Kitabı oku: «Corazones heridos - Un hombre inocente»
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28001 Madrid
© 2022 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
N.º 149 - marzo 2022
© 2004 Diana Palmer
Corazones heridos
Título original: Renegade
© 2014 Diana Palmer
Un hombre inocente
Título original: Texas Born
Publicados originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2005 y 2015
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com
I.S.B.N.: 978-84-1105-524-6
Índice
Créditos
Corazones heridos
Uno
Dos
Tres
Cuatro
Cinco
Seis
Siete
Ocho
Nueve
Diez
Once
Doce
Trece
Catorce
Quince
Dieciséis
Diecisiete
Un hombre inocente
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Si te ha gustado este libro…

Uno
Era lunes por la mañana, y no había mucho movimiento en la comisaría de policía de Jacobsville, Texas. Tres agentes estaban sirviéndose café en la mesita que había en el área de recepción. El subjefe de policía del condado había pasado por allí para entregar una orden judicial. Un vecino de la localidad estaba escribiendo una declaración contra un delincuente que acababa de llevar detenido uno de los agentes. La secretaria no estaba en su puesto.
–¡Se acabó! ¡Estoy harta! No tengo por qué trabajar aquí. Están buscando gente para el supermercado, ¡y voy a ir ahora mismo a presentar mi solicitud!
Los gritos de la secretaria hicieron que todas las cabezas se giraran. Se oyó después al jefe de policía farfullar una escueta respuesta, y a continuación el estruendo de un objeto metálico al golpear el suelo.
Al final del pasillo apareció una adolescente furiosa con el cabello corto y de punta, minifalda y una blusa con mucho escote. Sus ojos lanzaban llamaradas, y sus pendientes largos tintineaban con cada zancada que daba.
Los agentes se apresuraron a hacerse a un lado. La chica fue hasta su mesa, tomó su abultado bolso, y se dirigió hacia la puerta.
Justo cuando tenía la mano sobre el picaporte salió al pasillo Cash Grier, el jefe de policía, un hombre alto, moreno, y guapo. Su cabello, sus pantalones y su camisa estaban salpicados generosamente con posos de café, trizas de papel y un par de hojitas de Post-it, de su larga coleta pendía otra más, y en el empeine de uno de sus relucientes zapatos negros había pegado un pañuelo de papel.
–¿Es por algo que haya dicho? –le preguntó.
La adolescente, que llevaba las uñas y los labios pintados de negro, gruñó y salió dando un portazo.
A los agentes les estaba costando tanto trabajo contener la risa, que parecía que les hubiera entrado un ataque de tos. El hombre que estaba escribiendo la declaración, en cambio, no fue capaz de disimular, y prorrumpió en tales carcajadas, que tuvo que agarrarse los costados.
Cash lanzó una mirada furibunda a sus compañeros.
–Adelante, reíos. Me da igual que se vaya. Ya encontraré otra secretaria.
Judd Dunn, su ayudante, que estaba apoyado en el mostrador, lo miró malicioso.
–Ésa era la segunda desde que te nombraron jefe de policía.
–Por amor de Dios, ¡trabajaba en una tienda de alimentación antes de venir aquí! –masculló Cash, sacudiéndose el uniforme con la mano–. Si consiguió este empleo fue sólo porque su tío, Ben Brady, es el alcalde en funciones, y porque me dijo que, si no la contrataba, el Ayuntamiento no nos financiaría los nuevos chalecos antibalas que necesitamos –añadió, resoplando enfadado–. ¡Menudo pájaro! No estaría en el puesto en el que está si a Jack Herman no le hubiera dado ese ataque al corazón que lo ha hecho retirarse de la política. No tengo más remedio que aguantarlo hasta las elecciones de mayo.
Judd lo escuchó sin hacer comentario alguno, y Cash, con el ceño fruncido, siguió despotricando del alcalde en funciones.
–Estoy deseando que lleguen las elecciones, lo juro –farfulló–. Brady me pone enfermo con eso de que me saco casos de tráfico de drogas de donde no los hay, y además se niega a escuchar ninguna de mis ideas para mejorar nuestro departamento. Dicen que Eddie Cane va a presentar su candidatura contra él.
–Fue el mejor alcalde que hemos tenido –comentó Judd–. Estoy seguro de que ganará.
–¿El mejor, dices? Lástima que tengamos que esperar a mayo para votarle y echar a Brady –dijo Cash, contrayendo el rostro al tirar del Post-it pegado en su coleta–. Si se le ocurre proponer a otra secretaria para reemplazar a su sobrina, dimito.
–Pues tendrás que darte prisa en encontrar tú a una antes de que lo haga –apuntó Judd–… si es que logras encontrar a alguien en su sano juicio que quiera trabajar para ti.
–¿Y qué sugieres? –le espetó Cash–, ¿que ponga un anuncio en el periódico, para que venga una avalancha de mujeres ansiosas por estar en la misma habitación que yo, y muramos aplastados?
–Quizá deberías tomarte unos días libres y relajarte un poco –fue el consejo de Judd–. Dentro de nada llegarán las vacaciones de Navidad –añadió mirándolo fijamente–. Podrías irte a algún sitio, cambiar de aires unos días.
Cash enarcó una ceja.
–Ya cambié de aires el mes pasado, cuando fui contigo a ese estreno en Nueva York.
–Y Tippy dijo que podías volver a verla cuando quisieses –apuntó Judd con una sonrisa maliciosa. La Tippy de la que hablaba no era otra que Tippy Moore, la «Luciérnaga de Georgia», una famosa modelo que se había pasado al mundo del cine–. A su hermano pequeño le caíste bien, y aunque estudia interno en esa academia militar, seguro que vuelve a casa para pasar las vacaciones con ella.
Cash sopesó la posibilidad con cierta reticencia. Tras descubrir que la modelo no era la mujer superficial, la vampiresa que había creído que era, había empezado a sentirse peligrosamente atraído por ella. Y era que sus vulnerabilidades le resultaban más seductoras que el descarado flirteo que había empleado con él en un principio.
–Bueno, supongo que podría llamarla y preguntarle si lo de esa invitación iba en serio –dijo.
–Buen chico –dijo Judd, acercándose y dándole una palmadita en el hombro–. Puedes tomar el primer vuelo que salga para allá, y yo ocuparé tu mesa como jefe en funciones.
Cash lo miró suspicaz.
–Esto no tendrá nada que ver con ese coche patrulla con el que llevas tanto tiempo dándome la lata, ¿verdad? Hay una junta en el Ayuntamiento la semana que viene…
–La pospondrán para después de las fiestas –le aseguró Judd–. Además, jamás intentaría convencer al Ayuntamiento para que nos subvencionen un coche patrulla que tú no quieres. En serio.
Cash no se fiaba un pelo de la sonrisa deslumbrante que había en su rostro. Judd era como él: raramente sonreía, y cuando lo hacía solía ser porque estaba tramando algo.
–Y por supuesto tampoco buscaré a otra secretaria antes de que vuelvas –añadió, rehuyendo los ojos de Cash.
–Ajá, así que de eso se trata –dijo Cash de inmediato–. Tienes a alguien en mente. Piensas colocarme a alguna mujer coronel jubilada, o a otra de esas paranoicas que creen en la teoría de la conspiración, como esa secretaria que tuvimos cuando mi primo Chet Blake ocupaba el puesto que yo ocupo ahora.
–No conozco a ninguna paranoica –dijo Judd con aire inocente.
–¿Ni a ninguna mujer ex coronel?
Judd se encogió de hombros.
–Bueno, tal vez a una o dos. Eb Scott tiene una prima…
–¡Ni se te ocurra!
–Pero si no la conoces…
–¡Ni quiero conocerla! Aquí el que manda soy yo. ¿Ves esto? –dijo Cash señalando su placa–. Mi misión es lidiar con el crimen, no con mujeres mayores.
–Bueno, ésta no es mayor… exactamente.
–Contrata a una nueva secretaria antes de que vuelva, y la despediré en cuanto aterrice mi avión de regreso –le advirtió Cash–. De hecho, pensándolo bien, creo que será mejor que no vaya a ninguna parte.
Judd se encogió de hombros.
–Como quieras –dijo estudiando sus limpias uñas–, pero he oído que la hermana del comisario de urbanismo te tiene echado el ojo, y puede que le pida al alcalde en funciones una recomendación para el puesto.
Cash se sintió como un conejo perseguido por un perro de caza. El comisario de urbanismo, un hombre bueno y afable, tenía en efecto una hermana. Tenía treinta y seis años, se había divorciado dos veces, llevaba blusas semitransparentes, y pesaba al menos cuarenta kilos de más. El comisario era además el mejor dentista en muchos kilómetros a la redonda, y de todos era sabido que adoraba a su hermana. Demasiada presión incluso para un ex miembro de las Fuerzas de Operaciones Especiales del ejército de los Estados Unidos en una ciudad tan pequeña como Jacobsville.
–¿Cuándo podría empezar la ex coronel? –inquirió, apretando los dientes.
Judd se echó a reír.
–En realidad, no conozco a ninguna ex coronel que quiera trabajar para ti, pero estaré al tanto por si se presenta alguna –respondió, moviéndose a tiempo para esquivar la patada de giro que le lanzó Cash–. ¡Oye, que soy oficial de policía! Si me pegas, estarás incurriendo en un delito.
–No si lo hago en defensa propia –farfulló Cash, dándole la espalda y dirigiéndose de regreso a su despacho.
–Mis abogados se pondrán en contacto contigo –le dijo Judd con mucha guasa mientras se alejaba.
Cash le lanzó un gesto insultante por encima de la cabeza.
Sin embargo, cuando estaba a solas en su despacho, con la papelera de nuevo en su sitio, y la basura dentro y no desperdigada por el suelo, Cash se quedó pensando en lo que Judd le había dicho. Quizá tuviera razón; en los últimos días había estado un poco susceptible y tal vez unos días libres podrían ayudarlo a estar algo menos… irritable. Lo cierto era que los dos bebés que habían tenido Judd y Chrissy se habían convertido para él en un doloroso recordatorio de la vida que había perdido.
¿Y si fuera a visitar a Tippy, como le había sugerido Judd? Rory, el hermano de nueve años de la joven, lo idolatraba, y en comparación con el modo en que solía tratarlo la gente: con curiosidad, con respeto, e incluso con miedo,… sobre todo con miedo, la admiración del pequeño le resultaba inusual y agradable.
Además, el chico no tenía ningún referente masculino en su entorno, a excepción de sus amigos en la academia militar. ¿Qué podría haber de malo en que pasara algún tiempo con él? Después de todo, no tenía que contarles a Tippy ni a él la historia de su vida. Cash contrajo el rostro, recordando la única vez en la que había hablado con alguien de su pasado.
Se sentó tras su escritorio, y se sacó un listín telefónico del bolsillo. Buscó en él un número de Nueva York, levantó el auricular del inalámbrico, y lo marcó.
Esperó dos tonos, tres, cuatro… Profundamente decepcionado, iba a colgar ya, cuando de pronto se oyó al otro lado de la línea una voz suave y seductora: «En este momento no estoy en casa. Por favor, deja un mensaje y tu número, y me pondré en contacto contigo». A continuación sonó un pitido.
–Soy Cash Grier –dijo Cash.
Comenzó a recitar su número de teléfono, pero lo interrumpió aquella misma voz del contestador:
–¡Cash!
Parecía sin aliento, como si se hubiese lanzado a por el teléfono antes de que pudiera colgar. Halagado, Cash prorrumpió en una suave risa.
–Sí, soy yo. Hola, Tippy.
–¿Cómo estás? –le preguntó ella–. ¿Aún sigues en Jacobsville?
–Aquí sigo. Sólo que ahora soy jefe de policía. Judd abandonó el cuerpo de los Texas Rangers, y trabaja conmigo como ayudante –añadió de mala gana. Tippy había estado locamente enamorada de Judd, igual que él lo había estado, tiempo atrás, de su esposa, Christabel.
–¡Cuánto han cambiado las cosas! –suspiró ella–. ¿Y cómo está Christabel?
–Muy feliz –respondió Cash–. Judd y ella han tenido mellizos.
–Lo sé. Hablé con ellos el día de Acción de Gracias –le confesó Tippy–. Un niño y una niña, ¿verdad?
–Jared y Jessamina –asintió él sonriendo. Los mellizos le habían robado el corazón cuando había ido a verlos al hospital. Era padrino de ambos, pero Jessamina era su favorita, y no se esforzó siquiera por disimularlo–. Jessamina es una auténtica muñequita. Tiene el pelo negro como el azabache, y los ojos del azul más profundo. Aunque seguramente cambiarán cuando crezca, claro.
–¿Y Jared? –quiso saber ella, divertida ante esa fascinación que parecía sentir por la pequeña.
–Igualito que su padre –respondió Cash–. Jared les pertenece, pero Jessamina es mía. Así se lo dije. Varias veces –añadió con un suspiro–. Pero no me sirvió de nada, evidentemente, porque no quieren dármela.
Tippy se echó a reír. Su risa sonaba como cascabeles de plata en una noche de verano, y su voz era sin duda uno de sus mayores encantos.
–¿Y a ti?, ¿cómo te va? –le preguntó Cash.
–Estoy trabajando en una nueva película –contestó ella–, pero hemos parado el rodaje para poder pasar todos las Navidades en casa. Y no sabes cómo me alegro, porque la película tiene bastantes dosis de acción, y no estoy en forma. Tendré que entrenar más si quiero hacerlo bien.
–¿De acción, dices?
–Sí, ya sabes: volteretas, saltar de trampolines, lanzarme desde sitios altos, artes marciales… esa clase de cosas –explicó ella en un tono cansado–. Tengo cardenales por todo el cuerpo. A Rory le va a dar algo cuando me vea. Siempre anda diciéndome que ya no tengo edad para hacer esas cosas.
–¿Que ya no tienes edad? –repitió él incrédulo, pues sabía que sólo tenía veintiséis años.
–Para él soy una vieja, ¿no lo sabías? –le contestó ella–. Tendría que ir por ahí con un bastón.
–Pues no quiero ni imaginarme cómo debe de verme a mí, que te llevo doce años –dijo él riendo–. ¿Va a pasar las Navidades contigo?
–Claro. Vuelve a casa cada vez que tiene vacaciones. Tengo un piso pequeño pero acogedor cerca de la Calle Cinco en el sur del distrito East Village. Y la zona está bien: hay una librería, una cafetería… La verdad es que es un sitio muy agradable para ser parte de una gran ciudad.
–No lo dudo, aunque a mí me gustan más los espacios abiertos.
–Lo sé. No tienes que decirlo –contestó ella. Vaciló un instante–. ¿Tienes problemas o algo así?
Cash se sintió extraño.
–¿A qué te refieres?
–¿Necesitas que haga algo por ti? –insistió ella.
Cash no supo muy bien cómo debía responderle. Nadie le había ofrecido nunca ayuda.
–Estoy bien –contestó en un tono brusco.
–Entonces… ¿para qué me has llamado?
–No te he llamado porque quisiera nada –dijo, con más aspereza de la que pretendía–. ¿Tanto te cuesta creer que te haya llamado sólo porque quería saber cómo te iba?
–La verdad es que sí –admitió ella–. Cuando estuvimos filmando en Jacobsville no le caí muy bien a la gente. Y menos a ti.
–Pero eso fue antes de que dispararan a Christabel –le recordó él–. La impresión que tenía de ti dio un giro de ciento ochenta grados en el momento en que te quitaste aquel suéter tan caro que llevabas sin pensarlo dos veces y lo usaste para aplicar presión en su herida. Aquel día te ganaste la simpatía de muchas personas.
–Gracias –murmuró Tippy tímidamente.
–Escucha, estaba pensando en ir a pasar unos días a Nueva York antes de Navidad –le dijo Cash–. ¿Lo de la invitación iba en serio? Podríamos salir por ahí Rory, tú y yo.
–¡Oh, Cash, eso sería estupendo! –contestó ella al instante, muy ilusionada–. Verás cuando Rory se entere; se pondrá contentísimo.
–¿Está ahí contigo?
–No, aún está en Maryland, en la academia, y tengo que ir a recogerlo yo. No puede marcharse sin que yo vaya a por él y firme en el registro. Lo dispusimos así para evitar que nuestra madre vaya y se lo lleve para sacarme dinero –le explicó con amargura–. Sabe que estoy ganando bastante, y su novio y ella serían capaces de hacer cualquier cosa con tal de conseguir dinero para drogas.
–¿Y si fuera yo a recogerlo y lo llevará conmigo a Nueva York?
Tippy vaciló.
–¿Harías… harías eso por mí?
–Claro. Haré fotocopias de mi documentación y las enviaré por fax a la academia. Tú sólo tendrás que llamar al director y decirle que tengo tu autorización para llevarme al chico. Y Rory me reconocerá.
–Se va a poner contentísimo –repitió Tippy–. No ha dejado de hablar de ti desde que te conoció en el estreno de mi película el mes pasado.
–A mí también me cayó bien. Es un chico honesto.
–Siempre le he dicho que la honestidad es el rasgo más importante del carácter de una persona –le explicó ella–. Me han mentido tantas veces a lo largo de mi vida, que no hay otra cosa que valore más –añadió quedamente.
–Sé lo que es eso –respondió él–. Bueno, había pensado salir mañana. Dime cómo llegar a la academia militar de Rory, la dirección de tu piso, a qué hora quieres que estemos ahí… ¡y yo me encargaré del resto!
A Judd le hizo mucha gracia ver el cambio de humor de Cash y su animación después de hablar con Tippy.
–Últimamente no sonreías demasiado –le dijo–. Me alegra comprobar que no has olvidado cómo se hace.
–El hermano de Tippy está todavía en la academia, y me he ofrecido a ir yo mismo a recogerlo y llevarlo a casa –anunció Cash.
–¿Aguantará tu camioneta todo el camino hasta Nueva York? –lo picó Judd.
Cash había comprado aquella camioneta negra a un precio razonable y le daba buen servicio, pero ya no estaba para muchos viajes.
Cash vaciló, como reticente a revelarle lo que le reveló a continuación.
–Tengo un coche –le dijo–. Lo guardo en un garaje de Houston. No lo conduzco muy a menudo, pero me preocupo de mantenerlo en buen estado por si tengo que usarlo.
–¿Qué clase de coche es? –inquirió Judd–. Me pica la curiosidad.
–Pues… un coche, igual que los demás –respondió Cash, encogiéndose de hombros. Le daba vergüenza decirle qué clase de coche era en realidad. No tenía por costumbre hablar de sus finanzas–. No es nada especial. Escucha, ¿estás seguro de que podrás encargarte de todo en mi ausencia?
–He sido un Texas Ranger. ¿Tú qué crees?
Cash sonrió con malicia.
–Ya, pero éste es un trabajo duro de verdad.
Se apartó justo a tiempo para esquivar una patada bien merecida en el trasero.
–Espera y verás –lo amenazó Judd, con un brillo divertido en los ojos–. Te buscaré a la secretaria más fea al este del río Brazos.
–Te creo capaz –contestó Cash–. Bueno, al menos asegúrate de que no sea tan quisquillosa como la sobrina punki del alcalde.
–Por cierto, ¿por qué ha dimitido exactamente?
Cash exhaló un suspiro.
–La enfadó que le prohibiese tocar en el fichero. No podía decirle que era porque había metido ahí temporalmente a Mikey, mi cría de pitón, así que le dije que guardaba allí material secreto sobre avistamientos de platillos volantes.
–Y entonces fue cuando te volcó la papelera sobre la cabeza –adivinó Judd.
–No, eso fue después –replicó Cash–. Le dije que el fichero estaba cerrado con llave por un buen motivo, y que se mantuviera alejada de él. Salí un momento a hablar con uno de los chicos, y ella aprovechó para forzar la cerradura con su lima de uñas. Mikey se había salido de su jaula, y estaba encima de las carpetas cuando abrió el cajón. Pegó un chillido, y cuando volví corriendo a ver qué pasaba, me lanzó unas esposas y me acusó de haberla puesto ahí a propósito para darle un escarmiento.
–Eso explica el grito que oí –dijo Judd–. Ya te advertí que no era buena idea meterla en el fichero.
–Iba a ser sólo por hoy –se defendió Cash–. Bill Harris me la dio esta mañana y no había tenido tiempo de llevarla a casa. Si la metí ahí fue para no asustar a nadie, y luego llevármela cuando acabara la jornada. Y después de lo que ha pasado te aseguro que me la voy a llevar –añadió indignado–, porque no quiero que me la traumaticen más de lo que ya lo está.
–A la sobrina del alcalde le dan miedo las serpientes… ¡imagínate! –murmuró Judd con incredulidad.
–Sí, la verdad es que cuesta creerlo –tuvo que admitir Cash–. Con esas pintas que lleva, es ella la que da miedo.
–¿No le habrás dado razones para que nos demande, verdad? –le preguntó su amigo.
Cash sacudió la cabeza.
–Sólo mencioné que tenía al padre de Mikey en el otro fichero, y le pregunté si quería conocerlo. Entonces fue cuando dimitió –respondió sonriente–. Si despides a un empleado, el Ayuntamiento tiene que pagarles el subsidio por desempleo, pero si dimite voluntariamente no, así que le di un empujoncito para ayudarla a dimitir –añadió con una sonrisa maliciosa.
–No te tenía por un tipo maquiavélico… –dijo Judd, intentando no reírse.
–No ha sido culpa mía. Estaba encaprichada conmigo, y se había creído que si su tío le conseguía este empleo podría seducirme con esas minifaldas y esas blusas escotadas –replicó Cash irritado–. Tal vez debería haberla demandado por acoso sexual –añadió frunciendo el ceño.
–Oh, Ben Brady se habría puesto muy contento si hubieras hecho eso –dijo Judd en tono de burla.
–¿Qué quieres? Estoy harto de ser perseguido por secretarias.
–Ahora hay que llamarlas «auxiliares administrativas», no «secretarias» –lo picó Judd.
–¡Vete al cuerno!
–¿Ves?, por eso quiero que vayas a Nueva York.
–Tengo una mascota de la que cuidar –protestó Cash.
–Puedes dejar a Mikey con Bill Harris antes de marcharte. Seguro que no le importará cuidar de ella mientras estés fuera. En serio, necesitas esas vacaciones.
