Kitabı oku: «Unidos por el mar»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2004 Debbie Macomber

© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Unidos por el mar, n.º 296 - agosto 2020

Título original: Navy Woman

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com

I.S.B.N.: 978-84-1348-745-8

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

LLUVIA. Eso era todo lo que se había encontrado la capitana de corbeta Catherine Fredrickson, desde que había puesto el pie en la base naval submarina de Bangor, como abogada militar, en Silverdale, Washington. Sin embargo, el mes de octubre en Hawai era sinónimo de una temperatura ideal, piscina y baños de sol.

En conclusión, había sido trasladada del paraíso al purgatorio.

Por si el mal tiempo no hubiese sido suficiente para desanimarla, su capitán de fragata era Royce Nyland. Catherine no había conocido a una persona más irritante en su vida. Entre los compañeros abogados de la base de Hawai había existido mucha camaradería y trabajar allí había resultado muy agradable.

Bangor era diferente, sobre todo por las diferencias que existían entre ella y su superior. Simplemente no le gustaba aquel hombre, y por lo visto era un sentimiento recíproco.

Desde el principio Catherine había sabido que algo no marchaba bien. En ninguna otra base le habían exigido que estuviera tantas horas de servicio. Los cuatro primeros viernes se los había pasado haciendo vigilancias de veinticuatro horas. Parecía como si el capitán de fragata Nyland se hubiese propuesto amargarle la vida.

Después de un mes de estancia estaba completamente segura de ello.

—Fredrickson, ¿tiene los archivos del caso Miller? —le preguntó él mientras trabajaba en su escritorio.

—Sí, señor —contestó ella poniéndose en pie y entregando una carpeta al hombre que había ocupado sus pensamientos todo el día.

El capitán Nyland abrió la carpeta y comenzó a revisarla mientras echaba a caminar. Catherine lo siguió con la mirada mientras se preguntaba qué había en ella que tanto molestaba a aquel hombre. Quizá no le gustaran las mujeres morenas. Era una tontería, pero es que no encontraba ninguna explicación lógica. Quizá fuera porque era menuda, o quizá le recordara a alguien que no soportaba. En cualquier caso, Catherine no había hecho nada para merecerse ese desprecio y no estaba dispuesta a tener que lidiar con él.

Los rumores decían que estaba soltero y no era difícil explicarse por qué. Si la forma en la que la trataba a ella era un ejemplo de cómo trataba a las mujeres, obviamente aquel tipo necesitaba un correctivo.

El desprecio que aparentemente sentía por Catherine al menos evitaba un problema. No existía el peligro de que se enamoraran el uno del otro. La forma más efectiva de poner fin a una carrera en la Marina era establecer una relación íntima con un superior dentro del mismo comando. La forma más rápida para sufrir un consejo de guerra. La Marina rechazaba de plano ese tipo de comportamiento.

No obstante, el capitán de fragata Nyland no era su tipo. A Catherine le gustaban los hombres más suaves y mucho más afables.

Durante los once años que llevaba sirviendo a la Marina, Catherine había trabajado con muchos superiores diferentes y con ninguno había tenido un trato tan malo.

Nada de lo que ella hacía parecía agradarle. Nada. No había sentido ningún reconocimiento hacia su trabajo, aparte de un leve movimiento de cabeza.

Pero lo más absurdo de todo aquello era que había algo que a Catherine le hacía gracia, y no podía evitar estar todo el día con una sonrisa tonta en los labios.

Necesitaba volver a Hawai, y necesitaba hacerlo pronto.

—Venga a mi oficina, capitana.

Catherine levantó la vista y se encontró con el capitán Nyland frente a ella.

—Sí, señor.

Se puso en pie y tomó una libreta antes de seguirlo hasta su despacho. El capitán se sentó y le señaló un sillón de cuero que había frente a la mesa para que tomara asiento. Catherine tragó saliva, estaba nerviosa. No le gustaba la mirada que tenía el capitán. Estaba con el ceño fruncido, nada raro por otro lado, ya que era su gesto más habitual. Nunca lo había visto sonreír.

Repasó mentalmente los casos en los que había estado trabajando y todo estaba en orden. No se merecía ninguna llamada de atención. Aunque con el capitán nunca estaba segura porque él no necesitaba excusas.

Había un silencio tenso en la habitación.

—He estado observando su trabajo en las últimas semanas —dijo él finalmente con mirada indiferente.

No obstante, Catherine sintió que le estaba pasando revista. Llevaba el pelo recogido en una coleta y su uniforme estaba perfectamente planchado. Pero daba la sensación de que si aquel hombre le encontraba una sola arruga la enviaría frente a un pelotón de fusilamiento. Ningún hombre jamás la había hecho ser tan consciente de su aspecto físico. Y no había ni rastro de reconocimiento ante su impecable apariencia. Catherine no era engreída pero se daba cuenta de que era una mujer atractiva y el hecho de que el capitán la mirase como si fuese un maniquí le resultaba insultante.

—Sí, señor.

—Como iba diciendo, he seguido sus progresos.

Aquello era una muestra de interés. Catherine fue consciente de que también lo estaba observando. Para ella resultaba demasiado desagradable y temperamental, y sin embargo era un hombre muy respetado por sus compañeros. Personalmente, Catherine lo encontraba insoportable, pero su criterio estaba influido por las cuatro noches de los viernes que se había pasado trabajando.

La política afectaba a todas las bases en las que ella había sido enviada, pero en Bangor su presencia era más significativa. El capitán de fragata Royce Nyland era el subordinado inmediato de la capitana de navío Stewart, y era el encargado de dirigir los asuntos legales. Llevaba a cabo su tarea con total dedicación y con una habilidad que Catherine nunca había visto anteriormente. Por un lado era el mejor capitán de fragata con el que había trabajado en su vida, y por otro lado, el peor.

Parecía un hombre que había nacido para ser un líder. Era fuerte y llamaba la atención. Su oficio lo requería.

En aquel momento, frente a él durante unos minutos, Catherine tuvo que reconocer que era un hombre atractivo. La suya no era una belleza clásica, pero tenía algo especial. Desde luego no era un hombre que pasara inadvertido.

Los rasgos de su cara no eran de los que hacían que las mujeres enloquecieran. Tenía el pelo casi negro y los ojos de un color azul muy profundo. Las espaldas eran anchas y a pesar de tener una estatura media, transmitía fuerza y poder en cada gesto que hacía.

El examen que Catherine le estaba haciendo no parecía molestarle.

—Me alegra informarla de que la he escogido como coordinadora suplente para el programa de mantenimiento físico de la base.

—Coordinadora suplente —repitió Catherine lentamente. Se le había caído el alma a los pies. Hubiera hecho cualquier cosa para no tener que ser la coordinadora del programa de mantenimiento. No era, precisamente, uno de los puestos más envidiados dentro de una base.

La Marina era muy rígida respecto a la condición física de sus hombres y mujeres. Aquellas personas que se pasaban de peso eran sometidas a severas dietas y a un estricto horario de ejercicio físico. Como coordinadora suplente, Catherine se iba a ver obligada a seguir atentamente los progresos y a dar cuenta de ellos en reuniones interminables. También se le exigiría que elaborara programas específicos para las necesidades de cada persona. Y por si fuera poco, también sería la encargada de la dolorosa tarea de expulsar de la Marina a aquellas personas que no cumplieran con las condiciones físicas exigidas.

—Creo que está cualificada para desempeñar este puesto competentemente.

—Sí, señor —dijo ella mordiéndose la lengua. En el momento en el que asumiera el puesto, a pesar de que fuera suplente, sabía que no iba a tener tiempo ni para respirar. Era una tarea muy laboriosa y muy poco valorada. Si el capitán había estado buscando una forma de acabar con la vida social de Catherine, la acababa de encontrar.

—El teniente de navío Osborne se encontrará con usted y le entregará toda la documentación necesaria a las 15 horas. Si tiene alguna pregunta, se la podrá hacer a él —dijo el capitán mirando hacia otro lado sin prestarle atención.

—Gracias, señor —contestó ella reprimiéndose para no mostrar su enfado.

Salió del despacho y cerró la puerta con decisión. Caminó con dignidad hasta la oficina y lanzó la libreta sobre la mesa.

—¿Algún problema? —preguntó Elaine Perkins, su secretaria. Era la mujer de un oficial y conocía bien las dificultades de la vida militar.

—¿Problema? ¿Cuál podría ser el problema? —preguntó sarcásticamente—. Dime, ¿hay algo repugnante en mí y yo no me doy cuenta?

—Nada que yo haya notado.

—¿Tengo mal aliento?

—No —contestó Elaine.

—¿Se me ve la combinación bajo la falda?

—No por lo que yo veo. ¿Por qué me preguntas todo eso?

—Por nada —contestó Catherine antes de salir de la oficina de nuevo en dirección a la fuente.

Una vez allí se inclinó para beber. El agua fresca apaciguó su orgullo herido.

A Catherine le hubiera gustado haber hablado con Sally. Junto con ella eran las dos únicas mujeres en un comando con cientos de hombres. Las dos eran mujeres en un mundo de hombres, pero por el momento no parecía posible. Una vez que hubo recuperado la compostura, Catherine se dirigió a su despacho y forzó una sonrisa.

