Kitabı oku: «Pensar diferente»
Pensar diferente
Pensar diferente.
Filosofía del disenso
Diego Fusaro
Traducción de Michela Ferrante Lavín

COLECCIÓN ESTRUCTURAS Y PROCESOS Serie Filosofía
Título original: Pensare altrimenti. Filosofia del dissenso
© Editorial Trotta, S.A., 2022
http://www.trotta.es
© Giulio Einaudi editore, s.p.a., Turín, 2017
© Michela Ferrante Lavín, traducción, 2022
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ISBN: 978-84-1364-078-5 (edición digital e-pub)
Para todos aquellos que todavía se atreven a caminar erguidos y a defender hasta el final sus propias ideas.
«No nos pidas la fórmula que mundos pueda abrirte,
sí alguna sílaba seca y retorcida como una rama.
Solo esto podemos decirte,
lo que no somos, lo que no queremos».
E. Montale, Huesos de sepia
ÍNDICE
1. Sentir diferente
2. En el principio fue el disenso
3. Grados y formas del sentir no homologado
4. Democracia y disenso
5. De la represión de la divergencia a la imposibilidad de que llegue a constituirse
6. El tiempo del consenso de
7. Neoconformismo y disenso contra el disenso
8. La derecha del dinero y la izquierda de la costumbre: las dos alas del poder
9. El pensamiento único políticamente correcto
10. La ideología de lo mismo
11. Como Glauco, el dios marino: la manipulación
12. La neolengua y el nuevo orden simbólico
13. Amar nuestras cadenas: el teorema de La Boétie
14. Desobediencia, revolución y rebelión
15. Bartleby, el escribiente y Sostiene Pereira: fenomenología del espíritu rebelde
16. Los últimos hombres y el nuevo cautiverio simbólico
17. Los Dos Minutos de Odio
18. Me rebelo, luego somos
Bibliografía
1
SENTIR DIFERENTE
«Antaño no era lícito pensar libremente; ahora es lícito hacerlo, pero ya no puede hacerse. Piénsase tan solo qué sea lo que debe quererse; y esto es lo que se llama hoy libertad».
O. Spengler, La decadencia de Occidente
La historia de la humanidad es también la historia del disenso. Desde siempre, en formas, con resultados y presupuestos mutuamente irreducibles, los hombres se rebelan.
Lo hacen de múltiples y variadas maneras que no se dejan encasillar fácilmente en un paradigma único y que, sin embargo, tienen como horizonte común la oposición, la protesta, la reclamada antítesis frente a un orden establecido o, más simplemente, frente a un «sentir común» (consensus) que pretende ser justo o, en cualquier caso, el único legítimo1.
La revolución y la rebelión, la defección y la protesta, la revuelta y el motín, el antagonismo y el desacuerdo, la insubordinación y la sedición, la huelga y la desobediencia, la resistencia y el sabotaje, la contestación y la sublevación, la guerrilla y la insurrección, la agitación y el boicot son todas figuras proteicas del disenso, expresiones plurales que encuentran su fundamento en la única matriz del «sentir diferente» ante el orden, el poder, el discurso dominante.
Prometeo disintió ante la orden divina que pretendía la subordinación de los mortales, y después Sócrates ante las leyes injustas de la polis ateniense. Luego le tocó a Espartaco oponerse a la inicua norma que decretaba la esclavitud para él y sus compañeros. Disintieron Tiberio Graco y Catilina, con la effrenata audacia de la llamada «conjuración de Catilina», y también los rebeldes que le quitaron la vida a César; después los ciompi y los anabaptistas, aunque con resultados adversos.
Disintieron Lutero y los herejes medievales, luego Giordano Bruno y Julio César Vanini, símbolos eternos del coraje de estar en contra. Disidente fue también el propio Cristo que, entrando en el «reino de los cielos», se opuso a las injusticias del reino terrenal.
Disintieron Cromwell en Inglaterra, los movimientos estadounidenses contra las guerras de Vietnam y Corea, Marx y Lenin contra las leyes del capital. En Italia disintieron los antifascistas y Pasolini contra el nuevo fascismo de la sociedad de consumo, los revolucionarios franceses en 1789 y los rusos en 1917; pero también los disidentes soviéticos se opusieron al comunismo mal realizado, Nelson Mandela a la segregación, Martin Luther King, el Che Guevara y, simplemente con la desobediencia civil, Gandhi.
Sankara luchó en contra del imperialismo occidental en África, la generación del 68 protestó contra sus padres, la Rosa Blanca se enfrentó al nacionalsocialismo, Peppino Impastato y Paolo Borsellino a la mafia, mientras los checos lo hicieron contra la Unión Soviética. En tiempos más recientes, y en lugares más cercanos a nosotros, disintieron en Génova (2001) los movimientos antiglobalización.
A partir de estos ejemplos —que no pretenden ser exhaustivos, sino necesariamente impresionistas—, escogidos entre la variada galería de la epopeya humana, queda muy claro que el disenso es una constante en la historia de la humanidad. Constituye, por emplear libremente una categoría de Ser y tiempo de Heidegger, un «existencial»2. El ser-en-el-disenso, si quisiéramos expresarnos cambiando un poco el vocabulario heideggeriano, es una de las peculiaridades de ese animal no estabilizado y estructuralmente no estabilizable que es el hombre.
En cuanto «animal que disiente», siempre toma posición con respecto al poder establecido y al orden simbólico dominante. Como ya sabía Spinoza, nunca habrá un poder tan generalizado y omnipresente hasta el punto de extirpar del hombre definitivamente su capacidad para resistir y oponerse, para protestar y rebelarse3.
Si llevamos a cabo un análisis más detallado, parece ser que solo el hombre, entre todas las criaturas, posee como una de sus prerrogativas fundamentales la capacidad para disentir. En palabras de Camus, «el hombre es la única criatura que se niega a ser lo que es»4, no se conforma con las formas sociales, políticas y simbólicas existentes.
Los demás animales, por su parte, no disienten, excepto en formas elementales o estrechamente relacionadas con el mundo de la vida. Únicamente el hombre se opone, aunque haya satisfecho sus instintos primarios, protestando, rebelándose y siguiendo el camino de la revolución o la subversión contra un orden político que considera diferente respecto a cómo podría y debería ser.
