Kitabı oku: «La hija del tiempo»
LA HIJA DEL TIEMPO

SENSIBLES A LAS LETRAS, 62
Título original: The Daughter of Time
Primera edición en Hoja de Lata: junio del 2020
Segunda edición: septiembre del 2020
© The National Trust for Places of Historic Interest and Natural Beauty, 1951
© de la traducción: Efrén del Valle Peñamil, 2012
Traducción cedida por acuerdo con RBA LIBROS S. A.
© de la imagen de la portada: Sara Morante, 2020
© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2020
Hoja de Lata Editorial S. L.
Avda. Galicia, 21, 4.º E, 33212 Xixón, Asturies [España]
info@hojadelata.net / www.hojadelata.net
Edición: Hoja de Lata Editorial S. L.
Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu
Corrección: Tania Galán Álvarez
ISBN: 978-84-16537-93-8
Producción del ePub: booqlab
La traducción de este libro se rige por el contrato tipo propuesto por ACE Traductores.
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La verdad es la hija del tiempo.
Proverbio antiguo

1
Grant yacía en su cama alta de color blanco contemplando el techo. Lo miraba con aversión. Se sabía de memoria hasta la más ínfima grieta de aquella limpia superficie. Había trazado mapas del techo y los había explorado: ríos, islas y continentes. Había jugado a las adivinanzas y hallado objetos ocultos: rostros, pájaros y peces. Había realizado cálculos matemáticos y redescubierto su infancia: teoremas, ángulos y triángulos. Prácticamente no había otra cosa que hacer más que observarlo. Lo odiaba.
Había propuesto a la Canija que girara un poco la cama para poder explorar un nuevo tramo de techo. Pero al parecer eso estropeaba la simetría de la habitación, y en los hospitales, la simetría está un escalafón por debajo de la limpieza y dos por encima de la devoción a Dios. En un hospital, cualquier cosa que estuviese desalineada era una blasfemia. ¿Por qué no leía?, le preguntaba ella. ¿Por qué no se enfrascaba en la lectura de una de aquellas novelas caras recién editadas que sus amigos no paraban de traerle?
—Nace demasiada gente en el mundo y se escriben demasiadas palabras. Cada minuto salen millones y millones de ellas de las imprentas. La idea me horroriza.
—Parece usted estreñido —le dijo la Canija.
La Canija era la enfermera Ingham, quien en realidad medía un metro sesenta y estaba muy bien proporcionada. Grant la llamaba la Canija para desquitarse del hecho de verse mangoneado por una figurita de porcelana de Dresde a la que podría sostener en una mano. Siempre que pudiese ponerse en pie, claro está. No solo le decía qué podía y qué no podía hacer, sino que manejaba su metro ochenta de humanidad con una soltura que a Grant le resultaba humillante. Por lo visto, el peso no era obstáculo para la Canija. Volteaba los colchones con la abstraída elegancia de un malabarista. Cuando acababa su turno, Grant era atendido por la Amazona, una diosa con unos brazos como las ramas de un haya. La Amazona era la enfermera Darroll, que provenía de Gloucestershire y se ponía nostálgica cuando llegaba la temporada de los narcisos. (La Canija era de Lytham St. Anne’s, y a ella los narcisos le importaban un comino). Tenía las manos grandes y tersas y ojos de vaca, y siempre parecía lamentarse por los demás, pero el menor esfuerzo físico la hacía jadear como si fuese una bomba de succión. A Grant le parecía todavía más humillante ser tratado como un peso muerto que como si no pesara nada.
Grant estaba postrado y al cargo de la Canija y la Amazona porque se había caído por una trampilla, el colmo de la humillación. En comparación con eso, los empujones de la Amazona y los leves tirones de la Canija eran un mero corolario. Caerse por una trampilla era el colmo del absurdo, algo patético y grotesco, digno de una pantomima. En el momento de su desaparición del nivel del suelo estaba persiguiendo implacablemente a Benny Skoll. El único aunque escaso consuelo en esa situación insufrible era que cuando Benny Skoll dobló la esquina a todo correr, fue a parar a los brazos del sargento Williams.
Ahora Benny iba a pasar tres años entre rejas, lo cual era muy satisfactorio para los jefazos, aunque seguramente vería reducida su condena por buena conducta. En los hospitales no había indultos por buen comportamiento.
Grant dejó de contemplar el techo y miró de soslayo la pila de libros caros y llamativos en los que tanto había insistido la Canija. El que estaba encima, con la hermosa imagen de Valetta vestida de un rosa imposible, era el relato anual de Lavinia Fitch sobre las vicisitudes de una intachable heroína. En vista de la ilustración del Gran Puerto que adornaba la cubierta, la Valeria, Angela, Cecile o Denise de turno debía de ser esposa de un marino. Solo había abierto el libro para leer el amable mensaje que Lavinia había escrito en su interior.
El sudor y el surco era Silas Weekley en plan campechano y franco a lo largo de setecientas páginas. La situación, a juzgar por el primer párrafo, no había cambiado sustancialmente desde su último libro: la madre tumbada en el piso de arriba con su decimoprimer hijo, el padre tumbado en el piso de abajo después del noveno trago, el hijo mayor tumbado a la bartola en el establo, la hija mayor tumbada con su amante en el granero y el resto de la familia pasando desapercibida en la cuadra. La lluvia se filtraba por el techo de paja y el estiércol humeaba en el muladar. Silas jamás se olvidaba del estiércol. No era culpa suya que el vapor fuese el único elemento ascendente de la escena. Si Silas hubiera descubierto un vapor que humeara hacia abajo, lo habría incluido.
Bajo los ásperos claroscuros de la sobrecubierta del libro de Silas se ocultaba una elegante historia de florituras eduardianas y absurdidades barrocas titulada Campanas en sus pies. En dicha obra, Rupert Rouge abordaba el vicio en un tono picarón. Rupert siempre te arrancaba unas francas carcajadas durante las dos primeras páginas. Pero al llegar a la tercera te percatabas de que había aprendido de George Bernard Shaw, esa pícara criatura (pero, ni que decir tiene, nada maliciosa), que la manera más sencilla de resultar ingenioso era el facilón y conveniente método de la paradoja. Después te veías venir los chistes con tres frases de antelación.
El libro con un fogonazo rojo de pistola sobre un fondo verde oscuro en la portada era lo último de Oscar Oakley. Tipos duros ladeando la boca y hablando en un estadounidense impostado sin el ingenio ni la mordacidad necesarios para rezumar autenticidad. Rubias, barras cromadas y persecuciones trepidantes. Una verdadera bazofia.
El caso del abrelatas perdido, de John James Mark, contenía tres errores de procedimiento en las dos primeras páginas. Al menos le había proporcionado a Grant cinco minutos de deleite mientras redactaba una carta imaginaria a su autor.
No alcanzaba a recordar cuál era el delgado libro azul situado abajo del montón. Algo serio y estadístico, pensó. Moscas tsé tsé, calorías, conductas sexuales o algo por el estilo.
Incluso en esos casos sabías qué ocurriría en la página siguiente. ¿Acaso ya nadie era capaz de variar de registro de cuando en cuando? ¿Es que todos se aferraban a la misma fórmula? Los escritores se limitaban a seguir una pauta, de manera que los lectores ya sabían lo que iba a suceder. Hablaban de «un nuevo Silas Weekley» o de «una nueva Lavinia Fitch» exactamente igual que hablaban de «un nuevo ladrillo» o «un nuevo cepillo de pelo». Jamás decían «un nuevo libro de» quien fuese. No les interesaba la obra, sino la novedad. Tenían bastante claro cómo sería.
Mientras apartaba su asqueada mirada de la variopinta pila, pensó que quizá estaría bien que todas las imprentas del mundo se detuvieran durante una generación. Debería imponerse una moratoria literaria. Algún Superman debería inventar un rayo que las estropeara todas al mismo tiempo. Eso evitaría que la gente te enviase un montón de estupideces cuando estás tumbado en la cama, y ningún retaco mandón te pediría que las leyeras.
Grant oyó que se abría la puerta, pero no se volvió para mirar. Se había puesto de cara a la pared, literal y metafóricamente.
Notó que alguien se acercaba a la cama y cerró los ojos para eludir cualquier posibilidad de conversación. En aquel momento no deseaba la simpatía de Gloucestershire ni la vivacidad de Lancashire. En el silencio que siguió, una leve tentación, una nostálgica fragancia de todos los campos de Grasse, acarició sus fosas nasales e inundó su cerebro. La saboreó, reflexionando. La Canija olía a detergente de lavanda y la Amazona a jabón y a yodo. Aquel lujoso olor que flotaba en el aire era L’Enclos Numéro Cinq. Solo una persona que conocía utilizaba ese perfume, y esa era Marta Hallard.
Abrió un ojo y miró de soslayo. Evidentemente, ella se había inclinado para ver si estaba dormido y ahora observaba con aire indeciso —si es que podía decirse que Marta hacía algo con indecisión—, prestando atención al montón de publicaciones manifiestamente vírgenes que había sobre la mesa. En un brazo llevaba dos libros nuevos, y en el otro un gran ramo de lilas blancas. Grant se preguntó si había elegido lilas blancas porque las consideraba la ofrenda floral más adecuada para el invierno (adornaban su camerino del teatro de diciembre a marzo) o porque no desmerecían su elegante blanco y negro. Llevaba un sombrero nuevo y sus habituales perlas, unas perlas que en su día Grant le había ayudado a recuperar. Estaba muy guapa, muy parisina y, por suerte, desentonaba sobremanera con el hospital.
—¿Te he despertado, Alan?
—No, no estaba durmiendo.
—Parece que vengo a echar agua en el mar —dijo Marta, dejando los dos libros junto a sus despreciados hermanos—. Espero que te parezcan más interesantes que esos otros. ¿Ni siquiera has hojeado el de nuestra querida Lavinia?
—No puedo leer nada.
—¿Tienes dolores?
—Estoy agonizando. Pero no es la pierna ni la espalda.
—¿De qué se trata entonces?
—Es lo que mi prima Laura llama «las punzadas del aburrimiento».
—Pobre Alan. ¡Y cuánta razón tiene Laura! —Marta sacó un puñado de narcisos de un jarrón demasiado grande para acogerlos, los tiró en el lavabo con uno de sus más refinados ademanes y procedió a sustituirlos por las lilas.
