Kitabı oku: «Historia antigua de Roma. Libros VII-IX»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 123

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por M.a LUISA PUERTAS CASTAÑOS .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 81, Madrid. España, 1989.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO234
ISBN 9788424931636.
LIBRO VII
Escasez de alimentos en Roma. El Senado intenta conseguir grano
Después 1 de que Tito Geganio Macerino [1 ] y Publio Minucio recibieran el poder consular, se apoderó de Roma una gran escasez de grano, cuyo origen estuvo en la sedición 2 . En efecto, el pueblo se rebeló contra los patricios después del equinoccio de otoño, justo en el comienzo mismo de la siembra. Con la agitación, los agricultores abandonaron el campo y se dividieron, poniéndose los más ricos a favor de los patricios y los asalariados de parte de los plebeyos; y desde entonces permanecieron separados unos de otros hasta que la comunidad se apaciguó y se volvió a unir, llevándose a cabo la reconciliación no mucho antes del solsticio de invierno. Durante este período, que es el apropiado para realizar toda [2] la siembra, la tierra estuvo falta de gente que se ocupara de ella y permaneció así mucho tiempo, de modo que, cuando los agricultores volvieron, ya no les fue fácil recuperarla, tanto por la deserción de los esclavos como por la muerte de los animales con los que pensaban cultivar el terreno arruinado, y al año siguiente muchos no tuvieron semillas ni alimentos. Al enterarse el Senado de esta situación, [3] envió embajadores a los tirrenos, a los campanos y a la llanura llamada Pomptina 3 para que compraran todo el grano que pudieran, y mandó a Sicilia a Publio Valerio y a Lucio Geganio. Valerio era hijo de Publícola 4 y Geganio [4] era hermano de uno de los cónsules. Por aquel entonces había tiranos en algunas ciudades, siendo el más señalado Gelón 5 , hijo de Dinomenes, que hacía poco se había apoderado de la tiranía de Hipócrates, no Dionisio de Siracusa, como han escrito Licinio, Gelio 6 y otros muchos historiadores romanos, sin haber hecho una investigación minuciosa de las fechas, según los hechos muestran por sí mismos, sino refiriendo a la ligera lo primero que [5] encontraron. De hecho, la embajada designada para ir a Sicilia zarpó en el segundo año de la LXXII Olimpiada 7 , cuando era arconte en Atenas Hibrílides, diecisiete años después de la expulsión de los reyes, como estos y casi todos los demás historiadores admiten. Dionisio el Viejo se levantó contra los siracusanos y se apoderó de la tiranía ochenta y cinco años después, en el tercer año de la XCIII Olimpiada 8 , cuando era arconte en Atenas Calias, el sucesor [6] de Antígenes. Podría permitirse a los historiadores que han escrito obras sobre hechos antiguos y que abarcan un amplio período un error de unos pocos años, pero no es admisible que se aparten de la verdad en dos o tres generaciones enteras. Sin embargo, es posible que el primero que registró este hecho en las cronografías y al que siguieron todos los demás, al encontrar en los antiguos anales este solo dato, a saber, que durante este consulado fueron enviados unos embajadores a Sicilia para comprar grano y que volvieron de allí con el regalo en grano que el tirano les dio, ya no investigara en los historiadores griegos quién era, por aquel entonces, tirano de Sicilia, y estableciera sin verificación y sin más que se trataba de Dionisio.
Éxito diverso de las embajadas enviadas a por grano
Los embajadores que navegaban hacia [2 ] Sicilia, víctimas de una tempestad en el mar, se vieron obligados a rodear la isla y arribaron ante el tirano con mucho retraso. Pasaron allí el invierno y volvieron a Italia en verano con muchas provisiones. En cambio, [2] los enviados a la llanura Pomptina, condenados como espías, estuvieron a punto de morir a manos de los volscos, pues fueron acusados de serlo por los exiliados de Roma. A duras penas pudieron salvar sus vidas, gracias al interés de sus amigos personales, tras lo cual volvieron a Roma sin dinero y con las manos vacías. Algo parecido les tocó [3] padecer a los que llegaron a la Cumas 9 de Italia, pues muchos exiliados romanos que se habían salvado con Tarquinio de la última batalla también vivían allí y, en primer lugar, intentaron obtener del tirano que los condenara a muerte. Como no lo consiguieron, pidieron que se los retuviera como rehenes de la ciudad que los enviaba hasta que recuperaran sus bienes, que, dijeron, les habían confiscado injustamente los romanos; y opinaban que el tirano debía ser juez de su pleito. Era entonces tirano de Cumas Aristodemo, [4] hijo de Aristócrates, hombre de no oscuro linaje, que, ya sea porque de niño era afeminado y recibía un trato propio de mujeres, como cuentan algunos, ya porque era de naturaleza apacible y remisa a la cólera, como escriben otros, era llamado «Afeminado» 10 por los conciudadanos, sobrenombre que, con el tiempo, fue más conocido [5] que su nombre. Parece que no es inoportuno que interrumpa un momento la narración de los acontecimientos de Roma para contar sumariamente de qué medios se valió para hacerse con la tiranía, qué caminos siguió para llegar a ella, cómo gobernó y qué final tuvo.
Ataque a la ciudad de Cumas
[3 ] En la LXIV Olimpiada 11 , durante el arcontado de Milcíades en Atenas, los tirrenos que habitaban cerca del golfo Jonio 12 y que, con el tiempo, fueron expulsados de allí por los celtas, y con ellos los umbros, los daunios 13 y muchísimos otros bárbaros, intentaron destruir Cumas, la ciudad griega en el territorio de los ópicos fundada por los eretrios y los calcidios 14 , sin más justo motivo para su odio que la prosperidad de [2] la ciudad. Cumas, efectivamente, era en aquel tiempo célebre en toda Italia por su riqueza, su poder y por otras ventajas, pues no sólo poseía el territorio más fértil de la llanura de Campania, sino que también era dueña de los puertos más estratégicos en torno a Miseno 15 . Los bárbaros, que aspiraban a estos bienes, marcharon contra Cumas con no menos de quinientos mil hombres de infantería y dieciocho mil jinetes. Cuando estaban acampados cerca de la ciudad, les sucedió un prodigio asombroso que no se recuerda que haya ocurrido nunca en territorio griego ni bárbaro. Los ríos que corrían junto a su campamento, uno [3] llamado Volturno 16 y otro Glanis 17 , abandonando su curso natural, volvieron a sus manantiales y, durante largo tiempo, continuaron retirándose desde sus desembocaduras hasta sus nacimientos. Cuando los habitantes de Cumas se [4] enteraron de este prodigio, entonces se atrevieron a entablar combate con los bárbaros, pues pensaban que la divinidad echaría abajo la superioridad de los enemigos y, en cambio, elevaría su propia situación, que parecía ser débil. Y después de dividir todas sus fuerzas en tres cuerpos, con uno de ellos vigilaron la ciudad, con otro protegieron las naves, y colocándose con el tercero delante de las murallas, recibieron a los atacantes. De este último cuerpo, seiscientos eran de caballería y cuatro mil quinientos de infantería. A pesar de ser tan inferiores numéricamente, contuvieron a tantos miles de enemigos.
Victoria de los cumanos. Actuación de Aristodemo
Cuando los bárbaros observaron que [4 ] estaban preparados para luchar, se lanzaron al ataque dando gritos a su manera, sin ningún orden, mezcladas la infantería y la caballería, confiados en aniquilarlos a todos. El terreno ante la ciudad en el que entablaron batalla era un estrecho desfiladero rodeado por montes y lagos, propicio al valor de los cumanos e inadecuado para el [2] gran número de bárbaros. En efecto, al caer y pisotearse unos a otros en muchos lugares, pero sobre todo en torno a las zonas pantanosas del lago, la mayor parte de ellos pereció a manos de sus propias tropas sin ni siquiera haber llegado a enfrentarse con la línea de batalla de los griegos. El gran ejército de infantería, derrotado por sí mismo, huyó, desperdigándose cada uno por su lado, sin haber realizado ninguna acción honrosa. La caballería, sin embargo, entabló combate y dio a los griegos un gran trabajo; pero, como no podía rodear a sus enemigos por la estrechez del lugar y como la divinidad ayudaba a los griegos con relámpagos, [3] lluvia y truenos, tuvo miedo y se dio a la fuga. En esta batalla todos los jinetes cumanos lucharon brillantemente, y se reconoce que ellos, especialmente, fueron los artífices de la victoria, pero, por encima de todos los otros, Aristodemo, el llamado «Afeminado», pues mató al general enemigo después de haber resistido él solo el ataque de otros muchos valientes guerreros. Al terminar el combate, los cumanos ofrecieron sacrificios de agradecimiento a los dioses y enterraron con magnificencia a los muertos en la batalla, y después se enzarzaron en una gran discusión sobre los premios al valor para decidir a quién debía concedérsele [4] la primera corona. Los jueces imparciales querían premiar a Aristodemo y el pueblo entero estaba a su favor, pero los hombres poderosos deseaban concedérsela a Hipomedonte, el jefe de la caballería, y todo el Senado lo apoyaba. El gobierno de los cumanos era, en aquel tiempo, una aristocracia y el pueblo no tenía poder en muchos asuntos. Como se produjo un enfrentamiento a causa de esta disputa, los más ancianos, temerosos de que la rivalidad llegase a las armas y a los asesinatos, convencieron a ambas partes para que consintieran en que cada hombre recibiera [5] iguales honores. A partir de entonces, Aristodemo se convirtió en defensor del pueblo y, como había cultivado la facultad de la oratoria política, se atrajo a las masas, ganándoselas con medidas favorables, poniendo en evidencia a los hombres poderosos que se habían apropiado de los bienes públicos y favoreciendo con su propio dinero a muchos pobres. Por estas razones resultaba odioso y temible para los jefes de la aristocracia.
Los cumanos deciden ayudar a los aricinos
Veinte años después de la batalla contra [5 ] los bárbaros llegaron ante los cumanos unos embajadores de los aricinos, con ramos de suplicantes, para pedir que les ayudaran contra los tirrenos, que estaban en guerra con ellos, ya que, como he expuesto en un libro anterior 18 , después de que Porsena, rey de los tirrenos, se reconcilió con Roma, envió fuera a su hijo Arrunte, que quería adquirir un poder propio, con la mitad del ejército. Arrunte había puesto asedio a los aricinos 19 , que se habían refugiado dentro de las murallas, y pensaba tomar la ciudad por hambre en poco tiempo. Cuando llegó [2] esta embajada, los hombres destacados de la aristocracia, como odiaban a Aristodemo y temían que realizara algo perjudicial para la forma de gobierno, comprendieron que tenían una magnífica oportunidad para quitárselo de en medio con un buen pretexto. Después de convencer al pueblo para que enviara dos mil hombres en ayuda de los aricinos y designar como general a Aristodemo por su indudable brillantez en las acciones bélicas, tomaron las medidas con las que suponían que él o moriría en la lucha a manos de los tirrenos o perecería en el mar. Cuando recibieron [3] del Senado poder para elegir a los que serían enviados como ayuda, no alistaron a ningún hombre distinguido ni digno de mención, sino que escogieron a los más incapaces y viles de los plebeyos, de los que siempre sospechaban novedades, y con ellos completaron la expedición. Botaron diez naves viejas, pésimas marineras, cuyos trierarcas eran los más pobres de entre los cumanos, y en ellas embarcaron a los expedicionarios, amenazándolos de muerte si alguno desertaba.
Aristodemo y los cumanos derrotan a los tirrenos y vuelven a casa
[6 ] Aristodemo, después de dar este solo aviso: que no le había pasado inadvertida la intención de sus enemigos, de palabra enviarlo para ayudar, pero de hecho mandarlo a una muerte segura, aceptó el mando y, zarpando rápidamente con los embajadores de los aricinos, tras una travesía difícil y peligrosa por mar, echó el ancla en las cercanías de la costa de Aricia. Dejó en las naves un cuerpo de guardia suficiente y, en la primera noche, recorrió el camino que había desde el mar, que no era muy largo, y al amanecer apareció inesperadamente ante [2] los aricinos. Estableció el campamento cerca de ellos y, tras convencer a los que estaban refugiados en las murallas para que salieran a campo abierto, desafió inmediatamente a los tirrenos a un combate. Como el enfrentamiento desembocó en una violenta batalla, los aricinos, después de una brevísima resistencia, se replegaron en masa y huyeron nuevamente hacia las murallas. Pero Aristodemo, con unos pocos cumanos elegidos a su alrededor, sostuvo todo el peso de la lucha y, tras matar con sus propias manos al general de los tirrenos, puso en fuga a los demás y obtuvo [3] la más brillante de todas las victorias. Una vez llevadas a cabo estas acciones y después de que los aricinos lo honraran con muchos regalos, zarpó rápidamente, pues deseaba ser él mismo quien anunciara a los cumanos su victoria. Le seguían muchísimas embarcaciones aricinas con el botín y los prisioneros tirrenos. Cuando estuvieron cerca [4 ] de Cumas, echó el ancla a las naves, reunió al ejército y, después de lanzar muchas acusaciones contra los dirigentes de la ciudad y de hacer numerosas alabanzas de los hombres que habían actuado valerosamente en la batalla, repartió el dinero entre ellos, uno por uno, compartió con todos los regalos recibidos de los aricinos, y pidió que se acordaran de estos beneficios cuando volvieran a la patria y que, si alguna vez se encontraba en algún peligro proveniente de la oligarquía, cada uno le ayudara según sus fuerzas. Como todos unánimemente le dieron las gracias una [5] y otra vez, no sólo por la inesperada salvación que habían obtenido gracias a él, sino también porque llegaban a casa con las manos llenas, y prometieron entregar sus propias vidas antes que abandonar la suya a los enemigos, Aristodemo los elogió y disolvió la asamblea. Después llamó a su tienda a los más bellacos y más atrevidos en la lucha y, seduciéndolos con regalos, buenas palabras y esperanzas que atraerían a cualquiera, los tuvo dispuestos a ayudarle para acabar con el gobierno establecido.
Aristodemo se hace con el poder
Los tomó como colaboradores y compañeros [7 ] de lucha, fijó lo que cada uno debía hacer, dio gratuitamente la libertad a los prisioneros que traía para ganarse también su favor y, después, navegó con las naves engalanadas hacia los puertos de Cumas. Cuando los soldados desembarcaron, sus padres, madres y demás parientes, sus hijos y mujeres fueron a su encuentro, abrazándolos con lágrimas, besándolos y llamando a cada uno con los apelativos más cariñosos. Y todo el resto de la [2] población recibió al general con alegría y aplausos y lo escoltó hasta su casa. Los principales de la ciudad y, sobre todo, los que le habían confiado el mando y habían maquinado los demás planes para su muerte tenían malas perspectivas [3] para el futuro. Aristodemo dejó pasar unos pocos días en los que cumplió los votos a los dioses y aguardó las embarcaciones que llegaban con retraso, y cuando se presentó el momento oportuno, dijo que deseaba contar ante el Senado lo acaecido en el combate y mostrar el botín de guerra. Una vez reunidas las autoridades en el Senado en gran número, Aristodemo se adelantó para hablar y expuso todo lo sucedido en la batalla, mientras sus cómplices en el golpe de mano, dispuestos por él, irrumpieron en el Senado en tropel con espadas debajo de sus mantos y [4] degollaron a todos los aristócratas. Después de esto hubo huidas y carreras de los que estaban en el ágora, unos hacia sus casas, otros fuera de la ciudad, con excepción de los que estaban enterados del golpe; estos últimos tomaron la ciudadela, los arsenales y los lugares seguros de la ciudad. A la noche siguiente liberó de las cárceles a los condenados a muerte, que eran muchos, y después de armarlos junto con sus amigos, entre los que se encontraban también los prisioneros tirrenos, constituyó un cuerpo de guardia [5] en torno a su persona. Al llegar el día, convocó al pueblo a una asamblea y lanzó una larga acusación contra los ciudadanos que había matado, tras lo cual dijo que éstos habían sido castigados con justicia, pues habían intrigado contra él, pero que, por lo que se refería a los demás ciudadanos, había venido para traerles libertad, igualdad de derechos y otros muchos bienes.
Medidas de Aristodemo para afianzar su poder
[8 ] Tras pronunciar estas palabras y colmar a todo el pueblo de esperanzas maravillosas, tomó las dos peores medidas políticas que existen entre los hombres y que son el preludio de toda tiranía: la redistribución de la tierra y la abolición de las deudas. Prometió ocuparse él mismo de ambas cuestiones, si se le designaba general con plenos poderes hasta que los asuntos públicos estuviesen seguros y se estableciera una forma democrática de gobierno. Como la multitud plebeya y sin principios acogió [2] con alegría el saqueo de los bienes ajenos, Aristodemo, dándose a sí mismo un poder absoluto, impuso otra medida con la que los engañó y privó a todos de la libertad. En efecto, fingiendo sospechar agitaciones y levantamientos de los ricos contra el pueblo a causa de la redistribución de la tierra y de la abolición de las deudas, dijo que, para que no se originara una guerra civil ni se produjeran asesinatos de ciudadanos, se le ocurría una sola medida preventiva antes de llegar a una situación terrible: que todos sacasen las armas de las casas y las consagraran a los dioses con la finalidad de que pudieran emplearlas contra los enemigos exteriores que los atacaran, cuando les sobreviniera alguna necesidad, y no contra sí mismos, y de que, mientras tanto, permanecieran en un buen lugar junto a los dioses. Como también consintieron en esto, ese mismo [3] día se apoderó de las armas de todos los cumanos y, durante los días siguientes, registró las casas, en las que mató a muchos buenos ciudadanos con la excusa de que no habían consagrado todas las armas a los dioses, tras lo cual reforzó la tiranía con tres cuerpos de guardia. Uno estaba formado por los ciudadanos más viles y malvados, con cuya ayuda había derrocado al gobierno aristocrático; otro, por los esclavos más impíos, a los que él mismo había dado la libertad por haber matado a sus señores, y el tercero, un cuerpo mercenario, por los bárbaros más salvajes. Estos últimos eran no menos de dos mil y superaban con mucho a los demás en las acciones bélicas. Aristodemo [4] suprimió de todo lugar sagrado y profano las estatuas de los hombres que condenó a muerte y, en su lugar, hizo llevar a estos mismos lugares y erigir en ellos su propia estatua. Confiscó sus casas, tierras y demás bienes, reservándose el oro, la plata y cualquier otra posesión digna de un tirano, y después cedió lo demás a los hombres que lo habían ayudado a adquirir el poder; pero los más abundantes y espléndidos regalos los dio a los asesinos de sus señores. Éstos, además, también le pidieron vivir con las mujeres e hijas de sus amos.
