Kitabı oku: «Una historia pop de los vampiros»
UNA HISTORIA POP
DE LOS VAMPIROS
© del texto: David Remartínez, 2021
© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.
Primera edición: septiembre de 2021
ISBN: 978-84-18741-16-6
Depósito legal: B 13108-2021
Diseño de colección: Enric Jardí
Diseño de cubierta: Anna Juvé
Maquetación: Nèlia Creixell
Producción del ePub: booqlab
Arpa
Manila, 65
08034 Barcelona
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David Remartínez
UNA HISTORIA POP
DE LOS VAMPIROS

Para Luis Martínez Utrilla,
por enseñarme a ser feliz con los ojos del pop
«Me comeré tu piel, me beberé tu sangre,
y así seremos para siempre inseparables».
FANGORIA
SUMARIO
INTRODUCCIÓN
TU CUERPO EMPIEZA A TEMBLAR
ARCO CRONOLÓGICO
1. ¿QUÉ ES UN VAMPIRO?
2. EL CONDE DRACO
El vampiro deja de dar miedo y el ser humano se vuelve un personaje aterrador
3. BELLA
El vampiro olvida a la muerte, que siempre le ha acompañado, y seduce a los adolescentes
4. LESTAT
El vampiro supera la condena de la sangre y reivindica la juventud
5. CASSIDY
El vampiro mata a dios y se hace definitivamente estadounidense
6. LA CHICA
El machismo hace viejo al vampiro y una mujer perdona a Drácula
7. MARCELINE
El vampiro conoce la bondad gracias a la solidaridad femenina
8. EVE
El vampiro descubre otros placeres, gracias a que las chicas recuperan el suyo
9. FERNAND
El vampiro se enamora de otras formas distintas a la de Coppola
10. ÁGATHA
Drácula entiende al fin el significado de la vida y se vuelve realmente inmortal
AGRADECIMIENTOS
INTRODUCCIÓN
TU CUERPO EMPIEZA A TEMBLAR
No recuerdo en qué momento decidí que quería ser un vampiro, pero sí recuerdo cuándo descubrí el placer del miedo. Mis padres nos prohibían ver Mis terrores favoritos, el programa de Chicho Ibáñez Serrador, secuela de Historias para no dormir, que se emitía a principios de los años ochenta en Televisión Española anticipado todavía por los rombos que clasificaban los programas excitantes, o sea, los que calentaban la sangre, allá donde anduviera. Yo tenía diez u once años y por tanto quedaba inmediatamente excluido de aquella programación peligrosa.
En cuanto empezaba la sintonía, les daba el beso de buenas noches a mis progenitores y simulaba que me acostaba, tapándome y apagando la luz, sin despertar sospechas, pues de crío era obediente, y algo lelo. Pero en cuanto escuchaba que mis padres entornaban la puerta del salón, me escabullía de la cama y me emboscaba en el pasillo, sentado, mirando por la puerta entreabierta a una distancia lo suficientemente prudente como para, nada más notar que mi padre o mi madre hacía ademán de salir, levantarme raudo y regresar de puntillas aceleradas hasta mi cuarto. Cada semana, con esa doble excitación de asustarme solo en un corredor oscuro y de ser pillado in fraganti, me sentaba con las piernas entrelazadas en aquel suelo fresco que ahora conservo como uno de los detalles más vivos de mi infancia, y seguía las películas que elegía Ibáñez Serrador con los ojos helados. Seguro que tú guardas algún recuerdo parecido. El mío es un culo frío.
En aquellas noches furtivas, deteniendo con las manos la emoción que se me escapaba por la boca cuando el monstruo o el marciano alzaba los brazos, descubrí el placer del miedo, esa inquietud dulce y nerviosa a la vez. Ese gustazo de sentirte alerta con los músculos tensos, la cabeza buscando explicaciones y el corazón deseando que suceda algo. Regresar al cuarto escopeteado en cuanto aparecía el The End, meterme en la cama sin encender la luz, ser incapaz de cerrar los ojos y aguardar una amenaza que me hubiera perseguido hasta las sábanas desde la televisión, o más bien desde la fantasía que la tele había despertado en todo mi cuerpo. Confundía las sombras de la ropa sobre la silla con la silueta de alguna criatura deforme, como las que luego imaginaría con Lovecraft y que, al igual que con sus relatos, mi imaginación encendida formaba sobre la marcha.
En aquella afición por el terror ficticio conté con el empujón de mi tío Luis, hermano de mi madre y veinteañero durante los años ochenta. Luis nos cuidaba algunos fines de semana a mis hermanas y a mí haciendo de canguro cuando mis padres salían de noche. Otras veces me quedaba a dormir con él en casa de mis abuelos, en un cuarto con una cama junto a la cual mi tío pegaba un sofá pequeño y estrecho, pero suficiente para acostarme... y hablarme con malicia en la penumbra. Una de sus diversiones era contarnos historias de miedo a los sobrinos y reírse a mandíbula batiente escuchando nuestros chillidos, que incluso llegó a grabar en alguna casete, en un hábito ciertamente inquietante.
Conforme fuimos creciendo, Luis cambió los cuentos por las películas, ayudado por los primeros reproductores de vídeo que mi padre compró en Andorra para la tienda de discos, pues mi padre por aquel entonces tenía una tienda de discos de tres plantas, preciosa, en la que Luis trabajaba como dependiente. Luis era un ser pop en una época donde no sabíamos qué significaba tal condición, que además conllevaba mucho trabajo. No existía internet, la vida era analógica, los vicios y la sensualidad llegaban de importación. Mi tío se agenció otro reproductor para aquel cuarto modesto pero lleno de tesoros, y con él consolidé mi afición al terror en largas noches de masacres y platillos volantes. Me veo en ese pequeño sofá con los ojos como platos siguiendo la frenética secuencia final del primer Drácula de la productora británica Hammer, cuando Peter Cushing se arroja sobre los inmensos cortinajes de la estancia donde ha arrinconado al Príncipe de las Tinieblas para que el sol acabe con él. Mi amor eterno por Cushing y Christopher Lee quedó sellado en ese momento en el que me quedé sin aliento.
No fui consciente hasta la adolescencia de que el miedo de ficción me hacía disfrutar tanto como el romance o el humor. Una de las primeras reflexiones que recuerdo me asomó precisamente en la tienda de discos, cuando una señora entró pidiendo el elepé de Thriller para su hijo, que la acompañaba pegado con timidez a sus faldas: «Quiero el disco, pero que no lleve la canción esa del miedo, porque no le gusta», indicó la mujer. Se refería obviamente al tema que dio popularidad y nombre al mejor disco de Michael Jackson, que a su vez es probablemente el mejor en la historia del pop. El chaval quería Thriller sin Thriller.
Mi padre intentó explicarle a aquella madre protectora que era imposible comprar el disco sin la canción principal, que podía llevárselo y no pincharla nunca, pero no extraerla. Sin embargo, el crío se negaba con un mohín de refunfuño a tener siquiera cerca esa música del demonio, porque había visto el videoclip y le había amargado la existencia. Recuerdo mirar a ese chaval, que no era mucho menor que yo pero al que el pánico y la vergüenza menguaban; y recuerdo sentirme afortunado, porque precisamente para mí lo mejor de Thriller residía en su dualidad: luz en el tocadiscos y oscuridad en la pantalla, baile de discoteca y danza macabra. Al final, mi padre le vendió todos los singles y maxisingles en los que CBS había desgajado el elepé y el chaval salió de la tienda aliviado con la portada de Billie Jean asomándole bajo el brazo. En lugar de una historia de suspense, se llevó la crónica de una negación de paternidad. A saber qué pensaría del trueque cuando se hizo adulto. Porque además, si guardó aquel vinilo, ahora posee un tesoro.
Lo que a mí realmente me molestaba del videoclip de Thriller —que John Landis realizó a partir de los efectos especiales con los que ganó el Óscar de 1982 al mejor maquillaje por Un hombre lobo americano en Londres— era otra cosa: aparecían licántropos y zombis, pero no salía ningún vampiro. Y sin vampiros, el miedo no era absoluto. Ningún otro monstruo reúne tantos atractivos ni tantas incógnitas; ninguno exige tantas explicaciones, que nunca son redondas.
El vampiro no está muerto pero tampoco vivo: es un no muerto, o sea un oxímoron. Es inmortal, pero puedes matarlo con algo tan simple como un palo afilado. De hecho, no existe siquiera un consenso sobre cómo acabar con él: estaca en el corazón, combustión total, decapitación... Los métodos de eliminación han variado a lo largo de los siglos, desde las leyendas medievales a las novelas, películas, tebeos o series de televisión. La cruz infalible que les hacía retroceder ahora les provoca risa. El agua bendita que antaño llagaba su piel resulta ridícula hoy. Entre otras cuestiones, porque ya no creemos en Dios. Dios ha muerto, como han muerto las ideologías, Michael Jackson, el sistema Betacam, el VHS y el cedé. Todo muere conforme el mundo da vueltas, y solo pervive lo que ha grabado a fuego su memoria en nuestras venas.
El poderoso vampiro que conocí en mi infancia ha sobrevivido mutando, no ya transformándose en murciélago o en niebla, sino siendo capaz de adaptarse al sol asesino, de vivir a plena luz del día y de alimentarse de animales o de sucedáneos de la sangre humana. Le ha ganado la partida al bien. Y a la par, paradójicamente, ha desarrollado una moral propia: el siglo XX alumbró también a los vampiros buenos, atormentados al principio por su condición demoníaca hasta renegar de su destino y acercarse al de sus presas. Desde que me sentaba en el pasillo, casi todos los atributos clásicos de la criatura han ido cayendo conforme fallecían las creencias y cambiaban los comportamientos sociales con el cambio de centuria.
¿Qué ha sucedido para que los vampiros hayan dejado de ser malos, para que hoy compitan con los héroes en muchas ficciones? Eso vamos a analizar aquí.
El vampiro, convertido en el siglo XX en un icono a partir de una parafernalia muy concreta, fácilmente replicable y memorizable con sus colmillos, ajos, cruces, capas y estacas, ha evolucionado gracias a una esencia lo suficientemente elástica para ampliar ese icono, adaptándose a las distintas décadas por las que este demonio bebedor de glóbulos ha transitado viéndonos morir. Hemos pasado de los condes maduros a los adolescentes caprichosamente atormentados; de los hombres ricos en castillos, a las chicas pobres que caminan solas por la noche. El vampiro ha cambiado la soledad por el romance, la oscuridad por la luz del día, la condena por la persecución del éxtasis; y ha ganado. Ha conquistado incluso a la infancia —la serie Vampirina o la saga Hotel Transilvania—, hasta el punto de que encontrarnos vampiros por todos lados. Nuestro amigo o amiga de caninos afilados encarna ahora las mismas aspiraciones y contradicciones de esta sociedad virtual, entregada al disfrute inmediato y a la par insatisfecha, tan orgullosamente instantánea como desnortada. Se ha convertido en un arquetipo de vida sin competencia, pues reproduce lo que tememos y lo que ansiamos. Todos podemos vernos reflejados en el vampiro, cuando antes ni siquiera se reflejaba él mismo.
Este libro explica ese tránsito desde el nacimiento del vampiro clásico, el que estandarizó Drácula, hasta su entierro por el nuevo vampiro contemporáneo, casi inabarcable porque son muchos vampiros y vampiras que representan todo lo contrario. Al vampiro clásico lo definían cuatro características globales: la muerte, como alegoría; la sangre, como adicción; el temor a Dios, como moral; y la masculinidad, como virtud. Era un producto del cristianismo, la Ilustración y el Romanticismo.
El vampiro contemporáneo, por contra, despliega juventud, placer, amor y feminidad; sus opuestos felices, nacidos del ateísmo, la democracia y el pop. Sin dejar de recoger, por supuesto, todos los nuevos miedos que han surgido por el camino. El vampiro ha sobrevivido a la desaparición de los antiguos monstruos al demostrarse lo suficientemente versátil como para absorber cualquier angustia que la sociedad iba pariendo, desde el desempleo hasta las drogas o las pandemias. Porque si antes simbolizaba la muerte, ahora encarna la vida con todas sus disputas. Los niños como yo temíamos a los vampiros; los de hoy quieren ser uno.
El problema para analizar a los vampiros es que no son los aztecas, no son una raza o civilización cuya historia pueda rastrearse a partir de datos objetivos, incuestionables. Cada vampiro y cada vampira son únicos en cierto modo, aportan algo que les distingue de sus semejantes. Como colectivo, ni siquiera pueden compararse con una religión, puesto que no disponen de unas reglas inquebrantables, unas sagradas escrituras que estandaricen sus características y comportamientos. Lo más parecido a un evangelio vampírico es la novela de Bram Stoker, que precisamente funde las tradiciones folclóricas, religiosas y artísticas de las que surgió el mito desde el siglo XVII, y en ese sentido, el libro también es un batiburrillo, probablemente el mayor nunca creado dentro del género. De ahí la elasticidad del conde transilvano para interpretarlo. De ahí la dificultad para acotarlo.
