Kitabı oku: «Barbijo Arcoiris», sayfa 2
Su vida de adulta había comenzado. Desde entonces, raramente se encontraba con su madre y su hermano. A su padre ya no lo volvería a ver. La infancia y la adolescencia se convertirían en su vida en un pasado cada vez más remoto, rodeada de bellos recuerdos, pero también de tristezas.
Capítulo 2: Otoño de 1989
Cerca de las 8 de la mañana del 14 de mayo de 1989, Juan se aproximaba a una escuela primaria, de las inmediaciones de la Plaza Ciro.
Por aquellas calles pequeñas, de casas con jardines, las hojas inundaban las aceras. Los colores del otoño se apropiaban del entorno. Dicen que lo que se hereda no se compra. Su padre acostumbraba a hacer lo mismo en cada elección. Hacía doce años había fallecido de un cáncer fulminante. La enfermedad y muchas tristezas acumuladas lo llevaron a la muerte.
Al igual que Francisco, se disponía a ir a votar temprano en unas elecciones, prolijo para la ocasión, documento en mano, zapatos lustrados.
A diferencia de otras veces, había llegado cerca de las 9 de la mañana a la escuela. Cuando estaba ingresando, observó a un grupo de personas reunido, cuchicheando. Eso le la llamaba la atención.
Le preguntó a una señora con aspecto de fiscal: “Sabe usted lo que pasa”. Ella le responde: “Un señor vestido de mujer se acercó a votar y causó cierto revuelo”. Él respondió: “Ahh, está bien”, y siguió caminando rumbo a su mesa. Una vez que presentó el documento a las autoridades, volvió a observar el cuchicheo. Al irse pensó por un momento si no podría tratarse de Zulma, a la cual no veía hacía años.
Pocos minutos después regresó a su presente. La vida de Juan tenía muchas similitudes con la de su progenitor. El orden, la prolijidad y la obsesión por ciertas cosas le eran características propias.
El país estaba sumido en un caos. Un proceso hiperinflacionario golpeaba fuertemente a la actividad industrial de Rosario, y de todo el sur de la provincia.
Los ánimos de quienes votaban estaban por el suelo. El ejercicio al sufragio parecía más una obligación que un derecho. Este joven pertenecía a una generación de treintañeros, que cargaban sobre sus espaldas los dolores de la dictadura, Malvinas y ahora esta crisis. Como muchos otros de su edad, él estuvo en todos los actos políticos de la campaña del 83. Poco importaba si se trataba de actos de izquierda o de derecha.
Sentía una enorme pasión por Alfonsín, siguiendo cada uno de sus discursos, recitando el preámbulo en encuentros familiares y emulando las clásicas manos juntas como señal de saludo. Esa generación que recuperó la libertad estaba sumamente angustiada en aquellos días. El presente era incierto y el futuro lo era aún mucho más.
El destino quiso, al igual que en la vida de su padre, que su esposa también estuviera encinta, durante la celebración de unos comicios. Juan regresó a su hogar luego de hacer algunos mandados, compró el diario La Capital y marchó junto a Emilce, su esposa.
Se habían conocido una tarde de 1975 caminando por la calle Mendoza. Él la siguió varias cuadras y se animó a hablarle en la esquina de Castellanos, o la de los “Vientos”, como se la conoce. En 1979, se casaron en la parroquia Nuestra Señora de Pompeya. Ese año compraron una casa sobre la avenida Francia, a pasos de la esquina con la calle La Paz.
Para concretar esa operación, utilizaron el dinero de la venta de la casa de Echesortu de los papás de Juan. Los padres de ella, a cambio, lo ayudaron a él a armar su estudio contable. Nora, su mamá, había resuelto que era lo mejor. Se fue a vivir a lo de una tía llamada Inés, aunque con el tiempo enfermó y debió mudarse con ellos. Falleció en 1982, durante la guerra de Malvinas.
