Kitabı oku: «A los herederos de mi memoria»


© 2020. Dora Goniadzky de Hudy @ 2020, Sin Fronteras Grupo Editorial / ISBN: 978-958-5564-84-8 / Impresión en Colombia_ Noviembre 2020 / Coordinador editorial: Mauricio Duque Molano. / Edición: Juana Restrepo Díaz / Marcela Zaraza D. / Diseño & diagramación: parentesisdc.com / Fotografía de portada: Depossite photos / Editora Multi-impresos Reservados todos los derechos. No se permite reproducir parte alguna de esta publicación, cualquiera que sea el medio empleado - impresión, fotocopía, etc.-, sin el permiso previo del editor. Sin Fronteras Grupo Editorial, apoya la protección de Copyright.
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Dedicado a mis nietos:
Shlomi, Jonathan, Shirley, Melanie, Joel y Charlie
INTRODUCCIÓN

Marcha de la Vida (2015) - Delegación de Panamá, junto a sus nietas Eileen (izquierda) y Lara (derecha).
Un día ordinario se transforma en extraordinario por algún suceso que marca nuestras vidas y nos obliga a tomar decisiones que no estaban en nuestros planes. Al cambiar un camino ya establecido, nos alejamos de lo conocido para entrar en un mundo diferente que nos obliga a plantearnos interrogantes que antes no teníamos y un cierto temor nos invade al entrar en una búsqueda que sabemos será difícil y, quizás también, dolorosa.
El 27 de abril de 2017, mi celular no dejaba de enviar señales anunciando mensajes provenientes de amigos y familia de Israel. Al leerlos, observé que prácticamente todos eran similares, ya que me enviaban un enlace de internet. Cuando lo abrí, mi sorpresa fue inmensa. Ahí estaba mi suegra, Mania Rosman-Hudy, siendo entrevistada por un periodista de «Canal 7» de la televisión israelí.
«Soy una sobreviviente que formó una familia después de la guerra. Hoy tengo seis nietos y ocho bisnietos. Hitler no logró matarme y yo vencí al nazismo a través de las nuevas generaciones de mi familia».
Mania estaba en Polonia, participando del viaje de la «Marcha de la Vida»1 con un grupo de jóvenes estudiantes de las escuelas hebreas panameñas. Había sido invitada especialmente por la comunidad judía de Panamá por ser sobreviviente del Holocausto. Mania había viajado ya en el año 2015, junto con mis hijas y otro grupo de Panamá, así como en otras tres ocasiones anteriores, con sus nietos de Toronto y jóvenes canadienses. Pero en este viaje fue la primera vez que la entrevistaron para la televisión.
En ese breve reportaje, Mania dijo estas conmovedoras palabras: «Soy una sobreviviente que formó una familia después de la guerra. Hoy tengo seis nietos y ocho bisnietos. Hitler no logró matarme y yo vencí al nazismo a través de las nuevas generaciones de mi familia».
Al escuchar a Mania, comprendí que era el momento de concretar un proyecto que había postergado durante mucho tiempo: escribir su historia, aunque esto implicara sumergirme en la tragedia y el horror del Holocausto.
A través de estas páginas, mi meta ha sido entregar a mis nietos un legado que les permita sentir orgullo de sus orígenes. Conocer el sufrimiento de nuestro pueblo durante la Segunda Guerra Mundial y admirar la fortaleza de los sobrevivientes para continuar sus vidas son ambos aprendizajes esenciales que no pueden quedar en el olvido.
Mi temor ha sido siempre la frágil memoria del hombre. La historia de la humanidad demuestra, lamentablemente, la tendencia de los pueblos a no recordar su pasado, para luego repetir los mismos errores una y otra vez. El único camino que tenemos para impedir que eso suceda es a través de la educación. Cuando los jóvenes escuchan la verdad de los hechos y dignifican sus raíces, pueden entonces construir una vida basada en valores acertados y conformar sociedades con bases sólidas de moralidad y respeto hacia el prójimo.
Si bien los primeros destinatarios de este libro son mis nietos, mi ambición me lleva a imaginar que quizás esta historia llegue más lejos. El único propósito es seguir manteniendo viva la llama del recuerdo para evitar el surgimiento de sistemas de opresión y asegurar que todo ser humano mantenga su derecho inalienable a vivir de acuerdo con sus creencias, en un marco de libertad.
Dora Goniadzky de Hudy
I
DORA Y NATALIO (NAT) HUDY
En febrero del año 1974, viajé a Toronto a visitar a mi prima Norma. Nunca imaginé que ese viaje iba a cambiar mi destino y que mi vida tomaría un giro totalmente inesperado.
Había finalizado el tercer año en la facultad de Bioquímica. Necesitaba un descanso por la presión de los exámenes finales y de ciertos problemas personales que requerían una definición inmediata de mi parte. Elegí Toronto como lugar para mis vacaciones, ya que allí vivía mi prima, quien siempre fue como una hermana para mí.
Norma se había casado con Ricky (Yakov) Rosman en Argentina y emigraron a Canadá, donde vivía Mania, la hermana mayor de Ricky. Mania, su esposo Kalman Hudy y sus dos hijos, Abe y Nat, estaban radicados en Toronto desde hacía varios años.
Pocos días después de haber llegado, Ricky me presentó a su sobrino Nat (Natalio). Nunca olvidaré el impacto que significó para mí conocer al que sería, en un futuro, mi compañero durante cuarenta años. Sus ojos azules transparentes y su increíble sonrisa fueron lo primero que llamó mi atención.
Nat se transformó en mi guía de turismo, llevándome a conocer distintos lugares de Toronto. Nos hicimos inseparables durante mi estadía. Resulta innecesario decir que me enamoré de él como nunca lo había estado antes, presintiendo que algún día estaríamos juntos.
