Kitabı oku: «Los muertos no tuitean después de medianoche»
LOS MUERTOS NO
TUITEAN DESPUÉS
DE MEDIANOCHE

LOS MUERTOS NO TUITEAN DESPUÉS DE MEDIANOCHE
© Diego Duque
© de la imagen de cubiertas: Wiros / Flickr / CC BY-SA 2.0
Diseño de portada: Dpto. de Diseño Gráfico Editorial La Calle
Iª edición
© Editorial La Calle, 2015.
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ISBN: 978-84-16164-30-1
Nota de la editorial: Editorial La Calle pertenece a Innovación y cualificación S. L.
DIEGO DUQUE

LOS MUERTOS NO
TUITEAN DESPUÉS
DE MEDIANOCHE

Editorial La Calle
ANTEQUERA 2015

Una sofocante noche de calor en Madrid es el escenario del nuevo caso del inspector Montoya, en el que el arte, el sexo y la muerte danzarán en un complicado baile de mentiras, apariencias y casualidades.
Qué tienen en común un ajuste de cuentas entre dos camellos de poca monta y un atraco a una joyería que se tuerce acabando en asesinato con una exposición de arte abstracto en África o una performance de arte moderno en Lavapiés.
La respuesta mide más de metro noventa, tiene barba, es peludo, zurdo y vegetariano, vive en Malasaña y tiene fobia a la monogamia. Qino Montoya se verá involucrado en un caso en el que nada parece ser lo que es, un caso que pondrá a prueba su no–relación con su no–novio escocés, un caso que le obligará a quedar en un segundo plano, por detrás del homófobo inspector Otxoa, un caso en el que la casualidad y el deseo serán una accidentada pareja de baile que obligará al inspector Montoya, y a los subinspectores Nerim y Córcega, a no dejar ningún cabo suelto si quieren llegar a la verdad.
Sexo. Arte. Muerte. Calor. Lavapiés. Barbas. Deseo. Esos son los ingredientes de la nueva novela de Qino Montoya:
LOS MUERTOS NO TUITEAN DESPUÉS DE MEDIANOCHE.
CAPÍTULO 1

Madrid agonizaba, una vez más, por culpa de una noche tropical. Resultaba irónico, casi perverso, que una ciudad sin mar tuviera esas endiabladas noches en las que la humedad, aliada con una creciente temperatura, importunara a propios y extraños convirtiendo el simple hecho de dormir en una hazaña de dimensiones épicas.
De haber tenido chicharras su banda sonora habría sido diferente, pero en Madrid, hacía mucho tiempo que los sonidos de la ciudad eran otros. El viento no rumoreaba entre los árboles, sino entre farolas, semáforos y postes de publicidad. Los únicos pájaros que silbaban eran los del WhatsApp. Y el río por mucho que se empeñaran nunca terminaba de ser un río. La Villa había perdido parte de su identidad rural, cediendo cada centímetro cuadrado al cemento y al granito. Ya fuera en vertical u horizontal el gris lo copaba todo, extendiéndose como una gran mancha triste de la que emergieran arboles esmirriados e ingentes extensiones de enredadera. De cuando en cuando el arcoíris óptico se dejaba ver aportando una siniestra belleza a una ciudad que se cocía a fuego lento dejando escapar una viscosa capa de humo. El otro arcoíris, el gay, se había extendido más allá de Chueca y su estela multicolor dejando regueros de dinero por toda la capital. Esperando al otro lado no había un caldero de monedas de oro, lo que relucía bajo la estela de la mensajera de los dioses era una burbuja rosa que tarde o temprano tendría que estallar, como ya habían hecho la inmobiliaria o la tecnológica.
Si en algo era experta la piel de toro era en alimentar y magnificar cualquier burbuja hasta hacerla tan absurda y exageradamente grande que reventaba y a pesar de lo evidente siempre pillaba desprevenidos a unos cuantos incautos que habían pecado de listos. Todo lo que olía a rosa o se podía teñir de ese color daba dinero. Si en los noventa la ley de Murphy decía que los productos especialmente diseñados para mujeres eran como los de los hombres pero el doble de caros, en los dos mil se producía idéntica ecuación en el caso gay. A los barrios, cruceros, libros, películas, bares o saunas se habían añadido gimnasios, peluquerías, hoteles… incluso mecánicos o abogados, cualquier actividad a la que se le pudiera añadir gayfriendly al lado, era susceptible de ser rentabilizada añadiendo un módico plus por ser para el colectivo. Como un impuesto revolucionario pero en versión pluma.
La alcaldía se enorgullecía de su etiqueta de ciudad friendly, a pesar de que Madrid no era tan friendly como aparentaba. Sus murallas de fuego parecían cerrarse para todo aquel que no pasara por caja. Daba la sensación de que la tolerancia administrativa era especialmente sensible al mundo rosa y una lupa gigante se cernía opresora ante cualquier demanda del colectivo, ya fuera en materias de conciertos, manifestaciones o en cambio las de otros colectivos más afines a la Santa Sede eran recibidos como agua de mayo, los clarines y timbales a ritmo de torrija eran bendecidos, al igual que los papaflautas o las macro misas en Plaza de España. En cambio las que convertían a Madrid en Ciudad Marica no lo eran en absoluto. Los nubarrones del odio y la homofobia se habían formado sobre la ciudad y enarbolaban las banderas del buen gusto y la moralidad como enemigos íntimos de Chueca y sus variantes.
Cualquier excusa era buena para entorpecer o limitar los actos, por ejemplo, del orgullo. Madrid soportaba con estoica paciencia cientos de eventos anuales, ya fueran manifestaciones, procesiones, trashumancias, copas del mundo o Cortilandias. Todas encontraban cobijo en sus calles, todas eran bienvenidas e incluso promovidas por las pertinentes autoridades, todas menos las que concernieran, como no, al colectivo marica, dando carpetazo al asunto rosa con vericuetos legales, que ensombrecían y oscurecían un horizonte cada vez más tétrico. El cielo de la capital se mantenía gris, no solo por los malos humos de la caverna del tdt party o las meadas fuera del tiesto de algún obispo con alma de estrella, sino por la contaminación que copaba todo el aire respirable del centro de la ciudad. Madrid presumía como pocas urbes europeas de su boina de contaminación. Cualquier ciudad se preocuparía por los inadmisibles niveles de CO2 y de lo irrespirable de su aire, pero si Spain era different Madrid era very very different, más bien very very ridiculous.
Desde el palacio de Cibeles las vistas de la ciudad eran realmente espectaculares. La diosa enmarcaba Alcalá con el paseo del Prado y al fondo, imponente y orgulloso, esperaba el edificio Metrópolis arrancando la Gran Vía, una imagen millones de veces fotografiada, icónica y canónica de la ciudad, que tal vez despistaba a los insignes y sesudos habitantes del ayuntamiento, los arboles no les dejaban ver el bosque, tan solo necesitaban alejarse por la A6, dirección A Coruña, para descubrir que lo que no les dejaba ver el bosque era una gruesa y oscura mancha que, como los malos presagios en las novelas gráficas, se cernía sobre una ciudad que amanecía ajena al sufrimiento o al dolor.
El último coletazo de verano era seco y ardiente como el aliento de satanás. Después de unas tímidas lluvias en agosto, septiembre estaba siendo un verdadero suplicio para todos lo que regresaban a sus trabajos y estudios. En las últimas décadas, pocas veces se habían cumplido los tres meses de infierno que según la sabiduría popular tocaban después de los nueve de invierno y las noches se convertían en un verdadero acto de fe, incluso con aire acondicionado, conciliar el sueño era imposible.
El inspector Qino Montoya rodó por la cama, como un gran oso pardo que no encontrara la postura. Era miércoles, realmente ya era jueves, y estaba solo. El cuarto miércoles que dormía solo en mucho tiempo, su enorme cama nunca había estado tan solitaria desde que Elvis, su pequeño amante lampiño, delgaducho y descarado, se había marchado. Le extrañaba, le echaba de menos de la manera más egoísta porque se había acostumbrado a estar con él aún solo concediéndole un escaso espacio en su vida. Qino Montoya era egoísta, no echaba de menos al novio, al amante, al amigo o al compañero, echaba de menos al no–novio, ese fastidioso término que había acuñado para eludir cualquier tipo de responsabilidad para con sus amantes.
Qino Montoya no quería una relación estable y monógama. Era feliz con sus dos no–novios aunque ahora hubiera perdido a uno de ellos. Qino era sincero cuando conocía a un hombre, desde el primer polvo le dejaba claro que él no era de tener novio, mucho menos marido, siempre repetía, como si fuera un mantra, que él no iba a dar paseos por el Retiro, no iba a planear escapadas románticas a París ni iba a acompañar a nadie a bodas de hermanas ni similares.
Buenos ratos, buenas cenas, buenos polvos. La única y verdadera Santísima Trinidad en la que creía Qino Montoya.
Nada más.
Qino rodó una vez más por la cama y buscó su teléfono. Estuvo tentado de llamar a Robert, su otro no–novio, pero se detuvo, supuso que estaría haciendo el amor con alguno de sus otros amantes, en alguna de las otras ciudades en las que vivía. Robert y Elvis eran los perfectos amantes, Qino era su punto de unión, los dos sabían de la existencia del otro, los dos aceptaban ser parte de un extraño triangulo, y los dos complementaban a Qino de manera que ningún otro novio monógamo podría hacer. Todo parecía ir bien hasta que un mes atrás, Elvis se fue. Hacía también un mes que tampoco veía al escocés, su trabajo en una pijísima e importantísima casa de subastas de arte le tenía retenido entre París y Berlín, Qino no quería, ni por un momento que Robert pensara que se sentía solo y que le necesitaba. En su no–relación no había necesidades, ni reproches, ni cuernos. Ambos eran libres de follar con quien quisieran. Pero esa noche Qino Montoya se sentía solo y eso le tenía jodido, pero bien jodido.
Qino se sentía bien en soledad, tenía su ático en Malasaña, su televisión gigante con su Play 2, su trabajo en la comisaría, su madre en el pueblo, su vida perfectamente organizada día a día, pero las noches… las noches se le hacían eternas, solitarias y sobre todo vacías… de abrazos, de besos, de pelos y, más que nada, de sexo. Tal vez lo que más le molestaba a Qino de que Elvis ya no estuviera con él era que ahora tenía un novio casi formal, o todo lo formal que podía ser su relación con Robert. La subinspectora Córcega era tal vez la única que estaba feliz porque ahora Qino tuviera un solo amante, ya que siempre le había recomendado las bondades de una relación monógama y estable.
Novio.
Esa palabra le escocía en el estómago. Qino Montoya hacía mucho que no tenía novio. Siempre decía, y no era mentira, que había tenido dos novios y medio. Y solamente con uno, Niko, había estado a punto de llegar a algo más pero acabó irremediablemente mal, como todas sus relaciones, aunque en este caso concreto, visto varios años después, parecía que no había sido tan catastrófico. Niko se iba a casar con un tal Tomy, un chulazo andaluz, que nada tenía que ver con Qino, ni con sus kilos o su pelo.
