Kitabı oku: «Barbijo Arcoiris», sayfa 4

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De vuelta en Rosario continuó trabajando. A fin de año alquiló otra habitación en la pensión para permanecer cerca de Yolanda, que la consideraba su única familia. El año 74 se fue poniendo más difícil. Pese a ello uno de los pocos recuerdos bonitos para Zulma fue ir a ver un partido la Selección.

El restaurante solía ser frecuentado por dirigentes de ambos equipos grandes de la ciudad; ella con su simpatía se ganaba rápidamente a los clientes. En abril de 1974, Newell’s y Central habían dejado sus rivalidades de lado. Un combinado rosarino dirigido por los entonces técnicos, Juan Carlos Montes y Carlos Griguol, enfrentaría a la Selección Nacional, que se preparaba para el Mundial de Alemania.

Les ofrecieron plateas a ella y a Hilda que era de Rosario Central. A su amiga le hubiera gustado ir, pero tenía otro compromiso. Para Zulma el fútbol era una pasión que ni ella podía explicarse. Allá fue, la noche del 17 de abril, vestida con los colores de su equipo. En la pensión la miraban con cierto asombro. Yolanda por su parte la observó con una sonrisa, y le dijo: “Te volviste hombre ahora”.

En el estadio le deparaba una sorpresa. Llegó muy temprano y mientras estaba sentada, ve por el pasillo acercarse a un muchacho que a las claras parecía reconocer, era su hermano Juan. El destino quiso que se sentaran juntos aquel día. Es cierto que la obsesión por llegar temprano, heredada de Francisco, hizo lo suyo, facilitando que pudieran dialogar antes del partido. A raíz de que era un amistoso, Juan se encontraba solo, dado que solía ver todos los partidos con su padre. Dicen que está todo escrito.

Él no la reconoció o al menos hizo como si así fuera, y ella le habló:

Zulma: Hola, Juan.

Luego de mirarla con desconcierto, le contestó:

Juan: Hola, Ignacio.

Zulma: Vos no cambiás más. Se sonrió irónicamente y le dijo:

Juan: Soy como soy. Vos sabés que siempre te banqué, pero me cuesta.

Zulma: Me hubiera gustado que estuvieras más a mi lado cuando debí irme de casa.

Juan: La vida es así, para nosotros no fue fácil la decisión que tomaste.

Se lo expresaba como haciéndola responsable del dolor que les había ocasionado.

De niño había sido más tolerante, pero de adolescente se fue volviendo más intransigente, siguiendo los mandatos de su padre y estimulado además por las amistades que se le fueron cruzando. Fue así como ella le dijo:

Zulma: De chico tenías otra actitud.

Juan: Puede ser, los chicos crecen. Yo espero que alguna vez termines con este capricho.

Zulma: No es un capricho, hermano, yo espero que alguna vez puedas entenderme.

Siguieron conversando un poco acerca de sus vidas, pero muy esquivamente. De a ratos se cortaba el silencio y perdían las miradas. En ese encuentro el Trinche Carlovich hizo de las suyas, deslumbrando al público. Los hermanos se abrazaron, ellos que eran ambos leprosos, y otros que compartían platea a pesar de que en sus corazones latían colores diferentes. Esa noche Rosario fue una, y dio una lección de fútbol ganando 3 a 1. Finalizado el encuentro caminaron juntos hacia Pellegrini. Él le dejó el teléfono de su trabajo, le dijo: “Prefiero que no llames a casa”. Ella le contestó: “Ya sabés dónde vivo cualquier cosa”.

Ella marchó hacia el este, hacia el centro, tal vez uno de los pocos sitios impersonales de la urbe. En su elección de vida cargaba también sobre su alma, la pérdida del barrio. Él en cambio inició el lento camino hacia allí, en dirección hacia el oeste, ahí donde siempre se vuelve, donde todo se perdona, donde te levantás luego de cada caída, donde nunca falta el abrazo de alguien.

A partir de la muerte de Perón las cosas se complicaron aún más. La presencia policial en la zona era cada vez más intensa. La “ley” pedía más coimas, las redadas eran cada vez más frecuentes en la vía pública, las escaramuzas en las escaleras de madera eran permanentes. El 75 fue aún peor. Una noche de invierno Rosita, una de las chicas que se encontraba en el puerto haciendo lo suyo, es levantada por un Falcón color verde; desde entonces no se supo nada más.