Durante dos años, nuestro noviazgo transcurrió entre viajes de ida y vuelta a Canadá y Argentina. Sumado a la distancia que nos separaba, estaban los conflictos familiares por parte de mis padres y los suyos, quienes no aprobaban totalmente nuestra relación. Sin embargo, como en todo cuento de hadas, el amor triunfó y decidimos casarnos.
Una vez terminada mi carrera universitaria, me trasladé definitivamente a Canadá. Nos casamos el 27 de marzo de 1976. Fue una boda muy grande en la cual yo no conocía prácticamente a nadie. Mi recuerdo de ese día es muy vago, debido a que no me sentía en mi propio ambiente y no lo podía disfrutar completamente, pero lo que sí sabía con certeza era que me casaba con un hombre maravilloso, al que amaba con toda mi alma.
Toda mi vida sentí temor a los cambios y toda mi vida con Natalio fue marcada por cambios continuos que significaron vivir en cuatro países diferentes, de culturas diversas y a los que debía adaptarme con rapidez. ¿Cómo lograr que una persona, totalmente estructurada, como yo, se decida a reiniciar su vida cuatro veces? Solamente al lado de mi esposo lo pude lograr en cada país, porque su espíritu de aventura, su buen humor y su optimismo eran lo suficientemente inagotables como para cubrir mis propias limitaciones.
En un comienzo, los años en Toronto, desde 1976 hasta 1982, fueron difíciles porque nunca había estado alejada de mi familia y mis amigos. No lograba insertarme en la familia de Natalio. Trataba de entender su forma de proceder, pero los sentía muy diferentes a mí. Siendo sobrevivientes del Holocausto, se movían con cánones a los que yo no estaba acostumbrada. Todos debían rendir cuenta de lo que hacían: dónde iban, quiénes eran los amigos, cuáles eran los planes futuros.
Acostumbrada a vivir con libertad y a consultar a mis padres solo cuando mi criterio lo hacía necesario, no podía estar cómoda en esa interdependencia familiar. A pesar de las diferencias, sentía admiración por ellos porque habían logrado salir del lugar más oscuro al cual puede llegar un ser humano, para luego construir una vida sobre los escombros de una guerra.
Cuando estaban juntos, nadie hablaba del ghetto de Varsovia, de los campos de concentración, del hambre o de las enfermedades que sufrieron. Los años de la guerra —y los sucesos que vivenciaron durante la misma— eran temas que estaban enterrados en el lugar más profundo de sus mentes.
No se compartían esos recuerdos. Eran secretos que debían permanecer ocultos para los miembros de la familia que nacieron después de la guerra. No entendían la importancia que podría significar para las nuevas generaciones conocer esas historias.
Mi visión era que, de tanto dolor y miseria, surgió una fuerza extraordinaria que les permitió superar todos los obstáculos. ¿Cuál era el motivo de ese silencio? Según mi forma de pensar, conocer lo que sus abuelos y padres habían sufrido para poder sobrevivir los llenaría de orgullo. Yo lo percibía como si de las cenizas volviera a surgir el fuego y del fondo del abismo apareciera una luz de esperanza para una nueva vida.
* * *
Un rasgo característico de mi personalidad es la tenacidad para lograr mis propósitos. Si todo parece decir que «no», tengo la perseverancia de continuar obstinadamente con mis esfuerzos hasta alcanzar mis metas. Una de ellas era conocer la historia de la familia de mi esposo.
Un día, inesperadamente, logré vencer esa barrera infranqueable que habían construido. Mania comenzó a contarme el pasado que escondía tan celosamente, aunque nunca pude derribar la muralla tras la cual se encontraban los relatos de los abuelos de Natalio. Esos años oscuros permanecerían en sus memorias y nunca los compartirían. La razón era, quizás, el miedo a que si los recuerdos se transformaban en palabras, las mismas podrían convertirse en realidades.
Pero había detalles en la buba2 Lola, así llamábamos a la abuela, que hablaban de una vida de grandes privaciones anteriores. Era su obsesión tener siempre la nevera llena de comida, las alacenas repletas de conservas y deliciosas sopas humeando en la cocina. A cualquier hora que uno iba de visita, siempre estaba listo un plato de comida. No había forma de negarse. Solo una vez no quise comer y comenzó a murmurar lentamente en yiddish3.
—Dora, se nota que nunca pasaste hambre. No tienes idea lo que es tener como alimento diario solamente un pedazo de cáscara de papa. Y mientras me hablaba me servía un poco de todo, asegurándose de que en mi plato no quedara un espacio vacío.
En ese momento intenté que me contara sobre la guerra, pero ella me dijo que no quería recordar su pasado. No pude hacerle comprender que la historia debe ser conocida para que no se repita. Esa frase tan trillada, pero a la vez tan cierta, no es comprendida por muchas personas. Hay quienes creen que ocultando el dolor se evita que reaparezca. Nada más lejos de la realidad. Solamente compartiendo el dolor, este se atenúa y el alivio aparece como un bálsamo que cura las heridas, aunque las cicatrices no desaparezcan jamás.
Ese sentimiento, que siempre ha sido parte esencial de la educación impartida por mi padre, puede resumirse en la siguiente frase de Primo Levi4: «Si comprender es imposible, conocer es necesario porque lo sucedido puede volver a suceder, las conciencias pueden ser seducidas y obnubiladas de nuevo, las nuestras también. Por ello, meditar sobre lo que pasó es deber de todos».
