Kitabı oku: «Un hijo inesperado»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 1999 Carol Hamilton Dyke

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un hijo inesperado, n.º 1093 - noviembre 2020

Título original: The Unexpected Baby

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

I.S.B.N.: 978-84-1348-893-6

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

POR QUÉ has tardado tanto en el cuarto de baño? –preguntó Jed con los ojos brillantes entreabiertos. Luego, la invitó–: Vuelve a la cama, señora Nolan. Y quítate esa bata. Es posible que sea bonita, pero tu cuerpo la supera.

Elena no fue capaz de mirarlo. Se sentía mareada. Se dijo que debía de ser por el shock que había sufrido o tal vez fuera por autosugestión. Metió las manos en los bolsillos de la bata de seda para que no se diera cuenta de que le temblaban.

Se le secó la boca sólo con mirarlo. Él era su vida, su amor, todo. La hacía sentir especial, segura, valorada.

Jed estaba desnudo debajo de la sábana. Era un hombre de más de un metro ochenta que irradiaba masculinidad. Tenía un cierto magnetismo sexual que la atraía poderosamente. Para ser un hombre de negocios de treinta y seis años, «el dueño de una tienda», como lo había descrito burlonamente una vez Sam, tenía el cuerpo de un atleta, y una cara casi perfecta, de no ser por un golpe que se había dado jugando al rugby.

El solo recuerdo de Sam hacía que tuviera ganas de gritar. ¿Cómo había podido ser tan descuidada? Ella había pensado que sabía lo que estaba haciendo cuando en realidad no había sabido nada. Simplemente, había perseguido tercamente su objetivo, y lo había logrado.

¿Y cómo haría para decirle la verdad a Jed? ¿Cómo haría para poner algo así en la belleza de aquella relación? La verdad era que no podía hacerlo. Todavía, no. No era el momento, cuando apenas habían pasado diez minutos desde la noticia.

Se quitó la bata con una opresión en el corazón. Se acostó al lado de Jed y luego se aferró a su cuerpo.

–Te amo… Te amo –le susurró.

–¿Todavía? ¿Después de una semana de casados? –bromeó él, acariciándole el pelo dorado.

–¡No te rías, Jed, no! –exclamó Elena angustiada.

–¡Como si me estuviera riendo! –sonrió Jed, haciéndola derretir. Luego la colocó boca arriba; él se apoyó en un codo, cubriéndola a medias con su cuerpo, y le acarició los labios con el pulgar.

Los ojos de Elena se llenaron de lágrimas. ¡Lo amaba tanto que casi le hacía daño! Tenía mucho miedo. No había tenido miedo jamás en diez años. Había sabido lo que quería y había hecho un gran esfuerzo por conseguirlo. Y ahora, por un momento de descuido, de locura, estaba atemorizada.

–Te pasa algo malo –le dijo él suavemente, frunciendo el ceño–. Dime qué es, querida.

No podía decírselo. Odiaba la idea de mentirle, aunque sólo fuera por omisión, pero no obstante, dijo con voz temblorosa:

–No, en realidad, no. Simplemente que lo que sentimos me asusta un poco, Jed.

Por lo menos aquello era verdad.

¡Aquel don precioso del amor entre ellos había llegado tan rápidamente, tan fácilmente! Se sentía demasiado feliz como para aceptar la idea de perderlo.

Tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta.

–Ya ves, todavía no puedo creer que te hayas podido enamorar de una divorciada de treinta años cuando podrías haber tenido cualquier mujer que te propusieras conseguir –dijo Elena, para aliviar la mirada sombría que veía en Jed. Intentó sonreír, pero no pudo. Entonces, cerró los ojos.

Él le besó las lágrimas.

–No me interesabas más que tú –le aseguró Jed–. Te he deseado desde el primer momento. Las circunstancias no podían ser peores, pero realmente yo sentía que ya te conocía por lo que me había contado Sam. Y con una sola mirada supe que quería estar contigo toda mi vida.

De eso sólo hacía seis semanas, cuando había viajado de España a Inglaterra para asistir al funeral de Sam. Y a pesar de la tristeza de la ocasión, del despiadado viento de abril del cementerio de Hertfordshire, había mirado un instante al hermano mayor de Sam y había sabido que aquél era el único hombre que podía romper su promesa de no volver a depender emocionalmente de un hombre.

Una sola mirada y su vida había cambiado. Ella había cambiado.

Jed se echó y la abrazó. Ella apoyó su cabeza en su hombro.

–No quería a ninguna de las mujeres que puedes encontrar si haces vida social: superficiales y vacías, el tipo de mujer que sólo se interesa por la cuenta bancaria de un hombre. Yo te quería a ti. Una mujer inteligente, con éxito, una mujer hecha a sí misma, y extremadamente bella. ¡Y muy sexy! Y por lo que me has contado, tu anterior matrimonio está totalmente superado. Te casaste cuando eras casi una niña. ¿Cuántos años tenías? ¿Diecinueve? Cariño, todo el mundo tiene derecho a cometer un error, ¡y tu error fue tu marido!

¿Un error? ¿Y qué pasaba con el último que había cometido? ¿Sería capaz de ser tan comprensivo?, pensó Elena.

Si por lo menos no se hubieran casado tan rápidamente. Si hubiera tenido en cuenta las posibles consecuencias de lo que habían hecho Sam y ella aquella noche… Los efectos del vino, la embriagadora promesa de una primavera temprana en España, la sensación de que le faltaba algo en su vida aparentemente perfecta, y una dosis de sentimentalismo la habían llevado a algo que podía estropear la relación con el hombre que amaba, el que le había enseñado a reconocer la profundidad y fuerza de un amor que jamás había podido imaginar.

Elena dio vuelta la cabeza y besó el pecho de Jed; buscó sus tetillas, acarició el calor de su piel hasta llegar a su vientre musculoso. Oyó la respiración agitada de Jed, sintió la respuesta de su cuerpo y reprimió sus lágrimas saladas y calientes. No quería llorar. ¡No lloraría!

Jed la besó apasionadamente, poseyéndola en aquel beso, y ella le respondió con el fuego de su deseo, de su adoración por él. Lo envolvió con sus piernas, y se abrió a él, aceptándolo con avidez, reaccionando a sus caricias, que exploraban todo su cuerpo.

Ella sintió la intensidad de su deseo cuando él la poseyó. Se perdió en aquella pasión, se olvidó del miedo por un momento mientras hacían el amor, mientras se volvían locos de placer y llegaban a las puertas del éxtasis. Ella le besó el cuello, sintió el latido de su corazón y se aferró a aquel momento, porque tal vez fuera la última vez.

–¡Podría acostumbrarme a esto!

A pesar de que había salido descalza de la casa encalada hacia el patio, Jed debía de haberla oído. O había presentido su presencia, del mismo modo en que ella siempre intuía su cercanía, antes de verlo.