Cash suspiró y se metió las manos en los bolsillos.
–Por una vez estoy de acuerdo contigo –dijo, pero luego se quedó dudando–. Si llama su tío y pregunta por qué ha dejado el puesto…
–Puedes estar tranquilo. De mi boca no saldrá una sola palabra sobre lo de la serpiente –prometió Judd–. Sólo le diré que el ser acosado por una alienígena te estaba empezando a causar problemas mentales.
Cash le echó una mirada asesina y volvió al trabajo.
El día siguiente por la tarde, Cash se presentaba en el despacho del comandante en la Academia Militar de Cannae, en Anápolis, Maryland. El nombre de la escuela, aludía a la vergonzosa derrota que había sufrido la poderosa Roma a manos de Aníbal, el guerrillero cartaginés.
El comandante, Gareth Marist, no era un desconocido para Cash, ya que había servido bajo su mando años atrás durante la operación «Tormenta del desierto» en Irak.
Se estrecharon la mano como si fueran hermanos, y en cierto modo lo eran por lo que habían pasado cuando habían atravesado las líneas del enemigo. Pocos hombres habían tenido que soportar lo que ellos habían soportado. Marist había logrado escapar. Cash no.
–Rory me habló de usted sin parar durante al menos diez minutos antes de que cayera en quién era –le dijo Marist–. Pero siéntese, siéntese. Me alegra volver a verlo, Grier. Según tengo entendido, ahora está trabajando en la policía, ¿no es así?
Cash asintió con la cabeza, dejándose caer en una de las dos sillas que había frente al escritorio del hombre uniformado. Más alto que él, Marist debía de ser de su misma generación, pero ya tenía entradas.
–Soy jefe de policía en una pequeña ciudad de Texas.
–Es difícil renunciar a la vida militar –le dijo Marist–. Yo me sentí incapaz, y por eso pedí este destino, y no me arrepiento. Es un privilegio poder ayudar a moldear a los soldados del mañana. Y el joven Rory tiene un gran potencial, por cierto –añadió–. Es muy inteligente, y no se deja amedrentar por los chicos que le doblan la estatura. Ni siquiera los matones se atreven con él –dijo riéndose entre dientes.
Cash sonrió.
–Ya lo creo que es valiente. Y no se arredra en absoluto a la hora de decir lo que piensa.
–Y su hermana… –murmuró Marist, con un largo silbido–. Si no estuviera felizmente casado y tuviera dos críos a los que adoro, estaría arrastrándome de rodillas detrás de ella. Es realmente bonita, y se ve que quiere muchísimo al chico. Cuando lo trajo aquí para inscribirlo estaba muy asustada porque habían tenido problemas con su madre, pero no quiso explicarme de qué se trataba. Me mostró los papeles que le otorgaban la custodia del muchacho, y acordamos no permitir que esa mujer se acercase a él. Ni su supuesto padre –le explicó. Escrutó en silencio el rostro de Cash–. Imagino que no sabrá usted el porqué.
–Tal vez lo sepa –fue la contestación de Cash–, pero no tengo por costumbre divulgar secretos.
–Lo recuerdo –contestó Marist con una sonrisa forzada–. Era capaz de soportar la tortura y no revelar nada al enemigo. Sólo conocí a otro hombre capaz de resistir en esa clase de situaciones, y era un miembro del SAS, el regimiento aéreo de operaciones clandestinas del ejército británico.
–Estuvo conmigo –le dijo Cash–. Un tipo increíble. Volvió con su unidad justo después de que escapáramos, como si no hubiese ocurrido nada.
–También usted.
A Cash no le gustaba hablar de aquello, así que cambió de tema.
–¿Qué tal le van los estudios a Rory?
–Oh, muy bien. Está entre los diez mejores de la clase –le dijo Marist–. Y llegará a oficial, seguro –añadió con una sonrisa–. Se distingue fácilmente a los que tienen dotes de mando. Es algo que se ve muy pronto.
–Es verdad –asintió Cash. Ladeó la cabeza–. Su hermana… ¿ha tenido algún problema de tipo financiero para mantenerlo aquí? –inquirió.
El comandante suspiró.
–De momento no –dijo–, aunque por su profesión, como comprenderá, sus ingresos son bastante esporádicos. En un par de ocasiones hemos tenido que ampliarle el plazo de pago.
–Si hubiera otras ocasiones, ¿podría hacérmelo saber… sin decirle nada a ella? –le pidió Cash, sacando una tarjeta de visita de su billetera, y deslizándola por la mesa hacia él–. Considéreme como un familiar de Rory.
Marist vaciló.
–Escuche, Grier, las cuotas mensuales de este sitio son endiabladamente caras –comenzó–. Con el salario de un policía…
–Eche un vistazo al aparcamiento para ver mi coche.
–Ahí abajo hay un montón de coches –replicó el otro hombre, levantándose para ir a la ventana.
–Sabrá enseguida a cuál me refiero.
Hubo una pausa, y luego un silbido cuando Marist vio el impresionante Jaguar rojo hecho de encargo. Se volvió hacia Cash.
–¿Es suyo?
Cash asintió con la cabeza.
–Y lo pagué en efectivo –añadió con toda la intención.
Marist dejó escapar un suspiro.
–Es un diablo con suerte, Grier. Yo tengo una ranchera –le dijo. Regresó a su asiento tras el escritorio–. Por lo que veo, en las Fuerzas de Operaciones Especiales pagan bien.
–En realidad no –replicó Cash–, pero antes de ingresar en ese cuerpo estuve haciendo otro tipo de trabajos –añadió–, pero es algo de lo que no hablo. Jamás.
–Lo siento. No era mi intención entrometerme.
–Tranquilo. Ya hace mucho tiempo de eso, pero supe invertir mis ganancias, como ha podido comprobar –respondió Cash sonriendo–. Bueno, ¿qué le parece si hace venir a Rory para que podamos ponernos en camino?
El comandante comprendió que para el otro hombre la charla había terminado.
–Claro –contestó, devolviéndole la sonrisa.
Rory entró en el despacho del comandante sin aliento y colorado de entusiasmo. Dos chicos lo acompañaban, pero se quedaron mirando en el pasillo.
–¡Hola, Cash! –lo saludó Rory con una amplia sonrisa–. Es genial que haya venido a recogerme. ¿A qué hora sale nuestro tren?
–Vamos en coche –replicó Cash sonriéndole–; odio los trenes.
–Oh. Pues a mí me gustan –contestó Rory–. Sobre todo el vagón-restaurante. Tengo hambre a todas horas.
–Pararemos a comer algo antes de salir hacia Nueva York –le prometió Cash–. ¿Estás listo?
–Sí, señor. Tengo mi petate ahí fuera, en el pasillo. Mi hermana está como loca –le confesó con un placer malévolo–. Por lo que me ha dicho, debe de haber limpiado el apartamento al menos tres veces y haberles sacado brillo a todos los muebles. Creo que incluso le ha preparado el cuarto de invitados.
–Vaya. Pues se lo agradezco, pero la verdad es que me gusta tener mi propio espacio –respondió Cash–, y ya he reservado una habitación en un hotel cercano.
El comandante se rió suavemente al oírlo decir eso. No había cambiado nada. Cash Grier siempre había sido muy correcto, y no pasaría una noche en el piso de una mujer soltera aunque cien personas pensasen que no había nada de malo en ello.
–Mi hermana también me dijo que probablemente no querría quedarse con nosotros –comentó Rory, sorprendiendo a Cash–, pero quería que pensase que es una buena ama de casa. Hasta ha estado ensayando para preparar ternera Stroganoff. Judd Dunn le dijo que a usted le gustaba.
–Es mi plato favorito –admitió Cash impresionado.
Rory sonrió.
–El mío también, me alegro de que le guste.
–Bueno, ¿dónde tengo que firmar para que podamos marcharnos? –le preguntó Cash a Marist.
–Un instante –respondió el comandante, sacando el libro del registro–. Páselo bien, Danbury –le dijo a Rory.
Cash frunció el ceño al oír ese nombre. Creía que el chico se apellidaba Moore, como Tippy.
Rory se echó a reír al advertir su sorpresa.
–Moore era el apellido de nuestra abuela, y Tippy empezó a usarlo como nombre artístico cuando comenzó a trabajar como modelo.
Curioso. Cash se preguntó por qué lo habría hecho, pero no era el momento de ponerse a hacer preguntas. Firmó en el registro para poder llevarse al chico, estrechó la mano a los amigos de Rory, que parecían igual de fascinados con él, y salieron del edificio.
Rory se quedó de piedra cuando Cash apretó un botón del llavero que tenía en la mano y se abrió el maletero de un flamante Jaguar rojo.
–¿Ése es su coche? –exclamó boquiabierto.
–Ése es mi coche –repitió Cash sonriendo. Arrojó dentro del maletero el petate del chico y lo cerró–. Hala, sube y vámonos.
–¡Sí, señor! –contestó Rory al momento.
Antes de meterse en el coche se despidió con la mano de sus amigos, que estaban observándolos desde la ventana del despacho del comandante. Cuando Cash arrancó y salieron del aparcamiento, tenían la nariz pegada al cristal.
Dos
Antes de llevar a Rory al piso de Tippy en Manhattan, en el sur del distrito East Village, Cash paró un momento en el hotel donde había reservado habitación para registrarse y dejar las maletas.
Minutos después, aparcaban frente a la casa de pisos donde vivía Tippy. Llamaron al portero automático para que los dejara subir, y cuando llegaron arriba ella estaba esperándolos en la puerta. Cash apenas la reconoció, al verla allí de pie vestida con unos vaqueros y un suéter amarillo, y el largo cabello rubio rojizo cayéndole sobre la espalda.
Con aquel atuendo informal y sin maquillaje alguno, parecía una persona distinta de la sofisticada y deslumbrante actriz al estreno de cuya última película había ido Cash el mes anterior.
Se alisó nerviosa el cabello con una mano, y se echó hacia atrás sonriente, abriendo la puerta del todo.
–Pasad –les dijo–. Espero que traigáis hambre. He hecho ternera Stroganoff.
Cash enarcó las cejas.
–Es mi plato favorito. ¿Cómo lo sabías? –le dijo con una mirada maliciosa en sus ojos castaños.
Tippy se aclaró la garganta, y Rory intervino en su auxilio.
–También es el mío –dijo riendo–. Siempre me lo prepara para cenar el día que vuelvo a casa.
Cash se rió suavemente.
–¡Vaya manera de ponerme en mi sitio!
Tippy estaba mirando detrás de él.
–¿No traes maletas? Había preparado el cuarto de invitados.
–Gracias, pero he reservado una habitación en un hotel del centro; en el Hilton –contestó él con una cálida sonrisa–. Me gusta tener mi propio espacio.
–Oh. Entiendo –contestó ella, riéndose vergonzosa antes de volverse hacia Rory para darle un abrazo–. No sabes la alegría que me da tenerte en casa por Navidad –le dijo–. Me han dicho que has sacado muy buenas notas.
–Es verdad –asintió él.
–Y que te castigaron por pegarte con un compañero –añadió Tippy enarcando una ceja.
Rory carraspeó.
–Un chico mayor me llamó algo que no me gustó nada.
–¿Ah, sí?, ¿el qué? –inquirió ella, cruzando los brazos sobre el pecho y mirándolo sin parpadear.
Los ojos de Rory relampaguearon furiosos.
–Me llamó bastardo.
Los ojos verdes de Tippy relampaguearon también.
–Espero que ganaras la pelea.
Rory sonrió enseñando los dientes.
–Lo hice. Ahora somos amigos –dijo. Echó una mirada a Cash, que estaba siguiendo la conversación entre ambos con interés–. Ningún otro chico se había atrevido a plantarle cara. Iba camino de convertirse en un abusón, pero lo he salvado de ese terrible destino.
Cash se echó a reír.
–Bien por ti.
Tippy se echó el cabello hacia atrás.
–¿Qué tal si cenamos? –les propuso–. Hoy me he saltado el almuerzo y estoy muerta de hambre –añadió, llevándolos a la pequeña pero acogedora cocina, donde la mesa estaba ya dispuesta.
Sobre el mantel bordado había tres servicios con coloridos platos, elegantes copas de cristal y cubiertos de plata. Tippy sacó una jarra de leche del frigorífico, y llenó dos vasos.
–¿Podrías servirme otro a mí? –le pidió Cash, deteniéndose junto a una de las sillas–. Me gusta la leche.
Tippy dio un ligero respingo y se volvió para mirarlo.
–Iba a ofrecerte un whisky…
Las facciones de Cash se tensaron.
–No tomo bebidas fuertes. Jamás.
El desconcierto de Tippy no podría haber sido mayor.
–Oh –musitó aturullada, dándole de nuevo la espalda.
No había hecho más que meter la pata desde que Cash entrara por la puerta. Se sentía como una idiota. Sacó otro vaso y lo llenó con generosidad. Nunca llegaría a comprenderlo del todo, se dijo.
Cash esperó hasta que Tippy hubo llevado la comida a la mesa y se hubo sentado para tomar asiento él también. Aquella muestra de caballerosidad la hizo relajarse.
–¿Ves?, los buenos modales no tienen nada de malo –le dijo a Rory–. Tu madre debió de ser una mujer encantadora –añadió, volviéndose hacia Cash.
Él tomó un sorbo de leche antes de contestar.
–Sí, lo era –respondió, pero no elaboró aquel abrupto asentimiento.
Tippy tragó saliva. Si Cash seguía así de seco toda la noche, aquello podía ser un calvario. Christabel Gaines le había hablado en una ocasión de su pasado, de cómo el matrimonio de sus padres había sido destruido por una modelo, y según parecía los recuerdos todavía le causaban dolor.
–Rory, bendice la mesa –se apresuró a murmurar.
No le pasó desapercibida la sorpresa de Cash, pero hizo como si no la hubiera advertido y los tres inclinaron la cabeza. Sin embargo, cuando su hermano hubo terminado de recitar la breve plegaria, alzó el rostro y le lanzó una mirada divertida.
–Las tradiciones son importantes, y Rory y yo no teníamos ninguna –le explicó–, así que decidimos iniciar las nuestras, y ésta es una de ellas.
Le indicó a Cash con un ademán que se sirviera carne.
–¿Y cuáles son las otras?
Tippy le sonrió con timidez, y de pronto a Cash le pareció más joven de lo que era. No llevaba maquillaje, a excepción de un carmín suave, y el cabello, limpio y sedoso, le caía con sencillez sobre los hombros.
–Pues, por ejemplo, añadimos un adorno nuevo al árbol cada Navidad, y también le colgamos un pepinillo.
El tenedor de Cash se detuvo a medio camino de su boca.
–¿Un qué?
–Un pepinillo –repitió Rory–. Es una costumbre alemana que da buena suerte. Nuestro abuelo materno era alemán –explicó, tragando un trozo de carne con la ayuda de un sorbo de leche–. ¿De dónde era tu familia, Cash?
–De Marte, creo –respondió él muy serio.
Tippy enarcó las cejas.
–Seguro –dijo Rory riéndose.
Cash esbozó una sonrisa traviesa.
–La madre de mi madre era de Andalucía, una región del sur de España –le respondió, dejándose de bromas–, y por parte de padre tengo sangre cherokee y suiza.
–Curiosa mezcla –comentó Tippy.
Cash le dirigió una mirada especulativa.
–Vuestros antepasados debieron de ser irlandeses, o escoceses –dijo admirando su cabello rojizo.
–Eso pienso yo también –respondió ella, sin levantar la vista del plato.
–Nuestra madre es pelirroja –intervino Rory–. El color de Tippy es natural, como el suyo, pero mucha gente cree que es teñido.
Tippy tomó un buen trago de leche, y no dijo nada.
–Yo quería teñirme de morado, pero mi primo, el anterior jefe de policía, pensó que la gente pondría el grito en el cielo –les confesó Cash con un suspiro–. Y además me hizo quitarme el pendiente –añadió con indignación.
A Tippy casi se le atragantó la leche.
–¿Llevabas un pendiente? –exclamó Rory entusiasmado.
–Era sólo un aro de oro –explicó Cash–. En la época en la que empecé a llevarlo estaba trabajando para el gobierno, y el jefe que tenía era tan políticamente correcto, que llevaba una chapita en la que se disculpaba por matar a las bacterias que pisaba sin querer. Es verídico, lo juro –les aseguró asintiendo con la cabeza.
Tippy tuvo que secarse los ojos. Estaba riéndose con tantas ganas, que se le saltaban las lágrimas. Hacía años que no se sentía tan distendida, y que le estuviera ocurriendo con Cash, a pesar de que hubieran empezado con mal pie, era casi un milagro.
–Mi hermana no se ríe muy a menudo –le comentó Rory a Cash con una sonrisa maliciosa–. Y menos cuando tiene que rodar exteriores o posar al aire libre. De hecho, odia a los fotógrafos desde que uno la hizo sentarse en bikini sobre unas rocas y la picoteó un charrán.
–Aquel pájaro estúpido bajó en picado sobre mí cinco veces –le confesó Tippy–, ¡y en la última me arrancó parte del cuero cabelludo!
–Deberías contarle lo que te hicieron las palomas durante aquel rodaje en Italia –la instó Rory.
Tippy se estremeció delicadamente.
–Todavía estoy intentando olvidarlo. Antes me gustaban las palomas.
–A mí me encantan las palomas –dijo Cash sonriendo malicioso–. No sabréis lo que es un bocado delicioso hasta que hayáis comido pichón envuelto en masa de hojaldre y frito en aceite de oliva…
–¡Salvaje! –lo reprendió Tippy.
–¿Qué pasa? También como serpientes y lagartijas, no sólo palomas.
Rory estaba desternillándose de la risa.
–¡Dios, Cash, éstas van a ser las mejores Navidades de nuestra vida!
Tippy pensaba lo mismo. El hombre que estaba sentado frente a ella se parecía muy poco al hostil policía que había conocido durante el rodaje de su última película en Jacobsville, Texas. La gente del lugar definía a Cash Grier como un tipo misterioso con el que no se debía jugar, pero nadie le había dicho que tuviera un sentido del humor tan increíble.
Al advertir su perplejidad, Cash se inclinó hacia Rory y le dijo en un susurro audible:
–Está confusa. En Texas le dijeron que guardaba bajo llave en un fichero documentos militares secretos sobre platillos volantes.
–En realidad me dijeron que lo que escondías eran alienígenas –murmuró Tippy, reprimiendo una sonrisa.
–¡Por amor de Dios!, ¿cómo voy a tener escondido a ningún alienígena en el fichero? –dijo él indignado. Sin embargo, un minuto después asomó a sus ojos castaños un brillo travieso–. Los tengo en un armario de casa.
Rory se rió, y Tippy también.
–Y yo que creía que los actores estábamos locos… –comentó ella con un suspiro.
Después de la cena, Cash propuso ir a dar un paseo por Central Park. Tippy se puso un traje de chaqueta y pantalón verde esmeralda, se hizo una trenza, y dio un ligero toque de color a su rostro ovalado.
La casa de pisos de dos plantas donde vivía Tippy estaba en una calle tranquila, bordeada de árboles. En apenas una década el barrio había pasado de ser relativamente inseguro a convertirse en un área residencial de clase media. Las reformas que se habían acometido en los edificios eran notables, sobre todo en la casa de pisos de Tippy, donde sendas barandillas de hierro negro forjado flanqueaban los escalones de piedra de la entrada.
Durante su época de modelo le había sobrado el dinero, y había estado viviendo durante un tiempo en Park Avenue, pero, tras el año que había pasado apartada de la profesión, le había costado volver a conseguir trabajo, y había tenido que apretarse el cinturón. Fue entonces cuando se mudó allí, justo antes de empezar el rodaje de aquella película en Jacobsville que de repente había relanzado su carrera.
Probablemente con lo que ganaba como actriz podría permitirse algo mejor, pero se había encariñado con los vecinos, y con aquella calle tranquila en la que vivía. Bajando había una librería, justo en la esquina, un poco más allá un mercado, y también una pequeña cafetería donde servían el mejor de los cafés. Y aunque en invierno, la estación en la que estaban, los árboles habían perdido todo su follaje y la ciudad tenía un aspecto frío y gris, en primavera el barrio era un sitio realmente precioso.
El Jaguar rojo de Cash estaba aparcado justo delante de la fachada de la casa de pisos de Tippy. Cuando sus ojos se posaron sobre él, la joven no podía creer lo que estaba viendo, pero no hizo comentario alguno. Rory se sentó detrás, y ella delante, con Cash. En sólo unos minutos habían llegado.
Cuando iban caminando por la acera, pasando los bonitos carruajes que esperaban clientela, Rory le preguntó a Cash si no le preocupaba que pudieran robarle el coche.
–Creía que este lugar era peligroso –comentó.
Cash se encogió de hombros.
–Central Park es mucho más seguro de lo que solía serlo, pero si alguien intenta robármelo, tendrá que ser muy listo para burlar a mi serpiente de cascabel.
–¿Tu qué…? –exclamó Tippy, mirándose alarmada los tobillos, como si esperara encontrar un ofidio enroscado allí.
Cash sonrió travieso.
–Mi sistema de alarma. Es así como lo llamo. Tengo instalado un sistema electrónico de localización en un sitio oculto del motor. Si alguien intentara hacer un puente para arrancar el coche, o lo robara, a la policía no le llevaría más de diez minutos encontrarlo, incluso aquí en Nueva York –explicó muy ufano.
–Así se entiende que estés tan tranquilo –dijo Rory–. Desde luego, es un coche alucinante –añadió con envidia.
–Lo es –asintió Tippy–. Yo conduzco, pero en esta ciudad no resulta muy práctico tener un coche –dijo señalando con un ademán la cantidad de taxis que subían y bajaban por las calles–. Cuando alguna agencia de modelos me llamaba para un trabajo no tenía tiempo de buscar un sitio libre donde aparcar. Nunca hay suficientes. Los taxis y el metro son el medio más rápido de moverte cuando vas con prisa.
–Es cierto –asintió Cash, admirando fascinado lo hermosa que era aun sin apenas maquillaje–. ¿Dónde estáis rodando la película? –le preguntó.