[9] Aunque, en un principio, no prestó ninguna atención a los hijos de los que habían sido condenados a muerte, después, bien por algún oráculo, bien porque por reflexión natural considerase que no era pequeño el riesgo de que se volvieran contra él, intentó eliminarlos a todos en un [2] solo día. Pero, como le suplicaron vehementemente todos aquellos con los que estaban viviendo las madres de los niños y junto a los cuales éstos estaban siendo criados, quiso concederles también este favor y, contra su intención, los libró de la muerte, aunque estableció vigilancia en torno a ellos para que no se reunieran ni conspiraran contra la tiranía, y ordenó a todos que se marcharan de la ciudad a cualquier otra parte y que vivieran en el campo sin participar de nada de lo que es propio de hijos libres, ni oficio, ni estudio, sino dedicándose al pastoreo y a las otras ocupaciones del campo, y los amenazó de muerte si se encontraba a alguno de ellos dirigiéndose a la ciudad. [3] Éstos que dejaron su casa paterna se criaron en el campo como esclavos, al servicio de los asesinos de sus padres. Y para que en ninguno de los demás ciudadanos surgiera algún sentimiento noble y valeroso, se dedicó a afeminar por medio de las costumbres a la juventud que crecía en la ciudad, suprimiendo los gimnasios y los ejercicios con armas y cambiando la forma de vida que antes seguían los niños. Ordenó, en efecto, que los chicos se dejaran el pelo [4] largo como las jóvenes, adornándoselo con flores, rizándoselo y sujetando los rizos con redecillas; que se vistieran con túnicas de varios colores hasta los pies; que se cubrieran con mantos ligeros y suaves, y que pasaran la vida a la sombra. Y a las escuelas de los bailarines, de los flautistas y de los cultivadores de artes similares les acompañaban, caminando a su lado, unas niñeras que llevaban sombrillas y abanicos; estas mujeres los bañaban, llevando a los baños peines, alabastros de perfumes y espejos. Corrompía [5] a los niños con este tipo de educación hasta los veinte años y, después, a partir de ese momento, permitía que pasaran a formar parte de los hombres adultos. Tras ofender y ultrajar a los cumanos de otras muchas formas, sin abstenerse de ningún acto lujurioso y cruel, cuando consideraba que poseía la tiranía con seguridad, ya viejo, pagó un castigo grato tanto a los dioses como a los hombres y fue completamente aniquilado.
Los jóvenes se oponen a Aristodemo
Los que se levantaron contra él y liberaron [10 ] la ciudad del tirano fueron los hijos de los ciudadanos que él mandó asesinar, a todos los cuales, en un primer momento, decidió matar en un solo día, absteniéndose de ello, como he contado, por las súplicas de sus guardias personales, a quienes había entregado a las madres, con la orden de que vivieran en el campo. Pocos años después, como al recorrer los pueblos viera [2] que su juventud era numerosa y valiente, temió que conspiraran y se levantaran contra él y quiso apresurarse a matarlos a todos antes de que alguien se percatara de su intención. Reunió a sus amigos y examinó con ellos cuál sería la manera más fácil y rápida de matarlos en secreto. Los jóvenes, que se habían enterado, bien porque se lo [3] hubiera revelado alguno de los que lo sabían, bien porque ellos mismos lo sospecharan reflexionando sobre lo que era probable, huyeron a las montañas llevándose los utensilios agrícolas. Enseguida llegaron en su ayuda los exiliados de Cumas que vivían en Capua 20 , entre los cuales los más distinguidos y los que poseían el mayor número de huéspedes 21 campanos eran los hijos de Hipomedonte, el que fue jefe de la caballería en la guerra contra los tirrenos. Y no sólo estaban armados ellos, sino que también les trajeron armas y reunieron un grupo no pequeño de mercenarios [4] campanos y de amigos. Cuando se juntaron todos, bajando como bandoleros, devastaban los campos de los enemigos, liberaban a los esclavos de sus amos, soltaban y armaban a los encarcelados, y lo que no podían llevarse, [5] en parte, lo quemaban y, en parte, lo destrozaban. Al tirano, que no sabía de qué modo debía combatirlos, pues ni atacaban abiertamente ni pasaban mucho tiempo en los mismos lugares, sino que calculaban realizar las incursiones por la noche hasta el amanecer y por el día hasta el anochecer, y que muchas veces había enviado en vano soldados en ayuda del territorio, se le presentó uno de los rebeldes con el cuerpo azotado, enviado por los exiliados como si fuera un desertor. Este hombre, después de pedir impunidad, le prometió llevar las tropas que enviara con él al lugar en el que los exiliados pensaban acampar la noche siguiente. [6] El tirano, inclinado a confiar en él porque no pedía nada y porque ofrecía su propia persona como prenda, envió a sus más fieles generales con numerosos jinetes y con un cuerpo mercenario, y les ordenó, principalmente, que trajeran ante él a todos los exiliados y, si no, al menos, al mayor número posible. Así pues, el fingido desertor condujo durante toda la noche a la cansada tropa por caminos no practicados y a través de bosques solitarios hasta las zonas más alejadas de la ciudad.
Los rebeldes matan a Aristodemo y acaban con la tiranía
Los rebeldes y exiliados, que estaban [11 ] apostados en el monte cercano al Averno y próximo a la ciudad, cuando supieron, por las señales de los exploradores, que el ejército del tirano había salido fuera de la ciudad, enviaron alrededor de sesenta hombres, de entre los más audaces, con pieles y haces de ramas secas. Éstos, [2] hacia la hora en que se encienden las lámparas, penetraron como jornaleros, sin que nadie lo advirtiera, a través de varias puertas. Cuando estuvieron dentro de las murallas, sacaron de los haces las espadas que estaban escondidas en ellos y se reunieron todos en un lugar. Después, desde allí marcharon juntos hacia las puertas que dan al Averno 22 , mataron a sus vigilantes, que estaban dormidos, abrieron las puertas y recibieron a todos los suyos, que ya se encontraban cerca de las murallas; y esto lo hicieron sin ser descubiertos, pues aquella noche dio la casualidad de [3] que se celebraba una fiesta pública, por lo que la entera población de la ciudad se dedicó a beber y a otros placeres. Esta circunstancia proporcionó a todos una gran seguridad para recorrer las calles que llevaban a la morada del tirano; y ni siquiera junto a las puertas encontraron un cuerpo de guardia numeroso y alerta, sino que también allí mataron sin dificultad tanto a los que estaban dormidos como a los borrachos y, precipitándose en masa al palacio, asesinaron como a ovejas a todos los demás, que, a causa del vino, ya no eran dueños ni de sus cuerpos ni de su espíritu. Y a Aristodemo, a sus hijos y al resto de su familia los cogieron juntos y, tras golpearlos, torturarlos y maltratarlos con casi todos los tipos de castigos hasta bien [4] entrada la noche, los mataron. Después de exterminar completamente a la familia del tirano, hasta el punto de que no sobrevivieron ni los niños ni las mujeres ni los parientes de ninguno de ellos, y de buscar durante toda la noche a todos los colaboradores del tirano, al llegar el día se dirigieron al ágora. Luego convocaron al pueblo a una asamblea, depusieron las armas y restauraron la tradicional forma de gobierno.
Situación desesperada de los romanos. Peste sobre las ciudades volscas
[12 ] Pues bien 23 , ante este Aristodemo, cuando ya llevaba catorce años como tirano de Cumas, fue ante quien se presentaron los que se habían exiliado con Tarquinio con el deseo de que pusiera fin al pleito contra su patria. Los embajadores romanos se opusieron durante algún tiempo, diciendo que ni habían venido para este pleito ni tenían autoridad, porque el Senado no se la había entregado, para defender la [2] causa en nombre de la ciudad. Pero, como no conseguían nada, sino que veían que el tirano se inclinaba hacia la otra parte por los apremios y exhortaciones de los exiliados, pidieron tiempo para la defensa y, después de dejar dinero como garantía de sus personas, se escaparon en el intervalo, mientras el juicio estaba pendiente y cuando ya nadie los vigilaba. El tirano retuvo a sus criados, sus animales de carga y el dinero traído para comprar el grano.
[3] Sucedió, por tanto, que estas embajadas, después de estos avatares, regresaron con las manos vacías. En cambio, los enviados a las ciudades de Tirrenia, después de comprar una gran cantidad de mijo y espelta, lo trajeron a la ciudad en barcazas. Estas provisiones alimentaron a los romanos por poco tiempo; después, una vez agotadas, se encontraron en las mismas dificultades que antes. No existía tipo alguno de alimento que no se hubieran visto ya obligados a probar, y sucedió que muchos de ellos, en parte por la escasez, en parte por la rareza de la inusual comida, estaban o sin fuerzas o abandonados por su pobreza y totalmente impotentes. Cuando los volscos, que [4] recientemente habían sido sometidos en la guerra, se enteraron de estos hechos, con intercambios secretos de embajadas se incitaron los unos a los otros a la guerra contra los romanos, pues pensaban que si los atacaban mientras estaban en una mala situación debido a la guerra y al hambre, serían incapaces de resistir. Pero un favor de los dioses, que tenían interés en no permitir que los romanos fueran sometidos por los enemigos, también entonces mostró su poder clarísimamente. En efecto, sobre las ciudades volscas cayó, de improviso, una peste tan grande como no se recuerda que haya habido en ningún otro lugar griego o bárbaro, destruyendo por igual a personas de toda edad, fortuna y constitución, tanto fuertes como débiles. La extrema [5] magnitud de la desgracia quedó probada en una ciudad renombrada de los volscos, de nombre Velitras 24 , por entonces grande y populosa, de la que la peste dejó una sola persona de cada diez, atacando y llevándose a los demás. En consecuencia, al terminar, cuantos sobrevivieron a la desgracia enviaron embajadores a los romanos, informaron de la devastación de la ciudad y se la entregaron. Se dio la circunstancia de que en una ocasión anterior habían recibido colonos de Roma, motivo por el que se los pidieron también por segunda vez.
Roma envía colonos a Velitras
[13 ] Cuando los romanos tuvieron conocimiento de esto, se compadecieron de su desgracia y consideraron que no debían pensar en vengarse de los enemigos en semejantes circunstancias, pues por sí mismos habían pagado a los dioses una pena suficiente por lo que pensaban hacer. Considerando las muchas ventajas del asunto, creían oportuno hacerse cargo de Velitras con el [2] envío de numerosos colonos, pues el territorio, ocupado por una guarnición adecuada, les parecía capaz de ser una gran barrera y obstáculo para los que quisieran intentar una revolución o provocar algún disturbio, y pensaban que la escasez de alimentos que atenazaba a la ciudad se atenuaría, en gran medida, si una parte considerable de su población se trasladaba. Pero, sobre todo, la sedición que nuevamente se fraguaba, antes de que la anterior se hubiese aplacado convenientemente, los empujaba a votar a favor de [3] la expedición. El pueblo, como antes, se estaba excitando otra vez y estaba encolerizado contra los patricios, y se pronunciaban muchos y duros discursos contra ellos, unos, acusándolos de negligencia y dejadez, porque no habían previsto con tiempo la escasez de alimentos que iba a sobrevenir ni tomado con antelación las precauciones para afrontar la desgracia; otros, declarando que la falta de víveres había sido provocada por ellos a propósito por rabia y deseo de perjudicar al pueblo por el recuerdo de su sedición. [4] Por estos motivos el envío de los colonos bajo el mando de tres jefes designados por el Senado se hizo rápidamente. El pueblo, en un principio, estaba contento de que se sortearan los colonos, suponiendo que se vería libre de hambre y habitaría una tierra fértil; después, pensando en la gran epidemia que había tenido lugar en la ciudad que los iba a recibir y que había matado a sus habitantes e infundido el temor de que ocurriera lo mismo con los colonos, fue cambiando de opinión poco a poco, de modo que no fueron muchos los que manifestaron querer participar en la colonia, sino muchos menos de los que el Senado había decidido; y éstos ya pensaban que habían tomado una mala decisión y trataban de evitar la salida. Sin embargo, este grupo fue obligado y también el otro, [5] que no tomaba parte de la expedición voluntariamente, pues el Senado votó que ésta se completara por medio de un sorteo entre todos los romanos, y estableció penas severas e inexorables contra los designados por la suerte que no salieran. Así pues, esta expedición, reclutada por una necesidad aparente, fue enviada a Velitras, y otro contingente, no muchos días después, a Norba 25 , que es una conocida ciudad latina.
Malestar de los plebeyos y acusaciones contra los patricios
Pero no se verificó ninguna de las previsiones [14 ] de los patricios, al menos con respecto a la esperanza de que cesaría la sedición, sino que los que se quedaron estaban todavía más encolerizados y chillaban contra los senadores en sus reuniones y sociedades. Al principio se reunían pocos; después, al hacerse ya más acuciantes las necesidades, acudían todos en masa al Foro y llamaban a gritos a los tribunos. Una vez que éstos convocaron [2] una asamblea, se adelantó Espurio Sicinio 26 , que era entonces jefe de su colegio de magistrados, y no sólo arremetió contra el Senado, inflamando lo más que podía el rencor contra éste, sino que también pidió que los demás dijeran públicamente lo que pensaban, y especialmente Sicinio y Bruto, que eran entonces ediles, a los que llamó por su nombre. Éstos habían sido los cabecillas de la primera sedición del pueblo y, después de introducir el poder tribunicio, [3] fueron los primeros en obtenerlo. Estos individuos, que tenían preparados desde hacía tiempo los más maliciosos discursos, se adelantaron y expusieron lo que la mayoría quería oír, a saber, que la escasez de comida se había producido por deliberado propósito de los ricos debido a que el pueblo, contra la voluntad de éstos, había adquirido [4] su libertad como consecuencia de la secesión. Y manifestaron que los ricos no padecían, ni en lo más mínimo, esta desgracia en igual medida que los pobres, pues aquéllos tenían alimentos escondidos y dinero con el que compraban víveres importados, y no les preocupaba en absoluto esta calamidad, mientras que los plebeyos carecían de ambas cosas. Con respecto a los colonos enviados a unos territorios insalubres, declararon que era una expulsión encaminada a una destrucción manifiesta y mucho peor que la del hambre y, exagerando las penalidades como mejor pudieron con su oratoria, pidieron saber cuál iba a ser el límite de sus desgracias, recordaron los antiguos malos tratos a los que se vieron sometidos por parte de los ricos y enumeraron con gran seguridad otros hechos similares [5] a ésos. Para terminar, Bruto cerró el discurso con esta jactancia: si estaban dispuestos a hacerle caso, obligaría pronto a los que habían encendido la chispa de esta calamidad a que también la apagaran. Finalmente, la asamblea fue disuelta.
Reunión del Senado
Al día siguiente, los cónsules convocaron [15 ] al Senado, pues estaban asustados por las actitudes revolucionarias y pensaban que la demagogia de Bruto llevaría a un gran desastre. Numerosos discursos de todo tipo fueron pronunciados en la reunión por los propios cónsules y por los demás senadores. Unos opinaban que había que adular al pueblo con toda clase de buenas palabras y con la promesa de actuaciones concretas, y hacer más moderados a sus dirigentes, sacando a la luz los asuntos e invitándolos a que reflexionaran con ellos sobre lo que era beneficioso para la comunidad; otros, en [2] cambio, aconsejaban no dar ninguna muestra de debilidad ante una muchedumbre atrevida e ignorante ni ante una arrogante e insoportable locura de hombres que buscaban el favor popular, sino alegar en defensa propia que los patricios no tenían ninguna culpa de lo sucedido y prometer que prestarían toda la atención posible a esta calamidad, pero castigar a los que agitasen al pueblo y declarar que, si no cesaban de alimentar la sedición, pagarían el debido castigo. El principal defensor de esta opinión era Apio, y [3] fue la que prevaleció después de una violentísima disputa entre los senadores, hasta el punto de que también el pueblo, oyendo de lejos sus gritos, acudió alterado al Senado y toda la ciudad estuvo ansiosa y expectante. Después de [4] esta reunión los cónsules salieron fuera y convocaron al pueblo a una asamblea cuando ya no quedaba mucho día por delante; y, adelantándose, intentaron comunicar las decisiones tomadas en el Senado. Pero los tribunos se les opusieron y el debate no fue, por ninguna de ambas partes, ni por turnos ni ordenado, pues gritaban al mismo tiempo y se estorbaban los unos a los otros, de modo que no era fácil para los presentes comprender sus opiniones.
Discurso de Bruto apaciguando los ánimos
[16 ] Los cónsules encontraban justo que, puesto que ellos tenían el poder superior, mandaran sobre cualquier asunto de la ciudad, pero los tribunos consideraban que su asamblea era un ámbito propio, como el Senado lo era de los cónsules, y que todo lo que los plebeyos podían decidir y votar era de su competencia exclusiva. La muchedumbre se ponía de parte de los tribunos gritando y preparándose a atacar, si fuera necesario, a quienes se oponían; los patricios, por su parte, agrupándose, [2] apoyaban a los cónsules. Se produjo una violenta disputa por no ceder ante los otros, en la idea de que en esa sola derrota entonces se jugaban la renuncia a sus justas reclamaciones para el futuro. El sol estaba ya a punto de ponerse y el resto de la población acudió corriendo desde sus casas al Foro, y si la noche hubiera caído sobre la contienda, habrían llegado a los golpes y a tirarse piedras. [3] Para evitarlo, Bruto se adelantó y pidió a los cónsules que le concedieran la palabra con la promesa de hacer cesar la revuelta. Y los cónsules, creyendo que cedía ante ellos, porque, a pesar de estar presentes los tribunos, el líder del pueblo no les pedía el permiso a ellos, le permitieron hablar. Cuando se hizo el silencio, Bruto no pronunció ningún otro discurso, sino que preguntó a los cónsules lo siguiente: [4] «¿Recordáis —dijo— que, cuando pusimos fin a la sedición, nos concedisteis este derecho: que, cuando los tribunos convocaran al pueblo por cualquier asunto, los patricios no estuvieran presentes en la reunión ni molestaran?» «Lo recordamos» —dijo Geganio—. Bruto añadió: «¿Qué os ha pasado, entonces, para que vengáis a molestarnos y no permitáis que los tribunos digan lo que quieran?» A esta pregunta Geganio contestó: «Que no son los tribunos los que han convocado al pueblo a la asamblea, sino nosotros, los cónsules. Ciertamente, si la reunión hubiese sido convocada por ellos, nada pretenderíamos ni impediríamos, ni en nada nos injeriríamos; pero, dado que nosotros convocamos la asamblea, no impedimos que ellos hablen, pero no creemos justo que nos lo impidan.» Bruto [5] replicó: «Hemos vencido, plebeyos, y nuestros adversarios nos han concedido cuanto pedíamos. Ahora marchaos y poned fin a la lucha; mañana os prometo que mostraré cuán grande es vuestra fuerza. Y vosotros, tribunos, cededles ahora el Foro, pues al final no lo cederéis. Cuando conozcáis el gran poder que tiene vuestra magistratura —sin duda no tardaréis mucho en saberlo; yo mismo prometo mostrároslo—, moderaréis su arrogancia. Pero, si encontráis que os engaño, haced de mí lo que queráis.»
