Kitabı oku: «Pasionaria»

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PASIONARIA

LA VIDA INESPERADA DE DOLORES IBÁRRURI



MECANOCLASTIA, 12

Primera edición en Hoja de Lata: septiembre del 2021

Director de la colección Mecanoclastia: David Becerra Mayor

© Diego Díaz Alonso, 2021

© del prólogo: Enric Juliana, 2021

© de la imagen de la portada: Lawerta, 2021

© de la fotografía de la solapa: Iván G. Fernández

© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2021

© de la fotografía de las páginas 10-11: Europa Press

Hoja de Lata Editorial S. L.

Avda. Galicia, 21, 4.º E, 33212 Xixón, Asturies [España]

info@hojadelata.net / www.hojadelata.net

Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu

Corrección: Olaya González Dopazo

ISBN: 978-84-18918-20-9

Producción del ePub: booqlab

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ÍNDICE

PRÓLOGO. El transformista y la dama de negro

Dos o tres cosas que sé de Dolores Ibárruri

Gallarta, 1895

Julián Ruiz: el hombre que nunca estuvo allí

La apuesta por el bolchevismo

El «nacimiento» de la Pasionaria

Una revolucionaria de provincias en el Madrid republicano

Presa política de la República

«¡Compañeras!»

Del Frente Único al Frente Popular

«Diputado» por Asturias

¡No pasarán!

La madre de España: disputar la maternidad

¿Guerra o revolución? ¿Guerra y revolución?

De la cumbre al hundimiento

En el hoyo

«¿Cómo hablar de mi dolor?»

El Círculo del Poder

Dirigentes excesivamente autónomos

El regreso de Pasionaria

«España no será una colonia yanqui»

Un té con pastas en el Kremlin

Una secretaria general enferma en un partido enfermo

La bolchevique enamorada

El camarada Stalin ha muerto

La desestalinización

El irresistible ascenso de Santiago Carrillo

Reconciliación nacional

Una paella en Uspenskoie

El partido de Santiago y Dolores

Praga, 21 de agosto de 1968

El patriotismo según Dolores Ibárruri

¡Sí, sí, sí, Dolores a Madrid!

De nuevo diputada por Asturias

El largo adiós

CRONOLOGÍA

PERSONAJES

BIBLIOGRAFÍA

A mis padres, Gonzalo y Pilar, por todo.

A Jara, por todo lo demás.


PRÓLOGO
EL TRANSFORMISTA Y LA DAMA DE NEGRO

A dolfo Suárez y Dolores Ibárruri se estrechan la mano en el Congreso de los Diputados el día de la constitución del primer parlamento democrático de España desde las elecciones de febrero de 1936. Han pasado casi cuarenta años desde el final de la Guerra Civil y un vigoroso presidente del Gobierno que hasta hace cuatro días vestía la camisa azul de Falange —el gobernador civil más joven de la España de Franco—saluda efusivamente a la mujer que gritó «¡No pasarán!», la más ferviente oradora del Frente Popular: Pasionaria, el demonio preferido por la dictadura. 13 de julio de 1977.

En sus memorias, la dama de negro recuerda que aquel día deseó suerte a Suárez y que este respondió, sonriendo: «Nos va a hacer mucha falta». Estamos ante una de las fotos más representativas de la Transición y conviene observarla con atención. Fijémonos en los rostros y en el movimiento corporal. Suárez se muestra ufano y extiende el brazo derecho con rigidez, mirando fijamente a su interlocutora, mientras esboza una sonrisa ligera y poderosa. Se siente triunfador. Adopta la posición dominante. Sostiene la mirada y alarga el brazo de arriba abajo, concediendo el saludo. Con el pelo perfectamente esculpido, exhibe el rectilíneo perfil que el dibujante Peridis inmortalizará en sus viñetas de la Transición. Todo en Suárez forma un ángulo. El joven césar del transformismo guarda la distancia y observa a Pasionaria con una mezcla de admiración, reconocimiento y curiosidad. El presidente en funciones, indiscutible ganador de las primeras elecciones democráticas, es perfectamente consciente de la importancia del momento. Esa foto contribuirá a legitimar la Transición gradual de la dictadura a la democracia en España ante los ojos de millones de personas de todo el planeta. Los comunistas no han quedado fuera, tal y como exigían los jefes militares más apegados a la memoria del general Franco, es decir, casi todos los capitanes generales y la mayoría de los demás altos oficiales de los tres ejércitos. La Transición española se presenta al mundo como una maniobra inclusiva. Los comunistas no han sido excluidos y sus resultados electorales, con la única excepción de Cataluña, han sido modestos. Los norteamericanos están razonablemente tranquilos. El plan del rey Juan Carlos parece funcionar.

La diputada comunista Dolores Ibárruri saluda al presidente Suárez con una expresión abstraída, como si estuviese revisando sus recuerdos a toda velocidad, como dicen que les ocurre a las personas en peligro de muerte. Entre miles de fotogramas, quizá solo haya escogido uno. Quizá piensa en su hijo Rubén, caído en la batalla de Stalingrado, o en los largos anocheceres de Moscú, cuando era imposible descifrar el próximo movimiento paranoico de Stalin. Pasionaria sonríe, no se sabe si feliz por el histórico momento, o distraída por un recuerdo lejano. Hay un deje de ironía en su expresión. Suárez ha sorprendido realmente a los comunistas españoles. Los ha driblado. Primero les ha robado el balón de la ruptura y después les ha endosado una ley electoral que premia a las provincias más pequeñas y conservadoras. Ha sido más audaz de lo que ellos creían. Diríase que hay algo en Suárez que divierte a la anciana dama de negro. Dolores Ibárruri tiene 81 años. Para una antigua dirigente de la Internacional Comunista recién llegada del exilio con todo el siglo XX a cuestas, despedida en el aeropuerto moscovita de Sheremétievo por Mijaíl Súslov, el principal ideólogo del poder soviético, Suárez no deja de ser una curiosidad. El rey Juan Carlos ha tenido que recurrir al más descreído de los jóvenes jerarcas del Movimiento para acelerar los cambios e impedir que el inmovilismo de los elefantes del Régimen ponga en riesgo la legitimación de la monarquía restaurada. Pasionaria sonríe con timidez y esa leve sonrisa emite también una señal de victoria.

Seguimos observando la foto. Ibárruri no mira a Suárez a los ojos. En ese instante, en el momento del clic, mira hacia sus adentros. Recuerda, recuerda, recuerda. Quizá sigue en una nube después de tantas semanas emocionantes. Quizá ha regresado a su memoria el día en que proclamó la Política de Reconciliación Nacional. Agosto de 1956. Reunión del Comité Central del Partido Comunista de España en algún lugar de la República Democrática Alemana. Ella presidía la reunión en la que el PCE efectuó un solemne llamamiento a la «reconciliación nacional» entre los ganadores y los perdedores de la Guerra Civil para proceder a la restauración de la democracia. No estamos hablando de un documento más del archivo histórico. Para Pasionaria aquella fue la mejor decisión durante los dieciocho años en que ocupó la secretaría general. Un llamamiento a la reconciliación después de la trágica experiencia de las guerrillas. Ocho años antes aún intentaban convencer al mariscal Tito, sin que lo supiesen los soviéticos, para que la aviación yugoslava sobrevolase la costa mediterránea española y lanzase en paracaídas armas para la agónica Agrupación Guerrillera de Levante. La suerte estaba echada. Desde 1945 estaba escrito que los aliados no tumbarían el régimen de Franco.

Reconciliación nacional. No dieron el paso hasta después de la muerte de Stalin, cuando la renovación, la reforma y la apertura de miras se habían convertido en las nuevas consignas para millones de militantes comunistas de todo el mundo que durante treinta años habían rendido culto al terrible georgiano que derrotó a Hitler. Tuvieron intuición y acierto, puesto que la palabra reconciliación pronto se convertiría en el talismán de la oposición pacífica a Franco. Se adelantaron a los socialistas, irremediablemente encerrados en el frigorífico de Rodolfo Llopis en Toulouse. La larga hibernación del PSOE. Se adelantaron a los movimientos aperturistas de la Iglesia católica en el Concilio Vaticano II, deliberados y aprobados entre 1962 y 1965. Se avanzaron al cónclave de la oposición moderada española, el célebre «contubernio de Múnich» en 1962, que reunió a monárquicos, socialistas, democristianos, falangistas arrepentidos, nacionalistas vascos y catalanistas, dejando a los comunistas un puesto de observación en el hall del hotel donde se celebraba el encuentro. Sintonizaron con la disidencia de Dionisio Ridruejo, el antiguo jefe de propaganda de Falange, que en 1956 pisaba por primera vez las cárceles de Franco por haber apoyado las protestas universitarias. Y alentaron a algunos de los hijos universitarios de las más selectas familias de vencedores de la Guerra Civil a dar el paso hacia el otro lado.

Quizá en el momento de saludar a Suárez, a Pasionaria le haya pasado fugazmente por la memoria la figura de Jorge Semprún, el hombre con la gabardina mejor vestida de Madrid y París, al que expulsó del partido años más tarde acusándole de frivolidad intelectual. La redacción de la declaración de 1956 siempre se ha atribuido a Semprún (Federico Sánchez, para los conocedores de la clandestinidad comunista), impresionado por un manifiesto universitario de 1956 que empezaba con las siguientes palabras: «Nosotros, hijos de los vencedores y de los vencidos». Semprún ya escribía con mucha soltura antes de dedicarse a la literatura, pero el manifiesto del 56 también llevaba otros timbres. Sin lugar a duda, ahí estaba la perspicacia de Santiago Carrillo y Fernando Claudín, entonces muy bien avenidos en el secretariado de París. El salto en paracaídas en busca de la reconciliación entre los españoles fue un trabajo colectivo. No había otro camino y supieron verlo. Un año antes, el 18 de julio de 1955, Pasionaria había defendido la necesidad de «atraer al campo de la democracia a aquellos que están deseando abandonar las banderas franquistas, sin preguntarles cómo pensaban ayer, sino cómo piensan hoy y qué quieren para España». Quizá es el orgullo de haber dado ese primer paso lo que en realidad refleja el rostro de Dolores Ibárruri en su primer encuentro con Adolfo Suárez, un hombre que ha abandonado a toda prisa las banderas del franquismo.

Orgullo y melancolía, puesto que la dama de negro también sabe que su tiempo se ha acabado. Ha superado los ochenta años y acaba de regresar a un país mucho más cambiado de lo que podía imaginar en Moscú. Los resultados electorales de su partido han sido malos, con la excepción catalana, que, inevitablemente, ha provocado escozores y traerá problemas. Mucha gente ha acudido a los mítines del PCE durante la campaña electoral para ver pasar la historia ante sus ojos, y después acabar dando el voto al renacido PSOE, un partido histórico dirigido ahora por un grupo de jóvenes sin historia. En Bilbao, el mitin encabezado por Pasionaria en la Feria de Muestras reunió a unas cincuenta mil personas, pero el EPK (Partido Comunista de Euskadi), dirigido por el férreo Ramón Ormazábal, solo consiguió un humillante 4,5 % de los votos, menos papeletas (45.910) que asistentes al oceánico mitin de Bilbao. Muchísima gente acudió en toda España a los primeros mítines de los comunistas. Muchísima. Había curiosidad. Ganas de escuchar y ver de cerca a las figuras de un partido perseguido a muerte por la dictadura. Había agradecimiento por la resistencia. Pero también había miedo, prudencia y cálculo. Recuerda, recuerda, recuerda, lo que significó el franquismo: un erial.

El asesinato de los abogados de Atocha, en enero de 1977, había impresionado mucho. Cinco abogados comunistas acribillados a sangre fría por un grupo de ultras guiados por un neofascista italiano. La serena e impecable respuesta del PCE en los funerales hizo ver a Suárez que no podía postergar la legalización de los comunistas. No le convenía. Ya no le convenía. Felipe González la reclamaba insistentemente al coronel Andrés Casinello, su interlocutor de los servicios de inteligencia, puesto que temía una candidatura «independiente» de izquierdas con los comunistas detrás, enarbolando la bandera del martirio y la persecución. González quería ver a las viejas glorias del exilio comunista en los mítines de la primera campaña electoral, para poder dar más realce a la juventud de los nuevos cuadros dirigentes del PSOE, formación histórica que ahora se ofrecía como una página en blanco. Adolfo Suárez prometía «libertad sin ira», una democratización sin dramas. Felipe González ofrecía un socialismo edulcorado, sin riesgos, y Santiago Carrillo estaba convencido de que millones de españoles antifranquistas darían su voto al Partido Comunista, por su abnegación en la lucha contra la dictadura, por la gran implantación de Comisiones Obreras en fábricas y talleres, por su distanciamiento de los soviéticos y por la serenidad en los momentos más difíciles. La lección de Atocha. El país no era tan sofisticado, sin embargo. Los españoles votaron muy mayoritariamente a favor de un cambio con seguro, y el PCE no alcanzó el 10 % de los votos. Dos años después, los comunistas obtuvieron el 13 % en las primeras elecciones municipales. Ese porcentaje reflejaba mejor su influencia real en la sociedad.

Por su parte, los catalanes del PSUC alcanzaron el 18 % en las generales del 1977 y superaron el 20 % en las municipales, con porcentajes superiores al 30 % en el área metropolitana de Barcelona. ¿Por qué esa diferencia? El PSUC fue en sus inicios un partido de unificación de socialistas, comunistas y nacionalistas de izquierda. Híbrido, mezclado, sin la palabra comunista en el titular. Durante la segunda parte del franquismo, especialmente en los años setenta, logró una notable implantación social, con sesgos interclasistas. Tenía a Comisiones Obreras a su lado, pero también le disputaba a Jordi Pujol la dirección del catalanismo. Fue el alma de la Assemblea de Catalunya, la plataforma unitaria de oposición al régimen de Franco que alcanzó una mayor capacidad de movilización en España. El PCE de la Transición admiraba al PSUC y a la vez recelaba de su tendencia a tomarse la autonomía verdaderamente en serio. El caso Comorera seguía planeando en aquella difícil relación. Joan Comorera, primer secretario general del PSUC, expulsado en 1949 bajo la acusación de «titista pequeñoburgués». Dolores Ibárruri se empleó a fondo contra ese hombre orgulloso y muy seguro de sí mismo, antiguo socialista derivado en estalinista, profundamente catalanista, que se negaba a someterse a su autoridad.

Orgullo y melancolía en el rostro de Pasionaria. Efectivamente, sabe que su tiempo se ha acabado. Pero ha resistido. Ha vuelto del exilio, ha sido elegida diputada por Asturias, y hoy, 13 de julio de 1977, se sentará en la Mesa de Edad del Congreso, en calidad de vicepresidenta primera, al lado de Rafael Alberti, para dirigir simbólicamente la reapertura de la democracia parlamentaria en España después de cuarenta años de dictadura. En esa Mesa no hay ningún socialista histórico, puesto que el PSOE transitivo es un odre viejo en manos jóvenes. El PCE no ha ganado, pero Pasionaria ha vencido. Resistir es vencer.

