Kitabı oku: «La mente dividida»
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Ninguna parte de este libro puede ser reproducida o transmitida en ninguna forma ni por cualquier medio sin el consentimiento por escrito del editor, excepto en el caso de citas breves usadas en reseñas y críticas literarias.
Título original: THE DIVIDED MIND
Traducido del inglés por José Vergara Varas
Diseño de portada: Editorial Sirio, S.A.
© de la edición original
2006, John E. Sarno
© de la presente edición
EDITORIAL SIRIO, S.A.
C/ Rosa de los Vientos, 64
Pol. Ind. El Viso
29006-Málaga
España
www.editorialsirio.com
I.S.B.N.: 978-84-18531-15-6
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Contenido
Cubierta
Créditos
Introducción
¿Qué es la medicina psicosomática?
Los trastornos psicosomáticos
Por qué el SMT es doloroso
Tres epidemias mente-cuerpo
1. Los síndromes de dolor crónico: una plaga moderna
2. La fibromialgia
3. El síndrome del túnel carpiano
Otros trastornos mediados por el sistema autónomo-péptido
Los síndromes mente-cuerpo gastrointestinales
La cefalea tensional y el dolor de cabeza
Síndromes mente-cuerpo genitourinarios
El tinitus y el vértigo
Trastornos atribuidos a la actividad del sistema inmune-péptido
Trastornos producidos por el sistema neuroendocrino-péptido
El estado actual de la medicina mente-cuerpo
Por qué la mayoría de la gente no puede aceptar la idea de los trastornos mente-cuerpo
Por qué la profesión médica ignora las teorías mente-cuerpo
La psiquiatría y la medicina psicosomática
Emmy von N y Elisabeth von R
Una breve historia de la medicina psicosomática
Charcot
Breuer y Freud
La mente consciente y la mente inconsciente
Freud
La evolución y el id
El narcisismo, la rabia narcisista y la inferioridad
La evolución, el ego y el superego
La ansiedad y la represión
La agresión y el autocastigo
Adler
Alexander
El síndrome de fatiga crónica
La migraña y la hipertensión
Artritis reumatoide
Walters
La psicología de los trastornos psicosomáticos
El dolor y la represión
Emociones generadas en la infancia, la niñez y la adolescencia
Presiones autoimpuestas: lo perfecto y lo bueno
El niño-primitivo
Las presiones de la vida
El síndrome 11 de septiembre
La idea de los sentimientos inconscientes
El imperativo del síntoma
Una tríada psicosomática
Tratamiento
El programa
La charla básica
Programa de estudio diario
Reuniones de grupo
Por qué es curativo el conocimiento
La psicoterapia
Psicoterapia dinámica de corto plazo
Consulta/evaluación
Psicoterapia de grupo de corto plazo
La terapia individual
El caso de Abner
El caso de Hiroku
El caso de Liam
Un estudio de resultados
La hipertensión y la conexión mente-cuerpo: un nuevo paradigma Doctor Samuel J. Mann
La hipertensión y la conexión mente-cuerpo: un nuevo paradigma
El nuevo y el viejo paradigma
El viejo paradigma
Lo que muestran los estudios
¿Causa hipertensión el estrés en el trabajo?
¿Sirven las técnicas de control del estrés para aliviar o prevenir la hipertensión?
Las preocupaciones y la elevación de la presión sanguínea: alejándose del viejo paradigma
El nuevo paradigma
La represión
La represión que lleva a la hipertensión
La represión relacionada con un grave abuso o trauma
La represión como forma de lidiar con el estrés del día a día
Desarrollan hipertensión todas las personas represoras?
Existen pistas para identificar a las personas cuya hipertensión está vinculada a las emociones reprimidas?
Historia personal
Una historia de abusos o traumas graves, sobre todo durante la infancia
La convicción de que el grave trauma anterior no deja secuelas
Un temperamento muy equilibrado, una persona que nunca está deprimida
Pauta de la hipertensión
Hipertensión severa
Hipertensión resistente
Hipertensión de inicio repentino e inexplicable
Hipertensión episódica
Consecuencias del nuevo paradigma para el tratamiento
Principios del tratamiento con el nuevo paradigma
Tratamiento no farmacológico o hipertensión neurogénica: ¿Existe un papel para la psicoterapia?
Terapia farmacológica de la hipertensión de origen psicológico
Los mecanismos de la hipertensión esencial y la relación con la elección de la terapia farmacológica
Volumen de sangre
El sistema renina-angiotensina (SRA)
El sistema nervioso simpático
Mecanismos fisiológicos: cómo la represión causa hipertensión
El tratamiento farmacológico de la hipertensión de origen psicológico
Hipertensión lábil
Hay que evitar las dosis excesivas de fármacos que tienen pocas probabilidades de funcionar
El control de la hipertensión episódica
Resumen
Mi experiencia con el síndrome de miositis tensional Doctor Ira Rashbaum
Mi experiencia con el síndrome de miositis tensional
Un asunto familiar
El tratamiento del paciente con SMT de edad avanzada
Mi experiencia con la fibromialgia
La historia del señor R
Observaciones y adaptaciones en mi protocolo de tratamiento
Mi experiencia con la comunidad judía ortodoxa
El dolor de decir que no (en especial si eres una persona excesivamente complaciente con los demás)
La historia de Marty Glickman
Conclusión
La experiencia de una reumatóloga con los trastornos psisosomátios Doctora Andrea Leonard-Segal
Qué es lo que los pacientes con estos trastornos tienen en común?
Cómo debería la comunidad médica determinar la eficacia de un tratamiento?
Qué nos dice un examen general de la literatura médica acerca de los tratamientos para el dolor lumbar?
¿Qué nos dice un examen general de la literatura médica acerca de los tratamientos del síndrome del túnel carpiano?
¿Qué nos dice un examen general de la literatura médica acerca de los tratamientos de la fibromialgia?
¿Qué nos dice un examen general de la literatura médica acerca del uso del ultrasonido en los tratamientos para los trastornos musculoesqueléticos?
¿Qué podemos aprender de estos exámenes generales de la literatura médica?
Observaciones adicionales sobre la literatura médica
¿Cómo podemos estudiar un síndrome de base psicológica?
¿Cómo es el hecho de tratar a los pacientes con SMT?
Mi perspectiva acerca de la medicina psisosomátia Doctor James R. Rochelle
La desilusión con el «dolor crónico»
La gestión del dolor
¿Qué es lo que falta?
El historial social
El examen físico: zonas sensibles
Un diagnóstico
La aplicación del SMT en mi práctica médica
Caso de estudio: el rechazo del diagnóstico
La charla
Caso de estudio: se recomienda psicoterapia
Casos de estudio
Síndrome del túnel carpiano
La fibromialgia
¿Dolor estructural o dolor psicosomático? Doctor Douglas Hoffman
Dolor estructural o dolor psicosomático?
El papel de los factores desencadenantes en el proceso psicosomático
Las dolorosas emociones inconscientes impulsan el proceso psicosomático
Cómo puede uno distinguir entre un trastorno estructural y un trastorno psicosomático?
Reflexiones sobre el tratamiento de los trastornos psicosomáticos
Reflexiones finales
La experiencia de un médico de familia con la medicina psicosomática Doctor Marc Sopher
La práctica familiar
Dando a conocer a los pacientes el SMT
Estrategias del tratamiento para el SMT
Haz una lista
Reflexiona
Deshazte de tus dispositivos ortopédicos y de tus medicamentos
Vigilancia continua
Reanuda tus actividades
Algunos casos
Reflexiones finales
Biblioografía
Uno: ¿Qué es la medicina psicosomática?
Dos: Una breve historia de la medicina psicosomática
Tres: La psicología de los trastornos psicosomáticos
Cuatro: Tratamiento
Cinco: La hipertensión y la conexión mente-cuerpo: un nuevo paradigma
Siete: La experiencia de una reumatóloga con los trastornos psicosomáticos
Sobre el autor
Introducción
El sistema de salud en los Estados Unidos se encuentra en crisis. Ciertos segmentos de la medicina estadounidense se han convertido en una pesadilla disfuncional de prácticas irresponsables, procedimientos peligrosos, reglamentaciones burocráticas y costes que aumentan vertiginosamente. En lugar de curar a la gente, este defectuoso sistema de salud, en muchos casos, está prolongando su sufrimiento. En lugar de prevenir las epidemias, las está generando.
¿Crees que éste es un juicio demasiado duro? Veamos algunas estadísticas. Los más de seis millones de estadounidenses que padecen «fibromialgia», una enfermedad misteriosa y extremadamente dolorosa, son tratados por un ejército de especialistas, pero ninguno de ellos tiene la menor idea de cuál es la causa de este trastorno. Un número aún mayor de estadounidenses recibe tratamiento para el reflujo gástrico, lo que significa un coste de miles de millones de dólares. ¿Quién dice que la acidez no sea un buen negocio? Y más millones de personas –muchas de ellas jóvenes– dependen de fármacos psicoactivos que pueden estar poniendo en peligro sus vidas.
Las circunstancias son graves. No estoy exagerando la situación. Por eso mis colegas y yo hemos escrito este libro.
La mente dividida trata sobre los principios y la práctica de la medicina psicosomática. No es una obra sobre medicina alternativa ni sobre tratamientos de la «Nueva Era» que tan de moda están. Se trata de un libro sobre una medicina que ha sido probada clínicamente, una medicina simple y directa, tal como la practican profesionales autorizados desde hace más de treinta años, trabajando con miles de pacientes.
En primer lugar, quiero aclarar cualquier confusión en relación con la palabra psicosomático. Es posible que creas que se refiere a algo vagamente fraudulento, como cuando las personas inventan enfermedades imaginarias por algún motivo egoísta. No es así. Pero incluso los profesionales de la medicina, los médicos que deberían tener una mejor comprensión de este término, a veces cometen el error de suponer que se refiere a cómo el estrés empeora una dolencia o a las consecuencias estresantes de vivir con una enfermedad. Éstas son consideraciones legítimas y han sido abordadas en la literatura médica, pero no son psicosomáticas. La medicina psicosomática se refiere específicamente a los trastornos físicos del organismo mente-cuerpo, trastornos que pueden aparentar ser únicamente físicos pero que tienen su origen en las emociones inconscientes, un asunto médico muy distinto y extremadamente importante. Quiero señalar que vamos a usar los términos psicosomático y mente-cuerpo de forma intercambiable; por tanto, no dejes que esto te despiste.
Existen literalmente cientos de trastornos y enfermedades que han sido identificados como puramente psicosomáticos o con algún componente psicosomático. Vamos a explorar muchos de ellos en las próximas páginas. Estos trastornos pueden ir desde un leve dolor de espalda hasta el cáncer, dependiendo del poder y la importancia de los fenómenos emocionales inconscientes. Las enfermedades psicosomáticas parecen ser una parte ineludible de la condición humana. Sin embargo, sorprendentemente, a pesar de la incidencia casi universal de estos trastornos, la práctica de la medicina psicosomática es algo casi totalmente desconocido en la comunidad médica actual, y no desempeña prácticamente ningún papel en las investigaciones médicas contemporáneas. Hoy en día, cuando los médicos y muchos psiquiatras se enfrentan a un trastorno psicosomático, no lo reconocen por lo que es y casi siempre se limitan a tratar los síntomas.
La enormidad de este error de la práctica médica puede compararse a lo que ocurriría si la medicina se negara a reconocer la existencia de los virus y las bacterias. Quizá la peor manifestación de este medievalismo científico haya sido la eliminación de la palabra psicosomático de las ediciones más recientes del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, Fourth Edition (DSM) (Manual de diagnóstico y estadística de los trastornos mentales), que es la lista oficial de diagnósticos psiquiátricos de la Asociación Americana de Psiquiatría. Es como eliminar el término infección de los diccionarios médicos.
Este sorprendente estado de cosas –escandaloso, a decir verdad– no sucedió de la noche a la mañana. Durante la primera mitad del siglo XX, el estudio y tratamiento de los trastornos psicosomáticos fue reconocido por muchos profesionales como una importante y prometedora nueva frontera de la medicina. Luego, hace alrededor de cincuenta años, la comunidad médica de los Estados Unidos tomó la dirección equivocada y simplemente perdió todo interés por la medicina psicosomática. Más adelante especularé sobre por qué sucedió esto, pero por ahora lo importante que hay que señalar es que, al darle la espalda a esta vital rama de la medicina, la profesión médica ha contribuido a crear una epidemia de dolor y de otros trastornos que afecta a millones de personas.
Descubrí la medicina psicosomática bastante tarde en mi carrera profesional. Fue cuando comencé a ver grandes cantidades de gente que sufría esos comunes pero misteriosos trastornos que vienen acompañados de dolor, principalmente en la zona lumbar, el cuello, el tronco y las extremidades. Yo no sabía que estos trastornos eran psicosomáticos. Mi especialidad no era la psiquiatría o la psicología, y fue sólo a través del contacto diario y directo con el sufrimiento de mis pacientes como finalmente llegué a reconocer la verdadera naturaleza de su aflicción, y pude entonces comenzar a administrar un tratamiento efectivo. Mis colegas y yo hemos aprendido mucho a lo largo de los últimos treinta y dos excitantes y provechosos años. He publicado tres libros en los que describo nuestro trabajo, nuestros descubrimientos y nuestros éxitos. Estos libros trataban principalmente de lo que he llamado el síndrome de miositis tensional (SMT), un doloroso trastorno psicosomático que aflige a millones de personas. La mente dividida abarcará la gama completa de desórdenes psicosomáticos, un tema mucho más amplio e importante. Los trastornos psicosomáticos se dividen en dos categorías:
1. Aquellos trastornos que son inducidos directamente por las emociones inconscientes, tales como los problemas de dolor (SMT) y los trastornos gastrointestinales comunes como el reflujo, las úlceras, el síndrome de colon irritable, las afecciones de la piel, las alergias y muchos otros.
2. Aquellas enfermedades en que las emociones inconscientes pueden ser un agente causal, pero no el único. Entre ellas se encuentran las enfermedades autoinmunes como la artritis reumatoide, algunos trastornos cardiovasculares y el cáncer. Por lo que conozco, en la actualidad no hay nadie que esté estudiando estas enfermedades y que incluya las emociones inconscientes como factores potenciales de riesgo. En mi opinión, esto raya en lo criminal.
Los procesos psicosomáticos comienzan en el inconsciente, esa parte oscura, no cartografiada y generalmente mal comprendida de nuestras mentes que fue identificada en primer lugar por Sigmund Freud. Aunque aún no sea un hecho reconocido por la medicina tanto física como psiquiátrica, las emociones inconscientes son un factor importante en prácticamente todos los trastornos físicos no traumáticos. He titulado este libro La mente dividida porque los trastornos psicosomáticos se originan en la interacción de la mente inconsciente con la mente consciente. Aquellos rasgos que residen en el inconsciente y que consideramos más problemáticos, como el infantilismo, la dependencia o la capacidad para un comportamiento salvaje, son producto de una parte primitiva del cerebro, localizada en las profundidades de este órgano, justo por encima del tronco cerebral. La evolución ha agregado lo que se llama el neocórtex, el cerebro más reciente, el de la razón, del intelecto, de la comunicación y de la moral. Parece haber una lucha entre estas dos partes del cerebro. A veces se impone la razón y en ocasiones la parte más infantil y bestial de la naturaleza humana. Esta dualidad es una de las razones de la existencia de los trastornos psicosomáticos, como quedará demostrado más adelante.
Las conclusiones presentadas en este libro no están basadas en deducciones teóricas. Son el resultado de muchos años de experiencia con miles de pacientes, y están respaldadas por los hallazgos de psicoterapeutas altamente cualificados. Además, seis innovadores médicos de distintas partes de los Estados Unidos (que han incorporado los principios psicosomáticos en sus prácticas profesionales y en sus investigaciones) también han contribuido con los hallazgos basados en sus propias experiencias. El exitoso tratamiento de un alto porcentaje de pacientes respalda nuestros hallazgos.
El objetivo principal de La mente dividida es explicar la naturaleza del proceso psicosomático, especialmente el estado psicológico que da lugar a evidentes síntomas físicos. El objetivo secundario es llamar la atención hacia la estrechez de miras de muchos practicantes de la medicina contemporánea que no reconocen la existencia de los trastornos psicosomáticos y que, al actuar de esta forma, contribuyen a su propagación.
No me cabe duda de que los guardianes de la sabiduría convencional criticarán mis teorías por su supuesta «falta de evidencias científicas». Esto es casi ridículo, ya que no existen evidencias científicas para algunas de las teorías más apreciadas sobre las causas de los síntomas. El ejemplo más claro de esto lo constituye la idea de que el proceso inflamatorio es el responsable de muchos síntomas de dolor, algo para lo cual no existe ninguna evidencia científica. Otro ejemplo: nunca se han realizado estudios para confirmar el valor de una variedad de procedimientos quirúrgicos empleados en el tratamiento de los trastornos dolorosos, como por ejemplo la laminectomía (empleada para tratar las anormalidades de los discos intervertebrales).
El estudio de los trastornos psicosomáticos en el laboratorio presenta grandes problemas. ¿Cómo se pueden identificar y medir las emociones inconscientes? Si la aceptación del diagnóstico por parte del paciente es crucial para el éxito del tratamiento, ¿cómo se puede demostrar la validez del diagnóstico y del tratamiento si la mayoría de la gente no acepta el primero? Después de muchos años de experiencia, nuestra impresión es que no más de entre un 10 y un 15% de la población estaría dispuesta a aceptar un diagnóstico psicosomático. Nuestra prueba de validez reside en el extraordinario éxito de nuestro programa terapéutico.
Como señaló Freud, la fisiología del proceso es mucho menos importante que unas observaciones acertadas sobre el propio proceso. Freud tampoco disponía de ningún dato de laboratorio. Así, dejó en manos de los expertos de laboratorio la tarea de descubrir los elementos básicos de este proceso.
Al compartir contigo las experiencias respecto al diagnóstico y el tratamiento de las grandes cantidades de gente que han padecido o padecen dolores psicosomáticos, mis colegas y yo esperamos que nuestros hallazgos tengan una influencia importante sobre la práctica médica, en especial teniendo en cuenta los millones de personas que hoy en día sufren innecesariamente por culpa de estos trastornos.