Discurso de Sicinio. Aprobación de la ley presentada por él
Como ninguno se opuso a estas palabras [17 ], unos y otros se marcharon de la asamblea, aunque con pensamientos distintos: los pobres, creyendo que Bruto había ideado algo extraordinario y que no habría hecho una promesa de tanta importancia sin alguna razón; los patricios, por su parte, desdeñando la ligereza de este hombre y pensando que la audacia de sus promesas no iría más allá de las palabras, pues creían que el Senado no había concedido a los tribunos más que socorrer a los plebeyos que habían sufrido alguna injusticia. Sin embargo, no todos los senadores, y especialmente los más ancianos, se despreocupaban del asunto, sino que estaban atentos para que la locura de ese hombre no causara un daño irreparable. La noche siguiente, Bruto, después de comunicar [2] su plan a los tribunos y de preparar un buen número de plebeyos, bajó con ellos al Foro y, antes de que se hiciera de día, tomó el templo de Vulcano 27 , donde acostumbran a celebrar las asambleas, y llamó al pueblo a una reunión. Cuando el Foro estuvo lleno —pues acudió una multitud como nunca antes se había reunido—, Sicinio 28 , el tribuno, avanzó y pronunció un largo discurso contra los patricios, recordando todos los abusos que habían cometido contra los plebeyos. Después, respecto al día anterior, les explicó que los patricios le habían impedido tomar la palabra y le habían arrebatado el poder de su magistratura. [3] «Por tanto, ¿qué otro poder —dijo— podríamos ya llegar a tener, si ni siquiera vamos a poder hablar? ¿Cómo podríamos ayudar a quien sea injustamente tratado por ellos, si se nos ha privado del poder de convocaros? Porque, sin duda, las palabras son el principio de cualquier acción y está claro que, a los que no se les permite decir lo que piensan, tampoco se les permitirá hacer lo que quieran. Así pues —dijo—, si no pensáis establecer ninguna garantía para él, tomad el poder que nos habéis dado o impedid con una ley escrita que se opongan a nosotros en el [4] futuro.» Una vez pronunciadas tales palabras, como el pueblo le incitó con grandes gritos a introducir la ley, la leyó, pues ya la tenía redactada, y permitió que el pueblo la votara inmediatamente. El asunto, ciertamente, no parecía admitir aplazamiento ni dilación, para que los cónsules no [5] pusieran ningún otro impedimento. La ley era como sigue: «Cuando un tribuno manifieste su opinión al pueblo, que nadie diga nada en contra ni interrumpa su discurso. Si alguno actúa contra esta disposición, que entregue a los tribunos, si se le exigen, garantías para el pago de la multa que se le imponga. Si no entrega fianza, que sea condenado a muerte y que sus bienes sean consagrados a los dioses. Los juicios de los que disientan de estas penas, que se celebren ante el pueblo.» Los tribunos, después de hacer [6] votar esta ley, disolvieron la asamblea, y el pueblo se marchó muy contento y muy agradecido a Bruto, pues creían que era suya la idea de la ley.
Situación en Roma
Después de estos hechos se produjeron [18 ] muchas disputas entre los tribunos y los cónsules sobre numerosas cuestiones, y ni el pueblo consideraba válido lo que votaba el Senado, ni el Senado aceptaba nada de lo que el pueblo decidía; y continuaron enfrentados y sospechando unos de otros. Sin embargo, su odio no les llevó a cometer nada irremediable, como suele ocurrir en semejantes desórdenes. En efecto, los pobres no se [2] lanzaron contra las casas de los ricos, donde pensaban que encontrarían víveres guardados, ni planearon saquear el mercado público, sino que soportaban comprar pequeñas cantidades a un precio elevado y, cuando les faltaba el dinero, se alimentaban con las raíces de la tierra y con hierbas, y así aguantaban. Tampoco los ricos consideraron oportuno emplear la violencia contra los más débiles, sirviéndose de su propia fuerza y de la gran abundancia de clientes, y apoderarse de la ciudad, expulsando a unos y matando a otros, sino que, como los padres que se comportan de forma sumamente moderada con los hijos, continuaban mostrando una actitud benévola y solícita con sus errores. Ante la situación en que se encontraba Roma, las [3] ciudades vecinas invitaron a habitar entre ellos a los romanos que lo desearan, atrayéndolos con la concesión de ciudadanía y con promesas de otros favores. Algunas lo hacían por el mejor de los motivos, por benevolencia y compasión de su desgracia, pero la mayoría por envidia de su antigua prosperidad. Y eran muchísimos los que emigraban con toda la familia y establecían su residencia en otro lugar; de éstos, algunos volvieron otra vez, cuando los asuntos de la ciudad se calmaron; otros, permanecieron allí.
Expedición de los romanos a las órdenes de Cayo Marcio
[19] Cuando los cónsules observaron estos hechos, consideraron oportuno, con el consentimiento del Senado, hacer una leva y conducir fuera la tropa. Tenían una buena excusa para la empresa en las incursiones y saqueos del territorio, devastado frecuentemente por los enemigos; también tuvieron en cuenta los otros beneficios de la expedición, a saber, que al enviar un ejército fuera de las fronteras, los que se quedaban, al ser menos, podrían disponer de mucha más comida, mientras que los que estaban en armas vivirían con abundancia, al proveerse de víveres de los enemigos, y que la sedición cesaría durante el tiempo que durara la expedición. Pero, sobre todo, les parecía que, si patricios y plebeyos hacían una expedición conjunta, la futura participación en las desgracias y las dichas en medio de los peligros consolidaría de [2] manera efectiva su reconciliación. Pero el pueblo no les obedecía, ni iba voluntariamente al reclutamiento como antes; y los cónsules no creían justo aplicar la fuerza de la ley a quienes no querían alistarse. Algunos patricios, por el contrario, se alistaron voluntariamente junto con sus clientes y, al salir, se les unió un pequeño grupo de plebeyos. [3] El jefe de los expedicionarios era Cayo Marcio, el que había tomado la ciudad de Coríolos y se había distinguido en la batalla contra los anciates 29 ; la mayor parte de los plebeyos que habían tomado las armas lo aclamó cuando salía, unos, por simpatía; otros, por la esperanza del éxito, pues este hombre era ya célebre y los enemigos lo temían sobremanera. Este ejército, después de avanzar sin esfuerzo [4] hasta la ciudad de Ancio 30 , tomó una gran cantidad de grano en los campos y se adueñó de numerosos esclavos y rebaños, y poco después volvió mejor provisto de los alimentos necesarios para vivir, de modo que los que habían permanecido quedaron muy afligidos y censuraron a los demagogos, por culpa de los cuales consideraban que se habían visto privados de igual buena fortuna. Geganio [5] y Minucio, los cónsules de ese año, a pesar de haber sufrido grandes y diversos tumultos y de haber corrido el peligro de dar al traste con el Estado, y aunque no hicieron nada extraordinario, salvaron a la comunidad tratando los acontecimientos con más sensatez que fortuna.
Abundancia de grano. Los patricios discuten cómo repartirlo
Los cónsules 31 elegidos después de éstos, [20 ] Marco Minucio Augurino y Aulo Sempronio Atratino, que fueron designados para el cargo por segunda vez 32 , hombres no inexpertos ni en las armas ni en las palabras, se preocuparon mucho de llenar la ciudad de grano y otros alimentos, pues pensaban que en la abundancia de víveres residía la concordia del pueblo. Sucedió, sin embargo, que no consiguieron ambas cosas al mismo tiempo, sino que con la saciedad de bienes vino la arrogancia de los que los disfrutaban. Y entonces se apoderó de [2] Roma un grandísimo peligro, a raíz de algo que, en un principio, parecía insignificante. En efecto, por una parte, los embajadores enviados por los cónsules para comprar grano, regresaron a casa después de haber adquirido a expensas del Estado una gran cantidad en los mercados costeros y del interior; por otra, los que acostumbraban a recorrer los mercados acudieron de todas partes, y de ellos la ciudad compró un cargamento con dinero público y después [3] lo guardó. Los embajadores enviados con anterioridad a Sicilia, Geganio y Valerio, también llegaron entonces con numerosas naves de carga, en las que traían cincuenta mil medimnos 33 sicilianos de grano, la mitad de los cuales la habían comprado a un precio muy bajo, y el resto lo había enviado como regalo el tirano, que lo había [4] hecho transportar a expensas propias. Cuando se anunció a la población la llegada, desde Sicilia, de las naves con grano, los patricios deliberaron largamente sobre su utilización. Los más razonables y amigos del pueblo, mirando las necesidades que angustiaban a la comunidad, aconsejaban repartir entre los plebeyos todo el grano regalado por el tirano, y el comprado a expensas públicas vendérselo a bajo precio, y explicaban que la cólera de los pobres contra los ricos se moderaría especialmente por estos favores; pero los más arrogantes y de más arraigados sentimientos oligárquicos creían necesario perjudicar a los plebeyos con toda energía y por todos los medios, y aconsejaban ponerles las provisiones lo más caras posibles para que la necesidad los hiciera más sensatos y más respetuosos en el futuro con los principios de justicia de la forma de gobierno.
Actitud de Marcio
[21 ] Entre 34 estos oligarcas estaba también aquel Marcio, llamado Coriolano, que no manifestó su opinión en voz baja y con precaución, como los demás, sino abierta y audazmente, de modo que también muchos plebeyos lo oyeron. Además de los motivos de queja generales, tenía también recientes motivos particulares por los que era natural que odiara a los plebeyos. Efectivamente, cuando en [2] las últimas elecciones aspiró al consulado con el apoyo de los patricios, el pueblo se opuso y no permitió que se le diera el cargo, porque tenía cierta prevención hacia su gloria y su audacia, no fuera a ser que por ellas introdujera algún cambio relativo a la supresión de los tribunos, y, sobre todo, porque sentía temor ante el hecho de que los patricios en masa le ayudaran con todo ardor como a ningún otro anteriormente. Así pues, Marcio, exaltado por [3] la cólera ante esta arrogancia y ansioso de restaurar la antigua forma de gobierno, no sólo actuaba él abiertamente para suprimir el poder del pueblo, como he dicho antes, sino que también incitaba a los demás. Había en torno a él una numerosa facción de jóvenes nobles que poseían las mayores fortunas, y muchos clientes que se le habían unido con vistas a sacar provecho de los botines de las guerras. Excitado por estos apoyos, se creció, se hizo célebre y se acercó al mayor de los honores. Precisamente por eso no [4] logró un final dichoso. Una vez reunido el Senado para tratar estos asuntos, los más ancianos, como era su costumbre, manifestaron su opinión los primeros y fueron pocos los que expresaron actitudes claramente hostiles al pueblo. Cuando llegó el turno de palabra de los más jóvenes, Marcio pidió a los cónsules permiso para decir lo que quería y, en medio de una fuerte aclamación y una profunda atención, pronunció contra el pueblo el siguiente discurso:
Discurso de Marcio
[22 ] «Que el pueblo se ha sublevado sin ser forzado por la necesidad y la pobreza, senadores, sino empujado por la malvada esperanza de acabar con vuestra aristocracia y convertirse él mismo en señor de toda la comunidad, creo que casi todos vosotros lo habéis comprendido viendo las ventajas que les supone la reconciliación. El pueblo, después de haber faltado a la lealtad a los tratados y haber suprimido las leyes establecidas para asegurarlos, no se dio por contento con no maquinar ninguna otra innovación, e introdujo una nueva magistratura para destruir la de los cónsules, y por ley la hizo sagrada e inviolable, y ahora, senadores, sin que os deis cuenta, está consiguiendo un poder tiránico merced a una ley recientemente [2] ratificada. Cuando sus líderes, por su gran autoridad, protegiéndose con la engañosa excusa de ayudar a los plebeyos injustamente tratados, saquean cuanto les parece en virtud de este poder, y no hay nadie, ni particular ni magistrado, que se oponga a sus delitos por miedo a la ley que ha suprimido nuestra libertad de expresión y de acción al establecer la pena de muerte para quienes hablen libremente, ¿qué otro nombre conviene que los hombres sensatos den a este dominio, sino este que es el verdadero y con el que todos estaríais de acuerdo: tiranía? Y si somos tiranizados no por un solo hombre, sino por todo un pueblo, ¿qué diferencia hay? El resultado es el mismo en [3] ambos casos. Por tanto, lo mejor hubiese sido no permitir que se plantara la semilla de este poder y, por el contrario, someterlo antes completamente, como el magnífico Apio, previendo con mucha antelación los peligros, pretendía; y si no, al menos arrancar ahora de raíz, todos a una, esa semilla y arrojarla fuera de la ciudad, mientras sea [4] débil y sea fácil hacerle frente. Y no sois, senadores, los primeros ni los únicos que padecéis esta situación, sino que, ya numerosas veces, muchos que se encontraban en apuros no queridos y que no acertaron con la mejor decisión en torno a asuntos de mayor importancia, dado que no impidieron el mal en sus comienzos, intentaron destruirlo ya crecido. Y el arrepentimiento de los que empiezan tarde a tener sensatez, aunque es peor que la previsión, en otro aspecto evidentemente no es inferior, pues borra el error primitivo al impedir su consumación.
»Sin embargo, si algunos de vosotros consideráis que [23 ] las acciones del pueblo son terribles y creéis que hay que evitar que, en el futuro, siga cometiendo errores, pero os entra miedo de parecer los primeros en deshacer los acuerdos y violar los juramentos, sabed que, como no sois los agresores, sino que os estáis defendiendo, y no violáis los tratados, sino que castigáis a quienes los han violado, no sólo no seréis responsables ante los dioses, sino que, además, realizaréis un acto de justicia en beneficio propio. Que sea para vosotros un argumento contundente el hecho [2] de que no sois vosotros los que rompéis los tratados y violáis los pactos, sino que son los plebeyos los que han empezado, al no respetar las condiciones con las que consiguieron el retorno. De hecho, los plebeyos pidieron el poder tribunicio no para perjudicar al Senado, sino para no ser maltratados por él; pero ya no lo utilizan para lo que debían ni conforme a las condiciones en que lo obtuvieron, sino para ruina y destrucción de la forma de gobierno tradicional. Recordáis, sin duda, la asamblea recientemente [3] celebrada y los discursos que en ella pronunciaron los tribunos, qué arrogancia y desfachatez mostraron y qué ensoberbecidos están ahora los que no tienen ningún pensamiento acertado, pues saben que el entero dominio de la ciudad reside en la votación, en la que ellos tienen preponderancia [4] por ser más que nosotros. ¿Qué es lo que, entonces, nos queda por hacer, cuando son ellos los que han empezado a violar los tratados y transgredir la ley, sino defendernos de los provocadores, arrebatarles con justicia lo que hasta ahora poseen injustamente y, en el futuro, parar los pies a los que tengan demasiadas aspiraciones, agradeciendo a los dioses que no les permitieran, después de que en un principio consiguieron la preponderancia, comportarse posteriormente con sensatez, y que, por el contrario, les infundieran esta desvergüenza y este espíritu de intriga por el que os veis obligados a intentar recuperar los derechos perdidos y a guardar convenientemente los que os quedan?
[24 ] »El momento presente es oportuno como ningún otro, si realmente pensáis empezar a ser sensatos, ya que la mayor parte de los plebeyos se encuentra en una situación penosa a causa del hambre, y el resto, por la falta de dinero, no podría resistir ya mucho tiempo si los alimentos fueran escasos y caros. Los peores y los que nunca han estado contentos con la aristocracia se verán obligados a dejar la ciudad, y los más sensatos tendrán que vivir de una [2] manera respetuosa sin molestaros ya en nada. Por tanto, poned las provisiones bajo vigilancia y no bajéis el precio de ninguna mercancía, antes bien, votad que también ahora se vendan al precio más alto al que hayan estado nunca, pues tenéis justas razones y excusas plausibles en el clamor desagradecido del pueblo, que nos acusa de que la escasez de grano ha sido provocada por nosotros, cuando ésta se ha producido por su rebelión, por la ruina que han causado en el campo al devastarlo como si se tratara de un territorio enemigo, por el dinero sacado del erario público para los hombres enviados a comprar grano y por otros muchos motivos por los que ellos os han tratado injustamente. Así, sabremos también de una vez cuál es esa terrible situación en que nos van a poner si no complacemos al pueblo en todo, como sus demagogos decían para asustarnos. Pero si también os dejáis escapar de las manos [3] esta oportunidad, pediréis, una y otra vez, tener otra semejante. Y si el pueblo supiera que deseáis eliminar su fuerza, pero desistís de ello, os acosará de manera mucho más agobiante, considerando hostilidad vuestro deseo y cobardía vuestra incapacidad.»
División de opiniones entre los senadores. Marcio y los tribunos se amenazan
Después 35 de pronunciar Marcio tales [25 ] palabras, las opiniones de los senadores se dividieron y había entre ellos un gran jaleo. Los que desde un principio habían sido contrarios a los plebeyos y habían aceptado los acuerdos contra su propia opinión, entre los que estaban casi todos los jóvenes y los ancianos más ricos y ambiciosos, unos porque mal soportaban los perjuicios a los negocios, otros porque no toleraban la disminución de los honores, aplaudían a Marcio por su nobleza, su patriotismo y por haber dicho lo mejor para la comunidad. En cambio, los que tenían preferencias [2] por los plebeyos, no apreciaban la riqueza más de lo debido y pensaban que no había nada más necesario que la paz se sintieron molestos por las palabras de Marcio y no aprobaron su opinión. Opinaban que había que superar a los de más baja condición no en violencia, sino en magnanimidad, y que no había que considerar deshonrosa la bondad, sino necesaria, especialmente cuando se practicaba con benevolencia hacia conciudadanos; y declararon que el consejo de Marcio era una locura, y no franqueza ni libertad. Como este grupo era pequeño y débil, fue rechazado [3] por el grupo más violento. Cuando los tribunos vieron esto —pues estaban presentes en el Senado por invitación de los senadores—, empezaron a gritar y a alterarse, y llamaron a Marcio peste y ruina del Estado porque pronunciaba discursos maliciosos contra el pueblo, y si los patricios no impedían que introdujera una guerra civil en la comunidad castigándolo con la muerte o el exilio, dijeron que ellos mismos lo harían. Al hacerse el tumulto todavía mayor por las palabras de los tribunos y, especialmente, por parte de los jóvenes, que no podían soportar las amenazas, Marcio, instigado por éstos, arremetió inmediatamente contra aquéllos con gran arrogancia y audacia diciendo: «Si vosotros no cesáis de agitar la ciudad y de atraeros a los pobres, dejaré de atacaros con palabras y pasaré a los hechos.»
