Kitabı oku: «Paciente X»

Paciente X
El caso clínico de Ryūnosuke Akutagawa

DAVID PEACE
Paciente X
El caso clínico de Ryūnosuke Akutagawa
Traducción de Jacinto Pariente
www.armaeniaeditorial.com

Título original: Patient X. The casebook of Ryūnosuke Akutagawa (Faber & Faber, 2018)
Primera edición: Septiembre 2019
Primera edición ebook: agosto 2021
Copyright © David Peace, 2018.
Copyright de la traducción © Jacinto Pariente, 2019
Copyright de la edición en español © Armaenia Editorial, S.L., 2019, 2021
Imagen de cubierta: Ryūnosuke Akutagawa (Japón, años 1920).
Armaenia Editorial, S.L.
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la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.
ISBN: 978-84-18994-19-7

Para A;
en recuerdo de Mark Fisher, William Miller y todos
los fantasmas de nuestras vidas.

15 Prefacio del autor
17 Después del hilo, antes del hilo
25 Los biombos del infierno
57 Repetición
75 El dormitorio de Jack el Destripador
97 Un cuento contado dos veces
129 El Cristo amarillo
167 Después de la guerra, antes de la guerra
199 Los exorcistas
229 Después del desastre, antes del desastre
247 San Kappa
279 Los espectros de Cristo
331 Después del hecho, antes del hecho
339 Posfacio
Índice
Kappa nació de mi dégoût por muchas cosas,
especialmente por mí mismo.
Ryūnosuke Akutagawa, 1927.
Estos son los relatos del Paciente x en uno de nuestros castillos de hierro. Contará sus cuentos a cualquiera con oído y tiempo para escucharlos.
Unos días parece más joven de lo que es, otros más viejo; macilento un día, abotargado al siguiente, la tensión y el dolor de nuestros tres mundos, sus espectros y sus visiones, astillan y fragmentan sus rasgos en un millar de yos mientras revive los horrores de toda una vida, antes de que lo trajeran a este lugar, cuando… No, no, no entremos en detalles todavía.
Él narraba sus relatos con detenimiento y riqueza de detalles y yo lo escuchaba con el médico responsable. Hablaba abrazándose las rodillas firmemente, meciéndose hacia delante y hacia atrás y lanzando miradas fugaces más allá de los barrotes de hierro de la estrecha ventana, donde un cielo nublado y sombrío se cernía con la amenaza de una insondable e infinita oscuridad.
He intentado transcribir sus historias, ya contadas, ya narradas y vividas, con tanta precisión y fidelidad como he podido. Pero si alguien no queda satisfecho o desconfía de mis anotaciones, que acuda a la fuente por sí mismo. Sin duda el Paciente x le dará la bienvenida con una respetuosa reverencia, lo conducirá a la dura silla y comenzará a narrar de nuevo sus relatos con melancólica y resignada sonrisa en los labios.
Pero, atención: al llegar al final del relato, la expresión de su cara cambiará. Se pondrá en pie de un salto, alzará los puños violentamente y le increpará: «¡Quack, Quack! ¡Fuera de aquí! ¡Cobarde! ¡Mentiroso! ¡Eres un sinvergüenza como todos los demás! ¡Quack, Quack! ¡Fuera de aquí! ¡Caníbal! ¡Vampiro! ¡Mirón! ¡Quack, Quack! ¡Fuera de aquí! Simplemente salva a los niños…
1
Y ahora, niños, os contaré un cuento sobre Gautama y Jesús.
Comienza un día en que Gautama va paseando por el Paraíso a orillas del Estanque del Loto. Las flores del estanque son perfectas perlas blancas, y sus centros dorados exhalan una fragancia infinita. Yo creo que debía estar amaneciendo en el Paraíso.
Pero de pronto, mientras paseaba, Gautama oyó un llanto, algo completamente extraordinario en el Paraíso. Se acercó a la orilla y allí, ante las flores, sumido en la fragancia, vio a Jesús arrodillado junto al estanque, junto al agua, observando la increíble escena que tenía lugar bajo las hojas abiertas de los lotos. Y es que justo debajo del Estanque del Loto del Paraíso se hallaba el más profundo de los Infiernos, y a través de las aguas cristalinas Jesús veía el Río de los Pecados y la Montaña de la Culpa con tanta claridad como si mirara las imágenes de un tutilimundi.
Y lo que veía le hacía llorar:
Un hombre llamado Ryūnosuke se retorcía en el Infierno con los demás pecadores. Había sido un autor famoso, pero había vivido una vida de absoluto egoísmo y había herido incluso a quienes más lo amaban.
Gautama recordó entonces que Ryūnosuke había realizado al menos un acto de bondad en su vida. Un día en que holgazaneaba junto al Estanque de Shinobazu descubrió una pequeña araña junto al camino. Lo primero que pensó fue en aplastarla, pero al levantar el pie se dijo a sí mismo: «No, no. Esta pequeña criatura es también un ser vivo. Arrebatarle la vida sin razón sería una crueldad».
Así que Ryūnosuke dejó que la araña pasara por su lado sin hacerle daño.
Cuando Gautama oyó llorar a Jesús y vio su rostro bañado en lágrimas, decidió recompensar a Ryūnosuke y a ser posible liberarlo del Infierno. Y por una afortunada casualidad, Gautama se dio la vuelta y vio una maravillosa araña que tejía un hermoso hilo sobre una hoja de loto del color del resplandeciente jade. Gautama levantó el hilo con delicadeza y se lo alcanzó a Jesús. Y Jesús bajó y bajó el hilo hasta las profundidades, entre las blancas flores, a través de las cristalinas aguas.
2
Allí, junto a los demás pecadores, en lo más hondo del más profundo de los Infiernos, Ryūnosuke flotaba y se hundía eternamente en el Río de los Pecados. Mirara donde mirara, todo estaba oscuro como boca de lobo y, si alguna vez una vaga silueta atravesaba las sombras, era el destello de una de las agujas de la Montaña de la Culpa, lo cual lo hacía aún más consciente de su propia perdición. No se oía un ruido, pero si alguna vez un leve sonido quebraba el silencio, era tan solo el débil suspiro de otro condenado. Como podréis imaginaros, los que habían caído tan bajo estaban tan agotados por las torturas sufridas en los otros siete infiernos que ya no les quedaban fuerzas ni para gritar. Por mucho que hubiera sido un escritor famoso, Ryūnosuke no podía ya más que retorcerse como una rana moribunda mientras se atragantaba con sus pecados.
¿Y qué creéis que pasó entonces, niños? Sí, claro que sí: ¡sucedió que Ryūnosuke alzó la cabeza y miró al cielo sobre el Río de los Pecados y vio el resplandeciente hilo plateado de la araña, tan fino, tan delicado, bajando sigilosamente a través de las sombras desde los altos, altísimos cielos derecho hacia él!
Ryūnosuke aplaudió de alegría. Si se hacía con el hilo y trepaba por él, quizá lograra escapar del Infierno. Y quizá con un poco de suerte, incluso conseguiría entrar en el Paraíso. De ser así, ya nunca más tendría que escalar la Montaña de la Culpa ni sumirse en el Río de los Pecados.
No había terminado aún de cruzar su mente aquel pensamiento cuando Ryūnosuke agarró el hilo y trepó y trepó con todas sus fuerzas, más y más arriba, una mano y otra mano.
Pero el Cielo y el Infierno están a miles de leguas de distancia, así que la huida no era tarea fácil. Pronto comenzó a cansarse, a cansarse hasta que ya no podía levantar el brazo ni una sola vez más para seguir trepando. No había más remedio que detenerse a descansar, y allí colgando del hilo de plata de la araña, miró abajo hacia el lejano, lejano fondo.
Ryūnosuke se dio cuenta de que el esfuerzo había merecido la pena: el Río de los Pecados estaba ya oculto en la profunda negrura. E incluso el opaco destello de la terrorífica Montaña de la Culpa quedaba ya muy lejos bajo sus pies. Si seguía así, quizá escapar del Infierno fuera incluso más fácil de lo que se había imaginado. Allí colgando del hilo de la araña, Ryūnosuke soltó una sonora carcajada: —¡Ya casi lo he conseguido! ¡Ya casi me he salvado!
¿Y qué creéis que vio entonces? Muy por debajo, sus yos trepaban por el hilo de la araña, su legión de yos lo perseguía, el hijo y el padre, el marido y el amigo, el amante y el escritor, el Hombre de Oriente y el Hombre de Occidente; sus yos y también sus personajes, Yoshihide, Yasukichi, Tock y los demás, sus muchas creaciones, y, por supuesto, sus pecados, sus innumerables pecados: su orgullo, su avaricia, su lujuria, su ira, su gula, su envidia y su pereza. ¡Lo perseguían trepando por el hilo con todas sus fuerzas como una columna de hormigas! ¿Cómo soportaría a todos sus yos, sus personajes y sus pecados aquel fino hilo que parecía a punto de romperse solo con su peso? Si el frágil hilo se rompía a medio camino, Ryūnosuke se precipitaría de nuevo en el Infierno del que tanto había luchado por escapar. Desde el negro Río de los Pecados, por el brillante hilo de plata sus yos, sus personajes y sus pecados ascendían a centenares, a millares, y entonces Ryūnosuke comprendió que si no hacía algo inmediatamente, el hilo se rompería.
Ryūnosuke alzó la cabeza de nuevo y observó el hilo de la araña. El Paraíso estaba ya a su alcance, estaba ya tan cerca… Ya veía la luz del agua, ya entreveía el rostro de Jesús, ya casi oía Su llanto, ya sentía Sus lágrimas en su propio rostro. Sin embargo, por mucho que intentara seguir ascendiendo, por muy rápido que trepara, sabía que sus yos, sus personajes y sus pecados siempre le perseguirían, siempre acabarían por alcanzarle.
Entonces, Ryūnosuke soltó el hilo de la araña.
Y en aquel mismo instante, en aquel mismo momento, mientras caía de nuevo en la más negra de las profundidades, el hilo de la araña se rompió justo por donde Ryūnosuke había estado agarrado.
Detrás de Ryūnosuke solo quedó el hilo de araña roto, colgando del Paraíso, brillando fugazmente en un cielo sin luna ni estrellas.
3
En el Paraíso, Buda y Cristo contemplaban lo sucedido desde la orilla del Estanque del Loto. Y cuando al final Ryūnosuke se hundió de nuevo en el Río de los Pecados, Buda continuó su paseo con el rostro teñido de tristeza. Sin embargo, Cristo permaneció arrodillado junto al estanque, delante del agua, observando a través de las hojas de loto, mirando las imágenes del tutilimundi, llorando, llorando y llorando en las cristalinas aguas—
In girum imus nocte et consumimur igni…
Damos vueltas y vueltas en la noche, la noche eterna, devorados por el fuego, por el fuego, en la noche, por el fuego—
El fuego devorado por el fuego…
Y los lotos del Estanque del Loto aún mecían sus perfectas flores blancas como perlas y sus centros dorados aún exhalaban una fragancia infinita. Pero yo creo que ya debía estar cayendo el crepúsculo en el Paraíso.
Una vez hace mucho tiempo, bajo las ramas de un pino rojo, ante la lápida ennegrecida de una tumba, el hombre le dijo al niño: «Estas son las historias que te contabas y te cuentas, entonces y ahora, ahora y entonces, de escenas del recuerdo, en biombos erigidos…»
1. Arriba y abajo y afuera
Una voz te llega en la oscuridad, túnel arriba, a través de las aguas.
—¿Me oyes? ¿Quieres nacer…?
Tu padre habla a la vagina de tu madre.
—Por favor, piénsalo bien antes de responder, pero…
Detrás del biombo corredizo, acuclillado en el suelo, con la boca al nivel de la vagina de tu madre como si hablara por teléfono, te pregunta: «¿Deseas venir a este mundo o no?»
Y cada vez, después de formular la pregunta, mientras espera tu respuesta, estira el brazo y coge la botella de encima de la mesa, da un trago de desinfectante, hace gárgaras, se enjuaga, escupe en la palangana de metal que hay en el suelo junto al culo de tu madre, retoma su postura, la boca junto a la vagina, y pregunta de nuevo: «¡Vamos, vamos! ¿Quieres venir a este mundo o no?».
Túnel arriba, en el agua, tú sacudes la cabeza y dices: «No, no, no quiero nacer». El primer acto de la tragedia humana comienza cuando un individuo se convierte en el hijo de unos determinados padres. Me preguntas si quiero nacer, pero ni siquiera sabéis si queréis tenerme; ya habéis perdido un hijo y ambos tenéis ya una edad nefasta. Si accedo a nacer, habéis planeado abandonarme en la puerta de una iglesia y reclamarme después al cura como expósito para conjurar vuestra mala suerte. Tiemblo de pensar en lo que heredaré de ti y de mi madre. La demencia es ya bastante mala de por sí. Afirmo categórica y absolutamente que la existencia humana es el mal y la condición humana el infierno. De modo que gracias por preguntar, pero no, gracias. Prefiero no nacer.
Pero nadie te oye, nadie te escucha, a nadie le importan tus palabras, tus palabras ahogadas en las aguas, tus palabras perdidas en el túnel, así que, no mucho más tarde, las aguas se abren y allá que vas, arrastrado por ellas, túnel abajo, a través de las cortinas, hacia la habitación y fuera, fuera.
—Niihara Ryūnosuke; Ryūnosuke, hijo-dragón…
En el año del dragón, en el mes del dragón, en el día del dragón, al caer la luna, al levantarse el sol, ves por primera vez la luz del mundo y lloras y chillas, solo, solo, y chillas y chillas.
2. «Madre/Haha»
Estás en un manicomio, en una sala enorme, monstruosa. A los locos los hacen vestirse con el mismo kimono gris. Le añade a la escena un toque aún más deprimente, si es que eso es posible. Uno de los enfermos está sentado al órgano y toca el mismo himno una y otra vez, una y otra vez, con creciente intensidad, con creciente fervor, mientras otro baila brincando y saltando en el centro de la sala. Junto a un doctor fuerte y sano, la viva imagen de la salud, observas. Los locos huelen de un modo particular y en su aroma percibes la fragancia de tu propia madre.
El olor de la tierra, un toque de fango…
—Vámonos —dice el doctor.
Tu madre estaba loca. Era una loca esbelta, grácil y hermosa, de linaje samurái, que se casó con un arribista que no le llegaba a la suela de los zapatos y se fue haciendo cada vez más callada, cada vez más tímida y retraída hasta la muerte de tu hermana mayor y después tu propio nacimiento, cuando definitivamente el crepúsculo y los espectros se apoderaron de ella y se la tragaron—
Hipnotizándola, atrapándola…
Tu madre se culpaba de la muerte de tu hermana Hatsu, creía que la meningitis que la mató se debía a un resfriado que había cogido durante una excursión. Tú naciste al año siguiente de la muerte de Hatsu, así que no la conociste, excepto por el retrato de la niñita de mejillas redondas y hoyuelos que aún sigue en el altar de tu casa. Sin embargo, ni tú ni tu otra hermana, Hisa, fuisteis un bálsamo para vuestra madre, no la defendisteis de los espectros, de los espectros y del crepúsculo—
Aprisionándola…
Día tras día, sentada sola en una habitación del piso superior de la casa de los Niihara en el distrito de Shiba, todo el día, fumando una pipa fina y larga, con el cabello recogido en un moño y sujeto con un peine, ceniciento el pequeño rostro, el pequeño cuerpo inerte, como si en realidad ya no estuviera allí, nunca realmente allí, demacrada, desvaneciéndose, echándose a perder, a perder.