Amaban su casa y el barrio, a pesar de la nostalgia que a veces sentían por el lugar donde ambos se habían criado. Su suegra, que los había venido a visitar, se encontraba preparando el tuco para las pastas de los domingos. Él mientras tanto ojeaba el diario, principalmente la parte deportiva. A semanas de finalizar el torneo de 1989, el equipo de sus amores era aún el último campeón.
Para Juan, Newell’s era una pasión desmedida por momentos. Durante el campeonato de 1974, estuvo a punto de perder la regularidad en su carrera de contador. En 1988, siguió al equipo por todo el país, ahí lo que casi pierde es a su esposa. El fútbol, la reunión con los amigos, eran gustos que no podían ponerse en tela de juicio.
En aquel año, Emilce se animó a hacerle una serie de planteos. Empezó a trabajar en un comercio, aunque a él la idea no le gustó demasiado. Asimismo, comenzó a salir con sus amigas con cierta frecuencia. Él desde luego se puso celoso. Criado en un ambiente patriarcal, replicaba moldes aprendidos en el contexto de la infancia. Para él, las mujeres se abocaban a las tareas domésticas y como hombre debía ser el principal proveedor. La comida debía estar lista a su arribo, al igual que cada mañana sus trajes y camisas; siempre a punto para ser usadas.
Los padres de Emilce también eran italianos. A diferencia de los de Juan, una inmigración más reciente, de las últimas camadas que eligieron cruzar el charco, antes de elegir otros destinos como Francia, Suiza o Alemania. Eligieron Echesortu al llegar a Rosario y de ahí no se movieron. Muy católicos, tradicionales, habitúes de los eventos de la colectividad italiana, vieron en Juan al muchacho ideal para su hija.
La crisis económica de aquel año los encontraba dentro de todo bien parados. Él trabajaba en su actividad. El sueldo de ella ayudaba desde luego a transitar aquellos meses, que parecían de 50 días.
Cerca del mediodía ella rompió bolsa. Se subieron al Ford Sierra que habían comprado hacía unos años, y se dirigieron a la maternidad de la obra social. A pesar de que mayo avanzaba, la noche no era muy fría.
El peronismo regresaba al poder de la mano de Carlos Menem, junto con sus promesas de salariazo y revolución productiva. Los sectores populares, la industria, el comercio local, aún no imaginaban lo que estaba por empezar. Para ciertos sectores de la clase media donde tendrían el privilegio de estar los Marconi, las cosas irían relativamente bien; teniendo la posibilidad de viajar afuera, cambiar el coche, comprar electrodomésticos, etc.
Antes de la medianoche nació Pablo 3 kg y medio, por parto natural. Un bebé saludable, primer hijo y primer nieto por ambas familias. Todo parecía perfecto, pero Juan con el paso de los meses y luego de los años, estaría bastante ausente. Trabajaba demasiado, regresaba cada vez más tarde por las noches.
Los hermanos de Emilce decían verlo a horas extrañas en las inmediaciones del puerto, transitando calles de aspecto sórdido o sentado en bares de mala muerte.
En 1991 las cosas iban de mal en peor. El 9 de julio de aquel año, Juan decidió ir a Buenos Aires a ver a Newell’s. Se definía el campeonato con Boca y no estaba dispuesto a perderse la ocasión. Ella le había pedido que no viajara. Hacía unos días que Pablo se encontraba descompuesto.
Aun así, él persistió con sus planes. Aquella mañana medio lluviosa, tomó las llaves del coche sin mediar demasiadas palabras y se marchó. Se sumó a otros fanáticos, que, en una larga caravana, inundaban Oroño, rumbo hacia la Ruta 9.
Ocupó la bandeja más alta en la Bombonera, y gritó hasta quedarse afónico, la hazaña del héroe de aquella tarde, Norberto Scoponi. Se abrazó a cuanto hincha pudo, miró el cielo y pensó en su padre; agradeciéndole de algún modo la pasión por esos colores. A pesar de su estado de euforia, observó unos escalones más abajo a una mujer que le llamó la atención. Por alguna razón sintió que la conocía. Intentó acercarse a ella, pero los movimientos de aquella hinchada se lo impidieron.
