Kitabı oku: «100 escritores del siglo XX. Ámbito Hispánico»
© Domingo Ródenas de Moya (ed.) y cada autor de su texto, 2012.
© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2012.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.
Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: OEBO643
ISBN: 9788490561980
Composición digital: Víctor Igual, S. L.
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Índice
Prefacio
La literatura hispánica del siglo xx: riesgo y ventura de una unidad, por Domingo Ródenas de Moya
ESCRITORES ESPAÑOLES
Rafael Alberti, por Francisco Javier Díez de Revenga
Ignacio Aldecoa, por Ana Casas
Vicente Aleixandre, por Francisco Javier Díez de Revenga
Max Aub, por José-Carlos Mainer
Francisco Ayala, por Ricardo Senabre
José Martínez Ruiz «Azorín», por Domingo Ródenas de Moya
Pío Baroja, por Ricardo Senabre
Juan Benet, por Domingo Ródenas de Moya
Antonio Buero Vallejo, por Ana Casas
José Manuel Caballero Bonald, por Juan Carlos Abril
Camilo José Cela, por Santos Sanz Villanueva
Luis Cernuda, por Javier Pérez Bazo
Rosa Chacel, por Domingo Ródenas de Moya
Álvaro Cunqueiro, por Juan Herrero Senés
Eugeni d’Ors, por Xavier Pla
Miguel Delibes, por Santos Sanz Villanueva
Gerardo Diego, por Francisco Javier Díez de Revenga
Luis Mateo Díez, por Fernando Valls
Miguel Espinosa, por Domingo Ródenas de Moya
Salvador Espriu, por Enric Sòria
Antonio Gamoneda, por Felipe Cussen
Juan García Hortelano, por Santos Sanz Villanueva
Federico García Lorca, por Francisco Javier Díez de Revenga
Jaime Gil de Biedma, por Francisco Díaz de Castro
Pere Gimferrer, por Jordi Gracia
Ramón Gómez de la Serna, por Fernando Rodríguez Lafuente
Ángel González, por Jordi Gracia
Juan Goytisolo, por Santos Sanz Villanueva
Luis Goytisolo, por Domingo Ródenas de Moya
Jorge Guillén, por Francisco Díaz de Castro
Miguel Hernández, por Javier Pérez Bazo
Juan Ramón Jiménez, por Juan José Lanz
Carmen Laforet, por José Jurado Morales
Antonio Machado, por José-Carlos Mainer
Javier Marías, por Jordi Gracia
Juan Marsé, por María Dolores Albiac
Carmen Martín Gaite, por Jordi Gracia
Luis Martín Santos, por José-Carlos Mainer
Ana María Matute, por Alicia Redondo
Eduardo Mendoza, por Santos Sanz Villanueva
Juan José Millás, por Domingo Ródenas de Moya
Gabriel Miró, por María Dolores Albiac
Antonio Muñoz Molina, por Jordi Gracia
José Ortega y Gasset, por Fernando Rodríguez Lafuente
Blas de Otero, por Juan José Lanz
Ramón Pérez de Ayala, por María Dolores Albiac
Josep Pla, por Xavier Pla
Álvaro Pombo, por José-Carlos Mainer
Carles Riba, por Enric Sòria
Mercè Rodoreda, por Xavier Pla
Claudio Rodríguez, por Francisco Díaz de Castro
Pedro Salinas, por Joaquín Marco
Rafael Sánchez Ferlosio, por Santos Sanz Villanueva
Ramón J. Sender, por José-Carlos Mainer
Gonzalo Torrente Ballester, por José Jurado Morales
Francisco Umbral, por Jordi Gracia
Miguel De Unamuno, por Ricardo Senabre
José Ángel Valente, por Juan Carlos Abril
Ramón del Valle-Inclán, por Ricardo Senabre
Enrique Vila-Matas, por Ana Casas
ESCRITORES HISPANOAMERICANOS
Juan José Arreola, por Selena Millares
Miguel Ángel Asturias, por José Manuel Camacho
Mariano Azuela, por José Manuel Camacho
Mario Benedetti, por Teodosio Fernández
Adolfo Bioy Casares, por Daniel Mesa
Roberto Bolaño, por Daniel Mesa
Jorge Luis Borges, por Teodosio Fernández
Alfredo Bryce Echenique, por Daniel Mesa
Guillermo Cabrera Infante, por Javier Aparicio Maydeu
Alejo Carpentier, por José-Manuel Camacho
Julio Cortázar, por Daniel Mesa
Rubén Darío, por José María Micó
Macedonio Fernández, por Fernando Rodríguez Lafuente
Carlos Fuentes, por Trinidad Barrera
Rómulo Gallegos, por Trinidad Barrera
Gabriel García Márquez, por Joaquín Marco
Juan Gelman, por Catalina Quesada
Ricardo Güiraldes, por Trinidad Barrera
Vicente Huidobro, por Trinidad Barrera
José Lezama Lima, por Remedios Mataix
Leopoldo Lugones, por Selena Millares
Gabriela Mistral, por Selena Millares
Augusto Monterroso, por Daniel Mesa
Álvaro Mutis, por José Manuel Camacho
Pablo Neruda, por Teodosio Fernández
Juan Carlos Onetti, por José Manuel Camacho
Nicanor Parra, por Teodosio Fernández
Octavio Paz, por Helena Usandizaga
Alejandra Pizarnik, por Daniel Mesa
Horacio Quiroga, por Trinidad Barrera
Alfonso Reyes, por Sebastián Pineda
Augusto Roa Bastos, por Trinidad Barrera
Gonzalo Rojas, por Helena Usandizaga
Juan Rulfo, por Teodosio Fernández
Ernesto Sábato, por Trinidad Barrera
Juan José Saer, por Teodosio Fernández
Severo Sarduy, por Daniel Mesa
Arturo Uslar Pietri, por José Manuel Camacho
César Vallejo, por Teodosio Fernández
Mario Vargas Llosa, por Joaquín Marco
Índice de autores y obras
Relación de colaboradores
PREFACIO
La literatura no intenta en absoluto subvertir, sino descubrir y revelar la verdad de un mundo que el hombre o bien raramente puede conocer, o bien apenas conoce, o bien cree conocer y en realidad no conoce. Quizá sea esta, la verdad, la cualidad más básica e irrefutable de la literatura.
gao xingjian
Mi fe en el futuro de la literatura consiste en saber que hay cosas que solo la literatura, con sus medios específicos, puede dar.
ITALO CALVINO
Si hoy me pregunto por qué amo la literatura, la respuesta que acude a mi mente de forma espontánea es: porque me ayuda a vivir.
TZVETAN TODOROV
Este libro sigue siendo, como lo fue en su primera aparición en 2008, una invitación apasionada y firme. A abonar y ennoblecer la vida, a ensancharla y hacerla más espaciosa con el optimismo de la voluntad (y me temo que a fortalecer el pesimismo de la inteligencia), a desembarazarse de las mordazas y ligaduras que impone lo que debe ser pensado, sentido, expresado y acatado, a plantar cara a la estafa de las doctrinas panacea y al fanatismo y al pensamiento augusto y angosto y a impugnar el adocenamiento y el fraude oscurantista del irracionalismo. Hoy, sin embargo, todo parece un poco más difícil y esa invitación puede parecer tocada de inoportuno idealismo o, aun peor, de boba ingenuidad. Pero no ha de bastar el temor a que eso sea así para disimular que este libro quiere ser también una invitación a la libertad de pensar y actuar y a la reflexión crítica de esas mismas libertades, al lujo intelectual y al inconformismo y a la desmitificación del heroísmo manufacturado y la suspicacia ante las marcas registradas y los dueños fatuos de la verdad y a la impaciencia con la necedad y con la violencia, la que se hace de puñetazos y la que se ejerce por la extorsión de la amenaza expresa o latente. Y sigue siendo también y quizá por encima de todo una invitación al conocimiento, a la fulguración de la palabra y al oasis de la imaginación. Por eso, este libro está lleno hasta el borde de luz y de tiniebla, de sublimidad y atrocidad, de clamores e imprecaciones y llamadas de socorro y susurrada aflicción o descarnado espanto y también, aunque en menor medida, de cánticos, risas y delicia, porque en él resuenan algunas —solo algunas pero muy cernidas— de las voces más vigorosas y verdaderas, más lúcidas y escalofriantes, de la literatura del siglo XX.
No es un libro sobre literatura, sino sobre la felicidad. Porque toda la literatura, toda, gira alrededor de ese fuego inalcanzable cuyo lejano resplandor nos orienta y cuya promesa de calor nos impulsa, abruma y envenena. Aunque no lo parezca, toda la literatura habla de la felicidad, aunque casi siempre, indefectiblemente, acabe haciéndolo sobre su imposibilidad o su ocaso o sobre las murallas y grilletes que los sistemas políticos y morales o las perversiones del juego social, laboral o sexual nos colocan para trabarnos el esfuerzo de alcanzarla o para degradarlo en empeño iluso además de inútil. A veces la literatura dice en voz audible qué es, cómo nos incendia por dentro la felicidad (o sus vísperas, que es donde echa las raíces), pero solemos juzgar ese tipo de canto una fantasía idílica, cuando no una impudicia o una forma de sonrojante cursilería. Es lo cierto que casi toda la literatura trata de las infinitas maneras que tiene la infelicidad de gobernar los destinos humanos o de las ingeniosas maneras que los humanos inventamos para destruir nuestras oportunidades, que nunca son muchas.
Pero si digo que este es un libro sobre la felicidad es también porque, para muchos, la literatura constituye una de esas oportunidades infrecuentes en la medida en que proporciona una experiencia muy similar (si no idéntica) a la de la felicidad. En el mero tránsito de la lectura —pues esta siempre es un traslado a otro lugar— reside el gozo, en el viaje a un espacio mental cuyo perímetro vamos empujando, como quien amplía los metros cuadrados de su vivienda, libro tras libro. Y esa alegría nunca se parece a sí misma, es cambiante e inesperada porque unas veces la causa el choque milagroso de dos palabras que designan con quirúrgica precisión lo que parecía sustraerse a ser nombrado, otras deriva del poder envolvente y suspensivo de una trama o de la empatía suscitada por un personaje, otras del reconocimiento de las propias dudas, miedos y ansiedades o de la deslumbrante claridad con que se exhibe la mecánica de cierta realidad, incluso de la representación suntuosa del acontecer histórico o del altruismo o de la maldad, que solo puede ser humana... y cuyas sinrazones, cuando quedan atrapadas en el lenguaje como un insecto en una perla de ámbar —y a lo mejor justo por eso—, también inspiran una forma de júbilo, turbia, aturdida y turbadora, pero júbilo al fin y al cabo.
El título de este libro, 100 escritores del siglo XX, tan simple y denotativo, requiere, sin embargo, alguna explicación, que ha de empezar por desmentir que albergue solo a cien autores, puesto que se compone de dos volúmenes independientes de breves ensayos interpretativos sobre cada uno de ellos, Ámbito internacional y Ámbito hispánico, que suman una galería de doscientos nombres. Conviene, además, aclarar que, en el título, «escritores del siglo XX» no denota únicamente el emplazamiento cronológico en la pasada centuria (para la mayor parte de nosotros la nuestra), sino que alude al hecho menos obvio de que los creadores de que aquí se habla han escrito el siglo XX de la misma manera que se escribe un poema, una novela o un artículo, pero también con la misma fuerza de fijación, con la misma perdurabilidad, con que Thomas Mann ha narrado la historia de la familia Buddenbrook o Gabriel García Márquez ha escrito la de los Buendía. Los avatares del siglo pasado, su cambiante fisonomía, su biografía convulsa y su espíritu atormentado han quedado inscritos no tanto en los periódicos y revistas, en la profusa documentación audiovisual que nos ha legado, como en las novelas, poemas, obras de teatro y ensayos de los que se trata en esta obra. La imagen que compone ese acervo de textos no se asemeja a la de una fotografía o a la que ofrece un reportaje, a menudo engañosas en su inmediata evidencia, sino a la de un escáner o una tomografía que revela las intimidades del organismo, sus lesiones profundas. Es la imagen que el futuro tendrá del Novecientos y cada uno de los escritores que aquí se allegan es responsable de un trazo fundamental de la misma. Ellos, pues, han escrito el siglo XX.
Pero no solo ellos, desde luego, sino tantos otros creadores que no figuran en estos dos centenares y que podrían haberlo hecho sin desdoro alguno ni méritos inferiores, o que figuraron en la edición de 2008 y que, por motivos diversos ajenos a su relevancia, ahora ya no lo hacen. No han podido entrar en el arbitrario cupo al que, por serlo, no le es menester justificación más allá de la redondez de las cifras: 100 más 100. No hay otras razones para que autores como Flann O’Brien, Anna Ajmátova, Raymond Roussel, Georg Trakl, E. M. Forster, Gertrude Stein, Karl Kraus, Henri Michaux, Hermann Hesse, Saint-John Perse, Paul Éluard, Yasunari Kawabata, Alexandr Solzhenitsyn, Dylan Thomas, Czesław Miłosz, Christa Wolf, Isaac Bashevis Singer, Wole Soyinka, Jun’ichirõ Tanizaki, Carson McCullers, Dino Buzzati, André Malraux, Djuna Barnes, Jack Kerouac, Jorge Amado, Nikos Kazantzakis, Philip Larkin, Stefan Zweig, Sylvia Plath, Yukio Mishima, Simone de Beauvoir, Jean Rhys, Romain Rolland, John Fowles, Cormac McCarthy, E. E. Cummings, Julian Barnes, Paul Theroux, Salman Rushdie, Jean-Marie Le Clézio, Martin Amis, A. S. Byatt o Jonathan Franzen... (¡pero también H. G. Wells, Dashiell Hammett, Simenon, Lovecraft, Colette, J. R. R. Tolkien, John Le Carré, Stanisław Lem, Umberto Eco o John Irving!) se hayan quedado fuera que las razones que he considerado para incluir a los que están dentro. Y si he amontonado algunas ausencias (solo algunas) en el volumen internacional, habría de hacer lo propio respecto al hispánico, donde podrían (o deberían) figurar Juan Larrea, Cintio Vitier, Alfonso Castelao, Martín Luis Guzmán, J. V. Foix, Jesús Fernández Santos, Gabriel Aresti, Fernando del Paso, Óscar Hahn, José Eustasio Rivera, Cristina Peri Rossi, José Donoso, Benjamín Jarnés, José Juan Tablada, Josep Carner, Delmira Agustini, Roberto Arlt, León Felipe, Leopoldo Marechal, José Bergamín, Julio Ramón Ribeyro, José María Arguedas, José Emilio Pacheco, Manuel Puig, Blanca Varela, Pere Calders, Julián Ríos, Quim Monzó, José María Merino, Fernando Vallejo, Bernardo Atxaga, Carlos Monsiváis, Ricardo Piglia... Entre las razones que han conducido a los dos centenares de nombres finales se mezclan la excelencia literaria y la representatividad (que concurren en tantos de los ausentes), pero también, sin remedio, las arbitrariedades del gusto personal (aunque contrastado y corregido en diálogo con muchos de los redactores de los ensayos y con otros omnívoros y antiguos lectores con los que tengo contraídas deudas de gratitud) y, last but not least, las condiciones materiales de realización del proyecto.
No es inconveniente, pues, advertir que este libro no pretende proponer un enésimo y preceptivo canon literario à la Bloom porque no está elaborado con criterios de objetividad ni exhaustividad ni inapelable selectividad —ni, aún menos, desde una autoridad sancionadora de controvertible legitimidad— que suelen concurrir en la determinación de un canon. El censo de escritores de la centuria pasada, en los dos volúmenes, es impugnable porque es insuficiente y felizmente cuestionable, pero ese es tal vez uno de los beneficiosos efectos secundarios que podría tener, el de convocar a los ausentes y estimular también su lectura (una buena porción de ellos son mencionados a lo largo de la obra). Así pues, lector, no tienes en tus manos ni un canon preceptivo —y siempre antipático— ni un mausoleo de ilustres, sino un conjunto de acercamientos a grandes escritores del siglo XX que han transformado el concepto de arte literario y a través de los cuales se consigna y examina la transformación de la vida humana.
Cada uno de los breves ensayos que componen el libro pretende ser una pasarela hacia un universo literario particular y una concisa sugerencia de ruta por su geografía. Dada su extensión, necesariamente limitada, no se ha podido ceder a todas las seducciones del camino, pero cuando menos se ha colocado un rótulo de alerta: «Hacer posada aquí unos días tiene su recompensa». Para quienes deseen permanecer una larga temporada en uno de estos destinos y explorarlos con más detenimiento, se ofrecen unas sumarias indicaciones bibliográficas al final de cada capítulo.
De un texto literario debemos esperar —y exigir implacablemente— vigor estético y hondura semántica, superioridad expresiva (o sublimidad poética, si esto no suena inapropiado) y coraje intelectual, vale decir la ambición de formular preguntas difíciles a las normas, rituales, instituciones y valores humanos, privados y públicos, morales y políticos. Porque todo lo que no sea esto es trivialidad o ganga y la ganga no tiene acomodo en este libro.
Barcelona, julio de 2012
LA LITERATURA HISPÁNICA DEL SIGLO XX: RIESGO Y VENTURA DE UNA UNIDAD
por
DOMINGO RÓDENAS DE MOYA
Primero como lector, después como escritor, nunca he puesto en duda la unidad de nuestras letras. Es verdad que nuestra literatura abarca a dos continentes y a muchos países pero ni las diferencias geográficas ni las políticas ponen en entredicho su unidad esencial.
OCTAVIO PAZ
Apenas hay que molestarse en argumentar que el siglo XX ha sido el auténtico siglo áureo de la literatura hispánica. El remoto Siglo de Oro español (que fue mucho más que un siglo desde La Celestina hasta La hija del aire de Calderón) parece haber producido una explosión retardada de energía creativa en todos los rincones del ámbito hispánico, desde el nicaragüense Rubén Darío y el vasco Miguel de Unamuno por un extremo hasta el catalán Enrique Vila-Matas o el chileno Roberto Bolaño por el otro. La pluralidad y originalidad de esta literatura solo pueden compararse con las de las letras anglosajonas, tal vez por razones semejantes: la universalidad del idioma. El español o el inglés de muy distintas latitudes no solo dota de polifonía los conjuntos literarios respectivos sino de cosmovisiones muy dispares. La misma heterogeneidad que representan hoy Vikram Seth, J. M. Coetzee, Ian McEwan, Sandra Cisneros, Paul Auster, V. S. Naipaul o Don DeLillo es la que se halla en Juan Marsé, Alfredo Bryce Echenique, Luis Mateo Díez, Ricardo Piglia, Belén Gopegui o Tomás Eloy Martínez. Pero también en Manuel Rivas o Suso de Toro, en Ramón Saizarbitoria o Bernardo Atxaga, en Quim Monzó o Carme Riera, porque el ámbito hispánico no se define exclusivamente por la lengua sino por el entronque en una tradición cultural plagada de convergencias y divergencias, afluencias y difluencias, que no depende, como tantas cosas, de la voluntad individual. Es probable que bastantes de los autores reunidos en este volumen pudieran suscribir los versos del mexicano José Emilio Pacheco: «No amo mi patria. / Su fulgor abstracto / es inasible. / Pero (aunque suene mal) / daría la vida / por diez lugares suyos, / cierta gente, / puertos, bosques, desiertos, fortalezas. / Una ciudad deshecha, gris, monstruosa, / varias figuras de su historia, / montañas / —y tres o cuatro ríos».
Además de ser una feraz Edad de Oro literaria, el siglo XX ha sido el del encuentro, diálogo e intercambio entre las diversas literaturas del ámbito hispánico y, muy en particular, entre Latinoamérica y España. Desde las postrimerías del siglo XIX es costumbre entre los artistas americanos realizar un viaje iniciático a Europa (Roma, Londres, Berlín, pero sobre todo París) para conocer y empaparse de las corrientes estéticas y filosóficas más en boga. Desde 1896, con Rubén Darío, la Península figurará en ese itinerario, cuando no sea el destino último o único. A la zaga de Darío, en las primeras décadas del siglo, escritores como Vargas Vila, Amado Nervo, Vicente Huidobro, José Gorostiza, César Vallejo, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda u Octavio Paz harán el viaje de ida y vuelta. Al mismo tiempo, escritores españoles como Unamuno u Ortega y Gasset siguen con enorme interés las producciones espirituales americanas, las reseñan y les consagran artículos y ensayos. En los happy twenties, las revistas literarias españolas daban cuenta de las novedades del otro lado del Atlántico con absoluta normalidad y basta hojear rarezas bibliográficas como Ariel disperso (1946), que reunió las reseñas que Benjamín Jarnés dedicó a las letras americanas, para comprobar hasta qué punto se prestaba atención incluso a lo irrelevante (aunque en ese cofre de trastos olvidados figure el primer libro de Borges, Fervor de Buenos Aires).
Como se sabe, la Guerra Civil española no fue solo un conflicto intestino sino un campo de pruebas internacional y no, por desgracia, en un sentido figurado. Muchos escritores hispanoamericanos participaron directamente en la contienda o la vivieron como propia y por eso podemos tomarla como un quicio divisorio, como un malecón donde rompe el oleaje del primer tercio largo del siglo, el de la modernidad, pero también donde se estrelló el proyecto de configurar una vasta comunidad intelectual hispánica. César Vallejo, Pablo Neruda, un joven Octavio Paz experimentan dolorosamente la lucha entre la libertad y la opresión durante la guerra. Después de 1939 todo quedó suspendido. Mientras se armaba un Estado nacional-católico sobre la España de «cerrado y sacristía», la España «inferior que ora y bosteza» y «embiste, / cuando se digna usar de la cabeza» de la que habló Antonio Machado, las naciones americanas —señaladamente México y Argentina— acogían la inteligencia exiliada pero también emprendían su propio vía crucis de regímenes despóticos y populistas. Para ser exactos, ese vía crucis había empezado mucho antes, tanto que su origen se pierde en el siglo XIX y las guerras de la independencia, que propiciaron gobiernos redentoristas y caudillajes infames. La inestabilidad política de las naciones hispanoamericanas parece —aunque no lo fue— un producto exportado desde la «madre patria» en el siglo XIX, donde tanta afición hubo al golpe militar y el ejercicio de la autoridad por gracia del espadón.
En España, dos dictaduras escribieron buena parte de la partitura política del siglo. Entre 1923 y 1930, el general Primo de Rivera, con su punto de andaluz jacarandoso, llevó las riendas del país y permitió que ese ectoplasma llamado cultura campara por sus fueros a condición de no pisar las arenas movedizas de la cosa política. Por eso Ortega y Gasset pudo inventarse una revista prodigiosa como Revista de Occidente el mismo año 1923 (mientras se inhibía ante lo que estaba ocurriendo) y por eso la literatura de los años veinte alcanzó un nivel de excelencia equiparable a la que estaba rompiendo los viejos moldes en todo Occidente. Bien es cierto que el gruñón Miguel de Unamuno había sido desterrado y lanzaba su jupiterina condena de la tiranía desde París y luego desde Hendaya (no fue el único, allí estaba desterrado también Eduardo Ortega y Gasset, hermano del filósofo y editor del folleto Hojas libres contra la dictadura), pero, pese a la persecución de la disidencia política, hubo un amplio margen de tolerancia con las manifestaciones del pensamiento y el arte, incluso cuando este entraba en conflicto con la moral católica reinante. Desde 1939, sin embargo, tales conflictos se iban a terminar: la moral iba a ser incrustada en la ideología del Estado —que no por capricho se llamó nacional-católico— y, empedernida por una Iglesia oscurantista e inquisitorial, se inculcó en las escuelas, se suministró en la radio y la prensa, en la televisión cuando la hubo, y fue empuñada por los censores para flagelar con ella a poetas, narradores, ensayistas, dramaturgos o periodistas, a cualquiera que osara poner por escrito sus pareceres discrepantes o los hijos de su imaginación. Luego, en los años sesenta, aquella tenaza (o mordaza, que fue como la metaforizó Alfonso Sastre en un drama célebre) fue aflojando, nunca mucho, no fuera a desmandarse la grey, y lo que pudo parecer a la sazón el principio del final no fue sino un larguísimo compás de espera (o de desesperación) hasta que en noviembre de 1975 la biología tomó la vez.
Para entonces, el mapa de libertades de Hispanoamérica era para echarse a llorar. En 1973 había sido asesinado en Chile Salvador Allende y un general, Augusto Pinochet, había usurpado el poder para desencadenar una sañuda —y cruenta— persecución de los opositores destinada a sembrar de veneno la memoria de los chilenos hasta el siglo XXI. Ese mismo año, otro golpe de Estado impone en Uruguay una dictadura que se prolongará hasta 1985. (La dictadura de Pinochet aún duraría cinco años más.) Más al norte, Paraguay, esa isla rodeada de tierra por todas partes, como dirá Augusto Roa Bastos, sufría al autócrata Alfredo Stroessner desde 1954, mientras que en Perú el Ejército, al mando del general Alvarado, había tomado el poder en 1968 y estaba empujando el país a la ruina económica. También Bolivia se encontraba bajo la bota de un militar, el coronel Hugo Bánzer, quien, tras tomar el poder en 1971, había suspendido los derechos civiles y había iniciado una dura represión contra la protesta de obreros y mineros. En Colombia se acababa de disolver, en 1974, el Frente Nacional que había permitido poner fin, en 1953, a la dictadura del general Rojas Pinilla y de acuerdo con el que se alternaban en el poder liberales y conservadores con exclusión de otras fuerzas. Esa disolución no impidió que se recrudeciera la acción de grupos guerrilleros revolucionarios como las FARC (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia) o el FLN (Frente de Liberación Nacional), creados en los años sesenta, que han convertido el país en una pesadilla en las últimas décadas. Nada extraño resulta que algunos de los mejores escritores colombianos residan fuera del país, como García Márquez, Álvaro Mutis o Fernando Vallejo. Venezuela, sin embargo, parecía haber conquistado una relativa estabilidad democrática dejando muy atrás la dictadura personalista de Marcos Pérez Jiménez (su gobierno encargó a Camilo José Cela una novela de exaltación nacional venezolana que acabó siendo La catira para oprobio de los más nacionalistas) y los gobiernos endebles de Rómulo Betancourt y el terrorismo de los sesenta, pero no tardarían en hacerse sentir los efectos desestabilizadores de la crisis internacional del petróleo en la segunda mitad de los setenta y desde finales de los ochenta regresaría el espectro de un ejército levantisco. Con todo, la situación más terrible iba a vivirla Argentina en muy poco tiempo: solo cuatro meses después de nuestra fecha de referencia (noviembre de 1975) se producía un golpe de Estado militar que daba cerrojazo no solo al nuevo y efímero gobierno peronista (desde 1973), sino a todas las garantías y libertades constitucionales. Los militares desataron, a las órdenes de la siniestra Junta de Comandantes (Videla, Masera y Agosti), una salvaje guerra sucia que industrializó el secuestro, la tortura, el asesinato y la desaparición de ciudadanos. Fueron muchos miles, decenas de miles los desaparecidos entre 1976 y 1983, y es incalculable la vastedad del destrozo causado en la vida corriente y en el tejido social del pueblo argentino. Para qué continuar con esta relación execrable. Será suficiente añadir que las dictaduras que he mencionado (Chile, Argentina, Paraguay, Uruguay, Bolivia y también Brasil, regido por una junta militar desde 1964 hasta 1985) cooperaron en una operación conjunta y clandestina de eliminación física de los opositores y elementos subversivos que se llamó Operación Cóndor y contó con auxilio operativo norteamericano.
El consternador retablo de espantos que se deja inferir del párrafo anterior puede ampliarse a los países caribeños y centroamericanos, desde 1959 bajo el influjo de una Revolución cubana que empezó siendo una festiva liberación de la dictadura de Batista para convertirse con el transcurso de los años en un régimen caudillista y represivo. En 1975, Honduras, Panamá o Haití vivían regímenes tiránicos y lo mismo puede decirse de Nicaragua, donde la familia Somoza retenía el poder desde 1936, de El Salvador, sujeto al designio de los militares desde 1948, o de la República Dominicana, donde Joaquín Balaguer, que se había formado políticamente bajo la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo (para siempre fijado en las páginas de La fiesta del Chivo de Mario Vargas Llosa), perpetuaba la injusticia social. Ni siquiera México, la «región más transparente», gobernado por el PRI (Partido Revolucionario Institucional) desde los años treinta, se libraba de sombras: la matanza de decenas de estudiantes, el 2 de octubre de 1968, perpetrada en la Plaza de las Tres Culturas de Tlatelolco por el Ejército mexicano es la más alargada de ellas. Ni siquiera puede considerarse irónico que el presidente Díaz Ordaz inaugurara solo diez días después unos Juegos Olímpicos que se llamaron «de la Paz».
En ese paisaje político, nada más brutalmente lógico que la persecución y el silenciamiento (valga el eufemismo) de los escritores, reprimidos, coartados, desterrados o enterrados, y no solo por motivos políticos, en un agravio a la memoria de la comunidad hispánica al que han coadyuvado casi todos los países y que supone una lucida aportación a la historia universal de la infamia. Algunos tuvieron que mirar cara a cara al mal, como Ernesto Sábato, a quien le fue encomendada en 1983 la amarga misión de presidir la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas. El resultado desolador de la investigación sacó a la luz la magnitud de los crímenes de Estado, el sadismo de las torturas, la crueldad de los asesinatos y la angustia infinita de los secuestros infantiles y todo ello se reflejó en el Informe Sábato, documento aterrador que volvía a demostrar, después del genocidio judío en Alemania, la capacidad de la barbarie para anidar en las membranas de una sociedad culta (y la argentina lo era en un alto grado). Sábato había presentido la malignidad y el infierno en el hosco Informe sobre ciegos que se halla en Sobre héroes y tumbas (1961) y había descrito la meteorología interna del apocalipsis en Abaddón el exterminador (1974), pero lo que encontró en su investigación desafiaba cualquier tentativa de expresión verbal que no fuera más que el neutro recuento de víctimas y crímenes.
La literatura hispanoamericana del siglo XX ha tenido mucho de esfuerzo de purificación de los tóxicos que han emponzoñado sus sociedades. La voluntad depurativa fue unida, durante la primera mitad de la centuria, a la inveterada crisis de identidad que venía arrastrándose desde el siglo XIX y que giraba en torno a la existencia de unos rasgos esenciales con los que aspiraba a definirse distintivamente cada una de las naciones. La dialéctica entre nacionalismo y cosmopolitismo, entre, por un lado, la construcción de una tradición autóctona y un «espíritu nacional» y, por otro, la apertura a Occidente y la modernidad internacional estuvo muy presente hasta mediados de siglo y para los pensadores más lúcidos (por ejemplo Octavio Paz) constituyó un motivo de reflexión incesante. El caso de España, con todas las salvedades que se quieran, no fue muy distinto, porque el campo de la actividad intelectual se movió entre el nacionalismo y la modernidad, entre la configuración de un espacio cultural propio (o varios espacios en innegable interacción, como sucedió con las letras gallegas y catalanas en los años diez, veinte y treinta y, tras un largo paréntesis, desde los sesenta, cuando, a la vez, empieza a definirse un aún muy precario espacio literario vasco) y la sincronización con la hora filosófica, artística y literaria europea. (Hubo quien, como Juan Goytisolo, tras librar alguna batalla a favor de una «literatura nacional popular», optó por subirse por su cuenta, con billete de ida, al tren de la literatura moderna menos popular y asumir la condición, como reza su última novela, de «exiliado de aquí y allá», sin abandonar por ello —antes al contrario— su compromiso moral contra los desmanes, injusticias y embelecos.) Afortunadamente se diría que, a los escritores del siglo XXI, preguntas azacaneadas como ¿qué es ser argentino, colombiano, mexicano, catalán, chileno o español?, tan inspiradoras y centrales hace décadas, hoy solo les inspiran indiferencia cuando no tedio.
El siglo XX amaneció en un jardín francés, más romántico que cartesiano, por el que deambulaban ceremoniosos Victor Hugo, Théophile Gautier y Leconte de Lisle, a los que miraban de reojo otros paseantes como Baudelaire, Rimbaud o Verlaine (Mallarmé llegaría más tarde). Cisnes y aves del paraíso se cruzaban con centauros y faunos en una naturaleza de mármol, esmalte y terciopelo pero, con una música de fondo que invitaba a la indolencia, no impedían que el viejo gusano de la identidad nacional royera las almas lánguidas de los poetas. Y es que, en efecto, a la vez que se propagaban, bajo la marca registrada de Modernismo, el formalista y plástico parnasianismo y el musical y metafísico simbolismo, aliñados con sus gotas de decadentismo d’annunziano y de prerrafaelismo macilento y medievalizante, crecía el sentimiento político de asimilación y fortalecimiento patrióticos. El modernismo completo está en el grandioso Rubén Darío: desde el responso a Verlaine, «Padre y maestro mágico, liróforo celeste» (donde se encuentra aquel alejandrino del que Lorca decía no entender más que el «que»: «Que púberes canéforas te ofrenden el acanto») al sobrecogedor «Lo fatal» de Cantos de vida y esperanza (1905): «Dichoso el árbol que es apenas sensitivo / y más la piedra dura, porque esta ya no siente» o, en el mismo libro, la «Salutación del optimista»: «Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda, / Espíritus fraternos, luminosas almas, salve!». Tanto la doctrina del «arte por el arte» que había defendido Oscar Wilde exonerando al arte de la moral, como los hervores nacionalistas tuvieron su origen en las tormentas románticas, pero iban a representar dos caminos divergentes a lo largo de todo el siglo: o el arte o la política y ni el arte político ni la política estetizada (la del fascismo, por ejemplo) engendraron más que mediocridad propagandística o terror y muerte. El mexicano Ramón López Velarde dirá en un verso: «la Patria es impecable y diamantina» y, aunque el poema al que pertenece advierta «Suave Patria: te amo no cual mito / sino por tu verdad de pan bendito», ese amor va a dirigir la acción de muchos intelectuales y va a inspirar a muchos creadores. Y algunos se deslizarán del verso o la prosa modernistas, esencialmente cosmopolitas, hacia una obra enraizada lingüística o temáticamente a la tierra, una obra destinada a construir los rasgos de identidad colectiva, a ensalzar el paisaje (los Llanos en Venezuela; la Pampa en Argentina; Castilla en España) o el paisanaje (el llanero, el gaucho, el estanciero, el castellano adusto...). Antes de que Ricardo Güiraldes hiciera cristalizar el mito del gaucho en Don Segundo Sombra, Leopoldo Lugones ya había publicado la novela La guerra gaucha (1905) y había pretendido asentar una idea de argentinidad en las conferencias de El payador. Pero estos esfuerzos por espigar (no poco inventivamente) rasgos aglutinantes de un concepto de lo nacional que luego se reinserta en el pueblo mediante la acción política no fueron privativos de Argentina, ni mucho menos (se practicó en México, Venezuela y España), pero en general su saldo último fue deficitario.
Como todo cansa, el modernismo se degradó en sonsonetes y lugares comunes. El poeta mexicano Enrique González Martínez exhortó a torcer «el cuello al cisne de engañoso plumaje», a huir «de toda forma y de todo lenguaje / que no vayan acordes con el ritmo latente / de la vida profunda» y a reemplazar el cisne decorativo por el búho sapiente, que no tendrá la gracia del otro, pero cuya pupila «se clava en la sombra, interpreta / el misterioso libro del silencio nocturno». Este búho procede del zoológico simbolista y, toda vez que el simbolismo constituye el hontanar de la lírica moderna, cabe suponer que lo que González Martínez reclamaba era una vinculación más directa con esa fuente. Al fin y al cabo, exhortaba a modernizar de una vez por todas la expresión poética.
¿Es moderna nuestra literatura?, se preguntaba Octavio Paz en 1975 ante un docto auditorio en Cambridge. Su respuesta era tan rotunda como desoladora: «Nuestra modernidad ha sido y es una mascarada». Se refería a Hispanoamérica, pero podría haber incluido la España de entonces, muy alejada ya de la España acuciosamente moderna —cuando menos en sus élites culturales— del remoto tiempo de entreguerras (1917-1936). Paz lanzaba un duro diagnóstico sobre la asimilación del ideario ilustrado en el siglo XIX y las secuelas de ello en el XX: «En Hispanoamérica esas ideas eran máscaras; los hombres y las clases que gesticulaban detrás de ellas eran los herederos directos de la sociedad jerárquica española; hacendados, comerciantes, militares, clérigos, funcionarios. La oligarquía latifundista y mercantil unida a las tres burocracias tradicionales: la del Estado, la del Ejército y la de la Iglesia. Nuestra Revolución de Independencia no fue solo una autonegación sino un autoengaño. El verdadero nombre de nuestra democracia es caudillismo y el de nuestro liberalismo es antiautoritarismo». La contundente verdad de esta sinopsis no quita que, desde los albores del siglo, escritores y artistas hispanoamericanos, forcejeando por distanciarse de las sociedades atrasadas a las que pertenecían, se empeñaran en hacer su obra en diálogo directo con las formas más avanzadas del arte y las letras europeas. Aunque ello les granjeara la descalificación de extranjerizantes o descastados. Cayó el remoquete sobre Darío y sobre Borges, sobre Huidobro y sobre Paz, sobre Xavier Villaurrutia y Salvador Novo, cayó sobre algunos poetas y prosistas del 27 y volvería a desempolvarse en los años sesenta con el boom de la narrativa hispanoamericana y la atropellada puesta en hora de las letras españolas con la modernidad interrumpida.
Los autores que en España adquirieron prestigio con los primeros bostezos del siglo XX: Unamuno, Baroja, Azorín, Antonio Machado (pero también su hermano Manuel, al que prefería Borges), Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez... consiguieron, sin hacer de ello mucho propósito (e incluso con melindres y despropósitos), ser inequívocamente modernos. Lo fue Azorín al utilizar la novela como pretexto autobiográfico, al descoyuntar sus resortes estructurales, al embutir en ella el ensayo y la reflexión metaficcional, al quintaesenciar el léxico y la sintaxis y lo fue en su fenomenología de los objetos inertes. Lo fue Valle-Inclán cuando se sacudió el sensualismo decadentista, en la causticidad política, en el expresionismo grotesco y la autoironía de Luces de bohemia y en eso mismo aplicado a la pulverización de la novela tradicional en Tirano banderas (1926), modelo de las «novelas de dictador» de Miguel Ángel Asturias (El señor presidente, 1946), Augusto Roa Bastos (Yo el Supremo, 1974) o Gabriel García Márquez (El otoño del patriarca, 1975). Y fue moderno Juan Ramón desde el crucial Diario de un poeta recién casado (1916) —y aun antes, en su alquitarado simbolismo anterior— y ya para siempre a través de su solitaria quête de la experiencia interior indecible. Incluso Antonio Machado o Baroja lo fueron, aun cuando se apoyaron en maneras algo caducas en apariencia, porque el primero encontró un cauce de expresión idóneo en la prosa ensayística del Juan de Mairena (1936) y el segundo depuró la novela realista burguesa hasta convertirla en una fórmula narrativa sobria y eficaz, desprovista de determinismos, con la que lo mismo armaba un testimonio de la crisis de valores generacional (Camino de perfección, 1902) que una impecable novela sobre la absurdidad de España y la ferocidad de la vida (El árbol de la ciencia, 1911), una fórmula concisa que iba a ganarse notables admiradores futuros, desde Ernest Hemingway a Eduardo Mendoza. Y, en fin, Unamuno, el recalcitrante autor del «que inventen ellos», Unamuno el africano, como se le llamó malévolamente, no es que fuera moderno sino que constituye uno de los escasísimos nombres españoles en el Parnaso de indiscutidos de la modernidad occidental. Su neurótica obsesión con la vida eterna no es más que un síntoma del morbo que, sin tanto aspaviento, recorrió todo Occidente cuando se supo que el trono de Dios estaba vacío y nadie ni nada ofrecía garantías más allá del último suspiro. Su no menos persistente preocupación por la personalidad humana, por el qué es cada uno de nosotros, para sí y para los otros, emplaza a Unamuno en el centro neurálgico de una modernidad acosada por la disolución de todas las cosas, por la contingencia de todo esfuerzo y la incertidumbre de toda percepción. La niebla epistemológica que embarga al hombre moderno y rodea el arte contemporáneo encuentra en Niebla (1914) una de sus mejores concreciones, así como La novela de don Sandalio, jugador de ajedrez pone en cuestión los límites de lo que creemos verdadero y lo que creamos como verdadero, que es asunto capital que también trata en una obra maestra como San Manuel Bueno, mártir. Incluso la aburrida proclama de este deslavazado arranque del siglo XXI acerca de la muerte de los géneros literarios (¿pero no pudrían tierra desde hace décadas?) podría apoyarse en un texto agenérico, que es relato, ensayo, panfleto político, glosa literaria, autobiografía, diario y no sé cuántas cosas más, que se llamó Cómo se hace una novela (1927) y hubo de publicarse en Buenos Aires porque entonces Unamuno estaba vetado en España. Y vio la luz justo un año después de que allí se idealizara la pampa en Don Segundo Sombra de Güiraldes y se novelara la urbe moderna en El juguete rabioso de Roberto Arlt.
Con todo, hubo una forma de modernidad subversiva y rebelde, indócil a las normas heredadas, inverecunda y adoradora de la gesticulación y el escándalo que fue la Vanguardia. En España brotó uno de los jayanes del vanguardismo europeo, Ramón Gómez de la Serna, pero lo hizo a deshora, como un alienígena caído por azar en Madrid. De una placenta de anarquismo, nietzscheanismo, simbolismo, parnasianismo, decadentismo y otros ismos de hacia 1900, surgió Gómez de la Serna en 1905 con un libro olvidable, Entrando en fuego, y reclamó la atención en 1909 traduciendo el Manifiesto futurista de Marinetti y firmando una proclama futurista para españoles. Aquello debió de parecer a los pocos que lo leyeron en la revista Prometeo un capricho de niño bien y solo a fuerza de bastantes años y un ingente trabajo lograría el escritor ser admitido en España como un autor estimable, tras dar a luz en parto múltiple, en 1917, tres libros a cuál más rupturista: Greguerías, Senos y El circo, a los que siguieron meses después la amenísima crónica de su tertulia Pombo, las prosas de El alba y la miscelánea Muestrario (1918), que dirige a los parias del mundo maltratados por los señoritos y donde postula un desajuste de la realidad, la desobediencia de las normas, la sospecha de las ideas recibidas porque «toda verdad es sospechosa». Aunque Ramón (se hacía llamar así, por antonomasia, en un tiempo en que no faltaban conspicuos Ramones, como Menéndez Pidal, Valle-Inclán o incluso Pérez de Ayala) tuvo una influencia vastísima y profunda en toda la literatura hispánica de los años veinte y treinta, fue en Francia (a través de Valéry Larbaud) donde empezó a prestársele una singular atención.
El vanguardismo de ley llegó en 1918 de la mano del chileno Vicente Huidobro, que llevaba varios años defendiendo su credo particular, el Creacionismo, en Chile, Buenos Aires y París: autonomía del arte respecto a la naturaleza, a la que no le debe ya tributo de imitación (Non serviam, había proclamado en 1914, como el ángel caído ante Dios), divinización del poeta, capaz de crear lo inexistente por la fuerza genésica de su palabra («El poeta es un pequeño Dios», había sentenciado en su «Arte poética» en 1916) e intelectualización del ejercicio literario, con la implícita repulsa del sentimentalismo: «El vigor verdadero / reside en la cabeza». De Francia traía no solo una doctrina sino una agenda de contactos que incluía a popes del esprit nouveau como Guillaume Apollinaire, Pierre Reverdy, Jean Cocteau, Max Jacob, el dadaísta Tristan Tzara, los futuros surrealistas André Breton, Louis Aragon, Paul Éluard o pintores como Max Ernst, Juan Gris, Francis Picabia, Jacques Lipchitz... Huidobro llegaba para predicar su buena nueva entre los jóvenes poetas españoles, pero solo consiguió dos prosélitos fieles, eso sí, de suprema solvencia, Gerardo Diego y Juan Larrea. Los otros andaban enredando en tertulias y cafetines, mezclados con bohemios y sablistas, repartidos entre dos patrocinios rivales, el de Gómez de la Serna y el de Rafael Cansinos Assens, y vagamente identificados con la confusa bandera del Ultraísmo. Aquello del Ultra duró poco (en 1924 era agua pasada), fue de cosecha magra pero muy fecundo en entusiasmos, chisporroteos metafóricos y talentos que irían encontrando su camino: Guillermo de Torre iba a ser el madrugador cronista de la Vanguardia en Literaturas europeas de vanguardia (1925), muy cernido de exaltaciones y asentado con amplia erudición en las páginas de Historia de las literaturas de vanguardia (1965); Antonio Espina se convertiría en un hombre de letras polifacético (periodista, narrador, poeta, crítico literario, traductor y espléndido biógrafo); otro tanto ocurriría con Juan Chabás, que añadió a esas dedicaciones la de historiador de la literatura antes de la guerra y en su exilio en Cuba; o con Rogelio Buendía y Mauricio Bacarisse y Rosa Chacel... O con Jorge Luis Borges, que en 1919 había fungido de ultraísta en Sevilla, colaborando en la revista Grecia con un ardor que en 1920 trasladaría a Madrid —adonde se mudó su familia— para conocer allí a Ramón, al que habría de ser su cuñado Guillermo de Torre, y para sellar con Rafael Cansinos Assens un pacto de lealtad pupilar a todas luces exagerado. El mismo Borges, una vez regresara todo el clan familiar a Argentina en 1921, trasplantaría allí la fe ultraísta, nucleada en torno al sortilegio creador de la metáfora, y promovería revistas como Prisma o Proa y arrebatos renovadores.
Mientras en España iniciaban su ascensión los poetas como Pedro Salinas o Jorge Guillén, educados en el rigor de Juan Ramón («¡Intelijencia, / dame el nombre exacto de las cosas»!, reza un famoso poema de Eternidades, 1918) y atraídos por los fulgores de las rupturas vanguardistas, al otro lado del Atlántico surgía un vanguardismo, exaltado como todos, pero muy activo y preñado de nuevas ideas. En México estallaba en 1921 el Estridentismo de Manuel Maples Arce con una pegada de carteles en las calles de Puebla al pie de los cuales se leía un «Directorio de Vanguardia» con decenas y decenas de nombres encabezado, en este orden, por Cansinos Assens, Gómez de la Serna, Lasso de la Vega, Guillermo de Torre y Borges. Y la llama que este había exportado a Buenos Aires encontró un inesperado acelerante en la personalidad magnética de Macedonio Fernández, el escritor ágrafo por excelencia, y en las fogosas rebeldías juveniles que tan bien representaron Evar Méndez y Oliverio Girondo, fundadores de la revista Martín Fierro en 1924. Las palabras de Girondo al frente del número inaugural convocan los afanes de quienes «sean capaces de percibir que nos hallamos en presencia de una nueva sensibilidad y de una nueva comprensión» a través de los que «nos descubre panoramas insospechados y nuevos medios y formas de expresión». Pero la novedad duradera no iban a anunciarla los Veinte poemas para ser leídos en el tranvía (1922) de Girondo, sino los Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924) de Pablo Neruda, y ante todo iba a llegar, el mismo año 1922, en la bravura moral y lingüística, en la palabra incandescente del peruano César Vallejo en Trilce, si bien ya se había dejado oír en Los heraldos negros (1918): «Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé! / Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, / la resaca de todo lo sufrido / se empozara en el alma... Yo no sé!». Y en el crisol cubano, poetas como Mariano Brull y Nicolás Guillén ponían a bailar el idioma, como harán luego otros cubanos verbilindos y verbirrotos como José Lezama Lima o Guillermo Cabrera Infante. «Filiflama alabe cundre / ala olalúnea alífera / alveolea jitanjáfora / liris salumba salífera», escribirá Brull (y Alfonso Reyes le tomó uno de los neologismos, jitanjáfora, para denominar a estas diabluras poéticas), y Nicolás Guillén acompasaba el ritmo y la fonética de sus versos a los cantos africanos: «Yoruba soy, lloro en yoruba / lucumí. / Como soy un yoruba de Cuba, / quiero que hasta Cuba suba mi llanto yoruba; / que sale de mí». El mismo sentimiento de africanidad que inspiraba en 1933 a Alejo Carpentier ¡Écue-Yamba-Ó! (Abalado sea el señor, en yoruba). Los aires vanguardistas transatlánticos convivían con el viaje hacia el fondo de la historia, hacia las raíces, con el viaje a la geología y a la genealogía. Futuro y primitivismo.
El esplendor y la altura de la literatura hispánica en las décadas de los veinte y treinta resultan asombrosos. El laboreo de Huidobro, Vallejo, Gabriela Mistral (Desolación es de 1922), Neruda, Borges (Fervor de Buenos Aires es de 1923), Girondo, de los mexicanos cosmopolitas del grupo «Contemporáneos», Xavier Villaurrutia, José Gorostiza, Salvador Novo, Gilberto Owen o Jorge Cuesta... es coetáneo del duende sombrío y carnal de Federico García Lorca y de las aleluyas populares de Rafael Alberti y de la lírica geométrica y prístina de Jorge Guillén o de los humorismos maquinistas de Pedro Salinas y de José Moreno Villa, Dámaso Alonso... Y seguirán participando todos de un prodigioso y virtual parlamento poético cuando Huidobro revise el mito del poeta mesiánico en Altazor (1931) y Vallejo escriba con sangre los Poemas humanos que solo se publicarán póstumamente en 1938, y Borges vaya dejando atrás su querencia por los suburbios bonaerenses y por los compadritos para preferir el ensayo breve, y Neruda, cónsul en Madrid, preconice una «poesía impura como un traje, como un cuerpo, con manchas de nutrición y actitudes vergonzosas» desde su revista Caballo verde para la poesía (1935) y Lorca cante la angustia vertical de Nueva York o Alberti la angustia empozada de los abismos interiores en Sobre los ángeles (1929) o Salinas enseñe, en La voz a ti debida, que los amantes se llaman, todos y cada uno, «tú» y «yo»: «Qué alegría más alta: / vivir en los pronombres!». La densidad demográfica del genio literario en aquella época hace imposible ofrecer una síntesis plausible, porque junto a los citados han emergido con inusitada potencia la voz airada de Luis Cernuda («Diré cómo nacisteis, placeres prohibidos, / Como nace un deseo sobre torres de espanto...») y la voz ronca y hormonal del más joven Miguel Hernández («Como el toro he nacido para el luto / y el dolor, como el toro estoy marcado / por un hierro infernal en el costado / y por varón en la ingle con un fruto»), y la trepidación sorda de Vicente Aleixandre («La palabra, la palabra, la palabra, qué torpe vientre hinchado») y Emilio Prados y Manuel Altolaguirre y Eugenio Florit y Francisco Luis Bernárdez. Junto a ellos, respirando la misma atmósfera de incitaciones intelectuales y perplejidad histórica, ensayistas como el madrileño José Ortega y Gasset, el mexicano Alfonso Reyes, el peruano Carlos Mariátegui o el catalán Eugenio d’Ors están haciendo —como decía Ortega— precisión con el pensamiento.
Pero ni la poesía ni la prosa ensayística fueron toda la historia. Como Alberti, muchos narradores podrían haber proclamado: «Yo nací —¡respetadme!— con el cine», pero también podrían haber declarado, con el poeta ecuatoriano Jorge Carrera Andrade, «Nací en el siglo de la defunción de la rosa / cuando el motor ya había ahuyentado a los ángeles». En efecto, la magia del cine y la imagen, la retórica de la fragmentación (el découpage) y el montaje iban a condicionar el arte narrativo del siglo XX, pero también lo iba a determinar el éxodo de los ángeles, el combate del lirismo sentimental y empalagoso de lunas y crepúsculos (échese un vistazo a Lunario sentimental de Leopoldo Lugones y Crepusculario de Neruda). Los nuevos tiempos venían auspiciados por una estrella intelectual, el cerebro sustituía al corazón y la razón designadora y diseñadora asumía un control que nunca pasó de ser un proyecto denodado y tal vez necesario. Las novelas de Ramón Pérez de Ayala, escritas en una prosa de columnas dóricas, impiden la empatía del lector, mientras que las de Gabriel Miró, deslumbrantes de luces, colores y olores, embriagadas de formas y matices, no pueden ocultar que son hijas de un difícil matrimonio entre una inteligencia dominadora y una sensualidad irreprimible. En unas y en otras el argumento queda aplastado y le falta la respiración, pero eso no las menoscaba sino que requiere del lector una disposición distinta, una atención más refinada y paciente... Por eso las narraciones vanguardistas —que se llamaron «deshumanizadas» por pereza— fueron impopulares, porque rezumaban cálculo y un lirismo racionalista inmediatamente transformado en ingeniosas metáforas. Además, claro, de hacer añicos el soporte narrativo que brindaba la novela realista del siglo XIX (es fácil imaginar que Galdós fue mercancía averiada aquellos años, aunque muchos lo leyeran de tapadillo). Las ficciones de Ramón Gómez de la Serna, Benjamín Jarnés, Antonio Espina, Pedro Salinas, Rosa Chacel, Francisco Ayala, Max Aub o las del mexicano Jaime Torres Bodet... llevaban demasiado lejos su desafío a los hábitos del lector y en su inhibición política resultaron sospechosas, cuando el mundo se alborotó, de connivencia con los intereses conservadores de las clases medias... Pasada la guerra, la mayoría, en el exilio, rectificaría esa poética y, aun conservando un concepto arriscado de la escritura literaria, cultivarían formas de narración reconciliadas con una trama clara o elucidable y mostrarían una expresa inquietud por el incierto destino humano..., como Gómez de la Serna en la apesadumbrada novela El hombre perdido (1947), Salinas en La bomba increíble (1951), Francisco Ayala en Los usurpadores (1949) o Muertes de perro (1959), o Max Aub en el ciclo El laberinto mágico o Rosa Chacel en La sinrazón (1960), que fue la que perseveró en una fórmula desrealizadora más hermética (por fidelidad a su maestro Ortega y Gasset). Todos estos títulos se publicaban en el exilio, para un público a priori inexistente («¿Para quién escribimos nosotros?», se preguntaba Ayala en un certerísimo artículo en 1949, poniendo el dedo en la llaga de los escritores españoles de la diáspora). A ese mismo público fantasma se dirigían narraciones espléndidas, indefectiblemente evocativas —cuando no autobiográficas de par en par— de la infancia y la juventud irrecuperables, pegadas como una piel quemada al suelo del país dejado atrás: La forja de un rebelde (1952) de Arturo Barea, los varios tomos de Crónica del alba (1942-1966) de Ramón J. Sender, Los pasos perdidos de Corpus Barga, El diario de Hamlet García (1944) de Paulino Masip, El cura de Almunacied (1950) de José Ramón Arana, y tantas obras del mismo Sender (como su rotundo Mosén Millán de 1953, luego retitulado Réquiem por un campesino español), de Manuel Andújar o Segundo Serrano Poncela.