Llevaba la camiseta metida en un pantalón de algodón gris. Aquel aspecto tan varonil confundía sus sentidos. Jed bordeó la pared baja que dividía el patio de los jardines que formaban una suave pendiente hacia abajo.

–Por si piensas que soy un aprovechado que me ahorro dinero en la luna de miel usando la casa de mi esposa como hotel, he hecho el desayuno.

Había preparado café, un plato con fruta fresca, pan crujiente y aceitunas.

–Aunque había pensado que podría arreglarme sin comida. ¡Realmente estás para comerte! ¡Satisfaces todos mis apetitos!

Elena fijó sus ojos azules verdosos en los de él.

A partir de aquel momento, cada instante era aún más preciado para ella: cada palabra dicha con amor, cada gesto se hacía más valioso, porque pronto aquello se terminaría.

Después de ducharse, Elena se había puesto unos pantalones cortos y una vieja camiseta. No se había molestado mucho en arreglarse, porque hacía una hora, cuando él se había levantado ella había fingido estar dormida y había aprovechado el tiempo que había estado sola en la cama para pensar, y había decidido que no tenía sentido esperar el momento oportuno para meter la serpiente venenosa en aquel paraíso.

Nunca iba a ser buen momento para lo que tenía que decirle, y cuanto más tiempo le ocultase la verdad, sería peor.

Pero las miradas de Jed a su cuerpo delgado, alto, elegante, y a sus piernas levemente bronceadas, la paralizaban y despertaban en ella un deseo que borraba momentáneamente sus intenciones de confesarle la verdad. Despreciaba su debilidad, pero no era capaz de hacer nada.

Por lo tanto, contestó a su comentario mientras servía el café:

–No hace falta que me halagues. No tienes nada de aprovechado. ¡Casi te he obligado a que pasáramos la luna de miel aquí!

Ella estaba muy orgullosa de su casa. Había comprado una antigua casa de labranza andaluza con parte del dinero que había cobrado por la adaptación al cine de una novela suya que había resultado un bestseller. Jed y ella habían decidido usarla como casa para vacaciones e ir allí cada vez que les fuera posible, algo que le haría mucho bien a Jed, sometido a las presiones de su puesto de director general del negocio familiar. Tenía sucursales en Londres, Amsterdam, Nueva York y Roma. La empresa llevaba dos siglos suministrando piedras preciosas a los ricos.

Sam no había querido saber nada de aquel negocio y se había dedicado al competitivo mundo de la fotografía periodística.

–Ahora comprendo por qué Sam venía aquí tan a menudo entre trabajo y trabajo. La vida tiene otro ritmo aquí. El paisaje es interminable y el sol generoso. Una vez me dijo que era en el único sitio donde encontraba paz –Jed se volvió a servir café y le acercó la cafetera a ella. Elena agitó la cabeza. Apenas había bebido un sorbo de café. Oírlo hablar de su hermano la ponía nerviosa. ¿Por qué había decidido hablarle de él en aquel momento? No podía mirarlo a los ojos.

Jed dejó la cafetera en su sitio, tomó una naranja del plato y empezó a pelarla.

–En los dos últimos años, sobre todo, lo mandaron a los peores lugares del mundo. Aunque se me ocurre que a él siempre le gustaba estar al filo del peligro. Debió de estar agradecido a la tranquilidad que encontraba en este lugar. Contigo. Parecía conocerte muy bien. Debisteis de estar muy unidos.

Elena volvió a sentir un nudo en la garganta. Jed apenas había nombrado a su hermano desde el día del funeral, pero ahora realmente demostraba su pena. Los hermanos habían tenido muy poco en común, pero se habían querido. Aunque en aquel momento ella presintió que había algo más. Algo extraño. Tal vez una pizca de envidia, de celos quizás.

–Era un buen amigo –respondió ella, con voz trémula.

Miró cómo Jed pelaba la fruta. Tenía movimientos bruscos. Se preguntó si lo conocía tanto como había pensado.

Elena se estremeció y lo oyó decir:

–En cierto modo, creo que Sam deploraba el hecho de que yo cumpliera con mi deber, como él lo llamaba, el que me hubiera hecho cargo del negocio familiar después de que muriese nuestro padre. Yo diría incluso que me despreciaba un poco.

–¡No! Él te admiraba y te respetaba, es posible que a su pesar, por cumplir con tu deber, y por hacerlo tan bien. Una vez me dijo que tu cerebro para los negocios lo impresionaba, y que prefería salir y hacer su trabajo por ahí, en lugar de vivir a la sombra de su hermano en la empresa familiar.

Jed la miró intensamente, como si estuviera reflexionando acerca de ello. Finalmente dijo:

–No lo sabía. Quizás no debí de envidiar su libertad de hacer lo que quería y mandar a paseo a todo el mundo, si era necesario para lograrlo –la tristeza tensó su voz–. Supongo que había un montón de cosas que no conocía de mi hermano pequeño, excepto cuánto te quería. Cuando venía de visita a casa, siempre hablaba de ti. Me regaló uno de tus libros y me dijo que me impresionaría. Me impresionó. Manejas el terror con una sofisticación, una inteligencia y una sutileza tal, que logras algo refrescante, alejado de las novelas llenas de sangre que abundan en el género.

–Gracias.

Notó algo diferente en el tono de voz. Algo que jamás había oído. Tal vez fuera un ápice de reproche. Ella se levantó y se apoyó en la pared, mirando el paisaje, algo que siempre le daba tranquilidad de espíritu. Pero aquella vez no lo logró.

Su casa estaba en lo alto. Abajo quedaba el pueblo de casas blancas. Aquella altura se beneficiaba de una brisa con olor a pino que atravesaba Andalucía occidental desde el Atlántico, moderando el calor del sol de mayo.

Elena cerró los ojos e intentó cerrar su mente a todo también, excepto a aquella sensación de brisa fresca en su cara.

Tenía que enfrentar la verdad. Debía decírselo antes de que terminase el día.

¿Podría usar su don de las palabras para hacerle comprender por qué había actuado de aquella manera? No parecía posible.

Desde el fin de su desastroso matrimonio, se había negado a dejarse derrotar por nada, a perder su independencia. Pero aquello… Aquello era diferente.

–No has comido nada –Jed se había puesto de pie detrás de Elena, sin tocarla. Ella sentía el calor de su cuerpo, no obstante. A pesar de ello, Elena tembló.

–¿No tienes hambre? ¿Has perdido el apetito de repente?

Aquel tono frío la aterraba. ¿Sospecharía algo? No. No era posible.

Elena sonrió forzadamente.

–No. Simplemente estoy perezosa, supongo –dijo. Volvió a la mesa. Tendría que obligarse a comer algo, aunque su estómago rechazara cualquier cosa que le ofreciera–. Creí que íbamos a ir a la costa hoy –tomó algunas uvas–. A Cádiz, tal vez, o a Vejer de la Frontera si quieres algo más tranquilo. No hemos salido apenas en toda la semana.