Además, el tránsito del vampiro clásico al contemporáneo ha sucedido bajo el prisma de la cultura pop, un proceso intelectual opuesto al ordenamiento académico, la historiografía rigurosa o la deducción científica. El pop atribuye significados colectivos a partir del cambio de contextos, sacando los fenómenos de sus quicios, en un proceso más evocador que intelectual, que admite la contradicción como parte de su lógica. Michael Jackson reúne múltiples excesos y también sus contrapuestos: el rey del pop y el ídolo patético. El joven hermoso y el adulto de apariencia aberrante por los abusos de la cirugía plástica. El niño y el pederasta. Todo, simplificado en una canción, en un videoclip; sobre una camiseta que, según el dibujo o el lema que porte, prioriza una faceta u otra del caleidoscopio que ha ido mutando al personaje, sin anular nunca las versiones anteriores, sino amontonándolas. Al final, cada cual entre el público elige lo que quiere ver tras Billie Jean, como decide qué cara poner ante la lata de sopa Campbell. En última instancia, al icono lo legitima o lo desautoriza el público, no los expertos o la crítica. Esa es la grandeza del pop.
Al vampiro, el rey de los monstruos, le ha sucedido lo mismo que a Jacko: ha ido incorporando significados paradójicos a su carácter, lo cual dificulta clavarle la estaca definitiva. Si cualquier biografía de un personaje célebre adolece del inevitable sesgo del autor, la semblanza histórica de una criatura ficticia, improbable, imaginada por millones de humanos con sus particulares aportaciones, se antoja imposible de abarcar por completo. Aunque el bicho fuera sintetizado en cuatro rasgos generales, cada versión, partiendo de ese canon sencillo, lo ha modificado. Ni siquiera Drácula, el personaje de ficción más representado en el cine junto a Sherlock Holmes —por delante ambos de Jesucristo—, escapa a la metamorfosis: los condes de la pantalla se asemejan como parientes, nunca como gemelos. Somos mi tío y yo compartiendo rasgos genéticos pero, sobre todo, una pasión, la que realmente nos hermana. Si congregases en torno a una mesa a Bela Lugosi, Christopher Lee, Gary Oldman y Claes Bang —mis cuatro dráculas favoritos—, se mirarían con recelo de cuñados hasta que alguien les plantara una jarra de sangre y pudieran brindar por su entusiasmo común. Porque naciendo del mismo bombeo, son totalmente distintos. Así, por cierto, se conforman las familias, que no son sino amistades supremas cuya actitud las ensambla por encima de sus diferencias, convirtiendo sus historias individuales en la misma.
«Escribir la historia del vampiro es una empresa incierta y peligrosa. Mejor será ceder el paso a las historias de vampiros», dice Roger Vadim al final del prólogo a Vampiros entre nosotros, el libro que más amo de cuantos poseo en mi biblioteca. Siguiendo ese consejo, he escogido nueve criaturas que han supuesto un cambio fundamental en la forma de interpretar al vampiro. Que han derribado lo que significaban tradicionalmente la muerte, la sangre, la religión y el hombre —la idiosincrasia negativa— y que han incorporado otros tantos reversos positivos gracias, principalmente, al pop y a la sensibilidad de las chicas. Diseccionando esos nueve vampiros y vampiras podemos explorar cómo se formó el mito clásico y cómo ha avanzado hasta su versión contemporánea, conociendo entretanto a un montón de criaturas más que también han colaborado.
Como en este viaje vamos a saltar hacia adelante y hacia atrás con esa lógica desordenada de Andy Warhol, con la inconcebible percepción de los días dentro de un ataúd, navegando entre océanos de tiempo, completando razonamientos e historias conforme avancemos, he resumido en un arco cronológico los hitos principales de los que vamos a hablar para que te sirva de guía durante el camino. Por si te pierdes entre la niebla, te asustan los aullidos o te quedas sin luz en el pasillo.
Este libro es, pues, un homenaje a todos los vampiros que han acompañado mis noches, que me han ayudado a entenderme como un batiburrillo de pasiones y temores, y a través de los cuales podemos examinar la dimensión de un icono que hoy parece encajar en cualquier ámbito. No pretende ser un compendio académico, porque la bibliografía y la filmografía son infinitas, y porque mi dominio del asunto es básicamente emocional: cuarenta años entusiasmado cada vez que, entre las páginas o las pantallas —e incluso en alguna cama—, una boca se acercaba a un cuello con la intención de deleitarse con su energía. Pero le he dado suficientes vueltas a mis ansias de sangre, piel y vida como para proponer una buena conversación sobre la que discutir cuando la luna empieza a reinar. Cuando, como recita Vincent Price en Thriller, «tu cuerpo empieza a temblar».
ARCO CRONOLÓGICO
SIGLO XV. Vlad Tepes, El Empalador.
SIGLO XVI. Erzsébet Báthory. Concilio de Trento.
SIGLO XVIII
1749. Tratado sobre los vampiros, de Augustin Calmet.
1764. Diccionario filosófico, de Voltaire.
1764. El castillo de Otranto, de Horace Walpole.
SIGLO XIX
1813. El Giaour, de Lord Byron.
1819. El vampiro, de John William Polidori.
1836. La muerta enamorada, de Théophile Gautier.
1845-1847. Varney, el vampiro, de James Malcolm Rymer y Thomas Preckett Prest.
1872. Carmilla, de Sheridan Le Fanu.
1897. Drácula, de Bram Stoker.
SIGLO XX
1922. Nosferatu, de Friedrich Wilhelm Murnau.
1931. Drácula, de Tod Browning.
1958. Drácula, de Terence Fisher.
1965. La condesa sangrienta, de Alejandra Pizarnik.
1969. Primer cómic de Vampirella.
1972. Debut del Conde Draco en Sesame Street.
1983. El ansia, de Tony Scott.
1984. Los viajeros de la noche, de Kathryn Bigelow.
1985. Vampiros en La Habana, de Juan Padrón, y Noche de miedo, de Tom Holland.
1987. Jóvenes ocultos, de Joel Schumacher.
1991. Lanzamiento del juego de rol Vampiro: La Mascarada.
1992. Drácula de Bram Stoker, de Francis Ford Coppola.
1994. Entrevista con el vampiro, de Neil Jordan.
1995-2000. Predicador, de Garth Ennis y Steve Dillon.
1997-2003. Buffy, cazavampiros, de Joss Whedon.
1998. Blade, de Stephen Norrington.
SIGLO XXI
2001-2005. Vampir, de Joann Sfar.
2008-2012. Crepúsculo, saga.
2008-2014. True Blood, de Alan Ball.
2010-2018. Hora de aventuras, de Pendleton Ward.
2012. Hotel Transylvania, de Genndy Tartakovsky.
2013. Solo los amantes sobreviven, de Jim Jarmusch.
2014. Una chica vuelve a casa sola de noche, de Ana Lily Amirpour.
2020. Drácula, de Mark Gatiss y Steven Moffat.
1
¿QUÉ ES UN VAMPIRO?
Antes de enfilar el desfiladero del Borgo en nuestro carruaje, tenemos que presentar al anfitrión que nos espera. Entre otras cuestiones, porque el vampiro ya no es lo que fue. En apenas medio siglo incluso ha cambiado de género. Los nietos de Drácula, y especialmente las nietas, han reventado el estereotipo del transilvano redivivo, pues, como buenas generaciones pródigas, se han saltado las reglas y comportamientos de su raza para aproximarse a los tiempos frenéticos que les ha tocado vivir. Hay un vampiro clásico y una vampira contemporánea, y necesitamos entender ambos para admirar la capacidad de adaptación de un mito que no ha perdido su esencia como receptáculo de angustias y sueños. A ello nos vamos a dedicar en las próximas páginas, con la fe que confiere el pop, con esa comunión de códigos infantiles y sentimientos inefables que provocan las buenas fábulas, las que no se pretenden dogma, las que se disparan en parábola pero culminan en los fuegos artificiales de un estribillo. El pop es la única religión que siempre está de fiesta.
Según vamos a ver, el vampirismo clásico nació como fenómeno en el siglo XVII, cuando la Iglesia cristiana le concedió carta de naturaleza a los relatos de resucitados que se habían extendido por Europa central y oriental, junto a la calaña de brujas, espíritus y demás folclores mágicos heredados del Medievo. En regiones que hoy han perdido sus fronteras, como Silesia o Moravia, cuyos topónimos han quedado asociados a misterios primigenios y a criaturas del averno, las tumbas se revolvieron solas y de ellas ascendieron cadáveres que eludían serlo; cadáveres que, desafiando las órdenes del Creador, regresaban a un mundo del que habían sido expulsados por el omnímodo poder de Cristo. Entrabas en la cocina y tenías al fiambre de tu cuñado —el que la había palmado empujando el arado, o al que habían excomulgado en el patíbulo— vivito y coleando, despertando a su antigua familia de madrugada, comiéndose las hormigas del suelo, a veces atacando de forma irracional. Europa se llenó en unas pocas décadas de alaridos y leyendas sobre regresados del camposanto que salían a deambular de noche para luego, con el alba, retornar a sus sepulturas, sin dejar huella de la breve fuga.
La Iglesia, pretendiendo en teoría negar a esos vampiros imaginados —que entonces recibían una denominación distinta en cada sitio, desde el brucolaco griego al upiro ruso—, acabó consolidándolos, al aceptarlos como reversos de sus metáforas celestiales, de su lógica de alegorías y versículos. Los registró como fenómenos, unificó sus muchos nombres y recopiló sus intrusiones en un libro, para maldecirlos y para detallar el modo específico de combatirlos. Sin embargo, al incorporarlos a su biblioteca, les reconoció la existencia, pues todos los libros religiosos encapsulan la verdad y solo la verdad; nada de cuanto contengan puede estar equivocado, pues de lo contrario habría que votar los mandamientos. Así que el clero, creyendo que podía usar un pelele burdo para adocenar a sus parroquianos, hizo al vampiro real.
La Ilustración se fijó de inmediato en esos presuntos prodigios de ultratumba con afán intelectual, con una exégesis literal, inspeccionándolos a través de los anteojos de la razón como parte de su desautorización global de la religión. Pero al intentar ridiculizar científicamente a los vampiros, e incluso al situarlos como el último opio del pueblo, también contribuyó a su fortalecimiento popular, robusteciendo el mito, de la misma forma que hoy normalizamos comportamientos sociales descerebrados al retuitearlos, aunque sea para sancionarlos —y así, por ejemplo, la ultraderecha campa de nuevo a sus anchas—. Obsesionarse con el mal desde la superioridad moral únicamente lo alienta: le sucedió al Cristianismo, le sucedió a Voltaire y le sucede también a mucha progresía intelectual española.
Como tercer eslabón de la cadena, el Romanticismo, que básicamente surgió para despreciar a la razón, para incordiar al laboratorio ilustrado con versos desmesurados y reírse de la ciencia en poemas ebrios, eligió el terror como cauce para expresar las tribulaciones del alma humana, corriendo cortinas y abullonando sábanas allí donde los ilustrados pretendían arrojar una luz positiva. El Romanticismo siguió la agenda de la Enciclopedia para darle la vuelta, para reivindicar lo intangible, el alma y el genio, y refinó las pesadillas sobre resucitados que habían propagado los labriegos centroeuropeos cambiando a los personajes de los relatos —al cuñado campesino comiendo hormigas— por nobles, burgueses y abades, que conferían a las viejas historias una pátina artística, sublime, y también una moral acorde con el Imperio victoriano. Los vampiros se volvieron elegantes y limpios con el Romanticismo. Y decentemente perversos, pues nunca dejaron de temer al crucifijo.
Ese modelo fue el que Bram Stoker, finalmente, convirtió en canon en 1897, con un protagonista que recogía lo esencial de todas las transiciones: castillo, murciélagos, sangre, religión y, por supuesto, Transilvania. Los vampiros, a partir de entonces, fueron como los describía ese libro, que en cierto modo se convirtió en sagrado. Aparte de su compilación iconográfica, de sintetizar la literatura del subgénero, la segunda grandeza de la novela consistió en proporcionarle un nombre propio al monstruo, un apellido, un carácter; un ideal de tres sílabas que restallan en la boca: Drá-cu-la.
