Kitabı oku: «Tratados de crítica literaria»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 334

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por AMANDA LEDESMA .
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2005.
www.editorialgredos.com
REF. GEBO414
ISBN 9788424937102
INTRODUCCIÓN
1. Dionisio en Roma: las corrientes literarias y filosóficas de su época
Dionisio, hijo de Alejandro, era natural de Halicarnaso, ciudad de Caria entonces venida a menos 1 . Y, tal como hicieron en esa misma época el geógrafo Estrabón, el poeta Partenio y otros muchos griegos, viajó a Roma, donde se estableció durante veintidós años, desde el 30 al 8 a. C 2 . Dionisio necesitaba documentarse sobre el pasado de Roma y aprender latín, pues se había propuesto escribir en griego, quizá emulando a su paisano Heródoto, una historia sobre la época más antigua de Roma, desde los inicios hasta la primera guerra púnica, esto es, la época que había dejado Polibio sin escribir. Con esta obra Dionisio quería superar a todas las historias precedentes sobre la Roma antigua, tanto las escritas por griegos 3 como por romanos que escribieron en griego 4 . Esta magna empresa, que fructificó en una voluminosa obra en veinte libros, le ocupó los veintidós años de estancia en Roma. Sin embargo, aunque Dionisio se considera ante todo un historiador y fue esta obra histórica la que le dio fama 5 , a la vez que escribía la historia primitiva de Roma también impartía clases «diarias» de retórica a jóvenes alumnos 6 y redactaba tratados de crítica literaria para estudiosos de retórica y lectores familiarizados con la literatura griega 7 : entre historiadores y oradores no había entonces una barrera infranqueable, pues la historia se consideraba también una tarea propia de oradores 8 . Pero fue sin duda la actividad docente la que le proporcionó un medio de subsistencia lo suficientemente desahogado como para dedicarse a escribir y poder relacionarse con las familias más nobles de Roma, pues en Roma el aprendizaje de la retórica se hacía en griego y no en latín 9 . Entre los personajes ilustres de la política romana que Dionisio trató estaban el cónsul Q. Elio Tuberón 10 , a quien dedica el tratado Tuc ., y Rufo Metilo, uno de sus alumnos predilectos —probablemente el que luego sería procónsul de Acaya—, a quien dedica el Sobre la composición literaria . Los demás personajes a quienes dedica el resto de sus obras o dirige sus cartas nos son desconocidos: un tal Ameo, a quien dedica su extenso trabajo Sobre los oradores áticos y dos cartas, y el desconocido destinatario de la Carta a Pompeyo Gémino; por otro lado, no está clara la identificación del Demetrio a quien dedica el tratado Sobre la imitación 11 . Y, si en sus relaciones con políticos se mantuvo en un discreto segundo plano, algo parecido le ocurrió en el campo de la literatura, pues, aunque afirma que para asesorarse sobre la historia de Roma trató con los hombres «más doctos» (tôn logiōtátōn) 12 , no parece haber entrado en el círculo de los grandes escritores latinos de la época, a los que por cierto nunca cita, los protegidos de Mecenas 13 y Augusto: Horacio, Ovidio, Vario, Propercio, Tibulo, Tito Livio… y Virgilio, que por entonces también componía un gran poema épico sobre los orígenes de Roma. Da la impresión de que Dionisio, ajeno a la política y a la vida social romana de su tiempo, se ha refugiado en un pequeño círculo de amigos desde donde, por un lado, investiga el pasado remoto de Roma y, por otro, lucha por preservar el glorioso pasado de la antigua retórica ateniense. Pero lo cierto es que siempre conservará un gratísimo recuerdo de su estancia en Roma 14 y que sin duda entre su alumnado se encontraban jóvenes romanos de nobles familias que aspiraban a una brillante carrera política.
Como profesor de retórica se vio obligado a tomar partido entre las muchas escuelas y corrientes literarias que entonces imperaban en Roma. Quizá la polémica más importante fue la que surgió a partir del año 100 a. C. con la llegada a Roma de oradores y maestros de retórica venidos desde las distintas ciudades del mundo griego, y que acabaron enfrentados en dos bandos irreconciliables: aticistas y asianistas 15 . El estilo asianista era pomposo y hueco, con ritmos, antítesis y paralelismos artificiosos, en la línea de Gorgias, y utilizaba como dialecto la coiné; a su vez, dentro del asianismo, unos hacían más hincapié en el aspecto conceptual y otros, la mayoría, en los aspectos formales 16 . Según Dionisio los oradores asianistas eran incultos, carecían de ideales filosóficos y políticos y sus discursos eran vulgares y aburridos 17 . El asianismo nació y proliferó en Asia Menor hasta llegar a Roma, donde, al parecer, en época de Dionisio aún gozaba de gran éxito 18 . El iniciador y máximo representante del asianismo fue el historiador Hegesias (circa s. III a. C.), originario de Magnesia, ciudad de Jonia, y autor de una Historia de Alejandro; fue objeto de burla y muy criticado por los autores clásicos 19 . Contra los asianistas arremete Dionisio en el tratado Or. ant .
Frente al asianismo surgió como reacción el aticismo, que proponía la imitación del estilo sobrio de los oradores atenienses 20 y la vuelta al dialecto ático de los siglos V-IV a. C. 21 . En verdad, la imitación de Lisias, de Demóstenes, de Tucídides, etc. ya existía en vida de estos autores y en las generaciones siguientes 22 ; pero tomó cuerpo de doctrina cuando apareció el asianismo. S. Usher 23 apunta otra posible y curiosa causa que despertó el interés por el estudio del dialecto ático: los bibliotecarios de Pérgamo y de Alejandría necesitaban distinguir, antes de adquirir los manuscritos más valiosos —las obras de los clásicos atenienses—, los textos auténticos de las imitaciones. Así Crates de Malos, director de la biblioteca de Pérgamo en el s. II a. C., escribió un tratado Sobre el estilo ático 24 . Pero la polémica entre aticistas y asianistas no afectaba tanto a cuestiones de dialecto como a los adornos de la expresión 25 . Cicerón, un orador ecléctico y simpatizante de la escuela de Rodas, alude en varias ocasiones a la controversia entre asianistas y aticistas 26 , y afirma que el asianismo era más propio de la etapa juvenil de los oradores y el aticismo de la madurez 27 . Dionisio, en una imagen que recuerda el mito de «Heracles en la encrucijada», compara el aticismo con la esposa virtuosa que se ha criado en el propio país y el asianismo con la cortesana extranjera que viste hermosas galas, muy seductora pero carente de toda sensatez 28 . El movimiento aticista sería la semilla que más adelante, al final del S . I d. C., fructificó en otro movimiento mucho más importante y que atrajo a muy ilustres oradores griegos, la denominada «Segunda Sofística» 29 . Dionisio fue un ferviente defensor del aticismo y, antes de él, Apolodoro de Pérgamo y su discípulo Cecilio de Caleacte (Sicilia), de origen judío y contemporáneo de Dionisio, que fue autor de dos tratados en defensa del aticismo: ¿En qué difiere la imitación aticista de la asianista? y Contra los frigios (i. e. contra los asianistas) 30 .
También en otro tratado, el Sobre Dinarco , Dionisio censura a la prestigiosa, y más moderada, escuela de Rodas 31 , que tendrá una gran influencia en Roma a través de Apolonio Molón —aunque de Alabanda (Caria), se había formado en Rodas—, de Cicerón, alumno de Molón, del autor de la Retórica a Herenio y de Teodoro.
Además, desde muy antiguo había dos teorías enfrentadas para explicar el origen y el funcionamiento del lenguaje, lo que afectaba al modo de valorar las obras literarias. Unos defendían la «analogía», doctrina filosófica-lingüística de los gramáticos alejandrinos que explicaban la regularidad de las reglas gramaticales (y retóricas) por ser el lenguaje, según ellos, un sistema «lógico» surgido de la convención social (nómos, thésis) , como propuso Demócrito y defendían los epicúreos 32 : en el análisis de los textos eran partidarios de centrarse más en el contenido que en los aspectos formales, como la sonoridad y la eufonía de las palabras. La otra corriente defendía la «anomalía», doctrina que explicaba las irregularidades gramaticales porque el lenguaje habría nacido como imitación de la naturaleza (phýsis) y porque la asignación de las palabras a las cosas habría sido no producto de un acuerdo social sino del azar (eikêi) , teoría defendida por Heráclito, Crátilo, Platón, los estoicos y el propio Dionisio 33 : para estos la sonoridad de la palabra encerraba por sí misma un significado, y de ahí la importancia que daban a la eufonía en el análisis del texto, sobre todo en poesía.
Estas dos corrientes, «analogistas» y «anomalistas», afectó también a la forma de concebir la enseñanza de la retórica y, hacia la mitad del S . I a. C., acabarían constituyéndose en dos escuelas irreconciliables: «apolodoros» y «teodoros» 34 . La escuela de Apolodoro de Pérgamo, maestro de Cecilio y preceptor de Augusto, proponía una enseñanza basada en la memorización de una vasta preceptiva, defendía la «analogía» y era rigurosamente aticista. La escuela de Teodoro de Gádara (Palestina), entre cuyos seguidores habría que contar al autor del Sobre lo sublime , era menos dogmática, proponía un aprendizaje natural mediante la lectura e imitación de los autores clásicos, defendía la «anomalía» y daba menos importancia al aticismo. En definitiva en esta polémica se debatía si la retórica era producto de la téchnē o, como defendía Dionisio 35 , de la phýsis (en latín doctrina frente a ingenium) . En una primera etapa parece que Dionisio se identificaría más con los «apolodoros» y Cecilio para después ir acercándose más a las posturas de los «teodoros» (aunque en verdad Dionisio no cita nunca estas escuelas).
Otra polémica, esta vez filosófica, dividía también a los oradores entre «isocráticos» y «aristotélicos». La escuela peripatética se había difundido en Roma desde que las obras de Aristóteles y Teofrasto fueron editadas en esta ciudad hacia el 47 a. C. 36 . Ya Cicerón, que no pudo conocer esta edición, testimonia la rivalidad entre los seguidores de Aristóteles e Isócrates 37 ; pero lo cierto es que remontaba a la rivalidad personal de Aristóteles e Isócrates por atraerse a los mejores alumnos —ambos rivalizaron por llevarse como alumno a Alejandro Magno 38 —, y acabó planteándose como un certamen entre filosofía y retórica por alcanzar la supremacía en los estudios de los jóvenes griegos; y, cómo no, sobre a cuál de estas disciplinas correspondía el gobierno de las ciudades, un viejo debate que encontramos en Platón (es probable que ya Platón se hubiera burlado de Isócrates 39 ). Pero quizá esta polémica la inició Aristóteles al acusar a Isócrates de falta de principios por escribir discursos adulatorios 40 . Sin embargo Isócrates, que nunca se llamó orador y que consideraba a los filósofos socráticos simples amantes de las discusiones 41 , proclamaba haberse dedicado toda su vida a la enseñanza de la filosofía 42 , identificando así retórica con filosofía, cuando en realidad estaba convirtiendo la filosofía en una hija menor de la retórica. Dionisio es partidario de esta concepción isocrática de la retórica, que él llama «oratoria filosófica» o «filosofía política 43 », título de uno de sus tratados mencionado antes. Dionisio declara abiertamente la superioridad de la retórica sobre la filosofía 44 . Así, mientras Platón despreciaba la retórica por considerarla una técnica que servía para embaucar mediante la palabra, y a los oradores gentes que hablaban sin saber nada realmente, Aristóteles, en cambio, defendía su derecho a estudiar la retórica y replicaba con el siguiente verso: «Sería deplorable guardar silencio y dejar hablar a Isócrates» 45 . Con este argumento Aristóteles se arrogó el derecho, como otros muchos filósofos, de escribir tratados de retórica. Dentro de esta larga polémica entre partidarios de Aristóteles y de Isócrates, por el que Dionisio siente evidente simpatía, se debe enmarcar, además del tratado En defensa de la filosofía política , el Isóc . y, sobre todo, la Carta primera a Ameo 46 , escrita contra los seguidores de Aristóteles, que querían hacer depender la elocuencia de Demóstenes de los tratados de retórica de Aristóteles: para Dionisio la genialidad de Demóstenes estaba por encima de las rígidas clasificaciones de Aristóteles. Sin embargo, Dionisio sigue en muchos puntos la teoría aristotélica 47 : acepta que la «virtud» (aretḗ) es el «término medio» (mesótēs) entre el vicio por «defecto» (élleipsis) y el vicio por «exceso» (hyperbolḗ) 48 ; coincide en que la prosa contiene ciertos ritmos como la poesía 49 ; y entiende el arte como una imitación, donde las palabras deben imitar a los hechos 50 . Pero discrepa con Aristóteles en dos puntos: da más importancia al estilo y a los aspectos formales que a la argumentación y a los elementos pasionales; y, segundo, cree que la oratoria, tal como la entendía Isócrates, debe poseer siempre elevados valores éticos y políticos. Con Teofrasto, discípulo de Aristóteles, unas veces Dionisio mantiene puntos de vista coincidentes —incluso recurrió a él para las virtudes formales y utilizó su terminología—, pero otras veces discrepa 51 .
Dionisio, como pude deducirse por las muchas críticas que dirige contra Platón 52 , al que pone por detrás de Lisias en cuanto a categoría literaria, tampoco era simpatizante del platonismo, debido con toda probabilidad a las críticas que hizo Platón a la retórica frente a la filosofía. Y tampoco le gustaba el estilo literario de algunos de los Diálogos: Dionisio, siguiendo a Cecilio de Caleacte, considera a Lisias superior a Platón y escribe la Carta a Pompeyo Gémino para justificar las críticas que había hecho contra Platón en el Dem . Además, tampoco hay alabanza alguna para la doctrina platónica, aunque alaba el Crátilo , donde Platón defiende el origen natural del lenguaje 53 ; y también es platónica su concepción de la imitación, pues cree que el alma, a través de la simple contemplación, se impregna de las virtudes del objeto imitado 54 .
Dionisio también está contra los que epicúreos. Desde la llegada a Roma de Filodemo de Gádara (Palestina), hacia el 75 a. C., el epicureísmo se extendió rápidamente entre las familias de la alta sociedad romana 55 . Pero para los epicúreos, que rehuían la actividad política, la retórica era un juego de palabras al que no había que dedicar mucho tiempo 56 : un entretenimiento inútil comparado con la utilidad de la filosofía. Solo se servirán de ella en causas judiciales ineludibles y para mejorar el estilo literario de los tratados filosóficos. Además, los epicúreos, como hemos visto, eran «analogistas» y Dionisio «anomalista». Sabemos por Diógenes Laercio 57 que Dionisio escribió contra esta concepción de la retórica y contra Epicuro: sin duda lo hizo en el tratado mencionado antes, En defensa de la filosofía política 58 .
En cuanto a los estoicos, el propio título del tratado En defensa de la filosofía política nos indica sus simpatías con esta esuela, que concebía la retórica como un medio para conseguir fines justos y el bien de todos los hombres en general, tal como, según Dionisio, la practicaban los magistrados romanos 59 ; además, tanto los estoicos como Dionisio eran «anomalistas». No obstante, Dionisio nunca se declara seguidor del estoicismo ni se identifica con ellos 60 .
Por lo demás, Dionisio está muy alejado de otras escuelas, como la pitagórica 61 , la escéptica o la cínica.
2. Dionisio como crítico literario y profesor de retórica
Por las breves alusiones que hace Dionisio sobre su persona deducimos que fue un profesor prestigioso, seguro de sus criterios estilísticos 62 y orgulloso de sus conocimientos históricos y literarios, adquiridos con vastísimas lecturas. Es además un hombre claro y sincero: Dionisio reniega abiertamente de sus orígenes y quiere proclamar bien alto que ni se identifica con el asianismo que imperaba en la tierra en la que había nacido ni, como griego, está contra Roma, pues elogia la política imperial de Augusto 63 . Por lo demás es de ideas conservadoras: no duda en reprobar a Tucídides por burlarse de los que creen en los oráculos y la adivinación 64 . Su estricta moral le lleva a censurar a un autor que narre hechos poco edificantes, como cuando critica a Tucídides porque ha elegido como tema una guerra civil entre griegos 65 o porque sus personajes hablan a veces sin ética alguna: olvida Dionisio que Tucídides se limita a reflejar del modo más exacto posible lo que en la guerra del Peloponeso los griegos de uno y otro bando hicieron o dijeron 66 . ¿O acaso debe el historiador silenciar o distorsionar los hechos? 67 . También, en alguna ocasión excepcional, se deja llevar por sus fobias y no obra con equidad, como cuando enfrenta a Platón y Demóstenes en un certamen desigual 68 . También alguna vez se olvida de la ética que tanto defiende: en los discursos judiciales no le importa si se defiende una causa justa o injusta, sino si el orador consigue o no que parezca justa 69 . Pero, salvo esas contadas excepciones, Dionisio es, o intenta ser, un crítico literario imparcial y honesto 70 . En las cuestiones polémicas desecha las opiniones de aquellos autores que pueden tener algún interés particular y se queda sólo con los que considera objetivos 71 . Es moderado en sus juicios, con gran respeto hacia sus adversarios: siempre atenúa sus aseveraciones, que expone con frecuencia en forma de lítote. Y nunca da los nombres de sus adversarios (para desgracia nuestra), pues trata de evitar las polémicas literarias, que le resultan estériles y desagradables 72 .
Como critico literario Dionisio posee excelentes cualidades: una fina sensibilidad para dejarse arrastrar por la lectura 73 , una poderosa mente analítica para desmenuzar el texto y un fino olfato para detectar las peculiaridades estilísticas de los escritores que leía, lo que le permitía pronunciarse, junto con un estudio cronológico, sobre la paternidad de un discurso determinado. Por su carácter Dionisio huye de los extremos y prefiere el estilo «intermedio», un estilo que imitaba el lenguaje natural 74 y no es ni demasiado humilde ni tampoco grandilocuente: el orador debía pensar en un público de cultura media, ni demasiado erudito ni demasiado ignorante 75 . Su mentalidad abierta le lleva a ir modificando sus juicios conforme estudia a los autores o conoce las teorías de sus adversarios, siempre dispuesto a aceptar las opiniones de otros 76 . No posee una teoría cerrada sobre la retórica y la crítica literaria, sino que la va construyendo y perfeccionando a medida que va estudiando los distintos autores y profundiza en el análisis literario. Al principio, llevado de su pasión aticista, considera la escrupulosidad dialectal la virtud más importante en la valoración del estilo de un orador 77 . Cree también, en esa primera etapa, que el mejor estilo se consigue a base de sumar pequeñas virtudes y evitar los defectos, sin darse cuenta de que así se consigue un estilo correcto pero incapaz de emocionar al lector: esta misma crítica es la que el autor del Sobre lo sublime dirige con toda razón a Cecilio 78 . Aunque Dionisio siempre aconseja, a la hora de emitir un juicio, dejarse llevar por el instinto o percepción irracional 79 , tal vez era demasiado frío y racional como crítico literario, pues juzga a un autor más por sus pequeños fallos que por sus grandes aciertos, lo que le llevó a censurar a algunos escritores por detalles nimios, como por ejemplo a Platón 80 ; o a no apreciar el valor literario de algunos pasajes «caóticos» de Tucídides al que, si bien le reconoce su maestría para describir el dramatismo de ciertos hechos bélicos, le reprocha que no le dedique la misma extensión a sucesos que son similares: para Dionisio, al parecer, la importancia de un hecho bélico depende del número de muertos y no del dramatismo de la situación o de su interés como ejemplo del comportamiento humano 81 .
Pero digamos en su favor que Dionisio va ganando como crítico literario con el tiempo: de preferir un estilo sin ornato y como principales virtudes la pureza dialectal y la gracia, como el estilo de Lisias, pasó a valorar por encima de todo una expresión adornada con todas aquellas virtudes que hacían sobresalir a Demóstenes por encima de los demás, un estilo capaz de conmover y arrastrar al público 82 . La evolución de los gustos literarios de Dionisio habría sido la siguiente. Primero prefiere el estilo de Lisias por considerar que un estilo sencillo y claro era el más adecuado para alumnos que desean iniciarse en la oratoria y aprender un ático puro. Después parece valorar más a Isócrates, arrastrado sin duda por los jóvenes romanos que aspiraban a una brillante carrera política, a los que le interesaba más la oratoria política de Isócrates que los pleitos locales de los que se ocupó Lisias 83 ; pero cada vez es más severo con Isócrates y vemos que su análisis estilístico va adquiriendo más riqueza y profundidad 84 . Más adelante comienza los trabajos preparatorios sobre el estilo de Demóstenes, comenzando por el estudio de Iseo, maestro de Demóstenes; entonces pone ya el estilo de Demóstenes a la misma altura que el de Lisias y, finalmente, el «frío» Dionisio sentirá por primera vez cómo su ánimo es seducido y arrastrado por la elocuencia de este orador, al que le otorga el primer puesto en la prosa griega, muy por encima de Lisias 85 : si el empleo del lenguaje figurado era considerado al principio un vicio, en Demóstenes será una virtud 86 . La categoría de un orador no dependerá de si comete muy pocos errores ni tampoco si domina muchas pequeñas virtudes, pues tal es el método que sigue en el Lis ., sino de la capacidad de crear un estado de ánimo especial en el público mediante el empleo de los recursos más apropiados 87 , a veces empleados inconscientemente, como era la «gracia» en Lisias y la «armonía» en Demóstenes. Pero es más, Dionisio cree haber encontrado el secreto de la belleza literaria, pues, aunque todos aceptan que un pasaje bello debe poseer musicalidad, ritmo métrico, variedad y adecuación 88 , Dionisio ha descubierto que estos elementos dependen de la adecuada disposición de las palabras, lo que él llama «armonía», tema al que dedica un tratado, el Sobre la composición literaria . Finalmente, olvidándose de otros oradores, vuelve a escribir un segundo tratado sobre Demóstenes para mostrar cómo este orador consigue la armonía más perfecta de un modo inconsciente.
Dionisio no quiere escribir uno de esos manuales de retórica en los que abundan clasificaciones prolijas e innumerables vocablos técnicos, que se remontaban a la Técnica o Arte retórica 89 de Córax y Tisias. Sus tratados nada tienen que ver con los manuales de retórica al uso, porque los suyos son estudios críticos y exhaustivos del estilo de los autores y no un catálogo de reglas sobre lo que se debe y no se debe hacer cuando se componen discursos. Con sus tratados Dionisio pretende alcanzar tres objetivos: formar a los jóvenes alumnos que aspiran a ser futuros oradores, perfeccionar el estilo de los que ya lo son y enseñar a los simples lectores a reconocer el estilo de cada orador y saber valorar su talento literario 90 . A tal fin Dionisio va analizando y señalando qué virtudes están presentes, cuáles faltan y cuáles están mal utilizadas.
Sin embargo, primero Dionisio debe pronunciarse sobre cuáles eran los mejores oradores. Poco a poco entre los tratadistas de retórica se fue formando un canon de oradores áticos, que quedó fijado en un número de diez, por obra quizá de Cecilio de Caleacte; pero al parecer Dionisio no llegó a conocer este canon 91 . Los diez oradores eran: Antifonte, Andócides, Lisias, Isócrates, Iseo, Esquines, Licurgo, Demóstenes, Hiperides y Dinarco 92 . Ahora bien, ¿qué oradores de ellos debían elegirse como modelos, puesto que sus estilos eran muy diferentes? ¿Demóstenes o acaso Lisias? ¿Y por qué no los discursos que encontramos en las obras de un filósofo como Platón o de un historiador como Tucídides? ¿Elegimos un solo orador o todos a la vez? 93 . Sin duda lo más razonable es elegir lo mejor de cada uno ofreciendo los pasajes más logrados, pero señalando también los vicios que debían evitarse 94 . Ante la inmensa tarea de escribir sobre los diez oradores Dionisio se propone en principio escribir sólo sobre los oradores e historiadores más ilustres 95 . Pero el proyecto inicial de Dionisio va a ir modificándose a medida que escribe los tratados.
3. Los tratados de crítica literaria: cronología
Dionisio es un escritor infatigable que escribe con un ritmo frenético, capaz de llevar varias actividades literarias simultáneamente. Así, mientras iba redactando la Historia antigua de Roma , componía algún tratado de crítica literaria, escribía cartas y preparaba e impartía clases de retórica: en estos casos no tiene sentido hablar de que un escrito sea anterior a los otros. Además, a veces interrumpía un tratado para comenzar otro 96 o nos advierte de que aún tenía un tratado sin terminar 97 . Otras veces, para no alargar demasiado el escrito, deja un tema sin tocar en profundidad o promete estudiarlo más adelante o incluso dedicarle en el futuro un tratado, cosa que no tiene tiempo de cumplir 98 , aunque al parecer tardaba sólo un año en terminar un tratado 99 .
En cuanto a la cronología de los tratados hemos de basarnos en las pocas alusiones que hace Dionisio sobre ellos en sus propios escritos, a menudo vagos y contradictorios, y en la evolución de sus gustos literarios. En principio se está de acuerdo en que, mientras preparaba la edición de la Historia antigua de Roma , a la que precedieron unas Cronologías de datación incierta, fueron apareciendo los tratados de crítica literaria, para los que proponemos el siguiente orden cronológico (ponemos entre paréntesis los tratados que no se han conservado):
– (En defensa de la filosofía política.)
– Sobre la imitación , del que conservamos solo algunos fragmentos de los libros I y II, nada del III y un Epítome del libro II.
– Sobre los oradores áticos (I), también llamado Sobre los oradores antiguos o Sobre los estilos , que lo componen cuatro tratados publicados conjuntamente:
– Sobre Lisias .
– Sobre Isócrates .
– Sobre Iseo .
– Sobre los oradores antiguos : es un breve preámbulo al Sobre los oradores áticos (I), con el que no debe confundirse, y que sin duda compuso después del Iseo .
– (Los tres tratados sobre la autenticidad de los discursos de Lisias, Isócrates e Iseo).
– Carta primera a Ameo , en la que defiende la originalidad de Demóstenes con respecto a los manuales de Aristóteles.
– (Sobre la autenticidad de los discursos de Demóstenes)
– Sobre los oradores áticos (II), que incluye únicamente:
– Demóstenes-1 = Sobre Demóstenes 1-33, del que hemos perdido el principio.
– Sobre Tucídides .
– Carta a Pompeyo Gémino , en la que justifica las críticas que hizo a Platón en el Dem . y reproduce un extenso pasaje, dedicado a los historiadores, del libro II del Sobre la imitación .
– Carta segunda a Ameo , en la que justifica sus críticas a Tucídides.
– Sobre Dinarco (falta el final).
