Kitabı oku: «Barbijo Arcoiris», sayfa 3

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Iván salió corriendo por el fondo y se fue a sentar solo debajo de un árbol. Ella se quedó llorando en la habitación desconsolada.

La transfobia, entonces y también ahora, se replica dentro y fuera del colectivo LGBT. Josefina de muy jovencita lo empezaría a entender. Debió elegir en aquel momento entre ser ella o complacer al muchacho del cual estaba enamorada. Tomó el segundo camino, de todos modos, estas cosas antes o después hierven, como una cacerola en el fuego.

Al rato ella lo fue a buscar, y él le dijo: “Está todo bien, pero no me vuelvas a hacer esto”.

Realmente las cosas no estaban bien. Poco a poco se fueron viendo menos, y unos días antes de que otras cacerolas empezaran a hacer ruido, dejaron de verse. Josefina terminó su escuela primaria unos días antes del estallido social.

Iniciaba el secundario en un país convulsionado, en una ciudad hundida en la pobreza. Tenía su alma triste y llena de interrogantes por el futuro que le esperaría.

Capítulo 3: Un largo invierno

Zulma había iniciado sola el año 70 en aquel departamento cercano a la Plaza Pringles. Marcos estaba en Córdoba con su familia, a la cual desde luego no se animaba a presentarle.

En el pueblo, siempre se había destacado por su fama de galán entre las adolescentes. Tuvo varias novias, siempre contando con el agrado de sus familias, que veían en él un buen partido. Las pasiones, los sentimientos de Marcos, estaban reservados para otros ámbitos, ahí donde nadie podía ver y desde luego juzgar.

Con 17 años, el último verano antes de partir para Rosario, solía frecuentar en el campo la casa de los empleados y encontrarse de paso con Matías, uno de los peones. Recorrían aquellas llanuras ganaderas, que parecían una línea infinita que se encontraba con el horizonte, tratando de perderse todo lo posible. Esas escapadas con Matías, del cual estuvo enamorado, lo llenaban de felicidad. Lo mejor que le pudo pasar es irse a estudiar a Rosario. Cualquier sitio le vendría bien, le permitiría vivir su propia vida. Aun así, en cada regreso, volvía a ser ese personaje que se había construido. La presión social circundante le impedía manifestarse tal cual como era.

Fue así como Zulma permaneció sola en Rosario. Marcos le había dejado algo de dinero, como para pasar dos semanas. El regreso se hizo más largo de lo esperado. Ella ya no podía volver a su hogar.

En las casas donde se empleaba por horas, sus patrones vacacionaban en enero. En aquel entonces, ciertos sectores de clase media tenían el privilegio de veranear hasta un mes entero. Contactó a Yolanda, una de sus amigas trans. Ella le proporcionó alimentos y le recomendó un empleo.

En el coqueto Barrio Alberdi, sobre la avenida Puccio, vivía una familia que necesitaba una empleada doméstica. La dueña de la casa, de nombre Beatriz, era médica. Ella conocía a Yolanda, dado que la atendía con frecuencia. Conocía de su historia, de sus padecimientos con su entorno. Fue así como, sabiendo de la situación de su amiga, se contactó con su doctora.

Zulma, que no tenía demasiadas opciones, aceptó el empleo, en el cual además creía que podría ser ella misma.

El colectivo la dejaba en el parque y desde ahí caminaba a su destino, todas las mañanas muy temprano. Tanto Beatriz como su esposo eran médicos y casi no estaban en casa. No tenían hijos. Ella tenía la llave y se manejaba sola. Se ocupaba de las labores de la casa, de los dos perros salchichas y desde luego del jardín, una de sus grandes pasiones. Aprendió a cocinar. Generalmente los esperaba a la hora del almuerzo, donde de vez en cuando conversaban. La pasión de Beatriz y Horacio, su esposo, era la jardinería. De este modo, Zulma pudo enseñarles muchos secretos.