Bram Stoker creó al Rey de los Vampiros, aristócrata y fascinante, que encima portaba una coartada histórica al anclarse en la leyenda de Vlad el Empalador, cumbre de una alcurnia de guerreros-dragones enclavada en aquella parte de Europa que, para ilustrados y románticos, se difuminaba en el mapa. Si no existiera Drácula, si Bram Stoker hubiese fallecido antes de concluir su inconmensurable novela, los vampiros todavía vagarían como los zombis o los hombres lobo, una masa de especímenes asilvestrados a la que no dignifica ningún líder mundialmente famoso, ninguna obra magna. Zombis y licántropos no merecen ningún respeto intelectual, pues la sustancia de su condición permanece anclada en el zoo, en la brutalidad, relegados normalmente como personajes secundarios. De igual forma, sin Drácula tendríamos rebaños de vampiros, quizás alguno especialmente conocido, pero no alabaríamos al vampiro como dueño y señor de nuestros miedos, capaz de someternos con una mirada mesmérica porque su inteligencia supera nuestro entendimiento.
En El Horla, el relato de Guy de Maupassant de 1886, el protagonista cita a Voltaire cuando, aterrorizado, constata que está siendo acechado por un chupasangre: «Dios ha hecho al hombre a su imagen y semejanza, pero el hombre le ha pagado en igual moneda». Esto es lo que, en último término, consiguió la Iglesia al aprovecharse de las fantasías paganas para meternos miedo: que mirásemos al reverso de Dios y nos quedáramos atrapados en su promesa prohibida; que viéramos al cordero y ansiáramos ser depredador; que le diéramos la vuelta a la amenaza y la convirtiéramos en ambición, en sueño. El sueño de ser inmortal; de atesorar el poder del hombre pero sin domesticar al animal; de superar las limitaciones de nuestra raza sumando las ventajas de todas las bestias y también las infinitas posibilidades de la divinidad. La religión, con el concurso posterior de la razón y el arte, acabó situando al vampiro como un anhelo de plenitud, de trascendencia en la tierra, de rebeldía contra la providencia escrita, contra la Palabra de Dios. La arcilla de todo cuanto simboliza hoy.
Dicha transformación arrancó con Drácula, que fija un estereotipo ampliado por las posteriores representaciones teatrales y por supuesto las películas, responsables en última instancia de consolidar lo que Stoker en muchos casos solo apuntó. Stoker quiso integrar cuanto había leído, investigado y recopilado sobre los vampiros —sin ir más lejos, el relato en formato de diario que despliega El Horla—, pero mezcló algunos ingredientes sin fraguarlos, a tientas, indeciso, quizá consciente de la posteridad que moldeaban sus manos. Fue la luz de la candilejas la que despejó las brumas de sus páginas, haciendo más sencillo el retrato del monstruo. El teatro y el cine desbastaron la esencia de Drácula y lo simplificaron en sus atributos principales, que además resultaron inmortales por demostrarse maleables para mutar según el público iba cambiando. El vampiro, el más inteligente de los humanos y la más escurridiza de las bestias, popularizado ya entre las clases modestas, estaba preparado al arrancar el siglo XX para integrarse en ámbitos de la sociedad que no le correspondían, desde la psicología a la política o la economía. Qué listo, carajo.
La antedicha evolución histórica, magníficamente desarrollada —y también desautorizada— en decenas de libros, no sirve sin embargo por sí sola para explicar por qué la gente como yo nos conmovemos con solo con pronunciar la palabra «vampiro». ¿Qué nos magnetiza tanto, qué descubrimos los críos sentados en el pasillo bajo aquella capa que se tragaba la cámara?
Para empezar, el vampiro clásico —que en mi cabeza encarna Christopher Lee—, definido por unos códigos que encuadraban su representación pero que iban a cambiar conforme la sociedad pop se disparaba, era un ser inmortal, con lo cual ya tenía ganada la ansiada dimensión que los humanos no podemos alcanzar. Nadie aspira a convertirse en hombre lobo o en zombi, a no ser que seas Michael J. Fox en Teen Wolf (Rod Daniel, 1985) o Michael Jackson bailando en un aparcamiento de noche, pero es difícil resistirse a imaginarte un sucesor de Drácula, un ser elegante, impenetrable, con una presencia hipnótica, sensual y seductor. Capaz de matarte o de hacerte renacer, una moneda al aire, el miedo a la muerte y la esperanza de la inmortalidad mezcladas en la misma arteria de placer. El vampiro es una posibilidad de superación, como la vida misma cada día que amanece. Difícil resistirse a él. Difícil no apostarlo todo al rojo.
Aunque el agua bendita, la cruz o los ajos le repelieran, nunca parecían verdaderos peligros. Hay algo demasiado naif en asustarte de un bulbo que te comes a diario, que veías manipular a tu abuela cuchillo en mano. Los fans nunca nos tomamos en serio esas herramientas justicieras del folclore y el Credo, incluso cuando comulgábamos en masa los domingos deshaciendo la hostia con la lengua, porque masticarla era una falta de respeto. Si los portadores de semejantes amuletos, de obleas y palos cruzados, lograban en alguna ocasión acabar aparentemente con el vampiro, la muerte se revelaba un simulacro, pues el vampiro siempre resucitaba. No una vez, como Cristo, sino mil, inmarcesible pero indestructible, riendo a cada alumbramiento, para el que además no necesitaba la asistencia de creador ni parturienta: bastaba una gota de sangre ajena que accidentalmente cayera sobre su féretro. Yo no quiero morirme nunca, pero si supiera que voy a resucitar, sin duda me arrojaría encantado a mi fallecimiento para conocer lo que sucede al otro lado y luego regresar vivificado. Poder reiniciarnos, alojar un router dentro. Imagina que cada herida, cada dolor, cada error, cada miseria cotidiana que atenaza tu amor propio y el que dispensas alrededor pudiera desaparecer con tan solo el efecto óptico de dos planos fijos superpuestos en el mismo segundo. Ninguna cicatriz. Qué vida esa en la que todo dolor fuera relativo, donde el pasado y el futuro se pudieran solapar y el azar realmente provocase solo zancadillas. La vida, asfaltada en un presente inagotable. «El sueño va sobre el tiempo, flotando como un velero», que cantaba Camarón.
Aquel vampiro clásico conseguía su infinitud practicando el mal, en efecto, pues se aprovechaba de sus víctimas, a las que engañaba, magnetizaba, sometía y cazaba. A unas pocas las convertía, dejándoles beber de su sangre, aunque normalmente concedía semejante privilegio cuando necesitaba rodearse de siervos, nunca por amor o compasión. Sin embargo, su maldad absoluta no albergaba remordimiento. El vampiro clásico sobrevivía a costa de la vida ajena sin importarle un comino el alimento que ingería. Le preocupaban tanto los cuerpos que desecaba como a mí los ajos que acompañaban el pollo frito, pequeños e inmensos placeres de los que nunca dejaba ni uno.
¿Cómo se siente alguien malo sin conciencia de serlo? Supongo que tan satisfecho como yo después de limpiar el plato con el último mendrugo de pan, ni gota de salsa, guarnición o añicos de carne desaprovechados. Librarse de la moral celestial: otra bendición espuria que anidábamos quienes fuimos educados en la disciplina católica, en esa condena impuesta a las inclinaciones oscuras, aunque naturales, que todos guardamos dentro y que a tantas generaciones les avergonzaron como un pecado original. Los críos como yo nacimos malos porque sí. Por no sé qué de nuestros ancestros y un manzano. Algunos incluso tardamos unos añitos en reconocer que las emociones no dependen de nosotros, como no depende del vampiro necesitar la sangre ajena para sobrevivir. Los humanos disponemos de la libertad para decidir los comportamientos que corrijan o no esas emociones espontáneas y consustanciales a nuestro ser. Drácula no tiene ni que pensarlo. Al igual que las nuestras, sus emociones no son buenas ni malas, solo que él disfruta de la ventaja de no tener que domeñarlas. No concibe la bondad, y por lo tanto, tampoco la maldad. Muerde y ya está.
El privilegio de jugar entre ambos mundos a su antojo, sin moral, era por supuesto masculino, pues la sociedad que había encumbrado al vampiro entre los demonios milenarios no admitía otro género como modelo, ni siquiera para la inquina. De hecho, buena parte del atractivo del vampiro consistía en la fabulosa capacidad para derretir mujeres a su paso, señoras y chavalas que invariablemente acababan ataviadas en camisón entregándose a los brazos corruptores del transilvano. El vampiro desnudaba sin tocar, amaba sin penetrar, besaba sin rozar los labios, seducía sin necesitar permiso. Y yo, que contaba doce o trece años, apenas despierta la líbido, con un profesor de alzacuellos que nos prohibía tocarnos demasiado al mear, me solazaba con aquella fortuna del Conde para abrazar a mujeres de pechos asomados... ¿Cómo es posible que no enloqueciéramos con la mezcla de machismo y tabúes en la que fuimos educados?
Siempre se ha interpretado el mordisco del vampiro como una analogía de la penetración, en parte porque los hombres no podemos evitar imaginar un palo cada vez que hayamos un agujero, aunque sea un ojal; aunque pueda hospedar otras piezas y, sobre todo, apreciar otros tactos distintos al del leñador inquieto, el que vislumbra un reto de hacha en cualquier árbol, todo el bosque alojamiento. Sin embargo, el mordisco del vampiro ha hechizado y hechiza por su sensualidad violenta tanto o más que por su metáfora sexual. Porque el vampiro clásico, aparte de no fornicar nunca por imposición de la censura, encarnaba el beso perfecto: el más absoluto que se pueda dar, lujuria y dolor en la zona más erógena, allí por donde circula la aorta, cañería de oxígeno que el vampiro dentellea para chupar hasta la última gota. El vampiro se come tu presente para prolongarse, haciéndote suyo por completo, integrándote en él. En lugar de penetrarte, te inserta en su cuerpo. Y yo sospecho que el puñetero amor es eso. El poder de Drácula es el del beso que te traga entero, dejándote sin aliento.
Drácula y sus seguidores —hasta los años setenta, todos los vampiros se parecían al Conde— habían alcanzado pues el nirvana al que muchos humanos aspiramos: convertir la necesidad en placer. Su urgencia era su deleite; su alimento, su mayor éxtasis. Aun disponiendo de una inteligencia formidable, de un hechizo irresistible, de una fuerza descomunal, de fortuna, elegancia, magia y eternidad, lo que más me sobrecogía de la naturaleza del vampiro era la sencillez con la que conducía sus noches: su único propósito desde que abandonaba el ataúd consistía en beber, para erizar todas sus células con cada sorbo. Este regocijo, nuevamente, también estaba exento de sombras, pues el hambre no derivaba en adicción. El abuso del placer no volteaba la tortilla al degenerar en necesidad.
Comparar la sed con la penosa dependencia de un yonqui —la segunda analogía habitual, junto a la penetración— funcionaba perfectamente en los artículos y los ensayos, aunque luego cualquier mordisco que veías en la pantalla o leías en los relatos arruinaba la comparación: la fruición con la que el vampiro consumía sangre nunca bajaba de intensidad, todas las venas le producían un placer extremo. Y a la víctima, también. ¿Cómo se siente un presunto drogadicto al que su sustancia no solo no mata, sino que vigoriza, sin que además reduzca nunca su voluptuosidad? ¿Cómo nos sentiríamos si el pan o el agua nos condujeran al orgasmo y nunca nos cansaran? Normalmente nos sucede lo contrario: una vez descubierto el placer físico, hemos de acostumbrarnos a dosificarlo —por peligro de adicción, por prescripción médica, por carestía o por simple edad— para no convertirlo en vicio. El vampiro clásico, afortunado él, vivía instalado en un exceso permanente sin ningún tipo de consecuencias.
Hasta que se topaba con Van Helsing o con sus imitadores. La némesis de Drácula, modelo para cualquier cazavampiros, combinaba a un sacerdote, un cazador y un científico, con una locura en sus tres facetas superior a la del Conde, ya que la suya era una enajenación exclusivamente humana. Van Helsing da tanto miedo como la criatura a la que detesta, quizá más, pues se conduce poseído por el fundamentalismo. De hecho, era la determinación fanática de Van Helsing, y no tanto sus folclóricas herramientas, las que le presentaban como un peligro genuino para nuestra criatura inmortal. El éxito de Peter Cushing como antagonista de Christopher Lee en las películas de la productora Hammer consistió precisamente en eliminar la locura manteniendo la intrepidez del doctor holandés inventado por Stoker. Ese actor pequeño y enjuto representó al hombre recto y audaz, devolviendo una réplica admirable que cepillaba el pelo de la dehesa ultracatólica y alquimista del personaje, concediéndole la gallardía de un caballero artúrico. Cushing ha sido uno de los pocos cazavampiros a los que he admirado, probablemente por su elegancia británica y sus pómulos de alabastro.