–No hemos sentido la necesidad de hacerlo. ¿No te acuerdas?

Ella mordió la uva. Jed había hablado con desgana, pero no podía negar que aquellas palabras tenían un cierto tono de acusación.

No habían necesitado abandonar la casa. Les bastaba con ellos solos. Sólo habían hecho algunas excursiones a los jardines y a los pinares, habían comido en el patio o en la pérgola llena de flores, disfrutando de la maravillosa soledad, de hacer el amor, sólo conscientes de estar viviendo. Juntos.

–Por supuesto que sí –contestó ella, con un nudo en la garganta.

De pronto, pareció evaporarse aquel sentimiento de intimidad, de ser el uno para el otro. Sabía que aquello ocurriría cuando le diera la noticia, pero en aquel momento no tenía por qué ser así.

Algo había pasado desde que había empezado a hablar de Sam.

–Le dije a Pilar, la persona que me ayuda con las cosas de la casa, que se marchara después de poner la compra en el frigorífico. Ya no vendrá por aquí –ella habló suavemente, tratando de reconstruir la maravillosa atmósfera durante un tiempo más–. Estamos quedándonos sin provisiones, así que pensé que podríamos combinar las excursiones y paseos con las compras. Eso es todo –agregó Elena.

–¿Sí? –él se echó hacia atrás en la silla y se metió las manos en los bolsillos de sus pantalones. Sus ojos grises de acero observaron el rostro de Elena. Habló en voz baja, pero sombría–. Sam y yo teníamos nuestras diferencias, pero él era mi hermano y yo lo quería. Su muerte fue un duro golpe para mí. Hasta que no llegué aquí, donde él fue feliz, donde encontró paz y alivio, no he podido ser capaz de ver lo que sentía. Pero me parece que tú no quieres hablar acerca de él. Parece que te resulta molesto hablar de Sam. ¿Por qué? –preguntó Jed.

Ella no podía negarlo. Tomó la taza de café, que se había quedado frío, y tragó la mitad.

–¿Erais amantes? ¿Es ésa la razón?

Ella sintió un dolor en su corazón, un nudo en el estómago y el sudor asomando a su frente. Por primera vez desde que lo había conocido lamentó profundamente aquella habilidad que tenía Jed para leer su alma. Se retorció las manos en su regazo e intentó sonreír.

–¿Por qué lo preguntas? ¡No me digas que quieres empezar una pelea!

–Pregunto porque el que yo hable de él parece perturbarte. Es algo en lo que no había pensado antes. Pero, por lo visto, Sam pasó bastante tiempo aquí. Él era un hombre atractivo. Y a eso hay que agregarle el aura de peligro de su profesión, no era simplemente el «dueño de una tienda», y tú eres una mujer extremadamente hermosa con un talento que él admiraba… Te repito la pregunta.

Elena sintió que temblaba todo su interior. Aunque Jed hacía todo lo posible por parecer sereno, sus manos estaban apretadas en forma de puños dentro de los bolsillos y su mandíbula parecía tensa. Había algo más en aquel hombre que ella no podía comprender.

El hecho de que ella hubiera estado casada antes no le había importado. No había querido que ella le hablase de ello. Lo había asimilado perfectamente.

–Fue un error terrible. Él resultó ser un hombre despreciable –había dicho ella. Pero no la había dejado continuar con más explicaciones.

Él había quitado importancia a su matrimonio con Liam Forrester. Lo había considerado totalmente irrelevante y no había preguntado si había habido algún otro hombre en su vida después de entonces. Había actuado como si lo único que le hubiera importado hubiera sido su futuro con ella.

Sin embargo, al mentar a Sam había empezado a mirarla con algo parecido a los celos y el enfado con aquellos ojos que antes sólo la habían mirado con amor, calidez y deseo hambriento.

¿Sería porque Sam había sido su hermano? ¿Había una cierta amargura en aquella boca sensual en aquel momento? El tono con el que había pronunciado la palabra «dueño de una tienda» le hacía pensar que Sam había empleado aquel término alguna vez con él. Y que el resentimiento aún estaba vivo en él.

¿Había sido apuesto Sam? Desde luego no había sido tan alto como su hermano. Ni tan atractivo. Sam no tenía aquel aura de peligrosa masculinidad, ni de fruto prohibido que tenía Jed.

–Elena, necesito saberlo –dijo con tensión en la voz.

Hacía unas horas podría haberlo tranquilizado. Pero en aquel momento, después de saber lo que sabía, era imposible.

–Conocí a tu hermano en una fiesta que di para celebrar mi segundo contrato para una película. Hice muchos amigos en aquel momento. Sam asistió con Cynthia y Ed Parry. Él se alojaba en su casa por unos días. Al parecer conocía a Ed desde los tiempos de universidad.

Jed no le quitaba los ojos de encima. Quería saber. Pero ella sólo podría hacerlo a su modo.

–De eso debe de hacer un par de años –siguió ella–. Y como sabes, él a menudo visitaba este rincón de España cuando necesitaba desconectar. Normalmente se quedaba en casa de los Parry…

–Pero no siempre.

–No. Empezamos a conocernos bien, a disfrutar de la mutua compañía. Él pasaba por aquí por las noches y nos gustaba conversar, y, algunas veces, si se hacía tarde, le ofrecía quedarse en una de las habitaciones de invitados que tengo. Me preguntas si éramos amantes… Él una vez me dijo algo así como que no era una persona muy sexual, algo que tenía que ver con el hecho de usar toda su energía física y emocional en su trabajo. Él conocía los peligros que entrañaba el conseguir noticias en los lugares más conflictivos del mundo. Me habló mucho acerca de ti, de tu madre, de tu casa. Él estaba orgulloso de su familia. Me dijo que jamás se casaría, que un compromiso semejante no habría sido sensato por su parte, ni justo, por el modo en que se ganaba la vida. Pero me dijo que tú sí querrías hacerlo; con alguna mujer que te diera hijos, porque tú no querrías que se acabara el negocio familiar contigo. Dijo que las mujeres se te echaban encima. Pero que tú eras exigente. Y discreto.

Ella se dio cuenta tarde de lo que estaba haciendo. Y se arrepintió de ello. Estaba intentando dar vuelta la situación y dar a entender que usaba a las mujeres y que luego las dejaba.

Y su mirada de resentimiento le decía que él se había dado cuenta de lo que estaba haciendo ella. Y por qué.

De pronto, las náuseas que la habían estado amenazando toda la mañana se hicieron un hecho innegable. Se puso en pie rápidamente. Se tapó la boca y corrió por la casa hacia el cuarto de baño.

Él la siguió.

