Kitabı oku: «Vitaminas y minerales»

Yazı tipi:

DR. LLUÍS SERRA MAJEM

VITAMINAS Y MINERALES

Las bases de la dieta mediterránea


NOTA IMPORTANTE: en ocasiones las opiniones sostenidas en

«Los libros de Integral» pueden diferir de las de la medicina oficialmente

aceptada. La intención es facilitar información y presentar alternativas,

hoy disponibles, que ayuden al lector a valorar y decidir responsablemente

sobre su propia salud, y, en caso de enfermedad, a establecer un diálogo

con su médico o especialista. Este libro no pretende, en ningún caso,

ser un sustituto de la consulta médica personal.

Aunque se considera que los consejos e informaciones son exactos

y ciertos en el momento de su publicación, ni los autores ni el editor

pueden aceptar ninguna responsabilidad legal por cualquier error

u omisión que se haya podido producir.

© del texto: Lluís Serra Majem, 2019.

© de esta edición: RBA Libros, S.A., 2019.

Avda. Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

rbalibros.com

Primera edición: mayo de 2019.

ref.: rpra399

isbn: 978-84-9118-116-3

depósito legal: b.9.710-2019

Coordinadora del libro: Laura González Bosquet.

Edición de textos: Aida García Fernández.

dâctilos • preimpresión

Impreso en España • Printed in Spain

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libre de cloro y está calificado como papel ecológico.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito

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Todos los derechos reservados.

este libro no hubiese sido posible sin la ayuda de:

aida garcía, periodista

florencia gonzález, nutricionista

joy ngo, nutricionista

lourdes ribas, médico

CONTENIDO

Introducción

1. ¿Qué ocurre con nuestra alimentación? ¿Nos alimentamos bien?

¿Comemos peor que antes?

Muchos productos y pocos alimentos

Comer seguro no es comer sano

2. Aclarando conceptos

Alimentarse y nutrirse, ¿es lo mismo?

¿Más nutrientes añadidos significa más nutritivo?

Sobrealimentado y malnutrido, ¡la gran paradoja!

La nutrición, una ciencia moderna

3. ¿Sabes de qué están compuestos los alimentos?

Descubre cuáles son los principales nutrientes

Más allá de los nutrientes: las sustancias fitoquímicas

4. Las vitaminas

Imprescindibles en nuestra vida

Tipos de vitaminas: hidrosolubles y liposolubles

Con una dieta equilibrada, ¿se necesitan suplementos?

¿Todas las personas absorbemos igual las vitaminas?

Etapas de la vida y situaciones en las que son más necesarias

Recuadro: vitaminas, funciones y fuentes

5. Los minerales

Imprescindibles en nuestra vida

Tipos de minerales: macrominerales y microminerales (oligoelementos)

Con una dieta equilibrada, ¿se necesitan suplementos?

¿Todas las personas absorbemos igual los minerales?

Etapas de la vida y situaciones en las que los minerales son más necesarios

Recuadro: minerales, funciones y fuentes

6. Asegúrate de que no te falten micronutrientes: vitaminas y minerales

La importancia de la biodiversidad

Consume productos locales y estacionales

¿Sistema de producción respetuoso? Alimentos de calidad

No hay nada mejor que la cocina tradicional

Aprovecha todos los nutrientes con estas recetas y combinaciones de alimentos

Trucos en la cocina que te ayudan a potenciar las vitaminas y los minerales

7. Descubre qué dificulta la absorción de vitaminas y minerales

¡Vigila estas combinaciones de alimentos!

Hábitos que también perjudican la absorción

¿Qué son las antivitaminas?

Alimentos naturales, procesados y ultraprocesados. Distínguelos y llena de salud tu cesta de la compra

Comer fuera de casa, ¡tú eliges!

Los alimentos light ni son saludables ni adelgazan

¿Quieres perder peso? Ten en cuenta el aporte de vitaminas y minerales

8. Si no las tomas o si no las asimilas, ¡tu cuerpo te avisa!

Ingesta inadecuada de vitaminas y minerales, un problema en expansión

¿Qué vitaminas y minerales consumimos menos en nuestra sociedad?

¿Eres población de riesgo? ¡Descúbrelo!

Tu cuerpo te da señales, estos son los síntomas

Un problema, una solución

9. Una dieta saludable, la clave de tu salud

Los patrones alimentarios en el mundo

La dieta mediterránea es lo que somos

¿Comes mediterráneamente?

10. Alimentación consciente, la garantía de un futuro saludable

Introducción

¿Qué son las vitaminas? ¿Y los minerales? ¿Para qué sirven? ¿En qué alimentos se encuentran? Estas son las preguntas a las que seguro buscas respuestas en un libro que lleva por título Vitaminas y minerales. Sin embargo, dadas las circunstancias actuales que envuelven el mundo de la nutrición, considero que es necesario ir un poco más allá y he querido aprovechar estas páginas para mostrarte lo que pienso, lo que me preocupa y algo de lo que he aprendido a lo largo de mi carrera profesional.

La nutrición ha sufrido grandes cambios, ha realizado y está realizando lo que se ha dado en llamar la «transición nutricional». La nutrición empezó a despuntar como una disciplina protagonizada por la carencia de vitaminas y minerales, y las enfermedades causadas por la deficiencia de energía y nutrientes: la malnutrición. Hoy eso ha cambiado radicalmente: los excesos la capitalizan. Excesos de energía, de azúcares y de ciertas grasas que representan una sobrecarga y conducen también a enfermedades y a pandemias tan severas como el hambre, pero más costosas de erradicar, si cabe.

La globalización y los cambios socioculturales y tecnológicos han promovido un sistema alimentario que lleva alimentos de cualquier parte del mundo a nuestra mesa: alimentos frescos, de grandes superficies agrícolas, ganaderas y pesqueras intensivas y, sobre todo, alimentos ultraprocesados, elaborados por multinacionales. Todo ello ha tenido serias consecuencias:

1 La erosión de los sistemas alimentarios tradicionales, ligados al territorio.

2 La pérdida de dietas tradicionales vinculadas a los mismos.

3 El deterioro de los indicadores de salud pública relacionados con esta pérdida y con la propia difusión de la dieta occidental.

4 Un nefasto impacto medioambiental con claras consecuencias en el cambio climático.

Hay mucho por hacer. El camino es difícil, pero con cada paso avanzamos un poco; y pequeños gestos, como tratar de consumir menos carne y elegir productos frescos, locales y de temporada, no solo tendrán un gran beneficio en nuestra salud, sino que acabarán influyendo a nivel global en la salud del planeta. Esta es nuestra esperanza. Defiendo la alimentación de proximidad: los productos agrícolas de nuestros campos, los frutos de nuestros árboles, el ganado que pasta en nuestros prados; lo que alimentó a nuestros padres y a nuestros abuelos, sus recetas… No es fruto de la casualidad, sino de la historia y de la cultura de cada país. La nutrición también comprende las costumbres y las tradiciones, no las desoigamos. Tras invertir mucho trabajo e infinidad de ilusiones, la dieta mediterránea emerge como un modelo alimentario único por sus beneficios para la salud y su sostenibilidad. Se trata de un legado cultural que hay que preservar a toda costa. Si no entendemos la alimentación como un todo —nutrición y salud, cultura y biodiversidad, economía y medioambiente—, sencillamente no hemos entendido nada.