Decidió seguirla. Caminó algunas cuadras detrás de ella intentando alcanzarla por aquellas calles de La Boca. Iba acompañada de un caballero delgado, por ende lo hacía con precaución. Finalmente, cuando cruzaron la vía del tren de carga, les perdió el rastro.
Regresó a Rosario con una mezcla de alegría y angustia, por aquella mujer que creyó que debió alcanzar de algún modo. Ya en la ciudad, se fundió en los festejos de los hinchas que ocuparon las inmediaciones del estadio. Gritó por varias horas, terminó afónico.
Por la noche al ingresar a casa le deparaba una sorpresa. Una nota de Emilce arriba de la mesa decía que se había marchado a casa de sus padres junto con Pablo, que no aguantaba más. Le pedía por favor que no la fuera a buscar. Dudó en ir hasta la casa de sus suegros. Finalmente luego de beber una botella de vino decidió irse a dormir. Creyó que en las siguientes jornadas su mujer regresaría. Debió llamarse a la reflexión, tratar de recomponer la situación e irlos a buscar.
Volvió al barrio, ahí donde siempre se vuelve, donde cada ser humano se reencuentra con su esencia, donde afloran los aromas de la infancia, donde cobran vida los valores aprendidos, la penitencia se vuelve consuelo, el rencor y la bronca se transforman en perdón.
Su suegra lo recibió en el jardín, le dio un beso como si nada hubiera pasado, entró a la casa y Pablo lo abrazó. Emilce lo miró, unos segundos después hizo lo mismo. Se respiraba un aire de perdón en aquel hogar que lo retrotraía a su infancia. Pese a ello la penitencia no iba a servir, y valores aprendidos pronto pasarían al olvido.
Las cosas mejoraron por un tiempo, pero pronto todo volvió a la normalidad. El niño se refugiaba en Emilce, se identificaba con ella.
Días antes de cumplir cuatro años tomó un vestido de su madre. Por primera vez, aquella tarde dijo que quería llamarse Josefina. Les pidió a sus padres un juego de cocina para su cumpleaños. La primera desilusión de su vida fue ver que el regalo que sus padres le hicieron en su cumpleaños de 4 fue un camión. Su madre, que tanto renegaba de su padre, cerraba filas con él ante aquellas primeras llamadas de atención.
¿Por qué no ver? ¿Qué proyectan los padres en sus hijos? ¿Qué lugar ocupan los deseos de cada infante? ¿Qué le pasaba a aquella clase media, que creyó entrar al primer mundo como le dijeron?
El muro de Berlín ya se había derribado en aquel 1993. ¿Qué pasaba con los otros muros? Esos que encierran a los seres humanos, detrás de personas que muchas veces no quieren ser.
Josefina va a un jardín de infantes privado cerca del estudio contable de Juan. Ingresando allí, tendría asegurada una vacante, para continuar en la misma institución en el resto de los niveles educativos. La clase media se divorcia de la escuela pública a partir de los años 90. Juan y Emilce van en esa dirección. Eligen un establecimiento de gestión privada. En el tránsito del nivel inicial nuestra Josefina no encuentra mayores obstáculos. Sus deseos de manifestarse como niña son interpretados por sus educadoras, como parte de un juego.
Me pregunto como si fuera hoy: ¿no hablan en serio los niños, “niñes” o niñas cuando se expresan? ¿A qué se debe esta subestimación muchas veces? La falta de registro invisibiliza, esconde bajo la alfombra realidades que no se quieren ver. ¿Nos falta capacidad a los adultos, o no hemos aún abierto lo suficiente el corazón?
Si algo caracterizó a los niños y adolescentes nacidos con la democracia es su lucha por ser, su empecinamiento en lograrlo; pese lo que pese, cueste lo que cueste. A esta generación pertenece Josefina.