Como la historia de muchas otras, ella había llegado del norte, estudiaba psicología y desde luego subsistía como podía. Como el resto de las chicas no tenía familia. Por ello, las inquilinas de aquella pensión fueron a la comisaría a denunciar la desaparición de su compañera. Las respuestas eran equívocas: “No sabemos nada”. “Algo habrá hecho”. Días después se acercaron a la pensión algunas compañeras de la facultad preocupadas porque no sabían nada de ella. Además, habían desaparecido otros dos muchachos. Lo único que tenían en común era su pertenencia a una agrupación universitaria.

Contactaron algunos abogados y la respuesta siempre era la misma: “No se puede hacer nada, no va a aparecer, yo les diría que se cuiden”. Luego de octubre, cuando el Gobierno de Isabel Perón decretó el estado de sitio, las cosas se siguieron complicando.

Si las chicas estaban juntas por la calle, eran abordadas por las fuerzas de seguridad; dado que consideraban que se trataba de muchas personas concentradas en la vía pública. Más de una vez eran golpeadas y amenazadas. Se corrían de calles, de zonas para evitar el peligro, pero siempre estaban latentes el riesgo, el miedo, la amenaza.

Ya no se respiraba el mismo aire en el local de la avenida Pellegrini. Hilda, por militar en política y Zulma, por ser trans, empezaron a ser observadas con más desconfianza, por parte de los dueños y de algunos compañeros. Incluso los que no muy atrás entonaban la marcha peronista.

En las calles se sentía la inminente caída de Isabelita. Nadie se asombró aquella mañana del 24 de marzo, cuando las fuerzas armadas tomaron el control operativo del país. Recién el verano se marchaba, pero las noches parecían más largas de lo habitual. Una tarde a comienzos de abril al regresar a la pensión, la estaba esperando en la puerta la casera. Debía comunicarle una noticia que la llenaría de tristeza.

Alrededor del mediodía, en un operativo policial, se habían llevado detenida a Yolanda. Lloró, se sumió en la desesperación. Trataron de consolarla en esa pensión, que de algún modo era su único refugio. Nunca más la volvería a ver.

Al día siguiente le contó lo sucedido a Hilda. Ella le dijo “Las cosas se pusieron muy difíciles, nos tienen marcados”. Su compañera de trabajo le sugirió que viera la forma de irse de Rosario. “¿Otra vez?”, pensó ella.

Ahora sin Yolanda se encontraba muy sola. Lo único que atinó a hacer fue comunicarse con su hermano Juan, que aún vivía en casa de sus padres. Luego de aquel encuentro casual en el estadio, lo había llamado una o dos veces a su trabajo. Se encontraron al día siguiente al pie del Monumento. Ella le contó lo que estaba sucediendo en su entorno. Juan, que tenía un amigo policía, sabía que su hermana podría correr peligro.

La dictadura estaba ensañada con todo aquello que no pudiera encasillar con lo “europeo, occidental y cristiano”.

En secreto, sin que ella supiera el real peligro que corría, dio a entender que se iría del país, tratando de que no la molestaran. La convenció de que se fuera a Italia, le prestó unos ahorros. Los abuelos habían nacionalizado tanto a su padre como a su tío al nacer, era sin dudas un posible salvoconducto. Buscó los papeles que necesitaba en la casa de Echesortu, en secreto, para no despertar el enojo de su padre. Tardó varios días, finalmente en el galpón encontró los documentos italianos de Francisco, que era lo que precisaba.

La convenció a Zulma de que recuperase su aspecto varonil. Ella no lo tomó a bien, pero en aquellas circunstancias accedió. Volvería a ser Ignacio, esta vez para salvar su vida. Sintió que aquello fue como un retroceso, como cuando su padre le había cortado el pelo y la había llevado a pescar. En definitiva no tenía demasiadas opciones. Sabía que lo que le esperaba era un largo exilio, de noches frías de invierno. Una vez más asimiló lo que le tocaba y decidió seguir adelante.

Días después la acompañó a hacer el trámite en las inmediaciones del Parque Independencia. Un amigo de Juan que trabajaba en el consulado aceleró la gestión. Finalmente, una fría mañana de junio de 1976, la pasó a buscar por la pensión en la calle San Luis y la llevó a Fisherton. Luego de abordar aquel vuelo que la dejaría en Buenos Aires para partir hacia Italia, no se volverían a abrazar por mucho tiempo. El último momento de esos hermanos fue en el hall del aeropuerto.