—Uno podría pensar que el aburrimiento es una emoción profunda, pero no lo es, por supuesto. Es algo absurdo, insignificante.
—Ni una cosa ni la otra. Es como si te atizaran con ortigas.
—¿Por qué no te pones a hacer algo?
—¿Perfeccionar mis hobbies?
—Perfeccionar la mente. Por no hablar de tu alma y tu humor. Podrías estudiar filosofía. Yoga o algo así. Pero supongo que una mente analítica como la tuya no es la más adecuada para reflexionar sobre lo abstracto.
—Me he planteado retomar el álgebra. Tengo la sensación de que nunca le hice justicia en la escuela. Pero he estudiado tanta geometría en ese maldito techo que estoy un poco harto de las matemáticas.
—Bueno, imagino que no tiene sentido recomendar rompecabezas a alguien que se encuentra en tu situación. ¿Qué tal unos crucigramas? Puedo traerte un cuadernillo, si quieres.
—Dios me libre.
—Siempre puedes inventártelos. Dicen que es más divertido que resolverlos.
—Es posible, pero un diccionario pesa varios kilos. Además, nunca me ha gustado buscar cosas en libros de consulta.
—¿Juegas al ajedrez? Yo ya no me acuerdo. ¿Qué te parecen unos problemas de ajedrez? Salen las blancas y mate en tres movimientos y cosas así.
—Solo me interesa el ajedrez desde una perspectiva pictórica.
—¿Pictórica?
—Los peones, los alfiles y demás son muy decorativos, de lo más elegantes.
—Muy bien. Puedo traerte un tablero. De acuerdo, olvidemos el ajedrez. Podrías realizar alguna investigación académica. Es como las matemáticas, tienes que dar con la solución a un problema no resuelto.
—¿Te refieres a delitos? Me sé todos los casos de memoria. Ya no se puede hacer nada más al respecto, y menos si estás postrado en una cama.
—No me refería a los archivos de Scotland Yard. Me refería a algo más… ¿Cómo decirlo? Algo más clásico. Algo que haya traído de cabeza al mundo durante siglos.
—¿Por ejemplo?
—Pues las cartas del cofre.
—¡Ah, no! ¡María, reina de Escocia no!
—¿Y por qué no? —preguntó Marta, que al igual que todas las actrices veía a María Estuardo a través de una bruma de velos blancos.
—Podría interesarme una mujer mala, pero una tonta no.
—¿Tonta? —dijo Marta con su mejor registro grave de Electra.
—Mucho.
—Pero Alan, ¿cómo puedes decir eso?
—Si hubiese llevado otro tocado nadie se habría interesado nunca por ella. Lo que seduce a la gente es ese sombrerito.
—¿Crees que habría amado con menos pasión si hubiese llevado un sombrero de paja?
—Nunca amó con pasión, llevara el sombrero que llevara.
Marta parecía tan escandalizada como le permitían toda una vida en el teatro y una hora de concienzudo maquillaje.
—¿Por qué piensas eso?
—María Estuardo medía uno ochenta. Casi todas las mujeres demasiado altas son frías. Pregúntale a cualquier médico.
Y al pronunciar esas palabras, Grant se preguntó por qué desde que Marta lo adoptó como acompañante de repuesto cuando necesitaba uno no se le había ocurrido sopesar si su célebre racionalidad con los hombres obedecía precisamente a su estatura. Pero Marta no había trazado ningún paralelismo; seguía pensando en su reina favorita.
—Al menos fue una mártir. Eso tendrás que reconocérmelo.
—¿Mártir de qué?
—De su religión.
—Lo único que la martirizó fue el reuma. Se casó con Darnley sin la dispensa papal y con Bothwell por el rito protestante.
—¡Y por supuesto ahora me dirás que tampoco estuvo presa!
—El problema es que te la imaginas en una pequeña habitación en lo alto de un castillo, con barrotes en las ventanas y una vieja sirvienta fiel que comparte con ella las oraciones, cuando en realidad contaba con sesenta personas a su servicio. Se quejó amargamente cuando las redujeron al miserable número de treinta sirvientes y a punto estuvo de morirse del disgusto cuando se quedó con dos secretarios, varias mujeres, una bordadora y un par de cocineros. E Isabel tuvo que pagarlo todo de su bolsillo. Estuvo pagando durante veinte años, y durante veinte años María Estuardo fue ofreciendo la corona de Escocia por toda Europa a cualquiera que estuviese dispuesto a iniciar una revolución y le devolviera el trono que había perdido o, dicho de otra manera, el trono que ocupaba Isabel.
Grant miró a Marta y vio que estaba sonriendo.
—¿Ya van un poco mejor ahora? —preguntó.
—¿Mejor el qué?
—Las punzadas.
Grant se echó a reír.
—Sí, durante un minuto me había olvidado de ellas. ¡Ya podemos atribuirle algo bueno a María Estuardo!
—¿Cómo sabes tanto sobre María?
—En mi último año de colegio hice un trabajo sobre ella.
—Y no te gustó, deduzco.
—No me gustó lo que descubrí sobre ella.
—Es decir, que no la consideras un personaje trágico.
—Sí, mucho. Pero no trágico en el sentido que suele creer la gente. Su tragedia fue que nació siendo reina con la actitud de un ama de casa. Tomarle el pelo a tu vecina, la señora Tudor, es inofensivo e incluso divertido; a lo sumo no podrás justificar una serie de compras a plazos, pero eso te afecta solo a ti. Cuando utilizas la misma técnica con un reino, el resultado es desastroso. Si estás dispuesto a empeñar un país de diez millones de habitantes para mofarte de un rival monárquico, acabas siendo un fracasado sin amigos. —Grant reflexionó unos instantes—. Habría tenido un éxito arrollador como maestra en una escuela para señoritas.
—¡Qué bruto eres!
—Lo digo en el buen sentido. Les habría caído bien a los empleados, y las niñas la habrían adorado. A eso me refiero cuando digo que es trágica.
—En fin, que tampoco te apetecen las cartas del cofre. ¿Qué más tienes por ahí? El hombre de la máscara de hierro.
—No recuerdo quién era, pero no me interesa un hombre tímido que se esconde detrás de una careta de hojalata. No me interesa nadie a quien no pueda verle la cara.
—Ah, sí, olvidaba tu pasión por las caras. Las de los Borgia eran maravillosas. Seguro que en ellas encontrarías más de un misterio con el que entretenerte. También estaba Perkin Warbeck, por supuesto. La impostura siempre es fascinante. ¿Era o no era? Es un juego fantástico. La balanza nunca se decanta por completo de un lado o de otro. Si la empujas sube otra vez, como un tentetieso.
Se abrió la puerta y en el umbral apareció el familiar rostro de la señora Tinker, coronado por su todavía más familiar e histórico sombrero. La señora Tinker lucía el mismo tocado desde que empezó a trabajar en casa de Grant, y este era incapaz de imaginársela con ningún otro. Sabía que tenía otro porque combinaba con algo que ella denominaba el «conjuntito azul». Ese «conjuntito azul» se lo ponía únicamente en determinadas ocasiones, lo que quiere decir que jamás aparecía con él en el 19 de Tenby Court. Se lo ponía con conciencia ritual y le servía de baremo con el que medir el acontecimiento («¿Se divirtió, señora Tink? ¿Cómo fue?». «No merecía la pena que me pusiera el conjuntito azul»). Lo había llevado en la boda de la princesa Isabel y en otros actos de la realeza, y aparecía con él durante dos fugaces segundos de una noticia en la que la duquesa de Kent cortaba una cinta, pero Grant lo conocía solo de oídas; era un criterio sobre la importancia social de un acontecimiento. Los sucesos eran o no dignos de que la señora Tinker se enfundara el «conjuntito azul».
—Me han dicho que tenía usted visita —comentó la señora Tinker—, y estaba a punto de marcharme cuando me di cuenta de que la voz me era conocida y me he dicho: «Pero si es la señorita Hallard», así que he decidido entrar.
Llevaba varias bolsas de papel y un ramillete de anémonas. Saludó a Marta de mujer a mujer; en su día había sido ayudante de vestuario y no profesaba un excesivo respeto a las diosas del mundo del teatro. Observó con recelo el hermoso centro de lilas que aparecían resplandecientes merced a la pericia de Marta. Esta no se percató de la mirada, pero sí del pequeño ramo de anémonas, y abordó la situación como si la tuviera ensayada.
—Con lo que me ha costado encontrar lilas blancas y llega la señora Tinker y me da en las narices con sus lirios del valle.
—¿Lirios? —dijo la señora Tinker con aire dubitativo.
—Como dijo Salomón: no tienen que trabajar ni tejer.
La señora Tinker solo pisaba la iglesia para asistir a bodas y bautizos, pero pertenecía a una generación que había ido a catequesis. Contempló con renovado interés la pequeña maravilla que sostenía en la mano, enfundada en un guante de lana.
—Pues no lo sabía, pero tiene más sentido, ¿no? Yo pensaba que eran azucenas. Campos y campos de azucenas. Son carísimas, pero un poco deprimentes. ¿Así que eran de colores? ¿Y por qué no lo dicen? ¿Por qué tienen que llamarlas lilas?
Y así siguieron hablando de traducción y de lo engañosas que podían ser las Sagradas Escrituras («Siempre me he preguntado qué era eso de echar el pan sobre las aguas», dijo la señora Tinker) para pasar tan incómodo momento.
Mientras seguían ocupadas con la Biblia, entró la Canija con más jarrones. Grant se percató de que esos jarrones eran adecuados para las lilas blancas y no para las anémonas. Eran un tributo a Marta, un pasaporte para mejorar la comunicación. Pero a Marta nunca le interesaron las mujeres, a menos que les encontrara una utilidad inmediata. Su tacto con la señora Tinker había sido un mero savoir faire, un reflejo condicionado, de modo que la Canija quedó reducida a un papel funcional en lugar de social. Recogió los narcisos del lavamanos y los colocó dócilmente en otro jarrón. La sumisión de la Canija era lo más precioso que Grant había observado en mucho tiempo.
