Kitabı oku: «Amalia en la lluvia»

Yazı tipi:

Amalia en la

lluvia

Dill McLain

Traducido al español por Manuel Olivera Gómez


Primera edición: octubre de 2021

ISBN: 978-84-1115-356-0

© Del texto: Dill McLain

© Maquetación y diseño: Equipo de Editorial Círculo Rojo

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Con especial agradecimiento a Manuel Olivera Gómez

por la traducción de mis cuentos,

escritos originalmente en idioma inglés.

Amor Eterno

«Podrá nublarse el sol eternamente,

podrá secarse en un instante el mar,

podrá romperse el eje de la tierra

como un débil cristal.

¡Todo sucederá! Podrá la muerte

cubrirme con su fúnebre crespón,

pero jamás en mí podrá apagarse

la llama de tu amor».

Gustavo Adolfo Bécquer (1836—1870)

Capuchino

Ella se reclinó hacia atrás, levantó su taza y se dispuso a disfrutar del primer sorbo de capuchino. Lo había esperado con mucha ansiedad. Pero, justo antes de probarlo, quedó rígida de estupefacción. La taza resbaló de sus manos, voló por encima de la mesa y el café caliente se derramó sobre la pierna derecha de un hombre alto parado delante de su silla.

—¡Pero Dios santo! ¿Qué es esto? ¿Una nueva forma de hacer amigos? —preguntó el hombre al tiempo que se daba la vuelta para mirarla. Ella continuaba petrificada en su asiento, observándolo. No podía hablar.

Él palpó su pantalón embarrado de café y dijo:

—Desconozco si es este el método que emplea para aproximarse a los hombres, pero le advierto, y disculpe que sea tan directo, usted podría perfectamente ser mi abuela, así que debe haber sido otro el motivo por el cual se impresionó de tal manera.

Mientras tanto, ella pareció recuperarse. Abrió su bolso, aunque sin apartar ni por un momento la mirada de aquel hombre. Sus dedos buscaron dinero dentro del monedero hasta que por fin encontró un billete de banco.

—Joven, yo siento mucho todo lo que ha pasado, no tuve ninguna intención de agredirlo —logró articular—. Debe creerme, así que, por favor, ¡tome este dinero para que pueda limpiar y recomponer sus pantalones!

Tendió hacia él un billete de cien euros y agregó:

—¡Por favor, siéntese y no haga ningún alboroto más!

Él se sentó de frente, mientras ella ordenaba dos nuevas tazas de capuchino. El camarero asintió con la cabeza y limpió los restos de café de la mesa.

Permanecieron en silencio hasta que las dos tazas fueron servidas. Entonces ella dijo:

—Mi nombre es Edith, tengo setenta y cinco años y hace siete que enviudé. Cuando usted apareció, cuando lo tuve frente a mis ojos, le juro que fue como si hubiera visto a mi primer gran amor. Fue como haber retrocedido cincuenta años en el tiempo. El mismo peinado, los mismos movimientos y también un perfil bastante similar. Fue como si la luz de un relámpago me hubiese iluminado por dentro. ¡Y me hizo pensar que debo encontrarlo!

Se dieron la mano y el joven declaró en medio de un suspiro:

—Bueno, yo me llamo Mirko y tengo treinta y seis años. Soy informático, pero perdí mi empleo porque no quise trabajar de noche y porque, además, existían ciertas irregularidades en ese trabajo con las que no me sentía a gusto. También pinto; la pintura es mi gran pasión y precisamente necesito las noches para eso. En fin, que estoy como moviéndome entre dos aguas. Trabajo a medio tiempo en la galería de arte que está ahí a la vuelta de la esquina y de cuando en cuando me dan la oportunidad de mostrar en ella mis propios trabajos. También tres veces a la semana, durante medio día, imparto clases de informática a adolescentes discapacitados.

Movió el billete encima de la mesa.

—No le puedo aceptar esto. Esta noche ya me encargaré de lavar mis pantalones. Eso haré. Y, por favor, quiero disculparme por haberla llamado abuela, es que estaba un poco estresado. Pero lo podría tomar como un cumplido, porque en verdad usted tiene cierto parecido con mi propia abuela, a quien yo quise mucho —dijo y tomó entonces un trago de capuchino antes de preguntar—: ¿Tiene idea de dónde puede estar viviendo ahora ese gran amor suyo?

También Edith tomó un gran sorbo de capuchino y, luego de una pausa, respondió con cierta luz en su mirada:

—No, no lo sé, absolutamente no. Hace ya muchos años que le perdí el rastro. Pero en estos últimos tiempos, después de enviudar, he pensado repetidamente en Curt, en qué habrá sido de él, en cómo le estará yendo. Cuando usted apareció, de inmediato algo dentro de mí me hizo sentir que debía buscarlo.

Mirko se apoyó sobre la mesa.

—Ok. Entonces, ¿por qué no empezamos? Hoy en día no es complicado. Tenemos la red, que ayuda bastante.

—¿Cuál red? ¿Me está diciendo que debo irme de pesca?

—La Internet.

—Ya, ¿y piensa que esa Internet sabe dónde puede estar Curt?

—La Internet como tal no puede saber dónde está Curt, pero puede ayudar a encontrarlo.

—¿Me está diciendo que la Internet puede ayudar a buscarlo? ¿Me está hablando en serio?

—¡Claro, señora!

—¡Por favor, llámeme Edith! —se arrimó un poco más a la mesa para acodarse sobre ella—. Tengo que ser con usted completamente franca, nunca le presté mucha atención a todas esas cosas electrónicas y ni siquiera tengo computadora. Pero, por favor, explíqueme todo lo que necesito para instalar esa Internet.

Ella le pidió a Mirko que le hiciera una lista bien precisa. El fuego en sus ojos parecía volverse más ardiente en la misma medida en que Mirko le iba explicando las posibilidades. De forma divertida, anotaba los insumos que necesitaría. Cuando hubo terminado, Edith le agradeció y le dijo:

—Voy a ocuparme de adquirir todo esto y luego usted se encargará de enseñarme cómo es que funcionan esas modernidades y esa laptop. Yo voy a pagarle el curso, claro. Ahora necesito irme, que tengo un montón de cosas por hacer. ¡Adiós!

Ella se alejó de prisa y Mirko, con el ceño fruncido, se quedó por un rato más.

Cuatro horas más tarde, Edith estaba sentada en el sofá de su sala de estar. Tenía una postura derecha y miraba fijamente una foto que sostenía en sus manos. La foto de cincuenta años atrás mostraba a un hombre alto, de cabellos abundantes y algo largos, con unos ojos azules que le iluminaban la cara, hermosa y de aspecto amigable. Su corazón comenzó a latir de prisa. Luego se aceleró más.

Estuvieron comprometidos por más de dos años, hasta que él le confesó sus planes de fundar una escuela de navegación a vela en Australia. Luego de terminar sus estudios de comercio, solo tenía una idea en la cabeza, trabajar duro durante un par de años y ahorrar el dinero suficiente para poder realizar su sueño. Cuando llegó el día en que debía tomar la decisión de acompañarlo, Edith no estaba lista para emprender un viaje a un sitio tan distante. Él se marchó solo. Y entonces poco a poco se fueron distanciando el uno del otro.

Edith ya pasaba de los treinta y cinco años cuando decidió casarse con un hombre mucho mayor que ella, que trabajaba como consultor en la administración de empresas. No tuvieron hijos, llevaban una vida muy tranquila y llegaron a ser una pareja ideal. Él murió dos años después de haberse jubilado. Desde entonces, Edith vivió sola. Estuvo cerrada a muchos intentos de aproximación por parte de algunos hombres interesantes. Pero, en cambio, tenía un buen círculo de amistades con las que compartía intereses comunes.

A lo sumo solo en dos o tres ocasiones pensó ella en Curt en los últimos años. Lo más probable era que estuviese felizmente casado y ella solo sería una intrusa si intentaba comunicarse con él. Pero, además, tampoco sabría cómo encontrarlo. No conseguía recordar a cuál costa australiana había planeado ir. Por tanto, alejaba con rapidez esos pensamientos de su cabeza.

Un jueves en la mañana, como era ya habitual en ella, salió a dar un paseo por los alrededores del lago. Sus pasos la llevaron finalmente a tomar un capuchino en la misma cafetería de siempre. Al aparecer frente a ella aquel hombre tan apuesto —con un impresionante parecido a Curt— en el momento exacto en que esperaba deleitarse con el primer sorbo del capuchino, supo que debía encontrarlo.

El viernes, bien temprano, Mirko estaba sentado en un taburete en la galería, reflexionando sobre su situación. A pesar de trabajar tres tardes a la semana como profesor de informática para personas discapacitadas, no era suficiente para vivir. Necesitaba algo más. ¿Pero qué? El resto de su tiempo lo dedicaba a pintar y ya había tenido una gran suerte al poder exponer sus obras junto a las de otros cuatro artistas en esta galería. Sin embargo, era muy complicado vender alguno de aquellos cuadros. Siendo un artista desconocido, no podía contar con ingresos regulares que vinieran de esas ventas. Compartía un diminuto piso con su novia, una violinista que integraba un trío de música de cámara y que a menudo estaba de gira. Sabía que ya era tiempo de proponerle matrimonio, pero sentía vergüenza de tomar una decisión tan seria sin que su economía hubiese mejorado. Mirko suspiró y movió los hombros hacia arriba y hacia abajo. Sí, ya era tiempo de hacerle la propuesta.

El sonido del viejo timbre de la puerta de entrada a la galería lo sacó de sus románticos pensamientos. Edith se tambaleaba en el vestíbulo por el peso de dos grandes bolsos que cargaba con ella.

—¡Dios santo, ahora no! —murmuró Mirko. Pero antes de que se repusiera totalmente de la sorpresa, los dos bultos ya estaban colocados a la derecha y a la izquierda de su taburete.

—Joven, tiene mucho trabajo aguardando por usted —dijo Edith con una sonrisa plena, aunque un poco afectada por la falta de aliento.

—Pero yo tengo que trabajar aquí, tengo que cuidar de la galería casi el día entero. Yo lo siento mucho, pero no puedo ayudarla en este momento —el asombro de Mirko lo hizo ponerse un poco nervioso.

Ella se sopló la nariz y continuó:

—Joven, eso yo lo sé perfectamente. Aquí tiene la llave de mi casa, aquí tiene la dirección —dijo, y colocó una llave y una tarjeta sobre el escritorio de madera—. Y aquí está el dinero para un taxi. Lleve con usted los dos bolsos. Uno está lleno de comida y en el otro están tanto la computadora que compré como los demás componentes necesarios para nuestro trabajo. A las 2:00 de la tarde viene el electricista y a las 2:30 viene el agente de la Compañía del Cable para instalar el paquete de correo electrónico y la Internet que necesito. Yo me quedaré a cuidar de la galería. Usted, mientras tanto, vaya e instale en la máquina todo lo que haga falta. Ya yo he dispuesto una mesa en mi sala de estar. Cuando cierre aquí, iré a preparar alguna comida ligera y entonces comenzaremos la investigación a través de Internet. Usted me enseñará. ¡Manos a la obra!

Esta abuelita resultaba demasiado insistente para el gusto de Mirko y lanzó un profundo suspiro antes de preparar su defensa. Pero ella no le dio oportunidad. Le recordó a su propia abuela. Edith ya había avanzado por todo el local, al tiempo que le preguntaba:

—¿Cuáles de estos son obra suya?

Renunciando a su defensa, solo pudo decirle a media voz:

—Los más grandes, los que tienen a unos músicos con coronas hechas de hojas de árboles.

—Son fabulosos. Este debe ser Beethoven. ¡Usted debería aumentarle el precio!

Mirko sintió que el orgullo henchía todo su ser. Por qué no hacerlo. Se levantó de su silla. Le dio su consentimiento y le mostró todo lo necesario para que pudiera reemplazarlo. Luego abandonó la galería.

A las 8:00 de la noche ya ambos estaban sentados en la sala de estar de Edith, disfrutando de una ensalada y de un delicioso pollo digno del paladar de un emperador o de un maharajá. Él se sentía grande. Edith había logrado vender dos de sus cuadros. Al parecer, un grupo de turistas chinos estaba paseando por el lugar y ella los animó a entrar a la galería para mostrarle sus cuadros. Pagaron en efectivo. Y la guía que venía con ellos le prometió a Edith que regresaría luego con otros grupos. Esta abuela parecía tener gran habilidad para administrar y promover el talento.

Comenzaron a trabajar. Él le preparó tres cuartillas con las instrucciones de cómo debía usar la laptop, cómo encenderla, cómo apagarla, cómo hacer búsquedas en la Internet, cómo imprimir páginas que le interesara conservar y, finalmente, cómo enviar y cómo leer un mensaje de correo electrónico recibido. Obviamente esto último a Edith no le interesaba mucho, pero apenas sí podía esperar para comenzar con la gran búsqueda.

—Ok, ¿cuál es el apellido de su Curt?

Ella pareció estar un poco avergonzada y se movía hacia atrás y hacia adelante en su silla.

—¿Podríamos probar primero con otro nombre?

Mirko escribió entonces el nombre «Beethoven», explicándole cada paso y lo que significaba cada resultado. Ella pareció muy excitada. Probaron entonces escribiendo «Escuela de navegación en Perth» y finalmente escribieron un correo electrónico de prueba dirigiéndolo a la dirección de Mirko. Se fue a la medianoche, no sin antes ponerse de acuerdo para volver a reunirse con ella el lunes. Le dio su número de teléfono por si surgía algún imprevisto.

El lunes, Mirko llegó al apartamento de Edith sobre las 11:00 de la mañana y la encontró en medio de cientos de páginas dispersas por toda la alfombra. Todas llenas con direcciones de escuelas de navegación en Australia y en el resto del Pacífico. Edith había comenzado por Hawái. Parecía haberse dedicado a investigar sin interrupciones durante todo el sábado y el domingo. Restos de comida rápida se amontonaban en la mesa del salón, rodeando a las copias impresas.