Esas obras, que miran —¿podían no hacerlo?— al pasado de forma interrogativa, con rabia o nostalgia que no entorpecen la lucidez exiliada, compartían el mercado con otras en las que era posible adivinar el rumor tumultuoso de la literatura venidera. Podía ser la «antipoesía» de Nicanor Parra de Poemas y antipoemas (1954), conectada con la calle y sus prosas y rosas marchitas, o la magna poesía sin adjetivos de Octavio Paz, recorrida por relámpagos surrealistas, por los mitos, por la historia, por la reflexión sobre la propia poesía, desde la primera salida de Libertad bajo palabra (1949; como Guillén con Cántico o Cernuda con La Realidad y el Deseo, Paz iría ampliando y rehaciendo el libro en sucesivas ediciones): «Contra el bullicio y el silencio, invento la palabra, realidad que se inventa y me inventa cada día», afirma en el pórtico del libro. Precisamente Paz, que siempre defendió la ineluctable unidad de la literatura hispánica, fue uno de los cuatro poetas que, en México y en 1941, resolvieron antologar la «poesía moderna en lengua española» en un libro que se llamó Laurel (en préstamo de Lope de Vega: «presa en laurel la planta fugitiva») y cuya factura compartió con los españoles exiliados Emilio Prados y Juan Gil-Albert y el mexicano Xavier Villaurrutia. Este, en su prólogo, observaba cómo los poetas de las dos orillas no se habían dejado seducir por el más blando irracionalismo, aun habiendo asimilado sus posibilidades, sino que «se mantienen —aun dentro del sueño— en una vigilia, en una vigilancia constantes». Vigilia y vigilancia en Parra, Paz, Lezama Lima y en tantos poetas posteriores, como atestigua otra antología, inspirada en los mismos presupuestos que Laurel, destinada a cubrir la segunda mitad del siglo y elaborada también por dos poetas españoles (Andrés Sánchez Robayna y José Ángel Valente) y dos hispanoamericanos (Eduardo Milán y Blanca Varela), que se tituló Las ínsulas extrañas (2002).
En aquel mercado latinoamericano de los años cuarenta en que apareció Laurel y la obra de los exiliados republicanos, también estaban ocurriendo importantes novedades en la prosa narrativa. Podía ser el intento de novela total de Leopoldo Marechal en Adan Buenosayres (1948) o la mezcla de existencialismo y psicología siniestra en El túnel (1948) de Ernesto Sábato, pero sobre todo eran los cuentos eruditos y metafísicos de Borges en El jardín de los senderos que se bifurcan (1941), integrados en 1944 en Ficciones, donde suele colocarse el mojón del kilómetro cero de la literatura metaficcional llamada posmoderna. Y eso a pesar de que el recurso de buscarle refugio a la ficción literaria en el comentario sobre lo ya escrito, en la glosa o reseña imaginaria, ya lo había practicado Borges, siguiendo el punto de fuga de muchos estímulos convergentes (entre los que figuran Cansinos Assens y Macedonio Fernández), en «El acercamiento de Almotásim», un relato colado de rondón entre los ensayos de Historia de la eternidad (1936). Pero el gusto por la lucubración, por las tramas con enigma y laberinto, el desprecio del psicologismo y las ironías sobre la consistencia ontológica de la realidad fue también una debilidad de un íntimo amigo suyo, Adolfo Bioy Casares. Cuando este publicó, en 1940, su novela fantástica La invención de Morel, Borges le regaló un prólogo laudatorio en el que celebraba el perfecto ajuste de trama y lenguaje, la condición de artefacto (término muy de su agrado) irreprochable. La dirección hacia el género fantástico de cierta literatura hispanoamericana contribuyó a señalarla la Antología de la literatura fantástica que ellos mismos elaboraron en 1946 con Silvina Ocampo (esposa de Bioy desde 1940 y hermana menor de Victoria Ocampo, la fundadora en 1931 de la revista Sur). Solo cinco años después, en 1951, aparecía Bestiario, el primer libro de cuentos de Julio Cortázar, el más genial de los cultivadores del género, en el que la huella de Borges —palmaria— se entreveraba con los azares del surrealismo y ciertas aflicciones existencialistas. Y al año siguiente, 1952, el mexicano Juan José Arreola concitó la admiración y el asombro con los textos breves, humorísticos y fantásticos de Confabulario, una miscelánea brillantísima donde cabían fábulas, poemas en prosa, microrrelatos, apólogos, relatos realistas e irrealistas, en fin, un muestrario soberbio de la versatilidad creativa de este prosista escrupuloso y a ratos sardónico.
Aún no estaba madura la marea de nuevos talentos que en España se promocionó (bajo la égida astuta del editor Carlos Barral) como el boom de la novela hispanoamericana. Sin embargo, la remoción de las formas narrativas periclitadas hacía mucho que se había puesto en marcha, y no solo por obra de Borges, que en 1949 daba otro libro fundamental, El Aleph, y Bioy Casares, que más discretamente publicaba en 1954 El sueño de los héroes, sino de escritores entonces más secretos como el uruguayo Juan Carlos Onetti, que en 1950 demostraba en La vida breve cómo podía armarse una narración turbia y desasosegante, entre Faulkner y Kafka, en la que todo rezuma ambigüedad y fracaso. Quizás algunos lectores privilegiados habían reconocido al autor de El pozo (1939), pero la mayoría iba a descubrir a Onetti en sus ficciones asfixiantes situadas en la decadente ciudad portuaria de Santa María, El astillero (1961) y Juntacadáveres (1964). A las obras de Arreola y Cortázar que los acreditaban como cuentistas extraordinarios debían añadirse por entonces dos delgados libros que bastaron para encumbrar a su autor entre los más grandes escritores hispanoamericanos, casi de inmediato y sin que se haya movido de ese lugar con el más de medio siglo transcurrido. Me refiero a Juan Rulfo, autor de los cuentos de El llano en llamas (1953) y la novela corta Pedro Páramo (1955). Rulfo resumía múltiples sabidurías en un puñado de páginas: ahí estaba toda la literatura generada por la Revolución mexicana, ahí también la narrativa indigenista y regionalista, ahí las conquistas técnicas de la narrativa moderna y, de manera destacada, la imaginación telúrica y violenta de William Faulkner, pero también la mitología griega, el Hades que es Comala y el Orfeo sin canto que es Juan Preciado, y la dimensión tanática de la cultura rural mexicana, cuya habla estiliza Rulfo para fraguar un español prodigiosamente expresivo. Cuando en 1994 apareció por fin una traducción inglesa íntegra y rigurosa de Pedro Páramo, Susan Sontag no tuvo empacho en afirmar que no solo era «una de las obras maestras de la literatura universal en el siglo XX, sino uno de los libros más influyentes del siglo».
La Comala mítica de Rulfo tenía poco que ver con el afán por describir la naturaleza indomeñable de la selva americana o la oposición entre barbarie y civilización, tan comunes en narradores regionalistas como José Eustasio Rivera en La vorágine (1924), Rómulo Gallegos en Doña Bárbara (1929), Ricardo Güiraldes en Don Segundo Sombra (1926), Jorge Icaza en Huasipungo (1931) o Ciro Alegría en Los perros hambrientos (1938). Los tópicos cristalizados en estas obras y otras semejantes, que se remiten a la obra pionera de Horacio Quiroga y se prolongan en novelas de Mario Vargas Llosa (La casa verde, 1966) y Alejo Carpentier (Los pasos perdidos, 1953), aquí están ausentes o transmutados en materia universal, en arquetipos y valores intemporales, en miedos y deseos consustanciales al barro del que está hecha la humanidad. Tampoco guardaba la obra de Rulfo ninguna relación con «la expresión americana», por lo menos tal como la teorizó Alejo Carpentier, que le consagró en 1957 un ensayo fundamental. Y es que si para el cubano «solo lo difícil es estimulante», este axioma de la estética barroca (válido para otro cubano, José Lezama Lima) no era de aplicación a Juan Rulfo, aunque sí constituiría una clave para un conjunto de nuevos creadores al filo de los años sesenta.
De hecho, la prosa suntuosa de Carpentier, su léxico y sintaxis lujuriantes, y su concepción de lo que había de ser la novela hispanoamericana trazan un camino doble por el que discurrirán muchos novelistas: el del barroquismo estilístico y estructural y el de unas historias emplazadas en un mundo donde el prodigio forma parte de la cotidianidad. Frente a la decadente Europa, donde se había buscado lo maravilloso «a través de trucos de prestidigitación», como hizo el surrealismo, en América la maravilla forma parte de la naturaleza y solo hay que abrir los ojos para contemplarla y describirla. Lo que en Europa se persigue a través de la visión alucinada o los sueños, en América se ofrece en la misma realidad. Por esta razón, la expresión americana debe consistir en una forma de realismo que consigne la maravilla, un «realismo mágico» que dé cuenta de lo «real maravilloso», por medio del cual, además, el escritor dé cumplida satisfacción a su compromiso social y político (en clara réplica a la doctrina del compromiso defendida por Sartre). Estas ideas, expuestas por Carpentier en el prólogo a su novela El reino de este mundo (1949) y posteriormente en numerosas oportunidades, sustentan sus impresionantes novelas Los pasos perdidos (1953) y El siglo de las luces (1962). Solo el guatemalteco Miguel Ángel Asturias puede comparársele en ambición y logros. También Asturias quiso escarbar en las raíces mayas y quichés de la cultura centroamericana, espoleado por sus estudios etnográficos en la Sorbona en los años veinte, y recreó el universo fabuloso de los mitos mayas en Leyendas de Guatemala (1930), pero no es hasta Hombres de maíz (1949) cuando cuaja una obra complejísima, de profundas resonancias mitopoéticas que envuelven toda la historia de su pueblo, desde los más remotos orígenes hasta la actualidad, una obra cosmogónica y proteica que rivaliza con el Popol Vuh, el libro sagrado de los mayas que el propio Asturias tradujo en 1927, pero que está escrita con procedimientos de rabiosa vanguardia.
Con estos precedentes, nada tiene de extraño, pues, que a finales de los años cincuenta se produjera la eclosión de un grupo de narradores cuyo talento, inventiva y vigor lingüístico causarían, en la arrugada España que celebraba como gloria a Camilo José Cela y en la que se rastrillaba una literatura realista paupérrima en lo formal y atiborrada de buenas intenciones políticas, un estado de alarma general (con algo de recelo ante la competencia). Suele repetirse que el boom estalló en 1963, cuando La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa obtuvo el Premio Biblioteca Breve. Y, en cierto modo, así fue, aunque Vargas Llosa ya tenía publicado en Barcelona el volumen de relatos Los jefes (1959) y aunque de los maestros anteriores (Borges, Sábato, Asturias, Carpentier...) se venía hablando desde hacía algunos años. En 1961 había publicado Gabriel García Márquez El coronel no tiene quien le escriba, cuando faltaban seis años para que Carlos Barral rechazara Cien años de soledad y esta apareciera al fin en Buenos Aires. Y aun antes, en 1958, el chileno José Donoso y el mexicano Carlos Fuentes habían publicado sus primicias novelísticas, Coronación y La región más transparente, aunque serían textos posteriores los que les proporcionarían relevancia, en especial a Fuentes a partir de La muerte de Artemio Cruz (1963). Fue el año de una novela heteróclita y fetiche para la generación de los sesenta: Rayuela, de Julio Cortázar, una historia de triste desamor entre un intelectual argentino descolocado e inútil y una mujer desencantada e incomprendida, la Maga, en un París lluvioso donde suena un aire de jazz inacabable y donde la literatura es un estupefaciente que alivia pero no cauteriza las heridas. Pero Rayuela (lo dice su título) era también un juego, el de ir componiendo distintas novelas a base de saltar de una casilla (un capítulo) a otra, en una burla manifiesta de la linealidad de la narración convencional. Esa misma ejecución lúdica de la escritura, más un fastuoso malabarismo verbal le valió en 1964 al cubano Guillermo Cabrera Infante el Premio Biblioteca Breve por Tres tristes tigres, aunque la novela no vería la luz hasta 1967. Justo un año después de que otro compatriota ya veterano, José Lezama Lima, diera a la estampa Paradiso, la novela que venía urdiendo desde los años cuarenta (y la había anticipado en las páginas de su revista Orígenes) y en la que culminaba su poética del barroco tropical, arborescente y hermético. Un tour de force desarmante.
Esta catarata de novedades contrastaba lúgubremente con el panorama de racionamiento de las letras españolas desde 1939. El clasicismo poético de los años cuarenta, roto por clamores de desgarro, como Hijos de la ira (1944) de Dámaso Alonso, o por evasiones a un paraíso de felicidad destruido como Sombra del Paraíso (1944) de Vicente Aleixandre, se fue llenando de lamentos religiosos (que algo tenían de sublimación de quejas menos metafísicas) como los de Blas de Otero en Ángel fieramente humano («Luchando, cuerpo a cuerpo, con la muerte, / al borde del abismo, estoy clamando / a Dios. Y su silencio, retumbando, / ahoga mi voz en el vacío inerte») y Redoble de conciencia (reunidos en Ancia, 1950-1951), donde sin embargo se inicia un giro solidario hacia los hombres que sufren y los oprimidos («Porque vivir se ha puesto al rojo vivo / [...] / Porque escribir es viento fugitivo, / [...] / Vuelvo a la vida con mi muerte al hombro, / abominando cuanto he escrito: escombro / el hombre aquel que fui cuando callaba»). Porque en los años cincuenta los poetas españoles han resuelto no callar y convertir su voz, aclarada de retóricas confusas, en mensaje recto e incriminatorio. Sin esperanza, con convencimiento, como reza un libro de Ángel González de 1961, poetas como él, como Gabriel Celaya, Otero, José Ángel Valente, José Agustín Goytisolo o Jaime Gil de Biedma, pugnaron por la libertad y la justicia con la endeble arma del verso, a la vez que los jóvenes narradores hacían lo propio con la novela, aunque sacrificando en mayor medida que los poetas la elaboración estilística de sus obras, como sucedió en Central eléctrica de Jesús López Pacheco, La mina de Armando López Salinas o La zanja de Alfonso Grosso (todas entre 1958 y 1962). Otros supieron mantener un mayor equilibrio entre el compromiso político, convertido en crítica social más o menos incisiva, y el cuidado en la construcción de la novela, aun respetando el mandamiento de objetivismo narrativo que parecía entonces inquebrantable: fue el caso de Juan Goytisolo en Duelo en el paraíso (1956) o en El circo, Fiestas y La resaca (1957-1958), pero sobre todo fue el de Juan García Hortelano en Nuevas amistades (1959) y Tormenta de verano (1962), y el de Jesús Fernández Santos en Los bravos (1954) o Ignacio Aldecoa en el díptico que forman El fulgor y la sangre (1954) y Con el viento solano (1956) y en sus cuentos memorables. Y, desde luego, Carmen Martín Gaite, que en su primera novela, Entre visillos (1958), ponía un espejo delante del empobrecimiento y falta de porvenir de la vida provinciana española. Un par de años antes, su esposo Rafael Sánchez Ferlosio había ganado el Premio Nadal con El Jarama (1956), pieza clave del realismo objetivista y obra maestra tout court que rompía la desnutrición literaria de la novela social con una prosa iluminada por fogonazos de lirismo y sugerencias metafóricas y con una historia que bajo su anodida superficie escondía una radiografía poco lisonjera de la juventud crecida bajo el franquismo. Y puestos a romper, El Jarama también rompía la expectativa de quienes habían leído su primer libro, Industrias y andanzas de Alfanhuí (1951), un relato encantador rebosante de fantasía (la maravilla que puebla la mente infantil), reminiscente de las aventuras picarescas y escrito con una prosa de muchos quilates poéticos. Pero Ferlosio, que tras El Jarama se enrocaría en un obstinado silencio narrativo durante veinte años (hasta El testimonio de Yarfoz en 1986), había de dejar atónitos a muchos renaciendo, en 1974, con Las semanas del jardín, como un ensayista extraordinario.
Todos aquellos jóvenes narradores, privados por el exilio o la censura del conocimiento de la literatura española más renovadora de antes de la guerra, hubieron de buscar con un candil y sin brújula sus referentes. Dentro de España funcionaban como tales Camilo José Cela por La colmena (1951) —y no tanto por La familia de Pascual Duarte, de 1942, que sin embargo alentó la estética truculenta del «tremendismo»—, Carmen Laforet por Nada (1944), en cuya juventud y talento se miraron escritoras como Ana María Matute o Carmen Martín Gaite, y Miguel Delibes, que cuajó su primer gran libro en El camino (1950). Las tres novelas cuentan entre lo más granado de la cosecha novelística de la alta posguerra y las tres, cada una a su modo, reflejan la precariedad económica y moral de la vida española tras la guerra, en la ciudad y en el campo. Cada uno de esos autores tomaría un rumbo distinto: Cela el de una obra de escasa complexión narrativa muy fiada en el lucimiento de su prosa, en una estética expresionista de chafarrinón y en la visión desgarrada, primaria y nihilista del mundo (movido por el sexo y la violencia); Laforet prefirió la inhibición y durante muchos años no volvió a las librerías y cuando lo hizo, madurada como escritora, apenas se le hizo caso; Delibes fue afirmando una narrativa paulatinamente más crítica con la España franquista y también más depurada técnicamente (en Las ratas de 1962 o en Cinco horas con Mario de 1966) que lo convirtió en el gran novelista español de su generación. Gonzalo Torrente Ballester podría haber figurado entre los referentes citados, pero la suerte no acompañó sus muchos títulos hasta La saga/fuga de J.B. (1972) y obras excelentes como su irónico Don Juan (1963) o la trilogía realista de Los gozos y las sombras (1957-1962) pasaron sin hacer ruido.
Quien sí lo hizo fue, en 1962, un psiquiatra llamado Luis Martín Santos con la novela Tiempo de silencio. Echando mano de todos los recursos literarios a su alcance, muchos importados del Ulises de Joyce, fragmentando el texto en secuencias casi cinematográficas, poniendo en berlina, tácitamente, la austeridad literaria de la novela realista de obligado cumplimiento, Martín Santos narraba el estrepitoso fracaso de un médico (un intelectual) al intervenir en la realidad para mejorarla y no obtener sino su propia ruina y la de quienes lo rodean. Martín Santos se mofaba de la inoperancia política de los escritores que creían poder modificar la situación social o económica de los proletarios con una novela o un puñado de poemas y, de paso, hacía una exhibición de creatividad formal y virtuosismo idiomático. Tiempo de silencio parodiaba el realismo social con un sarcasmo que Juan Marsé empleará a espuertas en Últimas tardes con Teresa (1966) como ningún otro. Porque los otros Juanes (la nueva novela española de los sesenta tiene su más firme sustentación en tres Juanes: Goytisolo, Benet y Marsé) prefirieron desdeñar implícitamente el realismo testimonial o cancelarlo como una etapa de ingenuidad literaria. El desdén lo administró Benet en Volverás a Región (1967) —y lo argumentó en el ensayo La inspiración y el estilo (1965)—; la cancelación la llevó a cabo Goytisolo en Señas de identidad (1966), y ambas fueron novelas de extraordinaria ambición y trascendencia con las que se apostaba por una literatura no adocenada, consciente de su encarnadura lingüística, incitadora para la inteligencia y sensibilidad del lector, incisiva en la revisión del pasado histórico próximo (Benet examinaba las brechas abiertas en muchos españoles por la Guerra Civil y Goytisolo se encaraba con el deslucido papel de los intelectuales antifranquistas). Desde entonces, Benet y Goytisolo representaron sendas formas de dignidad literaria insobornable, dos ejemplos (muy distintos, desde luego) de compromiso a ultranza con la escritura como vía de conocimiento.
Aquella década de los sesenta, además, había supuesto un despertar de la literatura catalana, que había subsistido gracias a la ejecutoria de los maestros procedentes de la preguerra, en especial los poetas Carles Riba, Salvador Espriu (La pell de brau [La piel de toro] es de 1960), Josep Vicenç Foix, que reúne sus Obras poéticas en 1964, Joan Oliver, o prosistas como Josep Pla (su Quadern gris sale en 1966), Llorenç Villalonga (Bearn o la sala de nines vio la luz en 1961, aunque la versión castellana es de 1956) y Mercè Rodoreda, que en 1962 publicaba La plaça del Diamant. A ellos se agregaron poetas algo más jóvenes como Joan Vinyoli, Josep Palau i Fabré, Vicent Andrés Estellés o el industrioso Joan Brossa, inagotable experimentador con las imágenes y las palabras, o Gabriel Ferrater, magnífico poeta del desencanto cotidiano en los tres libros que reunió en Les dones i els dies (1968). Y narradores como Joan Perucho, enciclopedista taimado y socarrón, autor en 1960 de unas Històries naturals que tenían de todo menos naturalidad (se trata de una fábula de vampiros); Joan Sales, que en 1969 veía publicada al fin completa su novela sobre la guerra Incerta glòria (la edición de 1956 había sido mutilada), o como Pere Calders, que aún exiliado en México publica los cuentos transgresores, entre fantásticos y humorísticos, de Cròniques de la veritat oculta (1955), aunque solo en los años ochenta Calders obtendría reconocimiento merecido.
Y tales novedades eran simultáneas al desembarco de los escritores latinoamericanos con su inagotable cornucopia de sorpresas. En la desfavorable comparación entre la fecundidad, el impulso renovador, la complejidad estructural, imaginación argumental y riqueza expresiva de la narrativa hispanoamericana y la indigencia de la española muchos hubieron de aleccionarse, máxime cuando aquella literatura provenía de países que no gozaban de mayores libertades ni holguras que España, sometidos casi secularmente a regímenes dictatoriales. Rayuela, Sobre héroes y tumbas, Tres tristres tigres, La casa verde o Cien años de soledad fueron libros revulsivos que alteraron el curso de la narrativa en español. Es cierto que coincidían con el quehacer discreto de algunos creadores como el gallego Álvaro Cunqueiro o los citados Calders y Perucho, o el Alfanhuí de Ferlosio o con algunos títulos de Ana María Matute..., pero, a vista de pájaro, la literatura venida de América desentumeció y despabiló la narrativa peninsular y contribuyó a configurar un mercado y un auditorio únicos. Desde entonces es difícil hablar de una novela española o colombiana o argentina o venezolana porque todas comparten unas amplias zonas de intersección donde circulan libremente las influencias y, claro, los rechazos.
No puede afirmarse lo mismo de la poesía, que tiende a discurrir por cauces más estrechos y modestos. Sí, el Canto general (1950) de Neruda fue leído copiosamente, pero no así Libertad bajo palabra o ¿Águila o sol? (1957), de Octavio Paz, más intensos en su lirismo, menos aullados, que se leyeron por cuenta —o a la zaga— del ensayista de El arco y la lira o Los hijos del limo (1974), ni la poesía de Borges, que se reunió por primera vez en Obra poética (1964), ni, con más razón, la poesía de Nicanor Parra, Emilio Adolfo Westphalen, Jorge Eduardo Eielson, Gonzalo Rojas, Cintio Vitier, Roberto Juarroz, Carlos Germán Belli, Enrique Lihn, Blanca Varela, José Emilio Pacheco o Juan Gelman, y la relación de grandes poetas latinoamericanos que habían publicado libros en los cincuenta y sesenta podría continuar y nos acercaría hasta el fin del siglo, cuando Rojas, Varela, Gelman, Pacheco o Parra han recibido prestigiosos reconocimientos (por ejemplo, los Premios Cervantes de 2003, 2007, 2009 y 2011 a Rojas, Gelman, Pacheco y Parra, respectivamente, y el Reina Sofía de Poesía Iberoamericana de 2007 a Varela o el de 2012 a Ernesto Cardenal). El influjo de Darío, Huidobro, Vallejo y Neruda es común a casi todos ellos, pero también fueron estos poetas minuciosamente leídos en España —lo que no significa imitados— por Claudio Rodríguez, José Ángel Valente, Celso Emilio Ferreiro, Carlos Barral, José Manuel Caballero Bonald o Gabriel Ferrater. Y también por los poetas más jóvenes, surgidos en las postrimerías de los sesenta, ansiosos de nutrientes foráneos, aburridos de tanto engagement y tanto prosaísmo didáctico y tanta gabela política, lectores políglotas, cinéfilos, cultos y jocundos, los denominados «novísimos», entre los que militaban Pere Gimferrer, Guillermo Carnero, José Miguel Ullán, Antonio Martínez Sarrión, Manuel Vázquez Montalbán y Félix de Azúa. Porque ellos empezaron por leerlo todo, escuchar toda la música, ver todo el cine y toda la pintura y, en la embriaguez culturalista, hacer ostentación de esa turbamulta de referencias a través de citas, pastiches, parodias, collages, juegos polifónicos y probaturas con distintos códigos y estéticas, desde el modernismo sensualista al surrealismo visionario, desde la poesía pura hasta la elegía latina o la copla y la tonadilla. Ya en los años setenta, el panorama poético se enriqueció con la incorporación de nuevas voces, como la decadentista de Luis Antonio de Villena, la neorromántica de Antonio Colinas, la neoclasicista de Jaimes Siles, la neobarroca de Antonio Carvajal o la neopurista de Andrés Sánchez Robayna. Y es que, aunque simplifico a través del prefijo, entonces todo tenía un cierto aire de neo, de regreso a corrientes y formas del pasado, de revisión y aggiornamento. Se pusieron de moda lo camp (sobre esta estética del mal gusto sofisticado escribió Susan Sontag en 1964) y lo kitsch (y sobre el mal arte imitativo, sobre la copia de baja estofa ya en 1933 había reflexionado Hermann Broch). Bien es cierto que, ya en los años ochenta y noventa, contra el telón de fondo del eclecticismo estético (cada quién elige a sus predecesores), resurtieron dos viejas concepciones de la escritura poética que, a grandes y burdos rasgos, enfrentaban la poesía como conocimiento y aventura intelectual (representó esta dirección José Ángel Valente) a la poesía como comunicación narrativa de una experiencia (el paradigma fue Jaime Gil de Biedma). La dicotomía, más que nimia, es engañosa, porque toda poesía es una forma de indagación epistemológica a la vez que constituye una búsqueda inexorable de orden ontológico: al cabo, el lenguaje que informa al ser (del que está construida nuestra conciencia) es una vía de conocimiento y una experiencia. Y las obras de Sánchez Robayna, José Miguel Ullán, Luis García Montero o Carlos Marzal, por disímiles que se antojen, lo corroboran. De igual modo que lo prueba la extraordinaria poesía de Antonio Gamoneda, emergida de un pozo de silencio en 1984 con la antología Edad y ubicada, tardíamente, en el lugar de excelencia que le corresponde.
Es lo cierto que ya a finales de los años sesenta se había abierto una bifurcación análoga a la que he señalado entre experimentalismo y narratividad, entre hermetismo y legibilidad, en definitiva entre un texto que privilegia el tejemaneje con el lenguaje y otro que prima la narración de una historia. Por regla general, discurso e historia van solidariamente cosidos, pero se dio alrededor de 1970 una propensión a sobrevalorar en la novela los dédalos estructurales, los embrollos superfluos y los pasatiempos lingüísticos que dejaban al lector a dos velas y al otro lado de la verja. Pudo servir de estímulo la narrativa latinoamericana (por ejemplo el cubano Severo Sarduy, tan fascinante como esotérico en Cobra, de 1972), pero si algo caracterizó en conjunto aquel aluvión narrativo fue la admirable conciliación de estructura y lenguaje con una trama capaz de capturar el interés. En este sentido, Conversación en La Catedral (1969) de Vargas Llosa dio una lección del todo memorable, y no se desviaron de ese equilibrio los más jóvenes Alfredo Bryce Echenique desde Un mundo para Julius (1970) o Manuel Puig desde La traición de Rita Hayworth (1968). Algunos autores españoles exacerbaron sus experimentos y produjeron textos resistentes a la lectura (algunos las llamaron antinovelas), como Una meditación (1970) de Juan Benet, que constaba de un solo párrafo, o Juan sin Tierra (1975) de Juan Goytisolo, la monumental Escuela de mandarines (1974) de Miguel Espinosa, o, en fin, la apoteosis experimental Larva (1983) de Julián Ríos; pero a lo largo de la década se reequilibraron los afanes del cómo con el imperativo del qué en algunas de las mejores novelas de la época: la tetralogía Antagonía (1973-1981) de Luis Goytisolo, Si te dicen que caí (1973) de Marsé o, de la mano de un desconocido Eduardo Mendoza, La verdad sobre el caso Savolta (1975), una mixtura de novela histórica y novela negra con puntas picarescas y su dosis de crítica social que supo a gloria y catapultó a su autor al éxito.
Entre aquel año dichoso y 1986, que fue cuando se consolidó de verdad la democracia parlamentaria española, se renovó el censo de escritores y empezaron a hacer de la educación sentimental (y la otra) bajo el franquismo, de las componendas de la transición y del presente de un país aceleradamente modernizado (por segunda vez, después de haberlo logrado antes de la guerra) los escenarios de sus invenciones y de sus desahogos. El periodista Francisco Umbral —que iba a ser el cronista de la transición en sus columnas— compuso un hermoso planto novelesco a su hijo fallecido en Mortal y rosa (1975), mientras que el también periodista (y poeta, y narrador y teórico de la comunicación...) Manuel Vázquez Montalbán se las ingeniaba para realizar una autopsia al cuerpo vivo de la sociedad española a través del detective Pepe Carvalho (y su primer campanazo lo dio con Los mares del sur en 1979, que arrancó el Premio Planeta). En 1981, el mismo año en que los veteranos Torrente Ballester y Delibes publicaban dos de sus más perfectas ficciones, La isla de los jacintos cortados y Los santos inocentes, o en que un narrador joven pero con muchas horas de vuelo, José María Guelbenzu, lograba su mejor novela, El río de la luna, dos de los bárbaros de los sesenta, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, causaban estupor con dos artefactos narrativos de insuperable precisión, Crónica de una muerte anunciada y La guerra del fin del mundo, en los que diseccionaban sendas manifestaciones de irracionalidad: la fatal consumación de un asesinato conforme a bárbaras normas de honor y la rebelión de los ignorantes en Canudos conducidos por un santón alucinado.
Pronto empezarían a sonar nombres como los de Álvaro Pombo, cuyos Relatos sobre la falta de sustancia (1977) habían anunciado a un narrador de un bagaje filosófico y una sutileza prosística poco común, algo que iba a confirmarse en los tres decenios siguientes con títulos como Donde las mujeres (1986) o El metro de platino iridiado (1990), o Juan José Millás, que desde Cerbero en las sombras (1975) venía trazando la topografía de un universo onírico, entre perverso y amenazante, lleno de pliegues y recovecos, duplicidades y extrañas simetrías, o los de los leoneses José María Merino, que anduvo escarbando en la frontera entre realidad y ficción (en Novela de Andrés Choz, de 1976, y La orilla oscura, de 1985), y Luis Mateo Díez, que asumió el deleite de contar en historias provinciales de prosa rutilante desde La fuente de la edad (1986). Y, con ellos, una caterva de narradores salidos de la recién estrenada democracia: Javier Tomeo (aunque sus inicios son bastante anteriores), Jesús Ferrero, Alejandro Gándara, Soledad Puértolas, Ignacio Martínez de Pisón, Adelaida García Morales, Javier García Sánchez, Cristina Fernández Cubas, Andrés Trapiello, Miguel Sánchez-Ostiz... que algún maledicente quiso contar por cientos. Pero estos nombres llegados con los biorritmos democráticos no solo escribían en castellano, porque empezaban a recuperar su pulso las literaturas vasca y gallega y catalana, si bien esta no había dejado de producir excelentes frutos a despecho de la inclemente helada franquista. Entre los continuadores de la gran literatura catalana figuraron Miquel Martí i Pol y un Pere Gimferrer que adoptó finalmente su lengua materna pero no cedió un ápice de brillantez en verso o en prosa (son memorables sus Dietaris de 1980-1981), y, más ligados a la cultura de masas, Terenci Moix o un magistral cuentista satírico, Quim Monzó, alimentado tanto por la alta literatura como por la cultura de masas (ambos empezaron en los setenta) o una narradora de cuerda intimista como Carme Riera o novelistas proclives al grand style como Jesús Moncada o Miquel de Palol. La literatura vasca, que contaba con el valioso ejemplo de Ramón Saizarbitoria (su primera novela en euskera apareció en 1969), conoció un fenómeno impredecible en 1988 cuando Bernardo Atxaga convirtió el libro de cuentos Obabakoak en un éxito internacional combinando elementos costumbristas y fantásticos, y algo semejante consiguió el gallego Manuel Rivas con los relatos de ¿Qué me queres, amor? (1995), aunque ha demostrado excelentes dotes de novelista en O lápiz do carpinteiro (1999) y sobre todo Os libros arden mal (2006). Pero Rivas no era una planta brotada en el aire, porque las letras gallegas, que durante la dictadura tuvieron pocos cultivadores aparte de Álvaro Cunqueiro, Celso Emilio Ferreiro, Xosé Luis Méndez Ferrín y Carlos Casares, se habían vivificado con las narraciones (traducidas y premiadas) de Víctor Freixanes y Alfredo Conde.
Pero regresemos a aquellas alturas, las de 1986, el año de la muerte de Borges, cuando Eduardo Mendoza revalidaba con La ciudad de los prodigios los créditos obtenidos diez años atrás. Era ya entonces incuestionable la pujanza de la narrativa peninsular, por fin equiparable a la que escribían los autores hispanoamericanos, que seguían distribuyendo, ya de forma ordinaria, sus obras en España. Con la perspectiva de más de veinte años, se advierte que no fue pequeña la contribución a ese estado de cosas de la obra particular de unos cuantos creadores: Juan José Millás, Javier Marías, Enrique Vila-Matas y Antonio Muñoz Molina, si bien los tres primeros tenían tratos con la imprenta desde mucho antes, porque Millás se estrenó (ya se ha dicho) en 1975, Marías entró en fuego con Los dominios del lobo en 1971 y Vila-Matas, con La asesina ilustrada en 1977. Pero es alrededor de 1986 cuando se pone de manifiesto la originalidad de los respectivos proyectos creativos con novelas como El desorden de tu nombre de Millás, El hombre sentimental de Marías, Beatus ille de Muñoz Molina y, de 1985, Historia abreviada de la literatura portátil de Vila-Matas. El escrutinio moral de una generación madurada en el tardofranquismo, la revisión crítica de la historia inmediata y la apuesta por una literatura autorrefleja y metaficcional iban a señalar derroteros de la ficción española hasta el 2000 y esos autores, poco complacientes con la degradación de la literatura en producto de consumo, iban a cosechar algunos de los mejores frutos: La soledad era esto (1990), Tonto, muerto, bastardo e invisible (1995) de Millás, Todas las almas (1989), Corazón tan blanco (1992) o la novela triple Tu rostro mañana (2002-2007) de Marías, El jinete polaco (1991), Plenilunio (1997) o Sefarad (2001) de Muñoz Molina, o Lejos de Veracruz (1995), Bartleby y compañía (2000) o Doctor Pasavento (2005) de Vila-Matas, que se había revelado, además, un narrador breve eficacísimo en Suicidios ejemplares (1993) e Hijos sin hijos (1995). A esa eficacia narrativa no era ajena la asimilación de los maestros del cuento latinoamericano Quiroga, Bioy, Borges, Cortázar, a los que en estos años se agregaron Sergio Pitol y Augusto Monterroso, ambos nacidos en los años veinte y treinta pero cuya obra no había tenido una adecuada difusión. Piénsese que el primer libro (delgado y delicioso como todos los suyos) de Monterroso data de 1959 y lo llamó irónicamente Obras completas (y otros cuentos), donde incluía la celebérrima ingeniosidad «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí» que ayudó a propagar la epidemia de microrrelatos que asuela las revistas, los suplementos y los programas radiofónicos. Sin embargo, la obra de Pitol tardó en gozar de una recepción condigna de su altura y solo desde la miscelánea El arte de la fuga (1996) empezó a ganar numerosos adeptos en España.
En los noventa ingresaron en el ruedo literario narradores como Almudena Grandes y Luis Landero, que se dieron a conocer en 1989 con sendos éxitos, la erótica (y moralizante) Las edades de Lulú y la quijotesca Juegos de la edad tardía, que, en claves distintas, regresaban a una narración de urdimbre argumental fuerte y maneras realistas para desenredar madejas íntimas. Aunque quien se ganó de verdad a los lectores fue el periodista Arturo Pérez Reverte por la vía de la inmarcesible novela de aventuras, contada con brío y astuta gradación de la intriga, desde El maestro de esgrima (1988) y La tabla de Flandes (1990), una vía que amplió en 1996 con las peripecias seriadas de El capitán Alatriste. Mientras Pérez Reverte se inventaba el bestseller en español (con la precedencia de Isabel Allende), Belén Gopegui demostraba en La escala de los mapas (1993) cómo compaginar la inquietud por los desperfectos de la realidad con una vocación literaria de exigencia insobornable. Y a la vez que surgían nombres jóvenes en España (Antonio Soler, Juan Manuel de Prada, Ray Loriga, Mercedes Abad, Lorenzo Silva, Juana Salabert o Javier Cercas, el más notorio de ellos desde Soldados de Salamina, en 2001), seguía entrando un flujo de voces refrescantes procedentes de Hispanoamérica, unas también nuevas, como las de Jaime Bayly, Rodrigo Fresán, Fernando Ampuero, César Aira, Juan Villoro o Laura Restrepo, y otras menos nuevas que llegaban con algún retraso, como Manuel Scorza o Ricardo Piglia o los mexicanos Alejandro Rossi, Elena Poniatowska y el ensayista Carlos Monsiváis, o el cubano Pedro Juan Gutiérrez... Pero como esto no debería ser un listín telefónico, será suficiente trazar un círculo alrededor de dos autores extraordinarios —y antagónicos— en la última década del siglo: el colombiano Fernando Vallejo y el chileno Roberto Bolaño. En Vallejo lo literario (en lo que pueda tener de impostura o de artificio) resulta afrentado, igual que la corrección política o el progresismo inconsciente y el idioma y la primera persona narrativa (solo el yo no le parece indecoroso). Sus juicios y dicterios cobran una perturbadora fuerza disolvente, el poder devastador del ácido sobre la carne, que en él es la memoria autobiográfica y la Iglesia y la dolorida Colombia en La virgen de los sicarios (1994) o en El desbarrancadero (2001). Muy al contrario, Bolaño acarreó el hálito formidable de la invención, la avidez de transmutar el mundo (con él dentro) en lenguaje narrativo, la excentricidad de sustituir a fin de cuentas la vida por la literatura, de enterrar el yo en un boscaje de palabras, criaturas y acciones que lo acabara devorando todo, suplantando una realidad demasiado real como para no necesitar salir afuera, a menudo, a respirar aire fresco, y esa es la ganancia del lector en Los detectives salvajes (1998) y en la póstuma 2666 (2004). «La poesía —ha escrito otro chileno, Jorge Teillier— / es un respirar en paz / para que los demás respiren, / un poema / es un pan fresco, / un cesto de mimbre». Cuántos cestos, cuántos panes y cuánto aire en las letras hispánicas del siglo pasado.
D. R. DE M.
ESCRITORES ESPAÑOLES
RAFAEL ALBERTI
por
FRANCISCO JAVIER DÍEZ DE REVENGA
Desde mis días iniciales, pretendí que cada una de mis obras fuese enfocada como una unidad, casi un cerrado círculo en el que los poemas, sueltos y libres en apariencia, completaran un todo armónico, definido.
(La arboleda perdida, 1959)
Rafael Alberti Merello (El Puerto de Santa María, 1902-1999) fue el quinto de los seis hijos que tuvo el matrimonio de Agustín y María, nieto de bodegueros proveedores de las cortes europeas. En 1917 se trasladó a Madrid con su familia y se dedicó a la pintura, que abandonaría enseguida en favor de la poesía. Se dio a conocer en el mundo de las letras al obtener en 1925 el Premio Nacional de Literatura, por su libro Marinero en tierra, e integrarse en la «Joven Literatura». A Marinero en tierra sigue en el mismo 1925 La amante y en 1927 El alba del alhelí. En 1929 Cal y canto recoge su interpretación poética del gongorismo y en ese mismo año Sobre los ángeles inicia su etapa surrealista, que se completa con Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos, dado a conocer en 1929, y Sermones y moradas, en 1930. Se casó ese mismo año con la escritora María Teresa León y, a partir de entonces, cultiva una poesía revolucionaria comprometida políticamente. Funda El Mono Azul. En 1931 estrenó su primera obra de teatro, El hombre deshabitado, y comienza a relacionarse en Francia con Picasso y escritores sudamericanos como César Vallejo, Miguel Ángel Asturias y Alejo Carpentier. Becado por la Junta para la Ampliación de Estudios de la Segunda República Española, viajó en 1932 a la Unión Soviética y trató con los escritores soviéticos de la época. El año siguiente conoce a Pablo Neruda y, según cuenta en sus memorias, empieza a convertirse en «poeta en la calle». En 1935 publica De un momento a otro. A partir de 1936 interviene en la campaña por el Frente Popular. En el transcurso del asedio a Madrid participó en la evacuación de las obras del Museo del Prado, para evitar su destrucción bajo el bombardeo de la artillería nacional.
Aparece en las colecciones de libros de la revista Cruz y Raya, en 1935, el volumen Poesía 1924-1930, recopilación de todos sus libros publicados junto a algunos inéditos (como es el caso de Sermones y moradas o de Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos), mientras que sigue trabajando en nuevas colecciones de poemas, como 13 bandas y 48 estrellas. Poema del mar Caribe (1936), El poeta en la calle (1931-1936) o De un momento a otro. Poesía e historia (1925-1937), además de una elegía a Ignacio Sánchez Mejías, con el título de Verte y no verte (1935). La editorial Signo recogería toda esta producción en una nueva edición del último libro de Alberti que parece en España antes de la Guerra Civil: Poesía 1924-1937, aparecido en Madrid en plena contienda.
En los últimos días de la guerra marcha a Francia, donde inicia un largo exilio que tendrá una etapa inicial en Buenos Aires. La editorial de Gonzalo Losada publica su colección Poesía (1924-1939), aparece Entre el clavel y la espada (1941) y compone una trilogía dramática, de corte neopopular, compuesta por El trébol florido (1940), El adefesio (1944) y La Gallarda (1944-1945). En 1941 nace su hija Aitana y a partir de 1949 elabora los poemas que compondrán el volumen Coplas de Juan Panadero, en cuya primera edición aparece el autor como colector y amigo de Juan Panadero, un poeta del pueblo, refugiado tras la Guerra Civil y vagabundo por Iberoamérica. Su libro A la pintura, que tendrá varias ediciones, se publica por primera vez en 1945.
En 1946 aparece, en Montevideo, el primer libro de sus Coplas de Juan Panadero, a las que seguirán las ediciones de Buenos Aires en tinta china, de 1951, Retornos de lo vivo lejano, de 1952, Ora marítima, de 1952, y Baladas y canciones del Paraná, de 1954. En 1956 aparece una nueva obra dramática. Noche de guerra en el Museo del Prado. Sonríe China, de 1958, cierra una etapa que culmina en la edición de Poesías completas, que aparece en Buenos Aires en 1961. Viajes a la Unión Soviética y a China en 1957 enriquecen con nuevas experiencias el mundo poético de Alberti. El 28 de mayo de 1963, el poeta y su familia se trasladarían a Roma, dando por finalizada la etapa suramericana de su exilio. En la Ciudad Eterna iniciaría un nuevo período creativo, en el que el arte de la pintura y la poesía compartirán las horas del poeta. Se instala en el populoso Trastevere, continúa su obra literaria y se introduce en nuevas artes plásticas que aprende de los maestros romanos del momento. Estudia nuevas técnicas de grabado, litografía y aguafuerte, y produce una nutrida obra gráfica. De estos años es su libro Roma, peligro para caminantes que aparece en 1968.
Regresa a España el 27 de abril de 1977. En junio de ese mismo año fue elegido diputado a Cortes del PCE por la provincia de Cádiz, pero poco después, en octubre, renuncia al escaño. Desde su vuelta a España residió en Madrid y desarrolla una gran actividad literaria y cultural, con la aparición de nuevos libros: Fustigada luz en 1980, Versos sueltos de cada día en 1982, Los hijos del drago y otros poemas y Golfo de sombras en 1986 y Canciones para Altair en 1989. En 1983 recibió el Premio Cervantes y en 1989 ingresó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando. Tras la muerte de María Teresa León, en 1988, se casa, en 1990, con María Asunción Mateo. Muere en Puerto de Santa María el 28 de octubre de 1999.
La trayectoria poética de Rafael Alberti se inicia con un libro de notable madurez estética, Marinero en tierra, que supone su consagración como poeta dentro de una de las modalidades estéticas generacionales (el neopopularismo), aunque ya en sus inicios había participado en las revistas de vanguardia con poemas influido por los ultraístas y los creacionistas. Su primera afirmación como poeta ha surgido, sin embargo, tras la lectura de los cancioneros de los siglos XV y XVI y de Gil Vicente, influido por los trabajos de investigación que se llevan a cabo, dirigidos por Menéndez Pidal, en el Centro de Estudios Históricos, y que determinaron la forma tanto de Marinero en tierra como de La amante o El alba del alhelí.
Su segundo libro, La amante, vinculado a paisajes castellanos conocidos en viajes de negocios familiares, aparece en Litoral, en Málaga, en 1926, con lo que Alberti, ya relacionado en Madrid con Salinas, Diego, Guillén o Lorca, se integra plenamente en los medios de difusión de los poetas de su generación, al publicar en la editorial de Prados y Altolaguirre. El alba del alhelí (1927) lo publicaría José María de Cossío en su colección de «Libros para Amigos» en Santander. Las revistas juveniles serían también medio habitual de expresión para Rafael Alberti y en ellas coincidiría con todos sus compañeros de generación: Verso y Prosa, Litoral, Carmen, Meseta, Mediodía...
Participa el poeta directamente en las conmemoraciones gongorinas, firma la convocatoria del centenario (con Guillén, Salinas, Alonso, Diego y Lorca) y su fervor hacia el poeta cordobés determinará las características de su cuarto libro, Cal y canto (aparecido en la editorial de la Revista de Occidente en 1928), que desarrollará uno de los más interesantes procesos de actualización del lenguaje poético culterano en la poesía de su generación. Tales experiencias culminarán en la escritura de una insólita «Soledad tercera», que corona un extenso y decisivo proceso de recuperación de formas clásicas (sonetos, tercetos) con un lenguaje metafórico neobarroco de gran originalidad.
Cuando en el año 1929 Rafael Alberti publica Sobre los ángeles, sin proponérselo o proponiéndoselo, daba a conocer el libro más complicado y más difícil de todos los suyos, cuya clave puede hallarse en la cuestión amorosa, con desengaño incluido; en la insatisfacción con la obra anterior —muy típico de los poetas de su tiempo y especialmente de Federico García Lorca, que experimenta también en esa misma fecha similar reacción—; o en la pérdida de la fe religiosa, en la que coincide también con el Federico que abraza el surrealismo en 1929 y produce Poeta en Nueva York. Una temporada en la Casona de Tudanca, con José María de Cossío, entre tormentas y lecturas de Quevedo y de Bécquer, determinó su nueva estética vital e inquietante, reveladora no ya de una crisis personal sino de la crisis de todo un tiempo de España, acorde con lo que otros poetas de su generación (Aleixandre, Cernuda, Lorca, Prados) están llevando a cabo en su poesía en estos mismos años.
Alberti, intérprete seguro como en ningún otro momento de un clima angustiado, el suyo personal, fue capaz de crear una estética peculiar para un momento difícil y de formular un lenguaje complejo para expresar, con acentos de indudable autenticidad, la verdad de un sentimiento, que continuaría en Sermones y moradas, que no se publicó como libro exento y apareció por primera vez en la edición de Poesía 1924-1930 (aparecida en 1935), y en Yo era un tonto y lo que he visto me ha hecho dos tontos, formado por una serie de poemas inspirados en los héroes del cine mudo cómico, desde Charlot a Harold Lloyd, desde Harry Langdon a Buster Keaton, con el que se cierra su etapa surrealista, entre el entusiasmo ante las novedades del cinematógrafo y la modernidad absurda de los héroes de celuloide.
Cuando Rafael Alberti escribe en 1930 su poema «Con los zapatos puestos tengo que morir», que subtitula «Elegía cívica», inicia su etapa más personal, y única en el panorama poético de su generación, la que el propio autor denomina poesía civil o de «poeta en la calle», que coincidirá y se corresponderá con las actividades políticas del poeta, unido a partir de entonces a María Teresa León. Sus viajes a la Unión Soviética y su participación en congresos y actividades literarias de signo revolucionario, culminarán en esta etapa en la fundación de la revista Octubre, en 1934.
Alberti caminaba ya por senderos personales, pero no alejado del todo de los poetas de su generación, con los que sigue conviviendo hasta el estallido de la Guerra Civil: figuraría en las dos Antologías de Gerardo Diego (1932 y 1934), aunque en su «poética» de la segunda ya marca distancias abogando por la «razón revolucionaria» para justificar su poesía. También formaría parte del comité de redacción del que se considera último encuentro generacional, Los Cuatro Vientos (1933), pero solo del primer número, sin llegar nunca a colaborar en la revista. La muerte de Sánchez Mejías le inspiró su elegía «Verte y no verte» (1935), último punto de coincidencia con sus amigos, en esta oportunidad con la desolación que produjo en todos ellos la desaparición del admirado torero y dramaturgo.
Pero es en Marinero en tierra donde Alberti realiza la gran recuperación de la poesía de tipo tradicional a través de numerosas canciones, que tienen como motivos literarios el mar, y que recuperan con un ritmo interno muy popular los aires de la canción antigua perfectamente asumida y renovada con singular originalidad. La presencia de los cancioneros del siglo XVI contribuye poderosamente a forjar una estética muy sólida, vinculada a la tradición y basada en la recuperación de locuciones, ritmos, estribillos, formas repetidas, que revelan ante todo espontaneidad, sencillez y cohesión vinculada a un ritmo determinado, propio de la canción.
Los sonetos que forman parte de Marinero en tierra representan en Rafael Alberti una de las primeras contribuciones, y de las más sólidas, a la recuperación de la lírica culta del Siglo de Oro, previa a las reivindicaciones gongorinas. No solo por los aspectos estrictamente formales, sino también por el lenguaje neobarroco ya iniciado, basado en un cultivo muy original de la metáfora renacentista y barroca, poseen estos sonetos un valor y una importancia de gran trascendencia. En Marinero en tierra Alberti establece la que será su impecable técnica metafórica que se constituirá en una expresión permanente más allá de su primer libro, en el que revela excepcional maestría y complejidad significativa que no impiden la emoción ante la naturaleza, vivida con ternura infantil como reflejo de la inocencia perdida.
Otros sentimientos se unen a este, especialmente la nostalgia del mar, de la libertad y el sentimiento del amor imposible, que se expresa por medio de este tipo de canciones, cuya misión, conseguida con toda clase de aciertos formales, revela su implicación personal, su emoción ante el mar, la nostalgia de su presencia cuando el poeta se encuentra tierra adentro. De esta forma el mar se convierte, al mismo tiempo, en un gran símbolo como paraíso temporal y espacial perdido o cuando menos lejano, lo que dota a los poemarios de sentimientos dramáticos dulcificados por el aire positivo de la musicalidad de las canciones. La realidad vital del joven Alberti se advierte del mismo modo en las notas de paisaje: mar, viento, luz, pinos, barca, etc. adquieren configuración simbólica y representación de sentimientos de tristeza y de búsqueda de sí mismo y de su razón de existir en el mundo, aspectos estos que serán permanentes en toda la obra albertiana que ahora se inicia con esta trilogía de canciones de tipo tradicional y sonetos de factura clasicista.
La etapa surrealista de Alberti se inicia con Sobre los ángeles, libro en el que el poeta vuelca los efectos de una tremenda crisis espiritual, que va desde la pérdida de la fe en relación con las vivencias infantiles en el colegio de los jesuitas del Puerto de Santa María a la expresión de cuatro temas fundamentales: amor, ira, fracaso, desconcierto. El poeta desciende bajo la superficie y produce una poesía que surge de los temibles misterios de la vida y la muerte, una poesía de lucha y angustia y de aspiraciones hacia la luz.
Es muy interesante observar la evolución del lenguaje y de los medios expresivos en Sobre los ángeles, que va desde una sencillez relativa inicial, vinculada aún al neogongorismo y más remotamente a la lírica de tipo tradicional de los primeros libros, a una complejidad muy acusada, con imágenes y procedimientos surrealistas bastante notorios. Se produce un ensanchamiento o un engrandecimiento de ese lenguaje que se revela en la realidad física del verso, pero más aún en la extensión de los campos del contenido. Es decir, la reflexión poética se hace si no más arbitraria, por lo menos más amplia, más abierta a mundos diversos.
Alberti comienza Sobre los ángeles cuidando con exquisitez la forma y utilizando imágenes con cierta cautela. Los versos son breves y todavía mantienen el espíritu característico, por lo menos en lo formal, de los libros anteriores. En los poemas finales se libera en una escritura distendida. Los versos sobrepasan la línea habitual y continúan en la siguiente. Las imágenes adquieren una cierta descomposición y producen rupturas en los sistemas lógicos provocando situaciones de aparente incomprensión, que revelan, como hemos adelantado, acentuación de la crisis.
Sobre los ángeles permanece con su lección de poesía vital e inquietante, reveladora no ya de una crisis personal sino de la crisis de todo un tiempo de España. Alberti, intérprete seguro como en ningún otro momento de un clima angustiado, el suyo personal, fue capaz de crear una estética peculiar para un momento difícil, fue capaz de formular un lenguaje complejo para expresar, con acentos de indudable autenticidad, la verdad de un sentimiento.
Bibliografía
Manuel Durán, Rafael Alberti, Madrid, Taurus, 1975; Solita Salinas de Marichal, El mundo poético de Rafael Alberti, Madrid, Gredos, 1975; José Luis Tejada, Rafael Alberti entre la tradición y la vanguardia (poesía primera: 1920-1926), Madrid, Gredos, 1976; Ricardo Senabre, La poesía de Rafael Alberti, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1977; Gregorio Torres Nebrera, El teatro de Rafael Alberti, Madrid, Sociedad General Española de Librería, 1982; Concha Argente del Castillo, Rafael Alberti. Poesía del destierro, Granada, Universidad de Granada, 1986; Catherine G. Bellver, Rafael Alberti en sus horas de destierro, Salamanca, Publicaciones del Colegio de España, 1984; Manuel J. Ramos Ortega y José Jurado Morales, Rafael Alberti libro a libro. El poeta en su centenario, Cádiz, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 2003; Manuel Ángel Vázquez Medel, Rafael Alberti y Andalucía, Sevilla, Alfar, 2005.
IGNACIO ALDECOA
por
ANA CASAS
Entre dos casas, cercanas a la estación, numeradas treinta y siete y cuarenta y uno, hay un solar que no es como los demás. Hay un solar, un hermoso solar, llamado de broma por todos los que en la vecindad lo conocen, el Paraíso.
(«Solar del Paraíso», 1955)
Ignacio Aldecoa (Vitoria, 1925-Madrid, 1969) pertenece a la generación del medio siglo, de la que también forman parte, entre otros, Carmen Martín Gaite, Rafael Sánchez Ferlosio, Jesús Fernández Santos, Juan García Hortelano o Alfonso Sastre. Como sus compañeros de promoción, empieza a publicar sus primeros textos en la prensa de la época a finales de los años cuaranta y, también como la de ellos, su obra se hace eco del fuerte impacto que le causó la Guerra Civil a muy temprana edad, así como de la situación de desigualdad e injusticia que, en los cincuanta, todavía sufría el pueblo español como consecuencia de la contienda y de las difíciles circunstancias históricas. En este sentido, puede hablarse de cohesión generacional, promovida por los frecuentes contactos personales y profesionales entre los miembros del grupo: a muchos les unían los lazos de amistad e incluso en algún caso las relaciones sentimentales, como la existente entre el propio Aldecoa y Josefina Rodríguez, que acabaron casándose en 1952.
Así, Aldecoa coincide con otros escritores en ciernes, primero en la Universidad de Salamanca y más tarde en la de Madrid; participa en las tertulias de los cafés, como las de La Granja, el Gijón o el Lyon; colabora en las revistas del SEU (La hora, Alcalá, Juventud, Haz) y en determinadas publicaciones periódicas impulsoras de la joven literatura (Clavileño, Índice). En este sentido, resulta especialmente relevante la labor llevada a cabo por Revista española —fundada por Antonio Rodríguez-Moñino—, a lo largo de cuya cortísima vida (solo vio seis números en poco más de un año) logró convertirse en el medio más importante de expresión de la generación del medio siglo, además de promover los postulados ideológicos y estéticos del neorrealismo español con el que comulgaban buena parte de los integrantes del grupo, entre ellos Aldecoa.