A mediados de febrero, en una de esas tórridas jornadas veraniegas de Rosario, regresó Marcos. Ella le contó de las novedades, de lo bien que se encontraba trabajando. Marcos por su parte se mostraba distante, con otras preocupaciones, la oía, pero no la escuchaba. Al poco de regresar, desapareció. Unos días más tarde le envió un mensaje por un conocido desde Buenos Aires, explicándole que allí se encontraba dedicado a una misión importante. No entendía demasiado de las acciones de Marcos, sentía mucho su falta, pero continuaba su vida.

En abril comenzó a estudiar magisterio por las noches, luego de ir a trabajar de empleada doméstica. Marcos continuaba viajando a Buenos Aires. Un día ella cansada y con cierta curiosidad le pregunta:

Zulma: ¿A qué se deben tus viajes a Bs. As.?

Marcos: Estoy colaborando en una misión, que puede cambiar la historia del país. Necesitan una pata en Rosario, es algo difícil de explicarte, y casi prefiero que no lo sepas, Zu.

Marcos la quería, la aceptaba, era cariñoso por momentos, pero la política era su pasión, su prioridad. Era un ámbito cada vez más reservado para él, como si el peligro azotara, como si quisiera protegerla.

El 29 de mayo era viernes. Zulma, como todos los días, se dispone a salir rumbo al Barrio Alberdi. Le llama la atención ver a Marcos levantarse temprano y salir tomando las llaves del Peugeot, que se había comprado hacía unas semanas. Ella le preguntó: “¿Dónde vas?”, a lo que él respondió: “Debo ir a San Nicolás y por la tarde andaré por aquí, por el centro”.

Todo le resultaba muy extraño, aun así, se fue a su trabajo, con cierto deje de preocupación por la mirada confusa y errática de su novio. Mientras estaba terminando de preparar el almuerzo para sus patrones tenía sintonizada la radio, cuando de repente una noticia la estremece; anunciaban el secuestro del expresidente Pedro Eugenio Aramburu.

Corrió al comedor donde se encontraban Beatriz y Horacio a contarles la novedad. Ellos atinaron a decir “Qué barbaridad”, sin emitir más opiniones al respecto. La política no era un tema que les llamara la atención.

Zulma de repente pensó en Marcos, en todas aquellas cosas que le había estado contando acerca de sus actividades. Por un segundo dudó y creyó que no podría estar involucrado en esto. Aun así, una vez acabada su jornada, decidió volver al departamento y esperarlo. A su llegada lo interrogó acerca de sus viajes misteriosos, le preguntó si tenía algo que ver con lo que había sucedido en Buenos Aires.

Él al principio se mostró errático, finalmente le confesó que era parte de la organización de Montoneros; y que su papel en aquel secuestro fue actuar con parte de un grupo de distracción desde Rosario. Le explicó que por la mañana habían estado en la Ruta 9, tratando de distraer a las fuerzas de seguridad en el límite de ambas provincias, a efectos de que el coche que llevaba al general Aramburu pudiera llegar sin dificultades a su destino en la provincia de Córdoba. Asimismo, que por la tarde la misión de dicho grupo era hacer circular panfletos por Rosario, dando cuenta del secuestro con el objeto de burlar a las fuerzas de seguridad.

Casi sin expresar palabra, lo miró y se fue a la habitación a llorar. Tenía en su interior una serie de sensaciones. Su mayor temor era ver a Marcos expuesto a tanto peligro. Efectivamente sus temores no eran infundados. Los servicios de inteligencia tenían identificado el accionar del grupo de Rosario y estaban detrás de ellos.

Marcos temiendo ser detenido, decide marcharse al sur. Zulma quiso acompañarlo, pero él le pidió que no lo hiciera, entendía que podría correr peligro. Él se comprometió a escribirle, a contactarla de alguna manera. Fue así como una mañana de julio de 1970, allá partió; dejándola nuevamente sola.