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¿Qué ocurre con nuestra alimentación? ¿Nos alimentamos bien?

¿Comemos peor que antes?

Eso parece, y es que variedad no significa calidad. Hoy en día los lineales de los supermercados nos ofrecen una gran diversidad de productos, pero eso no quiere decir que todas esas opciones aporten beneficios a nuestro organismo.

El ritmo frenético de vida al que nos enfrentamos favorece que cada vez invirtamos menos tiempo en preparar nuestros propios alimentos y optemos por la comida rápida, precocinada o preparada. ¿Resultado? Consumimos más alimentos procesados ricos en grasas, sal y azúcares poco saludables, además de seguir unos hábitos, en teoría, tan poco beneficiosos para nuestra salud, que resulta curioso leer que dentro de 21 años España podría ser el país con mayor esperanza de vida del planeta, incluso por delante de Japón, según un estudio realizado por el Instituto de Medición y Evaluación de la Salud de la Universidad de Washington, y publicado en la revista The Lancet en octubre de 2018.

Otra de las causas por las que comemos peor está relacionada con la globalización de las dietas occidentales, donde tan solo un pequeño grupo de empresas alimentarias y agrícolas deciden qué se produce, tal y como afirma Dariush Mozaffarian, decano de la Escuela Friedman de Ciencias y Políticas de Nutrición de la Universidad Tufts (Boston, EE.UU.), en un estudio donde ha analizado los hábitos alimentarios a nivel internacional. Tras analizar 325 encuestas, con una muestra que representaba casi al 90% de la población mundial, pudo observar cómo China e India registraban el aumento más alto de consumo de alimentos poco saludables, mientras que en América Latina y Europa crecían tanto el consumo de los alimentos saludables como el de los no saludables. Según la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO, por sus siglas en inglés), y a pesar de que todavía se calcula que unos 805 millones de personas se encuentran en una situación de subalimentación, se puede decir que el hambre mundial disminuyó en 100 millones de personas entre los años 1990 y 2014; pero ¿qué alimentos consumen? A Dariush Mozaffarian no le falta razón al decir que es necesario poner atención a la calidad de las calorías que se ofrecen a los países pobres, no solo a la cantidad.

Este estudio también le permitió darse cuenta de que los jóvenes siguen una dieta menos saludable, y tradicional, que la de sus abuelos, algo preocupante dadas las consecuencias que este hecho puede tener para la salud y sobre las próximas generaciones. La industria alimentaria busca la rentabilidad de todo aquello que nos vende, poniendo a nuestro alcance, por ejemplo, productos menos perecederos que hacen más fácil su distribución y su compra masiva, así como más cómoda la vida del consumidor. Sin embargo, esto suele suponer una más baja calidad de los productos que la de sus «homónimos naturales o caseros», y si el consumo que se hace de estos productos es excesivo, el riesgo de sufrir obesidad, sobrepeso, diabetes o enfermedades cardiovasculares es muy alto.

Voy a poner algunos ejemplos. No es lo mismo hacer una tarta en casa a base de harina, mantequilla o aceite de oliva, azúcar y frutas frescas naturales que comprarla hecha, ya que esta llevará harina de peor calidad, más azúcar, aceite de palma, cuatro o cinco aditivos —colorantes, emulsionantes, saborizantes, etc.— y frutas confitadas o en conserva. No es lo mismo preparar al momento una salsa pesto casera (con albahaca, aceite de oliva virgen extra, piñones, queso de cabra y queso tipo Parma) que comprarla hecha, puesto que en su preparación se utilizarán albahaca, aceite de girasol, sal, corrector de acidez (ácido láctico), quesos, patatas, jarabe de glucosa, otros aditivos y un ridículo 1% de aceite de oliva virgen extra, que aparecerá anunciado de forma deslumbrante en la etiqueta. No son lo mismo unas albóndigas con salsa de tomate elaboradas en casa que unas en conserva a base de carnes (ternera, pollo y cerdo), tomate, guisantes, pan rallado (harina de trigo, levadura y sal), zanahorias, vino, cebolla, leche, huevo, sal, almidón de maíz modificado, tocino ahumado, apio, perejil, aceite de girasol, especias y varios aditivos: espesantes E-410 (goma garrofín) y E-415 (goma xantana), estabilizante E-407 (carragenanos), conservante E-250 (nitrito sódico) y aroma.

En definitiva, de nuevo queda demostrado que más no significa mejor y que lo que la industria alimentaria considera conveniente para nosotros, no tiene por qué ser más sano.

Muchos productos y pocos alimentos

Elegir alimentos lo más naturales posible es ganar salud. «¡Vaya evidencia!», debes estar pensando, pero mira tu nevera y te darás cuenta de lo importante que es hacer hincapié en este punto. ¿Cuántos alimentos no procesados ves? La investigación «Ingesta, perfil y fuentes de energía en la población española», que forma parte del estudio científico ANIBES (Antropometría, Ingesta y Balance Energético en España) y que fue publicada en la revista Nutrients en 2015, demuestra que la población española consume una media de 1.800 kilocalorías al día y se alimenta principalmente de productos derivados de los cereales. Este grupo de alimentos supone un 27,4% de la dieta diaria, del cual un 11,6% lo consumimos en forma de pan, un 6,8% como bollería y pastelería, un 4,5% a través de los granos y las harinas, un 3,6% en forma de pasta y un 1% como cereales de desayuno y barritas de cereales. Por otro lado, obtenemos las proteínas, en su mayoría, de la carne y sus derivados, y nuestro consumo de frutas y verduras representa menos del 10% de las kilocalorías ingeridas. De manera que, aunque nos parece que comemos mucho en realidad tomamos pocos alimentos, con muchas calorías y escasos nutrientes.

Al escoger alimentos naturales, lo que hacemos es ofrecer a nuestro cuerpo, entre otros, vitaminas, minerales, ácidos grasos y fibra, que ayudarán a controlar el peso y la glucosa, a reducir el colesterol, a prevenir la diabetes… Sin embargo, los alimentos procesados pueden estar cargados de grasas, azúcares y sal, que los hacen más apetecibles, con lo que despiertan nuestras ganas de ingerirlos y, como consecuencia, aumentan las probabilidades de que comamos más de lo necesario. Además, nos ahorramos el tiempo de elaborarlos y los devoramos con rapidez en cualquier momento y lugar. Y cuando comemos de más y no gastamos esa energía sobrante, ya sabemos lo que ocurre, que esta se acumula en forma de grasa y es fácil caer en el sobrepeso y la obesidad. Por lo tanto, apuesta por los alimentos naturales y ¡cómelos despacio!

De todas maneras, tampoco deseo ser categórico, porque hay alimentos procesados, como las verduras congeladas o las legumbres, el pescado y las frutas en conserva sin azúcar añadido, entre otros, que sí son saludables.

Comer seguro no es comer sano

Los controles sanitarios que deben pasar todos los productos destinados al consumo humano garantizan su seguridad al 100%, pero eso no quiere decir que sean saludables. Un ejemplo muy sencillo: las magdalenas que compras envasadas en el supermercado, ¿dirías que son seguras? Por supuesto. Pero ¿son saludables? No. Por muy tradicional que sea la receta, es muy difícil que este tipo de productos sea saludable, y por eso se recomienda consumirlo de manera puntual, no a diario.

