Kitabı oku: «Enséñales a amar»
Enséñales a amar
Ideas prácticas acerca de cómo ayudar a tu niño a crecer espiritualmente
Donna J. Habenicht

Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.
Índice de contenido
Tapa
Reconocimiento
Dedicatoria
Una palabra al lector
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Enséñales a amar
Ideas prácticas acerca de cómo ayudar a tu niño a crecer espiritualmente
Donna J. Habenicht
Dirección: Jael Jerez
Diseño de tapa: Romina Genski
Diseño del interior: Giannina Osorio
Ilustración: Propiedad de Shutterstock
Libro de edición argentina
IMPRESO EN LA ARGENTINA - Printed in Argentina
Primera edición, e - Book
MMXXI
Es propiedad. © 2000 Asociación Publicadora Interamericana.
© 2016, 2021 Asociación Casa Editora Sudamericana.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-798-343-2
| Habenicht, Donna J.Enséñales a amar : Ideas prácticas acerca de cómo ayudar a tu niño a crecer espiritualmente / Donna J. Habenicht / Dirigido por Jael Jerez. - 1ª ed . - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2021.Libro digital, EPUBArchivo digital: OnlineISBN 978-987-798-343-21. Vida cristiana. I. Jerez, Jael, dir. II. Título.CDD 248.4 |
Publicado el 22 de enero de 2021 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
Tel. (54-11) 5544-4848 (opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)
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Reconocimiento
Cuando tenía 11 años, comencé a enseñar en una clase de jardín de infantes de la Escuela Sabática, en Monterrey, México. Desde entonces hasta ahora, el trabajo por el crecimiento espiritual de los niños ha sido el foco central de mi vida profesional y personal. Este libro es la culminación de toda una vida de estudio acerca de cómo ayudar a los niños a desarrollarse espiritualmente.
Muchas personas contribuyeron a la producción de este libro. No podría haber sido escrito sin el apoyo de la Escuela de Educación de la Universidad Andrews. Mi especial gratitud para Warren Minder, el decano, y para Elsie Jackson, Marion Merchant y mis otros colegas en el Departamento de Educación y Consejería Psicológica. Su apoyo fue esencial.
Aileen Sox me brindó la posibilidad de escribir para Our Little Friend; fue mi primera oportunidad de “escribir lo que yo quisiera” para los padres. Partes de este libro aparecieron por primera vez en “Parents Place” [El lugar de los padres] en esa revista. Sin el aliento de Aileen para que siguiera escribiendo, quizás habría dejado de hacerlo.
Me armé de valor para escribir, gracias al entusiasta apoyo de Penny Wheeler a la idea de este libro. La experta redacción de Gerald Wheeler convirtió mi manuscrito en inglés en un libro tangible.
Quiero agradecer a los padres y maestros que han asistido a mis cursillos, a través de los años. Ellos han contribuido a este libro más de lo que se imaginan. Por muchos años, he enseñado a niños, jóvenes y adultos en la escuela y en la iglesia. Ellos también han contribuido significativamente al proponer desafíos a mi pensamiento y compartir sus experiencias. Como los relatos de este libro tienen que ver con personas reales, he cambiado sus nombres y detalles que pudieran identificarlos, a fin de proteger su identidad.
Y en forma muy especial, quiero agradecer a mi familia por su ayuda. En primer lugar, a mis padres, Edward y Cora Lugenbeal, quienes nutrieron mi propio crecimiento espiritual durante mi niñez y mi adolescencia. Si bien ambos ya duermen en Jesús, su influencia sigue viviendo en estas páginas. Mi esposo, a quien he dedicado este libro, fue mi firme sostén durante el difícil proceso de producirlo. Me edificó un lugar para escribir, toleró mi “programa imposible”, cocinó, limpió, pagó las boletas de gastos e hizo mandados. Para abreviar, hizo “todo lo demás”, para que yo pudiera escribir. Nuestros hijos y nietos merecen también un gran “muchas gracias”. A través de los años, me enseñaron muchas cosas acerca de cómo los niños crecen espiritualmente. Larry y Debbie me proveyeron amablemente un hermoso cuarto con vista al mar Caribe, donde escribí una gran parte del libro. Nancy y Bruce leyeron parte del manuscrito y me brindaron ánimo y amistad a lo largo del camino. Liza, Jeff, Jonathan y David, nuestros nietos, son los héroes de algunos de los relatos. Ellos son la verdadera razón por la cual quise escribir este libro. ¡Quiero verlos a ellos –y a todos los niños del mundo– saltando y gritando con entusiasmo al encontrarse con su Mejor Amigo, Jesús, cuando su gloria llene los cielos y venga para llevarlos a casa!
Dedicatoria
Este libro está dedicado a Herald, quien me amó durante la producción de cada página.
Una palabra al lector
Estimados padres (abuelos, maestros, y cualquiera que ame a los niños):
Cuando mis hijos eran pequeños, leí el libro La conducción del niño una y otra vez. Abrigaba el profundo deseo de ayudar a mis hijos a crecer espiritualmente. Pero a veces me desanimaba. Las normas parecían ser muy elevadas y no sabía qué hacer con todos los problemas diarios. Como resultado de eso, necesitaba de alguien que me diera ideas, y que me las hiciera prácticas.
Mi intención en este libro es ofrecerte ideas prácticas. Ninguna familia podría jamás poner en práctica todas las sugerencias dadas en estas páginas. Este es un manual de ideas, como también una explicación de cómo los niños se desarrollan espiritualmente. Cuando entiendas cómo ocurre el desarrollo espiritual durante la niñez, los problemas de todos los días no te parecerán tan abrumadores. Escoge, entre las muchas ideas presentadas aquí, aquellas que parezcan adecuarse mejor a tu familia y a los niños que amas.
Cuando miro hacia atrás, siento el deseo de que muchas cosas hubieran sido diferentes. Pero a pesar de mi ineptitud juvenil, Dios nos bendijo. Me doy cuenta ahora de que él ama a nuestros niños, aún más que nosotros. Su Espíritu los sigue por dondequiera que van. Anhela acunarlos en sus brazos, bendecirlos y ofrecerles la vida eterna. Y nunca se desanima. Su Espíritu está con ellos cada minuto; su promesa es segura.
Que su Espíritu esté contigo al leer estas páginas.
Donna J. Habenicht
Capítulo 1
Primeros pasos: el amor
“Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia”. Jeremías 31:3
Cuando traías orgullosamente a casa a tu bebé desde el hospital, envuelto en una mantilla blanca, regalo de la abuelita, y con instrucciones de las enfermeras acerca de cómo alimentarlo,
hacerlo eructar, bañarlo y cambiarlo, es probable que lo último en lo que estuvieras pensando fuese el crecimiento espiritual de tu angelito. ¡Oh, sí, ciertamente tenías algunas preguntas acerca del desarrollo del carácter y, mientras esperabas la llegada del niño, leíste una buena porción de La conducción del niño! Pero lo que encontraste parecía tan abrumador: ¡una norma de perfección maternal que solo los ángeles podrían alcanzar! Y en ese momento, los asuntos más urgentes eran: la alimentación, hacerlo eructar, el baño, el cambio de ropa, y –no lo vayas a olvidar– el sueño. Crecimiento espiritual… eso vendrá después, seguramente.
En realidad, cada vez que alimentabas, hacías eructar, bañabas y cambiabas a tu bebé, le estabas enseñando sus primeras lecciones espirituales: lecciones de amor y confianza. Hace mucho tiempo Elena de White, inspirada por Dios, escribió: “Mientras la madre enseña a sus hijos a obedecerle porque la aman, les enseña las primeras lecciones de su vida cristiana. El amor de la madre representa ante el niño el amor de Cristo, y los pequeñuelos que confían y obedecen a su madre están aprendiendo a confiar y obedecer al Salvador” (El Deseado de todas las gentes, p. 474).
En esta corta declaración, Dios ha revelado el misterio del crecimiento espiritual durante la temprana infancia. El amor, la confianza y la obediencia son las lecciones espirituales más importantes en los primeros años, y los niños las aprenden a través de sus relaciones terrenales.
Como es habitual, Dios va directamente al meollo del asunto, al fundamento mismo de nuestra relación con él: amor, confianza y obediencia. “Esto es lo que tus niños necesitan aprender”, declara. “Necesitan saber que siempre los amo, más de lo que son capaces de imaginar. Los amo si son buenos o si son malos. Los amo sea que respondan a mi amor, o no. Anhelo gozar de su amistad. En mi amor, les envié a un Salvador que los rescatara de los engaños de Satanás, de modo que podamos gozar de mutua compañía por la eternidad. Mi amor se extiende a ellos, llamándolos tiernamente para que me amen en respuesta, y para que luego alcancen a otros con mi amor.
“Necesitan saber también que pueden confiar en mí. Por cuanto los amo tanto, siempre haré lo mejor para ellos. Del mismo modo como pueden depender de mí para proveer a sus necesidades, así pueden también confiar en mí en relación con su vida –toda ella–, sus gozos, tristezas, ambiciones; el desarrollo de su carácter, su salvación y vida eterna; aun sus dudas. Nunca los dejaré caídos, porque quiero lo mejor para ellos.
“Cuando me amen y confíen en mí, hallarán que les resultará más fácil obedecerme. Sabrán que, aunque obedecer es difícil, es lo mejor para ellos, y que siempre estaré allí para ayudarlos. Cuando me obedecen, están simplemente confiando en mí para desarrollar en ellos mismos una semejanza de mi persona.
“Porque mientras aprendan lecciones espirituales de amor, confianza y obediencia, tus niños descubrirán también cómo soy yo. Llegarán a saber, en lo íntimo de ellos, que se puede confiar en Dios y que las mentiras de Satanás acerca de mí son justamente eso: esfuerzos por disminuir su confianza en mí”.
Estas lecciones fundamentales de amor, confianza y obediencia, forman la estructura básica de todas las experiencias espirituales posteriores. Son absolutamente esenciales para una comprensión de Dios, puesto que él es la combinación perfecta y balanceada de cada atributo. Como es la combinación integrada de misericordia y justicia, él no es ni lo uno ni lo otro, sino ambos. Por cuanto es el mismo ayer, hoy y mañana, se puede contar con él, se puede confiar en él.
Pero los niños pueden aprender lecciones de amor, confianza y obediencia de una sola manera: a través de la experiencia. Como no son “lecciones de un libro”, los niños solo pueden adquirirlas mediante una relación amante y confiable con las personas de mayor importancia para ellos: sus padres (y otras personas que cuiden de ellos). Y las aprenden tempranamente.
Aprender a confiar es la primera etapa en el desarrollo de la personalidad. Todo crecimiento posterior de la personalidad descansa sobre el fundamento de la confianza. Una bebita que se desarrolla normalmente aprende a confiar durante su primer año de vida, en la medida en que amantes adultos satisfacen sus necesidades y la convencen de que el mundo es un buen lugar, donde puede confiar en otros. Naturalmente, una niña puede desaprender más tarde a confiar, si la vida le proporciona experiencias crueles en las cuales ella tiene que tornarse suspicaz y desconfiada, a fin de sobrevivir.
Es aquí donde alimentar, hacer eructar, bañar y cambiar a la bebita entran en acción. Aprender las lecciones espirituales de amor y confianza involucra mucho más que abrazos y besos, aunque estos son importantes. Para la bebita, amor es tener alimento cuando tiene hambre, consuelo cuando está atribulada y tibieza cuando tiene frío. Amor es tener a una persona sonriente hablándole. Es seguridad, sentirse abrigada y calentita cerca de mamá y papá, especialmente si, además de estar en brazos, tiene también algo bueno para comer.
A través de toda la primera infancia, aprender acerca del amor significa tener padres “sintonizados” con las necesidades de su niño. Escuchan la estación radial emocional de su hijo o hija, de modo que sus necesidades se oyen con voz potente y clara y ellos responden apropiadamente.
Sienten cuando el Sr. Dos Años está temeroso, y le ofrecen consuelo y la seguridad de sus brazos, sin restar importancia a sus temores jamás. Reconociendo que hay cosas que espantan a los pequeñuelos, saben también que solo el consuelo –no la vergüenza– los ayudará a superar sus temores y les enseñará las lecciones espirituales del amor y la confianza.
Los padres “sintonizados” perciben cuando la Srta. Tres Añitos está enfadada porque tiene hambre –y no, meramente, por contrariar–, de modo que hallan la forma de distraerla hasta la hora de comer, en lugar de regañarla. Procuran también tener las comidas a horas regulares.
Padres tales se dan cuenta cuándo el Sr. Cuatro Años está desafiando su autoridad y pidiendo que se le recuerde quién manda en casa, ¡y se lo recuerdan! Cuando perciben que la Srta. Cinco Años está aburrida y necesita un nuevo desafío antes de ponerse a pelear con su hermanito menor, a fin de aliviar el aburrimiento, le sugieren una actividad interesante.
Los padres “sintonizados” entienden cuán difícil es comenzar en una nueva escuela, y por eso proveen abundante compañía familiar para ayudar a disipar la inseguridad que produce una mudanza. Al detectar que el autoconcepto de un adolescente necesita estímulo, proveen una mirada animadora y palabras que dicen “¡Estás bien!”
El hecho de poner atención y anticiparse a las necesidades del niño es la verdadera prueba de madurez para los padres. Muchas veces esto significa poner de lado los sentimientos personales de cansancio o irritación, y atender las necesidades de los hijos. Pero esto tiene una gran recompensa.
De esa manera, los padres “sintonizados” les dan a sus niños un irresistible mensaje de amor. Sus hijos saben que mamá y papá están de su lado. Y este es el mensaje fundamental del amor de Dios: él está a nuestro lado todo el tiempo, caminando con nosotros, animándonos, aun cargándonos en momentos de extrema desesperación. Tus niños descubren la naturaleza y la realidad del amor espiritual, al experimentar tu amor.
Imagina a tu hijita sosteniendo una taza con la palabra “amor” escrita por todo alrededor. En lugar de pedirte agua, te pide amor. ¿Le llenarás la taza? Ella tiene una necesidad casi insaciable de amor. Es tan importante para su crecimiento emocional y espiritual como el líquido lo es para su crecimiento físico. ¿Le negarás a tu niña lo que necesita? O, peor aún, ¿harás caer rudamente la taza de sus manos derramando su contenido y dejándola vacía? No, no lo harías a propósito, porque la mayoría de los padres dicen amar a sus hijos. Pero quizá, sin darte cuenta de lo que está sucediendo, podrías estar fallando en dar satisfacción a sus necesidades de amor. Si tu niña emerge de una primera infancia con su necesidad de amor satisfecha solo a medias, muy probablemente va a pasar el resto de su vida tratando de satisfacer aquella profunda sed –y hambre– no satisfecha. Pero si su “copa de amor”, como dijera Kay Kuzma, desborda con el amor experimentado en la primera infancia, se sentirá satisfecha por el resto de su vida. No tendrá necesidad de gastar su energía emocional tratando de llenar el vacío. Entenderá, en cambio, el amor de Dios y tendrá amor en abundancia para dar a otros.
Comunicar el amor de Dios a nuestros hijos es un proceso de cada momento, de cada día. Una de las maneras más poderosas de mostrar amor es escuchar verdaderamente a nuestros hijos. Nos llegamos a acostumbrar a su charla interminable y a menudo no prestamos atención cuidadosa a lo que están diciendo. Muchos niños, rara vez, tienen la experiencia de ser escuchados atentamente por un adulto. Cuando atiendo a un niño en terapia por dificultades emocionales, una de las herramientas más poderosas de que dispongo para ayudarle es mi atención indivisa. Le presto atención de una manera que el niño probablemente jamás experimentó antes, y al hacerlo, le comunico un poderoso mensaje de amor y cuidado. Tú puedes comunicar el mismo mensaje.