– Sobre la Composición literaria , del que se ha conservado también un Epítome 100 .
– Demóstenes-2 = Sobre Demóstenes 34-58, editado siempre conjuntamente con el Demóstenes-1 y sin advertir que son dos tratados diferentes.
– (Sobre las figuras del lenguaje.)
– (Cronologías , estudio histórico de datación incierta.)
– Historia antigua de Roma en veinte libros.
Por otro lado a Dionisio de Halicarnaso se le atribuyó un manual que trataba de los discursos epidícticos y que lleva por título el Arte de los panegíricos , más conocido como Arte retórica 101 ; pero se trata de una obra muy tardía, probablemente del S . III d. C.
En cambio hemos perdido las siguientes obras: tres ensayos en los que analizaba la autenticidad de los discursos de Lisias, Isócrates y Demóstenes (es poco probable que escribiera uno sobre Iseo); el tratado En defensa de la filosofía política; y el tratado Sobre las figuras del lenguaje , un tema que siempre le pareció muy complejo, pero que al final se atrevió a redactar.
Los tratados que Dionisio prometió escribir, pero que probablemente nunca llegó a publicar, fueron: ese tercer libro del tratado Sobre la imitación , que debería titularse «Cómo debe hacerse la imitación»; el Sobre la elección de las palabras 102 ; el Sobre Hiperides y el Sobre Esquines . Y tampoco escribió, o se ha perdido, un tratado en el que pensaba demostrar, mediante un análisis detallado, los defectos de estilo de Platón 103 y otro sobre la maestría de Demóstenes para tratar los temas, que anuncia al final del Dem .
A continuación explicamos el porqué del orden que proponíamos antes 104 .
Aunque Dionisio es un historiador, su actividad docente como preparador de futuros oradores le llevó en seguida a interesarse por los grandes oradores griegos, lo que le obligó a entrar en polémicas literarias y filosóficas en las que estaban inmersos los maestros de oratoria y los oradores. Su primera obra sería, pues, el tratado hoy perdido contra los epicúreos y asianistas, En defensas de la filosofía política , anterior al Tuc . y al Or. ant.; y lo hizo con una pasión impropia de su carácter; en cuanto al fondo defendía el ideal isocrático de oratoria y en cuanto a la forma la expresión pura y sencilla de Lisias 105 .
Por esta misma época, y con el fin de orientar a sus alumnos y a los amantes de la literatura griega, se ve en la necesidad de pronunciarse sobre el estilo de los autores griegos más importantes para señalar las virtudes y defectos de cada uno: es el Im ., que a la larga se convirtió en un manual de literatura griega para estudiantes romanos. Incluso Quintiliano recurrió a él para ofrecer un breve panorama de la literatura griega 106 . Incluía a poetas, autores dramáticos, historiadores, filósofos y oradores (y entre estos a Lisias, Isócrates, Licurgo, Demóstenes, Esquines e Hiperides); pero en esta época le interesan más los historiadores que los oradores, y aún es muy radical en sus juicios. Le seguirían, por consiguiente, los dos primeros libros del tratado Sobre la imitación , que son anteriores al Tuc. 107 ; pero el libro tercero aún estaba sin concluir —y probablemente nunca concluyó— cuando escribía la Carta a Pompeyo Gémino 108 . Sin embargo, algunos estudiosos, entre ellos G. Aujac, se inclinan por una época tardía para el Im .: entre la primera parte del tratado Dem . (= Demóstenes -1) y el Tuc. 109 . Esta datación suscita problemas para los que no hay respuesta satisfactoria. Pues, ¿cómo explicar que Dionisio dedique un tratado a Iseo y que después en el lm . no lo mencione?; ¿y cómo explicar que en el Im . elogie a Licurgo y que nunca más, ni antes ni después, vuelva a citarlo?; ¿o cómo explicar que después de escribir el Demóstenes -1 sea aún Hiperides el más elogiado 110 , a quien por cierto no dedica ningún ensayo?; ¿o cómo explicar la vehemencia con la que Dionisio juzga a Tucídides en el Im . y el juicio, también negativo pero mucho más sosegado e imparcial 111 , en el Tuc ., si están tan próximos en el tiempo?; y, finalmente, ¿cómo situar el Im . entre el Demóstenes -1 y el Tuc ., cuando no hubo tiempo entre uno y otro, pues interrumpió el Dem . para escribir el Tuc . 112 ? Sólo una datación temprana da respuesta a estas interrogantes: al principio Dionisio prefería a Licurgo e Hiperides, pero en seguida se olvidó de ellos subyugado por el genio de Demóstenes, lo que a su vez despertó en él cierto interés por su maestro, Iseo 113 . La proximidad en el tiempo del Im . y del Lis . e Isóc . explicaría también otro hecho insólito: el que Dionisio utilizara pasajes del primer tratado para incluirlos en los otros dos, puesto que su opinión aún no había variado gran cosa 114 . Además, de la misma manera que el análisis superficial y vehemente de Tucídides en el Im . es anterior al análisis detallado y profundo del Tuc . 115 , así también los análisis tan superficiales de los estilos de Lisias, Isócrates, Demóstenes y Tucídides en el Im . serían anteriores al Lis ., al Isóc ., al Dem . y al Tuc. 116 .
Después comienza a centrarse en el estudio de los oradores, empujado por las clases que impartía de retórica, y concibe un gran proyecto: escribir una extensa obra sobre los grandes oradores griegos, el Sobre los oradores áticos , que se conoce también como Sobre los oradores antiguos o Sobre los estilos 117 . La divide en dos secciones: la primera parte, el Sobre los oradores áticos I, la componen los tratados de los tres oradores de la primera generación y siguen un orden cronológico 118 : el Lis ., el Isóc ., el Iseo , y el Or. ant ., que es un breve preámbulo para la publicación de esta primera parte, pero escrito después del Iseo 119 .
A la vez que redactaba estos tratados preparaba los estudios, todos ellos perdidos, sobre la autenticidad de los discursos de los autores que estudiaba: Lisias e Isócrates, pero quizá no sobre Iseo 120 . Aunque probablemente los iba redactando al mismo tiempo que escribía el tratado de cada autor, al parecer los publicaba después 121 . En cuanto a su forma de composición y método no debían diferir mucho del Sobre Dinarco: aunque recurre a datos cronológicos, el análisis se basa en criterios de estilo 122 .
Después del Iseo escribiría la Carta primera a Ameo , pues en el epílogo del Iseo y en esta carta proclama por primera vez la superioridad de Demóstenes sobre los demás oradores (lo que antes había dicho de Lisias lo dice ahora de Demóstenes 123 ) y revindica la originalidad e independencia de Demóstenes con respecto a los tratados de retórica de Aristóteles. La datación de la Pr. Ameo no es del todo segura, porque ni hay alusiones a otras obras de Dionisio ni Dionisio la menciona nunca. Advertimos, sin embargo, que para P. Costil es el primero de los tratados conservados de Dionisio: pero, ¿cómo justificar ese elogio tan temprano a Demóstenes?
Dionisio comienza ahora la segunda parte del Sobre los oradores áticos II 124 , en la que pensaba incluir los tratados del los tres oradores de la siguiente generación; pero quedó integrada solamente por el Dem . 1-33 (= Demóstenes -1), puesto que no llegó a escribir los tratados sobre Hiperides y Esquines. Los dos estudios preparatorios sobre Demóstenes, el Iseo y la carta Pr. Ameo , le han ido cambiando sus preferencias literarias. Dionisio ha comprobado que entre el estilo de Demóstenes y el de Iseo, su maestro, hay un abismo. Este hecho lo va confirmando además conforme redacta, simultáneamente, el tratado preparatorio Sobre los discursos auténticos y espurios de Demóstenes 125 . Así, en la parte inicial del Demóstenes -1, Dionisio ya declaraba abiertamente la superioridad de Demóstenes sobre todos los demás autores 126 .
Cuando redactaba el Dem ., lo interrumpe bruscamente (probablemente en el § 33, 4) para redactar el tratado Tuc . 127 (la segunda parte del Dem . la redactará mucho tiempo después), de modo que el Dem . está compuesto en realidad por el Demóstenes -1 y el Demóstenes -2.
A continuación del Tuc . redactaría dos cartas para justificar sus juicios negativos sobre Platón y sobre Tucídides: la Carta a Pompeyo Gémino , en la que explica las críticas que hizo a Platón en el Demóstenes -1 128 , y la Carta segunda a Ameo , para aclarar ciertas cuestiones del tratado Tuc ., muy crítico con el historiador 129 .
De esta época sería también el Sobre Dinarco , que trata de la autenticidad de los discursos atribuidos a este orador, y que es posterior a los tratados Sobre los oradores áticos y al tratado perdido Sobre la autenticidad de los discursos de Demóstenes 130 . Pero parece que en esos momentos Dionisio aún no había renunciado a escribir los tratados sobre Esquines e Hiperides 131 , lo que confirmaría que aún no había comenzado su estudio sobre la armonía, que le llevó a escribir el Comp . y el Demóstenes -2, lo que le hizo olvidar los tratados sobre Esquines e Hiperides.
A partir de aquí Dionisio da un gran giro en sus criterios estilísticos: publica el tratado Sobre la composición literaria , en el que estudia la importancia de la disposición de las palabras para producir los ritmos y las armonías del lenguaje (los sonidos que se forman al engarzar las palabras). Este célebre tratado es posterior al Demóstenes -1 (= Dem . 1-33) 132 , pero anterior al Demóstenes -2 (= Dem . 34-58).
A continuación vendría el Demóstenes -2, pues Dionisio cree que Demóstenes domina inconscientemente el arte de disponer las palabras para conseguir la armonía, de modo que se olvida de los tratados prometidos sobre Esquines e Hiperides y vuelve por segunda vez al estudio de Demóstenes. El Demóstenes -2 es posterior al Comp. 133 . Y, aunque en un principio circuló separadamente del Demóstenes- 1 134 , terminaría añadiéndose a este para formar, tal como lo conocemos hoy, el Dem .
Cuando concluye el Demóstenes -2 Dionisio parece estar en una avanzada edad y anuncia un nuevo tratado que no llegó a escribir, el Sobre la maestría de Demóstenes para tratar los temas 135 .
Por último compondría el tratado Sobre las figuras del lenguaje , obra que Dionisio no cita nunca y que aún estaba sin redactar cuando escribía el Comp . y el Demóstenes- 2 136 , pero que Quintiliano sí leyó 137 .
Probablemente a partir de aquí se dedica por entero a la publicación de la Hist. Rom . en veinte libros, cuyo primer libro, en todo caso, es posterior al 7 a. C y, por tanto, posterior a su marcha de Roma 138 —Dionisio se limitaría a revisar antes de su publicación la obra que ya tenía escrita y de la que había leído muchos pasajes ante el círculo de sus amigos 139 en Roma—. De las Cronologías , en las que trataba de datar paralelamente los acontecimientos de la historia de Roma y de Grecia, solo podemos decir que fueron un estudio preparatorio publicado antes de la Hist. Rom . 140 .
4. Estructura de los tratados y terminología
Aunque Dionisio persigue un esquema ideal para el estudio de los oradores, hay grandes divergencias entre los cinco tratados, siendo más riguroso y sistemático el esquema del Lis . y más caóticos, pero más extensos, los del Dem . y del Tuc . Como crítico literario, a Dionisio le interesan menos «los hechos» (tà prágmata) y las «ideas» (noḗmata) que la forma de expresarlos, la «expresión» (léxis, phrásis, hermēneía) 141 . Dionisio sólo ha estudiado a autores que escriben en prosa, ciñéndose únicamente a dos géneros literarios, el «discurso» (lógos) , y la «narración» histórica (diḗgēsis) . Dionisio se limita a ir comprobando minuciosamente si todas las «virtudes» (aretaí) que prescriben los tratadistas para cada aspecto o apartado del discurso se encuentran en el autor estudiado y, después, si es posible, descubrir lo que es característico de ese autor, el sello estilístico (charaktḗr) , de modo que cualquier lector pueda reconocer la autoría de un discurso leyendo sólo unos pasajes. Puesto que Dionisio analiza todos los componentes del discurso, aunque en cada tratado lo hace en un orden y con una extensión diferente, el esquema ideal de los tratados sería el siguiente (muy semejante al que encontramos en el Lis.):
1. «Vida» (bíos) del autor.
2. Virtudes en cada fase de la «elaboración del discurso» (érga toû rhḗtoros):
a) la «invención» (heúresis) o búsqueda de las ideas y temas;
b) la «distribución» (oikonomía) y organización de las ideas;
c) la «redacción» (léxis) del discurso, que comprende dos fases, la «elección» (eklogḗ) de las palabras y la «disposición» (sýnthesis) de palabras y frases;
d) la «memorización» (mnḗmē) del discurso;
e) la «pronunciación» (hypókrisis) del discurso.
Las dos primeras fases, a) y b) , están dedicadas al «tratamiento de los hechos» (ho pragmatikòs tópos) , mientras que la tercera, c) , a la «forma de expresarlos» (léxis) , que es el apartado que más interesa a Dionisio (después de la «Vida» del orador Dionisio suele empezar con este apartado = 3.). Una vez que el orador ha redactado el discurso los apartados d) y e) son más mecánicos y Dionisio apenas los menciona.
3. Virtudes de la «expresión» (léxis, phrásis, hermēneía) , que se corresponde con el apartado 2. c) . El conjunto de virtudes y defectos característicos de un autor nos da el «estilo personal» (charachtḗr) de ese autor. Las virtudes de la expresión son:
a) la «pureza» dialectal (katharótēs);
b) la «claridad» de la expresión (saphḗneia);
c) la «brevedad» (brachylogía) y la «concisión» (syntomía);
d) la «viveza» (enárgeia) en la descripción;
e) la «elección» (eklogḗ) de las palabras adecuadas;
f) la «disposición» (sýnthesis) apropiada de las palabras y de los demás elementos del lenguaje para conseguir tanto el «ritmo métrico» (eurythmía, eumetría) —mediante sílabas largas y breves—, como el «ritmo melódico» (eurythmía, euméleia) —mediante el acento tonal— y la «armonía» (harmonía) , que debe entenderse como «el sonido eufónico que se produce al enlazar unas palabras con otras», y puede ser «claveteada» (austerá) o «pulida» (glaphyrá);
g) el «ornato» (kósmos) y demás «recursos estilísticos» (kataskeuḗ) de la expresión, con los que se consigue el lenguaje literario o «figurado» (tropikḗ) al introducir cambios en el «lenguaje habitual» (synḗtheia) —esos cambios son las llamadas «figuras del lenguaje» (schḗmata) , entre las que ocupan un lugar destacado los «tropos» (trópoi) —;
h) otras virtudes de la expresión son la «gracia» (cháris) , la «emoción» (páthos) , etc.;
i) y la más importante de todas, la «adecuación» (tóprépon) del lenguaje a los hechos narrados: si el lenguaje es inferior a los hechos, es un estilo «humilde» (tapeinós) , y si el lenguaje es más elevado que los hechos, es un estilo «frío» (psychrós) .
4. Elección de la «clase de estilo» (idéa tês léxeōs) apropiada a los hechos:
a) «llano» (ischnós);
b) «intermedio» (mésos) , llamado también «mixto» (miktós) , «elegante» (glaphyrós) , «adornado» (períergos, perissós) y «florido» (anthērós);
c) «elevado» (hypsēlós) , al que se denomina también «grave» (barýs, semnós) , «grandioso» (hadrós) , «grandilocuente» (megaloprepḗs) , «vehemente» (deinós) , que alcanza «lo sublime» (tò hýpsos) , etc.
5. Las virtudes del autor en cada «género del discurso» (génos toû lógou):
a) el discurso «judicial» (dikanikós);
b) el discurso «deliberativo» (symbouleutikós o dēmēgorikós);
c) el discurso «epidíctico» o «de aparato» (epideiktikós o panēgyrikós) .
d) La «narración» histórica (diḗgēsis) también será objeto de estudio en el Tuc .
6. Virtudes en cada «parte del discurso» (méros toû lógou):
a) «exordio» (prooímion);
b) «exposición» (próthesis): realizada en forma de narración (diḗgēsis) o enumeración (diaíresis);
c) «argumentación» (pístis) , que podía hacerse probando los hechos (la apódeixis o demostración) o refutándolos (la lýsis o refutación);
d) «epílogo» (epílogos) .
Pero, para reconocer el estilo de un autor (charaktḗr 142 ), no basta con decir qué virtudes, según las «reglas» (parangélmata) de la preceptiva oratoria, domina un autor y cuáles no. Del mismo modo que el hecho de que sus escritos contengan todas esas virtudes tampoco indica que posea un estilo sublime, sino quizá simplemente correcto. Para mostrar mejor las características del estilo de un autor Dionisio ofrece numerosos pasajes de sus obras, a veces bastantes extensos; y en muchas ocasiones hace además una «confrontación» (sýnkrisis) de dos pasajes de autores diferentes sobre un tema parecido para destacar con más claridad las características de uno y otro.
La terminología que emplea Dionisio no es del todo original, pues pertenece a una larga tradición que presenta bastantes coincidencias con la escuela peripatética, y en concreto con Teofrasto. En un interesante pasaje de Cicerón sobre el estilo aticista 143 , en el que termina citando a Teofrasto, se pueden rastrear los términos griegos que Cicerón traduce al latín y que son casi un calco del catálogo de virtudes que Dionisio elogiará en Lisias (cf. Lis . 3, 1 ss.): el empleo del «lenguaje habitual» (consuetudo , gr. synḗtheia) ; no caer en el «ritmo métrico» (numerus , gr. rhythmós) ; el uso moderado del «hiato» (hiatus , gr. anakopḗ) ; la construcción de las frases «cuidadosamente descuidada» (neglegentia diligens . gr. pepoíētai tò apoíēton) ; la expresión «sin adornos» (inornata , gr. akósmētos) . Y añade Cicerón las cuatro virtudes que exigía Teofrasto: la lengua será un latín puro (sermo purus et Latinus , gr. katharótēs, hellēnismós) ; se expresará «con claridad y sencillez» (dilucide planeque ; gr. saphôs kai aphelôs) ; se elegirá lo que sea «adecuado» (quid deceat , gr. tò prépon) ; y se emplearán unos «recursos estilísticos agradables» (ornatum suave , gr. kataskeuḕ hēdeîa) . También Dionisio admite sin más las tres cualidades que, según Teofrasto, engrandecen la expresión: la «elección de las palabras» (eklogḕ tôn onomátōn) , la «armonía que surge de ellas» (harmonía ek toútōn) y las «figuras que las adornan» (schḗmata tà perilambánonta autá) 144 .
Pero el «estilo de un autor» (charaktḗr) se distingue sutilmente de otro por pequeñas diferencias de matiz, y para expresarlas los tratadistas de retórica, y Dionisio, se vieron obligados a ampliar el léxico incorporando términos de otros ámbitos ajenos al campo de la literatura. Por ejemplo, los críticos acuden a otras actividades artísticas, pues la labor del orador es comparada con la de los músicos 145 , la de los pintores y escultores 146 , la del ceramista 147 (por ejemplo, charaktḗr , «estilo», es la marca grabada por el alfarero sobre la pieza de cerámica, su firma), o incluso la de los atletas 148 … Pero, puesto que en la antigüedad la literatura era oral —también los textos escritos se leían en voz alta y se gesticulaba— y a veces, como en la lírica y los coros de las tragedias, era además cantada, es natural que los críticos literarios acudieran primero al ámbito del teatro y de la música para describir un estilo. Por ejemplo, la hypókrisis , «pronunciación del discurso», es un término tomado del teatro (era la «interpretación»: un orador debe aprender mucho de los actores); y asi otros muchos términos teatrales. Y, además de términos que aluden a los sentidos del oído y de la vista, también se recurre al sentido de gusto y el olfato: no queremos olvidar el gran acierto de Cicerón al comparar, con suma maestría e ingenio, las cualidades del estilo con las del vino 149 .
Pero Dionisio no es muy riguroso en la terminología, pues vocablos que opone en un pasaje los encontramos después empleados como sinónimos y viceversa 150 ; y en ocasiones él mismo reconoce que no sabe qué término emplear 151 .
5. Tradición y originalidad de los tratados: las armonías
Dionisio es consciente de ia originalidad del tema de sus tratados 152 y de la rigurosidad y objetividad de su método. En efecto, no tenemos constancia de que anteriormente alguien hubiera estudiado los estilos literarios de los diferentes escritores siguiendo un análisis formal basado en el examen exhaustivo de las virtudes literarias. No obstante, convendría destacar algunos precedentes remotos en los que encontramos crítica literaria, que nada tienen que ver con los manuales de retórica que veíamos antes (tales eran la Téchnē de Gorgias, Trasímaco, Aristóteles, etc.) ni con los tratados de poética, donde se valora más la composición literaria, la fuerza de los personajes, el argumento, etc. que el estilo formal (tal sería la Poética de Aristóteles). Sin duda el nacimiento y desarrollo de la crítica literaria, como la oratoria 153 , están asociados en Grecia al sistema democrático ateniense: los ciudadanos, basándose sólo en las palabras de un ciudadano, debían pronunciarse con frecuencia sobre la culpabilidad o inocencia de un acusado o sobre cuestiones de vital importancia para la vida política de la ciudad. Pero fue el público del teatro el que, sin estar ya presionado por intereses personales o partidistas, discutía a favor o en contra del estilo de los autores, defendiendo o discrepando del veredicto de los jueces en los certámenes de tragedias: de ese tipo de crítica literaria, en tono jocoso, tenemos un magnífico ejemplo en el juicio que hace Aristófanes sobre los estilos de Esquilo y Eurípides en Las ranas . Después, ya en plan serio, encontramos en el Fedro el extenso comentario crítico de Platón al discurso que compuso Lisias sobre el amor, un juicio bastante negativo para Lisias, y que por cierto Dionisio no cita en su tratado Lis . Hay que recordar también los muchos juicios que emite Cicerón sobre el valor literario de numerosas obras y discursos, sobre el estilo de muchos autores y oradores griegos, la larga definición que nos da del estilo aticista 154 , etc. Pero curiosamente Dionisio nunca cita a Cicerón, cuya obra evidentemente conoció 155 . Sin embargo, Dionisio no parece interesarse nunca por la literatura escrita en latín, lengua en la que probablemente no se sentiría muy seguro como crítico literario; y quizá también porque pensaba que nada iba a aprender de unos oradores que lo habían aprendido todo de los griegos. El hecho es que nunca antes se había llevado a cabo un análisis formal y riguroso del estilo particular de un autor. Quizá solamente Cecilio de Caleacte, según podemos deducir por los títulos de sus tratados, hizo algo parecido a Dionisio 156 ; pero parece que Dionisio, aunque conoció los tratados de su amigo Cecilio y compartió con él gustos y criterios, al menos en la primera época 157 , acabó utilizando un método mucho más riguroso y exhaustivo y, en cualquier caso, eclipsó los tratados de Cecilio, que además recibiría un severo correctivo por parte del genial autor del Sobre lo sublime 158 : Cecilio era seguidor de la escuela de Apolodoro y el Ps. Longino pertenecía probablemente a la escuela de Teodoro. Pero resulta muy curioso que el Ps. Longino, que escribió para refutar las opiniones de Cecilio (cf. ibídem I 1), no cite a Dionisio. Más problemática es la utilización que Dionisio pudo hacer de las obras del epicúreo Filodemo de Gádara, del que toma algunas líneas casi literales sin citarlo; pero se trata de citas que Filodemo extrae a su vez de otros autores 159 .
Una de las grandes aportaciones de Dionisio a la crítica literaria es su teoría de las armonías, teoría que va descubriendo y exponiendo progresivamente 160 . La armonía, que Dionisio nunca define, es la belleza que producen las palabras según su disposición en la frase, tanto desde el punto de vista semántico como sonoro, y especialmente los sonidos que producen los fonemas extremos de una palabra al chocar con las palabras contiguas. Hay dos clases de armonías: la austera o claveteada (austērá) y la pulida (glaphyrá) ; y también una mixta (no un grado intermedio entre las dos, sino el recurrir a una u otra según lo pidan las circunstancias). En la claveteada hay choques bruscos entre los elementos contiguos (hiatos y encuentro consonánticos) y las palabras están bien asentadas, como fijadas por clavos; en la pulida se pasa suavemente de un elemento a otro (sinalefa) y las palabras parecen deslizarse en un movimiento continuo. La sintaxis de la claveteada se base en frases cortas y sintagmas (kómma) , la pulida en largos períodos. La claveteada levanta «pasiones y emociones» (páthē) ; la pulida, mejora o cambia el carácter (êthos) , es decir, el modo de pensar y actuar. La primera es masculina; la pulida, femenina. La claveteada busca la belleza (kalón) y la pulida, lo agradable (hēdýs) . La claveteada es más adecuada para la argumentación y el epílogo, la pulida para el exordio y la narración 161 . Los efectos sonoros de la disposición de las palabras ya eran cuidados por Cicerón, que certeramente compara el arte de disponer las palabras con la colocación de las teselas de un mosaico, y aconseja evitar los hiatos y las uniones ásperas en favor de las suaves y ligeras 162 . Pero lo cierto es que Dionisio nunca acaba de demostrar con los ejemplos que aporta que la belleza de la expresión dependa únicamente, o principalmente, de la armonía.
Después de Dionisio nadie aplicó su método al estudio del estilo de otros autores. Pues, aunque los tratados de Dionisio habían supuesto un gran paso adelante en el campo de la critica literaria y habían aportado un punto vista original, su método adolecía de graves defectos. Primero, porque habia llegado a conclusiones decepcionantes: que Lisias era superior a Platón y a Demóstenes y que Tucídides no fue un buen historiador (pero sin advertir que Dionisio con el tiempo fue corrigiendo esas opiniones); segundo, porque, a pesar de que buscaba criterios objetivos, al final la decisión última es siempre subjetiva (la «gracia» de Lisias, la impresión «irracional» que provoca en nosotros la lectura del texto, etc.); tercero, porque las virtudes formales de los textos que Dionisio analiza sólo son aplicables al griego (el hiato, la pureza dialectal, los efectos sonoros de la armonía, etc.); y, en definitiva, porque era un método ineficaz para descubrir la genialidad de un escritor, algo que se hizo patente a partir del tratado Sobre lo sublime . No obstante, sus tratados fueron una referencia obligada para todos aquellos que se dedicaron a la crítica literaria y a la composición de discursos: Hermógenes, Quintiliano, Siriano, etc. Y en la España del renacimiento fue relativamente bien conocido 163 . Pero la falta de traducciones hizo que después apenas fuese conocido como crítico literario, pues, como señala M. Menéndez Pelayo, sólo se sabía de Dionisio a través de la «pésima» traducción que en 1797-1805 hizo A. García de Arrieta del célebre tratado del francés Batteux, Príncipes de la Littérature.. ., París, 1764 164 .
