Kitabı oku: «Corrupción policial»
Título original: The Force
© Samburu, Inc., 2017.
© de la traducción: Efrén del Valle, 2017.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.
Diagonal, 18908018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO074
ISBN: 9788490568446
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
El último hombre
Prólogo. El robo
Primera parte. Blanca Navidad
1
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5
Segunda parte. El Conejito de Pascua
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Tercera parte. 4 de julio, esta vez el fuego
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Agradecimientos
Don Winslow en RBA
Notas
Mientras escribía esta novela, los siguientes agentes de la ley y el orden fueron asesinados en acto de servicio. Este libro va dedicado a ellos:
Sargento Cory Blake Wride, ayudante del sheriff Percy Lee House III, ayudante del sheriff Jonathan Scott Pine, funcionaria de prisiones Amanda Beth Baker, agente John Thomas Hobbs, agente Joaquín Correa-Ortega, agente Jason Marc Crisp, ayudante en jefe del sheriff Allen Ray «Pete» Richardson, agente Robert Gordon German, maestro de armas Mark Aaron Mayo, agente Mark Hayden Larson, agente Alexander Edward Thalmann, agente David Wayne Smith Jr., agente Christopher Alan Cortijo, ayudante del sheriff Michael J. Seversen, agente de tráfico Gabriel Lenox Rich, sargento Patrick «Scott» Johnson, agente Roberto Carlos Sánchez, agente de tráfico Chelsea Renee Richard, sargento mayor John Thomas Collum, agente Michael Alexander Petrina, agente Charles David Dinwiddie, agente Stephen J. Arkell, agente Jair Abelardo Cabrera, agente de tráfico Christopher G. Skinner, agente federal especial Frank Edward McKnight, agente Brian Wayne Jones, agente Kevin Dorian Jordan, agente Igor Soldo, agente Alyn Ronnie Beck, jefe de policía Lee Dixon, ayudante del sheriff Allen Morris Bares Jr., agente Perry Wayne Renn, patrullero Jeffrey Brady Westerfield, Melvin Vincent Santiago, agente Scott Thomas Patrick, jefe de policía Michael Anthony Pimentel, agente Geniel Amaro-Fantauzzi, agente Daryl Pierson, patrullero Nickolaus Edward Schultz, cabo Jason Eugene Harwood, ayudante del sheriff Joseph John Matuskovic, cabo Bryon Keith Dickson II, ayudante del sheriff Michael Andrew Norris, sargento Michael Joe Naylor, ayudante del sheriff Danny Paul Oliver, agente Michael David Davis Jr., ayudante del sheriff Yevhen «Eugene» Kostiuchenko, ayudante del sheriff Jesse Valdez III, agente Shaun Richard Diamond, agente David Smith Payne, agente Robert Parker White, ayudante del sheriff Matthew Scott Chism, agente Justin Robert Winebrenner, ayudante del sheriff Christopher Lynd Smith, agente Edwin O. Roman-Acevedo, agente Wenjian Liu, agente Rafael Ramos, agente Charles Kondek, agente Tyler Jacob Stewart, agente Terence Avery Green, agente Robert Wilson III, subcomisaria Josie Wells, patrullero George S. Nissen, agente Alex K. Yazzie, agente Michael Johnson, agente de tráfico Trevor Casper, agente Brian Raymond Moore, sargento Greg Moore, agente Liquori Tate, agente Benjamin Deen, ayudante Sonny Smith, agente Kerrie Orozco, agente de tráfico Taylor Thyfault, patrullero James Arthur Bennett Jr., agente Gregg «Nigel» Benner, agente Rick Silva, agente Sonny Kim, agente Daryle Holloway, sargento Christopher Kelley, funcionario de prisiones Timothy Davison, sargento Scott Lunger, agente Sean Michael Bolton, agente Thomas Joseph LaValley, ayudante del sheriff Carl G. Howell, agente de tráfico Steven Vincent, agente Henry Nelson, ayudante del sheriff Darren Goforth, sargento Miguel Pérez-Ríos, agente de tráfico Joseph Cameron Ponder, ayudante del sheriff Dwight Darwin Maness, ayudante del sheriff Bill Myers, agente Gregory Thomas Alia, agente Randolph A. Holder, agente Daniel Scott Webster, agente Bryce Edward Hanes, agente Daniel Neil Ellis, jefe de policía Darrell Lemond Allen, agente de tráfico Jaimie Lynn Jursevics, agente Ricardo Gálvez, cabo William Matthew Solomon, agente Garrett Preston Russell Swasey, agente Lloyd E. Reed Jr., agente Noah Leotta, jefe de policía Frank Roman Rodríguez, teniente Luz M. Soto Segarra, agente Rosario Hernández de Hoyos, agente Thomas W. Cottrell Jr., agente especial Scott McGuire, agente Douglas Scott Barney II, sargento Jason Goodding, ayudante Derek Geer, ayudante Mark F. Logsdon, ayudante Patrick B. Dailey, subinspector Gregory E. «Lem» Barney, agente Jason Moszer, agente especial Lee Tartt, cabo Nate Carrigan, agente Ashley Marie Guindon, agente David Stefan Hofer, ayudante del sheriff John Robert Kotfila Jr., agente Allen Lee Jacobs, ayudante Carl A. Koontz, agente Carlos Puente-Morales, agente Susan Louise Farrell, agente de tráfico Chad Phillip Dermyer, agente Steven M. Smith, agente Brad D. Lancaster, agente David Glasser, agente Ronald Tarentino Jr., agente Verdell Smith Sr., agente Natasha Maria Hunter, agente Endy Nddiobong Ekpanya, ayudante del sheriff David Francis Michel Jr., agente Brent Alan Thompson, sargento Michael Joseph Smith, agente Patrick E. Zamarripa, agente Lorne Bradley Ahrens, agente Michael Leslie Krol, supervisor de seguridad Joseph Zangaro, funcionario judicial Ronald Eugene Kienzle, ayudante del sheriff Bradford Allen Garafola, agente Matthew Lane Gerald, cabo Montrell Lyle Jackson, agente Marco Antonio Zarate, funcionaria de prisiones Mari Johnson, funcionario de prisiones Kristopher D. Moules, capitán Robert D. Melton, agente Clint Corvinus, agente Jonathan De Guzmán, agente José Ismael Chávez, agente especial De’Greaun Frazier, cabo Bill Cooper, agente John Scott Martin, agente Kenneth Ray Moats, agente Kevin «Tim» Smith, sargento Steve Owen, ayudante del sheriff Brandon Collins, agente Timothy James Brackeen, agente Lesley Zerebny, agente José Gilbert Vega, agente Scott Leslie Bashioum, sargento Luis A. Meléndez-Maldonado, ayudante del sheriff Jack Hopkins, funcionario de prisiones Kenneth Bettis, ayudante del sheriff Dan Glaze, agente Myron Jarrett, sargento Allen Brandt, agente Blake Curtis Snyder, sargento Kenneth Steil, agente Justin Martin, sargento Anthony Beminio, sargento Paul Tuozzolo, ayudante del sheriff Dennis Wallace, agente Benjamin Edward Marconi, subinspector Patrick Thomas Carothers, agente Collin James Rose, agente de tráfico Cody James Donahue.
—Los policías solo son personas —observó ella sin venir al caso.
—Empiezan así, según me han dicho.
RAYMOND CHANDLER,
Adiós, muñeca
CORRUPCIÓN POLICIAL
EL ÚLTIMO HOMBRE
El último hombre de la Tierra al que uno imaginaría confinado en el Centro Correccional Metropolitano de Park Row era Denny Malone.
De hecho, los neoyorquinos habrían apostado que verían entre rejas al alcalde, al presidente de Estados Unidos o al Papa antes que al agente Dennis John Malone.
Héroe de la policía.
Hijo de héroe de la policía.
Un sargento veterano de la unidad de élite más importante del Departamento de Policía de Nueva York.
La Unidad Especial de Manhattan Norte.
Y, sobre todo, un hombre que sabe dónde están escondidos todos los trapos sucios, porque la mitad de ellos los enterró él mismo.
Malone, Russo, Billy O, Big Monty y el resto hicieron de sus calles (y eran suyas, pues las gobernaban como si fueran reyes) un lugar seguro para los que intentaban ganarse la vida decente mente. Convertirlas en un lugar seguro era su trabajo y su pasión, y si eso significaba saltarse las normas a veces, pues lo hacían.
Los ciudadanos no son conscientes de lo que hay que hacer para mantenerlos a salvo, y mejor que sea así.
Tal vez crean que quieren saberlo, tal vez digan que quieren saberlo, pero no.
Malone y la Unidad Especial no eran polis como los demás. Había treinta y ocho mil agentes de uniforme, pero Denny Malone y sus hombres eran el uno por ciento del uno por ciento del uno por ciento: los más listos, los más duros, los más rápidos, los más valientes, los mejores, los más canallas.
La Unidad Especial de Manhattan Norte.
La Unidad surcaba la ciudad como un viento frío, penetrante, rápido y violento, rastreando calles y callejuelas, patios de recreo, parques y edificios de viviendas sociales, llevándose la basura y la mugre, una tormenta depredadora que arrastraba a los carroñeros.
Un vendaval así se cuela por cualquier grieta, en las escaleras de los bloques de viviendas sociales, en los laboratorios de heroína, en las trastiendas de los clubes sociales, en los apartamentos para los nuevos ricos y los viejos áticos de lujo. Desde Columbus Circle hasta el puente Henry Hudson, desde Riverside Park hasta el río Harlem, subiendo hasta Broadway y Amsterdam, bajando hasta Lenox y Saint Nicholas, en las calles numeradas que recorrían todo el Upper West Side, Harlem, Washington Heights e Inwood, si había algún secreto que La Unidad no conociera era porque nadie lo había susurrado aún, porque nadie lo había pensado siquiera.
Negocios de drogas y armas, tráfico de personas y propiedades, violaciones, robos y agresiones, delitos tramados en inglés, español, francés o ruso ante platos de coles, pollo asado, cerdo con especias o pasta marinara, o durante carísimas comidas servidas en restaurantes de cinco tenedores en una ciudad hecha de pecado y con ánimo de lucro.
La Unidad iba a por todos ellos, pero sobre todo a por las armas y las drogas, porque las armas matan y las drogas incitan a matar.
Ahora Malone está entre rejas y el viento ha amainado, pero todo el mundo sabe que esto es el ojo del huracán, un momento de calma antes de que llegue lo peor. ¿Denny Malone en manos de los federales? ¿Ni Asuntos Internos ni los fiscales del estado, sino los federales, donde nadie en la ciudad pueda tocarlo?
Todo el mundo está agazapado, cagado de miedo a la espera del golpe, del tsunami, porque, con lo que sabe Malone, podría llevarse por delante a inspectores y jefes de policía, incluso al comisario. Podría cargarse a fiscales y jueces. Joder, hasta podría servir al alcalde y a los federales en la proverbial bandeja de plata, acompañados al menos de un congresista y un par de multimillonarios del sector inmobiliario como aperitivo.
Así que, cuando se corrió la voz de que Malone se encontraba en el CCM, quienes estaban en el ojo del huracán se asustaron, se asustaron de veras, y empezaron a buscar cobijo incluso en plena calma, aun sabiendo que no existen muros lo bastante altos ni sótanos lo bastante profundos —no los hay en la comisaría central, no los hay en el edificio del Juzgado de lo Penal, no los hay siquiera en Gracie Mansion ni en los palacios que albergan los áticos de la Quinta Avenida y Central Park Sur— que los protejan de todo lo que Denny Malone tiene en la cabeza.
Si Malone quiere arrasar la ciudad entera, puede hacerlo.
Porque, en realidad, nadie ha estado a salvo de Malone y los suyos.
Sus hombres copaban titulares en el Daily News, el Post, los canales 7, 4 y 2, y los noticiarios de las once. Los reconocían por la calle, el alcalde se sabía sus nombres, tenían entradas gratis en el Garden, en el Meadowlands, en el Yankee Stadium y en el Shea, y podían entrar en cualquier restaurante, bar o discoteca de la ciudad y ser tratados como reyes.
Y, en ese grupo de machos alfa, Denny Malone es el líder indiscutible.
Cuando entra en una casa, los agentes de uniforme y los novatos se lo quedan mirando, los tenientes asienten e incluso los capitanes saben que no deben cruzarse en su camino.
Se ha ganado su respeto.
Entre otras cosas (Mierda, ¿queréis que hablemos de los robos que ha frustrado, del balazo que recibió, del niño al que salvó de un secuestro? ¿De las redadas, las detenciones y las condenas?), Malone y su equipo llevaron a cabo la mayor operación antidroga de la historia de Nueva York.
Cincuenta kilos de heroína.
Y el dominicano que la vendía está muerto.
Y un héroe de la policía también.
El equipo de Malone enterró a su compañero —gaitas, bandera doblada, crespones negros en las placas— y volvió directo al trabajo, porque los camellos, las bandas, los ladrones, los violadores y los mafiosos no descansan para llorar la muerte de nadie. Si quieres que tus calles sean seguras, tienes que salir de día, de noche, los fines de semana y en vacaciones, cuando sea necesario. Tu mujer ya sabía dónde se metía cuando se casó contigo y tus hijos acaban por entender que papá trabaja encerrando a los malos.
Pero ahora es él quien está encerrado. Malone está sentado en un banco de acero en una celda, igual que la chusma a la que suele meter allí, inclinado, con la cabeza apoyada en las manos, preocupado por sus compañeros —sus hermanos de La Unidad— y por lo que pueda ocurrirles ahora que están de mierda hasta el cuello por culpa suya.
Preocupado por su familia: por su mujer, que no aceptó esa vida para acabar así; por sus dos hijos, niño y niña, que aún son demasiado jóvenes para entenderlo, pero que cuando crezcan no le perdonarán jamás el haber tenido que criarse sin padre.
Y luego está Claudette.
Jodida a su manera.
Necesitada, necesitándolo, pero él no podrá estar a su lado.
Ni al lado de Claudette ni al lado de nadie, así que no sabe qué será de sus seres queridos.
La pared a la que mira fijamente tampoco tiene respuestas, tampoco sabe cómo ha llegado Malone hasta allí.
Y una mierda, piensa Malone. Al menos sé sincero contigo mismo, piensa mientras está allí sentado, sin nada por delante excepto tiempo.
Al menos, admite la verdad.
Sabes perfectamente cómo has llegado hasta aquí.
Paso a paso, joder.
Los finales conocen los comienzos, pero no a la inversa.
Cuando Malone era niño, las monjas le enseñaron que, incluso antes de nacer, Dios —y solo Dios— sabe cuánto tiempo viviremos, el día de nuestra muerte y en quiénes y en qué nos convertiremos.
Podría haberme avisado, piensa Malone. Podría haberme dedicado unas palabras, unos consejos. Podría haberme hecho una llamadita, haberme soltado un sermón, haberme dicho algo, lo que fuera. Podría haberme dicho: «Eh, gilipollas, giraste a la izquierda en lugar de a la derecha».
Pero no, nada.
Después de dieciocho años de profesión, después de todo lo que ha visto, Malone no es un gran admirador de Dios, e imagina que el sentimiento es mutuo. Le gustaría hacerle un montón de preguntas; pero, si alguna vez estuvieran en la misma habitación, Dios probablemente cerraría la boca, contrataría a un abogado y permitiría que fuera su hijo quien acabara en la silla eléctrica.
Después de dieciocho años de profesión, Malone ha perdido la fe, así que, llegado el momento de mirar al diablo a los ojos, ya no había nada entre Malone y un asesinato, salvo cuatro kilos y medio de presión sobre el gatillo.
Cuatro kilos y medio de gravedad.
Fue el dedo de Malone el que apretó el gatillo, pero quizá fue la gravedad la que lo arrastró hacia abajo, la implacable y despiadada gravedad de dieciocho años de profesión.
Lo arrastró hasta donde se encuentra ahora.
Cuando empezó no imaginaba que acabaría así. Cuando lanzó la gorra al aire y prestó juramento el día en que se graduó en la academia, el día más feliz de su vida —el día más radiante y azul, el mejor día—, no pensó que acabaría así.
No, empezó con los ojos clavados en la Estrella Polar, caminando con paso firme, pero la vida es así; pones rumbo al norte, te desvías un grado, y no pasa nada durante un año, ni durante cinco, pero los años van acumulándose y tú te vas alejando cada vez más de tu meta original. Ni siquiera sabes que te has perdido hasta que estás tan lejos de tu destino que ya no eres capaz de divisarlo.
No puedes volver sobre tus pasos para empezar de nuevo.
El tiempo y la gravedad te lo impiden.
Y Denny Malone daría muchas cosas por poder empezar de nuevo.
Joder, lo daría todo.
Porque jamás pensó que acabaría en la penitenciaría federal de Park Row. Nadie lo pensaba, excepto Dios quizá, pero Dios no dijo nada.
Y aquí está Malone.
Sin su pistola, sin su placa y sin nada que deje entrever qué y quién es, qué y quién era.
Un policía corrupto.
PRÓLOGO
EL ROBO
Lenox Avenue,
cariño.
Medianoche.
Y los dioses se ríen de nosotros.
LANGSTON HUGHES,
«Lenox Avenue: Midnight»
HARLEM, NUEVA YORK
JULIO DE 2016
Nueva York, 4:00 h.
Cuando la ciudad que nunca duerme al menos se tumba y cierra los ojos.
Eso piensa Denny Malone mientras surca la columna vertebral de Harlem en su Crown Vic.
Detrás de paredes y ventanas, en pisos y hoteles, en bloques de apartamentos y viviendas sociales, la gente duerme o se desvela, sueña o ha dejado sus sueños atrás. La gente discute o folla o ambas cosas, hace el amor y hace niños, se insulta a gritos o habla en voz baja, palabras íntimas dirigidas al otro y no a la calle. Algunos acunan a un bebé para que se duerma o se levantan para iniciar otra jornada laboral. Otros cortan kilos de heroína y los guardan en bolsas de papel translúcido que venden a los adictos para su primer chute de la mañana.
Después de las prostitutas y antes de los barrenderos, ese es el tiempo del que dispones para llevarte tu parte del pastel, y Malone lo sabe. Nunca ocurre nada bueno pasada la medianoche, como decía su padre, que lo sabía de buena tinta. Era policía en esas calles y llegaba al finalizar el turno de noche con los asesinatos en la mirada, la muerte en la nariz y un témpano en el corazón que nunca llegó a derretirse y que finalmente acabó con él. Una mañana se bajó del coche delante de casa y el corazón se le resquebrajó. Los médicos dictaminaron que ya estaba muerto antes de que se golpeara contra el suelo.
Fue Malone quien lo encontró.
Tenía ocho años y salía de casa para ir al colegio cuando vio el abrigo azul encima de un montón de nieve sucia que él y su padre habían retirado del camino.
Aún no ha amanecido y ya hace calor. Es uno de esos veranos en los que Dios, el casero, se niega a bajar la calefacción o a encender el aire acondicionado; la ciudad está tensa e irritable, al borde de un estallido, una pelea o una revuelta; el hedor a basura vieja y orina rancia es dulce, agrio, empalagoso y corrompido como el perfume de una prostituta entrada en años.
A Denny Malone le encanta.
Malone no querría estar en ningún otro lugar, ni siquiera de día, cuando el calor es asfixiante y la ciudad, un bullicio, cuando los pandilleros pueblan las esquinas y los ritmos del hip-hop te perforan los oídos, cuando las botellas, las latas, los pañales sucios y las bolsas de meados salen volando por las ventanas de las viviendas sociales y la mierda de perro apesta bajo el fétido calor.
Es su ciudad, su territorio, su corazón.
Recorriendo Lenox, pasando junto al viejo barrio de Mount Morris Park y sus elegantes casas rojizas, Malone rinde culto a los pequeños dioses del lugar: las torres gemelas del templo Ebenezer Gospel, donde los domingos suenan himnos angelicales; el característico chapitel de la Iglesia Adventista del Séptimo Día Éfeso y, un poco más adelante, Harlem Shake, no el baile, sino una de las mejores hamburgueserías de la ciudad.
Luego están los dioses muertos: el viejo Lenox Lounge, con su mítico cartel de neón, su fachada roja y su dilatada historia. Allí cantaba Billie Holiday y tocaban Miles Davis y John Coltrane, y James Baldwin, Langston Hughes y Malcolm X solían dejarse caer por allí. Ahora está cerrado —la ventana cubierta con papel marrón, el cartel apagado—, pero se rumorea que volverán a abrirlo.
Malone lo duda.
Los dioses muertos solo resucitan en los cuentos de hadas.
Cruza la calle Ciento veinticinco, también conocida como Dr. Martin Luther King Jr. Boulevard.
Los pioneros urbanos y la clase media negra han aburguesado la zona, que el sector inmobiliario ha bautizado como SoHa. En opinión de Malone, un acrónimo mezclado es siempre una condena a muerte para cualquier barrio. Está convencido de que, si los constructores pudieran adquirir propiedades en el sótano del infierno de Dante, lo llamarían SoInf y empezarían a edificar boutiques y bloques de apartamentos.
Hace quince años, ese tramo de Lenox estaba repleto de escaparates vacíos, y ahora ha vuelto a ponerse de moda gracias a nuevos restaurantes, bares y cafeterías con terraza, donde van a comer los vecinos adinerados. Los blancos van para sentirse modernos, y algunos apartamentos de los nuevos rascacielos cuestan dos millones y medio.
Lo único que merece la pena saber de esta zona de Harlem, piensa Malone, es que hay un Banana Republic junto al teatro Apollo. Por un lado están los dioses del lugar y, por otro, los dioses del comercio, y si has de apostar quién saldrá ganador, apuesta siempre por el dinero.
Más al norte, en las viviendas sociales, sigue estando el gueto.
Malone recorre la Ciento veinticinco y pasa por delante del Red Rooster, en cuyo sótano se encuentra el Ginny’s Supper Club.
Hay santuarios menos famosos pero aun así sagrados para Malone.
Ha asistido a funerales en Bailey’s, ha comprado botellas de medio litro en Lenox Liquor, le han dado puntos de sutura en la sala de urgencias del hospital de Harlem, ha jugado al baloncesto junto al mural de Big L en el Fred Samuel Playground, ha pedido comida a través del cristal blindado de Kennedy Fried Chicken. Ha aparcado en la calle y observado a los niños que bailan, ha fumado hierba en una azotea, ha visto el amanecer en Fort Tryon Park.
Ahora más dioses muertos, dioses ancestrales: la vieja Savoy Ballroom, el lugar que antaño ocupaba el Cotton Club, ambos desaparecidos mucho antes de que Malone naciera, fantasmas del último renacer de Harlem que vagan por el barrio con la imagen de lo que fue y ya nunca volverá a ser.
Pero Lenox Avenue está viva.
La calle se estremece con el traqueteo de la línea de metro de la IRT que pasa justo por debajo. Malone solía viajar en el tren número dos, por aquel entonces conocido como la Bestia.
Ahora están Black Star Music, la iglesia mormona y Best African-American Foods.
Cuando llegan al final de Lenox, Malone dice:
—Da la vuelta a la manzana.
Phil Russo tuerce a la izquierda por la Ciento cuarenta y siete, enfila la Séptima Avenida, vuelve a girar a la izquierda por la Ciento cuarenta y seis y pasa frente a un edificio abandonado que el propietario cedió de nuevo a las ratas y las cucarachas. Echó a sus ocupantes con la esperanza de que algún yonqui le prendiera fuego mientras se preparaba una dosis para así poder cobrar el seguro y vender el edificio entero.
Un plan sin fisuras.
Malone busca centinelas o policías enjaulados en un coche patrulla arañando alguna que otra cabezada durante el turno de noche. En el umbral solo hay un vigilante. El pañuelo verde y las Nike, también verdes con cordones a juego, lo convierten en un trinitario.
El equipo de Malone lleva todo el verano controlando el laboratorio de heroína que hay en la segunda planta. Los mexicanos suben el caballo y se lo entregan a Diego Pena, el dominicano que controla Nueva York. Pena lo reparte en bolsitas y se lo vende a las bandas dominicanas, los trinitarios y los DDP (Dominicans Don’t Play), que a su vez se lo venden a los negros y puertorriqueños de las viviendas sociales.
Esta noche, el laboratorio está a rebosar.
A rebosar de dinero.
A rebosar de droga.
—Deprisa —ordena Malone mientras comprueba la Sig Sauer P226 que lleva a la cintura. Una segunda funda prendida justo por debajo del nuevo chaleco con placa de cerámica contiene una Beretta 8000D Mini-Cougar.
Ha ordenado a todo su equipo que lleve chaleco antibalas durante las operaciones. Big Monty se queja de que le aprieta mucho, pero Malone insiste en que es más holgado que un ataúd. Bill Montague, alias Big Monty, es de la vieja escuela. Incluso en verano lleva su característico sombrero de fieltro con ala rígida y una pluma roja en el lado izquierdo. Sus únicas concesiones al calor son una guayabera talla XXXL y unos chinos. De la comisura de los labios le cuelga un puro Montecristo apagado.
Phil Russo lleva una escopeta de corredera Mossberg 590 del calibre 12, con un cañón de cincuenta centímetros cargado con balas de cerámica en polvo. La tiene apoyada junto a los relucientes zapatos rojos de punta, que le hacen juego con el pelo. Phil Russo es un italiano pelirrojo, lo cual es muy infrecuente, y Malone se mofa de él diciéndole que ahí hay gato irlandés encerrado. Según Russo, eso es imposible, porque no es alcohólico ni necesita una lupa para encontrarse la polla.
