Kitabı oku: «Historia antigua de Roma. Libros I-III»

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BIBLIOTECA CLÁSICA CREDOS, 73


Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., las traducciones de este volumen han sido revisadas por DOMINGO PLÁCIDO .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 81, Madrid. España, 1984.

REF.GEBO194

ISBN 9788424930929.

INTRODUCCIÓN

Dionisio, hijo de Alejandro, nació en Halicarnaso, muy probablemente entre los años 60 y 55 a. C. Marchó a Roma el año 30 ó 29, donde fue profesor de retórica, aprendió la lengua de los romanos y estuvo en contacto con las letras latinas, y así reunió los materiales para escribir su historia. Estuvo en relación con personajes de ilustres familias romanas, entre quienes destaca Quinto Elio Tuberón, probablemente el cónsul del año 11 a. C., a quien dedicó su ensayo sobre Tucídides. Su actividad retórica se tradujo también en una serie de escritos sobre oradores griegos (Lisias, Isócrates, Iseo, Demóstenes), y sobre Tucídides, especialmente importante desde el punto de vista de su concepción de la historia, y en otros tratados, algunos de ellos en forma de carta. En este terreno se muestra contrario al estilo asiático y favorable al neoaticismo, tendencia impulsada por la aristocracia romana 1 . Frente a actitudes negativas como la de Séneca el Viejo 2 , que añora los oradores nacidos en época de Cicerón, Dionisio de Halicarnaso espera que, gracias a los romanos, se rechace el nuevo estilo asiático y se vuelva al viejo (De rhet. vet . 2-3) 3 . Se trata del optimismo propio de quienes ponían sus esperanzas en el renacimiento de la época de Augusto 4 , plasmado, en el terreno artístico y literario, en el clasicismo augusteo 5 .

Con respecto a la Historia Antigua de Roma 5bis , uno de los problemas que más ha atraído la atención es el de la determinación de las fuentes. Veremos sólo algunos ejemplos significativos. Destacan los estudios de E. Gabba 6 . Según él, aunque la fuente principal es la Segunda Analística, sin embargo, para la época regia y de los orígenes, la Primera se encontraba ya incorporada en ella sin grandes variaciones 7 . Por ello hay que tener en cuenta que, de forma indirecta, se han utilizado fuentes remotas variadas. Por ejemplo, unos Kymaiká , conocidos a través de Timeo, para VII 3-11 8 , e incluso los Anales de los Pontífices 9 . El libro I sería el más fiel a las fuentes originales; posteriormente, Dionisio se hace más autónomo 10 . Por ejemplo, el libro II se inicia con espíritu augusteo 11 , pero el programa político de Rómulo, cuyo centro está en II 14, sería el reflejo de un opúsculo político de época silana 12 . La «tendencia» de este posible escrito es, sin embargo, objeto de controversia y, además de ésta, se han hecho otras atribuciones: cesariano, octaviano del año 27... 13 .

También Momigliano considera que la base principal de todo se encuentra en el siglo I a. C. 14 , pero la figura de Camilo, tal como aparece en XII 14-16, corresponde a una tradición formada entre los Escipión y los Graco 15 .

La utilización de Fabio Píctor también ha sido objeto de estudios concretos. Dado que hay discrepancias entre su uso por Plutarco y por Dionisio, Verbrugghe 16 se inclina a pensar que, en estos casos, el más próximo a la fuente es el primero. Sin embargo, es posible estudiar la tradición de forma más compleja: Fabio Píctor es sólo el inicio de una tradición que sufre un proceso de elaboración largo, y es el resultado de ésta, ya a finales de la república, el que utiliza Dionisio de Halicarnaso 17 .

El estudio exclusivo de las fuentes ha estado unido a un criterio estimativo de la obra histórica de Dionisio de Halicarnaso. Prácticamente se consideraba un recopilador de fuentes sin ningún criterio unificador 18 . El proceso por el que ha cambiado este criterio puede verse en H. Verdin, «La fonction de l’histoire selon Denys d’Halicarnasse» (1974); por él se ha llegado a observar una determinada unidad en la obra de Dionisio de Halicarnaso. Ahora bien, también se ha atribuido la unicidad a la propia fuente y se ha intentado buscar una fuente, no varias, que sirviera de inspiración a Dionisio de Halicarnaso. Por ejemplo, Valvo, tanto en su reseña a Noé 19 como en su trabajo «Il praenomen Imperatoris di Cesare in un passo di Dionigi di Alicarnasso» 20 , aquí referido concretamente a XII 1, y sigs., ve una fuente unitaria filooptimate, anticesariana y antioctaviana, tal vez el propio Quinto Elio Tuberón, que trataría de justificar el asesinato de César.

En general, la tendencia es a considerar que las fuentes utilizadas son las más próximas a él, dado que la Segunda Analística está más interesada en las cuestiones internas que la Primera 21 , y esto se nota en Dionisio de Halicarnaso. La ideología dominante es, desde luego, la del siglo I a. C. 22 . Queda la cuestión de si Dionisio reelabora o simplemente recoge fuentes de su propia época. También en esto hay variaciones: Gabba cree en la reelaboración y en la incorporación del ambiente augusteo, pero en concreto lo propio de Dionisio son los discursos 23 . Para Balsdon, junto a la «composición» general de la obra, plasmada en la «programación» que expone en el libro I 24 , también hay aspectos concretos: comparaciones con el mundo griego y rechazo del papel de τύκη en el destino de Roma 25 , procedentes de su origen griego. Hill 26 fue uno de los autores que primero vio una intención unitaria antiaugustea, contraria a la propaganda italiana preconizada por Augusto y materializada en la obra virgiliana; sería la alternativa al antihelenismo de la Eneida . Su público sería el romano: se trataría del griego que defiende su tradición frente a los romanos que desprecian al griego. Noé, en cambio 27 , cree que la reelaboración de Dionisio de Halicarnaso se hace para llevar la realidad romana a los lectores griegos.

La obra de Dionisio fue escrita por un griego en una época determinada, y a ella, como obra hecha, dedicaremos las siguientes líneas, dado que, sean cuales fueren las fuentes y la forma de utilizarlas, lo que hoy todo el mundo admite es que, tras las reelaboraciones que haya que tener en cuenta, la Historia Antigua de Roma tiene la suficiente entidad para llamar la atención de quien se interese por la historia de Roma y por la posición de los griegos de la época del nacimiento del imperio romano.

Dionisio de Halicarnaso se muestra preocupado por la cronología. En Tucídides , 9, critica al historiador ático por usar un método de exposición cronológica por estaciones, lo que, a su manera de ver, no permite la claridad en la exposición 28 . Por otro lado, hay datos de que escribió un Perì chrónōn , cuyos fragmentos están recogidos por F. Jacoby, F. Gr. Hist ., 251. Dedica los capítulos I 74 y 75 a explicar el sistema por el que fija la fundación de Roma en 751, dos años más tarde que Varrón, y establece constantemente la sincronía entre los cónsules, los arcontes y las Olimpiadas. Como no hay coincidencia en el comienzo de los años, hace el paralelo de los cónsules con el año griego que había comenzado el verano anterior, lo que en algunos casos le obliga a hacer precisiones estacionales con vistas al entendimiento del público griego (I 32, 5, y com. ad l . de Cary). Este método pone de relieve la intención de unificar el proceso histórico. Tal intención está más clara en la exposición de la teoría de los cuatro imperios, cuya culminación es, naturalmente, el romano (I 2, 1-3) 29 . Hay por tanto un criterio unificador expreso, informado por la idea dominante 30 de que Roma supera la diversidad del mundo y el particularismo de la propia ciudad, por lo que su obra es al tiempo superación de los contrastes presentes en la historiografía griega anterior (Polibio y Posidonio) y fusión de historia local e historia general, tal como se expone en Tucídides , 5 31 . Con ello, comenta Gabba, se concluye la polémica sobre el imperialismo romano y se ponen las bases para la coexistencia del mundo griego con el mundo romano.

El criterio unificador se realiza por tanto a partir de la mentalidad de los griegos de la época de Augusto 32 . De algún modo, continúa a Polibio 33 , pero también de algún modo lo supera 34 , al atender a un público más amplio y utilizar un concepto de causa también más amplio. El propio Dionisio (V 56, 1) declara la necesidad del conocimiento de las circunstancias, de las personas y de los discursos (XI 1, 3); así la historia es útil para los políticos y para los filósofos (XI 1, 4-5). El proceso de recuperación que se inicia tiene que fijarse un modelo que se encuentra en el pasado de Roma, cuya decadencia sirve precisamente para mostrar la necesidad de resurgimiento de lo antiguo 35 . La retórica es un modelo de actuación de los hombres políticos, pero también un modo de exponer el proceso histórico. Habida cuenta de la complejidad del mundo real, sólo puede comprenderse a base de la exposición de posturas contrapuestas 36 , del mismo modo que en determinados casos tiene que exponer diversas versiones de un mismo hecho. La exposición histórica de Dionisio carece de carácter monolítico: lo malo siempre va unido a lo bueno (V 77, 6). Por ello es retórica y dramática 37 la historia de Dionisio de Halicarnaso, porque es precisa la penetración constante en los matices y los detalles. Con esto, a Polibio y la tradición histórica griega se le añade el papel de la retórica, de que era profesional 38 . Dionisio de Halicarnaso cree en la eficacia de la palabra: V 40, 1, es sólo uno de los ejemplos de cómo se mueven las masas por efecto del discurso, ya que éste es capaz de solucionar los acontecimientos concretos 39 , pero también de marcar el proceso de la historia de Roma, definida por Noé 40 como la lucha pacífica del pueblo romano por su libertad. Gracias a ella se consigue una democracia más pacífica que la griega. El discurso se expone como modelo para el presente, pero con ello el autor no puede dejar de utilizar también el presente como modelo, y así, los discursos útiles para el presente son también los debates del presente 41 . Todo ello en la sucesión concreta de los hechos que están por debajo de la explicación de la superioridad romana, con quien nadie puede competir (I 3, 5) y que nunca soportó estar bajo otros (VII 70, 4), pues lo propio de los romanos es mandar sobre los demás (X 28, 8).

El planteamiento es polémico (I 4, 2) contra historiadores esclavos de reyes que odian la hegemonía romana. Espíritu polémico que se manifiesta en diversos pasajes que ponen de relieve la pervivencia de corrientes de oposición a Roma, que no comparten la complacencia de Dionisio 42 . Uno de los aspectos polémicos es el de la týchē . La mayoría de los griegos atribuyen a ésta el éxito de Roma, para arrebatarle el mérito a su virtud. Es una polémica que subsistía en Grecia. A la týchē opone Dionisio la virtud (I 5, 2), pero también el número de soldados (II 17, 3) 43 , como motivo de los éxitos. Es curioso el conglomerado de týchē , providencia divina e intereses en III, 5, 1. En ocasiones es la visión providencialista la que predomina: la providencia divina salvadora de Roma (V 54, 1; VII 12, 4), los dioses guardianes de la hegemonía de los romanos (VIII 53, 3).

Desde el principio (I 4, 1) se define como digno de preocupación el tema de los orígenes. Es una exaltación de los primeros momentos de la ciudad, y una valoración de las ceremonias primitivas ligadas a ellos. Pero tales cultos primitivos (I 33, 2) se diferencian de los que poseen rasgos bárbaros (II 18, 3; 19) y de los mistéricos (II 19, 2). Con ello exalta la teología romana frente a los mitos griegos (II 20, 2). Todo es parte de la propaganda augustea de restauración de los orígenes 44 y de enaltecimiento de la tierra itálica (I 36, 1; 38, 1), y de los Saturnia regna , lo propio del tema de la Eneida despojado de sus connotaciones antihelénicas. Venus (I 53, 1), Eneas (I 56, 4), el Pontificado de los sucesores de Julo (I 70, 4; 71, 1-2), los Parilia (I 88, 3), la ceremonia del triunfo primitivo con la sencillez propia del culto de Júpiter Feretrio (II 34, 4), las Vestales (III 67, 2), todo lo que de un modo u otro se encuentra en relación con el poder de Augusto, sus familiares, o con su restauración religiosa. En este sentido se ha estudiado en concreto la figura de Heracles como símbolo de dos aspectos de la figura de Augusto: el panhelenismo y la personalidad misma del imperator 45 .

El motivo expuesto es el de la necesidad de que Roma sea conocida por los griegos (I 5, 4), precisamente como modelo, de acuerdo con lo ya expuesto. Las leyes romanas, por ejemplo, son superiores a las griegas (XI 44, 6); pero al mismo tiempo se complace la aspiración de la Roma augustea como centro de la civilización helénica 46 .

El modo de reconocer la superioridad romana sin sentirse oprimidos por el bárbaro es la aceptación de la tesis ya sostenida por Heráclides del Ponto de que Roma es una ciudad griega; los troyanos no son más que griegos (I 57, 3; 62, 2; 90, 1), y lo mismo serán los albanos (III 10, 3). La escritura es la misma que la antigua griega (IV 26, 5) 47 . Los romanos, rodeados de bárbaros, se identifican con los problemas de las colonias griegas, como Cumas (VII 3, 1). Rechaza Dionisio la interpretación de que los romanos hayan sido helenizados. Los caracteres griegos son anteriores a los contactos recientes. De no ser así, como los romanos han resultado vencedores, el proceso habría sido el inverso: los romanos habrían barbarizado a los griegos (VII 70, 5). Por ello se distingue siempre entre helenos —civilizados— y bárbaros, y entre estos helenos están los romanos. La historia de Dionisio de Halicarnaso se convierte así en el mayor esfuerzo para reconciliar a griegos y romanos 48 . Esta actitud se defiende frente a la otra, tradicional, de la Roma etrusca (I 29, 2), a pesar de que había familias etruscas en la nueva clase dominante romana 49 . Sin duda, esto traía consigo consecuencias más o menos contradictorias. Musti 50 opina que la postura de Dionisio pertenecía más al ambiente de Elio Tuberón que al de Mecenas; Hill 51 , que la búsqueda del origen griego se oponía a la política itálica de Augusto; Martin 52 , que la autoctonía es una solución valorativa que partiría precisamente de su contacto con familias etruscas. No es suficiente la solución de que el antietrusquismo sea un elemento translaticio, pues hay elementos propios 53 , y está claro que Dionisio deja de lado deliberadamente datos que podrían interpretarse como etruscos en los primeros siglos de Roma 54 . El interés de Dionisio son los griegos. Si a ellos va dirigido el escrito, lo que lo conduce es su intención de colocar a los romanos a su frente sin violencia y hacerlos aceptables para aquéllos. Para ello toma una tradición y deja de lado el elemento etrusco que podría estorbar la exposición de su tesis. Una Roma «griega» es admisible, y no se contradice con la línea general de la política de Augusto ante los griegos. Ni el planteamiento de Dionisio, ni la propia política de Augusto, están, desde luego, libres de contradicciones.

Más difíciles son los equilibrios para justificar la superioridad romana y al tiempo alejar toda acusación de violencia imperialista. Por una parte tenemos la insistencia constante en que Roma siempre emprende la guerra por motivos defensivos (III 2, 3; 4, 3; 6, 4; 7, 7; 9, 2; 33, 1; etc.), hasta el punto de que la iniciativa romana se explica porque han sido engañados a propósito por el enemigo para obligarlos a ello (VIII 2, 3; 10, 3). Pero todo se encuentra en un contexto en que Roma esclavizó a sus rivales (I 3, 4), y en que es natural que el fuerte mande sobre el débil (I 5, 2), y en que la libertad consiste en someter a otros (VIII 70, 5). La solución se encuentra en la dominación moderada (IX 17, 3; 59, 5): es mejor la aceptación voluntaria de la hegemonía (III 60, 3); los romanos procuran ser gratos a los sometidos (VIII 36, 4); los volscos se sometieron en situación de igualdad (VIII 68, 2). Parece tratarse de un conjunto de consejos a los griegos sobre la conveniencia de admitir el poder romano y la inutilidad de todo tipo de resistencia. Los argumentos rebeldes podrían ser los de Fufecio en III 23; el objetivo de Dionisio de Halicarnaso sería demostrar su falsedad e inutilidad a través de los hechos históricos. Los romanos proponen la verdadera solución: una sola patria para todos (III 29, 4). El concepto dominante es el de hegemonía (III 9, 7). Frente a la esclavización, los romanos practican la concesión de la ciudadanía y la fundación de colonias (I 9, 4; III 11, 4, 6: VI 19, 4; XIV 3, 4), en lo que también fueron mejores que los griegos. En ello se encuentra de hecho la formación del poder de la clase dominante del imperio: formación de clientelas exteriores por medio de la concesión de la ciudadanía 55 , base de la ampliación de la clase dirigente imperial 56 , junto a la colonia como elemento importante de la propaganda de Augusto 57 .

El tema de la esclavitud se trata sobre todo en el Libro IV 23 y sigs., a propósito de Servio Tulio, sobre la concesión de la ciudadanía a los libertos: los esclavos no lo son por naturaleza, serán mejores si esperan la libertad. Hay sin duda una polémica propia de la época de Augusto sobre las manumisiones y sus problemas al final de la República 58 . Una de las ventajas, según Servio Tulio, era el aumento del número de las clientelas. Dionisio de Halicarnaso parece aprobar la práctica de la manumisión, pero considera que sería conveniente establecer correcciones con respecto a la politeía , a la concesión de la ciudadanía (IV 24, 7, 8). Con ello, Dionisio no hace más que proponer lo que de algún modo se está llevando a la práctica en el mundo helenístico. La ampliación de la libertad, pero, de acuerdo con la tradición griega, el mantenimiento de una situación de libertad sin derechos políticos. La ciudadanía quedaría sólo para casos de especial colaboración (V 13, 1).