—Bueno —dijo Marta cuando terminó de colocar las lilas y las puso donde Grant pudiera verlas—. Me voy para que la señora Tinker te dé todas esas golosinas que lleva en la bolsa de papel. Por un casual, señora Tinker, no habrá traído esos maravillosos bollos suyos…
La señora Tinker estaba henchida de orgullo.
—¿Quiere un par de ellos? Están recién salidos del horno.
—Bueno, después tendré que hacer penitencia. Esos pastelitos son mortales para la cintura, pero deme un par. Me los llevaré para acompañar el té en el teatro.
La señora Tinker eligió dos con aduladora deliberación («Me gustan con los bordes un poco tostados»), los guardó en el bolso de Marta, y esta dijo:
—Bien, au revoir, Alan. Vendré en un par de días y te enseñaré a hacer calceta. Dicen que nada relaja tanto como tejer. ¿No es cierto, enfermera?
—Sí, sí, desde luego. Muchos pacientes se entretienen tejiendo. Les parece una buena manera de pasar el rato.
Marta le lanzó un beso desde la puerta y se marchó, seguida de la respetuosa Canija.
—Menuda bruja está hecha —dijo la señora Tinker mientras se disponía a abrir las bolsas. No se refería a Marta.
2
Pero cuando Marta regresó al cabo de dos días no llevaba agujas de punto ni lana. Entró tan campante en la habitación justo después de comer, ataviada con un elegante gorro de cosaco levemente inclinado que debió de llevarle varios minutos delante del espejo.
—No puedo quedarme mucho, cariño. Me voy al teatro. Hoy hay función de tarde, que Dios me asista. Solo habrá bandejas de té e idiotas. Y te subes al escenario cuando ya ni entiendes lo que estás diciendo. Creo que no van a cancelar nunca esta obra. Será como una de esas que estrenan en Nueva York y duran una década en lugar de un año. Es aterrador. No te concentras. Anoche, Geoffrey se quedó en blanco en mitad del segundo acto. Parecía que iban a salírsele los ojos de las cuencas. Por un momento pensé que iba a darle un infarto. Después dijo que no recordaba nada de lo que había pasado desde que llegó hasta que volvió en sí y se dio cuenta de que estaba a mitad de la obra.
—O sea, que perdió el conocimiento.
—No, no. Actuó como un autómata. Recitó su papel pero estaba pensando en otra cosa en todo momento.
—Si lo que dicen es cierto, no es algo inusual en los actores.
—Con moderación no. Johnny Garson puede decirte cuántos libros tiene en casa mientras llora desconsoladamente en el regazo de alguien. Pero no es lo mismo que estar «ausente» durante medio acto. Piensa que Geoffrey echó a su hijo de casa, discutió con su amante y acusó a su mujer de tener una aventura con su mejor amigo sin ser consciente de nada.
—¿Consciente de qué?
—Dice que decidió alquilar el piso de Park Lane a Dolly Dacre y comprar la casa estilo Carlos II de Richmond que van a dejar los Latimer, porque al señor Latimer lo han nombrado gobernador. A Geoffrey le parecía que tenía pocos cuartos de baño y decidió que construiría uno en el piso de arriba, en una salita con papel chino del siglo XVIII. Podían retirar el precioso papel y utilizarlo para decorar una sosa habitación con artesonado victoriano que hay al fondo. También pensó en las cañerías. No sabía si tendría dinero suficiente para cambiar las baldosas y se preguntaba qué tipo de cocina pondría. Ya había decidido cortar los setos de la verja cuando se topó conmigo en el escenario, delante de novecientas ochenta y siete personas, en mitad de un diálogo. No me extraña que se le salieran los ojos de las órbitas. Veo que al menos has leído uno de los libros que te traje, a juzgar por la cubierta arrugada.
—Sí, el de la montaña. Me ha venido como agua de mayo. Me paso horas mirando las fotografías. Nada es capaz de poner las cosas en perspectiva tan rápido como una montaña.
—Yo prefiero las estrellas.
—No, no. Las estrellas te reducen al estatus de una ameba, te arrebatan hasta el último vestigio de orgullo humano, la última brizna de confianza. Pero una montaña nevada es una buena vara de medir para el hombre. Estaba aquí tumbado, mirando el Everest, y daba gracias a Dios por no estar escalando esas laderas. Una cama de hospital me parecía un refugio caliente, tranquilo y seguro, y la Canija y la Amazona, dos de los mayores logros de la civilización.
—Pues te he traído más fotos.
Marta volcó el sobre que llevaba y desparramó encima del pecho de Grant varias hojas de papel.
—¿Qué es esto?
—Caras —dijo Marta encantada—. Docenas de caras. Hombres, mujeres y niños, de todo tipo, condición y tamaño.
Grant cogió una hoja y la observó. Era un grabado del siglo XV, el retrato de una mujer.
—¿Quién es?
—Lucrecia Borgia. ¿A que es mona?
—Puede, pero ¿insinúas que encerraba algún misterio?
—Pues sí. Nadie tiene claro todavía si era un instrumento de su hermano o cómplice suyo.
Grant descartó a Lucrecia y cogió otra hoja. Era el retrato de un niño con ropa de finales del siglo XVIII y debajo, en letras mayúsculas descoloridas, llevaba impresas las palabras «Luis XVII».
—Aquí tienes un misterio fantástico —comentó Marta—. El delfín. ¿Escapó o murió en la cárcel?
—¿Dónde has conseguido todo esto?
—Saqué a Jaime de su cuchitril del Victoria and Albert y lo obligué a llevarme a una tienda de litografías. Sabía que entendía de esas cosas, y estoy convencida de que no había nada que le interesara en el museo.
Era típico de Marta dar por sentado que un funcionario que resultaba que también era dramaturgo y una autoridad en materia de retratos estaba dispuesto a dejar su trabajo y rebuscar en tiendas de litografías para satisfacerla.
Grant dio la vuelta a la fotografía de un retrato isabelino. Era un hombre vestido con terciopelo y perlas. Miró detrás para ver quién era y descubrió que se trataba del conde de Leicester.
—Así que este es el Robin de Isabel —dijo—. Creo que nunca había visto un retrato suyo.
Marta contempló aquel rostro viril y rollizo y dijo:
—Se me acaba de ocurrir que una de las grandes tragedias de la historia es que los mejores pintores no retrataban a la gente en su mejor momento. Robin debía de ser todo un hombre. Dicen que, de joven, Enrique VIII era deslumbrante, pero ¿qué es ahora? Una figura de naipes. Hoy en día sabemos cómo era Tennyson antes de dejarse esa barba tan horrenda. Tengo que irme, llego tarde. He almorzado en el Blague y se ha acercado tanta gente a hablar conmigo que no he podido marcharme temprano como pretendía.
—Imagino que tu anfitrión habrá quedado impresionado —dijo Grant mirando el sombrero.
—Sí, sí, esa mujer entiende de sombreros. Con solo un vistazo dijo: «Jacques Tous, me figuro».
—¿Una mujer? —exclamó Grant sorprendido.
—Sí, Madeleine March. La invité a comer. No te sorprendas tanto, menuda falta de tacto. Tengo la esperanza de que me escriba una obra sobre Lady Blessington, pero con tanto ir y venir de gente no he tenido la oportunidad de impresionarla. Aun así, la comida ha sido maravillosa. Ahora que lo recuerdo, Tony Bittmaker estaba comiendo con otras siete personas. Vaya gentío. ¿Sabes qué tal le va?
—No tengo pruebas suficientes —respondió Grant y, con eso, Marta se echó a reír y se fue.
Una vez que se impuso el silencio, Grant volvió a pensar en el Robin de Isabel. ¿Qué misterio rodeaba a aquel hombre?
¡Ah, claro, Amy Robsart!
A Grant no le interesaba Amy Robsart. Le daba igual cómo se había caído por las escaleras o por qué.
Pero pasó una tarde de lo más agradable con el resto de las caras. Mucho antes de ingresar en la policía se había aficionado a las caras, y en sus años en Scotland Yard ese interés fue un entretenimiento privado y una ventaja profesional. En una ocasión, cuando era más joven, acompañó al comisario jefe a una rueda de identificación. No le habían asignado el caso a él, y ambos estaban allí por otros motivos, pero se quedaron observando desde el fondo mientras un hombre y una mujer recorrían por separado una hilera de doce hombres anodinos, buscando al que esperaban identificar.
—¿Sabe quién es el tipo? —susurró el comisario.
—No, pero puedo imaginármelo —respondió Grant.
—¿Ah sí? ¿Cuál cree que es?
—El tercero por la izquierda.
—¿De qué se le acusa?
—No tengo ni idea.
Su jefe lo miró con expresión divertida. Como el hombre y la mujer fueron incapaces de identificar a nadie y se marcharon, la hilera se deshizo y los participantes se pusieron a charlar, subiéndose el cuello y arreglándose la corbata para regresar a la calle y al mundo cotidiano del que habían venido para colaborar con la ley. El único que no se movió fue el tercero por la izquierda, que esperó sumiso a su escolta y fue conducido de nuevo a su celda.
—¡Caramba! —exclamó el comisario jefe—. Tenía una posibilidad entre doce y ha acertado. Muy bien. Ha elegido a su hombre entre todo el grupo —le dijo al inspector local.
—¿Lo conocía? —preguntó el inspector un tanto sorprendido—. Que sepamos, nunca se ha metido en líos.
—No, no lo había visto nunca. Ni siquiera sé de qué se le acusa.
—Entonces, ¿por qué lo eligió?
Grant titubeó, analizando por primera vez su proceso de selección. No había sido algo razonado. No pensó: «El rostro de ese hombre tiene tal o cual característica y, por tanto, él es el acusado». Su elección fue casi instintiva, subconsciente. Al final, tras indagar en su subconsciente, espetó:
—Es el único de los doce que no tiene arrugas.
Todos se echaron a reír. Pero Grant, una vez sacado el tema a la luz, vio que su instinto había funcionado y reconoció el razonamiento que se ocultaba detrás de él.
—Puede que parezca una tontería, pero no lo es —añadió—. El único adulto que no tiene ni una sola arruga en la cara es el idiota.
—Freeman no es ningún idiota, créame —intervino el inspector—. Es un joven muy despierto.
—No me refería a eso, sino a que el idiota es irresponsable. El idiota es el baremo de la irresponsabilidad. Los doce hombres que formaban cola rondaban los treinta años, pero solo uno tenía cara de irresponsable, así que lo calé de inmediato.
