Kitabı oku: «Amores inmigrantes»

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La autora describe con dulzura magistral las historias que muestran el coraje de esos pobladores. Cruzar el océano, solo para seguir una corazonada. Desafiar el destino.

Creo en la vida eterna y muchas veces pienso: ¿Nos reencontraremos? ¿Podremos conversar con esos titanes que dieron tanto por la vida de esta tierra que hoy habitamos?

Así se tejen las historia de este libro, que marcará un hito para comprender las vidas de nuestros pueblos y ciudades. Y que, estoy segura, Diana nos ayudará a descubrir.

Amores inmigrantes nos habla del honor y la admiración por quienes nos precedieron con su lucha tenaz.

Victoria Zorraquín

Noviembre de 2020




Dedicado con amor a Pablo

y a nuestros hijos

Rodrigo, Jimena y Nicanor

Palabras iniciales
por Daniel Balmaceda
Escritor

Nuestro país se construyó a partir de las oleadas migratorias, pero la que más peso tuvo fue la que abarcó las décadas de 1880 a 1930. Fue de tal magnitud que la población argentina quedó diluida en medio del alud de italianos, españoles, franceses, polacos y tantas otras nacionalidades. A partir de aquella inserción, nos cambió la forma de hablar, la tonada, las comidas, las costumbres en general. Hoy nosotros nos reconocemos más en el estilo de vida de ellos que, por ejemplo, en los antepasados de 1810.

Por otra parte, es muy interesante ver que el inmigrante llegaba con objetivos muy claros y un proyecto en donde el amor, por lo general, no formaba parte de sus prioridades. Venía a conseguir un trabajo, a deshacerse a veces de un pasado, a forjar una vida diferente y también a buscar un futuro mejor para sus seres queridos. El amor no estaba en la lista de deseos, pero por supuesto llegaba, en muchos casos, en forma inesperada. También debemos sumar las historias de amor que se iniciaban en otras partes del mundo y terminaban de afirmarse o concretarse en la Argentina.

Si pensamos la inmigración así, como un concepto abstracto, de estudio amplio y general, se pierden de vista aquellas pequeñas historias que fueron tejiéndose y que configuraron lo que hoy es la familia argentina.

El trabajo de Diana Arias, a partir de la investigación, podría haber derivado en una elegante historia de familias. Pero no es así. Porque encontró una mirada inteligente y emotiva, en donde personas que estaban demasiado lejos de nuestro alcance de conocimiento cobran vida y nos generan mucha empatía.

Luego de avanzar sobre el texto, nos sentimos más familiarizados con ellas y, a la vez, entendemos con más claridad por qué el amor es un condimento fundamental que, en muchos casos, les dio la fuerza para seguir adelante. Son historias en las que un abrazo era la más deseada compensación para una dura jornada.

El inmigrante venía a inculcarnos la cultura del trabajo, algo que todavía en ese momento no teníamos muy aceitado. En ese entorno de sacrificio, de pocas distracciones, de mucho empeño y esperanza surgían afinidades que terminaban potenciando el deseo de construir un mundo mejor.

Es probable que cada uno se identifique más con alguna historia que con otra. El abanico es amplio y ese es otro de sus valores. Al repasar los capítulos, se siente la cercanía, la empatía. Eso es un mérito de la narradora. Nos reúne a través del tiempo con los protagonistas y, a medida que vamos conociendo sus pasos, sentimos el deseo de alentarlos para que nos regalen un final feliz.

Diana, la eterna cazadora, esta vez se convirtió en Cupido literario de aquellas parejas. Debemos agradecerle su aporte a la historia del amor en la Argentina.

Prólogo
por Alejandro Guillermo Roemmers
Escritor Poeta

Quizás descubrió que en el país de los sueños todos podemos ser príncipes y estrellas... 1

A principios del siglo XX, miles de inmigrantes europeos, a puro coraje y esperanzados, cruzaron la inmensidad del océano para llegar al puerto de Buenos Aires. Argentina era el país de los sueños, una tierra de oportunidades.

Con una prosa conmovedora, Diana Arias narra las odiseas vividas por nuestros ancestros.

Amores inmigrantes sintetiza anécdotas y paisajes de vidas extraordinarias y sensibles, de hombres y mujeres que generaron nuestras raíces culturales, familiares y religiosas. Enriquecieron el suelo, el corazón y la mente, lejos del hambre y el dolor de la guerra, pero enfrentando la soledad del desarraigo.

Son siete historias reales que conmueven por su sencillez, su fortaleza, tesón y valentía. Una invitación a vibrar junto a los protagonistas que llenan de amor cada página y que dejan al descubierto en ellas la compasión y la solidaridad.

En Amores inmigrantes, Diana honra a nuestros mayores, valorando sus principios y el espíritu inquebrantable de trabajo, fundamentos que construyeron nuestra patria. Fue en esta tierra de inusitados contratiempos donde algunos debieron sacrificar sus ilusiones y enterrar sus proyectos, y otros lograron sobreponerse y vencer el infortunio para elevar triunfantes sus sueños.

1 El Regreso del Joven Príncipe, de Alejandro G. Roemmers. Premio Mejor Novela 2008 de la Sociedad Argentina de Escritores (SADE). Premios Miguel Hernández, Cultura Viva, Gustavo Adolfo Bécquer y SADE de poesía. Personalidad Destacada de la Cultura (Honorable Cámara de Diputados de la Nación. Legislatura de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires). Diploma Domingo Faustino Sarmiento (Honorable Senado de la Nación Argentina).


Foto: Despedida de emigrantes, hacia 1915. Archivo Pacheco. Memoria Gráfica de la Emigración Española

I

Simplemente vivir no es suficiente —dijo la mariposa—, uno debe tener sol, libertad y una pequeña flor.

Hans Christian Andersen1

1 Hans Christian Andersen. Escritor y poeta danés (Odense 1805 - Copenhague 1875).

La SirenitaI

Puerto de Copenhague, 23 de febrero de 1917

Nellie, Nellie, Nellie. Volvió a decirlo en voz baja, un poco para acostumbrarse y otro tanto para convencerse de su nueva identidad. Eligió Nellie, que significa «luz que brilla», porque necesitaba eso, luz para su vida. Su nombre real era Petrea y nunca le había gustado, le sonaba frío y duro, a piedra. De manera que al momento de tramitar su permiso para viajar a la Argentina, agregó «Nellie» a los datos de su documentación. Se había atrevido a dar rienda suelta a su espíritu romántico alimentado por la literatura —que tanto amaba— y la idea de que «Nellie» bien podría ser la belle dame sans merciII o la mujer bellaIII de Byron.

Nellie Petrea Nielsen era la pasajera número trescientos veintidós del crucero transoceánico. Zarpó el 23 de febrero de 1917, en pleno invierno europeo y en medio de una guerra sobre la cual Dinamarca había adoptado una posición neutral. Estaba acostumbrada a las bajas temperaturas de su país, por lo que el frío del Atlántico —que calaba hasta los huesos— no le era ajeno... Sí, el salitre del aire. Con veinticuatro años recién cumplidos, la joven rubia y esbelta absorbía los rayos tenues del sol que, por esas horas, se escondía en la inmensidad del mar.

Aprovechaba los momentos en que Margarita —Titte, como la llamaban desde el nacimiento— dormía para subir hasta la cubierta. Y cuando el clima lo permitía, asomarse por la baranda del barco que la alejaba de su tierra y de sus miedos, ese barco de la compañía Scandinavian, que demoraría tres semanas en llegar al puerto de Buenos Aires.


Nellie nació el 21 de febrero de 1893, en la región danesa de Voldby, en el seno de una familia unida. Fue la tercera de once hermanos, una prole que sus padres procuraban alimentar y vestir, y con una convicción que sería crucial en su vida, que marcaría el rumbo en cada etapa: la importancia de la formación educativa. Cursó la escuela secundaria como pupila en una institución rígida y estructurada, a la que solamente asistían señoritas. Allí le otorgaron el título de Bachiller con conocimientos de los idiomas inglés y francésIV.

Luego trabajó de secretaria en la mueblería que empleaba a su padre. La inminente guerra en Europa y la necesidad de disminuir las bocas por alimentar obligaron a sus padres a concertar un matrimonio para su hija mayor. Diecisiete meses de convivencia con un hombre que podía ser su padre la habían golpeado en el alma, le habían dejado marcas violáceas en el cuerpo y le dieron la certeza de que, a pesar del embarazo, los temores y los tabúes, iba a divorciarse.

Una noche de 1916, se plantó frente a su esposo Hans y le dijo que se iba. Este hombre, que nunca la conoció de verdad, la miró casi aliviado y le abrió la puerta, en plena nevada, para que se fuera para siempre con su bebé de meses envuelta en una frazada de lana. El matrimonio terminó legalmente cuando consiguieron un certificado de nulidad expedido por el rey Cristián X de DinamarcaV.

Su padre aprobó esa decisión y la ayudó con los trámites, pero también había sido claro: ella, como mujer divorciada, no tenía lugar en una sociedad religiosa y patriarcal como la dinamarquesa. Tenía que buscar otros horizontes para su vida, y la oportunidad se presentó de la mano de sus dos hermanos mayores, que vivían en la Argentina. Ramón —Rasmus— y Pedro habían partido con las primeras olas migratorias, que llevaron a muchos compatriotas a las lejanas tierras de América del Sur.

Ramón trabajaba en la Patagonia instalando usinas de las primeras empresas petrolíferas de la región, mientras que Pedro era empleado de correoVVI en Puerto Santa Cruz.