«Para lograr la reconciliación cada una de las fuerzas políticas y nacionales debe estar dispuesta a la reciprocidad de condiciones», decía el documento aprobado por el comité central del PCE en agosto del 1956. Veinte años después ese es el retrato exacto de la situación, con una reciprocidad ventajosa para el aparato franquista dispuesto a la reconversión. Esa es la correlación de fuerzas realmente existente después de una dictadura extenuante que ha desecado las pasiones políticas que fomentó la República. Ahora todo es más funcional. Ahora estamos en la época del utilitario.

Con los poderes heredados del dictador, el rey Juan Carlos y el joven secretario general del Movimiento transformado en líder reformista han aparcado la vía más lenta que defendían los pesos pesados del primer gradualismo franquista. El conde de Motrico (José María de Areilza) y Manuel Fraga no serán los timoneles de una transición más parsimoniosa, más dura, menos pactista, más dispuesta a controlar la calle, a tiros si hace falta, como ocurrió en Vitoria en 1976; una transición sin el Partido Comunista en el Parlamento, en una primera fase, con una tímida descentralización regional, que debería prestar especial atención a Cataluña y el País Vasco, sin romper moldes. Laureano López Rodó, el gran protector político de los tecnócratas del Opus Dei, también ha sido aparcado. Torcuato Fernández Miranda, el sagaz ingeniero jurídico de la operación, también acabará apartado y perplejo ante la velocidad y el tactismo de Suárez, un hombre que apenas come. Una mesa, un teléfono, tres paquetes de Ducados, y una tortilla y una ensalada a la hora del almuerzo.

Después de lo que ha pasado en Portugal, el rey teme que una transición demasiado embridada malogre la legitimación de la monarquía en un país cada vez más tenso. El conflicto social derivado de la crisis del petróleo va en aumento. La inflación se ha disparado y en verano de 1977 España está galopando hacia la suspensión de pagos. Una transición lenta, seguramente aplaudida por los norteamericanos y probablemente aceptada por los gobernantes democráticos europeos, podía generar una larga y peligrosa etapa de conflicto capaz de arruinar la legitimación social de la restauración monárquica. Juan Carlos de Borbón teme ser el rey de un país en llamas en plena crisis económica. Ha conseguido que la Administración Ford —Gerald Ford, sucesor de Richard Nixon en la presidencia de los Estados Unidos, tras la dimisión de este en 1976 como consecuencia del caso Watergate— acepte un plan más rápido y ha escogido a Adolfo Suárez, el más descreído de los jóvenes jerarcas del Movimiento, para llevarlo a cabo. La aceptación de los comunistas en el proceso ha sido la principal duda hasta el último minuto. Los militares estaban en contra, pero la legalización del PCE ofrece dos ventajas tácticas a Suárez: legitima el reformismo y acentúa la competición electoral en el campo de la izquierda. Suárez arriesga, engaña a los jefes militares, a los que había prometido que no legalizaría al PCE, y gana los primeros comicios democráticos con una ley electoral hecha a medida de la plataforma Unión de Centro Democrático. Está eufórico. El día que saluda a Dolores Ibárruri en el Congreso, el presidente interino sabe lo que piensan hacer los comunistas con su magro resultado electoral. Sabe cosas que quizá la dama de negro, alejada del vuelo rasante de los movimientos tácticos, aún ignora. Suárez está en el secreto y ello acaba de explicar su rostro de satisfacción. 13 de julio de 1977.

Cinco días antes de la constitución de las primeras Cortes democráticas, el vicepresidente económico Enrique Fuentes Quintana ha comparecido ante las cámaras de TVE en horario de máxima audiencia para anunciar a los españoles que la economía está muy mal y que se tendrán que hacer esfuerzos extraordinarios para que las cosas no vayan peor. A los españoles no se les ha contado toda la verdad durante la campaña electoral. La inflación galopa hacia el 30 % y existe el riesgo de suspensión de pagos. Con una inflación desbocada es imposible redactar una constitución democrática en un país de la periferia europea que todavía no está anclado en el Mercado Común. La consolidación de una democracia de corte liberal exige frenar la inflación y para ello se deberán moderar las subidas salariales. Dicho de otro modo, la Constitución jurídica debe levantarse sobre una Constitución material que asegure la viabilidad económica del país en las condiciones impuestas por la subida de los precios del petróleo (Guerra del Yom Kippur, 1974) y la decisión de Estados Unidos de abandonar el patrón oro (Nixon, 1971) para ir a la libre fluctuación de divisas. Las importaciones se habían encarecido dramáticamente, mientras las exportaciones españolas perdían valor. La balanza comercial estaba rota.

El discurso de Fuentes Quintana fue memorable. Sincero, grave, directo, convincente. La política ya no habla así en televisión. Había que arrimar el hombro y los comunistas estaban dispuestos a ello. El 13 de julio, el día del saludo en el Congreso, Suárez ya sabe que puede contar con el PCE y con Comisiones Obreras para unos pactos nacionales de estabilización económica, que el PSOE no ve claros. Santiago Carrillo se estrenará como orador parlamentario proponiendo un gobierno de concentración nacional que aísle a los ultras y consolide un programa de urgente reforma democrática. El secretario general está convencido de que los malos resultados del PCE son consecuencia del temor y la prudencia de la gente después de tantos años de propaganda anticomunista. Cree que una perseverante política de responsabilidad ante los graves problemas del país puede modificar esa percepción. Sobrevalorando su experiencia, Carrillo sigue viendo inmaduros a los jóvenes dirigentes del PSOE, que no quieren oír ni hablar de pactos con UCD para ayudarle a sortear el temporal. El esquema de trabajo de Felipe González y Alfonso Guerra es simple: que Suárez gobierne y si se quema, la alternativa es el Partido Socialista. Pero la pinza de centristas y comunistas ya está en marcha.

Comisiones Obreras empieza a negociar con el Gobierno antes de que finalice el verano, y a finales de septiembre, los mimbres de los Pactos de la Moncloa. Ramón Tamames y José Luis Leal han esbozado un acuerdo de salvación nacional que los socialistas no pueden rechazar si no quieren aparecer como unos irresponsables ante la sociedad española. Los trabajadores renunciarán temporalmente a ocho puntos del valor adquisitivo de sus salarios (se establece que los incrementos salariales no podrán superar el 22 %) a cambio de un programa inmediato de reformas democráticas y mejoras sociales, que incluyen la promesa de un futuro estatuto de los trabajadores. Los Pactos de la Moncloa, que no se cumplirán en su integridad, vienen a ser la concreción material de la política de reconciliación nacional de 1956 y serán la imprescindible pista de despegue de la Constitución de 1978.

Dolores Ibárruri quizá no está en el secreto de los movimientos tácticos que se avecinan en verano del 1977, pero no la debemos confundir con una figura decorativa. Con toda su leyenda a cuestas, ella ayudará a legitimar ante militantes y electores la política de responsabilidad y moderación que caracterizó a los comunistas en aquellos años. La vieja dama de negro no expresó ninguna discrepancia, ningún gesto que pudiera entenderse como una señal de disgusto. No enmendó nunca a Carrillo en los años transitivos y saludó con lealtad a sus sucesores, Gerardo Iglesias y Julio Anguita. Pudo sentirse atraída por la escisión prosoviética de 1984 (el veterano dirigente Ignacio Gallego al frente del Partido Comunista de los Pueblos de España). Sus camaradas soviéticos se lo habrían agradecido: el pequeño PSUC ya había saltado por los aires y la escisión del PCE era toda una seria advertencia para el Partido Comunista Italiano, al que Moscú trataba con más respeto, porque contaba con un millón de afiliados y movía el 30 % de los votos en el país más importante de la Europa mediterránea. Pasionaria se mantuvo fiel a las siglas de toda su vida, severamente castigadas en las elecciones generales de 1982, que significaron la gran entronización de Felipe González como dirigente de la España moderna que pronto sería admitida en la Comunidad Económica Europea y que, evidentemente, no saldría de la OTAN. Podía haberse dejado llevar por una radicalización de la nostalgia, pero su personaje pesaba demasiado y ella tenía conciencia de esa dimensión. Pasionaria pertenecía más a la historia de España que a los coletazos de la Unión Soviética, atrapada en la guerra de Afganistán y ahogada por el volumen de un gasto militar que ya no podía soportar. La Guerra Fría la iban a ganar los Estados Unidos.

Adolfo Suárez, destronado por los suyos en 1981, empezó a ser beatificado en España el día que perdió la memoria. Dolores Ibárruri administró con mucha prudencia sus caudalosos recuerdos, como queda reflejado en un calibrado libro de memorias publicado en 1984 con la inestimable ayuda de su fiel secretaria, Irene Falcón. El libro, cuya aparición coincidía con la escisión prosoviética, concluía con un llamamiento a la unidad de los suyos: «Nuestra división solo puede favorecer a las fuerzas reaccionarias». Pasionaria se apagó en 1989, dos años antes de la disolución de la Unión Soviética, dejando detrás de sí un mito potente y borroso. Creo que este libro del historiador Diego Díaz ayuda a entender el personaje desde una mirada muy actual. Estamos ante una narración rigurosa y honesta, muy comprensible para las jóvenes generaciones. Más que una revisión del mito, este libro propone un mejor entendimiento del personaje. Este libro no se rinde a la leyenda.

La inesperada vida de Dolores Ibárruri Gómez. La historia de un ama de casa de Muskiz, madre de seis hijos, de los cuales solo dos llegarían a la vida adulta, que se convirtió en símbolo del movimiento comunista internacional. El equívoco de un apodo (Pasionaria) que funcionaba como un cañón. Semana Santa de 1919. Conforme a su educación católica, eligió ese nombre, tímidamente, para firmar sus primeros escritos en la prensa obrera, para que sus padres no se enterasen. Tenía veinticuatro años. Pasionaria creció y la historia convirtió aquel pseudónimo cuaresmal en un fortísimo signo de rebeldía: una mujer apasionada que convocaba a la lucha por la emancipación femenina y la revolución.

Pasionaria y la Pirenaica. Dos mitos de la noche más oscura. Figura materna y protectora de la España vencida en 1939, voz vibrante en las ondas interceptadas, mientras Franco desataba una represión sin límites, ejecutando un programa fríamente trazado. Había que aniquilar al enemigo. La madre y el drama de España. España y la madre. En la defensa a muerte de la patria, de su patria, el generalísimo proyectaba la defensa de su madre, abandonada por su padre.

Matria y patria, he ahí la discusión.

ENRIC JULIANA

DIEGO DÍAZ ALONSO
PASIONARIA
LA VIDA INESPERADA DE DOLORES IBÁRRURI
DOS O TRES COSAS QUE SÉ DE DOLORES IBÁRRURI

La burguesía renovaba, y renueva, cada cinco años sus cuadros dirigentes en las universidades. El proletariado tuvo que hacer una larga marcha hacia la cultura convencional, pasando por la escolarización, la alfabetización y el descifrar los códigos de la cultura establecida para comprobar hasta qué punto traicionaban sus propias necesidades. Por eso la guerra civil sería algo más que una victoria militar y se convertiría en un genocidio cultural contra las vanguardias que más daño podían hacerle al reaccionarismo español: desde los intelectuales más avanzados hasta los intelectuales orgánicos de la clase obrera, convertidos en dirigentes de los movimientos sociales y de los partidos de izquierda, pasando por los maestros de escuela, que habían plantado la cizaña de las ideas de emancipación entre las mieses de la España contrarreformista.

Manuel Vázquez Montalbán, «Pasionaria y los mil enanitos», El País, 10 de diciembre de 1995

No recuerdo el entierro de Pasionaria. Es curioso porque tengo, sin embargo, algunos otros vagos recuerdos de esa década: el entierro del alcalde Enrique Tierno Galván, Reagan, Gorbachov y La guerra de las galaxias, el secuestro por ETA de Emiliano Revilla, la policía de Pinochet disolviendo las manifestaciones con cañones de agua, Felipe González, Fraga, Santiago Carrillo, la caída del Muro de Berlín… Sin embargo, no recuerdo el entierro de Dolores Ibárruri… Tan solo un poco más tarde, creo que en torno a 1990, su imagen de anciana risueña y venerable impresa en un cartel del Partido Comunista de Asturias, «DOLORES VIVE», pegado en una pared de mi barrio, el barrio de la cárcel de Oviedo. La cárcel que ella abrió en febrero de 1936 para liberar a los presos de la Revolución de Octubre de 1934. Esa historia, claro está, no la conocí hasta muchos años más tarde.

De lo rocoso del mito de Pasionaria dice mucho que haya sobrevivido tanto a su muerte como a la del socialismo real. A pesar de su estrecha ligazón con el universo comunista, en años posteriores Pasionaria logró trascender al «final de la historia» sentenciado por Fukuyama. La leyenda de Dolores se reinventó ligada a valores progresistas más genéricos, y no estrictamente comunistas, como la justicia, la igualdad social y la emancipación femenina, así como a una cierta imagen amable de la Transición encarnada en su foto del brazo de Rafael Alberti, descendiendo ambos por las escaleras del Congreso de los Diputados en la primera sesión de la Cámara Baja tras las elecciones generales del 15 de junio de 1977.

Entre finales de los años noventa y principios de los 2000, los años en los que se formó mi educación política y sentimental, el mito de Ibárruri se adaptó a los nuevos tiempos poscomunistas y altermundistas, y su imagen, casi siempre anciana y canosa, podía convivir con un cartel de solidaridad con el movimiento neozapatista de Chiapas y otro de una reivindicación feminista. Otra prueba de su vigor es que el sobrenombre de Pasionaria se siga dando a mujeres rebeldes y combativas de todo el mundo, tuvieran o no relación con organizaciones comunistas.

En 1995 su centenario fue celebrado por todo lo alto. La mayoría de estos homenajes fueron impulsados por Izquierda Unida y el Partido Comunista de España, pero gozaron de un consenso político que hoy sería imposible.

Inmersos en un tiempo de guerras de la memoria, cuesta creer que hubo años en los que podían dedicarse calles a Pasionaria sin apenas votos en contra o en los que todos los grupos parlamentarios vascos, desde Herri Batasuna al Partido Popular, participaban en un homenaje por el centenario de su nacimiento en Gallarta.

Hoy los tiempos han cambiado mucho. Los crímenes del estalinismo y la represión ejercida contra las derechas durante la Guerra Civil en la España republicana se han convertido en los pretextos para realizar una enmienda a la totalidad a la historia y la memoria del comunismo, del antifascismo y de las izquierdas, reducidas a menudo a una caricatura de checas y gulags por parte de los propagandistas neocón.