II
MANIA
«Nuestros recuerdos de la infancia son a menudo fragmentos, breves instantes o encuentros que,juntos, conforman el álbum de recortes de nuestra vida. Son lo único que nos queda para entender la historia que nos explicamos a nosotros mismos acerca de quiénes somos».
Edith Eger5
Mi anhelo se hizo realidad. De labios de mi suegra, Mania Rosman-Hudy, escuché por fin las invaluables palabras del recuerdo. Con gran esfuerzo, decidió romper el silencio que cubría el doloroso pasado vivido por ella y su familia en medio del infierno al cual los nazis arrojaron sus vidas.
No puedo hacer otra cosa que pasar a estas páginas las palabras de Mania que empiezan en el párrafo siguiente, tal como ella las pronunció, sin comillas, pues compartimos el dolor de su sufrimiento y el de todos aquellos cuyas palabras no han llegado hasta nosotros.
LA FECHA QUE CAMBIÓ MI DESTINO
En la vida de todo ser humano existen fechas que nunca son olvidadas. No me refiero a cumpleaños o aniversarios que se repiten en forma automática cada año y que a veces pierden su importancia inicial. Al hablar de fechas en este instante, hago referencia a aquellas en nuestro pasado que de alguna manera cambiaron nuestras vidas.
Hay incidentes, ya sean motivados por alegrías o tristezas, que determinan el rumbo de nuestro futuro. En ocasiones ni siquiera somos conscientes de ello. El descubrimiento del significado de un día a veces se produce mucho tiempo después. Y ese día marca, inexplicablemente, el comienzo o el fin de una época. El primero de septiembre de 1939 fue la fecha que cambió mi destino. Mi infancia plácida y sin grandes sobresaltos se transformó en un torbellino de cambios y sufrimientos que no cabían hasta ese momento en mi limitada imaginación.
Varsovia era una ciudad que se movía a un ritmo acelerado en la década de los treinta. Centro de la cultura europea y de una historia rica en guerras victoriosas, se eregía orgullosa con sus edificios de gran riqueza arquitectónica. Cada rincón de la ciudad evocaba un período de esplendor que se desvanecería completamente en un tiempo que se acercaba lento, pero implacable.
En ese aún magnífico lugar, nací el 11 de noviembre de 1933. Mi infancia se perfilaba llena de inesperadas aventuras que me llenaban de placer, como mis días en el jardín infantil y mis paseos en el Parque Krasinski6, junto a mi madre y mi hermano menor Salek.
En ese parque había un hermoso palacio. Mi madre inventaba historias de príncipes y reyes que vivían allí. Cada vez que caminábamos cerca del palacio, yo esperaba impaciente que alguno de esos personajes fantásticos apareciera sorpresivamente. Envuelta en las fantasías creadas por mi madre, el Parque Krasinski se transformó en el lugar favorito de mi niñez.
Vivíamos en la calle Muranowska 32, en el cuarto piso. Nuestro apartamento, amplio y luminoso, era el espacio en el cual me sentía protegida y feliz. Uno de los recuerdos más vívidos de esa época es del día en que mi padre compró un piano. De alguna manera me veía convertida en una famosa concertista, interpretando melodías clásicas en un gran teatro, frente a la admiración de mi familia. Sin perder un instante, mi madre consiguió una profesora de piano para iniciar mis primeros pasos a la fama.
Mi padre tenía, junto con otros socios, una fábrica de pepinillos en vinagre. Esos deliciosos encurtidos eran el complemento indispensable de cualquier comida en Polonia. No faltaban para acompañar carnes, pescados e incluso solos a toda hora y en cualquier época del año. Por lo tanto, el negocio de mi padre era próspero, ya que también exportaban los pepinillos a otras regiones de Europa.
Mi madre se sentía bendecida por tener una vida cómoda, pues no había necesidad de trabajar fuera de la casa. Podía dedicar su tiempo al cuidado de sus hijos y a su hogar. Su preocupación era que Salek y yo creciéramos sanos, rodeados de todo aquello que nos proporcionara bienestar, en un ambiente en el que se respiraran paz y tranquilidad.
En aquellos primeros años de nuestra infancia, no se sentía en el seno del hogar el clima de guerra que se estaba infiltrando por todos los rincones del país. Si bien mis padres eran conscientes de la gran ola de antisemitismo que crecía día a día en Alemania a una velocidad inmensurable, no pensaban, o no querían imaginar, que su consecuencia sería devastadora para todos los judíos de Europa.
Viernes, primero de septiembre de 1939. ¿Por qué no había preparativos para Shabat? Mi mamá no estaba ocupada en la cocina con los deliciosos platos de los viernes, solo lloraba mientras papá se paseaba nervioso por la sala. Llegaron unos vecinos. Salek y yo no entendíamos los susurros apresurados en yiddish que intercambiaban los mayores.
Ese día comenzó a desmoronarse ese reino minúsculo que mis padres habían creado para nosotros. La invasión alemana de Polonia había comenzado. Varsovia capituló el 27 de septiembre de 1939 y las últimas unidades del ejército polaco se rindieron el 6 de octubre de ese mismo año. Desaparecía de ese modo la Segunda República Polaca.
III
NIÑOS, OBJETO DE CRUELDAD
Era una práctica muy común en Europa iniciar a los niños, desde muy temprana edad, en la educación de artes tales como la música o la pintura.
En hogares tranquilos, donde una pareja evolucionaba de modo natural, trayendo al mundo a sus hijos, el enfoque primordial era la alimentación para asegurar un desarrollo físico saludable.
Más tarde, a medida que los niños crecían, incentivaban su formación intelectual con objetos que a veces provenían de pequeños sacrificios. Un piano o un violín despertaban su deleite por la música. Las pinturas estimulaban su anhelo infantil de plasmar el colorido que apreciaban en su entorno.