Los tribunos ordenan apresar a Marcio
[26 ] Una vez levantada la sesión del Senado, cuando los tribunos supieron que era mayor el número de los que querían arrebatar el poder entregado al pueblo que el de los que aconsejaban respetar los acuerdos, salieron corriendo de la sala del Senado gritando e invocando a los dioses por quienes se había jurado. Después reunieron al pueblo en asamblea y, tras revelarle las palabras pronunciadas en el Senado por Marcio, lo citaron para [2] que se defendiera. Como Marcio no les hizo caso, sino que rechazó con palabras insultantes a los ayudantes de los tribunos que lo citaron, éstos, todavía más indignados, tomaron consigo a los ediles y a muchos otros ciudadanos y marcharon a por él. Marcio estaba todavía delante del Senado atrayendo a muchos patricios y con el resto de su [3] facción a su alrededor. Cuando los tribunos lo reconocieron, ordenaron a los ediles que lo apresaran y que, si no quería seguirlos voluntariamente, se lo llevaran a la fuerza. Tenían entonces el poder edilicio Tito Junio Bruto y Cayo Viselio Ruga. Éstos avanzaron con la intención de apresar a Marcio, pero los patricios, considerando terrible el hecho de que los tribunos se llevaran a uno de ellos por la fuerza antes del juicio, se colocaron delante de Marcio y, golpeando a los que se acercaban, los rechazaron. Al [4] propagarse por la ciudad entera la noticia de lo sucedido, todos salieron de sus casas, los que ocupaban cargos y estaban bien de dinero para defender a Marcio junto a los patricios y restaurar la antigua forma de gobierno; los de baja condición y escasos recursos, para prepararse a defender a los tribunos y hacer lo que éstos ordenaran. El respeto por el que hasta entonces no se habían atrevido a obrar ilegalmente los unos contra los otros, en ese momento se olvidó. Sin embargo, aquel día no hicieron nada irreparable, sino que lo aplazaron para el día siguiente, cediendo a la opinión y a la exhortación de los cónsules.
Acusaciones de los tribunos contra Marcio y los patricios
Al día siguiente, los tribunos fueron [27 ] los primeros en bajar al Foro y, después de convocar una asamblea del pueblo, lanzaron por turno muchas acusaciones contra los patricios, diciendo que habían faltado a los acuerdos y violado los juramentos que hicieron al pueblo respecto a olvidar el pasado; y presentaron, como prueba de que no se habían reconciliado sinceramente con los plebeyos, la escasez de grano, que los mismos patricios habían preparado, así como el envío de dos expediciones de colonos y los demás engaños que habían maquinado para disminuir el número de la plebe. Arremetieron [2] una y otra vez contra Marcio, refiriendo las palabras pronunciadas por él en el Senado y que, cuando el pueblo lo llamó para que se defendiera, no sólo no consintió en venir, sino que incluso rechazó a golpes a los ediles que habían ido a buscarlo. Llamaron, como testigos de lo ocurrido en el Senado, a los hombres más estimados que allí había y, como testigos de la arrogancia ejercida sobre los ediles, a todos los plebeyos presentes en el Foro en el momento de los hechos. Tras estas declaraciones concedieron el derecho de defensa a los patricios que quisieran ejercerlo, por lo que retuvieron al pueblo en la asamblea hasta que el Senado se disolviera, pues se daba la circunstancia de que los patricios estaban reunidos para tratar estos mismos asuntos y dudaban de si debían defenderse ante el pueblo de los cargos que les imputaban o permanecer tranquilos. [3] Como la mayoría de las opiniones se inclinó hacia actitudes más humanitarias que arrogantes, los cónsules, después de levantar la reunión, se dirigieron al Foro para exculparse de las acusaciones de carácter general y pedir al pueblo que no tomara ninguna decisión irreparable sobre Marcio. Minucio, el más anciano de los dos, se adelantó y pronunció las siguientes palabras:
Discurso de Minucio ante los plebeyos rechazando las acusaciones
[28 ] «La defensa respecto a la falta de grano es sumamente breve, plebeyos, y de lo que digamos no presentaremos testimonios distintos de los que vosotros presentasteis. Por lo que concierne a la escasez de semillas de grano, sin duda sabéis también vosotros que se produjo por el abandono de la siembra. En cuanto a la restante ruina del campo, no tenéis necesidad de enteraros por otros del motivo por el que se produjo y de cómo, al final, la tierra más extensa y mejor carecía de semillas, de esclavos y de rebaños, en parte por la devastación a manos de los enemigos, en parte porque no podía alimentaros a vosotros, que sois tantos y no tenéis ningún otro recurso. [2] De modo que considerad que el hambre se ha producido no por los motivos de los que los demagogos nos acusan, sino por los que vosotros mismos conocéis, y cesad de atribuir vuestro sufrimiento a una maquinación nuestra y de estar irritados contra nosotros que ninguna injusticia hemos cometido. Por otra parte, los envíos de colonos se [3] debieron a la necesidad, pues fue general entre todos vosotros la decisión de tener bajo control unos lugares seguros en una guerra; y, al realizarse las expediciones en un momento tan apremiante, proporcionaron grandes ventajas tanto a los que se marcharon como a los que os quedasteis. De hecho, dispusieron allí de más abundantes medios de vida, mientras que los que permanecieron aquí sufrieron menor escasez de alimentos; y la igual participación en los vaivenes de la fortuna, en los que los patricios tomamos parte con vosotros los plebeyos, pues la expedición se formó por sorteo, no se puede reprochar.
»¿Qué es, entonces, lo que les ha pasado a los demagogos [29 ] para acusarnos de estos sucesos en los que tuvimos opiniones comunes y una misma suerte, tanto si fue terrible, cual ellos afirman, como si fue favorable, según creemos nosotros? En cuanto a las acusaciones lanzadas por [2] ellos con motivo de la reciente reunión del Senado, en el sentido de que no consideramos oportuno moderar los precios de los alimentos, que planeamos suprimir el poder de los tribunos, que estamos resentidos por vuestra sedición y que deseamos perjudicar a los plebeyos a toda costa, en cuanto a todas las acusaciones de este tipo, las rechazaremos en breve con hechos, no perjudicándoos en nada, fortaleciendo también ahora el poder de los tribunos en los términos en que entonces acordamos mantenerlo con vosotros y vendiendo el grano como a todos vosotros os parezca bien. Así pues, esperad y, si no se cumple alguna de estas promesas, entonces acusadnos. Pero, si quisierais examinar [3] con atención nuestras diferencias, con más justicia acusaríamos nosotros, los patricios, al pueblo, que vosotros al Senado; pues nos tratáis injustamente, plebeyos —y no os irritéis al escucharlo—, ya que, sin esperar a saber el final de nuestra deliberación, consideráis oportuno reprochárnosla [4] ya. Y, ciertamente, ¿quién no sabe que, para cualquiera que lo desee, sería un trabajo facilísimo destruir y eliminar de la comunidad la concordia con acusaciones de este tipo, de las que la buena fe del futuro y que todavía no se ha manifestado no es salvaguarda para no sufrir ningún [5] mal, sino pretexto para cometer injusticia? Y no sólo hay que reprender a vuestros cabecillas por las acusaciones y calumnias contra el Senado, sino también a vosotros no menos que a ellos por aquellas cosas en que les habéis dado crédito y por las que os habéis irritado antes de experimentarlas. Si temíais futuras injusticias, también para el futuro debíais haber guardado vuestra cólera por ellas; pero ahora estáis demostrando tomar decisiones con más precipitación que sensatez, y cifrar la mayor seguridad en lo peor.
[30 ] »Por lo que respecta a las injusticias por las que los tribunos acusaron al Senado en general, creo que basta con lo dicho. Pero, puesto que también nos calumnian individualmente por lo que podamos haber dicho en el Senado y nos responsabilizan de dividir a la comunidad, y ahora desean condenar a muerte o desterrar de la patria a Cayo Marcio, un hombre patriota que habló con franqueza sobre los problemas de la comunidad, quiero hacer ante vosotros algunas consideraciones de justicia también sobre este punto, y examinad si pronuncio palabras mesuradas y ciertas. [2] Cuando vosotros, plebeyos, os reconciliasteis con el Senado, considerasteis que os bastaba la supresión de las deudas y pedisteis designar unos magistrados entre vosotros mismos para ayudar a los pobres que estuvieran sojuzgados; y, obtenidas estas dos peticiones, nos estuvisteis muy agradecidos. Pero ni pedisteis ni pensasteis acabar con el poder consular o dejar al Senado sin autoridad para ocuparse de los asuntos del Estado, ni cambiar la forma tradicional de gobierno. ¿Qué os ha pasado, entonces, para que [3] intentéis remover ahora todas estas cosas? ¿Y en qué norma de justicia confiáis para anhelar suprimir nuestros cargos? Si hacéis que los miembros del Senado teman decir con sinceridad lo que piensan, ¿qué palabras honradas podrían pronunciar vuestros líderes? O ¿en qué ley os basáis para considerar oportuno castigar con la muerte o el destierro a algunos patricios? Ni las antiguas leyes ni los acuerdos recientemente establecidos con el Senado os conceden este poder. Y el violar los juramentos tradicionales y hacer [4] la violencia más poderosa que la ley no es propio de la democracia, sino, si queréis oír la verdad, de la tiranía. Yo os aconsejaría que no renunciarais a ninguno de los beneficios que obtuvisteis del Senado, pero que las peticiones que no hicisteis en su momento, al poner fin al enfrentamiento, no las reclaméis tampoco ahora.
»Y para que tengáis muy claro que los demagogos no [31 ] piden nada mesurado ni justo, sino que tienen aspiraciones ilegales e imposibles, aplicaos el asunto a vosotros mismos y examinadlo de esta manera: suponed que los miembros del Senado acusaran a los que de entre vosotros se dedican a la política de pronunciar discursos malintencionados ante vosotros, de acabar con la aristocracia tradicional, de soliviantar a la comunidad —afirmando que todas estas acusaciones son ciertas, pues los demagogos lo hacen— y, lo más terrible, de procurarse un poder mayor que el que se les concedió intentando condenar a muerte sin juicio previo a aquel de nosotros que quisieran. Y suponed que dijeran que los autores de estos hechos debían morir impunemente [2]. ¿Cómo soportaríais vosotros la arrogancia del Senado? Y ¿qué diríais? ¿Acaso no os indignaríais y afirmaríais estar sufriendo terribles agravios, si se os privara del derecho de expresión y de la libertad al establecerse el riesgo de morir para quienes hablaran con voz libre en defensa [3] del pueblo? Es imposible que digáis otra cosa. Por tanto, los agravios que vosotros no toleraríais padecer, ¿consideráis justo que otros los padezcan y soporten? ¿Son estas propuestas vuestras, plebeyos, cívicas y mesuradas? Al hacer estas peticiones, ¿no estáis corroborando vosotros mismos que las acusaciones que se os hacen son verdaderas, y no estáis demostrando que los que aconsejan impedir que vuestro poder legal crezca están pensando en lo que es justo para la comunidad? A mí, al menos, me parece que [4] sí. Pero, si queréis hacer lo contrario de aquello de lo que se os acusa, haced caso de mi consejo y comportaos con mesura, soportando con civismo y sin cólera las palabras por las que os irritáis. Si actuáis de esta manera, la consecuencia para vosotros será que pareceréis buenos y que quienes os son hostiles cambiarán de opinión.
[32 ] «Presentando ante vosotros estas, al menos en nuestra opinión, justas e importantes consideraciones, tratamos de convenceros de que no cometáis ningún acto reprobable. En cuanto a las acciones benévolas y humanitarias a las que hemos hecho referencia, no porque quisiéramos echároslas en cara, sino porque queríamos haceros más razonables —aparte de las de tiempos antiguos, me estoy refiriendo a las que han tenido lugar recientemente con motivo de vuestro retorno—, nosotros deseamos olvidarlas, aunque [2] es justo que vosotros las recordéis. Pero ahora nos vemos forzados a dejarlas de lado y pedimos, a cambio de los muchos y grandes favores que os hemos hecho cuando los pedisteis, obtener de vosotros este favor: que no condenéis a muerte ni expulséis del país a un hombre amante de su patria y superior a todos en la guerra. No será pequeño el castigo que se nos impondrá, bien lo sabéis, plebeyos, si se priva a la comunidad de semejante valor. Así pues, es justo que, recordando a cuántos de vosotros salvó en las guerras, depongáis la cólera que él especialmente os ha provocado y no guardéis rencor por sus palabras inoportunas, acordándoos, en cambio, de sus nobles acciones, pues su discurso no os perjudicó en nada, mientras [3] que sus acciones os procuraron grandes beneficios. Pero, si no estáis dispuestos a reconciliaros con él, al menos concededle el favor por nosotros y por el Senado que os lo pedimos, reconciliaos ya de una vez firmemente y haced que la comunidad sea una sola, como al principio. Sin embargo, si no cedéis ante nuestras palabras de persuasión, sabed que nosotros no cederemos a vuestras violencias, sino que, sin duda, este intento del pueblo o será para todos motivo de una amistad sincera o será el principio de una nueva guerra civil y de males irreparables.»
Actitud de los tribunos
Después de que Minucio pronunciara [33 ] este discurso, los tribunos, viendo que la multitud se dejaba arrastrar por la moderación de sus palabras y la bondad de sus promesas, se irritaron y disgustaron, sobre todo Cayo Sicinio Beluto, el que había convencido a los pobres de que se rebelaran contra los patricios y al que designaron general mientras estuvieron en armas, hombre hostil a la aristocracia y que, llevado por la multitud a la celebridad y obtenido por segunda vez el poder tribunicio por este motivo, era, de entre todos los demagogos, el que menos creía que fuese ventajoso para él mismo que la comunidad estuviera en armonía y recuperara su antiguo orden. Ciertamente suponía que no sólo no conservaría los [2] mismos honores y poderes bajo el gobierno de la aristocracia, pues era de innoble nacimiento, de educación vulgar y no había realizado nada brillante ni en la guerra ni en la paz, sino que también correría peligro de muerte por haber desgarrado a la comunidad y haberle causado multitud [3] de males. Tras considerar lo que debía decir y hacer, y consultar con sus colegas de magistratura, como también éstos estuvieron de acuerdo, se levantó y, después de lamentarse brevemente de la mala suerte del pueblo, alabó a los cónsules porque se habían dignado dar explicaciones a los plebeyos sin despreciar su condición humilde, y dijo que daba las gracias a los patricios, si ya, por fin, sentían alguna preocupación por el bienestar de los pobres; y afirmó que daría todavía mayor fe, con todos los demás, si presentaban hechos en consonancia con las palabras.
Sinicio incita a Marcio a hablar. Palabras de Marcio
[34 ] Después de pronunciar estas palabras y de dar la impresión de un carácter moderado y conciliador, se volvió a Marcio, que estaba junto a los cónsules, y dijo: «Y tú, noble señor, ¿por qué no te defiendes ante tus propios conciudadanos de lo que dijiste en el Senado? O mejor, ¿por qué no afrontas y alejas su cólera, para que te impongan un castigo más moderado? Yo no consideraría oportuno que tú negaras todo, cuando hay tantas personas que lo han visto, ni que recurrieras a una defensa indigna, pues eres Marcio y tienes un espíritu superior al de un particular; a menos que para los cónsules y los patricios esté bien intentar convencer al pueblo en favor tuyo y, en cambio, para tí no esté bien interceder [2] por ti mismo.» Esto es lo que dijo, sabedor de que un hombre de elevados sentimientos no soporta convertirse en su propio acusador y pedir la remisión de la pena, como si hubiese cometido una falta, ni recurrir a lamentos y súplicas contrarios a su carácter, sino que o considera absolutamente indigna la defensa, o, conservando su orgullo innato, no hace ninguna adulación al pueblo moderando sus palabras; y eso, precisamente, es lo que sucedió. En efecto, cuando se hizo la calma y asaltó a casi todos [3] los plebeyos un fuerte deseo de absolverlo si actuaba bien en la presente ocasión, mostró tal arrogancia en sus palabras y los trató de tal manera que, cuando se adelantó para hablar, no negó ninguna de las palabras pronunciadas en el Senado contra el pueblo, ni recurrió a lamentos y súplicas como si estuviera arrepentido de ellas. Por el contrario, consideró absolutamente indigno servirse de ellos como jueces para asunto alguno, pues pensaba que no tenía ningún poder legal; pero si alguno quería acusarlo ante los cónsules y exigir un castigo por sus actos o sus palabras, estaba dispuesto a someterse a juicio allí donde hubiese ley. Dijo que se había presentado ante los plebeyos, [4] dado que ellos mismos lo habían llamado, en parte para reprenderlos por las violaciones de la ley y por las insolencias que habían cometido con motivo de la sedición y después del retorno, en parte para aconsejarles que retuvieran y moderaran sus injustos deseos. Después arremetió contra [5] todos ellos con gran violencia y audacia, y especialmente contra los tribunos. En sus palabras no había el respeto estudiado de un gobernante que enseña al pueblo, ni la sensatez prudente de un particular odiado por muchos que se enfrenta a la cólera del que tiene el poder, sino la ira incontrolada de un enemigo que ultraja sin temor a quienes están bajo su dominio y un desprecio profundo hacia aquel a quien está maltratando.
Condena de Marcio. Enfrentamiento entre plebeyos y patricios
[35 ] Por este motivo, mientras él hablaba se produjo un gran alboroto por parte de quienes suelen ir de un extremo a otro en sus opiniones, como sucede en las muchedumbres heterogéneas y con distintos deseos, pues unos estaban complacidos con sus palabras, otros, en cambio, estaban irritados. Y cuando terminó de hablar se levantaron un griterío y un alboroto todavía mayores. [2] Los patricios lo llamaban el más valiente de los hombres, lo aplaudían por su sinceridad y declaraban que era el único hombre libre entre todos ellos, porque ni tuvo miedo ante la multitud de enemigos que lo atacaban, ni aduló la arrogancia impetuosa e ilegal de sus conciudadanos. Los plebeyos, por su parte, ofendidos por sus ultrajes, lo llamaban violento y cruel y el peor de todos los enemigos. [3] Y algunos, muy irreflexivos, tenían ya un enorme deseo de ajusticiarlo. En esto les ayudaban y colaboraban los tribunos, y Sicinio en especial daba cuerda a sus deseos. Al final, después de hacer un violento ataque contra Marcio e inflamar los ánimos de los plebeyos poniendo todo su ardor en la acusación, dio a conocer la sentencia: la magistratura tribunicia lo condenaba a muerte por su insolencia hacia los ediles, a los que el día anterior, después de que ellos mismos les dieran la orden de traerlo, había él rechazado a golpes. Dijo que el ultraje a sus servidores no era contra nadie más que contra los que les habían dado [4] las órdenes. Y después de pronunciar estas palabras, ordenó que lo llevaran a la colina que se levanta sobre el Foro. El lugar 36 es un precipicio cortado a pico, desde donde tienen la costumbre de arrojar a los condenados a muerte. Así pues, los ediles avanzaron con intención de apresarlo, pero los patricios, dando grandes voces, se lanzaron en masa contra ellos. Entonces los plebeyos atacaron a los patricios y había una enorme falta de control en las acciones y una gran arrogancia en las palabras por parte de unos y otros, y empujones y golpes. Pero los cónsules [5] contuvieron los ánimos exaltados y los forzaron a volver a la sensatez, obligándolos a llegar a una vía de acuerdo y ordenando a los lictores que rechazaran a la multitud; tal era el respeto que sentían los hombres de entonces por la magistratura consular y tan honrada era la imagen del poder regio. Sicinio, inquieto y alterado por estos hechos, se armó de precaución, para no obligar a sus adversarios a responder a la violencia con violencia, y como no deseaba desistir de la empresa después de haberse lanzado definitivamente a ella, y no era capaz de mantener las decisiones que él mismo tomó, estuvo mucho tiempo considerando qué debía hacer.