Los problemas de salud a los que se enfrenta nuestra sociedad en raras ocasiones tienen que ver con intoxicaciones o cuestiones similares, sino que lo que realmente nos preocupa son enfermedades como la diabetes o tener el colesterol elevado, situaciones que están directamente relacionadas con dietas donde predominan los alimentos muy calóricos, un exceso de azúcares y de grasas saturadas y pocos nutrientes. Y es que para consumirlos basta con abrir una bolsa de plástico, u otro envase, y llevárnoslos a la boca, así de fácil… ¡y de rápido!

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Aclarando conceptos

Alimentarse y nutrirse, ¿es lo mismo?

Puede que estés dudando y te entiendo. Has visto estos términos utilizados como sinónimos en tantas ocasiones que no es nada extraño que el significado original se vaya disipando. En realidad, no es lo mismo. Cuando hablamos de alimentación hacemos referencia a los alimentos que ingerimos, ya sea por necesidad o por deseo. Es una acción totalmente voluntaria y consciente, mientras que la nutrición es un proceso inconsciente que abarca toda actividad que el cuerpo realiza para obtener el máximo provecho de los productos que comemos. Es decir, la nutrición incluye la ingesta de alimentos, su digestión, el transporte de los nutrientes obtenidos, su distribución, la metabolización, el almacenamiento y la excreción.

Tras observar las diferencias, podemos llegar a las primeras conclusiones:

1 Se pueden cambiar los hábitos alimentarios, pero los nutricionales solo dependen del funcionamiento de cada organismo. No obstante, al ser dos acciones totalmente dependientes, cualquier modificación en las pautas de alimentación influirá en el proceso nutricional.

2 Alimento y nutriente también son términos diferentes que no deberían utilizarse como palabras equivalentes.Alimento es lo que comemos. Puede ser líquido o sólido, de origen animal o vegetal, crudo o cocinado, natural o procesado…, todo aquello que ingerimos se llama alimento. Y es que no hay que olvidar que existen alimentos de escaso valor nutricional como por ejemplo, los refrescos azucarados, la margarina o la bollería industrial.Nutriente es un compuesto químico que el cuerpo necesita para obtener energía, así como para la formación, el crecimiento y la reconstrucción de los tejidos y para la regulación de las funciones fisiológicas. No solo se extrae de los alimentos que tomamos, sino que también se encuentra en preparados, como los complejos vitamínicos, o incluso la podemos sintetizar a partir de la luz solar, como ocurre con la vitamina D.

3 ¿Sería posible nutrirnos sin alimentarnos? Por supuesto, lo vemos en los hospitales con las soluciones intravenosas; y los avances científicos seguro que permiten fabricar comprimidos, bebidas…, que mantengan el aporte nutricional que necesitamos para poder vivir, pero ¿sería tan divertido como alimentarnos? Al menos para mí, no. Comer es un placer, que es fácil convertir en un placer sano.

¿Más nutrientes añadidos significa más nutritivo?

Si de vender se trata, las empresas de publicidad se las saben todas, así que nada mejor que poner con letras bien grandes en el envase del producto «enriquecido con vitaminas y minerales», «con omega 3», «más hierro» o «con fibra», para que las personas tomemos decisiones condicionadas a la hora de hacer la compra.

A este tipo de productos se los conoce como alimentos funcionales, pero ¿te has parado a pensar que, salvo en contadas ocasiones, se trata de productos ultraprocesados? Y ya hemos dicho que cuanto más frescos son los alimentos que comemos, serán mucho mejor para nuestra salud, porque los productos naturales sí son realmente funcionales por sí mismos. La fruta, el pescado de mar y las legumbres son funcionales, los frutos secos también lo son. ¿No crees más práctico añadir más frutas, hortalizas, cereales integrales y legumbres a nuestra dieta que tomar galletas o cereales refinados enriquecidos con fibra? Porque un producto poco saludable, por mucho que lo enriquezcas, no deja de ser una alternativa poco aconsejable. Además, en ocasiones, nuestro cuerpo no absorbe igual los micronutrientes añadidos que los que contienen los alimentos de forma natural, y no solo eso, sino que, a menudo, los alimentos procesados se enriquecen con la vitamina y/o el mineral menos necesario y el que presente menos riesgo de toxicidad por ingerirlo en exceso.

De todas maneras, si estos motivos no te han parecido suficientes para reducir —o eliminar— el consumo de estos productos, te diré una cosa más: ¿te has fijado en su precio? Son más caros, pero la industria alimentaria sabe cómo nos preocupa nuestra salud, e inventará cualquier estrategia para que acabemos comprando lo que a ella le interesa.

Sobrealimentado y malnutrido, ¡la gran paradoja!

Es posible estar sobrealimentado y malnutrido, y esa parece ser la nueva tendencia de nuestra sociedad. La consecuencia de llevar una dieta rica en productos que aportan más calorías que nutrientes es esa, que las personas podemos estar sobrealimentadas y, al mismo tiempo, tener carencia de ciertos nutrientes. Evitar esta situación es muy sencillo, porque, para ello, tan solo hay que cambiar los hábitos alimentarios. La clave está en el momento de hacer la compra. Recuerda que los productos más beneficiosos para nuestra salud no necesitan ni envoltorios de plástico ni envases de colores ni sellos de sociedades de expertos que garanticen sus bondades ni etiquetas con explicaciones infinitas. Un calabacín es un calabacín y unas lentejas son unas lentejas, no hay más vuelta de hoja.

En sociedades desarrolladas, es muy poco frecuente encontrar personas que sufran deficiencias clínicas de vitaminas y minerales, de las que causan escorbuto, pelagra, raquitismo, etc.; sin embargo, las carencias subclínicas están bastante extendidas, tal como hemos constatado en diferentes estudios. Ingerimos menos líquido, menos fibra, menos vitaminas y minerales, menos ácidos grasos omega 3 y, posiblemente, menos fitoquímicos; y tomamos otros muchos componentes en cantidades inferiores a las deseables, lo que perjudica nuestra salud y nuestra calidad de vida. Con todo, lo realmente grave es que tenemos lagunas en nuestros conocimientos y nos faltan ganas de aprender. La mayor parte de la población cree saber en qué consiste una alimentación correcta, considera que la suya es bastante acertada y que, por supuesto, no padece ninguna deficiencia. Esta seguridad es alarmante, porque no ser conscientes de que no contamos con la información necesaria nos lleva a tomar decisiones poco acertadas para favorecer nuestra salud.

Lo habrás leído y escuchado infinidad de veces pero es cierto, somos lo que comemos. Cada día perdemos millones de células, y estas se forman y se regeneran a partir de lo que ingerimos, así que mejor les ofrecemos materia prima de calidad, ¿no te parece?

La nutrición, una ciencia moderna

Lo que hoy es bueno, mañana no lo será tanto y pasado estará prohibido. Esta es la sensación que tenemos con los consejos nutricionales. Es más, podríamos decir que incluso, a veces, parece que estemos inmersos en el mundo de la moda, en la que cada temporada existen diferentes tendencias; pero aquí no hablamos de si lo que se llevan son los cuadros o los colores llamativos, sino de las buenas, o no tan buenas, propiedades de los alimentos. ¿Recuerdas cuando no se podían comer más de dos huevos a la semana porque «te iba a salir colesterol»? Y ahora resulta que se pueden comer hasta cinco, seis o más —siempre que hablemos de personas sanas, claro está—. También pasamos la época en la que las bayas de goji eran la solución a cualquier problema, la de las semillas de chía, la de la misma quinoa o, más recientemente, la del todopoderoso aguacate, e incluso, la del kimchi. Podríamos seguir páginas y páginas, porque sobre mentiras y verdades en el mundo de la nutrición la lista da para mucho.