Cuando terminó todo, ella se apoyó en la pared alicatada, deseando poder volver en el tiempo tres meses atrás.

–Cariño… ven aquí –él la estrechó en sus brazos. Ella apoyó la cabeza en su pecho–. ¿Qué es lo que te ha hecho que ocurra eso? ¿Algo que has comido? Te llevaré al centro de salud más cercano si sigues con vómitos.

Ella sabía que se lo tenía que decir en aquel momento.

Se había despertado antes que él aquella mañana. Había ido al cuarto de baño buscando pasta de dientes, y había encontrado la prueba de embarazo que había comprado.

En los pasados días, había tenido náuseas al despertarse. El sentido común le decía que lo que había hecho con Sam no tendría repercusiones, pero había hecho la prueba de todas maneras, simplemente para quedarse tranquila.

Y ahora tendría que enfrentarse a las consecuencias.

Se soltó de los brazos de Jed. Estaba pálida. Entonces le dijo:

–Estoy embarazada, Jed.

A pesar de la cara atormentada de Elena, él le sonrió. Negó con la cabeza y la atrajo hacia su cuerpo, abrazándola. El tema de la relación entre su hermano y ella podía esperar.

–¿Cómo estás tan segura de ello, cariño? ¡Después de sólo una semana! Es una idea bonita, pero me temo que debe de ser algo que has comido.

Ella dejó que la abrazara durante un momento, esperando que su corazón volviera a tener el ritmo normal, y que su cabeza dejara de dar vueltas. Habían hablado del tema de formar una familia y habían decidido que no había ningún motivo para esperar. Los dos querían niños. Lo que agravaba lo que tenía que decirle.

Cuando por fin pudo separarse de él, se sintió serena, pero vacía. Estaba a punto de decirle algo que él sería incapaz de soportar. Iba a matar su amor, que era la cosa más preciada que tenía. Tenía que hacerlo rápida y limpiamente. La agonía era demasiada para prolongarla.

–Es verdad, Jed. Me he hecho la prueba esta mañana –ella vio la mirada de descreimiento de Jed y sabía que le diría que lo había hecho mal. Que no habría seguido bien las instrucciones–. Según mis cálculos estoy de casi tres meses.

–Tres meses atrás no te conocía. Y la primera vez que tuvimos relaciones sexuales fue la noche de bodas –dijo gravemente–. Así que tal vez quieras contarme, mi querida esposa, quién es el padre del niño que llevas en tu vientre.

Su sarcasmo la hería más que nada. Podía soportar el enfado, los insultos, incluso la violencia física, cualquier cosa que saliera de un poderoso trauma emocional. Pero el helado sarcasmo era diferente. Era peor que si le clavaran un puñal.

Lo que había temido había ocurrido. Jed ya se había separado emocionalmente de ella. Se había perdido la magia del amor y se había transformado en mero sexo.

Él seguía esperando una respuesta mirándola con aquella oscuridad de sus ojos y apretando la boca.

Ella reunió los últimos vestigios de fuerza que le quedaban y exhaló un suspiro estremecedor diciendo:

–Sam.

Capítulo 2

JED se alejó. Estaba rígido. Elena no se podía mover. Sus pies parecían pegados al frío suelo de mármol. Se había abrazado con sus brazos.

Sólo pudo reaccionar cuando oyó el ruido del coche que los había traído del aeropuerto. Entonces, corrió hacia la entrada de la casa, dejó la puerta entreabierta, atravesó el jardín y salió al camino de piedra.

No podía dejarla de aquel modo, huir de ella sin decirle nada.

Pero la nube de polvo y el ruido rápido del motor le decía que sí era posible.

Instintivamente, Elena pensó en sacar su coche del granero y seguirlo. Pero a él seguramente le habría disgustado que lo hubiera hecho. Incluso si lo alcanzaba no lograría nada.

Él debía de haber decidido buscar lo que seguramente necesitaba: tiempo para estar solo y para pensar.

Si por lo menos le hubiera dado tiempo para explicarle, para contarle toda la verdad. Le habría hecho daño… Pero no tanto.

Corrió a un alto en el terreno. Era un suelo rocoso, lleno de aristas que arañaban y lastimaban sus pies. Pero no le importó. Desde allí, observó alejarse al coche, hasta que la nube de polvo desapareció en el valle. Luego, volvió a la casa, derrotada, destrozada.

Jed volvería cuando estuviera mejor. Sólo podía esperar. Pero por primera vez no se encontraba cómoda en su hermosa casa, símbolo de su fabuloso éxito. Aquella casa restaurada, con sus jardines, era como un trozo de las montañas de Andalucía, y en un momento de su vida le había servido para creer en sí misma, para afirmarse en la independencia emocional y económica que se había procurado.

Como le había confiado a Sam, en la última noche que había pasado en España:

–Cuando dejé a mi marido, hace diez años, y vine a Cádiz, no tenía nada, ni siquiera respeto por mí misma, porque Liam me lo había robado. Trabajé en bares y viví en un destartalado estudio. Me dediqué a escribir en el tiempo que me quedaba libre, para olvidar. Afortunadamente aquello dio sus frutos, y lo que había empezado siendo una terapia se convirtió en toda mi existencia.

Habían tomado vino en aquella noche de febrero, y ella había encendido la chimenea, porque las noches eran frías en aquellas colinas. Sam estaba pensativo y sombrío aquella noche, y la atmósfera invitaba a las confidencias.

–Ahora, gracias a mis libros, lo tengo todo: una profesión con éxito, me siento orgullosa de mi trabajo, tengo un hogar bonito en un sitio maravilloso, un grupo de amigos estupendos, seguridad económica… Todo, excepto un niño, y eso a veces me duele. Supongo que se me está pasando el tiempo. Pero como no tengo intención de casarme otra vez… –le había dicho ella, sorbiendo el vino para aplacar el dolor de su vacío vientre, de sus brazos vacíos. Liam se había negado a la paternidad. Él había querido una esposa con glamour, no una esposa cansada, atada a la casa y a un montón de niños berreando.

–Tenemos muchas cosas en común –había dicho Sam, levantándose del sillón que se hallaba en el lado opuesto al fuego. Acababa de abrir la última de las tres botellas de vino que había llevado. Aquella tarde, más temprano, se había invitado a cenar.

–Tú quieres un niño, pero no soportas la idea de un marido –había dicho Sam. Había dejado a un lado el corcho de la botella, y aunque Elena sabía que había bebido más de la cuenta, lo había dejado que le volviera a llenar la copa.

Durante los dos años que Sam había ido por allí, para tomarse unos días de descanso entre trabajo y trabajo, se había transformado en un amigo muy querido. Podía entenderse muy bien con él, y sin embargo, no había nada remotamente sexual entre ellos. Por lo que se había sentido doblemente cómoda en su compañía.

