Kitabı oku: «Historia antigua de Roma. Libros X, XI y fragmentos de los libros XII-XX»

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .
Según las normas de la B. C. G., las traducciones de este volumen han sido revisadas por M.a LUISA PUERTAS CASTAÑOS .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid, España, 1988.
www.editorialgredos.com
Las traducciones y notas han sido llevadas a cabo por ELVIRA JIMÉNEZ (Libros XI-XV ) y ESTER SÁNCHEZ (Libros X, XVI-XX ).
REF. GEBO235
ISBN 9788424931643.
LIBRO Χ
Los tribunos luchan por la igualdad de derechos
Después de este consulado 1 , corría la [1 ] LXXX Olimpiada (459 a. C.) en la que venció Torimbas, un tesalio, en la prueba del estadio, era arconte en Atenas Frasicles y en Roma fueron nombrados cónsules Publio Volumnio y Servio Sulpicio Camerino. Estos no dirigieron ninguna expedición militar ni para tomar venganza de quienes les habían causado algún daño a ellos mismos y a sus aliados, ni para tener salvaguardadas sus propiedades. Tomaban precauciones contra los peligros internos, por temor a que el pueblo se levantara contra el Senado y llevara a cabo alguna iniquidad; pues de nuevo [2] estaba siendo provocado por los tribunos de la plebe que le enseñaban que el mejor régimen político para hombres libres es la igualdad de derechos 2 , y el pueblo pedía que se administraran los asuntos privados y los públicos de acuerdo con leyes. En esa época todavía no existía entre los romanos ni igualdad de derechos ni de libertad de palabra, ni se habían fijado por escrito todas las cuestiones relativas a la justicia, sino que antiguamente sus reyes dictaban justicia a quienes lo solicitaban, y lo decretado por [3] ellos eso era ley. Cuando terminó el gobierno de los reyes, la facultad de administrar justicia, además de las otras funciones de los monarcas, recayó sobre los cónsules anuales, y ellos eran los que determinaban lo que era justo para [4] quienes litigaban sobre cualquier asunto. La mayoría de estas decisiones eran acordes con las costumbres de los magistrados, designados para este cargo debido a su rango social 3 . De todas formas, unas pocas resoluciones estaban recogidas en libros sagrados y tenían fuerza de ley, aunque los patricios eran los únicos que las conocían por sus estancias en la ciudad, y en cambio la mayoría de la gente, comerciantes y labradores que bajaban a la ciudad muy esporádicamente para los mercados, todavía las desconocía. [5] El primero que intentó introducir este régimen político igualitario fue Cayo Terencio 4 , que fue tribuno el año anterior; pero se vio obligado a dejar el asunto inconcluso, debido a que la plebe estaba en los campamentos y los cónsules retuvieron sus ejércitos convenientemente en tierra enemiga hasta que concluyó el período de su mandato.
Extraños portentos
[2 ] Entonces, Aulo Virginio y los demás tribunos se hicieron cargo del asunto y quisieron llevarlo adelante. Pero para que esto no ocurriera ni se vieran obligados a gobernar según unas leyes, los cónsules, el Senado y los restantes ciudadanos de mayor influencia en la ciudad se dedicaron a maquinar todo tipo de ardides. Hubo muchas sesiones del Senado, asambleas continuas y toda clase de tentativas entre los magistrados, por lo que era evidente para todos que una gran e irreparable desgracia iba a caer sobre la ciudad, a consecuencia de este enfrentamiento. A estas reflexiones humanas se unió también [2] el temor a los portentos divinos que sobrevinieron, algunos de los cuales no se encontraban conservados ni en los archivos públicos ni en ningún otro recuerdo. Respecto a [3] todos los relámpagos que aparecían en el cielo, resplandores de fuego que permanecían sobre un lugar, ruidos de la tierra y continuos temblores, apariciones de espectros de distintas formas flotando en el aire, sonidos que perturbaban la mente de los hombres y todo lo que ocurría de igual naturaleza, se descubría que, más o menos, había sucedido también alguna vez en el pasado. Sin embargo, un portento que desconocían —del que todavía no habían oído hablar— y que más les había inquietado fue el siguiente: del cielo cayó sobre la tierra una gran nevada que no traía nieve sino trozos de carne, unos más grandes y otros más pequeños. Muchos de éstos eran atrapados en el aire por [4] bandadas de aves de todo tipo que los cogían en sus picos mientras volaban; en cambio, los que caían a tierra, tanto en la ciudad misma como en los campos, permanecían allí tirados durante mucho tiempo sin cambiar de color, como trozos de carne que se conservan viejos, sin corromperse y sin desprender ningún mal olor. Los adivinos locales eran [5] incapaces de interpretar este prodigio; pero en los oráculos sibilinos se había encontrado que la ciudad se vería envuelta en un combate por su libertad después de que enemigos extranjeros entraran dentro de sus murallas, y que al comienzo de la guerra contra los extranjeros habría una revuelta civil que era preciso que apartaran de la ciudad en sus inicios, y alejaran los peligros suplicando a los dioses con sacrificios e invocaciones: así serían superiores a sus enemigos. Cuando se dio a conocer esto a la multitud, en [6] primer lugar quienes desempeñaban esa función ofrecieron sacrificios a los dioses tutelares que conjuran los males; después, se reunió el Senado en la sala del consejo, estando también presentes los tribunos de la plebe, y trataron sobre la seguridad y la salvación de la ciudad.
Los tribunos hacen una propuesta de ley
[3 ] Pues bien, todos estaban de acuerdo en poner fin a las mutuas querellas y seguir un único criterio en lo relativo a los asuntos públicos, como aconsejaban los oráculos. Pero el modo de conseguirlo y quiénes serían los primeros en ceder ante los otros en el punto de fricción para terminar con las disensiones, esto [2] no les resultó tarea fácil; pues los cónsules y los dirigentes del Senado declaraban que los tribunos de la plebe, al proponer nuevas medidas políticas y pretender abolir la honorable constitución tradicional, eran los responsables de la revuelta. Los tribunos, por su parte, decían que ellos no pretendían nada injusto ni perjudicial queriendo implantar una buena legislación e igualdad de derechos, y añadían que los cónsules y los patricios debían ser los culpables de la sedición por incrementar la codicia y el desprecio hacia [3] las leyes, e imitar las costumbres de los tiranos. Estas cosas y otras semejantes se dijeron unos y otros durante muchos días, y el tiempo pasaba en vano; mientras tanto, en la ciudad no se resolvía ninguno de los asuntos privados ni públicos. Como no se conseguía nada provechoso, los tribunos desistieron de aquellos argumentos y acusaciones que hacían contra el Senado y, convocando a la multitud a una asamblea, prometieron al pueblo llevar una propuesta [4] de ley en defensa de sus peticiones. La asamblea aprobó el proyecto y, sin demorarse más, leyeron la ley preparada, cuyos puntos principales eran los siguientes: que en una asamblea legal fueran elegidos por el pueblo diez hombres, los más ancianos y prudentes, los de mayor reputación por su honor y buena fama; que éstos redactaran las leyes referentes a todas las cuestiones, tanto públicas como privadas, y las presentaran ante el pueblo; y que las leyes que iban a ser formuladas por ellos debían estar expuestas en el Foro para los magistrados que fueran elegidos cada año y para los particulares, como una delimitación de los mutuos derechos. Después de proponer esta ley, los tribunos [5] dieron una oportunidad a quienes quisieran criticarla, fijando para ello el tercer día de mercado. Fueron muchos y no los más insignificantes de los senadores, ancianos y jóvenes, los que criticaron la ley, exponiendo argumentos, fruto de mucha dedicación y preparativos; y esto duró muchos días. Después, los tribunos, indignados por la pérdida [6] de tiempo, ya no dieron ninguna oportunidad de hablar a los que censuraban la ley, sino que, fijando un día en el que la ratificarían, exhortaron a los plebeyos a que asistieran en masa diciéndoles que ya no serían molestados con largas disertaciones, sino que por tribus darían su voto referente a la ley. Con estas promesas disolvieron la asamblea.
Dura oposición de los patricios a los tribunos de la plebe
Después de esto, los cónsules y los patricios [4 ] más influyentes, dirigiéndose a los tribunos, les atacaron con más dureza, diciendo que no les permitirían proponer leyes cuando no hubieran sido precedidas por una deliberación en el Senado; pues las leyes eran pactos de las ciudades concernientes a toda la comunidad y no a una parte de sus habitantes. Y declaraban que el comienzo de la ruina más perniciosa, irreparable e indigna tanto para las ciudades como para los hogares, es el momento en que los peores legislan para los mejores. «¿Qué [2] poder, dijeron, tenéis vosotros, tribunos, para introducir o derogar leyes? ¿No recibisteis del Senado este cargo bajo unas condiciones establecidas? ¿No pedisteis que los tribunos ayudaran a los pobres que fueran objeto de ofensa o violencia y no se ocuparan de ninguna otra cosa? Pues bien, incluso si antes teníais algún poder que habíais conseguido presionándonos no con entera justicia —pues el Senado cede ante cada avance vuestro— ¿no lo habéis perdido también ahora con el cambio de vuestros comicios? 5 [3] Pues ni un decreto del Senado os designa ya para la magistratura, ni las curias participan en vuestras votaciones, ni se ofrecen a los dioses los sacrificios previos a vuestros comicios, que por ley debían celebrarse, ni se lleva a cabo ningún otro acto piadoso a los ojos de los dioses ni justo para los hombres en lo relativo a vuestra magistratura. Así pues, ¿qué participación podéis tener todavía de los ritos sagrados y cosas que exigen veneración, una de las cuales [4] es la ley, vosotros que habéis negado todas las leyes?». Esto era lo que decían a los tribunos los patricios más ancianos y los jóvenes, yendo por la ciudad en grupos organizados. A los plebeyos más favorables intentaban ganárselos en reuniones amistosas, y a los más reacios y turbulentos los atemorizaban con amenazas de peligros si no actuaban con sensatez. En cambio, a los más pobres y marginales, para quienes la preocupación por los asuntos públicos era nula en comparación con sus intereses particulares, los echaban del Foro golpeándolos como a esclavos.
Los tribunos llevan a juicio a un joven aristócrata 6
[5 ] Pero el que más seguidores tenía y el de mayor influencia de los jóvenes de entonces era Cesón Quincio, hijo de Lucio Quincio, llamado Cincinato, de linaje ilustre y género de vida no inferior al de nadie, el más hermoso de los jóvenes por su aspecto, el más brillante de todos en las artes de la guerra y bien dotado por naturaleza para hablar. En esa época, se extendía en invectivas contra los plebeyos no escatimando palabras penosas de oír para hombres libres, ni absteniéndose de los hechos que acompañan a las palabras. Los patricios le tenían en mucha estima por esto y le pedían que siguiera en su temible actitud, prometiendo ofrecerle impunidad. En cambio, los plebeyos le odiaban más que a ningún otro hombre. Los tribunos, en primer lugar, decidieron deshacerse [2] de él, con la finalidad de atemorizar al resto de los jóvenes y obligarles a ser sensatos. Después de tomar esta decisión y tener preparados argumentos y numerosos testigos, le llevaron a juicio bajo la acusación de crimen contra el Estado y pidieron la pena de muerte. Cuando le ordenaron que se presentara ante el pueblo porque había llegado el día que fijaron para el juicio, convocaron una asamblea y expusieron numerosos argumentos contra él, relatando todas las acciones violentas que había llevado a cabo contra los plebeyos, y presentaron como testigos a sus víctimas. [3] Pero cuando le concedieron la palabra, el propio joven llamado para defenderse no compareció a declarar, sino que pidió dar una satisfacción de acuerdo con la ley ante los mismos particulares por aquellos delitos por los que le acusaban, y que el juicio se llevara a cabo en presencia de los cónsules. Sin embargo, su padre, viendo que los plebeyos estaban indignados por la arrogancia del joven, intentaba defenderle explicando que la mayoría de las cosas eran falsas e inventadas premeditadamente contra su hijo; [4] y todo lo que no podía negar decía que eran cosas insignificantes, sin importancia y que no merecían la cólera de la gente, además de que no se habían hecho con premeditación o insolencia, sino por presunción juvenil, por causa de la cual resultó que había hecho muchas cosas irreflexivas en querellas, y quizá también había sufrido otras muchas, ya que no estaba ni en el mejor momento de su vida ni en la edad ideal para la sensatez. Y pidió a los plebeyos [5] no sólo que no guardaran resentimiento por las faltas que había cometido contra unos pocos, sino también que le estuvieran agradecidos por los servicios que les había prestado en las guerras haciendo bien a todos, consiguiendo libertad para los particulares y hegemonía para su patria; y pedía para sí mismo, si en algo había errado, comprensión y ayuda de la mayoría. Y enumeró minuciosamente las campañas militares y los combates por los que había recibido distinciones y coronas de sus generales, a cuántos ciudadanos había protegido en las batallas y cuántas veces había subido el primero las murallas de los enemigos. Al [6] final, terminó con lamentaciones y súplicas, y apelando a su propia moderación para con todos y a su modo de vida que, aseguraba, estaba limpio de toda mancha, pidió un solo favor del pueblo: que le conservaran a su hijo.