En un primer momento, el acto de disentir parece ser un concepto muy vago e inclusivo, capaz de abarcarlo todo y lo contrario de todo, de dar cabida, dentro de su horizonte de sentido, a experiencias y figuras que se hallan a una distancia sideral entre sí: de la vergüenza individual a la revolución mundial, del hombre justo crucificado como «herético» al bandido que disiente frente al orden legal establecido, de la acción organizada a la inacción de la simple desobediencia, de la cultura a la política, del arte a la «rebelión metafísica», tal y como la llamó Camus5.
Sin embargo, además de estas figuras plurales y mutuamente irreducibles, más allá de todo isomorfismo, se da un horizonte común, un dispositivo del disenso que, al no resolverse totalmente en las figuras en las que se encarna, las vuelve posibles, desde los ciompi a La Carta 77, desde los herejes de la Aetas Christiana a los Panteras Negras.
El algoritmo secreto del disentir podría identificarse con ese «decir-que-no» al poder, a la situación dada o al orden simbólico que, surgiendo primeramente en la conciencia del individuo, se traduce después en un deseo de autonomía e independencia, pero también en un anhelo de liberación y puesta en marcha de una historia alternativa.
De hecho, desde el mito arquetípico de la filosofía occidental, la caverna de la República de Platón6, la libertad fue concebida como un proceso dinámico de liberación de una situación injusta y de un marco ideológico considerado falso; esta dinámica se activa en nombre de un disenso originario, que induce al sujeto a movilizarse para alcanzar un lugar diferente, intencionado por su conciencia anticipadora, una ulterioridad ennoblecedora compartida con sus compañeros que desvela la situación actual como defectuosa y contradictoria7.
En la relación simbiótica de verdad y liberación puede identificarse justamente la característica peculiar de la filosofía occidental y, tal vez, de la experiencia histórica de Occidente tout court, siguiendo una línea que arranca de la caverna de Platón y llega hasta la Ilustración, kantianamente entendida como «salida»8 (Ausgang) del hombre de su culpable «minoría de edad», pasando por el pasaje del Evangelio «la verdad os hará libres» (Juan 8, 32) y las vicisitudes de los marxismos.
Cabe destacar desde un principio que el disenso, pese a concretarse políticamente en las figuras conceptuales que de él se derivan (la rebelión y la revolución, la contestación y la desobediencia, la protesta y la disidencia) es, por su naturaleza, un acto previo por lo que respecta a todas sus configuraciones políticas.
Todo el que intente definir el disenso, indicando sus formas concretas y plurales, probablemente sería blanco de las acusaciones que Sócrates, en el Menón (77ab), hace a su interlocutor, cuando este, a la pregunta sobre la esencia de la virtud, contesta con ejemplos de conducta virtuosa y, por eso mismo, «hace trizas» el concepto y «hace muchas cosas de una sola» (
).
El disenso se concreta en el archipiélago multifacético de las pasiones y del sentir, como revela su misma raíz semántica, que remite precisamente a un modo de «sentir diferente» (dissentio) respecto al modo común.
Su fuente originaria radica, pues, en ese sentir diferente que ya es un sentir contrario y antagónico y, por consiguiente, un movimiento del alma que se dirige obstinate contra respecto a la dirección que debería emprender si siguiera su curso «natural». La célula genética del disenso corresponde, pues, a un sentir diferente que ya es un sentir contrario en ciernes: y que, por esa razón, puede convertirse en las figuras concretas en las que el disentir cristaliza haciéndose operativo.
El disentimiento, en consecuencia, puede ser entendido justamente como el elemento básico a partir del cual se constituyen, en su multiplicidad prismática, las formas de oposición y antagonismo, todas diferentes y, no obstante, unidas en su fundamento por ese impulso prerracional que induce al yo a divergir y a darle forma a ese gesto.
Por consiguiente, no es posible considerar el disenso como una categoría conceptual de la política, ni estudiarlo encasillándolo en el léxico de la filosofía política, so pena de reducirlo, por eso mismo, a una de las figuras específicas a las que da lugar (desde la revuelta a la revolución, desde la desobediencia a la rebelión), pero sin resolverse en ellas.
Una operación teórica de este tipo sería lícita si el disenso se configurara, en su esencia, como una realidad conceptual específica, con su propio núcleo teórico estable y permanente, identificable inequívocamente incluso más allá de las encarnaciones históricas concretas en las que ha venido sedimentándose.
Pero el disenso no cuenta con dicho estatus. Prueba de ello es que cada vez que pretendemos estudiarlo en el plano político, lo reducimos inevitablemente a otra cosa, en particular, a una o más de una de sus figuras específicas; por eso mismo, nos vemos obligados a abandonar la investigación sobre su esencia en cuanto tal.
Sin embargo, lo cierto es que todas las figuras del disenso, aunque muy diferentes unas de otras, tienen en común que su eventual legitimación puede darse exclusivamente ex post, es decir, cuando su acción ya se ha llevado a cabo con éxito. ¿Cómo podría el poder aceptar como legítimo lo que socava sus cimientos? ¿Cómo podría aceptar en el marco del propio ordenamiento la disidencia y la revolución, la desobediencia y la rebelión?
Del disenso no es posible, por tanto, encontrar una fórmula more geometrico, pero tampoco una «institucionalización». Es, por su propia naturaleza, no institucional, mejor dicho, es «antiinstitucional»: se podría, en todo caso, comparar con la figura hegeliana de la «conciencia infeliz» que advierte, en una dimensión preconceptual ligada ante todo al sentir, la alteridad entre el ser y el deber-ser, entre la realidad y sus posibilidades irrealizadas.
El disenso cuestiona, por definición, el orden establecido, y revela una secesión con respecto a él que tiene que ver ante todo con el individuo y su interioridad —la dimensión del sentir—, para luego volverse potencialmente social y exterior; posee, pues, la capacidad de organizarse en las figuras reales y concretas antes evocadas.
Oscilando entre el espacio mínimo de la vergüenza subjetiva ante la injusticia y el espacio máximo de la revolución que cambia las geometrías de todo lo existente y dibuja un nuevo paisaje sociopolítico, el disenso, como el ser de la Metafísica de Aristóteles,
, «se dice de múltiples maneras»9. No tiene una sola raíz, ni una sola forma de expresión.
No se deja enmarcar ni agotar en el léxico de la filosofía política. Pero, al mismo tiempo, siempre tiene su propia expresión política natural. De hecho, no existe rebelión que no establezca una relación de polaridad entre amigos y enemigos, en la cual, como destaca el análisis de Carl Schmitt10, se condensa la esencia de la política.