1
¿Qué es la
medicina psicosomática?
R ecuerdo la primera vez que John R. vino a mi clínica en 1996. John era un exitoso hombre de negocios, elegante y atlético, que irradiaba confianza en sí mismo. Parecía sentirse a gusto y relajado –hasta que se agachó para sentarse–. De pronto, sus movimientos se hicieron lentos y se convirtió en alguien tan cauteloso, tan frágil, tan vacilante que parecía una caricatura del hombre confiado y enérgico que había entrado por la puerta hacía escasos segundos. Su lenguaje corporal revelaba claramente que o bien estaba experimentando un dolor espantoso o bien temía sufrir un ataque de dolor al realizar el menor movimiento equivocado.
Como médico, yo podía sentir empatía por su sufrimiento. Mi especialidad son los trastornos mente-cuerpo, y veo casos como el suyo cada día. Esperé poder ayudarle, lo que quiere decir ayudarle a que se ayudara a sí mismo, porque con los trastornos mente-cuerpo un médico no puede «curar» al paciente. Es el propio paciente el que tiene que llegar a comprender su enfermedad... y, al comprenderla, eliminarla.
Al repasar el historial de John, se comenzó a formar en mi mente la imagen de una vida interesante y llena de satisfacciones. Casado, tres hijos, su propio negocio, que probablemente le ocupaba una parte demasiado grande de su tiempo, pero que iba bien... También escuché la familiar letanía de sufrimientos y dolores –un problema crónico de espalda de origen misterioso y que a veces provocaba unos dolores tan intensos que no podía levantarse de la cama por las mañanas–. Su larga e infructuosa búsqueda de alivio –experimentos con la medicina alternativa, fármacos de todo tipo y por último, ante la desesperación, cirugía–, una solución extremadamente cara y sólo transitoriamente exitosa. Después, el repentino surgimiento de nuevos trastornos: ciática, dolores de cabeza, reflujo ácido –la lista de dolencias era interminable.
Como médico, mi trabajo era ayudarle. Pero yo sólo podía señalar el camino. ¿Sería John capaz de seguirlo? ¿Sería capaz de percibir la profunda interconexión que existe entre el cuerpo y la mente? ¿Sería capaz de comprender el enorme poder de la ira reprimida?
Para los no iniciados parece haber algo misterioso en la medicina mente-cuerpo. En realidad, la relación entre la mente y el cuerpo no es más misteriosa que la que se da entre el corazón y la circulación de la sangre, o la que existe entre cualquier otro órgano y el funcionamiento del cuerpo humano. Mi primera entrevista con John indicaba que se mostraría abierto a la idea de la medicina mente-cuerpo. Después de sólo un mes de tratamiento, sus dolores, que lo habían torturado durante la mayor parte de su vida adulta, simplemente desaparecieron, y esto sin usar fármacos o procedimientos radicales. Sigo recibiendo cada año una tarjeta de navidad suya. En la más reciente me dice que sigue jugando al tenis y practicando el esquí. El verano pasado, él y su hijo mayor hicieron largas excursiones a pie por los montes Apalaches. El dolor y los otros inexplicables trastornos no han regresado.
A muchos de mis pacientes les cuesta comprender inicialmente la dinámica completa del síndrome mente-cuerpo. Una cosa es aceptar la idea de que la mente ejerce un gran poder sobre el cuerpo y otra muy distinta es interiorizar ese conocimiento y comprenderlo en un nivel profundamente personal. Incluso cuando mis pacientes llegan a apreciar plenamente el elemento central de la ecuación –el hecho de que la causa principal de su sufrimiento físico reside en su mente–, pueden seguir tropezando con los detalles secundarios, incapaces de aceptar la realidad de su propia ira enterrada, y totalmente perplejos ante el hecho de que su propia mente pueda tomar decisiones de las que no son conscientes.
El hecho de dar un paso hacia atrás y ver las cosas desde una perspectiva más amplia puede ayudar a mis pacientes a comprender la conexión mente-cuerpo. Los trastornos psicosomáticos pertenecen al grupo de los trastornos psicogénicos. Éstos pueden ser definidos como cualquier trastorno inducido o modificado por el cerebro debido a razones psicológicas.
Algunas de estas manifestaciones son muy conocidas y todo el mundo está familiarizado con ellas, como el hecho de sonrojarse o de ponerse a sudar al ser el centro de atención, o la sensación de mariposas en el estómago. Pero éstos son fenómenos inofensivos y transitorios, y sólo continúan mientras persista el inusitado estímulo.
Un segundo grupo de trastornos psicogénicos incluye aquellos casos en que el dolor de un trastorno físico es intensificado por ansiedades y preocupaciones que no están directamente relacionadas con el trastorno. Un ejemplo sería la persona que ha sufrido un grave accidente de coche y cuyo dolor se ve aumentado por sus problemas familiares o profesionales, no por la gravedad de sus lesiones. A pesar de que la medicina convencional tiende a ignorar casi todas las manifestaciones psicogénicas, generalmente suele admitir este tipo, reconociendo que los síntomas pueden empeorar si el paciente se siente angustiado. Los médicos pueden referirse a esto como superposición emocional. Los pacientes me han contado que su dolor empeoró considerablemente cuando recibieron los resultados de una resonancia magnética en que aparecía algún tipo de anormalidad, como una hernia de disco, especialmente si la cirugía formaba parte del tratamiento sugerido.
El tercer grupo psicogénico es el perfecto opuesto del segundo: cubre los casos en que se produce una reducción de los síntomas físicos del trastorno en cuestión. En uno de los primeros estudios realizados sobre el dolor, Henry Beecher, de la Universidad de Harvard, observó que durante la Segunda Guerra Mundial los soldados gravemente heridos solían necesitar poca o ninguna morfina para controlar el dolor. Estos soldados estaban tan contentos de estar vivos, tan aliviados de no tener que enfrentarse de nuevo al horror del campo de batalla y de saber que ahora iban a recibir todo tipo de cuidados, que casi no sentían ningún dolor.
Los grupos psicogénicos más importantes son el cuarto y el quinto, los trastornos histéricos y los trastornos psicosomáticos. Los primeros tienen principalmente un interés histórico, aunque la psicología de ambos es idéntica. Mi experiencia ha sido especialmente con los segundos.
Los síntomas de los trastornos histéricos son a menudo bastante extraños. El paciente puede experimentar una gran variedad de afecciones altamente debilitantes, incluyendo astenia muscular o parálisis, sensaciones de entumecimiento o de hormigueo, ausencia total de sensaciones, ceguera, incapacidad para usar las cuerdas vocales y muchas otras, todas ellas sin que exista ninguna anormalidad física que explique tales síntomas.
La propia naturaleza de los síntomas histéricos indica que su origen se halla «totalmente en la cabeza», por usar la expresión peyorativa con la que la gente se suele referir a los síntomas psicosomáticos. La ausencia de cualquier cambio físico en el cuerpo indica que los síntomas son generados por poderosas emociones en el cerebro. Nadie sabe con seguridad en qué lugar del cerebro. Una importante autoridad médica, el doctor Antonio R. Damasio, ha sugerido que estos centros generadores de emociones están localizados en el hipotálamo, la amígdala, el prosencéfalo basal y el tronco cerebral. Cuando se estimulan las células cerebrales adecuadas, los pacientes perciben los síntomas como si se originaran en el cuerpo. Estos síntomas suelen tener características muy extrañas e irreales. Uno de los pioneros de la psiquiatría del siglo XIX, Josef Breuer, los encontraba semejantes a las alucinaciones.
Los trastornos psicosomáticos
En cambio, en el quinto grupo psicogénico, el de los trastornos psicosomáticos, el cerebro produce verdaderos cambios físicos en el cuerpo. Un ejemplo de esto sería el síndrome de miositis tensional (SMT), un trastorno doloroso que examinaremos con más detalle. En este trastorno, el cerebro ordena una reducción del flujo de sangre hacia un determinado lugar del cuerpo, dando lugar a una leve deficiencia de oxígeno que causa dolor y otros síntomas, dependiendo de qué tejidos se hayan visto afectados.
Uno de los aspectos más intrigantes tanto de los trastornos histéricos como de los psicosomáticos es que tienden a propagarse entre la población de forma epidémica, casi como si fuesen de naturaleza bacteriológica, que no lo son. Edward Shorter, un historiador de la medicina, llegó a la conclusión de que la incidencia de un trastorno psicogénico adquiere proporciones epidémicas cuando el trastorno está de moda. Por muy extraño que parezca, la gente con una necesidad psicológica inconsciente de síntomas tiende a desarrollar dolencias que sean muy conocidas, como el dolor de espalda, la fiebre del heno o el eccema. Ésta no es una decisión consciente.
Una segunda causa de tales epidemias suele surgir cuando un trastorno psicosomático es mal interpretado por la profesión médica y atribuido a una anormalidad estructural, como un espolón óseo, una hernia de disco, etcétera.
Un estudio realizado en Noruega en 1996 indica que existe una tercera condición que fomenta estas epidemias: el simple hecho de que el tratamiento médico esté fácilmente disponible. Un artículo publicado en la revista médica británica Lancet señalaba la epidemia de «latigazo cervical» que estaba teniendo lugar en Noruega. Los conductores cuyo coche recibía un choque trasero desarrollaban dolores en el cuello y en los hombros a pesar de no haber sufrido ninguna lesión grave. Los doctores noruegos, desconcertados ante esta epidemia, decidieron investigar. Fueron a Lituania, un país sin seguro médico, y descubrieron que el latigazo cervical era una dolencia desconocida en ese país. Resultó que la explosión de casos en Noruega tenía más que ver con que el latigazo cervical estuviese de moda que con la gravedad de las colisiones traseras. ¡La única explicación para esta epidemia era que en Noruega había muchos seguros médicos que cubrían el tratamiento!
Las epidemias más importantes de trastornos psicosomáticos son aquellas que están relacionadas con el dolor. Como comentaré más adelante, estos trastornos se han convertido en las dolencias de moda para millones de estadounidenses. Son «populares» y la mayoría de ellos han sido erróneamente diagnosticados como si fueran el resultado de varias anormalidades físicas estructurales, y de ahí su propagación epidémica.
¿Cuál es la génesis de un trastorno psicosomático? Como veremos, hay que buscar la causa en las regiones inconscientes del cerebro, y como también veremos, su objetivo es distraer deliberadamente a la mente consciente.
El tipo de síntoma y su localización en el cuerpo no importan mientras sirvan para distraer la atención de aquello que está calando en el inconsciente. Ocasionalmente, la elección de la localización del síntoma puede incluso facilitar la maniobra de distracción, algo que es común en los trastornos psicosomáticos. Por ejemplo, un hombre que siente un dolor agudo en el brazo al realizar un cierto movimiento con la raqueta de tenis va a suponer que ese movimiento fue el causante de su dolor. La realidad es que su cerebro ha decidido que ha llegado la hora de crear una distracción física y elige ese momento para iniciar el dolor porque la persona va a suponer que éste es producto de una lesión y no que se trata de un trastorno físico generado por el cerebro. ¿Y qué hace éste para llevar a cabo esta maniobra de distracción? Simplemente reduce de forma leve la cantidad de oxígeno que llega hasta un tendón del brazo, lo cual produce dolor. Así es como obtuvo su nombre el «codo de tenista». Si esto te parece extraño, diabólico o autodestructivo, más adelante verás que en realidad se trata de una maniobra de defensa. Mis colegas y yo la hemos observado en miles de pacientes.
Pero un síntoma puede perder con el tiempo su poder de distracción. En ese momento, la psique guarda otra estrategia en la manga. Encontrará otro síntoma para tomar el lugar del anterior, uno que sea considerado «físico» tanto por el paciente como por el médico, es decir, sin un origen psicológico. Por ejemplo, si un tratamiento –digamos una intervención quirúrgica– neutraliza un determinado síntoma psicogénico de modo que éste pierda su poder de distracción, el cerebro simplemente creará una nueva serie de síntomas. A esto lo he llamado el imperativo del síntoma, y es algo que tiene enormes implicaciones de cara a la salud pública, porque los síntomas psicogénicos son generalmente mal interpretados y tratados como trastornos físicos. De repente, el paciente supuestamente «curado» presenta un nuevo trastorno que exige atención médica. Más sufrimiento. Más tiempo perdido. Más gastos. Esto lo iré documentando a medida que avancemos.
Estadísticamente, el trastorno más común en la actualidad es el síndrome de miositis tensional (SMT), que he descrito ampliamente en mis obras anteriores. Le di ese nombre porque en 1984, cuando publiqué mi primer libro, se creía que el músculo (mio) era el único tejido implicado. Desde entonces, he descubierto que los nervios y los tendones también pueden verse afectados. De hecho, ahora parece que la implicación de los nervios es más común que la de los músculos. Por consiguiente, un término más inclusivo, como síndrome musculoesquelético mente-cuerpo, podría ser más adecuado. Sin embargo, como el término SMT ya es tan conocido, mis colegas me han aconsejado que no lo cambie, así que lo seguiré usando.
¿Qué hace el cerebro para producir síntomas en el cuerpo? Existen varias formas, pero la mayoría de los trastornos psicosomáticos son creados mediante la actividad del sistema autónomo-péptido. La rama autónoma del sistema nervioso central controla los sistemas involuntarios del cuerpo, como el circulatorio, el gastrointestinal y el genitourinario. El sistema autónomo está activo veinticuatro horas al día y funciona al margen de nuestra conciencia. He agregado la palabra péptido porque los péptidos son moléculas que participan en un sistema de intercomunicación entre el cerebro y el cuerpo, y que desempeñan un importante papel en estos procesos.
El trastorno más común producido mediante este sistema es el SMT, que he descrito más arriba. Este trastorno afecta a millones de personas y representa un coste de miles de millones de dólares en gastos médicos, horas de trabajo perdidas y compensaciones.
Otros trastornos incluyen:
– El reflujo gastrointestinal.
– La úlcera péptica (a menudo agravada por los antiinflamatorios).
– El espasmo esofágico.
– La hernia de hiato.
– El síndrome de colon irritable.
– La colitis espástica.
– La cefalea tensional.
– La migraña.
– La micción frecuente (cuando no está relacionada con problemas médicos como la diabetes).
– La mayor parte de los casos de prostatitis y de disfunción sexual.
– Tinitus (zumbido en los oídos) o mareos no relacionados con alguna enfermedad neurológica.
Las teorías presentadas aquí están basadas casi exclusivamente en los trabajos realizados con el SMT, pero existen muchos trastornos mente-cuerpo menos comunes (como el reflujo) cuyos síntomas también son creados por el sistema autónomo-péptido. Nos referimos a éstos como equivalentes del SMT, ya que son el resultado de las mismas condiciones psicológicas que produjeron el SMT. Lo que me puso sobre la pista de que los casos de dolor que veía en los primeros años de la década de los setenta fuesen de origen psicosomático fue el hecho de que tantos pacientes hubiesen padecido estos trastornos equivalentes, todos los cuales yo sabía que eran psicosomáticos. Este descubrimiento indicaba que los casos de dolor que veía también eran psicosomáticos.
Por qué el SMT es doloroso
Como señalé anteriormente, la alteración de la fisiología en los casos de SMT parece ser una leve reducción local en el flujo de sangre hacia una pequeña región o hacia una determinada estructura corporal, como un nervio espinal, lo cual da lugar a un estado de leve deficiencia de oxígeno. El resultado es dolor, el síntoma principal del SMT. Los tejidos que pueden verse afectados son los músculos del cuello, los hombros, la espalda o las nalgas, cualquier nervio espinal o periférico y cualquier tendón. Por consiguiente, los síntomas pueden producirse prácticamente en cualquier parte del cuerpo. La naturaleza del dolor varía dependiendo del tejido afectado: músculo, nervio o tendón. Además del dolor, la implicación de un nervio acarrea la posibilidad de sensaciones de entumecimiento y hormigueo o debilidad muscular. Éstas reflejan la función de los nervios, que consiste en hacerle llegar la información sensorial al cerebro y llevar mensajes de movimiento al cuerpo. Cualquiera de estas funciones –o ambas– puede verse afectada por el SMT. El hecho de que los pacientes experimenten una rápida recuperación cuando reciben un tratamiento adecuado indica que los tejidos afectados –el tejido nervioso es el más sensible– no han sido dañados en absoluto, sino que han sufrido una disfunción temporal.
Como son tan pocos los miembros de la profesión médica que reconocen los trastornos mente-cuerpo como lo que son, el dolor del SMT es generalmente atribuido a una anormalidad estructural, como las que suelen aparecer en radiografías, tomografías computarizadas y resonancias magnéticas. Ésta es una lista de las anormalidades más comunes:
Anormalidades de los discos intervertebrales debidas al desgaste, al envejecimiento, etcétera, que incluyen:
– Estrechamiento del espacio discal, lo que indica que el disco ha perdido sustancia.
– Abultamiento del disco, debido a la presión ejercida por la materia interna del disco (el núcleo pulposo).
– Hernia de disco.
Anormalidades de otros componentes de las vértebras, conocidas como espondilosis (inmovilidad y fusión de las articulaciones de las vértebras) que incluyen:
– Espolones óseos alrededor de las articulaciones de las vértebras («pinzamientos del nervio»).
– Engrosamiento de los ligamentos en el canal espinal.
– Estrechamiento del canal espinal debido a los cambios descritos anteriormente (estenosis espinal).
– Espondilolistesis (mala alineación de las vértebras).
– Escoliosis (anormal curvatura lateral de la columna vertebral).
– Anormalidades de los tendones del manguito rotador del hombro.
– Lesiones del cartílago de la rodilla (menisco).
– Cambios normales en la rodilla debidos al envejecimiento (artritis).
– Modificaciones en la cadera causadas por el envejecimiento (artritis).
– Espolones óseos en el talón.
– Otros trastornos menos comunes.