Detrás del vampiro clásico había pues siglos de Iglesia, Ilustración y Romanticismo que se agostaban. Una sociedad vieja, que en el caso de España ni siquiera conocía la democracia y el capitalismo, como no había conocido a Voltaire ni a Byron, como no se había desprendido del confesionario y de los visillos que escrutaban al vecino. En la Educación General Básica (EGB) leíamos las Rimas y leyendas de Gustavo Adolfo Béquer como el único romanticismo —tardío— que tuvimos, equiparable en su influencia a la vigencia de la Constitución de La Pepa. Es decir, amagos. España: ese país donde la modernidad, hasta finales del siglo XX, fue siempre un conato ahogado por los cuarteles y los rosarios. Ni que decir tiene que después de El monte de las ánimas, ver a Christopher Lee enseñando los colmillos nos hacía explotar la cabeza tanto como descubrir los superhéroes norteamericanos en los tebeos o a los lagartos de la serie V Invasión Extraterrestre (Kenneth Johnson, 1983) tragando ratones y gusanos. Nuestra porosidad a cualquier fantasía que rompiera la caspa aún flotante de la dictadura era mayúscula.
La década de los setenta fue quizá la última de una sociedad de certezas, y por tanto, también del tipo de lógica en la que se apoyaba. Un mundo coherentemente ordenado por ideologías, fronteras y costumbres. La estructura social podía representarse fácilmente en una pirámide, donde cada clase y cada edad tenían asignados unos comportamientos que, si rechazabas, requerían igualmente que te adhirieras a otros. La individualidad que hoy gobierna el planeta resultaba sospechosa cuando yo nací.
En el último tercio del siglo XX tenías que definirte eligiendo entre el catálogo de colores existente, aunque fuera por oposición. El entorno obligaba a ubicarte en un colectivo, mostrándote identificable y comprensible de un plumazo. Si no creías en Dios tenías que argumentarlo y presentar una alternativa. Declararte simplemente ateo, sin más razonamiento, te convertía poco menos que un forajido, en el raro del pueblo; y así con todo. Había que ser de derechas o de izquierdas, de El País o del ABC, clase media o clase alta, patrón u obrero, heterosexual o soltero —el «maricón» no se consideraba género, sino bufón, de la misma forma que al pobre no se le consideraba ciudadano, sino verruga social—. La sociedad era un tablero. Hasta los jóvenes que se situaban fuera eran encuadrados en «tribus urbanas» con sus propias estéticas y conductas: rockers, mods, heavies, modernos... y pijos, por supuesto, que no eran tribu sino casta. Cualquier indecisión se interpretaba como inmadurez —palabra que prácticamente ha desaparecido de nuestro vocabulario—, pues abundaban las explicaciones definitivas para el sentido de la vida, había flotadores de sobra a los que abrazarte cuando te topabas con la incertidumbre y te volcaba. Incluso los objetos que nos rodeaban eran robustos y fiables: sabías dónde y cómo estaban fabricados, y cuánto iban a durar de media antes de comprarlos. Junto con, por supuesto, el uso socialmente adecuado. A nadie se le ocurría ir a trabajar con unas zapatillas de deporte en lugar de con zapatos. Semejante panorama de seguridad lo remataba una confianza inquebrantable en que el futuro traería siempre progreso... con la única complicación de que estallase una guerra nuclear entre la URSS y Estados Unidos que transformara el planeta en un cenicero.
El cambio de centuria vio caer muros y fronteras; conforme religiones e ideologías iban perdiendo fuerza, el capitalismo se quedaba sin rival e internet estrechaba las dimensiones del orbe. La tecnología nos acomodó la vida, el consumo se generalizó como algo divertido, el ocio se consolidó como industria principal y los curritos de Europa llegamos a soñar —hace cuatro días— con una jornada laboral de seis horas que nos permitiera un chalé con perro y piscina. Como en toda etapa de prosperidad, los derechos civiles avanzaron. El matrimonio homosexual, la discapacidad o la renta básica se incorporaron a nuestros vocabularios. Alcanzamos la mayor esperanza de vida que la humanidad ha conocido, con unas posibilidades de entretenimiento y realización que nuestros abuelos ni imaginaron.
Hasta que llegó 2001. Y luego 2008. Y después 2020.
Las dos primeras décadas del siglo XXI han ido dinamitado las certezas. El terrorismo yihadista sembró una inquietud incomparable a la de cualquier otra guerra, porque las peores pesadillas del cine de catástrofes podían suceder en la tranquila zona rica del planeta. La crisis económica duplicó la conmoción: de un día para otro podías perderlo todo, el empleo, la casa, los ahorros. Y la pandemia de la covid-19 nos remató, enclaustrándonos ante un enemigo capaz de vaciar las calles, tan incomprensible como los atentados de las torres gemelas y la caída de Lehman Brothers. El 11S marcó el inicio del auge de la ultraderecha, mientras que la recesión de 2008, en lugar de atajar los desmanes financieros que la provocaron, permitió la implantación de un neoliberalismo aún más radical, anclado en fondos de inversión oscuros y grandes corporaciones tecnológicas cuyos propietarios y funcionamientos desconocemos. Y aunque todavía es pronto para calibrar las consecuencias del coronavirus, de mano ha disparado hasta lo indecible la paranoia habitual en contextos de desinformación. De repente, nos encontramos tratando de explicar con los 280 caracteres de Twitter fenómenos incomprensibles, con mil aristas y matices, que afectan a inquietudes sociales básicas: el dinero, la salud, la paz.
Al tambalearse esos pilares, el mundo ha empezado a asustarnos. Hemos perdido la confianza en cuanto antes nos proporcionaba estabilidad. No confiamos en la política, en los sindicatos, en la Justicia ni en los medios de comunicación, no sabemos qué es verdad en la denominada «era de las fake news». Ignoramos los resortes de la comunicación digital, base del nuevo capitalismo tecnológico y principal cauce de intoxicación social. Facebook puede decantar unas elecciones en Estados Unidos o un referéndum en el Reino Unido, y también conocer tus hábitos al dedillo. Tampoco sabemos quién produce las miles de cosas que ya no compramos en tiendas sino en Amazon, ni cómo funcionan, ni mucho menos repararlas; solo sabemos que duran poco y que sale más barato —y satisfactorio— cambiarlas, porque el consumo se ha convertido en un placer en sí mismo. A menudo, en un consuelo.
La vieja sociedad de bloques del siglo pasado ha dado paso a un mundo de átomos, de electrones más bien, de millones de vidas que se sienten zarandeadas por fuerzas que desconocen. Amanecemos, encendemos el móvil, y ya estamos mareados. No tenemos tiempo para vernos, pero revisamos cada cinco minutos los mensajes de las redes sociales. Encontramos la misma paradoja en la hiperabundancia, que ha derivado en una uniformidad asombrosa. A pesar de la variedad del hipermercado global, echamos un vistazo alrededor y nos descubrimos clones: tenemos los mismos muebles, la misma ropa, los mismos coches; las mismas opiniones sacadas de las mismas teleseries y de los mismos memes. La capacidad de mimetismo del ser humano se ha demostrado increíble incluso cuando se acerca al colapso de su civilización, porque aquello del cambio climático es ya un barranco real.
Este campo de incertidumbres que anuncia mil apocalipsis ha resultado un caldo de cultivo perfecto para el vampiro, que ha sabido ver las pequeñas y grandes angustias que surgían en nuestro camino y asumirlas. Si hasta los años noventa solo aparecía en historias de terror o en parodias, hoy ocupa el espectro completo de categorías de cualquier plataforma de streaming, desde la comedia romántica al reality show, al igual que ha sucedido en los cómics, los libros y los videojuegos. O en la música: uno de mis grupos favoritos se llama Vampire Weekend, sin que nada en su música atienda al mito más allá de la devoción de su cantante por la película Jóvenes ocultos (Joel Schumacher, 1987). El vampiro, amén de ubicuo, ya no necesita disfraces ni justificaciones. Puede ser una chica adolescente en un suburbio francés de inmigrantes dentro de un contexto de racismo y marginación (la serie Vampiros de Netflix, de 2020 y creada por Thierry Jonquet). O un misionero asiático en África dedicado al cuidado de las víctimas de una epidemia, pero empachado de lujuria (Thirst, de Park Chan-wook, 2009). O una chica iraní que malvive en un desierto de campos petrolíferos entre prostitutas de velo y camellos de heroína (Una chica vuelve a casa sola de noche, de Ana Lily Amirpour, 2015). El vampiro contemporáneo no siempre bebe sangre, a menudo soporta el sol, disfruta del sexo, juega con niños. Trabaja en oficinas, compone música, no puede pagar las facturas. Y siempre porta heridas, físicas o sentimentales.
El vampiro puede ser cualquier persona, en definitiva, cualquiera de nosotros, pues se ha apoderado de las inquietudes del ser humano contemporáneo. La criatura de pulsiones básicas y maldad inmutable, arrogante y paranormal, que fijó Drácula, ha tornado en una amalgama de emociones que encaja en cualquier narración sin necesitar una coartada fantástica. Los mejores vampiros actuales, los que no se limitan a replicar su herencia genética, suelen ser mujeres, y muestran una mezcla de bondad y maldad, de aspereza y suavidad. Véase la niña que se enamora de un niño en esa ciudad cubierta de nieve, chatarra y resignación que retrata la inquietante película Déjame entrar (Tomas Alfredson, 2008). O Marceline, la vampira de la serie de animación Hora de Aventuras (Pendleton Ward, 2010). Incluso podemos encontrar al vampiro en una serie tan aparentemente ajena como Sherlock (Mark Gattis y Steven Moffat, 2010), de la BBC, donde el detective que interpreta Benedict Cumberbatch acumula rasgos propios de nuestros amigos redivivos: el abrigo por capa, la piel blanca, la vida noctívaga, la persuasión sobre los demás, la inteligencia sobrenatural. El ojal rojo en la solapa del abrigo cual herida de colmillo. Sus maneras de depredador, atractivas hasta para quienes lo odian. O su palacio mental, ese donde se aísla para encadenar sus deducciones simulando un castillo psicológico.
Para que el vampiro se humanizara ha tenido que incorporar también nuestros anhelos: la persecución de la juventud interminable, el hedonismo, la opulencia, o el sexo y los poliamores digitales. En una serie como The Vampire Diaries (Crónicas vampíricas, de Kevin Williamson, 2009), que narra las desventuras de instituto de un grupo de adolescentes, podemos encontrar todas esas claves. Tras el romance de la humana Elena con los guapérrimos hermanos Stefan y Damon Salvatore, The Vampire Diaries describe los valores culturales de esta época. Hay vampiros buenos y vampiros malos, o vampiros atribulados por su condición y vampiros que se comportan como el capitán del equipo de fútbol americano, con su misma altanería y superioridad. Los roles tradicionales de cualquier cuento, reunidos en una criatura que con Drácula solo encontraba su sentido como paradigma de la maldad y el miedo, pero que ahora puede solazar cualquier fantasía, luminosa o pavorosa, de adolescentes y adultos. Y a la par, retratar su sociedad. Es la metáfora absoluta.
El vampiro, en definitiva, se ha puesto las botas, alzándose como un sueño de felicidad, capaz de combatir nuestros miedos y de proporcionarnos nuestros deseos. De encarnarnos en una versión superada de nosotros mismos. Los nueve vampiros que vamos a presentar lo han hecho, y su historia nos permitirá conocer la raíz de un mito que ha resucitado de su propia vida, así como las convulsiones sociales que lo han empujado, tanto en el pasado como hoy en día. Vamos con el primero, con el que lo cambió todo.
2
EL CONDE DRACO
EL VAMPIRO DEJA DE DAR MIEDO Y EL SER
HUMANO SE VUELVE UN PERSONAJE ATERRADOR
El miedo es algo normal, común, que paradójicamente vivimos como un sentimiento extraño, anómalo, incluso censurable. Desde pequeños nos acostumbramos a arrinconarlo, a negarlo, castigado como un reflejo irracional que revela una debilidad infantil. Sin embargo, el miedo es una de las emociones fundamentales que nos acompañan a diario como prueba palmaria de nuestro ingenio. Conforme crecemos va adoptando distintas formas, al igual que los monstruos numinosos de Lovecraft: el miedo ante un asesino cinematográfico en sombras no es el mismo que el vértigo a perder el trabajo, aunque partan de una raíz común, normalmente el sufrimiento. Un sufrimiento anticipado, pues el miedo aparece en realidad espoleado por los recuerdos y por la imaginación, por el pasado y por el futuro, por sensaciones que recupera la memoria o por un temor ignoto que ingenia tu cabeza: un dolor físico, un llanto por un amor perdido, la zozobra de no llegar a final de mes, la muerte de alguien querido o la invasión de la Tierra por miríadas de marcianos verdes y viscosos. Aunque nada de eso te haya sucedido realmente, el cerebro lo inventa.