El disenso, al estar siempre dirigido en contra de algo o de alguien, y configurándose, pues, como una forma de desacuerdo o de reclamada oposición, es político incluso cuando se produce en entornos heterogéneos no necesariamente políticos. Por otra parte, más que como un concepto o una realidad teórica claramente definida, el acto de disentir puede ser entendido justamente como una intensidad que surge de la conciencia del sujeto, una fuerza ligada más al ámbito de las pasiones que al de los conceptos, un sentimiento que nace primero como algo personal para luego convertirse en un movimiento social y organizarse en formas y figuras heterogéneas. Si queremos estudiarlo realmente desde el punto de vista de la política, es preciso examinarlo en las categorías concretas que han aparecido históricamente, en las capas donde ha venido sedimentándose, en las formas que la política operativa, criticada, derrocada y practicada ha ido asumiendo a lo largo de la epopeya histórica occidental.
En este sentido, el disenso se configura, por así decirlo, como un espacio hospitalario donde algunos de los principales conceptos de la política se encuentran y entrelazan, se enfrentan y alternan, hallando en él su propia matriz pero sin agotar nunca totalmente su significado y su importancia.
En este aspecto reside uno de los rasgos paradójicos ligados al concepto de disenso. Este último no se agota en las figuras concretas que asume, pero tampoco se puede entender sin analizarlas como objetivaciones históricas concretas del sentir diferente.
No obstante, si detenemos nuestra mirada en él y lo pensamos como intensidad anterior con respecto a toda conceptualización y a toda posible traducción en forma política, es decir, si lo estudiamos independientemente de sus figuras concretas, entonces este, en su sentido más amplio o, si se prefiere, en su horizonte expresivo específico, se configura como una especie de «poder destituyente»11. Quizá sea esta su mayor peculiaridad.
Si, sobre todo después del cambio trascendental que supuso la Revolución francesa, el poder se piensa y se practica como «poder constituyente», como fuerza capaz de poner en marcha un nuevo orden institucional en cuyo espacio organizar y reglamentar las relaciones humanas, entonces el poder destituyente que el disenso pretende hacer valer es, por su naturaleza, de signo opuesto. En primer lugar, no aspira a crear ex novo o a fortalecer un orden social, sino a derrocar y debilitar el poder existente y el orden hegemónico, tanto real como simbólico.
El gesto típico de disentir como figura del sentir diferente coincide con ese «decir-que-no» que revela la falta de adhesión del sujeto al orden real y simbólico y, por ende, su potencial cuestionamiento. Es, por su esencia, la interrupción individual de un amplio y hegemónico consenso, la puesta en discusión de un sistema real, ideal y de valores que se impone como dominante, exclusivo o, en cualquier caso, mayoritario.
Esto no significa, sin embargo, que el acto de disentir se agote en las figuras del rechazo o de la oposición; al contrario, este gesto niega para afirmar y destituye para reconstruir12.
El rechazo es el primer momento de la dialéctica del disentir, cuyo desarrollo posterior, en positivo, consiste en reconocer lo negado, lo obstaculizado, lo reprimido, lo desatendido y lo ignorado, propuestos como correctivos o como alternativa a la realidad existente.
A diferencia del consenso, que puede ser pasivo y estructurarse como aceptación inerte, llamado más propiamente asentimiento, el disenso solo se da como activo y afirmativo. Esto es lo que más falta en nuestro tiempo del consenso de masas y de la homologación generalizada, donde todos piensan y sienten del mismo modo. Pues bien, como destacaremos en nuestra argumentación, una buena consideración histórico-filosófica de las figuras del disenso debe tener en cuenta la exploración crítica de la uniformidad global de las conciencias que se está llevando a cabo actualmente, en el horizonte del nuevo pensamiento único y del falso pluralismo democrático de la civilización occidental.
Este último multiplica y fragmenta el mensaje a fin de ocultar su naturaleza íntimamente totalitaria y negadora, desde un principio, de todo derecho a disentir y pensar diferente.
1. Cf. F. De Sanctis, «Consenso-dissenso», en G. Zaccaria (ed.), Lessico della politica, Lavoro, Roma, 1987, pp. 96-105.
2. Cf. M. Heidegger, Ser y tiempo [1927], § 9-13, Trotta, Madrid, 72020.
3. B. Spinoza, Tractatus theologico-politicus [1670], 17, § 1.
4. A. Camus, El hombre rebelde, Alianza, Madrid, 2016, p. 17. [Siempre que ha sido posible, se ha localizado las citas en las ediciones correspondientes en lengua española. En caso contrario, se da al menos la referencia general a una traducción española existente. N. del E. español].
5. Ibid., pp. 33-121.
6. Platón, República, I, 516 c.
7. Sobre este tema, nos permitimos remitir a nuestro estudio Idealismo o barbarie. Por una filosofía de la acción [2014], trad. de Michela Ferrante Lavín, Trotta, Madrid, 2018.
8. I. Kant, Risposta alla domanda: che cos’è l’illuminismo? [1784], ed. de N. Merker, Editori Riuniti, Roma, 31997, p. 48 [Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la Ilustración?, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 2002].
9. Aristóteles, Metafísica, VII, 1028 a.
10. Cf. C. Schmitt, El concepto de lo político, Alianza, Madrid, 1998.
11. VV. AA., Piqueteros. La revuelta argentina contra el neoliberalismo, DeriveApprodi, Roma, 2002. Cf. R. Laudani, Disobbedienza, il Mulino, Bolonia, 2010, pp. 10-11 [Desobediencia, Proteus, Barcelona, 2012].
12. Cf. G. M. Chiodi, Tacito dissenso, Giappichelli, Turín, 1990, p. 148.
2
EN EL PRINCIPIO FUE EL DISENSO
«Os lo pedimos expresamente, ¡no encontréis natural lo que ocurre siempre! Que nada se llame ‘natural’ en esta época de confusión sangrienta, de desorden ordenado, de planificado capricho y de humanidad deshumanizada, para que nada pueda considerarse inmutable».
B. Brecht, La excepción y la regla
En su ensayo La desobediencia como problema psicológico y moral (1963), Erich Fromm afirma que los mitos principales de la cultura occidental asumen como cimientos de la civilización el acto de disentir, una reclamada oposición ante un imperativo divino1 o, incluso, esa específica manifestación del sentir diferente que es la desobediencia en cuanto rechazo razonado de una orden recibida que, al violarla, da comienzo a la historia humana: una aventura consciente e independiente, marcada por errores y sus superaciones2.