«Me alegra informarla de que la he escogido como coordinadora suplente para el programa de mantenimiento físico de la base», recordó Catherine horas después mientras se dirigía a la pista de carreras. El sol se estaba poniendo, pero aún había tiempo para echar una carrera.

Así que el capitán Nyland se alegraba de haberle endosado aquel puesto. Cuanto más pensaba en ello, más furiosa se ponía.

Más le valía correr para olvidar lo que había sucedido. En el cielo había unas nubes amenazantes, pero a Catherine no le importó. Acababan de asignarle la peor tarea colateral de todo su carrera y necesitaba dejar a un lado la frustración y la confusión que sentía antes de llegar al apartamento que había alquilado en Silverdale.

Echó a correr a grandes zancadas y enseguida subió la colina donde se situaba la pista de atletismo. En cuanto llegó arriba se paró en seco. Había varios corredores girando en la pista, pero uno destacaba sobre todos los demás.

El capitán Nyland.

Durante un rato Catherine no pudo apartar la mirada de él. Sus movimientos eran ágiles y fluidos. Tenía una zancada larga y corría a gran velocidad. Aunque le costara reconocerlo, lo que más le gustaba de aquel hombre era la fuerza que escondía en su interior. Aunque en realidad Catherine no estaba dispuesta a encontrar ninguna característica positiva en él.

Si el mundo hubiese sido un lugar justo, un rayo tendría que haber caído sobre el capitán en aquel mismo momento.

Catherine miró al cielo y, para su decepción, vio que las nubes se estaban esfumando. Como siempre. Cada vez que deseaba que lloviera, el sol comenzaba a brillar. Bueno, ya que no le iba a caer un rayo, al menos le deseaba una lesión.

Catherine estaba a punto de marcharse de la base sin correr. Si bajaba hasta la pista, probablemente hiciera o dijera algo que no fuera del agrado del capitán.

Era obvio que inconscientemente había hecho algo ofensivo para merecerse su desprecio. La había puesto cuatro viernes de guardia y la había enviado a la peor tarea de toda la base. ¿Qué iba a ser lo siguiente?

Catherine se dio media vuelta pero inmediatamente cambió de idea. ¡No iba a permitir que aquel hombre controlase toda su vida! Tenía tanto a derecho a correr por aquella pista como cualquiera. Y si a él no le agradaba, podía marcharse.

Con aquellos pensamientos en la cabeza bajó hacia la pista y comenzó con unos ejercicios de calentamiento. Estaba deseando ponerse a correr. Aunque era menuda, era una excelente corredora. Había participado en los equipos de carrera campo a través tanto del instituto como de la universidad y tenía muy buenos registros. Si había una actividad física en la que sobresalía, era correr.

La primera vuelta comenzó suavemente y adelantó a dos hombres con facilidad. El capitán Nyland aún no se había dado cuenta de su presencia, lo cual no era problema para Catherine. No había ido hasta allí para intercambiar cumplidos con él.

Poco a poco fue acelerando el ritmo y advirtió que había entrado en calor antes de lo normal. A pesar de que daba grandes zancadas, no era capaz de dar alcance a su superior. En el único momento en que lo consiguió, él la superó de nuevo a los pocos instantes.

Se sintió frustrada. Quizá no pudiera adelantarlo, pero seguro que tenía más aguante que él.

Catherine continuó corriendo a un ritmo frenético hasta que fue consciente de que ya había corrido seis millas. Los pulmones empezaban a dolerle y los músculos de las piernas se estaban quejando por el exceso. Aun así, ella continuó con determinación. No estaba dispuesta a que el capitán volviera a pisotear su orgullo. Si ella lo estaba pasando mal, él seguro que también.

Catherine hubiese preferido caerse rendida de cansancio que retirarse en aquel momento. Era algo más que una cuestión de orgullo.

Justo entonces comenzaron a caer gotas de lluvia sobre la tierra seca. Aun así, Catherine y el capitán continuaron corriendo. Lo pocos corredores que quedaban en la pista la abandonaron velozmente y sólo quedaron ellos dos frente a las fuerzas de la naturaleza. El uno contra el otro en una silenciosa batalla.

No intercambiaron ninguna palabra. En ningún momento. Catherine, a pesar de que sintió que se iba a desmayar, no se detuvo. Cayó la noche y apenas veía sus propios pies. Tan sólo destacaba la silueta del capitán recortada contra el cielo. De repente desapareció de su campo de visión.

A los pocos minutos escuchó unas pisadas detrás de ella. Era el capitán que estaba a punto de adelantarla. Cuando alcanzó a Catherine, aminoró la marcha y corrió junto a ella.

—¿Cuánto tiempo vamos a seguir con este juego, Fredrickson? —le preguntó.

—No lo sé —contestó ella tratando de no quedarse sin aire.

—Estoy empezando a estar cansado.

—Yo también —admitió Catherine.

—Tengo que reconocer que es una corredora excelente.

—¿Es eso un cumplido, capitán? —preguntó ella. Pudo advertir una sonrisa en los labios de su superior y sintió que le daba un vuelco el corazón.

Aquella situación era absurda. Acababa de lograr arrancarle una sonrisa.

—Que no se le suba a la cabeza —repuso el capitán.

—No se preocupe. Supongo que no se habrá dado cuenta de que está lloviendo.

—¿Por eso está todo mojado? —bromeó él.

—Eso es. Dejaré de correr si usted también para. Podríamos decir que hemos empatado —propuso Catherine.

—Trato hecho —contestó Royce aminorando el paso. Ella hizo lo mismo. Cuando se detuvo se inclinó tratando de recuperar el aliento.

La lluvia caía con fuerza. Mientras habían estado corriendo el agua no había sido molesta, pero parados era diferente. La coleta de Catherine estaba medio deshecha y algunos mechones de pelo mojados le caían en el rostro.

—Váyase a casa, Fredrickson —dijo Royce.

—¿Es una orden?

—No —respondió él antes de echar a andar. Se detuvo un instante y se dio la vuelta—. Antes de que se marche, tengo una curiosidad. Solicitó un traslado desde San Diego hace años, ¿por qué?

Catherine sabía que aquella información aparecía en la ficha personal, pero la pregunta la pilló desprevenida.

—¿A quién no le gusta más vivir en Hawai? —preguntó con ligereza.

—Ésa no es la razón por la que se marchó de San Diego. Solicitó el traslado y sin saber si el nuevo destino sería Hawai o Irán —añadió Royce insinuando que sabía más de lo que parecía.

—Motivos personales —admitió ella reticente. No entendía por qué le hacía aquel interrogatorio en ese preciso instante.

—Dígame la verdad —insistió él en un tono confiado que empezaba a irritar a Catherine.

Contó hasta diez en silencio tratando de mantener la calma.

—Ésa es la verdad. Siempre he querido vivir en Hawai.

—Yo creo que un hombre tuvo que ver en aquella decisión.

Catherine sintió un nudo en el estómago. Casi nunca pensaba en Aaron. Durante los tres años anteriores prácticamente había logrado olvidar que lo había conocido. No estaba dispuesta a que Royce Nyland castigara su corazón con recuerdos de su antiguo prometido.

—¿Qué le hace pensar que mi petición tenía que ver con un hombre? —preguntó con ganas de terminar ya aquella conversación.

—Porque suele ser así —añadió él. Catherine no estaba de acuerdo pero no quería empezar una discusión con la que estaba cayendo.

—En aquel momento me apetecía un cambio de escenario —concluyó ella.

En realidad se había marchado de San Diego porque no había querido correr el riesgo de encontrarse con Aaron. No hubiera soportado verlo de nuevo. Al menos eso era lo que había pensado. Se había enamorado locamente de él y de forma muy rápida. Justo después había tenido una misión en un juicio a bordo del Nimitz y cuando había regresado, semanas después, se había enterado de que Aaron no la había esperado.

En cuanto había regresado, Catherine había volado hasta el apartamento de su novio y se lo había encontrado en el sofá con la vecina de al lado. Era una mujer rubia, atractiva y recién divorciada Aaron se había puesto en pie a toda velocidad en cuanto la había visto aparecer. La vecina se había sonrojado mientras se abotonaba a blusa. Aaron le había asegurado que sólo había sido un juego. ¿Por qué no iba a poder divertirse un poco cuando ella pasaba varias semanas fuera de la ciudad?

Catherine recordó que se había quedado paralizada, fijando su mirada en el anillo de diamantes de su dedo. El anillo de compromiso. Se lo había quitado y se lo había devuelto a Aaron. Sin mediar palabra Catherine se había marchado de la casa. Él se había quedado clavado en el sitio por la impresión, y después había salido corriendo detrás de ella hasta el aparcamiento. Le había suplicado que fuese más comprensiva. Le había asegurado que, si tanto la ofendía, no volvería suceder y que estaba teniendo una reacción desproporcionada.