Ella le había sonreído afectivamente. Tenía razón. Ella no quería un marido, ni lo necesitaba. Nunca más tendría un marido. El que había tenido había resultado un desastre.

Sam había pateado un leño con su bota y se había quedado mirando las llamas, con la copa en la mano. Luego había agregado:

–Yo también odio la idea del matrimonio, pero por diferentes motivos. No encaja con mi forma de vida. Además te confesaré algo que no se lo diría a cualquiera: no soy una persona muy sexual. A diferencia de mi hermano.

Sam hablaba a menudo de Jed. Éste vivía en la casa familiar y llevaba el negocio familiar. Y parecía ser un mujeriego, por lo que acababa de decir.

Sam siguió diciendo:

–Desde los dieciocho o diecinueve años siempre ha tenido mujeres de todo tipo. Pero él es muy exigente y muy discreto, hay que reconocer. Estoy seguro de que se casará algún día, para tener un heredero. Seguramente no querrá que el negocio familiar se termine con él. Pero yo no me casaré. Toda mi energía física y mental está destinada a mi trabajo. Sólo me siento vivo cuando me enfrento al peligro, haciendo fotos en situaciones difíciles.

A Elena le disgustaba oírlo decir aquello. La hacía sentir incómoda.

–Como tú, lo único que lamento es saber que no voy a tener un hijo. Al fin y al cabo, pasar los genes a otra persona es la única inmortalidad que podemos alcanzar –la había mirado–. Pero esto tiene una solución. Me alegraría mucho de ser un donante para un hijo tuyo. Me pareces la mejor mujer del mundo para llevar un hijo mío en su vientre. No te pediré nada más que el derecho a visitaros a ambos cuando me sea posible. No interferiré. Piénsalo.

Había dejado la copa vacía en una mesa y se había inclinado para darle un beso suave en la frente.

–Jamás perderás tu libertad e independencia a manos de un marido. Ni siquiera tendrás que pasar por el mal trago de tener que acostarte con alguien para conseguir tener un niño. Y yo conseguiría la única cuota de inmortalidad posible –sonrió–. Piénsalo. Te llamaré por la mañana. Si estás de acuerdo, podemos ir a Londres directamente y comenzar el proceso. Hay una clínica privada dirigida por un profesor de ginecología que me debe un favor. Es útil tener amigos en cargos importantes en ciertos casos. Piénsatelo, Elena. Y ahora, me marcharé.

Al principio, ella había rechazado la idea, pero a medida que lo pensaba le iba pareciendo más aceptable.

Sam había hablado de su necesidad y deseo de tener un hijo. Había tenido razón. A veces añoraba tener un hijo en brazos, y sentía pena por la imposibilidad de lograrlo. Cuando sentía aquel vacío, todos sus logros profesionales y personales le parecían no tener ningún valor.

No se volvería a casar, y la idea de tener que acostarse con alguien para quedar embarazada le repugnaba. Y a ella le gustaba Sam Nolan, y lo respetaba. Incluso lo admiraba. Un niño con sus genes sería una bendición.

Cuando Sam había llamado a la mañana siguiente ella le había dicho que sí.

Había ido a Londres con Sam, sin saber que a las seis semanas de aquello asistiría a su funeral.

La noticia de su muerte la había hundido en la tristeza. Una vida joven y llena de talento había sido segada por una bala en una guerra en África Oriental. No sólo se había sentido devastado por ello, sino también porque, después de un mes de esperanza, había descubierto que la idea de Sam no había funcionado. Ambas noticias habían coincidido en el tiempo prácticamente.

No había conseguido su cuota de inmortalidad, y ella jamás tendría un niño a quien amar y abrazar.

Elena había conocido a Jed en aquella triste ceremonia, y desde aquel momento, todo había cambiado para ella. Para ambos.

Era de noche cuando volvió Jed por fin. Elena oyó el ruido del coche aproximándose y sintió pánico.

¿Vería de otro modo su embarazo cuando supiera cómo había sido concebido? ¿Creería que su hermano menor y ella jamás habían sido amantes? ¿Aceptaría el hecho de que sólo habían sido buenos amigos que se habían encontrado en una situación similar de frustración a la que le habían puesto una solución racional?

Las luces de fuera estaban encendidas. Eran luces doradas sobre paredes encaladas. Las flores daban su perfume dulce al aire.

Cuando el coche paró se hizo un inmenso silencio. Elena se quedó esperando. El sudor le corría por la cara y la tensión anudaba todo su ser. Ella tenía que lograr que él la escuchase. El amor que sentían la hacía merecedora del privilegio de escucharla.

Jed apareció en el arco de entrada al patio. La penumbra le daba aspecto de tentación prohibida. Elena se aferró al respaldo de un sillón de hierro que había junto a una mesa a juego. Necesitaba sujetarse.

–¿Dónde has estado?

Él no parecía tener prisa por romper el hielo. Pero alguien tenía que hacerlo.

–En Sevilla –contestó. Se acercó a ella–. Como sabes, los Nolan vamos a adquirir una propiedad en Sevilla. Tenía que ver a nuestro arquitecto dentro de quince días, para elegir la propiedad que vamos a comprar –hizo una pausa–. Por razones que supongo que comprenderás, he pensado que hoy podía ser un día como otro cualquiera para volver a tomar contacto con el trabajo.

Elena se encogió por dentro. Ellos habían planeado tres semanas de luna de miel en Las Rocas, su casa, y luego, pasar una semana en Sevilla juntos y ver a su arquitecto y visitar la ciudad. Evidentemente la luna de miel había terminado. Pero, después de lo que le había contado, ¿qué otra cosa podía esperar?

Ella hizo un gesto hacia él. Sentía un nudo en la garganta. Pero Jed no respondió a su gesto de aproximación y ella, derrotada, bajó la mano y dijo:

–¿Podemos hablar?

–Por supuesto –dijo él fríamente–. Pero dentro. Ha sido un día muy cansado.

Jed fue hacia la casa y Elena lo siguió. Casi hubiera preferido sus recriminaciones, su rabia, en lugar de aquella frialdad. Al menos hubiera sabido qué pensaba. Y podría haberlo tranquilizado, pedirle que comprendiera.

Ella no lo había conocido ni se había enamorado de él cuando había tomado la decisión de quedar embarazada. Y en aquel momento, le había parecido tener razones válidas para ello.

Jed fue hacia la cocina y sacó una botella de whisky del armario de cocina, la abrió y se sirvió una medida generosa.

–En vista de tu estado, no te pediré que bebas tú también –se bebió el whisky casi de un trago, luego se sentó en una silla de pino. Tamborileó los dedos insolentemente y dijo mirándola fríamente:

–Bueno, habla, entonces. Te escucho. ¿O quieres que empiece yo la conversación?

Elena sintió que aquella actitud le helaba la sangre y el alma. Temblorosa, apartó una silla y se sentó en el borde, no frente a él, sino más lejos, de modo que él tuviera que girarse para mirarla.