De repente Zulma se encontraba en un sitio que le era totalmente ajeno.

Los hermanos de Marcos que habitaban ese departamento sutilmente la invitaron a buscarse otro lugar para vivir. La supuesta aceptación se había hecho trizas, una vez que el compromiso ya no era necesario. A ellos les resultaría dificultoso tener que explicarles a sus padres por la suerte de Marcos, de quien por supuesto desconocían sus actividades. Mucho más aún lo sería dar cuenta de la presencia de lo que ellos veían como un chico raro que se vestía de mujer.

Frente a esa “invitación” a irse, que día a día era más intensa, Zulma decide hablar con Beatriz, quien resuelve emplearla con cama adentro. Fue así como se mudó al Barrio Alberdi. Se instaló en un ático con vistas al jardín. Aparentemente había encontrado un hogar.

Se levantaba a la hora de costumbre, disfrutaba con más tranquilidad de los mates amargos a los que adoraba acompañar de masitas. Luego salía a caminar con los perros y podía dedicarles tiempo a las plantas, antes de iniciar sus otras labores. Se organizó bien como para dedicarles unas horas a los estudios. Su sueño era ser maestra. Jugaba a ello en lo de su amiga Miriam de pequeña, en Echesortu.

Extrañaba a Marcos. Cada tanto pasaba por el departamento de Plaza Pringles, para ver si había alguna carta para ella. Poco a poco fue sobrellevando su ausencia, pero anhelaba volver a verlo. La respuesta siempre era la misma: “No sabemos nada, cualquier cosa te avisamos”. Muchas veces ni siquiera le atendían el timbre. Ella les conocía los horarios. Es así como forzó con ellos algún que otro encuentro en las inmediaciones de la calle Paraguay.

Mientras tanto transcurría su vida con aquel matrimonio de médicos. Ambos rosarinos, sus padres se conocían. Ellos eran amigos desde muy pequeños. Estudiaron juntos, tenían la misma edad, se conocían, creían conocerse demasiado. Ella trabajaba más mientras Horacio solía regresar temprano. Por la tardes se recostaba un ratito. Conversaba con Zulma, antes de que ella se fuera estudiar por las noches.

Fue ganando su confianza. Los fines de semana, sabiendo que ella se levantaba temprano, buscaba modos y maneras de encontrarla. La quería acompañar a pasear los perros, darle una mano con las tareas del jardín, ir a hacer mandados o incluso ayudarla a cocinar. Zulma empezó a sentir que su presencia era cada vez más intensa. Poco a poco iba invadiendo territorios que le eran más propios.

Una noche que ella no tenía clases y Beatriz tenía un compromiso, la abordó sorpresivamente en la cocina. La abrazó por detrás, le besó el cuello. Ella pudo soltarse aprovechando su contextura física. Subió rápidamente la escalera y se encerró en la habitación. Él le golpeaba la puerta, pidiéndole que le abriera para poder conversar. De a ratos se mostraba más cariñoso y por momentos más agresivo. Pasada cerca de una hora, dio la sensación de que había desistido, sin embargo insistió.

Cuando sintió que no podría sobrellevar la situación y estaba por abrirle, escuchó el ruido del coche entrar en el garaje. La llegada de Beatriz fue su salvación. Ella percibió algo, de hecho, lo encontró bajando del ático muy agitado. Presintió algo, pero evitó hacerle comentarios. Estaba cansada, con la cabeza en otra cosa. Tampoco quería ver un aspecto de su compañero que no conocía, pero del cual albergaba sospechas. Él no le había dado motivos, pero ese sexto sentido de quien conoce tanto al otro le hacía ruido.

A la mañana siguiente era sábado. Zulma llamó muy temprano a su amiga Yolanda y le pidió ir a su casa. Le avisó a Beatriz que se iría a pasar el fin de semana con ella, necesitaba pensar qué hacer, cómo continuar.