Pero casi todos los estudiosos lo consideraron un crítico de segunda categoría, y para Wilamowitz fue simplemente un «pobre colega» (arme Geselle) . En nuestra opinión Dionisio ha sido tratado con injusta dureza por los críticos posteriores: quizá cayó sobre él la maldición de Platón y Tucídides, justamente dolidos con un crítico tan puntilloso.
6. Manuscritos y ediciones
Los manuscritos de Dionisio que contienen los tratados de crítica literaria que traducimos aquí son:
F Laurentinus XIL 15, S . X - XI : contiene, además de otras obras, el Or. ant., Lis., Isóc . e Iseo . Este manuscrito, originario de Bizancio, sirvió de modelo al Vaticanus graecus 64, año 1269.
Z: es un arquetipo, hoy desparecido, que en el S. XV sirvió de modelo a cinco manuscritos:
V: Marcianus app. gr . X 34 = coll 1449
A: Ambrosianus gr . 267 = D 119 sup. (= M en Radermacher)
I: Estensis α K 5, 15 = gr . 68
K: Ambrosianus gr . 979 = D 473
J: Parisinus graecus 1743, que a su vez fue el modelo de los manuscritos:
T: Palatinus Vaticanus gr . 58 (= P en Radermacher)
B: Parisinus graecus 1742
Δ: un grupo de tres manuscritos que solo contienen el Lis.:
C: Parisinus graecus 2131
D: Parisinus graecus 2944
G: Guelferbytanus 806
Para algunos breves pasajes del Lis ., del Isóc . y del Iseo , para el Dem . 1, 1 y para los Frs . 1-6 del Im . hay que recurrir a diversas obras de Siriano, cuyos manuscritos, en la edición de Rabe, son:
P: Parisinus graecus 1983, S . X
R: Parisinus graecus 2977, S . XI
V: Marcianus graecus 433, S . XIII
S: Messanensis S. Salv . 118, S . XIII
Para el texto del Epítome del libro II del Sobre la imitación (no debe confundirse con el Epítome del Sobre la composición literaria):
P: Parisinus graecus 1741, S. X , del que dependen otros dos muy tardíos:
H: Estensis α T 9. 2, S. XV = gr . 39
W: Ambrosianus C 32, S. XV = gr . 175
La primera edición de los tratados de retórica fue la del Isóc ., de Demetrio Chalcondyle, Milán, 1493. La primera edición de las Obras completas de Dionisio de Halicarnaso fue la de Sylburg, Frankfurt, 1586. Siguieron muchas otras ediciones, casi siempre parciales. Una importante edición fue la J. J. Reiske, Obras completas , Leipzig, 1774-1777 (los tratados de retórica ocupan los volúmenes V y VI). Después encontramos la conocida edición de H. Usener y L. Radermacher, Obras completas , Leipzig, 1899, reeditados en Stuttgart, 1965, col. «Teubner» (los tratados aquí traducidos ocupan los volúmenes V-VI). Hay otras ediciones parciales, sobre todo del tratado Sobre la composición literaria ; y de los tratados aquí traducidos podemos señalar la edición con traducción italiana del Tuc . de G. Pavano, Dionisio d’Alicarnasso. Saggio su Tucidide , Palermo, 1958. Y después dos ediciones completas acompañadas de excelentes traducciones: la inglesa de S. Usher, The Critical Essays I, Cambridge, 1974, col. «Loeb», y la francesa de G. Aujac, Opuscules rhétoriques I, II, IV y V, París, 1978, 1988 y 1991, col. «Les Belles Lettres», con extensas introducciones y valiosísimas notas.
7. Traducciones
Sólo conocemos dos traducciones que contengan todos los tratados que aquí se incluyen: una, la inglesa que acompaña a la edición de S. Usher, y otra, la francesa que acompaña a la edición de G. Aujac, ambas citadas en el apartado anterior. En español, que nosotros sepamos, sólo existía hasta ahora la traducción del tratado Tuc . y de los fragmentos del Sobre la imitación de V. Bécares Botas, Dionisio de Halicarnaso. Tres ensayos de crítica literaria , Madrid, 1992. Recordemos que los restantes tratados de crítica literaria han sido traducidos en esta misma colección por M. Á. Márquez Guerrero y G. Galán Vioque, Dionisio de Halicarnaso. Sobre la composición literaria. Sobre Dinarco. Primera Carta a Ameo. Carta a Pompeyo Gémino. Segunda carta a Ameo , Madrid, 2001, B. C. G. 287.
En cuanto a los pasajes de otros autores griegos que encontramos en los tratados de Dionisio, aunque hay excelentes traducciones en español, hemos decidido realizar una nueva por dos motivos principales: primero, porque el texto griego que ofrece Dionisio presenta siempre pequeñas variantes textuales con respecto a las lecturas que los códices de esos autores nos han transmitido, e incluso en Dionisio encontramos variantes textuales para un mismo pasaje que nos ofrezca en varios lugares, quizá porque suele citar de memoria; y, segundo, porque Dionisio quiere destacar ciertos aspectos formales que, lógicamente, el traductor nunca se propuso reflejar.
8. Variantes textuales
Se ha seguido para la presente traducción la edición de G. Aujac, de la que nos apartamos en lo siguientes pasajes:


1 Cf. DIONISIO DE HALICARNASO , Historia antigua de Roma I 8, 4. Para más detalles sobre Dionisio remitimos a la introducción de G. AUJAC (DENYS D ’HALICARNASSE , Opuscules rhétoriques I , París, 1978) y a la de DOMINGO PLÁCIDO a las obras de Dionisio en esta misma colección (DION . HALIC ., Historia antigua de Roma I-III, Madrid, 1984, B. C. G. núm. 73). En adelante las obras de DION . HALIC . se abreviarán así (indicamos aquí la numeración romana de G. AUJAC ): Sobre los oradores antiguos (I) = Or. ant.; Sobre Lisias (II) = Lis.; Sobre Isócrates (III) = Isóc.; Sobre Iseo (IV) = Iseo; Sobre Demóstenes (V) = Dem . (compuesto de hecho por el Demóstenes-1 y el Demóstenes-2); Sobre la composición literaria (VI) = Comp.; Sobre Tucídides (VII) = Tuc.; Carta segunda a Ameo (VIII) = Seg. Ameo; Sobre la imitación (IX) = Im.; Carta primera a Ameo (X) = Pr. Ameo; Carta a Pompeyo Gémino (XI) = Pomp.; Sobre Dinarco (XII) = Din.; Historia antigua de Roma = Hist. Rom .
2 Cf. Hist. Rom . I 7, 2. Además de buscar el mejor ambiente para escribir su obra histórica sobre Roma, quizá DION . HALIC . se vio acuciadopor problemas económicos, pues parece renegar de su región de origen, la Caria (cf. Or. ant . 1, 7), y adoptar a Roma como su verdadera patria.
3 Cf. Hist. Rom . I 5, 4 - 6, 1.
4 DIONISIO cita a Quinto Fabio Píctor y a Lucio Cincio Alimento (cf. Hist. Rom . I 6, 2). Pero junto a este grupo de historiadores helenizantes que escribe en griego, la denominada «primitiva analística», se mantuvo una tradición histórica escrita en latín que comienza con los Anales de los pontífices y continúa con los Anales de ENNIO , los Orígenes de CATÓN , etc. Además, DIONISIO no se olvida de citar a los historiadores romanos que utilizó como fuente: Porcio catón, Fabio Máximo, su amigo Quinto Elio Tuberón, etc. (cf. Hist. Rom . I 7, 3; 80, 1).
5 Por ejemplo, ESTRABÓN , al citar a los ciudadanos ilustres de Halicarnaso, dice «y en nuestro días el historiador Dionisio» (cf. Geografía XIV 2, 16).
6 Por ejemplo, el tratado Comp . lo dedica a su alumno Rufo Metilio en el día que cumple la mayoría de edad, pues considera que será una excelente herramienta «especialmente para vosotros los jóvenes que recientemente habéis emprendido el estudio» de la retórica (cf. Comp . 1, 4). Allí habla de clases «diarias» (cf. ibídem § 20, 23).
7 Son continuas las alusiones a los lectores —de lengua griega— a los que supone conocedores de los discursos de los grandes autores griegos y de los tratados de retórica (cf. Lis . 8, 5; 20, 2; Isóc . 4, 3; Iseo 14, 1; 15, 4; Dem . 13, 10; 14, 2; 38, 6; 42, 1; 46, 4; 49, 1; 50, l l; Tuc . 3, 2; 8, 3; 54, 1).
8 Cf. CICERÓN , Sobre el orador II 62.
9 QUINTILIANO nos informa de que los niños romanos aprendían antes a leer y escribir en griego que en latín (Inst. orat . I 1, 12-14); y Cicerón dice que la declamaciones las hacía casi siempre en griego para que sus profesores pudieran corregirle, y que después los recursos estilísticos aprendidos los aplicaba al latín (Cf. CICERÓN , Bruto 310; SUETONIO , Sobre los gramáticos y los oradores 25, 3; 26, 1).
10 Sobre Q. Elio Tuberón véase n. a Tuc . 1,1.
11 Cf. Pomp . 3, 1; Im . 1, 5 y n.
12 Cf. Hist. Rom . I 7, 3.
13 Según algunos estudiosos Dionisio estaba más cerca del ambiente de Quinto Elio Tuberón que del círculo de Mecenas (cf. D. PLÁCIDO , ob. cit ., págs. 15-16).
14 Cf. Hist. Rom . I 6, 5.
15 Véase, por ejemplo, U. VON WILAMOWITZ , «Asianismus und atticismus», Hermes 35 (1900), 1-52; J. WISSE , «Greeks, Romans, and the Rise of Atticism» en J. G. J. ABBENES , S. R. SLINGS , I. SLUITER (eds.), Greek Literary Theory after Aristotle , Amsterdam, 1995, págs. 65-82; etc.
16 CICERÓN distingue estos dos movimientos dentro del asianismo: el conceptual, representado por Hierocles de Alabanda y su hermano Menecles (maestro de otros dos paisanos pero formados en la escuela de Rodas, Apolonio el Blando y Apolonio Molón, que a su vez fue maestro de Cicerón), y el que atendía más a los aspectos formales, representado por Esquilo de Cnido y Esquines de Mileto (cf. Bruto 325; Sobre el orador II 95).
17 Cf. Or. ant . 1, 3-7.
18 Cf. Or. ant . 1, 7; 2, 5; 3, 3.
19 Cf. ESTRABÓN , XIV 1, 41; CICERÓN , Bruto 286-287 y El orador 226 y 230; Ps. LONGINO , Sobre lo sublime III 2; etc. El propio DIONISIO lo pone a los pies de los caballos (cf. Comp. 4, 11; 18, 22-29).
20 CICERÓN definió muy bien el estilo ático (cf. El orador 76-90).
21 DION . HALIC . prefería la lengua del S . IV al «ático arcaico» del S. V (cf. Lis . 2, 1).
22 Por ejemplo, fueron ya aticistas Carisio de Atenas y Demócares, sobrino de Demóstenes (cf. CICERÓN , Bruto 286).
23 S. USHER , Dionysius of Halicarnassus. The critical Essays I, Londres 1974, pág. XV.
24 Fueron muchos más los autores que escribieron léxicos y tratados sobre el dialecto ático: ARISTÓFANES DE BIZANCIO , Palabras áticas (S . III -II a. C.); FILÓXENO DE ALEJANDRÍA , Sobre el griego puro (S. I a. C.); ELIO DIONISIO DE HALICARNASO (distinto de nuestro autor; véase n. a Dem . 1, 1), Sobre palabras áticas (S. II d. C.); PAUSANIAS DE SIRIA , Compendio de palabras áticas; JULIO PÓLUX O POLIDEUCES DE NÁUCRATIS . Onomástico (S. II d. C.); FRÍNICO EL ATICISTA , Selección de frases y palabras áticas (S. II d. C.); HARPOCRACIÓN , Léxico de los diez oradores (S. II d. C.); MERIS , Palabras áticas (S. II-III d. C); ORO DE ALEJANDRÍA , Compendio de pala bras áticas (S. V ); etc. En la corriente contraria tenemos un léxico anónimo del S. II-III d. C., conocido como el ANTIATICISTA , que recoge palabras excluidas por los aticistas, pero que estaban bien atestiguadas, y las burlas de LUCIANO (cf. El maestro de oradores 16 ss.) o las que dirigió ATENEO a un tal Ulpiano al que llama «Keitoúkeitos », literalmente «Estáonoestá» (se entiende «atestiguado en los autores áticos»; cf. Deipnosofistas I 2).
25 Cf. CICERÓN , Sobre la mejor clase de oradores 12.
26 Cf. Bruto 284-287 y El orador 23-27.
27 Cf. CICERÓN , Bruto 325.
28 Cf. Or. ant . 5 y n.
29 Con este nombre lo bautizó FILÓSTRATO (cf. Vidas de los sofistas 507).
30 Cf. Suda , S. V. «Kekílios » = kappa 1165. Más adelante (apartado 4. de esta Introducción) trataremos de la posible influencia de Cecilio sobre Dionisio.
31 Cf. Din . 8, 3-4. Los profesores de la escuela de Rodas, que en la polémica entre asianistas y aticistas mantenían una actitud ecléctica, enseñaban unas meticulosas clasificaciones de las figuras retóricas.
32 En realidad Epicuro propuso un teoría de compromiso: primero el lenguaje habría nacido de modo natural entre los hombres, pero después, para perfeccionarlo, se habría llegado a un acuerdo en cada comunidad (cf. DIÓGENES LAERCIO , X 75-76).
33 Sobre la postura de DIONISIO , defensor del origen natural y azaroso del lenguaje, cf. Comp . 3, 16; 16, 2-3; Dem . 56, 2. Por otro lado, la alineación de los filósofos en uno u otro bando que hemos presentado antes es mucho más compleja y problemática (véase en esta misma colección la Introducción de J. L. CALVO al Crátilo en Platón. Diálogos II, Madrid, 1992).
34 Cf. ESTRABÓN , XIII 4, 3; QUINTILIANO , Inst. orat . III 1, 17-18 Anónimo Segueriano 26; 49 ss.
35 Cf. Din . 7, 5-6.
36 El año 87 a. C. Sila hizo traer desde Atenas los libros de la biblioteca de Apelicón de Teos, que guardaba la mayoría de los libros de Aristóteles y Teofrasto y que fueron estudiados, catalogados y editados en Roma por el gramático Tiranión y por su discípulo Andrónico de Rodas (cf. PLUTARCO , Sila 26, 1-2).
37 Cf. CICERÓN , Sobre el orador III 141; Tusculanas I 7. Sabemos que esa rivalidad entre los seguidores de ambos fue muy temprana. Cefisodoro, discípulo de Isócrates, ya escribió unas Réplicas a Aristóteles , que DIONISIO califica como una «defensa admirable» (cf. Isóc . 18, 2-4; EUSEBIO DE CESAREA , Prep. Evang . XIV 6, 9-10). Y al contrario, un filósofo peripatético, Jerónimo de Rodas (S. III a. C.), censura con dureza a Isócrates (cf. Isóc . 13, 3).
38 Filipo confió la educación de Alejandro a su paisano Aristóteles; pero Isócrates, que al parecer no tuvo éxito ante Filipo, escribió un carta al propio Alejandro en la que, sin decirlo claramente, se le ofrecía como profesor (cf. ISÓCRATES , Carta a Alejandro V 3-4).
39 Véase nuestra Sinopsis al Isóc .
40 ARISTÓTELES , en el discurso perdido Sobre la retórica o Grilo , habría censurado a todos aquellos que escribían discursos huecos con fines espurios. Cuando Grilo, el hijo de Jenofonte, murió heroicamente en la batalla de Mantinea, muchos escribieron discursos elogiando la figura de Grilo con el único fin de halagar a su padre, y entre estos autores Aristóteles citó a Isócrates (cf. DIÓGENES LAERCIO , II 55).
41 Cf. Isóc . I, 4; ISÓCRATES , Contra los sofistas XIII pássim; Sobre el intercambio de haciendas (antídosis) XV 261-263. Pero en ese desprecio hacia los sofistas es posible que se le anticipara Lisias (cf. Lis . 30, 3 y n.).
42 ISÓCRATES se declara un maestro de la sabiduría y educador de los jóvenes: tácitamente se compara a sí mismo con Sócrates; cf. Sobre el intercambio de haciendas (antídosis) XV 30; 173-176.
43 Cf. Or. ant . 1, 2; 4, 2; Tuc . 2, 3.
44 Cf. Isóc . 9, 10.
45 Aristóteles alteró los versos del Filoctetes que originalmente decían: «Sería deplorable callar y dejar hablar a los bárbaros» (cf. CICERÓN , Sobre el orador III 141; QUINTILIANO , Inst. orat . III 1, 14; y, sin citar la fuente, en PLUTARCO , Contra Colotes 1108B). Sobre este verso y la polémica entre Aristóteles e Isócrates véase W. JAEGER , Paideia: los ideales de la cultura griega , México, 1957, pág. 939 y n. 108.
46 Cf. Pr. Ameo 1, 1 y pássim. DION . HALIC . fue seguidor y admirador de Isócrates (cf. Lis . 16, 5; Isóc . 4, 4; Im., Fr . 1 y n.; etc.).
47 DION . HALIC . conocía bien la obra de Aristóteles (cf. Pr. Ameo 6, 1-8, 1; Comp . 25, 14; etc.). Sobre la influencia de la escuela peripatética en Dionisio véase S. F. BONNER , «Dionysius of Halicarnassus and the peripatetic Mean of Style», Class. Philol . 33 (1938), 257-266; y H. P. BREITENBACH , «The De compositione of Dionysius of Halicarnassus considered with reference to the Rhetoric of Aristotle», Class. Philol . 6 (1911), 163-179.
48 Cf. ARISTÓTELES , Ética a Nicómaco 1104a 24 y pássim; DION . HALIC ., Comp . 24, 2; Dem . 15, 7.
49 Cf. ARISTÓTELES , Retórica 1408b 29; DION . HALIC . Comp . 25, 14-15; Dem . 48, 9. Su discípulo Teofrasto sigue manteniendo esa misma concepción (cf. CICERÓN , Sobre el orador III 184).
50 Cf. Lis . 4, 5; 8, 7; véase nuestra Sinopsis al Im .
51 Coincide con Teofrasto en que las tres cualidades que dan a la expresión grandeza, dignidad y elegancia son la elección de las palabras, la armonía entre ellas y las figuras que las adornan (cf. Isóc . 3, 1); y probablemente se sirvió de su tratado Sobre el estilo para cuestiones de terminología (véase el apartado 5. de esta Introducción; y cf. CICERÓN , El orador 79; DION . HALIC ., Lis . 14, 2 y n.). Al parecer Teofrasto distinguía tres estilos (elevado, llano e intermedio; cf. Dem . 1, 3 y n.), pero DION . HALIC . sigue la teoría estoica de los dos estilos, pues el estilo intermedio era el empleo alternativo del elevado o el llano según lo exigieran los hechos (véase n. a Dem . 3, 1). Y discrepa de Teofrasto en que fuera Trasímaco y no Lisias el primero en utilizar una expresión «densa», strongýlē (cf. Lis . 6, 1); le reprocha su crítica a un pasaje de un discurso de Lisias, pues sencillamente no lo había escrito Lisias (cf. Lis . 14); y, sobre todo, se aparta de Teofrasto porque este da demasiada importancia a la elección de las palabras, eklogḗ , y no presta atención a la forma de engarzarlas, sýnthesis , a fin de conseguir armonías eufónicas (cf. Comp . 16, 15-18).
52 Cf. Dem . 5, 4-6, 5; 23, 4-6; etc.; Pomp . 1, 1; 2, 1-6. Incluso pone a Lisias por encima de Platón, coincidiendo también en este punto con Cecilio de Caleacte (cf. PS .–LONGINO , Sobre lo sublime 32, 8).
53 Cf. Comp . 16, 4.
54 Cf. Im . 1, 2.
55 Filodemo se instaló en una lujosa villa que le cedieron en Herculano, donde se han hallado numerosos fragmentos papiráceos sobre los más variados temas, siempre desde el punto de vista epicúreo, entre ellos un tratado Sobre la retórica y otro Sobre el estilo . Filodemo influyó en Virgilio, Horacio y Cicerón, que lo cita elogiosamente (cf. Del supremo bien y del supremo mal II 119; y bajo el nombre de «el Griego» en la Carta a Pisón 68 ss.).
56 Cf. DION . HALIC ., Comp . 24, 8. La concepción de DION . HALIC . es la contraria, pues la oratoria es un arte al que hay que dedicar mucho tiempo y trabajo (cf. Lis . 8, 5-6; etc.). CICERÓN también consideraba la escuela epicúrea como la menos apropiada para la retórica (cf. Bruto 131; Sobre el orador III 63; etc.).
57 DIÓGENES LAERCIO (cf. X 4) cita a Dionisio, junto a Posidonio el estoico y a los peripatéticos Nicolao de Damasco y Soción, entre los detractores de Epicuro.
58 DIONISIO dice que sólo en el tratado En defensa de la filosofía política entró en polémicas e hizo acusaciones contra otros (cf. Tuc . 2, 3 y n.: Comp . 24, 8).
59 Para los estoicos el orador, imitando al sabio estoico, debía ser un «vir bonus »: tal era la oratoria que practicaban los políticos romanos de su tiempo (cf. Or. ant . 3, 1).
60 DION . HALIC . también parece seguir la teoría estoica de los dos estilos frente a los tres que proponía la escuela aristotélica (cf. Dem . 3, 1 y n.); incluso, al parecer, los elogió en el tratado Im. , aunque el autor del Epítome no lo recoja (cf. QUINTILIANO , Inst. orat . X 1, 84 = Im . 4). Pero también censura a los tratadistas de la escuela estoica (cf. Comp . 4, 16-21). Los estoicos, en efecto, tenían fama de malos oradores por su rudeza y estilo demasiado simple y descuidado, pues se ocupaban más de los argumentos —la dialéctica— que de las cuestiones formales (cf. CICERÓN , Bruto 118-119); y, además, no ponían la suficiente fuerza y pasión en el discurso debido a su resignación e indolencia ante los hechos, de modo que no conectaban con los intereses del hombre corriente (cf. CICERÓN , Sobre el orador III 65-66).
61 La única alusión a la escuela pitagórica, por cierto muy elogiosa, es con toda seguridad una interpolación del autor del Epítome (cf. Im . 4, 1 y n.).
62 Cf. Dem . 23, 3.
63 Cf. Or. ant . 1, 7; 3, 1.
64 Cf. Tuc . 40, 3.
65 Cf. Pomp . 3, 5-6.
66 Así, por ejemplo, censura el discurso que los generales atenienses dirigen a los melios (cf. Tuc . 38, 2; 41, 5-7).
67 Acerca de cómo entendía Dionisio que debía escribirse la historia, véase la Introducción de D. PLÁCIDO a Dionisio. Historia antigua de Roma (ob. cit.).
68 Por ejemplo, su animadversión hacia Platón le lleva a hacer comparaciones injustas, quizá sin ser consciente (cf. Dem . 32, 1-2 y n.).
69 Cf. Lis . 18, 4; Iseo 4, 5; Dem . 45, 5.
70 Por ejemplo, después de enumerar las virtudes de su admirado Lisias, no duda en oponer inmediatamente sus defectos (cf. Lis . 13, 4-5); intenta que el agṓn entre Platón y Demóstenes se dé en igualdad de condiciones, aunque, como acabamos de ver, no puede encontrar un pasaje apropiado (cf. Dem . 23, 7); etc.
71 Cf. Isóc . 18, 3-4.
72 Cf. Hist. Rom . I 1, 1; Tuc . 52, 1; sólo reconoce una excepción a este comportamiento exquisito (cf. Tuc . 2, 3).
73 Cf. Dem . 22, 1-3.
74 Cf. Comp . 3, 16; 5, 1-2; CICERÓN , El orador 58.
75 Cf. Dem . 15, 2-6. Incluso un lenguaje grandioso debía complacer tanto al vulgo como a la minoría selecta (cf. Tuc . 27, 2-3).
76 Cf. Lis . 20, 1.
77 Cf. Lis . 2, 2.
78 Es evidente que cualquiera preferiría ser un Homero, y cometer algunos pequeños errores, que no un autor mediocre que no comete deslices; o ser un gran río como el Nilo, el Danubio o el Rin que no un pequeño riachuelo de aguas transparentes; etc. (cf. Sobre lo sublime 33-35).
79 Cf. Lis . 11, 4 y 8; Dem . 24, 11; 50, 3; Tuc . 4, 3; 27, 1 y 4; 50, 1.
80 Cf. Dem . 7, 3 ss.; 24, 2 ss.; etc. Es el mismo reproche que el Ps. LONGINO dirige a Cecilio de Caleacte con respecto a Platón (cf. Sobre lo sublime 32, 8).
81 Cf. Tuc . 15, 3-4.
82 Por ejemplo, de considerar la pureza dialectal como la virtud más importante (cf. Lis . 2, 2) pasa a considerarla simplemente un requisito, sin que siquiera la cite cuando enumera las virtudes que hacen a Demóstenes superior a los demás (cf. Dem . 34, 2-6).
83 Cf. Isóc . 4, 4 ss.
84 Por ejemplo, sobre el estilo de Isócrates cf. Isóc . 2, 5 - 3, 3 frente a la crítica mucho más severa, extensa y rigurosa en Dem . 4, 4-5; 18, 3 - 20, 9.