Billy O’Neill lleva una metralleta HK MP5, dos granadas aturdidoras y un rollo de cinta adhesiva. Billy O es el más joven del equipo, pero tiene talento y es un animal callejero.
Y tiene agallas.
Malone sabe que Billy no saldrá corriendo, que no se quedará paralizado ni dudará en apretar el gatillo en caso de necesidad. Si acaso, hará lo contrario; puede que se precipite. Tiene ese temperamento irlandés y el atractivo de los Kennedy. Y no son los únicos atributos que comparte con ellos. Al chaval le gustan las tías y a las tías les gusta él.
Esta noche, el equipo va a por todas.
Y colocado.
Si uno se enfrenta a unos narcos que han consumido coca o speed, siempre viene bien estar farmacológicamente a la par, así que Malone engulle dos cápsulas de Dexedrina. Luego se enfunda un cortavientos azul con las letras NYPD impresas en blanco y se pasa la cinta con la placa por encima del pecho.
Russo vuelve a dar la vuelta a la manzana. Al entrar en la calle Ciento cuarenta y seis, pisa el acelerador, se dirige al laboratorio y frena en seco. El vigilante oye el chirrido de los neumáticos, pero tarda demasiado en darse la vuelta. Malone baja del coche antes de que se haya detenido del todo, empuja al vigilante contra la pared y le apunta a la cabeza con la Sig.
—Cállate, pendejo1 —dice Malone—. Una palabra y te reviento la cabeza.
Luego lo derriba de una patada. Billy ya está allí; le sujeta las manos a la espalda con cinta adhesiva y luego le tapa la boca con otro trozo de cinta.
Los hombres de Malone pegan la espalda a la pared del edificio.
—Si estamos atentos —les dice—, nos iremos todos a casa esta noche.
La Dexedrina empieza a hacer efecto. A Malone se le acelera el pulso y le hierve la sangre.
Es agradable.
Envía a Billy O a la azotea para que baje por la salida de incendios y cubra la ventana. Los demás suben por las escaleras. Malone va delante empuñando la Sig. Le siguen Russo, armado con la escopeta, y Monty.
A Malone no le preocupa la retaguardia.
Una puerta de madera bloquea el final de la escalera.
Malone hace un gesto a Monty.
Este da un paso al frente e inserta la palanca hidráulica entre la puerta y el marco. El sudor le cae por la frente y le recorre la piel oscura mientras junta las asas de la herramienta y fuerza la puerta.
Malone entra y describe un arco con la pistola, pero no hay nadie en el vestíbulo. Al mirar a su derecha, ve la nueva puerta de acero al final del pasillo. Se oyen música bachata en la radio, voces en español, el zumbido de unos molinillos de café y el repiqueteo de un contador de billetes.
Y un perro que ladra.
Joder, piensa Malone, ahora todos los narcos tienen perro. Lo mismo que todas las nenas del East Side llevan en el bolso un yorkshire que no para de ladrar, a los camellos les ha dado por los pitbulls. Es buena idea. A los negratas les aterran los perros y las chicas que trabajan en los laboratorios no se arriesgan a que les arranquen la cara a mordiscos por robar.
A Malone le preocupa Billy O, porque al chaval le encantan los perros, incluso los pitbulls. Lo descubrió en abril, cuando entraron en un almacén situado junto al río y tres pitbulls intentaron saltar la valla para despedazarles la garganta. Billy O no fue capaz de pegarles un tiro ni permitió que lo hicieran los demás, así que tuvieron que rodear el edificio, subir a la azotea por la escalera de incendios y volver a bajar.
Fue un tostón.
El pitbull ha notado su presencia, pero los dominicanos no. Malone oye a uno gritar: «¡Cállate!» y después un golpe seco. El perro se calla.
Pero la puerta de acero es un problema.
La palanca hidráulica no la abrirá.
Malone coge la radio.
—Billy, ¿estás en posición?
—Nací en posición, colega.
—Haremos saltar la puerta por los aires —le indica Malone—. Cuando caiga, lanza una granada.
—Entendido, D.
Malone le hace una señal a Russo, que apunta a las bisagras y dispara una ráfaga. La explosión de la cerámica en polvo es más rápida que la velocidad del sonido y la puerta salta de sus goznes.
Varias mujeres, cuyo único atuendo son unos guantes de látex y unas redecillas en la cabeza, salen corriendo hacia la ventana. Otras se agazapan debajo de las mesas mientras las máquinas de contar billetes escupen dinero al suelo como si fueran tragaperras que pagan con papel.
—¡Policía de Nueva York! —grita Malone.
Ve a Billy al otro lado de la ventana que queda a su izquierda.
Mirando sin hacer absolutamente nada. Lanza la granada, por el amor de Dios.
Pero Billy no se mueve.
¿A qué coño está esperando?
Entonces Malone se percata.
El pitbull, una hembra, tira de la cadena, dando sacudidas y gruñendo para proteger a sus cuatro cachorros, que están enroscados detrás de ella.
Billy no quiere hacer daño a los putos cachorritos.
Malone grita por radio.
—¡Hazlo, joder!
Billy se lo queda mirando, da una patada al cristal y arroja la granada.
Pero la tira cerca para no alcanzar a los putos perros.
La onda expansiva rompe el resto del cristal y los fragmentos que salen despedidos impactan en el rostro y el cuello de Billy.
Una luz blanca y cegadora. Gritos, chillidos.
Malone cuenta hasta tres y entra.
Caos.
Un trinitario se tambalea, tapándose los ojos con una mano y empuñando una Glock con la otra, mientras avanza a tientas hacia la ventana y la escalera de incendios. Malone le dispara dos veces en el pecho y el hombre cae contra la ventana. Un segundo pistolero que estaba oculto debajo de una mesa apunta a Malone, pero Monty le acierta con un revólver del 38 y le descerraja un segundo balazo para cerciorarse de que está muerto.
A las mujeres las dejan huir por la ventana.
—¿Estás bien, Billy? —pregunta Malone.
La cara de Billy O parece una máscara de Halloween.
Tiene cortes en los brazos y las piernas.
—He salido peor parado de algún partido de hockey —dice riéndose—. Ya me darán puntos cuando acabemos.
Hay dinero por todas partes: amontonado, en las máquinas, esparcido por el suelo. La heroína sigue en los molinillos de café que utilizan para cortarla.
Pero eso son migajas.
La caja —la caja fuerte—, un gran agujero labrado en la pared, está abierta.
En su interior, los fardos de heroína llegan hasta el techo.
Diego Pena está sentado tranquilamente a una mesa. Si le inquieta la muerte de dos de sus hombres, no lo parece.
—¿Traes una orden judicial, Malone?
—He oído a una mujer pidiendo socorro —responde este.
Pena esboza una sonrisa de suficiencia.
El hijo de puta es elegante. Un traje gris de Armani que vale dos de los grandes y un reloj de oro Piguet en la muñeca que cuesta cinco veces más.
Pena se da cuenta.
—Puedes quedártelo. Tengo otros tres.
La perra sigue tirando de la cadena y ladra enloquecida.
Malone observa la heroína.
La hay a montones, envasada al vacío en plástico negro.
Con esa mercancía podría colocarse la ciudad entera durante semanas.
—Te ahorraré la molestia de contar —dice Pena—. Cien kilos justos. Canela mexicana. Caballo oscuro, sesenta por ciento pura. Puedes venderla a cien mil dólares el kilo. Lo que ves ahí debería de ascender a algo más de cinco millones en efectivo. Vosotros os quedáis con la droga y el dinero y yo me largo. Me monto en un avión con destino a la República Dominicana y no volvéis a verme nunca más. Piénsalo: ¿cuándo será la próxima vez que puedas ganar quince millones de dólares por hacer la vista gorda?
Y esta noche nos iremos todos a casa, piensa Malone.
—Saca la pistola. Poco a poco —le ordena.
Lentamente, Pena se lleva la mano al interior de la chaqueta.
Malone le dispara dos veces al corazón.
Billy O se agacha y coge un paquete. Lo abre con un cuchillo de combate, hunde un pequeño vial en la heroína, recoge una muestra y la mete en una bolsa de plástico que llevaba en el bolsillo. Luego rompe el vial dentro de la bolsa y espera a que cambie de color.
Se vuelve púrpura.
Billy sonríe.
—¡Somos ricos!
—Espabila, hostia —dice Malone.
Entonces oyen un chasquido. La pitbull ha roto la cadena y se abalanza sobre Billy, que cae de espaldas. El paquete salta por los aires, la droga forma una nube y después se precipita como una tormenta de nieve sobre sus heridas.
Monty mata a la perra de un balazo.
Pero Billy sigue allí tumbado. Malone ve que se pone rígido y empieza a sufrir espasmos en las piernas y a convulsionar descontroladamente mientras la heroína le recorre las venas.
Patalea en el suelo.
Malone se arrodilla junto a él y lo sostiene entre sus brazos.
—No, Billy —dice—. Aguanta.
Billy le devuelve una mirada inexpresiva.
Está pálido.
La columna vertebral se le tensa como un muelle que se estira.
Y Billy se va.
Billy, el joven y hermoso Billy O, ya nunca envejecerá.
Malone oye cómo se le parte el corazón, y después una sucesión de explosiones sordas.
Al principio cree haber recibido un disparo, pero no tiene ninguna herida, así que imagina que le está estallando la cabeza.
Entonces cae en la cuenta.
Es el 4 de julio.
PRIMERA PARTE
BLANCA NAVIDAD
Bienvenido a la jungla, este es mi hogar, la cuna del blues, la cuna de la canción.
CHRIS THOMAS KING,
Welcome to Da Jungle
1
HARLEM, NUEVA YORK
NOCHEBUENA
Mediodía.
Denny Malone toma dos anfetaminas y se mete en la ducha.
Acaba de levantarse después del turno de noche de doce a ocho de la mañana y necesita las pastillas para activarse. Inclina la cara hacia el chorro de agua y deja que las afiladas agujas se le claven en la piel hasta que duela.
Eso también lo necesita.
Piel cansada, ojos cansados.
Alma cansada.
Malone se da la vuelta y disfruta del agua caliente que le golpea el cuello y los hombros y se desliza por los tatuajes de los antebrazos. Es agradable; podría quedarse allí todo el día, pero tiene cosas que hacer.
Es hora de moverse, campeón, se dice.
Tienes responsabilidades.
Sale de la ducha, se seca y se pone la toalla alrededor de la cintura.
Malone mide un metro noventa y es corpulento. Tiene treinta y ocho años y es consciente de su pinta de tipo duro. Es por los tatuajes en los gruesos antebrazos, la barba tupida incluso después de afeitarse, el pelo oscuro y rapado, los ojos azules y esa mirada de «no me toques los cojones».
Es por la nariz rota y la pequeña cicatriz en la parte izquierda del labio. Lo que no se aprecia a simple vista son unas cicatrices más grandes en la pierna derecha, las que le valieron la Medalla al Valor por ser tan estúpido como para recibir un disparo. Pero así es el Departamento de Policía de Nueva York, piensa. Te dan una medalla por tonto y te quitan la placa por listo.
Es posible que su aspecto agresivo le ayude a mantenerse alejado de enfrentamientos físicos, que él siempre intenta evitar. Por un lado, es más profesional arreglar las cosas dialogando. Por otro, en toda pelea sales magullado —aunque solo sea en los nudillos—, y no le gusta estropearse la ropa revolcándose sabe Dios en qué mierda que pueda haber en el pavimento.
No le gusta demasiado levantar pesas. Prefiere atizarle a un saco de boxeo o salir a correr por Riverside Park, normalmente a primera hora de la mañana o al anochecer, según le permita el trabajo. Le gustan las vistas del Hudson, Jersey al otro lado del río y el puente George Washington.
Malone va a la pequeña cocina. Por la mañana, Claudette ha dejado un poco de café, del que se sirve una taza y la mete en el microondas.
Claudette está doblando turnos en el hospital de Harlem, a solo cuatro manzanas de allí, entre Lenox y la Ciento treinta y cinco, para que otra enfermera pueda pasar más tiempo en familia. Con un poco de suerte, la verá por la noche o a primera hora de la mañana.
El café está amargo y rancio, pero a Malone le da igual. No busca calidad, sino un chute de cafeína que potencie la Dexedrina. Tampoco soporta esas chorradas de sibarita, hacer cola detrás de un adolescente gilipollas que tarda diez minutos en pedir el café con leche perfecto para poder hacerse un selfi con él. Malone lo toma con un poco de leche y azúcar, como casi todos los policías. Beben demasiado, así que la leche les alivia el estómago y el azúcar los estimula.
Hay un médico del Upper West Side que le receta de todo: Dexedrina, Vicodin, Xanax, antibióticos, lo que quiera. Hace un par de años, el bueno del doctor —y sí, es un buen tipo con mujer y tres hijos— tuvo una pequeña aventura y la amante decidió chantajearlo cuando él se propuso dejarla.
Malone fue a hablar con la chica y le expuso la situación. Le entregó un sobre con 10.000 dólares y le dijo que allí se acababa todo. No debía contactar con el médico nunca más o la metería en el talego, donde acabaría ofreciendo su sobrevalorado coño por una cucharada extra de mantequilla de cacahuete.
Ahora, el agradecido doctor le extiende recetas, pero la mitad de las veces le facilita muestras gratuitas. Todo ayuda, piensa Malone, y, en cualquier caso, tampoco podría permitirse que aparecieran en sus informes médicos el speed o los somníferos si los consiguiera a través del seguro.
No quiere molestar a Claudette mientras trabaja, así que le envía un mensaje para confirmarle que no se ha quedado dormido y preguntarle cómo le va el día. Ella responde: «Locura navideña, pero bien».
Sí, locura navideña.
Nueva York siempre es una locura, piensa Malone.
Cuando no es la locura navideña es la locura de Año Nuevo (borrachos), o la locura del Día de San Valentín (las disputas domésticas se disparan y los gais se enzarzan en peleas de bar), o la locura del Día de San Patricio (policías borrachos), la locura del 4 de julio o la del Día del Trabajador. Lo que hace falta son vacaciones de las vacaciones, dejar de celebrar días festivos durante un año y a ver qué pasa.
Probablemente no funcionaría, conjetura.
Porque, aun así, existiría la locura cotidiana: la locura del borracho, la locura del yonqui, la locura del crack, la locura del cristal, la locura del amor, la locura del odio y, la favorita de Malone, la vieja locura de la locura. Lo que no entiende el ciudadano de a pie es que las cárceles de la ciudad se han convertido en sus manicomios y centros de desintoxicación de facto. Tres cuartas partes de los prisioneros que ingresan dan positivo en los test de drogas o son psicópatas, o ambas cosas.
Deberían estar en un hospital, pero no tienen seguro.
Malone va al dormitorio a vestirse.
Camisa vaquera negra, unos pantalones vaqueros Levi’s, unas botas Doctor Martens con punta de acero reforzada (que van muy bien para derribar puertas) y una chupa negra de cuero. Es el uniforme semioficial de los irlandeses de Nueva York, división de Staten Island.
Malone se crio allí, su mujer y sus hijos siguen viviendo allí y, si uno es un irlandés o un italiano proveniente de Staten Island, sus opciones profesionales son básicamente ser policía, bombero o delincuente. Malone eligió la puerta número uno, aunque tiene un hermano y dos primos que son bomberos.
Bueno, su hermano Liam lo fue hasta el 11-S.
Ahora es una visita al cementerio de Silver Lake dos veces al año para dejar flores, una pinta de Jameson’s y un parte sobre la temporada de los Rangers.
Que normalmente es una mierda.
Siempre se metían con Liam. Le decían que era la oveja negra de la familia porque era bombero, un «mono con manguera», en lugar de policía. Malone le medía los brazos a su hermano para comprobar si se le habían alargado de arrastrar los bártulos de un lado para otro, y Liam contraatacaba diciéndole que lo único que podía cargar un poli escaleras arriba era una bolsa de dónuts. Y luego estaba la competición ficticia por quién podía desvalijar más: un bombero tras un incendio doméstico o un policía después de un robo en una vivienda.
Malone quería a su hermano pequeño, cuidaba de él las noches en que su padre no estaba en casa, y veían juntos los partidos de los Rangers en el Canal 11. La noche que los Rangers ganaron la Stanley Cup en 1994 fue una de las más felices en la vida de Malone. Él y Liam, delante del televisor, Malone, arrodillado durante el último minuto de partido, cuando los Rangers se aferraban con todo a su ventaja de un punto y Craig MacTavish —que Dios bendiga a Craig MacTavish— no dejaba de meter el disco en la zona de los Canucks y finalmente se agotó el tiempo y los Rangers ganaron por 4-3 y él y Liam se abrazaron y empezaron a dar saltos de alegría.
Y entonces Liam desapareció como si nada y fue Malone quien tuvo que decírselo a su madre. Después de aquello nunca fue la misma y falleció al cabo de solo un año. Los médicos dictaminaron que era un cáncer, pero Malone sabía que era otra víctima del 11-S.
Ahora Malone se prende al cinturón la funda de la Sig Sauer reglamentaria.
A muchos policías les gusta la funda sobaquera, pero a Malone le parece que requiere más movimientos y prefiere que el arma esté en el mismo sitio que su mano. Se mete la Beretta no reglamentaria por dentro del pantalón, en la parte baja de la espalda, y lleva el cuchillo de combate en la bota derecha. Va contra las normas y es ilegal de la hostia, pero a Malone no le importa. Si unos maleantes le arrebatan las pistolas, ¿qué va a sacar? ¿La polla? No caerá como una nena. Caerá asestando cuchilladas.
A fin de cuentas, ¿quién va a arrestarlo?
Pues mucha gente, imbécil, se dice.
Últimamente, cualquier policía lleva una diana en la espalda. Corren tiempos difíciles para el Departamento de Policía de Nueva York.
Primero fue la muerte de Michael Bennett.
Michael Bennett era un chico negro de catorce años que fue acribillado por un agente de Anticrimen en Brownsville. Un caso típico: era de noche, el chaval tenía mala pinta e hizo caso omiso cuando el policía, un novato llamado Hayes, le dio el alto. Bennett se llevó la mano al cinturón y sacó lo que a Hayes le pareció una pistola.
El novato le vació el cargador.
Resultó que era un teléfono móvil, no una pistola.
Por supuesto, la comunidad estaba «indignada». Las protestas amenazaban con degenerar en disturbios, los habituales ministros religiosos, abogados y activistas sociales de renombre interpretaron su papel ante las cámaras y la ciudad prometió una investigación a fondo. Hayes fue relegado a tareas administrativas a la espera de las conclusiones, y la hostil relación entre los negros y la policía empeoró aún más si cabe.
La investigación sigue «en curso».
Y todo ocurrió después del caso Ferguson, y de Cleveland y Chicago, y de Freddie Gray en Baltimore. Luego sucedió lo de Alton Sterling en Baton Rouge y lo de Philando Castile en Minnesota, y la lista podría continuar.
Aunque, claro, el Departamento de Policía de Nueva York no estaba exento de agentes que hubieran matado a negros desarmados: Sean Bell, Ousmane Zongo, George Tillman, Akai Gurley, David Felix, Eric Garner, Delrawn Small... Y a ese novato no se le ocurre otra cosa que disparar al joven Michael Bennett.
Así que notas el aliento de Black Lives Matter en la nuca, cualquier ciudadano es un periodista con una cámara en el bolsillo, y, cuando vas a trabajar, sabes que todo el mundo te considera un racista asesino.
De acuerdo, quizá no todo el mundo, reconoce Malone, pero las cosas han cambiado.
La gente te mira de otra manera.
O te pega un tiro.
Cinco policías abatidos por un francotirador en Dallas. Dos policías asesinados mientras comían en un restaurante de Las Vegas. Cuarenta y nueve agentes muertos en Estados Unidos en el último año, uno de ellos, Paul Tuozzolo, del Departamento de Policía de Nueva York. Y el año antes perdieron a Randy Holder y Brian Moore. Han sido muchos a lo largo de estos años. Malone conoce las estadísticas: trescientos veinticinco tiroteados, veintiuno apuñalados, treinta y dos asesinados a golpes, veintiuno atropellados deliberadamente y ocho muertos en explosiones, todo ello sin contabilizar a los que fallecieron a causa de la mierda que respiraron el 11-S.
De modo que, sí, Malone lleva un peso extra sobre los hombros, y sí, habría gente dispuesta a ahorcarte si te descubrieran armas ilegales, en especial esos hijos de puta de la CEPC, que odian a la policía. Según Phil Russo, las siglas equivalen a «Capullos, Energúmenos, Paletos y Cafres», pero en realidad se trata de la Comisión Evaluadora de Protestas Ciudadanas, el bastón que ha elegido el alcalde para azuzar a su cuerpo de policía cuando necesita desviar la atención de sus propios escándalos.
Así que la CEPC te colgaría, piensa Malone, Asuntos Internos también, e incluso tu jefe se alegraría de ponerte la soga al cuello.
Ahora Malone le echa valor y llama a Sheila, su exmujer. No quiere discutir, no quiere que le pregunte desde dónde llama. Pero eso es lo que escucha cuando coge el teléfono.
—¿Desde dónde llamas?
—Estoy en la ciudad —dice Malone.
Para los nacidos en Staten Island, Manhattan es y será siempre «la ciudad». Malone no le da más detalles y, por suerte, ella no insiste.
—Espero que no llames para decirme que no puedes venir mañana. Los niños estarán...
—Sí que iré.
—¿Llegarás a tiempo para los regalos?
—Iré temprano —le asegura Malone—. ¿A qué hora te va bien?
—Siete y media u ocho.
—De acuerdo.
—¿Trabajas esta noche? —pregunta ella con un ápice de desconfianza.
—Sí —responde Malone. Su equipo cubre el turno de noche, pero es un tecnicismo: trabajan cuando quieren, o sea, cuando los casos estipulan que deben trabajar. Los camellos mantienen un horario fijo para que sus clientes sepan cuándo y dónde encontrarlos, pero los traficantes van por libre—. Y no es lo que estás pensando.
—¿Y qué estoy pensando?
Sheila sabe que cualquier policía con un coeficiente intelectual superior a diez y un rango superior al de novato puede tener la Nochebuena libre si así lo desea, y una salida a medianoche normalmente es una excusa para emborracharse con los colegas, tirarse a una puta o ambas cosas.
—No le busques tres pies al gato. Estamos trabajando en un caso —dice Malone—, y puede que se resuelva esta noche.
—Claro.
Lo ha dicho en tono sarcástico. ¿De dónde coño se cree ella que sale el dinero para los regalos, la ortodoncia de los niños, sus reservas en el balneario y sus salidas nocturnas con las amigas? Los policías tienen que hacer horas extras para pagar las facturas, e incluso pedir algún adelanto. Las mujeres, incluso aquellas de las que te has separado, deberían entenderlo. Te pasas el día dejándote el alma en la calle.
—¿Celebrarás la Nochebuena con ella? —pregunta Sheila.
Casi te salvas, piensa Malone. Y Sheila ha pronunciado «ella» con desdén.
—Trabaja —responde, evitando la pregunta como lo haría un delincuente—. Y yo también.
—Tú siempre estás trabajando, Denny.
Qué gran verdad, piensa Malone, que lo interpreta como una despedida y cuelga. Lo pondrán en mi puta lápida: «Denny Malone, él siempre estaba trabajando». A la mierda. Uno trabaja, muere e intenta vivir un poco entre tanto.
Pero sobre todo trabaja.
Mucha gente ingresa en el cuerpo de policía para trabajar los veinte años preceptivos y luego cobrar la pensión. Malone está en el cuerpo porque le encanta su trabajo.
Sé sincero, se dice al salir del apartamento. Si tuvieras que empezar de nuevo, volverías a ser agente de policía en Nueva York.
El mejor trabajo del mundo.
Hace frío, así que Malone se pone un gorro de lana negro, cierra la puerta y baja por las escaleras a la calle Ciento treinta y seis. Claudette eligió aquel apartamento porque podía ir caminando al trabajo y porque está cerca del Hansborough Rec Center, que dispone de una piscina cubierta que le gusta.
—¿Cómo puedes ir a nadar a una piscina pública? —le preguntó Malone en una ocasión—. Con todos esos gérmenes flotando... Eres enfermera.
Ella se echó a reír.
—¿Tienes una piscina privada y yo sin saberlo?
Se dirige hacia el oeste por la Ciento treinta y seis, enfila la Séptima Avenida, también conocida como Adam Clayton Powell Jr. Boulevard, y pasa frente a la Christian Science Church, United Fried Chicken y Café 22, donde a Claudette no le gusta comer porque teme engordar y donde a él no le gusta comer porque teme que le escupan en el plato. En la otra acera está Judi’s, el pequeño bar donde él y Claudette toman tranquilamente una copa las raras ocasiones en que sus días libres coinciden. Luego cruza Adam Clayton Powell a la altura de la Ciento treinta y cinco y bordea la Academia Thurgood Marshall y un restaurante IHOP cuyo sótano ocupaba en su día Small’s Paradise.
Claudette, que sabe de esas cosas, le contó que allí Billie Holiday participó en su primera audición y Malcolm X trabajó de camarero durante la Segunda Guerra Mundial. A Malone le interesaba más el hecho de que Wilt Chamberlain hubiera sido el propietario del local una temporada.
Las calles de una ciudad son recuerdos.
Encierran vidas y muertes.
En la época en que Malone todavía iba de uniforme y conducía un coche patrulla, un gilipollas violó a una niña haitiana en esta misma manzana. Era la cuarta víctima de los abusos de aquel animal y todos los miembros del Tres-Dos andaban detrás de él.
Los haitianos llegaron antes que la policía, encontraron al delincuente en la azotea y lo arrojaron al callejón.