Por otro lado, Dionisio trata el tema de los plebeyos como si fuera simplemente una división entre pobres y ricos 59 , y a aquéllos se refiere con frecuencia como «demóticos», que desde luego deben estar apartados de la vida política (II 9, 1-2), que debe quedar exclusivamente reservada para los ricos (IV 20, 1). Los demóticos, convertidos en clientes, se comparan a los penestes tesalios y a los thetes atenienses (II, 8, 1, 2), sometidos los primeros y los segundos libres, pero sin derechos, salvo en las etapas desarrolladas de la democracia ateniense. El demos se encuentra con frecuencia próximo a la esclavitud (VI 76, 1; 79, 2; 82, 3). La parte thetikón de los campesinos se unía a los demóticos (VII 1, 1), y Apio Herdonio quiere aprovecharse de la situación de los clientes y siervos (X 14, 1). Las clientelas son parecidas a las del siglo I 60 : las masas de población desposeídas, que forman los ejércitos privados proletarizados y a las que el imperio terminará por dejar privadas de derechos y a merced de sus patronos, a quienes, según Dionisio, los entregó Rómulo (II 9, 2).

En íntima relación con esto está el problema de la tierra. Desde Tulo Hostilio tenemos presentes las reivindicaciones, por parte de los demóticos, de las tierras públicas que han sido apropiadas (III 1, 4-5); por ellas surge la stasis , o conflicto social interno, a la que se pueden sumar conspiraciones por intereses personales (VI 46, 3). El episodio más interesante a este respecto es el de la petición de reparto de tierras por Espurio Casio y la respuesta dada por Apio Claudio (VIII 68-76). Para Gabba, ahí se refleja la problemática de la época de los Graco, y a ella pueden aplicarse los argumentos contrarios de Apio Claudio 61 . Pero quizás merezca destacarse la propuesta de Apio Claudio de entrega de tierras en sistema de colectividad controlada, que se asemeja más a las colonizaciones (VIII 73, 4) de época de Augusto y que fue lo que hizo cesar la demagogia (VIII 76, 2).

En relación con esto, es frecuente, sobre todo en el Libro IX, la polémica sobre los poderes de los tribunos, a quienes suele calificarse de demagogos. El demos es más moderado que los tribunos (X 28, 6). En cualquier caso, responde fundamentalmente a los intereses de finales de la República, en relación con las leyes agrarias, y a las supresiones y restauraciones del poder tribunicio 62 .

Con ello llegamos a un elemento sintético importante, el que une la historia interna de la ciudad con la historia externa, la historia de las guerras y conquistas. La hegemonía no puede separarse de las luchas internas. La concordia favorece la expansión (II 3, 4), en que todos los ciudadanos tienen enemigos comunes (III 8, 2). En cambio, la discordia interna dificulta la expansión: los pobres quieren que se les premie con la libertad por su colaboración (V 64, 2), y sin la ayuda plebeya no es posible el crecimiento. Si hay stasis , los romanos son más vulnerables (VIII 8, 5). Pero, al mismo tiempo, se da la argumentación contraria, la de que se utiliza la guerra para calmar los problemas internos (VI 23, 1) y acabar con la stasis (VIII 83, 1-2). La tensión, con todo, es constante, porque esas guerras, al necesitar el reclutamiento forzoso (VIII 81, 3), pueden producir odio contra el jefe y, por tanto, el fracaso militar (IX 3, 4). De manera compleja, sin embargo, la ecuación se repite: abundancia en la guerra, stasis en la paz (IX 26, 27); concordia en la guerra, stasis en la paz (X 33, 2); ataques externos aprovechando la guerra interna (XI 7, 2). La conclusión es que sin el demos no es posible la hegemonía (XI 59, 2). La cuestión está en el modo de ganarse la adhesión del demos .

En torno a esto está el constante problema del crecimiento del poder personal, también reflejo de los conflictos del final de la República. Coriolano es un caso extremado: su poder procede de sus triunfos militares (VIII 29, 4-5) que le permiten el reparto del botín (VIII 32, 2; 32, 4; IX 55, 2) y el aumento de la adhesión y la fuerza. Prueba de su Piedad es la buena suerte (VIII 33, 2) que le permite la victoria y la consiguiente adquisición de poder. Para Dionisio, este personaje no era injusto (VIII 60, 1), pero le faltaba moderación (VIII 61, 1-3). La base de este poder es la capacidad «benefactora», la evergesia (VIII 69, 3, 4), pero tal capacidad atractiva provoca la stasis , en que el personaje se siente apoyado porque promete philíen kaí sṓ zein , con lo que se revela como «salvador», y de ahí que su fuerza venga de los pobres (VIII 71, 6). De este modo Casio pretendía la tiranía (VIII 77, 1). Frente a ello, Apio Claudio se apoya en hetairos y clientes (VIII 90, 1) y como dictador se opone a la stasis . Ambos caminos llevan al poder personal. La alternativa legal es el interregnum . De un modo o de otro, la jefatura militar lleva a la tiranía. También Apio Claudio es calificado de misodemo y tirano (IX 47, 2). Del salvador bienaventurado (como Sila Félix), que se procura hetairos y clientes «dando» (XII 1, 2), se pasa a la tiranía (XII 11), por medio de calificativos como padre, fundador, etc. (XII 1, 18).

Sin embargo, Dionisio de Halicarnaso, de algún modo, pone la monarquía como modelo (II 4, 1) en la figura de Rómulo, pero basada en la concordia, y tras haber puesto el cargo, e incluso la forma de gobierno, a la disposición de todos (II 3, 7, 8). En esta monarquía destaca la regulación de la vida privada (II 24, 2) y del matrimonio (II, 25, 2), en un claro paralelo con la política de Augusto 63 . El problema para los senadores era el modo de sucesión (II 57, 4). El rey fue, además, quien acabó con la stasis (II 58, 1). La realeza se hace peligrosa con Lucumón (III 47, 4), que tenía demasiada fortuna (III 48, 1), y se gana el apoyo de la multitud, entre otras cosas, con la donación de dinero (III 48, 4).

La instauración de la República se caracteriza, principalmente, por la concordia que representó la asimilación al patriciado de los plebeyos más poderosos (V 13, 2), y porque los hegemones permanecían alejados de toda aspiración tiránica (V 60, 2), lo que le ocurre incluso al dictador (V 71, 1). De acuerdo con su planteamiento de que todo lo bueno lleva mezcla de malo, estos poderes pueden siempre caer en riesgos de tiranía, o en la dynasteía: tiranía, adulación del demos , esclavización de la ciudad, son los elementos determinantes. La tensión existe con respecto a las necesidades de hegemonía de que, según dice (VI 85, 1), siempre está necesitada la multitud. Hacen falta hombres de mando (VI 64, 2), pero todo poder contiene en sí el riesgo de tiranía. Aquí está la situación conflictiva. La solución está eis méson (VII 15, 1), tal vez en las relaciones entre senado, monarca y pueblo del programa de Rómulo, con monarquía, pero bajo control (II 14; 15), como manifiesto de la moderación 64 . Sería la plasmación de la monarquía de Augusto, precisamente apoyada en la teoría «no monárquica» del mismo 65 . Martin considera el Libro I como una especie de himno a la concordia. Ésta se rompe, pero la gran lección de la historia de Roma sería precisamente la capacidad para llegar siempre a la convergencia pacífica, a la solución dialogada del conflicto 66 : frente a tiranía, hegemonía y prostasía. No hay personajes monolíticos, dada la concepción de la historia de Dionisio, pero hay aproximaciones a la figura del personaje conciliador: Agripa (IX 27, 2); Cincinato (X 18, 1; 24, 3); y hay personajes claramente opuestos a esta figura, como los decenviros, contra quienes estaban todos (XI 1, 6; 2, 1, 3; 3, 1; 22, 6). Posiblemente no hay personajes monolíticos porque no hay tampoco solución monolítica, sino la solución representada por la historia de Roma misma, en que el conflicto se arregla pacíficamente. En Roma nunca se llegó a lo anḗkeston («lo irremediable») 67 .

Dionisio de Halicarnaso escribió su Historia Antigua de Roma sin duda sobre fuentes más o menos unificadas, pero escribió una obra unitaria, con sistemas retóricos adaptados a la interpretación histórica, con lo que consigue darle una nueva profundidad; pero también con una concepción unitaria del proceso histórico, centrado en el papel de Roma como culminación del mismo.

En este conjunto, desempeña un papel importante la consideración de Roma como heredera y superadora de la diversidad del mundo griego. Pero el papel de Roma también está asentado en los presupuestos que le da el propio Augusto: remontarse a los orígenes donde se encuentran los elementos que justifican el nuevo ordenamiento político y jurídico; y en él, la estructuración social que para Dionisio necesita de un reforzamiento, la propia del mundo helenístico en que se ha aminorado el papel de la esclavitud en paralelo con la pérdida de derechos de la masa libre de la población pobre. Tal masa desempeña un papel importante en las guerras que justifican la hegemonía romana. Guerra y conflicto interno se condicionan mutuamente. El control del demos y la vida de conquistas favorecen el desarrollo del poder personal y de la tiranía. La conflictividad requiere una autoridad, pero que evite la tiranía por medio de la moderación. Dionisio de Halicarnaso no da una fórmula, no es un teórico de la política, sino que escribe una obra histórica que quiere ser útil al político. El modo de hacerlo es por medio de la descripción de un mundo en que nunca lo bueno o lo malo están en estado de pureza, pero donde es posible adoptar posturas capaces de control autoritario sin necesidad de la tiranía, con monarquía o sin monarquía, pero con hegemonía personal y moderación y concordia. Roma es en su historia el modelo que deben seguir los griegos, sometiéndose voluntariamente a su hegemonía, en un momento en que parece evidente que tal modelo está en una de sus fases más próximas a su realización perfecta.

DOMINGO PLÁCIDO


1 BOWERSOCK , pág. 75.

2 FAIRWEATHER , págs. 301-2.

3 FORTE , pág. 201.

4 BONNER , pág. 10.

5 MAZZARINO , I, págs. 499-500.

5bis Esta obra aparece citada normalmente con el nombre de Antigüedades Romanas .

6 Véase bibliografía.

7 «Considerazioni…», págs. 138-9.

8 Pág. 145.

9 Pág. 153.

10 «Dionigi…», pág. 225.

11 «Studi…I…», pág. 224

12 ID ., págs. 200-216.

13 BALSDON , pág. 24.

14 «An Interim…», pág. 547.

15 «Camillus…», pág. 92.

16 Pág. 238.

17 POUCET , «Fabius…», pág. 216. Cf. «L’amplification…».

18 SCHWARTZ , en PW, RE , V (1903), 934-961.

19 Pág. 297.

20 Págs. 336-9.

21 NOÉ , pág. 30.

22 MUSTI , «Etruschi…», pág. 43.

23 «Dionigi…», pág. 228.

24 Pág. 25.

25 Pág. 26.

26 Págs. 88 y sigs.

27 Págs. 22-23.

28 CARY , p. XXXI, MAZZARINO , I, pág. 495.

29 MOMIGLIANO , «The origins…», pág. 549; GASCÓ , págs. 187 y sigs.

30 MARTIN , «Le dessein…», pág. 206.

31 GABBA , «Storiografia…», págs. 641-2.

32 GABBA , «Dionigi…», pág. 229.

33 MARTIN , «Dessein…», pág. 201.

34 GOZZOLI , págs. 164 y sigs.

35 BOWERSOCK , pág. 131.

36 CARY , pág. XVI.

37 GABBA , «Dionigi…», pág. 221.

38 VERDIN , págs. 297-306.

39 GOZZOLI , pág. 172.

40 Págs. 114-5.

41 NOÉ , pág. 38.

42 FORTE , págs. 194-5; GABBA , «Storici…», pág. 365; «Storiografia…», pág. 633.

43 GABBA , «Studi…I.», pág. 188.

44 MARTIN , «La propagande…», págs. 162-8; «Le dessein…», pág. 204.

45 MARTIN , «Herakles…», págs. 262 y sigs.; 266 y sigs.

46 MARTIN , «Dessein…», pág. 198.

47 GABBA , «Il latino…», pág. 188.

48 FORTE , pág. 195.

49 GABBA , «Dionigi…», pág. 224.

50 «Etruschi…», pág. 31, n. 8.

51 Ob cit .

52 «Le dessein…», pág. 198.

53 MUSTI , Tendenze …, pág. 152.

54 THUILLIER , pág. 581.

55 BALSDON ; POMA , pág. 71.

56 GABBA , «Dionigi…», pág. 219.

57 MARTIN , «La propagande…», pág. 174.

58 GABBA , «Studi… II», pág. 113, y reseña a FINLEY , pág. 279, n. 2.

59 NOÉ , pág. 63.

60 NOÉ , pág. 93.

61 «Studi… III». pág. 32, 36.

62 GABBA , «Dionigi…», pág. 227, NOÉ , pág. 96.

63 MARTIN , «Dessein…», pág. 205.

64 La Penna, pág. 118.

65 MARTIN , «La propagande…», págs. 174-5.

66 NOÉ , pág. 37; 48.

67 NOÉ , pág. 79.

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NOTA A LA PRESENTE TRADUCCIÓN

Para esta traducción hemos utilizado el texto griego fijado por E. Cary para la edición de Loeb del año 1937, basada a su vez en la de E. Spelman del año 1758. Sigue en general la edición de Jacoby, pero se aparta de ella en numerosas lecturas y en detalles de ortografía que se indican en notas críticas.

Los manuscritos conservados de los diez primeros libros de la Historia Antigua de Roma son los siguientes:

A. Chisianus 58, siglo X.

B. Urbinas 105, siglos X-XI.

C. Coislinianus 150, siglo XVI.

D. Regius Parisinus 1654 y 1655, siglo XVI.

E. Vaticanus 133, siglo XV.

F. Urbinas 106, siglo XV.

A y B son los mejores MSS.; los demás son tardíos y algunos, especialmente C y D, contienen numerosas interpolaciones. La editio princeps (libros I-XI), realizada por Robert Estienne (Stephanus) en París en el año 1546, está basada en D.

En 1586 Friedrich Sylburg hizo en Frankfurt otra edición, acompañada de traducción y notas, de los libros I-XI siguiendo dos MSS., un Romanus no identificado y un Venetus (272). Se reimprimió en Leipzig en el año 1961.

John Hudson (Oxford 1704) fue el primero en utilizar el Urbinas, que él llamó Vaticanus. Sobre esta edición trabajó J. J. Reiske (Leipzig 1774-75), pero a partir del libro III 21 introdujo las buenas lecturas de B. Con frecuencia Dionisio es citado por las páginas de esta edición.

En 1860-70 A. Kiessling publicó en Leipzig (Teubner) una nueva edición basada fundamentalmente en B. Igualmente para Teubner preparó su edición C. Jacoby en los años 1885-1905, utilizando como base A y B.

En París (Didot) en 1886 A. Kiessling y V. Prou publicaron el texto griego con una traducción latina.

En cuanto a las traducciones, la primera es una en latín realizada por Lapus (o Lappus) Biragus (libros I-XI), publicada en Treviso en 1480, que se anticipó en más de medio siglo a la primera edición del texto griego. Se reimprimió en París en 1529 y de nuevo en Basilea en 1532. Una traducción de Gelenius (libros I-X) basada en la editio princeps apareció en Basilea en 1549. Sylburg la revisó en 1580 y añadió su propia traducción del libro XI. Portus (Lausana 1588) llevó a cabo una nueva traducción que fue adoptada por Hudson y Reiske, y, con numerosas correcciones, por Kiessling-Prou.

En Venecia en 1545 Francesco Venturi realizó una traducción al italiano, un año antes de la editio princeps . Otra versión italiana apareció en Roma en 1812-13, publicada por M. Mastrofini.

En francés contamos con la traducción de G. F. le Jay (París 1722) que está realizada sobre el texto latino de Lapus, y con la de Bellanger aparecida al año siguiente.

En alemán existen las traducciones de J. L. Breuzler (1752, reimpresa en 1771-72), y de G. J. Schaller y A. H. Christian (Stuttgart 1827-50).

En inglés disponemos de la traducción de E. Spelman (Londres 1758) y de la de E. Cary para Loeb (Londres 1937).

En nuestra lengua no existe ninguna traducción de la Historia Antigua de Roma anterior a la que aquí se publica.

Queremos hacer algunas observaciones sobre nuestra traducción. El texto griego ha sido seguido fielmente, pero en ocasiones nos hemos visto obligados a modificar la puntuación para aligerar el estilo excesivamente retórico y ampuloso de Dionisio y adecuarlo al castellano. En efecto, Dionisio intenta aplicar sus ideas retóricas a su Historia y utiliza un estilo aticista en el que abundan los largos períodos, los paralelismos, las repeticiones y explicaciones, el uso de adjetivos y verbos de igual significado dentro de una frase, el abuso de neutros, y una serie de rasgos propios del griego del siglo I a. C.

En cuanto a las fechas, que Dionisio da en Olimpiadas, hemos añadido el año entre paréntesis en el cuerpo de la traducción.

Los nombres latinos los hemos castellanizado, aunque en el caso de las ciudades, para mayor claridad, figura en nota el nombre original. Los nombres de dioses e instituciones los damos siempre en su versión latina castellanizada a pesar de que Dionisio, por dirigirse a un público griego, los presenta en forma helenizada.

Hemos procurado evitar las notas de crítica textual y limitarnos a las de tipo histórico-cultural, para las que nos han sido de gran utilidad algunas de las de la edición de E. Cary.

Gran parte de lo narrado por Dionisio en su Historia Antigua de Roma es tratado también por Tito Livio, por lo que puede resultar muy provechosa una confrontación entre ambos autores.

Por último añadir que en cada tomo figuran un mapa de Italia y un plano esquemático de Roma que ayudarán a localizar y entender muchas de las referencias geográficas que hace el autor a lo largo de su obra.



Principales ciudades de Italia central en la época de los Reyes.



Plano de Roma con el recinto del muro serviano en trazo grueso.