85 Véase infra apartado 3. de esta Introducción.
86 Cf. Lis . 3 frente a Dem . 50, 11 y n; 56, 5.
87 Cf. Dem . 58, 3.
88 Cf. Dem . 47.
89 DIONISIO alude con frecuencia, y con respeto, a los manuales de retórica, téchnē (rhētorikḗ ), y a sus autores, los tratadistas, technográphoi , pero sin citar sus nombres (cf. Lis . 24, 1 y 4; Iseo 14, 5; Dem . 34, 7; etc.); y así, sin citar a los autores, actúa también el Ps. LONGINO (cf. Sobre lo sublime 12, 1). Pero evidentemente DIONISIO conocía a muchos de ellos (cf. Pr. Ameo 2, 3). Quizá Córax y su discípulo Tisias, el maestro de Lisias e Isócrates, fueron los primeros en escribir un manual de retórica o Arte (cf. ARISTÓTELES , Retórica 1402a 18; PLATÓN , Fedro 273a SS .; CICERÓN , Bruto 46-48). Pero el más conocido fue el Arte de Gorgias (cf. Frs . 12-14 DK; DIÓGENES LAERCIO , VIII 58), que tan poco gustaba a DION . HALIC . (cf. Comp . 12, 6). A estos manuales siguieron otros muchos: el Arte de Trasímaco de Calcedonia (cf. Iseo 20, 3); el Arte de Teodoro de Bizancio y el de Licimnio (cf. ARISTÓTELES , Retórica 1400b 16; 1414b 18); los versos mnemotécnicos de Eveno de Paros (cf. PLATÓN , Fedro 267a); el del propio Lisias (cf. PS .-PLUTARCO , Vidas de los diez oradores 836B); las Artes retóricas de Antifonte de Ramnunte, aunque probablemente espurias (cf. CASIO LONGINO , Arte retórica 576); la Retórica a Alejandro de Anaxímenes de Lámpsaco; el Arte de Teodectes y la Retórica de Aristóteles (cf. DIÓGENES LAERCIO , V 24); el Arte de Teofrasto (cf DIÓGENES LAERCIO , V 48); el del estoico Cleantes (cf. CICERÓN , De finibus IV 7); el de Apolodoro de Pérgamo (cf. ESTRABÓN , XIII 4, 3) y el de su rival, Teodoro de Gádara (cf. QUINTILIANO , Inst. orat . II 15, 21); el de Cecilio de Caleacte; etc. (cf. QUINTILIANO , Inst. orat . III 1 15-16).
90 Cf. Lis . 10, 3; Dem . 9, 12; Tuc . 1,2; etc.
91 CECILIO escribió un tratado Sobre el estilo de los diez oradores (cf. Suda , S. V. Kekílios = kappa 1165). Sin embargo, DION . HALIC . seleccioa sólo a seis oradores y no a diez (cf. Or. ant . 4, 5; Im . 5). Posteriormente el canon de los «Diez oradores» fue conocido por PS . PLUTARCO , Vidas de los diez oradores ; HARPOCRACIÓN , Léxico de los diez oradores ; HERMÓGENES , Sobre las formas de estilo II 401; etc.
92 Éstos son los diez oradores biografiados en las Vidas de los diez oradores , obra atribuida erróneamente a Plutarco.
93 Esta era una pregunta forzosa para todo aquel que quería iniciarse en la oratoria aticista (cf. CICERÓN , Bruto 285). DION . HALIC . trató este tema en el libro segundo del Sobre la Imitación .
94 Cf. Dem . 33,2-3; Tuc . 1, 2.
95 Cf. Or. ant . 4, 5.
96 Cf. Tuc . 1,4.
97 Cf. Pomp . 3, 1.
98 DIONISIO deja con frecuencia temas sin tratar en profundidad bien por la premura de tiempo (cf. Lis . 10, 3; Isóc . 15, 1; 20, 5; Iseo 15, 4; Dem . 14, 2; 42, 1; etc.) o bien para no hacer un tratado demasiado largo (cf. Isóc . 10, 1; Iseo 20, 6; Dem . 8, 1; 13, 5; 46, 2-3; Tuc . 4, 3; 33, 2; 41, 1; 43, 2; 55, 2). Y otras veces promete tratar un tema en otra ocasíón o dedicarle un tratado, cosa que luego no cumple (cf. Lis . 6, 4; Dem . 32, 3; Comp . 1,10; Pr. Ameo 3, 1).
99 Cf. Comp . 1,11.
100 Este epítome del Comp . carece de valor, pues afortunadamente conservamos el original; pero revela la importancia y popularidad que alcanzó este tratado en la Antigüedad.
101 El Arte del Ps. DIONISIO ha sido editado junto a las demás obras de Dionisio por H. USENER y L. RADERMACHER , Stuttgart, 1965, t. VI.
102 Cf. Comp . 1, 10-11. Ese tratado sería un complemento del Comp . (conviene recordar que el título de este último tratado en griego es Perì synthéseōs onomátōn , «sobre la disposición de las palabras», siguiente fase en la elaboración del discurso, una vez hecha la «elección de las palabras»),
103 Cf. Dem . 32, 3. Las críticas a Platón, a las que se refiere en Pomp . 1, 1, eran las que exponía en el Dem . 5, 1 - 7, 7, y que vuelve a copiar en Pomp . 2, 1.
104 La cronología de los tratados ha sido muy debatida, y de ahí el orden tan dispar en las diferentes ediciones. Los puntos más polémicos son la fecha de composición del Im . y la del Dem ., que sin duda lo componen dos tratados escritos en fechas muy diferentes. Sin embargo, algunos estudiosos, por no ver claro el punto de unión de los dos tratados, no admiten este hecho, como S. F. BONNER , The Literary Treatises of Dionysius of Halicarnassus. A Study in the Development of critical Method , Estrasburgo, 1907 (Cambridge, 1939; Amsterdam, 1969), p. 31-33; y G. PAVANO , «Sulla cronología degli scritti retorici di Dionisio d’Alicarnasso». Atti dell’Academia di Scienze, Letere e Arti di Palermo 4 (1942), 211-363. Pero el estudio de P. COSTIL nos parece que sigue siendo muy esclarecedor, L’esthétique littéraire de Denys d’Halicarnasse , París, 1949 (esta tesis doctoral mecanografiada la hemos conocido gracias a la introducción de G. AUJAC , Denys d’Halicarnasse. Opuscules rhétoriques I París, 1978, págs. 22-28). Así pues, seguimos en general sus conclusiones, que nos parecen de una gran coherencia (excepto para el Im . y la Pr. Ameo ).
105 Cf. Or. ant . 4, 2; Tuc . 2, 3. Y véase supra apartado 1. de esta Introducción.
106 Cf. Inst. orat . X 1,46-84.
107 Cf. Tuc . 1,1.
108 Cf. Pomp . 3, 1. Los parágrafos 3, 2 - 6, 11 (= Im., Fr . 7) son un resumen del segundo libro del Im .
109 Cf. ob. cit ., t. V, pág. 11. Los defensores de esta datación se apoyan en las propias palabras de DION . HALIC ., al interpretar el pepoíēka , «lo he hecho», y el ho dè trítos… atelḗs , «el tercer libro… sin terminar» (cf. Pomp . 3, 1), como que acaba de escribir los dos primeros libros y está redactando el tercero; pero también podría ser que tuviera escritos los dos primeros libros desde hacía mucho tiempo y que el tema dejó de interesarle, por lo que ya no escribió el tercero (véase nuestra Sinopsis al Im .). El otro argumento es el elogio de DIONISIO a Demóstenes en el Fr . 1 del Im ., pues de haber sido una obra más temprana ese elogio habría sido para Lisias; pero nosotros no creemos que esas palabras sean de Dionisio sino de Siriano (véase n. a «de Peania» en el Im., Fr . 1).
110 Cf. Im . 5, 6.
111 Cf. Tuc . 52, 1.
112 Cf. Tuc . 1,4.
113 Cf. Iseo 20, 5.
114 SIRIANO cita unos pasajes del Im . (Frs . 5, 6a y 6b) que coinciden con Lis . 3, 1 -2; 8, 5-6; 8, 6. Y el Fr . 4 con Isóc . 2, 5.
115 Compárese, por ejemplo, el Im., Fr . 7 (= Pomp . 3, 9), donde se evidencia el ardor juvenil de la crítica, con el Tuc . 10.
116 Confróntese la forma tan breve y poco rigurosa con que examina las virtudes formales de los estilos de Heródoto y Tucídides en el Im., Fr . 7 (= Pomp . 3, 16-21) con la minuciosidad con que analiza la expresión de Lisias en el Lis . 2-11.
117 En efecto, a este conjunto de cinco tratados se le denomina unas veces como Sobre los oradores áticos (cf. Pomp . 2, 1); otras, Sobre los estilos (gr. Perì charaktḗrōn; cf. las palabras de SIRIANO que preceden al Dem . 1,1; Im., Fr . 4; etc.); y otras Sobre los oradores antiguos (cf. Seg. Ameo 1,1), con lo cual puede confundirse con el breve preámbulo general del mismo título, el Or. ant .
118 DION. HALIC. se refiere a estos tres estudios como una obra conjunta e independiente (cf. Dem . 2, 3 y n.) y siguen ese orden cronológico (cf. Or. ant . 4, 4-5; Iseo 20, 6). En efecto, el Isóc . es posterior al Lis . (cf. Lis . 34, 1; Isóc . 11, 1-2); el Iseo es posterior al Lis . (cf. Iseo 20, 4) y al Isóc . (cf. Iseo 19, 2 y 4); el Dem . es posterior al Lis . (cf. Dem . 2, 3) y al Isóc . (cf. Dem . 4, 1); etc.
119 Este pequeño tratado fue escrito una vez redactados los otos tres tratados, como preámbulo a la publicación del Sobre los oradores áticos I, y así lo confirma el participio de pasado grapheísēs , «ha sido escrita, ha sido dedicada», refiriéndose a la primera sección (cf. Or. ant . 4, 5; Iseo 18, 2 y n.).
120 El título de cada uno sería probablemente como el que lleva el tratado de CECILIO DE CALEACTE , Sobre Demóstenes, qué discursos son auténticos y cuáles espurios (cf. Suda , S. V. «Kekílios » = kappa 1165). DION. HALIC . estudió la autenticidad de los discursos de Lisias e Isócrates (cf. Ps. PLUTARCO , Vidas de los diez oradores 836A y 838D ; DION. HALIC ., Lis . 12, 9; 14, 7 y n.); pero probablemente no de Iseo (cf. Iseo 2,2 y n.).
121 Cf. Lis . 12,9; 14, 7 y n.
122 Cf. Lis . 11,7-12, 1; 12, 6 y 8; Din . 4, 5 frente a 7, 1-4.
123 Cf. Iseo 20, 5; Pr. Ameo 2, 3 y Lis . 1, 5.
124 Cf. Or. ant. 4, 5; Iseo 20, 7. El Demóstenes- 1 fue escrito una vez terminada la primera parte, el Sobre los oradores áticos I (cf. Dem . 2, 3; 4, 1); y se supone que inmediatamente después del Iseo , pues Iseo fue incluido simplemente por el hecho de ser el maestro de Demóstenes.
125 Cf. HARPOCRACIÓN , Léxico de los diez oradores 113, s. v. «Enepískēmma»; Din . 11, 4; 13, 4; Dem . 57, 3 y n.; y quizá 44, 3, de donde se deduce que este tratado perdido era anterior al Din . y al Demóstenes- 2, pero muy probablemente posterior o simultáneo del Demóstenes- 1, como en los casos de Lisias e Isócrates.
126 Cuando escribe el tratado Iseo , antes de comenzar el ensayo sobre Demóstenes, mantiene todavía una opinión peyorativa sobre Demóstenes (cf. Iseo 4, 5); después, en la carta Pr. Ameo , veíamos como ya equiparaba a Demóstenes con su admirado Lisias (cf. Pr. Ameo 2, 3 y Lis . 1, 5); y ya en el Demóstenes- 1 proclama la supremacía de Demóstenes sobre los demás oradores, filósofos e historiadores (cf. Dem . 8, 2; 33, 1-4; Tuc . 53, 1), algo que por lo demás todo el mundo admitía (cf. CICERÓN , El orador 23; Sobre el orador 1 260; Bruto 35; Ps. LONGINO , Sobre lo sublime 34, 4; etc.).
127 Cf. Tuc . 1,4.
128 Cf. Pomp. 2, 1 = Dem . 5-7.
129 Cf. Tuc . 2, 2 y pássim; Seg. Ameo 1, 1; y 2, 2 = Tuc . 24, 1-12.
130 Cf. Din . 11,4; 13,4.
131 Cf. Din . 1, 1 (aquí este tratado Sobre los oradores áticos recibe el título de Sobre los oradores antiguos ). Los tratados sobre Hiperides y Esquines habían sido prometidos por DIONISIO en el Or. ant . 4, 5 e Iseo 20, 7.
132 Cf. Comp . 18, 14. En ese párrafo DIONISIO dice haber demostrado en otro lugar ciertos errores de Platón, y con toda probabilidad alude al Dem . 5 ss. (y concretamente al § 6, 2).
133 En dos ocasíones cita el Comp . en el Demóstenes -2 (cf. Dem . 49, 2; 50, 10); además, repite en este tratado (cf. 51, 2 - 52, 5) casi lo mismo que decía en el Comp . 25, 32-43.
134 Véanse notas a Dem . 40, 12 y 46, 4.
135 Cf. Dem . 58, 5. El «si la divinidad nos mantiene vivos» parece menos retórico que la condicional del Comp . 1,11.
136 Cf. Comp . 8, 2 y Dem . 39, 3.
137 QUINTILIANO afirma que Cecilio y Dionisio, entre otros, estudiaron este tema (cf. Inst. orat . IX 3, 89); DIONISIO se había limitado a señalar la complejidad del tema sin prometer ningún tratado (cf. Comp . 8, 2; Dem . 39, 3).
138 DIONISIO nos proporciona un valioso dato al referirse al año en que fueron cónsules Claudio Nerón, por segunda vez, y Calpurnio Pisón: sabemos que ese año fue el 7 a. C. (cf. Hist. Rom . I 3, 4); y su marcha de Roma, según nos dice en otro pasaje, fue veintidós años después de su llegada; esto es, el año anterior, el 8 a. C. (cf. ibídem I 7, 2; 6, 5).
139 Como muestra de este intercambio de lecturas, escritos y cartas entre amigos cf. Pomp . 1,1.
140 Cf. Hist. Rom . I 74, 2-4. CLEMENTE DE ALEJANDRÍA cita esta obra con el título de Chrónoi (cf. Stromata I 21, 102, 1).
141 Como sinónimos de léxis se emplea también en griego hermēneía y phrásis . Pero el término léxis , que nosotros traducimos por «expresión» (latín, elocutio ). también sirve para referirse a cada una de las formas de expresión, es decir, a los diferentes «formas de estilos» (idéai tȇs láxeōs: latín, genera dicendi): elevado, medio y llano, con sus numerosas variedades (florido, grandilocuente, sublime, etc.). Sin embargo, para referirse al estilo personal de un autor en griego se utiliza el término charaktḗr (véase n. siguiente).
142 El término charaktḗr (latín, stilus ) se refiere al «estilo literario» característico de un autor, por oposición a las tres clases de estilos o niveles de expresión que veíamos en la n. anterior. Si queremos referirnos al «carácter» de una persona en griego se utiliza el término ȇthos .
143 Cf. CICERÓN , El orador 76-79.
144 Cf. Isóc . 3, 1.
145 Cf. Lis . 11,3; Dem . 2. 4; 40, 6-7; 48,4-7; 49, 1; 51, 2; Comp . 21,5; 25, 38-39; etc.
146 Cf. Isóc . 3, 6; 11, 5; 13, 2; Iseo 4, 1; Dem . 41, 1; 50. 4; 51, 4 y 7; Tuc . 4, 2; Im . 1, 4-5; Comp . 25, 35; Din . 7, 7.
147 Cf. Dem . 21, 3; 43, 11.
148 Cf. Isóc . 11,5; Dem . 18, 5 y n.
149 Cf. Bruto 287-288.
150 Por ejemplo, a propósito de «epiquerema» y «entimema», véase n. a Iseo 16, 3. Y así se podrían añadir muchos más ejemplos.
151 Cf. Dem . 9, 10; 48, 1.
152 Cf. Or. ant . 4, 2.
153 En verdad el gusto de los griegos por los discursos se remontaba a Homero; pero la retórica, como arte que se puede enseñar y aprender, nace, según Aristóteles, en Sicilia con Córax y Tisias, como instrumento de los ciudadanos particulares para recuperar sus bienes en los pleitos (cf. CICERÓN , Bruto 46). Después otro siciliano, Gorgias, la lleva a Atenas, donde se difunde rápidamente y con enorme éxito, pero ya no solo se aplica al campo judicial sino también al político: en una democracia quien aspire a gobernar debe dominar el arte de hablar ante la asamblea (cf. ARISTÓTELES , Política 1305a 11-13). Y, finalmente, se pronuncian discursos por el simple placer de oír hablar (recuérdense los discursos sobre el amor en el Banquete de PLATÓN ). Es evidente que el interés por la retórica llevó aparejado el nacimiento y desarrollo de la crítica literaria.
154 Cf. CICERÓN , El orador 76-90.
155 Cf. CICERÓN , El orador 25 y DION . HALIC ., Or. ant . 1, 7; o también CICERÓN , Bruto 70 y DION . HALIC ., Dem . 50, 4; o bien las muchas coincidencias entre el catálogo de virtudes que Dionisio encuentra en Lisias y las virtudes propias del estilo aticista según CICERÓN , El orador 76-79. Quizá Dionisio sintió cierta animadversión personal hacía Cicerón porque fue el causante de que su amigo Quinto Elio Tuberón se retirara de la oratoria (véase n. a Tuc . 1,1).
156 Por ejemplo, estos son algunos de los títulos de sus tratados perdidos (cf. Suda , S. V. «Kekilios » = kappa 1165): Sobre el estilo de los diez oradores; Sobre Demóstenes: ¿cuáles son los discursos auténticos y cuáles los espurios?; Comparación de Demóstenes y Cicerón; Comparación de Demóstenes y Esquines; otro Sobre Lisias (cf. Sobre lo sublime 32, 8); etc.
157 Es un hecho evidente que DIONISIO conocía la persona y la obra de su «queridísimo» Cecilio, pues escribe (Pomp . 3, 20): «Sin embargo a mí y a mi queridísimo Cecilio nos parece que…» Y, por ejemplo, ambos fijaban en doscientos treinta y tres el número de discurso auténticos de Lisias (cf. Ps. PLUTARCO , Vidas de los diez oradores 836A). Sin embargo, otras veces presentan discrepancias: mientras Cecilio popularizó el canon de los «diez oradores», DIONISIO sólo menciona a seis (cf. Or. ant . 4, 5); Dionisio atribuye a lsócrates veinticinco discursos auténticos y Cecilio veintiocho (cf. Ps. PLUTARCO , Vidas de los diez oradores 838D); y en su último tratado, el Demóstenes- 2, parece que censura implícitamente a Cecilio por criticar el abuso de pleonasmos en Demóstenes (cf. Dem . 58, 3 y n.); etc. Da la impresión de que Dionisio, al ir evolucionando en sus criterios literarios, se fue apartando de los principios estilísticos que defendía Cecilio.
158 Cecilio escribió un tratado Sobre lo sublime; pero un autor anónimo, conocido como Ps. LONGINO , le replicó genialmente en el célebre tratado del mismo título (cf. Sobre lo sublime 1,1).
159 Cf. Isóc . 13, 3 y n.
160 Cf. Lis . 3, 8 y n.
161 Cf. Dem . 35, 1 ss.; 38, 1 ss.; 40, 1 ss.; 41,1 ss.; etc.
162 Cf. CICERÓN , Sobre el orador III 171-172.
163 Para más detalles remitimos a la Introducción de M. A. MÁRQUEZ a Dionisio de Halicarnaso. Sobre la composición.. ., pág. 21.
164 A finales del S . XIX M. MENÉNDEZ PELAYO nos describe este lamentable panorama en su Historia de las ideas estéticas en España , Madrid, 1883-1891, t. III, pág. 183 (habla de BATTEUX , Principios filosóficos de Literatura, o curso razonado de Bellas Letras… Obra escrita en francés… traducida al castellano… por D. Agustín García de Arrieta): «mediante ella se hicieron familiares a nuestros críticos, no solo los tratados de Longino y Dionisio de Halicarnaso, pésimamente traducidos por cierto, sino…». Pero lo peor es que BATTEUX no hacía ninguna traducción de los tratados, sino simples comentarios a los tratados de Dionisio.
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SOBRE LOS ORADORES ANTIGUOS

SINOPSIS
Dionisio de Halicarnaso compuso este breve tratado como preámbulo al Sobre los oradores áticos , cuando decidió publicar juntos los tratados Sobre Lisias, Sobre Isócrates y Sobre Iseo; aunque colocado al principio, lo escribió después del Sobre Iseo (véase Introducción, apartado 3.). Fue entonces cuando concibió un plan más ambicioso: estos tres tratados constituirían un primer tomo, al que seguiría un segundo tomo, el Sobre los oradores áticos II, que incluiría otros tres tratados sobre sendos oradores de la siguiente generación: el Sobre Demóstenes y dos que no llegó a escribir, el Sobre Hiperides y el Sobre Esquines; después pensaba redactar también otra obra dedicada a los historiadores, de la que sólo escribió el tratado Sobre Tucídides .
El Sobre los oradores antiguos pertenece a su primera época, cuando comienza a tomar posiciones en sus gustos literarios y a polemizar con seguidores de otras corrientes literarias y filosóficas: aquí se declara partidario del aticismo y del modelo de oratoria política que proponía Isócrates (véase Introducción, apartado 1.). Identifica, con un ejemplo que recuerda al mito de Heracles en la encrucijada, el aticismo o antigua Musa ática con la mujer honrada que se viste con sencillez, y el asianismo con la mujer vacía e insensata que se embellece con lujosas galas (§ 1, 5-6).
Reniega de su patria, la Caria (§ 1, 7), y elogia a la ciudad de Roma, pues ve cómo los antiguos gustos literarios de la Grecia clásica se imponen en todo el Imperio, bien fuera por imitación delo que ocurría ya en Roma bien fuera «por imposición» de los gobernantes romanos (§ 3, 1). El estudio de Th. Hidber (Das klassizistische Manifest… ) ha puesto de actualidad este opúsculo de Dionisio, aunque sus conclusiones acerca del aticismo y la actitud de Dionisio ante Roma han sido muy contestadas.
Este breve preámbulo es, pues, una declaración de principios —políticos y literarios— y un avance provisional de sus proyectos como crítico literario, con una estructura muy simple:
1. Defensa de la oratoria filosófica frente a la nueva oratoria venida de Asia Menor: aticismo frente a asianismo (§§ 1 - 2).
2. Alabanza a Roma y a sus gobernantes por imponer los antiguos gustos literarios (§ 3).
3. Plan de la obra sobre los oradores e historiadores griegos de la antigüedad (§ 4).

SOBRE LOS ORADORES ANTIGUOS
Prólogo
Muchas gracias había que dar a [1 ] nuestra época 1 , excelentísimo Ameo 2 , porque algunos géneros literarios se ejerciten hoy día con más belleza que antaño; y, sobre todo, porque el estudio del discurso público 3 haya hecho un progreso muy positivo y no pequeño. En efecto, a lo largo de los siglos precedentes [2] la antigua oratoria filosófica 4 se desvanecía, injuriada y víctima de terribles ultrajes: tras la muerte de Alejandro de Macedonia comenzó a desinflarse y a extinguirse lentamente, y poco faltó para que en nuestros días llegase a su [3] definitiva desaparición 5 . Otra clase de oratoria 6 ocupó su lugar. Pero ésta, imposible de soportar por su teatralidad desvergonzada, era grosera y no se ocupaba de la filosofía ni de ninguna otra enseñanza noble, sino que tenía como fin oculto engañar a la gente aprovechándose de su ignorancia. Así, no solo vivía entre la abundancia y el lujo, con un aire [4] más fastuoso que la otra, sino que las magistraturas y el gobierno de las ciudades, aunque correspondían a la oratoria filosófica, los tomaba para sí. Pero era vulgar y muy desagradable, y acabó por hacer a Grecia semejante a las casas de esos hombres licenciosos y perversos. Pues igual que en [5] tales casas la esposa, noble y sensata, no es dueña de ninguno de sus propios bienes, sino que el honor de administrar toda la hacienda ha recaído en una amante insensata, que está allí para perdición del hogar e injuria y amenaza a la otra 7 , del mismo modo la antigua y autóctona Musa 8 ática [6] adquirió en cada ciudad, pero sobre todo en las de mayor nivel cultural —esta fue la peor de las desgracias—, una figura innoble y quedó despojada de sus mejores galas. Entre [7] tanto, la que llegó ayer o anteayer de los lugares más extraños de Asia, ya fuera misia, frigia o cualquier adefesio de Caria 9 , se atribuía el honor de dirigir las ciudades griegas tras expulsar de la actividad pública a la otra: ¡Sí, la ignorante e irreflexiva expulsó a la que era filósofa y sensata!
[2 ] Pero no solo, como dice Píndaro 10 , de los hombres justos el tiempo es su más excelso salvador 11 , sino también, ¡por Zeus!, de las artes, de las letras y de todas las demás [2] ocupaciones importantes. Nuestra época lo ha demostrado, bien por imperativo de algún dios, bien porque el período cíclico natural ha vuelto a su primitiva posición 12 o bien porque algún impulso humano empuja a la mayoría de los hombres a las mismas metas 13 . Pues ha sido nuestra época quien ha permitido a la antigua y prudente retórica recuperar el justo prestigio del que ya antes gozaba merecidamente, mientras impedía a la nueva e insensata retórica recoger el fruto de una gloria que no le correspondía y gozar de bienes ajenos.
Pero quizá no sería justo alabar por este solo hecho a [3] nuestro tiempo y a los hombres que se asocian para practicar la filosofía 14 , pues ellos fueron los primeros en dar a lo que es mejor un puesto más honorable que a lo que es inferior (con razón dice el refrán que el que comienza un trabajo tiene ya hecha la mitad de él 15 ), sino también porque nuestro tiempo fue la causa de que este cambio fuera rápido y el progreso grande. Pues, salvo algunas ciudades de Asia en [4] las que el aprendizaje de las cosas bellas resulta lento por la incultura, las demás han dejado de apreciar los discursos vulgares, fríos e insulsos. Y los que antes tenían un alto [5] concepto de ellos ahora se avergüenzan y se pasan poco a poco al bando contrario, excepto algunos que ya no tienen remedio. Y es que los que últimamente eligen el estudio de la oratoria desprecian esa clase de discursos y se burlan de su seriedad.
[3 ] Creo que la causa y el origen de tan gran cambio fueron la todopoderosa Roma —al obligar a toda la población de las ciudades a fijar en ella la mirada— y sus gobernantes, que administran los asuntos públicos según la virtud y con los más elevados fines y demuestran en la emisión de las sentencias haber recibido una excelente educación y poseer un noble carácter. Así, la parte juiciosa de la ciudad, dirigida por ellos, ha ido adquiriendo cada vez mayor pujanza, mientras la parte insensata ha sido obligada a comportarse [2] con sensatez. Hoy, por ejemplo, se escriben muchos libros de historia 16 que merecen nuestra atención, y se publican muchos discursos amenos 17 y tratados filosóficos 18 no desdeñables, ¡por Zeus!, y otros muchos escritos hermosos que, gracias al extremado celo que griegos y romanos ponen en ellos, han progresado y, como es natural, seguirán progresando. [3] No me extrañaría que, habiéndose producido tan gran cambio en este breve tiempo, aquel fervor por los discursos absurdos no se prolongue más allá de una generación: si lo que tenía la supremacía se ha convertido en algo insignificante, es fácil que lo insignificante acabe en la nada.