[6 ] El pueblo se complació mucho con sus palabras y estaba dispuesto a entregar el muchacho a su padre. Pero Virginio, viendo que si aquel no pagaba la pena, la osadía de los jóvenes petulantes sería insoportable, se levantó y [2] dijo: «Respecto a ti, Quincio, no sólo están atestiguados todos tus otros méritos, sino también tu buena disposición hacia los plebeyos, por lo cual se te han otorgado honores. Pero la soberbia del muchacho y su arrogancia hacia todos nosotros no admite ninguna súplica o perdón; él, que fue educado en tus normas de conducta, tan democráticas y moderadas, como todos sabemos, despreció tus hábitos, prefirió la insolencia tiránica y un orgullo propio de hombres bárbaros, e introdujo en nuestra ciudad una admiración [3] por los actos innobles. Pues bien, si siendo así él, te pasó inadvertido, ahora que te has enterado, sería justo que te indignaras en nuestro nombre; pero si eras su cómplice y le ayudabas en los ultrajes que cometía contra la desdichada fortuna de los ciudadanos pobres, entonces tú también eras un infame, y la fama de conducta intachable no te corresponde en justicia. Sin embargo, yo puedo atestiguar en tu favor que desconocías que él fuera indigno de tu condición. De todas formas, aunque te declaro inocente de haber colaborado con él en los daños que nos causó entonces, te reprocho que ahora no participes de nuestra indignación. Y para que conozcas mejor qué gran [4] infame para la ciudad has criado sin darte cuenta, qué cruel, tiránico y ni siquiera limpio del asesinato de ciudadanos, escucha su ambiciosa actuación y compárala con sus distinciones en las guerras. Y cuantos de vosotros os compadecisteis justamente ante las lamentaciones de este hombre, considerad si es correcto para vosotros que tengáis clemencia con un ciudadano semejante».
Después de decir esto, hizo levantar a Marco Volscio, [7 ] uno de sus colegas, y le pidió que contara lo que sabía del joven. Cuando hubo silencio y una gran expectación por parte de todos, Volscio, aguardando un poco, dijo: «Yo más bien hubiera querido, ciudadanos, recibir de este hombre una satisfacción privada, que la ley me concede, por haber sufrido cosas terribles y mucho más que terribles; pero como no pude conseguirlo a causa de la pobreza, de la falta de influencia y de ser uno entre muchos, ahora que tengo la posibilidad, tomaré el papel de testigo, ya que no de acusador. Escuchad qué cosas tan crueles e irreparables he padecido. Yo tenía un hermano, Lucio, al [3] que quise más que a todos los hombres. Él y yo cenábamos juntos en casa de un amigo y después de la cena, al llegar la noche, nos levantamos y nos fuimos. Cuando habíamos atravesado el Foro, nos encontramos casualmente con Cesón, aquí presente, que iba cantando y bailando con otros jóvenes insolentes. Ellos, al principio, se mofaron de nosotros y nos insultaron, como jóvenes borrachos y arrogantes a otros humildes y pobres; y cuando nos indignamos con ellos, Lucio le habló francamente a este hombre. Pero Cesón, aquí presente, considerando deshonroso haber escuchado algo que no quería, corrió hacia él, y golpeándole, pisándole y dando todo tipo de muestras de crueldad [4] y violencia, le mató. Cuando yo empecé a gritar y a defenderme con todas mis fuerzas, soltó a aquel que yacía ya muerto, empezó a pegarme y no cesó hasta que me vio tendido en tierra inmóvil y sin voz y creyó que estaba muerto. Después, se marchó satisfecho como si hubiera realizado una bonita acción; en cuanto a nosotros, algunas personas que llegaron poco después nos cogieron cubiertos de sangre y nos llevaron a casa, a mi hermano Lucio muerto, como dije, y a mí medio muerto y con pocas esperanzas [5] de vida. Esto ocurrió durante el consulado de Publio Servilio y Lucio Ebucio, cuando se declaró una gran peste en la ciudad y nosotros dos la cogimos. Pues bien, entonces no me era posible pedir justicia contra él, puesto que ambos cónsules habían muerto. Después, cuando accedieron al cargo Lucio Lucrecio y Tito Veturio, yo quería llevarle a juicio pero me vi imposibilitado por la guerra, ya [6] que los dos cónsules habían dejado la ciudad. Cuando regresaron de la campaña militar, le convoqué muchas veces ante la magistratura, y siempre que me acercaba a él (esto lo saben muchos ciudadanos), me golpeaba. Esto es lo que he sufrido, plebeyos, y os lo he contado con toda sinceridad».
[8 ] Después de hablar así, se levantó un griterío entre los presentes y muchos sintieron el impulso de tomarse la justicia por su mano. Pero los cónsules y la mayoría de los tribunos lo impidieron, deseando que no se introdujera en la ciudad una costumbre perniciosa. Y, por otro lado, estaba la gente más honorable del pueblo que no quería privar de la palabra a quienes se debatían por sus vidas. Entonces [2] el respeto por la justicia contuvo el impulso de los más atrevidos, y el proceso tuvo un aplazamiento, surgiendo un conflicto no pequeño y un debate relativo al encausado, sobre si había que custodiarlo mientras tanto en prisión o bien ofrecer garantes de su regreso, como el padre pedía. El Senado se reunió y decidió que la persona quedara libre hasta el juicio, previo pago de una fianza. Al [3] día siguiente, los tribunos convocaron a la plebe y, faltando el muchacho al juicio, ratificaron su voto contra él y exigieron a los fiadores, que eran diez, el dinero acordado para el regreso del joven. Cesón, habiendo caído víctima [4] de un complot semejante, pues los tribunos habían maquinado todo y Volscio había atestiguado en falso, como se vio claro con el tiempo, se marchó al exilio a Tirrenia. Su padre vendió la mayor parte de su hacienda y devolvió el dinero convenido por los fiadores, quedándole solamente un pequeño terreno al otro lado del río Tíber, donde había una humilde cabaña; y allí, trabajando la tierra con unos pocos esclavos, llevaba una vida penosa y miserable por el dolor y la pobreza, sin ver la ciudad ni saludar a sus amigos, sin asistir a fiestas ni participar de ningún otro placer. A los tribunos 7 , sin embargo, les ocurrió todo lo [5] contrario de lo que esperaban; pues la ambición de los jóvenes no sólo no cesó, reprimida por la desgracia de Cesón, sino que llegó a ser mayor y más intransigente luchando contra la ley con palabras y con actos, de modo que a los tribunos ya no les fue posible conseguir nada pues habían gastado el tiempo de su mandato en este asunto. Sin embargo, el pueblo, al año siguiente, los eligió de nuevo para el cargo.
Artimaña de los tribunos para atemorizar a la población 8
[9 ] Cuando Publio Valerio Publícola y Cayo Claudio Sabino recibieron el poder consular, un peligro como ningún otro hasta entonces cayó sobre Roma, procedente de una guerra de un pueblo extranjero 9 , que la disensión civil introdujo dentro de las murallas, como predecían los oráculos sibilinos y los presagios de la divinidad habían profetizado el año anterior 10 . Explicaré la causa por la que empezó la guerra y la actuación [2] de los cónsules en esa contienda. Los que habían asumido el tribunado por segunda vez con la esperanza de ratificar la ley, viendo, por una parte, que uno de los cónsules, Cayo Claudio, tenía un odio innato contra los plebeyos heredado de sus antepasados y que estaba dispuesto a impedir el asunto por cualquier medio, por otra, que los jóvenes con mayor influencia habían llegado a una desesperación tan evidente que no era posible vencerlos por la violencia, y, sobre todo, viendo que la mayor parte del pueblo cedía a las adulaciones de los patricios y ya no mostraba el mismo celo por la ley, decidieron seguir un camino más audaz para sus planes, por medio del cual dejarían atónitos [3] al pueblo y fuera de juego al cónsul. En primer lugar, hicieron que se propagaran todo tipo de rumores por la ciudad; después, se sentaron en el Consejo desde el amanecer de forma notoria y estuvieron durante todo el día sin dar parte a nadie de fuera ni de sus acuerdos ni de sus conversaciones. Cuando les pareció que era el momento oportuno para realizar lo acordado, inventaron unas cartas e hicieron que les fueran entregadas por un hombre desconocido cuando estuvieran sentados en el Foro. Después de leerlas, se levantaron golpeando sus frentes y con la mirada baja. Cuando una gran multitud acudió en tropel sospechando [4] que alguna grave desgracia estaba escrita en las cartas, ellos pidieron silencio por medio de un heraldo y dijeron: «Ciudadanos, vuestros plebeyos están en el más grave peligro; y si los dioses no hubieran previsto alguna benevolencia hacia los que iban a sufrir injusticia, todos habríamos caído en terribles desgracias. Os pedimos que aguardéis un poco de tiempo, hasta que comuniquemos al Senado las noticias y hagamos lo conveniente de común acuerdo». Después de decir esto, se marcharon hacia los cónsules. [5] Mientras el Senado estaba reunido, en el Foro se oían muchas conversaciones de todo tipo; unos, premeditadamente, hablaban en grupos, siguiendo las consignas prescritas por los tribunos, y otros comentaban aquellas cosas que más habían temido que ocurrieran, pensando que era lo que les había sido anunciado a los tribunos. Uno decía [6] que los ecuos y los volscos habían acogido a Cesón Quincio, el condenado por el pueblo, lo habían elegido general de ambos pueblos con plenos poderes y que iba a marchar contra Roma con numerosas fuerzas reunidas. Otro decía que por un acuerdo común entre los patricios, ese hombre iba a ser traído de nuevo por fuerzas extranjeras, para que la salvaguarda de los plebeyos quedara anulada entonces y en el futuro. Otro decía que no eran todos los patricios los que habían tramado esto, sino sólo los jóvenes. Algunos [7] se atrevían a decir que ese hombre estaba ya oculto dentro de la ciudad y que iba a apoderarse de los lugares más ventajosos. Cuando toda la ciudad estaba sacudida por la expectativa de las desgracias y todos sospechaban y se guardaban unos de otros, los cónsules convocaron al Senado, y los tribunos, acudiendo, dieron a conocer las noticias recibidas. El que habló en nombre de ellos fue Aulo Virginio y dijo lo siguiente:
Los tribunos intentan convencer al Senado de la existencia de una conspiración
[10 ] «Mientras nos parecía que no había ninguna certeza acerca de los peligros anunciados, sino que se trataba de dudosos rumores y no había nada que los garantizara, no nos atrevíamos, senadores, a exponer públicamente las noticias sobre ellos, suponiendo que se producirían graves disturbios, como es natural en un momento de terribles rumores, y temiendo que os pareciera que habíamos tomado una decisión [2] más precipitada que sensata. Sin embargo, no olvidamos el asunto despreocupándonos, sino que por todos los medios posibles investigamos cuidadosamente la verdad. Y puesto que la divina providencia, por la cual es siempre salvada nuestra comunidad, actuando correctamente saca a la luz los planes ocultos y los propósitos impíos de los enemigos de los dioses; puesto que tenemos cartas que hemos recibido recientemente de extranjeros que demuestran su buena disposición hacia nosotros y cuyos nombres oiréis después; puesto que las declaraciones de aquí coinciden y están de acuerdo con las noticias de fuera y la situación estando ya en nuestras manos no admite dilación ni demora, antes de darlo a conocer al pueblo, decidimos comunicároslo [3] primero a vosotros, como es justo. Pues bien, sabed que hay una conspiración tramada contra el pueblo por parte de varones conspicuos, entre los cuales se dice que hay incluso una pequeña parte de los más ancianos que componen este Senado, y la mayoría son caballeros de fuera de esta Cámara, pero todavía no es el momento [4] de deciros quiénes son. Según nuestras noticias, van a atacarnos mientras durmamos amparándose en una noche oscura, cuando no podamos ni prever nada de lo que ocurra ni reunirnos para defendernos todos juntos; y, asaltando nuestras casas, van a degollarnos no sólo a los tribunos sino también a los otros plebeyos que alguna vez se han enfrentado a ellos en defensa de su libertad o se les pueden enfrentar en el futuro. Y cuando se hayan desembarazado [5] de nosotros, creen que entonces ya con total seguridad conseguirán de vosotros la abolición por unanimidad de los pactos que habéis hecho con el pueblo. Pero viendo que para sus planes necesitaban fuerzas extranjeras preparadas en secreto, y no unas fuerzas moderadas, han elegido como jefe para sus propósitos a uno de vuestros desterrados, Cesón Quincio, al cual, convicto de asesinatos de conciudadanos suyos y de sedición en la ciudad, algunos de aquí le consiguieron que no pagara la pena y que saliera impune de la ciudad, y le han prometido el regreso además de ofrecerle cargos, honores y otras recompensas por su ayuda. Él, a su vez, les ha prometido traer un ejército [6] auxiliar de ecuos y volscos tan grande como necesiten. Y él mismo vendrá dentro de poco con los más atrevidos, introduciéndoles en secreto en pequeños grupos y de forma dispersa; el resto de la fuerza, cuando nosotros, los líderes del pueblo, seamos destruidos, avanzará sobre la restante multitud de pobres, si es que algunos se empeñan en su libertad. Estas son las terribles e impías acciones que han [7] tramado a escondidas y que van a llevar a cabo, senadores, sin temer la cólera divina ni preocuparse de la indignación humana».