Nellie había leído el aviso de trabajo en el periódico que Hans compraba semanalmente y, viendo la oportunidad, diseñó el plan. Escribió dos cartas: una a sus hermanos y la otra a Andreas Madsen, sabiendo que su educación era el arma más valiosa con la que contaba. Tres meses más tarde, cuando fue contratada, también por correspondencia, con poca información sobre su destino y condiciones, el 11 de diciembre de 1916, le dijo a Hans que se iba. Con un pasaje a Buenos Aires y muerta de miedo, se despidió de sus seres queridos en el puerto de Copenhague.

Su futuro patrón, Andreas Madsen, era un explorador y escritor nacionalizado argentino, que estaba radicado en la zona oeste de la Patagonia. Necesitaba una dama de compañía para su esposa Fanny y una institutriz para su pequeño hijo, el primero de cuatro niños nacidos en el inhóspito e imponente sur cordillerano.

En la Argentina, en los albores del primer centenario de la independencia, la cuestión idiomática y el nacionalismo eran el eje de muchas discusiones políticas. Se dirimía entre fortalecer el criollismo como cultura nacional y contemplar el requerimiento de las élites sociales que reconocían en el uso de varias lenguas la superioridad culturalVII. Andreas Madsen, un visionario en todo sentido, no se conformaba con una dama de compañía que entretuviera a su esposa, también quería que sus hijos recibieran instrucción.

Océano Atlántico, Marzo de 1917

Para Nellie, el viaje fue difícil. Había escuchado historias de viajeros que atravesaban el océano, esperaba las tormentas que movieran el barco como si este fuera una cáscara de nuez. La tormenta de viento y olas no llegó, pero el constante vaivén del casco la hizo descomponer en varias ocasiones. Compartía el camarote, un habitáculo de madera sin ventilación, con tres mujeres y dos niños que hablaban poco, y la ahogaba ese espacio con poca intimidad. La cama era estrecha, y cuando llegaba la noche, se recostaba mirando la pared, ahuecando los brazos para contener a su pequeña, que se conformaba con sus arrullos para dormir plácidamente.

—Te prometo min lille Titte2 —decía en voz baja cuando la niña se dormía—, te prometo que un día tendremos nuestro hogar.

Los días en altamar transcurrían ocupados. Lavar sus ropas, alimentar a la bebé con las opciones que ofrecía la cocina del barco y asear su habitación era más que suficiente para entretenerse.

Traía consigo cuatro vestidos, dos para el viaje y dos para el desembarque. Un bolso que su madre le había cosido servía para la ropa y los pañales de Margarita, que el aire de mar estropeó al punto de tener que sacrificar una de sus enaguas para finalizar la travesía. También sumaba a su equipaje un pequeño baúl con libros, lápices y cuadernos del colegio, fotografías y objetos de higiene personal.

Día tras día, diseñaba mentalmente su futuro. El 15 de marzo de 1917, el número veinte en el mar, amaneció radiante. Todos los pasajeros disfrutaron del sol en la cubierta, charlaron y se armaron rondas alrededor de algunos músicos que llevaban su arte al Nuevo Mundo. Ella recostó a Margarita en una reposera, alisó su vestido y se sentó a su lado. La niña estaba especialmente tranquila, sus manitos regordetas entrelazadas con el cinto de su vestidito. Nellie cerró los ojos, bebió del sol tibio que se esmeraba en brillar y pensó en su madre, en sus hermanas y en su hogar. Hasta creyó oler el perfume de la tierra húmeda del jardín de su casa en Voldby, las risas de sus hermanos... Sin abrir los ojos, tocó a su hija, que casi dormía, y supo que desde ese momento eran solo ellas dos. Nellie se creía capaz de enfrentarlo todo.

Llegaron a Montevideo al día siguiente, bajaron algunos pasajeros, y la ansiedad por el arribo a Buenos Aires se hizo notoria. Ella sabía que su viaje aún no terminaba, el Río de la Plata le pareció inmenso y también inmensa fue la nostalgia al ver los abrazos entre los pasajeros y aquellos compatriotas que los esperaban en el puerto.

Siempre recordó como un gran vacío la llegada a Buenos Aires. Con su hija en brazos y sus escasas pertenencias, pisó tierra firme y pasaron la noche en el Hotel de Inmigrantes, que el gobierno del flamante Presidente Irigoyen tenía a disposición de los recién llegados. Se sintió rara durmiendo en una cama que no se movía al compás de las olas. Al día siguiente, abordaron el barco que las llevaría a Punta Arenas, el lugar más cercano a su destino final.

Por primera vez rezó por llegar pronto, el capitán y la tripulación eran más fríos que el clima que arreciaba en esa latitud, y el fragor de las olas la tuvo a maltraer. Solo la pequeña Margarita estaba serena, arropada con un saquito que su abuela materna le había tejido antes de partir.


Seis días más tarde, frente a esa tierra infinita que llamaban Patagonia, Nellie confió en recomenzar su vida. Siempre había sido independiente, dentro de las posibilidades de una sociedad rígida como la nórdica, y había aprovechado su capacidad, su intuición y tenacidad para terminar sus estudios secundarios con buenas calificaciones. Nunca imaginó que esas referencias convencerían a Andreas Madsen para contratarla como dama de compañía de su esposa.

Madsen era el dueño de veinte mil hectáreas de campo en cercanías a El Chaltén, al oeste del río de las Vueltas. Allí fundó la estancia Cerro Fitz Roy, había elegido ese nombre porque el macizo quedaba dentro de uno de los lotes que había comprado al Estado argentino.

Punta Arenas, Chile, 28 de marzo de 1917

El débil quejido de su hija, envuelta en una manta, la regresó a la realidad. Cuando llegaron a puerto, los tripulantes bajaron de la embarcación y, con eficiencia, dejaron a su lado el baúl de cuero y el bolso que contenían sus únicas pertenencias. Con la niña y sus cosas a cuestas, caminó con esfuerzo hasta la primera de las casetas de tierra firme.

Punta Arenas era, desde fines del siglo XIX, una ciudad de aspecto cosmopolita, debido al lugar estratégico en el que se ubicaba: la península de Brunswick, en el estrecho de Magallanes. Era el punto de unión entre los océanos Atlántico y Pacífico hasta 1914 —año en que se inauguró el canal de Panamá—, y constituía un paso obligado de comerciantes y emprendedores. La característica de las construcciones, casas y edificios bajos con techos de tejas coloradas la hacían una ciudad de estilo europeo, que le resultó familiar.

El gentío la hizo pasar desapercibida, había comenzado a oscurecer y buscó con ansiedad un lugar donde guarecerse de la llovizna fría que estaba poniendo quejumbrosa a Margarita.

—¡Petrea! —Oyó la joven y cayó en la cuenta de que hacía casi un mes que nadie la nombraba. Miró a los ojos a su hermano mayor, que la sujetó en sus brazos mientras se desahogaba.

La relación que tenía con Rasmus había sido distante debido a la diferencia de edad, pero tan lejos de todos sus afectos, Rasmus le pareció el oasis de un desierto. Su hermano debió de sentir igual, como recuperar una parte de sí mismo, ya que la conexión fue inmediata, y el amor fraterno, mutuo.

Nellie notó el acento en su pronunciación, producto del trato con los lugareños, intuyó. La llevó hasta una hostería familiar donde pasaron la noche y compartieron la cena poniéndose al día. Quería saber de sus padres, de sus hermanos y amigos, de la guerra y lo que esta había dejado. Por su parte, Nellie preguntaba por la Argentina, el idioma, las costumbres y por Andreas Madsen.

A la mañana tomaron un vapor hacia Puerto Santa Cruz, desandando parte del camino, pero en un viaje corto y, gracias al clima, muy agradable. Rasmus le explicó que estaban a varios días de viaje de la estancia de Madsen —enclavada al pie de la cordillera de los Andes— y que un lugareño las llevaría hasta allí.

Los días en Puerto Santa Cruz fueron entrañables. Rasmus se caracterizaba por su gran sentido del humor, y la pequeña Margarita vio reír a su madre con sorpresa. Su otro hermano, Pedro, le presentó a Elisa, su novia, con quien formaría una familia años más tarde. Ella ayudó a Nellie a lavar y renovar algunas prendas antes de su viaje hacia el cerro Fitz Roy.

Él llegaba de lejos. Viajero extraordinario De país milenario. […] Yo estaba en mi guarida, Temiendo que me hablara, temblorosa, escondida. […] Me llamó por mi nombre, la voz dulce y sonora; […] Y ya, triste, encantada, Vencida, fascinada, Temblando más que nunca, perdida la mirada, Me fui tras el viajero, por montañas y ríos, Me fui diciendo bellos y dulces desvaríos…

El viajero

Alfonsina Storni

El día de la partida, se levantaron temprano. Las calles de tierra estaban pegajosas por la lluvia, que no había parado en toda la noche, y el cielo plomizo no auguraba mejor clima. Salieron de la casa de madera y caminaron algunas calles hacia el norte, cuando Pedro dijo unas palabras que Nellie no comprendió. Entre la bebé y el equipaje que llevaba, no tenía tiempo para mirar demasiado.

Frente a ellos había un carro de carga tirado por dos caballos, y un tercer animal —una burra— estaba atado en la parte posterior. Un hombre de baja estatura, de tez oscura y cabello renegrido era quien conducía. Ella no supo calcular su edad. Su hermano se acercó y habló con él con palabras toscas, sonidos guturales que ambos comprendían. El hombre la miró, se quitó el sombrero que tenía puesto y se bajó con una agilidad sorprendente.