De este modo, desde su temprana y efímera dedicación poética —recogida en los volúmenes Todavía la vida (1947) y Libro de las algas (1949)—, la obra de Ignacio Aldecoa refleja la toma de conciencia que, de forma gradual, lo distancia de los valores vigentes y lo hace evolucionar desde el llamado falangismo de izquierdas hacia posturas más críticas. Dicho inconformismo ante la vida política, cultural y social del país lo lleva a cultivar un tipo de relato que «reproduce» la realidad, presentándola ante el lector de manera inmediata y sin mitificaciones, quedando implícita la intención de denuncia. Pero a esta vertiente social de la obra de Aldecoa hay que unir una aguda preocupación por el estilo, junto a un marcado interés por los temas de alcance general, como la soledad, la incomunicación y la muerte. De esta manera, la búsqueda estética y el contenido simbólico-existencial de sus narraciones confieren a la representación de la realidad una dimensión universal, tal y como se observa ya en su primera novela, El fulgor y la sangre (1954, finalista del Premio Planeta): en ella se cuenta la interminable espera de varias mujeres, esposas de guardias civiles, que, tras recibir la noticia de que uno de sus maridos ha sido asesinado, aguardan conocer el nombre del fallecido. Se perfila en este relato la atención prestada a las gentes humildes, así como la dialéctica que se hará recurrente entre la realidad que viven los personajes y el deseo de trascender esa realidad: en El fulgor y la sangre, las mujeres sueñan con abandonar la Casa Cuartel, salir del aislamiento que padecen; en Con el viento solano (1956) —novela que continúa la anterior adoptando el punto de vista del asesino—, Sebastián escapa de los guardias por miedo a perder su libertad; en Gran Sol (1958, Premio de la Crítica), los marineros y pescadores piensan en la tierra, aunque su vida (y su lucha por la vida) está en el mar; en Parte de una historia (1967), el narrador recala en la Graciosa (en las islas Canarias) huyendo de un conflicto personal que el lector no llegará a conocer.
Sin embargo, aunque Aldecoa es un notable novelista, su mayor contribución a la literatura de la posguerra se debe a sus cuentos. Con ellos ha sabido captar como ningún otro narrador de la época el doloroso sentir del ser humano prisionero de sus circunstancias. Como indica el título del volumen, los relatos que componen Vísperas del silencio (1955) tienen como centro la soledad social y existencial de sus protagonistas, víctimas inocentes de una realidad que no han escogido y en la que solo cabe esperar con resignación la llegada de la muerte (identificada con el silencio). Su desamparo reaparece en El corazón y otros frutos amargos (1959), libro en el que Aldecoa profundiza en la identificación del hombre sencillo con el trabajo, destacando la simbiosis armónica que puede producirse entre ambos cuando las condiciones son las correctas, al tiempo que denuncia la explotación que muchas veces padecen los más desfavorecidos. Los cuentos de Caballo de pica (1961) —en alusión al elemento más humilde del toreo— vuelven sobre los mismos temas, así como los de Arqueología (1961) —en cuya base están los recuerdos de infancia y adolescencia del autor— o los microrrelatos de Neutral corner (1962), en torno al mundo del boxeo, aunque despojados de toda épica.
Como ocurre en los libros mencionados, el tema que unifica los cuentos de Espera de tercera clase (Madrid, Puerta del Sol, 1955) es el desvalimiento humano, encarnado en sujetos frágiles tanto desde el punto de vista social como personal. Su indefensión económica (son campesinos, emigrantes, buscavidas de los bajos fondos) le sirve a Aldecoa para denunciar la desigualdad, la rutina del trabajo, la injusticia o la alienación del individuo: en «El aprendiz de cobrador», por ejemplo, Leocadio apenas empieza a trabajar en el tranvía cuando deja de encontrar un aliciente a su labor. La mayoría de ellos no tienen casi nada, ni tan siquiera poseen las cosas más elementales, como una vivienda en condiciones (muchos viven en chabolas, como en «Hasta que llegan las doce» o «Solar del Paraíso»), y tampoco tienen acceso a la sanidad o a la educación.
De este modo, la mirada del narrador busca desvelar la realidad social, habitualmente falseada por los poderes públicos. Si en la España franquista el campo o ciertos aspectos de la vida nacional se hallan idealizados, relatos como «Seguir de pobres» muestran la auténtica cara del país: al inicio del cuento, la descripción de los carteles de las Cajas de Ahorro, donde se ve «un segador sonriente, fuerte, bien nutrido» y «un niño de amuñecada cara [que] nos mira sereno», contrasta irónicamente con «las cuadrillas de segadores que, como una tormenta de melancolía, cruzan las ciudades buscando el pan del trabajo por los caminos...». La realidad de la faena —núcleo de este relato, protagonizado por los cinco componentes de una cuadrilla de jornaleros— pone al descubierto la falacia, no solo del reclamo publicitario sino de todo un sistema de pensamiento que oculta la verdad.
Pero la indefensión de los personajes también es existencial, pues son víctimas de su condición de hombres: por eso, a menudo los personajes de Aldecoa sufren la enfermedad, la soledad y la muerte. En «A ti no te enterramos», por ejemplo, a las dificultades de la vida campesina y de la emigración se suma la certeza de la muerte próxima: Valentín, el hijo mayor de una familia de labriegos, decide instalarse en la ciudad y buscar allí una colocación, ya que la tuberculosis que padece le impide seguir realizando su trabajo; pero no solo no encuentra un medio de subsistencia, sino que su mal empeora. La empatía hacia el débil deriva en una postura humanitaria, basada en la bondad y en el amor, razón por la que la solidaridad con el prójimo también es uno de los temas frecuentes de estos cuentos: en «A ti no te enterramos», la familia de Valentín gasta casi todos los beneficios de la cosecha en medicinas para el hijo; en «Seguir de pobres», los segadores dan una parte de sus exiguas ganancias al Quinto porque, al enfermar, no ha podido trabajar todos los días; Miguel y Muñoz ponen fin a su rivalidad de chulos de los suburbios en «Los atentados del barrio de la Cal»; en «Quería dormir en paz», el guardia se apiada de José Fernández Lonaiga ante la visión del hijo muerto y le deja unos billetes que probablemente ayudarán a pagar el entierro, etc. Aunque Aldecoa evita cualquier tipo de maniqueísmo, por lo que en ningún caso estos personajes aparecen retratados como héroes, sino como hombres, con todas sus limitaciones y defectos. Por eso, Roque, el humilde vendedor de melones de «Muy de mañana», oculta avergonzado que una noche golpeó a su perro Cartucho —por otra parte, su único amigo— y que esa es la causa de que el animal ande cojo.
Al contrario que en otros autores del neorrealismo, en Aldecoa la técnica asociada a este tipo de testimonio no es la presentación objetiva y distanciada de los hechos, ya que, generalmente, aparecen dos niveles de discurso: por un lado, el de la acción y los diálogos, caracterizado por la sobriedad expresiva, y, por el otro, el de las descripciones ambientales, muy subjetivo en cambio. Sucede así en «La humilde vida de Sebastián Zafra», donde el empleo de los coloquialismos y el lenguaje prosaico de la narración o de las escenas contrasta con el lirismo de las extensas descripciones del paisaje (palpable en el uso de metáforas, repeticiones, aliteraciones e, incluso, en el barroquismo verbal). Este recurso intensifica la visión poetizada de lo real basada en la proyección del personaje en la naturaleza, hasta el punto de que la relación que Sebastián establece con su entorno lo libera simbólicamente de su condición de antihéroe. De igual modo, el niño protagonista de «Chico de Madrid» se caracteriza por su capacidad de superar la sordidez del medio; de ahí que el lugar en el que vive —la orilla del Manzanares, entre el campo y la ciudad— sea descrito como un locus amoenus, con el que el personaje se identifica plenamente: «[su sitio está] en aquel terreno de nadie, suyo, con gorriones vestidos de saco y lagartijas pizpiretas, con perros famélicos y sabios y gatos alucinantes, con ratas y mariposas, con grillos y ranas, con el hedor de un río y el perfume lejano del tomillo campesino». Y lo mismo ocurre en «Solar del Paraíso», pues, tal y como indica el título, la mirada del narrador (fiel a la perspectiva humanista y cristiana del neorrealismo) convierte el espacio misérrimo donde habitan los personajes en el Paraíso de los pobres.
Por esa época, Aldecoa cultiva también el relato de viajes: en la revista Clavileño aparecieron «Álava, provincia en cuarto menguante» (1953) y «Viaje a Filabres» (1954), textos que se alejan de las modulaciones tradicionalistas del género que por esos años tendían a cimentar los supuestos ideológicos del régimen franquista. Al contrario, al margen de la historia y los mitos del discurso oficial, plasman lo que el viajero ve y encuentra a su paso, aunando, igual que en los cuentos, lirismo y denuncia social. En la siguiente década, el autor publicó los libros de viajes Cuaderno de Godo (1961), que recoge sus impresiones de las islas Canarias, y El país vasco (1962), sobre su tierra.
A lo largo de los años sesenta, los cuentos de Aldecoa incluidos en Pájaros y espantapájaros (1963) y sobre todo en Los pájaros de Baden-Baden (1965) siguen inscribiéndose en la órbita del realismo testimonial, aunque presentan algunos cambios relevantes coincidiendo con la crisis de la estética social y el desarrollo de la narración subjetiva: por una parte, reflejan la realidad española a raíz de las transformaciones sociales y económicas experimentadas por el país, por lo que prestan una mayor atención a la burguesía acomodada, en detrimento del personaje de extracción humilde; por otra parte, introducen determinadas innovaciones técnicas, sobre todo la deformación esperpéntica y la sátira como mecanismos de denuncia, así como el empleo de un lenguaje muy elaborado que fusiona los registros coloquial y culto, y que, en ocasiones, puede llegar a ser hiperbólico o altamente sugestivo.
Las cuatro narraciones que componen Los pájaros de Baden-Baden (Madrid, Cid, 1965) se centran en la clase media acomodada, connotada negativamente desde su identificación con los «pájaros» que dan título tanto al volumen como a los cuentos. Dicha animalización de los personajes indica cuál es la óptica de Aldecoa, en la medida en que estas narraciones enfrentan la mejoría económica del país con la pérdida moral de un mundo cada vez más insolidario y deshumanizado. «Ave del Paraíso» es la excepción, ya que este relato manifiesta una abierta simpatía por el «Rey», su protagonista, un joven aventurero que, en cada viaje, no ceja de buscar su particular paraíso sin acabar de encontrarlo. El cuento se ambienta en una isla —fácilmente identificable con Ibiza—, donde el «Rey» y sus «gentilhombres» disfrutan de una vida dedicada al ocio y al placer, libres de las convenciones de la sociedad burguesa a la que, por origen, pertenecen. Sin embargo, su «huida» no lleva a ninguna parte, porque para el «Rey» el paraíso es aquel que se ha perdido o aquel que todavía no se ha encontrado.
Los personajes de las otras tres narraciones sí se pliegan, aunque hipócritamente, a los convencionalismos de la sociedad burguesa. La trama de «Los pájaros de Baden-Baden» transcurre a lo largo de un verano en el que Elisa se queda en Madrid para acabar el libro de psicología que está escribiendo, pero el relato lo que nos muestra es el sufrimiento de esta mujer que a los treinta y cuatro años sigue soltera y a la que solo se acercan los maridos de sus amigas —de Rodríguez en la ciudad— y algún que otro joven en busca de diversión. «Un buitre ha hecho su nido en el café» traza las vidas tan rutinarias como vacuas de unos pocos personajes en torno a la cafetería en la que suelen coincidir: Encarna, que acude con su amante de turno, un hombre de cierta edad y posibles; doña Frasquita, que, aunque observa a todos y todo lo critica, se considera a sí misma un dechado de virtudes; el joven que cada tarde observa con descaro las piernas de Encarna; Domingo, el cerillero, etc. Estructurado como el tablero del ajedrez, el cuento acaba en jaque mate, pues el amante de Encarna (identificado con la figura del caballo) no ha sabido defender a su dama y esta termina yéndose con otro. En «El silbo de la lechuza» se extrema la crítica satírica, al ser el relato que mayores dosis de humor destila: presenta a tres mujeres mayores que, a falta de mejor ocupación, pasan sus horas espiando a sus convecinos, urdiendo infinidad de complots contra ellos; sin embargo, el control social y la maledicencia no son solo patrimonio de las tres señoras, sino que en el «juego de la buena sociedad» participa toda la comunidad de notables de la provinciana ciudad en la que se ambienta el relato.
Bibliografía
Charles Richard Carlisle, Ecos del viento, silencios del mar: la novelística de Ignacio Aldecoa, Madrid, Playor, 1976; Jesús Mª Lasagabaster, La novela de Ignacio Aldecoa. De la mímesis al símbolo, Madrid, Sociedad General Española de Librería, S. A., 1978; Drosoula Lytra (ed.), Aproximación crítica a Ignacio Aldecoa, Madrid, Espasa-Calpe, 1984; José Luis Martín Nogales, Los cuentos de Ignacio Aldecoa, Madrid, Cátedra, 1984; Irene Andres-Suárez, Los cuentos de Ignacio Aldecoa. Consideraciones teóricas en torno al cuento literario, Madrid, Gredos, 1986; Florentino Martínez (ed.), Ignacio Aldecoa, veinte años después, Vitoria, Diputación Foral de Álava, 1991; Carmen Martín Gaite, Esperando el porvenir: Homenaje a Ignacio Aldecoa, Madrid, Siruela, 2006.
VICENTE ALEIXANDRE
por
FRANCISCO JAVIER DÍEZ DE REVENGA
Cuando yo canto, hablo de mí, pero hablo del mundo, de lo que él me dicta, porque eso es la inspiración: hervor en el reducido recinto del corazón de fuerzas innumerables, concentradas finalmente con una sola espada atravesando de dentro a fuera el pecho del inspirado.
(Epistolario, 1986)
La vida de Vicente Aleixandre (Sevilla, 1898-Madrid, 1984) sobresale entre las de sus compañeros de generación por su tono personal, retraimiento y carácter familiar. Tras pasar su infancia en Málaga, desde los once años reside en Madrid, donde estudió las carreras de Derecho e Intendente Mercantil. Fue profesor de Economía, durante algunos años, en la Escuela de Comercio. Su descubrimiento de la poesía, ya que él era lector juvenil de Galdós, Alarcón, Valera, le llega de la mano de un joven de su edad, Dámaso Alonso, que en la sierra madrileña, en el verano de 1918, le presta una antología del poeta nicaragüense Rubén Darío. En distintas ocasiones refirió el propio Aleixandre cómo aquella lectura le introduciría en la que habría de ser la gran pasión de su vida: la poesía. Su personalidad recoleta, siempre recluido en su nunca abandonado retiro solitario, se debió a razones de salud: en 1925, una grave enfermedad (tuberculosis nefrítica) le obligó a abandonar su trabajo. En 1926 aparecen sus primeros versos en la Revista de Occidente, y dos años más tarde publica su primer libro, Ámbito, en la colección Litoral, que dirigían en Málaga Emilio Prados y Manuel Altolaguirre.
Sus años de la época republicana estarán marcados por la amistad con los componentes de la generación del 27, especialmente Alberti, Cernuda, Prados y Altolaguirre, por el retiro a que se ve obligado debido a una larga enfermedad, por el Premio Nacional de Literatura que recibe en 1934 por su libro La destrucción o el amor, y, finalmente, por la amistad con Pablo Neruda y con Miguel Hernández, ya en los años previos a la Guerra de España. En 1932 publicaría su primer libro surrealista, Espadas como labios, que desencadenó entusiasmo y admiración entre sus coetáneos. En 1933, tras una nueva crisis de salud y una operación en la que se le extirpa un riñón, escribe La destrucción o el amor. En 1935 publicaría Pasión de la tierra, su primer poemario surrealista escrito a finales de la década anterior.
La llegada de la Guerra Civil supuso la dispersión de sus amigos. El poeta, que permanece en el Madrid bombardeado, intenta, aconsejado por Neruda, partir hacia el exilio y viajar a París, pero es imposible. Las autoridades militares republicanas no se lo permiten. Continuas recaídas de salud y desgracias familiares van aislándolo del exterior, lo que una vez terminada la guerra se acentúa, recluyéndose en su chalet de Velintonia.
Tras la contienda, una especie de exilio interior distinguirá la actividad de Aleixandre, que da a conocer en 1944 su libro Sombra del Paraíso, con el que habría de convertirse en guía indiscutible de todas las jóvenes promociones de la poesía española, cuyos componentes asistirían a la casa madrileña del poeta como si acudiesen a una escuela de poesía española. Del mismo modo algunos de sus libros siguientes marcaron verdaderos hitos en la poesía de su tiempo: en 1954 Historia del corazón experimenta un decisivo proceso de rehumanización y revela el interés del poeta centrado ahora en el propio hombre y su carácter temporal. Finalmente, su última etapa poética tiene un marcado carácter filosófico, a través de su poesía de senectud: Poemas de la consumación, en 1969, con el que consigue el Premio de la Crítica, y Diálogos del conocimiento, en 1974. A pesar de esta intensa y continuada actividad literaria, la biografía de Aleixandre tendrá pocos momentos públicos significativos, tales como el ingreso en 1950 en la Real Academia Española, con un discutido discurso titulado En la vida del poeta: el amor y la poesía, y la concesión del Premio Nobel de Literatura en 1977. Este último hecho, acaecido ya en la vejez, habría de convertirle, curiosamente, en uno de los poetas españoles más conocidos del gran público en aquellos años, pero el ajetreo de las actividades derivadas de tal popularidad momentánea agravaría seriamente su salud. Muere en su casa de Madrid el 14 de diciembre de 1984.
Vicente Aleixandre es uno de los intelectuales españoles contemporáneos de perfiles más complejos y a la vez más sugestivos, que se incorpora a la literatura en un momento generacional caracterizado por la amistad y la confluencia en similares afanes de renovación literaria absolutamente emprendedores. Pero Aleixandre, como los restantes poetas de su generación, siguió su camino personal y su trayectoria poética se forja en originalidades que la crítica especializada no ha dudado en señalar una y otra vez. La lección de su mundo poético, como testimonio y como conciencia de un tiempo de España, pero también del universal sentir humano, permanece con vigencia total. Justamente, cuando el poeta recibió el Premio Nobel de Literatura, la Academia Sueca reconocía tales cualidades como iluminadoras de la condición del hombre en el mundo y en la hora presente. Cualidades que superan lo puramente temporal para convertirse en testimonio intemporal, universal. Y, en este sentido, su poesía es estímulo y lección de vida, expresada con una palabra poética original, forjada en la representación personal de un estilo único e inimitable.
El sentido de búsqueda, de indagación, de investigación de la presencia del hombre, como criatura viva, en el cosmos que le ha correspondido compartir, es una de las más originales posiciones de la poética aleixandrina. La indagación se torna muchas veces en interrogación que pretende ante todo conocimiento. Desde las luchas iniciales, desgarradoras, de la criatura frente al cosmos, pasando por la reflexión histórica de la convivencia hasta la aceptación final de la realidad, entre consumación y conocimiento, la poesía toda de Aleixandre es lección y es vida. Es mundo vivo de reflexión e inducción al conocimiento de nuestra propia entidad como seres vivos, limitados, pero rodeados de un mundo anhelado como posesión, como vinculación de raíz. Su poesía constituye así permanente lección y estimula nuestra propia conciencia con su intenso testimonio de vida, vigente a través del tiempo, enriquecido en una de las expresiones poéticas más nítidas de nuestro siglo, revitalizado por su verso firme y noble, original en su concepción y efectivo a la hora de alcanzar su inevitable destino.
La poesía de Vicente Aleixandre, iniciada en 1918, tiene su primer libro en Ámbito, la confirmación de la adscripción inicial de Aleixandre a la poesía de su generación, ya que en él aparecen tanto los ideales de «pureza» que distinguieron a algunos seguidores de Juan Ramón Jiménez, como la presencia de ciertos modos gongorinos muy del momento. Pero cuando este libro aparece, el poeta ya camina por derroteros muy diversos iniciando la que será su experiencia surrealista con el libro Pasión de la tierra, escrito entre 1928 y 1929, aunque se publicaría en 1935. Seguirán Espadas como labios, La destrucción o el amor y Mundo a solas, trazando el largo proceso de expresión del mundo poético aleixandrino en torno a los grandes temas del amor y de la muerte y su peculiar visión de ese mundo en relación con la identificación destrucción-amor.
Tras diez años de silencio, Sombra del Paraíso, en 1944, supone la vuelta de Aleixandre a la vida literaria activa, que conocerá innovaciones sustanciales en la nueva etapa iniciada, en 1954, con Historia del corazón, en el sentido de que todo lo humano y la conciencia de la temporalidad y de la existencia tienen entrada en el poemario, aunque en esta dimensión de rehumanización se ha visto también la continuación, y culminación, de un proceso ya iniciado en Sombra del Paraíso. Todavía, en 1969 y 1974, respectivamente, habría de publicar Aleixandre otros dos grandes libros, los que para la crítica han constituido la fase final de su poesía: Poemas de la consumación y Diálogos del conocimiento. Ambos poemarios, cada uno con sus peculiaridades estructurales y estilísticas, representan en la obra de Aleixandre su poesía de senectud, expresión, como ha señalado Pere Gimferrer, de «la condición de la vida desde la perspectiva de la vejez y la vecindad de la muerte en el primer caso, el enigma de la conciencia humana y el sentido del mundo en el segundo».
Entre 1939 y 1943 Vicente Aleixandre escribe Sombra del Paraíso, un conjunto de poemas que el autor quiere que sean evocación paradisíaca de las horas juveniles o de aurora, con evidente identificación de juventud-paraíso, una creación visionaria del poeta, sublimación de un profundo deseo de pureza y belleza, de vivir una vida pura, desnuda, paradisíaca. Pero estos poemas constituyen también una reacción contra la crueldad y fealdad del mundo de la Guerra de España y de los primeros meses de la posguerra. Sombra del Paraíso es así un libro de exilio interior, en el que se deja sentir la dolorosa pérdida de una edad anterior en que la libertad, la dicha de vivir, la compañía de amigos entrañables, camaradas de generación, llenaban su existencia. Palabras muchas veces repetidas del propio Vicente Aleixandre, en su «Nota sobre Sombra del Paraíso para unos estudiantes ingleses», recuerdan que la poesía contenida en esta obra es «un canto a la luz desde la conciencia de la oscuridad», «un ansia de verdad y plenitud, desde el estremecimiento doloroso del hombre de hoy».
Cuando Vicente Aleixandre escribe Sombra del Paraíso está, como ya se ha señalado, entrando en la madurez de sus cuarenta años cumplidos. Su realidad vital personal es decisiva en la redacción del libro. Aleixandre nunca tuvo buena salud, y cuando escribe el libro habla de sí mismo, aunque hable también del mundo. Y lo que rodea a su propia persona es un país destruido, una sierra en la que se halla confinado, por razones de salud especialmente, y que le aleja del mundo habitual y de los amigos. Aislamiento que odia y que le deprime. Y entonces el poeta se refugia en su propia poesía y en lo que es capaz de expresar con ella: el anhelo de un paraíso, que fue la juventud, que puede ser el amor, que es la plenitud de una naturaleza que le rodea con todo su esplendor.
Así se desprende del poema más antiguo del libro, «Primavera en la tierra», escrito en septiembre de 1939, en las proximidades de Madrid. Es decir, un poema escrito cerca de una ciudad desolada, destruida en gran parte por la recién terminada guerra —la propia casa del poeta (Velintonia, 3) había sido seriamente afectada por los bombardeos, al estar situada en el Parque Metropolitano, muy cerca del frente de la Ciudad Universitaria—, un poema compuesto en otoño que termina titulándose «Primavera en la tierra» con dos términos, «primavera» y «tierra», etapa cósmica y referencia telúrica, que tanta importancia tienen en la mítica poética de Aleixandre. Bástenos recordar que un libro fundamental en su obra y en su evolución hacia el surrealismo se tituló Pasión de la tierra.
En el propio título, Sombra del Paraíso, hallamos la clave del sentido del libro escrito desde un destierro espiritual, desde un presente real que trata de descubrir el paraíso, que no es el paraíso perdido de la juventud como pareció entenderse en un principio el libro, a partir de otras palabras del poeta y de algunos de los poemas más importantes de la obra como «Ciudad del paraíso». Aunque tal nota existe en el poemario y hay que tenerla en cuenta, no lo constituye todo en el mismo, ya que su contenido, su visión y su objetivo son harto más complejos.
Paraíso en sombra, primavera en tierra. Ese es el comienzo. Porque un pasado perdido se distingue enseguida en los primeros versos de tan interesante poema. El poeta escribe desde un presente sombrío, de eso no cabe duda, y evoca un pasado dichoso, una Primavera, en la que la luz y el color, la naturaleza, los árboles, los animales, las rocas, todo estaba poseído por la belleza natural fastuosa y deslumbrante. Los elementos positivos, coincidentes con un pasado feliz, paradisíaco se agolpan en los versos aleixandrinos y dominan en el contexto total de la evocación nostálgica, para concluir: «Todo abría su cáliz bajo la luz caliente». La naturaleza, sus criaturas y sus componentes mostraban un esplendor extraordinario, y a la evocación de aquel paraíso dedica el poeta toda la primera parte, hasta que comparece él mismo en el poema.
La conciencia del presente, entrevista en Sombra del Paraíso, anuncia un deseo del poeta de efectuar en su poesía un cambio que llegará con Historia del corazón, en 1954, publicado en una España muy diferente, pero una España aún sometida a dictadura y opresión. Años después de su publicación, Aleixandre reconocía que «Historia del corazón, escrita entre 1945 y 1953, creo que supone una nueva mirada y una nueva concepción en el espíritu del poeta». Nueva mirada, nuevo espíritu, es decir, nueva visión del mundo exterior —el poeta se fija en otros seres, en otros objetos, en otras zonas del mundo, diferentes de las que hasta entonces habían sido habituales en él—, y nuevo espíritu, es decir que el poeta, simultáneamente, está adoptando una nueva conformación mental personal, una nueva actitud. Un poeta de cincuenta años más o menos, medio siglo de vida ya transcurrido, quien se plantea o, por mejor decirlo, anhela novedades en su poesía, innovaciones que vemos sugeridas en la reiteración introspectiva y extravertida de esa nueva mirada y nueva concepción que anuncia.
Y para la nueva mirada y la nueva concepción un tema nuevo. Él mismo lo reconocía en 1956, dos años después de la aparición del libro: «El vivir humano, tema central, se canta aquí desde una doble vertiente. Visión del hombre vivido, desde la conciencia de la temporalidad (por eso poemas de la edad humana: de niñez, de juventud, de madurez, de ancianidad). Y visión del amor como símbolo trascendido de solidaridad de los hombres ante los “términos” de su vivir». Nos hallamos ante una nueva dupliciad. Ahora, el poeta revela que tiempo y amor serán los temas centrales del libro. Temporalidad y reflejo de esa temporalidad en el hombre como vivo ser que vive y atraviesa edades, edades que el poeta enumera cuidadosamente y que, a partir de este momento, van a ser básicas y fundamentales en su obra, por no decir que reiteradas y obsesivas.
El compromiso de Aleixandre entonces es con el tiempo, en tanto que afecta al hombre. Estamos, pues, evidentemente, ante un tiempo de historia que exigen las circunstancias personales y vitales. Pero está claro que el término «historia» va en el título del libro. Historia sí, pero Historia del corazón.
La rehumanización que culmina en Historia del corazón podemos, sin reservas, considerarla por añadidura la culminación de un proceso que se inicia, como venimos advirtiendo, en Sombra del Paraíso. Leopoldo de Luis señaló, como hemos adelantado, elementos muy claros de la realidad circundante en Sombra del Paraíso y, por lo tanto, no es muy partidario, y con razón, de separar etapas. Más bien se trataría entonces de un proceso de humanización previo a la integración de esa poesía en un ámbito social, que se inicia antes de la publicación de Historia del corazón, pero que logra su más clara expresión, como coronación de ese proceso, en el libro de 1954.
Bibliografía
Carlos Bousoño, La poesía de Vicente Aleixandre. Imagen. Estilo. Mundo poético, Madrid, Ínsula, 1968; Gabriela Morelli, Linguaggio poetico del primo Aleixandre, Milán, Cisalpino-Goliardica, 1972; Vicente Granados, La poesía de Vicente Aleixandre (Formación y Evolución), Madrid, Cupsa, 1974; José Luis Cano, Vicente Aleixandre, Madrid, Taurus 1977; Leopoldo de Luis, Vida y obra de Vicente Aleixandre, Madrid, Espasa-Calpe, 1978; Dario Puccini, La palabra poética de Vicente Aleixandre, Barcelona, Ariel, 1979; Yolanda Novo, Vicente Aleixandre. Poeta surrealista, Santiago de Compostela, Universidad de Santiago de Compostela, 1980; José Olivio Jiménez, Vicente Aleixandre. Una aventura hacia el conocimiento, Gijón, Renacimiento, 1982; Antonio Colinas, Aleixandre, Barcelona, Barcanova, 1982; Francisco Javier Díez de Revenga, La poesía de Vicente Aleixandre. Testimonio y conciencia, Málaga, Centro Cultural Generación del 27, 1999; Miguel Ángel García, Vicente Aleixandre. La poesía y la historia, Granada, Comares, 2002; Sergio Arlandis, Vicente Aleixandre, Madrid, Síntesis, 2004; AA.VV., Vicente Aleixandre, Madrid, Devenir, 2009.
MAX AUB
por
JOSÉ-CARLOS MAINER
No sé de quién partió la pregunta. —¿Por qué escribes? Contestaron los otros —más o menos— que porque sí, sin que pareciera importarles gran cosa [...]. Me hería ese considerar frívolo de nuestra condición de escritor. —¿Yo?, contesté, para salvarme y ser famoso.
(Diarios [1939-1972] (1998, anotación del 10 de noviembre de 1943)
Fue siempre un disconforme y no es fácil ser otra cosa cuando se ha nacido en el seno mismo de algunos conflictos capitales de la civilización europea moderna. Max Aub (París, 1903-Ciudad de México, 1972) pertenecía a una familia de la burguesía mercantil judía, que había abandonado las prácticas religiosas y había hecho fortuna en el comercio de la bisutería. Por otro lado, los Aub procedían de Alemania (la rama materna de nuestro escritor tenía parentesco con Karl Marx, como manifestó alguna vez) aunque se habían establecido en Francia, una situación poco recomendable en 1914, cuando estalló la guerra europea, porque esto les obligó a buscar refugio en un país neutral, España, donde ya tenían bastantes clientes. Ya mayor, Max Aub dijo que uno es del lugar donde ha hecho el bachillerato, pero esa afirmación es síntoma de ansia de pertenencia más que otra cosa. Así lo sintió siempre aquel joven menudo y miope, lector voraz, valenciano de adopción, que en los años veinte y treinta viajó por toda España representando los negocios familiares, a la vez que iniciaba su carrera literaria y militaba en el Partido Socialista, al que fue fiel toda su vida. Siempre conservó un peculiar cariño por su tierra de adopción y por sus amigos de juventud: pintores como Genaro Lahuerta, que le retrató, intelectuales en ciernes como los hermanos Gaos o futuros universitarios de relieve como José Medina Echavarría.
Más tarde, por razón de su temprana afiliación política le tocó vivir los fuertes desgarrones internos de la izquierda española e internacional en la Guerra Civil: él se movió en el marco más radical de los militantes cercanos a Francisco Largo Caballero, desdeñando el pragmatismo de Indalecio Prieto y de Julián Besteiro. Y ya en el exilio, abominó del prietismo y de sus manejos para pactar con monárquicos y liberales una salida al franquismo. Pero se mantuvo, sin embargo, remiso a cualquier alianza con los comunistas, aunque nunca fue un anticomunista en el sentido en que lo fueron otros importantes escritores de los años de la guerra fría.
Todo el período de su largo exilio lo vivió en México, país por el que sintió una confusa mezcla de afecto y distanciamiento que fue bastante común entre sus compañeros de destierro. Hasta el puerto de Veracruz pudo llegar después de una peripecia personal digna de los protagonistas de Casablanca, el filme de Michael Curtiz. Antes de huir de Europa, fue internado por dos veces en Francia, una en París y otra en Marsella, bajo el grave cargo de ser un rojo español en el primer caso (la embajada española no quiso reconocerle como ciudadano del país y lo definió en un escrito oficial como «ciudadano alemán (israelita), naturalizado español por el gobierno rojo durante la Guerra Civil, y comunista de notorias actividades peligrosas») y por ser colaborador de la Resistencia en el segundo. Tales imputaciones significaron su internamiento en el campo de trabajo argelino de Djelfa, de donde logró con apuros pasar a Casablanca, en Marruecos, y allí embarcar para América, con avales diplomáticos mexicanos, ya en septiembre de 1942. Muy pronto, la experiencia de la guerra fría se superpuso a su previa actitud de antifascista europeo, matizándola y enriqueciéndola, casi siempre a través de sus fuentes literarias e ideológicas francesas. En un artículo de 1947, «París, a pesar de todo», concluía que «donde quiera que se esté, uno se acuerda siempre de París», porque, a fin de cuentas, «París es una manera de entender el mundo. Una manera especial de estar, de sentirse cómodo». Y es que la vida de las letras francesas le fascinaba de modo especial. En el mismo año de 1947, sus habituales colaboraciones en la prensa de la capital federal registran un recordatorio de Jean Richard Bloch, lleno de emoción por los días españoles que vivieron juntos y de reservas por los recientes años soviéticos del escritor. Y al año siguiente, hallamos una reseña más cautelosa, pero siempre admirativa, del estreno de Antígona, de Jean Anouilh, en dirección y adaptación de Xavier Villaurrutia.
La vida no le ahorró ni una sola consecuencia de sus circunstancias y opciones personales. Siempre hubo algo que denotaba su excepcionalidad de extranjero en las sociedades donde vivió y quizá, por eso, buscó obsesivamente reconocerse en personas, grupos, movimientos o ideas generales, lo que —como veremos— llegó a convertirse en un tema capital de su propia obra. En España se había movido en los ámbitos y preocupaciones de la llamada «generación del 27», pero ni la nómina más amplia de esta le ha acogido nunca. Y cuando en 1951 esgrimió su condición de nacido en Francia para poder viajar por Europa, el gobierno de Vincent Auriol le negó el pasaporte, aunque tiempo después —en 1964 y 1965— fue designado como jurado del Festival de Cannes, cuando su amigo André Malraux era ministro de Cultura. Fue por entonces cuando tuvo la humorada de fundar una revista de corta duración, Los Sesenta (cuatro números entre 1964 y 1965), que agrupara a escritores sexagenarios, y para su consejo de redacción pudo contar con Alberti, Aleixandre, Dámaso Alonso y Jorge Guillén: fue como su ingreso tardío en la generación más prestigiosa. Porque en México nunca se sintió reconocido y vio obstaculizada su carrera por la envidia de algunos dramaturgos nacionales y, en fin, por el cortés recelo de muchos que se titulaban anfitriones del exilio español; pese a lo cual, en la citada revista contó con colaboraciones de amigos como Salvador Novo, Carlos Pellicer, Julio Torri y Xavier Villaurrutia. Quince años antes, en 1949, había tenido que fundar otra revista, Sala de Espera (treinta breves entregas hasta 1951), de la que fue redactor único y en la que dio a conocer sus escritos que no encontraban editores propicios.
Lo cierto es que la fama solamente le llegó después de 1958 y del éxito internacional de su libro Jusep Torres Campalans. También en busca de raíces personales acudió a Israel, a finales de 1966, invitado por la UNESCO a la Universidad de Jerusalén, con más curiosidad que convicción, pero halló que no tenía nada que ver con aquel país que acababa de iniciar la guerra de los Seis Días; a propósito de esta, ideó y publicó un volumen de poemas apócrifos, Imposible Sinaí (póstumo, 1982), donde fingió transcribir los versos que se habían hallado entre las pertenencias de combatientes árabes y judíos muertos en aquellas batallas. Es quizá su mejor libro de versos y también un testimonio de su difícil aunque decidida imparcialidad. También viajó a la Cuba revolucionaria en 1968, como huésped de su gobierno, pero consignó en sus diarios de la estancia (Enero en Cuba, 1969) lo mucho que su concepción del socialismo distaba de la sustentada por el castrismo, e incluso por los entusiastas compañeros de congreso en el Hotel Habana Libre. Por fin, cuando pudo regresar a España, entre agosto y noviembre de 1969, comprobó con amargura que no quedaba nada del país que había conocido en su juventud y que la mayoría de sus colegas más jóvenes eran unos frívolos esnobs (como escribió en las duras páginas de su diario La gallina ciega, 1971). En definitiva, este peregrino en busca de un lugar donde reconocer su identidad se resistió a aceptar los términos en que se le ofrecían todas y fue, a su manera, un precursor del posnacionalismo.
Siempre sintió la comezón de ir más allá de lo que los demás aceptaban como solución. En 1949, en una carta abierta al hispanista Roy Temple House (luego incluida en su libro de ensayos Hablo como hombre, 1967), se desvinculó del reciente existencialismo, aunque admiró y leyó mucho a Jean-Paul Sartre, y dijo sentirse ligado a «otro movimiento de las letras contemporáneas, más claro y más normal —y, si usted quiere, heroico— [...] donde se encuentran gentes solo dispares en apariencia, como lo son, por ejemplo, Hemingway, Malraux, Ehrenburg, Koestler, Faulkner, O’Neill. Gentes que, desde luego, a pesar de sus esfuerzos no pueden pasar de reflejar su época. Con fe distinta, pero con fe». La mayoría de ellos y otros personajes cercanos —como Elio Vittorini y Tristan Tzara— figuraron también en un libro póstumo, Cuerpos presentes (2001), donde Aub había querido recoger las necrológicas y evocaciones escritas en sus últimos años. Pero allí están también los escritores a los que despreció, como José López Rubio o Edgar Neville, conniventes con el franquismo, o también hallamos una visión entre melancólica y agria del añorado grupo poético de 1927. Reconoció su valor literario pero, en asuntos españoles, solo se rindió a la superioridad de otros escritores más lejanos en el tiempo: sobre todo, de Galdós y de Unamuno; en menor grado y con discrepancias, de Pío Baroja y Azorín. Aunque su ajuste de cuentas más significativo con la tradición literaria española fue su ficticio discurso de su ingreso en la Academia Española, que escribió en los años cincuenta e imprimió, como si fuera real, en 1971, reproduciendo (era un experto en tipografía) las características editoriales de los libros que plasman esos textos de ingreso y recepción. Bajo el título «El teatro español sacado a la luz de las tinieblas de nuestro tiempo», su presunto discurso contó lo que podía haber sido el rumbo de la escena nacional, si la Guerra Civil no hubiera existido, y donde presentó su propia obra como una parte del proceso; en un apéndice, incluyó —como es preceptivo— la relación de los académicos titulares a la fecha de 1956. Y así configuró su Academia ideal, donde estaban escritores asesinados como Lorca, buena parte de los exiliados y, por supuesto, también sus enemigos y aquellos que, como Cela, Buero Vallejo y Delibes, habían alcanzado notoriedad en los años recientes.
Aub nunca perdonó a Franco y al franquismo aquella continuidad rota y, por ende, la pérdida de sentido de su propia ejecutoria personal. Antes de 1936, y a reserva de un primer poemario postmodernista (Los poemas cotidianos, 1925), la trayectoria del escritor se atuvo a los cánones de la joven literatura moderna, tanto en la prosa de imaginación (Geografía, 1929; Fábula verde, 1932) como, sobre todo, en el teatro (El desconfiado prodigioso, 1926; Narciso, 1928; Espejo de avaricia, 1935). Sin duda, aquella actividad escénica fue su faceta más original y la que le llevó a dirigir en Valencia el teatro universitario «El Búho» e incluso difundir a sus expensas un Proyecto de estructura para un Teatro Nacional y Escuela Nacional de Baile, dirigido al presidente Manuel Azaña e impreso en Valencia en 1936. Hijo de su época, Aub creía en la interacción del Estado y la Cultura y por eso, durante la Guerra Civil, estuvo vinculado a dos grandes proyectos de esa naturaleza: como agregado del embajador Luis Araquistáin en París, asesoró y organizó el Pabellón español de la Exposición Universal de 1937 (lo que incluyó el encargo del Guernica, de Picasso), y después, fue asistente y traductor de André Malraux en el rodaje del filme Sierra de Teruel. Siempre guardó un recuerdo magnificado de aquellas dos empresas y, en rigor, echó de menos los días heroicos de una Cultura popular tan vinculada al Estado. Y aunque en México se movió también en un medio creativo muy mediatizado por la administración (dio clases sobre teatro y filmografía en la Universidad Nacional Autónoma de México y dirigió desde 1960 sus servicios radiofónicos), nunca contó con los medios que hubieran requerido sus ambiciosos proyectos teatrales.
Obras tan ambiciosas como la tragedia San Juan (1943) —drama coral de los viajeros judíos de un barco que huye de Europa, sin ser admitido en ningún puerto—, como Morir por cerrar los ojos (1944) —que presenta con técnica casi cinematográfica los días de la invasión francesa por los nazis— y como NO (1952), que se desarrolla en una de las absurdas fronteras que impuso la guerra fría, no subieron nunca a los escenarios de su tiempo. Y el escritor acusó siempre el golpe infligido a lo que llamó su «teatro mayor», aunque el que denominó «menor» —comedias más convencionales y, sobre todo, interesantes obras en un acto— corrió mejor suerte. Pero puede también que en ese teatro breve, a veces cercano a la inmediatez del agit-prop, brillen mejor sus aciertos de lo que lo hacen en las obras más extensas: los caracteres muy definidos, las situaciones estáticas, el estilo sentencioso y conceptista, la intensificación de la escenografía.
Frustrado como dramaturgo y limitado al papel de guionista o de auxiliar en sus incursiones cinematográficas (en Los olvidados, de Luis Buñuel, ni siquiera figuró en los créditos), el mundo de la narrativa se le presentó como una mejor oportunidad. Poco antes de la Guerra Civil había dado a conocer su primer relato de tono realista, Luis Álvarez Petreña (1935), etopeya bastante negativa de un intelectual desorientado de los años treinta que, con el tiempo, modificó y amplió en 1965 y 1971, prolongando la vida de su personaje más allá del suicidio que cerraba la primera versión. La novela anticipa dos pautas de toda su obra posterior: en primer lugar, la importancia concedida al mundo íntimo de los intelectuales y artistas como signos y como conciencias —no siempre fieles ni abnegadas— de su tiempo histórico; en segundo lugar, su interés por la creación de personajes que, en virtud de su representatividad, alcanzan alguna suerte de autonomía vital, al modo que Unamuno instauró en Niebla. Como veremos, los más significativos personajes de sus relatos se ajustan a la primera condición y Aub les cedió generosamente la voz para expresar y discutir sus opiniones. Pero de añadidura, en dos momentos capitales de su vida, se planteó la construcción novelesca de dos grandes protagonistas —el uno ficticio; el otro real— que encarnaran los dos movimientos artísticos más significativos de su tiempo: el cubismo y el surrealismo. El primer propósito cuajó en Jusep Torres Campalans (1958), una curiosa falsificación literaria que se presentó como una monografía acerca de un inexistente pintor autodidacta, amigo de Picasso y rival de Juan Gris, que acabó viviendo como uno más entre los indios chiapanegos. Ilustrado por el propio Aub (que realizó los cuadros atribuidos a Torres Campalans), el libro obtuvo notable repercusión internacional y engañó a muchos (entre ellos, a su amigo Vicente Aleixandre). No llegó a concluir, sin embargo, el segundo empeño: se trataba de una biografía del cineasta Luis Buñuel, presentada como «Novela», y solo un fascinante material de entrevistas con el protagonista y sus allegados fue transcrito y publicado en 1985 bajo el título de Conversaciones con Luis Buñuel.
El grueso de la obra narrativa de Max Aub se engloba bajo el título de «El laberinto mágico» y su designio fue la exploración y clarificación de lo sucedido en España entre 1936 y 1940. El propósito y hasta el diseño quedan muy explícitos en la palabra «campos» que está en el título de los principales tomos: «campo» es el ámbito físico de encuentros y también el objeto de conocimiento y análisis. Y los adjetivos o atribuciones correspondientes pautaron perfectamente el período analizado: Campo cerrado (1943) y Campo de sangre (1945) se refieren a los primeros momentos de la contienda, Campo abierto (1961) y Campo del Moro (1963) al desarrollo de la guerra y a sus últimos días en Madrid; Campo francés (1964), a la vida de los refugiados en Francia, y Campo de los almendros (1968), a la situación de los confinados republicanos en las cercanías de Alicante, justo al final de la guerra. Pero «El laberinto mágico» arrancó con «El cojo», cuento publicado en 1938, y su despliegue incluye también las numerosas colecciones de relatos cortos en que volvió sobre sus temas de siempre: No son cuentos (1944), Cuentos ciertos y Ciertos cuentos (1955) e incluso Cuentos mexicanos (con pilón) (1959) y La verdadera historia de la muerte de Francisco Franco y otros cuentos (1960), donde habló de los españoles desterrados en México. E incluso dos excelentes novelas sueltas pueden ser entendidas como apostillas del «laberinto»: Las buenas intenciones (1954), un relato de ambición y dedicatoria galdosianas que empieza en la dictadura y acaba en la guerra, y La calle de Valverde (1961), donde perfiló un fascinante retrato del mundo literario de Madrid en las vísperas de la República, trufado —al modo de Troteras y danzaderas, de Ramón Pérez de Ayala— de personajes inspirados en figuras de la vida real.
Bibliografía
José Monleón, El teatro de Max Aub, Madrid, Taurus, 1971; Cecilio Alonso (ed.), Actas del Congreso Internacional Max Aub y el laberinto español (1993), Valencia, Ayuntamiento de Valencia, 1996, 2 vols.; Eleanor Londero, Formas de la elusión. Cinco estudios sobre Max Aub, Catanzaro, Rubbettino, 1996; Ignacio Soldevila Durante, El compromiso de la imaginación. Vida y obra de Max Aub, Segorbe, Fundación Max Aub, 1999; Manuel Aznar Soler, Los laberintos del exilio. Diecisiete estudios sobre la obra literaria de Max Aub, Sevilla, Renacimiento, 2003; Juan María Calles (ed.), Max Aub en el laberinto del siglo XX, Valencia, Generalitat Valenciana, 2003; Francisco Caudet, Galdós y Max Aub, poéticas del realismo, Alicante, Universidad de Alicante, 2011.
FRANCISCO AYALA
por
RICARDO SENABRE
En el campo de la ficción literaria mi producción se ha desenvuelto básicamente como prosa narrativa; y sin duda que, bajo la fundamental unidad del estilo personal, pueden descubrirse en sus rasgos externos las inflexiones impuestas por las diversas circunstancias histórico-sociales de cada período.
(El escritor en su siglo, 1990)
Francisco Ayala (Granada, 1906-Madrid, 2009) repitió en varias ocasiones que «la biografía de un escritor consiste en sus escritos», tanto los que hablan de la realidad inmediata como aquellos en que el autor «vierte su recóndita intimidad o despliega sus más fantásticos ensueños» (en el prólogo a Recuerdos y olvidos, 1988). No obstante, convendrá recordar algunos datos de la biografía externa del autor —que nos ha ofrecido, además, numerosas páginas de memorias—, porque permiten entender mejor aspectos esenciales de su obra. Francisco Ayala García-Duarte nace en Granada el 16 de marzo de 1906. Allí realiza sus primeros estudios y comienza el bachillerato: «Aunque solo he pasado en Granada los primeros dieciséis años de mi vida siento que soy muy radicalmente granadino en la rara mezcla de despego y nostalgia que compone mi actitud hacia la ciudad». Concluirá el bachillerato en Madrid, adonde la familia se traslada en 1922: «Madrid era para mí, magnificado, el mundo de Galdós, varias de cuyas novelas estaban en los anaqueles de mi casa y había leído medio a hurtadillas mientras se me suponía absorbido en el estudio de mis lecciones». En 1923, siendo todavía estudiante universitario, publica su primer artículo —sobre el pintor Romero de Torres— en Vida aristocrática. En 1925 termina su licenciatura en Derecho, y el mismo año aparece su primera novela, Tragicomedia de un hombre sin espíritu —acogida por una estimulante reseña de Enrique Díez-Canedo en El Sol—, donde las figuras de Miguel Castillejo y don Ismael inauguran la larga serie de personajes solitarios que poblará el mundo futuro del escritor y donde, al mismo tiempo, este ensaya un artificio narrativo que será fundamental en algunas obras mayores, como Muertes de perro: la ficción del «manuscrito hallado» y la consiguiente multiplicación de las perspectivas, todo ello aprendido en Cervantes y glosado años más tarde por Ayala en sus páginas de crítica literaria. Durante estos años se intensifica la labor de publicista en revistas como La Gaceta Literaria, Gallo o la Revista de Occidente, y junto al Ayala narrador —con relatos como Historia de un amanecer (1926), El boxeador y un ángel (1929) o Cazador en el alba (1930)—, se perfila el Ayala ensayista con el trabajo Indagación del cinema (1929), temprana reflexión acerca de una forma nueva que interesó también vivamente a otros miembros del llamado grupo del 27, en cuyo seno brotaron los primeros tratadistas de la teoría cinematográfica en España, como Manuel Villegas López. Las creaciones literarias de esta etapa se integran plenamente, por sus caracteres compositivos y por su estilo, en las tendencias de la prosa vanguardista de la época, centrada en la búsqueda a ultranza de metáforas y símiles nuevos y sorprendentes, en la línea imaginativa de muchas greguerías de Ramón Gómez de la Serna: «Los sangrientos ojales abiertos en la piel de la noche por las picas de la corneta, la hacían más imponente y trémula», leemos en Cazador en el alba (un «cazador» cuyas piezas son, sobre todo, las acuñaciones expresivas capturadas). O bien: «Su pelo rubio partía de la frente hacia un lado, como los juncos a la orilla del agua. Sus manos [...] se hundían, como perdices muertas, en los hondos bolsillos». Ayala recordará en 1949 aquellos experimentos: «El balbuceo, la imagen fresca, o bien el jugueteo irresponsable, los ejercicios de agilidad, la eutrapelia, la ocurrencia libre, eran así los valores literarios de más alta cotización».
Pero no todo es literatura en estos años. Ayala amplía sus estudios jurídicos y los amplía con una estancia en Berlín (1929-1931), donde contrae matrimonio. A su vuelta se doctora en la Universidad Central, orientado ya hacia la ciencia política, y, tras la proclamación de la República, obtiene una plaza en el cuerpo de Oficiales Letrados del Congreso de los Diputados, y poco después gana por oposición una cátedra de Derecho político. En 1934 nace su hija Nina. Cuando, en 1936, estalla la Guerra Civil, Ayala se encuentra dando conferencias en Sudamérica, y las interrumpe para volver a su país. Durante los tres años de la contienda desempeña varios puestos, incluido el de consejero de la Legación española en Praga. Al concluir la guerra sale de España con su familia y se instala en Buenos Aires: «Con la Guerra Civil había perdido no solo mi casa y todas mis pertenencias reunidas en ella, sino mi posición oficial como letrado de las Cortes y catedrático de la Universidad, e incluso el nombre que como escritor tenía ganado y que el régimen franquista se empeñó, no sin algún éxito, en borrar y tachar».
Con la experiencia del exilio, la literatura de Ayala experimenta un giro radical. Para comenzar, se intensifica su labor como ensayista, crecientemente inclinado a la Sociología y a la literatura examinada en su vertiente sociológica, con títulos como El problema del liberalismo (1941), Histrionismo y representación (1944), Ensayo sobre la libertad (1945) o Tratado de Sociología (1947). Por otra parte, la literatura de creación se despega por completo de los juegos vanguardistas anteriores y adquiere una súbita gravedad. El «Diálogo de los muertos» (1941), subtitulado «Elegía española», acabará como cierre del libro de relatos Los usurpadores (1949), cuyas historias, muy diferentes y ambientadas en épocas pretéritas, obedecen a un único motivo central, que, según el autor —emboscado en el prólogo tras un transparente seudónimo—, «pudiera formularse de esta manera: que el poder ejercido por el hombre sobre su prójimo es siempre una usurpación». También en 1949 se publica La cabeza del cordero, una colección de novelas cortas generalmente valoradas como la aportación de Ayala a la literatura sobre la Guerra Civil, si bien solo una de ellas —«El Tajo»— se desarrolla en el frente bélico. De las otras narraciones, «El mensaje» se sitúa antes de la guerra, mientras que «El regreso» y «La cabeza del cordero» transcurren después de la contienda. Pero lo decisivo en todas ellas no consiste en recrear los acontecimientos bélicos, sino en mostrar cómo surgen enfrentamientos entre seres cercanos; cómo la Guerra Civil es una especie de tumor que el ser humano lleva dentro. Señala el autor acerca de estas novelas: «Todas ellas contemplan la Guerra Civil española [...], pues el tema de la Guerra Civil es presentado en estas historias bajo el aspecto permanente de las pasiones que la nutren; pudiera decirse: la Guerra Civil en el corazón de los hombres». La publicación de Los usurpadores coincide con la fundación en Buenos Aires de la revista Realidad, en la que Ayala consiguió reunir colaboraciones de los más destacados intelectuales del momento, actividad que se repetirá poco después, trasladado el autor a Puerto Rico en calidad de profesor de aquella Universidad, con la creación de la revista La Torre.
Los seis años de docencia en Puerto Rico se prolongarán, a partir de 1956, en diversas universidades estadounidenses, donde surgen ensayos capitales, como El escritor en la sociedad de masas (1956) y Tecnología y libertad (1959). Estimulados sin duda por sus actividades docentes, se incrementan sus trabajos de crítica literaria —en los que la obra de Cervantes es una constante presencia—, enfocados a menudo con una enriquecedora perspectiva sociológica. Pero Ayala es un verdadero homme de lettres, y estas tareas no lo desgajan de la literatura de creación. Hay que recordar el conjunto de narraciones breves Historia de macacos (1955) y, sobre todo, la primera de sus dos grandes novelas: Muertes de perro (1958). Algunos años después, tras la primera vuelta a España en 1960, aparecerá El fondo del vaso (1962). Ambas constituyen —en palabras del autor— «las dos novelas mayores, de algún modo ligadas entre sí por su argumento». Son, en efecto, dos obras complementarias cuyo fondo común es la serie de sucesos que se desarrollan en una innominada república hispanoamericana gobernada por el dictador Antón Bocanegra. Pero, en realidad, lo que ha interesado al autor, más que el bosquejo del marco político de la historia, ha sido crear unos personajes que le sirvieran para subrayar la homogeneidad de la naturaleza y los comportamientos humanos por encima de cualquier contingencia histórica, con un planteamiento parecido al que presidía los relatos de La cabeza del cordero con respecto a la Guerra Civil española. En las dos novelas mayores, todos los personajes acaban descubriendo algún resorte maligno en su conducta, pero todos acaban también enfrentados consigo mismos en un patético desamparo que deja al descubierto la fragilidad de su existencia. Por otra parte, cuando se cataloga Muertes de perro como novela acerca de una dictadura —porque, de hecho, los sucesos narrados en El fondo del vaso son posteriores al asesinato del dictador—, se da una imagen sesgada de la obra, ya que solo afecta al marco en que se desarrolla. Incluso los hechos que parecen tener cariz político son consecuencia de pasiones personales. La muerte del dictador, por ejemplo, es consecuencia de la maquinación de una esposa adúltera, de igual modo que la mutilación del senador Rosales no se deriva de ninguna oscura represalia política, sino que constituye la venganza de una fiera mujer despechada. Lo que destaca en Muertes de perro, sobre todo, es la aplicación actualizada de la técnica novelesca cervantina. Un primer narrador, el tullido Pinedo, alterna su relato con la transcripción de las memorias del secretario Tadeo Requena (como había hecho el narrador del cuento «El hechizado» al transcribir la relación compuesta por el indio González Lobo); más exactamente, de pasajes seleccionados de esas memorias, lo que ya supone una intervención de Pinedo en el texto. No es la única, porque Pinedo cita literalmente muchos fragmentos, pero en algunos casos resume las páginas de Requena, apostilla las observaciones del secretario e incluso su estilo, juzga sus acciones y calibra la veracidad de sus asertos. Además, la imagen que el lector acaba teniendo de Requena se le ofrece en múltiples facetas, además de las que su manuscrito permite entrever. Disponemos del punto de vista de Pinedo, pero también, por ejemplo, de lo que afirman los periódicos oficiosos con ocasión del nombramiento de Requena como secretario de Bocanegra, o de la versión que expone Camarasa. Otros retazos de la historia proceden de fuentes distintas; así, los minuciosos informes del ministro de España, las cartas cruzadas entre la abadesa y la viuda del senador Rosales o las páginas del diario de la adolescente María Elena. Hay en la novela un espesor de voces, de perspectivas e informaciones que se cruzan y se complementan. Un suceso como la muerte voluntaria de don Luisito Rosales se narra o se comenta en un informe del ministro de España, en las memorias de Requena, en las cartas entre la abadesa y su prima y, naturalmente, en el relato conductor de Pinedo, que es siempre en la novela una presencia dominante, narrador principal y compilador de los demás relatos parciales que configuran la historia como discurso narrativo. Pinedo viene a ser la suma o integración de todas las perspectivas; adopta, así, lo que sería el punto de vista ideal, el punto de vista de Dios. Ya había advertido Ortega y Gasset —cuya influencia en el pensamiento de Ayala es innegable— que la realidad es indisociable de la perspectiva desde la cual la contemplamos, y que solo la suma de todas las perspectivas posibles nos proporcionaría la visión de esa realidad total, imposible de alcanzar individualmente. Pero se trata de una aspiración imposible.