Esto ocurre porque la nutrición es una ciencia relativamente joven, y por eso se desdice continuamente. Ha pasado con todas las ciencias, y esta no iba a ser menos. Tampoco es de extrañar que no haya existido antes este interés por estudiar lo que se come, ya que lo primero que había que garantizar era tener alimentos. No podemos olvidar, por ejemplo, que en la España de la década de 1940, en plena posguerra, no era nada fácil llevarse un trozo de pan a la boca. A las personas les preocupaba comer, no lo que comían. Solo cuando hemos conseguido un óptimo nivel de desarrollo y de seguridad alimentaria se ha podido entrar en materia. Pero estamos empezando, porque la nutrición no es nada sencilla, pues cada organismo es único y la dieta que funciona con una persona no tiene por qué funcionar en otra. De ahí que, en lugar de santificar ningún alimento en concreto, se hable de grupos de alimentos y hábitos saludables en general, lo que denominamos patrones alimentarios.

Echando la vista atrás, podemos observar que fueron las vitaminas y los minerales los que sentaron las bases del impacto de la alimentación en la salud, cuando hacia 1747 el médico británico James Lind descubrió que los cítricos podían curar y prevenir el escorbuto, una enfermedad mortal por aquellos tiempos.

En el siglo xviii, los marineros tenían aproximadamente un 50% de probabilidades de regresar a casa con vida. Pero en lugar de ser asesinados en una tierra lejana, el final al que se enfrentaban era mucho más insidioso: el escorbuto, una grave deficiencia de vitamina C.

Identificado por primera vez por Hipócrates y por los egipcios desde 1550 a.C., el escorbuto se desarrolla a partir de un déficit de vitamina C. Se calcula que dos millones de marineros murieron de escorbuto entre los siglos xvi y xviii. En cualquier viaje importante, antes de que se descubriera la cura, los propietarios de los barcos y los gobiernos solían asumir una tasa de mortalidad del 50% por esta enfermedad.

Aunque existían muchos remedios no probados, no fue hasta 1747 cuando se descubrió la manera efectiva de hacer frente al escorbuto: James Lind, quien trabajaba como cirujano en el buque HMS Salisbury, realizó experimentos controlados en doce marineros que padecían la enfermedad. En ese momento, con treinta años, ya tenía un interés especial por el escorbuto. Reclutó a doce marineros con un grado similar de gravedad, los dividió en parejas y, durante dos semanas, le dio a cada par uno de los muchos tratamientos que se habían recomendado para la enfermedad. Los dos marineros que recibieron limones y naranjas se recuperaron casi del todo después de solo seis días, mientras que los que recibieron ácido sulfúrico diluido o vinagre no mostraron mejoría después de dos semanas.

Así vemos cómo el patrón que llevó a descubrir las vitaminas a lo largo del tiempo consistió en encontrar las diferentes fuentes de alimentos para curar ciertas enfermedades, y en un análisis más detallado de esas fuentes para determinar cuál de sus componentes era el responsable de la curación real. De hecho, el término vitamina no se estableció hasta 1910, cuando un bioquímico polaco llamado Casimir Funk descubrió que el cuerpo necesitaba ciertas aminas vitales que solo eran suministradas por ciertos alimentos. Sin estas aminas vitales, las personas y los animales sufrirían enfermedades de deficiencia. Al combinar los términos vital y amina, creó la palabra vitamina.

En ese momento, Funk estaba trabajando, en el Instituto Lister de Londres, en el problema del beriberi, una enfermedad endémica propia de la mayoría de las poblaciones asiáticas que subsistían con dietas de arroz blanco pulido. Funk llegó a la conclusión de que la enfermedad era causada por la ausencia de un nutriente esencial en el arroz, y no por la presencia de una toxina, como se creía hasta entonces. Funk acuñó el término vitamina para esta sustancia y propuso qué vitaminas esenciales similares podrían prevenir enfermedades como la pelagra, el escorbuto y el raquitismo. El trabajo de Funk fue ampliamente divulgado y ayudó a promover una nueva idea poderosa que surgió de la investigación de varios científicos: las enfermedades por deficiencia podrían prevenirse e incluso curarse con sustancias «misteriosas» que se encuentran en los alimentos.

En cuanto al beriberi, en 1897, Christiaan Eijkman, un médico y patólogo holandés, demostró que era causado por una dieta deficiente, y descubrió que alimentar a los pollos con arroz sin pulir —en lugar de la variedad pulida— ayudaba a prevenirlo. En 1911, Funk, mientras trabajaba en el Instituto Lister en Londres, fue el primero en afirmar que había aislado cristales activos de pulimentos de arroz, que consistían en una base orgánica y de los que 50 mg eran suficientes para curar a una paloma que padecía esta deficiencia. El año siguiente, un grupo de investigadores japoneses obtuvo material aún más activo. Más tarde, Casimir Funk se dio cuenta de que estos cristales eran todavía mezclas y no la forma pura de la vitamina. Los intentos de obtener y aislar la vitamina fueron altamente competitivos y continuaron por muchos años más.

En la Escuela de Agricultura de la Universidad de Wisconsin, Elmer Vernon McCollum estaba investigando las necesidades nutricionales del ganado lechero y decidió usar ratas como sustitutos de sus vacas en los experimentos. En aquella época las ratas eran consideradas plagas que debían ser exterminadas y no animales de laboratorio, pero rápidamente demostraron ser esenciales para la ciencia de la nutrición, y el uso de colonias de ratas se extendió a otras instituciones académicas, así como a laboratorios comerciales. En 1913, McCollum, con la ayuda de sus ratas, identificó la primera vitamina, una sustancia que se encuentra en la mantequilla y la yema de huevo, que denominó «factor A soluble en grasa». Durante los trabajos que realizó con su colega Marguerite Davis, alimentó a ratas con dietas altamente controladas que diferían solo en la calidad de la grasa que contenían. Las ratas alimentadas con elementos de grasa de mantequilla o de yemas de huevo prosperaron, mientras que las alimentadas con dietas cuya grasa se derivó de manteca de cerdo o de aceite de oliva no crecieron y finalmente murieron. Aunque la naturaleza química del factor A soluble en grasa seguía siendo desconocida, McCollum y Davis pudieron transferirla de la grasa de la mantequilla al aceite de oliva.

La pelagra fue identificada por primera vez entre los campesinos españoles por Don Gaspar Casal en 1735. Fue considerada como una enfermedad cutánea repugnante, denominada «mal de la rosa» y a menudo se la confundió con la lepra. En 1914, Joseph Goldberger intentó descubrir la deficiencia que causaba la pelagra, que originalmente se atribuyó a una infección, en lugar de a un problema de la dieta. Goldberger tenía una opinión diferente. Había observado que, en los hospitales psiquiátricos y los orfanatos, la enfermedad afectaba a los internos, pero nunca al personal. Creía en la hipótesis de que una dieta de mejor calidad (con proteína animal y vegetal) protegía a las personas de la pelagra. Posteriormente, se dieron cuenta de que los suplementos de levadura eran capaces de curar la enfermedad. Más tarde, en 1933, se descubrió que los suplementos de levadura contenían una vitamina, niacina.

