Kitabı oku: «Los ojos de la oscuridad»

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Título original inglés: The Eyes of Darkness.

Autor: Dean Koontz.

© Koontz Living Trust, 1981, 1996.

Publicado originalmente bajo el seudónimo Leigh Nichols.

© Traducción: Lorenzo Cortina.

El editor queda a disposición del propietario de los derechos

de la traducción, con el que no ha sido posible contactar,

para las gestiones correspondientes.

© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2020.

Av. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona

rbalibros.com

Primera edición: abril de 2020.

REF.: ODBO728

ISBN: 978-84-9187-675-5

REALIZACIÓN DE LA VERSIÓN DIGITAL · EL TALLER DEL LLIBRE

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Esta versión mejorada es para Gerda, con amor.

Después de cinco años de trabajo, ahora que casi estoy

terminando de mejorar estas primeras novelas

publicadas bajo seudónimo, tengo la intención de

comenzar a mejorarme a mí mismo. Teniendo en cuenta

todo lo que hay que hacer, este nuevo proyecto se

conocerá como el plan de los cien años.

MARTES, 30 DE DICIEMBRE

1

Seis minutos después de la medianoche de la madrugada del martes, Tina Evans iba de camino a su casa tras haber ensayado, a últimas horas, su nuevo espectáculo. Creyó haber visto a su hijo, Danny, en un coche desconocido. Pero, por desgracia, Danny hacía más de un año que había muerto.

Cuando estaba a dos manzanas de su casa, se acordó de que necesitaba comprar un par de litros de leche y una barra de pan. Tina se detuvo en un supermercado abierto veinticuatro horas y aparcó debajo del mágico resplandor amarillento de una farola de vapor de sodio, junto a un Chevrolet familiar color beis. Había un chico sentado en la parte delantera, en el asiento del pasajero, en espera de que su madre, o su padre, saliese del establecimiento. Tina solo podía ver un lado de su cara, pero se sobresaltó al percatarse de su parecido.

Danny.

El chico tenía unos doce años, la edad de Danny, así como el fuerte cabello oscuro de Danny, la nariz de Danny e incluso la delicada mandíbula de Danny.

Ella susurró el nombre de su hijo, como si fuera a asustar a esa amada aparición si hablaba más fuerte.

Sin darse cuenta de que ella lo miraba, el muchacho se llevó una mano a la boca y empezó a morderse con suavidad el nudillo del pulgar, algo que Danny había comenzado a hacer más o menos un año antes de su muerte. Tina había tratado de quitarle aquella mala costumbre, pero sin éxito.

Ahora, mientras contemplaba a aquel chico, tuvo la extraña sensación de que su parecido con Danny era algo más que una mera coincidencia. De repente, la boca se le secó. El corazón comenzó a palpitarle deprisa. Todavía no se había acostumbrado a la pérdida de su único hijo, porque nunca había querido, o había intentado, conformarse con ello. Aprovechando la semejanza de este chico con Danny, era fácil fantasear con que no lo había perdido.

Quizás... quizás aquel chico era realmente Danny. ¿Por qué no? Cuanto más lo consideraba, menos disparatado le parecía. A fin de cuentas, nunca había visto el cadáver de Danny. La policía y los médicos forenses le explicaron que el cuerpo de Danny estaba tan mutilado, tan horriblemente desfigurado, que era mejor que no lo mirase. Trastornada y apesadumbrada, había seguido su consejo, y el funeral de Danny se llevó a cabo con el ataúd cerrado. Pero tal vez se hubieran equivocado en la identificación del cadáver. Quizá Danny no se había matado en el accidente. A lo mejor, solo se trató de una grave lesión craneal, algo lo bastante grave como para producirle... amnesia. Sí. Amnesia. Tal vez se hubiese alejado del autobús destrozado y, llegado el momento, le encontraron a kilómetros y kilómetros del lugar del accidente, sin ningún tipo de identificación, incapaz de decirle a nadie quién era o de dónde venía. Aquello era posible, ¿verdad? Es algo que ves en las películas. Claro que sí. Amnesia. Y si ese había sido el caso, podría haber terminado en un hogar de adopción, en una nueva vida. Y ahora estaba sentado allí delante, en aquel Chevrolet beis, que el destino había traído hasta ella y...

Se interrumpió en mitad de su elaborada fantasía cuando el chico se percató de su mirada y se volvió hacia la mujer. Ella contuvo la respiración cuando la cabeza del chico empezó a volverse con lentitud. Durante unos cuantos segundos, mientras se miraban mutuamente a través de las dos ventanillas, y en medio de aquella extraña luz sulfúrea, tuvo la sensación de que entraban en contacto a través de un inmenso abismo de espacio, tiempo y destino. Pero entonces su fantasía se desvaneció de repente, porque no era Danny.

Apartó los ojos de él y se miró las manos, que llevaban tanto tiempo aferradas con fuerza al volante que le dolían.

—Maldita sea.

Se enfureció consigo misma. Creía ser una mujer fuerte, competente, centrada, capaz de hacer frente a cualquier problema que la vida le planteara, y se veía perturbada por su continua incapacidad para aceptar la muerte de Danny.

Tras la conmoción inicial, tras el funeral, había comenzado a enfrentarse a aquel trauma. De una forma gradual, día a día, semana a semana, había dejado a Danny atrás, con tristeza, con un sentimiento de culpabilidad, con lágrimas y amargura, pero también con firmeza y determinación. Durante el año anterior había dado algunos pasos importantes en su carrera, y se acostumbró a trabajar duro, como si fuera una especie de morfina, para amortiguar su dolor hasta que la herida se curase.

Entonces, hacía un par de semanas, comenzó a recaer en el estado en el que se había encontrado inmediatamente después de recibir la noticia del accidente. Su negativa fue tan firme como irracional. Una vez más, la poseyó esa atormentadora sensación de que su hijo estaba vivo. El tiempo debería haber puesto mayor distancia entre ella y la angustia, pero, en vez de eso, los días no hacían otra cosa que hacerla girar alrededor de su pena. No era la primera vez que imaginaba que ese muchacho del coche era Danny; durante las últimas semanas le había parecido ver a su hijo desaparecido en otros coches, en los patios de colegio, en las calles, en un cine.

E incluso, recientemente, había comenzado a tener un sueño recurrente en el que Danny estaba vivo y, horas después de despertarse, no podía hacer frente a la realidad; trataba de convencerse de que el sueño era una premonición del futuro regreso de Danny, que, de alguna manera, había sobrevivido y, tarde o temprano, regresaría a sus brazos.

Era una cálida y maravillosa fantasía, pero, por supuesto, no podía mantenerla durante demasiado tiempo. Aunque siempre se resistía a la triste verdad, cada vez surtía su efecto, por lo que debía forcejear y verse obligada a aceptar el hecho de que el sueño no era ninguna premonición. No obstante, sabía que cuando tuviera ese sueño otra vez, encontraría nuevas esperanzas en él, como ya le había sucedido en tantas ocasiones.

Y aquello no era bueno.

—Estás enferma —se regañaba.

Lanzó un vistazo al coche familiar y se percató de que el chico aún la contemplaba. Se miró las manos otra vez y encontró la fuerza suficiente para soltarlas del volante.

El dolor podía volver loca a una persona. Lo había leído en alguna parte. Pero no dejaría que aquello le sucediera a ella. Debía ser fuerte consigo misma para mantener el contacto con la realidad, por muy desagradable que fuera. No podía permitirse tener esperanzas.

Había amado a Danny con todo su corazón, pero él se había ido. Mutilado y destrozado en un accidente de autocar con otros catorce niños, una víctima más de una gran tragedia. Desfigurado hasta el punto de ser irreconocible. Muerto.

Frío.

En descomposición.

En un ataúd.

Bajo tierra.

Para siempre.

Su labio inferior comenzó a temblarle. Deseaba llorar, pero no lo hizo.

Había perdido el interés en el chico del Chevrolet. Ahora miraba de nuevo hacia la entrada del supermercado, esperando.

Tina salió de su Honda. La noche era agradablemente fresca y seca. Respiró hondo y entró en el supermercado, donde el aire era tan frío que le penetraba en los huesos, y la intensa luz fluorescente era demasiado brillante y demasiado sombría para alentar fantasías.

Compró dos litros de leche desnatada y una barra de pan blanco cortada en finas rebanadas, especial para los que hacían dieta, porque cada una de ellas contenía la mitad de calorías de una rebanada normal. Ya no era bailarina, ahora trabajaba detrás del telón, en la producción final del espectáculo; pero se sentía física y psicológicamente mejor cuando no sobrepasaba el peso que tenía cuando era bailarina.

Cinco minutos después se encontraba ya en casa. Vivía en una modesta casa de campo en un barrio tranquilo. Los olivos y las melaleucas se agitaban perezosamente en la leve brisa de Mojave.

Se hizo un par de tostadas, las untó con crema de cacahuete, se sirvió un vaso de leche y se sentó a la mesa de la cocina.

Las tostadas con crema de cacahuete eran uno de los alimentos favoritos de Danny, incluso cuando era un bebé, no hacía demasiado tiempo que caminaba y era muy caprichoso respecto a lo que deseaba comer. Cuando empezó a hablar, lo llamaba «quema de cacué».

Mientras Tina se comía la tostada, si cerraba los ojos, aún lo veía, con tres años, los labios y la barbilla pringados de crema de cacahuete, mientras sonreía y pedía:

—Más quema de cacué, pofavó.

Abrió los ojos con un estremecimiento, puesto que aquella visión del niño era demasiado vívida, no era tanto un recuerdo sino una visión. En aquel preciso instante, no deseaba recordar.

Pero resultó ser demasiado tarde. Su corazón parecía habérsele hecho un nudo, y su labio inferior comenzó a temblarle. Reposó la cabeza sobre la mesa. Y lloró.

Aquella noche soñó que Danny estaba vivo. De alguna forma. En alguna parte. Vivo. Y él la necesitaba.

En el sueño, Danny estaba al borde de un precipicio insondable; Tina se encontraba en el otro lado, delante de él, y lo miraba a través del inmenso abismo. Danny la llamaba por su nombre. Estaba solo y tenía miedo. Ella estaba destrozada porque no veía la forma de llegar hasta él. Mientras tanto, el firmamento se iba poniendo cada vez más oscuro; unas espesas y sombrías nubes de tormenta se apoderaban de las últimas luces del día. Los gritos de Danny y las respuestas de ella se volvieron más agudos y desesperados, pues ambos sabían que debían estar juntos antes de que la noche cayera o, en caso contrario, se perderían para siempre; había algo en la noche que aguardaba a Danny, algo espantoso que se apoderaría de él si se encontraba solo después de anochecer. De repente, el cielo se vio desgarrado por un relámpago y, después de ese destello, hubo un fuerte trueno, y la noche implosionó en una oscuridad más profunda, en una oscuridad infinita y perfecta.

Tina Evans se incorporó en la cama, con la certeza de que había oído un ruido en la casa. Y no se trataba del trueno del sueño. El sonido que había escuchado se produjo en el momento de despertarse, era un ruido real, no imaginario.

Escuchó con atención, dispuesta a saltar de la cama ante el menor sonido, pero todo estaba en silencio.

La duda empezó a apoderarse de su mente. Últimamente se había sentido intranquila. Aquella no era la primera noche en la que estuvo segura de la presencia de un intruso. Durante las pasadas dos semanas, aquello había sucedido media docena de veces, pero, en cada ocasión, cuando había sacado la pistola de la mesilla de noche y empezado a registrar el lugar, habitación por habitación, no había encontrado a nadie. Recientemente se hallaba sometida a una gran presión, tanto personal como profesional. Tal vez lo que había oído esta noche hubiera sido simplemente el trueno del sueño.

Siguió en guardia durante un par de minutos, pero la noche era tan apacible que tuvo que admitir que no había nadie más en la casa. Los latidos de su corazón se calmaron poco a poco y volvió a apoyar la cabeza en la almohada.

En momentos así hubiera deseado que Michael y ella estuviesen aún juntos. Cerró los ojos y se imaginó a su lado, alargaba la mano hacia él en la oscuridad, lo tocaba, se apretaba contra él, se refugiaba en sus brazos. Él la consolaría, la tranquilizaría y, en un santiamén, estaría dormida de nuevo.

Por supuesto, si ella y Michael estuviesen en la cama juntos en aquel instante, eso no sucedería. No harían el amor. Se pelearían. Se resistiría al afecto de ella, la rechazaría y comenzaría a pelearse con ella. Empezaría por algún tema trivial y la aguijonearía hasta que aquello acabara en una batalla campal. Así había sucedido los últimos meses que estuvieron juntos; siempre estaba encolerizado, a cada momento buscaba una excusa para volver su rabia contra ella.

Como Tina lo había amado hasta el final, la ruptura de su relación le dolió y la entristeció profundamente; pero también quedó aliviada cuando todo acabó.

Había perdido a su hijo y a su marido en el mismo año, primero el hombre y luego el niño; el hijo, a la tumba; el marido, a los vientos del cambio. Durante los doce años que duró su matrimonio, ella había cambiado de una manera drástica, se convirtió en una persona más compleja, pero Michael no cambió. Comenzaron como amantes y lo compartían todo: éxitos y fracasos, alegrías y frustraciones. Sin embargo, en la época en que el divorcio concluyó, se habían convertido en dos extraños. Aunque Michael vivía aún en la ciudad, a menos de un kilómetro de distancia, en algunos aspectos se encontraba tan lejos y era tan inalcanzable como Danny.

Suspiró resignada y abrió los ojos.

Ya no tenía sueño, pero sabía que debía descansar un poco más. Al día siguiente, tenía que estar fresca y bien dispuesta, porque constituiría uno de los días más importantes de su vida. El 30 de diciembre. Otros años, aquella fecha no había significado nada en especial. Pero, para bien o para mal, ese 30 de diciembre era el punto de inflexión sobre el que giraría todo su futuro.

Durante quince años, después de cumplir los dieciocho, y dos antes casarse con Michael, Tina Evans había vivido y trabajado siempre en Las Vegas. Empezó su carrera como bailarina en el Lido de París, un espectáculo en un escenario gigantesco, en el Stardust Hotel. El Lido era una de aquellas increíbles producciones fastuosas que podían verse en cualquier lugar del mundo además de en Las Vegas, pero era solo en esa ciudad donde un espectáculo que costaba varios millones de dólares podía representarse año tras año, sin preocuparse de los beneficios; se gastaban sumas tan enormes en los elaborados decorados y vestidos, y en el enorme reparto y personal, que, en realidad, los del hotel estaban encantados con que la producción solo se mantuviera con el importe de la entrada y las ventas de las consumiciones. A fin de cuentas, por fantástico que aquello fuese, el espectáculo era solo un incentivo, un gancho con el único propósito de atraer cada noche al hotel a unos cuantos miles de personas. Al entrar y salir de la sala de espectáculos, la gente tenía que pasar por delante de las mesas de juego de dados, blackjack, ruleta, por las hileras de máquinas tragaperras, y allí es donde se conseguía el auténtico beneficio. Tina disfrutaba con su trabajo en el cuerpo de baile del Lido, y permaneció en él durante dos años y medio, hasta que se enteró de que estaba embarazada. Tuvo que tomarse un descanso durante esos meses y el parto de Danny, y después pasó con él sus primeros meses de vida. Cuando Danny tenía ya seis meses, Tina empezó a entrenar para volver a ponerse en forma, y, después de tres meses de arduos ejercicios, consiguió una plaza entre las bailarinas para un nuevo espectáculo. Logró convertirse en una buena bailarina y en una buena madre, a pesar de que eso no siempre le resultara fácil; amaba a Danny, y disfrutaba inmensamente con su trabajo, y no le importaba hacer frente a una doble obligación.