Decía Eduard Punset que el hombre es el único animal capaz de aterrarse con su imaginación, de segregar las mismas sustancias químicas imaginando que le ataca un tigre que cuando realmente lo tiene delante. El miedo es un producto de nuestra inteligencia, y probablemente por eso seamos capaces de darle la vuelta y hacer que se ramifique hasta la punta del vello. Porque, en última instancia, el miedo es una emoción cuyo único cometido es mantenernos con vida, alejándonos del peligro.
Cada época tiene sus miedos, construidos a partir de las esperanzas y amenazas que sus gentes vislumbran; consensuados a partir de la imaginación dominante. Cuando yo tenía diez años, el vampiro todavía era una posibilidad creíble, vivíamos en una sociedad impregnada de la suficiente religión, de la suficiente superstición, como para que los reversos del bien divino fueran considerados plausibles. El bien necesita del mal para justificarse y explicarse; sin monstruos no existen ángeles, pues todos los extremos se construyen por oposición. El vampiro clásico le encajaba al pinrel del Papa —entonces, el mejor de los humanos— como el zapato de cristal al piececito de Cenicienta: si la sangre de Cristo purificaba, la de Drácula contaminaba; si Dios era la luz, el Conde encarnaba la oscuridad. El primero era una paloma, el segundo un murciélago. Jesús nos daba su sangre en copa y el transilvano nos secaba las aurículas. La mitología vampírica estaba edificada a partir de la teología cristiana, entonces única propietaria de las grandes metáforas, y la España de los años ochenta todavía acudía a la misa dominical como ocupación primera —e ineludible— en sus días de descanso. Amén.
Los chavales admitíamos la viabilidad del vampiro con la misma naturalidad con la que rezábamos de rodillas a la Virgen, porque nos habían educado en la certeza de los fantasmas piadosos y en su inmortalidad. Pero al inculcarnos el paraíso, los curas nos advirtieron del infierno, y en ese momento nos dejaron al borde del precipicio contemplando el susurro del vértigo. Hoy en día provoca hilaridad recordar que los vampiros nos parecían posibles, pero una de las discusiones más habituales en mi autobús escolar era la existencia de los ovnis. No de los marcianos, sino de sus naves, esos platillos giratorios que aparecían en las películas y —sobre todo— en las fotografías borrosas, escandalosamente manipuladas, de las revistas de esoterismo. El vampiro, como el ovni, era una figura difusa, y por eso mismo amenazante, ya que obligaba a nuestro cerebro a completar la información de la que carecíamos; a exprimir nuestra imaginación, que ante la falta de explicaciones solo encontraba peligros. Nos acaba de pasar con la covid-19.
Sin embargo, esa sociedad lineal y literal, con los caminos y los significados marcados, abandonó su prosopopeya de pizarra y púlpito durante el final del siglo. Liberada por la cultura pop, adoptó otros ídolos y demonios, abriendo vetas de libertad y diversificando las formas de ver la vida. Permitiendo otras imaginaciones distintas, sancionadas hasta entonces como blasfemas o, simplemente, pueriles. Podías dejar de creer en Dios y creer en Billy Wilder, como Fernando Trueba. O, a la inversa, podías dejar de temer a Dios y temer a Freddy Krueger. Las ideologías, cultos civiles, igualmente metafóricos, languidecieron también con la subasta de los pedruscos del Muro de Berlín, dejando triunfante al capitalismo, más práctico que utópico puesto que reduce los mítines a las dos dimensiones de un billete o de una tarjeta de crédito. Lo trascendente —la religión y la política— perdió el dominio de la alegoría, timón del pensamiento popular desde que nos metimos en una cueva, porque persuade por igual a ricos y pobres, a intelectuales e incultos, a párvulos y veteranos.
Con la llegada del pop, la frivolidad empezó a dominar la interpretación del mundo, pintarrajeando sobre fotografías en lugar de enmarcando lienzos de próceres y santos. El diseño gráfico tumbó al arte. El estribillo arrinconó al aria. Lo infantil y lo adulto intercambiaron significados: Elvis, el corruptor de la juventud, podía competir fotocopiado y coloreado con los arrobados cuadros de Bartolomé Esteban Murillo. Nuestra iconografía trascendental, nuestros ideales, salieron de los museos y de las bibliotecas y se pusieron a bailar.
En el ámbito del terror, los monstruos quiméricos dieron paso a los asesinos en serie y, en último término, a las series de asesinos y a los muñecos de las series de asesinos, agregando en cada salto una nueva dimensión. En ese camino del monstruo al psicópata y del psicópata al peluche —es decir, en ese camino en el que la ficción convirtió al ser humano en el peor de los monstruos—, un montón de vampiros chapados a la antigua murieron, incapaces de entender las mutaciones del miedo, sin recursos suficientes para amoldarse a la nueva imaginación. Nada lo ilustra mejor que la historia de dos vampiros diametralmente opuestos: Peter Steele, el vampiro real más famoso que ha conocido la música pop, y el Conde Draco, el trasunto del Conde Drácula de Los Teleñecos de Jim Henson.
«NO TENGÁIS MIEDO A LA MUERTE»
El rock ha encontrado abundantes vampiros entre sus ídolos, pues no en vano fue señalado como demoníaco desde que Elvis cimbreó sus caderas, pecado de purificación para la hoguera conservadora, la que siempre piensa que el mal afecta principalmente a las mentes débiles —los niños, las mujeres, los obreros; el mismo razonamiento, por cierto, que aplicamos malamente para interpretar a la ultraderecha—. Como siempre les sucede a los talibanes de la pureza, señalar con el índice erecto al rocanrol propició que decenas de grupos y cantantes se envolvieran en la bandera del satanismo como máxima provocación. Especialmente en el rock duro, o heavy metal, donde los vampiros de guitarra eléctrica se cuentan por docenas. No en vano, la sucesión de notas característica del heavy, el Tritono, se conoce como «el intervalo del diablo», pues durante la Edad Media nunca se utilizaba en las composiciones eclesiásticas, por su disonancia, porque dificultaba la entonación y porque creaba un ambiente tétrico. Hoy, sin embargo, es sonido de juerga y melenas al viento. Si alguna vez has perdido la cabeza en un bar cuando han pinchado a Metallica, probablemente hayas tocado el Tritono al aire sin saberlo.
Ozzy Osbourne, el cantante y fundador de Black Sabbath, trabajó el Tritono a saco hasta establecerlo como un canon del heavy a principios de los setenta. También escribió letras funerarias, maquilló sus ojos en negro, usó colmillos postizos, se nombró «Príncipe de las Tinieblas» y hasta decapitó a un murciélago de un mordisco durante un concierto —creyendo que era de plástico, todo sea dicho—. Ozzy jugó a ser un vampiro, aumentando la parodia conforme su carrera avanzaba, alimentando el marketing de foto pintarrajeada. Lo mismo que hizo Gene Simmons, el bajista de Kiss, un grupo de heavy para todos los públicos, quien en los ochenta le tomó el relevo a Osbourne y creó el personaje «The Demon» con una cosmética inspirada en las máscaras terroríficas niponas, más una lengua de 17,78 centímetros supuestamente sin frenillo que sacaba a pasear en fotos y conciertos, gracias a la cual asegura haberse acostado con 4.600 mujeres. Simmons, la estaca bucal.
Osbourne el siniestro y Simmons el succionador funcionaron como divertidísimas atracciones de feria, con más carnaval que esoterismo, dos adultos disfrazándose de niños, sustancia misma de la cultura pop. Como ellos, centenares de grupos y solistas de todas las épocas han adoptado el vampirismo como seña de identidad, desde Los Vampiros Rojos, un grupo de rock instrumental de la ola ye-yé española de los sesenta, hasta las bandas de psychobilly como The Cramps, que utilizaban lo mortuorio como estética, escándalo y recreo. En algunos casos, el apodo lo ha asignado el público, como le sucedió a Nick Cave, un profeta de la angustia al que sus fans —especialmente en Latinoamérica— también entronizaron como «El vampiro». Cuando le preguntan a Cave por sus presuntos colmillos, lógicamente se ríe, para a continuación soltar una sarta flipante de referencias sobre literatura y cine de terror que le han influido en su vida. Las cosas importantes no tienen por qué ser serias, ni mucho menos hacerte serio. La esposa de Cave, diseñadora de moda, comercializa sus prendas bajo la marca The Vampire’s Wife, continuando la broma.
Peter Steele, por contra, se tomó su apodo al pie de la letra. Quiso dar miedo de verdad.
Steele, de nombre real Petrus T. Ratajczyk, hijo de emigrantes europeos como delataba su auténtico apellido, fue el cantante y bajista de Type O Negative, un grupo de Brooklyn que entre 1991 y 2007 publicó siete discos. El nombre del grupo alude al tipo de sangre que no contiene antígenos A o B ni tampoco el factor Rh, lo cual convierte a sus portadores en donantes universales. Según la ficción cinematográfica, la sangre O negativo es la preferida por los vampiros, su ambrosía, pues la ausencia de marcadores en los glóbulos rojos puede ser interpretada como un signo de pureza. También permite una lectura más poética, pues al fin y al cabo lo que corre por las venas de un vampiro es la mezcla de incontables sangres, un reguero de personalidades, de marcadores individuales diluidos en un purgatorio líquido por el metabolismo de la bestia.
Cuando empezaron, Type O Negative hacían rock gótico, un heavy metal oscuro, y cuando acabaron, doom metal, no tanto por una variación radical de estilo, sino por cómo la tecnología y la mezcla de influencias diversificaron la música popular conforme entraba el siglo XXI, complicando las etiquetas que asignaba la crítica. La sangre del rocanrol también se ha vuelto bastarda a través de mil transfusiones desde que Chuck Berry cantó por primera vez Maybellene. El doom metal utiliza los mismos ritmos percutores, sonidos metálicos y el Tritono de Black Sabbath o Kiss, pero ralentizándolos, con el propósito de convertir la amenazadora aceleración del género madre en un desasosiego de cementerio. Algo así como añadirle telarañas al teatro.
Desde esos acordes nocturnos, Steele intentó dar miedo de verdad manejando un puñado de tópicos vampíricos que cumplía a pies juntillas, y quizá por esa convicción sigue recordando a muchos fieles a un chupasangre auténtico, o a los atributos que la iconografía del vampiro había desarrollado durante el siglo pasado, después de que Bela Lugosi —con la productora estadounidense Universal— y Christopher Lee —con la británica Hammer— estandarizaran la apariencia del Conde. Para empezar, el físico de Steele coincidía con ese arquetipo: era muy alto —1,98 metros—, atractivo e intimidante, pero joven y moderno, musculado según patrones de gimnasio. Melena negrísima y algo rizada. Cara angulosa, de mandíbula cuadrada. Piel pálida. Unos ojos indolentes ensombrecidos por una frente sólida, que remataban unas cejas finas y largas, y unos labios rectilíneos bajo los que se podía imaginar una dentadura capaz de afilarse sola en un segundo.
Desde esa mirada apolínea, Steele cantaba de forma obsesiva a la muerte y la sangre, supuestamente como reflejo de su alma maldita, que combinaba la habitual desmesura con las drogas, el alcohol, el sexo y esa inexplicable animadversión de las estrellas del rock por el mobiliario de los hoteles. Un comportamiento punk de libro. La portada del elepé The Origin of the Feces mostraba —presuntamente— el ojete del cantante en primerísimo primer plano, un agujero por supuesto censurado. Cuando la revista Playgirl le propuso posar desnudo, Steele no solo aceptó encantado, sino que decidió hacerlo con el pene erecto, por aquello de que ya que nos ponemos, hagámoslo bien, orgulloso del mástil y de su velamen. Además de su leyenda salvaje, ofrecía las habituales declaraciones pendencieras en las entrevistas, y un carácter entre loco y taciturno, con cíclicas desapariciones donde nadie conocía su paradero, cada poco quizá muerto. Y claro, proporcionaba a sus fans muchos versos de terror romántico de bolsillo, junto a un grito de guerra recurrente en sus conciertos: «No tengáis miedo a la muerte». En resumen: tenía un álbum de cromos completo para ganarse también un título demoníaco.
Le cayó «El vampiro de Brooklyn».
El bautismo le conectaba con un asesino real, uno de los más atroces jamás conocidos: Albert Fish, el verdadero «Vampiro de Brooklyn», también apodado «El hombre lobo de Wysteria», un anciano lánguido y encantador en apariencia que fue ejecutado en la silla eléctrica en 1936 por haber abusado sexualmente de más de cien niños a lo largo de veinticinco años. Fish añadía un número indeterminado de asesinatos que incluían una colección de sevicias estremecedoras: sadismo, coprofagia, canibalismo... Se bebió la sangre de sus víctimas, las desmembró y se comió su carne —especialmente, la de sus traseros— cocinando en ocasiones a los desdichados que atrapaba. Para más inri, no mostró ni asomo de remordimiento; todo lo contrario. Cuando lo sentaron en la silla eléctrica, se entusiasmó al afrontar «el único placer que le faltaba probar: su propia muerte, el delicioso dolor de morir», según el relato de un reportero del Daily News que presenció la ejecución.