—Hasta ahora no he podido encontrar nada que tenga que ver con su nombre —le dijo Edith en un suspiro—. Quizás ya no viva. ¡Quizás todo esto haya sido un gran sueño mío!

Mirko se sentó, se rascó la cabeza y entonces le preguntó:

—¿Podría ahora usted ser tan amable de decirme el nombre completo de él para que yo pueda ayudarla en su búsqueda?

—Su nombre es Curt Bergström —murmuró ella tiernamente.

—Ok, Curt Bergström, ¡ya vamos por ti! —pronunció Mirko en medio de la sala.

Edith movió hacia un lado su cabeza y sonrió. ¡Parecía él tener tantas esperanzas!

—Por el momento, le he conseguido algo más de trabajo —dijo ella—. Siete señoras mayores, todas amigas mías, quieren ser adiestradas por usted en el uso del correo electrónico y la Internet. Ya yo he acordado además un precio justo por la instalación de las computadoras. Tomaremos las clases en la misma galería de arte. Estoy segura de que luego algunos de sus esposos se unirán también al curso.

Mirko se quedó sin habla. Debía trabajar en la tarde impartiendo clases a los niños discapacitados, pero le prometió continuar ayudándola luego en la investigación por Internet y pensaría en alguna nueva estrategia de búsqueda que resultara más eficaz.

El martes a las 11:30 de la mañana Edith entró a la galería. Hasta ahora no tenía ningún resultado. No había señales de Curt Bergström. Y eso que ella había expandido su área de búsqueda de escuelas de navegación hasta las costas del Mediterráneo, comenzando por las islas griegas. Salieron a tomar un capuchino y luego Edith decidió dar un paseo antes de continuar con su odisea en la red. Había estado navegando toda la noche a través de la máquina, hasta que finalmente cayó vencida por el sueño.

El miércoles llamó a Mirko para expresarle sus dudas acerca de todo aquel proyecto en que se había involucrado. Sin embargo, de cualquier manera, quería seguir adelante.

El jueves a las 7:30 de la mañana sonó el teléfono. Era la voz de Mirko.

—¡Ya lo he encontrado, ya tengo a ese señor Bergström!

Edith quedó muda y le quitó el seguro a la puerta. Un cuarto de hora después Mirko estaba llegando. Encontró a Edith sentada en el sofá, muy rígida, con la foto de Curt Bergström entre las manos.

—¿Dónde está él? —preguntó con ansiedad.

—Bueno, pues aquí lo tenemos, Thin-Bergström. Tienen una escuela de buceo en un archipiélago de Birmania.

—¿Y quién es Thin? —preguntó Edith en un susurro.

—Es su hija. Ella es quien dirige la escuela. Su madre murió cuando tenía apenas siete años de edad. Curt está viudo. Estuve jugando un poco a ser detective, y mire toda la información que he recopilado para usted. Aquí está hasta su dirección de correo. ¡Vamos primero a tomarnos una buena taza de café y luego le enviamos un mensaje!

Edith quedó como clavada en el sofá. Ni se movía. Fue Mirko quien debió ir hasta la cocina a preparar el café. Cantaba una de las óperas más famosas de Verdi. Cuando volvió con el café, Edith estaba sentada delante de su laptop diciendo:

—¿Y ahora qué voy a escribirle yo? A lo mejor él ni quiere encontrarme.

—¡Sería un gran tonto! ¡Claro que quiere encontrarla! ¿Piensa usted que hemos pasado todo este trabajo y hemos vivido toda esta locura para ahora sencillamente cambiar de opinión?

Edith escribió: «Hola Curt. Estoy desde el sábado buscándote por todo el mundo. ¿Cómo estás? ¿Podemos encontrarnos? Espero noticias tuyas… Edith».

Le pidió a Mirko que apretara el botón «Enviar». Ella estaba muy excitada. Mirko agregó con mucha claridad su dirección y su número de teléfono y envió el mensaje. Entonces, los dos suspiraron al unísono delante de la laptop.

—¿La puedo dejar sola ahora? Mary está regresando de una de sus giras y queremos pasar un par de días en las montañas. Estaremos de vuelta el sábado en la noche.

—Claro, claro; si tengo un montón de cosas que hacer ahora. Tengo que limpiar este piso. Tengo que sacudir los muebles y lavar las cortinas. Luego debo ir al peluquero y pasar a comprarme ropa nueva. Y tengo también que verificar mi pasaje para el viaje que he planificado hacer a Merguy. Como ve, tengo más que suficiente para las dos próximas semanas.

Mirko se quedó un rato más de pie, contemplando a aquella señora que lucía ahora veinte años más joven.

—No se olvide de comprar también un nuevo y sexy camisón de dormir —dijo él con picardía y abandonó la casa con una sonrisa en los labios. Su cara enrojeció con su propio comentario.

El sábado, Edith abrió su armario y se puso a registrarlo por todos los rincones. Por fin encontró lo que estaba buscando: las medias negras con el bordado y el cinturón elástico. Suspiró y decidió ver cómo le sentaban. Después de todos estos años, le costó bastante que las cosas quedaran en su lugar. Se plantó delante del espejo y sonrió. Se dio la vuelta y se dijo a sí misma: «Bueno, lo más importante es que logra disimular en algo los estragos de la edad». Se enfundó luego en su nueva blusa de seda negra con cenefas y encontró todo el conjunto bastante elegante. Ya estaba lista y presentable para cualquier cosa que pudiera surgir. Continuó posando y sonriendo. «¿Qué pensaría él si me viera ahora así? ¿Le gustaría?».

Sonó el timbre. Ella no esperaba a nadie. El timbre sonó de nuevo. Se apresuró hacia la puerta y espió hacia afuera a través de la mirilla. Logró ver algo parecido a unas flores. «¡Oh, qué bien, él me ha enviado flores!», susurró, y pudo reconocer que era un pequeño y maravilloso ramo de orquídeas.

Su corazón le dio un vuelco. Una ola de calor le recorrió todo el cuerpo y vino a instalarse en sus mejillas. Se olvidó por completo de cómo estaba vestida y precipitadamente le dio una vuelta a la llave. Abrió la puerta.

—¡Hola, Edith! ¡Pero qué bien, me encanta cómo te ves con esa ropa!

Ella se quedó de una pieza, con los ojos muy abiertos, los espejuelos en una mano y mirando a aquel señor mayor alto, cargando un ramo de orquídeas. Era Curt Bergström.

—¡Oh, estás aquí, no puedo creerlo! —dijo ella tartamudeando, al tiempo que apretaba las rodillas como queriendo ocultar la piel que sobresalía por encima de las medias negras.

—Te avisé en la respuesta que le di a tu correo —dijo él con paciencia.

Ella se dio la vuelta y se dirigió presurosa hacia su cuarto de estar para hundirse en la silla frente a la laptop. Curt Bergström entró, cerró la puerta y acomodó las orquídeas sobre la mesa. Entonces, caminó hacia Edith, extendió la mano por encima de su hombro y apretó una tecla en la máquina. Tardó solo un rato. Abrió la carpeta de correos entrantes y había solo un mensaje que leyó en alta voz: «Hola, Edith. Ya estoy en camino».

Ella se puso en pie y se sumergió en sus brazos.

Se casaron tres meses más tarde y abrieron una sala de navegación por Internet para jubilados en un gran espacio trasero de la galería de arte donde trabajaba Mirko, y donde ahora, de cuando en cuando, el trío al que pertenecía Mary solía amenizar con música alguna velada.

Mirko muchas veces pensaba mientras sonreía: «La vida es mucho más placentera cuando nosotros los jóvenes podemos trabajar unidos a nuestros vecinos más veteranos».

Trepando con rosas

Matteo estaba pletórico de orgullo y felicidad, porque el de hoy era un día muy especial. Llevaba su nuevo traje de lino negro, una ligera camisa azul y sus ultrasuaves mocasines marrones puestos sin calcetines. En su mano derecha sostenía un maravilloso ramillete de rosas de un rojo muy intenso.

Se detuvo delante de una enorme casa de cuatro plantas, construida en el siglo pasado por una familia muy rica. Un aspecto particular de su arquitectura eran las escaleras de incendio que tenía adosadas a la pared del frente, y que al mismo tiempo le servían de decoración. En el siglo anterior fue una propiedad única, pero, ahora, tras algunas renovaciones y transformaciones, los pisos estaban divididos y constituían propiedades individuales. Matteo alzó la vista hacia la parte izquierda del último piso y sonrió, anticipándose mentalmente a lo que iba a hacer. Puso el pie en el primer peldaño de la escalera de incendios, sujetó el ramillete de rosas bajo su barbilla y, muy despacio, comenzó a trepar. Esta idea se le había ocurrido un tiempo atrás y esperaba que una acción así de valiente sirviera no solo para impresionar a su novia, sino también para sorprenderla con su propuesta de matrimonio.

Matteo estudiaba el séptimo semestre de Filosofía y en las noches trabajaba como portero en un pequeño hotel. Vivía con su madre al final del pueblo, en una vieja casa que ella había heredado de sus padres. A menudo, la hermana de su madre venía y pasaba largas temporadas en la casa. Coincidentemente, ambas mujeres habían perdido a sus esposos en un accidente de tráfico. Los planes de Matteo eran llegar un día a convertirse en profesor universitario, pero por ahora esto era tan solo un sueño aún lejano.

Por más de tres años, él y su novia habían mantenido una relación estable y pensaba que ya era tiempo suficiente para dar paso al matrimonio. Podrían vivir entonces en la acogedora buhardilla que una vez se preparara como apartamento para su hermano, agregándole retrete y cuarto de baño. Su hermano era un guía de turismo que se la pasaba viajando y el ochenta por ciento de los días del año estaba fuera, en cualquier parte del mundo. Cuando regresara a hacer sus cortas visitas a la casa, podría quedarse en el cuarto original más pequeño que tenía desde la niñez y que, de seguro, sería lo suficientemente espacioso para él.

La madre de Matteo, que estaba educada a la vieja usanza y era muy estricta en el cumplimiento de los preceptos religiosos, había dejado claro que no aceptaría que él y su novia fueran a vivir a la casa sin estar debidamente casados. Por tanto, se encontraban siempre en el diminuto apartamento ya mencionado que ella tenía en el cuarto piso de esta enorme casona con escalera de incendios en la pared frontal. Vivir allí le resultaba muy costoso y Matteo pensaba que el mudarse a la vieja casa familiar, aparte de ser una agradable opción, la ayudaría también desde el punto de vista económico. Esta idea él aún no la había conversado con su novia, pero estaba convencido de que estaría encantada con su manera de ver y de resolver las cosas.

Entre tanto, ya había alcanzado el nivel del primer piso. Hasta aquí todo parecía fácil, porque desde esta altura aún podía saltar al suelo en caso de problemas. Ascender incluso hasta la segunda planta debía ser algo que manejara sin dificultad, pero de ahí en adelante ya las cosas no serían tan sencillas y la escalada se convertiría en un desafío real. Mirar hacia abajo por encima del hombro desde el tercer nivel requería tener un gran valor y no ser propenso al vértigo. Y, finalmente, llegar hasta el cuarto piso era una verdadera heroicidad y se requería para ello de una absoluta concentración y de habilidades propias de un antiguo mosquetero. Matteo era de carácter amistoso, muy equilibrado y, en general, muy buena persona. Prefería la paz, tenía cierto apego al refinamiento y despreciaba por completo cualquier atisbo de rudeza.

Justo ahora estaba alcanzando la tercera planta e hizo un breve descanso. Respiró profundamente y una enorme sonrisa de felicidad se dibujó en su rostro al pensar en los ojos desorbitados por el asombro que pondría su novia cuando lo viera aparecer así, de una manera tan poco usual y al mismo tiempo tan valerosa. Imaginó también su alegría infinita cuando conociera de su propuesta de matrimonio. Volvió a sonreír de la forma en que solo puede hacer alguien que está a punto de proporcionarle una gran sorpresa a otro, y, despacio, continuó su ascenso. Cuando ya estaba a la mitad del tercer piso y dispuesto a seguir hasta el cuarto, se inclinó para, furtivamente, echar un vistazo a través de la ventana que tenía delante. La habitación estaba en silencio y encima de la cómoda ardían tres velas grandes. Su luz provocaba un aura muy romántica, proyectando largas sombras en las paredes. En ese instante se abrió la puerta y una mujer muy atractiva entró en su campo de visión. Apenas sí estaba vestida. Llevaba un camisón azul de seda, de los usados para dormir en las noches. Solo le cubría media espalda y se veía extremadamente sexy con su cabello oscuro, suelto y llegándole casi a la cintura. Sostenía en su mano una copa de champaña y estaba a punto de tomar un sorbo, cuando un hombre muy bronceado por el sol y también medio desnudo entró a la habitación. Solo vestía un calzón con estampado de piel de leopardo e igualmente sostenía en la mano una copa de champaña. Matteo se sintió avergonzado por haber invadido su privacidad y, en el momento en que quiso moverse, el hombre lo descubrió a través de la ventana. Apuntándolo con el dedo, gritó con enojo:

—¿Qué rayos está usted haciendo ahí?

Sin esperar una respuesta, se volvió hacia la hermosa mujer, que miraba a Matteo con los ojos muy abiertos, asustada por lo que estaba viendo. Matteo continuaba en la escalera de incendios, en una posición muy incómoda, sosteniendo aún bajo la barbilla el ramillete de rosas. El hombre medio desnudo en su calzón con estampado de piel de leopardo dio dos pasos hacia la ventana para ver mejor quién era el que estaba allá afuera. Entonces movió la cabeza incrédulo, los ojos se le inyectaron de sangre y se volvió hacia la atractiva mujer, que había terminado por dejarse caer en la enorme cama llena de cojines de todos los tamaños y colores. En un gesto de sumo enojo, le arrojó a la cara el contenido de la copa y luego la hizo añicos al lanzarla contra el suelo.