Sin embargo, cinco años atrás, en su vigésimo octavo cumpleaños, comenzó a percatarse de que no había hecho otra cosa que pasar diez años como bailarina en un espectáculo. Por ello, decidió introducirse en el negocio desde otro ángulo, para no encontrarse de pronto, a los treinta y ocho, teniendo que ponerse a trabajar de lavaplatos. Consiguió un puesto como coreógrafa en un teatro de revista mediocre, una pálida imitación del Lido, y, llegado el momento, también se hizo cargo del vestuario. A partir de ese instante, consiguió una serie de trabajos parecidos en unos salones más grandes, luego ya en pequeñas salas, en las que cabían quinientos o seiscientos espectadores, en hoteles de segunda categoría, con presupuestos limitados para el espectáculo. De vez en cuando, dirigía una revista, y luego dirigía y producía otra. Rápidamente, su nombre empezó a ser respetado en el mundo del entretenimiento de Las Vegas, y sabía que estaba a punto de alcanzar un gran éxito.

Casi un año atrás, poco después de que Danny muriera, le habían ofrecido un empleo para dirigir y coproducir un auténtico e importante espectáculo de elevado presupuesto, un despilfarro de diez millones de dólares que se representaría en la lujosa sala principal, con un total de dos mil asientos, del Golden Pyramid, uno de los mayores y más lujosos hoteles en el Strip. Le pareció terrible que se le hubiera presentado aquella maravillosa oportunidad antes de haber tenido incluso tiempo de sobreponerse al duelo por la pérdida de su hijo; era como si el destino tratara de equilibrar la balanza e intentara disimular la muerte de Danny con aquella espléndida oportunidad. Aunque estaba amargada y deprimida, porque se sentía completamente vacía e inútil, aceptó el trabajo.

El nuevo espectáculo se llamaba Magyck!, porque los números de variedades, entre los importantes de baile, eran todos de magia, y porque estaban basados en temas sobrenaturales. Aquel título tan atractivo no era idea de Tina, pero sí la mayor parte del programa, y todo cuanto había logrado la complacía... También estaba agotada. El año anterior se le había pasado en un abrir y cerrar de ojos, entre jornadas de trabajo de catorce horas, sin vacaciones, con apenas algún que otro día libre.

Pero, de todos modos, incluso con lo preocupada que había estado con Magyck!, experimentó serias dificultades para acostumbrarse a la muerte de Danny. Apenas un mes antes, había pensado que, a lo mejor, ya comenzaba a sobreponerse a su dolor. Por primera vez fue capaz de pensar en su hijo sin llorar; visitar su tumba sin ponerse histérica. Si lo consideraba todo en su conjunto, se encontraba razonablemente bien, animada. Nunca olvidaría a aquel dulce niño que había constituido una parte tan importante de su vida, pero no podía seguir viviendo en torno al agujero en el que lo habían metido. La herida estaba tierna aún, pero a punto de cicatrizarse.

Eso era lo que había pensado un mes antes. Durante una semana o dos, había seguido progresando hacia la aceptación. Entonces comenzaron los nuevos sueños, y fueron mucho peores que los sueños que había tenido inmediatamente después de que Danny hubiera muerto.

Tal vez la ansiedad que sentía ante la reacción del público hacia Magyck! le hacía recordar la gran ansiedad que sintió ante la muerte de Danny. Pasadas menos de diecisiete horas, a las ocho de la tarde del 30 de diciembre, el Golden Pyramid Hotel estrenaría una primera representación especial de Magyck!, solo con invitación, para la gente importante, y la noche siguiente, fin de año, el espectáculo se representaría para el público en general. Si la reacción de la audiencia era tan fuerte y positiva como Tina pensaba, su futuro financiero quedaría asegurado, puesto que el contrato le adjudicaba el dos y medio por ciento de los ingresos brutos, exceptuando las ventas de licores, a partir de los primeros cinco millones. Si Magyck! constituía un éxito importante y se representaba durante cuatro o cinco años, como alguna vez sucedía con los espectáculos de gran éxito de Las Vegas, se convertiría en millonaria cuando aquello acabase. Desde luego, si la producción resultaba un fracaso, si no acababa de complacer al auditorio, debería volver a trabajar en los pequeños salones, en una carrera cada vez más descendente. Aquel negocio era implacable.

Tenía buenas razones para sufrir ataques de ansiedad. Su miedo obsesivo a los intrusos en casa, sus perturbadores sueños acerca de Danny, su renovado dolor..., todas aquellas cosas podían ser solo consecuencia de su preocupación por Magyck! Y si ese era el caso, todos aquellos síntomas desaparecerían en cuanto el futuro de su espectáculo quedara despejado. Solo necesitaba que transcurriesen unos cuantos días más, y, en la relativa calma que seguiría, se serenaría por completo.

Pero, ahora, lo que necesitaba era dormir un poco más. A las diez de la mañana tenía una reunión con dos representantes de agencias de viajes, que estaban considerando la posibilidad de reservar ocho mil entradas para Magyck! durante los siguientes tres meses. Todo el personal y los técnicos debían reunirse para un ensayo general con vestuario a la una en punto.

Mulló las almohadas, cambió la ropa de la cama y se alisó el camisón corto con el que dormía. En un intento de relajarse, cerró los ojos e imaginó una dulce marea nocturna que acariciaba una playa plateada.

¡Bum!

Se incorporó de repente.

Algo se había caído en alguna parte de la casa. Se trataba de un objeto lo bastante grande y pesado para que el ruido, amortiguado por las paredes, fuese lo suficientemente fuerte como para sobresaltarla.

Fuera lo que fuese..., era algo que habían tirado. Los objetos no se caen por sí solos en una habitación desierta.

Ladeó la cabeza y escuchó con atención. Había otro ruido, más suave que el primero, más continuado, pero no duró lo bastante como para que Tina identificara su origen, pero percibió cierto sigilo. Esta vez no se había imaginado una amenaza. Había alguien en la casa.

Se sentó en la cama, encendió la lamparita de noche y abrió el cajón de la mesilla. La pistola estaba cargada. Le quitó los dos seguros.

Escuchó durante un instante.

En el frágil silencio de la noche del desierto, se imaginó que también podía sentir al intruso escuchando, escuchándola.

Saltó de la cama y se puso las zapatillas. Con la pistola en la mano derecha, se dirigió hacia la puerta del dormitorio.

Consideró si debía llamar a la policía; pero temía comportarse como una boba. ¿Qué ocurriría si llegaban con las luces destellando y la sirena puesta, y no encontraban a nadie? Si hubiera avisado a la policía cada vez que se había imaginado a un merodeador en la casa durante las dos últimas semanas, ya haría tiempo que hubieran llegado a la conclusión de que le faltaba un tornillo. Era una mujer orgullosa, que no soportaba aparecer como una histérica ante una pareja de polis machistas que le sonreirían y, más tarde, se reirían de ella mientras se tomaban sus dónuts y su café. Registraría en ese mismo instante, y sola, toda la casa.

Apuntó la pistola hacia el techo y metió una bala en la recámara.

Suspiró hondo, abrió la puerta del dormitorio y salió al pasillo.

2

Tina registró toda la casa, excepto la antigua habitación de Danny, y no encontró al intruso. Casi hubiera preferido encontrar a alguien al acecho en la cocina o agazapado en un armario, en vez de verse obligada a mirar en el cuarto de Danny. Pero ya no tenía elección.

Poco más de un año antes de su muerte, Danny había comenzado a dormir en el extremo opuesto al dormitorio principal de la pequeña casa, en lo que alguna vez había sido el estudio. Poco después de su décimo cumpleaños, el niño había expresado su deseo de tener más espacio e intimidad de la que gozaba en su original y pequeño dormitorio. Michael y Tina le habían ayudado a trasladar sus cosas al estudio y luego se llevaron el sofá, el sillón, la mesita del café y la televisión a la habitación que el niño había desalojado.

En esa época Tina estaba segura de que Danny se percataba de las discusiones nocturnas que ella y Michael mantenían en el dormitorio contiguo al del niño, y que este deseaba trasladarse para no oír como se peleaban. Ella y Michael no solían elevar la voz; sus desacuerdos siempre se habían mantenido en un tono normal, incluso en susurros a veces; pero Danny había escuchado lo suficiente como para saber que tenían problemas.

Tina se había entristecido por ello, lamentó que se hubiera dado cuenta, pero no le había dicho ni una palabra; no le ofreció explicaciones ni lo tranquilizó al respecto. En realidad, no supo qué decirle. De hecho, no podía compartir con él su propia valoración de la situación, no podía decirle: «Danny, cariño, no te preocupes por nada de lo que puedas haber oído a través de la pared. Lo único que le ocurre a tu padre es que está pasando por una crisis de identidad. De un tiempo a esta parte se porta como un burro, pero lo superará». Y esa era otra de las razones por las que no intentara explicarle a Danny los problemas entre ella y Michael: pensaba que se trataría de algo temporal. Quería a su marido y estaba segura de que su amor lo suavizaría todo. Seis meses después, ella y Michael se separaban, y, menos de cinco meses después de la separación, estaban divorciados.

Ahora, ansiosa ya por acabar la búsqueda del intruso —que con gran rapidez se estaba convirtiendo en tan imaginario como todos los demás intrusos que había buscado durante otras noches—, abrió la puerta del dormitorio de Danny. Encendió la luz y entró.

Nadie.

Con la pistola por delante, se dirigió al armario, titubeó y luego abrió la puerta. Tampoco había nadie allí. A pesar de todo lo que había oído, se encontraba sola en la casa.

Mientras contemplaba el contenido del armario —los zapatos del niño, sus vaqueros, pantalones de vestir, camisas, suéteres, la gorra azul de béisbol de los Dodgers, el pequeño traje azul que se había puesto en ocasiones especiales—, se le hizo un nudo en la garganta. Cerró la puerta y apoyó la espalda contra ella.

Aunque el funeral se había celebrado hacía menos de un año, no se había sentido con fuerzas para deshacerse de las pertenencias de Danny. De alguna forma, el hecho de que se llevasen toda su ropa le parecía más triste y más definitivo que observar cómo metían su féretro en la tumba.

Y no solo eran sus prendas lo que había conservado de él. Su cuarto se hallaba igual que lo dejó. La cama bien hecha; varios muñecos de películas de ciencia ficción se encontraban en el ancho cabezal. Más de un centenar de libros en rústica se alineaban por orden alfabético en una librería de cinco estantes. Su escritorio ocupaba una esquina; tubos de pegamento, botellitas de esmalte de todos los colores y una gran variedad de herramientas para modelar se disponían en ordenadas filas en una mitad del escritorio, mientras que la otra mitad estaba vacía, en espera de que comenzara a trabajar en ella. Había nueve aviones de modelaje en una caja expositora, y otros tres colgaban de alambres sujetos del techo. Las paredes estaban decoradas con pósteres debidamente separados entre sí (tres estrellas del béisbol y cinco monstruos de películas de terror), que Danny había colocado con sumo cuidado.

A diferencia de muchos niños de su edad, el orden y la limpieza lo habían preocupado y, respetando sus preferencias por la pulcritud, Tina había dado instrucciones a la señora Neddler, la mujer de la limpieza, que acudía dos veces por semana, para que pasase la aspiradora y quitase el polvo de su desocupado dormitorio, como si al niño no le hubiese ocurrido nada. La habitación estaba tan impecable como siempre.

Echó una ojeada a lo que habían sido las aficiones del niño, sus juguetes y patéticos tesoros, y (aunque no por primera vez) se percató de que no le resultaba saludable mantener ese lugar como si se tratara de un museo. O de un santuario. Mientras dejase todas aquellas cosas, sin tocar, podría seguir alentando la esperanza de que Danny no estaba muerto, de que solo se encontraba fuera de casa durante una temporada, y que muy pronto reanudaría su vida allí donde la había dejado. Su incapacidad para vaciar aquella habitación la asustó de repente; por primera vez, le pareció algo más que una simple debilidad espiritual; como la señal de un serio trastorno mental. Debía permitir que los muertos descansaran en paz. Si tenía que terminar de soñar con el niño, si necesitaba ejercer un control sobre su pena, en ese caso, su recuperación debía empezar por ahí, en ese mismo cuarto, y acabar con su irracional necesidad de conservar tan ordenadamente las pequeñas posesiones del chico.

Se hizo el propósito de vaciar la habitación el jueves, el día de Año Nuevo. Tanto el preestreno de los vips como la noche del estreno de Magyck! habrían quedado atrás para entonces. Podría relajarse un poco y tomarse algo de tiempo libre. Empezaría por pasar unas cuantas horas en esa habitación el jueves por la tarde, metiendo en cajas la ropa, los juguetes y los pósteres.

En cuanto hubo tomado aquella decisión, la mayor parte de su energía nerviosa desapareció. Se quedó hundida, flácida, cansada, preparada para regresar a la cama.

Echó a andar hacia la puerta, pero su mirada captó el caballete, se detuvo y se volvió. A Danny le había gustado dibujar, y el caballete, junto con una caja de lápices, pinturas y rotuladores habían sido un regalo de su noveno cumpleaños. Había un caballete a un lado y una pizarra al otro. Danny lo había colocado en el extremo más alejado de la habitación, lejos de la cama, contra la pared, y había permanecido en pie la última vez que Tina estuvo en el cuarto. Pero ahora el caballete estaba en una esquina, con la base contra la pared, ladeado, y la pizarra caída al otro lado de una mesa de juegos. En esa mesa había un juego electrónico de una batalla naval, tal y como Danny lo había dejado, pero el caballete se había caído encima y había tirado al suelo las piezas del juego.

Al parecer, aquel era el ruido que había escuchado. Pero ¿qué había derribado el caballete? No pudo haberse caído solo.

Bajó el arma, rodeó los pies de la cama y colocó el caballete en su lugar. Se agachó y recogió las piezas del juego electrónico, y las dejó encima de la mesa.

Mientras recogía las tizas esparcidas y el borrador de fieltro y se volvía hacia la pizarra, se percató de que en ella había tres palabras, escritas con torpeza, en la superficie negra:

NO ESTOY MUERTO

Se quedó mirando el mensaje, con el ceño fruncido.

Estaba prácticamente segura de que no había nada en la pizarra cuando Danny se fue a aquella excursión de los exploradores. Tenía la completa seguridad de que no había nada escrito en la pizarra la última vez que ella había entrado allí.

Con bastante retraso, el significado de aquellas palabras la asaltó, y se quedó helada. «No estoy muerto». Aquello era una negación de la muerte de Danny. Una enfurecida negativa a aceptar la espantosa verdad. Un desafío a la realidad.

En uno de sus terribles ataques de dolor, en un momento de loca y oscura desesperación, ¿habría acudido ella a la habitación y escrito, sin darse cuenta, aquellas palabras en la pizarra de Danny?

No recordó haberlo hecho. Si ella había dejado ese mensaje, significaba que sufría lagunas de memoria, amnesia temporal, algo que hasta ese momento ni sospechaba. O era sonámbula. Aquello era inaceptable.

Dios mío, impensable.