A Qino le sorprendió ver a Niko en la comisaría después de tanto tiempo y más aún cuando le dijo que se iba a casar, no esperaba que le invitara a su boda porque Qino pensaba que existía una ley que impedía a los ex invitarte a sus bodas, pero ahí estaba la invitación, sobre su mesilla de noche, como una prueba irrefutable de que era verdad. Tendría que ir a la boda de su ex. No se le ocurría nada más incómodo y menos apetecible, pero como para eso faltaban muchos meses ya se preocuparía de buscar una excusa creíble para no ir, lo cual no era difícil, una de las pocas ventajas de ser inspector de policía es que nadie dudaba de sus excusas, todos daban por supuesto que cuando decía que no podía ir a tal o cual sitio por una cuestión de trabajo, todos asentían y con voz baja y confidencial decían un «ah, comprendo» aunque en realidad no comprendieran nada. Ese era uno de sus mejores trucos, sobre todo para esquivar a su tía Gloria. Su madre le pillaba siempre que le soltaba una mentira, como cuando le ocultaba que era gay o vegetariano, como todas las madres le tenía cogida la medida a su hijo, pero su tía Gloria, que siempre le decía que era su sobrino favorito, picaba el anzuelo y se creía la urgencia de su sobrino a la hora de cazar maleantes. La madre de Qino vivía recluida en el pueblo, anclada en un reportaje de usos y costumbres populares. Su pueblo se había modernizado en lo imprescindible, pero para según qué cosas parecía un especial de Cuéntame.
Definitivamente no iba a dormir nada. Ya había probado a comer unas galletas, a beberse una cerveza, a darse una ducha tibia, incluso a echar varias partidas al Street Fighter, pero jugar solo no tenía gracia. Qino tenía insomnio, en su fuero interno se decía que por culpa del calor, que porque desde que la inspectora jefe Arjona se había ido, la comisaría estaba manga por hombro, que porque había empezado algo parecido a una dieta depurativa y alguna excusa ridícula más. Pero más allá de las mentiras echaba de menos a Elvis y a Robert.
Salió a la terraza de su pequeño ático malasañero y, desnudo como estaba, empezó a liar un porro recostado en el pretil. El barrio estaba dormido, aletargado. En verano Madrid se vaciaba de madrileños, pero se llenaba de turistas y visitantes ocasionales, amantes pasajeros para una ciudad que nunca, bajo ningún concepto, dormía. Lo que sostenía la ciudad eran sus ganas de diversión. Daba igual la crisis, los problemas o las multas, si en Madrid alguien quería pasárselo bien de seguro encontraría con quién y en dónde. Qino habría deseado tener una manguera y regarse a sí mismo, pero las amenazas de sequía y ser inspector de policía, cabecera de la Brigada Roja para más añadidura, le chafaban sus almodovarianas fantasías.
Qino fumaba tranquilamente. Adoraba su terraza, cerró los ojos y por un momento deseó poder apagar todas las farolas, todos los carteles luminosos de los hostales y el silbido de los semáforos para poder dejar la ciudad a oscuras, sumida en el silencio y la tranquilidad, como cuando era pequeño en su pueblo, en la época en la que un tanto indulgentemente se permitía a los niños jugar hasta pasada la media noche en la calle y la máxima preocupación era decidir entre queso o Nocilla para el bocadillo de la merienda.
En su pueblo nunca pasaba nada, eso lo sabían muy bien su madre y su tía Gloria. El único incidente llamativo en el pueblo fue la muerte del padre de Qino, pero eso ya había quedado solucionado hacía mucho tiempo, enterrado entre delantales arremangados y pucheros de sopa, como se hacía todo en su pueblo. «Si las cocinas hablasen, a más de uno se le caería la cara de la vergüenza» le decía su tía Gloria. Qino sabía que en los pueblos la vida tenía un tempo especial, un ritmo sosegado, como el río o el campo. Qino aspiró fuertemente el aire por la nariz y durante unos segundos regresaron a él la paz y la tranquilidad que le embargaban cuando de noche él y Padilla, el único de los garrulos de su pueblo al que podía llamar amigo, se tumbaban en las tierras del Paciano, a las afueras del pueblo cerca del río, y miraban las estrellas, la mismas que habían desaparecido del cielo de Madrid. Padilla no hablaba mucho, simplemente escuchaba a Qino, aunque a veces se quedaba dormido mientras el joven Qino soñaba despierto con dejar el pueblo, con salir de la tediosa rutina de sus sencillas vidas rurales. Qino no estaba hecho para la vida de pueblo, de alguna manera él sabía que su sitio estaba en la capital, en Madrid. Como tantos otros había soñado Madrid antes de vivirla y eso no tenía precio, esa era la gran ventaja sobre los gatos, que ellos no podían aspirar a Madrid, no podían idealizarla, no podían soñarla, ni vivir el primer encuentro como algo mágico.
Qino exhaló el humo del porro que se desvaneció como sus recuerdos de niñez. En su terraza el mundo se adormecía y todo se volvía relativo, secundario, falto de importancia, incluso con la muerte de un asesino en serie un mes antes, su terraza le seguía pareciendo un oasis en pleno caos.
Malasaña se había relajado, si a principios de los dos mil era el centro neurálgico del botellón y los conflictos asociados a él, ahora se había diversificado su ambiente. Si de día era el territorio de otakus, modernos y vintages, de noche, hipsters, punkys y ochenteros pululaban sus calles. Si en verano la ciudad apenas tenía vida y estaba casi vacía, en septiembre se notaba que muchos estudiantes y currantes habían regresado de sus mal pagadas vacaciones y que los turistas se habían vuelto a sus hogares. Las noches se empezaban a relajar y ese miércoles apenas había movimiento, eso, unido a la calorina que azotaba sus centenarias calles, hacían de Malasaña un barrio fantasma.
El porro de Qino ardía lentamente, iluminando brevemente su rostro, dándole durante un segundo un aspecto aterrador, aunque nada más lejos de la realidad, porque si algo diferenciaba a Qino Montoya es que era sociable y encantador. Como buen oso era grande y peludo, su barba cada vez caneaba más y sus entradas se hacían más y más visibles. Su corpachón era compensado, un metro noventa flanqueado por largos brazos, Qino Montoya era lo que se esperaba que tenía que ser un osazo malasañero.
Se empeñaba en creer que desnudo no ganaba mucho, algo con lo que no estaba nada de acuerdo su amante, Robert, que disfrutaba profusamente de sus carnes y de sus vellos. A Elvis, su otro amante hasta hacia un mes, le volvían loco su barriga y sus brazotes protectores. Algo innato en él. Qino Montoya había comprendido desde muy joven que no era como el resto de chavales de su pueblo, no solo porque le gustaran los hombres, sino porque física, mental y sobre todo, sentimentalmente, no encajaba con ellos. Qino asumió que le gustaban los hombres y lo calló, como muchos otros, hasta que no tuvo más remedio que decírselo a su padre en el lecho de muerte.
Visto en perspectiva a Qino le parecía todo demasiado dramático, como en una tragedia griega, todos rodeando al cabeza de familia, en la penumbra de la alcoba, iluminado solo por velas, hasta que de sus labios expiraba el último resuello de vida. Una escena mortuoria, usual en su pueblo, pero que al Qino adolescente no le gustaba. Padilla y el resto de chavales del pueblo eran lo que se podía esperar de ellos, avispados, algo crueles y de ideas sencillas. Qino nunca les guardó rencor por que le llamaran mariquita, gordo–ballena o comehierbas, le resbalaban esos insultos. Sabía que quien hablaba era su ignorancia y que algún día se darían cuenta de su error. Si Qino hubiera querido les podría haber pegado una paliza, era grande y fuerte, sin proponérselo Qino tenía más músculos, y más inteligencia, que el resto de chavales juntos. Pero nunca se aprovechó de su corpachón, para qué, de qué le serviría demostrar que él era el fuerte y ellos los débiles, no conseguiría respeto, solo miedo, su tía Gloria siempre le decía «Qinito, que no te teman, porque del miedo al odio hay un paso muy corto».
Qino dio un toque al porro con el índice y la cabeza, ardiente, salió despedida al vacío. Miró asustado pero no había nadie en la calle. Ni los gatos callejeros habían salido esa noche. Parecía que el único que estaba incómodo en la cama era él. Que el único que no soportaba ni el calor, ni la falta de compañía, era él. La pavesa de su porro descendió lentamente hasta llegar al suelo y se apagó. Qino había adoptado un incomoda postura para comprobar que no iba a provocar ningún incendio, tenía medio cuerpo fuera, casi apoyado en el tejadillo voladizo que sobresalía y que impedía que desde la calle se viera su casa. Dio un par de profundas caladas y tiró el porro a la calle, aunque sabía que no debía hacerlo, menos aun siendo inspector de policía, pero tampoco se iba a enterar nadie por lo que se concedió esa pequeña y absurda rebeldía.
Una moto en la calle san Bernardo llamó su atención, era ruidosa, se podía oír perfectamente como recorría desde Gran Vía hasta Ruíz Giménez. Instintivamente giró la cabeza a la derecha, como si pudiera verla, y algo llamó su atención, subiendo por san Vicente, con la mirada perdida, sin fijarse en nada en concreto subía un hombre. Qino no le veía bien, a pesar de las farolas, la calle era oscura y estrecha, mal iluminada, como todo el barrio en general. Lo único que Qino acertaba a ver desde su azotea era una mancha borrosa roja y brillante. Entornó los ojos para intentar averiguar qué era lo que relucía entre la casi total oscuridad de la calle, pero su creciente miopía no se lo permitió. El hombre de la mirada perdida y la cintura brillante continuó avanzando, cuando llegó a la manzana de Qino, la 475, este le pudo ver perfectamente, joven, apuesto, barbudo, encajaba perfectamente en el barrio. Iba todo él vestido de rojo, aunque lo que más llamaba la atención era su cinturón, en concreto una gran hebilla roja con forma de corazón.
CAPÍTULO 2

Por octava vez esa noche el tren estrella Barcelona Sans-Madrid Puerta de Atocha paró en algún punto indefinido de su trayecto y por octava vez Daniela Quintana se maldijo a sí misma por no haber elegido el AVE de las 04:55 para ir a la capital. Se había dejado guiar por los buenos recuerdos, por los gratos momentos pasados veinte años antes en los convoyes nocturnos, cuando todo era mucho más sencillo, alocado y divertido, y el trabajo, el ocio y el amor cabían en el petate de la mili de su hermano… pero en pleno siglo XXI había sido una pésima y nefasta idea hacer un viaje tan largo, ya no tenía edad para dormir en un camastro mientras la cabina entera traqueteaba y se movía como una hormigonera. Incluso habiendo reservado una cabina para ella sola el viaje resultaba ciertamente incómodo.
Cerró «Asesinato en el Orient Express» y pensó por un momento en las lánguidas damas inglesas que se recorrían medio mundo dentro de él… ¿Cómo lo aguantarían? Sin aire acondicionado ni calefacción, en un viaje de días. Sin duda alguna debían de estar hechas de una pasta diferente, una especie de raza superior que conseguía equivocar a todo el mundo con sus manguitos de zorro, sus tocados imposibles y su té de las cinco, haciendo gala de una falsa fragilidad que se volvía acero en las más duras condiciones.
Definitivamente ella no habría sido una buena dama de alta alcurnia, alguna vez, por su trabajo, se había tenido que mover por las altas esferas y los resultados habían sido satisfactorios, sabía fingir muy bien, camuflarse entre señoronas y mandamases, integrarse con ellos para no dar la nota, aunque prefería el mundanal ruido, la calle y la gente más auténtica.
Estaba ansiosa por llegar a Madrid, por eso cada parada, cada bache, cada frenazo inesperado del tren le ponía los nervios un poco más crispados. Alguien llamó a la puerta de su cabina.
–Sí –respondió.
–Estamos llegando a Madrid, señora.
–Oh… gracias.
Daniela sonrió, nunca se había sentido una señora, en su trabajo ser una señora era síntoma de debilidad. Se puso en pie, bajó la maleta del portaequipajes, metió el libro en el bolsillo exterior, revisó el bolso y miró por la ventana. A pesar de la oscuridad, Madrid era hermoso, casi mágico, y le recibía con un tímido vaivén de luces que caprichosas se encendían en las azoteas y buhardillas. Volver a Madrid era como visitar a una antigua amiga a la que, a pesar de no haber visto en muchos años, una siempre reconocía. Seguro que Malasaña había cambiado mucho, sabía que ahora los hípsters ocupaban el lugar de los punkis y que lo vintage y las pop–up stores estaban de moda. Sacó su cartera, desdobló un papel y releyó la dirección de su destino, cerca de la plaza del Dos de Mayo. Después se dispuso a salir del tren, zigzagueando entre un mar de viajeros somnolientos, asegurándose de que su pistola seguía bien sujeta a su cintura.