«Así pues, sacudidos entre tantos peligros, venimos a [11 ] suplicaros, padres, encomendándonos a los dioses y divinidades a los que sacrificamos en común, y recordando las numerosas y grandes batallas que mantuvimos a vuestro lado, que no permitáis que padezcamos estos crueles e impíos actos a manos de nuestros enemigos, sino que nos socorráis y os indignéis con nosotros ayudándonos a imponer el castigo merecido a los que han tramado esto, preferentemente a todos, pero si no, al menos a los cabecillas de [2] esta criminal conspiración. Lo primero de todo, os pedimos, senadores, que votéis la medida que es más justa: que la investigación de los asuntos revelados corra a cargo de nosotros, los tribunos; pues, aparte de lo justo de la petición, forzoso es que las investigaciones más rigurosas sean las que hagan aquellos que corren peligro en sus mismas [3] personas. Pero si algunos de vosotros no están dispuestos a favorecernos en nada, sino que se oponen a todos los que hablan en nombre del pueblo, me gustaría preguntarles cuál de nuestras peticiones les molesta y de qué piensan convenceros. ¿Acaso de no hacer ninguna investigación y desentenderse de la conspiración tan tremenda e infame que se está tramando contra el pueblo? Y ¿quién podría afirmar que los que hablan así tienen buenas intenciones, y no están corrompidos también, son cómplices de la conjuración, y además, por estar temerosos de ser descubiertos, se empeñan en impedir la investigación de la verdad? A éstos, sin duda, les prestaríais atención [4] injustamente. ¿O pedirán que no nos encarguemos nosotros de la indagación de estas noticias, sino el Senado y los cónsules? Y siendo así, ¿qué es lo que impedirá este mismo planteamiento si se da el caso de que algunos plebeyos, levantándose contra los cónsules y el Senado, planeen la disolución de esta Cámara, y entonces los líderes del pueblo digan que es justo que la investigación acerca de los plebeyos corra a cargo de quienes han asumido la defensa del pueblo? Pues bien, ¿qué ocurrirá como consecuencia de esto?: que no habrá nunca ninguna averiguación sobre ningún asunto secreto. Pero ni nosotros nunca pediríamos [5] esto (pues el celo de partido es sospechoso) ni vosotros actuaríais rectamente prestando atención a quienes tienen las mismas pretensiones contra nosotros, sino que deberíais considerarles enemigos comunes de la ciudad. Por otro lado, senadores, en estas circunstancias nada es tan necesario como la rapidez; pues el peligro es grave y la demora relativa a nuestra seguridad es improcedente en medio de unos peligros que no se van a demorar. De modo que, dejando a un lado las disputas y los largos discursos, votad ya lo que os parezca conveniente para la comunidad».
Respuesta de los cónsules a los tribunos
Después de hablar así, un gran estupor [12 ] y perplejidad se apoderó del Senado. Estuvieron considerando y hablando entre ellos de la dificultad de cada una de las dos posibilidades, el permitir o no permitir a los tribunos que hicieran investigaciones por su cuenta sobre un asunto de común interés y gran importancia. Y uno de los cónsules, Cayo Claudio, sospechando de sus intenciones, se levantó y habló así:
«No temo, Virginio, que estos hombres piensen que soy [2] cómplice de la conjuración que decís que se está tramando contra vosotros y contra el pueblo, y que temiendo por mí mismo o porque alguno de los míos es culpable de estas acusaciones, me he levantado a proponer lo contrario a vuestras demandas; pues mi modo de vida me libera de todo tipo de sospechas. Pero lo que considero que conviene tanto al Senado como al pueblo, lo diré seriamente y sin ningún temor. Me parece que Virginio está muy equivocado, [3] o más bien, totalmente, si se ha imaginado que alguno de nosotros va a decir que hay que dejar sin investigar un asunto de tanta envergadura y necesidad, o que no es preciso que los que ostentan el poder del pueblo tomen parte ni estén presentes en la investigación. Ninguno es tan insensato o tan malévolo con el pueblo como para [4] decir esto. Pues bien, por si acaso alguien me preguntara qué me ocurre para levantarme y oponerme a estas medidas con las que estoy de acuerdo y afirmo que son justas, y qué intención tienen mis palabras, ¡por Júpiter! yo os lo voy a decir. Creo, senadores, que es preciso que hombres prudentes examinen rigurosamente los comienzos y los puntos esenciales de cualquier medida; pues según como sean éstos, así es forzoso que sean también las conversaciones [5] sobre ello. Entonces, escuchadme cuál es el fundamento de esta medida y cuál es la intención de los tribunos. No les iba a ser posible llevar a cabo ahora nada de lo que se propusieron hacer el año pasado y les fue impedido, si vosotros os oponíais a ellos como antes y el pueblo ya no les apoyaba de la misma manera. Pues bien, sabiendo esto, consideraban la manera de que vosotros os vierais obligados a ceder ante ellos contra vuestra voluntad y que el pueblo colaborara en todo lo que ellos pidieran. [6] Como no encontraban una base verdadera y justa para hacer posibles estas dos cosas, intentando muchos planes y dando vueltas arriba y abajo al asunto, finalmente llegaron al siguiente razonamiento: «Acusemos a algunos personajes ilustres de estar conspirando para destruir al pueblo y de haber decidido degollar a quienes le ofrecen seguridad. [7] Y después de haber procurado que se comente esto por la ciudad durante mucho tiempo, cuando ya a la mayoría le parezca fidedigno —y le parecerá por temor— hagamos que un hombre desconocido nos entregue unas cartas en presencia de mucha gente. Después, yendo al Senado, entre indignación y lamentos pidamos el derecho a investigar las [8] noticias. Si los patricios se nos oponen, aprovecharemos este pretexto para indisponerlos con el pueblo, y así, toda la plebe, enfurecida contra ellos, estará dispuesta a colaborar con nosotros en lo que queramos. Si, por el contrario, están de acuerdo, expulsemos a los de más noble linaje y que más se nos han enfrentado, no sólo ancianos sino también jóvenes, como si hubiéramos descubierto que son los responsables de las imputaciones. Y ellos, entonces, por [9] temor a las condenas, o llegarán al acuerdo de no oponérsenos más, o se verán obligados a abandonar la ciudad. De esta forma, haremos una gran limpieza de adversarios».
«Éstos eran sus planes, senadores, y en el intervalo de [13 ] tiempo que los veíais reunirse en sesiones, este engaño era tramado por ellos contra los mejores de vosotros, y esta urdimbre estaba siendo tejida contra los más nobles caballeros. Y necesito muy pocas palabras para demostrar que esto es verdad. Veamos, decidme, Virginio y los que vais [2] a padecer estas desgracias, ¿de qué extranjeros recibisteis las cartas? ¿dónde viven? ¿de qué os conocen o cómo se enteran de lo que se discute aquí? ¿por qué dais largas y prometéis que diréis sus nombres después en vez de decirlo antes? ¿quién es el hombre que os entregó las cartas? ¿por qué no lo traéis aquí delante de todos, para que empecemos en primer lugar a indagar a través de él si esto es verdad, o, como yo afirmo, son invenciones vuestras? Y las [3] informaciones de gente de aquí que coinciden con las cartas extranjeras, ¿cuáles son y de quiénes proceden? ¿por qué ocultáis las pruebas en vez de sacarlas a la luz? Pero creo que de cosas que no han existido ni existirán es imposible encontrar una prueba. Éstas son indicaciones no de [4] una conspiración contra ellos, sino de un engaño y mala intención contra vosotros, que ellos han mantenido en secreto, pues los hechos hablan por sí solos. Pero vosotros sois los responsables por haberles otorgado las primeras concesiones y haber reforzado lo insensato de su magistratura con un gran poder, cuando permitisteis que el año pasado juzgaran a Cesón Quincio por acusaciones falsas, y consentisteis que tan gran baluarte de la aristocracia fuera [5] destruido por ellos. Así pues, ya no se moderan ni aniquilan a los nobles de uno en uno, sino que acorralando a todos los aristócratas a la vez intentan expulsarlos de la ciudad. Y aparte de todas las otras infamias, no sólo pretenden que ninguno de vosotros se les oponga, sino que además haciendo recaer sobre él sospechas y calumnias como si fuera cómplice de los planes secretos, quieren atemorizarle y rápidamente afirman que es un enemigo del pueblo y le ordenan que venga ante la asamblea a pagar la [6] pena por los delitos que se le han imputado aquí. Pero otro momento más oportuno habrá para hablar de este asunto; por ahora cortaré mi disertación y dejaré de extenderme más, aconsejándoos que os guardéis de estos hombres como agitadores de la ciudad y portadores de gérmenes de grandes desgracias. Y esto no lo digo sólo aquí y en cambio ante el pueblo intento ocultarlo, sino que también allí emplearé una justa franqueza explicándoles que ninguna desgracia les amenaza excepto que unos malévolos y engañosos cabecillas, bajo apariencia de amigos están realizando acciones propias de enemigos».
[7] Cuando el cónsul hubo dicho esto, se produjo un griterío y una gran aclamación por parte de los presentes, y sin conceder ya la palabra a los tribunos, disolvieron la reunión. Después, Virginio convocó una asamblea y acusó al Senado y a los cónsules, y Claudio los defendía exponiendo los mismos argumentos que había dicho en el Senado. Los más moderados de los plebeyos sospechaban que el miedo era infundado, pero los más simples, confiando en los rumores, creían que era real. Y entre ellos, cuantos eran malintencionados y estaban siempre deseosos de cambio, no tenían el propósito de investigar la verdad o la mentira, sino que buscaban un pretexto de disensión y revuelta.
Golpe fallido de los sabinos para acabar con la hegemonía romana 11
Cuando la ciudad se encontraba en [14 ] tal confusión, un hombre del pueblo de los sabinos, de padres no desconocidos y poderoso por su riqueza, de nombre Apio Herdonio, ansiaba derrocar la hegemonía de los romanos, ya con la idea de prepararse una tiranía para sí mismo o de conseguir soberanía y poder para el pueblo de los sabinos o porque quisiera ser digno de un gran renombre.
Después de comunicar su idea a muchos de sus amigos y de explicarles la forma de llevarla a cabo, como ellos estaban de acuerdo, reunió a sus clientes y a los más atrevidos de sus servidores, y en poco tiempo pudo disponer de una fuerza de cuatro mil hombres aproximadamente. Cuando hubo preparado armas, provisiones y todas las demás cosas necesarias para una guerra, los embarcó en barcos fluviales y, navegando a través del Tíber, atracó en [2] esa parte de Roma donde está el Capitolio, que no dista ni un estadio completo del río 12 . Era entonces medianoche y había una gran tranquilidad en toda la ciudad; con esta ventaja, desembarcó a los hombres con rapidez y a través de la puerta que estaba abierta (pues hay una puerta sagrada del Capitolio, llamada Carmental 13 , que se deja abierta por prescripción de algún oráculo) hizo subir a sus tropas y tomó la fortaleza. Desde allí se lanzó hacia la ciudadela, que lindaba con el Capitolio, y también se [3] apoderó de ella. Su idea era, después de haber tomado los lugares más ventajosos, acoger a los desterrados, invitar a los esclavos a la libertad, prometer a los necesitados la abolición de las deudas y hacer partícipes de las ganancias a los demás ciudadanos que, siendo de humilde condición, envidiaban y odiaban a las autoridades y habrían aceptado contentos un cambio. La esperanza que le inducía a confiar y a la vez le engañaba en su idea de que no fracasaría en ninguna de sus expectativas, era la disensión civil, por la que suponía que ya no sería posible ninguna amistad [4] ni comunicación entre el pueblo y los patricios. Y si acaso nada de esto le saliera según sus planes, entonces había decidido llamar a los sabinos con todo su ejército, a los volscos y a los demás vecinos que quisieran ser liberados de la odiosa autoridad de los romanos.
[15 ] Sin embargo, ocurrió que todas sus esperanzas le fallaron, pues ni los esclavos se pasaron a su bando, ni los exiliados regresaron, ni los proscritos y endeudados buscaban su ganancia particular a cambio del bien común, y la ayuda exterior no tuvo tiempo suficiente para los preparativos de la guerra, pues en tres o cuatro días completos el asunto había llegado a su fin, después de causar a los romanos [2] un gran temor y mucha confusión. Cuando fueron tomadas las fortalezas, se produjo de repente un griterío y una huida de los que habitaban alrededor de aquellos lugares, excepto los que fueron muertos inmediatamente; y la mayoría, desconociendo cuál era el peligro, cogieron las armas y corrieron juntos, unos hacia los lugares elevados de la ciudad, otros hacia los lugares abiertos, que eran muy numerosos, y otros hacia las llanuras próximas. Aquellos que estaban debilitados por su edad y carecían de fuerza corporal, ocuparon los tejados de las casas junto con las mujeres para luchar desde allí contra los atacantes, pues les parecía que toda la ciudad era una batalla. Pero cuando [3] se hizo de día y se supo que los lugares fuertes de la ciudad habían sido tomados y quién era el hombre que se había apoderado de esos lugares, los cónsules acudieron al Foro y llamaron a los ciudadanos a las armas. Los tribunos, por su parte, convocaron al pueblo a una asamblea y dijeron que no pretendían hacer nada contrario a los intereses de la ciudad, pero pensaban que era justo que el pueblo que iba a afrontar tan gran combate, marchara hacia el peligro con ciertas condiciones fijadas. «Si en efecto [4] —dijeron— los patricios os prometen y están dispuestos a daros garantías bajo juramento de que cuando termine esta guerra os permitirán nombrar legisladores y gozar de igualdad de derechos políticos en el futuro, ayudémosles a liberar la patria. Pero si no pretenden hacer ninguna de estas cosas razonables, ¿por qué tenemos que correr peligro y sacrificar nuestras vidas por ellos cuando no vamos a sacar ningún beneficio?». Al hablar estos así, el pueblo se convenció [5] y no aguardó a escuchar ni una palabra de los que aconsejaban cualquier otra cosa; entonces Claudio dijo que no estaba dispuesto a solicitar una alianza tal que no iba a ayudar a la patria de forma voluntaria sino por una recompensa, y ésta, ni siquiera moderada; sin embargo, dijo que los patricios por su parte, armados ellos mismos, con los clientes que les acompañaran y con alguna otra parte del pueblo que quisiera ayudarles voluntariamente en la guerra, iban a sitiar la fortaleza. Pero si aun así, la fuerza no les pareciera suficiente, llamarían a los latinos y a los hérnicos, y si era necesario prometerían la libertad a los esclavos y convocarían a todos antes que a aquellos que les guardaban rencor en tales circunstancias. En cambio, el [6] otro cónsul, Valerio, se opuso a esto, no creyendo que fuera necesario enemistar del todo a los plebeyos, ya irritados, contra los patricios, y aconsejaba ceder en esta ocasión y ordenar las medidas justas contra los enemigos de fuera y proponer moderación y sensatez frente a las pláticas de [7] sus propios ciudadanos. Como a la mayoría de los senadores les parecía que su consejo era el mejor, se presentó ante la asamblea, desarrolló un hermoso discurso y, al final de su disertación, juró que si el pueblo ayudaba con ánimo en esta guerra y la situación de la ciudad se restablecía, concedería a los tribunos que propusieran al pueblo el dictamen sobre la ley que intentaban introducir referente a la igualdad de derechos y se esforzaría para que se cumpliera la decisión del pueblo durante el período de su consulado. Pero lo cierto es que estaba predestinado que no llevaría a término ninguna de estas promesas, pues la hora de su muerte estaba cerca.