Eran regalos que provenían del esfuerzo de sus padres y llegaban a convertirse en verdaderos tesoros para los pequeños. Era una crueldad arrebatárselos, sin justificación ninguna, con el único propósito de atormentar aquellas mentes infantiles.
EL PIANO
Poco tiempo después de la invasión alemana, soldados nazis, acompañados por polacos, comenzaron a registrar todas las casas judías. Cuando llegaron a mi casa, hicieron varias preguntas a mis padres mientras observaban detenidamente cada rincón del apartamento. Finalmente, se fueron.
Luego de ese incidente, mamá y papá no hablaban frente a nosotros de lo ocurrido, pero la tensión que existía dentro de nuestro hogar se transformó en una sensación de miedo continuo. Cualquier ruido era motivo de sobresaltos. Los paseos al parque finalizaron. Mi madre solo salía al mercado y pasábamos todo el tiempo en casa esperando lo inevitable. Salek y yo no teníamos idea de qué iba a suceder, pero sabíamos que cualquier evento sería motivo de angustia y tristeza para todos. En realidad, ni mis padres imaginaban el horror que nos aguardaba junto a todas las familias judías de Polonia.
A fines de 1940, varios soldados alemanes y polacos llegaron nuevamente a nuestra casa. Esta vez no hicieron preguntas. Solamente gritaban dando órdenes. Los dos idiomas se mezclaban de tal forma que yo no entendía lo que decían. Mientras mis padres preparaban unas maletas con rapidez, yo observaba atónita y sin moverme a esos hombres que se llevaban nuestros objetos más preciados: candelabros, cubiertos, adornos de plata y las joyas de mi madre.
De pronto, comenzaron a mover mi piano. El temor que estaba paralizando todo mi cuerpo desapareció. Me invadió una sensación de odio y furia descontrolada. Comencé a gritar, tratando de impedir que se llevaran mi hermoso piano. Uno de los soldados alemanes me dio un golpe tan fuerte en la cabeza que inmediatamente sentí cómo la sangre se deslizaba por mi cabello.
Mi madre intentó tranquilizarme, pero yo había perdido el control. Una fuerza inexplicable me invadió y agarré una de las patas de mi piano con tanta firmeza que, mientras los soldados llevaban el piano por las escaleras, yo me arrastraba por las mismas tratando de evitar que se lo llevasen. No me importaba el dolor que todo mi cuerpo sentía ni la sangre que seguía brotando de mi cabeza, solo quería recuperar mi amado piano.
Todo mi esfuerzo fue en vano. Mi madre me levantó del suelo y me consoló diciéndome que algún día volvería a tener un piano. Yo no puedo explicar por qué esa pérdida material fue tan intensa para mí. Quizás porque era la última ilusión de una infancia que terminaba en ese instante, con tan solo seis años.
Ese día dejamos para siempre nuestro hogar para dirigirnos hacia el ghetto7. En ese lugar comenzó una larga pesadilla de hambre, enfermedades y muerte; una pesadilla de la cual pensé que nunca despertaría.
El ghetto de Varsovia llegó a tener una población de más de cuatrocientas mil personas en una extensión muy pequeña de la ciudad. Estaba rodeado por un muro alto, vigilado permanentemente por guardias alemanes que no dudarían un instante en disparar a matar si alguien intentaba escapar.
Muchas veces me preguntaba cómo el resto de los habitantes de Varsovia no sentían compasión por nosotros. ¿Por qué vivíamos hacinados en un espacio donde el aire estaba enrarecido por la falta de higiene?¿Por qué estábamos rodeados de los cuerpos inertes de aquellos que yacían en las calles por la falta de alimentos? No comprendíamos cuál era nuestra culpa. ¿Por qué había niños fuera de esos muros que podían seguir jugando felices y libres, mientras nosotros éramos prisioneros?
En aquellos momentos, nadie me explicaba lo que significaba el odio irracional hacia los judíos y aunque alguien lo hubiera hecho, creo que tampoco lo habría entendido. La judeofobia fue un concepto que aprendí mucho más tarde. El racismo, la intolerancia y el desprecio por otras culturas y religiones eran las bases sobre las cuales se edificó el nefasto movimiento nacionalsocialista de Hitler que se extendió rápidamente por Europa.
En esa época, mis conocimientos de política eran nulos, solo sentía que éramos diferentes y debíamos marcar esa diferencia usando un brazalete con la estrella de David. El hecho de ser judíos nos llevaba a una vida signada por las humillaciones y la carencia de lo mínimo indispensable para ser considerados seres humanos.
En una habitación pequeña vivíamos diez personas. Compartíamos ese miserable espacio con Munish y Malka, quienes tenían dos hijos: Fradel y Zvi. Estaba también una pareja joven cuyos nombres no recuerdo. Solo había tres camas para los adultos. Los niños dormíamos en ese piso que era húmedo y frío durante el invierno e insoportablemente caliente en el verano, pero la falta de comodidades no era lo que nos llevaba a la desesperación. La escasez de comida era una constante entre todos nosotros. Lo poco que mi madre había logrado traer de nuestra casa ya se había vendido a través del mercado negro que existía en el ghetto y no tenía recursos para conseguir un poco más de alimentos. Nuestras raciones diarias no alcanzaban para aliviar el hambre que sentíamos a todas horas.
IV
PEQUEÑOS HÉROES
Desde el momento en el cual la población judía quedó aislada de la sociedad polaca, se inició una incontrolable desintegración económica y social. El deterioro de las condiciones de vida detrás de los muros del ghetto dio lugar a un alto grado de mortalidad asociado fundamentalmente a la falta de alimentos.
