pero solo es posible enfrentarse a las multinacionales descentralizando el poder y descargando sobre las comunidades la capacidad de tomar decisiones y de autogestionarse. La acusación tiene sus fundamentos, pero fragmentar la lucha no significa sucumbir a la incoherencia, por más que la promiscuidad de temas, reclamaciones y grupúsculos que se exhiben en las manifestaciones alterglobalizadoras pueda inducir a la confusión. Así sucede con los visionarios o iluministas que se aproximan a este tipo de movilizaciones y a menudo terminan asumiendo el protagonismo mediático. También puede interpretarse que, al final, lo que se construye tiene mucho de simulacro o, si se prefiere, de ruido virtual, pues por todas partes surgen surfistas de la Red que llegan a presentarse como los auténticos cerebros de la protesta global. Es injusto reducir el movimiento a fórmulas tan simplistas, pero es cierto que, tras cada algarada, puede disolverse sin dejar apenas nada sólido tras de sí. No obstante, podemos dar vueltas al argumento y leer esa precariedad como un signo del fracaso de las viejas organizaciones partidarias antes que de las nuevas asociaciones. Al final, y en esto Naomi Klein es muy insistente, la cuestión es pelear en diversos campos para contrarrestar el poder de las multinacionales. Habrá momentos en que surjan voces en el movimiento que reclamen una mayor disciplina y la construcción de algunas estructuras jerarquizadas, pero lo que debe asumirse es que el éxito solo puede ser consecuencia de una lenta labor de concienciación de las multitudes. Las manifestaciones son, en este sentido, una ingente labor de aprendizaje para cientos de miles de jóvenes y no tan jóvenes.
Una voz especialmente autorizada con relación a los NMS, Susan George, autora del Informe Lugano —texto decisivo para el cambio de sensibilidad operado en las dos últimas décadas respecto al sentido de la resistencia al capitalismo—, comparte la imagen pedagógica de las citas contra la OMC y otras instituciones similares. Es importante subrayar que, entre otros muchos vínculos con distintas organizaciones reivindicativas, George es una de las figuras más destacadas de la organización ATTAC, creada en Francia en 1998, la cual reivindica la imposición de una tasa especial a las transacciones comerciales. Dijo Susan George:
hace veinte años, se podía decir USA fuera de Vietnam, Acabad el apartheid, Pinochet es un criminal, y todo el mundo sabía de qué hablabas. Los fenómenos contra los que hoy luchamos tienen más ramificaciones y exigen, en consecuencia, todo un proceso de educación. ATTAC es consciente de ello, y creo que es uno de los motivos de su éxito. Se define como un movimiento de educación popular orientado hacia la acción. (George y Wolf, 2002, p. 182)
Detengámonos en la versión que de la trascendencia de Seattle y las posteriores movilizaciones contra las instituciones financieras globales ofrece Susan George. En un interesante libro, La globalización liberal. A favor y en contra, polemiza con Martin Wolf, editorialista de The Financial Times, diario enormemente influyente y firme defensor de la globalización y la ideología liberal. En el capítulo dedicado al movimiento antiglobalización, que obviamente es visto con desconfianza por su interlocutor, George se muestra renuente a considerar Seattle como un «kilómetro cero» de los movimientos contra el capitalismo. Menciona que, en 1985, ocurrió una cumbre contra el G7 en Londres, «pero los media no hicieron caso». Asimismo, habla de redes de todo tipo creadas desde los años setenta para protestar contra el desigual reparto de la riqueza o contra la tiranía de la deuda en el Tercer Mundo; ella participó en estas, incluido Greenpeace, de cuyo consejo de administración formaba parte. Movimientos y asociaciones como los que se manifestaron en Seattle ya existían, pero es entonces cuando alcanzan la masa crítica.