Después de aquello, circulaba por Scotland Yard la broma de que Grant podía detectar culpables a simple vista. En una ocasión, el subcomisario dijo en tono burlón: «No me dirá usted que existen los rostros criminales, inspector». Pero Grant respondió que no, que no era tan sencillo.
—Si existiera solo un tipo de delito, señor, sería posible; pero los delitos son tan variados como la misma naturaleza humana y si un policía empezara a incluir las caras en categorías, estaría perdido. Se puede saber qué aspecto tiene una mujer de vida descarriada dándose un paseo por Bond Street cualquier día entre las cinco y las seis, pero resulta que la mujer con la peor reputación de todo Londres parece una santa.
—No tanto; últimamente bebe mucho —dijo el subcomisario, identificando a la dama sin dificultad. Después, la conversación se fue por otros derroteros.
Pero el interés de Grant por los rostros persistió y se dilató hasta convertirse en un estudio consciente, en una cuestión de archivos y comparaciones. No era posible, decía, clasificar los rostros, pero sí caracterizarlos uno por uno. En una revisión de un célebre juicio, por ejemplo, donde las fotografías de los principales involucrados se mostraron por una cuestión de interés ciudadano, nunca hubo dudas de quién era el acusado y quién era el juez. De vez en cuando, un abogado, por su aspecto, podría haberse cambiado por el prisionero que estaba en el banquillo; a fin de cuentas, los abogados son una simple muestra de la humanidad, tan proclive a las pasiones y la avaricia como el resto, pero los jueces poseen una cualidad especial, integridad e imparcialidad. Por tanto, incluso sin la peluca, era imposible confundirlo con el acusado, que ni tenía integridad ni imparcialidad.
El James de Marta, al que habían sacado de su «cuchitril», se lo había pasado en grande eligiendo delincuentes o a sus víctimas, y Grant estuvo entretenido hasta que la Canija le trajo el té. Mientras recogía las fotografías para guardarlas en el cajón, su mano entró en contacto con una que se había deslizado de su pecho y se había quedado toda la tarde sobre el cubrecama sin que lo advirtiera. La cogió y la miró.
Era el retrato de un hombre vestido con un sombrero de terciopelo y un jubón de malla típicos de finales del siglo XV. Tendría unos treinta y cinco o treinta y seis años, delgado y bien afeitado. Llevaba un suntuoso collar de piedras preciosas y estaba poniéndose un anillo en el dedo meñique de la mano derecha. Pero no miraba al anillo, sino al infinito.
De todos los retratos que Grant había visto aquella tarde, aquel era el más personal. Era como si el artista se hubiese esmerado en plasmar sobre el lienzo algo que su talento pictórico no le permitía. La expresión de los ojos —esa expresión de lo más fascinante e individual— le había superado, al igual que la boca. No había conseguido conferir movilidad a unos labios tan delgados y anchos, así que la boca era pétrea, un verdadero fracaso. Lo que sí constituía un logro era la estructura ósea de la cara: los pómulos marcados, las hendiduras que se apreciaban debajo de ellos y una barbilla demasiado larga para transmitir fortaleza.
Grant se detuvo justo cuando iba a darle la vuelta y observó el rostro unos instantes. ¿Sería juez? ¿Soldado? ¿Príncipe? Debía de ser una persona acostumbrada a una gran responsabilidad y escrupuloso en su autoridad. Una persona demasiado concienzuda. Un aprensivo, tal vez perfeccionista. Un hombre que se sentía a gusto en situaciones de gran relevancia pero ansioso por los detalles. Un candidato a padecer una úlcera de estómago. Un hombre que había tenido problemas de salud cuando era niño. Tenía esa mirada indescriptible que deja el sufrimiento durante la infancia, menos clara que la mirada de un lisiado, pero igual de ineludible. El artista lo había entendido y lo había traducido al lenguaje pictórico. La leve hinchazón del párpado inferior, como un niño que ha dormido demasiado, la textura de la piel, la mirada de anciano en un rostro joven.
Grant dio la vuelta al retrato buscando una leyenda. En el reverso halló impreso: «Ricardo III. Del retrato de la National Portrait Gallery. Artista desconocido».
Ricardo III.
Conque era él. Ricardo III. El jorobado. El monstruo de los cuentos infantiles. El destructor de la inocencia. Un sinónimo de vileza.
Grant le dio la vuelta de nuevo y lo examinó. ¿Qué había intentado transmitir el artista cuando pintó aquellos ojos? ¿Había visto en ellos la mirada de un hombre atormentado?
Permaneció allí tumbado un buen rato, observando aquella cara, aquellos ojos extraordinarios. Eran alargados y estaban ligeramente hundidos en el ceño fruncido. A primera vista parecían mirar fijamente, pero cuando prestabas más atención descubrías que en realidad eran retraídos, casi ausentes.
Cuando la Canija volvió a buscar la bandeja, Grant todavía estaba ensimismado en el retrato. No había visto algo así en años. A su lado, La Gioconda parecía un cartel publicitario. La Canija examinó la taza, que Grant ni siquiera había tocado, apoyó su mano experta en la tetera tibia y torció el gesto. Tenía mejores cosas que hacer, le dijo, que llevarle bandejas para que él no les hiciera ni caso.
Él le mostró el retrato.
¿Qué le parecía? Si aquel hombre fuera paciente suyo, ¿cuál sería su veredicto?
—Hígado —replicó con sequedad, y recogió la bandeja haciendo sonar los tacones en señal de indignación, toda ella almidón y rizos rubios.
Pero el médico, que entró justo después de ella, amable y despreocupado, tenía una opinión bien distinta. Grant le invitó a mirar el retrato, y tras unos momentos de intenso escrutinio dijo:
—Poliomielitis.
—¿Parálisis infantil? —preguntó Grant, y de súbito recordó que Ricardo III tenía un brazo paralizado.
—¿Quién es?— preguntó el médico.
—Ricardo III.
—¿En serio? Es interesante.
—¿Sabía que tenía un brazo paralizado?
—¿Ah, sí? No me acordaba. Creía que era jorobado.
—También lo era.
—Lo que sí recuerdo es que nació con toda la dentadura y que comía ranas vivas. Bueno, creo que mi diagnóstico es anormalmente acertado.
—Qué extraño. ¿Por qué ha determinado que era polio?
—No estoy muy seguro, pero si he de darle una respuesta definitiva, diría que por la mirada. Es la expresión típica del rostro de un niño lisiado. Si nació con joroba, probablemente se deba a eso y no a la polio. Veo que el artista ha eliminado la joroba.
—Sí, los pintores de la corte tienen que mostrar un mínimo de tacto. Hasta los tiempos de Cromwell, quienes posaban no pedían que los pintaran con todas sus imperfecciones.
—En mi opinión —dijo el médico, examinando con aire distraído el entablillado de la pierna de Grant—, Cromwell empezó esa moda a la inversa, que ha llegado hasta nuestros días. «Soy un hombre corriente, sin tonterías». Ni educación, ni elegancia, ni generosidad, añadiría yo. —Pellizcó el dedo gordo de Grant con desinterés—. Es una enfermedad devastadora, una perversión terrible. En algunas zonas de Estados Unidos y en determinados distritos, según tengo entendido, la vida de un político depende de cómo lleve la corbata y el abrigo. A eso lo llamo yo ser pomposo. El ideal del galán es un chico recio y apuesto. Esto tiene muy buen aspecto —añadió, refiriéndose al dedo gordo de Grant, y volvió por iniciativa propia al retrato que estaba sobre el cubrecama.
—Es interesante lo de la polio —dijo—. Puede que realmente lo fuera y que eso explique lo del brazo atrofiado. —Siguió contemplándolo, sin indicio alguno de querer marcharse—. En cualquier caso, es curioso. El retrato de un asesino. ¿Le parece que se ajusta a esa tipología?
—No existe un tipo de asesino. La gente mata por muchas razones, pero no recuerdo a ningún asesino, ni por una experiencia directa ni por la de otros casos, que se parezca a él.
—Bueno, era único en su especie, ¿no? No debía de conocer el significado de la palabra escrúpulos.
—No.
—Una vez vi a Olivier interpretándolo. Fue la exhibición más fascinante del mal que he presenciado, siempre al borde de caer en lo grotesco, pero sin llegar a hacerlo en ningún momento.
—Cuando le he mostrado el retrato —dijo Grant—, antes de saber quién era, ¿le pareció un villano?
—No —respondió el médico—, me pareció un enfermo.
—Es raro, ¿verdad? Yo tampoco pensé en la maldad. Y ahora que sé quién es, ahora que he leído el nombre en el reverso, solo puedo verlo como una persona malvada.
—Supongo que la maldad, como la belleza, está en los ojos de quien mira. En fin, pasaré a verle otra vez a finales de semana. ¿No tiene dolores?
Y, con eso, se fue, amable y despreocupado, tal como había venido.
Solo tras haber contemplado con perplejidad el retrato (le fastidiaba haber confundido a uno de los asesinos más famosos de todos los tiempos con un juez; haber trasladado a un sujeto del estrado al banquillo de los acusados era una muestra asombrosa de ineptitud) se le ocurrió que aquella imagen podía ilustrar un importante descubrimiento.
¿Qué misterio encerraba Ricardo III?
Y entonces lo recordó. Ricardo había matado a sus dos sobrinos, pero nadie sabía cómo. Simplemente habían desaparecido, si no le fallaba la memoria, en un momento en que Ricardo se encontraba fuera de Londres, y encargó el crimen a otro. Pero el misterio del auténtico destino que corrieron los niños nunca se había resuelto. Aparecieron dos esqueletos —¿en el hueco de unas escaleras?— en tiempos de Carlos II y fueron enterrados. Se dio por sentado que eran los restos de los jóvenes príncipes, pero nunca se demostró nada.
Es sorprendente lo poco que recuerda uno de la historia después de una buena educación. Lo único que sabía de Ricardo III es que era el hermano pequeño de Eduardo IV, que este era un hombre alto de metro ochenta, de un atractivo extraordinario y con una facilidad todavía más extraordinaria para las mujeres, y que Ricardo era un jorobado que usurpó el trono tras la muerte de su hermano en lugar de su joven heredero, y que tramó la muerte de ese heredero y del hermano menor de este para ahorrarse más problemas. También sabía que Ricardo había muerto en la batalla de Bosworth mientras pedía a voces un caballo y que era el último de su linaje, el último Plantagenet.