Por lo tanto, aquellas palabras debían haber estado allí durante todo ese tiempo. Y Danny era quien las habría escrito antes de morir. Su letra era limpia, clara, como todo en él, y no torcida como en ese mensaje. Pero, de todos modos, él era quien debía haberlas escrito. Debía ser él.

¿Y la obvia referencia que esas tres palabras hacían con respecto al accidente de autocar?

Coincidencia. Danny, por supuesto, había estado escribiendo sobre otra cosa, y la interpretación oscura que ahora se podía extraer de esas tres palabras, después de su muerte, era solo una coincidencia macabra.

Se negó a considerar cualquier otra posibilidad porque las alternativas resultaban demasiado aterradoras.

Se encogió de hombros. Sintió las manos heladas; le enfriaban los costados incluso a través del camisón.

Temblando, borró las palabras de la pizarra y salió del cuarto.

En ese momento estaba totalmente despierta. Necesitaba dormir un poco más. Por la mañana tenía muchas cosas que hacer. Sería un gran día.

En la cocina cogió una botella de Wild Turkey del armario que estaba al lado del fregadero. Era el bourbon favorito de Michael. Se sirvió una generosa cantidad en un vaso de agua. No era una gran bebedora, a lo sumo tomaba vino en ocasiones, y no habría aguantado una cantidad tan grande de whisky; pero se tomó el bourbon de dos tragos, e hizo una mueca ante su amargor mientras se preguntaba por qué Michael había alabado siempre lo suave que era aquella bebida. Titubeó, y luego se sirvió otro buen chorro, que tragó con rapidez, como un niño que se toma una medicina. A continuación, dejó la botella en su sitio.

De vuelta a la cama, se cubrió con la colcha, cerró los ojos y trató de no pensar en la pizarra. Pero su imagen apareció detrás de sus párpados cerrados. Cuando se percató de que no podía dejar de lado esa imagen, trató de modificarla, de eliminar las palabras. Pero regresaban de nuevo en el ojo de su mente: «No estoy muerto». Siguió borrándolas, pero reaparecían. Se sentía mareada por el bourbon y finalmente se deslizó en el bien recibido olvido.

3

El martes por la tarde, Tina observaba el ensayo final con vestuario de Magyck! desde una butaca, en el centro de la sala del Golden Pyramid.

El teatro tenía la forma de un enorme abanico, y se extendía desde un techo alto y en forma de cúpula. La sala descendía hacia el escenario en una serie de tribunas, anchas y estrechas, alternadas. En los niveles más anchos, unas largas mesas, cubiertas con manteles de lino, formaban ángulos rectos con el escenario. Cada tribuna tenía un pasillo de un metro de ancho, con una barandilla baja a un lado y una hilera curvada al otro lado de cómodos y aterciopelados palcos. Por supuesto, todos los asientos estaban orientados hacia el escenario, una virguería del tamaño requerido para los espectáculos de Las Vegas, vez y media más grande que el mayor escenario de Broadway. Era tan grande que un avión de pasajeros DC-9 podría rodar por él sin utilizar más que la mitad del espacio disponible (una proeza que había sido llevada a cabo como parte de un número de una producción en un escenario similar en un hotel de Reno hacía unos años). A pesar de su tamaño, el lujoso empleo del terciopelo, del cuero negro, de los candelabros de cristal y de una gruesa alfombra azul, junto a un excelente y dramático uso de la iluminación, aquella sala colosal daba la impresión de ser un agradable cabaret.

Tina estaba sentada en un palco de la tercera grada; nerviosa, sorbía agua helada mientras miraba su espectáculo.

El ensayo con vestuario se desarrollaba sin un solo fallo. Con siete importantes números de producción, cinco grandes números de variedades, cuarenta y dos chicas de conjunto, cuarenta y dos bailarines, quince estrellas principales, dos cantantes masculinos y dos femeninos (una de ellas, temperamental), cuarenta y siete técnicos y operarios, una orquesta de veinte músicos, un elefante, un león, dos panteras negras, seis golden retriever y doce palomas blancas, la logística de todo aquello era muy complicada, pero resultaban evidentes los efectos de un año de arduo trabajo, puesto que el programa se deslizaba sin el menor tropiezo.

Cuando acabó, los miembros del reparto y los técnicos se concentraron en el escenario, se aplaudieron a sí mismos, y se abrazaron y besaron unos a otros. Había electricidad en el ambiente, una sensación de triunfo, una impaciente expectativa de éxito.

Joel Bandiri, el coproductor de Tina, había observado el espectáculo desde un palco de la primera grada, la fila para los vips, donde los peces gordos y otros amigos del hotel se sentarían durante cada una de las noches de las representaciones. En cuanto el ensayo acabó, Joel se levantó, corrió por el pasillo, subió los escalones de la tercera grada y se precipitó hacia Tina.

—¡Lo hemos conseguido! —gritó al llegar junto a ella—. ¡Hemos logrado que este maldito espectáculo funcione!

Tina salió del palco para reunirse con él.

—¡Será un exitazo! —continuó Joel, la abrazó con orgullo y le plantó un beso en ambas mejillas.

Ella le devolvió el abrazo.

—¿De verdad lo crees, Joel?

—¿Creerlo? ¡Lo sé! ¡Un éxito gigantesco! Eso es lo que hemos conseguido. ¡Gigantesco! ¡Un Gargantúa!

—Gracias, Joel. Gracias, muchas gracias, muchísimas gracias...

—¿A mí? ¿Por qué me das las gracias?

—Por concederme la oportunidad de probarme a mí misma.

—Eh, no te he hecho ningún favor, tía. Has trabajado mucho. Te has ganado cada céntimo que este juguetito dé, tal y como pensé que harías. Formamos un gran equipo. Cualquier otro que hubiese intentado llevarlo a cabo habría acabado con un gran fracaso entre las manos. Pero tú y yo lo hemos convertido en un exitazo.

Joel era un raro hombrecillo de apenas metro sesenta, algo rechoncho, aunque no gordo del todo, con cabello castaño rizado que parecía estar electrizado. Su cara, tan amplia y cómica como la de un payaso, mostraba una serie interminable de expresiones. Llevaba unos vaqueros, una camisa azul de trabajo y anillos por valor de doscientos mil dólares, por lo menos. Exhibía seis, tres en cada mano, algunos tenían diamantes; otros, esmeraldas, llevaba un enorme rubí en uno, y en otro, un ópalo más grande aún. Como siempre, daba inequívocas señales de rebosar de energía. Cuando al fin dejó de abrazar a Tina, no pudo permanecer quieto. Equilibraba su peso de un pie a otro mientras hablaba de Magyck!, giraba sobre sí mismo, y hacía amplios ademanes con sus rápidas manos cargadas de gemas, casi como si bailara una pequeña giga.

A los cuarenta y seis años, era el productor de mayor éxito de Las Vegas, con veinte años de espectáculos a sus espaldas. Las palabras «Joel Bandiri presenta» encima de una marquesina eran garantía de una diversión de primera clase. Había invertido parte de sus sustanciosas ganancias en inmuebles en Las Vegas, era copropietario de dos hoteles, de una concesionaria de automóviles y tenía participación en una máquina tragaperras de un casino del centro de la ciudad. Era tan rico que hubiera podido retirarse al día siguiente y vivir el resto de su vida en el lujoso estilo y esplendor por el que tenía auténtica afición. Pero Joel no lo haría jamás de buen grado. Amaba su trabajo. Lo más probable sería que muriese en el escenario, en medio de los intrincados problemas de una superproducción.

Había observado el trabajo desarrollado por Tina en algunos salones de la ciudad, y la sorprendió cuando le ofreció la posibilidad de coproducir Magyck! Al principio, Tina no había estado segura de si debía de aceptar el trabajo. Sabía que Joel tenía fama de perfeccionista, de ser un productor que exigía esfuerzos casi sobrehumanos de su gente. También le preocupaba tener que ser responsable de un presupuesto de diez millones de dólares. Tener a su disposición tanto dinero para su trabajo era algo a lo que no estaba acostumbrada; se trataba de un salto de gigantes.

Joel la convenció de que no tendría dificultades para seguirle el paso, o para hacer frente a sus niveles de exigencia, y la tranquilizó con respecto a que estaba capacitada para aquel desafío. Ayudó a Tina a descubrir nuevas reservas de energía, nuevas áreas de aptitud en sí misma. Joel se había convertido para ella no solo en un valioso asociado en los negocios, sino también en un buen amigo, una especie de hermano mayor.

Y ahora todo tenía el aspecto de que iban a conseguir un gran éxito juntos.

Mientras Tina se encontraba de pie en aquel hermoso teatro, observando a aquellas personas de colorido vestuario que se arremolinaban en el escenario, contemplando el arrugado rostro de Joel, escuchando como su coproductor hablaba sin rubor de su obra maestra, se sentía más feliz de lo que hubiera podido ser en mucho, muchísimo tiempo. Si el auditorio de esa noche en el preestreno para la gente importante reaccionaba con entusiasmo ante Magyck!, ella tendría que comprarse unas buenas pesas para no flotar por encima del suelo cuando caminara.

Veinte minutos después, a las cuatro menos cuarto, se dirigió por el suave empedrado, delante de la entrada principal del hotel, y tendió su tique al chico que vigilaba el aparcamiento. Mientras este iba a buscar su Honda, permaneció allí, bajo el cálido sol de la tarde, incapaz de dejar de sonreír.

Se dio media vuelta y contempló el Golden Pyramid Hotel-Casino. Su futuro se encontraba ligado a aquel llamativo montón de hormigón, acero y cristal, pero impresionante sin duda. Las pesadas puertas giratorias de bronce y cristal brillaban al moverse impulsadas por un flujo continuo de personas. Unas murallas de granito rosado se extendían una docena de metros a ambos lados de la entrada; aquellos muros carecían de ventanas y estaban profusamente decorados con gigantescas monedas de piedra, un torrente de monedas que caían de un pétreo cuerno de la abundancia. Justo encima, el techo del inmenso estacionamiento se alineaba con centenares de luces; ninguna de las bombillas estaba encendida aún, pero, en cuanto se hiciese de noche, empezarían a proyectar una deslumbrante luminosidad dorada por encima del liso embaldosado del suelo. El Pyramid había sido construido con un costo que excedía de los cuatrocientos millones de dólares, y los propietarios se aseguraron de que cada centavo empleado fuese todo un espectáculo por sí mismo. Tina suponía que algunas personas dirían que el hotel era ordinario, tosco, sin gusto, feo; pero a ella le encantaba aquel lugar porque era precisamente allí donde le habían ofrecido su gran oportunidad.

Hasta ese momento, el 30 de diciembre había sido un día atareado, ruidoso y excitante en el Pyramid. Tras la relativa quietud de la semana de Navidad, una ininterrumpida corriente de huéspedes salía y entraba por las puertas delanteras. Las reservas indicaban que la fiesta de Año Nuevo sería todo un récord de afluencia en Las Vegas. El Pyramid, con una capacidad de tres mil habitaciones, estaba ya al completo, como cualquier otro gran hotel de la ciudad. Unos minutos después de las once, una secretaria de San Diego había metido cinco dólares en una máquina tragaperras y conseguido un pleno de cuatrocientos noventa y cinco mil dólares; esa noticia había llegado incluso a la gente que había entre bastidores, en la sala de espectáculos. Poco después del mediodía, dos peces gordos de Dallas, que se sentaban a la mesa de blackjack, y que en tres horas habían perdido casi un cuarto de millón de dólares, reían y hacían bromas mientras dejaban la mesa para probar en otro juego. Carol Hinson, una camarera que era amiga de Tina, le había hablado de aquellos dos tejanos minutos antes. Carol tenía los ojos brillantes y estaba sin respiración porque los ricachones le habían dado fichas verdes de propina, como si hubieran ganado en vez de perder, y mil doscientos dólares por llevarles media docena de bebidas.

Sinatra estaba en la ciudad, en el Caesar’s Palace, y había generado más excitación en Las Vegas que cualquier otro famoso. A todo lo largo del Strip, y en los casinos menos elegantes, pero no por ello menos atestados del centro de la ciudad, las cosas estaban en pleno apogeo.

Y en menos de cuatro horas el preestreno de Magyck! tendría lugar.

El chico le trajo el coche y Tina y le dio una propina.

—Que tengas éxito esta noche, Tina —dijo el chico.

—Dios sabe cuánto lo deseo —replicó ella.

A las cuatro y cuarto se encontraba ya en casa, y tenía dos horas y media a su disposición antes de regresar de nuevo al hotel.

No necesitaba mucho tiempo para ducharse, maquillarse y vestirse, por lo que decidió guardar algunas de las pertenencias de Danny. Había llegado el momento de realizar una tarea poco agradable, pero se encontraba de muy buen humor, y no creía que ver la habitación del niño pudiera derrumbarla, como por regla general ocurría. No tenía sentido dejarlo todo para el jueves, como había planeado. Por lo menos podría guardar la ropa de Danny, aunque no hiciese nada más.

En cuanto entró en el cuarto de su hijo, vio que el caballete de la pizarra volvía a estar en el suelo. Lo levantó.

En él aparecían escritas tres palabras:

NO ESTOY MUERTO

Un escalofrío le recorrió la espalda.

La noche pasada, después de beberse el bourbon, ¿habría regresado y...?

No.

No había perdido la conciencia. No había escrito aquellas palabras. No se estaba volviendo loca. No era la clase de persona que olvidaría una cosa así. Se sabía fuerte. Siempre se había vanagloriado de su fortaleza y de su resistencia.

Cogió el borrador de fieltro e hizo desaparecer de nuevo las palabras.

Alguien le estaba gastando una broma pesada, y de muy mal gusto. Alguien había entrado en la casa mientras ella se encontraba fuera y vuelto a escribir aquellas tres palabras en la pizarra. Alguien que deseaba ponerla otra vez ante la tragedia que tan penosamente intentaba olvidar.

La única persona que tenía derecho a estar en la casa era Vivienne Neddler, la mujer de la limpieza. Vivienne tenía previsto ir a primera hora de la tarde, pero lo había cancelado. En su lugar, acudiría unas horas por la noche, mientras Tina se encontraba en el preestreno.

Pero, en el supuesto de que Vivienne hubiese cumplido su primer compromiso, nunca hubiera escrito aquellas palabras en la pizarra. Vivienne era una dulce anciana, de temperamento agradable y muy independiente, carácter que no casaba con la clase de persona a la que le gustaran aquellas bromas crueles.

Durante un momento, Tina se preguntó quién podría ser el responsable, y luego se le ocurrió un nombre. Era el único sospechoso posible: Michael. Su ex. No había señales de que hubiesen intentado entrar en la casa, ninguna evidencia de que hubieran forzado la puerta, y Michael era la única otra persona que poseía una llave. Ella no había cambiado las cerraduras después del divorcio.

Michael la había culpado de la muerte de Danny. Quedó tan destrozado por la muerte de su hijo que, durante meses, se mostró en extremo desagradable e irracional con ella después del funeral. Como Tina había sido la única en dar permiso a Danny para aquella excursión campestre, Michael le echaba la culpa del accidente. Pero Danny deseaba ir más que cualquier otra cosa en el mundo. Además, el señor Jaborski, el jefe de los exploradores, llevaba catorce años encargándose de otros grupos de scouts en excursiones de invierno de supervivencia, y nadie había resultado lesionado lo más mínimo hasta entonces. No acudían a lugares desiertos, sino solo un poco alejados de sitios concurridos, y estaban preparados para cualquier tipo de contingencia. Se suponía que una experiencia como aquella era algo bueno para un chico. Y segura. Dirigida con cuidado y atención. Todos le habían asegurado que no existía posibilidad alguna de problemas. Ella no tenía ninguna posibilidad de saber que el decimoquinto viaje del señor Jaborski fuese a acabar en un desastre, aunque Michael le echase la culpa a ella. Tina pensaba que él cambiaría de opinión durante los últimos meses, pero, evidentemente, no había sido así.