Con el tiempo Catherine se había dado cuenta de que aquél había sido un duro golpe más para su orgullo que para su corazón. En realidad era un alivio hacer sacado a Aaron de su vida, aunque sólo con el tiempo había aprendido aquella lección.

—¿Catherine? —dijo Royce en un tono de voz masculino. Ella dejó a un lado los recuerdos.

Era la primera vez que la llamaba por su nombre. Hasta entonces siempre la había llamado «capitana» o «Fredrickson», pero nunca Catherine. Sintió que los latidos de su corazón se aceleraban.

—Había un hombre —admitió algo tensa—. Pero fue hace muchos años. No tiene que preocuparse de que mi antiguo compromiso pueda afectar al trabajo que realizo bajo sus órdenes. Ni ahora ni en el futuro.

—Me alegro de escuchar eso —repuso él.

—Buenas noches, capitán.

—Buenas noches —contestó Royce. Habían llegado ya a la colina.

Ella comenzó a descender y cuando estaba a mitad de camino Royce la llamó.

—¡Catherine!

—¿Sí? —preguntó ella volviéndose para mirarlo.

—¿Estás viviendo con alguien?

—Eso no es asunto tuyo —contestó sin reflexionar, tuteándolo por primera vez. La pregunta la había pillado por sorpresa.

Royce no dijo nada. Una farola iluminaba su semblante serio. Estaba en tensión.

—Confía en mí. Te aseguro que no tengo ningún interés en tu vida amorosa. Por mí, puedes vivir con quien quieras o puedes salir con cinco hombres a la vez. Lo que a mí me preocupa es el departamento legal. Ya sabes que es un trabajo muy exigente y que los horarios son extenuantes. Me gusta conocer a la plantilla para evitar causarles problemas innecesarios.

—Ya que te parece tan importante, tengo que confesarte que sí que comparto mi vida con alguien —dijo Catherine tras un silencio. En la distancia no pudo ver con claridad si el rostro de él cambiaba de expresión—. Sambo.

—¿Sambo? —preguntó él frunciendo el ceño.

—Eso es, capitán. Vivo con un gato llamado Sambo.

Catherine soltó una sonrisa y se marchó.

No había dejado de llover. Royce se encontró sonriendo en la oscuridad. Sin embargo, aquella sonrisa se evaporó enseguida. No le gustaba Catherine Fredrickson.

—No —murmuró contestándose a sí mismo.

Sí que le gustaba. La capitana de corbeta tenía determinadas cualidades que le hacían admirarla.

Era una mujer dedicada y muy trabajadora, que se llevaba muy bien con el resto de la plantilla. No se quejaba nunca. Antes de salir de la oficina, Royce había revisado el cuadrante de guardias y se había dado cuenta de que había requerido su presencia durante cuatro viernes consecutivos. Hasta aquel momento no había advertido su error. Cualquiera le hubiera llamado la atención y hubiera estado en su derecho de hacerlo.

En cuanto el teniente Osborne había sido enviado a unos juicios en alta mar y se había necesitado un coordinador suplente para el programa de mantenimiento, el nombre de la capitana había sido el primero que había aparecido en la mente de Royce.

Se había dado cuenta de que a Catherine no le había gustado demasiado la asignación. Había visto cómo la rabia llenaba sus ojos por un instante, y aquélla había sido la prueba de que la responsabilidad del cargo no le asustaba.

Esa mujer tenía una mirada capaz de clavarse en el alma de cualquier hombre. Habitualmente, Royce no solía prestar atención a ese tipo de cosas, pero no se había olvidado de aquellos ojos desde el momento en el que se habían conocido. Eran brillantes como dos luceros, pero lo que más le impresionaba era la calidez que transmitían.

A Royce también le agradaba la voz de Catherine. Era una voz aterciopelada y femenina. «Ya está bien», pensó. Se estaba empezando a parecer a un poeta romántico.

Era gracioso, Royce no era una persona que precisamente se definiera a sí mismo como romántico, así que estuvo a punto de soltar una carcajada ante aquellos pensamientos. Su mujer, antes de morir, había acabado con las últimas reservas de amor y de alegría que le quedaban.

Royce no quería pensar en Sandy. Bruscamente se dio media vuelta y se dirigió hacia el coche. Caminó a grandes zancadas, como si de esa forma pudiese poner distancia con los recuerdos de su difunta esposa.

Montó en su Porsche y encendió el motor. Vivía en la base, así que llegaría a casa en menos de cinco minutos.

Catherine volvió a irrumpir en sus pensamientos. Se asustó ante aquella persistencia, pero estaba demasiado cansado como para luchar contra sí mismo. En cuanto llegara a casa, su hija Kelly, de diez años, lo mantendría ocupado. Por una vez iba a ser benévolo consigo mismo e iba a dejar que su mente volara libre. Además, estaba muy intrigado por las sensaciones que le estaba despertando Catherine Fredrickson.

No es que fuera muy relevante. Tampoco necesitaba saber mucho más acerca de ella. Simplemente despertaba su curiosidad. Nada más.

Lo cierto era que aquella mujer le intrigaba y a Royce no le gustaba esa sensación porque no la comprendía. Le hubiese gustado poder saber exactamente qué era lo que le fascinaba de ella. Sin embargo, no había sido consciente hasta aquella tarde de la atracción de estaba sintiendo.

Catherine no era una mujer distinta a otras con las que había trabajado en la Marina durante años. Aunque sí que era especial, pensó contradiciéndose una vez más. Había algo en ella, quizá fuera su mirada limpia y la calidez que desprendía.

Aquella tarde había descubierto algo más sobre Catherine. Era una mujer realmente testaruda. Royce nunca había visto a nadie correr con tal determinación. Hasta que no había empezado a llover, no se había dado cuenta de que ella lo estaba desafiando. Royce había estado corriendo absorto en sus pensamientos hasta que ella lo había adelantado y lo había mirado por encima del hombro, haciéndole saber que le estaba ganando. Hasta aquel momento ni se había percatado de que Catherine estaba en la pista. No había bajado el ritmo en ningún momento. Los dos habían corrido hasta el límite de sus fuerzas.

Royce aparcó el coche y apagó el motor. Dejó las manos sobre el volante mientras en sus labios se dibujaba una sonrisa. Una mujer orgullosa.

Cuando entró en casa su hija se asomó al salón. En cuanto lo vio se volvió a ir, y por la forma en la que lo había hecho, Royce supo que estaba enfadada. Se preguntó qué demonios habría hecho para que su hija no hubiese salido corriendo a recibirlo como acostumbraba a hacer.

Royce se echó a temblar. Su hija podía ser más testaruda que una mula. Por lo visto, aquel día estaba destinado a lidiar con mujeres con mucha determinación.

Capítulo 2

DESPUÉS de la ducha, Catherine se puso un albornoz y una toalla enrollada en la cabeza. Se sentó en la cocina, frente a una taza de infusión, y acogió a Sambo en su regazo.

Mientras disfrutaba de la bebida, repasó los acontecimientos del día. Una sonrisa, algo reticente, se dibujó en sus labios. Después del encuentro que había tenido con Royce Nyland en la pista de carreras, le disgustaba menos aquel hombre. No es que lo considerara mejor persona, pero sí que sentía un respeto creciente hacia él.

Sambo le clavó ligeramente las uñas y Catherine le dejó bajarse después de acariciarlo. No podía dejar de pensar en el rato que había compartido con Royce. Le había encantado la lucha silenciosa que habían mantenido en la pista y sintió una oleada de calor al recordarlo. Por alguna extraña razón, había conseguido divertir a su jefe. Debido a la oscuridad, no había podido disfrutar plenamente de su sonrisa, pero le hubiera gustado sacarle una foto para no olvidar que aquel hombre era capaz de reír.

Catherine tenía hambre y se acercó a la nevera. Ojalá apareciese por arte de magia algo ya preparado para meter directamente en el microondas. No tenía ningunas ganas de cocinar.

De camino a la cocina se detuvo a mirar la fotografía que tenía sobre la chimenea. El hombre del retrato tenía los ojos oscuros y su mirada era inteligente, cálida y con carácter.

Los ojos que había heredado Catherine.

Era un hombre guapo y a ella le daba mucha pena no haber tenido la oportunidad de conocerlo de veras. Catherine había tenido sólo tres años cuando su padre había sido destinado a Vietnam y cinco años cuando habían escrito su nombre en la lista de desaparecidos. A menudo buscaba en su memoria tratando de rescatar algún recuerdo de él, pero sólo se encontraba con su propia frustración y decepción.

El hombre de la foto era muy joven, demasiado joven como para arrebatarle la vida. Nunca nadie supo ni cómo ni cuándo había muerto exactamente. La única información que le habían dado a la familia de Catherine había sido que el barco de su padre había entrado en una zona selvática llena de soldados enemigos. Nunca supieron si había muerto en la batalla o si había sido apresado como rehén. Todos los detalles, tanto de su vida como de su muerte, habían servido de pasto para la imaginación de Catherine.

Su madre, abogada en el sector privado, nunca se había vuelto a casar. Marilyn Fredrickson tampoco se había amargado la vida ni estaba enfadada. Era una mujer demasiado práctica como para permitir que aquellos sentimientos negativos enturbiaran su vida.