—Él es Huischan. Conoce muy bien el camino hasta la estancia, es un indio tehuelche de la toldería del río Chalía y trabaja con los Madsen. Las va a cuidar debidamente a las dos hasta que lleguen —dijo Pedro antes de dejarla.

Nellie asintió con la cabeza a modo de saludo. No sabía cómo iba a entenderse con ese hombre. Lo miró de reojo y se subió a la carreta con esfuerzo. Él tenía las manos oscuras cuarteadas por el frío y las tareas rudas. Sostenía con firmeza las riendas de los animales, la vista fija al frente.

Ella no le hablaba —tampoco sabía si podrían entenderse—, pero poco a poco percibió sus gestos. Primero hacia su hija, en los momentos de descanso, cuando se detenían a comer o a estirar las piernas. La miraba con curiosidad, y cuando la niña sonreía o balbuceaba, Nellie creía entrever un brillo especial en sus ojos.

Cada mañana, de las doce que duró el viaje, Huischan ordeñaba la burra y acercaba la leche tibia, que la beba tomaba hasta saciarse. Ellos compartían los alimentos que habían cargado en la carreta, casi siempre en silencio. La única que cortaba esa calma era Margarita con sus berridos ocasionales. A veces, Huischan señalaba una planta, las nubes, un animal… y los nombraba en su lengua áspera y cavernosa. Nellie intentaba reproducirla, lo que arrancaba un esbozo de sonrisa del conductor. Otras veces era al revés.

El viento no paró durante toda la travesía, un viento incansable que soplaba libre entre las montañas y se encajonaba en el valle del río de las Vueltas. Nellie se cubría con una manta gruesa y solo le indicaba al hombre que frenara cuando la escuchaba llorar a Margarita, que necesitaba un cambio de pañal o simplemente quería que la sostuvieran en brazos. Entonces la traía adelante y la envolvía como un paquete, apenas con los ojos descubiertos para que no se enfriara. Recién después de cuatro días, salió el sol a pleno y pudieron viajar más livianas.

De anciana, Nellie les contaría a sus nietos que Huischan fue «el hombre más caballero y atento» que había conocido. Si sintió miedo, nunca lo reconoció. Tal vez por orgullo, por el optimismo que le despertaba la nueva vida o porque realmente sabía que ese era su destino y lo aceptaba como tal.


Río de las Vueltas, Santa Cruz

El día doceavo, Huischan levantó su mano hacia el horizonte. Señaló con el dedo un grupo de árboles que descollaban en la montaña inmensa. Allí, donde el río de las Vueltas surcaba la tierra, estaba el que sería su hogar los próximos años.

Nellie se arregló el cabello con las manos, sintiendo vergüenza de su aspecto. Apenas había podido higienizarse en el viaje —oportunamente, Huischan se alejaba del carro cada día para darle tiempo y privacidad— y el viento había dejado su piel tirante y áspera. Se sentía cansada al punto de tener ganas de llorar y le dolía la espalda. Él debió de percibir su ansiedad y su agotamiento, porque por primera vez en todo el viaje, le tocó la mano.

—Madsen, hogar —dijo con voz profunda y clara.

Media hora más tarde, estaban junto a una arboleda de lengas que se erguían al pie de las montañas, cobijando una construcción sobria y de aspecto sólido. Una especie de cabaña con techo a dos aguas, pequeñas ventanas y paredes de material pintadas de color blanco. Una cerca de troncos dividía el jardín del resto del terreno, en el que se divisaban algunos corrales y dependencias.

Huischan rodeó el monte, los caballos se adelantaron por la tierra aún húmeda a pesar del sol brillante y se arrimaron a la tranquera de madera y hierro, que estaba abierta de par en par. Margarita, en brazos de Nellie, dormía plácidamente hasta que un grupo de tres cachorros comenzaron a ladrar dándoles la bienvenida a los recién llegados.

Nada se escribe sobre el Fitz Roy sin antes situar a Andreas Madsen a sus pies, en su formidable soledad.

Saint-LoupVIII

Andreas Madsen había abandonado la miseria campesina de [la] Dinamarca [de 1900] para embarcarse como marinero en un pequeño velero que se dirigía a Buenos Aires. Una vez en tierra firme quiso quedarse en Argentina y llegó a la región del Fitz Roy en 1901. Regresó al lugar en los dos años sucesivos y, enamorado del ambiente natural, decidió establecerse, no sin volver una vez más a Dinamarca a buscar a su novia Fanny, que fielmente lo estaba esperando y que sería su heroica compañera para toda la vida. Inició la construcción de su estancia en 1906, en el valle del río de las Vueltas, frente al Fitz Roy. Aquel monte representaba para él una síntesis de la belleza de la creación. Contrariamente a otros pobladores, no eligió un terreno por lo propicio que podía llegar a ser para la cría de ovejas y vacunos sino por su belleza. Permaneció por más de cincuenta años en aquel lugar encantador aunque solitario; cultivó hortalizas, centeno y árboles frutales. Su vida, aunque rica en entusiasmos, iniciativas y sagacidad, no fue nada fácil, al contrario,

fue muy dura. Sus tres hijos, dos de los cuales se recibieron de guardaparques, murieron antes que él; solo sobrevivió su hija que, por otra parte, se mudó a Buenos AiresIX.

Justo en el frente de la casa estaban Andreas, Fanny y el pequeño Peter Madsen. Andreas era un hombre corpulento, de cabello rubio como su esposa e hijo, con la nariz respingada enrojecida por el frío y unos bigotes alargados en las puntas. Fanny, con sus mejillas rosadas y de mediana estatura, a Nellie le resultó amigable inmediatamente. Le dieron la bienvenida en danés, idioma que hablarían a diario durante los cuatro años de su estadía en ese lugar.


Estancia de Andreas Madsen

Andreas la ayudó a bajar del carro, y Nellie necesitó un momento para desentumecer sus piernas antes de caminar hasta donde estaban Fanny y su pequeño hijo. Fanny estrechó su mano a la recién llegada, y, en ese momento, Margarita abrió los ojos para regalar una espléndida sonrisa a los dueños de casa. Si bien el sol radiaba en el cielo, el frío los obligó a entrar pronto.

Huischan bajó los dos bultos de Nellie después de dar agua a los animales. También bajó unas cajas, que Andreas entró a la casa, de las que Nellie no se había percatado durante el viaje.Por último, y lo que más parecía interesarle al dinamarqués, le entregó un sobre de tela con la correspondencia.

En los años que Nellie compartiría con los Madsen, la llegada de la correspondencia sería su contacto con el mundo. Ansiosamente esperada, incluía cartas, diarios, revistas y encomiendas.

Pensar alto, sentir hondo, hablar claro.

Antonio MachadoX

La casa de los Madsen era amplia. El juego de comedor estaba compuesto por bancos y una gran mesa, que reinaba en la sala principal. Además, dos cómodos sillones frente a un hogar, que en ese momento crepitaba suavemente, le causaron una buena impresión. Todo estaba decorado con el esmero femenino que permitía la realidad. Algunos cuadros bordados en punto cruz, portarretratos y vajilla primorosamente ubicados sobre carpetas circulares. Cada objeto transmitía dedicación y un dejo de añoranza. «Seguramente, Fanny intenta tener su pedacito de historia en este lugar», pensó Nellie.


Desde el primer día, tuvo claro su trabajo. Acompañar a Fanny en sus actividades, en la huerta y en el jardín de lupinos de color lila y flores autóctonas, que sobrevivían a las implacables nevadas. También se ocupaba de atender al niño y enseñarle sus primeras palabras, además de ayudar en la cocina y en el aseo de la casa. El clima todavía era lo suficientemente cálido como para caminar o pasear por los alrededores. El pequeño estaba fascinado con Margarita y participaba entusiasmado de los rituales del baño, la cena y de esos breves paseos al aire libre.

Fanny, que estaba embarazada de su segundo hijo, tenía náuseas matutinas, por lo que Nellie se ocupaba de los niños hasta la hora del almuerzo. Por suerte contaban con la ayuda de las esposas de los peones —Mary, de unos catorce años, era una gran compañera de Fanny también—XI, quienes hacían la higiene diaria de la casa y mantenían la ropa limpia. No le importaba fregar ni cocinar, pero el lavado de la ropa era odioso por el frío constante, que helaba las manos en cualquier momento del día.

Fanny era excelente cocinera, pero su estado la hacía alejarse de los olores de la comida y, desde lejos, le indicaba a Nellie los ingredientes y las cantidades. Muchas veces se vio a sí misma corriendo de la sala a la cocina para dejar a punto los manjares a base de cordero y verduras cultivadas en la quinta de la estancia. Los Madsen contaban con una despensa muy bien provista de especias y conservas, frutos secos y jaleas, ingredientes que no faltaban en la cocina danesa.

Los primeros meses fueron de gran aprendizaje y Nellie se sentía protegida en ese rincón del mundo, en ese frío pero imponente marco natural, que la resguardaba del pasado y la invitaba a soñar con el futuro. A Margarita, que había comenzado a dar sus primeros pasos, le gustaba jugar con Peter. Él se había convertido en el líder de ese dúo, que rápidamente aumentó con la llegada de Richard.

Por las noches, cuando los niños dormían y había ordenado las tazas del té que compartía con Andreas y Fanny, Nellie se quedaba junto al hogar y avivaba el fuego con algunos troncos, que le daban suficiente luz para leer. Andreas tenía una biblioteca heterogénea y muy nutrida de los más versados autores. Así, ella tenía libre acceso a los volúmenes importados de Europa, algunos todavía con la cubierta impecable y las páginas que nunca habían sido leídas.