En 1994 muere Carlos, tío de Juan, hermano de Francisco. Luego de ello, se inicia la sucesión de la casa de los abuelos en Ricardone. Los herederos: él, sus primos Marcelo y Susana, y alguien más, su hermana Zulma, de la que no sabía hace mucho tiempo.
Un sábado a la tarde en abril de 1994, los primos se juntan en una confitería en la esquina de Córdoba y Corrientes. El encuentro había sido pautado con tiempo. En aquellos años, las citas se arreglaban en forma telefónica y no existía el clásico “te confirmo”.
María y Antonio eran los abuelos de aquellos primos. Ellos habían tenido dos hijos: Francisco, padre de Zulma (42) y Juan (41), y Carlos, padre de Marcelo (40) y Susana (38).
Los cuatros tenían edades semejantes. Sus recuerdos de la casa del pueblo siempre eran gratos: cumpleaños, asados, Navidades, juegos de carnaval. Cuando los abuelos fallecieron comenzaron a ir menos. Con el paso de los años, el lugar fue quedando casi abandonado. De tanto en tanto, Carlos se daba una vuelta. Marcelo era dentista, tenía dos hijos: María, nombre puesto por la abuela, y Francisco, por su tío. Susana era abogada y tenía un hijo llamado Lucas.
Además del papelerío del cual a las claras se ocuparía Susana, era necesario poner en condiciones aquel lugar. El primero en llegar fue Juan, puntual como no podía ser de otra manera. Buscó una mesa con vista a la avenida Corrientes; desde donde además se dedicó a ver el paso de los transeúntes que iban y venían por Córdoba. Miró el reloj varias veces, ya eran casi tres y diez y sus primos no llegaban.
Ambos entraron juntos finalmente, se saludaron en forma afectuosa. Se veían poco, pero se guardaban un gran cariño. Marcelo y Susana se sentaron frente a Juan. Pidieron cafés y medialunas. Comenzaron a dialogar de la vida, de sus cosas y desde luego de la casa de Ricardone.
Como buena familia de leprosos, el fútbol se mezcló en la conversación. También la política, dado que al día siguiente, se votaban convencionales para la reforma de la Constitución de 1994.
Abocados al tema que los convocaba, este transcurrió bien. Acordaron entre todos tratar de levantar la casa y ver luego qué hacer con ella. Cada primo se haría cargo de la casa un mes y podría usarla mientras tanto. La obsesión por el orden también estaba impregnada en sus primos; fue así como resolvieron acortar a 15 días la rotación, durante los meses de verano. Juan era más partidario de conservarla y sus primos de venderla. De algún modo, a través de aquel acuerdo, habían firmado provisoriamente la “pipa de la paz”.
Había un tema que los tres rondaban, pero nadie se animaba a poner sobre la mesa. Los primos eran cuatro y, en aquel encuentro, una ausencia hacía ruido. Luego de varios silencios, de miradas perdidas, fue la abogada la que tomó la iniciativa. Ella sabía que aquella ausencia implicaba además un dolor de cabeza para el papelerío legal.
Con sutileza o más bien como pudo preguntó: “¿Qué sabés de…?”. (Le costó llamarla Zulma, pero tampoco quiso llamarla Ignacio, esperó la respuesta de su primo ante de nombrarla). A Juan se le hizo un nudo en la garganta. Minutos antes, cuando conversaban de sus hijos, se refería a Josefina como Pablito. Atinó a contestar: “Hace mucho que no sé nada de mi hermano. Creo que regresó al país hace unos años. Me dijeron que lo vieron por Rosario, aunque me llegó una información de que se habría quedado a vivir en Buenos Aires. Tendría que tratar de buscarlo”.
Habían estado juntos por última vez en 1976. Unas semanas después del golpe de Estado, ella llamó a su hermano. Estaba preocupada. Algunas de sus amigas ya habían desaparecido. Él le propuso que se fuera a vivir a Italia. Le hizo unos contactos. Cuando todo estuvo listo partió. Era una fría mañana de junio de aquel año, se abrazaron por última vez.