Tomasito tenía nueve años. Tenía dos hermanas mayores, y su mamá era una madre soltera. Ella me había pedido que tuviera algunas sesiones de aconsejamiento con su hijo para ver si podíamos descubrir por qué actuaba tan belicosamente.
Durante una de nuestras entrevistas, le hice a Tomasito una pregunta que a menudo hago cuando estoy aconsejando a un niño.
–Tomasito, imaginemos que yo pudiera cambiar cualquier cosa que no te guste. Ahora bien, tú y yo sabemos que yo no puedo hacerlo, realmente, pero podemos imaginarlo. En este juego simulado, ¿qué te gustaría que yo cambiara en tu familia?
–Bueno, usted podría hacer que mis hermanas no me fastidien tanto –respondió con prontitud y, después de una pausa, continuó–, pero lo que más deseo, en realidad, ¡es que usted hiciera que mi madre me preste atención! Ella ni siquiera oye lo que le digo.
–¿Qué te hace pensar que no te presta atención? –le pregunté.
–Bien, prácticamente el único momento que tenemos para hablar es después de la cena, cuando lavamos los platos. Al regresar de la escuela, ella está demasiado ocupada con la cena y demás. Y mis hermanas hablan durante la comida. De modo que el único momento que tengo para decirle algo es mientras lavamos los platos. Cuando hablo, ella sigue lavando los platos. ¡Ni siquiera me mira! Yo sé que no oye nada de lo que le digo.
Por supuesto, la madre del niño pensaba que lo estaba escuchando. Pero hay una gran diferencia entre el proceso fisiológico de oír y el emocional de escuchar. Ella oía, pero para Tomasito, no lo estaba escuchando. Y como resultado, pensaba que no le importaba.
Encontré un excelente indicio de lo que significa realmente escuchar en el Salmo 116:1 y 2: “Amo a Jehová, pues ha oído mi voz y mis súplicas; porque ha inclinado a mí su oído; por tanto, le invocaré en todos mis días”.
En el diario vaivén de la vida hogareña, ¿cómo puedes prestar verdadera atención a tus niños?
Primero, deja de hacer lo que estás haciendo. Murmurar, “¡ah!”, “¡oh!”, mientras sigues leyendo el periódico, no es prestar atención. Pero detenerte en tu actividad significa: “tú eres, para mí, más importante que cualquier otra cosa”.
Segundo, agáchate a la altura de tu hijita, mírala a los ojos y sonríe. El acto de mirar a los ojos y sonreír dice: “me interesas”.
Tercero, haz comentarios apropiados. Responder a lo que el niño está diciendo da a entender: “tus ideas son valiosas e importantes”.
Si la madre de Tomasito hubiera detenido momentáneamente su tarea de lavar los platos, y lo hubiese mirado, respondiendo brevemente a sus ideas, podría haber continuado con los platos mientras se desarrollaba la conversación. Su hijo habría sentido que ella estaba realmente prestando atención. De ese modo, le habría transmitido un mensaje de interés y cuidado.
En verdad, prestar atención no toma mucho tiempo; generalmente un minuto o dos. Toma menos tiempo, al final, que tratar con un niño insistente que se siente menospreciado. Imagina a Dios inclinándose para oír, luego imagínate a ti mismo como un canal a través del cual su amor fluye hacia tu hijo. Prestar atención toma solo un momento, pero el mensaje de amor dura toda la vida.
¿Qué sucede cuando un niño no experimenta amor durante su niñez? Carola, la hijita de Ana, había sido una de las pacientes de mi esposo desde su infancia. Cuando Carola tenía cuatro años, sus padres decidieron enviarla al jardín de infantes en el plantel de la Universidad Andrews. Allí Carola oyó a muchos niños hablar de la Escuela Sabática y quiso ir ella también. En vista de ello, Ana le preguntó a mi esposo qué debían hacer para asistir a la Escuela Sabática de la iglesia universitaria. Mi esposo, por supuesto, con gran interés los invitó a asistir el sábado siguiente. Me encontré con ellos en la puerta y los presenté a los líderes de la división de Infantes. A medida que Ana y yo nos fuimos conociendo durante las semanas siguientes, supe que ella se quedaba toda la mañana en la sala de espera de los estudiantes, mientras Carola asistía a la clase de Infantes, porque no quería hacer el largo viaje desde su casa dos veces cada mañana. Como la sala de espera de los estudiantes no es un lugar donde yo quisiera pasar toda una mañana, la invité a venir a casa, donde podría estar más cómoda. Le ofrecí la llave y le dije que podía ir ella misma a casa mientras yo estaba enseñando en el campus. Movió la cabeza y me miró como si no entendiera, pero no aceptó la llave. De modo que no insistí, y le dije simplemente que me sentiría feliz de compartir nuestra casa con ella.
Pasaron los meses, y Ana y yo llegamos gradualmente a conocernos mejor. Comenzó a asistir a la clase bíblica del pastor, y nuestra amistad creció. Cuando H. M. S. Richards Jr. vino a nuestro plantel para la semana de oración de primavera, la invité a asistir conmigo, por cuanto todavía pasaba toda la mañana en la sala de espera de los estudiantes. Aceptó mi invitación y asistió a las reuniones matutinas conmigo.
El jueves por la mañana, el pastor Richards habló acerca de Juan 17 y del amor incondicional de Dios. Cuando salíamos de la iglesia, Ana se volvió súbitamente a mí y me dijo:
–¡Ahora entiendo por qué eres así!
Confundida, me pregunté de qué estaría hablando.
–¿Recuerdas cuando me ofreciste la llave de tu casa de modo que yo pudiera estar allí mientras esperaba a Carola?
Asentí con un movimiento de cabeza.
–Bien, yo no podía entender cómo podías ofrecerme la llave de tu casa cuando solo me habías conocido por un par de meses. No tenía sentido. Ahora entiendo. Amor, ¡por eso eres así! Es el amor lo que te mueve. Ahora lo veo: ¡el amor de Dios en ti!
A medida que Ana y yo seguíamos cultivando nuestra amistad a través de los años, descubrí que ella había crecido en un hogar donde el amor era extremadamente escaso. En efecto, había sido víctima de abusos tan severos durante su niñez que solo tenía vagos recuerdos de algunos de esos años. La única forma de sobreponerse al dolor de esos años era borrándolos de su mente en gran medida. Por eso, cuando yo, una persona relativamente extraña para ella, le ofreció su amor y confianza, el asunto estaba simplemente más allá de su compresión.
Estoy segura de que tú conoces niños o adultos que, como Ana, crecieron con “tazas de amor” vacías. Son miembros de tu clase de la Escuela Sabática, vecinos o compañeros de trabajo. Quizá has llegado repentinamente a darte cuenta de que, a pesar de tu mejor intención, no les has comunicado realmente amor a tus propios hijos. ¿Qué puedes hacer ahora? ¡Ámalos! Recuerda, aprendemos el amor solo cuando lo experimentamos. Siempre puedes empezar hoy a compartir tu amor.
Pero ¿qué pasa si descubres que tu propia “taza de amor” nunca estuvo llena durante tu infancia y tienes poco para dar a tus propios hijos? ¿Qué puedes hacer? Comienza sumergiéndote tú misma en el amor de Dios. Lee su Palabra, busca pasajes bíblicos acerca del amor de Dios y medita en ellos, escríbelos en tarjetas y pégalos donde puedas verlos con frecuencia, y ora por un derramamiento especial de su amor para llenar tu vida. Si has sufrido profundas heridas en tu niñez, tales como el abuso y el abandono, te animaría a buscar un consejero cristiano que pueda ayudarte a poner en orden todas esas experiencias y a alcanzar la plenitud del amor de Dios. Solo de esa manera estarás en condiciones de comunicar ese amor a tu familia.
Comienza hoy con una o dos ideas de la lista: “Comunica el amor de Dios”; luego añade otras, a medida que te sientas más cómoda demostrando amor. La habilidad de la comunicación puede ser aprendida. Puedes ayudar a tu hijo a compensar los años en que el amor fue escaso. Uno de mis dichos favoritos es “Hoy es el primer día del resto de tu vida”. Con Dios nunca es demasiado tarde para llenar tu propia “taza de amor” o la de tu niño. ¡Su provisión es inagotable!
COMUNICA EL AMOR DE DIOS
Sé generoso con abrazos y besos.
Está atento a las necesidades físicas de tu niño. ¿Tiene hambre, está cansado o enfermo? Responde prontamente atendiendo tales necesidades.
Ponte en sintonía con las necesidades emocionales de tu hija. ¿Necesita ella una dosis extra de amor porque su mundo se le hizo pedazos? Asegúrate de que la reciba.
Separa un tiempo especial para cada uno de tus hijos, al menos una vez por semana. Deja que el niño elija lo que ambos harán juntos durante ese tiempo.
Deja de hacer lo que estás haciendo para escuchar a tu hijo.
Mira a los ojos de tu hijo mientras lo escuchas, pero no lo mires fijamente. Sonríe y muéstrate interesada.
Haz comentarios apropiados acerca de lo que tu hijo ha dicho. Exprésale a tu hijo algunos elogios sinceros. Encuentra algo por lo cual animarlo varias veces por día.
Une tu amor –y el amor de Dios– al valor de tu hijo como ser humano; no conforme a su conducta. Nunca lo amenaces con retirarle tu amor cuando se porte mal. Cuando fracasa es cuando más necesita de tu comprensión y ánimo.
Nunca lo abandones saliendo del cuarto o de la casa cuando estás enojada por algo que hizo.
Perdona y olvida. No sigas sacando a relucir los “pecados” pasados.
Haz una “galería” para exhibir el arte, las tareas escolares, etc., de tu niña. Hazle ver que estás orgullosa de sus esfuerzos.
Dale a tu hijo tantas opciones como sea posible durante el día. No le dictes cada movimiento y cada minuto.
Cuando tu niña está desanimada, ayúdala un poco hasta pasar la parte más difícil.
Anticípate a las necesidades de tu hija. Si parece estar muy sola, abrázala.
Dale a tu niña una segunda oportunidad, o una tercera, o una cuarta, si es necesario. Hazle ver que tú confías en que ella triunfará.
Haz de tu hijo el “invitado especial” de una comida en honor de sus logros (buenas notas, ganar un partido, etc.). Usa tu loza especial y cocina su comida favorita.
Lee con tu hijo relatos bíblicos acerca del amor de Dios. Háblale de cómo Dios mostró su amor a su pueblo en la historia.
Menciona con frecuencia cómo Dios ha mostrado su amor para con tu familia: bendiciones, ayuda en la dificultad, etc.
Pon un cuadro de Jesús en la habitación de tu niño. Dile con frecuencia a tu bebé: “mamá [papá] te ama y Jesús te ama”. Abraza a tu hijo cuando se lo digas y señálate a ti mismo y al cuadro de Jesús. Pon tu amor junto al amor de Jesús y asócialos ambos con el acercamiento y los abrazos de tu parte.
A niños mayores, háblales de las diferentes maneras en las cuales Dios muestra su amor. A veces, el amor es suave, cálido y mimoso, pero también es duro cuando hemos hecho algo errado y necesitamos aprender un mejor camino.
Ten siempre en la casa láminas que den énfasis al amor de Dios (DIOS TE AMA) o pinturas que muestren a Jesús amando y cuidando de los niños, o jugando con ellos.
Claves para el amor
1 Sé sensible a las necesidades de tu hijo.
2 Presta atención a tu hijo.Deja de hacer lo que estás haciendo.Míralo a los ojos y sonríe.Haz comentarios apropiados.
3 Sé generoso(a) con abrazos y besos.
4 Hazle elogios sinceros.
5 Perdona y olvida.
6 Lee relatos acerca del amor de Dios.
7 Relaciona tu amor con el amor de Dios.
Capítulo 2
Primeros pasos: la confianza
“Confiad en Jehová perpetuamente, porque en Jehová el Señor está la fortaleza de los siglos”. Isaías 26:4
–Mañana todas tenemos que llevar una foto de nuestra familia a la escuela, para ponerla en el tablero de anuncios. Necesito una foto de nuestra familia. ¿Me ayudarás a encontrar una, mami?
Las palabras se atropellan en un apresuramiento lleno de excitación, mientras Cristina arroja su mochila sobre la silla más cercana.
–Me ayudarás, mamá, ¿verdad?
–Por supuesto –le responde su madre, mientras se mueve por la cocina buscando los ingredientes para preparar la cena–, pero ahora estoy ocupada. Lo veremos después de cenar.
Pero después de la cena, mamá habla por teléfono largamente, el vecino viene de visita; luego llega la hora de ir a dormir. Cristina está angustiada. ¿Cómo podría encontrar la foto? La madre le promete ayudarla en la mañana. Pero el bebé pasa molesto la mitad de la noche, y en la mañana, mamá está demasiado cansada y no tiene ánimo de buscar una fotografía de la familia.
–No importa, Cristina. Solo dile a la maestra que la llevarás mañana.
–Pero, mamá, me dijiste que me la buscarías... ¡Y la maestra dijo que debíamos llevarla hoy! –se lamenta Cristina con lágrimas en los ojos, mientras sale pesadamente hacia la escuela sin la prometida fotografía.
A sus cuatro años, Miguelito es un torbellino. Con energía para regalar, está lleno de preguntas acerca de cualquier cosa imaginable. Un domingo de tarde, cuando la familia está yendo a nadar, él y su hermana comienzan a pelear en el asiento trasero del automóvil.
–Si no dejan de pelear ahora mismo, no habrá nada especial para comer después del baño –grita papá, pero la pelea continúa.
Finalmente, mamá se da vuelta para detener la bulla, y advierte:
–¡Se terminó, no habrá nada especial hoy!
Pero después de nadar, el niño ruega por un bocadillo.
–No voy a pelear en el viaje de regreso, ¡de veras, lo digo!
Sus padres aflojan y todos reciben su helado.
Cristina y Miguelito están absorbiendo una lección importante: que mamá y papá no son dignos de confianza. Están descubriendo que sus padres dicen una cosa y hacen otra, y que no se puede esperar que cumplan sus palabras o promesas. Las palabras no significan demasiado; son las acciones las que realmente cuentan. Algún día, más adelante en el camino de la vida, Cristina y Miguel pueden tener también dificultades para confiar en Dios, porque aprendieron bien sus lecciones. Si mamá y papá, las personas más importantes en sus vidas; no son dignos de confianza, probablemente tampoco Dios lo sea.
Por supuesto, como padres no tenemos la infalibilidad. Ciertamente nos olvidamos a veces, y las cosas no ocurren de la manera que queremos. Los hijos pueden olvidar descuidos ocasionales. Es la tendencia lo que realmente importa. ¿Pueden nuestros hijos confiar en nosotros? ¿Queremos decir lo que decimos? ¿Cumplimos nuestras amenazas? ¿Les damos primera prioridad a las promesas que hacemos a nuestros hijos? Cuando lo hacemos, estamos construyendo en ellos la confianza hacia un Dios que nunca les falla a sus hijos. Les estamos enseñando una de las lecciones fundamentales de la primera infancia.
¿Cuán importante es la lección de la confianza? El amor y la confianza van de la mano. Sin uno de ellos no podemos tener el otro. El amor envió al Salvador. La confianza acepta su sacrificio. El amor proveyó un camino para tratar con el pecado. La confianza acepta su gracia y su vida perfecta en lugar de nuestra pecaminosidad. El amor anhela mostrarnos una vida mejor. La confianza lo acepta como el Señor de nuestra vida; una guía que podemos seguir con certidumbre. La confianza aprendida en la niñez se traduce en fe y confianza en Dios, más tarde en la vida.
Stephany, de cuatro años, era exigente y agresiva, quería mandar todo el tiempo y rehusaba cooperar con los demás. No confiaba en nadie, sino en sí misma. Sus nuevos padres adoptivos, consejeros que habían trabajado profesionalmente con muchas familias, ya no sabían qué hacer con ella. No podían creer nada de lo que Stephany dijera. La niña mentía cada vez que le convenía y, luego, lo negaba. Parecía incapaz de distinguir entre la verdad y la falsedad.