Con los Madsen disfruté de mi pasión por la lectura, de la poesía de Hans Christian Andersen —a quien siempre había amado—, pero también de autores rusos, norteamericanos y mis favoritos, los ingleses. Había libros de escritores que no conocía, y el olor a nuevo de esas historias se impregnaba en mis fosas nasales, transportándome a un mundo de intrigas, misterios y aventuras, solía contar Nellie años más tarde.

Tanto valoraba Madsen su apetito lector que un día, cuando Huischan llegó con la correspondencia, la llamó y le dio un sobre. Hasta ese momento, Nellie no había recibido ninguna carta de sus padres, ni de sus hermanos de Puerto Santa Cruz, por lo que le sorprendió que ese sobre blanco, grande, estuviera a su nombre. Se trataba de un curso por correspondencia para aprender el idioma castellano. «Doce meses intensivos para hablar español», prometía el catálogo con la clase inicial.

Nellie recordó que una noche, luego de la cena, Andreas y su esposa habían comentado sobre esos estudios que dictaban en la ciudad de Buenos Aires y que, gracias al servicio marítimo de correos y telégrafos, llegaban hasta los confines de la Argentina. Se trataba de una entrega bimestral, con una carpetilla de actividades, folletos y un libro de tapas blandas y pésima calidad —comparado con los volúmenes daneses que leía—, pero muy didáctica, con ilustraciones y ejercicios. Desde ese día, todas las noches las dedicó a aprender el castellano que, por orden de Madsen, debía enseñar a su hijo mayor a la par de las lecciones en danés.

Durante los cuatro años que Nellie estuvo en la Patagonia, ahorró cada centavo que le pagaban. Si bien el sueldo no era alto, podía guardar hasta la última moneda, porque además de la comida, la proveían de ropa para ella y Margarita, le pagaban los estudios de castellano y compraban las escasas cosas que pudiera necesitar.

Los diarios de Buenos Aires llegaban con semanas de atraso, pero aun así los leían con fruición, al igual que los periódicos chilenos que se vendían en Punta Arenas. Junto a esas lecturas, una revista generaba en Fanny y Nellie especial interés. Se trataba de la publicación Mireya, editada por una tal Lucía Godoy, que luego usaría el seudónimo de Gabriela Mistral.

Allí, esforzándose por pronunciar y comprender cada palabra, las dos mujeres descubrieron a los poetas de esa latitud. Admiraron las fotografías de gran tamaño, principalmente con mujeres hermosas, actrices de cine de la época y un listado de artículos de la más variada índole.

La revista pretendía guiar la lectura de la juventud, creando un puente cultural «entre la juventud provinciana y la alta cultura cosmopolita»XII. Contabilizaba, entre sus colaboradores, a la célebre Alfonsina Storni —quien entregó su poema «Dulce y sombrío» a la exclusividad de Mireya—XIII, a Amado Nervo, Rabindranath Tagore y otros ilustres escritores que enaltecieron esta publicación.

Los estudios de español de Nellie, así como la lectura de poetas y escritores de diverso origen, no hicieron sino fortalecer su carácter y definirla en su personalidad. Nellie pensaba que esa vida con los Madsen era una etapa importante, pero que de ninguna manera sería su futuro. Conocer el idioma le dio confianza para pensar que más adelante, cuando Margarita tuviera edad escolar, podría instalarse en Punta Arenas o, quizá, en la gran ciudad de Buenos Aires.

La vida en la Patagonia era rigurosa. El ritmo de todo lo marcaba el clima, desde los cultivos hasta el sueño. En los meses de sol fuerte, se dormía menos porque había que aprovechar para construir, reparar y tomar todo lo que la naturaleza ofrecía, previniendo los largos encierros a los que obligaba la temperatura bajo cero en invierno.

La intimidad del matrimonio Madsen —que parecía mimetizarse con la majestuosa naturaleza que los albergaba— y la llegada del tercer hijo, nombrado Fitz Roy en honor al monte, daban a Nellie la certeza de que su estancia con ellos estaba llegando a su fin. Andreas y Fanny no estaban de acuerdo con su partida, y las semanas previas fueron tensas. Nellie dejaba un gran vacío que los Madsen no aprobaban pero que tampoco podían impedir.

Ella quería educar a su hija, expandir sus horizontes y la montaña comenzaba a oprimirla… La primera vez que les planteó a los Madsen su intención de renunciar al trabajo, recibió un rechazo doloroso. Tanto Andreas como Fanny no comprendían su necesidad de cambiar el rumbo. A Nellie no la intimidaba el disenso, aunque sentía la responsabilidad de contar con un plan serio para su futuro.

Esa noche redactó una carta para Hans, su exesposo:

Querido Hans, no habrá esperado recibir noticias mías. Seguramente mi último contacto con usted hayan sido los documentos del divorcio. No podemos negar que tenemos una hija en común, no me hago muchas ilusiones de que nos reciba de vuelta, porque esta situación de partir fue idea mía. Pero piense en Titte, no tema, tengo mis ahorros y nos quedaremos en lo de Rasmus unos meses. Él es tan amable con nosotras como siempre.

Si cree que la gente no nos odia tanto, a veces pienso en volver a Dinamarca, Fanny y Andreas se enojaron porque me voy de Fitz Roy.

He sufrido y estoy cansada de luchar, quiero la vida que siempre soñé. Titte es grande ahora y puede entender, ella me insiste en viajar hasta usted. Si nos dijo que nos quería, por qué no viene a buscarnos.

Espero su respuesta. Perdóneme.

Petrea 3


Carta original de Nellie

No planeaba enviar esa carta. Solamente la tranquilizaba saber que era una opción si las cosas no marchaban bien.

Tal como lo había hecho cuatro años atrás, recorrió con Margarita el majestuoso río de las Vueltas y atravesó la Patagonia, pero esta vez en dirección al océano Atlántico. En Puerto Santa Cruz, las esperaban Rasmus y su esposa, quienes las hospedaron unos meses hasta que partieron madre e hija a la capital, abriéndose camino una vez más, solas. En ese tiempo, Nellie escribió a sus padres en Dinamarca, a su exmarido Hans y a su hermana. Las cartas reflejaban la incertidumbre, la soledad de sus decisiones y la remota posibilidad de regresar a Europa. Aun así, le devolvió a Hans el dinero que él le había mandado por telegrama, en una clara postura que al interior de su corazón la llenaba de dudas.

Los meses con Rasmus fueron entrañables, la amabilidad y buen humor de su hermano la reconfortaban. Margarita se había convertido en una niña locuaz, expresiva y, con seis años, hablaba perfectamente el danés y, a la par de su madre, el español. Ellas no lo sabían, pero una vez más, la instrucción y el estudio serían la llave para abrir nuevas oportunidades.

Buenos Aires, 28 de noviembre de 1921

En un mar de plata, helado y gris, zarparon hacia la capital, a bordo de un barco de vapor que transportaba lana. Hicieron paradas en Puerto Madryn y Puerto Belgrano antes de llegar a Buenos Aires. En cada muelle, subían y bajaban pasajeros, hombres solos, familias con niños y hasta un sacerdote.

Esta vez, Margarita disfrutó la travesía. Preguntaba todo y sobrellevaba estoicamente las tardes tormentosas cuando las olas, merced a los vientos fuertes, mojaban la cubierta del barco y solamente podía observarse el mar desde los ojos de buey de los camarotes. Al llegar a Buenos Aires, las esperaba un compatriota de apellido Ambrosius, que siempre se ocupaba de ayudar a los daneses que necesitaban hospedaje y destino en la Argentina.


Embarque de pasajeros en el sur patagónico


La Argentina recibió a miles de inmigrantes europeos que poblaron sus tierras. El Gobierno pretendía crear nacionalismo en torno a la aplicación de la ley de educación, la enseñanza de los símbolos patrios y, fundamentalmente, del idioma.

[De todas maneras, en esa época, la élite cultural despreciaba] a los inmigrantes porque desconocían el idioma nacional, y despreciaba a las clases populares incultas porque solo hablaban el idioma nativo. El cos-mopolitismo lingüístico era un pequeño club cerrado. […] Durante el Centenario, encontramos este mismo fenómeno entre personalidades defensoras del criollismo y la hispanidad como Ricardo Rojas, Enrique Larreta, Ricardo Güiraldes o Manuel Gálvez.

Este último, al ser uno de los escritores nacionalistas más fervorosos por su pluma y su verba de la primera mitad del siglo XX, se enorgullecía de que su novia y futura esposa, Delfina Bunge, le escribiese en privado cartas en francés, o publicase sus primeros libros de poemasXIV en la lengua de MontaigneXV.

En este contexto, Nellie Petrea Nielsen, con veintiocho años y una educación privilegiada en idiomas, tenía oportunidades. Además, el hecho de ser una mujer divorciada e independiente, con una hija criada por ella sola, la colocaba en un estrato social de mujeres que podían trabajar y ser libres de las ataduras más tradicionales de la época.

Tras pasar unos días con la familia de Ambrosius y por consejo suyo, se armó de valor para presentarse ante Madame Fontaine.


El atelier de Madame Fontaine

Madame Fontaine era una amante de la Argentina. Había llegado desde París a principios de siglo con el arte de la moda en sus manos. Habiendo sido discípula de Jacques Doucet en su casa de alta costura, en Francia, tuvo la oportunidad de llevar a Buenos Aires un importante pedido para una familia porteña, que además requería la atención de arreglos y ajustes a los costosos vestidos.