Susana retoma la palabra y le dice a su primo, cuidando con mucho sigilo la cuestión de género: “Tratá de localizarla, sería bueno además volver a encontrarnos. El papelerío se ve, pero si no aparece se complica más”.
Se despidieron en la puerta. Ellos caminaron hacia la calle Mitre donde habían estacionado. Juan tomó Córdoba y decidió regresar caminando a casa, pensando en todo lo que su corazón extrañaba a Zulma.
¿Había sido un buen hermano?, se preguntaba. Se acordó de cómo se cuidaban de pequeños, de los secretos que se contaban en los bancos de la Plaza Ciro. Se lamentaba de las discusiones posteriores. De algún modo, había cedido a las presiones de su padre, quien había resuelto desterrarla de por vida. ¿Cómo resolvería este presente?, se interrogaba. ¿Sería capaz de no repetir la historia? ¿Hasta dónde había cambiado el mundo? Quería, pero no podía enfrentar a su propio mundo, que alrededor de él se había construido.
La realidad de las niñeces trans en los años 90 no había dado un vuelco de 360 grados, de todos modos algunas señales de cambio se estaban produciendo. En la Argentina, la comunidad LGBT inicia un camino hacia la visibilización y el reconocimiento de derechos.
Josefina, con 5 años y transitando el preescolar, contaba con un grupo importante de amigos. A esas edades no hay preconceptos y la sexualidad se vive libremente. A Juan y Emilce les desvivía más el qué dirán que las elecciones de su hija.
A fines de octubre los citaron para una reunión de padres. El tema para tratar era organizar un evento para despedir el jardín de infantes. Fueron juntos, a pesar de que él no quería. Se sintieron nerviosos y observados. De repente a Juan se le ocurrió algo, tal vez no quería, pero sintió que era el modo de romper su nerviosismo. Propuso hacer la despedida en la casa de Ricardone. Emilce lo miró como sin entender, pero, ante el rostro de aceptación de los otros padres, avaló la idea.
Al regreso de la reunión discutieron en el coche. Ella le reprochaba que aquella casa estaba muy venida abajo. Él la convenció de que en un mes estaría en condiciones. Los siguientes fines de semana allá fueron. Poco a poco le encontraron el gustito a aquel lugar y se pusieron manos a la obra. No estaba tan mal como pensaban. Un jardinero llamado Raúl cortaba el pasto y se ocupaba de algunos detalles. Siguió con sus labores, a la espera de que alguien le dijera qué hacer. De algún modo, se sentía parte de aquel bello espacio.
El primer sábado que allí estuvieron, Josefina descubrió que el jardín estaba lleno de rosas. Entre ellas había una que parecía clavel, pero para la niña era una rosa. La bautizó Zulma, dado que había escuchado su nombre en alguna conversación entre sus padres. Otro de los fines de semana que allí se encontraban, Raúl se disponía a retirar aquella flor. Josefina, que vio la escena, empezó a gritar y a decirle “¡no lo hagas!”. Aquel hombre rudo no entendía el llanto de aquella niña, y a pesar de que trató de convencerla de retirar esa flor, la dejó y se dedicó a sus otras labores.
El último fin de semana de aquel noviembre, los niños de la sala se acercaron a la casaquinta. Aún no relucía, pero su aspecto estaba renovado. Josefina estaba emocionada por la presencia de sus compañeros. Habría en aquel lugar más eventos, cumpleaños, al igual que tardes de alegría, pero también noches de tristeza. Por lo pronto sus padres respiraban con cierto alivio. Siendo Josefina o Pablo, aquel niño, “niñe” o niña, disfrutaba de la infancia a su manera.

A fines de aquel 1994, el llamado “efecto tequila” hizo estragos en la economía de la región. En la Argentina el desempleo se disparó en 1995. La actividad agroindustrial se vio seriamente golpeada. En Rosario, las consecuencias no se hicieron esperar. La crisis golpeó a la industria y el comercio, generando innumerables despidos. El tiro de gracia para la región fue la privatización de su puerto. Aquel año fue difícil para todos, también para los Marconi, a pesar de que ambos conservaron sus empleos.