Aunque se acercaban a los cuarenta años, los padres adoptivos habían procurado ansiosamente tener un niño. Stephany parecía ser la respuesta a sus oraciones por una familia propia. Pero cuando me contaban acerca de las dificultades, se preguntaban seriamente si deberían seguir adelante con la adopción.
A medida que el relato se desarrollaba, comencé a entender por qué estaban teniendo tales problemas. La madre biológica de Stephany era mentalmente retardada y, con frecuencia, no les ponía atención a sus niños. A los 18 meses, Stephany había tenido que arreglárselas sola a fin de sobrevivir; aprendió a abrir la puerta de la refrigeradora y a tomar cualquier magro alimento que estuviera disponible. Cuando los vecinos, finalmente, descubrieron su situación, Stephany tenía casi dos años.
Durante los años en que debiera haber aprendido a confiar en los adultos, que en su mundo tenían el deber de cuidar de ella, descubrió, en cambio, que ese mundo no era amigable con ella ni la cuidaba, que no podía confiar en que los adultos la cuidarían. Ahora, a los cuatro años, Stephany no confiaba en nadie, excepto en sí misma. Nunca sintió amor ni vínculo alguno con su madre. Con una brecha tan seria en sus experiencias tempranas, era un candidato seguro a ser víctima de problemas de personalidad durante toda su vida.
Stephany exhibía muchas señales de desconfianza. Estaba segura de que nadie se interesaría en ella, aunque sus nuevos padres hacían lo mejor que podían para satisfacer sus necesidades. La niña creía que la gente era mala y tendía a concentrarse en lo que no le gustaba de sus nuevos padres, en lugar de ver las cosas positivas que hacían por ella. Constantemente en guardia, se negaba a conocerlos o permitirles que entraran en amistad con ella. Escondía sus nuevos juguetes y peleaba como un tigre cuando su madre quería lavarle sus ropas sucias. La niña temía que desaparecieran para siempre. Tomaría mucho amor y cuidado consistente llegar a Stephany, de modo que pudiera confiar en la gente.
Muchos niños muestran señales incipientes de desconfianza, aun cuando hayan recibido amor y cuidado cuando eran bebitos. Han aprendido, a través de los años, que no pueden contar con sus padres y otros adultos relacionados con sus vidas, cuando más los necesitan. O tal vez experimentaron un severo quebranto en su relación de confianza con un adulto, tal como ocurre cuando un padre abusa sexualmente de un hijo. Y de esta manera, la confianza temprana aprendida durante la infancia resulta erosionada.
¿Qué puedes hacer para ayudar a tus niños a aprender que Dios es digno de confianza? Ya que los niños –y los adultos– tienden a percibir a Dios de la misma manera en que piensan de sus padres, el primer paso es que tú mismo seas digno de confianza.
1 Dile siempre a tu niña la verdad: nunca mientas. No le digas que la inyección no dolerá, cuando sabes que le va a doler. Di, en cambio:–Sé que la inyección va a doler, pero te ayudará a ponerte mejor. Papá te abrazará. Yo sé que puedes ser una niña valiente.Cuando salgas, no desaparezcas simplemente. En cambio, dile a tu niño a dónde vas y cuándo estarás de regreso.
2 Cumple tus promesas. Catalina tiene cabello negro rizado, suaves mejillas redondeadas y grandes ojos castaños. Su naricita apunta un poquito hacia arriba, y tiene un hoyuelo en medio del mentón. Luce bellísima en su nuevo vestido de sábado. Su único problema en la clase de Escuela Sabática es que, aunque tiene casi tres años, no quiere quedarse en la clase sin mamá. Si su madre tan solo sugiere que va a retirarse, Catalina comienza a llorar y a aferrarse de ella. De modo que un sábado de mañana la mamá decide deslizarse fuera del salón cuando la niña está ocupada colocando un animal en el franelógrafo, a pesar de haberle prometido que no se retiraría.Por supuesto, tan pronto como Catalina descubre que su madre no está allí, comienza a llorar histéricamente. Nadie puede tranquilizarla, y una de las maestras tiene que llevarla con su madre. El sábado siguiente, ni siquiera desea entrar en su aula de la Escuela Sabática.Cumplir las promesas es una parte vital en la enseñanza de la confianza a los niños. Sé cuidadoso con lo que prometes, a fin de ser digno de confianza.
3 Sé consecuente con lo que dices que harás. Si le dices a un niño que no podrá tener postre, a menos que termine de comer sus verduras, mantén tu palabra. Si le dices a tu hijo de siete años que se quede en el jardín y él se va a jugar a la casa del vecino, procede con una apropiada consecuencia. O si has prometido a tus hijos que los llevarás al parque si recogen sus juguetes por tres días, mantén tu palabra.
4 Demuéstrale a tu niño un alto nivel de apoyo. Respeta los sentimientos de tu hija, ayúdala con las partes más difíciles de una tarea escolar, escucha sus relatos acerca de lo que ocurre en la escuela. Nunca te burles de ella ni la reprendas en presencia de otras personas. No saques sus faltas a relucir para burlarte de ella. Perdona y olvida. Respeta sus opiniones.Cuando te confiesa que alguien la ha tratado mal, investiga. Todas estas acciones comunican apoyo, lo cual a su vez le da el mensaje de que tú eres alguien en quien ella puede confiar. Ella sabe que tú estás siempre de su lado.
5 Comunícale a tu hijo que confías en él. La confianza es una calle de doble vía. Cuando le demuestras que puede confiar en ti, le das un modelo de cómo quieres que actúe. Él, a su vez, aprende a ser digno de confianza. Da por sentado que tu hijo querrá hacer lo que es correcto y comunica tal creencia, en lugar de dar el mensaje de que tú, realmente, no crees que hará la decisión correcta.
6 Enséñale a tu hijo cuándo no creer. Parte de la enseñanza de la confianza consiste en enseñarle a descubrir cuándo no creer. Enséñale normas de seguridad acerca de cómo conseguir ayuda cuando es necesario. En el mundo de hoy, saber cuándo confiar y cuándo, no, puede ser una distinción muy sutil. Si das demasiado énfasis a los males de nuestro mundo –que nadie es digno de confianza– corres el riesgo de dañar seriamente la habilidad de tu hijo de confiar en otros, incluyendo a Dios. La confianza es una parte esencial de la personalidad y el desarrollo espiritual. Trátala con delicadeza. En tus esfuerzos por proteger a tu hijo del mal, no destruyas el hermoso capullo de la confianza. Tu niño la necesitará para desarrollar relaciones saludables con otras personas, más tarde en la vida, y para aceptar la salvación y una relación vital con Jesús.
Si el sentido de confianza de tu niña ha sido violado por causa del abuso sexual de un miembro de la familia, corre al consejero cristiano más cercano. Tú y tu niña necesitan ayuda profesional. Sal de esa situación de inmediato. El futuro de ella está en juego. Pero Dios puede traer sanidad a tu familia y ayudar a tu niña a confiar otra vez.
Como lo hemos dicho, la confianza es una parte extremadamente importante del desarrollo espiritual. Sin ella, no podemos tener salvación espiritual. Jesús ofrece redención, gracia y libertad de la tiranía del pecado, pero necesitamos confiar en él a fin de aprovechar su ofrecimiento maravilloso. El acto de ayudar a tu niño a adquirir confianza es una piedra angular extremadamente importante del desarrollo espiritual.
Claves para la confianza
1 Dile siempre la verdad a tu hijo. Nunca mientas.
2 Cumple tus promesas.
3 Sé consecuente con lo que dices que harás.
4 Muestra un alto nivel de apoyo a tu hijo.
5 Comunícale a tu hijo que confías en él.
6 Enseña a tu hijo cuándo no confiar en alguna otra persona.
Capítulo 3
Segundos pasos: la disciplina
“Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus mandamientos [...] El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo”. 1 Juan 2:3-6
Jonatán, de diecinueve meses, blandía un bate de plástico y lo usaba luego como palo de golf para darle a una pelotita, en la habitación donde estaba sentada en mi escritorio. “Bol, bol”, repetía su voz de bebé una y otra vez. Repentinamente, todo quedó en silencio. Mi experiencia maternal me recordó que, cuando los bebés están calladitos, es mejor investigar.
–Jonatán –lo llamé, justo a tiempo para verlo sobresaltarse.
Me respondió precipitadamente con algo que sonó como “¿Es?”, al tiempo que retiraba su manita del armario donde su padre guarda sus discos compactos favoritos de música clásica. Cuidadosa y firmemente, le expliqué que “esos eran de papá” y que él no debía tocarlos.
–Papá, papá –respondió Jonatán, mientras señalaba los discos.
Varias veces regresó, extendiendo su mano hacia el armario y mirando mi reacción. Cada vez reaccioné de un modo predecible.
–De papá, Jonatán no debe tocar, de papá.
Él estaba aprendiendo acerca de límites y autocontrol: duro, pero vital para un bebé ansioso de investigar el mundo.
La adquisición del autocontrol es parte del aprendizaje de la obediencia: una de las lecciones espirituales indispensables de aprender en la niñez, que forma parte del fundamento de una relación con Dios que dure toda la vida. La Palabra de Dios es totalmente clara, de modo que, si lo amamos, obedeceremos sus mandamientos. Las ramas del árbol de nuestra vida se cubrirán con los frutos que crecen de las raíces de nuestro amor a él. Ese amor confiará en que Dios efectuará cambios en nuestras vidas, que nos llevarán más cerca de él. De esta manera, la obediencia es nuestra respuesta de amor.
Si los niños no aprenden a tener dominio propio y obediencia durante la primera infancia, más tarde la vida cristiana les parecerá restrictiva.
Decirles “no” a las drogas y a la presión social será difícil para ellos. Llegarán a preferir la gratificación instantánea de cada capricho y la religión de “hazlo si te parece bueno”.
“Obediencia” no es una mala palabra, si bien algunos consideran que lo es. No se refiere a una persona que no piensa y que hace lo que todos los demás le dicen. Ni tampoco promueve una forma de acercarse a Dios del tipo “salvación por obras”. La manera en que enseñes la obediencia y los valores cristianos hará la diferencia entre una percepción de la religión como fruto de la “gracia” o de las “obras”. Afortunadamente, tenemos instrucciones claras acerca de cómo hacerlo.
Los investigadores del desarrollo infantil han identificado cuatro estilos de crianza y sus efectos predecibles en los niños. Cientos de estudios respaldan sus conclusiones, y están entre los más confiables hallazgos en desarrollo infantil. Sorprendentemente, cincuenta años antes que los especialistas en desarrollo infantil comenzaran sus estudios, Elena de White describía los estilos de crianza, usando nombres diferentes, pero identificando las mismas conductas de los padres y sus resultados en el carácter de los niños. ¡Dios siempre ha sabido lo que es mejor para los niños!
Control y apoyo son los dos aspectos principales de la relación entre padres e hijos que conducirá a su éxito o fracaso, incluyendo cuán bien los niños acepten los valores que sus padres tratan de enseñarles. Cuánto control usas con tu hijo y cuánto apoyo le provees determinan el estilo de crianza o paternidad que usas en tu familia.
En el diagrama de estilos de paternidad, notarás que la línea horizontal representa el control. El control puede variar desde poco a mucho. Entre los dos extremos hay muchos grados de control. El control describe cuánta influencia ejerces sobre lo que hace tu hijo. ¿Piensas que los niños deben ser guiados enérgicamente para enseñarles lo que es bueno y lo que es malo? ¿O piensas que los niños generalmente harán decisiones correctas por ellos mismos? ¿Piensas que tu rol es el de ser una fuente de recursos para tu hijo, más que una firme guía? El control describe quién manda en la familia: los padres o los niños.
RELACIÓN ENTRE ADULTOS Y NIÑOS
La línea vertical representa el apoyo. Puede variar desde un fuerte apoyo en un extremo, hasta la ausencia casi total de este en el otro. Podríamos describir mejor la mitad inferior de la línea del apoyo como hostilidad. Cuando los niños no se sienten apoyados por sus padres, la relación entre ellos, generalmente, es hostil.
Los padres que dan apoyo están centrados en el niño. Entienden que los niños tienen necesidades especiales por cuanto son inmaduros. Pero reconocen también que los niños necesitan una guía firme para madurar y normas claras de conducta. Tales padres animan la independencia y la individualidad. Padres e hijos hablan mucho entre ellos, de modo que cada uno sabe lo que el otro siente, y los niños entienden las razones de las normas familiares. Una atmósfera de respeto por cada miembro de la familia impregna la casa. Los padres tratan a sus hijos con bondad y amor.
Los padres que no brindan apoyo a sus hijos engendran hostilidad, porque se centran primariamente en el adulto, y dan muy poca consideración a las necesidades de los niños. El diálogo entre padres e hijos es limitado o casi inexistente. Los adultos esperan que los niños les obedezcan, pero no enseñan las razones de sus demandas. Tales padres están atrapados por el afán de mantener su autoridad. Temerosos de que si dejan que sus hijos expresen su opinión perderán control, tienden a usar castigos físicos severos. La independencia y la individualidad son tabúes.
La manera en que los padres se llevan entre ellos y el grado de apoyo del estilo de paternidad adoptado crean el clima emocional del hogar, ya sea una atmósfera de bondad y cuidado o de frialdad y hostilidad. El clima emocional del hogar desempeña un papel significativo en la determinación de si los niños aceptarán o rechazarán los valores de la religión de sus padres. Tiñe todo lo que ocurre en la familia, dándole un aura de gozo y felicidad o de represión y tristeza.
Las dimensiones de control y apoyo convergen para describir cuatro estilos de crianza o paternidad: 1) autoridad persuasiva (alto apoyo y alto control), 2) permisiva (alto apoyo y bajo control), 3) autoritaria (bajo apoyo y alto control) y 4) negligente (bajo apoyo y bajo control).
Carlos, de 17 años, llega media hora tarde de una cita un sábado de noche. En el viaje de regreso, se le pinchó una llanta al automóvil. Desafortunadamente, la llanta de repuesto no estaba buena y tuvo que inflarla dos veces antes de llegar finalmente a casa. Cuando trató de explicar lo sucedido, su padre lo cortó gritando:
–¡No me vengas con esas! ¡No hay excusa de ninguna clase esta vez! ¡No podrás usar el automóvil por las próximas tres semanas! ¡Te lo mereces! ¡Eres totalmente irresponsable!
Carlos deja caer los hombros. Sabe que es mejor no tratar de explicar las cosas; con ello solo conseguiría un castigo más severo. Pero no parece justo. Se ha esforzado tanto por llegar a tiempo a casa... La semana siguiente será el banquete de los graduandos, y tendrá que buscar otro medio de llegar al lugar con su acompañante. El resentimiento crece en su interior y amenaza abrumarlo. “¡No puedo soportar esta situación por tres semanas más! Tengo que salir de aquí... Eh, la próxima semana es mi cumpleaños... quizá...”, piensa Carlos.
Cuando Elena de White habla del estilo autoritario lo llama “vara de hierro”, una frase sumamente descriptiva. Los padres que usan la “vara de hierro” son grandes en autoridad –la de ellos– y pequeños en respeto por las necesidades de sus hijos. Muchas veces son arbitrarios e indebidamente severos. La más pequeña indiscreción resulta magnificada en una montaña de “pecado”. Los adultos tienden a ser ásperos, dictatoriales, egoístas, antipáticos y fríos con sus hijos. Usan mucho de la fuerza y el castigo físico. Los padres autoritarios rara vez explican las razones de sus órdenes o permiten que sus niños desarrollen la habilidad de hacer decisiones personales. Su propia necesidad de poder y control caracteriza sus relaciones con su familia. Desafortunadamente, el estilo de paternidad autoritaria es muy común entre las familias religiosas conservadoras, que a menudo se esconden detrás de una concepción errada de la autoridad divina para justificar sus propias acciones.
