Kitabı oku: «Barbijo Arcoiris», sayfa 5

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El Retiro, Casa de Campo, eran sus lugares favoritos para disfrutar los días libres. Se daban cada tanto un pequeño capricho, merendar en el mítico café Gijón.

El círculo de gente que los rodeada eran paisanos de él, pero con la llegada del Mundial 78, los argentinos empezaron a nuclearse en la búsqueda de bares, para seguir los partidos de la selección. Fue así como, después de un cierto tiempo, volvió a tener contacto con compatriotas. En la mayoría de las historias pesaba el exilio en sus rostros.

Los partidos eran un poco tarde, algunos sobre la 1 de la mañana. Zulma pidió que el bar siga abierto un rato más de lo común, para que los argentinos que se acercaban pudieran ver a la selección. Los desterrados que vivían en Madrid se mezclaron con los turistas llegados gracias a la “plata dulce”. Ellos tenían en general otra mirada de la realidad del país. En más de una oportunidad, se produjeron discusiones acaloradas.

Los diarios europeos, y desde luego los españoles, hablaban del operativo que la dictadura había montado detrás del espectáculo deportivo. La obtención del campeonato les generaba a esos exiliados, entre los cuales se encontraba Zulma, sensaciones encontradas. La alegría se volvió preocupación cuando se dieron cuenta de que la dictadura se fortalecía con ese éxito deportivo.

Ella durante mucho tiempo trató de olvidar en lo posible su pasado, adaptarse a una nueva forma de vivir. Sin dudas, José Manuel desempeñó un papel importante en ello.

De todos modos, otro momento que transportó a Zulma a su tierra fue la guerra de Malvinas. Durante el conflicto, muchos argentinos que se encontraban por Madrid siguiendo a la selección en el Mundial de 1982, que estaba empezando, se acercaban a los bares tratando de seguir las últimas noticias. Más de uno, no reconociendo su acento, mezclado por algunos años de vida en la península, le preguntaba “qué se dice acá de la guerra”, a lo que ella respondía “que vamos perdiendo, hombre”. Ajenos totalmente a la realidad, no comprendían que la guerra estaba perdida, que los padecimientos eran terribles.

El destino quiso que uno de esos argentinos fuera un vecino de su infancia de Echesortu que la reconoció. Luego de intercambiar algunos saludos, ella preguntó por su madre, a lo que él responde: “No sabías nada, falleció hace una semana”. Durante unos días la invadió la tristeza, sintió impotencia, trataba de comprender por qué esa madre había estado tan ausente. A diferencia de años atrás en Italia, no tenía con quién comunicarse.


En aquellos años España cambiaba a pasos agigantados. En otoño de 1982, el socialismo llegaba al poder de la mano de Felipe González. José Manuel era de una familia de republicanos y el cambio político lo alegraba.

Dos tíos suyos que se encontraban en el País Vasco a fines de la guerra civil habían sido llevados a la Unión Soviética para salvaguardarse del fascismo. Recién a fines de los años 50, pudieron regresar a su tierra.

La noche del 28 de octubre cuando se produce el triunfo socialista, ella lo acompaña a la calle Ferraz. Entre las banderas con la rosa roja, se empezaban a mezclar las del arcoíris. Faltaría aún bastante tiempo para lograr conquistas trascendentales. Pese a ello, los colectivos LGBT comenzaban a organizarse. Zulma a veces concurría a sus reuniones.

Son los años del destape, de los éxitos de Alaska, del comienzo de la visibilización. ¿Cómo vivía esta pareja todos estos cambios? Indudablemente con mayor libertad, al menos dentro de los límites del barrio de Chueca. Asimismo, sintieron el deseo, la tentación de experimentar el “amor libre”. El primero en buscar cosas nuevas fue él. Hasta entonces replicaban como pareja patrones convencionales propios de un matrimonio.

En la primavera siguiente, ya en 1983, ella empieza a reparar que él, en vez de dormir la siesta, cuando cerraba el bar por unas horas, encontraba pretextos para salir a dar vueltas. Ya por entonces vivían solos en un piso más pequeño, siempre en el barrio de Chueca. Fue así como decidió seguirlo. Él caminaba ligero, como quien contaba con un tiempo determinado, para hacer algo “prohibido”. Luego de caminar unos 10 minutos, vio que se detuvo en la Travesía de las Beatas, en una puerta ancha, oscura, con un pequeño timbre.