Con cuarenta años y una personalidad aventurera, se enamoró de esa capital sudamericana que se preparaba ostentosamente para celebrar el centenario de la Revolución. La mujer de porte elegante y gestos glamorosos cumplió con su trabajo para la Maison Doucet y, carta de por medio, presentó su renuncia para instalar su atelier en la calle Florida. Allí se dedicó a la confección de sombreros femeninos, un artículo requerido y símbolo de actualidad cosmopolita. Sus principales clientas no eran las damas de la alta sociedad, que seguían esperando los últimos modelos parisinos, sino aquellas mujeres que se abrían camino con ideas y proyectos propios.

Las mujeres porteñas empezaron a cambiar sus actividades, dejaban sus hogares para salir a trabajar y se lanzaron a la moda, que hasta ese momento había sido patrimonio solamente de la clase alta.

En la Argentina, se imponía la moda francesa. Las mujeres de nivel socioeconómico alto realizaban sus compras en París. Las marcas más privilegiadas de la década fueron Worth, Paquin, Doucet y Poiret. Con el tiempo, estas grandes firmas pudieron ver que el mercado sudamericano, en especial el argentino, era el mejor comprador.

Por eso enviaban a comisionistas oficiales a Buenos Aires con baúles repletos de ropa, para proveer a sus clientas.

Así, las mujeres de clase media que querían vestirse como las damas de alto nivel adquisitivo, empezaron a encargar sus prendas. Gracias a ello, tanto los modistos argentinos como los extranjeros arribados al país empezaron a dedicarse a la alta costura.

La década de los años 20 fue la más atrevida y transgresora. Fue una época de cambios que afectaron los aspectos culturales, sociales, económicos y políticos. La vestimenta de las mujeres constaba de vestidos rectos hasta las rodillas, sin marcar la cintura, realizados en colores como el gris y el marrón para el día, y negro y azul para la noche. Las mujeres argentinas de bajo nivel económico vestían con trajes de dos piezas, saco y falda a media pierna, en la gama de colores claros, acompañados con un cinturón bajo y zapatos negros.

En cuanto a la estética del cabello, se usaba corto, al estilo varonil, un corte conocido como «bobbed», el cual fue popularizado por Irene CastleXVI.

Las mujeres por esos años también se sumaron a la moda de vestir sombreros. «Usaban los tipo casquete o sombreritos pequeños de topé, que es un fieltro muy fino, parecido al terciopelo, con mezcla de pelo de conejo. La mujer antes tenía que salir con sombrero, con guantes y con medias, aún en verano»XVII.

El atelier Fontaine ejercía fascinación sobre sus clientas.La confección de sombreros era un arte; los había de fieltro, de piel y de paño importado. El modelo cloche o campana tenía una copa hemisférica y un ala mínima. Inventado por Caroline Reboux, presentaba un característico estilo masculino. Se usaba encajado en la cabeza, fomentando así el corte o el peinado à la garçon. El sombrero cubría la frente y dejaba ver apenas los ojos, obligando a la portadora a levantar el mentón.


Cuando Madame Fontaine la vio llegar con la niña de la mano, la contrató al instante. Leyó la carta de recomendación distraídamente y le enseñó a Nellie las primeras reglas del trabajo: vestir bien y ser cuidadosa en los detalles, intercalar palabras francesas al español cuando hablaba con las clientas y llevar al día, con prolijidad, los libros de la economía del taller y de la casa.

Nellie estaba acostumbrada a adaptarse a nuevas experiencias y esta vez no le costó. Todo en Buenos Aires parecía brillar de noche y florecer de día, se percibía un frenesí por vivir, una necesidad de ser protagonistas de la historia. Muy diferente de la vida respetuosa de los ciclos naturales de la cordillera, los años en el barrio porteño de Montserrat corrieron al ritmo de los cambios sociales.

La rutina se iniciaba a las siete de la mañana. Nellie debía preparar el desayuno para las cuatro mujeres: Madame Fontaine, Margarita, una ayudante de limpieza que pasaba el día en la tienda, y ella. La casa estaba en la parte posterior del atelier, una especie de construcción alargada, que compartía un patio interno con dos viviendas más. En el piso de arriba, vivían dos familias que trabajaban en comercios cercanos. Sobre la calle Florida, que desde 1913 era peatonal en algunos tramos, estaban las tiendas más conocidas, como Gath y Chaves, la galería Güemes y la librería El Ateneo, que otorgaban al paisaje una apariencia deslumbrante.

El desayuno compartido ordenaba el día en la casa de Madame Fontaine. Margarita partía para la escuela y la joven comenzaba la limpieza. Nellie hacía los pedidos y las compras. Madame Fontaine, siempre con las perlas alrededor del cuello, transformaba mágicamente el silencioso taller en un coqueto ámbito de encuentro e intercambio de interesantes personalidades. La música sonaba en un fonógrafo y la mujer de maquillaje perfecto y zapatos de taco componía su personaje.

Para Nellie, nuevamente, los libros fueron compañía en sus ratos libres. En el atelier, había una pequeña biblioteca, exclusivamente de poesía, que Madame Fontaine declamaba con histrionismo cuando tenía clientas de confianza.

Las damas solían encargar sus sombreros trayendo el atuendo con el cual combinarlos. Se cambiaban en las salitas preparadas para ello y salían mostrando sus figuras, mientras la dueña les aconsejaba modelos y color.


Foto: Margarita, en el atelier, junto a dos clientas

—Ma chère amie —les decía sonriente mientras Nellie miraba la escena repetida— ¡te ves… fascinant, éblouissant, unique!4.

Se sintió sobrecogida cuando la vio entrar por la puerta. Madame Fontaine le había hablado de su clienta más especial, y Nellie sabía muy bien de quién se trataba. Pero una cosa era leer El dulce dañoXVIII sabiendo de memoria el poema «Dulce y sombrío» —publicado por primera vez en la revista Mireya—, y otra cosa era verla así, humana y corriente, decidiendo qué sombrero comprar. Alfonsina parecía cómoda en el ambiente del atelier.

Las conversaciones entreveraban política, moda, literatura. Pero lo que más disfrutaba Nellie eran los relatos sobre las reuniones en las que Alfonsina frecuentaba a escritores e intelectuales, como Manuel Gálvez y su esposa Delfina Bunge, José Ingenieros y Manuel Ugarte. Todos ellos participantes de Anaconda, una agrupación literaria que acogía a escritores de diversos orígenes.

En esa época, Alfonsina había publicado con escaso éxito LanguidezXIX. Escribir poesía no alcanzaba para sobrevivir, por lo tanto, trabajaba de directora de una escuela en Marcos Paz. Esta institución, que funcionaba en una casa rodeada de un gran jardín, contaba con una biblioteca de dos mil libros, que le permitió completar sus lecturas.

Además, escribía artículos como «Feminismo perfumado», «¿Existe un problema femenino?», «Las mujeres

que trabajan», «¿Quién es el enemigo del divorcio?» o «Nosotras… y la piel», en los que la fascinante y audaz escritora dio buena muestra de su mirada mordaz y clínica, radicalmente avanzada en tiempo y forma a su épocaXX.

Tal vez se identificaron porque ambas criaban solas a sus hijos, seguramente la poesía ayudó. Desde ese momento, Nellie tuvo a Alfonsina Storni como una de sus autoras preferidas y sumó en su biblioteca personal varios volúmenes de las obras de la poeta.

Margarita avanzaba bien en la escuela, aprendía rápido y Nellie procuraba completar sus estudios enseñándole a escribir en danés e inglés. La pequeña se sentaba en un rincón del atelier y, por las tardes, mientras un grupo de mujeres bulliciosas desfilaban eligiendo y probándose nuevos modelos, dibujaba cuidadosamente las palabras en imprenta primero y en estilo gótico después. La tinta solía mancharle las manos, que una vez terminada la tarea, se ocupaban de juntar retazos de telas del suelo para jugar a la modista y crear ropitas para sus muñecas. Era la consentida de Madame Fontaine, que solía sentarla en sus rodillas y hacerla reír con sus ocurrencias.

La clientela del atelier era variada, principalmente mujeres de clase media que trabajaban y querían estar a la moda. Las conversaciones frívolas sobre las tendencias de diseñadores franceses, artistas que aparecían en las revistas de actualidad y personajes de la vida social podían acaparar muchas horas de su tiempo, pero también se desataban interminables discusiones sobre las necesidades de las clases sociales más empobrecidas.


Nellie y Margarita en Buenos Aires

Alfonsina les había contado de una visita que la conmovió. Había ido a un sindicato, el de las Lavanderas Unidas, que se encontraba a varias cuadras de allí, y había visto una realidad que la perturbó hasta hacerla dudar del sentido de sus poemas.

Nellie entendía muy bien de qué hablaban. Había sufrido la pobreza en Dinamarca, había sentido la soledad y la injusticia al tener que partir a una tierra lejana casi a ciegas, haciéndose cargo de su hija y venciendo el miedo. Pero cada uno de esos pasos la definía más. El desarraigo, la frustración de su matrimonio, el apoyo de sus hermanos, la relación con los Madsen y ahora esta parte de su vida que la embebía de ideas y cuestionamientos. Recordaba «Pensar alto, sentir hondo, hablar claro», la frase que Andreas Madsen había tallado en la entrada de su estancia y que la acompañaría para siempre, como un lema.

Las estaciones del año pasaban. Margarita había terminado su tercer año escolar con buenas notas. Se acercaba el verano, y Nellie pensaba en llevarla a pasear y recorrer la ciudad. También pensaba en aceptar las invitaciones de otras familias danesas con las que había entrado en contacto durante el año y que vivían en Buenos Aires.