Los niños criados bajo un estilo autoritario de paternidad reaccionan generalmente en una de dos formas. O bien se rebelan contra los valores de sus padres y se van de la casa tan pronto como sea posible –así como Carlos considera hacer–, o llegan a ser de voluntad débil, indecisos, individuos sin columna vertebral, incapaces de realizar decisiones morales difíciles.
Los hogares autoritarios generalmente producen niños con autoconcepto pobre. No tienen una conciencia fuerte y se adhieren a los valores negativos que los rodean. Generalmente, rechazan la religión. Si son religiosos, pueden tratar de ser “perfectos” en cada detalle de la vida cristiana, esperando ganar el favor de Dios y evitar su castigo, mediante el mérito de sus buenas obras. Su personalidad muchas veces carece de calor, compasión y empatía por los sufrimientos de otros. El Dios que ellos adoran es un juez iracundo, vengativo, listo para destruir a cualquiera que no dé la medida.
Carolina es una belleza de ojos oscuros, bonitos y vivaces. A los 14 años, es popular tanto entre los jóvenes como entre las muchachas. Viste siempre de última moda y tiene abundancia de dinero para gastar. Ambos padres son abogados y la han provisto de todo lo necesario, excepto de su amor, tiempo y atención. No le han puesto restricciones respecto de la hora en que debe regresar a casa después de una cita. A veces llega después de la medianoche y en cierta ocasión llegó a las 3:00 de la madrugada. Nadie dijo una palabra. En efecto, nadie parecía siquiera haberlo notado. Cualquier persona con quien ella tenga una cita está bien, en lo que a sus padres se refiere. Sencillamente, no tienen tiempo para que se los moleste. A menudo, Carolina llora hasta dormirse porque se siente muy sola. Necesita desesperadamente de sus amigos en la escuela; ellos son realmente su familia. La primera vez que sus amigos le sugirieron permanecer fuera hasta tarde, ella pensó que sus padres dirían algo, que harían algo; cualquier cosa que diera a entender que les interesaba saber qué le había sucedido. Pero no lo hicieron. Carolina lloró por horas como si su corazón fuera a romperse. A nadie le importó, realmente.
El estilo de paternidad negligente difícilmente necesita explicación; el nombre lo dice todo. Los padres tienden a ignorar a los hijos, demuestran poca preocupación por sus necesidades y terminan por quedar ausentes de la vida de ellos. Mantienen a sus hijos a distancia y no quieren sacrificarse ellos mismos ni sacrificar sus propias conveniencias. Generalmente, solo hacen esfuerzos débiles por guiar a sus hijos.
Los padres negligentes pueden ser los clásicos padres abusivos que maltratan físicamente a sus hijos o no les proveen para sus necesidades diarias de alimento, vivienda y vestido. Por otra parte, a veces pueden ser hombres y mujeres bien educados, orientados hacia una carrera, como los padres de Carolina, que están tan sumidos en sus propias vidas que, sencillamente, no tienen tiempo ni energías para atender a sus hijos. En lugar de educarlos, le dejan la tarea a la niñera. Tales padres generalmente suplen bien las necesidades materiales de sus hijos, pero no se involucran emocionalmente con ellos ni les dan apoyo. Desafortunadamente, sus hijos reconocen que no están arriba en la lista de prioridades de sus padres. Consecuentemente, no se sienten apoyados por ellos.
Los hijos que provienen de hogares negligentes reaccionan a menudo de la misma manera en que lo hacen los que provienen de hogares autoritarios: se rebelan y adoptan valores negativos. Generalmente, no son muy religiosos, ni tienen valores fuertes porque sus padres no se los enseñaron en forma consistente, ni los disciplinaron. Tales hijos tienen, a menudo, profundos problemas emocionales relacionados con el abandono de que fueron objeto. Su Dios es percibido como un gobernante distante del universo, que no se involucra en la vida de sus súbditos; alguien a quien verdaderamente no le importa lo que suceda sobre la tierra.
Los aspectos más dañinos de los estilos autoritario y negligente de paternidad son la frialdad y la falta de apoyo emocional. Estos a menudo conducen a actitudes de “qué me importa”, de abierta rebelión sin respeto por la autoridad de Dios ni la del hombre. Los padres autoritarios generalmente imponen la religión a sus hijos, mientras que los negligentes la ignoran por completo. La hostilidad que se desarrolla entre padres e hijos, generalmente, conduce al rechazo de lo que los padres más valoran: su religión.
Susanita, de tres años, gimotea y ruega que le compren un caramelo en la tienda. Su madre le dice que no, pero finalmente se cansa de sus gemidos y le da su caramelo. La misma escena se repite cada vez que van de compras. Según los amigos de su familia, Miguelito, de cinco años, es un terror. Anda por toda la casa, corre por todas las habitaciones, toma cualquier cosa que se le ocurre para jugar, y sus padres nunca dicen una palabra de reprensión ni intentan sujetarlo. En cambio, dicen generalmente: “Bueno, tú sabes cómo son los niños...” Miguelito va a la cama cuando le dan ganas. También come cuando quiere y no se le exigen buenas maneras en la mesa. “Es solo un niño, después de todo...”, suspiran sus padres.
Los padres permisivos e indulgentes, como los de Miguelito y Susanita, son tolerantes y aceptadores de los impulsos de sus hijos. Si bien son generalmente cálidos y cuidan de sus hijos, no les hacen muchas exigencias con el fin de promover en ellos una conducta más madura. Los hijos tienden a hacer lo que les place, sin mayor intervención de sus padres. La casa tiene pocas reglas y generalmente no se rige conforme a un programa. Las horas de dormir y comer se tienen cuando los niños quieren. Empleando poca disciplina, tales padres evitan la autoridad, el control y las restricciones.
Como resultado de la actitud de “dejar hacer” de los padres en la crianza de los hijos, los niños no se desarrollan teniendo un conjunto fuerte de valores. Tienden a ser impulsivos y quieren hacer lo que quieren en el momento. Esperar por la recompensa de mañana no es algo que les llame la atención. Como nunca han aprendido a controlar sus impulsos, pueden ser agresivos e irresponsables y tener una estructura moral débil. Su Dios es un Dios aceptador y amante que sonríe indulgentemente y mira para otra parte cuando los seres humanos se portan mal. Para ellos, el pecado no es un gran problema en el universo.
Jaimito, de ocho años, de cabellos rojizos y rostro pecoso, entra corriendo por la puerta al regreso de la escuela, llamando sin aliento:
–¡Mamá!, los chicos están yendo a jugar a la pelota. ¿Puedo ir al parque con ellos?
–Veamos –responde la madre–, ¿has terminado tus tareas de hoy? Jaimito deja caer la cabeza. Se había olvidado de hacerlas antes de salir para la escuela.
–Te acuerdas de nuestro arreglo, ¿verdad? –continúa su madre–. El trabajo viene antes del juego.
–Oh, mamá, solo por esta vez. Las haré cuando regrese.
–Lo siento, Jaime –le dice ella y lo rodea con su brazo–. No puedes ir a jugar con los chicos esta vez. Sé cuán chasqueado estás. Estoy segura que de aquí en adelante te acordarás de hacer tus deberes antes de salir para la escuela, ¿verdad?
Jaimito asiente lentamente con la cabeza, con la desilusión pintada en el rostro.
–¡Ven, hijo, terminemos esos deberes! –anima la madre a su niño mientras le da un pequeño abrazo–. Te voy a ayudar. No tomará mucho tiempo. Quizá tendremos tiempo de batear algunas pelotas antes que tenga que preparar la cena.
El estilo de autoridad persuasiva, centrado en el hijo, establece normas y expectativas claras tendientes a fomentar una conducta madura en los niños, considerando al mismo tiempo sus necesidades. Anima a los niños a ser independientes, a pensar por su propia cuenta, y a desarrollar su propia individualidad. Los padres exigen el cumplimiento de las reglas y normas, usando el castigo cuando es necesario, pero siempre en un clima general de amor y preocupación por el niño. Tales adultos no se dejan dominar por su propia autoridad. Por el contrario, los preocupa saber cómo conducir debidamente a sus hijos. Las necesidades de ellos son siempre importantes, y respetan sus sentimientos. Tales padres explican las razones de sus expectativas y prestan atención a los puntos de vista de sus hijos. Como resultado de ello, los niños generalmente sienten que cualquier castigo que reciben lo tienen merecido. Y saben, más allá de toda duda, que sus padres se interesan en ellos y los apoyan.
Elena de White describe a estos padres como personas que tienen autocontrol y están bajo la disciplina de Cristo. Muestran amor y amabilidad y se hacen amigos de sus hijos. Mientras despliegan simpatía y comprensión, pueden, cuando es necesario, demostrar también firmeza y disciplina estricta.
Los hijos de hogares que emplean el estilo de autoridad persuasiva, generalmente, son seguros y competentes. Tienen fuertes valores y están dispuestos a defenderlos. De actitud responsable, tienen un carácter moral fuerte y se interesan en ayudar y cuidar a otros. Generalmente son positivos acerca de los valores y la religión que han aprendido de sus padres. En adición a esto, tienen la fortaleza para resistir la presión del entorno y hacer lo que saben que es recto, porque tienen una conciencia fuerte y razonable que los guía en sus acciones. Su Dios es un ser que demuestra interés y amor, que perdona sus errores y que continuamente los ayuda a crecer en gracia y fe. Un Dios tal es la perfecta combinación de la misericordia y la justicia, un Dios que continuamente los lleva más cerca de sí mismo.
Solo la paternidad de autoridad persuasiva representa verdaderamente la manera como Dios nos trata: amándonos y animándonos, pero al mismo tiempo, ansioso de ayudarnos a crecer. Cuando usamos este estilo de crianza, estamos ayudando a nuestros hijos a desarrollar una imagen verdadera de Dios. Todos los otros estilos distorsionan la imagen que el niño se forma de Dios y representan mal su bondad, su amor y su pureza.
Durante 1989, el Departamento de Educación de la Asociación General de los Adventistas del Séptimo Día encargó que se llevara a cabo un amplio estudio acerca de los jóvenes de la Iglesia Adventista. Aproximadamente 11.000 adolescentes de edades entre 12 y 18 años completaron un extenso cuestionario del estudio Valuegénesis. Sus respuestas formaron el acopio de datos más grande acerca de la juventud cristiana, alguna vez llevado a cabo por una denominación. Si bien ese libro trata ampliamente de los más jóvenes, sus conclusiones referentes a los adolescentes nos dicen qué podemos esperar a medida que nuestros hijos siguen creciendo. Por esta razón, quiero compartir contigo algunos de los resultados del estudio Valuegénesis que te ayudarán a enseñarles a tus hijos el camino del Señor.
Uno de los descubrimientos más impactantes fue el hecho de que los jóvenes que tenían una fe madura y creciente, consistentemente, procedían de hogares donde los padres no solo los amaban y cuidaban, sino también les exigían el cumplimiento de las normas adventistas de conducta. El hogar es el lugar donde los niños necesitan aprender el estilo de vida adventista. Cuando los padres amantes y cuidadosos enseñen normas, sus hijos las aceptarán como parte de su modo de vida. El estudio demostró que los jóvenes aceptan mejor las normas adventistas cuando les son enseñadas en el hogar, que cuando se las imponen en la escuela o la iglesia. Los datos calzan perfectamente con el estilo de autoridad persuasiva: amor y cuidado combinados con altas normas de conducta.
Al leer las descripciones de los cuatro estilos de paternidad, quizá te hayas dado cuenta de que has crecido en un hogar autoritario, negligente o permisivo, de modo que no tienes un modelo de cómo funciona realmente el estilo de autoridad persuasiva. Todos tenemos la tendencia a ejercer la paternidad o la maternidad de la misma manera en que esta fue ejercida en nuestro caso. Esa es la cinta que suena en nuestra mente cuando nos enfrentamos a duras decisiones como padres. Pero tú puedes cambiar. Los resultados del estilo de autoridad persuasiva son tan superiores a cualquier otro estilo, que bien vale el esfuerzo de adoptarlo. ¿Cómo puedes hacer tal cambio?
Primero, para lograr un claro entendimiento de cómo funciona realmente el estilo de autoridad persuasiva de paternidad, estudia cómo trata Dios con nosotros. Nuestro Padre celestial es un modelo perfecto del estilo de autoridad persuasiva. Piensa en las características personales de Dios, sus requerimientos hacia nosotros, los métodos que usa para enseñarnos, y cómo trata con nosotros cuando fracasamos. Por supuesto, nosotros no tenemos la infalibilidad ni la perfección de Dios, pero podemos tratar de copiar sus métodos.
DIOS, EL PADRE CELESTIAL
Características personales
Dios y sus normas para nosotros tienen un mismo propósito. Él es nuestro Modelo y la personificación de su Ley (Sal. 119:68; Juan 13:15).
Dios no dice una cosa por otra. Él es el mismo ayer, hoy y mañana. Podemos confiar en él por cuanto cumple sus promesas. Sus normas no varían (Heb. 13:8; 1 Rey. 8:56; 2 Ped. 3:9).
Dios está siempre accesible cuando lo necesitamos, pero no impone su presencia en nosotros ni nos obliga a obedecer sus normas contra nuestra voluntad (Mat. 28:20; Apoc. 3:20; 2 Ped. 3:9).
Requerimientos
Dios ha establecido claramente pautas para la conducta (Mat. 5:48; 2 Tim. 3:16, 17; Éxo. 20; 1 Juan 2:4, 5).
Dios equilibra la misericordia y la justicia. Es justo (Sal. 85:10; 89:14).
Los requerimientos de Dios son realistas (Sal. 19:7, 8).
Dios trata con cada persona de un modo individual. Considera el trasfondo y las oportunidades de la persona (Juan 3:1-21; 4:5-26).
Los requerimientos de Dios no varían. Son los mismos ayer, hoy y mañana (Sal. 119:89, 142, 144; Mat. 5:17, 18).
Dios espera logros elevados y buena conducta. Manifiesta confianza en la voluntad individual de obedecer (Deut. 10:12-14; Mat. 18:14).
Métodos
Dios toma en cuenta la voluntad y la decisión del individuo. No suprime la fuerza de voluntad. Por respeto a la libre voluntad y elección individual, no fuerza a nadie en contra de sus deseos (Jos. 24:15).
Dios provee aliento, opciones y guía (Gén. 28:15).
Dios considera los motivos subyacentes de cada acción. No juzga solo por las apariencias (1 Sam. 16:7).
Dios está atento a nuestras necesidades y se anticipa a ellas (Isa. 65:24).
Dios nos asegura que está de nuestro lado (Jos. 1:9).
Dios es consecuente en los mensajes que da a través de su Palabra y la disciplina que aplica (Job 5:17, 18; Jer. 30:11).
La disciplina de Dios tiene un propósito. No es para dejar escapar su ira, sino para ayudarnos a crecer (Heb. 12:6; Apoc. 3:19).
Dios usa frecuentemente las consecuencias naturales para enseñarnos (Ose. 14:1).
Dios ofrece incentivos en forma de recompensas (Éxo. 15:26; 2 Tim. 4:7, 8; Apoc. 3:21).
Dios envió a su Hijo Jesús a fin de mostrar su amor y proveernos salvación (Juan 3:16; 1 Juan 4:9, 10).
Cómo trata Dios con el fracaso
Dios está siempre listo para perdonar y olvidar, y borrará nuestro pasado para siempre (Sal. 103:3, 12; Isa. 1:18; Dan. 9:9).
Dios ama a la persona, a pesar de su conducta. Al mismo tiempo que aborrece las malas acciones, todavía ama sin egoísmo (Prov. 6:16-19; Juan 8:3-11; Rom. 5:8).
Dios nos da una segunda oportunidad, llevándonos de vuelta a las mismas circunstancias otra vez para fortalecernos (Joel 2:12, 13; Zac. 1:3; Fil. 4:13).