Ingresó al local, ella decidió esperar afuera. Pasada media hora y viendo que no salía, no pudo más con su curiosidad, tocó timbre y entró. Divisó fotos de hombres desnudos, las banderas del arcoíris, y a su izquierda, una pequeña ventana donde no podía ver quién le hablaba. Desde el otro lado, con mucha educación, la voz de un joven le dice: “Disculpe, señorita, esto es una sauna gay”. Ella atinó a decir perdón y salió corriendo.

Volvió a paso ligero hacia su casa. Se sentía traicionada y a la vez desconcertada, porque él estaba con otros hombres. José Manuel nunca le había mentido acerca de la pluralidad de sus gustos. Ella había hecho un recorte de la personalidad de su pareja, como queriendo ver una parte, la que tal vez la situaba en una zona de confort; la que había visto en sus padres y en sus abuelos. A todo esto también era cierto que él no le decía adónde iba, eso la indignaba. Esperó su regreso y al entrar le preguntó:

Zulma: ¿Dónde fuiste?

José Manuel: Salí a caminar.

Zulma: ¡No me mientas! ¡Te vi entrar en una sauna!

Él se sintió avergonzado, de a ratos se le caían las lágrimas, hizo silencio. Ese silencio tan propio del norte peninsular. Pasados unos segundos le dijo: “Perdón, hablemos”. Ella reaccionó con toda la verborragia rioplatense que tenía guardada bien adentro desde hace tiempo, y le respondió: “¿De qué querés hablar? Me metiste los cuernos”.

José Manuel: Lo sé, y te pido perdón, debí decírtelo.

Zulma: ¿Decirme qué? ¡Que te acostás con tipos!

José Manuel: Tú me conociste así, con mis gustos variados en la sexualidad.

Zulma: Sí, pero pensé que, desde que estabas conmigo, no tenías la necesidad de buscar por otros lados.

José Manuel: Lo siento, debí decírtelo.

Por unos días no se hablaron. Ella le contó lo sucedido a una de las pocas amigas que tenía, que había trabajado en el bar con ellos. La amiga de nombre Alicia la tranquilizó. Le dio a entender que el amor y los deseos no siempre van de la mano. Que los tiempos están cambiando, y la atracción muchas veces es hacia la persona, sin importar lo que sea. Él por su parte comentó lo sucedido con su primo Antonio. Él le dijo: “Hombre, no está bueno meterle los cuernos a nadie, en todo caso estas cosas se hablan”.

Cansados de estar enojados, un domingo a la mañana se miraron a los ojos de otra manera, buscando perdonarse. Él le propuso ir hasta El Retiro. Sabía de un lugar que era su debilidad al final del lago, donde en un chiringuito, se pueden comer unos churros que son únicos. Allí fueron caminando, abrazados y en silencio. Pidieron dos chocolates con churros y comenzaron a conversar:

José Manuel: Lo siento, amor, debí avisarte.

Zulma: Está bien, creo que puedo entenderte, o al menos intentarlo.

José Manuel: Tú sabes que tengo gustos variados en el sexo, y la verdad a veces tengo la necesidad de experimentar otras cosas.

Zulma: Trataré de entenderte, solo te pido que no me mientas.

José Manuel: Hablaré, te lo prometo.

Zulma: Decime, ¿y esto ya lo habías hecho mientras estuviste conmigo?

José Manuel: Pocas veces, pero reconozco que sí.

Con una mezcla de bronca e ironía respiró profundo y le sonrió, luego le dijo:

Zulma: ¿Y qué pasaría si yo tengo una aventura con otro hombre?

José Manuel permaneció en silencio y finalmente le dijo:

José Manuel: Admito que me dolería, pero entendería si te pasa, que son las reglas del juego, que es la vida.

En el otoño del 83, el regreso de la democracia en la Argentina toca las entrañas de Zulma. Por primera vez piensa en la posibilidad del regreso. En octubre se vuelve a votar, la dictadura se retira. La campaña fue seguida muy de cerca desde España. El colectivo argentino estaba muy movilizado. Ella, que se consideraba peronista, se conmovía por la figura de Alfonsín, él como otros socialistas también.