Se quedó mirando la pizarra y pensó en las tres palabras escritas allí; entonces comenzó a encolerizarse. Michael se comportaba como un crío despechado. ¿No se percataba de que, a ella, el dolor le resultaba tan difícil de soportar como a él el suyo? ¿Qué trataba de demostrar?

Furiosa, se dirigió a la cocina, descolgó el teléfono y marcó el número de Michael. Al cabo de cinco tonos, cayó en la cuenta de que estaría trabajando, y colgó.

Aquellas tres palabras, en blanco sobre negro, ardían en su mente: NO ESTOY MUERTO.

Llamaría a Michael por la noche, cuando regresara a casa después del preestreno y la fiesta que se daría a continuación. Era probable que ya fuera algo tarde, pero no le preocupaba lo más mínimo si lo despertaba.

Permaneció indecisa en el centro de la pequeña cocina durante un momento, mientras trataba de reunir fuerzas para regresar a la habitación de Danny y empaquetar su ropa, tal y como tenía planeado. Pero había perdido las energías. No podía volver allí. Esa tarde, no. Tal vez al cabo de unos cuantos días.

¡Maldito Michael!

En el frigorífico quedaba media botella de vino blanco. Se sirvió un vaso y se lo llevó a la habitación de baño principal.

Estaba bebiendo demasiado. Bourbon anoche. Vino ahora. Hasta hace poco, rara vez había usado el alcohol para calmar sus nervios, pero ahora era su primera cura. Una vez que hubiera superado el estreno de Magyck!, sería mejor que comenzara a reducir el consumo de alcohol. Ahora lo necesitaba desesperadamente.

Se dio una larga ducha. Dejó que el agua caliente le golpease el cuello durante varios minutos, y suavizara sus endurecidos músculos.

Después de la ducha, el vino helado relajó su cuerpo más aún, aunque no consiguió calmar su mente ni despejó su ansiedad. Seguía pensando en la pizarra.

NO ESTOY MUERTO

4

A las siete menos diez de la tarde, Tina se encontraba de nuevo entre bastidores, en la sala de espectáculos. El lugar estaba relativamente tranquilo, a excepción del rugido apagado y oceánico de los vips que aguardaban en la sala principal, detrás del telón de terciopelo.

Se había invitado a mil ochocientas personas —las que movían los hilos en Las Vegas, además de otras personas importantes de fuera de la ciudad— y más de mil quinientas habían devuelto sus tarjetas de confirmación, tal y como se les había pedido.

Los camareros, trajeados de blanco; las camareras, con sus almidonados uniformes azules, y unos diligentes ayudantes habían comenzado a servir a los comensales. La elección era filet mignon con salsa bearnesa o langosta en salsa de mantequilla, porque Las Vegas era el único lugar en los Estados Unidos donde las personas, al menos temporalmente, dejaban de lado su preocupación por el colesterol. En la última década del siglo obsesionada con la salud, el consumo de alimentos grasos se consideraba un pecado mucho más delicioso y mortal que la envidia, la pereza, el robo y el adulterio.

A las siete y media, la zona entre bastidores bullía de actividad. Los técnicos realizaban una doble comprobación de los decorados móviles, las conexiones eléctricas y las bombas hidráulicas que subían y bajaban algunas partes del escenario. Los empleados contaban y preparaban los accesorios. Las mujeres del vestuario remendaban desgarrones y cosían dobladillos descosidos que se habían encontrado a última hora. Las peluqueras y los técnicos de iluminación se apresuraban a cumplir tareas de última hora. Los bailarines, que llevaban esmoquin negro para el número de apertura, aguardaban tensos, toda una colección de tipos esbeltos y guapos, a los que resultaba agradable mirar.

Docenas de hermosas bailarinas se hallaban también entre bastidores. Algunas llevaban satén y encajes. Otras, terciopelo y falsos diamantes o plumas y lentejuelas o pieles. Muchas se encontraban aún en los vestidores, mientras otras chicas, ya con sus vestidos, aguardaban en los pasillos cerca del escenario, y, entre tanto, hablaban de sus niños, maridos, novios o recetas, como si fueran secretarias en el descanso para tomarse un café, y no algunas de las mujeres más hermosas del mundo.

Tina deseaba estar entre bastidores durante el espectáculo; pero sabía que ya no había nada que ella pudiera hacer. Magyck! ahora estaba en manos de los intérpretes y de los técnicos.

Veinticinco minutos antes de la hora señalada, Tina abandonó el escenario y se dirigió a la ruidosa sala. Se encaminó hacia los palcos centrales en la fila de los vips, donde Charles Mainway, el director general y principal accionista del Golden Pyramid Hotel, la esperaba.

Primero, se detuvo en el palco contiguo al de Mainway. Joel Bandiri estaba ahí con Eva, su mujer desde hacía ocho años, y un par de amigos. Eva tenía veintinueve años, diecisiete menos que Joel, y, con su metro setenta, era diez centímetros más alta. Se trataba de una antigua corista, rubia, esbelta, de delicada belleza. Oprimió la mano de Tina con suavidad.

—No te preocupes. Eres demasiado buena en tu trabajo para que pienses siquiera en el fracaso.

—Hemos conseguido un exitazo —le aseguró Joel a Tina una vez más.

En el palco semicircular de al lado, Charles Mainway sonrió a Tina. Se desenvolvía como si fuera un aristócrata. Su melena de cabello plateado y sus claros ojos azules contribuían a la imagen que deseaba proyectar. Sin embargo, sus rasgos físicos eran amplios, cuadrados y pronunciados, sin la menor evidencia de sangre patricia. Y a pesar de las suavizadoras influencias de los maestros de elocución, su voz, de un natural grave y bajo, no ocultaba sus orígenes en un duro barrio de las calles de Brooklyn.

Cuando Tina se deslizó en el palco, al lado de Charles Mainway, un maître en esmoquin apareció y le sirvió una copa de Dom Pérignon.

Helen Mainway, la esposa de Charlie, se sentó a su izquierda. Helen era, casi por naturaleza, todo aquello que Charlie se esforzaba en ser: tenía unos modales exquisitos e impecables, sofisticación, gracia, con gusto y confianza absoluta en cualquier tipo de situación. Era una mujer notable, alta y delgada, de cincuenta y cinco años, aunque tenía la apariencia de ser una mujer bien conservada de solo cuarenta.

—Tina, querida. Deseo que conozcas a un buen amigo nuestro —dijo Helen, al tiempo que le señalaba a la última persona del palco—. Es Elliot Stryker. Elliot, esta encantadora joven es Christina Evans, la mano directora que hay detrás de Magyck!

—Una de las dos manos directoras —la corrigió Tina—. Joel Bandiri es más responsable del espectáculo que yo..., en especial si constituye un fracaso.

Stryker se echó a reír.

—Encantado de conocerla, señora Evans.

—Llámame Tina —repuso.

—Pues a mí llámame Elliot.

Era un hombre enjuto, atractivo, ni gordo ni delgado, de unos cuarenta años. Sus oscuros ojos se movían rápido, inteligentes y divertidos.

—Elliot es mi abogado —explicó Charlie Mainway.

—Oh —exclamó Tina—. Pensaba que lo era Harry Simpson...

—Harry es el abogado del hotel. Elliot es quien lleva mis negocios particulares.

—Y los lleva muy bien —añadió Helen—. Tina, si necesitas un buen abogado, estás delante del mejor que hay en Las Vegas.

Stryker se dirigió a Tina:

—Pero si lo que necesitas son halagos..., y estoy seguro de que recibes un montón de ellos, con lo maravillosa que eres, nadie en Las Vegas puede lisonjear a cualquiera con más encanto y estilo que Helen.

—¿Te das cuenta de lo que acaba de hacer? —preguntó Helen a Tina—. Con solo una frase ha conseguido halagarme a ti y a mí, además de impresionarnos a todos con su modestia. ¿Te percatas del estupendo abogado que es?

—Pues imagínatelo defendiendo un caso ante los tribunales —terció Charlie.

—Y además tiene un excelente carácter —concluyó Helen.

Stryker sonrió a Tina y dijo:

—Sin embargo, ya ves, por muy buen carácter que tenga, no puedo ni parecerme a estos dos.

Siguieron conversando de temas agradables e intranscendentes durante los siguientes quince minutos, y nada de lo que hablaron tuvo que ver con Magyck! Tina era consciente de que trataban de quitarle de la cabeza la representación, y les agradeció mucho sus esfuerzos.

De todos modos, por muy divertida y relajada que fuese aquella conversación, o por mucha cantidad de Dom Pérignon helado que le sirvieran, nada podía apartarla de la excitación que se formó en la sala cuando se alzó el telón. A medida que los minutos pasaban, la nube de humo de cigarrillos que había por encima de sus cabezas se hacía cada vez más densa. Camareras, camareros y maîtres iban y venían, tratando de atender las peticiones de bebidas antes de que el espectáculo comenzara. El rugido de las conversaciones se hizo más intenso a medida que los segundos transcurrían, y el ruido se volvió más frenético, alegre y cada vez más salpicado de risas.

De alguna forma, aunque parte de su atención se viera atraída por el estado de ánimo de la multitud, y por Helen y Charlie, Tina era consciente, sobre todo, de la reacción que Elliot Stryker había experimentado ante ella. No hizo una gran demostración de estar interesado por ella más de lo normal; pero, en sus ojos, se evidenciaba la atracción que Tina había despertado en él. Debajo de aquel exterior cordial, ingenioso y algo frío, su respuesta secreta era la de un saludable animal macho, y la conciencia que ella tenía al respecto era más instintiva que intelectual, como la respuesta de una yegua a los primeros y leves movimientos de deseo de un semental.

Hacía año y medio, tal vez dos años, que un hombre no la miraba de esa manera. O, quizá, solo se trataba de que aquella era la primera vez en todos aquellos meses que había sido consciente de que la miraban así. Las peleas con Michael, el tener que afrontar la separación y el divorcio, el dolor por Danny, si todo aquello se ponía junto a lo de Joel Bandiri y el espectáculo..., todas aquellas cosas habían llenado sus días y sus noches de una forma tan plena, que no había tenido la menor posibilidad de pensar en un romance.

Había sentido que respondía al inexpresado anhelo de los ojos de Elliot y, de repente, sintió calor.

Entonces pensó: «¡Dios mío, cómo me estaba dejando marchitar! ¿Cómo he podido olvidarme de eso?».

Ahora que ya había pasado más de un año doliéndose por su matrimonio roto y por la pérdida de su hijo; ahora que Magyck! ya casi formaba parte del pasado, tendría tiempo de volver a ser de nuevo una mujer. Se buscaría el tiempo.

¿Tiempo para Elliot Stryker? No estaba segura de eso. Tampoco necesitaba salir a la carrera en busca de placeres olvidados. No tenía que abalanzarse ante el primer hombre que la deseara. Seguramente, aquello no sería lo más inteligente que pudiera hacer. Por otra parte, él era bastante atractivo. Y su rostro reflejaba una atractiva gentileza. Tuvo que admitir que había encendido en ella los mismos sentimientos que, en apariencia, ella había hecho arder en él.

Aquella velada empezaba a prometer que sería mucho más interesante de lo que había esperado.

5

Vivienne Neddler aparcó su Nash Rambler del cincuenta y cinco en el bordillo frente a la casa de los Evans, vigilando de no rayar los encalados muros. El coche estaba inmaculado, en mejor forma que muchos coches nuevos de aquellos días. En un mundo de planeada obsolescencia, Vivienne disfrutaba prolongando el uso de todos los objetos que compraba, desde una tostadora a un automóvil. Disfrutaba haciendo que las cosas durasen.

Ella misma había durado ya bastante; tenía setenta años, aún gozaba de buena salud, era una mujer robusta, con un rostro dulce como una madona de Botticelli y el paso firme de un sargento del Ejército.

Salió del coche con un bolso del tamaño de una pequeña maleta, y caminó hacia la casa, alejándose de la puerta principal y pasando el garaje.

La luz amarillenta de las farolas no iluminaba el camino de entrada a la casa. Más allá, cerca de uno de los flancos de la casa, un débil rayo de luz le mostró el camino.

Los arbustos de adelfa se mecían con la brisa. Más arriba, las hojas de las palmeras se rozaban suavemente unas contra otras.

Mientras Vivienne se dirigía a la parte trasera de la casa, la luna creciente se escondió detrás de una nube delgada, como una cimitarra sacada de una vaina, y las pálidas sombras de las palmeras y las melaleucas se mecieron en el plateado patio de cemento.

Entró por la puerta de la cocina. Llevaba casi dos años limpiando la casa de Tina Evans, y durante todo aquel tiempo habían depositado en ella la confianza suficiente como para darle una llave.

El lugar estaba silencioso a excepción del sordo zumbido del frigorífico.

Vivienne comenzó a trabajar en la cocina. Frotó las encimeras de mármol y los electrodomésticos, limpió los listones de las persianas Levelor y pasó la fregona por el suelo de azulejos mexicanos. Realizó una buena labor. Creía en el valor moral del trabajo duro, y siempre daba a sus patronos el costo de su dinero.

Por lo general, trabajaba durante el día, no por la noche. Sin embargo, aquella tarde había estado jugando en un par de máquinas tragaperras en el Mirage Hotel y no había querido apartarse de ellas mientras la estuvieran recompensando con tanta generosidad. Algunas personas para las que hacía la limpieza insistían en que debía asistir con puntualidad a las horas concertadas, una o dos veces a la semana, y armaban algo de jaleo cuando se presentaba con unos minutos de retraso. Pero Tina Evans era muy empática; sabía lo importante que las máquinas tragaperras eran para Vivienne, y no se molestaba si, de vez en cuando, esta le cambiaba el horario de trabajo.

Vivienne era una «duquesa del níquel». Aquel era el término con que los empleados del casino se referían a las mujeres locales, ya ancianas, cuya vida social giraba en torno a un obsesivo interés por aquellas máquinas tragaperras. Las «duquesas del níquel» siempre jugaban en máquinas baratas, de monedas de cinco y diez centavos, nunca en las de uno o cinco dólares. Manejaban las palancas durante horas, y a veces conseguían un premio de veinte dólares después de una prolongada tarde. Su filosofía lúdica era muy simple: no importa si pierdes o ganas, siempre y cuando sigas en el juego. Con aquella actitud, más algunas habilidades para conseguir unas cuantas monedas, eran capaces de mantenerse mucho más tiempo que la mayoría de los jugadores que probaban con las máquinas de a dólar, sin haber estado en las de níquel, y a causa de su paciencia y perseverancia, las «duquesas» ganaban más plenos que las mareas de turistas que iban de un lado para otro. Las «duquesas del níquel» llevaban guantes negros para evitar que se les ensuciaran los dedos después de horas de manejar monedas y palancas, y siempre se sentaban en taburetes cuando jugaban; también alternaban las manos al empuñar las palancas de las máquinas para no fatigar solo los músculos de un brazo, y llevaban botellas con linimento por si les hacía falta.