Defensa de la ciudad
[16 ] Disuelta la asamblea hacia el atardecer, todos acudieron a los lugares señalados, dieron sus nombres a los generales y prestaron el juramento militar. Pues bien, aquel día y toda la noche siguiente estuvieron dedicados a esto, y al otro día los centuriones fueron asignados por los cónsules y colocados en los mojones sagrados, al tiempo que confluía también la multitud [2] que vivía en los campos. Una vez que se dispuso todo con presteza, los cónsules dividieron las fuerzas y por sorteo repartieron los cargos. Entonces a Claudio la suerte le otorgó vigilar delante de las murallas, no fuera que se presentara algún ejército exterior en auxilio de los enemigos de dentro, pues a todos invadía la sospecha de un gran tumulto y temían que todos sus enemigos iban a caer a la vez sobre ellos. A Valerio, por su parte, la fortuna le asignó sitiar las fortalezas. También fueron nombrados generales [3] para ocupar los demás lugares defensivos que había dentro de la ciudad y para los caminos que conducen al Capitolio con objeto de impedir que los esclavos y los pobres se pasaran al enemigo, lo que temían más que cualquier otra cosa. Ninguna ayuda de los aliados les llegó pronto, excepto la de los tusculanos 14 que, la misma noche que se enteraron, prepararon una expedición que guiaba Lucio Mamilio, hombre emprendedor, que ocupaba entonces la primera magistratura en su ciudad. Éstos eran los únicos que compartían el peligro con Valerio y le ayudaron a conquistar las fortalezas demostrando una total entrega y entusiasmo. El ataque a las fortalezas se llevó a cabo desde [4] todas partes; pues unos, ensartando a sus hondas recipientes de betún y pez ardiendo los lanzaban desde las casas más próximas sobre las colinas; y otros, recogiendo broza seca y levantando altos montones junto a las partes escarpadas del risco, les prendían fuego confiando las llamas a un viento favorable. Y los que eran más valientes, apretándose en filas subían por los caminos que se habían hecho de forma artificial. Pero no les iba a reportar ningún [5] beneficio la cantidad, que superaba en mucho a la de sus enemigos, ya que subían por un camino estrecho y lleno de rocas que les caían desde arriba, por lo que un grupo pequeño de hombres iba a resultar igual a uno numeroso. Ni su resistencia frente a los peligros, que poseían por haberla ejercitado en muchas guerras, iba a suponer ninguna ventaja cuando se vieran obligados a abrirse un camino hacia elevadas atalayas, pues no se requería el valor y la firmeza de los combates cuerpo a cuerpo, sino la táctica de batallas con armas arrojadizas. Además, los impactos [6] de los proyectiles lanzados desde abajo a lugares altos eran débiles e ineficaces, aunque acertaran, como es natural; en cambio, los golpes de los arrojados de arriba abajo eran agudos y violentos contribuyendo también su propio peso a la fuerza del tiro. Sin embargo, no se cansaban los que atacaban las murallas, sino que persistían sometidos a fuertes dosis de peligros, no cesando sus penalidades ni de día ni de noche. Por fin, cuando ya les faltaban dardos a los sitiados y sus cuerpos estaban exhaustos, al tercer día los [7] romanos tomaron las fortalezas. En esta batalla perdieron muchos hombres valientes, y el mejor, como era reconocido por todos, el cónsul; éste, después de recibir no pocas heridas, ni aun así se retiró del peligro, hasta que una roca enorme cayó sobre él cuando subía a la fortificación y le privó al mismo tiempo de la victoria y de la vida. Durante la toma de las fortalezas, Herdonio, que era distinguido por su fuerza corporal y su brazo valeroso, después de hacer una matanza increíble a su alrededor, pereció bajo una multitud de dardos. Y de los que le acompañaban en la toma de las fortalezas, unos pocos fueron capturados vivos, pero la mayoría de ellos se dio muerte o pereció precipitándose por los acantilados.
Lucio Quincio Cincinato es elegido cónsul 15
[17 ] Teniendo este fin la guerra con los bandidos, los tribunos intentaban reanimar de nuevo la revuelta civil pretendiendo conseguir del cónsul sobreviviente las promesas que les había hecho Valerio, el muerto en la batalla, con respecto a la proposición de la ley. Pero Claudio durante algún tiempo estuvo demorando el asunto, unas veces con la realización de ritos expiatorios para la ciudad, otras, ofreciendo sacrificios de acción de gracias a los dioses y ganándose a la multitud por medio del disfrute en juegos y espectáculos. Cuando todas sus excusas [2] se habían agotado, finalmente dijo que había que designar otro cónsul para el puesto del que había muerto, pues las acciones llevadas a cabo por sí solo no serían legales ni duraderas; en cambio, las realizadas por ambos serían legítimas y decisivas. Despachándoles con este pretexto, anunció un día para la asamblea electiva, en el que designaría a su colega. En ese intervalo, los dirigentes del Senado, por medio de deliberaciones secretas, acordaron entre ellos a quién iban a conceder el cargo. Y cuando llegó [3] el momento de la elección y el heraldo llamó a la primera clase, se presentaron en el lugar señalado las dieciocho centurias de jinetes y las ochenta de infantes, formadas por los de mayor fortuna, y nombraron cónsul a Lucio Quincio Cincinato, a cuyo hijo, Cesón Quincio, los tribunos, después de entablarle un proceso en el que peligraba su vida, le habían obligado a abandonar la ciudad. Y cuando todavía ninguna otra clase había sido llamada para votar (pues las centurias que habían votado superaban en tres a las que faltaban), el pueblo se marchó considerando una grave desgracia que un hombre que les odiaba fuera a ser dueño del poder consular. El Senado, por su parte, enviaba hombres a invitar al cónsul y conducirlo a su magistratura. Sucedió que entonces Quincio estaba trabajando una [4] tierra para la siembra, siguiendo él mismo a los bueyecillos que roturaban el barbecho, sin llevar túnica, solamente un pequeño taparrabos y un sombrero sobre la cabeza 16 . Al ver a una multitud de hombres que entraban en el campo, detuvo el arado y estuvo mucho tiempo sin saber quiénes eran y qué venían a pedirle; entonces, cuando alguien corrió hacia él y le exhortó a que se adecentara más, entró en la cabaña y después de vestirse se presentó ante ellos. [5] Entonces, todos los que habían ido a escoltarle le saludaron no por su nombre, sino como cónsul, le vistieron con una ropa bordada en púrpura y, después de colocar delante de él las hachas y las demás insignias de su cargo, le pidieron que les acompañara a la ciudad. Él, aguardando un poco y entre lágrimas, habló así: «Entonces, este año mi campo quedará sin siembra y correremos el peligro de no tener de qué alimentarnos». Luego, abrazó a su mujer y encargándole que se ocupara de los asuntos de la casa, [6] marchó a la ciudad. Me vi impulsado a contar esto por ninguna otra razón que la de dejar claro a todos cómo eran los dirigentes de la ciudad de Roma en esa época, que vivían del trabajo de sus manos, eran modestos, no les disgustaba una pobreza honrada y no perseguían poderes reales, sino que incluso rehusaban los que les ofrecían. Resulta evidente que los romanos de ahora no se parecen ni siquiera un poco a aquellos, sino que practican todo lo contrario, excepto muy pocos por los que el prestigio de la ciudad todavía se mantiene y la semejanza con aquellos varones se conserva. Pero ya he hablado bastante de esto.
Dura oposición del cónsul a los tribunos 17
[18 ] Quincio, cuando recibió el cargo de cónsul, hizo desistir a los tribunos de sus nuevas medidas políticas y de su empeño en la ley, advirtiéndoles que, si no cesaban de perturbar la ciudad, anunciaría una expedición contra los volscos y sacaría a todos los romanos [2] de la ciudad. Cuando los tribunos dijeron que le impedirían hacer una leva militar, convocó al pueblo a una asamblea y les indicó que todos habían prestado el juramento militar de seguir a los cónsules en las guerras a las que se les llamara y de no abandonar los estandartes, ni hacer ninguna otra cosa contraria a la ley. Dijo también que al haber asumido la autoridad consular los tenía a todos sometidos en virtud de los juramentos. Después de hablar [3] así y de jurar que haría uso de la ley contra los que desobedecieran, ordenó traer las insignias de los templos. «Y para que renunciéis a toda demagogia durante mi consulado, no retiraré el ejército del territorio enemigo hasta que se cumpla el tiempo de mi mandato. Así pues, pensando que vais a pasar el invierno al raso, preparad lo necesario para ese momento». Habiéndoles atemorizado con estas [4] palabras, cuando vio que se habían vuelto más moderados y que rogaban verse libres de la campaña, dijo que les concedería descansos de las guerras bajo la condición de que ellos no causaran ningún problema más, sino que le permitieran ejercer su cargo como quisiera, y que se dieran y recibieran mutuamente lo justo.
Buena gestión política del cónsul Lucio Quincio
Apaciguado el tumulto, restituía a los [19 ] demandantes el derecho a tribunales, aplazado durante mucho tiempo, y él en persona juzgaba con equidad y justicia la mayoría de las querellas, sentado durante todo el día en el estrado; y ante los que llegaban a juicio, mostrábase afable, benévolo y generoso. Hizo que el gobierno pareciera tan aristocrático 18 que ni requerían a los tribunos quienes se veían sometidos por sus superiores a causa de su pobreza, bajo nacimiento o cualquier otra humilde condición, ni los que querían un régimen político basado en la igualdad de derechos sentían ya anhelo de una nueva legislación, sino que todos estaban complacidos y contentos con el buen orden que entonces prevalecía en la [2] ciudad. Este hombre fue alabado por el pueblo no sólo en virtud de tales acciones, sino también porque cuando cumplió el tiempo fijado de su mandato, no aceptó el consulado que se le ofrecía por segunda vez, ni se alegró al recibir [3] tan gran honor. El Senado intentaba retenerle en el poder consular con muchos ruegos, debido a que los tribunos habían conseguido por tercera vez no deponer su cargo y los senadores pensaban que él se les opondría y les haría desistir de las nuevas medidas, de unas por medio del respeto y de otras por el temor, y también veían que el pueblo no rehusaba ser gobernado por un hombre bueno. Pero éste dijo que ni elogiaba lo obstinado del poder de los tribunos, ni él, por su parte, iba a ganarse la misma acusación [4] que aquéllos. Entonces, convocó al pueblo a una asamblea, y después de lanzar una larga acusación contra los que no renuncian a sus cargos, prestó firmes juramentos de no aceptar el consulado de nuevo antes de haber terminado su primer mandato, y anunció un día para las elecciones; y en este día, después de nombrar a los cónsules, se marchó de nuevo a aquella pequeña cabaña y llevó una vida de campesino como antes.
Ataque de los ecuos a la ciudad de Túsculo 19
[20 ] Sus sucesores en el consulado fueron Quinto Fabio Vibulano (por tercera vez) y Lucio Cornelio, y mientras se ocupaban de las competiciones tradicionales, hombres escogidos del pueblo de los ecuos, una multitud de alrededor de seis mil, equipados de armamento ligero, salieron por la noche y llegaron cuando todavía estaba oscuro a la ciudad de los tusculanos, que pertenece al pueblo de los latinos y dista de Roma no menos de cien estadios 20 . Al encontrar las puertas abiertas y la [2] muralla desprotegida, como en tiempo de paz, tomaron la ciudad por asalto con la idea de vengarse de los tusculanos por el hecho de que seguían colaborando celosamente con la ciudad de los romanos y, en especial, porque en el asedio del Capitolio fueron los únicos que les ayudaron en la guerra 21 . Los ecuos no mataron a muchos hombres en [3] la toma de la ciudad, ya que los de dentro, excepto los que no podían huir por enfermedad o vejez, se les adelantaron poco antes de la captura de la ciudad, precipitándose por otras puertas; pero ellos hicieron esclavos a sus mujeres, niños y sirvientes y les robaron sus pertenencias. Cuando [4] se dio a conocer en Roma la terrible noticia por medio de quienes habían escapado de la captura, los cónsules pensaron que debían ayudar rápidamente a los fugitivos y restituirles la ciudad; pero los tribunos se oponían no permitiendo alistar un ejército hasta que se llevara a cabo una votación relativa a las leyes. Mientras el Senado se mostraba indignado y la expedición sufría una demora, se presentaron otros enviados del pueblo de los latinos anunciando que la ciudad de Ancio 22 se había sublevado abiertamente, por decisión conjunta de los volscos, que eran los antiguos habitantes de la ciudad, y de los romanos que habían llegado a ella como colonos y habían recibido un lote de tierras. Mensajeros de los hérnicos acudieron por los mismos días manifestando que numerosas tropas de volscos y ecuos habían salido fuera y ya estaban en su territorio. [5] Al escuchar estas noticias a la vez, los senadores decidieron no hacer ya ninguna demora, sino ayudar con todo el ejército y que ambos cónsules partieran; y si algunos de los romanos o de los aliados abandonaba la expedición, que [6] los trataran como enemigos. Cuando los tribunos cedieron también, los cónsules inscribieron a todos los que estaban en edad, hicieron venir a las fuerzas de los aliados y partieron rápidamente después de dejar la tercera parte del ejército local para guardar la ciudad. Pues bien, Fabio condujo rápidamente el ejército contra los ecuos que estaban [7] en el territorio de los tusculanos. La mayoría de ellos ya se habían marchado después de saquear la ciudad, pero quedaban unos pocos guardando la fortaleza, que es muy segura y no necesita mucha protección. Algunos afirman que los vigías de la fortaleza, cuando vieron el ejército que salía de Roma (pues desde una altura es visible todo el espacio comprendido entre las dos ciudades), se fueron voluntariamente; pero otros dicen que, obligados por Fabio a rendirse después de un asedio, entregaron la fortaleza por capitulación, implorando la impunidad para sus personas y viéndose obligados a pasar bajo el yugo.