Malone y su compañero recibieron el aviso y, al llegar al lugar de los hechos, encontraron a Rocky la Ardilla No Voladora en un charco de sangre. Tenía casi todos los huesos rotos, porque nueve pisos son una caída considerable.
—Es él —aseguró una vecina a Malone a la entrada del callejón—. Es el que violó a esas niñas.
Los paramédicos sabían de qué iba la cosa y uno de ellos preguntó:
—¿Ya está muerto?
Malone respondió que no, de modo que se pasaron diez minutos fumando un cigarrillo apoyados en la ambulancia. Luego acudieron con una camilla y al volver pidieron que alguien llamara al forense.
Este dictaminó que la causa del fallecimiento había sido «traumatismo masivo con hemorragia catastrófica y mortal», y los agentes de Homicidios que se personaron en la escena aceptaron la versión de Malone, según el cual el tipo había saltado porque se sentía culpable por lo que había hecho.
Los investigadores determinaron que había sido un suicidio, Malone recibió muchos elogios de la comunidad haitiana y, lo que es más importante, ninguna niña se vio obligada a testificar en los juzgados con su violador mirándola desde el banquillo y un abogado de mierda intentando dejarla por mentirosa.
Al final todo salió bien, piensa, pero si lo hiciéramos hoy nos pillarían. Iríamos a la cárcel.
De camino al sur pasa por delante de Saint Nick’s.
También conocido como el Nickel.
Las viviendas sociales de Saint Nicholas, una docena de edificios de catorce plantas flanqueados por los bulevares Adam Clayton Powell y Frederick Douglass desde la Ciento veintisiete hasta la Ciento treinta y uno, ocupan buena parte de la vida laboral de Malone.
Sí, Harlem ha cambiado, Harlem se ha aburguesado, pero las viviendas sociales siguen siendo las viviendas sociales. Se elevan como islas desiertas en un mar de nueva prosperidad y lo que les confiere su identidad es lo mismo de siempre: la pobreza, el desempleo, el tráfico de drogas y las bandas. Malone cree que la mayoría de la gente de Saint Nicholas es buena, gente que intenta vivir su vida, criar a sus hijos en duras condiciones, sobrellevar el día a día, pero también hay matones peligrosos y bandas.
Dos bandas dominan la acción en Saint Nicholas: los Get Money Boys y los Black Spades. Los GMB controlan las viviendas del norte y los Spades, las del sur, y mantienen una paz incómoda por la cual vela DeVon Carter, que dirige casi todo el tráfico de drogas en West Harlem.
La calle Ciento veintinueve es la frontera entre las bandas, y Malone bordea las pistas de baloncesto de la parte sur.
Hoy, los chavales de las bandas no están allí. Hace demasiado frío.
Deja atrás Frederick Douglass Boulevard y pasa junto a Harlem Bar-B-Q y la iglesia baptista Greater Zion Hill. A solo dos manzanas de allí se labró su reputación de «héroe» y «policía racista», ambas una falacia, a juicio de Malone.
Un día, hará cosa de seis años, cuando trabajaba como agente de paisano en el Tres-Tres, estaba almorzando en Manna’s y de repente oyó gritos en el exterior. Al salir vio a la gente señalando una charcutería situada en la otra acera.
Malone avisó de un «10-61», sacó el arma y entró en el establecimiento.
El atracador había tomado a una niña como rehén y estaba apuntándole a la cabeza con una pistola.
Su madre gritaba.
—¡Suelta el arma o la mato! —advirtió el atracador a Malone—. ¡La mato!
Era negro, tenía el mono y estaba totalmente fuera de sí.
Sin dejar de apuntarle, Malone dijo:
—¿Y a mí qué coño me importa que la mates? Para mí es una negrata más.
En cuanto el ladrón parpadeó, Malone le metió una bala en la cabeza.
La madre echó a correr y estrechó a la niña contra su pecho.
Era la primera vez que mataba a alguien.
Fue un acto limpio que no le supuso ningún problema con la comisión de investigación, aunque quedó relegado a tareas administrativas hasta que finalizaron sus pesquisas y lo obligaron a visitar al psicólogo del departamento para que valorara si padecía estrés postraumático o algo similar, pero la conclusión fue que no.
El único inconveniente fue que el empleado del establecimiento lo había grabado todo con la cámara de su teléfono móvil y el Daily News publicó el titular: «Para mí es una negrata más», acompañado de una foto de Malone y la leyenda: «El héroe de la policía es racista».
Malone fue convocado a una reunión con su entonces capitán, Asuntos Internos y un miembro del gabinete de prensa de la comisaría central, que le preguntó:
—¿«Negrata»?
—Tenía que sonar creíble.
—¿Y no podía elegir otra palabra? —insistió el del gabinete de prensa.
—No encontré por allí a un redactor de discursos —repuso Malone.
—Nos gustaría proponerle para concederle una Medalla al Valor —explicó su capitán—, pero...
—Tampoco pensaba solicitarla.
Hay que reconocer que el tipo de Asuntos Internos tuvo a bien intervenir.
—¿Puedo destacar que el sargento Malone salvó una vida afroamericana?
—¿Y si llega a fallar? —respondió el hombre del gabinete de prensa.
—No lo hice —dijo Malone.
Pero lo cierto es que a él también se le había pasado por la cabeza. No se lo dijo al psicólogo, pero tenía pesadillas en las que fallaba y hería a la niña.
Sigue teniéndolas.
Joder, incluso tiene pesadillas en las que dispara al ladrón.
El vídeo fue publicado en YouTube y un grupo de rap local compuso una canción titulada Just Another Nigger Baby To Me, una niña negrata más, que recibió varios cientos de miles de visitas. Pero, en una nota positiva, la madre de la niña se presentó en la comisaría para entregar a Malone una olla de jalapeño especial y una tarjeta de agradecimiento escrita a mano.
Malone aún la conserva.
Ahora cruza Saint Nicholas y Convent y recorre la calle Ciento veintisiete hasta la intersección con la Ciento veintiséis, donde se desvía hacia el noroeste. Atraviesa Amsterdam y pasa por delante de Amsterdam Liquor Mart, donde lo conocen bien, la iglesia baptista de Antioquía, donde no lo conocen, Saint Mary’s Center y la comisaría del Dos-Seis, y entra en el viejo edificio que ahora acoge a la Unidad Especial de Manhattan Norte.
O, como la conocen en la calle, La Unidad.
2
La Unidad Especial de Manhattan Norte en parte fue idea de Malone.
Hay mucha jerga burocrática en torno a su labor, pero Malone y el resto de los policías de La Unidad saben perfectamente en qué consiste.
En resistir.
Big Monty lo expresaba con otras palabras.
—Somos paisajistas. Nuestro trabajo es impedir que la jungla vuelva a crecer.
—¿De qué coño hablas? —preguntó Russo.
—La antigua jungla urbana que era el norte de Manhattan ha sido podada casi por completo para hacer hueco a un Jardín del Edén cultivado y comercial. Pero todavía quedan restos de la jungla: las viviendas sociales. Nuestra labor consiste en impedir que la jungla devore el Paraíso.
Malone conoce la ecuación —los precios de la vivienda suben cuando los delitos bajan—, pero eso le importa una mierda.
A él lo que le interesa es la violencia.
Cuando Malone ingresó en el cuerpo, el «Milagro Giuliani» había transformado la ciudad. Los comisarios Ray Kelly y Bill Bratton habían utilizado la teoría de «las ventanas rotas» y la tecnología CompStat para reducir los delitos callejeros hasta unos niveles casi insignificantes.
Después del 11-S, el departamento otorgó prioridad a la lucha antiterrorista, pero, aun así, la violencia callejera siguió disminuyendo, el índice de asesinatos cayó en picado y Harlem, Washington Heights e Inwood, los «guetos» del norte de Manhattan, empezaron a revivir.
La epidemia del crack casi había llegado a su trágica y darwiniana conclusión, pero los problemas derivados de la pobreza y el desempleo —la adicción a las drogas, el alcoholismo, la violencia doméstica y las bandas— no habían desaparecido.
Para Malone era como si existieran dos barrios, dos culturas agrupadas en torno a sus respectivos castillos: los flamantes edificios de apartamentos y los viejos bloques de vivienda social. La diferencia era que quienes ostentaban ahora el poder tenían intereses allí.
En su día, Harlem era Harlem, y los blancos ricos no lo pisaban a menos que estuvieran de visita o que buscaran un pasatiempo barato. El índice de asesinatos era elevado, los atracos, los robos con intimidación y la violencia relacionada con las drogas también, pero, mientras los negros violaran, robaran y asesinaran a otros negros, ¿a quién cojones le importaba?
Pues a Malone.
Y a otros policías.
Esa es la ironía amarga y brutal de su trabajo.
Ese es el origen de la relación de amor-odio que mantiene la policía con la comunidad y la comunidad con la policía.
La policía lo ve cada día, cada noche.
Los heridos, los muertos.
La gente olvida que la policía ve primero a las víctimas y luego a los autores del crimen. Desde el bebé que se le ha caído en la bañera a una prostituta adicta al crack hasta el niño al que ha dejado inconsciente a golpes el decimoctavo novio de su madre, la anciana que se rompe la cadera cuando la derriba un ladrón de bolsos o el quinceañero que aspira a ser traficante y acaba tiroteado en una esquina.
Los agentes lo sienten por las víctimas y odian a los criminales, pero no pueden sentir demasiado o serán incapaces de hacer su trabajo, y no pueden odiar demasiado o ellos también se convertirán en delincuentes. Así que se envuelven en una coraza, un campo de fuerza, un odio hacia todo el mundo que la gente detecta a tres metros de distancia.
Malone sabe que tienes que conservar esa coraza o el trabajo acabará contigo, física o psicológicamente, o ambas cosas.
Así que lo sientes por la anciana, pero odias al cabrón que lo hizo; entiendes al propietario de la tienda que ha sufrido el robo, pero desprecias al paleto que le robó; lo sientes por el niño negro que fue tiroteado, pero odias al negrata que le disparó.
Para Malone, el verdadero problema llega cuando también empiezas a odiar a la víctima. Y la odias porque te desgasta. Su dolor se convierte en el tuyo, la responsabilidad de su sufrimiento es un peso que recae sobre tus hombros: no los protegiste lo suficiente, no estabas en el lugar adecuado, no cazaste antes al delincuente.
Empiezas a culparte a ti mismo o a la víctima: ¿por qué son tan vulnerables? ¿Por qué son tan débiles? ¿Por qué viven en esas condiciones? ¿Por qué se unen a una banda? ¿Por qué trafican? ¿Por qué tienen que dispararse unos a otros sin ningún motivo?... ¿Por qué son unos putos animales?
Pero a Malone todavía le importa.
Querría que no fuese así.
Pero lo es.
Tenelli no está de buen humor.
—¿Por qué nos hace venir en Nochebuena ese tonto de los cojones? —pregunta a Malone cuando entra por la puerta.
—Creo que tú misma te has respondido —dice.
El capitán Sykes es un tonto de los cojones.
Y, hablando de cojones, la opinión generalizada es que Janice Tenelli tiene los más gordos de La Unidad. Una vez, a Malone se le encogió todo al verla patear repetidamente un saco de boxeo justo a la altura de los huevos.
O se le agrandó todo. Tenelli tiene una espesa melena oscura, unas tetas enormes y cara de actriz italiana. A todos los hombres de La Unidad les gustaría acostarse con ella, pero les ha dejado muy claro que no caga donde come.
A pesar de que Tenelli está casada y es madre de dos hijos, Russo insiste, incluso delante de ella, en que es lesbiana.
—¿Porque no follo contigo? —le espetó ella una vez.
—Porque mi fantasía más preciada es veros a ti y a Flynn juntas —dijo Russo.
—Flynn sí que es lesbiana.
—Ya lo sé.
—Vete a meneártela, anda —repuso Tenelli agitando el puño.
—No he envuelto ni un regalo —dice ahora—. ¿La familia de mi marido llega mañana y yo tengo que sentarme a escuchar los discursos de ese tío? Venga, mételo en vereda, Denny.
Tenelli sabe lo que todos saben: que Malone estaba allí antes de que llegara Sykes y seguirá allí cuando se vaya. La gente bromea con que podría pasar las pruebas para teniente pero no acepta el recorte salarial.
—Tú escucha el discurso —dice Malone— y luego vete a casa y haz... ¿Qué harás?
—No lo sé. Jack se encarga de cocinar —contesta Tenelli—. Entrecot, me parece. ¿Haréis el reparto anual de pavos?
—De ahí lo de «anual».
—Claro.
De camino a la sala de reuniones, Malone ve a Kevin Callahan por el rabillo del ojo. El agente infiltrado —alto, delgado, con melena y barba pelirrojas— parece colocado hasta las cejas.
Los policías, encubiertos o no, en principio no deben consumir drogas, pero ¿cómo coño van a hacer una compra sin levantar sospechas? Así que a veces acaban enganchados. Al terminar la misión, muchos ingresan directamente en un centro de rehabilitación y su carrera se va al garete.
Riesgos laborales.
Malone se acerca, agarra a Callahan del codo y lo lleva hacia la puerta.
—Como te vea Sykes te hará un análisis de orina inmediatamente.
—Tengo que rendir informe.
—Te mandaré a una operación de vigilancia —afirma Malone—. Si alguien pregunta, te he enviado a Manhattanville.
La comisaría de la Unidad Especial de Manhattan Norte está oportunamente situada entre dos zonas de viviendas sociales: Manhattanville, justo al otro lado de la calle, y Grant, en la Ciento veinticinco, que queda por debajo.
Como estalle la revolución, piensa Malone, estamos jodidos.
—Gracias, Denny.
—¿Qué cojones haces ahí plantado? —le apremia Malone—. Lárgate a Manhattanville. Y, Callahan, si vuelves a cagarla, yo mismo te haré el control.
Malone entra de nuevo en la sala de reuniones, coge una silla metálica plegable y se sienta al lado de Russo.
Big Monty se vuelve y se los queda mirando. Sostiene una taza de té humeante en la mano y consigue beber un trago a pesar de llevar un puro apagado en la comisura de los labios.
—Quiero presentar una queja formal por las actividades de esta tarde.
—Tomo nota —dice Malone.
Monty se da la vuelta.
Russo sonríe.
—No está de buen humor.
En efecto, piensa Malone. Por suerte. Es bueno aguijonear de vez en cuando al imperturbable grandullón.
Eso lo mantiene despierto.
En ese momento entran Raf Torres y su equipo: Gallina, Ortiz y Tenelli. A Malone no le gusta que Tenelli trabaje con Torres, porque ella le cae bien y él le parece un gilipollas. El hijo de puta es corpulento, pero a Malone le recuerda a un sapo puertorriqueño marrón con marcas en la cara.
Torres lo saluda inclinando la cabeza. Por alguna razón, parece un gesto de reconocimiento, respeto y desafío al mismo tiempo.
Sykes entra y se sitúa detrás del atril como si fuera un profesor. Para ser capitán es joven, pero, claro, tiene padrinos en la central, altos mandos que velan por sus intereses.
Y es negro.
Malone sabe que Sykes es considerado una gran promesa y que la Unidad Especial de Manhattan Norte es una casilla importante que debe marcar en su camino hacia la cumbre.
A Malone le parece un precoz candidato republicano al Senado: muy pulcro, muy limpio y con el pelo corto. Es evidente que no va tatuado, a menos que en el culo lleve una flecha apuntando hacia arriba con el lema: «Por aquí a mi cerebro».
Eso no es justo, piensa Malone. Su historial es impecable; desempeñó labores de investigación en el departamento de Grandes Delitos de Queens y luego fue nombrado jefe de distrito. Limpió el Décimo y el Setenta y Seis, que son auténticos vertederos, y ahora lo han trasladado aquí.
¿Para marcar otra casilla en su hoja de servicios?
¿O para acabar con nosotros?
En cualquier caso, Sykes llegó con esa actitud tan típica de Queens.
Cuadriculada, cumpliendo la normativa a rajatabla.
Un infante de Marina de Queens.
En su primer día al mando, Sykes convocó a la Unidad Especial al completo —cincuenta y cuatro agentes, infiltrados, anticrimen y patrullas—, los hizo sentarse y pronunció un discurso.
—Estoy buscando a la élite —anunció Sykes—, a lo mejor de lo mejor. También estoy buscando a unos cuantos policías corruptos. Ya saben todos ustedes quiénes son. Pronto, yo también lo sabré. Y escúchenme bien: si los pillo aceptando un simple café o un bocadillo gratis, les retiro la placa y la pistola, y los dejo sin pensión. Y ahora salgan a hacer su trabajo.
No se granjeó la amistad de nadie, pero también dejó muy claro que no había venido a eso. Además, Sykes se había ganado la antipatía de los suyos manifestándose abiertamente en contra de «la brutalidad policial» y advirtiéndoles de que no toleraría intimidaciones, palizas, medidas discriminatorias o cacheos.
Malone lo observa y se pregunta: ¿cómo coño cree que mantenemos el control, por poco que sea?
El capitán sostiene en alto un ejemplar del New York Times.
—«Blanca Navidad —lee—. La heroína inunda la ciudad por vacaciones». El autor es Mark Rubenstein y no es un artículo suelto, sino una serie. El New York Times, caballeros.
Hace una pausa para que cale el mensaje.
Pero no lo consigue.
La mayoría de los agentes no leen el Times, sino el Daily News y el Post, sobre todo por la sección de deportes o las tías que aparecen en la página seis. Algunos leen el Wall Street Journal para estar al día de su cartera de valores. El Times es estrictamente para los burócratas de la central y los chapuceros del Ayuntamiento.
Pero el Times dice que hay «una epidemia de heroína», piensa Malone.
Que, por supuesto, es una epidemia porque está muriendo gente blanca.
Los blancos empezaron a abastecerse de opioides a través de sus médicos: oxicodona, Vicodin y toda esa mierda. Pero costaban mucho y los médicos eran reacios a recetarlos en exceso por miedo a adicciones. Así que los blancos acudieron al mercado libre y las pastillas se convirtieron en una droga de la calle. Todo fue muy bonito y civilizado hasta que el cártel mexicano de Sinaloa llegó a la conclusión de que podía vender más barato que las grandes empresas farmacéuticas estadounidenses aumentando la producción de heroína, lo cual reduciría su precio.
A modo de incentivo, también aumentaron su potencia.
Los adictos blancos estadounidenses descubrieron que la «canela» mexicana era más barata y fuerte que las pastillas y empezaron a inyectársela en vena y a morir de sobredosis.
Malone fue testigo presencial.
Él y su equipo detuvieron a tantos yonquis de los barrios periféricos, amas de casa de las afueras y madonas del Upper East Side que perdieron la cuenta. Cada vez con más frecuencia, los cuerpos que encontraban en los callejones eran de raza blanca.
Lo cual, según los medios de comunicación, es una tragedia.
Incluso los congresistas y senadores sacaron la nariz del trasero de sus mecenas el tiempo suficiente para reparar en la nueva epidemia y exigir que se hiciera algo al respecto.
—Os quiero ahí fuera practicando detenciones por tráfico de heroína —dice Sykes—. Nuestras cifras con el crack son satisfactorias, pero las de la heroína son insuficientes.
A los burócratas les encantan las cifras, piensa Malone. Esta nueva raza de mandos policiales son como los aficionados que aplican indicadores cibermétricos al béisbol; se creen que los números lo dicen todo. Y, cuando los números no dicen lo que ellos quieren, los masajean como coreanos en la Octava Avenida hasta que consiguen un final feliz.
¿Quieres dar buena imagen? Los delitos violentos han bajado.
¿Necesitas más financiación? Han subido.
¿Necesitas detenciones? Manda a tus hombres a practicar unos cuantos arrestos de pacotilla que nunca se saldarán con una condena. A ti te da igual; las condenas son problema del fiscal del distrito. Tú solo quieres el número de detenciones.
¿Quieres demostrar que las drogas han disminuido en tu sector? Manda a tus hombres a misiones de reconocimiento en las que no encuentren drogas.
Ese es un cincuenta por ciento del timo. Otra manera de manipular las cifras es ordenar a los agentes que notifiquen faltas en lugar de delitos. De ese modo, un robo manifiesto se convierte en un «pequeño hurto»; un asalto, en una «propiedad perdida», y una violación, en una «agresión sexual».
¡Pam! Los delitos han remitido.
Es pura estadística.
—Hay una epidemia de heroína —añade Sykes—, y nosotros estamos en la línea del frente.
Malone intuye que al inspector McGivern le han apretado los huevos en la reunión de CompStat y él le ha transmitido el dolor a Sykes.
Así que él se lo transmite a ellos.
Y ellos se lo transmitirán a unos cuantos camellos de poca monta, adictos que trapichean para poder comprar, efectuarán un puñado de detenciones para que los calabozos acaben rebosando vómito de yonqui con el mono y los banquillos del juzgado se abarroten de fracasados con tembleques que luego volverán a la cárcel a pillar más caballo. Cuando salgan, seguirán siendo adictos y el ciclo empezará de nuevo.
Pero llegaremos a objetivos, piensa Malone.
Los jefecillos de la central ya pueden ir pregonando que no existen los cupos, pero todo el mundo sabe que sí. En la época de las «ventanas rotas» se denunciaba por cualquier cosa: por merodear, por verter basuras, por saltar la barrera del metro o por aparcar en doble fila. Decían que, si no se castigaban los delitos menores, la gente pensaría que cometer fechorías de mayor calado no tendría consecuencias.
Así que se dedicaban a redactar montones de denuncias absurdas que obligaron a muchos pobres a tomarse horas libres que no podían permitirse para ir a los juzgados a pagar multas que tampoco podían permitirse. Algunos ignoraban las citaciones y eran acusados de no comparecencia, así que las faltas se convertían en delitos y podían acabar en la cárcel por tirar un envoltorio de chicle en la acera.
Todo ello despertó muchas iras hacia la policía.
Luego llegaron los «250».
Los cacheos.
Que consistían en que, si veías a un joven negro por la calle, le dabas el alto y lo registrabas. Eso también provocó mucho resentimiento y gozó de muy mala publicidad, así que ya no lo hacemos.
Pero sí lo hacemos.
Ahora, el cupo que no es un cupo es la heroína.
—La cooperación y la coordinación —prosigue Sykes— son lo que nos convierte en una Unidad Especial y no en una serie de entidades independientes que comparten oficina. Así que trabajemos juntos, caballeros, y cumplamos con nuestro deber.
¡Vamos, equipo, ra, ra, ra!, piensa Malone.
Al parecer, Sykes no ha reparado en que acaba de dar instrucciones contradictorias a sus hombres. Si les pide que hablen con sus contactos y practiquen detenciones por tráfico de heroína, no ha entendido que uno se gana a sus contactos ofreciéndoles drogas sin detenerlos después.
Ellos te pasan información y tú haces la vista gorda.
Funciona así.
¿Qué se cree? ¿Que un traficante va a hablar contigo por bondad, una bondad de la cual carece, por cierto? ¿Porque es un buen ciudadano? Un traficante habla contigo a cambio de dinero o droga, para evitar una denuncia o para joder a un traficante rival. O tal vez, y solo tal vez, porque alguien se está tirando a su chica.
Y punto.
Los hombres de La Unidad, como los conocen en la calle, no parecen policías. De hecho, piensa Malone al mirar a su alrededor, más bien parecen delincuentes.
Los infiltrados tienen pinta de yonquis o de camellos: sudaderas con capucha, pantalones anchos o vaqueros mugrientos y zapatillas de deporte. El favorito de Malone, un negro llamado Babyface, se oculta bajo una gruesa capucha y succiona un gran chupete mientras observa a Sykes, sabiendo que el jefe no protestará porque Babyface se gana el sueldo.
Los agentes de paisano son piratas de ciudad. Siguen llevando una placa de estaño —no de oro— debajo de la chaqueta de cuero negra, abrigo de marinero y chaleco de plumón. Llevan los vaqueros limpios pero sin planchar y prefieren los botines a las zapatillas deportivas.
Excepto Bob Hayes, alias Cowboy, que lleva botas con puntera fina, «las mejores para metérselas a un negro por el culo». Hayes nunca ha estado más al oeste de Jersey City, pero adopta un acento de paleto y saca de quicio a Malone poniendo «música» country-western en el vestuario.
Los de uniforme tampoco parecen agentes al uso. No es por la ropa, sino por su cara. Son tipos duros, con una sonrisa de suficiencia tan clavada en el rostro como su insignia en el pecho. Esos chicos siempre están listos para entrar en acción, listos para bailar por simple diversión.
Incluso las mujeres tienen actitud. No hay muchas en La Unidad, pero las que hay no se andan con rodeos. Tienes a Tenelli y a Emma Flynn, una fiestera y bebedora empedernida (irlandesa, imaginaos) con la voracidad sexual de una emperatriz romana. Y son tías duras con un odio saludable en el corazón.
Pero los agentes con placa de oro como Malone, Russo, Montague, Torres, Gallina, Ortiz y Tenelli están en otro nivel, son «lo mejor de lo mejor», veteranos condecorados y con docenas de detenciones importantes en su haber.
Los agentes de La Unidad no son policías uniformados, de paisano o infiltrados.
Son reyes.
Su reino no está hecho de campos y castillos, sino de manzanas enteras y bloques de vivienda social. Buenos barrios en el Upper West Side y viviendas sociales en Harlem. Dominan Broadway y el West End, Amsterdam, Lenox, Saint Nicholas y Adam Clayton Powell. Central Park y Riverside, donde las niñeras jamaicanas llevan a los hijos de los yupis en carritos y los nuevos empresarios salen a correr, y parques infantiles llenos de basura en los que los pandilleros follan y venden droga.