De acuerdo con mi experiencia, la mayoría de estas anormalidades no son responsables del dolor. La causa de éste es simplemente el SMT. No obstante, a pesar de que no existen pruebas de que estas anormalidades sean la causa del dolor, la profesión médica usa rutinariamente la cirugía para tratarlas –en muchos casos, una cirugía extremadamente cara.
Para complicar aún más el problema, existen numerosos trastornos de los tejidos blandos a los cuales también se los considera responsables del dolor producido por el SMT. Estos errores de diagnóstico incluyen:
– Dolor miofascial, generalmente en la espalda (causa real desconocida).
– Síndrome pospolio (dolor en las zonas del cuerpo anteriormente afectadas por la polio). Este dolor suele ser atribuido a esta enfermedad, pero no existe ninguna prueba de que esto sea así. Hay una frase en latín, muy citada en círculos científicos, que se refiere a este tipo de errores de diagnóstico: post hoc ergo propter hoc. Quiere decir: «después de esto [después de la polio], por lo tanto a causa de esto», un clásico error de lógica que lleva a conclusiones nada científicas y peligrosas.
– Distensión de los músculos de la espalda o del cuello.
– Dolor en las nalgas atribuido a la compresión del nervio ciático por el músculo piriforme –una idea bastante absurda y para la que no hay ninguna prueba.
– Dolor y otras anormalidades dentales (síndrome de la articulación temporomandibular [SAT]) que probablemente se deben al SMT en los músculos de la mandíbula.
– Dolor en los tendones en varias zonas alrededor del codo, atribuido al exceso de uso (codo de tenista).
– Distensión o desgarro del tendón del manguito rotador del hombro.
– Dolor en la parte anterior de la planta del pie (metatarsalgia).
– Dolor en la parte central de la planta del pie (fascitis plantar).
– Dolor en el talón (espolón óseo).
– Dolor atribuido a un tumor benigno en la planta del pie (neuroma metatarsal).
– Síndrome del túnel carpiano (lesión por estrés repetitivo).
– Fibromialgia: véase más adelante.
– Otros trastornos menos comunes de los tejidos blandos.
En los últimos treinta y cinco años, tres de los trastornos de esta lista han sido erróneamente diagnosticados tan a menudo que su incidencia ha alcanzado proporciones epidémicas. Se trata de los siguientes:
1. Dolor crónico en la espalda, el cuello, los hombros y las extremidades.
2. Fibromialgia.
3. Síndrome del túnel carpiano.
Cada uno tiene una historia distinta que contar.
Tres epidemias mente-cuerpo
1. Los síndromes de dolor crónico: una plaga moderna
La llamada peste negra de la historia europea y asiática –la peste bubónica– mató a millones de personas. Fue causada por una bacteria que se alojaba en las ratas y era transmitida por las pulgas. Las autoridades del momento tenían los medios para controlar la propagación de la enfermedad, pero como la bacteriología y la epidemiología eran ciencias desconocidas en esa época, no comprendieron la necesidad de hacerlo. En otras palabras, la plaga proliferó gracias a su ignorancia. La epidemia de dolor crónico existe hoy en día debido a una falta similar de conocimientos. La medicina moderna no conoce ni la causa del dolor crónico ni los medios por los que se propaga. Esto ha llevado a una epidemia que continúa desde el final de la década de los sesenta. Y por esto las clínicas especializadas en el tratamiento del dolor han proliferado tanto en los últimos tiempos.
La razón de esta epidemia reside en que la clase médica sigue negándose tercamente a considerar la posibilidad de que existan los trastornos mente-cuerpo. La mayoría de la gente con dolor crónico padece una de las numerosas manifestaciones del SMT que acabo de describir, pero casi la totalidad de los médicos no conocen este diagnóstico. Los pocos que lo conocen a menudo deciden no aceptarlo. En lugar de eso, atribuyen el dolor a uno de los muchos trastornos enumerados. La persistencia de éste –el hecho de que se prolongue durante meses o incluso años– la explican mediante una ingeniosa idea concebida por los psicólogos conductistas hace muchos años. Según su teoría, el dolor persiste porque cumple una función que ellos llaman beneficio secundario, es decir, un deseo inconsciente del paciente por beneficiarse de alguna forma del síntoma, sea mediante la obtención de comprensión, compasión, apoyo o ganancias monetarias, o porque gracias al síntoma el paciente pueda evitar alguna responsabilidad o trabajo difícil. Esta astuta explicación fue rápidamente aceptada por los médicos, ya que los eximía de la responsabilidad de no haber conseguido ayudar a sus pacientes. Después de todo, la culpa era de éstos. Es difícil imaginar una explicación más equivocada, tanto desde el punto de vista científico como desde el punto de vista del paciente.
Como veremos, la verdadera causa del dolor, el síndrome de miositis tensional, cumple una función de beneficio primario, es decir, evita que la mente tome conciencia de sentimientos inconscientes como la ira o el dolor emocional. Casi nunca existe un beneficio secundario. Trataré este tema más detalladamente en el capítulo sobre el origen psicológico de estos trastornos.
Como señalé anteriormente, los trastornos mente-cuerpo tienden a propagarse de forma epidémica:
a) si están de moda;
b) si han sido diagnosticados erróneamente, es decir, si el dolor ha sido falsamente atribuido a algún fenómeno puramente «físico», como una hernia de disco o una bacteria en el estómago; y
c) si el tratamiento se encuentra al alcance de todos y lo cubre el seguro médico.
El dolor crónico cumple admirablemente todos estos requisitos, lo que explica la permanente incapacidad de la medicina para avanzar en la resolución de este problema. La profesión médica tiene una gran responsabilidad en esta y otras epidemias. Simplemente, ha violado una de las reglas médicas más fundamentales: no hacer daño.
En realidad, la medicina estadounidense ha producido un daño enorme. Ha diagnosticado erróneamente la causa del dolor, garantizando que incluso si el paciente experimenta algún alivio debido a un efecto placebo, el dolor regrese al mismo lugar o a otro, o que, siguiendo el principio del imperativo del síntoma, otro trastorno físico tome su lugar. El paciente no ha sido curado en absoluto.
Con su ceguera, la medicina moderna ha fomentado la propagación de la epidemia de los síndromes de dolor. Ha introducido una variedad de tratamientos ineficaces, algunos de ellos extremadamente caros, imponiendo una pesada carga sobre la administración pública y los seguros privados.
La enormidad del problema queda ilustrada en un artículo que apareció en la sección de negocios del New York Times el 31 de diciembre del 2003. Este artículo describía cómo un caro tratamiento llamado fusión espinal era ampliamente practicado pese a la inexistencia de cualquier evidencia que demostrase su valor. También señalaba que los médicos, hospitales y fabricantes del material utilizado en estos procedimientos muestran un interés financiero en que la operación se realice. El coste nacional de este material ha aumentado hasta alcanzar los dos mil quinientos millones de dólares al año. La cuantía total del tratamiento debe de ser astronómica. Mis profesores de la facultad de medicina se horrorizarían si viesen lo que le ha ocurrido a la práctica médica. El mercado y los factores económicos han pasado a dominarlo todo.
De acuerdo con mi experiencia, las numerosas anormalidades estructurales que supuestamente justifican cirugías como la descrita no suelen ser las responsables del dolor. Esto quiere decir que ni la cirugía ni el tratamiento físico conservador son lo indicado. Les suelo decir a mis pacientes que el dolor atribuido a algún tipo de anormalidad estructural constituye la peor razón posible para una cirugía musculoesquelética.
2. La fibromialgia
Fibromialgia es un término médico que se viene usando desde hace bastante tiempo. Por alguna razón fue adoptado por la comunidad reumatológica en los inicios de la década de los ochenta y se usó para referirse a los pacientes que sentían dolor en muchos lugares del tronco, brazos y piernas. De hecho, es un tipo agudo de SMT. Significativamente, los pacientes con fibromialgia también padecen otros trastornos mente-cuerpo, como la jaqueca y el colon irritable, y presentan síntomas de tipo emocional como la ansiedad, la depresión y los trastornos del sueño. Cuando los reumatólogos se interesaron por primera vez en las personas con estos síntomas, no fueron capaces de explicar qué era lo que causaba el trastorno, pero crearon criterios diagnósticos para definirlo. Eso se convirtió en una especie de beso médico de la muerte. La Asociación Americana de Reumatología decretó que el diagnóstico podía realizarse si la persona examinada presentaba dolor en once de dieciocho localizaciones potenciales. Desde entonces se han publicado cientos, si no miles, de estudios que intentan, todavía sin éxito, explicar este trastorno. Dos de estos estudios sobre la fibromialgia encontraron que el nivel de oxígeno en los músculos se había reducido, confirmando la hipótesis de que se trataba de una manifestación del SMT, el cual, como hemos visto, es causado por una leve deficiencia de oxígeno. Pero la comunidad reumatológica no aceptó la idea de que ésta fuese la causa de la fibromialgia, y la epidemia continuó. En el año 2000, el enorme aumento de la gente a la que se le diagnosticaba fibromialgia motivó que Jerome Groopman, un profesor de medicina de la Universidad de Harvard, escribiera un artículo en la revista New Yorker en el que señalaba que existían seis millones de estadounidenses (la mayoría mujeres) con este trastorno de causa desconocida y que parecía ser un fenómeno similar a la epidemia de neurastenia del siglo XIX.
La historia de la fibromialgia constituye otro trágico ejemplo de la tendencia epidémica que presentan los trastornos psicosomáticos cuando son erróneamente diagnosticados y, por consiguiente, inevitablemente mal gestionados.
3. El síndrome del túnel carpiano
El síndrome del túnel carpiano (STC) se puso de moda en los años ochenta. Es otra manifestación del SMT que ha sido muy mal interpretada por la medicina, con predecibles resultados. Los pacientes experimentan una variedad de síntomas en las manos que son el resultado de una disfunción del nervio mediano en la muñeca. Esta disfunción puede verificarse mediante pruebas eléctricas, de manera que no existe ninguna duda sobre la razón de los síntomas. Lo que está en duda (aunque la comunidad médica no lo admite) es qué está irritando al nervio. El diagnóstico comúnmente aceptado es que el nervio sufre una compresión al pasar bajo un ligamento de la muñeca, y el tratamiento recomendado consiste en inyectar esteroides bajo el ligamento o cortarlo, lo cual a veces produce un alivio de los síntomas. Sin embargo, un estudio publicado en la revista Muscle and Nerve (Músculo y nervio) señala que la función nerviosa regresa demasiado rápido después de haber cortado el ligamento para poder echarle la culpa del trastorno a la compresión, y que es más probable que una isquemia local (flujo reducido de sangre) sea la responsable de los síntomas. Como la isquemia es la que causa los síntomas del SMT, los resultados respaldan la idea de que el síndrome del túnel carpiano sea una manifestación de éste.
Es muy significativo que la rápida propagación del síndrome del túnel carpiano haya coincidido con el espectacular crecimiento de la industria informática. Lo que fomentó la divulgación del STC fue la creencia de que el problema era causado por el hecho de trabajar continuamente con un teclado de ordenador y que el STC era una de esas «lesiones por estrés repetitivo». Desde esos primeros tiempos, legiones de empleados de oficina y de personas con ocupaciones que requieren una variedad de tareas repetitivas han desarrollado este trastorno, de manera que hoy en día, al igual que el dolor crónico y la llamada fibromialgia, constituye un problema de salud pública de primera magnitud. A las personas con STC les resulta muy difícil aceptar que se trate de un trastorno mente-cuerpo incluso cuando se usa este término, más benigno, en lugar de la palabra psicosomático.
Es bastante increíble que yo no haya podido encontrar en la literatura médica ni una sola mención que ponga en duda los motivos de estas epidemias. Y uno nunca obtiene una respuesta satisfactoria cuando pregunta: «¿Cómo es posible que los millones de hombres y mujeres que han usado máquinas de escribir desde el comienzo del siglo XX nunca hayan desarrollado síndrome del túnel carpiano?». De nuevo, la medicina carga con la responsabilidad de estas epidemias por dos razones. Primero, por no haber realizado el diagnóstico correcto, y segundo, por haber atribuido la epidemia a causas estructurales y a otras igualmente dudosas. De este modo, la medicina ha contribuido a prolongar y a agudizar los síntomas. Esto es importante porque respalda la estrategia de la mente, que consiste en distraer la atención de aquello que está sucediendo en el inconsciente y centrarla en un síntoma corporal. Esta estrategia perpetúa los síntomas. La triste realidad es que la mayoría de la gente que padece dolor crónico, fibromialgia o STC no acepta un diagnóstico psicosomático.
Otros trastornos mediados por el sistema autónomo-péptido
Además de las tres dolencias mencionadas, existen numerosos trastornos que son producidos por el mismo sistema mente-cuerpo, el sistema autónomo-péptido. Estos trastornos comparten la misma génesis y cumplen idéntica función psicológica. Entre ellos están:
Los síndromes mente-cuerpo gastrointestinales
Los síntomas gastrointestinales del tracto superior o inferior continúan siendo manifestaciones psicosomáticas comunes. Son tratados con una variedad de medicamentos, a menudo con un éxito que, como he señalado, representa una victoria pírrica, ya que el cerebro simplemente busca otro lugar para crear los síntomas psicosomáticos.
Muchos médicos, incluyendo a los psiquiatras, se niegan ahora a creer que las úlceras sean psicosomáticas porque se ha descubierto la existencia de una bacteria en las personas que padecen úlcera péptica. Se asegura que los pacientes se curan mediante antibióticos. Éste es uno de los muchos ejemplos de la incapacidad de la medicina para encarar la realidad de la psicosomatosis. En mi opinión, la presencia de la bacteria en el estómago de algunos pacientes no es más que una parte del proceso.
De la misma forma, un estudio del American Journal of Gastroenterology atribuyó el síndrome de colon irritable a la presencia de una bacteria en el colon. Esta conclusión sería cómica si no fuese trágica porque, si esta idea gana aceptación entre los médicos y sus pacientes, habrá otro trastorno psicosomático más cuya verdadera causa será ignorada. Así, lo único que se conseguirá es tratar el síntoma y no la causa.
La cefalea tensional y el dolor de cabeza
No existe ninguna prueba de laboratorio que demuestre que la cefalea tensional y el dolor de cabeza sean psicosomáticos, pero la experiencia clínica al tratarlos como tales es impresionante. Ya en la década de los treinta y de los cuarenta, destacadas autoridades médicas publicaron numerosos estudios sobre la base psicológica de la migraña, y todos indicaban que ésta guarda relación con la ira reprimida. En su libro Medicina psicosomática (1950), Franz Alexander apuntaba que «la observación más notable es el repentino final del ataque inmediatamente después de que el paciente toma conciencia de su ira reprimida y la expresa con palabras groseras». Nótese la referencia de Alexander a la ira. Como veremos, la ira en el inconsciente es crucial para la comprensión de prácticamente todas las reacciones psicosomáticas.
El revolucionario trabajo de Alexander y sus colegas (véase el capítulo segundo) ha sido olvidado. Los pacientes que vienen a nuestra clínica nos dicen que el tratamiento que han recibido para el dolor de cabeza y la cefalea tensional ha consistido siempre en la ingestión de fármacos, otro ejemplo de la regresión de la medicina contemporánea.
Síndromes mente-cuerpo genitourinarios
La necesidad de orinar frecuentemente es psicosomática, excepto cuando está relacionada con la diabetes, con enfermedades renales, adrenales o cardíacas, con una infección de la vejiga o con un agrandamiento de la próstata. Se trata de algo muy común. Un historial cuidadoso revelará que en muchos casos la costumbre de levantarse para orinar durante la noche no se debe a una vejiga llena, sino a un tipo leve de insomnio. La persona es programada por el inconsciente para despertarse y tener ganas de orinar.
Existen casos documentados en la literatura médica que muestran que la prostatitis en los hombres jóvenes está relacionada con el estrés cuando no se debe a ninguna infección evidente.
La mayoría de las disfunciones sexuales a cualquier edad tiene un origen psicológico. Aunque es bien sabido que la libido disminuye con la edad, los factores emocionales pueden seguir siendo los responsables de las dificultades sexuales en los ancianos.
El tinitus y el vértigo
Ambos trastornos pueden indicar alguna enfermedad de los nervios o de los oídos, pero generalmente son benignos y psicosomáticos. Una vez experimenté un vértigo que duró sólo unas horas. Terminó cuando pude identificar el origen psicológico de este trastorno.
Trastornos atribuidos a la actividad del sistema inmune-péptido
Los trastornos descritos hasta ahora son los más comunes de un grupo muy grande, y todos ellos son activados por el sistema autónomo-péptido. Un segundo grupo de enfermedades está asociado con el sistema inmunológico. (De nuevo, incluyo el sistema de comunicación péptida a causa del papel que desempeña en la interacción entre el cerebro y el cuerpo.) No se sabe qué es lo que determina que el inconsciente elija tal o cual sistema o síntoma, pero eso no importa demasiado dado que el objetivo de todos los síntomas es el mismo –distraer a la mente consciente.
Con el sistema inmune-péptido, el trastorno puede ser producido tanto por una falta de reacción de la función inmune como por una reacción excesiva. Esta última causa:
– Fenómenos alérgicos (rinitis alérgica, conjuntivitis, sinusitis, asma...).
– Una gran cantidad de problemas dermatológicos (eccema, urticaria, angioedema, acné, psoriasis...).
Siempre surge la misma pregunta: «¿Acaso las reacciones alérgicas no son causadas por alérgenos, como el polen?». La respuesta es sí, pero estos alérgenos no son más que los desencadenantes del proceso. Son sustancias extrañas, y el sistema inmunológico está diseñado para repeler a los invasores. Sin embargo, no todo el mundo reacciona al polen. Si tu mente inconsciente hace que tu sistema inmunológico lo haga en exceso, se dice que el sistema es hiperactivo o hipersensible. Ambos términos indican una reacción alérgica. Esta excesiva sensibilidad del sistema inmunológico no es para protegerte de sustancias extrañas, sino para mantener tu atención centrada en el cuerpo.
