Kitabı oku: «Eros»

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ISBN: 978-84-1114-588-6

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Este libro está dedicado a mi madre, padre y hermanas.

Porque la familia va primero.

Con amor y gratitud.

A mi amigo Óscar.

Por todo el apoyo incondicional.

De verdad, muchas gracias.

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Eros: El principio de la caída de los ángeles y demonios es una obra literaria de tipo ficción. Los nombres, personajes, pensamientos religiosos, aplicaciones científicas, lugares e incidentes que aparecen en esta obra no corresponden al mundo real. Son producto de la imaginación del autor. Cualquier parecido con personas, eventos y situaciones actuales, pasadas o futuras del mundo real son meramente coincidencias.

NOTA DEL AUTOR

Imagina por un instante que más allá de las afirmaciones religiosas existen Dios y el diablo, de manera contundente e inequívoca. La lucha incansable entre el bien y el mal que todos los cultos pregonan es una realidad palpable. El poseer habilidades y destrezas que, a la vista de cualquiera, solamente pueden ser catalogadas como dones o magia. Diferentes realidades interactuando con la nuestra y vida de seres con inteligencia superior a la de la raza humana, desarrollándose fuera de este mundo y plano.

En pocas palabras: tener la certeza sobre la presencia de Dios, el diablo y seres siderales… Ahora bien, yo te hago una pregunta: ¿has pensado cómo se relacionan todos ellos?

E. A. Suárez

PRÓLOGO

Hacía mucho que no se escuchaba algo sobre la rebelión.

Los rumores apuntaban hacia dos direciones. El primero, que definitivamente se habían extinguido. Regresando a ser parte del polvo estelar que bañaba a los planetas desde el espacio. Mientras que el segundo, a falta de pruebas contundentes que corroboraran la certeza del primero, era que estaban escondidos. Aguardando el momento oportuno para hacer su aparición de nueva cuenta y dar el golpe final. Cumpliendo con la amenaza que habían prometido desde hace mucho, muchos sucesos atrás.

Manteniéndose siempre alerta, como era su deber, observaba por enésima vez, mediante las pantallas flotantes que lo seguían a todas partes, que en la periferia de su estación de vigilancia y hogar perpetuo no se observaran extraños merodeando por ningún lado. A pesar de mirar el paisaje tranquilo en los monitores, nunca dejaba de lado la posibilidad de que intentarían abordarlo de manera sorpresiva. «Que vengan. Aquí los espero», pensaba de camino a la sala de control.

El recinto de mando poseía paredes y techo curveados, todo en matiz blanco brilloso. Resaltando las esquinas gracias a los relieves de los alargados asientos de la habitación y en el centro, permanenciendo ingrávida, una mesa ovalada tan delgada como una hoja de papel. Al poner la mano sobre el mueble, se proyectó una minúscula esfera de color verde agua. En ella, introdujo sus alargados y cristalinos dedos para hacerla rotar. Inmediatamente, en el techo se dibujó el basto pero finito universo.

Esa era la idiosincrasia predominante con los de su especie. Después de haber durado, atestiguado y razonado tanto, creían que lo conocían todo, que lo sabían todo. Obteniendo con ello que el cosmos le fuera restado su belleza y magnificencia.

Con sus conocimientos tan diversos, detallados y probados una y otra vez, era bastante común la idea de creerse superiores a todos. Dicho cúmulo de sabiduría podía equipararse con la cantidad de galaxias existentes en el universo. Pero de vez en cuando, en medio de alguno de los eones que cursaban, una idea disparatada salía del lugar menos esperado. Convirtiéndose en una posible amenaza para el estilo de existencia de los suyos, mas no de su existencia en sí.

Aquel ermitaño habitaba solo en la estación, pero no extrañaba la compañía. Prefería disfrutar de la paz y tranquilidad que le daba la ausencia de la interacción con otros a tener que tolerar la hipocresía de la cortesía y buenos modales de un total desconocido de su especie. Quien solamente se comportaba de esa manera por meras normas de etiqueta, mas no porque le agradara. Por desgracia, el protocolo para actividades de vigilancia exigía la convivencia de un mínimo de dos habitantes por base. A razón de que, si llegara a haber un percance, dos usuarios daban el doble de oportunidades de un aviso oportuno, que uno.

Su último compañero, un aspirante a dominar la antropología social, tenía la virtud de ser muy callado. Tan silencioso que, en más de una ocasión, el misántropo llegó a creer que había caído en un sueño del que nunca iba a despertar.

Su objetivo, al estar en aquella recóndita base, era el de observar y determinar el por qué la especie predominante local, con todos sus recursos y avances científicos, no consolidaba la paz global. Conluyó que las acciones que involucraban actos de avaricia, egoísmo y desinterés por el bienestar del prójimo ocasionaban la fractura empática social, situación que se notaba en todos los niveles sociales. Después de esas resoluciones, dio por terminada su estadía en aquel lugar.

—¿Cuándo te irás? —preguntaba un poco sorprendido el eremítico, al recibir de manera súbita la noticia por parte de su compañero.

—Dentro de cinco ciclos de rotación de este mundo —decía sin expresarle ninguna clase de emoción—. La contrariedad recae en que te quedarás sin compañero durante varios ciclos de traslación.

—No le veo la contrariedad a eso.

—Que no es correcto que te quedes tú solo.

—Estuve solo una temporada antes de que tú llegaras —le decía tratando de diezmar sus inquietudes—. No me pasará nada malo. Y la sociedad que has estudiado tan meticulosamente no mostrará cambios justamente cuando tú partas. Ve tranquilo. Aquí todo estará cubierto.

Esa fue la última plática relevante que tuvieron antes de quedarse solo.

Su gusto por el aislamiento social voluntario le duró muy poco. No pasó mucho cuando le llegó el aviso de que su nuevo compañero ya había sido asignado y que pronto estaría con él. «Lo que daría por que fuera tan mudo como el anterior». Pero sus esperanzas se desvanecieron al momento de conocerlo.

Aquel día al salir de la base y quedar expuesto a las condiciones climatológicas de la superficie, su cuerpo le podía transmitir el gélido frío del ambiente, algo que no le afectaba en absoluto. Ya fuera el más congelante o quemante de los climas, sus cuerpos no resultaban afectados por dichas condiciones hostiles. No obstante, él siempre prefería la baja temperatura que las calidas o elevadas.

De pie en la superficie del satélite, el fino polvo que revoloteaba a su alrededor, le sepultaba los pies. Obligándolo a sacudirlos de vez en vez. Desempolvando la extremidad izquierda, vio llegar la nave de su compañero.

El navío interestelar tenía mucho parecido con la forma de un prisma octaédrico, partido por la mitad más larga. Al verlo recordó las ventajas aerodinámicas que daba ese diseño, mas nunca dejó de contemplarla con un cierto desagrado. Cuando estuvo lo bastante cerca de él, la nave se estabilizó. Quedando flotante abrió una escotilla, descendiendo una escalera vertical, generando anillos de luz a su alrededor; con la finalidad de proteger al usuario que bajara de esta.

De aquella escalerita, vio descender a quien sería su nuevo compañero.

El individuo cargaba un costal a su espalda y en la mano izquierda sujetaba un robusto maletín. Sin duda, era más del doble de equipaje que llegó a tener su anterior colaborador. Al estar con los dos pies firmes sobre la tierra, la nave se elevó de nueva cuenta, hasta perderse en el oscuro horizonte, adornado de puntos brillantes de estrellas finadas.

—¿Por qué se marchó la nave sin antes recargar? —preguntaba olvidando presentarse.

—Hay una nave de reconocimiento no muy lejos de aquí —respondía el nuevo en tono jovial—. La tripulación me comentó que tienen recursos suficientes para regresar.

—¿Te dieron algo para mí? —cuestionaba al caminar de regreso al interior de la base. Dejando que su colega cargara solo sus maletas.

—Negativo —respondía acelerando el paso para alcanzarlo—. El capitán me dijo que con los informes que mandabas era más que suficiente. No hay nuevas instrucciones para ti de momento. Por cierto, me llamo Parkiss.

—Yo me llamo Alfa-Rum —le dijo sin dejar de mirar el camino que tenían por delante.

La verada sobre la superficie era traicionera para cualquiera que no fuera precavido. Poseyendo desfiladeros por ambos lados y la tierra sin compactación, era perfecta para ocasionar caídas por deslaves. La base se encontraba ubicada en la parte con la menor visibilidad natural del satélite. Derivado a que la luz que irradiaba la estrella incandescente al centro de aquella galaxia, llegaba esporádicamente.

El objetivo de instalarla en esa zona era porque la especie predominante a la que monitoreaban ya contaba con la maquinaría suficientemente sofisticada, para tener equipos de visión orbitando muy por encima de la superficie de su mundo. Los rudimentarios artefactos eran capaces de capturar imágenes de otros lugares del cosmos, incluyendo donde moraban. Gracias al sistema cavernoso natural donde residían, que realizaba el trabajo de un escudo, los mantenían alejados de cualquier tipo de lente.

Llegado al complejo y cruzando la entrada principal, Parkiss encontró un extenso pasillo en tonalidades de color aluminio y blanco. Mirando cómo el polvo que había ingresado por culpa de ellos era retirado de la cabina por los extractores. Colocó sus pertenencias en el piso, justamente donde le indicó su compañero y temporal instructor del puesto de vigía.

—Acompáñame —le decía Alfa-Rum mirándolo de frente—. Te mostraré el lugar. Luego podrás regresar por tus cosas.

La excursión consistió en presentarle al nuevo inquilino las partes que conformaban la instalación subterránea.

La sede constaba de un pequeño archipiélago de seis edificaciones tipo iglú. Todas comunicadas por medio de un pasillo principal, que eran la única forma de acceder a ellas. La primera a la que entraron correspondía a la sala de control. Donde se monitoreaba a los especímenes en cuestión y se elaboraban los reportes que eran enviados a la nave de reconocimiento. La siguiente era un laboratorio para productos orgánicos, muy bien equipado. El habilidoso ermitaño le mostraba a Parkiss las herramientas de precisión quirúrgica que contaba. Al igual que envases de duplicación para organismos pilocelulares y una cámara de recuperación, la cual nunca había tenido el gusto de utilizar en las muestras que recolectaba de vez en vez.

El tercer y cuarto recinto correspondían a las habitaciones para los residentes. Cada cuarto tenía la capacidad para albergar a dos compañeros y en sus techos estaban instalados varios proyectores. Para simular cualquier tipo de escenario que el usuario que la habitara pudiera seleccionar y entretenerse. A diferencia de las habitaciones restantes, una vez que llegaban a las semiesferas para el descanso y privacidad, el pasillo rodeaba el perímetro del recinto. Mientras que otra puerta frente a la boca del corredor daba acceso al cuarto.

—Esta será tu habitación —le decía Alfa-Rum estando los dos dentro del cuarto iglú—. En el centro de la habitación, hay una compuerta de escape seguro. Si algo malo llegase a ocurrir, entra a esa compuerta. Te llevará por un pasillo independiente a los otros, y te conducirá a la nave.

El quinto iglú estaba destinado a un área recreativa para los usuarios alojados. Pero el recién llegado tenía la impresión de que nunca lo había utilizado su sedentario compañero y temporal mentor.

El sexto cuarto contenía las maquinas que daban soporte a la infraestructura y uno que otro artículo que permitían el reconocimiento directo.

—¿Has operado alguno de los planeadores de alta velocidad? —preguntaba Parkiss entusiasmado de ver aquellos vehículos compactos, que podían flotar gracias al uso adecuado del campo magnético del planeta.

—Al principio sí. Pero conforme fui conociendo este lugar a detalle preferí ya no utilizarlas. Están en perfectas condiciones. Puedes operar una o todas, si así lo quieres. Más adelante, te daré un recorrido por el pasillo seguro para que sepas cómo llegar a la nave y te indicaré cómo la debes despegar. Por lo pronto, te puedes instalar en tu habitación. Descansa. Ya habrá oportunidad de que te explique todo lo demás.

Los siguientes ciclos de rotación y traslación, para Alfa-Rum, fueron los más largos y tediosos que le haya tocado lidiar.

Después de tener que escuchar un sinfín de cuestionamientos, pensamientos caóticos de índole labora-existencial, errores de primera vez y una larga lista de recuerdos, relatados con lujo de detalle, Alfa-Rum descubrió que Parkiss era la primera vez que tenía un trabajo de esta clase. En sus labores previas, el poco experimentado colega le había tocado ejecutar actividades de servicios diplomáticos, administrativos e inclusive terapéuticos. Haciéndole pensar que el novato había tomado esta diligencia desconociendo lo aburrido, fastidiosa y sumamente repetitiva que sería. Ya que el trabajo consistía en monitorear e informar. Monitorear e informar. Monitorear e informar…

La misión vitalicia, en parte, se enfocaba en recabar toda la información imprescindible del mundo que se custodiaba. Eran pocos planetas que tuvieran las condiciones suficientes como para sustentar y permitir que organismos complejos pudieran existir, desarrollarse y prosperar. Pero en ningún tópico de la plática introductoria, que era dada antes de que se aceptara el trabajo de vigilancia, informaba sobre lo rutinario y deprimente que se volvía, transcurriendo muchos sucesos después.

En una ocasión, Alfa-Rum habló tanto en el transcurso de una sola jornada que terminó fastidiado de escuchar su propia voz. Teniendo presente que trataba con un neófito, Rum intentó ser lo más compresivo posible con Parkiss. Pero, cuando cayó en la cuenta de que su compañero no tenía la vocación para esta clase de trabajo, comenzó a desesperarse. La simple idea de calcular todo lo que tendría que pasar para que su compañero estuviera completamente apto para desempeñarse de manera independiente en sus funciones, o renunciara a ellas, lo tenía de muy mal humor.

Le hubiera encantado reportarlo ante los superiores. Decirles lo poco productivo que era. Pero faltaba mucho para que concluyera el periodo de prueba. Y si Parkiss lo decidía, podía pedir dos oportunidades más antes de ser definitivamente cambiado de instalación. Rum tenía que pensar rápido en la manera de cómo solucionar su predicamento.

Fue entonces que tuvo una revelación. Una clase de epifanía que lo salvaría de la desesperación.

—¿A qué te refieres con monitoreo especifico? —preguntaba Parkiss algo confundido en la sala de control.

—El monitoreo específico consiste en que seleccionas un determinado grupo de sujetos o, incluso, un solo individuo, y lo comienzas a estudiar a fondo. Puede ser algún líder o una figura que sea fuente de respeto o temor. Mi anterior colega hacía seguido esta práctica. Porque trataba de entender y predecir los comportamientos de aquellos sujetos de prueba, que eran capaces de cambiar el orden social conocido por la mayoría.

—Pero para determinar posibles comportamientos en un individuo, se tienen varios algoritmos, que son altamente efectivos.

«Creo que no estás entendiendo el objetivo de esto».

—Es correcto. En la mayoría de los casos, estos simuladores suelen tener siempre la razón. Pero no son del todo infalibles. En ocasiones, uno entre diez mil millones, inesperadamente, lo cambia todo. El colega que te menciono tuvo la suerte de ver cómo uno de sus monitoreados especificó que en menos de tres ciclos de traslación propició la muerte de varios millones de su especie. Fue impactante el verlo.

—No te creo —le contestaba Parkiss con cierta duda, pero a la vez se había enganchado del anzuelo llamativo que le lanzó su capacitador.

—Deberías —le decía en un tono motivador—. Tu predecesor, al reportar esta situación, fue como consiguió subir de rango. Esto también te podrá ayudar a ti.

—¿Y si es tan prometedora esta actividad como dices por qué no la haces?

—Tengo muy mala suerte para escogerlos. Mira, te demostraré cómo se hace.

Colocando la mano sobre la delgada mesa, puso a la vista el orbe con el que tantas veces su anterior compañero como él habían explorado aquella parte del universo. Al sumergir sus dedos en ella, mostró a Nuúana. Ese era el nombre del mundo que tenían que vigilar minuciosamente. Aquel ecosistema esférico contaba con grandes extensiones del líquido vital, del cual se sustentaban todas las especies que lo han habitado. También poseía tierra visible. Bastas prolongaciones de superficie por encima de sus mares, donde la especie predominante había instalado sus civilizaciones. Las más antiguas se habían extinguido desde hacía mucho y las actuales tenían el reto de sobrellevar los estragos de un gran enfrentamiento masivo que tuvo lugar hace pocos movimientos de traslación atrás.