CAPÍTULO 3

El chico del corazón luminoso alzó la cabeza y sonrió a Qino como si le conociera de toda la vida. Era bastante atractivo, el oso devolvió la sonrisa aunque tenía serias dudas de que pudiera verle, ya que en su tejadillo apenas había luz. El chico continuó andando por san Vicente, cien metros después se giró y miró de nuevo a Qino. Aunque estaba lejos, aunque no veía su cara, Qino sabía que le miraba a él e incluso habría jurado que le había lanzado un beso con los dedos.
Qino se echó un poco más adelante, apenas podía ver al chico, lo estrecho de la calle y los balcones le impedían saber a ciencia cierta dónde estaba, pero era seguro que le miraba a él… a quién si no. Una tosecilla perfectamente fingida y ensayada le sacó de su ensimismamiento. Qino pegó un respingo y saltó hacia atrás con la mano en el pecho peludo. La tosecilla se tornó a carcajada malvada. En otras circunstancias Qino Montoya habría odiado a la portadora de la risilla, pero a Nina se lo permitía casi todo.
–¿Qué coño haces? ¡Casi me matas del susto!
–¿Yo? Mira quien habla, Qinito cielo ¡eres un coñazo! –la ventaja de que su vecina fuera, además, su mejor amiga radicaba en que podía mandarle a la mierda o espetarle verdades como puños a la cara, algo en lo que Nina, al igual que la tía Gloria, era experta.
–¿Cómo que un coñazo?
–Totalmente, desde que te dejó Elvis… –dijo Nina con entonación malvada.
–Elvis no me dejó. Lo dejamos –terció Qino.
–Como quieras… desde que él no viene los miércoles, das más vueltas que una peonza, cariño, eres muy coñazo, haces ruido y me despiertas.
–Que yo te… –Qino frenó en seco por un momento había olvidado al misterioso chico del corazón en el cinturón –mierda –dijo asomándose de nuevo –lo he perdido –dijo con medio cuerpo fuera como si de Julieta se tratara, buscando un Romeo barbudo y de mirada ausente. Algo brilló lejos, casi en Fuencarral, era el cinturón. Qino se convenció a si mismo de que lo que habría visto relucir era el corazón de aquel muchacho. En su cerebro se apartaron de un manotazo las posibilidades racionales, un semáforo, una botella rota, el intermitente de un coche… había demasiadas, por eso Qino se aferró, inexplicablemente, al corazón del desconocido. Qino se vistió rápidamente, dejando a Nina con la palabra en la boca, y salió a la caza del joven misterioso.
Nina le llamó, pero el osote no hacía caso. Nina sufría por su amigo, por su Qinito del alma. Nina y Qino habrían sido la pareja ideal, si a ella no le atrajesen los cabrones con la mano muy larga y la vergüenza muy corta y si a él le hubieran gustado las mujeres y la vida en pareja.
Qino bajó las escaleras de madera lo más silenciosamente que pudo, no quería despertar a sus vecinos, en especial a Doña María, la más cotilla y metomentodo de todas ellas, heroína anónima que consiguió dignificar la fachada de su edificio con la placa que recordaba que allí se ambientó Barrio de Maravillas de Rosa Chacel y opinadora, en general, de cualquier aspecto de la vida de Qino y sus amantes. Abrió la mastodóntica y ruidosa puerta con sumo cuidado y cerrando tras de sí, giró a la izquierda. Suponía que el chico no habría llegado muy lejos. Corrió ciertamente desesperado. Qino Montoya no solía correr, eso no iba con él, casi nunca hacia deporte, confiaba en que sus arterias y su corazón no lo necesitaban, aunque el tabaco y los kilos de más opinaban lo contrario.
Llegó a Fuencarral, parando en seco y sin saber a qué lado ir. Oteó el horizonte como si buscara un barco en la costa, pero no encontraba ni rastro de la barba ni del cinturón con el corazón brillante. Respiró hondo y pensó en lo ridículo que era todo. Qué coño hacia a las tantas de la madrugada buscando a un chico al que no conocía ni sabía nada de él.
Su sentido común le empujaba a volver a casa, fumarse otro porro, hacerse una paja e intentar dormir algo, su jornada de trabajo se presentaba larga y agotadora, no porque hubiera casos difíciles, básicamente lo que tenían no eran crímenes, solo muertes accidentales en un instituto o en un centro cultural de Lavapiés, sino porque si eran ciertos los rumores que le había contado el subinspector Nerim, ese miércoles el comisario Velasco nombraría al sustituto temporal mientras la inspectora jefe Arjona estuviera de baja maternal. Y era bien sabido que tanto el inspector Otxoa como el mismo Montoya eran los firmes y lógicos candidatos. Pero su deseo… su deseo le empujaba a cometer una temeridad. La ley del deseo era la más fuerte de todas, la que muchas veces empujaba a cometer verdaderas estupideces o temeridades; y en ese territorio, Qino Montoya, era todo un experto. Hacía unos años casi le había jurado amor eterno a uno de sus novios y por no ser capaz de romper con otro de sus amantes le había convertido en una fiera. Qino Montoya cedía más ante el deseo que ante la lógica.
Encendió un cigarro. Casi habría podido aspirar todo el humo de golpe, como hacía cuando se pasó al ultralight. La ansiedad le carcomía, las ganas, la necesidad le estaban volviendo loco. Su pulso, acelerado, se subió hasta su garganta, latiendo furiosamente. Sintió miedo, por un momento se asustó, esa sensación nunca la había experimentado de una manera tan fuerte, tan arrebatadora… nunca había sentido un vacío así, incapaz de ser aplacado con nada, y todo desde que se había ido Elvis… sería que se había enamorado de él ¿era eso? Era amor… se negaba a creerlo. Se convenció a si mismo de que en realidad era deseo, no amor, que simplemente lo que le pasaba es que le picaban los huevos, que necesitaba sexo, simple y llanamente. Follar. La más baja de las pasiones y la que más le gustaba. Si no, por qué otra razón se iba a ver lanzado en plena noche a perseguir a un barbudo al que ni conocía. De hecho no le atraía, seguro que sería muy peludo y a Qino le gustaba el vello en su justa medida y lugar. Siempre opinaba que el pelo y los kilos los ponía él.
Como un niño perdido y desorientado en un centro comercial giró la cabeza a ambos lados y ante la total y absoluta falta de pistas decidió que ya que iba tras un corazón se dejaría llevar por el suyo. A pesar del corpachón Qino Montoya a veces podía resultar muy cursi. Robert, su amante escocés le decía que debajo de esa coraza de pelo y carne, se escondía un niño tímido y dulce. El escocés también era bastante cursi, pero después de decir eso le solía follar como si estuvieran grabando una película porno.
Tenía tres opciones, que se multiplicaban por mil entre las calles de Malasaña, Chueca y Tribunal. Qino giró sobre una baldosa, como si bailara un chotis, y se maldijo, no había absolutamente nadie en la calle. Era impensable una calle Fuencarral vacía, pero esa ardiente noche lo había conseguido. Madrid no dormía, no lo necesitaba, siempre dispuesta, siempre despierta… menos esa noche. Durante un minuto sopesó la posibilidad de preguntarle a los vigilantes del Tribunal de Cuentas si habían visto pasar a alguien vestido de rojo y en qué dirección se había ido, pero afortunadamente el sentido común le impidió hacer tamaña estupidez.
«Piensa Qino… piensa… a dónde podría haber ido… ¿a su casa? No, nunca le había visto por aquí… ya, pero ahora están llegando muchos estudiantes y mucha gente nueva al barrio… joder… los bares ya están cerrados… el metro también… puede ser una discoteca… ¡claro!». El razonamiento y la lógica por fin se impusieron a las ansias y a la erección que le atormentaba, se dirigió a la calle Barceló, la única discoteca que conocía estaba allí, así que le pareció la opción más acertada, seguro que al menos habría alguien cerca a quien preguntar. El teléfono de Montoya aulló, haciendo temblar hasta los cimientos del Museo de Historia. Qino desbloqueó la pantalla e incrédulo contestó.
–¿Tía Gloria?
–Si hijo sí, soy yo.
–Pasa algo, mamá está bien –preguntó inquieto.
–Si hijo si, ha pasado lo que tenía que pasar.
–¿Qué, qué? –chilló.
–Tranquilo no es tu madre es la prima Elvira.
–¿Quién?
–La prima Elvira, del tío Jacinto, si hombre si… la de la residencia.
–Ah… si –Qino asintió aunque en realidad no recordaba quienes eran la tal Elvira o el tío Jacinto.
–Pues se ha muerto hijo. Pobre, tenía ya… lo menos noventa años, ya había vivido mucho.
Qino estuvo a punto de reírse, pero no le parecía correcto, después de todo había muerto alguien, pero le fascinaba la facilidad con la que en los pueblos la gente decidida cuando uno había vivido bastante y si ya no era tan terrible que muriera, aceptando la muerte como un paso más en la vida.
–¿Y por qué me llamas?
–Pues para que lo sepas, estas cosas Qino hay que avisarlas en seguida, que si no luego la familia comenta, murmura y te ponen a caer de un burro. ¿Vendrás al velatorio?
–¿Al velatorio?
–Sí, será mañana todo el día hasta pasado, que la entierren.
–Pues no creo tía… trabajo…
–Ya ya ya, tú y tu trabajo, Qino hijo, sé que tu trabajo es muy importante, pero tienes una familia, unos deberes que cumplir. Tu pobre madre no sabes lo que sufre por ti, allí solo, tu solo, tan solo.
La tía Gloria tenía la peculiaridad de pronunciar la palabra solo cargada de dobles sentidos, pero Qino no iba a picar. Su tía quería saber si su sobrino maricón tenía novio, marido o lo que fuera, y él no le iba a dar ese gustazo.
–Tú dile que no se preocupe, que estoy muy bien. ¿Está por ahí?
–No, duerme. Ella quería esperar a mañana para decirte lo de la prima, pero era mejor llamarte cuanto antes.
–Sí, tía si… pero no creo que pueda ir, ya sabes, que los polis nunca descansamos.
–Bueno tú te acercas y ya está, si es solo un ratico.
–Bueno veré lo que puedo hacer. Anda un beso tía.
–Un beso primor. Y échate un apaño ya, anda, dame esa alegría antes de morir.
–Anda, anda… que tú me enterrarás –Qino colgó. Sin querer había estado caminando mientras peleaba para no sucumbir a las triquiñuelas rurales y se había pasado de calle, estaba por Apodaca una calle en la que había una tienda ecológica en la que solía comprar, paralela a Barceló. Caminó para llegar al fondo de la calle y coger Barceló por un lateral, cerca de la sauna HotSteam. A la altura de Churruca se encontró, no con su desconocido de rojo, sino con quien menos esperaba ver a esas horas y en esa calle. Otxoa, el otro inspector de la comisaría, el otro gallito del corral. Muy guapo, muy chulo, con un culazo impresionante y casi siempre buen policía, pero tremendamente bocazas, homófobo, machista y bastante gilipollas.
Qino no pudo resistirse y se acercó a su compañero con todo el regocijo que esa pequeña maldad le producía.
CAPÍTULO 4

Como una polilla alrededor de una lámpara Toño revoloteó por el bar una vez más. Estaba nervioso, no había conseguido dormir, no por el calor, ya que gracias al aire acondicionado su estudio parecía un iglú, sino por los nervios.