Los problemas emocionales estallaron. Emilce decidió dejar a Juan y regresar al barrio con su familia. Josefina se quedaba con su padre. No quería alejarse de su barrio, de sus amistades, de cierto círculo de seguridad. Visitaba a su madre con frecuencia pero permaneciendo con Juan. Estar con él era además la oportunidad de ir a Ricardone.
La siguiente primavera el jardín estaba reluciente. Raúl ya se había jubilado y su lugar lo ocupaba Oscar, su sobrino. Él era un enamorado de aquel sitio, por un lado su mano y por el otro la naturaleza hicieron lo suyo. Aquel viejo cantero relucía por sus colores. Fue así como brotaron rosas, claves y otras flores. Entre ellas se destacaba Zulma con su belleza inconfundible. Todas las tardes Josefina la regaba al caer el sol. Se quedaba junto a ella, le hablaba. Era feliz sintiendo su aroma. Luego corría alrededor de ese jardín.
El colegio donde iba Josefina entra en concurso de acreedores. Era pequeño sin subvención estatal. En el marco de la crisis económica, muchos padres retiran a sus hijos de la escuela, al no poder pagar la cuota. En 1996 cierra sus puertas definitivamente. Juan la inscribe en un colegio parroquial. Su nivel de vida se mantenía, pero en su orden mental, evaluaba la posibilidad de algún emergente.
Priorizó el aspecto económico sin reparar demasiado en el mejor lugar para su hija. Se sentó a hablar con ella antes del inicio de las clases y le explicó la necesidad del cambio. Le pidió que “se comportara bien”, con sutileza y bastante hipocresía le suplicó que ahí fuera “Pablo”; que de algún modo la entendía, pero no la pasaría bien de no ser así. Transcurrieron los años, ella jugó el papel de niño callado y reservado.
Para su fortuna conservaba algunas amistades de la vieja escuela. Ellas venían a sus cumpleaños. Pasaban juntos algunos fines de semana en Ricardone.
En 1999, Juan tenía mucho trabajo y Josefina había cumplido 10 años. A raíz de ello, comenzaría a ir sola en colectivo al colegio. Se movía con mucha autonomía, viendo en esa decisión la posibilidad de ser más libre. Todas las mañanas esperaba el 125 que la dejaba cerca de la escuela. Prefería sentarse más bien atrás, en el asiento doble a la derecha, desde donde le gustaba divisar el parque a su paso por la avenida Pellegrini.
En la parada de Pueyrredón, subía un muchacho algo mayor que ella, que le llamaba la atención. Al principio no sabía muy bien por qué, pero con el paso de los meses, comenzó a observarlo más. Era de contextura robusta, portaba algunos días un tablero propio de un colegio industrial. Vestía siempre de vaqueros, a veces con camisa a cuadros. Tenía el cabello corto, era más bien morocho. Siempre subía solo y prefería viajar parado, raramente tomaba asiento.
Al año siguiente, luego de haberle perdido el rastro un tiempo, ese joven vuelve a subir al colectivo. Josefina ahora lo miraba con otros ojos, reparaba que le parecía bonito. Esa mañana en que lo volvió a ver, sintió como si se hubiera reencontrado con un amor, no importaba que ni siquiera lo conociera. Ir a la escuela tenía una condimento más que lo hacía interesante, la espera del encuentro con aquel desconocido. Lo fue buscando con la mirada a la espera de alguna señal. Añoraba que se sentara a su lado.