Ya podemos gobernar con mano dura, piensa Malone, porque nuestros súbditos son blancos y negros, puertorriqueños, dominicanos, haitianos, jamaicanos, italianos, irlandeses, judíos, chinos, vietnamitas y coreanos que se odian y que, en ausencia de un rey, se matarán unos a otros aún más que ahora.
Gobernamos a las bandas: Crips and Bloods y Trinitarios y Latin Lords. Dominicans Don’t Play, Broad Day Shooters, Gun Clappin’ Goonies, Goons on Deck, From Da Zoo, Money Stackin’ High, Mac Baller Brims. Folk Nation, Insane Gangster Crips, Addicted to Cash, Hot Boys, Get Money Boys.
Luego están los italianos —la familia genovesa, los Luchese, los Gambino, los Cimino—, que se desmadrarían del todo si no fuera porque saben que ahí fuera hay reyes que les cortarían la cabeza.
También gobernamos La Unidad. Sykes cree estar al mando, o al menos finge creerlo, pero los que realmente llevan la batuta son los reyes. Los infiltrados son nuestros espías; los de uniforme, nuestra infantería, y los de paisano, nuestros caballeros.
Y no nos convertimos en reyes porque nuestros papis lo fueran. Conseguimos la corona por la fuerza, como los viejos guerreros que se abrían paso hasta el trono con espadas cinceladas, armaduras abolladas y heridas y cicatrices. Empezamos en la calle con pistolas, porras, puños, valor, cerebro y cojones. Trepamos gracias a un conocimiento de las calles que adquirimos con gran esfuerzo, al respeto que nos ganamos, a nuestras victorias e incluso a nuestras derrotas. Nos ganamos la fama de gobernantes inflexibles, fuertes, despiadados y justos que administran una justicia estricta con misericordia temperada.
Eso hace un rey.
Impartir justicia.
Malone sabe que es importante dar ejemplo. Los súbditos esperan de sus reyes que sean elegantes, que lleven algo de dinero encima y que tengan un poco de estilo. Pongamos por caso a Montague. Big Monty viste como un profesor de universidad de la Ivy League: americanas de tweed, chalecos, corbatas de punto y sombrero con una pequeña pluma roja en la cinta. Su atuendo va contra los estereotipos y asusta, porque los maleantes no saben qué pensar de él y, cuando los mete en la sala, creen que va a interrogarlos un genio.
Y probablemente lo sea.
Malone lo ha visto entrar en Morningside Park, donde los ancianos negros juegan al ajedrez, simultanear cinco partidas y ganarlas todas.
Y luego devolver el dinero que acaba de embolsarse.
Lo cual también es una genialidad.
Russo es un hombre de la vieja escuela. Lleva un abrigo largo de piel marrón rojiza, una reliquia de los años ochenta que le sienta bien. Pero es que a Russo todo le sienta bien. Tiene estilo. El abrigo retro, trajes italianos a medida, camisas con monograma y zapatos de Bruno Magli.
Va a la peluquería cada viernes y se afeita dos veces al día.
«Elegancia mafiosa» es el irónico comentario de Russo sobre los gánsteres con los que se crio. Nunca quiso ser como ellos. Él tomó el otro camino; al ser policía, bromea siempre, se ha convertido en «la oveja blanca de la familia».
Malone siempre va de negro.
Es su seña de identidad.
Todos los agentes de La Unidad son reyes, pero Malone —sin querer faltar al respeto a nuestro Señor y Salvador— es el Rey de Reyes.
El norte de Manhattan es su reino.
Como cualquier monarca, sus súbditos lo aman y lo temen, lo veneran y lo desprecian, lo alaban y lo injurian. Tiene sus fieles y sus rivales, sus aduladores y sus detractores, sus bufones y sus consejeros, pero no tiene amigos de verdad.
Excepto sus compañeros.
Russo y Monty.
Sus reyes hermanos.
Daría la vida por ellos.
—Malone, ¿tiene un momento?
Es Sykes.
3
—Como seguramente ya sabrá —dice Sykes cuando entran en su despacho—, todo lo que acabo de explicar ahí dentro es una memez.
—Sí, señor —responde Malone—. Lo que no tenía claro es si usted también lo sabía.
La sonrisa de Sykes se vuelve más tensa de lo normal, cosa que Malone no creía posible.
El capitán tiene a Malone por una persona arrogante.
Y Malone no va a discutírselo.
Si te dedicas a patrullar las calles, piensa, es mejor que seas arrogante. Si alguien intuye que no te consideras la hostia, acabará contigo. Te coserá a tiros y te follará por los orificios de entrada. Que salga Sykes a la calle, que practique él las detenciones, que tire él las puertas abajo.
A Sykes eso no le gusta, pero hay muchas cosas que no le gustan del sargento Dennis Malone: su sentido del humor, los tatuajes en los brazos y su conocimiento enciclopédico del hip-hop. Lo que más detesta es su actitud, que básicamente se reduce a que el norte de Manhattan es su reino y su capitán, un mero turista.
Que le den por culo, piensa Malone.
Sykes no puede hacer nada al respecto, porque, el pasado mes de julio, Malone y su equipo se incautaron del mayor alijo de heroína en toda la historia de Nueva York. Cogieron a Diego Pena, el narcotraficante dominicano, con cincuenta kilos, suficiente para abastecer a todos los hombres, mujeres y niños de la ciudad.
También requisaron casi dos millones en efectivo.
A los burócratas de la central no les gustó nada que Malone y su equipo se encargaran ellos solos de la investigación. Los de Narcóticos y la DEA estaban muy cabreados. Que les den por saco a todos, piensa Malone.
A los medios de comunicación les encantó.
El Daily News y el Post publicaron titulares llamativos a todo color y todos los canales abrieron sus informativos con la noticia. Incluso el Times incluyó un artículo en la sección local.
Así que los burócratas tuvieron que sonreír y aguantarse.
Posaron junto a la montaña de heroína.
Los medios también se pusieron como locos en septiembre, cuando la Unidad Especial llevó a cabo una gran redada en las viviendas sociales de Grant y Manhattanville y detuvo a más de cien miembros de las bandas 3Staccs, Money Avenue Crew y Make It Happen Boys. Estos últimos eran jóvenes en riesgo de exclusión social que se cargaron a una conocida baloncestista de dieciocho años en represalia por el asesinato de uno de los suyos. La chica se arrodilló en el hueco de una escalera y suplicó que le dieran la oportunidad de ir a la universidad para la que le habían concedido una beca completa, pero se la negaron.
La dejaron en el rellano y la sangre caía por los escalones como una pequeña cascada carmesí.
Los periódicos publicaron muchas fotos de Malone, su equipo y el resto de la Unidad Especial sacando a los asesinos de las viviendas sociales y llevándolos a una vida sin libertad bajo fianza en Attica, conocida en la calle como la Cúpula del Terror.
Así que mi equipo, piensa Malone, es el responsable de tres cuartas partes de las detenciones de calidad en «tu zona», detenciones de peso que conllevan condenas serias. Eso no aparece en tus cifras, pero sabes perfectamente que hemos participado en todas y cada una de las detenciones practicadas por homicidios relacionados con la droga que se han saldado con penas de cárcel, por no hablar de atracos, asaltos, robos, violencia doméstica y violaciones cometidos por yonquis y traficantes.
He sacado a más chusma de la calle que el cáncer y es mi equipo el que impide que la tapa de esta cloaca salte por los aires, y lo sabes.
Así que, aunque me consideres una amenaza, aunque sepas que en realidad soy yo y no tú quien dirige la Unidad Especial, no solicitarás mi traslado, porque me necesitas para salvaguardar tu buena imagen.
Y eso también lo sabes.
Puede que no te guste tu mejor jugador, pero no vas a traspasarlo.
Hace subir el marcador.
Sykes no puede hacerle nada.
Ahora el capitán dice:
—Ha sido un paripé para tener contentos a los de arriba. La heroína copa titulares, tenemos que responder.
Malone sabe que el consumo de heroína en la comunidad negra ha descendido y no a la inversa. El menudeo entre las bandas negras ha descendido y no a la inversa. De hecho, los jóvenes pandilleros están diversificando el negocio y ahora trapichean con teléfonos móviles y se dedican a delitos cibernéticos como el robo de identidades y los fraudes con tarjetas de crédito.
Cualquier poli de Brooklyn, el Bronx y el norte de Manhattan sabe que la violencia no es por la heroína, sino por la hierba. Los jóvenes camellos se pelean por vender la relajante marihuana y por dónde venderla.
—Si es posible desmantelar los laboratorios de heroína —dice Sykes—, hagámoslo cueste lo que cueste. Pero lo que realmente me preocupa son las armas. Lo que me interesa de verdad es impedir que esos jóvenes idiotas se maten o maten a otros en mis calles.
Las armas y la droga son el quid de la criminalidad en Estados Unidos. Aunque la policía está obsesionada con la heroína, lo está aún más con sacar las armas de la calle. Y no es de extrañar: es la policía la que tiene que lidiar con los asesinatos, con los heridos; es la policía la que tiene que hablar con las familias, trabajar con ellas e intentar que se haga justicia.
Y, por supuesto, son las armas que hay en la calle las que matan a policías.
Los gilipollas de la Asociación Nacional del Rifle te dirán que «no matan las armas, sino las personas». Sí, piensa Malone, las personas que van armadas.
Se producen apuñalamientos y palizas mortales, claro está, pero, sin armas, las tasas de homicidios serían nimias. Y la mayoría de las putas del Congreso que asisten a las reuniones de la ANR con un buen perfume y un conjuntito recargado no han visto en su vida un homicidio con arma de fuego, o tan siquiera a una persona que haya recibido un disparo.
Los policías, sí. Los policías lo han visto.
Y no es agradable. No parece ni suena (ni huele) como en las películas. A esos imbéciles que creen que la solución es abastecer de armas a todo el mundo para que, por ejemplo, puedan liarse a tiros en un cine a oscuras, nunca les han apuntado con una, y, si ocurriera, se cagarían en los pantalones.
Ellos esgrimen la Segunda Enmienda y los derechos individuales, pero es una cuestión de dinero. Los fabricantes de armas, que suponen el grueso de la financiación de la ANR, quieren vender armas y ganar pasta.
Fin de la puta historia.
Nueva York tiene la ley de posesión de armas de fuego más estricta del país, pero eso no cambia nada, porque todas las armas llegan de fuera a través del Iron Pipeline. Es en los estados con leyes permisivas sobre armas, como Texas, Arizona, Alabama y Carolina del Norte y del Sur, que se encuentran a lo largo del corredor de la carretera interestatal I-95 —el corredor del hierro—, donde los traficantes realizan compras ilegales de armas y las llevan a las ciudades del noreste y Nueva Inglaterra.
A esos memos les encanta hablar del crimen en las grandes ciudades, piensa Malone, pero, o no saben que las armas vienen de sus estados, o no les importa.
Hasta la fecha han sido asesinados al menos cuatro policías de Nueva York con armas llegadas a través del Iron Pipeline.
Por no mencionar a pandilleros y transeúntes.
La oficina del alcalde, el departamento, todo el mundo anda desesperado por sacar las armas de la calle. La policía incluso las recompra sin hacer preguntas: tú traes las armas, nosotros te dedicamos una sonrisa y te entregamos tarjetas con un saldo de doscientos dólares para pistolas y rifles de asalto y otros veinticinco para rifles, escopetas y carabinas de aire comprimido.
En la última recompra, celebrada en la iglesia que hay en la Ciento veintinueve con Adam Clayton Powell, se obtuvieron un total de cuarenta y ocho revólveres, diecisiete pistolas semiautomáticas, tres rifles, una escopeta y una AR-15.
A Malone le parece bien. Las armas fuera de la calle son armas fuera de la calle, y las armas fuera de la calle ayudan a un policía a conseguir su objetivo primordial: regresar a casa tras acabar su turno. Se lo enseñó un veterano amargado al ingresar en el cuerpo: «Tu trabajo más importante es volver a casa cuando termine la jornada».
—¿Cómo vamos con el caso DeVon Carter? —pregunta Sykes.
DeVon Carter es el señor de la droga del norte de Manhattan. También es conocido como el Único Superviviente, el último representante de un linaje de traficantes de Harlem que se remonta a Bumpy Johnson, Frank Lucas y Nicky Barnes.
Casi todo el dinero lo gana con los laboratorios de heroína, que en realidad son centros de distribución que realizan envíos a Nueva Inglaterra, a las pequeñas ciudades situadas al norte del Hudson o a Filadelfia, Baltimore y Washington.
Es como un Amazon del caballo.
Es inteligente, es un buen estratega y se ha aislado de las actividades del día a día. Se mantiene alejado de la droga y de las ventas, y todos sus mensajes se filtran a través de varios subordinados que hablan con él personalmente, nunca por teléfono, mensaje o correo electrónico.
La Unidad no ha podido infiltrar a nadie en la banda de Carter, porque el Único Superviviente solo permite que accedan a su círculo íntimo viejos amigos y parientes directos. Y, si los detienen, prefieren cumplir condena a delatarlo, porque cumplir condena significa seguir vivo.
Es frustrante. La Unidad podría encerrar a tantos traficantes de poca monta como quisiera. Los infiltrados detienen a muchos simulando que van a hacer una compra, pero es una puerta giratoria: unos cuantos pandilleros acaban en Rikers y ya hay otros formando cola para ocupar su lugar.
Pero, hasta el momento, Carter ha sido intocable.
—Tenemos investigadores en la calle —dice Malone—. Lo hemos localizado alguna vez, pero ¿de qué sirve? Si no podemos pincharle el teléfono, estamos jodidos.
Carter es propietario o copropietario de una docena de discotecas, tiendas de alimentación, edificios de apartamentos, barcos y sabe Dios qué más, y siempre se reúne en un sitio distinto. Si pudieran instalar un micrófono en uno de esos lugares, tal vez recabarían información suficiente para tomar medidas contra él.
Es el típico círculo vicioso. Sin pruebas fehacientes, no puedes conseguir una orden de registro, y, sin una orden de registro, no puedes conseguir pruebas fehacientes.
Malone ni se molesta en mencionarlo.
Sykes ya lo sabe.
—La información confidencial de la que disponemos indica que Carter está negociando una gran compra de armas de fuego —dice Sykes—. Es mercancía seria: rifles de asalto, pistolas automáticas e incluso lanzacohetes.
—¿Cómo lo han sabido?
—Lo crea o no —responde el inspector—, no es usted el único que trabaja en este edificio. Si Carter anda buscando esa clase de armamento, significa que va a declarar la guerra a los dominicanos.
—Estoy de acuerdo.
—Bien —dice Sykes—. No quiero que libren esa guerra en mi territorio. No quiero ver semejante derramamiento de sangre. Quiero que frustren ese envío.
Sí, piensa Malone, quiere que lo impidamos, pero a su manera: nada de enfrentamientos, nada de micrófonos ilegales, nada de ruido y nada de actuar por iniciativa propia. Ya ha oído antes ese discursito.
—Me crie en Brooklyn —continúa Sykes—, en las viviendas sociales de Marcy.
Malone conoce la historia; ha aparecido en los periódicos y ocupa un lugar destacado en la página web de la policía: «De los barrios marginales a la comisaría. Un agente negro deja atrás el mundo de las bandas para llegar a lo más alto del Departamento de Policía de Nueva York». Es la historia de cómo Sykes dio un vuelco a su vida, obtuvo una beca para ir a Brown y volvió a casa para «cambiar las cosas».
Malone no va a soltar una lagrimita.
Pero las cosas no deben de ser fáciles para un policía negro con un cargo de responsabilidad. Todo el mundo te mira distinto. Para la gente del distrito no eres lo bastante negro y para los agentes de la comisaría no eres lo bastante azul. Malone se pregunta qué se considera Sykes, si es que tan siquiera lo sabe. Así que tiene que ser difícil, sobre todo en este clima de conflictos raciales.
—Sé lo que piensa de mí —dice Sykes—. Que soy un burócrata ambicioso que no sirve para nada y solo aspira a seguir trepando.
—Más o menos. Estamos siendo sinceros, señor.
—Los de arriba quieren que el norte de Manhattan sea un lugar seguro para los blancos con dinero —afirma Sykes—. Yo quiero que sea un lugar seguro para los negros. ¿Le parezco suficientemente sincero?
—Sí, con eso bastará.
—Sé que cree estar protegido por la redada contra Pena y sus otras hazañas, por McGivern y el club de irlandeses e italianos de la central —añade Sykes—, pero permítame que le advierta una cosa, Malone: tiene enemigos que están esperando a que resbale con la piel de plátano para poder pasarle por encima.
—Y usted no es uno de ellos.
—Ahora mismo le necesito —responde el capitán—. Necesito que usted y su equipo impidan que DeVon Carter convierta mis calles en un matadero. Si hace eso por mí, en efecto, seguiré trepando y le dejaré a usted su pequeño reino. Si no lo hace, para mí será un grano blanco en el culo y pediré que lo trasladen tan lejos del norte de Manhattan que su uniforme incluirá un puto sombrero.
Inténtalo, hijo de puta, piensa Malone.
Inténtalo. A ver qué pasa.
Pero lo jodido es que ambos desean lo mismo. No quieren que esas armas lleguen a la calle.
Y esas calles son mías, piensa Malone, no tuyas.
—Puedo impedir ese envío —dice—. Lo que no sé es si puedo impedirlo acatando las normas.
Así pues, ¿hasta qué punto quiere que eso ocurra, capitán Sykes?
Malone mira fijamente a Sykes mientras este medita el pacto con el diablo.
—Quiero informes, sargento —responde—. Y espero que el contenido de esos informes no infrinja las reglas. Quiero saber dónde está y qué está haciendo allí. ¿Le ha quedado claro?
Totalmente, piensa Malone.
Aquí somos todos corruptos
Cada uno a su manera.
Es una oferta de paz: si esto se salda con una gran redada, esta vez te llevaré conmigo. Serás el protagonista de la película. Tu foto aparecerá en el Post, será un empujón para tu carrera. Cosecharás fama. Y a nadie le importarán una mierda las cifras del norte de Manhattan hasta que llegues a la cima.
—Feliz Navidad, capitán —dice.
—Feliz Navidad, Malone.
4
Malone empezó a repartir pavos hará cosa de unos cinco años. Cuando se creó la Unidad Especial, le pareció que necesitaban un poco de publicidad positiva en el barrio.
Aquí todo el mundo conoce a los agentes de La Unidad, así que no está de más regalar un poco de amor y buena voluntad al prójimo. Nunca se sabe si un niño que en lugar de pasar hambre por Navidad ha comido pavo puede darte un chivatazo en el futuro.
Para Malone es un orgullo pagar los pavos con dinero de su bolsillo. Lou Savino y los mafiosos de Pleasant Avenue no tendrían reparos en donar pavos que se hubieran caído de la parte trasera de un camión, pero Malone sabe que la comunidad se enteraría al momento. Así que acepta un descuento de un mayorista de comida cuyos camiones aparcados en doble fila están exentos de sanciones, pero costea el resto del cargamento él mismo.
Otra redada decente lo compensa con creces.
Malone no se engaña. Sabe que los mismos que aceptan los pavos hoy le lanzarán correo aéreo —botellas, latas, pañales sucios— pasado mañana desde lo alto de algún edificio. En una ocasión, alguien arrojó un aparato de aire acondicionado desde un decimonoveno piso y no le cayó en la cabeza por un par de centímetros.
Malone sabe que el reparto de pavos es solo una tregua.
Ahora baja al vestuario, donde Big Monty está enfundándose el traje de Santa Claus.
Malone se echa a reír.
—Estás guapo.
Ridículo, más bien. Un negro corpulento, normalmente reservado y digno, con gorro y barba de Santa Claus.
—¿Un Santa Claus negro?
—Diversidad —dice Malone—. Lo leí en la web del departamento.
—De todos modos, tú no eres Santa Claus —dice Russo a Montague—. Tú eres Crack Claus, que aquí sería negro. Y la barriga ya la tienes.
—Yo no tengo la culpa de que cada vez que me tiro a tu mujer me haga un sándwich —replica Montague.
—Ya te hace más que a mí —dice Russo entre carcajadas.
Antes era Billy O quien se vestía de Santa Claus, aunque estaba más flaco que un palo. Le encantaba meterse un cojín debajo del disfraz, hacer bromas a los niños y repartir los pavos. Ahora la tarea recae en Monty, a pesar de que es negro.
Monty se coloca la barba y mira a Malone.
—Imagino que ya sabrás que luego venden los pavos. Ya puestos, podríamos saltarnos al intermediario y regalarles crack.
Malone es consciente de que no todos los pavos llegarán a la mesa, que muchos irán directos a una pipa, a un brazo o a una nariz. Esos pavos acabarán en manos de los traficantes, que los venderán a las bodegas de los hispanos, que a su vez los expondrán en las estanterías de las tiendas de comidas y obtendrán beneficio. Pero la mayoría llegarán a su destino, y la vida es una cuestión de números. Algunos niños podrán disfrutar de una cena navideña gracias a sus pavos y otros no.
Lo cual está bien.
Pero a DeVon Carter no se lo parece y se burló del reparto de pavos navideños de Malone.
Fue hace más o menos un mes.
Malone, Russo y Monty estaban en Sylvia’s comiendo alitas de pavo guisadas cuando Monty levantó la cabeza y dijo:
—Adivinad quién ha llegado.
Malone miró en dirección a la barra y vio a DeVon Carter.
—¿Queréis que pidamos la cuenta y nos vamos? —preguntó Russo.
—No hay razón para ser antipáticos —dijo Malone—. Creo que iré a saludar.
Cuando Malone se levantó, dos de los hombres de Carter se interpusieron en su camino, pero el jefe les indicó que lo dejaran pasar. Malone se sentó en un taburete al lado de Carter y dijo:
—DeVon Carter, Denny Malone.
—Ya sé quién eres —dijo Carter—. ¿Algún problema?
—Si no lo tienes tú, no —respondió Malone—. Simplemente he pensado que, ya que habíamos coincidido, podíamos conocernos.
Carter iba elegante, como siempre. Jersey Brioni de cachemir gris y cuello alto, pantalones Ralph Lauren gris oscuro y unas grandes gafas Gucci.
En el local se hizo el silencio. Allí estaban el mayor traficante de Harlem y el policía que estaba intentando arrestarlo.
—La verdad es que estábamos riéndonos de ti —dijo Carter.
—¿Ah, sí? ¿Y qué os hace tanta gracia?
—Vuestro reparto de pavos —repuso Carter—. Vosotros le dais a la gente alitas y yo le doy dinero y droga. ¿Quién crees que ganará?
—La verdadera pregunta —dijo Malone— es si ganarás tú o ganarán los dominicanos.
La redada en el laboratorio de Pena contrarió un poco a los dominicanos, pero fue un mero revés. Algunas bandas de Carter empezaban a considerarlos una opción. Tienen miedo de verse superados numérica y armamentísticamente, y perder el negocio de la marihuana.
Así que Carter vende todo tipo de drogas; no hay alternativa. Además del caballo que sale de la ciudad o que al menos va destinado mayoritariamente a la clientela blanca, trafica con coca y marihuana, porque para gestionar su lucrativo negocio de heroína necesita soldados. Necesita seguridad, mulas y relaciones públicas. Necesita a las bandas.
Las bandas tienen que ganar dinero, tienen que comer.
A Carter no le queda otra opción que permitir que sean sus propias bandas las que vendan hierba. O lo hace él o lo harán los dominicanos y se quedarán con su negocio. Comprarán directamente a las bandas de Carter o las borrarán del mapa, porque, sin el dinero de la hierba, las bandas no podrían conseguir armas y estarían desamparadas.
Su pirámide se desmoronaría desde la base.
A Malone no le preocuparía tanto el tráfico de hierba si no fuera porque el setenta por ciento de los asesinatos que se cometen en el norte de Manhattan están relacionados con asuntos de drogas.
Así que hay bandas latinas que se enfrentan entre ellas, hay bandas negras que se enfrentan entre ellas y, cada vez más, hay bandas negras que se enfrentan a bandas latinas a medida que se recrudece la batalla entre los grandes señores de la heroína.
—Me quitasteis de en medio a Pena —dijo Carter.
—Y no mandaste ni una triste cesta de magdalenas.
—Por lo que he oído, te compensaron bien.
Malone notó una punzada en la columna, pero ni siquiera pestañeó.
—Cada vez que hay una redada de envergadura, la «comunidad» dice que la poli se ha embolsado algo.
—Eso es porque siempre ocurre.
—Hay algo que no entiendes —dijo Malone—. Antes, los jóvenes negros recogían algodón. Ahora, el algodón sois vosotros. Sois la materia prima que alimenta la maquinaria, miles de personas cada día.
—El complejo industrial de las cárceles —repuso Carter—. Tu sueldo lo pago yo.
—Y no creas que no te estoy agradecido —dijo Malone—. Pero, si no fueras tú, sería otro. ¿Por qué crees que te llaman el Único Superviviente? Porque eres negro, estás solo y eres el último de tu especie. Antes, los políticos blancos os lamían el culo para conseguir vuestro voto. Ahora ya no pasa tanto porque no os necesitan. Van a por los latinos, los asiáticos y los indios. Joder, si hasta los musulmanes tienen más tirón que vosotros. Estáis acabados.
Carter sonrió.
—Si me hubieran dado un dólar cada vez que he oído eso...