Capítulo 4: exilio

Cuando uno se aleja de la patria te invade la tristeza. La posibilidad del regreso se convierte en una verdadera quimera. Emigrar abre puertas, es cierto, pero te desnuda por dentro. Quieras o no, queda de lado parte de tu ser. Los sabores cotidianos quedan en el recuerdo. Todo se añora durante el día, nada alcanza por las noches para alivianar la nostalgia. Cuando emigrar es la manera de resguardar la vida, a las claras hablamos de exilio; con él, se suma la sensación de destierro, se profundiza la ausencia del abrazo. Todas estas cosas recorrieron las entrañas de Zulma, en aquel invierno de 1976.

Partía, es cierto, al lugar de origen de sus abuelos, pero de ellos ya no quedaba nada. Sus vidas, sus sueños, sus ilusiones, se habían concretado en la pampa húmeda. Si estar lejos de los tuyos, si ser perseguido es un drama, adoptar un género que no sientes ha de ser una tragedia.

Luego de un largo periplo, Zulma llegó a Ezeiza abrigada hasta los dientes. El colectivo que la trasladó desde Aeroparque había sido detenido varias veces por las fuerzas de seguridad, a efectos de pedir documentación. Los pasillos de la Terminal Internacional eran recorridos por policías y militares que observaban cada detalle, cada movimiento. Al momento de embarcar pasó por varios controles, pudo llegar a dilucidar a personas que eran retiradas de las filas, para realizar interrogatorios.

Luego de pasar el puesto de migraciones con preguntas intimidantes, llegó al sector de embarque. Una vez que tuvo el sello de salida sintió alivio y tristeza. Guardó su pasaporte argentino sin saber cuándo lo volvería a usar. Dejaba el país, su vida, su historia, su identidad. Le tocó ventanilla del lado izquierdo, desde ahí divisó por última vez la capital. Los edificios de Buenos Aires se veían como pequeños puntitos blancos, en aquel cielo despejado de un mediodía de junio.

El vuelo realizó dos escalas, una en San Pablo y otra en Madrid, finalmente llegó a Roma. En el aeropuerto de Fiumicino la esperaba Nicola, un primo del empleado del consulado, amigo de Juan, su hermano.

Estaba cansada, el vuelo fue extremadamente largo. Sentía sueño, y por su cabeza pasaba una imagen: la casa de Ricardone junto a su abuela. Todo eso ya había quedado lejos.

El aterrizaje la situó en otra estación, en otro idioma y con un aeropuerto lleno de personas que iban de un lado a otro. Sintió vértigo, pasó migraciones y fue en la búsqueda de su equipaje. La incertidumbre de si encontraría a Nicola la invadía. Finalmente ahí estaba, portando un cartelito con el nombre de Ignacio”.

Luego de un cálido abrazo, se dirigieron al estacionamiento, subiendo a un Fiat 125, que los trasladaría al centro de la ciudad. Nicola era el menor de una numerosa familia del sur. Vivía solo en Roma y con sus recientes 30 años, ya había tenido la oportunidad de viajar; visitando una larga parentela extendida por diferentes puntos. De este modo practicaba idiomas, para los cuales tenía bastante facilidad. Fue así como conocía algunos países de Europa, y algo de la Argentina, donde vivían sus primos rosarinos.

La Italia de posguerra se había recuperado, aun así, muchos italianos permanecieron en los países que habían elegido para emigrar. Luego de los 50, Francia, Suiza y Alemania eran los destinos más elegidos.

Nicola le ofreció una habitación. La orientó en los engorrosos trámites de la burocracia italiana. Le mostró la ciudad y todos aquellos puntos que nunca se hubiera imaginado conocer: el Vaticano, el Coliseo, el Foro Romano, entre otros. Era amable, aunque reservado. Tenía perfecto conocimiento de quién era Zulma; aun así, no podía llamarla por su nombre, ni reconocer su identidad. Como empleado en un hotel con una serie de contactos para conseguirle trabajo. La búsqueda no era sencilla y el idioma un obstáculo, al menos en los primeros tiempos.

Él trabajaba casi todo el día, por ende Zulma se ocupaba de labores domésticas. Algunas mañanas concurría a entrevistas de trabajo, siempre recomendada por él. Cuando él tenía francos, acostumbraban a ir a la playa en la zona de Ostia. Ahí, ella rápidamente identificó la presencia de gays, que frecuentaban el lugar en la búsqueda de contactos ocasionales.