La ración oficial para los judíos apenas llegaba a 184 calorías diarias por persona, mientras que a los polacos no judíos les correspondían 1.800 y a los alemanes 2.400. El Judenrat8 (Consejo Judío) estaba a cargo de la administración del ghetto. Algunos de sus miembros intentaron complementar las raciones comprando provisiones en el mercado negro de la zona aria para alimentar a los más necesitados.
Se estableció una red de contrabando con el objetivo de lograr la supervivencia diaria. Aquellos que aún conservaban bienes para vender, lograban obtener alimentos extras por este medio.
Muchos niños, en la desesperación por ayudar a sus familias, comenzaron a escaparse del ghetto para traer provisiones del exterior. El temor de que el hambre hiciera estragos irreversibles entre sus seres queridos era el motor que los impulsaba a arriesgar sus vidas diariamente. Si tuviera que definir a estos niños, el apelativo «pequeños héroes anónimos» sería quizás el más indicado.
TAN SOLO ÉRAMOS ADULTOS INEXPERTOS
Mi madre comenzó a trabajar en cantinas creadas por el Judenrat, preparando sopa para la población que se encontraba en condiciones de extrema pobreza. Esa sopa, que en realidad parecía un poco de agua sucia caliente, era la única alimentación de casi dos tercios de las personas recluidas en el ghetto.
Los comedores públicos fueron desapareciendo paulatinamente y el hambre se reflejaba de forma alarmante en todos los rincones. Las imágenes de niños cubiertos de harapos, llorando por un pedazo de pan, me han perseguido como sombras durante toda mi vida.
En la noche se escuchaban los gemidos de dolor de aquellos que yacían moribundos en la calles. Cada mañana nos encontrábamos con cadáveres de adultos y niños, algunos cubiertos por sucios periódicos, que luego eran trasladados en pequeños carros al cementerio para ser enterrados en fosas comunes.
El hedor de los muertos se mezclaba con el de la basura acumulada en las calles. La falta de higiene existente llevaba a la propagación de todo tipo de enfermedades, en especial el tifus9. Cientos de personas morían a diario. La epidemia de tifus se extendió rápidamente, resultando inútiles todos los esfuerzos que se realizaban para controlarla.
Era un espectáculo escalofriante al cual, inexplicablemente, nos fuimos acostumbrando. Recuerdo que cuando caminaba junto a mi madre por las calles del ghetto, evitaba mirar a los niños hambrientos que en sus miradas absortas reflejaban la sombra de la muerte.
Hoy, nos preguntamos cómo podíamos soportar todo el horror que nos rodeaba. No hay una única respuesta. Quizás la explicación más acertada es que, en ese terrible proceso de deshumanización implantado por el nazismo, cada uno de nosotros se fue desintegrando física y moralmente hasta convertirnos en seres que no veían más allá de su propia aflicción.
La necesidad de ayudar a mi familia me impulsó a tomar la determinación de escaparme del ghetto, junto con otros niños, para llevar a cabo el contrabando ilegal de comida. Es incomprensible —para quién no ha vivido la miseria a la que fuimos condenados— entender cómo una niña pequeña puede arriesgar su vida por un pedazo de pan. Gracias a nuestro tamaño, podíamos escabullirnos a través de las sucias alcantarillas y salir por el Cementerio Judío hasta quedar fuera del ghetto.
Mi cabello rubio y mis ojos azules me permitían confundirme entre las personas que caminaban por la calle. No parecía judía. Mi aspecto era como el de cualquier otra niña polaca de mi edad.
Nos dirigíamos generalmente a los puestos de los mercados para robar lo que podíamos ocultar en nuestras ropas. No recuerdo haber tenido miedo. El único sentimiento que me dominaba era la ansiedad de poder encontrar algo de comida para llevar a mi familia. Ver el rostro de alegría de mi hermano Salek por las papas o el pan que había logrado conseguir era una recompensa suficiente para mí.
De alguna manera, esos niños y yo nos habíamos transformado en héroes para nuestras familias. Si me descubrían, mi destino habría sido la muerte. Pero si dejábamos de hacerlo, el resultado hubiera sido igual: desnutrición, enfermedad y muerte. En poco tiempo, nuestra infancia desapareció y nos transformamos en adultos inexpertos inmersos en una terrible lucha diaria por sobrevivir.
Al despertar cada mañana, no había sueños bonitos ni un desayuno familiar para compartir, solamente una gran incertidumbre. Nuestras horas transcurrían planeando cómo conseguir algo de comida para poder llegar a ver la luz del día siguiente.
V
LOS NIÑOS JUDÍOS DURANTE EL HOLOCAUSTO
«Aún en los tiempos de mayor barbarie, una chispa humana brillaba en el corazón más rudo, y los niños eran perdonados. Pero la bestia hitleriana es diferente. Devorará lo más querido por nosotros, aquellos que despiertan la mayor compasión, nuestros inocentes niños».
Emanuel Ringelblum10
Durante la Segunda Guerra Mundial todos los judíos eran perseguidos para matarlos, pero la tasa de mortandad de los niños era especialmente alta. Solo el 11% de la población de niños judíos de Europa que había antes de la guerra sobrevivió, en comparación con el 33% de los adultos.
Los nazis a menudo realizaban «acciones de niños» con el fin de reducir la cantidad de «bocas inútiles» en los ghettos. En los campos de concentración, a los niños, los ancianos y las mujeres embarazadas se les enviaba a las cámaras de gas inmediatamente después de su llegada.
Al comenzar la guerra, en septiembre de 1939, aproximadamente 1.6 millones de niños judíos vivían en los territorios que Alemania ocupó posteriormente. Cuando la guerra terminó, en mayo de 1945, más de un millón de niños judíos habían muerto víctimas del genocidio nazi.