Seattle nos puso bajo los focos. Ha habido un antes y un después de Seattle, así como ha habido un antes y un después de Génova. La escalada de violencia de los Estados contra el movimiento ha sido considerable, pero también le ha dado más visibilidad. Y cada vez se nos unen más jóvenes. Durante los años 80 y comienzos de los 90, todos acudían a escuelas de comercio para ganar dinero. Hoy, no les parece que sea una forma especialmente satisfactoria de vivir su vida o, al menos, no lo cree así una proporción significativa de la juventud. (George y Wolf, 2002, pp. 179-180)
Susan George también reconoce, como un problema, la dispersión de propuestas, que responde —apunta con cierta ironía acaso autocomplaciente— a «que nos gusta mucho la diversidad». Es preciso definir alternativas desde luego, pero si de alguna manera se puede responder al nefasto «There is not alternative» de Thatcher es creando foros como el de Porto Alegre, donde abundan las alternativas. Llamado inicialmente así porque fue en dicha ciudad brasileña donde el Foro Social Mundial celebró sus tres primeras ediciones. Los organizadores plantean qué temas merecen una mayor incidencia y qué campañas deben ser emprendidas o apoyadas. A partir de aquí, se intenta articular, a nivel internacional, el movimiento de resistencia a las instituciones internacionales que reúnen a los países ricos para decidir la suerte de todos.
Nadie dijo que fuera fácil
Hemos hecho una breve alusión a las dificultades internas del movimiento que se inicia en Seattle o que, como diría Susan George, alcanzó entonces su masa crítica, quizá, porque —citando de nuevo George— «los malos habían ido ya demasiado lejos». Todos los actores estelares de los Nuevos Movimientos Sociales —de las instituciones de la deuda internacional, como señala George; o de las multinacionales, como indica Klein— parecen tener claro que solo desde las multitudes movilizadas es posible encontrar respuestas capaces de forzar a los agentes políticos a cambiar las reglas del juego. Nunca podríamos apartarnos más de quienes, como Friedman, otorgan a las élites la misión de transformar las comunidades, como si las masas fueran solo espectadores destinados a obedecer las instrucciones que —supuestamente para su bien— habrían de cumplir, como si lo que hubiera que esperar de los privilegiados del mundo es que sean ellos los que nos salven y no los que se apropien de la riqueza de todos.
En cualquier caso, el progreso económico y social no depende de las características o de la conducta de las masas. En cada país una pequeña minoría señala el ritmo, determina el curso de los acontecimientos. En las naciones que se han desarrollado más rápida y prósperamente, una minoría de individuos emprendedores y arriesgados ha avanzado constantemente, creando oportunidades para que las sigan quienes les imiten, y ha hecho posible que la mayor parte de la población aumente su productividad. (Friedman y Friedman, 1992, p. 92)
Siguiendo el razonamiento de George, podríamos maliciar que, si estas corrientes de antagonismo a la evolución del capital tienen ya una larga historia, acaso uno de los motivos de su salto a la fama pueda encontrarse en la violencia que desde amplios sectores mediáticos se ha atribuido a las contracumbres.
En el relato que hemos realizado respecto a los sucesos de Seattle, no nos referimos al Black Bloc, al que se responsabiliza de los actos de violencia producidos en la ciudad durante los días de la cumbre. Estos actos se utilizaron para justificar el despliegue policial y, en especial, las tremendas medidas de seguridad que tomaron las autoridades en cumbres posteriores, sobre todo en la del G8. Susan George asevera que el 98 % de los movilizados eran partidarios de la no violencia y que actúan desde la responsabilidad de quien se siente representante de sectores civiles de sus países de origen o de las organizaciones solidarias a las que pertenecen.
[...] la violencia es contraproducente. Los Black Bloc son muy a menudo infiltrados por la policía y por elementos nazis. Es un debate fundamental dentro del movimiento, porque algunos se niegan a condenar cualquier forma de protesta, incluida la violenta. Yo no comparto este punto de vista. Considero que debemos garantizar que todo el mundo en nuestras filas respete las reglas de la democracia, si queremos un sistema democrático para el mundo. (George y Wolf, 2002, p. 185)
En cualquier caso, no hicieron falta muchos Black Bloc ni otros grupúsculos para enfrentarse a las fuerzas de seguridad desplegadas en las cumbres y quemar los contenedores. El 11 de Septiembre fue la excusa perfecta para criminalizar el movimiento. Poco después de los atentados, Noam Chomsky predijo que las consecuencias caerían sobre los movimientos de protesta porque el entorno de Bush no dudaría en proyectar sospechas de terrorismo sobre cualquiera que se atreviera a exhibir su disconformidad en las calles.