LIBRO I

Método que debe seguir el historiador

Aunque me gustan muy poco las [1 ] explicaciones que se suelen dar en los proemios de las historias, me veo obligado a hablar de antemano sobre mi persona. Y no tengo intención de extenderme en mis propios elogios, que sé que resultan ociosos a los lectores 1 , ni tampoco pienso criticar a otros historiadores, como hicieron Anaxímenes y Teopompo 2 en los proemios de sus historias, sino que voy a explicar los motivos que me impulsaron a emprender esta obra, y daré cuenta de las fuentes de las que conseguí la información de los hechos que serán relatados. Desde luego, estoy convencido de que [2] quienes se proponen dejar a la posteridad recuerdo de su persona, que no sea aniquilado por el tiempo juntamente con su cuerpo, y sobre todo quienes escriben historias, en las que suponemos que se establece la verdad como principio de prudencia y de sabiduría, deben, en primer lugar, elegir temas nobles y elevados que contengan gran utilidad para los futuros lectores; y en segundo lugar, procurarse con mucho interés y esfuerzo las fuentes necesarias para el desarrollo del [3] tema. Los que basan obras históricas en asuntos sin renombre, improcedentes o indignos de cualquier interés porque aspiran a alcanzar notoriedad y conseguir un nombre cualquiera que sea, o porque quieren demostrar la superioridad de su fuerza retórica, ni son admirados en la posteridad por su fama, ni elogiados por su oratoria; y en quienes leen sus historias dejan la impresión de que ellos mismos admiraron las vidas acordes con los escritos que publicaron, pues todos piensan que las palabras son imágenes del espíritu de cada uno. [4] Por otra parte, quienes eligen los mejores temas, pero los desarrollan de forma negligente y a la ligera, a base de relatos que han escuchado al azar, no consiguen ningún elogio por su elección; pues no nos parece justo que sean improvisadas o escritas de forma negligente las historias sobre ciudades famosas y varones que han llegado al poder real. Como pienso que estas dos observaciones son necesarias y muy importantes para los historiadores y he puesto mucho interés en ambas, no quise pasar por alto su mención, ni escribirlo en ningún otro lugar más que en el proemio de mi obra.

Presentación del tema de la obra

[2 ] Pues bien, que yo he elegido un tema hermoso, noble y útil para muchos, no creo que necesite muchas explicaciones, al menos para quienes no son totalmente desconocedores de la historia universal. Sin duda, si alguien pone su atención en las hegemonías de ciudades y pueblos de los que tenemos referencia desde tiempos pasados, y, después de examinarlos cada uno por separado y compararlos mutuamente, quisiera determinar cuál de ellos consiguió el mayor poder y realizó proezas más brillantes tanto en paz como en guerra, verá que la soberanía de los romanos ha superado con mucho a todas las que se recuerdan antes de ella, no sólo por la extensión de su dominio y por la nobleza de sus acciones, que todavía ninguna historia ha alabado dignamente, sino también por el espacio de tiempo que ha durado ese poder, llegando hasta nuestros días. El imperio de [2] los asirios, que era antiguo y se remontaba a los tiempos míticos, sólo dominó una pequeña parte de Asia. El imperio de los medos, después de aniquilar al de los asirios y conseguir un dominio mayor, no prevaleció mucho tiempo, sino que fue destruido a la cuarta generación 3 . Los persas, una vez que vencieron a los medos, se apoderaron finalmente de casi toda Asia; pero cuando atacaron también a los pueblos de Europa, no sometieron a muchos y no permanecieron en el poder mucho más de doscientos años 4 . El imperio macedónico, [3] que destruyó la fuerza de los persas y cuyos dominios superaron en extensión a todos los anteriores, tampoco floreció durante mucho tiempo, sino que después de la muerte de Alejandro empezó a decaer. Fue repartido inmediatamente entre muchos generales a partir de los diádocos 5 y, aunque después de aquéllos tuvo fuerzas para continuar hasta la segunda o tercera generación, se debilitó él mismo por causas internas y fue aniquilado finalmente por los romanos 6 . Tampoco este [4] imperio sometió toda la tierra y el mar, pues ni se apoderó de Libia, excepto de una pequeña parte junto a Egipto, ni conquistó toda Europa, sino que llegó por la parte norte hasta Tracia y por el oeste bajó hasta el mar Adriático.

El poder de Roma supera al de todos los imperios anteriores

[3 ] Así pues, las más ilustres de las anteriores soberanías que hemos conocido a través de la historia, fueron derrocadas después de haber alcanzado tanta fuerza y poder. Y las potencias griegas no son dignas de compararse con ellas por no haber conseguido ni la magnitud de su imperio ni la fama durante tanto tiempo como aquéllas. [2] Los atenienses dominaron sólo la costa durante sesenta y ocho años 7 , y no toda, sino la que está entre el mar Euxino y el Panfilio, y esto, cuando su supremacía naval fue mayor. Los lacedemonios, dueños del Peloponeso y el resto de Grecia, quisieron llevar a su dominio hasta Macedonia, pero fueron detenidos por los tebanos y no conservaron el poder ni treinta años completos 8 . [3] En cambio, la ciudad de los romanos gobierna toda la tierra que no es inaccesible, sino habitada por hombres, y domina todo el mar, no sólo el que está dentro de las columnas de Hércules, sino también todo el océano navegable; es la primera y única ciudad de las que se recuerda a lo largo de todos los tiempos que haya hecho de la salida y la puesta del sol los límites de sus dominios. Y el período de su soberanía no ha sido corto, sino mayor que el de ninguna de las demás [4] ciudades o reinos; pues desde el principio, inmediatamente después de su fundación, fue anexionándose los pueblos cercanos, que eran muchos y belicosos, y continuó esclavizando a todo el que se le oponía. Han pasado setecientos cuarenta y cinco años desde entonces hasta el consulado de Claudio Nerón, cónsul por segunda vez, y Calpurnio Pisón, que fueron designados en la CXCIII Olimpiada 9 .

Desde que se adueñó de toda Italia y se atrevió a [5] pretender el gobierno de todo el mundo, después de expulsar del mar a los cartagineses, que tenían la mayor flota naval, y someter a Macedonia, que hasta entonces parecía poseer el máximo poder en tierra, ya no tuvo ningún pueblo bárbaro ni griego como rival y, en nuestros días, ya en la séptima generación, continúa gobernando todo el mundo; y no hay ningún pueblo, por decirlo así, que dispute por la hegemonía universal o por no aceptar el gobierno de Roma. Con todo, no sé qué [6] más pruebas debo alegar de que ni he escogido el más banal de los temas, como afirmé, ni me he propuesto tratar acciones insignificantes y desconocidas, sino que voy a escribir sobre la ciudad más ilustre y sobre unas hazañas tales que nadie podría señalar otras más brillantes.

El autor razona la elección de su tema

Antes de nada, quiero explicar [4 ] brevemente que no sin reflexión y sin un meditado propósito me dediqué a la parte antigua de la historia de Roma, y puedo dar unas razones muy calibradas de mi elección, para que no me censuren algunos aficionados a criticarlo todo, cuando todavía no han oído nada de los asuntos que se les van a relatar; quizá me reprochen que esta ciudad, aunque sea celebrada en nuestros días, tuvo unos comienzos oscuros, muy humildes e indignos de ser registrados en la historia, y que ha llegado a la fama y la gloria no hace muchas generaciones, desde que aniquiló el poder macedónico y venció en las guerras púnicas; y que yo, pudiendo haber elegido alguna de sus etapas gloriosas, me incliné por la historia arcaica, que no tiene nada [2] brillante. Pues bien, la historia antigua de la ciudad de Roma todavía es desconocida para casi todos los griegos, y algunas opiniones no verdaderas, sino fundadas en relatos que han llegado a sus oídos por casualidad, han engañado a la mayoría con la idea de que la ciudad tuvo como fundadores a ciertos vagabundos sin hogar y a bárbaros que ni siquiera eran hombres libres; y que, si con el tiempo ha llegado a la supremacía total, no ha sido por su piedad, justicia o cualquier otra virtud, sino por una suerte especial y porque la injusta Fortuna concede al azar sus mayores bienes a los más indignos. Y los más maliciosos suelen acusar abiertamente a la Fortuna de que concede a los bárbaros más perversos los favores que corresponderían a los griegos. [3] Pero, ¿qué necesidad hay de hablar de otros, cuando también algunos historiadores se atrevieron a dejar escritas estas ideas en sus historias, por complacer con relatos injustos y falsos a reyes bárbaros que odian la hegemonía de Roma, reyes a quienes ellos sirvieron y adularon?

Objetivos del autor

[5 ] Pues bien, con la intención de sacar de la mente de muchos esas creencias, como afirmé, erróneas, y establecer en su lugar las verdaderas, voy a explicar en esta historia quiénes fueron los fundadores de la ciudad, en qué momento se reunió cada uno de los grupos y por qué avatares de la fortuna abandonaron las moradas paternas. Y a través de esta obra, prometo demostrar que fueron griegos que se habían reunido procedentes de pueblos que no eran ni los más pequeños ni los más insignificantes. [2] Empezando a partir del libro siguiente, relataré las acciones que llevaron a cabo inmediatamente después de la fundación, y las costumbres por las cuales sus descendientes alcanzaron tanto poder. Así, en la medida de mis posibilidades, no omitiré nada digno de mención para inculcarles, al menos a los que van a conocer la verdad, una idea correcta de esta ciudad, si es que no mantienen una actitud totalmente violenta y hostil hacia ella; que no se indignen por la sumisión que es lógica (pues de hecho hay una ley de la naturaleza, común para todos y que ninguna época derogará, consistente en que los superiores gobiernan siempre sobre los inferiores), y que no acusen a la Fortuna de haber concedido en vano y por tanto tiempo tal soberanía a una ciudad indigna; al menos, después de haber [3] aprendido por mi historia que desde el principio, inmediatamente después de su fundación, ofreció numerosos ejemplos de hombres virtuosos, y ninguna ciudad ni griega ni bárbara pudo ofrecer otros más piadosos, ni más justos, ni más moderados durante toda su vida, ni mejores luchadores en las guerras que aquéllos. Esto lo conseguiré si realmente el resentimiento queda al margen de la historia, pues la promesa de relatos admirables y contrarios a las creencias puede acarrear tales sentimientos.

Todos los que han proporcionado a la propia Roma [4] la extensión tan grande de su dominio son desconocidos entre los griegos por haber carecido de un historiador estimable; pues ninguna historia rigurosa sobre los romanos ha aparecido en lengua griega hasta nuestros días, a no ser muy breves y sumarios epítomes.

El autor pretende tratar la época que otros historiadores omitieron

[6 ] El primer historiador, que yo sepa, que tocó por encima la historia antigua de Roma fue Jerónimo de Cardia 10 en su obra sobre los Epígonos 11 . Después, Timeo de Sicilia 12 relató la época arcaica en su historia general, y registró las guerras contra Pirro de Epiro en una obra aparte. Además de éstos, Antígono, Polibio, Sileno 13 y muchísimos otros se ocuparon de los mismos temas, pero no de igual forma, y cada uno de ellos escribió reuniendo unas pocas cosas aplicadas sin rigor y procedentes [2] de relatos llegados al azar. Semejantes a éstas y nada diferentes son las historias que nos ofrecieron cuantos romanos narraron en lengua griega los sucesos antiguos de la ciudad; de estos escritores, los más antiguos son Quinto Fabio y Lucio Cincio 14 , y ambos fiorecieron durante las guerras púnicas. Cada uno de estos hombre narró con exactitud basada en la experiencia aquellos hechos en los que él mismo había estado presente; en cambio, los sucesos antiguos ocurridos después de la fundación de la ciudad los tocaron por encima y de forma sucinta. Por estos motivos decidí no [3] omitir una hermosa historia que los más antiguos dejaron sin mencionar, y de la cual, si se escribe con rigor, se obtendrán los mejores y más justos resultados: los hombres valientes que han cumplido su destino alcanzarán fama eterna y serán elogiados en la posteridad, lo que hace que la naturaleza humana se asemeje a la divina y que no mueran las hazañas juntamente con los cuerpos. Además, los actuales y futuros descendientes [4] de aquellos varones semejantes a dioses no elegirán la vida más placentera y fácil, sino la más noble y ambiciosa, pensando que quienes por su nacimiento han heredado un linaje ilustre, deben tener un alto concepto de sí mismos y no dedicarse a nada indigno de sus antepasados. Y yo, que me incliné a este trabajo no por adulación, [5] sino por atender a la verdad y a la justicia, fines a los que debe apuntar toda historia, en primer lugar, habré demostrado mi intención de ser útil a todos los hombres honrados y a los que gusten de contemplar hermosas y grandes hazañas. En segundo lugar, habré compensado a la ciudad con un acto de agradecimiento en la medida de mis posibilidades, como recuerdo de la educación y de los demás bienes que disfruté mientras viví en ella.

Fuentes de la obra

[7 ] Una vez que he explicado la razón de mi elección, quiero hablar también sobre las fuentes que utilicé cuando iba a emprender mi historia; pues quienes hayan leído antes a Jerónimo, Timeo, Polibio o algunos de los otros historiadores que mencioné hace un momento, como ejemplo de escritores que han tocado el tema por encima, quizá por no haber encontrado en ellos muchas de las cosas mencionadas por mí, sospecharán que me las he inventado y exigirán saber cómo he llegado a conocer estos detalles. Pues bien, para que nadie tenga tal opinión de mí, lo mejor es hablar previamente de los relatos y memorias en los que me he basado.

[2] Yo llegué a Italia en la época en que César Augusto puso fin a la guerra civil, a mediados de la CLXXXVII Olimpiada 15 , y el período de veintidós años transcurridos desde entonces hasta hoy lo pasé en Roma, aprendiendo la lengua de los romanos y conociendo su escritura local, y me dediqué todo ese tiempo a trabajar [3] en asuntos relacionados con este tema. Algunas enseñanzas las recibí de los hombres más versados, con quienes mantuve relación; y otras, las fui recogiendo de las historias que escribieron autores alabados entre los mismos romanos: Porcio Catón, Fabio Máximo, Valerio Ancias, Licinio Mácer, Elios, Gelios, Calpurnios 16 y otros muchos hombres notables; y partiendo de aquellas obras (que son parecidas a los anales griegos) emprendí mi historia. Hasta aquí, lo referente a mi persona. [4] Me queda todavía decir sobre la historia misma en qué periodos la divido, qué temas trato y cuál es la forma que voy a dar a la obra.

Período comprendido en la obra, estilo y presentación del autor

Empiezo, pues, la historia desde [8 ] las más antiguas leyendas, que los historiadores que me han precedido omitieron, por ser difíciles de interpretar sin un gran estudio. Y llevo [2] mi relato hasta el comienzo de la primera guerra púnica, que tuvo lugar en el tercer año de la CXXVIII Olimpiada (265 a. C). Narro todas las guerras que mantuvo la ciudad con otros pueblos en aquellos tiempos, las rebeliones civiles que padeció, las causas por las que se produjeron y de qué modo y con qué argumentos cesaron. Explico todas las formas de gobierno que tuvo Roma durante la monarquía y después de la caída de los reyes, y cuál era el carácter de cada una de ellas. Describo las mejores costumbres y las leyes más notables y, en suma, muestro toda la vida de la antigua Roma.

La forma que doy a la obra no es como la que dieron [3] a sus historias los que escribieron sólo sobre guerras, ni como la de quienes explicaron los regímenes políticos que imperaban entre ellos, ni tampoco es semejante a los anales que publicaron los autores de las Atthides 17 , pues éstas son monótonas y en seguida aburren a los lectores. Sino que es una mezcla de cada tipo, del forense, del especulativo y del narrativo, para que resulte satisfactoria tanto a quienes se dedican a los debates políticos como a quienes están interesados en la especulación filosófica, e incluso a quienes buscan un [4] pasatiempo tranquilo en sus lecturas de historia. Así pues, mi obra versará sobre tales asuntos y tal será su forma. El autor soy yo, Dionisio de Halicarnaso, hijo de Alejandro. Y a partir de este momento empiezo.

Primeros habitantes de Roma

[9 ] La ciudad que ahora habitan los romanos, dueña de toda la tierra y el mar, se dice que los primeros que la ocuparon de los que se recuerdan fueron los bárbaros sículos, pueblo autóctono. Nadie puede hablar con seguridad de los acontecimientos anteriores a esta época, ni si fue ocupada por otros pueblos o estuvo deshabitada. Pero después de algún tiempo, los aborígenes se apoderaron de ella arrebatándosela a sus ocupantes mediante una larga guerra.

[2] Al principio vivían en las montañas en aldeas sin amurallar y dispersos; pero cuando los pelasgos, unidos con algunos otros griegos, les ayudaron en la guerra contra sus vecinos, después de expulsar de allí a los sículos, amurallaron muchas ciudades y se dispusieron a someter todo el territorio comprendido entre los ríos Liris y Tíber. Éstos corren desde el pie de los montes Apeninos, que dividen Italia en dos partes a lo largo, y la distancia de una a otra desembocadura en el mar Tirreno es de unos ochocientos estadios 18 ; el Tíber desemboca por la parte norte, cerca de la ciudad de Ostia; y el Liris, por la zona sur, pasando por Minturnas 19 : ambas ciudades son colonias de los romanos. Y esas gentes permanecieron en la misma morada [3] sin ser expulsados ya por otros pueblos, pero los mismos hombres cambiaron dos veces de nombre: hasta la guerra de Troya conservaron su antigua denominación de aborígenes, pero con el rey Latino, que gobernó en la época de la guerra de Troya, empezaron a llamarse latinos. Y cuando Rómulo fundó la ciudad que [4] tomó su nombre, dieciséis generaciones después de la guerra de Troya, adoptaron el nombre que ahora tienen. Con el tiempo consiguieron convertir la nación más pequeña en la más grande y la más insignificante en la más ilustre, no sólo por la generosa acogida a quienes solicitaban vivir entre ellos, sino también por la concesión de la ciudadanía a los vencidos en la guerra después de un comportamiento ejemplar; por permitir que cuantos esclavos fueran liberados pasaran a ser ciudadanos, y por no despreciar a ninguna clase de hombres que fuera a representar un bien para la comunidad; pero más que todo esto, por su forma de gobierno, que instauraron después de muchos avatares, extrayendo algo útil de cada ocasión.

Distintas teorías sobre los aborígenes

De los aborígenes, en los que comienza [10 ] el linaje de los romanos, unos afirman que son autóctonos de Italia, una estirpe que surgió por sí misma 20 : llamo Italia a todo el territorio comprendido entre el golfo Jónico 21 , el mar Tirreno y los Alpes por la parte continental. Y dicen que se les dio esa primera denominación por haber sido el origen del linaje de sus descendientes, como nosotros les llamaríamos «genearcas» o «protógonos» 22 .