Ese día finalmente llegó. Llovía y las ventanas estaban empañadas. Pasando Oroño se baja una señora, y para su fortuna, aquel galán se sienta a su lado. Dudó entre hablarle o no, finalmente se decidió a hacerlo:
Josefina: ¡Hola! ¿Vos vas a la técnica? Muchacho: Sí, ¿por qué? Josefina: Me gustaría ir cuando termine la primaria. Muchacho: ¡Ah, qué bien! Me llamo Iván. Dudó y tuvo ganas de decirle que se llamaba Josefina, no pudo: Josefina: Hola, soy Pablo. Iván: Un gusto. ¿Siempre viajás en esta línea? Josefina: Sí, claro, todas las mañanas. Iván: Buenísimo entonces, si te parece seguimos charlando, yo ya bajo. Josefina: Dale, me parece perfecto. Los siguientes días se fueron encontrando y continuaron conversando. Se acercaba el verano y le preocupaba dejar de verlo. ¿Qué podría hacer para seguir viéndolo? Un día le preguntó: Josefina: ¿Qué vas a hacer este verano? Iván: Aún no sé. Posiblemente iremos a San Bernardo la primera quincena de enero y luego nos quedaremos en Rosario. Josefina: ¡Qué bien! Nosotros posiblemente iremos a Córdoba. Iván: ¡Mirá! Estuvimos este invierno en Calamuchita. ¡Es hermoso! Josefina: Iván, ¿vos vivís muy lejos? Iván: No, vivo en Pueyrredón, a una cuadra de Pellegrini. Josefina: Mirá vos, tengo una tía que vive en la otra cuadra. Qué raro que nunca te vi. Iván: Suelo estar en la calle con los pibes, jugando al fútbol, andando en bici por las tardes. Josefina: Prestaré más atención. Iván: Dale, si pasás nos vas a ver.
Desde luego ahí no vivía ninguna tía. Ella precisaba encontrar algún pretexto para seguirlo viéndolo. Le parecía un amor imposible, pero se sentía enamorada.
Terminaron las clases, pasaron las fiestas. En enero de aquel 2001, Josefina se fue a Córdoba con su padre. La siguiente quincena, la madre le había pagado la temporada en una pileta de la zona sur de la ciudad para ir con ella. Estaba por entonces iniciando una nueva relación con otro caballero que vivía por ahí. Ni loca, pensó ella en su interior. Alrededor del 10 de enero, mientras se bañaba en Embalse, ya soñaba con el encuentro con su caballero imaginario. Planificó la estrategia en el largo viaje por la Ruta 9, entonces de una sola mano y atestada de camiones. Forzaría un encuentro casual pasando por la puerta de su casa.
¿Quién no se sintió en la piel de Josefina? ¿Quién no buscó de niño y también de grande forzar encuentros casuales? ¿Por qué estos amores que parecen imposibles nos marcan para siempre? ¿Por qué, como habitualmente se dice, el corazón tiene razones que la razón no entiende?
De este modo, en aquella segunda quincena de enero, ya instalada en su barrio de la avenida Francia, tomaba la bicicleta cada tarde alrededor de las 6, y se iba en la búsqueda de aquel encuentro casual. No eran muchas cuadras, prefería ir por el parque, mirar el lago y seguir rumbo a su destino.
Los primeros días no tuvo suerte. Finalmente el tercer día ahí lo vio. Estaba sentado en el cordón de la vereda, junto con sus amigos tomando una gaseosa. Tuvo miedo, sintió vergüenza, pero se animó a avanzar. Ya cuando se le estaba acercando, él la reconoció y le gritó: “Pablo”. Se hizo la distraída, el corazón le explotaba por dentro. Finalmente levantó su mano para responder el saludo, y se acercó.
Iván: Hola. ¿Cómo estás? ¿Qué estás haciendo por acá? Josefina: ¿Te acordás que te había dicho que tenía una tía en este barrio? Iván: Ahh, sí. ¿Y la estás yendo a ver? De repente hizo un silencio y pensó la respuesta. Josefina: Bueno, en realidad la tía se fue de vacaciones, justo daba unas vueltas en bici y pasé por acá. Iván: Ahh.
Luego le presentó a sus amigos, se quedaron tomando una gaseosa y jugando al fútbol.