Le llamaba la atención que Nicola prefería siempre esas playas con “cierto movimiento”. Él era sumamente correcto, pero también cerrado. En definitiva, le daba pocas explicaciones. A menudo se quedaba dormido recostado en la arena, y Zulma aprovechaba a caminar. En sus pasos entre la gente escuchaba la voz de Raffaella Carrà, que sonaba en los equipos de radio. Pronto sentiría admiración por esa actriz.

Poco a poco se fue animando a conversar con gays que frecuentaban la playa, a pesar de su limitado italiano. Fue advertida por los “bambinos” que fue conociendo, de la presencia policial, de lo difícil que era ser gay en Italia. Reconoció rápidamente en Roma los lugares que debía frecuentar y los peligros a los que se podía exponer. Recorrió así los sórdidos baños de Termini, las inmediaciones del Tíber, la Villa Borghese, etc. Generalmente lo hacía por las tardes, luego de ocuparse de las labores que habitualmente realizaba, y en el horario en que Nicola trabajaba.

Un día y sin esperarlo, lo encontró caminando por las callejuelas de la Villa Medici; donde a ciertas horas, queda más que claro qué se está haciendo. Él se sorprendió, se mostró contrariado porque supuestamente estaba trabajando; finalmente, luego de pretextos poco claros, terminó por confesarle sus inclinaciones sexuales.

Se sentaron cerca del mirador que da a la Plaza del Popolo. Él le contó que en Roma había encontrado cierta libertad que no tenía en su pueblo, a pesar de que la ciudad tampoco era un oasis de libertad. Ella por su parte le contó lo que era ser trans, de todas las dificultades que había padecido. Él le preguntó,

Nicola: ¿Cómo es que te sientes mujer?

Zulma: Así es, Nicola, me siento una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre. Cada vez que me llaman Ignacio, siento que me clavan un puñal en el alma.

Nicola: Debe ser muy difícil para ti. ¡Te perseguirían en tu país! Recuerdo cuando estuve el año pasado, las cosas ya estaban difíciles.

Zulma: Sí, por mi condición sexual, pero también por mi participación en política, estaba todo muy difícil.

Nicola: Aquí no es fácil tampoco. La policía te persigue, te pide documentos si te ve merodeando, es necesario sacar membresías para asistir a lugares del ambiente. Además con esto de las Brigadas Rojas, se complica.

Zulma: ¿Qué son las Brigadas Rojas?

Nicola: Es un grupo de militantes de izquierda, que comete atentados y otros crímenes.

Zulma: Yo tuve un novio militante y corrí mucho peligro. Ojo, me gusta la política, pero no la violencia. —Se hizo un silencio y luego le preguntó—: ¿Vos no estarás metido en eso? —Luego se sonrío con cierta ironía.

Nicola: No, tranquilo; perdón, tranquila.

Ambos se rieron, se dieron un abrazo y volvieron a casa. Él le explicó de algunos cuidados más que debía tener; como la presencia de policías muchas veces de civil, que adrede frecuentaban esos sitios, con la intención de molestar o cobrarse algún vuelto indebido.


El trato entre ellos había cambiado a partir de aquel encuentro. Desde entonces, él se mostraba más abierto, como teniendo la necesidad de poder contar cosas.

Si las ciudades son complejas para las realidades diversas, el rural, aunque no siempre, suele serlo más. A veces hay una autocensura que no te permite ser. Todo cambia en la medida en que uno se gana la confianza de la gente, pero ese trabajo arduo te puede llevar puesto.

Él era muy querido en su pueblo, pero su identidad estaba totalmente invisibilizada. Sentía que sus padres, sus tíos, eran muy grandes y que podría causarles un disgusto. Zulma trataba de serenarlo en esas charlas, hacerle entender que debía vivir su propia vida, rodeándose de personas que pudieran ofrecerle amor y contención. Ella por su parte se sentía muy sola, casi no hablaba con nadie. Los vecinos la miraban con desconfianza, y hasta ir de compras le resultaba un problema. Pocos hacían el esfuerzo por comprenderla; incluso hasta cuando lograba expresarse en italiano.