Los romanos someten a volscos y ecuos
[21 ] Después de devolver la ciudad a los tusculanos, Fabio levantó el campamento avanzada la tarde, y marchó todo lo rápidamente que pudo contra los enemigos cuando oyó que las fuerzas de los volscos y los ecuos estaban reunidas cerca de la ciudad de Álgido 23 . Llevó una marcha forzada durante toda la noche y, al rayar el alba, apareció ante los enemigos, que estaban acampados en una llanura sin haberse rodeado de un foso ni de una empalizada, como si estuvieran en su propia tierra y desdeñaran al adversario. Entonces, exhortando a los [2] suyos a portarse como hombres valientes, irrumpió el primero en el campamento de los enemigos acompañado de los jinetes, y la infantería les seguía lanzando el grito de guerra. De los enemigos, unos eran asesinados mientras todavía dormían y otros, cuando se acababan de levantar e intentaban trabar combate, pero la mayoría se dispersó en la huida. Tomado el campamento con mucha facilidad, [3] permitió a los soldados que se aprovecharan del botín y de los prisioneros, excepto de los que eran tusculanos, y, sin demorarse mucho tiempo allí, condujo el ejército a Ecetra 24 , que era entonces la más sobresaliente ciudad del pueblo de los volscos y la situada en el lugar más fortificado. Estuvo acampado cerca de la ciudad durante muchos [4] días con la esperanza de que los de dentro salieran para entablar combate, pero, como ningún ejército salía, se dedicó a devastarles el territorio, que estaba lleno de hombres y ganado, pues, al producirse el ataque de improviso, no habían tenido tiempo de recoger sus enseres de los campos. Permitiendo a los soldados que también saquearan esta zona, Fabio empleó muchos días en expediciones de forraje y después condujo el ejército a casa.
El otro cónsul, Cornelio, que marchaba contra los romanos [5] y volscos que estaban en Ancio, se encontró con un ejército esperándole delante de las lindes; y, después de colocar a los suyos en orden de batalla, mató a muchos, puso en fuga a los restantes y acampó cerca de la ciudad. Como los de la ciudad ya no se atrevían a salir a pelear, primero les devastó el territorio y luego rodeó la ciudad con una fosa y una empalizada. Entonces, viéndose obligados de nuevo, salieron de la ciudad con todo su ejército, una gran multitud desordenada, y, después de trabar combate y luchar todavía peor, fueron recluidos por segunda vez en la ciudad en medio de una huida vergonzosa y cobarde. [6] Pero el cónsul, sin concederles ningún descanso más, colocó unas escalas junto a las murallas y con arietes echó abajo las puertas. Como los de dentro resistían con dificultad y penosamente, tomó la ciudad por la fuerza sin muchos problemas. Entonces ordenó que todos los bienes que fueran de oro, plata y cobre se entregaran al tesoro público y que los cuestores se hicieran cargo de los esclavos y del resto del botín para venderlos; pero a los soldados les concedió vestimenta, provisiones y todas las demás [7] cosas de este tipo que podían serles útiles. Después, separando de entre los colonos y los antiguos habitantes de Ancio a los más relevantes y culpables de la sedición, que eran muchos, hizo que fueran azotados durante mucho tiempo con varas y luego ordenó decapitarles. Cuando concluyó [8] esto, también él condujo el ejército a casa. El Senado salió al encuentro de estos cónsules cuando llegaban y decretó celebrar ceremonias triunfales para ambos. Y con los ecuos, que habían mandado una embajada para tratar de la paz, firmaron un acuerdo para finalizar la guerra, en el que se estableció que los ecuos, conservando las ciudades y tierras que poseían en el momento en que se cerraba el pacto, quedaban sometidos a los romanos sin pagar ningún otro tributo, pero enviando en tiempo de guerra una fuerza auxiliar tan numerosa como los demás aliados. Así terminaba ese año.
Nueva sublevación de los ecuos y los sabinos 25
[22 ] El año siguiente, Cayo Naucio, elegido por segunda vez, y Lucio Minucio accedieron al consulado, y durante ese tiempo sostuvieron una guerra dentro de las murallas, motivada por los derechos de los ciudadanos contra Virginio y los demás tribunos, que ya ocupaban la misma magistratura durante cuatro años. Pero cuando una [2] guerra procedente de los pueblos vecinos cayó sobre la ciudad y tuvieron miedo de que les quitaran el cargo, acogieron gustosamente la ocasión que les ofrecía la fortuna; hicieron el alistamiento militar y después de dividir en tres bloques sus fuerzas propias y las de los aliados, dejaron uno en la ciudad, dirigido por Quinto Fabio Vibulano, y, tomando ellos el resto de las tropas, se pusieron en marcha rápidamente, Naucio contra los sabinos y Minucio contra los ecuos. Estos dos pueblos se habían separado del [3] poder romano por la misma época; los sabinos, de forma evidente, incluso habían llegado hasta Fidenas 26 , que poseían los romanos (hay cuarenta estadios entre las dos ciudades). Los ecuos, por su parte, de palabra se mantenían en los términos de la reciente alianza concertada, pero de hecho también actuaban como enemigos, pues habían llevado [4] la guerra contra los latinos, aliados de los romanos, como si no hubieran firmado acuerdos de amistad con ellos. Dirigía el ejército Cloelio Graco, hombre emprendedor y honrado con plenos poderes, que él los prolongaba por encima del poder real. Llegó hasta la ciudad de Túsculo, que habían tomado y saqueado los ecuos el año anterior y de la que habían sido expulsados por los romanos, se apoderó de muchos hombres y de todo el rebaño que encontró en los campos y destruyó los frutos de la tierra que estaban maduros. Cuando llegó una embajada, [5] enviada por el Senado romano, pretendiendo saber qué ofensa habían recibido los ecuos para hacer la guerra contra los aliados de los romanos, a pesar de que les habían prestado juramento de amistad recientemente y en ese intervalo de tiempo no se había producido ningún enfrentamiento entre los dos pueblos, y además exhortando a Cloelio a liberar a los rehenes que tenía, a retirar sus tropas y a rendir cuentas por las ofensas o daños que había causado a los tusculanos, Graco tardó mucho tiempo en conceder audiencia a los embajadores, como si estuviera realmente [6] ocupado en algunos quehaceres. Y cuando le pareció bien recibirles, y ellos explicaron el mensaje del Senado, él dijo: «Me pregunto por qué vosotros, romanos, que consideráis enemigos a todos los hombres, incluso a aquellos de los que no habéis recibido ningún daño, por vuestro afán de poder y tiranía, en cambio no permitís a los ecuos pedir cuentas a esos tusculanos, que son enemigos, a pesa, de que nosotros no acordamos nada respecto a ellos cuando [7] hicimos los tratados con vosotros. Ahora bien, si decís que vuestros intereses han sufrido algún agravio o daño por causa nuestra, os daremos una satisfacción de acuerdo con los convenios. Pero si venís a reclamar justicia en nombre de los tusculanos, vosotros no tenéis nada de que hablar conmigo sobre ellos; más bien id a contárselo a ese roble», y les señaló uno que había crecido cerca.
Ante la difícil situación, los romanos nombran un dictador
[23 ] Los romanos, ofendidos de tal forma por este hombre, sin dejarse llevar en seguida por la cólera, condujeron fuera a su ejército, pero también le enviaron una segunda embajada y mandaron a los sacerdotes llamados feciales, poniendo como testigos a los dioses y divinidades menores de que, si no obtenían justicia, se verían obligados a emprender una guerra sagrada; [2] y, después de esto, enviaron al cónsul. Cuando Graco se enteró de que los romanos se acercaban, levantó el campamento y se llevó a sus tropas más lejos, con los enemigos pisándoles los talones.
Él quería conducirles a ciertos lugares en donde les llevaría ventaja, como así ocurrió; entonces, aguardando hasta que llegó a un desfiladero encerrado entre montañas, cuando los romanos entraron en él persiguiéndole, se dio la vuelta y acampó en el camino que llevaba fuera del desfiladero. A causa de esto, ocurrió que los romanos no pudieron [3] elegir para su campamento el lugar que querían, sino el que les ofreció la ocasión, donde no era fácil coger forraje para los caballos, al estar rodeado el lugar de montañas peladas e inaccesibles, ni recoger alimentos para ellos del territorio enemigo, puesto que se les habían acabado los que traían de casa, ni cambiar el campamento mientras los enemigos estuvieran acampados enfrente e impidieran la salida. Prefiriendo usar la violencia, entablaron combate y fueron obligados a retroceder y, después de recibir muchos golpes, fueron encerrados de nuevo en la misma trinchera. Cloelio, animado por esta victoria, empezó a rodearles con un foso y una empalizada y tenía muchas esperanzas de que, angustiados por el hambre, le entregarían las armas. Pero cuando llegó a Roma la noticia de este [4] desastre, Quinto Fabio, el prefecto que había quedado en la ciudad, escogió la sección de su propio ejército más adecuada y vigorosa y la envió al cónsul para su auxilio. Conducía esta tropa Tito Quincio, cuestor y ex-cónsul. Y a [5] Naucio, el otro cónsul, que estaba en la expedición en territorio de los sabinos, le envió una carta refiriéndole lo ocurrido a Minucio y le pidió que viniera rápidamente. Este confió la vigilancia del campamento a los embajadores y él mismo, con unos pocos jinetes, cabalgó hacia Roma a marchas forzadas. Y cuando llegó a la ciudad, siendo todavía noche cerrada, estuvo deliberando con Fabio y los más ancianos de los otros ciudadanos sobre lo que era preciso hacer. Como a todos les parecía que la situación necesitaba de un dictador, nombraron para este cargo a Lucio Quincio Cincinato, y Naucio, cuando concluyó este asunto, marchó de nuevo al campamento.
Derrota y rendición total de los ecuos 27
[24 ] Fabio, el prefecto de la ciudad, envió a los que debían invitar a Quincio a asumir su magistratura. Ocurrió que también este hombre se dedicaba entonces a ciertos trabajos del campo, y, cuando vio la multitud que se acercaba, sospechando que venían hacia él, se puso una ropa más apropiada y salió a su encuentro. [2] Cuando estaba cerca, le llevaron caballos adornados con magníficos jaeces, colocaron junto a él las veinticuatro hachas con las varas 28 y le ofrecieron un vestido purpúreo y las demás insignias con las que antes se adornaba la dignidad real. Él, al enterarse de que había sido nombrado dictador de la ciudad, no sólo no se alegró de haber recibido tal honor, sino que dijo con gran indignación: «Entonces, la cosecha de este año también se perderá por causa de mis ocupaciones, y todos pasaremos hambre desgraciadamente». [3] Después de esto, se presentó en la ciudad y, en primer lugar, animó a los ciudadanos dirigiendo a la multitud una arenga capaz de despertar sus corazones con buenas esperanzas; luego, reunió a todos los que gozaban de plenas facultades, a los de la ciudad y a los de los campos, mandó venir a las tropas auxiliares de los aliados y nombró comandante de caballería a Lucio Tarquinio, hombre ignorado a causa de su pobreza, pero valeroso en cuestiones de guerra. A continuación, partió con sus tropas, que estaban formadas, y saliendo al encuentro del cuestor Tito Quincio, que esperaba su llegada, cogió también las tropas de este y las dirigió contra los enemigos. Cuando examinó la naturaleza del lugar donde estaba el [4] campamento, situó una parte de su ejército en las zonas altas, para que no les llegaran a los ecuos ni otra fuerza auxiliar ni provisiones, y él avanzó con el resto de sus tropas alineadas como para un combate. Cloelio, sin ningún temor (pues el ejército que estaba con él no era pequeño y él mismo no se consideraba de espíritu cobarde en los asuntos de guerra), esperó al atacante, y se produjo una dura batalla. Después de que transcurriera mucho tiempo [5] y los romanos, por causa de sus continuas guerras, soportaran la fatiga y la caballería acudiera en auxilio de la infantería siempre que estaba en una difícil situación, Graco, derrotado, se encerró de nuevo en su campamento. Después de esto, Quincio le rodeó con una alta empalizada y lo cercó con numerosas torres, y, cuando comprendió que Graco estaba en apuros por escasez de lo necesario, él mismo, además de emprender continuos ataques contra el campamento de los ecuos, ordenó a Minucio que hiciera una salida desde el otro lado. De modo que los ecuos, necesitados [6] de provisiones, sin esperanza de recibir ayuda de los aliados y sitiados por todas partes, se vieron obligados a enviar a Quincio una embajada con ramos de suplicantes para pedir la paz. Éste dijo que iba a firmar un tratado con los demás ecuos y a ofrecer la inmunidad para sus personas una vez que hubieran depuesto sus armas y pasaran bajo el yugo de uno en uno; pero que a Graco, su general, y a los que con él habían tramado la rebelión los trataría como enemigos, y les ordenó que le trajeran a estos hombres atados. Al aceptarlo los ecuos, les dio esta [7] última orden: que, puesto que habían esclavizado y saqueado la ciudad de Túsculo, aliada de los romanos, sin haber sufrido ningún daño por parte de los tusculanos, debían ofrecerle a cambio una ciudad de las suyas, Corbión 29 , [8] para tratarla de la misma forma. Cuando recibieron estas respuestas, los embajadores se marcharon y regresaron no mucho después trayendo a Graco y a sus cómplices encadenados. Y ellos mismos depusieron sus armas y abandonaron el campamento marchando, como el general había ordenado, a través del campamento de los romanos uno por uno bajo el yugo; después entregaron la ciudad de Corbión, de acuerdo con lo pactado, con la única petición de que pudieran salir las personas libres, a cambio de las cuales entregaron a los rehenes tusculanos.