Ensombreciéndose…
Pero tú la veías, la veías entonces y la ves ahora: tu madre adoptiva insistía en llevarte a verla, te conducía por las empinadas escaleras hasta aquella habitación en penumbra, y te hacía decirle: «Hola, hola, madre». La mayoría de las veces tu madre no respondía, no hablaba, la pipa entre los labios, la boquilla blanca y la cazoleta negra, aunque una vez, solo una, de pronto sonrió levemente, se inclinó hacia delante, te dio un golpecito con la pipa en la cabeza y dijo: «¡Conk»
Pero la mayoría de las veces era una loca plácida y silenciosa. Y si tu hermana o tú le pedíais que os dibujara u os pintara algo, cogía una hoja de papel de cartas, lo doblaba en cuatro y se ponía manos a la obra. A veces con tinta negra, a veces con acuarelas. Dibujos de plantas en flor, dibujos de niños de excursión. Sin embargo, todas las personas de sus dibujos tenían cabezas de zorro, todos tenían cabezas de zorro—
—Vámonos, —dice de nuevo el doctor.
Sigues al doctor por el pasillo hasta otra habitación. En las esquinas, en las estanterías, hay grandes frascos en los que cerebros y otros órganos se maceran en alcohol.
Conservados…
Recuerdas su muerte más que su vida; acabó por consumirse y murió en el otoño de tu décimo primer año. Llegó un telegrama. Subiste a un rickshaw con tu madre adoptiva y corristeis desde Honjo a Shiba en medio de la noche. Llevabas alrededor del cuello un fino pañuelo de seda estampado con un paisaje chino, el olor a perfume: Ayame Kōsui.
Tu madre yacía sobre un futón en una sala bajo la habitación del piso superior en la que había vivido. Te arrodillaste a su lado y lloraste con tu hermana mayor.
Detrás de ti alguien susurró, —El desenlace está próximo…
Y de pronto tu madre abrió los ojos y habló.
No recuerdas sus palabras, pero recuerdas que tu hermana y tú no pudisteis evitar unas risitas nerviosas. Y entonces tu hermana empezó a llorar de nuevo.
Tus propias lágrimas se detuvieron y ya no volverían a correr. Pero seguiste toda la noche arrodillado junto a tu madre, junto al llanto constante de tu hermana. Creías que si no llorabas tu madre no moriría.
Tu madre abrió los ojos y os miró a ti y a tu hermana unas cuantas veces más, y ríos infinitos de lágrimas le caían por el rostro. Pero no volvió a hablar. Y por fin, al anochecer del tercer día, tu madre murió. Y entonces lloraste, lloraste.
Una tía lejana, una mujer a la que apenas conocías, te echó el brazo por encima, te atrajo hacia sí y dijo: —Me has dejado totalmente impresionada.
No comprendiste qué quería decir, por qué dijo lo que dijo; impresionada de qué, pensaste, qué raro.
El día del funeral de tu madre, tu hermana y tú subisteis a un rickshaw, tu hermana con la tablilla funeraria y tú con el incensario, para asistir al largo cortejo fúnebre desde Shiba a Yanaka. Pero mientras atravesabais las calles bajo el sol de otoño tú te quedabas dormido y te despertabas de pronto justo antes de que el incensario se te resbalara de las manos. El trayecto parecía no tener fin—
Durar por siempre…
—Y este es el cerebro de un hombre de negocios, —dice el doctor, pero tú miras por la ventana, observas un muro de ladrillo manchado de musgo con cristales rotos en el borde; ¿para evitar que alguien entre o más bien que alguien salga?
—Por alguna razón que desconozco —le dices al médico— me siento más cerca de la hermana a la que no conocí que de mi madre. Pero si Hatsu aún viviera, tendría más de cuarenta años y quizá se pareciera a mi madre en aquella habitación del piso de arriba, fumando su pipa, dibujando gente con cara de zorro.
—Por favor, continúe —dice el doctor con una sonrisa.
Pero tú no continúas. Tú no hablas. Tú no le dices que a menudo sientes que en algún lugar hay una mujer de unos cuarenta años que te cuida, un fantasma que no es exactamente tu difunta madre ni exactamente tu hermana muerta. Y seguramente no es más que la consecuencia de los nervios destrozados por el café y el tabaco, pero quizá en alguna parte el fantasma de una presencia te concede ocasionales vislumbres de sí mismo y de un mundo más allá de este mundo—
Por allá, por acullá…
El cinco de abril es el aniversario de la muerte de tu hermana. El aniversario de la muerte de tu madre es el veintiocho de noviembre. Su nombre póstumo es Kimyōin Myōjō Nishin Daishi.
No recuerdas el aniversario de la muerte de tu padre ni su nombre póstumo.
3. «Padre/Chichi»
Tú comes cucharada tras cucharada de helado en el Restaurante Uoei en Ōmori y tu padre suplica: —Vuelve Ryūnosuke. Deja esa casa en Honjo y vuelve conmigo. No te faltará de nada, Ryūnosuke. Toma, cómete otro cuenco de helado…
Al enloquecer tu madre, tu ocupado padre te regaló. Te regaló al hermano de tu madre, Akutagawa Dōshō, y a su esposa Tomo, que no tenían hijos. Tú te alegras de que te regalara, eres feliz de que te regalara. Pero él no te deja en paz, intenta acercarse, intenta recuperarte, sobornarte con plátanos, piñas y helado. —Toma, hijo, toma: cómete otro cuenco, y otro…
Tu padre era comerciante de productos lácteos, de mucho éxito al parecer. Era, como dice Confucio, «hombre de palabra hábil y maneras obsequiosas». Pero también era un hombre colérico, un hombre que había servido en el ejército, que había luchado del lado de los rebeldes Satsuma en la Guerra Boshin de 1868 contra los Tokugawa y los Toba-Fushimi, un hombre que había luchado y vencido. Tu padre no era un hombre acostumbrado a perder, a aceptar la derrota.
Tanto ganado para algunos…
—¡Otra vez! —grita con el rostro enrojecido.
Estás en el tercer curso de la escuela secundaria y estás practicando la lucha con tu padre. Lo has derribado fácilmente con tu mejor movimiento de judo, el ōsotogari por encima del muslo, y lo has enviado al suelo con las piernas por alto. Pero tu padre se pone en pie de un brinco y avanza hacia ti en guardia, con los brazos extendidos. Lo derribas otra vez con facilidad, con demasiada facilidad.
Tanto perdido para otros…
—¡Otra vez! —brama.
Sabes que está enfadado. Sabes que si lo derribas de nuevo tendrás que volver a luchar con él de nuevo, una y otra vez hasta que te venza, cada vez de peor humor, sus ataques cada vez más agresivos. Y por supuesto, vuelve a la carga y de nuevo forcejeas con él. Así que le dejas forcejear un rato, un ratito, antes de caer, de tirarte al suelo deliberadamente, de perder deliberadamente, de ser deliberadamente un…
—Perdedor —alardea tu padre—. ¡Perdedor!
Te pones en pie, te sacudes el polvo, tu padre sale de la habitación pavoneándose y tú miras de reojo a la hermana menor de tu madre, la mujer que es ahora la segunda esposa de tu padre, que os ha observado luchar, y ella te sonríe, y te guiña un ojo, y comprendes que lo sabe, que sabe que has dejado ganar a tu padre, que hoy le has dejado ganar, solo hoy, una última vez.
«Padre ingresado…».
Tienes veintiocho años y eres profesor en Yokosuka cuando recibes el telegrama. Tu padre ha contraído la gripe española. Viajas a Tokio. Duermes tres días en un rincón de su habitación en el hospital. Te aburres junto a su lecho de muerte.
Al cuarto día recibes una llamada de tu amigo Thomas Jones. Está a punto de marcharse de Tokio y te invita a una cena de despedida en una casa de té de geishas en Tsukiji. Dejas a tu padre agarrado a la vida por un hilo y te vas a la casa de té.
Pasas una noche de lo más placentera en compañía de cuatro o cinco geishas. Te marchas alrededor de las diez y cuando bajas por las estrechas escaleras hacia el taxi oyes una hermosa y suave voz femenina que te llama, —Ah-san…
Te detienes en la escalera. Miras hacia la parte superior. Desde arriba, una de las geishas clava sus ojos en los tuyos. No dices una palabra. Te das la vuelta, sales por la puerta y te metes en el taxi.
Por el camino de vuelta al hospital no dejas de pensar en la cara joven y fresca de la geisha, en su peinado al estilo occidental y en sus ojos, en sus ojos. No piensas ni por un momento en tu padre agonizante en el hospital.
Te espera impaciente. Manda a tus dos tías al otro lado del biombo decorativo de dos paneles que hay junto a su cama. Te indica que te acerques, te agarra la mano y la acaricia y comienza a hablarte de un pasado remoto del que nada sabías, de cuando conoció a tu madre, de los años que estuvieron casados, de un baúl de tansu que habían comprado juntos, de que pedían sushi a domicilio. Minucias, trivialidades. Pero mientras te cuenta todas esas cosas, mientras escuchas esas cosas, notas los párpados cada vez más calientes y ves como las lágrimas resbalan por sus mejillas, sus demacradas, estropeadas mejillas, y tus propios ojos se inundan de lágrimas. Confuso y delirante, tu padre señala al biombo.
—¡Buque de guerra a la vista! ¡Buque de guerra a la vista! ¡Mirad las banderas! ¡Mirad cómo ondean las banderas! ¡Banzai! ¡Todos juntos! ¡Banzai!
Tu padre muere a la mañana siguiente, sin demasiado dolor, sin demasiado sufrimiento, o eso te aseguran los médicos.
No recuerdas en absoluto el funeral de tu padre. Pero sí que cuando cruzabas la ciudad acompañando su cuerpo desde el hospital a su casa, una enorme luna llena de primavera refulgía sobre el techo del coche fúnebre.
4. Tokio: un mentalorama
Odias a los padres que te dieron la vida, que te regalaron, que te regalaron dos veces. Pero amas a tu familia adoptiva, que te acogió, que te dio un hogar, sobre todo a la hermana mayor de tu madre, tu tía Fuki. Eres feliz con tu familia adoptiva, eres feliz con tu tía Fuki; eres feliz aquí, eres feliz en esta casa feliz, esta casa feliz que tiene a la pobreza por vecina.
Te encantan las calles de alrededor de tu casa, las calles de Honjo, en la orilla oriental del río Sumida. No hay ni una sola calle hermosa, ni una sola casa agradable en todo Honjo. Las tiendas son anodinas, la carretera es un lodazal en invierno y una polvareda en verano, y solo conduce a la Gran Acequia. La Acequia en la que flotan los hierbajos, la Acequia apestosa a mierda—
Pero ese es el lugar que amas: el templo Ekōin, el Puente del Potro Parado, Yokoami y el hipódromo de Hannoki; esos son los lugares que te atormentarán, a ti, a tus pensamientos y a tus sueños, durante el resto de tu vida, sus calles polvorientas, sus calles inundadas, sus míseras casas y sus cloacas abiertas, así como su naturaleza: las hierbas en los tejados, las nubes de primavera en los charcos, los altos árboles de los templos y los sauces que bordean las cloacas; esta es la naturaleza que amarás por encima de cualquier otra, la naturaleza que vive imperceptible, sutil, entre los artificios de la así llamada civilización humana, abriéndose y floreciendo, con toda su belleza, con toda su brutalidad—
Con todo su misterio…
Paseas por Honjo todas las mañanas con tu padre adoptivo, caminas y caminas con el corazón rebosante de júbilo, tan feliz, tan lleno de curiosidad, tan lleno de amor, tan maravillado, hasta que, hasta que—
Hasta que una mañana, cuando el fulgor matutino se borra del cielo, tu padre adoptivo y tú paseáis hacia tu lugar favorito, la Ribera de los Cien Pilotes del río Sumida. Siempre hay pescadores y a ti te gusta sentarte a mirarlos mientras tu padre adoptivo te cuenta historias de los espíritus-zorro que ha visto en sus caminatas, historias fantásticas, historias mágicas. Llegáis a la Ribera de los Cien Pilotes pero esa mañana está desierta. Tan solo los piojos de mar pululan por los huecos de los muros de piedra de la ancha ribera. Empiezas a preguntarte dónde se habrán metido los pescadores, por qué no hay pescadores ese día. Tu padre adoptivo señala al río, hacia el agua y dice: —mira eso…
Y tú miras y ves—
Debajo de tus pies, entre los pilotes, entre la basura, entre los hierbajos, flota sobre las olas un cadáver con el cráneo afeitado, subiendo y bajando, arriba y abajo, abajo y arriba con la corriente, con la marea.
Apartas la vista, te das la vuelta, te giras hacia tu padre adoptivo y te ocultas en su abrigo. Pero él te agarra del brazo y te coge de la cara y dice: —¡Mira, Ryūnosuke! ¡Mira! No puedes apartar la cara ante el horror, no puedes apartar la vista de la muerte. No puedes esconderte, debes mirar. Así que mira, Ryūnosuke. Mira y verás…
Y entonces miras, y sí, entonces ves, ves el lugar tal y como es: los cadáveres que flotan en sus ríos y cuelgan de sus árboles, los cadáveres que caen en sus cunetas, que arden en sus fuegos, las fábricas en ambas orillas, hilera tras hilera, chabola tras chabola, las interminables chabolas, las vías del tren y los postes eléctricos, su riqueza y su pobreza, sus saciados y sus hambrientos, todos arrastrándose por los huecos, flotando arriba y abajo, subiendo y cayendo, fingiendo y fingiendo, fingiendo que no hay problema, fingiendo que todo va bien, que no hay problemas: que no hay engaño, que no hay mentiras, no hay mentiras, no hay mentiras. Que no huele a meados. Que no huele a mierda. Que no huele a muerte. Que dentro de la ornada caja no hay un pastel barato. Que la botella cara no contiene un sake de calidad ínfima. Que no hay ropa zurcida ni biombos con remiendos. Que no hay escritorios de madera astillada, con el tapete raído y el barniz gastado. Que no hay cojines desvaídos, deshilachados y recosidos. Que no hay artificio, que no hay pretensión. Que no hay autoengaño. Que no hay padres que no son padres, que no hay madres que no son madres. Que no hay cicatrices, no hay cicatrices en tu corazón, tu roto, destrozado corazón; es todo mentira, todo mentira—
Y entonces, entonces te das la vuelta y sí, sí, huyes; corres más rápido de lo que has corrido nunca, más rápido de lo que nunca correrás, por las calles polvorientas, por delante de las cloacas abiertas, hacia tu casa, cruzando la verja, la puerta de tu casa, y escaleras arriba hasta tu tía, que está en su dormitorio, siempre en su dormitorio, tras el biombo, siempre tras el biombo, y tu cara se entierra en su pecho, tus lágrimas abrasan su ropa, sus brazos ciñen tu espalda, sus manos acarician tu cabello, y ella susurra y susurra, —Ya pasó, ya pasó Ryūnosuke, ya pasó, mi querido, querido niño. Así es el mundo de los hombres, así es su mundo de mentiras. Pero yo estoy aquí, estoy aquí. Y nunca te abandonaré, nunca te abandonaré Ryūnosuke. Yo nunca te abandonaré…
Con tu cara aún enterrada en su pecho, tus lágrimas aún abrasando su ropa, Fuki abre un libro: Uji Shūi Monogatari. Fuki pasa las páginas llenas de cuentos populares orales. Sin mirar, sin leer, Fuki dice, —Mukashi Mukashi, había una vez tres hermanas que vivían en la casa de su familia en la Vieja Capital. Y lo extraño fue que, contra toda costumbre, contra toda tradición, la hermana pequeña se casó primero y después se casó la mediana, pero la mayor no se casó. No sabemos el porqué, ella nunca lo dijo. Sin embargo, como siempre, la gente empezó a murmurar sobre honores mancillados, sobre vergüenzas secretas, sobre tíos borrachos, sobre episodios violentos. ¿Un niño? ¿Había un niño de por medio? ¿Lo habían regalado y ella no lo había vuelto a ver? No lo sabemos. Ella no lo dijo, nunca lo dijo. Y como no tenía marido, la hermana mayor se quedó en la casa familiar, al cuidado de su padre y su madre y de su hermano mayor también, y sus hermanas menores se casaron y sus hermanas menores se fueron de casa y la dejaron sola, sola en su habitación. Y con el tiempo, murió su padre y después su madre y su hermano encontró esposa y la trajo a la casa. Pero la hermana mayor siguió viviendo en la casa familiar, sola en su habitación, en su habitación, sola en su habitación, hasta que con el correr del tiempo también ella enfermó y murió.