Consejos de Junio Bruto a Sicinio
Cuando Lucio Junio Bruto, aquel demagogo [36 ] que elaboró los principios de justicia sobre los que la reconciliación se iba a llevar a cabo, hombre hábil para muchas cuestiones y especialmente para encontrar salida a las situaciones que no la tienen, vio que Sicinio no sabía qué hacer, se le acercó a solas y le sugirió que no se empeñara en combatir por una empresa ardua e ilegal, cuando estaba viendo que todos los patricios estaban excitados y dispuestos, si los cónsules los llamaban, a coger las armas, y que la facción más firme de los plebeyos dudaba y no aceptaba de buen grado condenar a muerte y sin juicio al hombre más ilustre de la ciudad. Le [2] aconsejó que cediera por el momento y no atacara a los cónsules, para no causar un mal mayor, pero que convocara un juicio para Marcio, fijando una fecha para su celebración, y que permitiera que los ciudadanos votaran por tribus sobre él, y que hiciera lo que la mayoría de los votos decidieran. Le dijo que era tiránico y violento lo que ahora intentaba llevar a cabo: que la misma persona fuese acusador y juez y que tuviese poder para establecer la pena, y que, en cambio, era propio de un poder legal que el acusado tuviera la posibilidad de defenderse de acuerdo con las leyes y sufriera el castigo que determinara la mayoría [3] de los jueces. Sicinio se dejó convencer por estas palabras, pues no vislumbraba ningún plan mejor, y adelantándose dijo: «Plebeyos, veis el interés de los patricios por los actos criminales y violentos, pues os aprecian menos a todos vosotros que a un solo hombre que ha ofendido a la comunidad entera. Con todo, no debéis ser igual que ellos, ni lanzaros de cabeza y corriendo ni a iniciar una guerra ni a defenderos. Pero, puesto que algunos ponen como pretexto aparente la ley que impide condenar a muerte sin juicio previo a ningún ciudadano, y la invocan para liberarse del castigo, concedámosles este juicio, aunque no hayamos recibido de ellos un trato legal y justo, y mostrémosles que preferimos superar en sensatez que en violencia a [4] los que nos tratan injustamente. Por tanto, vosotros marchaos y esperad una futura oportunidad que no tardará mucho en llegar. Nosotros, por nuestra parte, cuando hayamos ordenado los asuntos urgentes, fijaremos una fecha para que Marcio se defienda y celebraremos el juicio ante vosotros. Y cuando de acuerdo con la ley podáis votar, imponedle el castigo que en vuestra opinión merezca. Y sobre este asunto, sólo esto. En cuanto a la venta y distribución del grano, si estos hombres y el Senado no muestran ningún interés en ello, nosotros nos ocuparemos de que se realice de la forma más justa.» Tras pronunciar este discurso, disolvió la asamblea.
Decreto del Senado. Expedición contra los anciates
Después de esto, los cónsules convocarón [37 ] al Senado y examinaron con calma qué solución podía haber para la agitación del momento. Y decidieron, en primer lugar, ayudar a los plebeyos poniéndoles los alimentos a precios muy bajos y ventajosos; en segundo lugar, convencer a sus cabecillas para que, como un favor, cesaran en su propósito y no llevaran a juicio a Marcio, y si no, para que lo pospusieran el mayor tiempo posible, hasta que la excitación de la multitud se apaciguara. Una vez votadas estas propuestas, llevaron ante el [2] pueblo el decreto sobre los alimentos y lo ratificaron con el aplauso de todos. El decreto decía lo siguiente: «Que los precios que los alimentos de cada día tenían antes de la rebelión civil se abaraten al máximo.» Y aunque, a pesar de pedirlo insistentemente, no habían obtenido de los tribunos un perdón total para Marcio, consiguieron, sin embargo, aplazar el juicio el tiempo que pedían; y ellos mismos propiciaron otro retraso sirviéndose del siguiente pretexto: cuando los embajadores enviados desde Sicilia [3] por el tirano y que traían para el pueblo una donación de grano, zarparon hacia su patria, los anciates les enviaron una banda de piratas mientras estaban anclados no lejos del puerto, los llevaron a él, consideraron sus bienes como botín enemigo y encarcelaron y pusieron sus personas bajo vigilancia. Los cónsules, enterados de estos hechos, decidieron [4] una expedición contra los anciates, ya que, cuando les mandaron una embajada, no accedieron a comportarse con justicia; y una vez hecho el reclutamiento de los que estaban en edad militar, ambos salieron, después de ratificar un decreto sobre la supresión de los juicios privados y públicos durante el tiempo que estuvieran en armas. Sin [5] embargo, ese tiempo no fue tan largo como supusieron, sino mucho más breve. En efecto, los anciates, enterados de que los romanos habían salido con todas sus fuerzas, no aguardaron ni siquiera un tiempo mínimo y, tras suplicarles e implorarles, les devolvieron tanto a los sicilianos apresados como sus bienes, de modo que los romanos se vieron obligados a volver a la ciudad.
Se convoca el juicio contra Marcio. Palabras de Minucio
[38 ] Una vez licenciado el ejército, el tribuno Sicinio convocó al pueblo a una asamblea y anunció el día en el que pensaba celebrar el juicio sobre Marcio; y no sólo exhortó a los que estaban en la ciudad para que fueran en masa a decidir el juicio, sino también a los que vivían en el campo para que dejaran sus trabajos ese día e hicieran acto de presencia, pues votarían sobre la libertad y la salvación de toda la comunidad. También comunicó a Marcio que se presentara para su defensa, diciéndole que no dejaría de obtener ninguno de los derechos que [2] la ley establece con respecto a los juicios. Los cónsules, después de consultar con el Senado, decidieron no permitir que el pueblo se hiciera con un poder tan grande. Encontraron un motivo justo y legal para impedírselo, con el que esperaban invalidar todas las decisiones de los adversarios. Después de esto invitaron a los líderes del pueblo a que vinieran a dialogar en presencia de sus compañeros. [3] Minucio dijo lo siguiente: «Tribunos, a nosotros nos parece que hay que eliminar la sedición de la ciudad con todas las fuerzas y no pelear contra el pueblo por ningún motivo, especialmente cuando vemos que vosotros desde actitudes violentas habéis llegado a otras justas y al diálogo. Sin embargo, aunque os alabamos por esa decisión, creemos que el Senado debe ser el primero en elaborar un decreto preliminar, como es nuestra costumbre tradicional. Incluso vosotros mismos podríais atestiguar que, desde que nuestros antepasados fundaron esta ciudad, el Senado ha tenido siempre este privilegio, y el pueblo nunca decidió ni votó nada que el Senado no hubiera determinado con anterioridad, y no sólo ahora, sino tampoco bajo los reyes; antes bien, lo que el Senado decidía los reyes lo llevaban ante el pueblo y lo ratificaban. Por tanto, no nos arrebatéis este derecho, ni hagáis desaparecer una antigua y hermosa costumbre. Mostrad, en cambio, al Senado que pedís algo justo y moderado, y haced que el pueblo pueda ratificar lo que aquél decida.»
Los tribunos acceden a la petición de Minucio
Mientras los cónsules hacían estas propuestas, [39 ] Sicinio no se contenía ante sus palabras y rechazaba que el Senado fuese soberano en asunto alguno; pero sus compañeros de magistratura, siguiendo la opinión de Decio, accedieron a que se elaborara el decreto preliminar, después de hacer ellos mismos una propuesta justa que era imposible que a los cónsules no les pareciera bien. Pidieron que los senadores les concedieran la palabra [2] tanto a ellos, cuando actuaran en defensa del pueblo, como a quienes quisieran hablar en favor o en contra, y que, después de escuchar a todos los que desearan manifestar lo que les parecía justo y ventajoso para la comunidad, dieran todos su opinión, como en un tribunal, tras hacer el juramento prescrito por la ley; y lo que la mayoría de las opiniones determinara, eso sería válido. Como los tribunos [3] habían accedido a que se hiciera el decreto preliminar de la manera que los cónsules pedían, disolvieron la reunión por el momento. Al día siguiente el Senado se presentó en el edificio senatorial. Los cónsules, después de explicarle lo que habían convenido, llamaron a los tribunos y les invitaron a hablar sobre aquellas cuestiones por las que habían venido. Decio, el que había accedido a que se hiciera el decreto preliminar, se adelantó y habló de la siguiente manera:
Palabras de Decio
[40 ] «Senadores, no se nos escapa lo que va a suceder, a saber, que seremos acusados ante el pueblo por venir ante vosotros y será nuestro acusador, por motivo del decreto preliminar, un hombre que tiene el mismo poder que nosotros, el cual opinaba que no debíamos pediros lo que la ley nos concede, ni recibir como un favor lo que es un derecho. Y si somos llevados a juicio, correremos un peligro que no es en absoluto pequeño; por el contrario, condenados como desertores y [2] traidores, sufriremos la última pena. Sin embargo, a pesar de ser conscientes de estos peligros, hemos osado venir ante vosotros, confiando en la justicia y en los juramentos que hicisteis de manifestar vuestras opiniones. Ciertamente nosotros somos insignificantes para hablar sobre asuntos tan graves e importantes, y absolutamente incapaces de estar a la altura de las circunstancias, pero las cuestiones sobre las que hablaremos no son insignificantes. Por tanto, prestad atención a estas peticiones y, si os parecen justas y útiles para la comunidad y —añadiré— incluso necesarias, concedednos de buen grado el obtenerlas.
[41 ] »En primer lugar hablaré sobre la justicia. Cuando vosotros, senadores, os librasteis de los reyes con nuestra ayuda y establecisteis la forma de gobierno que ahora tenemos —que no censuramos—, viendo que los plebeyos estábamos en inferioridad en los juicios cuando teníamos alguna diferencia con los patricios —y sucedía muchas veces—, establecisteis; siguiendo la opinión de Publio Valerio, uno de los cónsules, una ley que permitía a los plebeyos sometidos por los patricios apelar las sentencias ante el pueblo; y por ninguna otra medida tanto como por esta ley mantuvisteis la ciudad en concordia y rechazasteis los ataques de los reyes. Invocando esta ley, citamos a Cayo Marcio ante [2] el pueblo y lo invitamos a pronunciar allí palabras de justicia sobre aquellos actos de injusticia y opresión que todos afirmamos haber sufrido a manos de él, aquí presente. Y en este caso no era necesario un decreto preliminar. De hecho, en aquellas cuestiones sobre las que no hay leyes, vosotros tenéis autoridad para elaborar un decreto y el pueblo para ratificarlo; pero, cuando existe una ley inviolable, aunque vosotros no hayáis elaborado ningún decreto, hay que obedecerla. Sin duda, nadie diría que la apelación ante [3] el pueblo por parte de los particulares que resultan ser derrotados en sus juicios debe estar vigente y, en cambio, ser ilegal para nosotros, los tribunos. Apoyándonos, pues, [4] en esta concesión de la ley y arriesgándonos por ello a someternos a vosotros en calidad de jueces, hemos venido. Y por un derecho natural no escrito ni regulado pedimos, senadores, no tener ni más ni menos que vosotros, al menos en lo concerniente a la justicia, ya que colaboramos con vosotros en muchas e importantes guerras, y en la expulsión de los tiranos dimos muestras de un grandísimo ardor, y tuvimos una parte nada pequeña en el hecho de que la ciudad no recibiera órdenes de nadie y que, por el contrario, impusiera a otros sus principios de justicia. Sin [5] duda evitaríais el que nuestros derechos disminuyeran, senadores, si frenarais a los que intentan obrar ilegalmente contra nuestra persona y nuestra libertad instaurando entre ellos el miedo a los juicios. En cuanto a las magistraturas, privilegios y honores, creemos que se deben distribuir entre aquellos que nos superan en virtud y fortuna; pero el no ser objeto de injusticia y el recibir justicia conforme a aquello que se haya padecido, consideramos que es un derecho igual y común a los ciudadanos. En consecuencia, [6] así como os cedemos los privilegios insignes e ilustres, así tampoco renunciamos a los que son iguales y comunes para todos. Sea suficiente lo dicho sobre la justicia, aunque se pueden decir muchas otras cosas.
[42 ] »Que también serán útiles para la comunidad estas peticiones del pueblo, sostenedlo conmigo cuando os las explique en pocas palabras. Veamos, pues: si se os preguntara cuál creéis que es el mayor de los males que atenazaron a la comunidad y la causa de su más rápida destrucción, ¿acaso no responderíais que la discordia? Yo, al menos, [2] creo que sí. Porque ¿quién de vosotros es tan necio o tan mal pensado o tiene un odio tan desmesurado a la igualdad, que no sepa que, si se le concede al pueblo el poder de juzgar las causas que, según la ley, le está permitido juzgar, viviremos en concordia, mientras que, si decidís lo contrario y nos arrebatáis la libertad —porque nos arrebataréis la libertad si nos priváis de justicia y ley—, nos obligaréis nuevamente a rebelarnos y a luchar contra vosotros? Si, en efecto, la justicia y la ley son arrojadas de una comunidad, se suelen introducir en ella la sedición y la [3] guerra. Y cuantos no conocen la experiencia de las desgracias civiles no es extraño que, por inexperiencia de estos males, ni se inquieten por las calamidades pasadas, ni impidan con tiempo las futuras. Pero a cuantos, como vosotros, estuvieron en los más graves peligros y se reconciliaron con placer dando a los males la solución que el momento reclamaba, ¿qué pretexto verosímil o razonable les queda, si otra vez se meten en las mismas desgracias? [4] ¿Hay alguno de vosotros que no lo considerara una gran insensatez y locura, pensando que poco antes, para que los plebeyos no se rebelaran, habíais soportado muchas exigencias, algunas de las cuales no eran ni honrosas ni quizá ventajosas y, en cambio, ahora, cuando no tienen intención de dañar vuestros bienes ni vuestro prestigio ni ningún otro bien público ni ninguna otra cosa, vais a provocar una nueva guerra contra los plebeyos para dar gusto a los mayores enemigos de la democracia? No, si sois sensatos. Pero [5] me gustaría preguntaros con qué intención nos concedisteis entonces el retorno en las condiciones que pedimos, ¿con la de velar por lo mejor o con la de ceder a la necesidad? Si considerabais que estas condiciones eran utilísimas para la comunidad, ¿por qué no las mantenéis también ahora? Si, en cambio, eran necesarias y no se podían aceptar de ninguna otra manera, ¿por qué os irrita que se hayan cumplido? Quizás en un principio no debíais haberlas concedido, si teníais poder, pero, una vez que las habéis concedido, no reclaméis más por lo que está hecho.
»A mí, senadores, me parece que hay que emplear el [43 ] mejor criterio respecto a la reconciliación*** 37 por lo que es necesario ceder*** 37 para mantener firmes los acuerdos. De hecho, nos pusisteis a los dioses como garantes de los acuerdos, lanzando muchas maldiciones terribles contra quienes violaran los tratados, contra ellos y sus futuros descendientes. Pero sé que no hay que importunaros insistiendo ante vosotros, que estáis todos bien enterados, en que hacemos peticiones justas y útiles que es también absolutamente imprescindible que vosotros satisfagáis recordando los juramentos. Sin embargo, senadores, sabed que para [2] nosotros no es nimia la cuestión de no dejar este enfrentamiento cediendo a la fuerza ni inducidos por un engaño, sino que hemos llegado a esto por una gran necesidad, después de haber sufrido un trato ofensivo y más que ofensivo por parte de este hombre; o más bien recordadlo, pues no estoy diciendo nada que todos vosotros no sepáis. Y, al mismo tiempo, emplead vuestro entendimiento ante lo que digo, pensando qué ira, si alguno de nosotros hubiera intentado en la asamblea popular decir o hacer 38 contra vosotros cosas como las que Marcio se atrevió a decir aquí, hubieseis sentido hacia él.
[44 ] »Sin duda, los acuerdos relativos a la concordia con el Senado, inamovibles y asegurados con cadenas puede decirse que de acero, acuerdos que no os estaba permitido deshacer, ni a vosotros que los habíais jurado, ni a vuestros descendientes, mientras esta ciudad estuviera habitada, el primero de vosotros que intentó deshacerlos fue este Marcio que está aquí, cuando todavía no llevaban en vigencia cuatro años 39 . Y no lo hizo con silencio ni escondido en algún lugar desconocido, sino que abiertamente, en este lugar, en presencia de todos vosotros, manifestó la opinión de que no había que concedernos por más tiempo el poder tribunicio, sino suprimir aquello en lo que habíamos confiado como primera y única salvaguarda de la libertad para llevar [2] a cabo la reconciliación. Y no queda aquí su fanfarronería, sino que, llamando arrogancia a la libertad de los pobres y tiranía a la igualdad, os aconsejó que nos las arrebatarais. Recordad, senadores, la más impía de todas las medidas reclamadas entonces por este hombre, cuando manifestó que era una buena ocasión para reavivar contra todos los plebeyos la cólera por las acusaciones anteriores, y aconsejó que en ese momento, cuando estaba agobiada por la falta de recursos y ya desde hacía mucho tiempo escaseaban los alimentos indispensables, aniquilarais a toda la clase plebeya manteniendo el mercado en la misma escasez de víveres. Pensaba que nosotros no resistiríamos [3] mucho tiempo teniendo que comprar a un elevado precio poca cantidad de grano, siendo pobres como éramos, y que algunos dejaríamos la ciudad y nos marcharíamos, mientras que los que se quedaran perecerían con la más miserable de las muertes. Pero desvariaba de tal manera y estaba tan fuera de sí cuando intentaba convenceros de estas cosas, que ni siquiera fue capaz de darse cuenta de que, además de las otras infamias que estaba cometiendo al pedir que se deshicieran los acuerdos del Senado, tal cantidad de hombres pobres constituyen una multitud que, privada del alimento necesario, se verá obligada a atacar a los responsables de su desgracia sin considerar ya a nadie como amigo. De manera que, si vosotros sois tan locos como [4] para apoyar sus opiniones, no quedaría ninguna solución moderada, sino que o bien la entera multitud de los plebeyos perecería, o bien la clase patricia no sobreviviría. Nosotros no nos entregamos tan servilmente para huir o para morir, sino que, invocando a dioses y divinidades como testigos de nuestros sufrimientos, llenaremos, tenedlo por seguro, las plazas y calles de multitud de cadáveres y, después de levantar una gran cratera 40 de sangre ciudadana, recibiremos de esta manera al destino. De tales actos de impiedad, senadores, Marcio se ha convertido en el instigador, y éstas son las acciones a las que él consideraba que había que arengaros.