En 1934, tres médicos —George Whipple, George Minot y William Murphy— descubrieron que las personas que padecían anemia perniciosa podían curarse de la enfermedad consumiendo grandes cantidades de hígado a diario. Doce años después, en 1948, se descubrió que la vitamina B12 era el componente del hígado que curaba la anemia perniciosa.

Ya en 1943, los científicos Henrik Dam y Edward Doisy querían descubrir cómo curar a las aves de una determinada población que estaban sufriendo hemorragias internas graves y que carecían de un mecanismo de coagulación de la sangre para ayudar a resolver el problema. Los científicos descubrieron que las aves se curaban cuando consumían hojas verdes y también hígado. Más tarde se descubrió que estos alimentos eran una gran fuente de vitamina K.

La siguiente tabla aporta más información sobre la historia del descubrimiento de las vitaminas y los minerales.


VitaminaNombre químicoAño de descubrimientoQuiénPaís
LiposolubleVitamina ARetinol1913Elmer McCollum y Marguerite DavisEE. UU.
Vitamina DCalciferol1922Elmer McCollumEE. UU.
Vitamina ETocoferol1922Herbert M. EvansEE. UU.
Vitamina KFiloquinona1929Henrik Dam y Edward DoisyDinamarca
HidrosolubleVitamina B1Tiamina1897Christiaan EijkmanHolanda
Vitamina B2Riboflavina1922DesconocidoDesconocido
Vitamina B3Niacina1936Conrad ElvehjemEE. UU.
Vitamina B5Ácido pantoténico1931Roger J. Williams y R. W. TruesdailEE. UU.
Vitamina B6Piridoxina1934Paul GyörgyEE. UU.
Vitamina B7Biotina1931Paul GyörgyAlemania
Vitamina B9Ácido fólico1941Henry MitchellEE. UU.
Vitamina B12Cobalamina1926George Whipple, George Richards Minot y William MurphyEE. UU.
Vitamina CÁcido ascórbico1928Albert Szent-GyörgyiInglaterra
Colina1862Adolph StreckerAlemania

Fuente: Sight and Life. Vitamins and Minerals: a Brief Guide (2016).


MineralAño de descubrimientoQuiénPaís
MacromineralesCalcio1808Humphrey DavyInglaterra
Magnesio1755Joseph BlackInglaterra
Fósforo1669Hennig BrandAlemania
Potasio1807Humphrey DavyInglaterra
OligoelementosCromo1798Louis Nicolas VauquelinFrancia
Cobre9000 a. C.-Irak
Flúor1886Henri MoissanFrancia
Yodo1811Bernard CourtoisFrancia
Hierro5000 a. C.--
Selenio1817Jöns Jacob BerzeliusSuecia
Zinc1746Andreas MarggrafAlemania

Fuente: Sight and Life. Vitamins and Minerals: a Brief Guide (2016).

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¿Sabes de qué están compuestos los alimentos?

Descubre cuáles son los principales nutrientes

Ahora que ya sabemos qué son los nutrientes, vamos a descubrir cuáles son los más importantes, aquellos que el cuerpo necesita recibir cada día para garantizar el normal desarrollo de sus funciones. Se trata de seis, en concreto son los siguientes:

 los carbohidratos, hidratos de carbono o glúcidos

 las grasas o lípidos

 las proteínas

 las vitaminas

 los minerales

 el agua

Pero ¿se necesitan todos por igual? La respuesta es no. Aunque todos son indispensables, estos componentes se dividen en macronutrientes y micronutrientes, en función de la cantidad diaria que el organismo requiere. A continuación, vamos a profundizar un poco más sobre estos dos conceptos.

Macronutrientes

Son los actores principales de la nutrición porque el cuerpo los necesita en mayor cantidad. Se trata de los carbohidratos, las grasas y las proteínas, que en una dieta equilibrada se recomienda consumirlos en la siguiente proporción, aunque te advierto que no hay un completo consenso al respecto:

 Entre el 40% y el 50% de las calorías de la dieta deben proceder de los hidratos de carbono, carbohidratos o glúcidos. Cada gramo de hidrato de carbono aporta 4 kilocalorías. Son la principal fuente de energía del cuerpo y se obtienen a través de la alimentación, ya que el organismo no es capaz de producirlos, por lo que es importante asegurarnos de extraerlos de fuentes saludables. Cuanto más naturales sean, mejor. Los cereales procedentes de granos integrales, las frutas, las verduras, legumbres, las patatas, los frutos secos y otros tubérculos siempre ofrecerán carbohidratos más beneficiosos que los extraídos de dulces, refrescos azucarados, harinas refinadas, bollería o panes de mala calidad, los cuales únicamente aportan azúcares de rápida absorción. ¿Por qué? Pues porque según su composición química los carbohidratos se pueden dividir en simples o complejos, y estos, a su vez, en integrales o refinados. Los simples son aquellos que se transforman en glucosa rápidamente (azúcar, fructosa…), mientras que los complejos lo hacen más lentamente debido a su propia estructura y a la fibra que contienen, al mismo tiempo que aportan vitaminas, minerales y otras sustancias. Las frutas, aunque aportan azúcares simples también aportan, entre otros, fibra que hace enlentecer su absorción.

 Entre el 30 y el 40% de las calorías de la dieta deben proceder de las grasas o lípidos. Cada gramo de grasa aporta 9 kilocalorías. Las grasas actúan como reserva energética cuando esta ya no se puede extraer de los carbohidratos, pero no solo eso, también protegen a órganos vitales como el corazón, los riñones y el hígado; mantienen la temperatura corporal, forman parte de las membranas celulares y transportan vitaminas liposolubles (más adelante abordaré este concepto) e intervienen en el proceso de síntesis de vitaminas y hormonas.Las grasas no gozan de buena fama porque se asocian a la obesidad y al sobrepeso, pero como puedes ver desempeñan papeles muy importantes para la salud. Como ya sabes, tan solo se trata de escoger las más saludables o insaturadas (mono o poliinsaturadas) es decir, las que aporta el aceite de oliva (monoinsaturada) o de girasol (poliinsaturada), las aceitunas, el aguacate (monoinsaturada), los frutos secos (poliinsaturada) o los pescados azules (poliinsaturada). Muchas carnes, embutidos y lácteos, como el queso y la mantequilla, al igual que los alimentos preparados (salsas, aperitivos salados, bollería…), también ofrecen grasas, pero la mayoría son saturadas, y es preferible evitarlas porque elevan los niveles de colesterol LDL, o lo que es lo mismo, el colesterol malo, con lo que aumenta el riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares.Frente al aumento de problemas de sobrepeso y obesidad que se observan en la sociedad actual, me gustaría aprovechar este punto para hacer hincapié en la necesidad de evitar las grasas trans, esas que resultan de procesar industrialmente algunas grasas insaturadas para solidificarlas y que se asocian a la comida rápida, la bollería industrial y algunos fritos.