–Principalmente aquí, en la ciudad –respondió ella–. Es una comedia entremezclada con una trama de espionaje. Tengo que luchar con un agente extranjero en una escena, y perseguir a un tipo con una pistola en otra –añadió contrayendo el rostro–. Apenas acabábamos de empezar el rodaje antes de este descanso por vacaciones, pero tengo cardenales por todo el cuerpo por los ensayos de las coreografías de lucha. Incluso tengo que aprender aikido para la película.
–Un arte marcial muy útil –comentó Cash–. Fue una de las primeras que aprendí.
–¿Cuántas conoces? –le preguntó Rory de inmediato.
Cash se encogió de hombros.
–Karate, tae-kwon-do, hapkido, kung-fu, y otras cuantas menos conocidas. Nunca sabes cuándo tendrás que recurrir a ellas, pero vienen muy bien para el trabajo policial, ahora que no estoy todo el día detrás de una mesa.
–Judd me dijo que trabajabas en la oficina del fiscal del distrito en Houston –intervino Tippy.
Cash asintió con la cabeza.
–Estaba especializado en ciberdelitos, pero acabó por resultarme aburrido. Quería algo menos rutinario y menos estructurado.
–¿Y qué haces en Jacobsville? –quiso saber Rory.
Cash se rió suavemente.
–Huir de mis secretarias –le confesó avergonzado–. El mismo día que llamé a tu hermana para decirle que iba a venir a Nueva York por Navidad, la secretaria nueva que tenía dimitió, y me vació una papelera sobre la cabeza –añadió poniendo mala cara y tocándose el oscuro cabello–. Todavía estoy quitándome posos de café del pelo.
Los ojos verdes de Tippy se abrieron como platos. Se detuvo, y alzó la vista hacia Cash, sin poder dar crédito a lo que estaba oyendo. No había olvidado la eficiencia con que había parado los pies al ayudante de dirección de su primera película para que no volviera a ponerle las manos encima después de que ella se hubiera quejado de las confianzas que se tomaba.
Rory estaba riéndose.
–¿En serio? –le preguntó a Cash.
–No estaba hecha para el trabajo de oficina. Era incapaz de teclear y hablar por teléfono al mismo tiempo.
–Pero ¿por qué…? –comenzó Tippy.
Cash terminó la pregunta por ella:
–¿…me vació una papelera encima? ¡Y yo qué sé! Le dije que no tocara en el fichero, pero no me hizo caso y forzó la cerradura. No es culpa mía que Mikey, mi cría de pitón, saltara fuera del cajón y se le echara encima. Asustó al pobre animal, y ahora tiene una crisis nerviosa.
Tippy y Rory se detuvieron, y se quedaron mirándolo de hito en hito. Cash suspiró.
–¿Verdad que resulta incomprensible que haya personas que se pongan nerviosas al ver una serpiente? –inquirió él filosófico.
–¿Tienes una serpiente llamada Mikey? –exclamó Tippy.
–Cag Hart tenía una pitón macho albina y se la dio a un criador después de casarse. El criador la cruzó con una hembra que tuvo una camada de preciosas crías, y yo le pedí una. Lo que ocurrió fue que, el día que me la dio, no pude llevármela a casa porque estaba de servicio, así que la puse temporalmente en el fichero, en un pequeño acuario de plástico, con agua y una rama para que trepara por ella. Y estaba tan tranquila… hasta que mi secretaria forzó la cerradura. Según parece, Mikey se había salido del acuario, y estaba encima de las carpetas.
–¿Y qué pasó? –preguntó Rory.
Cash frunció el ceño.
–Pues que le dio al pobre animalito un susto de muerte –masculló–. Estoy seguro de que tendrá secuelas por el trauma psicológico que le ha causado durante el resto de su…
–¡No, qué pasó después! –lo interrumpió Rory.
Cash enarcó las cejas.
–¿Después de que chillara hasta casi dejarme sordo y me tirara unas esposas a la cara, quieres decir?
Tippy no dijo nada; sino que se quedó mirándolo con un brillo divertido en sus ojos verdes.
–Entonces fue cuando me volcó la papelera sobre la cabeza. En fin, en el fondo ha sido un alivio que haya dimitido. Tenía el cabello corto y de punta, piercings con aros de plata en cada centímetro de piel visible, y llevaba las uñas y los labios pintados de negro. Mikey todavía no se ha repuesto del susto. Ahora ya la tengo en casa.
Tippy no podía hablar de la risa. Rory sacudió la cabeza.
–Yo una vez casi tuve una serpiente.
–¿Casi? ¿Y eso? –le preguntó Cash.
–Ella no me dejó comprarla –suspiró Rory, señalando a su hermana.
–¿No te gustan las serpientes, hmm? –dijo Cash, lanzando a Tippy una mirada maliciosa.
–No fue porque me diera miedo, sino porque Rory no podía llevársela a la academia con él, y yo no estaba en casa el tiempo suficiente como para ocuparme de ella. Pero si necesitas una secretaria, tan pronto como acabe la película que estoy haciendo, me haré un piercing en la nariz, y me cortaré el pelo y me lo pondré de punta –le dijo ella con mucha guasa.
Cash sonrió, mostrando sus perfectos y blancos dientes.
–No sé… ¿Eres capaz de mascar chicle y teclear a la vez?
–No sabe escribir a máquina, y sí que le dan miedo las serpientes… –intervino Rory malicioso.
–Ni una palabra más –lo reprendió Tippy–. Y no dejes que Cash te soborne, o le contaré cuál es tu punto débil –le advirtió.
Rory alzó ambas manos.
–De acuerdo, de acuerdo… lo siento. En serio.
Tippy frunció sus carnosos labios.
–Está bien.
–¡Mira! ¡Está allí el tipo de la gaita! –exclamó de pronto Rory, señalando a un hombre con falda escocesa que se hallaba frente a un hotel cerca del parque. Estaba tocando Amazing Grace–. ¿Me dejas dinero, Tip?
Tippy sacó un billete de veinte dólares de su monedero y se lo tendió.
–Toma. Te esperaremos aquí –le dijo con una sonrisa.
Cash siguió al chico con la mirada mientras se alejaba, y finalmente sus ojos se posaron en el gaitero.
–Toca bien –comentó.
–Rory quiere una gaita, pero no creo que el comandante lo dejara practicar en su dormitorio.
–Yo tampoco –dijo Cash, sonriendo melancólico mientras escuchaba la evocadora melodía–. Ese hombre… ¿Lo veis aquí a menudo? –le preguntó a Tippy.
–La verdad es que nos lo hemos encontrado por todo el barrio –contestó ella–. Es uno de los sin techo más agradables de la zona, y siempre que puedo le doy algo de dinero para que pueda comprarse una manta, o comer caliente. Muchos de los que vivimos por aquí le tenemos cariño. Tiene un verdadero don para la música, ¿no te parece?
–Sí que lo tiene. ¿Sabes algo de él? –le preguntó Cash, impresionado por la caridad de la joven para con un extraño.
–No mucho. Dicen que toda su familia murió, pero nadie sabe cómo ni cuándo… ni siquiera por qué. No habla demasiado –murmuró, observando a Rory tenderle el billete al músico, y recibir una leve sonrisa a cambio–. Nueva York está llena de indigentes. La mayoría de ellos tienen un talento u otro, una manera de ganar algo de dinero, y puedes verlos durmiendo entre cajas de cartón, o buscando restos de comida en los contenedores de basura –sacudió la cabeza–. Y se supone que somos el país más rico de la tierra…
–Te sorprendería ver cómo vive la gente en los países del Tercer Mundo –dijo Cash.
Tippy lo miró.
–Una vez tuve que ir a Jamaica para una sesión de fotos, cerca de Montego Bay –recordó–. Nos alojábamos en un hotel de cinco estrellas sobre una colina, con loros en jaulas y una enorme piscina, y todos los lujos imaginables, pero, en la ladera, a unos pocos metros había un poblado de chabolas hechas con planchas onduladas de hojalata en medio del fango.
Cash entornó los ojos y asintió lentamente con la cabeza.
–Yo he estado en Oriente Medio. Allí mucha gente vive en casas de adobe sin electricidad, sin agua corriente, sin ningún tipo de comodidades. Se hacen ellos mismos la ropa, se desplazan en carros tirados por burros. Nuestro nivel de vida los dejaría pasmados.
Tippy aspiró bruscamente.
–No tenía ni idea.
Cash paseó la mirada por los alrededores.
–Allá donde iba era bien recibido, y las familias más pobres insistían en compartir conmigo lo poco que tenían. En general son buena gente, gente amable –bajó la vista hacia Tippy–, aunque como enemigos son temibles.
Tippy estaba observando las cicatrices que marcaban sus recias facciones.
–El comandante Marist me contó que te torturaron –recordó quedamente.
Cash asintió, y sus ojos buscaron los de ella.
–No me gusta hablar de eso. A pesar de que ya han pasado muchos años, todavía tengo pesadillas.
Tippy lo miró con curiosidad.
–Yo también suelo tenerlas –murmuró distraídamente.
Los ojos de Cash escrutaron los suyos, intentando desentrañar el enigma que aquella joven era para él.
–Según tengo entendido, estuviste viviendo mucho tiempo con un hombre mayor que tú, un actor que tenía fama de ser el tipo más licencioso de Hollywood –dijo Cash de pronto, en un tono algo abrupto.
Tippy giró la cabeza hacia Rory, que se había sentado en un banco a escuchar al gaitero, que había empezado a tocar otra canción. Se rodeó el cuerpo con los brazos, y bajó la vista.
Cash se puso frente a ella, dejando muy poco espacio entre ellos, y Tippy se sorprendió al comprobar que su proximidad no la intimidaba. Alzó el rostro hacia él, y la intensidad que había en los ojos de Cash casi la dejó sin aliento.
–Puedes contármelo –le dijo suavemente.
Tippy no fue capaz de resistirse a aquella amabilidad en su voz. Inspiró profundamente, y comenzó a hablar.
–Me escapé de casa a los doce años. Iban a mandarme a un hogar de acogida, pero me aterraba la idea de que mi madre pudiera sacarme de allí y obligarme a volver con ella… para vengarse de que hubiera llamado a la policía después de que su novio… –se quedó callada.
–Continúa –la instó Cash.
–Después de que me violara reiteradamente –dijo Tippy con un hilo de voz, incapaz de mirarlo–. Prefería morirme de hambre antes que volver con ella, así que empecé a mendigar por las calles de Atlanta, porque no tenía otro modo de conseguir dinero para poder comprar algo de comida –contrajo el rostro al recordar aquellos días.
Las facciones de Cash estaban tensas. Por lo poco que sabía sobre su vida, había sospechado que debía de haberle ocurrido algo así.
–Se me acercó un hombre atractivo y bien vestido. Quería llevarme a su casa –cerró los ojos–. Yo estaba hambrienta, tenía frío, y estaba muy asustada. No quería ir con él, pero había tal amabilidad en su mirada… –tragó saliva en un intento por deshacer el nudo que se le había hecho en la garganta–. Me llevó a su hotel. Tenía una suite enorme, y tan lujosa que podría haber sido el aposento de un rey. Cuando pasamos dentro, se rió por lo nerviosa que estaba, y me prometió que no me haría daño, que sólo quería ayudarme. Yo estaba tan asustada que me derramé un vaso de agua por la pechera de la camisa –sonrió levemente–. Creo que no olvidaré la expresión de asombro de su rostro mientras viva. Yo tenía el cabello corto, y aunque nunca he tenido mucho pecho… y menos entonces, que era una niña, pero con la camisa mojada… –alzó el rostro hacia Cash, que estaba escuchándola atentamente–. Claro que él no estaba interesado en mí en ese sentido…
–¿Me estás diciendo que Cullen Cannon, el que tenía fama de donjuán en todo el mundo, era homosexual? –preguntó Cash atónito.
Tippy asintió con la cabeza.
–Lo era, pero lo ocultó siempre con la ayuda de amigas. Era un hombre bueno y amable –recordó con añoranza–. Le dije que no me parecía bien abusar de su generosidad, que creía que debía arreglármelas por mí misma, pero no me lo permitió. Me dijo que se sentía muy solo. Su familia no quería saber nada de él, y no tenía a nadie, así que me quedé con él. Me compró ropa, me pagó los estudios, y me protegió del pasado para que mi madre no pudiera encontrarme –se le humedecieron los ojos–. Yo lo quería –susurró–. Le habría dado cualquier cosa. Pero él sólo quería ayudarme –se rió–. Supongo que luego, cuando fui un poco más mayor y me inscribió en una escuela de modelos aquí, en Nueva York, me retuvo a su lado porque le gustaba la imagen que le daba el tener a una joven bonita viviendo con él, no sé… el caso es que seguí con él hasta que murió.
–Los medios de comunicación dijeron que fue un ataque al corazón.
Tippy sacudió la cabeza.
–Murió de sida. En el último momento sus hijos fueron a verlo, y enterraron el pasado. Al principio habían creído que estaba con él porque quería quedarme con su dinero, pero supongo que acabaron por darse cuenta de lo mucho que lo quería –le dijo sonriendo–. Cuando murió insistieron en que me quedara con su piso, e incluso se ofrecieron a hacerme una cuenta fiduciaria con parte de lo que les había dejado en herencia porque cuidé de él durante su último año de vida, pero rehusé.
–Por eso no hiciste ningún trabajo como modelo durante un año, hasta que te ofrecieron hacer tu primera película… –murmuró Cash–. Dijeron que habías tenido un accidente y que tenías que reponerte.
A Tippy la halagó que recordara aquello, teniendo en cuenta que, durante el tiempo que había estado rodando en Jacobsville, la había odiado literalmente.
–Cullen no quería que nadie supiese la verdad…, ni siquiera cuando se estaba muriendo.
–Pobre diablo.
–Era el hombre más bueno que he conocido en mi vida –dijo Tippy con tristeza–. Me salvó, y sigo yendo a poner flores en su tumba.
–¿Y el tipo que te violó? –inquirió Cash con crudeza.
Tippy giró la cabeza para mirar a Rory, que estaba charlando con el gaitero. La expresión de su rostro era de auténtico tormento.
–Según mi madre es el padre de Rory –dijo cuando logró recobrar el habla.
Cash aspiró bruscamente.
–Y a pesar de eso… tú lo quieres.
Tippy se volvió hacia él.
–Con toda mi alma –se reafirmó–. Mi madre sigue con ese bastardo, Sam Stanton, o más bien lo dejan y vuelven, lo dejan y vuelven… una y otra vez. Discuten, él la golpea, y ella llama a la policía, pero al final siempre vuelven. Los dos son drogadictos.
–¿Y cómo acabaste haciéndote cargo de Rory? –inquirió Cash.
–El policía que me salvó la última noche que pasé en casa de mi madre, cuando Sam me violó, me llamó un día, cuando Rory sólo tenía cuatro años. Su padre le había dado una paliza, y estaba en el hospital. Yo todavía estaba viviendo con Cullen, y me acompañó a verlo. Mi madre se quedó muy impresionada con Cullen –recordó con ironía–, y después de que le dieran el alta a Rory vino con él al hotel donde estábamos alojados, en busca de dinero. Cullen se ofreció a comprar a mi hermano, y nos lo vendió –añadió en un tono gélido–; por cincuenta mil dólares.
–Dios del cielo –masculló Cash–. Y yo que creía que lo había visto todo…
–Rory ha estado conmigo desde entonces –le dijo Tippy–. Para mí es como si fuera mi propio hijo.
–¿Y nunca te quedaste embarazada?
Tippy sacudió la cabeza.
–Fui una flor tardía. No tuve mi primera regla hasta que cumplí los quince. Qué suerte, ¿eh? –dijo con amargura, apartando de su rostro un mechón rojizo–. Una suerte increíble…
–Pero ahora tu madre quiere recuperar a Rory –adivinó Cash.
–El dinero se le acabó hace años. Ha tenido que ponerse a trabajar en un establecimiento de platos preparados para conseguir más, y no le gusta nada. Sam trabaja cuando le parece, y por lo que tengo entendido nada de lo que hace es legal. El año pasado mi abogado tuvo que darle dinero a mi madre para que nos dejara tranquilos. Me había amenazado con acudir a la prensa amarilla y decirles que estaba tratándola de un modo denigrante –dijo Tippy, resoplando y sacudiendo la cabeza–. «Rica estrella de cine permite que su pobre madre viva en la miseria mientras ella va de un lado a otro en limusina»… –añadió sonriendo con cinismo–. Supongo que puedes imaginártelo.
–En tecnicolor –asintió Cash indignado.
–Y ahora, como tú has dicho, quiere recuperar a Rory. Envió a Sam a la academia militar para que intentara sacarlo de allí, pero Rory le dijo al comandante lo que le había hecho, y lo que me había hecho a mí. El comandante llamó a la policía, pero esa sabandija escapó antes de que llegaran.
–Bien por el comandante.
–Sí, pero temo que estén planeando secuestrar a Rory –respondió Tippy–, porque saben que pagaría cualquier rescate con tal de recuperarlo. No duermo muy bien últimamente pensando en ello –añadió–. Sam tiene un primo que vive cerca de aquí, en una de las peores zonas de la ciudad, que está metido en un montón de asuntos sucios.
Cash estaba haciendo equilibrios mentales para seguirla.
–¿Y Rory siente algún tipo de cariño por su padre o por vuestra madre?
–Odia a nuestra madre –contestó Tippy–. Y no sabe que Sam Stanton es su padre.
–¿No se lo has dicho?
–No he tenido valor para hacerlo –le explicó ella–. Además, el psicólogo me dijo que le quedarán secuelas por el resto de su vida por la paliza que le dio esa rata.
–¿Y tú?
–Bueno, he logrado sobrevivir –murmuró ella–. De vez en cuando los fantasmas del pasado vuelven para atormentarme, pero ahora soy más fuerte.
–No tanto como sería deseable –dijo él–, pero lo serás si pasas conmigo el tiempo suficiente.
Tippy alzó el rostro hacia él, y esbozó una sonrisa traviesa.
–¿Y tendré esa oportunidad?
Cash se encogió de hombros.
–Eso depende de ti. Pero tengo que advertirte que tengo unas cuantas rarezas.
–También yo –replicó ella–, …además de otras tantas inhibiciones –añadió.
Cash se metió las manos en los bolsillos y escrutó su rostro en medio del ruido del tráfico de Nueva York.
–No me gustan las ataduras. Y no voy a comprometerme a nada. Me gustaría que nos viéramos mientras esté aquí. Eso es todo.
–Veo que no te andas por las ramas.
Cash asintió con la cabeza, y Tippy lo miró a los ojos.
–No te encuentro repulsivo como a la mayoría de los hombres –le dijo de sopetón–, y eso es algo nuevo para mí, pero aún tengo heridas que no se han cerrado, y aunque puedo resultar convincente interpretando el papel de vampiresa, no es más que eso, un engaño. Nunca he tenido relaciones sexuales consentidas.
Cash dejó escapar un silbido.
–Eso es cargar a un hombre con una gran responsabilidad.
Tippy asintió con la cabeza, y una sonrisa se dibujó lentamente en los labios de Cash.
–Bueno, entonces supongo que tendremos que recurrir al «abecé de las relaciones personales».
Tippy se rió.
–No me lo había planteado de esa manera.
–Iremos paso a paso –le dijo Cash, girándose al ver que Rory regresaba con ellos–. Has tardado –le dijo al chico.
–Quería que le hablara de la escuela militar a la que voy. ¿Sabéis qué? Me ha contado que luchó en Vietnam –dijo el chico contrayendo el rostro–. Qué triste, ¿verdad?, que haya acabado como ha acabado.
Había angustia en los ojos de Cash cuando volvió el rostro y observó al hombre, que levantó una mano y la agitó en su dirección antes de ponerse a tocar de nuevo.
–Por desgracia, demasiados ex combatientes acaban así –comentó con voz queda.
–Pero a ti no te pasó –replicó Rory con orgullo.
Cash le sonrió y le revolvió el cabello.
–No, a mí no. Bueno, ¿qué os parece si vamos a la Estatua de la Libertad? Ya estará cerrada para subir, pero podemos verla por fuera. ¿Os apetece?
–¡Muéstranos el camino! –contestó Rory riendo.
Cash tomó la fina mano de Tippy en la suya, y al entrelazar sus dedos con los de ella los notó fríos y ligeramente temblorosos. Parecía que sólo con tocarse saltasen chispas de electricidad entre ellos. A la joven se le cortó el aliento, y alzó el rostro hacia él, mirándolo fascinada. Por un instante le había parecido como si la tierra se hubiese tambaleado bajo sus pies. ¡Era pura magia!
Cash se miró en sus ojos.
–Lección primera, página uno: tomarse de la mano –le susurró cuando Rory se paró frente a un escaparate.
Tippy dejó escapar una risa vergonzosa, que sonó como campanillas de plata.
Tres
Aquel día de turismo por la ciudad con Cash estaba siendo uno de los mejores de toda su vida, se diría Tippy más tarde. Parecía que conociese la ciudad como la palma de su mano, y mientras caminaban les iba relatando hechos históricos poco conocidos sobre ella.
–¿Cómo sabes tanto de Nueva York? –inquirió Rory cuando estuvieron de regreso en el piso de Tippy esa noche.
–El mejor amigo que tuve en mi época de instrucción era de aquí –le confesó Cash–. ¡Era una mina de información!
Tippy se rió.
–Yo tengo una amiga a la que le pasa igual, sólo que con Nassau –dijo–. Es modelo, y ahora está haciendo unos posados… ¡en Rusia nada menos!
–¿Y con qué ropa posa?
Tippy le lanzó una mirada maliciosa.
–Con trajes de baño.
–¡Me tomas el pelo!
–¡No! Parece que a algún cerebro pensante se le ha ocurrido que resultaría sexy que posara con el Kremlin de fondo en bañador… con botas y un abrigo de pieles.
–¿No será porque, si posara con pieles aquí, los defensores de los animales se le echarían encima? –inquirió Cash.
–Es piel sintética –le explicó ella riéndose–. Aunque es muy cara, y parece auténtica.
–¿Te apetece un sándwich, Cash? –le preguntó Rory desde la puerta de la cocina.