Dejaron su cadáver en la habitación hasta el regreso de las hermanas menores, que en compañía del resto de la familia y los criados la llevaron a la explanada de las cremaciones. Y cuando llegaron a ese lugar de humo y cenizas, cuando intentaron descargar el ataúd del carro para realizar los tradicionales ritos funerarios, notaron que el ataúd era extrañamente liviano y tenía la tapa entreabierta. ¡Sí, el cuerpo había desaparecido! Se quedaron atónitos, pues era imposible que el cadáver se hubiera caído por el camino. A pesar de todo, desanduvieron sus pasos para asegurarse. Por supuesto, no encontraron ni rastro. Pero cuando llegaron a la casa, cuando entraron en su habitación, allí estaba, sola en la habitación, yaciendo como si nunca se hubiera movido.
Durante toda la noche la familia y los deudos discutieron qué hacer. Al salir el sol volvieron a meter el cuerpo en el ataúd, sellaron la tapa con cuidado y esperaron a que anocheciera para intentar llevar a cabo la cremación. Pero cuando por fin empezó a caer la noche, de nuevo encontraron abierta la tapa del ataúd y el cuerpo yaciendo en el suelo de su antigua habitación. Entre los miembros de la familia y los deudos cundió el terror. Y cundió más aún cuando intentaron mover el cadáver. No podían. Era sencillamente imposible. No importaba cuántos lo intentasen, no importaba cómo lo intentasen. El cuerpo no se movía. Porque sus brazos eran raíces, porque sus piernas eran raíces, los huesos de sus costillas, los huesos de su espalda. Plantada en el suelo, arraigada en el suelo. Su cabello un torzal, su cabello una enredadera.
Allí estaba, donde debía estar. «Te gusta este lugar», dijo una de las hermanas. «De acuerdo entonces, si ese es tu deseo, aquí te dejaremos. ¡Pero no podemos dejarte a la vista!». Y entonces desclavaron las tablas del suelo y cavaron una fosa, y sí, entonces la bajaron a la tierra y era liviana como el aire.
Allí mismo la enterraron, bajo el suelo, con un buen túmulo sobre su cuerpo. Pero entonces la familia y los criados se mudaron porque nadie quería vivir en una casa con un cadáver. Y así, al tiempo, la casa se convirtió en ruinas y acabó por desaparecer. Tan solo quedó el túmulo. Pero ni el vulgo quería vivir cerca de la tumba. La gente murmuraba que allí sucedían cosas horribles. Y así, pronto, muy pronto, solo el túmulo quedó en pie. Y con el tiempo, con el tiempo, construyeron sobre él un templo y dicen que el templo sigue allí, sobre el cadáver enraizado.
En su dormitorio, siempre en su dormitorio, tras el biombo, siempre tras el biombo, con tu cara aún enterrada en su pecho, tus lágrimas ya secas en su ropa, sus brazos aún ciñendo tu espalda, sus manos ahora alisando tu cabello, Fuki susurra y susurra, —Estas son las historias que debes aprender, Ryūnosuke, estos son los cuentos que yo te contaré. Para enseñarte cómo es el mundo de los hombres, para prevenirte de su mundo de mentiras. Y es que los hombres son demonios, Ryūnosuke, y este mundo es su infierno. Pero no llores, Ryūnosuke, no llores, que yo te protegeré, yo te salvaré. Yo te protegeré de esos demonios, yo te salvaré de su infierno. Porque yo nunca te abandonaré, Ryūnosuke, nunca te abandonaré, nunca te abandonaré…
Adoras a tu tía Fuki. La amas más que a nadie. Ella nunca se casará, ella vivirá contigo el resto de tu vida. Reñirás con ella, discutirás con ella. Pero nunca dejarás de amarla—
—Nunca te abandonaré, te lo prometo, te lo prometo…
No dejarás de amarla durante el resto de tu vida—
—¿Me lo prometes tú también, Ryūnosuke? Prométeme que no me abandonarás, que no me abandonarás durante el resto de mi vida…
En su dormitorio, siempre en su dormitorio, tras el biombo, siempre tras el biombo, en sus brazos, siempre a su alcance, asientes y dices: —Lo prometo.
5. La casa de libros
En su dormitorio, tras el biombo. Eres un niño malcriado, débil, enfermizo. Siempre estreñido, siempre con fiebre. Aquejado de convulsiones, torturado por el dolor de cabeza. Convulsiones constantes, dolores de cabeza perpetuos. Un niño nervioso, un niño atemorizado. Siempre asustado, siempre con miedo: miedo de la oscuridad, miedo de la luz. Del sol y de la luna. De las estrellas de la noche, de las nubes del cielo. Del cielo y del mar, del agua y de la tierra. Del suelo bajo tus pies, de la tierra sobre tu cabeza. Del aire que respiras, del mismo aire que respiras. Miedo de los vivos, miedo de los muertos. Siempre aquí, siempre allá. De los que un día te precedieron, de los que aún te preceden. De los vivos y de los muertos, de los muertos y de los vivos. De la gente, de la gente. Miedo de la gente, mucho miedo de la gente. De la gente y del mundo, de su mundo y de todo. Miedo, miedo, miedo, miedo de todo—
No tengas miedo, Ryūnosuke…
En la casa, en las demás habitaciones. Tienes miedo, aún más miedo. Miedo de las puertas, miedo de los suelos. De ese hueco, de aquel desnivel. Del polvo del techo, del polvo del suelo. Miedo del tatami, miedo de las lámparas. El viejo tatami, las lámparas mortecinas. Del altar familiar, de sus tablillas funerarias con el pan de oro ennegrecido. Del santuario familiar con sus dos tanuki de barro sobre cojines rojos. Están guardados en un oscuro almacén con una vela encendida. Cada noche, cada día. Tienes miedo, tienes miedo. Miedo de los biombos, de su papel despegado. Miedo de las ventanas, de sus amenazantes sombras. De las sombras y de los susurros, de los susurros del exterior y de los del interior—
No tengas miedo…
Menos en una de las habitaciones, solo una de las habitaciones. En las paredes, sobre la puerta. Hay grabados y pergaminos. De otra época, de una época mejor. Y en las hornacinas y por el suelo. Hay libros. Muchos libros. De otro mundo, de un mundo mejor. Y en esa habitación, solo en esa habitación. Tienes menos miedo, mucho menos miedo. Al principio curioso, intrigado. Después emplazado, ahora seducido. Por las imágenes, por los pergaminos. Y por los libros, por todos esos libros—
No tengas miedo, susurran. Te llevaremos a otra época, te llevaremos a un mundo diferente. A montones, a hileras. A una época mejor, a un mundo mejor, susurran. Acércate, Ryūnosuke. Acércate y mira. Caminas hacia los montones de libros, caminas hacia las hileras de libros. Seremos tu escolta, seremos tu escudo. Y alargas el brazo y tomas un libro. Tu escolta y tu escudo. Y abres el libro, abres el libro y miras. Otra época, otro mundo. Y ves, ves. Una época mejor, un mundo mejor. Este es el principio, el principio de todo…
Bajo la luz mortecina, sobre el tatami raído. Primero las imágenes, las vistosas ilustraciones. En los Kusazōshi, los libros de cuentos de Edo. Tan vívidos, tan mágicos. Con sus imágenes de fantasmas, con sus imágenes de monstruos. Los ojos desorbitados, el corazón al galope. Bajo la luz mortecina, sobre el tatami raído. Después las palabras, los crípticos signos. En el Saiyūki, en el Suikoden, los clásicos chinos en traducciones abreviadas. Tan intensos, tan fascinantes. Con sus leyendas de héroes, con sus relatos de aventuras. Los ojos se te abren como platos aún más, el corazón se te acelera aún más. Bajo la luz mortecina, sobre el tatami raído. Palabra tras palabra, oración tras oración, párrafo tras párrafo, página tras página. Lees y lees. Bajo la luz mortecina, sobre el tatami raído. Te conviertes en esos héroes, corres sus aventuras. Otra época, un mundo diferente. Una época mejor y un mundo mejor. La mortecina, mortecina luz es ahora la pálida luz de la luna. El tatami raído es ahora el suelo del bosque. El grifo que gotea, un río estruendoso. Las escarpadas escaleras, un paso de montaña. Tus sábanas, una piel de oso. Leer y leer, aprender y aprender. Te aprendes los nombres de los ciento ocho héroes del Pantano de Liangshan, todos sus nombres, sus nombres de memoria. Tu corazón ya en calma, tus ojos ya entreabiertos. Tu espada de madera, una hoja de metal helado. Luchas con la hermosa guerrera Diez Pies de Acero, te bates con el salvaje, audaz monje Lu Zhishen. Contra crueles bandidos, contra brujas nocturnas. Con bastones ensangrentados y con silbantes flechas. Personajes vivos, héroes de verdad. Los personajes son tus amigos, los héroes son tus maestros. Te enseñan valentía, te dan coraje—
No tengas miedo, gritan. Sé fuerte, Ryūnosuke, sé fuerte…
Así que lees y lees. Página tras página, página tras página. Lees y lees más y más. Leyendas y cuentos, relatos y después novelas. Libro tras libro, más y más. Lees y lees, Sin miedo, sin miedo. Ya sin miedo. Lees y lees. En casa y luego en la escuela. En tu escritorio y por la calle. Lees y lees. Bashō y Bakin. Izumi Kyōka y Kunikida Doppo. Mori Ōgai y Natsume Sōseki. Libros japoneses y libros extranjeros. La Biblia y Esopo. Shakespeare y Goethe. Pu Songling y Anatole France. Libro tras libro, personaje tras personaje. Vives cada libro, te conviertes en cada personaje. Hamlet y Mefistófeles, Don Juan y Julien Sorel, el Príncipe Andréi e Iván Karamazov. Cada libro una revelación, cada personaje una transformación. Tantos personajes y tantos, tantísimos libros.
Nosotros te guiaremos, Ryūnosuke. Nosotros te ayudaremos…
Te susurran, te llaman. Dentro de casa y ahora desde fuera de casa. Tantos libros, tantísimos libros. Pero tan poco dinero, tan poquísimo dinero. Tu padre adoptivo es un hombre culto pero frugal. Sin embargo, hay bibliotecas, siempre hay bibliotecas. Y tú tienes tu propia austeridad y tu propia astucia. Las bibliotecas públicas del otro lado del río quedan muy lejos, demasiado lejos para un niño de primaria. Pero cerca de la Gran Acequia, muy cerca de casa, realmente a mano, hay un negocio de alquiler de libros. La dulce señora que lo lleva te sonríe, la dulce señora que lo lleva te llama hijito. Así que día tras día, durante horas y horas. Finges cazar, finges rebuscar. Día tras día, durante horas y horas. Ella no se da cuenta, no sospecha. Hijito siempre está leyendo a escondidas, hijito casi nunca alquila nada. Día tras día, durante horas y horas. Con tu propia austeridad, tu propia astucia. Día tras día, durante horas y horas. En el mostrador la dulce señora hace horquillas ornamentales para el pelo, la dulce señora te llama hijito cuando entras. Día tras día, durante horas y horas. Lees y lees, libro tras libro. Gracias a tu propia austeridad, gracias a tu propia astucia. Días tras día, hora tras hora. Hasta que devoras todos sus libros, hasta que te zampas todo lo que tiene. Gracias a tu propia austeridad, gracias a tu propia astucia. Hasta que ya no te queda nada que leer, nada que hacer allí. Hasta que llega el día y por fin llega la hora—
Debes cruzar el río, Ryūnosuke…
Te llaman, te llaman. Más allá del puente, más allá del río. Los cuadernos escolares bajo el brazo, la tartera del almuerzo bajo el brazo. Cruzas el puente de Ryōgoku, cruzas el Sumida. Después del colegio y en vacaciones, cruzas el río y recorres las calles. Tienes doce años y una misión. Se ha decretado la movilización, hay farolillos en las comisarías. Primero a la Biblioteca Ōhashi en la colina de Kudanzaka, después a la Biblioteca Imperial en el Parque Ueno. Entre botas que desfilan, bajo ondeantes banderas. A través de las acogedoras librerías que se amontonan en la Avenida Jimbōchō con un sol cegador que se alza tras la colina de Kudanzaka. La ida al amanecer, el regreso al anochecer. Dos horas de ida y dos de vuelta. Bajo el sol y bajo la luna. Sea la estación que sea, haga el tiempo que haga. Con los vientos primaverales, flores de ciruelo y luego pétalos de cerezo. Con las lluvias estivales, hortensias en flor y luego lotos florecidos. Sobre alfombras de hojas, sobre alfombras de nieve. Con botas que regresan, bajo banderas de victoria. En la Biblioteca Ōhashi, en la Biblioteca Imperial. Te llaman, te llaman—
Te esperamos, te estamos esperando…
Las primeras veces tienes miedo. Los altos techos, las enormes ventanas. Las escaleras de hierro, los archivos del catálogo. El comedor del sótano y la sala de lectura. Pero después comienzas a leer. A leer y leer, página tras página. Pasas las páginas y lees, libro tras libro. Biblioteca tras biblioteca, año tras año. La Biblioteca Ōhashi y la Biblioteca Imperial, y luego la Biblioteca de la Escuela Superior y la biblioteca de la universidad, la Biblioteca de la Universidad de Tokio. Biblioteca tras biblioteca, durante años y años, préstamo tras préstamo, libro tras libro, cientos de libros, los amas, los amas, amas esos libros, esos libros prestados, esos libros prestados te aman—
Por favor, no nos devuelvas, Ryūnosuke, por favor…
La despedida, esas despedidas te parten y te parten, te parten por la mitad. Quieres quedarte los libros, tener los libros contigo, esos libros prestados, para abrazarlos y acariciarlos durante el resto de tu vida y leerlos de nuevo y de nuevo, una y otra vez. No devolverlos nunca, nunca dejarlos ir. Nunca separarte de ellos, nunca separarte de ellos. Así que con tu austeridad, con tu ingenio. Con tu devoción, con tu disciplina. Te mantienes alejado de los cafés y das clases a media jornada. Matemáticas, incluso matemáticas, tres días a la semana. Ganas dinero y ahorras. Y después compras y compras. En la Avenida Jimbōchō, en las librerías de segunda mano. Libro tras libro, libros usados. Los amas, los atesoras, los acaricias, los abrazas. Los tienes, los posees. Libro tras libro. Tus propios libros, tu propia biblioteca. Libro tras libro. Construyes tu biblioteca, una biblioteca para ti solo. Libro tras libro. Pero quedan aún tantos libros, tantos libros que deseas. En la Avenida Jimbōchō, en las librerías de segunda mano. Tantos libros, tantísimos libros. Te invitan, te tientan—
Llévanos contigo, llévanos, por favor…
Siempre tantos libros y tan poco dinero. Y por eso… Al fracasar todo lo demás, y como último recurso. Con el corazón dolorido, con los ojos arrasados en lágrimas. Sordo a sus protestas, sordo a sus gritos. Después de todo lo que te han enseñado, después de todo lo que te han dado. Sordo a sus protestas, sordo a sus gritos. Tus víctimas asfixiadas con un paño, tus víctimas estranguladas con un cordel. Como si asistieras a un funeral, como en una tragedia antigua. Cruzas el puente, cruzas el río. Tropiezas con un adoquín, te caes en la calle. Te manchas de polvo, te incorporas. Con pies pesados, a paso lento. Por las calles hacia Jimbōchō, caminas, caminas—
No, Ryūnosuke, no lo hagas…
Entras en la librería, la librería de segunda mano. Colocas el fardo sobre el mostrador, deshaces el nudo frente a la dueña. Retiras el paño, sacas los libros. Y preguntas a la mujer, preguntas. ¿Cuánto? ¿Cuánto por estos? Te ofrece menos de la mitad de lo que pagaste, incluso por los que están aún completamente nuevos. Suspiras, asientes. Aceptas la oferta y coges el dinero. Y te das la vuelta y sales de allí volando. Sordo a sus protestas, sordo a sus gritos. Huyes del crimen, de la escena del crimen. Sus protestas y sus gritos—
¿Por qué, Ryūnosuke…?