Pero a fines de octubre de 1923, Madame Fontaine le propuso un viaje: una de sus clientas más valiosas, redituablemente hablando, era la esposa del embajador sueco en la Argentina, que por decisión diplomática, se acreditaría en Bolivia. El matri-monio necesitaba viajar pronto y buscaba una institutriz que acompañara a sus tres pequeños hijos en un viaje hasta La Paz y, desde allí, a Perú. Luego irían a Suecia por dos meses.


Margarita junto a los tres hijos del embajador sueco, en La Paz

Nellie necesitó mirar un atlas para consultar los países y ciudades que había mencionado Madame Fontaine y confiar en sus palabras:

—Ma chère Nellie, c’est une grande opportunité!5

La cabeza le daba vueltas, el pago era muy bueno, sería solo el viaje de ida, ya que la familia regresaba a La Paz en marzo. Ella podría volver a Buenos Aires por su cuenta, al trabajo que adoraba con Madame Fontaine. A la esposa del embajador la conocía del atelier, era una mujer alta y de porte elegante, con la que había hablado muchas veces en francés e inglés.

El único requerimiento —sin excepción— de Nellie era viajar con su hija, pero eso no representó ninguna dificultad.

Los tres niños suecos eran educados y muy conversadores. Al principio tuvieron mucha vergüenza con Margarita, pero a las dos horas de viaje, ya parecían todos hermanos. Viajamos en primera clase, ese tren parecía un hotel, nos servían té, bebidas frías y comida… Además, ocupábamos dos camarotes con unas camas muy cómodas. En uno de ellos, dormían los dos niños, y en el otro, que se comunicaba por una puerta, dormíamos la niña, Titte y yo, contaría Nellie mucho tiempo después.

Margarita recordaría ese viaje como unas grandes vacaciones. A sus hermanos les diría del barco gigantesco que tomaron en Perú, una vez que hubieron pasado por Bolivia y que el embajador y su esposa se sumaran al grupo de viaje.

El diplomático y su familia sabían moverse en el mundo, resultaba todo muy sencillo cuando había autos esperando para recibirlos y acercarlos al próximo destino. Nellie se asombraba por el trato deferente que les daban los miembros de la tripulación, que atentos a cualquier requerimiento, brindaban todo tipo de respuestas. El diplomático estaba siempre ocupado y lo veían nada más en el almuerzo o la cena. El resto del tiempo, Nellie estaba con los niños y, de a ratos, con la señora.

Disfrutaba de ver a Titte jugando en la cubierta del enorme transatlántico. Atrás había quedado el calor sofocante de la ciudad de Lima, en la cual estuvieron varios días hasta embarcar rumbo a Europa.


Foto: Margarita y sus compañeros de viaje en el puerto de Lima

19 de diciembre de 1923, canal de Panamá

Entre los más grandes esfuerzos pacíficos de la humanidad que han contribuido significativamente con el progreso en el mundo, la construcción del Canal se destaca como un logro que inspira admiración. Este triunfo de ingeniería sin paralelo fue posible gracias a una fuerza internacional bajo el liderazgo de visionarios estadounidenses, e hizo realidad el sueño de siglos de unir los dos grandes océanosXXI.

Atravesar el canal de Panamá tuvo dos impactos en Nellie: por un lado la majestuosidad de la obra, que recordaría hasta sus últimos días. Por otro lado, la sensación de crecimiento personal. Allí iban las dos, Margarita y ella, de regreso a su tierra natal. Nellie sentía ansias de ver a sus padres, de que Titte conociera a Hans, pero con la seguridad de volver luego a su vida en la Argentina, que aún tenía muchos capítulos por delante...


Estocolmo, 16 de enero de 1924

La familia sueca dio por terminado el trabajo de Nellie cuando arribaron a la capital del país. En pleno invierno, el contraste de las temperaturas de las últimas semanas provocó en Margarita un resfriado muy fuerte, que terminó en altísima fiebre y tos. Un médico del barco la atendió y, si bien estaba debilitada, al llegar a tierra firme, su situación ya no era preocupante.

El arribo a Copenhague fue rápido y la barrera del idioma desapareció, las palabras simplemente fluían. Estaba en su casa nuevamente, y el reencuentro con sus padres, con sus hermanos y nuevos sobrinos fue cálido, todos querían ver a Margarita y saber de su vida en la Argentina.

Cuando Margarita ingresó en la casa de sus abuelos, ya había anochecido y el comedor estaba en penumbras, por lo que ella preguntó: «Mor, ¿hay luz?», y todos empezaron a reírse, pensando que había preguntado si había pulgas (lopper)6.


Johannes Larsen era un hombre intrépido y acostumbrado a sobrevivir. Cuando Dinamarca perdió dos quintos de su territorio —en la II Guerra de Schleswig-Holstein— las ciudades absorbieron a miles de familias que vivían en el campo.

Este fue el caso de los Larsen, y especialmente de Johannes, que al crecer eligió migrar rumbo a los Estados Unidos de Norteamérica. Johannes era un idealista que quería conocer el mundo y representó a ese grupo de emigrados individuales, aventureros y jóvenes.

En Copenhague había agentes de migración registrados, que ofrecían el destino y el trabajo. Los Estados Unidos eran la primera elección, la Argentina, la segunda y en un lejano tercer lugar, Brasil o Australia.

Los agentes principales, que funcionaban como agentes o representantes para las firmas extranjeras en el servicio de transportes crearon una cadena de subagentes en todo el país. En los años 80 contaban con más de 1.000 subagentes en Dinamarca. Los subagentes funcionaban como propagandistas y contribuían en su trato diario con la gente a divulgar la idea de la emigración. Los agentes cobraban una comisión por cada cliente que llegaba a firmar un contrato con el agente principal. Los agentes contaban con una cantidad de material de información, como folletos, literatura, etc.XXII.

Johannes se entusiasmó con la publicidad que ofrecía trabajo y pasaje. La vida en Copenhague no le atraía y todo su capital era experiencia y juventud.

Se fue a Norteamérica a trabajar como peón de campo. Pero la vida en el mar le gustó y demostró habilidades que lo transformaron en parte de la tripulación de embarcaciones que cruzaban el Atlántico llevando y trayendo gente y productos. En algunas épocas, se quedaba una temporada en New Jersey trabajando como peón hasta que se aburría y partía otra vez hacia Europa7.

Mil novecientos veintidós fue su última aventura en soledad. El barco en el que zarpó de los Estados Unidos era un transoceánico de lujo, que llevaba pasajeros con destino a los puertos de Suecia y de Noruega. Durante el viaje, Johannes se sintió mal, con síntomas de la temida fiebre amarilla. La temperatura muy alta, insoportable dolor de cabeza y un debilitamiento general que le causó inconsciencia, además de vómitos oscuros.

El terror de la tripulación fue total. En ese momento, el hecho de imaginar un contagio masivo en los pasajeros hubiera conducido a arrojar al enfermo por la borda —como se había hecho en otros barcos—. Pero tratándose de Johannes, un compañero de viajes, optaron por encerrarlo en un cuarto sin ventilación y aguardar su deceso en soledad. Uno de los marineros que había trabado amistad con el danés se apiadó de él, que apenas gemía mientras perdía su conexión con la vida, y le dejó una botella de whisky para sus últimas horas.

La llegada a Oslo ocurrió dos días después. Tras hacer bajar a todo el pasaje, el capitán resolvió abrir el camarote, que anticipó pestilente y fatídico. En lugar de ello, ¡se encontró con un hombre saludable junto a una botella vacía!

Luego de su episodio de fiebre amarilla y una cuarentena obligada en Noruega, Johannes viajó a Dinamarca. Necesitaba reunir dinero suficiente para un pasaje y probar suerte, esta vez, en la Argentina. Trabajó en una empresa de forestación, en la que cultivaban árboles —coníferas, hayas, robles y fresnos— y los vendían a las granjas o ranchos de la zona.

Esta actividad conectó a Johannes con la naturaleza, le permitió experimentar con semillas, ciclos y pestes del cultivo. Los viajes y peripecias le dejaron enseñanzas y un propósito: trabajar con ahínco para partir en dos años hacia Sudamérica y, mediante algunos contactos y facilidades que daba el gobierno radical de la Argentina, arrendar tierras para tener su propio monte de árboles y una casa.


Febrero pasó con lentitud, los días cortos de ese invierno especialmente crudo reavivaron la tos de la pequeña Titte.

Probó todas las medicinas caseras de la familia, que se esmeraba en complacerla.

La posguerra fue larga en Europa, y la neutralidad de Dinamarca había favorecido su economía, ya que los países vecinos —diezmados humana y económicamente— no competían por los mercados que habían conquistado los daneses. Aun así, viendo que su familia tenía una mejor situación económica, Nellie sentía que ese no era su lugar. Terminó de confirmarlo al no encontrar a Hans, su exesposo y padre de Margarita, que estaba de viaje.

El 23 de abril de 1924, partieron nuevamente hacia Buenos Aires, a esa ciudad que no dormía y que las esperaba en medio de sombreros y poetas gloriosos. Por segunda vez en sus vidas, La Sirenita del puerto les dijo adiós.

Sin embargo, esta vez el trayecto era diferente: zarparon hacia Southampton, Inglaterra, en una embarcación menor, y desde allí, a América, a bordo del Almanzora, un barco de la Royal Mail Steam Packet Company8,XXIII. El Almanzora hacía escala en San Pablo, donde Madame Fontaine le había contado a Nellie que estaba el serpentario más impresionante del mundo.