Miles de niños judíos lograron sobrevivir a la brutal matanza de la Alemania Nazi porque fueron escondidos. La crueldad del gobierno nazi y las barbaridades de la guerra obligaron a algunos niños a madurar fuera de lo normal para su edad. Ellos eran como gente mayor con cara de niños, sin expresiones de alegría, con una total ausencia de inocencia infantil.
MI HERMANA TONIA
En el ghetto las familias sufrieron grandes cambios, muchos de los cuales hubieran sido impensables en tiempos normales. Siguieron funcionando, en la mayoría de los casos, como una unidad. Sin embargo, se establecieron nuevas divisiones de responsabilidades entre los miembros de estas.
Dado que los hombres desaparecían con frecuencia, ya fuera por muerte o a causa de las deportaciones, en muchas ocasiones las mujeres se transformaron en el eje principal alrededor del cual giraban todas las decisiones. En el caso de nuestra familia, si bien mi padre aún estaba con nosotros, mi madre fue la que asumió el rol principal. Recuerdo que era ella quien soportaba sobre sus hombros el mayor peso, preocupándose de asegurar que hubiera alimento para nosotros cada día. Su fortaleza y su espíritu optimista eran constantes, a pesar de las terribles adversidades dentro las cuales vivíamos sumergidos.
Durante la primera mitad de 1942, la población del ghetto se Varsovia se fue reduciendo drásticamente. Día tras día salían trenes con miles de personas hacia un destino incierto. Tan masivas fueron las deportaciones que, a finales de 1942, dos tercios de su población inicial habían desaparecido.
La mayoría de las personas sucumbían frente a las desgracias y pérdidas en el contexto de la lucha por sobrevivir. Pero mi madre no. Ella seguía sonriendo y cantando a la vida para apaciguar el hambre y la desesperación que nos rodeaba. Su rostro no demostraba el desmesurado terror que sentía por perder a sus seres queridos o no tener las fuerzas necesarias para protegerlos. Vivía sometida a un infierno íntimo que jamás compartió con nadie.
En el mes de septiembre, mi padre fue deportado. En aquel momento no sabíamos cuál sería su destino. La única información que recibimos fue que lo trasladaron a Checoslovaquia para realizar trabajos forzados en minas que se encontraban bajo la dominación de la Alemania Nazi.
Su ausencia intensificó el miedo indescriptible que sentíamos por nuestro futuro. Mi madre casi no dormía de noche. Nos estrechaba a Salek y a mí, repitiéndonos una y otra vez que estaríamos bien. A pesar de la cruel realidad que veíamos todos los días, yo seguía conservando mi ingenuidad de niña y cerraba mis ojos creyendo cada palabra que ella me decía. ¿Y por qué no habría de ser así? Solamente ella era capaz de mantener en mi corazón un destello de esperanza que me permitía seguir adelante.
El pánico de una deportación hizo que buscáramos un lugar para escondernos. Fuimos a un sitio más deplorable que la habitación donde vivíamos, pero que parecía ofrecer mayor seguridad. Estábamos con otras personas de las cuales no recuerdo sus rostros o nombres. Toda mi atención se centraba en Salek y mi mamá.
Estábamos tan delgados que yo no advertí que mi madre había cambiado físicamente. Un día le pregunté sobre ese pequeño vientre que había crecido en los últimos meses. Ella lo ocultaba muy bien. Me dio respuestas tan evasivas que me dieron a entender que no me contaría lo que en realidad le estaba sucediendo. Entonces mi opción fue la que ya era habitual: dejar de hacer preguntas.
En el ghetto había un adormecimiento tal de los sentidos que las tragedias estaban cubiertas por una aparente insensibilidad. Luego de una escena de aterradora violencia o de separación probablemente definitiva de una madre con sus hijos, surgía una calma desconcertante. La continua amenaza sobre la vida creó como resultado un estado de angustia en el cual la facultad para reflexionar se había perdido.
En ese marco de desesperación, mi mamá dio a luz a mi hermana Tonia. El frío era insoportable en la habitación donde vivíamos. Una mujer entró y nos empujó afuera, mientras escuchábamos los gritos de dolor de mi madre. Cuando nos dejó entrar, la vimos con un bebé en brazos envuelto en una vieja manta que por años había sido mía. Salek y yo la mirábamos sorprendidos. Ella nos dijo que nos acercáramos a ver a nuestra hermanita. En silencio, pero llenos de interrogantes que nunca serían verbalizados, vimos a aquella hermosa criatura tan frágil y pequeña.
En ese espacio miserable en el cual vivíamos, cuidábamos a Tonia para que no se escucharan sus llantos. Tener un bebé en ese momento era lo más absurdo que podía suceder, sus posibilidades de sobrevivir eran mínimas. Y ese pensamiento permanecía en la mente de mi madre las veinticuatro horas del día. Aunque no decía nada, yo presentía que mi hermana no estaría mucho tiempo con nosotros.
Desconocía cuál era su plan, pero sabía que algo haría para tratar de salvar a Tonia. Unos días más tarde, me dijo que aplicaría una ventosa al bebé. Me pareció muy extraño porque yo sabía que mi madre usaba ventosas únicamente cuando teníamos fuertes resfriados o gripe, y Tonia no presentaba ningún síntoma de estar enferma. La forma en que lo hizo también fue muy extraña, en lugar de retirar la ventosa inmediatamente, dejó que quemara la delicada piel de mi hermana.
Sin perder un instante, comenzó a amamantarla y pasearla por el cuarto para calmar su dolor. Observé que mi madre lloraba mucho en silencio mientras abrazaba a Tonia. Entonces, me dijo que ahora mi hermana tendría una marca que nunca se borraría.