Nicola, a pesar de que había recorrido cierto mundo, creía que el principal problema de ella era adaptarse a la cultura italiana. Le expresaba cosas como “extrañarás la comida de allá”. Zulma necesitaba el abrazo del entorno, la comprensión del mundo, aquella que en la Argentina de la dictadura no podía encontrar. Extrañaba sus sabores, es cierto, pero si hay algo que tienen los argentinos es cierta facilidad para adaptarse a cosas nuevas; en cambio a la distancia, siempre se echa de menos los afectos.

Luego de un tiempo, finalmente tendría su primera oportunidad laboral. En un hotel en la zona de Termini, precisaban un conserje que hablara fluidamente español.

Una importante compañía española que organizaba tours solía elegir ese hotel, requiriendo a sus dueños que buscaran a una persona que hablara el idioma y pudiera orientar a los turistas.

El turismo, como casi toda la actividad comercial en Italia, está atravesada por las mafias; teniendo en los años 70 un poder casi paralelo al del mismo Estado. Fue así como para conseguir su empleo, la entrevistó un de los mandamases del negocio en toda aquella zona de la ciudad. Para su fortuna, ese particular personaje, llamado Gennaro, tenía un hermano en la Argentina, eso facilitó las cosas. Ser argentino en Italia y España suele jugar siempre en la suerte de quienes eligen esos destinos, a favor muchas veces o en contra en algunas ocasiones, pero nunca con indiferencia.

En calidad de Ignacio, no le quedó otra, comenzó a trabajar a fines de agosto. La temporada estival se iba retirando, pero el turismo en la Ciudad Eterna es permanente. Divisó rápidamente entre sus compañeros y compañeras que la mayoría eran gays y lesbianas, casi todos españoles. Trabajaba mucho es cierto, el sueldo no era gran cosa, pero se encontraba bien dentro de todo.

Entre ellos fue haciendo un grupo de amigos, con los cuales visitaba distintos lugares del ambiente de la Roma de los años 70. En general esos sitios eran de difícil acceso y nunca faltaba el exhaustivo control en los ingresos, donde había que acreditar las famosas membresías. Esto no ha cambiado demasiado medio siglo después. Dentro de esos lugares podía recobrar su identidad. Valía la pena muchas veces realizar dichos periplos. Al ritmo de “Parole” y otras canciones se sentía libre, al menos por un rato.

El primer gran bajón anímico llegaría con las fiestas. Nicola se había ido al sur a pasar las Navidades con su familia y muchos de sus compañeros habían pedido vacaciones, marchándose a España. Los días eran cortos, las noches eran largas. Como años atrás se encontraba sola un año nuevo, esta vez a miles de kilómetros de su casa, de su barrio. Pensaba de todos modos en las épocas en que se sintió muy sola, aun en pareja con Marcos. Eso le daba cierto consuelo.

Luego de las fiestas, uno de los cocineros decide no regresar de España. Le propone al hotel que se contrate a su primo, un joven asturiano de nombre José Manuel.

José Manuel tenía a comienzos de 1977 veintinueve años. Su madre y sus hermanos tenían un bar en La Isla, un bello paraje junto al mar Cantábrico. En él se juntaban los paisanos por las tardes a beber sidra, siempre acompañada por caracoles. Tenía una excelente mano para la cocina.

El destino ya lo había llevado a Madrid y Barcelona, pudiendo dar cuenta de sus buenas referencias. Es así como accede a ser entrevistado por don Gennaro, aun con el riesgo de no ser contratado. De ese modo consiguió el empleo y se cruzó en la vida de Zulma, a fines de enero.

El día que entró por primera vez al hotel se miraron fijamente. Ella estaba como todas las mañanas en la recepción y él tímidamente se acercó a presentarse.

José Manuel: Buenos días.

Zulma: Buen día, vos debés ser el nuevo cocinero.

José Manuel: Así es, un gusto, soy José Manuel.

Pensó, dudó, y Zulma atinó a contestarle:

Zulma: Soy Ignacio, aunque en realidad cuando me dejan soy Zulma.

Sonrió y le dijo:

José Manuel: Vaya… pues bien, tú misma entonces.

Ella le indicó dónde debería ir; él empezó a caminar, se dio vuelta para mirarla luego de haber dado unos pasos, y siguió rumbo a su destino.

Se incorporó rápidamente, ganándose la confianza de todos. A pedido de los turistas solía preparar tortillas, que eran su especialidad. Era tímido, ella se le fue acercando, buscando siempre algún pretexto para hacerlo. Luego de varios intentos, lo convenció un día de ir a caminar por la ciudad.