Con seguridad, un revés para las protestas del mundo entero contra la globalización corporativista, que tampoco empezó en Seattle. Semejantes atrocidades terroristas son un regalo para los individuos más crueles y represivos de todas partes y, sin duda, serán explotados —de hecho ya lo han sido— para acelerar la militarización, la regulación, la marcha atrás de programas democráticos, la transferencia de riqueza a sectores aún más reducidos y el debilitamiento de la democracia en cualquier forma posible. Pero no lo conseguirán sin resistencia, como no sea a corto plazo. (Chomsky, 2001, p. 20)
Dos décadas después, parece fácil disociar entre un fenómeno tan oscuro y atroz, como el del terrorismo yihadista, y una corriente reivindicativa cuyos principios asumen incluso partidos políticos de masas. Otra cosa es que el terror haya servido para legitimar prácticas gubernamentales claramente represivas; en España tuvimos un claro ejemplo con la Ley Mordaza del gobierno de Mariano Rajoy. De otro lado, Chomsky tuvo razón. Quizá el dinero necesario para la condonación de la deuda a los países más pobres del planeta terminó sirviendo para las guerras contra el terrorismo. Sin duda, la segunda guerra de Irak fue una humillación para las instituciones de paz internacionales —empezando por Naciones Unidas, que declaró ilegal aquella guerra— o para las pretensiones de quienes defienden la implantación de una gran trama de justicia universal. Y, sin embargo, los atentados del World Trade Center o del Pentágono —y todos los 11S que han venido después— no deben ahogar de ninguna manera el debate sobre el tipo de globalización que queremos, sino todo lo contrario.
A partir de Seattle, cada reunión del G8, del Banco Mundial o de la OMC generaba sistemáticamente una fuerte respuesta ciudadana, lo que debemos interpretar como un gran éxito mediático, pues los focos se trasladaban desde los actores políticos invitados hacia los manifestantes. El principio de la ofensiva preventiva, de cuya naturaleza habla Naomi Klein en Vallas y ventanas, responde a la lección de Seattle para la policía del mundo. Surgido como una forma de represión perfectamente ajustada al nuevo estilo de protesta, su objetivo era difuminar la línea de demarcación entre la desobediencia civil y la pura violencia vandálica o antisistema. La propia Klein formó parte del grupo de personas más o menos destacadas que le escribieron al primer ministro canadiense, Jean Chrétien, una carta abierta titulada Ciudadanos enjaulados, en protesta por la decisión de este de levantar una enorme valla de seguridad para la Cumbre de las Américas, celebrada precisamente en Quebec. En esta carta, se defiende el derecho a manifestarse de forma pacífica, rechazando enérgicamente la etiqueta de «subversivos violentos» con la que se pretendía criminalizar la protesta.
Desdichadamente, la contracumbre de Génova pasó a la historia por la muerte de un joven manifestante, abatido por un disparo de la policía. Centenares de colectivos de todo tipo acudieron a Génova, y las primeras manifestaciones transcurrieron sin grandes incidentes, a pesar de que el gobierno de Berlusconi había convertido la ciudad en un auténtico estado de guerra, con un despliegue militar y policial impropio de tiempos de paz. Los disturbios que ocasionaron las masivas cargas policiales de los días siguientes se asocian nuevamente a los Black Bloc, de cuyos actos se desmarcaron los organizadores de la contracumbre, tanto por su violencia como por los abundantes indicios de que su conducta fue consecuencia de infiltrados policiales.
Tanto en Quebec como en Génova, el gas lacrimógeno y las porras —en algún caso, los disparos— obviaron la distinción entre manifestantes violentos y pacíficos. Ese incremento de la brutalidad por parte de las fuerzas del orden registró la complicidad silenciosa de las fuerzas de izquierda tradicionales de las naciones en cuestión, lo que alimentó el sentimiento de los manifestantes de no sentirse representados por partidos ni por sindicatos. No es aventurado asociar ese sentimiento al eslogan «No nos representan», característico del 15M español.