 El 15% de las calorías de la dieta debe proceder de las proteínas. Cada gramo de proteína aporta 4 kilocalorías. Su principal función consiste en generar y regenerar los tejidos del organismo; sin embargo, eso no significa que el resto de sus cometidos no sean importantes, ya que, por poner un ejemplo, también se encargan de crear defensas que protegen el cuerpo de posibles agentes externos o de transportar elementos esenciales como el oxígeno o el hierro. Y ahora llega el dilema: ¿proteínas de origen animal o vegetal? La respuesta es que se consumen más proteínas de las necesarias y eso no es bueno para la salud, ya que pueden afectar al funcionamiento del hígado y del riñón, que son los responsables de procesar los alimentos y depurar el organismo. Por eso mismo, se recomienda disminuir el consumo de proteínas, al mismo tiempo que se fomenta el cambio del tipo de proteína que se consume, priorizando las de origen vegetal (legumbres, frutos secos y cereales integrales), ya que estas tienen menos grasas animales, más fibra y un menor impacto medioambiental.

Micronutrientes

El prefijo micro ya nos da una pista de que este concepto se refiere a algo pequeño, y así es. Los micronutrientes son sustancias que el cuerpo necesita en pequeñas dosis —menos de un gramo— y que, a pesar de no tener ningún valor energético, son esenciales para que el organismo pueda cumplir con sus funciones fisiológicas.

Los micronutrientes se obtienen mediante la alimentación y se dividen en orgánicos (vitaminas) e inorgánicos (minerales):

 Vitaminas. Imprescindibles para nuestro crecimiento y desarrollo, también se encargan de regular las funciones celulares. Existen dos tipos de vitaminas; las que se disuelven en agua (hidrosolubles) y las que lo hacen en grasa (liposolubles). Cuando hay un exceso de vitaminas liposolubles, estas se almacenan en los tejidos grasos del cuerpo, mientras que las hidrosolubles de más se eliminan a través de la orina, y por eso es necesario consumirlas todos los días.

 Minerales. Su principal función es reguladora: por ejemplo, controlan la actividad de las enzimas y mantienen el PH adecuado en el interior de nuestro cuerpo, pero también transportan oxígeno, forman parte de algunos tejidos como los huesos o los dientes y un larguísimo etc. Al igual que los nutrientes, se dividen en macrominerales, es decir, necesitamos más cantidad de ellos en nuestro cuerpo (gramos o miligramos), y micronutrientes u oligoelementos, o lo que es lo mismo, los precisamos en pequeñas cantidades (microgramos).

Más allá de los nutrientes: las sustancias fitoquímicas

Quizás es la primera vez que lees este concepto, pero si te digo betacaroteno o isoflavonas ¿a que estos términos ya te suenan más? Pues son sustancias fitoquímicas, elementos químicos que se encuentran en los alimentos de origen vegetal. No son nutrientes propiamente dichos y, por lo tanto, no tienen funciones energéticas ni nutricionales, pero desempeñan otras igual de beneficiosas para el organismo, principalmente antioxidantes y antiinflamatorias. Por eso, es importante tenerlas muy en cuenta.

Aún se están estudiando, pero se piensa que las plantas producen fitoquímicos para su propia supervivencia —para protegerse de plagas, hacer frente a una posible sequía, etc.—. Por ejemplo, si masticas col cruda notarás que pica, y es que esta genera unos componentes que producen esa sensación para que no se la coman las orugas. Estos fitoquímicos, cuando los tomamos, actúan en nuestro cuerpo como auténticas medicinas naturales, y según su función y sus características estructurales se agrupan en:

 Terpenos. Entre otras funciones, favorecen la formación de endorfinas, con lo que producen bienestar, son precursores de las vitaminas A, D y K, pueden reducir el nivel de colesterol y el riesgo de sufrir enfermedades cardiovasculares, al mismo tiempo que se les atribuye un efecto protector contra el cáncer de intestino y de estómago.Carotenoides: licopeno, betacaroteno, luteína, etc., que se encuentran en la zanahoria, la calabaza, la naranja, el mango, el tomate, las espinacas y el huevo.No carotenoides: fitoesteroles, saponinas, limonoides, etc., que se encuentran en los aceites vegetales, las legumbres, los cítricos y los cereales.

 Fenoles. Se dice que tienen propiedades anticancerígenas y son astringentes, además de haberse demostrado que logran reducir los niveles de colesterol malo o LDL.Flavonoides: isoflavonas, taninos, catequina, etc., que se encuentran en los cítricos, las cerezas, la manzana, la cebolla, el pimiento, las legumbres y el té.Ácidos fenólicos: ácido fítico, ácido gálico, ácido clorogénico, etc., que se encuentran en las legumbres, los cereales integrales, la alcachofa y el té.Polifenoles no flavonoides: resveratrol, lignanos, etc., que se encuentran en el vino, las legumbres, los cereales integrales, las frutas, las hortalizas, las semillas de lino y el aceite de oliva virgen extra.

 Tioles. Están relacionados con un menor riesgo de cánceres, en concreto, de pulmón, estómago, colon y recto.Indoles: sulforafano, indol-3-carbinol…, que se encuentran en las coles.Glucosinolatos, presentes en la col, el brócoli y las coles de Bruselas. Son las sustancias que le dan a estos alimentos su olor y su sabor tan característicos, debido a la presencia de azufre en su composición.Tiosulfonatos: compuestos organosulfurados, súlfidos alílicos, etc., que se encuentran en el ajo.

 Tocoferoles. Suele actuar como la vitamina E y se encuentran en los aceites vegetales, los frutos secos, los vegetales de hoja verde y los cereales integrales.

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Las vitaminas

Imprescindibles en nuestra vida

Son las protagonistas de este libro porque, a pesar de necesitarlas en pequeñas cantidades, sin ellas no podríamos vivir. Excepto la Vitamina D, que se genera en la piel con la exposición al sol, y las vitaminas K, B1, B9 (ácido fólico) y B12, que se forman en pequeñas cantidades en el intestino, nuestro organismo no es capaz de producirlas, así que tenemos que garantizar su presencia en nuestro cuerpo a partir de los alimentos que ingerimos. Pero ninguno es mágico y las contiene todas, de manera que el secreto para no sufrir carencias (hipovitaminosis), una vez más, pasa por llevar una dieta variada, equilibrada y saludable.

Las vitaminas son sustancias orgánicas que no aportan energía pero que realizan funciones muy específicas en el cuerpo imprescindibles para nuestra supervivencia. En términos generales, podríamos decir que se encargan de regular el desarrollo y el crecimiento, así como los procesos metabólicos —el conjunto de procesos físicos y químicos necesarios para transformar la materia en energía— y hormonales. Su trabajo es tan importante que se merecen que concrete un poco más. ¿Sabías que ayudan a disminuir el riesgo de padecer algunas de las enfermedades que más incidencia tienen hoy en día en nuestra sociedad? Te pongo un ejemplo. La vitamina E, que es un potente antioxidante, reduce el riesgo de padecer enfermedades cardiovasculares, mientras que los folatos impiden que aparezcan defectos en el tubo neural del bebé durante la gestación. Y no solo eso, sino que las vitaminas también son clave en numerosos procesos biológicos como la multiplicación y la división celular, y la formación de los huesos (vitamina D), la salud visual (vitamina A), la formación de células sanguíneas (vitamina B12), la síntesis de colágeno y los procesos de defensa inmunitaria (vitamina C), etc.