–No, gracias, Rory. Me marcho ya a mi hotel a descansar –contestó él con una sonrisa–. Pero lo he pasado muy bien.
–Yo también, Cash –le dijo Rory con sinceridad–. ¿Te veremos mañana?
–Sí, ¿te veremos? –lo secundó Tippy.
Cash miró primero a Rory, que estaba observándolo expectante, y luego a Tippy, que estaba sonriéndole.
–Claro, ¿por qué no? –murmuró Cash, sonriendo también–. Si os atrevéis podemos hacer un tour por los museos de la ciudad.
–¡Genial!, ¡me encantan los museos! –exclamó Rory entusiasmado.
–Bueno, mientras no tenga que posar, contad conmigo –dijo Tippy con un suspiro–. Todavía no me he repuesto de aquella vez que tuve que posar en uno, recostada contra una estatua de Rodin, durante cuatro horas, y con una pierna levantada.
–¿No será la estatua que creo? –inquirió Cash malicioso, riéndose suavemente al ver que Tippy enrojecía.
–Estoy segura de que era una en la que las figuras estaban completamente vestidas –mintió ella.
Cash sacudió la cabeza.
–Ya, ya… –farfulló–. Bueno, ¿a qué hora soléis levantaros en vacaciones?
–A las ocho –respondió Rory.
Tippy asintió con la cabeza.
–No somos trasnochadores –le dijo a Cash–. Rory está acostumbrado a la rutina militar, que comienza al alba, y yo tengo que levantarme incluso antes para llegar a mi hora a los estudios de rodaje.
–Entiendo –respondió él–. Conozco una panadería cerca de aquí, donde venden bollos de canela, pasteles de almendra, donuts rellenos… y todo hecho por ellos.
–No podemos tomar bollería –le dijo Rory apenado. Señaló a su hermana–. Tippy no tiene un ápice de fuerza de voluntad. Cuando entra en casa algo dulce, no puede resistirse.
Ella se echó a reír.
–Tiene razón. Mi vida es una lucha constante contra los kilos de más. Para desayunar tomamos beicon y huevos; sólo proteínas; nada de harinas.
–Eso también me recuerda a mis años de instrucción… –suspiró Cash–. En fin, ¿qué se le va a hacer? ¿Desayunamos aquí, entonces? Pero tendrás que hacer café, porque soy incapaz de empezar el día sin una buena taza –le advirtió a Tippy con un sonrisa sincera.
Era la primera vez en mucho tiempo que sonreía a una mujer de esa manera… a excepción de Christabel Gaines, claro, pero ahora estaba casada con su mejor amigo.
–Bueno, pues yo me voy a tomar un sándwich antes de irme a la cama –dijo Rory–. ¡Buenas noches, Cash, nos vemos mañana!
–Cuenta con ello –respondió él.
Tomó la mano de Tippy y la llevó al vestíbulo con él.
–Miraré la cartelera para ver si hay algo interesante de ópera o ballet, por si quisieras…
–Cualquiera de las dos cosas me encantaría –exclamó Tippy.
–¿Y la música clásica, te gusta también? –inquirió Cash.
Ella asintió con entusiasmo.
–En fin, supongo que no me moriré por llevar traje por una noche –suspiró Cash.
–Si no recuerdo mal, llevaste a Christabel Gaines a un ballet en Houston –le dijo Tippy, con un atisbo de celos que no pudo disimular.
Sorprendido, Cash escrutó sus ojos con una mirada tan intensa que Tippy enrojeció.
–Ahora se llama Christabel Dunn –le recordó él–. Y sí, es verdad que la llevé. No había ido nunca a un ballet.
–Y yo que creía que era una niña mimada… –dijo Tippy–. ¡Qué equivocada estuve respecto a ella desde el principio! Es una mujer muy especial. Judd es muy afortunado.
–Sí que lo es –admitió Cash a regañadientes. Todavía tenía clavada en el corazón la espinita de que Christabel hubiera escogido a su amigo y no a él–. Y están los dos locos con sus mellizos.
–Los niños son un regalo del cielo –dijo Tippy–. Cuando me hice cargo de Rory ya tenía cuatro años, pero era adorable –añadió con una sonrisa melancólica–. Con un niño cada día es una aventura.
–Supongo que sí. Yo no tuve la oportunidad de comprobarlo –murmuró Cash.
Tippy alzó la vista sin comprender, y la expresión de las recias facciones de Cash la dejó aún más confundida.
–Tengo que irme –farfulló él, apartando la vista–. Te veré por la mañana.
Le soltó la mano y salió por la puerta, dejándola allí plantada. Tenía la sensación de que había algo en su pasado que le había hecho mucho daño, algo relacionado con los niños. Judd le había dicho que creía que había estado casado, pero no sabía nada más. Cash Grier era un verdadero enigma, pero se sentía atraída por él como jamás se había sentido atraída por otro hombre.
A la mañana siguiente, Cash se presentó a las ocho en punto en el piso de Tippy con una cafetera niquelada en una mano, y una bolsa de papel en la otra.
–Pero si he hecho café –le dijo Tippy contrariada.
Cash levantó la cafetera.
–Capuchino a la vainilla –le dijo pasándosela bajo la nariz–: mi única debilidad… bueno, a excepción de esto –añadió agitando la bolsa de papel.
–¿Qué hay ahí? –inquirió ella, siguiéndolo a la cocina.
La mesa ya estaba preparada, y Rory estaba sentado, esperándolos para empezar.
–Bollos rellenos de crema –contestó Cash–. Lo siento, pero no puedo renunciar al azúcar. Creo que es uno de los cuatro grupos de alimentos principales junto con el chocolate, los helados y la pizza.
Rory se echó a reír, y Tippy lo secundó.
–Es increíble –comentó ella, recorriendo con la vista su cuerpo musculoso–; viéndote nadie diría que hayas probado jamás nada de grasa ni de azúcar.
–Hago ejercicio cada día –le confesó Cash–. No tengo más remedio. Nos hacen los uniformes justos para que vayamos marcando músculo –bromeó flemático, quitándose la chaqueta de cuero negra que llevaba.
La colgó sobre el respaldo de la silla, y los ojos de Tippy se vieron atraídos como imanes por sus bíceps, que resaltaban bajo el polo de manga larga.
–¿Y bien? –la picó Cash, sentándose.
Tippy suspiró.
–Sólo miraba –farfulló lacónica.
Aprovechando que Rory se había ausentado para ir al servicio, Cash agarró la larga falda de Tippy y la atrajo hacia su silla.
–Pues, si juegas bien tus cartas, quizá me quite la camisa algún día para ti –le susurró seductor.
Tippy no supo si reírse o reprenderle por intentar hacerla sonrojar. Nunca sabía si hablaba en broma o en serio.
–Aunque tendrás que ganártelo, claro está –le advirtió Cash–. No soy un hombre fácil.
Esa vez Tippy sí se rió, y, al hacerlo, sus ojos brillaron como esmeraldas.
Cash sonrió.
–Ten. Toma un bollo de crema. He traído suficientes para que podamos comer los tres.
Tippy metió la mano en la bolsa, consciente de su mirada sobre su rostro.
–Tienes una piel preciosa; incluso sin maquillaje –dijo Cash con voz ronca–. Parece de seda.
Cuando Tippy giró la cabeza hacia él sus ojos se encontraron, y sintió cómo el corazón le daba un vuelco. Dios, era tan sexy…
–¿En qué piensas? –inquirió él en un murmullo.
–Estaba pensando que seguramente sabes todo lo que hay que saber sobre las mujeres –le confesó ella quedamente.
Cash entornó los ojos.
–Y tú, en cambio, no sabes casi nada sobre los hombres.
Los ojos de Tippy se llenaron de lágrimas.
–Tampoco es que haya querido –musitó, bajando la vista a los bien definidos labios de Cash.
–Ten cuidado, Tippy: podrías quemarte –le advirtió él–; hace mucho que no he tenido relaciones con una mujer.
–Sé que tú nunca me harías daño –susurró ella, alzando el rostro y enfrentándose a su mirada inquisitiva–. Querría… ¡oh, Cash, querría…!
–¿Querrías… qué? –la instó él, apretando la mandíbula cuando inspiró y su fragancia le inundó las fosas nasales.
Tippy estaba tan cerca de él, que podía ver latir la vena en su garganta. Quería estrecharla entre sus brazos y besar sus hermosos labios hasta dejarlos hinchados.
Aquel mismo deseo estaba apoderándose de Tippy. Bajó la vista a la boca de Cash, y se preguntó qué sensación experimentaría si lo besase apasionadamente, si se fundiese con él en un beso como el que había escenificado ante las cámaras con su compañero de rodaje para la película que habían hecho en el rancho Dunn.
Casi podía imaginar el sabor de los masculinos labios de Cash, y se notaba el cuerpo hinchado y dolorido por la excitación contenida. Era como una sed que ni toda el agua de un río podría llegar a saciar.
Sus carnosos labios se entreabrieron, y aspiró con brusquedad.
–Querría que…
El ruido de la cisterna los hizo separarse. Olvidando el bollo de crema, Tippy se fue al fregadero a lavarse las manos porque necesitaba algo que detuviera su temblor.
Rory volvió en ese momento, ignorante de haber interrumpido un momento íntimo entre los adultos, y tomó un bollo. Al cabo de un rato Tippy se puso café, le sirvió a su hermano zumo de naranja, y se sentó a la mesa como si nada hubiera ocurrido.
El primer lugar donde fueron aquella mañana fue el museo de Historia Natural, para visitar la exposición ampliada sobre dinosaurios en la cuarta planta. Había una larga cola por las novedades en la programación del museo, entre las que había un documental sobre Albert Einstein y una tienda de regalos con el científico como tema, y tardaron más de una hora en llegar a la taquilla y comprar las entradas.
Rory iba de un fósil a otro, y subió incluso a lo más alto de una escalera de caracol metálica que se alzaba junto al mayor de los esqueletos para poder ver desde arriba los enormes omóplatos y las articulaciones de las caderas.
–Le encantan los dinosaurios –le dijo Tippy a Cash, mientras recorría junto a él la exposición.
Se había puesto una blusa de seda blanca, una falda larga de terciopelo verde, botas, y una chaqueta negra de cuero. El cabello se lo había dejado suelto, y aunque apenas llevaba maquillaje, atraía las miradas tanto de hombres como de mujeres.
Cash se sintió de pronto orgulloso a su lado. No se podía negar que era muy hermosa, pero para él su belleza no estribaba tanto en su apariencia externa como en su corazón de oro, en lo que llevaba dentro… lo que verdaderamente contaba.
–A mí también me gustan –contestó–. Estuve aquí hace años, pero no pude verlos porque estaban remodelando esta exposición. Son impresionantes.
Tippy se inclinó sobre un cartel para leerlo.
–¿Cómo no te has traído las gafas? –inquirió Cash.
–Porque soy un desastre andante cuando las llevo puestas –contestó ella, riéndose vergonzosa–. Las limpio con lo que tenga a mano, y siempre acabo rayando las lentes. Ya he tenido que cambiarlas dos veces.
–Ahora venden unas lentes especiales que no se arañan con facilidad –comentó Cash.
–Lo sé, son las que tienen mis gafas. Por desgracia no son a prueba de personas descuidadas como yo –respondió ella, encogiendo uno de sus bonitos hombros–. Me pondría lentillas si pudiera, pero mis ojos no las aguantan. Me producen infecciones.
Cash extendió una mano grande y fuerte y tomó entre sus dedos un mechón del cabello de Tippy, comprobando su suavidad y dando un paso hacia ella.
–Da la impresión de que tu pelo esté vivo –murmuró–. Había visto este color en otras mujeres, pero nunca me había parecido tan natural.
–Es que es natural –contestó ella, notándose las rodillas temblorosas por la proximidad de Cash.
Olía a colonia y jabón, olores frescos y seductores. Puso las manos sobre el frontal del polo, regocijándose en su calidez, y en la sensación, como de almohadillado, del vello de su tórax bajo sus palmas.
Un deseo casi irrefrenable de subirle el polo y tocarlo la invadió de pronto, dejándola sin aliento. No se había sentido tan excitada en toda su vida.
–¿Y no hay nada artificial en ti? –la provocó Cash.
–Nada físico –contestó ella.
Cash escrutó los ojos verdes de Tippy durante más tiempo del que había pretendido, y notó cómo se le tensaban las facciones.
Ella estaba segura de que se estaba dando cuenta de lo nerviosa que estaba, pero no podía evitarlo. Era un hombre tan masculino que despertaba todo lo que había de femenino en ella.
–No me fío de las mujeres.
–Pero estuviste casado –apuntó ella.
Cash asintió con la cabeza, y enredó el mechón entre sus dedos con una expresión angustiada.
–Estaba muy enamorado de ella. Y creía que ella sentía lo mismo por mí –dijo–. Sólo después me daría cuenta de que el único motivo por el que estaba conmigo era mi dinero.
Un escalofrío recorrió la espalda de Tippy.
–Hay tantas cosas en tu pasado de las que no quieres hablar… –murmuró–, tantas cosas que no sé de ti…
–Me cuesta confiar en la gente –respondió Cash–. Si te abres a los demás te vuelves vulnerable, y pueden acabar haciéndote daño.
–¿Y para ti la solución es no dejar que se te acerque nadie? –inquirió Tippy.
–¿Acaso no es lo mismo que haces tú? –le espetó Cash–. A excepción de Rory y de Judd te cierras a todo el mundo… especialmente a los hombres.
Tippy tragó saliva.
–He tenido muy malas experiencias con los hombres… a excepción de Cullen –dijo–, y nunca hubo nada entre nosotros. Le gustaban las mujeres como amigas, pero físicamente le producían rechazo.
–¿Lo amabas?
–A mi manera –respondió Tippy, sorprendiéndolo–. En toda mi vida sólo él y otra persona se portaron bien conmigo sin esperar nada a cambio. No puedes imaginarte cuántas proposiciones deshonestas me han hecho hombres de mi entorno laboral –añadió con una sonrisa cínica–. Me ha llevado años perfeccionar la manera de rechazarlas sin que tomaran represalias contra mí.
–No es que disculpe a esos tipos, pero en cierto modo es comprensible –farfulló Cash–; eres el sueño hecho realidad de cualquier hombre.
El corazón de Tippy dio un brinco.
–¿También el tuyo? –le preguntó en un tono burlón.
Sin embargo, la pregunta iba en serio. Quería que la deseara, como jamás había querido nada en toda su vida.
Cash soltó el mechón de Tippy.
–Yo hace años que decidí olvidarme por completo de las mujeres.
–¿Y no te sientes solo? –quiso saber ella.
–¿Y tú? –le preguntó él a su vez.
Tippy suspiró, escrutando soñadora sus recias facciones.
–Me asustan las relaciones serias –contestó con voz ronca–. Lo he intentado con dos o tres tipos que me parecieron buenas personas, pero ninguno de ellos estaba interesado de verdad en mí, ni querían conocerme mejor… sólo me querían en su cama.
Cash entornó los ojos.
–Después de lo que te pasó… ¿puedes…?
Tippy bajó la vista a su tórax, donde bajo el estrecho polo que llevaba, se dibujaba el relieve de los músculos.
–No lo sé –respondió con sinceridad–. Nunca lo he… intentado.
–¿Y querrías intentarlo?
Tippy se mordió el labio inferior y frunció el entrecejo, mirando el dinosaurio que tenía delante sin verlo en absoluto.
–Tengo veintiséis años, Cash, y no estoy dispuesta a arriesgar más veces mi corazón para que me lo rompan. Tengo a Rory, una carrera… y soy moderadamente feliz. No me hace falta más.
–No es verdad. La vida que llevas es una vida a medias.
–También lo es la tuya –le espetó ella, alzando la vista hacia él.
–Tengo una razón aún mejor que la tuya para vivir como vivo –contestó Cash con aspereza.
–Pero no vas a contármela –adivinó ella–. No confías lo bastante en mí como para hacerlo.
Cash hundió las manos en los bolsillos del pantalón y la miró irritado.
–Estuve casado una vez, hace años. Era la primera vez en mi vida que estaba enamorado de verdad. Incluso íbamos a tener un hijo. El día que me dijo que estaba embarazada me puse loco de contento. Yo no quería que hubiese secretos entre nosotros, y pensé que debía hablarle de lo que había sido mi vida antes de que nos casáramos –el brillo que había en sus ojos se tornó frío–. Y así lo hice. Se sentó y me escuchó. Estaba muy calmada, y se limitó a escucharme sin decir nada, como si lo comprendiera. Se había puesto algo pálida, pero no era de extrañar, porque algunas de las cosas que le relaté, cosas que tuve que hacer por mi trabajo, eran terribles, realmente terribles –le explicó dándole la espalda–. Tuve que salir unos días de la ciudad por negocios, y se despidió de mí con total normalidad, como si nada hubiese pasado. Regresé con regalos para ella y también con alguna cosa que había comprado para el bebé, aunque sólo estaba de unas semanas. Estaba esperándome en la puerta, con las maletas hechas.
Se inclinó hacia delante, apoyándose en la baranda que se asomaba a la planta inferior, y siguió hablando sin mirar a Tippy.
–Me dijo que había ido a una clínica para abortar mientras estaba fuera, y que también se había puesto en contacto con un abogado para tramitar nuestro divorcio. Justo antes de salir por la puerta me dijo que no iba a traer al mundo al hijo de un hombre capaz de asesinar a sangre fría.
Tippy había intuido desde el momento en que se habían conocido que había algo traumático en su pasado. De pronto todo encajaba, como los celos que destilaban sus palabras cada vez que mencionaba a los mellizos de Judd y Christabel. Debía de haber sido terrible para él, pensó, sintiendo su dolor como propio. La halagaba hondamente que le hubiera confiado algo tan personal.
–¿No vas a decir nada? –inquirió él, sin volverse, en un tono sarcástico.
–¿Era muy joven? –le preguntó Tippy.
–Tenía mi misma edad.
La joven bajó la vista a las manos de Cash. Su rostro no reflejaba emoción alguna, pero tenía los nudillos blancos por la presión que estaba ejerciendo sobre la baranda de acero.
–Soy de la clase de personas que no pisan a un insecto si pueden evitarlo –le dijo quedamente–, igual que sería incapaz de acostarme con un hombre sin usar algún método anticonceptivo a menos que lo amase. Creo que los hijos deben ser concebidos por amor, no por error.
Cash giró la cabeza lentamente hacia ella, y la miró con curiosidad.
–Tenía razón, Tippy: soy un asesino –le dijo en un tono inexpresivo.
Ella escrutó su rostro con ojos amables.
–No lo creo.
Cash frunció el ceño.
–¿Cómo dices?
–El comandante Marist me contó que formaste parte de una unidad de élite de las Fuerzas de Operaciones Especiales –respondió Tippy–, que te enviaban cuando las negociaciones fallaban, cuando había vidas en juego. Por mucho que digas no voy a creer que fueras un sicario, que mataras a gente por dinero. No eres esa clase de persona.
Cash parecía estar conteniendo el aliento.
–No sabes nada de mí –le dijo abruptamente.
–Mi abuela era irlandesa, y tenía un sexto sentido para intuir lo que otras personas no pueden –le explicó Tippy, todavía con esa expresión compasiva en la mirada–. Todas las mujeres de nuestra familia lo tienen… excepto mi madre –añadió–. Yo misma sé cosas que no debería saber. Presiento las cosas antes de que ocurran. De hecho, estoy muy preocupada por Rory, porque tengo un mal presagio; tengo la sensación de que nos acecha un peligro que tiene relación con él.
–No creo en esas cosas –le espetó Cash–; no son más que supersticiones.
–Quizá lo sean para ti, pero para mí no –replicó ella, buscando con la mirada a su hermano.
Rory estaba en medio de un grupo de personas observando un celacanto disecado que colgaba del alto techo de la sala.
Cash tenía la impresión de que Tippy podía ver en su interior, de que se había vuelto transparente ante sus ojos, y era una sensación que no le gustaba. Era un hombre reservado, un hombre con secretos, y no quería que nadie escudriñase en su mente.
–Te he enfadado. Lo siento –le dijo Tippy suavemente, sin mirarlo a los ojos–. Voy a la tienda de Einstein. Rory quiere una camiseta. Me reuniré con vosotros en el vestíbulo dentro de una hora.
Cash le agarró la mano y la hizo volver junto a él.
–Ni hablar. Iremos juntos –la tomó por la barbilla para poder mirarla a los ojos–. Como le dije a Rory una vez, si hay algo que valoro, es la honestidad.
–No es verdad, no cuando alguien hace conjeturas sobre tu vida privada.
–Te he hablado sobre mi vida privada –le contestó él. Inspiró lentamente–. Nunca le había hablado a nadie de ese hijo que podría haber tenido.
–Supongo que tengo la clase de cara que hace que la gente se sincere –le dijo Tippy con una tierna sonrisa.
–Sí que la tienes –murmuró él, acariciándole levemente la mejilla–. Escucha, Tippy, tengo más secuelas psicológicas que tú por las cosas que he vivido, y eso ya es decir algo. Creo que no sería sensato que, siendo dos personas marcadas por experiencias tan terribles, iniciáramos una relación, así que sencillamente no va a suceder, y ya está.
Tippy lo miró entre tímida y curiosa.
–¿Te… te habías planteado la posibilidad… de tener una relación conmigo? –inquirió, como si no pudiera creerlo.
Era obvio que la mera idea la halagaba, y aquello sorprendió a Cash. No había imaginado que Tippy pudiese sentirse atraída por él. Tenía que ser difícil para ella, con lo que le había pasado.
–Pero, después de lo que te ocurrió… –murmuró Cash.
Tippy dio un paso hacia él y sintió que le faltaba el aliento.
–Olvidas algo: tú eres policía.
–¿Y por eso no me tienes miedo? –inquirió él, notándose sin aliento como ella por su proximidad y el embriagador aroma floral de su perfume.
Tippy encogió nerviosa uno de sus perfectos hombros.
–Judd estuvo en los Texas Rangers y me sentía segura con él.
–¿Adónde quieres llegar, Tippy?
La joven se mordió el labio inferior, y sus mejillas se tiñeron de un ligero rubor.