El amor de Dios no es condicional. Nos acepta como somos sin pedirnos prueba de que hemos cambiado nuestra conducta; nos ama “en las buenas y en las malas” (Jer. 31:3; 1 Juan 4:10, 19).
Dios es optimista acerca de nuestro futuro. Ve lo que podemos llegar a ser mediante Cristo (Jer. 31:17; Efe. 2:4-7).
Dios es persistente. No se da por vencido fácilmente, él busca activamente al descarriado. Su paciencia no tiene fin (Ose. 11:8, 9; Luc. 15:11-24).
Dios provee descanso de la batalla, cuando es necesario: un cambio de actividad y estímulo en el momento apropiado (Mat. 11:28; Mar. 6:31).
¡Dios nunca se da por vencido!
Segundo, examina tu conocimiento de los estilos de paternidad completando el cuadro de “Control de Temperatura”, al final de este capítulo. Esto te dará también algunas ideas acerca de cómo funcionan realmente los diferentes estilos de paternidad en la vida diaria.
Tercero, dile a tus niños que estás tratando de cambiar. Ellos esperarán que tú actúes como siempre lo has hecho y, de esta manera, te probarán para ver si realmente has cambiado. Las cosas pueden empeorar antes de mejorar, pero al fin tus relaciones con tus hijos serán mucho mejores. El esfuerzo vale la pena.
Cuarto, ora cada día por sabiduría celestial. Ora muchas veces al día pidiendo a Dios que te dé el amor y el afecto que tus hijos necesitan. Ora también para que te dé la fortaleza de enseñar a tus hijos usando firmeza combinada con amor.
CONTROL DE TEMPERATURA
Después de leer estas breves descripciones de situaciones hogareñas, califica el clima emocional del hogar como 1) autoridad persuasiva, 2) autoritario, 3) permisivo o 4) negligente. Las respuestas correctas aparecen al final.
Situación:
Mamá corre a investigar los gritos que vienen de la sala y encuentra a Melisa, de dos años, golpeando a su hermanita de un año. Rápidamente, la mamá se acerca a Melisa y, suave pero firmemente, retira sus manos de la bebita y las sostiene con las suyas mientras dice:
–No, Melisa. Eso lastima a tu hermanita. Busquemos un juguete para ella. Debemos ser amables con la bebita.
Después de ayudar a Melisa a encontrar un juguete para la pequeña, la madre sugiere entonces que le ayude en la cocina.
Clima:
–Por favor, Juanito, quita tus juguetes de en medio, antes de que papá llegue a casa –ruega su madre por cuarta vez en 15 minutos.
Juanito continúa jugando. Finalmente la madre se desespera y le ofrece a Juanito un caramelo, si tan solo quita de en medio sus juguetes.
Clima:
—No puedes ir a la playa porque ya dije que no; ¡y no quiero que se hable más de esto! –proclama el padre de Marylin, en términos nada inciertos.
Clima:
El Sr. Jiménez cree en el uso de la vara.
“Es la única manera de hacer que los hijos obedezcan en estos días”, dice. Por lo general, sus hijos son castigados hasta ocho o diez veces por día.
Clima:
Rocelina, de diez años, entra corriendo de regreso de la escuela, exclamando en alta voz:
–¡No quiero sentarme junto a José! ¡Huele mal! Por favor, mamá, llama a la maestra. ¡Dile que no puedo sentarme junto a él! A ninguno de los chicos le agrada estar con él. ¿Por qué tendría yo que sentarme a su lado?
–Pensemos un poco, Rocelina –responde la madre. Esto suena feo. Me pregunto por qué José huele así. ¿Hay algo que podamos hacer para ayudarlo? ¿Cómo te sentirías si todos los chicos trataran de evitarte? Quizá, cuando papá venga a casa nos dé alguna idea. Podemos hablar de esto a la hora de la cena.
Clima:
Hoy Karina cumple seis años. Papá, que no vive más con Karina y su mamá, prometió venir para la fiesta. Pero no llegó. Karina lloró y lloró por la desilusión. Al día siguiente, él dijo que había estado demasiado ocupado en el trabajo como para poder asistir.
Clima:
–Ven, mi amor, ¿no crees que ya es tiempo de ir a la cama? –dice mamá tratando de convencer a Justino.
Él sacude la cabeza y continúa jugando con sus bloques. Mamá suspira y regresa a trabajar con los papeles que trajo de la oficina. Una hora después, Justino cae dormido sobre el piso de la sala familiar. Mamá lo lleva a la cama.
Clima:
(Respuestas: 1, 3, 2, 2, 1, 4, 3).
Claves para la disciplina
1 Provee normas claras de conducta.
2 Establece con claridad las consecuencias de una conducta equivocada.
3 Sé razonable.
4 Respeta a cada miembro de la familia individualmente.
5 Provee un clima emocional de afecto y cuidado en el hogar.
6 Espera una conducta madura; estimula la responsabilidad y la independencia personal.
7 Respeta los sentimientos de cada miembro de la familia.
8 Comunícate en forma clara y frecuente. Respeta los puntos de vista de tus hijos.
Capítulo 4
Un crecimiento como el de Jesús
“Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres”. Lucas 2:52
El cultivo de las rosas es muy parecido a la ayuda que necesitan los niños para desarrollarse espiritualmente. En el lugar donde vivimos, las rosas requieren una gran cantidad de tierno y amante cuidado para florecer. En el otoño, debemos cubrir las plantas a fin de protegerlas de las tormentas del invierno. Cuando llega la primavera, debemos podarlas cuidadosamente de modo que puedan brotar las hojas nuevas. Las plantas necesitan fertilizante y una gran cantidad de agua y luz solar para producir hojas y luego, flores. La falta de cualquiera de estos ingredientes retrasará su crecimiento.
Buscamos ansiosamente los primero botones. Los miramos todos los días para ver si ya se ven las flores. Por supuesto, nunca les decimos: “¡Qué terrible!, ustedes no son más que pimpollos, cuando debieran ser flores ya crecidas. ¡No son muy lindos!” En cambio, amamos los botones verdes. Son la promesa de futuras flores. Pronto se ve una puntita de color y pocos días después, unos cuantos pétalos rosados prometen una bella flor.
Cuando Jesús era niño, su vida se desenvolvía suave y bellamente, como lo hacen las rosas en el jardín. Si bien la Biblia es muy breve acerca del temprano desarrollo de Jesús –solo contamos con un versículo–, Elena de White nos revela mucho más en el capítulo 7 de El Deseado de todas las gentes. Él no maduró sobrenaturalmente, sino que “las facultades de su intelecto y de su cuerpo se desarrollaban gradualmente, en armonía con las leyes de la niñez” (p. 49). “Durante su infancia, Jesús manifestó una disposición especialmente amable. Sus manos voluntarias estaban siempre listas para servir a otros. Manifestaba una paciencia que nada podía perturbar, y una veracidad que nunca sacrificaba la integridad. En los principios era firme como una roca, y su vida revelaba la gracia de una cortesía desinteresada” (ibíd.). María se maravillaba a menudo de la belleza de su carácter.
Si bien ella no entendía plenamente su misión en la tierra, tomó con extrema seriedad la responsabilidad de alimentar su desarrollo espiritual. Amablemente le enseñó de las Santas Escrituras, adaptando las lecciones a su mente en desarrollo. Le explicó acerca de la bondad de Dios, su grandeza y su ley. Su madre humana lo instruyó en los caminos de Dios y le relató las historias bíblicas acerca de Israel. Y la Escritura registra que “Jesús crecía en […] gracia para con Dios y los hombres” (Luc. 2:52).
De la manera en que María nutría amablemente a Jesús, a fin de que continuara desarrollándose, así debemos nosotros alimentar espiritualmente a nuestros hijos. “Los padres y los maestros debieran proponerse cultivar de tal modo las tendencias de los jóvenes que, en cada etapa de la vida, estos representen la debida belleza de ese período, que se desarrollen naturalmente, como lo hacen las plantas del jardín” (Conducción del niño, p. 191). Elena de White recomienda aquí que el crecimiento no sea forzado. No debe haber un empuje excesivo hacia la madurez. Sino solo el avance de acuerdo con la etapa de desarrollo. La belleza apropiada para cada edad: primero el capullo, luego la flor.
A fin de crecer espiritualmente, los hijos requieren el tierno y amante cuidado de sus padres terrenales, la luz del sol del amor de Dios, las suaves lluvias del Espíritu Santo, el fertilizante de la Palabra de Dios, y a veces la disciplina de la poda, a fin de producir los bellos y fragantes pimpollos de una vida semejante a la de Cristo. “Al tratar con sus hijos, sigan el método del jardinero. Por medio de toques suaves, por medio de un ministerio amante, traten de moldear su carácter según el modelo del carácter de Cristo” (El Deseado de todas las gentes, p. 475).
Una de mis citas favoritas acerca de cultivar flores en el jardín de los hijos de Dios, da énfasis a la ternura necesaria: “En los esfuerzos que hacemos por corregir el mal, deberíamos guardarnos contra la tendencia a la crítica o la censura [...]. Las flores no se abren bajo el soplo del ventarrón” (La educación, p. 291). De modo que, al ayudar a tus hijos a desarrollar espiritualidad, ten en mente la ternura de Dios y la suavidad de la lluvia y la luz del sol.
Algunos de nuestros rosales son bastante resistentes a la enfermedad. Pareciera que los insectos no los molestan demasiado. Otros rosales dan la impresión de atraer las pestes, y tenemos que usar insecticida regularmente. Mientras algunos rosales sobreviven los inviernos año tras año, otras variedades son más sensibles al frío, y tenemos que reemplazar frecuentemente los rosales muertos.
Cada rosal, por supuesto, produce una variedad diferente de flor. Uno de mis favoritos tiene rosas grandes, fragantes de un rosado intenso. Su fragancia llena una habitación. Tenemos unos rosales en miniatura plantados junto a una gran roca. Sus flores no son llamativas, pero si las miras de cerca, percibes una belleza especial en su pequeñez. Cada rosal es único y requiere una combinación particular de insecticida, fertilizante, luz de sol, lluvia y poda para producir hermosos pimpollos.
Lo mismo ocurre en el florido jardín de niños de Dios. Cada uno es diferente, y cada uno requiere una combinación especial de cuidados para nutrir su crecimiento espiritual. De modo que cada niño se acerca a Dios de un modo diferente, y cada uno produce un tipo diferente de flor espiritual. Dios no tiene un catálogo de patrones con diseños de un niño cristiano perfecto. En cambio, el crecimiento espiritual de cada niño es único.
Además, cada uno de nosotros acude a Dios y lo entiende de acuerdo con su personalidad individual y experiencias de la vida, como también de su propia mente. ¿Recuerdas a Pedro y Juan, y cuán distintos eran? Pedro, el impulsivo –quizá hiperactivo– y sanguíneo. Rápido para aceptar a Jesús, igualmente rápido para negarlo. Temeroso de las consecuencias de seguir al Señor. Transformado por el Espíritu Santo en un poderoso orador cuyas palabras movían los corazones de millares. Lo arriesgó todo por el Señor.
Juan, de temperamento rápido, pero amante. Un verdadero amigo. Fiel hasta el fin. Un pensador, cuidadoso con las palabras, meticuloso en los detalles. Escritor claro, capaz de describir el amor de Cristo en palabras que todos pueden entender. Le fueron confiadas las profecías del fin del tiempo, las que registró conscientemente bajo circunstancias difíciles: detalles que quizás habrían abrumado a Pedro, el orador popular.
Los escritos de Pedro están llenos de palabras de acción: preparaos, mirad, sed sobrios, id, creed, recordad, sed cuidadosos. El evangelio y las epístolas de Juan exudan relación y amor. Si bien Pedro no ignora la relación y Juan incluye la acción, cada uno describe a Dios desde el punto de vista de su propia personalidad. Cada uno está correcto: Dios es acción y Dios es relación. La suma total enriquece nuestro entendimiento y nos provee una imagen más clara de Dios. Pedro y Juan sirven a Dios, cada uno de la manera que mejor armoniza con su personalidad. Y Dios usa a cada uno de una manera diferente, al tener en cuenta sus inclinaciones naturales y su personalidad llena del Espíritu.
Cada uno de nuestros hijos tiene una personalidad única, parcialmente heredada y parcialmente desarrollada a través de las experiencias de la vida.
Cada niño experimentará la salvación y el amor de Dios de un modo diferente. Un aspecto importante al ayudar a los niños a crecer espiritualmente, es reconocer de qué manera su personalidad afecta su relación con Dios.
El temperamento es una parte importante de la personalidad. Alexander Thomas y Stella Chess, muy conocidos investigadores en desarrollo infantil, han identificado tres tipos de temperamento entre los niños: fácil, difícil y lento para entusiasmarse. Piensan que estos tres tipos incluyen a dos tercios del total de los niños. El tercio restante no muestra un tipo claramente identificable. Los tipos de temperamentos de Thomas y Chess son muy conocidos y respetados entre los estudiosos del desarrollo infantil. Nos ayudan a entender mejor a los niños.
Thomas y Chess creen que el temperamento consta de nueve diferentes características. Cada característica puede ser descrita como un valor intermedio, a lo largo de una línea entre dos extremos. Las varias combinaciones de estas características forman el temperamento del niño, el cual, creen ellos, está ya presente en el nacimiento.
CARACTERÍSTICAS DEL TEMPERAMENTO
Nivel de actividad
Quieto ............................................................................................... Activo
Ritmicidad y regularidad
Regular .......................................................................................... Irregular
Acercamiento o aislamiento
Retraído .................................................................................. Extrovertido
Adaptabilidad
Alta adaptabilidad ......................................................... Baja adaptabilidad
Umbral de estímulo
Muy sensible ............................................................................... Insensible
Intensidad de reacción
Alta sensibilidad ..............................................................Baja sensibilidad
Calidad de ánimo
Pesimista ..................................................................................... Optimista
Capacidad de distracción
No se distrae ........................................................................ Muy distraído
Período de atención y persistencia
Alta persistencia .............................................................. Baja persistencia
El nivel general de actividad de un niño puede variar de lento a extremadamente enérgico. La mayoría de los niños están en la mitad de la escala, ni muy activos ni lentos. Acercamiento y aislamiento describen la manera como un niño reacciona ante situaciones nuevas y ante la toma de decisiones. Algunos niños son extremadamente cautelosos cuando se enfrentan con una nueva situación, mientras que otros se zambullen precipitadamente en ella y parecieran no tener temor. A muchos niños les resulta difícil tomar decisiones, mientras que otros son impulsivos. Un grupo de niños se adapta fácilmente a los cambios, mientras que otros requieren un tiempo más largo para adaptarse.
Las diferencias de temperamento afectan también las reacciones de los niños frente a los asuntos espirituales. David es, por lo general, el primero en levantar la mano cuando se piden voluntarios para alguna actividad de servicio. Usualmente no se pone a pensar si tiene tiempo para ello o si entra en conflicto con alguna otra cosa que ya ha prometido hacer. José quizá no logre decidirlo hasta que sea demasiado tarde para unirse al grupo. Los organizadores ya han hecho planes sin incluirlo a él, porque aparentaba no tener interés en ayudar a otros. En realidad, no le faltaba interés, pero su aproximación cautelosa fue lo que lo excluyó.
Cristina tiene reacciones emotivas intensas a todo. Al vivir la vida con gran sentimiento, será tocada profundamente por la historia de la crucifixión y parecerá estar “verdaderamente convertida”, debido a sus fuertes emociones. Melisa, por otra parte, es calmada y más bien fría. Uno no puede juzgar cómo se siente por sus reacciones exteriores. Como no se la ve muy emocionada por la historia de la crucifixión, sus padres y maestros pueden preocuparse acerca de su salvación. Sin embargo, íntimamente ella está tan “convertida” como Cristina.