Tipos de vitaminas: hidrosolubles y liposolubles

Las vitaminas son difíciles de clasificar porque químicamente son muy distintas y cada una tiene diversas funciones: unas son antioxidantes, otras actúan como coenzimas, otras, como hormonas, y algunas incluso realizan varias funciones al mismo tiempo. El criterio que se ha utilizado para agruparlas es su capacidad para disolverse en agua (hidrosolubles) o en grasa (liposolubles), que no dice mucho de sus funciones, pero sí da pistas sobre en qué alimentos se pueden encontrar, cómo se absorben y se almacenan y de qué manera se eliminan. Vamos a profundizar un poco más:

 Hidrosolubles. A este grupo pertenecen la vitamina C, las vitaminas del complejo B: vitaminas B1 y B2, la niacina, el ácido pantoténico, la vitamina B6, el ácido fólico, la vitamina B12 y la biotina. Es necesario tomarlas a menudo, porque no se almacenan en el organismo y su exceso se elimina a través de la orina. Como la mayoría de los alimentos frescos las contienen, su aporte suele estar garantizado. De todos modos, hay que tomar precauciones a la hora de preparar los alimentos que las contienen, porque al disolverse en agua (al lavarlos o al cocinarlos), pueden perderse. ¿Un truco? Aprovechar el agua de la cocción para hacer caldos o sopas. También son sensibles al calor, al PH y a la luz. Por otro lado, al eliminarse, no tienen un efecto tóxico en el organismo, aunque se haya ingerido una cantidad muy elevada. ¡Pero vigila! La vitamina C, aunque es hidrosoluble, puede ser tóxica en niveles muy altos, por lo que tomar grandes dosis sin alimentos puede causar indigestión. Los síntomas de la toxicidad de la vitamina C incluyen náuseas, diarrea, aumento de gases, dolor de cabeza, cálculos renales y exceso de consumo de hierro. El UL (Límite Superior) para la vitamina C es de 2.000 miligramos diarios, mucho más alto que el intervalo de 75 a 90 miligramos que se necesitan para mantener una buena salud.Algunas vitaminas del complejo B también pueden causar una sobredosis. Por ejemplo, el consumo excesivo de niacina puede conducir a una sensación de ardor en la piel (un «enrojecimiento de niacina») y dañar el hígado, mientras que demasiada vitamina B6 puede causar daño a los nervios en algunos casos.En cuanto a la cantidad que necesitamos tomar, depende mucho de cada persona, de la eficacia de nuestro proceso digestivo, de nuestro estado nutricional y también de la actividad física que realizamos. Al movernos se activan numerosas reacciones metabólicas para las que las vitaminas juegan un papel fundamental. Por lo tanto, a más deporte, más vitaminas, ya que en situaciones de actividad física intensa aumenta el riesgo de sufrir carencias.Has visto que entre las vitaminas hidrosolubles se encuentra la vitamina B12, ¿sabías que esta vitamina lo era?

 Liposolubles. A este grupo pertenecen las vitaminas A, D, E y K. El intestino delgado las absorbe y los excesos tienden a acumularse en el hígado y en los tejidos grasos. Se necesitan en pequeñas cantidades y, al no eliminarse con tanta facilidad como las hidrosolubles, no es necesario ingerirlas en cantidades adecuadas todos los días, porque si se consumen en exceso podrían llegar a ser perjudiciales para la salud. Aun así, para llegar a esta situación habría que tomar 10 veces más de la cantidad recomendada, y eso solo suele ocurrir cuando se toman suplementos vitamínicos sin supervisión médica o la de otro profesional sanitario (farmacéutico, dietista o enfermero).

Con una dieta equilibrada, ¿se necesitan suplementos?

En principio, la naturaleza nos ofrece todo lo imprescindible para que gocemos de una buena salud, pero una dieta saludable no siempre es suficiente y necesitamos vigilar la procedencia de los alimentos, porque una manzana tendrá más nutrientes si madura en el árbol que si lo hace en una cámara frigorífica, por ejemplo. Por esta razón, no existe mejor manera de tomar vitaminas que escogiendo alimentos naturales, frescos, de kilómetro 0, integrales, de origen vegetal y ecológicos. Preferir alimentos ecológicos también tiene un porqué, y es que los contaminantes y algunos aditivos sintéticos aumentan nuestra necesidad de la mayoría de los nutrientes, principalmente de los antioxidantes. Es más, algunos especialistas consideran que sería necesario que los habitantes de las ciudades contaminadas tomaran suplementos de vitamina C. Es decir, que un alimento no tiene más nutrientes por ser ecológico, pero sí los aprovecharemos mejor.

Ahora bien, una cosa es lo ideal y otra bien distinta la realidad, y parece ser que la tendencia de hoy en día es comer alimentos de baja calidad nutritiva y solucionar ese problema tomando complementos vitamínicos. Los encontramos en pastillas, cápsulas, gotas, etc., en las tiendas de dietética, en las farmacias e incluso en los supermercados, pero ¿son realmente beneficiosos para nuestra salud? Lo primero que aclararé es que de nada sirve tomar multivitamínicos a la hora de acabar con las enfermedades asociadas a la malabsorción o a una nutrición precaria, si no se cambian los hábitos alimentarios. Y por otro lado, ¿te has parado a pensar que las vitaminas sintéticas son sustancias químicas? Este es el problema. Cuando las vitaminas nos llegan a través de los alimentos naturales, nunca vienen solas, llegan acompañadas de otros nutrientes que facilitan su absorción.

Algunas evidencias científicas, como el estudio dirigido por investigadores del Hospital St. Michael y la Universidad de Toronto y publicado en el Journal of the American College of Cardiology, aseguran que muchos de los complementos multivitamínicos más populares no tienen ninguna ventaja para la salud. Al menos, esa fue la conclusión a la que llegaron después de analizar los datos que recogieron desde enero de 2012 hasta octubre de 2017. De lo que sí se dieron cuenta es de que algunos de estos componentes sintéticos son más efectivos que otros, por ejemplo, el zinc mostró ser muy útil a la hora de reducir los síntomas del resfriado, algo que no consigue la vitamina C. Aun así, y como explican los autores de este trabajo: «Hasta ahora, ninguna investigación sobre suplementos nos ha mostrado algo mejor que porciones saludables de alimentos vegetales menos procesados, incluyendo vegetales, frutas y frutos secos».

En el mundo de la nutrición el fraude está a la orden del día, como en muchos otros campos, y ¿existe algo más sencillo que ofrecer a la población un suplemento que aporta beneficios para su salud? Uno de los fraudes que más repercusión ha tenido en los últimos años ha sido el protagonizado por el especialista indio en el campo de la nutrición y la inmunología, Ranjit Kumar Chandra. Este investigador de la Universidad Memorial de Terranova (Canadá) y responsable del centro de Inmunología y Nutrición de la Organización Mundial de la Salud, presentaba estudios en los que aseguraba que un suplemento nutricional que él mismo había formulado favorecía el sistema inmune de los ancianos que lo tomaban. En el año 2002 Chandra fue acusado de fraude científico por el British Medical Journal, porque se demostró que los resultados de sus investigaciones estaban manipulados.

«No es oro todo lo que reluce», es un dicho popular muy utilizado, pero también muy cierto. De manera que, aunque los suplementos puedan ser beneficiosos, es importante tomarlos bien asesorados.

¿Todas las personas absorbemos igual las vitaminas?

La absorción de los nutrientes, tanto si son vitaminas como cualquier otro componente de los alimentos, depende de cada persona porque es un proceso que está totalmente relacionado con el estado del sistema digestivo. La edad, las infecciones (bacterianas, víricas o parasitarias), algunos fármacos, el alcohol, la intolerancia a la lactosa, los trastornos celíacos y la enfermedad de Crohn, son algunos ejemplos de circunstancias que pueden dañar el revestimiento intestinal, y si nuestra flora intestinal o nuestro estómago no goza de buena salud, da igual que tomemos alimentos de altísima calidad nutricional, ya que nuestro organismo no será capaz de aprovechar todos esos nutrientes que le estamos ofreciendo.