[2] Otros, en cambio, cuentan que reuniéndose algunos vagabundos sin hogar procedentes de muchos lugares, se encontraron allí por casualidad y establecieron su residencia en esa plaza fuerte, viviendo de la rapiña y el pastoreo. Y estos autores cambian su nombre por uno más apropiado a su condición, llamándoles aberrigines 23 , para dar a entender que son vagabundos. Según esto, parece que la raza de los aborígenes no sería diferente de la que los antiguos llamaban léleges: pues generalmente daban este nombre a gentes mezcladas, sin hogar y que no habitaban ninguna tierra fija como patria.

[3] Otros cuentan que eran colonos de los ligures, vecinos de los umbros: pues los ligures habitan muchas partes de Italia, e incluso también alguna de la Galia, pero no se sabe cuál es su patria, ya que no se ha dicho nada más concreto sobre ellos.

Antecedentes griegos de los aborígenes

[11 ] Pero los más entendidos historiadores romanos, entre los que se encuentra Porcio Catón, que recogió con mucho interés las genealogías 24 de las ciudades de Italia, Cayo Sempronio 25 y otros muchos, dicen que eran griegos de los que alguna vez habitaron en Acaya y emigraron muchas generaciones antes de la guerra de Troya. Sin embargo, no precisan la tribu griega a la que pertenecían, ni la ciudad de la que emigraron, ni la fecha, ni el jefe de la colonia, ni por qué vicisitudes de la fortuna abandonaron la metrópoli; y a pesar de haberse servido de una leyenda griega, no presentaron a ningún historiador griego como garantía. Por lo tanto, no está claro cuál es la verdad, pero si es válida la palabra de éstos, los aborígenes no serían colonos de otro pueblo que del llamado ahora arcadio, pues éstos fueron los primeros [2] griegos que cruzaron el golfo Jónico y se establecieron en Italia bajo el liderazgo de Enotro, el hijo de Licaón. Éste era el quinto desde Eceo y Foroneo, que fueron los primeros reyes del Peloponeso; pues Níobe fue hija de Foroneo y de ella y Zeus nació Pelasgo, según se dice: Licaón fue hijo de Eceo, y Deyanira fue hija de Licaón; de Deyanira y Pelasgo nació otro Licaón, y Enotro fue su hijo, diecisiete generaciones antes de la expedición contra Troya. Ésta fue la época en que los griegos enviaron la colonia a Italia.

Enotro salió de Grecia al no estar satisfecho con el [3] lote de tierra que se le había asignado, pues Licaón, como tuvo veintidós hijos, debía dividir el territorio de Arcadia en igual número de lotes. Por esta causa, Enotro abandonó el Peloponeso y después de preparar una flota, cruzó el golfo Jónico con Peucecio, uno de sus hermanos. Les siguieron muchos de su propio pueblo, pues se dice que esta nación fue muy populosa al principio, y también cuantos griegos poseían menos tierra de la necesaria. Pues bien, Peucecio, en el primer lugar [4] de Italia donde tocaron tierra, hizo desembarcar a su gente sobre el promontorio de Yapigia 26 y se estableció allí; y por él, los habitantes de esa región fueron llamados peucecios. Pero Enotro, que conducía la mayor parte de la expedición, llegó a otro mar que se extiende por la parte occidental a lo largo de toda Italia, y que entonces se llamaba Ausonio por sus habitantes, los ausonios, pero cuando los tirrenos se hicieron los dueños del mar, adoptó el nombre que ahora tiene.

Los enotrios: primera colonia griega en Italia

[12 ] Y como encontró mucha tierra apta para el pastoreo y mucha para el cultivo, desierta la mayor parte y sin mucha población la que estaba habitada, limpió el elemento bárbaro de una zona y edificó pequeñas ciudades contiguas en las montañas, que era el modo habitual de residencia entre los antiguos. Toda la tierra que ocupó, que era mucha, se llamó Enotria, y todos los hombres a los que gobernó, enotrios, cambiando su nombre por tercera vez, pues durante el reinado de Eceo, se llamaron eceos; cuando tomó el poder Licaón, a partir de él, licaonios; y después de que Enotro los condujera a Italia, se llamaron enotrios durante algún tiempo.

[2] Me apoya con su testimonio Sófocles, el trágico, en su drama Triptólemo; pues presenta en él a Deméter informando a Triptólemo de cuánta tierra se verá obligado a recorrer esparciendo las semillas que ella le ha dado. Y después de mencionar en primer lugar la parte oriental de Italia, que va desde el promontorio de Yapigia hasta el estrecho de Sicilia, tocando después la parte opuesta de Sicilia, vuelve de nuevo a la Italia occidental y describe los pueblos más importantes que habitan esa costa, empezando por el asentamiento de los enotrios. Pero basta solamente con citar los yambos en los que dice:

Y después, a la derecha, toda Enotria, el golfo tirreno y la tierra liguria te recibirán .

[3] Antíoco de Siracusa 27 , escritor muy antiguo, al referirse a los primitivos habitantes de Italia y al momento en que cada uno de ellos ocupó cada zona, dice que los enotrios son los primeros pobladores de los que se tienen noticias; sus palabras son éstas: «Antíoco, hijo de Jenófanes, escribió esto sobre Italia como la tradición más cierta y fiable sacada de las historias antiguas: esta tierra, que ahora se llama Italia, antaño la poseyeron los enotrios.» Después explica de qué forma se gobernaban y cómo Ítalo con el tiempo llegó a ser su rey, a partir del cual cambiaron su nombre por el de ítalos; que a éste le sucedió en el poder Morges, y por él se llamaron morgetes; y que Sículo, acogido como huésped por Morges, instituyó su propio poder y dividió la nación. Añade lo siguiente: «así, los que eran enotrios llegaron a ser sículos, morgetes e ítalos.»

Los aborígenes: descendientes de los enotrios

Ahora, indiquemos también la raza [13 ] de la que procedían los enotrios, ofreciendo como garantía a otro de los historiadores antiguos, Ferécides el ateniense 28 , no inferior a ninguno de los genealogistas. Él tiene escrito lo siguiente acerca de los reyes de Arcadia: «De Pelasgo y Deyanira nace Licaón; éste se casa con Cilene, una Náyade, de la que recibe el nombre el monte Cilene». Después, se refiere a sus descendientes y a los lugares que cada uno habitó, y menciona a Enotro y a Peucecio con estas palabras: «y Enotro, a partir del cual los habitantes de Italia se llamaron enotrios; y Peucecio, por el que se llamaron peucecios los que viven en el golfo Jónico». [2] Pues bien, éstas son las referencias dadas por los poetas antiguos y mitógrafos acerca de la residencia y raza de los enotrios; y yo, fiándome de ellos, si realmente los aborígenes fueron una tribu griega, como afirman Catón, Sempronio y muchos otros, considero que fueron descendientes de esos enotrios. Desde luego, los pelasgos, los cretenses y cuantos otros habitaron en Italia, pienso que vinieron después; y no puedo saber de ninguna expedición más antigua que ésta, que emigrara de Grecia a la Europa Occidental.

[3] Creo que los enotrios ocuparon muchos lugares del resto de Italia, encontrando unos deshabitados, y otros poco poblados, y también se apoderaron de una parte del territorio de los umbros, y fueron llamados aborígenes por su residencia en las montañas 29 (pues es propio de los arcadios gustar de la estancia en las montañas), igual que en Atenas, unos se llaman montañeses, [4] y otros costeros 30 . Pero si algunos, por su natural, no son rápidos en aceptar sin comprobación los relatos sobre asuntos antiguos, que no sean rápidos tampoco en considerar a los aborígenes ligures, umbros o cualquier otro pueblo bárbaro; que esperen a conocer lo restante y juzguen qué es lo más convincente de todo.

Ciudades de los aborígenes

[14 ] De las ciudades que primero habitaron los aborígenes, pocas quedaban en mi época; la mayoría de ellas, destruidas por guerras y otras desgracias, están abandonadas. Se encontraban en el territorio reatino, no lejos de los montes Apeninos, según escribe Terencio Varrón en sus Antigüedades 31 , y las más cercanas distan de Roma un día de camino: de ellas, yo enumeraré las más ilustres, tal como aquél lo cuenta en su historia.

Palacio 32 , separada veinticinco estadios de Reate [2] (ciudad habitada por romanos incluso en mi época) está cerca de la Vía Quintia. Distante de Reate alrededor de sesenta estadios está Tríbula, asentada sobre una colina de no mucha altura. Suésbula, a la misma distancia de Tríbula, cerca de los montes Ceraunios. Separada cuarenta estadios de Suésbula, se encuentra la famosa ciudad de Suna, donde hay un templo muy antiguo dedicado a Marte. Méfula está a unos treinta estadios [3] de Suna, y se hace referencia a las ruinas y restos de sus murallas. A cuarenta estadios de Méfula, Orvinio 33 , ilustre y grande como ninguna otra de las ciudades de allí, pues son todavía visibles los cimientos de sus murallas y algunas tumbas de venerable antigüedad, como también los circuitos de sus cementerios que se extienden sobre altos terraplenes; allí hay además un templo antiguo de Atenea, construido sobre un promontorio.

A ochenta estadios de Reate, yendo por la Vía Curia, [4] junto al monte Coreto estuvo la ciudad de Córsula, recientemente destruida. Se alude también a una isla llamada Isa, rodeada por un lago, y que dicen que habitaron los aborígenes sin hacer ninguna fortificación, utilizando las aguas estancadas del lago como murallas. Cerca de Isa, Maruvio 34 , situada en una ensenada del mismo lago y distante cuarenta estadios de las llamadas Siete Aguas.

[5] De nuevo, yendo desde Reate por el camino hacia la región listina está Bacia, a treinta estadios de distancia; y después, Tiora, la llamada Maciene 35 , a trescientos estadios. En esta ciudad se dice que hubo un oráculo muy antiguo de Marte. Y el tipo de oráculo era parecido al que según cuenta la leyenda existió una vez en Dodona, pero con una diferencia, pues allí se decía que una paloma hacía las predicciones sentada sobre una encina sagrada 36 ; mientras que entre los aborígenes, un pájaro enviado por la divinidad, al que ellos llaman picus y los griegos driocolaptés 37 hacía lo mismo [6] apareciéndose sobre un pilar de madera. A veinticuatro estadios de distancia de la ciudad antes mencionada estuvo Lista, metrópoli de los aborígenes, y que los sabinos todavía en un tiempo anterior habían tomado por sorpresa después de enviar contra ella una expedición nocturna desde la ciudad de Amiterno 38 . Los supervivientes de la toma de la ciudad fueron acogidos por los reatinos, y como no lograron recuperar la ciudad después de haber hecho muchos intentos, declararon sagrado el territorio como si todavía fuera suyo, maldiciendo con imprecaciones a quienes en lo sucesivo iban a disfrutarlo.

A setenta estadios de Reate estuvo Cutilia 39 , famosa [15 ] ciudad situada junto a una montaña; no lejos de ella hay un lago de cuatrocientos pies de diámetro, lleno de una corriente de agua natural que fluye continuamente y, según se dice, sin fondo. Los habitantes del lugar, en la creencia de que tiene algo divino, lo han consagrado a la diosa Victoria, y habiéndolo rodeado con una empalizada para que nadie se aproxime al agua, lo conservan inviolable, excepto en algunas ocasiones cada año, en que quienes tienen la sagrada obligación de realizar los sacrificios impuestos por la costumbre, entran en la islita que hay en el lago. La isla [2] es más o menos de cincuenta pies de diámetro, y no sobresale del agua más de un pie de altura; es inestable y flota en cualquier dirección, llevándola el viento suavemente de un lugar a otro. Crece en ella una hierba semejante al junco florido y ciertas matas pequeñas, una cosa que para quienes no ven los portentos que hace la naturaleza, resulta indescriptible y superior a cualquier otra maravilla.

Antigua costumbre para solucionar el problema del crecimiento de población

Dicen que los aborígenes tuvieron [16 ] su primera residencia en estos lugares, después de expulsar de ellos a los umbros. Y desde allí, haciendo incursiones contra los demás bárbaros, y sobre todo contra los sículos, que eran sus vecinos, guerreaban por cuestión del territorio. Al principio, se trataba de un grupo sagrado de jóvenes que habían salido fuera, unos pocos hombres enviados por sus padres a buscarse un medio de vida, cumpliendo con una antigua costumbre que yo sé que siguen muchos bárbaros y griegos.

Cuando las ciudades experimentaban un crecimiento [2] de población tal que los productos de sus tierras ya no eran suficientes para todos, o el campo, dañado por los cambios del tiempo, producía menos frutos de lo habitual, o cuando algún otro suceso semejante, mejor o peor, se adueñaba de las ciudades imponiéndoles la necesidad de disminuir la población, seguramente consagraban a algún dios a todos los hombres de una misma generación y, equipándolos con armas, los enviaban fuera de su territorio. Si lo hacían como sacrificios de acción de gracias a los dioses por la valentía de sus hombres o por una victoria en la guerra, realizarían primero los ritos acostumbrados y después enviarían las colonias bajo augurios favorables; pero, si habiendo incurrido en la cólera divina, pretendían liberarse de las desgracias que les agobiaban, entonces harían una ceremonia semejante, pero apesadumbrados y buscando el perdón de los jóvenes que enviaban fuera.

[3] Y los que marchaban, pensando que en el futuro ya no tendrían parte en la tierra paterna, sino que debían adquirir otra, consideraban como patria el territorio que los acogía por un tratado de amistad o porque fuera vencido en guerra. Y la divinidad a la que habían sido consagrados en el momento de su partida, parecía asistirles la mayoría de las veces y hacer prosperar las colonias contra toda humana esperanza.

[4] Siguiendo esta costumbre, también entonces algunos de los aborígenes, como sus regiones habían crecido mucho en población (puesto que no se resignaban a matar a ninguno de sus hijos, considerándolo como el mayor de los crímenes), consagraron a alguna divinidad la prole de un año y cuando se hicieron hombres, los enviaron fuera de su ciudad como colonos; éstos, una vez que abandonaron su país, se dedicaron a robar [5] y a saquear a los sículos. Cuando consiguieron apoderarse de algunos lugares del territorio enemigo, también los restantes aborígenes que estaban faltos de tierras, ahora ya con mayor confianza, cada uno de ellos se dedicó a atacar a sus vecinos y fundaron varias ciudades, algunas de las cuales habitadas hasta hoy: Antemnas 40 , Telenas, Ficulea, que está junto a los montes llamados Cornículos, y Tibur, donde aún en nuestros días un barrio de la ciudad se llama sículo. De todos sus vecinos, fueron especialmente hostiles con los sículos. Por estas reyertas se originó una guerra entre todos los pueblos, como no hubo otra en Italia anteriormente, y fue prolongándose durante mucho tiempo.

Origen de los pelasgos

Después, algunos de los pelasgos [17 ] que habitaban en lo que ahora se llama Tesalia, obligados a abandonar su país, llegaron a ser vecinos de los aborígenes y, unidos a ellos, lucharon contra los sículos. Quizá los aborígenes los habían acogido con la esperanza de conseguir su ayuda, pero según yo creo, fue sobre todo por su parentesco; pues [2] los pelasgos fueron también un antiguo pueblo griego procedente del Peloponeso, y que en muchas ocasiones sufrió la adversidad de la fortuna, pero especialmente, en su continuo vagar sin tener morada fija en ningún sitio. Primero habitaron en los alrededores del llamado ahora Argos aqueo, siendo autóctonos de esta región, según lo afirman la mayoría de las referencias sobre ellos. Tomaron este nombre desde el principio por su rey Pelasgo.

Fue Pelasgo, según se dice, hijo de Zeus y Níobe, la [3] hija de Foroneo, la primera mujer mortal con la que Zeus se unió, según cuenta la leyenda. Seis generaciones después, abandonando el Peloponeso, emigraron a lo que entonces se llamaba Hemonia, y ahora Tesalia. Dirigían la fundación de la colonia Aqueo, Ftío y Pelasgo, los hijos de Larisa y Poseidón, que en cuanto llegaron a Hemonia, expulsaron a los bárbaros que habitaban allí y dividieron el territorio en tres partes, dándoles los nombres de sus dirigentes: Ftiótide, Acaya y Pelasgiótide. Permanecieron allí por espacio de cinco generaciones, durante las cuales consiguieron la mayor prosperidad, recogiendo el fruto de las llanuras de Tesalia; y hacia la sexta generación, fueron expulsados de Tesalia por los curetes y los léleges, que ahora se llaman etolios y locrios, y por muchos otros que habitaban cerca del Parnaso, siendo el jefe de los enemigos Deucalión, el hijo de Prometeo y Clímene, la hija de Océano.

Dispersión de los pelasgos

[18 ] Dispersándose en la huida, unos marcharon a Creta, otros ocuparon algunas islas de las Cícladas, algunos se establecieron en la llamada Hestieótide, cerca del Olimpo y del Osa, otros se trasladaron a Beocia, Fócide y Eubea; y otros, cruzando a Asia, ocuparon muchos lugares de la costa a lo largo del Helesponto y también muchas islas cercanas, en concreto la que ahora se llama Lesbos, mezclándose con quienes, procedentes de Grecia, habían formado allí la primera colonia bajo el mando de [2] Mácar 41 , el hijo de Crínaco. Pero la mayor parte de ellos se dirigió al interior junto a sus parientes, los habitantes de Dodona, contra quienes nadie debía hacer la guerra, por ser considerado un pueblo sagrado; y pasaron allí un tiempo prudencial. Pero cuando comprendieron que eran una carga, pues la tierra no era suficiente para alimentar a todos, abandonaron la región obedeciendo a un oráculo que les ordenaba navegar hacia Italia, que entonces se llamaba Saturnia.