La vida de su amiga había sido mucho más dura. Debió huir de Santiago del Estero, de un contexto familiar violento y lleno de necesidades. Un día desesperada, con algunas cosas encima, se fue a la Ruta 34. Ahí hizo dedo, un camionero la levantó y la dejó en Rosario. Con 16 años sintió en carne propia la dureza de la urbe. Durmió en la calle, sintió hambre, atravesó situaciones difíciles. La vida le dio fortaleza. De aspecto rudo, pero amable por dentro, tenía un corazón de oro.

Sin recursos, sin redes de las cuales valerse, las opciones de subsistencia para ella no eran demasiadas. La calle fue su mundo, su lugar, ahí sufrió, padeció, se hizo grande, aprendió. Su carácter, su decisión, le dieron el coraje para hacerse respetar. Se dejó explotar mientras no tuvo opción, hasta irse abriendo caminos. La “ley”, que de ley tenía muy poco, también la presionó, la extorsionó hasta que se fue imponiendo.

Dominaba la calle, y a una cierta edad, ya no quiso dejarla. Quienes la buscaban, encontraban en ella algo más que un rato de placer. Yolanda escuchaba, aconsejaba, abrazaba corazones, tocaba el alma. Zulma era para ella como una hermana menor. Una de estas tantas que atrás había dejado en el monte santiagueño, bajo el yugo de un padre golpeador; ante la mirada impotente de una madre sin recursos, disminuida y atemorizada.

Yolanda le ofreció quedarse con ella unos días en la pensión donde vivía, le recordó de todos modos cuál era su actividad, a qué se dedicaba. La escuchó, le creyó, buscó las mejores palabras para aconsejarla. Con sutileza le expresó: “Bienvenida a la vida”.

Tenía dos opciones, seguir en ese lugar ante el posible acoso de ese hombre o con toda seguridad la calle. Fue así como le dijo: “Si les decís que te vas, seguramente intentarán convencerte para que no lo hagas. Él con toda seguridad se mostrará arrepentido, sabe de algún modo que, si vos hablás, su mundo se cae. Creo de todas formas que lo volverá a intentar: estará en vos si optás por ese camino, saber hacerte respetar”.

Regresó el domingo por la noche, ambos la estaban esperando, querían conversar con ella. Se mostraron preocupados frente a la posibilidad de que hubiera algo que no le gustara. Beatriz le preguntó: “Tenés algo que decirnos, algo te incomoda”, a lo que él agregó: “Estamos muy contentos con vos, te queremos con nosotros”. Ella manifestó sentirse bien y expresó que si algo la incomodaba se los diría. Había optado por volver, por tratar de ganar tiempo para evaluar cómo poder continuar con su vida.

Horacio la buscó no bien pudo y le pidió perdón; todo lo que su amiga le había dicho se estaba cumpliendo.

Ya era septiembre, la vida iba recobrando paulatinamente su normalidad. Las flores brotaban en el jardín, de a poco los días crecían y los atardeceres junto al río, donde de vez en cuando bajaba por la cuesta de la avenida Puccio junto con los dos salchichas, eran cada vez más luminosos.

Poco a poco Horacio volvió a la carga, tratando de ganarse nuevamente su confianza. Ella sintió ese avance frenándolo de vez en cuando. Fue así como cuando creía que nuevamente se le venía la noche, en una mañana que saliendo a hacer mandados ve avanzar desde la avenida, cruzando en diagonal el parque, a un joven que le resultaba conocido. Lo miró atentamente, creyó conocerlo, pensó… es ¡Marcos!

Tenía el pelo más largo y barba, eso la desconcertaba. Aun así ese joven avanzaba hacia ella en la búsqueda de su mirada; efectivamente, era Marcos. Una vez que se vieron se abrazaron, se emocionaron. Pasados unos minutos, ella le preguntó por qué había desaparecido:

Zulma: ¿Dónde has estado, Marcos? ¿Por qué no has escrito?