Las «duquesas», que en su mayoría eran viudas y solteras, a menudo almorzaban o cenaban juntas; se alegraban en las raras ocasiones en que alguna conseguía algún pleno importante; y cuando una moría, las otras solían acudir al funeral en masa. Juntas formaban una rara pero sólida comunidad, y tenían una agradable sensación de pertenecer a ella. En un país que parecía adorar solo a la juventud, la mayoría de los estadounidenses de cierta edad ansiaban descubrir un lugar al que pudieran pertenecer; pero muchos de ellos nunca lo descubrían.

Vivienne tenía una hija, un yerno y tres nietos en Sacramento. Durante cinco años, exactamente después de su sexagésimo quinto cumpleaños, la habían estado presionando para que se fuese con ellos. Los quería mucho, y sabía que realmente deseaban que viviese con la familia; no la invitaban por un mal entendido sentimiento de culpabilidad y obligación. Sin embargo, ella no quería vivir en Sacramento. Después de varias visitas, había decidido que se trataba de una de las ciudades más monótonas del mundo. A Vivienne le gustaban la acción, el ruido, las luces y la excitación de Las Vegas. Además, si se fuera a vivir a Sacramento, ya nunca más sería una «duquesa del níquel», ya no sería nada especial; solo otra vieja dama, que vivía con la familia de su hija, que jugaba a hacer de abuelita y que pasaba el tiempo aguardando la muerte.

Una vida así le resultaría intolerable.

Vivienne valoraba su independencia más que cualquier otra cosa. Rezaba para seguir sana el tiempo suficiente para continuar con su trabajo y viviendo por sí misma hasta que, al fin, le llegara su hora.

Mientras pasaba la fregona por el último rincón del suelo de la cocina, mientras pensaba cuan vacía sería la vida sin sus amigas y sin sus máquinas tragaperras, oyó un ruido en otra parte de la casa. Hacia la zona delantera. Cerca de la sala de estar.

Se quedó rígida, escuchando.

El motor del frigorífico cesó de zumbar. Un reloj dejó oír su suave tictac.

Al cabo de un largo silencio, se produjo otro ruido, una especie de castañeteo que asustó a Vivienne. Y el silencio de nuevo.

Se acercó al cajón al lado del fregadero y cogió un cuchillo largo y afilado entre un surtido de muchos más.

Ni siquiera se le ocurrió llamar a la policía. Si los telefoneaba y salía de la casa a la carrera, no encontrarían a ningún intruso cuando llegasen, y creerían, simplemente, que era una vieja demente. Vivienne Neddler se negaba a dar razones a cualquiera para que luego creyera que era una loca.

Además, durante sus últimos veintiún años, incluso desde que su Harry murió, siempre había cuidado de sí misma, y en ese aspecto también había hecho las cosas bien.

Salió de la cocina, pulsó el interruptor de la luz a la derecha del umbral y vio que el comedor estaba desierto.

En la sala encendió una lámpara Stiffel. Allí tampoco había nadie.

Estaba a punto de dirigirse hacia el estudio cuando se percató de que había algo raro en las cuatro fotografías brillantes, de ocho por diez, que estaban agrupadas en la pared, por encima del sofá. Aquella exposición siempre había constado de seis fotos y no solo de cuatro. Pero el hecho de que faltaran dos de ellas no era lo que había captado la atención de Vivienne. Las cuatro fotografías oscilaban adelante y atrás colgando de los ganchos que las sujetaban. No había nadie cerca de ellas; pero, de repente, dos comenzaron a golpear con violencia contra la pared, y, luego, ambas se salieron de sus ganchos para estrellarse contra el suelo, detrás del sofá beis de pana cepillada.

Ese era el sonido que había escuchado cuando estaba en la cocina, ese ruido.

—¡Qué diablos...!

Un segundo después, las dos fotografías restantes volaron por el aire. Una de ellas cayó detrás del sofá y la otra encima.

Vivienne parpadeó, asombrada, incapaz de comprender lo que acababa de ver. ¿Un terremoto? Pero no había notado que la casa se moviera; las ventanas tampoco habían temblado. Cualquier temblor que fuera tan potente como para notarse, también podría arrancar las fotos de la pared.

Se acercó al sofá y recogió la que se había caído encima de los cojines. La conocía muy bien. Le había quitado el polvo muchas veces. Era un retrato de Danny Evans, como también las otras cinco que, habitualmente, estaban colgadas a su alrededor. En esta foto tendría diez u once años, era un niño de cabello castaño, ojos oscuros y una encantadora sonrisa.

Vivienne se preguntó si habrían efectuado alguna prueba nuclear; tal vez esa fuera la causa de aquellos movimientos. La Zona de Pruebas Nucleares de Nevada, donde se llevaban a cabo explosiones subterráneas varias veces al año, estaba a menos de ciento sesenta kilómetros de Las Vegas. En la ciudad, cuando el Ejército hacía estallar una bomba de gran potencia, los altos hoteles se balanceaban, y cada casa de la ciudad temblaba durante un instante.

Pero no, estaba atrapada en el pasado: la Guerra Fría había terminado y las pruebas nucleares no se habían llevado a cabo en el desierto desde hacía mucho tiempo. Además, la casa no había temblado hacía solo un minuto; solo las fotos.

Intrigada, con el ceño fruncido, y pensativa, Vivienne dejó el cuchillo que llevaba en la mano, separó de la pared uno de los extremos del sofá y recogió los marcos de ocho por diez que se encontraban en el suelo, detrás del mueble. Había cinco fotos además de la que estaba encima del sofá; dos de ellas eran las culpables de los ruidos que la habían hecho acercarse a la sala de estar, y las otras tres eran las que había visto salirse de las alcayatas. Las colocó otra vez donde habían estado y luego arrastró el sofá hasta ponerlo en su lugar.

Una explosión de agudo ruido electrónico invadió la casa de repente: Aiii-eee, aiii -eee, aiii-eee...

Vivienne jadeó y se dio la vuelta. Seguía sola.

Su primer pensamiento fue: «La alarma antirrobo».

Pero la casa de los Evans no tenía sistema de alarma.

Vivienne hizo una mueca de dolor cuando aquel pitido electrónico se hizo cada vez más fuerte. Las ventanas comenzaron a vibrar, lo mismo que el cristal de la mesita del café, y sintió, a través de una resonancia por simpatía, que también los dientes y los huesos le rechinaban.

No podía identificar la fuente de aquel sonido dolorosamente agudo. Parecía provenir de cada rincón de la casa.

—¿Qué demonios está pasando aquí?

No se preocupó de coger el cuchillo, pues estaba segura de que el problema no procedía de un intruso. Era otra cosa, algo muy raro.

Cruzó la estancia hasta el pasillo que llevaba a los dormitorios, los cuartos de baño y el estudio. Encendió la luz. El ruido era más pronunciado en el pasillo que en la sala de estar. Aquel ruido, que desquiciaba los nervios, rebotaba en las paredes del estrecho pasillo, y alzaba ecos y contraecos.

Vivienne miró a ambos lados, y luego se dirigió a la derecha, hacia la puerta cerrada del extremo del pasillo, la antigua habitación de Danny.

En el pasillo, el aire estaba más frío que en el resto de la casa. Al principio, Vivienne creyó que se imaginaba aquel cambio de temperatura. Pero cuanto más cerca estaba del final del pasillo, más frío hacía. Cuando llegó ante la puerta cerrada, tenía la piel de gallina y los dientes le castañeteaban.

Poco a poco, su curiosidad empezó a dejar paso al miedo. Algo iba muy mal. Una ominosa presión parecía comprimir el aire a su alrededor.

Aiii-eee, aiii-eee...

Pensó que lo más prudente que podía hacer sería dar media vuelta, alejarse de la puerta del cuarto de Danny y salir de la casa. Pero ya no tenía un perfecto dominio sobre sí misma; se sentía un poco como una sonámbula; una fuerza que sentía, pero que no podía definir, la arrastraba de manera inexorable hacia esa habitación.

Aiii-eee, aiii-eee, aiii-eee...

Vivienne acercó la mano al pomo de la puerta, pero se detuvo antes de tocarlo, incapaz de creer lo que veía. Parpadeó con rapidez, luego, cerró los ojos durante un momento y los abrió de nuevo, pero el pomo de la puerta parecía revestido por una fina e irregular capa de hielo.

Por fin lo tocó. Sí, era hielo. Su mano casi se pegó al pomo; la retiró y se quedó mirando sus humedecidos dedos. El rocío se había condensado en el metal y luego se había helado.

Pero ¿cómo era aquello posible? ¿Cómo, por Dios bendito, podía haber hielo ahí, en una casa tan cálida, cuando la temperatura exterior estaba al menos veinte grados por encima del punto de congelación?

El ruido electrónico comenzó a gorjear más deprisa, pero no por ello a menos volumen ni con menor intensidad.

«Detente, Vivienne», se dijo a sí misma. «Aléjate de aquí. ¡Sal lo más deprisa que puedas!».

Pero ignoró su propio consejo. Se separó la blusa de los pantalones y empleó el faldón para protegerse las manos del hielo que había en el pomo de la cerradura. Este giró, pero la puerta no se abrió. El intenso frío había hecho que la madera se contrajese y se deformase. Apoyó el hombro contra la puerta, empujó con suavidad, y luego con mayor fuerza. Por fin, la puerta se abrió.

6

Magyck! era, de lejos, el mejor espectáculo que Elliot Stryker había visto jamás.

El programa se abría con una electrizante interpretación de «Esa vieja magia negra». Los cantantes y bailarines, brillantemente vestidos, actuaban en un asombroso decorado construido con escalones de espejos y paneles también espejados. Cuando las luces del escenario se atenuaron, una veintena de candelabros giratorios de cristal lanzaban rayos de colores que parecían fundirse en formas sobrenaturales que se ocultaban bajo el arco de proscenio. La coreografía era compleja y los dos cantantes principales tenían unas voces fuertes y claras.

Aquel número iba seguido por otro de magia de primera clase, delante del telón cerrado. Unos diez minutos después, la escena cambiaba, los espejos habían desaparecido y el escenario era una pista de hielo; el segundo número de producción se realizaba con patines en un decorado invernal tan logrado que los espectadores sentían auténtico frío.

Aunque Magyck! excitara la imaginación y atraía la mirada, Elliot no era capaz de dedicarle toda su atención. Seguía contemplando a Christina Evans, tan deslumbrante como el mismo espectáculo que había creado.

Ella observaba a los intérpretes, sin parar atención a la mirada del hombre, que arrugaba el ceño mientras sonreía cuando el auditorio se echaba a reír, aplaudía o jadeaba de sorpresa.

Era una mujer de una belleza singular. Su brillante cabello castaño, casi negro, que le llegaba hasta los hombros, oscilaba sobre su frente y le caía hacia los lados, enmarcando su rostro como si se tratase de la pintura de un gran maestro. La estructura ósea de su cara era delicada, definida, absolutamente femenina. Su tez tenía tonos oliváceos. Su boca era carnosa, sensual. Y sus ojos... Sería extraordinariamente hermosa de haber tenido los ojos oscuros, en armonía con el tono de su cabello y su piel, pero los tenía de un azul cristalino. El contraste entre su apariencia italiana y aquellos ojos nórdicos resultaba devastador.

Elliot supuso que otras personas podrían haber encontrado defectos en su rostro. Tal vez algunos dirían que su frente era demasiado ancha. Su nariz era tan recta que alguien podría decir que le proporcionaba una expresión severa. Otros podrían opinar que tenía la boca demasiado grande, o que su barbilla era un poco demasiado puntiaguda. Pero, para Elliot, se trataba de un rostro perfecto.

Pero su físico no había sido lo primero que suscitó su deseo. Estaba interesado, en primer lugar, por conocer más acerca de la mente que había creado una obra como Magyck! Había visto menos de una cuarta parte del programa, pero ya sabía que sería un gran éxito; era, de lejos, superior a cualquier otro parecido. Un espectáculo de Las Vegas de aquella naturaleza podía salirse de madre. Si los decorados gigantes, los costosos vestidos y la intrincada coreografía se desmadraban, o si cualquier elemento se ejecutaba de manera inapropiada, el espectáculo empezaría a caer con rapidez por la delgada línea que separa un espectáculo realmente maravilloso y la pura y lisa chabacanería. Una brillante fantasía podría transformarse en un tostón sin gusto, estúpido, de haber sido dirigido por unas manos torpes. Elliot deseaba saber más de Christina Evans. Y en un nivel más fundamental, simplemente, la deseaba.

Ninguna mujer le había hecho efecto con tanta fuerza desde que Nancy, su esposa, muriera tres años antes.

Sentado allí, en el oscurecido teatro, sonrió, no ante el mago de un número cómico, que actuaba delante del telón bajado del escenario, sino a causa de su propia y repentina exuberancia juvenil.

7

La puerta trabada protestó, gimió y crujió cuando Vivienne la forzó para que se abriera.

Aiii-eee, aiii-eee...

Una oleada de aire helado salió de la oscura habitación hacia el pasillo.

Vivienne tanteó por la pared en busca del interruptor de la luz, lo encontró, lo pulsó y entró con cautela. La habitación estaba desierta.

Aiii-eee, aiii-eee...

Las estrellas del béisbol y los monstruos de las películas de terror miraban a Vivienne desde los pósteres grapados en las paredes. Tres aviones de modelismo colgaban del techo. Esos objetos estaban allí como siempre, desde que Vivienne empezara a trabajar en la casa, antes de que Danny muriese.

Aiii-eee, aiii-eee, aiii-eee...

El pitido electrónico salía de un par de pequeños altavoces estéreo que colgaban en la pared, detrás de la cama. El equipo de música y una radio AM-FM se encontraban encima de una de las mesitas de noche.

Aunque Vivienne podía ver de dónde procedía el ruido, no localizaba ninguna fuente de la que emanara el terrible aire frío que invadía la habitación. Ninguna de las ventanas estaba abierta, e incluso si se hubiera abierto alguna, la noche no era lo suficientemente fría como para generar ese helor.

Cuando se acercó a la radio, el gemido se detuvo. El silencio repentino le oprimió el pecho.

Poco a poco, comenzó a escuchar el suave zumbido de los altavoces estéreo, que aún estaban enchufados. Luego, los latidos de su propio corazón.

La radio brillaba con una quebradiza capa de hielo. La tocó, pensativa. Un trozo de hielo se rompió al contacto de sus dedos y cayó en la mesita de noche. No empezó a fundirse; la habitación seguía muy fría.

La ventana estaba helada. El espejo del vestidor también, y su reflejo era tenue, distorsionado y extraño.

Afuera, la noche era fresca pero no invernal. Quizás diez grados. Tal vez trece.

El sintonizador de la radio comenzó a moverse solo, y el indicador de frecuencia avanzó con rapidez a través del dial iluminado, saltando de una emisora a otra. Retazos de música, trozos de cháchara de los disc-jockeys, algunas palabras de los presentadores de voz sobria de los noticiarios, y fragmentos de anuncios mezclados con el rumor cacofónico de un sonido carente de significado. El indicador llegó al final del dial y empezó a moverse hacia atrás.

Temblando, Vivienne desconectó la radio.

En cuanto soltó el botón, la radio se conectó sola.

Se la quedó mirando, asustada y desconcertada.

El dial comenzó a moverse de nuevo, y fragmentos de música salieron de los altavoces.

La desconectó por segunda vez.

Después de un breve silencio, la radio se encendió espontáneamente.

—Esto es una locura —dijo con voz temblorosa.