Asignarle a un cantante rock el sobrenombre de uno de los asesinos más infames de la historia de Estados Unidos constituye en sí mismo un ejercicio pop. Demencial, pero pop. Porque la única conexión real entre ambos era Brooklyn. Pero así funciona el metafórico legado de Andy Warhol: como sociedad pop, somos capaces de extraer cualquier sujeto u objeto de gran popularidad en un ámbito determinado —un paquete de cereales para el desayuno, la viñeta de un cómic, un político en un estrado, un asesino en serie—, destilar sus elementos característicos, descontextualizarlo y trasplantarlo a otro contexto totalmente distinto, cambiándole así el significado. Fotografías una botella de Coca-Cola, la enmarcas y dices que es un cuadro.
Si Fish solo se hubiera comido a sus víctimas, sin además bebérselas como un vampiro, únicamente habría recibido el alias de «El hombre lobo de Wysteria» en las calles y los medios de comunicación, y Steele hubiera recibido otro marchamo menos sensacionalista. Porque en los años noventa todavía provocaba cierto asombro utilizar a los psicópatas para vender discos. Hoy estamos tan acostumbrados a esta forma de asociar, a este tipo de pensamiento parabólico, heredero y a la vez sustituto de la hermenéutica judeocristiana, que a nadie le extraña que un cantante y un criminal compartan bautismo. Asociamos desvirtuando y remozando conceptos, encontrando conexiones improbables, soplando la realidad en pompas. Aplicando una lógica de caleidoscopio, fractal, de la que el meme virtual es su último formato. «Cuando te “volvías” pop, ya nunca podías ver un letrero de la misma manera que antes. Y, cuando pensabas pop, ya nunca podías ver Norteamérica con los mismos ojos», dice Warhol en POPism. The Warhol Sixties, el libro que recoge sus diarios. Eso hacemos a diario en Twitter y en Whatsapp.
Desde esa forma de mirar traviesa que nos enseñó el loco del pelo blanco, que intercambia lo superficial y lo profundo, donde los adultos se pueden comportar como niños y una puñetera lata de sopa puede reivindicarse como arte, Peter Steele y Albert Fish encajan, como encajan en una de mis listas de reproducción de música Transylvania, el único tema instrumental del primer álbum de Iron Maiden, y Transylvania 12345, la canción cantada a dúo por Elmo y el Conde Draco en la banda sonora de Sesame Street: Elmo Says Boo!, un especial de Halloween de 1997 donde los dos mencionados teleñecos comparten micrófono. Las dos canciones remiten a una sustancia común, aunque pertenezcan a géneros distintos. Otra de las tonadas del Conde Draco en el mencionado disco se titula Bones (Inside of you), o sea «Huesos (dentro de ti)». Si ahora me sacara de la manga una metáfora inmisericorde con Albert Fish quizás escandalizaría a algún lector... pero lo justo. El pop, en última instancia —y cuando se interpreta bien—, es un juego, una fábrica de entretenimiento, un recreo intelectual que nos ayuda a navegar por el frenesí social y sobrellevar nuestros miedos y desconciertos. Como los propios teleñecos.
Gracias precisamente a esa potencia alegórica, el Conde Draco, un aparente vampiro de chufla, sobrevivió al cantante de Type O Negative, quien murió con más pena que gloria diabólica, precisamente por tomarse su apodo en serio.
EL PRIMER VAMPIRO POP
El Conde Draco fue el nombre con el que nos presentaron a los críos de España al excelentísimo Count Von Count, estrella del show estadounidense Sesame Street, un programa ideado por el psicólogo Lloyd Morrisett que instruyó a millones de niños en una forma de encarar la vida distinta a la de sus padres, alejada de los altares y las solemnidades académicas. Un buen día de 1965, Morrisett se fijó en la cara de fascinación con la que su hija veía los dibujos animados y, en lugar de preocuparse, se interesó con ahínco, porque además descubrió que la niña se aprendía inconscientemente las sintonías que escuchaba en la televisión. A partir de esta anécdota se podría crear una escuela de paternidad: aprovechar las inclinaciones naturales de la infancia en lugar de reprenderlas —una filosofía presente ya en los socialistas utópicos—. Solemos interpretar la madurez como un tránsito entre edades, dejando atrás la bisoñez, cuando la verdadera riqueza surge al acumularlas. Cualquiera de los muchos momentos de felicidad que he encontrado los ha provocado una combinación afortunada del niño, el adolescente y el adulto que soy. Si uno de los tres se ausenta, la diversión no es completa. Si uno de los tres somete al resto, aparece la insatisfacción. Cuando coinciden —como en mi lista de reproducción transilvana—, fiesta.
Morrisett sospechó que podría educar a los niños a través de la televisión, de aquel aparato del demonio que los embobaba, y planteó un programa donde las letras y los números fueran divertidos, sin gravedad, sustentados por la risa. A ese programa que cambiaba el encerado por el recreo, Jim Henson le dio forma de guiñol al año siguiente. A España llegó una década después, y con él, un tipo de piel color lavanda, nariz y orejas triangulares, ojos oblicuos, cejas en arco, barbilla con larga perilla, capa negra con un gran cuello, monóculo aristocrático, banda de gala que le atravesaba el pecho y un áspero acento centroeuropeo.
El Conde Draco era una caricatura descarada del húngaro Bela Lugosi, quien no solo había popularizado a Drácula con su primera película de cine sonoro, sino que se fundió con ella, ya que la celebridad del personaje se comió al actor, trastornándolo. Lugosi, a petición de su familia, fue enterrado con su traje vampírico, con su vestuario de fantasía, como un superhéroe. Norteamérica, con su pop irreverente, se pasaba por el arco del triunfo desde la educación infantil hasta la grandilocuencia de la muerte. En Europa no empezamos a entenderlo hasta que los adultos también nos sentamos a mirar los bamboleos frenéticos de los bicharracos de Jim Henson.
Ábrete Sésamo, posteriormente renombrado como Barrio Sésamo, se empezó a emitir en TVE en 1975, el año en que se murió Francisco Franco, el monstruo nacional que prolongó el desfase con la modernidad que durante siglos ha arrastrado este país, aislado por clérigos y militares de la Ilustración, la industrialización y el progreso en general, progreso que no se entiende sin diversión. Crecer solo tiene sentido si ganan los momentos alegres. El Conde Draco era uno de los personajes más aplaudidos de Barrio Sésamo, todos ellos bastante alterados, como cualquier crío en su cuarto de juegos, lo cual facilitaba que la audiencia se identificaran con ellos. Ese noble de trapo, al que doblaba el actor Rafael de Penagos —voz del agente Dix en La vuelta al mundo de Willy Fog y del Cardenal Richelieu de D’Artacan y los tres mosqueperros— se dedicaba a contar cualquier cosa con la que se topaba: pájaros, velas, migas de pan o notas musicales tocadas en un órgano que sonaba como el de El fantasma de la ópera. Era capaz de enumerar los ronquidos de una señora mientras dormía, a la que esperarías que acechase en la cama de otra forma. Cuando declamaba sus recitados cardinales, murciélagos nerviosos volaban a su alrededor. Cuando alcanzaba el último número de la serie, sonaban truenos, deslumbraban relámpagos y su risa aguda se desbocaba.
A mí me quedó especialmente grabada la petición de mano a su amada Condesa Natacha, quien le rechaza el ofrecimiento a pesar del idílico jardín donde Draco la cita, de los violinistas que le acompañan y de la efusión desgarbada de su pretendiente, a quien se le menean todos los cables de tanta pasión: «¡Ah, Natacha, habéis cambiado mi vida, os habéis convertido en el número uno de mi corazón!». Lejos de apocarse con la negativa de Natacha, el conde se entusiasma contando sus sucesivas calabazas: «No voy a rendirme tan pronto. Además, esto es muy divertido. ¡Cuatro veces! ¡Os he pedido cuatro veces que os caséis conmigo y habéis dicho que no, jajaja!». Y venga a reír. Ojalá poder enfrentar los fracasos de la vida así. «¡Cuatro veces, cuatro veces me han despedido!».
Draco fue el primer vampiro pop, un icono descontextualizado que, en lugar de dar miedo, apetecía abrazar, por divertido y tierno. Su figura recogía la parodia que habían incluido dos series televisivas de los sesenta, Los Munster (Allan Burns y Chris Hayward, 1964) y La familia Addams (David Levy y Charles Addams, 1964), dos comedias de situación con trasuntos de los monstruos clásicos entre sus repartos que, al igual que Draco, aparecían rodeados de toda la parafernalia siniestra, de candelabros, lápidas y aullidos, para blanquearla. Pero Draco fue un paso más allá, al aparecer en un programa para público exclusivamente infantil y alcanzar una fama mundial, cual estrella del rock. Como Peter Steele.
Además, su ocupación como profesor de Matemáticas básicas en Barrio Sésamo no estaba tan desvinculada de su médula siniestra. Aparte del tono violáceo, propio de las livideces de un cadáver, y del homenaje al semblante de Lugosi, la obsesión del miniconde por los números cardinales responde a una de las supersticiones más antiguas de la vampirología. Algunas culturas europeas depositaban semillas de cereales o de amapolas dentro de los ataúdes en los que creían que reposaba un vampiro para que no pudiera salir, o las portaban encima por si se cruzaban con uno, para arrojarlas al suelo, convencidos de que la criatura se pondría a contar los granos de forma obsesiva, abstrayéndose y permitiéndoles huir. Creían que los vampiros sufrían un trastorno psicológico real, que hoy la ciencia denomina aritmomanía. O sea que Draco contaba números sin descanso porque en el fondo seguía siendo Drácula, aunque dedicara su inmortalidad a alegrar a su joven público.
El poderío de Draco se demostró tan inmenso como los vampiros clásicos con los que hubo de convivir, empezando por Christopher Lee, sucesor de Lugosi en el papel y quien solo en 1970, en plena cresta de la ola, rodó tres películas interpretando al transilvano. Pero ninguna se apartaba ni una miaja de la tradición, del arquetipo hermoseado por el Romanticismo, europeo en su genealogía —como delataba su acento— y preñado de un antiguo glamur perverso, glamur que la Hammer supo explotar y que Peter Steele asumió literalmente, sin hueco para la metáfora. Incluso el cómic, el lenguaje pop por excelencia, se resistía a trastocar aquella herencia. El mismo año en el que debutó Count Von Count en Sesame Street, 1972, la editorial Marvel incorporó a Drácula a sus colecciones de personajes con serie regular propia. Aunque los argumentos mezclaban aventuras en países imaginarios, alienígenas y científicos locos, exotismo y erotismo y hasta bailarinas de estriptís, replicaban los mismos tópicos de capa y Cárpatos; en esencia, nada quebrantaba el canon decimonónico. Al lado de las historias de Marvel o de la Hammer, la simplicidad de Draco resultaba, sin darnos cuenta entonces, revolucionaria. Para empezar, porque abolía el miedo. Draco estaba como un cencerro, en efecto, pero no asustaba. Al revés: hacía mucha gracia.
Criarse con Mis terrores favoritos y con Barrio Sésamo adentró pues a una generación de españoles en una forma distinta de entender la mitología, en la que un vampiro podía ser también su reflejo, un muñeco que convertía la sardónica sonrisa de Lugosi en carcajada infantil. Un vampiro podía ser incluso un helado, como el que Frigo puso a la venta por doce pesetas en 1977 con el nombre de Drácula y que sintetizaba el mito con la potencia estética de la Bauhaus: un rectángulo con forma de ataúd, negro por fuera, relleno de un glutinoso dulce rojo en la parte superior y de crema blanca en la inferior. Y además, empalado. Vlad Tepes podía ser un verano.
Así estalló la cultura pop, que cambió el mundo con la misma velocidad con la que Michael Jackson pasaba de negro a blanco y Estados Unidos bajaba del pedestal al David de Miguel Ángel como monumento a la perfección para colocar a Michael Jordan flotando en el aire. En el caso de los vampiros, el pop nos cambió a Drácula por Draco, el primer vampiro con el que se topó una generación entera.
Los ochenta continuaron la renovación con un trío de películas pensadas para ese público recién incorporado. Noche de miedo (Craig Gillespie, 1985), Los viajeros de la noche (Kathryn Bigelow, 1987) y la antedicha Jóvenes ocultos nos mostraron a los niños que nos hacíamos mayores a vampiros de nuestra edad sustituyendo como protagonistas al Conde, haciendo de presas pero también de cazadores. Mezclando el humor con el terror, venciendo a los adultos, permutando de nuevo los significados antiguos. Alaska y Dinarama, el grupo que mejor entendió el pop en nuestro país, siempre vanguardistas en fondo y forma, publicó en 1989 Fan fatal, su último álbum, cuyo listado de canciones ilustraba esa mirada juguetona que ya estaba transformando a los monstruos clásicos: Mi novio es un zombi, Vampirela, El diablo anda suelto, Godzilla... El disco incluía hasta una versión electrónica de Quiero ser santa, el himno afterpunk de los inquietantes Parálisis Permanente, que ahora se podía bailar.