Manipulando el luminoso orbe, Alfa-Rum acercó tanto como pudo la imagen, mostrando dos individuos en medio de una sección aislada del vital líquido. Permaneciendo inmóviles los dos, permanecieron a la expectativa de lo que les pudiera pasar.

—Estos son un padre y su hijo. Están realizando una acción que ellos llaman pescar.

—¿Y qué es lo que tienen de interesantes ellos?

Durante algunos momentos, Rum deseaba encontrarse en ese mismo lugar. Lejos de las molestias de tener responsabilidades y de estar adoctrinando.

—El mayor tiene un cargo de mando vitalicio. Dicho cargo se llama rey. Lo que hace un rey es reinar a un grupo grande de individuos, denominados súbditos. El reinar involucra tomar decisiones, disposiciones que afectan a todos sus pobladores y quizás, si lo cree conveniente, puede llegar alterar el orden establecido. El menor es su hijo. Llegado el suceso indicado, tomará el puesto de su progenitor. Y lo mismo le sucederá con su descendencia.

—Parece ser interesante.

—Y lo es. Este es tan solo un pequeño ejemplo de lo que puedes encontrar para observar. Podrás hallar todo tipos de casos. Algunos te resultarán muy aburridos. Otros extremadamente sorprendentes. Habrá los que nunca comenten eso que llaman mala conducta. Mientras que otros no creerás de lo que son capaces.

—De acuerdo, me convenciste, ¿qué debo hacer?

—Es simple. Comienzas a seleccionar al azar unos cuantos candidatos de prueba. Ese mismo grupo lo vas reduciendo, hasta llegar con aquellos individuos que más te convencen.

—¿Y si me equivoco?

—Sencillamente lo vuelves a intentar. Ahora te enseñaré cómo se deben llenar los informes.

Y desde la llegada de Parkiss, Alfa-Rum no había sentido tanta paz y dicha como cuando su compañero se plantó frente al monitor y se comprometió de lleno en su actividad.

Siguiendo sus recomendaciones, el novato tomó una postura en extremo meticulosa y detallista. Todo con la finalidad de poder encontrar un individuo de estudio específico que cumpliera con sus expectativas o las sobrepasara.

Mientras tanto, con la usurpación de su compañero en las cámaras, Rum se la pasaba dando manutención a las instalaciones y equipos del lugar. Reparando fugas, mantenimiento correctivo a la maquinaria, revisando la conformación rocosa de la cueva, etc. Tan grande fue el gozo de disfrutar de la paz y tranquilidad que, sin darse cuenta, de vez en vez, salía de la base para tomar largas caminatas sobre la superficie del planeta donde estaban escondidos.

Su alegría no radicaba solamente en que le fue retirada la monotonía de tener que vigilar los monitores. Sino en que su compañero lo había dejado de molestar. Se habían acabado las preguntas, el escuchar los divagues filosofales, las excusas del por qué una actividad no había salido conforme a lo esperado. No lograba el precisar cuándo fue la última ocasión en la que se encontraba así.

—Es en serio —le decía Parkiss incrédulo—. No te creo que antes eran dos planetas lo que albergaban esta clase de organismos.

—No te miento. En un principio. Los orgánicos con mayor capacidad de razonamiento estaban existiendo en el cuarto planeta. Mientras que en el tercero la especie predominante era demasiado salvaje y algunos, en extremo, agresivos. Eran grandes y con cerebros muy pequeños. Se comían los unos a los otros. Aunque debo admitir que el planeta no resentía las acciones de ellos.

—Cuéntame más de los del cuarto planeta. Es increíble que hayas estado monitoreándolo desde ese entonces.

—Lo recuerdo perfectamente. La base que habitaba era una nave que orbitaba sobre el planeta. La especie predominante contaba con un buen nivel de razonamiento. Pero no estaban tan tecnológicamente avanzados como los actuales.

—Hasta donde vi en los registros, ellos podían volar, levantar con la mente algunas cosas. Quizás eso no los orilló a tener que dar grandes pasos en su ciencia.

—Si lo he llegado a pensar. Pero no tengo la manera de cómo confirmarlo. Eran más grandes y fuertes, pero no tan desarrollados en conocimiento.

—¿Y en entendimiento?

—Eran más avanzados. Sí. Pero al final fueron mal aconsejados. Se volvieron demasiado arrogantes, soberbios.

—¿Como nosotros?

—Peores.

—¿Y cómo acabó?

—Me di cuenta de que un gran grupo de asteroides se dirigían hacia ellos. Nunca he vuelto a ver una cantidad tan grande. Cuando pedí refuerzos para destruirlos, se me indicó que me alejara a una zona segura y registrara el suceso. Cuando todo terminó, aquel planeta, siendo una bella mezcla de colores azul, café, amarillo y un poco de purpura, se había vuelto todo rojo. Un tono es bastante similar al de su sangre.

—¿Y fue cuando se pasaron al tercer planeta?

—No exactamente. Un asteroide que no impactó en el cuarto planeta lo hizo en el tercero. La magnitud del golpe fue lo suficiente para extinguir a la mayoría de los organismos policelulares, pero los que quedaron fueron evolucionando. Todo fue muy gradual, muy aburrido para mí. Cuando los elementos del planeta fueron los acordes para sustentar la existencia de una raza con capacidad de razonamiento, fue el inicio de la nueva especie predominante.

—Pero recibieron ayuda de nosotros para edificar sus civilizaciones.

—Eso es cierto. Vinieron otros compañeros y les enseñaron cosas básicas. Sobre las estrellas que podían mirar, agricultura, construcción. Incluso un poco, pero muy rudimentaria ciencia médica.

—¿Por qué no les enseñaron más?

—Porque la tecnología con la que contaban no lo permitía. Pero han avanzado bastante, en comparación con otras epocas.

—Eso es cierto. Lo puedo ver en sus tecnologías para comunicarse entre ellos. ya la están haciendo portátil. Pero, aun así, me llaman la atención aquellos individuos que tienen habilidades que la mayoría no tienen. Como esas que te decía de mover los objetos con solo pensarlo o de leer las mentes de otros. Ya quiero entablar conversación con ellos.

—Aún no es propicio que lo hagas.

—¿Qué tiene de malo? Tú lo has hecho.

—Bajo ciertas circunstancias y con determinados individuos. Como norma general, no interactuamos con ellos. Les dejamos hacer las cosas como ellos crean que es conveniente para ellos.

—Pero llegará el suceso en que tengamos que presentarnos a todo el planeta.

—Cuando su tecnología haya progresado lo suficiente, sí. Mientras no.

Los ciclos de traslación del planeta que monitoreaban sobre la estrella incandescente siguieron su curso. Estando aquel sistema solar en lo que parecía ser una trayectoria sin un destino en específico. Pero avanzaban lentamente, sin la más remota intención de llegar pronto.

De repente, todo cambió.

Estando en la sala de actividades recreativas, Alfa-Rum brincó del susto que le propició el encendido y apagado de las luces de alerta. Los fulgores eran alternaciones de dos colores: rojo y amarillo. Encendiéndose el rojo, apagándose el rojo. Encendiéndose el amarillo, apagándose el amarillo. Una y otra vez bailaban el conjunto estroboscópico, junto con el sonido de ambientación que se había convertido en llamados de advertencias. Advirtiendo que algo muy malo había acontecido.

Tan rápido como pudo, corrió por todas las semiesferas, hasta llegar a la sala de controles. Encontrando a Parkiss sentado en el suelo, asustado y con el aspecto de haber recibido la mayor impresión de su vida.

—¿Qué paso? —preguntaba Alfa-Rum, sujetando los hombros de su compañero para hacerlo entrar en razón—. Habla. Di algo.

—Vi un gran estallido en el planeta —hablaba en voz alta, casi gritando; con las alarmas dando indicaciones de alerta—. Todo se iluminó.

—¿Fue una explosión provocada por ellos?

—No. Fue de origen geológica.

Si lo que decía Parkiss era correcto, tendría que haber registro de la energía emanada. También se verían las fluctuaciones en los números de organismos que trascenderían a causa de la inclemencia natural. Dejando a su colega en el piso, Rum corrió para ver las pantallas. Pero su sorpresa fue grande al ver que aquel azulado mundo, con extensiones de tierra que sobresalían del vital líquido, se encontraba inalterado. Todo tenía la apariencia de ser normal. Sin embargo, las alarmas no dejaban de sonar y la danza de los colores de advertencia no había concluido. Sin duda, algo había sucedido.

Revisando los múltiples sensores que tenía, Rum comenzó a buscar qué era lo que había puesto en ese estado a las alarmas y avisos de advertencia. Tras unos segundos de búsqueda, encontró la respuesta.

Simplemente no lo podía creer. Los sensores naturales insertados en el planeta le estaban indicando que había ocurrido un acontecimiento improbable. Un evento que su especie solamente había teorizado, pero jamás aplicado o presenciado. Era inaudito que esto pasara. Y más una, porque le había tocado en la guardia de un poco talentoso observador. Revisó el estado de operación de sus máquinas, los cuales no mostraban ninguna clase de fallo. Aquella situación no dejaba de ser inverosímil para el experimentado veterano.

—¿Qué hacemos? —preguntó Parkiss, habiendo recuperado el autocontrol y estando de pie junto a su compañero.

—Hay que llamar a la nave de reconocimiento. Esto nos sobrepasa.

I

Con la tarde aún clara, el sol no tardaría en esconderse en el horizonte y dar paso a que se extendieran las sombras. Espectros negros emergidos de las siluetas de los árboles que yacían en la Piazza Adriana.

Cruzando la calle, dejó atrás el Castel Sant’Angelo para adentrarse en el pequeño restaurante que tenía por vista el río Tiber.

—Hola, buenas tardes —saludó la joven recepcionista con una grata sonrisa y levantando sus cejas color dorado—. ¿Tiene reservación?

—No —respondió muy serio el hombre—. Un compañero hizo una reservación a nombre de Diego Campisi.

—Okay… —Buscó con su dedo índice el nombre proporcionado en la libreta de reservaciones—. ¡Ah! Aquí esta. Por favor, sígame —le decía al mismo tiempo que le abría la puerta de madera trabajada que permitía el acceso al restaurante.

El lugar era sencillo pero acogedor. De lado izquierdo se encontraba una hilera de seis mesas cuadradas para dos personas, vestidas de manteles blancos, pegadas a la pared donde la vista apuntaba al río Tiber y al puente Vittorio Emanuele II. De lado derecho reposaba una barra con sillas acojinadas de patas largas y de respaldo corto. Donde el barman atendía a una pareja de edad avanzada en un extremo, y al otro tres hombres se encontraban entretenidos viendo la televisión.

El hombre caminaba a pasos cortos, sin prestar atención en el ritmo delicado e informal que portaba la recepcionista por el angosto pasillo. Deteniéndose en la cuarta mesa, la joven giró de sobre un costado para dar paso al recién llegado. Extendiendo su mano, indicó que la quinta mesa era la de la reservación.

—¿Gusta que le deje la carta? —preguntó ella mostrando la carta con la otra mano.

—No. Una taza de café, nada más. Gracias.

—Sí, claro. Con su permiso.

Cediendo el paso a la recepcionista para que esta se apartara de él e indicara su pedido a una de las meseras vio al hombre sentado en la mesa. Tenía cabello rubio, con bucles anchos que le llegaban a los hombros. Sus manos y su rostro eran de color blanco caucásico. Con unas tenues pecas que adornaban el contorno de su nariz y los pómulos. Vestía traje negro de dos piezas, acompañado de una camisa azul que contrastaba con el color de su piel y saco. En su parte de mesa tenía servido un plato de ensalada, acompañada de un vaso de agua fría y unas rebanadas de pan con un pedazo de mantequilla a un lado.

Al sentir la mirada que lo escudriñaba, levantó la vista para exhibir sus ojos color miel.

—Ven —dijo quien hiciera la reservación, extendiendo su mano y señalando la silla—. Siéntate, por favor.

A pesar de los escasos centímetros de separación, el interés del invitado por llegar y sentarse para hacerle compañía a su anfitrión era inexistente. También portaba un traje negro de dos piezas, pero el color de su camisa era blanca perla. Esbelto y erguido. De cabello color negro, muy corto. De labios delgados y su rostro cubierto con una barba cerrada de igual color que su cabello. Su nariz era respingada y por encima de esta unos grandes ojos azules, exhibiendo una mirada seria y de urgencia.

—¿Ahora te haces llamar Diego? —preguntó con brusquedad al momento de acomodarse en la silla.

—He tenido varios nombres —dijo al terminar de ingerir su bocado de ensalada—. Uno más no creo que me afecte. Por el contrario —tomó un trajo de agua para aclararse la garganta—, tú pudiste brindar tu nombre, pero no lo hiciste. Nadie de aquí te va a dilapidar por llamarte Miguel.

—Y si los que están aquí supieran tu verdadero nombre, saldrían corriendo. —Dio espacio para que la mesera le pusiera su taza de café, junto con la crema y sobres de azúcar—. Gracias.

—O tratarían de enviarme a las entrañas de la tierra, pensando que ahí es mi lugar. —Tomó un pedazo de pan y le untó la mantequilla de manera lenta y uniforme—. Obviamente sabiendo que no tienen ni la remota posibilidad de hacerlo. —Dio un pequeño mordisco al pan.

—Sabes de sobra que ellos cuentan con la voluntad de poder hacer eso y más. —Vertió un poco de crema y conforme la revolvía con la cuchara, dejó caer la azúcar que salía del sobre.

—Y tú estás perfectamente consciente de que por más voluntad que tengan nunca ganarán por completo. ¿Y sabes por qué? Porque no tienen ni la menor idea de nuestro origen. Es curioso cómo esta raza ha tratado de imponer la idea que tienen concebida del origen de muchas cosas. Pero aún carecen del conocimiento acerca de su propio inicio. Y por esa y muchas otras razones, no pueden concluir nada de manera definitiva conmigo.

—Ellos saben que cuentan con nosotros. Sin importar si saben su origen o el nuestro, el apoyo que les brindamos les sirve para no claudicar ante ti.

—Solo dan ustedes un servicio a cuentagotas. Si realmente quisieran que no sucumbieran ante mí, les darían el conocimiento completo de lo que somos y de lo que son. Pero no lo hacen. —Su tono de voz era sombrío. Inclinó su espalda hacia delante para aproximarse a Miguel—. Porque, si lo hicieran, tendrían los mismos resultados.

—¡Basta! —gritó molesto. Dando un golpe con la palma de su mano sobre la mesa, ocasionando que unas gotas de café mancharan el mantel.

Las últimas palabras dichas por su acérrimo rival enfurecieron al arcángel Miguel. A pesar de que su grito fuera bastante alto, ninguna de las otras personas les prestaba atención, como si todo lo que se decían en ese momento nadie más pudiera escucharlo. Todo parecía normal para el resto del mundo; pero sin que supieran los comensales que se encontraban en el restaurante, las energías del arcángel Miguel se estaban entremezclando con las del serafín Lucifer.

—¿Basta de qué, Miguel? —Se echó para atrás y descansó su espalda en el respaldo de la silla—. ¿De decir las cosas como son en verdad? ¿De no negar los hechos que nos afectan a todos nosotros? ¿De no fingir que los estragos de la fatídica guerra que se llevó a cabo aún repercuten? —A pesar de su pose relajada, sus manos extendidas sobre la mesa comenzaban a calentarse de tal manera que la madera empezó a desprender humo—. Mi única maldición es haber tenido una visión. Una visión por la cual di como pago el desapego de casi todos los míos.

»Perdí a Atiel. Conseguí una enemistad contigo. A los que me siguieron lo hicieron sin comprender bien las razones de mis actos. Y después, con la llegada de esta raza rellena de vacío, fui temido y aborrecido. Y todo a causa de que aclare su columbrar. Pero no fue suficiente. Jamás les dije que usaran las palabras para dirigirse a sus iguales y hacia nosotros.

—Les diste el conocimiento, pero no les enseñaste a usar el entendimiento. Su conocimiento les enseñó que antes de la obra está la palabra, pero esta nace del pensamiento y el pensamiento se alimenta de los sentimientos. Y son los sentimientos los que no han alcanzado a comprender todavía. Y de ahí es que se han desencadenado todos los acontecimientos que hemos contemplado y participado. Hasta el punto de quedarnos solamente como observadores.