Marcos: Me instalé en Trelew, y sí te he escrito, pero mis hermanos no te han dicho.

Zulma: Sí, me imaginaba, he pasado seguido a verlos, pero de su parte siempre obtenía la misma respuesta: “No sabemos nada”.

Marcos: Lo sé, hablaron con mis padres, ellos están muy enojados conmigo, aun así decidieron ayudarme.

Zulma: ¿Cómo me encontraste?

Marcos: La busqué a Yolanda y ella me explicó todo, estaba en la esquina de siempre.

Zulma: ¿Y ahora, Marcos, cómo sigue esto?

Marcos: Zulma, he venido a buscarte. ¡Vámonos al sur! Con unos amigos nos pondremos un restaurante. Buscaremos la manera de que sigas estudiando.

Zulma: Me daría mucha pena dejar Rosario, pero a las claras ya no tengo muchas opciones, en este trabajo ya no estoy bien.

Marcos: ¿Qué está pasando, Zulma?

Zulma: Nada importante, iré con vos entonces.

Fue así como decidieron que se irían al cabo de unos días.

Zulma habló con sus patrones, les explicó que se marcharía al sur. Ellos le pidieron que se quedara hasta el siguiente fin de semana, dado que vendrían unos amigos a comer.

A Marcos por su parte la idea no le resultó mal. Iba a tener unos días para organizarse y resolver algunas cuestiones de familia. Además de regresar por Zulma, se iba a encontrar con sus padres, a los que, molestos, enojados por su activismo político, no les quedaba otra, según su entender, que seguir ayudándolo. Preferían eso a pensar que andaría por ahí mendigando.

Fue así como en ese encuentro, habían acordado que le darían un dinero, producto de la venta de un campo. De este modo, pretendían no saber de él mucho más por un buen tiempo; y en lo posible ni conocer otros aspectos de su vida. Los rumores de que Marcos podía ser gay habían llegado a sus oídos, por medio de otros hijos de conocidos que también estudiaban en Rosario. Podían soportar muchas cosas, incluso tener un hijo montonero, pero no maricón”.

Unos días después, antes de regresar al pueblo, Lucía y Ernesto, esos eran los nombres de sus padres, tenían una cena en la casa de unos médicos conocidos en el norte de la ciudad. Ambas parejitas habían coincidido en la luna de miel en cataratas del Iguazú. Muy cada tanto se veían. Hacía tiempo que no se encontraban.

Era una noche templada a fines de septiembre y se podía comer afuera. Al llegar son recibidos por una joven muy agradable de contextura fuerte. Los invitados los reciben amablemente. Pasan una velada placentera donde pudieron disfrutar de los ricos sabores de la comida, preparada por aquella muchacha.

Durante la cena, los dueños de la casa les preguntaron por sus hijos, a lo que tanto Lucía como Ernesto, respondieron: “Lucas y Martín siguen estudiando medicina acá, en la universidad, esperamos que los tengan en cuenta cuando se reciban. Marcos, por su parte, se va al sur a iniciar un emprendimiento propio”. Los anfitriones los miraron con un gesto de aprobación y les expresaron: “Claro que sí, veremos qué podemos hacer por ellos”. Lucía y Ernesto se fueron pasada la medianoche. Al salir, ella saluda amablemente a la empleada y le dice: “¿Cómo te llamás? ¡Qué agradable sos! Ojalá pudieras venirte conmigo”.

Ella respondió: “Me llamo Zulma, señora, gracias por el ofrecimiento, pero tengo planes”. Zulma había presenciado la cena con sigilo, y luego de ir atando cabos, a partir de lo que fue escuchando, infirió quiénes eran. Prefirió callar, dejar que la escena transcurra. Pensó que podrían avergonzarla o que a Marcos no le gustaría que cuente quién era.