Cuando la apagó por tercera vez, apretó con fuerza el botón. Durante unos segundos, estuvo segura de que sentía un forcejeo bajo su dedo, cuando la ruedecilla trató de moverse hacia la posición de encendido.

Por encima de su cabeza, los tres aeroplanos de modelismo empezaron a moverse. Cada uno de ellos estaba colgado del techo con un trozo de sedal, y el extremo superior de cada sedal estaba atado en su propio gancho, atornillado con fuerza en el plástico. Los aviones comenzaron a dar tirones, a tintinear, a retorcerse y temblar.

«Debe ser la corriente».

Sin embargo, no sentía ninguna corriente de aire.

Los aviones de modelismo comenzaron a rebotar violentamente hacia arriba y hacia abajo.

—Dios mío, ayúdame —dijo Vivienne.

Uno de los aviones giró en círculos cada vez más cerrados, y cada vez más deprisa, luego lo hizo en círculos más amplios, disminuyendo con firmeza el ángulo entre el sedal del que pendían y el techo del dormitorio. Al cabo de un momento, los otros dos modelos cesaron su errático baile e iniciaron un giro rápido, igual que el primer avión, como si en realidad volaran, y no había duda de que aquel movimiento deliberado no era, en absoluto, efecto de una corriente de aire.

¿Fantasmas? ¿Un poltergeist?

Pero ella no creía en fantasmas. Esas cosas no existían. Ella creía en la muerte y en los impuestos, en la inevitabilidad de los botes de las máquinas tragaperras, en los bufets libres del casino donde puedes comer por seis dólares, en el Señor Dios Todopoderoso, en la verdad de los secuestros alienígenas y en Big Foot, pero no creía en los fantasmas.

Las puertas correderas del armario empezaron a moverse sobre sus guías y Vivienne Neddler tuvo la sensación de que algo horrible estaba a punto de salir de aquel espacio oscuro, con los ojos rojos como la sangre y los dientes afilados como cuchillas. Sintió una presencia, algo que la quería, y gritó cuando la puerta se abrió.

Pero no había ningún monstruo en el armario. Solo ropa.

Sin embargo, sin que las tocasen, las puertas se abrieron y luego se cerraron..., y luego volvieron a abrirse...

Los aviones giraban y giraban.

El aire parecía cada vez más frío.

La cama empezó a temblar. Las patas se alzaron unos centímetros antes de caer de golpe contra los topes que les habían colocado debajo para proteger la alfombra; luego, se elevaron de nuevo. Los muelles sonaban como si unos dedos invisibles tirasen de ellos.

Vivienne retrocedió hasta la pared y se quedó allí, rígida, con los ojos muy abiertos y las manos caídas a los costados.

De una forma tan abrupta como había comenzado todo, se detuvo. Las puertas se cerraron con un fuerte chasquido. Los aviones redujeron su movimiento, haciendo giros circulares cada vez más pequeños, hasta que, al fin, se quedaron quietos.

La habitación quedó en silencio.

Nada se movía.

El aire comenzaba a caldearse.

Vivienne era consciente de que los latidos de su corazón iban amortiguándose desde el duro y frenético ritmo que habían mantenido durante un par de minutos. Se abrazó a sí misma y tembló.

Una explicación lógica. Tiene que haber una explicación lógica.

Pero no era capaz de imaginar cuál podría ser.

A medida que la habitación se calentaba de nuevo, se fundió el hielo del pomo de la puerta, de la radio y algunos otros objetos metálicos, dejando unos cercos húmedos en la alfombra. Los helados cristales de la ventana se desempañaron, y cuando la escarcha desapareció del espejo, el reflejo distorsionado de Vivienne se convirtió en una imagen más familiar de sí misma.

Ahora esto era la habitación de un niño, una habitación como miles de otras.

Excepto, desde luego, que el chico que una vez había dormido en ella llevaba muerto un año. Y quizás estuviera regresando, y lanzara encantamientos sobre aquel lugar.

Vivienne tuvo que recordarse a sí misma que no creía en los fantasmas.

De todos modos, sería una buena idea que Tina Evans se deshiciera de las pertenencias del niño.

Vivienne no tenía una explicación lógica para lo que había sucedido, pero una cosa sí tenía muy clara: no le contaría a nadie lo que había visto esa noche. Pese a toda la convicción y ardor que pusiera en sus palabras para contar todos esos pintorescos acontecimientos, nadie la creería. Asentirían y sonreirían con expresión taimada, convendrían en que se trataba de una extraña y temible experiencia, pero durante todo el rato estarían pensando en que aquella pobre vieja Vivienne, finalmente, se había vuelto senil. Más pronto o más tarde, los rumores acerca de poltergeist acabarían por llegar a oídos de su hija en Sacramento, y, en ese caso, la presión para que se trasladara a California se volvería irresistible. Y Vivienne no quería poner en peligro su preciosa independencia.

Salió del dormitorio, regresó a la cocina y se bebió dos tragos del mejor bourbon de Tina Evans. Luego, con su estoicismo característico, continuó con la limpieza de la casa.

Se negó a que un poltergeist la asustara.

Sin embargo, sería aconsejable ir a la iglesia el domingo. Hacía mucho tiempo que no pisaba una iglesia. Quizá sería bueno que acudiera de vez en cuando. Por supuesto, no cada semana. Solo una o dos misas al mes. Y confesarse alguna vez que otra. Hacía siglos que no veía el interior de un confesionario. No había más remedio que ser cauta.

8

Todos los que pertenecen al mundo del espectáculo saben que la gente que no paga en las sesiones de preestreno es la más difícil de contentar. Por lo general, el hecho de que obtengan gratis la invitación no garantiza su aprecio, o ni siquiera que vayan a mostrarse amables. La persona que paga un buen precio por algo es probable que deposite en ello más valor que el hombre que lo consigue sin coste. Este viejo proverbio se aplica a los espectáculos teatrales y al público invitado a la fuerza.

Pero no esa noche. Aquella multitud no era en modo alguno capaz de permanecer indiferente.

El telón se bajó a las diez menos once minutos, y la ovación continuó hasta que el reloj de Tina señaló la hora en punto. Los artistas de Magyck! tuvieron que saludar con la cabeza muchas veces; luego, los técnicos, la orquesta, todos enrojecidos por la excitación de formar parte de un éxito fuera de serie. Ante la insistencia del feliz y bullicioso público vip, los focos iluminaron el palco donde se encontraban Joel Bandiri y Tina, y se vieron recompensados con una atronadora ronda de aplausos.

Tina sentía correr la adrenalina en su interior mientras sonreía, sin respiración, incapaz de absorber la abrumadora respuesta a su trabajo. Helen Mainway charlaba, excitada, de los espectaculares efectos especiales; Elliot Stryker tenía en cartera un infinito repertorio de cumplidos, así como algunas astutas observaciones sobre los aspectos técnicos de la producción. Charlie Mainway estaba sirviendo una tercera botella de Dom Pérignon, las luces se encendieron y los asistentes, a desgana, comenzaron a marcharse. Tina apenas pudo beberse el champán porque todo el mundo se detenía junto a su mesa para felicitarla.

A las diez y media, la mayoría de la audiencia se había ido, y los que aún quedaban allí hacían cola, avanzando hacia las puertas traseras de la sala. Aunque esa noche no había otra función, como ocurriría cada noche a partir de entonces, los camareros y las camareras estaban muy atareados limpiando las mesas, para volver a colocar manteles nuevos de lino y la cubertería de plata de cara a la función del día siguiente a las ocho de la noche.

Cuando el pasillo de enfrente del palco quedó vacío de gente, Tina se levantó y se reunió con Joel mientras este se acercaba. Lo rodeó con sus brazos y, ante su sorpresa, comenzó a llorar de felicidad. Lo besó con fuerza y Joel proclamó que el espectáculo era «un Gargantúa como nunca había visto otro».

Al llegar a los bastidores, la fiesta de la noche de estreno estaba en todo su apogeo. Los decorados y accesorios habían sido retirados, y habían instalado ocho mesas plegables, con manteles blancos, cargadas de comida: cinco hors d’oeuvres, ensalada de langosta, ensalada de cangrejo, ensalada de pasta, filet mignon, pechugas de pollo en salsa de estragón, patatas asadas, pasteles, tartas, frutas frescas, bayas y quesos. El personal de la dirección del hotel, coristas, bailarines, magos, técnicos y músicos formaban grupos alrededor de las mesas, probando de todo un poco, mientras que Philippe Chevalier, el jefe principal de los cocineros del hotel, lo vigilaba todo personalmente. Sabedores de que tenían preparado ese auténtico festín, pocos de los presentes habían cenado previamente; y, por supuesto, los bailarines habían comido poco, o, en la mayoría de los casos, nada en absoluto desde su ligero desayuno. Todos lanzaban exclamaciones sobre la comida y se amontonaban en torno del bar portátil. Con el regusto de los aplausos aún fresco en todas las mentes, la fiesta llegó pronto a su pleno apogeo.

Tina se mezcló con los grupos, fue de aquí para allá, al frente y al fondo del escenario, surcando la multitud. Dio las gracias a todo el mundo por su contribución al éxito del espectáculo. Y felicitó a cada uno de los miembros del reparto y a los técnicos por su dedicación y profesionalidad. En varias ocasiones se encontró con Elliot Stryker, y este pareció genuinamente interesado por saber cómo habían conseguido los asombrosos efectos del decorado. Era un buen oyente y hacía preguntas brillantes. Cada vez que Tina debía desplazarse para hablar con alguna otra persona, lamentaba tener que dejar a Elliot y, cada vez que se encontraba de nuevo con él, permanecía a su lado más tiempo. Tras su cuarto encuentro, perdió la cuenta del tiempo que llevaban charlando. Finalmente, se olvidó de seguir dando vueltas por allí.

Se quedaron cerca de la columna izquierda del proscenio, alejados del flujo principal de la fiesta. Mordisquearon algunos pastelillos y hablaron un poco más de Magyck!, para pasar después a otros temas: la ley, Charlie y Helen Mainway, los bienes raíces en Las Vegas, o sus películas de superhéroes favoritas.

—¿Cómo puede Batman llevar un traje de goma blindado todo el tiempo y no tener un sarpullido crónico? —preguntó él.

—Sí, pero un traje de goma tiene sus ventajas.

—¿Cómo cuáles?

—Puedes pasar directamente del trabajo de oficina al buceo sin cambiarte de ropa.

—Come comida para llevar a doscientos kilómetros por hora en el Batmóvil, y no importa lo desastroso que se ponga, ya se lavará más tarde.

—Exactamente. Después de un duro día de lucha contra el crimen, puedes emborracharte y vomitarte encima, y no importa. No tienes que pagar facturas para la limpieza en seco.

—De negro, está vestido para cualquier ocasión.

—... desde una audiencia con el papa hasta un acto conmemorativo al marqués de Sade.

Elliot sonrió. Se terminó su pastel.

—Supongo que estarás por aquí muchas noches a partir de ahora —dijo él.

—No. En realidad no necesito hacerlo.

—Pensé que una directora...

—La parte más importante de la dirección ya se ha acabado. Tendré que comprobar la marcha de las representaciones cada dos semanas, más o menos, para asegurarme de que el tono de la obra no se va perdiendo respecto de mi intención al dirigirla.

—Pero también eres la coproductora —insistió Elliot.

—Es cierto, aunque, ahora que el espectáculo ha comenzado con éxito, la mayor parte de mis obligaciones como productora se centrará en el área de las relaciones públicas y la promoción. Y un poco también en la organización, para que la producción siga funcionando sin problemas. Pero la mayor parte de esas cosas las llevo desde mi despacho. No necesito estar siempre cerca del escenario. En realidad, Joel dice que no resulta saludable para un productor permanecer cada noche entre bastidores..., o ni siquiera la mayor parte de las noches. Dice que no haría otra cosa que poner nerviosos a los intérpretes, y que los técnicos estarían más pendientes del jefe que de mantenerse concentrados en su trabajo.

—Pero ¿serás capaz de resistirte?

—No me resultará fácil alejarme de todo esto. Pero en lo que Joel dice hay una gran dosis de sentido común, por lo que trataré de tomarme las cosas con frialdad.

—De todos modos, me parece que estarás aquí cada noche, por lo menos durante la primera semana.

—No —repuso Tina—. Si Joel tiene razón, y estoy segura de que es así, será mejor que me acostumbre a permanecer alejada del escenario desde el comienzo.

—¿Mañana por la noche?

—Oh, es probable que me asome por aquí en un momento u otro.

—Supongo que irás a alguna fiesta de Nochevieja.

—Odio las fiestas de Nochevieja. Todo el mundo anda borracho y molestando.

—Pues, en ese caso..., mientras vienes y te vas después de echar un ojo a Magyck!..., ¿te parece que tendrías tiempo para cenar?

—¿Me estás pidiendo una cita...?

—Trataré de no sorber la sopa...

—¿Me estás pidiendo una cita...? —repitió ella, complacida.

—Sí. Y hace muchísimo tiempo que no pasaba por estos malos tragos.

—Y eso, ¿por qué?

—Por ti, supongo.

—¿Hago que lo pases mal?

—Me haces sentir joven. Y cuando era joven, pasaba muy malos ratos.

—Qué bonito es eso...

—Intento encantarte.

—Pues lo estás consiguiendo.

Él sonrió con calidez.

—Pues mira, de repente, ya no me encuentro tan aturullado...

—¿Quieres empezar otra vez?

—¿Te gustaría cenar conmigo mañana?

—Claro que sí. ¿Qué te parece a las siete y media?

—Estupendo. ¿Con traje de etiqueta o de calle? —preguntó Elliot.

—Con vaqueros.

Él se llevó las manos al cuello almidonado y a las solapas de satén de su esmoquin.

—Me alegra que digas eso.

—Te daré mi dirección —prosiguió ella, mientras buscaba un bolígrafo en su bolso.

—Podríamos encontrarnos aquí, ver los primeros números de Magyck! y luego ir al restaurante.

—¿Y por qué no al restaurante directamente?

—¿No quieres pasar un momento por aquí?

—He decidido conservar la sangre fría.

—Joel estará orgulloso de ti.

—Si en realidad lo consigo, la que estaré orgullosa seré yo de mí misma.

—Lo conseguirás. Eres valiente.

—Cuando me encuentre en mitad de la cena, seguro que se apoderará de mí una desesperada necesidad de venir a todo correr aquí y empezar a hacer de productora.

—Aparcaré el coche delante de la puerta del restaurante, y, por si las moscas, dejaré el motor en marcha.

Tina le facilitó su dirección, y luego, sin darse cuenta, estaban hablando de jazz y de Benny Goodman, y, más tarde, del vergonzoso servicio que la compañía telefónica de Las Vegas proporcionaba, es decir, hablaban de trivialidades, como si en realidad fuesen viejos amigos. Él tenía una gran variedad de intereses; entre otras muchas cosas, era esquiador y piloto, y conocía historias muy divertidas sobre aprender a esquiar y a volar. Elliot hizo que ella se sintiera a gusto, aunque, al mismo tiempo, también la intrigó. Proyectaba una imagen interesante, una mezcla de poder y gentileza, de sexualidad agresiva y de amabilidad.

Un espectáculo de éxito..., montañas de cheques por derechos de autor..., una infinidad de nuevas oportunidades a su alcance debido a su aplastante primer éxito... la perspectiva de un nuevo y excitante amante...