Por eso la novela siguiente —y complementaria— de Ayala, El fondo del vaso, está puesta en boca de José Lino, personaje episódico de Muertes de perro, que comienza su narración, muerto ya Bocanegra, con el propósito declarado de desmentir las informaciones aparentemente verídicas del tullido Pinedo en la historia anterior, empezando por la más clamorosa falsedad: la afirmación según la cual José Lino, el actual narrador, había muerto. El castigo —literario— de la vanidad de Pinedo y de su pretensión de usurpar a Dios al intentar reunir todas las perspectivas posibles, consiste en el desmantelamiento de su creación. Lo que sucede es que la verdad absoluta no existe, y que solo poseemos puntos de vista, perspectivas parciales y amputadas. Ya el personaje de un relato del Ayala juvenil, «Erika ante el invierno» (1930), exclamaba: «¡Nunca se sabe nada, nunca!». ¿Por qué tiene que ser el punto de vista más veraz que el de Pinedo, sujeto en verdad deleznable, que concluye su actuación cometiendo un crimen? La realidad es siempre ambigua. Pero la ambigüedad —la que los artificios constructivos proporcionan a la creación artística multiplicando sus sentidos posibles— es un valor estético para Ayala, que destaca este rasgo en el Quijote. Porque, en efecto, si el sustento teórico del perspectivismo se halla en las páginas de Ortega, su aplicación práctica a la narración —un perspectivismo avant la lettre— es una de las más geniales creaciones de Cervantes, con los equívocos que trama entre los distintos «autores» del Quijote, Cide Hamete y el traductor morisco, y que lanzan sobre la historia multitud de sospechas y puntos oscuros: no estamos seguros de cómo se llama don Quijote, de igual modo que hay varios nombres diferentes para mencionar a la mujer de Sancho, e incluso a este mismo. La historia narrada no es algo conocido directamente por el compilador, sino urdido gracias a diversas fuentes —libros, manuscritos, traducciones de dudosa fidelidad—, e incluso las distintas voces narrativas encaran al personaje de manera diferente, hasta el punto de que se suceden un narrador que lo desdeña, un segundo que se apiada de él y otro que se enorgullece de su valor y se entristece con sus desdichas. El hecho de que el propio recopilador desconfíe a veces de la veracidad del texto ayuda también a transmitir la idea de que la realidad es insegura y escurridiza y solo alcanzamos a tener visiones parciales de ella. Por eso Muertes de perro y El fondo del vaso son dos novelas profundamente cervantinas. La fragmentación de la perspectiva es, por tanto, un artificio compositivo que, integrado en la órbita del pensamiento orteguiano y teniendo como modelo práctico la creación de Cervantes, resulta eficaz para materializar novelescamente la insuficiencia y la parcialidad de nuestros conocimientos. Cervantina es asimismo una novela corta, El rapto (1965), reelaboración en clave contemporánea de la historia que cuenta el cabrero en el capítulo LI de la primera parte del Quijote, aderezada con algunos elementos de la novelita del curioso impertinente, a la que también Ayala ha dedicado especial atención crítica.
La instalación definitiva de Ayala en España en 1977, tras diversos viajes privados con pasaporte norteamericano, acarreó un alud de honores y reconocimientos: Premio Nacional de Literatura (1983), Académico de la Lengua (1984), Medalla de oro de la ciudad de Granada (1987), Premio Nacional de las Letras Españolas (1988), Premio de las Letras Andaluzas (1990), Premio de Literatura Miguel de Cervantes (1991), Premio Príncipe de Asturias de las Letras (1998). Son numerosos también los doctorados honoris causa concedidos por distintas universidades: Complutense (1989), Sevilla (1994), Granada (1994), Toulouse Le Mirail (1996), UNED (1997) o Carlos III (2001). La producción literaria no quedó por ello interrumpida, aunque se orientó preferentemente hacia libros de memorias (Recuerdos y olvidos, 1982-1988; El escritor en su siglo, 1990; El tiempo y yo, o El mundo a la espalda, 1992) o ensayísticos (La imagen de España, 1986; Mi cuarto a espaldas, 1988; En qué mundo vivimos, 1996) que han prolongado la presencia viva de este agudo intelectual hasta más allá de su centenario.
Bibliografía
Keith Ellis, El arte narrativo de Francisco Ayala, Madrid, Gredos, 1964; Estelle Irizarry, Teoría y creación en Francisco Ayala, Madrid, Ínsula, 1971; Rosario Hiriart, Los recursos técnicos en la novelística de Francisco Ayala, Madrid, 1972; Andrés Amorós, Bibliografía de Francisco Ayala, Madrid, Centro de Estudios Hispánicos, 1973; Agustín Vera Luján, Análisis semiológico de «Muertes de perro», Madrid, Cupsa, 1977; Antonio Álvarez Sanagustín, Semiología y narración: el discurso literario de Francisco Ayala, Oviedo, Universidad de Oviedo, 1981; Rosario Hiriart, Conversaciones con Francisco Ayala, Madrid, Espasa-Calpe, 1982; Carmen Escudero Martínez, Cervantes en la narrativa de Francisco Ayala, Murcia, Universidad de Murcia, 1989; AA.VV., Francisco Ayala, teórico y crítico literario, Granada, Diputación Provincial de Granada, 1992; AA.VV., Francisco Ayala: el escritor en su siglo, Madrid-Granada, Sociedad Estatal de Conmemoraciones Culturales, 2006; Francisco Ayala, Obras completas, 5 vols., ed. Carolyn Richmond, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2007-2012.
JOSÉ MARTÍNEZ RUIZ «AZORÍN»
por
DOMINGO RÓDENAS DE MOYA
«Este es un pueblo feliz», piensa Azorín; «tienen muchos clérigos, tienen muchos militares, van a misa, creen en el demonio, pagan sus contribuciones, se acuestan a las ocho... ¿Qué más pueden desear?».
(La voluntad, 1902)
La precisión léxica y el arcaísmo gustoso, el fraseo telegráfico y el estilo seco y lírico, refractario a la retórica y el almíbar modernista, la depuración ascética de la escritura irán siempre asociados a Azorín, seudónimo de José Martínez Ruiz (Monóvar, 1873-Madrid, 1967), como también la descripción del paisaje levantino y castellano, de sus pueblos y gentes, de los objetos y oficios de antaño, la capacidad para evocar sensorialmente las atmósferas que los contuvieron y la obsesiva atención al tiempo como única dimensión de la vida humana, tiempo fugaz y cíclico, tiempo cósmico, histórico y cronométrico, Tiempo como mansión del ser. Él y unos pocos más desengrasaron la prosa castellana, desarticularon su pesada carrocería decimonónica y la recompusieron para hacerla más expresiva, funcional y sugerente. Y los mismos, que los manuales escolares denominan «generación del 98», dirigieron sus ambiciones de regeneración hacia la novela con el fin de transformarla, del espejo a lo largo del camino de Stendhal, en laboratorio de investigaciones subjetivas.
El espíritu inconformista y anarcoide del joven Azorín empezó a manifestarse en sus años de estudiante en Valencia, durante los que escribió en El Mercantil Valenciano y en el periódico de Blasco Ibáñez El Pueblo, pero fue a partir de 1896, ya en Madrid y en el diario El País, donde coincidió con Maeztu y Baroja, cuando encontró en la protesta social y política su campo de expansión. Aunque fue con Charivari (1897), una arremetida contra el mundillo literario de la capital en la que no ahorraba nombres ni chismes ofensivos, con lo que ganó inmediata notoriedad, por mucho que las autoridades mandaran retirar el libro. En los dos años posteriores publicó una sátira contra el periodismo revolucionario ramplón (Pecuchet, demagogo), una diatriba contra el tratamiento que daba el Derecho tradicional a la delincuencia (La sociología criminal) y un examen polémico de la crítica literaria (La evolución de la crítica). Pero este Azorín pugnaz pronto entrará en crisis e iniciará una retirada hacia el autoanálisis pasivo y la resignación pesimista y estoica que tan bien se refleja en Diario de un enfermo (1901). No le debe poco esta inflexión (y esta obra) a la lectura de Schopenhauer. El intelectual protagonista, cuya esposa ha fallecido, se siente desustanciado en una vida opaca y sin sentido y, atraído por la «liberadora Nada», acaba suicidándose (un suicidio que Azorín suprimirá en futuras ediciones).
Su nombre prolifera en la nueva prensa (El Globo, Alma Española, Revista Nueva, Juventud...) y en los periódicos prestigiosos (ABC, El Imparcial), pero el escritor se concentra en una trilogía novelística, la formada por La voluntad (1902), Antonio Azorín (1903) y Las confesiones de un pequeño filósofo (1904). Del protagonista tomará Martínez Ruiz, en 1903, el seudónimo que lo acompañará toda su vida y en él trazó un retrato fiable de su juventud (y de la juventud intelectual española del fin de siglo) escéptica y roída por un tedio nihilista, aburrida de una sociedad minada por los privilegios de clase y de una política ineficiente y caciquil. No debe extrañar, pues, que las novelas azorinianas propendan a inmovilizar la acción y a presentar criaturas ensimismadas, escépticas y sombrías. La primera gran cristalización del tipo del intelectual caviloso en pasiva hostilidad con el medio en que subsiste es La voluntad, donde Antonio Azorín, desengañado de la inutilidad de cualquier esfuerzo por mejorar la realidad, se retira a una vida grisácea y anónima, parecida a la disolución en la nada a la que todo tiende. El protagonista conoce en Madrid la bohemia sucia y patética y la insoportable miseria de los marginados y, hastiado, regresa al terruño, a Yecla, donde se casará con Iluminada y vivirá en una suerte de exilio existencial, prisionero de la abulia y detestando el mero vivir. Las conversaciones con su maestro Yuste, en la primera de las tres partes de la novela, ponen de manifiesto la lectura de Schopenhauer y Nietzsche, cuya doctrina del eterno retorno inspira la articulación del relato (Yecla, Madrid, Yecla) y marcará indeleblemente a Martínez Ruiz. En esas pláticas se pasa revista a todo el repertorio temático del fin de siglo: la injusticia social, la corrupción, la ignorancia y credulidad del pueblo, la maldad ingénita, el determinismo histórico, el carácter español..., de modo que Yuste y Azorín asumen sin diferencias apreciables entre sí el papel de voceros del propio Martínez Ruiz.
Pero La voluntad no solo contiene un daguerrotipo de la juventud desencantada del fin de siglo sino una teoría de la novela que coincide en sus rechazos con la que se estaba imponiendo en toda Europa. El preceptista de este nuevo arte de novelar es Yuste, que en el capítulo 14 imparte su lección a Azorín durante un paseo. Un escritor, dice, «será tanto más artista cuanto mejor sepa interpretar la emoción del paisaje», pero debe hacerlo sin el subterfugio de la comparación porque comparar «es evadir la dificultad... es algo primitivo, infantil... una superchería». En lugar de la analogía, la constatación de «esos pequeños detalles sugestivos, suscitadores de todo un estado de conciencia...», creadores de una «honda emoción estética». Si hay que evitar la descripción falsificadora, más deben rehuirse los diálogos artificiosos, literarios porque en la vida se habla «con incoherencias, con pausa, con párrafos breves, incorrectos...». Y Yuste proclama:
Dista mucho, dista mucho de haber llegado a su perfección la novela. Esta misma coherencia y corrección antiartísticas —porque es cosa fría— que se censura en el diálogo... se encuentra en la fábula toda... Ante todo, no debe haber fábula... la vida no tiene fábula: es diversa, multiforme, ondulante, contradictoria... todo menos simétrica, geométrica, rígida, como aparece en las novelas...
El desiderátum, dice Yuste, ha de ser el de los Goncourt, quienes «no dan una vida, sino fragmentos, sensaciones separadas...». Si a eso se añade la certeza azoriniana de que «La sensación crea la conciencia; la conciencia crea el mundo. No hay más realidad que la imagen, ni más vida que la conciencia», es fácil inferir que la obra literaria que aspire a reflejar la vida no podrá sino representar la percepción fragmentada de la conciencia subjetiva. He ahí la teoría novelística que sostiene La voluntad y, con ella, una gavilla de rasgos de la novela modernista europea: fragmentarismo formal, destierro del argumento, representación del caos de la conciencia individual, enfoque del detalle o el matiz reveladores (que funcionan como metáforas), lirismo e intelectualismo, impugnación, en fin, del concepto decimonónico de la novela totalizadora.
Desde La voluntad, Azorín introduce en la novela su propia fundamentación teórica, haciendo que la novela (renacida como metanovela) reflexione sobre sí misma. Ese ensimismamiento autorreflexivo será una característica constante en toda su obra hasta Salvadora de Olbena (1944), como lo será la descripción delictuosa de los objetos corrientes y la morosidad narrativa (exasperante para los lectores que exigen una acción dinámica). Reflexividad, objetualismo y tempo lento que justifican el que se le haya considerado un precedente (no llega a precursor) del nouveau roman francés, no por casualidad llamado «escuela de la mirada» (école du regard).
Este Azorín también se prefigura en Antonio Azorín (1903), donde el protagonista llega a la conclusión de que es posible una percepción humilde de la realidad sobre el presupuesto de que todas las cosas son dignas de estudio. Esta novela prosigue La voluntad sin dar salida a la irresolución del protagonista, pero lo carea con dos interlocutores que representan actitudes vitales muy dispares: Sarrió, que propone descargar el espíritu de pesadumbre y gozar epicúreamente de los placeres, y Verdú, convencido de que el alma es inmortal y para quien la vida sin el consuelo de la trascendencia se vacía de sentido. Esta será la dirección en que se orientará el escritor, la de descubrir en el mundo la dimensión trascendente, la de infundir en los objetos materiales una forma de espiritualidad que los individualiza y realza. Y esta estética que Ortega motejaría de «primores de lo vulgar» pronto se combinará con un nacionalismo cultural que convertirá a Azorín en uno de los responsables del discurso nostálgico sobre la España imperial y mística del Siglo de Oro transmutada para siempre en su literatura.
El Azorín que, hacia 1912, reinventa y reverdece a los clásicos es ya un intelectual orgánico cuya incursión en la política conservadora ha desairado a muchos de sus lectores. Sin embargo, los ensayos de Castilla y Lecturas españolas (ambos de 1912) hacen prevalecer su novedoso acercamiento a las letras antiguas sobre las circunstancias ideológicas del autor e imponen una lectura fecundante, sensible e imaginativa de los clásicos, definidos en el prefacio al segundo libro como «un reflejo de nuestra sensibilidad moderna» (¡los mismos términos que ha utilizado George Steiner!). En buena medida, la interpretación más estimulante de la literatura clásica sigue la pauta liberadora de Azorín, la imprescindible e inverecunda apropiación del texto por parte del lector, en cuya experiencia se esponja y a la que devuelve matices desconocidos. En años sucesivos aparecerán tres volúmenes inspirados por el mismo espíritu: Clásicos y modernos, Los valores literarios y Al margen de los clásicos.
Una de las culminaciones de este revisionismo literario no fue ensayística sino narrativa. Fueron tres obras, tan problemáticas en su clasificación como casi todas las suyas, en las que recreó temas y mitos tradicionales: El licenciado Vidriera (1915, rebautizado en 1941 como Tomás Rueda), Don Juan (1922) y, pieza maestra, Doña Inés (1925). Aunque por su título las dos últimas pueden sugerir un díptico, se trata de narraciones independientes. Doña Inés, escrita como una sucesión de viñetas líricas, sin apenas ilación argumental, esboza una mínima trama en torno a una joven madrileña que, tras recibir una carta con noticias adversas, parte hacia Segovia, donde conocerá al poeta local, Diego de Garcilán, del que se enamora. Un beso en público suscita un escándalo y provoca la marcha de Inés hacia América, donde fundará un orfanato. Este débil hilo argumental ensarta los distintos capítulos que, como cuadros o tapices, muestran escenas y figuras (por ejemplo la de su tío don Pablo, contrafigura de Azorín) descritas con primor pero sin movimiento en una sugestión de la eterna repetición de lo mismo.
La atomización del discurso narrativo y, en general, la experimentación con la estructura novelesca se acentuaron en las que Azorín calificó de «Nuevas Obras»: Félix Vargas. Etopeya (1928) y Superrealismo. Prenovela (1929), retituladas tras la guerra El caballero inactual y El libro de Levante respectivamente. A ellas habría que añadir Pueblo. Novela de los que trabajan y sufren (1930), que parece alertar vanamente sobre un cierto carácter testimonial, coincidiendo con el auge de la narrativa social. Las dos primeras obras conectaban con las exploraciones formales de los jóvenes vanguardistas, que las recibieron con entusiasmo, pero encerraban bajo la elaboración poemática del texto, los bucles temporales de sus leves tramas y la presencia de elementos fantásticos la persistencia de los temas azorinianos de siempre: la circularidad del tiempo, la escritura como refugio y recomposición de la experiencia, la tradición eterna... Félix Vargas pretende ser el retrato impresionista de un escritor enfrascado en su trabajo para el que la realidad cotidiana (el San Sebastián donde veranea o la familia de su amiga Andrea) se confunde con las realidades inactuales en las que trabaja: la Francia dieciochesca de Benjamin Constant y Madame de Récamier primero y la Castilla del Quinientos cuando acepta impartir un curso sobre Santa Teresa y debe prepararlo. La existencia espiritual de Félix Vargas tiene más asideros en esos universos mentales que en el mundo empírico en el que se desenvuelve, pero descubre que la reconstrucción del tiempo pasado y la vivificación de quienes lo habitaron solo son hacederas desde el único tiempo donde las sensaciones siguen vivas, el presente. Con todo, a Azorín le atrajo un reto técnico, el de escribir una novela fragmentaria, a base de retazos sueltos de texto, sin más argumento que la errancia psicológica de su protagonista, y que, no obstante, tal novela fuese profundamente orgánica. Este experimento podía aburrir a los lectores inexpertos pero resultaba fascinante para cualquier creador que se debatía en el filo cortante entre un arte transgresor y un arte coherente, entre la impugnación de los cánones pasados y el hallazgo de formas nuevas y perdurables.
El mismo interés presenta Superrealismo, cuyo subtítulo establece el estatuto del texto y desarma las objeciones sobre su condición o no de novela: «Prenovela». Borrador o bosquejo, por tanto, despensa de materiales para una novela futurible y algo más que «híbrido carnet de notas», como la llamó un crítico. Este libro puede leerse como la novela sobre la gestación intelectual de una novela acerca del paisaje levantino (en concreto el que rodea el pueblo natal de Azorín, Monóvar), en la que se nos abre una ventana a los procesos cognoscitivos del escritor y a su respuesta a los estímulos sensoriales recibidos del entorno a la vez que se nos «transcribe» parte del texto que ese escritor va redactando. Conviene advertir que el «superrealismo» azoriniano tiene poco en común con la escuela vanguardista francesa. Para Azorín «lo superrealista» connotaba lo misterioso, los «aspectos ignorados de la materia» que la ciencia estaba sacando a la luz, como declara a un periódico en 1928. Conforme a esa convicción, organiza la novela como un doble camino, uno geográfico y otro metafísico, hacia el misterio. El primero conduce al nebuloso protagonista de Madrid a Monóvar (un regreso que evoca el de Antonio Azorín en La voluntad) y el segundo recorre el proceso que va del magma que precede a la creación literaria hasta la definición de las ideas, los personajes, los lugares y los tiempos, pero sin que toda esta materia cosmológica llegue a cristalizar en una obra, pues no en vano Azorín pretende hacer una prenovela. Si esta comienza así: «Propósito de escribir una novela», hay que esperar que culmine con el logro de ese propósito y así ocurre, pues el capítulo final, «Aurora», refiere tanto al amanecer del día (en que un monje se dispone a escribir en su celda) como al principio de esa novela que ya queda fuera de nuestro texto como una imposibilidad.
Tras estas incursiones en la narrativa experimental, Azorín se refugia en el ensayo literario (Lope en silueta, 1935) y, durante la guerra, exiliado en París, en las notas memorialísticas con las que arma dos de sus mejores libros, Madrid y Valencia (ambos de 1941), en los que refulge su capacidad para evocar atmósferas y sensaciones pretéritas.
Todavía publicará seis novelas en los años cuarenta que no carecen de interés, aunque quedan lejos de La voluntad, Doña Inés o Félix Vargas. Los temas apenas han cambiado y persiste la propensión a interiorizar en el relato la reflexión teórica sobre el ejercicio de escribir o de novelar. Esa querencia metaliteraria se manifiesta sobre todo en las tres novelas del bienio 1942-1943: en El escritor Azorín se desdobla en Antonio Quiroga, el escritor maduro, y Luis Dávila, el escritor joven, para reflejar el temor a la decrepitud y el relevo generacional; en El enfermo se proyecta en Víctor Albert, nombre que remite al protagonista de Superrealismo, escritor sesentón que encuentra en la escritura una forma de asilo; en Capricho, en fin, la teoría se enquista en el capítulo XVII mientras el relato se convierte en un homenaje a los poderes de la imaginación.
En 1944 se despidió Azorín de la narrativa con tres novelas: La isla sin aurora, Salvadora de Olbena. Novela romántica y María Fontán. Novela rosa. La primera pone en escena a un novelista, un poeta y un dramaturgo que emprenden un viaje hacia una isla donde nunca amanece, una travesía que oscila entre lo soñado y lo realizado que permite confrontar a los tres sus visiones de la creación literaria y a Azorín interrogarse sobre el sentido de toda una vida consagrada a la escritura, de toda una escritura que fagocitó una vida.
Bibliografía
José María Martínez Cachero, Las novelas de Azorín, Madrid, Ínsula, 1960; Leon Livingstone, Tema y forma en las novelas de Azorín, Madrid, Gredos, 1970; José María Valverde, Azorín, Barcelona, Planeta, 1971; Santiago Riopérez, Azorín íntegro, Madrid, Biblioteca Nueva, 1979; Antonio Risco, Azorín y la ruptura con la novela tradicional, Madrid, Alhambra, 1980; Kathleen M. Gleen, Azorín (José Martínez Ruiz), Boston, Twayne, 1981; Darío Villanueva (ed.), La novela lírica I. Azorín, Gabriel Miró, Madrid, Taurus, 1983; Anales Azorinianos, 1987-2008; Miguel Ángel Lozano (ed.), Azorín, renovador de géneros, Madrid, Biblioteca Nueva, 2009; Santiago Riopérez y Milá, La voz española de Montaigne: Azorín, Madrid, Ediciones 98, 2011.
PÍO BAROJA
por
RICARDO SENABRE
La Historia tiene menos realidad que la misma novela. No hay obra histórica que dé la impresión del estado social de España en tiempo de Felipe III como Don Quijote.
(La intuición y el estilo, 1948)
Reconstruir la dilatada vida de Pío Baroja (San Sebastián, 1872-Madrid, 1956) es sumamente sencillo. Existen varias biografías minuciosas, pero, sobre todo, contamos con los siete volúmenes de Memorias que, con el título general Desde la última vuelta del camino, fue publicando el autor entre 1944 y 1949. Por otra parte, Baroja había ofrecido ya numerosos esbozos autobiográficos desde muchos años antes, en ensayos y conferencias como los contenidos en los volúmenes Juventud, egolatría (1917), Las horas solitarias (1918) o Divagaciones apasionadas (1924), sin olvidar el discurso de ingreso en la Real Academia Española (1935), titulado «La formación psicológica del escritor». Existen, además, abundantes retazos biográficos incorporados a muchas novelas, como Camino de perfección, El árbol de la ciencia o La sensualidad pervertida —entre otras—, que confirman los datos conocidos. La existencia del autor carece de zonas oscuras y de grandes acontecimientos. En las últimas líneas de sus memorias confesaba el autor que su vida le había producido «una impresión más bien gris. La infancia, poca cosa; la juventud mediocre, con una temporada de médico de pueblo y otra de pequeño industrial. Después, trabajando sin éxito, de editor. Luego, de viejo, escapando a París y otra vez la vida pobre y ramplona, ganando poco, sin dinero y sin prestigio». Sin embargo, en este marco gris y mediocre se inscribe la creación de medio centenar de novelas largas, de más de sesenta novelas cortas y otros tantos cuentos, de dos docenas de libros de ensayo, de varias obras de teatro y hasta de un libro de versos (Canciones del suburbio, 1944) que acreditan la extraordinaria laboriosidad del escritor.
«He nacido en San Sebastián el 28 de diciembre de 1872 [...] El recuerdo más antiguo de mi vida es el intento de bombardeo de San Sebastián por los carlistas». Acaso aquel recuerdo despertó en el Baroja maduro la afición a este período de la historia española, marco de las andanzas de Aviraneta en la serie Memorias de un hombre de acción y presente también, directa o indirectamente, en otras novelas barojianas, como Zalacaín el aventurero. Hacia 1892, la familia se traslada a Madrid, y poco después a Pamplona. «De la vida infantil en Pamplona he hablado en dos novelas: en La sensualidad pervertida, libro en gran parte autobiográfico, con muchas cosas disfrazadas y cambiadas, y en Silvestre Paradox». A partir de 1886, la familia se instala de nuevo en Madrid. El joven Baroja concluye el bachillerato y se plantea qué estudios emprender: «Yo sentía curiosidades; pero, en definitiva, vocación clara y determinada, ninguna». Pero es muy aficionado a la lectura: «En Pamplona, los autores y libros leídos por mí fueron: Julio Verne, Federico Marryat, Gustavo Aimard, el Robinson, algunos folletines: Las tragedias de París, El coche número 13 y Creación y redención, de Dumas». Estas novelas de aventuras y folletines truculentos forman un sustrato sin el cual no podría explicarse adecuadamente buena parte de la narrativa barojiana. «Yo devoraba en mi juventud todo lo que caía en mis manos, principalmente novelas», afirma Baroja en sus memorias. En la segunda etapa madrileña, que corresponde al final del bachillerato y a los primeros años universitarios, las preferencias confesadas del futuro escritor responden ya a una selección más exigente, aunque subsiste el trasfondo del folletín romántico: «En Madrid, mis favoritos eran: V. Hugo, E. Sue, J. Sand, Zola, Espronceda y Bécquer [...] Recuerdo haber comprado novelas famosas en traducciones españolas por entregas». Baroja se matricula finalmente en la Facultad de Medicina, publica algunos artículos y comienza a componer dos novelas que abandona: «La una se titulaba El pesimista o Los pesimistas, y la otra, Las buhardillas de Madrid. Creo que una de ellas debía de parecerse a mi novela Camino de perfección, y la otra, a Las aventuras de Silvestre Paradox».
Los años de Baroja como estudiante de Medicina y sus primeras prácticas profesionales, una vez titulado, han dejado su huella en una de sus más significativas novelas, El árbol de la ciencia (1911), que, junto con Camino de perfección (1902), constituyen acaso las dos obras más representativas del espíritu pesimista y turbulento de una generación que ha proyectado sus lecturas de Schopenhauer sobre la visión de una España sumida en el sopor y la decadencia. Concluida la licenciatura en Valencia y, poco después, el doctorado en Madrid —con una tesis titulada El dolor. Estudio de psicofísica—, Baroja ocupa una plaza de médico en Cestona durante algo más de un año, y en 1895 vuelve a Madrid para regentar, junto con su hermano, la tahona de su tía Juana Nessi. En 1900 aparecen los primeros libros: Vidas sombrías —recopilación de cuentos dados a conocer antes en revistas y periódicos, que logró un elogioso comentario de Unamuno— y La casa de Aizgorri. Sujeto aún a la pequeña industria de la panadería, que no abandonará hasta 1902, Baroja publica dos novelas más: Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox (1901) y Camino de perfección, otro de los títulos claves del autor y de su generación.
Por entonces, Baroja ha viajado ya a París —escenario de algunas novelas posteriores— y a Roma, evocada luego en César o nada. Realiza también diversas excursiones por España, con frecuencia a pie, que le servirán más tarde para ambientar escenas de distintas narraciones. De igual modo, un viaje a Londres le proporcionará materiales para su novela La ciudad de la niebla. En 1912 se perfilan ya con nitidez las características de la narrativa barojiana. Las novelas se agrupan en trilogías, algunas de ellas ya conclusas en esa fecha: «Tierra vasca», formada por La casa de Aizgorri (1900), El mayorazgo de Labraz (1903) y Zalacaín el aventurero (1909); «La vida fantástica», donde se integran Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox (1901), Camino de perfección (1902) y Paradox, rey (1906); «La lucha por la vida», una de las trilogías cuyos componentes tienen mayor trabazón entre sí, que constituye, al mismo tiempo, el más completo retrato del Madrid suburbial de los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX. En algún caso, una trilogía contiene una novela independiente y dos relacionadas, como sucede con «La raza», donde figura la ya citada El árbol de la ciencia, pero también dos novelas como La dama errante y La ciudad de la niebla, donde se narra la historia del doctor Aracil y su hija, primero en su huida de Madrid a raíz de un atentado anarquista contra el rey, y luego durante su estancia en Londres. Estos son los primeros años de una vida apacible y laboriosa, casi enteramente llena con la escritura, diversos viajes y algún homenaje inesperado, como el ingreso en la Real Academia Española en 1935, seguido poco después de una estancia en Francia, a raíz de la Guerra Civil española, y de una vuelta a Madrid, donde transcurren los últimos lustros del escritor.
En 1912 Baroja ha publicado ya cinco trilogías completas y tiene otras dos comenzadas, que concluirán tras un largo paréntesis, debido a que el autor empieza, en 1913, las «Memorias de un hombre de acción», serie de veintidós volúmenes que se inaugura con El aprendiz de conspirador (1913) y se cerrará con Desde el principio hasta el fin (1935). En ellos, Baroja trata de reconstruir novelescamente la vida de un lejano pariente, don Eugenio de Aviraneta, mezclado en todo género de conspiraciones y aventuras durante el turbulento siglo XIX. El resultado es un extraordinario fresco de la España decimonónica —con algunas salidas ocasionales a otros lugares de Europa— en la que personajes, hechos reales y fondos históricos alternan con elementos de ficción. No ignoraba Baroja que esta serie sufriría la inevitable comparación con los Episodios nacionales Galdós y que, en esto como en otros aspectos de su narrativa, él necesitaba ser distinto. En el tomo de memorias La intuición y el estilo (VIII) expuso con nitidez el narrador vasco las diferencias entre su serie y la galdosiana: «Galdós ha ido a la Historia por afición a ella; yo he ido a la Historia por curiosidad hacia un tipo; Galdós ha buscado los momentos más brillantes para historiarlos; yo he insistido en los que me ha dado el protagonista [...] Galdós pinta a España como un feudo aparte; yo la presento muy unida a los movimientos liberales y reaccionarios de Francia [...] Artísticamente, la obra de Galdós parece una colección de cuadros de caballete de toques hábiles y de colores brillantes; la mía podría recordar grabados en madera hechos con más paciencia y más tosquedad».
En efecto: uno de los problemas que debió afrontar Baroja al comenzar su carrera de novelista fue el de la presencia y la popularidad de Galdós en España. El entonces joven narrador vasco tuvo que proponerse forzosamente, para encontrar su manera personal, distanciarse del modelo galdosiano y buscar fórmulas renovadoras que afirmaran su propia personalidad. Y la renovación no tenía por qué ser temática, sino formal. Si Galdós había tocado en muchos casos asuntos relacionados con problemas de conciencia y conflictos religiosos, como en Doña Perfecta, Gloria o La familia de León Roch, Baroja no rehuyó adentrarse en motivos análogos en Camino de perfección o El cura de Monleón. Tampoco le importó descender al mundo de los arrabales urbanos en «La lucha por la vida», que ya Galdós había atisbado en Misericordia. Pero Baroja somete el modo galdosiano de novelar a una intensificación derivada de una poda radical de adherencias discursivas y de informaciones accesorias. En El árbol de la ciencia, por ejemplo, la escena del suicidio de Andrés se omite por completo y solo queda, narrado con la frialdad de un informe forense, el relato de la descripción del cadáver. Pueden compararse estas escuetas líneas con las numerosas páginas que preceden al suicidio de Julia en La pródiga, de Alarcón, o con el suicidio de don Ramón de Villamil en Miau, de Galdós, precedido de las minuciosas reflexiones y dudas del personaje. Algo parecido sucede con el suicidio de Tonet en el capítulo final de Cañas y barro (1902), de Blasco Ibáñez. No solo asistimos a él, sino a la búsqueda del cadáver por parte del tío Tòni. Y algo parecido, en cuanto a la premiosidad del desarrollo, podría decirse del suicidio de Rafaela en Genio y figura (1897), de don Juan Valera. Todos estos y otros muchos casos muestran la «manera» barojiana de narrar, donde la reducción tajante de informaciones secundarias va acompañada de una ampliación de las perspectivas. En las pocas líneas que cierran El árbol de la ciencia se nos ofrecen, elusivamente, los puntos de vista de Andrés y de los otros dos médicos, mientras que en Miau, por ejemplo, solo conocemos las reflexiones de don Ramón Villamil.
Otro aspecto compositivo característico de la obra novelesca barojiana es el planteamiento de la narración. En muchos relatos el punto de partida es el de un personaje que llega a un lugar y vive unas experiencias. La composición en sarta va añadiendo personajes y situaciones hasta llegar a un final, casi siempre doloroso o melancólico. Es el caso de Manuel en la trilogía «La lucha por la vida»; de Quintín en La feria de los discretos; de don Fausto Bengoa en Los últimos románticos; de María Aracil en La ciudad de la niebla; de César Moncada en César o nada, enérgico alegato contra el mal endémico del caciquismo, que habían denostado Costa y los escritores regeneracionistas. Baroja comienza por situar al personaje en un ámbito físico y topográfico: «No podría hablar de un personaje secundario sin conocerle algo y sin saber dónde vive y en qué ambiente se mueve». El autor confiesa su preferencia por un tipo de composición narrativa que consiste en «dejarse impresionar por el medio y buscar lo característico entre el conjunto de las impresiones». Pero esta búsqueda de lo característico exige la aplicación de unos criterios selectivos, y aquí es donde se pone de manifiesto la modernidad de Baroja. Puede ejemplificarse esta modernidad en el uso del paisaje, que ya no es un simple marco de las acciones, sino el reflejo psicológico de un personaje, el símbolo de una situación o, como hubiera dicho Amiel, de un estado de ánimo. En La busca (III, 2), Manuel, cada vez más descontento con el derrotero de su vida, ha pasado la noche guarecido con golfos, vagabundos y hampones en el pórtico del Observatorio. Al amanecer —anota el narrador— «el cielo, aún oscuro, se llenaba de nubes negruzcas». La mirada se extiende, por encima de tejados y chimeneas, hacia las afueras de la población, y la descripción concluye así: «Por encima de Madrid, el Guadarrama aparecía como una alta muralla azul, con las crestas blanqueadas por la nieve [...] El esquilón de una iglesia comenzó a sonar alegre, olvidado en la ciudad dormida». Sobre la muchedumbre de pícaros y desheredados entre los que se encuentra el conturbado Manuel, la cima blanca del Guadarrama aparece como un símbolo de elevación y pureza, lo que explica que inmediatamente comience a oírse una campana cuyo sonido se siente como «alegre». El paisaje está visto a través del filtro del personaje; convertido, en suma, en expresión de un estado de ánimo. En Camino de perfección, acaso la novela barojiana con más descripciones de la naturaleza, la correlación entre el paisaje y el espíritu de Fernando Osorio es permanente. Al final de La feria de los discretos, Quintín, resignado a renunciar a Remedios, contempla el cortijo en que ella vive, iluminado por la luna llena cuya luz «al pasar por entre las hojas de una parra, bordaba en el suelo preciosos encajes». Decide alejarse, monta a caballo y emprende la marcha. Vuelve la cabeza para ver por última vez el cortijo y «un nubarrón se interpuso delante de la luna; todo el campo quedó en las tinieblas». He aquí un paisaje simbólico: la luna es la felicidad soñada e inalcanzable junto a Remedios, mientras que el nubarrón que la oculta y oscurece el campo y el camino de Quintín tienen un valor perfectamente descifrable. Se trataba de no nombrar directamente las cosas, como había preconizado Mallarmé como principio de la estética simbolista de la que los escritores llamados del 98 participan. El propio Baroja califica un paisaje de El árbol de la ciencia —los jardines del colegio de niñas y del convento de frailes que se divisan desde la casa de Iturrioz— como «algo alegórico». Y esta concepción del relato, de indudable parentesco con algunos postulados del simbolismo, no afecta únicamente a las descripciones, sino a otros aspectos de la narración, como la separación entre el plano de la historia narrada —externo, lo que se puede contar o resumir— y el tema de la obra, la estructura profunda que proporciona su auténtico sentido. Así, la historia de El árbol de la ciencia, que es, para Baroja, «el libro más acabado y completo de todos los míos», relata la vida de Andrés Hurtado —que posee muchos rasgos del autor— desde su época de estudiante de Medicina hasta su muerte voluntaria, después de haber perdido a su mujer y a su hijo. Pero el tema, la idea motriz que se materializa en personajes y acciones, no es otro que la contradicción entre vida y pensamiento, uno de los más constantes núcleos de preocupación noventayochista.
Lo que mantiene en pie la narrativa barojiana ha sido la extraordinaria capacidad narrativa del autor, su percepción casi impresionista del detalle, su flexibilidad para acomodarse a las estructuras de una novela filosófica, como El árbol de la ciencia, o a las del relato de aventuras, como Las inquietudes de Shanti Andía o Los pilotos de altura. Ha creado personajes inolvidables, representativos de una época, como Andrés Hurtado, Fernando Ossorio o César Moncada, ha dignificado ciertos recursos de la novela de folletín y ha dado entrada, en la literatura española contemporánea, a la narración marinera. Ha sido a la vez Stevenson y Conrad sin dejar nunca de ser Baroja.
Bibliografía
Luis S. Granjel, Retrato de Pío Baroja, Barcelona, Barna, 1953; J. Uribe Echevarría, Pío Baroja: técnica, estilo, personajes, Santiago de Chile, Universitaria, 1957; Fernando Baeza (comp.), Baroja y su mundo, Madrid, Arion, 1962; Carlos O. Nallim, El problema de la novela en Pío Baroja, México, Ateneu, 1964; Sebastián J. Arbó, Pío Baroja y su tiempo, 2ª ed., Barcelona, Planeta, 1969; Biruté Ciplijauskaité, Baroja, un estilo, Madrid, Ínsula, 1972; J. Martínez Palacio (ed.): Pío Baroja, Madrid, Taurus, 1974; Pío Caro Baroja (ed.), Guía de Pío Baroja. El mundo barojiano, Madrid, Caro-Raggio-Cátedra, 1987; Miguel Sánchez-Ostiz, Pío Baroja, a escena, Madrid, Espasa-Calpe, 2006; Julio Caro Baroja, Los Baroja, Barcelona, RBA, 2011; José-Carlos Mainer, Pío Baroja, Madrid, Taurus, 2012.
JUAN BENET
por
DOMINGO RÓDENAS DE MOYA
El hombre de letras que más me interesa es el que vive fundamentalmente de la incertidumbre; él sabe que el misterio que nos rodea no será esclarecido nunca.
(Declaraciones hechas en Alicante, abril de 1978)
El tropiezo casual en 1945 de Benet (Madrid, 1927-1993) con una página de William Faulkner iba a determinar el signo literario del más importante novelista español de la segunda mitad del siglo XX, matizado por el deslumbramiento que le produciría, ya en los cincuenta, la lectura de Os sertoes de Euclides da Cunha. Aún no había ingresado en la Escuela de Ingenieros de Caminos (lo haría en 1948) y ya frecuentaba la tertulia de Pío Baroja, el café Gijón o el Gambrinus, por donde se dejaban caer Luis Martín-Santos, Rafael Sánchez Ferlosio, Ignacio Aldecoa, Carmen Martín Gaite o la memoria viva de la generación del 27 Pepín Bello. Su vocación de narrador estaba definida, aunque siempre la juzgaría, no sin vanidosa afectación, una forma de distraer los muchos ratos de ocio que le dejaba su profesión de ingeniero.
Desde 1956, cuando dirige en la comarca leonesa de El Bierzo las obras del canal de Cornatel, en adelante Benet es ante todo ingeniero y solo subsidiariamente escritor. Su primer libro de relatos, Nunca llegarás a nada (1961), fue costeado por él mismo y pasó sin pena ni gloria. Para entonces trabajaba en el manuscrito de Volverás a Región, cuya primera redacción se remonta a 1953. Cuatro factores concurren en la génesis de esa novela fundamental: el estilo y el universo opresivo de Faulkner, la grandeza topográfica de Euclides da Cunha, la experiencia infantil de la atrocidad y el sinsentido (una partida de anarquistas sacaron de su casa al padre de Benet y lo fusilaron en una cuneta), y la montaña leonesa, en la que vivió entre 1961 y 1965 durante la construcción de la presa del Porma. Esa novela, que publicaría gracias a la mediación de Dionisio Ridruejo en 1967, fue su primer libro con alguna repercusión.
Antes de eso, cuando todavía estaba vigente la poética austera y utilitaria del realismo testimonial, Benet reivindicó la ambición literaria y el rigor estilístico, el grand style, para la literatura española. Su alegato cobró forma de ensayo: La inspiración y el estilo (1965). Ahí expone su juicio de que el más acerbo enemigo del grand style es el costumbrismo, equivalente a la entrada de la taberna y la cochambre en el relato, y entendía que las letras españolas se habían rendido al tipismo costumbrista después del siglo XVI, convirtiendo la ficción en mera constatación y alejándola de la invención. El componente informativo, didáctico o no, de esa narrativa, dependiente al fin y al cabo de su condición temporal, está llamado a evaporarse y dejar un residuo no literario que delata el carácter espurio de la obra. Solo la forja de un estilo estéticamente riguroso permite mantener inalterable el interés del texto y garantizar su pervivencia; solo en el estilo tiene la inspiración su oportunidad. Del estilo surgirá el mundo ficcional: una atmósfera y unas criaturas y, de forma derivada, unas coordenadas espaciales y temporales, unas acciones y pasiones; sin estilo no hay literatura que perdure por muy piadosas o solidarias que sean las intenciones que la muevan. La literatura no debe someterse más que a criterios literarios, ni sociológicos, ni políticos ni morales porque, siendo estos caducables, arrastrarían a aquella en su caducidad. La primacía del estilo y la composición no eran entonces en absoluto una doctrina generalizada, pese a la incipiente difusión de la nueva narrativa hispanoamericana, y el tono categórico con que Benet la defendió hizo que, tras adquirir notoriedad, se polarizaran críticos y escritores entre partidarios incondicionales y cerrados detractores. La polémica que Benet mantuvo en 1970 con el novelista Isaac Montero en las páginas de Cuadernos para el Diálogo ilustra bien las razones del escritor frente a los abogados de una literatura realista y social.
La más inmediata puesta en práctica de esta exigente poética fue Volverás a Región, que sin embargo no despertó de su modorra a la crítica española de 1968, algo que sí sucederá en 1970 tras obtener el Premio Biblioteca Breve con Una meditación (el manuscrito lo había enviado Juan García Hortelano al premio). La novela aclimataba la atmósfera enfermiza de la narrativa de William Faulkner a la España de la posguerra, emulaba el dibujo de unos personajes sombríos, hechos de aristas y oquedades, y, a semejanza del mítico condado de Yoknapatawpha, se situaba en la imaginaria comarca de Región, cuyo correlato podían ser las montañas de León, y que ya había aparecido en el cuento «Baalbec, una mancha» de Nunca llegarás a nada (1961). «¿Qué otra anticipación del porvenir que no sea la cita con la muerte cabe en esta tierra?», se pregunta retóricamente el narrador: tierra condenada, decadencia, muerte y falta de porvenir, he ahí Región.
Volverás a Región sustituye la trama por el entramado verbal y en el lugar de la intriga coloca la aventura del estilo, sin que ello suponga que la historia y los personajes se esfumen por completo. No es así, y una lectura atenta descubre los mimbres básicos de una anécdota mínima llena de sordidez: a la casa aislada del doctor Daniel Sebastián, donde solo viven él y un joven alienado que aguarda el regreso de su madre y al que cuida, llega una tarde una mujer madura. Se trata de Marré Gamallo, hija del coronel franquista que aplastó la resistencia republicana en Región, y ha vuelto atraída por el recuerdo de Luis I. Timoner, el ahijado del doctor con el que vivió al final de la guerra una arrebatada pasión amorosa que pretende recuperar. Toda la noche monologan, despertando fantasmas del pasado y sin prestarse demasiada atención hasta que, al amanecer, cuando la mujer se marcha, el joven demente le quita la vida al doctor Sebastián. A lo lejos se oye el disparo del Numa, el guarda del bosque que recibe a tiros a quienes franquean la línea de su coto. Pero estos personajes y otros evocados, como la enigmática mujer que perdió el coronel Gamallo en una partida de cartas, se difuminan en un texto laberíntico, de períodos sintácticos interminables, que hace de la prolijidad una técnica incantatoria y de camuflaje. De la lectura se desprende una atmósfera opresiva dominada por el desmoronamiento y la ruina, una lúgubre sugestión de futuro cegado y de claudicación, y también la traza de la pasión extinta y de la violencia latente, todo ello acentuado por el paisaje agreste de Región. En la aridez del entorno y sus habitantes y en las laceraciones incurables que sufren se adivina sin dificultad la proyección mítica de la España fracturada que salió de la guerra, su miseria económica y la enfermedad moral que corrompió durante decenios una sociedad dividida.
La opacidad del discurso narrativo aumentó en su siguiente novela, Una meditación, donde el texto se presenta como un continuo sin divisiones que corresponde al monólogo entreverado de un narrador algo fullero que rememora hechos ocurridos entre 1920 y la década de 1960. No se adivina una trama más allá del obsesivo discurso interior del personaje, una meditación caótica que da saltos temporales y cambia de asunto o se regodea en ciertos pormenores, haciendo con ello que el fluir evocativo sea discontinuo mientras que el discurso verbal no se interrumpe ni siquiera por signos de puntuación. Al fondo de Una meditación sigue operando la indagación de Faulkner en la conciencia de sus criaturas. Benet deja una huella intertextual cuando Cayetano Corral, al regresar a Región en 1940, trata de reparar su reloj descompuesto como si ello supusiera la restauración del tiempo anterior a la guerra, una cita encubierta de El ruido y la furia de Faulkner, donde el atormentado Quentin Compson (su monólogo es, por cierto, el más caótico de la novela) destroza el reloj familiar como signo de su abdicación del tiempo de la vida.
A pesar de las nulas facilidades para la lectura de esta novela, la crítica destacó la originalidad impar de Benet y desde entonces el escritor representó la alternativa más radical al inveterado costumbrismo español y a la ficción basada en un argumento.
En los primeros años setenta se suceden las publicaciones: su Teatro (1971), Un viaje de invierno (1972), 5 narraciones y 2 fábulas (1972), La otra casa de Mazón (1973), Sub rosa (1973), aparte de los ensayos Puerta de Tierra (1970). De estos títulos, el más celebrado fue Un viaje de invierno, donde se recreaba el mito de Deméter y Perséfone que, al trasponerlo a Región, se convertía en la espera de Demetria de su hija Coré, a la que organiza una fiesta de bienvenida. En la obvia dimensión mítica del argumento había una evocación del rito primaveral del renacimiento, pero en la ansiosa espera de la madre latía el miedo a que el regreso no se produjera y reinara la esterilidad. Entre los títulos citados, dos corresponden a sendos volúmenes de cuentos: 5 narraciones y 2 fábulas, donde ensaya el género gótico, la ghost story, y Sub rosa, que reúne diez irónicos relatos de asunto sentimental (y uno policíaco). Todos estos textos, excepto las fábulas, que se incorporarán en 1981 a Trece fábulas y media, fueron incluidos, junto a otros relatos, en los dos volúmenes de Cuentos completos (1977), que son una óptima introducción al universo y la prosa de Benet, por ejemplo a través de «Una tumba». O de la leyenda «Numa», publicada en el libro mixto Del pozo y del Numa (1978) y adosada a los Cuentos completos en su segunda edición.
Tras un inesperado silencio, explicable quizá por el fallecimiento de su esposa, volvió a publicar en 1976 los ensayos ¿Qué fue la Guerra Civil?, En ciernes, y El ángel del Señor abandona a Tobías. En el primero fraguaba su interés por la literatura militar en general y por la Guerra Civil española en particular, lo que obliga a tenerlo en cuenta cuando se analiza el ciclo Herrumbrosas lanzas al que nos referimos más adelante. Una gira de conferencias por Estados Unidos en compañía de García Hortelano y nuevas responsabilidades en las obras públicas no interrumpen el ritmo de su quehacer literario.
Pero lo que lleva años absorbiendo a Benet es la redacción de su novela más empeñosa, Saúl ante Samuel (1980), que ve la luz en parto doble junto a una novela de lectura mucho menos ardua, escrita en pocas semanas, El aire de un crimen, finalista del Premio Planeta. No fue este el único recreo literario que se permitió Benet durante la gestación de Saúl ante Samuel, pues en 1977 había publicado una narración oscilante entre el humor disparatado y la extravagancia, En el estado, con la que había querido descomprimir la alta presión a la que se encontraba trabajando y que se ofrece como una novela deshuesada, sin argumento ni acción ni personajes, un divertimento textual.
En efecto, el Benet más audaz —y más rayano con el hermetismo— culmina en Saúl ante Samuel, cuya dimensión mítica está elevada al cuadrado, pues al mito geográfico de Región se añade el subtexto bíblico del rey Saúl, coronado por el profeta Samuel, que fue castigado por su rebeldía con una cruel derrota y, sobre todo, el fratricidio de Caín sobre Abel. El punto de arranque es, como en Un viaje de invierno, una espera, la de Simón que mira a través de una ventana cerrada (metáfora de la cerrazón de su propia memoria) y recuerda los días de la guerra, cuando su primo Martín, detenido por los republicanos, fue traicionado por su propio hermano Emilio, que pudo salvarlo pero se abstuvo de hacerlo, tal vez porque mantenía una relación adúltera con su cuñada. Pero esto no son sino unas vagas líneas de referencia en el oscuro texto de la novela, sembrado de motivos recurrentes que sirven de apoyatura estructural, como la abuela-sibila que vive en el segundo piso de la casa, un telegrama, un camarero, un vaso de leche o los visillos de la ventana por la que Simón aguarda el regreso de Emilio tras cuarenta años de exilio. De nuevo es el lenguaje benetiano en su precisión léxica y sintáctica y en su capacidad para armar un nebuloso cosmos de resonancias míticas el genuino protagonista de la novela.
La década de los ochenta iba a ser la de un triple Benet visto desde la figura del lector literario: el acerado articulista de actualidad (escritor para no lectores), el narrador en busca de un auditorio más amplio (el escritor para lectores) y el creador minoritario (el escritor para escritores). El primero publica los ensayos La moviola de Eurípides (1981) y los artículos de Sobre la incertidumbre (1982), más Artículos (1983). El segundo publica la novela En la penumbra (1982 en su primera versión y 1989 en su versión definitiva) y, ya en 1991, El caballero de Sajonia, novela histórica que toma como motivo ciertos episodios de la vida de Lutero. El tercero, en fin, reúne las curiosas Trece fábulas y media (1981), compila sus cuentos en Una tumba y otros relatos (1981) y, sobre todo, se enfrasca en su último gran proyecto, Herrumbrosas lanzas, un ciclo novelesco épico —de hecho una única novela— que había de articularse en cuatro volúmenes y que quedó inconcluso a su muerte.
Las herrumbrosas lanzas del título remiten a las que porta la muerte en la «Elegía primera» de Viento del pueblo de Miguel Hernández, pero también a un pasaje de Volverás a Región donde asoma «la cabeza herrumbrada de una lanza» carlista, imagen del destino de discordia y muerte de aquella tierra. Y es que el proyecto consistía en narrar la Guerra Civil en el espacio imaginario de Región. La primera entrega, en 1983, se dividía en seis «libros» e incluía un mapa de Región, levantado por el autor. Narraba cómo, a comienzos de 1938, se preparaba el plan de operaciones bélicas en las dos ciudades enfrentadas: Macerta, cuya guarnición se había sumado al alzamiento, y Región, leal a la República, con cuyo Comité de Defensa, que organiza la contraofensiva, se inicia la novela. En la segunda entrega (libro VII), publicada en 1985, se suspendía el progreso argumental para centrarse en el comandante Eugenio Mazón y la historia de su familia con una demora en los detalles propia de la narrativa decimonónica. Solo en la tercera y última entrega (libros VIII-XII), que sale en 1986, se reanuda la acción militar con extrema minuciosidad en la descripción de los movimientos tácticos: dos columnas salen de Región con el objetivo de tomar Macerta, pero solo una de ellas, la que comanda Mazón, llega a las inmediaciones de la ciudad sublevada. La crónica queda interrumpida, pero sabemos que las fuerzas regionatas no logran tomar la Macerta franquista. Sobre las consecuencias funestas de esa catástrofe sabemos mucho desde Volverás a Región hasta La otra casa de Mazón y Benet no tiene por qué insistir.
Después de Herrumbrosas lanzas, solo publicaría dos novelas más: En la penumbra (1989) y El caballero de Sajonia (1991) y ambas, aunque la segunda fue un encargo editorial (o por eso mismo), dan indicio de que Benet buscaba recabar una audiencia más amplia que la muy minoritaria que siempre había tenido. En la penumbra es su última novela regionata, pero la estructura externa tiene poco que ver con los textos monolíticos de sus obras mayores. Aun siendo una narración breve, aparece dividida en dieciséis capítulos apoyados en conversaciones a dos. La alternancia de diálogos no excluye la voz reflexiva y a veces irónica de un narrador superior muy semejante al de novelas anteriores que, sin embargo, se complace en meditar y hacer meditar a los personajes sobre el arte de contar, de manera parecida a como lo hacen Cipión y Berganza en El coloquio de los perros cervantino.