Pero dejaré ya de dar gracias a la época que hace posible [4 ] este cambio de situación, de alabar a los que saben elegir lo mejor, de hacer conjeturas sobre el futuro a partir del pasado y todas las cosas semejantes a estas que cualquier otro podría decir. Mi intención es hablar de aquellos asuntos gracias a las cuales lo mejor pueda alcanzar aún más pujanza, eligiendo para mi estudio un tema que despierte el interés común, que sea beneficioso para todos los hombres 19 y capaz de procurar el máximo provecho.
Éste es: «Quiénes son los oradores y los historiadores [2] más importantes de la antigüedad, cuáles fueron sus preferencias en la vida y en los discursos y qué hay que tomar y qué evitar de cada uno». ¡Bello objeto de estudio y muy necesario para los que se ejercitan en la filosofía política 20 ! Pero, ¡por Zeus!, en modo alguno frecuente ni trillado por los tratadistas anteriores. Al menos yo no sé de ningún escrito [3] de tales características, aunque he llevado a cabo una larga investigación sobre el asunto 21 . Sin embargo, no lo afirmo por saberlo con toda evidencia, pues tal vez existan algunos tratados de este género que se me hayan escapado. Además, sería muy presuntuoso, y casi rayano en la locura, ponerse uno mismo como árbitro de la historicidad de cada cuestión y declarar que no ha sucedido algo que es posible [4] que haya sucedido. Sobre todo esto, como decía, nada puedo asegurar.
Pero, como hay muchos buenos oradores e historiadores dignos de estudio, renunciaré a escribir sobre todos ellos, pues veo que se requeriría una obra muy voluminosa. Elegiré sólo a los más interesantes y hablaré de cada uno de ellos por orden cronológico: ahora sobre los oradores y, si ha lugar [5], también sobre los historiadores. Los oradores seleccionados serán tres de los más antiguos —Lisias 22 , Isócrates 23 e Iseo 24 — y tres que florecieron en la generación siguiente —Demóstenes 25 , Hiperides 26 y Esquines 27 —. Ellos son, a mi juicio, superiores a los demás. En consecuencia, el estudio será dividido en dos secciones 28 y se comenzará con la que se ha dedicado a los más antiguos.
Dichas estas advertencias, es el momento de volver sobre [6] el asunto propuesto.
1 La estancia de Dionisio en Roma se extiende desde el año 30 al 8 a. C.; esto es, coincide con los primeros años del reinado de Augusto. Dionisio, pues, comienza con un elogio de la nueva etapa imperial; pero este encomio tácito a Augusto no es solo un acto de obligada cortesía política, sino un reconocimiento de gratitud hacia la ciudad que tantos beneficios le dio y en donde triunfaban los gustos literarios que él defendía (cf. Hist. Rom .I 6, 5).
2 Personaje desconocido a quien dedica todo su extenso trabajo Sobre los oradores áticos (= Or. ant., Lis., Isóc., Iseo y también el Dem .; cf. ibídem §§ 13, 4 y 7, y especialmente 49, 2; 58, 5); también le dedicará dos cartas (Pr. Ameo y Seg. Ameo; véase la Introducción, apartado 1.).
3 El término politikoì lógoi es de gran complejidad (remitimos a la extensa n. ad locum de G. AUJAC ); pero, simplificando, podemos decir que se alude con él a todo discurso público de interés general, sinónimo de «oratoria», por oposición a idiōtikoì lógoi , discursos de interés privado y sin valor literario (cf. Dem. 13, 4; 56, 4): eran discursos improvisados entre familiares y amigos o sobre asuntos judiciales de poca importancia (como ejemplo, cf. LONGO , Dafnis y Cloe II 15, 2-3; 16, 1-3). Dentro de los politikoì lógoi podemos distinguir los tres géneros tradicionales: el género judicial (dikanikòn génos ), el deliberativo (symbouleutikòn o dēmēgorikòn génos ) y el epidíctico o de aparato (epideiktikòn génos ). Pero también con el término politikoì lógoi se alude a los «discursos ficticios», esto es, aquellos que nunca fueron pronunciados realmente ante un público, por oposición a los que sí lo fueron, los denominados «discursos verdaderos» pronunciados en debates reales (alēthinoì agônes; cf. Lis . 6, 1 y 3; Dem . 30, 3; etc.). Así pues, politikoì lógoi son los discursos que encontramos en las obras de autores como Platón (cf. Dem. 23, 10 ss.), Heródoto (cf. Dem . 41, 4), Tucídides, etc.; e incluso en oradores como Isócrates, que nunca habló en público (cf. Isóc . 1, 2-3).
4 La oratoria filosófica, sinónimo de filosofía política (cf. infra § 4, 2 y n ), era la clase de oratoria que enseñó Isócrates y con la que DIONISIO se identifica plenamente en esta primera etapa (cf. Isóc . 4, 4 ss.; véase también la Introducción, apartado 1.).
5 Efectivamente, con la muerte de Alejandro Magno acaba el gran esplendor de la literatura clásica en todos los géneros. En cuanto a la retórica, Demóstenes, el mejor orador griego, murió en el 322 a. C., un año después de Alejandro; Esquines murió en el exilio algo más tarde, hacia el 314; y Dinarco, el último de los grandes oradores, murió hacia el 290 a. C. Después de Alejandro la oratoria griega entra en un gran declive y no hay figuras destacadas hasta la segunda sofística. Entre Esquines y Nicetes de Esmirna, contemporáneo de Nerón, ¡casi cuatro siglos!, FILÓSTRATO sólo cita de pasada a tres: Ariobarzanes de Cilicia, Jenofrón de Sicilia y Pitágoras de Cirene (cf. Vida de los sofistas 511). A esta brevísima lista sólo habría que añadir a Hegesias de Magnesia, máximo representante del asianismo (véase la Introducción, apartado 1.), a Hermágoras de Temnos, a Apolonio Molón, a su maestro y paisano, Megacles de Alabanda, a Apolodoro de Pérgamo, a Teodoro de Gádara y a algún otro de los rétores que enseñaban en Roma (cf. QUINTILIANO , Inst. orat . III 1,16; etc.).
6 Se refiere a la corriente asianista (véase la Introducción, apartado 1).
7 Este símil de las dos mujeres recuerda el célebre mito de Heracles en la encrucijada que contó Pródico (cf. JENOFONTE , Recuerdos de Sócrates II 1, 21-33).
8 Esta referencia a la Musa ática justifica la prosopopeya del pasaje. Pero la única mención a la Musa ática la encontramos referida a Jenofonte, a quien llamaban la «Musa ática» por la dulzura de su expresión (cf. DIÓGENES LAERCIO , II 57). En efecto, ninguna de las nueve musas, cuyos nombres se remontan a HESÍODO (cf. Teogonía 77-78), se conocía con este nombre, y ninguna de ellas se ocupaba de la retórica. La atribución de un arte a cada musa era aún confusa e incompleta en tiempos de PLATÓN (cf. Fedro 259c-d); e incluso a HORACIO , un contemporáneo de Dionisio que, a la manera de Hesíodo, se declara «sacerdote» de las musas (cf. Odas III 1), unas veces le inspira Melpómene (cf. Odas I 24; etc.), otras Clío (cf. Odas I 12), otras Calíope (cf. Odas III 4) y otras Euterpe y Polimnia (cf. Odas I 1).
9 Regiones de Asia Menor muy atrasadas culturalmente en las que el asianismo tenía una preponderancia absoluta (cf. § 2, 4). Curiosamente la patria de Dionisio, Halicarnaso, ciudad griega enclavada en la antigua Jonia, se convirtió en la capital de la Caria cuando el sátrapa Mausolo trasladó allí la capital de su reino; después la Caria y Halicarnaso pasaron a formar parte del reino de los Ptolomeos y finalmente de Roma. Pero Dionisio reniega de la Caria y se considera tan griego y tan jonio como su paisano Heródoto. Con esta alusión al mal gusto imperante en Misia, Frigia y Caria Dionisio parece estar parafraseando a CICERÓN (cf. El orador 25).
10 Píndaro, poeta lírico de Tebas (c. 518 - 436 a. C.), compuso hermosos epinicios a los campeones de los juegos atléticos, cantos corales, etc. En cuanto a la opinión de DION . HALIC . sobre su estilo cf. Dem . 7, 7; 26, 3-4; 39, 7; Comp. 22, 10 ss.; Im . 2, 5-6.
11 PÍNDARO , Fr . 159 SNELL .
12 La teoría de una regeneración cíclica del mundo y de la historia es reflejo de la vieja creencia en la conflagración universal, ekpýrōsis , y en un posterior renacimiento del mundo, palingenesía . Se remonta a EMPÉDOCLES , que habla de una doble generación (génesis ) y una doble desaparición (apόleipsis; cf. Frs . 17 y 35 DK); también fue defendida por HERÁCLITO (cf. Frs . 30, 31 y 65 DK; ARISTÓTELES , Acerca del cielo 279b16), los pitagóricos (cf. Fr . 14.1 DK; PLATÓN , Político 269c-d), los estoicos (cf. EPICTETO , III 13, 4; MARCO AURELIO , X 7; XI 1; etc.) e incluso por Epicuro (cf. DIÓGENES LAERCIO , X 73).
13 Dionisio alude a los cambios en los gustos literarios impuestos por personas relevantes, en este caso los magistrados romanos. Así pues, tres son las posibles causas de este cambio: una divina, otra natural y otra humana.
14 Los filósofos, a diferencia de los oradores, se agrupan en escuelas para practicar la filosofía. Aquí parece referirse a los estoicos, la escuela con la que Dionisio parece identificarse más (véase la Introducción, apartado 1.).
15 Aforismo griego que se encuentra por primera vez en Platón, que a su vez atribuye a Hesíodo (cf. HESÍODO , Trabajos y días 40; PLATÓN , Leyes 690e y 753e; República 377a; véase también ARISTÓTELES , Política 1303b 29; DEMETRIO , Sobre el estilo 122; LUCIANO , Hermotimo 3; y otros muchos autores como Plutarco, Filón, Galeno, Polibio, etc.); JÁMBLICO , sin embargo, la atribuía al propio Pitágoras (cf. Vida de Pitágoras 29, 162). En latín se decía «Dimidium facti, qui coepit, habet » (cf. HORACIO , Epístolas I 2, 40). El refrán castizo equivalente, tal como lo dice Cervantes, sería «El comenzar las cosas es tenerlas medio acabadas» (cf. CERVANTES , Don Quijote II 41 ).
16 El propio Dionisio es autor de una importante y voluminosa historia sobre la Roma antigua y se había documentado muy bien sobre el tema (véase la Introducción, apartado 1.). Contemporáneo suyo fue el historiador y geógrafo Estrabón. Pero es digno de notar la escasez de figuras importantes en la literatura griega, mientras la Roma de Augusto está en plena edad de oro: Propercio, Virgilio, Horacio, Tibulo, Ovido, Tito Livio, etc.
17 Una y otra vez Dionisio califica los discursos asianistas como «vulgares, cargantes» (phortikoí ), mientras que los aticistas son «amenos, agradables» (charíentes ). Sin embargo, no hay buenos oradores griegos en esta época: es necesario esperar a la segunda sofística.
18 No hay grandes figuras griegas en el campo de la filosofía que sean contemporáneas de Dionisio. Y, puesto que polemizó contra epicúreos y peripatéticos (véase la Introducción, apartado 1.), solo podría referirse al estoico Posidonio de Apamea (Siria), aunque este habría muerto unos años antes de la llegada de Dionisio a Roma.
19 El término griego es philánthrōpos , «filantrópico», que tiene un marcado carácter estoico. Por lo demás, estas palabras sobre la elección del tema recuerdan a las que Dionisio escribe a propósito de su obra sobre la historia de Roma (cf. Hist. Rom . I 2, 1).
20 Dionisio escribió con este mismo título un tratado, En defensa de la filosofía política (cf. Tuc . 2, 3), en el que defendía el concepto isocrático de oratoria (véase la Introducción, apartado 1). Este término griego, «politikḕ philosophía », también lo encontramos en su contemporáneo ESTRABÓN , I 1, 18; pero otras veces DIONISIO la llama «verdadera filosofía» (cf. Isóc . 4, 4) o también «oratoria filosófica» (en griego «philósophos rhētorikḗ »; cf. supra § 1,2; Pomp . 6, 5).
21 Sobre la originalidad de Dionisio al analizar el estilo de los oradores véase la Introducción, apartado 5.
22 Véase la Sinopsis al tratado Lis .
23 Véase la Sinopsis al tratado Isóc .
24 Véase la Sinopsis al tratado Iseo .
25 Véase la Sinopsis al tratado Dem .
26 Político y orador ateniense (c. 390 – 322 a. C.), incluido en el canon de los diez oradores áticos. Desgraciadamente su obra la conocemos por restos papiráceos. Dionisio no llegó a escribir el tratado sobre él (véase Introducción, apartado 3), pero sí unas líneas muy elogiosas en el Im . 5,6.
27 Orador ateniense (c. 389-322 a. C.) del que conservamos tres discursos completos y doce cartas espurias. Defendió la causa de Filipo y fue rival irreconciliable de Demóstenes, que consiguió enviarlo al exilio. Dionisio le concede el segundo puesto en la oratoria, pero en la cabeza de un pelotón muy alejado de Demóstenes (cf. Dem . 35, 3). Dionisio tampoco llegó a escribir el tratado sobre este orador (véase Introducción, apartado 3.), aunque sí conservamos unas breves líneas sobre su estilo (cf. lm . 5, 5).
28 La primera sección lleva el título de Sobre los oradores áticos I, compuesta por los tratados dedicados a tres oradores de la primera generación, el Lis ., el Isóc . y el Iseo . La segunda sección es el tratado Sobre los oradores áticos II, dedicada a tres oradores de la siguiente generación, Demóstenes, Hiperides y Esquines; pero sólo escribirá el Dem ., y de este tratado sólo pertenece a esta sección la primera parte (§§ 1 - 33 = Demóstenes -1), pues el texto siguiente (§§ 34 - 58 = Demóstenes -2), es un tratado que Dionisio escribió mucho más tarde. En cuanto a los historiadores sólo redactó el Tuc . (véase la Introducción, apartado 3).
SOBRE LISIAS

SINOPSIS
Lisias (Atenas, c. 458-380 a. C.) era hijo de Céfalo, un acaudalado meteco originario de Sicilia, amigo de Sócrates y Pericles. A los quince años Lisias marcha a Turios (Magna Grecia), donde se forma como orador. Tras el desastre de Sicilia es expulsado de Turios, como todos los atenienses, y de nuevo regresa a Atenas cuando contaba cuarenta y seis años. Allí se dedicó a impartir clases de retórica y a escribir discursos de diverso género, como el discurso sobre el amor que en el Fedro platónico comentan Sócrates y Fedro. Pero de nuevo se vio obligado a abandonar Atenas durante la tiranía de los Treinta, hasta que, restaurada de nuevo la democracia, vuelve del exilio y consigue por breve tiempo la ciudadanía. Denuncia entonces a Eratóstenes por el asesinato de su hermano Polemarco: quizá fue el único discurso que pronunció, y probablemente sin éxito; no obstante, consigue con él gran fama como orador y se dedica desde entonces a escribir discursos para otros, convirtiéndose en el más reputado logógrafo de Atenas. Conservamos treinta y cinco discursos de los cuatrocientos veinticinco que se le atribuían, casi todos judiciales, aunque solo doscientos treinta y tres serían suyos; y se decía que perdió sólo dos procesos (cf. § 17, 7; Ps.-Plutarco, Vidas de los diez oradores 836A). Para más detalles sobre Lisias remitimos a la introducción, traducción y notas de J. L. Calvo Martínez, Lisias I y II, Madrid, 1988-1995, núms. 122 y 209 en esta mismax colección.
El primero que hizo una crítica de Lisias, entre palos y alabanzas, fue Platón, que elogia de su estilo la elección de las palabras, la capacidad de agradar y el que cada enunciado esté bien pulido y expresado con claridad, densidad y exactitud; pero le reprocha defectos en la organización del discurso y en la invención, pues Lisias se repite, deja cosas por decir, dice otras que son simples puerilidades y, en resumen, posee un estilo humilde; además Platón tampoco está de acuerdo con el contenido y, por si fuera poco, lo considera muy inferior al joven Isócrates (cf. Fedro 234c-e, 257c, 264b y 278e). Aristóteles cita dos pasajes de Lisias, aunque no se digna a nombrarlo (cf. Retórica 1399b 16 y, como broche final, el último párrafo de la Retórica , que son las mismas palabras con las que Lisias termina el discurso Contra Eratóstenes : Retórica 1420a 8 = Contra Eratóstenes XII 100); sin embargo, parece que Aristóteles sí nombró alguna vez a Lisias (cf. Cicerón, Bruto 48). Su discípulo Teofrasto mantiene esa opinión negativa y acusa a Lisias de artificiosidad, algo que Dionisio rechaza por basarse en un discurso que no era de Lisias (§ 14, 1-2). Frente a estos juicios negativos sobre Lisias se alza la voz de Cecilio de Caleacte, que ponía a Lisias por encima de todos los demás autores y lo consideraba superior a Platón en todo, quizá porque era el responsable de la mala opinión que muchos se habían formado sobre Lisias; pero recibió una réplica contundente de parte del Ps. Longino, que lo consideró muy inferior a Platón (cf. Ps. Longino, Sobre lo sublime 32, 8; 35, I).
Dionisio sigue en este tratado la opinión de Cecilio, aunque luego la modificará y pondrá por delante de Lisias y de todos los demás prosistas a Demóstenes, coincidiendo así con Cicerón, que consideraba a Lisias un orador casi perfecto, solo superado por Demóstenes (cf. Bruto 35; Sobre la mejor clase de oradores 10). En opinión de Dionisio, Lisias posee el estilo ideal, pues su expresión reúne las principales virtudes: pureza, claridad, sencillez, gracia… Es el mejor de los prosistas griegos, o al menos ninguno le aventaja en las principales virtudes. Supera a Dinarco en gracia, persuasión, etc. (cf. Din . 7, 1-2); a Isócrates en el uso del lenguaje no figurado (§ 3, 10), y en la confrontación entre ambos se muestra superior (cf. Isóc . 11); también supera a Platón en pureza de lenguaje (§2, 1); a Tucídides en pureza de lenguaje (§ 2, 1), en claridad (§ 4, 2) y en el uso del lenguaje no figurado (§ 3, 6-7); y a Demóstenes en claridad (§ 4, 2) y en la sencillez con que emplea la densidad (§ 6, 4). Lisias también es el mejor en el exordio, en la narración y en la argumentación (§§ 17 - 19). Pero la virtud característica y sobresaliente del estilo de Lisias es la gracia (§ 10, 3 ss.). Sin embargo, Lisias se muestra inferior a los demás en la distribución de las ideas (§ 15, 6) y a la hora de mostrar pasiones en los personajes o provocarlas en el público (§§ 13, 4; 19, 5-6); y en cuanto a los discursos no judiciales sólo es superado por Isócrates y Demóstenes (§ 28, 2). Más adelante es Demóstenes el que supera en todo a Lisias, incluso en la gracia (cf. Dem . 13, 7-8).
El esquema de este tratado, muy próximo al esquema ideal que ofrecíamos en la Introducción (apartado 4), es el siguiente:
1. Vida de Lisias (§ I).
2. Virtudes de la expresión de Lisias (§§ 2 - 14):Pureza de lenguaje (§ 2), lenguaje no figurado (§ 3), claridad (§ 4, 1-3), concisión (§§ 4, 4 - 5, 2), densidad (§ 6), viveza en la descripción (§ 7), caracterización de los personajes (§ 8, 1-4), espontaneidad muy trabajada (§ 8, 5-7), adecuación (§ 9), credibilidad (§ 10, 1-2) y gracia (§§ 10, 3 - 13, 1); recapitulación de virtudes y defectos (§ 13, 2 - 5); réplica a Teofrasto (§ 14).
3. Virtudes en el tratamiento de los hechos (§ 15):
a) La invención (§ 15, 1-3).
b) La ordenación de las ideas (§15, 4).
4. Géneros del discurso y sus partes (§16 - 20):
a) Géneros: judicial, deliberativo y epidíctico (§ 16, 1-3).
b) Partes del discurso (§ 16, 4-5): exordio (§ 17), narración (§ 18), argumentación (§ 19, 1-5) y epílogo (§ 19, 6); ratificación sobre el estilo de Lisias (§ 20, 1).
6. El discurso judicial (§§ 20, 2 - 27, 29): Lisias, Contra Diogitón .
7. El discurso epidíctico (§§ 28 - 30): Lisias, Discurso olímpico .
8. El discurso deliberativo (§§31 - 33): Lisias, Sobre la constitución .
9. Fin del tratado para comenzar el Isóc . (§ 34).

SOBRE LISIAS
Vida de Lisias
Lisias, hijo de Céfalo 1 , era de familia [1 ] siracusana, pero nació en Atenas, donde su padre era meteco. Allí se educó con los más ilustres de los atenienses 2 . A los quince años navegaba [2] con sus dos hermanos 3 a Turios 4 para incorporarse a la colonia que estaban fundando los atenienses y el resto de Grecia doce años antes de la guerra del Peloponeso 5 . En esa ciudad vivió y adquirió gran prosperidad como ciudadano, hasta que sobrevino a los atenienses el desastre de Sicilia 6 . [3] Después de aquella conmoción el pueblo se rebeló y Lisias, acusado de favorecer la causa de Atenas, es expulsado junto [4] con otros trescientos. Así pues, regresa de nuevo a Atenas durante el arcontado de Calias 7 , cuando contaba cuarenta y siete años —esta sería la edad más verosímil 8 —. Desde entonces vivió y ejerció su actividad profesional en Atenas. [5] Escribió la mayoría de los discursos para los tribunales y para las sesiones del Consejo y de la Asamblea, todos de excelente composición; pero también compuso panegíricos, discursos amatorios y epistolares 9 . Con ellos borró la fama tanto de los oradores que le habían precedido como la de sus contemporáneos. Y, en cuanto a sus sucesores, no se dejó sobrepasar por muchos, pues sobresalió en todas las clases de discursos, incluso en las inferiores, ¡por Zeus!
Con qué estilo 10 escribe, qué virtudes ha aportado, en [6] qué es mejor que sus contemporáneos o dónde se muestra inferior y qué hay que tomar de él, ahora ya intentaré explicarlo.
Primera virtud:pureza de lenguaje
Es muy puro 11 en el lenguaje: el [2 ] mejor modelo del dialecto ático; pero no del arcaico que utilizaban Platón 12 y Tucídides 13 , sino del que se hablaba en su tiempo, según se puede deducir por los discursos de Andócides 14 , de Cridas 15 y de muchísimos otros. En este apartado, que precisamente es el primero [2] y más importante en un discurso —me refiero a la pureza del dialecto—, ninguno de los oradores posteriores le superó: muchos ni siquiera fueron capaces de imitarlo, con la sola excepción de Isócrates 16 . A mí al menos este me parece, junto con Lisias, el más puro de todos en el empleo de [3] las palabras. Si tuviera que elegir una sola virtud, esa sería la que encuentro en nuestro orador digna de ser emulada e imitada; y aconsejaría a los que quieran hablar o escribir en un ático puro que tengan a nuestro hombre como paradigma de esta virtud.
Segunda virtud:lenguaje no figurado
[3 ] Hay otra segunda virtud, y no inferior a esta, que muchos de sus contemporáneos trataron de emular; pero nadie la empleó con mayor dominio. ¿Cuál es esa virtud? La de saber expresar los pensamientos utilizando palabras comunes y corrientes con su significado propio 17 : muy rara vez podría [2] uno encontrar a Lisias recurriendo al lenguaje figurado. No solo es digno de alabanza por esto, sino también porque, utilizando los vocablos más comunes y sin acudir a los recursos poéticos, logra que los hechos adquieran un aspecto grave, distinguido e importante.
[3] Sin embargo, no era ese el gusto de sus predecesores 18 , pues, para añadir cierto ornato al discurso, forzaban la lengua habitual y caían en el lenguaje poético: utilizaban muchas metáforas, hipérboles y demás figuras de dicción e impresionaban ai hombre corriente introduciendo palabras dialectales y extranjeras y expresiones inusitadas, conseguidas mediante alteraciones e innovaciones en las formas de expresión habituales. Esto es evidente en Gorgias de Leontinos [4] 19 , que, al emplear a menudo una ornamentación muy cargante y ampulosa, hace que muchos pasajes no suenen muy diferente de algunos ditirambos 20 . Entre sus discípulos también escribieron así los seguidores de Licimnio y Polo 21 .
El lenguaje poético y figurado se impuso también entre [5] los oradores atenienses y, según afirma Timeo 22 , comenzó con Gorgias, cuando vino como embajador a Atenas e impresionó al auditorio con su discurso ante la Asamblea. Pero lo cierto es que ese estilo, de algún modo, ya era admirado [6] antes. Por ejemplo, Tucídides, el más genial de los historiadores, utilizó recursos poéticos en el discurso fúnebre y en las arengas 23 , y alteró en muchas ocasiones el modo de la expresión para caer en la ampulosidad, a la vez que adornaba el discurso con los más extraños vocablos.
[7] Lisias no practicó nada de esto, al menos en sus escritos serios —los discursos judiciales y deliberativos—, aunque tal vez sí en los panegíricos. En cuanto a los escritos epistolares, de cortesanas 24 y demás composiciones que escribió [8] como diversión, nada tengo que decir. Así, aunque la mayoría de las veces parece utilizar expresiones corrientes, ¡cuánto se aparta del lenguaje corriente y qué magnífico poeta del discurso es! Al quedar la expresión libre del rigor métrico descubrió una armonía 25 particular del discurso que embellece y suaviza las palabras, pero sin caer en un estilo ampuloso y cargante.
Aconsejo a quienes aspiren a expresarse de la misma [9] manera que aquel, que tomen de nuestro orador esta segunda virtud. Hubo muchos historiadores y oradores que emularon [10] esa forma de expresión; pero de los antiguos el que más cerca estuvo de dominarla, detrás de Lisias, fue el joven Isócrates, de la siguiente generación. Uno no podría citar, por más lejos que busquemos, a otros oradores, además de a estos dos, que hayan demostrado tanto vigor y dominio en el empleo de las palabras corrientes con su significado propio.