La mente inconsciente también puede hacer lo contrario: reducir la eficacia del sistema inmunológico y aumentar la vulnerabilidad ante una infección. Esto también le sirve para desviar la atención de sí misma. Las infecciones recurrentes de cualquier tipo suelen ser una indicación de este proceso. Las infecciones deben ser tratadas «médicamente», pero continuarán produciéndose si no lo son psicológicamente. Es muy significativo que muchas de las personas con dolores producidos por el SMT que han participado en nuestro programa terapéutico nos hayan dicho que las alergias y las infecciones frecuentes desaparecieron al mismo tiempo que el dolor.
La mayor parte de la gente con SMT presenta un historial con uno o más de estos trastornos del sistema autónomo o del sistema inmunológico. De hecho, sería casi imposible encontrar a alguien que nunca haya experimentado uno o más síntomas mente-cuerpo. Uno se ve obligado a concluir que las reacciones psicosomáticas y, por lo tanto, las emociones que las causan son universales. Es importante reconocer que no son enfermedades, sino parte de la vida, parte de la condición humana. Esto quedará claro cuando describa más detalladamente la psicología de los trastornos mente-cuerpo en el capítulo tercero.
Trastornos producidos por el sistema neuroendocrino-péptido
Existe un medio más para transferir los trastornos mente-cuerpo desde la mente hasta el cuerpo. Se trata del sistema neuroendocrino-péptido que gobierna la distribución hormonal del cuerpo. Los trastornos asociados a él constituyen un pequeño pero específico grupo de trastornos que parece hallarse entre la esfera física y la psicológica en sus manifestaciones:
– La bulimia.
– La anorexia nerviosa.
– La neurastenia (hoy conocida como fatiga crónica).
Tanto el deseo de ingerir alimentos en exceso como la incapacidad de comer parecen apuntar hacia algún poderoso factor emocional, aunque no sería de extrañar que en el ambiente médico que reina hoy en día apareciese alguien con una explicación puramente física para ambos trastornos. La bulimia y la anorexia nerviosa son generalmente tratadas psiquiátricamente.
Con respecto a la neurastenia, un grupo de médicos que representaba a tres de los colegios reales de Gran Bretaña, estudió el problema y presentó un informe en 1996 que indicaba que los factores psicológicos eran los más importantes en este trastorno y que el tratamiento más eficaz consistía en actividad física y psicoterapia. Existen evidencias anecdóticas (basadas en las numerosas cartas que he recibido) de que la lectura de mi libro Libérese del dolor de espalda ha curado a mucha gente con neurastenia. Esto es lógico, dado que la psicología subyacente es la misma en este trastorno que en el SMT.
Un estudio publicado en el New England Journal of Medicine en 1993 titulado «Interacciones neuroendocrino-inmunes» concluyó con esta afirmación: «La influencia del sistema nervioso central sobre el sistema inmunológico está bien documentada y proporciona un mecanismo mediante el cual los estados emocionales pueden influenciar el curso de dolencias relacionadas con la función inmune. El hecho de que los factores emocionales puedan afectar al desarrollo de enfermedades autoinmunes, del cáncer y de las infecciones en los humanos es un tema que está siendo intensamente investigado y que hasta la fecha no ha sido resuelto satisfactoriamente».
Este estudio abordaba la influencia de la red neuroendocrina sobre el sistema inmunológico y por lo tanto es relevante para los procesos alérgicos e infecciosos mencionados antes, así como para el amplio campo de las enfermedades autoinmunes y el cáncer. Lo menciono porque es probable que la red neuroendocrina también sea responsable de la bulimia, la anorexia nerviosa y la neurastenia. Una vez más, la red péptida proporciona el mecanismo mediante el cual los estados emocionales pueden producir estados físicos.
La bulimia, la anorexia nerviosa y la neurastenia son los equivalentes casi físicos del SMT. La experiencia indica que la ansiedad, la depresión y el trastorno obsesivo-compulsivo (TOC), todos trastornos puramente emocionales, también son equivalentes del SMT.
Volviendo al imperativo del síntoma mencionado antes, he observado que algunos pacientes, después de haberse librado del dolor gracias a alguna terapia química o a un placebo, se ponían ansiosos o se deprimen en lugar de desarrollar otro síntoma físico. Pero cuando estos síntomas emocionales mejoraban gracias a un tratamiento con antidepresivos o tranquilizantes, ¡el dolor regresaba! Otros pacientes que mostraban los síntomas del SMT y del TOC simultáneamente se libraban de ambos al participar en el programa terapéutico del SMT.
La conclusión es inevitable: la psicología que se encuentra detrás de los trastornos tanto afectivos como físicos es la misma, y la gente cuyo dolor es sustituido por ansiedad o depresión también está experimentando el imperativo del síntoma. Ésta es una afirmación atrevida porque supone expresar una opinión sobre el origen de la ansiedad y la depresión, trastornos que pertenecen al ámbito de la psicología y la psiquiatría. Sin embargo, se está sugiriendo que los estados afectivos, al igual que los síntomas psicosomáticos, también son reacciones ante poderosas emociones que residen en el inconsciente y que amenazan con acceder a la conciencia; por consiguiente, la buena medicina requiere que estas emociones inconscientes sean reconocidas y encaradas. Tratar la ansiedad o la depresión con medicamentos y sin recurrir a una psicoterapia profunda es simplemente mala medicina, y puede ser incluso peligroso si el imperativo del síntoma lleva a un trastorno grave, como una de las muchas enfermedades autoinmunes o el cáncer. Éstas no son conclusiones caprichosas basadas en conjeturas, sino que provienen de una experiencia clínica irrefutable.
Una palabra acerca de la red péptida: el científico que más ha contribuido a la comprensión de este sistema crucialmente importante y que de hecho ha escrito sobre «la bioquímica de las emociones» es la doctora Candace Pert. Ella ha descrito su trabajo en el libro Molecules of Emotions (Moléculas de las Emociones), una obra que debería ser leída por todos los profesionales interesados en cómo las emociones producen síntomas físicos. La red péptida explica la parte física del proceso psicosomático, pero también el efecto placebo, es decir, cómo la fe ciega puede llevar a una mejoría de los síntomas. Ya he señalado que el efecto placebo puede ser peligroso debido al imperativo del síntoma, pero tratar éste en lugar de la causa es en todo caso mala medicina porque casi siempre es algo transitorio, lleve o no a un síntoma sustituto. Los placebos pueden tomar muchas formas: la cirugía, una variedad de tratamientos físicos o los fármacos. Si el arquitecto celestial aboliese de repente el efecto placebo en los humanos, habría un caos económico, sobre todo en los Estados Unidos, porque una buena parte del tratamiento médico actual le debe su éxito al fenómeno placebo.
El estado actual de la medicina mente-cuerpo
En vista de nuestro éxito con el tratamiento de los trastornos dolorosos, a mis colegas y a mí nos preguntan a menudo por qué no hay más médicos y pacientes que acepten estas teorías. Es una buena pregunta, y no es fácil responderla. Existen muchas razones y algunas de ellas son bastante sutiles.
Por qué la mayoría de la gente no puede aceptar la idea
de los trastornos mente-cuerpo
La experiencia indica que en los Estados Unidos únicamente entre un 10 y un 20% de la gente con trastornos psicosomáticos es capaz de aceptar el hecho de que sus síntomas tengan un origen emocional. Muchos se muestran claramente hostiles ante esa idea. Aunque hay bastante gente que acude al psiquiatra o al psicólogo, no es más que una pequeña parte de la población. Para la gran mayoría, hay un estigma asociado a los trastornos relacionados con la psicología. A uno le vienen a la mente palabras negativas como loco, chiflado, trastornado o anormal. El hecho de que un psicólogo o un psiquiatra te diga que «todo está en tu cabeza» es casi insultante, como si quisiera proclamar que no eres normal o que los síntomas están en tu imaginación. Esto es algo deplorable ya que los síntomas son muy reales, son el producto de un proceso totalmente físico.
Otro factor que afecta negativamente a la medicina mente-cuerpo es que, al igual que el estigma asociado injustamente a los pacientes de cáncer y de tuberculosis en los inicios del siglo XX, existe una vergüenza relacionada con la idea de que uno pueda padecer síntomas psicológicamente inducidos. Esto persiste en muchos círculos pese al hecho de que los jóvenes de hoy aceptan mejor la necesidad de ayuda psicológica que las generaciones anteriores.
El estrés es otro asunto. La mayoría de la gente acepta sin problema la idea del estrés porque la encuentra menos amenazadora. Cree que el estrés proviene de «factores externos» que te están afectando, así que no implica ningún fallo personal. Una buena parte de las investigaciones de psicología realizadas en la actualidad están relacionadas con los efectos del estrés sobre la salud y la enfermedad. Por ejemplo, ¿en qué medida hace empeorar una enfermedad como la diabetes? O ¿cómo una enfermedad como la diabetes puede producir estrés en la vida de una persona? Éstas son investigaciones dignas de elogio, pero no abordan el tema más crucial –el inconsciente, el lugar donde comienzan los trastornos mente-cuerpo.
Una gran parte del escepticismo mostrado por los pacientes respecto a la terapia psicosomática está respaldado por la profesión médica, incluyendo buena parte de la comunidad psiquiátrica. La gente prefiere un diagnóstico que signifique una mejoría rápida: una inyección, un medicamento, un tratamiento, incluso una cirugía. Muchos pacientes sólo acuden a mí después de haber probado todas las alternativas anteriores.
Por qué la profesión médica ignora las teorías mente-cuerpo
Desde el comienzo de la segunda mitad del siglo XX las especialidades médicas se han ido alejando de la idea de que el cerebro pueda producir alteraciones físicas en el cuerpo y de que existan los trastornos psicosomáticos. Algunos especialistas, como los traumatólogos, los neurocirujanos, los neurólogos y los fisioterapeutas, se oponen vehementemente a esta idea, sin duda porque contradice su creencia en que las anormalidades estructurales son las responsables de todos los síntomas observados. Sus diagnósticos están basados en los métodos terapéuticos que emplean. Por lo tanto, son muy reacios a considerar otro diagnóstico, sobre todo uno que sea psicosomático. Los médicos de atención primaria, que normalmente no se consideran capacitados para tratar casos de dolor crónico o con síntomas neurológicos, suelen recomendarles a sus pacientes que acudan a un «especialista» –justamente esos traumatólogos, neurólogos y fisioterapeutas que han rechazado la validez de los diagnósticos psicosomáticos–. Si estos médicos supiesen que esos casos son psicosomáticos, podrían decidir encargarse ellos mismos de tratar a sus pacientes.
Los síntomas psicosomáticos que afectan a otros sistemas (gastrointestinal, genitourinario, dermatológico...) suelen ser tratados con medicación, dieta, etcétera. En la actualidad, los médicos de cualquier especialidad parecen constitucionalmente incapaces de atribuir los síntomas físicos a algún tipo de proceso emocional. Esto representa un cambio dramático respecto a las prácticas y actitudes médicas de la primera mitad del siglo XX. El legendario sir William Osler comentó una vez que uno tenía más posibilidades de aprender algo sobre la tuberculosis viendo lo que sucedía en el interior de la cabeza del paciente que observándole el pecho. ¿Qué ha ocurrido?
Primero, una triste paradoja. En los últimos cincuenta años las investigaciones médicas se han orientado más hacia el laboratorio. Este cambio ha producido sin duda algunos resultados impresionantes. Pero la biología humana no es un asunto exclusivamente mecánico, y existen límites a lo que el laboratorio puede estudiar con precisión. Los estudios de laboratorio de las enfermedades infecciosas han sido espléndidos –se trata de algo bastante simple–. Sin embargo, estos éxitos han hecho que no se le prestara atención a la influencia de las emociones. Y como consecuencia, la investigación médica ha fracasado completamente en muchas áreas. Las pruebas de esto se encuentran por todas partes. Los problemas de dolor se han convertido en una epidemia. Los trastornos gastrointestinales, dermatológicos y alérgicos son cada vez más comunes, y todo porque, contrariamente a lo que cree la clase médica, las causas de estos trastornos no pueden ser identificadas en el laboratorio. Y, paradójicamente, nuevos y maravillosos instrumentos, como la resonancia magnética, a menudo contribuyen a errores de diagnóstico cuando los médicos malinterpretan la importancia de determinados hallazgos. Los métodos de laboratorio pueden ser impecables pero no sirven para nada si la interpretación de sus hallazgos es incorrecta.
El fracaso de la ciencia médica para detener la oleada de trastornos de dolor crónico es de por sí un gran problema, pero hay también un fracaso en un ámbito aún más crucial. En la literatura médica existen abundantes pruebas anecdóticas de la influencia de los factores psicológicos en enfermedades graves (autoinmunes, cardiovasculares y cáncer). Sin embargo, la ciencia médica le ha prestado muy poca atención a estas pruebas, y los institutos nacionales de salud han mostrado una flagrante indiferencia al respecto. Para decirlo con claridad, en estas enfermedades, los factores emocionales deberían ser estudiados como agentes de riesgo, y no lo son.
Otra tendencia de la ciencia médica contemporánea es su preocupación por el estudio de la anatomía, la fisiología y la estructura química del cerebro, a expensas del estudio de la relación dinámica entre la mente y el cuerpo. La neurociencia puede ser enormemente importante pero lo que se aprende respecto al cerebro físico puede ser perjudicial o irrelevante para la medicina clínica. Un ejemplo es la tendencia casi universal a tratar la depresión con fármacos como si ésta fuese el producto de alteraciones químicas, cuando de hecho su motivo es un conflicto psicológico inconsciente, y el cambio químico no es más que el mecanismo que produce el síntoma de la depresión. El hecho de tratarla únicamente con medicamentos, sin psicoterapia, no es sólo mala medicina sino que además es peligroso. El imperativo del síntoma nos dice que eliminar éste mediante el uso de un placebo o de un antidepresivo no hará más que crear otro síntoma, que puede estar relacionado con algo más grave, como el cáncer.
Así pues, los hallazgos de la neurociencia pueden ser totalmente irrelevantes para algunas áreas de la medicina clínica. Por ejemplo, el hecho de que una tomografía por emisión de positrones sea capaz de identificar las zonas del cerebro que se activan cuando una persona está enfadada no nos ayuda a determinar el origen de esa rabia, sobre todo si hay procesos inconscientes implicados. Estos hallazgos son extremadamente interesantes pero poco útiles si uno está intentando ayudar a un paciente a resolver un problema de comportamiento. Esa ayuda sólo puede provenir de un laborioso proceso de análisis psicológico realizado por un profesional competente. Cuando estoy trabajando con un paciente que padece un dolor producido por la ira reprimida, no sirve de nada saber qué zonas del cerebro están implicadas en ese proceso. Tengo que ayudar al paciente a comprender los orígenes de la ira. La experiencia ha demostrado que normalmente esa comprensión lo va a «curar». Este interesante proceso será explicado en el capítulo cuarto.
La neurociencia es una de las especialidades más fascinantes y con más glamour de la medicina de investigación actual. Esto se debe en cierta medida al interés mostrado por gente como Gerald M. Edelman y el ya fallecido Francis Crick, ambos ganadores del premio Nobel en otras especialidades. Sus estudios respecto a los «correlatos neurales de la conciencia» son enormemente interesantes, tanto como lo pueden ser las investigaciones realizadas por astrofísicos y cosmólogos, pero tienen poca relevancia para la medicina clínica, especialmente cuando están implicadas las emociones.
Un artículo en la edición de mayo del 2004 de la revista Natural History ilustra claramente las limitaciones de los hallazgos de laboratorio. El autor, Robert M. Sapolsky, profesor de biología y neurología, citaba un estudio publicado en la revista Science que consideraba extremadamente importante. Los investigadores siguieron a un grupo de niños de Nueva Zelanda desde los tres años hasta la edad adulta, identificando la incidencia de la depresión y comprobando que una proporción del grupo estudiado poseía un gen regulador de la serotonina conocido como 5-HTT. El papel de la serotonina en la depresión es bien conocido debido al extendido uso de medicamentos como el Prozac. Los investigadores correlacionaron la incidencia de dos variantes del gen 5-HTT con la depresión y encontraron que el hecho de heredar estos genes solamente aumentaba el riesgo de sufrirla. El gen «malo» no producía depresión en las personas que no habían padecido grandes tensiones y estrés. El autor concluía afirmando que «todos tenemos la responsabilidad de crear entornos que interactúen de manera benéfica con nuestros genes».
Otro aspecto de este problema fue señalado por Stephen J. Gould, quien escribió en Natural History: «Un desafortunado pero infelizmente común estereotipo sobre la ciencia divide a la profesión en dos ámbitos de distinto estatus. Por un lado tenemos las ciencias ‘‘duras’’ o físicas que se ocupan de la experimentación y la predicción, y que funcionan con precisión numérica. Por otro lado, las ciencias ‘‘blandas’’, que se encargan de los complejos asuntos de la historia, deben suplir estas virtudes con una ‘‘mera’’ descripción sin números sólidos, y esto en un mundo confuso en que, en el mejor de los casos, tenemos la esperanza de explicar lo que no podemos predecir. La historia de la vida encarna todo el desorden de este segundo e infravalorado tipo de ciencia».
Justo cuando este libro estaba siendo preparado para su publicación, en la edición de septiembre del 2005 de Proceedings of the National Academy of Sciences, apareció un estudio médico muy importante. Un equipo de investigadores de la Universidad de Wisconsin fue capaz de relacionar las zonas del cerebro implicadas en las emociones con un proceso inflamatorio que causa síntomas de asma. Como he mantenido que el asma es un trastorno mente-cuerpo, y un equivalente del SMT, ésta es una prueba importante de que las emociones pueden ser un factor crucial en la producción de trastornos mente-cuerpo. Pretendo comenzar un estudio similar, ya que es altamente probable que los cerebros de las personas con SMT presenten el mismo tipo de cambios.
La neurociencia puede desempeñar un importante papel en identificar cómo funcionan los procesos mente-cuerpo. Si las emociones inconscientes pudiesen ser identificadas y medidas de manera objetiva, contaríamos finalmente con lo que serían considerados datos fidedignos para respaldar nuestras observaciones clínicas.