Esta vez el éxito fue para Berlusconi, quien consiguió trasladar el debate sobre la erosión de las libertades civiles a la cuestión de la peligrosidad real de los activistas. No todos le creyeron, pero el Cavaliere tuvo la habilidad de presentarse ante los italianos como el superhéroe de tebeo que salvaba a los italianos de las hordas anarquistas que se disponían a incendiar el país.
Pese a formar parte entusiasta de aquellos colectivos de manifestantes ajenos a la partidocracia o el sindicalismo convencionales, Klein no deja de advertir la dificultad de articular una estructura de representación a partir de movilizaciones callejeras, por más justas que sean sus reivindicaciones. Vivimos una época —conviene no olvidarlo— de fuerte desmovilización política, donde las organizaciones tradicionales de izquierda se asfixian por la falta de militancia y sufren colosales fugas de masa electoral. Estamos en una sociedad de consumo, y eso genera distancias a veces insalvables entre las minorías que se manifiestan —aunque alcancen las 300 000 personas, como en Génova— y una comunidad que permanece misteriosamente indiferente a procesos que la amenazan. En realidad, el movimiento es una creación paciente, lenta y laboriosa, mientras las contracumbres o los campamentos de indignados son más bien su puesta en escena, la exhibición mediática de sus signos.
La creación del Foro Social Mundial, inicialmente llamado Foro de Porto Alegre (ciudad donde celebró sus tres primeras ediciones y también la quinta), supone el paso de la protesta a la construcción de un tejido estable de debate y de propuestas. Fue rotulada por Ignacio Ramonet —uno de los grandes artífices del FSM y autor de su eslogan «Otro mundo es posible»—, quien no duda en considerarla una «Internacional rebelde», y sitúa en su nacimiento el verdadero principio del siglo XXI.
No para protestar como en Seattle, Quebec, Génova y otros lugares, contra las injusticias, las desigualdades y los desastres que provocan en todo el mundo los excesos del neoliberalismo. Sino para intentar, esta vez con espíritu positivo y constructivo, proponer un marco teórico y práctico que permita proponer una mundialización distinta y afirmar que es posible otro mundo menos inhumano y más solidario. (Ramonet, 2012, p. 120)
Naomi Klein comparte este planteamiento: en algún momento el movimiento debía dejar de decir contra qué estaba y elaborar sus propuestas. El entusiasmo de la periodista es, sin embargo, más matizado que el de Ramonet. En sus primeras ediciones, el foro fue sumamente interesante, pero también caótico. Se llenó de celebridades y no fue capaz de llegar a un consenso sobre la cuestión clave: cómo operar para tratar que sus propuestas se llevaran a cabo. Por una parte, se hablaba de formar un gran partido con carácter internacional que ofreciera al electorado de todo el mundo una visión unitaria del movimiento; por otra parte, muchos seguían aferrados a la idea de la acción local y directa a favor de la autogestión de los colectivos y de la diversidad cultural. Al respecto, en Vallas y ventanas, Naomi Klein concluyó que, más que el apoyo a un gobierno mundial, lo que se salió de Porto Alegre fue una red internacional de iniciativas elegidas mediante democracia directa, y basándose en el principio de «actuar localmente», pues, en caso contrario, lo que puede resultar de las reuniones del foro es la confusión.
En este sentido, no es gratuito referirse al riesgo de desvertebración que, según un marxista sin ambages como Daniel Bensaid, afecta seriamente al movimiento. La aportación de este autor es relevante porque, además de ofrecer una lúcida visión del problema, polemiza sobre los riesgos del movimiento cuando, en 2010, cinco años después de Vallas y ventanas, el foro tenía una década de vida. El mensaje de Bensaid es que resulta imprescindible articular las respuestas desde la base del partido político; de lo contrario, se cae en la intransitividad y el destino del movimiento es disolverse en la inoperancia.