—¿Has pasado por Pleasant Avenue últimamente? —preguntó Malone—. Ahora es de los chinos. ¿Y por Inwood y Heights? Cada día hay más latinos. En M-Ville y Grant, vuestra gente ha empezado a comprarles a los dominicanos. Pronto perderéis incluso el Nickel. Los dominicanos, los mexicanos y los puertorriqueños hablan el mismo idioma, comen la misma comida y escuchan la misma música. Puede que os vendan mercancía, pero ¿asociarse con vosotros? Ni de broma. Los mexicanos ofrecen a los hispanos un precio de mercado que no te ofrecen a ti, y tú no puedes competir, porque un yonqui solo le es fiel a su brazo.
—¿Apuestas por los dominicanos? —preguntó Carter.
—Apuesto por mí mismo —dijo Malone—. ¿Y sabes por qué? Porque la maquinaria sigue en marcha.
Aquel día llegó a la comisaría de Manhattan Norte una cesta de magdalenas con un recibo por valor de 49,95 dólares, cinco centavos menos de lo que puede aceptar un policía en concepto de regalo.
Al capitán Sykes no le hizo ninguna gracia.
Ahora Malone recorre Lenox sentado en la parte trasera de una furgoneta con las puertas abiertas mientras Monty grita: «¡Jo, jo, jo!». Malone lanza los pavos y da su bendición:
—¡Que La Unidad sea con vosotros!
Es el lema no oficial del equipo.
Eso tampoco le hace gracia a Sykes, que lo considera «frívolo». Lo que no entiende el capitán es que ser policía allí tiene algo de espectáculo. No son infiltrados precisamente. Trabajan con ellos, pero los infiltrados no practican detenciones.
Somos nosotros los que nos encargamos de los arrestos, piensa Malone, y algunos salen en los periódicos junto a nuestras caras sonrientes. Sykes no comprende que aquí debemos tener presencia. Imagen. Y la imagen ha de ser que La Unidad está contigo, no contra ti.
A menos que vendas droga, cometas agresiones, violes a mujeres o acribilles a alguien desde un coche. Entonces La Unidad irá a por ti y te encontrará.
Sea como sea.
Y, en cualquier caso, aquí la gente nos conoce.
Y la gente grita: «Que le den por culo a La Unidad», «Dadme el puto pavo, gilipollas» o «¿Por qué no repartís cerdo, capullos?». Pero Malone se lo toma bien. Lo hacen solo por tocar las pelotas, y la mayoría no dice nada o les da las gracias disimuladamente. Porque aquí la mayoría de la gente es buena; es gente que intenta ganarse la vida y criar a sus hijos, como casi todo el mundo.
Como Montague.
El grandullón lleva un peso excesivo sobre los hombros, piensa Malone. Vive en los apartamentos Savoy con su mujer y sus tres hijos, el mayor de los cuales está en esa edad en que o te lo ganas o lo pierdes en las calles, y a Montague le preocupa cada vez más el pasar demasiado tiempo lejos de sus chicos. Como esta noche. Le gustaría celebrar la Nochebuena en casa con su familia, pero está ganando dinero para pagarles la universidad, cuidando de su negocio paternal.
Lo mejor que puede hacer un hombre por sus hijos es cuidar de su puto negocio.
Y los hijos de Montague son buenos chicos, piensa Malone. Inteligentes, educados y respetuosos.
Malone es su «tío Denny».
Y su tutor legal. Él y Sheila serían los tutores de los hijos de Monty y Russo si ocurriera algo. Si los Montague y los Russo salen a cenar juntos, como hacen en ocasiones, Malone les aconseja que no viajen en el mismo coche, no sea que herede seis críos más.
Phil y Donna Russo son los tutores de los hijos de Malone. Si Denny y Sheila mueren en un accidente de avión, un escenario cada vez más improbable, John y Caitlin se irían a vivir con los Russo.
No es que Malone no confíe en Montague. Puede que sea el mejor padre que haya conocido nunca y los chicos le quieren, pero Phil es su hermano. Él también es de Staten Island. No es solo un compañero; es su mejor amigo. Se criaron y fueron a la academia de policía juntos. El impoluto italiano le ha salvado tantas veces la vida que ha perdido la cuenta, y Malone le ha devuelto el favor.
Estaría dispuesto a llevarse un balazo por Russo.
Y por Monty también.
Ahora, un niño de unos ocho años está incordiando a Monty.
—Santa Claus no fuma esos puros de mierda.
—Pues este sí. Y cuida ese vocabulario.
—¿Por?
—¿Quieres pavo o no? —pregunta Monty—. No me toques los cojones.
—Santa Claus no dice «cojones».
—Deja en paz a Santa Claus y coge el pavo.
El reverendo Cornelius Hampton se acerca a la furgoneta y la multitud le abre paso como si fuera el mar Rojo sobre el que siempre predica en sus sermones de liberación.
Malone escruta ese rostro famoso, el tieso cabello gris, la expresión plácida. Hampton es un activista de la comunidad, un líder de los derechos civiles, un invitado habitual de los debates televisivos de la CNN y la MSNBC.
Al reverendo Hampton le chiflan las cámaras, piensa Malone. Sale más por la tele que la jueza Judy.
Monty le ofrece un pavo.
—Para la iglesia, reverendo.
—Ese no —dice Malone, que busca en la parte trasera, elige otro ejemplar y se lo da a Hampton—. Este está más gordo.
Es por el relleno.
Lleva metidos en el culo veinte de los grandes, cortesía de Lou Savino, el capo de la familia Cimino en Harlem, y los chicos de Pleasant Avenue.
—Gracias, sargento Malone —dice Hampton—. Esto servirá para alimentar a los pobres y los sintecho.
Sí, piensa Malone. Al menos una parte.
—Feliz Navidad —añade Hampton.
—Feliz Navidad.
Malone ve a Nasty Ass.
Con sus tembleques, junto a un reducido grupo de vecinos. Su cuello largo y delgado asoma por una chaqueta North Face que él mismo le regaló para no congelarse en la calle.
Nasty Ass es uno de los confidentes de Malone, un «informante criminal», su soplón especial, aunque nunca lo ha oficializado. Es un yonqui y traficante de poca monta, pero su información normalmente es buena. A Nasty Ass le pusieron ese apodo porque siempre huele que apesta. Si tienes que hablar con él, mejor que sea al aire libre.
Ahora se acerca tiritando a la parte trasera de la furgoneta, bien porque tiene frío, bien porque tiene el mono. Malone le entrega un pavo, aunque no sabe dónde lo cocinará, porque suele pasar la noche en algún fumadero.
—218 Uno-Ocho-Cuatro. Sobre las once —dice Nasty Ass.
—¿Y para qué va allí? —pregunta Malone.
—Para meterla en caliente.
—¿Estás seguro?
—Totalmente. Me lo dijo él mismo.
—Si da resultado, hoy será día de paga —dice Malone—. Y busca un puto lavabo, por el amor de Dios.
—Feliz Navidad —dice Nasty Ass.
El confidente se aleja con el pavo. Tal vez pueda venderlo, piensa Malone, y pillar para un chute.
Un hombre grita desde la acera:
—¡No quiero un pavo de la poli! Michael Bennett no puede comer pavo, ¿verdad?
Cierto, piensa Malone.
Es la pura verdad.
Entonces ve a Marcus Sayer.
El niño, que tiene la cara hinchada y llena de moratones y el labio inferior partido, está pidiendo un pavo.
La madre de Marcus, una holgazana gorda e idiota, entreabre la puerta y ve la placa dorada.
—Déjame entrar, Lavelle —dice Malone—. Te traigo un pavo.
Lo cual es cierto. Lleva un pavo debajo del brazo y a Marcus, que tiene ocho años, cogido de la mano.
La mujer quita la cadena y abre.
—¿Se ha metido en algún lío? ¿Qué has hecho ya, Marcus?
Malone hace pasar a Marcus y va a dejar el pavo en la encimera de la cocina, o lo que queda libre entre tanta botella vacía, tanto cenicero y tanta mugre.
—¿Dónde está Dante? —pregunta.
—Durmiendo.
Malone levanta la chaqueta y la camisa de cuadros de Marcus y le enseña los verdugones de la espalda.
—¿Esto se lo ha hecho él?
—¿Qué te ha contado Marcus?
—Marcus no me ha contado nada —dice Malone.
Dante sale del dormitorio. El nuevo hombre de Lavelle debe de medir dos metros y es todo músculo y maldad. Va borracho, tiene los ojos amarillentos e inyectados en sangre y le saca una cabeza a Malone.
—¿Qué quieres?
—¿Qué te dije que haría si volvías a pegar al niño?
—Romperme la muñeca.
Malone saca la porra y golpea a Dante en la muñeca derecha, que se parte como si fuera una piruleta. Dante se pone a gritar e intenta pegarle con la mano izquierda, pero Malone se agacha y le atiza con la porra en la espinilla. El hombre cae como un árbol recién talado.
—Pues ahí lo tienes —dice Malone.
—Esto es brutalidad policial.
Malone le pisa el cuello y utiliza el otro pie para propinarle tres fuertes patadas en el trasero.
—¿Tú ves a Al Sharpton o a algún equipo de televisión por aquí? ¿A Lavelle con un teléfono móvil en la mano? Si no hay cámaras grabando, no hay brutalidad policial que valga.
—El niño me faltó al respeto —gime Dante—. Tuve que castigarlo.
Marcus los mira boquiabierto; nunca ha visto al fornido Dante recibir una paliza y en cierto modo le gusta. Lavelle sabe que le espera otra agresión cuando el policía se vaya.
Malone aprieta con más fuerza.
—Si vuelvo a verle un solo morado o un verdugón, seré yo quien te castigue. Te meteré la porra por el culo y te la sacaré por la boca. Luego Big Monty y yo te hundiremos los pies en cemento y te tiraremos al río. Y ahora lárgate. Ya no vives aquí.
—¡Tú no eres quién para decirme dónde vivo!
—Acabo de hacerlo —Malone le aparta el pie del cuello—. ¿Qué haces aún en el suelo, imbécil?
Malone le aparta el pie del cuello.
—¿Qué haces aún en el suelo, imbécil?
Dante se levanta, agarrándose la muñeca fracturada y retorciéndose de dolor.
Malone coge su abrigo y se lo lanza.
—¿Y mis zapatos? —pregunta—. Están en la habitación.
—Te vas descalzo —responde Malone—. Vete caminando por la nieve a urgencias y cuéntales lo que les pasa a los adultos que pegan a niños pequeños.
Dante sale tambaleándose.
Malone sabe que esa noche todo el mundo hablará de ello. Se correrá la voz: puedes pegar a un niño en Brooklyn o en Queens, pero en el norte de Manhattan no, en el Reino de Malone no.
Luego se vuelve hacia Lavelle.
—¿Y a ti qué te pasa?
—¿Es que yo no necesito amor?
—Pues ama a tu hijo —responde Malone—. Si vuelvo a ver algo parecido, irás a la cárcel y él quedará bajo la custodia del estado. ¿Eso es lo que quieres?
—No.
—Pues deja de beber. —Se saca del bolsillo un billete de veinte dólares—. Esto no es para chucherías. Todavía estás a tiempo de comprar algo y ponerlo debajo del árbol.
—No tengo árbol.
—Es un decir.
Madre mía.
Malone se agacha delante de Marcus.
—Si alguien te hace daño o te amenaza, acude a mí, a Monty, a Russo o a cualquier miembro de La Unidad. ¿Entendido?
Marcus asiente.
Sí, es posible, piensa Malone. Es posible que el chaval no odie a todo poli viviente cuando sea mayor.
Malone no es tonto. Sabe que no puede impedir cada maltrato infantil que se produce en el norte de Manhattan, ni siquiera la mayoría de ellos. Ni tampoco puede impedir la mayoría de los delitos que se cometen. Y le fastidia. Es su territorio, su responsabilidad. Todo lo que ocurre en el norte de Manhattan es cosa suya. Sabe que eso tampoco es realista, pero lo siente así.
Todo lo que ocurre en el reino es cosa del rey.
Malone encuentra a Lou Savino en D’Amore’s, en la calle Ciento dieciséis, situada en lo que antes era conocido como el Harlem español.
Y antes de eso fue el Harlem italiano.
Ahora va camino de convertirse en el Harlem asiático.
Malone se dirige a la barra.
Savino es un capo de la familia Cimino y tiene gente en el viejo territorio de Pleasant Avenue. Se dedican a los chanchullos inmobiliarios, los sindicatos, la usura y el juego, los negocios habituales de la mafia, aunque Malone sabe que Lou también trafica.
Pero no en el norte de Manhattan.
Malone le ha advertido que, si algún día aparece mercancía suya por el barrio, se acabó el cuento: eso repercutirá en el resto de sus negocios. Ese ha sido siempre el acuerdo entre la policía y la mafia. Si los mafiosos querían lucrarse con la prostitución y el juego —partidas de cartas, casinos ilegales, tejemanejes de números antes de que el estado se adueñara de ellos, los bautizara «lotería» y los convirtiera en una virtud ciudadana—, cada mes debían entregar dinero a la pasma.
Lo llamaban «el sobre».
Normalmente, en cada distrito había un policía que ejercía de correo: recogía el pago y lo repartía entre sus compañeros. Los patrulleros se lo entregaban a los sargentos, los sargentos a los tenientes, los tenientes a los capitanes, los capitanes a los inspectores y los inspectores a los jefes.
Todo el mundo sacaba tajada.
Y casi todos lo consideraban «dinero limpio».
En aquellos tiempos, los policías (joder, piensa Malone, y los policías en estos tiempos) distinguían entre «dinero limpio» y «dinero sucio». El dinero limpio provenía eminentemente del juego; el sucio, de la droga y los crímenes violentos o las raras ocasiones en que un mafioso intentaba pagar un soborno para encubrir un asesinato, un robo a mano armada, una violación o una agresión. Aunque casi todos los policías aceptaban dinero limpio, normalmente rechazaban billetes manchados de droga o de sangre.
Hasta los mafiosos entendían la diferencia y tenían asumido que un policía que recibiera dinero de las apuestas un martes podía detener al mismo gánster el jueves por vender caballo o cometer un asesinato.
Todo el mundo conocía las reglas.
Lou Savino es uno de esos mafiosos que creen estar en una boda y no se dan cuenta de que en realidad es un velatorio.
Le reza a un altar de falsos dioses muertos.
Intenta mantener viva una presunta imagen de antaño que en realidad solo existía en las películas. El muy capullo anhela ser algo que nunca fue y cuya imagen fantasmagórica está fundiéndose a negro.
A los de la generación de Savino les gustaba lo que veían en el cine e intentaban imitarlo. Por esa razón, Lou no quiere ser Lefty Ruggiero, sino Al Pacino interpretando a Lefty Ruggiero. No quiere ser Tommy DeSimone, sino Joe Pesci interpretando a Tommy DeSimone. No quiere ser Jake Amari, sino James Gandolfini.
Eran buenas películas, piensa Malone, pero, Lou, eran solo eso, películas. Sin embargo, la gente señala un lugar situado a un par de manzanas de allí en el que Sonny Corleone sacudió a Carlo Rizzi con una papelera como si hubiera ocurrido de verdad y no el lugar en el que Francis Ford Coppola grabó a James Caan mientras fingía que sacudía a Gianni Russo.
Bueno, concluye Malone, toda institución sobrevive gracias a su mitología, y el Departamento de Policía de Nueva York no es una excepción.
Savino lleva una camisa de seda negra y una americana Armani de color gris perla y está tomando un Seven and Seven: Seagram’s Seven Crown con Seven Up. Malone no entiende cómo puede mezclar la gente un buen whisky con refresco, pero allá cada cual.
—¡Hombre, el poli di tutti los polis! —Savino se levanta y le da un abrazo. El sobre se desliza sin esfuerzo de una americana a la otra—. Feliz Navidad, Denny.
La Navidad es una época importante para la comunidad mafiosa: es cuando todo el mundo recibe la paga extra anual, que a menudo se cuenta por decenas de miles de dólares. Y el volumen del sobre es un barómetro de tu posición en la banda: cuanto más pesa, mayor es tu estatus.
El sobre de Malone no tiene nada que ver con eso.
Es por sus servicios como correo.
Dinero fácil. Él se reúne con una persona en algún lugar —un bar, un restaurante, la zona de juegos de Riverside Park— y esta le pasa un sobre. Ya saben para qué es, todo está hablado. Malone ejerce solo de correo, ya que esos ciudadanos respetables no quieren arriesgarse a ser vistos con un mafioso declarado.
Son autoridades municipales, de esas que conceden contratos de obra.
Esa es la parte central de los beneficios de los Cimino.
La borgata Cimino cobra por todo: por el soborno del contratista para la concesión de la obra, después por el cemento, las varillas corrugadas, el material eléctrico y las tuberías. En caso contrario, esos sindicatos detectan un problema y cancelan el proyecto.
Todo el mundo daba por muerta a la mafia después de la Ley RICO, Giuliani, el caso Commission y el caso Windows.
Y lo estaba.
Pero entonces cayeron las Torres.
De la noche a la mañana, los federales destinaron tres cuartas partes de su personal a operaciones antiterroristas y la mafia volvió. Joder, si hasta amasaron una fortuna con los sobrecostes de la retirada de escombros de la Zona Cero. Louie se jactaba de haber ganado sesenta y tres millones de dólares.
El 11-S salvó a la mafia.
Ahora no se sabe a ciencia cierta cuál de ellos lleva las riendas de la familia Cimino, pero las apuestas se decantan por Stevie Bruno. Cumplió diez años acusado de pertenencia a organización criminal, lleva tres en la calle y está trepando con rapidez. Vive aislado en Nueva Jersey y rara vez va a la ciudad, ni siquiera a comer.
Así que han vuelto, aunque nunca volverán a ser lo que fueron.
Savino indica al camarero que sirva una copa a Malone. El camarero ya sabe que toma Jameson’s solo.
Ambos se acomodan y da comienzo el ritual: qué tal la familia, bien, qué tal la tuya, todo bien, qué tal los negocios, de algo hay que vivir. Las estupideces de siempre.
—¿Tratáis con el reverendo? —pregunta Savino.
—Ha recibido su pavo —dice Malone—. La otra noche, varios de tus hombres pusieron a tono al propietario de un bar en Lenox, un tal Osborne.
—¿Qué pasa? ¿Tienes el monopolio de las palizas a negratas?
—Sí, lo tengo —replica Malone.
—Se retrasó con el pago —explica Savino—. Dos semanas seguidas.
—No me pongas en evidencia haciéndolo en plena calle —le espeta Malone—. Ya están bastante tensas las cosas en la comunidad.
—¿Porque uno de los tuyos se haya cargado a un chaval tengo que ir repartiendo pases vip o algo así? —pregunta Savino—. Ese gilipollas apuesta por los Knicks. Por los Knicks, Denny. Y luego no me paga. ¿Qué se supone que debo hacer?
—No lo hagas en mi territorio.
—Joder, feliz Navidad. Me alegro de que hayas venido esta noche —dice Savino—. ¿Alguna otra queja?
—No, eso es todo.
—Gracias, san Antonio.
—¿Has recibido un buen sobre?
Savino se encoge de hombros.
—¿Quieres saber una cosa? ¿Entre tú y yo? Últimamente, los jefes son unos agarrados de mierda. El tío tiene una casa en Jersey con vistas al río, pista de tenis... No viene casi nunca a la ciudad. Pasó diez años en la trena, vale, lo entiendo... Pero se cree que puede trincar a manos llenas, que a nadie le importa. Y ¿sabes qué? Que a mí sí.
—Lou, joder, aquí las paredes oyen.
—Que les den por culo —suelta Savino, que pide otra copa—. Tengo algo que podría interesarte. ¿Sabes de qué me he enterado? Es posible que parte del caballo de Pena que te convirtió en estrella del rock no llegara al almacén de pruebas.
¿Es que todo el mundo está hablando de eso?
—Mentira.
—Sí, probablemente —dice Savino—, porque ya habría aparecido en la calle y no lo ha hecho. Alguien se ha marcado un French Connection y supongo que lo tiene escondido.
—No supongas tanto.
—Hostia, estás muy quisquilloso esta noche —responde Savino—. Yo solo digo que alguien se ha guardado unos kilos y está intentando colocarlos...
Malone deja el vaso en la barra.
—Tengo que irme.
—Hay lugares a los que ir, gente a la que ver —dice Savino—. Buon Natale, Malone.
—Sí, igualmente.
Malone sale a la calle. ¿Qué ha oído Savino sobre la redada? ¿Trataba de indagar o sabía algo? Eso no es bueno; habrá que hacer algo al respecto.
En fin, piensa Malone, los ditzunes no pegarán a más negros holgazanes en Lenox.
Ya es algo.
A por el siguiente.
Debbie Phillips estaba embarazada de tres meses cuando murió Billy O.
Como no estaban casados (todavía; Monty y Russo no dejaban de insistir en que hiciera lo correcto y Billy iba en esa dirección), la policía no movió un dedo por ella. No tuvo ningún reconocimiento en el funeral de Billy. El puto departamento católico no entregó a la madre soltera una bandera doblada, no le dedicó unas palabras amables, y, por supuesto, Debbie no recibió pensión ni seguro médico. Estaba dispuesta a solicitar una prueba de paternidad y denunciar a la policía, pero Malone la disuadió.
Uno no deja al departamento en manos de abogados.
—Las cosas no se hacen así —le dijo—. Nosotros cuidaremos de ti y del bebé.
—¿Cómo? —preguntó Debbie.
—Yo me ocupo de eso —dijo Malone—. Si necesitas algo, llámame. Si es cosa de mujeres, llama a Sheila, a Donna Russo o a Yolanda Montague.
Debbie nunca lo hizo.
Era una persona independiente. No estaba muy unida a Billy y menos aún a su numerosa familia. Fue un rollo de una noche que acabó siendo permanente a pesar de que Malone advertía continuamente a Billy de que debía ponerse el chubasquero.
—Usé la marcha atrás —le dijo Billy cuando Debbie llamó para darle la noticia.
—¿Eres un adolescente o qué? —preguntó Malone.
Monty le dio un coscorrón.
—Idiota.
—¿Te casarás con ella? —preguntó Russo.
—No quiere.
—Lo que queráis tú y ella da igual —dijo Monty—. Lo único que importa aquí es lo que necesita el niño, que son unos padres.
Pero Debbie es una de esas mujeres modernas que creen que no necesitan a un hombre para criar a su retoño. Le dijo a Billy que debían esperar y ver cómo «evolucionaba su relación».
Pero no les dio tiempo.
Ahora abre la puerta a Malone. Está de ocho meses y se nota. No recibe ayuda de su familia, que reside en el oeste de Pensilvania, y no tiene a nadie en Nueva York. Yolanda Montague es la que vive más cerca, así que le lleva comida y la acompaña al médico cuando Debbie se lo permite, pero no se encarga del dinero.
Las esposas nunca se encargan del dinero.
—Feliz Navidad, Debbie —dice Malone.
—Sí, claro.
Le deja entrar.
Debbie es bonita y menuda, así que la barriga se ve enorme. Tiene el pelo rubio y lo lleva enmarañado y sucio. Hay mucho desorden. Se sienta en el viejo sofá y tiene sintonizado el informativo de la noche.
Hace calor y está todo abarrotado, pero en esos apartamentos viejos siempre hace demasiado calor o demasiado frío. Nadie sabe cómo funcionan los radiadores. Ahora uno de ellos emite un silbido, como diciendo a Malone que se vaya a la mierda si no le gusta.
Deja un sobre encima de la mesita.
Cinco de los grandes.
La decisión fue pan comido. Billy sigue llevándose su parte y, cuando vendan el caballo de Pena, también se la llevará. Malone es el ejecutor. Se lo entregará a Debbie si considera que lo necesita y puede administrarlo. El resto irá destinado a la universidad del hijo de Billy.
A su hijo no le faltará de nada.
Su madre puede quedarse en casa cuidando de él.
Debbie se lo rebatió.
—Puedes pagar una guardería. Necesito trabajar.
—Eso no es cierto.
—No es solo por el dinero —dijo ella—. Me volvería loca todo el día aquí sola con un niño.
—Cuando haya nacido no pensarás igual.
—Eso dicen.
Ahora mira el sobre y luego a él.
—Prestaciones sociales blancas.
—No es caridad —afirma Malone—. Este es el dinero de Billy.
—Pues dádmelo en lugar de repartirlo como si fuerais los servicios sociales.
—Cuidamos de los nuestros —responde Malone, que escudriña el pequeño apartamento—. ¿Estás preparada para ese bebé? ¿Tienes, no sé, un moisés, pañales, cambiador...?
—Deberías oírte.
—Yolanda puede llevarte a comprar —continúa Malone—. O, si quieres, podemos traértelo aquí.
—Si Yolanda me lleva a comprar, pareceré una ricachona del West Side con niñera. Podría pedirle que hable con acento jamaicano. ¿O ahora son todas haitianas?
Está amargada.
Malone lo entiende.
Tiene una aventura con un poli, se queda preñada, el poli muere y aquí está, sola y con su vida patas arriba. Unos agentes y sus mujeres diciéndole qué debe hacer y dándole una paga como si fuera una cría. Pero es que es una cría, piensa Malone, y, si le diera la parte de Billy de una tacada, se la puliría y, entonces, ¿qué sería del niño?
—¿Tienes planes para mañana? —le pregunta.
—Ver ¡Qué bello es vivir! —dice—. Los Montague me preguntaron, y los Russo también, pero no quiero molestar.
—Eran sinceros.
—Ya lo sé. —Apoya los pies en la mesa—. Le echo de menos, Malone. ¿Es raro?
—No —responde él—, no es raro.
Yo también le echo de menos.
Yo también le quería.
El Dublin House, calle Setenta y nueve con Broadway.