Todos los estudiantes volvían con alivio la última página de Ricardo III, porque la guerra de las Dos Rosas había terminado por fin y podían continuar con los Tudor, aburridos pero fáciles de seguir.
Cuando entró la Canija a asearlo para la noche, Grant dijo:
—¿No tendrá un libro de historia por casualidad?
—¿Un libro de historia? No. No sé por qué iba a tener un libro de historia…
Dado que eso último no era una pregunta, Grant no se molestó en contestar. Aquel silencio pareció incomodar a la Canija.
—Si verdaderamente quiere un libro de historia —respondió al fin—, puede pedírselo a la enfermera Darroll cuando le traiga la cena. Tiene todos los libros de texto en una estantería de su habitación y es muy posible que entre ellos haya uno de historia.
Qué típico de la Amazona guardar sus libros de texto, pensó Grant. Sentía tanta nostalgia de la escuela como de Gloucestershire cada vez que florecían los narcisos. Cuando entró pesadamente en la habitación con el pudín de queso y el ruibarbo estofado, Grant la miró con una tolerancia rayana en la benevolencia. Había dejado de ser una mujer voluminosa que respiraba como una bomba de succión para convertirse en una potencial fuente de placer.
Sí, tenía un libro de historia, respondió. De hecho, puede que fueran dos. Conservaba todos sus libros de texto porque le encantaba el colegio.
Grant estuvo a punto de preguntarle si también conservaba sus muñecas, pero se contuvo a tiempo.
—Y, por supuesto, me encantaba la historia —añadió ella—. Era mi asignatura favorita. Ricardo Corazón de León era mi ídolo.
—Menudo sinvergüenza —dijo Grant.
—¡De eso nada! —exclamó la Amazona como si se sintiese ofendida.
—Un caso de hipertiroidismo —añadió Grant despiadadamente—. Rebotando de un lado a otro como un petardo defectuoso. ¿Termina su turno ahora?
—En cuanto acabe con las bandejas.
—¿Podría traerme el libro esta noche?
—Se supone que debe dormir, no quedarse despierto leyendo libros de historia.
—Puedo leer un libro de historia o mirar el techo, que es la alternativa. ¿Me lo traería?
—Dudo que pueda subir hasta el edificio de enfermeras y volver esta misma noche para alguien que dice cosas tan espantosas de Ricardo Corazón de León.
—De acuerdo —respondió Grant—. No tengo madera de mártir. Para mí, Ricardo Coeur-de-Lion es el modelo de la caballerosidad, el chevalier sans peur et sans reproche, un jefe intachable y una auténtica joya. ¿Me traerá el libro ahora?
—Me da la impresión de que necesita urgentemente leer un poco de historia —respondió la Amazona mientras alisaba un extremo de una sábana arrugada con sus grandes e impresionantes manos—. Me pasaré por aquí antes de ir al cine y le traeré el libro. Tardó casi una hora en regresar, inmensa con un abrigo de pelo de camello. Ya habían apagado las luces de la habitación y se apareció bajo el brillo de la lámpara de lectura como una suerte de genio bondadoso.
—Esperaba que estuviese dormido —dijo—. Creo que no debería ponerse a leer esta noche.
—Si hay algo que puede ayudarme a conciliar el sueño es un libro de historia de Inglaterra —repuso Grant—. Podrá usted hacer manitas con la conciencia bien tranquila.
—Voy con la enfermera Burrows.
—Pueden cogerse de la mano igualmente.
—Me agota usted la paciencia —dijo pausadamente antes de desaparecer en la oscuridad.
La Amazona le había dejado dos libros.
El primero era uno de esos libros titulados El lector de historia. Guardaba la misma relación con la historia que las crónicas de la historia sagrada con la Biblia. Canuto reprendió a sus cortesanos en la costa, Alfredo metió la pata, Raleigh extendió su capa para Isabel, Nelson se despidió de Hardy en su camarote del Victory, todo ello con una bonita tipografía, clara y grande, y párrafos de una sola frase. En cada episodio se incluía una ilustración a toda página.
Había algo extrañamente conmovedor en el hecho de que la Amazona guardara como un tesoro aquella literatura infantil. Grant pasó a la guarda para ver si aparecía su nombre y encontró lo siguiente:
Ella Darroll,
Tercer Curso
Instituto Newbridge
Newbridge, Gloucestershire.
Inglaterra,
Europa,
El Mundo,
El Universo.
Todo ello estaba rodeado de una hermosa selección de calcomanías de colores.
Grant se preguntaba si todos los niños lo hacían, si escribían sus nombres de aquella manera y se pasaban las clases pegando calcomanías. Él sí, desde luego. Y la imagen de aquellos cuadrados de llamativos tonos primitivos le trajo a la memoria su infancia como no le ocurría desde hacía muchos años. Había olvidado lo divertidas que resultaban las calcomanías, ese momento maravillosamente satisfactorio en que empezaba a despegarlas y veía que salían perfectamente. El mundo de los adultos brindaba escasas gratificaciones como aquella. Un buen golpe de golf tal vez fuera lo que más se aproximaba. O el momento en que se tensa el sedal y sabes que el pez ha mordido el anzuelo.
El libro le gustó tanto que leyó todas y cada una de aquellas historias infantiles con solemnidad. Al fin y al cabo, aquella era la historia que recordaban todos los adultos. Aquello era lo que quedaba grabado en la memoria cuando se olvidaban los impuestos sobre el comercio exterior, las tasas del tráfico marítimo, la liturgia del arzobispo Laud, la conspiración de la Casa de Rye y las Actas Trienales, y el embrollo de cismas y trifulcas, tratados y también traiciones.
Cuando llegó a la historia de Ricardo III vio que se titulaba «Los Príncipes de la Torre». Al parecer, cuando Ella era joven pensó que los príncipes constituían un triste sustituto de Ricardo Corazón de León, porque había rellenado todas las oes minúsculas del cuento con lápiz. A los dos muchachos de cabello rubio que jugaban iluminados por un rayo de sol que se filtraba por la ventana con barrotes en la imagen que acompañaba al texto les pintó unas anacrónicas gafas, y en el fondo blanco de la página de la ilustración alguien había estado jugando al tres en raya. Para la joven Ella, los príncipes eran insignificantes.
Y, sin embargo, era una historia bastante fascinante, lo suficientemente macabra para deleitar a cualquier niño. Los pequeños inocentes y su malvado tío: los ingredientes clásicos de una historia de simplicidad igualmente clásica.
Además, tenía moraleja. Era el cuento instructivo perfecto.
Pero el rey no sacó provecho alguno de sus pérfidos actos. El pueblo de Inglaterra se sintió horrorizado por su fría crueldad y decidió que ya no lo quería como rey. Fueron a buscar a Enrique Tudor, un primo lejano de Ricardo que vivía en Francia, para que fuese coronado en su lugar. Ricardo murió valientemente en la batalla resultante, pero despertaba odio en todo el país, y muchos desertaron de su bando para combatir junto a su rival.
Bueno, quedaba bastante claro pero no era nada reseñable. Una simple crónica de los hechos.
Grant cogió el otro libro.
El segundo era el volumen de historia escolar propiamente dicha. Los dos mil años de historia inglesa divididos prolijamente en compartimentos fáciles de consultar. Los compartimentos, como de costumbre, eran reinos. No era de extrañar que se adscribiese una personalidad a un reino, olvidando que esa personalidad había conocido y vivido bajo el mandato de otros reyes. De ese modo, todos eran encasillados automáticamente. Pepys: Carlos II. Shakespeare: Isabel. Marlborough: reina Ana. Era inimaginable que alguien que hubiese visto a la reina Isabel hubiera conocido también a Jorge I. La idea de reinado estaba condicionada desde la infancia.
No obstante, facilitaba las cosas a un policía con la pierna lisiada y magulladuras en la espalda que andaba buscando un poco de información sobre personajes monárquicos muertos y enterrados para no volverse loco.
Le sorprendió descubrir que el reinado de Ricardo III había sido tan breve. El hecho de que se convirtiera en uno de los gobernadores más célebres en los dos mil años de historia de Inglaterra y de que hubiera dispuesto de solo dos años para hacerlo sin duda auguraba una personalidad arrolladora. Aunque Ricardo no había trabado amistades, desde luego había influido en la gente.
El libro de historia también creía que Ricardo tenía personalidad.
Era un hombre de gran habilidad, pero bastante falto de escrúpulos en cuanto a los medios que utilizaba. Reclamó descaradamente la corona con el absurdo argumento de que el matrimonio de su hermano con Isabel Woodville era ilegal y sus hijos, ilegítimos. Ricardo fue aceptado por el pueblo, que temía tener por regente a un menor de edad, e inició su reinado viajando hacia el sur, donde fue bien recibido. Sin embargo, durante ese viaje, los dos jóvenes príncipes que vivían en la Torre desaparecieron y se pensó que habían sido asesinados. Entonces estalló una gran rebelión, que Ricardo aplastó con ferocidad. A fin de recuperar parte de la popularidad perdida, convocó al Parlamento, que aprobó útiles disposiciones contra las canonjías, los mantenimientos y las libreas.
Pero sobrevino una segunda rebelión, que adoptó la forma de una invasión, con tropas francesas lideradas por Enrique Tudor, cabeza de la rama de los Lancaster. Se encontró con Ricardo en Bosworth, cerca de Leicester, donde la traición de los Stanley brindó una espléndida oportunidad a Enrique. Ricardo murió en la batalla, que libró con gran coraje, y dejó tras de sí una reputación igual de deshonrosa que la de Juan.
¿Qué demonios eran las canonjías, los mantenimientos y las libreas?
¿Estaban conformes los ingleses con que la sucesión la decidieran las tropas francesas?
Pero, por supuesto, en los días de la guerra de las Dos Rosas, Francia todavía era una región medio anexada a Inglaterra, un país mucho menos extraño para un inglés que Irlanda. Un inglés del siglo XV viajaba a Francia como si tal cosa, pero a Irlanda solo si estaba obligado.