Una actitud general de optimismo y pesimismo pareciera ser parte del temperamento que el niño trae desde su nacimiento. Miguelito ha sido siempre feliz por naturaleza. Sonríe y ríe mucho y confía en que todo va a salir bien al final. El solo hecho de estar cerca de él hace que todos los demás se sientan más felices. Micaela, por otra parte, piensa en todas las “malas posibilidades” a la vuelta de la esquina y necesita recibir mucha seguridad de que las cosas van a salir bien. La fe en Dios en tiempos de dificultad es más natural para Miguelito que para Micaela, debido a su optimismo heredado. Sin embargo, una experiencia espiritual sólida puede ser de una gran ayuda para Micaela, mientras lucha contra su inclinación heredada a ver los posibles problemas y a desconfiar del futuro.
¿Has dicho alguna vez algo como: “Me pregunto por qué Cristian es tan revoltoso. Sus hermanos tienen buenas notas y son verdaderos líderes religiosos. No puedo creer que vengan del mismo hogar”? En efecto, no es así. En realidad, cada niño de una familia crece en un ambiente relativamente diferente. El hijo mayor y el menor viven una experiencia distinta en el seno de la misma familia.
Además de las diferencias que crea la posición del niño en la familia, la familia pudo haberse mudado a otra parte del país o la mamá o el papá puede tener un trabajo más exigente. Las escuelas, las iglesias y el vecindario pueden ser diferentes. Pregúntale a cualquier maestro acerca de cómo las clases también tienen su personalidad. Algunos grupos de niños son mucho más espirituales que otros, menos inclinados a las drogas y más interesados en estudiar.
Aun en el mismo lugar las experiencias pueden diferir grandemente. Asistiendo a la misma escuela de iglesia, con una diferencia de solo cuatro años, uno de nuestros hijos recibió una sólida educación de parte de maestros excelentes, y el otro tuvo un año flojo tras otro con maestros poco calificados. Le tomó años ponerse al día en algunas materias. La misma situación puede ocurrir en la Escuela Sabática.
Todas estas diferencias: personalidad, lugar que ocupa en la familia y experiencias de la vida afectarán la forma de reaccionar del niño ante las influencias espirituales. Cuando tratamos de ayudar a nuestros hijos o alumnos a crecer espiritualmente, debemos adaptar nuestros esfuerzos a cada niño en particular. Ninguna fórmula se adaptará bien a todos los niños. La salvación es un asunto individual.
Cuando mi esposo y yo visitamos el vivero cada primavera, lo hacemos deseosos de adquirir nuevos rosales para nuestro jardín. Sabemos lo que queremos: rosas té, fragantes y hermosas, que florezcan en plantas resistentes a la enfermedad y resistentes al frío. ¡Algo nada fácil para nuestro clima de Míchigan! Muy felices, traemos nuestros rosales a casa, los plantamos cuidadosamente, los regamos y fertilizamos, y esperamos que den flores. Al hacer todas estas cosas, tenemos la esperanza de disfrutar de las rosas todo el verano.
Cuando ayudamos a nuestros niños a crecer espiritualmente, nosotros también necesitamos saber qué nos hace falta. Al mirar el rostro inocente de nuestro bebé recién nacido, nuestro principal objetivo es claro: salvación y una eternidad en compañía de Dios. Pero necesitas también hacer algunos planes para llegar allá, de la misma manera como el jardinero los tiene que hacer para su jardín: metas para este año y algunas para el futuro. A veces, el jardinero tiene que cambiar de planes. Una tormenta o alguna enfermedad afecta algunas plantas. Parte del jardín puede requerir trasplante. Pero el plan principal del jardinero es siempre el mismo: un arreglo atrayente de la belleza natural.
Aunque la meta principal para tu hijo siga siendo la misma –salvación y una eternidad en compañía de Dios–, necesitas trazar planes más detallados, a fin de alcanzar el objetivo principal. Quisiera sugerirte que el primer paso de tu plan debiera ser ayudar a tus niños a conocer a Dios. Satanás ha estado representando erróneamente la naturaleza y el carácter de Dios, desde cuando moraba en el cielo. Uno de sus esfuerzos principales ha sido dar a los seres humanos una imagen distorsionada de Dios, de modo que crean que es un juez injusto, severo, exigente, que no le importan las necesidades de sus súbditos terrestres y cuyos requerimientos son irrazonables e imposibles de cumplir. Si Satanás no puede lograr que la gente crea en esta imagen, tiene una alternativa para ofrecer: Dios es tan amante y bondadoso que no va a castigar a nadie por portarse mal. Cualquier manera de vivir está bien. A Dios no le importa lo que hacemos. Él conoce nuestra naturaleza humana y sabe que nos es imposible vencer nuestras malas inclinaciones. De modo que una de nuestras metas más importantes es presentar al verdadero Dios a nuestros niños: el que “es nuestro guía eternamente” (Sal. 48:14, DHH). ¿Cómo podrían nuestros hijos aprender a amar a Dios si no saben cómo es?
Pero necesitamos conocer a Dios nosotros primero, si hemos de presentárselo a nuestros hijos. Cuando lo conozcamos íntimamente, les daremos a nuestros hijos una imagen precisa del Señor. Si el pensamiento de Dios te produce un frío que te corre por la espalda al imaginártelo como un juez colérico y agresivo, necesitas encontrarte con la verdadera Deidad. Nada podría agradarle más que ayudarte a conocerlo.
Sin embargo, ¿cómo llegas a familiarizarte con Dios? ¿Cómo logras librarte de las deformaciones humanas acerca de su carácter, que nos bombardean en nuestro mundo distorsionado por el pecado? Comienza por buscar en una concordancia bíblica todos los textos del Nuevo Testamento que describen a Dios y sus formas de interactuar con su pueblo. Luego haz lo mismo con los Salmos. Haz una lista de las características de Dios. Medita en cada una de ellas cada día, en tu tiempo privado con el Señor. Los libros El camino a Cristo, El discurso maestro de Jesucristo y El Deseado de todas las gentes ofrecen maravillosas descripciones de Dios, por cuanto nos presentan a su Hijo Jesús, la revelación perfecta de Dios. A medida que lo conozcas más íntimamente, reflejarás una imagen más precisa de él a tus hijos.
La segunda meta principal podría ser ayudar a tus niños a desarrollar caracteres cristianos. Salomón, el anciano sabio, tenía algunos de los más modernos puntos de vista cuando escribió: “Aun el muchacho es conocido por sus hechos, si su conducta fuere limpia y recta” (Prov. 20:11). Una de las grandes responsabilidades de los padres es enseñar a los hijos a vivir en armonía con su familia, los amigos y otras personas que conocen y frecuentan. Los especialistas en el desarrollo infantil llaman a este proceso “socialización”: ayudar a los niños a comportarse de maneras socialmente aceptables. Los cristianos tenemos una visión más amplia y profunda cuando llamamos al proceso “desarrollo del carácter cristiano”, porque le estamos dando a Dios su correcto lugar en el centro del proceso de socialización del niño.
La tercera meta principal para tus hijos podría ser llevarlos a aceptar la salvación que Cristo ofrece. En tanto que el desarrollo del carácter cristiano comienza en la infancia, la aceptación del sacrificio y la gracia personal de Cristo ocurre algunos años más tarde. La mayoría de los niños criados en hogares cristianos reconocen a Jesús como su Salvador personal, en algún momento durante sus años en la escuela elemental (edades de 6 a 14 años). Algunos niños parecieran tener una percepción espiritual fuera de lo común a temprana edad, y aceptan el don de Cristo como suyo durante los últimos años preescolares, mientras que otros no efectúan tal aceptación personal hasta mediados o fines de la adolescencia.
La cuarta meta principal está estrechamente ligada a la tercera: comprometerse a una continua comunión con Dios de toda la vida. Un cometido tal, que abarque nuestra vida entera, nos lleva a “buscar primeramente el reino de Dios y su justicia” (Mat. 6:33). Afecta todo lo que hacemos y todo lo que llegamos a ser. Al transformarse en el centro mismo de nuestra vida, el propósito de nuestra existencia, nos hace caminar tan cerca de Dios que nuestro pensamiento y el suyo llegan a ser uno y el mismo. Cuando actuamos, estamos reflejando, simplemente, lo que él haría si estuviera en nuestra situación. Seguramente, esto es lo que queremos para nuestros niños como también para nosotros mismos.
Los niños pueden comenzar su relación con Dios antes de tener edad suficiente como para ir a la escuela, simplemente cuando Jesús llega a ser su amigo y compañero. Pueden aprender a confiar en él en procura de ayuda en sus dificultades. Al hacerse más grandes, su relación madura a medida que su comprensión de Dios se expande.
Por supuesto, estas no son todas las metas espirituales que podrías tener para tus hijos. Representan solo un comienzo: algunas de las principales, si te parece. Pero lo cierto es que tus posibilidades de guiar el crecimiento espiritual de tus hijos son mucho mayores si tienes metas claras en mente. Como matrimonio, después de que los niños se han ido a la cama, tomen un poco de tiempo para conversar tranquilos acerca de las metas espirituales que ambos tienen para la crianza de sus niños. Si eres un padre o una madre solo(a), ve con otro padre o madre para discutir con él (ella) las metas espirituales para sus familias. Escríbanlas en un cuaderno. Luego revísalas con frecuencia para ver cómo te está yendo.
Los especialistas en el desarrollo infantil hablan, a menudo, de tareas de desarrollo para niños de diferentes edades. Consisten en logros importantes en cada etapa del desarrollo, si queremos que el niño progrese normalmente. Un niño debe completar cada tarea antes de pasar a la siguiente etapa. Por ejemplo, las tareas de desarrollo para los primeros dos años incluyen aprender a caminar y hablar.
He preparado una lista de control de las tareas de desarrollo espiritual que ayudarán a los niños a crecer hacia una fe y una espiritualidad maduras. Las primeras tareas preparan para las posteriores. Si el desarrollo temprano ha sido deficiente, el desarrollo espiritual posterior será más difícil; no imposible, pero más desafiante.
Notarás que las tareas caen dentro de cuatro áreas principales: fe en la Palabra de Dios, relación de fe con Dios, fe para el diario vivir y relación de fe con otras personas.
He confeccionado dos listas de tareas: una, para la niñez temprana (desde el nacimiento hasta los 6 años) y otra, para la niñez avanzada (6 a 12 o 13 años).
Pon el nombre de tu niño en el encabezamiento y luego, revisa tarea por tarea, teniéndolo en mente. Trata de pensar en maneras específicas en las cuales sabes que tu niño ha cumplido esa tarea. Por ejemplo: ¿puede ella perdonar a su hermano cuando este la fastidia?, ¿o mantiene un rencor en contra de él y a menudo trae a la memoria su mala conducta?
Dar y aceptar perdón son componentes claves para entender y aceptar lo que Jesús ha hecho por nosotros. Echan el fundamento de la salvación. Aprender a perdonar es una dura lección. ¿Está ella dando pasos en esa dirección? No esperes perfección, sino solo progreso.
DESARROLLO DE LA FE
Tareas para el desarrollo de la niñez temprana
Nombre del niño
Fe en la Palabra de Dios
Disfruta de las historias de la Biblia y considera algunos personajes bíblicos como amigos queridos (Daniel, Noé, Jesús, y otros).
Sabe de memoria algunos versículos de la Biblia y puede decir algo acerca de su significado.
Usa algunos versículos bíblicos para ayudarse en el diario vivir (cuando tiene miedo o se siente tentado a hacer algo malo, etc.).
Relación de fe con Dios
Sabe y siente que Dios y Jesús lo [la] aman todo el tiempo.
Demuestra amar a Dios, que es feliz con su amistad y quiere agradarle.
Manifiesta culpa y siente pesar cuando ha hecho algo malo.
Generalmente confiesa o admite que ha hecho algo errado.
Saca provecho de la disciplina (procura hacer lo mejor en el futuro).
Respeta los deseos de los padres y los maestros, y trata de agradarles.
Le gusta hablar con Dios por medio de la oración.
Recurre a la oración para pedir perdón por sus errores y buscar ayuda, cuando la necesita.
Confía en el perdón de Dios y en su ayuda durante las dificultades.
Fe para el diario vivir
Sabe sacar la lección (lo que debe aprender) de un relato bíblico u otra historia sobre la formación del carácter.
Aplica la “moraleja” de la historia a su propia vida.
Conoce un conjunto claro de reglas de “sí” y “no” que guían su conducta, y las sigue la mayor parte del tiempo.
Reconoce la voz de la conciencia (sabe que está mal hacer algunas cosas).
Puede seguir la voz de la conciencia y privarse de hacer algo que quiere hacer, pero que sabe que está mal.
Sabe cómo decidir qué es lo correcto y qué, lo incorrecto en una situación nueva.
Relación de fe con otras personas
Reconoce cómo se sienten otras personas y quiere ayudarlas cuando tienen necesidades.
Está aprendiendo a entender los efectos de sus acciones sobre otras personas (que al otro niño le duele cuando él [o ella] lo golpea).
Acepta el perdón cuando ha hecho algo malo.
Por lo general, perdona a alguno que lo [la] ha tratado injustamente.
Por lo general, obedece las reglas (en casa, con los amigos o los abuelos, en el jardín de infantes o en la guardería infantil, en la Escuela Sabática, etc.).
Conoce las reglas de Dios y trata de obedecerlas.
Confía en sus padres y maestros.
Tus hijos tendrán un fuerte fundamento para la fe, el carácter cristiano y la vida espiritual, si durante su temprana niñez han aprendido a:
1 Amar, confiar y obedecer a sus padres y a Dios.
2 Empatizar con la gente y tratarla amablemente.
3 Perdonar y ser perdonados.
4 Gustar de la amistad con Jesús.
5 Ser autodisciplinados.
Como el desarrollo de la fe es un viaje de toda la vida, las tareas de desarrollo espiritual continúan durante la niñez avanzada. Cada una de las tareas de la niñez temprana se profundiza, expande y madura, durante la etapa avanzada y en la temprana adolescencia.
Sin embargo, el desarrollo de la fe durante la niñez avanzada introduce algunas nuevas tareas. El conocimiento de la Palabra de Dios se expande grandemente, junto con un mayor entendimiento de las doctrinas de la iglesia. Emerge la aceptación de Jesús como Salvador personal y la oración toma un rol más maduro. La autoestima cristiana comienza a ser evidente, y el niño basa en principios la toma de decisiones de orden moral. Se torna más clara la identificación con la iglesia. El servicio a otros ayuda a ligar a Dios con las personas.
Las tareas de desarrollo espiritual de la temprana niñez son prerrequisitos para las tareas más maduras de la niñez avanzada, por cuanto proveen el fundamento para todo desarrollo de la fe. Afortunadamente, los vacíos en el desarrollo espiritual temprano pueden ser rellenados –con gran esfuerzo, sin embargo– durante la niñez avanzada.
DESARROLLO DE LA FE
Tareas para el desarrollo de la niñez avanzada
Nombre del niño
Fe en la Palabra de Dios
Sabe y cree que la Biblia es el relato de la relación de Dios con los seres humanos, en el pasado y en el futuro.
Tiene una comprensión y un conocimiento de la historia y la profecía bíblica que se profundizan más y más.
Sabe cómo fue escrita la Biblia y tiene un entendimiento básico de la inspiración.
Sabe y cree que la Biblia es la comunicación de Dios a los seres humanos, a fin de guiarlos para profundizar su relación con él.
Le gusta leer la Biblia y acude a ella en busca de ayuda para el diario vivir.
Conoce las doctrinas principales de la Iglesia Adventista del Séptimo Día y las acepta como sus creencias personales.
Ha memorizado muchos pasajes bíblicos significativos.
Se identifica con algunos personajes de la Biblia.
Relación de fe con Dios
Acepta la Sagrada Escritura como una comunicación personal de Dios para él [o ella].
Acude a la Biblia, a fin de desarrollar una relación con Dios y Jesús.