[3] Después de equipar muchas naves, cruzaron el mar Jónico, esforzándose por alcanzar los lugares más cercanos de Italia. Pero, por causa del viento sur y el desconocimiento de la zona, se vieron arrastrados por alta mar hasta que arribaron a una de las bocas del Po, llamada espinética. Allí mismo dejaron las naves y a la gente menos capaz de soportar la fatiga, estableciendo vigilancia para tener posibilidad de refugio si su empresa [4] no tenía éxito. Los que se quedaron en ese lugar rodearon el campamento con una muralla y llevaron a las naves las provisiones necesarias para vivir; y cuando les pareció que su situación mejoraba, construyeron una ciudad y le dieron el mismo nombre de la boca del río 42 . Consiguieron mayor prosperidad que los demás habitantes del golfo Jónico y, dueños del mar durante mucho tiempo, llevaban al dios de Delfos la décima parte de sus ganancias marinas, que eran las más espléndidas de todas las enviadas. Pero más adelante, cuando [5] los bárbaros vecinos dirigieron una expedición contra ellos con grandes tropas, abandonaron la ciudad; y estos bárbaros con el tiempo fueron expulsados por los romanos. De esta forma pereció la parte de los pelasgos que había sido dejada en Espina.

Algunos pelasgos llegan al territorio de los aborígenes

En cambio, los que se dirigieron [19 ] hacia el interior, pasaron la zona montañosa de Italia y llegaron al territorio de los umbros, vecinos de los aborígenes. Los umbros habitaban también muchos otros lugares de Italia y era este pueblo uno de los más numerosos y antiguos. Los pelasgos, al principio, se fueron adueñando de los lugares donde primero se habían asentado y ocuparon alguna de las pequeñas ciudades de los umbros. Pero, cuando se reunió un gran ejército contra ellos, tuvieron miedo ante la multitud de enemigos y se marcharon hacia el territorio de los aborígenes. Éstos, creyendo conveniente [2] tratarlos como enemigos, se congregaron rápidamente desde los lugares más próximos con la intención de expulsarlos. Pero los pelasgos (que casualmente en ese tiempo quiso el destino que estuvieran acampados en los alrededores de Cutilia, ciudad de los aborígenes, cerca del lago sagrado), cuando observaron la islita que daba vueltas en él y supieron el nombre de los habitantes por los cautivos que habían cogido en los campos, llegaron a la conclusión de que su oráculo se había [3] cumplido. Esta predicción que les fue anunciada en Dodona y que Lucio Malio 43 , varón conocido, afirma haberla visto él mismo grabada en caracteres antiguos sobre uno de los trípodes colocados en el lugar consagrado a Zeus, decía así:

«Marchad a buscar la tierra saturnia de los sículos y Cotile 44 de los aborígenes, donde flota una isla; mezclándoos con ellos, enviad a Febo una décima parte, las cabezas al Crónida, y enviad a su padre un hombre» 45 .

Alianza de los pelasgos y los aborígenes

[20 ] Cuando los aborígenes llegaron con un gran ejército, los pelasgos les salieron al encuentro desarmados y con ramas de olivo, explicándoles las vicisitudes de su fortuna y rogándoles que les aceptaran amigablemente como conciudadanos que no serían molestos, ya que la divinidad les había guiado a ese territorio en concreto, y les explicaron [2] el oráculo. A los aborígenes, una vez informados del asunto, les pareció bien obedecer al oráculo y aceptar una alianza helénica contra sus enemigos bárbaros, ya que se encontraban abrumados por la guerra contra los sículos. Estipularon un pacto con los pelasgos y después de hacer una repartición, les asignaron sus tierras próximas al lago sagrado, de las que la mayor parte eran pantanosas y ahora se llaman Velia, siguiendo la forma arcaica de su lengua; pues era costumbre [3] entre los antiguos griegos poner delante de todos los nombres que empezaban por vocal la sílaba ou escrita con una letra. Ésta era como una gamma formada por dos líneas oblicuas unidas a una recta, como Ϝελένη, Ϝάναξ, Ϝοῖκος, Ϝέαρ y muchas semejantes 46 .

Más adelante, una parte no pequeña de los pelasgos, [4] como la tierra no era suficiente para todos, después de convencer a los aborígenes de que les ayudaran en su expedición contra los umbros, cayeron repentinamente sobre ellos y se apoderaron de Crotona 47 , ciudad próspera y feliz. Usándola después como fortaleza y baluarte contra los umbros, pues estaba suficientemente equipada para ser lugar de defensa en tiempo de guerra, y tenía alrededor buena tierra para pastos, se adueñaron también de muchos otros lugares y con gran entusiasmo apoyaron a los aborígenes en la guerra que todavía tenían entablada con los sículos, hasta que los expulsaron de su territorio. Y los pelasgos residieron [5] junto con los aborígenes en muchas ciudades; unas habían sido habitadas antes por los sículos y otras las construyeron ellos mismos, entre las cuales está la ciudad de Cere 48 , llamada entonces Agila, y Pisas 49 , Saturnia, Alsio 50 y algunas otras, de las que con el tiempo fueron desposeídos por los tirrenos.

Costumbres griegas en las ciudades de los pelasgos

[21 ] Pero Falerios y Fescenio 51 todavía en nuestros días estaban habitadas por romanos y conservaban algunos pocos restos del pueblo de los pelasgos, aunque antes habían sido de los sículos. En estas ciudades perduraron bastante tiempo muchos de los antiguos hábitos que alguna vez estuvieron vigentes entre los griegos, como el atavío de las armas de guerra, los escudos argólicos y las lanzas; y cuando enviaban un ejército fuera de sus fronteras para empezar una guerra o para defenderse de los atacantes, ciertos varones sagrados iban delante de los demás, desarmados y llevando las propuestas de paz 52 ; también las construcciones de sus templos, las estatuas de sus dioses, purificaciones, sacrificios y otras muchas [2] cosas de este estilo. Pero de todos los recuerdos, el que más evidencia que aquellos hombres que expulsaron a los sículos vivieron alguna vez en Argos, es el templo de Juno en Falerios, construido como el de Argos. Allí también el sistema de los sacrificios era parecido y unas mujeres consagradas atendían el santo lugar; una joven virgen, llamada canéforos 53 , comenzaba los sacrificios y coros de doncellas celebraban a la diosa con cantos tradicionales.

[3] Esta gente también poseyó una parte no pequeña de las llanuras llamadas Campanias, muy buenas para el pastoreo y muy agradables a la vista, después de haber expulsado de una zona de ellas a los auronisos 54 , un pueblo bárbaro. Allí construyeron entre otras ciudades Larisa, a la que dieron este nombre por su metrópoli [4] en el Peloponeso. Pues bien, de las demás ciudades, algunas permanecieron en pie hasta nuestros días, aunque cambiando muchas veces de habitantes. Pero Larisa, despoblada desde hace muchos años, para la gente de hoy no presenta ningún signo claro de haber sido habitada alguna vez, excepto su nombre 55 , y ni siquiera éste lo conocen muchos. No estaba lejos del llamado Foro Popilio 56 . También ocuparon muchos otros lugares de la costa y del interior, después de arrebatárselos a los sículos.

Emigración de los sículos de Italia a Sicilia

Los sículos, puesto que ya no [22 ] eran capaces de resistir la guerra que los pelasgos y los aborígenes habían entablado contra ellos, cogiendo a sus hijos, sus mujeres y cuantos bienes eran de oro o plata, dejaron en sus manos todo el territorio. Se dirigieron a través de las montañas hacia el sur, recorrieron toda la zona inferior de Italia y, como eran expulsados de todas partes, finalmente construyeron balsas para cruzar el estrecho y aguardando a que bajara la corriente, pasaron de Italia a la isla más próxima. Ésta la habitaban los sicanios, [2] pueblo ibérico, que huyendo de los ligures se había establecido allí no mucho antes y habían decidido que la isla se llamara Sicania por ellos, aunque antes se llamaba Trinacria por su forma de triángulo. No había muchos habitantes para ser una isla tan grande, sino que la mayor parte del territorio estaba todavía desierta. Pues bien, una vez que los sículos desembarcaron allí, al principio habitaron en la parte occidental y después por otras muchas zonas, y la isla empezó a llamarse Sicilia por ellos.

[3] Así abandonó Italia el pueblo sículo, según afirma Helánico de Lesbos 57 , tres generaciones antes de la guerra de Troya, en el año vigésimo sexto de la consagración de Alcione en Argos 58 . Pero dice que fueron dos las expediciones itálicas que cruzaron a Sicilia: la primera, de los elimios, que afirma que fueron expulsados de su país por los enotrios; y la segunda, cinco años después, de los ausonios, que huían de los yápiges. Y señala como rey de esta segunda expedición a Sículo, [4] del cual tomó el nombre la gente y la isla. En cambio, según Filisto de Siracusa 59 , la fecha de la travesía fue ochenta años antes de la guerra de Troya (ca. 1263 a. C), y las gentes que pasaron de Italia no fueron ausonios ni elimios, sino ligures conducidos por Sículo. Dice que éste fue hijo de Italo, y que durante su reinado [5] sus súbditos se llamaron sículos. Y que los ligures fueron expulsados de su territorio por los umbros y por los pelasgos. Antíoco de Siracusa no da la fecha de la travesía, pero indica que fueron los sículos los que emigraron, obligados por los enotrios y los ópicos, y la fecha fue muchos años después de la guerra de Troya. Tales son los testimonios dados por personas dignas de crédito acerca de los sículos, que cambiaron su residencia de Italia a Sicilia.

Ruina de las ciudades de los pelasgos y nueva dispersión de los habitantes

Los pelasgos, después de apoderarse [23 ] de un territorio extenso y fértil, conquistar muchas ciudades y construir otras, alcanzaron un importante y rápido progreso en población, riqueza y otras cosas ventajosas, de las que no gozaron mucho tiempo; sino que, cuando a todos les parecía que estaban en su mayor plenitud, cayendo en la cólera divina, unos fueron destruidos por desgracias procedentes de los dioses y otros, por sus vecinos bárbaros; pero la mayor parte de ellos se dispersó de nuevo por Grecia y por territorio bárbaro (de éstos podría hablar mucho si quisiera dar una referencia exacta), y una pequeña parte de ellos se quedó en Italia bajo la protección de los aborígenes.

El primer signo de la ruina de las ciudades pareció [2] ser que la tierra empezó a perderse por una sequía, cuando ningún fruto permanecía en los árboles hasta madurar, sino que caían verdes, ni las semillas echaban brotes ni florecían mientras se cumplía el ciclo habitual de maduración de la espiga, ni crecía suficiente hierba para el ganado. De las aguas, unas ya no eran potables, otras escaseaban en el verano y otras se habían agotado completamente. Algo parecido a esto ocurría [3] con las crías del rebaño y de las mujeres 60 , pues eran abortadas, o morían en el parto o a veces acababan también con sus madres. Y si alguna escapaba del peligro del parto, mutilada, malformada o dañada con alguna otra desgracia, no era conveniente criarla. Además, también el resto de la gente, sobre todo los que estaban en la plenitud de su vida, padeció muchas enfermedades y muertes fuera de lo común. Cuando preguntaron [4] al oráculo a qué dios o divinidad habían ofendido para merecer tales sufrimientos y qué podían hacer con la esperanza de librarse de esas desgracias, el dios les contestó que cuando consiguieron lo que querían, no habían pagado lo que prometieron y que les [5] debían las cosas de más valor. Realmente, los pelasgos, en un momento en que hubo escasez de todos los productos de la tierra, habían prometido a Júpiter, a Apolo y a los Cabiros 61 ofrecerles la décima parte de todas sus futuras ganancias; pero, una vez concedida la súplica, escogieron y sacrificaron a los dioses la porción correspondiente de frutos y rebaños, pensando que la promesa incluía sólo estas cosas. Esto lo ha relatado Mírsilo de Lesbos 62 casi con las mismas palabras que yo ahora, excepto que a esos hombres no les llama pelasgos, sino tirrenos. La causa la diré poco después 63 .

[24 ] Cuando supieron la respuesta del oráculo, eran incapaces de interpretar sus palabras. Y ante semejante dilema, uno de los más ancianos, conjeturando sobre el sentido del oráculo, les dijo que estaban en un completo error si creían que los dioses les acusaban injustamente, pues de los bienes materiales, les había ofrecido todas las primicias correctamente y con justicia, pero les debían la parte correspondiente de la descendencia humana, el bien más preciado de todos para los dioses. Si también recibieran la porción justa de esto, ellos habrían cumplido con el oráculo.

[2] A algunos les parecieron correctas sus palaras, pero otros pensaron que en ellas se encerraba una conspiración. Y cuando alguien propuso preguntar al dios si le era grato recibir la décima parte de los hombres, enviaron emisarios a consultar por segunda vez y el dios contestó que lo hicieran así 64 . A consecuencia de esto, se levantó una revuelta entre ellos sobre la forma de sacar el diezmo y los primeros que se querellaron fueron los dirigentes de las ciudades. Después, el resto de [3] la población concibió sospechas contra sus magistrados. Y empezó a haber emigraciones sin ningún orden, sino como si fueran arrastrados por una pasión vehemente o locura divina. Muchos hogares desaparecieron completamente cuando una parte de sus miembros se marchó, pues los familiares de los que se iban no consideraban justo perder a sus seres más queridos y quedarse entre sus mayores enemigos. Éstos fueron los primeros [4] que emigraron de Italia y anduvieron errantes por Grecia y por muchas partes del territorio bárbaro. Después de ellos, otros sufrieron la misma experiencia y esto continuó ocurriendo cada año, pues los gobernantes de las ciudades no cesaron de reservar las primicias de los jóvenes, una vez llegados a adultos, por considerar justo rendir el honor debido a los dioses, y por temor a las sediciones de enemigos ocultos. También hubo muchos que por enemistad fueron expulsados con una excusa aparente por sus adversarios. De modo que fueron muchas las emigraciones y el linaje de los pelasgos se dispersó por la mayor parte de la tierra.

Pelasgos y tirrenos

Eran superiores a muchos no sólo [25 ] en las cuestiones de guerra por su práctica en los peligros, mientras vivieron entre pueblos belicosos, sino que también alcanzaron un gran conocimiento de la navegación por su convivencia con los tirrenos. Y la necesidad era suficiente en los momentos apurados de la vida para darles valor y se convertía en su guía y maestra ante cualquier peligro, de modo que [2] allá donde iban, lo conquistaban sin dificultad. Esa misma gente era llamada por los demás hombres tirrenos y pelasgos, por el nombre del país del que emigraron y en recuerdo de su antiguo origen. Yo hago mención de ello para que cuando alguien oiga a poetas o escritores llamarles pelasgos y tirrenos no se admire de cómo el mismo pueblo pudo tener esos dos nombres, [3] pues en relación con ellos Tucídides tiene una clara referencia a la Acta Tracia y a las ciudades situadas en ella, que están habitadas por hombres bilingües. Sobre el pueblo pelasgo dice lo siguiente: «hay también un elemento calcidio, pero el más numeroso es el pelasgo por los tirrenos que habitaron una vez en Lemnos y [4] Atenas». Y Sófocles, en su drama Inaco , pone en boca del coro los siguientes anapestos:

Oh, Inaco fluyente, hijo de Océano, el padre de las fuentes, tú que tienes gran poder sobre los campos de Argos, las colinas de Hera y también sobre los tirrenos pelasgos .

[5] Efectivamente, en aquel tiempo el nombre de Tirrenia era conocido por Grecia y toda la Italia occidental recibía esta denominación, después de haber perdido los distintos apelativos de las razas. También ocurrió lo mismo en muchas partes de Grecia y en lo que ahora se llama Peloponeso, pues por uno de los pueblos que habitaban allí, el aqueo, toda la península, en la que también se hallaban el pueblo arcadio, el jonio y muchos otros fue llamada Acaya.

Distintas teorías sobre los tirrenos

La época en que los pelasgos empezaron [26 ] a sufrir penalidades fue más o menos dos generaciones antes de la guerra de Troya y continuó incluso después de esta guerra, hasta que el pueblo quedó reducido al mínimo. Excepto Crotona, ciudad digna de mención en la Umbría, y si hubo alguna otra fundada en la tierra de los aborígenes, las restantes ciudades de los pelasgos fueron destruidas. Sin embargo, Crotona conservó durante mucho tiempo su antigua forma y hace poco cambió su nombre y sus habitantes; ahora es colonia de los romanos y se llama Cortonia 65 .

Cuando los pelasgos abandonaron su territorio, los [2] que ocuparon sus ciudades fueron los que en cada caso tenían sus viviendas limítrofes y, entre ellos, sobre todo los tirrenos se apoderaron de la mayor parte y de las mejores. Acerca de los tirrenos, unos declaran que son autóctonos de Italia y otros, que forasteros. Quienes consideran nativo a este pueblo, dicen que se les dio este nombre por las fortificaciones, que fueron los primeros en construir de todos los habitantes de allí, pues los edificios cubiertos y rodeados de murallas se llaman týrseis 66 tanto entre los tirrenos como entre los griegos. Por esta circunstancia, estiman que se les puso el nombre, como también ocurrió con los mosinecos 67 en Asia, pues éstos habitan en empalizadas de madera altas como torres y las llaman móssynas .

Pero quienes cuentan que son forasteros, indican [27 ] que el jefe de la colonia fue Tirreno y por él, se le dio ese nombre a su pueblo; que era lidio de nacimiento, procedente de la llamada anteriormente Meonia, y fue de los antiguos emigrantes. Dicen que pertenecía a la quinta generación descendiente de Zeus, afirmando que el primer rey de esta tierra, hijo de Zeus y Gea, fue Manes; de éste y Calírroe, la hija de Océano, nació Cotis, que casándose con Halia, hija de Tilo, el nacido de [2] la tierra, tuvo dos hijos, Asies y Atis; de Atis y Calitea, la hija de Coreo, nacieron Lido y Tirreno. Lido, permaneciendo allí, heredó el gobierno de su padre y a partir de él, el país se llamó Lidia. Tirreno, en cambio, al frente de la colonia, conquistó gran parte de Italia y dio su [3] nombre a quienes participaron en la expedición. Pero Heródoto dice que Tirreno y su hermano eran hijos de Atis, el hijo de Manes, y que la emigración de meonios a Italia no fue voluntaria, pues afirma que durante el reinado de Atis hubo escasez de frutos en el territorio de los meonios y sus habitantes, dominados por el amor a su tierra, durante algún tiempo idearon muchos remedios contra su desgracia, llevándose a la boca un día la comida imprescindible y conteniéndose al día siguiente. Pero como la desgracia persistía, dividieron a todo el pueblo en dos partes y echaron a suertes qué grupo saldría del país y cual se quedaría; y de los hijos [4] de Atis cada uno fue asignado a un grupo. Cuando a la gente que estaba con Lido le tocó la suerte de quedarse, el otro grupo se marchó recibiendo su lote correspondiente de bienes; y desembarcando en la parte occidental de Italia, donde vivían los umbros, se quedaron allí y edificaron las ciudades que todavía existían en tiempos de Heródoto.