Porque aún quedan muchos libros, muchos más libros que quieres. En la Avenida Jimbōchō, en las librerías de segunda mano. Tantos libros, tantísimos libros. Que te incitan, que te tientan. Tantos libros, tantos remordimientos. Remordimientos y amores perdidos:
¿Ryūnosuke?
Dos meses más tarde, a la hora del crepúsculo. De vuelta en la Avenida Jimbōchō, de vuelta por las librerías de segunda mano. Ligeramente cubierto de nieve, envuelto en tu capa. Abriéndote paso de tienda en tienda—
¿Te acuerdas de mí, Ryūnosuke?
En la Avenida Jimbōchō, ligeramente cubierto de nieve. Envuelto en tu capa, golpeando el suelo con los pies. En el exterior de las librerías, los libros en la calle. Te incitan y te tientan. Pero ante una librería, ahora ante sus libros. Una librería que conoces, unos libros que conoces. Encuentras un ejemplar de Zaratustra, pero no un ejemplar cualquiera de Zaratustra. Un libro bien leído, un libro bienamado. Leído por ti, amado por ti. El mismísimo ejemplar que vendiste hace apenas dos meses, el mismísimo ejemplar, aún manchado de la grasa de tus dedos. Tu antiguo libro, tu antiguo amante. Lo coges, lo abres. Parado delante de él, relees y relees. Párrafo tras párrafo, página tras página. Y cuanto más lo lees, más lo extrañas. Este libro, este libro, tú—
Ryūnosuke, por favor…
Entras en la librería, la librería de segunda mano. Colocas el libro sobre el mostrador y preguntas, preguntas. ¿Cuánto? Un yen y sesenta sen, sonríe la dueña. Pero por ser tú, te lo dejo en uno cincuenta…
Llévame contigo Ryūnosuke, por favor, llévame contigo…
Se lo vendiste por setenta miserables sen y solo consigues que te lo rebaje a uno cuarenta. Pero extrañas ese libro porque amas ese libro. Así que suspiras y asientes. Y le entregas el doble de la cantidad por la que lo vendiste. Siempre igual, nunca aprendes…
Gracias, Ryūnosuke, gracias…
Sales de la tienda, de vuelta en la calle. Los edificios oscuros, la calle blanca. Todo en silencio, todo en un extraño silencio. La Avenida Jimbōchō cubierta de nieve, tú envuelto en tu capa. La portada gris acero del Zaratustra apretada contra el pecho, una sonrisa de burla a ti mismo en los labios agrietados. Caminas y caminas fatigosamente. A través de la noche, sobre la nieve. De vuelta a casa, de vuelta a tu biblioteca, tu propia biblioteca, para ti solo…
La casa de libros…
Libro tras libro, libro a libro, montón a montón, estante a estante, biombo a biombo y pared a pared, construyes y construyes una casa de libros, tu propia casa de libros. Hecha de papel, hecha de palabras. Una casa de libros, un mundo de palabras: todo lo que sabes del mundo, todo lo que aprendes del mundo lo sabes y lo aprendes de los libros, con los libros. No se te ocurre nada que de una forma u otra no le debas a los libros. Crees primero en los libros y después en la realidad: «de los libros a la realidad», esa es tu verdad inmutable; no eres de los que tratan de aumentar su conocimiento de la vida por medio de la observación de los viandantes. No; tú lees acerca de la vida de los hombres en los libros para observar mejor a los viandantes. Sí, las personas reales no son más que meros viandantes. Para entenderlos de verdad, con todos sus amores, todos sus odios, sus vidas y sus muertes, para conocerlos de verdad cuando pasan por delante de ti, te sientas en tu casa de libros, en tu mundo de palabras, y lees y lees, libro tras libro, y observas y anotas sus peculiaridades en el habla, en el gesto, sus expresiones faciales, la línea de una nariz y el ángulo de una ceja, la forma en que se agarran de la mano, esbozos groseros y bocetos, en Balzac, en Poe, en Baudelaire, en Dostoievski, en Flaubert, en los hermanos Goncourt, en Ibsen, en Tolstoi, en Strindberg, en Verlaine, en Maupassant, en Wilde, en Shaw y en Hauptmann. Un día serás el hombre más leído de tu generación. Pero de momento cada libro que lees es un manual para la vida, una instrucción en el arte de vivir. Te enamorarás de ciertas mujeres. Pero ninguna te mostrará qué es la verdadera belleza; solo gracias a Balzac, gracias a Gautier, gracias a Tolstoi, solo gracias a ellos reparas en la belleza de la oreja femenina, traslúcida al sol, o en la sombra de unas pestañas cayendo sobre unas mejillas. Si no hubieras leído acerca de tal belleza en los libros no habrías visto nada en ninguna mujer excepto a la hembra de tu especie. Sin libros, sin palabras, la vida sería insoportable, tan insoportable, tan fea, tan sumamente fea—
No vale un solo verso de Baudelaire…
Pero tu casa de libros, tu mundo de palabras, con sus biombos y sus paredes, con sus ventanas y sus puertas, está fabricada con libros ajenos, palabras ajenas, prestadas y compradas, siempre, robadas y usadas; en tu casa de libros de segunda mano, en tu mundo de segunda mano de palabras, tu vida es siempre de segunda mano, tu vida es ya de segunda mano.
6. Un puente, un portón; de camino al trabajo…
Un día, en el colegio, sueñas despierto mirando por la ventana, sin pensar, simplemente soñando, el viento sopla muy muy fuerte, el viento sacude las ramas de los árboles, las hojas susurran, cada hoja, cada hoja, detiene tus ensueños, atrapa tu mirada, te hechiza, te embruja, te hace ver, te hace sentir, ver por ti mismo y sentir por ti mismo, la hermosura de la naturaleza, la maravilla de la creación, el secreto, el misterio, el fluir, la luz; siempre recordarás este día porque este es el día, el momento, en que descubres a qué quieres dedicarte, qué quieres hacer en la vida, durante toda la vida—
Consagrarás tu vida a la literatura, a la creación literaria, consagrarás el resto de tu vida a la escritura.
En japonés existe la voz kaku, que significa «escribir, dibujar o pintar», en otras palabras, «componer, representar o describir». Kaku se escribe con la raíz de mano a la izquierda y el carácter de brote a la derecha. Por su parte, el carácter de brote está compuesto a su vez por dos raíces: la de hierba y la de campo. Cuando los unes todos, tienes kaku o egaku: la imagen de una mano plantando una semilla. Para ti, el arte se origina en el germen de una idea, y después es necesario plantar la semilla y cultivarla y nutrirla a mano. Eso es para ti la escritura y es a eso a lo que piensas dedicarte.
Abandonas la espada de madera, tomas la fina pluma y empiezas a garabatear, empiezas a escribir, copias los antiguos cuentos que relata Fuki, apuntas las historias que se cuentan las criadas, cuentos e historias de fantasmas y meteoros, de viudas obsesionadas con sus difuntos esposos, de ancianas torturadas por sus nueras, llenas cuadernos con esos relatos, editas pequeñas revistas con tus amigos, cuentas y recuentas, compones, representas y describes, escribes y escribes, historia tras historia, aprendes el oficio, construyes puentes entre relatos, entre los relatos de los demás y tus relatos, tus propios relatos, ese portón que buscas por encima de esos puentes.
Traduces una página de Poe al día, estudiando primero la composición de los relatos, después la construcción de las oraciones, los secretos ocultos, los misterios ignotos, el equilibrio entre belleza y verdad, entre pasión y terror, humor y sarcasmo, la melancolía de los sueños, la alquimia de la poesía, lo preciso de las oraciones, lo conciso de la narración, la maravilla de todos esos elementos, el efecto del conjunto; su devoción por la artesanía, su dedicación al oficio. Eso es lo que aprendes de Poe, esa es tu educación, tu etapa de aprendizaje.
Es un aprendizaje sin fin de la escritura, de la lengua. Porque la literatura es un arte de palabras cuya expresividad depende de la lengua. Por eso trabajas infatigablemente para mejorar la calidad de tu lengua, la calidad de tu escritura. Y la cualidad que persigues en la escritura de otros es la misma que persigues en tu propia escritura: la claridad. Quieres escribir con tanta claridad como sea posible. Quieres expresar lo que está enterrado en tu mente en términos precisos. Y eso es lo que intentas conseguir una y otra vez. Sin embargo, cuando tomas la pluma, rara vez logras escribir con la claridad y la fluidez que deseas. Siempre acabas amontonando oraciones. Todos tus esfuerzos, si es que pueden denominarse así, se centran en la claridad de tu arte.
Sabes, sin embargo, que la novela es el menos artístico de los géneros literarios. El único que merece el nombre de arte es la poesía. La novela es parte de la literatura tan solo por la poesía que encierra. Por lo demás, en poco se diferencia de la biografía o de la historia. Para ti los novelistas son biógrafos o historiadores que dan cuenta de la vida humana en una determinada época y en un determinado país. En Japón, la prueba de ello es la obra de la dama Murasaki y de Ihara Saikaku. Pero al mismo tiempo los mejores novelistas son siempre poetas, aunque siempre poetas impuros, forzados a la biografía o a la historia, siempre a caballo, siempre desgarrados, siempre partidos en dos, el historiador y el poeta, el poeta y el historiador.
Así que siempre vuelves a los relatos, los relatos del pasado, los cuentos del Uji Shūi Monogatari y del Konjaku Monogatari que te contaba tu tía Fuki, a la poesía del Manyōshū, a la lengua del Hōjōki, siempre vuelves al pasado, al remoto, remoto pasado… Mukashi, mukashi…
Porque supongamos que tienes un determinado tema que quieres convertir en un relato: para poder expresarlo con tanta fuerza y tanto arte como sea posible es necesario un acontecimiento extraordinario e inolvidable. Pero cuanto más extraordinario y memorable lo imaginas, más difícil es de describir convincentemente si lo encuadras en el Japón actual, porque no suena natural y terminas por abandonar el tema en la cuneta y ya todo está perdido. No obstante, la dificultad de situar un acontecimiento extraordinario en el Japón contemporáneo tiene fácil solución: lo único que hay que hacer es encuadrarlo en el pasado remoto o en el futuro lejano, o en un país que no sea Japón, o las dos cosas al mismo tiempo. Sin embargo, si simplemente comienzas con un érase una vez… y dejas fluir la historia, habrás fracasado. Hay que enmarcar la trama en un momento y un lugar histórico concreto e introducir e incluir detalles del entorno y las condiciones sociales de la época para que el relato suene natural y verosímil, para atrapar la atención de lector, cogerle de la mano y llevarlo de vuelta, de vuelta al pasado, para hacerle ver el pasado, hacerle sentir el pasado, hacerle vivir, eso es, vivir el pasado otra vez, de nuevo…
Sí, desde tu escritorio, pluma en mano, tú devolverás la vida a las historias del pasado, las historias una vez contadas, tú resucitarás a los muertos levantando el velo, arrancando el velo, rasgando el velo, el velo en dos….
Mukashi, mukashi, estás de pie bajo un portón, el Portón de Akamon en la Universidad de Tokio, bajo ese portón ves caer la lluvia, la ves caer ahora y la ves caer entonces, y piensas en otro portón, un portón distinto en otra ciudad, una ciudad diferente, en otra época, una época diferente: La Puerta de Rashōmon en Kioto, la gran puerta que antaño se alzaba al principio de la avenida Suzaku; no queda ni rastro, ni la piedra angular siquiera. Pero tú conoces esa puerta, tú has leído sobre esa puerta en el Konjaku Monogatari, y por eso la ves.
Hace mucho, mucho tiempo, un hombre viajó desde la provincia de Settsu a la capital con la intención de robar. Como al llegar aún era de día, se ocultó bajo la Puerta de Rashōmon…
Ves el portón en tu mente, la antaño gran puerta de Kioto, como si vieras un cuadro, un cuadro móvil, vivo, que respira; el portón abandonado y derruido, bajo un cielo cuajado de cuervos que graznan y dan vueltas, madriguera de tejones, zorrera, de pie en el crepúsculo, el crepúsculo ahora, el crepúsculo entonces…
A esa hora aún estaba atestada de gente, así que esperó pacientemente bajo la puerta a que la ciudad se calmara. Entonces oyó una multitud que se aproximaba…
—Ryūnosuke —dice tu amigo—. Siento haberte hecho esperar. Pero tengo buenas noticias: tenemos el lugar entero para nosotros…
Tu amigo estudia en la Facultad de Medicina de la Universidad de Tokio. Te conduce hasta el edificio, te guía por las escaleras, te conduce por un pasillo y te guía hasta la sala…
Para evitar ser visto, se apostó sigilosamente en el piso superior de la puerta, donde había una habitación. Una luz mortecina iluminaba las tinieblas. ¡Qué extraño! El hombre se asomó por la celosía de las ventanas y vio ante sí el cadáver de una joven…
Tarjetas de cartón con finos alambres cuelgan del dedo gordo del pie de cada cuerpo, cada tarjeta con un nombre, una edad y una fecha. Tu amigo se inclina sobre uno de los cadáveres y comienza a despellejarle el rostro con un escalpelo descubriendo una capa de grasa amarilla mientras el cabello del muerto cuelga del borde de la mesa.
La luz junto a su cabeza, una horrible vieja arrancaba el cabello del cadáver a tirones. En opinión del aterrorizado ladrón, aquella vieja debía ser un demonio o un fantasma…
Tienes miedo, de nuevo tienes miedo. No quieres mirar, pero debes mirar, debes hacerlo. Quieres escribir una historia situada en el período Heian, una historia de cadáveres. Pero no has sido capaz de terminarla, no has sabido encontrar el equilibrio entre lo fantástico y lo auténtico, Por eso has pedido estar aquí; has pedido observar un cadáver —¡Mira, Ryūnosuke, mira! No puedes apartar la cara ante el horror, no puedes apartar la vista de la muerte. No puedes esconderte, debes mirar. Así que mira, Ryūnosuke. Mira y verás…—. Y entonces miras y sí, ves. Ves el cadáver y ves el cabello. Y estiras el brazo para tocar el cabello, pero entonces te detienes, te detienes. Un olor sofocante, un hedor de melocotones podridos. Y te armas de valor y te acercas un paso…
El ladrón abrió la puerta, sacó su daga y se lanzó a la carga con un grito. La aterrorizada vieja unió las manos en una desesperada súplica de clemencia, clemencia…
—Tienes suerte —ríe tu amigo mientras trabaja con el escalpelo—. La verdad es que nos estamos quedando sin cadáveres decentes.