Su últimos libros fueron la excelente guía de viajes Londres victoriano (1989) y la compilación de ensayos literarios La construcción de la torre de Babel (1990). Póstumamente aparecieron las colecciones de artículos Prosas civiles (1995) y Páginas impares (1996), en los que centellean la lucidez y el verbo de Benet en su aproximación a las noticias que llenan los periódicos. Ya en 2011, coincidiendo con la reedición de su obra en bolsillo, se ha publicado una compilación de su labor ensayística, Ensayos de incertidumbre, y un volumen de cuentos que había permanecido inédito, Variaciones sobre un tema romántico, que contiene un par de piezas maestras: «Una antigua costumbre» y «El legado».
Bibliografía
David K. Herzberger, The Novelistic World of Juan Benet, Clear Creek-Indiana, The American Hispanist, 1976; Vicente Cabrera, Juan Benet, Boston, Twayne Publishers, 1983; Malcolm A. Compitello, Ordering the Evidence: «Volverás a Región» and Civil War Fiction, Barcelona, Puvill Libros, 1983; Roberto C. Manteiga, David K. Herzberger y Malcolm A. Compitello, Critical Approaches to the Writings of Juan Benet, Hanover, University of Rho de Island by University Press of New England, 1984; Kathleen M. Vernon (ed.), Juan Benet, Madrid, 1986; Ken Benson, Razón y espíritu (Análisis de la dualidad subyacente en el discurso narrativo de Benet, Estocolmo, Universidad de Estocolmo, 1989; John B. Margenot III, Zonas y sombras: Aproximaciones a Región de Juan Benet, Madrid, Pliegos, 1991; Juan Benet, Cartografía personal, M. Jalón (ed.), Valladolid, Cuatro Estaciones, 1997; Francisco García Pérez, Una meditación sobre Juan Benet, Madrid, Alfaguara, 1998; Eduardo Chamorro, Juan Benet y el aliento del espíritu sobre las aguas, Barcelona, Muchnik 2001; Juan Benet, Infidelidad del regreso, M. Jalón (ed.), Valladolid, Cuatro Ediciones, 2007; Juan Benet, Una biografía literaria, M. Jalón (ed.), Valladolid, Cuatro Ediciones, 2007; Antonia M.ª Molina Ortega, Las otras regiones de Juan Benet, Cáceres, Universidad de Extremadura, 2007; Juan Benet, Ensayos de incertidumbre, I. Echevarría (ed.), Barcelona, Lumen, 2011.
ANTONIO BUERO VALLEJO
por
ANA CASAS
Escucha: yo sé muchas cosas. Yo sé que los videntes tratan a veces de imaginarse nuestra desgracia, y para ello cierran los ojos. (La luz del escenario empieza a bajar.) Entonces se estremecen de horror.
(En la ardiente oscuridad, 1950)
Tras conmutarse la pena de muerte a la que fue condenado en juicio sumarísimo por su lucha en el bando republicano y posterior participación en la reorganización del Partido Comunista, Buero Vallejo (Guadalajara, 1916-Madrid, 2000) pasó siete años en la cárcel (1939-1946), después de los cuales se decantó por el teatro, en detrimento de su actividad anterior como dibujante. Inspirado por Ibsen, Strindberg, Pirandello, O’Neill, Valle-Inclán o Lorca, el drama de Buero presenta un doble plano a la vez social y metafísico, que arraiga en el terreno de la tragedia. La suya, sin embargo, es una tragedia abierta, pues la dialéctica fatalidad/libertad que padecen los personajes nunca acaba por resolverse, trasladándose al espectador la esperanza de un final satisfactorio. Ocurre así en la primera obra que el autor lleva a las tablas, Historia de una escalera (1949), muestra temprana de su teatro crítico, tan original como innovador en el contexto de la época: ambientado en una escalera de vecinos, este drama en apariencia costumbrista reflexiona sobre la imposibilidad de los personajes de mejorar su situación económica y de trascender el tiempo de sus existencias. De este modo, profundiza en la realidad del momento sin menoscabo de la universalidad de los significados de la pieza, ya que la escalera que los protagonistas desean abandonar, sin poder hacerlo, se configura como el signo de su fracaso social y personal. La razón para ambos es que las parejas compuestas por Fernando y Elvira, por un lado, y Urbano y Carmina, por el otro, no han sido fieles a sus ideales, ya que se han casado por razones equivocadas y no por amor. El desenlace sugiere que tal vez la nueva generación (Fernando y Carmina hijos), aunque parece repetir los mismos actos que la de sus padres, será capaz de alejarse de la escalera y superar así sus limitaciones. Pero esto es lo que el espectador tiene que decidir, pues el final de la obra queda abierto. En Las palabras en la arena, también de 1949, Buero sigue haciendo de la verdad el tema vertebrador del drama, aunque en este caso la acción aparece alejada del contexto histórico de la época y se inspira, en cambio, en un episodio bíblico.
Los rasgos simbolistas se acentúan en En la ardiente oscuridad (1950), que fue la primera obra escrita por el autor, en 1946, años antes de ser representada en el María Guerrero de Madrid. Además de una de sus piezas más conmovedoras, se trata de uno de los mejores exponentes del drama dialéctico de Buero Vallejo, ya que presenta los siguientes rasgos: la oposición entre personajes contemplativos (Ignacio) y activos (Carlos) —en la terminología de Ricardo Doménech—, la tara física como metáfora de las limitaciones humanas (aquí la ceguera), la presencia del hombre como ser histórico y existencial, y la reflexión crítica sobre el problema de España (la ceguera también alude a la percepción de la dictadura).
En el primer acto, un joven invidente llamado Ignacio ingresa en una institución para ciegos donde todos los estudiantes, alentados por el director del centro (don Pablo) y su pedagogía de la felicidad, creen no tener ningún tipo de problema. Pero él va a trastornar la plácida vida de sus compañeros —especialmente las parejas formadas por Carlos y Juana, y Miguelín y Elisa— al trasmitirles un mensaje tan terrible como lúcido, pues los insta a que se asuman como seres incompletos y dejen de vivir en la mentira consoladora de la institución. De este modo, negándose, por ejemplo, a abandonar el bastón o a emplear la palabra «invidente» en vez de la de «ciego», contagia al grupo su angustia.
El conflicto abierto entre Ignacio y los valores del centro se hace evidente a lo largo del segundo acto, cuando Miguelín —caracterizado al inicio como un joven bromista— pierde su sempiterna alegría y se aleja de sus antiguos amigos, o cuando varios alumnos empiezan a sentirse inseguros y a comportarse como inválidos, ya que caminan con torpeza, se muestran menos precisos en la realización de los juegos o descuidan su aspecto. Pero sobre todo cuando, al final del acto, Ignacio declara sus sentimientos a Juana, la novia de Carlos, introduciendo la duda en la muchacha, que, entre los dos hombres, no sabrá por quién decidirse ni a qué discurso adherirse. Ignacio le propone acceder a la verdad con dolor, pues ese es el único modo de hacer frente a la realidad y trascenderla, de ser libres: «¡Me quieres con mi angustia y mi tristeza, para sufrir conmigo de cara a la verdad y de espaldas a todas las mentiras que pretenden enmascarar nuestra desgracia!», le dice, abriendo así un espacio de esperanza basado en la solidaridad y en el amor.
La trama sentimental —que ya estaba presente en Historia de una escalera— servirá de desencadenante de la tragedia, pues acentúa la rivalidad entre los dos antagonistas. Aparentemente Carlos saldrá victorioso, ya que en el acto tercero mata a Ignacio y restaura el orden primigenio: Juana regresa a él y le pide perdón; Miguelín y Elisa se reconcilian; algunos estudiantes cuchichean con maledicencia ante el cadáver de Ignacio, despreciando su ejemplo; doña Pepita, la mujer vidente de don Pablo, que ha sido testigo del crimen, calla y espera a que todo sea como antes. Sin embargo, Carlos no podrá ser ya el mismo, pues con su terrible acto ha propiciado que la utopía de Ignacio germine en él: así parece sugerirlo su parlamento final, en el que, con palabras casi idénticas a las pronunciadas horas antes por Ignacio, añora la luz de las estrellas en la noche, una luz que ni tan siquiera conoce.
A lo largo de los años cincuenta, Buero Vallejo sigue cultivando el teatro simbolista con obras como La tejedora de sueños (1952), La señal que se espera (1952), Casi un cuento de hadas (1953) e Irene, o el tesoro (1954); aunque también practica otras formas, como la policíaca en Madrugada (1953) y Las cartas boca abajo (1957) o la costumbrista en Hoy es fiesta (1955). A finales de la década inicia lo que la crítica ha dado en llamar el ciclo histórico con Un soñador para un pueblo (1958), drama basado en el fracaso de Esquilache y la política reformista de Carlos III, pero que admite una lectura en clave sobre la situación de la España de la posguerra. Las otras obras escogen igualmente momentos de crisis: el tiempo de Velázquez en Las Meninas (1960), los años anteriores a la Revolución francesa en El concierto de San Ovidio (1962) o la época de Goya en El sueño de la razón (1970), drama que, a pesar de haber sido escrito en 1969, no obtuvo la autorización para ser representado hasta un año más tarde.
No fue este el único problema que Buero Vallejo tuvo con la censura: la Dirección General de Cinematografía y Teatro prohibió en 1954 el estreno de Aventura en lo gris, que no se representó hasta 1963. Por su parte, La doble historia del doctor Valmy (escrita en 1964) se editó por primera vez en 1967 en la revista Artes Hispánicas de la Universidad de Indiana y se estrenó en España en 1976, ya periclitada la dictadura (aunque con anterioridad se montó en Inglaterra y en un college de Estados Unidos). Estos datos hablan de las dificultades que Buero Vallejo se vio obligado a sortear para poder llevar sus obras a las tablas, y eso a pesar de que, durante el proceso de creación, el dramaturgo siempre tuvo como objetivo la viabilidad de sus textos para su posterior representación. Esta cuestión fue el tema de la polémica sobre «posibilismo» e «imposibilismo» que en 1960 mantuvo con Alfonso Sastre en las páginas de la revista Primer Acto, pues mientras este prefería ignorar las prohibiciones del sistema aun a riesgo de no representar sus obras, Buero proponía, en cambio, hacer un teatro que fuese crítico pero que pudiese llegar a los escenarios, un teatro, en definitiva, «lo más arriesgado posible, pero no temerario».
De hecho, algunos de sus dramas cosecharon grandes éxitos, como El tragaluz (1967), que fue recibido con entusiasmo por el público y considerado por la crítica del momento como uno de sus trabajos más importantes. Lo que no quita que a partir de esta obra se intensifique la dimensión social del teatro de Buero, pues la historia-experimento que «Él» y «Ella» —dos habitantes del futuro— proyectan ante los espectadores analiza las secuelas de la Guerra Civil, presentando la realidad de la posguerra como un mundo dividido en vencedores y vencidos: mientras el primer grupo (encarnado en Vicente) goza de éxito social y económico, el segundo (encarnado en Mario y sus padres) carece de lo más necesario. En adelante y hasta el fin de la dictadura, Buero Vallejo sigue explorando este y otros temas de alcance social y político, como la tortura (Llegada de los dioses, 1971, y La doble historia del doctor Valmy, 1976) o la represión carcelaria (La fundación, 1974).
No obstante, puede afirmarse que, en su conjunto, la obra de este autor presenta una extrema coherencia. Así, cada uno de sus dramas provoca en quien lo ve la búsqueda de soluciones gracias a plantear una serie de antinomias que afectan a la caracterización de los personajes (contemplativos versus activos, víctimas versus verdugos, inocentes versus culpables), así como a la elección de los temas (verdad versus mentira, esperanza versus desesperanza, rebeldía versus resignación, libertad versus fatalismo). Pero Buero Vallejo posee también un gran sentido del espectáculo, por lo que concede mucha importancia a los signos teatrales como el sonido y la luz; por ello, no es raro encontrar en sus obras planteamientos novedosos, como la configuración de un espacio escénico múltiple en el que tienen lugar diversas acciones de manera simultánea, o la dramatización de escenas retrospectivas y, por lo tanto, anacrónicas con respecto a la línea principal de la historia. Especialmente valorados por la crítica son lo que Ricardo Doménech ha denominado «efectos de inmersión», pues muchos de los dramas de Buero exigen la activa colaboración del espectador, al obligarle a asumir el punto de vista de los personajes: así, en la escena que transcurre a oscuras en el acto tercero de En la ardiente oscuridad, participamos momentáneamente de la ceguera de Carlos e Ignacio; en Irene, o el tesoro tenemos acceso a la conciencia perturbada de la protagonista, pues, como ella, vemos al duende Juanito y escuchamos la voz que solo ella oye; en El sueño de la razón nos sumergimos en la sordera de Goya y en su mundo de pesadilla, etc.
El carácter experimental del teatro de Buero Vallejo culmina en La fundación (1974), obra en la que asistimos a la transformación física (y metafísica) del espacio escénico. De esta manera, somos testigos a lo largo de la representación de los cambios que se producen en lo que, al principio, parece una estancia de una moderna institución dedicada a formar investigadores y, más adelante, acaba revelándose la sórdida celda de una cárcel. La alteración progresiva del espacio se justifica porque la acción está sujeta a la perspectiva de Tomás, que, al no poder vencer su sentimiento de culpa, ha sufrido un brote de esquizofrenia. Se extreman, por lo tanto, los efectos de inmersión, ya que el espectador va descubriendo la verdad a la vez que lo hace el personaje: con él, despierta de un maravilloso sueño para caer en la pesadilla de lo real. Este proceso, que tiene lugar a lo largo de toda la primera parte, se extrema en la segunda, cuando Tomás recupera su lucidez y recuerda con dolor que, tras ser sometido a tortura, delató a varios de sus camaradas, entre ellos a Asel, que, junto a Lino, Tulio y Max, es también compañero de celda. La revelación pone al descubierto las diversas reacciones ante la violencia: la traición de Max a cambio de unas pocas prebendas; el aislamiento de Tulio; la acción irreflexiva de Lino, que al final acabará asesinando a Max; la comprensión y el perdón de Asel. Este último será el que sacrifique su propia vida para que Tomás y Lino tengan alguna posibilidad de escapar. Por eso, antes de morir, les transmite su mensaje de esperanza, síntesis del «sueño creador» sugerido tantas veces en las obras de Buero Vallejo como el único modo de conquistar la libertad: les invita a abandonar la cárcel aunque ello implique ir a parar a otra... «¡Y cuando estés en ella, salir a otra, y de esta, a otra! ¡La verdad te espera en todas, no en la inacción!», le grita a su joven amigo. Defiende, por lo tanto, una acción que no niega el sueño ni el ideal: «No lo olvides, Tomás —le dice Asel—. Tu paisaje es verdadero», en referencia al maravilloso paisaje que, durante su enfermedad, creía ver a través de la ventana.
Al final, el espectador tiene que escoger: o los dos personajes supervivientes son trasladados a la capilla en la que esperarán su ejecución, o bien son llevados a la celda de castigo donde, tal y como ha organizado Asel, podrán intentar su evasión. Sin embargo, el espectador está llamado a tomar más decisiones, ya que, después de que Lino y Tomás abandonen la escena, reaparece el espacio de La Fundación (como al principio, suena la música de Rossini y el decorado es el mismo) y el encargado que, con una amplia sonrisa, muestra a un grupo de hombres sus nuevos aposentos. Aunque resulta evidente el paralelismo con la persecución de la disidencia bajo el franquismo, el desenlace trasciende el contenido político de la obra para extender la idea de La Fundación a nuestra sociedad en general, por lo que compete al público decidir si quiere vivir en la ficción o en la realidad, por poco amable que esta sea.
Tras el fin de la dictadura, el teatro de Buero Vallejo sigue abordando los mismos temas, pero de un modo menos alusivo y adaptándolos a las preocupaciones actuales: así, se interesa por los «nuevos» conflictos sociales, como el terrorismo (Jueces en la noche, 1979), la especulación del suelo (Caimán, 1981) o el tráfico de drogas (Música cercana, 1989), sin abandonar las cuestiones éticas y metafísicas, especialmente en torno a la verdad y la simulación, como se aprecia en Diálogo secreto (1984), Lázaro en el laberinto (1986) y Las trampas del azar (1994). Tampoco deja de interrogarse acerca del papel del arte y la actitud del creador ante los problemas de su tiempo: a través de la figura de Larra, en La detonación (1977), examina el rol del artista en tiempos de crisis (en clara alusión a su propia postura durante el franquismo), y la historia central de su último drama, Misión al pueblo desierto (1999) —el rescate de un cuadro de El Greco durante la Guerra Civil—, vuelve sobre la idea del arte como salvación.
Bibliografía
Luis Iglesias Feijoo, La trayectoria dramática de Antonio Buero Vallejo, Santiago de Compostela, Universidad de Santiago de Compostela, 1982; Mariano de Paco (ed.), Estudios sobre Buero Vallejo, Murcia, Universidad de Murcia, 1984; Enrique Pajón Mecloy, El teatro de Buero Vallejo: marginalidad e infinito, Madrid, Fundamentos/Espiral Hispanoamericana, 1991; Mary Rice, Distancia e inmersión en el teatro de Buero Vallejo, Nueva York, Peter Lang, 1992; Ricardo Doménech, El teatro de Buero Vallejo, Madrid, Gredos, 1993; Mariano de Paco, De re bueriana (Sobre el autor y sus obras), Murcia, Universidad de Murcia, 1994; Patricia W. O’Connor, Antonio Buero Vallejo en sus espejos, Madrid, Fundamentos, 1996; Virtudes Serrano y Mariano de Paco, Antonio Buero Vallejo: La realidad iluminada, Madrid, Fundación de Cultura y Deporte de Castilla-La Mancha, 2000; Mª Fernanda Santiago Bolaños, La palabra detenida. Una lectura del símbolo en el teatro de Antonio Buero Vallejo, Murcia, Universidad de Murcia, 2004; Paulino Ayuso, La obra dramática de Buero Vallejo, Madrid, Fundamentos, 2009.
JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD
por
JUAN CARLOS ABRIL
En los recuerdos siempre hay un sustituto del que uno fue que trata de engañarlo. No sé si a mí me engaña por sistema, pero tengo mis dudas a la hora de identificarme con ese sujeto que anda estacionado o dando bandazos en mi memoria y que no se parece sino a ratos perdidos al que ahora creo que fui.
(Tiempo de guerras perdidas, 1995)
José Manuel Caballero Bonald nació en la luminosa ciudad de Jerez de la Frontera, Cádiz, el 11 de noviembre de 1926, hijo de un cubano de madre criolla y padre montañés, y de una descendiente de la familia del vizconde de Bonald —el filósofo tradicionalista francés— radicada en Andalucía desde mediados del siglo XIX. Aunque nuestro joven autor cambiará a partir de 1952 su residencia a Madrid, para mantenerse en la capital de España intermitentemente más o menos durante toda su vida, la ciudad gaditana y en general los paisajes de la Baja Andalucía han sido el territorio referente más constante en el conjunto de su obra, un espacio del que se ha venido alimentando página a página. De hecho, uno de sus núcleos temáticos fundamentales será el recuerdo y ese ejercicio de indagación que supone la rememoración de lo vivido, que en muchas ocasiones posee un ingrediente de ficción que nosotros mismos añadimos, proyectando un personaje de nuestra persona y un pasado que puede ser tan ficticio como el que fue de facto, pues el que sucedió realmente nunca podrá rememorarse tal y como se desarrolló, ni siquiera pretendiéndolo. Así, si la infancia ocupa un lugar preeminente en la rememoración de nuestro pasado, por su carácter de paraíso perdido, para Caballero Bonald no lo será menos, que vivió su infancia y adolescencia en el sur de una España sumida en la Guerra Civil primero, y en la inmediata y cruel posguerra después.
De finales de los años cuarenta datan sus primeros escarceos literarios, tanto en Jerez, donde se había formado un pequeño e íntimo grupo de amigos intelectuales locales, como en Cádiz, donde realizó estudios de Náutica y Astronomía, alrededor del grupo —y revista— Platero; o Sevilla, cursando Filosofía y Letras, aunque no acabará ninguna de las carreras emprendidas para dedicarse finalmente a tareas literarias de lo más variado: profesor universitario en su estancia en Colombia, director editorial, en el Seminario de Lexicografía de la Real Academia Española, o conferenciante, subrayando también su labor paralela de filólogo, folclorista y etnólogo, enólogo, traductor y escritor de diversos volúmenes de divulgación cultural, que no pocas satisfacciones han proporcionado a los lectores, aparte de esporádicas colaboraciones en prensa y revistas, destacando siempre por su penetrante capacidad incisiva. Cabe recordar, entre otros, el volumen recopilatorio de artículos y ensayos Copias del natural (1999).
En 1952, fecha en que se traslada a Madrid, coincide con la publicación de su primer poemario, Las adivinaciones. El libro tuvo muy buena acogida porque representaba un cambio frente al garcilasismo o la metafísica plana de la década anterior, una poesía oficial encorsetada entre impetuosos desahogos del corazón, existencialismo, religiosidad y exaltación heroica del imperio. Desde la perspectiva idealista que estas coordenadas ideológicas postulaban, y sin grandes pretensiones ni solemnidades, Caballero Bonald supo encauzar en su primer libro todas las inquietudes trascendentales del hombre no hacia una realidad intangible o trascendente, sino hacia la magia y el misterio de la creación de la propia palabra poética. Se produjo en ese sentido un paso visible desde la metafísica hacia la metapoesía, afianzándose con los años y las diferentes entregas. Surgen entonces libros como Memorias de poco tiempo (1954), Anteo (1956), o Las horas muertas (1959), con los que se va consolidando su voz y va consiguiendo al mismo tiempo el reconocimiento de la crítica. Por estos años conoció a Camilo José Cela, con quien trabajó y dirigió oficiosamente la revista Papeles de Son Armadans, radicada a mitad de camino entre Madrid y Palma de Mallorca. De esta primera etapa de relaciones hacia el fin de la posguerra madrileña surgieron las amistades y el trato con los que se habían quedado del 27, Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso et alii, y otros supervivientes en el exilio, como Luis Cernuda. A finales de este decenio participa en el homenaje a Antonio Machado en Colliure (1959), junto a los poetas más representativos de la primera y segunda generación de posguerra, generación esta última a la que a partir de entonces se le adscribirá. A esta generación se la ha denominado de diferentes modos, todos ellos más o menos válidos, aunque con matizaciones, siendo «grupo del 50» —acuñado por Juan García Hortelano— quizás uno de los que más éxito ha tenido (en muchos casos se intentará evitar la palabra «generación», demasiado biologicista, ya que nombra por sinécdoque pars pro toto a toda una generación de hombres, aludiendo en realidad solo a un sistema o grupo literario específico). Los autores nucleares de su grupo, sin tener en cuenta otros posibles repertorios, son Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo, Carlos Barral, Ángel González, José Ángel Valente, Claudio Rodríguez y Francisco Brines; y a partir de aquí se podría discutir que otros poetas formen o no parte de este canon, pero estos ocho, contando al jerezano, son los indiscutibles hoy día. Las evoluciones de las trayectorias individuales de cada uno —contando con su propia voz nítida, reconocible y singular desde sus inicios—, que en algunos momentos establecieron fértiles puntos de contacto entre ellas, con los años y las décadas se fueron separando y enriqueciendo, adensando y profundizando. El único poeta andaluz de este grupo es precisamente Caballero Bonald, lo cual podría considerarse como un dato inusual, acostumbrados como estamos a que en los catálogos de poetas españoles impere la poesía andaluza o del sur, y lo que ello significa. Y eso lo distinguirá también frente a otras teorías andalucistas hoy en boga puesto que, en efecto, el jerezano no ejercerá de andaluz, con sus tópicos, sino que elaborará una poesía sumida cada vez más en lo barroco (recordando al libro homónimo de Eugenio d’Ors) y en la duplicidad de las identidades —los simulacros— a partir de la palabra escrita. En los poemarios citados su labor poética consistirá en desposeer a la palabra de sus reverberaciones trascendentales, acercándola al territorio de una memoria que cada vez es menos nuestra y más literaria, construible, que vamos creando nosotros mismos. El opúsculo Anteo supuso, además, un acercamiento lírico a las raíces étnico-culturales del flamenco, una intelectualización de ese folclore andaluz citado. Con Las horas muertas se cierra brillantemente una etapa, la del recuerdo y la memoria como ejes activos desde los que se espolea al resto de temas poéticos y la creación misma para dar paso a la propia palabra erigida en eslabón de una rica red semiótica —recordemos que en Caballero Bonald la valencia sígnica de la palabra es fundamental— de significados, y en sus posibilidades creativas. Pero hay que pasar por un libro de transición que posee también mucho de este último momento descrito, aunque más apegado a la poesía social —tan necesaria en aquellos años— como es Pliegos de cordel (1963) y que a pesar de las reiteradas renuencias de nuestro autor hacia esa entrega, sin duda hoy en día se configura como uno de los pocos poemarios salvables de la poesía social de entonces, pues como era de suponer, el también denominado realismo crítico se convirtió pronto en propaganda, volviéndose un cliché de consignas y doctrinas repetidas.
De esta época data también su primera novela, Dos días de setiembre (1962), que participa intensamente del realismo social y de un clima de denuncia de la situación del universo rural de Jerez, de aquel mundo de los señoritos y la explotación de los jornaleros, hábilmente enredada en las ebrias mitologías del vino, con tantas reminiscencias dionisíacas. Autor de cinco novelas, Caballero Bonald ha medido hasta la precisión sus entregas literarias, siendo un autor total que ha venido dosificando puntualmente sus necesidades expresivas en cada momento, haciendo de su vocación una profesión y viceversa, de tal modo que se ha autocalificado como un «escritor discontinuo, o a rachas», pero afinando en cualquier caso estilísticamente cada obra hasta el punto de haberse convertido en una figura clave de la segunda mitad del siglo XX, referencia ineludible de su generación. Así, aunque cada una de las posteriores novelas poseerá una fuerza narrativa destacable, mereciendo varios premios y el reconocimiento de la crítica y del público, será sin duda Ágata ojo de gato (1974) su novela más conseguida, y también la más densa desde el punto de vista léxico y sintáctico, siendo un ejemplo de perfección formal. Partícipe de las sagas, esas entregas novelísticas al estilo de lo que supuso el boom hispanoamericano, Ágata ojo de gato cuenta la historia una familia desde su fundación y asentamiento en una tierra muy fértil y productiva, a partir del hallazgo de un tesoro tartesio, hasta su desaparición. En ese arco temporal habrá espacio para aventuras y desventuras, muchas veces con el sesgo de la fatalidad, de las diferentes generaciones que van deambulando por la novela, para acabar finalmente subsumidos por la corrosión de una tierra que no perdona que se la desposeyera de su tesoro y de sus materias primas, volviéndose por tanto vengadora de tal usurpación. Ese territorio, mitad imaginario y mitad ficticio, se llamará desde aquellos años setenta Argónida, el topónimo con el que Caballero Bonald denominará al Coto de Doñana y que servirá de marco desde entonces para otras entregas, poéticas o no, creando un complejo y poliédrico entramado discursivo y narrativo alrededor de este lugar. Y es que no en vano en Doñana se emplaza la residencia estival del jerezano.
La redacción de Ágata ojo de gato tendrá un correlato poético paralelo titulado Descrédito del héroe (1977), un poemario donde comenzará la voz más madura de Caballero Bonald y que poseerá como referente textual sobre todo la propia escritura en su compleja red de signos, en los eslabones que crea con las trampas de la memoria, en las galerías y recodos de la imaginación de la experiencia no vivida, en la tensión creada entre las palabras que se proyectan más allá de su exclusivo significante. Este poema puede ser un ejemplo:
ARGÓNIDA, 13 DE AGOSTO
Luciente espejismo que vi
en los idus de agosto por la linde
crepuscular de la marisma, cerca
del arenal de Argónida,
mientras las monocordes
dependencias del sueño disputaban
su parte de ficción al predominio
de la brumosa realidad,
¿cómo podría yo olvidarme
no de lo incierto de esa historia
por nadie atestiguada,
sino de la razón que me ha asistido
desde entonces, habitante
de otro espejismo donde solo
sigue siendo verdad lo que aún no conozco?
Las frases comenzarán a tensarse desde el punto de vista retórico hasta tal punto que conformarán a nuestro autor como uno de los escritores más particulares de la segunda mitad del siglo XX, dada su peculiar manera de incrustar palabras, de elegirlas y contrastarlas con otras, como si de una taracea se tratara. Así la frase adquirirá una característica torsión que mostrará todo su esplendor en el siguiente libro, Laberinto de fortuna (1984), sin duda su poemario más hermético y ambicioso donde lo barroco se erigirá en una categoría literaria y donde el jerezano echó toda la carne en el asador, creando un verdadero mundo o entramado de significaciones, y decantándose por lo que Pere Gimferrer llamó una poesía donde impera un lenguaje autogenerativo:
Extrema en densidad, en rigor, en poderío sonoro, llama la atención en esta poesía, por encima quizá de cualquier otro rasgo estilístico, la capacidad autogenésica que en ella posee el lenguaje. Se suscita a sí mismo, se nutre a sí mismo, se propaga a sí mismo, se destruye a sí mismo, se redescubre a sí mismo: la palabra, aquí, vive de la palabra, aunque jamás del palabreo o de la palabrería. También algo de eso dejó dicho André Breton: Les mots font l’amour.
Otras tres novelas irán apareciendo, Toda la noche oyeron pasar pájaros (1981), En la casa del padre (1988), y Campo de Agramante, todas ellas celebradas por la crítica y de un valor indudable, tanto por la pulcritud léxico-sintáctica de su prosa como por la agilidad narrativa, la introspección psicológica de los personajes o su proyección simbólica, hasta que aparecen sus memorias, Tiempo de guerras perdidas (1995), complementadas por La costumbre de vivir (2001), donde su dicción adquiere mayor flexibilidad y se puede leer al Caballero Bonald que mejor ha recorrido el camino de los libros y la experiencia de las letras como elección vital, alguien en suma que ha vivido en las palabras toda su vida. Estos dos volúmenes han sido unidos y corregidos en La novela de la memoria (2010): las evocaciones bonaldianas son un ejercicio de rememoración que muchas veces parecen una simple excusa o un artefacto, una argucia literaria para elaborar ficticiamente un hecho, puesto que como hemos explicado con anterioridad lo que ya es pretérito es imposible de copiar con exactitud, y cualquier acercamiento se convertirá en una simulación, en una ficción más. Pero más allá de la técnica empleada o de la autobiografía, estas memorias se han convertido en uno de los libros fundamentales de toda una época, y sus páginas son ese testigo ineludible para todo aquel que quiera conocer de primera mano no solo la vida de un autor —y es aquí donde entrarán esos juguetones bucles con la imaginación—, sino la historia de un país en su malla cultural, en sus interrelaciones, pues el jerezano sin duda representa un ejemplo muy concreto de escritor a lo largo de las diferentes etapas del régimen franquista: el escritor que intenta sobrevivir entre los trasiegos de la tecnocracia capitalina de la época en los cincuenta, el disidente protestatario y encarcelado en más de una ocasión en los sesenta, el que va encontrando una voz cada vez más comprometida con su propia palabra poética a partir del debilitamiento de la dictadura y a la vez que va abriéndose paso la democracia y la libertad.
En paralelo a este proceso de puesta al día de anécdotas entre el polvo de la memoria, los espejismos de los recuerdos y la conciencia del tiempo ido, surgirán también sus últimas entregas de poemas hasta el momento, Diario de Argónida (1997), Manual de infractores (2005) y La noche no tiene paredes (2009), libros que conllevan una simplificación del lenguaje, más depurado y sintetizado (también a veces en los temas, aunque solo de forma aparente), y un objetivo claro de indagación semántica que está más acorde con una palabra que no renuncia a erigirse tan solo como signo y símbolo, sino también con las pretensiones del lenguaje de ir más allá de su propio círculo referencial. En ambos poemarios, que han sido aplaudidos suficientemente por la crítica, la palabra se basta por sí sola junto a un poso de inconformismo y de crítica feroz y tenaz de quien no va a comulgar con el establishment del capitalismo tardío ni con los sectores más conservadores de una sociedad consumista que homologa conciencias y hace tabula rasa de las individualidades. Si nunca se mordió la lengua, ahora menos.
En fin, también fruto de esta puesta a punto de las obsesiones de siempre y de las necesidades expresivas de quien se encuentra en su última etapa y que ya solo escribe porque vive «el imposible oficio de escribir» con absoluta libertad, publicará también la edición de su poesía completa (actualmente hay numerosas e interesantes antologías disponibles), reflejando una obra en el conjunto de su trayectoria, Somos el tiempo que nos queda. Obra poética completa 1952-2009 (2011). Una obra poética completa de coherencia que acaba de publicar su último libro, Entreguerras o De la naturaleza de las cosas (2012), recuperando surrealismo y rebeldía.
Bibliografía
Tino Villanueva, Tres poetas de posguerra: Celaya, González y Caballero Bonald, Londres, Tamesis Books Limited, 1988; María Payeras Grau, Memorias y suplantaciones: la obra poética de J. M. C. B., Palma de Mallorca, Universitat de las Illes Balears,1997; José Juan Yborra, El universo narrativo de Caballero Bonald, Cádiz, Diputación, 1998; María José Flores, La obra poética de Caballero Bonald y sus variantes, Mérida, Junta de Extremadura, 1999; Luis García Jambrina, «Los años y los libros de J. M. C. B. (Una introducción a su laberinto poético y vital)», en J. M. Caballero Bonald, Años y libros, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 2004, págs. 9-76; Antonio Jiménez Millán (ed.), «Navegante solitario», Litoral, n.° 242, Málaga, noviembre, de 2006; Juan Carlos Abril, «Los ciclos poéticos de J. M. Caballero Bonald», Cuadernos Hispanoamericanos, 736, Madrid, octubre de 2011, págs. 59-76; Antonio F. Pedrós Gascón (ed.), José Manuel Caballero Bonald: regresos a Argónida en 33 entrevistas, Zaragoza, PUZ, 2011.
CAMILO JOSÉ CELA
por
SANTOS SANZ VILLANUEVA
La literatura española ignora el equilibrio y pendula, violentamente, de la mística a la escatología, del tránsito que diviniza al bajo mundo, al más bajo y concreto de todos los mundos, del pus y la carroña.
(El gallego y su cuadrilla, 1949)
Viendo el pasado reciente desde la altura de un pequeño trecho del recién estrenado milenio, pocas dudas caben de que Camilo José Cela (Iria Flavia, La Coruña, 1916-Madrid, 2002) es nombre de referencia inexcusable de las letras españolas posteriores a la Guerra Civil y uno de los pocos autores que, hoy por hoy, tienen asegurado un sitial en los anales literarios entre los de su promoción, la de los jóvenes beligerantes en la contienda que se dieron a conocer en la primera posguerra. Con ello el escritor gallego ha conseguido hacer realidad lo que más que un sueño fue un empeño biográfico claro y perentorio desde su juventud. Ya en la mocedad dejó claro que estaba dispuesto a jugársela por ser alguien importante en las letras, por alcanzar la fama; en fin, lo apostó todo a triunfar en la literatura y en la sociedad. Desde un principio puso los cimientos del sólido edificio donde alojó ese éxito que creció con rapidez: su primera novela, La familia de Pascual Duarte (1942), le proporcionó súbita y multitudinaria fama en mínimo tiempo; los escritores de la generación siguiente a la suya, los niños de la guerra, lo reconocieron como un maestro; la Academia Española lo recibió muy joven, consagrando así con un plus de respetabilidad la imagen transgresora que el escritor cultivaba. En tiempos difíciles, se movió sin graves quebrantos entre la España oficial, de la que se aprovechó, y una calculada disidencia, aureola que le proporcionaba el talante liberal de la revista Papeles de Son Armadans, donde acogió a amplio número de escritores del exilio republicano. Con la obtención del Nobel (1989) coronó Cela su apetencia, aunque después de este galardón siguió acumulando toda clase de honores y distinciones, académicas y sociales, que buscó sin disimulo desde mucho antes. A la vez, convirtió su figura, transformada en personaje público, en un lucrativo negocio, en una fuente de ingresos para colmar una descarada apetencia de dinero.
Pasó, así, a ser no tanto un escritor leído y respetado sino una figura institucional. El gran éxito social constituye, de alguna manera, el fracaso del escritor. Llegada la democracia, se dio a conocer un documento por el cual Cela se ofrecía durante la guerra como delator a los sublevados para denunciar a sus conocidos de Madrid. Fue un mazazo que echó por tierra su siempre calculada ambigüedad política. Los gestos públicos para mantener fama mediática (ofrecerse en un programa de televisión a absorber con el ano un balde de agua) comenzaron a tomar tintes bufos. Su literatura se fue haciendo repetitiva y manierista. Los lectores solo se interesaban por sus libros clásicos. Y, en fin, las nuevas promociones de escritores lo ignoraban o menospreciaban. Fue durante mucho tiempo un sobreviviente de su propia obra, y hay quienes cierran la etapa de interés y mérito de sus escritos a finales de los sesenta e incluso en el decenio anterior.
Con todo, varios momentos de la prosa narrativa de posguerra son deudores del trabajo pionero de Camilo José Cela. Pascual Duarte agitó las estancadas aguas novelescas de comienzos de los cuarenta y propició, aunque sin que la responsabilidad sea en exclusiva suya, el desarrollo de una forma peculiar de existencialismo español, apellidado tremendismo, la gran corriente de nuestra prosa de ficción hasta bien entrados los cincuenta. Un libro de andar y ver, Viaje a la Alcarria (1948), dio alas a un género entonces mortecino y luego muy pujante. La colmena (1951) se tuvo por la primera representación en verdad crítica de la España de los vencedores y constituyó un estímulo para los jóvenes narradores comprometidos de los cincuenta, que apreciaron en ella valores testimoniales modélicos. Un saldo, como se ve, nada despreciable y que no puede oscurecer el derrotero biográfico poco ejemplar.
Pascual Duarte es obra cruda y violenta. El homónimo protagonista, campesino extremeño pobre y primitivo, habla con arrepentimiento, en vísperas de ser ajusticiado, de las tropelías que ha cometido. Además de diversas crueldades, perpetró varios asesinatos, entre ellos el de un aristócrata y cacique local. Puede haber en el fondo de la novela un alegato social disimulado en un drama rural, también un testimonio de desazón existencialista e incluso una lectura favorable al nuevo régimen en cuanto que en la trama se restablece el orden social conculcado. Desde luego, la novela fue patrocinada por la Falange y a ello se debe en parte la gran difusión y el hecho de que se aceptara sin más la originalidad de un texto con numerosos débitos o huellas, e incluso merecedor de serias reservas sobre la verosimilitud de la escritura creativa de un labriego inculto.
Tras dos novelas de menor interés y acierto (Pabellón de reposo, de 1943 y Nuevas andanzas y desventuras de Lazarillo de Tormes, de 1944), llega la consagración definitiva de Cela con su obra más famosa y todavía la más original y lograda, La colmena. Desgrana en ella el autor unos centenares de vidas casi todas bastante anónimas que se mueven por las calles madrileñas o coinciden en un café literario a comienzos de los cuarenta. Novela colectiva, se ha venido entendiendo como la crónica testimonial de un tiempo de hambre y represión, pero, sobre las humillaciones y padecimientos, muestra un existir acobardado, una falta de alegría y una ausencia de esperanza.
Alguna crítica, llegada la obra de Cela a estas alturas, le reprochó cierta incapacidad para la novela por la poca consistencia de sus argumentos y por la debilidad en la construcción de auténticos personajes. Las reservas, avaladas por los grandes hiatos sin obras nuevas de este género, valen también para los siguientes títulos, Mrs. Caldwell habla con su hijo (1953) y La catira (1955). Sin negarlas, hay que ver estos libros desde la perspectiva de la trayectoria general del gallego, al igual que conviene ya en este momento anotar otro malentendido, el de tratarse de un escritor realista muy crítico. Ni la novela tradicional, con argumento y personajes definidos, ni el realismo testimonial constituyen el ideario ni la médula del modo de novelar de Cela. Y cada vez se irá volcando más, con clara determinación, en moldes que tienen que ver con los modos del «modernismo» internacional.
Ya hay una confesión de vanguardismo narrativo en el monólogo algo delirante de Mrs. Caldwell, y con Oficio de tinieblas 5, uno de los libros de mayor riesgo formal de toda nuestra literatura, llega la intrínseca experimentalidad. Estos moldes no convencionales utiliza Cela para dar su visión de la Guerra Civil en San Camilo 1936 (1969), polémica interpretación de la contienda, melopea atormentada de un narrador que recrea las fechas primeras de la lucha en un dramático soliloquio. Fatalismo, violencia, pesimismo noventayochista van surgiendo de una mareante oración profana con la que construyó un diagnóstico nacional no poco discutible y nada convencional. Las explicaciones del drama hispano hay que buscarlas, al parecer del autor, en el sexo, en el peso de fuerzas instintivas, en una idiosincrasia nacional, con lo cual se minimizaba la raíz ideológica de la guerra y se relegaba la confrontación social.
Claro está, a la altura de los años ochenta, el modelo narrativo de Cela. Se decanta por un relato con muy poco peso argumental, por la fragmentación muy grande del discurso, por el encadenamiento acumulativo de pensamientos, reflexiones e imágenes visionarias, por la adición de escenas de raíz onírica. En la forma, llega al vanguardismo crítico y a la experimentalidad que no evita transgresiones expresivas u ortotipográficas: ausencia de puntos o de mayúsculas, supresión de capítulos y de cualquier otro descanso del discurso, automatismo psíquico, fraseo de corte poemático...
Esta narrativa antitradicional, antirrealista, que aboga por una construcción libre, y se inscribe en el terreno de la llamada novela lírica, sirve de base a una visión nihilista de la vida centrada en la repetición monocorde de unos pocos asuntos: la muerte, el sexo, el tiempo, la violencia instintiva, el egoísmo, la soledad, la desesperanza. En suma, una valoración por completo negativa de la naturaleza humana, respecto de la cual adopta una postura de distanciamiento entre macabro y humorístico. Sus libros se llenan de toda clase de seres desventurados o marginales: ajusticiados, tontos, putas, maricones (términos del autor, claro). A esta excepcionalidad, que se presenta, sin embargo, como el nivel común de las gentes, la adorna de un rasgo en sus inicios creativo pero devenido en manía estilística: una onomástica exótica. Y llena las páginas de escatología (violaciones, bestialismo, incesto, lujuria, sadismo, meadas...). Este conjunto de caracteres definen la última larga etapa de la novelística de Cela: Mazurca para dos muertos (1983), Cristo versus Arizona (1988), El asesinato del perdedor (1994), La cruz de San Andrés (1994) y Madera de boj (1999).
Son libros marcados por un fuerte manierismo y sin que en ellos se cumpla la presunta intención revulsiva de una literatura de este corte. Producen la impresión de algo gratuito, de un puro montar galerías de miserias, crueldades, infortunios y rarezas. En el fondo, parece que toda esta arboleda de desventuras responde a la creencia de que el ser humano es un error de la naturaleza, y aunque el autor no haya dicho nunca tal cosa, la acumulación de horrores y el pesimismo de sus libros permiten atribuirle tal pensamiento. El mundo es un caos sin amor ni piedad.
Esto nos lleva a una dimensión antropológica, pero también a un fuerte enraizamiento hispánico, preocupación constante de su obra que gira, sin perder este alcance universal, sobre la indagación de una España esencial cruel y cainita. Esta vertiente hispánica, aparte de constar en el difuso pero inequívoco escenario de las novelas, tiene formulación específica en una forma especial, el llamado apunte carpetovetónico. Esta original invención no pertenece a un género concreto (es narración, o cuento, o artículo, e incluso puede no ser ni siquiera literatura, según el autor) y consiste en un bosquejo, caricatura o aguafuerte de un tipo o de un trozo de vida. Piezas de esta clase, caracterizadas por su diversidad, Cela las reúne bajo ese calificativo en El gallego y su cuadrilla (1949), aunque figuran también en otros libros como el volumen de cuentos Baraja de invenciones (1953), pero el concepto ampara una actitud transversal de toda la obra del autor, el carpetovetonismo, donde se resume la visión española del escritor y su modo de presentarla: predilección nada piadosa, en los límites del desprecio por los seres derrotados, disminuidos, excéntricos o no comunes, crueldad en la mirada, y burla, sal gruesa, esperpento y caricatura en la expresión.
La obra de Cela, aparte lo más conocido de ella, sus novelas, se diversifica por varios géneros en los que no destaca y que tampoco frecuentó con asiduidad: el teatro y la poesía. Más mérito tienen sus preocupaciones filológicas, sobre todo su trabajo léxico en torno a uno de los motivos centrales de su escritura, el sexo, que da lugar al Diccionario secreto (1968 y 1971) (y también a una Enciclopedia del erotismo, 1976-1977), y un amplio puñado de ensayos de temática cultural y artística. Por encima de todo ello destaca la literatura viajera, la otra modalidad fundamental de la escritura de Cela, al entender de algunos lo mejor de su obra, aunque lastrada, según otros pareceres, por una visión escapista de la realidad. Como sea, los libros de andar, ver y contar de Cela, en especial el citado Viaje a la Alcarria, se sitúan en el centro de un capítulo muy notable de la prosa de posguerra. Este recorrido manchego renueva las raíces noventayochistas de la literatura viajera. Tiene un matizado carácter testimonial que se desprende de las notaciones de modos de vida o de condicionantes socioeconómicos, pero no es esa una finalidad excluyente. Al revés, muestra una clara voluntad de autonomía literaria basada en la personalidad del viajero, omnipresente, y en la querencia por lo pintoresco y cultural. Hoy, el recorrido alcarreño destaca también por el estilo, por la lección de sencillez que desprende, por la contención y menor retorcimiento de la prosa, nada habituales en un autor con fuertes querencias barrocas.
Si Viaje a la Alcarria renueva la literatura andariega regeneracionista, a la vez sirvió de base a la oleada de narrativa documental de los años cincuenta (las incursiones en el subdesarrollo español de Ferres, López Salinas, Grosso o Goytisolo). Ni estaba esta línea cercana al informe y la sociología en el recorrido alcarreño ni dominó en Cela. Publicó un buen puñado más de literatura errabunda —Del Miño al Bidasoa (1952), Judíos, moros y cristianos (1956), Primer viaje andaluz (1959) o Viaje al Pirineo de Lérida (1965)— en la que fue disminuyendo el testimonio, desplazado por lo paisajístico, los tipos pintorescos, la erudición caprichosa, la escatología, las disquisiciones históricas, literarias...
Esta deriva de la prosa viajera se suma a la global del escritor y del personaje formando un todo unitario muy revelador. Nada quedará pronto en su escritura de la presentación crítica de una realidad nacional que estaba falseando el franquismo y que podía colegirse en La colmena o en el viaje alcarreño. Enseguida el autor se encaminará hacia la exploración carpetovetónica, desentendiéndose de la realidad corriente (el cada vez más fuerte escapismo de sus nuevos viajes) o sustituyéndola por los fantasmas de la violencia y el sexo. En 1986 volvió al escenario de su primer vagabundeo en Nuevo viaje a la Alcarria. En esta ocasión no lo hizo a pie sino en lujoso automóvil y no solo, sino acompañado de una llamativa mujer africana de color: imposible una mejor imagen de una trayectoria general.
Poco antes de su fallecimiento logró rematar Cela una novela en la que andaba empeñado desde mucho antes, Madera de boj, y donde podemos ver una manifestación de últimas voluntades literarias. La obra está definitivamente fuera del costumbrismo social, se adentra en las raíces del ser humano sin dejar de tener un referente local (Galicia, tan presente en su escritura, y, en concreto, la Costa de la Muerte con mención explícita de Fisterra), no hay con propiedad una anécdota principal, como no sea la vaga caravana de varios centenares de personajes camino de la villa de Noia evocada por el narrador, y predomina una lengua que brota a borbotones para poner al descubierto el fondo oscuro del alma. En resumen, una novela de extremo subjetivismo, dura y poética, solo un punto verista y de voluntad mitificadora. El mito telúrico del relato se sustenta en una epopeya: construir una casa con la rebelde madera de boj. Esa leve cobertura le permite al autor hablar de lo de siempre, lo cual, en este caso, tiene ambición totalizadora de la existencia: de «la fiesta brava del vivir y el morir», dicho con el verso que cita un personaje. El narrador da rienda suelta a una verborrea incontinente que configura una salmodia alucinada marcada por la música de la oración o del canto popular. Aun repetitiva de motivos y tratamientos habituales en el autor, en Madera de boj sobresale una potente imaginería visionaria, un mundo oscuro y cruel, y brillan esporádicos fulgores del estilo.
Al mérito poco discutible y poco discutido de la prosa celiana se añaden, en perspectiva global, una búsqueda de novedades expresivas y una actitud vanguardista o experimental raras en nuestras letras, y sensibilidad para asociar lo poemático y lo narrativo. El personaje ha perjudicado al escritor pero todo eso está en el balance de este polémico e imprescindible narrador español del pasado siglo.
Bibliografía
Alonso Zamora Vicente, Camilo José Cela (acercamiento a un escritor), Madrid, Gredos, 1962; Paul Ilie, La novelística de Camilo José Cela, Madrid, Gredos, 1978; AA.VV., La palabra en libertad: homenaje a Camilo José Cela, Murcia, Comisión V Centenario, 1991, 2 vols.; Francisco García Marquina, Retrato de Camilo José Cela, Boulder, Colorado, Society of Spanish and Spanish-American Studies, 2005; Gustavo Guerrero, Historia de un encargo: «La catira» de Camilo José Cela, Barcelona, Anagrama, 2008.
LUIS CERNUDA
por
JAVIER PÉREZ BAZO
... Escúchame y comprende.
En sus limbos mi alma quizá recuerde algo,
Y entonces en ti mismo mis sueños y deseos
Tendrán razón al fin, y habré vivido.
(«A un poeta futuro», en Como quien espera el alba, 1944)
Cuando se despedía el alba del 5 de noviembre de 1963 lo encontraron tendido junto a la puerta del cuarto de baño, con su pipa entre los dedos, pulcramente peinado, en pijama y bata. Ocurrió en el número 11 de la calle Tres Cruces de la localidad mexicana de Coyoacán, en la casa de su amiga Concha Méndez donde se alojaba, después de que un infarto quebrara su vida. Apenas media docena de amigos enterró a Luis Cernuda (Sevilla, 1902-Coyoacán, México, 1963) en el Panteón Jardín de la ciudad de México un luminoso día otoñal. Allí llegó a término una trayectoria verdaderamente excepcional de la Modernidad poética. Había sido el suyo un marcado carácter de persona tímida, retraída, proclive al enamoramiento, exquisita en las formas, de elegancia severa en el cuidado del cuerpo y en el vestir. Era quejoso hasta el extremo de mostrarse mortificado por su prolongada preterición, debida a fenómenos de diversa índole que impidieron apreciar durante años el exacto valor de su verso. Hoy, sin embargo, se le concede la relevancia propia de las figuras de mayor coherencia de la lírica española del siglo XX. Esto es necesario precisarlo, no por restituir su pensamiento poético y su poesía, pues ya han merecido con amplitud el reconocimiento, sino, sobre todo, en virtud de la significación estética de su obra, así como por la altura moral, ética, desde la cual fue concebida.
Con fundamento unitario reagrupó Luis Cernuda su producción poética bajo el afortunado título La Realidad y el Deseo. Después de su primera edición madrileña de 1936, sus tres sucesivas amplificaciones mexicanas (1940, 1958 y la póstuma de 1964) presentan una evolución cronológicamente lineal, que no es otra que la trazada por los poemas en cada libro y la de cada libro en el suceder biográfico del autor. En esta concepción de una estructuración orgánica de la totalidad reside la primera peculiaridad de la poesía cernudiana, conformada como proyecto globalizador acabado que guarda determinadas similitudes, siendo desde luego distinto, con la ideación de una «obra total» que asimismo en España realizaron Juan Ramón Jiménez y Jorge Guillén. En Cernuda este crecimiento sin discontinuidad establece con gran pertinencia el desarrollo de diferentes núcleos estéticos de variable duración, imbricados de manera paradigmática en las corrientes artístico-literarias de la primera mitad del siglo pasado —la llamada Vanguardia histórica— y de un componente autobiográfico en el cual Octavio Paz vio un implícito aspecto confesional a modo de «biografía espiritual». Entendido mejor en tanto que itinerario íntimo de vidas y como constante diálogo señaladamente ético del poeta consigo mismo, La Realidad y el Deseo en sus correspondientes reediciones —cuyos poemas siguen, con salvedades, el orden cronológico de composición— presenta una sucesión de experiencias, de especulaciones introspectivas, de meditaciones sobre una realidad íntima de vivencias... Si la realidad con sus múltiples matices remite al mundo exterior, bajo el deseo subyace la aspiración a fundirse con lo codiciado. En la relación de ambos surge el conflicto: la imposible concreción del deseo porque la realidad lo impide. Precisamente en este enfrentamiento entre realidad y deseo radica la acusada tendencia neorromántica de Cernuda, quien, subsumida la influencia del romanticismo europeo, vino a prolongar de manera moderna y completiva una deficiente tradición romántica española, según convincentemente ha advertido Pedro Aullón de Haro.
La reconstrucción de la personalidad intelectual y poética de Cernuda —a la que contribuyó él mismo en el ensayo de sesgo memorialístico «Historial de un libro», inserto en Poesía y Literatura (1960)— no ha de sustraer las circunstancias históricas, la coexistencia de una fuerte inclinación psíquica del poeta al desarraigo, la constante tensión entre sus propios valores y los estatuidos en la época, y, también, su muy pronunciada inclinación hacia la permanente errancia, sin duda porque habitaba en él un ser de inadaptado al medio y a la sociedad. Así, atendiendo a aspectos histórico-biográficos, estéticos y temáticos, la producción lírica de Luis Cernuda muestra en su totalidad dos épocas: la primera se circunscribe a la poesía compuesta en España, que tiene en los poemas recogidos en revistas de la época y en Perfil del aire (1927) su comienzo y en Invocaciones (1935) su final; la segunda comprende la realizada durante la Guerra Civil y el exilio, desde Las nubes (1940) a Desolación de la Quimera (1962).
Huyendo del provincianismo, Cernuda abandonó aún joven la Sevilla que le vio nacer el 21 de septiembre de 1902 y llegó a Madrid. Hubo de soportar entonces la pésima recepción de Perfil del aire. Más allá de su proximidad al verso de Jorge Guillén y de Juan Ramón Jiménez, que las primeras críticas le reprocharon olvidando otras influencias no menos notorias —Mallarmé, Reverdy y Gide—, las composiciones de este libro menor transmiten soledad, tristeza melancólica, indolencia, monotonía envuelta por un impresionismo sentimental. El menosprecio que recibió aquella obra primeriza le produjo una crisis literaria y de identidad que le empujó a escribir como reacción estética Égloga, Elegía, Oda (1927-1928), extenso y pulquérrimo poema en cuatro tiempos mediante el cual quiso probar su capacidad de ejercitarse dentro de un neoclasicismo que trae al oído las melodías de Garcilaso. Esta crisis le llevaría al término del verano de 1928 a Toulouse, de inmediato sentido como lugar desafecto. Había obtenido un puesto de repetiteur en la Escuela Normal de Magisterio. Allí no permanecerá ni siquiera nueve meses. La ciudad del midi francés —y sin duda París a raíz de su viaje en la Semana Santa de 1929— inauguró la expresión surrealista de Un río, un amor (1929), que completará con Los placeres prohibidos (1931). En búsqueda de una voz personal en horas coincidentes con un desengaño amoroso, supo aprovechar en ambos libros determinadas técnicas compositivas surrealistas, e incluso de ascendencia creacionista, para mostrar la frustración del deseo, el canto de un amor socialmente acotado. En Madrid atravesó dificultades. Años después la capital se engalanaba con los colores republicanos. Transcurrieron días de compromiso e ilusión ideológica, también de amores nuevos.