Tercera virtud: la claridad
La tercera cualidad que descubro [4 ] de nuestro hombre es la claridad, no, solo en las Palabras sino también en los hechos —que también hay una claridad en la exposición de los hechos es algo que no muchos conocen—. Pero, si tomamos la expresión [2] de Tucídides y Demóstenes, los más hábiles en el arte de narrar los acontecimientos, yo compruebo que muchos pasajes son para nosotros equívocos, oscuros y necesitan comentaristas. Sin embargo, toda la expresión de Lisias es nítida y clara, incluso para aquel que se considera un lego en el lenguaje retórico. Si la claridad la hubiese logrado por [3] su exigua capacidad literaria, no sería digna de aprecio. Pero la riqueza de palabras empleadas con su sentido propio, que en él son tan abundantes, demuestra que esta es una virtud. De modo que es empresa digna emular su claridad.
La brevedad
También debe imitarse su maestría [4] para expresar los pensamientos con brevedad, además de con claridad, siendo ya por naturaleza una tarea difícil el reunir ambas virtudes y combinarlas en la justa medida: es ahí donde Lisias ha demostrado no ir a la zaga de nadie. Aquellos que manejan los discursos de nuestro hombre nunca habrán tenido la impresión de que Lisias incurra en la inoportunidad o en la oscuridad. [5] La causa es esta: en sus escritos los hechos no son esclavos de las palabras, sino que las palabras están al servicio de los hechos; y no es forzando el lenguaje habitual como consigue el embellecimiento de la expresión, sino haciendo que imite los hechos 26 .
[5 ] Ahora bien, no es que Lisias sea así en cuanto a la expresión lingüística pero intempestivo y prolijo en los hechos, sino que, por el contrario, nadie hay que comprima y condense tanto los pensamientos como Lisias. Hasta tal punto se abstiene de decir algo que no sea necesario, que incluso podría parecer que se deja muchas cosas importantes sin decir. Pero, ¡por Zeus!, no lo hace por escasez de recursos para la invención, sino por ajustarse al tiempo, al que ha [2] de someterse todo discurso. Es tan breve que para un particular que quiera limitarse a exponer los hechos resulta suficiente, pero para un orador que pretenda demostrar la superioridad de su talento no resultaría un modelo adecuado. Así pues, se debe imitar también la brevedad de Lisias, pues no podríamos encontrar en otro orador una brevedad más ajustada.
La densidad
Tras éstas encuentro una virtud en [6 ] Lisias muy admirable, que, según Teofrasto 27 , Trasímaco 28 fue el primero en emplear; pero yo creo que fue Lisias. Pues al menos a mí me parece que este fue anterior a aquel en el tiempo, aunque admito que ambos florecieron en la misma época; y, si no se me concede esto, afirmo que sí le superó en el tiempo que se dedicó a los debates reales 29 . Sin embargo, no puedo asegurar [2] en el momento actual quién de los dos fue el primero en utilizar esta virtud; pero que Lisias se distinguió más en ella, eso lo podría proclamar abiertamente.
¿Cuál es la virtud a que me refiero? A la expresión que [3] sintetiza los pensamientos y los expone de forma condensada, y que es muy adecuada y necesaria en los discursos judiciales y en todo debate real. Pocos imitaron esta virtud, aunque [4] Demóstenes incluso le sobrepasó; pero no la utilizó de una manera tan simple y sencilla como Lisias, sino de un modo más retorcido y acerbo 30 . ¡Quede dicho así, pues así pienso! Pero sobre eso hablaré en el momento oportuno 31 .
Viveza en la descripción
[7 ] Tiene también mucha viveza la expresión de Lisias. Se trata de una especie de fuerza que lleva las palabras hasta los mismos sentidos del oyente, y se produce cuando la situación se percibe [2] como algo real. Quien ponga de verdad su atención en los discursos de Lisias no será tan torpe, ni tan corto ni tan tardo de mente, como para no creer estar viendo como reales los hechos que se describen, hasta el punto de que creerá dialogar, como si estuvieran presentes, con aquellos personajes [3] que el orador vaya presentando. No encontrará en ellos nada chocante, ya actúen, sufran, piensen o hablen. Pues de todos los oradores Lisias es el mejor a la hora de escudriñar la naturaleza humana y de asignar a cada uno las pasiones, el carácter y el comportamiento más convenientes.
La caracterización .
[8 ] Le otorgo a él también la más preciada de las virtudes, llamada por muchos caracterización 32 . Pues, en una palabra, no puedo encontrar en este orador ningún personaje que no refleje carácter y vida. Y, [2] aunque tres son las virtudes con las cuales, y entorno a las cuales, se crea la caracterización —pensamiento, lenguaje y, en tercer lugar, la disposición de las palabras—, en todas ellas descubro cómo acierta siempre. En efecto, cuando hablan [3] los personajes, no solo los presenta discurriendo honesta, justa y comedidamente, de modo que parezca que las palabras son consecuencia de sus caracteres, sino que también los dota de una forma de hablar apropiada a sus caracteres, con la que de forma natural muestran lo mejor de sí mismos; y siempre la expresión es clara, propia, común y la más familiar para todos, porque la ampulosidad, las expresiones extrañas y todo lo que surge de la artificiosidad es contrario a la caracterización. Y basa este modo de expresión en la [4] sencillez y la simplicidad, consciente de que el carácter no se crea con oraciones complejas ni con ritmos métricos, sino con frases informales. En resumen, para definirme también sobre esta virtud, no sé si algún otro de los oradores que utilizaron en el discurso ese tipo de construcción sintáctica aunó más agrado y credibilidad.
Espontaneidad muy trabajada .
Da la impresión, en efecto, de que [5] el estilo con el que Lisias compone 33 las frases carece de elaboración y de técnica; y no me asombraría nada si todas las personas corrientes, y no pocas de las que son amantes de la literatura pero están poco familiarizadas con la retórica, se forjaran esta opinión: que Lisias dispone las palabras no tras una elaboración previa y siguiendo una técnica, sino de forma espontánea y al azar. [6] Sin embargo, su estilo está más elaborado que cualquier otra obra de arte. Esa aparente falta de trabajo es fruto de un largo trabajo, esa sintaxis suelta ha sido bien atada, y en el hecho mismo de que parezca que no compone hábilmente [7] reside su habilidad. Si alguien quiere aprender a reflejar la realidad y llegar a ser un imitador 34 de la naturaleza, no se equivocaría si acude a la forma de componer las frases de Lisias, pues no podrá encontrar otra que refleje mejor la verdad.
La adecuación
[9 ] Creo también que el estilo de Lisias posee la virtud de la adecuación 35 en un grado no menor que los demás oradores antiguos: y esa es la primera de todas las virtudes y la más perfecta; y la veo aplicada convenientemente al que habla, a los que escuchan y a los hechos —pues es en estos tres ámbitos, [2] y con respecto a ellos, como se aplica la adecuación—. Pone en boca de los personajes el lenguaje propio de su edad, familia. profesión, educación, modo de vida y demás aspectos en los que unas personas difieren de otras; y también mide cuidadosamente lo que se dice al oyente, porque no se dirige del mismo modo a un juez que a un asambleísta o a una [3] multitud festiva; y, por último, la expresión adquiere en él [4] formas diferentes según qué aspecto de los hechos narre. En el comienzo del discurso la expresión es contenida y fiel retrato del carácter de los personajes; en la narración, convincente y sin artificios; en la demostración, condensada y sólida; en los momentos de enardecimiento y pasión, grave y sincera; y en la recapitulación, informal y concisa.
También se debe tomar de Lisias la adecuación de la expresión. [5]
La credibilidad
Que es convincente y persuasiva, [10 ] que parece muy natural y que posee todas las cualidades propias de tal clase de expresión, quizá no hay que recordárselo a los que lo saben. Pues esto [2] ya era conocido por todos y no hay nadie que, bien por propia experiencia bien por saberlo de oídas, no reconozca que este es el más convincente de todos los oradores 36 . De modo que hay que tomar de Lisias también esta virtud.
La gracia
Muchas cosas buenas podría decir [3] sobre el estilo de Lisias —un estilo que si alguien lo tomara e imitara mejoraría sin duda su forma de expresión—; pero por premura de tiempo 37 dejaré las demás cualidades para explicar una sola virtud que yo juzgo la más bella y principal, y la única, por encima de todas las demás, capaz de hacernos reconocer con seguridad el estilo de Lisias. Me refiero a aquella en la que nadie [4] de los oradores posteriores le superó, aunque muchos la imitaron, y solo por esta virtud unos se consideraban superiores a los otros, aunque en lo demás poseyeran el mismo talento literario. Sobre esto, si ha lugar, hablaré en el lugar adecuado 38 .
[5] ¿Cuál es esta virtud? La gracia que brota de todas sus palabras. ¿Y qué es la gracia? Un hecho más poderoso y admirable que todo lo que podamos decir de ella. Es muy fácil de ver y evidente por igual para el profano como para el artista; pero es la más difícil de explicar con palabras: ni siquiera resulta sencillo para los que saben expresarse perfectamente 39 .
[11 ] De modo que si alguien pretendiera que se le explicase con palabras esta cualidad y saber en qué consiste, no tardaría en reclamar también la definición de otros muchos y [2] hermosos conceptos difíciles de expresar con palabras. Por ejemplo, si hablamos de la belleza de los cuerpos, ¿qué es eso que llamamos lozanía?; o si de la melodía de las canciones y la conjunción de las voces, ¿cómo se definiría lo armónico?; o si de la sincronización de los tiempos, ¿cómo definiríamos el orden y la belleza rítmica?; y, resumiendo, en toda obra o actuación, ¿qué es lo que llamamos oportunidad [3] y proporción? Cualquiera puede comprender cada una de estos hechos con su sensibilidad, pero no mediante palabras. Precisamente por eso los músicos aconsejan a los que quieren distinguir las armonías que no pasen por alto ni siquiera la diesi 40 , que habitúen el oído y que no busquen otro criterio más seguro que este. También yo propondría a los [4] que leen a Lisias y quieran saber cuál es esa gracia que hay en sus escritos que se ejerciten del mismo modo: con el tiempo, el prolongado contacto con sus escritos y la percepción irracional desarrollarán esa sensibilidad irracional 41 .
La gracia, sello de autenticidad
Al menos yo elijo esta virtud como [5] la mejor y más característica del estllo de Lisias, importa si decimos que es una cualidad feliz de su naturaleza, el resultado del trabajo y del dominio técnico, la posesión asociada de ambas o simplemente una capacidad con la que supera a todos los demás oradores. Cuando estoy en apuros con alguno de los discursos que se [6] le atribuyen y no me resulta fácil dar con la verdad mediante otras señales, acudo a esta virtud para dar mi voto decisivo. Entonces, si me parece que las gracias de su estilo adornan [7] el escrito, doy por hecho que es producto del alma de Lisias y considero que ya no merece la pena seguir examinando otras virtudes. Pero si, por el contrario, el estilo peculiar de [8] la expresión carece de placer y encanto, dudo y sospecho que el discurso sea de Lisias. Pero no fuerzo mi sensibilidad irracional por muy admirable que me parezca el discurso en las demás virtudes o muy primorosa la elaboración; pues creo que son muchos los que pueden escribir bien, aunque cada uno según el estilo peculiar que le es propio —en esto hay muchas variedades—; pero escribir con gusto, gracia y encanto sólo es patrimonio de Lisias.
[9] No utilizo otro indicio mejor que el de comprobar si las [12 ] cosas dichas por él han sido expresadas con deleite. Así, muchos de los discursos que se le atribuyen y que son considerados auténticos por la mayoría —como que están entre los muy genuinos de Lisias—, aunque en lo demás no tienen nada extraño, sin embargo, porque no desprenden la gracia de Lisias ni poseen la agradable sonoridad de su estilo, me parecieron sospechosos y, tras hacerlos pasar por esta prueba, consideré que no eran de Lisias.
Los discursos sobre Ifícrates
[2] Entre ellos está el Sobre la estatua de Ifícrates 42 , un discurso que yo sé clue muchos considerarían paradigma [3] y modelo de su talento literario. Pero ese discurso, que parece vigoroso por sus vocablos y abrumador por los argumentos y que, por lo demás, contiene otras muchas virtudes, es un discurso sin gracia y falta mucho para que veamos en él la voz de Lisias. [4] Especialmente se me hizo evidente que no fue escrito por aquel orador cuando computé los años 43 . Pues si partimos de que Lisias murió a los ochenta años, durante el arcontado de Nicón o de Nausinico 44 , entonces la muerte del orador se habría producido exactamente siete años antes de que se presentara la denuncia contra el decreto de la Asamblea. Pues fue después del arcontado de Alcístenes 45 —durante [5] ese arcontado los atenienses, los lacedemonios y el Rey 46 firmaron la paz 47 — cuando Ifícrates, después de entregar el mando del ejército, se convierte en un ciudadano particular y surgía entonces la cuestión sobre la estatua. Por consiguiente, Lisias había muerto siete años antes de la denuncia, es decir, murió antes de que se le entablara este proceso a Ifícrates.
El mismo procedimiento adopté en la Defensa de Ifícrates 48 , [6] atribuida también a Lisias: no sospeché de la paternidad de Lisias por lo absurdo del relato o la pobreza del vocabulario, sino porque no florecía en él la gracia de Lisias. En efecto, al contrastar las fechas encontré que fue compuesto no unos pocos años después de la muerte de orador, sino veinte años enteros. Pues fue durante la Guerra de los [7] Aliados 49 cuando Ifícrates está pleiteando contra aquella denuncia que conllevaba una multa elevadísima y está sometido a la rendición de cuantas por su generalato, como se desprende claramente por el propio discurso. Pero esa guerra acaece durante los arcontados de Agatocles y Elpines 50 .
[8] ¿Quién es el autor de los discursos sobre la estatua y sobre la traición? No puedo decirlo con seguridad. Pero que ambos son de un mismo autor, podría afirmarlo y aportar muchos indicios; pues encuentro en ambos las mismas preferencias literarias y la misma fuerza, cuestiones sobre las [9] que ahora no es el momento de debatir. Conjeturo que los dos son de Ifícrates, pues, si en la guerra era un hombre temible, en los discursos no era desdeñable; y la expresión en ambos es muy vulgar y cuartelera, y no revela tanto sagacidad retórica como arrogancia y fanfarronería militar. Pero sobre estas cuestiones se hablará en otro lugar por extenso 51 .
[13 ] Debemos regresar al punto de partida para llegar a la siguiente conclusión: que lo más importante de las obras de Lisias y lo más característico de su talento es la gracia que adorna y engalana su expresión, virtud en la que ninguno de sus sucesores le superó ni le imitó fielmente.
Catálogo de virtudes
Las buenas cualidades de este orador en cuanto a la expresión son [2] las que he mencionado. Voy a hacer una recapitulación de ellas: la pureza del lenguaje, la escrupulosidad dialectal 52 , la expresión de los pensamientos utilizando las palabras con su significado propio y sin caer en el lenguaje figurado, la claridad, la concisión, el sintetizar y condensar los pensamientos, el traer ante los sentidos lo que se está describiendo, el no presentar ningún personaje sin vida o sin [3] carácter, el gusto por disponer las palabras imitando el lenguaje coloquial, el emplear las palabras que más convenían a cada personaje o situación dada, la credibilidad, el poder de persuasión, la gracia y, midiéndolo todo, el don de la oportunidad. Quien tome estas virtudes de Lisias sacará gran provecho. Sin embargo, el estilo de Lisias no es elevado [4] ni grandioso ni impactante, ¡por Zeus!, ni prodigioso ni incisivo ni vehemente; ni despierta el temor, ni atrapa al oyente, ni lo pone en una fuerte tensión ni rebosa de fuerza anímica o espiritual; y, si en los caracteres es convincente, no es en cambio vigoroso en las pasiones; y, si es capaz de deleitar, persuadir y agradar 53 , sin embargo no llega a cautivar al oyente con fuerza ineludible. Es un estilo más conservador [5] que atrevido, y no tan apropiado para mostrar el dominio de la técnica como para representar la verdad de la naturaleza.
Réplica a Teofrasto
[14 ] Uno tiene que preguntarse con sorpresa cuáles fueron los motivos que impulsaron a Teofrasto a afirmar que Lisias era amante de los discursos cargantes y preciosistas y que perseguía [2] lo artificioso antes que la verdad. Pues en su tratado Sobre el estilo 54 , en donde censura entre otros a los que se afanan en la construcción de antítesis, paralelismos, asonancias y otras figuras semejantes a estas, cita entre ellos también a Lisias y pone como ejemplo el discurso En defensa de Nicias 55 que pronunció este general ateniense cuando era prisionero de los siracusanos, dando por hecho que fue escrito por este orador.
[3] Seguramente no se me hará ninguna objeción si reproduzco el propio texto de Teofrasto. Es éste:
Fr . 2. Hay tres clases de antítesis: cuando a cosas iguales se les atribuyen palabras de significado contrario, cuando a cosas contrarias entre sí se les atribuyen palabras del mismo significado y cuando a cosas contrarias entre sí se les atribuyen palabras de significado contrario, pues solo cabe combinarlas de estos tres modos 56 . Pero recurrir a paralelismos y asonancias es como un juego, algo propio de la poesía; y por esa razón es lo que menos se ajusta con la seriedad. Pues no parece apropiado que quien se encuentre [4] en una situación comprometida juegue con las palabras y deje la expresión desprovista de patetismo, porque eso distrae al oyente. Tal es el caso de Lisias en la Defensa de Nicias 57 , que, para despertar la compasión, decía: «Lloro el desastre sin combate y sin naval combate de los griegos… postrados como suplicantes de los dioses y desenmascarándoos como traidores de los juramentos… implorantes de clemencia y de benevolencia …»
Pues si en verdad Lisias hubiera escrito estas palabras, [5] merecería con toda justicia aquella crítica por intentar mostrarse virtuoso en el momento menos oportuno. Pero si el discurso es de otro, como aquí es el caso, quien le acusa por lo que no dijo es más censurable que el acusado. Que no escribió [6] Lisias el discurso En defensa de Nicias y que el escrito no posee ni el espíritu ni el estilo de aquel, podría demostrarlo aportando muchos indicios que no sería oportuno incluir en el presente tratado. Pero, puesto que estoy componiendo [7] un tratado especial sobre este orador 58 , en el que, por lo demás, quedará claro cuáles son los discursos genuinos de Lisias, allí intentaré restablecer con rigor la paternidad de aquellos discursos, y me pronunciaré también sobre éste.
La invención
[15 ] Ahora trataré sobre el aspecto si guiente: cuál es el estilo de Lisias en cuanto al tratamiento de los hechos 59 , puesto que sobre su manera de expresarse he dado cumplida cuenta. Porque aún queda, en efecto, esa parte. Lisias posee el don de encontrar las palabras que hay encerradas en los hechos, no sólo las que todos podríamos encontrar, sino las que nadie [2] es capaz de descubrir. Pues Lisias sencillamente no deja al azar ninguno de los elementos que conforman el discurso: ni los personajes, ni los hechos, ni las actos, ni los cambios de actitud y sus motivaciones, ni los momentos claves, ni la duración y secuencia de los acontecimientos, ni los lugares ni las discordancias entre cada uno de estos elementos hasta los más mínimos detalles; sino que de cada señal y de cada pormenor extrae las directrices principales de la argumentación. [3] La habilidad de Lisias en la invención se demuestra especialmente en los discursos en los que no se puede recurrir a testigos ni pruebas y en los que se basan sobre hipótesis paradójicas, porque en ellos va exponiendo tal abundancia de argumentos y tan bellos, que situaciones que parecían a los demás desesperadas y perdidas las convierte en ventajosas y ganadoras; pues sabe discernir qué es lo que hay que decir y, cuando no se pueden utilizar todos los datos disponibles, sabe elegir los más efectivos e importantes. Si en esto no fue el mejor de los oradores, tampoco fue el peor.
La ordenación
Al organizar los hechos sigue un [4] orden simple y, casi siempre, muy parecido. Y en la elaboración de los argumentos es sencillo y nada artificioso. Nunca lo vemos utilizando preámbulos, [5] ni insinuaciones a los jueces, ni prolijas enumeraciones, ni figuras literarias variadas ni otros artificios semejantes, sino que en la distribución de las ideas halladas en la invención es natural, espontáneo e ingenuo. Por esta razón [6] aconsejo a quines lo leen que emulen su maestría para hallar y elegir los mejores entimemas; pero en cuanto a la forma de ordenar y elaborar los elementos del discurso, puesto que es más simple de lo conveniente, no aconsejo tomarla de este orador, sino de aquellos otros que fueron mejores que él en el arte de distribuir las ideas halladas en la invención, y sobre los que hablaré más adelante 60 .
Los tres géneros del discurso
He dado cumplida cuenta del discurso [16 ] de Lisias en cuanto a sus virtudes y elementos, y ahora hablare del género de los debates, en cuyo estudio se basa el arte del discurso público. Tres son, en efecto, las clases en que se divide el discurso [2] retórico, pues abarca tres géneros diferentes en cuanto a los fines: el judicial, el deliberativo y el llamado de aparato o panegírico 61 . En todos ellos es admirable este orador, pero [3] destaca especialmente en los debates judiciales. Y dentro de estos muestra más virtuosismo al hablar con tanta belleza sobre cuestiones intrascendentes, paradójicas y difíciles que cuando habla con suficiencia sobre temas graves, importantes y apropiados para el lucimiento. Quien desee conseguir toda la fuerza de Lisias que preste más atención a sus discursos judiciales que a los panegíricos y a los deliberativos.
[4] Para que me dé tiempo a hablar convenientemente sobre las partes del discurso, dejaré aquí la cuestión de los géneros a fin de tratar sobre el exordio, la narración y las demás partes del discurso 62 , y mostrar cuáles son las cualidades de Lisias [5] en cada una de ellas. Las dividiré tal como gustaba a Isócrates y sus seguidores, comenzando por el exordio.
El exordio
[17 ] Afirmo que Lisias es el más encomiable de todos los oradores por las entradas de sus discursos y el que los hace con mayor gracia; pues considero que comenzar bien un discurso no es fácil, si es que alguien quiere utilizar el comienzo más conveniente en vez de decir las primeras palabras que se le ocurran —el comienzo o exordio no es lo que se dice al principio, sino aquello que será más útil por sí mismo y no por estar colocado al inicio del discurso—. Yo veo cómo este orador utiliza todos los recursos que los manuales de retórica recomiendan y la situación requiere. Por ejemplo, unas [2] veces comienza el discurso con una alabanza sobre la propia persona que habla; otras veces comienza con la falsa acusación hecha por el oponente: si el que habla ha sido acusado en falso con anterioridad, lo primero que hace es rechazar los cargos que se le imputan; otras veces se presenta alabando [3] a los jueces con objeto de volverlos benevolentes hacia su persona y su causa; otras veces muestra la debilidad propia y la prepotencia del oponente y cómo el proceso no se desarrolla en las mismas condiciones para ambos; otras veces [4] dice que la situación es común e inexcusable para todos, de modo que no pueda ser desatendida por los oyentes; en fin, otras veces recurre a cualquier cosa de la que pueda sacar provecho y perjudicar al oponente.
Tras componer estos exordios con concisión, sencillez, [5] ideas nobles, sentencias oportunas y argumentos comedidos pasa a la exposición y, cumplida la exposición, en la que ha anticipado lo que va a decir en la demostración y ha predispuesto al oyente para la buena compresión del discurso que sigue, entra en la narración. En la mayoría de las ocasiones [6] la exposición le sirve para marcar la línea limítrofe entre ambas partes; pero algunas veces comienza con la exposición y otras entra directamente, sin exordio, en la narración, y con ella comienza el discurso 63 .
En esta parte del discurso se muestra vital y dinámico. Y [7] uno admiraría aún más la fuerza de sus exordios, si cayese en la cuenta de que habiendo escrito no menos de doscientos discursos judiciales 64 en ninguno de ellos se le ve poco convincente o utilizando un exordio desconectado de los hechos; más aún, ni siquiera se repite con los mismos entimemas [8] mas o con las mismas ideas. Sin embargo, incluso los que han escrito pocos discursos se muestran víctimas de este defecto —me refiero a que acuden a los mismos tópicos—; y paso por alto que casi todos ellos toman cosas ya dichas por [9] otros y no se avergüenzan de hacerlo. Este orador, en cambio, es original en cada uno de sus discursos, al menos en las entradas y en los exordios, y tiene la habilidad de conseguir cualquier cosa que se proponga; pues, cuando quiere despertar la benevolencia, la atención o la correcta comprensión por parte de los oyentes, no falla en su propósito. [10] En esta parte del discurso yo presento a Lisias como el primero o, al menos, no inferior a otro.
La narración
[18 ] En la narración de los hechos, que en mi opinión es la parte que necesita del mayor cuidado y esmero, creo que es sin ningún género de dudas el mejor de todos los oradores, y lo pongo [2] como referencia y modelo para esta parte del discurso. Creo también que los manuales de retórica en los que se dice algo de interés sobre la narración han extraído sus preceptos y directrices más de los escritos de Lisias que de los demás.
[3] Sus narraciones poseen sobre todo el don de la concisión, no hay otras tan agradables y convincentes por su claridad y conllevan inadvertidamente la argumentación. Así, no es fácil encontrar ni en la narración general ni en los pormenores [4] algo falso o inverosímil. Lo que dice posee tanta persuasión y placer, que a los oyentes se les escapa si es verdadero o artificioso. Y del mismo modo que Homero dejó dicho de Odiseo que era convincente al hablar, incluso cuando inventaba cosas que no habían sucedido, creo que también se podría decir lo mismo de Lisias:
Decía muchas mentiras disfrazándolas de verdades 65 .
Siempre aconsejo a todos, y especialmente para esta parte [5] del discurso, hacer ejercicios basados en los modelos de Lisias. Quien imite mejor a este orador sin duda se mostrará [6] superior a los demás en la narración.
La argumentación
En cuanto a la argumentación de los hechos, las cualidades de este ora dor son las siguientes. Comenzaré por [19 ] los llamados argumentos artísticos tratando separadamente cada clase 66 . Pues bien, si los argumentos se dividen en tres clases según atiendan a los hechos, a los caracteres o a las emociones, Lisias puede encontrar y elegir mejor que nadie las tres clases [2] de argumentos para un mismo hecho. Este orador es el que mejor conjetura lo verosímil, el que en los ejemplos discierne con más detalle dónde están las semejanzas y las diferencias y el que muestra mayor dominio para extraer las señales que acompañan a los hechos hasta elevarlas a la categoría de indicios 67 .