Grant permaneció allí tumbado, pensando en aquella Inglaterra, el país por el cual se había librado dicha guerra. Una Inglaterra muy verde, sin una sola chimenea desde Cumberland hasta Cornualles. Una Inglaterra todavía sin cercar, con grandes bosques rebosantes de caza y extensos pantanos plagados de aves silvestres. Un país con las mismas viviendas repitiéndose cada pocos kilómetros en una interminable permutación: castillo, iglesia y casas de campo; monasterio, iglesia y casas de campo; feudo, iglesia y casas de campo. Las hileras de cultivos rodeando los grupos de casas y, más allá, el verdor, ese verdor ininterrumpido, los destartalados caminos que mediaban entre un grupo y otro, enfangados en invierno y emblanquecidos por el polvo en verano, adornados con rosas silvestres o teñidos de rojo por el fruto de los espinos con el paso de las estaciones.
Durante treinta años se había librado la guerra de las Dos Rosas en aquella tierra verde y despoblada. Fue más una disputa familiar que un conflicto bélico, como el de los Montesco y los Capuleto, sin el menor interés para el inglés de a pie. Nadie irrumpía en las casas para preguntar si sus habitantes eran partidarios de la casa de York o la de Lancaster ni para llevárselos a un campo de concentración si la respuesta no era la adecuada para la ocasión.
Fue una guerra pequeña, casi una fiesta privada. La batalla podía desarrollarse en el prado de al lado de tu casa, y convertir tu cocina en un hospital de campaña, para trasladarse luego a otro lugar; unas semanas después te enterabas de lo que había sucedido en aquella batalla y había una riña familiar por el desenlace, porque tu mujer probablemente era de los Lancaster y tú de los York, como quien sigue a equipos de fútbol rivales. Nadie era perseguido por ser partidario de los Lancaster o de los York, como tampoco ocurría por ser seguidor del Arsenal o del Chelsea.
Grant seguía pensando en aquella Inglaterra verde cuando se quedó dormido. Y no era ni un ápice más sabio sobre los jóvenes príncipes ni sobre lo que les había deparado el destino.
3
—¿No tiene nada más alegre que hacer que mirar eso? —le preguntó la Canija a la mañana siguiente, refiriéndose al retrato de Ricardo III que Grant había apoyado contra la pila de libros, sobre la mesita de noche.
—¿No le parece una cara interesante?
—¿Interesante? A mí me pone los pelos de punta. Es un auténtico monstruo.
—Pues cuentan los libros de historia que era un hombre muy capaz.
—También lo era Barba Azul.
—Y además era bastante popular, por lo visto.
—Igual que Barba Azul.
—Y muy buen soldado —replicó Grant maliciosamente, e hizo una pausa—. ¿También lo era Barba Azul?
—¿Para qué quiere mirar esa cara? ¿Quién es?
—Ricardo III.
—¡Acabáramos!
—¿Quiere decir que sabía cómo era?
—Exacto.
—¿Por qué?
—¿Acaso no era un asesino despiadado?
—Parece que entiende usted de historia.
—Eso lo sabe cualquiera. Mató a sus dos sobrinos, pobres muchachos. Los ahogó.
—¿Los ahogó? —preguntó Grant con interés—. No lo sabía.
—Con unas almohadas.
La enfermera golpeó la almohada de Grant con un puño frágil y vigoroso y la colocó de nuevo con rapidez y precisión.
—¿Y por qué en lugar de ahogarlos no los envenenó? —preguntó Grant.
—Y yo qué sé. El asesinato no lo organicé yo.
—¿Quién dice que los ahogó?
—Mi libro de historia del colegio.
—Vale, pero ¿a quién citaba el libro de historia?
—¿Citar? No citaba a nadie. Solo contaba los hechos.
—¿Quién los ahogó según el libro?
—Un tal Tyrrel. ¿Es que no estudió usted historia en el colegio?
—Asistí a clases de historia, que no es lo mismo. ¿Quién era Tyrrel?
—No tengo ni la más remota idea. Un amigo de Ricardo.
—¿Y cómo supieron que había sido Tyrrel?
—Porque confesó.
—¿Confesó?
—Después de que lo declarasen culpable, por supuesto. Antes de que lo ahorcaran.
—¿Me está diciendo que el tal Tyrrel fue ahorcado por el asesinato de los dos príncipes?
—Claro. ¿Le parece si retiro esa cara tan desagradable y pongo algo más alegre? Había bastantes caras bonitas en ese montón de libros que le trajo ayer la señorita Hallard.
—No me interesan las caras bonitas, solo las espantosas, los «asesinos despiadados» que son «hombres muy capaces».
—Desde luego, sobre gustos no hay nada escrito —respondió la Canija inevitablemente—. Gracias a Dios, yo no tengo por qué mirarla. Pero en mi humilde opinión es más que suficiente para que no se le suelden a uno los huesos.
—Bueno, si no sana esta fractura siempre puedo achacárselo a Ricardo III. Imagino que una fechoría más en su historial ya no importa.
Debía preguntarle a Marta la próxima vez que viniera a visitarlo si también había oído hablar de ese tal Tyrrel. Su cultura general no era extensa, pero había recibido una cara educación en una escuela de prestigio y puede que algo hubiese quedado acerca de ello.
Pero el primer visitante que asomó desde el mundo exterior fue el sargento Williams, alto, sonrosado y acicalado y, por un momento, Grant se olvidó de las batallas de antaño y pensó en malhechores vivos. Williams se sentó en la dura silla para las visitas, con las rodillas separadas y los ojos azul claro centelleando como los de un gato deleitándose en la luz que entra por la ventana, y Grant lo miró con afecto. Era agradable volver a hablar de trabajo, utilizar ese discurso elíptico y alusivo que solo se emplea con un compañero de oficio. Era agradable conocer los cotilleos profesionales, hablar de política, enterarse de qué se estaba cociendo.
—El jefe le manda recuerdos —comentó Williams mientras se disponía a marcharse—. Dice que si puede hacer algo por usted, solo tiene que decírselo. —Sus ojos, que ya no estaban deslumbrados por la luz, se clavaron en la fotografía apoyada en los libros. Williams ladeó la cabeza y la observó—. ¿Quién es ese tipo?
Grant estaba a punto de decírselo cuando cayó en la cuenta de que él también era policía, un hombre tan acostumbrado por su trabajo a los rostros como él mismo, una persona para quien las caras eran importantes a diario.
—Un retrato de un hombre pintado por un artista desconocido del siglo XV —respondió—. ¿Qué opinión le merece?
—No tengo ni idea de pintura.
—No me refiero a eso. ¿Qué opina del personaje?
—Ah, eso. —Williams se inclinó hacia delante y frunció el ceño fingiendo concentración—. ¿Qué quiere decir con qué me parece?
—¿Dónde lo situaría, en el estrado o en el banquillo de los acusados?
Williams ponderó la respuesta unos momentos y dijo con confianza:
—En el estrado, por supuesto.
—¿En serio?
—Desde luego. ¿Por qué? ¿Usted no?
—Sí, pero lo curioso del caso es que ambos estamos equivocados. Su lugar es el banquillo de los acusados.
—Pues me sorprende —repuso Williams contemplando de nuevo el retrato—. ¿Sabe quién es, entonces?
—Sí, Ricardo III.
Williams soltó un silbido.
—¡Con que es él! Vaya, vaya. Los Príncipes de la Torre y todo eso. El auténtico tipo malvado. Hombre, cuando lo sabes, pues sí, pero de buenas a primeras no se te ocurre que sea un sinvergüenza. Es la viva imagen del viejo Halsbury, y si Halsbury tenía un defecto es que era demasiado blando con los canallas que se sentaban en el banquillo de los acusados. Siempre acababa favoreciéndolos en su alegato.
—¿Sabe cómo fueron asesinados los príncipes?
—No sé absolutamente nada sobre Ricardo III, excepto que su madre tardó dos años en concebirlo.
—¿Cómo? ¿De dónde ha sacado esa historia?
—Pues supongo que del colegio.
—Pues debió de ir a un colegio de lo más extraño. En mis libros no mencionaban nada de la concepción. Por eso Shakespeare y la Biblia eran como una bocanada de aire fresco en clase. Siempre aparecían hechos cotidianos. ¿Oyó hablar alguna vez de un hombre llamado Tyrrel?
—Sí, era un timador de la compañía marítima P & O. Se ahogó en el Egypt.
—No, no, me refiero a un personaje histórico.
—De historia solo aprendí lo de 1066 y 1603, en serio.
—¿Qué pasó en 1603? —preguntó Grant pensando todavía en Tyrrel.
—Que atamos a los escoceses de pies y manos para siempre.
—Mejor eso que tenerlos encima cada cinco minutos. Dicen que Tyrrel fue el que se encargó de liquidar a los chicos.
—¿A los sobrinos? No me suena. Bueno, tengo que irme. ¿Puedo hacer algo por usted?
—¿Ha dicho que iba a Charing Cross Road?
—Sí, al Phoenix.
—Pues podría hacerme un favor.
—Dígame.
—Entre en una librería y cómpreme una historia de Inglaterra. Pero para adultos. Y una biografía de Ricardo III si la encuentra.
—Claro.
Al salir se topó con la Amazona y pareció sorprenderse de ver a una persona tan voluminosa como él con un uniforme de enfermera. Farfulló un «buenos días» un poco avergonzado, lanzó una mirada inquisitiva a Grant y desapareció por el pasillo.
La Amazona dijo que tenía que asear al paciente número cuatro pero que primero quería saber si se había convencido.
—¿Convencido de qué?
—De la nobleza de Ricardo Corazón de León.
—Todavía no he pasado de Ricardo I, pero que espere un rato el número cuatro. Explíqueme qué sabe de Ricardo III.
—¡Ay, pobrecitos! —dijo con sus ojos vacunos inundados de tristeza.
—¿Quiénes?
—Los dos muchachos. Cuando era pequeña tenía pesadillas con ellos, pensaba que alguien podía taparme la cara con una almohada mientras dormía.
—¿Así fueron asesinados?
—Claro, ¿no lo sabía? Sir Jaime Tyrrel volvió a Londres cuando la corte estaba en Warwick y ordenó a Dighton y Forrest que los mataran. Luego los enterraron en el hueco de una escalera, debajo de un montón de piedras.
—Pues en el libro que me prestó no dice nada de eso.