El domingo 30 de octubre, él la acompañó a justificar la no emisión de su voto al consulado argentino. Durante muchos años no quiso saber más nada con su país, razón por la cual ni había actualizado el domicilio. Debió esperar cerca de media hora para poder hacerlo a raíz de la gran concurrencia, unos para hacer el mismo trámite, y otros para votar. En las filas de espera se notaba el entusiasmo, muchos manifestaban sus deseos de querer regresar.

No conocía a demasiados argentinos, pero esa noche sintió la necesidad de abrazarse a los suyos. De este modo, acompañada por José Manuel, fueron a un asado que había organizado un grupo de mendocinos, para celebrar la vuelta a la democracia. El día que asumió Alfonsín volvieron a repetir la juntada. Ahí escuchó testimonios de varios argentinos, que habían decidido emprender el retorno. Entre ellos, un rosarino, conocido de un conocido, que llevaba varios años exiliado como ella.

Como todos los años, las fiestas las pasaban en Asturias. Tanto en el viaje de ida como en el de vuelta, conversaron sobre la posibilidad de ir a la Argentina. Él no descartaba la idea, aunque se sentía cómodo con la vida que llevaban en Madrid. De todos modos, sabía que allí estaba su padre, del cual tenía noticias, de que no se encontraba bien de salud.

La vida retomó a su monotonía por un tiempo, hasta que un domingo por la mañana, a fines de febrero de 1984, algo perturbó aquella rutina. Habitualmente ella se levantaba más temprano, salía a caminar, iba a la panadería por “bollos”, se acercaba hasta El Retiro a respirar un poco de aire puro.

Cerca de la Puerta de Alcalá, un caballero alto, delgado, la ve pasar y le clava la mirada. Ella continúa caminando, pero se da vuelta y observa que lo mira también. Acelera el paso, ingresa en El Retiro y trata de perderlo. Él, como adivinando el camino que tomaría, la aborda por delante. De este modo empiezan a conversar, él le dice:

Pablo: Hola, me llamo Pablo.

Zulma: Encantada, soy Zulma.

Pablo: Un gusto, es usted muy bonita.

Zulma: Tutéame por favor.

Pablo: Por tu acento pareces… canaria…

Zulma: Soy argentina, pero llevo tiempo aquí, ya me han dicho que mi tonada les suena a Canarias o Andalucía.

Pablo: Me pareces muy bonita, me gustaría tomar un café contigo.

Zulma: Hoy casi que va a ser que no, pero si te parece nos vemos el próximo domingo, un poco más temprano.

Pablo: Vale, pero ¿por qué antes no? ¿Eres casada?

Zulma: Vivo con mi pareja. ¿Y vos?

Pablo: Pues me he separado hace un tiempo.

Luego se despidieron y quedaron en verse el siguiente domingo a la misma hora. Durante la semana esperó ansiosa el encuentro. Estuvo más distraída que de costumbre. A José Manuel le llamó la atención, pero no imaginaba que ella iría a tener una cita con otra persona. Cuando ella estaba yendo a su encuentro, cayó en la cuenta de que él no sabía o no se había dado cuenta de que era trans. Pensó también que no podría ir. Allá fue sin nada que perder. Le dijo a José Manuel que se juntaría con unos argentinos a tomar mate, y que tal vez se quedaría a comer.

Él la estaba esperando, sentado en un banco, con un ramo de rosas. La invitó a comer, le explicó que sus intenciones eran serias. Ella le reiteró que tenía pareja, que no pensaba dejarlo, aunque disfrutaba de su compañía. Luego le propuso intimar y ella sintió la necesidad de aclararle acerca de su condición:

Zulma: Pablo, creo que debo decirte algo que me parece que no has reparado.

Pablo: No sé qué puede ser, me pareces un ser totalmente transparente.

Zulma: Mira, biológicamente yo no soy totalmente una mujer.

Pablo: Sí, me di cuenta, Zulma.

Zulma: Yo pensé que no te habías dado cuenta. He estado pensando en operarme, en tratar de juntar el dinero, pero por ahora no lo haré. Yo me siento plenamente mujer.

Pablo: Lo sé, Zulma, me ha cautivado tu belleza, que es lo único que me importa.