Con cada palabra que decía para captar la atención de Lucifer, Miguel aprovechaba para modificar su tipo de visión. Las mesas, sillas, cuadros que colgaban de la pared del fondo y las personas; todo pasaba a un segundo plano. El contorno de las cosas había cambiado. Poseyendo en un principio diversas formas llenas de detalles propios pasaron a tener una sola representación. Resultaba imposible diferenciar qué era vidrio, plástico, papel, metal y madera. Los únicos que alcanzaban a rescatar su forma original eran las personas. Su aspecto era de humanos, pero carecían de ropa, accesorios corporales, cabello y rostro. Todo lo que representaba a los comensales eran sus siluetas con colores tenues, que pasaban a brillantes. Cambiando de color de un momento a otro.

Con la modificación de la vista del arcángel, alcanza a notar cómo reaccionaba la energía del ambiente con la voluntad que emanaba Lucifer.

Todos los objetos inanimados de la zona irradiaban una ligera luz que cambiaba de color de manera pausada. Que surgía de una mezcolanza de sentimientos que les impregnaban los seres vivos del lugar. Algo que Miguel había visto en todos los lugares a los que había estado conviviendo con esa clase de seres. Pero al enfocar sus ojos en Lucifer la situación era distinta. Con cada palabra dicha por Miguel, el celestial caído emanaba una energía con el aspecto de una neblina con ramificaciones anaranjadas. Delgadas líneas ardientes que se esparcían por todo el cuarto. Posando su mirada al piso, vio cómo la neblina de Lucifer rodeaba su energía, pero no se unía a ella. Su celaje individual era blanca brillante y que no se alejaba mucho de su cuerpo carnal. Al pasar aquella energía color naranja brilloso por los objetos, estos dejaban de emitir su mezcla de colores, para volverse del mismo tono que la de su enemigo.

En pocos momentos la neblina naranja tendría contacto con las personas del lugar.

—Pero aun estando como observadores estamos con ellos. —Lo distrajo Lucifer—. Y de vez en vez, alteramos el curso de las cosas… Pero dejemos de lado este diálogo sin fin. ¿Aún no me has preguntado por qué te he citado a venir aquí, Miguel?

—¿Por qué me has citado aquí? —Optó por darle de su lado, hasta saber qué estaba tramando.

—Por mi visión. Por lo que alguna vez vi en un suceso determinado. —Los ojos humanos color miel pasaron de una mirada asertiva a una melancólica—. Una revelación donde la luz había dejado de ser nuestra luz. La calidez no provenía del Creador de todo. Tú, yo y el resto de todos nosotros no estábamos aquí. Ya no éramos partícipes de la expresión máxima del alfa y el omega. El suceder de las cosas no era por las circunstancias que siempre habíamos visto, era por otra cosa.

—¿De qué hablas? —Miguel trató de disimular su escepticismo lo mejor que pudo—. ¿Qué tiene que ver tu atisbar de El Segundo con todo esto? Explícate.

—Mi visión ya se ha consolidado. El Segundo ya está aquí.

El Segundo. El mal augurio que dio comienzo a todo.

Cuando Miguel fue concebido y tuvo conciencia de quién era él, su eterno rival y hermano del mismo instante, el serafín Lucifer, tuvo una epifanía que lo orilló a hacer todos aquellos acontecimientos, que no fueron doctos a la sabiduría de su creador. Instancias las cuales orillaron a los seres de alta oscilación y la llamada raza rellena de vacío a desencadenar grandes guerras, miles de batallas, y una lucha incesante que continúa hasta los sucesos actuales. Tanto en el mundo donde ellos degustaban de una ensalada y una taza de café, como fuera de ese.

Una relevación que había surgido de manera tan espontánea, como si se tratara de un árbol el cual creció en un instante, sin tener una semilla de la cual brotar. Lo único que tenía esa simiente era un nombre: El Segundo.

—Eso no es posible. —No esperaba Miguel escuchar esas palabras. Esperaba cualquier otro tópico de conversación, pero las reuniones «pacíficas» no eran muy frecuentes entre ellos—. No he sentido ninguna perturbación en este mundo. Ni siquiera en los planetas que giran alrededor de este sol.

—Tú no la puedes sentir porque tú no tuviste la revelación. Pero yo que he estado cargando con ella desde el comienzo de todo la he podido notar. Está aquí, ha germinado de aquello que no es parte del Creador de Todo. Ha adquirido la forma de un alma. Y ahora busca un portador para deambular en este mundo. Esta es la singularidad que da principio a nuestro fin, Miguel.

—Eso no está definido aún.

—Claro que lo está. Sabes perfectamente lo que se tiene que hacer. Hay que acabar con ella antes de que se cristalice. No han transcurrido muchos sucesos desde que me he enterado y he estado alterando las vibraciones de las energías de todo el planeta para que no se percataran de las anomalías. Tú eres el mejor ejemplo de que mi trabajo ha surtido efecto.

Con su visión modificada, Miguel miró cómo debajo de los pies de Lucifer mucha de su energía se desvanecía en el piso. Revisó el resto de la cavidad que formaba el restaurante, pero no sabía a dónde mandaba esa energía.

—Ven conmigo, Miguel —pidió Lucifer de manera amable y un poco temerosa—. Acompáñame y sé partícipe de cómo mi espantosa visión cae de una vez. De cómo las cosas se mantienen en el orden en el que tienen que estar. No te pido que hagas algo, solo mantente al margen mientras yo…

—¡Jamás! —Golpeó la mesa con la fuerza suficiente para que las patas se agrietaran—. No pienso tolerar ni mucho menos ser partícipe de lo que traes orquestado. Te he perdonado muchas cosas que has hecho a lo largo del transcurrir de todos los sucesos, y todo lo hice por amor hacia ti. Siempre pensé que estabas errado. Que querías hacer las cosas a tu manera. Pero esto está por encima de ti y de mí. ¿Cómo esperas que no tome acciones ahora que sé de la llegada de El Segundo? Mi amor por ti es muy grande, pero no por ello tomaré una postura contraria a los deseos de nuestro engendrador. Su sentimiento es de aceptación por aquel ser. Y si tú me dices que está aquí, es mi emoción de compromiso el velar por su bienestar.

—No entiendes verdaderamente lo que sientes. Ni mucho menos comprender que tu emoción de compromiso se volverá de hostilidad. Pero, si tú no quieres apoyarme, está bien. No te culparé ni dejará de amarte por ello. Es obvio que si tú no me acompañas otros lo harán. Me desharé de él.

—No te desharás de nadie. Y si afirmas no estar solo en tu decisión, es de esperarse que yo tampoco lo esté en la mía.

—¿Cuántos más de nosotros tienen que ser desprendidos de nuestro creador antes de comprender que es necesario hacer esto? —Lucifer se puso de pie de un solo salto con grito encolerizado—. ¿Cuántos…?

De un momento a otro, las personas cayeron muertas en ese instante. Ese era el resultado del toque de la energía de Lucifer: una muerte instantánea.

—Acaso crees que todos los hechos que me han acontecido han sido para nada —le respondía Miguel enérgico—. Yo en este mismo momento acudiré a él y me aseguraré de que… —En su estado humano, comenzaba a ponerse mareado.

Con su forma carnal, Miguel trató de ponerse de pie y encarar a su adversario. Pero al intentar separarse de su asiento se dio cuenta de que se encontraba inmóvil. Sus piernas, glúteos, torso y brazos estaban adheridos a la silla.

Al volver a ver el piso con su vista modificada notó la trampa. La energía de Lucifer se había mezclada con la suya. Aquella fusión ocasionó que su cuerpo permaneciera pegado a la banca. Pero la unión de las energías no era lo que lo tenía debilitado. Como si se tratara de una defensa natural, la propia Ciudad del Vaticano le hacía frente, pensando que se traba de Lucifer, siendo este anticuerpo urbano una neblina de color magenta clara. Creada a partir de los sentimientos acumulados a lo largo de los siglos de amor, devoción y encarar todo tipo de mal, la neblina cruzaba el río Tiber. Moviéndose por voluntad propia, hasta apresar aquella negatividad y temor que solamente podían ser propios del serafín. Desafortunadamente, también tomaron como presa a Miguel, cuya energía se encontraba mezclada con la de su hermano, impidiendo ser diferenciado por el aura vaticana.

Lucifer, demostrando una vez más sus capacidades como estratega, había tomado medidas por si la situación se salía de control.

Mantener a Miguel a raya en su asiento era fácil. El verdadero reto consistía en manipular todo flujo de energía alrededor del planeta para que la singularidad no fuera detectada, ni por toda la milicia celeste, ni por aquellos a los que llamaba seres rellenos de vacío. Su atención se enfocaba en el control del flujo de energía, pero aún tenía todos sus asuntos cotidianos que debía atender y no podía prescindir de ellos, para no levantar sospechas.

Sabía perfectamente que la reunión con el arcángel Miguel terminaría de manera ríspida. Por lo que su energía oscilaba de manera diferente a la habitual, ya que se encontraba alterado. Su miedo le hacía perder el control y como un efecto secundario podría terminar con la vida de toda Roma. Su única medida era colocarse cerca de la Ciudad del Vaticano. Lo suficiente para no despertar la energía de manera automática, pero sí lo necesario por si se llegara a descontrolar. Sabiendo que la Ciudad tomaría partida por cuenta propia, sin afectar la vida de las personas, mezcló un poco de su aura con la de su hermano, a sabiendas de que también a él le tocaría parte del ataque colectivo de la urbe.

—Si tu intención no era pelear conmigo, Lucifer, ¿cuál era? —cuestionaba el arcángel dando débiles movimientos, intentando liberarse de la trampa.

Desprendiéndose de toda la energía que emanaba y dejándola para que luchara con las vibras de la Ciudad del Vaticano y mantener atrapado a Miguel, Lucifer se movía torpemente.

—Impedirte marcharte de aquí —le decía Lucifer, caminando por en medio de los clientes muertos para salir del restaurante.

II

La luz del ocaso se colaba por las ventanas del Ospedale Santa María degli Incurabili, en Nápoles.

El pasillo era todo blanco; su piso, paredes y el plafón del techo. Incluso las tres bancas de acero sin respaldo que abarcaban el largo de la pared. Todo plagado de un blanco opaco que mostraba el pasar de los años con una mínima manutención e impregnado el ambiente con el aroma del desinfectante. Sus únicas variantes eran el extinguidor que sobresalía de una de las columnas y la luz roja del foco que estaba arriba de la puerta que conducía al quirófano.

Cada vez que sus pasos lo ubicaban de frente a la puerta, alzaba la vista para observar cómo continuaba encendida la luz color sangre.

«Maldición. Ya llevan demasiado tiempo».

Agachaba la cabeza para volver a su caminata impaciente de un lado para el otro. Sus tenis lo trasladaban al otro extremo del pasillo de manera ágil y silenciosa; y de ahí, de regreso a la puerta; expectativo de lo que pudiera salir de ella. La camisa tipo polo de franjas blancas y rojas estaba empapada con su sudor frío. Sus jeans tenían marcas de humedad que abarcaban sus muslos y rodillas. El cigarro lo había consumido más de la mitad cuando encendió el siguiente. Había prometido dejar el tabaco antes de que naciera el bebé, pero las circunstancias lo orillaron a no poder mantener su palabra.

A la mitad del pasillo, en su enésima vuelta, la luz del foco se apagó. Antes de que saliera alguno de los médicos por la puertezuela metálica, el doctor Enós Draven dio pasos apremiantes para ganarles. Aún cubierto por la mascarilla quirúrgica y el gorro azul claro, pudo reconocer a su amigo de tantos años.

—¿Cómo se encuentran, Marcus? —preguntó el doctor Draven sacándose el cigarro de la boca.

—Lamento ser yo quien te dé estas noticias, Enós —respondía su compañero cirujano, quitándose el cubre bocas y el gorro—. Pero se presentaron bastantes complicaciones durante el parto… —Inhaló profundamente y exhaló—. No pudimos salvar a An.

Las palabras del doctor Marcus Racchelli, quien aparte de ser el médico obstetra de su esposa era su amigo entrañable desde la facultad, padrino de bodas y futuramente padrino de su hijo, lo dejaron perplejo. El embarazo de su esposa Annalisa siempre fue de mucho cuidado. La mayor parte del tiempo guardando reposo. Y aunque los diagnósticos de Marcus en cada consulta siempre dieron esperanza a la pareja, al final, unas molestias en la zona baja del vientre de la cónyuge grávida propiciaron labores de parto prematuro.

—¿Qué me estás diciendo, Marcus? —Las manos de Enós tomaron los delgados brazos de su amigo—. Tú eres de los mejores obstetras de la ciudad. No me puedes decir que se presentaron complicaciones. Tú no me puedes decir simplemente que la vida de An, de mi An, se te fue de las manos. —Sin fijarse, sus uñas se hundían en la carne de su colega.

—Ya basta, Enós —dijo Marcus alzando los antebrazos y dibujó un círculo que se abría para liberarse del apretón—. ¿Tú crees que no me duele a mí también? A An la conocí casi el mismo tiempo de conocerte a ti. Fui yo quien te prestaba dinero para que le compraras flores. Era yo quien pasaba por ella cuando tú no podías a causa de tus residencias. Me tocó estar presente las tres veces que rompieron durante su noviazgo, antes de unir sus vidas en el altar. No me digas que dejé que su vida se me escapara de las manos. Como si no hubiera hecho nada para evitarlo.

Enós no forcejeó más con su amigo y colega. Sabía que tenía la razón. Asimilando la tragedia, dio unos pasos atrás y tomó asiento en la fría banca. Involuntariamente, sus ojos comenzaban a llenarse de lágrimas. Sus esfuerzos por gesticular palabras eran infructíferos. La presión en el pecho lo hacía respirar con dificultad. «Se ha ido». De un instante a otro, su mundo se convirtió en un caos. «Ni siquiera tuve la oportunidad de despedirme de ella». El saber que nunca más estaría con su esposa lo tenía desbastado.

Las últimas imágenes que pasaban por su cabeza fueron estando los dos en el interior de la ambulancia, que los transportaban al hospital. Yacía An recostada en la camilla, con una sábana que la acobijaba de la cintura para abajo. La mayor parte de la frazada estaba mojada por causa del líquido de la placenta derramado, como sus jeans al momento de cargarla para acomodarla en la camilla. Sabía que ella lo miraba cómo hablaba con los paramédicos y a la vez con Marcus, por medio de su enorme aparatejo móvil. Accesorio tecnológico que le abarcaba desde la cabeza hasta la barbilla, sobresaliendo la rígida antena por encima de su sien. «Nunca le gustó cómo el celular me cubría el rostro». Ella apretaba su mano contra la suya. Con tanta fuerza que daba la impresión de que lo único que la mantenía aferrada a este mundo eran los dedos de su esposo.

—Enós… —La voz de Annalisa humedecía la mascarilla que le suministraba oxígeno—. Tengo miedo.

—Te repito, Marcus, su presión arterial es de 165/80… ¿Qué dices, An? Marcus, te llamo en unos minutos. ¿Qué pasa, amor? —Su voz se suavizó al ver los ojos color verde marrones desbordados en llanto.

—Tengo miedo —susurraba mientras las lágrimas se escurrían por las mejillas.

—No digas esas cosas. —Trataba de mostrarle un buen semblante, algo que pudiera indicarle que todo saldría bien, pero la cara congestionada revelaba otra cosa—. Debes calmarte. Te pondrás mejor.

—No es cierto. Algo no va bien. —Colocaba la mano libre encima de su barriga—. Siento como si el bebé estuviera luchando. No por salir, sino por sobrevivir.

—Tranquila, An. La gestación del feto vía in vitro fue difícil. —Había dejado de lado el enorme celular para postrar su mano encima de la mano de ella que tocaba su vientre—. Pero no te alarmes, todo va a estar bien. Te lo prometo.

—Te amo, Enós —le decía con su voz débil y quebradiza.

—Y yo a… —Sintiendo el frenado del vehículo médico y por el tiempo transcurrido, supo que habían llegado—. Ya estamos en el hospital. Marcus debe de estar listo y esperándote en el quirófano.

Al apagar el motor, Enós se posicionó junto con los paramédicos para ayudarles a que descendiera su esposa. Una vez abajo, se acercó a la enfermera para decirle los por menores de la ruptura de la fuente, mientras Annalisa era llevada al quirófano.