Una política sin partidos (cualquiera que sea el nombre —movimiento, organización, liga, partido— que se le dé) conduce así a una política sin política: tanto a un seguidismo sin proyecto hacia la espontaneidad de los movimientos sociales como a la peor forma de vanguardismo individualista y elitista o, finalmente, a una renuncia política en beneficio de una postura estética o ética. (Bensaid, 2004a, p. 174)
Sí hay alternativas
Estamos habituados a que la imputación de radicalismo se asocie a la de la incapacidad para ofrecer alternativas. Este planteamiento, al menos en el caso de los protagonistas del Foro Social Mundial, no puede estar más lejos de la realidad. Es más, si de algo se viene debatiendo en instituciones internacionales de participación ciudadana, es precisamente de alternativas: de sus consecuencias positivas y negativas y, en especial, de las vías para realizarlas. A continuación, nos referiremos a tres de los personajes más influyentes que se han vinculado desde su origen con el FSM: Susan George, Ignacio Ramonet y, por supuesto, Naomi Klein.
Susan George, autora clave en la historia del movimiento alterglobalizador, alerta, en su célebre Informe Lugano, sobre el riesgo de creer que una buena explicación de lo que debemos hacer basta por sí sola para convencer a los poderosos de que la realicen. Sería como si los artífices del apogeo liberal que hemos vivido descubrieran, de pronto, que han estado equivocados y que les faltaba una argumentación fundamentada para descubrir que llevábamos tres décadas en vía equivocada. Entonces hubieran pensado que sus planes han fracasado. Pero es justamente al revés. Desde que el thatcher-reaganismo proyectó acabar con el tan revolucionario Estado social, hemos visto cómo, bajo la presión del Banco Mundial o del Fondo Monetario Internacional, se han privatizado enormes sectores de la economía de todos los países del mundo. Además, se han incrementado las desigualdades entre países —peor aún, entre ciudadanos de cada país—, se han multiplicado las deudas de los Estados y las personas, se ha liberado a las grandes corporaciones de todo tipo de trabas a sus operaciones comerciales, etcétera. La llamada, en su momento, revolución conservadora ha sido un enorme éxito; por eso, la cuestión no es alumbrar recetas que han sido muchas veces enunciadas, sino obtener el poder para realizarlas, lo cual empieza por identificar a los enemigos y neutralizar su capacidad de actuación.
El capitalismo transnacional no puede detenerse. Con las empresas transnacionales y los flujos financieros sin inhibiciones se ha alcanzado una especie de fase maligna que seguirá devorando y eliminando recursos humanos y naturales aun cuando debilite el propio cuerpo —el propio planeta— del que depende. (George, 2008, p. 240)
Ha sido un éxito… Sí, pero el escenario que aboca esta dinámica a la humanidad es trágico y demanda un ejercicio de resistencia masivo, urgente y organizado. No es una empresa cualquiera.
Ante unas empresas transnacionales inmensamente poderosas, opacas, totalmente irresponsables y ante las estructuras de gobierno globales que están estableciendo para servir a sus intereses, la carga con la que debemos caminar el siglo que viene es nada menos que la invención de la democracia internacional. [...] Como nuestros antepasados, debemos dirigirnos desde la condición de súbditos hasta la de ciudadanos, pasar de ser víctimas a ser actores de nuestro destino. (George, 2008, p. 241)
Es relevante recalcar la trascendencia que para Susan George tiene la acción global, lo cual nos hace intuir que, dentro de la célebre consigna atribuida a los alterglobalización —«Piensa globalmente, actúa localmente»—, la autora tiende a descargar menos peso sobre el segundo aspecto. No es que sea inútil actuar localmente, sino que, en contra de la tendencia anarquista asociada a los activistas de las contracumbres, solo desde la maquinaria estatal se puede actualmente establecer la mediación entre los ciudadanos y el operativo transnacional. Sin abandonar esa perspectiva, lo que verdaderamente constituye la tarea histórica del momento es la configuración de una globalización alternativa.