—¡Ya ves! ¡Yo lo sabía! ¡Yo siempre lo supe! —le gritó en muy mala forma y la asió por el hombro—. ¡Tú no me respetas! ¡Te acuestas con otros hombres mientras yo estoy en mis viajes de negocios! ¡Siempre supe que esto iba a pasar! ¡No se puede confiar en las mujeres! ¡Esto es el colmo! ¡Ahora tu gigolo trepa por la escalera de incendios para traerte un barato ramillete de rosas!

Estaba totalmente poseído por los celos y hasta alzó la mano para pegarle. Pero la atractiva joven pudo escapar y refugiarse en el otro extremo del cuarto.

Matteo movió con rapidez la cabeza hacia atrás y por un momento no supo qué hacer. Estaba aturdido con todo lo que estaba viendo. Luego reaccionó y pensó: «Bueno, esta relación de ella no puede durar mucho. Al menos, le servirá para que aprenda a medir consecuencias, porque no creo que quiera seguir manteniendo contacto con semejante monstruo». Y entonces, con mucho cuidado, terminó por ascender al cuarto piso.

Cuando alcanzó el nivel de la ventana, se inclinó para mirar al interior de la habitación de su novia. Ella estaba sentada en el sofá, sostenía un teléfono junto al oído y evidentemente hablaba con alguien. Cuando lo vio, dejó caer el teléfono y con una sonrisa en el rostro corrió hasta la ventana para abrirla y dejarlo pasar. Matteo entró a la habitación y se sentó por un momento en el alféizar, sosteniendo ahora las flores con la mano derecha para imprimirle más importancia a la escena que vendría. Se dejó caer entonces, hincó la rodilla en el suelo, la miró con lastimeros ojos de perro —cosa que ya había ensayado en casa delante del espejo— y le hizo la propuesta matrimonial poniendo el ramillete de rosas rojas bajo su rostro.

Estaba contento y se sentía ahora relajado, convencido de poder sorprenderla y de que todo saldría bien. Cerró los ojos por un momento y esperó a que ella tuviese tiempo de armar su discurso. Antes de abrir de nuevo los ojos y escuchar lo que debía ser su tierna respuesta, sintió de pronto un terrible dolor en el rostro, como si mil espinas estuviesen hiriéndolo una y otra vez. Mantuvo los ojos cerrados, pero supo de inmediato que su novia estaba azotándolo con el ramillete de rosas lleno de innumerables espinas puntiagudas. Ella debía haber perdido el juicio. Por un instante, Matteo pensó que esa noche aquella casa estaba habitada por el diablo. Abrió muy despacio los ojos para asegurarse de que el ataque había terminado y descubrió al ramillete de rosas totalmente desguazado junto a sus pies.

—¿Quién piensas que soy? —le gritó ella poniéndose delante de él—. ¿Una muchacha estúpida que no sabe cómo se mueve el mundo? ¿Una propuesta de matrimonio con tan solo un ramillete de rosas rojas por delante? ¡No lo voy a aceptar! ¿Dónde está mi anillo de diamantes, eh? ¿Dónde? ¿Nunca has leído un libro romántico o has visto una moderna película de amor? ¡Una propuesta de matrimonio sin un anillo de diamantes no merece para nada la pena! ¡No quiero para mí un hombre que no conoce ni siquiera lo básico de las reglas que rigen un buen matrimonio! Y, para ser franca, ¡no estoy dispuesta a irme a vivir con tu madre a un piso de esa casa vieja! ¡No es lo mío! ¡Aquí terminamos! ¡Se acabó todo entre nosotros!

Puso una cara tan horrible mientras hablaba que Matteo pensó «¿Qué rayos vi yo en esta mujer?» mientras permanecía allí de pie organizando sus ideas. Sintió que la sangre goteaba y que las heridas le ardían en el rostro.

—¡Tú ni siquiera sabes defenderte! —volvió ella a sus gritos—. ¡Eres un cobarde! ¡Quiero que salgas de aquí ahora mismo!

Se apresuró por el corredor y le abrió la puerta de entrada. Se puso ambas manos en la cintura y, mirándolo con cara compungida, esperó a que se fuera.

Matteo la dejó de pie allí. Se dio la vuelta y salió por la ventana aún abierta. Tenía que tener mucho cuidado al bajar, porque ahora que estaba roto por el dolor no solo físico, sino también emocional, aquel descenso se convertía en una acción muy riesgosa. No sabía qué le dolía ni qué le preocupaba más, si aquellas heridas en el rostro o la otra que llevaba en el corazón. Era como si un cuchillo estuviese horadándolo. Intentó ser valiente, se guardó las lágrimas para después y se concentró en llegar seguro a tierra.

Cuando iba por el tercer piso, se ladeó y echó una ojeada a través de la ventana. Vio a la joven desconocida sentada en el suelo, delante de la cama. Tenía el rostro hundido entre sus rodillas. Su largo cabello le caía sobre las piernas y casi tocaba el piso. Parecía llorar. Matteo golpeó en la ventana para llamar su atención. Nada pasó. Golpeó de nuevo, esta vez con más fuerza. Lentamente, ella levantó el rostro y miró hacia la ventana. Se veía muy triste. El maquillaje se le había corrido por toda la cara y sangraba por la nariz. Cuando lo vio, se asustó y abrió desmesuradamente los ojos. Se puso en pie y corrió hasta la ventana para abrirle y ayudarlo a entrar.

—¿Qué le pasó en el rostro? —le preguntó ella con una voz que expresaba dolor y real compasión—. ¡Lo tiene todo cubierto de sangre! ¿Quién le ha hecho eso?

Lo empujó ligeramente hacia donde estaba situado el espejo en la pared. Cuando él se vio a sí mismo, no podía creerlo. ¡Su rostro parecía el de un muñeco de una película de horror! Estaba lleno de heridas y de rastros de sangre por todas partes. Ahora podía explicarse por qué sentía tanto dolor.

—Ella estuvo azotándome con un ramillete de rosas rojas que le entregué mientras le hacía una propuesta de matrimonio. Al parecer, los tallos tenían unas espinas muy afiladas —explicó Matteo con voz tranquila, mientras la hermosa joven le palpaba y le curaba con sumo cuidado cada una de las heridas producidas por las espinas de las rosas.

Entonces él quiso saber lo que había sucedido un momento antes entre ella y su pareja, allí en aquella habitación.

—Bueno, él se puso fuera de sí —dijo ella al cabo de algunos segundos sin dejar de inspeccionarle las heridas—. Supuso que usted había subido las escaleras por mí. Insinuó que estaba teniendo una relación con usted y que siempre supo que no era yo la mujer adecuada para él. Golpeó y tiró algunas cosas al piso y también me golpeó a mí varias veces. Lo hizo en la cara, por eso me sangra la nariz. Luego me gritó que él ya tenía a alguien más y que seguramente nunca le haría lo que yo le había hecho. Me dijo que era una mujer que lo obedecía en todo y que, además, era muy bella. Después de desearme lo peor, tiró la llave en el corredor y se marchó. Ahora entiendo que en realidad esto era algo que quería hacer desde hace tiempo. Era él quien me engañaba a mí y con este malentendido encontró el pretexto perfecto para terminar y encima echarme la culpa.

Ella calló por un momento, lo miró y continuó con voz firme:

—Al final me alegro de que todo esto haya pasado y por fin se haya ido. ¡No quiero para mí a un bruto mujeriego!

Entonces extendió hacia él su mano derecha y, mientras sonreía ligeramente, dijo:

—¡Hola! ¡Me llamo Lara! ¡Es lo primero que debía haber hecho, presentarme!

Matteo también se presentó y le agradeció por haber atendido sus heridas. Luego, Lara le brindó una taza de té y le propuso conversar un rato sobre sus respectivas vidas.

Matteo se sentó a la mesa ovalada situada en el salón que llevaba directamente a la cocina. Desde allí podía observar sus movimientos diligentes preparando el té y algún bocadillo para acompañarlo. Era de una belleza extrema y él pensó que un hombre que se comportara de una forma tan poco elegante como lo había hecho aquel salvaje debía ser un total idiota. No pudo aguantar ni controlar su asombro y se escuchó pronunciar en alta voz lo que estaba pensando.

—Bueno, ¡él llegó a decir que soy una bruja sanguinaria! ¡A lo mejor es verdad! ¡Así que tiene que cuidarse! —dijo Lara mirándolo sonriente.

Matteo se envalentonó y la contradijo:

—¡Pues puede ser que el idiota sea yo, pero no creo en absoluto que seas una bruja sanguinaria! Creo que ambos manteníamos relaciones equivocadas y esta noche los dioses han conspirado para que pudiésemos encontrarnos. Quizás de una forma algo cruel, pero tal vez fue la única que hallaron.

Lara y Matteo disfrutaron tomando varias tazas de té y conversando por un largo tiempo. Luego, para animar la noche cambiaron para vino rojo e hicieron planes para estar juntos al día siguiente. A las tres de la madrugada, Matteo bajó las escaleras, no sin antes despedirse de ella varias veces. Todo el camino de vuelta a casa lo hizo silbando lleno de alegría.

Al otro día, dieron un extenso paseo a lo largo del río.

No había aún concluido sus estudios de Filosofía, cuando un sábado de verano él trepó por las escaleras de incendio hasta el tercer piso. Llevaba entre sus dientes una diminuta bolsa de papel glaseado que había comprado en una exquisita joyería. Cuando ella vio el anillo que él le estaba ofreciendo, no lo dejó ni terminar su ensayada frase para proponerle matrimonio. Se abrazó a su cuello al tiempo que repetía:

—¡Sí, sí, claro que quiero!

Violeta

La hora del desayuno ya había llegado a su fin en el Palazzo Dalla Rosa Prati. Sin embargo, una mujer con el cabello completamente desordenado y el rostro cubierto de lágrimas se mantenía aún allí, sentada a la mesa y comiendo. Traía puesto un mono deportivo para hacer jogging de color rosado. Se notaba por sus gestos que disponía de todo el tiempo del mundo. Su mirada era como perdida, sin fijarla en ningún sitio en especial. Parecía aburrirse, llevándose lentamente a la boca un pedazo de pan o tomándose un sorbo de capuchino que, de seguro, ya debía estar frío. Un artista muy guapo, que rondaría los cuarenta años, se movía con agilidad a su alrededor, cargando grandes pinturas ya enmarcadas. Trataba de colgarlas aquí o allá de los finos alambres que pendían del cielo raso del techo y que habían sido dispuestos allí para eso. Las obras de arte mostraban composiciones modernas, a base de trazos ondulados en diferentes colores —tal vez simulando cascadas o ríos— que parecían generar olas al mezclarse entre ellos a través de toda la pintura y volver luego a separarse unos de otros. Todas ellas estaban muy bien concebidas, dando testimonio de la buena mano del artista, quien, con su trabajo, hacía que el espectador se quedase un buen tiempo contemplándolas y se sumergiese en la singularidad de su arte. Aunque algo sí parecía faltar, tal vez un clímax cautivador. Y precisamente ese clímax era el que estaba preparando el artista a través de seis obras que debían estar listas para la venidera inauguración de la exposición, que tendría lugar en horas de la noche.

—¿Qué demonios está haciendo? ¿Se ha vuelto loca? —sonaron sus gritos de enfado a través de todo el salón de desayuno—. ¡Acaba de destruirlos! ¡No estaban secos aún!

El artista estaba a punto de sufrir un soponcio, corriendo de una esquina a la otra y echando a volar a su paso un montón de maldiciones en tonos dramáticos. La mujer de rosado había estado intentando abrir un paquete de celofán que contenía muesli y, como le resultaba muy difícil la operación, puso en ello todas sus fuerzas. Hasta tuvo incluso que auxiliarse de los dientes. El paquete de cereales se abrió entonces de repente y su contenido se dispersó frenéticamente sobre la mesa. Como un acto de reflejo, ella intentó impedir que los copos de cereales se le escaparan, gesticulando y moviendo ambas manos. Su esfuerzo fue en vano y, lejos de resolver el problema, lo empeoró, pues la taza con el capuchino, el vaso con el jugo de frutas recién hecho, el yogurt y el tarro de mermelada de cerezas oscuras volaron también por encima de la mesa para esparcir su contenido sobre dos de los grandes cuadros hechos con pintura de aceite que el artista había apoyado momentáneamente de forma vertical sobre la mesa más próxima. La confusión fue total. El jugo de frutas y el café corrían con rapidez a través de aquellas delicadas piezas de arte, y el yogurt y la pegajosa mermelada de cerezas demoraban un poco más en deslizarse sobre los lienzos. Uno de ellos estaba totalmente empapado en la leche que tan solo unos minutos antes la mujer de rosa había pedido en el buffet para echarle por encima y mezclarla con su muesli.

El artista parecía haber perdido el control de sí y con ambas manos se sujetaba la cabeza. El hombre de la recepción llegó corriendo para ver qué estaba sucediendo y dos invitados que en aquel justo momento solicitaban una reservación estaban también pendientes de la escena. Igualmente lo hacían algunos transeúntes, que, ante el barullo, se detuvieron para curiosear a través de un gran ventanal. Y llegó también el dueño del hotel, descendiente de una de las familias más conocidas del pueblo. Miró en una actitud de súplica hacia las dos obras desfiguradas y trató de buscar las palabras correctas para expresar su pesar. La mujer de rosa se mantenía allí, muy calmada, reclinada hacia atrás y con los brazos colgando, mirando fijamente las dos obras de arte destruidas con rostro inexpresivo, tal vez hasta indiferente, a pesar de haber sido ella la causante de todo aquel alboroto.