—¿Quién eres? ¿Qué haces aquí? —rugió el ladrón…
Estiras el brazo de nuevo y tocas el cabello, el cabello del cadáver. El pelo se desliza por tu mano sin dificultad…
—Mi ama ha muerto, señor, y ya que no había nadie que hiciera lo debido por ella, la he subido hasta aquí. Como verá, señor, tenía la cabellera más larga que el cuerpo, así que lo estoy cortando para hacer una peluca. ¡Por favor, señor, no me mate!
Pluma en mano, en tu escritorio, bajo la puerta, estás bajo la puerta, en la habitación superior, estás en esa habitación, en ese lugar y en esa época. El hedor de la muerte, el sonido de la lluvia. El resplandor de un relámpago, el fragor de un trueno. Le arrancas las ropas a la vieja, le arrebatas el cabello de las manos. Ella se aferra a tus piernas, te agarra de los tobillos. La pateas, la pateas violentamenta, violentamente, la arrojas con las piernas por alto entre los cadáveres, entre los muertos, y te das la vuelta, te giras, te giras y desciendes por las escarpadas escaleras, escalón a escalón hacia la oscuridad, hacia la noche…
El ladrón se llevó la ropa de la muerta y también la de la vieja, agarró el montón de cabello cortado, se lanzó escaleras abajo y huyó…
La vieja yace entre los cadáveres, desnuda, como muerta, ceniciento el pequeño rostro, inerte el pequeño cuerpo, como si ya no estuviera aquí, como si nunca hubiera estado allí realmente. Y entonces, murmurando y mascullando, suspirando y gruñendo, se arrastra, se arrastra, sobre los cuerpos, hasta la escalera, con el cabello colgando, colgando sobre la cara, y mira escaleras abajo, mira bajo la puerta, mira hacia fuera, mira la negra y vacía noche…
Sí, el piso superior de la Puerta de Rashōmon solía estar lleno de cadáveres y esqueletos. Cuando alguien no podía costear un funeral apropiado, a veces traía el cuerpo del difunto hasta la habitación superior y lo dejaba allí. El ladrón contó lo sucedido y así fue como la historia ha llegado hasta nosotros.
En tu escritorio, dejas de escribir, alzas la vista. Por un momento, no reconoces este lugar, no reconoces este mundo. Estabas inmerso en la energía y la luz que fluyen a través de la naturaleza y del tiempo, a través de la vida y del arte, una luz más potente que un millar de estrellas destrozadas y una energía más poderosa que la corriente de cualquier río fluyen por tu sangre, atraviesan tu mente, toman el débil brillo que parpadea en su interior, convierten ese brillo en una llama, avivan esa llama hasta que arde y arde cada vez más y más viva y te ilumina el camino, te obliga a avanzar, mueve tu mano, mueve tu pluma, palabra tras palabra, página tras página, te absorbe, te consume, en letras, en escritura. Pero de pronto, un momento después, desaparece de nuevo, desaparece. Y en el instante en que la pierdes de vista, en el mismo momento en que desaparece, te hundes en la inmensa, infinita oscuridad que ahora se cierne sobre ti, en tu escritorio, en tu estudio, y te deja perdido de nuevo, solo de nuevo, en la negra y vacía noche, perdido y solo, esperando, esperando.
*
Érase otra vez, entre las ramas del pino rojo, ante la ennegrecida lápida, el niño le dijo al hombre: No, no. Esos son los cuentos, los relatos que te cuentas a ti mismo, que te escribes a ti mismo, en el espejo del baño, en el escritorio del estudio, te los sigues contando, te los seguirás escribiendo, esos cuentos, esos relatos que no se sostienen, que no se sostendrán, que se vienen abajo, que se vendrán abajo, en el espejo del baño, en el escritorio del estudio, rompiéndote, rasgándote, astillándose y salpicándote, en escenas del recuerdo, en biombos erigidos, hasta que sea demasiado tarde, demasiado tarde y ya solo queden, ya solo queden esos biombos erigidos, tus propios biombos del infierno.
Ryūnosuke odiaba el verano. El sol rojo se convertía en hierro fundido y derramaba su luz y su calor sobre la tierra sedienta, que le devolvía una mirada de ojos inyectados en sangre al enorme cielo sin nubes. Las chimeneas de las fábricas, los muros, las casas, los raíles y las aceras, todo lo que estaba en el suelo, hacía muecas y gruñía de dolor. En su estudio, sudoroso y devorado por los mosquitos, Ryūnosuke se sentía como un desafortunado pez volador que hubiera caído en la polvorienta cubierta de un barco en dique seco para morir atormentado por el zumbido de las cigarras, torturado por los aguijones de los mosquitos.
A pesar de todo, a Ryūnosuke le encantaba la apertura estival del río Sumida. Esperaba apretujado entre la multitud junto a las barandillas del puente Ryōgoku. Observaba el paso de las gabarras y los barcos, cientos de barcos, grandes barcos de casco cuadrado, finas gabarras con toldos de lona y cortinajes blancos y rojos, adornadas con farolillos de vivos colores, miles de farolillos que cubrían el río hasta donde alcanzaba la vista, el río iluminado, las riberas encendidas, la multitud con los farolillos en las manos, las miradas en el cielo, embelesadas con las bengalas y la miríada de fuegos de artificio que subían al cielo desde los barcos hasta las estrellas, y caían a tierra cubriendo el mundo de millones de pequeñas, efímeras, agonizantes chispas. Pero aquel año, aquel día, se canceló el festival del kawabiraki. El Emperador había entrado en coma.
La temperatura continuó subiendo, pero la ciudad se cubrió de un negro manto de ominoso silencio. Los partes diarios en las cabinas de policía y los artículos de los periódicos informaban al público con todo detalle de los padecimientos del Emperador y, sin embargo, «su divino semblante permanecía inalterable en todos los sentidos». Aun así, en los templos las llamas sagradas ardían día y noche para expulsar a los malos espíritus, para cambiar el aire, para purificar el aire, y los trolebuses circulaban con las ruedas enmudecidas con trapos por las inmediaciones del foso de palacio, donde se concentraban en silencio millares de personas venidas desde cerca y de lejos para arrodillarse a rezar en el puente Nijūbashi y para postrarse frente al Palacio Imperial.
Ryūnosuke escuchó de su hermana el lacrimoso relato de tres colegialas que habían hecho una reverencia de media hora frente al palacio en súplica para que se recuperara el Emperador, para que se retrasara el crepúsculo, para que se detuviera la noche. Ryūnosuke se preguntó si debía acercarse también él a las puertas de palacio. Pero entonces, después de la medianoche, en la madrugada del 30 de julio de 1912, mientras comenzaba a caer una ligera lluvia, Ryūnosuke oyó los pregones de los repartidores de prensa. Ryūnosuke y su familia compraron las ediciones extraordinarias de todos los periódicos y leyeron los grandes titulares:
Ultimas Escenas En Palacio
El Pueblo postrado en oración mientras el emperador fallece en paz
Revelación del Amor del Pueblo
Las oraciones dan paso al llanto y los lamentos al conocerse el fatal desenlace
Si un maestro de los pinceles hubiera estado presente en los alrededores del Palacio Imperial este lunes por la noche, habría tenido la oportunidad de representar en un lienzo inmortal una de las más impresionantes y soberbias escenas de la historia de Japón: la escena de la divina revelación de la virtud nacional y de la suprema aflicción de los corazones rotos por la pérdida del amado. La crónica que recogerá los numerosos y titánicos logros y obras del difunto Emperador no estaría completa sin una serie de imágenes que representaran a las miles de personas que rezaban frente al palacio por la recuperación de su bienamado Emperador, y finalmente lloraban su muerte.
Pasaba una hora de la medianoche, pero el murmullo de las oraciones aún flotaba en el ambiente con la regular cadencia de un coro ininterrumpido. La multitud, congregada frente al palacio antes de la puesta de sol, seguía allí como clavada al suelo, muy pocos se habían marchado. Según avanzaba la noche, la brisa traía un frío que parecía colmar de desconsuelo y aprensión los corazones de la siempre creciente multitud.
Frente a las verjas de hierro, con los rostros vueltos hacia las habitaciones donde el Emperador yacía en su lecho de muerte, cientos de hombres, mujeres y niños se arrodillaban o se postraban en el suelo en profunda oración. Nadie reparaba en lo incómodo de la postura. Esperanzada contra toda esperanza, la plebe rezaba y rezaba. Los de mayor edad recitaban plegarias budistas y sintoístas y oraciones cristianas con intachable memoria, y los jóvenes y los analfabetos seguían sus palabras con dificultad e inseguridad. Todos unidos apelaban a la misericordia de Aquel que reina sobre el hombre y sobre el mundo. «¿Oh, Señor, no oyes acaso la súplica de nuestros corazones? ¡Concédenos tu gracia!».
Detrás de los que rezaban en el suelo, bullía una muchedumbre de personas más excitadas y menos pacientes. Sabían por el último parte oficial que el pulso del Emperador era ya tan débil que no se percibía y que su última hora se acercaba inexorable. Su estado era de tal inquietud y preocupación que no eran capaces de guardar silencio, ni siquiera durante las oraciones. Presas de la agitación, daban vueltas esperando con impaciencia las próximas noticias. Se les hizo callar, y su silencio alivió momentáneamente el sufrimiento largamente soportado. Los nervios de la población estaban a punto de romperse debido a la tensión y una ominosa incertidumbre parecía augurar fatídicas nuevas.
Entonces, llegó la noticia de la muerte de Su Majestad.
Tres minutos después, los periodistas se alejaban del lugar a toda velocidad en sus kuruma y pronto la terrible noticia se extendía por Tokio tan deprisa como lo permitían las imprentas, y se telegrafiaba a todos los rincones del planeta. Pero ninguna pluma sabría expresar el duelo de sesenta millones de súbditos japoneses, desde las aldeas hasta los palacios.
Las plegarias enmudecieron al instante. Los nervios sobreexcitados de la población cedieron y los aires se colmaron de ayes y lamentos de desesperación.
Tras media hora de llanto, muchos se retiraron a sus hogares para pasar el resto de la noche en oración por el alma del bienamado gobernante del país, al que quisimos como a un padre, al que veneramos como a un maestro, al que consideramos nuestra Fuerza, al más grande de nuestros Emperadores.
Los pálidos faroles de palacio lucían sobre los presentes con deplorables efectos. La ciudad pareció sumirse en la tristeza bajo el manto de la negra muerte mientras en la distancia la campana del Templo de Ueno tañía por el tránsito de una gran alma.
A la mañana siguiente temprano, Ryūnosuke y su familia compraron un trozo de crepé negro. Ryūnosuke lo ató alrededor de la bola dorada del extremo del mástil que había junto a la cancela de su casa en Shinjuku.
En toda la ciudad, en todo el país, en cada edificio, en cada mástil, en cada farola, y en cada poste telegráfico, la bandera nacional ondeaba a media asta. Las familias no tocaban música, ni siquiera hablaban en voz alta. Los music-halls y los teatros cancelaron sus programas, las tiendas y almacenes permanecieron cerrados. Las ventas se desplomaron y el mercado de valores se hundió. La turba apedreó la residencia del Médico Real.
Era el comienzo del Período Taishō, era el fin del Período Meiji. Moría un dios y nacía otro nuevo: Meiji 45, Taishō 1, 1912; el momento de la cremación, el momento de la coronación, el momento continuo, momentos contradictorios; entre el crepúsculo y el amanecer.
*
El general Maresuke Nogi, ensalzado por el gobierno y famoso héroe nacional de las guerras Sino-japonesa y Ruso-japonesa, estratega de prestigio internacional, dos veces conquistador de Port Arthur, había acudido a palacio para presentar sus respetos cincuenta y seis veces entre el anuncio de la enfermedad del Emperador y aquel 13 de septiembre de 1912. El general Nogi llevaba treinta y cinco años y cuarenta y cinco días esperando aquel día, el día del funeral del Emperador Meiji.
El cortejo saldría del Palacio Imperial de Nijūbashi a las 8 p.m. acompañado de salvas de artillería, del tañido de las campanas de los templos y de los quejumbrosos sones del canto fúnebre procesional. Se esperaba que el general Nogi, uno de los dolientes de mayor rango, ocupara su puesto en un enorme séquito funerario de más de veinte mil personas. Detrás de la carroza imperial, tirada por una fila de cinco bueyes, desfilarían los cortesanos vestidos de gala con arcos y alabardas, con abanicos y bastones, los príncipes imperiales y chambelanes de palacio, los genrō y los ministros del gobierno, los funcionarios de alto rango y la nobleza, muchos de ellos con sus rutilantes uniformes oficiales, seguidos de los miembros del Parlamento con sus fracs de negro riguroso y del Gobierno de la Ciudad de Tokio y su Cámara de Comercio, de los funcionarios y alcaldes de la Prefectura y de los directores de las escuelas y las autoridades religiosas, junto con los músicos de la corte, las bandas militares y una guardia de honor de mil soldados. A lo largo del itinerario cubierto con grava fresca formarían veinticuatro mil soldados más. Trescientos mil ciudadanos esperarían al paso del cortejo en las silenciosas y enmudecidas calles. En toda la nación, sesenta millones de personas se inclinarían en adoración lejana mientras a la luz de las antorchas la titilante procesión seguía a la carroza fúnebre imperial en su viaje de dos horas hasta un salón de actos especialmente construido para la ocasión en la plaza de armas de Aoyama. Allí sentados en el estrado esperarían los diplomáticos extranjeros y los enviados especiales de las Casas reales y Gobiernos del mundo: los príncipes de Inglaterra y Alemania, el Secretario de Estado de los Estados Unidos, representantes del Imperio Japonés en Corea, Taiwán y Sajalín; diez mil personas reunidas para presentar sus respetos cuando la corneta sonara a medianoche, cuando el nuevo Emperador, el hijo de Meiji, de uniforme de Capitán General, pronunciara un breve panegírico al que seguirían unas palabras del Primer Ministro Saionji. Sin embargo, el general Maresuke Nogi, el famoso héroe nacional y genio militar, no habría de ocupar su puesto en el cortejo, el general Nogi no habría de estar presente en la plaza de armas, Maresuke no habría de oír la voz del nuevo Emperador.
Aquella mañana temprano, el general Nogi, se atavió con su moderno uniforme de estilo occidental de oficial del Ejército Imperial de Japón. Su esposa Shizuko vestía un kimono jūnihitoe de tonos sombríos.
A las ocho en punto, el general y su esposa posaron para una serie de fotografías oficiales en el exterior de su residencia. El fotógrafo, Akio Shinroku, convenció al general y a su esposa de que le permitieran tomarles una última foto dentro de la casa, en la habitación del piso superior, con el general sentado a la mesa leyendo el periódico matutino y Shizuko de pie a su izquierda junto a la chimenea, mirando a la cámara. Después, la pareja se dirigió al Palacio Imperial.
En cada una de las ciento treinta ocasiones anteriores en que el general había visitado el palacio, siempre había hecho el viaje a caballo. Sin embargo, ese día el general ya había enviado a casa al mozo de cuadra y al único criado varón. Por eso aquella mañana, y solo aquella mañana, desde palacio se envió un coche oficial para el general.
Después de asistir al servicio religioso en palacio, el general y su esposa regresaron a su domicilio en Yūrei Zaka, la Colina de los Fantasmas, que lindaba con el cementerio de Aoyama en Akasaka-chō, donde almorzaron con la hermana de Shizuko, que era de avanzada edad.
Durante el almuerzo, el general y su esposa comentaron que no se encontraban bien. El general telefoneó a las autoridades para anunciar que estaba enfermo y que no asistiría a la ceremonia fúnebre del Emperador Meiji, por lo que no podría ocupar su puesto en la procesión. Su esposa, por su parte, informó al servicio que la pareja se retiraría a sus aposentos y dio orden de que no se les importunara. Entonces, el general y su esposa se encerraron en sus habitaciones del segundo piso durante el resto del día.