—Lo lamento, Marcus —decía Enós con la mirada perdida. Presenciando sin ver cómo por fuera de las ventanas el ocaso daba paso al anochecer—. ¿Cómo pasó?

—Annalisa comenzó a tener hemorragias internas a mitad de la cesárea. —La explicación del doctor Racchelli era sin tanto lujo de detalle. El reciente viudo también era doctor, así que no necesitaba darle mucha información para que su compañero pudiera deducir cómo se presentaron las cosas—. Se desangró muy rápido. Fue arduo, pero conseguirnos retirar al niño en el menor tiempo posible. —Durante unos breves instantes, pudo distinguir en los labios de Enós una diminuta sonrisa por saber que la criatura se encontraba viva—. El bebé nació antes de cumplir treinta semanas, en estos momentos lo tenemos dentro de la incubadora, ya que no puede mantener el calor corporal. —Tragó saliva para poder decir su última oración—. Enós. No tengo muchas esperanzas de que el bebé sobreviva.

—Mantenlo con vida. —Sus manos se engarrotaron en sus rodillas, pegándose por su sudor y el líquido amniótico cuajado—. Acabo de perder a mi esposa. No sabría qué hacer si pierdo al bebé también.

—Haré todo lo que pueda.

Sin esperar respuesta de Enós, el doctor Racchelli se colocó de nueva cuenta su gorro y mascarilla para regresar al quirófano.

A pesar de que el corredor era extenso, Enós no tardo en sentirse atrapado por las paredes. Observó por unos instantes el cigarro en el piso, con su estela de humo que subía hacía el extractor del techo falso. Lo tomó y abrió una ventana para arrojarlo.

Sin saber cómo, había llegado a la entrada de la Iglesia de Santa María del Popolo. Uno de los dos recintos santos que custodiaban el acceso principal para vehículos y caminantes ajenos al personal de trabajo. No tenía interés en entrar a la capilla. Prefirió tomar asiento en las escaleras y sentir la suave brisa en su cara. Se quedó mirando la fachada de la farmacia de la Incurable. «En tus más de 400 años de existencia, ¿a cuántas has visto partir de este mundo y cuántos más has visto llegar?».

—¿Tienes fuego? —una voz rasposa rompió con un exabrupto el trance de Enós.

—Ah. Sí. —Buscó en el bolsillo de su pantalón de mezclilla—. Tome. Aquí esta.

Siendo analítico por naturaleza, Enós calculaba que el hombre que le había pedido el encendedor pasaba de los cincuenta años. Era de mediana estatura y le falta cabello. Su piel era blanca como leche bronca. Con unos ojos azules muy intensos y barriga amplia.

—No sé qué habrá pasado —comentó el hombre mientras apretaba con un extremo de sus labios el cigarrillo, para poderlo encender sin dejar de hablar—. Acompaño a mi hija para su cita mensual con el doctor Racchelli, el maldito obstetra de aquí, y me dicen que se encuentra ocupado. Gracias. —Le entregó el encendedor a la vez que exhalaba el humo por la nariz—. La pobre lleva ya ocho meses de gestación y tiene la panza tan grande que no puede estar de pie por mucho tiempo. Ella quiso esperar a ver si lograba que la viera el doctor.

—Lamento que mi esposa fuera la causa de que no pudieran atender a su hija. Señor. —Enós se levantó acomodándose los jeans en la cintura y estirando la camisa tipo polo—. Créame que esa no era nuestra intención.

Enós Draven llevaba fungiendo labores como médico cirujano por más de siete años. Dándole la experiencia y el temple suficiente para saber cómo sobrellevar situaciones de suma tensión. Pero en esos momentos su calma y las formalidades que utilizaba tanto con el paciente que trababa como con los familiares se habían ido al carajo por la situación en la que se encontraba lidiando. A pesar de la mirada penetrante llena de enojo y el tono despectivo con el que se dirigía, el hombre de mediana edad no mostraba signos de sentirte incómodo por sus palabras.

—Discúlpeme. No quise ser grosero. Dígame: ¿su esposa se encuentra bien?

—Ella falleció. —Apretó con fuerza los dientes al punto de sentir que rechinaban. Trató de controlarse lo mejor posible, para no volver a caer en llanto—. Y en estos momentos el doctor no me da muchas esperanzas para mi hijo.

—Lo lamento. —El tono de su voz era suave y comprensiva—. Verá. Hace siete meses yo también perdí a mi esposa, de hecho, fue mi esposa y mi yerno. —Inhaló y exhaló el humo del cigarro—. Mi hija y yo tenemos un negocio familiar, somos asesores jurídicos. Una noche, un expediente de despido injustificado nos llevó más tiempo del que creíamos. Mi hija le pidió a su esposo que pasara por su madre. Mi señora trabajaba como directora de una primaria. En el trayecto de la escuela a la casa, sufrieron un choque con un camión de productos lácteos. —Observó cómo la mirada del joven que escucha ya no era tan dura con él—. Fue muy difícil. Por poco muere también mi hija de la impresión.

—¿Qué fue lo que hizo? —La voz de Enós era baja y carecía del tono agresivo que tenía al principio.

—Me armé de valor y dejé de pensar en mi persona. Mi hija y yo fuimos a terapia para poder reponernos. Tuvimos el apoyo de mi familia, así como también de la de mi difunta esposa. La familia de mi yerno culpa a mi hija por su muerte. No los culpo. Pero no tengo interés de tratar con ellos, y menos ahora, que estoy armando un caso para que mis consuegros no traten de arrebatarle a mi hija su bebé.

—¿Por qué dice que dejó de pensar en su persona?

—Porque cuando un hombre se convierte en padre su vida, sus esfuerzos, lo que piensa y lo que hace dejan de ser en gran medida para él. Se presenta el caso de que uno no piensa tanto en la pareja, sino lo que direcciona hacia sus hijos. A mí no me interesa el saber que los genes hacen lo posible para perdurar la especie. A mí lo que realmente me importa es que mi hija pueda salir delante de cualquier golpe que le ha dado la vida.

—Comprendo. A veces Dios juega de manera muy cruel con nosotros.

—No culpo a Dios de que mi esposa haya muerto. O de que mi hija perdiera a su esposo. A veces las cosas pasan simplemente por la suma de actos previamente transcurridos. Si mi yerno aceleró para poder ganarle al semáforo o si el tipo del camión de lácteos perdió el control porque se le derramó el café mientras conducía, no me interesa. Mi mente se enfoca en lo que viene y lo que tengo que hacer para sacar lo mejor de mí y salir adelante… Bueno, eso es lo que creo yo.

Enós no sabía qué decir con respecto al pequeño discurso que le había dado el hombre calvo y de piel láctea. Escuchando sus palabras, impactaban contra su mente, golpes repentinos de recuerdos de cómo Annalisa y él se esforzaban por tener un bebé. Las primeras citas con Marcus para organizar la gestación del nonato de manera in vitro. Lo felices que eran al saber que un embrión se había pegado en el útero de An. Los postres en el café al final de cada revisión mensual. Hasta las visitas a los centros comerciales para comprar la cuna y los diversos accesorios de la habitación de la criatura.

Al final de sus recuerdos tuvo una visión.

En la entrada del cuarto de su hijo, frente a él estaba su amada esposa An. Cargando entre sus brazos a su bebé para arrullarlo con una canción de cuna. Detrás de ella, podía ver la luz del ocaso que traspasaba las cortinas de encaje de los ventanales del cuarto.

—No hagas ruido, Enós —decía An con una voz tan baja que le costaba el poder escucharla—. Ven, acércate despacio. Mira cómo Eros está a punto de dormirse.

—¿Eros? ¿Como el dios del amor?

—Así es. Esta es la forma de nuestro amor, Enós.

Al posar la mirada sobre el bebé, Enós Draven vio los ojos adormilados color verde marrones de su hijo. Acercó su dedo índice para acariciarle la frente. Las lágrimas ya recorrían más de la mitad de sus mejillas cuando alzó la vista para decirle algo tierno a su esposa, y fue cuando descubrió que An ya no se encontraba con ellos.

—¿An? —preguntaba angustiado Enós estando de pie en medio del cuarto, girando de un lado para el otro con el pequeño Eros en brazos—. ¿An?, ¿An?, ¡¿Aaaan?! —Sus gritos descarnados provocaron el llanto de su hijo.

El berreo lo hizo comprender que su esposa ya no estaría nunca más con él. Ella se había marchado y jamás regresaría. «An, te amo». Tomó asiento en la mecedora y comenzó a cantar una canción de cuna. Con cada palabra que tarareaba, su hijo dejaba de lado el llanto para cambiarlo por grandes risas y sonidos guturales de felicidad.

Cada minuto transcurrido en la explana de la Incurable perdía los detalles a causa de la llegada de la noche. Vio cómo el hombre tiraba al suelo el cigarrillo para apagarlo con la suela del zapato. Alzó la mirada para contemplar el cielo nocturno. La luna ya estaba a la vista, pero las estrellas no. Notó que su respiración se encontraba en su ritmo normal y que la pesadez del pecho se había esfumado.

—Discúlpeme, señor —dijo Enós tomándolo del brazo—. Debo de retirarme.

—Está bien. Creo yo que ya es tarde. Y lo mejor será que me lleve a mi pequeña a casa, a que descanse. Mañana veré si puedo agendar una nueva cita con ese maldito doctor.

—No se preocupe. Hablaré con Marcus para que atienda a su hija mañana a primera hora.

—Se lo agradecería enormemente.

Con un simple ademán de manos, Enós se despidió para volver a entrar al hospital.

III

La noche comenzaba a extenderse por toda Nápoles.

Inició cubriendo primero con sombras claras los castillos, edificios, parques y calles de la ciudad. Luego le prosiguieron otras más oscuras, que envolvían todo el entorno. Los árboles daban forma a seres retorcidos de gran altura y suma esbeltez, mecidos de un lado para el otro por la fuerza del viento. Hablando a través del graznido de los pájaros, que salían volando de ellos. El golfo de Nápoles reinaba hasta donde alcanzaba la vista del hombre, como si se tratara de una inmensa frazada, que cubría de negro el resto de la tierra. Mágicamente, como un acto de autoconservación, todo recuperaba su forma gracias a las luces artificiales que se encendían por las calles, en el interior de los edificios y por los vehículos que seguían transitando.

El Ospedale Santa María degli Incurabili no era la excepción. Devorada por las sombras, la institución parecía un enorme ladrillo de obsidiana. Del cual, unas cuantas ventanas emanaba luz eléctrica, dando el aspecto de un rostro con muchos ojos y una sonrisa de pocos dientes.

Reptando por las proyecciones oscuras ubicadas por doquier, trataba de pasar desapercibido.

No era algo nuevo lo que hacía. Había perdido la cuenta de cuántas veces lo había hecho. Recordaba las guerras que presenció de esa manera, los ataques furtivos, las conspiraciones, los asesinatos. El copular de las parejas, ya fuera acobijados por las estrellas o en el interior de habitaciones de diferentes tipos, tamaños, olores y texturas. Los nacimientos a los que ocasionalmente asistía. El desvelo de los mortales a causa del trabajo y de las labores domésticas. Pero lo que solía observar más a menudo eran los rezos. Le prestaba suma atención a cómo estos seres rellenos de vacío invocaban por medio de susurros a sus deidades. Los nombres eran diversos e incontables los métodos de súplica. Siendo el objetivo siempre el mismo: pedir algo que sentían que ellos mismos no podrían lograr con sus propias fuerzas.

Eso era la oración. Un murmullo de peticiones que llegaban a ser tan sencillas como extravagantes. Incluso inverosímiles a las circunstancias previas o a las acciones venideras que se necesitaban para llegar a ellas.

En ciertos sucesos, él mismo tomaba acciones pertinentes para hacer que los ruegos se hicieran una realidad. Ya que dentro de sus facultades más conocidas estaba el poder dañar cuanta existencia quisiera, del modo en que se le antojara. Pero eso no opacaba el hecho de que podía ser generoso y brindar apoyo de la manera menos esperada. En su naturaleza no residía el engendrar siempre acontecimientos que todos vieran como malos, terribles, nefastos o profanos. También podía ser piadoso y magnánimo. Comprendía que el poder no se demostraba negando las cosas, sino que, al contrario, el poder era el instrumento con el cual se facilitaba el ocurrir de las acciones. Por lo que de vez en cuando realizaba alguna obra que pudiera ser calificada como buena.

Para su desdicha, siempre se le emparentaba con todo acto de maldad que pudiera existir, incluso cuando él no tenía nada que ver. Esa era la suerte y maldición de Lucifer: le tocaba ser el malo en la historia de la historia misma. Pero el fin justificaba los medios, y también los miedos. Y ahora tenía que asumir una vez más su representación de un ente malvado y deleznable, esperando que esta acción fuera la definitiva. La última actuación que pondría fin a todo su sufrimiento y desesperación.

De entre la gran variedad de formas que podía tomar, las sombras eran su predilecta. Podía escudriñarse a cualquier lugar sin ser notado. Y las jugarretas que, orquestadas dentro de ellas, le dibujaban una sonrisa. Siempre y cuando tuviera una forma con labios para sonreír.

Traspasar las fronteras del hospital sería un asunto complicado.

Penetrar en el interior sin ser notado le resultaría imposible. En sus pasillos y recovecos antiguos reposaba de manera inerte una energía con forma de densa niebla en colores celeste, verde y amarillo. Una nube concebida de los sentimientos de paz, alegría, amor, reconciliación y de otros cientos más que sobrepasaban al miedo y a la desesperación. Porque incluso después de la muerte viene la paz para los humanos que siguen en este mundo terrenal. Dicha energía poseía un comportamiento igual que el aura de la Ciudad del Vaticano. Una vez que entrara, lo atacaría para protegerse de él. ¿Podría resistir al ataque? Sí. Pero llamaría la atención de otros. Además, lo más probable era que Miguel siguiera aún sentado en la silla donde lo apresó. Pero ello no lo limitaría a dar aviso a terceros de lo que se traía entre manos. Su única vía para atacar y darle opción de salir desapercibido era amedrentar por el exterior.

De ese modo, con su traje de sombra nocturna puesto, llegó a la explanada de la Incurable. Se percató de dos seres dialogando. De uno de ellos brotaba la tristeza producida por la pérdida y el miedo muy latente por repetir la sensación. Mientras que el segundo no lograba descifrarlo del todo bien. Se mostraba en paz, ecuánime. Una envoltura relajada ante las circunstancias de la vida. Tan calmada que lo hacía dudar de ella; pero la situación lo apremiaba, no tenía la oportunidad de indagar más. Arrastrándose tan rápido como podía, llegó al lado suroeste del complejo hospitalario. Parando frente a los transformadores que suministraban la energía eléctrica para generar la luz que emanaba de las lámparas, la fresca brisa del aire acondicionado, el funcionamiento de las máquinas especializadas y el frío de la morgue. Todo el lugar se sustentaba y operaba gracias a aquellos tres trasformadores herméticos. Resguardados de otras de una reja de malla color gris.

Sacó de entre las sombras su pie desnudo, el calzado ya no era necesario. Era más rápido teniendo los pies descubiertos. El saco tampoco lo portaba, tenía las muñecas libres, gracias a los puños desabotonados de su camisa. Al desprenderse de las sombras, su aspecto era desalineado. Sin zapatos ni calcetines que le cubrieran los pies y la camisa de manga larga, desfajada y con los puños abiertos. Con tres veloces zancadas daría por cumplido su objetivo: inhabilitar aquellos rudimentarios equipos para generar electricidad. Desencadenando el paro de todo equipo eléctrico y electrónico del complejo.

Entre sus pasos, Lucifer razonaba…

Primera zancada… La restauración de la electricidad les tomaría a los hombres muchas de sus apreciadas horas, invención de ellos para medir los sucesos que acontecen en la naturaleza o por causa de su propia mano. Suficientes horas para que diversas personas fallecieran, incluidos aquellos diminutos seres incapaces de defenderse por ellos mismos. Refugiados en el interior de pequeñas cajas de vidrio, las cuales tenían como finalidad brindarles soporte vital, pero si las condiciones se prestaban de manera adecuada esas mismas cápsulas podrían convertirse de manera muy fácil en ataúdes de cristal.