Frente a una historia en blanco y negro, de buenos y malos, este libro pretende abordar a la persona y su tiempo en toda su complejidad. A veces también en toda su incómoda complejidad. Tratando de evitar tanto la tentación de edulcorar los pasajes menos agradables de la vida de Dolores Ibárruri como, en el otro extremo, caer en la simplificación anticomunista: explicar su vida y su trayectoria política como la de una mera comparsa del estalinismo. Precisamente hemos tratado de indagar aquí en esa fascinante contradicción del siglo XX por la cual algunos de los más comprometidos luchadores y luchadoras por la democracia, la justicia social, la igualdad racial y de género fueron al mismo tiempo personas extremadamente complacientes e indulgentes con los crímenes cometidos en nombre del socialismo. Pasionaria es representativa de esa vida en compartimentos estancos, y como historiador me interesa tanto la esforzada luchadora por la democracia española como la ferviente admiradora de Stalin que solo en 1968 se atrevió a emitir una tímida crítica pública a la URSS con motivo de la invasión de Checoslovaquia.

Hay muchas Dolores en la vida de Dolores Ibárruri. El ama de casa proletaria que se rebela contra su destino y se reinventa a través de la militancia revolucionaria. La dirigente flexible e intuitiva que en los años treinta supera el sectarismo izquierdista de su partido y pone en pie experiencias tan transversales e innovadoras como la Agrupación de Mujeres Antifascistas y Pro Infancia Obrera. La diputada del Frente Popular que no le teme a nada ni a nadie y se mete en todos los charcos. La secretaria general que ya en la URSS se acomoda al estalinismo, los privilegios de la nomenklatura, el culto a la personalidad y la cultura autodestructiva de la purga, la expulsión y el asesinato político. La mujer madura que redescubre con cuarenta años el amor a través de un joven veinteañero. La presidenta del partido a la que no le queda más remedio que asumir su papel simbólico y dejar hacer a su sucesor. La anciana que regresa a España entre homenajes para ocupar el escaño que había dejado en 1939… Hay muchas más Dolores. Su propia vida condensa esa miseria y grandeza del Partido Comunista de España, como reza el título del libro de Gregorio Morán. Fue ante todo una vida inesperada. Producto de años en los que un movimiento obrero ascendente daba las herramientas culturales a proletarios como ella para convertirse en protagonistas de una obra en la que hasta entonces parecía que solo podían interpretar el papel de figurantes. Y es que solo gracias a ese gran proyecto de ilustración de las masas que fue el socialismo, con sus sindicatos, cooperativas, casas del pueblo, ateneos, fiestas y mítines, periódicos y bibliotecas, un ama de casa proletaria como Dolores Ibárruri pudo adquirir el bagaje cultural y la autoconfianza para terminar convirtiéndose en una dirigente política capaz de hablar ante multitudes, jugar un papel decisivo en la vida española, dirigir organizaciones de miles de afiliados y afiliadas, escribir libros o codearse y despachar con mandatarios internacionales. Por eso, como explica Manuel Vázquez Montalbán, «la guerra civil sería algo más que una victoria militar y se convertiría en un genocidio cultural contra las vanguardias que más daño podían hacerle al reaccionarismo español: desde los intelectuales más avanzados hasta los intelectuales orgánicos de la clase obrera, convertidos en dirigentes de los movimientos sociales y de los partidos de izquierda, pasando por los maestros de escuela, que habían plantado la cizaña de las ideas de emancipación entre las mieses de la España contrarreformista». Pasionaria, obrera y mujer, doblemente emancipada, sería también doblemente odiada por la reacción triunfadora en 1939.

Nunca pensé que escribiría una biografía sobre Pasionaria. No estaba ni siquiera entre mis planes escribir una biografía hasta que me propusieron hacer este libro. Gracias a Laura Sandoval, Daniel Álvarez Prendes y a David Becerra por darme la oportunidad de publicar en una editorial como Hoja de Lata, y a Enric Juliana por el honor de aceptar ser el autor del prólogo. Francisco Erice, Fernando Hernández Sánchez, María José Capellín y Gregorio Morán han sido personas a las que he recurrido en diversos momentos de la elaboración de este libro para consultar dudas y contrastar hipótesis. Quiero extender también los agradecimientos, por diferentes motivos, a Beatriz Abad, Lola Matamala, Jesús Montero, Sandra Souto, Sisino Pérez Garzón, Miguel Usabiaga y Dolores Ruiz Sergueyeva, con la que tuve el placer de charlar una tarde acerca de los recuerdos de su abuela. En un apartado más personal, gracias una vez más a José González, Jose Caja, por hacerme sitio en su aldea gala y dejarme trabajar con las mejores vistas de Asturias. También a mis padres Gonzalo y Pilar, por su apoyo, cariño e ilusión, inasequibles al desaliento incluso en un annus tan horribilis como el 2020. Venceremos. Y por supuesto a Jara Cosculluela, por su amor, complicidad y comprensión estos meses de intenso y absorbente trabajo abducido por la escritura del libro. Nos toca ahora ir juntos a la búsqueda del tiempo perdido. Así sea.

Espero que este cierto «distanciamiento brechtiano» que he explicitado con respecto a mi biografiada haya jugado a favor de un libro que no pretende ser ni una hagiografía ni un ajuste de cuentas con su protagonista. Decía Manuel Vázquez Montalbán, autor de una de sus mejores biografías, que «si un personaje histórico español no se merece el todo o la nada es Dolores Ibárruri». Sus palabras han inspirado el tono de este trabajo. A continuación, dos o tres cosas que sé sobre la inesperada vida de Dolores Ibárruri.

GALLARTA, 1895

La transformación de esta humilde feligresía de dieciséis años a esta parte es asombrosa. En el barrio de Gallarta, que yo conocí con solo dos casas, se ha formado una gran población con hermosa iglesia parroquial, a la que se ha dado la advocación de San Antonio de Padua, casa de Ayuntamiento, escuelas y un gran hospital para la población minera. El municipio de Abanto y Ciérvana, que en el censo de 1877 contaba 2075 almas, debe de haberse cuadruplicado.

Antonio Trueba, Las Encartaciones, 18871

Hombres totalmente ajenos al país examinaban con ávida e investigadora mirada montes y colinas, campos y prados, collados y barrancos, pisoteando con sus herradas botas las tumbas apenas cubiertas […]. Cambiaba el derecho público porque cambiaban las relaciones de propiedad. Ayer esto era del común; aquello, de una familia; lo de más allá, de otra… Hoy todo es extraño.

Dolores Ibárruri, El único camino, 19662

En febrero de 1876 concluía la tercera guerra carlista. Durante cuatro años los últimos partidarios del restablecimiento del Antiguo Régimen se habían enfrentado sucesivamente a la monarquía liberal de Amadeo de Saboya, a los diferentes gobiernos de la I República y, finalmente, a Alfonso XII y la Restauración borbónica. Cataluña, Navarra y las provincias vascas serían el principal escenario bélico de un conflicto que apenas se dejaría sentir en el resto de España. En marzo, con la caída de los últimos bastiones navarros, la guerra terminaba y el pretendiente carlista partía hacia el exilio. Entre los derrotados estaba un jovencísimo Antonio Ibárruri. Hijo de padres desconocidos, su apellido, siguiendo una costumbre habitual con los expósitos, está tomado de lugar donde fue hallado: Ibárruri, una pequeña localidad vizcaína en cuya iglesia apareció siendo un recién nacido. Tras servir como tantos otros jóvenes vascos y navarros en las tropas de Carlos VII, Ibárruri colgaría con la derrota la boina roja e iniciaría una nueva vida, entrando a trabajar como obrero en una mina de hierro de Gallarta.

Tras el final de la guerra carlista la zona minera de Vizcaya viviría un boom sin precedentes ligado al despegue de la industria siderúrgica. Gallarta crecería entonces rápidamente hasta convertirse en uno de los principales pueblos mineros de la comarca de Las Encartaciones. Antonio Ibárruri se había familiarizado durante la guerra con la artillería, un conocimiento muy valorado en la nueva industria minera. Su puesto como trabajador especializado en el manejo de explosivos le convertiría dentro y fuera de la mina en Antonio el Artillero. En Gallarta, además de encontrar empleo, este antiguo soldado carlista, euskaldún y que, según su hija, «hablaba un castellano terrible, muy macarrónico»,3 conocería a otra minera, Juliana Gómez, de diecisiete años, religiosa, muy alta y de fuerte carácter.

Juliana Gómez había nacido en Castilruiz, un pueblo de Soria que ella y su familia habían abandonado para buscar mejores oportunidades de vida en Vizcaya. La emigración de gentes procedentes de las provincias castellanas se convertiría en un fenómeno común tras el final de la guerra. Toda la familia encontraría empleo en las minas de hierro. El trabajo de las mujeres en las minas, siempre solteras o viudas, se centraba fundamentalmente en las labores de carga, lavado y clasificación del mineral. Su salario estaba siempre por debajo del de los hombres, incluso del de los peones, e igualado al de los pinches, los trabajadores masculinos peor pagados y con la categoría laboral más baja. Tras casarse con Antonio, Juliana dejaría el empleo en la mina y se dedicaría a tener hijos y a cuidar de ellos y del hogar, así como a trabajar la huerta y los animales que la familia criaba fundamentalmente para consumo propio. De ella su hija Dolores diría que debía de haber sido guapa en la escasa juventud de quien no había conocido más vida que trabajar y parir. Mientras que su marido era analfabeto, ella sabía leer y escribir, algo poco frecuente para una mujer obrera de la época. Antonio y Juliana engendrarían once hijos. Cuatro de ellos morirían aún siendo niños. Su octava hija será Pasionaria. Bautizada como María Dolores, fue, sin embargo, por razones desconocidas, inscrita en el registro municipal como Isadora. María Dolores Ibárruri o Isadora Ibárruri nació en Gallarta el 9 de diciembre de 1895, siendo Cuba aún una posesión española, Antonio Cánovas del Castillo presidente del Consejo de Ministros, y en vísperas de que los hermanos Lumière presentasen en un café de París su prodigiosa invención: el cinematógrafo.

La condición de obrero cualificado de Antonio Ibárruri, el trabajo de varios de sus hijos en la mina, los animales y el pequeño trozo de tierra que cultivaban Juliana y el resto de la familia permitirían que su hija Dolores pudiera estudiar hasta los quince años, algo poco común para una familia obrera, y mucho menos para la hija de una familia obrera.

Dolores disfrutaba en la escuela y era aficionada a la lectura. Sus hermanos se reían de ella por su costumbre de devorar libros y la comparaban con una monja encerrada en la celda de un convento. Pasionaria siempre reconoció la importancia que tuvieron en su biografía tanto su maestra, Antonia Izar de la Fuente, que fallecería durante la Guerra Civil en el bombardeo de Gernika, como la escuela de Gallarta en la que estudió, con una biblioteca bien dotada de libros, algo muy poco común para la época.

Este interés por los estudios y la lectura se combinaba con un carácter fuerte y rebelde que desde la niñez hasta la edad adulta le fue generando problemas con su familia. Las relaciones con su madre siempre fueron complicadas. Dolores no acataba fácilmente la autoridad materna y se rebelaba contra los castigos que consideraba injustos. Juliana llegaría a la conclusión de que la actitud de su hija solo podía deberse a que estaba poseída por el diablo, así que, aconsejada por el cura del pueblo, tratará sin éxito de que le practiquen un exorcismo en la iglesia de Deusto, Bilbao. Dolores tiene diez años entonces.

El sindicalismo, las primeras huelgas mineras, el Centro Obrero de Gallarta o los mítines socialistas son algo que está de fondo en sus recuerdos de niñez y adolescencia, pero que no forma parte de la vida de una familia muy conservadora, fiel al tradicionalismo y la religión. Heredaría la religiosidad de sus padres y llegaría incluso a pensar en hacerse monja. Hasta los veintiún años Dolores será una fervorosa católica que se confiesa todos los sábados, participa en novenas y procesiones y pertenece al Apostolado de la Oración, una institución fundada a mediados del siglo XIX por los jesuitas para contrarrestar el creciente anticlericalismo popular y fomentar el rezo y las demostraciones públicas de fe.

Los pasajes dedicados a la niñez en su autobiografía, El único camino, son tan pródigos en el recuerdo de la escuela y su maestra, los juegos y las travesuras infantiles o las excursiones desde Gallarta hasta la playa para bañarse en el Cantábrico como escasos en las referencias a la familia, más allá de los consejos de su madre —«la que en el casar acierta nada yerra»— o el trabajo duro de su padre en la mina, «metido en un arroyo fangoso, formando parte de un pequeño grupo de viejos mineros como él». Los hermanos, con la excepción de Teresa, la más cercana a Dolores, apenas existen en su relato, y la vida de sus padres queda definida en pocas palabras como monótona y triste. En posteriores biografías, basadas en un diálogo entre biografiada y biógrafo, emergerían, sin embargo, ráfagas de ternura hacia una familia con la que la relación nunca fue fácil. Así, por ejemplo, el recuerdo de las noches en las que su padre llegaba empapado de trabajar en la mina y Dolores le leía periódicos, «parecían música las palabras que yo iba pronunciando», mientras su madre le secaba al fuego y «él escuchaba sin escuchar» poco antes de quedarse dormido, acunado por sus palabras.4 También sus últimos momentos en el lecho de muerte, cuando Antonio el Artillero le pasa la mano por la cabeza repitiendo la letanía: «¡Pobrecita, pobrecita, la mejor y a la que peor hemos tratado!».5

Pasionaria tardó mucho tiempo en perdonar a su familia que con 15 años frustrasen su gran ilusión: ser maestra. Apoyada por su profesora en la escuela de Gallarta, Ibárruri había llegado a estudiar el curso preparatorio para ingresar en la Escuela de Magisterio, pero finalmente sus padres decidirían no costear los estudios. La familia tenía recursos suficientes para que su hija estudiara fuera del pueblo, pero su madre no veía con buenos ojos que una hija tuviera una titulación destacando sobre sus hermanos varones, todos ellos trabajadores manuales.

Dolores Ibárruri llega a la adolescencia con «un sentimiento de rabia desesperada contra todo y contra todos». Fracasado el sueño de ser maestra, termina la vida relativamente privilegiada que la hija de Antonio el Artillero había tenido hasta entonces. Entra en un taller de costura y después en una casa y taberna de La Arboleda, donde trabaja como criada y camarera. En este tiempo comienza a ir al baile de la plaza de Gallarta y tiene un primer novio, Miguel Echevarría, ajustador metálico y vecino de otro pueblo de Trapagaran. Echevarría hacía una larga travesía a pie cada domingo a través de los montes para ir a ver a Dolores y salir juntos a pasear. La relación duraría poco tiempo. Ella no soportaba la timidez y falta de conversación del joven Echevarría: «Si yo me callaba, él no hablaba. Un día le dije: “Ya no vuelvas más”».6

Poco tiempo después llegaría Julián Ruiz, un minero socialista, alto y guapo, al que conoce en una de las casas en las que había trabajado. Vestida de negro, se casará con él en la iglesia de San Antonio de Padua, en Gallarta, el 16 de febrero de 1916. A pesar de disgustarle el matrimonio de su hija con un ateo, su madre le hará un buen regalo de bodas: una máquina de coser. Empezaba una nueva vida. Julián tenía veinticinco años. Dolores, veinte.