Poco antes de las ocho, Shizuko bajó al piso inferior. Pidió algo de vino, de vino no de sake, y regresó con él a los aposentos privados del matrimonio.
Poco después, en el piso inferior, cuando el lejano tronar de la primera salva de cañonazos marcaba la salida de la carroza fúnebre imperial de palacio, con la primera de las ciento ocho campanadas, la hermana de Shizuko oyó una serie de extraños ruidos procedentes de las habitaciones del segundo piso y llamó a una doncella. La doncella subió las escaleras a toda prisa para ver si los señores necesitaban algo. Encontró la puerta de los aposentos privados firmemente cerrada, pero en el interior sonaba una voz incomprensible y dolorida, y por una rendija en la puerta pudo ver a la señora tendida en el suelo.
La anciana llamó inmediatamente a la comisaría local, pero la línea estaba ocupada. Tampoco pudo ponerse en contacto con el médico del barrio, por lo que envió a las criadas a buscar ayuda a la calle. Por pura coincidencia, encontraron a un oficial de policía de Nagano, transferido a Tokio con motivo del funeral, el subinspector Sakamoto.
Sakamoto acompañó a las criadas a la casa. Subió al segundo piso y forzó las puertas a embestidas.
En la habitación de ocho tatamis de estilo japonés más alejada de las puertas, bajo los retratos enmarcados del Emperador Meiji, los padres del general y los dos hijos de la pareja, caídos en la Guerra Ruso-Japonesa, yacían el general y su esposa, él de costado en un charco de sangre y ella de rodillas con la frente apoyada sobre el suelo.
Mientras la carroza imperial tirada por bueyes portaba el cadáver del Emperador a través de la noche y cruzaba por delante de la casa, encerrados en sus aposentos privados, Maresuke y Shizuko se habían convertido en fantasmas por su propia mano.
*
Ryūnosuke compró los periódicos, todos los periódicos, y leyó noticia tras noticia, todos los artículos relacionados con la muerte del general Nogi y su esposa:
El célebre nogi se suicida
El general y la condesa celebran un harakiri a la vieja usanza
Sigue a su señor a la tumba justo antes del comienzo del cortejo fúnebre
El porqué de la muerte del general nogi
El testamento del gran héroe: una épica intensa y apasionada
Llanto de togo, luto del imperio y lamento internacional por la pérdida de un espíritu inmaculado
Lo que reproducimos a continuación es el testamento del difunto General Maresuke, conde Nogi, escrito de su puño y letra en la noche del 12 de septiembre, víspera del Funeral Imperial:
1. «Me quito la vida para seguir los pasos de Aquel que se ha ido. Soy plenamente consciente de la gravedad de mi delito. El crimen que implica no es leve. Pero es necesario recordar que fui yo el responsable de la pérdida de la Enseña Imperial en la campaña de Meiji 10, momento desde el cual siempre he buscado en vano la ocasión apropiada de morir. Hasta el día de hoy he recibido un trato de inmerecida gentileza y se me ha honrado con innumerables favores y gracias imperiales. He ido envejeciendo y debilitándome gradualmente. Mi época ha pasado y no puedo ya servir a mi señor. Afligido en extremo ante su muerte, he resuelto quitarme la vida.
2. Desde la caída en combate de los dos Sukes (abreviaturas de los nombres de los dos hijos del general que dieron su vida valerosamente en el sitio de Port Arthur), mis estimados superiores y amigos me han instado repetidamente a que adoptara un hijo. Sin embargo, son desde antiguo conocidas las dificultades que entraña la adopción de un heredero, como numerosos ejemplos, además del de mi propio hermano, dejan patente. Si me quedara algún hijo, el honor de haber recibido un título nobiliario me obligaría a designarlo mi sucesor, pero con el objeto de evitar dejar tras de mí una posible ignominia, lo mejor es no desafiar el mandato celestial con la adopción de uno. Dejo las tumbas de mis antepasados a la atención de mis parientes vivos mientras perdure la línea de sangre. Solicito que la residencia de Shinsaka sea donada a la Guardia o a la Ciudad.
3. En documento aparte dispongo el reparto de mis propiedades. Mi esposa Shizuko se ocupará de cuantos asuntos no haya mencionado.
4. En lo referido al reparto de mis efectos personales, he solicitado por escrito al coronel Tsukada que reparta a su propia discreción mi reloj, mi telémetro, mis binoculares de campaña, los arreos de mi montura y otros artículos de uso militar entre mis ayudantes como recuerdo. El coronel sirvió conmigo fielmente durante las últimas dos guerras. Shizuko está ya informada de este reparto, así que por favor sírvanse discutir con ella los detalles. El reparto del resto de mis posesiones queda abierto a negociación.
5. Los presentes Imperiales que porten los blasones Imperiales deben ser reunidos y donados a la Academia de Nobles de Gakushūin. He solicitado por escrito al señor Matsui y al señor Igaya que se ocupen de esta tarea.
6. Dónense a Gaku-shūin aquellos de mis libros que puedan ser de utilidad, y el resto a la Biblioteca de Chōfu. Dispóngase como corresponda de aquellos que sean inútiles.
7. Los escritos de mi padre, mi abuelo y mi bisabuelo deben considerarse parte de la historia de la Casa de Nogi. Deben ser meticulosamente recogidos, excluyendo cualquier obra irrelevante, y conservados eternamente, ya sea al cuidado de la casa del marqués de Sasaki o en el templo de Sasaki.
8. Lego los objetos expuestos en el Yūshūkan (el Museo de la Guerra de Kudan) a dicha institución. Esta es, a mi entender, la mejor manera de conservarlos en conmemoración de la Casa de Nogi.
9. A medida que Shizuko entre en la vejez y se vea aquejada por la enfermedad, la casa de Ishibayashi se convertirá en un lugar triste, además de poco apropiado. Por lo tanto, dispongo que dicha casa pase a ser propiedad de mi hermano Shūsaku, toda vez que Shizuko, por su parte, ha accedido a ocupar mi residencia de Nakano. Lego la casa y el terreno de Nakano enteramente a Shizuko.
10. He solicitado por escrito al barón Ishiguro que se ocupe de la disposición de mi cuerpo, que será donado a la ciencia. Bajo mi lápida (Shizuko está de acuerdo con ello) bastará con colocar mi cabello, uñas y dientes, incluyendo mi dentadura postiza. Solicito que mi reloj de oro con el blasón Imperial sea entregado a mi sobrino Mayasuki Tamaki a condición de que jamás lo use sin estar de uniforme.
Cualquier otro asunto no mencionado en la presente queda al cuidado de Shizuko. En vida de Shizuko el nombre de la Casa de Nogi seguirá honrándose, pero con su muerte se dará por extinguida la línea sucesoria de los Nogi».
El testamento lleva la fecha de Año Primero de Taishō, noche del 12 de septiembre de 1912, está firmado como «Maresuke» y está dirigido a Yūji Sadamoto, hermano de la condesa Nogi, Odate Shūsaku, hermano del general, Masayuki Tamaki, sobrino del general, y a Shizuko. Del testamento se deduce claramente que el general había confiado a la condesa su intención de suicidarse y que ella continuaría con vida.
Día tras día Ryūnosuke siguió comprando los periódicos, todos los periódicos, y día tras día siguió leyendo artículo tras artículo sobre la muerte del general Nogi y su esposa:
Cómo y por qué el gran héroe deseaba morir con el emperador
Un suicidio planeado desde hace años
La increíble entereza de la condesa nogi
El barón Ishiguro, Ministro de Salud y pariente del general Maresuke, conde Nogi, concedió una entrevista a los representantes de la prensa nacional el lunes por la tarde. El barón ofreció en ella un informe detallado acerca de la muerte del general y su esposa la condesa para beneficio de la opinión pública.
«El general Nogi me pidió en su testamento», afirmaba el barón, «que sus restos fueran destinados a la disección quirúrgica o a algún otro uso de utilidad médica. Sin embargo, su cadáver ha resultado ser de poco o ningún valor para la ciencia debido a que la muerte se produjo por sección de la artería del cuello y no por alguna suerte de enfermedad. Con todo, y con el fin de cumplir con los deseos del general, he entregado su cuerpo al Dr. Katayama y a los médicos castrenses Dres. Tsuruda y Haga para labores de investigación.
Se encontró al general y a la condesa Nogi en la sala, que estaba cerrada desde dentro. Cómo murió el general Nogi y quién murió primero, él o su esposa, son datos aún por dilucidar. De acuerdo con la tradición de los bushi, el método de celebrar el seppuku es realizar un corte en el abdomen que produzca el sangrado y después aplicar un golpe fatal en el cuello, ya que la sección abdominal no basta para acabar con la vida. El general Nogi celebró el seppuku siguiendo el método tradicional. Al parecer, después de seccionarse el abdomen se ajustó la ropa y se aplicó el golpe en el lado derecho del cuello atravesándolo hasta la parte posterior izquierda. Sin duda, el potente golpe acabó con su vida de inmediato al seccionar completamente las arterias.
En un principio, se pensó que el general se había quitado la vida después de asegurarse de la muerte de su esposa. Pero que no fue ese el caso es evidente en su carta dirigida a mí, en la que se afirma la voluntad de su esposa de seguir con vida. A juzgar por el carácter de la condesa, lo más seguro es que al conocer las intenciones de su marido tratara de disuadirlo, pero comprendiendo que su decisión era firme decidiera acompañarlo.
La condesa Nogi vestía de luto, con ropajes de tonos apagados y un hakama de color naranja pálido. Usó una daga de unos treinta centímetros de longitud. Se infligió cuatro heridas, una de ellas en la mano. Parece que en primer lugar se clavó la daga en el centro del pecho y después entre las costillas del lado derecho. La profundidad de esta herida fue de unos cuatro centímetros. Temerosa quizá de que la herida no fuera fatal, se clavó la daga por tercera y última vez, atravesándose el corazón. En el momento de este último golpe debía estar ya muy débil a causa de las otras lesiones. Como le fallaban las fuerzas para atravesarse el pecho con la daga, se arrojó sobre ella clavándosela hasta la empuñadura.
Personalmente, he sido testigo de no pocos casos de seppuku y sé que si el primer golpe no es certero, al oficiante normalmente le fallan las fuerzas para aplicarse un segundo y acabar así con su vida. No obstante, la condesa Nogi, a pesar de su condición de mujer, se infligió tres poderosos golpes y tuvo una muerte absolutamente honorable y decorosa.
El general y la condesa Nogi, cerraron la puerta desde dentro, se sentaron uno al lado del otro de cara al retrato del difunto Emperador y se quitaron la vida de la valerosa manera descrita más arriba. Sobre un escritorio en la habitación se encontraron cierto número de cartas y papeles, incluyendo el testamento del general Nogi. Entre ellos había también dos poemas del general y uno de la condesa. Justo antes de su muerte, el general Nogi compuso los dos siguientes poemas:
Divino ha ascendido a los cielos nuestro gran señor, y sus augustas huellas, desde lejos, humildemente adoramos.
Y el segundo:
Yo soy el que sigue los pasos del gran señor que ha partido de este mundo transitorio.
La condesa Nogi, por su parte, dejó la siguiente composición poética:
He oído que el sol ya no regresará tras Su partida, tan triste es afrontar la augusta procesión de hoy».
Día tras día, Ryūnosuke seguía leyendo artículo tras artículo de la muerte del general Nogi y su esposa, seguía leyendo los artículos y seguía observando las fotografías, día tras día seguía observando las fotografías del general Nogi y su esposa, y día tras día meditaba mirando las fotografías y leyendo los artículos, los inicialmente algo contradictorios y discutidos artículos de los periódicos, artículos repletos de expresiones como «suicidio», «harakiri», «seppuku» y finalmente «junshi».
Ryūnosuke nunca había leído la palabra junshi en un periódico antes de la muerte del general Nogi, solo la había leído en novelas o libros de historia. Ryūnosuke sabía que en el tercer año del Período Kanbun, 1663, el Shogunato Tokugawa había prohibido la práctica samurái de seguir al propio señor a la muerte. A Ryūnosuke le parecía apenas verosímil que una de las principales figuras del Período Meiji, uno de los principales arquitectos de la modernidad en Japón, cumpliera con una tradición tan arcaica tras la muerte del Emperador.
Pero los periódicos coincidían en que el general Nogi había celebrado el junshi, había seguido a su señor a la muerte y después Shizuko, una auténtica esposa samurái, se había quitado la vida y seguido a su esposo a la muerte.
Sin embargo, los editoriales y las columnas de opinión sí discrepaban en cuanto al significado y relevancia de las muertes del general y su esposa. Había quien calificaba el suceso de vergüenza internacional para una nación que aspiraba a la modernidad, otros veían en él una importante lección moral y un recordatorio de los valores tradicionales de dicha nación moderna y ambiciosa. La muerte del Emperador y el fin del Período Meiji, así como el suceso y la forma de la muerte del general Nogi y su esposa Shizuko, afectaron irrevocablemente a Mori Ōgai y a Natsume Sōseki, los dos escritores japoneses contemporáneos más admirados por Ryūnosuke. Ōgai se dedicaría desde entonces a la ficción histórica y escribiría obras como Ogitsu Yagoemon, Abe Ichizoku y Sakai Jiken, en las que trataba el tema del sacrificio personal, y Sōseki escribiría Kokoro, una novela plagada de muertes por suicidio.
Ryūnosuke seguiría leyendo aquellos artículos, aquellos editoriales, columnas y libros, y Ryūnosuke seguiría observando las fotografías, las dos fotografías del general y de su esposa tomadas la mañana del día de su muerte, y Ryūnosuke seguiría pensando; pensando en el moderno uniforme de estilo occidental del general y en el kimono jūnihitoe de sombríos colores de su esposa; en el cuerpo del general, encogido y extraviado en el uniforme, su rostro entre la humillación y la sombra, y el cuerpo de Shizuko rígido y aristocrático dentro de sus ropajes, su semblante severo y valiente; en las habitaciones japonesas de su mansión occidental; en el hecho de que bebieran vino y no sake; en el arreglo de hojas de sakaki sobre la mesa, las fotografías enmarcadas dispuestas sobre la mesa; en la obsesión del general con la fotografía, con la representación, su deseo de desaparecer, de extinguirse; junshi y bunmei kaika, aquel acto tradicional de violencia en aquella era de ilustración civilizada, mil novecientos doce, año primero del Período Taishō.
Las fotografías del general Nogi, los retratos de un Shōgun, se exhibían ya en los escaparates de los comercios, adornaban los muros de los pasillos de los colegios, academias militares, fábricas y oficinas. Recordados y venerados, no había forma de huir de ellos, no había manera de escapar de él. Pero Ryūnosuke volvía una y otra vez a aquellas fotografías, aquellas dos fotografías del general Nogi y de su esposa, aquellas fotografías tomadas la mañana del día de su muerte. Ryūnosuke seguía observando las fotografías y Ryūnosuke se preguntaba, seguiría observando las fotografías y seguiría preguntándose:
¿Por qué querría que los fotografiaran?
Y Ryūnosuke se negaba a estar de luto.
Una polilla de color verde claro se le posó sobre el hombro. Entraba por la ventana el aroma del heno recién segado, se oía el callado arrullo de los robles en el crepúsculo. A la luz de una amarilla luna de otoño, Ryūnosuke alzó la vista y miró el reloj, los tres relojes.
Ryūnosuke no sabía qué hora era.
—Parte de mí desearía que borrasen del mapa ese lugar.
—¿De verdad lo pasó tan mal, Sensei? —preguntó Ryūnosuke.