Los nervios que le atenazaban el estómago y no le dejaban comer desde hacía casi una semana. Los nervios que le habían provocado diarrea, vómitos e incluso una taquicardia. Los nervios que le despertaban cada diez minutos. Los nervios que le atormentaban ya estuviera despierto o dormido. En su última visita a urgencias le habían dado unas pastillas para que se relajara, pero no podía, nada le calmaba, nada aplacaba los nervios, solamente parecía tranquilizarse un poco con largos paseos, como el que estaba dando esa noche. Después de intentar dormir y de consultar los dobles checks más de mil veces, después de enviar más de una centena de MD que nunca serían respondidos, después de recibir decenas de SMS con el texto «apagado o fuera de cobertura», después de stalkear y llorar había decidido caminar hasta que cayera sobre la cama rendido y cerrando los ojos apagara el cerebro.
Ya se había recorrido casi toda la calle de Alcalá desde su casa, a la altura del número cuatrocientos, hasta la misma puerta y ahora había girado para Chueca, subiendo por Barquillo. Como si de una broma del destino se tratara había ido a dar con un club leather. Uno extremo. Puro sexo sin control o limites, sufrimiento y deseo por quince euros más consumición, ya que los miércoles era la noche feliz. No quiso defraudar al destino y entró en el club, dejó su ropa en una taquilla, sin importarle lo roñosa y sucia que parecía estar y vestido solamente con sus botas y unos calcetines blancos entró excitado y temeroso a la vez. Hacia dos o tres años había estado con Caín, su exnovio, en un club parecido en el que como siempre él había disfrutado más y Toño se había doblegado, pero nunca se había atrevido a hacer algo así el solo.
Nada más atravesar una gruesa cortina plástica, como las de los mataderos, le abofeteó un fuerte olor a sexo, sucio, cargado, lleno de hormonas, enriquecido con Popper y alcohol. Muy excitante y al mismo tiempo muy agresivo para su sensible pituitaria. Toño paseó observando, tocando levemente con las yemas de los dedos, no se atrevía a participar y eso que la oferta era amplia. A su derecha un par de potros de tortura medievales en los que destacaban sendos hombretones amarrados e inmovilizados con correas y sogas, parecían disfrutar con las pollas y las porras que les violaban sin miramientos. Cerca, colgados de varias cadenas, relucían los culos de varios hombres, algunos imberbes otros esmirriados, atados como si fueran brujas de la inquisición. Rítmicamente un amo enmascarado les azotaba con un látigo y les dejaba caer cera sobre la piel que tornaba del rosado al púrpura a ritmo de gemidos y lamentos. Al fondo varios sillones y una gran cama circular en la que un hombre atado de pies y manos daba vueltas y recibía meadas y corridas a partes iguales.
Pero lo que más llamaba su atención era un hombre embutido en un traje de látex, del que solo se veían sus ojos, que gemía y lloriqueaba mientras le colgaban de unas argollas que había en una cruz de madera. Toño no podía apartar la mirada de ese hombre, su erección debía de ser escandalosa, incluso para un sitio así, porque en seguida tuvo a un esclavo, azuzado por su amo, mamándole la polla. Toño le apartó, no quería perder de vista al otro hombre, el de la cruz. Se acercó, tocó tímidamente el látex, sintió su tacto nacarado, le embriagó su olor levemente picante, se excitó aún más y sin saber por qué lamió el látex que cubría su cuerpo. El sabor era amargo, como el de los condones baratos pero más acentuado, posiblemente porque alguien había eyaculado o meado encima, ya que aun cuando la luz era tenue y difusa, brillaba como si estuviera hecho de plata.
–¿Te gusta? –le dijo una voz viscosa.
–¿Qué? ¿Cómo? –dijo Toño saliendo de su trance.
–Que si te gusta mi perro –dijo de nuevo la voz. Toño no le miraba, no podía apartar la vista del esclavo.
–Si… si… mucho –dijo por cortesía.
–¿Lo quieres?
–¿Cómo?
–Que si lo quieres… ¿eres nuevo aquí verdad? ¿Nunca has usado a un perro como este?
–No… –dijo tímidamente –nunca.
–Pues tuyo es. Úsalo… todo tuyo tío –dijo orgulloso de ceder a su perro.
Toño no sabía que decir, estaba excitado y asustado a partes iguales, no podía pensar bien, el Popper, incluso sin esnifarlo le mareaba mucho, no le dejaba razonar. Su exnovio lo usaba siempre, era como un ritual, se ponía ciego de Popper y le follaba violentamente. Alguna vez insistía en que él fuera el activo, el que se colocara hasta las trancas y se la clavara, Toño lo intentaba, pero el Popper le provocaba vahídos.
Sintió una boca aferrada a su polla de nuevo, otra vez el esclavo que le mamaba sin el haberlo pedido. Le apartó violentamente, miró al esclavo crucificado y buscó sus ojos en la máscara de látex. Sumisos, deshumanizados. Por un momento los vio, sintió pena, asco y dolor. El estómago se le contrajo de la arcada y la angustia. No podía seguir ahí.
Sintiendo la mirada del esclavo clavada en la espalda salió del club, se vistió como pudo y enfiló la calle Pelayo, la que tantas veces había paseado con su exnovio Caín y a la que el subconsciente le había llevado en su paseo nocturno. Aceleró el paso hasta la plaza de Chueca, con suerte el metro ya estaría abierto y podría volver a su casa e intentar dormir un rato.
CAPÍTULO 5

Como un obús Montoya lanzó su enorme manaza contra el hombro del inspector Otxoa. Sin poder ni querer disimular una sonrisa malvada le preguntó a bocajarro, gozando cada palabra.
–Vaya Otxoa… tú por aquí, por una calle de maricas… –dijo señalando la sauna.
–Sí, yo por aquí, algún problema – replicó Otxoa clavando sus ojos incendiados por el odio en los del oso, siempre risueños. Otxoa y Montoya habían sido compañeros de academia y de patrulla, pero desde hacía algunos años, la estupidez congénita de Otxoa, unida a su descerebrada homofobia y a su ausencia de educación, les habían convertido en enemigos acérrimos. Por eso mismo Qino no podía desperdiciar esa oportunidad.
–Hombre… tú dirás… un miércoles… a estas horas… por esta calle…
–Qué coño insinúas capullo. Mira, no me toques los cojones.
–No tranquilo, ya te he dicho muchas veces que no eres mi tipo, que me van más machos, que tú mucho lirili y poco lerel…
–Montoya no pudo acabar su frase, Otxoa se abalanzó sobre él. A pesar de que era algo más bajo y bastante más delgado que Montoya le aprisionó contra la pared, clavándole el antebrazo en la garganta. Montoya intentó zafarse, pero tenía la mano izquierda aprisionada con su propio culo contra la pared de cemento, rugosa y con pequeños cantos que se le clavaban en la piel. Otxoa le había capturado la mano derecha, retorciéndosela hacia afuera, de tal manera que estaba inmovilizado, como un chorizo en una redada.
Otxoa le tenía muchas ganas a Montoya, todos sabían el pique que tenían por resolver casos, cuantos más mejor, de ello dependía la supervivencia de sus respectivas unidades, Alfa y Roja. De Otxoa fue la gracieta de cambiar el nombre de la unidad de Montoya a Rosa, algo que a ninguno de los tres les había hecho gracia lógicamente, pero era algo con lo que tenían que lidiar, si la casualidad, el destino o la providencia divina habían puesto a un gay, una lesbiana y un bisexual en la misma unidad debía ser por alguna razón que a los tres se les escapaba. Afortunadamente ellos habían demostrado su valía, más allá de las chanzas y gilipolleces de Otxoa y sus palmeros, Ruíz y Silva, y sus desaforadas ansias de quedar como los más machos de la comisaría.
Montoya intentó moverse, pero notó que las piedras de la pared se le clavaban en la muñeca. Con la voz muy calmada le dijo a Otxoa.
–Qué coño haces… anda suéltame.
–¿Qué… ya no te ríes maricón? Ahora estamos en la calle… no tienes a la bollera y al julandrón para ayudarte. Solos tú y yo, gilipollas.
–Otxoa anda, apestas a dios sabe qué, anda, afloja… no seas tonto.
–Tonto yo… maricón… me tienes hasta la polla…
–¿Ah sí?
–Sí, gilipollas, ¿qué… tienes miedo, la pobre Montoyita está asustadita?
Montoya no le dio tiempo a reaccionar. A pesar de su envergadura era bastante ágil y flexible, con un rápido movimiento se zafó de la mano que le aprisionaba su brazo derecho, pudo liberar su cuello y dar la vuelta a la situación, de manera que Otxoa acabó literalmente aplastado por la barriga de Montoya contra la pared, con los brazos retorcidos sobre la cadera, y el orgullo ligeramente lastimado.
–Y ahora qué cabrón… sabes que soy más fuerte que tú, siempre lo he sido. No dices nada, ¿eh gilipollas?
Montoya se había acercado a la mejilla de Otxoa, la mezcla de sudor, alcohol y colonia barata le producía escalofríos, era empalagosa y excitante. Montoya la aspiró como si esnifara cocaína y notó que se empalmaba, de hecho las manos de Otxoa le quedaban a la altura de su pubis y le rozaban el paquete, era inevitable, se había excitado con la situación.
Otxoa no decía nada, intentaba escapar pero era realmente difícil huir del abrazo de un oso como Qino Montoya, el aire se había espesado con las hormonas de ambos hombres como en un cuarto oscuro de madrugada. Montoya volvió al ataque.
–¿Bueno, no vas a decir nada? No ves que el maricón te tiene contra la pared… te podría follar ahora mismo cabrón… –Montoya volvió a acercar su mejilla a la de Otxoa… volvió a respirar su genuino aroma… su erección resultaba dolorosa, por un momento perdió la cabeza y juntó su mejilla con la de Otxoa dejando la lengua fuera, apenas un instante, un breve segundo que acabó cuando Montoya vio al final de la calle un corazón rojo y brillante que le despistó, lo justo y necesario para que Otxoa se escapara de su prisión.
–Gilipollas, te vas a cagar, esta te la guardo cabrón, esta… esta te la guardo –dijo mientras se quitaba los restos de gravilla de la mejilla. Otxoa desapareció por la calle, dirección Bilbao maldiciendo y cagándose en toda la familia de Montoya.
Qino permanecía ajeno a las amenazas de Otxoa, había encontrado al misterioso chico que con paso firme se acercaba a él. Por fin Qino pudo verle bien y comprobar que no se había equivocado, era muy atractivo, el tipo de chico guapo que sabe que es guapo y que no hace nada por disimularlo, de esos que subirían una foto a Twitter o Instagram marcando paquete y musculitos con la excusa de enseñar su nuevo tatuaje o la merienda. Su amplia sonrisa relucía entre una poblada barba a la más pura moda malasañera, y todo él iba vestido de rojo, de pies a cabeza. En el cinturón brillaba un corazón anatómico, hecho con pequeñas luces y plástico.
Por fin estaban cara a cara.
–Yo… ehm… –la proverbial timidez de Qino Montoya atacó fieramente y simplemente acertó a balbucir unas torpes palabras. Afortunadamente el chico sonrió. La mejor manera de desarmar a Qino Montoya era sonreírle. Como era un osazo de metro noventa y peludo llamaba la atención, bonachón, confiado y simpático, de tal manera que rara vez notaba cuando estaban ligando con él. Una sonrisa le dejaba noqueado, porque él nunca pensaba que podía ligar.
El desconocido disparó sin piedad, sorprendiendo al inspector y atacando donde menos se lo esperaba. Directamente le besó, metiendo la lengua, juguetona, hasta su campanilla. Sus narices chocaron y respiraron entrecortadas, el ruido y la situación hicieron que Qino se excitara aún más. El chico lo notó, deslizó sus manos por el cuerpo de Qino, por sus pezones y su barriga hasta llegar a su paquete, metió la mano dentro del pantalón.