—Bueno, es que ese libro solo sirve para los exámenes, no sé si me entiende. No hay nada interesante en esos libros para empollar.
—¿De dónde ha sacado ese jugoso cotilleo sobre Tyrrel, si no es indiscreción?
—No es ningún cotilleo —respondió dolida—. Lo encontrará en una crónica de la época, de sir Thomas More, santo Tomás Moro, y no me dirá que hay persona más respetada o fiable en toda la historia que santo Tomás Moro, ¿verdad?
—No, no, sería de mala educación contradecir a sir Thomas.
—Pues eso dice el bendito Moro y, a fin de cuentas, él vivió en aquella época y pudo hablar con toda esa gente.
—¿Con Dighton y Forrest?
—No, por supuesto que no. Con Ricardo, la pobre reina y todos esos.
—¿La reina? ¿La reina de Ricardo?
—Sí.
—¿Pobre, por qué?
—Su vida fue espantosa. Dicen que Ricardo la envenenó porque quería casarse con su sobrina.
—¿Por qué?
—Porque era la heredera al trono.
—Ya veo. Se deshizo de los dos chavales y luego quiso casarse con Isabel, la hermana mayor.
—Exacto. No podía casarse con los niños, como comprenderá.
—No, ya me imagino que ni siquiera a Ricardo III se le pasó por la cabeza algo así.
—Así que quería casarse con Isabel de York para sentirse más seguro en el trono, pero ella se casó con su sucesor, con Enrique Tudor. Era la abuela de la reina Isabel. Me encantaba la idea de que Isabel tuviese algo de Plantagenet. Nunca me gustó demasiado la rama Tudor. Ahora tengo que irme o llegará la enfermera jefe antes de que haya lavado al número cuatro.
—Eso sería el fin del mundo.
—Sería el final para mí —repuso, y se marchó.
Grant cogió de nuevo el libro que le había dejado la Amazona e intentó sacar algo en claro sobre la guerra de las Dos Rosas. No hubo suerte. Los ejércitos atacaban y contraatacaban. York y Lancaster se sucedían como vencedores de manera desconcertante. Era igual de absurdo que un montón de autos de choque en una feria.
Pero a Grant le parecía que había un problema implícito, y que su germen se había plantado casi cien años antes, cuando la línea directa se rompió con el derrocamiento de Ricardo II. Lo sabía porque de joven había visto cuatro veces Ricardo de Burdeos en el New Theatre. Durante tres generaciones, los usurpadores de los Lancaster habían gobernado Inglaterra: el Enrique del Ricardo de Burdeos lo hizo infeliz pero con bastante eficacia, el príncipe Hal de Shakespeare, con la batalla de Agincourt para mayor gloria y la hoguera para mayor fervor, y su hijo, medio idiota, fue un fracasado. No es de extrañar que la gente anhelara el linaje legítimo al ver que los amigos ineptos del pobre Enrique VI dilapidaban las victorias en Francia mientras Enrique se ocupaba de Eton y rogaba a las damas de la corte que se cubrieran el pecho.
Los tres Lancaster mostraban un desagradable fanatismo que contrastaba sobremanera con el liberalismo de la corte que había muerto con Ricardo II. Casi de la noche a la mañana, los métodos de vive y deja vivir de Ricardo habían dado paso a la quema de herejes, que murieron durante tres generaciones en la hoguera. Era de esperar que empezara a arder una hoguera no tan pública de descontento en el corazón del hombre de la calle.
Sobre todo porque allí, ante sus ojos, estaba Ricardo Plantagenet, el duque de York. Capaz, sensible, influyente, dotado, un príncipe espléndido por derecho propio y, por consanguinidad, heredero de Ricardo II. Quizá no desearan que este York ocupara el puesto del tonto de Enrique, pero sí que tomara las riendas del país y arreglara aquel desaguisado.
El duque de York lo intentó, y lo único que consiguió fue morir en combate, y su familia pasó mucho tiempo en el exilio o acogida a sagrado.
Pero cuando se apagaron el tumulto y el griterío, en el trono de Inglaterra estaba el hijo que había luchado junto a él en aquella desdichada batalla, y el país se tranquilizó bajo el mandato de Eduardo IV, aquel joven alto, rubio, mujeriego, sumamente hermoso, pero, sobre todo, astuto.
Y eso es todo lo que alcanzó a comprender Grant sobre la guerra de las Dos Rosas.
Levantó la vista del libro y vio a la enfermera jefe en mitad de la habitación.
—He llamado a la puerta —puntualizó ella—, pero estaba usted absorto en la lectura.
Allí estaba, delgada y distante, tan elegante a su manera como lo era Marta. Llevaba las manos de puños blancos cruzadas relajadamente delante de su estrecha cintura y el velo blanco extendido con una imperecedera dignidad. El único ornamento era el distintivo de plata de su cargo. Grant se preguntaba si existía en el mundo una pose más inquebrantable que la de la enfermera jefe de un gran hospital.
—Me ha dado por la historia —comentó Grant—. Voy con bastante retraso.
—Es una decisión admirable —respondió ella—. Pone las cosas en perspectiva. —Entonces se fijó en el retrato y dijo—: ¿Es usted de York o de Lancaster?
—Así que conoce al personaje.
—Sí, claro. Cuando estaba en prácticas pasaba mucho tiempo en la National Gallery. No tenía dinero y me dolían mucho los pies y allí se estaba calentito, se estaba tranquilo y había muchos asientos. —Esbozó una sonrisilla, recordando a aquella joven criatura, cansada y seria, que fue en su día—. Me gustaba la National porque me aportaba la misma sensación de equilibrio que leer un libro de historia. Todos esos personajes que habían hecho cosas tan importantes en su momento. Eran solo nombres, lienzo y pintura. En aquella época vi ese retrato muy a menudo. —La enfermera volvió a fijarse en el cuadro—. Qué criatura más infeliz.
—El médico cree que sufría poliomielitis.
—¿Polio? —Lo meditó unos instantes—. Puede. No se me había ocurrido. Pero a mí siempre me ha parecido que era una infelicidad intensa. Es la cara más triste que he visto en mi vida, y he visto muchas.
—¿Cree que lo pintaron después del asesinato?
—Por supuesto que sí. Un hombre de ese calibre no hace las cosas a la ligera. Debía de ser muy consciente de la atrocidad del crimen.
—¿Le parece que era de esas personas que son incapaces de soportarse a sí mismas?
—¡Qué buena descripción! Sí, esa gente que anhela algo y luego descubre que el precio que ha pagado por ello es demasiado alto.
—¿No cree que era un villano redomado?
—No, no, en absoluto. Los villanos no sufren, y esa cara rebosa padecimiento.
Ambos contemplaron el retrato en silencio unos instantes.
—Tuvo que parecerle una especie de castigo perder a su único hijo poco después. Y la muerte de su esposa. Verse despojado de su mundo personal en tan poco tiempo, como si fuese obra de la justicia divina.
—¿Cree que quería a su mujer?
—Era su prima y se conocían desde la infancia. Así que, la quisiera o no, debía de hacerle compañía. Cuando estás sentado en un trono imagino que la compañía es una bendición poco habitual. Tengo que ir a ver cómo marcha mi hospital. Ni siquiera le he preguntado lo que tenía que preguntarle: ¿cómo se encuentra esta mañana? Pero el hecho de que muestre interés por un hombre que murió hace cuatrocientos años es buena señal.
La enfermera no se había movido de su posición original. Esbozó su leve y contenida sonrisa y, con las manos todavía cruzadas frente a la hebilla del cinturón, se dirigió hacia la puerta. Irradiaba una paz trascendental. Como una monja. Como una reina.
4
Después del almuerzo apareció de nuevo el sargento Williams, jadeante y cargando con dos gruesos libros.
—Debería habérselos dejado al recepcionista —dijo Grant—. No era mi intención que subiera hasta aquí sudando la gota gorda.
—Quería subir a explicarle una cosa. Solo he tenido tiempo de ir a una librería, pero es la más grande de toda la calle. Es la mejor historia de Inglaterra que tienen en catálogo. Según me han dicho, la mejor de todas. —Dejó sobre la mesita un libro de color verde salvia y aspecto austero, dando la impresión de que no se responsabilizaba de él—. No tenían ninguna biografía de Ricardo III, pero me han dado esto.
Era un libro de vivos colores con un escudo de armas en la portada. Se titulaba La rosa de Raby.
—¿Qué es esto?
—Por lo visto era su madre. La tal rosa de Raby. Tengo que irme, me esperan en Scotland Yard dentro de cinco minutos y el jefe me despellejará si llego tarde. Lo siento, no he podido hacer más. Volveré a echar un vistazo cuando pase por allí. Si no le gustan estos, veré qué puedo encontrar.
Grant estaba agradecido y así se lo dijo.
Con el sonido de las briosas pisadas de Williams de fondo empezó a inspeccionar «la mejor historia de Inglaterra». Resultó que era lo que se denomina una historia «constitucional», una sobria recopilación aligerada con alguna que otra ilustración. Un dibujo del salterio de Luttrell decoraba el sistema agrícola del siglo XV, y un mapa contemporáneo de Londres dividía en dos el Gran Incendio. Reyes y reinas se mencionaban solo de pasada. A la historia constitucional de Tanner solo le interesaban el progreso social y la evolución política, la peste negra, el invento de la imprenta, el uso de la pólvora, la creación de gremios y demás. Pero de vez en cuando, Tanner se veía obligado, por una terrible asociación, a mencionar a un rey o las relaciones que mantenía. Y esa asociación se producía en conexión con el invento de la imprenta.
Un hombre llamado Caxton abandonó la región de Kent como aprendiz de pañero de un futuro alcalde de Londres, y luego fue a Brujas con los veinte merks que su amo le había dejado en su testamento. Y cuando, bajo la monótona lluvia de los Países Bajos, dos jóvenes refugiados procedentes de Inglaterra fueron a parar a aquellas costas, con el agua hasta el cuello, fue el próspero mercader de Kent quien les prestó socorro. Los refugiados eran Eduardo IV y su hermano Ricardo; y cuando cambiaron las tornas y Eduardo regresó a Inglaterra para reinar, Caxton fue con él, y los primeros libros aparecidos en Inglaterra fueron impresos para Eduardo IV y escritos por su cuñado.