—Cuando veas la espalda de una niña con una quemadura así, sabrás que es Tonia. Ahora ya tiene una señal que la diferencia del resto, —me susurró mientras me entregaba a Tonia para que la acunara entre mis brazos.
Años más tarde comprendí la razón por la cual había lastimado a mi hermana. No obstante, en ese momento, estaba muy enojada con ella.
Pocos días después, mi madre desapareció con Tonia y al regresar lo hizo sola. Entre llantos le pregunté qué había hecho con mi hermanita.
—Encontré un camino para salvarla. No te preocupes. Ahora sí va a estar bien —me respondió.
Pero ella tampoco podía contener sus lágrimas. Nos abrazamos con desesperación tratando de aliviar esa profunda tristeza que sentíamos, ¿cuándo terminaría esa larga pesadilla de pérdidas y aflicciones?
VI
TIFUS
En el ghetto de Varsovia, los judíos fueron confinados a vivir con estrechez, de siete a diez personas por habitación. El frío, el hambre y el hacinamiento dieron origen a la aparición de enfermedades como la tuberculosis y el tifus.
Los alemanes tenían un miedo paralizante al tifus. Sostenían la teoría de que los judíos eran los portadores naturales de esta enfermedad, haciendo caso omiso a las condiciones miserables del ghetto como la causa primordial de las epidemias.
UN REFUGIO PARA LOS NIÑOS
La ausencia de mi padre y el sufrimiento por haber tenido que entregar a su pequeña hija Tonia ocasionaron en mi madre un desmoronamiento total de su espíritu. Hablaba muy poco y prácticamente no dormía. Ella sabía que nosotros íbamos a ser deportados en cualquier momento y se sentía incapaz de encontrar una forma de escapar a ese destino. Los que habíamos quedado en el ghetto era como si viviéramos en un tiempo prestado, antes de la llegada de un final inevitable.
Un día comencé a sentirme muy mal. Escalofríos, fiebre alta y terribles dolores de cabeza me llevaron a un estado de debilidad tal que no podía levantarme del colchón sucio sobre el cual dormía. En ese instante mi madre reaccionó. Se dio cuenta que todo dependía de ella y no iba a dejarse consumir por su propia desesperación.
De inmediato me levantó en sus brazos y me llevó apresuradamente a un lugar que ella seguía llamando el Hospital Czyste11, aunque este ya había desaparecido como tal dentro del ghetto. En realidad, lo que menos parecía era un hospital porque se encontraba en un estado deplorable. El médico que me examinó dijo que por los síntomas probablemente era tifus. Podría haber sido una sentencia de muerte porque las medidas de higiene y las condiciones físicas de los que aún estábamos en el ghetto eran atroces.
Había una permanente presencia de agonía en el hospital. Sin embargo, mi madre me aseguraba que yo me iba a mejorar y su fe era lo que me sostenía todos los días. Solo me dejaba para buscar algo de alimento. Ella era un ser humano capaz de transformar una debilidad en fortaleza. Advertí en su mirada que tenía un plan y confiaba plenamente en ella. Presentía que iba a encontrar una forma de salir del ghetto.
En tiempos de guerra se pierde la noción del tiempo. Los días se transforman en horas y las horas en minutos. Recuerdo vagamente ese período en el hospital. Mi memoria me juega trucos al tratar de mantener una exacta cronología de los hechos. Cuando comencé a sentirme mejor, mi madre me dijo que íbamos a tener que hacer un largo trayecto y que necesitaba de todo mi apoyo.
Al regresar estaba vestida como una enfermera y con una señal me dijo que guardara silencio y cerrara mis ojos. Me envolvió en la manta que me cubría y me sacó del hospital en sus brazos. La ráfaga de aire helado en mi cara me despertó de esa convalecencia que parecía no tener fin. En yiddish me dijo que no hablara. Desde ese momento solo hablaba en polaco con las personas que le hacían preguntas.
Escuchaba su voz en un tono autoritario decir que llevaba a una niña con tifus y que no se acercaran para evitar el contagio. A los alemanes les aterrorizaba escuchar la palabra tifus. Al mencionar la enfermedad se alejaban inmediatamente. Con la ayuda de alguien logró traer a Salek y luego salir del ghetto. No recuerdo los detalles. Lo único que permanece en mi memoria es mi madre sosteniéndome en sus brazos mientras caminaba sin detenerse, con Salek junto a ella siguiendo sus pasos.
Mi madre nos llevó por un bosque hasta llegar a la casa de una amiga que vivía en un lugar llamado Zareby Koscielne12. La señora Szwiderska y su esposo no tenían hijos. Ella siempre se sentía en deuda con mi madre porque la había ayudado en muchas ocasiones antes de la guerra. Cuando mi mamá le pidió que nos cuidara a Salek y a mí, no dudó en aceptar.
Supe en ese instante que ella no se quedaría. Había encontrado un refugio para sus hijos y no le importaba lo que sucediera con ella. Nos abrazó a los dos y, en ese yiddish tan familiar y cálido, nos volvió a reafirmar su confianza en un futuro juntos. Aunque quería sentir esa sensación de esperanza que mi madre trataba de transmitirme, yo rompí en un llanto inconsolable. En mi mente solo aparecían las imágenes que eran frecuentes en el ghetto: familias destruidas por una guerra infame y cruel, donde la compasión por el ser humano había dejado de existir.
Mi madre se alejaba y yo trataba de ver su figura a través de la ventana hasta que ella desapareció totalmente de mi vista. Me transformé en el punto de referencia de Salek cuando buscaba protección en ausencia de mamá. En ese instante no entendía cómo mi hermano podía creer que yo iba a cuidar de él. Yo era una niña tan indefensa como Salek. Todo mi cuerpo temblaba de terror al sentirme desamparada y completamente sola en una realidad que no quería vivir.