Si uno entra en un bar irlandés en Nochebuena, piensa Malone, encontrará borrachos irlandeses, polis irlandeses o una combinación de ambos.
Ve a Bill McGivern bebiéndose una copa de un trago junto a la atestada barra.
—Inspector.
—Malone —dice McGivern—. Esperaba verte esta noche. ¿Qué tomas?
—Lo mismo que tú.
—Otro Jameson’s —indica McGivern al camarero.
El inspector tiene las mejillas sonrosadas, lo cual hace que resalte su cabellera blanca. McGivern es uno de esos irlandeses rubicundos, de cara redonda, afable y sonriente. Es un pez gordo de la Emerald Society y de los Catholic Guardians. Si no fuera policía, habría sido muñidor y de los buenos.
—¿Quieres sentarte a una mesa? —le pregunta Malone cuando llega la bebida. Encuentran una en la parte trasera y se sientan.
—Feliz Navidad, Malone.
—Feliz Navidad, inspector.
Hacen un brindis.
McGivern es el valedor de Malone, su mentor, protector y mecenas. Todos los policías de carrera tienen uno: es el hombre que te allana el terreno, que te consigue casos fáciles, que cuida de ti.
Y McGivern es un valedor poderoso. Un inspector del Departamento de Policía de Nueva York posee un rango dos veces superior al de capitán y está justo por debajo de los jefes. Un inspector bien situado, y McGivern lo está, puede acabar con la carrera de un capitán, y Sykes lo sabe.
Malone conoce a McGivern desde que era niño. En su día, el inspector y su padre trabajaron juntos en el Distrito Seis. Fue McGivern quien habló con él años después de la muerte de su padre, quien le explicó unas cuantas cosas.
—John Malone era un gran policía —dijo McGivern.
—Bebía —contestó Malone.
Sí, tenía dieciséis años y lo sabía todo.
—Cierto —dijo McGivern—. Cuando estábamos en el Distrito Seis, tu padre y yo encontramos en el espacio de dos semanas a ocho niños asesinados, todos ellos menores de cuatro años.
Uno de los niños presentaba pequeñas quemaduras en el cuerpo, y McGivern y su padre no sabían qué eran, pero finalmente se dieron cuenta de que coincidían con el extremo de una pipa de crack.
El niño había sido torturado y se mordió la lengua a causa del dolor.
—Así que, en efecto —sentenció McGivern—, tu padre bebía.
Ahora Malone saca un grueso sobre de la chaqueta y lo desliza por encima de la mesa. McGivern lo coge y dice:
—Feliz Navidad, vaya que sí.
—Ha sido un buen año.
McGivern se guarda el sobre en el abrigo de lana.
—¿Cómo te va la vida?
Malone bebe un sorbo de whisky y dice:
—Sykes está tocándome los huevos.
—Es nuevo —dice McGivern.
—No tanto.
—No puedo pedir que lo trasladen —responde McGivern—. Es la niña bonita de la central.
El cuartel general del Departamento de Policía de Nueva York ya tiene bastantes problemas ahora mismo, piensa Malone.
El FBI está investigando a varios altos mandos por aceptar regalos a cambio de favores.
Chorradas como viajes, entradas para la Super Bowl y banquetes gourmet en restaurantes de moda por retirar multas, cancelar citaciones e incluso proteger a algún gilipollas que traía diamantes del extranjero. Uno de esos capullos con dinero consiguió que un comandante de la Armada le dejara llevar a sus amigos a Long Island en una lancha y que un tipo de una unidad aérea trasladara a sus invitados a una fiesta en los Hamptons en un helicóptero de la policía.
Y luego está el asunto de las licencias de armas.
Es difícil conseguir una en Nueva York, sobre todo para llevar un arma oculta. Normalmente requiere exhaustivas comprobaciones de antecedentes y entrevistas personales. A menos que seas rico y puedas soltarle veinte de los grandes a un intermediario y que ese intermediario soborne a policías de alto rango para que aceleren el proceso.
Los federales tienen a uno de esos intermediarios agarrado por los cojones y está dando nombres.
Falta la presentación de cargos.
De momento, cinco jefes han sido relevados de su puesto.
Y uno se ha suicidado.
Fue a una calle situada junto a un campo de golf cerca de su casa y se pegó un tiro.
No dejó nota.
La tristeza y la onda expansiva han sacudido a la cúpula del Departamento de Policía de Nueva York, McGivern incluido.
No saben quién será el próximo en ser arrestado o en llevarse la pistola a la boca.
Los medios de comunicación se han agarrado al caso como un perro ciego a la pata de un sofá, sobre todo porque el alcalde y el comisario están en guerra.
Bueno, quizá no sea para tanto, piensa Malone. Más bien son dos tíos peleándose por la última plaza del bote salvavidas en un barco que naufraga. Ambos se enfrentan a grandes escándalos, y su única posibilidad es lanzar al otro a los tiburones de la prensa y cruzar los dedos para que la comida les dure lo suficiente para huir remando.
Para Malone, cualquier desgracia que le ocurra a Hizzoner es poca, y la mayoría de sus hermanos y hermanas policías son de la misma opinión, porque el hijo de puta los pone a los pies de los caballos siempre que puede. No los respaldó con lo de Garner, con lo de Gurley o con lo de Bennett. Sabe de dónde provienen sus votos, así que mima a las minorías y solo le ha faltado jugar la carta de Black Lives Matter.
Pero ahora está con la soga al cuello.
Resulta que su administración ha hecho unos cuantos favores a mecenas de renombre. Es acojonante, piensa Malone. Hay algo nuevo en este mundo, aunque se rumorea que el alcalde y su gente fueron más lejos y amenazaron con perjudicar activamente a mecenas potenciales que no realizaran aportaciones, y los investigadores del estado de Nueva York que llevaban el caso tenían una palabra fea para describir eso: extorsión.
Un término legal para «chantaje», que es una vieja tradición neoyorquina.
La mafia lo hizo durante generaciones, y probablemente sigue haciéndolo en los pocos barrios que todavía controla, obligando a los propietarios de tiendas y bares a realizar un pago semanal a cambio de su protección contra los robos y el vandalismo que sobrevendrían si no cumplen.
La policía también lo hacía. En su día, los dueños de los negocios del barrio sabían que los viernes debían tener preparado un sobre para el agente que trabajara en la zona o, a falta de un sobre, bocadillos, café o copas gratis. De las prostitutas obtenía mamadas sin coste alguno. A cambio, el policía cuidaba del barrio: comprobaba las cerraduras por la noche o echaba de allí a los pandilleros.
El sistema funcionaba.
Y ahora Hizzoner está llevando a cabo un chantaje para conseguir fondos para su campaña y ha preparado una defensa rayana en lo cómico: ha propuesto publicar una lista de grandes mecenas a los que no hizo favores. Se rumorea que formularán cargos contra él y, de los 38.000 agentes del cuerpo, 37.999 se han ofrecido voluntarios para presentarse allí con las esposas.
Si por él fuera, Hizzoner destituiría al comisario, pero eso sería interpretado justamente como lo que es, así que necesita una excusa, y, si el alcalde puede echar mierda al Departamento de Policía, lo hará con ambas manos.
Y el comisario ganaría de calle el enfrentamiento con el alcalde si no fuera por el escándalo de la central. Así que necesita mejores noticias, necesita titulares.
Decomisos de heroína y unos índices de criminalidad más bajos.
—La misión de la Unidad Especial de Manhattan Norte no ha cambiado —observa McGivern—. Lo que diga Sykes me trae sin cuidado. Tú dirige el cotarro como mejor te convenga. Por supuesto, ni media palabra de que he dicho tal cosa.
Cuando Malone propuso a McGivern la creación de una unidad especial que persiguiera las armas y la violencia, no encontró tantas reticencias como esperaba.
Los departamentos de Homicidios y Narcóticos son unidades independientes. Narcóticos es una división dirigida directamente desde la central y no suelen mezclarse. Pero, dado que casi tres cuartas partes de los homicidios son por asuntos de drogas, Malone argumentó que no tenía sentido. Lo mismo ocurría con la Unidad de Bandas, ya que el grueso de la violencia relacionada con las drogas también lo estaba con dichas organizaciones.
Cread una sola unidad para atacarlos a todos simultáneamente, dijo.
Narcóticos, Homicidios y Bandas se pusieron a chillar como cerdos enjaulados. Y es cierto que las unidades de élite tienen mala fama en el Departamento de Policía de Nueva York.
Más que nada por su tendencia a la corrupción y la violencia desmedida.
La vieja división de agentes de paisano de los años sesenta y setenta fue la causante de la Comisión Knapp, que a punto estuvo de destruir el departamento. En opinión de Malone, Frank Serpico era un ingenuo y un gilipollas. Todo el mundo sabía que los de paisano se embolsaban dinero. Pero se incorporó a la división de todos modos. Sabía dónde se metía.
El tío estaba endiosado.
A nadie le sorprendió que ni un solo agente del Departamento de Policía de Nueva York donara sangre cuando le dispararon. También estuvo a punto de destruir la ciudad. Tras la creación de la Comisión Knapp, la prioridad de la policía durante veinte años fue combatir la corrupción en lugar del delito.
Luego llegó la UEI —la Unidad Especial de Investigación—, que tenía carta blanca para actuar por toda la ciudad. Organizaron buenas redadas y ganaron mucho dinero estafando a los traficantes. Los descubrieron, claro está, y las cosas se calmaron una temporada.
La siguiente unidad de élite fue la UEC —la Unidad Especial de Crímenes—, cuya tarea primordial era apartar de la circulación las armas que la Comisión Knapp había permitido que llegaran a la calle. Eran ciento treinta y ocho polis, todos ellos blancos, tan buenos en lo suyo que el Departamento de Policía cuadruplicó sus efectivos, pero se precipitó.
El resultado fue que la noche del 4 de febrero de 1999, cuatro agentes de la UEC estaban patrullando el sur del Bronx, pero el más veterano llevaba solo dos años en la unidad y el resto, tres meses. No los acompañaba ningún supervisor, no se conocían de nada y tampoco conocían el barrio.
Así que, cuando les pareció que Amadou Diallo iba a sacar un arma, uno de los agentes abrió fuego y los otros siguieron su ejemplo.
«Tiroteo contagioso», lo llaman los expertos.
Los tristemente célebres cuarenta y un disparos.
La UEC fue disuelta.
Los cuatro agentes fueron imputados y absueltos posteriormente, algo que la comunidad recordó cuando Michael Bennett fue acribillado.
Pero es complicado. Lo cierto es que la UEC era eficaz a la hora de sacar armas de las calles, así que probablemente murieron más negros a consecuencia de su disolución que abatidos por policías.
Hace diez años existía el predecesor de la Unidad Especial: el IMN, o Instituto Manhattan Norte, cuarenta y un agentes de Narcóticos que trabajaban en Harlem y Washington Heights. Uno de ellos robó 800.000 dólares a los traficantes, y un compañero suyo, 740.000. Los federales los arrestaron como daños colaterales en una operación de blanqueo de dinero. A uno le cayeron siete años, y al otro, seis. El comandante de la unidad fue condenado a un año y un día por llevarse su parte.
Cuando los agentes ven a un compañero esposado se les hiela la sangre.
Pero sigue ocurriendo.
Parece que cada veinte años trasciende un escándalo de corrupción y se crea una nueva comisión.
Así que la idea de la Unidad Especial fue difícil de vender.
Hicieron falta tiempo, influencia y presiones, pero a la postre se creó la Unidad Especial de Manhattan Norte.
La misión es realmente muy sencilla: recuperar el control de las calles.
Malone conoce el mensaje tácito: nos da igual lo que hagáis o cómo lo hagáis (siempre que no aparezca en los periódicos), pero mantened a los animales encerrados en sus jaulas.
—¿Y qué puedo hacer por ti, Denny? —pregunta McGivern.
—Tenemos a un infiltrado llamado Callahan que se ha metido en la madriguera. Me gustaría sacarlo antes de que se haga daño.
—¿Has hablado con Sykes?
—No quiero perjudicar al chaval —responde Malone—. Es un buen policía, pero lleva demasiado tiempo infiltrado.
McGivern saca un bolígrafo del bolsillo de la americana y dibuja un círculo en una servilleta.
Luego añade dos puntos dentro del círculo.
—Estos dos puntos, Denny, somos tú y yo. Dentro del círculo. Si me pides que te haga un favor, tiene que ser algo dentro del círculo. Ese tal Callahan... —Dibuja un punto fuera del círculo—. Ese es él. ¿Ves por dónde voy?
—Pues estoy pidiéndote que le hagas un favor a alguien fuera del círculo.
—Haré una excepción, Denny —dice McGivern—. Pero debes entender que, si esto me salpica, te cargaré a ti el muerto.
—Entendido.
—Hay una vacante en Anticrimen en el Seis-Siete —dice McGivern—. Llamaré a Johnny. Me debe una. Él sacará al chaval.
—Gracias.
—Necesitamos más detenciones por tráfico de heroína —advierte McGivern cuando se levanta—. Tengo al jefe de Narcóticos encima. Haz que nieve, Denny. Regálanos una blanca Navidad.
Mientras recorre el concurrido bar, McGivern va estrechando manos y dando palmadas en el hombro.
De repente, a Malone le invade la tristeza.
Quizá sea la bajada de adrenalina.
Quizá sea la nostalgia navideña.
Se acerca a la gramola, introduce unas monedas y encuentra lo que estaba buscando.
Fairytale of New York, de The Pogues.
Es una tradición suya por Nochebuena.
It was a Christmas Eve, babe, in the drunk tank,
And old man said to me: «Won’t see another one».2
Malone sabe que Sykes es el niño mimado de la central, pero no para quién ni hasta qué punto. El capitán quiere hacerle daño, de eso no cabe duda.
Pero soy un héroe, piensa mofándose de sí mismo.
Ahora, al menos la mitad de los policías que han acudido al bar empiezan a entonar el estribillo. Deberían estar en casa con su familia, los que la tengan, pero están aquí, con su alcohol, con sus recuerdos, con sus compañeros.
And the boys of the NYPD Choir were singing Galway Bay
And the bells are runging out for Christmas Day.3
En Harlem la noche es gélida.
Hace un frío espantoso.
Tanto que la nieve sucia cruje bajo tus pies y puedes verte el vaho. Son pasadas las diez y no hay mucha gente en la calle. Casi todas las tiendas de alimentación están cerradas; las gruesas persianas cubiertas de grafitis, bajadas, y los barrotes de las ventanas, puestos. Unos cuantos taxis merodean por la zona en busca de clientes, un par de yonquis se mueven como fantasmas.
El Crown Vic sin distintivos enfila Amsterdam Avenue, y ahora no van a repartir pavos. Están a punto de repartir dolor. El dolor no es nada nuevo para la gente del barrio, es una condición de vida.
Es Nochebuena, hace frío y todo está limpio y tranquilo.
Nadie espera que suceda nada.
Y con eso cuenta Malone, con que Fat Teddy Bailey esté gordo, feliz y complaciente. Malone lleva semanas trabajando con Nasty Ass para pillar al traficante de heroína con mercancía encima cuando menos se lo espere.
Russo va cantando.
«Será mejor que no grites, será mejor que no llores.
Será mejor que no hagas pucheros, y te diré por qué:
Santa Crack está llegando a la ciudad».
Dobla a la derecha por la Ciento ochenta y cuatro, donde Nasty Ass dijo que iría Fat Teddy a echar un polvo.
—Hace demasiado frío para los centinelas —comenta Malone al ver que los chavales de siempre no están allí y que nadie silba para anunciar la llegada de la unidad a quien pueda interesarle.
—A los negros no les va el frío —dice Monty—. ¿Cuándo fue la última vez que viste a un hermano en una pista de esquí?
El Caddy de Fat Teddy está aparcado delante del número 218.
—Nasty Ass es mi hombre —dice Malone.
«Él sabe cuándo duermes.
Él sabe cuándo estás despierto.
Él sabe cuándo te caes de sueño...».
—¿Quieres arrestarlo ahora? —pregunta Monty.
—Déjale follar un rato —responde Malone—. Es Navidad.
—Aaah, Nochebuena —dice Russo mientras esperan en el coche—. El ponche aderezado con ron, los regalos debajo del árbol, la mujer lo bastante achispada para entregarte su conejo, y nosotros sentados en la jungla pelándonos de frío.
Malone saca una petaca del bolsillo de la americana y se la ofrece.
—Estoy de servicio —dice Russo, que bebe un buen trago y pasa la petaca al asiento trasero. Big Monty da un sorbo y se la devuelve a Malone.
Esperan.
—¿Cuánto rato puede pasarse el puto gordo follando? —pregunta Russo—. ¿Toma Viagra? Espero que no le dé un infarto.
Malone sale del coche.
Russo lo cubre mientras él desinfla la rueda trasera izquierda del Caddy de Fat Teddy. Luego se montan de nuevo en el Crown Vic y esperan cincuenta gélidos minutos más.
Fat Teddy mide un metro noventa y pesa ciento veinticinco kilos. Cuando por fin sale embutido en un abrigo largo North Face, parece el muñeco de Michelin. Luego echa a andar hacia el coche con sus zapatillas de baloncesto LeBron Air Force One de dos mil seiscientos dólares y con un balanceo de satisfacción propio de un hombre que acaba de vaciar los huevos.
Entonces ve el neumático.
—Me cago en la puta.
Fat Teddy abre el maletero, saca el gato y se agacha para quitar los largos tornillos.
No lo ve venir.
Malone lo encañona detrás de la oreja.
—Feliz Navidad, Teddy. Jo, jo, jo, capullo.
Russo apunta al camello con la escopeta mientras Monty registra el Caddy.
—Qué ansiosos sois, hijos de puta —dice Fat Teddy—. ¿Nunca os tomáis un día libre o qué?
—¿Acaso el cáncer se toma días libres?
Malone empuja a Fat Teddy contra el coche, palpa el grueso acolchado del abrigo y encuentra un Colt automático del calibre 25. A los camellos les encantan esos calibres raros.
—Oh, oh —dice Malone—. Un hombre con antecedentes en posesión de un arma de fuego. Te va a caer un buen paquete.
Cinco años de cárcel como mínimo.
—Eso no es mío —afirma Fat Teddy—. ¿Por qué me paráis? ¿Por caminar y encima ser negro?
—Por caminar y encima ser Teddy —responde Malone—. He visto un bulto en tu chaqueta que parecía una pistola.
—¿Me estás mirando el bulto? —bromea Fat Teddy—. ¿Te has vuelto marica?
A modo de respuesta, Malone le coge el teléfono móvil, lo tira a la acera y lo pisotea.
—Venga, tío, era un iPhone 6. Ahí te has pasado.
—Tienes veinte como ese —replica Malone—. Las manos a la espalda.
—No pensaréis arrestarme... —dice Fat Teddy con desgana—. No me puedo creer que os pongáis a redactar un puto informe en Nochebuena. Tenéis que emborracharos, irlandeses. El acol os espera.
—¿Por qué tu gente es incapaz de pronunciar bien la palabra «alcohol»?
—Lo ijnoro. —Monty busca debajo del asiento del acompañante y encuentra una bolsa con cien papelinas de caballo agrupadas de diez en diez—. Vaya, pero ¿qué tenemos aquí? La Navidad ha llegado a Rikers. Espero que lleves muérdago encima, Teddy, y que te dejen besarles en la boca.
—La habéis puesto vosotros ahí.
—Los cojones —dice Malone—. Esta heroína es de DeVon Carter y no le gustará nada que la hayas perdido.
—Tenéis que hablar con vuestra gente —responde Fat Teddy.
—¿Qué gente? —Malone le da una bofetada—. ¿Quién?
Fat Teddy no dice nada.
—Te voy a colgar un cartel de «soplón» en el talego. No saldrás vivo de Rikers —le advierte Malone.
—¿Me harías eso a mí, tío?
—O estás conmigo o estás contra mí.
—Yo solo sé que Carter mencionó que tenía protección en Manhattan Norte —responde Fat Teddy—. Pensaba que erais vosotros.
—Pues no.
Malone está cabreado. O Teddy se ha marcado un farol o alguien en Manhattan Norte está en la nómina de Carter.
—¿Qué más llevas encima?
—Nada.
Malone busca en el abrigo y saca varios fajos de billetes atados con una goma.
—¿Esto no es nada? Ahí hay treinta mil por lo menos, un buen pastón. ¿Son del programa de fidelización de Mickey D’s?
—Yo como en Five Guys, hijo de puta. Mickey D’s, dice.
—Pues esta noche vas a cenar salchicha.
—Venga, Malone —dice Fat Teddy.
—¿Sabes qué? Vamos a confiscarte solo el alijo y te dejaremos suelto. Considéralo un regalo navideño.
No es una oferta, es una amenaza.
—¡Si os quedáis con el material tenéis que detenerme y darme copia de la denuncia! —exclama Teddy.
Necesita el acta para demostrar a Carter que fue la policía quien se lo requisó y que no ha intentado estafarle. Es el procedimiento habitual: si te arrestan, o te presentas con el informe o te cortan los dedos.
Carter lo ha hecho alguna vez.
Cuenta la leyenda que tiene un cúter de esos de oficina. A los camellos que se personan allí sin su droga, sin su dinero o sin un acta de detención, los obliga a apoyar la mano en la mesa y ¡bum! Dedos fuera.
Pero el caso es que no es ninguna leyenda.
Una noche, Malone vio a un hombre tambaleándose y derramando sangre por toda la acera. Carter le había dejado el pulgar para que cuando señalara a alguien no tuviera a quien culpar más que a sí mismo.
Dejan a Teddy sentado en el capó de su coche y vuelven al Crown Vic. Malone divide el dinero en cinco partes, una para cada uno, otra para los gastos y otra para Billy O. Llevan siempre encima un sobre con su propia dirección anotada y meten el dinero dentro.
Luego vuelven a por Teddy.
—¿Qué pasará con mi coche, tío? —pregunta mientras lo ayudan a ponerse en pie—. No os lo llevaréis, ¿verdad?
—Había caballo dentro, gilipollas —dice Russo—. Ahora es propiedad del Departamento de Policía de Nueva York.
—Es propiedad de Russo, querrás decir —protesta Fat Teddy—. No permitiré que ese italiano apestoso se pasee por Jersey Shore en mi Caddy.
—A mí no me verán en esa cafetera de negrata —dice Russo—. Irá directo al desguace.
—¡Es Navidad! —exclama Fat Teddy.
Malone levanta la barbilla en dirección al edificio.
—¿En qué piso vive?
Fat Teddy le facilita la información. Malone pulsa el timbre y sostiene el teléfono en alto para que hable Fat Teddy.
—Baja, cariño —dice—. Tienes que quedarte con mi coche. Más te vale que esté aquí cuando salga. Y limpio.
Russo deja las llaves de Fat Teddy encima del capó y lo acompañan al Crown Vic.
—¿Quién os ha dado el chivatazo? —pregunta—. ¿La nenaza mugrienta de Nasty Ass?
—¿Quieres convertirte en uno de esos que se suicidan por Nochebuena? —pregunta Malone—. ¿Esos que saltan del puente George Washington? Porque nosotros podemos solucionarlo.
Fat Teddy la toma con Monty.
—¿Trabajas para él, hermano? ¿Eres su esclavo?
Monty lo abofetea. Fat Teddy es corpulento, pero su cabeza retrocede como si fuera un tentetieso.
—Yo soy un hombre negro, no un puto mono que bebe refrescos, pega a las mujeres y vende caballo en las viviendas sociales.
—Hijo de puta, si no llevara las esposas...
—¿Quieres pelea? —dice Monty, que tira el puro y lo pisotea con el tacón del zapato—. Venga, tú y yo solos.
Fat Teddy no media palabra.
—Ya me lo figuraba —apostilla Monty.
De camino al Tres-Dos se detienen junto a un buzón de correos e introducen los sobres. Luego encierran a Fat Teddy y lo fichan por posesión de armas y heroína. Al sargento de recepción no le hace ninguna gracia.
—Es Nochebuena. Los de la Unidad Especial sois unos gilipollas.
—Que La Unidad sea contigo —dice Malone.
«Sueño con una blanca Navidad,
como las que viví antaño...».
Russo va por Broadway hacia el Upper West Side.
—¿De quién hablaba Fat Teddy? —pregunta—. ¿Era un farol o Carter tiene a alguien en nómina?
—Ha de ser Torres.
Torres es mal tipo.
Roba, amaña casos e incluso ejerce de proxeneta, mayoritariamente con adictas al crack de baja estofa y chicas que se han escapado de casa. Es duro con ellas y las mantiene a raya con una antena de coche. Malone ha visto los verdugones.
El sargento es un auténtico matón e incluso en Manhattan Norte se ha ganado una merecida fama de violento. Malone intenta no agraviarlo. Al fin y al cabo, son todos miembros de la Unidad Especial y tienen que llevarse bien.
Sin embargo, no puede permitir que escoria como Fat Teddy Bailey le diga que goza de protección, así que tendrá unas palabras con Torres.
Si es que es cierto.
Si es que se trata de Torres.
Russo gira por la Ochenta y siete y aparca delante del número 349, una casa de ladrillo.
Malone le alquila el apartamento a un agente inmobiliario al que ofrecen protección.
El alquiler les sale gratis.
Es una segunda residencia de pequeñas dimensiones, pero cubre sus necesidades. Un dormitorio para descansar o al que pueden llevar a una chica, un comedor, una cocinita y un lavabo para du charse.
O para esconder droga, ya que en la ducha hay una falsa trampilla con una baldosa suelta bajo la cual guardaron los cincuenta kilos que le robaron al difunto y poco añorado Diego Pena.