Las tradiciones judía y cristiana adoptan como punto de partida el disenso de Adán y Eva ante el imperativo divino que les prohíbe comer del árbol del conocimiento: eritis sicut dii (seréis como dioses) dice la serpiente a Eva para inducirla a la tentación (Génesis 3, 4-5). Al ceder a esa invitación a la desobediencia, a la que van unidas la voluntad de poder y de ser artífices de su propia historia, los hombres se ven despojados del derecho a permanecer en el edén. De la armonía originaria, se hunden en una incesante sucesión de dolor y tormento, destinada a continuar hasta el final de los tiempos. Además, esa rebeldía originaria, que el hombre pagó tan cara, le permitió llegar a ser verdaderamente tal, elevarse al rango de ser autónomo, independiente y libre, faber fortunae suae (artífice de su propio destino), superior a las demás criaturas, ya que solo él puede determinarse libremente a través de su actuar responsable.
Según lo sugerido por Fromm, en la civilización griega el analogon (analogía) de Adán y Eva puede ser identificado justamente con Prometeo. Él también se rebela contra el orden establecido, disiente ante el imperativo de los dioses olímpicos. Para redimir la condición humana, está dispuesto a permanecer encadenado eternamente a una roca del Cáucaso mientras su hígado es devorado día a día por el águila; para que, como indican los versos del Prometeo encadenado de Esquilo, «aprenda a soportar la tiranía de Zeus y renunciar a sus sentimientos humanitarios»3.
Si bien desde perspectivas y suposiciones diferentes, las historias de Adán y Eva y de Prometeo no dejan de enseñarnos la importancia del disenso, pero también la preferencia por una condición de dolor y sufrimiento, orientada a mejorar la vida de la raza humana mediante esfuerzos, porque, como dijo Tácito: «más quiero esa peligrosa libertad que una servidumbre tranquila», malo periculosam libertatem quam quietum servitium.
Este es el sentido profundo que custodia la bien conocida fábula de Fedro: un lobo flaco y hambriento encuentra a un perro bien nutrido pero atado; ante esta condición, el lobo prefiere seguir padeciendo hambre antes que perder su libertad e independencia. Solo si disentimos, organizando en formas estructuradas nuestro sentir diferente, podemos madurar como personas, es decir, como portadores de una visión crítica y personal, elegida libremente y no aceptada pasivamente porque nos la impone el orden simbólico dominante.
Esto es lo que nos enseña un digno heredero de Prometeo: Odiseo. El segundo poema homérico podría ser leído, en resumidas cuentas, como una epopeya del disentir. Odiseo siente diferente en comparación con Polifemo y con los pretendientes de Penélope, con Calipso y Circe, reivindicando siempre su independencia crítica y su autonomía de juicio. En el canto quinto de la Odisea, ante la tempestad desatada por Poseidón, el hijo de Laertes se resiste a abandonar la balsa. Incluso cuando la diosa marina Ino Leucotea le dice que se lance entre las olas, se toma tiempo para pensar y vacila: su «sabiduría práctica», su metis —precursora de un espíritu crítico que sabe disentir— lo invita a ser paciente, sintiendo y actuando contrariamente respecto al imperativo divino (Odisea, V, 356-364).
El disenso como rechazo de la autoridad y del poder —político o eclesiástico, real o simbólico— constituye el gesto originario de la civilización occidental, desde Adán y Eva hasta Prometeo, desde Platón hasta Kant y, por eso mismo, crea una tensión en la conciencia del individuo que siente de manera diferente, y que puede organizar socialmente su propio sentir en contra de las estructuras del poder y del orden político, es decir, contra aquellas realidades que, al menos en la tradición occidental, desde siempre se connotan como deseo de orden y estabilidad, de consenso y creación de aquella docilidad irreflexiva que se llama obediencia. Por esta razón, el poder, en todas las épocas y en todas sus configuraciones, aspira más o menos abiertamente a suprimir el disenso, reprimiéndolo o impidiendo que surja, como ocurre, cada vez más a menudo, en nuestro mundo marcado por la manipulación organizada y el «se dice» planetario; un mundo en el que las formas tradicionales de represión contra los que disienten se vuelven superfluas, puesto que ya no hay rebeldes, sustituidos por un rebaño amorfo de amantes inconscientes y felices de su propia esclavitud.
Hay que esperar a la Edad Moderna para llegar a un uso consciente del disentir como categoría conceptual. Sabemos, y ya lo hemos recordado, que el lema viene del latín dissentio. Su uso moderno se remonta al caso de los English Dissenters4, los cristianos ingleses que se separaron de la Iglesia de Inglaterra en los siglos XVI-XVIII. En el siglo XVIII, un grupo de ellos llegó a ser conocido como los Rational Dissenters. Se opusieron a la jerarquía de la Iglesia, criticando sus principios económicos y también algunos dogmas (la Trinidad y el pecado original, en particular), descartándolos como «irracionales». Por esa razón, su práctica disidente recibió el nombre de «racional».
También sabemos que, en el siglo XIX, el lema italiano dissenziente (disidente) comenzó a ser usado cada vez más para aludir, en un sentido amplio, a los que «sentían de manera diferente» en el ámbito político, económico y científico.
Dado que los «inconformistas» de la religión terminaban en realidad engrosando sistemáticamente las filas de casi todos los movimientos de reforma política, social y educativa, se creó una relación directa entre el disidente religioso y el político-social. De disidente religioso, terminó siendo tal en todos los ámbitos: contestando concretamente el orden existente en todas sus determinaciones. Ahora bien, el hereje era, al mismo tiempo, un rebelde, y el heterodoxo un antagonista. Por este camino, el concepto fue extendiéndose con respecto a su uso originario, y empezó a significar un acto de oposición paradigmático o, en palabras de Gramsci, de «espíritu de escisión»5, aplicable a muchas áreas diferentes. Arrancaba de la esfera religiosa para alcanzar paulatinamente también el ámbito social y el político, configurándose virtualmente como un disentimiento general contra el orden establecido. Quizá, incluso hoy día, preserve, aunque oculto bajo las capas del tiempo, ese significado originario que atañe tanto a la esfera religiosa como a la sociopolítica.