Pero él no la miró. Elena casi se alegró. No quería ver aquella indiferencia en sus ojos, después de que la hubieran mirado con tanto amor.

Ella se estremeció y entrelazó sus manos en su regazo. Echó una mirada breve a la cocina, a sus cazuelas de cobre brillando en la pared blanca, al suelo de terrazo, los cajones de madera maciza y las macetas con geranios.

Siempre le había gustado la cocina, y aquella semana, en ausencia de Pilar, Jed y ella habían preparado la comida juntos. Habían cortado la verdura de su huerta, habían lavado la fruta. Habían conversado, reído. Se habían deseado, amado… Y se habían olvidado de la comida.

No volverían a recuperar aquella magia de amor y risas. Pero ella no se atrevía ni a pensarlo.

De todos modos, él había erigido una montaña entre ellos. Y ella no sabía si podría escalarla para llegar a él.

Pero tenía que intentarlo.

Se lamió los labios en busca de palabras para empezar a hablar. Tenía que elegir cuidadosamente las palabras, para que él la comprendiera.

–Como parece que te has quedado muda, hablaré yo– se bebió lo que quedaba de whisky y la miró achicando los ojos–. He pensado en nuestra desagradable situación y he tomado algunas decisiones, que no son negociables. Permaneceremos casados –afirmó. Luego tomó la botella y llenó el vaso.

Elena sintió una punzada en su corazón.

–¿Has pensado en el divorcio? –le preguntó Elena.

Ella apenas podía creerlo, después de lo que habían vivido juntos. ¿Podría olvidar ella que él había pensado en apartarla de su vida sin darle siquiera la oportunidad de explicarle la historia?

–Naturalmente. ¿Qué otra cosa esperabas? –le dijo sin mirarla, con la vista en el vaso–. En estas circunstancias, es en lo primero que he pensado. Pero he rechazado la idea por dos razones. La primera por Catherine, mi madre, a ella le gustas. Nuestro matrimonio ha sido lo único que ha aliviado su dolor después de la muerte de Sam. Un divorcio tan pronto podría afectarla mucho. La segunda razón es el niño no nacido de mi hermano. Él murió sin saber que te había dejado embarazada. Así que por amor a mi hermano seguiremos casados. Pienso ocuparme activamente de la crianza de su hijo. Llámalo sentido del deber, si quieres. Sam se burlaba de mí por ello, pero tal vez, dondequiera que se encuentre él, agradecerá que lo tenga en este caso.

Por un momento, Elena vio dolor en la mirada de Jed. Ella también sintió su dolor. Deseaba acariciarlo, consolarlo, decirle que todo podía estar bien si él quería, si se dignaba a escucharla e intentaba comprender.

Ella se aproximó a él, pero el gesto esquivo de Jed la dejó a medio camino.

–Lo haré por mi madre y el niño. Pero al margen de eso, no quiero saber nada de ti. Volveremos al Reino Unido en el plazo de tres semanas, como lo hemos acordado. Nos mantendremos lo más alejados posible, yo haciendo viajes a las sucursales fuera del país… Tú puedes poner la excusa de que los viajes no son recomendables en el embarazo.

Se levantó y enjuagó el vaso en el fregadero. Luego, lo apoyó en el escurreplatos. Elena se reprimió un sollozo.

Cada palabra que pronunciaba Jed alzaba más el muro entre ellos, haciéndolo imposible de superar.

Daba igual lo que ella le dijera en aquel momento. Ella nunca olvidaría aquellas palabras: que el matrimonio entre ellos no sería más que eso, una palabra.

–¿Y si no estoy de acuerdo con esa farsa? –Elena se puso de pie, pero tuvo que sujetarse a la mesa–. Quiero que escuches mi punto de vista. Quiero que sepas lo que pasó. Tengo ese derecho.

–¡Tú no tienes ningún derecho! –Jed tiró la toalla con la que se había estado secando las manos. Era la primera muestra de verdadera emoción dirigida hacia ella desde que se lo había dicho–. Y has sido tú quien ha empezado la farsa. Te casaste conmigo sabiendo que podías estar embarazada de mi hermano. ¿Por qué? ¿Porque no te gustaba la idea de ser madre soltera? ¿Habías perdido a un hombre y decidiste poner la mira en su hermano? Tal vez no fuera tan guapo, pero serviría. ¿Eso es lo que has pensado? ¿Te casaste conmigo pensando que el sexo me haría hacer la vista gorda a todo lo demás? –se dio la vuelta, como si no pudiera aguantar mirarla–. Bueno, te has equivocado. No es así. Eres buena en la cama. Te lo reconozco. Pero no tan buena. En cualquier caso, puedo tener buen sexo cuando me dé la gana. Sin ningún lazo afectivo, sin secretos, sin lamentaciones posteriores.

Aquello le hizo daño. Si Jed le hubiera arrancado el corazón con sus manos, no la habría herido más.

El dolor la dejó muda. Pero tenía que hacerle comprender de alguna manera.

La desconfianza hacia ella lo había vuelto un desconocido.

–Cuando nos conocimos, realmente pensé…

A Elena se le hizo un nudo en la garganta al recordar cuando Jed se había acercado a ella en el entierro de su hermano.

–Tú debes de ser Elena Keel. Sam hablaba mucho de ti. No te marches –le había tocado brevemente la mano enguantada de negro y, de pronto, la pena que había sentido en su alma se había transformado en una corriente de calidez–. Ven a casa con nosotros. Creo que tu compañía puede ser un consuelo para mi madre y para mí. Realmente, es como si te conociera a través de Sam.

Y así había empezado todo.

Elena era consciente de que Jed observaba el esfuerzo que ella hacía al hablar. Pero él torció la boca irónicamente.

–Yo no pensaba que estuviera embarazada. Tuve el periodo el día del funeral de Sam –había manchado poco y apenas le había durado. Pero ella lo había achacado al golpe emocional por la pérdida de su amigo y al ajetreo de conseguir rápidamente un vuelo a Londres, alquilar un coche y conducir a toda prisa a casa de la familia para darles el pésame.

El siguiente periodo le había durado muy poco también. Pero no se le había ocurrido que pudiera estar embarazada de Sam. Luego, había vuelto a España a pasar un par de semanas para terminar un trabajo, apesadumbrada por dejar solo a Jed en Inglaterra. Pero querían casarse cuanto antes, y para ello antes debía entregar el trabajo. Jed también tenía que cerrar algunos negocios antes de la boda.

El amor, la magia de sentir que eran el uno para el otro, no podía haber desaparecido para siempre. ¿O si?

Elena se acercó a él más decididamente. Tenía que escucharla.