–Mmm –dijo sonriendo al descubrir que Qino iba sin calzoncillos.
El inspector habría querido follarle ahí mismo, pero era absurdo viviendo a tan solo unos cientos de metros.
–Vayamos a mi casa… vivo aquí al lad… –el chico puso sus dedos, levemente impregnados con el líquido preseminal de Qino, sobre los labios de este. El sabor salado y fuerte calló de inmediato al oso.
–Shhh… en tu casa no… en mi hotel., vamos.
–En tu hotel… ¿de dónde eres?
–¿Yo? –Al chico pareció divertirle la pregunta –yo soy de Marte.
–Cómo te llamas… mi nombre es Qino –su ingenua educación de pueblo le empujaba a presentarse y ser correcto incluso en situaciones tan extrañas como esa. El chico no respondió, simplemente tiró de su mano para que Qino le siguiera, y así lo hizo, a pesar de lo que le dictaba el sentido común, a pesar de que en su cabeza una vocecilla aguda y chillona le recordaba los peligros de ligar a las tantas de la madrugada con desconocidos, a pesar de que le habría gustado follarse a Otxoa, siguió al desconocido del corazón en la cintura.
Rodearon los recién estrenados jardines de Ribera y siguieron callejeando hasta llegar a un hostal de la calle Pelayo, el coto privado de los osos. Mucho se había criticado la creación de un gueto dentro de otro gueto, porque visto desde fuera la calle Pelayo se había convertido en una reserva urbana de señores con barriga y pelos, amén de sus agregados en cuero y tachuelas. Resultaba curioso, cuando no ridículo, que el mundo gay fuera el primero en pedir su inclusión en todos los aspectos de la vida social y civil cuando, a veces, era el primero en discriminar, ya fuera a las pasivas, a las musculocas, a las bolleras o a los armarizados.
A esas horas además de algún club o discoteca, lo único que había abierto eran los mal llamados hostales, ya que los viejos hostales de los sesenta habían sido reformados, en su mayoría, para albergar a los nuevos chicos de provincias, que ya ni eran tan ingenuos ni tan pobres. Los nuevos hostales de Chueca se codeaban con algunos hoteles, cobrando sin pudor lo mismo que un cuatro estrellas de Castellana. El Rainbow llamaba la atención porque tenía su fachada enteramente cubierta con pequeños cristalitos, a modo de trencadís, que relucían a la luz de las farolas. Qino y su desconocido entraron en la recepción, el soñoliento recepcionista le dio la tarjeta al chico, no pareció preocuparle mucho que ambos llevaran la ropa a medio meter y que estuvieran visiblemente cachondos.
Los recepcionistas de los hoteles de Madrid eran como sacerdotes que veían y escuchaban, pero nada sabían ni decían. Como si hubieran sellado sus labios en pro de los encuentros fugaces, morbosos y pasionales. El recepcionista ya había visto más escenas parecidas y ya ni se escandalizaba porque en Madrid, de cuando en cuando, la calle bullía sexo y deseo. Y en plena calle Pelayo, entre bares de osos, leathers y saunas, era evidente que no eran los primeros que llegaban con un calentón, y algo le decía a Qino que tampoco era el primero en follar con el chico de rojo. A Qino no le importaba ser uno más, lo que necesitaba en esa insoportable noche de insomnio y calor era sexo, simple y llanamente follar.
Una de sus mayores pulsiones en la vida era el sexo. Montoya disfrutaba del sexo, del más cariñoso al más cañero, del casual al romántico. Con Robert o con Elvis estaba servido, pero ahora estaba obligado a una castidad que le hinchaba las pelotas en el sentido más físico y doloroso de la expresión.
Durante un segundo la bruma de los celos le cegó.
Mientras subían a trompicones las inmaculadas escaleras de madera, que habían sido restauradas concienzudamente, se comían el uno al otro, mordiéndose los labios, metiéndose mano y desnudándose, Montoya dudó un segundo si eso serían cuernos. A pesar de que Robert se lo había dicho mil veces, a pesar de que su no–novio tenía otros dos o tres no–novios, a pesar de que le había dicho explícitamente que podía follarse a quien quisiera, que él no era su marido y que no tenía que serle fiel, a pesar de todo sentía que le estaba poniendo los cuernos. Y de manera fugaz, casi imperceptible, casi inapreciable, volvió a rondar por su cabeza una palabra, encendida como un neón en un bar de los ochenta:
NOVIO.
Si sentía que le estaba poniendo los cuernos a Robert es porque pensaba que eran novios y eso… eso no es lo que él quería. Así que volvió a la realidad, al misterioso chico de rojo y a la escalera interminable que subía hasta el séptimo cielo. Todavía quedaban edificios seculares sin ascensor, como ese hotel o el bloque de Qino. El séptimo piso estaba pintado de blanco, como todo el interior del edificio, contrastaba con la antigüedad del bloque, que sería de un siglo como poco, las puertas de las habitaciones eran de espejo y el efecto de sus cuerpos, empujados por la pasión y el deseo, arrastrándose por el pasillo con la luz difusa del techo les puso aún más cachondos.
Qino tenía el pantalón desabrochado y el polo en la mano, su chico misterioso estaba directamente en slips, por supuesto rojos. Por fin llegaron a la habitación setenta y tres, entraron y entre risas y deseo, se terminaron de desnudar. Montoya no se equivocaba, el chico era bastante peludo y fibrado, con varios tatuajes y un piercing en el pezón izquierdo. En condiciones normales Montoya ni se habría fijado en él, pero esa noche era diferente y si el chico se había paseado por su calle seria que el destino quería que follaran como animales.
Alguien encendió una ducha en la habitación de al lado y en otra, lejana, tiraron de la cadena. La acústica de las casas viejas de Madrid era terriblemente indiscreta, Montoya estaba acostumbrado a las risitas y las miradas de reojo de sus vecinas los días en los que dormía con Robert. Sus polvos en la terraza debían de oírse hasta en la Latina.
Los dos se lanzaron desnudos contra la cama, que gimió escandalosa al recibir a los amantes. La habitación entera estaba decorada en blanco, impoluta e inmaculada. La ropa de cama, la descalzadora, la mesilla o la lamparita eran de diferentes tonos blancuzcos. El chico encendió la luz y la reguló con un pequeño mando a distancia, eran varias bombillas led que le dieron en seguida un tono rojizo a la habitación, como si fuera un puticlub barato, Montoya no le dijo nada, pero esa luz le molestaba, prefería follar con luz normal, pero desde pequeño había aprendido que el invitado debía acomodarse a lo que le ofrecían, incluso si su eventual amante parecía estar distraído mandando un SMS. Por fin dejó el teléfono en la mesilla y sonrió mientras le sobaba el cuerpo, gozando con su barriga y su tripa.
El misterioso chico no desentonaba con la habitación, seguro que no era casualidad, pensó Qino, todo en el chico era rojo, hasta sus tatuajes. Montoya le besó los labios, mordiéndoselos, con demasiado ímpetu, pero el chico pareció feliz por ello. Olía a sudor, un sudor suave, de recién duchado, Montoya lamió los sobacos y el pecho, bajó hasta el ombligo y se recreó en el pubis. Adoraba ese olor, penetrante, a sexo, a vicio… a vida. Montoya jugó con la polla del chico, estaba dura, como la suya, se la metió en la boca, la saboreó, lamiéndola de arriba abajo y pasando luego a los huevos. El chico gimió cuando Montoya le tiró sin querer de un arillo en el escroto.
–Sigue… no pares –el deseo con el que susurró esas palabras encendió a Qino, que se incorporó y de rodillas agarró con una mano los huevos del chico mientras con la otra le acariciaba el culo. Con un par de dedos ensalivados fue abriéndose camino poco a poco hasta que entraron suavemente, sin oponer resistencia. Montoya sonrió vicioso y el chico resopló de placer, mirando al armario, mordiéndose el labio y sonriendo como si Qino no estuviera allí.
Sobre la mesilla descansaban un par de condones rojos, Qino se puso uno, sabía a fresa, lo desenrolló sobre su polla y dejando caer un poco de saliva desde sus labios se la metió al chico aupándole las piernas sobre sus hombros, embistiendo con furia varias veces. El desconocido gemía, el oso resoplaba, y la cama rechinaba, todos juntos formaban un extraño coro de placer y deseo. El chico se empezó a masturbar al ritmo que le marcaban los empellones de Qino, alargó la mano y de un neceser que había en la mesilla sacó una botellita de Popper, lo aspiró profundamente mientras Qino se acercaba para besarle pero el chico le apartó la cara con los brazos, alejándosela, haciendo incluso fuerza con las piernas, mirando al espejo del armario, sonriendo, como si quisiera zafarse de él, pero el oso seguía aferrado a su cintura y a su culo, seguía embistiendo como un toro y el chico continuaba masturbándose, hasta que le miró, con los ojos vidriosos y la boca entreabierta, jadeando y asintiendo, comunicándole sin hablar que estaba a punto de correrse. Montoya asintió, él también estaba a punto de irse. Aceleró el ritmo y sus empujones hicieron temblar la cama y la mesita de noche. El chico empezó a jadear como un potro, resoplando y chillando, lo que hizo que Montoya se pusiera aún más cachondo. Los dos gritaron a la vez, corriéndose al unísono. Montoya sacó con cuidado la polla, hizo un nudo al condón y lo tiró a la papelera, aunque cayó al suelo. Rendidos y agotados se tumbaron sobre la cama. Montoya buscó en su pantalón el tabaco, pero no encontraba el mechero.
–Oye... ¿Tienes fuego?
–Sí, espera que busco –dijo poniéndose de pie. Abrió el armario y buscó entre varias camisas, verdes, azules, moradas… de todos los colores –toma, quédatelas –dijo lanzándole unas cerillas.
–Oye cómo te llamas… todavía no me lo has dicho… –dijo el oso dando una larga calada al cigarro.
–¿Cómo quieres que me llame? Elige… –dijo robándole un cigarro y encendiéndolo.
–Cómo que elija –dijo riendo Montoya –qué eres, un fugitivo –dijo abriendo la ventana para que saliera el humo.
–Nooo. Mucho peor –respondió sonriendo pícaramente.
–¿Peor?
–Sí, pero es un secreto, por eso no puedo decirte como me llamo.
–Vale –dijo Montoya cediendo a su juego –te llamaré Rouge.
–Rouge –dijo el chico sonriendo.
–Claro, es rojo en…
–En francés, lo sé… me parece bien.
–Bueno Rouge y qué hacías de madrugada por la calle.
–Buscando una víctima… –dijo Rouge guiñándole un ojo.
–¿Yo soy tu victima? –Montoya seguía sonriendo, pero el jueguecito del chico misterioso que echa polvos con victimas callejeras no le gustaba un pelo.
–Todos somos víctimas –dijo lacónicamente Rouge.
–Te importa si me ducho, estoy pringado.
–No, claro.
Montoya cogió la ropa y entró en el cuarto de baño, algo pequeño, sobre todo para su corpulencia y encendió la ducha, supuso que todo el hostal les habría oído correrse y ahora todos le oirían ducharse. Se lavó todo lo rápido que la microducha le dejaba y en pocos minutos salió vestido y dispuesto a irse.
–¿No te quedas?
–Ehm… no, mañana madrugo, es decir, en nada entro a trabajar, casi va a amanecer y tengo que pasar por casa.
–Oh, vaya, que pena.
–Sí, ehm bueno, nos vemos –dijo sabiendo que nunca más iban a volver a verse. El arrepentimiento crecía por momentos, como una indigestión se aferraba a su estómago, y le retorcía las tripas.
–Claro –Rouge se levantó desnudo y le dio un pico –hasta otra tío.