Michael Jackson también quiso ser malo y publicó Bad en 1987, pero, más allá de la música, que seguía siendo fabulosa, su nuevo disfraz no nos impresionó como lo había hecho cinco años antes. Jacko también se tomaba demasiado en serio su personaje, como demostró su mutación durante la siguiente década. El Rey del Pop no solo se transformó en un zombi real, superando en su propia carne el maquillaje del videoclip de Thriller, sino que conocimos la primera denuncia por abusos sexuales a un menor de edad, lo cual le otorgaba un inquietante doble sentido al título del siguiente álbum: Dangerous (1991). De repente, Albert Fish y Michael Jackson podían juntarse en el mismo saco, podían ser el mismo Hombre del Saco. Neverland, el rancho de la estrella, ya no remitía al Mago de Oz, sino al «Nevermore, nevermore» reiterado en el mejor poema de Edgar Allan Poe. Jacko escondía un cuervo en su infantilismo de palomas, que trató de ocultar con un acuerdo extrajudicial y con un matrimonio impostado con la única hija de Elvis Presley, es decir, amontonando cadáveres en el armario de los trajes plateados. El pop feliz de los ochenta añadía su primera arista de cinismo al descubrir miedos inconcebibles escondidos entre lo más luminoso, en lo más cotidiano, en el parque temático de los sueños. En sus ídolos recién estrenados.
Ahí radica el segundo motivo, junto con la abolición del miedo, por el que Draco sobrevivió a Peter Steele. De repente, los hombres comenzaron a resultar más aterradores que los monstruos.
EL HUMANO, EL PEOR DE LOS MONSTRUOS
Si los ochenta fueron la fiesta, los noventa dejaron la resaca. Ronald Reagan había gobernado entre 1981 y 1989 con cifras económicas de prosperidad merced a una política de barra libre. Desreguló los mercados financieros, la promoción inmobiliaria y la competencia empresarial, y alentó los monopolios y la especulación urbanística y financiera sin control público. Reagan cambió por completo las reglas capitalistas del juego, los equilibrios de poder y sus repercusiones sociales. El sistema alumbró de la noche a la mañana a cientos de millonarios como el Gordon Gekko de Wall Street, el broker de cuello blanco, engominado como Lugosi, que interpretó Michael Douglas en la película de Oliver Stone de 1987. Un vampiro de despacho que proponía pactos mefistofélicos a cambio de riquezas infinitas y que, como señala Pedro Vallín, en España encarnaría un banquero de cabello también emplastado, pálido, joven y de apellido transilvano: Mario Conde, cuya ambición, por cierto, terminó quemada en la hoguera política y judicial. Porque aquí, antes que capitalistas, somos inquisidores de cualquiera que pretenda un título nobiliario sin pertenecer al sistema.
Sin embargo, tras aquel empacho de nuevos ricos sin escrúpulos, Estados Unidos descubrió en los noventa la otra cara de la moneda: el desempleo que estaba propiciando pasar de la producción a la especulación; de las fábricas con responsabilidad social y miles de trabajadores en plantilla, a las corporaciones y las opas, ese mercadeo voraz entre multinacionales que compraban empresas para deslocalizar sus factorías, para desmantelarlas o para revenderlas instantáneamente, con el único propósito de obtener un beneficio inmediato mediante el uso de información privilegiada en bolsa. El Monopoly al que jugaban los niños se convertía también en monstruo, justo el proceso contrario al Conde Draco.
El vampirólogo David J. Skal señala en Monster Show. Una historia cultural del horror que en 1991 Norteamérica estaba atemorizada ante las consecuencias de la política neoliberal que había ejecutado el exactor de Hollywood. Ese año —cuando Type O Negative grabaron su primer disco—, «los mundos del entretenimiento y la comunicación rebosaban con imágenes de morbo y terror», recuerda Skal, pues la ficción responde de inmediato a los pánicos de cada época, incluidos los alcistas. La productora Universal restauró Drácula y Frankenstein —ambas de 1931, nacidas junto a El hombre invisible, La momia o La criatura del pantano como metáforas del pavor social tras el crack de 1929—, y proyectó ambas joyas en los modernos cines recién equipados con sonido Dolby: «Si los viejos monstruos ya no conseguían provocar la catarsis, al menos eran recordatorios de lo longevos que pueden llegar a ser los productos derivados de una crisis social».
Pero la cosa no quedó ahí. Skal apunta con agudeza tres acontecimientos de 1991 que anticiparon los nuevos miedos que se asomaban a partir de los cambios socioeconómicos: la novela American Psycho, de Bret Easton Ellis, y las películas El silencio de los corderos, de Jonathan Demme, y Terminator 2: el juicio final, de James Cameron.
American Psycho reflejaba «los deshumanizadores excesos sociales de la década que acababa de finalizar», una crítica al capitalismo desregulado de Reagan y Margaret Thatcher y a las avariciosas criaturas que había gestado. Los «amos del universo» que Tom Wolfe había retratado en La hoguera de las vanidades empezaban a acumular tanto poder como las instituciones en las que se sustentaba la democracia liberal.
Por su parte, Arnold Schwarzenegger regresó en 1991 a su papel de asesino cibernético para enfrentarse, no a un humano, sino a «un nuevo tipo de monstruo, un ser plástico, multiforme, que evoca los poderes proteicos de Drácula». Un robot de una aleación metálica que pasa del estado líquido a sólido a voluntad, con nanochips que le permiten la autorregeneración, al que envía al pasado una inteligencia artificial —Skynet—, desarrollada a su vez por una corporación monopolista —la Cyberdyne Systems Corporation— para acabar con la raza humana asesinando a su último héroe analógico. El Terminator líquido encarnaba el miedo al capitalismo salvaje aliado con una tecnología mucho más difícil de entender que el funcionamiento de un walkman.
Por último, Hannibal Lecter reunía las peores pesadillas del terror clásico en un cuerpo y una inteligencia humanas: «Como Drácula, Hannibal Lecter tiene un pronunciado gusto por la sangre humana. Como Frankenstein, es un científico brillante, pero demente. Tiene dos personalidades, como Jekyll y Mr. Hyde, civilizado y salvaje a la vez. Y como una especie de supergeek de feria, es exhibido en una sucesión de recintos». Solo que Lecter, un asesino en serie, un engendro verdaderamente equiparable a Albert Fish, cautivó al público y a la crítica, reventando las taquillas y ganando los cinco Óscar principales de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas.
Semejante éxito mostraba un cambio social fundamental. Porque Patrick Bateman, el personaje que interpreta Christian Bale en la adaptación cinematográfica de American Psycho, nos provoca tanta repulsión como el trastorno social que condensa mientras tortura a chicas pinchando discos de Huey Lewis & The News. Pero Lecter, aun revolviéndonos el estómago con su canibalismo, nos fascina cuando escucha las Variaciones Goldberg de Johann Sebastian Bach. Por su inteligencia, por su magnetismo, por su erudición, por su indolencia; por muchas sensaciones que no sabemos o no queremos identificar. Y ese salto entre modelos de villanos nos describe como sociedad de una forma más descarnada. Lecter no necesita metáforas. Lecter no necesita caninos. Lecter da mucho más miedo que Drácula.
En España, Mis terrores favoritos regresó a TVE en esa época, con una segunda temporada entre 1994 y 1995. Emitió algunas películas clásicas de vampiros y éxitos ochenteros como Pesadilla en Elm Street (Wes Craven, 1984), pero Ibáñez Serrador, agudo observador de los tiempos, cerró la tanda rescatando La matanza de Texas (Tobe Hopper, 1974), basada en otro asesino en serie: Ed Gein, que curtía las pieles de las mujeres que mataba o de cadáveres que profanaba para fabricarse ropa y tapizar muebles. Gein ya había inspirado Psicosis (Alfred Hitchcock, 1960), aunque de refilón. La diferencia entre ambos filmes ilustra el cambio en la representación del terror durante la última mitad del siglo XX: del acuchillamiento en sombras dentro de una ducha, a Leatherface colgando a una joven viva de un gancho de carnicería. O a Anthony Hopkins degustando el hígado de un hombre «acompañado de habas y un buen Chianti».
Los humanos empezábamos a temer, sobre todo, a los propios humanos. Y especialmente, a los más inteligentes de nosotros, a los triunfadores como Gordon Gekko y a los intelectuales como Hannibal Lecter. A nuestros, supuestamente, mejores espejos. La trampa de la meritocracia, de la genialidad, de la autoexigencia brutal que empezaba a inocularnos el mercado —destacar a cualquier precio, sacrificar todo por el ascenso— nos estaba degenerando en personajes desalmados. «Ten cuidado con lo que te gusta», avisa en la primera temporada de True Detective (Nic Pizzolatto, 2014) el personaje de Matthew McConaughey, un policía obsesionado con su trabajo hasta el punto de convertirse en un especialista casi sobrenatural, a la par que en un amargado misántropo.
La mayoría de los argumentos que hoy vemos en la ficción responden a ese planteamiento, que coincidió con un aumento del consumo audiovisual. Las series televisivas de los dosmil, concebidas como grandes producciones cinematográficas, además de sembrar el germen del actual pago bajo demanda introdujeron los antihéroes como protagonistas indiscutibles. Personajes expertos pero fundamentalmente malos, para sí mismos y para su entorno, y con tal carisma que resultaban irresistibles de aplaudir. De repente, te sentías identificado con un jefe mafioso de New Jersey capaz de cercenar cualquier vida para mantener su poder, capaz de liquidar incluso a los miembros de su propia familia, pero que acudía a la consulta de una psicóloga porque los patos que emigraban desde su piscina le hacían llorar (Los Soprano, David Chase, 1999): y llorabas con él. O te emocionabas con un profesor de instituto al que diagnosticaban un cáncer terminal de pulmón y que decidía dedicar sus últimos días a fabricar y vender metanfetaminas (Breaking Bad, Vince Gilligan, 2008). O con un asesino en serie camuflado como modélico ciudadano, que al acabar su jornada como forense cazaba criminales para matarlos por puro placer, por afición a la sangre (Dexter, James Manos Jr., 2006). La pantalla, de repente, mostraba puntos de vista inconcebibles para las convenciones éticas de nuestra sociedad. El requiebro definitivo del razonamiento pop. El tránsito de la infancia de su pensamiento a la madurez, entendida esta segunda como un descubrimiento traumático de los engaños fundamentales de la vida. Pero también el encumbramiento posmoderno del hombre —porque todo eran varones— al que nadie le hace sombra en su ocupación, sea asesinar o atrapar asesinos, vender droga o encarcelar a camellos, que pasaban a ser méritos igual de atractivos.
En su ensayo El sombrero del malo, donde repasa las nuevas formas de villanía del siglo XXI, Chuck Klosterman describe el fenómeno del antihéroe con el tratamiento de las drogas en la serie The Wire (David Simon, 2002):
«Los barones de la droga en The Wire eran criminales, pero tenían un código ético más estricto que la policía corrupta que intentaba detenerlos. El adulto más admirable de toda la serie fue Omar Little, un hiperviolento atracador a mano armada que vivía los preceptos de un código tan austero que ni siquiera decía tacos (en 2012, Barack Obama citó a Omar como su personaje favorito en The Wire, convirtiéndose así en el primer presidente en activo que jamás haya expresado admiración por un homosexual que mata a docenas de personas con una escopeta)».
Así razona la posmodernidad. Obama también fue el primer presidente en utilizar un cartel electoral que hubiera hecho estremecer de regocijo a Andy Warhol.
UN MUNDO VAMPÍRICO
Ante semejante panorama de competidores, todos los monstruos clásicos han perdido vigencia, han visto mermada su malignidad al no poder reinventarla, incluido el mismísimo Satanás: «El diablo ha dejado de ser un villano en la cultura popular. El diablo es simpático. Es encantador. Si quieres rodar una película sobre el diablo, contratas a Al Pacino», ironiza Chuck Klosterman. Y tiene razón, «el diablo anda suelto, va pisando el mismo pavimento», cantaban Alaska y Dinarama. Lucifer cuenta ya cinco temporadas en Netflix trabajando como consultor del Departamento de Policía de Los Ángeles, en una adaptación del cómic The Sandman, del inmenso Neil Gaiman, producida por el creador de Californication (Tom Kapinos, 2007), otra espléndida serie sobre nuestras éticas posmodernas. Junto al diablo, todas las bestias, y leviatanes tradicionales acabaron arrinconados, irrelevantes frente la maldad de los hombres. Solo los zombis mantuvieron el tipo —aunque suene paradójico—, ayudados por los videojuegos —Resident Evil— y porque el género cinematográfico de terror tuvo que recurrir al gore, a lo extremo. De ahí también la abundancia de películas con sorpresas de infarto, de sustos en surround, normalmente con adolescentes de protagonistas.