El artista estaba desesperado, presintiendo que su reputación corría el riesgo de verse seriamente dañada. Las dos obras que ahora estaban arruinadas eran el trabajo principal de su exhibición; por ende, las más valiosas y las que debían ser expuestas en la gran pared de este vestíbulo, donde serían pronunciados, además, los discursos de apertura del evento. Comenzó una discusión acerca de la posible cancelación de la muestra. Pero aun con las posibilidades de mensajería instantánea que ofrece esta era digital, donde la información acerca de la suspensión del evento podría ser transmitida en cuestión de segundos, los problemas que algo así generaría serían considerables. A un buen número de importantes personalidades de la sociedad local se le había cursado invitación, así como a la prensa. Al final todo resultaría en pérdidas tanto para el Palazzo Dalla Rosa Prati como para el artista, que estaba a punto de estallar en lágrimas. ¡Reinaba la impotencia! De hecho, el artista sacó un pañuelo de su bolsillo y se limpió los ojos, uno después del otro, con una expresión de desespero en el rostro. Para él, esto era el fin del mundo.

—¡Queréis parar ya con esta tontería! ¡Lo que pasó, pasó! ¡No eché a perder a propósito vuestros cuadros sagrados! ¡Y no va a ayudar si estáis aquí ahora con esas caras tristes y desvalidas sin ánimo para hacer nada! ¡Lo que necesitamos es hallar una solución! —sonó la voz seca de la mujer de rosa.

El artista emitió un fuerte sollozo y le lanzó una hiriente mirada, como de odio.

—¡Ninguna pieza que tenga la calidad de estas obras puede ser reemplazada en unas horas! —dijo, subrayando su manera de pensar con ademanes de desdén hacia ella y como menospreciándola; volvió su rostro hacia el otro lado mientras recalcaba en un tono de enojo:

—¡Usted no tiene ni idea!

La mujer de rosa se incorporó y con una mirada que parecía haberse incendiado de repente, le gritó:

—¡Deje ya de comportarse como un demente! ¡Tranquilícese! ¡Esto no es el fin de nada!

Se plantó luego delante del artista y, como si fuera la cosa más natural del mundo, le pidió con una voz muy segura:

—¡Por favor, consiga una variedad de colores de pintura acrílica que puedan secarse rápidamente!

Se volvió entonces hacia el dueño del Palazzo y le dijo:

—¡Me encantaría si usted me mostrara ahora, por favor, la colección de muebles viejos que guarda en el sótano del hotel!

Y antes de seguir al dueño, quien, frunciendo el entrecejo se puso en marcha de inmediato a través del vestíbulo, se volvió hacia el artista —que continuaba allí con la incredulidad prendida a su mirada— y con una sonrisa en los labios le dijo:

—¡Dese prisa! ¡Nos encontraremos en media hora en el último piso, en la Violeta!

Desapareció luego a través de la puerta.

Ella no se equivocó. El enorme sótano de aquella edificación con una historia muy antigua era el sitio perfecto para, en cuestión de minutos, poder encontrar lo que estaba buscando. El elegante dueño se había quedado apostado junto a la entrada y la vio aparecer de vuelta, trayendo dos puertas de madera que en el pasado debieron de pertenecer a alguna especie de armario, pero ahora estaban tiradas y aparentemente olvidadas bien al fondo, en la oscuridad de aquel recinto.

—¿Qué hay de estas? ¿Podría quedármelas? ¡Encajarían perfectamente en el propósito que tengo y estoy segura de que se convertirán en un éxito total! —preguntó la mujer de rosa, casi convencida de que la respuesta sería de su agrado. Sin detener el paso, abandonó el local cargando con las dos puertas a su costado.

—Bueno, son parte de algunos armarios que solemos colocar ahora sin puertas en los corredores para exhibir en ellos objetos decorativos. ¡Jamás hemos usado esas puertas! ¡Así que sí, puede quedarse con ellas! —le respondió el hombre elegante, siguiéndola por el corredor tras haber cerrado con llave la puerta del sótano. Se quedó algo intrigado pensando qué podría hacer ella con aquellos dos pedazos de madera.

Al llegar a la recepción, la mujer de rosa se detuvo por un momento, soltó las puertas y explicó:

—¡La vernissage se va a llevar a cabo tal y como estaba planeada! ¡Eso os lo aseguro! ¡No tenéis motivo alguno para el pánico! ¡Por favor, es necesario que consigáis dos sábanas viejas y una gran lámina de plástico! ¡Llevádmelo todo ahora mismo a la Violeta!

Dicho esto, asió de vuelta las dos puertas de madera y desapareció.

Media hora después, el artista apareció en la recepción cargando algunas bolsas de plástico. Le echó una mirada llena de dudas al recepcionista y, mientras agitaba varias veces la cabeza a un lado y otro, preguntó cuál era el camino para llegar a la Violeta —nombre que obviamente él sabía bien que debía corresponder a una habitación del hotel—. Luego de obtener respuesta, desapareció también en dirección al ascensor.

Mientras tanto, la mujer de rosa había transformado una esquina de la habitación, convirtiéndola en una especie de taller con la ayuda de dos sillas de baño sobre las cuales había apoyado las dos puertas de madera, no sin antes desempolvarlas. Abajo, el suelo estaba cubierto casi en su totalidad con sábanas de cama, así como con una gruesa lámina de plástico. Cuando escuchó que tocaban a la puerta, se incorporó con rapidez y avanzó presurosa para abrir. Era el artista quien estaba allí, cargando bolsas de plástico y mirándola con una expresión llena de dudas, de descontento y de profunda repulsión. Entró molesto, pasó con rapidez por su lado y colocó abruptamente las bolsas de plástico casi en el medio de la habitación. En tono enojado, le espetó:

—A fin de cuentas, ¿qué demonios pretende hacer usted con toda esta payasada? ¡Usted destruyó mis obras con su comportamiento tan idiota en la mesa! ¡Obras que son irremplazables! Y esa perspectiva de que salga algo más o menos decente, o al menos medianamente exitoso para el evento de esta noche, es absolutamente nula. ¡Es usted una vaca tonta!

—¡Eh! ¡Eh! ¡Mi nombre es Luna, no Vaca! —le dio ella un ligero golpe en el hombro—. Y el suyo es Sandro, de acuerdo a lo que pude leer en sus pinturas. ¡Siéntese ahí y pare ya con su furor!

Ella le señaló una silla situada frente a donde estaban apoyadas las dos puertas de madera y él se sentó gruñendo y con cierta vacilación.

Luna desempacó los tubos de pintura y los colocó con mucha gracia cerca de sus piernas, junto a algunos pinceles y una toalla.

—¡Ahora va a demostrarme que es realmente un artista! ¡Va a pintar sobre esas puertas, y en diferentes colores, sus típicas figuras onduladas! Eso sí, como tenemos tanta presión con el tiempo, usted lo ejecutará de prisa, ¡pero sin perder ni el placer de hacerlo ni su poderosa energía de siempre! Después yo haré mi parte. ¡Le daré el acabado final a ambos trabajos, pero solo cuando usted haya concluido!

Lo primero que Sandro pensó fue que aquella mujer estaba completamente loca, pero, en la misma medida en que fue asimilando el modo en que ella había preparado las cosas, comenzó a tener dudas acerca de su primera impresión. En realidad, comenzó a creer que ella podría tener algo bajo la manga y él no tenía pista alguna de qué podía ser. La manera tan decidida en que explicó su plan era sumamente rara y hasta parecía interesante. Como un autómata, empezó a abrir los tubos de pintura acrílica y, mientras se inclinaba sobre ellos, no dejó de observarla de reojo. Llevaba ahora el pelo recogido atrás en una cola de caballo. La luz de la habitación, al caer sobre su rostro, la favorecía notablemente, dándole una expresión dramática. Mirándola bien, se podría decir que era una mujer muy atractiva y que tenía un cuerpo muy bien tonificado. Sonriendo, ella le echó un vistazo y él fingió dedicarse —aún irritado— a colocar los diferentes tubos de pintura en cierto orden, pero en realidad hacía esto para ganar tiempo. Luna tomó entonces una revista y se tendió a leer en el sofá de estilo antiguo.

Después de pasar algunos minutos contemplando las puertas de madera, Sandro agitó por fin la cabeza, dejó escapar un par de comentarios inciertos y comenzó a pintar. Decidió darle a este misterioso proyecto de arte —propuesto por aquella mujer llegada de cualquier parte— una oportunidad, y con movimientos muy seguros les dio vida a grandes manchas onduladas de pintura acrílica sobre toda el área de la madera, no dejando libres ni siquiera los bordes.

«¿Por qué no haces algo loco alguna vez?», llegó hasta él su voz interna, mientras se llenaba de orgullo artístico y se disparaba su creatividad. Hasta ahora nunca imaginó poder pintar sobre puertas de madera. Pero, haciéndolo, se sintió incluso liberado, inspirado y hasta satisfecho de cierta manera. Al concluir, después de aproximadamente cuarenta y cinco minutos, se sintió relajado y en tono medio alegre declaró:

—¡Arriba, que aquí vamos! ¡Ahora le toca a usted hacer su parte!

Luna se levantó de su asiento, soltó la revista y vino a ver la labor que había hecho.

—¡Sí, perfecto! ¡Eso es exactamente lo que quería! ¡Ahora ya puede usted continuar con el segundo trabajo! —comentó ella moviendo la cabeza en señal de aprobación y como si su orden fuera lo más natural del mundo.

Se sentó entonces en el piso, justo frente a la obra a medio hacer, extendió la mano hasta los tubos de pintura y acercó hacia ella tres colores diferentes. Con un pincel en la mano estuvo un momento sin apenas moverse, como concentrándose con intensidad en las manchas coloreadas de la madera. Sandro comenzó a trabajar en la segunda puerta, pero sin dejar de observarla meticulosamente con el rabillo del ojo, muy pendiente de lo que hacía. Ella lo sabía muy bien. De repente empezó a trabajar y en un santiamén tuvo listo una especie de árbol ambulante, muy erguido y a todo lo largo y ancho de la puerta. Parecía moverse a grandes pasos a través de las ondas multicolores. Se veía enorme y le daba, sin dudas, un gran aporte a todo el trabajo. Sandro quedó tan sorprendido ante esta acción creativa que, por un momento, solo pudo quedarse sentado allí con la boca abierta, sosteniendo el pincel hacia abajo, sin darse cuenta de que la pintura acrílica comenzaba a chorrearse y a manchar sus pantalones. Estaba aturdido, absolutamente aturdido, y no era consciente de que le estaba sonriendo con felicidad a ella y que sus ojos habían adquirido un extraño brillo.

«Esto es increíble», pensó.

—¡Vamos, siga con su trabajo! ¡Yo estoy esperando! —exigió Luna, mostrando una expresión de alegría y esgrimiendo una sonrisa muy particular. Se sentó entonces al lado de Sandro y se puso a observar cómo pintaba aquellas poderosas ondas con una absoluta maestría en sus pinceladas. Pensó para sí misma que lo estaba haciendo muy, pero muy bien y que, además, era un hombre extremadamente guapo. Pero, sin dudas, estaba necesitando de un buen y nuevo incentivo para sacar afuera toda su creatividad.

Sandro sintió que los ojos de ella lo escrutaban. Hizo una pausa, mirándola con el rostro radiante e ilusionado, algo que no era habitual en él desde hacía mucho tiempo. Luego, continuó con su trabajo.

Después de terminar su parte, él volvió a comentarle:

—¡Venga! ¡Ya puede usted asumir el control!

Se puso en pie, dejando su sitio libre para ella. Se fue hasta el sofá y se puso a observar con minuciosidad cómo ella realizaba su parte. ¡Era el turno de su árbol andante!

Ella sabía con exactitud lo que hacía y a él le quedó claro que ni remotamente era una mujer inexperta en cuestiones de arte. Disfrutaba mirándola. Sentía como que un torrente de fuego comenzaba a subir por todo su cuerpo. Estar con ella en este improvisado atelier había puesto su mundo de revés. Estaba emocionado, pero también relajado, porque de alguna manera se sentía como en casa. Se deshizo de los zapatos y subió las piernas al sofá. Cruzó las manos tras la cabeza, se apoyó atrás y le dijo en un tono de voz casi confidencial:

—¡Esta no es la primera vez que usted pinta! ¡Eso está claro para mí! ¡Usted tiene que ser una artista!

—¡Yo finalicé estudios en la Academia de las Artes! Participé luego en un par de exposiciones donde pude vender algún que otro de mis trabajos. En los tres años siguientes me dediqué a viajar por el mundo, haciendo un poco de arte por aquí o por allá, pero, a la vez, disfrutando de la vida. Después de esto, regresé —me había quedado sin dinero— y me hice de un empleo en una empresa de diseños, donde ciertamente pude hacer algunas buenas obras, aunque, por supuesto, tuve que respetar ciertas reglas a la hora de entregar los proyectos que me solicitaban. En mi tiempo libre, pude seguir creando mis propias obras y participar otra vez con éxito en algunas exposiciones colectivas. Justo en mi primera exposición personal fue que conocí al irresistible hombre con quien mantuve casi seis años de relación. No vivíamos juntos, pues siempre me dijo que tenía ciertos problemas en la familia que le impedían seguir adelante con su divorcio. Llegó a mi exposición junto a un grupo de amigos. Se puso a adularme y yo quedé hechizada. Me conquistó de inmediato. Era, desde todo punto de vista, lo que yo había pensado siempre que debía ser la pareja ideal para mí. Guapo, muy educado, deportivo y muy interesado en el arte y la cultura. Trabajaba como gerente principal en una firma de importación y exportación que lo obligaba a estar viajando constantemente. Así que a partir de ese momento comenzamos a encontrarnos en toda suerte de lugares románticos, incluso fuera del país. Y también pasábamos juntos bastante tiempo en mi pequeño piso. Él pensaba que lo mejor para mí sería regresar a trabajar a la empresa de diseños y yo fui tan tonta que seguí su idea solo para agradarle. En fin, que nunca más volví a tener suficiente tiempo para dedicarme a mis propias creaciones como pintora. Nos llevábamos bien y para mí era más que seguro que un día nos casaríamos y nos instalaríamos juntos. Justo ayer debíamos habernos encontrado en este hotel para celebrar nuestro sexto aniversario. Ya habíamos estado aquí antes; es un sitio que nos agrada y pensamos que sería el lugar perfecto para nuestra celebración privada. Él no apareció. Y luego, ya tarde en la noche, me envió un mensaje electrónico informándome que todo había acabado entre nosotros, que no podía seguir adelante con su divorcio porque esto significaría perder su bien pagada e influyente posición laboral, así como otras comodidades, pues la compañía para la que trabaja es propiedad de su suegro. Me deseó buena suerte. Así fue su despedida. Por largo tiempo me quedé sentada en ese mismo sofá en que está usted ahora, tratando de entender lo que había pasado. Me preguntaba una y otra vez por qué tuve que caer en brazos de semejante bastardo, confiando ciegamente en él, entregándole todos mis sentimientos y todo mi amor, para solo obtener, al cabo de seis largos años, una terrible carga de crueldad y decepción. Fue una mala noche para mí la de anoche, sin poder conciliar el sueño, luchando para que no se dañara mi autoestima y, por supuesto, llorando como una endemoniada. ¡Y todo esto a sabiendas de que no merece en absoluto que llore por él!