Triunfo y posterior dimisión del dictador Lucio Quincio
[25 ] Quincio, cuando se hizo cargo de la ciudad, ordenó llevar a Roma lo más sobresaliente del botín y permitió que todo lo demás se repartiera, por las centurias, entre los soldados que habían estado con él y los que habían sido enviados previamente con el cuestor Quincio. En cuanto a los que habían sido encerrados en su campamento con el cónsul Minucio, les dijo que les había dado un gran regalo librando sus personas de la [2] muerte. Después de hacer esto y de obligar a Minucio a dimitir de su magistratura, volvió a Roma y celebró un triunfo más brillante que el de cualquier otro general, ya que en dieciséis días en total, desde que había recibido su cargo, salvó un ejército amigo, destruyó una potente fuerza de enemigos, saqueó una de sus ciudades y dejó allí una guarnición y trajo encadenados al líder de la guerra y a [3] los demás hombres relevantes. Pero de todo, lo más digno de admiración referente a él, es que habiendo recibido una magistratura tan importante por un periodo de seis meses, no se aprovechó de la ley, sino que, convocando al pueblo a una asamblea, dio cuenta de sus actos y renunció a su cargo. Y cuando el Senado le rogó que tomara toda la tierra conquistada que quisiera, así como esclavos y dinero del botín, y que reparara su pobreza con una riqueza justa, que había conseguido de la forma más hermosa arrebatándosela a los enemigos con su propio esfuerzo, no consintió. Y también, cuando sus amigos y parientes le ofrecieron grandes regalos y antepusieron a cualquier otro bien el de satisfacer a aquel hombre, él les agradeció su buena disposición sin aceptar ninguna de las dádivas. Por el contrario, regresó de nuevo a aquella pequeña finca y cambió la vida de rey por la del campesino que trabaja su propia tierra, sintiéndose más orgulloso en su pobreza que otros en su riqueza. No mucho tiempo después, también Naucio, el [4] otro cónsul, después de vencer a los sabinos en batalla campal y saquear gran parte de su territorio, condujo las tropas de nuevo a Roma.
Los sabinos y los ecuos aprovechan las disensiones civiles en Roma 30
Después de estos cónsules, corría la [26 ] LXXXI Olimpiada, (455 a. C.) en la que venció Polimnasto de Cirene en la prueba del estadio, y era arconte en Atenas Calias, en cuya legislatura asumieron la autoridad consular en Roma Cayo Horacio 31 y Quinto Minucio. En su época, de nuevo los sabinos organizaron una expedición contra los romanos y devastaron una extensa parte de su territorio; y llegaban en grupo los que habían huido de los campos, contando que los enemigos se habían apoderado de todo lo que estaba entre Crustumerio 32 y Fidenas. También los ecuos, que habían sido [2] vencidos recientemente, estaban otra vez en armas. Y los más sobresalientes de ellos, marchando de noche hacia la ciudad de Corbión, que habían entregado a los romanos el año anterior, encontraron dormida a la guarnición que había allí y los mataron excepto a unos pocos, que casualmente se habían retrasado en acostarse. Los restantes ecuos se dirigieron con una gran fuerza contra la ciudad de Ortona 33 , del pueblo de los latinos, y la tomaron por asalto; y todos los daños que no eran capaces de hacer a los romanos, se los causaron, llevados por la cólera, a sus aliados. [3] Mataron a todos los que estaban en plena juventud, excepto a algunos que huyeron en el momento de la toma de la ciudad, y esclavizaron a sus mujeres e hijos, así como a los ancianos; y de los bienes materiales recogieron rápidamente todo lo que podían llevarse y se retiraron antes [4] de que acudieran a socorrerles todos los latinos. Cuando fueron comunicadas estas noticias tanto por los latinos como por los de la guarnición que se habían salvado, el Senado decidió por votación enviar un ejército y que marcharan ambos cónsules. Pero Virginio y sus compañeros tribunos, que ostentaban el mismo cargo durante cinco años, trataron de impedirlo, como también lo habían hecho en años anteriores, oponiéndose a las levas de tropas por parte de los cónsules y pidiendo que se resolviera primero la guerra de dentro de las murallas permitiendo al pueblo que decidiera en relación con la ley que los tribunos querían introducir sobre la igualdad de derechos; y el pueblo colaboraba con ellos en su táctica de usar muchos [5] argumentos malévolos contra el Senado. Pero, como el tiempo pasaba y ni los cónsules aceptaban un debate preliminar por el Senado o la presentación de la ley ante el pueblo, ni por su parte los tribunos querían permitir que se hiciera la leva ni la salida de la expedición, y se gastaron en vano muchas palabras y acusaciones mutuas tanto en las asambleas como en el Senado, otra medida política introducida por los tribunos contra el Senado, y que les despistó, vino a apaciguar la disensión que entonces prevalecía, y fue el origen de otras muchas ventajas importantes para el pueblo. Explicaré también de qué modo el pueblo consiguió este poder.
Mientras el territorio de los romanos y de sus aliados [27 ] estaba siendo devastado y saqueado y los enemigos se marchaban como a través de un desierto, con la esperanza de que ningún ejército saldría contra ellos a causa de la disensión que dominaba en la ciudad, los cónsules reunieron el Senado para tomar por fin una decisión acerca de todo el asunto. Después de muchas intervenciones, el primero al [2] que se le preguntó su opinión fue Lucio Quincio, que había sido dictador el año anterior, un hombre que tenía fama de ser no sólo el más experto en cuestiones de guerra sino también el político más sensato de los de su tiempo. Expresó su opinión así: lo más importante era convencer a los tribunos y a los demás ciudadanos de aplazar la decisión sobre la ley para otro momento más oportuno, ya que en la situación actual no urgía, emprender con todo entusiasmo la guerra que estaba en sus manos y que casi se acercaba a la ciudad y no permitir que la hegemonía, conseguida con muchos esfuerzos, se perdiera de forma vergonzosa y cobarde. Pero si el pueblo no era convencido, [3] los patricios debían armarse junto con sus clientes y reunirse con los demás ciudadanos que voluntariamente quisieran tomar parte en el más hermoso combate por la patria, y marchar animosos a la guerra poniendo como jefes de la expedición a todos los dioses que custodian la ciudad de Roma; pues podían obtener uno de estos hermosos y justos [4] resultados: o la más deslumbrante victoria de todas las que ellos o sus padres hubieran conseguido alguna vez o la muerte luchando valientemente por los honores que la victoria conlleva. Afirmó que ni él mismo se privaría de esta hermosa prueba, sino que estando presente iba a luchar de la misma manera que los más valerosos, ni tampoco se privaría ninguno de los demás ancianos que aprecian la libertad y la buena reputación.
Discurso del cónsul Cayo Horacio a los tribunos
[28 ] Como también todos los demás estaban de acuerdo en esto y no había ninguno que dijera lo contrario, los cónsules convocaron al pueblo a una asamblea. Cuando todos los habitantes de la ciudad se habían congregado con la esperanza de oir cosas nuevas, se presentó Cayo Horacio, uno de los cónsules, y trató de convencer a la plebe de que aceptara voluntariamente también esta campaña. Pero al oponerse los tribunos y prestarles atención el pueblo, el cónsul habló de nuevo: [2] «Bonita y admirable acción, Virginio, habéis llevado a cabo separando al pueblo del Senado; y en lo que respecta a vosotros, hemos perdido todas las ventajas que poseíamos, las heredadas de nuestros antepasados o las conseguidas [3] por nuestros propios esfuerzos. Sin embargo, nosotros al menos, no cederemos ante ellos sin lucha, sino que, tomando las armas junto con los que quieran salvar a la patria, marcharemos al combate, aduciendo como pretexto de nuestros actos unas hermosas esperanzas 34 . Y si algún dios vigila los nobles y justos combates y la fortuna que engrandece desde hace mucho tiempo a esta ciudad todavía no la ha abandonado, venceremos a nuestros enemigos; pero si alguna divinidad se pone por medio y dificulta la salvación de la ciudad, de ningún modo desaparecerá nuestro celo y buena disposición, sino que escogeremos la mejor de todas las muertes: morir en defensa de la patria. En [4] cuanto a vosotros, si os quedáis aquí, cuidad la casa junto con las mujeres, oh nobles y valerosos defensores de la ciudad, después de abandonarnos, de traicionarnos más bien, vosotros, para quienes la vida ni será honrosa aunque nosotros venzamos ni segura si nuestra empresa tiene otro resultado. A no ser que estéis animados con la vana esperanza [5] de que, una vez sean aniquilados los patricios, los enemigos, teniendo en cuenta este servicio, os dejarán tranquilos y consentirán que disfrutéis de vuestra patria, de vuestra libertad, de vuestra hegemonía y de todos los demás bienes que ahora poseéis, vosotros que, cuando demostrabais un excelente juicio, os apropiasteis de gran parte de su territorio, les destruisteis muchas ciudades después de esclavizar a sus habitantes y erigisteis muchos y grandes trofeos y monumentos de vuestra enemistad hacia ellos, recuerdos que no desaparecerán en todo el tiempo venidero. Pero ¿por qué hago estos reproches al pueblo, que [6] nunca resultó cobarde por su propia voluntad, y no os los hago más bien a vosotros, Virginio, que sois los que tomáis estas bonitas medidas? Pues bien, nosotros, para quienes es forzoso no demostrar un talante débil, hemos tomado una determinación y no habrá nada que nos impida emprender el combate en defensa de la patria; en cambio a vosotros, que abandonáis y traicionáis a la comunidad, os llegará una justicia vengadora e irreprochable procedente de los dioses, si es que escapáis del castigo de los hombres. Pero de éste, tampoco escaparéis. Y no supongáis [7] que intento atemorizaros, sino que estad bien seguros de que los que de nosotros se queden aquí como guardianes de la ciudad, si el enemigo vence, harán gala del buen sentido que les es propio. ¿No es cierto que ya algunos bárbaros que iban a ser capturados por sus enemigos decidieron no entregarles ni sus mujeres ni sus hijos ni sus ciudades, sino que quemaron éstas y mataron a sus propias [8] mujeres? ¿y a los romanos, que han heredado de sus antepasados el gobernar a otros, no se les ocurrirá actuar de esta manera en su misma situación? No serán tan viles, sino que empezarán por vosotros, sus peores enemigos, y después se dedicarán a sus seres queridos. Teniendo en cuenta esto, convocad una asamblea e introducid nuevas leyes».
Los tribunos exigen igualdad de derechos para el pueblo
[29 ] Después de dirigirles estas palabras y muchas otras del mismo estilo, presentó a su lado a los patricios más ancianos llorando, y, al verlos muchos de los plebeyos, tampoco ellos pudieron contener las lágrimas. La edad y la dignidad de estos hombres despertó mucha compasión, y el cónsul, aguardando un poco, [2] dijo: «¿No os avergonzáis, ciudadanos, ni os metéis bajo tierra cuando estos ancianos están dispuestos a tomar las armas en defensa de vosotros, los jóvenes? ¿y soportaréis abandonar a estos líderes, a los que siempre llamabais padres? Desgraciados, vosotros, que ni siquiera sois dignos de ser llamados ciudadanos de esta tierra, que colonizaron los que trajeron a sus padres sobre los hombros 35 y a quienes los dioses procuraron caminos seguros a través de [3] armas y a través de fuego». Cuando Virginio comprendió que el pueblo estaba conmovido por estas palabras, temeroso de que aceptara participar en la guerra contra su propio criterio, se adelantó diciendo: «Nosotros ni os abandonamos ni os traicionamos, padres, ni os dejaríamos, como tampoco antes consideramos justo desertar de ninguna expedición, sino que preferimos vivir con vosotros y sufrir con vosotros lo que a la divinidad le parezca oportuno. Pero como en todas las ocasiones nos hemos mostrado [4] bien dispuestos hacia vuestros asuntos, os pedimos que nos concedáis un moderado favor: que igual que tenemos la misma participación que vosotros en los peligros comunes, tengamos así también igualdad de derechos, estableciendo como salvaguarda de la libertad unas leyes, de las que todos nos sirvamos siempre. Sin embargo, si esto os ofende [5] y no estimáis razonable conceder este favor a vuestros propios ciudadanos, sino que consideráis un crimen capital el hecho de dar al pueblo igualdad de derechos, ya no discutiremos con vosotros; de todas formas os pediremos otro favor, que si lo conseguimos, quizá ya no necesitemos nuevas leyes. Pero tenemos el temor de que ni siquiera consigamos éste, que no supondrá ningún daño para el Senado y en cambio proporcionará al pueblo un cierto honor y buena voluntad.