[28 ] Yo sé que también muchos otros historiadores han tratado este tema del origen de los tirrenos, unos en los mismos términos y otros, cambiando el tipo de colonización y la época. Algunos dijeron que Tirreno era hijo de Heracles y Onfale, la lidia; y que cuando llegó a Italia, expulsó a los pelasgos de sus ciudades, pero no de todas, sino de las que estaban al otro lado del Tíber, en la parte norte. En cambio, otros explican que Tirreno era hijo de Télefo y que vino a Italia después de la toma de Troya. Pero Janto el lidio 68 , experto en historia [2] antigua como ningún otro, considerado como una autoridad sin competencia en la historia de su país, no nombra a Tirreno en ninguna parte de su historia como jefe de los lidios, ni sabe de ninguna colonia de meonios que haya llegado a Italia, y no hace ninguna mención de Tirrenia como fundación de los lidios, aunque presta atención a otras cosas más insignificantes. Dice que Lido y Torebo fueron hijos de Atis, y que dividiéndose el reino de su padre, se quedaron ambos en Asia, y afirma que los pueblos que gobernaron recibieron sus nombres. Lo dice así: «de Lido provienen los lidios; de Torebo, los torebios. Su lengua es un poco diferente e incluso ahora se burlan unos de muchas palabras que usan los otros, como sucede entre los jonios y dorios».

Helánico de Lesbos dice que los tirrenos, llamados [3] antes pelasgos, recibieron el nombre que ahora tienen después de asentarse en Italia. En la Forónide , sus palabras son las siguientes: «de Pelasgo, su rey, y Menipa, la hija de Peneo, nació Frástor; de éste, Amíntor; hijo de Amíntor fue Teutámides y de este último nació Nanas. Durante su reinado, los pelasgos fueron expulsados por los griegos y después de dejar sus naves en el río Espines 69 del golfo Jónico, tomaron Crotona, una ciudad del interior, y partiendo desde allí, colonizaron lo que ahora se llama Tirrenia».

Sin embargo, Mírsilo opina lo contrario que Helánico, [4] afirmando que los tirrenos, después de abandonar su territorio, durante su vida errante fueron llamados con el nuevo nombre de pelargoí 70 , por parecerse a las aves así llamadas, pues iban y venían en bandadas a Grecia y al territorio bárbaro, y levantaron un muro alrededor de la acrópolis de Atenas, el llamado Pelargikón 71 .

Los tirrenos y los pelasgos son pueblos diferentes

[29 ] No obstante, a mí me parece que se equivocan todos los que están convencidos de que los tirrenos y los pelasgos son uno y el mismo pueblo. No era nada extraño que algunas veces unos recibieran el nombre de los otros, pues también les ocurrió lo mismo a algunos otros pueblos, tanto griegos como bárbaros, por ejemplo a los troyanos y a los frigios que vivían cerca unos de otros (sin duda alguna, muchos consideraban estos dos pueblos como uno solo que cambiaba de nombre, pero no de naturaleza). Y en Italia, los pueblos se han mezclado bajo un mismo nombre, no menos que los de cualquier otra parte: [2] hubo un tiempo en que los latinos, los umbros, los ausonios y muchos otros eran llamados tirrenos por los griegos, y el hecho de que estos pueblos habitaran a bastante distancia contribuía a hacer más imprecisa su distinción para quienes vivían lejos. Y muchos historiadores pensaron que la misma Roma era una ciudad tirrena. Pues bien, yo estoy convencido de que estos pueblos cambiaron de nombre cuando también cambiaron de lugar de residencia; pero no creo que ambos hayan participado de un origen común, y aseguro esto entre muchas otras razones porque sus lenguas son diferentes [3] y no conservan ninguna semejanza. «Los crotoniatas y los placianos, según afirma Heródoto, hablan la misma lengua y, en cambio, no la comparten con sus actuales vecinos. Esto demuestra que, al emigrar a estas regiones, se trajeron consigo su forma peculiar de hablar y la conservan». Sin embargo, uno podría extrañarse de que los crotoniatas tuvieran una lengua parecida a la de los placianos, que habitaban cerca del Helespon-to 72 , pues ambos eran pelasgos de origen, y en cambio no tuvieran la misma que los tirrenos, que vivían muy próximos. Si debemos considerar que el parentesco es la causa de que dos pueblos hablen la misma lengua, lo contrario será la razón de que hablen diferente; pues no es posible creer que ambas circunstancias [4] se den en las mismas condiciones. Por una parte, podría tener cierta lógica que gentes de la misma raza, al vivir lejos unos de otros, ya no conservaran el mismo tipo de lengua por sus relaciones con los pueblos vecinos. Pero no tiene ningún sentido que gentes que habitan en el mismo territorio y no hablan entre ellos la misma lengua sean considerados de la misma raza.

Apoyándome en este razonamiento, estoy convencido [30 ] de que los pelasgos son diferentes de los tirrenos. Y tampoco creo que los tirrenos fueran una colonia de los lidios, pues no tienen la misma lengua que aquéllos, ni se puede decir que aunque ya no utilicen el mismo idioma, sin embargo conservan algunos otros rasgos de la metrópoli. Ni creen en los mismos dioses que los lidios, ni poseen leyes o costumbres parecidas, sino que al menos en estas cuestiones, difieren más de los lidios que de los pelasgos. Es posible que los que más se acerquen [2] a la verdad sean los que declaran que este pueblo no vino de ningún sitio, sino que es autóctono puesto que se nos revela como muy antiguo y no coincide ni en la lengua ni en la forma de vida con ningún otro pueblo. Y nada impide que los griegos les dieran este nombre por el hecho de vivir en torres y por alguno de [3] sus soberanos. Los romanos, sin embargo, les llaman con otros nombres: por la región en que una vez vivieron, llamada Etruria, llaman etruscos a sus habitantes; y por su conocimiento de los ritos relativos a los cultos divinos, en lo que aventajan a otros, les llaman ahora, de forma más equívoca, tusci 73 , pero antes, siendo precisos, les daban el nombre de thyoskoí 74 , como los griegos. Sin embargo, ellos a sí mismos se llaman con [4] el mismo nombre de uno de sus caudillos, Rasena. En otro libro 75 daré a conocer qué ciudades fundaron los tirrenos, qué formas de gobierno establecieron, cuánto poder adquirieron, las empresas dignas de mención que llevaron a cabo y qué tipo de vicisitudes sufrieron.

[5] Volviendo al pueblo pelasgo, cuantos no perecieron o se dispersaron por las colonias (sólo quedaron unos pocos de los muchos que eran), permanecieron en esta zona conviviendo con los aborígenes, donde con el tiempo sus descendientes, junto con otros, fundaron la ciudad de Roma. Tales son las leyendas sobre la raza de los pelasgos.

Otra expedición griega llega a Italia

[31 ] No mucho tiempo después, otra expedición griega desembarcó en esta región de Italia, aproximadamente sesenta años antes de la guerra de Troya (ca. 1243 a. C), como dicen los mismos romanos, y emigraron de Palancio, una ciudad de Arcadia. Dirigía la colonia Evandro, que se decía era hijo de Hermes y de una ninfa local de la Arcadia, a la que los griegos llaman Temis y dicen que estaba inspirada por la divinidad; pero los escritores de la historia antigua de Roma le dan, en lengua nativa, el nombre de Carmenta. En griego, el nombre de la ninfa sería Thespiodós 76 ; pues los romanos llaman carmina a los cantos y reconocen que esta mujer, poseída por un aliento divino, a través del canto predecía a la gente lo que iba a ocurrir.

Esta expedición no se envió de común acuerdo, sino [2] que al producirse disensiones en el pueblo, la facción vencida emigró voluntariamente. Entonces había heredado el trono de los aborígenes Fauno, según dicen descendiente de Marte, un varón inteligente y activo a quien los romanos veneran con cantos y sacrificios como a cualquiera de las divinidades locales. Este hombre, acogiendo con gran amistad a los arcadios, que eran pocos, les dio de su propia tierra cuanta desearon. Y los arcadios, según les aconsejó Temis a través de [3] su inspiración, escogieron una colina poco distante del Tiber, que está ahora en medio más o menos de la ciudad de Roma, y edificaron junto a esta colina una pequeña aldea que bastaba para la tripulación de los dos barcos en los que emigraron de Grecia. Esta aldea estaba predeterminada por el destino para sobresalir con el tiempo entre las ciudades griegas y bárbaras, no sólo por su extensión, sino también por el prestigio de su gobierno y por muchos otros éxitos; y a ser recordada más que cualquier ciudad cuanto tiempo dure la vida mortal. A esta ciudad le pusieron el nombre de Palanteo 77 [4] por su metrópoli en Arcadia; pero ahora los romanos la llaman Palacio 78 , pues el tiempo ha confundido la forma exacta, ofreciendo a muchos un pretexto para absurdas etimologías.

Asentamiento de los arcadios en el Palatino

[32 ] Sin embargo, según cuentan algunos historiadores, entre los que está Polibio de Megalópolis, el nombre de la ciudad viene de Palante, un muchacho que murió allí; dicen que era hijo de Hércules y Lavinia, la hija de Evandro, y que su abuelo materno le alzó un túmulo en la colina [2] y llamó a ese lugar Palanteo, por el muchacho. Yo, sin embargo, ni vi en Roma ninguna tumba de Palante, ni me enteré de que se le hicieran libaciones, ni pude informarme de ninguna cosa de ese tipo, aunque esta familia no ha sido dejada en el olvido ni excluida de unos honores con los que el linaje divino es venerado por los hombres. Efectivamente, me enteré de que los romanos, todos los años ofrecían sacrificios públicos a Evandro y a Carmenta, como a los demás héroes y divinidades, y vi los altares erigidos; a Carmenta, bajo el llamado Capitolio 79 , junto a la puerta Carmental; y a Evandro, cerca de otra de las colinas, la llamada Aventino, no lejos de la puerta Trigémina. Pero no tengo idea de que a Palante se le haya hecho nada de esto.

[3] Pues bien, los arcadios, unidos en su asentamiento al pie de la colina, organizaron la nueva ciudad siguiendo las costumbres de su patria, y erigieron templos; primero, a Pan Liceo, por prescripción de Temis (pues Pan es el dios más antiguo y venerado entre los arcadios), después de encontrar un lugar adecuado. A este lugar, los romanos lo llaman Lupercal, pero nosotros [4] le diríamos Lycaíon 80 . Ahora, como la zona que rodea el recinto sagrado ha quedado unida con la ciudad, resulta difícil de conjeturar la antigua naturaleza del lugar. Antiguamente, según se dice, había una gran cueva bajo la colina, cubierta por un espeso encinar; fuentecitas surgían de la profundidad de las rocas, y la cañada próxima al barranco era sombría por los espesos y altos árboles 81 . Allí erigieron un altar al dios y le ofrecieron [5] su tradicional sacrificio, que hasta nuestros días los romanos continúan celebrándolo en el mes de febrero después del solsticio de invierno, sin cambiar nada de lo que se hacía entonces. El tipo de sacrificio será contado más adelante. En la cima de la colina eligieron el lugar consagrado a la diosa Victoria e instituyeron sacrificios anuales en su honor, que incluso en mi época los romanos le ofrecían.

Costumbres y ritos religiosos de los arcadios

Los arcadios cuentan que esta [33 ] diosa era hija de Palante, el hijo de Licaón, y que recibe de los hombres los honores de que ahora goza por voluntad de Atenea, con la que se crió. Dicen que nada más nacer, Atenea fue entregada por Zeus a Palante y con él se crió hasta que llegó a la juventud. Erigieron también un templo a Ceres y le ofrecían sacrificios sin vino a cargo de las mujeres, como es costumbre entre los griegos, y de estos ritos nuestra época no ha cambiado ninguno. Fijaron tambien [2] un lugar sagrado para Neptuno Ecuestre 82 e instauraron la fiesta llamada Hipocratía por los arcadios y Consuales 83 por los romanos, en la que por costumbre en Roma los caballos y las mulas descansan de sus [3] trabajos y se les coronan las cabezas con flores. Consagraron también muchos otros lugares, altares e imágenes de los dioses, instituyeron purificaciones y sacrificios al modo tradicional de su país, y hasta en mi época seguían haciéndose de la misma forma. Pero no me extrañaría que algunos ritos, por su mucha antigüedad, escapando del recuerdo de la posteridad, hubieran sido abandonados. Bastan, sin embargo, los que todavía hoy se conservan como prueba de las costumbres vigentes entonces entre los arcadios; de ello se hablará más extensamente en otro libro.

[4] Se dice también que los arcadios fueron los primeros en llevar a Italia el uso de las letras griegas, aparecido hacía poco tiempo, y la música con instrumentos como liras, trígonos 84 y flautas, ya que sus predecesores no usaban ningún otro artificio musical excepto la flauta pastoril. Se dice que implantaron leyes, cambiaron el modo de vida, pasando del estado muchas veces salvaje a la civilización, introdujeron artes, profesiones y muchas otras ventajas para la comunidad, y por eso fueron objeto de muchas atenciones por parte de quienes [5] los habían acogido. Éste fue el siguiente pueblo griego que llegó a Italia después de los pelasgos y convivió con los aborígenes, instalándose en el mejor lugar de Roma.

Nueva expedición griega: asentamiento en el Capitolio

[34 ] Pocos años después de los arcadios, llegó a Italia otra expedición griega guiada por Hércules, que venía de conquistar Iberia y todas las regiones que hay hasta el Ocaso. Algunos de sus seguidores pidieron a Hércules que les licenciara de la expedición, y quedándose por estos lugares, se construyeron una ciudad después de encontrar una colina adecuada, que distaba alrededor de tres estadios de Palanteo. Esta colina ahora se llama Capitolio, pero los hombres de entonces la llamaban Saturnia, como en griego se diría Cronia. La mayoría de los que [2] quedaron eran peloponesios, feneatas y epeos de la Élide, que ya no tenían ningún deseo de volver a casa, pues su patria había sido devastada en la guerra contra Hércules. Con ellos se había mezclado un elemento troyano formado por los prisioneros capturados en Ilión durante el reinado de Laomedonte, cuando Hércules se apoderó de la ciudad. Y me parece que del resto de la expedición, todo el que estaba fatigado o molesto por la vida errante, pidió licenciarse del ejército y se quedó allí.

En cuanto al nombre de la colina, algunos, como dije, [3] creen que es antiguo y que por eso los epeos se quedaron con mucho gusto en la colina por el recuerdo de la colina de Cronos en la Élide. Ésta se encuentra en territorio de Pisa, cerca del río Alfeo, y los eleos, teniéndola como lugar consagrado a Cronos, se reúnen en fechas señaladas y le veneran con sacrificios y demás ceremonias. En cambio, Euxeno 85 , un poeta antiguo, [4] y algunos otros mitógrafos itálicos creen que los mismos habitantes de Pisa pusieron el nombre a este lugar por su semejanza con la colina de Cronos de su país, y que los epeos junto con Hércules erigieron el altar a Cronos, que todavía hoy se conserva en la base de la colina, cerca del camino que sube del Foro al Capitolio, y que fueron ellos los que instauraron el sacrificio que incluso en mi época los romanos celebraban conservando el ritual griego. Pero según mis conjeturas, [5] llego a la conclusión de que antes de que Hércules viniera a Italia, el lugar estaba consagrado a Saturno y era llamado colina Saturnia por los nativos; y todo el resto de la península que ahora se llama Italia estaba dedicada a este dios y sus habitantes la llamaban Saturnia, como se puede ver en algunas profecías sibilinas y otros oráculos otorgados por los dioses. En muchos sitios del país hay templos erigidos en honor a este dios, algunas ciudades reciben el mismo nombre que tenía entonces toda la península y muchos lugares son llamados por el nombre del dios, sobre todo, los promontorios y las zonas elevadas.

Origen del nombre de Italia

[35 ] Pero con el tiempo, la península se llamó Italia por cierto rey de nombre Ítalo. Antíoco de Siracusa dice de él que fue sabio y prudente y que, convenciendo a algunos de sus vecinos con argumentos y sometiendo a otros por la fuerza, se hizo dueño de todo el territorio entre las bahías napetina y escilacia 86 ; dice que esta zona fue la primera en llamarse Italia, por Ítalo. Y cuando dominó esta región y tuvo muchos súbditos, inmediatamente marchó sobre sus vecinos y se atrajo muchas ciudades. Dice también que Ítalo era enotrio de nacimiento.

[2] Pero Helánico de Lesbos afirma que a Hércules, cuando conducía las vacas de Gerión a Argos, estando en Italia, se le escapó una ternera del rebaño y en su huida recorrió toda la costa, cruzó a nado el estrecho de mar intermedio y llegó a Sicilia. Hércules, persiguiendo a la ternera, preguntaba a los nativos con los que se iba encontrando, si alguno la había visto por algún sitio; y como los habitantes de esta isla, que entendían un poco la lengua griega, pero para referirse a este animal usaban la lengua indígena y llamaban a la ternera vitulus (igual que ahora), él, por este animal, llamó Vitulia 87 a todo el territorio que la ternera recorrió. Y con el tiempo, no es nada extraño que el [3] nombre haya cambiado a su forma actual, pues también a muchos nombres griegos les ha ocurrido lo mismo. De todas formas, sea como Antíoco afirma, que el nombre se deba a un dirigente, lo que quizá es más probable; sea como Helánico cree, que el país tuvo este nombre por un toro, de ambos argumentos lo que resulta evidente es que recibió esta denominación en época de Hércules o poco antes, pues los griegos en otro tiempo lo llamaban Hesperia y Ausonia, y los nativos, Saturnia, como ya he dicho anteriormente.