De hecho, hoy el verdadero disidente puede identificarse con el hereje no alineado con el monoteísmo idolátrico del mercado, con el fanatismo económico y financiero y, por tanto, con esa teología sagrada que, con sus dogmas inescrutables («nos lo pide el mercado»), nos convierte a todos en seguidores de un culto profundamente irracional, cuya nueva trinidad es el crecimiento como fin en sí mismo, el nihilismo clasista del beneficio económico, y la mercantilización integral en detrimento de la vida del hombre y del planeta. No pasa un día sin que las homilías neoliberales celebren al unísono este culto, fomentando un consenso universal y una sincronización masiva de las conciencias, que no vacilan ni siquiera ante los desastres naturales (las «tragedias de lo ético» las llamaba Hegel) o la limitación de la democracia, cada día mayor, que el fanatismo económico está llevando a cabo.
1. E. Fromm, «La disobbedienza come problema psicologico e morale» [1963], en La disobbedienza e altri saggi, Mondadori, Milán, 1982, pp. 11-19 [La desobediencia como problema psicológico y moral, Paidós, México, 1993].
2. R. Laudani, Disobbedienza, il Mulino, Bolonia, 2010, pp. 7-8.
3. Esquilo, Prometeo encadenado, vv. 10-11.
4. Cf. M. Philip, «Rational Religion and Political Radicalism»: Enlightenment and Dissent 4 (1985), pp. 35-46.
5. A. Gramsci, Quaderni del carcere, ed. de V. Gerratana (ed. crítica del Instituto Gramsci), Einaudi, Turín, 1975, III, 49, p. 333 B [Cuadernos de la cárcel, Casa Juan Pablos, México, 2009]. Nos permitimos remitir también a nuestro Antonio Gramsci. La passione di essere nel mondo, Feltrinelli, Milán, 2015 [Antonio Gramsci. La pasión de estar en el mundo, trad. de Michela Ferrante Lavín, Siglo XXI, Madrid, 2018].
3
GRADOS Y FORMAS DEL SENTIR NO HOMOLOGADO
«Tendencia al conformismo en el mundo contemporáneo, más extendida y más profunda que en el pasado: la estandarización del modo de pensar y de actuar adopta extensiones nacionales o incluso continentales».
A. Gramsci, Cuadernos de la cárcel
Se ha destacado previamente que el disenso, pese a no resolverse nunca completamente en las figuras en que se concreta operativamente, no puede ser estudiado, en sí y para sí, sin hacer referencia a sus manifestaciones efectivas. Si quisiéramos esbozar una tipología del disenso, con el intento nada fácil de indagar sus formas y estructuras antes de que se traduzca en las figuras en que se encarna y organiza, podríamos afirmar justamente que la primera distinción que debemos hacer tiene que ver con la profundidad. De hecho, se puede disentir en grados e intensidades diferentes. El disenso puede involucrar aspectos individuales y, por lo tanto, solo una parte del mundo histórico en que se desarrolla. Este es el caso de los que, por ejemplo, aceptan las estructuras fundamentales del orden vigente y se limitan a oponerse a medidas particulares o a normas específicas. En su máxima intensidad puede llegar a poner en tela de juicio toda la estructura de un mundo histórico, rechazándolo en cuanto tal y reconociendo, con Adorno, que «el Todo es lo falso»1.
En estas dos diversas intensidades se percibe una diferencia cuantitativa que tiende a ser también cualitativa. El primer tipo de disenso, típico del reformista y del desobediente, también puede definirse como participación, ya que no rechaza el ordenamiento en su totalidad, quiere más bien participar para mejorarlo. El segundo, propio del revolucionario y del rebelde, por su máxima intensidad, puede enmarcarse como disenso de secesión, puesto que no repudia aspectos individuales, sino los cimientos mismos del orden existente. El disenso de participación se plantea como reformista. En cambio, el de secesión se perfila como revolucionario. Si el primero plantea propuestas de enmienda e integración, el segundo propone una ruptura incondicional del orden existente en su totalidad2.
Una segunda distinción digna de mención es la traducibilidad del disenso en acciones consecuentes. Paradójicamente, la máxima intensidad a veces puede coexistir con la mínima traducibilidad en acciones consecuentes. Este es el caso de los que rechazan completamente la estructuración de la sociedad, pero, al mismo tiempo, no realizan ningún tipo de acción para contrarrestarla de manera factual.
De modo diametralmente opuesto, los que disienten con una intensidad mínima, tal vez negando un aspecto o una norma de la sociedad, luego pueden traducir su pensamiento divergente en acciones más radicales y eficaces.
En el caso del revolucionario, por ejemplo, la máxima intensidad se combina con la máxima traducibilidad en acciones coherentes: su acción se lleva a cabo con el derrocamiento del orden establecido y el tránsito hacia una estructura sociopolítica diferente. Su lema es: «¡El hombre solamente puede perder sus cadenas, pero puede ganar el mundo entero!».
Otro parámetro importante para esbozar una tipología del disenso implica al sujeto, que se convierte en portavoz de dicho desacuerdo: puede ser el individuo o el grupo como sujeto unitario.
Tal como hemos insinuado, el disenso se origina siempre en el sentir diferente de la conciencia individual, para luego organizarse en formas grupales que van desde la protesta a la revolución. En ambos casos, se puede caracterizar por una profundidad tanto mínima como máxima, por una traducibilidad extremadamente grande o notablemente reducida. En efecto, tanto el individuo como el grupo pueden sentir de manera diferente, ya sea sobre un solo aspecto, ya sobre el ordenamiento general, transformando su disentimiento en la acción más radical o en la pasividad más completa. El caso de la máxima profundidad y mayor traducibilidad atañe, por lo que concierne al individuo, a la rebelión en el sentido que le da Ernst Jünger y, en lo referente al grupo, a la revolución, en el sentido de Marx y Lenin. Otro parámetro importante es cómo el disenso se relaciona con las leyes y los ordenamientos. Se puede estructurar en formas legales y, por tanto, cumplir con las leyes, encontrando en ellas su propia garantía: como ejemplo podemos mencionar las huelgas que tuvieron lugar en Europa en la segunda mitad del siglo XX.
Pero también puede darse en formas alegales, cuando se lleva a cabo según modalidades que el ordenamiento no contempla, pero que tampoco lo violan. Por último, llamamos disenso ilegal el que no respeta las leyes y va abiertamente en contra de ellas. El caso paradigmático sigue siendo, una vez más, el de la revolución. Otra categorización del sentir discrepante podría ser la que propone Albert Hirschman en su estudio Salida, voz y lealtad3 (1970) distinguiendo entre la salida y la protesta. La «salida» (exit) coincide con la retirada del consenso que se da cuando el sujeto ya no comparte el modus operandi de la organización o del sistema en el que está involucrado.