Reconoce que es un [una] pecador(a) que necesita de un Salvador.
Acepta a Jesucristo como Salvador personal en forma constante.
Se comunica espontánea y frecuentemente con Dios en oración.
Acepta el perdón de los pecados de parte de Dios y la gracia ofrecida diariamente por Jesucristo a los pecadores.
Siente que Dios es su Padre celestial y Jesús, su hermano mayor, amigo para siempre y confidente.
Fe para el diario vivir
Cree que Dios sabe lo que es mejor para su vida y está madurando en una relación diaria de confianza en que Jesús guiará su crecimiento espiritual y el de su carácter.
Está desarrollando una autoestima positiva, basada en los valores cristianos.
Está aprendiendo a hacer decisiones de orden moral, guiándose por la Palabra de Dios y desarrollando la necesidad de independencia para seguir avanzando conforme a esas decisiones.
Generalmente, hace lo que cree que es correcto hacer.
Tiene algunos “héroes” positivos a los que quisiera parecerse.
Está aprendiendo a aplicar la Palabra de Dios a su propia vida y sus actos.
Está desarrollando principios que guíen su conducta.
Demuestra remordimiento y culpa por haber hecho mal y trata de “hacer bien las cosas”.
Relación de fe con otras personas
Se identifica como un adventista del séptimo día.
Es miembro bautizado(a) de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.
Está comenzando a entender el significado profundo de los Diez Mandamientos (amor a Dios y al prójimo), y está aprendiendo a expresar ese amor mediante sus acciones.
Se ve a sí mismo(a) como una persona ayudadora, que se interesa, que empatiza y lo demuestra en su relación con otras personas.
Está comenzando a tener “sueños” acerca de lo que puede llegar a ser y de cómo encaja personalmente en el plan de Dios para el mundo.
Está aprendiendo a tratar con compañías que intentan inducirlo a hacer lo que sabe que no es bueno.
Se considera a sí mismo(a) una persona responsable con la que se puede contar en el cumplimiento de sus obligaciones.
Comparte su amistad con Jesús en forma natural y abierta con otras personas.
Cuando leas los siguientes capítulos, probablemente querrás referirte con frecuencia a las tareas de desarrollo espiritual de este capítulo. Si las mantienes en mente, tendrás una guía acerca de lo que tus niños necesitan saber y experimentar en su viaje espiritual. Son una clave importante para ayudar a tus hijos a crecer con Jesús como su amigo y compañero íntimo.
Claves para crecer como Jesús
1 Cría al niño con ternura, tomando en cuenta sus necesidades.
2 Considera el temperamento individual de tu hijo.
3 Respeta el estado de desarrollo actual de tu niño.
4 Considera su posición en la familia y sus experiencias de la vida.
5 Mantén claramente en foco las metas de su desarrollo espiritual.
6 Revisa las tareas del desarrollo espiritual. Decide cuáles de ellas ha alcanzado tu hijo y cuáles necesita aprender.
7 Mantén en mente las tareas de desarrollo espiritual de tu niño, al hacer planes para su desarrollo personal.
Capítulo 5
La espiritualidad durante la niñez temprana
“De cierto os digo, que el que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él”. Marcos 10:15
¿Cuándo comienzan los niños a crecer espiritualmente? En una de sus declaraciones más iluminadoras, Elena de White sugiere que la religión puede comenzar cuando son tan solo bebés. “Llevad a vuestros hijos en oración a Jesús, pues él hizo posible que ellos aprendan la religión mientras aprenden a formular las palabras del idioma” (El hogar adventista, p. 289). A los dos años, la mayoría de los niños usan palabras para comunicarse con otras personas. El aprendizaje del lenguaje en verdad comienza aún antes, cuando el bebé ya hace ruiditos con la boca y parece parlotear, y de otras maneras se prepara para hablar durante su primer año. De su declaración inspirada, deduzco que los niños son capaces de aprender religión antes de los dos años.
¿Qué clase de religión pueden aprender los bebés y los niños pequeños? ¡No por cierto los 2.300 días ni las siete plagas postreras! Sus lecciones espirituales son mucho más básicas que los puntos sutiles de doctrina. Los primeros pasos en la vida religiosa consisten en amor, confianza y obediencia, y estos permanecen como piedras angulares durante toda la niñez temprana. Son las lecciones espirituales que finalmente conducen a una relación salvadora con Jesucristo. Si los niños pequeños experimentan amor y confianza y aprenden a obedecer, su fundamento para su experiencia espiritual será fuerte. Además, ciertamente, los niños absorben mucho más de la religión durante la niñez temprana.
Patrones de vida
Primero, ellos aprenden patrones de vida, que son vitales para la vida espiritual. Juanita se duerme sobre el sofá mientras espera el almuerzo del sábado. Se la ve tan agotada que nuestro anfitrión decide no despertarla cuando comenzamos a comer. Envueltos en la animada conversación, todos nos olvidamos momentáneamente de la niña dormida. Cuando recogemos la mesa para servir el postre, llega Juanita, con los ojos soñolientos, pero con mucha hambre.
Mamá sienta a Juanita en su silla alta, le sirve el alimento y pone el plato frente a ella. Durante todo este tiempo, ignora completamente a la niña, mientras continuamos con nuestra conversación adulta. Confundida, Juanita mira en derredor de toda la mesa a cada adulto ocupado en comer su postre, luego mira su propio plato. Otra vez sus ojos recorren la mesa de adultos absortos y, finalmente, descansan en su alimento.
Quedamente, sin ayuda alguna, sin el estímulo de nadie, inclina su cabeza, junta las manos y murmura algo que no alcanzo a oír desde el otro lado de la mesa. Satisfecha de haber resuelto su dilema personal, Juanita ataca su alimento con vigor. “¿Por qué los adultos estaban comiendo sin hacer la oración?”, quedará en su cabecita como un misterio, pero ella hizo lo que se suponía que debía hacer antes de comer.
He pensado a menudo en Juanita. El conocimiento de que es correcto orar antes de comer no le había venido de nacimiento. Lo había aprendido de sus padres. Desde cuando podía recodar, mamá y papá siempre habían orado antes de comer, y también le habían ayudado a ella a dar gracias a Jesús por la comida. Día tras día, mes tras mes, cuando probablemente parecía que Juanita no estaba prestando mucha atención, mamá y papá continuaron orando y ayudándola a juntar las manos para orar. En efecto, no puede recordar una vez cuando su familia comiera sin decirle primero “gracias” a Dios.
De esta manera, cuando llega el momento de tomar su decisión, Juanita está preparada. Sabe que tiene que orar antes de comer, aun cuando ningún otro pareciera recordarlo. Habiéndolo hecho siempre de esta manera, lo hará ahora, sola. Satisfecha de haber hecho lo correcto, piensa ahora que el alimento sabe maravillosamente.
Juanita estaba aprendiendo, como principiante, los patrones de vida que llegarán a ser parte de la fibra de su ser. Llegarán a ser de tal manera una parte integral de su modo de vida que no tendrá que hacer decisiones conscientes respecto de ellos. Sencillamente, no se le ocurrirá hacerlo de otra manera. Sus patrones de vida –a veces llamados “hábitos”– harán una gran diferencia en los años por venir. Serán una parte del fuerte fundamento de su vida espiritual.
Puedes enseñar a tus hijos muchos patrones como este durante su infancia temprana: orar antes de las comidas, antes de ir a dormir, cuando hay problemas o cuando se necesita perdón; ir a la Escuela Sabática y a la iglesia cada semana, vestir ropas especiales los sábados, llevar ofrenda, sentarse calladitos en la iglesia; reunirse cada día en el culto familiar para leer la Palabra de Dios, aprender el versículo de memoria, cantar y orar juntos; prepararse para el sábado y dar la bienvenida al día santo de Dios.
Tales patrones, repetidos cada día (o cada semana), hacen de la religión una parte de los bloques con que se edifica la vida. Tu niño nunca recordará una vez cuando no oró o no fue a la iglesia. El plan original de Dios para los niños incluye conocerlo a él desde el mismo comienzo, de modo que pueda ser siempre parte de sus vidas.
Les enseñamos a nuestros niños muchos hábitos durante sus primeros seis años de vida, tales como cepillarse los dientes, recoger sus ropas y juguetes, ayudar a otras personas. Hacer tales cosas todos los días hace que se impregnen profundamente hasta que llegan a ser naturales y automáticas. Los patrones de vida religiosos son lo mismo. Una parte vital de la crianza de los niños pequeños es enseñarles los hábitos que quieres que adopten para toda la vida.
Claves de patrones de vida
1 Decide qué acciones religiosas quisieras enseñarle a tu hijo.
2 Hazlo regularmente, nunca lo olvides.
3 Haz que el aprendizaje sea divertido. Acompáñalo con tu amor.
Sentimientos y actitudes
Durante sus primeros tres o cuatro años de vida, los pequeños actúan movidos por lo que sienten, más bien que por lo que piensan. Para ellos, los sentimientos siempre están al frente y en el centro. Experimentan la vida a través de sus emociones. Puedes saber de inmediato lo que está ocurriendo en su mente porque rápidamente muestran su infelicidad, temor o desagrado. Los niños hasta recuerdan eventos del pasado a través de los sentimientos. Susanita y la tía Betty conversan acerca de un paseo que hicieron por el bosque. La tía recuerda los grandes árboles y las ardillas que corrían por allí, mientras que Susanita recuerda cuán cansada y temerosa se sentía. A medida que maduran, comienzan a desarrollarse mentalmente y ganan más control sobre sus sentimientos. El razonamiento viene a desempeñar un papel más importante, cuando llegan a los 5 o 6 años.
Muchos de los recuerdos de la temprana niñez son mayormente emotivos. Tales sentimientos se desarrollan en formas de actitudes hacia: Dios, la oración, la adoración y la iglesia. Los pequeños perciben nuestros propios sentimientos y actitudes, y aprenden la religión por lo que ven en la casa y en la iglesia. Cuando ansías que llegue el momento de ir a la iglesia y participas gozosamente en el culto, tu niño percibirá tu gozo y se sentirá también feliz. Un culto de familia largo y aburrido que requiere que el hijo se siente en silencio durante todo el rato escuchando cosas que no entiende, probablemente producirá en él sentimientos negativos que, más tarde, desarrollarán actitudes negativas hacia toda la idea del culto familiar. Si el aula de la Escuela Sabática luce brillantemente decorada con figuras de animales, flores y Jesús rodeado de niños, y si los líderes son alegres y amigables sin ser abrumadores, y si el programa es divertido, tu pequeño de tres años tendrá sentimientos y recuerdos felices de la Escuela Sabática. Por otra parte, si el aula se encuentra en un subsuelo oscuro que huele a encerrado, con una pintura opaca y descascarada, cajas apiladas de cualquier manera en las esquinas, y una bombilla eléctrica colgada del techo, y si los líderes fruncen mucho el ceño y no tienen planeado nada interesante, tu niño preescolar tendrá recuerdos negativos de la Escuela Sabática.
Los niños son extremadamente conscientes de los olores y la atmósfera, de las caras sonrientes y de los ceños fruncidos. Leen el lenguaje corporal quizá mejor que los adultos y tienen un agudo sentido para darse cuenta de quién realmente los quiere y quién los considera una molestia. Todo esto alimenta sus recuerdos y actitudes relativas a los eventos religiosos. Los niños preescolares son extremadamente impresionables. Captarán naturalmente tu propia actitud hacia la religión. No necesitas tratar de hacer que esto ocurra; ocurrirá naturalmente, aun cuando tú no lo quieras.
Procesos del pensamiento
Un día, yo estaba de visita en la división de cuna de una iglesia adventista. Después de pocos minutos, me di cuenta de que las maestras tenían un programa completo acerca de las siete últimas plagas. ¡Yo estaba espantada! Los niños de 2 a 4 años tienen muchos temores debido a que son pequeños y todavía no entienden todo. ¡En la Escuela Sabática deberíamos ayudar a los niños a tratar con sus temores, y no añadirles más!
Para terminar el programa, pusieron a dos niños al frente del aula, sentados en el suelo con un paraguas sobre ellos, y las maestras sostenían un arcoíris de papel sobre el paraguas. Una de las maestras dijo: “¡Ahora el arcoíris de la promesa de Dios nos protegerá!”
Los pequeños piensan concretamente. Cuando les enseñas a los niños, debes decirles exactamente lo que quieres decir de una manera tan literal como sea posible. El simbolismo levanta un muro entre el niño y tú, que él debe escalar antes de poder entender lo que realmente estás tratando de enseñarle. ¿Qué estaban aprendiendo los niños de esa actividad? Que cuando llueve, te metes debajo del paraguas, probablemente. Ciertamente, la noción simbólica de que el arcoíris de la promesa de Dios nos protege les pasó por encima, sin entenderla.
Cuando le enseñes a tu hijito en casa, a menudo te verás con este mismo problema de comprensión. Las ideas bíblicas son simbólicas a menudo y necesitan explicaciones claras y concretas para los pequeños. Piensa simplemente qué significa el símbolo y explícalo de esa manera. Por ejemplo, el símbolo de Jesús como el pastor que cuida de las ovejas, representa el cuidado de Jesús por nosotros. Enséñalo de esa manera a los preescolares. Durante sus primeros años, los niños no entienden las cosas como lo hacemos nosotros. Interpretan de una manera diferente, debido a su proceso inmaduro de pensamiento.
Por ejemplo, para los pequeños es difícil reconocer que una persona pueda ser dos cosas diferentes al mismo tiempo. Un ejemplo clásico de tal modo de pensar es el relato que nos viene de la Casa Blanca, cuando Carolyn Kennedy era una niñita. Alguien le preguntó:
–¿Tu papá es el presidente? –Carolyn sacudió vigorosamente su cabeza y dijo:
–¡No!, es mi papi.
En su mente, él no podía ser su papá y el presidente al mismo tiempo. La misma manera de pensar, a menudo, obra también en el área de la religión. A la pregunta “¿Tu papá es adventista?”, la respuesta típica sería: “¡No!, es mi papi”. Los pequeños, generalmente, no entienden que son miembros de una denominación en particular. Se perciben a ellos mismos como niños y niñas miembros de una familia. La idea de que una persona puede ser más de una cosa a la vez viene más tarde.
Frecuentemente, los pequeños se adherirán a una pequeña idea del relato, y ese concepto llegará a ser el punto principal que puedan recordar. Todo lo demás se perderá tras ese único punto. Raquel, una de mis estudiantes, me contó una historia de su hijo de tres años que ilustra este principio perfectamente.
Era el tiempo del relato para los niños en la iglesia de Bobby. El ministro comenzó a hablar de los insectos. Explicó mucho acerca de los insectos y cómo Dios los hizo, hablando con gran detalle de las diferentes clases y especies. Finalmente, llegó a la parte del relato.
–Un día –dijo–, un niñito que jugaba en su jardín vio una langosta que pasaba saltando. El niño siguió a la langosta a través del jardín hasta la cerca. Por supuesto, la langosta saltó la cerca de modo que el niño no pudo alcanzarla; pero cuando llegó a la cerca y miró hacia el otro lado, vio a una bebita sentada sobre la grama, junto al cruce de caminos. El niño sabía que la bebita no debía estar allí afuera, de modo que corrió adentro a contárselo a su madre. Ella corrió afuera, levantó a la niñita y la llevó dentro de la casa. Luego llamó a la madre de la bebita, quien vino de inmediato a recogerla. La mamá de la niñita estaba feliz de que el pequeño hubiera encontrado a su bebé. La moraleja de la historia era que Dios usa aun a los insectos para ayudar a la gente.
A la hora de la comida, Raquel le preguntó a Bobby:
–¿Te gustó el relato de la langosta y de los insectos que el ministro contó hoy en la iglesia?
Ella pensaba que le habría gustado el relato, porque era muy aficionado a los insectos.