Todavía no van a venderla. Cincuenta kilos causarían revuelo en las calles e incluso bajarían los precios, así que deben esperar a que las aguas vuelvan a su cauce con el caso Pena antes de colocarla. La heroína tiene un valor en el mercado de más de cinco millones de dólares, pero tendrán que ofrecérsela con descuento a un traficante de confianza. Aun así, es un gran botín, incluso a repartir entre cuatro.
A Malone no le supone ningún problema dejarlo allí.
Es el botín más grande que han conseguido y que probablemente conseguirán nunca. Es su jubilación, su futuro. Es la matrícula de la universidad de sus hijos, un muro contra enfermedades catastróficas, la diferencia entre retirarse en un camping de caravanas de Tucson o en un apartamento en West Palm. Se repartieron al momento los tres millones en efectivo, y Malone les aconsejó que no empezaran a gastar a espuertas, que no se compraran un coche nuevo, ni montones de joyas para sus mujeres, ni un barco, ni un viaje a las Bahamas.
Eso es lo que andan buscando los gilipollas de Asuntos Internos: un cambio de estilo de vida, de hábitos laborales o de actitud. Guardad el dinero, les dijo Malone. Apartad al menos cincuenta mil para poder echar mano de ellos en menos de una hora si Asuntos Internos empieza a husmear y tenéis que daros a la fuga. Otros cincuenta mil para la fianza si no habéis tenido oportunidad de escapar. Eso o gastad un poco, guardad el resto, trabajad hasta que podáis jubilaros y a vivir.
Incluso han barajado la posibilidad de jubilarse ya con unos meses de diferencia, de dejarlo mientras jueguen con ventaja. Tal vez deberíamos hacerlo, piensa Malone, pero lo de Pena es tan reciente que levantaría sospechas.
Ya se imagina los titulares: «Héroe de la policía se retira después de su redada más importante».
Asuntos Internos investigaría, desde luego.
Malone y Russo van al salón. Malone saca una botella de Jameson’s del pequeño mueble bar y sirve dos dedos de whisky en un vaso ancho.
Russo, pelirrojo, alto y delgado, tiene tanta pinta de italiano como un sándwich de jamón con mayonesa. Malone en cambio sí la tiene, y cuando eran niños solían bromear diciendo que en el hospital los habían confundido.
Lo cierto es que Malone probablemente conozca mejor a Russo que a sí mismo, sobre todo porque él es muy reservado y Russo no. Si se le pasa algo por la cabeza, lo suelta, aunque no a cualquiera. Solo a sus hermanos de la policía.
Al día siguiente de acostarse por primera vez con Donna en la típica fiesta de graduación, ni siquiera hizo falta que se lo contara; lo llevaba escrito en esa cara de bobalicón y le habló con el corazón en la mano.
—La quiero, Denny. Voy a casarme con ella.
—¿Eres irlandés o qué coño te pasa? —le preguntó Denny—. No tenéis que casaros por el mero hecho de haberos ido a la cama.
—Quiero hacerlo —dijo Russo.
Russo siempre ha sabido quién es. Muchos aspiraban a largarse de Staten Island y ser otra cosa. Russo no. Él sabía que iba a casarse con Donna, que tendría hijos y que viviría en el barrio de siempre. Era feliz siendo el estereotipo de East Shore: un policía de la ciudad, esposa, niños, casa con tres dormitorios, baño completo y otro de cortesía y barbacoas por vacaciones.
Hicieron juntos el examen, ingresaron juntos en el departamento y fueron juntos a la academia. Malone tuvo que ayudarle a ganar dos kilos para llegar al peso mínimo. Lo obligaba a engullir batidos, cerveza y sándwiches italianos.
Russo no lo habría conseguido sin Malone. Era capaz de acertarle a cualquier blanco en la sala de tiro, pero no sabía pelear. Siempre había sido así, incluso cuando jugaban a hockey. Russo tenía unas manos blandas que podían empujar el disco al fondo de la red, pero cuando se quitaba los guantes era un desastre, aun teniendo los brazos largos, y Malone debía salir al rescate. Así que, durante los ejercicios de combate cuerpo a cuerpo, normalmente se las arreglaban para formar pareja, y Malone se dejaba tumbar o inmovilizar con alguna llave.
El día que se licenciaron —¿llegará Malone a olvidar ese día?—, Russo no podía borrar su sonrisa de pardillo por más que lo intentara, y se miraron y supieron cómo sería su vida.
Cuando Sheila meó dos líneas azules, fue Russo a quien Malone acudió, fue Russo quien le dijo que sobraban las preguntas, que solo había una respuesta correcta, y que quería ser el padrino.
—La vieja escuela —dijo Malone—. Eso es lo que hacían nuestros padres y abuelos. Ya no tiene por qué ser así.
—Y una mierda —contestó Russo—. Nosotros también somos de la vieja escuela, Denny. Somos de Staten Island, de East Shore. A lo mejor te crees moderno o algo, pero no lo eres. Y Sheila tampoco. ¿Qué pasa? ¿Es que no la quieres?
—No lo sé.
—La querías lo suficiente para tirártela. Te conozco, Denny. No puedes ser un padre ausente de esos que solo ejercen de donantes de esperma. Tú no eres así.
Así que Russo fue el padrino.
Malone aprendió a amar a Sheila.
No fue tan difícil: era hermosa, divertida e inteligente a su manera, y las cosas fueron bien durante mucho tiempo.
Él y Russo todavía patrullaban las calles cuando cayeron las Torres. Russo corrió hacia aquellos edificios en vez de alejarse porque sabía quién era. Y, cuando Malone se enteró de que Liam había quedado sepultado bajo la segunda torre y no volvería a salir, fue Russo quien pasó la noche con él.
Igual que hizo Malone cuando Donna sufrió un aborto.
Russo lloró.
Cuando Sophia, la hija de Russo, nació prematuramente con poco más de un kilo de peso y los médicos les informaron de que la situación era crítica, Malone pasó la noche con él en el hospital sin mediar palabra. Se quedó allí sentado hasta que Sophia se halló fuera de peligro.
De no ser por Russo, la noche que Malone cometió una estupidez y acabó recibiendo un disparo mientras intentaba dar caza a un ladrón, el cuerpo de policía habría tenido que organizar un funeral con honores de inspector y entregar a Sheila una bandera doblada. Habrían tocado las gaitas y oficiado un velatorio, y Sheila, en lugar de divorciada, sería viuda si Russo no hubiera abatido al ladrón y conducido hasta urgencias como si acabara de robar el coche, porque Malone estaba sufriendo una hemorragia interna.
No, Phil le metió dos balazos en el pecho y un tercero en la cabeza, porque ese es el código: quien dispara a un policía muere allí mismo o en la ambulancia durante un lento traslado al hospital, con alguna parada si es menester y el máximo número de baches posible.
Los médicos hacen el juramento hipocrático. Los paramédicos no. Saben que, si adoptan medidas extraordinarias para salvarle la vida a alguien que haya disparado a un policía, la próxima vez que pidan refuerzos quizá tarden en llegar.
Pero aquella noche Russo no esperó a los paramédicos. Fue a toda prisa al hospital y cargó con Malone como si fuera un bebé.
Le salvó la vida.
Russo es así.
Un tipo chapado a la antigua, un tipo de fiar con un delantal que dice «Maestro de la parrilla» y una incomprensible afición por Nirvana, Pearl Jam y Nine Inch Nails, inteligente de la hostia, con unos cojones de acero y fiel como un perro. Phil Russo siempre está ahí, donde y cuando sea.
Un policía.
Un hermano.
—¿Alguna vez has pensado que tendríamos que dejarlo? —pregunta Malone.
—¿El trabajo?
Malone niega con la cabeza.
—La otra mierda. ¿Cuánto más necesitamos ganar?
—Tengo tres hijos —dice Russo—. Tú tienes dos y Monty, tres. Todos son listos. ¿Sabes cuánto cuesta ahora la universidad? Son peor que los Gambino. Te chupan la sangre. No sé tú, pero yo necesito seguir ganando dinero.
Y tú también, se dice Malone.
Necesitas dinero, pasta en efectivo, pero no es solo eso. Reconócelo, te encanta. Es la emoción, quitar de en medio a los malos, incluso el peligro, la idea de que puedan descubrirte.
Eres un puto tarado.
—A lo mejor ha llegado el momento de mover el caballo de Pena —sugiere Russo.
—¿Qué pasa? ¿Necesitas dinero?
—No, no pasa nada —dice Russo—. Pero las cosas se han calmado y lo tenemos ahí sin generar beneficios. Es el dinero de nuestra jubilación, Denny. Es pasta para mandarlo todo a la mierda, para sobrevivir. Podría ocurrir algo.
—¿Tú crees que va a ocurrir algo, Phil? —pregunta Malone—. ¿Sabes algo que yo no sepa?
—No.
—Es un paso importante —dice Malone—. Siempre hemos cogido dinero, pero nunca hemos traficado.
—Entonces, ¿para qué nos la llevamos si no íbamos a venderla?
—Eso nos convierte en camellos —responde Malone—. Llevamos toda la vida batallando con esa gente y ahora seremos igual que ellos.
—Si la hubiéramos entregado toda, se la habría llevado otro —asegura Russo.
—Lo sé.
—¿Por qué no nosotros? —pregunta Russo—. ¿Por qué se hace rico todo el mundo? Los mafiosos, los traficantes, los políticos. ¿Por qué no lo hacemos nosotros para variar? ¿Cuándo nos llegará el turno?
—Tienes razón —dice Malone.
Luego se hace el silencio y beben.
—¿Te preocupa algo más? —le pregunta Russo.
—No lo sé —dice Malone—. Quizá sea la Navidad.
—¿Irás a casa?
—Por la mañana. A abrir regalos.
—Estará bien.
—Sí, estará bien —dice Malone.
—Pásate un rato por casa si puedes —añade Russo—. Donna preparará comida típica italiana: macarrones con jugo de carne, baccalata y luego el pavo.
—Gracias. Lo intentaré.
Malone se dirige a la comisaría de Manhattan Norte y pregunta al sargento de recepción:
—¿Ya han trasladado a Fat Teddy?
—Es Nochebuena, Malone —dice el agente—. Va todo con retraso.
Malone baja a los calabozos y encuentra a Teddy sentado en un banco. Si hay un lugar más deprimente que una celda en Nochebuena, Malone no lo conoce. Fat Teddy levanta la cabeza.
—Tienes que hacer algo por mí, hermano.
—¿Y qué harás tú por mí?
—¿Por ejemplo?
—Decirme quién está recibiendo dinero de Carter.
Teddy se echa a reír.
—Como si no lo supieras.
—¿Torres?
—Yo no sé nada.
Eso es, conjetura Malone. Fat Teddy tiene miedo de delatar a un poli.
—De acuerdo —dice—. Teddy, no eres idiota. En la calle te lo haces, pero no lo eres. Sabes que, con dos condenas en tu historial, te caerán cinco años solo por la pistola. Si descubrimos que la compró un intermediario en Gooberville, el juez se va a cabrear y podría echarte el doble. Diez años es mucho tiempo. Pero, bueno, te llevaré costillas de Sweet Mama’s a la cárcel.
—No te cachondees de mí, Malone.
—Estoy hablando muy en serio. ¿Y si consigo que salgas en libertad?
—¿Y si tuvieras polla en lugar de eso que tienes ahí?
—Eras tú el que quería ponerse serio, Teddy —replica Malone—. Si no...
—¿Qué quieres?
—Me han llegado rumores de que Carter ha estado negociando una compra de armas pesadas. Lo que quiero saber es con quién.
—¿Me tomas por tonto?
—En absoluto.
—Pues no lo parece, Malone —dice Teddy—. Porque, si salgo de aquí y vosotros requisáis las armas, Carter atará cabos y acabaré fiambre.
—¿Eres tú el que me toma por tonto a mí, Teddy? Haré que parezca que te hemos detenido por lo de siempre.
Fat Teddy titubea.
—Que te den por culo —dice Malone—. Una mujer hermosa esperándome y yo aquí sentado con un gordo feo.
—Se llama Mantell.
—¿Que se llama Mantell quién?
—Un blanquito que les consigue armas a los ECMF.
Malone sabe que los East Coast Mother Fuckers son un club de moteros que se dedican a vender hierba y armas. Tienen socios en Georgia y las dos Carolinas. Pero son racistas, supremacistas blancos.
—¿Los ECMF hacen negocios con negros?
—Supongo que el dinero negro vale lo mismo —responde Fat Teddy encogiéndose de hombros—. Y no les importa ayudar a los negros a matar a otros negros.
Lo que más sorprende a Malone es que Carter haga negocios con blancos. Tiene que estar desesperado.
—¿Qué pueden ofrecerle los moteros?
—AK, AR, Mac-10, lo que sea —responde Teddy—. Es todo lo que sé, colega.
—¿Carter no te ha conseguido un abogado?
—No lo localizo. Está en las Bahamas.
—Llama a este tío —dice Malone, que le tiende una tarjeta de visita—. Mark Piccone. Él lo arreglará todo.
Teddy coge la tarjeta y Malone se levanta.
—Estamos haciendo algo mal, ¿no, Teddy? Tú y yo aquí con el culo helado y Carter tomándose una piña colada en la playa.
—Es cierto.
Lo es.
Muy cierto.
Malone recorre la ciudad en su coche sin distintivos.
No hay muchos lugares donde pueda estar el soplón. Nasty prefiere la zona situada justo al norte de Columbia, pero por debajo de la calle Ciento veinticinco, y Malone lo encuentra temblando en la parte este de Broadway.
Malone se detiene, baja la ventanilla del acompañante y le ordena que suba.
Nasty Ass mira nervioso a su alrededor y se monta en el vehículo. Parece un tanto sorprendido. Malone no suele dejarle subir al coche porque dice que apesta, aunque Nasty no lo nota.
Tiene un buen mono.
Moquea, le tiemblan las manos y se balancea con los brazos cruzados.
—Lo estoy pasando mal —le dice—. No encuentro a nadie. Tienes que ayudarme, tío.
Tiene la cara demacrada y la piel cetrina. Las dos paletas sobresalen como las de una ardilla en una serie mala de dibujos animados. Si no fuera por el olor que desprende, lo llamarían Boca Asquerosa.
Ahora está enfermo.
—Por favor, Malone.
Malone mete la mano debajo del salpicadero, donde hay una caja metálica pegada con un imán. La abre y entrega a Nasty un sobre, suficiente para una dosis calmante.
Nasty abre la puerta.
—No, quédate —dice Malone.
—¿Puedo chutarme aquí?
—Sí, qué coño. Es Navidad.
Malone tuerce a la izquierda y se dirige al sur por Broadway. Entre tanto, Nasty Ass vierte la heroína en una cuchara, la diluye con un encendedor y la succiona utilizando una jeringuilla.
—¿Está limpia? —pregunta Malone.
—Como un recién nacido.
Nasty Ass se clava la aguja en la vena y empuja el émbolo. Luego echa la cabeza hacia atrás y suspira.
Ya se encuentra bien.
—¿Dónde vamos?
—A la Autoridad Portuaria —dice Malone—. Te vas de la ciudad una temporada.
Nasty está asustado. Alarmado.
—¿Por qué?
—Es por tu bien.
Por si Fat Teddy está tan cabreado que sale en su busca para cargárselo.
—No puedo irme —dice Nasty Ass—. No tengo contactos fuera de la ciudad.
—Pues te vas.
—Por favor, no me obligues —dice. Está llorando—. No puedo pasar el mono en otro sitio. Me moriré.
—¿Quieres pasarlo en Rikers? —le pregunta Malone—. Porque es tu otra opción.
—¿Por qué te pones gilipollas, Malone?
—Soy así.
—Antes no lo eras —dice Nasty Ass.
—Ya, bueno. Ahora no es antes.
—¿Y adónde voy?
—No lo sé. A Filadelfia. A Baltimore...
—Tengo un primo en Baltimore.
—Pues vete allí —dice Malone, que saca quinientos dólares y se los da—. No te lo gastes todo en caballo. Lárgate de Nueva York y no vuelvas en una temporada.
—¿Cuánto tiempo tengo que estar fuera?
Parece desesperado, asustado de veras. Malone duda que Nasty Ass haya pisado alguna vez el East Side, por no hablar de salir de la ciudad.
—Llámame dentro de una semana más o menos y ya te diré —responde. Se detiene delante de la Autoridad Portuaria—. Si te veo por Nueva York me voy a mosquear mucho, Nasty Ass.
—Pensaba que éramos amigos, Malone.
—No, no somos amigos ni lo seremos nunca. Eres mi confidente. Un chivato. Eso es todo.
Durante el trayecto hacia la parte alta de la ciudad, Malone va con las ventanillas bajadas.
Claudette abre la puerta.
—Feliz Navidad, cariño —dice.
A Malone le encanta su voz.
Más que su aspecto físico, fue su voz, grave y melosa, lo que primero le atrajo de ella.
Una voz cargada de promesas y serenidad.
Aquí hallarás consuelo.
Y placer.
En mis brazos, en mi boca, en mi coño.
Entra y se sienta en el pequeño sofá, que ella llama de otra manera, pero Malone no lo recuerda nunca.
—Siento haber tardado tanto —le dice.
—Yo también acabo de llegar —responde ella.
Aunque lleva un kimono blanco y su perfume huele a gloria, piensa Malone.
Acaba de llegar a casa y se ha preparado para mí.
Claudette se sienta a su lado, abre una caja de madera tallada que hay encima de la mesita y saca un porro. Lo enciende y se lo ofrece.
Malone da una calada y dice:
—Pensaba que trabajabas de cuatro a doce.
—Yo también lo pensaba.
—¿Un turno complicado? —pregunta Malone.
—Peleas, intentos de suicidio y sobredosis —dice Claudette, que coge de nuevo el porro—. Vino un hombre descalzo con la muñeca rota. Dijo que te conocía.
Trabaja de enfermera en urgencias, normalmente en el turno de noche, así que ha visto de todo. Se conocieron la vez que Malone llevó al hospital a un confidente yonqui que se había volado medio pie por un disparo accidental.
—¿Por qué no ha llamado a una ambulancia? —le preguntó Claudette.
—¿En Harlem? —repuso Malone—. Se habría desangrado mientras los paramédicos pasaban el rato en Starbucks. Así que, en lugar de eso, se ha desangrado en mi coche. Acababa de llevarlo a lavar, por cierto.
—Es usted policía.
—En efecto.
Ahora Claudette se recuesta y apoya las piernas en su regazo. Al hacerlo, se le sube el kimono y los muslos quedan al aire. Tiene un lunar justo debajo del coño que a Malone le parece el lugar más suave de la Tierra.
—Esta noche, una adicta al crack ha abandonado a su bebé en las escaleras del hospital.
—¿Envuelto en una fajita?
—He captado la ironía —dice Claudette—. ¿Qué tal ha ido el día?
—Bien.
A Malone le gusta que no le presione, que se quede satisfecha con sus respuestas. Muchas mujeres no son así, quieren que «comparta», quieren detalles que él preferiría olvidar. Claudette lo entiende; ella ha vivido sus propios horrores.
Malone le acaricia ese lugar tan suave.
—Estás cansada. Supongo que querrás dormir.
—No, cariño. Quiero follar.
Se terminan la copa y van al dormitorio.
Claudette lo desnuda y le besa la piel. Se arrodilla y se la mete en la boca, e incluso en la oscuridad de la habitación, donde solo entra la luz de la calle, le encanta mirar esos labios rojos y carnosos alrededor de su polla.
Hoy no va colocada. No consume desde hace un año, tan solo hierba, aunque es una hierba muy buena, y a Malone eso también le encanta. Extiende el brazo y le toca el pelo. Luego desliza la mano bajo el kimono, le acaricia el pecho y la oye gemir.
Malone le apoya las manos en los hombros para que pare.
—Quiero estar dentro de ti.
Claudette se levanta y se tumba en la cama. Encoge las rodillas como si fuera una invitación, y luego la hace oficial.
—Entonces ven aquí, cariño.
Está húmeda y caliente.
Malone recorre su cuerpo de arriba abajo, los grandes pechos y la piel marrón oscuro, y extiende un dedo para tocar el suave lunar mientras las sirenas aúllan en el exterior y la gente grita y a él le da igual, porque ahora no ha de preocuparse. Solo tiene que entrar y salir de ella y oírla decir «me encanta, cariño, me encanta».
Cuando nota que está a punto de correrse, la agarra con fuerza. Claudette dice que, para ser negra, no tiene culo, pero Malone le aprieta el pequeño y duro trasero y la penetra hasta notar esa pequeña bolsa en su interior. Ella lo coge del hombro, arquea la espalda y termina antes que él.
Malone se corre como siempre lo hace con ella, desde la punta de los dedos del pie hasta la cabeza, y quizá sea la hierba, pero él cree que es por ella, por esa voz suave y esa cálida piel marrón que ahora brilla con el sudor de ambos, y no sabe si ha transcurrido un minuto o una hora cuando la oye decir:
—Cariño, estoy cansada.
—Sí, yo también.
Malone se aparta y Claudette le coge la mano y se queda dormida.
Él se tumba boca arriba. El dueño de la licorería de enfrente debe de haberse olvidado de apagar las luces, cuyos tonos rojos parpadean en el techo de Claudette.
Es Navidad en la jungla y, al menos por unos breves instantes, Malone se siente en paz.
5
Malone duerme solo una hora. Quiere llegar a Staten Island antes de que se levanten los niños y empiecen a abrir los regalos que hay debajo del árbol.
No despierta a Claudette.
Se viste, va a la cocina, se prepara un café instantáneo y saca de la americana el regalo que le ha comprado.
Unos pendientes de diamante de Tiffany’s.
Porque le apasiona la película de Audrey Hepburn.
Malone deja la caja encima de la mesita del salón y se va. Sabe que Claudette dormirá hasta mediodía y que luego irá a cenar a casa de su hermana.
—Después probablemente asistiré a una reunión en St. Mary’s —le dijo.
—¿Organizan reuniones en Navidad? —preguntó Malone.
—Sobre todo en Navidad.
Claudette está bien, lleva casi seis meses limpia. Para un adicto es duro trabajar en un hospital con todas esas drogas a su alcance.
Malone se dirige a su apartamento, situado en la Ciento cuatro entre Broadway y el West End.
Cuando se separó de Sheila, hace algo más de un año, decidió ser uno de los pocos policías que viven en su territorio. No se mudó a Harlem, sino a las afueras del Upper West Side. Si quiere, puede ir a trabajar en tren o caminando, y le gusta el barrio de Columbia.
Los universitarios son un incordio, con esa arrogancia y esa certidumbre propias de la juventud, pero en cierto modo le gusta. Disfruta oyendo las conversaciones en bares y cafeterías. Le gusta caminar hacia la parte alta de la ciudad y anunciar su presencia a traficantes y drogadictos.
Su apartamento está en un tercer piso sin ascensor: un pequeño comedor, una cocina aún más pequeña y un dormitorio ínfimo con cuarto de baño. En el salón ha colgado un pesado saco de boxeo. Es todo cuanto necesita; tampoco pasa mucho tiempo allí. Es un lugar donde dormir, ducharse y prepararse una taza de café por la mañana.
Ahora sube, se asea y se cambia. No puede volver a casa con la misma ropa, porque Sheila lo olería al instante y le preguntaría si ha estado con «esa».
Malone no entiende por qué le molesta tanto. Se separaron casi tres meses antes de conocer a Claudette, pero fue un grave error responder honestamente cuando Sheila le preguntó si estaba viéndose con alguien.
—Eres poli, deberías haber sido más listo —dijo Russo cuando le contó que Sheila había perdido los estribos—. Jamás des una respuesta sincera.
O no contestes más allá de: «Quiero un abogado, quiero a mi representante».
Pero Sheila montó en cólera.
—¿«Claudette»? ¿Es francesa o qué?
—Pues no. Es negra. Afroamericana.
Sheila se partió de risa en su cara.
—Joder, Denny, cuando el Día de Acción de Gracias dijiste que te gustaba la carne oscura, pensaba que te referías al muslo de pavo.
—Muy bonito.
—Ahora no me vengas con remilgos —dijo Sheila—. Tú siempre hablas de «morenos» y «tizones». Una cosa: ¿a ella también la llamas «negrata»?
—No.
Sheila no podía contener las carcajadas.
—¿Le has contado a cuántos negros pegaste con la porra en tus tiempos mozos?
—Creo que se me ha pasado por alto.
Sheila volvió a reírse, pero Malone sabía lo que se avecinaba. Se había tomado un par de copas, así que era solo cuestión de tiempo que la hilaridad degenerara en rabia y autocompasión. Y así fue.
—Cuéntame, Denny: ¿folla mejor que yo?
—Venga, Sheila.
—Quiero saberlo. ¿Folla mejor que yo o no? Ya sabes lo que dicen: cuando has probado a una negra no hay marcha atrás.
—Ya basta.
—Porque normalmente me la pegas con putas blancas —dijo Sheila.
Bueno, eso es cierto, pensó Malone.
—No te la estoy pegando. Estamos separados.
Pero Sheila no estaba de humor para legalismos.
—Cuando estábamos casados nunca te preocupó, ¿verdad, Denny? Tú y tus compañeros os tirabais todo lo que se moviera. Por cierto, ¿ellos lo saben? ¿Saben Russo y Big Monty que estás removiendo alquitrán?
Malone no quería perder los estribos, pero lo hizo.
—Cierra la puta boca, Sheila.
—¿Qué, vas a pegarme?
—Nunca te he puesto una mano encima.
Ha hecho muchas cosas malas en la vida, pero pegar a una mujer no es una de ellas.