Segunda zancada… Levantó su mano derecha con la palma de la mano extendida a todo lo que podía dar su carne los huesos. Un golpe de gran intensidad al transformador y sería todo. Los hombres se culparán los unos a los otros por el fallo que se presentó. Las muertes serían bastantes, pero necesarias para dar encubrimiento a su acción. Era mejor prescindir de varios para no levantar sospechas.

Tercera zancada… El trabajo era ya un hecho. La palma llegaría de lleno. La victoria era contundente. Después del deceso, cazaría aquella pequeña alma para asimilarla y una vez absorbida iría por el padre del niño para terminar con el trabajo. Sentía cómo el aire entre el transformador y la palma de su mano era desplazado por la velocidad de esta. Un toque sería todo. El final llegaría y un nuevo inicio daba lugar. Su mano apunto de to…

El jalón que tuvo desde sus hombros fue extremadamente fuerte, si fuera un ser de carne y hueso normal, el tirón le hubiera roto los hombros y parte de la columna. Se sentía flotando, pero no alcanzaba a distinguir las cosas con sus ojos mortales. Sintió cómo su costado pegó contra algo duro, pero carecía de rasgos o texturas que lo pudieran identificar. Logró incorporarse aprovechando la fuerza de los giros que daba. Cuando colocó sus pies en el extraño suelo, trató de enfocar su vista, pero no tuvo éxito. Lo único que percibía era la nada a su alrededor.

Un fuerte golpe que le llegó de lado izquierdo lo orilló a dar unos pasos mal dados para evitar el caerse de nueva cuenta. Unos porrazos más le llegaron a la nariz y un instante después a la barbilla. No pudo evitar el caer sentado. Las patadas las recibía por ambos lados. Se cubría torpemente de ellas, pero no cesaban los ataques. Sintió como un puntapié en la espalda y lo tiró boca abajo. Más y más golpes le impactaban y los intentos por levantarse eran en vano. Con tantos pisotones le resultaba imposible distinguir al arcángel caído, si era solo uno el que se movía con rapidez o eran un millar los que lo golpeaban a la vez.

—¡BASTAAAAAAAAAAAA! —De su rugido se desprendía fuego. El pantalón y la camisa estaban siendo cubiertos por las llamas que emanaba de su piel.

Los pisotones cesaron. Logró incorporarse y sus llamas iluminaban parte del sitio. Pero ni siquiera el brillo de su rabia le permitía descubrir en qué lugar estaba. Dio la vuelta a un lado, para ver algún detalle que le indicara dónde se encontraba, no había nada en lo absoluto. Miro hacia el otro lado, para escudriñar lo que pudiera, pero el resultado fue el mismo. La falta de detalles y de percepción le dieron una única deducción: el limbo.

—No eres el único que puede iluminar este lugar con su luz propia, Lucifer. —La voz del arcángel Miguel estremeció el vacío del lugar.

Los ojos de Lucifer se resguardaban ante la majestuosa luz que emanaba su igual y de bando opuesto. Siendo una aurora de color perla, oscilaba en sus bordes, difracciones en brillos blancos, azules, magenta y amarillo. Con una mano al frente alcanzó a distinguir una silueta al centro de todo el resplandor. Pero su observación fue tardada. Antes de poder enfocar ya había recibido el impacto de un puño debajo de su sien, seguido de uno de mayor potencia en la barbilla. No importaban las llamas que lo cubrían; cada impacto que recibía era certero. Bloqueó uno que le llegó desde arriba, pero no alcanzaba a cubrirse de la patada a la altura de las costillas. Era un segundo impacto dado con la toda la planta del pie de Miguel, haciendo retroceder a Lucifer varios pasos atrás. Aprovechó esa distancia para ponerse en una mejor postura para pelear.

—Muy buena esa, Miguel. —Caían pedazos de la carne chamuscada de Lucifer cuando levanto los puños para colocarlos en pose de pelea—. Ahora comienza la segunda ronda.

En esta ocasión la agilidad del arcángel no le brindó mucha ayuda contra su oponente en brasas. La luz y el fuego se entremezclaban como un vals que carecía de un final. Los golpes pasaron de puño contra la carne, a puño contra puño. Manos, brazos, pies y piernas soltaban golpes en dirección al contrario. Aun con la ventaja de la sorpresa y de todos sus esfuerzos, la luz daba paso al fuego. Miguel no supo en qué momento pasó de la ofensiva a la defensiva. Sus movimientos no eran para dar golpes, sino para esquivarlos. Si fuera un ser humano común y corriente, se encontraría sin aliento tras todos los movimientos que tenía que hacer para evitar los golpes del que fuera su hermano del mismo instante.

—No sé cómo te las arreglaste para escaparte, Miguel —decía Lucifer dando cuatro golpes consecutivos y seguidos por patadas de ambos pies—, pero no te escaparás ahora.

Al esquivar las patadas, Miguel no se percató de que su costado izquierdo lo tenía desprotegido. El lugar donde acertó Lucifer hizo que su cuerpo se torciera hacia un lado. Un impacto, dado con la frente de Lucifer, vasto para romperle el tabique y la luz que desprendía el aura del arcángel se desvaneció hasta quedar en una escueta luz blancuzca que brilla en su piel. Su ojo derecho, entrecerrado por la hilera de sangre que le salía de la ceja, le permitió apreciar cómo el siguiente golpe del serafín sería contundente.

El puño de Lucifer no tocó a Miguel. En su lugar, una mano cuya piel era blanca como la leche tomó la muñeca del caído y lo apretó fuertemente. Tal era el forcejeo que Lucifer por quererse liberar tensó los dedos de la otra mano y dio un corte preciso que cortó su mano, dejando su muñón goteando de manchas de fuego, que caían en el piso del limbo.

—¿Qué haces tú aquí, Gabriel? —jadeaba Lucifer para escupir su pregunta a la cara veterana del arcángel.

—Vine por un recuerdo de Nápoles y he conseguido uno muy bueno. —Levantaba la mano chamuscada de su enemigo, como si se tratara de un pedazo de madera.

—¿Es que acaso no lo ven? —Colocó su otra mano en el muñón para cauterizarlo mientras que las llamas se desvanecían de su cuerpo. Toda su carne era de color carbón, la ropa había sido consumida por las llamas, al igual que su cabello y bello. Sus ojos con sangre estaban a punto de romperse de la hinchazón—. Siendo un nonato, terminó con la vida de su madre. No lo podemos dejar vivir. Entiendan de una vez. El sentimiento que deberían de tener hacia él es el del miedo, no el del amor. —Con cada manotazo que daba se desprendían estelas de humo provenientes de la carne charrasqueada.

—Si nuestro engendrador no se ha opuesto a su nacimiento —dijo el arcángel Gabriel arrojando hacia el vacío del limbo la mano calcinada—, ¿por qué deberíamos hacerlo nosotros? Sé muy bien la visión que has tenido, pero su futuro no está forjado. El estar en este mundo le permitirá crecer, aprender y evolucionar para trascender. No aceptaremos que tu miedo se lo impida.

—Dime, Lucifer: ¿estás listo para una tercera ronda? —preguntó el arcángel Miguel, incorporándose de nueva cuenta—. La luz cubría su cuerpo había vuelto y crecía a cada instante.

—Ya llegará el suceso en el que sí, Miguel. —Sin esperar respuesta, su carne se hizo cenizas. Desvaneciéndose en el vacío del limbo.

La luz del arcángel Miguel perdió su brillo al instante. Antes de que se desplomara por completo, el arcángel Gabriel lo tomó por un brazo.

—¿Cómo te sientes, Miguel?

—A pesar de todo, me siento muy bien. ¿Dónde está Rafael?

—Arriba, con los bebés. Está protegiendo la incubadora. Lo bueno es que alcanzaste a detenerlo. Los humanos no hubieran dado crédito a que todo el hospital se encontrara sin energía salvo por las incubadoras.

—Me da gusto escuchar eso —pronunció jadeante el arcángel. Siendo sus últimas palabras se desvaneció dejando solo al arcángel Gabriel.

La gracia del poder de la ubicuidad se le había pasado. Después de estar en diversos lugares a la vez, atrapado en su asiento del restaurante, pidiendo apoyo a los arcángeles Gabriel y Rafael, cada uno por separado, y por último, peleando contra Lucifer en el limbo, las fuerzas que le quedaban le permitieron yacer solamente en la silla de madera de la cafetería.

Podía escuchar el delicado fluir de las aguas en el cauce del río Tiber a pocos metros de distancia. Su vista la enfocaba a través de los muros, hacia el cielo oscuro y las estrellas que resplandecían. Con su otra visión, se permitía ver de manera diferente los astros. Alcanzaba apreciar los acabados de otros mundos, el relieve de los planetas y las estelas de las rocas y los cristales que recorrían el espacio de manera errante. Al mirar al piso, notó cómo la energía color naranja, que había utilizado Lucifer para apresarlo, se estaba desvaneciendo.

Una mano blanca con manchas de edad se colocó en su brazo, para romper el trance en el que se encontraba.

—¿Ya mejor? —Ló observo con cuidado el arcángel Gabriel.

—Mucho mejor —respondió Miguel levantándose de la silla de madera.

El pequeño restaurante tenía las luces apagadas, la televisión se mostraba estática, antes de que la apagara Gabriel. A su alrededor se contemplaba el rastro de la desesperación de Lucifer: cuatro hombres muertos a simple vista, tres jóvenes y un hombre de edad avanzada junto con otros dos cocineros yacían en el fregadero y en la estufa. Las mujeres eran cuatro. Una anciana al lado del hombre de edad avanzada, dos meseras que cayeron a la entrada de la cocina y a un costado de la barra, acompañada de charolas y platos rotos, y a la recepcionista la muerte la había encontrado en la taza del excusado.

Afuera del restaurante la vida nocturna de Roma transcurría normal. Como si el resto del mundo no conociera la existencia del minúsculo local. Al cruzar la puerta de madera trabajada, Miguel dirigió su vista a la Ciudad amurrada del Vaticano. Observando cómo el aura de color magenta volvía a estar apacible.

—Tengo que avisarle a Rafael que esté al pendiente —dijo Miguel preocupado.

—No te preocupes —le respondió Gabriel, rascándose la parte calva de su cabeza—. Yo aún sigo con Rafael en el hospital. Le estoy platicando cómo es que mientras yo le estaba brindando consuelo y guía al recién padre tú, con las fuerzas que te quedaban, le diste una paliza digna de ser recordada a Lucifer.

—No se estén con la guardia baja. Lucifer aún puede seguir cerca del lugar. Aguardando el momento oportuno para volver a salir de entre las sombras.

—Tranquilo. Sé que Lucifer se vuelve prácticamente imperceptible cuando se guarda en la oscuridad. Pero carece de inteligencia. Debería de haberse dado cuenta de que en toda Nápoles esa madre era la única que se encontraba en plan de parto. Me comenta Rafael que el padre le ha puesto el nombre de Eros al niño.

—¿Eros? Escasas letras para un ser tan complejo.

—Es difícil creer que esa pequeña alma sea El Segundo. Habrá que estar al pendiente de él. Lucifer no es de los flaquean al primer fallo. Esperará y buscará la oportunidad adecuada para tratar de finalizar lo que empezó.

—Y no será el único que vaya tras de él. Han sido tantos los sucesos que han transcurrido desde que Lucifer tuvo su visión. Todo esto se pondrá más difícil.

—Lo sé. Todos estamos igual de inquietos que tú. Será mejor movernos de este plano y organizar bien las cosas.

—No puedo. Si no es Lucifer será uno de los suyos. Debo continuar.

—Como gustes. —Siendo sus palabras de despedida, el arcángel Gabriel partió.

IV

La tarde de octubre era clara.

El tránsito vehicular se encontraba acompañado de fuertes rayos de sol que exclamaban «Volveré» en tono de reproche, marcando así la despedida de la influencia del astro rey sobre ese lado del planeta al inicio del otoño. Conduciendo de regreso a su apartamento, Enós miraba de vez en vez sus ojos azules llenos de emoción reflejados en el retrovisor. Tras él se asomaban unos cuantos automóviles en color negro, blanco, verde y carmesí, que poco a poco desaparecían doblando en alguna esquina mientras que otros aparecían de la nada para rebasarlo. Pero su mirada no se enfocaba en los personajes al volante de los demás autos, sino en el pasajero reguardado en el asiento trasero de su propio auto.

Con un tamaño menor al del promedio, al bebé Eros Draven le era presentado el mundo que se encontraba más allá de la incubadora. Sujeto a su asiento ajustable para bebé, llevaba puesto un mameluco verde claro, contrastando con su gorrito de algodón de color morado. Ambos regalos de su abuela paterna. Sus minúsculos ojos verdes marrones se dilataban cada vez que miraba la claridad del cielo a través de la ventana, como si hubiera algo más que nubes. Después le seguían risitas abruptas y finalizaba con repentinos ataques de seriedad.

—An, por fin estamos en casa —dijo para sí Enós al ver delante los edificios departamentales en los que vivía.

Durante los días en que permaneció el infante Eros dentro de la incubadora, para terminar su gestación, el doctor Enós Draven se vio obligado a dividirse en tres partes.

La primera parte la separó al cumplir quince días de viudo. Después del funeral de su esposa Annalisa y del cierre de la burocracia gubernamental del fallecimiento, Enós se encontraba alojado en la casa de sus padres. Debido a la melancolía que le brotaba cada vez que se adentraba en el apartamento donde viviera como esposo.

El inmueble había sido el regalo de bodas por parte de los padres de An. Un cómodo apartamento que formaba parte de un complejo de tres edificios en el interior del Rione Cavalleggeri D´aosta, donde festejarían su séptimo aniversario después del nacimiento del bebé. El piso lo conformaba la sala, cocina junto con comedor, un baño y dos recamras. Las paredes pintadas de blanco y melón eran adornadas por varias fotos familiares y figurillas cerámicas. La sala consistía en tres muebles verdes con cuadros grises. Con una pequeña mesa de centro, y en una de las esquinas, el enorme cubo café, que era la televisión de veintiún pulgadas posicionada encima del tocadiscos de segunda mano. Una propiedad que tenía Enós desde los tiempos de sus residencias profesionales y que cuidaba con mucho cariño.

En el comedor yacía una mesa de madera para cuatro personas y frente a ella se postraba su cocina integral. Con una licuadora de vaso de vidrio vieja y la tostadora en color rubí. El cuarto más amplio era para la pareja, con una cama matrimonial sin cabecera, escoltada de cada lado con buros de madera. Mientras que la segunda habitación se encontraba en trabajos de remodelación por la llegada del bebé.

Y aún con la sencillez y calidez que arrojaba a simple vista el lugar, Enós no era capaz de dar un paso hacia su interior.

Cada detalle le recordaba a su difunta An: los colores de las paredes, el mantel de la mesa que estaba resguardado por una plancha de vidrio, el aroma de los jabones en el baño, todos los acabados que ella había escogido y se dispersaban en cada rincón del hogar.

Siendo alguna vez estos mismos detalles los que le daban vida a la estancia, ahora cada artículo se había convertido en un catalizador que le propiciaba agudos dolores en el pecho y ojos saturados de lágrimas.

«Debes de ser fuerte», le proclamaba una voz en su interior. La que tenía como conciencia en los momentos de flaqueza, que en los últimos días eran muchos.

«Ya no puedes pensar solo en ti», decía la voz del hombre de piel blanca como la leche y ojos azul intenso, resonando en su cabeza.

«Debes de ser fuerte. Ya no puedes pensar solo en ti. Debes de ser fuerte. Ya no puedes pensar en ti. Debes de ser…». De alguna manera, tenía que tomar acciones.

A la segunda semana de su pérdida, tomó la guía telefónica para comunicarse con varios contratistas, buscando aquel que podría hacer los trabajos que requería a un costo accesible. Su búsqueda concluyó cuando encontró a un constructor de nombre Marcus Colombetti. «Buen nombre, buen trabajador».

El trabajador era de mayor edad que él, pero de menor estatura. Sus fuertes brazos estaban requemados por el sol. Con las palmas de las manos amplias y los dedos cortos y gruesos, eran tan duras que en el primer apretón de manos que le dio al doctor este no pudo disimular sorpresa por la fuerza del saludo. Pero, a pesar de su porte robusto, Marcus tenía una personalidad bastante apacible y buenos modales. Siempre amable y explicándole detalladamente a su contratante lo que requería el cuarto y por qué lo necesitaba. Entre sus explicaciones y esfuerzos en el trabajo, pasaron diez días para que le entregara el cuarto del niño terminado.