–No fue acerca de una langosta –respondió Bobby–, fue acerca del camino a la cruz de Jesús.
Mi amiga Raquel demoró en reaccionar y pensó “¿El camino a la cruz de Jesús? ¿De dónde sacó eso?” Ni siquiera el sermón había mencionado ese tema. De modo que le preguntó si estaba seguro.
–Sí –dijo Bobby, firmemente–, fue acerca del camino a la cruz de Jesús, y Jesús se detenía por el camino y recogía algunas flores.
¿Qué había sucedido? Bobby había oído, evidentemente, las palabras “cruce de caminos” [crossroads, en inglés] cuando el hombre que había contado el relato hacía cierto énfasis en el hecho de que la casa estaba en una intersección muy concurrida. Recientemente, Bobby había oído un relato acerca de Jesús cargando su cruz. Impresionado por él, tan pronto como oyó “cruce de caminos”, se ligó a la palabra y rápidamente hizo una conexión mental con Jesús y la cruz. De esta manera, toda la historia cobró ese significado.
La reacción de Bobby es la típica de los pequeños. Tú puedes observar la misma reacción en tus pequeños. Por esto, cuando les estás enseñando a tus preescolares los relatos de la Biblia u otras historias edificantes, pregúntales de qué se trata la narración. Su respuesta puede ser muy iluminadora y te dará la oportunidad de ayudarles a corregir su pensamiento.
Claves para enseñar a los más pequeños
1 Dilo con sencillez: evita los simbolismos. Di exactamente lo que quieres decir.
2 Haz preguntas para saber lo que tu hijito está pensando.
3 Concéntrate en una cosa a la vez.
Creencia y fe
Los niños pequeños son creyentes naturales. Creen en los adultos y aceptan lo que oyen. Si le dices al pequeño Julio de 3 años que el mundo es cuadrado, y que si camina lo suficiente por el camino se va a caer al llegar al borde, te lo creerá. ¿Por qué? Porque tú eres un adulto, y él no sabe ninguna otra cosa diferente. No sabe lo suficiente acerca del universo como para cuestionar lo que dices. Los niños no tienen la habilidad para pensar y razonar a fondo un problema, como lo hacen los adultos; por lo tanto, son creyentes naturales. A veces, nos ponen en vergüenza.
A medida que se acercaba al fin de sus estudios de posgrado, Len pasó muchas semanas preparándose para sus exámenes finales. Tenía un cuaderno lleno de datos de su estudio y estaba trabajando en dominar el material en preparación para el examen.
Un día no pudo encontrar su cuaderno. Buscó en todo lugar imaginable, puso avisos en el tablero de anuncios en la universidad y les habló de su pérdida a todos sus conocidos, esperando que alguno encontrara su cuaderno. Dos semanas, sencillamente, no eran suficientes para investigar todo ese material otra vez. Además, no había terminado todavía de estudiar sus notas a fondo. Desesperado, temió que fracasaría en el examen, a menos que encontrara su material.
Pasó una semana y el cuaderno seguía perdido. Len se sentía deprimido, cuando su niñita de 3 años le dijo:
–Papá, ¿le has pedido a Jesús que te ayude?
Se ruborizó mientras miraba hacia abajo, avergonzado. No, no había orado acerca del asunto, y no tenía una buena respuesta para su hija. ¿Cómo podría admitirlo, cuando le había enseñado que debía orar por sus problemas? ¿Y por qué no había orado? ¿Pensaba realmente que Dios no tenía tiempo para molestarse con cuadernos de la escuela de posgrado? Por otra parte, si le decía que había orado y luego el cuaderno no aparecía, ¿qué sucedería con la fe de su hija? De inmediato, decidió que la verdad sería la mejor respuesta.
–No, mi amor, no lo hice –reconoció de mala gana.
–Papá, ¡oremos ahora mismo!
De modo que se arrodillaron y la niña oró primero. Luego Len, confesando su falta de fe y pidiendo la intervención divina en su emergencia.
Dos horas después de sus oraciones, sonó el teléfono. Un extraño había encontrado su cuaderno de notas. Hasta el día de hoy, Len se pregunta qué habría sucedido si no hubieran orado. ¿Estaba Dios recordándole que conocía y tenía cuidado de cada detalle de su vida? Fue una lección que nunca olvidó.
La experiencia religiosa de la hijita de Len es típica de los niños preescolares. Si sus padres les han enseñado acerca de Dios y la oración, su fe es fuerte. Es una fe de índole muy práctica en los detalles. Están absolutamente seguros de que Dios pone cuidado y ayudará. Su confianza es simple.
Ya que los niños tienen esa fe natural, creo que Dios nos ha dado los primeros seis años para alimentarlos con la Palabra de Dios y edificar su fe. Es nuestra dorada oportunidad para asegurar un fundamento fuerte, de modo que cuando los vientos de los años posteriores soplen fríos y sin fe, la fe de nuestros niños sea como la “casa asentada sobre la roca”, acerca de la cual habrán cantado tan a menudo. Nada la podrá destruir.
La confianza simple del niño y la amante obediencia son el modelo que Jesús quiere que los adultos sigan en su propia vida espiritual. Cuando tomaba a los niños en sus brazos y los bendecía, amablemente reconvino a los discípulos por pensar que los pequeños no eran importantes. Aclaró bien el punto cuando dijo: “El que no reciba el reino de Dios como un niño, no entrará en él” (Mar. 10:15). Al ayudar a tus niños a crecer espiritualmente, recuerda que la confianza y la obediencia de la niñez temprana son el modelo que Dios ha dado para el crecimiento espiritual, a lo largo de toda la vida.
Claves para la creencia y la fe
1 Nutre la capacidad de creer y la fe naturales de tu niño.
2 Enseña positiva y claramente. No introduzcas dudas.
3 Edifica un fuerte fundamento de fe y confianza.
Capítulo 6
Conciencia, la voz interior
“Entonces tus oídos oirán a tus espaldas palabra que diga: Este es el camino, andad por él; y no echéis a la mano derecha, ni tampoco torzáis a la mano izquierda”. Isaías 30:21
Catalina, de 2 años, acababa de desobedecer a su mamá y estaba recibiendo el regaño que merecía.
–¡Si te veo haciendo eso otra vez –reforzaba la mamá–, te voy a tener que castigar!
Con los ojos bien abiertos y seria, respondió Catalina:
–Es fácil, mami. ¡Solo cierra los ojos!
La solución de Catalina para el problema era simple: si su madre no veía lo que ella estaba haciendo, no estaba mal. Mientras que aprenden la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto, los niños dependen casi completamente de la aprobación o de la desaprobación de mamá o papá. Cuando sus padres los castigan o reprenden por algo, lo que están haciendo debe ser malo. Pero si no dicen nada, está bien. Si no ven el acto –y, como consecuencia, no hacen nada–, podría también ser aceptable.
La conciencia se desarrolla lentamente. Todos aquellos “hazlo” y “no lo hagas” son como pequeños ladrillos, que levantan lenta pero seguramente una estructura para lo correcto y lo incorrecto, dentro de la mente del niño. Si Catalina recibe básicamente los mismos mensajes acerca de lo correcto y lo incorrecto de las personas importantes en su mundo: mamá, papá, los abuelitos, la niñera, las maestras, edificará una fuerte estructura que la ayudará a escoger sus acciones cuidadosamente, cuando sea mayor. De otra manera, si Catalina recibe respuestas mezcladas acerca de lo que es correcto e incorrecto, la estructura de su conciencia será débil y será una guía inconsistente para su vida posterior. Tendrá problemas para decidir qué debería hacer y qué no.
Enviar mensajes consistentes acerca de lo que es correcto o incorrecto es, probablemente, una de las cosas más importantes que puedas hacer para ayudar a tu niño a desarrollar una conciencia madura. Si un día uno de los padres disciplina a Catalina por ser grosera y, al día siguiente, la niña pasa sin ser reprendida por la misma conducta, esto tan solo la confundirá. ¿Está bien o no está bien ser grosera? Finalmente razonará que debe estar bien –al menos, algunas veces–, porque mamá y papá no respondieron. Y seguirá actuando así.
Por otra parte, si cada vez que Catalina es grosera se encuentra con una consecuencia inmediata, aprende bien rápidamente que tal conducta no es buena. Y muy posiblemente aprenderá a controlar la manera en que reacciona ante sus padres. De tanto en tanto, procurará hacerlo otra vez, solo para poner a prueba la regla que aprendió. Pero si la consecuencia viene otra vez, rápidamente retrocederá y pensará: “¡Ah, todavía les desagrada. Es algo malo. Será mejor que no lo vuelva a hacer”.
Catalina, como todos los niños, tiene una necesidad real de probar los límites de la conducta. Necesita saber cuán lejos puede ir sin que le suceda nada. Y seguirá probando hasta que descubra dónde están los límites. Si la cerca sigue cayendo bajo sus empujes, ella seguirá probando y el desarrollo de su conciencia será frágil y poco confiable. Pero si la cerca se mantiene firme, retrocederá. Segura del conocimiento de sus límites, Catalina podrá dedicar sus energías a propósitos más positivos. Al mismo tiempo, estará edificando una conciencia razonable y confiable que la guíe en el futuro. Durante tanto tiempo como se sienta insegura acerca de la “cerca”, se sentirá también emocionalmente insegura y continuará buscando la seguridad que necesita, desesperadamente.
La conciencia recibe de muchas fuentes, incluyendo el Espíritu Santo –la voz de Dios que nos recuerda sus caminos– y la educación y el entrenamiento recibidos durante la niñez. A veces, algunas experiencias tempranas equivocadas le hacen difícil a una persona escuchar al Espíritu Santo. De esta manera, como padres tenemos la vital responsabilidad de ayudar a nuestros niños a desarrollar una conciencia sólida y razonable, sensible a la voz de Dios.
La conciencia individual se desarrolla con más fuerza durante los años de la niñez temprana. Su fundamento comienza en la primera infancia, con la vinculación entre la madre y el niño. Si la bebita experimenta amor y afecto de parte de sus padres y sabe que siempre habrá alguien que cuide de ella, ya habrá sido puesta en su lugar la piedra más importante en la edificación de su conciencia. La vinculación íntima de los niños con sus padres se transforma en identificación con mamá y papá, al llegar a los 4 o 5 años. Con la identificación, viene el deseo de ser como los padres, de hacer las cosas que a ellos les gustan. Este deseo, a su vez, ayuda a edificar las prohibiciones que finalmente forman la parte educada de la conciencia.
Los niños a quienes les fue negada la experiencia de una vinculación afectiva con padres amorosos durante su infancia, a menudo, tienen grandes dificultades para desarrollar una conciencia confiable. Llegan a ser niños con perturbaciones de carácter, y sin conciencia. Básicamente, en lo íntimo de su ser, están extremadamente airados contra un mundo que les negó la cercanía de sus padres que ellos necesitaban tan desesperadamente. Desafortunadamente, por causa de que muchos niños han sido víctimas del abuso y el abandono, los consejeros profesionales están viendo a más y más niños y adultos, que nunca desarrollaron una conciencia apropiada. Tales individuos padecen de un severo desorden de carácter.
Un día Gabriel, un estudiante de una de mis clases para graduados, se detuvo para hablar conmigo después de una de nuestras sesiones.
–¡Estoy muy agradecido por la clase de hoy! –me dijo–. No se imagina cuán aliviado me siento. Hoy aprendí por qué nunca pudimos llegar al corazón del hijo de mi primo que vivió con nosotros durante varios años. Mi esposa, especialmente, se siente culpable de no haberle ayudado. Probamos darle amor y más amor; probamos la disciplina consistente; pero nada pareció hacer alguna diferencia.
Las palabras salían en un atropello de sentimientos, mientras Gabriel me contaba la siguiente historia.
“La mamá de Juan murió cuando él nació, dejando a tres niños huérfanos de madre. Su padre, el primo de Gabriel, abrumado de dolor e incapaz de entendérselas con el recién nacido, aceptó con gusto el ofrecimiento de algunos parientes de cuidar del niño. Durante los primeros ocho años de su vida, Juan pasó de un pariente a otro. A veces, estaba seis meses en una casa, otras veces, solo unas pocas semanas antes de pasar a otra familia. Cada familia amaba a Juan y trataba de hacer lo mejor para él; pero el niño no recibió un cuidado consistente, no se vinculó con nadie, y no había nadie a quien él pudiera considerar como propio. A medida que pasaban los años, los parientes se mostraban más y más reticentes a tenerlo, porque era un niño difícil de manejar y una perturbación para la vida familiar.
Cuando tenía 8 años, Gabriel y Susana estuvieron de acuerdo en recibirlo en su casa. Se daban cuenta de que Juan estaba fuera de control, pero pensaban que, con amor y disciplina consistentes, podrían hacer una diferencia en su vida. En pocas semanas, Susana comprendió que tenía un verdadero problema entre manos.
Juan era iracundo y hostil, la mayor parte del tiempo, si bien podía ser realmente encantador si quería, especialmente delante de extraños. Cuando Susana y Gabriel trataban de abrazarlo, los apartaba y salía corriendo. Le era difícil hacer amigos en la escuela o en el vecindario. Otros niños jugaban con él un rato, porque era encantador al comienzo, pero pronto se tornaba hostil y ellos lo ignoraban. El muchacho mentía acerca de casi todo. En efecto, parecía no ver la diferencia entre la verdad y la mentira. Toda vez que podía, agarraba el gato y lo columpiaba de la cola. Un día, Susana lo pescó golpeando al animal con un martillo. Tenía que observarlo constantemente o corría el riesgo de que lastimara seriamente a su bebé o le prendiera fuego a cualquier cosa que pudiera arder.
Ahora, Susana y Gabriel estaban desesperados. ¿Qué podrían hacer para ayudar a Juan? Susana oraba muchas veces por día; seguía tratando de mostrarle al niño que lo amaba, y usaba todos los métodos disciplinarios en que podía pensar. A veces, las cosas iban mejor y parecía que estaba haciendo progresos. Entonces, sin aviso, Juan volvía a sus viejos caminos. Con los años, Juan mejoró, pero nunca llegó al punto en que ellos pudieran confiar en él. Su influencia en la familia era perturbadora para los niños más pequeños. Finalmente, cuando tenía 11 años, muy a pesar suyo decidieron, por el bien de sus propios niños, que Juan tendría que vivir con alguna otra persona.
Aquel día, en clase, durante nuestra discusión acerca del desarrollo de la conciencia, Gabriel se había dado cuenta, finalmente, con qué habían estado luchando él y su esposa. El muchacho no era un chico común, con unos pocos problemas de conciencia que podrían resolverse con una disciplina consistente. Tenía severos desórdenes de conducta, era un niño sin conciencia. ¡No es de admirarse que las cosas hayan sido tan difíciles!
Juan revelaba muchas de las características clásicas de un niño sin conciencia. Los niños como él, a menudo, se hieren deliberadamente y parecieran estar anormalmente preocupados con el fuego, la sangre y los cuchillos.
A veces, tienen problemas severos con robar, acaparar o atiborrarse de alimento. Tales niños llegan a ser adultos psicópatas: los terrores de la sociedad. Desafortunadamente, el patrón psicótico se fija a una edad muy temprana, generalmente a los 7 años, y parece estar fuertemente relacionado con la falta de vinculación durante la primera infancia y la niñez temprana, aunque algunas autoridades piensan que puede deberse a una tendencia genética.
La prevención es la mejor cura. Si quieres un fundamento sólido para el desarrollo normal de la conciencia, proporciona oportunidades abundantes para establecer fuertes lazos afectivos con tu bebé o tu niño pequeño. En toda manera posible, sé el principal cuidador de tu hijo o hija, durante su primera y segunda infancia. Presta atención a las necesidades de tu niño, ya sean físicas o emocionales. Provéele amante contacto físico en abundancia y muchas oportunidades de cercanía emocional. Debes estar allí cuando tu hijo te necesita.
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