Excelencias de la península itálica

Hay también otra leyenda contada [36 ] por los habitantes, referente a que antes del reino de Júpiter, Saturno tenía la hegemonía en esta tierra, y que la ensalzada vida 88 durante su reinado era abundante en todo cuanto las estaciones producen, y para ellos más que para otros. [2] Si alguien, separando la parte mítica del relato, quisiera examinar la excelencia de un país cuya estirpe humana, nada más nacer, gozó de los mayores placeres procedentes de la tierra, según la antigua leyenda, o de cualquier otra parte, no encontraría ninguno más favorable que éste. En lo que se refiere a comparar una tierra con otra de igual extensión, en mi opinión Italia es la mejor no sólo de Europa, sino también del resto del mundo. Aunque no se me escapa que muchos no creerán [3] verosímil lo que digo pensando en Egipto, Libia, Babilonia y algunos otros países que pueden ser prósperos. Pero yo no cifro la riqueza de una tierra en una sola clase de frutos, ni siento admiración por un lugar de residencia en el que sólo haya campos fértiles, pero poco o nada de otras cosas útiles; sino que considero que el mejor país es el más autosuficiente y que por lo general tiene muy poca necesidad de importar bienes. Y estoy convencido de que Italia posee, en comparación con cualquier otra tierra, esa total abundancia y diversidad de ventajas.

[37 ] Desde luego no es que tenga gran cantidad de buenas tierras de labranza, pero luego esté desprovista de árboles como un país productor de trigo; ni, por el contrario, que crezcan bastantes árboles de todas clases, pero cuando se siembran granos, produzcan pocos frutos, como si fuera un país apropiado sólo para árboles; ni tampoco ofrece abundancia en estas dos cosas, árboles y grano, pero es inadecuada para pastos; ni siquiera nadie podría decir que es un país rico en frutos, en árboles y en ganado, pero resulta una morada desagradable para sus habitantes; sino que, por el contrario, está [2] colmada de cualquier tipo de placer y utilidad. ¿A qué país productor de trigo, regado no por ríos, sino por agua del cielo, son inferiores las llanuras de Campania, en las que yo vi tierras que producían tres cosechas, haciéndose la recolección de verano después de la de invierno y la de otoño después de la de verano? ¿A qué campo olivarero son inferiores los de los mesapios, los daunios, los sabinos y muchos otros? ¿A qué viñedos, los campos de Tirrenia, Alba y Falerno, ricos en viñas de forma prodigiosa, y que producen con el mínimo trabajo [3] los mejores y más abundantes frutos? Y aparte de la tierra productiva, uno podría encontrar mucha sin cultivar para rebaños de corderos y de cabras, y todavía más extensa y admirable la tierra apropiada para el forraje de caballos y bueyes, pues la hierba de los pantanos y los prados en su abundancia, y la tierna y bien regada de las tierras fértiles, que es infinita, sirven de pasto en verano y en invierno y mantienen continuamente [4] lustrosos a los rebaños. Pero lo más admirable de todo son los encinares que hay en las zonas escarpadas, en las cañadas y en las colinas sin cultivar, de los que obtienen madera en abundancia, buena para construir barcos y útil para otros trabajos. Ninguna de estas cosas es difícil de conseguir ni está lejos de la utilidad humana, sino al contrario, todo es fácil de manejar y asequible por la cantidad de ríos que fluyen a través de toda la península y hacen baratos los transportes y los cambios de productos propios de cada suelo. También posee esta tierra manantiales de agua caliente [5] descubiertos en muchos lugares, ofreciendo baños muy placenteros y la mejor curación para enfermedades crónicas. Minas de todas clases, caza de animales salvajes en abundancia, muy variada naturaleza marina e infinitas cosas más; unas, útiles, y otras, admirables. Pero lo más hermoso de todo es el aire moderadamente templado en todas las estaciones, de forma que no perjudica nada por excesivo frío o calor desmedido al desarrollo de los frutos y al crecimiento de los animales.

Sacrificios humanos en honor a Saturno

Así pues, no es nada extraño que [38 ] los antiguos consideraran este territorio consagrado a Saturno, creyendo que era este dios el otorgador y causante de toda felicidad entre los hombres (ya deba llamarse Cronos, como los griegos piensan, o Saturno, como los romanos) y que abarcaba toda la naturaleza del universo, cualquiera que fuera el nombre que se le diera; pues veían que esta tierra estaba colmada de toda la abundancia y encanto que el género humano puede desear, y creían que para el linaje divino igual que para el mortal, el lugar más agradable de todos es el que se corresponde con la naturaleza de cada uno: montañas y cañadas para Pan, prados y lugares florecientes para las ninfas, costas e islas para divinidades marinas, y de los demás lugares, para cada dios y divinidad el que le sea adecuado.

Dicen también que los antiguos ofrecían sacrificios [2] humanos a Saturno, como se hacía en Cartago mientras la ciudad existió, y en nuestros días se hace todavía entre los celtas 89 y algunos otros pueblos de occidente; y que Hércules, queriendo terminar con esta costumbre, erigió el altar que hay sobre la colina Saturnia y realizó las ceremonias iniciales del sacrificio con víctimas sin mancha inmoladas en un fuego puro. Y para que la gente no sintiera ningún escrúpulo de conciencia por haber abandonado los sacrificios tradicionales, les enseñó a apaciguar la cólera de la divinidad, componiendo imágenes de forma humana ataviadas del mismo modo para lanzarlas al río en lugar de los hombres, a quienes, impotentes con ataduras de pies y manos, arrojaban a la corriente del Tíber; y esto, con el fin de que cualquier temor religioso que quedara en su espíritu desapareciera, al conservar todavía la semejanza con [3] el antiguo rito. Esta ceremonia continuaban celebrándola los romanos en mi época cada año, poco después del equinoccio de primavera, en el mes de mayo, en los llamados idus, queriendo que fuera mitad de mes ese día en que después de ofrecer los sacrificios preliminares según las leyes, los llamados pontífices, los sacerdotes más preclaros, y con ellos las vírgenes que conservan el fuego inmortal, los pretores y los demás ciudadanos a quienes les está permitido asistir a las ceremonias lanzan desde el puente sagrado 90 a la corriente del Tíber treinta imágenes de forma humana, llamadas argeos.

[4] En otro libro 91 hablaré de los sacrificios y otros ritos que celebra la ciudad de los romanos a la manera griega y a la local. Pero el momento presente parece exigir una explicación con más detenimiento acerca de la llegada de Hércules a Italia, y no omitir cualquier cosa que hiciera allí digna de mención.

Las vacas de Gerión y episodio de Caco 92

De los relatos sobre este dios, [39 ] unos son más legendarios y otros más verosímiles. La historia mítica sobre su llegada es la siguiente: Hércules había recibido de Euristeo la orden de conducir las vacas de Gerión de Eritía 93 a Argos, además de los otros trabajos, y cuando concluyó su empresa, en su regreso a casa, pasó por muchas partes de Italia y llegó a las proximidades de Palanteo, en territorio de los aborígenes. Como encontró allí mucha [2] hierba buena para las vacas, las soltó a que pastaran y él, agotado por la fatiga, recostándose, se entregó al sueño. Mientras tanto, un ladrón de esa región, de nombre Caco, se encontró casualmente con las vacas que pastaban sin ninguna vigilancia y sintió deseo de ellas. Pero cuando vio a Hércules durmiendo allí, pensó que no podría llevárselas a escondidas y al mismo tiempo comprendió que el asunto no era fácil. Entonces, escondió unas pocas en la cueva cercana donde vivía, arrastrando a cada una por la cola, al contrario de la marcha natural de los animales. Esto podía suponer la desaparición de cualquier prueba, pues la dirección sería la opuesta a las huellas. Poco después, al levantarse Hércules [3] y contar el número de vacas, cuando se dio cuenta de que faltaban algunas, estuvo confuso durante algún tiempo sin saber dónde habrían marchado y las estuvo buscando por el lugar como si se hubieran extraviado del pasto. Pero como no las encontraba, llegó a la cueva pensando que aunque había sido engañado por las huellas, debía examinar el lugar. Caco, que estaba de pie delante de la puerta, cuando Hércules le preguntó, afirmó no haber visto a las vacas, y cuando solicitó buscar en la cueva, no se lo permitió, sino que empezó a llamar a gritos a los vecinos como si estuviera sufriendo algún daño a manos del extranjero. Hércules, sin saber qué hacer en tal situación, decidió conducir a las demás vacas a la cueva. Cuando las de dentro olieron y oyeron a sus compañeras, contestaron mugiendo a las de fuera y su mugido se convirtió en acusador [4] del robo. Caco, una vez descubierta su fechoría, empezó a pelear y a llamar a los que vivían con él en los campos. Pero Hércules, apaleándolo con la maza, le dio muerte, y después de sacar fuera las vacas, como vio que el lugar era apropiado para guarida de malhechores, destruyó la cueva sobre el ladrón. Luego, purificándose en el río por el asesinato, erigió cerca de ese lugar un altar a Júpiter Descubridor 94 que está en Roma junto a la Puerta Trigémina, y sacrificó al dios una ternera como acción de gracias por el hallazgo de las vacas. Este sacrificio todavía en mi época lo ofrecía la ciudad de Roma, siguiendo en él todos los ritos griegos tal como aquél lo instituyó.

Hércules recibe honores divinos en Italia

[40 ] Los aborígenes y los arcadios que habitaban en Palanteo, cuando se enteraron de la muerte de Caco y vieron a Hércules, sintiendo odio hacia aquél por sus robos, y admiración ante la apariencia de este otro, en el que creían ver algo divino, consideraron como una gran dicha el verse libres del ladrón. De ellos, los pobres, cortando ramas de olivo, que crecía en abundancia por aquel lugar, le coronaron y se coronaron ellos mismos, y sus reyes vinieron a ofrecer a Hércules hospitalidad. Pero cuando por él conocieron su nombre, su linaje y sus hazañas, le confiaron su territorio y ellos mismos se pusieron en sus manos en prueba de amistad. Evandro, [2] que ya había escuchado antes la explicación de Temis, de que estaba predeterminado por el destino que Hércules, el hijo de Júpiter y Alcmena, cambiando su naturaleza mortal, se convertiría en inmortal por su valor, tan pronto como se enteró de quién era, quiso anticiparse a los demás hombres siendo el primero en propiciarse a Hércules con honores divinos; erigió rapidamente un altar improvisado y le ofreció en sacrificio una ternera que no conocía el yugo, después de relatarle el oráculo y pedirle que comenzara los ritos. Y [3] Hércules, admirado de la hospitalidad de aquellos hombres, obsequió al pueblo con un banquete, después de sacrificar algunas vacas y escoger la décima parte del resto del botín; y a sus reyes les dio como regalo un gran territorio perteneciente a los ligures y a los otros vecinos, en cuyo gobierno tenían mucho interés, y del cual había expulsado previamente a algunos hombres inicuos. Se dice además que pidió a los habitantes, pues fueron los primeros en considerarle como un dios, que le conservaran imperecederos estos honores sacrificando cada año una ternera no sometida al yugo y celebrando la ceremonia según las costumbres griegas; y que él mismo enseñó los ritos a dos familias ilustres para que siempre le ofrecieran sacrificios gratos. Dicen [4] que los que aprendieron entonces la ceremonia griega fueron los Poticios y los Pinarios, cuyas familias continuaron durante mucho tiempo dedicándose al cuidado de los sacrificios como aquél estableció: los Poticios dirigiendo la ceremonia y tomando las primicias de las víctimas inmoladas, y los Pinarios, excluidos de participar de las entrañas, ocupaban el segundo rango en todos los demás actos que debían realizarse entre ambas familias. Este deshonor cayó sobre ellos por haberse presentado tarde, cuando habían recibido la orden de venir muy de mañana y llegaron después de haber sido [5] comidas las entrañas de las víctimas. Ahora, sin embargo, el cuidado de las ceremonias ya no está adscrito a estos linajes, sino que se encargan de ellas esclavos comprados con el dinero público. Por qué causas cambió esta costumbre y cuál fue la manifestación de la divinidad respecto al cambio de los ritos, lo explicaré cuando llegue a esa parte de la historia.

[6] El altar sobre el que Hércules sacrificó la décima parte de su botín es llamado Ara Maxima por los romanos, está cerca del llamado Forum Boarium 95 y es considerado sagrado como ningún otro por sus habitantes, pues sobre él hacen juramentos y convenios los que quieren llevar a cabo algún negocio con firmeza, y se ofrecen muchos diezmos de bienes acompañados de votos. En cambio, su construcción desmerece mucho de su fama. También en muchos otros lugares de Italia hay recintos consagrados a este dios y altares erigidos en ciudades y caminos, y raro sería encontrar un lugar de Italia donde no fuera venerado. Pues bien, tal es la leyenda que se ha transmitido sobre él.

Proezas de Hércules en Italia

[41 ] Pero el relato más verosímil, en el que se basaron muchos de los que han contado sus hazañas en forma de historia, es el siguiente: Hércules llegó a ser el mejor general de todos los de su época y al mando de un gran ejército recorrió todo el territorio del lado de acá del océano, acabando con cualquier tiranía agobiante y penosa para sus súbditos, con la soberbia y ultraje de alguna ciudad hacia sus vecinos, o con el poder de hombres que llevaban un modo de vida salvaje y mataban extranjeros ilícitamente; y a cambio, estableció monarquías legítimas, prudentes formas de gobierno y costumbres de vida humanas y generosas. Además de esto, mezcló a bárbaros con griegos y a gentes de tierra adentro con gentes de la costa, que hasta entonces habían tenido relaciones desleales e insociables; también construyó ciudades en zonas deshabitadas, desvió los ríos para que regaran los campos, cortó carreteras a través de montañas inaccesibles e ideó otros recursos para que toda la tierra y el mar llegaran a ser de uso común para todos. Y no vino a Italia solo, ni [2] conduciendo un rebaño de vacas (pues este país no está de camino para volver de Iberia a Argos), ni fue digno de tantos honores por atravesarlo, sino que vino con un gran ejército, después de haber sometido Iberia, para sojuzgar y dominar a la gente de esta zona; y se vio obligado a permanecer aquí más tiempo por la ausencia de su flota, que se debió a que fue alcanzada por un temporal, y porque no todos los pueblos de Italia se le habían sumado voluntariamente. Aparte de los demás [3] bárbaros, el pueblo de los ligures, muy numeroso y guerrero, situado en la entrada a los Alpes, intentó impedir por las armas su paso hacia Italia y allí tuvo lugar una gran contienda para los griegos, agotándoseles todos los dardos durante la batalla. Entre los antiguos poetas, Esquilo menciona esta guerra en el Prometeo liberado . Presenta a Prometeo prediciendo a Hércules cada una de las cosas que le van a ocurrir en su expedición contra Gerión y, en concreto, explicándole sobre la guerra con los ligures que no será una contienda fácil. Esos versos son los siguientes:

Irás contra un intrépido ejército de ligures, donde sé bien que no echarás de menos la batalla, por valiente que seas, pues predestinado está que incluso te falten flechas .

[42 ] Cuando Hércules los sometió y se adueñó de los pasos, algunos voluntariamente le entregaron sus ciudades, sobre todo cuantos eran de origen griego o no tenían fuerzas suficientes, pero la mayoría fue subyugada [2] mediante guerra y asedio. Entre los que fueron sometidos en lucha, dicen que estaba Caco, nombrado en las leyendas de los romanos, un príncipe totalmente bárbaro que gobernaba a hombres salvajes y que se enfrentó a Hércules; estaba asentado en lugares bien defendidos y por eso resultaba muy molesto para sus vecinos. Él, cuando se enteró de que Hércules había acampado en la llanura limítrofe, se equipó a la manera de los piratas y en un ataque repentino, mientras dormía el ejército, lo rodeó y se llevó todo el botín que encontro [3] sin vigilancia. Después, reducido por los griegos a un asedio, no sólo vio su fortaleza tomada por la fuerza, sino que también él mismo fue muerto entre sus murallas. Y cuando su ciudadela fue demolida, los compañeros de Hércules (algunos arcadios con Evandro y Fauno, el rey de los aborígenes) se apoderaron de los territorios de alrededor, cada grupo para su propio provecho. Cualquiera pensaría que los griegos que se quedaron allí (los epeos y los arcadios de Feneo), así [4] como los troyanos, fueron dejados para vigilar el lugar; pues de las acciones de Hércules, propia de un general evidentemente y digna de admiración más que ninguna fue la de llevar en su expedición durante algún tiempo a los prisioneros de las ciudades sometidas y, una vez que le habían ayudado animosamente en sus guerras, los instalaba en territorios conquistados y los obsequiaba con riquezas conseguidas de otros. Por eso el nombre y la fama de Hércules han llegado a ser tan importantes en Italia, y no por su paso a través de ella, en lo que no había nada de venerable.

Hijos de Hércules

Algunos dicen que él también dejó [43 ] a los hijos que tuvo de dos mujeres en estos lugares que ahora habitan los romanos. Estos hijos fueron Palante, nacido de la hija de Evandro, cuyo nombre dicen que era Lavinia; y Latino, cuya madre fue cierta muchacha hiperbórea 96 que Hércules se llevó como prenda de amistad dada por su padre y la conservó pura durante algún tiempo, pero mientras venía navegando hacia Italia se enamoró de ella y la dejó encinta. Y cuando iba a partir hacia Argos, se la dio como mujer a Fauno, rey de los aborígenes, y por esta razón, muchos consideran a Latino hijo de éste y no de Hércules. Dicen que Palante murió antes [2] de llegar a la pubertad, pero que Latino, cuando se hizo hombre, heredó el reino de los aborígenes. Y al morir éste en la batalla contra sus vecinos los rútulos y no dejar hijos varones, recayó el trono en su yerno Eneas, hijo de Anquises. Pero estas cosas ocurrieron en otros tiempos.