Mientras enumeraba sus bendiciones, Tina se asombró de cuánta diferencia puede haber de un año a otro en una vida. De la amargura, el dolor, la tragedia y una tristeza insoportable, había dado la vuelta para enfrentarse a un horizonte iluminado por una promesa en ciernes. Por fin, el futuro merecía la pena de ser vivido. Es más, no podía imaginarse que algo pudiese salir mal.

9

La noche había caído sobre la casa de los Evans, y un seco viento del desierto la azotaba.

Un gato blanco del vecindario correteó por el césped, persiguiendo un trozo de papel movido por el viento; el gato dio un salto, y falló su presa; hizo una voltereta, se asustó y salió corriendo como una centella hacia otro patio.

En el interior, la casa estaba casi en un silencio total. De vez en cuando el frigorífico se ponía en marcha, con un ronroneo. Un cristal flojo de la ventana del salón repiqueteaba ligeramente cuando una fuerte ráfaga de viento chocaba contra él. El sistema de calefacción se ponía en funcionamiento y, durante un par de minutos, el soplillo susurraba silencioso cuando el aire caliente salía por las rejillas de ventilación.

Poco antes de medianoche, el cuarto de Danny comenzó a enfriarse. En el pomo de la puerta, en la radio y en un par de objetos metálicos, el rocío comenzó a condensarse a causa del aire frío y húmedo. La temperatura descendió con rapidez y las gotitas de agua se helaron. En la ventana apareció escarcha.

La radio se puso en marcha sola.

Durante unos segundos un pitido electrónico rompió el silencio. Luego, aquel ruido agudo se detuvo y la pantalla digital parpadeó mostrando números que cambiaban rápidamente. Fragmentos de música y de voces crepitaron en un espeluznante montaje de audio, que rebotó en las paredes de la fría habitación.

Pero no había nadie en la casa para escucharlo.

La puerta del armario se abrió, se cerró, se abrió...

En el interior del armario, las camisas y los vaqueros comenzaron a moverse en las perchas de las que colgaban y algunas prendas cayeron al suelo.

La cama empezó a dar sacudidas.

El expositor que contenía los nueve aviones de modelismo osciló, y golpeó repetidas veces contra la pared. Uno de los aviones se cayó de su estante; luego, dos más, después tres, luego otro, hasta que, en un momento, los nueve aviones quedaron apilados en el suelo.

En la pared, a la izquierda de la cama, un póster de la criatura de Alien se rasgó por la mitad.

La radio dejó de escanear, y se detuvo en una frecuencia abierta, que siseó y se disparó debido a las interferencias. Al cabo de unos minutos de silencio, una voz sonó por los altavoces. Era la voz de un niño. No se percibían palabras. Solo un grito prolongado y agonizante.

La voz desapareció al cabo de un minuto, pero la cama volvió a sacudirse con mucha más fuerza que antes.

Y la puerta del armario se abrió y se cerró con una fuerza sustancialmente mayor que antes.

Comenzaron a moverse también otros objetos. Durante casi cinco minutos, la habitación pareció estar viva.

Y luego murió.

Se hizo el silencio.

El aire empezó a caldearse.

La escarcha desapareció de la ventana y, afuera, el gato blanco siguió persiguiendo el trozo de papel.

MIÉRCOLES, 31 DE DICIEMBRE

10

Tina no regresó a casa después de la fiesta hasta poco antes de las dos de la madrugada del miércoles. Se dirigió en línea recta a la cama, agotada y algo achispada, y se sumió rápidamente en un sueño profundo.

Más tarde, tras solo un par de horas sin soñar, tuvo otra pesadilla acerca de Danny. Estaba atrapado en el fondo de un agujero muy profundo. Oía su asustada vocecita que la llamaba, y ella miraba por encima del borde del pozo, y veía al niño ahí abajo, tan lejos que su rostro era solo una pequeña y pálida mancha. El niño deseaba salir desesperadamente, y ella estaba desesperada por rescatarlo; pero él estaba encadenado, incapaz de trepar, y Tina no tenía la menor posibilidad de llegar hasta él. Entonces, un hombre vestido de negro de la cabeza a los pies, con el rostro oculto por las sombras, apareció desde el extremo más alejado del pozo y comenzó a arrojar tierra sobre él. El grito de Danny se convirtió en un chillido de terror, lo estaban enterrando vivo. Tina le gritó al hombre de negro, pero este la ignoró y siguió echando paladas de tierra sobre Danny. Tina rodeó el pozo, decidida a conseguir que aquel desgraciado dejara de hacer lo que estaba haciendo, pero el hombre se alejaba un paso por cada uno que ella daba hacia él, y siempre se encontraba exactamente al otro lado del agujero. Ella no podía alcanzarlo y tampoco llegar hasta Danny, y la tierra le había llegado al niño a las rodillas; luego, a la cintura, y finalmente hasta los hombros. Danny se quejaba y chillaba. La tierra le alcanzaba la barbilla, pero el hombre de negro no se detuvo. Tina deseó matar a aquel hijo de puta, golpearlo hasta la muerte con la pala. Cuando pensó en hacerlo, el hombre la miró, y Tina vio su rostro: un cráneo con la piel rasgada y podrida, ardientes ojos rojos y una sonrisa de dientes amarillentos. Un repugnante grupo de gusanos colgaba de la mejilla izquierda del hombre y le llegaba hasta el extremo de su ojo izquierdo, alimentándose de él. Su terror de que Danny fuese enterrado vivo se mezcló ahora con el miedo por su propia vida. Aunque los gritos de Danny se fueron apagando, eran aún más urgentes que antes, porque la tierra comenzó a cubrirle el rostro y a introducirse en su boca. Tina supo que tenía que bajar allí y quitarle la tierra de la cabeza antes de que se ahogara, por lo que, impulsada por un pánico ciego, se tiró al pozo, y empezó a caer, a caer...

En aquel momento se despertó, jadeando, estremecida.

Tenía la sensación de que el hombre del traje negro estaba en su dormitorio en aquel preciso instante, que aguardaba, silencioso, en la oscuridad, sonriendo. Con el corazón palpitándole, tanteó en busca de la luz de la mesilla de noche, temerosa de que una mano húmeda y fría se cerrase alrededor de la suya, mientras buscaba el interruptor. Parpadeó ante la súbita luz y observó que estaba sola.

—¡Oh, Dios! —exclamó con voz débil.

Se pasó una mano por la cara y percibió que la tenía cubierta por una película de sudor. Se secó la mano en las sábanas.

Realizó algunos ejercicios de respiración, en un intento de calmarse.

No podía dejar de temblar.

Se fue al cuarto de baño y se lavó la cara. En el espejo vio que estaba demacrada y exangüe, con los ojos hundidos.

Tenía la boca seca y con un sabor agrio. Se bebió un vaso de agua fría.

Cuando volvió a la cama, no quiso apagar la luz. Su miedo la encolerizó consigo misma y al final apagó el interruptor.

El regreso de la oscuridad resultó amenazador.

No estaba segura de que pudiera dormir más; pero debía intentarlo. Aún no eran las cinco. Había dormido menos de tres horas.

Por la mañana, vaciaría la habitación de Danny. Entonces, las pesadillas cesarían. Estaba totalmente convencida de ello.

Recordó las tres palabras que había borrado ya dos veces de la pizarra de Danny —NO ESTOY MUERTO—, y cayó en la cuenta de que se había olvidado de llamar a Michael. Debía enfrentarlo con sus sospechas. Tenía que saber si Michael había estado en la casa, en el cuarto de Danny, sin su conocimiento o permiso.

Debía haber sido Michael.

Podía encender la luz y llamarlo en ese momento. Estaría durmiendo, pero Tina no sentiría ni un ápice de culpabilidad si lo despertaba, y menos después de todas las noches insomnes a las que él la había sometido. Pero no se sentía preparada para la batalla. Sus ánimos habían decaído por el vino y el agotamiento. Y si Michael se había escurrido dentro de la casa como si fuera un niño jugando a cometer una cruel travesura, si había escrito aquel mensaje en la pizarra, en ese caso, su odio hacia ella era mucho mayor de lo que había pensado. Y eso lo convertía en un hombre desesperadamente enfermo. Si se volviera verbalmente violento y abusivo, si se portaba de una forma irracional, en ese caso, ella necesitaría mantener las ideas claras para tratar con él. Lo llamaría al día siguiente, cuando recuperara parte de sus fuerzas.

Bostezó, se dio la vuelta en la cama y se quedó dormida. No soñó más, y cuando se despertó a las diez, se encontraba recuperada y nuevamente emocionada por el éxito de la noche anterior.

Llamó a Michael, pero no estaba en casa. A menos que hubiera cambiado de turno durante los seis meses transcurridos desde su separación, no iría a trabajar hasta mediodía, y decidió que probaría otra vez al cabo de media hora.

Tras recoger el periódico de la mañana del buzón de la puerta, leyó la delirante reseña de Magyck! que el crítico de espectáculos del Review-Journal había escrito. Al no haber podido encontrar nada malo en el espectáculo, sus elogios eran tan efusivos que, incluso leyéndolos ella misma en su cocina, se sintió algo incómoda.

Tomó un desayuno ligero: zumo de pomelo con un panecillo inglés, y luego se dirigió a la habitación de Danny para meter sus cosas en cajas. Cuando abrió la puerta, jadeó y se detuvo.

La habitación era un caos. Los aviones de aeromodelismo no se encontraban en su expositor; estaban tirados por el suelo, y unos cuantos estaban rotos. La colección de cómics de Danny se había caído de la librería y estaban diseminados por todos los rincones. Los tubos de pegamento, las botellitas de esmalte y las herramientas para aeromodelismo, que tenía encima de su escritorio, se encontraban en el suelo, junto con todo lo demás. El póster de un monstruo cinematográfico estaba desgarrado; colgaba de la pared, desgarrado. Las figuritas de acción se habían caído del cabezal de la cama. Las puertas del armario estaban abiertas, y toda la ropa del interior estaba esparcida por el suelo. La mesa de juegos había volcado. El caballete yacía sobre la alfombra, con la pizarra hacia abajo.

Temblando de ira, Tina cruzó la estancia con lentitud, caminando cuidadosamente entre los escombros. Se detuvo ante el caballete, lo colocó en su sitio, dudó, y luego giró la pizarra hacia ella.

NO ESTOY MUERTO

—¡Maldita sea! —gritó furiosa.

Vivienne Neddler había ido a limpiar por la noche, pero esa no era la clase de cosas que Vivienne sería capaz de hacer. Si aquel desastre hubiera estado cuando Vivienne llegó, la anciana lo habría limpiado, y dejado una nota acerca de lo ocurrido. Resultaba claro que el intruso se había presentado después de que la señora Neddler se marchara.

Ardiendo de ira, Tina cruzó la casa, revisando meticulosamente cada ventana y cada puerta. No había señales de que la entrada hubiera sido forzada.

De nuevo en la cocina, llamó a Michael. Siguió sin responder. Colgó el teléfono con fuerza.

Sacó el directorio telefónico de un cajón y lo hojeó hasta que encontró los anuncios de cerrajeros. Eligió la empresa que tenía el anuncio más grande y marcó el número.

—Anderlingen Lock and Security.

—Su anuncio del directorio telefónico afirma que pueden mandarme, en menos de una hora, un operario para que cambie la cerradura de la puerta de entrada.

—Esos son nuestros servicios de urgencia. Cuestan más.

—No me importa —replicó Tina.

—Si nos da su nombre para ponerlo en nuestra lista de trabajo, lo más probable es que podamos enviarle un equipo esta tarde a las cuatro, o mañana por la mañana a más tardar. Y el servicio normal le resultaría un cuarenta por ciento más barato que el de urgencia.

—Unos gamberros han estado esta noche en mi casa —explicó Tina.

—En qué mundo vivimos —fue el comentario de la mujer de Anderlingen.

—Han roto un montón de cosas...

—Oh, cuánto lo siento.

—... por lo tanto, deseo cambiar las cerraduras de inmediato.

—Muy bien.

—Y quiero que instalen unas buenas cerraduras. Las mejores que tengan.

—Deme su nombre y dirección, y le enviaré un equipo ahora mismo.

Un par de minutos después, tras colgar el teléfono, Tina volvió a la habitación de Danny para repasar de nuevo los desperfectos. Mientras observaba aquel desastre, exclamó en voz alta:

—¿Qué diablos quieres de mí, Mike?

Dudó que él pudiera responder a aquella pregunta, incluso de haberla oído. ¿Qué excusa tendría preparada? ¿Qué retorcida lógica justificaría aquella clase de conducta perversa? Era algo cruel, odioso.

Se estremeció.

11

Tina se presentó en el Bally’s Hotel a las dos menos diez, el miércoles por la tarde, y dejó su Honda en manos del aparcacoches.

El Bally’s, anteriormente llamado MGM Grand, se estaba convirtiendo en uno de los establecimientos más antiguos de la ciudad de Las Vegas, pero seguía siendo uno de los hoteles más populares, y ese último día del año estaba abarrotado. En el casino, que era tan grande como un campo de fútbol, había dos mil o tres mil personas por lo menos. Centenares de jugadores: mujeres muy jóvenes y guapas, abuelas de rostros angelicales; hombres en vaqueros y camiseta; hombres mayores con prendas costosas, pero ya un tanto ajadas; unos cuantos tipos con trajes con chaleco; vendedores, médicos, mecánicos, secretarias, abogados, estadounidenses de todos los estados del oeste; excursionistas de casi todas las ciudades del este; turistas japoneses, algunos franceses, unos cuantos árabes. Todos se sentaban a las mesas del blackjack, moviendo dinero y fichas. A veces retiraban sus ganancias; otras, agarraban con ansia las cartas servidas desde cinco puestos. Cada jugador reaccionaba de todas las maneras previsibles: algunos chillaban de alegría, otros se quejaban, varios sonreían con tristeza y meneaban la cabeza, algunos bromeaban con los crupieres rogándoles que les diesen mejores cartas y, finalmente, otros eran silenciosos, educados, atentos y con apariencia de hombres de negocios, como si creyeran que estaban enzarzados en alguna forma razonable de planificación de inversiones. Centenares de otras personas permanecían de pie detrás de los jugadores; se dedicaban a observar, o aguardaban hasta que quedaba algún asiento libre. En las mesas de dados, la muchedumbre, casi todo hombres, era más bulliciosa que los aficionados al blackjack; gritaban, aullaban, bromeaban, se quejaban, jaleaban al que tiraba los dados y lo imprecaban en voz alta. A la izquierda, las máquinas tragaperras ocupaban toda la extensión del casino, hilera tras hilera de ellas, brillantes y alegremente iluminadas, atendidas por jugadores que eran más habladores que los jugadores de cartas, pero no tan ruidosos como los tiradores de dados. A la derecha, más allá de las mesas de dados, a mitad de camino de la larga sala, elevada respecto del piso principal, se encontraban los puestos de mármol blanco y bronce del bacarrá, a los que asistía un grupo más opulento y tranquilo de jugadores; en ellos, tanto el crupier jefe como los ayudantes llevaban trajes de etiqueta. Y en todos los rincones del gigantesco casino, había camareras de cóctel con vestidos cortos y escotados, que revelaban unas piernas largas y generosos escotes; iban de aquí para allá, de un lado a otro, como si fuesen los hilos que mantenían unida a aquella multitud.