El número de tribunos se eleva a diez. Nueva derrota de los ecuos
Cuando el cónsul dijo que si se sometían [30 ] al Senado en esta medida, no les faltaría ninguna otra cosa que fuera razonable y les exhortó a decir lo que deseaban, Virginio, después de dialogar un poco con sus colegas dijo que hablaría en el Senado. A continuación, [2] los cónsules reunieron la Cámara, y Virginio, compareciendo, presentó ante el Senado todas las justas reclamaciones del pueblo, pidió que se doblara la magistratura que defiende a la plebe y que, en vez de los cinco tribunos, se nombraran diez cada año. Casi todos pensaban que esto no causaría ningún perjuicio a la comunidad y aconsejaron concederlo y no oponerse; esta propuesta la encabezó Lucio Quincio, que entonces tenía la mayor influencia [3] en el Senado. Sólo una persona habló en contra, Cayo Claudio, hijo de Apio Claudio, que en todo momento se había opuesto a las proposiciones de los plebeyos si alguna no era legal. Este Cayo Claudio había heredado las ideas políticas de su padre y, cuando obtuvo el cargo de cónsul, impidió que se permitiera a los tribunos la investigación relativa a los jinetes acusados de conspiración. Con una larga alocución, trataba de explicar que el pueblo no sería más moderado ni más fiel si se doblaba su magistratura, [4] sino más insensato y molesto; pues los tribunos que fueran elegidos posteriormente no recibirían el cargo bajo ciertas condiciones, hasta el punto de mantenerse firmes a unos preceptos establecidos, sino que también sacarían de nuevo el tema de la repartición de tierras y la igualdad de privilegios 36 , y todos, uno tras otro, buscarían a través de palabras o de acciones el modo de acrecentar el poder del pueblo y abolir los privilegios del Senado. Este discurso [5] estimuló vivamente a la mayoría de los senadores. A continuación, Quincio les cambió el planteamiento explicando que era provechoso para el Senado el hecho de que hubiera muchos líderes del pueblo, pues menos se pondrían de acuerdo muchos que pocos, cosa que era un alivio para la comunidad —y esto, Apio Claudio, el padre de Cayo, fue el primero en comprenderlo— en el caso de que hubiera disensiones entre los tribunos y no fueran todos de la [6] misma opinión. Este criterio pareció acertado y se convirtió en un decreto del Senado: que el pueblo podía designar diez tribunos cada año, pero a ninguno de los que estaban entonces en el cargo. Virginio y sus colegas, una vez conseguida esta resolución del Senado, la dieron a conocer y, después de ratificar la ley que la incorporaba, nombraron a diez tribunos para el año siguiente.
Cuando cesó la disensión, los cónsules alistaron las tropas [7] y echaron a suertes las expediciones: pues bien, a Minucio le tocó la guerra contra los sabinos y a Horacio, contra los ecuos, y ambos partieron apresuradamente. Los sabinos, que tenían sus ciudades custodiadas, permitían que todo lo de sus campos fuera saqueado; en cambio, los ecuos enviaron una armada a que se enfrentara a los romanos. Pero a pesar de que lucharon brillantemente, no [8] fueron capaces de vencer a las fuerzas de los romanos, sino que se vieron obligados a regresar a sus ciudades después de haber perdido la pequeña ciudad por la que combatían. Horacio puso en fuga a sus enemigos, devastó gran parte de su territorio, echó abajo las murallas de Corbión y demolió las casas desde sus cimientos; después, condujo su ejército a casa.
Los tribunos proponen que el Aventino sea para los plebeyos 37
Al año siguiente, cuando eran cónsules [31 ] Marco Valerio y Espurio Virginio, ningún ejército romano salió fuera de sus fronteras, pero de nuevo surgieron algunos desacuerdos políticos entre los tribunos y los cónsules, a raíz de los cuales los tribunos les arrebataron algo del poder consular. Antes de esa época, los tribunos sólo tenían autoridad en la asamblea del pueblo, pero no les estaba permitido convocar al Senado ni expresar su opinión allí, sino que esto era un privilegio de los cónsules. Los tribunos de este año fueron los primeros [2] que se propusieron convocar al Senado haciendo la prueba Icilio, que estaba al frente de su corporación, un hombre emprendedor y, como buen romano, capacitado para la elocuencia. También éste intentaba introducir una nueva medida, solicitando que el lugar llamado Aventino fuera repartido entre los plebeyos para la construcción de casas. Es una colina moderadamente elevada, con un perímetro de no menos de doce estadios, situada dentro de la ciudad, y que entonces no estaba toda habitada, sino que era terreno [3] público y lleno de bosque. Cuando propuso esta medida, el tribuno se presentó ante los cónsules de ese año y ante el Senado pidiendo una deliberación previa sobre la ley que incluyera esta medida y que se sometiera después al pueblo. Pero, como los cónsules daban largas y aplazaban el momento, él les envió a un ordenanza con el mandato de seguirle al lugar donde desempeñaban su cargo los tribunos y convocar todos al mismo tiempo al Senado. Y, cuando uno de los lictores, cumpliendo las órdenes de los cónsules, expulsó a este ordenanza, Icilio y sus colegas, indignados, cogieron al lictor y se lo llevaron con intención [4] de arrojarle desde la Roca 38 . Los cónsules eran incapaces de usar de la violencia o de quitarles al hombre que se llevaban, aunque creían que esto era una grave afrenta, y recabaron la ayuda de los demás tribunos; pues a ninguna otra persona le es posible suspender o impedir ninguno de los actos de esos magistrados, sino que esta facultad la [5] posee sólo otro tribuno. Entonces, todos habían tomado desde el principio la resolución de no introducir ninguna nueva medida decidida por propia iniciativa, a no ser que todos estuvieran de acuerdo en ello, ni oponerse a aquellas acciones que aprobara la mayoría. Y, justo en el momento de recibir su magistratura, habían ofrecido sacrificios y se habían dado mutuos juramentos relativos a esta cuestión, creyendo que así el poder tribunicio sería más indisoluble si la disensión era desterrada de él. Por mantener este juramento, [6] dijeron que se llevaban al guardián de los cónsules 39 , afirmando que era criterio cómun de todos. Sin embargo, no persistieron en su indignación sino que dejaron libre al hombre ante la petición de los más ancianos del Senado: tenían miedo del odio que podría suscitar el hecho de que ellos fueran los primeros que iban a castigar con la muerte a un hombre que había cumplido lo ordenado por los magistrados y además temían que, con este pretexto, los patricios se vieran obligados a actuar a la desesperada.
El Senado concede el Aventino al pueblo
Después de este suceso, se reunió el [32 ] Senado y los cónsules dirigieron numerosas acusaciones contra los tribunos. Entonces Icilio, tomando la palabra, intentaba explicar la cólera que sentían hacia el lictor apelando a las leyes sagradas, según las cuales a ningún magistrado ni particular le estaba permitido hacer nada en contra de un tribuno; y en cuanto al asunto de convocar al Senado, declaraba que no había hecho nada insólito, y para esto se había preparado muchos argumentos de todo tipo. Cuando se hubo justificado de estas acusaciones, [2] intentó introducir la ley relativa a la colina. Era así: todo el terreno que tenían algunos particulares, si lo habían adquirido de forma justa, que lo siguieran conservando sus dueños; pero el que habían edificado algunos después de haberlo tomado por la fuerza o por robo, debían entregarlo al pueblo una vez que los nuevos dueños pagaran los costes que los árbitros decidiesen, y todo el terreno restante, que era público, el pueblo debía recibirlo sin pago y repartírselo. Explicaba también que esta medida [3] resultaría ventajosa para la ciudad por muchas cosas, pero, sobre todo, porque los pobres ya no se sublevarían por el terreno público que poseían los patricios, pues ellos se contentarían con recibir una parte de la ciudad, ya que de la tierra no era posible porque los que se habían apropiado [4] de ella eran muchos y poderosos. Cuando hubo expuesto tales argumentos, Cayo Claudio fue el único que se opuso mientras que la mayoría dio su consentimiento, y se decidió entregar ese lugar al pueblo. A continuación, en la asamblea por centurias convocada por los cónsules, estando presentes los pontífices, los augures y dos intendentes de sacrificios, hicieron los votos e imprecaciones habituales y la ley fue ratificada. Dicha ley está grabada en una estela de bronce que colocaron en el Aventino después de [5] haberla llevado al templo de Diana. Cuando entró en vigor la ley, se reunieron los plebeyos, sortearon los terrenos y empezaron a construir, cada uno tomando una parcela tan grande como pudo. A veces, se reunían de dos en dos, de tres en tres e incluso más para construir una sola casa, y a unos les tocaba en suerte la parte de abajo y a otros, la de arriba. Así pues, aquel año se empleó en la construcción de casas.
Graves enfrentamientos entre los cónsules y los tribunos a causa de las levas de tropas 40
[33 ] El año siguiente, en el que asumieron el consulado Tito Romilio y Cayo Veturio y eran tribunos Lucio Icilio y sus colegas, elegidos para el cargo por segunda vez consecutiva, no fue sencillo sino variado y lleno de importantes sucesos. En cuanto a la revuelta civil, que ya parecía extinguida, de nuevo fue reanimada por los tribunos, y se produjeron algunas guerras procedentes de pueblos extranjeros, que no pudieron hacer ningún daño a la ciudad y sí, en cambio, un gran beneficio al apartar de ella la disensión. Efectivamente, [2] esto ya era usual y acostumbrado, que hubiera concordia en la ciudad cuando estaba en guerra y que surgieran disensiones en tiempo de paz. Conociendo esto, todos los que accedían al consulado recibían como algo providencial el hecho de que se originara alguna guerra extranjera; y si sus enemigos estaban tranquilos, ellos mismos maquinaban acusaciones y pretextos de guerra, ya que veían que la ciudad se hacía grande y próspera por medio de las guerras y, en cambio, se empequeñecía y debilitaba a causa de las sediciones internas. Siguiendo este mismo criterio, [3] los cónsules de ese año decidieron mandar un ejército contra los enemigos, temerosos de que los ciudadanos pobres y ociosos, a causa de la paz, iniciaran algún tumulto. Por una parte opinaban correctamente que había que mantener ocupada a la multitud con las guerras exteriores, pero, en lo que respecta a su actuación posterior, no acertaron, pues ellos debían haber hecho las levas de tropas de una forma moderada, como en una ciudad que atraviesa una difícil situación, y, en cambio, se dedicaron a obligar por la fuerza a quienes desobedecían, sin excusar ni perdonar a nadie, sino aplicando duramente los castigos impuestos por las leyes contra sus personas y sus propiedades. Al [4] actuar ellos de esta forma, los tribunos de nuevo tuvieron ocasión de atraerse al pueblo, y, convocando una asamblea, reprocharon a los cónsules, entre otras cosas, que habían ordenado llevar a la cárcel a muchos ciudadanos que habían apelado a la potestad de los tribunos; y afirmaron que ellos solos por su cuenta licenciaban las tropas con la autoridad que les conferían las leyes. Pero, como [5] no consiguieron nada, sino que veían que las levas seguían haciéndose de un modo aún más firme, se propusieron impedirlo con actos. Y, cuando los cónsules se defendieron también con el poder de su cargo, hubo algunas provocaciones e incluso llegaron a las manos. Los jóvenes patricios apoyaban la causa de los cónsules y la masa pobre y desocupada estaba de parte de los tribunos.
[6] Pues bien, aquel día los cónsules resultaron mucho más fuertes que los tribunos; pero, los días siguientes, confluyó en la ciudad una muchedumbre mayor procedente de los campos, y los tribunos, pensando que habían conseguido una fuerza apropiada para combatir, empezaron a hacer asambleas continuas y, mostrando a sus ayudantes, que se encontraban en mal estado a causa de los golpes recibidos, dijeron que dimitirían de su cargo si no recibían ninguna ayuda del pueblo.
[34 ] Al ver que la multitud compartía con ellos la indignación, llamaron a los cónsules ante el pueblo para que rindieran cuenta de sus actos. Pero, como estos no les prestaron atención, se presentaron ante el Senado (pues coincidió que estaban deliberando sobre esta misma cuestión) y, adelantándose para hablar, pidieron a los senadores que no permitieran que ellos fueran tratados de la forma más penosa ni que el pueblo se viera privado de su ayuda. Les explicaron todo lo que habían sufrido por causa de los cónsules y de su camarilla y los insultos recibidos no sólo [2] contra su autoridad sino también contra sus personas; y solicitaron que los cónsules hicieran una de estas dos cosas: si negaban haber ofendido a las personas de los tribunos en algo que las leyes prohíben, que se presentaran ante la asamblea para prestar juramento, o, si no aceptaban el juramento, que vinieran ante los plebeyos a rendir cuentas [3] y las tribus votarían sobre su conducta. Pero los cónsules se defendieron de estas acusaciones explicando que los tribunos habían empezado las injurias al comportarse de una forma arrogante y al atreverse a actuar contra la ley en las personas de los cónsules, en primer lugar ordenando a sus intendentes y a los ediles que llevaran a prisión a magistrados a quienes les había sido conferido el poder total, y, después, al tener la osadía ellos mismos de iniciar el enfrentamiento en compañía de los más imprudentes de los plebeyos. También explicaron cuánto se diferenciaban [4] las dos magistraturas entre sí: por un lado, la de los cónsules con el poder real, y por otro, la de los tribunos, que se había establecido para ayudar a los oprimidos y estaba tan lejos de poder otorgar a las masas el voto contra uno de los cónsules que esa autoridad no se les había concedido ni siquiera contra el más insignificante de los patricios, a no ser que el Senado lo votara. Y amenazaban con armar ellos mismos a los patricios cuando los tribunos hicieran votar a los plebeyos. Pronunciados tales argumentos [5] a lo largo de todo el día, el Senado no concluyó nada con el fin de no disminuir la autoridad de los cónsules ni la de los tribunos, viendo que cada una de las dos posibilidades sería la causa de grandes peligros.