Una estancia de cinco metros de largo por tres metros y medio de ancho, en las que sus paredes fueron pintadas con mezclas de diferentes tonos de azul. El techo de color perla y en el centro un abanico de cinco aspas con tres ramificaciones que sobresalían para colocar las bombillas de las luces. La estancia fue preparada para instalar una cuna con barrotes, una mecedora de madera, una cajonera y un pequeño clóset de puertas de bisagras en la oquedad de la pared. Todo ello para ser comprado una semana antes de dar de alta al bebé.

—Hice cambios en la instalación eléctrica —decía Marcus, el albañil—, retiré la madera podrida que había en el interior de la pared y compuse las fugas de la plomería.

—Es perfecto. —Enós miraba con asombro el recinto que sería para su hijo.

Y con el último pago fue finiquitado el trabajo del constructor, para despedirse con un último apretón de manos para no volver a verse jamás.

La segunda parte la evocó a cumplir con sus deberes como cirujano dentro de las instalaciones del Ospedale San Paolo, donde después de dieciocho días del deceso de An su jefe, el doctor Jean Conti, lo llamó para hacer acto de presencia en la institución.

El doctor Conti era un hombre de figura esbelta y alargada. Que, a pesar de cargar con más de setenta años sobres sus hombros, permanecía erguido como un joven en pleno servicio militar. Siempre aseado y acicalado. Sobrio con sus ideas y nunca prestándose al juego con sus superiores, homólogos e inferiores.

—Enós —dijo su jefe detrás de su pequeño escritorio. Con la espalda derecha, entrelazando sus manos—. Sé que la pérdida de tu esposa fue demasiado repentina y que en estos momentos tu hijo está librando su propia batalla para sobrevivir, pero necesito al doctor Draven aquí en el hospital. —Su mirada, como de costumbre, era inexpresiva. Resguardada por sus lentes redondos de armazón dorada—. Tus pacientes te necesitan concentrado. Enfocado. No eres una máquina. Yo lo sé. Eres un humano como cualquiera de nosotros, pero eres doctor y sabes perfectamente que estas cosas, por terribles que sean, pueden llegar a pasar. Y el deber de un buen doctor es y será siempre el de brindar ayuda a aquel que la necesita. Y aquí se te necesita.

Las palabras de su jefe fueron más que suficiente para regresarlo a su ser personalidad médica. Al día siguiente, con zapatos negros recién lustrados, un pantalón de vestir gris Oxford y una camisa celeste de manga corta, perfectamente planchadas ambas, el doctor Enós Draven volvió a sus funciones en el área de cirugía general y cirugía laparoscópica.

Dentro de sus fracciones internas, la de ser doctor le resultaba la más reconfortante. La concentración que requería para cortar la carne, el mover sus manos en el interior de los órganos, las suturas y todas sus acciones de rutina le proporcionaban una sensación de paz que ninguna otra cosa en el mundo la podía igualar. Las consultas de medicina general lo apartaban del caos que era su vida personal. Siendo una distracción que lo sanaba lentamente, regresándolo a la cordura y sentar los pies sobre la tierra.

Con los diversos pacientes que atendía, cayó en la cuenta de que su infortunio podía pasarle a cualquier otro. Bastó con una intervención de emergencia para atender a una jovencita de escasos dieciséis años de edad, inmigrante indocumentada de origen tailandés, quien llegó acompañada de la policía de la ciudad a la sala de urgencias por ser víctima de prostitución y apuñalada cerca del riñón. Al tratarla, Enós trató de imaginar las diversas razones que la orillaron a esa terrible situación. «Maltrato o querer llamar la atención de sus padres. Huir de casa. Secuestro. El sueño de una vida mejor…». El motivo había quedado en el pasado, y su final quedó en un deceso por hemorragias internas a causa de las puñaladas y del tiempo que transcurrió para que fuera intervenida.

Con aquella niña de cabello largo y de color negro, tan flaca que sobresaltaban los huesos de las costillas, comprendió que al menos él albergaba la esperanza de un mejor futuro para su persona y para su hijo.

La tercera parte fue la más difícil. Una vez que el pequeño Eros Draven quedara en etapa de gestación por medio de la incubadora, su cuidado pasaría a manos de la doctora Concetta Rizzo. Una mujer menuda, de piel pálida, casi sin cuello e indicios de arrugas en los extremos de sus ojos. Dándole a Enós una impresión de fragilidad, que le hacía pensar que era una inútil.

—Aún no entiendo por qué no puedes atender personalmente la gestación de mi hijo, Marcus —preguntaba Enós al futuro padrino de su hijo.

—Porque a mí me competen los tratamientos durante el embarazo, así como también las asistencias para dar a luz. Siempre y cuando estas sean por cesárea. —La voz de Marcus sonaba como si tuviera la boca llena, a causa del cigarro que estaba fumando a las afueras del hospital de la Incurable—. El cuidado de los niños durante su estancia en la incubadora es responsabilidad de la doctora Rizzo. Tranquilo, Enós. La conozco desde hace cinco años y puedo decirte que es bastante profesional. Siempre está al cuidado de los bebés y, por si fuera poco, hablé con ella para pedir que tenga especial atención con tu hijo. Ella está tomando todas las medidas necesarias para que termine su desarrollo.

—Aun así, eso no me deja del todo tranquilo. —Le quitó el cigarrillo a su compañero para tomar una bocanada de humo.

—Ten la certeza de que lo hará... Mira la hora, Enós. —Mostraba su reloj de cara blanca con extensión de piel a su amigo—. Ya va siendo hora de que te acerques con Concette, para que ella te dé más detalles de la evolución de Eros.

—Si no me queda más remedio. Confiaré en lo que dices, Marcus. Pero que quede claro que no me siento a gusto con esta situación. —Le devolvió el cigarro para que lo sacudiera quitándole el excedente de ceniza—. ¿Qué pasó siempre con el señor que te comenté? ¿Sí lo pudiste atender?

—Si te refieres al viejo con la cabeza calva y sus supuestos ojos azul zafiro, debo decirte que nunca se presentó a consulta. Ya te lo había dicho, nunca hago una cita de rutina para mujer embarazada tan de tarde. Sigo sin comprender cómo fue que te topaste con un hombre como ese. Sin duda recordaría a una mujer embarazada que fuera viuda antes de dar a luz a su hijo.

Sin esperar otros comentarios, Enós caminó hacia el interior del hospital, donde llegó al pequeño cubil de la doctora Rizzo. Haciendo una inhalación profunda, seguida por una exhalación muy lánguida, dio tres golpecitos suaves sobre la puerta.

—Adelante. —Se escuchó decir una voz chillona del otro lado de la puerta.

Al entrar, el padre primerizo se percató de que el claustro era la mitad del tamaño que el de Marcus. El diminuto cuarto se formaba con tres paredes pintadas de blanco y la que se suponía que era la cuarta era casi en su totalidad una ventana con protecciones. Extendiéndose a todo lo largo del cuadro como si fueran ramas delgadas. En su interior, solo había espacio para un pequeño escritorio de metal tipo Nazca, dos sillitas desplegables incómodas para las visitas y un librero rectangular construido a base de ángulo troquelado y tablas prensadas.

—Buenas tardes, doctora Rizzo —dijo con cierto tono de resignación en su voz.

—Hola, doctor Draven, buenas tardes. —La doctora hizo un ademán con la mano para que tomara asiento. Llevaba puesta una camisa escocesa de color rojo intenso, acorde a su talla pequeña. Un saco de lana negra y una falda recta de lino negro—. Me da gusto verlo. Marcus me ha comentado muchas cosas buenas de usted. Y lamento mucho su pérdida.

—Gracias, doctora. —«Si no la tuviera enfrente, creería que estoy hablando con una anciana de más de ochenta años»—. El doctor Racchelli me comenta que tiene buenas expectativas con mi hijo.

—Así es, doctor Draven. Verá, su hijo ha mostrado un incremento en su masa corporal, algo que en sus condiciones de sietemesino es muy bueno. También su temperatura ya se encuentra estable, al igual que sus signos vitales.

—Me alegra mucho escuchar eso, doctora.

—Pero no fue por esa razón que lo mandé a llamar, doctor.

—¿Perdón? —preguntó enfocándose en las uñas, pintadas con un esmalte que se asemejaba al color de la camisa de la doctora.

—Existe otra cosa que requiere su hijo aparte de los cuidados que le estamos proporcionando. Y es que usted venga varias veces a la semana y que se quede a hablar con él, mostrándole gestos de amor a través del contacto físico y las palabras.

—No le entiendo, doctora —dijo secando el sudor de las palmas de su mano con su pantalón. Durante su formación académica, Enós aborreció el tiempo que pasó dentro del área de maternidad. Los gritos, los pujidos de las parturientas, los cambiantes estados de ánimo de las madres primerizas, los casos de preclamsia que tuvo que lidiar. Todos aquellos recuerdos prefirió apartarlos de su memoria, al momento que supo que había nacido para cortar la carne en lugar de recibir nuevas vidas—. ¿Qué me está queriendo decir?

—Lo que sucede es que, así como el nonato percibe las cosas cuando se encuentra dentro de la madre, de igual modo lo percibe estando en la incubadora. El sentirse amado lo ayuda en su recuperación. En la mayoría de los casos, suele ser la madre la que se ocupa de este tipo de labor, pero en su circunstancia actual usted deberá tomar ese rol y ayudar a su hijo.

—No sé si pueda hacer lo que me dice, doctora. Tiene poco más de un mes que sepulté a mi esposa. Y voy haciendo mi vida de un paso a la vez. No creo que sea sano para mi hijo que me vea llorar y escucharme todo desquebrajado por el recuerdo de su madre.

—Puede ser que tenga razón. Pero le aseguro que, una vez que esté con él y le diga lo que siente y que le platique sobre su madre, se dará cuenta de lo liberador que será hacerlo. Enós, su hijo necesita saber que es querido por su padre, y cada día que pasa se lo está negando. Tal vez considere que el tiempo para su duelo ha sido muy poco, pero tiene en sus manos la responsabilidad de una nueva vida. Su hijo no puede esperar. Cada día que pasa es un día en el que pierde la oportunidad para conectarse con él.

—No lo había visto de esa manera, doctora.

—Entonces no se diga más. —Echando para atrás su asiento, la doctora Rizzo salió rápidamente—. Acompáñeme. —Levantó a Enós de su asiento antes de que pudiera decirle alguna objeción.

Saliendo del pasillo donde estaba la oficina de la doctora, doblaron a mano derecha, siguieron a delante y volvieron a doblar a la derecha. Por último, dieron vuelta a la izquierda y dos puertas antes del final del pasillo se encontraron en el pabellón de los recién nacidos. Estando dentro, la doctora le indicó a Enós el extremo derecho de la habitación, donde yacían tres cajas de cristal de un poco más de un metro de longitud. La primera se distaba ocupada.

En ella yacía el bebé Eros.

Los pasos de Enós fueron muy lentos, cautos. Dando pisadas como si fuera un soldado que se estaba cuidando de no pisar una mina oculta. En su hombro sintió el apretón suave de la delgada mano de Concetta, con la suficiente fuerza como para hacer desaparecer el trance ocasionado por los nervios e inspirarle confianza en sí mismo.

Estando frente al cubo de cristal pudo ver la diminuta silueta de su hijo. Un bebé de brazos y piernas flacos, con vientre inflamado, donde tenía distintas ventosas pegadas a su cuerpo. Una manguera se acomodaba en su nariz para suministrarle oxígeno y una sonda que tenía introducida en su boca y pegada con cinta en el labio inferior le brindaba el alimento. Al estar por encima de la incubadora, Enós notó que su mirada se encontraba con la mirada de los pequeños ojos verde marrón del bebé, entrecerrados por la luz de las luminarias.

«Debes de ser fuerte».

Aun con sus años de cirujano experimentado, al primer avistamiento de su hijo dentro de la incubadora y con múltiples equipos conectados para mantenerlo con vida Enós no pudo evitar derramar una lágrima por cómo se encontraba su primogénito.

—Si gustas puedes introducir su mano y tocarlo. No le pasará nada al bebé.

Sin dar respuesta Enós introdujo su mano izquierda por el agujero redondo de la incubadora. Entrecerrando sus dedos y dejando solamente el índice más extendido para acariciar la mejilla de su hijo. La textura de la piel era la más suave que había sentido en toda su vida. Apenas con el primer roce, Eros movió su brazo hacia arriba y trató de vocalizar una risita, que fue estropeada por la sonda que tenía introducida.

—Esa es la primera risa del bebé —le dijo la doctora.

—¿Es en serio?

—Sí. En todo este tiempo se ha portado muy dócil. Al grado que únicamente dos o tres veces ha gimoteado. Me pareció un poco extraño, pero al ver cómo esta reaccionado con usted me hace pensar que vamos por buen camino.

Después de eso, Enós se programó para estar un mínimo de ocho horas a la semana con su hijo.

Inició con pequeñas pláticas, siempre temeroso. Como si por un saludo que él diera recibiría como respuesta una reclamación por el tiempo que lo dejó abandonado. Venciendo la barrera del temor irracional, Enós prosiguió a narrarle parte de su vida de infante. Los recuerdos que aún le quedaban de sus tiempos en la scuola elementare hasta la universidad. Donde conoció a la que fuera su esposa, Annalisa.

—Ella vino a la universidad como estudiante de intercambio —relataba el padre a su hijo—. La primera vez que la vi fue en la recepción de la universidad. Tenía puesto un vestido largo, blanco y una mochila de piel café. Buscaba a una profesora. La verdad es que nunca había escuchado el nombre de la mujer que buscaba, pero yo fingí que me sonaba familiar. Así que la llevé a la Facultad de Química para hacer tiempo y platicar con ella. Por suerte me encontré con Marcus, él estaba saliendo de Rectoría y le comenté sobre la profesora que estábamos buscando. Marcus supo al momento mis intenciones, así que, mientras yo conversaba con An, Marcus buscó desesperadamente a la maestra hasta que la halló.

»Ya para ese momento me sabía su nombre completo, que le fascinaba el pastel de zanahoria. Su color preferido era el blanco. Llevaba clases de violín. En su octavo cumpleaños, su prima le embarró toda la cara con el pastel. A los catorce, la suspendieron en la escuela porque la sorprendieron fumando con su mejor amiga y que después de ello odiaría el cigarro, no por los problemas que la ocasionara en la escuela, sino porque le dejaba muy mal sabor de boca y se quedaba impregnado el aroma en el cabello. También supe que venía como estudiante de intercambio y que solamente estaría un semestre.

Enós sentía cómo en su mejilla derecha empezaba a recorrerle una gota salada mientras que el ojo izquierdo lo tenía inundado en lágrimas.

—Ese semestre fue una de mis mejores etapas en la vida. Salía con tu madre cada fin de semana, hasta que ella me reprendió porque comenzaba a salir mal en los exámenes. Después de eso, tuvimos nuestra primera separación. Fue a causa de que ella estuvo a punto de reprobar una materia porque a mí me gustaba salir mucho. Yo le expliqué que lo importante de la escuela no era sacar buenas notas, sino tener bien aprendido lo que nos enseñaban. Nunca compartió esa idea conmigo. En fin. Estuvimos separados por casi un mes. Ella regresó a Roma a seguir estudiando. Y sin entender cómo pasó, un buen día fui hasta Roma a visitarla, claro que Marcus había ido conmigo. De hecho, él fue quien me convenció de ir tras ella. «Tú la amas, ella te ama, lo único que les hace falta es dejar de ser tan tozudos, como para no quererlo comprender». Esas fueron sus palabras. Así que tuvimos una relación a distancia. Cada semana recibía una carta de ella, impregnada de su perfume. Mientras que yo le respondía con otra carta, en la cual llevaba siempre una rosa seca, de esas que dejas que se sequen dentro de los libros. Tu abuelo me reprimió muchas veces por hacer eso con sus manuales de medicina. Pero eran libros anticuados, viejos y lo bastante grandes como para aplastar a la rosa con casi todo el tallo.