¿Y los vampiros? Pues resultaron los más listos del circo. Las criaturas de la noche se colaron subrepticiamente en ese nuevo entorno de ficciones umbrosas y morales dispersas, y se coronaron como monarcas de los antihéroes aprovechando su elasticidad. En buena medida, gracias al acierto de Stoker al humanizar a la bestia con nombre y apellidos y colarla como uno de los nuestros. Pero también gracias al Conde Draco, quien al salirse de su contexto antes que nadie, al erigirse como icono pop mientras Warhol todavía vivía, abrió la senda para ser interpretado bajo los prismas contemporáneos. Peter Steele, entretanto, se empecinaba en comportarse según su apodo, «El vampiro de Brooklyn», interpretándose con gravedad, oscureciendo su música y su imagen, sin entender que la asignación del sobrenombre respondía a un juego travieso, no a un galardón, y sin percibir tampoco que los vampiros que aparecían poco tenían que ver con los antiguos: Entrevista con el vampiro (Neil Jordan, 1994), Blade (Stephen Norrington, 1998) o la serie True Blood (Alan Ball, 2008) presentaban muerdecuellos que sufrían, o que cazaban a vampiros narcotraficantes, o vampiros enamorados. El monstruo realizaba el camino inverso y se impregnaba de las cuitas banales de los mortales.
Hoy el vampiro es una figura cotidiana que encaja en cualquier contexto porque, además, el contexto general se ha vuelto vampírico. La primera década de los dosmil, la que derivaría en la recesión económica mundial, la década del 11-S, del dominio de China, del auge del neofascismo y de las dramáticas migraciones humanas, o sea la del principio del caos internacional que hoy vivimos, consolidó al antihéroe porque recogió todos los miedos inefables que en Estados Unidos y Europa iban apareciendo. Vampiros son los entes y los plutócratas que tras la crisis económica de 2008 chuparon el almacén de nuestros impuestos para cubrir con dinero público los desmanes de sus bacarrás financieros. O las multinacionales que han atrapado a los gobiernos, succionándoles su poder, basado en la voluntad del pueblo. Vampiros son también los políticos que antes de esa crisis esquilmaron el erario, el fruto de nuestros sacrificios, la sangre de nuestro esfuerzo, para proveerse de una riqueza infinita, de una vida de lujo, merced a la corrupción de sus almas. ¿Qué hay en día más absorbente que el mercado laboral, que estos empleos que por cuatro euros nos aniquilan las horas, obligándonos a actualizarnos en nuevas disciplinas constantemente, con la misma dependencia que supone necesitar un trago de sangre, para seguir respirando bajo la penumbra de la pantalla de un ordenador?
Vampiros son las redes sociales que, disfrazadas de patio de recreo, nos extraen los datos personales para manipular nuestros comportamientos, para atrapar nuestras biografías y someterlas a su antojo con la misma hipnosis fatal con la que Drácula sometía al desdichado Renfield. Somos la pila de Matrix, la carnaza de la Red. Tres décadas después de Terminator 2, las corporaciones oscuras —o fondos buitre— han asumido definitivamente el mando de la economía mundial, la inteligencia artificial mediatiza nuestras relaciones, los robots empiezan a sustituirnos en el trabajo, el plástico se ha convertido en uno de los apocalípticos problemas medioambientales y el Terminator original es un político jubilado. Pero no encontramos por ninguna parte a John Connor. Los chupasangres contemporáneos, inmensos e informes, capaces de condenar millones de vidas, operan a la luz del día y se han convertido en algo demasiado evidente, provocándonos mucho más terror por su absoluta invulnerabilidad, por su poder inmortal. El vampiro se ha insertado incluso en nuestras amistades y amoríos, pues denominamos así a la persona que absorbe tu vitalidad atrapándote en una relación tóxica, uno de tantos adjetivos de moda. El cantante de Type O Negative era alcohólico y cocainómano. Hoy los psicólogos no dan abasto para tratar la lista de adicciones diagnosticables, desde el teléfono móvil hasta las parejas manipuladoras. Nuestra vivencia de la sociedad se ha vuelto vampírica.
Al iniciarse los años noventa, las extravagancias de Peter Steele todavía resultaban provocadoras, le concedían cierto misterio personal, y permitían una ligera posibilidad de que su vida, además de punki, transcurriese entre sangre y lápidas; que además de atiborrarse de drogas y penetraciones, sus noches visitasen y regresaran de la muerte por mor de algún pacto sobrenatural o mordisco seminal. Que fuera un vampiro además de una estrella del rock, vaya. Hoy, sin embargo, Steele nos daría risa y probablemente un poquito de vergüenza ajena. Nuestra sociedad está curada de espanto a base de sufrir mucho, nos hemos vuelto cínicos. Y ya no les tenemos miedo a los vampiros de antaño porque el mundo es el verdadero vampiro. Sabemos que los chupasangres existen, que están por todas partes, que nos vigilan desde el ordenador y que no se parecen precisamente a los disfraces de Halloween, principal inspiración del cantante de Type O Negative. Un grupo que, de aparecer mañana, propondríamos en las redes como candidato nórdico a Eurovisión.
En 2005, tras una de las temporadas con su líder desaparecido, la banda publicó una foto de una tumba con el nombre de su líder en la lápida. Aunque resultó ser falsa, le concedió el último brillo a una leyenda que renqueaba, en decadencia, y a la que muchos fans todavía rinden pleitesía. La cultura pop se ha sofisticado tanto que ahora se alimenta de su propia nostalgia, los críos de los ochenta nos hemos convertido en cincuentones pero guardamos con celo nuestras emociones adolescentes. Petrus T. Ratajczyk, sin embargo, no alcanzó el umbral del medio siglo: falleció en 2010 a los 48 años, oficialmente por un aneurisma de aorta. Aunque una segunda especulación apunta a una septicemia derivada de una infección del colon denominada diverculitis, una broma macabra si pensamos en aquel ojete censurado en su primera portada. Antes de morir, Steele experimentó una epifanía religiosa, como tantos yonquis. El ateo amante del diablo se convirtió al catolicismo: «Siempre había creído que el sentido de la vida era intentar encontrar una razón para vivir. Ahora entiendo que todo este tiempo he estado buscando una razón para morir». El vampiro se arrepintió al final de querer serlo, prefirió regresar al siglo XVII antes que amoldarse al XXI. Quizá porque los nuevos compañeros de sangre que aparecían a su alrededor le convertían poco a poco en algo más parecido a un payaso que a un brucolaco. A un friqui, en lugar de un freak.
Steele no entendió que ser un vampiro ya no consistía en asustar al mundo, sino en parecerte a él. Si por lo menos se hubiera reído de sí mismo, como en el fondo acabaron haciendo Ozzy Osbourne o Gene Simmons, el público le hubiera redimido al sentir que caminaba con ellos. Sin embargo, su tozudez en la tradición hizo que su imagen se quedara naif, a diferencia del infantil Conde Draco, quien, desde que debutó en 1972, no ha parado de hacernos reír porque ha sabido acompasar su personaje conforme los tiempos iban cambiando. Draco nunca se ha tomado en serio. Entendió el pop como diversión y metáfora y ha podido absorber cualquier sangre nueva —y propiciarla, pues todos los vampiros infantiles le deben su existencia—. Nunca ha dejado de ser un niño, aunque naciera maduro y cumpla ya cincuenta años, medio siglo vampírico, colmillos y guiñol en el mismo abrazo. En abril de 2020, durante el confinamiento por la pandemia, el conde de trapo participó en un programa especial donde Elmo se reunió por videoconferencia con sus amigos y algunos invitados famosos para explorar cómo jugar juntos en la distancia, y de paso explicar la labor de los médicos durante la covid.
Si Steele acostumbraba a gritarle al público en sus conciertos «¡No tengáis miedo a la muerte!», sugiriéndose un embajador del ultramundo, Draco simplemente nos decía y nos sigue diciendo: «No tengáis miedo». Ese es su inmenso mérito.
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BELLA
EL VAMPIRO OLVIDA A LA MUERTE, QUE SIEMPRE LE HA ACOMPAÑADO, Y SEDUCE A LOS ADOLESCENTES
La saga Crepúsculo, adaptación de las novelas de la estadounidense Stephenie Meyer, estrenada entre 2008 y 2012, machacada por la crítica y por los expertos, ha sido el mayor fenómeno vampírico en lo que llevamos de siglo. Cuatro de las cinco películas se encuentran entre las cien más taquilleras de la historia en España. Las dos últimas sentaron en las butacas a 1,3 millones de personas durante unos años de recesión económica y abandono de las salas de proyección —en cuanto apareció Netflix y nos dimos cuenta de que salía más barato que un cubo de palomitas—. Despreciar a Crepúsculo como un subproducto para adolescentes apijotados solo se entiende desde un punto de vista instantáneo. Porque con un mínimo de distancia, su influencia es indiscutible.
Lo mismo sucedió entre 1845 y 1847 con las aventuras de Varney, el vampiro, el culebrón sobrenatural que se publicó por entregas baratas denominadas «terror de penique» —penny dreadful— y que embelesó a las masas victorianas, obreras y obedientes, necesitadas de divertimentos tan excesivos como las fábricas, las iglesias y las calles donde se ahogaban. Aunque en el contaminado siglo XIX ese tipo de literatura de horror fácil fuera despreciada por los académicos, el éxito de Varney resultó fundamental para la evolución de todos los vampiros, empezando por la novela de Bram Stoker, que se benefició de la moda que instauró y también de los lugares comunes que recorrió su protagonista. Crepúsculo, de la misma forma, contagió a una generación entera con un producto de sencillez popular que acertó con los sentimientos que necesitaba su público para evadirse. Solo que no lo hizo con la promesa de otra vida excitante después de la muerte, sino con el refugio de una juventud sempiterna.
La muerte, segundo atributo del vampiro clásico después del miedo, y solapado a él, se diluyó en las felices convulsiones de la pubertad.
Crepúsculo es una pentalogía sobre el amor adolescente contada para adolescentes con los códigos que manejaban en la primera década de este siglo, cuando Beyoncé, Rihanna, Katy Perry, Lady Gaga y Taylor Swift convertían el pop masivo en cosas de chicas —a cual más soberana—.
Kurt Cobain se había convertido en camiseta, la MTV emitía más series que música, las redes sociales y la crisis económica convulsionaban al mundo y el futuro del bienestar se ennegrecía. La saga no pertenece al género de terror, sino al teenager, del cual contiene los ingredientes convencionales: instituto, baile, abusones, niñas pijas, el profe de ciencias que no se entera, encuentros furtivos por esa ventana del cuarto de la chica que siempre está abierta y que da a un árbol, broncas con los padres, divorcios traumáticos, camionetas destartaladas, coches deportivos y sexo, mucho sexo a punto de reventar dentro del pantalón mientras los nerds hacen comentarios ridículos porque tampoco se enteran. Solo que cada uno de esos lugares comunes del grano y la paja aparece descafeinado, apenas usado como pretexto. Las cinco películas demuestran una pereza de sofá, no ya por repetir los tópicos juveniles, sino por desarrollar o variar las convenciones de una historia mil veces contada en el cine de púberes: el chaval y la chavala descolocados ante la revolución hormonal que les produce el primer amor.
Crepúsculo se centra en la exaltación de un romance cuasirreligioso como primer descubrimiento estremecedor tras la infancia y como el único motivo que encuentran sus personajes para salir de la cama. Aunque no tanto para regresar a ella, porque la historia rezuma un conservadurismo sexual que tampoco encaja en el género, sino que lo impugna. Son cinco películas sobre el picor bajo abdominal que abogan por fornicar tras casarse, para procrear, sin tan siquiera adjuntar tramas paralelas de high school que alivien tan sorprendente planteamiento. Ni de instituto, ni tampoco de terror. Porque Crepúsculo no pretende empujar a los chavales y chavalas a retozar en el viaje de fin de curso ni tampoco asustarles. Ni siquiera se esfuerza en dilucidar la condición vampírica de sus protagonistas, que presuntamente determina su historia. En Crepúsculo hay vampiros como podría haber unicornios. La saga enmienda ambos géneros en su totalidad, negando las prerrogativas que los definen. Y eso, bien mirado, resulta revolucionario. Otra cosa es que a los adultos nos enfade dicha revolución, precisamente porque ya nos creemos solo adultos.
Vamos a contarla desde la perspectiva de alguien de 50 años.
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