Sandro la había estado escuchando atentamente y la miraba ahora con rostro compasivo. Estaba a punto de dedicarle algunas palabras dulces para consolarla, cuando ella dijo con autoridad:

—¡Debemos colocar algunos ganchos en la parte trasera de las maderas pintadas para poder atar el alambre con que luego serán colgadas! ¡Estoy segura de que ellos tendrán lo necesario abajo, en el sótano del hotel! De no ser así, ¡habrá que colocarlas encima de un par de sillas!

—Bien, ¡conseguiré todo lo que haga falta! —dijo Sandro incorporándose, y abandonó la habitación.

Cuando regresó, ella estaba en la cama, durmiendo. Decidió no hacer ruido y presentar entonces las dos nuevas obras de arte —siguiendo su idea— montadas en un par de sillas. Había preparado una etiqueta para cada una. En la primera línea aparecía el título y en la siguiente, luego de la palabra «precio», escribió: «Será vendido al mejor postor de la noche». Sonrió y le lanzó una mirada llena de amor a la mujer yacente en el lecho. Luego se sintió un poco perdido, pues no sabía exactamente lo que debía hacer y se sentó en el sofá, dejando que las ideas fluyeran dentro de él. Se recostó hacia atrás y al final también él se quedó dormido.

Lo despertó el sonido de vidrios tintineando. Se incorporó, todavía medio aturdido. Ella estaba de pie frente a él con dos copas de vino en las manos. Llevaba pantalones de cuero negro y una camiseta de un violeta intenso con pequeños adornos brillantes que formaban palabras. El pelo lo llevaba recogido atrás en una coleta y usaba unos pendientes con pedrerías, seguramente muy costosos, que realzaban aún más su elegancia. El maquillaje que se había puesto en el rostro les daba más vida a sus maravillosos ojos. Sandro se quedó mudo, no supo qué decir. Estaba desconcertado ante tanta belleza.

—¿Es que pensaba dormir toda la noche y perderse nuestra propia vernissage? —bromeó ella sonriéndole, mientras sostenía bajo sus narices la copa de vino.

Él se recompuso y lentamente se incorporó.

—¡Venga, venga conmigo! ¡Usted debe comer algo antes de su aparición triunfal como artista anfitrión! ¡Tiene que verse reluciente y espléndido! —dijo ella.

Previamente le había preparado un gran plato con jamón de Parma y un plato más chico con queso parmesano. Le ofreció, además, frescas rebanadas de pan recién cortadas. Mientras comían, comenzaron a charlar sobre diferentes cosas. Entretanto, llegó la hora en que deberían bajar y prepararse para recibir a los invitados que fueran arribando.

—¡Espero que no se moleste si bajo yo también para estar a su lado! —dijo Luna volviéndose hacia él justo antes de abrir la puerta.

Sandro asintió con la cabeza antes de responder:

—¡Pero claro que no voy a molestarme! ¡Usted es tan responsable como yo del resultado final!

—Yo tengo que ser muy franca con usted —dijo ella dudando un poco antes de hablar—, pero esos otros dos trabajos, los que yo eché a perder embadurnándolos con mermelada, hojuelas de maíz, yogurt, jugo y capuchino, no eran sus mejores obras. ¡Resultaban aburridos! Por eso no podía entender el porqué de ese gran escándalo que armó en la sala del desayuno.

Él tragó en seco y pensó que, de algún modo, ella tenía razón.

—¡Y yo considero que esto animaría un poco su atuendo! —dijo ella mientras le enroscaba un largo pañuelo azul en el cuello—. ¡Venga, vámonos ya!

Cada uno tomó una de las puertas sobre las que habían trabajado y felizmente pasaron con ellas por delante de la recepción, sonriéndole al hombre joven que la atendía, quien, con ojos sorprendidos, miró las dos obras de arte. También apareció el dueño del Palazzo e igualmente los miró asombrado.

Ya algunos invitados habían llegado y en un tiempo muy corto la vernissage estaba en pleno apogeo. Todas las obras de arte dispuestas a lo largo del corredor fueron admiradas. Sin embargo, no había dudas de que la principal atención recaía en las dos grandes obras expuestas en el vestíbulo principal, las pinturas hechas sobre las dos puertas de armario. Despertaban una gran curiosidad y el fotógrafo de la prensa no paraba de hacerle instantáneas. Grupos de expertos en la materia se detenían frente a cada obra, discutiendo acerca de lo interesante de las ideas, de la energía que transmitían los cuadros y, por supuesto, acerca de los posibles precios y hasta dónde podrían llegar las apuestas. En las etiquetas adjuntas a cada silla, había ya, registradas, varias ofertas. De hecho, parecía ser como una subasta capaz de organizarse por sí sola. La atmósfera era excelente. Fluían las conversaciones interesantes, interrumpidas a menudo por alegres risas.

Pocos minutos antes de que el reloj marcara las nueve, un hombre elegantemente vestido de unos treinta y tantos años se acercó a Sandro, le presentó su tarjeta comercial y le anunció que pretendía comprar las dos obras pintadas en las puertas que se exhibían en el vestíbulo. Su oferta era la más alta de todas. Explicó, además, que él era el gerente general recién designado de la nueva sucursal de un banco muy conocido que abriría sus puertas el mes próximo en esa ciudad, y que le encantaría comprar seis trabajos más de este tipo para colgar en la sala de reuniones y en la sala de entrenamiento de su personal. Subrayó que era un gran amante de los árboles y sentía que aquellas obras despedían una energía tremenda, pero al mismo tiempo daban calma y confianza, aportándole inspiración y positivismo a quien las observara.

—¡Era esto exactamente lo que queríamos lograr con estos trabajos! ¡Tiene usted toda la razón! ¡Será un gran placer crear para usted otras seis obras! —escuchó Sandro la voz de Luna, quien se había plantado delante del banquero con actitud de experta y ademanes de gran artista.

—¡Vosotros formáis una maravillosa pareja de artistas! ¡Estoy hasta un poco celoso! —añadió el banquero en un tono afable y se despidió de ellos con un gesto elegante.

Luna y Sandro quedaron de pie frente a sus trabajos, encantados, pero también algo avergonzados por los elogios. Se miraron el uno al otro con cierta timidez. Sandro fue el primero en recuperar nuevamente la calma. Pasó el brazo alrededor de la cintura de ella al tiempo que le decía en un tono de felicidad:

—¡Ya usted escuchó lo que dijo el banquero! ¡Formamos una maravillosa pareja! ¡Debe tener razón! Es un gran hombre de negocios, muy adinerado. ¡Qué maravilla! ¡Vayamos a celebrar con una pasta deliciosa! Yo sé de un lugar, pasando la esquina, donde sirven unos divinos platos de pasta. Allí podremos conversar acerca de nuestra próxima colaboración en las seis obras que debemos entregarle a ese banquero.

El restaurante servía realmente una pasta deliciosa y los dos la pasaron muy bien después del espectacular éxito en la vernissage.

Sandro se había divorciado hacía ya muchos años, convirtiéndose desde entonces en un soltero empedernido que disfrutaba de eventuales aventuras románticas, pero que no quería verse nunca más por el resto de sus días envuelto en compromisos u obligaciones de pareja. Fue esa su firme actitud hasta la media tarde de este día, cuando algo muy fuerte comenzó de repente a estallar dentro de él. Concretamente, fue en el momento justo en que estaba sentado en aquella habitación de hotel llamada Violeta, escuchando las explicaciones de Luna acerca de lo que debía hacer con las dos puertas de madera. De un minuto a otro comenzó a sentirse cada vez mejor y su bienestar llegó a tal punto que quedó convencido de que toda su energía interna se había transformado. Luego, cuando regresó a la habitación del hotel y la encontró dormida, se sintió en las nubes. Fue como volver a casa. Después, al disfrutar juntos del vino que ella había servido mientras él tomaba una siesta, comenzó a percatarse de cuán hermosa era, y, como una indetenible cascada, torrentes de deseos comenzaron a fluir de sus pupilas. Por supuesto, él intentó no mostrarlo. Estaba asustado por este repentino sentimiento tan embriagador. En la vernissage, apenas sí podía atender a los comentarios que hacían los visitantes. Actuaba como un autómata, con una encantadora sonrisa prendida a sus labios, pero en realidad solo tenía ojos para ella. Todo su ser estaba confundido. Sin embargo, la sensación era maravillosa.

—¿Dónde vamos a elaborar las seis obras que ordenó el banquero, en la habitación Violeta o en mi atelier? —en un tono alegre le lanzó él la pregunta a Luna, sentada del otro lado de la mesa.

—¡En su atelier, claro! —respondió ella de inmediato y, dirigiéndole una radiante sonrisa, agregó—: ¡Espero que usted disponga en su atelier de un segundo sitio de trabajo donde yo pueda establecerme!

Sandro buscó su mirada. Hasta los dedos de sus pies parecían bailar de felicidad bajo la mesa.

—¡Así es exactamente como lo haremos! —dijo—. Pero ahora, ¿por qué no nos vamos hasta la Violeta para una buena noche de tragos? ¡Esa habitación nos trajo tan buena suerte!

Caminaron a lo largo de las estrechas callejuelas, sin hablar nada en concreto, tomados de la mano y mirando lo expuesto en las vidrieras de las muchas pequeñas tiendas de ropa de moda y de artículos varios que existían por doquier. Hacían comentarios de todo, de las últimas tendencias de moda, y se reían tontamente como si fuesen un par de adolescentes.

Y entonces, de repente, se detuvieron delante de la vidriera de una tienda que tenía un enorme espejo en su interior. Permanecieron un buen tiempo mirando a aquella pareja que los enfrentaba desde el cristal, con ojos radiantes y con una sonrisa que les nacía desde lo más profundo. Sandro, sosteniendo con más firmeza aun su mano y casi que en un tono solemne, declaró:

—¡Ahora mismo soy yo el hombre más feliz de este mundo y estoy dispuesto a romper con mis rígidos principios! ¡Al diablo con ellos! Y le pregunto, ¿me aceptaría a mí como reemplazo de ese hombre que no vino a su encuentro?

A su lado, con las manos entre las suyas y mirando el reflejo de ambos en el espejo, Luna solo atinó a asentir varias veces con la cabeza mientras sonreía alegremente.

Se abrazaron y, a toda prisa, a veces caminando, a veces corriendo y a veces saltando, regresaron a la Violeta. Por el camino pasaron por delante de donde estaban las pinturas de la serie original, las embarradas de hojuelas de muesli y de los otros productos del desayuno. Advirtieron sorprendidos que incluso estas ya estaban vendidas.

Walter solitario

Walter abrió la puerta de acceso a la cabina de su ducha. Clavó la mirada en la toalla de ella, doblada pulcramente, sin usar y colgando en la barra de la pared opuesta. Sintió un fuerte dolor en el área del estómago, tomó su propia toalla y se volvió de espaldas a la de ella. Comenzó lenta y cuidadosamente a secarse el cuerpo.

Era lógico que su toalla siguiera intacta. Hacía ya algún tiempo que no estaba allí. Se secó dedo por dedo su pie izquierdo, descansando toda la pierna en el banquillo de la bañera. Luego cambió de pie y repitió el mismo procedimiento. Ella no se cansaba de repetirle lo importante que era secarse bien a fondo los dedos de los pies y secarse también la piel entre ellos.

Su mano, automáticamente, trató de alcanzar el pote de aceite especial de limón, que era de uso exclusivo de ella. Se embadurnó con él todo el cuerpo desde los hombros hasta la punta de los pies y luego se paró delante del espejo.

Era sábado. Uno de esos típicos días húmedos de otoño, lluvioso y gris. Otro fin de semana que tan terribles se habían vuelto para él. Desde que ella lo había dejado, uno tras otro, los fines de semana pasaban desoladoramente por su vida. Fines de semana durante los cuales él estaba derrumbado por completo, con infinita ignominia y penando por ella. Era incapaz de alejarla. Estaba atrapado en una especie de jaula de deseo por ella.

En el lujoso departamento del ático, con su vista hacia el lago y sobre los tejados de la ciudad, todo había quedado como si ella todavía continuara allí. Cada semana él colocaba una toalla nueva en la barra, lista para ella. Y en el armario colgaba su ropa deportiva, la de hacer jogging, incluyendo las cintas para la cabeza. Las cambiaba con regularidad. La gabardina de ella siempre la ponía junto a la suya y sacaba repetidamente toda su vestimenta de la habitación para colgarla en el armario o colocarla sobre una silla.

Sus actos desesperados llegaban tan lejos que casi cada mañana servía una segunda taza de café y la ponía frente a él en la mesa del desayuno.

Walter se miró al espejo y reparó en que aún se veía muy bien a sus cuarenta y nueve años. Decidió no afeitarse, miró por un tiempo más su rostro en el espejo y le dijo en alta voz a su propio reflejo:

—¡Eres un tonto de remate!

Se dio la vuelta y salió del cuarto de baño. En el corredor, Quiqui vino presuroso hacia él meneando felizmente la cola, con demasiada anticipación para su desayuno.