Los primeros días de viaje casi no salieron a cubierta, a Nellie le preocupaba la salud de Margarita. Esta vez tenían un camarote privado en segunda clase, con un ojo de buey que permitía ventilar y ver el exterior, de manera que las salidas eran al cuarto de baño y al comedor.

Ya en alta mar, una tarde de sol, madre e hija se abrigaron para recorrer el barco. Margarita estaba entusiasmada de jugar con otros niños y Nellie por entablar conversaciones con adultos. Con sus gorros de piel y manguitos para protegerse del frío, caminaron en dirección al puente de mando.

Johannes las vio acercarse y dejó su trabajo un instante. Su experiencia en otros barcos le dio la posibilidad de permanecer más tiempo en cubierta, porque podía ayudar. Si no, los pasajeros de tercera clase tenían contados los minutos de aire libre y recreación. Sus conocimientos le valieron para obtener un lugar más cómodo si se encargaba de algunas tareas de mantenimiento.

Margarita inició la conversación diciendo que en Dinamarca hacía mucho frío y que ella y su mamá se volvían a la casa de los sombreros de Buenos Aires. Suficiente información para abrir una amena plática que se dio cita cada tarde en la cubierta, cuando el clima lo permitía. Ambos, Nellie y Johannes, habían nacido en la isla de Sjælland, por lo que compartieron rápidamente historias y conocidos comunes.

Johannes le habló de sus planes en la Argentina, de sus sueños de sembrar la tierra y ver crecer su propio bosque de árboles. Nellie le describió el atelier de Madame Fontaine y capturó su atención cuando le contó de la Patagonia y la inmensidad de esa naturaleza que el danés quería conocer.

Cuando faltaban dos días para arribar al puerto de Santos, en Brasil, y unos siete para llegar a Buenos Aires, Nellie dijo que quería bajar a tierra y visitar en las afueras de la ciudad brasileña el famoso serpentario. El barco permitía a los pasajeros de primera y segunda clase pasear unas horas antes de seguir hacia su destino.

—Johannes, con Titte vamos a bajar en el puerto, quiero conocer un parque, ¿quiere venir con nosotras? —invitó Nellie.

—¡No pensaba dejarlas solas en este país, cuando me contaste tu plan, ya me había apuntado! —respondió.

Puerto de Santos, San Pablo, 18 de octubre de 1924

Vestidas con la ropa de verano que habían usado al partir de Lima dos meses atrás, Nellie y Margarita descendieron las escaleras de madera junto a cientos de pasajeros deseosos de caminar en suelo firme. Se encontraron con Johannes un rato más tarde, cuando terminó sus obligaciones en el barco.

Con el calor sofocante y el sol ardiéndoles las caras, los tres viajeros perdieron la cuenta del tiempo una vez que el paisaje empezó a envolverlos rumbo al parque del serpentario. La muestra de serpientes vivas y embalsamadas pertenecía al prestigioso Instituto Butantan. Había sido creado en 1899, cuando un brote de peste bubónica llevó a la Administración Pública de Brasil a fundar un laboratorio para la producción de un suero que la combatiera. Luego, con el objetivo de difundir ampliamente la ciencia, se especializó en la producción de suero antiofídico.

Johannes quedó fascinado con los árboles del parque Butantan que, debido a su origen, al número limitado de especímenes o a su condición ecológica, se consideraban raros. Algunos con características excepcionales, como flores fragantes o de colores, maderas con texturas singulares o tamaño monumental.

Por su parte, las serpientes resultaron impresionantes, «repugnantes y aterradoras», y ya nunca se olvidarían de esa incursión a la naturaleza, que les brindó información específica sobre el veneno y los accidentes causados por estos animales.

Con Titte entretenida en el paseo, Nellie conversaba con Johannes, y las horas pasaban con rapidez. Un guía les contó sobre el instituto y la necesidad de fabricar sueros antiofídicos, especialmente para los trabajadores de las plantaciones de café, que frecuentemente sufrían la mordedura de víboras. Además, les explicó que eran dos los tipos de ofidios más peligrosos y que uno de ellos era importado de Europa.

Regresaron al puerto cansados y alegres por su travesía. Faltando doscientos metros para el muelle de embarque, Johannes divisó a lo lejos un gran buque que se perdía en el mar. Corrieron agitando ingenuamente los brazos, entre risas y preocupación. Mezclaban pedidos de auxilio en danés y castellano, mientras las personas los miraban como si fueran desquiciados… El barco se había ido sin ellos tres.

Puerto de Buenos Aires, 24 de octubre de 1924XXIV

Luego de recuperar sus pertenencias en el Hotel de Inmigrantes, Nellie aún estaba sorprendida de la capacidad de resolución que había demostrado Johannes con el inconveniente en Brasil. Su vida en los puertos y el conocimiento de algunos atajos les había permitido alojarse en un hotel similar al de Buenos Aires, que daba cobijo a inmigrantes sin recursos, y conseguir pasajes para los tres en una embarcación menor.

Esos días alimentaron la relación entre Nellie y Johannes, que pasó de la formalidad a una franca amistad, por lo que la despedida en Buenos Aires les dejó un sabor triste en los labios. Nellie y la pequeña Titte regresaron al atelier de Madame Fontaine, que las recibió con su acostumbrado glamour y algarabía, mientras que Johannes emprendió viaje rumbo al sudeste de la provincia de Buenos Aires.

Seis meses más tarde, llegó una carta en la que el danés invitaba a Nellie y su hija a conocer su nuevo hogar: una chacra en cercanías al joven pueblo de Aparicio, en el partido de Coronel Dorrego.

Esta vez Nellie viajó sola. Dejó a la niña a cargo de Madame Fontaine y visitó a Johannes, quien le compartió sus planes y le propuso una vida juntos. Recorrieron la incipiente plantación del monte, que apenas asomaba del suelo y que él cuidaba con dedicación. Le aseguró que había sembrado especies que le harían recordar la Patagonia, Brasil o Dinamarca, por la variedad.

Aquellos días juntos le dieron a Nellie una gran certeza. Su vida solitaria, sus colosales aventuras y experiencias habían sido únicas, pero la llanura interminable de Aparicio y ese hombre aguerrido, resuelto y honesto la ayudarían al fin a echar raíces propias. Se despidieron por última vez y Nellie partió a Buenos Aires a buscar a su hija.

Aparicio, 11 de septiembre de 1925

Cuando regresó al campo meses más tarde, esperó ver los árboles fuertes y mostrando sus brotes, tal como le había contado a Titte, pero en su lugar, encontró un reguero seco de ramitas que no iban a crecer. Las palabras de Johannes iban a perdurar en su mente el resto de sus días:

—Si fuese necesario, empezamos mil veces de nuevo, mi amor9.

Nellie Petrea Nielsen y Johannes Larsen contrajeron matri-monio en octubre de 1925. Hicieron una gran reunión, que congregó a compatriotas vecinos que poblaban la zona.

Los hermanos de Nellie —Rasmus y Pedro, con sus familias— también estuvieron presentes. Madame Fontaine le envió de regalo el vestido de novia, al que no le faltó un moderno sombrero cloche, y sus amigas de Buenos Aires le obsequiaron el ajuar para su vida matrimonial.

Atrás dejaba Nellie la ciudad y una historia que la enorgullecía. Por delante tenía un futuro con Johannes y Titte, luego llegarían tres hijos: Alberto, Inger y Juan.


FIN


Foto: Nellie y Johannes

2 En danés, mi pequeña Titte.

3 En danés original:

Kære Hans,

du ville ikke have forventet at høre fra mig. Min sidste kontakt med dig har bestemt været skilsmissedokumenterne. Vi kan ikke benægte, at vi har en datter til fælles, jeg har ikke mange illusioner om, at du vil modtage os tilbage, fordi denne situation med at forlade var min idé. Men tænk på Cheere, vær ikke bange, jeg har mine besparelser, og vi bliver hos Rasmuss i et par måneder. Han er så venlig mod os som nogensinde.

Hvis du tror, at folk ikke hader os så meget, tænker jeg nogle gange på at gå tilbage til Danmark, blev Fanny og Andreas gale, fordi jeg forlader Fitz Roy.

Jeg har lidt, og jeg er træt af at kæmpe. Cheere er så stor nu og kan forstå, hun insisterer på at rejse til dig. Hvis du fortalte os, at du elskede os, hvorfor kommer du ikke og finder os.

Jeg venter på dit svar. Undskyld mig. Petrea

4 En francés: Mi querida amiga, ¡te ves… fascinante, elegante, única!

5 En francés: ¡Mi querida Nellie, esta es una gran oportunidad!

6 Relato de Lisbet Larsen, nieta de Nellie. La pronunciación en danés de «luz» es «louup».

7 Relato de Alberto, hijo mayor de Johannes y Nellie.

8 Construido por Harland & Wolff en Belfast, tenía una capacidad de cuatrocientas personas en primera clase, doscientas treinta en segunda y setecientas sesenta en tercera. Fue un buque de la Armada Británica, que desde el final de la Primera Guerra Mundial, continuó al servicio del Gobierno como barco de transporte de emigrantes hasta 1947, año en que fue a desguace.

9 Hvis det er nødvendigt, begynder vi tusind gange igen, min kærlighed.

Epílogo:
Aparicio, primavera de 2010

El frondoso monte de eucaliptus sembrado por Johannes flanquea el camino hasta la casa. El sol brilla prometiendo una buena jornada, y Christian Larsen maneja el auto que me lleva a conversar con su abuelo Alberto, el primogénito de Nellie y Johannes. El bullicio de primos nos recibe y así, sentados al sol, entre pastafrola y mates, Alberto me ayuda a recuperar los puntos perdidos de ese tejido íntimo que es la historia familiar.