Abandonado el surrealismo y una vez declarada sin penumbras la confesión de su homosexualidad, Cernuda encauzó su verso con mayor claridad y concisión por veredas neorrománticas. De una rima de Bécquer tomó prestado el título Donde habite el olvido (1932-1933), seguramente la obra que mejor muestra el desencanto elegíaco de la pasión amorosa y donde los tópicos románticos acuden a la recreación nostálgica de un ideal pretérito ya perdido («aquel instante feliz entre tormentos»). La solución al fracaso será el olvido: «No, no quisiera volver, / Sino morir aún más, / Arrancar una sombra, / Olvidar un olvido». Las formulaciones neorrománticas persistirán en Invocaciones —titulado inicialmente Invocaciones a las gracias del mundo—, lo cual no impide adelantar los elementos que conformarán, si bien con cierta contención correctora, el muy consistente sustrato temático de su verso posterior. En 1936 Manuel Altolaguirre imprimió la primera edición de La Realidad y el Deseo cuya recepción muy celebrada, contrariamente a lo ocurrido con Perfil del aire, no pudo ser para su autor más gratificante.
Pero aún faltaba por llegar la voz más resueltamente original de Luis Cernuda. Comenzó a escucharse cuando conoció el asalto del odio contra el hombre, el olor a pólvora fratricida: «¿Qué puede hacer el hombre contra la locura de todos? Y sin volver los ojos ni presentir el futuro, saliste al mundo extraño desde tu tierra en secreto ya extraña», dejaría escrito más tarde en un poema en prosa de Ocnos (1941). Al anochecer del 14 de febrero de 1938 había salido de París hacia Londres con el fin de dictar unas conferencias. Iniciaba así, ya sin cese, las mudanzas físicas y psicológicas, de vida y ánimo. En tierras británicas primero —ejerció de auxiliar de español en el condado inglés de Surrey, luego, en 1939, de lector universitario en Glasgow—, antes de aborrecer Escocia y decidir acumular paisajes estadounidenses y mexicanos. El Cernuda exiliado formaliza decididamente los aspectos más destacados de su poesía, que en su conjunto configuran una muy singular poética del desarraigo, sin duda una de sus mejores aportaciones al pensamiento poético del exilio español. De ello quedará constancia en Las nubes y se dilata, entrega tras entrega —Como quien espera el alba (1940-1944), Vivir sin estar viviendo (1944-1949), Con las horas contadas (1950-1956) y Desolación de la Quimera (1962)—, recorriendo la ladera de la madurez y que, obviadas ciertas oscilaciones valorativas, cabe considerarse dentro de los restringidos ámbitos de la excelencia artística.
En Glasgow acabará Las nubes, que incorporará a la segunda edición de La Realidad y el Deseo, editada en México en 1940. Su núcleo germinal es la vivencia de la Guerra Civil y «la experiencia humana que de ella se deriva», conforme subrayó Francisco Brines. Se manifiesta de tal modo la denuncia de la patria cainita —«fuerte torre en ruinas»: pueblos que arden, campos infecundos, hombres «tronchados como flores»...— y la contemplación directa de la muerte. No extrañará, pues, que prolongando la tradición y el pensamiento estético noventayochista desde novedosos ángulos cívico-ideológicos, España como tema se extienda conspicuamente a lo largo de esta etapa de exilio y establezca una compleja red de afectos y desafectos tanto en el ámbito de lo personal (tiempo biográfico) como en el de lo colectivo (tiempo histórico) mediante un proceso dialéctico de asimiento y desprecio: la nostalgia y la afección del desterrado irán transformándose en alejamiento e indiferencia, en fractura íntima y rechazo. La España elegíaca de Las nubes percibida como madre se convertirá en madrastra en el corto espacio de unos meses («A Larra con unas violetas»), y este sentimiento pervivirá en entregas posteriores: «...sentí ceder el nudo / Que invisible nos ata a nuestra tierra / Madrastra fuera, que no madre, y aún la quise», escribe en «Quetzalcóatl», de Como quien espera el alba. Por otra parte, la circunstancia de España provoca la reflexión acerca de su pasado glorioso y áureo («El ruiseñor sobre la piedra» de Las nubes, «Retrato de poeta», de Con las horas contadas), sobre la historia mítica que encontramos en el primer libro del exilio («Resaca en Sansueña»), simbólicamente galdosiana y eterna en el último («Díptico español, II»), opuesta a la decadente, tradicional e intolerante de su dramático presente.
Al final del verano de 1947 cerraba Cernuda su primera etapa de exilio y emprendía en Nueva York un complejo periplo americano. Llegaba con el libro Vivir sin estar viviendo prácticamente terminado y el proyecto de Con las horas contadas. Fueron varias sus residencias dedicado a la escritura y subsistiendo con distinta fortuna gracias a la docencia. Cierta estabilidad le proporcionaron sus clases en el Mount Holyoke College de South Hadley (Massachusetts) hasta que en 1952, tras varias visitas previas y porque era tanta la atracción por aquella tierra como el desafecto por Estados Unidos, decidió aventurarse a vivir en México, primero como becario en el Colegio de México y, luego, en la Universidad Autónoma, estancia solo interrumpida circunstancialmente por un viaje a La Habana y la enseñanza, vivida como labor enojosa, en la Universidad de California Los Ángeles y en el State College de San Francisco. Del exilio británico Cernuda había salido intelectualmente enriquecido por la apreciable influencia que en él había dejado la relectura de los románticos Wordsworth y Coleridge, de Blake y del irlandés Yeats, así como con procedimientos constructivos tendentes a eludir la subjetividad y el exceso retórico de los poemas. Resolvió la des-subjetivación mediante el desdoblamiento o sustituyendo el yo autobiográfico por una polifonía de voces poéticas u otredades; y asimismo, merced al monólogo dramático que, a la manera de Robert Browning, le permitía proyectar la experiencia emotiva personal sobre una situación dramática o sobre personajes históricos con los que se identificaba existencial o psicológicamente.
El pensamiento poético de Luis Cernuda en el exilio está estrechamente vinculado a la dolorosa experiencia de la expatriación, al amor y el homoerotismo nunca ocultado, a la obsesiva inquietud por el ejercicio creativo. El transcurso del tiempo, que sugiere el título mismo de Como quien espera el alba, provoca la meditación sobre lo efímero («Los espinos») y lo perdido («Las ruinas», «Juventud»), acentuada por el desgarro del destierro cuando rememora su lugar natal: «Tu sueño y tu recuerdo, ¿quién lo olvida / Tierra nativa, más mía cuanto más lejana» («Tierra nativa»). Le duelen la soledad y el extrañamiento, por cuanto le privan del deseo de vivir plenamente, y por ello solo hallará consuelo en el sentido vitalizador de la poesía. De hecho, la reflexión metapoética y sobre el devenir del poeta, que tuvo antecedentes en libros anteriores, se convierte ahora en una sobresaliente categorización temática de reminiscencia hölderliniana que volverá a su obra posterior. Resulta significativa, pues, su identificación en la composición «Góngora» con el autor aúreo denostado e incomprendido en su época, pero de «vivir más libre y más soberbio» merced a la poesía. La justicia del destino sentenciará al poeta con el reconocimiento que se le niega, según leemos en los versos de «A un poeta futuro» transcritos al principio de estas páginas. También surge el amor que, si casualmente tratado, cuando aparece lo hace de excepcional manera como en «Apología pro vita sua», «Elegía anticipada» y «Otros tulipanes amarillos», recuerdos entrañables de sus ya lejanos amantes. Dentro de la producción de Cernuda, la importancia de Como quien espera el alba se acrecienta por el equilibrio, sin desajustes, entre un lenguaje sencillo, evocador, cotidiano, de naturalidad expresiva, y un discurso poético no exento de procedimientos retóricos ni estructurales como el del desdoblamiento en una segunda persona o el uso del monólogo dramático («Quetzalcóatl», «El águila»).
Ciertamente, resulta comprensible que en Vivir sin estar viviendo decrezca la intensidad poética debido al decaimiento que sabemos por «Historial de un libro» atravesaba entonces su autor. Sin embargo, en textos como «Cuatro poemas a una sombra» —inspirado en las fases del amor atormentado con un joven universitario inglés, desde su pasión inicial hasta el recuerdo nostálgico de lo que fue—, o en aquellos sustentados en el monólogo dramático («Un contemporáneo», «Silla del rey» o «El César»), e incluso en la bellísima recreación del tema de España en «Ser de Sansueña», encontramos una gran altura poética. En cuanto a Con las horas contadas fue escrito de manera intermitente entre otros afanes —el poemario en prosa Variaciones de un tema mexicano (1952)— y cuando el autor sentía el peso del cansancio y la vejez. En él incluyó «Poemas para un cuerpo», serie de dieciséis poemitas de impecable factura estética —a la que convendría añadir «Epílogo», de Desolación de la Quimera— en torno a la historia de amor con el mexicano Salvador Alighieri, que sin duda ha de inscribirse entre la poesía amorosa más logradamente escrita en lengua española. Encuentros y desencuentros, ausencias, infidelidades, dudas, despedidas, anhelos... Y todo ello, bajo los presupuestos de la dignidad del poeta que, ante la edad desbordada, vuelve a evidenciar la ética de su diferencia, de la defensa de su verdad en un mundo hostil.
A Cernuda aún le faltaba dar notabilísimo término a su escritura poética. La tercera edición de La Realidad y el Deseo (1958) se cerraba con una sección novena sin título de ocho poemas que recogerá la única edición de Desolación de la Quimera (1962), final a su vez de la definitiva y póstuma de La Realidad y el Deseo. En este último libro suyo, desde la atalaya que le proporcionaba la madurez, cumplidos ya los sesenta años, y cuando creía intuir próxima la muerte, empeñó su esencial esfuerzo en hacer un balance poético de la propia existencia al dictado de una sinceridad ejemplar y firmes convicciones éticas. En esto reside presumiblemente la génesis y el desarrollo completivo de la obra, así como su carácter misceláneo en virtud de la temática variada y los recursos estilísticos debidos a influencias de Eliot, de Yeats y de su propia voz, perfectamente subsumidas (heterometría, naturalidad expresiva a través del coloquialismo, intertextualidades, desdoblamientos, monólogos dramáticos, etc.), aspectos en verdad poco novedosos respecto de anteriores entregas si exceptuamos el tema inédito de la senectud. El componente autobiográfico vuelve a ser en Desolación de la Quimera un importante elemento vertebrador de la obra, acaso con fuerza mayor. Cernuda rememora entonces el territorio de la infancia («Niño tras un cristal» y «Luna llena en Semana Santa»); acude al mundo de los afectos casi familiares («Hablando a Manona», «Animula, vagula, blandula») o para rendir homenaje a algunos de sus escasos amigos (Víctor Cortezo y Enrique Asúnsolo en sendas composiciones). E incluso resurge el amor, ahora visto desde el peso de la edad y en las frustraciones de una consumación erótica ya imposible («Despedida», «Lo que al amor le basta», «El amor todavía», «Antes de irse», «Música cautiva», «Pregunta vieja, vieja respuesta»...). Junto a esta reiteración temática, el desasosiego de Cernuda por el destino del poeta en una sociedad, que condena, parece intensificarse ante la presentida despedida, lo cual le condujo, por lo demás, a tributar su particular homenaje a los creadores de obras imperecederas —Goethe, Byron, Keats, Galdós, Tiziano, Francisco de Aldana, Lorca...— y a profundizar en su indagación sobre el arte como vía de salvación («Mozart» y «Luis de Baviera escucha Lohengrin») y la actitud del poeta hacia el mundo («A propósito de flores»).
La palabra poética cernudiana se fragua asimismo en Desolación de la Quimera en el ámbito de la relación con la realidad colectiva. Así, no sorprende que, ausente desde Las nubes, reaparezca el tema de España, incluso la guerra («1936»), y escuchemos entonces la renuncia dolorida del exiliado —«Soy un español sin ganas / Que vive como puede bien lejos de su tierra / Sin pesar ni nostalgias» («Díptico español, I»)—, que reconsidera, en fin, su condición para zanjar cualquier posibilidad de regreso, porque como Ulises ya no existe el hijo que le busque, ni Ítaca ni Penélope que le esperen: «Mas, ¿tú? ¿Volver? Regresar no piensas, / Sino seguir libre adelante» («Peregrino»). Los viajes al alma muestran el rostro más acerbo, acre y mordaz de un Cernuda extremadamente crítico, abrumado por el desarraigo, la soledad y la propia voz incomprendida. Por ello, abundan los incidentes circunstanciales del desafecto: de repulsa a las querellas de tribu y a los ambientes literarios («Supervivencias tribales en el medio literario»), al hipócrita reconocimiento póstumo («Birds in the night»); de denuncia a la cultura oficializada («Otra vez, con sentimiento»); de ajuste moral de cuentas hacia quienes hirieron su ánimo o desdeñaron su obra («J. R. J. contempla el crepúsculo», «Respuesta», «Malentendu») hasta alcanzar el apóstrofe violento que tiene en su último poema «A sus paisanos» el máximo exponente. En definitiva, a modo de corolario lírico de La Realidad y el Deseo, con Desolación de la Quimera, equiparable a la alta estimación reservada a Las nubes y Como quien espera el alba, Luis Cernuda vino a reafirmar el encumbramiento más definido de una de las construcciones poéticas más singularmente acendradas de la literatura española contemporánea.
Bibliografía
AA.VV., «Homenaje a Luis Cernuda», La caña gris, 6-8, otoño de 1962; Derek Harris (ed.), Luis Cernuda, Madrid, 1977; Luis Maristany, La realidad y el deseo. Luis Cernuda, Barcelona, Laia, 1982; Eloy Sánchez Rosillo, La fuerza del destino. Vida y poesía de Luis Cernuda, Murcia, Universidad de Murcia, 1992; Julio Neira y Javier Pérez Bazo, Luis Cernuda en el exilio. Lecturas de «Las Nubes» y «Desolación de la Quimera», Toulouse, Presses Universitaires du Mirail, 2002; Philip Silver y otros, Realidades y deseos de Luis Cernuda, Granada, Atrio, 2004; James Valender (ed.), 100 años de Luis Cernuda, Madrid, Residencia de Estudiantes, 2005; Antonio Rivero Taravillo, Luis Cernuda, años españoles (1902-1938), Barcelona, Tusquets, 2008 y Luis Cernuda, años de exilio (1938-1963), Barcelona, Tusquets, 2011.
ROSA CHACEL
por
DOMINGO RÓDENAS DE MOYA
... en estas narraciones laberínticas, en las que se mezcla lo real con lo imaginado, lo presente con lo pasado y lo futuro, el rigor de los hechos me parece imprescindible.
(Alcancía. Ida, 1962)
Hubo algo desconcertante por inusual en la imperiosa personalidad de Rosa Chacel (Valladolid, 1898-Madrid, 1994), una escritora que compartió el destino de tantos intelectuales de su generación, la de los felices años veinte, la República y el exilio, y que representó como ninguno la fidelidad a un proyecto literario hecho de exigentes búsquedas formales e inmersión en la intrincada conciencia humana. Así lo había predicado José Ortega y Gasset en La deshumanización del arte e Ideas sobre la novela (1925) en perfecta consonancia con los rumbos de la narrativa internacional de aquel momento y así lo asumió la escritora cuando, en Italia, donde estuvo entre 1922 y 1927, escribió su primera novela, Estación. Ida y vuelta (1930).
Había viajado a Roma acompañando a su esposo el pintor Timoteo Pérez Rubio, pensionado en la Academia de España, al que había conocido en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando, siendo ella estudiante de escultura entre 1916 y 1918. Instalada en la capital italiana, tuvo noticia de la fundación de Revista de Occidente en 1923, de los citados ensayos orteguianos sobre el arte moderno y del impulso que la narrativa joven recibió con la colección «Nova Novorum» inaugurada en 1926 con dos libritos de Pedro Salinas y Benjamín Jarnés. La escritora resolvió formar parte de esa aventura estética aun en la distancia y, desde el otoño de 1927, ya de vuelta en Madrid, podrá hacerlo personalmente. Es entonces cuando se vincula de manera más directa al círculo intelectual de Ortega, publicando excelentes relatos («Chinina Migone» y «Juego de las dos esquinas») en Revista de Occidente. Cuando Ortega, defraudado del experimentalismo antinarrativo de los jóvenes, decide promover el conocimiento de las grandes figuras hispánicas del siglo XIX en una serie de biografías —y de paso obligar a los narradores vanguardistas a entrar en la vía del relato de acciones ordenado y progresivo—, encarga a Rosa Chacel la biografía de Teresa Mancha, la amante de José de Espronceda sobre la que apenas se tenían datos fehacientes. El primer capítulo vio la luz en 1929, pero el libro quedaría inédito en 1936 y no se publicaría hasta 1941 en Argentina.
De la combinación de las disquisiciones de Ortega sobre lo que había de ser la novela futura con la lectura del Retrato del artista adolescente de James Joyce traducido por Dámaso Alonso, la narrativa erizada de greguerías de Ramón Gómez de la Serna y las Obras de Sigmund Freud surgieron tanto su primera novela, Estación. Ida y vuelta (1930), como su particular concepción teórica del género. La novela no debía continuar describiendo lo que plasma mejor la fotografía o el cine, por ejemplo el paisaje o el aspecto de los personajes, sino que debía emboscarse en la interioridad de la psicología humana y, especialmente, en las mentes excéntricas u originales, las que Ortega llamó «psicologías interesantes». El principal cometido, pues, del género radica en construir con el máximo pormenor el universo mental de un individuo, lo que expulsa del texto novelístico no solo la descripción sino también, en cierto modo, la narración. El argumento pasa a tener una importancia muy secundaria y se reduce a mero pretexto para las lucubraciones (a veces prolijas y farragosas) del narrador. Junto a la indagación en el pensamiento oceánico de los personajes, lo que cobra preeminencia es la estructura y las técnicas narrativas mediante las que se presentan y manipulan los acontecimientos.
Todo ello es visible ya en Estación. Ida y vuelta, donde se canalizaba el extendido descrédito de la novela de trama y personajes definidos, de argumento lineal y coordenadas espaciotemporales claras; en su lugar encontramos una nebulosa introspección en el alma del protagonista, un hombre que parte en tren de Madrid a París y, pasado un tiempo, regresa. A través del monólogo interior, que imita la confusa superposición de datos y tiempos en el fluir de la conciencia, sabemos que tenía una relación amorosa feliz hasta que apareció Julia para perturbarla. El hombre se marcha a París para reflexionar y empezar a escribir la novela que leemos. Finalmente vuelve a Madrid decidido a reanudar su relación amorosa primera e iniciar una nueva vida no solo en el terreno conyugal sino también en el creativo literario. La meditación sobre los motivos de la conducta y la reflexión metaficcional sobre la escritura se entremezclan en un tumulto de ideas y sensaciones cuya unidad estriba en habitar en la memoria activa del narrador protagonista.
Desde que se proclama la República en abril de 1931 Rosa Chacel se identifica con el nuevo régimen (su esposo es nombrado director del Museo de Arte Moderno), del que obtiene una beca en 1933 para estudiar en Berlín, donde coincide con Rafael Alberti y María Teresa León. En las estribaciones de la guerra su compromiso político se expresa en la firma del manifiesto fundacional de la Alianza de Intelectuales Antifascistas y en su participación en el Frente Popular, un compromiso que se prolonga durante la Gerra Civil prestando servicios en un hospital de la Cruz Roja y colaborando en revistas como El mono azul y Hora de España. En 1937 abandona el país en compañía de su hijo Carlos e inicia un exilio que no cerrará definitivamente hasta 1974 y que tuvo dos ejes geográficos: Río de Janeiro y Buenos Aires.
Fueron más de treinta y cinco años de expatriación durante los que Rosa Chacel construyó una sólida aunque parca obra narrativa y ensayística ignorada en España. Solo en 1963, coincidiendo con sus primeros viajes de retorno, empieza a llegar a unos jóvenes Pere Gimferrer y Ana Maria Moix que se entusiasman con el talento y la sutileza de estilo y concepto de aquella remota escritora republicana.
La que iba a ser biografía de la protagonista del «Canto a Teresa» de Espronceda se transformó en la novela Teresa (1941), donde la imaginación novelesca pone lo que sustrae la falta de documentación. Algo, en cualquier caso, que a la escritora le favoreció, pues se sintió más libre para dar a luz la personalidad de su protagonista y «lograr la confianza en la verdad de una vida personal, tomar en serio a una criatura humana hasta el extremo de vivirla, de trasladarse a ella, de serla. Sin esto no hay novela», como escribió en la «Advertencia» al libro. Ahora bien, que Teresa Mancha y el trasfondo del Madrid de 1830 brotaran, a falta de datos verídicos, del poder inventivo de la escritora, no resta un ápice de vividez a la reconstrucción del clima del Romanticismo español.
Pero su verdadera primera novela del exilio fue Memorias de Leticia Valle (1945). En ella aborda un tema escabroso, la atracción que un hombre casado siente por una niña de apenas doce años, la Leticia del título; pero la autora lo trata de un modo tan perifrástico y oblicuo que el asunto queda difuminado. El principal acierto de la novela consiste en conceder la voz narrativa a la niña, pues solo desde su perspectiva confidencial se hace verosímil el juego perverso de seducir a un adulto. Ese acierto se logra por cuenta de un artificio, el de que una niña que no ha cumplido los doce años posea el amplio conocimiento del mundo que demuestra y, sobre todo, sea capaz de escribir en una prosa tan reflexiva y ponderada, tan llena de matices. Con todo, aceptado el artificio, la voz de Leticia sostiene en su paso íntimo el interés del lector, que adivina la deformación a que somete los hechos la imaginación desquiciada de la niña y advierte la culpa que contrae con sus veleidades seductoras en el desenlace trágico del hombre cautivado.
Numerosos artículos en revistas como Sur, Realidad, creada por Francisco Ayala, o el diario La Nación, además de abundantes traducciones, le ocupan gran parte del tiempo, pero no le impiden enfrascarse en la composición de su novela más ambiciosa, La sinrazón, que la absorberá diez años. Años críticos en los que el desarraigo se vuelve doloroso y nutre sentimientos de angustia y hastío que dejan huella de su lento transcurso en esa novela y en las páginas de su diario, publicado mucho después con el título de Alcancía. La escritora alterna la escritura de La sinrazón con los cuentos reunidos en Sobre el piélago (1952), sus diarios y el ensayo Saturnal, para cuya escritura obtiene una beca de la Fundación Guggenheim que le permite mudarse a Nueva York, donde se quedará, con escapadas a varias universidades norteamericanas, hasta finales de 1961. Fueron dos años liberadores durante los que conoció a algunos republicanos exiliados, a Stravinski o al nouveau romancier Michel Butor, pero fue sobre todo una etapa de fertilidad creadora. Concluida su estancia, viaja a España en una visita que se prolonga desde enero hasta junio de 1962. No será este aún el principio de su reincorporación a la vida intelectual española. Esta se inició con la reedición por Aguilar de Teresa en 1962 (gestionada en un segundo viaje a finales de ese año), tras la que reanudará su colaboración con Revista de Occidente, que había reaparecido en 1960 con decidido y discreto espíritu reivindicativo —el de Soledad Ortega— de la España derrotada, lo que era evidente en la presencia del antiguo secretario Fernando Vela.
En La sinrazón puede decirse que cristaliza la concepción de la novela que defendió la escritora desde su juventud: una novela enclavada en la difusa conciencia del ser humano para la que el paisaje apenas cuenta como un dato remoto y a menudo distorsionado pero en la que la circunstancia (en el sentido que Ortega daba al concepto) constituye la fragua donde aquella se moldea. Obra poligenérica, algo desflecada, con huidas hacia la disquisición, la ráfaga autobiográfica o la estampa onírica, pero impulsada por la ambición totalizadora de registrar las zozobras del hombre contemporáneo. Su protagonista vuelve a ser un hombre, Santiago Hernández, cuya vida íntima parece un trasvase directo de la de la autora, que siempre detestó la llamada «literatura femenina». Santiago redacta sus memorias y por ellas descubrimos que su historia no difiere en lo esencial de la de Estación. Ida y vuelta: un hombre casado tiene una relación con otra mujer y vuelve luego junto a su esposa que, sin embargo (aquí se separa de la novela anterior), no lo acepta y ello precipita un desenlace trágico. La sinrazón, así, debe leerse en perspectiva con la novelita de 1930, de la que no es erróneo considerarla una reescritura en clave autobiográfica, donde Chacel evacua una porción grande de sus propias cavilaciones a través de la voz masculina de su narrador y se despoja de las deudas con la retórica vanguardista (metáforas chocantes, greguerías incrustadas en la prosa) que tenía Estación.
Desde entonces irán publicándose sus obras con cierta regularidad. En 1971 ve la luz en España, por fin, Memorias de Leticia Valle, los cuentos reunidos en Icada, Nevda, Diada y el ensayo Saturnal (1972). El designio que hay detrás es análogo al de La sinrazón, la captación del complejo espíritu de época de la edad contemporánea reflejado en la conciencia existencial del sujeto, pero el resultado dista de ser un acierto. En sus cinco partes trata diversos aspectos de ese espíritu, a saber: el amor y la sexualidad, los roles sociales masculino y femenino (reflejados en el «arte nuevo» del cine), la «feminización» de la época vista desde la obra de los creadores de la modernidad (Baudelaire, Nietzsche, Kierkegaard...), la manifestación indeseable de la condición humana (la cobardía, la doblez o el egoísmo) o los actos en que todos los hombres se igualan, el nacimiento y la muerte, y la conciencia del tiempo, equivalente a la conciencia de la propia vida. Saturnal es un ensayo sembrado de intuiciones penetrantes y formulaciones verbales afortunadas pero globalmente farragoso.
Rosa Chacel escribió durante su exilio otro ensayo entroncado en su tema con La sinrazón. Se trata de La confesión (inédito hasta 1971), cuyo estímulo primero fue, de nuevo, un aviso de Ortega sobre la llamativa escasez de literatura confesional en las letras españolas. La escritora se propone indagar en las razones, no sin antes dedicar largos capítulos a delimitar el género de la confesión y a examinar las obras paradigmáticas de San Agustín, Rousseau y Kierkegaard que, en su opinión, sirven de trasfondo a otros tantos novelistas españoles, Cervantes, Galdós y Unamuno, que es de quienes va a hablar. El resultado, con todo, vuelve a resentirse de indefinición y envuelve muchas y densas apreciaciones sobre la escritura autobiográfica en un discurso divagatorio que bordea lo inconsistente. La técnica de eludir el objeto de referencia mediante un aluvión de frases alusivas —que aunque apuntan hacia ese objeto lo encubren—, aprendida en la época de las vanguardias y que tan buen rendimiento le daba en la narrativa, no acaba de funcionar en la prosa de ideas.
Pero si su inquisición sobre los libros confesionales resulta algo insatisfactoria, no ocurre lo mismo con sus propios escritos autobiográficos. Sus memorias Desde el amanecer se publicaron en 1972 y únicamente abarcaban su infancia hasta los diez años. En el moroso recuento de la remota niñez la escritora intenta anudar los hilos de su propia identidad, persuadida de que, como dijo Rilke, la infancia es la patria verdadera. La gran obra confesional de Chacel son sus diarios, que aparecieron en 1982 bajo el metafórico título de Alcancía, el recipiente donde se guardan las ganancias obtenidas en el diario vivir, «depósito de horas, pensamientos, anhelos». Dos volúmenes, Alcancía. Ida y Alcancía.Vuelta, recogen sus escritos íntimos entre 1940 y 1981, pero la intimidad que manifiestan es la propia de una bitácora de escritor —por eso son indispensables para seguir el meticuloso y lento crecimiento de La sinrazón o de otras obras suyas— y no la de un espíritu que ansía compartirse o vaciarse. Un tercer volumen, Alcancía. Estación Termini (1998), recoge los diarios entre 1981 y 1994, en los que la escritora, que ha conocido al fin el reconocimiento oficial, deja testimonio de su ajetreo mediático y editorial.
En 1974 obtuvo una ayuda de la Fundación March para terminar la novela Barrio de Maravillas (1976), destinada a ser la primera entrega de la vasta trilogía «Escuela de Platón», otro proyecto que manaba de su memoria personal. Ambientada en el barrio madrileño de Maravillas, donde la escritora pasó la infancia, la novela pivota sobre la joven Elena y sus inquietudes intelectuales y artísticas para trazar un amplio cuadro de las ilusiones y sueños de un grupo de muchachas adolescentes, entre ellas sus amigas Isabel y Araceli. Es obvio que en Elena recrea Chacel su propia pubertad dada a la lectura, la fruición del arte y la ensoñación intelectualista, como lo es que esa coloración autobiográfica se mantiene en el segundo título de la trilogía, Acrópolis (1984), que alude al emplazamiento de la Residencia de Estudiantes en lo que Juan Ramón Jiménez llamó «la colina de los chopos». Elena ya ha madurado y se encuentra en una gloriosa encrucijada de estímulos intelectuales, la eclosión de fuerzas creativas a que responde la generación histórica del 27. Pero, a diferencia de otras evocaciones novelescas de aquel momento, como La calle de Valverde de Max Aub o Los pasos perdidos de Corpus Barga, Acrópolis no describe el ambiente de calles, cafés y redacciones ni los conciliábulos del poder cultural sino que se sumerge en la subjetividad de los personajes y convierte sus percepciones en la materia aglomerada del texto, ofrecida en densos monólogos interiores. El periplo vital de la protagonista, acompasado con el de la autora, se completa en Ciencias Naturales (1988), tercer volumen de la trilogía, que cubre el período del exilio de Elena hasta su regreso a España. Como en los dos títulos anteriores, la crónica de acontecimientos desaparece para dejar paso a una obstinada introspección en la que se reflejan como sombras pálidas los hechos de la vida corriente y que se vierte en el diario que el personaje (como la propia Chacel hizo) va escribiendo durante su destierro.
El fallecimiento de su esposo en 1977 pudo estar detrás de la biografía que le dedica en 1980, Timoteo Pérez Rubio y sus retratos del jardín, que acaba convirtiéndose en otra revisitación nostálgica del clima artístico e intelectual de los años veinte y treinta. Algo de nostálgico tiene el volumen Novelas antes de tiempo (1981), donde reúne embriones novelísticos que quedaron abortados y los comenta en un ejercicio de confidencia de taller.
Sus artículos y ensayos se reunieron en diversos volúmenes, Los títulos (1981), Rebañaduras (1986) y La lectura es secreto (1989), recuperados en el tercer tomo de su Obra completa (1992), y en ese conjunto sobresalen sus evocaciones del clima y proyecto literarios de su generación, la de los años veinte, en textos como «Sendas perdidas de la generación del 27» o «Cómo y por qué de la novela».
Por último, Rosa Chacel también escribió poesía. Su primer libro, A la orilla de un pozo (1936), estaba formado por una treintena de sonetos-semblanza dirigidos a diversos amigos, entre ellos María Zambrano, Rafael Alberti o Pablo Neruda, en los que la combinación de barroquismo neogongorino y de imágenes ilógicas de estirpe surrealista da lugar a retratos relampagueantes. Un segundo poemario, Versos prohibidos (1972), rescata composiciones clasicistas de los años cuarenta (lo «prohibido» del título alude al veto que la propia Chacel impuso a aquellos poemas debido a su estética), de las que sobresalen las Epístolas morales a imitación de la de Fernández de Andrada. Finalmente, en 1992 se reunió ese corpus lírico con nuevos poemas en Poesía (1931-1991).
Bibliografía
Anthropos, 85 (junio de 1988), núm. monográfico; Ana Rodríguez-Fischer, prólogos a Rosa Chacel, Obra completa, 9 vols., Valladolid, Diputación, 1989-2004; Barcarola, 30 (junio de 1989), núm. monográfico; Rosa Chacel. Premio Nacional de las letras españolas 1987, Barcelona/Madrid, Anthropos, 1990; María Asunción Mateo, Retrato de Rosa Chacel, Barcelona, Galaxia Gutenberg, 1993; M.ª Pilar Martínez Latre (ed.), Actas del congreso en homenaje a Rosa Chacel, Logroño, Universidad de La Rioja, 1994; Cora Requena, Rosa Chacel (1889-1994), Madrid, Ediciones del Orto, 2002; Carmen Morán Rodríguez, Figuras y figuraciones femeninas en la obra de Rosa Chacel, Málaga, Diputación, 2008.
ÁLVARO CUNQUEIRO
por
JUAN HERRERO SENÉS
Cuento como a mí me parece que sería hermoso nacer, madurar y navegar, y digo las palabras que amo, aquellas con las que pueden fabricarse selvas, ciudades, vasos decorados, erguidas cabezas de despejada frente, inquietos potros y lunas nuevas.
(Las mocedades de Ulises, 1960)
Álvaro Cunqueiro (Mondoñedo, 1911-Vigo, 1981) puede considerarse uno de los grandes fabuladores de las letras españolas, a la manera de Borges o Italo Calvino. Alguien para quien la imaginación ocupa el puesto supremo en las facultades y que ofrece la escritura como antídoto al realismo, el estilo predominante bajo el franquismo. Escribir es para nuestro autor equiparable por tanto a soñar, crear y contar, y su obra se constituye como un inmenso catálogo de personajes, linajes, historias, lugares, anécdotas, inventos y aventuras. Al reinar la imaginación, esta pone sus propias leyes, y Cunqueiro se permite, con erudición fabulosa y léxico riquísimo, mezclar épocas, tradiciones, leyendas y sagas literarias, entre ellas la mitología clásica, la «materia de Bretaña», Las mil y una noches, la rica imaginería céltica y gallega, El Quijote, Shakespeare o el Renacimiento italiano... Su obra obtiene así la forma y propósito que pareciera tuvo la literatura misma al nacer: contar historias para divertir, hacer soñar y ampliar sin límite el mundo de lo real, abriéndose al misterio insondable del ser humano, único dotado para fabular.
Cunqueiro nació en Mondoñedo, una de las antiguas siete capitales del reino de Galicia. Su padre era farmacéutico y en la botica organizaba una tertulia a la que asistió desde niño el autor. Lector voraz que mezclaba a partes iguales Stendhal y las novelas de quiosco, empezó estudios de letras en Santiago de Compostela, que abandonó para hacerse periodista; sus primeros artículos aparecieron en Vallibria, Galiza o El Pueblo Gallego. Amigo de intelectuales como Domingo García Sabell o Carlos Maside, fue en los años treinta miembro del Partido Gallegista. Con el estallido de la Guerra Civil, Cunqueiro empezó a colaborar en publicaciones del bando nacional, militó en Falange y llegó a ser subdirector de Vértice, donde publicó su primera narración en castellano: La historia del caballero Rafael (1939). Luego pasó por San Sebastián y Vigo hasta que en 1939 recaló en Madrid, donde colaboró brevemente en ABC hasta que diversos problemas con las autoridades falangistas le hicieron volver a Galicia en 1946. A partir de entonces, Cunqueiro vivió del periodismo, firmando artículos en decenas de publicaciones, como El Progreso o en Destino, llegó a ser director de El Faro de Vigo entre 1964 y 1970, y se dedicó plenamente a su extensa obra literaria. En 1959 ganó el Premio Nacional de la Crítica por Las crónicas del Sochantre, en 1961 fue elegido académico de la lengua gallega y en 1968 consiguió el Premio Nadal con Un hombre que se parecía a Orestes. Murió en 1981 después de una larga enfermedad.
Antes de la Guerra Civil Cunqueiro escribió únicamente en gallego y cultivó sobre todo la poesía, con títulos como Mar ao Norde (‘Mar al Norte’, 1932), Poemas do si e non (‘Poemas de sí y no’, 1933) o Cantiga Nova que se chama Riveira (‘Cantiga Nueva que se llama Riveira’, 1933), libros que combinaban vanguardismo y neotrovadorismo. Pero a partir de 1939 su obra se expresó tanto en gallego como en castellano (en no pocos casos Cunqueiro se autotraducía) y se abrió a una infinidad de géneros, cuyos límites el autor desafía continuamente: relatos, libros de viajes, reportajes, crítica literaria, libros de gastronomía, obras de teatro, conferencias o charlas radiofónicas... y el relato y la novela. Si en este último terreno es donde produjo sus obras más destacadas, no pueden dejar de mencionarse el drama O incerto Señor Don Hamlet, príncipe de Dinamarca (‘El incierto Señor Don Hamlet, príncipe de Dinamarca’, 1958), donde revisita la historia popularizada por Shakespeare a partir de sus fuentes anteriores y de la influencia de Freud; los poemarios Dona do corpo delgado (‘Mujer de cuerpo delgado’, 1950) y Herba aquí ou acolá (‘Hierba de aquí y de allá’, 1980), mezcla de exquisita musicalidad y veracidad emocional; sus miles de colaboraciones periodísticas parcialmente reunidas en volúmenes como El envés (1969), El descanso del camellero (1970) o Papeles que fueron vidas (1994); y los conjuntos de estampas de personajes gallegos a partir del ancestral mundo mitológico galaico, en sus libros Escola de menciñeiros e fábula de varia xente (‘Escuela de curanderos y cuentos de gente diversa’, 1960), Xente de aquí e de acolá (‘Gente de aquí y de allá’, 1971) y Os outros feirantes (‘Los otros feirantes’, 1979).
Como ya se apuntó, es en la narrativa donde Cunqueiro consiguió más certeramente plasmar su universo personal. Parece preferible hablar en general de «narrativa» sin distinguir estrictamente entre relatos y novelas, pues estas últimas, sin dejar de serlas, constituyen en realidad agrupaciones de relatos e historias en torno sobre todo a un personaje protagonista y a una tradición literaria o universo mitológico particular. Así, sus dos primeros relatos destacados, Merlín e familia (‘Merlín y familia’, 1955) y Las crónicas del Sochantre (1956), tienen que ver fundamentalmente con lo que se conoce como «materia de Bretaña» y, en general, el mundo celta: tratan, el primero, del mago Merlín y su habilidad y fama para disipar los más difíciles embrujos; y el segundo, de las andanzas de un músico de funerales que recorre la Bretaña en una carroza llena de fantasmas y seres de ultratumba. Las siguientes tres novelas, Las mocedades de Ulises (1960), Cuando el viejo Simbad vuelva a las islas (1961) y Un hombre que se parecía a Orestes (1968), se relacionan con el mundo del mar y los viajes en su doble vertiente griega y persa. La primera obra recupera a un Ulises imberbe para explicarnos sus inicios, su formación como astuto marinero fabulador y cómo conoció a Penélope; las otras dos abordan, por el contrario, un tema crepuscular: una la vejez del marinero Simbad, nostálgico del mar, y otra las cuitas del joven Orestes, encargado de matar a los que acabaron con su padre. Finalmente, Vida y fugas de Fanto Fantini della Gherardesca (1972) y El año del cometa con la batalla de los cuatro reyes (1974) se sitúan de algún modo en el vértice histórico de la modernidad, ese momento de tránsito entre el oscurantismo medieval y el racionalismo moderno, para hacer vivir a dos personajes mágicos. En todos los casos, Cunqueiro se permite mezclar tiempos y épocas, rompiendo los límites de las tradiciones literarias.
En cierto sentido, podría decirse que la trayectoria narrativa de Cunqueiro dibuja una parábola de alejamiento, pérdida y regreso al «hogar» (el mundo celta) paralelo al que se produce argumentalmente en sus obras. Así, si en la década de los cincuenta domina en su obra el paisaje galaico, celta y así atlántico, en los sesenta Cunqueiro lanza sus personajes al Mediterráneo, primero a Grecia, luego al lejano Oriente y de vuelta a las Hélades, para en los setenta ir acercando las tramas a su tierra, primero en Italia, y luego de nuevo a Galicia.
En todas estas obras asistimos al prodigioso despliegue de las facultades fabuladoras del autor. Sus páginas incluyen microhistorias, anécdotas y relatos, cuando no, como en el caso de Merlín, una novela insertada. Los personajes son en muchos casos ellos mismos narradores, o si no gente cuya principal virtud es ser «amigo de escuchar historias». Con todo ello, Cunqueiro persigue difuminar límites, el primero de ellos, entre un narrador central y su audiencia; frente a ello, afirma que todos podemos ser narradores y que en cualquier lugar acecha una buena historia; en segundo lugar, disipa las diferencias entre contar, imaginar, soñar y recordar. Así, en Merlín se habla de «imaginar y memorar, que son la misma cosa»: contamos los mitos que alguna vez quizá fueron verdad y que durante siglos han sido explicados, y con ellos construimos y comunicamos qué y cómo querríamos ser. Finalmente, se mezclan las lindes entre el sueño (o la fantasía) y la realidad: la vida de los personajes es en muchos casos el conjunto de sus aventuras, sus historias y sus sueños. Cunqueiro busca inventar de este modo leyendas e historias, recrear los mitos. Los mitos —como las narraciones— no son ni verdad ni mentira o son ambas cosas, la re-creación de lo humano en molde argumental.
Los protagonistas de las novelas de Cunqueiro, no pocos sacados ya de la literatura, son generalmente gentes dotadas de dones o habilidades singulares, y que de algún modo tienen una «misión» que cumplir que en muchos casos implica abandonar el hogar o la patria. Son viajeros nostálgicos (Ulises se llama así, dice Cunqueiro, por San Ulises, el santo que inventó el remo y el deseo de volver al hogar) que recorren mundo descubriendo parajes, personas y costumbres, y en esas peripecias se agotan. En muchos casos, sufren un problema de identidad y sienten el peso de una soledad personal. En su mayoría son descastados, han perdido sus raíces y su familia, para ser criados por amas o tutores. Y en cierto sentido su singladura es un lanzarse a la acción, al mundo, para en él, como si fuera un tesoro enterrado, encontrar un sentido que no pueden localizar en sus orígenes y que tampoco se vislumbra en el final. La clave residirá, por tanto, en el trayecto mismo. E igual ocurre con la lectura de las obras cunqueirianas: la trama argumental no es lo más importante, sino la cornucopia de descripciones, detalles y anécdotas que crean un poblamiento fabuloso y un efecto de hechizo narrativo. En ambos casos, para el protagonista y para los libros, el final que espera es por lo general melancólico, al depender de en qué medida los sueños y aspiraciones de los personajes se ven cumplidos.
En este sentido, las obras de Cunqueiro tienen mucho de retablos: inmensas galerías de retratos de personajes a cuál más fascinante, pintados con una endiablada fantasía para el detalle sorprendente y característico que individualiza e inmortaliza. Por ejemplo, Fanto tiene la habilidad de huir de cualquier prisión, el barquero Filipo «tenía su casa junto a un sauce llorón. Viendo las aguas, se aficionó a la filosofía» y Enrique IV, «fue un iracundo inquieto, y cuando por primera vez probó el helado, se le cortó la digestión». Entre los secundarios destaca la figura del mozo, del escudero o compañero fiel que ayuda al protagonista en sus correrías, así como el personaje femenino, a menudo callado, triste y enigmático.
El estilo de Cunqueiro corresponde a su propósito fabulador y a la vez a su esencial modernidad. Sus historias combinan ironía y humor mezclados con una esencial ternura por los personajes y sus andanzas. No duda en utilizar el absurdo y la sorpresa. Pero con placer renuncia a un desarrollo argumental trabado y a los finales redondos. Fiel a la tradición oral, a Cunqueiro le importa la narración y su embeleso, pero no elude la metaficción, hace patente el legado literario que sustenta el frondoso surgimiento de una realidad recreada, y renuncia a la construcción perfecta en beneficio de la verosimilitud fabuladora.
Otra peculiaridad bien moderna de la escritura cunqueiriana es la querencia por los paratextos, esto es, por todos aquellos textos que «envuelven» a la historia: dedicatorias, introducciones, prólogos, epílogos y apéndices varios. Es distintivo en nuestro autor la utilización de índices onomásticos, esos listados donde encontramos todos los nombres citados a lo largo de una obra en cuestión, usados habitualmente en obras generales o de referencia. Con ellos, Cunqueiro pretende, por una parte, reunir y ordenar el cúmulo de personajes, pero además busca prolongar sus vidas una vez ha concluido el desarrollo argumental, para comunicar al lector su permanencia intemporal.
Otros dos aspectos destacados de la escritura cunqueiriana son su enorme amplitud léxica y su ritmo «moroso». Cunqueiro, sin dejar de ser fiel a un afán de estilo sencillo, así en la construcción de frases, despliega un inmenso saber lingüístico que le permite nombrar con precisión hasta los más ínfimos detalles de lo real. Así, plantas, animales, objetos, artes y artilugios, gestos y sensaciones son nombrados y descritos con una precisión que refuerza la sensación arcaica, de relato antiguo con poso de sabiduría, que tienen los textos. A ello contribuye también un estilo lento, pausado, que se demora en la descripción cuando juzga conveniente pero no olvida la obligación narrativa de un «sentido del final» y que en definitiva busca recrear la dicción oral de poetas, vates y otros contadores de historias.
Entre las obras más significativas de Cunqueiro podría señalarse en primer lugar Las crónicas del Sochantre, donde se narran las peripecias de un músico de capilla que va en una carroza a tocar a los entierros. En la carroza viaja con toda una serie de fantasmas y personajes de ultratumba que le irán refiriendo sus vidas pasadas.
Cuando el viejo Simbad vuelva a las islas explica la historia de Simbad, un viejo marinero retirado que, en la tertulia, cuenta las historias de los mares que recorrió en su juventud y sueña con volver a ellos. Pero sus contertulios no le creen, y Simbad decide entonces comprobar las historias de su vida, y busca la nave en la que viajó, para volver a embarcar en ella. Pero descubre que si bien la nave realmente existió, partió sin él, y eso destruye sus sueños. Simbad se nos aparece aquí fatigado, transido por la infinita melancolía de un mar que no puede surcar y de una vida que no es como la que se había imaginado. Con esta novela y la siguiente, Las mocedades de Ulises, Cunqueiro empieza a horadar en el reverso oscuro de los mitos, situando a sus literarios protagonistas en la juventud y en la vejez, fuera de sus momentos culminantes, y así, expuestos a su propia y solitaria (re)construcción personal.
Con Un hombre que se parecía a Orestes, Cunqueiro ganó el Premio Nadal en 1968. La novela tiene su punto de partida en el mito griego de Orestes versionado por Esquilo. Aquí, Orestes aún no ha regresado a Micenas para cumplir venganza por la muerte de su padre Agamenón a manos de su madre Clitemnestra, ahora casada con el traidor rey Egisto. En medio de un reino en plena decadencia y corrupción, la reina es ya prácticamente un fantasma y el rey solo vive para temer la llegada del vengador. Pero Orestes está viejo y lleno de dudas ante su misión. Cunqueiro traslada la historia a una edad indeterminada mezcla de helenismo y medievalismo para hablar de los estragos del tiempo y la disipación de la memoria y de los ideales. La novela permite ser también entendida como una alegoría sobre cómo el paso del tiempo convierte en inútil la venganza, lo que algunos lectores del tardofranquismo pudieron leer en clave sociopolítica como una llamada a no abrir las heridas de la Guerra Civil.
En Vida y fugas de Fanto Fantini della Gherardesca nos trasladamos al Quatroccento italiano para conocer las aventuras del caballero Fanto, un soldado a sueldo famoso por su habilidad para las más espectaculares fugas, que realiza convirtiéndose en uno de los cuatro elementos. La novela se construye como si se tratara de una investigación biográfica de un personaje real, y por ello no solo incluye un índice onomástico, sino además un prólogo donde el autor nos explica el propósito de su estudio, la documentación consultada y las huellas que Fanto dejó para la posteridad, así como referencias bibliográficas varias, la principal de ellas el discurso fúnebre que Lionfante, el caballo hablador de Fanto, le habría dedicado ante el senado de Venecia y que habría servido de inspiración nada menos que a William Shakespeare. Fanto es una novela de regusto quijotesco, por el periplo de los personajes, por la especial relación entre señor y escudero, y por la ternura no exenta de ironía con que Cunqueiro trata a su héroe: Fanto, nacido de un rayo, guapo y seductor, rescata bellas doncellas encerradas en inexpugnables torres, y consigue huir de los más crueles destinos, pero no puede escapar de la tristeza de la falta de verdadero amor y de la melancolía de una vida en paz. Su acumulación de fugas y transformaciones se convierte en un camino de autodestrucción del que Fanto no puede escapar, al no tener su vida un sentido definido que justifique sus aventuras.
Finalmente, El año del cometa presenta la historia de Paulos, un joven dotado de mágicos poderes que toma como misión personal encontrar a varios reyes que han de salvar a su pueblo de ser destruido, como el propio Paulos ha predicho que ocurrirá tras leer los signos de la llegada de un cometa. La novela tiene un buen tanto de resumen del quehacer narrativo de Cunqueiro, y así de metapoética, pues Paulos recorre los paisajes y las «materias» por las que se fue desplazando la narrativa cunqueiriana a la búsqueda de los reyes David, Arturo y Julio César. Si estos reyes cooperan, la patria se salvará y además los sueños y predicciones de Paulos se cumplirán, y así se justificará su periplo vital. Pero a lo largo de la novela Paulos descubre no solo la vejez y decrepitud de los reinos que visita, sino sus propios fantasmas interiores, y así cómo puede usar los dones que tiene no solo para crear, sino también para destruir. Y, lo que es más terrible, se da cuenta de su soledad, de que en realidad a nadie le importa ni su misión ni lo que pueda salir de ella; deja entonces de soñar y ahí fallece. Y parecería que solo podrá salvarse en la medida en que resuciten, para esta vez permanecer, sus sueños.
Bibliografía
Diego Martínez Torrón, La fantasía lúdica de Álvaro Cunqueiro, Sada, Ediciós do Castro, 1980; Cristina de la Torre, La narrativa de Álvaro Cunqueiro, Madrid, Pliegos, 1988; Francisco Fernández del Diego, Álvaro Cunqueiro e o seu mundo: vivencias e fabulacions, Vigo Ir Indo, 1991; Ana-Sofía Pérez-Bustamante, Las siete vidas de Álvaro Cunqueiro: cosmovisión, codificación y significado en la novela, Cádiz, Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz, 1991; Ana María Spitzmesser, Álvaro Cunqueiro, la fabulación del franquismo, Sada, Ediciós do Castro, 1995; Rexina, Rodríguez Veiga, Álvaro Cunqueiro: unha poetica de recreacion, Santiago, Editorial Laiovento, 1998; Antonio Jesús Gil González, Teoría y crítica de la metaficción en la novela española contemporánea: a propósito de Álvaro Cunqueiro y Gonzalo Torrente Ballester, Salamanca, Universidad de Salamanca, 2002; Ninfa Criado Martínez, Álvaro Cunqueiro: el juego de la ficción dramática, Madrid, CSIC, 2004; Francisco Fernández del Diego y otros, Álvaro Cunqueiro, unha fotobiografi, Vigo, Ediciones Xerais, 2007; Manuel Gregorio González, Don Álvaro Cunqueiro, juglar sombrío, Sevilla, Fundación José Manuel Lara, 2007.
EUGENI D’ORS
por
XAVIER PLA
Sobre las ruinas de las Naciones, edificaremos la Ciudad...
(«Per a la reconstrucció de la ciutat», El Poble Català, 9 de septiembre de 1905)
En marzo de 1908 el rey Alfonso XIII visitó Barcelona para tranquilizar a una sociedad sometida a toda suerte de atentados anarquistas. Políticos y artistas, burgueses y jerarcas, le esperaban a su llegada en el tren de las nueve de la mañana. A la misma hora, un jovencísimo escritor y periodista, Eugeni d’Ors (Barcelona, 1881-Vilanova i la Geltrú, 1954), aislado en su habitación, daba alas a su imaginación leyendo un libro sobre el emperador Carlos V. Lejos del fervor de las multitudes, a mediodía, decidió visitar el taller de unos artistas amigos. El espesor del humo del tabaco, la ingesta de los más variados licores, la contemplación de óleos y dibujos y de las últimas revistas modernistas alemanas, en definitiva, la voluptuosa intimidad creada por la tertulia entre compañeros bohemios, dieron consuelo balsámico a la triste soledad del que a sí mismo se proclamaba ya como «intelectual». A las seis de la tarde, solo el griterío del pueblo que subía desde las calles durante las «reales jornadas» interpelaba el discreto orgullo de quienes se sabían a salvo en su venerada «torre de marfil». Pero, de pronto, surgió la duda, quizás el cansancio: ¿no sería mejor abandonar esta obstinación heroica y confundirse gregariamente con las masas? ¿No valdría la pena dejarse glorificar por la multitud, incorporarse a las mayorías, recibir elogios y premios y medallas como cualquier poetastro de la corte?
Desde las páginas de la revista Empori, Eugeni d’Ors tomó una determinación de gran trascendencia para su trayectoria literaria. Diez años después de la publicación del J’accuse! de Zola, se propuso definir por primera vez al intelectual moderno en Cataluña. Desafiando «los peligros de este descenso hacia las multitudes», D’Ors llamó a la nueva generación del novecientos a la intervención en la ciudad, con una clara voluntad de orientación social y política: «Nosotros, en la Intervención, comulgamos». La posición de Eugeni d’Ors era claramente de compromiso, de un hombre de letras que abandonaba la visión de la literatura instaurada cincuenta años antes por la modernidad. Aquella que se había autonomizado de su sociedad y que adoptaba actitudes destinadas a constituirse en una aristocracia simbólica con sus propias reglas de juego.
Como tantos escritores de la Europa de las primeras décadas del siglo XX, D’Ors decidió jugar a fondo la lógica de la «invención del intelectual», descartando con menosprecio el «arte por el arte» y decidiendo dejar de ser un simple espectador ciudadano, incapaz de sentirse deudor o solidario de la sociedad que lo acogía. Ningún otro intelectual del momento llegó ni tan siquiera a vislumbrar el desplazamiento de roles dentro de la esfera literaria catalana que esto significaba. D’Ors no se dejó arrastrar por la simplificación entre arte puro y arte social, sino que, al contrario, se adhirió a un tipo de literatura de participación social sin renunciar nunca a una singular voluntad de estilo y a una ambición cultural sin precedentes en Cataluña. Por esto, pudo abandonar ciertos juegos estetizantes de sus inicios modernistas y consolidar un nuevo discurso de debate político y de ideas y, a la vez, desarrollar una prosa artística, reconocida tanto por sus contenidos como por su lenguaje. Y lo hizo siempre utilizando los periódicos, «testigos de la civilización moderna», para asumir la tarea de transformación social que proponía y para poder exponer su pensamiento.
El lunes 1 de enero de 1906 D’Ors, convertido pocas semanas después en «Xènius», publicaba por primera vez en las páginas del diario La Veu de Catalunya, el portavoz del catalanismo político conservador, la rúbrica «Glosari», una columna periodística que obtuvo una repercusión y una influencia extraordinarias. Durante más de quince años en lengua catalana, y todavía durante casi treinta años más de «Glosario» en castellano, D’Ors supo elaborar un género literario personal e inclasificable. Desde el «Glosari», Xènius mostraba una curiosidad enciclopédica, desarrollando una habilidad admirable para tratar los temas más diversos. En poco tiempo, consiguió convertirse en el líder visible, el verbalizador, de todo un programa cultural y estético de gran incidencia política que debía llevarlo a construir cada día «nuevos sistemas metafísicos aptos para la acción». Más que un simple cronista, D’Ors se presentaba como un periodista de ideas siempre atento al presente, dispuesto a oír «las palpitaciones del tiempo». Por encima de todo, creía en un género literario que le permitía, en una clara voluntad programática, formular conceptos que se concretaban en palabras clave que se extendieron (o se impusieron), con mayor o menor fortuna, en la vida social, cultural y política de la Cataluña de la época. Porque, según sus propias palabras, su principal objetivo era «acuñar conceptos como quien acuña moneda». Entre estos conceptos está el de noucentisme («novecentismo»), que le funcionó perfectamente como relato fundador y autojustificativo. El término fue utilizado, en primer lugar, en su forma adjetiva noucentista para denominar a los jóvenes noucentistes, es decir (gracias al doble significado de nou en catalán), a los hombres del novecientos y a los partidarios de lo «nuevo».