Beatriz tomó del brazo a Lucía camino al coche y le dijo “¿Vos te diste cuenta que Zulma es trans, verdad?”. A lo que ella, luego de un silencio, le contestó: “No me lo parecía, aun así, yo no tengo ningún problema con los gays, me parecen buena gente”. A lo que Beatriz respondió: “Me parece muy bien, amiga”. Subieron al coche, llegaron al parque y doblaron por Rondeau rumbo al centro. La visita social estaba cumplida.


La semana siguiente, a comienzos de octubre de 1970, ambos parten hacia el sur, previa despida con Yolanda, quien le recuerda a su amiga que siempre podría contar con ella. En la Patagonia, Marcos había logrado escabullirse de las investigaciones policiales posteriores, relacionadas con el grupo de apoyo rosarino al operativo del general Aramburu.

De todas formas, él tenía familiares en el ejército con suficientes contactos como para que lo dejaran tranquilo. Tal vez en acuerdos secretos, desarrollados por sus parientes que él no conocía, estaba pactada su mudanza al sur, a cambio de que se alejara de la política. Tiempo después integrantes del grupo de apoyo al que había pertenecido fueron detenidos.

Durante un tiempo Marcos se retiró de toda actividad. Ambos se dedicaron al restaurante. Todo parecía enorme en aquellas geografías: la inmensidad de las estepas, el ancho mar al que de vez en cuando se acercaban, las largas jornadas de verano y desde luego, el largo invierno. El viento, el frío y las noches eternas los habían sorprendido. El tiempo les parecía que se había detenido. En el local ofrecían comidas a los viajantes, principalmente a camioneros en su paso por la Ruta 3. Ella había postergado su sueño de ser maestra para otro momento. Ahora se dedicaba a acompañar a Marcos en este proyecto.

A mediados de 1971, él comenzó a acercarse nuevamente a la política, cuando militantes peronistas y de izquierdas, muchos con simpatías con grupos guerrilleros, se acercaron a la zona. De a poco ese lugar ignoto donde el viento acostumbraba a mover las chapas, se convierte en un sitio de reuniones políticas.

Zulma no estaba demasiado convencida de lo que estaba ocurriendo, pero acompañaba, o más bien callaba. Deseaba de a ratos ser como su amiga Yolanda, valiente, decidida, capaz de llevarse el mundo por delante. Sentía muy a su pesar cuando se miraba al espejo, que por momentos se asemejaba más a su madre, ocupando un papel pasivo en la escena familiar. Le gustaba la política, aunque no coincidía de ninguna manera con la violencia, como método de acción. Las pocas veces que emitía opinión en aquellas reuniones, era mirada con recelo. En ella molestaba, además del contenido de esas ideas expresadas, el interlocutor que las pronunciaba.

Marcos pudo observar eso y entender en su interior que la homofobia, principalmente si se notaba, carecía de ideología y de estratos sociales. Que ella no era propiedad del entorno social de sus padres, donde se había movido mucho tiempo. Aun así la militancia le brindaba seguridades, estando dispuesto a pagar el precio de los prejuicios contra ella, pero también contra él.

Las reuniones eran generalmente por las tardes, escuchando las noticias a través de la radio. A modo de ejemplo, el devenir del Operativo Retorno del cadáver de Evita, hasta su destino en Madrid. Un acontecimiento llama la atención de aquel grupo: la fuga que los tupamaros habían protagonizado, en la antigua cárcel montevideana de Punta Carretas, en Uruguay. Entrado 1972, se entrelazaron los contactos con referentes de ERP y Montoneros. Comienza a tomar forma la posibilidad de organizar una fuga de presos del penal de Rawson.

Zulma le pide por favor a Marcos que se aparte de aquel operativo. Esta vez, él estaba dispuesto a escucharla. Poco a poco le fue pidiendo a ese grupo que espaciara las reuniones o que fueran alternando de lugares. Ese grupo, que se iba nutriendo de nuevos allegados, entendió que ir cambiando de lugares de reunión actuaría como un efecto distractor.