Como esposa de militar, había soportado con entereza y en silencio los años que habían estado sin saber nada y no había cedido ni a la desesperanza ni a la frustración. Cuando los restos de su esposo habían sido repatriados, había mantenido la compostura orgullosa mientras él era enterrado con todos los honores militares.

El único día en que Catherine había visto llorar a su madre había sido cuando el ataúd con los restos mortales había llegado al aeropuerto. Con una dulzura que había impresionado a Catherine, su madre se había acercado al ataúd cubierto con la bandera y lo había acariciado. «Bienvenido a casa, mi amor», había susurrado Marilyn. Después se había derrumbado y de rodillas había llorado y sacado a la luz las emociones que había contenido durante los diez años de espera.

Catherine también había llorado con su madre aquel día. Pero Andrew Warren Fredrickson no había dejado de ser un extraño para ella, tanto en vida como en su muerte.

Cuando había elegido ser abogada de la Marina, Catherine lo había hecho para seguir los pasos tanto de su madre como de su padre. Formar parte del ejército, la había ayudado a entender al hombre que le había dado la vida.

—Me pregunto si alguna vez tuviste que trabajar con alguien como Royce Nyland —dijo suavemente acariciando la foto.

Algunas veces le hablaba a aquel retrato como si realmente esperase una respuesta. Obviamente no la esperaba, pero aquellos monólogos la ayudaban a aliviar el dolor por no haber disfrutado de su padre.

Sambo maulló poniendo de manifiesto que era la hora de la cena. El gato negro esperó impaciente a que Catherine rellenara su cuenco con comida.

—Que aproveche —le dijo una vez que lo había servido.

—Pero, papá, es que yo tengo que tener esa chaqueta —afirmó Kelly mientras llevaba su plato al fregadero. Una vez allí lo lavó y lo dejó en el escurridor, cosa que no solía hacer nunca.

—Ya tienes una chaqueta preciosa —le recordó Royce mientras se ponía en pie para prepararse un café.

—Pero la chaqueta del año pasado está muy vieja, tiene un agujerito en la manga y ya no es verde fosforescente. Voy a ser el hazmerreír de todo el colegio si me vuelvo a poner ese trapo viejo.

—«Ese trapo viejo», como tú dices, está en perfecto estado. Esta conversación se ha terminado, Kelly Lynn.

Royce estaba convencido de no tenía que ceder en aquella ocasión. Había una línea peligrosa con su hija que no iba cruzar porque no quería malcriarla. Siempre le consentía sus caprichos porque era una niña encantadora y generosa. De hecho, era sorprendente que se hubiera convertido en una niña tan considerada. Había sido criada por sucesivas niñeras, ya que desde el nacimiento su madre la había dejado despreocupadamente en otras manos.

Sandy había accedido a tener sólo una hija, y lo había hecho con reticencia después de seis años de matrimonio. Su trabajo en el comercio de la moda había absorbido su vida hasta tal punto que Royce había llegado a dudar de su instinto maternal. Después había fallecido en un terrible accidente de tráfico. Y aunque Royce había sufrido mucho con la pérdida, también había sido consciente de que su relación había muerto años atrás.

Royce era un hombre difícil pero todo el mundo sabía que era justo. Con Kelly lo estaba haciendo lo mejor que sabía, pero a menudo dudaba de si eso sería suficiente. Adoraba a Kelly y quería proporcionarle todo el bienestar que necesitaba.

—Todas las chicas del colegio tienen chaqueta nueva —insistió la niña. Royce hizo como que no la había escuchado—. Ya he ahorrado 6,53 dólares de mi paga y la señorita Gilbert dice que las chaquetas van a estar de oferta en P.C. Penney, así que si ahorro también la paga de la semana que viene, ya tendré un cuarto del precio. Mira lo que me estoy esforzando en aritmética este año.

—Buena chica.

—¿Entonces qué hay de la chaqueta, papá? —preguntó sin dejar de mirarlo con sus ojos azules.

Royce estaba a punto de ceder. Aquello no estaba bien pero él no era un bloque de piedra, a pesar de que ya le había dicho que la conversación estaba cerrada. La chaqueta que tenía estaba perfectamente. Se acordaba de cuando la habían comprado el año anterior. A Royce le había parecido un color espantoso, pero Kelly le había asegurado que le encantaba y que se la pondría dos o tres años—. ¿Papá?

—Me lo pensaré —dijo finalmente a punto de ser convencido por la dulce voz de su hija.

—Gracias, papá. Eres el mejor —chilló la niña corriendo a abrazarlo.

La tarde del día siguiente Catherine se fue a correr a la pista. Una vez allí la asaltó un ataque de inseguridad. Royce estaba entrenando junto a algunos hombres más.

Durante el día, Royce apenas le había dirigido la palabra, como era habitual. Tan correcto y frío como siempre. Sin embargo, por la mañana al llegar a la oficina Catherine se hubiera atrevido a jurar que la había mirado de arriba abajo. Una mirada difícil de descifrar que, a pesar de la intensidad, destilaba indiferencia.

No era que Catherine estuviera esperando que Royce se lanzara a sus brazos, pero le molestaba esa forma de mirar tan impersonal. Por lo visto, ella había disfrutado más de la conversación de la tarde anterior que él.

Aquél era el primer error y Catherine tuvo miedo de cometer un segundo.

Se estiró y comenzó a correr en dirección a la pista. Era más tarde que el día anterior. Las dos últimas horas había estado revisando informes que registraban los progresos de los participantes en el programa. Le dolían los ojos y la espalda, no estaba de humor para enfrentarse a su superior, a menos que él la retara.

Catherine completó el calentamiento y se unió a los corredores de la pista. Necesitaba olvidarse del enfado por el trabajo extra que le habían impuesto. A menos el capitán le había dado el turno de guardia del viernes a otra persona.

La primera vuelta fue tranquila. A Catherine le gustaba ir entrando poco a poco en la carrera. Empezaba lentamente y poco a poco iba aumentando el ritmo. Normalmente, tras correr dos millas alcanzaba su mejor momento y avanzaba a grandes zancadas.

Royce la adelantó fácilmente la primera vuelta. Ella se quedó de nuevo impresionada por la potencia de aquel musculoso cuerpo. La piel de Royce estaba bronceada y el contorno de sus músculos se marcaba con claridad. Era como si estuviera delante de una obra de arte en movimiento. Un cuerpo perfecto, fuerte y masculino. Los latidos del corazón de Catherine se aceleraron más de lo conveniente y le sorprendió una oleada de calor que estuvo a punto de hacer que le flaquearan las piernas. Después de aquella emoción, la embargó otra aún más potente. Rabia. En ese momento Royce la volvió a adelantar y Catherine no se pudo contener más. Comenzó a correr como si estuviera en las Olimpiadas y aquélla fuera una oportunidad única para su equipo.

Adelantó a Royce y sintió tal satisfacción que se olvidó del esfuerzo que estaba haciendo para mantener aquel ritmo vertiginoso.

Como suponía, la satisfacción no duró mucho, ya que él volvió a darle alcance y se quedó corriendo junto a ella.

—Buenas tardes, capitana —dijo él cordialmente.

—Capitán —contestó ella. No podía decir nada más. Aquel hombre había conseguido irritarla de nuevo. Ningún hombre jamás había logrado provocarle unos sentimientos tan agitados, fueran racionales o no. Y era porque gracias a Royce Nyland se había pasado toda la tarde revisando una pila interminable de informes.

Royce apretó el ritmo y Catherine se esforzó por seguirlo. Tenía la sensación de que la podía dejar atrás en cualquier momento. Estaba jugando con él como si fuera un gato arrinconando a un ratón. Sin embargo, Catherine no desistió en su empeño.

Después de dos vuelta más, se dio cuenta de que Royce se estaba divirtiendo con ella. Era obvio que al capitán le hacía gracia que fuese tan obstinada.

Durante tres vueltas consiguió mantener el ritmo de su superior pero Catherine era consciente de que no iba a poder seguir aquel ritmo frenético mucho más tiempo. Tenía dos opciones: dejar de correr o desmayarse. Eligió la primera.

Poco a poco fue aminorando el paso. Royce siguió adelante, pero cuando se dio cuenta de que ella no lo seguía se dio la vuelta para sorpresa de Catherine.

—¿Estás bien? —preguntó corriendo al paso de ella.

—Un poco cansada —repuso ella casi sin aliento. Él sonrió de forma socarrona y la miró con sarcasmo.

—¿Tienes algún problema?

—¿Estamos fuera de servicio? —preguntó ella de forma directa. Llevaba un mes soportándolo y no podía contenerse más. Estaba deseando decirle exactamente lo que pensaba de él.

—Por supuesto.

—¿Hay algo en mí que te moleste? —preguntó Catherine—. Porque sinceramente creo que te has picado conmigo, y eso no es problema mío… es tuyo.

—No te trato de forma diferente al resto —contestó Royce con calma.