Fue hasta el dormitorio, se puso sus pantalones vaqueros de andar por casa y, mientras miraba en el ropero algún sweater que pudiera calentarlo, el sedoso traje de noche de ella que colgaba fuera del armario cayó accidentalmente sobre Quiqui, que lo había seguido hasta allí. El perro se sacudió con violencia para liberarse de la seda tan pesada. Comenzó a retozar, gruñendo salvajemente delante del armario. Walter le arrebató el vestido antes de que pudiera romperlo con sus dientes y lo regañó con cólera:

—¿Qué estás haciendo con el vestido de ella?

El perro lo miró asustado, temblando con todo su cuerpo ante la actitud molesta del dueño y optó por salir fuera del cuarto.

Walter colgó la prenda en una percha bien atrás en el armario y se colocó encima su nuevo sweater de cachemira.

—¡Eres un tonto de remate! —se repitió nuevamente a sí mismo con una voz muy convencida. Estaba ya más que acostumbrado a estos diálogos consigo mismo, sin notar nada fuera de lugar en su actitud. Caminó a lo largo del corredor hasta llegar a la cocina. Tras él, a cierta distancia, se movía Quiqui con un andar triste.

Como siempre, Walter puso la mesa para dos, preparó los huevos fritos con tocino de los sábados, también dejó lista la comida para el perro y sirvió dos tazas de café.

—¡Esto es una locura total, ella nunca va a regresar! —gruñó de forma triste y ruidosa con las dos tazas de café enfrente.

Colocó su taza en la mesa del desayuno, dejó la otra en el aparador y se hundió lentamente en la silla. Sopló aire entre sus dientes para enfriar el café y le salió un siseo ruidoso que llamó la atención de Quiqui. Vino hasta él, le mordisqueó las pantorrillas y levantó sus ojillos.

Afuera llovía a cántaros. Walter, completamente ensimismado, comenzó a comerse con apatía los huevos fritos.

Doris lo había abandonado hacía ya dieciocho meses. Fue de hoy para mañana. Se había enamorado de su profesor de qi gong. Después de darle una muy breve explicación, se mudó un viernes en la noche, cargando a sus espaldas dos repletos bolsos de viaje. Todo lo demás simplemente lo dejó allí. Ella le explicó que deseaba comenzar una nueva vida, muy diferente a lo vivido hasta ahora, y que él podía disponer de todas las pertenencias que dejaba atrás.

Walter casi perdió el juicio. El profesor de qi gong había sido antes un banquero de profesión, de muy buen ver y con un cuerpo bien entrenado, con mucho talento para el deporte, en especial para la doctrina asiática del movimiento y sus efectos sanadores. Encontró en esta nueva actividad grandes oportunidades de mercado, contando en especial con la clientela femenina, que literalmente asaltó las lecciones de qi gong impartidas por él en un antiguo estudio abandonado que había pertenecido a un artista comunitario. Walter no pudo y aún hoy no podía entender cómo fue que Doris desfalleció de amor por este hombre, al punto de perder la cabeza. Ella regresaría a él. De eso estaba más que convencido.

Ocho años y medio de matrimonio simplemente no podían arruinarse así como así. Y, después de todo, el profesor de qi gong, a excepción de su vistosa musculatura, sus habilidades en el deporte asiático y su apartamento de dos habitaciones y media, no tenía otra cosa que ofrecer; mientras que Doris y él habían logrado adquirir este gran departamento del ático y siempre habían vivido juntos una vida confortable.

Por supuesto que Doris iba a regresar. Eso estaba más que claro.

Al ser el dueño de una próspera firma de arquitectos, a lo largo de toda la semana estaba bastante ocupado y por lo menos el trabajo le servía de distracción. En consecuencia, durante los días laborales, su vida no distaba mucho de la que tenía antes. Su agenda siempre estaba apretada. La responsabilidad para con el negocio y para con sus empleados exigía de él el máximo de atención y siempre había muchos nuevos proyectos esperando.

Pero su vida privada era un completo desorden. El anhelo por lo que tuvo una vez era tan intenso y tan profundo que hasta dejó de recibir invitados. Sus colegas y sus amigos más íntimos hicieron un sinnúmero de intentos para animarlo y distraerlo, pero, desafortunadamente, no tuvieron mucho éxito. Todavía jugaba al tenis con regularidad y de cuando en cuando se daba alguna que otra vuelta por el gimnasio, pero cualquier invitación para cenas o fiestas las rechazaba de inmediato. Durante los fines de semana y en las noches, él se refugiaba invariablemente en su soledad.

Dos de sus mejores amigos habían hecho varios intentos alternativos para que él olvidara de una vez y por todas a Doris y comenzara a involucrarse en nuevas relaciones. Pero tampoco tuvieron éxito. Por supuesto, uno de ellos hasta trató de conseguirle pareja a través de los sitios de búsqueda. Al principio él aceptó ir a algunos de estos encuentros. Aparecieron mujeres solteras muy dispuestas a entablar conversaciones con él. Pero Walter terminaba siempre horrorizado de haber perdido su tiempo. Regresaba a casa y se ponía a clasificar otra vez las ropas de Doris para que cuando ella volviera lo encontrara todo en orden.

«Debe olvidarse de esa mujer; de lo contrario, terminará loco», escuchaba una y otra vez estos comentarios. Pero él no podía olvidar a Doris.

Exteriormente, se le veía bien. No reflejaba su pesar. Siempre había sido un hombre fuerte, que no se dejaba abatir por nada y jamás derramó ni una simple lágrima ante una situación de dolor. Ahora sufría quedamente su atroz ignominia. A menudo se sentaba en la cama y se quedaba mirando la seda del vestido de noche colgado en el armario. Lo miraba, lo volvía a mirar, se levantaba, lo tomaba para lanzarlo al piso y luego volvía a sentarse para dejar correr libremente su dolor. La gran melancolía por aquella mujer que lo había dejado así como así se tornaba infinita.

—¡Pero, por el amor de Dios, hay tantas otras mujeres en este mundo! —le había dicho un colega el otro día muy enervado.

Walter apartó a un lado su plato y puso ambos codos sobre la mesa. Por mucho tiempo clavó su mirada en algún punto en la pared. Doris había traído el perro a casa justo unos días antes de sus primeras escapadas con el maestro de qi gong. De hecho, el perro era de ella. Pero lo dejó atrás en aquella inesperada y frenética mudada, porque no había sitio para perros en el estudio del maestro de qi gong y porque a su amor no le gustaba encontrar pelos de perro dispersos entre las almohadas y cojines.

Walter se había acostumbrado al amigo de cuatro patas. Desde que lo dejó entrar a su oficina, los dos se llevaban espléndidamente.

«¿El perro también extrañará a Doris?», se preguntaba a menudo, incluso se ponía a filosofar sobre este tema: «¿Hasta cuándo podrá un perro seguir albergando sentimientos por una persona que se marchó abruptamente, sin importarle que lo dejaba atrás? ¿Puede un perro sencillamente dejar de querer a un dueño que sale y nunca regresa? ¿Es tal vez el perro mucho más cabal y razonable con respecto a estas cosas y puede olvidar a una mujer desleal? ¡Tal vez es más listo que los humanos y no se complica tanto la vida!».

Walter miró hacia Quiqui, que se balanceaba a sus espaldas estirando sus cuatro patas al aire.

—No, el perro de hecho no ve las cosas de igual manera y no siente este terrible anhelo por la dueña que se fue. ¡Se ve que ha podido echar fuera toda la tristeza y se ha adaptado a su ausencia mucho mejor que yo! —dijo Walter de una forma indigna, pero justa.

Miró por la ventana. Afuera la lluvia arreciaba y arreciaba, como si se tratara de un diluvio.

«¿Debería uno estar penando por una persona que realmente no conoce bien?», se preguntó a sí mismo. «Si fuera fácil asumir un no, la situación cambiaría, porque así él no tendría esa fijación con Doris», pensó.

«¿O es todo un acto de defensa porque nos han dañado el ego? ¿O porque uno no puede entender la causa de que esto pasara? ¿Por qué uno no lo puede comprender? ¿Por qué uno sigue aferrado a la persona que nos dejó para irse con otro amante? A alguien que claramente demostró no querernos, porque quiere a otra persona. ¿Por qué uno se encapricha con un ser tan despiadado, que echó por la borda años de matrimonio y nos aparta como si fuéramos un trapo sucio? ¿Me estaré volviendo loco? ¿Tendría que ir a ver un psiquiatra?», filosofó Walter mirando caer la lluvia. Volvió a observar a Quiqui, que, pacíficamente, movía sus patas delanteras. Tenía los ojos cerrados, como si dormitara.

Eran ya casi las once. Walter bebió el último sorbo de café, retuvo la taza en sus manos y fue con ella hasta la cocina. Abrió la portezuela del lavaplatos y metió la taza vacía dentro de la máquina. Con la mano aún sobre la puerta del lavaplatos, volteó la cabeza y reparó por algún tiempo en la taza aún llena de café que había servido para una ausente Doris. Miró de nuevo a Quiqui. Luego, lentamente liberó su mano de la puerta, alcanzó la otra taza y la vació con cuidado en el fregadero. La colocó también en el lavaplatos y cerró por fin la puerta. Abrió el grifo a tope y estuvo limpiando con agua cualquier vestigio de café que hubiera quedado en el fregadero. Limpió hasta que la última mancha hubo desaparecido. Seguidamente, fue hasta la licorera y se sirvió un whisky triple. Con el vaso en la mano avanzó hacia la puerta de la terraza. La abrió y tomó un largo trago. Permaneció allí en el umbral de la puerta. Afuera seguía lloviendo a cántaros. De repente descubrió a Quiqui a su lado. Ambos contemplaron como pensativos aquella pared de agua que se dibujaba afuera y escucharon atentos el sonido de la incesante lluvia.

Luego Walter dejó escapar su voz y dijo ruidosamente:

—¡Bueno, este es el final para ese fantasma que me persigue! ¡Dieciocho meses de sufrimiento interminable han sido más que suficientes!

Tomó el resto de whisky que aún quedaba en el vaso, se dio la vuelta y cerró la puerta de la terraza.

Con grandes pasos, se apresuró al cuarto de desahogo, tomó cinco enormes bolsas de basura de las usadas para tirar desperdicios industriales, las desenrolló, le abrió la boca a cada una de ellas y las alineó en el vestíbulo. Puso un CD de Philip Glass en su equipo de música. La melodía era casi interminable y sonaba de una forma tan electrizante y nerviosa que daba la impresión de que el CD se había quedado atorado en el mismo sitio, algo que parecía perfecto para su proyecto. Escogió la opción de «repetición infinita» y subió el volumen a todo dar.

Agarró la primera bolsa de basura y fue al cuarto de baño. En una acción completamente destructiva, echó fuera todas las botellas, las latas, las toallas y todos los utensilios de Doris, lanzándolos con gesto rencoroso a la basura. Quiqui estaba allí en el umbral, jadeando asombrado, y Walter quiso pensar que el perro le sonreía una y otra vez, como aprobando sus actos.

Finalmente, Walter reacomodó sus propias cosas, para que todos los espacios estuvieran ocupados y no quedase ningún vacío donde antes se acomodaban las cosas de Doris.

La primera bolsa de basura aún no estaba llena, así que Walter se deshizo también de numerosos artículos de la cocina y el comedor. Igual suerte corrieron algunos pequeños cuadros de las paredes. Los desgarró y los lanzó a la basura.

Tomó una nueva bolsa y se encaminó con pasos agigantados al dormitorio. Quiqui, que corría a su lado, saltó hasta el armario y atrapó el vestido de seda —como si quisiera ayudar con la limpieza— y nuevamente el traje de noche cayó sobre él, envolviéndolo por completo. El perro entró en pánico y se puso a corretear de un lado a otro de la habitación para intentar liberarse de la tela de seda que le cubría el cuerpo. Pero quedó atrapado por el cinturón del vestido y terminó arrastrando de un sitio a otro la prenda.

Walter ya había despejado casi la mitad del armario. Los sweaters, las blusas, las faldas y los pantalones de Doris resultantes de aquella limpieza los había enrollado en una especie de orgía salvaje de prendas de vestir, arrojándolas con ambas manos a la basura. Liberó al perro de su carga sedosa, echó diversos objetos de la mesa de noche dentro de la bolsa y dejó la habitación. Rápidamente, continuó con su proyecto de depuración hasta que ningún vestigio de Doris estuvo ya visible.

Cinco abultadas bolsas de echar desperdicios industriales quedaron dispuestas en fila en el vestíbulo. Walter entró a su estudio, escribió un mensaje electrónico al responsable de limpieza y mantenimiento de su compañía para que las bolsas fuesen recogidas a primera hora de la mañana del lunes.

En su andar por el vestíbulo, sacó de la pared aún tres cuadros más, los desgarró y los tiró a las bolsas.

Al frente, donde el vestíbulo se ampliaba desembocando en el área de la entrada, en una especie de hornacina en la pared, reposaba el arpa que él había comprado para Doris cuando ella tuvo la intención de tomar clases para aprender a tocar este instrumento. Jamás asistió a ellas.

A Walter le gustaba mucho la música del arpa. Estuvo parado un buen tiempo frente al bello instrumento, apretando los labios. El arpa no tenía la culpa y, además de ser hermoso, emitía un maravilloso sonido. Como objeto decorativo era quizás demasiado grande —cualquiera sabe—, pero tal vez él podría tomar lecciones para aprender a tocarlo o hasta podría muy bien venderlo luego. Puso sus manos sobre las cuerdas del instrumento y el sonido que emitió lo llenó de regocijo y terminó por convencerlo. Una y otra vez acarició las cuerdas del arpa y el fuego encantador de su sonido llenó todo el vestíbulo.

Se sobresaltó, apretó los labios, cerró los puños contra el instrumento y avanzó a la carrera hasta el reproductor de CD. Golpeó el botón para cortar el flujo de electricidad. La cascada de música electrónica se detuvo abruptamente. Un silencio sepulcral invadió todo el recinto.