JULIÁN RUIZ: EL HOMBRE QUE NUNCA ESTUVO ALLÍ

Vine porque me acordaba mucho de los de aquí. Creía que estaban todos vivos y me encontré con que habían muerto casi todos. Catorce a quince quedarían de los de entonces, y de mis ideas, solo dos o tres.

Julián Ruiz, marido de Dolores Ibárruri, en una entrevista al diario Pueblo, en 1977

Nos habíamos casado en la iglesia de Gallarta. E hicimos el viaje de novios a Santander. Apenas unos días. Al regreso ya sabía lo que era tener, en las sombras de la noche, un hombre en mis brazos.

Andrés Sorel, Dolores Ibárruri, Pasionaria. Memoria humana

El 5 de agosto de 1977 Dolores lbárruri regresaba a Somorrostro para asistir al entierro de su marido, Julián Ruiz. Según la crónica de El País, varios millares de personas acompañaron al ataúd hasta el cementerio, portado por seis militantes del partido y cubierto por una bandera del PCE y una ikurriña: «Detrás de ellos caminó a pie por espacio de un kilómetro largo Dolores Ibárruri, que en varios momentos no pudo contener las lágrimas».

Julián y Dolores estuvieron casados sesenta años, si bien solo llegaron a convivir quince. Cuando él muere apenas tenían relación. Pasionaria nunca edulcoró el recuerdo de su vida en pareja. El suyo no fue un matrimonio feliz. Sin embargo, es probable que, sin Julián Ruiz, Dolores Ibárruri no se hubiera convertido nunca en Pasionaria. Ella misma lo reconocía en octubre de 1931 en su primera entrevista a un medio de comunicación: «Cuando me casé a los veinte años, pensé que mi marido seguiría hablándome siempre de lo mismo, del tema ineludible de todos los noviazgos. Pero me encontré con que me hablaba de socialismo y obrerismo con una insistencia que convertía nuestras conversaciones en monólogos. No era cosa de abandonarle a este monólogo. Me trajo libros y leí».7

También en 1935, cuando Dolores viaja a Moscú al VII Congreso de la Komintern y realiza un breve esbozo autobiográfico, señala a su marido como la persona que la había introducido en las ideas socialistas. Como Ibárruri, Julián era un obrero con un nivel cultural algo superior al de sus compañeros. Otro hijo de la ilustración popular a través del movimiento socialista. Otra vida inesperada. Otro error en el sistema. Uno de los primeros libros que le da a leer es una novela de Víctor Hugo. Hasta entonces Dolores apenas había conocido otra literatura que no fuese la religiosa y los folletines. A pesar de ser una de las personas más importantes en la biografía de Ibárruri, Julián Ruiz es al mismo tiempo una de las principales ausencias en el relato que Pasionaria quiso dejar de sí misma. En su autobiografía pasa de puntillas por la figura de su marido, y en posteriores entrevistas tampoco quiso dar demasiados detalles sobre una relación que se rompe en torno a 1931.

«Unos días breves, fugaces de ilusión, y después… Después, la prosa fría, hiriente, inmisericorde de la vida». Con esta elipsis resume Ibárruri en El único camino sus quince años de vida en pareja con Julián Ruiz. Después de una modesta luna de miel en la casa de unos familiares de su marido en Santander, el matrimonio regresaría a Gallarta. A los nueve meses nacía Esther, su primera hija. Poco tiempo después la familia se mudaba a Somorrostro, otra localidad minera situada en la parte baja de Las Encartaciones, cerca de la costa, de la que procedía Julián, y donde trabajaba como minero para la compañía franco-belga. Dentro de sus escasas posibilidades económicas, el matrimonio invertiría una pequeña suma de dinero en comprar una parcela y juntos construirían una casa con sus propias manos. La nueva vivienda disponía de algo de terreno para poder cultivar una huerta y criar animales, actividad de la que se ocuparía Dolores y que les permitiría sobrevivir durante los largos periodos en los que Julián estaba en huelga, encarcelado o, sencillamente, llovía con fuerza, no se podía trabajar en la mina y la empresa no pagaba a los trabajadores.

Según su propia confesión, Dolores había ido al matrimonio enamorada, pero también en busca de la liberación del duro y mal pagado trabajo como sirvienta en casas ajenas. Sin embargo, junto a Ruiz, lejos de mejorar en sus condiciones de vida experimentaría el hundimiento en una miseria que jamás había conocido hasta entonces. En los peores momentos Ibárruri tendría que recurrir al crédito de los comerciantes y a la solidaridad de los vecinos para salir adelante. Otras veces tendrían el apoyo de los compañeros de partido y sindicato. Su familia, a pesar de desaprobar el matrimonio con Julián, también le prestaría alguna ayuda esporádica. Las estrecheces económicas jalonarían la vida de una pareja que tendría seis hijos mientras hacía malabarismos para poder darles de comer. Solo dos de ellos llegarían a la vida adulta: Amaya y Rubén. Esther, su primera hija, moriría con tan solo tres años, y el matrimonio, siempre con dificultades, tendría que pedir prestado para tener un pequeño ataúd con el que darle sepultura. En 1923, en plena huelga minera, nacerían las trillizas Amaya, Amagoya y Azucena. De ellas, Amagoya moriría apenas nacida, y sería enterrada en un cajón de conservas arreglado por un vecino a modo de féretro. Azucena no llegaría a cumplir los tres años, y una última hija, Eva, viviría solo unos pocos meses.

A las estrecheces económicas y la muerte de las hijas se sumaba la sensación de claustrofobia de Dolores, que en su adolescencia había aspirado a ser maestra y que ahora se asfixiaba repitiendo la misma vida triste de su madre, condenada a ese papel de «ángel del hogar» en el que nunca se había querido encasillar. En sus memorias, Pasionaria denunciaría la doble moral de aquellos reformistas burgueses que habían decidido liberar a las mujeres del «embrutecedor» trabajo en las minas, pero para encerrarlas en las cuatro paredes del hogar, convertidas en «esclavas domésticas» de sus maridos.

Envuelta en el ambiente político de su marido, que había sido uno de los fundadores de las Juventudes Socialistas, Ibárruri comienza a acompañarlo en las actividades políticas y sindicales y a frecuentar la Casa del Pueblo de Somorrostro. La buena alumna de la escuela de Gallarta se ha convertido ahora en la alumna aventajada del centro obrero. Lee toda la literatura socialista de su biblioteca, incluso una versión abreviada de El capital. Estas lecturas acompañan su abandono de la fe católica, un proceso no exento de dudas y dolor, que coincidiría en el tiempo con la crisis provocada por la muerte de sus hijas. Pasionaria siempre atribuiría también su alejamiento del catolicismo a la doble moral y la hipocresía que veía en la Iglesia y en las burguesas dedicadas a la caridad cristiana. Orgullosa, Dolores rechazaría los intentos de las Damas Catequistas de Paúl de alejarla del socialismo ofreciéndole un empleo mejor para su marido y una casa más cómoda con huerta, a cambio de su regreso a la Iglesia.

El acercamiento de Ibárruri al socialismo le cerraría la puerta de su casa familiar, pero le abriría otras tradicionalmente cerradas a una mujer casada de clase trabajadora. En primer lugar, aquella en la que ella más insistiría a posteriori: una comprensión racional del porqué de sus penosas condiciones de vida, así como un camino para superarlas. El socialismo mostraría a Dolores que la vida podía ser algo más que un «valle de lágrimas». Los explotados como ella podían construir aquí y ahora el paraíso que la fe católica les había prometido para una vida después de la muerte. No menos importante que esto sería elevar su horizonte vital como persona más allá de las tediosas rutinas del ama de casa proletaria. En la politización de quien pronto sería la Pasionaria, pesarían tanto el rechazo a la miseria y la explotación, que tan bien conocía, como el anhelo de superar esa vida de «hilar, parir y llorar», como había pronosticado su madre. Después de sentir que con el matrimonio su misión en la vida estaba cumplida y que ya «no podía ni debía aspirar a más», el socialismo le devolvía la esperanza de convertirse en un sujeto autónomo con decisiones propias y participación en la vida pública, así como un espacio donde desarrollar las mismas inquietudes que en la adolescencia la habían llevado a querer ser maestra: leer, aprender, escribir, exponer y enseñar a otros.

No solo las lecturas fomentarían este proceso de formación política. Dolores se acercaba al movimiento obrero y socialista cuando un ciclo de movilización social sin precedentes estaba a punto de estallar en España. Con el final de la Primera Guerra Mundial se acababan los años de expansión económica que había conocido el país exportando materias primas y manufacturas a las potencias europeas en conflicto. La recesión económica se solapa y agudiza la crisis política de la Restauración. El generalizado malestar social y político del país, así como los ecos de las revoluciones democráticas rusa y alemana, que tendrían lugar entre principios de 1917 y finales de 1918, animarían a una ofensiva contra la monarquía de Alfonso XIII.

El matrimonio entre Ibárruri y Ruiz coincide con el inicio de ese intenso periodo de convulsiones y politización de las clases populares llamado Trienio Bolchevique. Ibárruri se radicalizará muy rápido. Un año después de su matrimonio, la antigua integrante del Apostolado de la Oración ya está fabricando en una cueva bombas caseras con botes de hojalata, dinamita, clavos y trozos de hierro. UGT y CNT preparan la gran huelga general de agosto de 1917. Una fortísima movilización obrera sacudirá todo el país y Vizcaya será una de las provincias en las que más seguimiento tenga el paro, que se prolonga durante varios días. La monarquía reaccionará al desafío de sindicatos, republicanos y socialistas con una gran represión. Más de setenta huelguistas caen muertos por la actuación de las fuerzas de orden público y dos mil son detenidos. Julián Ruiz será uno de los casi doscientos obreros detenidos y encerrados en la cárcel de Larrinaga. Con el tiempo Ibárruri también pasará por las celdas de esa prisión.

A diferencia de su marido, que es un dirigente natural, cuyo liderazgo se basa en su valentía, carisma y arrojo, Dolores une a sus aptitudes personales una mayor inquietud intelectual y por profundizar en el pensamiento socialista. «Yo me casé con Dolores Ibárruri Gómez, pero me he encontrado con Pasionaria» era una de las frases que Julián Ruiz repetía sobre su mujer muchos años después de haberse separado. Si bien Ruiz había jugado un papel importante en alentar la evolución de su pareja del catolicismo al socialismo, Ibárruri, «mujer de larga zancada», como la definió Manuel Vázquez Montalbán, pronto dejaría atrás a su marido, un militante ejemplar, pero también un hombre de su tiempo que no encajaba con una personalidad tan singular como la de su esposa, muy poco interesada en llevar la típica vida de un ama de casa obrera, aunque en este caso fuera de un ama de casa obrera e implicada en el movimiento obrero. En una entrevista a su regreso al País Vasco, poco antes de morir, Ruiz recordaba a Pasionaria como una mujer de «mal genio» y con la que no volvería a casarse.8 Ibárruri nunca quiso hablar demasiado sobre su marido, pero en uno de sus escasos comentarios sobre él, dejaría caer que pasaba demasiado tiempo en la taberna mientras ella tenía que apañárselas para sacar a la familia adelante.

Los frecuentes encarcelamientos de Ruiz supondrían sufrimiento y privaciones económicas, pero también una oportunidad para que Dolores desarrollara y explorase su autonomía personal. Las largas ausencias de Julián irían convirtiendo a su mujer en una militante con personalidad propia y pronto también en una dirigente política del recién estrenado bolchevismo español. Había comenzado barriendo y limpiando la Casa del Pueblo. Menos de tres años más tarde, en enero de 1920, Ibárruri ya es elegida para el Comité Provincial del recién fundado Partido Comunista Español. Es la única compañera en un comité de hombres. En 1928 lidera una movilización de mujeres de presos políticos en Bilbao. En 1930 es cooptada para el Comité Central del PCE, y en las elecciones de abril de 1931 participa como candidata y oradora en la campaña electoral comunista. En estas mismas elecciones Julián será escogido concejal del PCE en el Ayuntamiento de Muskiz, uno de los pocos municipios en los que los comunistas logran obtener representación.

A pesar del acta de edil de Ruiz, Dolores es la verdadera estrella ascendente en el pequeño partido comunista que dirige José Bullejos, antiguo líder del sindicato minero. El año de la proclamación de la Segunda República se consuma el ascenso político de Dolores y también su separación de facto de Julián. Después del verano de 1931 Dolores es llamada a trabajar en la redacción de Mundo Obrero. A su marido no se le ha perdido nada en la capital de la República española. Prefiere seguir viviendo en su pueblo minero. Para Dolores en cambio es un desafío. Una gran oportunidad. Se lleva con ella a su hijo Rubén, mientras que temporalmente su hija Amaya se queda en casa de su hermana Teresa.

Ya separado en la práctica de su mujer, Julián tomaría partido en la huelga general revolucionaria de octubre de 1934; perseguido por ello, tuvo que huir del País Vasco para escapar de la represión. En la guerra participaría como comisario político en el frente del norte, y tras su caída lograría pasar a la zona republicana, llegando a combatir en la batalla del Ebro. Derrotado el Ejército Popular de la República en Cataluña, marcharía junto a otros derrotados a Francia, donde pasaría algún tiempo en un campo de concentración en el departamento francés de Aude, antes de lograr exiliarse en la URSS. Allí vive la Segunda Guerra Mundial, la muerte de su hijo Rubén en la batalla de Stalingrado, el matrimonio de su hija Amaya con el militar soviético Artiom Serguéiev y el nacimiento de sus tres nietos: Dolores, Fiódor y Rubén. En la URSS Dolores y Julián seguirían manteniendo vidas separadas. Los contactos entre ambos serían escasos, y principalmente motivados por su hija y sus nietos en común. En 1972 se jubilaba de su trabajo en una fábrica y decidía retornar con su pensión a su pueblo. En su largo exilio soviético nunca había abandonado la tradicional txapela vasca. Dolores y Amaya le organizarían en Moscú una pequeña cena de despedida junto a otros exiliados españoles. Sería la última vez que el matrimonio se reuniría. Los últimos cinco años de su vida los pasaría con una sobrina, su marido y su hijo.