—Pues claro que lo haces —replicó ella. Para bien o para mal los demás se habían ido y sólo quedaban ellos en la pista—. No he visto que le hayas puesto a nadie guardias durante cuatro viernes seguidos. Por alguna razón, que no alcanzo a comprender, te has empeñado en estropearme los fines de semana. Llevo once años en la Marina rodeada de hombres y nunca he estado de guardia más de una vez al mes. Hasta que has sido mi superior. Por lo visto, no te agrado y exijo saber por qué.

—Estás equivocada —respondió él algo tenso—. Creo que tu dedicación es digna de elogio.

Catherine no esperaba que él admitiera directamente la animadversión que le despertaba pero no estaba dispuesta a aguantar su retórica militar.

—¿Y debo suponer que ha sido mi dedicación al trabajo lo que te ha decidido a premiarme con el maravilloso puesto de coordinadora suplente del programa de mantenimiento? ¿Es acaso una recompensa por todas las horas extra que he realizado en el caso Miller? Si es así, podrías haber buscado otra manera de darme las gracias, ¿no?

—¿Eso es todo? —preguntó Royce. Estaba nervioso.

—La verdad es que no. Seguimos fuera de servicio, y tengo que decirte que pienso que eres estúpido —añadió Catherine.

De repente se sintió completamente aliviada. Sin embargo, comenzó a temblar, no sabía si por el exceso físico que había cometido o porque llevaba un rato insultando a su superior con todas sus ganas.

La mirada de Royce era imposible de descifrar. Catherine sintió un nudo en el estómago.

—¿Es eso verdad? —preguntó el capitán.

—Sí —contestó ella algo dubitativa.

Tomo aire. Sabía que acababa de traspasar el límite de lo que se le podía decir a un superior. Tenía las manos cerradas en puños y las apretó más. Si había pensado que así iba a solucionar sus problemas, se había equivocado. Si algo acababa de lograr, era arruinar su propia carrera.

Royce se mantuvo en silencio durante un rato. Después movió levemente la cabeza, como si hubieran estado charlando sobre el tiempo, se dio la vuelta y comenzó a correr de nuevo. Catherine se quedó quieta mirándolo.

Aquella noche Catherine durmió mal. No podía dejar de darle vueltas a la cabeza. Royce podía hacer dos cosas: ignorar la pataleta que había tenido o enviarla a una misión en cualquier país del tercer mundo. Con cualquiera de las dos opciones, Catherine estaría teniendo su merecido. Nadie le hablaba a su superior de la forma en la que ella lo había hecho. Nadie.

Se pasó horas tumbada en la cama analizando lo que había sucedido. No lograba comprender cómo había podido perder los nervios de aquella manera.

A la mañana siguiente, Royce ya estaba en su despacho cuando ella llegó. Catherine miró cautelosa a la puerta cerrada del capitán. Si Dios se apiadaba de ella, el capitán Nyland estaría dispuesto a olvidar y a perdonar la pataleta del día anterior. Catherine quería disculparse y se humillaría si hacía falta, porque quería dejar claro que su comportamiento había sido inaceptable.

—Buenos días —le dijo a Elaine Perkins al entrar—. ¿Cómo está el jefe hoy? —preguntó esperando que la secretaria hubiese podido evaluar el humor de Royce.

—Como siempre —contestó Elaine—. Me ha pedido que te dijera que vayas a su despacho cuando llegues.

Catherine sintió un escalofrío.

—¿Ha dicho que quería verme?

—Eso es. ¿Por qué te preocupa? No has hecho nada malo, ¿no?

—No, nada —murmuró Catherine. Solamente había perdido la cabeza y se había desahogado con su jefe.

Se estiró la chaqueta del uniforme y se cuadró. Caminó hasta la puerta del despacho y llamó suavemente. Cuando le ordenaron entrar lo hizo con la cabeza alta.

—Buenos días, capitana —dijo Royce.

—Señor.

—Relájate, Catherine —le pidió mientras se recostaba en su sillón. Tenía la mano en la barbilla como si estuviera reflexionando.

Le había pedido que se relajara, pero Catherine no podía hacerlo sabiendo que su carrera estaba pendiendo de un hilo. Ella no se había alistado en la Marina, como muchas otras mujeres, con la cabeza llena de pájaros en busca de aventuras, viajes y una formación gratuita. Ella fue consciente desde el principio de las rigurosas rutinas, de las implicaciones políticas y de que se iba a tener que enfrentar con todo tipo de machistas.

Sin embargo, quería formar parte de la Marina. Se había esforzado mucho y se había sentido recompensada. Hasta aquel momento.

—Desde la conversación de ayer, he estado dándole vueltas a la cabeza —dijo Royce. Catherine tragó saliva—. Por lo que he leído de ti, tienes un expediente intachable. Así que he decidido que inmediatamente serás reemplazada del puesto de coordinadora suplente del programa de mantenimiento físico por el capitán Johnson.

Catherine pensó que no había escuchado correctamente. Sus ojos, que habían estado clavados en la pared se posaron en los de Royce. Trato de recuperar el aliento para poder hablar.

—¿Me estás retirando del programa de mantenimiento físico?

—Eso es lo que he dicho.

—Gracias, señor —logró decir Catherine después de pestañear repetidamente.

—Eso es todo —concluyó Royce.

Ella dudó un instante. Estaba deseando pedir disculpas por haber perdido los nervios la tarde anterior, pero aquella mirada le decía que Royce no tenía ningún interés en escuchar sus justificaciones.

A pesar de que le temblaban las piernas, Catherine se puso en pie y salió torpemente del despacho.

Catherine no volvió a ver a Royce el resto del día y lo agradeció. Así tuvo tiempo para ordenar sus tortuosas emociones. No sabía qué pensar del capitán. Cada vez que se creaba una opinión sobre él, Royce se comportaba de tal forma que la desmontaba. Catherine tenía sentimientos ambiguos hacia él, lo que hacía la situación aún más confusa. Era, desde luego, el hombre más viril que había conocido en su vida. No podía estar en la misma habitación que él y no sentir su magnetismo. Pero por otro lado, le resultaba un tipo muy desagradable.

Catherine se dirigió al aparcamiento después de su jornada laboral. Lluvia, lluvia y más lluvia.

Ya se había hecho de noche y tenía tantas agujetas del día anterior, que decidió que aquella tarde no iría a la pista. Al menos ésa era la excusa que se daba a sí misma. No era momento de preguntarse cuánto de verdad había en esa justificación.

Su coche estaba aparcado al final y Catherine caminó hasta allí encogida por el frío. Entró en el coche y trató de encender el motor. Nada. Lo intentó de nuevo infructuosamente. Se había quedado sin batería.

Se apoyó sobre el volante y se quejó. Sabía tanto de mecánica como de una operación de neurocirugía. El coche sólo tenía unos meses, así que el motor no podía estar estropeado.

Salió del coche y pensó en echarle un ojo al motor. No iba a servir de mucho, ya que era de noche. Tardó un rato en encontrar el botón para abrir la capota y, con la pálida luz de la farola, apenas podía ver nada.

Después de darle varias vueltas sólo se le ocurrió llamar a un servicio de grúa. Cuando estaba a punto de volver al edificio para realizar la llamada se detuvo junto a ella un coche deportivo negro.

—¿Problemas? —preguntó Royce Nyland.

Catherine se quedó paralizada. Su primera tentación fue decirle que todo estaba en orden y que continuara con su camino. Mentira, pero era una forma de posponer un encuentro con él. Todavía no había tenido tiempo para que sus emociones se apaciguaran. Royce Nyland la confundía y le hacía perder el sentido común. Sacaba lo peor de ella y a la vez Catherine no era incapaz de dejar de intentar impresionarlo. En aquel preciso instante comprendió lo que le estaba ocurriendo. Se sentía sexualmente atraída hacia Royce Nyland.

Y aquélla era una atracción peligrosa para ambos. Mientras estuviera bajo su mando, cualquier relación romántica entre ellos estaba completamente prohibida. La Marina no se andaba con miramientos cuando se trataba de relaciones amorosas entre mandos y subordinados. Ni una sola actitud en aquel sentido era tolerada.

Por su propio bien y por el de Royce debía ignorar la fuerza de los latidos de su corazón cada vez que lo veía. Ignorar aquel cuerpo escultural mientras corría en la pista. Royce Nyland estaba fuera de su alcance, era como si estuviese casado.

—¿Es ése tu coche? —preguntó él impaciente ante la falta de respuesta.

—Sí… No arranca.

—Le echaré un vistazo.

Antes de que Catherine pudiera decirle que estaba a punto de llamar a la grúa, Royce ya estaba en pie dispuesto a ayudar. Se metió dentro del coche e intentó arrancar.

—Me temo que te has debido de dejar las luces puestas esta mañana porque está sin batería.

—Oh… Quizá me las haya dejado —reconoció ella. Estaba en tensión. Correr junto a él en la pista era una cosa, pero estar en el aparcamiento a oscuras, tan cerca de él, era otra. Instintivamente dio un paso atrás.

—Tengo unas pinzas en el coche. Con eso podrás arrancar.

En pocos minutos colocó los cables entre los dos coches y cargó la batería del coche de Catherine.