El mundo de la mente inconsciente, como la historia de la vida, no puede ser estudiado exclusivamente por las ciencias duras. ¿Cómo puede uno identificar y cuantificar objetivamente los rasgos de la personalidad y las emociones que residen, por decirlo de alguna manera, en el inconsciente? La idea de que poderosas emociones inconscientes son las responsables de los trastornos mente-cuerpo está basada en el historial médico, en el conocimiento de la psique, en exámenes físicos, en deducciones lógicas y en experimentaciones terapéuticas. El éxito en el tratamiento le otorga validez al diagnóstico si uno está seguro de que no existe ningún efecto placebo.
En lugar de ocuparse de esta caótica realidad, la ciencia médica contemporánea simplemente ha descartado todo el concepto de la medicina mente-cuerpo. Prefiere ocuparse de realidades mecánicas, mensurables y químicas antes que de los abstrusos fenómenos de la psicología. No quiere saber que son las emociones las que controlan las manifestaciones químicas y físicas que han identificado, y tiene la peligrosa idea de que el hecho de tratar la parte química va a corregir el trastorno. Este tratamiento puede en efecto modificar los síntomas, pero eso no es lo mismo que curar el trastorno.
Además, uno tiene que hacer una distinción entre la investigación médica y la medicina clínica. Ambas disciplinas no están correlacionadas necesariamente. La investigación médica, sea cual sea su objeto de estudio, funciona según ciertas reglas. Por otro lado, la medicina clínica suele ser menos objetiva y sigue tendencias terapéuticas y de diagnóstico, pese a la falta de evidencias que confirmen su validez.
Aunque los médicos deberían dar ejemplo de buen juicio y objetividad, a menudo son víctimas de los mismos prejuicios y de la misma ignorancia que tienen los legos sobre asuntos relacionados con la psicología. El grado de su ingenuidad psicológica, incluyendo el conocimiento inadecuado de su propia psique, es sorprendente, y produce un cierto miedo.
Las consecuencias de este fracaso médico han sido catastróficas. Ha contribuido a producir las enormes epidemias descritas anteriormente y ha fomentado otras menores que antes casi no existían, como el latigazo cervical, el dolor de rodilla, el dolor de pie y el dolor de hombros. Se han desarrollado nuevas y costosas prácticas terapéuticas e industrias para tratar estos trastornos, haciendo improbable que se produzca un cambio hacia posiciones más ilustradas en el futuro próximo.
Quiero dejar claro que conozco bastantes médicos que se preocupan mucho por sus pacientes y realizan un trabajo maravilloso, incluyendo los cirujanos. Son las estrellas del firmamento médico. Pero, debido al clima imperante en la medicina actual, la mayoría de ellos no puede hacer ni hará un diagnóstico psicosomático. La medicina mente-cuerpo es un mundo aparte y cuenta con muy pocos profesionales.
La psiquiatría y la medicina psicosomática
Como señalé antes, la psiquiatría oficial no ha aceptado a la medicina psicosomática desde hace muchos años. El propio término psicosomático ha sido eliminado del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, Fourth Edition (DSM) (Manual de diagnóstico y estadística de los trastornos mentales) y sustituido por el término somatoforme. Es informativa la forma como el DSM trata este asunto. El párrafo introductorio define somatoforme de la manera siguiente:
Las características esenciales de este grupo de trastornos son síntomas físicos indicativos de algún trastorno físico (de ahí la palabra somatoforme) para el cual no existe ningún hallazgo orgánico ni ningún mecanismo fisiológico conocido, pero sí claras evidencias, o una fuerte presunción, de que los síntomas estén relacionados con factores o conflictos psicológicos. A diferencia de los trastornos ficticios o de los fingimientos, la producción de síntomas en los trastornos somatoformes no es intencional, es decir, la persona no siente que controla su producción. Aunque los síntomas de los trastornos somatoformes son «físicos», los específicos procesos patofisiológicos implicados no son comprensibles o demostrables mediante los existentes procedimientos de laboratorio y son conceptualizados mediante construcciones psicológicas. Por esta razón son clasificados como trastornos mentales.
Lo que es particularmente perturbador de este párrafo es que lo que afirma puede aplicarse muy bien a los síntomas histéricos, pero no a los trastornos psicosomáticos. Dos fragmentos son especialmente importantes: «síntomas físicos indicativos de algún trastorno físico (de ahí la palabra somatoforme) para el cual no existe ningún hallazgo orgánico ni ningún mecanismo fisiológico conocido» y «los específicos procesos patofisiológicos implicados no son comprensibles o demostrables mediante los existentes procedimientos de laboratorio» (la cursiva es mía).
Estas dos afirmaciones nos llevan a la esencia del problema porque representan una opinión de la comunidad psiquiátrica y no una teoría científica. Para decirlo claramente, las opiniones de la psiquiatría respecto a la existencia o la inexistencia de los trastornos psicosomáticos son irrelevantes. Los psiquiatras no poseen los conocimientos necesarios en el campo de los trastornos físicos para poder opinar sobre si un determinado conjunto de síntomas representa un trastorno producido estructuralmente o uno psicosomático. La gente con síntomas físicos como el dolor de espalda o el reflujo gastroesofágico no va al psiquiatra. De modo que uno no alcanza a comprender cómo los que han escrito el DSM se han otorgado la prerrogativa de decidir que los trastornos psicosomáticos no existen, como lo han hecho en las últimas ediciones de esta obra de referencia tan consultada. Tiene tan poco sentido como que los dermatólogos decidieran arbitrariamente emitir opiniones sobre los trastornos neurológicos.
Respecto a la frase del manual que hace referencia a «los hallazgos orgánicos demostrables», Freud, en un año tan lejano como 1888, trabajando con pacientes con reumatismo muscular (hoy conocido como SMT), demostró la presencia de dolor a la palpación (examen médico mediante el tacto), lo cual es sin duda un hallazgo orgánico. El trastorno es claramente un proceso mente-cuerpo, con muchos signos físicos demostrables. Los escritores del manual han pasado por alto o simplemente han decidido ignorar las pruebas de la existencia de trastornos como el SMT y de los comunes trastornos gastrointestinales y alérgicos descritos en este libro.
Históricamente, ha habido muy pocas personas cualificadas para juzgar si un trastorno es o no psicosomático, y algunas de las mejores entre ellas nunca han sido conscientes de la existencia del más común de estos trastornos, los síndromes de dolor. Como veremos en el capítulo segundo, Sigmund Freud describió el SMT pero concluyó que se trataba de algo «orgánico». Alfred Adler no profundizó en el tema pero afirmó que muchos síntomas físicos eran producidos por el cerebro. Quizá el mejor estudio sobre este tema fue «Dolor regional psicogénico alias dolor histérico», realizado por el doctor Allan Walters, un respetado neuropsiquiatra canadiense, y publicado en la revista Brain en 1961. Walters describió a pacientes con un dolor de origen claramente emocional, pero que no eran histéricos en el sentido que en ese tiempo se daba a dicha palabra. Parece que estaba describiendo lo que hoy llamamos SMT.
Por lo visto, la psiquiatría moderna ha retrocedido al siglo XIX, cuando la visión predominante sobre los trastornos mentales consistía en creer que éstos eran hereditarios o debidos a una enfermedad del cerebro. Freud todavía no había introducido la idea de que el factor más importante en las enfermedades mentales era la psicología y no la fisiología. No obstante, la visión convencional estaba tan arraigada que incluso a Freud le costó refutarla. Hoy en día, a pesar de las pruebas que demuestran lo contrario, la psiquiatría moderna cree que la psique no produce estados emocionales como la ansiedad y la depresión, y prefiere verlos como fenómenos causados químicamente –de nuevo de vuelta a la vieja fisiología del siglo XIX, aunque bajo una forma más sofisticada–. Uno no puede sino sospechar que una gran parte de todo esto es simplemente un repudio hacia Freud, un repudio que puede ser peligroso y corto de vista. Es verdad que puede haberse equivocado en algunos detalles, pero sus ideas básicas sobre el funcionamiento y la importancia del inconsciente son válidas. Mi experiencia con el SMT me lo ha dejado más claro que el agua.
En 1895, Josef Breuer y Sigmund Freud publicaron Estudios sobre la histeria. El hecho de mencionar dos de los casos que Freud describió constituye un buen puente entre este capítulo y el próximo, porque ambos casos recapitulan algunos de los temas ya tocados, incluyendo la descripción que Freud hace de lo que hoy en día llamamos SMT, su incapacidad para reconocer lo que describe como algo psicosomático, el acaecimiento de una variedad de síntomas psicogénicos en uno de los dos casos y sus pioneras teorías (y de Breuer) sobre el inconsciente. Examinaremos estos casos con más detalle en el capítulo segundo.
Emmy von N y Elisabeth von R
La señora Emmy von N era una mujer de cuarenta y pocos años que ilustra una idea sugerida anteriormente: el hecho de que una misma psicología pueda dar lugar a una variedad de síntomas psicogénicos. En primer lugar, presentaba síntomas emocionales como ansiedad, fobias, comportamientos compulsivos y alucinaciones. Pero también tenía síntomas físicos. Algunos de ellos eran de tipo histérico, otros del tipo que vemos en los pacientes con SMT, lo que entonces era llamado reumatismo muscular, una manifestación psicosomática. De modo que esta mujer tenía tres de las categorías psicogénicas descritas anteriormente.
La señorita Elisabeth von R contaba veinticuatro años cuando Freud la vio por primera vez. Mostraba síntomas que correspondían en su gran mayoría a la categoría del reumatismo muscular (SMT) y un historial muy parecido a los casos que atiendo en la actualidad. Esto es lo que Freud dijo sobre el reumatismo muscular:
Parece probable que en un comienzo estos dolores fueran reumáticos, es decir, para darle un significado preciso a esta palabra tantas veces mal empleada, eran de un tipo que reside principalmente en el músculo y que implica una gran sensibilidad a la presión; el dolor es especialmente agudo después de un largo período de reposo e inmovilización de la extremidad (es decir, por las mañanas), mejora al realizar los movimientos problemáticos y puede desaparecer después de un masaje. Estos dolores miogénicos, que son extremadamente comunes, adquieren una gran importancia en los neurópatas. Ellos mismos consideran que sus síntomas son nerviosos y en esto son alentados por sus médicos, que no están habituados a examinar los músculos aplicando presión con los dedos. Estos dolores proporcionan el material para innumerables neuralgias y las llamadas ciáticas, etcétera.
Ésta es una breve pero notable descripción de una de las muchas pautas de dolor de las personas con SMT. Mis colegas y yo hemos visto literalmente miles de ellas. Freud tenía una capacidad de observación incomparable. Es interesante señalar que aunque atribuye todos los síntomas al músculo, menciona las neuralgias y las ciáticas en sus descripciones. Ambos trastornos son manifestaciones nerviosas del SMT. Los que hayan leído mis libros sobre este síndrome reconocerán esta descripción. La pena es que él no se diera cuenta de que la psique es la que inicia el proceso. En este caso, habría hecho bien en hacerle caso a los médicos de los pacientes, los cuales decían que los síntomas eran «nerviosos». A Freud le engañó la naturaleza física de los síntomas, el dolor a la presión con el dedo, que se trata de uno de los sellos distintivos del SMT.
La opinión de Freud era que el proceso era «orgánico» –es decir, que se originaba en el cuerpo y no en la mente– porque el examen presentaba hallazgos físicos. Su opinión estaba plenamente justificada por la neurociencia de la época. Además, creía que la psique simplemente usaba los síntomas para algún propósito neurótico. Creo que habría acabado descubriendo la verdad si hubiese continuado estudiando las manifestaciones físicas, pero comenzó a interesarse por las neurosis y tuvo muy poco que decir sobre los síntomas físicos durante el resto de su carrera.
El principio de la equivalencia emocional y física funciona de manera distinta en la actualidad de como lo hacía en tiempos de Freud. Casos como el de la señora Emmy von N son poco frecuentes hoy en día, porque los síntomas histéricos son raros, aunque vi uno recientemente. La paciente era una joven veinteañera que decía sentir como si su pierna se hundiese en el suelo cuando caminaba. Una de las características de un síntoma histérico es su irrealidad, claramente ilustrada por el caso de esta joven. Generalmente, la gente hoy en día suele tener o bien un síntoma físico o bien uno afectivo –es decir, o bien el SMT (o uno de sus equivalentes) o bien manifestaciones emocionales como ansiedad, depresión, obsesiones o fobias–. La profesión médica reconoce la base psicológica de las manifestaciones emocionales pero no la de las físicas. Las pautas predominantes dependen de lo que esté de moda. Los síntomas histéricos no lo están; el SMT, con todas sus variantes (dolor en la zona lumbar, ciática, dolor en los hombros y en el cuello, «fibromialgia», «síndrome del túnel carpiano», dolor en la rodilla, dolor en la cadera, etcétera) está muy de moda. Los síntomas gastrointestinales también lo están. Es menos común, pero un paciente puede tener síntomas físicos y emocionales de forma simultánea. Tuve uno así recientemente. El joven vino a mi consulta con un historial de intenso dolor de espalda durante los dos últimos años. Le fue bien con mi programa de tratamiento y quedó libre de dolor en alrededor de tres semanas. Al poco tiempo, comenzó a sentir ansiedad y sus antiguos problemas gastrointestinales regresaron. El imperativo del síntoma estaba actuando. La presencia de dos manifestaciones psicogénicas indicaba claramente la necesidad de psicoterapia. La gravedad de un síntoma, emocional o físico, o la existencia de dos o más al mismo tiempo es una indicación del poder del inconsciente conflicto interior. Y enfermedades más graves como los trastornos autoinmunes, cardiovasculares o neoplásicos indican la existencia de fenómenos reprimidos más profundos.
En nuestra opinión, todos los síntomas de la señora Emmy y la señorita Elisabeth, afectivos o físicos, histéricos o psicosomáticos, cumplen una misma función: ser una defensa contra las poderosas emociones inconscientes que luchan por acceder a la conciencia o que han sido reprimidas a causa de su dolorosa naturaleza emocional.
2
Una breve historia
de la medicina psicosomática
La medicina psicosomática es un fantasma, un conjunto de ideas sin cuerpo. Nadie la ha practicado nunca porque su definición y su alcance nunca han quedado claramente establecidos. Espero que este libro ayude a remediar esta situación y deje claro que casi todos los trastornos de dolor más comunes son psicosomáticos (trastornos que han afectado a millones de personas a lo largo de los años). Esta afirmación va a ser rebatida por casi todos los médicos y psiquiatras de la actualidad, pero creo que incluso una breve ojeada a la historia de este tema va a servir para resolver la cuestión.
Las principales figuras de la historia de la psicosomatosis son Jean-Martin Charcot, Josef Breuer, Sigmund Freud, Franz Alexander y Allan Walters. Todos contribuyeron de alguna forma al tema básico. Todos hicieron observaciones que ayudaron a explicar los fenómenos psicosomáticos. La contribución más importante fue la de Freud, ya que sin su teoría del inconsciente sería imposible comprender los síntomas físicos producidos emocionalmente.
Charcot
La historia de la psicosomatosis comienza con Jean-Martin Charcot, el legendario médico francés de la segunda mitad del siglo XIX que realizaba su trabajo en el hospital Salpetrière de París, en el que comenzó como interno alrededor del año 1856, y donde luego continuó estudiando y enseñando durante años como voluntario. Charcot ocupó la cátedra de Patología Anatómica y luego la de Neuropatología desde 1881 hasta su muerte en 1893.
Su interés principal durante los primeros años de su carrera fue la identificación sistemática de los trastornos neurológicos, pero cuando Freud fue a estudiar con él en octubre de 1885, Charcot se estaba dedicando exclusivamente a investigar las neurosis, en especial la histeria. Con su característica meticulosidad, Charcot comenzó a describir cuidadosamente las variadas manifestaciones de la histeria, y, gracias a sus esfuerzos, una condición clínica que era ridiculizada pasó a ser un diagnóstico establecido dentro de la clasificación de los trastornos neuropatológicos. Es muy posible que la gran atención pública que recibieron los síntomas histéricos, generada por el trabajo de Charcot, pueda haber contribuido a la elevada incidencia de estos trastornos en aquella época. Como ya hemos visto, los trastornos psicogénicos tienen tendencia a propagarse de forma epidémica cuando están de moda.
Charcot era un profesor brillante, y tuvo una influencia profunda en la carrera de Freud. Como consecuencia de los pocos meses que estudió con él, Freud tomó la importante decisión de concentrarse más en el estudio de la psicopatología que en el de la neuropatología. Esto quiere decir prestarle más atención al estudio de la mente que al del sistema nervioso. Con el paso del tiempo, este crucial cambio de dirección lo llevaría directamente a sus teorías sobre los procesos emocionales inconscientes que son tan fundamentales para la comprensión de la psicosomatosis.
Aunque Charcot es reverenciado por los neurólogos a causa de sus trabajos iniciales, creo que la historia lo recordará sobre todo por su influencia sobre Freud.
Breuer y Freud
El amigo de Freud, Josef Breuer, fue el padre del psicoanálisis. Su famosa experiencia clínica con «Anna O» entre 1880 y 1882 ha sido descrita por Peter Gay (1998) como «el caso que fundó el psicoanálisis». Cuando Freud regresó a Viena en 1886 (después de haber tomado la importante decisión de pasar de la neurología a la psicología), comenzó a trabajar estrechamente con Breuer y a tratar a los pacientes con histeria. Uno de los frutos de esta colaboración fue la publicación en 1895 del libro Estudios sobre la histeria. La amistad entre ellos dos continuó durante muchos años, con Freud como benefactor profesional, emocional e incluso financiero de su colega. Finalmente, la amistad terminó debido a diferencias teóricas entre ambos.
Lo que nos interesa aquí es lo que Breuer y Freud descubrieron sobre el inconsciente y sobre los síntomas físicos psicogénicos. Sus escritos durante este tiempo son importantes porque establecen una conexión clara entre los trastornos psicogénicos de entonces y los de hoy en día. Los síntomas que se debían tratar en la segunda mitad del siglo XIX eran principalmente histéricos, mientras que hoy son sobre todo psicosomáticos, pero la psicología que se halla detrás de ambos tipos es la misma. Además, es interesante e intrigante que Freud describiera brevemente lo que he identificado como Síndrome de Miositis Tensional (SMT). Freud era un excelente observador y es una pena que no se diera cuenta de que lo que estaba observando no era de naturaleza histérica sino psicosomática.