En noviembre de 1976 Comisiones Obreras de Euskadi, aún ilegal, rendiría homenaje a Julián entregándole el primer carné del sindicato en el transcurso de una comida de confraternización en Portugalete. Ya enfermo, y sin apenas movilidad, lastrado por un accidente que había sufrido en la mina siendo joven, en abril de 1977 concedía una entrevista al diario Pueblo en la que expresaría bastante amargura y desencanto con respecto a su retorno a España: «Si llego a estar así hace cinco años, me quedo en Rusia. Me pagan la jubilación, 80 rublos, y de aquí de cuando las minas, cobro un poco más de 5000 pesetas; en total, unas 7000. Veo la televisión, sobre todo el fútbol y los toros, y me acuesto muy pronto».9 De su mujer decía que no tenía mucho interés por volver a verla. Fallecería cuatro meses más tarde.

LA APUESTA POR EL BOLCHEVISMO

¡Camaradas trabajadores! Recordad que vosotros mismos gobernáis ahora el país. Nadie os ayudará si vosotros mismos no os unís y no tomáis en vuestras manos los asuntos del Estado. Vuestros sóviets son, desde ahora, órganos de poder del Estado, órganos plenipotenciarios y decisivos.

V. I. Lenin, «A la población», noviembre de 1917

El periodo de transición de dictadura —continuó diciendo Lenin— será entre nosotros muy largo…, tal vez cuarenta o cincuenta años; otros pueblos, como Alemania e Inglaterra, podrán, a causa de su mayor industrialización, hacer más breve este periodo. […] el problema para nosotros no es de libertad, pues respecto de esta siempre preguntamos: ¿libertad para qué?

Fernando de los Ríos, Mi viaje a la Rusia sovietista

La noche del 6 de noviembre de 1917 el Palacio de Invierno de San Petersburgo, antigua residencia de los zares y sede del Gobierno provisional desde la revolución democrática de febrero, caía sin apenas resistencia ante las milicias del partido bolchevique. Por primera vez desde la Comuna parisina de 1871 una revolución socialista triunfaba en el mundo. Los acontecimientos revolucionarios en Rusia despertarían en los meses siguientes una formidable ola de simpatía entre millones de obreros, campesinos e intelectuales de todo el planeta que veían por primera vez alzarse victoriosamente a un gobierno autoproclamado de los trabajadores del campo y la ciudad. Lo sucedido parecía además que no quedaría ceñido al antiguo imperio zarista, sino que sería el preámbulo de una inminente revolución mundial. En marzo de 1919 los bolcheviques, convencidos de que esta vez el mundo sí iba a «cambiar de base», lanzarían un órdago al movimiento socialista: la construcción de una Tercera Internacional revolucionaria, antiimperialista y con centro en Moscú, depurada de los líderes socialdemócratas que habían apoyado la Primera Guerra Mundial. Una organización disciplinada, «un partido de hierro, fundido en un bloque homogéneo», en palabras de Zinóviev, compuesta por los elementos más combativos del movimiento obrero y preparada para ejecutar sin vacilaciones el asalto revolucionario al poder. Trabajadores manuales, intelectuales, algunos miembros de las clases medias, vanguardias culturales de los pueblos colonizados; todos ellos, radicalizados por el desastre de la guerra mundial, fascinados por la promesa del mundo nuevo que parecía estar empezando a construirse en Rusia y convencidos de que el viejo orden burgués estaba en tránsito de demolición, se lanzarían a construir el partido bolchevique en sus respectivos países.

El entusiasmo despertado por la Revolución bolchevique entre amplios segmentos de las bases socialdemócratas chocaría con la actitud mucho más templada o directamente hostil de la mayoría de los dirigentes socialistas. En España, un país sumido en una crisis que para muchos era análoga a la de la Rusia de 1917, la simpatía por el bolchevismo traspasaba fronteras ideológicas y doctrinales. En diciembre de 1919 la CNT acordaba en su Segundo Congreso, celebrado en el Teatro de la Comedia de Madrid, adherirse provisionalmente a la Tercera Internacional. Ese mismo mes se celebraría también el Congreso Extraordinario del PSOE para debatir la afiliación internacional del partido español. La mayoría del partido abogaba por la unidad del movimiento obrero, pero la corriente probolchevique era tan fuerte en ese momento que obligaría a la dirección del PSOE a admitir una enmienda por la cual se afirmaba que, en caso de no lograrse la unificación entre la Internacional Socialista y la Internacional Comunista, el partido se iría con la segunda. No obstante, no todos los partidarios de la Tercera Internacional aguardarían al desenlace, que aún tardaría otros dos congresos en llegar. Ansiosos por romper con dirigentes reformistas como Pablo Iglesias y Julián Besteiro, la mayoría de las Juventudes Socialistas decidiría no esperar más, y el 15 de abril de 1920 fundaban el Partido Comunista Español.

La fundación del PCE debilitaría a los otros terceristas que abogaban por esperar y tratar de ganar la batalla dentro del PSOE. No obstante, todavía seguían siendo mayoría los simpatizantes de la Revolución bolchevique. Un nuevo congreso extraordinario celebrado en junio de 1920 acordaría la adhesión provisional del partido socialista a la Komintern, pero a la espera de que una delegación española al país de los sóviets regresara con más información y pudiera exponerla a la militancia para que en un siguiente congreso esta tomara la decisión final. La encabezaban el catedrático Fernando de los Ríos, representante del ala más reformista, y Daniel Anguiano, ferroviario y sindicalista de la UGT, partidario del acercamiento a los bolcheviques.

Tras varios tira y afloja, en abril de 1920 el informe de Fernando de los Ríos terminará de decantar al PSOE hacia donde querían sus principales dirigentes, Pablo Iglesias, Julián Besteiro, Largo Caballero y Andrés Saborit: la reconstrucción de la Internacional Socialista. Los terceristas, descontentos con el desenlace del Congreso Extraordinario de abril de 1921, abandonarán el PSOE, pero no en dirección al Partido Comunista Español, sino que marcharían a fundar su propia organización: el Partido Comunista Obrero Español. Ambas siglas se mantienen separadas y enfrentadas hasta noviembre de 1921, cuando la Komintern logra imponer a unos y otros la unificación de los dos partidos en un único Partido Comunista de España. Finalmente había nacido la sección española de la III Internacional.

Los ecos de la Revolución rusa también llegarán a Somorrostro. Julián Ruiz y Dolores Ibárruri van a simpatizar con el bolchevismo desde el primer momento. Cuando Lenin y los suyos toman el poder tienen veintisiete y veintidós años respectivamente. En 1919 son dos jóvenes activistas inmersos en el ciclo de crisis política y movilización social que vive el país. Quieren romper con el reformismo, representado en el País Vasco por líderes como Indalecio Prieto, aspiran a un partido genuinamente revolucionario que se prepare para conquistar el Estado como han hecho los bolcheviques en Rusia. En julio de 1919 Julián se da de baja en el PSOE y, como la mayoría de sus compañeros de la Agrupación Socialista de Somorrostro, se suma al Comité Nacional de partidarios de la construcción en España de la III Internacional. En 1920 Julián y Dolores se integran en el recién nacido Partido Comunista Español. Ella, casi una recién llegada al activismo político, pero que ha demostrado con creces su temperamento y capacidad política, es elegida para el Comité Provincial.

Entre 1919 y 1921 la mayoría de los afiliados socialistas de la zona minera de Vizcaya se van pasando al comunismo y arrastran consigo al Sindicato Minero, que se rompe en dos, uno con dirección comunista y otro con dirección socialista. También lo hacen en menor medida otros núcleos socialistas de Bilbao, Sestao y Barakaldo, así como varias de las Casas del Pueblo de la provincia, entre ellas la de la capital.

Entre 1921 y 1923 el PCE se va a lanzar a un fortísimo activismo en Vizcaya que se traducirá en cinco huelgas generales con desiguales resultados. Algunas de ellas, mal planificadas y excesivamente voluntaristas, supondrán un gran desgaste para la militancia comunista, a la que algunos fracasos pasan una notable factura en represión y pérdida de afiliados. Solo los más convencidos, como Julián y Dolores, logran encajar duras pruebas en forma de detenciones, cárcel y grandes privaciones económicas. En esos años llega incluso a haber planes verdaderamente delirantes, como iniciar en Bilbao una insurrección armada que se expandiría luego a toda España. La provincia es el principal bastión del PCE, pero eso no significa que este sea un partido hegemónico entre la clase obrera de Vizcaya, ni siquiera entre la clase trabajadora organizada. Los motivos de las huelgas generales convocadas por los comunistas entre 1921 y 1923 son variopintos: desde el rechazo al envío de tropas a Marruecos a la solidaridad con los mineros o la protesta contra medidas represivas.

La organización es joven, muy izquierdista y con cierta tendencia a venirse arriba. El voluntarismo de los comunistas recuerda en ocasiones a la gimnasia revolucionaria de los anarcosindicalistas catalanes. Los comunistas atraen a los trabajadores más combativos, especialmente a los jóvenes. Entre estos jóvenes comunistas también hay algunos, casi adolescentes, sin demasiada relación con el mundo del trabajo, que están fascinados por el estilo violento de los hombres de acción de la CNT y quieren imitarlo en el PCE. Los jóvenes pistoleros recurren al atraco a mano armada para financiar la causa, pero sobre todo para ajustes de cuentas con los rivales socialistas. A diferencia de Barcelona, la capital española de la violencia política, en Bilbao, la Margen Izquierda del río Nervión y los pueblos mineros de Las Encartaciones el pistolerismo no tiene lugar entre sindicatos y patronal, sino entre competidores por la hegemonía del movimiento obrero local. Durante los tres primeros años de la década de 1920 socialistas y comunistas se sumen en una suerte de guerra civil. Una guerra que no es solo de palabras. Unos y otros recurren habitualmente a la violencia. José Bullejos, líder del Sindicato Minero de Vizcaya y posteriormente del PCE, quedaría lisiado de una pierna a causa de un balazo de sus rivales en el trascurso de un enfrentamiento sindical con los socialistas en abril de 1922. Jesús Hernández, futuro ministro comunista de Instrucción Pública, participa, con tan solo dieciséis años, en el intento en agosto de 1923 de asesinar al socialista Indalecio Prieto.

Dolores se referiría autocríticamente en sus memorias a ese tiempo como años de «infantilismo revolucionario», en los que el sacrificio y la heroicidad de la militancia se desperdiciaba en acciones suicidas y sectarias. El maximalismo del PCE le iría progresivamente aislando de la mayoría de los trabajadores vizcaínos. Más tarde también reconocería que, a pesar del sectarismo, esos años sirvieron para forjar una militancia de acero. Ser comunista en los años veinte supone una entrega y un nivel de compromiso al que no están dispuestos la mayoría de los obreros. Julián paga con detenciones, cárcel y despidos su participación en muchas huelgas que acaban en fracaso. También Dolores se compromete al máximo. Logra como puede dar de comer a su familia mientras le roba horas al sueño y asume todo tipo de tareas políticas: escribe en la prensa, organiza piquetes de mujeres durante una huelga minera, agita de viva voz por las calles y las fábricas de Bilbao contra la guerra de Marruecos o protesta a las puertas de la cárcel por la libertad de su marido y otros presos políticos. En las reuniones nocturnas que se celebran en la Casa del Pueblo de Somorrostro a menudo lleva a sus hijos, a los que deja durmiendo en un rincón de la sala.

Esta entrega total a la causa va, sin embargo, a contracorriente de un clima político que se está empezando a enfriar en todas partes. Los tiempos son cada vez menos favorables para esa revolución que Julián y Dolores han creído ver durante algunos años a la vuelta de la esquina. La inestabilidad de la posguerra está dando paso a un nuevo orden capitalista. En 1921 se confirma el definitivo fracaso por extender la revolución comunista a Alemania. En la URSS la guerra civil ha concluido con la victoria bolchevique, pero a un precio muy alto. Lenin tiene que dar marcha atrás al proceso de colectivización y estatalización de la economía e iniciar la Nueva Política Económica, un comunismo menos estricto que permite ciertas formas de propiedad privada e incluso la inversión económica extranjera.

Conscientes de que las grandes convulsiones revolucionarias de posguerra han quedado atrás, Lenin y Grigori Zinóviev, presidente de la Internacional Comunista, se deciden a combatir los excesos izquierdistas en los que ha caído el movimiento, y abogan por que los extremistas y a menudo anarquizantes partidos comunistas presten mayor atención al trabajo sindical y parlamentario, menospreciado hasta entonces por reformista y pequeñoburgués. También la IC se abrirá a propugnar una cierta colaboración entre comunistas y socialdemócratas a través de la política de Frente Único. Europa estaba cambiando y no precisamente en el sentido revolucionario previsto al término de la Primera Guerra Mundial. En octubre de 1922 Mussolini toma el poder en Italia con el beneplácito de Víctor Manuel III. Solo un año más tarde otro monarca de la Europa meridional abre las puertas a un dictador. Hablamos de España y de Alfonso XIII. El rey entrega al general Miguel Primo de Rivera las riendas del país. En una afortunada metáfora bélica del comunista italiano Antonio Gramsci, el comunismo pasaba de la guerra de movimientos a la guerra de posiciones. Las cosas serán más lentas de lo previsto.

EL «NACIMIENTO» DE LA PASIONARIA

—Dolores, ¿por qué la llaman a usted la Pasionaria?

—Porque en cierta ocasión, en Semana Santa, por ponerme a tono con las circunstancias, firmé así unos trabajos periodísticos.

Entrevista en la revista Estampa, octubre de 1931

La literatura alemana comunista también transmitía que el prototipo de mujeres que luchaban por una participación más igualitaria en la lucha de clases no se correspondía con el de la mujer moderna, sino más bien con el de una imagen femenina tradicional, cercana, incluso, a la Virgen María.

Miren Llona, «La imagen viril de Pasionaria: Los significados simbólicos de Pasionaria en la II República y la Guerra Civil», Historia y Política (2016)

Si Dolores Ibárruri nacía en diciembre de 1895 en Gallarta, Pasionaria lo haría veinticuatro años más tarde, en la Semana Santa de 1919, en las páginas de El Minero Vizcaíno, el periódico del sindicato minero en el que militaba su marido y donde comenzaría a escribir con asiduidad. No escaseaban las plumas en un medio obrero, e Ibárruri, gracias a su cierta instrucción y formación cultural, pronto se convertiría en una firma apreciada en El Minero Vizcaíno. ¿Por qué Dolores decidió usar un seudónimo para esconder su identidad y por qué escogió precisamente ese? Rafael Cruz atribuye la decisión de ocultarse tras la firma de Pasionaria al temor a que su familia, ya bastante alejada y enemistada con ella tras el matrimonio con Julián Ruiz, supiera que además estaba escribiendo para la prensa socialista.