–Jed, Sam y yo…

–¡Ahórratelo! No quiero detalles sórdidos –se dirigió hacia la puerta. Sus pasos retumbaron en el suelo de baldosas–. Supongo que comprenderás que no te crea una palabra. ¿Por qué tenías un test de embarazo si estabas tan segura de que no estabas embarazada? ¿Y por qué lo has usado?

–¡Porque empecé a sentir náuseas esta mañana! Pensé que no había embarazo, pero quise asegurarme –le gritó.

¿Cómo podía tratarla de aquel modo un hombre que había dicho que la amaría hasta la muerte?

–Sam y yo jamás fuimos amantes –le dijo.

–¿No? ¿Os habéis acostado una sola noche? ¡No intentes convencerme de que él te forzó a hacerlo! Sam era incapaz. Más bien habrá ocurrido lo contrario. Mi experiencia contigo en la pasada semana, me ha demostrado que tu apetito sexual es insaciable –le dijo Jed con amargura. Luego. salió de la habitación.

En ese momento, ella lo odió.

Jamás había odiado a alguien. Ni siquiera a Liam. A su ex marido lo había despreciado. Pero nunca lo había odiado. La fuerte emoción la consumía. Elena atravesó el suelo de baldosas rodeándose con los brazos. Estaba furiosa.

¿Cómo se atrevía a tratarla como a una basura? ¿Dónde estaba el hombre al que amaba? ¿Realmente había existido, o había sido producto de su imaginación? El hombre que acababa de salir de la habitación era un hombre sin corazón, un egoísta.

Podía olvidarse de su decisión no negociable de una farsa de matrimonio. Ella no pensaba aceptarlo. ¿Acaso se creía Dios para dar órdenes y decidir su vida de ahí en adelante?

¿Realmente pensaba que ella permanecería ligada legalmente a un hombre que pensaba tan mal de ella? ¿Acaso pensaba que ella sufriría el dolor que le acarrearía aquello?

Para ella, su matrimonio había acabado en todo sentido. No pensaba volver con él a Inglaterra para vivir una mentira. Ella podía cuidar muy bien a su hijo sola. Esa había sido su intención, después de todo.

Su hijo no necesitaba una figura paterna; y menos la de un hombre intransigente y arrogante como Jed. Al día siguiente, a primera hora, le diría que hiciera las maletas; y que se fuera de su casa. No quería volver a verlo.

Capítulo 3

ELENA no tuvo la oportunidad de decirle que se fuera. Porque él ya lo había hecho.

Hacía poco que había salido el sol cuando ella se levantó de la cama sin él y bajó las escaleras arrastrándose, después de una noche en blanco.

No sabía qué habitación había usado Jed, pero le daba igual, se dijo mientras se abrochaba el cinturón de la bata. En cuanto apareciera, le pediría que se marchase, le anunciaría que se mantendrían en contacto a través del abogado después de un tiempo. Tenía que hacerle saber que él no era el único que podía tomar decisiones.

Si no estaba preparado para escucharla, para creerla, entonces su relación no valía lo suficiente como para conservarla, sobre todo aquella relación desolada y vacía que él le había propuesto. Era mejor hacer una ruptura limpia.

Cuando entró en la cocina, Elena vio una nota que le había dejado él. Era un trozo de papel encima de la mesa de pino. No decía mucho: Estaré en Sevilla durante las próximas tres semanas. Te recogeré para el viaje de vuelta.

¡No volvería a Inglaterra con él!

Se sentía frustrada por su marcha. Lamentaba no haberle podido decir que no pensaba obedecer sus órdenes.

Ni siquiera sabía en qué hotel estaría en Sevilla. No podía ponerse en contacto con él y recordarle que ella era capaz de tomar decisiones que afectaran a su vida, que de ninguna manera volvería a Inglaterra, sonriendo y fingiendo ser feliz. ¡De ninguna manera!

Por sus mejillas, resbalaron unas lágrimas. ¿Había pensado que Jed volvería a sus cabales y confiaría en ella aquella mañana? Si así era, había sido una tonta. Nada más.

Tendría que sentarse a esperar tres semanas con la rabia dentro.

De pronto, la sorprendieron las náuseas.

Veinte minutos más tarde, se dio una ducha. Se tocó su vientre liso aún y se dijo:

–Realmente, le estás haciendo pasar un mal momento a mamá.

Sonrió, pero sus ojos estaban llenos de lágrimas. Eran lágrimas por Sam, que jamás conocería a su hijo, por ella, y por Jed, quien había perdido algo muy valioso que jamás podría recuperar.

El agua de la ducha le borró las lágrimas. Se secó, se envolvió el pelo en una toalla, se puso unos pantalones cortos y una camiseta y se dijo que aquéllas eran las últimas lágrimas que derramaría.

La vida seguía.

Tenía a su hijo para mirar adelante, e intentaría hacerlo feliz. Ahora que estaba más tranquila lo veía todo más claro. En cierto modo era una bendición que Jed se hubiera apartado de ella. Aquella sola acción le decía que no la amaba lo suficiente. Si la hubiera amado, habría confiado en ella, habría creído en ella, habría esperado más detalles. Aquello también le ahorraba una relación insultante, y la humillación de demostrarle su dolor.

Cuando volviera, podría comunicarle su decisión, serena y racionalmente. Ella era lo suficientemente inteligente como para saber que ninguna cuota de rabia podría alterar nada. Ahora Jed la despreciaba. Era un hecho. Difícil de enfrentarse a ello, pero no imposible.

Podía aguantar el dolor. Lo había aguantado en otro momento de su vida y lo volvería a aguantar. En cierto modo, la forma en que Liam le había hecho daño no era nada comparado con aquello. Pero aquella vez ella no había tenido nada, sólo una madre que se retorcía las manos y que hacía aspavientos, y que profetizaba los más diversos horrores si ella insistía en dejar su país con poco más que la ropa puesta.

Pero de la nada ella se había procurado una buena vida. Al menos, ahora tenía una profesión en la que apoyarse, y llevaba un hijo en su vientre, a quien empezaba a necesitar desesperadamente.

Así que, después de todo, razonó mientras decidía tomar un vaso de agua y una tostada con la esperanza de no incomodar al bebé, y no tener náuseas, las cosas no estaban tan mal.

Pero no se sintió tan segura de ello cuando Jed apareció con su madre la semana siguiente.

No había sido capaz de poder pensar en empezar un nuevo libro, y no había respondido a los faxes de su agente. Se disculpaba por interrumpir su luna de miel, pero estaba sumamente excitada por una ceremonia de entrega de premios que se celebraba en Londres. Ella no había estado interesada en conocer los detalles. Un día tendría que leer los faxes detenidamente, intentar comprender lo que su agente le estaba intentando decir y responderle. Pero no en aquel momento. Todavía, no.

Había ido en coche hasta el pueblo, le había dicho a Pilar que se tomara dos semanas más de descanso, y luego había buscado la soledad que tan desesperadamente necesitaba en su jardín.