»Y no es que Marcio se haya puesto a pronunciar palabras [45 ] para dividir a la ciudad, pero no haya llegado a actuar como pregonaba, sino que, además, con una multitud de hombres en torno a él dispuestos a cualquier servicio, cuando se le llamó ante nuestra magistratura no se presentó, y cuando nuestros servidores se disponían, por orden nuestra, a traerlo, los golpeó y, al final, no se abstuvo de [2] pegarnos ni siquiera a nosotros. De modo que para nosotros la consecuencia es que, al menos en lo que a él respecta, tenemos un bonito nombre de magistratura inviolable tomado a risa, pero no cumplimos en absoluto ninguna de las funciones conferidas a la magistratura. ¿Cómo podríamos ayudar a otros que afirman ser objeto de injusticia, si ni siquiera existe seguridad para nosotros mismos? Por tanto, cuando los pobres recibimos estas ofensas de un solo hombre que todavía no es tirano, pero que aspira a serlo algún día, y cuando, senadores, ya hemos sufrido ultrajes terribles y estamos cerca de sufrir otros si la mayoría de vosotros no lo impide, ¿acaso no es lógico que nos irritemos y creamos necesario lograr algún apoyo, además de vuestra solidaridad con nuestra irritación, al citarlo a un juicio imparcial y legal, senadores, sobre el que el pueblo entero, dividido por tribus, emitirá su voto bajo juramento después de conceder la palabra a quien la pida? [3] Ve allí, Marcio, y defiéndete ante todos los ciudadanos reunidos con las palabras que piensas pronunciar aquí, esto es, que a estos senadores les aconsejas lo mejor con la mejor intención y que estos consejos, hechos realidad, beneficiarán a la comunidad, o que no es justo que los que expresan aquí sus opiniones se sometan a una rendición de cuentas de sus palabras, o que te dejaste llevar por la cólera al dar estos consejos nefastos y no lo hiciste con premeditación y deliberación, o cualquier otra defensa que tengas. [4] Baja de ese orgullo desdeñoso y tiránico hacia una actitud más democrática, desdichado, y hazte de una vez igual a los demás hombres. Adopta, como las circunstancias reclaman, el aspecto humilde y digno de compasión de alguien que se ha equivocado y pide perdón. Sé merecedor de salvarte ganándote a aquellos a quienes has maltratado y no ejerciendo violencia sobre ellos. Que sea para [5] ti un ejemplo de equidad, cuya práctica te haría irreprochable ante tus conciudadanos, la actuación de estos hombres honestos, que, a pesar de ser un número tan grande como tú estás viendo ahora y de haber dado muestras, tanto en la paz como en la guerra, de tantas virtudes que no es fácil enumerar ni siquiera en muchísimo tiempo, venerables e importantes como eran, no presentaron ninguna decisión cruel y prepotente contra nosotros, insignificantes y humildes, sino que fueron ellos los primeros en iniciar el diálogo y ofrecer una reconciliación cuando la fortuna nos había separado a unos de otros, y consintieron en que los acuerdos se hicieran no como consideraban mejor para sí mismos, sino como nosotros pedíamos; y, por último, pusieron gran interés en justificarse por estos recientes conflictos debidos a la distribución del grano, de los que les hacíamos responsables.
»Omito lo demás, pero en defensa tuya y de tu locura, [46 ] ¿qué súplicas dejaron de hacer a todos los plebeyos, tanto en común como individualmente, para librarte del castigo? Así es que a los cónsules y al Senado, que administraba una ciudad tan grande, les parecía bien, Marcio, tolerar que el pueblo fuera juez de las acusaciones que les hacían, ¿y, en cambio, a ti no te parece bien? Y mientras todos [2] éstos no consideran deshonroso pedir a los plebeyos tu absolución, ¿tú, en cambio, lo consideras indigno? ¿Y no te basta esto, noble señor, sino que, como si estuvieras realizando algo honorable, te paseas con el cuello estirado y ufanándote y rechazas ceder un ápice en tu postura? Omito, sin duda, que también has injuriado al pueblo, lo has acusado [3] y amenazado. ¿No os enfadáis, pues, con su soberbia, senadores, cuando él solo se considera tan valioso como ni siquiera os consideráis todos vosotros a vosotros mismos? Incluso si todos vosotros, por defenderlo a él, aceptarais votar la guerra, él debía acoger con agrado vuestra benevolencia y celo, y no aceptar un favor privado a cambio de un daño público, sino consentir en hacer su defensa sometiéndose a juicio y, si fuera necesario, sufriendo cualquier [4] castigo. Éste es el comportamiento de un buen ciudadano y de un hombre que forja su honor con hechos, no con palabras. Pero lo que este hombre pretende ahora, ¿de qué actitud es prueba? ¿De qué principios son indicio violar juramentos, faltar a la palabra, anular acuerdos, hacer la guerra al pueblo, insolentarse con las personas de los magistrados y no someterse a rendición de cuentas por ninguno de estos hechos, y, por el contrario, pasear desvergonzadamente sin someterse a juicio, sin defenderse, sin carecer de nada, sin temer a nadie, distinguiéndose de todos los numerosos ciudadanos? ¿Acaso no son éstas pruebas [5] de un carácter tiránico? A mí me parece que sí. Y, sin embargo, lo animan y alientan algunos de vosotros mismos, en los que está arraigado un odio irreconciliable contra los plebeyos, y no pueden comprender que esta calamidad afecta a los ciudadanos más humildes tanto como a los más señalados, y que, por el contrario, piensan que si esclavizan al rival también su propia posición estará [6] segura. No es así, en verdad, hombres que os apartáis del mejor criterio. Y si tomáis como maestra la experiencia y la trayectoria que Marcio os ofrece y os dejáis corregir por los ejemplos propios y ajenos, os daréis cuenta de que una tiranía instaurada contra el pueblo se instaura contra la comunidad entera, y ahora empieza con nosotros, pero, al hacerse fuerte, no os respetará ni siquiera a vosotros.»
Los senadores emiten su voto
Después de que Decio pronunciara tales [47 ] palabras y los demás tribunos las apoyaran añadiendo lo que les parecía que había omitido, como los senadores debían manifestar sus opiniones, los más ancianos y estimados de los excónsules, llamados por los cónsules según el orden acostumbrado, se levantaron los primeros, después los inferiores a ellos en uno y otro aspecto y, por último, los más jóvenes, que no pronunciaban ningún discurso —pues entonces los romanos todavía lo veían con malos ojos, y ningún joven se consideraba a sí mismo más sabio que un anciano—, sino que ratificaban las opiniones expuestas por los excónsules. A todos, a medida [2] que se presentaban, se les ordenaba que emitieran su voto bajo juramento, como en un tribunal. Entonces, Apio Claudio, sobre el que ya antes he dicho que era entre los patricios el más hostil a los plebeyos y que nunca aprobó los acuerdos con ellos, se opuso con estas palabras a que se elaborara un decreto preliminar:
Discurso de Apio Claudio
«Yo deseaba y pedí muchas veces a [48 ] los dioses estar equivocado en la opinión que tenía sobre la reconciliación con el pueblo, cuando pensaba que el retorno de los fugitivos no iba a ser ni honroso ni justo, ni beneficioso para nosotros, y continuamente, cada vez que se proponía examinar este asunto, era el primero en oponerme y, al final, después de que los demás abandonaran, el único. Y en cuanto a vosotros, senadores, que esperabais lo mejor y de buen grado concedíais al pueblo todo, tanto justo como injusto, deseaba que decidierais con mejor criterio que yo. Pero, ya que los hechos no se han [2] desarrollado para vosotros como deseaba y pedía a los dioses, sino como yo suponía, y los favores se han convertido en envidia y odio hacia vosotros, dejaré de criticaros por vuestros errores y de molestaros por cualquier cosa, lo que es sumamente fácil y, por lo general, todos hacemos habitualmente, porque veo que ahora no es oportuno; pero intentaré explicaros de qué manera rectificaremos los errores pasados que no sean absolutamente irremediables y tomaremos mejores decisiones sobre los problemas actuales. [3] Ciertamente no se me escapa que algunos de vosotros me creerán loco y deseoso de morir cuando exprese mi libre opinión sobre estas cuestiones, pues piensan en los grandes peligros que conlleva el hablar con sinceridad y reflexionan sobre las desgracias de Marcio, que no por otro motivo corre [4] ahora peligro de muerte. Pero creo que no se debe prestar mayor atención a la propia seguridad que a la utilidad pública. De hecho, ya he entregado mi cuerpo a los peligros en defensa vuestra, senadores, y me he consagrado a las luchas en defensa de la comunidad, de manera que obedeceré con nobleza lo que parezca bien a la divinidad, bien con todos, bien con unos pocos y, si es necesario, incluso solo. Pero, mientras tenga vida, ningún temor me apartará de decir lo que pienso.
[49 ] »En primer lugar, pido que, de una vez por todas, vosotros os enteréis claramente de que tenéis una masa plebeya hostil y adversa a la forma de gobierno establecida, y que todas las concesiones que le hagáis por debilidad no sólo os destruyen inútilmente, sino que son causa de desprecio, pues las hacéis por necesidad y no por benevolencia ni [2] por elección. Consideradlo, pues, de esta manera: cuando el pueblo tomó las armas, se separó de vosotros y se atrevió a convertirse abiertamente en vuestro enemigo 41 , sin haber sido objeto de ninguna injusticia, sino pretextando que no podía pagar las deudas a los acreedores, y cuando declaró que, si vosotros votabais tanto una abolición de las deudas como un perdón de las faltas cometidas durante la sedición, no pediría nada más, la mayoría de vosotros, no todos ciertamente, engañados por sus consejeros, decidió —ojalá nunca hubiese sucedido— abolir las leyes establecidas sobre la buena fe y no tomar represalias por ninguna de las ofensas cometidas entonces. Los plebeyos [3] no se contentaron con obtener este favor, único que mencionaron cuando dijeron que se rebelaban, sino que en seguida pidieron, poniendo como pretexto nuestra fuerza, otra concesión todavía mayor y más ilegal que ésta, que se les diera el poder de designar cada año tribunos 42 de la plebe de entre ellos mismos, para que los pobres que sufrieran injusticia u opresión tuvieran alguna ayuda y refugio, pero, en realidad, maquinando contra la forma de gobierno y deseando transformarla en una democracia. Y [4] los consejeros nos convencieron de que permitiéramos que se introdujera en la comunidad esta magistratura que llegaba para perjuicio general y, sobre todo, por odio hacia el Senado, a pesar de que yo, si os acordáis, chillé mucho y puse a dioses y hombres como testigos de que ibais a introducir en la comunidad una incesante guerra civil, y de que advertí de cuantas calamidades os han sucedido.
»Pues bien, ¿qué nos hizo el buen pueblo después de [50 ] que le concedierais también esta magistratura? No hizo un uso moderado de semejante favor ni lo recibió con respeto y sensatez, sino que, como si nosotros estuviéramos temerosos y desalentados por su fuerza*** 43 , después dijo, pidiendo un honor mayor que el que vosotros habíais concedido a los cónsules, que la magistratura debía declararse sagrada e inviolable siendo confirmada con juramentos. Tolerasteis también esta exigencia y, de pie delante de las vísceras de las víctimas, jurasteis invocando vuestra propia destrucción [2] y la de vuestros descendientes. Pues bien, ¿qué hizo el pueblo después de conseguir también esto? En lugar de agradeceros los favores y de salvaguardar la tradicional forma de gobierno, empezando por estas insolencias y sirviéndose de estas ilegalidades como pretexto para otras futuras, no sólo introducía leyes sin un decreto preliminar, sino que también las hacía votar sin vuestro conocimiento, hacía caso omiso de los decretos que vosotros presentabais, acusaba a los cónsules de administrar mal el Estado y lo que resultaba contrario a vuestros acuerdos con ellos —y son muchas las cosas que una razón humana no puede tener en cuenta— no lo atribuía al azar, como debía, sino a maquinación vuestra, y alegando que vosotros intrigabais y que temía que le arrebatarais la libertad o que lo expulsarais de la patria, era él el que continuaba maquinando eso mismo contra vosotros, y está claro que se guarda de padecer los abusos que afirma temer con ningún otro procedimiento [3] que el de ser el primero en cometerlos. Y este modo de actuar lo ha puesto en evidencia muchas veces anteriormente y en múltiples ocasiones que ahora me es imposible mencionar, pero, sobre todo, cuando a Marcio, aquí presente, hombre amante de su patria, de antepasados ilustres, cuyo valor no desmerece al de ninguno de nosotros, lo acusó de intrigar contra él y de pronunciar aquí opiniones malintencionadas, e intentó condenarlo a muerte sin [4] juzgarlo. Y si los cónsules y los que de vosotros sois más sensatos no hubierais considerado terrible este hecho y no os hubierais reunido e impedido la ilegalidad de los plebeyos, en ese solo día os habríais visto privados de la herencia que os dejaron vuestros padres después de haberla conseguido con muchos esfuerzos, y que vosotros mismos poseéis tras haber sostenido combates no inferiores a los de aquéllos: el prestigio, la supremacía, la libertad. Los más nobles y a los que no os hubiese satisfecho la vida si no ibais a vivirla con estos bienes, unos inmediatamente, otros en breve, os habríais visto privados de ella antes que de esos privilegios. Porque, ¿qué habría impedido, después [5] de que este Marcio hubiera sido eliminado de manera tan vergonzosa e innoble, como si estuviera abandonado, que después de él, también se me hubiera aniquilado a mí, abatido por los enemigos, y a todos los que alguna vez os habíais opuesto y pensabais oponeros en el futuro a los deseos ilegales del pueblo? Sin duda no se habría contentado con quitarnos de en medio a nosotros dos solos, ni, llegado a este punto, se habría abstenido de cometer ilegalidades, si hay que juzgar el futuro por el pasado, sino que, después de empezar por nosotros, habría arrastrado y se habría llevado todo lo que se le hubiera opuesto y no hubiera cedido, como un caudaloso torrente que cae, sin respetar nobleza ni virtud, ni edad.
»Senadores, éstos son los bonitos favores que el pueblo, [51 ] a cambio de los muchos y grandes favores recibidos, en algunos casos os ha hecho ya y, en otros, pensaba haberos hecho, si no lo hubieseis impedido. Ea, pues, reflexionad ahora nuevamente sobre aquellos actos que el pueblo realizó después de vuestra noble y sensata acción, para que sepáis de qué manera hay que tratarlo. Entonces, cuando se [2] dio cuenta de que vosotros no soportabais más su arrogancia, sino que estabais dispuestos a hacerle frente, se asustó y, volviendo un poco en sí mismo, como de una borrachera o un ataque de locura, desistió de emplear la violencia y, en cambio, recurrió a métodos legales; y, después de fijar un día, en esa misma fecha llamó a Marcio para que se sometiera a un juicio en el que el pueblo mismo sería acusador, testigo, juez y el que determinara la magnitud de [3] la pena. Pero, como os habéis opuesto también a esto, pues consideráis que se ha llamado a Marcio no para juzgarlo, sino para condenarlo, el pueblo, viendo que no tiene autoridad en ningún otro asunto y que sólo tiene poder para votar todos los decretos previos que vosotros presentéis, ha cedido en su arrogancia, por la que entonces era tan fiero, y ha venido a pediros que le concedáis también este [4] favor. Así pues, teniendo presentes estas consideraciones, enteraos de una vez y aprended que todos los favores que, deliberando con más ingenuidad que prudencia, concedisteis al pueblo, os han traído desgracias y perjuicios, mientras que cuantas medidas habéis adoptado con valor contra sus acciones ilegales y violentas, se han convertido en [5] beneficiosas para vosotros. Por tanto, a vosotros que sabéis esto, ¿qué os puedo aconsejar hacer y qué opinión puedo manifestar sobre la presente situación? Con todo, los favores y concesiones que hicisteis al pueblo cuando realizasteis la reconciliación, mantenedlos válidos y no anuléis ninguna de las concesiones de entonces, no porque sean honrosas y dignas de la comunidad —¿cómo iban a serlo?—, sino porque son necesarias y ya no se pueden remediar; pero, fuera de esto, todos los beneficios que intente obtener por medio de la violencia y de la ilegalidad en contra de vuestra voluntad, no se los concedáis ni permitáis y, por el contrario, oponeos de palabra y hecho, no sólo todos juntos, sino también cada uno individualmente. [6] De hecho, si uno se equivoca una vez, sea porque haya sido engañado, sea por necesidad, no está obligado a obrar de igual manera en el futuro, sino que, recordando lo anterior, debe reflexionar para que no suceda lo mismo. Éstas son las decisiones que, en mi opinión, debéis tomar, y os aconsejo que estéis preparados contra las injustas insolencias del pueblo.
»De que este asunto que ahora es objeto de examen es [52 ] igual a sus otras iniciativas injustas e ilegales, y no, como el tribuno intentaba mostrar engañándoos, justo y mesurado, enteraos los que todavía no lo sabéis con certeza. En efecto, la ley relativa a los tribunales populares, con la que Decio se consolidó enormemente, no fue redactada contra vosotros los patricios, sino en defensa de la seguridad de los plebeyos oprimidos, como la ley misma señala con disposiciones nada ambiguas y como todos vosotros, que la conocéis perfectamente, afirmáis siempre. Y una gran prueba [2] de esto, que parece ser el mejor criterio para juzgar todo principio legal objeto de disputa, son los diecinueve años que ya han transcurrido desde que esta ley se estableció. Durante todo este tiempo, Decio no podría señalar que se haya intentado ningún juicio público ni privado contra ninguno de los patricios por motivo de esta ley; pero si lo afirma, que lo demuestre, y no es necesaria ni una palabra más. En cuanto a los acuerdos recientemente establecidos, [3] por medio de los cuales os reconciliasteis con los plebeyos —pues es necesario que estéis enterados también sobre esto, dado que el tribuno fue un riguroso intérprete de ellos—, contienen estas dos concesiones: que los plebeyos sean liberados de las deudas y que esta magistratura se elija cada año para ayudar a los sojuzgados y evitar su opresión; pero ninguna otra concesión fuera de éstas. Y [4] que sea para vosotros la mayor prueba de que ni la ley ni los acuerdos han concedido al pueblo el poder de entablar un juicio contra un patricio, lo que ahora está haciendo el pueblo mismo. En efecto, todos los días os pide este poder, como si no lo tuviera antes; y nadie pediría obtener de [5] otros nada de lo que es dueño por ley. ¿Cómo es posible, senadores, que sea éste un derecho natural, no reglamentado (pues también Decio creía que vosotros debíais examinar esto): que el pueblo sea juez tanto en las causas en las que los plebeyos sean acusados por los patricios como en las que ellos acusen a éstos, y, en cambio, en el caso de los patricios, no sean los propios patricios árbitros de los litigios ni cuando intentan un proceso contra alguno de los plebeyos, ni cuando ellos mismos afrontan un pleito, sino que a los plebeyos les sea lícito tener ventaja en ambos casos, y a nosotros no nos sea posible tener parte ni [6] en uno ni en otro derecho? Pero si Marcio o cualquier otro patricio comete alguna ofensa contra el pueblo y es justo que muera o que sea expulsado de la ciudad, que pague la pena después de haber sido juzgado aquí, como es legal, no por ellos. A menos que el pueblo, Decio, sea un juez imparcial y no se favorezca en nada a sí mismo al votar sobre un enemigo y, por el contrario, los senadores, si llegan a tener el poder de votar, consideren al que ha injuriado de más valor que a la comunidad por él ofendida, con la intención de obtener por la sentencia la maldición, la acusación de perjurio y el odio de los hombres y la cólera de los dioses, así como de vivir acompañados de [7] funestas esperanzas. No es digno, plebeyos, que tengáis estas sospechas del Senado, al que, por su virtud, estáis de acuerdo en conceder honores, magistraturas y los mayores poderes de la comunidad, y al que afirmáis estar muy agradecidos por el interés que demostró por vuestro retorno. Estas actitudes son contradictorias, y no tiene fundamento que a aquellos que aplaudís los temáis y que al mismo tiempo confiéis los asuntos más importantes a las mismas personas a las que priváis de confianza en las demás [8] cuestiones. ¿Por qué no tenéis un único criterio, sea el de confiar, sea el de desconfiar de ellos en todo? En cambio, consideráis que son capaces de decidir un decreto preliminar sobre principios de justicia, pero que no lo son de juzgar sobre esos mismos principios que previamente han decretado. Podía hacer muchas otras consideraciones sobre la justicia, senadores, pero éstas son suficientes.