Sí, es cierto, la genética también influye y que algunas situaciones se den, o no, está fuera del alcance de nuestras manos. Aun así, seguir una dieta saludable siempre es una opción acertada a la hora de cuidar nuestra salud.

Etapas de la vida y situaciones en las que son más necesarias

Desde que nos estamos formando en el vientre materno hasta que nos morimos nuestro cuerpo vive en una transformación constante que conlleva distintos requisitos. Ni tan siquiera en el día a día nuestras necesidades son las mismas. El estrés, la actividad física o un resfriado pueden variar nuestro estado físico y emocional, y con ello nuestras demandas nutricionales. Si hacemos referencia a las distintas etapas de la vida, veremos que hay varios momentos clave en los que hay que prestar especial atención al aporte vitamínico. Este es el caso de las siguientes:

 La primera infancia. En el primer año de vida, el bebé duplica su estatura y triplica su peso, en comparación con los valores obtenidos en el momento de nacer. Está claro que la pieza fundamental de este desarrollo es la alimentación, y que todo lo que necesita lo obtendrá a partir de la lactancia y de la alimentación complementaria —que se le ofrecerá en el momento oportuno—, pero ¿qué pasa con los suplementos? Respecto a este tema existe todo un debate. En principio, los bebés de una zona del planeta como la nuestra, donde disfrutamos de muchas horas de sol durante todo el año, no tendrían por qué necesitar ningún tipo de complemento de vitamina D. Sin embargo, se prescriben a todos los niños suplementos de vitamina D, durante los seis primeros meses. ¿Y esto por qué ocurre? La razón nada tiene que ver con la leche —decían que la materna tenía menos vitamina D que la de fórmula—, sino con que a pesar de que el bebé toma la cantidad de vitamina D que necesita, no le da la luz del sol necesaria para sintetizarla, porque por más que se aconseja salir a pasear con el bebé para que le dé el sol —basta con 15 minutos si es directo y de 20 a 30 minutos si no lo es—, las cifras de bebés con déficit de vitamina D siguen aumentando. Así que se ha optado por suplementar con el fin de erradicar el problema. Aun así, ¿no crees que en este caso la solución está a nuestro alcance?

 El embarazo. En la visita al ginecólogo en la que le comentas que deseas buscar un embarazo ya sales con la receta del ácido fólico, porque esta vitamina es esencial para la formación del sistema nervioso del bebé, que tiene lugar entre los días 15 y 28 después de la concepción. El déficit de ácido fólico puede tener consecuencias muy graves para el bebé, como la espina bífida, y por eso se recomienda a todas las mujeres que estén planificando una gestación tomar 400 μg/día. Hoy en día se suelen pautar suplementos de ácido fólico desde 4 semanas antes de la concepción hasta 8 semanas después. A las mujeres embarazadas vegetarianas estrictas, que hayan tomado anticonceptivos orales durante un tiempo prolongado y fumen, también se les recomienda —aparte de no fumar— tomar complementos de vitamina B12, porque las carencias de esta vitamina se asocian al retraso en el desarrollo del bebé, problemas en el sistema nervioso e incluso neuropatía.También en algunas ocasiones, cuando se detectan niveles inadecuados, será necesario suplementar la dieta, bajo prescripción médica, con otros minerales tales como el hierro y el yodo.Una vez ha nacido el bebé, si la madre decide darle el pecho, en principio, llevando una dieta saludable y equilibrada, no es necesario tomar suplementos vitamínicos, excepto de vitamina K, en el inmediato posparto.

 La tercera edad. Envejecer afecta a todo el organismo y el sistema digestivo no iba a ser menos. Con el paso del tiempo aparecen problemas para absorber los nutrientes, y si a esto le sumamos dietas monótonas de escasa riqueza vitamínica, medicinas que interaccionan con algunos nutrientes y, en algunos casos, una vida demasiado sedentaria, pues sí que es necesario un aporte suplementario de vitaminas A, B1, C, ácido fólico y vitamina D. No obstante, no se puede generalizar y hay que valorar el caso de cada persona en particular para saber si realmente lo necesita y, si es así, en concreto qué vitaminas.

Existen también otras circunstancias de la vida cotidiana en las cuales es probable que se necesite un aporte extra de vitaminas —siempre bajo supervisión de un especialista, claro está—, como por ejemplo:

 En momentos de mayor esfuerzo intelectual. Para que el cerebro funcione a pleno rendimiento necesita glucosa, aminoácidos, ácidos grasos, minerales y vitaminas, especialmente las del grupo B.

 En períodos de estrés. La tensión nerviosa, sobre todo si es sostenida en el tiempo, tiene efectos perjudiciales para la salud: dolores de cabeza, diarrea o estreñimiento, cansancio excesivo, insomnio o somnolencia, etc. El estrés también suele estar relacionado con dietas poco equilibradas y con un abuso de sustancias excitantes como el café, las bebidas energéticas o el tabaco. En definitiva, se trata de un cóctel nada ventajoso para la absorción de nutrientes, por causa del cual es necesario recurrir a los multivitamínicos compuestos, normalmente, por las vitaminas B6, ácido pantoténico y la vitamina C, entre otros.

 Cuando se practica deporte de élite. De entrada, con una dieta variada y equilibrada es suficiente, pero quizá de manera puntual, cuando se acerca una competición y si esta precisa de una dieta específica para ganar, perder o mantener el peso requerido, tal vez sí es necesario tomar alguna clase de suplemento con acción antioxidante.

 Cuando el consumo de un medicamento afecta a la absorción de los nutrientes. Por ejemplo, los antiácidos interfieren en el metabolismo del calcio, el fósforo, el complejo de vitaminas B y las vitaminas A, D y C; los antibióticos, en la absorción de las vitaminas A, B12, D y K, y los antiinflamatorios y los laxantes alteran la flora intestinal, que se ve incapacitada para sintetizar las vitaminas del grupo B. Por su parte, los anticonceptivos orales incrementan la necesidad de las vitaminas B6, ácido fólico, las vitaminas B12, C, E y zinc.

 Cuando se consume alcohol y tabaco con frecuencia. Sabemos que estos dos hábitos son perjudiciales en todos los sentidos, pero en el caso de la nutrición, suelen estar vinculados a una dieta poco saludable porque en ocasiones las comidas llegan a sustituirse por estas dos sustancias. ¿El resultado? La malnutrición. El primer paso para combatirla sería abandonar el tabaco y el alcohol, junto con la adquisición de hábitos alimentarios saludables. En un primer momento, podría ser necesario tomar multivitamínicos a base de vitaminas A, B, C y E. Pero no hay que engañarse, los suplementos no son ninguna poción mágica y si no se cambian las costumbres, de nada sirve tomarlos. En el caso del tabaco se necesitará un mayor aporte de vitamina C, puesto que esta vitamina está relacionada con los procesos de desintoxicación, reaccionando con los tóxicos del humo del cigarrillo.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
14 kasım 2024
Hacim:
191 s. 3 illüstrasyon
ISBN:
9788491182030
Yayıncı:
Telif hakkı:
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