Ella lo besó y se fueron a un motel a intimar. Se hizo más tarde de lo previsto, serían sobre las 7, cuando ella entró al piso. Esta vez el que esperaba era él. La miró, ella intentó a atinar algún tipo de explicación. Él le hizo un gesto de silencio y la abrazó.


Ambos por su lado, tal vez sin hablarlo demasiado, entendían que la rutina los había invadido. Eran jóvenes aún y llevaban una vida bastante rutinaria. Fue así como decidieron empezar a salir más, frecuentando locales de ambiente.

¿Qué es el ambiente? Muchas veces es la pregunta. Es ese espacio presente que nos cobija y a la vez nos desnuda. Es abstracto de por sí, nadie lo vio, nadie lo conoce, pero todos los mencionan, aunque sea para negarlo, como en las clásicas aplicaciones, para identificarse detrás de la frase “cero ambiente”.

No eran preguntas que se hacían demasiado. Ella asistía cada tanto a reuniones de un colectivo LGBT. Él era un poco más tímido para esos encuentros, pero le resultaba interesante la labor que hacían. Empezaron a salir los sábados aprovechando que todo les quedaba cerca. La movida en el ambiente no es tan distinta a la “convencional”. Se va de bar en bar, de disco en disco y de “after” en “after”. Llegaban hasta la disco. A él le gustaba un lugar sobre la calle Pelayo, donde habitualmente concurrían gorditos como él.

José Manuel sin saberlo era un oso, cuando el movimiento bear comenzaba a dar sus primeros pasos. Se sentía particularmente observado en ese lugar. Ella al principio sintió celos, luego lo fue tomando como un juego. Lo dejaba solo en la barra mientras observaba a lo lejos a otros gorditos acercarse, o a delgados, atraídos por ese tipo de belleza “osuna”, luego conocidos como “cazadores”.

Cuando se percataba de que el extraño trataba de conquistarlo, se acercaba a su fornido compañero por detrás, lo abrazaba y miraba de reojo a aquel que se había acercado. Los juegos son dinámicos. Algunas veces, esos extraños sostenían la mirada, redoblando la apuesta seductora de la situación. De esto modo experimentaron lo que hoy algunos llaman “poliamor”.

A veces invertían la situación por las tardes. Ella se detenía en los “escaparates” de las primeras librerías gays de la zona, dando una apariencia sensual y sofisticada.

Observaba de reojo a los transeúntes, buscando su mirada y dar inicio al juego. Él seguía cada acto desde la acera de enfrente, y se cruzaba cuando la situación tomaba color.

Habían superado la denominada crisis de los “7 años”. Seguían juntos, enamorados, y se sentían tal vez un poco más jóvenes. Querían un cambio en sus vidas, ella, que había soñado con ser maestra, terminó sus días detrás de distintos mostradores; él había vivido sus días y sus noches en cocinas de hoteles y restaurantes.

En 1986, el Mundial de México contagia a Zulma de nostalgia. Vuelve a encontrarse con compatriotas, anhelando la tierra, extrañando los sabores. Él, por su parte, sabía que su padre, aunque no era muy mayor, precisaba compañía en Buenos Aires. Cada tanto lo llamaba, era encargado de edificio en un coqueto barrio de la capital argentina.

Los cambios sociales de la España socialista parecían no tener pausa, pero tampoco prisa. La posibilidad de instalar temas como el matrimonio igualitario aún parecía lejana. Las luchas se circunscribían a trabajar por la aceptación social, el reconocimiento asociativo, la prevención del VIH y otras enfermedades venéreas. Su trabajo en favor de la visibilización era doble. Por un lado de cara al resto de la sociedad, por el otro dentro del propio colectivo gay. Sentía de algún modo que esas luchas las podría dar en la Argentina. Continuaba sintiendo bronca, es cierto, pero de a poco se iba reconciliando emocionalmente con su tierra.

Al año siguiente habían decidido tomarse las vacaciones en junio. Estaban juntando algo de dinero para la entrada de un piso en las afueras; por eso ese adelanto estival a un menor costo les permitiría ahorrar algo más.

Fue así como el día 19 los encontró en Barcelona, haciendo unas compras en un reconocido supermercado.

Cuando se encontraban cruzando la avenida Meridiana, sienten una explosión que los tira al piso. Segundos después el lugar se llena de humo, no se puede ver nada. Ambos tuvieron lastimaduras menores. Por unos minutos habían salvado sus vidas, de aquel atentado de la ETA.