Walter se hundió en una silla del comedor. Puso sus brazos encima de la mesa, se inclinó hacia delante y enterró la cabeza entre sus propias manos en medio de un ruidoso sollozo. Sintió cómo las lágrimas corrían, haciendo riachuelos en sus mejillas. Al caer le empapaban las mangas de su sweater de cachemira.

Fue como si el dique de una represa se hubiese quebrado. Las lágrimas fluían incesantemente en medio de aquellos sollozos de angustia. Una punzada le recorrió la espalda y sus hombros se estremecieron. Su corazón pareció haberse partido en pedazos y por las heridas abiertas se filtró el dolor. Infinito dolor.

Por mucho, mucho tiempo, quedó Walter allí, sollozando sobre la mesa. Una eternidad redentora. Después, el lloriqueo cesó, pero a intervalos aparecían nuevos llantos. Y volvía una y otra vez a sollozar.

Dieciocho meses de pena contenida, de impotencia, de horror, de vergüenza y de deseo por ella explotaban ahora en un torrente de lágrimas que quería escapar fuera de él.

Repentinamente, escuchó un ladrido y se incorporó. Arrastró su cuerpo maltrecho por el corredor y vio a Quiqui tras la puerta de entrada al departamento, ladrando con insistencia hacia afuera.

Abrió la puerta del departamento y escuchó que alguien lloraba. Se apresuró a bajar por las escaleras y encontró a una mujer extraña, de pelo oscuro medio largo, sentada en el rellano. Apoyaba los codos en el regazo y lloraba amargamente con el rostro hundido entre las manos.

—¿Qué le pasó? ¿Por qué llora usted de ese modo? ¿Quién es usted? —preguntó él en un balbuceo.

Ella levantó el rostro sollozante y, sin mirar a ningún sitio, movió su mano y apuntó hacia la puerta del departamento opuesto al de Walter al tiempo que decía:

—Soy Julia Sennhauser, vine a hacerle una visita a mi exnovio, pero ya él no vive aquí. Siempre pensé que regresaría a mí. He esperado por él todos estos meses. Ahora se ha ido. Se ha marchado llevándose con él algunas de mis cosas y sin decirme nada.

Ella emitió un suspiro y volvió a hundir el rostro entre sus manos. Walter sintió que un instinto masculino de protegerla despertaba en él. Se enderezó, tomó un profundo aliento y le habló con fuerza y de forma muy convincente:

—Su exnovio se mudó hace muy poco de aquí, después de servir de anfitrión cada dos semanas a una nueva compañera. ¡Ese gigolo miserable no merece que usted derrame por él ni una simple lágrima!

Ella lentamente volteó la cabeza y le miró. Se echó entonces hacia atrás y le dijo algo consternada:

—¿Pero a usted qué le ha pasado? Ha estado llorando también, se ve absolutamente terrible. ¡Es como si se hubiera visto envuelto en una gran batalla!

Le puso en las manos el espejo de su polvera. Walter se inclinó ligeramente y se miró en el pequeño objeto. Quedó anonadado. En efecto, se veía como un ánima emergida del mismísimo infierno. Se sentó al lado de ella en las escaleras y suspiró. Luego dijo:

—Sí, he estado como vagando por las tinieblas, también yo he sido abandonado abruptamente hace ya algunos meses. Precisamente hoy todos esos sentimientos que tenía atascados en mi alma han entrado en erupción. ¿Sabe qué?, ahora mismo usted y yo vamos a subir a mi departamento, nos vamos a enjuagar y a refrescar la cara y quitaremos ese color rojizo de nuestras narices. Después organizaremos para nosotros un banquete con mucho queso y abriremos una botella de vino rojo. ¡Nos contaremos el uno al otro nuestras tragedias y luego ya veremos!

Walter se levantó. También Julia. Pasó un tiempo frente a él, mirándolo profundamente. Entonces, le echó los brazos alrededor del cuello. Él puso con gentileza las manos en sus hombros. Permanecieron así un buen rato.

La música del arpa sonó. Las festivas cascadas musicales del arpa.

Asombrados, se dieron la vuelta y avanzaron por el vestíbulo del departamento. Frente al arpa estaba Quiqui revolviéndose de felicidad y con cada uno de sus movimientos rozaba las cuerdas del instrumento, sacándoles música. El sonido parecía divertirlo.

Los dos prorrumpieron en risas. Y, acompañados por la ejecución al arpa de Quiqui, se ciñeron en un tierno abrazo.

A bordo de un tranvía en Zúrich

El tranvía número siete iba totalmente lleno, como cada mañana, pasadas las siete y treinta. La mayoría de los pasajeros se ocupaba de sus teléfonos móviles. Algunos leían el periódico que cada día salía gratis en formato pequeño y otros se escondían tras el diario regular, sosteniéndolo bien en alto en el aire, delante de sus cabezas y con una expresión de seriedad en el rostro. Los había también que optaban por abrir su pequeña notebook sobre las rodillas y mirar fijamente la pantalla o teclear con desespero algún texto, dar un clic y luego quedarse quietos, con las espaldas encorvadas, verificando lo que antes habían escrito. Justo ahora hacían muecas de disgusto, como si el teclado los quemara de tan caliente, el texto redactado les pareciera una total tontería o tal vez algún mensaje recibido era tan terrible que los dejaba trastornados.

Muchos traían puestos audífonos en todas sus variantes, desde los pequeños y poco notorios hasta los gigantes tipo almejas, que cubrían mucho más que las orejas y hacían que las personas se vieran como acabadas de aterrizar del espacio exterior o como hormigas dirigidas por control remoto. Algunos escuchaban esa música de susto que pareciera venir del mismísimo infierno. Otros preferían los sonidos suaves de canciones melosas, que los hacían mover las cejas hacia arriba o fruncir el entrecejo.

Solo cinco pasajeros no leían, ni escuchaban música, ni escribían textos. Ellos miraban en derredor, sonriendo y observando a los otros, discretamente o de forma abierta y directa.

Afuera todavía estaba bastante oscuro. Era la mañana del primer miércoles de noviembre, un típico día de otoño, ventoso y frío. Todos se arropaban con gruesos abrigos o chaquetas de invierno, incluyendo sombreros y bufandas, y además portaban paraguas.

En el último momento, antes de que las puertas cerraran, una mujer joven, muy atractiva, entró a toda prisa. Su pelo, claramente estaba recogido con mucha premura y le caía hacia un lado, dándole un toque algo salvaje. Llevaba en bandolera una raqueta de tenis, así como una gran bolsa con la cremallera medio abierta. En una mano, otro enorme bolso de viaje donde, al parecer, las cosas habían sido empacadas casi a presión para que cupieran. En la otra mano cargaba una jaba de papel de una tienda muy exclusiva, llenada seguramente con urgencia, pues algunas piezas de ropa colgaban hacia afuera. Con ella, saltó al tranvía un pequeño perro, que también de alguna forma sostenía con una correa. El perro tenía manchas negras y carmelitas en su pelaje blanco y parecía estar feliz. La joven, en cambio, se veía triste y algo confundida. El tranvía se puso en marcha y el perro desapareció entre las rodillas y las piernas de las personas más próximas. De la estación principal, el tranvía tomó una curva que hizo bambolearse de un lado a otro a sus ocupantes y desembocó en la famosa avenida de las Estaciones Ferroviarias. Los raíles estaban húmedos y el tranvía emitió un chillido. Se detuvo algunos metros antes de llegar a la próxima estación. Era evidente que el que le antecedía viajaba con retraso.

A esta hora era muy común que el tranvía número siete estuviese lleno de personas vestidas con suma elegancia y exhibiendo peinados muy bien cuidados. Los trajes y las chaquetas oscuras eran un imperativo en los hombres y, bajo la costosa bufanda de cachemira, uno podía adivinar los impecables cuellos blancos de sus camisas. El cuello levantado de las chaquetas indicaba la conciencia que tenían sobre la moda, llevada con algo de irreverencia y osadía. Las mujeres, por su parte, bajo los abrigos y trajes oscuros, ocultaban toda una variedad de blusas de colores hechas con una seda muy ligera, o pulóveres de cachemira muy finos. Las bufandas eran de seda gruesa. Ellas llevaban grandes bolsos comprados en tiendas escandalosamente caras, cuyos nombres eran bien visibles, estampados en el cuero o grabados en enormes y brillantes chapillas de metal. Por lo general, las personas parecían vivir como engañadas en este mundo, pero lo manejaban con un toque de real distanciamiento. Todos exhibían caras muy serias y se veían como estresados, lo que en parte debía ser una estrategia para enmascarar algunas otras tendencias. ¿Por qué, si no, se mostraba uno así tan temprano en la mañana, antes incluso de llegar al trabajo y de haberse encontrado con el jefe?

Probablemente, la mayor parte de estos pasajeros trabajaba en renombrados bancos o centros de finanzas, compañías de seguros, oficinas de la ley u otras empresas serias y tenía allí una buena posición por la que era debidamente remunerada, con perspectivas incluso de alguna vez obtener cierta fama y riquezas. La mayoría de los otros empleados, los que componían el resto del mundo trabajador, habrían tomado los tranvías anteriores o tomarían luego los que pasaban más tarde.

En medio de esta importante carga de pasajeros que movía el tranvía, uno podía sentir y hasta podía oler la amplitud y la grandeza del mundo, la eficiencia y el conocimiento, y tomarle el pulso a ese cúmulo de posiciones bien remuneradas que daba cierta idea de cuánta riqueza existía en la tierra.

Un gemido sumamente fuerte y muy seductor emitido en varios tonos, rompió de repente el aura de tranquilidad que imperaba en el tranvía. La mayoría de las personas movió con asombro las cabezas o giró sus ojos, buscando y preguntándose de dónde procedía. Y fue obvio que era del teléfono móvil de la joven que había subido acompañada del amigable perro. Ella dejó caer una jaba al suelo para poder escarbar en su otro bolso en busca del teléfono y también dejó caer la correa con que sujetaba al perro, que, ni corto ni perezoso, aprovechó la ocasión para escabullirse entre las piernas de los pasajeros más alejados, buscando un mejor sitio para echarse.

La joven finalmente encontró su teléfono y gritó con voz ronca:

—¿Qué pasa? ¿Qué más quieres? ¡Déjame sola! ¡No eres una buena persona! ¡Encuentra a otra sirvienta que te lave tus calcetines, tus camisas y tu ropa interior! ¡Una que te aguante tus infidelidades! ¡Déjame sola, desgraciado!

Dejó caer el teléfono en la bolsa de papel y resopló muy enojada. Entre tanto, el tranvía llegó por fin a la próxima estación y casi todos los pasajeros que habían sido testigos de la llamada telefónica quedaron expectantes por ver qué pasaría luego. Retornaron a sus posiciones anteriores, pero dejando un ojo y un oído en alerta.

No hubo espacio para pasajeros nuevos, nadie descendía, por lo que el tranvía siguió adelante. A la derecha apareció el pequeño parque donde se erigía el monumento al famoso y benévolo Heinrich Pestalozzi. Con una cara muy amistosa, sujetaba cariñosamente por los hombros y con mucho cuidado a un muchacho, que desde abajo le devolvía una mirada de respeto y admiración. El gesto y la forma de mirar de Heinrich Pestalozzi emanaban gran bondad.

Justo cuando el tranvía pasó la estatua, se escuchó un terrible grito que dejó a todos los pasajeros atentos. El chillido volvió y volvió a repetirse. Venía de un hombre elegante, de aproximadamente unos treinta años, con un maravilloso cabello castaño oscuro, vestido al estilo de un noble inglés y con un hermoso corte de cara donde se dibujaba cierta arrogancia. El hombre parecía haber perdido por completo su compostura.

En sus rodillas, estaba echado el perro de manchas negras y carmelitas. Parecía sonreírle con su lengua colgando hacia afuera y mirándolo con unos ojillos repletos de alegría.

El hombre elegante sostenía en el aire su tableta, al tiempo que chillaba:

—¡No, no y no! ¡El perro simplemente ha comprado 1.000 acciones! ¡Pero yo apenas quería comprar 100! ¡Esto es más que imposible! ¡Este perro ha comprado 1.000 acciones a mi nombre! ¡Esto es inaudito y ahora mismo acaba de suceder! ¡Un perro comprador de acciones!

Luego de esto, todo quedó tan callado como si fuesen ratones los que viajaban en el tranvía. Los pasajeros de atrás miraban insistentemente hacia adelante y los delanteros volteaban sus cabezas. Todo el mundo intentaba procurarse la mejor vista posible para presenciar lo que estaba aconteciendo. Pero, eso sí, con mucho disimulo, porque no podían renunciar al típico patrón suizo de fingir no estar interesados en el suceso y permanecer inamovibles en apariencia. Hasta ahora nadie había oído hablar ni había visto un perro que fuese capaz de comprar acciones. Y no sabían exactamente qué había pasado. ¿Alardeaba aquel hombre o era que en realidad tenía en su tableta algún tipo de aplicación para perros?

El hombre elegante suspiró ruidosamente y agregó:

—Esto me costará una pequeña fortuna. Adiós a la estación de esquí en Canadá esta Navidad. Voy a necesitar de todos mis ahorros para cubrir esa compra de 1.000 acciones que ha hecho hoy este perro.

Miró acusadoramente al amistoso can, que de inmediato comenzó a lamerle el rostro, denotando alegría. Desde la parte trasera del tranvía se escuchó una voz profunda, preguntando con mucha seriedad:

—¿Qué acciones fueron las que compró el perro?

El hombre elegante giró su cabeza y respondió con cierto orgullo en la voz:

—Las de Resplandor Inagotable, las de las baterías solar 7 plus C.

La voz de la parte trasera dijo sin vacilar:

—¡Perfecto, joven! ¡Absolutamente perfecto! ¡Gran compra! Estas acciones son oro molido y en las próximas semanas se incrementará muy rápido su valor.

El joven parecía asombrado y dirigió su mirada en dirección al portavoz. El amistoso perro continuaba lamiéndole el rostro. Por momentos hacía una pausa, miraba en derredor, parecía sonreír y continuaba entonces lamiendo.