Mientras pasaba las páginas, Grant se sorprendió ante la falta de personalidad de aquella aburrida información. Las penurias de la humanidad no son las de uno, como descubrieron hace mucho tiempo los lectores de prensa. Puede que un escalofrío de horror recorra nuestra columna vertebral ante la destrucción masiva, pero el corazón permanece impertérrito. Mil personas ahogadas en una inundación en China es una noticia; un solo niño ahogado en una charca es una tragedia. Así pues, la crónica de Tanner sobre el progreso de la raza inglesa era admirable, pero tediosa. Sin embargo, aquí y allá, donde no podía evitar pinceladas personales, su narrativa cobraba un interés más inmediato. En los extractos de las cartas de los Paston, por ejemplo. Los Paston tenían la costumbre de intercalar retazos de historia entre pedidos de aceite para ensalada y preguntas sobre cómo le iba a Clement en Cambridge. Y entre dos asuntos cotidianos aparecía el pequeño detalle de que los dos muchachos de York, Jorge y Ricardo, vivían en la residencia londinense de los Paston y que su hermano Eduardo iba a verlos cada día.
Es imposible, pensó Grant, dejando el libro sobre el cubrecama y contemplando el techo, ahora invisible, que alguien haya llegado al trono de Inglaterra con unas vivencias tan personales sobre la vida del hombre de a pie como Eduardo IV y su hermano Ricardo. Y puede que solo Carlos II después de ellos. Y Carlos, aun siendo pobre y un fugitivo, siempre había sido hijo de un rey, un hombre diferente. Los dos niños que vivían en la residencia de los Paston eran simplemente los bebés de la familia York, personajes sin una importancia en particular en el mejor de los casos, y en el momento en que se escribió la carta de los Paston, sin hogar y probablemente sin futuro.
Grant cogió el libro de historia de la Amazona para averiguar qué estaba haciendo Eduardo en Londres por aquellas fechas, y descubrió que estaba organizando un ejército. «El temperamento de Londres siempre fue yorkista y los hombres, entusiasmados, acudieron en tropel a la bandera del joven Eduardo», decía el libro de historia.
Y, sin embargo, el joven Eduardo, que tenía dieciocho años, era ídolo de una capital y estaba encaminado a la primera de sus victorias, aún encontraba tiempo para visitar a sus hermanos a diario.
¿Fue entonces cuando nació la asombrosa devoción de Ricardo por su hermano mayor?, se preguntaba Grant. Era una devoción inquebrantable que los libros de historia no solo no negaban, sino que utilizaban para plantear la moraleja. «Hasta el día de la muerte de su hermano, Ricardo fue en todo momento su leal y fiel compañero, pero la tentación de la corona fue demasiado para él». O, en los términos más sencillos de El lector de historia: «Había sido un buen hermano para Eduardo, pero cuando vio que podía ser rey, la codicia le endureció el corazón». Grant miró de soslayo el retrato y llegó a la conclusión de que El lector de historia iba errado. Lo que había endurecido el corazón de Ricardo hasta el punto de cometer un asesinato no fue la codicia. ¿O acaso El lector de historia se refería al ansia de poder? Probablemente. Probablemente.
Sin embargo, Ricardo poseía todo el poder que un mortal podía desear. Era hermano del rey, un hombre rico. ¿Era aquel pequeño paso adelante tan importante que fue capaz de asesinar a los hijos de su hermano para conseguirlo?
Se trataba de una situación de lo más extraña.
Grant seguía cavilando sobre aquello cuando entró la señora Tinker con un pijama limpio y su habitual resumen de los titulares de prensa. La señora Tinker jamás pasaba de la tercera línea de una noticia a menos que se tratara de un asesinato, en cuyo caso la leía de cabo a rabo y compraba un ejemplar vespertino de camino a casa para prepararle la cena al señor Tinker.
Aquel día lo envolvió la dulce burbuja de sus comentarios sobre un caso que implicaba arsénico y exhumación en Yorkshire, hasta que la señora Tinker vio el periódico de la mañana, todavía virgen, junto a los libros que había sobre la mesa, y se calló de repente.
—¿No se encuentra bien hoy? —preguntó con preocupación.
—Sí, Tink, me encuentro bien. ¿Por qué?
—Ni siquiera ha abierto el periódico. Así empezó la amiga de mi hermana a decaer, cuando no prestaba atención a lo que decían los periódicos.
—No se preocupe. Estoy mejorando. Incluso me encuentro de mejor humor. Me he olvidado del periódico porque he estado leyendo historia. ¿Le suenan los Príncipes de la Torre?
—A todo el mundo le suenan.
—¿Y sabe cómo murieron?
—Pues claro. Los ahogó con una almohada mientras dormían.
—¿Quién?
—Ese tío suyo tan malo. Ricardo III. No debería pensar en esas cosas cuando está enfermo. Tendría que leer algo más alegre.
—¿Tiene prisa por llegar a casa, Tink, o puede pasar por St. Martin’s Lane a hacerme un recado?
—No, tengo tiempo de sobra. ¿Es por la señorita Hallard? No llega al teatro hasta las seis.
—Ya lo sé, pero puede dejarle una nota y así la verá cuando llegue.
Grant cogió su cuaderno y el lápiz y escribió: «Por lo que más quieras, búscame un ejemplar de la biografía de Ricardo III de Tomás Moro». Arrancó la página, la dobló y garabateó el nombre de Marta.
—Désela al viejo Saxton, en la entrada de artistas. Ya se ocupará él de entregársela.
—Eso si me puedo acercar a la entrada de artistas con tanta gente en la cola —dijo la señora Tinker, más bien hablando por hablar—. Esa obra no la quitarán nunca.
Guardó la nota con cuidado en su bolso barato de imitación de piel con los bordes desgatados que la caracterizaba tanto como el sombrero. Cada Navidad, Grant le regalaba un bolso nuevo, cada uno de ellos una obra de arte en la mejor tradición peletera de Inglaterra, un artículo tan admirable por su diseño y tan perfecto en su ejecución que Marta Hallard podría haberlo llevado a una comida en el Blague. Pero jamás volvía a verlos. Y dado que la señora Tinker consideraba que la casa de empeños equivalía poco menos que ir a la cárcel, eso la absolvía de cualquier sospecha de sacar rédito de sus regalos. Dedujo que guardaba los bolsos en algún cajón, todavía envueltos en el papel de seda original. Puede que los sacara de cuando en cuando para enseñárselos a la gente, a veces solo para regodearse; o puede que el hecho de saber que estaban allí la enriqueciera, como podía enriquecer a otros saber que había «algo guardado para el funeral». La próxima Navidad pensaba abrir aquel bolso raído, aquel satchel à toute faire perenne, y meter algo en el billetero. Por supuesto, ella lo dilapidaría en alguna fruslería y al final ni sabría qué había hecho con el dinero, pero tal vez una serie de pequeñas satisfacciones desperdigadas como lentejuelas sobre el tapiz de la vida cotidiana tuviese más valor que la satisfacción académica de poseer una colección de hermosos objetos en el fondo de un cajón.
Cuando se marchó entre crujidos, en un concierto para zapatos y faja, Grant volvió con el señor Tanner y trató de perfeccionar su mente contagiándose de su interés por la raza humana, pero le supuso un gran esfuerzo. Ni por naturaleza ni por profesión le interesaba la humanidad en general. Sus inclinaciones, tanto naturales como adquiridas, se decantaban por lo personal. Examinó las estadísticas del señor Tanner y deseaba encontrar un rey en un roble, una escoba atada a un mástil o un escocés colgado del estribo de un soldado de caballería en plena carga. Pero al menos tuvo la satisfacción de enterarse de que los ingleses del siglo XV «solo bebían agua como penitencia». Por lo visto, el labriego inglés de los tiempos de Ricardo III despertaba la admiración del continente. Tanner citó a un contemporáneo que escribía desde Francia:
El rey de Francia no permite que nadie utilice sal, excepto la que le compren a él al precio arbitrario que imponga. Las tropas no pagan nada y tratan al pueblo salvajemente si no están satisfechas. Todos aquellos que cultivan viñas deben entregar una cuarta parte al rey. Todas las ciudades deben pagar al rey grandes sumas anuales para sus soldados. Los campesinos pasan grandes penurias y miserias. No llevan prendas de lana. Su ropa consiste en justillos de arpillera, calzones por encima de la rodilla y las piernas desnudas. Las mujeres van todas descalzas. La gente no come carne, excepto la grasa del tocino que lleva la sopa. La pequeña nobleza no vive mucho mejor. Si uno de ellos es acusado de algo, se le interroga en privado y puede que nunca más se sepa de él.
En Inglaterra es muy distinto. Nadie puede morar en casa de otro hombre sin el permiso de este. El rey no puede aplicar impuestos, ni alterar las leyes, ni redactar otras nuevas. Los ingleses nunca beben agua, excepto por penitencia. Comen todo tipo de carne y pescado. Van vestidos con lanas de buena calidad y poseen toda clase de objetos para la casa. Un inglés no puede ser denunciado si no es ante el juez ordinario.
Grant pensó que si uno estaba sin un céntimo y quería ir a visitar al primogénito de su hija Lizzie para ver a quién se parecía, debía de ser reconfortante saber que había cobijo y una dádiva en todas las casas religiosas en lugar de preguntarse cómo recaudaría fondos para el billete de tren. Se podían decir muchas cosas buenas de aquella Inglaterra verde con la que se había dormido la noche anterior.
Fue pasando las páginas dedicadas al siglo XV, buscando temas personales, informes individuales que, con su vivacidad, pudieran iluminar la escena igual que un foco ilumina la zona deseada de un escenario. Pero la historia era alarmantemente generalista. Según el señor Tanner, el único Parlamento de Ricardo III fue el más liberal y progresista que se conoce; y se lamentaba el digno señor Tanner de que sus crímenes privados hubiesen ido en detrimento de sus actos manifiestos por el bien común. Y eso parecía ser todo cuanto el señor Tanner tenía que decir sobre Ricardo III. Con la salvedad de los Paston y los cotilleos que habían perdurado indestructibles a lo largo de los siglos, escaseaban los seres humanos en aquella crónica de la humanidad.
Grant dejó que el libro se deslizara de su pecho y palpó con la mano hasta que dio con La rosa de Raby.
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