—Gracias —dijo Catherine mientras recogían. Él asintió mientras se disponía a marcharse, pero ella lo detuvo—. Royce.

Catherine no había querido pronunciar su nombre, de hecho era la primera vez que lo hacía, pero se le había escapado. Nunca se le había dado bien pedir perdón, pero tenía que hacerlo.

—No tenía que haber dicho lo que dije la otra noche. Si hay alguna justificación es que estaba muy cansada e irascible. No volverá a ocurrir.

—Estábamos fuera de servicio, Fredrickson, no te preocupes —dijo él con una medio sonrisa en la cara.

Se miraron fija e intensamente y Catherine no pudo evitar dar un paso al frente.

—Estoy preocupada —admitió ella y ambos supieron que estaba hablando de otra cosa.

Royce no dejaba de mirarla con una intensidad que le confirmaba cosas que hasta entonces Catherine sólo había sospechado. Cosas en las que no tenía ninguna intención de indagar.

Él se sentía solo. Y ella también.

Él estaba solo. Y ella también.

Catherine se sentía tan sola que por las noches, cuando se tumbaba en la cama, notaba una punzada en el corazón. Algunas veces se desesperaba porque tenía la necesidad de ser acariciada, de que la besaran.

Sintió que Royce tenía la misma necesidad que ella. Eso era lo que los había unido y lo que a la vez, los separaba.

Transcurrieron unos segundos pero ninguno de los dos se movió. Catherine no se atrevía ni a respirar. Estaba a punto de echarse a sus brazos, a punto de dar rienda suelta a lo que estaba sintiendo. La tensión que existía entre ellos era como una nube de tormenta a punto de estallar en el cielo azul.

Fue Royce quien dio el primer paso. Pero fue en dirección contraria a Catherine, que suspiró aliviada.

—No hay ningún problema —murmuró él antes de marcharse.

Catherine estaba deseando creerlo pero su intuición le decía que Royce no estaba en lo cierto.

Royce estaba temblando. Aparcó y apagó el motor mientras trataba de recuperar la compostura antes de entrar en casa. Había estado a punto de besar a Catherine y aún se sentía atrapado por el deseo. Él era un hombre forjado a base de disciplina. Siempre se había sentido orgulloso por su capacidad de autocontrol y había estado a punto de lanzar por la borda sus principios. ¿Y por qué? Porque Catherine Fredrickson le excitaba.

Durante tres años Royce había mantenido cerrada la válvula que controlaba su apetito sexual. No necesitaba el amor, ni la ternura ni las caricias de una mujer. Aquéllas eran emociones básicas que podían ser ignoradas. Y él había estado cerrado a ellas hasta que había aparecido Catherine.

Desde el mismo instante en el que ella había puesto el pie en su despacho, Royce se había sentido desbordado por un torrente de sentimientos inesperados. Al principio no se había dado cuenta, aunque inconscientemente le había aguado todos los viernes. No hacía falta un diván de psicoanalista para interpretar aquello. Y su nombre había sido el primero que le había venido a la cabeza en cuanto había tenido que cubrir un puesto.

Tras analizar lo que había ocurrido, Royce se dio cuenta de que había estado castigando a Catherine. Y la había castigado porque la capitana le atraía y le estaba recordando que era un hombre con necesidades que no podían ser negadas por más tiempo.

Desafortunadamente, tenía que enfrentarse a muchas más cosas aparte de a su apetito sexual. Catherine estaba bajo su mando, lo que lo hacía más difícil para los dos. Estaba completamente fuera de su alcance. Ninguno de los dos podía permitirse ceder a aquella atracción. Si lo hacían, sólo conseguirían herirse mutuamente. Sus carreras profesionales se resentirían, así que debían esforzarse por mantener a sus indisciplinadas hormonas a raya.

Royce tomó aire, cerró los ojos y trató de expulsar a la imagen de Catherine de su mente. Era una mujer orgullosa, pero se había atrevido a pedirle perdón. Se había echado todas las culpas, aunque Royce sabía que ella en realidad había tenido razón al enfadarse. En aquel momento, fue consciente de que ninguna mujer le había merecido nunca tanto respeto. Por ser honesta, directa y por estar dispuesta a enfrentarse a lo que había entre ellos, aunque todavía no le supieran poner un nombre.

En resumen, le había demostrado algo que él ya llevaba tiempo sospechando. La capitana Catherine Fredrickson era una mujer de los pies a la cabeza. Un mujer especial, una mujer tan bella que no sabía qué demonios iba a hacer para sacársela de la cabeza. Lo único que estaba claro era que tenía que conseguirlo, aunque eso supusiera pedir un traslado y separar a Kelly del único lugar que había significado un hogar para ella.

Capítulo 3

Y PODEMOS ir también al cine? —preguntó Kelly mientras se abrochaba el cinturón en el coche. Iban de camino al centro comercial donde la chaqueta más importante del mundo estaba en oferta. O Royce le compraba la dichosa chaqueta o prácticamente le estaría arruinando la vida a su hija. No recordaba que la ropa fuera tan importante cuando él era pequeño, pero el mundo había cambiado mucho desde entonces—. Papá, ¿qué dices de la película?

—Vale —aceptó fácilmente.

¿Por qué no? Se había pasado toda la semana muy irascible, fundamentalmente porque se estaba enfrentando a sus sentimientos por Catherine. Kelly merecía una recompensa después de soportarlo toda la semana.

Habían sido unos días muy extraños con Catherine, pero más por lo que no había pasado entre ellos que por lo que había pasado. Royce era incapaz de entrar en la oficina sin ser consciente de su presencia. Era como si hubiera una bomba en una esquina a punto de estallar. De vez en cuando se miraban y se perdía en aquellos ojos de color miel. En la oficina no era tan problemático, el verdadero examen se daba en la pista de carreras.

Cada día Royce se decía a sí mismo que no iba a correr. Pero al final, todas las tardes, con la precisión de un reloj, se acercaba a la pista y allí esperaba a Catherine. Corrían juntos, sin hablar y sin ni siquiera mirarse.

Era un placer extraño el correr junto a la capitana menuda. La pista era un terreno neutral, un territorio seguro para los dos. Aquel rato junto a ella, era el aliciente por el que se levantaba cada mañana y lo que daba sentido a su día.

Cada vez que Catherine le sonreía, Royce sentía cómo aquellos ojos se clavaban en su corazón. Cada tarde, después de correr, ella le daba las gracias por la sesión conjunta de entrenamiento y se volvía al coche en silencio. En el momento en el que desaparecía de su campo de visión, Royce se sentía abatido. Nunca se había dado cuenta hasta entonces de la escasa compañía a la que lo obligaba la disciplina férrea, sobre todo en las largas y solitarias noches en la cama vacía. Estaba desolado.

Las tardes tampoco eran fáciles. Tenía miedo de que llegara la noche porque sabía que, en cuanto cerrara los ojos, Catherine vendría a su cabeza. Se podía imaginar perfectamente lo cálida y suave que era, y sus fantasías parecían tan reales que todo lo que tenía que hacer era estirar el brazo y estrecharla contra su cuerpo. Royce nunca había sospechado que su cabeza le pudiera jugar tan malas pasadas. Estaba teniendo serios problemas para mantener la distancia con ella, tanto emocional como físicamente. Pero en sueños, el subconsciente abría las puertas a Catherine y atormentaba a Royce con imaginaciones que no podía controlar. Sueños en los que Catherine corría hacia él con los brazos abiertos en una playa. Catherine femenina y suave entre sus brazos. Catherine riéndose. Y Royce hubiera jurado que no había escuchado un sonido más maravilloso en la vida.

Lo único que tenía que agradecer era que los sueños nunca se hubieran traducido en un acercamiento físico en la vida real.

Todas las mañanas, Royce se levantaba enfadado consigo mismo, enfadado con Catherine porque no se marchaba de sus pensamientos y enfadado con el mundo. Y con toda su fuerza de voluntad, que era mucha, apartaba a la capitana de su cabeza.

Mientras Catherine estuviera bajo su mando, todo lo que Royce podía permitirse eran sueños involuntarios. No se permitía el placer de fantasear con ella en momentos de tranquilidad.

La vida podía convertirse en una absurda trampa. Una y otra vez ésa era la lección que Royce había aprendido. No estaba dispuesto a perder por una mujer todo lo relevante que había construido, a pesar de que fuera capaz de atravesarlo con la mirada.

El centro comercial estaba muy concurrido, era fin de semana y se acercaban las Navidades. Royce se dejó arrastrar hasta la tienda P.C. Penney y aquél fue sólo el principio del suplicio. La chaqueta que era tan maravillosa se había agotado en la talla de Kelly. La dependienta había llamado a otras tres tiendas y no había ninguna. Y no quedaban repuestos.

—Lo siento, cariño. ¿Quieres mirar otro abrigo? —le preguntó Royce a la niña, que estaba muy decepcionada. Él quería resolver la situación cuanto antes. Llevaba allí casi una hora y se le estaba agotando la paciencia.

Kelly se sentó cabizbaja en un banco de madera fuera de la tienda. Royce estaba a punto de repetir la pregunta cuando la niña se encogió de hombros.