En tiempos de Freud, el tratamiento de los síntomas histéricos incluía lo que él denominaba métodos estesiogénicos, como la electricidad, la aplicación de metales (por ejemplo, brazaletes de cobre) y el empleo de irritantes de la piel o imanes. Los lectores actuales pueden sentir la tentación de adoptar una actitud condescendiente respecto a la tecnología de fines del siglo XIX, pero hay que mencionar que la medicina moderna tiene sus propios tratamientos eléctricos, como la estimulación nerviosa eléctrica transcutánea (ENET). Y los brazaletes de cobre y los imanes siguen estando de moda entre las personas que padecen dolor de espalda. Plus ça change, plus c’est la même chose.
Freud observó que los pacientes tratados con estos métodos parecían «curarse», pero poco después desarrollaban síntomas nuevos. Hizo algún comentario sobre el fenómeno de la sustitución de síntomas –lo que hemos llamado el imperativo del síntoma–, pero no comprendió su importancia psicológica.
Como el imperativo del síntoma es muy importante, voy a repetir los fundamentos en los que se basa. Si la psique ha producido un síntoma físico (como el dolor de espalda) o emocional (como una depresión), y éste experimenta un alivio transitorio sin que se aborde la dinámica emocional subyacente, la psique simplemente creará otro síntoma para tomar su lugar. Por ejemplo, si se usa la cirugía para aliviar un dolor de espalda debido al SMT, el resultado será sólo una «curación» de tipo placebo. De la misma forma, si se usa el Prozac para tratar la depresión, el resultado será sólo una «curación» de tipo químico. En ambos casos, el paciente no tardará en desarrollar nuevos síntomas. El SMT y la depresión no son trastornos en sí mismos; son síntomas de conflictos inconscientes y deben ser tratados con psicoterapia para evitar el inevitable regreso de otros nuevos. Ocasionalmente, incluso aquellos pacientes míos que experimentan un alivio de los síntomas gracias a mi programa cognitivo-conductista (véase el capítulo cuarto) presentan el imperativo del síntoma, en cuyo caso les recomiendo que inicien un tratamiento de psicoterapia.
Freud observó que un trauma físico a menudo producía síntomas histéricos, ya sea debido al miedo o «porque la parte del cuerpo afectada por el trauma se convierte en la sede de la histeria». El mismo fenómeno es comúnmente observado en los pacientes con SMT. A menudo, el «trauma» se ha producido hace mucho tiempo y se trata de algo bastante leve, como una caída en el hielo y el subsiguiente inicio del dolor en las nalgas muchos meses después. Más frecuentemente, los pacientes con SMT desarrollarán síntomas en conjunción con lo que podría llamarse trauma percibido, en que el dolor surge de repente mientras la persona está realizando alguna actividad física bastante inofensiva, como levantar una maleta del suelo o ejecutar un golpe con una raqueta de tenis. Se cree que la actividad es la causante del dolor, pese a que ésta no es más que un factor desencadenante del inicio del SMT psicosomático. Una gran parte de los síntomas que Freud denominó histéricos eran sin duda psicosomáticos.
Ejemplos actuales más sutiles del trauma percibido son el latigazo cervical y las lesiones por estrés repetitivo. He descrito ambos trastornos en el capítulo primero.
Aunque carecen de confirmación científica, síntomas variados han sido recientemente atribuidos a la «enfermedad de Lyme», un trastorno que posiblemente ni siquiera exista. Éste es otro ejemplo más de la incapacidad para reconocer la naturaleza psicosomática de los síntomas.
Freud observó otro ejemplo de la similitud clínica entre la histeria y los procesos psicosomáticos actuales –el hecho de que la histeria estuviese a menudo acompañada de la neurastenia, o de lo que hoy se conoce como fatiga crónica–. La misma combinación se da común y a menudo simultáneamente entre los pacientes de nuestra clínica.
La similitud entre los pacientes del siglo XIX con síntomas histéricos y los actuales con SMT es muy llamativa. Charcot, Breuer y Freud comprendían que estos trastornos se originaban en la psique. La medicina moderna, a causa de que ignora sus hallazgos, se encuentra perdida en una infructuosa búsqueda de explicaciones no psicogénicas, y de esta forma la epidemia continúa.
La mente consciente y la mente inconsciente
Hay una sección en Estudios sobre la histeria titulada «Ideas inconscientes e ideas inadmisibles para la conciencia - la escisión de la mente», que fue escrita por Breuer. Hoy en día sustituiríamos la palabra ideas por emociones, pero aparte de esta diferencia, la creencia de que los humanos poseemos dos mentes es muy importante para la comprensión del SMT. Está claro que somos dos personas muy diferentes –una de ellas consciente y la otra inconsciente.
¿Cómo pudieron Breuer y Freud ver esta mente dividida? En Estudios sobre la histeria el inconsciente es descrito como un lugar sombrío habitado por ideas que no tienen la fuerza suficiente para acceder a la conciencia, pero que, en las circunstancias adecuadas, podían ser rescatadas y traídas a la conciencia. (Freud más tarde asignaría este atributo a una parte de la mente que denominó el preconsciente, pero parece que en 1895 aún no había desarrollado esa idea.)
Sin embargo, a los dos hombres les desconcertaba el hecho de que una idea inconsciente, aunque no lo suficientemente intensa como para hacerse consciente, pudiese ser lo bastante fuerte como para producir una parálisis motora. ¿Cómo era posible que una débil idea pudiese tener efectos tan fuertes? Para responder a esto, sugirieron que el placer o el desagrado provocado por la idea –es decir, la naturaleza de su contenido emocional– podría determinar si ésta iba a poder o no acceder a la conciencia. Según ellos lo veían, una emoción podía dar lugar a una reacción física; por ejemplo, un hombre que, durante una comida, tiene una violenta reacción inconsciente ante algo comienza a vomitar. Más tarde, el hecho de comer le trae a la memoria el «recuerdo» inconsciente y vuelve a sentir náuseas. El análisis de este trastorno es descrito en una frase de gran interés: «Este recuerdo inició el vómito pero no apareció claramente en la conciencia, porque ahora no tenía emoción, mientras que el vómito absorbía completamente la atención» (la cursiva es mía).
La observación de que un síntoma físico pueda absorber la atención de la persona es muy importante. Se trata de uno de los conceptos fundamentales del proceso psicosomático, y mis colegas y yo lo hemos observado en miles de personas. Los síntomas físicos, sean del tipo de conversión histérica o psicosomáticos, pretenden distraer la atención de la persona de las emociones inconscientes, y evitar así que éstas accedan a la conciencia.
Un hecho fundamental en la comprensión de Freud es que los fenómenos psíquicos den lugar a una excitación (un término encontrado en todos sus escritos). Esta excitación es una especie de energía que produce síntomas de uno u otro tipo y que puede ser transferida, por razones psíquicas, de una esfera de actividad a otra. Los neurocientíficos modernos han descrito sistemas que indican una amplia interacción entre el cerebro y el cuerpo, lo cual explica cómo estos últimos se pueden influenciar mutuamente. Pero éste no es el motivo de los síntomas psicogénicos. Los síntomas psicogénicos pretenden ser distracciones protectoras.
Breuer y Freud se refieren a ideas inconscientes, y a las emociones asociadas a estas ideas, pero consideran que la importancia primordial la tienen las ideas y no las emociones. Afirman que algunas de las primeras son inadmisibles para la conciencia y por lo tanto patológicas.
Y entonces Breuer hace una afirmación muy importante: «Sostengo que la escisión de la actividad psíquica... está presente en un grado rudimentario en cada caso mayor de histeria y que la carga de tal disociación es el fenómeno básico de la neurosis». En otras palabras, la escisión mental entre consciente e inconsciente es neurótica.
Ésta es una idea muy importante, pero mis colegas y yo estamos en total desacuerdo con ella. Mi conclusión es que como todo el mundo experimenta síntomas psicosomáticos, la escisión de la mente es un rasgo humano universal, y no algo asociado exclusivamente a las neurosis. O, para decirlo de otra manera, todos somos «neuróticos». Por lo tanto, ser neurótico es algo normal.
Una cosa queda clara al leer Estudios sobre la histeria: Charcot, Breuer y Freud fueron los primeros en reconocer que el dolor podía ser psicogénico y que podía originarse en la mente. Hasta el día de hoy, esa idea sigue siendo rechazada por la medicina convencional, para perjuicio de millones de personas. Desde entonces, sólo Alfred Adler, Franz Alexander y Allan Walters, que basaron sus trabajos en observaciones clínicas, han llegado a la misma conclusión.
Breuer escribió: «Como las alucinaciones de dolor surgen con tanta facilidad en la histeria, debemos postular una excitabilidad anormal del sistema relacionado con las sensaciones de dolor». Ésta es la misma idea de dolor histérico sugerida en el capítulo primero, es decir, la idea de que el dolor se debe a un proceso exclusivamente intracerebral.
Al final del capítulo, examiné brevemente dos casos de Freud que aparecían en Estudios sobre la histeria. En su análisis de la señora Emmy von N y la señorita Elisabeth von R, Freud describió síntomas que nosotros clasificaríamos como característicos del síndrome de miositis tensional. Respecto a la primera, Freud dijo: «En primer lugar, me aventuraré a incluir los dolores entre los síntomas somáticos. [¡Bien!]. Por lo que puedo ver, una parte de los dolores de la señora Emmy von N fueron ciertamente determinados orgánicamente por las leves modificaciones (de tipo reumático) en músculos, tendones o fascias que les causan más dolor a los neuróticos que a la gente normal». El síndrome de miositis tensional presenta dolores en los músculos, nervios y tendones de la gente normal. No es «orgánico» sino claramente psicosomático.
Respecto a la señorita Elisabeth von R, Freud preguntó: «Por qué el dolor mental del paciente acabó siendo representado por dolores en la pierna y no en algún otro lugar? Las circunstancias indican que este dolor somático no fue creado [la cursiva es de Freud] por la neurosis sino únicamente usado, aumentado y alimentado por ella. Puedo agregar que he encontrado un estado similar de cosas en casi todos los casos de dolores histéricos que he visto y llegado a comprender. Siempre ha estado presente desde un comienzo un dolor genuino con bases orgánicas [la cursiva es mía]. Son los dolores humanos más comunes y que están más extendidos los que más a menudo parecen desempeñar un papel en los casos de histeria».
Éste es uno de los mayores errores de Freud en el campo de la medicina psicosomática. Creía que los dolores asociados a la histeria eran «orgánicos», y que el cerebro, que no había desempeñado ningún papel en producir los dolores, simplemente los usaba para sus propios propósitos neuróticos. Freud no se dio cuenta de que esos dolores fueron realmente producidos por el cerebro para cumplir una función de protección psicológica. Existe un mundo de diferencia entre estas dos teorías.
Más adelante volveremos a examinar el caso de la señorita Elisabeth y reinterpretaremos las conclusiones de Freud.
A pesar de sus errores, Breuer y Freud hicieron contribuciones fundamentales para la comprensión de los fenómenos psicogénicos:
– Descubrieron y exploraron el inconsciente, estableciendo así la idea de la mente dividida y del conflicto que existe entre la mente consciente, más inteligente, ética y moral, y la primitiva e infantil mente inconsciente.
– Se dieron cuenta de que los síntomas histéricos eran totalmente generados por el cerebro y que, pese a que eran experimentados por el cuerpo, este último no sufría ninguna alteración fisiológica.
– Fueron los primeros en describir lo que he llamado el imperativo del síntoma, la tendencia de los síntomas a desplazarse a otro lugar cuando han recibido un alivio legítimo o engañoso, como en el caso de un placebo.
– Fueron conscientes de la naturaleza exagerada de los síntomas psicogénicos físicos.
– Observaron el fenómeno clínico mediante el cual la psique a menudo elige localizar los síntomas en un lugar donde ya ha existido una lesión.
– Informaron sobre el hecho de que un paciente pueda tener simultáneamente más de un tipo de síntomas psicogénicos (por ejemplo, dolor histérico y neurastenia).
– Hicieron la importante observación de que los síntomas psicogénicos alcanzan su objetivo atrayendo totalmente la atención de la persona.
– Y lo que es más importante para la comprensión de los procesos psicogénicos físicos, Freud y Breuer comprendieron que la psique reprime las emociones indeseables. Desgraciadamente, no se dieron cuenta de que el propósito de la represión es evitar que las emociones problemáticas accedan a la conciencia.
– Junto a Charcot, fueron los primeros en ver que el dolor podía ser psicogénico. Se les escapó por un pelo el hecho de que pudiera ser psicosomático psicogénico.
Prácticamente toda la medicina moderna, incluyendo la mayor parte de la psiquiatría, se niega a reconocer que el cerebro tenga la capacidad de iniciar cambios físicos, químicos o neurales en el cuerpo. Pero Adler, Walters, Alexander y algunos de sus contemporáneos de la primera mitad del siglo XX estaban totalmente convencidos de que la mente tenía ese poder. Esta idea es esencial para la comprensión de los trastornos psicosomáticos.
Freud
Aunque los monumentales logros de Freud han sido objeto de todo tipo de críticas en los últimos años, yo suscribo plenamente la opinión de Jared Diamond (publicada en el número de febrero del 2001 de la revista Natural History): «Sólo hay dos científicos en los dos últimos siglos que puedan ser considerados insustituibles: Charles Darwin y Sigmund Freud». Para respaldar esta afirmación, Diamond continúa: «Para comenzar, Darwin y Freud fueron genios polifacéticos con muchos talentos en común. Ambos eran grandes observadores, con la capacidad de percibir en los fenómenos más corrientes una importancia que se les había escapado a casi todos los demás. Con una insaciable curiosidad y una permanente búsqueda de explicaciones, ambos hombres hicieron mucho más que descubrir nuevos hechos o resolver problemas bien acotados, como la estructura del ADN; sintetizaron conocimientos provenientes de una amplia gama de campos y crearon nuevas estructuras conceptuales que en gran parte siguen siendo aceptadas en la actualidad».
Es justo designar a Freud como el abuelo de la medicina psicosomática, ya que su genio nos dio a conocer el mundo del inconsciente, una inestimable contribución a la ciencia médica. Los procesos psicosomáticos comienzan en el inconsciente, y las emociones inconscientes son un importante factor en prácticamente todas las enfermedades físicas (aunque esto aún no haya sido ampliamente reconocido ni por la medicina ni por la psiquiatría).
Desgraciadamente, Freud no es el padre de la medicina psicosomática porque no se dio cuenta de que los síntomas físicos de sus pacientes eran producidos por el cerebro para cumplir un determinado propósito psicológico (nuestra definición de un trastorno psicosomático). Freud pensaba que los síntomas físicos eran «orgánicos», es decir, el resultado de algún trastorno físico, y sólo estaban siendo «usados» por la psique para algún propósito psicológico.
Freud fue el primero en señalar que únicamente somos conscientes de una porción de nuestras actividades mentales, y que una buena parte de nuestros pensamientos y sentimientos tiene lugar fuera de nuestra conciencia, en lo que él llamó el inconsciente.
Freud también definió tres componentes de la mente humana: el id, el ego y el superego. El id es la parte infantil, egoísta y primitiva. Se podría describir al ego como el capitán de la mente, el gerente general, el encargado de tomar las decisiones. Freud veía al superego como el elemento moral, responsable y ético. El ego y el superego operan tanto en las áreas conscientes de la mente como en las inconscientes. En otras palabras, somos conscientes de una buena parte –pero no de la totalidad– de las actividades asociadas a estos elementos. El id, que es nuestra parte infantil, egoísta y primitiva, opera enteramente en el inconsciente, y no tenemos ninguna conciencia de él.
Viene al caso señalar, como lo hace Freud, que uno no puede dividir la mente en los tres nítidos compartimentos que sugieren el id, el ego y el superego. Éstos representan características o tendencias de la mente, la cual, sin embargo, actúa como una unidad y su acción representa la suma de todos los factores que operan en ella en un momento dado. Deberíamos referirnos a esta unidad como el yo, el individuo. Si lo hacemos así, el id puede ser visto como el núcleo evolutivo del individuo, mientras que el ego y el superego representan desarrollos posteriores diseñados para aumentar las posibilidades de supervivencia. La naturaleza del id –su poder, su carácter, su estructura emocional –es capital para poder comprender cómo funciona la medicina mente-cuerpo.
La evolución y el id
Como el id opera exclusivamente en el inconsciente, y por lo tanto está fuera del alcance de nuestra conciencia normal, no es fácil observarlo en acción. Un raro y dramático atisbo del id fue descrito por el doctor Paul Broks en un artículo publicado en la revista británica Prospect. Broks hizo prácticas en un hospital de rehabilitación para las personas con trastornos neurológicos, y recuerda el caso de uno de sus pacientes allí, un joven de diecisiete años que había sufrido gravísimas lesiones cerebrales como consecuencia de un trágico accidente. Su cráneo había sido aplastado y una buena parte de la corteza cerebral había sido destruida. Así es como describió al joven:
Debajo de esto su rostro se agitaba sin parar, retorciéndose de rabia y espanto. El joven gruñía y aullaba, pero, con la excepción de algunas palabrotas, era incapaz de hablar.
Ésta es una descripción parcial de alguien cuya mente inteligente y civilizada, alojada en la corteza cerebral, ha sido destruida y a quien sólo le quedan los restos primitivos que se esconden en las profundidades de la masa cerebral.
El joven se sentaba contorsionado en su silla de ruedas, con la cabeza girada hacia un lado en un ángulo incómodo, con las extremidades víctimas de espasmos constantes y con un hilo de baba colgándole de los labios. Y por culpa de un peculiar daño a su sistema nervioso, tenía todo el tiempo una dolorosa erección.