–No me siento exactamente… segura contigo. Haces que me sienta nerviosa… temblorosa. Es como si estuviese ardiendo por dentro. No hago más que pensar todo el tiempo en cuánto me gustaría tocarte, y me pregunto… me pregunto qué sentiría si me besaras –susurró.
Se habían quedado apartados del resto de los visitantes.
Cash no podía creer que Tippy hubiese dicho lo que había dicho, pero en sus ojos podía leerse también. Parecía que estuviese en trance.
Sus fuertes manos la agarraron por la cintura, atrayéndola hacia sí, y la escuchó aspirar con brusquedad. Bajó la vista a los carnosos labios de la joven y le dijo con voz ronca:
–A mí también me gustaría tocarte, Tippy. No sabes cuántas veces he imaginado el tacto sedoso de tu piel contra mi pecho –le confesó, acariciándole con los pulgares la curva exterior de los senos. Mientras hablaba, inclinó la cabeza, dejando sus labios a sólo unos centímetros de los de ella, y Tippy pudo sentir su aliento cálido y mentolado–, o cuántas veces me he imaginado besándote, haciéndote abrir la boca, y saboreándote con la lengua.
Tippy emitió un gemido ahogado. Temblorosa, apoyó la frente en su tórax mientras intentaba volver a respirar con normalidad.
–Cash… –jadeó, clavándole las uñas en el pecho.
Los pulgares de Cash se volvieron más insistentes. El deseo estaba inundándolo como la repentina crecida de un río, y notó cómo su cuerpo se tensaba y empezaba a perder el control sobre sí mismo. Iba a dar un paso atrás, pero en ese instante Tippy movió ligeramente las caderas, y sintió un latigazo de placer que lo hizo estremecer.
La joven alzó la vista, sorprendida por esa reacción inmediata de su cuerpo. Sabía por qué a los hombres les ocurría aquello, pero hasta ese momento siempre le había resultado repugnante. En ese momento, en cambio, le pareció algo fascinante, maravilloso. Sus labios se entreabrieron mientras se miraba en sus ojos tormentosos. ¡La deseaba!
Se frotó contra él de nuevo, ansiosa por darle placer, pero las manos de Cash bajaron a sus caderas, agarrándolas con brusquedad.
–Si vuelves a hacer eso –masculló–, vamos a acabar convirtiéndonos en el centro de las miradas de toda esta gente.
–¿Eh? ¡Oh…! –murmuró ella, tragando saliva al comprender.
Miró azorada en derredor, pero por fortuna nadie parecía estar observándolos.
Cash la apartó de sí y se irguió, recitando mentalmente las tablas de multiplicar para apartarla también de sus pensamientos. El estado de excitación en que Tippy lo había puesto, por mucho tiempo que llevase sin tener relaciones, le resultaba inquietante.
La joven estaba igualmente confundida. En cuestión de segundos había pasado de la aprehensión a la más apasionada expectación y, de pronto, lo único en lo que podía pensar era en una cama, con Cash tumbado en ella. Casi podía imaginar su cuerpo musculoso completamente desnudo…
Gimió levemente con la cabeza aún gacha. Se sentía incapaz de mirarlo a los ojos.
Cash no pudo contenerse, y una suave risa escapó de su garganta, tensa todavía por el deseo. Tippy era como un libro abierto. Era halagador saber que podía excitarla con unas caricias tan inocentes. Tippy también lo excitaba, pero no se fiaba de ella. ¿O sí? Hasta entonces nunca le había hablado a nadie de su esposa.
Manteniendo una discreta distancia entre ambos, Tippy subió sus bonitas y cuidadas manos al frontal de la camisa de Cash, y apretó vacilante las palmas contra él. No se atrevía a alzar la vista. Nunca se había sentido tan insegura, tan tímida… y nunca se había sentido tan feliz, ni tan… excitada.
Las grandes manos de Cash le rodearon la estrecha cintura, y permanecieron así un buen rato. La gente a su alrededor se movía, hablaba, se reía… pero Tippy y él estaban en su propio mundo. No recordaba haber experimentado nada similar en toda su vida.
–Podría acabar haciéndote daño –masculló irritado consigo mismo–. Y no me refiero a físicamente: soy demasiado independiente, no me abro… me he vuelto… casi incapaz de experimentar emoción alguna.
Parecía tan vulnerable… Fascinada, Tippy alzó el rostro, y cuando sus ojos verdes se encontraron con los turbulentos ojos negros de él, se estremeció por dentro como si hubiese sido alcanzada por un rayo, dejando escapar un gemido ahogado.
–Pero es que yo… estoy sintiendo cosas que no había imaginado que pudiera sentir jamás.
Las manos de Cash, aún en torno a su cintura, dieron una pequeña sacudida. Apretó los dientes.
–¿No te das cuenta de que permitir esto sería un suicidio? –le dijo con aspereza.
Recordando una frase de un libro, los ojos de Tippy se iluminaron, y le susurró divertida:
–Bueno, ¿acaso quieres vivir eternamente?
Aquello disipó la tensión, y Cash se echó a reír. El rostro de la joven irradiaba felicidad.
–Hasta hace sólo unos días no sabía si podría tener una relación con un hombre después de lo que me pasó –le confesó quedamente–, pero estoy casi segura de que contigo sí que podría. ¡Sé que podría, Cash!
Él la miró con la misma fascinación con que lo había mirado ella un momento antes. Escrutó en silencio sus facciones, y al cabo de un rato le preguntó:
–¿Con qué fin, Tippy?
–¿Fin? –repitió ella sin comprender.
No podía pensar; se notaba todo el cuerpo dolorido de deseo.
El pecho de Cash subió y bajó en un profundo suspiro.
–No quiero volver a casarme –le dijo en un tono inexpresivo–. Y no hay vuelta de hoja.
Tippy abrió mucho los ojos al darse cuenta de lo que, sin pretenderlo, habían insinuado sus palabras. Al menos fue capaz de reaccionar rápido y aplicar el ingenio para evitar ponerse aún más en evidencia.
–Oye, oye… Espera un momento, amiguito –le dijo–. Eso no era una proposición de matrimonio. ¡Si apenas te conozco! ¿Sabes cocinar y limpiar?, ¿sabes llevar las cuentas?, ¿y zurcir un calcetín? Por no hablar de hacer la compra…, ¡porque sería incapaz de considerar seriamente la posibilidad de casarme con un hombre que no sepa hacer la compra!
Cash parpadeó a propósito dos veces, y se puso una mano tras la oreja a modo de bocina.
–¿Podrías repetir lo que has dicho? –le pidió muy educado–. Tenía la cabeza en otra parte.
–Y aparte de todo eso –continuó ella sin echarle cuenta–, si algún día me caso, mi futuro marido tendrá que cumplir muchos otros requisitos, y siento decirlo, pero me temo que tú no tendrías ni la más mínima posibilidad. Así que no seas tan presuntuoso, Grier. Como mucho puedes considerarte en periodo de prueba.
Los ojos de Cash brillaron maliciosos.
–Bien –dijo insolente, encogiéndose de hombros.
Tippy se apartó de él, sacudiendo la cabeza.
–Te lo digo en serio: no vayas a pensarte que me tienes en el bote sólo porque haya accedido a salir contigo. Y recuerda que no estamos solos, así que más te vale no intentar nada.
Cash esbozó una sonrisa traviesa.
–Bien.
Tippy frunció el entrecejo.
–¿No sabes ninguna palabra de al menos dos sílabas?
La sonrisa maliciosa de Cash se hizo aún más amplia. Abrió la boca para contestar, pero Tippy lo interrumpió.
–¡Ni se te ocurra decirlo!
Cash enarcó las cejas.
–Seguramente tampoco creerás en el poder de leer la mente de las personas, pero acabo de leer la tuya, y si fuera tu madre te lavaría la boca con jabón.
Esa referencia a su madre borró la sonrisa de los labios de Cash, y se le mudó la expresión.
–Lo siento –murmuró Tippy, contrayendo el rostro–. Lo siento mucho, Cash. No debería haber dicho eso.
Él frunció el ceño.
–¿Por qué?
Tippy rehuyó su mirada y fue junto a un esqueleto pequeño que había expuesto en una vitrina.
–Sé… lo de tu madre. Crissy me lo contó.
Cash se quedó callado un buen rato antes de volver a hablar.
–¿Cuándo?
–Aquel día… después de que me hicieras llorar –le confesó ella, no queriendo recordar aquello–. Me dijo que no era nada personal, que simplemente no te gustaban las modelos… y me explicó el porqué.
Cash hundió las manos en los bolsillos del pantalón, y de repente los dolorosos recuerdos del pasado le revolvieron las entrañas.
Tippy se volvió hacia él y lo miró.
–No puedes olvidarlo, ¿no es verdad? Ni siquiera después de todos estos años. El odio es como un ácido que te corroe por dentro, y la única persona a la que hace daño es a ti.
–Tú sin duda lo sabes bien –contestó él bruscamente.
–Pues sí, lo sé muy bien –repuso ella, sin sentirse ofendida–, porque sé lo que es odiar. Aquel malnacido me dio tal paliza que no podía siquiera defenderme. Sangraba, y tenía todo el cuerpo lleno de cardenales cuando me violó, una y otra vez… Yo gritaba, pidiendo ayuda, y mientras, mi propia madre… –tragó saliva y miró hacia otro lado.
Cash sentía ganas de vomitar mientras la escuchaba, y sólo podía imaginar lo horrible que aquello debía de haber sido para ella.
–Alguien debería haberlo matado –dijo en un tono desprovisto de emoción.
–El vecino de al lado era policía –respondió Tippy con voz ronca–. Siempre pensé que quizá fuera mi verdadero padre, por el modo en que se preocupaba por mí. Oyó mis gritos y vino corriendo. Fue una suerte que ésa fuera su noche libre. Arrestó a Stanton y a mi madre, y los mandaron a la cárcel. A mí me llevó a un centro de acogida. Fue muy amable conmigo –añadió tragando saliva de nuevo–, y la gente del centro también lo fue, pero yo sabía que mi madre acabaría saliendo de la cárcel y que encontrarían la manera de hacerme volver con ellos. Antes habría preferido la muerte, así que me escapé del centro de acogida.
–¿Y te buscaron? –inquirió él.
–Parece que sí, pero Cullen se había encargado de borrar mis huellas, y tenía suficiente dinero como para mantenerme a salvo. Cuando cumplí los catorce años se convirtió en mi tutor legal, y mi madre no era tan estúpida como para intentar apartarme de él. Cullen conocía a unos cuantos tipos «peligrosos» –añadió, dirigiéndole una sonrisa maliciosa. Él desde luego encajaba en aquella categoría–, como un amigo que se movía en los círculos mafiosos: Marcus Carrera. Ahora ya ha abandonado ese mundo, y tiene casinos en las Bahamas y en no sé cuántos sitios más. Por lo que sé, Cullen y él eran socios en algún tipo de negocio. Se ha reformado, como te digo, pero su reputación le sobra y le basta para disuadir a la mayoría de la gente de causarle problemas.
–Y no es homosexual, desde luego –farfulló Cash–. Lo conozco. Es un buen tipo… para ser un ex gángster, quiero decir.
–El caso es que Cullen le dijo a mi madre que si intentaba recuperar mi custodia tendría una pequeña charla con Marcus, y mi madre sabía quién era. Después de aquello me dejó tranquila, y desistió también de recuperar a Rory.
–¿Has vuelto a verla alguna vez?
Tippy cruzó los brazos sobre el pecho.
–No, no la veo, ni hablo con ella… sólo a través de mi abogado. Lo último que he sabido de ella es lo que te he contado: que se ha quedado sin blanca y pretende ir a la prensa amarilla para sacar dinero –le explicó alzando la vista hacia él–. Estoy empezando una nueva carrera, y no puedo permitir que manche mi nombre de esa manera. Podría afectarme negativamente, y perderlo todo… incluso a Rory… si saca a relucir el pasado. Lo peor es que ella no tiene nada que perder.
Cuatro
–Todavía no me conoces bien –le dijo Cash quedamente–, pero espero que sepas que haría cualquier cosa que esté en mi mano por Rory y por ti. Lo único que tenéis que hacer es llamarme y pedírmelo.
Tippy lo miró preocupada.
–No sería justo involucrarte –comenzó.
–No tengo familia –respondió él en un tono inexpresivo–. No tengo a nadie en el mundo.
–Eso no es cierto –replicó ella–. Quiero decir… tú mismo me contaste que tenías varios hermanos, y que tu padre aún vive…
Las facciones de Cash se endurecieron.
–A excepción de Garon, el mayor de mis hermanos, hace años que no veo a los otros ni a mi padre –contestó–, y mi padre y yo no nos hablamos.
–¿Y con tus hermanos tampoco tienes relación? –insistió ella.
Una expresión atormentada se asomó a los ojos de Cash.
–Sólo con Garon –repitió–. Vino a verme hace unas semanas. Me dijo que los otros querían que enterráramos el hacha de guerra.
–Entonces no todo está perdido.
–Tal vez. No sé.
Tippy frunció sus finas cejas.
–Eres incapaz de perdonar a nadie, ¿no es así?
Cash parecía no querer mirarla a los ojos, y también parecía reacio a contestar. Volvió el rostro hacia el esqueleto de dinosaurio que tenían enfrente.
–Tu madre debió de ser una mujer muy especial –murmuró Tippy.
–Era una persona amable y callada, tímida con los extraños –contestó Cash. Daba la impresión de que las palabras estuviesen siendo arrancadas una a una de su alma–. No era hermosa, ni tenía una personalidad chispeante. Un año, en la feria del ganado, mi padre conoció a una joven modelo que estaba haciendo una sesión de fotos allí. Se encaprichó de ella, y mi madre no podía competir con esa chica. Mi padre comenzó a tratarla con crueldad, porque lo irritaba estar atado a ella. Al poco tiempo le diagnosticaron un cáncer a mi madre, pero no se lo dijo a nadie. Sencillamente se dejó morir sin presentar batalla a la enfermedad –cerró los ojos–. En sus últimos días, cuando ya estaba en fase terminal en el hospital, me iba allí con ella cada día. Me negaba a ir al colegio, y mi padre había renunciado a intentar obligarme. Sostuve su mano cuando murió. Yo tenía nueve años.
Olvidándose de las gente que había a su alrededor, Tippy lo abrazó y se apretó contra él.
–Continúa –le susurró–. Te escucho.
Cash detestaba mostrarse vulnerable ante ella, ¡lo detestaba!, pero a pesar de todo la estrechó entre sus brazos. ¡Necesitaba tanto aquel consuelo…! Se había guardado todo aquel dolor dentro durante demasiado tiempo.
Suspiró junto a la oreja de Tippy, exhalando sobre ella su cálido aliento.
–Llevó a su amante al entierro, al entierro de mi madre –dijo en un tono gélido–. Aquella mujer me odiaba tanto como yo a ella. Se había camelado a dos de mis hermanos, y ellos estaban encantados con ella… y furiosos conmigo porque me negaba a darle una oportunidad. Yo la había calado desde el primer momento; sabía que sólo iba detrás del dinero de mi padre y de nuestras tierras. Para vengarse de mí, se deshizo de todas las cosas de mi madre, y le dijo a mi padre que la había llamado cosas horribles, y que lo único que buscaba era separarlos –inspiró profundamente–. El resultado era predecible, supongo, pero yo entonces no habría podido imaginarlo. Mi padre me envió a una academia militar, y se negaba incluso a dejarme volver a casa en vacaciones a menos que me disculpara por haber sido tan grosero con ella –añadió riendo con amargura. Sus brazos apretaron en ese momento la cintura de Tippy con tanta fuerza que le hizo daño, pero ella no se quejó–. El día en que me fui de casa le dije que lo odiaría hasta el día en que muriera, y no he vuelto a poner un pie allí.
–Pero… con el tiempo él debió de darse cuenta del juego de esa mujer, ¿no es así? –inquirió Tippy.
Los brazos de Cash se relajaron un poco.
–Cuando yo tenía doce años la pilló en la cama con uno de sus amigos, y la echó a patadas –contestó Cash–. Ella presentó una demanda de divorcio con la que pretendía sacarle hasta el último centavo, y le dijo que le había mentido sobre mí para quitarme de en medio. Se reía cuando se lo dijo, jactándose de ello. Perdió el pleito, pero había conseguido enfrentarlo conmigo, y se aseguró de restregárselo por las narices.
–¿Cómo te enteraste?
–Me negaba a contestar sus llamadas, así que mi padre me escribió una carta contándomelo todo. Me decía que lo sentía, que quería que volviese a casa, y que me echaba de menos.
–Pero tú no quisiste volver –adivinó Tippy.
–No, no quise. Le respondí que jamás le perdonaría lo que le había hecho a mi madre, y que no volviera a intentar ponerse en contacto conmigo. Le dije que si no quería seguir pagándome la academia me pondría a trabajar para acabar mis estudios, pero que no pensaba volver a casa –cerró los ojos, recordando lo dolido y furioso que se había sentido aquel día–. Así que seguí en la academia, saqué buenas notas, fui subiendo de rango… Me dijeron que en la ceremonia de graduación estuvo allí, pero yo no lo vi. Después ingresé en el ejército, y pasé de una misión a otra. De vez en cuando también intervenía en misiones coordinadas con gobiernos de otros países, y cuando dejé el ejército fui por libre, me convertí en un mercenario. No tenía nada por lo que vivir y nada que perder, así que… Ganaba mucho dinero –se puso tenso–. Pensaba que no necesitaba a nadie, que era duro como una roca. Es curioso, ¿sabes?, hay cosas con las que crees que podrás vivir… hasta que las has hecho.
Tippy subió una mano a la curtida mejilla de Cash, marcada por varias cicatrices, y la acarició con ternura.
–Tienes que liberarte de esas cadenas –le dijo quedamente, mirándolo a los ojos–. Te has quedado atrapado en el pasado, y no puedes salir porque te niegas a perdonar, a dejar atrás el dolor, el odio, y la amargura que te corroe.
–¿Acaso lo has hecho tú? –le espetó él–. ¿Has perdonado al hombre que te violó?
Tippy exhaló un suspiro.
–Todavía no –admitió–, pero lo he intentado, y al menos he aprendido a apartar esos recuerdos de mi mente. Durante mucho tiempo odié a todo el mundo, pero cuando me hice cargo de Rory me di cuenta de que lo primero era él, y que tenía que dejar atrás el pasado. No he podido hacerlo del todo, pero ya no es para mí una losa tan pesada como solía serlo hace unos años.
Cash siguió con el índice el arco de las cejas de la joven.
–No había hablado de esto con nadie… nunca.
–Tus secretos están a salvo conmigo –le aseguró Tippy suavemente–. En el trabajo soy la confidente de todo el mundo.
–También yo –confesó él con una leve sonrisa–. Siempre les digo que los gobiernos de muchos países se vendrían abajo si contara lo que sé. Y quizá sería así…
–Mis secretos no son tan importantes –dijo ella sonriendo también–. ¿Te sientes mejor ahora?
Cash suspiró.
–La verdad es que sí –respondió sorprendido, riéndose suavemente–. Quizá seas una bruja –murmuró–, y me hayas hecho un sortilegio.
–Tenía un tío que decía que nuestra familia descendía de los druidas de la antigua Irlanda. Claro que también me contó que entre nuestros antepasados había sacerdotes, y otro que había sido un ladrón de caballos –dijo ella riéndose–. Odiaba a mi madre, e intentó conseguir mi custodia cuando tenía diez años, pero ese mismo año murió de un ataque al corazón.
–Qué mala suerte.
–Mi vida ha estado marcada por la mala suerte –contestó ella–, como la tuya, pero los dos hemos luchado y hemos sobrevivido.
–Aunque quisieras no podrías hacerte una idea de las cosas tan horribles por las que he pasado –respondió él quedamente.
–Podrías intentar pensar en los malos recuerdos como granos –le propuso ella con mucha guasa–. Si no los revientas se ponen peor.
–Los míos no, cariño.
Tippy enarcó las cejas. Aquel término afectuoso, y el tono aterciopelado en que Cash lo había pronunciado, la hizo sonrojarse un poco. Resultaba curioso. Hasta ese instante era una palabra que siempre había detestado, por los cientos de veces que la había oído de labios de los engreídos machistas que la habían pretendido.
Cash enarcó una ceja y la miró divertido.
–Te ha gustado lo de «cariño», ¿eh? –le dijo arrogante–. Espero que sepas que no suelo usar esa clase de lenguaje por norma general.
Tippy asintió.
–Sé muchas cosas de ti que no debería saber.
Cash le alzó la barbilla y la miró.
–Cuando te conocí en Jacobsville me pareció que podías ser peligrosa. Ahora sé que lo eres.
Tippy sonrió traviesa.
–Me alegra que te hayas dado cuenta.
Cash se echó a reír y la soltó.
–Vamos. Acabaremos atrayendo la atención de la gente si seguimos aquí parados –le dijo tendiéndole la mano.
Tippy ladeó la cabeza.
–¿Es ésa la única parte de tu cuerpo que vas a ofrecerme? –le preguntó, poniéndose roja como una amapola cuando se dio cuenta de lo que acababa de decir.
Cash prorrumpió en carcajadas y entrelazó sus dedos con los de ella.
–No seas impaciente –la reprendió–. Antes de llegar a lo interesante tenemos que pasar por unas cuantas fases previas. No hemos tenido todavía ni esas sesiones ardientes de caricias y besos que practican los adolescentes en los autocines.
Tippy carraspeó.
–No te hagas ilusiones. Soy una chica muy pudorosa.
–Tranquila, yo te quitaré la vergüenza.
–Eres un poco presuntuoso, ¿no?
–No dirás lo mismo cuando me veas en acción –la provocó Cash, apretándole suavemente los dedos. Se inclinó hacia ella y le dijo en voz baja–: conozco al menos una docena de posturas que te encantarán, y me gusta ir despacio, muy despacio… De hecho, si no fuera por lo modesto que soy te podría dar incluso referencias. Te haré experimentar sensaciones que jamás olvidarás.
–Oh, sí; muy modesto, ya lo veo… –dijo Tippy con sorna.
–Un hombre con tanta pericia en las artes amatorias como yo puede prescindir de la modestia –murmuró él provocador.