—¿Y si vamos a tomar algo? —preguntó Royce, que estaba necesitando un café. La niña asintió, se puso en pie y le dio la mano, un gesto que no practicaba en exceso.

Royce le compró un refresco de cola y para él un café, mientras Kelly elegía mesa.

—Papá —dijo la niña emocionada—, mira a esa mujer tan guapa que está ahí.

—¿Dónde? —preguntó él. El centro comercial estaba lleno de mujeres guapas.

—La de la chaqueta rosa, verde y azul. Está caminando hacia nosotros. Corre, mírala antes de que se vaya.

Royce acaba de pensar que la vida era una trampa, y ahí estaba él, al borde del abismo una vez más. Antes de que pudiera darse cuenta de lo que estaba haciendo, se puso en pie.

—Hola, Catherine —le dijo acercándose hasta ella. Por lo visto a su hija también le parecía guapa.

—Royce —contestó ella con los ojos iluminados por la sorpresa. Ninguno de los dos estaba cómodo.

—¿Qué tal estás? —preguntó él en tensión.

—Bien.

—Papá —interrumpió Kelly impaciente—, me gusta su abrigo, mucho.

Catherine miró a la niña y pareció aún más sorprendida. Él nunca le había hablado ni de su hija ni de su viudedad. Quizá se pensara que todavía estaba casado.

—Es mi hija, Kelly —aclaró Royce.

—Hola, Kelly. Me llamo Catherine. Tu padre y yo trabajamos juntos.

—Tu chaqueta es muy bonita —dijo la niña sin dejar de tirar de la manga de su padre.

—Lo que a Kelly le gustaría saber es dónde te la has comprado —aclaró Royce.

—Y si tienen tallas para niñas —añadió Kelly.

—Pues me la he comprado aquí mismo, en el centro comercial, en Jacobson’s.

—Papá —dijo la niña tras apurar su refresco—, vamos, ¿vale?

Royce miró la taza de café, apenas si la había tocado, pero Kelly lo estaba mirando como si se fuera a agotar también esa chaqueta.

—No sé si tendrán tallas pequeñas. Como es una tienda de chicas puedo entrar yo y tú te quedas en la puerta, papá.

—¿Te puedo acompañar yo? —se ofreció Catherine. Royce se tuvo que controlar para no besarla.

—¿No te importa? —preguntó él para quedarse tranquilo.

—No. Termínate el café a gusto. No tardaremos mucho —contestó Catherine.

Royce sabía que lo más sensato hubiera sido rechazar su oferta, pero Kelly lo estaba mirando llena de emoción, así que accedió.

Una hija. Royce tenía una hija. Catherine había trabajado con él más de cinco semanas y no se había molestado en mencionar ni que había estado casado ni que tenía una hija. La niña era un encanto, con el pelo oscuro y largo, y los ojos muy azules. Kelly era tan amable y dulce, como su padre era distante y frío.

Royce la había mirado de forma penetrante cuando le había presentado a su hija. Hasta aquel momento no había sido consciente de cuánto lo deseaba. En cuanto lo había visto a lo lejos, se había acercado apresuradamente, guiada por el instinto, para saludar al hombre que ocupaba todos sus pensamientos.

—Hemos estado en P.C.Penney pero las chaquetas de mi talla estaban agotadas. Hemos estado rebuscando y estaba cansada. Entonces papá me ha invitado a un refresco y después te hemos visto —explicó Kelly—. Tu chaqueta me encanta.

Catherine se la había comprado hacía dos semanas. Necesitaba algo más que un chubasquero para pasar allí el invierno. Le había llamado la atención en cuanto la había visto en el escaparate de una tienda de deportes. Lo que más le había atraído había sido la combinación de colores, como a Kelly.

—A mí también me gusta. Y me suena que tienen tallas para niña.

—A papá no le gusta mucho ir de compras. Lo hace por mí, pero estoy segura de que preferiría estar viendo cualquier partido tonto. Los hombres son así, ya sabes.

—Eso dicen —dijo Catherine. Por lo visto, la hija de Royce sabía mucho más de hombres que ella.

Catherine de pequeña había vivido sólo con su madre y en la universidad en una residencia sólo para chicas.

—Papá pone mucho esfuerzo, pero no entiende muchas cosas de mujeres.

Catherine no pudo evitar sonreír. Obviamente ella no era la única en no saber cómo comportarse con el sexo opuesto. Royce y ella necesitaban a una niña de diez años para enderezar sus vidas.

Llegaron a la tienda y encontraron una chaqueta casi idéntica de la talla de Kelly. La niña se la probó delante del espejo y después la dejaron reservada en el mostrador.

Kelly salió corriendo en dirección a la cafetería para informar a su padre y Catherine la siguió.

—Es rosa, verde y azul. No el mismo azul que el de Catherine pero muy parecido. Me la puedo llevar, ¿verdad? Yo pagaré un poco —dijo la niña sacando un billete de cinco dólares y algunas monedas del bolsillo del pantalón.

—Vale, vale. Me rindo —contestó Royce poniéndose en pie. Miró a Catherine y le guiñó un ojo.

Ella no se lo creía. El hombre de hielo era capaz de guiñar el ojo como cualquier otro ser humano. Royce Nyland se comportaba de una forma en la oficina, de otra en la pista y de otra distinta con su hija.

—Bueno, parece que todo está controlado por aquí —dijo Catherine dispuesta a marcharse. Se sentía incómoda con él.

—No te vayas —le pidió Kelly agarrándole la mano—. Papá me ha dicho que vamos a comer pizza y quiero que vengas con nosotros.

—Estoy seguro de que Catherine tendrá otros planes —afirmó él.

—La verdad es que sí que tengo cosas que hacer. Me quería pasar por la tienda de animales para comprarle unas cosas a mi gato —admitió ella un poco decepcionada por que Royce no hubiera insistido.

—A mi me encanta la tienda de animales. Una vez me dejaron acariciar a un cachorro. Yo me moría de ganas de llevármelo, pero papá dijo que no podíamos porque no iba a haber nadie en casa durante el día para cuidarlo —explicó—. Oh, Catherine, ven con nosotros, por favor.

Catherine miró a Royce. Esperaba encontrarse con una mirada fría e indescifrable. Sin embargo, parecía estar dudoso y con ganas de invitarla. Catherine sintió un escalofrío.

—¿Estás seguro de que no voy a ser una molestia? —preguntó. Sabía que debía declinar la invitación. Estaban a punto de prender un fuego que acabaría por consumirlos pero ninguno de los dos parecía estar dispuesto a hacer nada por evitarlo.

—Estoy seguro —contestó Royce.

—¡Bien! —exclamó la niña ajena a lo que estaba sucediendo entre los dos adultos—. Espero que no te gusten las anchoas. Papá siempre se las pide en su mitad de la pizza. A mi me dan asco esas cosas.

Media hora después, estaban sentados en una pizzería. Catherine y Kelly compartieron una pizza de salchichas y aceitunas y Royce se pidió una para él con las anchoas que tanto asco daban a las dos damas.

A pesar de la buena temperatura que hacía en el restaurante, Kelly insistió en comer con el abrigo nuevo puesto.

—¿La uñas largas que llevas son de verdad? —preguntó Kelly. Catherine asintió con la boca llena—. ¿No son de las postizas?

—No —repuso Catherine.

Los ojos de Kelly se abrieron admirados y le tendió la mano a Catherine, que sacó del bolso un pequeño juego de manicura y le fue explicando para qué servía cada instrumento.

—¿De qué estáis hablando? Por lo visto, las mujeres tenéis vuestro propio idioma —dijo Royce en tono de burla.

Kelly cerró el estuche y se lo entregó a Catherine. Después miró a su padre y de nuevo a Catherine, quien se imaginó lo que estaba pensando la niña.

—¿Estás casada, Catherine? —preguntó la niña con inocencia.

—Ah… no —contestó ella en tensión.

—Mi papá tampoco. Mi mamá murió, ¿sabes? —comentó Kelly sin parecer muy afectada.

—No… no lo sabía —contestó tratando de no mirar a Royce.

—¿Así que mi papá y tú trabajáis juntos? —prosiguió Kelly.

—Kelly Lynn —dijo Royce en un tono que Catherine conocía perfectamente de la oficina. Por lo visto le servía para llamar la atención tanto de sus soldados como de su hija.

—Sólo estaba preguntando.

—Entonces deja de hacerlo.

—Vale, pero no estaba haciendo nada malo —repuso la niña volviendo a la pizza—. Catherine va a venir al cine con nosotros, ¿verdad? —le preguntó a su padre—. Te dejo elegir la película.

Aquél debía de ser todo un honor porque padre e hija debían de tener gustos muy dispares y la elección probablemente fuera una dura batalla.

Catherine no sabía qué era lo que estaba pensando Royce. La propuesta de la niña estaba fuera de lugar. Comer juntos era una cosa y estar sentados juntos en el cine otra bien distinta.

—¿Papá?

Royce y Catherine se miraron fijamente. La tensión era palpable.

—Catherine tiene otras cosas que hacer —le contestó a su hija.