Algunos de sus miembros además recelaban de que aquellos encuentros se llevaran a cabo en un sitio de maricones”. Otros integrantes se preguntaban además por qué razón Marcos era uno de los pocos que no había caído en los operativos policiales. Sospechaban que podría tratarse de dos topos. No así todos estaban de acuerdo con estas apreciaciones y los consideraban valiosos e inteligentes, para el desarrollo de estas actividades.

El lugar ya estaba identificado como punto de encuentro de reuniones políticas. Su padre a través de un emisario que andaba por el sur, se lo hizo saber. Entre el 15 y el 22 de agosto de aquel año, se produce la fuga del penal de Rawson y los posteriores fusilamientos. Toda esa zona del país se militarizó. La presencia de las fuerzas de seguridad en el local eran cada vez más frecuentes con distintos tipos de interrogatorios.

Había rumores acerca de que a Marcos lo habían visto dentro de uno de los vehículos que colaboraron con la logística. Ambos lo negaban, pero ella recordaba que aquella noche del 15 de agosto él estuvo desaparecido sin dar cuenta de su paradero. En cada presencia policial se sentía desprotegida, descuidada por el accionar de Marcos.

Con pretextos poco claros, les clausuraron el restaurante. Debieron dejar Trelew con destino a otro sitio. Durante unos meses se instalaron en Bahía Blanca, en la casa de un amigo. Fue ahí donde la relación entre Marcos y Zulma comienza a desgastarse.

En el verano del 73 deciden separarse. Hacía tiempo que Lucía, la madre de él, trataba de convencerlo de que regrese al pueblo. Una tarde de febrero deciden seguir sus caminos por separado. Se despiden en la terminal de Bahía Blanca, donde ella tomaría un colectivo con destino a Rosario. Días después, los padres de Marcos pasan a buscarlo por Bahía Blanca. Luego del cierre del restaurante, tuvo que vender el auto como para ir tirando.

En el pueblo, Marcos volvió a ser el muchacho de antes, buscando de tanto en tanto consuelo entre los alambrados, en la sombra de los árboles, en los cielos infinitos de la inmensidad de la llanura. Optó por ello y desde entonces eligió seguir una doble vida, al amparo de ciertas seguridades. Tiempo después se dedicó al campo, se alejó de la política, a tal punto que, como el avestruz, escondió la cabeza años más tarde.

En Rosario a Zulma la espera Yolanda para abrazarla, para acompañarla, para seguir caminando juntas, a la espera de los designios del destino.


Era una tarde de febrero calurosa, cuando Zulma regresa a la ciudad.

La invadían las dudas y estaba llena de interrogantes, cargando sus dos maletas y muchas desilusiones sobre sus espaldas. Atrás había quedado quien creyó que era el amor de su vida, adelante todo era misterioso. La pensión sobre la calle San Luis, donde vivía Yolanda, era una vieja casona de tres pisos sin ascensor. De habitaciones pequeñas con vista interior, piso de madera y techos altos.

Yolanda dormía en la cama y Zulma en un pequeño colchón sobre el piso. Apenas un armario para guardar ropa, un baño con pocas comodidades, una mesa y dos sillas para sentarse, cerca de la ventana, otra mesita con un anafe para calentar agua. Salía a buscar trabajo por las mañanas, cuando su amiga generalmente dormía. Luego se recostaba a la hora de la siesta para sobrellevar el calor rosarino. Entre las 6 y las 10 volvía a salir, a veces buscando alguna entrevista de trabajo, y otras simplemente a dar vueltas por la ciudad. En ese horario Yolanda debía trabajar.