Montoya respiró a gusto cuando se hubo cerrado la puerta, hacía muchos años que no tenía una aventura sexual de ese tipo, de hecho sus últimos ligues habían sido Elvis y Robert y con los dos había acabado en la cama al rato de haberse conocido, pero porque ellos se habían lanzado. Qino Montoya no era del todo consciente de su atractivo. Suponía que al ser grande y peludo no era lo que se dice guapo. A él le atraían los hombres delgados, más o menos velludos, con carácter y aspecto masculinos. Entendía que eso era lo bello, pero un tipo de metro noventa de más de cien kilos con barriga y pelos por todas partes nunca le podría parecer deseable. Rouge no era una excepción, habían follado, pero no le gustaba, y no se sentía cómodo con el juego absurdo del desconocido que sale a cazar por la noche.
Qino bajó las escaleras intentando que no crujieran mucho, a pesar de que ya era casi de día y la actividad del hostal se reanudaba, quería pasar desapercibido. Llegó a la planta baja y muy discretamente se despidió del recepcionista, como si nada hubiera pasado. El chico ni se inmutó, simplemente dijo un anodino «adiós, buenos días».
El sol estaba a punto de salir y Madrid estaba vacío, pero no muerto. Si la noche había sido tediosa y rara, el día se prometía lleno de oportunidades. Qino había decidido ir a su casa, ducharse de nuevo, ponerse guapo e ir a la comisaría con la mejor sonrisa, si era cierto que le iban a nombrar inspector jefe debía parecer sorprendido. Aunque si el elegido era Otxoa… qué cara pondrían los dos al encontrarse en la comisaría. Seguro que alguna puya le lanzaría, pero Qino las devolvería con media vuelta… o no. Nunca se le habría ocurrido atacarle de esa manera, aunque nunca antes Otxoa le había atacado a él tampoco, se habían insultado muchas veces, casi habían llegado a las manos, pero nunca, en todos los años que hacía que se conocían, habían forcejeado así. Y nunca le había encontrado tan atractivo. Ni cuando patrullaban juntos.
Qino tenía la boca seca, y el sabor de la polla de Rouge no se le había ido, echó mano a su bolsillo trasero y descubrió que no llevaba la cartera.
«Mierda, mierda, mierda».
Lo peor que le podía pasar a un policía era perder la cartera, era tan vergonzosamente ridículo, tan estúpidamente ridículo, que no se atrevería a decírselo a nadie, pero si además tenía que explicar el cómo y el dónde, se moriría de la humillación. Dio media vuelta para regresar al hostal pensando que le empezaban a encajar las cosas, era un chorizo, aunque no tuviera pinta de ello. Qino se maldijo a sí mismo por haber caído en algo tan viejo, aunque el chico no tenía pinta de ladrón, de hecho ese tipo de hostales eran bastante caros. Normalmente los ladrones que robaban a gais eran chavales en la Puerta del Sol que se aprovechaban de sus abdominales y su falsa ingenuidad para engatusar a señores y llevárselos a callejones cerca, donde les esperaba otro colega y tras un par de hostias le robaban la cartera, el móvil y el reloj. El hombre, abrumado y avergonzado, no solía denunciar y los chavales volvían a merodear impunemente la puerta del Sol. Qino corrió y entró ante la, ahora sí, asombrada mirada del recepcionista.
–Hola... De nuevo… ehm yo… –a su timidez se unía ahora un creciente sentimiento de vergüenza. Las orejas de Qino se encendían como la luz de la habitación de Rouge, llegando a un tono bermellón cuando se dio cuenta de que no recordaba el número de la habitación.
–Ha olvidado algo caballero –dijo con un levísimo y finísimo tono burlón el recepcionista.
–Yo… ehm… verás… –Qino quería morirse. Ojalá el suelo de tarima flotante se abriera y él cayera dentro –yo…
–Usted… –el chico parecía divertirse, posiblemente esto fuera lo más interesante que le había pasado en toda la noche, de hecho había abandonado el mamotreto que estaba leyendo, y expectante sonreía para ver como ese hombretón hecho un manojo de nervios salía airoso de una situación tan comprometida.
–Verás… he estado aquí hace un ratito… y me he olvidado algo en la habitación de mi amigo.
–¿Quiere que le avise? –propuso con una malvada sonrisilla.
–No, no… mejor subo.
–Bien. Conoce el camino… ¿cierto?
–Ehm… pues… no recuerdo el número –dijo entrando en erupción. Si hubieran podido medir su calor corporal habría roto cualquier termómetro. Qino sentía que toda su cara era un enorme y barbudo tomate ardiendo. El chico no pudo evitar sonreír al decir:
–La setenta y tres. Séptima planta, pasillo de la izquierda.
–Gracias –Qino contestó y sin mirar huyó de la recepción, haciéndose pequeño, como un ratón. Subió casi de puntillas, imprimiendo una inaudita velocidad a sus pasos. Enfiló el pasillo y cuando estuvo delante de la puerta dio un par de suaves toques con los nudillos, esperaba que audibles para Rouge, no quería llamar la atención más de lo que ya lo había hecho.
Rouge no contestó. Qino insistió y al dar el segundo toque, ligeramente más fuerte, la puerta se abrió.
«Habré cerrado mal… seguro que está dormido y no me ha oído» pensó Qino, así que entró sin hacer ruido. La cama vacía le alertó.
«Mierda» pensó «ya se habrá largado con mis tarjetas… joder, joder, joder» pero el ruido de la ducha le hizo pensar que Rouge estaba en el baño. «Qué coño hago… entro… ¿Le espero? ¡Mierda! ¡Joder! ¡Tonto!» Qino se dio un par de golpes en su cabezota. Miró nervioso la hora en el teléfono, eran casi las ocho, debía darse prisa, ya había amanecido. Un destello plastificado llamó su atención desde debajo de la cama. Su cartera, abierta como un libro, con los tarjeteros deslumbrando a la luz del sol. Se abalanzó sobre ella, comprobando con un gran suspiro que no faltaba nada.
«Se habrá caído… que hago, le digo algo… mejor no» se dijo y salió de nuevo de la habitación, asegurándose de cerrar bien esta vez. Bajó de nuevo las escaleras, con brío y mucho más relajado. Cuando estaba por el primero escuchó una conversación. La voz del recepcionista parecía divertida al contar su noche a su relevo. Qino quería morirse de nuevo, estaban hablando de él. Al llegar al último tramo pegó la cara a la pared y escuchó.
–Que sí, que ese chico lleva toda la semana follando como un loco.
–No sé, de día no le he visto con nadie.
–Claro, como que solo folla de noche, como los vampiros, hoy de rojo, ayer de azul… muy raro todo tío. Y esta noche con el oso.
–¿Con un oso? –dijo asombrado el relevo.
–A veeer con un tío barbudo, de los de aquí de Pelayo, gordito con mucho pelo.
–Aaah un oso de esos.
–Que digo yo que qué le verá, porque se ha subido de todo, tías, tíos y unos pivones que te cagas, pero un tío gordo...
–A lo mejor es vicio.
–Eso seguro.
–¿Y ha entrado alguien más?
–Na, solo un italiana. Muy rara también, vaya horas para hacer el checkin joder.
–¿Rara?
–No sé, yo creo que era travesti o drag, porque iba pintada como una puerta. Oye vente un momento, que te doy la hoja de turnos del mes que viene.
Qino vio el cielo abierto. A pesar de tener el orgullo herido decidió no decirle nada al capullo del recepcionista y salió corriendo del hostal. Ya en la calle, y suficientemente alejado, respiró ensanchando sus pulmones al máximo de su capacidad prometiéndose no repetir ese tipo de aventuras. Sus años de correrías nocturnas habían quedado atrás hacía mucho tiempo.
Comprobó nuevamente que tenía todo en la cartera y se encaminó a su ático. Su teléfono sonó de nuevo.
–Niño.
–Dime tía, ¿qué quieres?
–No, nada… que la Elvira, que no se ha muerto.
–Cómo que no se ha muerto.
–Pues eso hijo, que el de la residencia estaría dormido o drogado o yo que sé, pero que le tomó el pulso y como lo tiene tan lentito la pobre pues creyó que estaba muerta, pero que no, que está viva, jodía, pero viva.
–Muy bien tía… me alegro… te dejo que estoy entrando al metro. Qino cortó la conversación. Entró en su portal, creyéndose a salvo subió a su casa y al atravesar la puerta ratificó que definitivamente esa no iba a ser una noche normal.
CAPÍTULO 6

Las ocho de la mañana habían llegado, una vez más, antes de lo previsto pillando totalmente desprevenida a Verónica, una vez más su exmarido no llegaba puntual, una vez más los niños iban a llegar tarde al colegio, la segunda vez esa semana… la tercera en quince días de curso. Un desastre absoluto a la par que una nueva marca personal.
Definitivamente Verónica no tenía edad para estar hasta las tantas de la madrugada de club en club, estaba rendida y sin fuerzas para nada. Aun así hizo acopio de valor y saltó de la cama, se puso lo primero que pilló, unos vaqueros negros y una extraña camisa con puntillas que no recordaba haber comprado, sin bragas y con tacones fue a buscar a sus hijos a la habitación. Los niños dormían en una litera que ella misma había montado porque su exmarido se había escaqueado para no hacerlo, subió la persiana y como en un ensayado ballet se movió entre zapatillas, juguetes y sillas giratorias como una anguila en un acuario. De un solo golpe recogió la ropa sucia, retiró las mantas y con varias palmadas alertó a sus hijos, que impertérritos asistían al enésimo ataque de tarditis de su querida madre. Con un giro de muñeca mandó a uno a la ducha y al otro a la cocina, mientras ella abría la ventana y aireaba las sabanas. Luego en la cocina, preparó sendos colacaos con galletas y zumos naturales en poco más de dos minutos, le dio un toque al frigo para que dejara de hacer ese ruido que ella se empeñaba en ignorar pero que no auguraba nada bueno y mientras el pequeño desayunaba y el mayor se duchaba Verónica revisó si llevaba todo en su bolso, cuando escuchó la ducha apagarse dio una orden seca y corta de manera que se intercambiaron la posiciones. Acto seguido y sin pestañear cerró la ventana, hizo las camas de la litera, la suya propia, vació los ceniceros, organizó el sofá y recogió el puñetero cable de la consola. Cuando el segundo turno de ducha y desayuno hubo terminado, recogió todo tan rápido como lo había preparado y antes de que el iPod diera la media ya estaban en la calle esperando al autobús del cole.
Aunque era extremadamente agotador una vez más Verónica lo había conseguido. Encendió un cigarro y cruzó la calle Atocha, por inercia, sin mirar. En su bar de siempre le esperaba su desayuno habitual, pero esa mañana decidió darse un homenaje y concederse un respiro pidiéndole a Paco, el camarero, un cortado y cuatro churros. Se sentó en la barra y mientras revisaba los mails en el móvil comía, más bien devoraba, los churros. Verónica sabía que se arrepentiría por ese desayuno, no solo porque era una bomba calórica, sino porque no debía hacerlo, y ahí radicaba tal vez su mayor placer, en el debía, si estaba prohibido, sabía mejor y esa semana se estaba permitiendo pequeños placeres prohibidos, pequeños caprichos para liberar la tensión acumulada. Como cuando era adolescente que pagaba el estrés con tabaco y comida, en el fondo había cosas que nunca cambiaban, y esa semana era extenuante, no solo por lo que iba a hacer sino por lo que había hecho, salir hasta la madrugada todas las noches, volver agotada a casa, preparar meriendas, cenas y hacer los deberes de los niños y los suyos propios.