—Es verdad, bonita. Quizá otro día —se apresuró a añadir Catherine.

La niña asintió con la cabeza pero parecía decepcionada. Y no era la única. A Catherine le pesaba el corazón. Nunca hasta entonces se había sentido tan cerca de Royce. Con su hija, aquel hombre bajaba la guardia y dejaba ver la faceta cariñosa y cálida que escondía tras un muro de orgullo y disciplina.

Catherine se limpió las manos y tomó su bolso.

—Gracias a los dos por la comida. Es hora de que me vaya —dijo.

—Me encantaría que vinieras al cine con nosotros —se quejó Kelly.

—A mí también me encantaría —susurró Catherine mirando a Royce.

Cuando ya estaba en la puerta del restaurante, Royce la detuvo. Había salido corriendo detrás de ella. No dijo nada durante unos instantes, pero no dejaba de mirarla. Su rostro no delataba lo que estaba sintiendo. Era un experto a la hora de esconderse.

Le dijo la película y la sesión a la que iban a ir sin apartar su mirada intensa.

—Por si cambias de opinión —finalizó Royce antes de volver con su hija.

Cuando Catherine se metió en el coche, comenzó a temblar. ¿Qué le pasaba a Royce? ¿Se había vuelto loco?

Era su superior, una persona consciente de las consecuencias, y la estaba invitando a ir al cine. No obstante, estaba dejando la decisión en manos de Catherine. Y ella se moría de ganas de aceptar.

Después de todo, ir al cine tampoco era acostarse con él. Los dos podrían haber coincidido en la misma película a la misma hora, no había nada de malo en eso. Las normas no decían que no pudiesen ser amigos. Amigos que se habían encontrado en el cine y que se habían sentado juntos, ¿no?

Catherine no sabía qué hacer. Su cabeza le decía una cosa y su corazón otra. Ambas carreras profesionales estaban en peligro. Era un riesgo demasiado grande sólo por estar sentados uno junto a otro en el cine.

Cuando llegó la hora, Catherine estaba detrás de un grupo de adolescentes, y su corazón latía tan fuerte que pensaba que la gente se iba a dar cuenta. Royce y Kelly estaban sentados en la última fila y la niña no tardó en divisar a Catherine. Pegó un bote y salió al pasillo para abrazarla.

—¡Sabía que ibas a venir! —dijo tomando la mano de Catherine y guiándola hasta su asiento.

Catherine no miró a Royce. Tenía miedo de lo que se pudiera encontrar en sus ojos.

—Missy está ahí. ¿Puedo ir a enseñarle mi abrigo nuevo?

Royce dudó un instante y luego le dio permiso a la niña para que saludara a su amiga.

Catherine se sentó dejando un asiento libre entre los dos. Royce seguía mirando hacia delante, como si no conociese a Catherine de nada.

—¿Estás loca? —preguntó finalmente en un murmullo.

—¿Y tú? —replicó ella agitada.

Los dos se sentían furiosos y era por el mismo motivo. Catherine no estaba dispuesta a asumir toda la responsabilidad. Él había sido quien había puesto la pelota en su tejado, el que de alguna manera la había invitado aunque se estuviera arrepintiendo.

—Sí, creo que estoy loco —admitió.

—No iba a venir.

—¿Y por qué lo has hecho?

Catherine no lo sabía. Quizá fuera porque le gustaba vivir arriesgándose, caminar por el filo sin caerse.

—No lo sé, ¿y tú?

—Maldita sea, no lo sé. Me temo que me gusta desafiar al destino.

—Papá —dijo Kelly asomándose a su asiento—, Missy quiere que me siente con ella. No te importa, ¿verdad?

—Vale —respondió Royce volviendo a dudar de nuevo.

—Gracias, papá —dijo la niña, quien al pasar por al lado de Catherine le guiñó un ojo, tal y como se lo había guiñado el padre horas antes. Catherine no entendía el significado de ninguno de los dos gestos.

Cuando Kelly se marchó, la tensión entre los dos adultos aumentó.

—Me moveré yo —dijo Catherine poniéndose en pie, pero Royce la detuvo.

—No, quédate ahí —le suplicó sujetándole el brazo.

Catherine lo obedeció, pero instantes después fue él quien se sentó junto a ella. En ese instante la sala se oscureció y la música comenzó a sonar. Royce estiró las piernas y rozó la rodilla de Catherine sin querer y ella se quedó sin aliento. Se le había olvidado lo agradable que podía llegar a ser el contacto con un hombre.

Catherine alzó la vista y se encontró con que Royce la estaba observando. Sus ojos estaban encendidos de deseo, lo que provocó una ola de calor en el cuerpo de Catherine. Haciendo un gran esfuerzo, logró apartar la mirada.

Royce cambió de postura y sus cuerpos dejaron de estar en contacto, lo que fue un alivio para ambos. La situación era lo suficientemente difícil como para aumentar la tentación y echar más leña al fuego.

Catherine tenía serías dudas de que alguno de los dos se estuviera enterando del argumento de la película. Ella estaba completamente concentrada en el hombre que tenía a su lado.

Royce puso un cucurucho de palomitas entre ellos y Catherine tomó un montón y las fue tomando una a una. Una de las veces que metió la mano en el cucurucho se encontró con la mano de él. Cuando fue a retirarla, Royce ya la había agarrado. Sacaron las manos de las palomitas pero Royce no dejó de acariciarla, despacio, como si estuviese arrepintiéndose de su debilidad. Sin embargo, no la soltaba, era como si no la quisiera dejar marchar.

Catherine no podía explicarse la explosión de emociones que le estaba generando aquel contacto. Si la hubiera besado, tocado los pechos o hecho el amor, Catherine habría entendido aquella reacción, pero era algo desmedido para una simple caricia.

Nunca en la vida se había sentido tan vulnerable. Estaba poniendo en riesgo aquello que era más importante en su vida. Y Royce estaba haciendo lo mismo, ¿por qué?

Era una pregunta difícil y la respuesta lo era aún más. Ella casi no conocía a Royce. Había estado casado, su mujer había muerto y tenía una hija. Era un marino, un hombre que había nacido para ser un líder. Era un tipo respetado. Admirado. Pero nunca se habían sentado a charlar sobre sus vidas. Que sintieran una atracción tan fuerte el uno por el otro era una casualidad del destino. No había ningún motivo, y sin embargo nada ni nadie hubiera sacado a Catherine de aquel cine.

La película terminó y se dio cuenta porque Royce le soltó la mano. Le entraron ganas de protestar porque quería seguir sintiendo su calor.

—Catherine —suspiró él acercándose—, vete ahora.

—Pero…

—Por el amor de Dios, no me lleves la contraria. Sólo vete —le pidió. Catherine se puso en pie.

—No vemos el lunes.

Catherine sabía que iba a estar pensado en él cada minuto del fin de semana hasta que llegara el lunes.

—¿Pasa algo entre tú y el capitán Nyland? —le preguntó Elaine a Catherine cuando llegó el lunes a la oficina.

—¿Por qué me preguntas eso? —dijo ella con el corazón en un puño.

—Me ha dicho que pases a verlo en cuanto llegues. Otra vez.

—¿Qué pase a verlo en cuanto llegue?

—Y cuando el capitán ordena, nosotras obedecemos. Lo único que quiero saber es qué has hecho esta vez —comentó la secretaria.

—¿Por qué crees que he hecho algo? —preguntó Catherine mientras colgaba su abrigo.

—Porque parece que está de un humor de perros. Ese hombre es un peligro. Yo de ti tendría cuidado.

—No te preocupes —contestó. Catherine se cuadró y llamó a la puerta del capitán.

—Pase —contestó él.

Al verla entrar frunció el ceño. Era cierto, tenía muy mal aspecto. Volvía a ser el hombre de hielo. El padre cariñoso había sido sustituido por el rígido militar.

—Siéntese, capitana —ya había dejado de ser Catherine. Obedeció sin saber qué iba a suceder.

—Creo que no es buena idea que sigamos haciendo ejercicio juntos por las tardes —afirmó él con un lápiz entre los dedos.

Catherine lo miró. Era el único rato que pasaban juntos, aunque fuera egoísta, no quería renunciar a él.

—Soy consciente de que tiene tanto derecho como yo a utilizar la pista así que me gustaría que pensáramos un horario. Es una pena, pero yo sólo tengo las tardes libres…

—Mi horario es menos restrictivo, capitán. No se preocupe, haré un esfuerzo para evitar coincidir con usted. ¿Le gustaría que dejara de ir al centro comercial también?

El rostro de Royce se tensó. Catherine no sabía por qué se sentía tan ofendida. Él sólo estaba haciendo lo que correspondía dadas las circunstancias. Pero Catherine se sentía como si le hubieran quitado el suelo que había tenido bajo los pies y estuviera tratando de mantener el equilibrio.

—Puede ir de compras donde quiera.

—Gracias —contestó crispada—. ¿Eso es todo?

—Sí.

Catherine se dio la vuelta para salir.

—Capitana… —ella se detuvo y lo miró, pero Royce negó con la cabeza—. Nada, será mejor que se vaya.

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