Él estaba alojado ahí mismo, ella seguía viviendo en el mismo lugar, a unos cinco minutos caminando. Nicola sintió algo de celos, con cierta ironía le decía que “a los españoles les gusta mucho la fiesta”. Aun así debió aceptarlo, dado que las salidas comenzaron a ser más frecuentes.

Todos cargan una historia, y José Manuel llevaba una junto a su maleta. Su padre los había dejado a su madre, a él, y a sus dos hermanas, marchando a Buenos Aires en la búsqueda de un mejor porvenir.

Cuando más o menos se instaló, les propuso ir a la Argentina. Su madre no quiso, él tampoco se dispuso a regresar. Mantuvieron contacto, pero ellos en Asturias debieron buscarse la vida. De ese modo, José Manuel debió salir a trabajar de muy joven, para ayudar al núcleo familiar. El destino lo había llevado por distintos puntos de España, desde donde enviaba remesas.

Ya desde la adolescencia había tenido diferentes parejas, hombres y mujeres. La aceptación de su entorno obedeció a que era el proveedor del núcleo familiar. Aceptó a Zulma tal cual como era. Ella se fue animando a vestirse de mujer. Ante ello, Nicola le advertía: “Puedes tener problemas con la policía en la vía pública si te piden la documentación”.

Ella se sentía segura con José Manuel. Era grandote como ella, de contextura gruesa, aspecto muy varonil. Los días libres, cuando coincidían, solían ir a los bellos parques que tiene Roma. A ambos les encantaban los helados. Su lugar predilecto, un bar cerca de Plaza España. Una de sus pequeñas pasiones era sentarse a saborearlos, sentados en las míticas escaleras.

Cuando la vida se iba acomodando paulatinamente, una noticia que llega de América la sorprende.


Una tarde de abril de 1977, Zulma regresaba junto a José Manuel al departamento de la Vía Cavour, cuando en la puerta del edificio se encontraba Nicola. Su rostro estaba apesadumbrado con ojos llorosos. Por primera vez le pidió a José Manuel que suba, que los acompañe. Una vez arriba, los sentó y les contó la triste noticia. Su primo, que trabajaba en el consulado de Italia en Rosario, lo había llamado para contarle de la muerte de Francisco, el padre de Zulma.

Cuando ella escuchó la noticia no emitió palabra. Se quedó sentada en el sillón del living con su mente en blanco. José Manuel y Nicola la abrazaron; solo al cabo de unos minutos, ella soltó las primeras lágrimas. Entre dolor y rabia les expresaba: “Me hizo la vida imposible”, “Nunca me entendió”, “Me duele pese a todo, porque era mi padre”.

Quiso llamar a su madre, pero no pudo, sintió que la había abandonado en su momento. Se comunicó con su hermano Juan por teléfono, que se mostró distante durante la charla. De algún modo la hacía responsable por su muerte; palabras más, palabras menos, le expresó: “Quedate allá, sé feliz”.

Luego de la partida de Zulma a Italia, Juan se había rodeado de amistades que estaban contentas con la dictadura, que creían de verdad en la frase célebre de “Algo habrán hecho”; desde luego eran homofóbicos. Ese círculo le había dado a Juan los contactos necesarios para prosperar en su profesión. Lo fueron convenciendo de que debía entender que su “hermano” estaba muerto, que en todo caso él ya había cumplido al haberle salvado la vida. Desde esa conversación, no volverían a hablar por mucho tiempo, ni a tener noticias el uno del otro.

En los siguientes días lloró, quiso estar preferentemente sola. Nicola, viendo su necesidad de acompañamiento, dejó de lado sus celos y le permitió a José Manuel empezar a quedarse. Pensó en su historia, en los días de alegrías y también de sufrimiento. Entendió a la vez que, a partir de la ingrata actitud del hermano, se alejaba todavía más del país que la vio nacer. Estaba contenida por su amigo y por su nueva pareja, pero Italia era también un lugar donde el machismo y la homofobia se respiraban en cada lugar.

Con el paso de los días, José Manuel se fue quedando en el departamento. Nicola, pensando en las angustias de Zulma, les propuso irse a vivir a Holanda. Lo pensaron, pero les dio miedo el idioma, costumbres tan distintas, el clima. Ella ya no quería estar más en el cuerpo de Ignacio; agradecía la enorme ayuda de Nicola, pero sentía que Roma no era su lugar.