Mientras tanto, el tranvía ya había dejado atrás otra estación y rodaba ahora en dirección a Paradeplatz. Sin embargo, cincuenta metros más allá, un automóvil con una placa cuya licencia no pertenecía a la ciudad, había sido abandonado encima de los raíles con una rueda pinchada, por lo que el tranvía tuvo que detenerse.

Desde el fondo, llegó otra voz preguntando con jocosidad:

—¿No podría usted prestarme el perro por unos diez minutos?

Una risa estruendosa inundó todo el tranvía.

—¿Cómo hizo exactamente el perro para comprar esas acciones? ¿Consiguió él su propia contraseña? —quiso saber un joven pálido de audífonos tipo hormiga. Y lo hizo exactamente con esa actitud tan típica de la gente joven, que siempre está dispuesta a adaptarse a los nuevos cambios que impone la tecnología.

—Pues todo fue muy simple, pero al mismo tiempo, muy idiota —explicó el hombre elegante—. Justamente estaba yo por confirmar mi compra después de haber tecleado 100 en el escaque correspondiente, cuando el perro, inesperadamente, saltó sobre mis rodillas y, de una forma casual, una de sus patas tocó la pantalla. De algún modo dio doble clic, cambiando el 100 por el 1.000. ¡Entonces, emocionado, se dio la vuelta y con su pata trasera rozó el botón derecho donde se confirmaba la compra! Yo fui testigo de lo que pasó. Pero todo ocurrió en fracciones de segundo. Cuando pude reaccionar, ya estaba en la pantalla el mensaje de la confirmación y el agradecimiento por la compra.

—¿Cuál es el nombre del perro? —preguntó una aguda voz de mujer desde el frente.

—Pues no lo sé, el perro no es mío —aclaró el hombre elegante.

De nuevo una risa estruendosa llenó el tranvía. Y luego, todo quedó otra vez en silencio.

Volvió a escucharse aquel fuerte y seductor gemido que sonaba en tonos distintos. La linda joven de pelo enrevesado, una vez más, tanteó dentro de sus bolsas en busca del móvil. Ya con el teléfono pegado a su oído, gritó:

—¡Ven aquí de inmediato! ¡No, no, no ha sido contigo, estaba hablando con el perro! ¡Tú te quedas exactamente donde estás! ¡Lo nuestro ya llegó a su fin! No somos una buena pareja. Tienes que buscarte a una sirvienta más sumisa. Yo soy una mujer independiente, con una buena profesión y pretendo continuar siendo así como soy. No acepto a un picaflor como compañero. La vida es demasiado hermosa y demasiado corta para perder el tiempo de esa manera. ¡Me has herido mucho!

Sollozando, la joven lanzó el teléfono dentro de la bolsa de papel. Un total silencio volvió a reinar en el tranvía, que, finalmente, pudo ponerse otra vez en marcha. Dos policías en monopatines, más un transeúnte que ayudó a manejarlo, lograron mover el automóvil que bloqueaba las vías.

El tranvía avanzó hasta Paradeplatz. Las puertas se abrieron y la mayoría de los pasajeros salió y comenzó a esparcirse en todas direcciones. Cerraron las puertas y el convoy continuó adelante.

Fuera del tranvía, en uno de los dos bancos situados en la parada, la hermosa joven se había sentado. Estaba completamente derrumbada, con todos sus paquetes tirados a sus pies. Rompió a llorar con gran dolor. Casi todo el mundo reparaba en ella, pero nadie estaba interesado en saber qué le pasaba.

El hombre elegante, que continuaba aún con el perro en sus rodillas, miró a través de la ventanilla y vio el llanto de la mujer sentada afuera. Quedó pensativo.

El tranvía avanzaba hacia adelante. Mientras le fue posible, continuó siguiendo con la mirada a la joven sentada en el banco. Comprendió que el perro que estaba abrazando y que tan amistosamente le había lamido la cara era de ella. Sintió el caluroso cuerpo del perro pegándose más a él y le acarició la piel.

El tranvía se detuvo en la próxima estación y otro grupo de personas descendió de él. Uno de los últimos en hacerlo fue el hombre elegante, acompañado del perro. Quedó allí de pie, en la parada, con la correa del animal en una mano y la tableta electrónica en la otra. Comenzó a llover. Le fue imposible abrir y sostener el paraguas plegable, así es que lo mantuvo cerrado en el bolsillo de su abrigo y volvió el rostro en contra de la lluvia. Empezó a caminar, desandando el camino que segundos antes recorriera en el tranvía.

Tenía veintinueve años, vivía solo y trabajaba cerca de ochenta horas a la semana. Era especialista en leyes de economía internacional y había abierto una oficina propia hacía tan solo un par de meses. Era lo que llamaban un cerebrito y había hecho una brillante carrera hasta la fecha. Para lograrlo, tuvo que estar noche y día durante muchos años sentado entre libros y archivos. Aun así, siempre le quedó un espacio para practicar deportes y para apreciar el arte. Pero en cuestión de mujeres era bastante inexperto. Eran en verdad bien raros los momentos en que se veía envuelto en algún que otro flirteo con una dama. Era algo tímido y lo ponían tenso los asuntos del corazón. Este particular aparentemente no lo molestaba, pero en lo más profundo sentía a veces que ciertas cosas lo removían y lo hacían darse cuenta de que algo le faltaba a su vida. En las fiestas, las féminas reparaban en él de inmediato, adoraban tantearlo; pero después de un corto tiempo perdían el interés y se volvían en busca de otro varón como blanco de sus conquistas.

Caminó con el amistoso perro a su lado y sintió de pronto que un sentimiento completamente nuevo se apoderaba de él. A través de los grandes ventanales del café de la próxima esquina, todos sonrieron al verlo con el perro en la lluvia. En la ventana de la peluquería, situada en la casa siguiente, se miró a sí mismo junto al can, reflejados en el cristal, y encontró la imagen absolutamente encantadora.

Aumentó el ritmo de sus pasos mientras pensaba: «Uno debería salir a pasear más a menudo y así mostrarse al mundo».

Entonces, más allá, frente al gran edificio de la sucursal, divisó a la joven sentada aún en el banco de la parada anterior del tranvía, encogida y llorando.

Dudó un momento. Pero luego empezó a correr. El perro se esforzó por seguir a su lado. Ambos llegaron jadeantes junto al banco. El hombre elegante se sentó, tomó las bolsas del piso y las puso a su lado. La lluvia arreció.

—¿Puedo ayudarla? —preguntó.

No hubo ninguna reacción por parte de la joven. Desde una de las bolsas, volvió a escucharse el seductor y fuerte gemido del teléfono móvil. Ella se llevó ambas manos a los oídos y gritó:

—¿Por qué él no me deja tranquila después de todo lo que ha pasado?

El hombre elegante rebuscó entre las bolsas y encontró el teléfono. Apretó el botón y contestó la llamada:

—¡Yo soy su abogado! ¡Por favor, déjela en paz ahora! ¡Vuestra relación ha terminado!

La joven lo miró atónita. Él abrió su paraguas y se acercó un poco más a ella en el banco. El perro saltó a su regazo. Por un momento, una débil sonrisa comenzó a dibujarse en el rostro de ella.

—Le gustas al perro —dijo.

Por qué expresó él lo que expresó, no sabía. Pero lo cierto fue que dijo:

—¿Y a ti? ¿Te gusto también?

El perro se quedó quieto y pareció expectante mirándola a ella y meneando la cola.

Ella tomó la grapa que sostenía su pelo y se peinó con los dedos. Luego se enjugó las lágrimas y dijo:

—En circunstancias normales, yo sería más alegre y condescendiente contigo, pero ahora tengo otras preocupaciones. Debo buscarme un nuevo alojamiento. Luego, ir a trabajar. No puedo permitirme una ausencia en mi empleo. Soy trabajadora por cuenta propia. ¡Recientemente he abierto un pequeño negocio! ¡Es tan maravilloso!

—¿Y qué tipo de negocio es? —preguntó con curiosidad el hombre elegante.

—¡Un atelier para el diseño de almohadas exclusivas! —respondió ella llena de orgullo.

Él no pudo esconder su deleite. Finalmente, había encontrado a una mujer hermosa, muy dispuesta para los negocios y, encima de eso, con inclinaciones artísticas.

Incesantemente llegaban tranvías, se detenían y, antes de seguir de largo, soltaban un chorro de pasajeros que desaparecían con prisa en todas direcciones.

El hombre elegante se puso en pie, tomó las bolsas de ella y le dijo con alegría:

—¡Ven conmigo, quiero acompañarte hasta tu atelier! ¡Tomaremos un taxi!

Caminó hasta la esquina, donde justo en ese instante había arribado un taxi para dejar pasajeros. Los dos entraron al automóvil, cargaron las bolsas en las piernas y el perro se sentó feliz entre ambos.

Durante el trayecto, el hombre elegante hizo algunas llamadas telefónicas y ella aprovechó para observarlo exhaustivamente de soslayo.

«Esta mañana empezó de una forma terrible, pero parece que va a acabar como un cuento de hadas», dijo para sí.

Él, por supuesto, notó que ella lo escrutaba profundamente y pensó: «Ajá, parece que ahora muestra algún interés. ¡Ojalá no haga o diga yo algo equivocado!».

El taxi se detuvo delante de una casa de tres pisos, situada en una calle con muchos árboles a izquierda y derecha. El hombre elegante pagó el taxi. La joven abrió la puerta de una diminuta tienda y desapareció en el fondo. Él la siguió, pero se detuvo a esperarla en la parte delantera, que era una especie de sala de muestras.

—Debo cambiarme de inmediato estas ropas mojadas y entonces haré un té de menta para nosotros. Por favor, siéntete libre para echar mientras una mirada en derredor —llegó la voz de ella desde la trastienda del inmueble.

Él se puso a caminar por la sala, inspeccionando las maravillosas decoraciones de las almohadas de todas las formas y tamaños. Se sentía en el paraíso.

Desde la trastienda llegó su voz:

—El té está servido. Por favor, pasa.

La habitación trasera era en sí su atelier, presidido por una enorme mesa de trabajo. Dos paredes estaban llenas de un sinnúmero de perchas, con almohadas a un lado y muchas cintas, tejidos, botones y artículos decorativos al otro. La tercera pared estaba repleta de bocetos. Y, frente a la cuarta pared, descansaba una máquina de coser en una mesa. Al lado, un pequeño espacio que servía de cocina y, en un extremo, lo que venía siendo una minioficina con su computadora.

Ella estaba de pie delante de la gran mesa. Se había puesto un pulóver de cachemira azul, tan largo que casi le cubría las rodillas, unos pantalones vaqueros negros y botines hasta los tobillos. Su pelo largo estaba recién peinado y le caía sobre los hombros. Los ojos azules contrastaban muy bien con el pulóver de cachemira. Se veía sumamente hermosa. Él quedó mudo, consternado y feliz.

Le sirvió primero a él una taza del delicioso té y luego llenó una para ella. Quedaron por un tiempo allí de pie, mirándose y tomando sorbos de la infusión.

Luego, ella rompió el silencio diciendo:

—Existe un refrán que reza que uno no debe saltar a una próxima relación si aún no se ha recuperado totalmente de la anterior. La sabiduría popular afirma que primero se debe terminar lo pendiente. Ahora bien, en mi caso, habrá un divorcio y los trámites podrán demorar tal vez algún tiempo; pero la relación en sí está más que acabada desde hace mucho a causa de las repetidas infidelidades por parte de mi pareja.

Un ruido fuerte llegó desde la entrada, al tiempo que una voz profunda gritaba:

—¡Aquí tienes tus estúpidas porquerías, del resto puedes ir olvidándote!

Los dos, con las tazas de té en la mano, se encaminaron hasta la habitación delantera. Allí estaba de pie un hombre con unos vaqueros desgastados y una chaqueta de cuero. Tenía el rostro colérico y muy cerca de él reposaban dos grandes maletas.

Pareció quedarse totalmente en shock cuando la vio aparecer en aquel sitio en compañía del hombre elegante, tomando tranquilamente un té y mirándolo con una sonrisa.

—¿Qué estás haciendo aquí en tu atelier con este petimetre? ¿Es acaso un seguidor de las tendencias más exclusivas de la moda? ¿Qué rayos es esto? Te quejas de continuo de mis pequeñas escapadas con alguna que otra mujer, pero tú calladamente tienes encuentros a escondidas con ardientes caballeros. ¡Esto es increíble! —gritó el hombre en la habitación y furiosamente expulsó el aire que parecía acumularse en sus mejillas.

El hombre elegante dio un paso adelante y comenzó a explicarle:

—Usted tiene que saber que nosotros apenas nos hemos conocido esta mañana en el tranvía, cuando por azar el perro de su esposa compró a través de mi tableta 1.000 acciones de Essb7plusC. Precisamente ahora nosotros nos estamos poniendo de acuerdo en cuanto a los detalles de la custodia de esa cuenta abierta por el perro.

Silencio total. El colérico hombre paseaba la mirada de su esposa al hombre elegante y viceversa. Era obvio que no entendía una palabra. Se sentía incómodo e incluso estupefacto ante ellos. Probablemente, hasta pensaba que los dos se habían vuelto locos.

Levantó los brazos a la altura del pecho como si quisiera protegerse a sí mismo y, muy despacio, comenzó a caminar hacia atrás. Ya en la puerta, se detuvo un momento.

—Mira, yo no quiero armar ningún problema, puedes pasar por el resto de tus cosas cuando quieras y hacer con tu parte del mobiliario lo que estimes más conveniente. Les deseo lo mejor a los dos y espero que nuestro divorcio salga rápido. ¡Adiós! —dijo y desapareció a toda prisa.

Los dos, más el perro, quedaron allí en medio de la habitación, cerca de las dos maletas. Él la miró y sonrió. También ella lo miró y también sonrió.

Caminó hacia él, lo besó y le dijo:

—¡Nuestro perro es un fabuloso comprador de acciones y también un excelente casamentero, un todo en uno!

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9783742769817
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