Sacó su IPad y respondió los correos que ya había leído en el móvil. Odiaba escribir con el iPad, pero era mil veces preferible a hacerlo con el teléfono, tecleó varias frases cortas, afortunadamente la pantalla estaba cubierta con un plástico adhesivo que, entre otras cosas, le protegía de la grasa de los churros. Cogió el iPad con una mano mientras con la otra remataba el cortado y la tableta literalmente se deslizó de sus manos, la intentó coger, pero con la grasa se escabullía como un marrano en una pocilga. Igual que si fuera un disco volador salió disparado hasta un taburete y gracias a la providencia divina no se cayó, aunque se habían abierto algunas carpetas con fotografías y documentos comprometidos. Una mujer que desayunaba un inmenso croissant a la plancha miró el aparato con desprecio, sin hacer la más mínima intención de cogerlo por si se caía, pero cuando vio las fotos su expresión cambió. Verónica se dio cuenta y rápidamente se secó las manos con un par de servilletas y recuperó su iPad apagándolo. Nunca había soportado las miradas indiscretas.
Salió unos minutos después y cruzó hasta santa Isabel para subirla entre trompicones por culpa de los tacones y las obras, zigzagueó y bajó las empinadas calles de Lavapiés hasta llegar a la antigua fábrica de lejía. Abrió la puerta magnética y la reja de hierro, y acompañada por la intensa luz que bañaba la fachada entró en el edificio. Pasó un par de salitas, un patio y entró en una habitación blanca, amplia y totalmente vacía, respiró hondo y satisfecha observó la pared, era perfecta, la mejor opción para sus propósitos. Sacó de nuevo su iPad y buscó las fotografías y los documentos que antes había escondido a los indiscretos ojos de la señora en el bar, elevó la tableta y comprobó que sus medidas eran exactas, todo encajaría en su sitio, estaba obligada a ello, todo tenía que ser como un puzle perfecto, solo tenía una única oportunidad de hacerlo.
Su teléfono sonó agudo y amplificado en el espacio diáfano de la fábrica, envolviendo el silencio con un absurdo tono musical elegido por su hijo menor, el mismo que le había hecho la pulsera de gomitas que llevaba a todas partes como amuleto.
–Hola querida –la masculina voz de Silvio Molinaro la embargó. Si había un hombre al que denominar macho ese era el.
–Silvio…
–Tengo un par de cosas para ti, ¿las puedes pasar a recoger?
–Claro… esta tarde, a las cuatro.
–Esta tarde imposible, tengo que llevar a mis hijas a hockey. ¿Podrías esta mañana?
–Claro –Verónica no podía negarse a Silvio, su voz rezumaba hormonas, incluso por teléfono –dentro de una hora o así.
Verónica colgó. Fantaseó con su hombre ideal e imposible, un apuesto y masculino padre divorciado que llevaba a sus hijas a hockey y le pasaba religiosamente la pensión a su exmujer y regresó a la realidad. Abrió una carpeta de documentos del iPad y comprobó una vez más las indicaciones que había sacado de la Wikipedia y de varios foros, así como la lista que le había dado el hombre del club de la calle Pelayo, revisó si tenía todo lo necesario, el mazo, los clavos, la peana, el botecito… le dio varias veces al doublecheck de la lista, sonrió satisfecha consigo misma porque sí, tenía todo lo necesario para crucificar a Toño.
CAPÍTULO 7

La centenaria puerta del ático de Qino Montoya se abrió con sigilo, su dueño sacó la llave y la dejó en una pequeña estantería que hacía las veces de perchero, sombrerero, paragüero y zapatero. Se descalzó y desnudó tan rápida y silenciosamente que dado su volumen nadie habría pensado que fuera capaz de hacerlo. Atravesó el pequeño salón presidido por una descomunal pantalla de televisión de cincuenta y dos pulgadas, rodeó una trolley azul marino, y entró en la habitación. No sin antes recrearse en una de sus visiones favoritas, el cuerpo de Robert.
Robert era su no–novio, su follamigo, su lío por fascículos, su amante quincenal, pero era perfecto para Qino, no necesitaba compromiso, no exigía la total y absoluta exclusividad de una relación más convencional y normal, no eran pareja o novios, ni a full ni a tiempo parcial. Los límites de su relación no los ponía la monogamia. No eran deudores de la asfixiante fidelidad, al menos Robert, para estar juntos. El escocés tenía varios amantes y Qino solamente había tenido a Elvis, que le había abandonado, nunca antes había hecho uso de su permiso para ser infiel sin serlo realmente, Rouge había sido su primera cana al aire en un par de años, desde que había empezado esa relación a tres bandas que había acabado en un cara a cara.
Qino le observó, desnudo y hermoso, su cuerpo estaba musculado sin excesos, medio rubio medio castaño, indefinido como sus años, nadie acertaba su edad, que era más que la de Qino, porque se mantenía en forma y su piel estaba todo lo morena que podía estar la dermis de un escocés. Un chulazo en su cama. Qino se excitó, tenía ganas de follarse a Robert, el polvo con Rouge había sido demasiado mecánico, extraño e impostado, no había disfrutado todo lo que le gustaba gozar del sexo. Entró de puntillas en su habitación y con cautela abrió la mesilla de noche y buscó un condón, lo sacó y al cerrar el cajón el mueble rechinó, un infrasonido casi inaudible que despertó al bello durmiente.
–Mierda… te he despertado.
–No pasa nada guapo –dijo Robert con su irresistible sonrisa.
–¿Qué coño haces aquí? ¿No tenías una subasta en París? ¡No te esperaba hasta la semana que viene! –dijo Montoya saltando encima del justamente musculado abdomen de su hombre.
–Ya… han cancelado la subasta un problema con unos cuadros detenidos en la aduana o algo así y me dije que estará haciendo mi osito favorito y aquí estoy… cuando llegué estaba vacío y supuse que estabas en una misión secreta o algo así.
–Dando un paseo, para conciliar el sueño… este calor me mata.
El oso arqueó al espalda como un gato y bajó hasta la polla del escocés, la empezó a lamer ansiosamente y consiguió en pocos segundos una erección, el olor de Robert, su aroma personal le hizo empalmarse a él también, el escocés gustaba de caros perfumes y exclusivos geles de ducha, de cuando en cuando le regalaba a Qino un pack exclusivo que él rara vez usaba porque prefería el jabón Lagarto y poco más. Siguió lamiendo los huevos y el culo, con un simple movimiento de brazos manejó el cuerpo de Robert como si fuera un maniquí y le dio la vuelta. Ahuecó las piernas, se puso un condón y directamente le clavó la polla que entró a la primera. Normalmente Robert era el activo, a Qino le gustaba mucho como le follaba, como dominaba su corpachón, como su polla entraba en su culazo de oso, pero esa noche… esa noche Qino estaba desatado y cachondo, y en su mente solamente podía pensar en un hombre, en Otxoa.
Qino empujó su cuerpo contra el de Robert, una y otra vez, le abrió un poco más las piernas y con sus brazos unidos a los del escocés formó una sinuosa X, siguió con movimientos de cadera, una y otra vez, inmovilizando a Robert, ambos estaban muy cachondos, del roce Robert empezaba a echar algo de precum, Qino lo recogió con los dedos y lo olió, húmedo y fuerte, le habría encantado lamerlo pero Robert no le dejó, se le adelantó y forzando su espalda se giró para, de un lengüetazo, dejar sus dedos limpios.
Esto excitó aún más a Qino que volvió al ataque. Sacó la polla y escupió un par de veces para lubricar mejor y la clavó hasta el fondo. Cachondo como estaba solo necesitó cinco empujones para correrse, esta vez sí, mucho más placentera y gustosamente. El culo de Robert era sabio y le reconocía, acunando su polla con cada envite.
Se quitó el condón y dando otra vez la vuelta a su hombre le empezó a masturbar. Qino sabía que a Robert le volvía loco que le acariciaran los huevos con los dedos, rascándolos suavemente mientras con la otra mano subía y bajaba, al ritmo justo hasta que eyaculaba. Las corridas de Robert nunca defraudaban, eran generosas y explosivas. El pecho, la barba y la sábana se mancharon de gotas de semen. Los dos cayeron rendidos sobre la cama, sudando profusamente, felices y vacíos de deseo.
Qino lio un porro y miró la hora, tenía el tiempo justo de fumarlo y de ducharse de nuevo hasta que entrara a la comisaría, podía permitirse aparecer un poco tarde, sabía que el comisario Velasco no llegaría, como pronto hasta las diez, nunca llegaba antes.
Los dos fumaron abrazados, con cuidado de no quemarse con la ceniza, llenando rápidamente la habitación de humo. Robert tenía los ojos cerrados, resaltando aún más su belleza, su barbilla cuadrada y masculina, su barba de dos días y su pelo casi rubio eran tremendamente atractivos para Qino y en general para todo el mundo que le conocía. Fuera hombre o mujer, heterosexual u homosexual. Qino dudó si debía decirle que había follado con Rouge, al fin y al cabo él sabía que tenía otros amantes en otras ciudades. Era lo justo.
–Robert…
–¿Si osito mío?
–Que maricón eres a veces.
–Vaya gracias –dijo dándole un codazo en las costillas.
–Es broooma tontín… verás, quería decirte algo.
–¿A mí? ¿El qué? –dijo sentándose con las piernas cruzadas y la almohada en la espalda. Qino seguía tumbado, desnudo y boca abajo, ahora con la cabeza entre las piernas de Robert.
–Esta noche he estado follando con otro –dijo soltando un gran peso de sus hombros.
–Oh, muy bien.
–Quería que lo supieras.
–Bien hecho osito –dijo dándole palmaditas en la cabeza como si fuera un cachorro.
–No seas tonto. Es que fue muy raro, le vi por la calle y simplemente fuimos a su hotel y follamos.
–Oooh esos polvos son los mejores, los polvos de calentón. En Madrid es de las pocas ciudades donde he conseguido follar así. Sabes que en Madrid la gente folla con la mirada, sobre todo en Gran Vía y por ahí… una pasada.
–Ya –Qino no sabía si estar defraudado porque Robert ni se había inmutado con sus no–cuernos o si alegrarse porque su no–novio era tan putón como él.
–Montoya –Robert no le había llamado así nunca –sabes que no somos novios y que no hay exclusividad, podemos follar con quien queramos.
–Ya, ya… pero esto no es como con Elvis, no creo que le vuelva a ver.
–¿No? ¿Por qué?
–No sé, fue un polvo raro.
–¿Raro? Ahora te va el scat y esas cosas guarrete –dijo sonriendo y pasándole el porro.
–Nooo tonto, no sabría decirte, pero no disfruté, sabes esos polvos en los que cuando se esfuma el morbo, se esfuma todo… prefiero contigo –dijo sonriendo y dándole un cariñoso mordisco en su pubis.
–¡Ey! Que duele –bromeó Robert –oye… tengo una cosilla para ti.
–¿Una cosilla? ¿Otro imán para la nevera?
–¡Ja! Mas quisieras, ya sé que los odias –dijo sacándole la lengua. Robert se levantó y contoneándose sacó de su trolley un paquete marrón con una lazada de cuerda roja –toma, feliz aniversario.
A pesar del tono levemente burlón de Robert y su amplia sonrisa al decir la palabra aniversario, Qino se quedó petrificado.
¿Aniversario?
¿Qué aniversario?
¿El suyo?
Su aniversario de qué… de amantes… de compañeros de play… de novios…
Aniversario de qué y por qué, se preguntó Qino al tiempo que se le encendía una angustiosa alarma en el cerebro que le apretaba los pulmones. Qino notó que se le agrietaban las pupilas, las tenía tan abiertas que parecía un búho, la garganta se le había secado de golpe y mientras en su cerebro aún resonaba la palabra aniversario intentó mantener la calma.
–Feliz… aniversario… –consiguió decir finalmente mientras sujetaba el regalo como si fuera una bomba a punto de explosionar.
–Sí, bueno, lo vi en el aeropuerto en París y me dije, ¡coño! Si es nuestro aniversario.