A ella como a toda su familia le gustaba este deporte. Era de Newell’s. Tal vez el único defecto que le encontraba a aquel muchacho era su pasión canalla. Iván, además del fútbol, jugaba al rugby en las tardes libres que le quedaban; dado que muchas veces tenía clases todo el día. Pasaba ya a tercer año.
De repente Josefina preguntó la hora, eran cerca de las 20.30. Tomó su bicicleta para regresar rápido a casa. A su padre le gustaba cenar puntualmente a las 21 h. Casi sin despedirse, sin pensar en una futura estrategia, dudó entre volver o no hacerlo. Se acercó los siguientes días hasta Pellegrini, pero no se animaba a cruzar.
Finalmente un 25 de enero atravesó la avenida. Allí estaba él como todas las tardes. En esta oportunidad solo, sin sus amigos. Se saludaron afectuosamente, él la abrazó. Caminaron unas cuadras hasta la heladería, donde entre ambos, se tomaron medio kilo de helado de chocolate y frutilla. Haciendo el camino inverso mientras caminaban él le pregunta:
Iván: ¿A vos te gustan los chicos?
Dudó, no supo qué contestar, se quedó callada. Sin que mediara palabra, él le dio un beso. Para ella fue un momento maravilloso. A partir de ahí se empezaron a ver casi todos los días. La mirada de los otros les impedía manifestar sus expresiones cuando estaban juntos. De todos modos, encontraban siempre sitios y ocasiones para darse la mano, un beso o para fundirse en un abrazo.
A partir de marzo, iban a tener la posibilidad de verse todas las mañanas en el colectivo. Asimismo, procuraban hacerlo por las tardes. Un viernes de otoño, antes de un fin de semana donde ya estaba organizado ir a Ricardone, Josefina le pregunta a su padre si puede llevar a un amigo.
—¿Qué amigo? —preguntó él.
—Uno que hice este verano mientras andaba en bicicleta —responde ella.
Juan había entendido todo, pero la miró como sino entendiera nada. De repente le volvieron a la mente todos aquellos años de ausencia, y a pesar de que ahora vivía con ella, sentía que se había perdido muchos capítulos. A mi entender, aquella era una generación de adultos mayores llena de culpas. En sus estándares patriarcales, los sentimientos de sus hijos eran su propia responsabilidad; como si el animarse a ser en esta vida no fuera un requisito inherente a cada uno. Con una mezcla de lástima hacia la situación, comprensión y desentendimiento le dijo: “Bueno, dale”.
Josefina registró esa mezcla de sensaciones de su padre. Si bien por un lado estaba contenta, por el otro hubiera deseado que la abrazara, comprendiendo lo que le estaba pasando. De todos modos, a ese fin de semana le esperaban otros sinsabores.
Temprano por la mañana pasaron a buscar a Iván. Llegaron a media mañana, hicieron unas compras y luego se instalaron en la casa. Juan fue correcto con el muchacho, sin sobrarle nada de todas formas.
Instalados en la casa hicieron un asado. Iván se ofreció a ayudar. Aquel fin de semana para Josefina parecía perfecto. Los problemas empezaron por la tarde, cuando Juan se fue a dormir una siesta y se quedaron solos. Josefina tomó una peluca y se la puso. Iván la miró atónito y le preguntó:
Iván: ¿Qué hacés? Josefina: Nada, me gusta vestirme de mujer, me hace bien. Iván: ¿Qué estás diciendo, Pablo? ¡Sacate eso por favor! Josefina: Yo pensé que no te iría a importar. Iván: Vos sabés que a mí me cuesta todo esto. Con mucho sacrificio se lo conté a mi vieja, pero, si mi viejo se entera, me mata. Mis amigos del club no sé cómo lo tomarían. ¡Imaginate si encima se enterasen que a vos te gusta disfrazarte de mujer! Josefina: Yo me siento mujer. Iván: ¿Qué estás diciendo? —Ella atinó acercarse para abrazarlo y él continuó diciendo—. Salí de acá.