»Pero dado que Decio intentaba hablar también acerca [53 ] de la utilidad, en el sentido de que la concordia es un bien y, en cambio, la sedición una calamidad, y que, sirviendo al pueblo, viviremos en armonía, mientras que, impidiendo que expulsen o maten a los patricios que ellos quieran, nos meteremos en una guerra civil, emplearé muy pocas palabras, a pesar de que tengo muchas cosas que decir. Pues [2] bien, en primer lugar tengo que asombrarme por la hipocresía de Decio —desde luego no por su estupidez—, si cree que él comprende mejor lo que es útil a la comunidad, él que es un recién llegado a los asuntos públicos, mientras que nosotros hemos envejecido en ellos y hemos hecho grande a la ciudad de pequeña que era. En segundo lugar tengo que asombrarme, si suponía que os iba a convencer de que es necesario entregar a alguien a los enemigos para castigarlo, y precisamente a un conciudadano vuestro que no es desconocido ni vulgar, sino aquel que vosotros consideráis el más brillante en la guerra, el más moderado en su vida y no inferior a nadie en su actuación pública. Y se ha atrevido a hacer esta propuesta sabedor [3] de que vosotros valoráis muchísimo el respeto de los suplicantes y que no excluís de esta gracia ni siquiera a los enemigos que se refugian aquí. Pero, Decio, si sabías que nosotros nos comportábamos de forma contraria, que teníamos pensamientos impíos sobre los dioses y que actuábamos injustamente con los hombres, ¿qué acto nos habrías podido aconsejar que acometiéramos más terrible que éste, por el que nos destruiríamos total y absolutamente, [4] odiados tanto por los dioses como por los hombres? No necesitamos tu consejo, Decio, ni sobre la entrega de ciudadanos ni sobre ningún otro asunto que tengamos que resolver. Y no creemos que los que han llegado a esta edad a través de una larga experiencia de adversidades y fortunas deban juzgar los intereses propios con un criterio de jóvenes que les es ajeno. En cuanto a las amenazas de guerra de las que os servís para asustarnos y que no es ahora la primera vez que esgrimís, sino que ya las han esgrimido muchos en numerosas ocasiones, las soportaremos sin [5] asustarnos confiando en nuestra habitual serenidad. Y si realmente vais a hacer lo que decís, nos defenderemos no sólo con la ayuda de los dioses, que castigarán a los que inician una guerra injusta, sino también con la colaboración de un grupo no pequeño de hombres. En efecto, al menos todos los latinos, a los que recientemente hemos concedido la igualdad política, estarán con nosotros, combatiendo ahora por esta comunidad como por su patria, y muchas valientes ciudades colonizadas desde aquí, que ponen por encima de todo salvar a la metrópoli, la defenderán. [6] Y si nos ponéis en la necesidad de aceptar ayuda de cualquier parte, nos resignaremos, Decio, a invitar a los esclavos a la libertad, a los enemigos a la amistad y a todos los hombres a la participación en las esperanzas de victoria y a atacaros todos juntos. ¡Oh Júpiter y dioses todos que protegéis la ciudad de Roma, que no haya necesidad de nada de esto y que estas terribles amenazas no vayan más allá de las palabras y ninguna se convierta en una acción odiosa!»
Intervención de Manio Valerio
Éstas fueron las palabras de Apio. Entonces, [54 ] Manio Valerio, el más favorable al pueblo de los miembros del Senado y el que había mostrado un enorme interés en la reconciliación, también entonces se puso claramente a favor de los plebeyos y pronunció un discurso compuesto con gran inteligencia, censurando, por una parte, a los que no permiten que la comunidad esté unida, sino que separan a los plebeyos de los patricios y por motivos insignificantes reavivan las guerras civiles, alabando, por la otra, a quienes consideran que lo que es beneficioso lo es para todos en común y subordinan todo a la concordia. Y explicó que, si el pueblo llegase a tener poder para juzgar a Marcio, como pedía, y obtuviese esta concesión con la aprobación del Senado, probablemente no lo atacaría hasta el final, sino que, satisfecho con haber prevalecido sobre él, lo trataría con más moderación que severidad. Y aunque los tribunos pensaran que había que [2] llegar de cualquier forma a una conclusión legal del proceso, si el pueblo tuviese poder para votar, liberaría a Marcio de la acusación por respeto a su misma persona en peligro, de la que puede recordar muchas nobles acciones, y por devolver este favor al mismo Senado que le proporcionaba el poder y no se oponía a ninguna de las peticiones que eran razonables. Sin embargo, aconsejaba que no [3] sólo los cónsules, sino también todos los miembros del Senado y los demás patricios se presentaran en masa y estuvieran en el juicio, ayudaran a Marcio en su defensa y cuidaran de que el pueblo no solicitara una pena severa para él —pues esto sería de gran ayuda para el hombre que estaba en peligro y ellos influirían en su salvación—, y que no sólo ellos actuaran así por medio de sus opiniones, sino que cada uno hiciera ir a sus clientes y reuniera a los amigos, y que si pensaban que algunos plebeyos les estaban apegados por beneficios que habían recibido, les reclamaran ahora, en su voto, la gratitud que les debían de [4] antes. Y mostró que una parte no pequeña del pueblo estaría a favor de la honradez y en contra de la maldad, y que había un número todavía mayor que sabía compartir las desgracias humanas y compadecer a quienes gozaban de [5] prestigio cuando sus fortunas cambiaban de signo. Pero la mayor parte de su discurso estaba dirigida a Marcio, con una exhortación unida a una advertencia y una petición unida a una exigencia. Le pedía que, puesto que se le acusaba de separar al pueblo del Senado y se le achacaba ser un tirano por su comportamiento arrogante, y puesto que a todos les había surgido el temor de que por su culpa se iniciara una sedición y los males irreparables que traen consigo las guerras civiles, no hiciera ciertas y legítimas las acusaciones contra él permaneciendo en una postura odiosa, sino que pasara a una actitud humilde, sometiera su persona a quienes afirmaban haber sido ofendidos y no rehusara desbaratar con justicia, por medio de la [6] palabra, una acusación injusta. Esta actitud no sólo era la más segura para su salvación, sino también la más brillante para la reputación a la que aspiraba y consecuente con los hechos precedentemente realizados; si, en cambio, iba a mostrarse con más arrogancia que moderación e iba a pretender que el Senado soportara cualquier peligro por su culpa, manifestó que la derrota sería mala y la victoria vergonzosa para quienes se dejaran convencer para unírsele. Estuvo entonces lamentándose mucho y enumerando las mayores y más evidentes calamidades que atenazan a las ciudades en las discordias.
[55 ] Cuando, con muchas lágrimas, no fingidas ni simuladas, sino reales, expuso estas desgracias, este hombre, que sobresalía por la consideración tanto de su edad como de su virtud, se dio cuenta de que el Senado se conmovía con sus palabras y terminó el resto de su discurso con confianza diciendo: «Senadores, si algunos de vosotros os inquietáis pensando que se está introduciendo en la comunidad una costumbre perniciosa si concedéis a los plebeyos la posibilidad de votar contra los patricios, y pensáis que el poder de los tribunos, al adquirir demasiada fuerza, no va a redundar en nada beneficioso, que sepan que están equivocados en su apreciación y que suponen lo contrario de lo que se avecina. De hecho, si existe algún medio para [2] salvar a esta comunidad y para que nunca se vea privada de su libertad y poderío y, por el contrario, continúe siempre en concordia y con un único criterio en todo, el pueblo será el máximo artífice, si se le llama a participar en los asuntos públicos; y el que la forma de gobierno que los administre no sea una ni simple, trátese de monarquía, oligarquía o democracia, sino un sistema mixto de todas ellas, nos beneficiará más que nada. Sin duda es sumamente [3] fácil que cada una de estas formas de gobierno, por sí solas, caigan en la arrogancia y en la ilegalidad; pero, cuando todas están mezcladas equilibradamente, la parte que siempre se altera y se desvía del orden acostumbrado se ve frenada por la parte sensata y que permanece en sus propias costumbres. La monarquía, cuando se convierte en cruel y arrogante y empieza a perseguir posiciones tiránicas, es eliminada por unos pocos hombres honrados. Y la [4] oligarquía formada por los mejores, que es el sistema que en estos momentos tenéis, cuando, bloqueada por la riqueza y las facciones, no se ocupa nada de la justicia ni de ninguna otra virtud, es eliminada por una democracia sensata. Y la democracia que es moderada y gobierna de acuerdo con las leyes, cuando empieza a actuar desordenadamente y a violarlas, tomada a la fuerza por el hombre más [5] fuerte, es reconducida a la justicia. A vosotros, senadores, se os han proporcionado los remedios posibles para que el poder monárquico no se convierta en tiranía, pues aunque establecisteis que dos hombres y no uno solo detentaran el poder supremo de la comunidad y les encomendasteis que desempeñaran el cargo no por un tiempo indefinido, sino por un ano, fijasteis como supervisores suyos a no menos de trescientos patricios, los mejores y más ancianos, que son los que componen este Senado; pero, realmente, hasta ahora, no os habéis vigilado en absoluto a vosotros mismos para permanecer en la posición apropiada. [6] En cuanto a vosotros, que recientemente habéis liberado a la comunidad de una larga tiranía y que todavía, debido a las continuas y largas guerras, no habéis tenido tiempo para haceros soberbios, de ningún modo temo que hayáis perdido el juicio por la magnitud y el número de vuestros bienes; pero, respecto a los que os sucedan, cuando pienso qué grandes cambios trae un largo período de tiempo, temo que los poderosos del Senado, turbados, transformen inadvertidamente la forma de gobierno en una monarquía tiránica.
[56 ] »Así pues, si también hacéis partícipe al pueblo del gobierno, ningún perjuicio surgirá para vosotros de esto, sino que el que pretenda tener más poder que los demás y se asocie en el Senado al que quiera compartir su bajeza y su delito —pues es necesario que los que deliberamos sobre la comunidad preveamos todas las posibilidades—, este gran e ilustre individuo dará razón de sus actos e intenciones ante el pueblo humilde y vulgar, y si resulta que delinque, [2] recibirá la pena que merezca. Y al pueblo mismo, para que, al llegar a poseer un poder tan grande, no se ufane ni, adulado por los peores ciudadanos, se enfrente a los mejores —pues también en la muchedumbre suele surgir una tiranía—, lo vigilará y no le permitirá violar ninguna ley la persona que por su inteligencia sobresaliente elijáis vosotros dictador 44 . Éste, sirviéndose de un poder absoluto y libre de rendir cuentas, eliminará la parte malsana de la comunidad y no consentirá que la parte todavía no corrompida reciba daño alguno, corrigiendo de la mejor manera las costumbres, los hábitos y las apetencias de los individuos y estableciendo las magistraturas que considere que administrarán los asuntos públicos con la mayor moderación; y después de aplicar estas medidas durante un período de seis meses, volverá a ser un particular, sin recibir por sus acciones ninguna otra recompensa más que el honor. Así pues, teniendo presentes estas consideraciones y [3] pensando que ésta es la mejor forma de gobierno, no excluyáis al pueblo de nada, sino que, de la misma manera que le habéis hecho partícipe de elegir a los magistrados que van a gobernar cada año la comunidad, de ratificar unas leyes y derogar otras y de decidir sobre la guerra y la paz, que son las mayores y más importantes actividades de la comunidad, y no habéis dado al Senado autoridad absoluta en ninguna de estas materias, así también hacedle participar en los juicios y especialmente en aquellos en los que la acusación es de delinquir contra el Estado por incitar a la sedición o tramar la instauración de una tiranía o pactar una traición con los enemigos o intentar cometer algún otro delito semejante. Cuanto más temible hagáis [4] para los insolentes y los arrogantes el violar las leyes y modificar las costumbres eligiendo muchos ojos y muchas personas que los vigilen, tanto mejor estará vuestra comunidad.»
Breves palabras de Marcio
[57 ] Después de decir estas y otras cosas semejantes, terminó su discurso. De entre los senadores que se levantaron después de él, excepto unos pocos, los demás se adhirieron a esta opinión. Y cuando el decreto preliminar debía redactarse, Marcio pidió la palabra y dijo: «Senadores, todos sabéis cuánto represento para la comunidad, que he llegado a esta arriesgada situación por afecto hacia vosotros y que vuestro comportamiento hacia mí ha resultado contrario a lo que esperaba, y lo sabréis todavía mejor cuando terminen las acciones contra [2] mí. Sin embargo, dado que la opinión de Valerio prevalece, ojalá estas decisiones os sean beneficiosas y yo sea un mal adivino del futuro. Pero, tanto para que vosotros que proponéis el decreto preliminar sepáis los motivos por los que vais a entregarme al pueblo, como para que yo no ignore de qué tengo que defenderme, ordenad a los tribunos que digan ante vosotros cuál es el delito por el que van a acusarme y qué nombre van a dar a la causa.»
Cargos contra Marcio. Se fija la fecha del juicio
[58 ] Sin duda, él decía esto creyendo que se le iba a someter a juicio por las palabras que pronunció en el Senado y deseando que los tribunos reconocieran que le iban a acusar por esta culpa. Pero los tribunos, después de deliberar entre sí, lo acusaron de aspirar a la tiranía y le ordenaron que viniera para defenderse de esta acusación, pues ellos no querían que la imputación se circunscribiera a un solo cargo y que éste no fuera grave ni grato para el Senado, sino que obraban para obtener para sí mismos el poder de acusarlo de cuanto querían, y pensaban privar a Marcio de la ayuda de los senadores. Entonces Marcio dijo: «Está bien, si se me va a juzgar por este cargo, me entrego y me someto al juicio de los plebeyos, y que no haya ningún impedimento para redactar el decreto preliminar.» Y a la mayor parte de los [2] senadores les pareció bien que el juicio se celebrara por esta acusación por dos motivos: porque el decir en el Senado lo que uno pensaba no iba a ser objeto de acusación y porque Marcio, que había llevado una vida intachable y sensata, se libraría fácilmente de la imputación. Después [3] de esto se redactó el decreto preliminar sobre el juicio y a Marcio se le dio de tiempo para la preparación de la defensa hasta el tercer día de mercado 45 . Los romanos, como también nosotros, hacían los mercados cada ocho días 46 . En ellos los plebeyos venían desde los campos a la ciudad, cambiaban sus mercancías, resolvían sus litigios en los tribunales y ratificaban con su voto las cuestiones de administración pública en las que, de acuerdo con las leyes, tenían autoridad y cuantas les confiaba el Senado; y como la mayoría eran agricultores 47 y pobres, los siete días entre los mercados los pasaban en los campos. Después [4] de que los tribunos recibieran el decreto preliminar, se dirigieron al Foro, convocaron al pueblo en asamblea y, tras hacer muchas alabanzas del Senado y leer sus decisiones, anunciaron el día en el que se iba a celebrar el juicio, al que pidieron que fueran todos los ciudadanos, pues iban a decidir sobre asuntos de la mayor importancia.
Explicación de las votaciones por centurias
[59 ] Cuando estas noticias se difundieron, hubo un gran interés y preparación de fuerzas por parte tanto de los plebeyos como de los patricios, los unos pensando que iban a castigar a un hombre muy arrogante, los otros con la intención de que no quedara sometido a los enemigos el defensor de la aristocracia. A ambos bandos les parecía que en este juicio estaba en juego toda su concepción de la vida y de la libertad. Cuando llegó el tercer mercado, la muchedumbre procedente de los campos que nunca antes había venido a la ciudad, ya desde el amanecer ocupaba el Foro. Los tribunos convocaron al pueblo a una asamblea por tribus, después de haber delimitado con una cuerda las zonas del Foro en las que cada [2] tribu iba a colocarse. Y entonces, por primera vez, los romanos celebraron una asamblea tribal para votar contra un hombre, con la oposición insistente, para que esto no sucediera, de los patricios, que pedían reunir una asamblea centuriada 48 como era su costumbre.