Mi mamá Nellie usaba letras redondas y nos pedía que usáramos las mismas. Ella nos enseñó a todos a escribir antes de ir a la escuela.

Era una mujer con muchas ideas, pienso que es por todo lo que ella vivió. Siempre nos dijo que era importante estudiar, que ella había logrado todo por el estudio, y mi papá nos decía que vayamos a jugar afuera al campo.

Y ella lo retaba. Es que mi papá era bravo, pero ella le discutía y terminaban sin hablarse por un día. Los recuerdo siempre… Él prendiendo el hogar, ella sentada leyendo.

Después te voy a mostrar las fotos de esa época. Yo me preparé porque vos ibas a venir, pero ¡no me dijeron que era algo tan importante como un libro!, concluyó sonriendo cómplice con esos ojos color cielo que heredó de sus padres.

Alberto me mostró con orgullo su casa, sus máquinas del galpón y sus inventos, y al caer la tarde, vimos juntos las fotos que atestiguan cada palabra escrita en esta historia.


II

Quiero mares de añil, y no estos ríos hechos como de lodo y de miseria. Cansada de llevar el duelo de todas las penumbras, y las nieblas; quiero un cielo con nubes en retazos y una noche de estrellas.

Julia Prilutzky Farny1

1 Julia Prilutzky Farny nació en Kiev, Ucrania, en 1912 y adoptó la ciudadanía argentina desde temprana edad.

La cercanía temporal de los hechos que relato en esta historia me interpela y sacude el corazón. Los invito a ustedes, queridos lectores, a sumergirse en los testimonios de mis entrevistados: Roberto, María, Catalina y Ana. Cuatro hermanos con los que compartí reuniones, entrañables charlas y hasta un grupo de WhatsApp, que incluyó audios con lágrimas y con risas; fotos y cartas; dudas y certezas.

Esta es la historia de sus padres, Vladimiro y Eleonora. Cuarenta y seis páginas que espero lean con paciencia y supla mi esfuerzo lo que en ellas falte2.

Diana Arias

2 Frase inspirada en el coro de Romeo y Julieta, de William Shakespeare.


Mapa de Europa

Crédito: Ezequiel Díaz Ortiz

Vladimiro Markon
Ciudad de Roma, 22 de septiembre de 1943

Corrió Vladimiro como si a su alma la llevara el diablo. La noche cerrada y gélida le quitaba el aire y, aun así, corrió perdiendo la noción del tiempo y del espacio. Escuchó los pasos desaforados de sus dos amigos, que de a poco se silenciaron hasta desaparecer.

Las luces de la ciudad se divisaban borrosas.

«Estaré soñando», pensó entre olores nuevos y un paisaje ajeno que se le metía en las retinas. Al perder un botín acordonado, el tobillo huesudo asomó sin reparos, y los guijarros que se le clavaban en la planta del pie le recordaron que seguía vivo. Anduvo sin descanso dieciséis kilómetros, desde las afueras de Roma hasta la entrada del convento salesiano de Villa Sora, donde un portón, abriendo con chirridos uno de sus arcaicos batientes de madera y hierro, lo liberó.


Abrió los ojos apenas. Una cama y una almohada, que le parecían imposibles, le hicieron pensar que estaba en el cielo. Lo despertó el hambre que le agujereaba el estómago, y unos movimientos a su alrededor terminaron de espabilarlo.

—Fratello… —Aquel hombre con barba y sotana marrón no terminó la frase.

—Vladimiro. Vladimiro Markon —dijo automáticamente y se incorporó a la defensiva, mientras el sacerdote le acercaba una bandeja con varias rodajas de pan y un tazón de té con leche y azúcar. Se sentía embrutecido por el hambre, por un instinto de supervivencia que lo obligaba a pensar rápido sin dejar de alimentarse. Devoró esa comida y recién entonces miró a su alrededor.

La habitación era de techos altos y paredes desnudas, con su cama y una silla como único mobiliario. En la pared sobre la que apoyaba la cabeza, colgaba una cruz con un cristo doliente.

—¿Dónde estoy? —preguntó en ucraniano y lo repitió en alemán, pero la cara inexpresiva del hombre le dio a entender que no comprendía sus palabras.

Vladimiro cerró los ojos, se sintió flotar, y el cansancio lo venció nuevamente. Le pareció sentir que alguien salía del cuarto. Luego supo que desde su llegada había dormido veintidós horas.

Encontró su ropa a los pies de la cama y se vistió, salió descalzo porque no tenía más que un zapato para ponerse. La habitación daba a una gran galería de altas y antiguas paredes abovedadas, que conectaba muchas puertas a un enorme patio con plantas ornamentales, frutales, bancos y caminos de grava. El cielo amena-zante le devolvió realidad a sus sentidos.


Portón antiguo del convento de Villa Sora

Observó sacerdotes por todas partes, caminando de a pares, sentados en bancos, leyendo y hasta uno trabajando en el jardín. Esta vez, su cuidador, el que le había dado su primera comida decente en meses, estaba con otra persona, que le habló en su idioma.

—Vladimiro Markon, bienvenido a Villa Sora, aquí eres bien recibido —le dijo sonriendo.

Vladimiro sintió ganas de llorar, de reír, de abrazar a esa gente, apenas recordando la amabilidad posible en el trato humano.No tuvo palabras para responder y estrechó la mano del cura. Pensó que el infierno que lo tuvo prisionero dos años y ocho meses quedaba atrás y él estaba vivo.

Su cabeza daba vueltas. ¿Realmente había logrado escapar? ¿Terminaba su calvario? ¿Lo delatarían en ese lugar ante los nazis? ¿Y sus amigos Paulo y Pietro? ¿Cuál habría sido su suerte? Con vaguedad recordó a Paulo llamándolo durante el escape, pero la oscuridad devoró también esas palabras.

Almorzó con los «hermanos», como se llamaban entre sí los miembros de esa comunidad salesiana. Desde principios de siglo, se ocupaban de la educación y la fe de sus alumnos en las afueras de Roma. La actitud simple y natural de confianza, el espíritu familiar, el optimismo y la alegría eran los valores que, a pesar de la guerra, querían promoverse en Villa Sora. De manera que se pretendía que todo invitado los tuviera en cuenta y los pusiera en práctica.

Tres días más tarde, Vladimiro fue interrogado por el rector del Instituto Salesiano de Villa Sora, Don Aspreno GentilucciI. Más allá de la actitud abierta, había sobradas razones para considerarlo un espía alemán. Tuvo que explicar de dónde venía —a lo que respondió con evasivas—, por qué había llegado allí y, lo más importante, por qué quería quedarse.

Su gran preocupación era la suerte de sus dos amigos. Le contó a ese religioso cómo había escapado y se enteró de que, a pocas cuadras, un hombre también había buscado refugio en una casa de familia. Debía de ser Paulo.

Semanas después de vivir en el convento, comiendo a diario y descansando en una cama como Dios manda, Vladimiro recuperó su buen semblante y humor. Tuvo, como siempre, una bendecida capacidad de mirar hacia adelante, tomando las oportunidades y dejando las heridas del cuerpo y las del alma para cuando hubiese tiempo. Además, sabía que su amigo Paulo estaba a salvo también.

El ritmo de trabajo en Villa Sora se asemejaba a un panal de abejas: no había grandes bullicios ni silencio absoluto… Todo el mundo tenía una tarea, todos estaban ocupados en un ritmo manso y constante.

Vladimiro trabajó duro en el convento. Ganando confianza entre la gente con la que compartía sus jornadas, aprendiendo un italiano básico para comunicarse y valorando las cosas simples; en esos años, había descubierto que eran las más importantes.

Las noticias sobre el inminente final de la guerra eran tema de conversación. La ocupación alemana en Roma estaba debilitándose, y el pueblo italiano era víctima de los bombardeos de la aviación aliada. La confusión imperaba entre los que no sabían muy bien quién ejercía el poder, si el Gobierno del Reino de Italia, que daba soporte a los aliados, o la República Social Italiana, que Mussolini había organizado en el norte para combatirlosII.


Vladimiro recuperó su porte de galán de cine, inclusive ataviado con la ropa que le habían dado en Villa Sora. Sus ojos color turquesa destacaban en el rostro anguloso. Un poco por su espíritu inquieto y otro tanto por la necesidad de ocupar su mente, el ucraniano se granjeó rápidamente amigos y se ocupó de reparar los anticuados sistemas eléctricos de esa magnífica construcción del siglo XVI.

Disfrutaba en grande las conversaciones con las personas que transitaban el convento y que le permitían reflexionar sobre la actualidad bélica. No era la cuestión estratégica del poder lo que le interesaba, sino la esencia profunda de la guerra y las motivaciones que llevaban a enfrentar hombres que —como él— luchaban por causas ajenas. Hablar lo ayudaba, conversar con esos hombres pacientes y reflexivos que comprendían que lo asaltaran recuerdos de manera intempestiva. Aquellos de la guerra, el hambre y la soledad.

Pero así como quería olvidar los campos de concentración y la falta de humanidad, hurgaba en su interior para recuperar un tiempo infinitamente lejano: Ucrania y su familia. Su padre Leon, Katja y Vasilico, sus hermanos, y la memoria de Matra, su mamá.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
27 mart 2025
Hacim:
297 s. 112 illüstrasyon
ISBN:
9789500211932
Sanatçı:
Telif hakkı:
Bookwire
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