En aquella pensión el movimiento era intenso una vez que caía el sol. Los golpes de las puertas, el ruido de los tacones por la escalera de madera, hacían al lugar inconfundible. Las chicas pagaban por aquella piecita lo que no valía. En ese precio estaba incluido un vuelto para la “ley”, a efectos de poder vivir en “paz”, o mejor dicho sobrevivir. La calle estaba dura, los clientes regateaban demasiado, pronunciándose esa tendencia a medida que el mes avanzaba.

La barranca, los parques, las calles sórdidas que rodeaban el puerto, los bares de mala muerte, eran lugares frecuentados por ellos. La oscuridad de la noche disimulada esos “bajos deseos”, de aquellos padres de familia. Zulma buscaba empleo en bares, restaurantes, cafeterías, almacenes. Las entrevistas comenzaban de un modo amable, aunque se complicaban al momento de presentar su documento.

En general la respuesta era tan hipócrita como amable, escuchando una y otra vez la célebre frase “te vamos a llamar”. Fue así como trató de contactar las amistades que tenía, incluso las que había hecho a través de Marcos. Una tarde fue a ver Hilda que era encargada de un bar en la zona de Pellegrini y Corrientes. Ellas se habían hecho amigas a través de Marcos. Pese a cierto tiempo sin verse, se reconocieron rápidamente. Hilda quedó en avisarle sobre la primera oportunidad que tuviera.

Los días se convirtieron en semanas y las semanas en meses. Zulma no podía sustentarse más. Comían salteado muchas veces, el mate llenaba sus estómagos. Una mañana, ya desesperada por la situación, le propuso a Yolanda trabajar con ella. Fue así como comenzaron a dialogar, mientras tomaban mate para sobrellevar el día y desde luego el hambre de la noche:

Zulma: Quiero trabajar con vos, Yoli, está situación no da para más.

Yolanda: Yo te voy a seguir bancando, antes o después algo va a aparecer.

Zulma: Está todo muy difícil, creo que no tengo otro camino.

Yolanda: No es fácil esta vida, pero la vas sobrellevando como todo. Una a veces cree que es una desgraciada; pero cuando te encontrás con esos hombres, llenos de cosas materiales, pero con tantas angustias por temas no resueltos, por un segundo pensás que hasta sos feliz. Terminás siendo un poco psicóloga. Ellos buscan muchas veces una oreja.

Zulma: Te entiendo.

Yolanda: Si es tu decisión te acompañaré. Las cosas con la “ley” están tranquilas y en esta pensión tenemos el privilegio de no trabajar para nadie. No vas a correr riesgos. Si un cliente se pasa salimos todas a bancar. Hace mucho en realidad que no pasa nada.

De este modo Zulma decidió hacer la experiencia. Habían acordado alternarse para poder trabajar. Efectivamente fue así, los primeros clientes le resultaron más pacientes de terapia que otra cosa. Sobrellevó la experiencia, aunque sintió el frío del alma de las personas con las que estaban. Tuvo la suerte de que Hilda la contactara a los pocos días. Una camarera se había ido a vivir a Mendoza y quedaba un lugar libre.

Hilda, al igual que Marcos, era peronista. A diferencia de su amigo, nunca quiso saber nada con los grupos pesados. En la cocina había fotos de Evita, y aquellos días felices de la primavera camporista, a menudo se cantaba la marcha en ese lugar. Zulma no era una enamorada de la política, pero admiraba a Evita como mujer.

El 20 de junio de 1973, habían decidido cerrar. Hilda le pidió a Zulma que la acompañe a Ezeiza. Dudó, sintió que algo podía suceder, pero creía que debía acompañar a su amiga, que le había dado la oportunidad de trabajar. Allá fueron en una larga fila de micros naranjas, que en fila india por la Ruta 9, marchaba hacia Buenos Aires. El destino la tuvo cerca una vez más de un acontecimiento histórico, y la suerte jugó a su favor. La multitud y un pinchazo por el camino, hizo que debieran permanecer muy lejos de donde se produjo aquella batalla campal.

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395 s. 10 illüstrasyon
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9789878712963
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