Conocida por sus colaboraciones en la prensa, un medio en el que Ibárruri se siente cómoda y puede desarrollar su pasión por escribir y comunicar, Pasionaria como personaje público va a tardar todavía una década en emerger a la superficie. Será a lo largo de los años veinte cuando Ibárruri vaya forjando bajo las duras condiciones de la dictadura de Primo de Rivera un prestigio como dirigente política en el reducido mundo de la militancia comunista. En 1930 entra en el Comité Central del PCE por indicación de los dos máximos responsables del partido, el secretario general José Bullejos y el comunista francés Jacques Duclos, conectado con la Komintern. Corren malos tiempos para el partido. La represión y los enfrentamientos internos han hecho del PCE una organización famélica en la que la implantación territorial se ha reducido tanto que el 40 % de la afiliación se concentra en Vizcaya. No hay por tanto una gran cantera de cuadros y militantes e Ibárruri destaca doblemente, tanto por sus dotes políticas como por su singular condición de mujer.

Será con motivo de las elecciones municipales de abril de 1931 y las legislativas de junio de ese mismo año cuando Pasionaria aparezca por primera vez como candidata y oradora en varios mítines. Un reportero del semanario ilustrado Estampa repara en la curiosidad de esa mujer que los comunistas han presentado en las listas electorales y viaja hasta Somorrostro para conocerla en persona y retratarla en su entorno. «Una terrible bolchevique. La leader comunista Dolores Ibárruri, la Pasionaria», se titula irónicamente la crónica de Víctor Ruiz de Añibarro sobre su encuentro con ella en su barrio rural de Somorrostro, en «una casita un poco destartalada, que tiene siempre la puerta abierta». La revista, una de las más vendidas y populares de la prensa española del momento, no es una publicación militante que se acerque a ella para publicitar sus ideas comunistas, pero le llama la atención que detrás de la encendida retórica revolucionaria que le ha dado fama como propagandista no esté, como dice el título, una «terrible bolchevique», sino la «mujer de un humilde minero» que trabaja en el campo y que cuida de su casa y de su familia.

El tono del reportaje, a doble página, es amable y enfatiza el componente humano de la historia personal de Dolores. «Unos ojos dulces resaltan en su semblante, surcado ya por las arrugas. De la belleza que un día campeó sin duda en él, queda esa otra belleza un poco difusa, de las expresiones muy acusadas. Apenas tiene más de cuarenta años y numerosos hilos de plata cabrillean en el negro de su cabellera. La vida de esta mujer no ha debido de ser fácil ni blanda», destaca el redactor de Estampa mientras el fotógrafo la retrata en compañía de sus hijos Amaya y Rubén, posando la mano sobre sus hombros en un gesto protector, afilando la guadaña en la finca de su casa, dando un mitin, lavando ropa en el lavadero junto a otras mujeres, sentada en una silla leyendo y rodeada de niños del barrio, a los que, al estilo soviético, llama «mis pioneros».

Pasionaria está a punto de convertirse en un símbolo de la emergencia de la clase trabajadora en la vida política española, y más concretamente de las mujeres de clase trabajadora. La potencia de Pasionaria no reside solo en su arrojo, energía, oratoria y su dominio del espacio escénico en los actos públicos, sino también en su capacidad para representar como ninguna otra dirigente política de la época el papel de una mujer común de clase popular. Que hubiera mujeres excepcionales en la política española no era paradójicamente tan asombroso como que apareciera en escena una mujer común. Pasionaria no es ni una intelectual de gruesas gafas redondas como la anarquista Federica Montseny, ni una mujer elegante y sofisticada como la socialista Margarita Nelken, políglota, crítica de arte y de literatura. Tampoco una abogada como Victoria Kent o Clara Campoamor. Pasionaria es una autodidacta, cuyo bagaje político está en quince años de militancia política y en una vida dura que se refleja en su físico, como había destacado el periodista de Estampa. De todas las figuras femeninas del periodo republicano ella es la que más se parece a esa prototípica «mujer del pueblo». Como señala María José Capellín, Pasionaria ni se pondría el mono de miliciana, ni se vestiría con una imagen más burguesa, como otras mujeres de la izquierda. En cambio mantendría «el clásico moño de mujer casada».10 El moño y el vestido negro reconvertidos en herramientas de propaganda capaces de conectar con unas clases populares que se veían representadas por aquella mujer, común y excepcional al mismo tiempo. «Soy como como vosotros, una mujer española del pueblo», escribiría durante la Guerra Civil, en una carta abierta a una obrera soviética, publicada por la prensa comunista: «En mí habla el dolor milenario de las multitudes explotadas, escarnecidas, privadas de toda alegría, de todo regocijo»11. Ibárruri, consciente de esa capacidad para personificar los anhelos de su clase, y particularmente los anhelos de las mujeres de su clase, recrearía durante el resto de su inesperada vida esa imagen de mujer del pueblo, tradicional y rompedora a la vez.

La historiadora Miren Llona señala que ese personaje de mujer del pueblo está en consonancia con los modelos de mujeres obreras y campesinas que promocionaban entonces en su propaganda la URSS y los partidos de la III Internacional para estimular la participación femenina en el movimiento comunista. La austera y severa figura de Pasionaria, que es maternal y viril a la vez y que está completamente alejada de la sexualización de la mujer a la moda, sensual, moderna e independiente, será precisamente una de las claves de su credibilidad ante unas audiencias penetradas por los valores machistas y tradicionales. Su imagen pública suponía además una contestación a esa leyenda de aberrante marimacho, asesina sanguinaria de religiosos o prostituta hipersexualizada que difundiría de ella la propaganda derechista durante la Guerra Civil.

Siempre vestida de negro, con el pelo recogido en un moño y unos pendientes de azabache como única joya, la imagen de mujer del pueblo constituía una figura femenina tradicional que, como señala Miren Llona, «resultaba incuestionablemente respetable a los ojos de sectores importantes de la población española». Preguntada ya de mayor por el motivo de su vestimenta, la dirigente comunista respondería que para una mujer de «clase modesta» como ella, «yendo de negro puedes ir decente a todas partes». Sin embargo, mientras Pasionaria representa a la perfección sobre el escenario el papel de mujer tradicional de clase trabajadora, esposa e hija de mineros, la vida de Dolores Ibárruri va a tener poco que ver con ese rol que, no obstante, resultaba tan funcional a su labor como propagandista. En los años treinta, la década de su eclosión como figura pública, romperá con su marido, dejará su pueblo, será presa política, dirigente política, diputada, priorizará su vida política por encima de la familiar, vivirá de forma independiente en Madrid, se convertirá en un símbolo internacional del antifascismo y en la Guerra Civil se enamorará y vivirá un romance con un hombre catorce años más joven que ella.

UNA REVOLUCIONARIA DE PROVINCIAS EN EL MADRID REPUBLICANO

Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo.

Mensaje de Alfonso XIII a la nación, 16 de abril de 1931

Hoy ha sido declarada la huelga de camareros, mozos de restaurantes, cafés y similares […]. En la calle de Preciados dos esquiroles recalcitrantes han sido violentados por los huelguistas, habiendo tenido que intervenir la fuerza pública. En la Corredera Baja un bar ha sido asaltado y abofeteado su irascible dueño. En otro café céntrico el espejo de un escaparate ha sido convertido en estrella.

Luisa Carnés, Tea Rooms. Mujeres obreras, 1934

El 14 de abril de 1931 a primera hora de la tarde se proclamaba en Madrid la Segunda República española. El izado de la bandera tricolor en la capital llegaba después de un reguero de proclamaciones de la República que habían empezado de mañana en Eibar, Valencia, Barcelona y otras ciudades españolas. Sería una revolución pacífica y democrática. Sin disparar un solo tiro, un miembro de la dinastía de los Borbones volvía a partir al exilio 63 años después de que lo hiciera Isabel II. La arrolladora victoria de las candidaturas republicanas y socialistas daría paso a una jornada festiva que aún se prolongaría hasta el día siguiente.

Mientras las multitudes festejaban la proclamación de la República, la tarde del 14 de abril un camión recorría las calles de Madrid dando mueras a la República burguesa, gritando: «¡Vivan los sóviets!» y ondeando banderas rojas. Eran los comunistas de José Bullejos. La anécdota refleja como pocas la soledad del PCE y su lejanía con respecto al estado de ánimo colectivo que se respiraba en la España de ese momento. Para los comunistas, el país había iniciado un proceso análogo al de Rusia en febrero de 1917 con la caída del zar Nicolás II y el establecimiento del Gobierno provisional. La República no tardaría en decepcionar a las masas populares que ahora la festejaban. Era cuestión de tiempo. El deber de los comunistas debía ser desenmascarar cuanto antes el verdadero carácter burgués-latifundista del nuevo régimen, construir los sóviets y prepararse para encarar una segunda fase de la revolución española.

La mayoría de los campesinos y trabajadores, sin embargo, confiaban en que la nueva República traería las ansiadas reformas sociales prometidas por republicanos y socialistas, la más importante de ellas el reparto de la propiedad entre los campesinos sin tierra. La expectación y las ilusiones eran tan grandes con el nuevo régimen que el discurso antirrepublicano del PCE resultaría profundamente antipático. José Bullejos, secretario general, recordaba en sus memorias cómo solo la fe ciega en la Unión Soviética y en la certeza de sus análisis sobre la realidad española permitía a los comunistas abstraerse del clima de total hostilidad hacia sus planteamientos antirrepublicanos: «Agresiones a nuestras banderas comunistas, carteles, propaganda y periódicos. Nuestro aislamiento aquellos días era total. Sin embargo, no cambiamos nuestra posición ni modificamos el tono de la propaganda. Nos sentíamos orgullosos de navegar contra la corriente».12

Dolores Ibárruri vive los primeros días de la Segunda República en Somorrostro, donde su marido entra como concejal comunista en el Ayuntamiento, convirtiéndose en uno de los pocos ediles del partido en toda España. El 1 de mayo de 1931 participa en un mitin comunista en el Teatro de los Campos Elíseos de Bilbao que acaba con una manifestación improvisada y cargas de la policía. Un mes más tarde, en las legislativas de junio de 1931 se presenta como candidata del PCE por el distrito de Bilbao obteniendo 17.000 apoyos y un 6,9 % de los votos, un resultado apreciable pero insuficiente para lograr el acta de diputada. La vida de Ibárruri está, no obstante, a punto de experimentar un giro imprevisto y radical. Después del verano José Bullejos, su gran valedor en el partido, la llama para ocupar la secretaría femenina del PCE y trabajar como redactora de Mundo Obrero con un pequeño sueldo. Acepta. La decisión supone trasladarse a Madrid. Julián, muy apegado a la vida social y política de Somorrostro, no está en absoluto interesado en irse a la capital para seguir a su mujer en su ascenso a la dirección del partido. Dolores no se echa atrás por la negativa de su marido y pone su compromiso con el PCE y su vocación política por delante de su matrimonio. Para ella es la oportunidad de reinventarse lejos de un hogar en el que los momentos de felicidad han sido escasos. No la va a dejar pasar. En la práctica la pareja se rompe en aquel momento y desde entonces, si bien ambos seguirán casados, llevarán vidas por completo independientes.

En septiembre de 1931 Dolores Ibárruri iniciaba a sus casi 36 años una nueva vida, lejos de su pueblo, de su familia, de su marido y por fin con algo que siempre había ansiado: independencia económica. Pasionaria llegaba a un Madrid en crecimiento. Una ciudad de casi un millón de habitantes que estaba pasando de ser una capital administrativa a una metrópoli moderna con un mayor peso de la industria y sobre todo del nuevo sector servicios ligado al mundo de las finanzas, las grandes compañías de seguros y las empresas de telecomunicaciones, como Teléfónica, en la que van a generarse nuevos puestos de empleo ocupados por mujeres, como el de telefonista. El movimiento obrero gana peso con el aumento del componente proletario en la composición social de la ciudad, pero también con la incorporación al sindicalismo de miles de trabajadores de cuello blanco que ocupan los nuevos empleos generados por la modernización económica y la expansión del terciario. La antigua villa y corte se escora a la izquierda, ya que ambos sectores de las clases populares madrileñas se inclinan mayoritariamente por el proyecto reformista del republicanismo y el socialismo, hegemónico en la vida social y política de la capital.

La llegada de Dolores a la capital de España junto a su hijo Rubén —Amaya lo hará unos meses más tarde— no puede ser más accidentada. A los pocos días de asentarse en Madrid, Pasionaria es detenida a la salida de la redacción de Mundo Obrero. El motivo, su presunta implicación en el encubrimiento de un militante comunista acusado de abrir fuego indiscriminado contra la clientela de una taberna de Bilbao frecuentada por militantes del PSOE. Tres personas perderán la vida y varias resultarán heridas en uno de los últimos episodios de violencia entre miembros de ambos partidos. Pasionaria, acusada de esconder en su casa a uno de los participantes en el tiroteo, pasaría casi cuatro meses en prisión preventiva a la espera de juicio. Lo haría primero en la cárcel de mujeres de Madrid, en la calle Quiñones, y después en la de Larrinaga, Bilbao. En enero de 1932 ella y el resto de acusados son liberados por falta de pruebas. El juicio genera cierta expectación incluso más allá del PCE. Algunos militantes del pequeño partido Acción Nacionalista Vasca se acercan a expresar su solidaridad con los comunistas.

A la salida de la cárcel Pasionaria pasa una semana en Somorrostro y después se reincorpora a su actividad política en Madrid. En marzo de 1932 participa en la organización y los debates del IV Congreso del partido, celebrado en Sevilla, entonces llamada Sevilla la roja o el Leningrado español, por el radicalismo de su clase trabajadora y su alto grado de conflictividad social, que se había vuelto a poner de relieve en la huelga general desarrollada en la ciudad entre el 9 y el 13 de junio de 1931. Los comunistas tenían algo que ver en ese clima de agitación que se vivía en la ciudad andaluza. La adhesión al PCE en 1927 de algunos de los más importantes dirigentes de la CNT sevillana, como José Díaz, Manuel Delicado o Antonio Mije, arrastraría consigo a la esfera de influencia comunista a importantes sindicatos, como el de camareros, el de aceituneros y el de los obreros del puerto. Con más de mil quinientos afiliados, la provincia de Sevilla despuntaba en 1932 como uno de los focos territoriales más dinámicos del PCE.

El IV Congreso serviría para organizar el crecimiento que se estaba viviendo en la sección española de la Komintern, desde algo menos de un millar de afiliados en abril de 1931 hasta unos ocho mil en torno a marzo de 1932. Un crecimiento atribuible, más que a méritos propios, a las simpatías que despertaba la URSS y a la desilusión con la timidez de las reformas puestas en marcha por republicanos y socialistas. La reunión, precedida de algunas importantes críticas de Moscú al trabajo del partido, revisaría en parte la línea ultraizquierdista seguida hasta la fecha y tomaría decisiones importantes, como el impulso al trabajo sindical en torno a objetivos parciales o una mayor atención a la problemática nacional de Cataluña, el País Vasco y en menor medida, Galicia.