Pero la glosa no era tan solo un artículo de expresión personal firmado por un fino observador de la realidad ciudadana. En sus glosas había poesía y ensayo, narración y análisis, tanto aparecía un triste recuerdo infantil de un D’Ors atemorizado y perdido en la Rambla de Canaletes como la genial captación poética de un instante en la playa de la Barceloneta. En el «Glosari», aparecen también, combinadas con lecturas innumerables y decenas de referencias a la actualidad cultural europea o norteamericana, conversaciones de café y potins ciudadanos, consejos útiles para la vida práctica y temas de la vida cotidiana. Xènius mostraba toda su insaciable curiosidad intentando revitalizar el espíritu crítico de una sociedad que probablemente estaba más adormecida de lo que él mismo imaginaba.
La novedad residía en que D’Ors pretendió servirse de su prestigio literario, al que no pensó renunciar ni renunció nunca, para dar credibilidad a un nuevo tipo de palabra que debía hacerse resonar en la vida civil, un discurso inaudito en una Cataluña en plena transformación política. Por una parte, D’Ors no concebía la literatura como un fin en sí mismo. Para el entusiasta D’Ors, el verbo «escribir» dejaba de ser intransitivo. Su acción intelectual se volvió doctrinal. Su palabra debía poner fin a la ambigüedad y a las contradicciones del mundo en que vivía, pretendiendo erigirse en una explicación de la realidad que debía ser irreversible. Pero su actividad no fue tampoco la de un intelectual en un sentido restringido, o la de un retórico del ensayo, sino más bien la de un teórico de la cultura. El admirador de Llull, de Erasmo, de Goethe, de Napoleón, de Carlyle o de Bergson podía haber anhelado un futuro prometedor como filósofo, psicólogo, o crítico de arte, pero también como poeta, como dibujante o como novelista. Porque cuando D’Ors ejercía como crítico de arte, su texto parecía una prolongación, un eco de las obras que interpretaba. Y cuando fabulaba, ficcionalizaba o se servía de la palabra poética, se imponían el ensayo, el breviario, en definitiva, la lección.
De ahí, la necesidad de la demostración simbólica, de plantearse cómo representar artísticamente un pensamiento complejo. Es lo que ocurre con una de sus obras más famosas, La Ben Plantada (La Bien Plantada), publicada en 1911. Aunque se puede definir esta obra como una novela, como un ensayo filosófico o hasta como un poema en prosa, La Bien Plantada plantea el problema de la representación artística de todo un ideario. Hay en este libro un conflicto constante entre la función poética y la función referencial, porque la mínima intriga narrativa coincide con la demostración máxima de una especie de alegoría metafísica y política con intención ejemplar. Así, el libro puede ser leído como un «breviario de raza», como un «manual de doctrina», como una «investigación teórica», como un «ensayo filosófico con intención patriótica» (todos estos conceptos aparecen en el libro), o bien como un relato imaginario, como una «verídica historia», en definitiva, como una «novela». Reducir esta obra a su solo argumento, la llegada a una población de veraneantes de la costa catalana de una enigmática Teresa, de rasgos idealizados y clasicizantes, la expectación que despierta entre los habitantes de la colonia su comportamiento, y su posterior desaparición, contenida en un episodio final en el que revela su lección ejemplar, no permitiría dar cuenta de toda su complejidad narrativa y simbólica.
Lo mismo ocurre, por ejemplo, al afrontar un libro como Cézanne (1921), ya que la misma naturaleza informe del texto dorsiano indicaba que se trataba de una obra inusual que solicitaba un lector activo. El proceso de lectura requerirá explorar a fondo la cartografía global de un gesto crítico insólito y muy propio de D’Ors. No es una monografía sobre un autor, ni una interpretación estética de uno de los períodos más significativos del arte moderno, ni tampoco un capítulo crítico de la historia de la cultura europea. O, dicho de otro modo: es quizás una autobiografía intelectual del mismo D’Ors que dice tanto más del biógrafo que del biografiado, es una obra de creación o de interpretación subjetiva que puede ser leída como una ficción de autor, como una «auto-bio-ficción» o ¿sencillamente? como una novela. La verdad de este libro no se encuentra en lo que se dice, sino en la aventura creativa que lo precede y que lo constituye.
Pero, a pesar de su entusiasmo culturalizador, o quizá precisamente a causa de ello, ya el estallido de la Primera Guerra Mundial había cogido a D’Ors completamente desprevenido. El conflicto bélico lo sorprendió «en uno de los más deliciosos jardines de Cultura que nunca la humanidad haya conocido». La Europa civilizada que él presentaba como modelo para construir la Cataluña ideal se había embarcado en una guerra de una virulencia inusitada. Era la «violenta irrupción de la Historia dentro de la Cultura» y Gualba, la de mil veus (Gualba, la de mil voces), publicada en 1915, narración barroca y turbadora centrada en la metáfora del incesto, debió ser el precio a pagar. Deshecha ya cualquier idea de paraíso en la tierra, la idealización de la cultura se reveló como una impostura que llevó a D’Ors a la radicalización antidemocrática y al elitismo intelectual. D’Ors ya no volvió a ser nunca más el mismo, su relación con la realidad devino más compleja, más distanciada, la ironía se le acentuó considerablemente, la afectación se hizo cada vez más evidente.
Enfrentado al irresoluble binomio de las relaciones entre el arte y el poder, que han marcado toda la cultura del siglo XX, D’Ors se convirtió en un escritor público que realizó una obra de opinión que se sustentaba solo por la autoridad de quien la suscribía y no necesariamente por su erudición o su saber académico o profesional. Identificado con el pensamiento catalanista conservador, personalizado en Enric Prat de la Riba, el primer presidente de la Mancomunidad de Cataluña, D’Ors impulsó la creación del Institut d’Estudis Catalans, de la Biblioteca de Cataluña y de la red de bibliotecas populares y ocupó varios cargos públicos en el Consejo de Pedagogía hasta su célebre «defenestración» en 1920. D’Ors había accedido a la tribuna pública sin mediación alguna, frente a frente con sus lectores. Su palabra devino instrumento y vehículo de un ideario: el europeísmo sistemático, la desprovincialización de Cataluña, el retorno a los valores clásicos, pero también, no se olvide, la lucha por la cultura, la educación de la voluntad, los conceptos de continuidad, obediencia, disciplina, obra bien hecha, que ya no despertaban las mismas adhesiones.
Al dejar de disponer de instituciones que le respaldaran, a D’Ors difícilmente se le perdonó la osadía de levantar su voz solitaria contra el poder. Se trasladó a Madrid, dejó de escribir en catalán, y prosiguió allí su particular lucha por la cultura sustituyendo «Cataluña» por «España». Escribirá algunas de sus obras más conocidas: Tres horas en el Museo del Prado (1922), el drama Guillermo Tell (1926) y El vivir de Goya (1928). El D’Ors de la segunda, tercera y cuarta décadas del siglo debía ser necesario socialmente, era admirado intelectualmente y citado por doquier, pero estuvo siempre a un punto de ser acusado de oscuro, de confuso, de intelectualista, de elitista. D’Ors probó también suerte con dos novelas vanguardistas: El sueño es vida (1922), relato psicoanalítico en que los sueños de la joven protagonista remiten sensualmente a los resortes de la memoria involuntaria de Proust, y Sijé (1928-1929), una elíptica narración en que una enigmática protagonista, toda ella luz, viaja en un tren por escenarios de una decadente Europa central. Las dos recibieron el silencio de la crítica y la indiferencia del público, y ponían en evidencia aún más, si era necesario, la soledad del intelectual enfrentado a la escritura como su único medio de subsistencia y a la búsqueda desesperada de interlocutores. En París, donde D’Ors sedujo y obnubiló, tanto como desencantó, a círculos de la vida cultural francesa con su personal «heliomaquia» o combate por la luz, publicó en francés, entre otros libros, su Picasso (1930). Su participación en los selectos encuentros de Pontigny, donde formuló sus tesis sobre el barroco, le permitió frecuentar a los grandes intelectuales europeos de la época.
Relegado al papel de ensayista, D’Ors acabó convirtiéndose en un intelectual disidente a su manera y siempre heterodoxo. Empezó a dar la impresión de emprender un inacabable soliloquio, convertido en un intelectual errante, en diálogo permanente consigo mismo. En un momento determinado, parece dudar: o ser un intelectual apátrida, brillante conferenciante que se codea, de hotel en salón, con la aristocracia europea y se convierte en la vedette literaria de los mundanos clubes intelectuales, o recluirse para sistematizar su pensamiento y poder, sosegadamente, ordenar su obra y solicitar infructuosamente la complicidad de unos lectores que una sociedad literaria medianamente organizada le habría asegurado. La Guerra Civil española le sorprendió en París. A mediados de 1937, se trasladó a Pamplona. En 1938, participó en la creación del Instituto de España, del que fue nombrado secretario perpetuo. Como jefe nacional de Bellas Artes, asistió a la Bienal de Venecia de 1938, reactivando sus simpatías por el fascismo italiano, y pudo recuperar las obras de arte del Museo del Prado. Después de una segunda «defenestración», en 1942, liberado ya de obligaciones políticas, se instaló en Madrid, fundó la Academia Breve de Crítica de Arte y protegió a jóvenes artistas como Tàpies. Pero, entre salones y exposiciones, el D’Ors de la posguerra parece deambular sin brújula. Intentó reanudar su contacto con el mundo literario catalán reeditando algunas de sus obras de juventud, sin obtener demasiado eco. Solitario en un mundo de máscaras, pasó temporadas en la ermita de Sant Cristòfor, en Vilanova i la Geltrú, frente al tan amado mar Mediterráneo, hasta su muerte en 1954.
Hoy D’Ors parece seguir condenado en el purgatorio. Aunque, bien mirado, quizás el purgatorio no es un mal lugar para un escritor. Entre el azufre del infierno y el incienso de los ángeles, entre el calor y el frío, en un estado de espera, de preparación, de purificación, el purgatorio también puede constituirse como un espacio que permite la reflexión, aviva la duda, sugiere el silencio o descubre el secreto. Todos ellos parecen necesarios después de una larga vida como la de Eugeni d’Ors, dedicada incesantemente a la palabra afirmativa, al diálogo y a la conversación, a la búsqueda de la luz. En definitiva, puede que D’Ors se encuentre en un verdadero espacio literario, inestable, incompleto, filtrado en la penumbra, al abrigo de las modas, no necesariamente catártico. Un espacio de destiempo al que, quizá, Xènius, definitivamente tranquilo, el guaita siempre al acecho, habría sido más que sensible. Momentáneamente expulsado del presente y quizá del futuro, alejado del teatro del mundo, sin tener dónde encajar, siempre inclasificable, sin poder incorporarse al devenir temporal de sus contemporáneos, la figura de D’Ors debe seguir repensando el lema de Kierkegaard: repetir, repetir una y otra vez, con entusiasmo renovado. Detrás de su personaje de gran escritor público, detrás de sus más diversas máscaras y seudónimos, detrás, si se quiere, de su Ángel, queda la obra más influyente, más inteligente y de más ingenio de la Cataluña del primer tercio del siglo XX.
Bibliografía
José Luis Aranguren, La filosofía de Eugenio d’Ors, Madrid, Espasa, 1981; Mercè Rius, La filosofia d’Eugeni d’Ors, Barcelona, UAB, 1992; Alicia García-Navarro, Eugenio d’Ors. Bibliografía, Pamplona, Cuadernos de Anuario Filosófico, 1994; Vicente Cacho Viu, Revisión de Eugenio d’Ors (1902-1930), seguida de un epistolario inédito, Barcelona, Quaderns Crema, 1997; Marta Torregrosa, Filosofía y vida de Eugenio d’Ors. Etapa catalana: 1881-1921, Pamplona, EUNSA, 2003; Enric Ucelay da Cal, El imperialismo catalán. Prat de la Riba, Cambó, D’Ors y la conquista moral de España, Barcelona, Edhasa, 2003; Carlos Ardavín, Eloy E. Merino y Xavier Pla, Oceanografía de Xènius. Estudios críticos en torno a Eugenio d’Ors, Reichenberger, Kassel, 2005.
MIGUEL DELIBES
por
SANTOS SANZ VILLANUEVA
... ante el dilema que plantea la sociedad contemporánea, y frente a esa misma sociedad, yo, sin caer en dogmatismos políticos, he tomado parte por los débiles, los oprimidos, los pobres seres marginados que bracean y se debaten en un mundo materialista, estúpidamente irracional.
(«Confidencia» en España 1936-1950:
muerte y resurrección de la novela, 2004)
Con una plástica fórmula, de sobra conocida y citada, ha resumido Miguel Delibes (Valladolid, 1920-2010) su firme idea del género que cultiva con regular asiduidad. A su entender, una novela aglutina tres ingredientes: «Un Hombre, un Paisaje y una Pasión». Estos elementos básicos sirven a una concepción narrativa tradicional que también él mismo ha señalado con total nitidez: «Yo entiendo que novelar o fabular es narrar una anécdota, contar una historia». Estas noticias que enmarcan globalmente la prolífica obra del vallisoletano podrían hacer pensar en un escritor conformista, pero su trayectoria demuestra todo lo contrario: alguien muy consciente, siempre atento a buscar el modo de contar que mejor se adecue a sus capacidades y creencias literarias y más pertinente para su tiempo. Si se adhiere a esa concepción de asomos convencionales es por coherencia con sus facultades y con sus propias reflexiones acerca de la escritura; no por rutina, pues el recorrido general de sus libros está jalonado por cambios, algunos muy acentuados, tanto en las ideas como en la forma. En consecuencia, se entrega sin fisuras ni concesiones a la novela que responde a su insobornable idea del género. Por eso su figura tiene un espacio propio en el discurrir de la prosa narrativa posterior a la Guerra Civil.
A Delibes se le incluye por rutina entre los narradores de la alta posguerra, en la oleada donde destacan Cela, Laforet o Torrente Ballester. Es, sin embargo, autor un poco tardío ya que su primera novela, La sombra del ciprés es alargada, data de 1948. Esta opera prima tiene un aire existencialista de época, pero no cae en el tremendismo o miserabilismo del gusto de muchos autores de su promoción. Es, además, un libro un tanto atípico en su trayectoria. Casi se reduce a un ejercicio de autoliberación personal de un problema muy particular del autor, la angustia que desde niño le producía el pensamiento de la muerte. En realidad, no puede verse al Delibes primerizo como un escritor al uso ni con una vocación decidida. Era entonces profesor en la Escuela de Comercio de su ciudad natal, había leído muy poca literatura y colaboraba con dibujos y críticas de cine en el periódico local, El Norte de Castilla, que más tarde dirigió y convirtió en referente de la prensa liberal bajo el franquismo. Fue después, aunque al poco, cuando transformó ese primer impulso, esa escritura adánica, de la que ha renegado con exigencia excesiva, en una actividad consciente. En el transcurso de algo más de una década se encadenan las novelas que marcan un primer momento de temática y de planteamientos ya personales: Aún es de día (1949), El camino (1950), Mi idolatrado hijo Sisí (1953), Diario de un cazador (1955), Diario de un emigrante (1958), La hoja roja (1959) y Las ratas (1962).
Estas siete obras muestran entre sí diferencias de enfoque, y de acierto, pero conviene subrayar que, en general, y dejando aparte matices, suponen una progresiva estilización de la escritura, un afán de poner al día las técnicas literarias, un intento de objetivar la mirada sobre el mundo mediante una creciente perspectiva analítica de la realidad (aunque todavía predomine un fuerte subjetivismo), y aportan una buena selección de figuras humanas solitarias y desvalidas que sobreviven en un medio social duro. Todo esto le distancia de sus compañeros de promoción, una vez pagado el peaje existencialista, y lo lleva a un territorio estilístico marcado por un escueto testimonio, una leve simbología y un aliento poético. Tales rasgos, más una sensibilidad social que se acrecienta día a día, lo acercan a los autores más jóvenes, a la generación del medio siglo, la de su admirado Ferlosio. No llega todavía al neorrealismo o al realismo social, pero en esa línea camina. De tal modo, Delibes, visto con esta distancia que permite observar una trayectoria en su trazo largo, viene a ser, desde el punto de vista de la dinámica literaria posterior a 1939, el enlace entre la primera generación de posguerra y los mozos de los cincuenta. La insobornable firmeza, o tozudez, con que sigue sus propios criterios, la fe en sus principios, la actitud al margen de modas y novedades ocasionales, contra las que siempre protesta y se rebela, acentúan acto seguido todavía más su perfil de escritor independiente y con su propio y distintivo mundo. Cuando los jóvenes ya maduros de los cincuenta sientan los cantos de sirena del formalismo, Delibes profundiza su conciencia crítica y social, y bastantes años más tarde, en los ochenta, se descuelga con un auténtico drama rural, una de sus grandes obras, Los santos inocentes, implacable alegato social contra la explotación y el señoritismo, bajo capa, eso sí, casi vanguardista.
Las obras mencionadas del medio siglo plantean dilemas que en algún momento se han expresado como reservas sobre el conservadurismo del escritor. En general, suponen un empeño por hallar un sentido al absurdo de la existencia y tienen un fondo pesimista por su visión negativa de la naturaleza humana. Predominan el fracaso, la soledad, el desamparo ante la muerte, y otras tribulaciones, aparte de un insociable individualismo que marca a no pocos personajes, quienes solo van a lo suyo, aunque sea movidos por razones de tanta urgencia como solventar el pan. Además, en las dos grandes obras de este momento, dos auténticas piezas maestras dentro de su modalidad, El camino y Las ratas, presenta Delibes un ostensible enfrentamiento entre lo rural y lo urbano. La nostalgia del campo impregna El camino, donde un niño se opone por fidelidad al pueblo a los propósitos de su padre de enviarle a estudiar a la capital. En Las ratas, duro testimonio de la cruda vida de un cazador de ratas y su hijo, el joven se niega a integrarse en la vida urbana. En verdad, y sin negar un fondo conservador, en estas páginas se rinde tributo a la Naturaleza, valor capital de la vida para el escritor, y se cuelan visiones arcádicas, pero no supone una aceptación intrínseca de la pobreza. Tal vez aquí no se vea del todo con nitidez, pero el mensaje del escritor quedará claro si se mira otra vez en su conjunto. Delibes sostiene un compromiso transparente para la mejora de Castilla y la denuncia de su deteriorada situación social y económica, y esa postura marca su actitud civil y su labor periodística.
Las ratas culmina un primer momento de la visión crítica de una realidad política y social que Delibes ve día a día de manera más negativa. El motivo que desembocó en esa novela explica su intencionalidad: la escribió para sortear la imposibilidad de hacer una denuncia explícita en la prensa. Si al lado de este testimonio ponemos su más conocida novela, y también una de las mejores del autor, Cinco horas con Mario (1966), andamos a un paso de la narrativa social, la modalidad predominante por los años de estas obras y por los inmediatos anteriores. El testimonio de época resulta totalizador al añadir al documento rural directo anterior la denuncia de la mentalidad de las clases medias urbanas.
Con Cinco horas con Mario Delibes aguijonea a fondo a la mesocracia provinciana. La novela expone una irrecuperable desavenencia matrimonial. Durante una noche, Carmen, insatisfecha ama de casa, desgrana, a instancias de un sentimiento de culpa, un memorial de agravios mientras vela el cadáver de su marido, Mario, profesor de instituto. El autor pone frente a frente dos mentalidades: la ultraconservadora de la mujer y la aperturista del hombre. Con Carmen se hace uno de los alegatos más contundentes de la época contra esa clase media ahormada por el nacionalcatolicismo. Pero la novela supera el riesgo de maniqueísmo al que apunta tal confrontación de mentalidades porque Mario, representante del otro catolicismo, el posconciliar, tampoco sale bien parado. En su rectitud bastante insufrible anida la intransigencia de la virtud. Fue entendida la historia de Carmen y Mario, de gran difusión y además ampliada su repercusión por el teatro, como valiente y lúcida denuncia. Hoy tal vez ha disminuido en parte ese valor y en ella apreciamos más la mostración de uno de los valores sustanciales según Delibes, la tolerancia.
Siempre, bajo las historias claras y poco aparatosas que cuenta el vallisoletano, se descubre un fondo intencional muy fuerte en el que apuesta por ciertos principios o ideales, como queramos llamarlos. Estos valores surgen en el envés de unas anécdotas que desarrollan temas recurrentes: el descubrimiento del mundo y de la realidad de los adultos en la primera infancia, la violencia, la integración social, el abandono de los pueblos, la desculturización, la codicia, la pérdida de las raíces, las precarias relaciones sociales, la soledad, la existencia como búsqueda de un camino de rumbo siempre insatisfactorio. Estos motivos son a la manera de concretizaciones o especificaciones de lo que el propio autor ha advertido como los cuatro asuntos grandes y principales de su obra: «muerte, infancia, naturaleza y prójimo».
Un trabajo constante y regular va dando salida a estas preocupaciones en una larga lista de novelas, no todas de igual calado y empeño, aunque siempre dignas, que se encadenan desde finales de los sesenta: Parábola del náufrago (1969), fábula kafkiana contra la alienación de la sociedad contemporánea, excepcional por sus osadas técnicas experimentales, acaso de intención paródica; El príncipe destronado (1973), nueva vuelta de tuerca a la temática infantil; Las guerras de nuestros antepasados (1975), denuncia de una mentalidad colectiva que causa estragos en un ser pacífico y tolerante; El disputado voto del señor Cayo (1978), reflexión propiciada por las inmediatas elecciones democráticas; Los santos inocentes (1981), el drama rural mencionado; Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso (1983), sátira de un tipo vulgar, engreído y fracasado encarnada en un periodista; El tesoro (1985), breve episodio de cerrilismo campesino; 377A, madera de héroe (1987), incursión en la Guerra Civil una vez alcanzado el distanciamiento temporal que le parecía a Delibes inexcusable para abordar tan decisivo pasado; Señora de rojo sobre fondo gris (1991), elegía por la esposa muerta; Diario de un jubilado (1995), remate de la historia del antiguo bedel cazador, enredado ahora en la tela de araña de la sociedad de consumo; El hereje (1998), ambicioso y muy logrado colofón de la narrativa delibesana con emocionante denuncia de la intolerancia religiosa emplazada, por una vez, en el pasado lejano, la España de Felipe II.
Estas obras suponen diversas objetivaciones de una problemática social y colectiva, y, a la vez, con un obvio punto de inflexión en Señora de rojo..., aflora en los últimos tiempos una fuerte confesionalidad que viene a sustituir las memorias que Delibes se negó a escribir. Se nota en los mismos títulos de los libros que reúnen ensayos o artículos: el dietario Un año de mi vida (1972), Mi vida al aire libre (1989), El último coto (1992) o He dicho (1996). Con estos libros enlazan otros relatos viajeros y de experiencias personales, entre las cuales, y sobre todo, destaca su pasión cinegética, referida en La caza de la perdiz roja (1963), Con la escopeta al hombro (1970) o Las perdices del domingo (1981). La caza, que defiende a ultranza y que le ha hecho describirse con la simpática fórmula «un cazador que escribe», y la pesca, otra sentida afición, las entiende Delibes con un sentido conservacionista, no como una matanza, y enlaza con un motivo seminal suyo, ya indicado, la Naturaleza. A medida que pasa el tiempo, Delibes agudiza la preocupación por esta grave cuestión, a la que incluso dedica su discurso de ingreso en la Real Academia Española, SOS (1975), que convierte en leitmotiv de su vida y obra. Delibes constata la degradación irreparable del campo por culpa de la explotación salvaje de los recursos naturales y por un materialismo que lleva a poner por delante de todo el dinero, el desarrollismo capitalista sin control y el consumismo. Su pesimismo, o sea, el realismo del informado, procede de esta constatación: «Hemos matado la cultura campesina pero no la hemos sustituido por nada, al menos por nada noble». Desde esta perspectiva, Delibes figura en la vanguardia española del ecologismo y del desarrollo sostenible. Y sus posturas últimas añadieron una nueva luz a la visión ruralista de sus inicios, aunque no sin cierto tradicionalismo; no trataba tanto de abjurar de la modernidad como de plasmar una inquietud por el estado del campo que tiene algo profético en esta hora en que han sonado las alarmas por el medio ambiente y el cambio climático.
Campo y naturaleza tienen en Delibes nombre propio: Castilla, topónimo que plasma muchas veces en el rótulo de sus libros; unos narrativos: Viejas historias de Castilla la Vieja (1964), relato novelesco fraccionado y de episodios casi independientes por el que siente «debilidad»; otros ensayísticos o reporteriles: Castilla, lo castellano y los castellanos (1979) o Castilla habla (1986); y al menos en una ocasión, en la salida conjunta de tres de sus novelas, con acento regeneracionista: Castilla como problema (2001). Casi toda la obra de Delibes se levanta sobre el escenario castellano, al que dota de un sentido singular y medio inédito. Su Castilla se aleja tanto de la épica antigua como de la emoción paisajista del 98. La deshistoriza y desnoventayochiza, y a cambio propone la pura constatación de una realidad empobrecida y de un paisaje esquilmado por donde circulan unas gentes de duro presente e incierto futuro.
Este mundo unitario se distingue, además, por un estilo que tiene el unánime reconocimiento de un gran acierto y que es rasgo capital de su escritura. Un proceso de depuración de una prosa algo engolada, según calificativo del propio Delibes, conduce a un castellano rico, exacto, sobrio y coloquial. Su ideal, próximo al clásico de escribir como se habla, consigue además una jugosa expresividad. Limpieza y sencillez y rescate no arqueologista ni casticista de voces de un depósito común popular producen una peculiar prosa de marcada oralidad y cuyas páginas resultan como habladas, no escritas.
Un sustrato muy unitario sostiene la obra entera de Miguel Delibes, lo cual es compatible con una fuerte evolución. De un cierto adanismo formal en los comienzos pasa a muy desenvueltas construcciones narrativas si bien siempre con el horizonte de una historia tradicional. De un ruralismo escapista salta a la literatura social, dicho sin rodeos. Esta evolución, consumada por sus pasos y sin saltos espectaculares, y obediente a un criterio que expresa con la fórmula «mi ética es mi estética», ha sembrado un par de incertidumbres razonables, sendos polos que concitan posturas divergentes sobre su obra: ¿es antiguo o moderno?, ¿es conservador o progresista? No parece pertinente una respuesta cerrada a ninguno de los dos interrogantes, aunque en momentos y obras concretas se halle más cerca de una opción que de la otra. En perspectiva global, Delibes es un narrador comunicativo que busca participar al prójimo la experiencia de un mundo injusto. La desazón de esta realidad, sostenida primero en planteamientos éticos de corte humanitario cristiano y luego en asomos casi sociales, marca toda su obra. La novela de base tradicional aunque abierta a innovaciones expresivas (a renovar pero sin matar el género, dirá en alguna ocasión) sirve de inventario contemporáneo, una época terminal que renuncia a valores establecidos y los sustituye por una fe ciega en el progreso y el becerro de oro.
Bibliografía
Manuel Alvar, El mundo novelesco de Miguel Delibes, Madrid, Gredos, 1987; José Francisco Sánchez, Miguel Delibes, periodista, Barcelona, Destino, 1989; César Alonso de los Ríos, Conversaciones con Miguel Delibes, Barcelona, Destino, 2ª ed., 1993; Ramón García Domínguez, El quiosco de los helados. Miguel Delibes de cerca, Barcelona, Destino, 2005; Isabel Vázquez Fernández, Miguel Delibes: el camino de sus héroes, Madrid, Pliegos, 2007; Ramón Buckley, Miguel Delibes, una conciencia para el nuevo siglo, Barcelona, Destino, 2012.
GERARDO DIEGO
por
FRANCISCO JAVIER DÍEZ DE REVENGA
Yo no soy responsable de que me atraigan simultáneamente el campo y la ciudad, la tradición y el futuro; de que me encante el arte nuevo y me extasíe el antiguo; de que me vuelva loco la retórica hecha, y me torne más loco el capricho de volver a hacérmela —nueva— para mi uso personal e intransferible.
(Primera antología de sus versos, 1941)
Gerardo Diego Cendoya (Santander, 1896-Madrid, 1987) estudió bachillerato en el Instituto General y Técnico de Santander, donde tuvo entre sus profesores a Narciso Alonso Cortés, que muchos años más tarde contestaría su discurso de ingreso en la Real Academia Española. Estudió Filosofía y Letras en la Universidad de Deusto entre 1912 y 1916 y, en 1918, en su ciudad natal, publicó su primera obra, un cuento, «La caja del abuelo», en El Diario Montañés. Y ya en 1919, cuando se había trasladado a vivir a Madrid, comienza sus primeras publicaciones en las revistas de vanguardia, Grecia, Cervantes y Ultra. Participa en las tertulias madrileñas e inicia amistad con los propulsores de la literatura nueva desde los veteranos, Rafael Cansinos Assens, Isaac del Vando-Villar y Eugenio Montes, a los más jóvenes, José de Ciria y Escalante y Guillermo de Torre.
En 1920 obtiene, por oposición, ante un tribunal presidido por Emilia Pardo Bazán, la cátedra de Lengua y Literatura del Instituto de Soria. Con el primer sueldo, tal como le había aconsejado Ramón Gómez de la Serna, publica El romancero de la novia, su primer libro. Conoce a Juan Ramón Jiménez, por mediación de su amigo León Felipe. En diciembre conoce a Antonio Machado, y un año después conocen en Madrid, Juan Larrea y él, a Vicente Huidobro, con el que inician amistad. Huidobro los invita a viajar a París para conocer a los vanguardistas franceses. En 1922, publica, en Madrid, Imagen, y en agosto, viaja a París, para visitar a Vicente Huidobro, quien lo acompaña a conocer a los vanguardistas del cubismo francés, entre los que se encuentran Juan Gris, Fernand Léger, María Blanchard... En 1923 traslada su cátedra al Instituto de Gijón. Publica Soria. Galería de estampas y efusiones. Colabora en la Revista de Occidente, que acaba de fundar José Ortega y Gasset. En 1924 publica Manual de espumas. Nuevo viaje a Francia para visitar a Vicente Huidobro y a Juan Larrea, en septiembre. Reuniones con Juan Gris. Larrea le presenta a César Vallejo.
La revista Intentions lo incluye, en París, como representante de la joven literatura española. En 1925 obtiene el Premio Nacional de Literatura por Versos humanos. El libro se imprime en otoño. Comienza a escribir, en 1926, poemas taurinos para un libro que tardaría años en publicarse, La suerte o la muerte, y participa en los actos del centenario de Góngora a lo largo de 1927. Publica la Antología poética en honor de Góngora, y en diciembre aparecen dos revistas ideadas y dirigidas por el poeta: Carmen. (Revista chica de poesía española) y su suplemento Lola. El año finaliza con la excursión a Sevilla y los actos en el Ateneo conmemorativos de Góngora.
Viaja en 1928 a Argentina, donde se reunirá con Amado Alonso y Alfonso Reyes, Fernández Moreno, Molinari, Bernárdez y Borges. Entabla contacto con el grupo «Criterio» y con Arturo Rubinstein. De nuevo en España, conoce en Burgos, en los cursos de verano de 1929, a la estudiante francesa Germaine Marin, con la que entabla relaciones. En 1931 publica Viacrucis y consigue el traslado al Instituto de Santander. Publica, en 1932, Poesía española. Antología 1915-1931, que da lugar a una gran polémica. En México aparecen Fábula de Equis y Zeda y Poemas adrede. Interinamente, traslada su cátedra al Instituto Velázquez de Madrid.
La segunda edición de su Poesía española. Antología (Contemporáneos), con nueva polémica, aparece en 1934. En junio se casa en Sentaraille (boda religiosa) y en Toulouse (boda civil) con Germaine Marin. Viaje de bodas a Italia. En noviembre realiza un largo viaje, con Julio Palacios, en misión cultural a Filipinas.
De nuevo en Madrid se convierte en crítico musical del diario La Libertad. Inicia sus veraneos en Sentaraille, que serán habituales en la familia excepto los años 1941 y 1942 por estar cerrada la frontera. En enero de 1936, de nuevo catedrático del Instituto de Santander. Al terminar el curso, marcha a su veraneo en Sentaraille, donde le sorprende la rebelión militar. Al terminar el verano se traslada a vivir a Toulouse.
En septiembre regresa a Santander y tras un proceso de «depuración» se reintegra a su cátedra. En 1939 traslada su cátedra al Instituto Beatriz Galindo de Madrid. En 1940 publica su primer libro tras la guerra, Ángeles de Compostela. En 1941 aparece Alondra de verdad. En verano, en Sentaraille, escribe La sorpresa (Cancionero de Sentaraille).
Comienza, en 1946, su colaboración con Radio Nacional de España a través de un tiempo de radio titulado Panorama Poético Español que se mantendrá hasta bien entrados los años setenta. En 1947 es elegido Académico de Número de la Real Academia Española. En 1948 publica Hasta siempre, Soria y Ángeles de Compostela, en su edición ampliada. El 15 de febrero ingresa en la Real Academia con el discurso Una estrofa de Lope. Crítico musical del diario La Tarde de Madrid, en 1949 publica La luna en el desierto y otros poemas, y en 1951 Limbo.
Los libros y los viajes se suceden a partir de esta fecha con asiduidad y frecuencia, que ponen de relieve la fecundidad del poeta, que, al mismo tiempo, desarrolla una importante actividad como crítico literario, articulista de los más importantes periódicos madrileños (ABC, Arriba, El Alcázar...) y colaborador de Radio Nacional de España. Aparece su primera obra de vanguardia tras la guerra, Biografía incompleta, en 1953. Amazona en 1955. Paisaje con figuras en 1956. Amor solo en 1958, al mismo tiempo que una edición pirata de Evasión en Caracas.
En octubre de ese año viaja a México y se reencuentra con Manuel Altolaguirre, Luis Cernuda, León Felipe, Juan José Domenchina y Bernardo Casanueva. Conoce a Emilio Prados. Su anfitrión es Alfonso Reyes. Otros viajes a América suponen nuevos reencuentros. En noviembre, a Santo Domingo, Puerto Rico y Cuba con conferencias y curso en la Universidad de Río Piedras, donde se reúne con Ricardo Gullón, Américo Castro y Federico de Onís, y en noviembre-diciembre del año siguiente, a Buenos Aires (encuentros con Molinari, María Teresa León, Rafael Alberti, Ramón Gómez de la Serna, Jorge Luis Borges) y Montevideo (donde se reúne con Juana de Ibarbourou). En 1960 recibe el Premio Calderón de la Barca por su única obra para el teatro, El cerezo y la palmera, «tríptico de Navidad».
Año fecundo en libros, 1961 es la fecha de Glosa a Villamediana, La rama, Mi Santander, mi cuna, mi palabra y la edición definitiva de Ángeles de Compostela, y 1962 la de Sonetos a Violante. El cerezo y la palmera se estrena en el Teatro María Guerrero de Madrid, el 22 de diciembre. Publica La suerte o la muerte y Nocturnos de Chopin en 1963, y El Jándalo y El cerezo y la palmera, en 1964.
En noviembre-diciembre realiza un viaje de mes y medio a América Latina y en distintos lugares se encuentra con Miguel Ángel Asturias, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda y Alejo Carpentier. Publica, en 1965, Poesía amorosa 1918-1961. En 1966, en un mismo volumen, sus dos libros El Cordobés dilucidado y Vuelta del peregrino, además de Odas morales y Variación 2, Ofrenda a Chopin 1918-1962 en 1969, La fundación del querer y Versos divinos en 1970, Cementerio civil en 1972, y en 1975, Carmen jubilar y su libro sobre arte 28 pintores contemporáneos vistos por un poeta.
En 1976 reúne su lírica de vanguardia en un volumen titulado Poesía de creación y en 1977 todos sus poemas sorianos en Soria sucedida. En 1980 se le concede el Premio Miguel de Cervantes de 1979. Publica, en 1986, Cometa errante, en espera y anuncio de sus poesías completas cuya preparación da por terminada. Muere en su casa de Madrid el 8 de julio de 1987 y es sepultado en el Cementerio de Pozuelo de Alarcón.
La poesía de Gerardo Diego suele ser caracterizada por su fecunda variedad, y el mismo poeta señaló en más de una ocasión que a él le interesaba del mismo modo la tradición que la modernidad, que igual seguía la retórica más clásica que se fabricaba una nueva para su uso particular. Por ello una lectura de los poemas de Gerardo Diego nos transmite ese mismo tono de lo diverso, aunque si profundizamos en el sentido y contenido de estos poemas y en sus conformaciones métricas, podremos advertir que, aun siendo variados los registros, siempre hay una cohesión y una unidad, un estilo, podríamos decir, el mismo que hizo de la poesía de Gerardo Diego una experiencia singular, que se dilató a lo largo de muchos años.
Por todo ello, asistimos a la sucesión de diferentes modalidades poéticas a lo largo del tiempo, con regresos y avances, además de simultaneísmo en la práctica del arte más moderno o del más clásico. Y hallaremos en toda esta poesía las que podemos señalar como cualidades fundamentales de la lírica de Gerardo Diego: cultivo de la tradición literaria española, culta o popular, junto al arte de vanguardia, que, tras una breve experiencia ultraísta, se desarrollará en un particular creacionismo, que el poeta aprendió muy joven bajo el magisterio del poeta chileno Huidobro y de los artistas de la vanguardia francesa de los últimos años de la segunda década del siglo, entre ellos su adorado Juan Gris. Por otro lado, sus maestros áureos, empezando por Góngora, pero deteniéndose con delectación en el magisterio de Lope de Vega, aunque también San Juan de la Cruz, Fray Luis de León y algunos más recónditos como el conde de Villamediana. Pero no solo ellos, la poesía española más reciente, desde Bécquer y Rubén Darío hasta el magisterio definitivo de Juan Ramón, determinaron líneas de actuación, formas de construir, actitudes ante la belleza, reacciones ante el amor, la muerte, la naturaleza, el paisaje...
No es menos variado el universo poético de Gerardo Diego, y ya hemos aludido a algunas preferencias temáticas, empezando por el amor, pero también la naturaleza, el paisaje o los paisajes de una España bien conocida, lugares que vibran en su evocación y recuerdo y que transmiten un sentimiento de elevación muy personal. Pero no quedan ahí los intereses de este poeta variado y complejo: la vida espiritual, la religión practicada y sentida con intimidad, el mundo de la música, su música y sus músicos, cuya genialidad intentó reproducir con palabras aun sabiendo que el intento era vano. O el fastuoso y particular mundo de la fiesta taurina, a la que tan aficionado era, y que intentó, y posiblemente logró como pocos, inmortalizar en el arte de su palabra poética, enriquecida por la belleza de imágenes y metáforas. Y, por encima de todas estas realidades, en la poesía de Gerardo Diego está su memoria de la vida, su manera de entender a su prójimo, con el que quiere comunicarse y con el que quiere reflexionar sobre conductas, sobre pasiones y sobre virtudes y vicios, que a veces son censurados con jocosas representaciones en el género por él inventado de la jinojepa.
Entre sus libros más representativos, destaca Manual de espumas. Mientras que Imagen es un libro de relativamente dilatada gestación, ya que se alarga en su redacción durante cuatro años, Manual de espumas se escribe tan solo en un otoño, el de 1922, fecha de composición de todos sus poemas, menos «Primavera», que es el más antiguo del poemario y se escribe en la primavera de 1921, en Santander. El resto del libro está compuesto en su integridad en Gijón, adonde había llegado Gerardo Diego destinado como catedrático del Real Instituto Jovellanos ese mismo principio de curso de 1922-1923, recién trasladado desde su primer destino en Soria y a su regreso del interesante viaje a París, donde ha conocido a los artistas de la vanguardia.
La relación del libro Manual de espumas con el arte de vanguardia, y en concreto con la pintura cubista, es algo que quedó establecido en la crítica especializada a partir de 1970, cuando el poeta reconoció esta vinculación de un libro creacionista puro, que está influido por la pintura cubista y que representa una obra maestra, por estas razones, dentro de la poesía española de vanguardia. La pintura, la de Juan Gris sobre todo, puede ayudarnos a entender este libro y a comprender el sentido de sus textos, de sus imágenes creacionistas, cuya teoría, explicada por Gerardo Diego en varios textos de aquellos años, es ya muy conocida, sobre todo su concepto de «imagen múltiple».
El mundo poético es distinto del anterior y el creacionismo según la interpretación de nuestro poeta es el que determina la asociación de imágenes tan variada y expresiva de este poema. Las imágenes entonces destacan por su plasticidad asociativa, por su capacidad pictórica. A la irregularidad del pensamiento, corresponde una irregularidad versal manifiesta. El verso quiebra el ritmo constantemente produciendo una musicalidad muy variada. Sin embargo, como ocurre tantas veces en la poesía de Gerardo Diego de este tiempo, el sentido rítmico no se pierde. Se quiere hacer un verso en todo momento musical. De ahí, por ejemplo, la presencia de algún elemento tan perceptible como es la rima consonante, sustituida en ocasiones por la asonante no menos notable.
Alondra de verdad, libro compuesto por cuarenta y dos sonetos, se nos ofrece, al igual que otros poemarios de Gerardo Diego, como una especie de diario íntimo, formado por cuarenta y dos momentos líricos que reúne el poeta ordenados con estricto respeto a su realidad cronológica y vinculados, en algunos casos, a experiencias concretas. Así ocurre con las sugerencias paisajísticas, históricas y emocionales de los diferentes lugares recorridos o avistados desde el barco en el viaje de regreso de las islas Filipinas. Todos los poemas se hallan unidos, a pesar de su variedad y de su diversidad, por una relación de temperatura, de procedimientos formales, de clasicidad, en definitiva, que el libro refleja con nitidez. Había comenzado su autor, a principios de 1918, cuando inicia Versos humanos, una interpretación de la poesía de signo clasicista, por lo menos desde el punto de vista formal, que compartía sus horas con las imaginaciones vanguardistas contemporáneas, muy intensas en este período inicial. En esta poesía tradicional irían entrando con el tiempo reflejos de los hallazgos vanguardistas que se forjarían en feliz simbiosis con los nuevos avances de la poesía tradicional. Alondra de verdad, escrito entre 1926 y 1936, aunque publicado en 1941, supone la culminación de tal etapa clasicista, y la aparición de este libro mucha influencia habrá de tener en las nuevas promociones y en el clasicismo de la «juventud creadora», aunque no lograron alcanzar a su maestro y su original combinación de tradición y vanguardia.
Los tonos renacentistas con que son tratados algunos temas, la actitud neobarroca en otros, revelan la fidelidad del poeta a nuestro Siglo de Oro, al que también corresponden como tributo actitudes más ambiciosas: la religiosidad, el tradicionalismo, la emoción ante paisajes y templos... Conviven estos motivos con otros reveladores de cierto paganismo cultural desmitificado, muy de Gerardo Diego, con recreaciones musicales sobre temas de Schubert, Schumann, Beethoven, Debussy, etc.
Bibliografía
José Luis Bernal (ed.), Gerardo Diego y la vanguardia hispánica, Cáceres, Universidad de Extremadura, 1993; Jesús María Barrajón, Adolfo Muñoz y Alonso López (eds.), Gerardo Diego (1896-1996), Cuenca, Universidad de Castilla la Mancha, 1997; Francisco Javier Díez de Revenga y Mariano de Paco (eds.), En círculos de lumbre. Estudios sobre Gerardo Diego, Murcia, Caja de Murcia, 1997; Gabriele Morelli, Historia y recepción de la «Antología poética» de Gerardo Diego, Valencia, Pre-Textos, 1997; Gabriele Morelli, Gerardo Diego y el III Centenario de Góngora. Correspondencia inédita, Valencia, Pre-Textos, 2001; Juan Manuel Díaz de Guereñu, Poetas creacionistas españoles, Málaga, Diputación Provincial de Málaga, 2001; Francisco Javier Díez de Revenga y José Luis Bernal Salgado (eds.), Memoria y literatura. Estudios sobre la prosa de Gerardo Diego, Cáceres, Universidad de Extremadura, 2003; Francisco Javier Díez de Revenga, Gerardo Diego en sus raíces estéticas, Valladolid, Universidad de Valladolid, 2006; Antonio Gallego Morell, Vida y poesía de Gerardo Diego, Granada, Universidad de Granada, 2008.
LUIS MATEO DÍEZ
por
FERNANDO VALLS
Una novela es un largo y obsesivo trabajo que se sustenta, por los caminos de la imaginación, en la construcción de un mundo donde acaece una historia vivida por unos personajes.
(El porvenir de la ficción, 1992)
De entre los narradores que inician su trayectoria literaria a comienzos de los pasados años setenta, uno de los que ha logrado construir una obra más singular y ambiciosa es, sin lugar a dudas, Luis Mateo Díez (Villablino, León, 1942). Buena prueba de ello son novelas como La fuente de la edad (1986), La ruina del cielo (1999) y Fantasmas del invierno (2004), así como la serie de novelas cortas, denominadas Fábulas del sentimiento, y las narraciones breves recogidas en El árbol de los cuentos (2006).
Nos hallamos ante un autor de la estirpe de los conscientes, profundo conocedor de la tradición narrativa, tanto de la popular como de la culta. Él mismo ha reconocido que se hizo escritor leyendo a Faulkner, aunque su ideal como narrador haya sido Kafka. Con Pavese aprende a reutilizar los mitos en historias que narran la vida cotidiana; y con Valle-Inclán, una concepción de la literatura sustentada en el lenguaje, vehículo del pensamiento. Así, su principal reto como escritor estriba en que la ficción sustituya a la memoria, que tienda a adquirir la mayor autonomía posible, deshaciéndose de aquellos asideros que la encadenan a la más explícita realidad, algo que no siempre ha sido bien entendido. Por todo ello, el estilo de nuestro narrador se sustenta en una peculiar manera de obtener un determinado clima verbal.
Después de unos primeros tanteos como poeta, en el grupo leonés de Claraboya, artífices entre 1963 y 1968 de una sugestiva revista literaria, se decanta definitivamente por la prosa narrativa, a lo largo de cuya trayectoria ha cultivado con fortuna, además de la novela, el microrrelato, el cuento, la novela corta y lo que denominamos ensayo ficcionalizado (Relato de Babia).
Con Las estaciones provinciales (1982) se inicia un ciclo que podríamos agrupar bajo el epígrafe de «novelas de la búsqueda». En esta obra, sustentada en una trama clásica y en personajes perfectamente perfilados, se narran las curiosas peripecias en las que se ve envuelto el periodista Marcos Parra, al descubrir la corrupción de las fuerzas vivas de su ciudad. Desde esta primera novela, el realismo crítico de Luis Mateo Díez es transgresor (su apuesta es por la realidad «compleja», «metafórica»), a lo que contribuye no poco la utilización de la ironía y el humor, supremos rasgos de lucidez y consuelo de sus habituales antihéroes.
Su definitiva consagración como novelista le llega con La fuente de la edad, obra con la que obtiene el Premio de la Crítica y el Premio Nacional de Literatura. En sus páginas se relatan las peregrinas aventuras de una Cofradía formada por cinco amigos que para paliar el aburrimiento caen en la tentación de buscar la fuente de la eterna juventud. Pero quizá la contribución más notable del autor a la narrativa española del momento fuera su adecuada destilación de diversos elementos del costumbrismo y del realismo, sin olvidar la sabia utilización del humor. Así, esta ambiciosa novela encierra, en suma, una fábula no menos satírica que corrosiva contra la mezquindad y el ensimismamiento de la vida provinciana en la España de los años cincuenta. Y en una lectura más esperanzadora, también puede considerarse el texto como una guía de perplejos que señala una posible vía de escape, la de la ilusión, la fantasía, el mito o la quimera, de esa realidad que a veces abruma y se nos hace insoportable.
Las horas completas (1990) puede definirse, como luego tantas otras obras del autor, a manera de un cuento de cuentos construido sobre la metáfora del camino. Si algo se aprende en las obras de nuestro autor es que la auténtica vida anda siempre entre el humor y la tragedia, y resulta mucho más frágil y misteriosa de lo que pudiera parecer. Buena prueba de ello es lo que aquí se narra: el corto viaje que emprenden cinco religiosos una tarde de domingo a lo largo del Camino de Santiago. Lo paradójico es el contraste entre lo modesto del periplo y los graves trastornos, físicos y espirituales, que les acarrea a los protagonistas. Esta novela aporta también un personaje inolvidable, el inquietante peregrino con el que se topan los sacerdotes, ese loco lúcido, tan frecuente en sus ficciones, que aquí nos hace pensar en lo endeble de la existencia humana.
A esta altura de la trayectoria narrativa de Luis Mateo Díez, puede observarse ya cómo temas, motivos y estructuras se reiteran una y otra vez en ricas variaciones. De este modo, casi todas sus obras son relatos de antihéroes, en los cuales un viaje, una búsqueda, les proporciona sentido o aclara la existencia de los protagonistas. Así, las semejanzas entre el planteamiento y la estructura de su primera novela y El expediente del náufrago (1992) son evidentes: ambas se organizan a partir de pesquisas y digresiones, lo que lleva al protagonista a encontrarse consigo mismo. En el caso de la última novela citada, Fermín Bustarga, empleado del archivo municipal, al indagar en la vida del poeta Saelices acaba encontrándose con lo que podría llamarse la maravillosa mediocridad, en una novela que no sería impreciso tachar de existencial, de melancólica.
En 1995, con la publicación de Camino de perdición, empieza una nueva etapa en su obra, caracterizada por la utilización de un estilo más sencillo y depurado, menos barroco, que podríamos denominar «novela de la campiña». Puede observarse también en ella una cierta evolución, un enriquecimiento, que va del realismo a las fronteras de la fantasía, a lo onírico, así como del paso de un tiempo y una geografía real a otra inventada, símbolo —sin embargo— de aquella. El tema predominante es el del destino humano que se presenta aquí en relación estrecha con el de la identidad. Así, el protagonista, el viajante de comercio Sebastián Odollo, es un hombre de escasa voluntad y —como tal— con un destino incierto, cuya existencia transcurre entre el desarraigo y la soledad. En la novela, que podría definirse como de carreteras y pensiones, de deseos, amistad y alcohol, se narra el viaje que emprende Odollo en busca de un compañero perdido en la campiña y las trampas que tiene que sortear hasta dar con él y poder encontrarse también consigo mismo. Apuesta el autor en estas páginas por la libertad personal; lo que se apunta, en suma, es que ni siquiera la dictadura pudo con la libertad de vivir.
En las tres novelas que componen el «ciclo de la pérdida», parte el autor de una geografía real para inventar mediante el lenguaje un territorio imaginario, unas historias de leyenda. El espíritu del Páramo (1996) recoge la sustancia de un mundo narrado y perdido. En el primer episodio se traza la geografía de la Llanura, del Páramo, un lugar que fue un vergel y se convirtió en un erial para luego renacer con la construcción de un pantano. La trama se inicia con la llegada de Rapano a Celama en 1947, un personaje que actúa como hilo conductor del relato. En la soledad de su oficio, Rapano es pastor, ha intentado comprender un mundo que no hay quien entienda, de ahí que se lamente del espíritu gregario y del egoísmo humano, de la uniformidad de las vidas, de lo que pudo haber sido y no fue al llegar el agua a la comarca. Pero es la quinta historia, aquella que narra el último y «caprichoso viaje» del viejo Venancio Rivas, la que sintetiza el espíritu del conjunto. En la larga agonía del anciano, su postrer deseo consiste en recorrer «algo de lo que más me gusta de Celama». De este modo, en compañía de su hija Menina, la Cordelia muda de este Lear del Páramo, la exclamación final del anciano, «Páramo de mi vida...», condensa todo el sentido de este capítulo, así como del conjunto del libro: el dolor por la pérdida de ese erial que casi nada vale, pero que fue su vida.
La ruina del cielo, quizá su novela más ambiciosa y la mejor, surge de la propia evolución de su obra. Se construye utilizando el clásico artificio del «manuscrito encontrado». En esta ocasión, el doctor Ismael Cuende se interesa por los papeles que había dejado uno de sus antecesores en el cargo. Con ellos, no solo intenta reconstruir la vida de los habitantes del Páramo sino conocer al autor de la documentación. El humor preside gran parte de los sesenta y ocho breves capítulos que componen una obra plagada de disparatados personajes, que a menudo tienen nobles objetivos, aunque en raras ocasiones consigan el poder o la fortuna. Pero quizá lo más digno de ser destacado sea que el autor utiliza la ficción para restituir la memoria y reivindica la vida vivida con intensidad y lucidez, más allá del tiempo, del espacio, pero también del no siempre afortunado destino de unos personajes condenados a perder desde que nacen. En el cómputo global de la narración, la amistad, la bondad y las pasiones se imponen a la injusticia, la desgracia o la muerte.
Con El oscurecer (Un encuentro) (2002) se cierra la trilogía de El reino de Celama (2003), uno de los grandes hitos de la narrativa española contemporánea. Aquí, el encuentro del título se produce entre dos personajes que huyen: uno, el Viejo, hacia el origen (es el Rapano de la novela de 1996), que también es el fin de sus días; y el otro, Lito, un muchacho que está empezando a complicarse la existencia, hacia un futuro mejor.
Luis Mateo Díez empezó siendo escritor de cuentos para acabar alimentando sus novelas con infinidad de historias intercaladas, hasta el punto de que podría afirmarse que no hay libro suyo que no incluya alguna narración breve. Su primer libro de cuentos, Memorial de hierbas, data de 1973, aunque sus relatos completos aparecen recogidos en El árbol de los cuentos (2006), destacando el volumen Brasas de agosto (1989). Desde el punto de vista estético, sus narraciones no difieren, en esencia, de las novelas, aunque sobre todo en sus primeras piezas se observe una mayor relación con la cultura oral. Luis Mateo Díez tiene en su haber, además, uno de los mejores libros de microrrelatos que se han escrito nunca en castellano, Los males menores (1993), subtitulado en su versión definitiva del 2002 con el nombre del nuevo género.
El autor emprendió en 2001 un ciclo de doce novelas cortas bajo el epígrafe general de «Fábulas del sentimiento» del que han aparecido hasta ahora tres volúmenes: El diablo meridiano (2001), El eco de las bodas (2003) y El fulgor de la pobreza (2005), que se completará con Los frutos de la niebla. No deben leerse como piezas independientes, puesto que encuentran su pleno sentido en el conjunto del libro, donde no han sido agrupadas precisamente al azar. El autor ha confesado en varias ocasiones lo cómodo que se siente con la peculiar «vibración» y «resonancia» de esta distancia intermedia. Solo voy a detenerme en una de las piezas, «La viuda feliz», recogida en el conjunto de 2003, quizá porque sintetiza a la perfección las virtudes de sus compañeras de género. Narra la historia, chejoviana, de una mujer solitaria, doña Dega, quien tras una infancia ingrata y tres matrimonios, huye de sus recuerdos, de su estancia en un orfanato y de la corte que le hace un niño huido que acaba convirtiéndose en un hombre extraviado, ahora recogido en un psiquiátrico, y no correspondido.
En estos últimos años, Luis Mateo Díez nos ha entregado varias novelas más. El paraíso de los mortales (1998) podría definirse como novela iniciática. En ella, el joven Mino Mera, aprovechando que su familia se ha ido de vacaciones y lo ha dejado estudiando en su casa, traspasa el denso y monótono espejo de la realidad para adentrarse en un mundo sorprendente (el de la Pensión La Eternidad y el de la Ribera del Edén, donde se halla el paraíso de los mortales, habitado por las Melchoras, las tres gracias del río Nega), en busca de su misterioso tío Fabio Mera. Los protagonistas de esta obra son de aquella misma estirpe de la que a menudo suele servirse el autor: seres lúcidos con vidas al margen, pero con una conciencia libertaria que los vuelve inconformistas con lo poco que tienen, pues intentan exprimirle al mundo las escasa gotas de satisfacción que este les proporciona. Toda la clave del relato puede resumirse en el comentario de Eterna: «siempre hay esperanza en el misterio, la vida no puede ser solo lo que vemos y tocamos».