Tippy jamás lo habría admitido, pero sólo imaginarse esa pericia de la que hacía alarde hizo que se le cortara el aliento. Cash lo leyó en su rostro, y la sonrisa que había en sus labios se volvió aún más amplia.
Almorzaron en un restaurante japonés, y Tippy y Rory se quedaron fascinados al oír a Cash mantener una conversación fluida con el camarero.
–¡No tenía ni idea de que hablaras japonés! –exclamó Tippy–. ¿Has estado en Japón?
–Varias veces –contestó él, llevándose un trozo de pollo a la boca con los palillos. Parecía que llevase toda la vida usándolos por la destreza con que los manejaba–. Me encanta Japón.
–¿Y hablas más idiomas, Cash? –quiso saber Rory.
–Unos seis, creo –contestó Cash, como si aquello no tuviese ningún mérito. Sonrió al ver la expresión admirada del chico ante su respuesta–. Cuando trabajas para los servicios secretos los idiomas te ayudan más que una licenciatura en Derecho.
–Ah, no, ni hablar –se apresuró a decirle Tippy a Rory, que había abierto la boca para decir algo–. Tú te buscarás un trabajo normal, como técnico informático, te casarás, y formarás una familia.
Rory le lanzó una mirada irritada.
–Me casaré cuando lo hagas tú.
Cash se rió.
–O mejor –añadió Rory–: me casaré cuando él lo haga–dijo señalando a Cash.
–Yo no aceptaría esa apuesta –le advirtió Cash a Tippy.
–Tampoco yo –contestó ella.
Cash la miró curioso, pero no sonrió. Nunca había sentido nada parecido a lo que sentía cuando estaba con Tippy, y eso estaba empezando a preocuparlo de verdad. Aquella mujer estaba generando en él deseos y necesidades que le causaban más temor que las balas.
Ansiaba hacerle el amor, y era evidente que ella se lo permitiría. El sólo pensamiento hacía que le diera vueltas la cabeza. Casi podía imaginar el perfecto cuerpo de la joven debajo del suyo, entre sábanas blancas, sus largas piernas rodeándole la cintura, sus carnosos labios devorando los suyos… Tippy le había dicho que no sabía prácticamente nada de sexo, pero eso no suponía necesariamente un problema; él le enseñaría. Tenía sobrada experiencia, pericia, y podía mostrarle todo un mundo de placeres que ni imaginaba. De hecho, lo cierto era que se moría por hacerlo. ¿Se daba cuenta ella de hasta qué punto la deseaba? ¿Lo sospecharía siquiera?
Cuando estaban juntos le brillaban los ojos, y aunque en cierto modo fuese aún virgen, no podía ser tan ingenua como para no advertir el deseo en la mirada de un hombre y no leer las señales que emitía su cuerpo. Más aún, estaba seguro de que sabía que la deseaba. De pronto se sintió como un conejo atrapado.
Se obligó a apartar la vista de ella mientras intentaba decidir qué hacer. Ir a Nueva York no había sido una buena idea, se dijo enfadado. Tenía que marcharse mientras todavía estaba a tiempo.
A Tippy, que estaba aprendiendo a interpretar las emociones de Cash por los leves matices expresivos de su rostro, no le pasó desapercibido su cambio de actitud, y se retrajo como él. De regreso a su piso, siguió mostrándose educada y alegre, pero adoptó la misma actitud de distanciamiento que Cash.
Cuando llegaron, en la puerta había un chico que tendría más o menos la edad de Rory, llamando al timbre con impaciencia. Al oírlos acercarse se volvió.
–¡Eh, Rory! ¡Mi madre dice que nos lleva a ver esa película que acaban de estrenar, y que puedes quedarte a dormir! –miró a Tippy y a Cash y contrajo el rostro decepcionado–. Aunque si tenéis visita supongo que no querrás venir…
–Cash no es una visita, Don, es como de la familia –le dijo Rory, perdiéndose la expresión emocionada del rostro de Cash–. Me encantaría ir. ¿Puedo, Tip?
Don Hartley y su familia vivían junto a ellos, y sabían los problemas que Rory y ella habían tenido con su madre; nunca perderían al chico de vista.
–Bueno… –comenzó su hermana vacilante.
–Seguro que Cash se muere por llevarte a algún sitio elegante –la instó Rory–. ¡Y ni siquiera tendréis que sobornarme para que os deje a solas!
Cash se echó a reír.
–Podríamos ir al ballet –le propuso a Tippy–. Tengo… um… tengo entradas, pero no sabía si querrías ir…
–Me encanta el ballet –contestó ella ilusionada–. De niña soñaba con ser bailarina, pero… nunca tuve la oportunidad de aprender –giró la cabeza hacia Don–. De acuerdo, puede ir, pero mañana después del desayuno iré a recogerlo. No voy a poder pasar mucho tiempo con él, porque el día después de Año Nuevo volvemos al rodaje.
–¿No lo dirás en serio? –exclamó Cash.
–Me temo que sí. El productor nos dijo que el director tiene que empezar otra película en marzo… en Europa, así que quiere tener ésta lista lo antes posible –respondió ella con un suspiro.
–Acabarás otra vez llena de cardenales –gimió Rory.
Tippy se encogió de hombros.
–¿Qué le vamos a hacer?, son gajes del oficio –contestó, y añadió con una sonrisa–: ¡Soy una estrella!
Rory guardó un pijama, una muda de ropa y sus objetos de aseo en una mochila, y se marchó con los vecinos; Cash regresó a su hotel para cambiarse; y Tippy… Tippy se tiró una eternidad buscando en el armario el vestido adecuado.
Justo acababa de encontrarlo cuando Cash llamó a la puerta. Cuando abrió, Tippy se quedó sin habla. Llevaba una inmaculada camisa blanca y una corbata negra, unos pantalones muy bien planchados, y unos zapatos que relucían de tal modo que se reflejaba en ellos el techo. Se había quitado la coleta para la ocasión, y el cabello, negro y ligeramente ondulado, le caía sobre la nuca. Estaba increíblemente guapo.
–¿Vas a ir en bata? –le preguntó Cash, señalándola con la cabeza.
Tippy se la cerró, y se ató el cinturón.
–No, es que… estaba buscando qué ponerme.
Cash miró su reloj de pulsera.
–Pues tienes cinco minutos para encontrarlo –le dijo–. He reservado mesa en el Bull and Bear a las seis.
Tippy lo miró boquiabierta.
–¡Ése es uno de los restaurantes más selectos de la ciudad; y está en…!
–Y está en el hotel Waldorf-Astoria, lo sé –acabó él por ella–. El ballet empieza a las ocho, así que si no piensas ir con eso… –le dijo señalando la bata azul, que le llegaba a los tobillos–, … será mejor que te des prisa.
Tippy corrió como un rayo a su dormitorio. Se dejó el cabello suelto, se aplicó un ligero toque de maquillaje, y se puso un conjunto de pendientes, collar y pulsera de diamantes. Luego se enfundó el vestido que había escogido: terciopelo blanco con escote palabra de honor y un lazo negro en la cintura, y encima se colocó un abrigo de terciopelo negro con forro blanco por dentro. Sin volver a mirarse al espejo, salió de su habitación para reunirse con Cash.
Éste, que estaba echando un vistazo a los libros que tenía en la estantería, se volvió al oír abrirse la puerta… y se quedó de piedra.
Tippy se sintió repentinamente insegura.
–¿Debería ponerme otra cosa? –inquirió, hecha un manojo de nervios.
Cash siguió mirándola en silencio, con los ojos entornados.
–Una vez vi un cuadro en una pinacoteca… –murmuró, dirigiéndose lentamente hacia ella–, … de un hada bailando y riendo a la luz de la luna. Me recuerdas a ella.
–¿También llevaba un abrigo de terciopelo negro? –le preguntó Tippy traviesa.
–No bromeo –le dijo Cash, tomando su rostro entre sus grandes manos–. Estaba convencido de que esa mujer del cuadro era la criatura más seductora que había visto jamás… pero en este preciso instante acabo de darme cuenta de que estaba equivocado –añadió bajando la vista a la boca de Tippy–. ¡Me has dejado sin aliento…!
Despacio, para no asustarla, posó su boca sobre la de ella, y la atrajo hacia sí con suavidad, no a la fuerza, mientras la besaba con sensualidad hasta que sintió que su cuerpo empezaba relajarse y que sus labios se distendían. Tippy inspiró temblorosa, y se recostó contra su pecho, rodeándole el fuerte cuello con ambas manos. Cash las sintió frías sobre su piel, y levantó la cabeza para mirarla a los ojos. Estaba asustada, pero no parecía querer apartarse de él. Sí, en sus ojos había temor, pero también brillaban de deseo.
–No voy a hacerte daño –le susurró.
–Lo sé. No me das miedo –contestó ella sin aliento.
–¿Estás segura? –murmuró Cash.
Atacó su boca en una sucesión de suaves pero ardientes besos que tuvieron un efecto explosivo en ambos. Luego, sin previo aviso, la asió por las caderas y la atrajo hacia las suyas. Tippy emitió un gemido ahogado, y se estremeció ante aquel contacto tan íntimo, sintiendo que una ráfaga de placer se disparaba por sus venas.
–Oh, sí… sabes lo que está ocurriendo ahí abajo, ¿no es verdad, nena? –jadeó Cash contra sus labios. Sus manos apretaron las caderas de Tippy, y su boca se volvió más insistente–. ¿Quieres sentirlo dentro de ti? –le susurró al oído.
–¡Cash! –exclamó ella, revolviéndose en su abrazo y asustándose al ver que no podía soltarse.
Aquello sacó a Cash del estado de trance en el que lo había sumido el deseo, y aflojó inmediatamente la presión sobre sus caderas.
–Lo siento –farfulló.
Tippy no se apartó de él.
–Yo también –murmuró, escrutando sus ojos–. Olvidé que los hombres… pierden el control.
–Yo no –replicó él con brusquedad–. Esto no me había pasado nunca. No me había pasado hasta hoy.
Tippy estaba observándolo con los ojos muy abiertos, fascinada. Aquella confesión debería haberla asustado aún más, pero tuvo el efecto contrario, porque lo hizo más vulnerable a sus ojos, y disipó su temor. La joven exhaló un largo suspiro.
–Está bien –susurró, logrando esbozar una leve sonrisa–. Ya no tengo miedo.
Los dedos de Cash le acariciaron la barbilla y después sus tiernos labios, recorriéndolos con las yemas como el pincel de un artista, trazando su contorno… atormentándola.
Tippy se estremeció cuando Cash la atrajo hacia sí con un brazo, pero alzó la barbilla y cerró los ojos en muda invitación.
–Sabes a algodón de azúcar, Tippy –susurró Cash mientras su boca descendía sobre los labios entreabiertos de ella–. Te comería a besos…
Tippy sintió cómo los labios de Cash rozaban los suyos, cómo apenas los tocaban para retirarse luego, como sondeando. Se dejó llevar, saboreando cada segundo en su amoroso abrazo. Cash no la intimidaba, y tampoco la asustaba. Le encantaba sentir el calor de su cuerpo, y aspirar el aroma fresco de su aftershave; le encantaba el modo en que la tenía estrechada entre sus brazos: con ternura, pero también con fuerza y confianza.
Empezó a notarse de pronto unos ligeros temblores subiéndole por las piernas y por la espalda que no había sentido jamás, y se apretó vacilante contra Cash.
Sus manos, aún tras el cuello de Cash, se entrelazaron, como si tuvieran vida propia, y su cuerpo se arqueó involuntariamente para pegarse todavía más a él. Lo deseaba tanto…
Cash, al notar que la joven empezaba a responderle, despegó sus labios de los de ella, y miró a sus confundidos ojos.
–Me deseas, lo sé, pero no voy a aprovecharme. Conmigo puedes estar tranquila –le susurró–. Déjate llevar. No voy a hacerte daño, ni voy a forzarte, ¿de acuerdo?
Tippy todavía se sentía algo insegura, pero asintió levemente y cerró los ojos, esperando a que él diera el siguiente paso.
Que demostrara esa confianza en él hizo que a Cash le temblaran las rodillas. Sabía lo difícil que tenía que ser aquello para ella después de lo que le había ocurrido siendo sólo una niña, el ceder el control de su cuerpo a un hombre. Reprimió con decisión el creciente deseo que lo estaba invadiendo. Quería ser tierno con ella; quería darle tanto placer que nunca mirase a otro hombre mientras viviese.
Sus labios rozaron los de ella, primero con suavidad, luego con más insistencia. Dejó que las reacciones de Tippy lo guiaran, apartándose un poco cuando la notaba tensarse, siendo un poco más audaz cuando ella se apretaba contra él… Los segundos fueron pasando en un ardiente compás de placer que iba en aumento.
Tippy gimió suavemente cuando los besos de Cash se volvieron todavía más intensos, y de nuevo su cuerpo se arqueó hacia él desesperado por satisfacer el ansia que la consumía. Cash sintió la espiral de deseo que se elevaba dentro de ella, alimentada por la misma necesidad abrasadora que él sentía.
Sí, pensó febril, Tippy lo deseaba… aunque ella todavía no lo supiera. Bajó las manos a la cintura de la joven y la levantó del suelo sin dejar de besar apasionadamente sus dulces labios.
Tippy tembló al sentir la palpitante excitación de Cash. Sus labios estaban atacando los de ella con fiereza, y pronto todo su cuerpo empezó a ponerse rígido de nuevo. Tippy lo oyó gemir dentro de su boca al tiempo que sus brazos la estrechaban aún con más fuerza.
Debería estar asustada. Quizá Cash no hubiese perdido nunca el control con otra mujer, pero con ella lo estaba perdiendo en cuestión de segundos. Aquel deseo arrollador la halagaba.
Recordó entonces lo que le había dicho, sobre el tiempo que hacía que no tenía relaciones. Estaba muy excitado, y ella, aun de un modo involuntario, se estaba mostrando dispuesta. ¿Qué haría si Cash no quisiese parar? ¿Y si no podía parar?
Al notar que el entusiasmo de la joven disminuía, Cash la bajó al suelo y se apartó de ella al instante. Levantó la cabeza, y la miró. En su rostro, carente de expresión, sólo sus brillantes ojos negros parecían vivos.
Tippy tragó saliva.
–Sólo quería… comprobar algo –musitó.
–¿Si de verdad sería capaz de parar? –murmuró él con una sonrisa.
Tippy asintió azorada, y Cash acarició con el índice sus labios hinchados.
–Estaba equivocado contigo.
–Y yo contigo –respondió ella.
Dio un paso hacia él y ocultó el rostro en su pecho un momento, mientras recordaba la descarada pregunta que él le había hecho un momento antes. Se excitó sólo de pensar en ello, imaginándolo dentro de su cuerpo, muy adentro, y el placer exquisito que la invadió la hizo estremecer. Sin embargo, cuando iba a decirle algo igualmente atrevido, Cash se apartó de ella.
–Deberíamos irnos ya –le dijo inclinándose hacia delante, y besándola en la punta de la nariz–; si no no llegaremos a tiempo ni a un sitio ni al otro.
Vacilante, Tippy alzó el rostro hacia él. Se sentía acalorada, tensa, ansiosa…, y en sus ojos se reflejaba el deseo insatisfecho.
–Si te pidiera…
–¿El qué? –la instó él.
Tippy tragó saliva y se obligó a continuar.
–Si te pidiera que me hicieras el amor…
Los ojos de Cash llameaban cuando la interrumpió, poniendo el pulgar sobre sus labios hinchados.
–¡Quiero hacerlo! –le dijo–. No te imaginas hasta qué punto, pero no tengo por costumbre empezar cosas que no puedo llevar hasta el final.
–Pero esto sí podríamos llevarlo hasta el final –replicó ella–; ¡sé que contigo podría!
Cash se estremeció visiblemente y se apartó de ella. No se atrevía a aceptar ese ofrecimiento. De hecho, ya había ido demasiado lejos con lo que había hecho y dicho.
–Bueno, pues no vamos a hacerlo. Esta noche no –respondió Cash bruscamente, yendo hacia la puerta–. Te he invitado a cenar y al ballet; sólo a eso –abrió la puerta y se volvió para mirarla–. ¿Vienes o no?
Tippy se avergonzó de haber hecho un ofrecimiento semejante de manera tan precipitada, y precisamente a Cash Grier, de entre todos los hombres del planeta. Sin embargo, el azoramiento pronto dio paso a una profunda irritación. Al fin y al cabo era él quien había empezado aquello, atormentándola con aquel cuerpo perfecto, y luego apartándola de él, como quien tienta con un caramelo a un niño y luego se lo vuelve a guardar en el bolsillo. ¿Serían todos los hombres así?
–Es verdad, sólo me has invitado a cenar y al ballet –repitió con aspereza, arrebujándose en su abrigo y abrochándolo hasta arriba–. ¡Y no te preocupes, no intentaré seducirte en el coche!
Cash la miró irritado.
–Gracias. Te confieso que la idea me tenía preocupado.
Tippy pasó por delante de él con altivez, y salió por la puerta.
Molestos como estaban, cenaron sin saborear apenas la comida, y a Tippy la invadió un sentimiento de culpa, porque lo cierto era que estaba todo delicioso. Del elegante restaurante se fueron al ballet, y se sentó junto a Cash sin prestar tampoco atención al espectáculo que se estaba desarrollando sobre el escenario. Por un lado estaba enfadada, y por otro se sentía eufórica. Se notaba ardiendo por dentro, consumida por un ansia que jamás había experimentado. El deseo que sentía por Cash la tenía enajenada. Quería saltar sobre él, allí mismo, y arrancarle la ropa. Sin embargo, esas ansias que no podía evitar la mortificaban y la enojaban, y lo ignoró durante toda la representación.
Como si comprendiese cómo se sentía, Cash no le dijo una palabra ni la tocó hasta que la función hubo terminado y hubieron salido del teatro.
Cuando fueron a cruzar la calle para regresar al aparcamiento público donde habían dejado el coche, la tomó del brazo, y la notó tensa como las cuerdas de un violín.
Ya en el aparcamiento, Cash abrió el coche, y Tippy entró y se abrochó el cinturón de seguridad sin mirarlo. Cash se sentó al volante, y la miró de reojo mientras ponía el motor en marcha. Se sentía mal por haberla rechazado con tanta brusquedad, pero lo había hecho con la mejor intención. No tenía nada que ofrecerle, nada en absoluto. Además, no sería justo que se aprovechase de algo que ella no podía evitar. Lo halagaba que se sintiese tan atraída por él, pero no se fiaba de ella.
De hecho, todavía no podía comprender cómo había podido confiar sus secretos a una mujer que, después de todo, era poco más que una extraña. Y aun así… lo curioso era que cuando estaba con ella no se sentía como si estuviese con una extraña. Se sentía cómodo, relajado, como si se conociesen de toda la vida. Eso lo preocupaba aún más.
Sacó el vehículo del aparcamiento con un volantazo, y a Tippy no le pasó desapercibida la irritación implícita en ese gesto.
Le dio la vuelta a su bolso sobre el regazo, y giró la cabeza hacia la ventanilla, observando las calles llenas de gente por las que pasaban, y los anuncios de neón en los edificios.
–No deberías ser tan presuntuoso, Grier –le dijo con aspereza–. Estoy segura de que debe de haber al menos otros cinco o seis hombres en el mundo capaces de hacerme arder en deseos de abalanzarme sobre ellos.
De la garganta de Cash escapó un sonido ronco, pero Tippy no quiso volverse para ver si había sido una risa desdeñosa o algo distinto.
–Además, siempre puedo solucionarlo con una ducha fría, o apuntándome a algún deporte de equipo…
Cash apretó el volante entre sus manos en un intento por controlarse.
–¿Te importaría dejar el tema? –le pidió pasado un minuto–. Los dos sabemos que en cuanto te tocase… y no me refiero a caricias inocentes… empezarías a chillar.
Tippy se volvió hacia él sorprendida.
–¿Es eso lo que crees?
–Mira, Tippy, llevo la mayor parte de mi vida sirviendo en el ejército y en la policía –contestó Cash, aminorando la velocidad para hacer un giro–. Sé más sobre víctimas de violaciones que tú.
Ella no dijo nada, pero se quedó mirándolo, esperando.
Cash volvió el rostro hacia ella mientras hacía el giro.
–Puede que creas que has dejado atrás lo que te sucedió, que estás preparada para hacerlo, pero no te va a resultar sencillo… aunque sea con un hombre al que piensas que deseas. Uno de los peores casos de violación en los que he testificado sucedió en circunstancias similares a éstas. Una chica joven que había sufrido una violación quiso hacer el amor con su novio; se asustó y le pidió que parara, pero él no podía hacerlo.
–¿Y qué pasó?
–Empezó a gritar. Sus padres llegaron a casa en ese momento. Llamaron a la policía y detuvieron al chico. Ella intentó retirar los cargos, pero ya era demasiado tarde. Lo soltaron en libertad condicional, porque era su primer «delito», pero no volvió a hablar a la chica. Ella lo quería; sencillamente era incapaz de tener relaciones después de lo que le había pasado.
Tippy cruzó los brazos sobre el pecho y se estremeció.
–¿Te haces una idea? –le dijo Cash.
Tippy asintió, y giró la cabeza de nuevo hacia la ventanilla, hacia los escaparates y las luces de neón. Cash apretó los labios.
–Si hubiera perdido el control y te hubiera forzado… no habría podido vivir con ello –añadió.
Tippy emitió un gemido ahogado.
–Pero fui yo quien te ofrecí… –murmuró.
Cash la miró enfadado.
–¿Y qué hubiera importado eso si te hubiese dejado más secuelas de las que ya tienes?
La irritación de Tippy se desvaneció, y lo miró en silencio.
–Desde que me ocurrió aquello, nunca había sentido lo que siento estando contigo –le confesó–. Me sentía atraída por Cullen, pero no le gustaban las mujeres. Y ni siquiera lo que sentía por él es comparable a esto. Estoy… estoy ardiendo por dentro –le dijo con una risita vergonzosa–; siento un ansia punzante… casi es dolor. Y lo único en lo que puedo pensar es qué sentiría compartiendo la cama contigo toda una noche.