Con respecto a Pasionaria, el congreso sevillano la promovería un escalón más dentro del partido, seleccionándola para ser miembro del Buró Político, el máximo órgano de dirección, y confirmando así su ascenso desde la periferia a lo más alto del partido. El hombre que había confiado en ella durante todo ese tiempo y la había ido promocionando desde 1930, José Bullejos, estaba, sin embargo, a punto de caer en desgracia. La crisis en la dirección del PCE llegaría poco después de un Congreso que en apariencia había ganado. En septiembre de 1932, mientras se encontraba en la URSS a petición de la Komintern, Bullejos se enteraría por la prensa de su destitución como líder del PCE. Un golpe de mano orquestado con el apoyo de Moscú por el nuevo delegado de la IC para España, el argentino Victorio Codovilla, aupaba a la secretaría general al responsable del partido en Sevilla, José Díaz, y remodelaba casi al completo la dirección del partido, destituyendo no solo a Bullejos, sino también a sus más estrechos colaboradores: Manuel Adame, Gabriel León Trilla y Etelvino Vega.

La crisis y posterior purga de los bullejistas va a sorprender a la también bullejista Pasionaria nuevamente entre rejas.

PRESA POLÍTICA DE LA REPÚBLICA

Son actos de agresión a la República y quedan sometidos a la presente ley las huelgas no anunciadas con ocho días de anticipación, si no tienen otro plazo marcado en la ley especial, las declaradas por motivos que no se relacionen con las condiciones de trabajo y las que no se sometan a un procedimiento de arbitraje o conciliación.

Ley de Defensa de la República, 21 de octubre de 1931

Yo creo, señores diputados, que esta ley tiene, en primer lugar, la ventaja de hacer creer y hacer saber al país que es posible una República con autoridad y con paz y con orden público…

Intervención de Manuel Azaña en el debate sobre la Ley de Defensa de la República

A finales de enero de 1932 Dolores Ibárruri participa en un mitin de las Juventudes Comunistas en el Salón de Variedades de Madrid. En el acto la temperatura política sube, se califica a la Guardia Civil de asesina y se incita a la rebelión de los soldados contra sus oficiales. Dos meses después de este acto, a su regreso a Madrid desde Sevilla, donde ha participado en el IV Congreso del PCE, Pasionaria, al igual que otros dirigentes comunistas, es detenida por su participación en el mitin de enero. Se la acusa de un delito contra la República. Aunque ella aún no sabe el motivo de su detención, cuando los policías la prenden de camino a la redacción de Mundo Obrero comienza a gritar. Quiere que los viandantes sepan que no es una delincuente común, sino una militante comunista a la que se detiene por razones políticas. En la Dirección General de Seguridad le toman las huellas dactilares y le realizan una foto de frente y otra de perfil para su ficha policial. De allí sale para prisión. Pasará diez meses en la cárcel de mujeres de Madrid.

La represión de la huelga general revolucionaria de octubre de 1934 y sobre todo la dictadura franquista han tenido como efecto una cierta idealización democrática del bienio progresista, así como el frecuente olvido de las políticas represivas desplegadas en esos dos años por parte del Gobierno de coalición de republicanos y socialistas. La represión a los movimientos sociales, con episodios tan controvertidos como la matanza de campesinos en Casas Viejas, Cádiz, sería de hecho uno de los motivos de la crisis final del Gobierno de Manuel Azaña y de la salida del mismo de los ministros socialistas. La Ley de Defensa de la República, impulsada por el sector más conservador del republicanismo, aprobada en octubre de 1931 e inspirada en una norma similar de Alemania, la Ley de Protección de la República, teóricamente pretendía proteger al nuevo régimen de posibles amenazas desestabilizadoras, tanto procedentes de la derecha monárquica como de movimientos insurreccionales promovidos por anarquistas y comunistas. En la práctica terminaría siendo sobre todo el marco legal con el que el poder republicano combatiría las expresiones más radicales del movimiento obrero y campesino.

El PCE era en 1932 un partido abiertamente antirrepublicano que abogaba por una revolución obrera y campesina que superase la República del 14 de abril e implantase en España una Unión de Repúblicas Socialistas Ibéricas. Consecuentemente, las autoridades gubernamentales vigilarían estrechamente las actividades del partido, que, sin llegar a ser ilegalizado, desarrollaría su vida en una situación de libertad vigilada. Con la Ley de Defensa de la República en la mano la prensa comunista sería frecuentemente censurada, sus locales a menudo clausurados, y sus dirigentes detenidos y encarcelados.

En la cárcel, Ibárruri va a coincidir con presas comunes, principalmente ladronas, prostitutas, comadronas dedicadas a practicar abortos —a «fabricar ángeles»—13 y algunas otras mujeres encarceladas precisamente por abortar. Al contrario que sus compañeros de militancia, Dolores no va a tener apenas la compañía de otras presas políticas, exceptuando una breve estancia de quince días de tres militantes comunistas detenidas después de una manifestación. En esto también la vida de Pasionaria será singular, «sola en medio del mar de pequeñas miserias, de innobles pasiones, entre mujeres al margen de la sociedad».14

Además de reclamar que le fuera reconocido el estatus de presa política, Ibárruri va a demostrar durante su estancia en prisión una vez más sus excepcionales aptitudes para el liderazgo, organizando a las presas comunes para varios actos colectivos de insumisión al director del presidio, un funcionario de simpatías monárquicas. Pasionaria será la cabecilla de una protesta por la mala calidad del rancho, de una huelga reclamando mantas para resistir el frío del invierno madrileño, e incluso desafiaría a la autoridad carcelaria promoviendo sin permiso alguno una festividad del 1 de Mayo en el patio de la cárcel, para lo que enseña La Internacional, Bandera roja y otras canciones revolucionarias a sus compañeras de presidio. En la cárcel madrileña Pasionaria también va a denunciar el doble rasero de un director que le niega la condición de presa política mientras concede un trato especial de favor a dos damas de la alta sociedad, la amante de un duque y la directora de un periódico femenino reaccionario, encarceladas por su participación en actividades monárquicas.

Las dos estancias de Pasionaria en prisión van a coincidir con importantes cambios en el régimen de las cárceles de mujeres. Las monjas van a dar paso a un nuevo cuerpo de funcionarias. Será una de las novedades impulsadas por la abogada Victoria Kent, directora general de Prisiones de la República entre 1931 y 1932. En las memorias de Ibárruri, las buenas palabras hacia las presas contrastan con la antipatía que le generan la mayoría de las oficialas de prisiones, a las que define como mujeres pequeñoburguesas, en su mayoría hijas de militares o de empleados del Estado, aspirantes a una vida plenamente burguesa y, con muy pocas excepciones, insensibles a los problemas de las reclusas.

La convivencia con las presas comunes acercará a Ibárruri a una realidad desconocida hasta entonces para ella, la del lumpenproletariado femenino que vive en los márgenes de la sociedad capitalista. De esta experiencia saldrán ya en 1936, como diputada comunista, dos artículos sobre el problema carcelario, uno de ellos pidiendo un indulto generoso para los presos comunes, «víctimas de una sociedad madrastra» que les negó «cultura, educación y medios de vida».15 No se olvidará tampoco de sus compañeras de la cárcel. En los primeros días de la guerra Dolores intercede por ellas ante el Gobierno y logra su liberación.

Los diez meses de estancia en prisión van a ser duros para Pasionaria no solo por motivos relacionados con el propio encarcelamiento, sino sobre todo con lo que está pasando fuera. Por un lado, la situación de su hijo Rubén, de doce años, que tras la detención de su madre se presenta a las puertas de la cárcel buscándola y que es acogido temporalmente por una familia del partido, antes de ser enviado de nuevo con su hermana al País Vasco. Por otro, la situación del PCE, cuya dirección está envuelta en una guerra entre bullejistas y antibullejistas. Durante este periodo Pasionaria es relativamente olvidada por sus compañeros de dirección, cuyas energías absorbe por completo la confrontación interna que se prolonga hasta octubre de 1932. Hasta finales de ese año no hay grandes campañas por su liberación y ni siquiera recibe en la cárcel el periódico del partido.

A priori Bullejos cuenta con el apoyo de Pasionaria, la mujer a la que ha promocionado hasta lo más alto de la dirección. Sin embargo, una vez caído en desgracia y expulsado del partido, Dolores se va a resituar con el bando vencedor. Obligada por la nueva dirección, renegará públicamente de su mentor para ser perdonada por su pasado bullejista. Lo hará en diciembre de 1932 desde la prisión, con una carta en Mundo Obrero en la que hace autocrítica por sus errores como integrante de la anterior dirección. Eso sí, extiende la culpabilidad a todo el Comité Central por haber actuado como meras comparsas del secretario general, y reconoce tanto su afecto por Bullejos y los bullejistas como el dolor sincero que le produce «tener que abandonar a estos camaradas» con los que muchos años de lucha habían generado fuertes lazos de afecto. Sin embargo, a renglón seguido, Pasionaria añade que «cuando de luchar por el engrandecimiento del Partido se trata», para ella «no existen amistades, afectos, familia ni amigos; no existe más que el Partido y la revolución, y en aras de esto sacrifico todo lo demás».16

Una rectificación a tiempo había salvado a Pasionaria de caer en la primera gran crisis que vivía como dirigente nacional. Un juego de niños en comparación con las grandes purgas que estaban por venir en el seno del Partido Comunista de la URSS. El estalinismo estaba a punto de cristalizar como nueva cultura política del movimiento comunista internacional.

«¡COMPAÑERAS!»

Hay infinidad de compañeros que ante el resultado negativo de sus primeros trabajos se desaniman y acaban por decir que las mujeres son unas reaccionarias, que tienen espíritu conservador y que son incapaces de comprender el papel que en la lucha contra la burguesía le está reservado a la mujer.

Dolores Ibárruri, «Informe sobre el trabajo entre las mujeres», abril de 1933

En diciembre de 1932 la situación en el seno del PCE se ha normalizado. Dolores, perdonada por su pasado bullejista, vuelve a sentir de nuevo la solidaridad y el calor de su partido. Mundo Obrero le publica dos cartas desde la prisión en las que pide un «frente único por la libertad de todos los presos y procesados por la justicia burguesa».17 Convertida en un símbolo de la represión republicana contra el movimiento comunista, pasa su último mes de cautiverio en la cárcel de Larrinaga, en Bilbao. En enero de 1933 el PCE deposita una fianza de 5000 pesetas para lograr su libertad provisional. Una vez excarcelada recoge a Rubén y Amaya en Somorrostro y regresa con ellos a Madrid.

De nuevo en la capital, Pasionaria ocupa la secretaría femenina del partido, de la que hasta entonces no había podido hacerse cargo. El feminismo es un movimiento incipiente en la España republicana. En 1931 se ha aprobado el derecho al voto de las mujeres. También existen diferentes asociaciones feministas, sobre todo ligadas a mujeres republicanas de clase media. A Dolores le interesa este incremento de participación de la mujer en la esfera pública española. Detecta una creciente incorporación de mujeres jóvenes al trabajo en las fábricas y los servicios. Un fenómeno con potencial revolucionario que Pasionaria considera que la UGT y la CNT están minusvalorando. A juicio de la dirigente comunista, la mayoría de los sindicalistas consideran a las mujeres como «una rémora, un obstáculo»18 y no tratan de incorporarlas a las organizaciones de clase. Le llegan denuncias de que los líderes socialistas y anarcosindicalistas no las quieren en puestos dirigentes y las tratan como meras cotizantes, sin voz ni voto. Por el contrario, Pasionaria señala que los partidos derechistas han descubierto en las mujeres una fuerza de choque para reconquistar el poder en las próximas elecciones. El reto del partido está para Ibárruri en tomarse en serio la cuestión femenina y dar así la vuelta a la situación, logrando que las mujeres pasen de ser «reserva de la reacción y la contrarrevolución» a «elemento activísimo de la revolución».

El PCE tiene un programa muy avanzado en cuestiones de género. Recoge medidas como la igualdad salarial, los permisos de embarazo y maternidad, la creación de guarderías, el derecho al aborto libre y gratuito y la amnistía para las mujeres encarceladas por haber abortado clandestinamente. La paradoja del partido es el contraste entre lo feminista de su programa y la realidad de una organización en la que la presencia femenina sigue siendo muy escasa. El objetivo de la secretaría será atraer a más mujeres a un partido en el que Ibárruri sigue siendo un caso bastante aislado y donde ella misma lamenta la falta de interés que sus compañeros muestran por fomentar la participación femenina alegando excusas como que las mujeres «tienen espíritu conservador». Así, en abril de 1933, en la Conferencia del PCE presenta un informe con su plan de trabajo para la secretaría. Llama a que el partido hable a las mujeres en un lenguaje que entiendan, «buscando el detalle que despierte su interés», y advierte que o este trabajo lo hacen los comunistas o lo harán las derechas, pues el creciente interés de las mujeres españolas por la política está siendo capitalizado por los partidos burgueses, y muy especialmente por las fuerzas reaccionarias y conservadoras, en gran parte debido a los prejuicios machistas existentes en los partidos obreros. «Y esto hay que cortarlo de raíz: no podemos llamarnos vanguardia del proletariado si abandonamos a la mujer a las fuerzas de la reacción», afirma Dolores en la misma intervención en la que denuncia la negativa del PCE en plazas tan importantes como Sevilla a constituir secciones femeninas en los sindicatos, así como la tendencia de los camaradas en casi todas partes a negarse «con cualquier pretexto a que sus compañeras o sus hijas vengan a nuestro partido».19

Ella tampoco es una excepción al ambiente machista que se respira en el seno del PCE y que reprocha a sus compañeros. A pesar de su presencia en el buró, la ejecutiva del partido, Pasionaria es consciente de que no forma parte del verdadero núcleo dirigente, el círculo donde en verdad se toman las decisiones, en el que hay pocos hombres y, por supuesto, ninguna mujer. Un círculo muy reducido compuesto por tres andaluces, el secretario general José Díaz, el secretario de organización Manuel Hurtado y el responsable de política sindical, Antonio Mije, que dirigen el partido junto al delegado de la Komintern, el argentino Victorio Codovilla, el más importante de los cuatro, y que en estos años funciona casi como un secretario general en la sombra.

A mediados de 1933, con Ibárruri recién incorporada a su cargo, la secretaría femenina del PCE recibe la visita de una delegada francesa del recién constituido Comité Mundial de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo. El Comité, con sede internacional en París, era una organización promovida por militantes comunistas de todo el mundo, pero que había logrado cierta credibilidad como entidad independiente de Moscú gracias a la adhesión de un buen número de mujeres socialistas, demócratas y progresistas sin filiación partidaria.