Si en Días del desván contó los aspectos amables y misteriosos de su infancia; en Fantasmas del invierno (2004), novela de protagonista colectivo, se nos muestra una visión mucho menos complaciente de la infancia. No en vano, la acción transcurre durante 1947 en Ordial, una «ciudad de sombra» en la que resulta difícil sobrevivir, por el doloroso peso de los recuerdos y las culpas, con una guerra tan cercana. Novela sobre la fragilidad humana, cuya trama se sustenta en una indagación y en la que casi todos sus protagonistas guardan un secreto.
Luis Mateo Díez ha definido La piedra en el corazón (2006) como una novela fragmentaria, compuesta por unas breves notas, un cuento intercalado y una carta, en la que la reflexión predomina sobre la acción. La trama transcurre durante el 11 de marzo de 2004, el día de los atentados de Al Qaeda en Madrid, que aparece convertida en un espacio simbólico. Pero no es el terrorismo el tema del libro, este solo le sirve de contexto dramático en el que surgen las reflexiones y los hechos que se narran, sino la crisis de una familia, de un matrimonio, producto de la enfermedad de la hija. En La gloria de los niños (2007) se relata la soledad de Pulgar, un niño que por encargo de su padre vaga en busca de sus hermanitos, perdidos en la confusión propia de la guerra. La casa familiar ha quedado casi arrasada; a la madre, Loza, la mató una bala perdida; mientras que el padre está desahuciado en un hospital. Esta novela puede leerse como un canto a la inocencia, a la bondad, relato de cómo el ser humano, un niño, a veces en compañía de un perro, es capaz de sobrevivir en las condiciones más adversas. El sol de la nieve o El día que desaparecieron los niños (2008) es una misteriosa novela corta plagada de elucubraciones sobre qué pasó en Celama el 17 de febrero de 1964. No es un libro para niños, sino sobre ellos, centrado en la metáfora de la desaparición, aunque los críos apenas tengan protagonismo y sean los adultos quienes se dediquen a conjeturar sobre lo que pudo haberles sucedido. Así, en estas dos narraciones el autor acude a la niñez, la patria perdida del hombre, a lo que hay en ella de pureza, inocencia y libertad.
En estos últimos años ha publicado dos nuevas novelas, El animal piadoso (2009) y Pájaro sin vuelo (2011), cuya acción transcurre entre la nieve y la niebla, en ciudades simbólicas; y un libro inclasificable, testimonial, sin apenas invención, Azul serenidad o la muerte de los seres queridos (2010). En la primera, otra fábula moral, valiéndose de los mecanismos habituales de la narrativa criminal se nos presenta, a través de un viaje interior, las contradicciones y dilemas morales que acucian a Samuel Mol, un comisario jubilado (la soledad, el sentimiento de culpa y el peso de la edad), por un crimen cometido catorce años antes y nunca resuelto; mientras que en la segunda, cercana a sus fábulas del sentimiento, relata las dificultades existenciales de Ismael Cieza, hombre frágil, inútil y desamparado, pero también estreñido, otro de sus héroes del fracaso, cuyos días transcurren entre la comedia y la tragedia. Luis Mateo Díez se ha definido como «escritor ruso», quizá por el uso habitual que hace en estas novelas recientes tanto de la ironía como de lo grotesco. En cambio, en el libro del 2010, se ocupa de la muerte de dos de sus familiares (Charo, su cuñada; y su sobrina Sonia, fotógrafa de 38 años), los testimonios y las imágenes que dejaron, las cartas que le mandó el autor y alguna de las fotos que ella realizaba, del consuelo y el efecto curativo que pudo traer consigo la pervivencia de la memoria, la manifestación discreta del sentimiento.
Libro a libro, consciente de sus posibilidades literarias, Luis Mateo Díez ha intentado siempre ir un poco más allá, procurando ensanchar el territorio de sus ficciones; afinar la prosa, adaptándola a las exigencias de cada una de sus obras. Cultivador del realismo, con la bien aprendida lección de los mejores maestros del XIX, ha enriquecido aquel marco cultivando lo que él ha llamado un «realismo sin límites». Ha explorado los recovecos de los géneros narrativos y, como casi todos los grandes escritores contemporáneos, ha barajado con suma habilidad la práctica y la reflexión teórica; buena prueba de esto son los libros El porvenir de la ficción (1992) o bien Las palabras de la vida (2000).
Podríamos afirmar, a modo de conclusión, que Luis Mateo Díez realiza el siguiente recorrido: parte de una realidad legendaria, la del Apócrifo del clavel y la espina (1977); se instala después en la España de la provincia, en los años cincuenta (Las estaciones provinciales y La fuente de la edad), de la que se aleja progresivamente para construir un territorio cada vez más simbólico y metafórico, hasta conseguir crearse un mundo, un espacio propio, la Celama de El espíritu del Páramo y La ruina del cielo, donde podemos hallar seres que provienen de los cuentos populares, pero también de las obras de Cervantes y Shakespeare.
Su operación estética estriba en el enriquecimiento de la tradición realista mediante la utilización de un lenguaje rico, culto y preciso; de unas narraciones sustentadas en el diálogo y en la complicidad del narrador con sus protagonistas y, en fin, por medio del uso de una particular visión de la realidad distorsionada por los sueños. No contribuye poco a ello el empleo que hace de todos los géneros narrativos (microrrelato, cuento, novela corta y novela); de sus peculiares ensayos, a menudo trufados por componentes ficticios, o bien del apócrifo. Especial relevancia poseen sus singulares personajes, quienes se enfrentan a la realidad siempre con extrañeza y asombro, quizá porque sus esperanzas no les conducen mucho más allá de la mera supervivencia. Utiliza con este propósito el recurso al humor, al vitalismo, donde la bebida, el amor y la sexualidad desempeñan un papel principal. Sus personajes son seres inadaptados, inconformistas, antihéroes, en suma, que se pasan la vida huyendo, indagando, dudando, y en ese ir y venir en pos de alguna quimera, en ese vagar, es cuando encuentra sentido su existencia. Sus peripecias resultan, con frecuencia, más mentales que físicas, además tienen que inventarse una vida, autoengañarse, ya que la existencia real es poco gratificante. Si algo queda claro en la obra de Luis Mateo Díez es que lo universal nada tiene que ver con lo cosmopolita y que en el último pueblo perdido se hallan todas las historias posibles.
Todo este importante bagaje literario ha convertido a Luis Mateo Díez en uno de los principales protagonistas de la literatura, de la novela española, de estas últimas décadas; no en balde ha cumplido con creces el ideal de fundar un nuevo universo literario con su palabra medida.
Bibliografía
AA.VV., monográficos de la revista La página (La Laguna), 1, 1989 y 36, julio-septiembre de 1999; AA.VV., Luis Mateo Díez, Cuadernos de narrativa (Universidad de Neuchâtel, Suiza), 4, diciembre de 1999 (reeditado en Madrid, 2005); Fernando Valls, «Introducción» a Luis Mateo Díez, Los males menores. Microrrelatos, Madrid, Alfaguara, 2002, págs. 9-112; Santos Alonso, «Introducción» a Luis Mateo Díez, La fuente de la edad, Madrid, Cátedra, 2002, págs. 9-83; y Asunción Castro Díez y Domingo-Luis Hernández (eds.), Luis Mateo Díez: los laberintos de la memoria, Santa Cruz de Tenerife, La Página, 2003; VV.AA., Cartapacio de la revista Turia, núms. 93-94, mayo del 2010, pp. 137-337; Tomás Val y Carmen Toledo, eds., Inventario de Luis Mateo Díez, Segovia, Fundación Instituto Castellano y Leonés de la Lengua, 2010.
MIGUEL ESPINOSA
por
DOMINGO RÓDENAS DE MOYA
Permanencia de lo efímero, desvelación de lo vedado, sustanciación de lo intemporal, individual que contagia y revelación del mundo como sentir. ¡Esto es el arte!
(Escuela de mandarines, 1974)
Espinosa (Caravaca, 1926-Murcia, 1982) pertenece a la estirpe de los escritores reservados que prefieren la vida semianónima de la provincia al gusaneo de aspirantes a la gloria de la gran ciudad pero cuya obra tiene valor universal. Resolvió —o se avino a— quedarse en Murcia, empleado en una empresa privada, y consagrar a la escritura y el pensamiento (actividades que en él son una misma cosa) todo el tiempo que su actividad laboral le dejaba.
La muerte de su padre en 1943 determinó el destino inmediato del escritor, que tuvo que hacerse cargo de su familia asumiendo las representaciones comerciales paternas. Durante mucho tiempo, Espinosa fue esclavo de una situación económica adversa y hubo de luchar por salir de ella con desigual fortuna. Pero este retiro provinciano no conllevó ni mucho menos el cultivo de una literatura terruñera, localista y pintoresca, ni la adopción de un realismo social lleno de campesinos, obreros y mineros, conflictos de clase, reivindicaciones y miserabilismo. Todo lo contrario. Espinosa orientó su imaginación hacia un horizonte universalista, desasido de tiempo (ucrónico) y espacio (utópico), hacia la fabulación simbólica y mítica, hacia los universales de la conducta individual, el escrutinio de las estructuras sociales y los sistemas axiológicos y la dialéctica del poder político. La de Espinosa es una escritura nacida de inquietudes ontológicas, éticas, estéticas y políticas, pero también teológicas, tan emancipada del tiempo y del espacio como una parábola bíblica o un mito griego y tan refleja de la España del tardofranquismo como para reconocer en ellas las trazas de la indignación y el análisis demoledor de esa sociedad concreta. Su obra, de una inusitada densidad, es también un ejemplo de exploración técnica y lingüística, algo que puede explicar, junto a su excentricidad geográfica, que solo a finales de los años setenta, cuando el experimentalismo acampó en las letras españolas, empezó a salir a la luz y a ser ponderado por la crítica.
Espinosa escribió una excepcional novela alegórica sobre la dictadura como opresiva forma de gobierno, Escuela de mandarines (1972). Como él mismo declaró, se trata de una «utopía negativa del fascismo español» cuyo propósito es «pintar, pormenor a pormenor, una sociedad fascista, en su totalidad y en cada consecuencia», porque solo en España, donde «ha perdurado el fascismo casi medio siglo, creo que solo desde aquí podía pergeñarse la obra que describiera su ser inmoral». Pero, como enseguida señalaré, Escuela de mandarines supera con creces la condición de sátira del franquismo, para convertirse en una distopía (la «utopía negativa» que dice su autor) de todos los sistemas políticos dictatoriales o mandarinescos, en definitiva totalitarios.
En el aislamiento murciano de los años cincuenta, Espinosa va haciendo su obra sin claras expectativas de publicación y de espaldas a la literatura entonces en boga, la del realismo social y testimonial. Parte de su producción de esa época permanece inédita aún, pero un minucioso ensayo sobre la democracia norteamericana, Reflexiones sobre Norteamérica, gustó en Revista de Occidente y fue publicado en 1957, con prólogo de Enrique Tierno Galván, al que había conocido durante la estancia de este en la Universidad de Murcia. Gracias a su mediación había aparecido en 1956, en el Boletín informativo del Seminario de Derecho Político de la Universidad de Salamanca, el ensayo «La filosofía política mandarinesca», que se presentaba como un conjunto de reflexiones espigadas de diversas fuentes imaginarias sobre el pensamiento utópico y no era otra cosa que un anticipo de la novela en la que trabajaba desde hacía ya dos años.
El período que transcurrió hasta que tuvo que mudarse a Madrid en 1961 fueron los años de la segunda redacción de Escuela de mandarines, pero también los de una precarísima situación económica creada por la escasez de ingresos y la proliferación de las deudas. Durante los tres años que pasa en Madrid (hasta comienzos de 1964) recupera un cierto desahogo financiero al ingresar como agente comercial en una empresa multinacional y, a través de Tierno Galván y Raúl Morodo, conoce al grupo de intelectuales que procedían de Falange: Antonio Tovar, Pedro Laín Entralgo, José Luis López Aranguren y Dionisio Ridruejo. A este le pide Morodo en 1961 que ayude a Espinosa en la publicación en el extranjero de Escuela de mandarines, pero las gestiones, si se hicieron, no culminaron con éxito. Sin que la falta de salida editorial lo desalentara, Espinosa se enfrascó en la escritura de dos obras, Asklepios, el último griego, que no vería la luz sino póstumamente, y Forma y revelación del mundo (Filosofía de elucidaciones), que sigue inédita.
Tras su regreso a Murcia, con una posición laboral estable, vuelve a reescribir Escuela de mandarines (es la tercera versión). Fueron dieciocho años de trabajo hasta 1972, cuando la da por concluida y lista para una publicación que no se haría esperar, encadenando negativas editoriales, hasta que en 1974 la aceptó Libros de la Frontera.
La novela despertó admiración unánime y mereció el Premio Ciudad de Barcelona. Asombraron sus innovaciones formales, su complejidad arquitectónica, la densidad y aplomo clásico de su estilo, el juego con las convenciones de distintos modelos de discurso y el alcance filosófico de su fábula, que consiste en un viaje del Eremita hacia la capital del Estado de la Feliz Gobernación, nombre del estado totalitario gobernado por el Gran Padre Mandarín. El viaje, de hecho, lo inicia en compañía del Gran Padre, cuya identidad desconoce y al que cuenta cómo recibió la orden de sus demiurgos de abandonar su estado de Naturaleza y encararse a la Historia. Se trata de un itinerario de conocimiento a través del que el Eremita, que asume el papel de narrador y representa la suma sabiduría, va adquiriendo noticia de las leyes que ordenan ese mundo y durante el que pone en evidencia su condición de héroe crítico frente a la hostil realidad construida y mantenida por los mandarines. Tal realidad responde a un orden injusto y absoluto que penetra en la conciencia de los ciudadanos para someterlos desde dentro, pero esta circunstancia ominosa no es desarrollada, como hace Orwell en 1984, con gravedad dramática y en torno a una intriga, sino desde una perspectiva con ribetes de ironía cervantina y sin el señuelo de una incógnita por despejar. La andadura del Eremita se ve interrumpida por numerosos encuentros que dan lugar a relatos incrustados y excursos reflexivos en los que el sabio sopesa y juzga conductas, costumbres y valores humanos intemporales.
En el hilo de la narración de camino se ensartan relatos de aventuras, apólogos morales, poemas, aforismos, apuntes historiográficos, disquisiciones sobre filosofía política, ética, religión y muchas otras materias, de manera que el conjunto ofrece una imagen enciclopédica y totalizadora en la que queda reflejada y glosada la realidad. Esta silva novelesca, sin embargo, adopta exteriormente las convenciones de un tratado académico, con un copioso aparato de notas eruditas que cierra cada uno de los setenta y dos capítulos y un índice onomástico que remite al capítulo o nota donde aparece el personaje. El empleo burlesco o paródico de las notas al pie, los índices de nombres y las remisiones internas son habituales en la literatura posmoderna (piénsese en Pálido fuego de Nabokov o en Larva de Julián Ríos), pero no de modo tan fundamental como en Espinosa, pues él se apoya en la información complementaria de las notas para dotar de sustantividad el universo mítico de la Feliz Gobernación, sin renunciar a descargar en ellas apuntaciones jocosas o detalles superfluos. Las abundantes notas proporcionan solidez referencial al mundo ficticio de la Feliz Gobernación, como si este tuviera existencia verificable, pero también incorporan pasajes metaficcionales sobre el proceso de confección del texto o sobre el género al que pertenece. Así, el concepto genérico de «utopía negativa» al que Espinosa quiso asociar su libro se encuentra precisado en dos notas del capítulo 37. En una define: «La utopía describe cómo debe ser la comunidad a través de figuras positivas. Ahora bien: si abstraemos de una determinada sociedad cuanto es contrario al bien, y, convenientemente aislado y delimitado, lo exponemos en un libro, habremos creado una utopía negativa o “expresión de lo que no debe ser”». En la otra desarrolla una controversia erudita entre dos filósofos imaginarios, Martino y Lamuro, en torno a ese concepto.
Esta erudición ficticia no es únicamente apropiación lúdica (paródica) del discurso académico, como en Borges, sino otro de los reflejos del Quijote en la novela. El Cide Hamete Benengeli de Cervantes, los «autores que del caso han tratado», el morisco traductor del Alcaná de Toledo o el curioso compilador cristiano, todos ellos se han transformado en el sistema enunciativo polifónico de Escuela de mandarines. Al Quijote remiten también el esquema del relato: el anciano sabio que emprende un periplo salpicado de innumerables encuentros y peripecias, y la primacía del diálogo sobre la narración, que traslada a la palabra viva de los personajes gran parte del interés de la lectura y produce un acusado contraste con la voz doctoral de las notas. No menos quijotesca es la figura mítica de Azenaia Parzenós, la amada del Eremita, cuyo nombre evoca el de Dulcinea y que, como esta, gravita incorpórea sobre toda la obra. Azenaia compendia las cualidades de sabiduría, gracia, belleza y bondad del arquetipo femenino en toda la obra de Espinosa. Es la misma Azenaia que aparece en Asklepios, el último griego y comparte virtudes con la Juana de Tríbada y con la Clotilde de La fea burguesía, porque todas ellas son figuraciones de una mujer real, Mercedes Rodríguez García, a la que el escritor conoció en 1954 y con la que mantuvo una profunda complicidad afectiva e intelectual hasta su muerte.
Años después de aparecer Escuela de mandarines, el propio autor redactó una «Crítica aproximada del libro» que dio a conocer en 1998 el crítico Luis García Jambrina. Se trata de una crítica realizada con una fingida objetividad, como si estuviera realizada «por cierto alumno, para cumplir con una asignatura, en junio de 1978». En aquel escrito asignaba a las notas la función de enclaustrar al lector en un mundo autónomo mediante la acumulación de detalles anecdóticos, pues en estos estriba (afirma) la verosimilitud literaria. Su intención era configurar una Cultura y encerrar en ella al lector, pero los materiales de esa Cultura imaginaria proceden de la sabiduría (que no del saber) que destila la experiencia vital. De ahí el humanismo de la obra, que el autor emparenta con las de Cervantes, Montaigne, Dante o Rabelais: creadores que han querido volcar en la escritura la sustancia del vivir mismo. Siendo así, la novela puede ser considerada una obra realista y no una fantasía (sigue siendo Espinosa quien hace la autocrítica), pese a sus hipérboles y alegorías.
Tras el enorme esfuerzo de esa monumental obra, Espinosa aún conserva energías para acometer varios proyectos. Entre ellos, uno le absorbe de manera especial, una novela que pretende ser una anatomía fenomenológica de la clase media, de sus actitudes, su sistema de valores, sus hábitos y rituales. Solo ocho años después de su muerte verá la luz La fea burguesía (1990). De nuevo el libro escapa a la fácil clasificación, pues carece de la trabazón de una novela de argumento definido y se asemeja a una colección de cuentos enmarcados que, aun configurando una totalidad de sentido, no pierden su independencia. Dividida en dos partes, «Clase media» (que iba a ser el título del libro) y «Clase gozante», recorre la vida de cinco parejas burguesas que han crecido al arrimo del poder establecido en una transacción moral que les ha supuesto una manifiesta degradación. Cuatro de estos matrimonios protagonizan los cuatro capítulos en que se subdivide la primera parte, titulados intencionadamente con el apellido del esposo (el que hace carrera) y el nombre de pila de la mujer: «Castillejo y Cecilia», «Clavero y Pilar», «Krensler y Cayetana» y «Paracel y Purificación». Ocupan solo noventa páginas y todos representan una misma inconsciencia ante la propia indignidad moral y una misma estulticia: el catedrático, el publicista, el fabricante y el cirujano. Añadir otras parejas hubiera sido fútil porque todas ilustran por un igual una misma vulgaridad, una misma lesión moral, idénticas imposturas e idéntica fealdad. Solo el matrimonio del diplomático Camilo merece una atención más detenida, pues ocupa las casi doscientas páginas de «Clase gozante». Su particularidad es que Camilo sí es consciente de su degradación aunque acalle su conciencia con la mordaza de los privilegios de clase. Espinosa, en cuya escritura siempre hay un signo de implacabilidad moral, se muestra tan severo con los burgueses necios que parasitan el sistema con autocomplacencia como con los burgueses lúcidos que, cínicamente, dan por bien empleados los remordimientos de conciencia a cambio del confort y los placeres de la existencia mesocrática.
Espinosa nutre su escritura, solapadamente, de su propia materia biográfica y, aunque la correlación entre ambas puede establecerse entre casi todas sus ficciones y los hechos conocidos de su vida, es en el díptico Tríbada. Theologiae Tractatus donde ese vínculo resulta más directo. Las dos novelas se inspiran en los hechos que vivió el propio autor, lo que no condiciona la lectura pero subraya la profunda interpenetración de su vida y su obra, de su ética y su estética. La tríbada falsaria se publicó en 1980 y levantó cierto revuelo en la sociedad murciana, una repercusión que utilizó el escritor —de nuevo cervantinamente— para retroalimentar la continuación de la obra, La tríbada confusa. Trabajaba en ella de forma obsesiva, consciente de que la enfermedad coronaria que sufría desde 1974 podía acortar sus años activos, como así ocurrió en abril de 1982. La obra explora una vía contraria a la de Escuela de mandarines, pues si ahí pretendió erigir un universo comunitario, político y extensivo, en Tríbada se propuso construir el universo privado, ético e intensivo de un personaje, Daniel, y tres mujeres, Damiana, Lucía y Juana, involucrados en un suceso sencillo y sórdido. Daniel descubre que su amada Damiana se ha convertido en la amante de Lucía y se obstina, con desmedido sufrimiento, en conocer los porqués. Pero la anécdota de una infidelidad reveladora del lesbianismo de Damiana (su condición de tríbada) carece en el texto de otra importancia que la de servir de objeto de análisis, interpretación y comentario infinito. En efecto, Tríbada ofrece un excepcional estudio de las acciones humanas mediante su reflejo en los otros, pacientes y lectores de conductas.
Un dramatis personae, como en Escuela de mandarines, recibe al lector para dar paso a sendas listas de los apelativos (apodos, insultos, metáforas...) aplicados a Damiana y Lucía. Es el primer signo de extrañamiento, tras el que la novela se inicia con una categórica declaración de la primera: «No creo en Dios», llamada de alerta sobre la falta de principios fundantes (o trascendentes pero no necesariamente religiosos) del personaje, a cuya presentación se dedica el primer capítulo de La tríbada falsaria. Sigue luego el relato de su relación con Daniel hasta que este toma la palabra (hasta aquí cuenta un narrador anónimo) para referir, en un diario personal, los hechos. El capítulo cuarto, el más extenso, recoge las cartas entre Daniel y Juana en las que se examinan, a los pocos meses, antecedentes y consecuentes de todo ello. La tríbada confusa (1984) se compone de las cartas que los mismos se cruzan años después y que le permiten a Espinosa reconstruir los sutiles mecanismos con los que negocia consigo misma la conciencia, practicando con ello una forma de realismo radical o de la ultimidad, es decir, de la raíz ontológica o de las cuestiones últimas del hombre. Decía el autor: «la realidad primera que aparece ante los ojos es una pura apariencia, hay que ahondarla y profundizarla, describir lo que hay debajo de esa engañosa apariencia; entonces se hace realismo» y, desde esta perspectiva, Tríbada excava en esa tierra profunda de la intimidad subjetiva.
Mucho del talento para el buceo psicológico de Espinosa reside ahí, y también algo de su talante, aunque de este trazó una imagen limpia en Asklepios, el último griego (1985). Es la autobiografía de una especie extinta, la del griego, con el que se identifica el propio Espinosa. Los atributos de este Asclepios/Espinosa son la ilimitada curiosidad intelectual, el optimismo de la voluntad, la concordia con la naturaleza, el juicio desembarazado, la espontaneidad en la conducta y el amor generoso. Estamos ante una autobiografía en clave mítica circunscrita a sus años de infancia, adolescencia y juventud que, en conjunto, constituye una apología de la inocencia en tanto que disposición de asombrarse ante el mundo. La edad de la inocencia es la edad de la inexperiencia, la niñez, y conforme aumenta el caudal de la segunda se reduce el de la primera. Como lo que persigue Espinosa es enfocar la ingenuidad primordial y sus formas de pervivencia, las tres partes que componen el libro presentan una extensión decreciente: trece capítulos la niñez, siete la adolescencia y seis la juventud, de tal modo que la infancia abarca tanto como las otras dos edades. En ella el ser humano está cerca del origen, de la naturaleza (a eso lo llama naturidad) y aún lejos de la noción de culpa, en ella los valores son fuertes (lo bueno y lo malo) y la apertura a la maravilla es completa. Grecia simboliza esta edad primigenia y Asklepios la vislumbra en la mujer y en el pueblo laborioso que, con no poco idealismo, describe como «la inocencia oprimida, ultrajada, expoliada por las castas gobernantes». Conviene tener en cuenta que el libro se escribió en los años cincuenta, cuando el régimen franquista estrangulaba todas las libertades y España se encontraba aislada de su propia historia anterior a la guerra y del resto de Europa. En ese clima adquiere un sentido más claro el sentimiento de extranjero o exiliado que transmite la novela. Quizá porque el autor no había cumplido aún los cuarenta años el periplo por las edades del hombre se detiene en la juventud y no progresa hasta la madurez y la vejez, edad esta en la que tal vez hubiera descubierto Asklepios el reflujo de la experiencia hacia una forma de ingenuidad colmada de vivencia pero sin expectativa.
Bibliografía
Quimera, 84 (1987); Carmen Escudero Martínez, La literatura analítica de Miguel Espinosa. (Una aproximación a Escuela de Mandarines), Murcia, Consejería de Turismo y Cultura, 1989; Victorino Polo García (ed.), Miguel Espinosa: Congreso, Murcia, Comisión para la Conmemoración de V Centenario del Descubrimiento de América, 1994; Juan Espinosa, Miguel Espinosa, mi padre, Granada, Comares, 1996; El Urogallo, 119 (1996); Luis García Jambrina, La vuelta al Logos, Madrid, Ediciones la Torre, 1998.
SALVADOR ESPRIU
por
ENRIC SòRIA
He dado mi vida por el difícil don
de unas pocas palabras despojadas.
(Llibre de Sinera, 1963)
Joan Fuster concluía un estudio sobre la poesía de Salvador Espriu (Santa Coloma de Farners, 1913-Barcelona, 1985) afirmando que esta, en esencia, era un grito sofocado, pero persistente. En parte es cierto, y tan sucinta definición no solo nos dice algo de su poesía, sino también de toda su obra, pues esta, en los diversos géneros que el autor practicó, tiene una extraordinaria trabazón interna y una densidad autorreferencial casi sin paralelo en la literatura. Para domar su espanto y decir su determinación, Espriu forjó un mundo propio, lleno de símbolos que se entrelazan una y otra vez, en una espiral recurrente y cada vez más amplia, en prosa y verso, que alcanza en su polivalencia de mito y ritual, de sueño y reflexión, de memoria y profecía, una inagotable riqueza de sentido. Pero en su núcleo hay un grito.
A pesar del desdén que Espriu siempre manifestó por cualquier expansión melodramática o sentimentaloide, y de la esforzada serenidad con que suele revestir esa pertinaz y obsesiva meditación sobre la muerte que es, de muy diversos modos, la mayor parte de su obra, hay algo hondamente angustiado en su constante interrogación por el sentido de un itinerario vital que necesariamente ha de dar en el muro de la nada. Esa nada que el hombre no puede ni tan siquiera concebir y que quizá sea el único nombre pronunciable de un Dios extraño, remoto, indiferente, quién sabe si cruel. Como para muchos de los grandes escritores del siglo XX, para Espriu la vida humana es un espectáculo patético, pero también trágico, porque la lucha —éticamente necesaria— del hombre por sostener su dignidad y su verdad, por dar sentido a su esperanza, no modificará un ápice la ineluctabilidad de su destino: un grito en el silencio.
Salvador Espriu nació en el seno de una familia acomodada, procedente de Arenys de Mar. Su padre era un notario liberal y algo genialoide, más bien anticlerical, buen conversador y con inquietudes culturales, que transmitió a sus hijos. Salvador, de niño, padeció una terrible enfermedad que lo postró en la cama durante tres años, en los que, a falta de cosa mejor, no hizo más que leer sin parar. Estuvo a punto de morir, y en ese tiempo murieron dos de sus hermanos. La presencia de la muerte se convirtió así, para él, desde niño, en algo cotidiano. En su juventud, se licenció en Derecho (1934) e Historia Antigua (1936) en Barcelona, y acabó también los estudios de lenguas clásicas, aunque la guerra impidió que obtuviera ese título. Espriu pretendía continuar sus estudios en Inglaterra para llegar a ser egiptólogo (hubiera sido el primer egiptólogo español), pero la guerra truncó ese y otros proyectos.
Espriu empezó a escribir muy pronto. A los quince años compuso su único libro en castellano, Israel (editado en 1929), una serie de estampas bíblicas con una prosa que recuerda la de Gabriel Miró. En 1931 publicó su primera novela en catalán, El doctor Rip, que plasma en primera persona los últimos días de un médico viejo y amargado, que sufre un cáncer terminal. El lento avance de la enfermedad permite a su autor indagar, con una sagacidad quirúrgica muy poco corriente, en los vínculos entre el alma y el cuerpo, igualmente heridos, del agrio personaje que nos habla. Le siguió, en 1932, Laia, novela ambientada en un medio rural cerrado y asfixiante, donde introducía por primera vez personajes y situaciones que habían de reaparecer en su obra, y dos libros de narraciones de áspero humor sardónico, Aspectes (‘Aspectos’, 1934) y Ariadna al laberint grotesc (‘Ariadna en el laberinto grotesco’, 1935). Estos relatos, algunos de los cuales son sintéticas novelas en miniatura, se caracterizan por una prosa abigarrada y rutilante, a veces lírica y a veces brutalmente exasperada, y por una afilada mordacidad que no deja títere con cabeza. Para el contumaz platónico que fue siempre Espriu, el mundo no es sino una caverna laberíntica, y las engañosas sombras de la verdadera realidad que, como en el mito de Platón, se proyectan en los muros de la gruta, no pueden ser, lógicamente, más que grotescas.
Pocas cosas se salvan de la punzante ironía con que Espriu sazona sus relatos, desde el patriotismo de boquilla y el pretendido clasicismo de la élite urbana, a la ferocidad apenas disfrazada de folclore del mundo rural, pasando por la Alemania nazi —junto con Joan Oliver, nuestro autor fue uno de los poquísimos escritores catalanes que se dio certera cuenta de lo que a Europa se le venía encima y supo denunciarlo a su grotesca manera—. En conjunto, todos estos libros prueban que nuestro autor no se había dejado adormecer por la elegante y antiproblemática retórica noucentista y que había captado muy bien en qué mundo vivía. El joven estudiante había asimilado las ideas que estremecían la Europa de entreguerras: la lectura trágica que había hecho Nietzsche del mito clásico, con su trasfondo telúrico y violento, la fuerza reveladora del expresionismo o la disolución de las antiguas normas estéticas que promovían las vanguardias, con su apuesta por lo primordial, lo exasperado, lo intuitivo, o por la liberadora sencillez del arte abstracto. Algo de esos nuevos modos de decir que ponían en tela de juicio un mundo falsamente armonioso y razonable había en el esperpento de Valle-Inclán y en algunos exabruptos de Baroja. Espriu lo vio muy bien, y aprovechó esas incitaciones para construir su mundo literario, hecho de fulgurantes trallazos sarcásticos y también de ráfagas de una encubierta piedad.
Todo ello era novedoso y extraño, y no fue del todo bien recibido por un establishment literario que aún creía en la virtud de una literatura suave, cosmopolita, inteligente y moderada; una élite cultural que, por decirlo así, podía admirar las sagacidades psicológicas de Maurois o de Zweig, pero se empeñaba en ignorar, aún, las oscuras complejidades de un Joyce o de un Kafka. Espriu se burló de esa miopía en una novela corta, Miratge a Citerea (Espejismo en Citerea), que a primera vista era una sofisticada y trivial novelita de aprendizaje amoroso, cuando en realidad enmascaraba un sutil juego mordaz con los tópicos del subconsciente y una desazonada alarma, que resultaría profética, ante el fallido, y absurdo, golpe de Estado protagonizado por Companys en 1934. Mientras las adolescentes soñaban en sus devaneos amorosos con Tarzán, los nubarrones de la Guerra Civil se cernían ya sobre el cielo de Barcelona. Las sombras, aquí muy estilizadas, continuaban siendo grotescas, pero la realidad que reflejaban empezaba a ser de veras trágica.
La insólita narrativa de Espriu era quizás el indicio más vistoso de que una nueva generación empezaba coger el testigo de la literatura catalana. La República, con su esperanza abierta a una profunda renovación del país, tuvo un efecto liberador sobre el mundillo cultural catalán y provocó una cascada de obras atrevidas y poderosas, extraordinariamente modernas muchas de ellas, que aún nos deslumbran. El precoz Espriu fue uno de los artífices de ese cambio. Su figura, entonces, tenía poco que ver con el personaje esquivo y más bien tétrico que fueron construyendo tanto sus admiradores como sus detractores en sus últimos años. Era un joven brillante e insolente, muy activo, al que le gustaba ser el centro de atención y que reunió a su alrededor a un grupo de escritores que compartían sus inquietudes.
Esa generación de la República fue la que más sufrió el hundimiento de su mundo en la guerra y la posguerra, porque aún estaba en plena formación. Espriu fue movilizado, pero su natural enfermizo le evitó haber de combatir. Para un joven catalanista y demócrata, que siempre se había manifestado a favor de la paz, la civilización y el diálogo, tanto la guerra como la represión franquista fueron una tragedia absoluta. A la sangre derramada por los dos bandos, al odio, la destrucción y el ensañamiento de todos contra todos, se sumaba la persecución de la lengua catalana y la aniquilación de cualquier esperanza en un proyecto civil libremente elegido. También murió, en 1938, su mejor amigo, el joven y gran poeta Bartomeu Rosselló-Pòrcel, y, en 1940, su padre. Espriu tuvo que renunciar a su carrera y trabajar como pasante de un notario para sostener a lo que quedaba de su familia. Entendió que su mundo había sido destruido, y que él mismo, en cierto modo, no era más que un muerto en vida (en un poema nos indica que su contrafigura literaria, Salom de Sinera —Salom en hebreo quiere decir paz; Sinera es la versión mítica de Arenys en su literatura—, había fenecido el 18 de julio de 1936).
La parte más densa y profunda de la obra de Espriu arranca de esta desolación. Por ejemplo, su teatro. Antígona, escrita cuando la Guerra Civil aún no había terminado, es una revisión de la obra de Sófocles que subraya el horror de la guerra entre hermanos y nos muestra cómo el sentido ético de la heroína, que rechaza ese horror y se niega a tomar partido, ha de llevarla a la muerte. En Primera història d’Esther (‘Primera historia de Esther’), Espriu escribe unas exequias de exuberante riqueza a la lengua catalana, asesinada —eso parecía al menos en los años cuarenta— en su mejor momento de vitalidad y fuerza expresiva. Pero la obra es también una lectura muy intencionada y sardónica del relato bíblico, bajo el disfraz de una pieza de teatro de títeres. Para algunos de sus lectores, esta pieza es la obra más sorprendente y valiosa de Espriu y uno de los más grandes textos de la literatura catalana.
Aunque el centro de la obra de Espriu en sus años maduros se halla en su poesía. Contra lo que algunos sostienen, la poesía de Espriu no es críptica —no demasiado, al menos—, ni ininteligible. Sí que es muy compleja, tanto que desafía cualquier descripción que ahora pudiéramos intentar, y permite, en su imbricación, una multiplicidad de lecturas válidas. La polivalencia de los símbolos que usa Espriu desconcierta, al principio, por lo variada. Así, uno de los más repetidos, el de la ceguera, puede significar el don profético, como el del vidente Tiresias, quien, precisamente por ser ciego, puede atisbar el pasado y el futuro y vaticinar el hado funesto de los hombres; o referirse al poeta, que, como señor de palabras, también adivina y convoca, y es el equivalente literario del brujo y del profeta. No es menos ciega, y fija, la fatal mirada de la Muerte —y la de la calavera que sonríe, oculta en nuestro interior—, o quizás el ojo ubicuo de Dios, en su inescrutable impavidez. Ciegos son también los pobres mendigos, tan humanos, que van por el camino y caen sin remedio en el cuadro de Brueghel.
Como la Biblia, que es una de sus fuentes principales, la poesía de Espriu permite las cuatro interpretaciones de la exégesis: literal, alegórica, moral y anagógica (como símbolo de realidades ultraterrenas, es decir: a lo divino), y todas ellas tienen validez. En un excelente estudio, Carles Miralles resumió el sentido de esta poesía diciendo que es «una inquisición metafísica que se puede convertir en elegíaca». La frase destaca dos de las intenciones de la obra de Espriu: evocar, por un lado, a sus muertos y su mundo perdido, custodiar su recuerdo y mantenerlo así de alguna manera vivo, y por otro preguntarse por el sentido de nuestro periplo vital y por ese Dios impasible del que habla la teología negativa, y al que solo se puede acceder —y aun ni eso se sabe— desde el absoluto despojamiento interior, desde la anulación, por la vía seca de la noche oscura del alma, hasta el desierto, el silencio y la nada. Así, la mayor y mejor parte de los libros de poemas de Espriu se configuran como un itinerario interior que repite el ritmo cíclico de las estaciones y los días y que recuerda, como muy bien vio Josep M. Castellet, la peregrinación de las almas en el Libro de los muertos egipcio —en realidad llamado Libro para salir al día—; libro que se articula como una suma de ensalmos y plegarias que permitirán al difunto renacer, justificado, habiendo superado la sed, la soledad y el juicio de la muerte, y unirse a Dios en la plenitud de luz de la barca solar.
Como buen aspirante a egiptólogo, Espriu dominaba esa tradición, y también la hebrea y la griega. Todas juntas forman la base ancestral de nuestra civilización y el poeta las reúne para fundar, con todas ellas, una obra enciclopédica que parte de lo atávico —el pensamiento mítico, el gesto ritual, la poesía como magia y adivinación: mántica— y llega hasta el presente. Como hemos visto, el ciclo egipcio de la muerte y la vida es un cañamazo fundamental de sus poemas. Los mitos griegos, que Espriu analiza a partir de su platonismo y de la nueva lectura de la tragedia que se extendió por Europa en sus años de formación, le permiten una exposición muy diferente, grotesca y desolada, del ordenado mediterraneísmo apolíneo entonces habitual en Cataluña. Finalmente, la inmensa admiración que siente por la Biblia se refuerza, además, por su estudio de la cábala hebrea, su interés por el pueblo israelita y su espanto ante el exterminio nazi de los judíos de Europa.
Es a partir de todo ello que Espriu utiliza, en su libro más conocido, La pell de brau (La piel de toro), al pueblo sefardí como símbolo de la vida en Sepharad (Sepharad acabó siendo el nombre hebreo de la Península Ibérica, aunque su primera mención aparece en la Biblia, en un contexto en que se habla, de modo muy significativo, de la lucha entre hermanos). La pell de brau es, en parte, un ejercicio de comprensión de Iberia que apuesta por el diálogo, cosa que enlaza con la visión de Espriu del mundo como un espejo roto, hecho añicos, cada uno de los cuales refleja un fragmento de la luz y la verdad total. En definitiva, la diversidad se funde en la unidad solo cuando se asume. Por ello, solo la aceptación y el diálogo entre lo múltiple permite el acceso al saber. Una verdad sostenible tanto en lo ontológico como en lo político, aunque haya sido muy pocas veces escuchada, y no digamos acatada, en la fratricida y seca Sepharad.
La pell de brau nos advierte de que la elegía y la indagación sobre el ser y la nada no son los únicos sentidos de la poesía de Espriu. También sostiene una reflexión ética y hasta cívica. De hecho, todo ello se aúna a lo largo de su obra. Espriu es un moralista ácido, pero muy divertido. Sus poemas satíricos son tremendamente incisivos, y casi tan salvajes como el mundo irrisorio, embrutecido y acre que describen. Por otro lado, hay en sus versos, como en su prosa, una búsqueda constante de la dignidad y la verdad moral del hombre, tanto en lo individual como en lo colectivo, una firme defensa del derecho a subsistir de la lengua en la que se expresa y una afirmación explícita de valores como la libertad —personal y política—, la justicia, la bondad, la belleza y la razón. La aceptación sin temor de la muerte implica también una vindicación de aquello que nos hace plenamente humanos: la valentía misma de inquirir. El hombre es trágico, y por ende noble, en tanto que mantiene exenta su dignidad, porque no se resigna a su destino, porque se rebela, porque aspira a la luz. En cierto modo, toda la obra de Espriu está transida de piedad (o de solidaridad) por los muertos y sobre todo por los vivos, en su aquí y en su ahora. Y esa piedad solidaria incluye a su mismo autor —Salom-Espriu, que pertenece a ambas categorías—, que es un hombre entre los hombres, y que comparte su destino, una forma específica de su destino, mientras lo reflexiona.
Este aspecto moral y cívico de la poesía de Espriu ha tenido bastante éxito, hasta el punto de deformar la apreciación de su poesía, que es sobre todo lírica. En ella, el tono hímnico, civil o admonitorio, aparece muy de tarde en tarde; el apunte paródico es más habitual; se concentra en un libro recompuesto a lo largo de los años, Les cançons d’Ariadna (Las canciones de Ariadna), aunque podemos hallarlo un poco en todas partes; pero lo que predomina, con mucho, es la evocación meditativa y la oración musitada. Son los tonos que imperan en los que para mí son sus mejores libros, los cinco que encierran su primer gran ciclo poético —la maravillosa evocación de Cementiri de Sinera (‘Cementerio de Sinera’), y las artes de bien morir que constituyen, cada una a su modo, Les hores, Mrs. Death y El caminant i el mur (‘El caminante y el muro’), hasta llegar a la conclusión de Final de laberint, que es el libro más secreto y fascinante de su obra—, junto con la recapitulación tardía del Llibre de Sinera (‘Libro de Sinera’) y la magnífica revisión de la pasión pascual, transfigurada en danza de la muerte, que es Setmana Santa (‘Semana Santa’). En esos libros, la condensación de un universo sugestivo, repleto de una imaginería onírica, inquietante, extrañamente mágica, adquiere una fuerza verbal estremecedora. La capacidad incantatoria, en su desnuda sencillez, de los poemas breves en los que evoca el periclitado mundo de luz que pudo ser el suyo nos conmueve también en lo más hondo. Los mejores poemas de Espriu tienen la rara cualidad de los sueños, o de las pesadillas. Nos pueden subyugar con la intensidad veloz de un relámpago verbal o de un zarpazo, o nos duelen como un ruego entrecortado, que se dirige a quien no lo ha de oír.
Algunos lectores perezosos, o poco intuitivos, han exaltado el evidente valor de Salvador Espriu como narrador, en virtud de la depuración sintética y la apabullante expresividad de su prosa, o sus sorprendentes hallazgos como dramaturgo, en detrimento de su arcana, recurrente y compleja poesía. Eso es absurdo. De entrada, porque el universo poético a la vez autorreferencial y omnicomprensivo de Espriu, como un retablo o un teatro del mundo en miniatura, no tiene parangón con ningún otro que hayan producido las literaturas hispánicas del siglo XX, ni por su ambición, ni por su riqueza, ni por su impresionante potencia sugestiva. Pero sobre todo porque la distinción misma está fuera de lugar. Los relatos, los versos y las piezas teatrales de Espriu forman un conjunto único, singular en todos los sentidos. En todos ellos, nos hallamos ante el mismo escritor que reformula, una y otra vez, con idéntica tenacidad, las preguntas esenciales. Todos son ecos de un mismo grito, o, si lo prefieren, fragmentos iguales en valor de aquel espejo roto que refleja, en su multiforme dispersión, esa única verdad que nos revela al fin.
Bibliografía
Josep Maria Castellet, Iniciación a la poesía de Salvador Espriu, Madrid, Taurus, 1971; Maria Aurèlia Capmany, Salvador Espriu, Barcelona, Dopesa, 1972; Josep Pla, «Salvador Espriu», en Homenots, IV serie, Barcelona, 1975; Joan Fuster, Contra el Noucentisme, Barcelona, Crítica, 1977; Antoni Batista, Salvador Espriu: itinerari personal, Barcelona, Empúries, 1985; Maria Rosa Delor, Salvador Espriu o el cercle obsessiu de les coses, Barcelona, Publicacions Abadia Montserrat, 1989; Maria Rosa Delor, Salvador Espriu, els anys d’aprenentatge, Barcelona, Edicions 62, 1993; Maria Isabel Pijoan, Viatge per l’imaginari de l’obra de Salvador Espriu, Barcelona, Publicacions Abadia Montserrat, 1995; Francesc Reina, Salvador Espriu. Enquestes i entrevistes, Barcelona, Edicions 62, 1995; Carles Torner, Lectures de Salvador Espriu, Barcelona, Proa, 2004; D. Gareth Walters, The Poetry of Salvador Espriu: to Save the Words, Londres, Tamesis, 2006.
ANTONIO GAMONEDA
por
FELIPE CUSSEN
El óxido se posó en mi lengua como el sabor de una desaparición.
El olvido entró en mi lengua y no tuve otra conducta que el olvido,
y no acepté otro valor que la imposibilidad.
(Descripción de la mentira, 1977)
La trayectoria de Antonio Gamoneda (Oviedo, 1931) es un excelente ejemplo de las deficiencias que las clasificaciones generacionales, tan estimadas por la crítica literaria española, ofrecen a la hora de valorar y analizar a las figuras verdaderamente singulares. No solo las características principales de la obra y el pensamiento de este autor se oponen casi por completo a aquellas con las que se ha querido encasillar a sus contemporáneos, sino que también las etapas y espacios en que se ha cumplido un reconocimiento a estas alturas indiscutido han sido también distintas. En efecto, la lenta difusión, sumada a una indiferente recepción en sus inicios, retrasaron un impacto que, al incidir en un particular contexto de discusiones dentro de la lírica ibérica, ha producido importantes efectos en este campo cultural.
Algunas causas para explicar este proceso podrían buscarse en su biografía: luego de la temprana muerte de su padre del mismo nombre (y también poeta, autor de Otra más alta vida), se traslada a la ciudad de León, donde ha residido hasta hoy, lejos de los centros artísticos y editoriales más importantes de la Península. A ello podrían sumarse una breve experiencia estudiantil y su ocupación como empleado de banca en sus primeras décadas (posteriormente se dedicaría a la gestión cultural y educacional en diversas instituciones). Pero no son explicaciones suficientes en el caso de un poeta que ya se mostraba activo desde su adolescencia y que, luego de ser uno de los finalistas del Premio Adonais en 1959, publica Sublevación inmóvil al año siguiente. Tampoco cabría achacar toda la culpa a la censura del franquismo en 1968 a su segundo libro, Blues castellano, que, bajo las acusaciones de marxismo y ateísmo, debería esperar hasta 1982 para aparecer; es justamente el tono político que reside parcialmente en ambos volúmenes el que podría hermanarlo con las corrientes predominantes de la poesía social de esos años. Como sabemos, muchos de los jóvenes autores de entonces (representados en antologías como Veinte años de poesía española de Josep Maria Castellet, de 1959) intentaban oponer su resistencia a la dictadura bajo las directrices del compromiso y la comunicatividad. La escritura inicial de Gamoneda participa de un temple doliente y tormentoso que podría reflejar un supuesto espíritu de época marcado por las heridas de la Guerra Civil: «Suena mi oscura juventud y suena / mi corazón extrañamente grave. / Es silencioso Dios. Yo no. Quién sabe / por qué esta y tanta cantidad de pena», leemos ya en un poema de 1953, anterior a su primera publicación. Pero esta crispación de clara emisión surge (entre los ecos del último César Vallejo) con una voz tempranamente enronquecida. A esos versos le sigue una afirmación temblorosa: «Parece que es dolor lo que me llena / hasta la altura de los ojos», y es en esa solemnidad disuelta en duda, gracias a una imagen de tan rara claridad, que se avizoran los primeros rasgos distintivos de una poética que no teme extrañarse en las profundidades del lenguaje para transmitir una emoción. Y si bien en Sublevación inmóvil aún predomina una dicción más declarativa y efusiva, en Blues castellano gana un tono más íntimo e inocente, con la dureza propia de la estructura musical que intenta emular en el ritmo de las reiteraciones: «Mi canto está mal hecho / como esta verdad, que está mal hecha». Por allí se cuela la desconfianza, a veces expresada de manera abierta: «Me dispuse / a una fraternidad sin esperanza», y otras, cerrada: «La ventana es una lámina negra». Una imagen como esta puede ejemplificar adecuadamente el modo en que Gamoneda se desmarca del lenguaje más directo de sus contemporáneos, entendiendo la comunicación poética de un modo más problemático. Y simboliza, de paso, la opresión y aislamiento no solo geográfico sino también espiritual («exilio hacia adentro», lo llama Eduardo Milán), que no se puede superar simplemente con proclamas bien intencionadas.
Sus tiempos de difusión y consolidación no coinciden, entonces, con los de coetáneos suyos como Ángel González, Jaime Gil de Biedma, José Manuel Caballero Bonald o José Ángel Valente (otro que tempranamente rechaza su adscripción a cualquier grupo generacional). Es a finales de los setenta, dentro de un contexto que en sus líneas gruesas mostraba el tránsito desde una estética culturalista a un realismo cotidiano (revalorizando el ímpetu solidario de la generación de medio siglo), cuando su poesía comienza a conocerse de manera más masiva. Pero esto no corresponde a alguna concesión en sus dificultades expresivas; lejos de las modas, en Descripción de la mentira, de 1977, se acentúa la conciencia crítica y queda marcada la tesitura en que se moverá su escritura posterior. Aquí, Gamoneda se desembaraza de moldes previos como el soneto o el blues para permitir, mediante el uso del versículo, que la pulsación musical fluya en un largo monólogo sentencioso y alucinado. Así, los recuerdos se procesan de un modo mucho más denso que el mero apunte detallista: los objetos abandonados se mezclan con la dureza del paisaje, la exclamación se enreda en la introspección, el relato biográfico se aúna con el colectivo. Su fidelidad, entonces, pasa por reconocer que el resumen de estos restos solo puede volver a encarnarse mediante la confusión: «Nuestros labios envejecieron en palabras incomprensibles». La relación de lo vivido es a la vez ganancia y pérdida, que el poeta y el lector comparten en partes iguales.
Así, de modo paralelo a la mayor exigencia en sus planteamientos, este libro también fomenta la valorización de una obra que continúa creciendo. Tras obtener el Premio Castilla y León en 1985, dos años después se edita la recopilación Edad (Poesía 1947-1986), que le vale el Premio Nacional de Literatura en 1988. Lo que podría ser visto como la tranquila coronación de sus esfuerzos resulta ser, en perspectiva, una operación más compleja, con efectos internos y externos. Estos últimos resultan quizá los más llamativos: el importante esfuerzo crítico de Miguel Casado (quien edita e introduce este volumen) no solo obliga a un fuerte cuestionamiento de la imagen global que se había querido dar a la generación del 50, sino que también impulsa nuevas evaluaciones y lecturas que permitirán situar a Gamoneda como un padre tardío de búsquedas poéticas divergentes a la «poesía de la experiencia», que entonces copaba la mayoría de los espacios de difusión. El propio poeta, en sus ensayos (reunidos en 1997 en El cuerpo de los símbolos) y las cada vez más frecuentes entrevistas, critica repetidamente esta tendencia, a la que califica como «una simpleza o una acomodación oportunista a las circunstancias, ya que ocurre que esta “poesía de la experiencia” pretende legitimarse precisamente en la cualidad informativa de su lenguaje y, según mi convicción, la poesía es lenguaje órfico, condición que solo puede originarse y percibirse en la sensibilidad». Pero también hemos de considerar los otros efectos que implica Edad, en cuanto allí el autor reconfigura su producción al incluir poemas inéditos, y reagrupar y reescribir otros ya editados. No se trata de un gesto superficial, pues se convertirá en una práctica habitual en futuras publicaciones, como se observa en otra recopilación, Esta luz. Poesía reunida (1947-2004), editada por Miguel Casado, quien, además de escribir un epílogo, prepara un «Apéndice de variantes». Nos vemos obligados, en definitiva, a leer cada uno de sus versos como las señales inestables de un mensaje que aún no acaba de decirse (lo que, de paso, contribuirá a ahuyentar a aquellos perezosos amantes de las interpretaciones fijas y rotundas...). Esta conciencia móvil de la escritura, en todo caso, ya se vislumbraba en sus versiones de cantos negro-americanos y del poeta turco Nâzim Hikmet (fuertes influencias para Blues castellano), así como de Mallarmé y de Trakl, que reúne en Esta luz bajo la denominación de «Mudanzas», y más rotundamente en el curiosísimo Libro de los venenos: corrupción y fábula del Libro Sexto de Pedacio Dioscórides y Andrés de Laguna, acerca de los venenos mortíferos y de las fieras que arrojan de sí ponzoña, de 1995, en el que entrelaza a los conocimientos científicos sus propios comentarios, con el declarado fin de encontrar allí otra forma de poesía. Pero también, podríamos agregar, de volver a perderse una vez más.
Esa es, efectivamente, otra de las paradojas de esta trayectoria. En la medida en que se suceden las críticas laudatorias, las reediciones, los números monográficos, fructíferos diálogos con poetas hispanoamericanos y europeos, y la traducción a otros idiomas, Gamoneda pareciera rehuir con mayor energía la seguridad en sus herramientas, y casi resulta majadera su constante recurrencia a San Juan de la Cruz para formular su postura: «Ese no saber es algo real para mí. Yo he podido escribir eso porque no sé su nombre, de saberlo no lo habría escrito. Si supiera el nombre de mi pasión actual, yo no podría escribir una línea». Así, los libros publicados tras Edad, antes que responder a los esfuerzos repetitivos con que tantos poetas calculan sus movimientos, manifiestan un afán por mantenerse fiel al rigor de su propia mirada y ahondar el territorio agreste de esa incerteza, «un territorio blanco abandonado por las palabras», como expresa en Libro del frío, de 1992. Tanto allí como en Arden las pérdidas, de 2003, los hilos vitales de biografías propias y ajenas se desdibujan como recuerdos extranjeros, y la cercanía cada vez mayor con los objetos concretos y familiares se transmuta en incerteza, locura, ebriedad, ira, miedo, olvido y hasta indiferencia. La voz se enfrenta sola ante una visión ciega que arrasa retrospectivamente todos los versos, que borra todos los significados a los que pretendíamos aferrarnos. Podemos recoger los versos finales de tres poemas de este libro como muestra: «Cierro los ojos y / arden los límites», «arden en mí los significados», «ardemos / en palabras incomprensibles»; así es como esta escritura empuja sus fuerzas hasta su propio sacrificio.
No me atrevería a juzgar las motivaciones de jurados de premios tan prestigiosos (pero a la vez tan cargados de motivaciones extraliterarias) como el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana o el Premio Cervantes, que Gamoneda recibió el año 2006. Sin embargo, quisiera pensar que, al menos en parte, se habrá tomado en cuenta la energía radical que ha impulsado su trayectoria a lo largo de estas décadas, y que, más allá de los destiempos, no ha dejado de irradiar su potencia. De cualquier modo, Gamoneda ocupa hoy el centro de los aplausos pasajeros, por el que muchos ya han pasado, y ante el que muchos más todavía hacen fila. Mientras las fotografías oficiales lo muestran con una mezcla de satisfacción, cansancio y turbación, en algunos retratos más íntimos pareciera que no está mirando, sino haciendo memoria. Viaja para adentro.
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