Mientras Cash intentaba convencerse de que aquello podía convertirse en un desastre anunciado si seguía escuchándola, sus manos apretaron el volante de tal modo que se le pusieron los nudillos blancos.
–Claro que si no estás interesado, no estás interesado –continuó Tippy–. Supongo que te preocupa lo de acabar atado de por vida y todo eso, pero puedo asegurarte que no tengo intención alguna de proponerte matrimonio por muy bueno que seas en la cama… si es que cambias de opinión.
Cash no pudo evitar echarse a reír.
–No lo entiendes, ¿verdad?
–¿No me digas que eres impotente? –murmuró Tippy.
Él le lanzó una mirada irritada.
–Por supuesto que no.
–Oh, entonces es que estás reservándote para alguien de quien no me has hablado –insistió ella.
–Sí, claro, eso es –farfulló Cash–. ¡Tippy, por amor de Dios…!
–Bueno, lo único que intento decirte es que necesito tu colaboración para un proyecto científico –prosiguió ella, imperturbable.
–¿Un qué?
–Un proyecto científico; de anatomía –contestó ella sonriendo traviesa.
Cash contrajo el rostro. Estaba perdiendo terreno, y aquello no iba por buen camino. Tenía que mantener la cabeza fría, porque a la vista estaba que ella estaba perdiendo la suya.
–Ni siquiera te pediría que dejásemos la luz encendida… –dijo Tippy.
Cash frunció el ceño.
–¿Y por qué iba a querer que la apagaras?
–Bueno, un hombre de tu edad… –murmuró ella malévola, mirándose las uñas esmaltadas–; en fin, ya sabes lo que quiero decir: quizá tengas ciertas inhibiciones por tu cuerpo… –le dijo, pestañeando con falsa coquetería.
Cash notó cómo se le tensaba cada músculo, y se preguntó si Tippy tendría idea de lo mucho que estaba excitándolo esa conversación.
–Agradezco tu consideración, pero tengo un cuerpo estupendo.
–En ese caso podremos dejar la luz encendida.
Cash suspiró exasperado. Giró para entrar en la calle de Tippy, y detuvo el vehículo frente a la casa de pisos donde vivía sin apagar el motor. La calle, iluminada por la luz de las farolas, estaba desierta y en silencio. Cash se volvió en el asiento hacia Tippy, y la miró ceñudo.
–¿Quieres hacerlo aquí, con el motor encendido? –exclamó ella, fingiéndose escandalizada, mirando a un lado y a otro.
–¡No, no quiero! –masculló él.
–Entonces… ¿no sería mejor que subiéramos? –lo instó Tippy–. No puedo saber cuál sería la reacción de cada uno, claro, pero estoy segura de que mis vecinos pondrían el grito en el cielo si nos pillaran aquí haciéndolo.
Cash la miró fijamente y trató de recordarse una vez más las consecuencias que aquello podría tener, pero su cerebro no parecía dispuesto a cooperar con él. De hecho, las reacciones de su cuerpo estaban haciéndole imposible pensar. El sólo verla allí, delante de él, con ese vestido blanco, y la turgencia de sus senos insinuándose debajo lo estaba volviendo loco. Hacía tanto tiempo desde la última vez que le había hecho el amor a una mujer…; demasiado tiempo. Se sentía más que dispuesto para una noche salvaje, pero no con una mujer que había sido violada y que, obviando ese horrible detalle, era virgen a todos los efectos.
–Última oportunidad –le dijo Tippy sin aliento, clavando las uñas en el bolso para combatir su natural timidez.
Cash suspiró irritado.
–Escucha…
Tippy levantó una mano para interrumpirlo.
–¿Cuántas más excusas vas a darme? –le dijo–. Lo siento, pero no sirven de nada. No quieres hacerlo conmigo y ya está. No pasa nada; lo entiendo. Gracias por la cena y la invitación al ballet. Ya sé que por mi actitud te habrá dado otra impresión, pero lo he pasado muy bien.
Abrió la puerta del coche y se bajó. Se volvió y se inclinó sobre la ventanilla con una sonrisa forzada.
–¿Contaremos contigo mañana? Es Nochebuena.
Cash frunció el entrecejo.
–No lo sé.
–Bueno, pues, si te animas, tendremos pavo con su guarnición y salsa de arándanos –dijo Tippy.
Cash estaba irritado y estaba hecho un lío. Nunca se había encontrado tan dividido entre lo que quería y lo que creía que debía hacer. No había deseado jamás a ninguna mujer como deseaba a Tippy, pero por cómo había reaccionado con él estaba seguro de que no había superado completamente lo que le había ocurrido. Tenía que hacerle ver que estaba siendo demasiado optimista.
–¿Te ha visto algún psicólogo? –le preguntó abruptamente.
–¿Crees que necesito ir a un psicólogo sólo porque te he propuesto que nos acostemos? –exclamó ella.
–¿Quieres parar? –explotó Cash–. ¿Es que no puedes hablar en serio aunque sea durante un minuto?
–Me he pasado toda mi vida adulta comportándome con seriedad, y hasta la fecha no me ha llevado a ninguna parte.
–Necesitas asistencia psicológica –insistió él.
Tippy lo miró enfadada.
–No necesito asistencia psicológica. Lo único que necesito es… ¿Qué más da lo que necesite? De todos modos tú no estás interesado.
–No te has enfrentado al pasado –le dijo Cash.
–Sí lo he hecho. Y he aprendido a vivir con ello. No sé si tú puedes decir lo mismo.
Se giró sobre los talones y subió los escalones de entrada. Estaba enfadada, pero todo su ser continuaba palpitando como una herida. Aquello era algo que no podría controlar; ni eso, ni su deseo insatisfecho.
Cash pensaba que no podría tener relaciones con un hombre, pero se equivocaba. De hecho, estaba convencida de que sí podría… al menos con él. Sin embargo, de nada le serviría intentar hacerle cambiar de opinión, porque no la creería.
Se detuvo para sacar la llave del portal del bolso y se volvió. Cash seguía sentado en el coche, con las ventanillas subidas y el motor aún en marcha.
Agitó la mano en señal de despedida y entró. Aquello era lo más difícil que había hecho en mucho tiempo, porque sabía que quizá nunca volviera a verlo. Lo gracioso era que le había dicho la verdad: su cuerpo palpitaba de deseo. Lo deseaba de tal modo que casi estaba temblando.
Cualquier otro hombre la habría llevado a la cama antes incluso de que hubiese acabado de proponérselo. ¿Por qué tenía que haberse topado con uno tan preocupado por su salud mental como para rehusar?
Cinco
Cash la vio desaparecer tras la puerta con el corazón en la garganta. Aquella mujer dulce y preciosa lo deseaba, pero ella estaba ya dentro, y él estaba fuera, allí sentado en el frío de la noche y con el motor encendido. ¿Y por qué? Porque temía que una vez no fuera a ser suficiente.
Tenía la sensación de que finalmente había encontrado a una mujer a la que no podría dejar atrás, y no quería arriesgarse a hacerle el amor y acabar completamente en sus redes. Había padecido en carnes propias el poco valor que la palabra amor tenía para algunas mujeres, y aquella experiencia había destrozado su vida.
Sin embargo, Tippy no era una mujer cualquiera. Había sufrido una vejación terrible en el pasado con cuyo recuerdo no tenía más remedio que aprender a vivir, y lo comprendía… quizá mejor que nadie.
Christabel Gaines también lo había escuchado, y se había mostrado muy comprensiva con él. Su amabilidad y su sincera preocupación le habían llegado al corazón, pero aquello no había sido amor… no por parte de ella. Únicamente había sido amistad.
Lo que había entre Tippy y él era distinto. Tippy despertaba una pasión ardiente en su cuerpo, en su mente, en su corazón… Quería saber qué sentiría si la hiciese suya. Ansiaba saberlo.
Mientras intentaba convencerse de que debería marcharse, su mano derecha giró la llave en el contacto para apagar el motor, y la izquierda abrió la puerta del coche. Estaba tan excitado, tan atormentado, que no podía pensar en otra cosa que no fuese aplacar ese fuego que lo estaba consumiendo. Todos sus argumentos estaban siendo destrozados por el torbellino de pasión que se había generado en su interior.
Antes de poder echarse atrás, apretó el botón del piso de Tippy en el panel del portero automático.
Un pitido indicó que la joven le había abierto desde arriba. Cash entró en el portal y subió las escaleras con el corazón latiéndole como un loco. No iba a pensar en el día siguiente, no hasta que llegara el alba.
Tippy estaba esperándolo en la puerta cuando llegó. Se había quitado el abrigo, pero todavía llevaba puesto el vestido de terciopelo blanco, y la hermosa melena rubia rojiza le caía sobre los hombros en suaves ondas.
A pesar de la leve expresión de temor que se reflejaba en sus ojos, su rápida respiración delataba la excitación que no podía contener. Su piel parecía de seda.
Cash entró y cerró la puerta, echando también, por si acaso, el cerrojo. Tippy retrocedió, y por un momento Cash creyó que había cambiado de idea, pero era hacia el dormitorio hacia donde se dirigía.
Con el deseo escrito en el rostro la siguió lentamente, cruzó el umbral del dormitorio, y cerró la puerta tras de sí, echando también el pestillo. Se quedó allí de pie, mirándola, sin reparar apenas en la bonita colcha que cubría la cama de matrimonio, ni en las ventanas cerradas y las cortinas.
Tippy tragó saliva.
–La luz… –balbució, sonrojándose.
A pesar de su bravata de hacía unos minutos, no podía ocultar su azoramiento.
Cash entrecerró los ojos.
–¿Quieres que la apague?
Tippy asintió con la cabeza.
–Hay algo que debes saber antes de que hagamos nada –le dijo Cash–: No tengo preservativos, ni nada que podamos usar.
Los ojos de la joven buscaron los suyos.
–No me importa.
Cash sintió que el corazón le daba un brinco en el pecho. Pensó en Jessamina, la niñita de Christabel; se imaginó un hijo de su sangre… A pesar de estar diciéndole que podía dejarla embarazada, Tippy no se había echado atrás. Cash sabía lo mucho que le gustaban los niños, y por un instante, se permitió imaginar a una pequeña de cabello pelirrojo y ojos verdes, y el corazón comenzó a latirle como un loco.
–Hemos perdido la cabeza… los dos –dijo con voz entrecortada por la emoción.
Tippy asintió lentamente con la cabeza, y entreabrió los labios.
–Apaga la luz, por favor.
Fue lo último que dijo.
Cash la encontró en la penumbra primero con las manos, y luego con los labios. Tippy se derritió contra su cuerpo. Notó cómo le bajaba muy despacio la cremallera del vestido, y emitió un gemido ahogado al experimentar la increíble sensación que le produjo el contacto de las manos de Cash con su piel desnuda.
–Oh, sí… –murmuró Cash en su oído–. Tú también lo sientes, ¿verdad? Cuando te toco es como si se produjera un chispazo eléctrico. Nunca había acariciado una piel tan suave como la tuya. Tiene el tacto de los pétalos de una flor calentados por el sol –le susurró con voz ronca.
Sus manos subieron por la espalda de la joven, y luego volvieron a bajar lentamente, llevándose con ellas el vestido, y con él la media combinación y las medias.
–No llevas demasiado debajo de esto –murmuró Cash divertido.
La respiración de Tippy se había tornado entrecortada. Las caricias de Cash estaban haciendo que le temblasen las rodillas.
–No se puede llevar demasiado debajo de un vestido como éste –le confesó.
La boca de Cash fue descendiendo por su cuerpo al tiempo que sus manos, y cuando Tippy la notó sobre uno de sus senos se estremeció.
Cash levantó un poco la cabeza, dejando sus labios a unos centímetros del endurecido pezón.
–¿Asustada? –le preguntó en un susurro.
–¡No! –se apresuró a exclamar ella.
Pero dio un respingo cuando sintió que los cálidos labios de Cash se posaban abiertos sobre la areola, y tiraban del pezón. Enredó los dedos en su oscuro y fosco cabello, y emitió un largo gemido.
Cash se rió suavemente.
–¿Te ha gustado? Pues esto apenas ha empezado.
En ese momento Tippy no comprendió qué quería decir, pero cuando Cash continuó explorándola con la boca y luego con las manos, y su pasión fue en aumento, poco a poco sus palabras empezaron a tener sentido para ella.
Cash no tenía intención alguna de apresurarse; tenía todo el tiempo del mundo. Estimuló con dedicación cada centímetro de su piel: explorando, jugueteando, probando…, mientras Tippy gemía y jadeaba ante las deliciosas sensaciones que la invadían. Las oleadas de placer estaban relajando de tal modo sus músculos, que tenía la impresión de que sus huesos se hubiesen desintegrado. Su deseo, en cambio, no hacía sino aumentar. Quería que Cash la hiciese suya. Su cuerpo le pertenecía. Toda ella le pertenecía. Cada caricia de sus labios en lugares prohibidos, cada lento movimiento de sus manos la volvían loca.
Cash la sintió empujar las caderas hacia él, y sonrió con los labios pegados a su suave vientre. Estaba disfrutando con cada una de sus reacciones, con sus suaves gemidos de placer, y también con la maravillosa sensación de unidad que experimentaba al estar desnudos como estaban, piel contra piel.
Tippy dio un respingo cuando lo sintió, pero Cash la tranquilizó, besándola en los labios mientras se posicionaba despacio entre sus largas y temblorosas piernas.
–¿Recuerdas lo que te pregunté? –le dijo entre beso y beso, mientras empezaba a penetrarla con cuidado–. Te pregunté si querías sentirme dentro de ti –aspiró bruscamente–. Lo quieres, ¿no es verdad? –farfulló, cerrando los ojos–. Yo también quiero sentirte, Tippy. Quiero llegar tan adentro de ti… como sea posible.
–¡Cash…! –exclamó Tippy temblando, mientras con ambas manos se aferraba a sus musculosos brazos–. ¡Es muy grande…!
–Shhh… –susurró él contra sus labios–. Encajaremos como dos piezas de un puzle, a pesar de lo que estás pensando. Y te prometo que no seré rudo, ni violento. No voy a precipitarme, y no voy a hacerte daño. Relájate. Eso es, relájate. Yo conduzco, así que tú disfruta del paseo, ¿de acuerdo?
Tippy prorrumpió en una suave risa ante la comparación. Cash empezó a moverse lentamente, de un modo sensual, y ella se tensó ligeramente, pero no experimentó dolor. No era algo violento, ni tampoco… apresurado. Era como… Cerró los ojos, y comenzó a jadear suavemente de placer cuando los lentos movimientos de Cash empezaron a estimular terminaciones nerviosas por todo su cuerpo que hasta entonces ni siquiera había sabido que tenía.
Las manos de Cash estaban en ese momento debajo de ella. Una estaba en su nuca, mientras que la otra, bajo sus caderas, la levantaba suavemente, atrayéndola hacia las suyas.
–Eso es… –le susurró–. Hacer el amor es como el blues. Cuanto más lento, mejor.
Succionó suavemente el labio superior de Tippy entre los suyos mientras se movía sobre ella lánguidamente, con ternura. Con cada leve embestida ella lo sentía cada vez más y más adentro de sí, y las palpitaciones de placer se fueron extendiendo por todo su cuerpo mientras notaba cómo su interior se iba ensanchando para acomodarse a él. Un gemido ahogado escapó de su garganta al sentir su fuerza y su calor.
–Te… siento dentro de mí… –le susurró, apretándose más contra él.
–Yo también te siento a ti: tu piel de seda, tus blandos senos, tu dulce boca… Pero… no es suficiente…
Ella tenía la misma impresión. El placer que la sacudía por dentro se volvió todavía más intenso, y jadeó su nombre estremeciéndose extasiada cada vez que Cash empujaba sus caderas contra ella. ¡Era maravilloso!
Los labios de Cash tomaron los suyos cuando sus movimientos empezaron a volverse más rápidos y enérgicos, y Tippy volvió a estremecerse.¡Aquello era tan… hermoso! Lo sentía dentro de ella, sentía cómo su interior se expandía para él… Nunca había imaginado que pudiera ser así.
Abrió la boca igual que su cuerpo se estaba abriendo para él, y sintió cómo la llenaba… por completo. Ante sus párpados cerrados aparecieron brillantes auras de colores, y el placer se convirtió en una auténtica llamarada. Verdaderamente se notaba ardiendo por dentro, sentía que todo su ser palpitaba, que se estaban provocando explosiones en cada célula de su cuerpo. Sollozó, rodeándolo frenética con ambos brazos, y entrelazó las piernas con sus poderosos muslos, sintiendo la creciente tensión de los músculos cuando Cash incrementó un poco más la fuerza de sus embestidas y avivó el ritmo.
–¡No tenía… ni idea…! –jadeó Tippy con voz entrecortada–. Por favor… por favor no pares… no pares… ¡no… pares!
Cash la besó afanosamente en el cuello.
–Sé cómo hacer que te guste aún más: desliza tus piernas entre las mías –masculló Cash sin aliento–. ¡Deprisa, cariño!
Tippy no comprendió hasta que hizo lo que le decía. De pronto una explosión de placer se produjo en su interior. Siguió sollozando sin poder contenerse, y le hincó los dientes a Cash en el hombro, al tiempo que su cuerpo se arqueaba de tal modo que pareció que fuese a partirse en dos.
En medio de la neblina que cubría su mente, Tippy escuchó la voz de Cash en su oído, susurrando en un tono ronco y apasionado: «¡Dame un hijo, Tippy…!».
Y de repente se encontró volando hacia el sol, estallando de placer. De su garganta escapó un gritito ahogado, y quedó en un estado de aturdimiento durante unos segundos. Cuando recobró la capacidad de pensar, escuchó a Cash gemir en su oído, y al notarlo estremecerse sobre ella supo que también había alcanzado el cielo.
Sin embargo, parecía que sus temblores no pasaban, y lo apretó contra sí mientras seguía convulsionándose entre sus brazos. Lo besó tiernamente, con el corazón henchido de felicidad y su cuerpo convertido en uno con el de él.
Finalmente Cash se derrumbó sobre ella. Los latidos de su corazón retumbaban contra su cuerpo sudoroso en la oscuridad. Tippy se aferró a él y cerró los ojos, rogando en silencio: «Dios, no quiero que acabe todavía… no quiero que acabe todavía…».
Sin darse cuenta, acabó pronunciando esas palabras en voz alta, y el tono suplicante de su voz excitó a Cash hasta el punto de provocarle una nueva erección.
Aquello era… imposible. Había tenido conversaciones con sus amigas sobre esas cosas, y sabía por ellas que era virtualmente imposible. Abrió la boca para decírselo, pero Cash había empezado a moverse de nuevo, y esa vez no fue despacio, ni con cuidado, ni fue tierno.
Enredó los dedos de una mano en sus cabellos, y sus labios tomaron los de ella en un beso apasionado. Sus caderas la embistieron con insistencia, con envites rápidos y seguros, que la llevaron en cuestión de segundos a un clímax repentino y maravilloso.
Tippy profirió un grito ahogado dentro de su boca, con las piernas aferradas a sus caderas y los brazos apretándolo contra sí. Su deseo había sido satisfecho, pero el de Cash aún no, y la odiaba por lo que estaba ocurriéndole. No podía parar. No podía contenerse. Ansiaba volver a paladear el éxtasis desenfrenado que acababa de compartir hacía un instante con ella. Necesitaba experimentarlo de nuevo. ¡Lo necesitaba!
Su cuerpo se pegó al de ella mientras sus besos se tornaban más abrasivos. ¿Por qué estaba tardando tanto en alcanzarlo…?
–No tengas… prisa, Cash –susurró Tippy contra sus labios, con voz dulce, y casi sin aliento–. No hay prisa.
–¡Maldita sea, Tippy…! –masculló él.
Su voz sonaba quebrada por el deseo, ese deseo que no podía ocultar.
–No pasa nada, Cash –le susurró ella de nuevo–. Yo también te deseo. Te deseo tanto… No hay por qué tener prisa. Por favor, no reniegues de lo que sientes. Ve a tu ritmo. Haré cualquier cosa por ti. ¡Cualquier cosa! Sólo dime lo que quieres.
Aquel pequeño y apasionado discurso hizo que Cash se relajara y sintiera que recobraba el control. El ritmo de sus embestidas se volvió más suave.
–Dime qué debo hacer –le susurró Tippy de nuevo en el oído, aferrándose a él–. Haré… ¡haré lo que me pidas!
Cash depositó un beso tembloroso en cada uno de sus párpados, otros dos en sus mejillas, otro en la nariz…
–Nunca me había sentido tan excitado –jadeó con voz ronca.
Los dedos de Tippy le acariciaron el contorno de los labios, la barbilla, el fuerte cuello…
–No imaginaba que pudiera ser así –murmuró–. Creía que siempre dolía…
–¿Y no te duele? –susurró él contra sus senos–. Es un dolor… ¡maravilloso!
–¡Sí!
Cash la hizo rodar con él sobre el colchón hasta que quedó encima de él, y con ambas manos guió sus caderas. Apenas podía ver su rostro, pero intuía su azoramiento.
–Levántalas un poco. ¡Así…!
Tippy lo obedeció, y sintió que el cuerpo de Cash se iba excitando aún más, pero de su garganta escapó un gemido quejumbroso.
–¿Qué ocurre? –inquirió él al instante.
–Pues que… ¡no sé nada! –masculló ella irritada–. Lo he visto en las películas, y he leído sobre ello en libros, pero no sé cómo…
–Yo te enseñaré lo que necesitas saber –le susurró Cash, empujándola hacia abajo–. Lo estás haciendo muy bien –añadió, buscando sus labios–. Eres la amante más increíble… que he tenido jamás.
Aquello recordó a la joven que no era en efecto la primera con la que hacía aquello, y empezó a decir algo, pero Cash volvió a hacerla rodar con él para colocarse de nuevo sobre ella, y ambos experimentaron nuevos estallidos de placer.
–Hacía años que no lo hacía… –jadeó Cash entre sus senos–, y ni siquiera la mejor de esas veces… ¡podría compararse con esto!
A Tippy se le cortó el aliento. Sabía que Cash estaba siendo sincero.
–Quiero un hijo –susurró Cash mientras seguía empujando sus caderas contra las de ella–. ¡Oh, Dios, Tippy… quiero un… hijo!