Ella estaba arreglando su jardín entre el perfume de sus flores, cuando oyó el ruido del coche. Se limpió las manos en la falda de algodón, se incorporó y caminó hacia la casa, molesta por la intromisión. Al ver a la madre de Jed, casi explotó.

No podía imaginarse qué estaban haciendo allí, ni qué podía decirles, sobre todo a Catherine Nolan, que era una de las mujeres más agradables que conocía.

La mujer llevaba un vestido de lino azul claro y parecía haber superado un poco el tremendo dolor que la había devastado. La había conocido en la casa rural de Hertfordshire, Netherhaye. Elena se había quedado con ella dos semanas allí.

–¡Elena! –exclamó Catherine, al ver que su nuera se aproximaba–. ¡Cuánto me alegro de que me hayas permitido venir! Sólo serán un pocos días, te lo prometo. ¡No voy a molestaros más!

Así que Jed no le había contado nada a su madre acerca de las complicaciones que habían surgido en su matrimonio. Catherine no tendría aquel aspecto de madre contenta, de haberlo sabido. Entonces se dio cuenta de que era normal que no se lo hubiera dicho. Hacerle creer que su matrimonio era feliz era una de las prioridades de Jed.

–¡Es un placer verte! –Elena se inclinó para recibir el beso de Catherine y no miró a Jed. Él estaba sacando el equipaje del maletero, como una figura en un segundo plano.

Ella volvió a sentir el dolor que se había jurado borrar para siempre.

–Estoy segura de que te apetece una copa –dijo Elena..

–¡Oh! ¡Me encantaría! Es un viaje bastante largo desde el aeropuerto de Jerez, ¿no es cierto? Aunque tiene paisajes muy bonitos. ¡Oh, qué bonito patio! ¡Y qué jardín! ¡Qué azucenas! ¡Y mira esos geranios! ¡En casa nunca llegan a ser tan grandes!

Elena condujo a la mujer adentro oyendo apenas los halagos acerca de su casa. La llevó al salón y le ofreció asiento en un sillón, donde Catherine se sentó con un suspiro de alivio.

–¡Qué bien! ¡Ahora me puedo quitar los zapatos! –exclamó Catherine.

–Y yo puedo traerte esa copa –le dijo Elena.

Elena se escapó a la cocina. Vio a Jed subir el equipaje por la escalera. Pero lo ignoró, y cerró la puerta de la cocina. Podría haber ido detrás de él y haberle exigido que le dijera qué diablos estaba haciendo, llevando a su madre allí cuando su matrimonio acababa de terminar; haciéndole creer a la pobre mujer que ella había aceptado aquella visita.

Pero no lo hizo. Simplemente quería esconderse. Durante la pasada semana, se había querido convencer de que podía hacerse a la idea de la ruptura y superarla, y que cuando lo viera ya no le haría tanto daño, porque no era una niña pequeña sino una adulta y sabía cómo superar las pérdidas y seguir adelante.

Pero verlo le hizo mucho daño.

Elena tomó dos vasos de vino y una botella de Rioja blanco del frigorífico.

–¡Qué delicioso es helado! –exclamó Catherine al probarlo–. ¿No va a tomar algo con nosotras Jed?

–Está subiendo tu equipaje.

«Y tomándose su tiempo para hacerlo», hubiera dicho. Pero intentó parecer relajada frente a Catherine. Aunque no sabía por qué se molestaba cuando pronto aquella mujer sería su ex suegra y ella su ex nuera.

Mientras Catherine hablaba de su vuelo, Elena se sentó en el reposabrazos de un sillón con el vino en la mano. Se preguntó si no tendría que darle la noticia.

Catherine tendría que saberlo, porque ella no estaba preparada para fingir que todo iba muy bien entre ellos.

No sabía si disfrazarlo un poco de algún modo, cómo decírselo y si hacerlo directamente.

–Tengo que decirte algo: tu matrimonio con mi hijo es una de las cosas más felices que me han ocurrido, Elena. No sirve para ocupar la pérdida de Sam, nada podría logarlo, pero me ayuda mucho. Me ayuda a aliviar la terrible pena y me da algo bueno en qué pensar. Desde que perdí a su padre, lo único que he hecho ha sido desear la felicidad de mis hijos –dijo Catherine, emocionada.

Evidentemente todavía no había superado lo peor que le puede pasar a alguien: la pérdida de un hijo. Elena sintió un nudo en el estómago. No quería oír nada más. Pero no podía marcharse de la habitación, y por lo tanto no podía evitarlo.

–Como cualquier madre, deseaba ver a mis hijos con una buena mujer, felizmente casados, con hijos. Alguna vez dudé de que pudiera verlo –dijo con una sonrisa–. Sam…Bueno, él era alguien que no podía establecerse en un sitio fijo, y Jed… Bueno, estaba demasiado establecido, era demasiado adicto al trabajo, un solterón arraigado en los negocios solamente. Pero cuando Jed te invitó a quedarte en Netherhaye, después del funeral, fue como una bendición. Sólo con veros juntos me habéis dado alegría, y esperanzas para el futuro. Me daba cuenta perfectamente de lo que pasaba, hasta un tonto lo hubiera imaginado. Os vi reprimiendo vuestros sentimientos sólo por no echaros uno en brazos del otro precipitadamente, porque en vista de las circunstancias, estabas asegurándote de que conocías a Jed, antes de comprometerte. Aunque Jed y yo sentíamos que ya te conocíamos a través de lo que Sam nos había contado….

Catherine hizo una pausa, luego siguió:

–El saber que el hijo que me quedaba había encontrado finalmente el amor de su vida fue lo único que me ayudó a pasar aquellos días de terrible tristeza. Así que cuando me llamó por teléfono hace unos días para ver cómo estaba, le pregunté si podía venir a haceros una visita corta. No lo había planeado, simplemente me salió así. Sé que estáis en vuestra luna de miel, pero supongo que necesitaba veros a los dos para afirmar mi fe en Dios, para recordarme que él puede darnos cosas buenas, además de someternos a duras pruebas –sonrió afectivamente.

Elena sintió pena por Catherine. ¿Cómo iba a hacer para decirle la verdad a aquella buena mujer, si haciéndolo le destruiría aquella precaria alegría?

Jed había decidido fingir aquel matrimonio perfecto porque sabía lo que significaría para su madre decirle la verdad.

Elena podía comprenderlo, y se solidarizaba con él. Aquella orden dada de forma tan cortante empezaba a transformarse en la decisión de un hombre que conocía cuál era su deber.

Seguramente le molestaba tanto como a ella fingir aquello, pero debía de sentir que las circunstancias lo obligaban a ello.

Ella no quería comprender, y menos simpatizar con él. Ella quería alejar a Jed de su vida, no saber nada de él. Prefería eso a tener que ver cómo aquel amor tan preciado se transformaba en odio.

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