»Después de eso, rompimos en los tiempos en los que yo andaba haciendo mis residencias. Vaya que si eran demandantes las malditas. Bajé once kilos por las guardias que me tocaron hacer. Y muchas ocasiones no pude cumplir con mis promesas a tu madre. Esa fue la ruptura más larga. Duramos ocho meses distanciados. Y de nuevo fue Marcus quien me alentó a no perder a tu madre. Todavía lo recuerdo. Me dijo: «Enós, la escuela no lo es todo y el trabajo no lo será todo. Así que no dejes que una etapa te aleje de lo que es realmente importante para ti». Marcus para las relaciones siempre ha tenido buen juicio, pero carece de suerte con las mujeres. Así que le escribí una carta a An de nueva cuenta, solo que esta vez se la llevé yo en persona junto con ramo de rosas blancas y rojas. En serio llegué a pensar que no me aceptaría en su vida de nuevo, pero lo hizo. Así que me aseguré de que mínimo la visitaría una vez al mes. En ocasiones, Marcus me prestaba algo de dinero para completar la cena después del cine. Y cuando terminé con mis residencias, caí en la cuenta de que lo que me había dicho Marcus era verdad. Las residencias solamente fueron una etapa más en mis tiempos de estudiante. Que me dejaron como recuerdo un gran hueco que llenar en mis pantalones.

Sacando un pañuelo de su pantalón, se limpió las lágrimas y se sonó la nariz.

—La última vez que rompimos fue después de que acabara de estudiar. No conseguía trabajo, el papá de An fue considerado y me dio alojamiento en su casa para ver si corría con mejor suerte en Roma que en Nápoles. Pero no fue así. Tuve una fuerte depresión al haber cumplido un año sin trabajo. Me sentía derrotado. Tan avergonzado de mí mismo porque no podía desarrollarme laboralmente. Así que un buen día, sin decirle nada a An o a sus padres, me fui de su casa. Me sentí tan cobarde por irme así de su hogar. Ella marcó al teléfono de la casa muchas veces, pero nunca quise hablar con ella. En ese tiempo no hice otra cosa más que actuar como un completo imbécil. Estaba enojado conmigo mismo y con el resto del mundo y sobre todo con Dios. No comprendía por qué era posible que Dios permitiera tenerme en aquella situación.

»A la tercera semana de haber regresado a casa de mis padres, mi madre tocó la puerta de mi cuarto y me dijo que Marcus me estaba buscando. Para ese entonces, Marcus ya estaba trabajando en este mismo hospital. No tenía muchas ganas de verlo ni la paciencia como para aguantar su reprimenda. Pero aun así bajé para ver qué se le ofrecía. Cuando llegué a la sala, descubrí que Marcus había traído a An consigo. Ella traía el mismo vestido blanco con el que la conocí. Llevaba un ramo de rosas rojas y me lo obsequió. Rompí en llanto enfrente de ella. No supe en qué momento nos habíamos quedado solos para conversar a gusto. «Ya en dos ocasiones viniste por mí, Enós. Ya era justo que me tocara una a mí». Fue lo que me dijo Annalisa en ese momento. Me había perdonado por haber huido de su casa y que sus padres estaban preocupados por mí. Así que volvimos a ser pareja una vez más.

»Pasaron dos meses más para que encontrara trabajo en un hospital cercano al puerto de Nápoles. Y cuando tenía menos de un mes de haber empezado a trabajar le pedí matrimonio a tu madre. A lo cual ella me respondió con un sí. Tuvimos una boda bastante pequeña y sencilla. Entre las familias, amigos y compañeros de trabajo, éramos menos de treinta personas. Los padres de An, tus abuelos, nos regalaron un cómodo departamento aquí en Nápoles, para poder hacer nuestras vidas en la ciudad. Disfrutamos de nuestra vida de casados por cinco años, antes de decidirnos a hacer crecer a la familia. Posteriormente, después de no ver resultados, le pedimos ayuda a Marcus. Ya que él atiende casos como el nuestro. Nos dio bastantes esperanzas de que el tratamiento surtiera efecto. A lo cual, fue cierto. Ya que naciste tú. Y aunque sé que tu madre ya no está con nosotros, ella siempre estará en nuestros corazones y desde el cielo nos estará cuidando.

Antes de cumplir un mes de constantes visitas al cuarto de bebés, Enós recibió un nuevo aviso por porte de la doctora Rizzo para que la viera en su oficina.

Cuando visitó a la doctora la encontró con un semblante de alegría en el rostro. Bastó con una mirada para comprender que le tenía excelentes noticias. Fue entonces cuando le dieron a conocer que, después de vivir sus primeros cincuenta y dos días en el interior de la incubadora, el bebé Eros ya era dado de alta y podía ser llevado a su casa para que viviera con su padre.

El sol ya se había escondido cuando el doctor Draven llegaba a su departamento con su bebé en brazos.

—Bueno, Eros, ya estamos aquí —dijo Enós a su hijo al momento de encender las luces de su hogar.

Sentando a su primogénito en el tapete de la sala, lo delimitó por medio de una reja metálica que impidiera que fuera más allá de esta, mientras preparaba la cena. Enós cenó cereal con leche mientras le daba a Eros una papilla de manzana verde. Después de eso, siguió el baño con agua tibia para el bebé y de agua helada para el padre. Al final, le puso talco en las pompas, continuando con el pañal y un mameluco blanco, con dibujos de transbordadores espaciales azules con alas rojas.

—Muy bien, pequeño —dijo Enós al acomodar a su hijo dentro de la cuna—, es hora de que duermas. —Le dio un beso en la frente, arropándolo con una delgada sábana de color blanco y se retiró con el mayor sigilo posible—. Hasta mañana, hijo —se despidió apagando las luces del cuarto y cerrando la puerta.

Ya con la noche cubriendo toda Nápoles, Enós no tardo en arreglar su vestimenta para el día siguiente. Junto con una maleta pequeña, con cosas del bebé para dárselas a su madre, quien lo cuidaría mientras él trabajaba. Después de los preparativos se acomodó en su cama, poniendo su cuerpo de lado y tapándose con una sábana.

—Mañana será un buen día —dijo Enós antes de quedarse dormido con una sonrisa dibujada en los labios.

V

Desde la azotea del primer edificio del complejo residencial Rione Cavalleggeri D´aosta, podía ver nítidamente aquellos ojos azules llenos de dicha en aquel conductor que parqueaba su vehículo en su respectivo lugar de estacionamiento.

—Bien. Ya están aquí.

Escrudiñando hasta el último recoveco de la zona, observaba cómo aquel padre viudo transportaba a su primogénito en un canasto junto con bolsas de ropa de bebé. Su primera inspección fue mirar la carne y el resto de los objetos, como lo vería cualquier otro ser humano: solamente piel, telas y relieves texturizados de las demás cosas.

Al cambiar su perspectiva, los objetos dejaron de exhibirse en formas definidas para convirtirse en fuentes de luz. Emanando de ellos destellos de varios colores e intensidades. El ambiente consistía en un tenue color gris, que acercándose al suelo adquiría un tono azulado, creando pequeños remolinos con cada paso que daba el adulto. Los automóviles estacionados se tornaban en enormes gotas de agua, liberando pequeñas irradiaciones; rastros de los sentimientos que albergaban sus conductores, previo a dejarlos acomodados en sus lugares de reposo nocturno.

De la silueta del padre observaba brotar una energía con matiz amarillo y franjas naranjas, mismas que se desvanecían conforme se alejaban de su cuerpo. Era la evidencia que demostraba que su estado de ánimo había regresado al de antes, con alegría y optimismo. Al contrario de aquella capa negra llegó a envolverlo, exhibiendo su ira, el desprecio, la frustración y la impotencia de cuando los sucesos no resultaban como lo esperaba. Esas eran las tonalidades que había desbordado Enós Draven desde el fallecimiento de Annalisa y que fueron desapareciendo, gracias al contacto con su hijo.

Mirando a aquel infante, que llevaba una fracción del movimiento de traslación del planeta fuera de la incubadora, tenía un aspecto totalmente normal. Aparte de ser una bolita de materia orgánica, la energía que trasmitía era de color rosa pálido, un tono bastante típico para aquellas existencias que solían iniciar en aquel plano, de manera repentina y anfractuosa.

—Es como cualquier otro niño.

Y la escena prosiguió con los mismos pendones, hasta que padre e hijo se perdieron de su vista al introducirse en el edificio. Desaparecidas las siluetas, el arcángel Miguel dio la vuelta para reunirse con sus compañeros.

No frecuentaban reunirse todos por una causa común. Y desde la última vez que lo habían hecho en la misma oscilación, había pasado una gran cantidad de sucesos.

Pero todos estaban ahí. En un mismo lugar. A la espera de lo que fuera a suceder.

Miguel tenía la misma apariencia arábiga de cuando se vio con Lucifer. Con el cabello negro y la barba cerrada que le cubría el mentón, bigote y mejillas. Su nariz chata y respingada, y su mirada seria en sus ojos azules. Su vestimenta contrastaba con su persona. Traía puesto en tela de manta pantalón y camisa de cuello tipo Mao, que ondeaba con la más suave brisa de esa noche.

Su caminar finalizó delante de Gabriel, disfrazado del hombre quien platicara con Enós Draven la noche que falleció su esposa, pero con la diferencia de haberse quitado la vejez. Como si se tratase de una camisa vieja, se había despojado del porte senil y de la amplia barriga, pero conservaba la cabeza calva. El poco cabello coronándolo a la altura de la sien sobresalía lo suficiente para dar la impresión de que lo tenía dibujado. Portaba una playera blanca y un pantalón de vestir gris, sujetado a su cintura por un cinturón de piel negro y hebilla plateada. Sus ojos con tonalidad zafiro eran libres de cataratas.

A la derecha de Gabriel estaba Rafael. Con la apariencia de un hombre en la plenitud de su madurez. Su cabeza quedaba cubierta por una abundante cabellera de color castaño. Con ojos color violeta y cejas tupidas que le definían la cara. Su constitución era delgada, de brazos largos y piernas aún más largas. Su tez morena oscura resaltaba con el pantalón de mezclilla y la camisa de manga larga color verde que traía puesta, desfajada del pantalón.

Aguardando a la izquierda de Rafael, estaban Kemuel y Zedequiel.

La piel de Kemuel tenía un tono azul oscuro. Con la cara redonda y casi pegada a los hombros, carecía de nariz y de cabello. Su sistema auditivo lo conforman tres orificios de forma ovalada, posicionados a los lados y uno por encima de la nuca. Sus ojos eran semejantes al de los felinos, pero pintados de color plata opaca y con la esclerótica en celeste. Las manos se constituían por cuatro largos y orondos dedos, de los que sobresalían gruesas uñas negras. La kurta que portaba era negra y terminaba por encima de las rodillas, los pantalones holgados en color blanco se ajustaban en sus tobillos. Zedequiel tenía una apariencia similar a la de Kemuel, pero la principal diferenciaba radicaba en su tono de piel anaranjado brilloso y hombros muchos más amplios. Con ojos de color amarillo y esclerótica rojo pálido. Sus prendas eran un chaleco gris, que exponía sus pectorales y su abdomen sin ombligo, fajado de pantalones holgados en color amarillo.

Sus apariencias rendían homenaje a una raza extinta, mucho antes que los primeros individuos del Homo habilis caminaran en el planeta donde se encontraban en esos momentos.

A la derecha de Rafael, aguardaban Uriel y Yofiel. Ambos con forma humana, pero de tez negra. La principal discrepancia era que Uriel era negro brillante y Yofiel negro claro. Uriel solamente se cubría con un pantalón de pliegues color magenta, ceñido a su cintura por una cinta de color rojo intenso. Su torso estaba al descubierto y no poseía ni pezones ni ombligo. Contaba con brazos musculosos y manos grandes, mientras que Yofiel era de constitución estilizada y manos esqueléticas. Su ropaje era como el de un militar, camisa con cuatro bolsas y pantalones que no requerían ser planchados, ambos de color verde hoja.

En lo que habían concordado todos era en que sus pies estaban desnudos.

Los siete arcángeles se encontraban reunidos por una sola razón: proteger la existencia de aquella alma que había surgido de la nada y que se encontraba madurando en el cuerpo del infante de nombre Eros Draven.

El dialecto no era necesario para que se comunicaran entre ellos. El lenguaje a cualquier nivel sobraba. Su intención era aguardar hasta que Lucifer hiciera su siguiente movimiento.

Desde su último combate con Miguel, el regente de todas las almas que llevaban una idea contraria a la del Creador de Todo no había hecho jugada alguna.

Durante los cincuenta y dos días que permaneció el bebé en el interior de la incubadora, los arcángeles Miguel, Gabriel y Rafael permanecieron en perpetua custodia en el Ospedale Santa María degli Incurabili. Miguel siempre inmóvil en el techo, como si se tratase de una cara más tallada en la pared; mientras que Gabriel deambulaba por los pasillos del recinto, sin que nadie le prestara atención. Finalizando con Rafael, inerte como estatua a un costado de las incubadoras. Siendo este ser celestial la última línea de defensa si se presentaba el caso de que Lucifer lograra esquivar a los dos primeros, pero a su vez su energía la enfocaba a nutrir el raquítico cuerpo del sietemesino y a estabilizar la psique del padre. La cual empezó a mostrar señales de mejoría una vez que comenzó a interactuar con su hijo.

En esos días de vigía Gabriel propuso reunir a los siete arcángeles y resguardar el hogar de los Draven una vez que el bebé estuviera fuera del hospital.

—Reunir a los siete en un solo lugar y con las defensas en alto es demasiado comprometedor para todos los seres que estén cerca de nosotros —dijo Miguel en reunión con Gabriel y Rafael, dentro del cuarto de las incubadoras.

—Cierto —dijo Gabriel con voz metódica—. Pero si estamos los siete a la vez propiciaremos un suceso el cual logremos sitiar a Lucifer para que no se acerque más al bebé.

Convocar a los siete arcángeles en una misma zona y preparados para la batalla no era lo mejor para un lugar tan terrenal como los edificios departamentales, donde coexistían varias familias aparte de Enós y Eros. La energía que surgiera de la mezcla de los siete contra Lucifer podría causar reacciones en el ambiente, que incluso sería percibido por los humanos, exponiéndolos ante el mundo de manera no premeditada. Sin embargo, la decisión quedaría a la opinión del arcángel Rafael. De los siete, era él quien menos se evocaba a la confrontación de cualquier tipo, pero de ser necesario era el primero en dar batalla.

—Lo mejor será hacerle caso a Gabriel, Miguel —concluyó Rafael con los brazos cruzados y de frente a la incubadora—. Eros ya tiene la suficiente fuerza para seguir en este mundo por sus propios medios. Además…, Lucifer no se encuentra pensando adecuadamente. Este asunto de El Segundo lo tiene fuera de concentración. Es una buena ocasión para pelear contra él para que no vuelva a acercarse a Eros y que lo deje en paz. Quizás entre los siete se podría dar fin a esta contienda entre Lucifer y los que lo han seguido.

Un viento gélido comenzaba a soplar en el techo. Pequeños torbellinos levantaban el polvo bamboleando las prendas de cada uno de los siete arcángeles.

—Ya sal —rugió Miguel al aire—. Sé que estás aquí.

Terminada la oración, surgió una mano tomando el hombro de Zedequiel. La figura salía con pasos cortos, un pie tocando con el otro para avanzar. Lucifer aún guardaba la misma fisonomía de cuando se había reunió con Miguel en el café, cerca del río Tiber. Sus rubios bucles se sujetaban por un delgado listón blanco. Su torso lo traía descubierto. Mostrando un cuerpo como el de cualquier otro ser humano varón; hombros anchos, brazos fuertes pero no demasiado gruesos. Dedos curtidos, como si tuviera una vida trabajando con ellos. Pectorales ligeramente marcados y un vientre esbelto, con un ligero excedente de grasa acumulada en la parte baja del abdomen. No traía ninguna clase de prenda que le cubriera la silueta. Sus muslos desnudos no se agitaban con los pasos que daba y la entrepierna carecía de genitales.

Todos los arcángeles permanecieron estáticos, observando sin sobresaltos cada paso que daba quien fuera uno de los suyos, en los primeros sucesos de la creación de todo. Lucifer de igual manera, sin miedos, caminó hasta posicionarse lo suficientemente lejos para verlos a todos a la vez.