La joven estaba hundiéndose en aquel mar de placer. Oyó a Cash susurrándole algo mientras esas deliciosas sensaciones comenzaban a expandirse por todo su ser. Su cuerpo seguía como por instinto al de Cash, y dejó que le enseñara cómo tocarlo, cómo hacerlo suyo.
Fueron los minutos más hermosos de toda su vida y, hasta la última sacudida de placer estuvo segura de que no podría sobrevivir a aquello.
Al oír un roce de tela sobre piel Tippy imaginó que Cash debía de estar vistiéndose. Parpadeó. Todavía no era de día. Echó un vistazo al reloj de la mesilla. Tenía los números grandes, así que podía ver la hora sin las gafas. Eran las cuatro de la mañana.
–¿Te marchas? –le preguntó aturdida.
Cash no contestó. Acabó de vestirse y se sentó en el sillón que había junto a la cama para calzarse los zapatos.
–Pero… ni siquiera es de día… –insistió ella.
Cash siguió sin contestar.
Tippy lo oyó ponerse de pie y al poco escuchó también cómo se abría la puerta del dormitorio, inundando la habitación con la luz del salón, que se habían olvidado de apagar.
Cash se dio la vuelta y la miró, sentada en la cama con los hombros y los brazos desnudos, y la sábana de flores rosas y azules agarrada sobre el pecho.
El rostro de Cash no reflejaba emoción alguna, y sus facciones estaban endurecidas.
–¿No vas a decir nada? –inquirió Tippy, llena de inseguridad, pero tratando de ocultarlo.
–Los dos hemos actuado de un modo irresponsable –farfulló Cash–, y los dos sabíamos que era una locura, pero tú lo empezaste.
Tippy suspiró.
–¡Oh, por el amor de Dios! ¿Quieres que vaya a por el cilicio y el flagelo? –murmuró Tippy, dejándose caer sobre el colchón.
Cash no podía creer que Tippy hubiera dicho lo que había dicho.
–¡No voy a casarme contigo! –continuó enfadado–. Lo cual no quiere decir por supuesto que, si te hubiera dejado embarazada, vaya a dejar de asumir mi responsabilidad. ¡Y si fuera así, quiero que me lo digas!
Tippy se estiró, empujando la sábana hacia abajo con los pies, se destapó hasta la cintura, dejando sus sonrosados senos a la vista. Sabía que Cash estaba mirándolos. La sola idea la hizo sentirse extraña: sensual… y muy femenina. Nunca había experimentado nada parecido, pensó sonriéndose.
–¿De veras? –murmuró, observando sus tensas facciones.
Cash aspiró con brusquedad. No quería mirarla, pero era incapaz de apartar la vista.
–Tienes los senos más hermosos que he visto en mi vida –dijo sin poder contenerse.
Tippy empujó de nuevo la sábana hasta quedar totalmente destapada, y se arqueó para que la viera mejor.
–¿Y qué me dices del resto? –le preguntó con voz ronca.
–Moriré intentando olvidarlo –dijo Cash, dándole la espalda.
–¿Por qué tendrías que olvidarlo? –inquirió ella.
Cash cerró los ojos.
–Mira, Tippy, ya te lo he dicho: no quiero ataduras –masculló.
–Menos mal que me lo has dicho, porque iba a regalarte una corbata por Navidad.
Cash se volvió para mirarla y no pudo evitar reírse.
–Diablos.
Tippy se estiró, desperezándose.
–¿No te gustaría quedarte hasta que amanezca? –le preguntó.
–No creo que sirviera de nada; estoy agotado. Y supongo que tú también estarás cansada.
Tippy suspiró.
–Un poco.
Cash la miró posesivo.
–Todas mis amigas tienen pareja, y dicen que ningún hombre puede hacerlo dos veces seguidas –comentó.
Cash enarcó una ceja.
–Tienen razón.
Tippy se quedó mirándolo, y Cash se encogió de hombros.
–Bueno, supongo que será algo normal cuando has estado mucho tiempo sin hacerlo.
Ella siguió mirándolo fijamente, y Cash carraspeó.
–De acuerdo, cuando has estado mucho tiempo sin hacerlo… y cuando es con la mujer adecuada.
Tippy enarcó ambas cejas.
–¿Qué es lo que quieres de mí? –le preguntó él quedamente.
«De modo que de eso se trata», se dijo Tippy, advirtiendo la expresión suspicaz de su rostro.
–Tengo suficiente dinero en mi cuenta bancaria –le dijo volviendo a taparse–; no suelo permitir que ningún hombre comparta mi cama… excepto en esta ocasión, claro está; no necesito un cocinero, ni tampoco un guardaespaldas, así que saca tus propias conclusiones.
Cash había estado evitando a las mujeres desde su desastroso matrimonio porque la mayoría sólo querían su dinero, pero lo que Tippy le había dicho era cierto. Tenía fama y, aunque en su profesión no había una estabilidad, también tenía dinero. No podía querer nada de él… salvo a él mismo. Claro que quizá lo quisiese como amante, pensó recordando que aquélla había sido su primera vez, la primera vez que lo había hecho por voluntad propia. ¿Sería eso?, ¿la euforia de la primera vez?
–Oh, sí, es por eso –dijo Tippy, como si supiese lo que estaba pensando–. Eres el primer hombre con quien lo he hecho, y me he quedado maravillada de lo increíble que ha sido, así que por supuesto no quiero otra cosa más que retenerte junto a mí todo el tiempo que pueda.
Cash la miró irritado.
–Para ya con eso. No me gusta que me lean el pensamiento.
Tippy se encogió de hombros.
–Como quieras.
–Y esto ha sido sólo un romance de una noche. Nada más.
–Entonces, ¿por qué querías dejarme embarazada? –inquirió Tippy, con toda la lógica.
Cash la miró con los ojos como platos. Había olvidado aquello.
–Los… los hombres dicen esas cosas para excitar a las mujeres –farfulló irritado.
–Oh, entiendo… –murmuró Tippy, asintiendo con la cabeza–. ¡Qué bonito detalle por tu parte! ¡No sabes cómo me puso!
–Me marcho –farfulló Cash en un tono frío.
–Ya me he dado cuenta.
–Me voy a casa.
–Estupendo. Te enviaré una tarjeta de Navidad.
–No te dará tiempo. Es pasado mañana.
–En ese caso, feliz Navidad.
–Lo mismo digo.
–¿Vas a despedirte al menos de Rory? –le preguntó Tippy.
La mano de Cash vaciló sobre el pomo de la puerta. No había pensado en Rory. El chico estaba muy ilusionado con que fuese a pasar el veinticuatro de diciembre con ellos.
–Podríamos intentar comportarnos como personas civilizadas durante la cena de Nochebuena… por el bien de Rory –dijo Tippy–. Y si vas a quedarte más tranquilo, te doy mi palabra de que no intentaré aprovecharme de ti tumbándote sobre la mesa y echándome encima como una salvaje, entre el puré de patata y el relleno de pan de maíz.
Cash sintió a la vez deseos de aullar y de echarse a reír. No sabía qué diablos quería.
–Me marcho.
–Eso ya lo has dicho –murmuró Tippy con malicioso deleite.
Cash estaba confundido, abrumado… estaba hecho un lío. Y ella sabía por qué. Aunque no quisiera admitirlo, sentía algo por ella, algo que hacía que le costara mantener el control, pero contra lo que parecía dispuesto a luchar hasta el final. A pesar de ello, Tippy se sentía extrañamente optimista.
–Volveré a la noche –dijo Cash finalmente–. Pero sólo me quedaré a cenar. Voy a hacer el equipaje y esta misma noche me iré de la ciudad.
–De acuerdo.
Cash vaciló, y se quedó mirándola pensativo, en silencio.
–¿Te hice daño cuando estábamos…?
–No, claro que no –respondió ella suavemente.
Cash suspiró, y su enfado se disipó en parte mientras observaba el rostro de Tippy en la penumbra.
–¿Ni siquiera la segunda vez? –insistió preocupado–. Fui algo brusco, y no lo pretendía, de verdad.
–Lo sé. Pero no me asusté en ningún momento. ¡Fue maravilloso! –exclamó, esbozando una sonrisa–. Nunca imaginé que fuera a ser tan increíble… –añadió encogiéndose de hombros–. El placer que sentía era casi… insoportable.
Cash asintió con la cabeza.
–Para mí también fue increíble –respondió–, pero aun así fue algo irresponsable por parte de ambos –añadió entornando los ojos–. Debería haber usado algo.
–Te lo recordaré la próxima vez –dijo Tippy.
Cash frunció el ceño.
–Te lo he dicho, Tippy: no habrá una próxima vez.
–Bueno, en realidad no es exactamente lo que dijiste hace un rato.
–Me marcho.
–No corras –lo provocó Tippy.
Cash le lanzó una mirada furibunda, y salió del piso dando un portazo. Al cabo de un par de minutos oyó el rugido del motor del coche de Cash, y luego un acelerón furioso. Con razón los llamaban Jaguar, pensó Tippy, contrayendo el rostro al oír el chirrido de los neumáticos.
Al día siguiente, mientras limpiaba el apartamento y cocinaba, Tippy se sentía más feliz de lo que nunca se había sentido en su vida. Estaba loca por Cash. No podía sacarse de la cabeza el recuerdo de la noche anterior, de aquella febril noche de pasión, y una y otra vez lo revivía en su mente.
Ocultárselo a Rory sería difícil. No estaba segura de si lo comprendería o no, pero no quería que la estima del chico por Cash disminuyese por lo que había ocurrido entre ellos. No quería que pensase que se había aprovechado de ella, o que la había herido.
–Qué alegre estás hoy –comentó Rory cuando Tippy estaba sacando el pavo del horno.
–Es que me siento bien –murmuró ella.
–Entonces vuestra cita de anoche fue bien, ¿eh? –inquirió el chico, con ojillos maliciosos.
–No estuvo mal –admitió ella.
–Esta mañana, cuando aún no había amanecido oímos a un loco alejarse en coche a todo gas –farfulló Rory sin mirarla–. Fuera hay marcas de neumáticos.
–Cash y yo tuvimos… una pequeña desavenencia –respondió ella, también sin mirarlo–. Nada importante, no tienes que preocuparte. Le dije que la invitación a cenar de hoy seguía en pie.
–Cash no es exactamente lo que parece –le dijo Rory con una solemnidad inusual en un chico de nueve años–. Ha recibido unos cuantos golpes muy duros en su vida, y apenas tiene amigos.
–Siempre olvido que el comandante Marist lo conoce.
Rory asintió con la cabeza.
–Cash me parece un tipo estupendo, pero no quiero que acabes haciéndote daño, hermana.
Rory estaba diciendo únicamente lo que ella misma pensaba, pero el oírselo decir la hizo tensarse. Estaba engañándose a sí misma. Había seducido a Cash, y de pronto se había montado en la cabeza todo un cuento de hadas. Hasta su hermano de nueve años tenía los pies más en el suelo que ella.
Era una tonta si de verdad creía que un hombre que había llevado una vida llena de peligros y aventuras querría atarse a una mujer. Sobre todo después de un matrimonio desastroso que lo había destrozado, y que aún no había superado.
Cash no estaba pensando en el matrimonio. Él mismo se lo había dicho. De hecho, en un principio ni siquiera había querido tocarla. Había sido ella quien se había aprovechado de su debilidad y su deseo. Lo había conducido hasta su cama, y él había sido incapaz de resistirse, pero nada de eso implicaba que la amase. Ni siquiera aquel apasionado ruego que le había susurrado de que le diese un hijo implicaba amor. Únicamente significaba que se sentía solo, que tenía celos de Judd Dunn, y que se moría por tener un hijo. ¿O sería más bien que le habría gustado que los hijos de Christabel hubiesen sido suyos, y no de Judd? ¿La amaría todavía? Tippy se preguntó si se habría rendido a su seducción simplemente para satisfacer el deseo por una mujer que no podía tener.
En un instante la situación se transformó por completo ante sus ojos. La alegría la abandonó como la lluvia que descargan las nubes.
Rory contrajo el rostro.
–Lo siento –murmuró, yendo junto a ella y abrazándola tan fuerte como pudo–. Perdóname, Tippy.
Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas, pero era demasiado orgullosa como para derramarlas. Rodeó con los brazos a su hermano y lo apretó contra sí sin poder evitar sentirse engañada, completamente engañada.
–Éstas van a ser unas Navidades estupendas, ya lo verás –le dijo al cabo de un rato, secándose las lágrimas discretamente antes de separarse de él y sonreírle–. ¿Quieres hacer tú las galletas?
–¿Quieres que podamos comérnoslas? –preguntó el chico a su vez.
Tippy se echó a reír. Rory y ella siempre se habían llevado muy bien, desde el mismo momento en que se había hecho cargo de él.
–Supongo que tendré que hacerlas yo. Pero a ti te tocará entretener a Cash si llega mientras estoy aún en la cocina.
Rory le dirigió una mirada traviesa.
–Ésa es mi especialidad, sí, señor –le dijo subiendo y bajando las cejas–. Voy a ver si encuentro mis pelotas de malabarismo y mi sombrero de copa…
Tippy le lanzó la bayeta de la cocina, pero Rory ya había salido de la cocina entre risas. Tippy la recogió del suelo y fue a sacar el aceite de oliva y la leche. Ya sola, sin embargo, se le mudó la expresión. Lo cierto era que no tenía la más mínima idea de si Cash aparecería o no, a pesar del afecto que sentía por Rory. La noche anterior había acabado siendo un completo desastre, y había sido por su culpa. Si no hubiera empujado a Cash a tomar una decisión con respecto a la atracción mutua que había entre ellos, quizá aún siguieran siendo amigos. Y, partiendo de esa base, quizá podría haberlo enamorado de verdad. En vez de eso sus sueños habían quedado reducidos a una noche de pasión que para Cash, con una larga lista de conquistas a sus espaldas, no pasaría nunca de ser lo que le había dicho: un romance de una noche.
Tippy suspiró con pesadumbre, deseando que hubiera algún modo de retroceder en el tiempo y así poder corregir los mayores errores que había cometido a lo largo de su vida. Por desgracia, ante ella sólo se abría un camino, y era el futuro.
Cash sí apareció finalmente… justo cuando Tippy ya lo tenía todo listo en la mesa, y estaba mordiéndose las uñas de los nervios.
El corazón le dio un vuelco cuando oyó sonar el timbre del portero automático. Rory fue a ver quién era, y fue Cash quien contestó desde abajo.
–¡Enseguida te abro! –exclamó Rory, apretando el botón.
Tippy se había puesto para la velada un top blanco de seda, unos pantalones de terciopelo color esmeralda, y se había recogido el cabello con un pañuelo a juego. El conjunto tenía un aire de fiesta, pero a la vez era informal. No creía que Cash se hubiese puesto muy elegante.
Y no se equivocaba. Cash había optado por ir de negro de nuevo: la chaqueta de cuero, la camiseta, y los pantalones que llevaba eran de ese color. Apenas la miró, y esbozó una sonrisa sólo porque Rory estaba allí.
–Qué buena pinta tiene todo –dijo.
–No es nada especial, son sólo recetas caseras –respondió Tippy–. Siéntate. Rory, ¿quieres bendecir la mesa? –murmuró, sentándose en su sitio.
El chiquillo obedeció con un gran suspiro, mirando por el rabillo del ojo a los dos adultos mientras recitaba la oración.
Fue una cena muy callada en comparación con la que habían compartido el primer día. Tippy se sentía fatal porque tenía la impresión de que había arruinado no sólo sus Navidades y las de Cash, sino también las de Rory. Comieron prácticamente en silencio hasta que hubieron terminado el segundo plato.
–Tippy me preguntó si quería hacer yo las galletas –le dijo Rory a Cash–, pero le dije que si quería que pudiéramos comerlas sería mejor que las hiciera ella.
Cash se echó a reír.
–¿Tan mal cocinero eres?
–Bueno, Tippy me ha enseñado a hacer unas cuantas cosas –respondió Rory–, pero el pan, por ejemplo, me cuesta mucho.
–A mí también –le confesó Cash–. El bizcocho no me sale mal, pero suelo comprar esos sobres preparados que se vierten en un molde y se meten al horno.
–Tippy no –replicó Rory–; hace bizcocho casero de verdad.
–Es que tienes una hermana que vale mucho –dijo Cash sin mirar a la joven.
Y para Tippy fue una suerte que no lo hiciera, porque se había puesto roja como la grana. Se levantó como impulsada por un resorte para ir a cortar el pastel de cerezas que había hecho, y a sacar del congelador una caja de helado de vainilla para acompañarlo.
A Cash no le pasó desapercibido el ligero temblor de sus manos, y se maldijo por haber perdido la cabeza la noche anterior. No era justo que Tippy estuviese recriminándose cuando la culpa de lo ocurrido era sólo de él.
Tippy cortó tres trozos de pastel y añadió encima de cada uno una bola de helado, para llevar a continuación los platillos a la mesa con una sonrisa forzada.
–El pastel es de los que vienen preparados para hornear porque si lo hubiera tenido que hacer yo no me habría dado tiempo, pero lo he comprado en alguna otra ocasión y está bueno.
–Está todo perfecto, Tippy –le dijo Cash en un tono de disculpa.
Tippy no lo miró.
–Gracias.
Cash se tomó la porción de pastel sintiéndose como un miserable. Tippy se estaba echando la culpa de todo, y cuando él se hubiese marchado sería aún peor, porque seguramente acabaría convenciéndose de que no era mucho mejor que una prostituta, y no volvería a acercarse a él.
Parpadeó, sorprendido ante el hecho de que la conociese tan bien. Había acusado a Tippy de leerle la mente, pero él mismo parecía poder leer también en la suya como si fuese un libro abierto. Resultaba inquietante. Era como si estuvieran… conectados de alguna manera.
–Estaba buenísimo, Tippy –le dijo Rory cuando hubo dejado limpio su plato–. ¿Quieres que friegue yo?
–No hace falta –respondió ella de inmediato–. No me importa hacerlo.
–Deja que se ocupe Rory –le dijo Cash con firmeza, poniéndose de pie–. Quiero hablar contigo.
–Pero si no me importa, de verdad… –protestó ella.
Pero Cash ya la había agarrado de la mano y estaba sacándola de la cocina. Cuando estuvieron a solas en el salón la miró muy solemne.
–No debes culparte por lo de anoche, Tippy –le dijo con firmeza–; simplemente ocurrió. No te reproches por ello. Pase lo que pase, asumiré mi responsabilidad.
Tippy tragó saliva. No quería mirarlo. Cada vez que lo hacía no podía evitar volver a oír en su mente las cosas que le había susurrado al oído la noche anterior, en la oscuridad, mientras hacían el amor.
Cash tomó la barbilla de Tippy y la alzó para que lo mirara, pero al ver la expresión que había en sus ojos se le contrajo el rostro.
–Suéltame, por favor –murmuró Tippy, apartándose de él–. No soy una niña. No tienes que preocuparte de que vaya… de que vaya a perseguirte, ni nada parecido.
Cash sintió repugnancia de sí mismo. Había hecho mucho más daño del que había creído.
–No he pensado eso, Tippy; ni lo pensaría nunca –replicó.
Tippy dio otro paso atrás, forzando una sonrisa.
–Espero que tengas un buen viaje de regreso. Por favor, saluda a Judd y a Christabel de mi parte. Supongo que ahora Christabel estará muy feliz, con un marido que la adora, y dos bebés que criar. Seguro que será una madre estupenda.
–Lo es –dijo Cash, sin poder reprimir una nota de ternura en su voz.
Tippy, que sabía que Christabel había sido muy especial para él, la envidiaba, y se odiaba a sí misma por ello. Miró un instante a Cash, y luego apartó la vista.
–Voy a ayudar a Rory con los platos, y le diré que salga a decirte adiós. Gracias por ir a recogerlo, y por la cena y el ballet.
Cash se estaba enfadando, y se le notaba. Sus ojos negros llameaban furiosos por la situación en la que se encontraba. Estaba seguro de que cualquier cosa que hiciese o dijese sólo empeoraría más las cosas. Antes de que pudiera ocurrírsele algo, Tippy se había marchado y Rory salía de la cocina y se plantaba ante él con una mirada curiosa.
–Ojalá pudieras quedarte más tiempo –le dijo–. Éstas han sido las mejores Navidades que he tenido.
Las palabras del chico, con el que Cash se había encariñado aún más esos días, lo emocionaron. Le tendió la mano, y Rory le dio un firme apretón.
–Si necesitarais algo, Tippy tiene mi número –le dijo–. Y si ella no estuviera, llama a la comisaría de policía de Jacobsville y ya se encargará alguien de buscarme, ¿de acuerdo?
Rory le sonrió.
–No creo que necesitemos nada, pero gracias, Cash.
–Nunca se sabe –respondió él. Lanzó una mirada en dirección a la cocina–. Cuida de ella. Es más frágil de lo que parece.
–No te preocupes por ella; estará bien –replicó Rory–. Es sólo que, hasta ahora, cada vez que se le ha acercado un hombre era porque quería algo de ella, así que es normal que se haya dejado llevar un poco al haber encontrado a uno que no busca nada, y al que le cae bien simplemente por ser quien es, ¿sabes? –contrajo el rostro–. Me parece que sólo estoy liándolo más, pero es que no sé explicarlo mejor.
–Entiendo lo que quieres decir, Rory –le dijo Cash, poniéndole una mano en el hombro–. Lo superará.
–Claro. Seguro.
Ninguno de los dos lo creía, por supuesto.
–Cuídate. Ya nos veremos –le prometió Cash.
Rory le sonrió.
–Tú también. No te metas en ninguna pelea.
Cash enarcó ambas cejas.
–Lo haré si tú tampoco lo haces.
Rory sonrió vergonzoso.
–Lo intentaré.
–Y yo también. Hasta luego.
–Hasta luego.
–¡Adiós, Tippy! –se despidió Cash desde el vestíbulo.
–¡Adiós, que tengas buen viaje! –le contestó ella desde la cocina. No dijo nada más.
Cash abrió la puerta y salió del piso. Cuando la cerró tras de sí, tuvo la sensación de que había dejado dentro parte de sí.
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