[3] A mí me parece que a partir de los caracteres construye la argumentación de una forma muy admirable. En efecto, modela los caracteres con gran credibilidad, basándose unas veces en la vida y la manera de ser de su cliente y otras en [4] sus actos y decisiones anteriores. Si a partir de los hechos no encuentra las directrices en las que basar la argumentación, crea y configura con el discurso personajes creíbles y nobles: los supone adoptando decisiones cívicas, los reviste de pasiones moderadas, les asigna un lenguaje honesto, los presenta conformándose con su suerte, los hace indignarse ante las injusticias con palabras y hechos así como preferir ante todo la justicia, y los modela con todas las virtudes semejantes a estas que le puedan servir para mostrar un carácter noble y comedido.
En cuanto a provocar pasiones Lisias se muestra más [5] débil, pues es incapaz de mostrar personajes que, con arrebato y con fuerza, empleen las amplificaciones, las muestras de indignación, los lamentos y otras pasiones semejantes 68 . Todo eso no debe buscarse en los discursos de Lisias.
El epílogo
En los epílogos Lisias hace la recapitulación [6] de lo que se ha dicho de una manera comedida y agradable. Pero el aspecto pasional, donde hay que incluir la invocación, la súplica, la compasión y demás sentimientos emparentados con estos 69 , lo realiza de una manera más imperfecta de lo esperado.
Tal es el estilo de Lisias, o al menos esa es la opinión [20 ] que tengo sobre él. Si alguien ve otras cualidades distintas de estas, que lo diga. Y si son más convincentes, le estaré muy agradecido.
Lisias, «Contra Diogitón »,
A fin de que cualquiera pueda [2] comprender mejor si nuestras convicciones son correctas y acertadas o si estamos equivocados en nuestro juicio, haré un análisis de los escritos de este orador, pero eligiendo solo uno —pues no puedo entretenerme con muchos ejemplos—, y mostraré cuáles eran sus recursos favoritos y su fuerza. Pues creo que a personas cultas y comedidas les basta con unos pocos y pequeños ejemplos para comprender cualidades que son frecuentes e importantes.
[3] Es un discurso sobre una tutela, titulado Contra Diogitón 70 , y tiene el siguiente tema:
[21 ] Diódoto 71 , uno de los que se alistaron con Trasilo 72 en la guerra del Peloponeso, cuando iba a navegar a Asia durante el arcontado de Glaucipo 73 , como tenía niños pequeños, hizo testamento nombrando tutor de los niños a su hermano [2] Diogitón, de los que era a la vez tío y abuelo materno 74 . Diódoto muere luchando en Éfeso 75 y Diogitón se encarga de administrar toda la hacienda de los huérfanos. Pero, aunque disponían de muchísimos bienes, al echarles cuentas y decirles que ya no les quedaba nada, uno de los muchachos, que había cumplido la mayoría de edad 76 , lo acusa de tutela fraudulenta. El que litiga contra él es el marido de su nieta y [3] hermana de los muchachos.
He explicado primero el terna para que se haga más evidente [22 ] cómo Lisias utiliza el comienzo de una forma mesurada y conveniente.
Exordio
XXXII 1-3. Si no fuera un asunto de [23 ] tan gran importancia, señores jueces, nunca habría permitido que estos muchachos acudieran ante vosotros, pues me parece muy vergonzoso litigar contra los parientes; pues sé que no sólo los que cometen injusticia os parecen peores que los demás, sino también los que no pueden soportar ser superados por sus familiares. Sin embargo, señores jueces, puesto que estos han sido privados de cuantiosos bienes, han sufrido muchas y terribles afrentas de quienes menos debía esperarse y han acudido a mí que soy su cuñado, forzoso es que actúe en su defensa. [2] Estoy casado con la hermana de éstos y nieta de Diogitón. Por eso al principio rogué insistentemente a unos y otros hasta convencerlos de que recurrieran al arbitraje de los amigos, pues para mí era muy importante que nadie ajeno a la familia supiera de este asunto. Pero Diogitón, que estaba convencido de poder quedarse con todo en un juicio público, no se atrevía a someterse a la sentencia de sus propios amigos, sino que prefirió ir a juicio como acusado, intentar anularlo no presentándose ante el árbitro 77 y arriesgarse a las penas más severas antes que actuar con justicia para [3] evitar las inculpaciones de aquellos. Por eso, si demuestro que han sido tutelados por su abuelo de una manera tan vergonzosa como nadie lo fue nunca en esta ciudad incluso por personas ajenas a su familia, solicito de vosotros que los socorráis en sus legítimas demandas; pero, si no, que a ese lo creáis en todo lo que diga y a nosotros nos consideréis en adelante peores que aquel. Ahora intentaré contaros todo el asunto desde el principio.
[24 ] Este exordio posee todas las virtudes que ha de tener un exordio, como demostrarán los modelos que traen los manuales 78 si se comparan con él.
Todos los que han compuesto manuales de retórica aconsejan, cuando el proceso es entre familiares, vigilar para que los acusadores no aparezcan como gente malvada e intrigante. [2] Sugieren que en primer lugar se eche sobre los oponentes la responsabilidad de las inculpaciones y del pleito y se diga que las afrentas eran grandes, que a duras penas se podían soportar, que el proceso se inició para defender a las personas más allegadas, pues estaban desamparadas y eran las que menos merecían quedar desatendidas, y que, si no les hubieran ayudado, se habrían mostrado peores aún que los [3] otros. También aconsejan decir que invitaron a los oponentes a una reconciliación, que confiaron el asunto a los amigos comunes y que transigieron hasta lo imposible, incluso el salir perjudicados, pero que, a pesar de todo, no pudieron llegar a un acuerdo razonable. Ésas son las cosas que aconsejan [4] hacer los tratadistas de retórica, para que el carácter del que habla parezca más generoso que el de su oponente. Con esto, según ellos, es posible granjearse la benevolencia de los jueces y, por consiguiente, es la parte más importante de la redacción del discurso. Yo veo que todos esos preceptos se cumplen en este exordio de Lisias.
A fin de conseguir que el auditorio esté bien informado [5] sugieren que anticipen los hechos de una manera resumida 79 , de modo que los jueces conozcan el tema y sepan de qué van a hablar; que desde el principio compongan así el exordio y que, en cuanto terminen la exposición del asunto, intenten comenzar inmediatamente con la argumentación. Así precisamente es el exordio de Lisias. [6]
Y en cuanto a cómo conseguir la atención del público los entendidos advierten que es necesario que quien quiera mantener atentos a los oyentes debe decir cosas prodigiosas y sorprendentes y pedir a los jueces ser escuchado. Parece que Lisias también ha cumplido con estos preceptos.
Además de esto piden llaneza en la expresión y sencillez [7] en los recursos literarios, condiciones ambas especialmente necesarias para los que componen exordios en defensa de los familiares.
Ahora merece la pena comprender cómo ha distribuido 80 Lisias la narración, que es así:
La narración
[25 ] [4] XXXII 4-18. Diódoto y Diogitón, señores jueces, eran hermanos del mismo padre y de la misma madre. Se repartieron los bienes muebles y mantuvieron en común los bienes inmuebles. Como Diódoto ganó mucho dinero con el comercio, Diogitón lo convenció para que tomara como esposa a su única hija. [5] Tuvieron dos hijos y una hija. Tiempo después, reclutado Diódoto entre los hoplitas de Trasilo, convoca a su esposa, que era también su sobrina, y al padre de ésta, que era suegro y hermano de él y abuelo y tío de los niños; y, pensando que a causa de este parentesco nadie mejor que aquél para hacerse cargo de los niños, le confía el testamento y le [6] entrega en depósito cinco talentos de plata 81 . Le informó además de que tenía siete talentos y cuarenta minas en préstamos marítimos 82 , 〈…〉 y que le debían dos mil (dracmas) en el Quersoneso 83 . Le encargó que, si le pasaba algo, le diera como dote un talento a su mujer, así como las cosas de la casa, y otro talento a su hija; y también dejó para su mujer veinte minas y treinta estateras de Cícico. Después pués [7] de disponer todo esto y de dejar una copia en la casa, salía para unirse al ejército de Trasilo. Pero cuando Diódoto murió en Éfeso, Diogitón ocultaba a su hija la muerte del marido y se queda con el escrito donde estaban anotadas aquellas disposiciones alegando que era necesario presentar aquel escrito para cobrar los intereses. Pasado un [8] tiempo les reveló la muerte de aquél y celebraron los ritos funerarios acostumbrados. El primer año lo pasaban en el Pireo, pues todas las mercancías estaban allí almacenadas. Pero, cuando se agotaron las provisiones, Diogitón envía a los niños a Atenas y casa a la madre aportando una dote de cinco mil dracmas, mil menos de las que le había dejado el [9] marido. Siete años después, cuando el mayor de los hermanos alcanzó la mayoría de edad, Diogitón llamó a los dos varones y les dijo que su padre les había dejado veinte minas de plata y treinta estateras. «Yo he gastado de mi bolsillo mucho dinero en vuestra alimentación y, mientras tenía, no me importaba; pero ahora yo mismo me encuentro en apuros. Tú, puesto que ya eres un ciudadano de derecho y todo un hombre, mira de dónde sacarás los recursos necesarios.» [10] Cuando oyeron esto, se dirigieron a casa de su madre horrorizados y llorando, y con ella se presentaron en mi casa. Se encontraban en un estado lamentable por aquel infortunio y hundidos en la desesperación, y entre llantos me imploraban que no permitiera que fueran privados de la herencia paterna y que cayeran en la pobreza, ultrajados por la persona de quien menos debía esperarse, y que les [11] ayudara por su hermana y por ellos mismos. ¡Mucho podría decir del dolor que hubo en mi casa en aquellos días! Finalmente la madre de aquéllos vino ante mí y me suplicó que reuniera a su padre y a los amigos, diciendo que, si hasta entonces ella no tenía por costumbre hablar con hombres, la magnitud de las desgracias le obligaba a contarnos [12] todos los males que sufrían los tres hermanos. Fui a hablar con Hegemón, el marido de su hija, para expresarle mi indignación, y también expliqué la situación a los demás parientes, considerando lo más sensato convocar a Diogitón a una refutación de los hechos. Éste, al principio, no quería, pero finalmente fue obligado por sus amigos. Cuando estuvimos reunidos, le preguntaba su hija qué clase de alma tiene para mantener tal actitud con los niños, «cuando eres —dijo— hermano de su padre, mi padre y tío y abuelo de [13] ellos. Y si no sentías pudor ante ningún hombre, sí debías temer a los dioses. Porque tú, cuando aquel partía en el barco, de sus manos recibiste en depósito cinco talentos, y esto quiero yo jurarlo por la vida mis hijos, los ahí presentes y los que he tenido después, y lo juraré donde él quiera. Y no soy tan miserable ni estimo en tanto las riquezas, como para dejar esta vida con el remordimiento de haber cometido perjurio sobre mis hijos para quedarme injustamente con la hacienda de mi padre.» Aún ella demostró que [14] con los intereses de los préstamos marítimos ése había ganado siete talentos y cuatro mil dracmas, y aportó los documentos. Pues en la mudanza, cuando se trasladaron del demo de Cólito a la casa de Fedro 84 , los niños encontraron casualmente el rollo de papiro, que se había caído, y se lo llevaron a ella. Reveló además que él había ganado cien [15] minas con los intereses de las hipotecas terrestres 85 y que había recibido otras dos mil dracmas y bienes muebles de mucho valor; y que también recibían trigo desde el Quersoneso cada año 86 . «Entonces —dijo—, ¿cómo te atreviste a decir, teniendo tanto dinero, que el padre de estos dejó sólo dos mil dracmas y treinta estateras? Todas las cosas que me dejó aquél al morir te las di. No obstante, te ha parecido [16] bien expulsar de su propia casa a quienes son tus nietos, que salieron con simples tabardos, descalzos, sin un sirviente, sin mantas, sin ropas de abrigo, sin los muebles que su padre les dejó y sin el dinero que su padre te confió. Eso sí, ahora te gastas mucho dinero en educar a los hijos [17] de mi madrastra y en hacerlos felices —eso lo haces muy bien—; pero ultrajas a los míos, a los que expulsaste de casa porque ansias que en vez de ricos todos los vean andar por ahí como pordioseros. Con tal comportamiento demuestras que no temes a los dioses, que no sientes vergüenza ante mí, que lo sé todo, y que no te acuerdas de tu hermano, sino que todos nosotros te importamos mucho [18] menos que las riquezas.» Entonces, señores jueces, dichas tantas y tan terribles cosas por aquella mujer, todos los que estábamos presentes nos quedamos tan espantados por lo que había hecho ese y por las palabras de ella —veíamos cuántas penalidades habían sufrido los niños, recordábamos al difunto, que había dejado a un tutor indigno de administrar sus bienes, y comprendíamos cuán difícil es encontrar a alguien en quien podamos confiar todos nuestros asuntos—, que nadie de los presentes, señores jueces, pudo pronunciar palabra, sino que salimos de allí en silencio, y llorando no menos que los que sufrían esas desgracias.
La demostración
[26 ] Para que el estilo de Lisias en la demostración 87 quede de manifiesto, transcribiré también el pasaje que sigue a éste. Las pruebas en las cuestiones privadas, como no necesitan de muchas palabras, Lisias las confirma con la declaración de los propios testigos, y no dice más que esto:
Primero subidme a los testigos de estos hechos.
[2] Las justificaciones del oponente las divide en dos para enfrentarlas entre sí: por un lado, el reconocimiento por parte de aquel de que había recibido el dinero, aunque pretextara que lo había gastado en la alimentación de los huérfanos; por otro, el negar que lo hubiera recibido y, por tanto, contradecirse. Sobre estas dos alternativas construye Lisias el discurso: demuestra que los gastos no ascendieron a la suma que aquél declaró y a la vez aporta argumentos sobre las cuestiones dudosas.
XXXII 19-29. Creo que merece la pena, señores jueces [27 ] [19], que prestéis atención a los cálculos, para que sintáis compasión de los muchachos a causa de la magnitud de sus desgracias y sepáis que de entre todos los ciudadanos ése es quien más merece ser objeto de ira. Pues Diogitón nos obliga a todos los hombres, tanto a lo largo de nuestra vida como en el momento de la muerte, a sospechar unos de otros y a no dar más confianza a los familiares más próximos que a nuestros enemigos. Y él, que primero se atrevió [20] a negarlo todo, al final acabó admitiendo haber recibido dinero para los dos niños y la hermana y declaró haber gastado en ocho años siete talentos de plata y cuatro mil dracmas. Llegó a tal grado de desvergüenza, que no pudiendo justificar a qué había destinado el dinero, calculó un gasto de cinco óbolos diarios para la manutención de los dos niños y la hermana; pero sin un libro de contabilidad donde se registrara, mensual o anualmente, los gastos en calzado, en el enfurtido de los mantos y en peluquería. En resumen, que durante todo el tiempo de la tutela gastó más de un talento de plata 88 .
De las cinco mil dracmas que declara haber destinado [21] para la tumba del padre de éstos gastó en realidad sólo veinticinco minas: la mitad se la quedó para él y la otra mitad se la imputó a ellos. En las Dionisias 89 , señores jueces, —no me parece absurdo recordarlo ahora— declaró haber gastado dieciséis dracmas en la compra de un corderillo, y ocho de ellas las imputaba a los niños. Con este asunto nos encolerizamos no poco, pues algunas veces, señores jueces, incluso en las grandes ultrajes son las pequeñas injusticias las que hacen sufrir más a los agraviados, porque ponen de [22] manifiesto con toda crudeza la maldad de los criminales. Y para las demás fiestas y sacrificios calcula que gastó en los niños más de cuatro mil dracmas, y otros mil gastos más que añadió a la suma principal. ¡Como si hubiera sido nombrado tutor para enseñarles libros de cuentas en vez de las riquezas mismas! ¡O para en vez de ricos mostrarlos como los más pobres! ¡O, si tenían algún enemigo de su padre, para olvidarse de él y pleitear contra el tutor que les [23] ha privado de la herencia paterna! Por el contrario, si quería ser justo con los niños, podia, según las leyes que rigen para los huérfanos y tutores, dispongan o no de recursos, haber alquilado la casa quitándose muchos problemas o comprar tierras y con los beneficios alimentar a los niños. Si hubiera hecho cualquiera de estas dos cosas, los niños habrían sido tan ricos como el que más de los atenienses. Ahora, sin embargo, me parece que ese no pensó nunca poner en claro los bienes de la herencia, sino en quedarse con ellos: creía que su maldad debía ser la heredera de los bienes del difunto.
[24] Pero lo más terrible de todo, señores jueces, fue lo siguiente: Diogitón, que debía costear el equipamiento de una trirreme 90 junto con Alexis, el hijo de Aristódico 91 , dijo que le había entregado a aquel cuarenta y ocho minas; pero la mitad de ellas las imputó a esos huérfanos que la ciudad, por ser niños, no solo los ha eximido de impuestos, sino que cuando alcancen la mayoría de edad los liberará durante un año de costear cualquier servicio público. Pero ése, que era su abuelo, contraviniendo las leyes, imputa a sus nietos la mitad del coste del equipamiento de la trirreme que le correspondía a él solo. Y en cierta ocasión en [25] que envió una nave de carga al Adriático 92 con unas mercancías valoradas en dos talentos, cuando zarpaba la nave, dijo a la madre de estos que el riesgo corría a cuenta de los niños; pero como llegó intacta y duplicó su valor, iba diciendo que el negocio era solo suyo. Sin embargo, si él va a imputarles las pérdidas siempre a ellos mientras se queda con las riquezas que se salven, no le será difícil demostrar con su contabilidad en qué se gastó el dinero y si muy fácil hacerse rico con los bienes ajenos.
Traeros aquí las cuentas de cada gasto, señores jueces, [26] sería una larga tarea. A duras penas pude conseguir de él las cantidades exactas; pero, puesto que yo tenía testigos, le preguntaba a Aristódico, el hermano de Alexis —se daba la circunstancia de que este había muerto—, si existía contabilidad del equipamiento de la trirreme. Él me respondía que sí. Así pues, fuimos a casa de Aristódico y encontramos que Diogitón sólo había entregado a aquel para el equipamiento de la trirreme veinticuatro minas. No obstante [27], Diogitón declaró que había gastado cuarenta y ocho minas, de modo que ha imputado a estos el gasto total que tuvo 93 . Y lo peor, ¿qué creéis que habrá hecho con las cuentas que nadie sino él conoce y que él solo manejaba, si, en empresas que se hicieron con otros y sobre las que no era difícil obtener información, se atrevió a mentir para dejar sin veinticuatro minas a sus nietos? Subidme a los testigos de estos hechos.
TESTIGOS
[28] Habéis oído a los testigos, señores jueces.
Pues bien, yo, partiendo sólo de cuantas riquezas acabó admitiendo aquel que poseía, siete talentos y cuarenta minas, haré las cuentas sin añadir ningún ingreso y sacando el dinero sólo de esos recursos iniciales. Supondré un gasto tan grande para los dos niños, la hermana, el pedagogo y la criada, como nunca antes en esta ciudad: mil dracmas al [29] año, ¡casi tres dracmas al día! En ocho años esas dracmas hacen ocho mil, por lo que resulta que de los siete talentos (y cuarenta minas) deben sobrar seis talentos y veinte minas. Diogitón no podría pretextar que lo perdió en un asalto de los piratas, ni en un negocio ruinoso ni en el pago a acreedores.
Discursos no judiciales
[28 ] En los discursos judiciales 〈así es Lisias; pero en los deliberativos y de aparato se muestra〉 menos vigoroso, [2] como dije 94 . Entonces quiere ser más elevado y grandilocuente, y probablemente él no se consideraría inferior a ninguno de los oradores que florecieron en su tiempo ni a ninguno de los que vivieron antes; sin embargo, no conmueve al público como Isócrates y Demóstenes. Pondré también un ejemplo de estos discursos.
Lisias , «Discurso olímpico »
Tiene Lisias un discurso multitudinario 95 [29 ] en el que persuade a los griegos, en una asamblea celebrada en Olimpia, para que derroquen a Dionisio el tirano 96 , liberen Sicilia y abran inmediatamente las hostilidades comenzando con la destrucción de la tienda del tirano, adornada con oro, púrpura y otras muchas riquezas. Pues Dionisio había enviado a la [2] asamblea embajadores para que celebraran un sacrificio en honor del dios 97 ; y la aparatosa instalación de los embajadores en el recinto sagrado fue espléndida, para que Grecia admirara aún más al tirano.
Lisias elige este tema para su discurso y construye el principio así 98 :
XXXIII 1-9. Entre otras muchas y hermosas hazañas, [30 ] señores, debemos recordar a Heracles por haber sido el priprimero que convocó estos juegos 99 , movido por su amor a Grecia. Hasta entonces las ciudades se encontraban enemistadas [2] unas con otras; pero después de acabar con los tiranos y liberar a Grecia de gobernantes soberbios, instauró en el lugar más bello de Grecia una competición de fuerza corporal, que también era una emulación de riquezas y una manifestación de inteligencia, para que movidos por todos estos atractivos acudiéramos a un mismo sitio, tanto para ver espectáculos como para oír discursos. Pensó que la asamblea de griegos en este lugar sería el comienzo de [3] la amistad de unos con otros. Sí, con esa pretensión fundó Heracles estos juegos.
Pero yo no vengo para hablar de nimiedades ni para discutir sobre meras palabras. Creo que esa es labor de los sofistas, gentes enteramente inútiles y muy necesitados de recursos para vivir 100 . La tarea de un hombre honrado, de un ciudadano que se precie, debe ser aconsejar sobre las grandes cuestiones, si ve que Grecia se halla en una situación tan vergonzosa: muchos de sus territorios están en manos bárbaras y muchas ciudades oprimidas por los tiranos. [4] Y si sufriéramos esta situación por debilidad, forzoso sería contentarnos con nuestra suerte; pero, puesto que es producto de revueltas internas y de rencillas entre ciudades, ¿no merecería la pena ponerles fin y libramos de ellas, sabiendo que las luchas intestinas se pueden consentir en épocas de prosperidad, pero que en los infortunios hay que [5] saber decidir lo mejor? Vemos cómo grandes peligros, y desde todas partes, se ciernen sobre nosotros. Sabéis que el poder lo detenta quien domina el mar, que el Rey es quien controla el dinero, que las tropas griegas son de quienes pueden pagarlas 101 y que el Rey posee muchas naves, y muchas también el tirano de Sicilia. De modo que merece [6] la pena esforzarnos para poner fin a la guerra entre nosotros, guiados por un mismo pensamiento: alcanzar la salvación. Debemos avergonzarnos del pasado reciente, temer el futuro e imitar a nuestros antepasados, que privaron a los bárbaros de sus propias tierras cuando pretendían quitarles la suya y, expulsando a los tiranos, consiguieron que la libertad fuera un bien común para todos.
Pero por encima de todos me asombran los lacedemonios: [7] qué pretexto aducen para permitir que Grecia sea devastada, si a ellos les corresponde ejercer la hegemonía de los griegos con todo merecimiento por su valentía natural y por su sabiduría militar. Ellos son los únicos que no han visto devastadas sus tierras, derribados sus muros o sus ciudades inmersas en luchas intestinas, y los únicos que no conocen la derrota, siempre manteniendo los mismos modos de vida. Por eso cabe la esperanza de que mantendrán una libertad eterna y de que, habiendo sido en el pasado los salvadores de Grecia en los momentos de peligro, sabrán velar por el futuro. Sin embargo, en el futuro no habrá mejor [8] ocasión que la presente 102 . Pues no hay que considerar como ajenas las desgracias de los que han perecido, sino como propias; ni debemos cruzarnos de brazos hasta que las fuerzas de ambos caigan sobre nosotros, sino impedir, ahora que aún es posible, la insolencia de unos y otros. [9] ¿Quién no se indignaría al ver que ha sido mientras luchábamos entre nosotros cuando ellos se han hechos grandes? Pues, además de ser una situación vergonzosa y terrible, ellos han tenido la posibilidad de cometer grandes afrentas y los griegos no hemos tenido ninguna de castigarlos.
El discurso deliberativo: Lisias, «Sobre la constitución »
[31 ] Aún pondré un ejemplo de un discurso deliberativo, para que quede de manifiesto también el estilo de Lisias en este género.
[32 ] Lisias ha elegido como tema la conveniencia de no derogar la constitución tradicional de Atenas. Pues, cuando los del partido democrático regresaron del Pireo, aunque votaron eximir de culpa a los que se habían quedado en la ciudad y no guardar rencor por ninguna de las cosas que habían sucedido, hubo cierto temor de que la muchedumbre recobrara su antigua pujanza y se insolentara contra los ricos 103 . Se pronunciaron entonces muchos discursos sobre este asunto, y un tal Formisio 104 , uno de los que volvieron con los demócratas, lanzó la propuesta de acoger a los que habían huido, pero no dar la ciudadanía a todos, sino sólo concederla a los que tenían tierra, opinión apoyada también por los lacedemonios 105 . Si la votación de [2] la asamblea ratificaba esta proposición, casi cinco mil atenienses serían excluidos de toda actividad pública. A fin de que esto no sucediera, escribe Lisias este discurso para uno de los más señalados políticos. Si el discurso fue pronunciado entonces, no está claro. No obstante, está cuidadosamente construido como para un debate político. Es el siguiente 106 :
XXXIV 1-11. Cuando creíamos, atenienses, que las desgracias [33 ] pasadas habían dejado un recuerdo más que suficiente en la ciudad, hasta el punto de creer que ni siquiera nuestros descendientes iban a desear cambiar la constitución, he aquí que éstos, con los mismos decretos que ya antes sufrimos en dos ocasiones 107 , intentan ahora burlarse de nosotros, que tanto hemos sufrido y que hemos padecido las dos tiranías.
[2] Pero no son ellos los que me asombran, sino vosotros que los escucháis. Porque o bien sois las personas más olvidadizas o las más dispuestas a sufrir por causa de unos hombres que se vieron envueltos por azar en los acontecimientos del Pireo, pero que pensaban como los que se quedaron en la ciudad 108 .