Se acercaba el verano y ambos pidieron vacaciones en julio. José Manuel le propuso ir a ver a su familia, y de paso conocer España. A ella la idea le gustó. En aquel verano de 1977, ambos se fueron a Asturias a pasar las vacaciones. No bien cruzaron a Francia, ella se cambió en un baño ante la mirada de algunos pasajeros. Desde luego ni a ella ni a él les importó.

Sin demasiados medios económicos, viajaron en autobús a Barcelona y luego otro a Gijón, donde los fueron a buscar. A ella la recibieron muy amablemente. José Manuel ya les había contado de su condición trans, a lo cual no objetaron reparos, a pesar de algunas miradas incómodas en el pueblo.

Disfrutaron de la playa en las largas de tardes de verano. Un primo los llevó a recorrer Asturias, con la infaltable parada en Covadonga. Tuvieron tiempo de cruzar a Galicia e ir a Santiago de Compostela, el día del apóstol. Ella sintió que esa España, que apenas se estaba despertando de la dictadura, podía ser un mejor lugar para vivir.

Fue así como una vez de regreso a Roma, ella lo fue convenciendo de una mudanza a la península ibérica. A él la idea no le pareció mal. Contactó a amigos, hizo llamadas procurando buscar trabajo para ambos. Se presentó una oportunidad en Madrid, un bar asturiano que iría a abrir luego de las fiestas otro de sus primos, Antonio.

De este modo, ambos dejaron a Nicola, al cual Zulma le estaría agradecida de por vida. Luego de una emotiva despedida en Termini, ambos fueron a pasar las fiestas a Asturias antes de ir a Madrid, donde los estarían esperando para iniciar un nuevo ciclo en sus vidas.


Las noches de Madrid son largas y frías en enero. Aun así, el movimiento de sus calles, sus luces, la cultura de los bares, la hacen de por sí atractiva.

En una noche fría justamente, José Manuel y Zulma arriban a la estación de Chamartín para iniciar una nueva vida, luego de una larga travesía en tren. Se instalaron en el barrio de Chueca, no muy lejos del Callao. Ahí compartirían “piso” por un tiempo con otros dos asturianos, que se encontraban en la capital probando suerte. Ya al día siguiente comenzaron a trabajar. Él en la cocina y ella atendiendo al público.

El bar se encontraba en uno de esos callejones que da a la Gran Vía. Antonio decidió ponerle Patria Querida, en alusión a la canción. Estaba abierto prácticamente todo el día. Cerraban los domingos. Por las mañanas se nutría de empleados, a la hora del café, alrededor de las 11 h. Luego del café comenzaban a llegar los turistas con intenciones de almorzar a partir de las 12 h. A menudo, se sorprendían por las bellezas de los pósteres de los paisajes asturianos, con vacas, laderas verdes y cielo plomizo.

Un irlandés que estaba de paso le comenta un día a Zulma con un rudimentario español: “Qué bellos paisajes de mi país”, a lo que ella le contesta: “Disculpe, señor, es Asturias, en el norte”. Era un joven mochilero de Dublín, creído que en España solo había sol y áridas mesetas.

Recién sobre las 2.30 h comenzaban a llegar los madrileños para almorzar. A ella le costó un poco acostumbrarse a esos horarios tardíos. Cerraban sobre las 4 de la tarde y volvían a abrir a las 8 de la noche. Ahí ofrecían tapas, más tarde platos típicos de Asturias y de otros lugares de la península.

Los asturianos, como la gente del norte, suelen portar en sus rostros la expresión de la nostalgia, cuando se encuentran lejos de su tierra. Morriña la llaman en Galicia. Atribuyen cierta tristeza en el alma, a la llovizna constante que durante meses moja suavemente esos paisajes. A pesar de cierto aspecto serio y una contextura propia del norte, José Manuel era distinto. Era un hombre alegre, apasionado, deseoso de buscar siempre nuevos rumbos. Era también un hombre enamorado.

Se acompañaban, parecían el uno para el otro. Aquellos fueron tiempos felices para la pareja. El barrio de Chueca, donde vivían, poco a poco se iba convirtiendo en el punto de atracción gay de la ciudad, primero de un modo marginal, y años más tarde adquiriendo un perfil cosmopolita.

Ya decidida a vivir como mujer, tuvo algún que otro inconveniente burocrático. No faltaron las miradas discriminadoras, ni los comentarios fuera de lugar. La sostenía el amor de José Manuel, el resto importaba, pero poco.

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