Cuando los tribunos fueron apartados también de allí [35 ] sin haber conseguido ninguna ayuda, se marcharon a la asamblea del pueblo y de nuevo consideraron lo que debían hacer. Algunos, y sobre todo los más exaltados, pensaban que los plebeyos debían salir de la ciudad y, tomando las armas, dirigirse hacia el Monte Sacro, donde también habían acampado la primera vez 41 y, lanzándose desde allí, hacer la guerra contra los patricios, puesto que ellos habían roto los pactos contraídos con el pueblo, anulando abiertamente la autoridad de los tribunos 42 . En cambio, [2] la mayoría consideró que no debían dejar la ciudad ni tampoco hacer extensivas a todos los patricios las acusaciones concernientes a algunos que en particular habían actuado de forma ilegal contra los tribunos, si es que además podían acogerse a lo acordado en las leyes, que ordenan que quienes han ultrajado a las personas de los tribunos puedan ser muertos con impunidad 43 . A los más sensatos ninguna de estas dos cosas les parecía bien, ni abandonar la ciudad, ni matar sin juicio previo, y en concreto a cónsules, que regentaban la máxima autoridad; sin embargo, les aconsejaban que remitieran su indignación contra quienes les ayudaban y les impusieran los castigos [3] prescritos por las leyes. Pues bien, si aquel día los tribunos se hubieran dejado llevar, movidos por su deseo de hacer algo contra los cónsules o el Senado, nada habría impedido que la ciudad se destruyera a sí misma, ¡tan dispuestos estaban todos para las armas y la guerra civil! En cambio, después de aplazar los problemas y darse tiempo para una mejor reflexión, ellos mismos se hicieron más moderados [4] y además apaciguaron la indignación de la multitud. Luego, en los días siguientes, anunciaron que sería el tercer día de mercado, contando desde aquel, cuando reunirían al pueblo e impondrían un castigo en metálico a los cónsules; a continuación disolvieron la asamblea. Pero, cuando se acercó el momento, renunciaron incluso a esta multa, explicando que hacían el favor a petición de los más ancianos [5] y honorables. Después de esto, convocaron al pueblo y les dijeron que habían perdonado los insultos contra ellos por acceder a la súplica de muchas personas de bien, a quienes no era justo oponerse, pero respecto a los delitos cometidos contra el pueblo, ellos se encargarían de impedirlos y castigarlos. Iban a proponer de nuevo la ley relativa a los sorteos de tierra, aplazada durante treinta años, y la concerniente a la igualdad de derechos, que los tribunos anteriores a ellos habían propuesto pero no votado.
Propuesta de ley de repartición de tierras. Discursos a favor
Una vez hechas estas promesas y prestado [36 ] juramento, señalaron días en los que celebrarían una asamblea del pueblo para votar sobre las leyes. Llegado el momento, propusieron en primer lugar la ley agraria y, después de exponer numerosos argumentos, invitaron a cualquiera de los plebeyos que quisiera hablar a favor de la ley. Muchos se adelantaron para hablar y alegaron [2] las empresas que habían llevado a cabo en las guerras, y se mostraron indignados por el hecho de que, después de haber arrebatado mucho territorio a los enemigos, ellos no hubieran recibido tierra alguna, mientras que veían que las personas influyentes por dinero y amistades se habían apropiado de los bienes públicos y disfrutaban de ellos por los medios más violentos; y pidieron que el pueblo tuviera parte no sólo en los peligros concernientes al bien común, sino también en los placeres y beneficios derivados de ellos. Y la multitud escuchaba con agrado estas palabras. El que más animó al pueblo y logró que no aceptaran ni una sola palabra de los oponentes fue Lucio Sicio, de sobrenombre Dentado, que contó sus numerosas e importantes hazañas. Era este hombre de admirable aspecto, [3] en lo mejor de su edad, con cincuenta y ocho años, capaz de pensar las medidas oportunas y, para ser un soldado, hábil al exponerlas. Pues bien, adelantándose, habló así:
«Yo, plebeyos, si quisiera contaros una por una las acciones realizadas por mí, no tendría tiempo suficiente con un día. Así pues, os haré un resumen lo más breve que pueda. Hace ahora cuarenta años que participo en campañas [4] militares por la patria y treinta años que llevo desempeñando algún mando militar, unas veces al frente de una cohorte y otras, de toda una legión, empezando con los cónsules Cayo Aquilio y Tito Sicio 44 , a quienes el Senado encomendó mediante votación la guerra contra los volscos. Yo tenía entonces veintisiete años y prestaba servicio todavía [5] bajo las órdenes de un centurión 45 . Cuando tuvo lugar una dura batalla y una derrota y el jefe de la cohorte había caído y los estandartes se hallaban en manos de los enemigos, yo solo, arrostrando el peligro en defensa de todos, recuperé los estandartes para la cohorte, hice recular a los enemigos y evidentemente fui el responsable de que los centuriones no cayeran en un eterno deshonor, por cuya causa el resto de su vida sería peor que la muerte, como ellos mismos reconocieron ciñéndome con una corona de oro y el cónsul Sicio dio testimonio nombrándome jefe de [6] la cohorte. De nuevo nos vimos metidos en otra batalla, en la que ocurrió que el primipilus de nuestra legión cayó y el águila fue a parar a manos de los enemigos; entonces, luchando del mismo modo en defensa de toda la legión, recuperé el águila y salvé al primipilus 46 . Él, en agradecimiento a mi ayuda en esa ocasión, quería renunciar al mando de la legión por mí y entregarme el águila, pero yo no lo acepté, no considerando justo privar de sus honores y las consiguientes satisfacciones al hombre a quien le había salvado la vida. Por lo cual, el cónsul, complacido conmigo, me concedió el cargo de primipilus de la primera legión, que había perdido a su jefe en la batalla.
«Éstas son, plebeyos, las nobles acciones que me han [37 ] hecho célebre y me han elevado a los primeros puestos. Cuando ya era famoso y había conseguido un ilustre nombre, emprendía todos los demás combates con el temor de oscurecer los honores y favores recibidos por mis anteriores acciones. Y todo el tiempo que pasé metido en campañas militares y soportando sus fatigas, no sentí miedo ni tuve en cuenta ningún peligro; por todo lo cual recibí premios, despojos, coronas y otros honores de manos de los cónsules. Para abreviar, en los cuarenta años que llevo en campañas [2] he participado en unas ciento veinte batallas, he recibido cuarenta y cinco heridas, y todas por delante, ninguna por la espalda; y doce de estas las recibí en un solo día, cuando el sabino Herdonio se apoderó de la ciudadela y del Capitolio. Como premios al valor, he recibido por estas [3] contiendas catorce coronas cívicas, que me ciñeron aquellos a los que yo salvé en las batallas; tres coronas relativas a asedios por haber subido el primero a las murallas enemigas y haberlas tomado, y ocho coronas por las batallas campales, con las que fui honrado por los generales; y además de éstas, ochenta y tres collares de oro, ciento sesenta brazaletes de oro, dieciocho lanzas, veinticinco excelentes adornos para la cabeza, ... 47 nueve de los cuales eran aquellos a quienes yo vencí afrontando el peligro voluntariamente cuando ellos habían desafiado a alguno de los nuestros a un combate singular. Sin embargo, ciudadanos, [4] este Sicio, que ha prestado servicio tantos años por vosotros, que ha luchado en tantas batallas, que ha sido honrado con tantos premios, que nunca vaciló ante ningún peligro ni lo rehusó, sino que ... 48 en batallas campales y en asaltos a muros, en infantería y en caballería, con todos, con unos pocos y solo, cubierto de heridas por todo el cuerpo, que ayudó a conseguir mucha tierra fértil para la patria, por un lado la que arrebatasteis a los tirrenos y a los sabinos, por otro, la que poseéis después de haber vencido a los ecuos, volscos y pomptinos, pues bien este Sicio no posee ni la más mínima parte de ella; ni tampoco ninguno de vosotros, plebeyos, que habéis soportado las mismas fatigas. En cambio, los más violentos y desvergonzados de la ciudad poseen la mejor parte y la han disfrutado durante muchos años sin haberla recibido de vosotros como un regalo ni haberla comprado con dinero ni poder [5] demostrar ninguna otra justa adquisición de ella. Y si habiendo soportado las mismas penalidades que el resto de nosotros cuando nos apoderamos de esa tierra, pretendieran poseer más que nosotros, aunque ni así fuera justo o democrático que unos pocos se apropiaran de los bienes comunes, no obstante, la codicia de esos hombres tendría alguna explicación; sin embargo, cuando, no pudiendo mostrar ninguna acción importante ni audaz por la que se hayan apropiado de lo nuestro por la fuerza, ni se avergüenzan ni lo dejan una vez que han sido puestos en evidencia, ¿quién es capaz de soportarlo?
[38 ] »Ea pues, por Júpiter, si yo he mentido en alguna de estas cosas, que uno de estos respetables hombres salga aquí y os explique qué señaladas y hermosas hazañas alega para reclamar más tierra que yo. ¿Acaso ha prestado servicio más años o ha luchado en más batallas o ha recibido más heridas o me ha aventajado en coronas, ornamentos, despojos y otros adornos triunfales, y gracias a él los enemigos se han vuelto más débiles y la patria más ilustre y poderosa? Más bien, que os muestre la décima parte de lo que yo os he contado. Pero la mayoría de esos hombres [2] no podría ofreceros ni una mínima parte de lo mío; y algunos ni siquiera podrían demostrar que han sufrido las mismas penalidades que el plebeyo más insignificante, pues su distinción no radica en las armas, sino en las palabras, ni su poder se manifiesta contra los enemigos, sino contra los amigos. Y tampoco consideran que habitan una ciudad común a todo el pueblo, sino particular de ellos solos, como si no hubieran sido ayudados por nosotros a liberarse de la tiranía, sino que nos hubieran recibido en herencia de los tiranos. Y respecto a los demás insultos, pequeños y grandes, que continúan lanzándonos, como todos sabéis, me callo; pero han llegado a tal grado de arrogancia que [3] pretenden que ninguno de nosotros tenga la libertad de pronunciar una palabra en relación con la patria, ni siquiera que abra la boca. Y al primero que habló sobre el sorteo de tierras, Espurio Casio, hombre que había sido distinguido con tres consulados, con dos procesiones triunfales muy espléndidas, y que había demostrado tanta habilidad en las empresas militares y en las decisiones políticas como ninguno de los de entonces, a este hombre le acusaron de aspirar a la tiranía, le vencieron con pruebas falsas por ninguna otra causa que la de ser amante de su patria y de su pueblo y le mataron arrojándole desde el precipicio 49 . Y [4] a Cneo Genucio, tribuno nuestro, cuando intentaba retomar esta misma medida política después de once años 50 , y llevó a juicio a los cónsules del año anterior por haberse despreocupado de los decretos que el Senado había votado en relación con los decenviros encargados de repartir la tierra, como no podían acabar con él abiertamente, le hicieron [5] desaparecer un día antes del juicio. Por lo tanto, un gran temor se apoderó de los que vinieron después y ya nadie quiso arrostrar este peligro, sino que hace ahora treinta años que soportamos esta situación como si hubiéramos perdido nuestra autoridad en una tiranía.
[39 ] «Paso por alto lo demás; pero los que son ahora vuestros magistrados, por el hecho de considerar justo ayudar a los plebeyos oprimidos y a pesar de que vosotros los habíais hecho sagrados e inviolables por ley, ¿qué peligros no han padecido?, ¿no fueron expulsados del Foro entre golpes y patadas después de haber soportado todo tipo de ultrajes? Y vosotros, que sufrís este trato, ¿lo aguantáis y no buscáis el modo de vengaros de ellos al menos con vuestros votos, que son la única manera con que podéis [2] demostrar vuestra libertad? Pero incluso ahora, plebeyos, con el temple propio de hombres libres, ratificad la ley agraria que proponen los tribunos y no permitáis ni una [3] sola palabra de los que opinan lo contrario. Y vosotros, tribunos, no necesitáis exhortación para este trabajo, pues lo empezasteis y no cederéis si actuáis bien. Pero si para vosotros representa un obstáculo la audacia y desvergüenza de los jóvenes que vuelcan las urnas, roban los votos u ocasionan cualquier otro desorden relacionado con la votación, demostradles la fuerza que tiene vuestro cuerpo de [4] magistrados. Y, ya que no es posible desposeer a los cónsules de su autoridad, llevad a juicio a los particulares que ellos utilizaron como ejecutores de sus actos violentos y haced votar al pueblo en relación con ellos, acusándoles previamente de usar de la violencia e intentar abolir vuestra magistratura en contra de las leyes sagradas».
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