—Eso es verdad —dijo ella—. Ya no me tocabas nunca.
El problema era que tenía razón.
Ahora se afeita meticulosamente, primero hacia abajo y luego a contrapelo, porque quiere ir bien acicalado.
No será tarea fácil, se dice.
Abre el botiquín y engulle un par de cápsulas de Dexedrina de cinco miligramos para espabilarse un poco.
Después se enfunda unos vaqueros limpios, una camisa blanca y un abrigo de lana negro para parecer un buen ciudadano. Suele llevar manga larga cuando va a casa, incluso en verano, porque Sheila detesta los tatuajes.
Cree que simbolizan su marcha de Staten Island, que está volviéndose un «modernillo de ciudad».
—¿En Staten Island nadie va tatuado? —le preguntó Malone.
Ahora hay un estudio en cada esquina y la mitad de los tíos que se pasean por el barrio llevan tinta. Y, bien mirado, la mitad de las mujeres también.
A él sí que le gustan. Por un lado, le gustan porque sí. Por otro, acojonan a los delincuentes, que no están acostumbrados a ver polis con tatuajes. Cuando se remanga para interrogarlos, saben que van a pasar un mal rato.
Y es una hipocresía, porque Sheila lleva un pequeño trébol en el tobillo derecho, como si, con ese pelo rojo, los ojos verdes y las pecas, no se le notara bastante que es irlandesa. Sí, no hace falta pagarle doscientos dólares la hora a un psiquiatra para que me corrobore que Claudette es la antítesis de la que pronto será mi exmujer, piensa Malone cuando se prende al cinturón la pistola no reglamentaria.
Lo entiendo.
Sheila es todo cuanto vio de pequeño, sin sorpresas, lo conocido. Claudette es otro mundo, una evolución constante, lo desconocido. No es solo por su raza, aunque eso influye mucho.
Sheila es Staten Island; Claudette es Manhattan.
Ella es la ciudad para él.
Las calles, los sonidos, los aromas, la sofisticación, el erotismo, el exotismo.
En su primera cita, apareció con un vestido estilo años cuarenta y una gardenia blanca a lo Billie Holiday en el pelo. Llevaba los labios pintados de un rojo chillón y un perfume que casi lo mareó de deseo.
La llevó a Buvette, en el Village, cerca de Bleecker, porque supuso que teniendo un nombre de pila francés le gustaría y, en cualquier caso, no quería ir con ella al norte de Manhattan.
Ella se percató.
—No quieres que te vean con una negra en tu territorio —dijo cuando se sentaron a la mesa.
—No se trata de eso —contestó Malone recurriendo a una media verdad—. Pero, cuando vengo aquí, siempre estoy de servicio. ¿Qué pasa? ¿No te gusta el Village?
—Me encanta el Village —dijo Claudette—. Viviría aquí si no quedara tan lejos del trabajo.
Aquella noche no se acostó con él, ni la siguiente ni la otra, pero, cuando lo hizo, fue una revelación, y Malone se enamoró de ella como no creía que pudiera ocurrirle. A decir verdad, ya estaba enamorado, porque ella le suponía un reto. Sheila lo aceptaba todo con renuencia o discutía como solo lo hacen las irlandesas pelirrojas. Claudette cuestionaba sus aseveraciones, le hacía ver las cosas de otra manera. Malone nunca había leído demasiado, pero ella consiguió que lo hiciera, incluso poesía, y algunas cosas, como Langston Hughes, hasta llegaron a gustarle. Algunos sábados por la mañana dormían hasta tarde y luego iban a tomar café y a veces visitaban librerías, algo que jamás habría imaginado que haría. Ella le enseñaba libros de arte y le hablaba de los viajes que había hecho a París ella sola y le decía que le gustaría volver.
Joder, Sheila es incapaz de venir por su cuenta a la ciudad.
Pero Malone no ama a Claudette porque sea diferente de Sheila.
Es por su inteligencia, su sentido del humor, su calidez.
Nunca ha conocido a una persona más bondadosa.
Eso es un problema.
Es demasiado buena para el trabajo que hace. Lo pasa mal por sus pacientes, se desangra por dentro al ver las cosas que ve, y eso la hunde y la hace buscar la jeringuilla.
Le vendrá bien asistir a las reuniones.
Cuando se ha vestido, Malone coge los regalos de los niños. Los ha comprado él, pero Santa Claus se llevará todo el mérito por los que están debajo del árbol. Malone eligió la nueva PlayStation 4 para John y una Barbie para Caitlin.
Eso fue fácil. En cambio, encontrar un regalo para Sheila fue una putada.
Su intención era comprarle algo bonito que no resultara romántico ni remotamente sexi. Al final consultó a Tenelli, que le aconsejó una buena bufanda.
—Que no sea una baratija de esas que compráis los gilipollas a un vendedor callejero en el último momento. Tómate tu tiempo, vete a Macy’s o a Bloomie’s. ¿De qué color es?
—¿Qué?
—Que cómo es, atontado —le dijo Tenelli—. ¿Es de piel oscura o pálida? ¿De qué color tiene el pelo?
—Piel pálida. Pelirroja.
—Pues ve a tiro hecho. Compra una gris.
Así que fue a Macy’s, se abrió paso a codazos entre la muchedumbre y encontró una bonita bufanda de lana gris que le costó cien dólares. Malone espera que el regalo transmita el mensaje adecuado: «Ya no estoy enamorado, pero siempre cuidaré de ti».
Sheila ya debería saberlo a estas alturas.
Nunca se retrasa con la pensión, paga la ropa de los niños, el hockey de John y las clases de baile de Caitlin, y la familia sigue beneficiándose de su seguro médico, que es excelente e incluye dentista.
Y siempre le deja un sobre a Sheila, porque no quiere que trabaje ni que su tren de vida sufra un... ¿Cómo se llama? Un menoscabo. Así que cumple con sus obligaciones y le entrega un sobre bien abultado. Ella le da las gracias y, como es inteligente, nunca pregunta de dónde sale el dinero.
El padre de Sheila también era policía.
—Está bien que hagas lo correcto —le dijo Russo en una ocasión.
—¿Y qué otra cosa voy a hacer? —preguntó Malone.
Si te crías en ese barrio, haces lo que tienes que hacer.
En Staten Island, todo el mundo opina que un hombre puede abandonar a su mujer, pero que solo los negros abandonan a sus hijos. Lo cual no es justo, a juicio de Malone. Bill Montague probablemente sea el mejor padre que conoce. Pero la gente cree que los negros andan por ahí tirándose a sus amantes y luego le pasan la factura de los servicios sociales a los blancos.
Si un blanco de East Shore intenta hacer algo así, todo el mundo se le echa encima —su sacerdote, sus padres, sus hermanos, sus primos, sus amigos—, lo acusan de degenerado y lo dejan en ridículo ofreciéndose a pagar ellos la deuda.
—Por tu culpa he tenido que agachar la cabeza en misa —le diría su madre—. ¿Qué voy a contarle a papá?
Ese argumento en particular no serviría de mucho con Malone.
Odia a los curas.
Los considera unos parásitos y no se acerca a una iglesia a menos que tenga que asistir obligadamente a una boda o un funeral.
Pero a la Iglesia no le da dinero.
Malone, que nunca pasa junto a un voluntario del Ejército de Salvación sin echar al menos cinco dólares en la cesta, no daría ni un centavo a la Iglesia católica en la que se crio. Se niega a hacer donaciones a la que considera una «institución de pederastas que deberían ser condenados según la Ley de Testaferros y Organizaciones Corruptas».
Cuando el Papa visitó Nueva York, Malone quería arrestarlo.
—No creo que sentara muy bien —le dijo Russo.
—Seguramente no.
Sobre todo porque los agentes con rango superior al de capitán se mataban por besar el anillo o el trasero del pontífice, lo que primero tuvieran a su alcance.
A Malone tampoco le apasionan las monjas.
—¿Y la Madre Teresa? —le preguntó Sheila un día que estaban discutiendo el asunto—. Daba de comer a los hambrientos.
—Si hubiera repartido condones —respondió él—, no habría tenido tantos hambrientos a los que alimentar.
Malone odia incluso Sonrisas y lágrimas. Es la única película en la que iba con los nazis.
—¿Cómo puede odiar alguien Sonrisas y lágrimas? —le preguntó Monty—. Es bonita.
—Pero ¿qué mierda de negro estás hecho tú? —le espetó Malone—. Escucha la puta banda sonora.
—Tienes razón —repuso Monty—. Tú escuchas rap de mierda.
—¿Qué tienes tú en contra del rap?
—Que es racista.
Según la experiencia de Malone, nadie odia más el rap y el hip-hop que un negro mayor de cuarenta años. No soportan esa actitud, los pantalones caídos, las gorras hacia atrás y las joyas. Y la mayoría de los negros de esa edad no permiten que llamen «zorra» a su mujer.
No va a ocurrir.
Malone lo ha visto. En una ocasión, antes de que la relación se fuera a pique, él, Sheila, Monty y Yolanda salieron juntos una noche. Hacía calor y circulaban por Broadway con las ventanillas bajadas. Un rapero vio a Yolanda desde la esquina de la Noventa y ocho y gritó: «¡Esa zorra está buena, hermano!». Monty detuvo el coche en medio de la calle, se acercó al chaval y le pegó. Luego volvió y no dijo nada.
Nadie lo hizo.
Claudette no detesta el hip-hop, pero escucha sobre todo jazz, y le pide que lo acompañe a los clubes cuando actúa un músico que le gusta. A Malone le parece bien, pero lo que verdaderamente le gusta son los viejos raperos: Biggie, Sugarhill Gang, N. W. A. y Tupac. Nelly, Eminem y Dr. Dre tampoco están mal.
Malone está en el comedor y se da cuenta de que se le ha ido el santo al cielo, lo cual significa que la Dexedrina todavía no ha hecho efecto.
Cierra la puerta con llave y se dirige al aparcamiento donde guardan su coche.
Su vehículo personal es un bonito Chevy Camaro SS de 1967 restaurado, descapotable, negro, con franjas de Z/28, un motor de siete mil centímetros cúbicos, cambio manual de cuatro velocidades y un flamante equipo de audio Bose. Nunca lo lleva al distrito y raras veces a Manhattan. Es un capricho que utiliza para ir a la isla o huir de la ciudad.
Ahora toma la autopista del West Side rumbo al centro y cruza Manhattan cerca del lugar que ocupaban las Torres Gemelas. Han pasado más de quince años y todavía se enfada cuando no las ve. Es un agujero en la silueta de la ciudad, un agujero en su corazón. Malone no odia a los musulmanes, pero desde luego odia a muerte a esos putos yihadistas. Aquel día murieron trescientos cuarenta y tres bomberos.
Treinta y siete miembros de la Autoridad Portuaria y de la policía de Nueva Jersey.
Veintitrés policías entraron en esos edificios y ya no salieron.
Malone nunca olvidará ese día, y le gustaría que no fuera así. No estaba de servicio, pero respondió a la llamada de movilización de nivel 4. Él, Russo y otros dos mil agentes acudieron al lugar y vieron cómo caía la segunda torre. En aquel momento no sabía que su hermano estaba dentro.
Fue un día interminable de búsquedas y esperas, y más tarde la llamada que confirmó lo que en el fondo ya sabía: que Liam no iba a volver. Malone tuvo que ir a contárselo a su madre y jamás olvidará aquel sonido, el grito de tristeza que salió de su boca y que todavía resuena en sus oídos en las horas grises de insomnio.
Lo que tampoco se desvanece nunca es el olor. Una vez, Liam le dijo que no lograba quitarse de la nariz el olor a carne quemada, y Malone no le creyó hasta el 11-S. Aquellos días, toda la ciudad olía a muerte, cenizas, carne chamuscada, podredumbre, rabia y tristeza.
Y Liam tenía razón: Malone nunca ha podido quitarse ese olor de la nariz.
Pone un disco de Kendrick Lamar y sube el volumen al máximo al pasar por el túnel de Battery.
Al llegar al puente de Verrazano suena el teléfono.
Es Mark Piccone.
—¿Podrías dedicarme unos minutos hoy?
—Es Navidad.
—Solo cinco minutos —dice Piccone—. Mi nuevo cliente quiere que se ocupen de su caso.
—¿Fat Teddy? —pregunta Malone—. Aún faltan meses para el juicio, joder.
—Está nervioso.
—Voy a la isla —dice Malone.
—Yo ya he llegado —responde Piccone—. Tenemos reunión familiar, pero intentaré escaparme a última hora de la tarde.
—Te llamo luego.
Malone sale del puente cerca de Fort Wadsworth, donde empieza el maratón de Nueva York, toma el desvío de Hylan y enfila Dongan Hills, pasa junto a Last Chance Pond y gira a la izquierda por Hamden Avenue.
El viejo barrio.
No tiene nada de especial; son las típicas islas de bonitas casas unifamiliares de East Shore. La mayoría de sus habitantes son irlandeses o italianos, muchos de ellos policías y bomberos.
Es un buen lugar para criar a los niños.
Lo cierto es que Malone no podía soportarlo más.
El aburrimiento era mortal.
No aguantaba volver de una redada, de un dispositivo de vigilancia, de los tejados, de los callejones, de las persecuciones en Hylan Plaza, Pathmark, Toys “R” Us o GameStop. Llegar a casa después de una jornada acelerado por el speed, la adrenalina, el miedo, la ira, la tristeza o la rabia y acabar en una casita mona jugando al Mexican Train, al Monopoly o al póquer apostando unos centavos. Eran personas agradables y se sentía culpable bebiéndose su vino y charlando de banalidades cuando lo que le apetecía verdaderamente era volver a las calles sofocantes, malolientes, ruidosas, peligrosas, divertidas, estimulantes e irritantes de Harlem con la gente real, con las familias, los timadores, los camellos y las putas.
Los poetas, los artistas y los soñadores.
Le encantaba la puta ciudad.
Ver a la gente bailar en Rucker o sentarse en la terraza de Riverside Park a observar a los cubanos jugando a béisbol. A veces iba a Heights e Inwood a contemplar la escena dominicana: las partidas de dominó en las aceras, el reggaetón atronando desde los coches, los vendedores callejeros abriendo cocos con un machete. Entrar en Kenny’s a tomar un café con leche o pedir una sopa dulce de judías en un puesto ambu lante.
Es lo que le más le gusta de Nueva York: si lo quieres, ahí está.
Es la dulce y fétida riqueza de este lugar. No lo entendió hasta que salió de su gueto italoirlandés de Staten Island, con sus gentes de clase obrera, sus policías y sus bomberos, y se mudó a la ciudad. En una misma calle oyes cinco idiomas diferentes, hueles seis culturas, escuchas siete tipos de música, ves centenares de tipos de personas y conoces mil historias, y todo ello en Nueva York.
Nueva York es el mundo.
Al menos el mundo de Malone.
Nunca se irá de allí.
No tiene ningún motivo para irse.
Intentó explicárselo a Sheila, pero ¿cómo hacerlo sin arrastrarla a un mundo que no quería para ella? ¿Cómo puedes entrar en un piso en el que los padres están tan enganchados al crack que el bebé lleva muerto una semana, con los pies llenos de mordeduras de rata, y luego ir con tus hijos a Chuck-E-Cheese’s? ¿Se supone que debes contárselo? ¿«Compartirlo»? No, lo correcto es esbozar una sonrisa y parlotear con el vendedor de neumáticos sobre los Mets o cualquier otra gilipollez, porque nadie quiere oírte hablar de eso y tú tampoco quieres hacerlo. Tú solo quieres olvidar y a otra cosa.
En una ocasión, Phil, Monty y él recibieron un chivatazo anónimo, así que fueron a la dirección indicada en Washington Heights y encontraron a un tío atado una silla. Le habían cortado las manos por robar parte de un alijo de caballo, pero seguía vivo, porque sus captores le habían cauterizado meticulosamente las heridas con un soplete. Se le salían los ojos de las cuencas y había apretado tanto la mandíbula que la tenía rota. Después tuvieron que asistir a una comida y plantarse con el anfitrión delante de la barbacoa, que es lo que hay que hacer. Él y Phil se miraron y pudieron leerse la mente. Con otros policías no se habla de esas cosas porque no es necesario. Ya lo saben. Ellos son los únicos que lo saben.
Luego vino la fiesta de cumpleaños.
Malone ni siquiera recuerda quién era el niño, un amigo de Caitlin tal vez. Era una fiesta en el jardín y tenían una piñata colgada del tendedero. Malone los observaba mientras le daban golpes. Se había pasado toda la semana en el juicio de un traficante llamado Bobby Jones. El jurado lo declaró no culpable, porque no se creía que Malone hubiera visto desde la otra acera a «Bobby Bones» vendiendo caballo. Así que estaba allí sentado y los niños seguían golpeando al burro una y otra y otra vez, pero no eran capaces de romperlo. Finalmente se levantó, arrebató el palo a un niño, hizo añicos el puto burro y los caramelos saltaron por los aires.
Todo se detuvo.
Los invitados se lo quedaron mirando.
—Comeos los caramelos —dijo Malone.
Se sentía avergonzado, así que fue al baño. Sheila salió detrás de él y le dijo:
—¿Qué coño te pasa, Denny?
—No lo sé.
—¿Que no lo sabes? —insistió ella—. ¿Nos dejas en evidencia delante de todos nuestros amigos y no lo sabes?
No, no lo sé, pensó Malone.
Y no sé cómo decirte que ya no puedo seguir con esto.
No puedo llevar una doble vida. Y esta vida, esta vida, me parece...
Estúpida.
Falsa.
Yo no soy así.
Lo siento, Sheila, pero yo no soy así.
Esa mañana de Navidad, Sheila, aún medio dormida, sale a recibirlo con una taza de café en la mano. Lleva una bata de franela azul y va despeinada y sin maquillar.
Aun así, le parece hermosa.
Siempre se lo ha parecido.
—¿Los niños están despiertos? —pregunta Malone.
—No, les di unos comprimidos de Benadryl ayer noche. —Al ver la expresión de Malone, añade—: Era broma, Denny.
Malone la sigue hasta la cocina. Sheila le sirve un café y se sienta en un taburete junto a la barra de desayuno.
—¿Qué tal la Nochebuena? —pregunta.
—Genial —dice ella—. Los niños discutieron por qué película veíamos, así que optamos por Solo en casa primero y luego Frozen. ¿Tú qué hiciste?
—Estuve de servicio.
Sheila le lanza una mirada de incredulidad. Su expresión lo acusa de haber estado con «esa».
—¿Hoy trabajas? —le pregunta.
—No.
—Vamos a cenar a casa de Mary —dice Sheila—. Te invitaría, pero ya sabes que te odian a muerte.
Es la misma Sheila de siempre. Tiene la sutileza de un martillo pilón. Lo cierto es que es una de las cosas que siempre le han gustado de ella. Todo es blanco o negro, nunca te genera dudas. Y tiene razón: su hermana Mary y el resto de la familia lo odian desde que se separaron.
—No pasa nada —dice Malone—. A lo mejor voy a casa de Phil. ¿Qué tal los niños?
—Pronto tendrás que hablar «de eso» con John.
—Tiene once años.
—Este año empieza secundaria —añade Sheila—. No te creerías las cosas que pasan en estos tiempos. Las niñas hacen mamadas en séptimo curso.
Malone trabaja en Harlem, Inwood y Washington Heights.
Séptimo curso es tarde.
—Hablaré con él.
—Pero hoy no.
—No, hoy no.
Oyen voces en el piso de arriba.
—Es hora de jugar —dice Malone.
Se sitúa a los pies de la escalera y los niños bajan haciendo un ruido atronador y abren unos ojos como platos al ver los regalos debajo del árbol.
—Parece que ha venido Santa Claus —dice Malone.
No le duele que lo esquiven y se abalancen sobre el botín. Son niños y, en cualquier caso, de tal palo, tal astilla.
—¡La PlayStation 4! —exclama John.
Ahí va mi regalo, piensa Malone, que sabe que ningún niño necesita dos PlayStation.
¿Cómo han podido crecer tanto en un par de semanas? Sheila probablemente no se da cuenta porque convive con ellos a diario, pero John está dando el estirón y empieza a verse un poco desgarbado. Caitlin tiene el cabello rojizo como su madre, aunque todavía muy rizado, y los mismos ojos verdes. Malone tendrá que construir una torre de vigilancia en la casa para mantener a raya a los chicos.
Le duele el alma.
Me gustaría ver crecer a mis hijos, piensa.
Se apoltrona en el mismo sillón en el que se sentaba cada Navidad cuando todavía estaban juntos y Sheila ocupa su lugar habitual en el sofá.
Para Malone, las tradiciones son importantes. Los hábitos también, pues aportan estabilidad a los niños. Así que él y Sheila establecen cierto orden y piden a los niños que se turnen para que la Navidad no termine en treinta segundos. Luego Sheila impone una tortuosa pausa para que tomen bollos de canela y chocolate caliente antes de volver con los regalos.
John abre el de Malone y finge entusiasmo.
—¡Qué bien, papá!
Es un buen chico, piensa. Es sensible. No puedo permitir que entre en el negocio familiar. Se lo comerían vivo.
—No sabía que Santa Claus se encargaba de esto —dice Malone, una sutil pulla para Sheila.
—No, es genial —dice John improvisando—. Puedo instalar una arriba y otra aquí.
—La devolveré y te traeré otra cosa —responde Malone.
John salta como un resorte y abraza a su padre.
Para él lo es todo.
Debo impedir que este chico ingrese en la policía, piensa.
A Caitlin le encanta su Barbie. Se acerca a su padre y le da un fuerte abrazo y un beso en la mejilla.
—Gracias, papá.
—De nada, cariño.
Todavía huele a niña.
Esa dulce inocencia.
Sheila es una madre fantástica.
Entonces, Caitlin le parte el corazón.
—¿Te quedarás a dormir, papá?
Una grieta.
John lo mira como si ignorara que existía esa posibilidad, pero ahora se le ve esperanzado
—Hoy no —dice Malone—. Tengo que trabajar.
—Atrapando a los malos —comenta John.
—Atrapando a los malos.
No serás como yo, piensa Malone. No serás como yo.
Caitlin no se rinde.
—Cuando hayas atrapado a todos los malos, ¿vendrás a casa?
—Ya veremos, cariño.
—«Ya veremos» significa «no» —dice Caitlin, que lanza una mirada punzante a su madre.
—¿No tenéis regalos para nosotros? —pregunta Sheila.
El entusiasmo los distrae y se apresuran a coger los regalos de debajo del árbol. John regala a Malone un gorro de lana de los New York Rangers y Caitlin una taza de café que ha decorado en clase de plástica.
—Esto para mi mesa y esto para la cabeza —les dice—. Me encantan, chicos. Gracias. Ah, y esto es para ti.
Malone tiende a Sheila una caja.
—Yo no te he comprado nada —dice ella.
—No pasa nada.
—De Macy’s. —Sostiene en alto la bufanda para que la vean los niños—. Es muy bonita y me calentará el cuello. Gracias.
—De nada.
Entonces, la situación se pone tensa. Sabe que Sheila debe pedir a los niños que se vistan para ir a casa de la familia, y los niños también lo saben. Pero saben también que, si se mueven, Malone se irá y la familia volverá a romperse, así que permanecen quietos como estatuas.
Malone consulta el reloj.
—Bueno, los malos no pueden esperar más.
—Qué díver, papá —dice Caitlin.
Pero tiene los ojos anegados de lágrimas.
Malone se levanta.
—Portaos bien con mamá, ¿de acuerdo?
—Lo haremos —dice John, que ya está adoptando el papel de hombre de la familia.
Malone los acerca a ambos.
—Os quiero.
—Yo también te quiero —dicen al unísono, tristes.
Él y Sheila no se abrazan porque no quieren dar falsas esperanzas a los niños.
Malone sale por la puerta pensando que la Navidad se inventó para torturar a los padres divorciados y a sus hijos.
Que le den por saco a la Navidad.
Es muy temprano para presentarse en casa de Russo, así que pone rumbo a la costa.
Quiere llegar después de la cena para evitar morir del atracón de pasta que Donna tiene planeado. La idea es que solo queden los cannoli, el pastel de calabaza y un café con licor.
Malone estaciona en un aparcamiento situado al otro lado de la carretera y se queda sentado en el coche con el motor y la calefacción encendidos. Es tentador dar un paseo por la playa, pero hace demasiado frío.
Saca una botella de la guantera y da un sorbo. Malone bebe mucho, pero no es alcohólico, y normalmente no lo haría tan temprano si no fuera porque el whisky le ayuda a entrar en calor.
Podría caer en el alcoholismo, piensa, pero tengo un ego demasiado grande como para convertirme en un estereotipo.
El policía irlandés divorciado y alcohólico.
¿Quién era? Ah sí, Jerry McNab. Fue hasta allí en coche el día de Navidad y se puso la pistola debajo de la barbilla. Era el arma de uso personal. Policía irlandés divorciado y alcohólico se vuela los sesos.
Otro estereotipo.
Para evitar problemas con el seguro o la pensión, la versión del Uno-Cero-Uno fue que estaba limpiando la pistola. El perito sabía que no debía tocarles los huevos, así que fingió creerse que un hombre estaba limpiando su pistola en la playa el día de Navidad.
Pero McNab tenía miedo de ir a la cárcel. Lo grabaron en Brooklyn aceptando dinero de un traficante de crack. Iban a quitarle la placa, la pistola y la pensión, iban a meterlo entre rejas, y no era capaz de hacer frente a la situación. No podía soportar la vergüenza que pasarían su mujer y sus hijos al verlo esposado, así que se llevó la pistola a la boca.
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