El ascenso de Hitler al poder inquietaba en la URSS y la Komintern iniciaba un cambio de posición en su política de alianzas. Había que salir del aislamiento y promover alianzas con otras fuerzas de izquierdas frente al peligro de la expansión del fascismo y la amenaza de una nueva guerra europea. Pasionaria va a entender bien el nuevo momento político. Recibe el encargo de promover en España el Comité y va a ejecutar esta tarea con brillantez. Lo hará junto a otras mujeres comunistas que la acompañan en la secretaría. Entre ellas, la maestra y militante de la FETE-UGT Encarnación Fuyola, la agitadora cultural Irene Falcón, y Lucía Barón, obrera madrileña, impulsora junto a las otras dos de la publicación de la secretaría, ¡Compañera! Las militantes del PCE van a lograr un delicado equilibrio entre el mantenimiento de la hegemonía comunista en el seno del Comité Nacional de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo, y una cierta pluralidad interna que convierte a la organización en algo con cierta vida propia, y no en un simple satélite del partido. Mujeres socialistas y, sobre todo, republicanas de clase media se unen a la organización, que se expande por toda España. Las comunistas ponen al frente del Comité, como presidenta de honor, a la feminista y militante del Partido Radical Socialista Catalina Salmerón, hija de Nicolás Salmerón, presidente de la Primera República, si bien es Pasionaria la que en la práctica ocupa la presidencia efectiva.

En noviembre de 1933 se celebraban elecciones generales en España. La ruptura entre el republicanismo progresista y el PSOE va a pasar factura a las izquierdas. Las derechas se alzan con el triunfo electoral. La victoria del Partido Radical y de la CEDA en las elecciones de noviembre de 1933, así como el crecimiento de los movimientos fascistas y autoritarios en toda Europa, van a empujar a mujeres progresistas de todas las corrientes a buscar espacios de unidad y de acción ante la parálisis de sus respectivas organizaciones. Las republicanas serán las que más respondan al llamamiento unitario de las comunistas. Los locales de los partidos republicanos son a menudo el espacio que el Comité usa para sus actividades y reuniones. ¿Y las socialistas? El PSOE no apoya oficialmente el Comité. Considera que se trata de una nueva opa hostil del PCE a sus bases. Sin embargo, los cortafuegos no funcionan del todo, y destacadas militantes, como la escritora María Lejárraga, así como otras muchas afiliadas al partido socialista y a la UGT también se adhieren individualmente al Comité.

Entre las primeras campañas del Comité estará la movilización por la libertad del comunista alemán Ernst Thälmann, encarcelado por los nazis acusado del incendio del Reichstag, el Parlamento alemán, que había ardido en extrañas circunstancias en febrero de 1933. También van a los centros de trabajo a hacer propaganda entre las mujeres obreras. Defienden cantinas en los centros de trabajo, permisos de maternidad, guarderías públicas… Tratan de buscar reivindicaciones que conecten con las trabajadoras de la industria y los servicios. No siempre son comprendidas y bien recibidas por las obreras. A pesar de ello persisten y el trabajo comienza a dar frutos. En poco tiempo el Comité logra implantación en las principales localidades españolas. En agosto de 1934 envía una delegación encabezada por Pasionaria a París, al Congreso Mundial de Mujeres contra la Guerra y el Fascismo. A la vuelta, Pasionaria y las otras dirigentes del Comité impulsan una manifestación en Madrid contra la movilización de reservistas a Marruecos decretada por el Gobierno de derechas. Pasionaria y Catalina Salmerón encabezan la manifestación, en la que protestan unidas mujeres pacifistas de clase media, pero también obreras de la Fábrica de Tabacos de Lavapiés. La marcha acaba con cargas policiales y numerosas detenciones.

El Comité se constituye oficialmente en un congreso fundacional celebrado en Madrid en agosto de 1934. En su dirección incluye a comunistas, republicanas y socialistas. Es una de las primeras operaciones exitosas del PCE impulsando y liderando movimientos de base amplia, y será de hecho una de las primeras plataformas unitarias antifascistas que nazcan en España después de la victoria de las derechas. La experiencia refuerza además el prestigio de Pasionaria no solo como agitadora y propagandista, sino también como organizadora. La buena acogida que el Comité recibe demuestra que una parte importante de las bases republicanas y socialistas carecen de sectarismo hacia los comunistas si estos llegan con propuestas unitarias y objetivos realistas y reparten juego entre las diferentes corrientes políticas.

El trabajo en el frente de las mujeres va a permitir a Pasionaria salir del pequeño ámbito político que era el PCE, trabar contacto con intelectuales y mujeres de clase media, entrevistarse con el rector de la Universidad de Oviedo, Leopoldo García-Alas, fusilado en 1937 por los golpistas, o asistir e intervenir en congresos internacionales. En suma, convertirse en una figura política mucho más conocida y transversal. Asimismo, la secretaría femenina del partido la pone en contacto con una mujer que será a partir de entonces decisiva en su vida: Irene Falcón.

La vida de Falcón antes de conocer a Ibárruri merece una mención aparte. Procedente de una familia de clase media acomodada venida a menos, Falcón, anteriormente Irene Levy, era la hija de un judío polaco y de una española. Nacida en 1907 en Madrid, había estudiado en el Colegio Alemán de la capital, hablaba varios idiomas y tenía una gran cultura. La mala situación económica de la familia tras la muerte de su padre la llevaría, sin embargo, a abandonar los estudios y buscar empleo para sostener una casa que descubre las estrecheces económicas. Lo encontraría en la universidad, trabajando por algún tiempo como secretaria personal del científico Ramón y Cajal. En 1925 Irene Levy se convertía en Irene Falcón tras casarse en Edimburgo con el periodista peruano César Falcón. Levy y Falcón se habían conocido siendo ella aún menor de edad. El encuentro entre ambos tuvo lugar en casa de la madre de Irene, cuando esta tuvo que reconvertir el hogar familiar en una casa de huéspedes de la que César era uno de los inquilinos. Juntos emprenderían diferentes proyectos relacionados con el activismo cultural de izquierdas: la editorial Hispania Nova, la revista Nosotros y el grupo Teatro Proletario. Juntos también ingresarían en 1933 en el Partido Comunista tras haber participado en la creación de una pequeña organización de corta vida llamada Izquierda Revolucionaria y Antiimperialista, que se disolvería e integraría en el PCE, al igual que el pequeño Partido Social Revolucionario del abogado José Antonio Balbontín.

Empleada en la redacción de Mundo Obrero, Irene se convertiría en la mano derecha de Pasionaria en la secretaría femenina del PCE, así como en su mejor amiga, con la que compartiría no solo el trabajo político, sino también pronto intimidad y confidencias personales, como recuerda Falcón en sus memorias: «Íbamos a la pastelería La India, nos comprábamos un cartón de leche triangular y unos hojaldres y hablábamos, sobre todo de lo humano».20 Juntas formarían desde entonces un tándem político y personal que se prolongaría durante décadas, aunque no sin interrupciones ni paréntesis dolorosos, y en el que el liderazgo carismático de Ibárruri se complementaba con el trabajo silencioso de Falcón.

Las afinidades personales entre las dos camaradas eran grandes. Dolores e Irene compartían la anomalía de ser mujeres en un partido de hombres. Ambas se separarían de sus respectivos maridos y tendrían posteriormente otras parejas. También compartirían la dolorosa contradicción entre su condición de madres y su vocación de revolucionarias. ¿Eran compatibles los ritmos y peligros de la militancia comunista con el cuidado de los hijos? Se trataba de un problema que no existía para la inmensa mayoría de sus camaradas varones, cuyos hijos eran criados por sus madres mientras ellos hacían política. En cambio, ellas, sin un apoyo equivalente de sus maridos, vivirían con remordimientos la decisión de priorizar la militancia política sobre la vida familiar, enviando a sus respectivos hijos a educarse en la URSS.

El sentimiento de culpabilidad de malas madres no tenía un equivalente en los camaradas hombres. Pasionaria, angustiada por la mala vida que estaba dando en Madrid a sus dos «aldeanitos vascos acostumbrados al aire libre, al mar y a las montañas», llegaría a pedir a la dirección retornar al trabajo político en el País Vasco, donde el cuidado de sus hijos le resultaba más fácil gracias a las redes vecinales y familiares de las que carecía en Madrid. Sus compañeros, sin embargo, rechazarían esta posibilidad y «comprendiendo mi preocupación, me propusieron enviar a mis hijos a la Unión Soviética, donde podrían hacer la vida normal de los hijos de los trabajadores soviéticos, aunque sin la sombra y el cariño de su madre».

Cuidados, revolución y represión. Tras el fracaso de la huelga de octubre de 1934 contra el gobierno del Partido Radical y la CEDA, el Comité de Mujeres es ilegalizado por las derechas. Obligado a trabajar de forma semiclandestina se esconde bajo un nuevo nombre, Pro Infancia Obrera, y con una actividad centrada en el apoyo de los hijos e hijas de las familias asturianas represaliadas por su participación en la huelga. A diferencia de otras partes de España, en Asturias y el norte de León el movimiento huelguístico había devenido en una auténtica insurrección popular. Durante dos semanas esta región norteña se convierte en una comuna al margen de la autoridad de la República. Para sofocar la revolución el gobierno tendría que enviar tropas desde Marruecos, bombardear con aviación las cuencas mineras y ocupar militarmente el territorio. Cerca de dos mil huelguistas perderían la vida en los combates y en la posterior represión. Más de 20.000 serán detenidos y encarcelados. El Ejército ensaya por primera vez los métodos de la guerra colonial contra la clase obrera de la metrópoli.

Aunque los partidos republicanos no habían participado en la huelga general de octubre de 1934, la represión les salpicaría. Demócratas progresistas de clase media como Clara Campoamor o el ya mencionado rector de la Universidad de Oviedo Leopoldo García-Alas se indignarían también con los relatos de las torturas y los fusilamientos extrajudiciales en Asturias. También empezarían a temer una deriva autoritaria de la República con las derechas en el poder. El movimiento de solidaridad con los represaliados por el octubre asturiano iría así más allá de las organizaciones estrictamente obreras. Con el paraguas legal de Pro Infancia Obrera, Pasionaria y dos mujeres republicanas, Isabel de Albacete y Alicia García, se desplazan a Asturias para conocer de primera mano la represión gubernamental y sus efectos sobre las familias obreras. Las representantes de Pro Infancia Obrera llevan también el mandato de organizar la evacuación de un grupo de niños y niñas asturianos. El plan, con una logística compleja, consiste en que huérfanos e hijos de trabajadores encarcelados puedan escapar de la miseria que viven sus familias siendo temporalmente acogidos por familias del resto de España. En sus dos viajes a Asturias a lo largo de 1935, Pasionaria se pone al frente de la salida de ciento cincuenta niños asturianos. La región se ha convertido en un símbolo internacional de la lucha obrera y la operación tendrá un alto impacto emocional en la opinión pública.

En las elecciones de febrero de 1936 el movimiento de mujeres va a emerger de nuevo a la superficie, ya oficialmente como la Agrupación de Mujeres Antifascistas. AMA va a participar en los mítines del Frente Popular y del Front d’Esquerres, pidiendo el voto de las mujeres para las izquierdas. En los actos públicos y en la propaganda de AMA se van a priorizar ante todo las consignas referidas a la amnistía y a la necesidad del voto antifascista de las mujeres para lograr la libertad de maridos e hijos presos, pero también se van a colar algunas consignas específicamente feministas. En sus intervenciones en la campaña, Pasionaria abordará temas como el derecho de la mujer al trabajo y a la igualdad de salarios, o la necesidad de los permisos de maternidad y otras leyes protectoras. También denunciará que la reacción quiere a la mujer sometida «en la iglesia, en la cocina y en la cama», mientras que el triunfo del Frente Popular supondrá la libertad y dignidad de las españolas.21

En el Primero de Mayo de 1936, ya como diputada del PCE por Asturias, Pasionaria escribe que el derecho al voto de las mujeres es solo el primer paso en el camino de la plena liberación de la mujer española. Una liberación que debe ir acompañada de otras medidas legales, sociales y económicas, entre las que cita «el derecho al trabajo, la igualdad de salarios, la protección a la madre; la investigación de la paternidad, el divorcio, sin ninguna traba jurídica y económica; el derecho al aborto; la creación de casas cuna, escuelas jardines de infancia, comedores y roperos escolares; la prohibición de trabajos insalubres y el derecho a ocupar cargos, en lícita competencia con el hombre».22 Se trata de la traducción a España del programa feminista de la bolchevique Alejandra Kollontái, primera comisaria del Pueblo para la Asistencia Pública entre 1917 y 1918.

Pasionaria pone a la URSS como ejemplo del único país donde se ha logrado acabar con la «esclavitud de las mujeres». Sin embargo, al mismo tiempo que Ibárruri elogia la legislación soviética, el estalinismo está liquidando buena parte de la herencia feminista de Kollontái. El triunfo absoluto de Stalin va a ir acompañado de un giro conservador en muchos temas morales, culturales y de género: desde la rehabilitación del nacionalismo ruso a la ilegalización de las relaciones homosexuales, despenalizadas en 1918, pasando por la liquidación del proyecto artístico de las vanguardias y la instauración del realismo socialista como único estilo posible. Solo un mes después de ese artículo de Pasionaria, la URSS daba marcha atrás en su pionera legislación de 1920 en materia de aborto. El estalinismo pondría en marcha una política natalista que ensalzaba y premiaba a las madres de familia numerosa, y prohibía y castigaba los abortos, exceptuando los llamados casos «terapéuticos», aquellos en los que el embarazo supusiera un riesgo para la salud de la madre o el peligro de transmisión de enfermedades hereditarias graves.

Ajenas al retroceso que se estaba dando en los derechos de las ciudadanas soviéticas, las mujeres del PCE compatibilizarían su admiración por Stalin con la defensa de un nuevo feminismo republicano y antifascista. Un nuevo feminismo que no se llamaba feminismo, palabra de sabor pequeñoburgués, y que no se limitaba a defender la igualdad jurídica y formal, sino que también ofrecía respuestas a las problemáticas de las obreras, empleadas del sector terciario y campesinas, olvidadas hasta entonces por el feminismo de clase media. Para ganarse a estas mujeres de clase trabajadora, las militantes del PCE exhibirían con orgullo los avances de la mujer soviética como la mejor propaganda que tenían para lograr su adhesión al partido. Y es que a nivel popular, en España la URSS seguía siendo vista como el lugar del mundo donde las mujeres habían alcanzando una mayor presencia en la vida pública. No lo creían solo las comunistas, sino también el resto de las mujeres de las izquierdas, y sobre todo los reaccionarios, aterrorizados por la imagen de una URSS de mujeres independientes y empoderadas trabajando en fábricas o montadas en tractores. Por eso los comunistas serían presentados como la mayor amenaza para la preservación del orden de género y de la familia tradicional, y Pasionaria, como figura femenina más visible del partido, como la encarnación de, en palabras de Manuel Vázquez Montalbán, «no solo ese odioso ruido de los proletarios capaces de juzgar la realidad y la historia, sino, además, la no menos odiosa transgresión de la mujer opuesta al prototipo reaccionario femenino».

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