Ésta es la mente inconsciente, sin alterar por la influencia racional y civilizadora del neocórtex, esa parte del cerebro humano que ha sido añadida por la evolución. El neocórtex, o corteza cerebral, refleja la evolución de nuestra especie desde nuestros primitivos orígenes. Las partes más antiguas del cerebro, responsables del comportamiento de este pobre joven, se encuentran en las profundidades de la masa cerebral, justo encima del tronco cerebral. El único lenguaje del que es capaz esta parte del cerebro es automático y primitivo. (Recuerdo a un sacerdote que había sufrido una lesión, a causa de un derrame, en las áreas de la corteza cerebral encargadas del lenguaje y que cuando intentaba hablar sólo podía articular palabrotas.)
El doctor Broks describe una conmovedora escena en que el pobre joven recibe la visita de su madre:
Observé cómo ella le acunaba la cabeza entre los brazos. Durante el tiempo que estuvo con ella, su rostro experimentó una transformación extraordinaria. Se apaciguó. La rabia y las mecánicas convulsiones disminuyeron, y el joven pareció recobrar su humanidad.
La reacción del joven ante el afectuoso abrazo de su madre demuestra que el primitivo cerebro humano, que era todo lo que le quedaba, también posee sentimientos de amor y de familiaridad. Esto no debería sorprendernos, ya que incluso animales menos evolucionados muestran comportamientos parecidos. Pero aunque estos sentimientos de amor están presentes en el inconsciente, no son dominantes. Si lo fueran, estaríamos en el nirvana. El niño residual, egoísta, narcisista y dependiente parece tener más influencia que las emociones más apacibles y, en mucha gente, la capacidad para la crueldad y la brutalidad es la que predomina –y por eso el mundo es como es.
Lo que resulta bastante asombroso es que la mayoría de los humanos actuales no es muy consciente de la existencia de este otro «yo» en cada de uno de nosotros y del impacto que tiene en cada faceta de nuestras vidas. Por lo general, no se entiende que la inteligencia no lo es todo y que un genio intelectual puede ser un bebé emocional o un monstruo. No existe ninguna correlación entre la inteligencia y la madurez o el equilibrio emocional. Un ejemplo de esto es la actividad terrorista que tanto acapara las noticias en la actualidad. Los terroristas tienen que ser muy inteligentes para tener éxito en lo que hacen, pero están gobernados por poderosos impulsos emocionales que no son racionales ni humanitarios.
Una batalla está teniendo lugar en el inconsciente de cada uno de nosotros. Es una batalla entre el primitivo niño residual, que Freud llamó el id, y los representantes de la razón y la moral, que denominó el ego y el superego. Este conflicto es el responsable de los síntomas psicosomáticos. Como dijo en una de sus conferencias, «en lenguaje coloquial, podríamos decir que el ego representa la razón y el sentido común, y el id las pasiones sin domar».
Sin duda, pero ¡los humanos aún no han sido totalmente domados! Sólo necesitamos recordar a Hitler, Stalin, Pol Pot, los horrores de Ruanda y el 11 de septiembre del 2001, para darnos cuenta de que la razón no tiene aún un pleno control, si alguna vez lo va a tener.
El conflicto que estamos viendo en los humanos de hoy corresponde a un cerebro en transición, no gobernado plenamente por la inteligencia, y aún bajo el control de impulsos y deseos primitivos e infantiles. Estos atributos negativos son lo que podríamos llamar los residuos de la evolución, y su realidad sociopolítica y médica nos rodea por todas partes.
Esta dicotomía mental es responsable no sólo de los comunes trastornos médicos que he descrito en mis libros, sino también de una serie de otros trastornos médicos iniciados por procesos psíquicos similares (reflujo gastroesofágico, síndrome de colon irritable, etcétera). Esta dicotomía es la base de problemas de salud pública de gran magnitud, pero la medicina contemporánea parece ignorar por completo estos asuntos.
Freud basó sus conceptos del id en un estudio sobre los sueños de sus pacientes y en una exploración de sus neurosis. Lo veía como algo oscuro, caótico, infantil, primitivo y capaz de impulsos simultáneamente contradictorios. Especialmente importante es el hecho de que el id es intemporal. «No hay nada en el id que corresponda a la idea del tiempo», escribió Freud, «no existe ningún reconocimiento del paso del tiempo, y –algo asombroso y que merece la atención de los filósofos– no hay ninguna alteración de sus procesos mentales que sea producida por el paso del tiempo. Los impulsos del deseo que nunca han ido más allá del id, y también las impresiones que han sido enterradas en el id por la represión, son prácticamente inmortales; después de décadas, se comportan como si acabasen de suceder. Sólo pueden ser reconocidas como pertenecientes al pasado...».
El factor tiempo es muy importante para la comprensión de la psicología de los trastornos mente-cuerpo. En un libro anterior describí cómo Helen, una de mis pacientes con SMT, experimentó una poderosa reacción psicosomática al recordar un abuso sexual que había sido borrado de su memoria consciente durante más de treinta años. En el id no sólo son preservados sin cambios las impresiones reprimidas y los impulsos del deseo, sino también las emociones generadas en el inconsciente. Por lo tanto, la rabia inconsciente engendrada en la mente de un niño a menudo seguirá viva y con la misma intensidad cuarenta años después.
Freud no escribió que las emociones pudiesen ser generadas en el inconsciente. Uno tiene la impresión de que su idea era que los pensamientos, impulsos y sentimientos eran creados en la mente consciente, y que luego de alguna forma podían ser empujados hacia el inconsciente y mantenidos allí mediante la represión. Uno de los biógrafos de Freud, Peter Gay, describe el inconsciente como una cárcel de máxima seguridad donde se encierra a los peores criminales (los pensamientos peligrosos). Esta analogía sirve para comprender mejor la psicología de los trastornos psicosomáticos, porque el impulso de estos sentimientos por acceder a la conciencia (los criminales intentan escapar) es el que hace necesarios los síntomas. El objetivo de éstos es justamente evitar que los sentimientos peligrosos accedan a la conciencia.
Freud observa lo mismo: «Debemos atribuirle a las ideas reprimidas un podero impulso ascendente, un impulso por irrumpir en la conciencia». Parecería que la mente inconsciente quiere unirse a la consciente.
Jonathan Lear, un filósofo-psicoanalista, expresó una idea similar cuando escribió que la mente tiende hacia «una unificación del pensamiento y el sentimiento».
Me vi obligado a llegar a la misma conclusión porque no pude encontrar ninguna otra manera de explicar el desarrollo de los síntomas en el SMT que no fuera verlos como una deliberada maniobra de distracción diseñada para evitar que peligrosas y dolorosas emociones inconscientes accedieran a la conciencia. Pero existe una diferencia entre esta idea y las ideas de Freud sobre el papel de la represión. Freud escribió mucho sobre este tema y consideraba a la represión como el equivalente de la resistencia. Según él, las ideas reprimidas eran censurables, inaceptables, a menudo cargadas de contenido sexual, y por lo tanto el objetivo de la resistencia/represión era mantenerlas escondidas y evitar cualquier intento de análisis. Nuestros estudios con el SMT nos han llevado a concluir que la represión tiene una función protectora, ya que si tomásemos conciencia de las emociones reprimidas, éstas serían peligrosas para nuestra vida normal o demasiado dolorosas para que pudiésemos encararlas.
Freud dice que se puede tomar conciencia de estos peligrosos habitantes del inconsciente mediante el análisis. Sin embargo, según nuestra experiencia, muchos impulsos y sentimientos reprimidos simplemente no pueden ser traídos a la conciencia. Es como si la ira, el narcisismo, la tristeza y los sentimientos de dependencia o de inferioridad fuesen residentes permanentes del inconsciente.
El narcisismo, la rabia narcisista y la inferioridad
Es esencial reconocer la naturaleza violenta y ensimismada del inconsciente, e igualmente importante comprender cómo llegó a ser así. Freud hizo algunas convincentes observaciones sobre este punto en Más allá del principio del placer, aunque no fue consciente de las implicaciones globales de lo que escribió:
El precoz despertar de la vida sexual infantil está condenado al fracaso porque sus deseos son incompatibles con la realidad y con el estado de desarrollo del niño. Este despertar llega a su fin en las circunstancias más difíciles y acompañado del más profundo dolor. La pérdida del amor y el fracaso dejan tras de sí una herida permanente en la autoestima, una cicatriz narcisista que en mi opinión contribuye más que ningún otro factor al sentimiento de inferioridad que es tan común entre los neuróticos.
Y más adelante, en la misma sección y en referencia al mismo niño:
La decreciente cantidad de afecto que recibe, las crecientes exigencias de la educación, las reprimendas y los castigos ocasionales –todo esto le muestra lo mucho que se le desprecia–. Éstos son algunos ejemplos típicos y recurrentes de cómo el amor de la edad infantil llega a su fin.
Estas observaciones ayudan a explicar los sentimientos de inferioridad que existen en la mente inconsciente, y con esto quiero decir el inconsciente de todo el mundo. Mi experiencia después de haber tratado durante muchos años a una enorme cantidad de pacientes con trastornos psicosomáticos confirma la idea de que estos sentimientos de inferioridad son universales y que no se restringen únicamente a los «neuróticos».
Es probable que los sentimientos de baja autoestima aumenten cuando el niño se compare a los gigantes que lo rodean. Y, debido a la intemporalidad del inconsciente, persistirán a lo largo de la vida y serán compensados en algunas personas por el impulso de ser perfecto o bueno, y en otras por el comportamiento agresivo. Esta explicación de la existencia de sentimientos de inferioridad en el inconsciente está claramente confirmada por la observación clínica, como veremos cuando examinemos la psicología de los trastornos psicosomáticos. Los sentimientos de inferioridad desempeñan un papel crucial en los síntomas de la mayoría de la gente.
La evolución, el ego y el superego
Freud describió el id como el yo fundamental, la persona básica que existe en cada de uno de nosotros, y el ego como un componente que ha sido creado para protegerlo: «El ego es después de todo una porción del id, una porción que ha sido rápidamente modificada por la proximidad del amenazante mundo exterior». Yo agregaría que, desde una perspectiva darwiniana, el ego evolucionó a partir del id para salvarlo de la extinción que sufrieron sus primos evolutivamente menos afortunados. Uno podría decir que el ego se desarrolló como respuesta al imperativo evolutivo primordial: sobrevivir.
Freud comprendió la necesidad de observar y analizar el ego. Él lo llamó «el órgano sensorial de todo el sistema». El ego interpreta el mundo para el id y lo protege de este mundo. Para cumplir su función, debe ser racional, lógico y tener conciencia del tiempo.
Pero, por supuesto, el ego es consciente de las exigencias del id y de sus reacciones. De hecho, Freud lo imaginaba como una entidad que vivía asediada tanto por las exigencias del id como por las presiones de la vida cotidiana; creía que la combinación de estas presiones producía inevitablemente ansiedad en el ego.
Y por si las cosas no fuesen lo suficientemente complicadas, la mente ha desarrollado otro aspecto más –el superego– que Freud definió en términos morales. Según él, para el superego no sólo tienes que sobrevivir sino que, además, debes hacerlo teniendo éxito como individuo. Mi propia experiencia con los trastornos psicosomáticos le añade otra dimensión más a la influencia del superego: no sólo debes ser una persona moral, sino que tienes que ser un santo. Has de ser perfecto y bueno.
¿Y cómo reacciona el id ante estos imperativos? Las presiones a las que nos sometemos y las acciones del superego enfurecen al id. Todo lo que el narcisista id quiere es satisfacer sus deseos de confort, placer y dependencia, pero en lugar de eso se le presiona para que sea un adulto responsable. El resultado puede ser dolor, tristeza, ira y rabia. Al dolor y la rabia generados en la infancia se le agregan las emociones provenientes del conflicto entre el primitivo niño residual que reside en todos nosotros y las presiones impuestas por la vida –relaciones personales, trabajo, obligaciones sociales y demás– y el superego. Describiré el desarrollo de este conflicto en el capítulo tercero.
Mientras que el id es totalmente inconsciente, el ego y el superego funcionan tanto en las dimensiones conscientes de la vida mental-emocional como en las inconscientes. Como el id es el educador y el guardián del yo, uno debe concluir que es el ego, quizá a petición del superego, el que decide sobre la estrategia protectora de la represión, que es luego reforzada por los síntomas psicosomáticos. El ego es consciente de los peligrosos movimientos que tienen lugar en el inconsciente y de que estos sentimientos quieren acceder a la conciencia, de modo que toma medidas, a veces bastante dramáticas, para mantener bajo control las emociones peligrosas. Mi experiencia con el SMT me ha convencido de que el objetivo de esta represión es proteger al individuo y evitar que dolorosos y amenazadores sentimientos accedan a la conciencia y causen un sufrimiento aún mayor. Los síntomas psicosomáticos que acompañan a esta represión no son ningún tipo de castigo –aunque a veces puedan ser muy dolorosos–, sino que son generados para distraer la mente consciente y ayudar así en el proceso de represión.
Para decirlo de otra forma, los dolorosos síntomas psicosomáticos tienen por objetivo la autopreservación y no la autoflagelación. Esto quedará más claro cuando describa totalmente su psicología. A lo largo de esa descripción reinterpretaré dos de los casos más famosos de Freud, el de Elisabeth von R, del que ya he hablado, y el controvertido caso de Dora. Freud creía que la represión consistía en la resistencia del paciente a traer a la conciencia pensamientos dolorosos o embarazosos durante el psicoanálisis. En su opinión, las ideas reprimidas eran censurables, y por eso el ego y el superego las habían mantenido fuera del alcance de la mente consciente. Después de todo, el superego es el guardián de la moral. En mi opinión, los sentimientos reprimidos son peligrosos y dolorosos antes que inmorales, y el impulso por reprimirlos se debe a la necesidad de proteger a la totalidad del individuo. Los síntomas psicosomáticos –dolor, molestia, depresión o lo que sea– son activados únicamente para reforzar la represión y proteger a la persona del sufrimiento y el dolor mental.
Esta visión más amplia, según la cual el superego estimula la rabia inconsciente al perseguir el perfeccionismo y el ideal de ser bueno, es consistente con la idea de la represión como una protección frente a sentimientos que son peligrosos. Lo que Freud llamó resistencia es visto entonces como una respuesta al gran miedo que producen estos sentimientos reprimidos y como una reticencia a experimentarlos, no porque sean moralmente censurables, sino porque son peligrosos y dolorosos.
La ansiedad y la represión
Al abordar la relación entre la ansiedad y la represión, Freud afirma lo siguiente: «[...] primero, que la ansiedad es la causante de la represión y no al revés, como solíamos creer, y segundo, que la situación instintiva que es temida se remonta en última instancia a una situación externa de peligro».
De acuerdo con mi experiencia, el estado de ansiedad que es percibido por el individuo como un malestar psicológico es una reacción a aquello que está siendo reprimido y ha sido creado por el individuo como una maniobra de distracción, al igual que puede crear, con el mismo propósito, una depresión o un dolor físico. La ansiedad es un equivalente del dolor y de la depresión, y también actúa para ayudar en la represión. Lo que el paciente teme no es una situación externa, sino una situación interna de malestar y peligro –sentimientos de dolor e ira–. El paciente no es consciente de estos sentimientos. La ansiedad afecta a todos los aspectos de la vida de la persona. El dolor y la depresión pueden alternarse con la ansiedad, dejando claro que cumplen la misma función psicológica. Éste es otro ejemplo del imperativo del síntoma, y he tenido numerosos pacientes que han presentado precisamente estos síntomas. El dolor, la ansiedad y la depresión no son sintomáticos de ninguna enfermedad. Todos son parte de la reacción normal frente a atemorizantes fenómenos inconscientes.
La agresión y el autocastigo
Otro aspecto de los estudios de Freud respecto a la relación entre la actividad mental inconsciente y los síntomas físicos fue su investigación de lo que él llamaba el instinto agresivo y su gemelo, el autocastigo. Creía que el autocastigo era el instinto agresivo dirigido hacia uno mismo y lo describía como «una parte de la agresividad que ha sido interiorizada y capturada por el superego». Cita el ejemplo de una mujer que ha tenido que padecer una gran incapacidad física durante muchos años a causa de lo que él llamó un «complejo de síntomas», del cual finalmente la liberó. Como Freud no especifica los síntomas, suponemos que eran más emocionales que físicos. Sin embargo, cuando esta mujer intentó volver a la vida activa después de su recuperación, sufrió una serie de «accidentes» que podrían haber sido psicológicamente producidos, y comenzó a tener «síntomas vegetativos», como catarros, faringitis, gripe e inflamaciones reumáticas. Freud creía que estos síntomas eran producto de una «necesidad inconsciente de ser castigada».
Mi interpretación es muy distinta. Primero, veo el cambio de síntomas como un claro ejemplo del imperativo del síntoma, que el propio Freud había observado en otros casos. Como la amenazante ira inconsciente continúa existiendo, los síntomas defensivos siguen siendo necesarios. Está muy claro que sea lo que sea que haya hecho Freud para aliviar sus síntomas iniciales, no consiguió llegar al fondo de la cuestión, es decir, a la existencia de sentimientos inconscientes. Lo repetiré una y otra vez, el objetivo de los síntomas psicosomáticos es proteger y no castigar.
A Freud le habría ayudado saber que tanto los «accidentes» como los síntomas vegetativos que describió eran psicosomáticos y no eran más que sustitutos de los síntomas que él había aliviado. Fueron producidos por la psique con un propósito defensivo, y no reflejaban ninguna «necesidad inconsciente de ser castigado».
En mi opinión, la agresión no es algo genéticamente predeterminado, sino más bien el producto de una ira inconsciente que parece ser universal y que es la responsable de todas las manifestaciones de agresión que vemos a nuestro alrededor. Lo que sí está genéticamente predeterminado son los componentes funcionales de la mente –el id, el ego, el superego, desarrollados a lo largo de eones por la evolución– y las numerosas manifestaciones de esta mente, tanto buenas como malas.
La deuda de la humanidad con Freud es enorme. Estos comentarios no pretenden en modo alguno desacreditarlo. Son reinterpretaciones de sus brillantes observaciones, basadas en una amplia experiencia clínica. Creo que él habría estado de acuerdo.