Robert la estaba cagando aún más. Al cortocircuito que le había provocado la palabra aniversario se le unía ahora París, no había un cliché más romántico y patético que comprarle algo a tu novio en el aeropuerto, algo que le gusta a él, algo que te recuerda a él, algo que luego contarle a los nietos con una entrañable historia añadida, algo que mirar juntos pasados veinte años y decir un entrañable «te acuerdas». Justo lo que no quería Qino. El paquete se le cayó de las manos.
–¿No lo abres?
–No.
–Pero…
–¿Pero? Robert qué significa esto.
–Nada, es una tontería, estaba en París, haciendo tiempo y vi esto en una tienda y me di cuenta de que estamos en septiembre y recuerdo que nos conocimos porque vine para una feria alternativa de arte y me dije coño si es este fin de semana entonces es nuestro aniversario.
–No digas más eso.
–El qué.
–Eso.
–Aniversario.
–Ssshshshshhs –Qino chistó infantilmente a su no–novio.
–Coño Qino no seas niño. Si es solo una chorrada no seas tonto.
–No soy tonto, no soy… mierda quién me llama ahora…
Qino cogió el móvil y saltó de la cama al ver que era Córcega.
–Dime Córcega.
–¡Donde coño estás!
–¿En casa, por?
–Como que por ¡Velasco está a punto de llegar!
–¿Ya, tan pronto? Pero si no son ni las ocho y media.
–¡Montoya! Hoy dice quién es el suplente de la inspectora Arjona, hoy llegará a las nueve menos cuarto, vente cagando leches.
Montoya no tuvo que oír dos veces el consejo de la subinspectora. Saltó de la cama, se limpió con cuatro toallas húmedas los restos de la corrida de Robert del pecho y la barba y se puso ropa limpia, formal, que básicamente consistía en unos pantalones negros y una camisa a cuadros de H & M porque las de Zara mo le cabían. Montoya huía de las tiendas de ropa como de los gimnasios, solo entraba cuando era absoluta y rigurosamente necesario, y desde agosto no había ido ni a uno ni a otras. Su armario tenía eco y siempre que podía tiraba de sudaderas y vaqueros gastados.
–Robert me tengo que ir. Luego hablamos. Si puedo comemos juntos, vale…
–Vale, yo me quedo un ratito más. Luego nos vemos niño… y no te rayes.
–No me rayo… es que… joder… –dijo, pero Qino Montoya se rayaba y mucho. Era una de sus especialidades, sobre todo en ese tipo de situaciones. Qué significaba regalo de aniversario, qué se suponía que tenía que hacer, comprarle algo, celebrarlo con una cena a la luz de las velas, un paseo en calesa.
¿¡Qué!?
Qino bajó las escaleras a trompicones, tenía menos de diez minutos para presentarse en la comisaría, en el mejor de los casos llegaría sudando como un pollo, con el bazo fuera por el esfuerzo y resoplando como un san Bernardo en el desierto, una pésima imagen para un futuro inspector jefe. El aniversario le retumbaba en las sienes al ritmo de las zancadas que iba dando. Cuando llegó a la puerta, le esperaba Córcega.
–¿Ha llegado?
–No, tranquilo, tengo a Nerim vigilando Gran Vía –Córcega le sonrió. Normalmente la subinspectora asumía el papel de Rottenmaier en el equipo, era la madre, la adulta y responsable; Nerim el impulsivo, el que necesitaba madurar, el eterno adolescente. Córcega le arregló el cuello de la camisa, le dio un clínex para que se secara el sudor y le dijo –me alegro mucho. Te mereces ser el inspector jefe.
–Bueno, bueno… todavía no es seguro –hablaba su prudencia rural.
–¿Cómo que no? A quién vana aponer, a Otxoa.
El paquete de Qino dio un respingo. La mezcla morbosa de alcohol, sudor y deseo que destilaba el inspector Otxoa, resonaba aún en su nariz, le seguía deseando y en breve se verían. Qué cara se pondrían, que se dirían, Si Qino era el nuevo inspector jefe, si ganaba él, estaba claro que Otxoa se quedaría jodido, pero si el elegido era Otxoa… sería absolutamente insoportable, y más aún después de haberle humillado y casi lamido la mejilla, por no hablar de haberle restregado la polla por el culo. Nerim apareció corriendo por la parte alta de la calle de la Luna, como de costumbre llevaba puestos sus vaqueros híper ajustados lo que le impedía dar grandes zancadas, aun así su cuerpo garboso y espigado llamaba la atención en la quietud de la calle.
–Ya viene, ya vieneee.
–Ok chico, tranquilo, que ya está aquí. Anda subamos todos.
En el ascensor la sonrisilla feliz que llevaban los tres contrastaba con sus pensamientos. Montoya pensaba en el aniversario, en lo innecesario de ese asunto, él no lo quería, el solo quería que Robert cumpliera su parte del trato, de hecho estaba convencido de que el más proclive a tener una relación abierta era el escocés y ahora le salía con aniversarios.
Nerim le daba vueltas a otra nota anónima que había aparecido en su mesa, era la segunda ese mes y la cuarta en ese verano. Un mensaje anónimo era divertido en el instituto cuando tenía quince años, pero ahora con treinta y siendo policía le parecía casi siniestro.
Por su parte Córcega seguía rumiando su inminente traslado a Oviedo con su futura esposa. Lo iba a dejar todo por Nuria y en el fondo le preocupaba Nerim, su compañero era un buen policía, solo necesitaba un poco de mano dura y sin ella en la comisaría, no estaba segura de que alguien le enderezara correctamente.
Cada uno con su tema, cada uno parapetado tras una insustancial conversación sobre esa noche de verano en la que al parecer Montoya no había sido el único en tener problemas para conciliar el sueño. La llegada a la cuarta planta fue rápida y cuando las puertas se abrieron era notable la tensión previa a una gran noticia, todos sabían que era el día, todos sabían que estaba entre Otxoa y Montoya.
En el despacho les esperaban Otxoa y sus palmeros, Silva y Ruíz, los perfectos acompañantes de un perfecto capullo. Le reían sus gracias, le jaleaban en sus imbecilidades y le apoyaban en sus gracietas. Probablemente juntos sumaran un cerebro completo, pero no estaba demostrado. Otxoa no saludó, ni siquiera subió la vista del periódico. Montoya no pudo evitar fijarse en la mejilla, en los arañazos que le había dejado la pared de cemento. Eso le excitó.
–Vaya –empezó a decir Ruíz –que prontito llega hoy la Brigada Rosa no.
Nerim había aprendido la lección y no iba a picar. Ya había dado algún espectáculo con anterioridad. Pero esta vez no iba a darles ese gusto.
–Cierto. Que puntuales… os habéis caído de la cama… los tres a la vez.
–Qué cosas dices, la bollo no pinta nada ahí, no ves que los otros dos son muerde almohadas.
Ninguno de los tres decía nada. Si había un día para aguantar estoicamente las gilipolleces de Ruíz y Silva era ese. Sus estupideces y sus tonterías no eran nada nuevo. Más allá de homofobia era simple y llanamente gilipollez. Si la brigada roja hubiera sido enteramente heterosexual los tres se habrían cachondeado del bigote de Nerim, de los kilos de Montoya o de que Córcega fuera mujer. Lo de menos, probablemente, era que fueran gay, bisexual y lesbiana, eran básicamente una evolución del matón de instituto, que ataca indiscriminadamente a todo aquel que se salga de la norma, sin una pizca de gracia, pero con placa y arma. Ruíz y Silva iban a comenzar de nuevo con sus chascarrillos y sus tonterías pero Otxoa les cortó.
–Basta. Salid fuera, tengo que hablar con Montoya.
Los palmeros bufaron ante la orden de Otxoa mientras que Nerim y Córcega miraron con cierto asombro a Montoya. Este con gesto tranquilo y un aleteo de mano les dio permiso para irse.
–Bien, qué quieres –Montoya estaba preparado para todo, si Otxoa lo que quería era echarle en cara que le había aplastado la cara y rebozado el paquete le diría que si tenía miedo porque le había gustado, si lo que quería era darle una hostia por haberse propasado se la devolvería y si lo que quería era recochinearse porque él iba a ser el nuevo inspector jefe ni se inmutaría porque hasta que Velasco no le nombrara tenían las mismas oportunidades.
Otxoa cerró la puerta del despacho común, bajó las persianillas, se giró y lentamente le dijo:
–Si se te ocurre decir algo de lo que pasó esta mañana, te capo.
Montoya le clavó la mirada en los ojos, Otxoa era moreno, atractivo, daba el tipo de chulito de pueblo, de los que juegan al mus, toman wiski y hablan en alto de las putas que se follan en el club de las afueras. Visto de lejos algo indeseable, machista, bastante estúpido, pero en la distancia corta, con su olor a macho, con su culo de cuarentón bien formado, se le hacía irresistible.
–Ah… pero es que ha pasado algo –dijo con tono distraído y malicioso. Montoya no pudo evitar colocarse la polla que de un respingo se había despertado de nuevo.
–Ha pasado que un día, no me voy a contener y…
–Y…
Encabritados ambos se acercaron, si hubieran tenido cuernos, como los alces, los habrían chocado para ver cuál de los dos era el macho dominante. Esta vez no pudieron dirimir sus diferencias, la sombra del comisario Velasco, rechoncha y renqueante, avanzaba por el pasillo de la cuarta planta de la comisaría de la calle de la Luna. El cristal traslucido permitía ver una sombra alargada a su lado, de espesa melena y de finas, finísimas facciones.
CAPÍTULO 8

Toño mandó el enésimo WhatsApp a su exnovio, a sabiendas de que no le iba a contestar. Si algo había aprendido Toño Leal de Caín Ezquerra era que, además de que el arte sale de las entrañas, nunca había que volver con un ex, que eso era de patéticos y arrastrados. Toño se había arrastrado siempre por los hombres, así que esta vez no iba a hacer una excepción. Las cloacas del amor eran un terreno familiar para él, ya ni siquiera se prometía que esa vez iba a ser la última. Le llamó de nuevo sin conseguir nada más que desesperarse al son de los pitidos.
Obsesivamente consultó el Twitter de Caín. Había tuiteado varias veces esa noche, la última vez hacia tan solo media hora. Por qué no contestaba. Por qué le hacía tanto daño. Era injusto. Después de todo lo que habían pasado juntos, del fiasco en sus negocios en Costa de Marfil, después de haber sido amantes, amigos, novios, compañeros de trabajo, de piso… ahora ni siquiera contestaba a sus llamadas.
Toño probó una combinación de pastillas, todas las que le habían recetado más unas que le había recomendado el farmacéutico. Bebió un poco de zumo y se tiró sobre la cama, entre catálogos, fotografías, libros y toda la parafernalia de su trabajo. El cansancio, la ansiedad y las drogas se aliaron para que finalmente pudiera dormir algo, aunque entre sus sueños se deslizó la imagen de un hombre en látex, encadenado como una perversa Andrómeda a la madera en vez de a la roca. En su sueño se acercaba a la figura, el olor le atraía como la miel a oso, el aroma, era penetrante, sexo, Popper, hormonas, deseo, pecado y libertad… Lamió el látex y aunque estaba soñando pudo sentir en la boca el plástico, pudo masticarlo, saborearlo y gozarlo, se excitaba tanto en el sueño como en la realidad, empalmado gimió y balbució llamando a Caín. Subió por las piernas del enmascarado, lamió cada centímetro, la lengua se deslizaba sin problema sobre el látex, nacarado y brillante, delicioso, pasó por encima de la polla y siguió hasta el cuello, con los dientes quitó la máscara al hombre y descubrió a Caín, su exnovio, ensangrentado, morboso y absolutamente irresistible. Toño notó un hormigueo en el estómago, convulsionó y se agitó violentamente.
Se había corrido. Y En el sueño también.
Todo se hizo niebla, bruma y oscuridad.
Despertó empapado en sudor, saliva, zumo y semen.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.