En los primeros tiempos, efectivamente, cuando el pueblo iba a votar sobre cualquier asunto de los que le confiaba el Senado, los cónsules convocaban la asamblea centuriada, no sin antes haber realizado los sacrificios que la ley les ordenaba, algunos de los cuales todavía se realizan [3] en nuestra época. La muchedumbre se dirigía en masa a la llanura de Marte delante de la ciudad, ordenada tras los centuriones y bajo los estandartes, como en la guerra, y no votaban todos al mismo tiempo, sino cada uno por su centuria cuando los cónsules lo llamaban. Y como en total eran ciento noventa y tres centurias 49 y éstas estaban divididas en seis clases, se llamaba a la primera y daba su voto la clase de los que tenían la valoración de bienes más alta y ocupaban la primera línea en las batallas; en ésta había dieciocho centurias de caballería y ochenta de infantería. En segundo lugar votaba la clase de los que tenían [4] medios de vida más escasos, que ocupaban una posición más retrasada en las batallas y no tenía el mismo armamento que los de la primera línea, sino uno más ligero; esta multitud estaba dispuesta en veinte centurias y a ellas se añadían dos centurias de carpinteros, herreros y de cuantos trabajadores había de obras relativas a la guerra. Los llamados en la tercera clase constituían veinte centurias, tenían una valoración de bienes inferior a los de la segunda clase y la posición siguiente a la de aquéllos, y no llevaban las mismas armas que los que les precedían. Los [5] llamados después de éstos poseían una renta inferior, ocupaban en la guerra la posición más segura y tenían un armamento más ligero. También éstos estaban repartidos en veinte centurias. Con ellos se alineaban también dos centurias de tocadores de cuerno y trompeta. En quinto lugar se llamaba a la clase de los que habían tenido una muy baja valoración de renta y cuyas armas eran jabalinas y hondas. Éstos no tenían un puesto en la línea de batalla, sino que, por ser ligeros y rápidos, combatían con los hoplitas distribuidos en treinta centurias. Los ciudadanos más [6] pobres, que no eran menos que todos los otros, votaban los últimos y formaban una sola centuria. Éstos estaban exentos de las prestaciones militares y de los tributos por renta, y por ambos motivos eran los menos considerados en las votaciones. Así pues, si entre las primeras centurias, [7] que estaban formadas por los jinetes y por los soldados de infantería que ocupaban la primera línea en las guerras, noventa y siete eran de la misma opinión, la votación se terminaba y ya no se daba el voto a las noventa y seis centurias restantes; pero si no ocurría esto, se llamaba a la segunda clase, formada por veintidós centurias, y a la tercera, y así sucesivamente hasta que hubiera noventa y siete [8] centurias con la misma opinión. Y la mayor parte de las disputas terminaba en las primeras votaciones, de modo que ya no hacía falta llegar a las últimas. Rara vez un asunto resultaba tan dudoso como para llegar hasta la última votación, la de los más pobres; y era como un milagro el hecho de que, cuando las primeras ciento noventa y dos centurias estaban divididas en dos opiniones, el último voto añadido a los demás fuera la causa de la inclinación [9] de la balanza hacia uno u otro lado. Pues bien, los que apoyaban a Marcio pedían que esta asamblea se convocara por censo, pensando que probablemente Marcio sería absuelto por las noventa y ocho centurias en la primera votación, y si no, al menos, en la segunda o tercera. Los tribunos, en cambio, sospechando esto mismo, pensaban que debían convocar una asamblea por tribus y darle poder absoluto en el juicio, para que ni los pobres estuvieran en inferioridad frente a los ricos ni los de armamento ligero tuvieran una posición menos honrosa que los hoplitas, ni la masa plebeya, relegada a las últimas votaciones, fuera excluida de la igualdad de derechos, sino que todos, siendo iguales a la hora de votar y gozando de idénticos honores, [10] votaran por tribus en una sola votación. Y parecía que la petición de éstos era más justa que la de los otros, al pensar que el tribunal del pueblo debía ser popular y no oligárquico y que el conocimiento de los delitos contra la comunidad debía extenderse a todos.
Discurso de Minucio pidiendo la absolución de Marcio
Después de que trabajosamente tambien [60 ] les fuera concedida esta petición por parte de los patricios, cuando debía celebrarse el juicio, Minucio, uno de los cónsules, se levantó el primero y pronunció las palabras que el Senado le había ordenado: en primer lugar recordó todos los beneficios que el pueblo había recibido de los patricios. Después pidió que, a cambio de sus muchas y nobles acciones, el pueblo les concediera el único favor que ellos le pedían, necesario para el bien general de la comunidad. Además de esto, alabó la concordia [2] y la paz, recordando de cuánta dicha para los Estados es causa cada una de ellas, y, en cambio, censuró la discordia y las guerras civiles, por las que manifestó que se habían destruido ciudades con todos sus habitantes y perdido naciones enteras. Incitó a no elegir lo peor en lugar de lo mejor por abandonarse a la cólera, sino a mirar el futuro con reflexión equilibrada y a no servirse de los peores ciudadanos como consejeros a la hora de decidir asuntos de la mayor importancia, sino de aquellos que les parecieran mejores, gracias a los cuales sabían que, tanto en la paz como en la guerra, el país había recibido muchos beneficios y de los que no sería justo desconfiar como si hubieran cambiado su modo de ser. Pero el punto fundamental [3] de todas sus palabras era que ellos no votaran contra Marcio, sino que, más bien, lo absolvieran por él mismo, recordando qué llegó a ser para la comunidad y cuántas batallas condujo a buen término en defensa de la libertad y de la hegemonía comunes, y que no iban a actuar de manera piadosa ni justa, ni convincente para sí mismos si se vengaban de él por unas palabras poco apropiadas y, en cambio, no le agradecían sus nobles acciones. Y, además, [4] era un buen momento para absolverlo, pues él mismo llegaba entregándose a los adversarios y sometiéndose a lo que aquéllos decidieran sobre él. Pero, si no eran capaces de reconciliarse con él y, por el contrario, eran duros e inexorables, les pidió que, teniendo en el pensamiento que el Senado, los trescientos mejores hombres de la ciudad, estaban presentes para interceder por él, tuvieran compasión y reconsideraran sus decisiones y que no rechazaran la petición de tantos amigos por castigar a un solo enemigo, sino que sobreseyeran el juicio a un solo hombre como [5] favor a muchos buenos hombres 50 . Después de decir estas y otras cosas semejantes, puso fin al discurso asegurando que, una vez realizada la votación, si absolvían a Marcio, daría la impresión de que lo liberaban porque no había cometido ninguna ofensa contra el pueblo; si, en cambio, impedían que el juicio se llevara a cabo, parecería que lo hacían por hacer un favor a quienes intercedían por él.
Desarrollo del juicio. Acusación de Sicinio
[61 ] Cuando Minucio terminó, el tribuno Sicinio se adelantó y dijo que él ni traicionaría la libertad de los plebeyos ni se lo permitiría voluntariamente a quienes la traicionasen, pero que, si los patricios realmente ponían a Marcio a disposición de los plebeyos para que fuera juzgado, votarían sobre él y no harían nada [2] más. Después de esto, Minucio se adelantó y dijo: «Tribunos, puesto que deseáis por encima de todo votar sobre este hombre, no lo acuséis nada más que de la acusación formal, y, más bien, dado que lo denunciáis por aspirar a una tiranía, explicadlo y presentad testimonios de ello. Pero de las palabras que le reprocháis haber dicho contra el pueblo ante el Senado, no hagáis mención ni lo acuséis, pues el Senado votó absolverlo de este cargo y decidió llevarlo ante el pueblo bajo determinadas condiciones.» Y, después de esto, leyó el decreto preliminar. Tras pronunciar [3] estas palabras y jurar el decreto, bajó de la tribuna. De entre los tribunos, Sicinio fue el primero en exponer la acusación con gran minuciosidad y método, refiriendo todo cuanto Marcio había continuado haciendo o diciendo contra el pueblo para establecer una tiranía. Después de él hablaron los tribunos más influyentes.
Defensa de Marcio
Cuando Marcio obtuvo la palabra 51 , [62 ] empezó desde el principio por su juventud, y enumeró todas las batallas en las que había prestado sus servicios a la comunidad, y todas las coronas de victoria que había recibido de los generales, y los enemigos que había apresado y los conciudadanos que había salvado en los combates. Y en cada uno de los puntos de los que hablaba mostraba sus excelencias, presentaba como testigos a los generales y llamaba por su nombre a los ciudadanos salvados por él. Éstos se presentaban llorando y suplicando [2] a sus conciudadanos que no destruyeran como a un enemigo al artífice de su salvación, pidiendo una sola vida a cambio de muchas y ofreciéndose a sí mismos en su lugar para que hicieran de ellos lo que quisieran. La mayor parte eran de clase plebeya y muy útiles para la comunidad; su aspecto y sus súplicas provocaron en el pueblo un sentimiento de vergüenza y lo movieron a la compasión y al llanto. Entonces, Marcio, rasgando sus ropas, mostró [3] el pecho lleno de heridas y el resto del cuerpo plagado de golpes, y preguntó si consideraban que eran actos propios de unos mismos hombres salvar en las guerras a sus conciudadanos y destruir en la paz a los que habían salvado, y si alguien que prepara una tiranía expulsa de la ciudad al pueblo, que es por quien más se afianza y nutre la tiranía. Cuando todavía estaba hablando, todos los plebeyos ecuánimes y amantes de la bondad gritaban que lo absolvieran y consideraban vergonzoso que un hombre que despreciaba hasta tal punto su propia vida para preservar la de todos, en primer lugar se viera sometido a juicio por [4] semejante causa. Por el contrario, aquellos que eran por naturaleza malvados y enemigos de la bondad y estaban dispuestos a cualquier sedición, se irritaban de tener que absolverlo, pero no podían hacer otra cosa por no encontrar ninguna prueba evidente de su aspiración a la tiranía, asunto sobre el que habían requerido sus votos.
Discurso de Decio. Nueva acusación contra Marcio
[63 ] Cuando Decio, aquel que había hablado en el Senado y había procurado que se redactara el decreto preliminar sobre el juicio, se dio cuenta de esta situación, se levantó y, tras ordenar silencio, dijo: «Plebeyos, puesto que de las palabras pronunciadas por Marcio en el Senado y de las acciones violentas y arrogantes los patricios lo absuelven y ni siquiera nos permiten acusarlo, escuchad qué otro delito, además de sus palabras, ha cometido contra vosotros este noble hombre, qué crimen insolente y tiránico, y enteraos de qué ley vuestra ha [2] violado como particular. Sin duda todos sabéis que la ley ordena que los botines de guerra que nos está permitido coger por nuestro valor sean públicos, y que no se adueñe de éstos no ya un particular, sino ni siquiera el mismísimo general del ejército; el cuestor se encarga de ellos y los subasta, y entrega el dinero al erario público. Y esta ley, desde que habitamos en esta ciudad, no sólo nadie la ha violado, sino que ni siquiera se le ha reprochado el no ser una buena ley. Pero este Marcio es el primero y el único que, despreciándola a pesar de que existía y era válida, consideró oportuno, plebeyos, apropiarse de nuestro botín común el año pasado, no hace mucho. En efecto, cuando [3] hicisteis una incursión en territorio de los anciates y os apoderasteis de muchos prisioneros, muchos rebaños y mucho trigo y de muchos otros bienes, ni los mostró al cuestor ni los vendió él personalmente y llevó el dinero al erario público, sino que distribuyó e hizo donación de todo el botín a sus amigos. Esta acción afirmo que es sin duda una prueba de tiranía. ¿Y cómo no va a serlo? Él ha favorecido con los bienes públicos a sus aduladores, a su cuerpo de guardia y a sus cómplices en la tiranía que maquina; y sostengo que es ésta una flagrante violación de la ley. Por tanto, que Marcio se adelante y demuestre una de estas [4] dos cosas: o que no repartió entre sus amigos el botín que tomó del territorio enemigo, o que, aunque lo hizo, no violó las leyes; de ninguna de estas dos cosas podrá hablaros, pues vosotros mismos conocéis una y otra, tanto la ley como su acción, y, si lo absolvéis, no es posible que os parezca que habéis tomado una decisión justa y conforme a juramento. Por consiguiente, dejando a un lado las coronas al valor, las acciones memorables, las heridas y demás fanfarronadas, responde a estas cuestiones, Marcio: te concedo ya la palabra.»
Finaliza el juicio. Condena de Marcio
Esta acusación provocó una gran agitación [64 ] en el otro grupo. En efecto, los más razonables y que se interesaban por la absolución de Marcio, al oír estas palabras se volvieron más indecisos, y todos los malvados, que eran la mayor parte del pueblo, anhelando destruir por completo al acusado, cobraron todavía más fuerza para ello, pues tenían un motivo grave e innegable. Efectivamente, era cierta la distribución del botín, [2] aunque sin duda no se había hecho con una intención aviesa ni para establecer una tiranía, como Decio acusaba, sino con la mejor de las intenciones y para enderezar los males que atenazaban a la comunidad. De hecho, como todavía continuaba la sedición y en aquel momento el pueblo se había separado de los patricios, los enemigos, envalentonándose, realizaban en el territorio incursiones y continuos saqueos; y, cada vez que el Senado decidía enviar un ejército para impedir estos ataques, ninguno de los plebeyos se alistaba, sino que se alegraba y toleraba lo que estaba sucediendo; y la tropa de patricios no era apta para combatir [3] por sí sola. Marcio, dándose cuenta de esto, prometió a los cónsules, si le confiaban el mando, llevar un ejército de voluntarios contra los enemigos y, en breve, tomar venganza de ellos. Después de recibir plenos poderes, llamó a sus clientes y amigos y a otros ciudadanos que deseaban obtener algún beneficio del éxito del general en la guerra y de su valor. Cuando le pareció que había reunido una tropa adecuada para luchar, marchó contra los [4] enemigos, que todavía no sabían nada. Y penetrando en su territorio, rico en numerosos bienes, se apoderó de un inmenso botín y permitió que los soldados se repartieran todo lo capturado, para que los que habían tomado parte en la acción, tras recibir el fruto de sus esfuerzos, fueran de buena gana a otras expediciones, y los que la habían evitado, pensando de cuántos bienes se habían visto privados por la sedición cuando les había sido posible participar de ellos, fueran más sensatos en futuras expediciones. [5] Ésta fue la intención de Marcio en este asunto; pero, por un rencor malsano y por envidia de los enemigos, esta acción, examinada en sí misma, fue considerada como un acto de demagogia y de corrupción tiránica. De manera que el Foro entero estaba lleno de gritos y alboroto, y ni Marcio ni el cónsul ni ningún otro podían rechazar esta acusación, tan inesperada e imprevista se les había presentado. Como ninguno continuaba con la defensa, los tribunos [6] concedieron el voto a las tribus y establecieron como pena en este juicio un exilio de por vida, por temor, creo yo, a que no se le condenara si la pena era la muerte. Después de que todos votaran y se hiciera el recuento de los votos, la diferencia que apareció no fue grande. De las veintiuna tribus que entonces había y que votaron, Marcio contó con nueve que lo absolvieron; de manera que si se le hubieran añadido dos tribus más, en igualdad de votos habría sido absuelto, como la ley prescribía 52 .
Consideraciones sobre los juicios ante el pueblo
Ésta fue la primera citación a juicio [65 ] ante el pueblo de un patricio. Y a partir de aquel momento, se estableció la costumbre, para los que posteriormente tomaron el liderazgo de los plebeyos, de citar ante el pueblo para someterse a juicio a aquellos ciudadanos que les pareciera oportuno; y, empezando por aquí, el pueblo se hizo muy fuerte, mientras que la aristocracia perdió mucho de su antiguo prestigio por permitir a los plebeyos formar parte del Senado, consentir que aspiraran a las magistraturas, no impedir que tomaran la presidencia de los sacrificios y hacer extensivas a todos las otras prerrogativas existentes y que eran exclusivas de los patricios, algunas por necesidad y contra su voluntad, otras por previsión y sensatez; sobre estos asuntos hablaré en el momento adecuado. Sin embargo, esta costumbre, la de citar [2] a los que mandaban en la ciudad a un juicio del que el pueblo era el árbitro, proporcionaría muchos motivos para hablar a quienes desean alabarla o censurarla. En efecto, muchos hombres honestos y buenos ya han padecido algunas ofensas que no estaban en consonancia con sus virtudes, pues por culpa de los tribunos se les quitó la vida de una manera ignominiosa e innoble; por otra parte, muchos hombres de carácter soberbio y tiránico, obligados a rendir cuentas de su vida y de sus actos, pagaron las penas que les [3] correspondían. Así pues, cuando se dictaban sentencias por un asunto importante y se acababa justamente con las arrogancias de los poderosos, esta costumbre parecía algo grande y admirable y era alabada por todos; pero cuando un hombre de virtud que había dirigido correctamente los asuntos públicos, por ser objeto de envidia, era injustamente eliminado, a los demás les parecía algo terrible y se censuraba a los que habían iniciado la costumbre. Muchas veces los romanos, después de deliberar sobre si se debía suprimir esta costumbre o preservarla tal como la habían recibido de sus antepasados, no tomaron ninguna decisión. [4] Si tengo que manifestar mi opinión sobre asuntos tan importantes, me parece que la costumbre, examinada en sí misma, es beneficiosa y sumamente necesaria para la comunidad romana, pero que se convierte en mejor o peor según el carácter de los tribunos. De hecho, cuando alcanzan este poder hombres justos y sensatos y que anteponen los asuntos públicos a los privados, el que delinque contra la comunidad, al recibir el castigo que merece, suscita un gran temor en los que planeaban cometer actos semejantes; en cambio, el buen ciudadano que interviene en los asuntos públicos con la mejor intención ni sufre un juicio vergonzoso ni se encuentra metido en acusaciones ajenas a su conducta. [5] Pero cuando obtienen semejante poder hombres malvados, desenfrenados y ambiciosos, ocurre lo contrario. De manera que no conviene reformar la costumbre por no ser adecuada, sino mirar con atención para que hombres honestos y buenos se conviertan en líderes del pueblo, y no confiar a lo loco los asuntos de mayor importancia a cualquier persona.
Justificación de la narración y alabanza de Roma
La primera sedición que afectó a los [66 ] romanos después de la expulsión de los reyes tuvo estas causas y este final. He sido prolijo en estos asuntos, para que nadie se asombre de cómo los patricios toleraron que el pueblo se adueñara de un poder tan grande sin que hubiera matanza o exilio de los mejores hombres, como ocurrió en otras ciudades. En efecto, cada uno, ante noticias increíbles, desea conocer la causa, y su credibilidad depende solamente de ésta. En consecuencia, yo [2] pensaba que mi narración estaría muy lejos de ser verosímil si solamente decía que los patricios concedieron a los plebeyos su propio poder y que, a pesar de que les era posible vivir en una aristocracia, hicieron al pueblo soberano de las cuestiones de mayor importancia, y omitía las causas por las que se consintieron estas cosas; por este motivo he narrado todas las causas. Y puesto que realizaron [3] el cambio sin ejercer violencia ni forzarse los unos a los otros, sino convenciéndose con palabras, consideré que era más necesario que cualquier otra cosa exponer los discursos que los líderes de uno y otro bando pronunciaron entonces. Me asombraría que algunos creyeran que se debe escribir con minuciosidad las acciones militares, y que hubiera algunos que desperdiciaran muchas palabras sobre una sola batalla, describiendo la naturaleza de los lugares, las particularidades del armamento, la disposición de las líneas, las exhortaciones de los generales y demás detalles que llegan a ser causa de la victoria de unos y otros, y, en cambio, creyeran que, al referir convulsiones sociales y sediciones, no hay que reproducir los discursos por los que [4] se verifican sucesos inesperados y asombrosos. Si hay algo de la sociedad romana digno de gran alabanza e imitación por parte de todos los hombres, es, en mi opinión, aquel hecho, el más brillante de todos los numerosos y admirables sucesos, a saber, que ni los plebeyos despreciaron a los patricios y ejercieron violencia sobre ellos, ni, haciendo una gran matanza de los mejores, se apoderaron de todos sus bienes, ni, por su parte, los que gozaban de posiciones de privilegio destrozaron, por sí mismos o con la ayuda de tropas extranjeras, a todos los plebeyos y, [5] después, habitaron la ciudad sin temor. Por el contrario, dialogando sobre lo que era ecuánime y justo, como hermanos con hermanos o como hijos con padres en una familia sensata, pusieron fin a las desavenencias con la persuasión y la razón, y se mantuvieron firmes para no cometer unos contra otros ninguna acción irreparable o descabellada, como las que cometieron los habitantes de Corcira con motivo de su sedición, y los argivos, los milesios, Sicilia entera y otras muchas ciudades 53 . Yo, por estas razones, decidí hacer mi narración con más minuciosidad que brevedad; que cada cual la juzgue como quiera.
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