Natsume Sōseki cerró los ojos, cerró los ojos durante un buen rato, y cuando los abrió, cuando al fin los abrió, los tenía enrojecidos y húmedos. —A menudo me pregunto si no morí allí, y todo esto… —hizo un gesto con la mano por encima del escritorio y en dirección a las estanterías, las puertas de cristal, el jardín— …si todo esto no será más que el sueño de un muerto…
Guardó silencio con los ojos de nuevo cerrados y después añadió: —Sé muy bien lo que se dice de mí, de mi estancia en Londres; que me encerré en mi habitación, que gritaba en la oscuridad, que sufrí una crisis nerviosa, que perdí la razón y enloquecí.
Calló de nuevo, abrió los ojos de nuevo, suspiró y dijo: —Poco importa ya ahora que me queda tan poco tiempo…
—¡No! —protestaron Ryūnosuke y Kume.
Sōseki alzó el brazo, sonrió, sacudió la cabeza y les pidió su silencio: —Y su atención, si así lo desean y tienen tiempo. Dado que ya no importa gran cosa, les contaré lo que sucedió. No para importunarles con mis avatares, sino más bien para arrojar algo de luz sobre aquel lugar, sobre aquellas gentes, sobre su mundo y nuestro mundo. Una especie de luz, al menos…
*
Era el primer mes del primer año de su nuevo siglo y el cuarto de mi nueva vida en su país y ya iba por mi tercer alojamiento, una casa de huéspedes en una zona llamada Camberwell, un mísero arrabal en la ribera sur del Támesis.
Ya he escrito alguna vez de la situación en la que me hallaba: lo escaso de la beca que me habían concedido, las economías a las que me veía obligado, la miseria de las habitaciones que alquilé, privado de amistades y compañía, hambriento de conversación y estímulo —hizo una pausa, sonrió—. O quizá fuera simplemente el clima, quizá simplemente la comida; el caso es que odiaba Inglaterra y tan solo deseaba regresar lo antes posible a Japón…
Fuera por lo que fuera, fue el peor invierno de mi vida, —dijo y guardó silencio de nuevo y de nuevo sonrió—. Peor incluso que este.
Por entonces, como hoy en día, tenía problemas para conciliar el sueño y era consciente de que el insomnio exacerbaba mi mal humor. Más que nada, estaba harto de mí mismo. Así que una tarde de aquel enero de 1901, después de otro interminable día de lectura en mi lúgubre habitación, decidí a regañadientes aventurarme al exterior con la esperanza de que un largo paseo me ayudaría a conciliar el sueño. Mi reticencia, no obstante, era doble: apenas conocía la ciudad, apenas sabía distinguir una dirección de otra, y además, un espeso manto de niebla cubría las calles y los edificios. Sabía, eso sí, que la Torre de Londres se encontraba en algún lugar al norte de mis habitaciones, del otro lado del río. Así, salí de mi habitación aquella tarde con dicho monumento por destino.
Por supuesto, primero debía escapar de las garras de mis carceleras, la casera y su hermana menor. Por muy silenciosamente que bajara las escaleras, la puerta del tenebroso comedor estaba siempre abierta y el sonido de sus rezos llenaba el pasillo: «Oremos y pidamos al Señor que Su gracia colme nuestras almas cada día, avive nuestros sentidos, nos conceda la vista y el oído, el gusto y el tacto del mundo por venir…».
Esa tarde puse en práctica mi mejor imitación de un silencioso gato bajando de puntillas las escaleras, zarpa a zarpa por el pasillo, zarpa a zarpa hacia la puerta principal, pero fue todo en vano, todo en vano.
—¡Mr. Natsume!
Allí estaban las dos sentadas, corpulenta la una, delgada la otra, ambas de negro, agujas y labor a un lado, las Biblias abiertas, en postura de oración junto a una taza de té y una tostada (¡tostadas y más tostadas, tostadas a todas horas!), las orejas de policía siempre alerta, las cabezas de detective vueltas hacia mí.
—¡Mr. Natsume!
Por más que tuviera la mano en el pomo de la puerta principal, era ya demasiado tarde. La casera apareció como una flecha, me agarró de la manga del abrigo y una vez más me vi aprisionado por su mano misionera.
—¿Va usted a salir, Mr. Natsume?
—En efecto, Mrs. Nott.
—¿Por qué motivo, si me permite la pregunta? Resulta de lo más desaconsejable, dado que el tiempo es hoy por completo inclemente.
—Soy consciente del tiempo que hace, Mrs. Nott. Sin embargo, tengo una cita urgente —mentí—. De modo que, si me disculpa…
—Está usted disculpado —respondió—. Y ya que rezamos por la salud de la Reina, lo haremos también por la suya y por usted, Mr. Natsume. Dios quiera que no se cruce usted con la muerte ahí fuera.
Era cierto, la vida de su reina parecía extinguirse y yo a menudo me preguntaba si no arrastraría a la isla consigo cuando la metieran en la fosa—
—Se lo agradezco mucho, Mrs. Nott —respondí. Abrí la puerta, bajé los escalones y oí cómo el cerrojo giraba detrás de mí.
En el exterior de la casa no se veía nada. La niebla estaba teñida de amarillo, de verde podrido, de verde y ocre fangoso, no se movía, no corría, estaba allí, siempre allí, era un mundo amortiguado y sordo. Sí, aquel mundo que me daba la bienvenida se reducía apenas a cuatro helados, silenciosos, metros cuadrados, era aún más pequeño que la habitación que acababa de dejar atrás. A pesar de todo, sabía que para poner rumbo norte debía echar a andar hacia la izquierda. Así que comencé a caminar, a tientas, de cuatro en cuatro metros, cuatro metros más de visibilidad al tiempo que los anteriores cuatro desaparecían en las nieblas del pasado. Tenía la sensación de ir a la deriva por el tiempo, por el espacio. Llegué a un cruce y me detuve. La cabeza decapitada de un caballo cortó el aire gris ante mis ojos, los pasajeros del autobús del que tiraba presumiblemente perdidos en la niebla. En un día mejor, un día más claro, quizá habría sucumbido a la tentación de subir a bordo, pues aquel era el único medio de transporte que mi osadía y mi cartera me permitían usar. Los carruajes estaban más allá de mis posibilidades, y en cuanto a los trenes, los detestaba, ya fueran eléctricos o de vapor, subterráneos o de superficie. Particularmente los subterráneos: el aire fétido, los barquinazos de los vagones, de cueva en cueva, el hombre reducido a la vida de los topos. Me había lanzado a la deriva a aquel mar de vaciedad con el propósito de caminar, y caminaría. Crucé las calles una por una. De cuatro en cuatro metros, de cuatro en cuatro metros…
La única medida temporal en aquel vacío amortiguado eran las campanadas del Big Ben, conté seis al llegar al río en el Puente de Londres. Crucé aquel Estigia entre una horda de sombras que percibía pero no veía a no ser que súbitamente un hombro rozase o chocase contra el mío.
Firme en la otra orilla, me detuve ante el Monumento al Gran Incendio, obra de Christopher Wren, donde sentí un escalofrío al tiempo que dos versos de Pope acudían a mis labios: «Donde la columna de Londres a los cielos apunta como un enorme matón que alza la cabeza y miente». También yo alcé los ojos para contemplar la urna de oro que remata la acanalada columna. Por supuesto, el adorno dorado no se veía pero aun así arrojó una sombra sobre mi alma. Viré rápidamente a la derecha. De pronto, un objeto blanco pasó aleteando ante mis ojos. Creí ver los restos de una gaviota que se tragaba la oscuridad.
Sí, el mundo gris se había vuelto negro por los cuatro costados, más negro que el esmalte. A pesar de todo, continué adentrándome por el fondo de aquella sima. El abrigo húmedo y pesado, el cuerpo entero empapado de turba líquida. El aire teñido de negro me irritaba los ojos, la nariz, la boca. Me asfixiaba. Sentía como si me atragantara con gachas de tapioca. Me di cuenta de que no era capaz de continuar. Y justo en aquel momento, una luz amarilla del tamaño de un guisante titiló en la tiniebla e, ignorando los escollos, obligué a mi cuerpo a poner rumbo hacia aquel faro…
Era un pub, las lámparas de gas ardían. Latón y cristal, risas y cánticos. ¡Una auténtica pantomima! Exhalé un suspiro de alivio. Salí de la niebla, penetré en el establecimiento. Y la risa cesó. Y la música enmudeció. Y el camarero dijo: «Aquí no se sirve a amarillos».
Lo más estúpido de todo es que me sorprendí. ¡Qué idiota! Era cierto que no llevaba en Londres mucho tiempo y que hasta el momento apenas si me habían insultado. Pero, en un par de ocasiones, había percibido que era objeto de ciertos comentarios y especulaciones, una mujer que afirmaba mi pertenencia a «los chinos menos pobres» al cruzarse conmigo por la calle; una pareja en un parque que discutía si yo sería «un chinito o un japo». No me engañaba. Sabía que gran parte de la gente ni reparaba en mi presencia, ni me veían, sus mentes ocupadas en ganar dinero, sin tiempo para entretenerse en burlas a un diminuto perro amarillo como yo. Pero aquella noche, bajo las brillantes luces de aquel pub me había expuesto, desnudo y a plena vista. A la mirada inglesa, al odio inglés: «¿Eres sordo o idiota? Lárgate de aquí, chino asqueroso», ladró el camarero.
Me di la vuelta para marcharme, empujé la puerta y, mientras me giraba, mientras me iba, retornaron las risas, recomenzaron las canciones, más altas y con más bríos que antes, el manchurrón amarillo había desaparecido, todo volvía a ser como era, como era antes.
De vuelta a la opresiva tiniebla, sobre el resquebrajado pavimento, nunca me había sentido tan solo, tan lejos de mi hogar. Oh, cómo deseé que de alguna manera, de alguna forma un viento me levantara del suelo y me transportara sin peligro y suavemente hasta Japón. Pero incluso en el Taller del Mundo, usando la expresión de Disraeli, los sen-nin son imposibles de encontrar, por mucho que uno lo desee. De modo que eché a andar de nuevo, descuidadamente, deseando una muerte temprana bajo los cascos de un caballo desbocado. Y, sin embargo, solo se oían suelas de zapatos que salían del silencio, en la oscuridad, a la derecha, se acercaban y desaparecían de nuevo, en la oscuridad, en el silencio, a la izquierda de pronto, se acercaban por detrás, más cerca, más cerca aún—
Una mano sobre mi hombro, una voz a mi lado: —Disculpe.
Me sobresalté, me detuve, me giré y vi a un hombre alto, todo el mundo era muy alto, lo sé, más alto aún a causa del sombrero, vestido de negro riguroso, ceñudo y con la cara larga, más viejo y experimentado que yo, supuse, en medio de la calle, en el límite entre niebla y oscuridad, pero de ojos amables, de labios amables. —También yo soy extranjero en estas tierras, aunque he vivido en ellas muchos años. Sin embargo, no nací inglés, por lo que sé bien lo cruel que desafortunadamente puede llegar a ser este lugar y conozco el desprecio y el odio de sus habitantes. Ojalá este mundo fuera de otra manera, pero aquí estamos…
—Sí, aquí estamos —respondí yo.
El hombre sonrió, el hombre dijo: —En ese caso, ¿permitiría usted a un extranjero mostrarle algo de hospitalidad a otro?
Aquellas eran las palabras más amables que alguien me dirigía desde que había puesto el pie en suelo inglés. Sonreí y dije: —Sería muy amable de su parte, gracias.
El hombre extendió la mano. —Dejemos de ser desconocidos. Me llamo Nemo. En latín, ya sabe.
—Significa nadie —dije yo.
—Perdóneme —y lo hice, claro que lo hice. Aquel país parecía lleno a rebosar de profesores y profesoras de escuela aficionados, siempre dispuestos a dar por supuesta la ignorancia de los hombrecitos amarillos. Sin embargo, aparte de la breve y desafortunada visita a Cambridge a mi llegada y el encuentro semanal con el profesor Craig, mi primera impresión fue que tenía delante a un poco frecuente Hombre Cultivado. Sonreí de nuevo. Le estreché la mano y dije: —Encantado de conocerle, caballero. Me llamo Natsume.
Nemo respondió con una leve inclinación. —Encantado, Natsume-san. Es un placer. ¿Me permite preguntarle qué le trae desde la tierra de los cerezos en flor a estas oscuras, satánicas islas, parafraseando a Blake?
Respondí que el Ministerio de Educación me había enviado con el objeto de estudiar e investigar la literatura inglesa. Sin embargo, como no me sentía muy inclinado a discutir mi situación, le pregunté si conocía Japón.
—Desgraciadamente, solo por libros y cuadros —contestó—. Las palabras de los hermanos Goncourt me abrieron los ojos y los grabados de Hiroshige y Kunisada me fascinaron. Eso sí, es usted el primer hijo del Japón al que tengo la oportunidad y el honor de conocer.
Se confirmaba así mi impresión de que se trataba de un Hombre Cultivado, y aunque odio que me interroguen, pues me repugna esta era de detectives en la que vivimos, no fui capaz de resistir la curiosidad y dije: —Perdone mi impertinencia pero, ¿a qué se dedica usted?
—Soy pintor. Pero no decorador —fue su respuesta.
—¿De qué escuela?
—Ajá. Efectivamente, ¿de qué escuela? Veamos, si Monsieur Baudelaire nombró a Guys el Pintor de la Vida Moderna, yo me nombro a mí mismo el Pintor de la Muerte Moderna.
—¿De la Muerte Moderna ha dicho?
Soltó una carcajada. —Se preguntará, y con buenos motivos, qué quiero decir con eso. Bien. Le ruego que no se sienta obligado a ello, pero dado que prefiero mostrar a explicar, le invito a visitar mi humilde taller. Un buen boceto es mejor que un largo discurso, como dijo en una ocasión cierto pequeño cabo.
Estaba cautivado, era irresistible. —Será un honor y un placer, gracias. Como dijo Turguénev, el dibujo revela de un vistazo lo que descrito en diez páginas de prosa.
—Espléndido —dijo Nemo—. El lugar no es gran cosa, pero, a pesar de sus muchas faltas, mi casera sabe preparar una apropiada aunque sencilla cena, si dispone usted del tiempo y el deseo de acompañarme.
Asentí. —Se lo agradezco, será un placer.
—Vivo al norte de aquí, pero aún es temprano y si tomamos el metro llegaremos en un periquete.
Como ya he dicho, el metro me desagradaba especialmente, de modo que sentí en mi interior las primeras punzadas de arrepentimiento. Pero ya era tarde para declinar la invitación que acaba de aceptar. Así que con un asentimiento y la mejor sonrisa que pude esbozar, nos pusimos en camino.
El trayecto consistió en una rápida caminata hasta la estación, ¿era St. Mary? No me acuerdo; el habitual descenso en una jaula y la travesía de las cavernas en dos trenes antes del esperado ascenso. En los vagones ninguno de los dos dijo una palabra, menos por costumbre que por ansiedad, en mi caso: era consciente de que no tendría ni idea de cómo regresar a mis aposentos si no me concentraba en la ruta con los cinco sentidos.
De vuelta a la calle, la ciudad y la noche eran aún niebla y penumbras, tan solo la esporádica gota de luz mortecina aquí y allá, y al parecer aún quedaban unas cuantas calles para llegar, calles invisibles que apestaban a repollo y a orines. Mi arrepentimiento estaba ya en su apogeo y no pude evitar preguntarle a mi anfitrión dónde demonios nos encontrábamos.
Con una risa avergonzada y una sonrisa de disculpa, Nemo dijo: —Lo que quiere decir es que a dónde demonios le llevo, ¿verdad? Bueno, en realidad la niebla juega a nuestro favor, pues nos hallamos muy lejos de los barrios elegantes y los círculos artísticos de Chelsea, perdidos en la tierra de nadie entre Cumberland Market y Regent Street. Un lugar insalubre, se lo garantizo, pero no falto de encanto, peculiaridades e infinitas posibilidades…
—¿Infinitas posibilidades? —pregunté.