Sin llegar a transformarse en el derrocamiento de la situación objetiva, la «salida» (exit) produce una simple, y a veces silenciosa, desafección por parte del sujeto. Es, por ejemplo, el caso del consumidor que deja de comprar ciertos productos por razones específicas, o del empleado que abandona su trabajo y busca otro.
La «protesta» (voice), por su parte, consiste en dar voz a la desafección, modulada de manera que pueda afectar al funcionamiento de la organización o del sistema del que se forma parte. La defección deja el sistema tal como es, por lo menos al principio; la protesta, en cambio, pretende transformarlo.
Por ejemplo, en el caso de un colegio que no responde a nuestras necesidades, la defección sería retirar a nuestros hijos y matricularlos en otro. La protesta, por su parte, se organizaría a fin de corregir las deficiencias del instituto y mejorarlo operativamente. Figuras de la protesta son, en este sentido, la huelga, el sabotaje y el motín.
Para Hirschman, la defección y la protesta son, a la vez, formas de desmoronamiento de la «lealtad» (loyalty) al sistema. La primera es de tipo individual. La segunda, en cambio, tiene que ver con las personas que se agrupan y actúan no para alejarse individualmente de la situación presente, sino para cambiarla juntos.
La salida se plantea como meramente destituyente. La voz o protesta pretende, por su parte, recrear sobre los cimientos del orden anterior.
1. T. W. Adorno, Minima moralia. Meditazioni della vita offesa [1951], ed. de R. Solmi, Einaudi, Turín, 1979, p. 48 [Minima Moralia. Reflexiones desde la vida dañada, Akal, Madrid, 2008].
2. Cf. G. M. Chiodi, Tacito dissenso, Giappichelli, Turín, 1990, p. 150.
3. A. Hirschman, Salida, voz y lealtad [1970], FCE, México, 1977.
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DEMOCRACIA Y DISENSO
«¿Qué es un hombre rebelde? Un hombre que dice que no. Pero si se niega, no renuncia: es además un hombre que dice que sí desde su primer movimiento. Un esclavo, que ha recibido órdenes durante toda su vida, juzga de pronto inaceptable una nueva orden».
A. Camus, El hombre rebelde
En sentido estricto, el disenso debería ser una virtud constitutiva de las políticas democráticas. Tanto que, tal vez sin equivocarnos demasiado, la democracia podría definirse, en términos ideal-típicos, como el gobierno que no solo acepta y no reprime el disenso, sino que encuentra en él su fuerza y no su debilidad.
Este es el horizonte de sentido dentro del cual se orienta Spinoza, el primer gran teórico moderno de la democracia y, a la vez, el primer sistematizador del disenso como virtud peculiar de esta forma de gobierno. Mediante la categoría de libertas philosophandi, en las páginas del Tratado teológico-político (1670) hallamos la primera reclamada apología del disenso político en Occidente, posterior al ius resistentiae codificado por el pensamiento medieval1.
Según un entramado de geometrías variables de rebelión y tolerancia, cada cual debe ser libre, a juicio de Spinoza, de expresar sus propias ideas, aun cuando vayan contra el orden constituido, y de filosofar sobre cualquier tema, sin incurrir en la censura o en la persecución a manos del poder religioso.
Lo importante es que se respeten siempre las leyes vigentes y el orden constituido, aunque se cuestione en el plano teórico. En ello radica la «libertad de filosofar y decir lo que cada uno piensa»2 (libertas philosophandi dicendique quae sentimus), como escribió Spinoza en una famosa carta. En la estela del pensador de la Ética, podríamos afirmar justamente que la democracia realizada es la forma política que permite una coexistencia armónica entre el individuo y la comunidad, la mayoría y la minoría, evitando que la persona sea aplastada por la tiranía de la mayoría, y pueda reivindicar abiertamente su derecho a pensar de otra manera ante la presencia del consensus generalizado.
Desde esta perspectiva, el disenso no corrompería el poder democrático, más bien lo fortalecería. Activaría prácticas de diálogo sobre temas importantes y pondría en tela de juicio, una y otra vez, las geometrías de todo lo existente y la estructuración de las formas políticas.
Surgiría así un poder constituido y, al mismo tiempo, que debe constituirse continuamente en el juego de la legitimidad dialógica, y en el espacio de una comunidad integrada por individuos igualmente libres y solidarios, capaces de entablar un diálogo y enfrentarse con la fuerza dócil de la razón. El derecho a disentir, que el poder intenta tradicionalmente amortiguar porque constituye un factor debilitante, con el advenimiento de la democracia se convertiría en un elemento de fuerza y consolidación del orden político. El debate público libre, marcado por la alternancia de disenso y consenso fortalecería la comunidad democrática, mitigando la tendencia fatal a la uniformidad del despotismo; reforzaría la fe en la regla democrática como método basado en el conocimiento consciente tanto de la falibilidad de los juicios como de su legitimidad gracias a la igual participación en su elección.
El acto de disentir no significa necesariamente una oposición incondicional al poder. En una comunidad democrática también puede darse una forma de disenso que reconozca que toda deci- sión necesita de un actuar comunicativo, que toda ley, lejos de ser definitiva, puede ser dialógicamente evaluada, sin que esto perjudique a la estabilidad de la comunidad.
De ello resulta que —con Spinoza, más allá de Spinoza— el disenso es coesencial con una verdadera comunidad fundada sobre relaciones democráticas horizontales entre individuos libres, iguales y solidarios. Al igual que la sustancia de la Ética, en el plano ontológico, existe en la pluralidad infinita de sus atributos, así la comunidad democrática del Tratado teológico-político prospera en la libre manifestación infinita de sus formas de ser y pensar. En los espacios de la comunidad democrática, el disenso favorece un poder que no es ni estático ni laxo, sino in fieri, siempre mejorable gracias a un disentir que no se reprime, al contrario, se admite y toma en la debida consideración por su labor constante de perfeccionamiento de la comunidad a la que pertenece.
En el marco de una democracia fundada sobre relaciones entre individuos libres, iguales y solidarios, el objetivo no es una sociedad sin oposición —que produciría una recaída en lo «práctico-inerte» criticado por Sartre3—, sino una estructura sociopolítica donde la oposición sea una práctica compartida y reconocida como fundante del ser social.
En este sentido podemos afirmar con justicia que «la democracia es una forma de gobierno que se basa en el disenso»4 y que, para existir de forma estable, no puede renunciar ni a él ni a su libre expresión.