Tina se abrió paso por entre los mirones que pululaban por el amplio pasillo central y localizó a Michael casi enseguida. Era el que llevaba el juego del blackjack en una de las primeras mesas. Se trataba de un juego con una apuesta mínima de cinco dólares, y las siete sillas estaban ocupadas. Michael sonreía y charlaba con los jugadores. Algunos crupieres eran fríos y poco comunicativos, pero Michael siempre decía que el día pasaba más deprisa si te comportabas amistosamente con el público. No era de extrañar que fuese uno de los crupieres que más propinas recibía.

Michael, esbelto y rubio, con unos ojos casi tan azules como los de Tina, tenía un gran parecido con Robert Redford, casi resultaba demasiado guapo. Tampoco era nada sorprendente que las jugadoras le diesen más propinas, y con más generosidad, que los hombres.

Cuando Tina se introdujo en el pequeño espacio que había entre las mesas y captó la atención de Michael, la reacción que observó en él fue muy diferente a la que ella había esperado. Creyó que su presencia haría desaparecer la sonrisa de su rostro. Pero, en vez de ello, su sonrisa se ensanchó y pareció haber auténtico deleite en sus ojos.

Estaba barajando los naipes cuando la vio y continuó haciéndolo mientras hablaba:

—Eh, hola. Estás guapísima, Tina. Un auténtico placer para unos ojos cansados.

Ella no estaba preparada para que él se portara con tanta amabilidad, y se quedó un tanto confusa ante su afectuoso saludo.

—Llevas un suéter muy bonito. Me gusta. El azul es el color que te favorece más.

Tina sonrió con inquietud y trató de recordar que había venido para acusarlo de llevar a cabo una broma muy cruel con ella.

—Michael, necesito hablar contigo.

El hombre miró su reloj.

—Dentro de cinco minutos tengo un descanso.

—¿Dónde puedo encontrarte?

—¿Por qué no me esperas exactamente donde estás? Podrás ver cómo estas amables personas me sacan un montón de dinero.

Todos los que jugaban en la mesa sonrieron e hicieron comentarios sobre la remota posibilidad de que llegaran a ganar a su crupier.

Michael sonrió y guiñó el ojo a Tina.

Ella sonrió con rigidez.

Aguardó, impaciente, mientras pasaban los cinco minutos. Nunca se encontraba a gusto en un casino cuando estaba lleno. La actividad frenética y la excitación sin fin, que a veces bordeaba la histeria, le descomponían los nervios.

La amplia sala era tan ruidosa que aquella mezcla de sonidos parecía haberse convertido en una sustancia visible, como una neblina húmeda y amarillenta en el aire. Las máquinas tragaperras sonaban, zumbaban, silbaban, traqueteaban. Las bolas chocaban alrededor de las ruedas giratorias de las ruletas. Una banda de cinco miembros, con potentes amplificadores, tocaba música pop desde el pequeño escenario en el salón de cócteles, más allá y ligeramente por encima de las máquinas tragaperras. El hielo entrechocaba en los vasos, mientras los jugadores bebían y jugaban. Y todo el mundo parecía hablar a la vez.

Cuando llegó el tiempo de descanso de Michael, un crupier sustituto se hizo cargo de la mesa, y Michael salió del pozo del blackjack para dirigirse al pasillo central.

—¿Quieres hablar conmigo?

—Aquí no —replicó Tina, medio gritando—. No me oigo ni a mí misma.

—Vayamos a la galería comercial.

—Muy bien.

Para llegar a las escaleras mecánicas que los conducirían a la galería comercial de la planta baja había que cruzar todo el casino. Michael le abrió paso, apartando con educación a aquella muchedumbre festiva, y Tina lo siguió rápidamente, antes de que el camino abierto por él se cerrara de nuevo.

Cuando iban por la mitad de la larga sala, se detuvieron en un claro donde un hombre de mediana edad yacía de espaldas, inconsciente, delante de una mesa de blackjack. Llevaba un traje beis, una camisa marrón oscuro, y una corbata estampada a juego. Detrás de su cabeza había un taburete caído, y varias fichas verdes por valor de unos quinientos dólares se hallaban esparcidas por la alfombra. Dos guardias de seguridad uniformados le practicaban los primeros auxilios, aflojándole la corbata y el cuello de la camisa y tomándole el pulso, mientras un tercer guardia de seguridad alejaba a los clientes curiosos.

—¿Un ataque al corazón, Peter? —preguntó Michael.

—Hola, Mike —dijo el tercer guardia—. No, no creo que se trate del corazón. Parece una combinación de «desmayo de blackjack» y «vejiga de bingo». Llevaba sentado a aquella mesa ocho horas seguidas.

En el suelo, el hombre del traje beis gimió; sus párpados temblaron.

Meneando la cabeza, obviamente divertido, Michael rodeó el claro y atravesó la multitud hasta el otro lado.

Cuando al fin llegaron al fondo del casino y ya se encontraban en la escalera mecánica que conducía a la galería comercial, Tina preguntó:

—¿Qué significa eso de «desmayo de blackjack»?

—Algo estúpido, eso es lo que significa —explicó Michael, aún sonriente—. El tipo se sienta a jugar a las cartas y está tan ensimismado que pierde la noción del tiempo, que es, en realidad, lo que la dirección desea que haga, por supuesto; por eso no hay ventanas ni relojes en un casino. Pero, al cabo de un rato, el tipo pierde la noción del tiempo, no se levanta durante horas y horas, y sigue jugando como un auténtico zombi. Mientras tanto, también bebe demasiado. Cuando al final se levanta, lo hace demasiado deprisa. La sangre se le va de la cabeza y, pum, se desmaya. Ese es el «desmayo del blackjack».

—Ah.

—Es algo que vemos a menudo.

—¿Y lo de la «vejiga de bingo»?

—Algunas veces, un jugador se absorbe tanto en el juego que, virtualmente, queda hipnotizado. Ha estado bebiendo de manera regular, pero se encuentra tan sumido en ese trance que ignora por completo la llamada de la naturaleza, hasta que, ¡bingo!, tiene un espasmo en la vejiga. Si se trata de uno muy grave, los conductos se bloquean; no puede aliviarse solo y tienen que llevarlo al hospital para introducirle unos catéteres.

—Dios mío, ¿lo dices en serio?

—Claro.

Abandonaron las escaleras mecánicas y entraron en la bulliciosa galería comercial. Cantidades ingentes de personas pasaban por allí observando las tiendas de recuerdos, las galerías de arte, las joyerías, tiendas de ropa y otros negocios minoristas, pero no se encontraban tan apretujados como arriba, en el casino.

—Sigo sin ver ningún lugar donde poder hablar en privado —comentó Tina.

—Vayamos primero a la heladería y nos compraremos un par de cucuruchos de pistacho. ¿Qué te parece? El pistacho te ha gustado siempre.

—No me apetece un helado, Michael.

Había perdido el impulso de cuando la ira la dominaba, y ahora temía estar olvidando el propósito que la había llevado hasta allí. Michael trataba de mostrarse tan amable que no parecía él. Al menos no era como el Michael Evans que había conocido en los últimos años. En los primeros tiempos de casados, se había mostrado divertido, encantador, fácil de manejar, pero no se había portado de esa manera con ella desde hacía mucho, mucho tiempo.

—No quiero ningún helado —repitió—. Solo hablar.

—Bueno, pues si no quieres un poco de pistacho, yo sí. Me compraré un cucurucho y saldremos afuera: daremos un paseo por el estacionamiento. Hace un día bastante cálido.

—¿Cuánto dura tu descanso?

—Veinte minutos. Pero no estoy muy a buenas con el jefe. Si no regreso a tiempo, me empapelará.

La heladería se encontraba en el otro extremo de la galería comercial. Mientras caminaban, Michael siguió con su intento de distraerla, y comenzó a describirle otras enfermedades inusuales a las que los jugadores eran propensos.

—Hay lo que llamamos el «ataque del pleno» —siguió Michael—. Durante años y años, la gente regresa de su viaje a Las Vegas y cuenta a todos sus amigos lo bien que le ha ido en el juego. Todo el mundo pretende haber ganado. Y cuando, de repente, alguien consigue un pleno, sobre todo en una máquina tragaperras, donde las cosas ocurren en un abrir y cerrar de ojos, se queda tan sorprendido que se desmaya. Los ataques al corazón son más frecuentes alrededor de las máquinas tragaperras que en cualquier otro juego del casino, y la mayoría de las víctimas son personas que acaban de alinear tres columnas y les sale un pleno.

»También está el “síndrome de Las Vegas”. Eso ocurre cuando alguien, él o ella, pues esto les sucede a las mujeres tan a menudo como a los hombres, se emperra con los juegos y va de uno a otro, hasta el punto de que se olvida de comer durante un día o más. Cuando finalmente tiene hambre y se percata de que no ha comido, se traga unas raciones enormes; entonces, la sangre le baja de la cabeza al estómago, y se desmaya en mitad del restaurante. Por lo general, no es peligroso, excepto si aún tiene un bocado en la garganta al perder el sentido, pues pueden morirse por asfixia.

»Pero mi favorito es el que llamamos “síndrome de deformación del tiempo”. La gente llega aquí desde un montón de sitios aburridos, y, para ellos, Las Vegas es algo parecido a una Disneylandia para adultos. Hay muchos sitios adonde ir, mucho que ver y mucho que hacer, una excitación constante, y la gente se sale de su ritmo habitual. Se van a la cama al amanecer y se levantan por la tarde; así, pierden la noción de cuándo es de día o de noche. Si la excitación dura algún tiempo, van a pagar la cuenta del hotel y entonces descubren que su fin de semana de tres días se ha convertido en uno de cinco días. No acaban de creérselo. Imaginan que quieren cobrarles de más y discuten con los recepcionistas. Cuando alguien les enseña un calendario o un periódico del día, se quedan conmocionados. Han sido objeto de una deformación del tiempo y han perdido un par de días. ¿No te parece raro?

Michael siguió aquella charla amistosa hasta que se compró el cucurucho. Luego, mientras salían por la puerta trasera del hotel y caminaban por el área de la zona de estacionamiento no vigilada, bajo el calor de dieciocho grados de un sol invernal, Michael prosiguió:

—Entonces, ¿de qué querías hablarme?

Tina no estuvo segura de cómo empezar. Su intención original había sido acusarlo de haber destrozado la habitación de Danny; estaba preparada para enfrentársele con violencia, de modo que incluso si él no quisiera que ella supiera que lo había hecho, podría estar lo suficientemente nervioso como para revelar su culpa. Pero ahora, si empezaba por unas acusaciones graves después de haberse mostrado tan agradable con ella, parecería una arpía histérica, y si aún le quedaba alguna ventaja, acabaría perdiéndola en un santiamén.

Al final se decidió.

—En casa están pasando cosas extrañas.

—¿Extrañas? ¿Como qué?

—Creo que alguien ha entrado cuando yo no estaba.

—¿Eso crees?

—Pues... bueno, estoy segura de ello.

—¿Cuándo ha ocurrido?

Al pensar en las tres palabras de la pizarra, ella contestó:

—Tres veces la semana pasada.

Él detuvo el paseo en seco y se la quedó mirando:

—¿Tres veces?

—Sí. Anoche fue la última.

—¿Y qué dice la policía?

—No la he avisado.

Michael frunció el ceño.

—¿Por qué no?

—Pues, sobre todo, porque no se llevaron nada.

—¿Me estás diciendo que alguien ha entrado tres veces en la casa y no ha robado nada?

Si Michael fingía inocencia, era mucho mejor actor de lo que Tina había pensado, y eso que creía conocerlo muy bien. A fin de cuentas, había vivido con él durante mucho tiempo, a través de años de felicidad y años de miseria, y había llegado a conocer los límites de su talento para el engaño y la falsedad. Siempre sabía cuándo mentía. Y ahora no creía que lo estuviese haciendo. Había algo peculiar en sus ojos, una mirada especulativa, pero no era astucia. Realmente parecía ignorar lo que hubiera podido ocurrir en la casa. Tal vez no tuviera nada que ver con ello.

Pero si Michael no había destrozado la habitación de Danny, si Michael no había escrito aquellas palabras en la pizarra, ¿quién lo había hecho?

—¿Y por qué iba alguien a entrar y salir sin llevarse nada? —preguntó Michael.

—Creo que solo intentan trastornarme y asustarme.

—¿Quién querría hacer algo así? —preguntó él, con auténtica preocupación.

Ella no supo qué contestar.

—Nunca has sido la clase de persona que se crea un montón de enemigos —comentó Michael—. Eres una mujer a la que resulta muy difícil odiar.

—Pues tú lo has conseguido —replicó Tina, y aquello fue lo más cerca que estuvo de acusarlo de algo. Él parpadeó, sorprendido.

—Oh, no. No, no, Tina. Yo nunca te he odiado. Quedé decepcionado por el cambio que habías dado. Estaba furioso contigo. Furioso y dolido. Eso lo admito. Por mi parte, hubo una gran cantidad de amargura. Es cierto. Pero lo que nunca hubo fue odio.

Ella suspiró.

Michael no había puesto patas arriba el cuarto de Danny. Ahora estaba absolutamente segura de eso.

—¿Tina...?

—Lo siento. No debería haberte molestado. En realidad, no estoy segura de por qué lo he hecho —le mintió—. Debería haber llamado a la policía enseguida.

Michael lamió su helado y la estudió durante un momento. Luego le sonrió.

—Lo entiendo —dijo—. Te resulta difícil darle vueltas al asunto. No sabes cómo empezar. Y por eso me has venido con esa historia.

—¿Historia?

—No pasa nada.

—Michael, no se trata de ninguna historia.

—No te avergüences.

—No estoy avergonzada. ¿Por qué debería estarlo?

—Relájate. No pasa nada, Tina —contestó él con amabilidad.

—Alguien ha estado entrando en la casa.

—Comprendo cómo te sientes.

Su sonrisa cambió; ahora se le veía muy pagado de sí mismo.

—Michael...

—De veras que lo comprendo, Tina —prosiguió, gentil, con un tono en la voz tranquilizador y, en cierto modo condescendiente—. No necesitas ninguna excusa para preguntarme lo que has venido a preguntar. Cariño, no necesitas ninguna historia acerca de que alguien se dedica a entrar en la casa. Lo comprendo, y estoy contigo. Así que, adelante. No te sientas incómoda por ello. Simplemente, ve al grano y cuéntamelo.

Ella estaba perpleja.

—¿Decir qué?

—Permitimos que nuestro matrimonio se saliese de madre. Pero, al principio, y durante bastantes años, tuvimos una gran relación. Podemos probar de nuevo, si realmente es eso lo que deseamos.

Tina se quedó atónita.

—¿Hablas en serio?

—En los últimos días no he hecho más que pensar en esto. Cuando te he visto entrar en el casino, hace un rato, he sabido que estaba en lo cierto. En cuanto te vi, pensé que todo se iba a desarrollar exactamente como me lo había imaginado.

—¿Lo dices en serio?

—Pues claro que sí —prosiguió él, equivocándose al creer que el asombro de Tina era solo de felicidad—. Ahora que has conseguido convertirte en productora, sentarás la cabeza. Eso tiene mucho sentido, Tina.

«Sentar la cabeza», pensó furiosa.

Aún insistía en considerarla una mujer caprichosa, y que pensaba por fin en centrarse tras convertirse en una gran productora en Las Vegas. ¡Qué insufrible hijo de puta! Estaba furiosa, pero no replicó; no confiaba en sí misma, y ponerse a hablar..., temía que empezaría a gritarle en el mismo instante en que abriera la boca.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
14 kasım 2024
Hacim:
351 s. 2 illüstrasyon
ISBN:
9788491876755
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