Nemo me agarró de la manga del abrigo, me clavó la mirada y detuvo nuestro paso bruscamente. —¡Los sujetos, Mr. Natsume! Puede que no se muestren esta noche, pero este lugar rebosa de sujetos.
Asentí y dije: —Comprendo.
—Lo hará —dijo Nemo—. Puede que aún no, pero espero que muy pronto. Ya casi hemos llegado, ya casi estamos en mi casa…
Doblamos una esquina, dimos unas últimas zancadas y bajamos por un callejón adoquinado hasta un edificio estrecho y alto que se levantaba al fondo. Nemo subió los tres escalones de piedra, ignoró el aldabón con cara de diablo, abrió la puerta, la sostuvo que para que yo pasara y dijo: —Bienvenido.
Entré a un largo pasillo en penumbra. Era húmedo y frío y olía a fruta dulce y podrida. Nemo cerró la puerta, soltó una carcajada y dijo: —Le diré que cuando vi este lugar por primera vez pensé, esta es la casa dónde seré asesinado…
Nemo encendió la lámpara. En la pared colgaba un pesado espejo y había unas flores secas en el estropeado aparador. —La verdad es que he acabado por cogerle cariño a este sitio. Sobre todo por el alquiler. Es más bien frío, sin embargo, lo sé. Mis disculpas. Por favor, déjese el abrigo puesto hasta que lleguemos a mis aposentos… —dijo.
De pronto se oyó una voz: —¿Mr. Sweeney?
Al fondo del pasillo apareció una tenue luz. Una solterona vestida de negro emergió del amarillento hueco de la escalera y se acercó a nosotros. —¿Es usted, Mr. Sweeney?
Nemo suspiró y dijo: —Ya le he dicho que no soy Mr. Sweeney. Sweeney ya no vive aquí. Ahora solo quedo yo, Mrs. Bunting.
—Pero yo lo he oído, lo he oído caminar de espaldas por las escaleras.
—Se fue, se fue hace mucho tiempo y no volverá.
—¿Que se fue? ¿Que se fue, dice? Entonces, ¿cómo cobro yo el alquiler? ¿Cómo me las arreglaré? Tenía sus defectos, bien lo sé, tenía sus cosas. Pero era un buen muchacho, sí señor. Puntual como un reloj. Siempre a tiempo.
La anciana estaba ahora frente a nosotros. Vestida de negro, el pelo negro, los ojos hundidos y la nariz respingona, los pómulos marcados y la barbilla afilada, me miró de arriba abajo y dijo: —¿Y a quién tenemos aquí? ¿No habrá venido a arreglar las cañerías, verdad?
Nemo suspiró de nuevo, se disculpó y le dijo a la anciana: —Este es Mr. Natsume. Ha venido de Japón en misión oficial. Está aquí para estudiar e investigar asuntos literarios. Ahora, si fuera tan amable…
La anciana me estrechó la mano con fuerza, me miró a la cara y dijo: —Pues debo confesar que es usted un japo de lo más apuesto, vaya que sí. Yo tampoco soy de aquí, ¿sabe? Mi madre era francesa.
—Mrs. Bunting, por favor —la interrumpió Nemo—. Se hace tarde y aún no hemos comido. ¿Le importaría subirnos algo de cena, por favor?
—Se hará lo que se pueda con lo que hay… —respondió.
Nemo sacó su mano de entre las mías, me hizo pasar delante de ella, recorrimos el pasillo y subimos dos tramos de escaleras hasta un rellano con tres puertas. Abrió la de la izquierda, echó un vistazo al interior y dijo: —Bueno, al menos la vieja ha mantenido el fuego encendido. Usted primero, Mr. Natsume…
Desde luego, la visión de los abundantes rescoldos me hizo sentir en casa, y la misma habitación fue una agradable sorpresa, con su alfombra roja y sus cortinajes de seda blanca. Delante del fuego había dos cómodas sillas, algunas mesas por aquí y por allá y una mecedora junto a la ventana. Nemo me ayudó con mi abrigo y me ofreció asiento. Se enfundó un elegante batín de color bermellón ricamente bordado y se sentó conmigo frente a la chimenea. Juntó las manos, miró al fuego durante un rato y después se giró hacia mí con una sonrisa y dijo: —Bien, pues aquí estamos.
—Sí, aquí estamos —dije yo sin saber por qué, por qué me había invitado, por qué había yo aceptado, por qué había venido, no ya a aquella habitación, o a aquella casa, sino a aquella ciudad, a aquel país, dejando a mi hija y a mi esposa en el otro extremo del mundo, a mi esposa embarazada, a mi esposa que no contestaba mis cartas, si es que las recibía, si es que las leía, si es que aún vivían, si no habían perecido abrasadas en un incendio o aplastadas en un terremoto o ahogadas en una inundación, atropelladas por un tren, asesinadas por un malhechor o consumidas por una enfermedad, una carta con crespón negro en el interior de un sobre con crespón negro surcando los mares y yo allí sentado en aquella casa, en aquella habitación, frente a aquella chimenea, sin saber por qué, por qué estaba allí, por qué había aceptado la invitación de aquel tipo, por qué me había invitado, por qué, por qué—
De pronto, Nemo dio una palmada, se adelantó sobre la silla y dijo: —Le ruego que acepte mis disculpas. Mi mente tiende a divagar y debe usted estar pensando que soy un anfitrión terrible. En cuanto nos hayamos calentado y tomado algo de cenar le enseñaré mi taller, si es que aún le interesa visitarlo y no se le ha hecho demasiado tarde. Está en el ático, en la planta superior y me temo que hará frío. Pero bueno, dónde se habrá metido esa mujer…
Se puso en pie, pero en ese mismo momento se oyeron unos pasos por la escalera y unos suaves golpecitos en la puerta.
La anciana entró con una bandeja en las manos. Había dos platos con sándwiches de fiambre de ternera, cómo no, un buen trozo de queso, algunas rebanadas de manzana, una frasca de vino tinto y dos copas. Se inclinó para depositarla sobre la mesa que había entre nuestras sillas. De pronto se paró bruscamente y se quedó muy quieta. Inclinada sobre la bandeja, con las asas en las manos, encorvado el cuello, la oreja hacia la puerta, susurró: —¿Han oído eso?
De hecho, yo creía haber oído una especie de ruido que venía de abajo. Pero Nemo dijo: —Otra vez con sus imaginaciones, Mrs. Bunting.
La anciana susurró algo que no entendí, soltó las asas de la bandeja y se puso derecha de nuevo, pero entonces se sobresaltó, se sobresaltó y miró de nuevo hacia la puerta: —¡Otra vez! ¿Lo oyen?
—¡Por favor, Mrs. Bunting! No es más que el viento bajo la puerta.
Ella miró a Nemo y resopló: —¿El viento dice? Y una mierda. ¿El viento gira la cerradura de una puerta? ¿El viento camina de espaldas por las escaleras? ¿Tira una maleta? ¿abre los grifos? ¿Manchas mis toallas, las mancha de rojo? Me deshace las camas, babea en mis almohadas… Arma escándalo en sueños, grita mientras duerme… Conque el viento, ¿no? ¿El viento, dice? No diga más sandeces.
En ese mismo instante, con una entrada de lo más teatral, sonó de hecho un ruido, un leve repiqueteo, no sabría decir si provenía de la casa o de la calle, y los tres giramos la cabeza hacia la puerta.
—Eso sí que lo hemos oído todos, Mrs. Bunting —dijo Nemo. Usted gana, usted se lleva el gato el agua. Pero, antes de que importunemos al policía o al cura del vecindario, quizá no le molestaría ver qué sucede en su cocina. Me temo, por experiencia, que puede que los muchos ratones estén de fiesta en la despensa. Mientras tanto, Mr. Natsume y yo daremos cuenta de esta deliciosa cena…
De pronto la anciana apartó los ojos desorbitados de la puerta y me miró. —Usted no es de aquí, así que ándese con ojo. A la gente de por aquí no les gustan los extraños. Nunca les han gustado y nunca les gustarán. Hay quien pregunta, ¿qué les sucedió a los romanos? Yo le diré lo qué les sucedió a los romanos: que los ingleses se colaron en sus villas con sus cuchillos de carnicero y los mataron a todos. Los asesinaron mientras dormían, eso es lo que hicieron. A todos. No dejaron ni a uno solo de aquellos malditos. Les rebanaron el pescuezo de oreja a oreja y los echaron al río, sí señor. Oh, ya nunca dejaron de sonreír.
Nemo cogió a la anciana de los hombros y la condujo a la puerta: —Basta ya, Mrs. Bunting. Debería darle vergüenza asustar de esa forma a este pobre hombre, a nuestro huésped…
—¡No lo estoy asustando! Le estoy avisando —protestó.
Nemo la sacó al rellano y le cerró la puerta en la cara. Se giró hacia mí con un suspiro y dijo: —Acepte mis más sinceras disculpas, Mr. Natsume. ¿Qué pensará usted?
Lo tranquilicé y le dije que no creía que las viejas supersticiosas fueran patrimonio exclusivo del archipiélago británico.
Nemo sonrió y dijo: —De modo que no es usted persona supersticiosa, ¿verdad, Mr. Natsume? ¿No cree en fantasmas, por ejemplo? Se dice que Japón es un país repleto de espíritus y demonios. Pero claro, hoy en día lee uno tantas bobadas que es imposible distinguir la verdad.
Yo también sonreí y dije: —Bueno, en realidad parece que nuestros fantasmas se han quedado sin empleo desde la Restauración del Emperador. Naturalmente, no puedo hablar en nombre de las Mrs. Buntings de Japón, de las que por cierto no andamos cortos.
Nemo soltó una carcajada y sirvió dos copas de vino de la frasca. —Bebamos a la salud de las Mrs. Buntings de Japón y de Inglaterra. Que nunca desaparezcan, pues mucho me temo que sin ellas el mundo sería un lugar muy aburrido. Y a nuestra propia salud, por supuesto…
—Y también a su salud y amabilidad —apostillé. Levantamos las copas y después comimos y bebimos. El pan estaba rancio y la carne dura, el queso era de piedra y la fruta insípida, aunque el vino era bueno y la conversación fluida. Hablamos de libros y letras, música y arte, política e historia, de su país y el mío, y de los viajes de ambos, así que cuando sonaron las diez lamenté que la velada llegara a su fin.
—El tiempo vuela cuando se está en buena compañía —dijo Nemo—. Sin embargo, se hace tarde y debe usted estar deseando cruzar el río. En cualquier caso, no tema, le acompañaré hasta dejarle sano y salvo en su casa…
Dije que no era necesario, pero Nemo no quiso escucharme. Nos pusimos los abrigos, cogimos los sombreros, y cuando salimos al rellano, dije yo: —¿Y su taller?
La charla y el vino nos habían hecho olvidar el objeto, el motivo de mi invitación, de mi visita. Sin embargo, allí en el rellano sentí la reticencia de mi anfitrión, así que dije rápidamente que si en aquel momento era ya imposible podíamos dejarlo para otra ocasión.
Nemo se dio la vuelta con los ojos puestos en la empinada escalera que conducía al oscuro piso superior y dijo: —Lo había olvidado por completo. Cuánto lo siento. Pero, desde luego, si insiste…
—Le pido perdón —dije yo—. No insistiré más. Es mera curiosidad por contemplar su obra. Pero si no es apropiado y estamos escasos de tiempo…
—Lo mejor sería que se pusiera en camino —dijo una voz, la voz de la solterona que nos miraba desde el piso de abajo.
Nemo esbozó una breve y triste sonrisa, puso el pie en el primer escalón y dijo: —Tenemos tiempo y además le agradezco su interés. Solo temo que quede usted decepcionado. Sígame, por favor, y tenga cuidado dónde pisa. Estas escaleras pueden ser mortales.
De hecho, las escaleras parecían más una escala de un barco, impresión acentuada por el pasamanos de soga al que me aferré mientras trepaba detrás de Nemo.
Cuando llegó a lo alto de la escalera, Nemo se detuvo delante del estrecho anaquel que había junto a la puerta. Se buscó la llave en el bolsillo, la introdujo en la cerradura, empujó la puerta y la abrió. —Déjeme encender una lámpara…
Esperé frente al anaquel, en el último escalón, hasta que la suave luz de una bujía bañó mi rostro y Nemo me invitó a pasar. —Cuando guste, Mr. Natsume.
Cuando atravesé el umbral y entré en el ático me quedé sin aliento. Incluso en la penumbra se veía que se trataba de una estancia enorme, mitad establo y mitad iglesia, con un techo bajo inclinado en ambos extremos pero del doble de la altura de un hombre en el centro, en cuyo punto más alto había una tragaluz. El barullo de cien chamarilerías danzaba ante mí a la exigua y temblorosa luz, y sin embargo, ni siquiera el desorden era capaz de disminuir la sensación del tamaño de aquel espacio.
Nemo estaba de pie a cierta distancia con la bujía en la mano. La movió de izquierda a derecha diciendo: —Disculpe el desorden y tenga cuidado por dónde pisa pero, por favor, pase, acérquese, se lo ruego.
Caminé hacia él, o debería decir que más bien me abrí paso. Sobre el entarimado de madera, un alfombrado de basura: libros y periódicos, cajas y latas, botellas vacías y cajones rotos, restos de muebles y tiras de tela, ropa vieja y zapatos desparejados, pinceles en frascos, pinceles en floreros, una escalera por aquí, un caballete por allá, todo cubierto de polvo o manchado de pintura—
El artista estaba ante mí ahora. Se había quitado el abrigo, se había puesto un gorro ladeado sobre un ojo y se había atado un pañuelo rojo al cuello. Colocó la bujía sobre una mesa de comedor barata, señaló hacia un maltrecho sofá de crin de caballo, sonrió y dijo: —Póngase cómodo…
Me senté, sí, aunque incluso entonces no podría haber dicho por qué lo hice, qué me hizo seguir allí, no darme la vuelta y marcharme. Y es que Nemo había cambiado, y me di cuenta, me di perfecta cuenta, de que no solo de ropa; en aquella estancia, en aquel momento, fui consciente de que Nemo había cambiado, de que todo había cambiado, incluso yo, especialmente yo, aquel yo que seguía allí, el yo que dijo, que dijo, que dijo: —¿Y los cuadros? No veo ningún cuadro…
Nemo cogió una lata de galletas, se sentó a mi lado y dijo: —Debo decir que es usted un tipo de lo más persistente, y debería sentirme halagado por su interés. Pero desgraciadamente la luz no nos acompaña y me temo que habrá de conformarse con estos bocetos—
Cogí la lata de galletas de sus manos y me la coloqué sobre el regazo. Le quité la tapa, la dejé a un lado y miré en su interior. Un lápiz roto por la mitad sobre un irregular fajo de papeles. Al sacar el fajo, las mitades del lápiz cayeron al fondo de la caja con un sonido metálico, después de lo cual, uno a uno, boceto a boceto, hoja a hoja observé aquellos papeles, aquellos diecisiete esbozos hasta el último, hasta el final.
Yo había viajado a aquel país con el fin de aprender. La mayor, la más importante urbe del planeta, el centro, la capital del mundo. Con el objeto de beber de sus fuentes de conocimiento, de paladear la sabiduría de sus cosechas para después regresar a Japón cargado con los frutos de mi estudio, para compartirlos, para enseñar lo que había aprendido. Y sin embargo, allí estaba, en aquella ciudad, en aquella casa, en aquel ático, en aquel sofá, hambriento, sediento, medio muerto, y con un saldo claramente desfavorable en la cuenta de mi viaje.
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