Sin embargo, ¿qué sentido tiene haber regresado del exilio, si votando favorablemente esa propuesta os vais a [3] convertir vosotros mismos en esclavos? Yo, atenienses, que no quedo excluido ni por mis riquezas ni por mi linaje, sino que supero a mis oponentes en las dos cosas, creo que esta es la única salvación para la ciudad: conceder la ciudadanía a todos los atenienses. Porque, cuando teníamos murallas 109 , naves, riquezas y aliados, buscábamos el modo de no rechazar a ningún ateniense, hasta el punto de que incluso concedíamos el mismo rango al matrimonio con los de Eubea 110 . ¿Vamos a rechazar a los que ahora son ya [4] ciudadanos? Si seguís mi consejo, no perderemos estas murallas que somos nosotros mismos: muchos hoplitas, jinetes y arqueros. Pues, si os reforzáis con nosotros, consolidaréis la democracia, someteréis mejor a vuestros enemigos y seréis más útiles a vuestros aliados. Ya sabéis lo que ocurrió durante las dos oligarquías que hemos conocido: no eran los dueños de las tierras lo que gobernaban la ciudad, pues muchos de ellos murieron y otros marcharon al exilio. Fue [5] el pueblo el que al hacerlos regresar os devolvió la ciudad, pero no tuvo la osadía de adueñarse de ella. De modo que, si me hacéis caso, y eso depende de vosotros, no privaréis de la patria a vuestros bienhechores ni daréis mayor crédito a las palabras que a los hechos, ni al futuro más que al pasado; sino al contrario, no debéis olvidar quiénes son los que luchan en defensa de la oligarquía, pues ellos de palabra combaten por el pueblo, pero de hecho sólo desean apoderarse de vuestras bienes, que conseguirán el día que os cojan sin aliados. Y, a pesar de encontrarnos en tales [6] circunstancias, dirán «¿qué salvación hay para la ciudad, si no hacemos lo que nos piden los lacedemonios?» Pero yo creo que hay que replicarles: «¿Qué beneficio sacará el pueblo, si hacemos lo que ellos ordenan?» Si no, es mucho más hermoso para nosotros morir luchando que votar de manera inequívoca nuestra propia muerte. Creo que, si os [7] convenzo, ambos bandos correremos el mismo riesgo 〈…〉 Veo que los de Argos y Mantinea 111 son de mi misma opinión y siguen viviendo en sus propios territorios: los primeros son vecinos de los lacedemonios y los segundos viven muy cerca; y ni los unos son más numerosos que nosotros ni los otros llegan a tres mil. Pero saben los lacedemonios [8] que, aunque invadan sus regiones muchas veces, otras tantas aquellos empuñarán las armas para hacerles frente. De modo que a los lacedemonios les parece que no vale la pena correr riesgos; pues, si vencen, saben que podrán convertirlos en esclavos, pero, si son derrotados, perderán las ventajas conseguidas, de modo que cuanto mejor les va, tanto menor riesgo desean correr.
[9] También nosotros, atenienses, éramos de esa opinión cuando liderábamos a los griegos, y nos parecía una buena decisión permitir que saquearan nuestra región, pues creíamos que no era necesario luchar por ella 112 . Valía la pena desentendernos de unas pocas cosas para consolidar muchas cosas buenas. Mas ahora que hemos perdido todo en el combate, pero nos queda la patria, sabemos que únicamente [10] el peligro nos da esperanzas de salvación. Así pues, debemos recordar que ya hemos levantado muchos trofeos en tierras extranjeras cuando acudimos en defensa de otros que también sufrían injusticias. ¡Seamos ahora valientes en defensa de nuestra patria y de nosotros mismos, confiemos en los dioses y esperemos que estén a favor de los justos y [11] de parte de los que sufren injusticias! Pues sería terrible, atenienses, que nosotros, que hemos luchado contra los lacedemonios para poder regresar cuando estábamos exiliados, vayamos a exiliarnos para no luchar ahora que hemos regresado 113 . ¡Qué vergüenza, si hemos llegado a tal extremo de maldad que, mientras nuestros antepasados arriesgaron su vida por la libertad de los demás, vosotros no seáis capaces de luchar por vuestra propia libertad!
[34 ] Pero basta ya de ejemplos, si queremos hablar de la misma forma sobre los demás oradores. A este orador le sigue en orden cronológico Isócrates. Sobre este orador hay que hablar a continuación comenzando con otro libro.
1 Céfalo, de origen siracusano, fue un acaudalado meteco que gozó de gran prestigio social en Atenas, amigo de Sócrates y Pericles. Sobre Céfalo y su familia véase, por ejemplo, PLATÓN , República 328b ss.; LISIAS , Contra Eratóstenes XII 4; y PS . PLUTARCO , Vidas de los diez oradores 835C-D.
2 Su formación como orador la recibió más tarde de manos de Tisias de Siracusa (cf. PS . PLUTARCO , Vidas de los diez oradores 835D), maestro también de Isócrates (cf. Isóc . 1, 2 y n.).
3 Polemarco y Eutidemo. Sobre el asesinato de Polemarco en el 404 a manos de los Treinta, véase LISIAS , Contra Eratóstenes XII 16 ss.
4 Esta colonia, situada en el sur de Italia junto a la antigua Síbaris, fue fundada por Atenas en el 443 a. C., con la cooperación de Mileto y Halicarnaso, para contrarrestar la influencia de los espartanos en la Magna Grecia. En su fundación participaron personajes ilustres: Protágoras, Heródoto, Empédocles, etc.
5 La guerra del Peloponeso comenzó en el 431 a. C.
6 Se refiere a la expedición del año 413 que, al mando de Nicias y Alcibíades, acabó de forma tan desastrosa para Atenas (cf. DION . HALIC . Tuc . 18, 5; 26 ss.).
7 El año 412-411.
8 Dionisio no lo afirma con seguridad. Si Lisias contaba quince años cuando participó en la fundación de Turios, en el 443 a. C., debió de nacer hacia el 458; estos datos concuerdan además con las fechas de los arcontados de Calias (§ 1, 4) y Nicón (§ 12, 4). Pero esta datación ofrece algunos problemas, por lo que también se ha propuesto como fecha de nacimiento el 444 a. C. (véase J. L. CALVO MARTÍNEZ , Lisias I, Madrid, 1988, págs. 10-18).
9 Se distinguían tres géneros de discursos: el judicial (dikanikós ), el deliberativo (symbouleutikós, dēmēgorikós ) y el epidíctico o de aparato (epideiktikós ). también llamado panegírico (panēgyrikós ) y demostrativo (cf. § 16, 2; ARISTÓTELES , Retórica 1358b 7-8). Casi todos los discursos conservados de Lisias pertenecen al género judicial. Del género deliberativo conservamos solamente uno, el XXXIV (Sobre la constitución ), gracias al propio Dionisio (= § 33). Y del género epidíctico dos: un epitafio, el II (Discurso fúnebre ), y un panegírico, el XXXIII (Olímpico ), conservado también gracias a Dionisio (= § 29). Al género epidíctico pertenecen también los discursos amatorios (erōtikoì lógoi ); el único de Lisias que conocemos es el que nos ha transmitido PLATÓN , el XXXV (Discurso amatorio ) (=Fedro 230e - 234c; y cf . DION . HALIC ., Dem . 7), y quizá ésta sea la única noticia también para Dionisio. A este grupo pertenecerían también los Discursos de cortesanas que DIONISIO cita más abajo (cf. § 3, 7).
10 El término griego aquí utilizado, charaktḗr , «marca impresa» que distingue a un objeto o persona, se emplea para referirse al estilo particular de un autor, mientras que léxis se dice de la clase de estilo que un autor utiliza en una obra determinada o en un pasaje (véase Introducción, apartado 4).
11 Sobre la «pureza» en el lenguaje (katharótēs ) y la «escrupulosidad» dialectal (akríbeia ), véase infra § 13, 2 y n.
12 Sobre la opinión desfavorable que Dionisio tenía del estilo de Platón, cf. Dem. 5, 1 ss.; 23, 1 ss.
13 Véase la Sinopsis que hemos antepuesto al tratado Tuc .
14 Andócides, orador ateniense del s. V-IV a. C., algo más joven que Lisias, fue uno de los diez oradores áticos. Conservamos de él sólo tres discursos.
15 Critias de Atenas (c. 460-403), tío de Platón, fue uno de los Treinta tiranos y responsable de la muerte del orador Terámenes (cf. Isóc . 1, 2 y n.). Es autor de tragedias, poeta y orador; pero solo conservamos algunos fragmentos. Su estilo era elevado sin caer en lo poético, conciso y asindético (cf. FILÓSTRATO , Vida de los sofistas 501-503).
16 Cf. Isóc . 2, 1.
17 El buen orador, además de ceñirse a la lengua ática, debía recurrir sólo a las palabras «comunes y corrientes» (koinós ): sin arcaísmos, sin neologismos, sin vocablos cultos o poéticos, etc. Y además debía utilizarlas con su «significado propio y habitual» (kýrios ): esto es, sin recurrir a los giros del lenguaje «figurado» (tropikḗ ), que es propio de la lengua poética.
18 Dionisio alude a Protágoras, Pródico… y, sobre todo, a Gorgias (véase infra ).
19 Gorgias de Leontinos, Sicilia, (c. 483-376), orador y sofista, llegó a Atenas en el año 427 a. C. como embajador de su ciudad, en guerra entonces contra Siracusa, para pedir auxilio a los atenienses. Su discurso causó una profunda impresión en los atenienses (cf. § 3, 5; Tuc . 48, 1 y n. a «Leontinos»; PLATÓN , Hipias mayor 282b; DIODORO DE SICILIA , XII 53). Sólo conservamos de él dos discursos, el Elogio de Helena y la Defensa de Palamedes . Sobre la opinión tan negativa que DIONISIO tenía del estilo de Gorgias, véase también Isóc . 1, 4; Iseo 19, 2; Dem . 1,1; Tuc . 24, 9; 46, 2; Im ., Frs . 4-5; etc.).
20 Palabras tomadas de PLATÓN , Fedro 238d. El ditirambo, que en un principio era un himno en honor de Dioniso y se cantaba con mímica y acompañándose de la cítara (cf. HERÓDOTO , I 23), fue quizá la base de la tragedia. Finalmente quedó como una composición entusiasta, de metro variado y recursos efectistas y artificiosos (cf. Comp . 19, 8). Para DIONISIO el peor estilo es el que se parece a los ditirambos (cf. Dem . 6, 3-4; Tuc . 29,4; Im ., Fr . 4; etc.).
21 Licimnio de Quíos (s. v a. C.), maestro de Polo, fue orador y autor de ditirambos y de un Arte retórica (cf. ARISTÓTELES , Retórica 1413b14; 1414b18). Polo de Agrigento, Sicilia, (s. V-IV) fue uno de los interlocutores del Gorgias Platónico, discípulo de Licimnio y de Gorgias. Licimnio y Polo aparecen citados juntos en el Fedro (267b-c). No conservamos nada de sus obras.
22 FGrH 566, 137 JACOBY . Timeo de Tauromenio, Sicilia, (c. 450-360 a. C.) fue historiador y discípulo de Filisco de Mileto, uno de los alumnos de Isócrates (cf. Din . 8, 4; DIODORO DE SICILIA , XII, 53, 2-5).
23 Tucídides escribió la mayor parte de su obra a partir del 424 a. C., tras exiliarse de Atenas y, por consiguiente, con posterioridad a Gorgias y no antes como afirma Dionisio. En su obra histórica TUCÍDIDES recogió el discurso fúnebre de Pericles (cf. II 35-46) y multitud de arengas.
24 Estos discursos, de los que nada conservamos, aunque por el título recuerden a los Diálogos de cortesanas de LUCIANO , probablemente estarían en la línea del discurso que Sócrates oyó a la hetera Diotima (cf. PLATÓN , Banquete 201d-212a). Sobre los discursos amatorios y epistolares de Lisias, véase supra § 1, 7 y n.
25 Es la primera vez que Dionisio emplea el término harmonía , «armonía, ensamblaje»; pero aquí alude, sin precisar aún demasiado, a una «forma de disponer» las palabras, distinta de ritmo métrico, que produce una gran belleza en el discurso: es sinónimo, pues, de sýnthesis (cf. § 8, 2 y 5). Sin embargo, más tarde la empleará para referirse a su gran descubrimiento: la «forma de engarzar» las palabras de tal manera que el encuentro de los fonemas produzca hermosas eufonías. La evolución del significado se puede rastrear desde aquí (cf. Isóc. 2, 5; Dem. 18, 2 = Demóstenes-1; Tuc. 24, 2 y 11; 42, 4; Comp. 22 ss.; Dem. 35 ss. = Demóstenes-2 ).
26 La belleza de cualquier obra artística depende, según la concepción aristotélica, del grado de imitación que mantenga con el modelo natural; y en retórica la mejor expresión es aquella en la que el lenguaje imita a los hechos (véase Sinopsis al Im .). Esta adecuación de la expresión a los hechos, que sirve para valorar todas las demás virtudes, es lo que los tratadistas de retórica llamaban tò prépon (cf. § 9).
27 Fr . 3 SCHMIDT . Teofrasto de Éreso, Lesbos, c. 372 - 287 a. C., sucedió a Aristóteles en la dirección del Liceo. Entre otras muchas obras escribió un tratado Sobre el estilo (Perì léxeōs; cf. § 14, 2), desgraciadamente perdido, donde trataría estas cuestiones (véase n. siguiente). En cuanto a la actitud y dependencia de Dionisio con respecto a Teofrasto véase la Introducción, apartado 1.
28 Trasímaco de Calcedonia, ciudad situada frente a Bizancio, s. v a. C., fue orador y sofista, citado por PLATÓN (cf. Fedro 266c y República 336b). Teofrasto lo consideraba creador tanto de la expresión «condensada» (strongýlos ) como del estilo mixto (cf. Dem . 3, donde DIONISIO ofrece un pasaje del Sobre la constitución ). Siempre queda detrás de Lisias (cf. Iseo 20, 3).
29 Los discursos compuestos para «debates reales» (alēthinoì agônes ) se oponen a los discursos escritos para debates ficticios, con los que un autor quiere demostrar su talento para la retórica; estos discursos puramente literarios reciben el nombre de «discursos políticos» (politikoì lógoi; véase n. a «discurso público» en Or. ant . 1,1).
30 Esta crítica a su estilo «retorcido y acerbo» (períergos kaì pikrós ) tuvo su origen en ESQUINES (cf. Contra Ctesifonte 229; véase DION . HALIC ., Dem . 35, 6).
31 Promesa incumplida. Solo de pasada dirá DION. HALIC. que Lisias y Demóstenes hacen un uso parecido de la densidad, y de otras virtudes (cf. Dem. 13, 1).
32 Es la caracterización o etopeya (ēthopoiía , «arte de modelar el carácter»). El logógrafo , mediante un lenguaje respetuoso y comedido y una narración de los hechos favorable para su cliente, debía conseguir adornar al orador con el carácter más conveniente para la causa, haciendo creer que era honrado, templado, enemigo de las trifulcas y de los pleitos, etc. Una de las formas de la argumentación se basaba precisamente en demostrar la honradez del orador (eran los llamados argumentos «éticos»; véase n. al § 19, 1).
33 Hemos traducido ho tês harmonías autoû charaktḗr por «el estilo con el que Lisias compone las frases», pues es evidente que harmonía tiene un claro significado de «construcción sintáctica, disposición de las palabras»; véase n. al § 3, 8. En Im., Fr . 6a, SIRIANO ha sustituido harmonía por hermēneía , «expresión, estilo».
34 Véase la Sinopsis al Im .
35 La adecuación (tò prépon ) es la virtud por excelencia, pues mide el valor de las demás virtudes: cualquier virtud de la expresión estará bien empleada si se adecua a los hechos, a los personajes y a los oyentes (cf. Dem . 45, 3 ss.; ARISTÓTELES , Retórica 1408a 10 ss.).
36 Se dice que de los más de doscientos discursos que compuso sólo perdió dos procesos (cf. PS . PLUTARCO , Vidas de los diez oradores 836A).
37 Las alusiones a la falta de tiempo son frecuentes (véase Introducción, apartado 3.).
38 Una promesa que Dionisio hace con frecuencia, pero que no suele cumplir (véase Introducción, apartado 3). No obstante, vuelve a comparar, siempre de forma muy somera, la gracia de Lisias con la de otros oradores (cf. Isóc. 3,4; Iseo 3, 2-3; etc.; Dem. 13, 2 y 7-8; etc. ).
39 Pero Dionisio no llegará a definir la «gracia» (cháris ). Sin embargo, cualquier griego, como recuerda G. AUJAC (n. ad locum ) relacionaría de inmediato esta palabra con las Cárites, las tres diosas de la vegetación, las Gracias romanas. Así pues, podríamos definir la gracia como «la belleza ‘natural’ que emana de las personas o las cosas cuando alcanzan cierto grado de perfección o armonía». La gracia debe ser, pues, «natural», esto es, sin adornos, sencilla, espontánea: por eso Dionisio habla de la gracia «que brota» (epanthoûsa , «florece») de las palabras y la compara con un cuerpo que está en toda su lozanía (hṓra , «sazón»). Sin embargo, DIONISIO no está seguro si es fruto de una técnica cuidadosa (cf. § 8, 5) o es una cualidad innata de Lisias (cf. § 11,5).
40 La diesi (díesis ) es la nota que dista a un intervalo de cuarto de tono (equivalente a la mitad de un semitono) y que en época de Dionisio al parecer ya muy pocos griegos eran capaces de distinguir (cf. Comp . 11, 18). Hoy no se utiliza en la música occidental, pero sí la utilizaron los griegos en el sistema enarmónico (véase n. a Dem . 22, 1).
41 Sobre la percepción irracional como vía válida para reconocer un estilo véase Introducción, apartado 2.
42 Cf. LISIAS , Frs . 11-15 THALHEIM . Ifícrates (c . 415-353 a. C.) fue un general ateniense de conducta modélica a quien la ciudad dedicó una estatua; pero esta decisión fue denunciada por un tal Harmodio, sin éxito. ARISTÓTELES cita dos pasajes de este discurso y lo atribuye directamente a Ifícrates (cf. Retórica 1397b 28 y 1398a 15). PAUSANIAS aún pudo ver la estatua de Ifícrates (cf. I 24, 7).
43 Dionisio, para demostrar la validez de su método, se ve obligado a embarcarse en una árida argumentación cronológica.
44 Nicón habría sido arconte en el año 378 a. C. y Nausinico al año siguiente, cuando Lisias contaba ochenta años: estos datos concuerdan con lo que Dionisio afirma en § 1, 2-4.
45 Alcístenes fue arconte en el año 371 a. C.
46 Para los griegos «el (gran) Rey» era la forma tradicional de referirse al rey persa, sin olvidar que también los espartanos y macedonios, entre otros, tenían un sistema monárquico.
47 Es la paz de Antálcidas (un navarca espartano), impuesta por el rey persa Artajerjes II y firmada en el 387 a. C. por los embajadores de las principales ciudades griegas: así se puso fin a la guerra que Esparta y Atenas sostenían en muchos puntos de las costas del Egeo.
48 Cf. LISIAS , Frs . 45-49 THALHEIM . Los generales Ifícrates y Timoteo fueron denunciados por Cares ―general ateniense que mandaba un cuerpo de mercenarios― bajo la acusación de haberse dejado sobornar por el enemigo, razón por la que no le habían secundado en el ataque que dirigió él solo contra Quíos en el estrecho de Embata, año 356 a. C. (véase n. siguiente). Ifícrates y Timoteo se negaron a entrar en combate debido a las pésimas condiciones meteorológicas (cf. DIODORO DE SICILIA , XVI 21,4). En ese proceso Ifícrates salió absuelto, pero Timoteo fue condenado.
49 En esta Guerra de los Aliados, más conocida como «Guerra Social» (357-355 a. C.), Atenas sola combatió contra Rodas, Cos y Quíos, apoyadas también por Bizancio y el rey Mausolo de Caria, que había establecido su residencia en Halicarnaso, la patria de Dionisio. El desastre de Embata acarreó la derrota de Atenas (véase n. anterior).
50 Fueron arcontes durante los años 357-6 y 356-5 respectivamente.
51 Cf. § 14, 7 y n.
52 Pureza de lenguaje y escrupulosidad dialectal son términos casi sinónimos (cf. supra § 2, 1). Un lenguaje puro es aquel que incluye sólo las palabras comúnmente aceptadas, sin arcaísmos ni neologismos ni vocablos poéticos; esto es, utiliza únicamente palabras y giros de la lengua habitual. La escrupulosidad dialectal refuerza el sentido de la virtud anterior al ceñirse exclusivamente al dialecto ático, y en concreto al del s. IV a. C., que era el modelo que proponían los defensores del aticismo (véase Introducción, apartado 1.). En cuanto a la propiedad del lenguaje cf. § 3, 1 y n.
53 Fedro irradia felicidad mientras lee el Discurso amatorio de Lisias (cf. PLATÓN , Fedro 234d).
54 TEOFRASTO , Fr . 2 SCHMIDT . La cita que Dionisio incluye más abajo (§ 14, 3-4) es lo único que hemos conservado de este tratado, uno de los muchos títulos que Teofrasto dedicó a la retórica (cf. CICERÓN , Sobre el orador I 43 y 55; III 184; El orador 39, 79, 172, 228; DIÓGENES LAERCIO , V 47). Y, según se puede deducir por CICERÓN (cf. El orador 79), Dionisio se habría servido de la terminología empleada por Teofrasto (véase Introducción. apartado 4.).
55 Nicias, junto con el general Demóstenes y Alcibíades, fue responsable del desastre de Sicilia, año 413 a. C. (cf. supra § 1, 2 y n.); fue hecho prisionero y ejecutado por los siracusanos (cf. TUCÍDIDES , VII 86). De este discurso pueden leerse unas palabras al final del parágrafo siguiente.
56 Un ejemplo de la primera clase sería: «los odios y las venganzas, dulces y agradables». De la segunda: «los odios y los amores, dulces y agradables» o bien «los odios y los amores, crueles y terribles». Y de la tercera: «los odios y los amores, dulces y terribles».
57 De este discurso atribuido a Lisias sólo se ha conservado este fragmento (LISIAS , Fr. 71 THALHEIM ).
58 Este tratado, Sobre Lisias: cuáles son los discursos auténticos y cuáles los espurios —un tema que también había estudiado Cecilio de Caleacte—, se nos ha perdido. De los cuatrocientos veinticinco que se le atribuían, ambos fijaban en doscientos treinta y tres el número de discursos auténticos (cf. PS .-PLUTARCO , Vidas de los diez oradores 836A).
59 El «tratamiento de los hechos» (ho pragmatikòs tópos ) se refiere a las dos primeras fases de las cinco de que consta la «elaboración del discurso» (érga toû rhḗtoros; latín, tractatio, partes rhetorices): la primera, la búsqueda de las ideas o «invención» (heúresis, latín inventio ), y la segunda, la «distribución» (oikonomía, latín dispositio ), donde el orador selecciona (krísis ) y organiza la ideas halladas en la invención (véase n. a Tuc . 1 ss.). Las tres siguientes son: la redacción del discurso o «expresión» (léxis, latín elocutio ), que consta a su vez de dos fases, la «elección» de las palabras (eklogḗ, latín electio ) y la «disposición» de las mismas (sýnthesis, latín compositio): la cuarta, la memorización del discurso (mnḗmē, latín memoria); y la quinta y última, la «pronunciación» (hypókrisis, en latín actio ). Así pues, las dos primeras fases se refieren al contenido, la tercera a la forma y las dos últimas a la ejecución del discurso.
60 Cf. Isóc . 12, 2; etc.; Iseo 3, 4-6; etc.
61 Véase n. al § 1,5.
62 Las «partes del discurso» (mérē toû lógou) son cuatro según ARISTÓTELES (cf. Retórica 1414b 8-9): el exordio (prooímion , latín exordium) , cuyas palabras iniciales eran la «entrada» (eisbolḗ); le seguía la exposición de los hechos (próthesis , latín propositio) , que puede hacerse bien en forma de enumeración (diaíresis , latín divisio, partitio) bien en forma de narración (diḗgēsis , latín narratio); a continuación venía la argumentación (pístis , latín argumentatio) , que podía hacerse o bien confirmando los hechos, la demostración (apódeixis , latín probatio, confirmatio), o bien refutándolos, la refutación (lýsis , latín refutatio); y por último el epílogo (epílogos , latín peroratio). Sin embargo, según las partes que distingue Dionisio, se deduce que Isócrates y sus seguidores sólo difieren de Aristóteles en que la exposición la hacen en forma de narración y que se interesaban muy poco por la argumentación y el epílogo, algo que vemos también en el propio Dionisio, a quien sobre todo le interesa la narración (cf. § 18, 1).
63 No hemos conservado discursos de Lisias que comiencen así.
64 Véase n. al § 14, 7.
65 HOMERO, Odisea XIX 203.
66 Los argumentos (písteis ) podían ser de dos tipos: los creados por el arte del orador, llamados argumentos «artísticos» (éntechnoi ), y los argumentos «no artísticos» (átechnoi ), que eran los hechos objetivos que no necesitaban de los recursos de la retórica, como las declaraciones de los testigos, las sentencias precedentes sobre casos parecidos, los indicios materiales (tekmḗrion ), etc. (véase n. siguiente). En cuanto a los argumentos artísticos se pueden distinguir tres tipos: las «señales» (sēmeîon ), que son la deducciones extraídas por el orador a partir de hechos objetivos —ejemplo: «si tras el crimen el acusado huyó de la ciudad, eso prueba (‘es señal de’) su culpabilidad»—; los «razonamientos» (syllogismoí ), normalmente expuestos de forma abreviada (epiqueremas y entimemas; cf. Iseo 16, 3 y n.); y los «ejemplos» (paradeígmata ), en los que el orador recurre a otros precedentes históricos o literarios de todos conocidos. Pero los argumentos artísticos también se pueden dividir en tres grupos según se sustenten en el orador, los oyentes o los hechos narrados en el discurso: argumentos «del carácter» (ēthikoí ), son los que basan la credibilidad en el carácter honrado del orador (para ello debía caracterizar al personaje adecuadamente, la ēthopoiía; véase n. al § 8, 1); los «emocionales» (pathētikoí ) son los que intentan cambiar el ánimo de los oyentes hasta conseguir provocar en el jurado las pasiones deseadas, ya sea la ira, la indignación, la compasión, etc.; y los argumentos «objetivos» (alētheîs ), son los que se basan en la coherencia y verdad de los hechos narrados por el orador (cf. ARISTÓTELES , Retórica 1355b 35 ss.).
67 En el derecho ateniense no había pruebas materiales concluyentes que determinasen la culpabilidad o inocencia del acusado, sino simplemente «indicios» (tekmḗria ), como por ejemplo las ropas ensangrentadas, con las que el orador debía impresionar al jurado e intentar convencerlo (sobre este tipo de deducciones, las «señales», véase la n. anterior). Si el indicio o la señal parecían irrefutables, se convertían en una prueba (élenchos ) para constatar o refutar algo que se había dicho. Dionisio sigue de una manera confusa y rápida la clara teoría de Aristóteles que exponíamos en la n. anterior: esta parte del discurso le interesa muy poco.
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