Ante ello, el objetivo prioritario es seguir la pista del dinero. Como demuestra la Gran Recesión y el consiguiente austericidio, que implicó por ejemplo en la Unión Europea la confiscación del patrimonio de la ciudadanía para rescatar a unos bancos irresponsables y, en muchos casos, dedicados al bandidaje, las cargas tributarias se dirigen al dinero inmóvil, es decir, el de empresas y asalariados locales. El capital móvil o nómada de los sectores financieros y las grandes corporaciones debe ser recaudado a través de medidas de fiscalización de los intercambios financieros, que, según George, hay que gravar para recuperar servicios públicos, combatir la miseria y detener la devastación medioambiental. Esto supone generar una inmensa presión ciudadana sobre los Gobiernos a nivel global con el objetivo de repartir las cargas tributarias de forma equitativa. En la conclusión del Informe Lugano, Susan George asevera que sí hay elección; además, señala lo siguiente:
El viejo principio es aplicable en el ámbito internacional: gravar lo menos deseable y desgravar lo más deseable. Desgravar el empleo y los ingresos, gravar la contaminación y los residuos para obligar a las empresas a que sigan el camino medioambiental correcto. (George, 2008, pp. 245-246)
El periodista español afincado en Francia Ignacio Ramonet es una de las figuras centrales del movimiento altermundista. Ha aportado textos e intervenciones influyentes y destaca su papel fundacional en ATTAC o la dirección de la publicación Le Monde Diplomatique. Ramonet ha insistido en la consigna «Otro mundo es posible» como alternativa a la resignación extendida por los dirigentes mundiales, empeñados en convencernos —contra los principios mismos de la política— de que la globalización liberal es un fenómeno irremediable y que no existen otras opciones. El FSM surgió cuando se hizo evidente que la hegemonía se había trasladado desde la representación política y las maquinarias institucionales hacia los mercados financieros, las corporaciones transnacionales y los megagrupos mediáticos. Débiles o incluso cómplices, los partidos de izquierda y otros organismos fundados para practicar el contrapoder han abandonado una escena en la que solo aparecen como fantasmas útiles. Es imprescindible la emergencia de un poder civil tan global como las fuerzas que disponen los nuevos amos del mundo: las contracumbres que se inician en Seattle son los primeros pasos en la senda de un nuevo modelo mundial de democracia.
Todas las medidas propuestas por Ramonet se inician por la necesidad de desactivar el poder de las finanzas. Como sabemos, la organización ATTAC (Asociación por la Tasación de Transacciones Financieras y por la Acción Ciudadana) surgió con el objetivo de crear grupos de presión para imponer la llamada tasa Tobin. Esta pretensión parece haber perdido fuerza en los últimos años tal y como fue formulada inicialmente, pues la velocidad a la que se producen los movimientos especulativos hace problemática su aplicación, al menos como fue propuesta por el neokeynesiano James Tobin en 1971. No se ha abandonado —y eso explica la supervivencia de ATTAC— la propuesta de gravar los intercambios financieros y las rentas del capital, medidas a las cuales se añade el combate encarnizado contra los paraísos fiscales, sumidero de las grandes rentas y del dinero negro por los que se deslizan las economías del mundo hacia una catastrófica desigualdad.
En diferentes ocasiones, Ramonet ha insistido también en la necesidad de distribuir tanto el trabajo como las rentas. Es uno de los pioneros en la propuesta de la después llamada renta básica, que se concedería a cada individuo desde su nacimiento, independientemente de las circunstancias en las que haya ocurrido. Se incluye la condonación de la mayor parte de la deuda de las naciones pobres, la promoción de las economías basadas en recursos locales, el comercio justo, la protección de los indígenas, las leyes en contra de la discriminación de la mujer, los tribunales internacionales, la sanción por contaminación, etcétera. «Utopías hasta ayer, convertidas en objetivos políticos concretos para este siglo XXI que comienza» (Ramonet, 2012, p. 184).
¿Y Naomi Klein? No podemos ignorar sin más su aportación en el tema de las alternativas al capitalismo. Lo interesante de sus escritos, artículos o intervenciones públicas radica más en las propuestas estratégicas que en las demandas porque, entre otras cosas, las incertidumbres y la controversia tienen que ver mucho más con la cuestión de cómo alcanzar poder que con la de las medidas para propiciar una sociedad más justa y con mayor libertad y bienestar.