Fundación de Herculano

Hércules, cuando en Italia dejó [44 ] establecido todo como quería y su armada llegó sana y salva de Iberia, ofreció a los dioses en sacrificio la décima parte de su botín y fundó una pequeña ciudad con su nombre 97 en el lugar donde ancló su flota, que también ahora está habitado por los romanos y se encuentra entre Neápolis y Pompeya, con puertos seguros en todo momento; y habiendo conseguido fama, admiración y honores divinos entre todos los habitantes de Italia, partió para Sicilia. Los que [2] dejó como guarnición y colonos en Italia y se asentaron alrededor de la colina Saturnia, durante algún tiempo se gobernaron de forma independiente, pero no mucho tiempo después adaptaron su modo de vida, sus leyes y sus ritos a los de los aborígenes, como los arcadios y todavía antes los pelasgos habían hecho y, participando del mismo gobierno que ellos, ocurrió que llegaron a ser considerados como el mismo pueblo. Y sobre la expedición de Hércules y los peloponesios que se quedaron en Italia, sea suficiente con lo dicho.

[3] En la segunda generación, después de la marcha de Hércules, hacia el año cincuenta y cinco, según dicen los mismos romanos, el rey de los aborígenes era Latino, el hijo de Fauno, aunque realmente era un vástago de Hércules, y hacía treinta y cinco años que tenía el reino.

Llegada de Eneas a Italia: fundación de Alba Longa y Roma

[45 ] Por esa época, los troyanos que habían huido de Troya con Eneas después de la toma de la ciudad, arribaron a Laurento, situada en la costa de los aborígenes del mar Tirreno, no lejos de la desembocadura del Tiber. Después de recibir de los aborígenes un territorio para su residencia y cuantas cosas pidieron, fundaron una ciudad sobre una colina no lejos del mar y le dieron el nombre [2] de Lavinio. Poco tiempo después, cambiaron su antiguo nombre y, junto con los aborígenes, fueron llamados latinos por el rey de su país. Y dejando Lavinio, en unión con los nativos de esa región construyeron una ciudad mayor amurallada, a la que llamaron Alba 98 ; partiendo de ella, fundaron también muchas otras ciudades, las de los llamados latinos priscos, la mayoría de las [3] cuales todavía estaban habitadas en mi época. Dieciséis generaciones después de la toma de Troya 99 , enviaron una colonia a Palanteo y Saturnia, donde los peloponesios y los arcadios habían establecido su primera residencia y todavía quedaban algunos rescoldos de la antigua raza; se instalaron en estos lugares, rodeando Palanteo con una muralla, de modo que por primera vez recibió forma de ciudad. A esta fundación le dieron el nombre de Roma por Rómulo, que fue el que condujo la colonia y era el décimo séptimo descendiente de Eneas. Pero acerca de la llegada de Eneas a Italia, ya [4] que algunos historiadores la han ignorado y otros lo han contado de diferente forma, quiero tratar y no de pasada, sino habiendo comparado las historias de los griegos y los romanos de más garantía. Los relatos sobre él son los siguientes:

Toma de Troya y huida de Eneas

Tomada Troya por los aqueos, [46 ] gracias al engaño del caballo de madera, según lo ha contado Homero, o por la traición de las Antenóridas 100 o por cualquier otro medio, la mayor parte de los troyanos y de los aliados que estaban en la ciudad fueron asesinados, al ser sorprendidos todavía en sus lechos (pues parece ser que esta desgracia cayó sobre ellos por la noche, cuando estaban sin vigilancia). Pero Eneas y los troyanos de las ciudades de Dárdano y Ofrinio que habían venido con él para auxiliar a los habitantes de Ilion, así como cuantos otros se enteraron rápidamente de la catástrofe, mientras se tomaba la ciudad baja, huyeron juntos a la fortaleza de Pérgamo 101 y tomaron la acrópolis protegida por su propia muralla; allí tenían los troyanos los objetos sagrados heredados de sus padres y una gran riqueza de bienes materiales, como es natural en una ciudadela, y lo mejor de su ejército. Aguardando allí, [2] repelieron a los que intentaban subir a la fortaleza y mediante carreras secretas, gracias a su conocimiento de los pasos angostos, rescataron a la multitud que intentaba escaparse de la toma de la ciudad. Y ocurrió que escapó más gente de la que fue capturada. Eneas, gracias a este plan que ideó, pudo contener el inmediato impulso de los enemigos por matar a toda la población e impidió que fuera tomada toda la ciudad por asalto. Pero pensando en el futuro, consideraba con mucha razón que sería algo imposible salvar a una ciudad que ya estaba sometida en gran parte, y se le ocurrió ceder a los enemigos la muralla abandonada y salvar a las personas, los objetos sagrados heredados de sus padres [3] y cuantos bienes pudiera llevar. Según su plan, ordenó a los niños, a las mujeres, a los ancianos y a cuantos otros necesitaban más tiempo para la huida, que salieran los primeros de la ciudad por los caminos que llevan al monte Ida; mientras, los aqueos, esforzándose por tomar la ciudadela, no habían previsto ningún plan para perseguir a la multitud que huía de la ciudad. Del ejército, a una parte le encargó la protección de los que salían, para que la huida les resultara segura y sin problemas en la medida de lo posible, y les mandó que ocuparan la zona más alta del Ida. Él se quedó sobre la muralla con el resto del ejército, que era el mejor, y consiguió que los que salían tuvieran la huida menos fatigosa al estar los enemigos entretenidos en el asalto [4] al muro. Pero cuando Neoptólemo y sus tropas alcanzaron una parte de la fortaleza y todos los aqueos acudieron en su ayuda, Eneas abandonó la acrópolis y, abriendo las puertas, marchó con el resto de los fugitivos bien ordenados, llevando sobre las mejores carretas a su padre, a los dioses ancestrales, a su mujer, a sus hijos y a cualquier otra persona o cosa que fuera muy estimable.

Los aqueos imponen sus condiciones de paz

Al mismo tiempo, los aqueos habían [47 ] tomado la ciudad por la fuerza y, muy interesados por la rapiña, ofrecieron una gran ocasión de salvarse a los que huían. Eneas y los suyos, todavía de camino, se encontraron con su gente y todos unidos tomaron la fortaleza del monte Ida. Se [2] les habían juntado los que habitaban entonces en Dárdano, que, cuando vieron que salía de Ilion un gran resplandor inusual, dejaron su ciudad desierta por la noche (excepto los que con Elimo y Egesto habían equipado una flota y habían salido antes de la ciudad), y también todo el pueblo de Ofrinio 102 y de las demás ciudades troyanas que protegían su libertad. Y este ejército de los troyanos en muy poco tiempo llegó a ser enorme. Pues bien, los que se salvaron con Eneas de [3] la toma de la ciudad se quedaron por esos lugares esperando regresar pronto a su tierra, cuando los enemigos se hubieran marchado; pero los aqueos, después de esclavizar a la población de la ciudad y de las zonas próximas, y habiendo arrasado las fortalezas, se disponían a someter también a los que estaban en las montañas. Cuando éstos les enviaron heraldos para tratar de la [4] paz y les pidieron que no les obligaran a hacer la guerra, los aqueos se reunieron en asamblea y establecieron la paz con ellos en los siguientes términos: que Eneas y los que iban con él, llevándose todos los bienes que habían salvado en su huida, se marcharan de la Tróade en un plazo señalado, después de entregar sus plazas fuertes a los aqueos; y éstos, por su parte, les garantizaban seguridad por toda la tierra y mar de sus dominios cuando se marcharan según lo acordado. Eneas, habiendo aceptado estas condiciones y considerando [5] que era lo mejor dentro de lo posible, envió a Ascanio, su hijo mayor, con una parte de las tropas aliadas, de las cuales la mayoría eran frigias, a la región llamada Dascilítide 103 , donde está el lago Ascanio, pues había sido invitado por los habitantes para reinar sobre ese pueblo. Y Ascanio no vivió allí mucho tiempo, porque cuando volvieron de Grecia junto a él Escamandrio 104 y los demás descendientes de Héctor con el permiso de Neoptólemo, fue a Troya para restituirles [6] en su antiguo trono. Sobre Ascanio, esto es todo lo que se dice; en cuanto a Eneas, cogiendo al resto de sus hijos, a su padre y las imágenes de los dioses, cuando tuvo dispuesta su flota, cruzó el Helesponto navegando en dirección a la península más próxima, que está situada frente a Europa y se llama Palene 105 . La habitaba un pueblo tracio aliado llamado cruseo, que fue el más animoso de todos los que les ayudaron en la guerra.

Distintas versiones sobre la salida de Eneas de Troya

[48 ] Así pues, éste es el relato más fiable sobre la huida de Eneas, y en el que se basó para sus Troica Heláni-co, entre los historiadores antiguos. También algunos otros han contado sobre los mismos hechos historias diferentes, que yo considero de menos garantía que ésta. Pero que cada lector juzgue como le parezca.

[2] Sófocles, el poeta trágico, en su drama Laoconte ha presentado a Eneas huyendo al monte Ida cuando la ciudad iba a ser tomada, siguiendo las órdenes de su padre Anquises, que por el recuerdo de los consejos de Afrodita y las premoniciones recientes sobre los Laocóntidas, conjeturó la futura destrucción de la ciudad. Sus yambos, puestos en boca de un mensajero, dicen así:

Ahora se encuentra ante las puertas Eneas, el hijo de la diosa, llevando sobre los hombros a su padre, que deja caer el manto de lino por su espalda que una vez fue golpeada por el rayo de Zeus 106 . Alrededor hay toda una multitud de servidores. La muchedumbre que los acompaña es superior a la que podría creerse; son los que desean unirse a esta colonia frigia .

Pero Menécrates de Jantos 107 declara que Eneas [3] entregó la ciudad a los aqueos por enemistad hacia Alejandro, y que por este beneficio los aqueos le permitieron salvar a su familia. Su relato, que comienza a partir del funeral de Aquiles, tiene la siguiente forma: «Una aflicción embargaba a los aqueos y creían que la cabeza de su ejército había sido cortada. Sin embargo, después de celebrar su funeral, pelearon con todas sus fuerzas hasta que fue tomada Ilión, gracias a que Eneas se la entregó. Éste, que no había sido honrado por Alejandro y estaba privado de distinciones, acabó con Príamo, y después de hacer esto llegó a ser uno de los aqueos.»

Algunos otros dicen que en ese tiempo permaneció [4] en el puerto de Troya; y otros dicen que fue enviado por Príamo a Frigia con algunas fuerzas para cierta operación militar. Hay quienes cuentan su salida de forma más fabulosa. Pero que sea como a cada uno más le convenza.

Viaje de Eneas de Troya a Tracia

[49 ] Lo que pasó después de su partida, a muchos todavía les plantea más dudas. Algunos, entre los que están Cefalón de Gergis 108 y Hegesipo, el que escribió sobre Palene (varones antiguos y dignos de mención), después de llevar a Eneas hasta Tracia, dicen que murió allí. Otros, trasladándolo de Tracia, lo llevan hasta Arcadia y dicen que vivió en el Orcómeno arcadio, en un lugar llamado Nesos 109 , aunque está situado tierra adentro, pero quizá deba el nombre a sus pantanos y río; y que la llamada Capias 110 fue una fundación de Eneas y los troyanos, y recibió este nombre por el troyano Capis. Esto lo dice entre otros Arieto, el autor de [2] Arcadica 111 . Hay también quienes cuentan que Eneas fue a Arcadia, pero que la muerte no le sobrevino en esos lugares, sino en Italia, según indican muchos otros y en concreto Agatilo, el poeta arcadio que dice así en una elegía:

Llegó a Arcadia y en Nesos dejó a sus dos hijas, fruto de su unión con Codone y con Antémone. De allí, él se apresuró hacia la tierra de Hesperia 112 y engendró un hijo, de nombre Rómulo .

[3] La llegada de Eneas y los troyanos a Italia está garantizada por todos los romanos, y los actos que celebran en sacrificios y festividades dan prueba de ello; así como los vaticinios de la Sibila, los oráculos píticos y otras muchas cosas que uno no desdeñaría como si hubieran sido inventadas para embellecer la historia. Entre los griegos todavía quedan en esta época señales claras en los lugares donde arribaron y entre la gente con la que permanecieron mientras no hacía buen tiempo para la navegación. De estos datos, aunque son muchos, haré una mención lo más breve posible 113 .

Primero, llegando a Tracia, desembarcaron en la península [4] llamada Palene. Ésta la habitaban los bárbaros cruseos, como dije 114 , y les ofrecieron albergue seguro. Ellos se quedaron allí durante la estación de invierno, erigieron un templo a Afrodita en uno de los promontorios y fundaron una ciudad llamada Enea 115 , en la que dejarpn a aquellos que, por cansancio, eran incapaces de navegar más, y a cuantos quisieron quedarse allí para considerarla en el futuro su propia tierra. Esta ciudad perduró hasta el dominio macedónico bajo los sucesores de Alejandro. Pero durante el reinado de Casandro fue destruida, cuando se fundó la ciudad de Tesalónica, y los habitantes de Enea con otros muchos se trasladaron a la ciudad recién edificada.

Los troyanos tocan algunas islas griegas

Los troyanos zarparon de Palene [50 ] y llegaron a Delos cuando reinaba allí Anio. También en Delos había muchos indicios de la presencia de Eneas y de los troyanos, mientras la isla estuvo habitada y floreció. Después, llegando a Citera, otra isla, que está situada frente al Peloponeso, erigieron un templo a Afrodita. Y cuando navegaban [2] desde Citera, no lejos del Peloponeso, murió uno de los compañeros de Eneas, llamado Cineto, y lo enterraron en uno de los promontorios, que ahora se llama Cinetion por aquél. Y después de reanudar su parentesco con los arcadios, sobre lo que hablaré en otro capítulo 116 más adelante, se entretuvieron poco tiempo en estos lugares, dejaron allí a algunos de ellos y [3] llegaron a Zacinto. Los zacintios les recibieron amistosamente por su relación de parentesco (pues dicen que Dárdano, el hijo de Zeus y Electra, la hija de Atlas, tuvo dos hijos con Batía, Zacinto y Erictonio, de los cuales el segundo fue antepasado de Eneas, y Zacinto, el colonizador de la isla). Por el recuerdo de este parentesco y por la afabilidad de los habitantes se quedaron allí, aparte de verse retenidos por un tiempo desfavorable; y en el templo que habían construido ofrecieron a Afrodita un sacrificio que hasta hoy vienen celebrando oficialmente los zacintios; también instituyeron un certamen entre efebos con una carrera además de otras competiciones, y recibía la victoria el que llegara primero al templo. Se le llama la carrera de Eneas y Afrodita [4] y de ambos hay erigidas estatuas de madera. Desde allí, navegaron por mar abierto hasta desembarcar en Léucade, que todavía la poseían los acarnienses. Allí, de nuevo levantaron un templo a Afrodita, ése que ahora está en la islita que hay entre Dioricto 117 y la ciudad, y se llama de Afrodita Enéada 118 . Partiendo de allí, fueron hacia Accio y anclaron junto al promontorio del golfo ambracio. Desde allí llegaron a la ciudad de Ambracia, donde reinaba Ambrace, el hijo de Dexámeno, el hijo de Heracles, y en los dos sitios quedan recuerdos de su llegada: en Accio, el templo de Afrodita Enéada y cerca de él, otro de los Grandes Dioses 119 (ambos existían todavía en mi época); y en Ambracia, un templo a la misma diosa y otro al héroe Eneas, cerca del teatro pequeño. En él había una estatuilla antigua de madera que se decía era de Eneas, y la honraban con sacrificios las llamadas amphípoloi 120 .

Viaje desde Ambracia a Italia

Desde Ambracia, Anquises se [51 ] trasladó con sus naves a lo largo de la costa y desembarcó en Butroto 121 , un puerto de Epiro. En cambio, Eneas y con él los más fuertes del ejército, empleando dos días de camino, llegaron a Dodona para consultar el oráculo y se encontraron allí a los troyanos que habían ido con Héleno. Cuando recibieron respuestas sobre la colonia y obsequiaron al dios con varias ofrendas troyanas, entre las que había crateras de bronce (algunas de las cuales todavía subsisten y muestran en inscripciones muy antiguas quiénes las ofrecieron), volvieron junto a la flota después de más o menos cuatro días de camino. La presencia de los troyanos en Butroto también resulta evidente por una colina llamada Troya, en la que acamparon entonces. De Butroto, marcharon por la costa hasta un [2] puerto que fue llamado entonces de Anquises, pero ahora tiene un nombre menos claro 122 ; y allí, después de erigir un templo a Afrodita, cruzaron el golfo Jónico teniendo como guías del viaje a Patrón de Tirio 123 y sus hombres, que les acompañaron voluntariamente en su navegación. Y la mayoría de ellos, una vez que la flota llegó a salvo a Italia, regresaron de nuevo a casa; pero Patrón y con él algunos de sus amigos, convencídos por Eneas de tomar parte en la colonia, se quedaron en la expedición, y algunos dicen que se asentaron en Aluncio 124 , en Sicilia. Como recuerdo de este servicio, los romanos con el tiempo les concedieron a los acarnienses Léucade y Anactorio, después de arrebatárselas a los corintios 125 ; y cuando quisieron que Eniadas estuviera de nuevo bajo su poder 126 , se lo permitieron y también les otorgaron disfrutar de los productos de las islas Equínades, juntamente con los etolios.

[3] Por otra parte, los que iban con Eneas no anclaron todos en el mismo lugar de Italia, sino que la mayoría de las naves desembarcaron junto al promontorio de Yapigia 127 , que entonces se llamaba Salentino; y el resto, en un lugar llamado Minerva 128 , donde también el mismo Eneas tocó por primera vez Italia (este lugar es un promontorio que ofrece un fondeadero en el verano, el cual desde entonces se llama puerto de Venus) 129 . Después, navegaron a lo largo de la costa hasta un estrecho, teniendo Italia a mano derecha y también en esos lugares dejaron algunas huellas de su llegada, entre otras, una copa de bronce en el templo de Juno, con una inscripción antigua que mostraba el nombre de Eneas como el que había hecho el ofrecimiento a la diosa.

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