Adler
Adler era un joven médico cuando Freud lo invitó en 1902 a que formara parte de su círculo psicoanalítico. Pronto se convirtió en un miembro importante del grupo, muy estimado por Freud y designado por él como su sucesor en la presidencia de la Sociedad Psicoanalítica de Viena. Sin embargo, comenzaron a tener diferencias conceptuales y, en 1911, Adler se separó de Freud, organizó su propia sociedad, que luego se llamó Psicología Individual, y fundó su propia revista, Zeitschrift fur Individualpsychologie.
Una de las ideas más importantes de Adler, con la que estoy totalmente de acuerdo, es que los sentimientos de inferioridad inconscientes son innatos y universales, característicos tanto de los «neuróticos» como de las personas normales. Él hablaba de sentimientos, a diferencia de Freud, que hablaba de pensamientos e ideas inconscientes. Éste es probablemente uno de los desacuerdos que los llevaron a separarse. Adler postulaba que los sentimientos de inferioridad estimulaban a la gente a esforzarse en busca de la superioridad, la perfección y los grandes logros. Sus ideas sobre el porqué de estos afanes iban más allá de lo puramente personal. Veía estas aspiraciones de la gente normal como algo motivado por el interés social, por la necesidad de hacer avanzar el bien común. Él incluso consideraba esta tendencia como una especie de evolución social, en la que Dios representaba el Fin Último. «En la naturaleza de Dios la gente religiosa percibe el camino hacia las alturas», escribió. Según Adler, el neurótico está totalmente motivado por el interés propio y no tiene ningún «objetivo basado en un interés por los demás, por la realidad o por la cooperación».
Una gran parte de la Psicología Individual de Adler está basada en la idea de que no se puede entender adecuadamente a los seres humanos a menos que se los considere dentro de un contexto social. «Para comprender lo que sucede en el interior de un individuo», escribió, «es necesario tomar en cuenta su actitud hacia sus semejantes». En otro lugar, observó: «El hombre nunca ha aparecido de otra forma que no sea en sociedad».
La psicología de Adler es una psicología social, mientras que la nuestra –la psicología psicosomática– está basada en la psicoterapia psicodinámica y la neurofisiología: el superego contra el id, el neocórtex contra el tronco cerebral y el hipotálamo. Los seres humanos son, por supuesto, individuos tanto privados como sociales, y nuestro comportamiento está influenciado por todo lo que sucede en nuestras vidas. El entorno es obviamente muy importante, pero el inconsciente tiene un mayor efecto sobre cada aspecto de nuestras vidas de lo que hemos reconocido hasta la fecha, incluyendo los planos físico, mental y emocional. Uno no puede evaluar las metas, las ambiciones, los logros, las relaciones personales, las interacciones sociales ni la salud mental o física de una persona sin saber qué está sucediendo en el inconsciente.
En mi opinión, es probable que la contribución más importante de Adler a nuestra comprensión de la psicología fuese su reconocimiento de la relación que existe entre la psique y los síntomas físicos. Freud, el maestro de Adler, afirmó que los síntomas físicos como el dolor, la tos y los trastornos gastrointestinales eran «orgánicos», es decir, estaban basados en algún tipo de enfermedad y eran simplemente usados por la psique para algún propósito neurótico. Las ideas de Adler sobre este tema indican que fue el primero en reconocer que la psique podía producir síntomas físicos iniciando una patología fisiológica.
Adler escribió: «La mente es capaz de activar las condiciones físicas. Las emociones y sus expresiones físicas nos dicen cómo está actuando y reaccionando la mente en una situación que interpreta como favorable o desfavorable». ¡Bravo!
«Una tensión mental afecta tanto al sistema nervioso central como al sistema nervioso autónomo», observó Adler. Y más: «El cuerpo, a través del sistema nervioso autónomo, el nervio vago y las variaciones endocrinas, experimenta unos cambios que pueden manifestarse como alteraciones en la circulación de la sangre, en las secreciones, en el tono muscular y en casi todos los órganos».
Ahí lo tienes: la patofisiología del SMT y sus equivalentes descrita por Alfred Adler. Le habría encantado conocer la compleja red péptida que conecta la mente con el cuerpo, confirmando de esta manera sus ideas psicosomáticas.
Es asombroso pensar que Freud describió el SMT en 1888 y Adler hizo lo mismo con la fisiología de este trastorno alrededor del año 1911.
En su análisis sobre los trastornos psicosomáticos, Adler identificó una variedad de estados físicos y dolencias, incluyendo:
– Reacciones inmediatas, como sonrojarse, la sudoración y una frecuencia cardíaca elevada (considero que estas reacciones son psicogénicas y no psicosomáticas).
– Un grupo en el que se incluyen los dolores de cabeza, la irregularidad intestinal y la micción frecuente (clasifico estos síntomas como parte del SMT y de sus equivalentes, y los juzgo definitivamente psicosomáticos).
– La sensación de tener una bola en la garganta conocida como globus hystericus (se trata más bien de un trastorno psicosomático que histérico).
– Trastornos autoinmunes, como las enfermedades de la tiroides.
– Aberraciones estructurales, como la curvatura lateral de la columna (escoliosis) y los pies planos (no considero que estas anormalidades estructurales sean psicosomáticas).
Aunque sus ideas sobre el significado de los síntomas psicosomáticos sean diferentes a las mías, Adler fue el primero en reconocer que el cerebro podía producir síntomas físicos que no fuesen histéricos. Él se refería al «dialecto del órgano», o al lenguaje del cuerpo, por decirlo de alguna manera. También creía que los síntomas tendían a presentarse en los «órganos inferiores» y que existía una razón simbólica detrás de la elección de un determinado órgano. Nuestra experiencia no respalda estas ideas de Adler, pero esto tiene una importancia secundaria comparado con su reconocimiento de la naturaleza básica de los procesos psicosomáticos.
Adler veía las emociones como intensificaciones de los rasgos de la personalidad. Pensaba que estados conscientes como la rabia, la tristeza o el miedo estaban relacionados con el estilo de vida y los objetivos de la persona, entre otros factores similares. No parecía que tuviese en cuenta las emociones inconscientes. Sin embargo, nos deja esta maravillosa cita: «Generalmente encontraremos ira no reconocida o humillación detrás de los ataques de migraña o de los habituales dolores de cabeza, y, en algunas personas, la rabia produce neuralgia trigeminal o episodios de naturaleza epiléptica».
Según Adler, la ira es consciente pero no reconocida. Otra cita lo deja muy claro: «El inconsciente no es más que aquello que no hemos podido formular con conceptos claros. No es un asunto de conceptos que se esconden en los recovecos del inconsciente o del subconsciente, sino de partes de nuestra conciencia cuya importancia aún no hemos comprendido plenamente».
Estoy en total desacuerdo. Creo que el inconsciente es precisamente lo que Adler dice que no es. El objetivo principal del proceso psicosomático consiste en mantener escondidas y reprimidas las emociones dolorosas y peligrosas porque crearían el caos si se las dejase acceder a la conciencia. El inconsciente es una dimensión que alberga todo tipo de conceptos, pensamientos, ideas, sentimientos, características y tendencias. Algunos son positivos, agradables y socialmente aceptables, y otros son negativos (por ejemplo, los sentimientos de inferioridad). Algunos son violentos, obscenos, infantiles (como el narcisismo y la dependencia), peligrosos y amenazadores (por ejemplo, la ira), y otros simplemente demasiado dolorosos y tristes para ser experimentados conscientemente.
Es impresionante que Adler se haya dado cuenta de la relación entre la ira y la migraña. Es muy posible que su idea sobre el origen psicosomático de la neuralgia trigeminal sea correcta. He especulado que no sólo la neuralgia trigeminal, sino también la parálisis de Bell y otras mononeuropatías, como la del largo nervio torácico de Bell, son el resultado de una isquemia local psíquicamente producida (leve deficiencia de oxígeno).
Para Adler, existían las emociones positivas, como la alegría y el afecto, que conducen a objetivos sociales encomiables, y emociones negativas, como la rabia, el miedo y la aflicción, que son características de la persona neurótica. Al igual que Freud, Adler creía que los neuróticos eran personas enfermas. Ninguno de los dos aceptaba la idea de que todos somos neuróticos potenciales, una idea que explica por qué los síntomas psicosomáticos son universales.
Freud y Adler estaban de acuerdo en que la represión y los síntomas eran maniobras defensivas, pero para el primero su objetivo era «la protección del ego frente a las demandas instintivas», mientras que el segundo los veía como defensas para proteger la autoestima frente a las demandas externas y a las presiones de la vida. Nuestra experiencia deja lugar para ambas interpretaciones, y ve la represión y los síntomas como reacciones ante las preocupantes emociones que son estimuladas tanto por las demandas instintivas de Freud como por las exigencias de la vida cotidiana de Adler.
Me pareció muy interesante que Adler pensara que el estado neurótico era generado por una necesitad de evitar un «mal mayor», es decir, para no descubrir nuestra propia insignificancia y falta de valor. Nuestra práctica con miles de pacientes con SMT nos lleva a creer que la mente considera que el mal mayor sería la experiencia consciente del dolor emocional y de la ira. Otra interpretación sería que los sentimientos conscientes de falta de valor estimulan el impulso por ser perfecto y bueno, el cual estimula a su vez la ira inconsciente, dando lugar a un estado neurótico.
Otra observación de Adler que encaja con nuestra experiencia: comprobó que los pacientes con baja autoestima eran extremadamente sensibles a las críticas. Esto parece ser una reacción frente a intensos sentimientos de inferioridad.
Como puede verse, existe una gran similitud entre la psicología de Adler y la mía. Pero he aquí una reinterpretación de uno de sus casos que sirve para poner de relieve las diferencias entre él y yo: el paciente era una joven de veinticinco años que sufría violentos ataques de ansiedad cuando su marido llegaba tarde a casa después del trabajo. Adler llegó a la conclusión de que esta mujer nunca había recibido mucha atención antes de su matrimonio, que su marido tenía tendencia a mimarla y que los ataques tenían por objeto conseguir que él se interesase más por ella que por su trabajo.
Mi propio análisis sería que esta joven se encontraba inconscientemente furiosa porque su marido estaba más interesado en su trabajo que en ella y, además, porque ella dejaba de recibir sus atenciones cuando él llegaba tarde.
Yo tenía una paciente a la que le daban intensas migrañas cuando su marido llegaba tarde a casa después de una expedición de pesca o de caza. En su caso, la ira inconsciente que le producía estos dolores de cabeza provenía del miedo de que le hubiese pasado algo, y se veía intensificada por la idea de que él la hubiese hecho pasar por tanta preocupación.
Resumiendo las ideas de Adler que son relevantes para la comprensión de los trastornos psicosomáticos:
– Los sentimientos de inferioridad inconscientes son universales.
– Los sentimientos de inferioridad estimulan el impulso hacia la superioridad y la perfección.
– El cerebro tiene la capacidad de producir síntomas físicos como el dolor, la tos y los trastornos gastrointestinales cuando está motivado por fenómenos psíquicos.
– Los síntomas pueden ser creados por la actividad autónoma (por ejemplo, en el sistema circulatorio) o por el sistema endocrino. En el origen de las migrañas, de los dolores de cabeza «habituales» y de la neuralgia trigeminal se halla la ira.
– Los síntomas psicogénicos son defensas diseñadas para proteger la autoestima del individuo frente a las presiones de la vida.
– Los pacientes con baja autoestima son muy sensibles a las críticas.
Como mi especialidad es la medicina y no la psiquiatría, no tuve conocimiento del trabajo de Adler sobre la psicosomatosis hasta mucho después de haber formulado mis teorías sobre la naturaleza del proceso psicosomático. Estoy feliz de comprobar que muchas de sus conclusiones coinciden con las mías.
Alexander
El concepto de la medicina psicosomática continuó desarrollándose y atrayendo seguidores durante medio siglo después de su génesis en Viena. Durante esos años, uno de los líderes más destacados de ese movimiento fue Franz Alexander, quien había sido alumno de Freud y fue el fundador del Instituto de Psicoanálisis de Chicago. En su libro, Medicina psicosomática (1950), Alexander señala con optimismo la existencia de una creciente conciencia de la realidad psicosomática entre la comunidad médica y profetiza un gran futuro para lo que considera una importante nueva herramienta para el progreso de la medicina. Desgraciadamente, ese gran futuro nunca llegó, y la nueva herramienta diagnóstica que imaginaba nunca fue desarrollada. Irónicamente, fue justo en 1950 (año de la publicación de su libro) cuando la comunidad médica comenzó a alejarse de las ideas que Alexander proponía, y, coincidentemente, ése fue el año en que me gradué en la facultad de medicina. No recuerdo prácticamente ninguna enseñanza sobre este tema.
El alcance de la obra de Alexander es impresionante. Estudió el papel de las emociones en los trastornos gastrointestinales, respiratorios, cardiovasculares, dermatológicos, metabólicos y endocrinos, así como en la artritis reumatoide.
Él y un grupo de neurólogos y psicoanalistas publicaron muchos estudios sobre estos trastornos durante la primera mitad del siglo XX, y sin duda esto lo llevó a ser tan optimista sobre el futuro de la medicina psicosomática.
Alexander creía que las emociones desempeñaban un papel en todas las enfermedades, incluso en los casos en que no eran su causa, e insistía en que era tan importante identificar con precisión los componentes emocionales de un trastorno como los fisiológicos.
Alexander anticipó la preocupación que existe en la actualidad respecto a la psiquiatría química, y advirtió: «Una fórmula bioquímica que describa un anhelo en alguna parte de la corteza cerebral nunca explicará las circunstancias interpersonales bajo las cuales ese anhelo surgió o se intensificó». En otras palabras, un síntoma y su causa pueden ser elementos muy diferentes. A Alexander le habría espantado la tendencia actual de explicar casi todos los fenómenos médicos basándose en criterios físicos, químicos o genéticos. Es ingenuo pensar que al relacionar una sustancia química con un cierto estado mental se está estableciendo la causa de ese estado. Al aliviar la depresión mediante un poderoso fármaco no se está eliminando la razón que se esconde detrás de esa depresión, sino sólo tratándose el síntoma.
El síndrome de fatiga crónica
El análisis que hace Alexander de un paciente con lo que hoy se conoce como síndrome de fatiga crónica (SFC) es bastante instructivo. Describe el caso de un escritor de treinta y un años que ya llevaba mucho tiempo siguiendo un tratamiento psicoterapéutico. El escritor tenía síndrome de fatiga crónica y sufría ataques agudos de agotamiento desde los diecisiete años:
El paciente había sido un hijo no deseado, muy pequeño en el momento de su nacimiento y con un deficiente desarrollo físico a lo largo de toda su vida. Su pequeña estatura y su debilidad le producían un profundo sentimiento de inferioridad. El matrimonio de sus padres había sido infeliz; el padre bebía mucho, y descuidaba y maltrataba a su familia. El paciente tenía una relación muy estrecha con su hermana, que era tres años menor que él. Su padre le causaba un miedo terrible; recordaba que le dijo que se iba a volver loco cuando lo sorprendió masturbándose. Cuando tenía sólo ocho años su padre lo obligó a que trabajara en el vecindario vendiendo artículos o haciendo de caddy. A los diez años tuvo relaciones sexuales con su hermana. El hecho de huir con ella hacia el «país de los sueños» fue durante mucho tiempo una apreciada fantasía regresiva. En el colegio se fue retirando gradualmente de toda actividad; le tenía miedo tanto a los profesores como a los alumnos. Cambió de colegio varias veces y a los veintitrés años comenzó a trabajar en una fábrica. Durante un tiempo también trabajó como marinero y como peón, pero finalmente comenzó a escribir y a realizar labores de edición, tareas para las cuales mostraba un cierto talento. Tenía éxito y era capaz de desempeñar su profesión.
La interpretación de Alexander sobre este caso lo llevó a hacer una afirmación muy importante: «Esta constelación psicodinámica –el conflicto entre los deseos pasivos y dependientes, y la agresiva ambición reactiva– está muy extendida, si no es universal, en nuestra civilización y no se puede pretender que sea la explicación para este tipo de síndrome de fatiga».
Nosotros interpretaríamos la situación de una manera algo distinta. Diríamos que este paciente presenta un perpetuo y creciente sufrimiento inconsciente, producto de la combinación de un dolor, una tristeza y una ira que se remontan a su infancia, y que fueron reacciones frente a su espantosa situación familiar, su miedo a su padre, su pequeño tamaño y sus profundos sentimientos de inferioridad, que se vieron intensificados por el trato que recibió de su padre. Y entonces, para alimentar más estos sentimientos, el joven se esforzó por lograr algo importante, el deseo que Alexander describió como su «agresiva ambición reactiva». Sus síntomas físicos estaban diseñados para evitar que experimentase estos sentimientos de manera consciente. Sus fantasías reflejaban el continuo esfuerzo del niño inconsciente que habitaba en él (como en todos nosotros) por escapar de la realidad de su existencia. Sus síntomas físicos no eran graves, y por lo tanto el tratamiento médico produjo un éxito limitado. Nuestro trabajo con pacientes con SMT demuestra consistentemente que el problema de dolor es psicológico y no físico.
Al igual que todas las enfermedades psicosomáticas, el síndrome de fatiga crónica es un misterio para la ciencia médica moderna. En un informe publicado en 1996, un grupo de médicos que representaba a tres de los colegios reales de Gran Bretaña fue incapaz de identificar una causa específica para este trastorno, pero observó que el 75% de las personas con síndrome de fatiga crónica presentaba uno o más de los siguientes síntomas: depresión, trastornos del sueño, mala concentración, agitación, sentimientos de inferioridad, culpa, pensamientos suicidas, cambios de apetito y de peso, así como ansiedad o síntomas físicos relacionados con ella o con la depresión. El tratamiento recomendado incluía un aumento de la actividad física y psicoterapia cognitivo-conductual.
He visto a muchos pacientes con este trastorno que acudieron a mi clínica principalmente por problemas de dolor y a los que les ha ido bien siguiendo mi tratamiento. Creo firmemente que el SFC es un trastorno psicosomático, y esta creencia está respaldada por el éxito que he logrado al tratar una gran cantidad de casos. Otra indicación de que tengo razón es que mucha gente con SFC se ha curado por el mero hecho de leer uno de mis libros.
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