Por paradójico que pueda parecer a primera vista, el consenso no es el rasgo peculiar del régimen democrático: lo necesita pero no es suficiente. Incluso la dictadura más brutal, en efecto, puede gozar del más amplio consenso. El quid proprium de la estructura democrática debería ser el disenso como figura no solamente tolerada, sino reconocida, practicada y promovida libremente por una comunidad de individuos igualmente libres. Una dictadura sangrienta y cruel puede apoyarse en el consenso, pero nunca va a tolerar la supervivencia de formas de disenso en su propio marco sociopolítico5.
A la luz de estas rápidas consideraciones, se puede afirmar con certeza que la democracia sigue siendo una orientación teleológica, una meta a la que aspirar y no una forma política ya realizada en las estructuras de lo existente.
Si bien es cierto que «cuando el disenso se calla, para una democracia debería sonar la alarma»6, esto supone que las configuraciones actuales de la sociedad de masas aparecen cada vez menos genuinamente democráticas, debido a una triple tendencia: a) el vaciamiento de la soberanía popular (reemplazada por las imposiciones sistémicas, por la voluntad de los mercados y el eficiente automatismo de los gobiernos técnicos); b) la desigualdad cada vez mayor entre el vértice y la base que conduce a la polarización hiperbólica de la sociedad; c) la atrofia generalizada de las formas de disenso, así como la negación de los espacios del pensamiento antagónico y no alineado con el orden simbólico imperante. Esta última tendencia es la que queremos abordar en las páginas siguientes.
En el contexto de la moderna civilización tecnológica, donde las masas actúan cada vez más como cajas de resonancia de la ideología y son manipuladas para construir un consenso pasivo, la capacidad para disentir está fisiológicamente debilitada y, cuando todavía existe, se obstaculiza mediante formas que van desde el silenciamiento hasta la persecución a través de la prensa y los medios de comunicación de masas.
Lejos de vivir de disensos y descansar en el acto comunicativo entre individuos igualmente libres y solidarios, las estructuras políticas (que se declaran incesantemente democráticas), después de 1989 están a una distancia sideral del concepto de democracia también en este sentido.
El acto de disentir es sancionado con nuevas formas de demonización o condenas al ostracismo, impidiendo su propia génesis y fomentando, al mismo tiempo, la proliferación planetaria de un pensamiento único homologado que, falsamente pluralista, promueve siempre y solo el orden simbólico legitimador de las auténticas relaciones de fuerza centradas en la muy concreta abstracción que solemos llamar capitalismo.
En el mundo premoderno y en gran parte de la aventura moderna, tal como la conocemos, el acto de disentir fue castigado y perseguido; sus protagonistas a menudo —desde los herejes a Giordano Bruno— pagaron con sus propias vidas. En la Atenas democrática del siglo IV a. C., por ejemplo, el disenso estaba prohibido y condenado al ostracismo, al considerarse peligroso para la estabilidad de la comunidad.
Y desde la antigua Roma hasta la época de las comunas italianas, muchos autores afirman que el disenso provoca la decadencia y el colapso de la estabilidad política. En la obra Res gestae (XV, 3), Amiano Marcelino nos dice que en sus tiempos incluso daba miedo contar los sueños por temor a ser demandado a causa del contenido potencialmente no alineado con el orden dominante.
A lo largo de la historia occidental, el disenso, si no quiere pasar a la figura del martirio, debe disciplinarse y permanecer aprisionado en la conciencia del yo individual, de acuerdo con esa convivencia aporética entre la contestación secreta y la aceptación simulada del poder codificada por los pensadores «libertinos» del siglo XVII y resumida en la máxima foris ut moris, intus ut libet (exteriormente como se acostumbra, interiormente como se quiera).
En el modelo del Leviatán (1651) de Thomas Hobbes, el poder absolutus del Estado se extiende ubicuamente, pero, al mismo tiempo, no puede acceder a la conciencia del yo individual, quia cogitatio omnis libera est (pues el pensamiento es libre)7. La conciencia, siendo estructuralmente incoercible es, en el dispositivo teórico de Hobbes, un rincón del estado de naturaleza que ningún poder o contrato social puede corromper o forzar. Constituye, pues, la base para pensar diferente que, aunque solo in interiore homine, ya plantea, en perspectiva, la posibilidad de un derrumbe del orden establecido.
La Revolución francesa, a fin de cuentas, puede verse justamente como el resultado de la dinámica de extensión y socialización del disentir individual que el Leviatán había reconocido como la dimensión inquebrantable por parte del poder absolutus de la máquina estatal8.
En sus formas actuales, impropiamente llamadas democráticas, el poder ha cambiado de cara. Ya no reprime el disenso como en el pasado. Actúa simplemente para que no pueda constituirse. No recurre a la represión ni a la tortura, puesto que, en ausencia de cabezas realmente discrepantes y de espíritus rebeldes, ya no es necesario.
El poder no castiga los cuerpos, se apodera de las almas. Procura que el siempre elogiado pluralismo de las múltiples voces que animan a la aldea global se resuelva en un monólogo de masas que dice siempre lo mismo: todos elogian igualmente —aunque aparenten criticarlo— el orden real y simbólico de la realidad existente, de acuerdo con lo que la Sociedad del espectáculo de Debord define como el «monólogo elogioso» (§ 24) del orden dominante.
Este anula la posibilidad de que se forme la cogitatio libera (libertad de pensamiento) en la interioridad del individuo a la sombra del poder. El poder absolutus se cumple cuando conquista y administra incluso el espacio mínimo de la conciencia individual como célula genética del disenso. El sistema electoral de las modernas democracias occidentales ofrece, tal vez, la prueba más deprimente de esta pluralidad ficticia en la que la elección es libre y falsa a la vez, puesto que, cualquiera que sea el resultado, sale ganando «la ideología de lo mismo», fragmentada en una multiplicidad organizada.
Esta es la peculiaridad de la cultura del consumo y su remolino de posibilidades y estilos de vida que confirman siempre y solo la misma sociedad de consumo, prevalece la abstención con respecto a una auténtica elección.
Esta última no consiste en la opción por el producto x en lugar del producto y, sino en el disenso opositor frente a esa elección predeterminada, en oponerse a un orden que todo lo resuelve con alternativas que no hacen más que reconfirmarlo y que, secretamente, apunta a eliminar toda posibilidad real de elección.