VII
ENTRE LA LUZ Y LAS SOMBRAS
En Polonia había aproximadamente un millón de niños judíos al comenzar la Segunda Guerra Mundial. Al terminar el conflicto bélico, solo unos pocos lograron sobrevivir. La mayoría de estos niños vivieron en la clandestinidad. Cambiando sus identidades, los ocultaban generalmente del mundo exterior. Enfrentaban día a día miedos, dilemas y peligros. Sus vidas estaban entre las sombras. Cualquier comentario o denuncia de vecinos podría descubrirlos y llevarlos a la muerte.
Mania y Salek tenían nueve y siete años respectivamente, cuando su madre los ocultó en la casa de una amiga cristiana, la señora Szwiderska, en la zona rural de Zareby Koscielne. Era muy difícil para dos niños comprender la decisión de su madre.
En la confusión y tragedia de sus vidas, la figura materna había sido el vínculo que les permitía resistir las adversidades. Ella era la esperanza de volver algún día a la normalidad. Sin embargo, a pesar de que esa presencia había desaparecido, Mania y su hermano encontraron en esa casa un refugio donde el amor de la señora Szwiderska compensaba parcialmente el ahogado dolor del abandono.
BONDAD Y TEMERIDAD
La vida en la granja se limitaba a la casa. No teníamos permitido salir por temor a ser vistos por soldados alemanes que siempre estaban por la zona. Los vecinos, si bien vivían en casas muy alejadas unas de otras, podrían ser otro peligro. La señora Szwiderska (así la llamé siempre) nos decía que no confiaba en nadie. Nos explicó que los vecinos se traicionaban unos a otros por conseguir beneficios de los nazis. Si nos veían e informaban a las autoridades, todos en la casa correríamos el peligro de ser deportados o, peor aún, perder nuestras vidas.
Nosotros obedecíamos a la señora Szwiderska sin causarle ningún problema. Establecimos una relación de amor y respeto. Ella se preocupaba de que nos alimentáramos bien y le encantaba leernos cuentos en polaco. Yo disfrutaba esas lecturas porque me permitían hacer volar mi imaginación y transportarme a un mundo de magia y fantasía. Nada era más importante en esa demente realidad que el poder evadirse al mundo irreal de los cuentos.
Yo la ayudaba en algunas de las tareas domésticas para mantenerme siempre ocupada y no tener mucho tiempo para pensar. Evitaba hablar de mis padres. Ese tema me producía un dolor agudo y punzante en el pecho. Nuestras charlas consistían en las cosas cotidianas y en inventar juegos para entretener a mi hermano que se aburría con facilidad.
El esposo de la señora Szwiderska no nos aceptó en un comienzo. Dijo que no quería correr el riesgo de esconder niños judíos.
—Si te atreves a denunciar a estos niños yo diré que soy judía y tu castigo por haberte casado conmigo será aún peor —le dijo un día cansada de escuchar sus quejas. Tras esas palabras, él comprendió que tendría que aceptar nuestra presencia en la casa.
Sin embargo, en esa rutina en la cual cada uno de nosotros reafirmaba lazos de convivencia pacífica, existía siempre el miedo de que los alemanes entraran en la casa a revisar. Ya les había sucedido dos veces previamente a nuestra llegada. Si nos descubrían sería el fin para todos.
La señora Szwiderska me mostró la entrada a un sótano que se encontraba oculta bajo una alfombra en la sala. Practicábamos con Salek bajar rápidamente por la angosta escalera y nos sentábamos en ese pequeño recinto oscuro y húmedo por unos pocos minutos porque ese lugar nos traía los recuerdos más tristes del ghetto. Subíamos velozmente a la sala para refugiarnos en los brazos de la señora Szwiderska, con la ilusión de que era solo una práctica.
Desafortunadamente, las ilusiones no tenían cabida en esa época. En varias ocasiones, soldados nazis llegaron a la casa. Como se encontraba en el medio del campo, era posible ver a la distancia quién se acercaba. Así fue como cada vez que los veíamos, Salek y yo nos ocultábamos de prisa en el sótano.
No escuchábamos lo que decían cuando entraban en la casa, pero sí podíamos sentir los pasos de las pesadas botas militares. Parecían como golpes secos contra el piso de madera. Cuando los escuchábamos cerca de la entrada al sótano, Salek y yo nos abrazábamos muy fuerte para que el miedo que sentíamos no nos hiciera gritar.
A veces, se quedaban un tiempo muy corto, pero en otras ocasiones querían comer y permanecían en la casa por horas. Estar en ese lugar tan húmedo me producía una sensación de ahogo y me resultaba difícil respirar. La oscuridad no era total y veía figuras fantasmales moviéndose en ese espacio pequeño. Al estar entre las sombras, todos mis miedos me envolvían y cientos de preguntas me atormentaban. No podíamos hablar. Debíamos permanecer en un silencio total que se hacía interminable hasta que la señora Szwiderska abría la puerta del sótano. Luego, nos dolía todo el cuerpo por estar acurrucados uno junto al otro y yo comenzaba a toser cuando mis pulmones se llenaban completamente de aire.
En ese entorno, con días que parecían a veces hasta felices a pesar de no poder salir de la casa, y con otros donde el terror se hacía presa de todos mis sentidos, transcurrieron los meses hasta mediados del otoño de 1944. Aún no sabíamos que el destino nos llevaría a enfrentarnos con la brutalidad a la que había llegado el ejército alemán para conseguir la máxima degradación física y espiritual de sus víctimas.
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