Definida por algunos como defensora del socialismo democrático, Klein se ha expresado a menudo en contra de todas las formas de nacionalismo con las que las comunidades han reaccionado a la globalización. Los éxitos electorales de personajes como Le Pen, Trump o Bolsonaro, el sorprendente triunfo del brexit, o las interminables discusiones sobre proteccionismo o globalización en las instituciones internacionales del comercio dan a pensar que los marcos estatales seguirán siendo una referencia válida. Pero, irremediablemente, las viejas demandas locales referentes a derechos laborales, libertades o protección medioambiental han de aspirar a trasladarse a instancias extranacionales. Lejos de la panoplia del «Prohibido prohibir», asociada al libertarismo de los sesenta, la tarea consiste en establecer reglas a nivel global que protejan los derechos civiles.
Ahora bien, dentro de esa tensión entre lo local y lo global, que afecta de lleno al movimiento de la alterglobalización, Klein considera vital descargar, sobre las comunidades, la capacidad de tomar decisiones. Las reuniones del Foro Social Mundial, las contracumbres y las manifestaciones o performances con evidente intención mediática generan un efecto de cohesión que puede ser muy frágil e insuficiente para eludir el mal de la dispersión, pero nada debe alejarnos del principio de que solo se puede luchar contra las transnacionales desde campos diversos. Es normal, entiende Klein, que en el seno del movimiento surja la duda entre intensificar la jerarquización o la descentralización, que son obviamente principios opuestos, pero al menos sabe con certeza que, mientras la resistencia global sea multicéfala, será mucho más difícil descabezarla.
En este sentido, detectamos la existencia de vínculos entre lo que propone Klein y la visión de un marxista de formación posmoderna como Antonio Negri7. No obstante, y al contrario que Negri y otros autores relevantes como Bensaïd o Zizek, Naomi Klein no se ha proclamado nunca comunista. Su línea se aleja de los procedimientos de toma del poder característicos de las teorías revolucionarias clásicas, ya que solo desde la descentralización del poder se hace posible combatir en todos los terrenos con el capital globalizado.
Eso explica la simpatía de la periodista canadiense por fenómenos como el de los centros sociales, que considera fueron decisivos en la contracumbre de Génova. Con una actividad cada vez más visible en ciudades de Europa, estos colectivos ocupan casas deshabitadas y tratan de ofrecer a la gente servicios que deben ser imprescindibles en toda comunidad, pero que el capitalismo ha mercantilizado. Obviamente, esa convicción incluye un desmarque enérgico respecto al rol actualmente desempeñado por los Estados. Klein y, en general, el FSM desconfían del Estado por las mismas razones que lo hace una masa creciente de la población en todo el mundo: los profesionales de la política viven más alejados que nunca de las preocupaciones reales de los ciudadanos. Además de acosar policialmente a los disidentes o a los inmigrantes, las instituciones se muestran impotentes para solucionar problemas tan graves como el paro o la gestión de los recursos naturales, sin olvidar la dinámica de recortes en servicios esenciales como educación o salud. Solo desde el reforzamiento de los poderes locales, se hace posible —según Klein— impedir que los beneficios económicos vayan casi exclusivamente a las multinacionales. Se trata de otorgar poder a las poblaciones que viven los verdaderos problemas sobre el terreno; es esencial que dichas comunidades sean capaces de autodeterminarse.
En conclusión, el gran reto del movimiento de la alterglobalización es realizar coordinaciones entres los activistas que se reúnen en el Foro Social Mundial y las comunidades que pelean en espacios locales. El desafío es alcanzar un marco político que pueda articular los dos frentes, pero tal empresa solo es sólida si es que los distintos colectivos son apoyados en los conflictos específicos en los que trabajan.
Así, más que sumarse a las demandas conocidas y que otros autores suelen hacer explícitas, lo que plantea Naomi Klein es dar voz a las personas sin techo, a las fuerzas que luchan en Asia y otros lugares contra la precarización laboral y el trabajo esclavizador, a las organizaciones que denuncian la violencia policial, a los inquilinos que se asocian contra la gentrificación y las subidas de los alquileres, a quienes exigen medidas contra el hacinamiento carcelario, a quienes se manifiestan contra el cierre o la privatización de escuelas u hospitales públicos, a los que se asocian para demostrar que los acuíferos se salinizan y peligra la provisión de agua... Todo esto es lo que significa, desde los textos de Naomi Klein, la consigna «Piensa globalmente y actúa localmente».
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