El accionar del grupo terrorista les preocupaba, pero también la respuesta de los GAL (Grupo Antiterrorista de Liberación). A ella le recordaba a la Triple A de la Argentina. Él sentía vergüenza de que estas cosas pasaran en un gobierno socialista.

A partir de ahí el deseo de volver de ella y la posibilidad de ir junto a su padre en el caso de él se fueron acrecentando. Al día siguiente, que era 20, fueron a comer por La Rambla y hablaron del tema. Descartaron la idea de comprar el piso por un tiempo, aunque decidieron seguir ahorrando. Se fijaron como plazo justo un año, y ahí decidirían qué hacer.

Era 20 de junio para colmo, a Zulma le venían los recuerdos de cuando siendo pequeña la llevaban al Monumento a la Bandera. Tenía presente la promesa cerca del río, en una mañana fría y soleada.

El resto del verano fue tranquilo. Como todos los años, la vida en Madrid fue retomando a su normalidad a partir de septiembre. A medida que las noches se acortaban y las semanas avanzaban hacia la Navidad, la tristeza invadía a Zulma.

En las fiestas en Asturias, hablaron de la posibilidad de irse a la Argentina. Cuando la madre escuchó la noticia lloró, pero los abrazó, entendiendo que cada cual debe seguir su destino. Sabía que posiblemente irían con su marido, del cual sabía muy poco; aun así trataba de entenderlos. Sus hermanas acompañarían a José Manuel si se concretaba esa partida, dándole a entender que ellas se ocuparían de su madre y de sus tíos.

La crisis del sector minero empezaba a hacerse sentir en la zona. Muchos jóvenes que no habían conocido la emigración como sus padres o abuelos, debieron transitar por la misma experiencia. A la familia de José Manuel no le resultaba extraño que quisieran marcharse. Las razones que mueven a la gente a emigrar son de las más variadas. En el espíritu libertario de ambos y en esa juventud que sentían, había deseos de volver a empezar.

El local Patria Querida era regenteado por ellos. Su primo Antonio había decidido irse a vivir a Oviedo con su familia. Tenían algo más de tiempo libre, empleados a cargo, posibilidad de ahorrar como no lo habían hecho hasta entonces. Si las noches cortas de otoño entristecían a Zulma, los largos atardeceres de la primavera madrileña, no apaciguaban su nostalgia. Se acercaba junio, pero ya en mayo la decisión se fue consumando.

Los colores del corazón de Zulma eran rojo y negro. Fue siguiendo a la distancia y de un modo mucho más indirecto que ahora la campaña del equipo de sus amores. El campeonato obtenido el día 21, luego de golear a Independiente, sería determinante. Ella le pidió que se fueran, él que aún dudaba, sintió que era el momento de recompensarla. Durante 11 años ella lo había acompañado a él en su país, ahora era su turno.

Manuel, el padre de José, estaba pronto a jubilarse. Tomando conocimiento de que su hijo tendría intenciones de venirse a la Argentina, por ello habla con el consorcio de propietarios para que lo contraten.

El destino los llevó nuevamente al consulado. Él tramitó su visa de trabajo y ella renovó su pasaporte argentino, que se encontraba vencido. Partirían con un contrato de trabajo para él, ahorros, y ganas de volver a empezar.

Debían estar el lunes 1 de agosto en Buenos Aires. Sabían que la situación económica no era la mejor, pero estaban dispuestos a intentarlo. Compraron los pasajes para fines de julio, pero antes de partir decidieron ir al norte. Repitieron aquel viaje con el cual iniciaron su vida en España. Estuvieron otra vez en Santiago de Compostela para la fiesta del apóstol, visitaron Covadonga y recorrieron otros sitios. Se encomendaron a Dios, a los santos, y como se hace en el norte, por las dudas a las meigas.

Se despidieron de la familia de él, partieron hacia Madrid, y un viernes 29 tomaron el avión que los llevaría a Buenos Aires. El vuelo partía a la noche, con lo cual debieron llegar al rayo del sol a Barajas, en una de esas jornadas, donde el calor madrileño te abraza por los cuatro costados. El avión despegó a las 23 h, iniciando ambos así una nueva vida del otro lado del charco.

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