En el contexto de la suave, persuasiva, «democrática» ausencia de libertad occidental9, se cumple totalmente lo que las trágicas experiencias de los regímenes totalitarios del siglo XX, con sus acciones sangrientas y sus atrocidades, no pudieron llevar a cabo: suprimir el disenso y uniformar totalmente todo sentir y pensar diferente.
Es lo que ya John Stuart Mill en Sobre la libertad (1859) describió con perspicacia y previsión como «despotismo de la costumbre»10 (despotism of custom), una especie de conformismo generalizado según el cual todo el mundo piensa y desea del mismo modo y nadie es capaz de sentir y pensar diferente.
Contra esta pesadilla parcialmente realizada con los totalitarismos del siglo XX y destinada a hacerse realidad solo en la moderna sociedad de consumo —el único totalitarismo superviviente—, Mill abogaba por una sociedad capaz de dar voz también a las excentricidades extremas y a la espontaneidad creativa más radical.
Ya Tocqueville, en las páginas de su obra maestra La democracia en América (1835) hablando de los Estados Unidos, había claramente prefigurado una paradoja que solo ahora, en la sociedad de mercado, parece haberse realizado plenamente: somos habitantes de una realidad que es democrática en el sentido peyorativo de democracia de masas, donde solo el dinero funge como el elemento discriminante, capaz de combinar la igualdad formal con las formas más radicales de desigualdad material que jamás se han registrado en la historia. Se da la circunstancia de que, por un lado, dominan las diferencias cuantitativas más macroscópicas (en el marco histórico posterior a 1989, la brecha entre los que poseen lo superfluo y los que carecen de lo necesario ha alcanzado niveles nunca experimentados); y, por otro, se va imponiendo cada vez más radicalmente una igualdad cualitativa de tipo conformista.
En virtud de esta «igualdad de la irrelevancia», como la llamó Hegel, todos sienten, piensan y quieren del mismo modo: la humanidad se divide en una multiplicidad caleidoscópica de átomos en serie, cualitativamente iguales e intercambiables, sin identidad ni personalidad, cada vez más diferentes uno de otro según su distinto «valor de cambio». El hombre sin identidad se convierte en la nueva figura antropológica hegemónica, coherente con la norma de la valorización ilimitada, del consumismo absoluto y de la homologación planetaria. La precarización de las masas es una etapa esencial, puesto que no solo conduce a la supresión de los derechos que el esclavo conquistó en el pasado con sus luchas —empleando el vocabulario de Hegel—, sino que, además, prepara el nuevo material humano homologado para nuevas y cada vez más intensas formas de plusvalía a favor del amo.
El hombre flexible debe, por esta razón, ser un hombre sin identidad, sin familia, sin conciencia opositora, desarraigado de la tierra y de sus raíces, sin trabajo estable: debe rebajarse al rango de átomo consumidor single y nómada, incapaz de comprender y contrarrestar la enajenación y la explotación que sufre, siempre dispuesto a migrar en nombre de la deslocalización de la producción. En consonancia con la movilización total provocada por el tecnocapitalismo, la movilidad se convierte en la prerrogativa por excelencia del homo instabilis: estructuralmente «des-ocupado» y nómada, es decir, sin lugar fijo ni estable tanto en lo ético como en lo familiar, laboral y territorial.
En este sombrío escenario se cumple la profecía de Tocqueville11. La «nueva imagen» del despotismo se corresponde de manera impresionante con lo que él temía: una muchedumbre de hombres cualitativamente iguales e intercambiables que solo piensan en disfrutar —los «últimos hombres» profetizados por Nietzsche12—, cada uno de ellos indiferente al destino de sus semejantes, totalmente absorto en sí mismo y en su propio goce acéfalo, sin identidad ni tradiciones, sin vis (fuerza) crítica ni espesor cultural.
Y, por encima de ellos, casi imperceptible, un «poder inmenso y tutelar», laxo y permisivo, blando y previsor que los mantiene ilimitadamente en la etapa de la infancia y la inmadurez, de manera que se diviertan continuamente, «con tal de que solo piensen en divertirse» y en disfrutar de las formas más desinhibidas, aliviados del esfuerzo de pensar. El sistema totalitario se transforma en algo atractivo y permisivo, pero sus barrotes no son menos fuertes que los de los regímenes anteriores13.
Día a día, los ciudadanos de la democracia de masas perciben como innecesario el uso del libre albedrío y de la voluntad, satisfechos y felices en los perímetros de esta «servidumbre regulada y tranquila» que ha anulado el disenso sin reprimir sus manifestaciones, eliminando simplemente la más mínima posibilidad de que llegue a constituirse.
1. Cf. R. Laudani, Disobbedienza, il Mulino, Bolonia, 2010, pp. 45 ss.
2. B. Spinoza, «Carta a H. Oldenburg» [octubre de 1665], en Correspondencia completa, Hiperión, Madrid, 1988, Carta XXX, p. 100.
3. J.-P. Sartre, Critique de la raison dialectique, Gallimard, París, 1960, p. 349 [Crítica de la razón dialéctica, Losada, Buenos Aires, 2004].
4. G. M. Chiodi, Tacito dissenso, Giappichelli, Turín, 1990, p. 144.
5. Cf. R. H. Dahl, Political Opposition in Western Democracies, Yale UP, New Haven, 1966.
6. G. M. Chiodi, Tacito dissenso, cit., p. 146.
7. Es el tema central de C. Schmitt, Il Leviatano nella dottrina dello Stato di Thomas Hobbes [1938], ed. de C. Galli, en Scritti su Thomas Hobbes, Giuffrè, Milán, 1986, pp. 61-143 [El Leviatán en la doctrina del estado de Thomas Hobbes, Fontamara, México, 2008].
8. Cf. R. Koselleck, Crítica y crisis. Un estudio sobre la patologénesis del mundo burgués [1959], Trotta, Madrid, 2007.
9. Cf. H. Marcuse, El hombre unidimensional [1964], Austral, Madrid, 2016, p. 41.
10. J. S. Mill, On Liberty [1859], III, 11.
11. A. de Tocqueville, La democracia en América, Trotta, Madrid, 22018, Cuarta Parte, cap. VI [«Qué especie de despotismo deben temer las naciones democráticas»], pp. 1148-1160.
12. F. Nietzsche, Así habló Zaratustra, Alianza, Madrid, 91981, pp. 39-40.
13. J. G. Ballard, Super-Cannes, ed. de M. Pareschi, Feltrinelli, Milán, 2000, p. 132 [Super-Cannes, Minotauro, Madrid, 2002].
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