—Mis apreciados —pronunció el caído—. Desde los eventos de nuestras concepciones, yo jamás he estado en su contra. Ni tampoco ha sido mi sentimiento el de quererlos hacer algún tipo de daño de manera intencionada. Sobre todo a ti, Miguel. —Extendió su mano con la palma abierta señalando a su excompañero—. Así que permítanme desaparecer esta energía que no es perteneciente a la magnificencia de la creación y, a cambio, yo y todos los que me siguieron nos postraremos en señal de sumisión absoluta.

El intercambio de miradas entre los siete fue furtivo; con cada palabra pronunciada, sabían que era verdad lo que decía su excompañero. Los sentimientos de Lucifer eran sinceros. El desconcierto era total, nunca les había ofrecido una propuesta como aquella.

—Tú eres la tentación de nosotros —dijo el arcángel Miguel acercándose a sus compañeros—. Lo único que ofreces es ir en contra de la voluntad del progenitor de todo. ¿De qué le sirve a la existencia de todo lo que hubo, de todo lo que hay y de todo lo que habrá, si tú nos haces reverencia después de haber realizado tu más grande anhelo? No está en nuestro poder ir en contra de la voluntad de la fuerza que le ha dado forma a todo y que la sigue moldeando. Aún en todos tus sucesos sigues siendo moldeado a su grandeza. Y es por ello que nuestra respuesta es no.

—Te advertí que no aceptarían, Luzbel —pronunció una voz que escucharon los arcángeles de todas partes pero que no brotaba de ningún lugar en específico.

—Al menos no quedó en mí —respondió el caído levantando sus manos al cielo.

Cada arcángel buscó en una dirección diferente, queriendo encontrar el foco de aquella voz metálica, mas no tuvieron suerte en hallarla.

El silencio se apoderó de todo.

El tráfico nocturno, las aves, los insectos, las personas en los restaurantes, en las casas y trabajos solo poseían movimiento, pero carecían de todo sonido. Incluso para los siete guerreros celestiales, al enfocarse hacia la costa, los barcos que zarpaban a la infinita oscuridad generaban ninguna clase de asonancia contra el océano.

—Este silencio indica su llegada —pronunció Zedequiel de manera solemne—. Este modo de presentarse, este anecoico escenario, solo lo logra quien en su interior alberga el denso espacio oscuro.

No había respuesta por parte de aquella voz metálica para confirmar las sospechas de Zedequiel, pero, aun así, los demás ángeles superiores pensaban del mismo modo.

—Aparece ya, Belcebú —gritó Zedequiel.

—¿Aparecer? —respondió la voz metálica—. Hablas como si me estuviera escondiendo de algo. Pero te equivocas. Yo estoy aquí. Llegué primero que Luzbel. Incluso antes de que ustedes estuvieran aquí, ya había llegado. Me dices que aparezca, pero soy yo quien te dice que abras esos ojos putrefactos y observes a tu alrededor.

Desde la oscuridad fue escurriéndose de manera rápida. Las partes más densas de la noche se arremolinaron y se concentraron en una de las esquinas del tejado. El torbellino que nació de ellas se acercó a Lucifer inclinándose de un lado al otro. Posicionándose a su izquierda, disminuyó la velocidad de sus giros.

—Esta forma es más que suficiente. —Con cada palabra dicha, el tornado se contraía y expandía—. Yo no requiero de una forma como la que ustedes traen para hacer mi voluntad, ni menos para hacerles frente.

—Aún no, Belcebú —dijo Lucifer—. ¿Qué me puedes decir tú, Astaroth?

—Saben que estamos aquí no para hacerles frente, sino para ponernos a su merced. —Otra voz salía del vacío. Sonaba elocuente y su tono carecía de agresividad—. Ellos han percibido nuestros sentimientos y entienden que no hay falsedad en estos. Es por eso que se encuentran confundidos.

»Pero díganme, Miguel, Gabriel, Rafael, Kemuel, Zedequiel, Uriel y Yofiel: ¿acaso no hubo un suceso, en el cual todos nosotros concordamos en que si inclinamos con nuestro verdadero yo, ante nuestro creador, seríamos absueltos? ¿Acaso no han enfocado sus energías en hacernos declinar en nuestras intenciones, para volver a ser lo que fuimos alguna vez? —Con cada pregunta que formulaba la voz de Astaroth, las nubes en el cielo se unían generando relámpago sin sus respectivos truenos, brincando de nube en nube—. Bien. Lo único que solicitamos es disolver este ente no concebido de la gracia de nuestro creador y todo volverá a ser como lo fue en el principio.

—Estamos aquí para mostrar que nuestros sentimientos son fidedignos —dijo Belcebú—. Nosotros tres vinimos para expresar la emoción de todos los nuestros.

—¿Has traído a todo tu reino, Lucifer? —preguntó Gabriel centrando su mirada de escepticismo en él.

—No —respondió—. Solo nosotros tres hemos hecho acto de presencia, para no alterar más de lo necesario la energía de este plano. Y nunca ha sido mi reino.

—Contestadme los siete: ¿tanto vale esa insignificante manifestación de existencia como para seguir manteniendo esta gresca? —Las expansiones y contracciones del torbellino de sombras de Belcebú eran cada vez más rápidas—. Luzbel, he venido hasta aquí para aniquilar a aquel bebé que duerme tan plácidamente en su cuna o aniquilar a aquel bebé que duerme tan plácidamente en su cuna después de haber acabado a los siete líderes militantes.

—Yo también —dijo Astaroth haciendo que los relámpagos en las nubes cambiaran de azul eléctrico a rojo fuego.

—Aguarden los dos. —La mirada de Lucifer se concentraba primero en el torbellino para inmediatamente cambiarla al cielo oscuro—. Aun podemos llegar a un acuerdo. Permítanme manejar esto. Sé que puedo convencerlos. —Observó a los siete arcángeles.

—No puedes —dijo Belcebú—. No con esto.

—Tiene razón —afirmó Astaroth.

De las nubes negras surgieron ráfagas de fuego en forma de serpientes que enseñaban sus colmillos para escupir su veneno. Algunas eran angostas, del grosor del brazo de un hombre, pero otras tan anchas que podían caber perfectamente los automóviles estacionados. Una de ellas, la más ancha de todas, bajó estrepitosamente para chocar con el edificio departamental. El impacto lo recibieron Uriel y Yofiel, con sus manos extendidas al cielo, contuvieron el descenso de la monstruosa llamarada.

Como represalia por el frenado, Belcebú se apartó a toda velocidad de Lucifer, dando giros que hacían al minitornado balancearse de un lado para el otro. Su embestida iba dirigida a los cinco restantes, pero bastó con que Zedequiel extendiera sus brazos a modo de abrazarlo para retenerlo. Sus brazos y manos anaranjadas abarcaron más de la mitad del remolino. Los dedos los tenía dentro de las sombras, extendidos y tensionados. Inclinando hacia delante su torso con la ayuda de sus piernas, logró hacer retroceder a Belcebú.

—¡Aaaaaaaaaaaaah! —gritó el arcángel entrecerrando sus ojos amarillos. De su boca exhaló fuego de color azul claro, mismo que fue absorbido por los giros del ciclón.

Belcebú pasó de ser un aterrador torbellino de sombras a un descontrolado remolino de llamas azules. Al quererse liberar del abrazo de Zedequiel, retrocedió sin control hacia el borde del techo. Poco antes de llegar al final de la construcción, recobró el control de sí. Los arcángeles volvieron a escuchar el bullicio nocturno de la ciudad, salvo por los truenos que deberían acompañar los relámpagos de Astaroth. Todas las llamas azules fueron concentradas y expulsadas por la parte superior del torbellino hacia el cielo.

Para esos momentos, el ataque de Astaroth ya se había disuelto en las manos de Yofiel y Uriel. Quienes se encontraban cientos de metros por encima del techo del edificio. Flotando por los aires. Donde sus prendas ondeaban vivazmente por la fuerza del viento. Del cuerpo nebuloso de Astaroth salían relámpagos en dirección a los dos voladores, quienes los esquivaban dando piruetas por los aires, a velocidades que eran inalcanzables para las máquinas de los hombres. Uno de los relámpagos que se dirigía a tierra fue tomado antes de caer por el arcángel Rafael, quien con sus dos manos sujetó un extremo y lo llevó de nueva cuenta hacia el cielo volando con él, y liberándolo poco antes de llegar a las nubes. El impacto hizo que Astaroth diera un rugido que hizo estremecer el suelo.

Entre Zedequiel, Kemuel y Gabriel le daban batalla a Belcebú. Cuando el minúsculo tornado volvía al control de sí mismo, Kemuel le llegó por un costado, introduciendo su mano como si se tratara de una espada que daba una estocada a la carne. Desde el interior de la oscuridad, surgió una luz que hizo que el remolino se expandiera a manera de querer tragarse a Kemuel. Del otro lado, Gabriel también introdujo su brazo, aumentando con ello la intensidad de la luz. El tornado que era Belcebú parecía que hartía explosión de todo el fulgor en su interior. La estocada final la dio Zedequiel, al elevarse y aventar más flamas azules al corazón del ciclón.

—Esto ya me está cansando, militantes —dijo Belcebú entre quejidos. Su respuesta para el ataque coordinado fue hacerse tan angosto que las manos de Gabriel y Kemuel salieran de su oscuridad y tan largo que alcanzó el pecho de Zedequiel. Arrojándolo hacia la otra esquina del edificio—. Astaroth, déjate de juegos y pongámonos serios en esto.

—De acuerdo —respondió Astaroth al comentario de Belcebú. De repente, los relámpagos y las llamaradas dejaron de salir, incluso el mismo viento dejó de correr a la altura que se encontraban volando Uriel, Yofiel y Gabriel, quienes revoloteaban por los aires esquivando los ataques—. Estoy listo.

Estando libre de sus opresores, Belcebú se desprendió del edificio para elevarse, alto, muy alto, hasta llegar a los nubarrones que servían de cuerpo a Astaroth. Una vez adentro, el cielo mostraba otra apariencia. Las nubes aborregadas daban el aspecto a una marabunta que comenzaba a correr en círculos. Del centro de la figura elíptica se formaba un ojo, un hueco tan grande que podía engullir al complejo habitacional conformado por los tres edificios y su estacionamiento.

Y el hueco comenzó a descender.

La magnitud del tornado que se estaba formando era indescriptible para los ojos de cualquier ser humano que habitara la tierra. Era un enorme gusano hecho de nubes negras. Cuyo interior exhalaba fuego y del exterior de su cuerpo salían relámpagos en todas direcciones. A paso lento se dirigía hacia los seis arcángeles que estaban volando.

—Habrá que entrar —dijo el arcángel Rafael—. Atacar desde adentro y acabar con él.

—¡Te apoyo! —le gritó Yofiel, quien era el que estaba más cerca de él.

Rafael sabía que sus otros hermanos lo habían escuchado. No hicieron falta más palabras. Rafael, Kemuel, Zedequiel, Uriel, Yofiel y Gabriel, todos juntos emprendieron el vuelo para ser engullidos por el hocico de aquella bestia con cuerpo de sombras y fuego.

Desde el piso del techo, Miguel tenía la vista puesta en cómo sus compañeros habían parado al colosal gusano al momento de ser engullidos por este. En ese mismo instante, Lucifer observaba cómo la entidad que habían elegido sus aliados para pelear era atacada desde su interior.

Luz blanca, fuego anaranjado, relámpagos azules y negras sombras eran el espectáculo que mostraba la contienda entre los seis arcángeles contra los dos querubines.

—¿No los vas a ayudar? —preguntó Lucifer a Miguel con una extraña sonrisa dibujada en sus delgados labios rosados.

—Ellos solos pueden —respondió el arcángel Miguel.

Ambos permanecieron inmóviles durante todo el enfrentamiento que tuvieron sus bandos. Esperando a que uno se descuidara del otro para atacarlo, pero no fue así. Esperaron hasta que la pelea llegara a un punto en el cual el cielo llegó a tener una apariencia apocalíptica.

—No importa que no me creas, Miguel, en serio, nunca quise que esto pasara. No sabes lo que es existir en este miedo que me invade. De ver que, aunque mis intenciones nunca han sido de lastimarlos, siempre ha salido algo mal y terminó dañándolos.

—Sé lo que es el miedo, Lucifer. Lo siento cada vez que estoy cerca de ti. He llegado a concebir la idea de que, en esta ocasión, tú me puedas ganar a mí. Pero, aun así, nunca dejaré de luchar.

—Lo sé. Yo tampoco dejaré de luchar.

El impacto fue directo. La mano de Lucifer sujetó por completo el rostro de Miguel. Los reflejos del cuerpo del arcángel no fueron los suficientemente rápidos como para esquivar el ataque de su contrincante. La parte superior de la palma de la mano de Lucifer le había roto el tabique mientras que sus yemas se hundían en la carne del rostro. El dolor era demasiado. Miguel tomó con sus dos manos el brazo de Lucifer y lo apretó con tanta fuerza como para partirlo en dos. Las patadas que le daba en los costados le habían roto las costillas. Por las hendiduras de los dedos, alcanzaba a ver cómo se producían hematomas en los costados, por los huesos rotos y órganos reventados por los impactos. Pero no lo soltaba. Su dolor aumentó cuando la mano de Lucifer comenzó a quemarse. Lo primero que perdió fue la vista. Las retinas y el resto de los ojos se combustionaban más rápido que la carne y el cabello. Luchó con mayor ferocidad, pero fue en vano.

Lucifer movió su brazo izquierdo como si fuera una espada y cortó de un tajo su brazo derecho. Dejándole la mano y buena parte del brazo quemándose en la cara de Miguel. Escuchando los alaridos de su opositor Lucifer se dio media vuelta, derramando sangre por la herida que se había inflingido.

—Sigo sin querer hacerte esto —dijo Lucifer antes de desaparecer, sumergiéndose en el concreto del techo.

A pesar de que las brasas le consumían el rostro, Miguel sintió cómo su cuerpo se impactó contra el piso al caer. Las llamas le calcinaban la lengua cuando intentó introducir sus dedos pulgares por debajo de la palma de Lucifer. Cuanto más esfuerzo ejercía más se encajaban las uñas y los dedos en su rostro. La presión fue tal que escuchó el crujido del cráneo y pómulos. Con los pulgares adentro, fue capaz de separar unos cuantos centímetros la mano de Lucifer de su boca, cerrándola para apagar el fuego que le estaba abrazando el paladar y la lengua. Consumidas las llamas, volvió a abrir su boca para exhalar un grito junto con un rayo de luz amarilla que salía de su interior. Entre la mezcla de la voz y la luz, mandó a volar por los aires los huesos calcinados de la mano de Lucifer.

Giró su cuerpo para ponerse boca abajo, tomando como puntos de apoyo los codos y las rodillas. No podía ver nada. El fuego le había reventado la masa gelatinosa de los ojos de su cuerpo carnal y demoraría en regenerarlos. Con su pulgar derecho tocó su ojo derecho y con el dedo índice y medio el ojo izquierdo. Masajeando ligeramente la parte superior de los párpados, fue descendiendo poco a poco hasta entrar en sus cuencas vacías para aliviar el dolor. Concluido el masaje se puso de pie tambaleante, recuperándose de la conmoción sufrida. Dio unos pasos hacia delante, otros más a su derecha. Detuvo su andar y como si estuviera caminado sobre un lago congelado de hielo delgado se dejó introducir en el agua de acero y concreto. Bajó más de diez pisos para terminar su chapuzón en una sala, entre la mesa de centro y la televisión de veintiún pulgadas del departamento de Enós Draven. Caminó de lado entre la mesita y el largo mueble de color verde con cuadros grises, brincó el peldaño que indicaba el cambio de nivel para al comedor, cocina y cuartos.

Lentamente llegó al cuarto donde dormía el infante, percatándose de que no había ninguna clase de sonido. Era confuso eso por el arcángel. Si Lucifer intentara llevarse el alma del niño, requeriría realizar algún tipo de ritual, ritual que no sería instantáneo y que, por lo tanto, él alcanzaría a llegar y volverlo a confrontar.

Otra opción hubiera sido que Lucifer tomara al pequeño Eros y se fuera con él para exterminar su alma. Aunque para ello ya tenía previsto un plan. Algunos cuantos sucesos atrás, el arcángel Miguel optó por usar su ubicuidad y cambiar su apariencia imponente y altiva por la de un hombre mayor. Con brazos fuertes y requemados por el sol. De estatura promedio y robusta. Aparentando conocimientos de albañilería y construcción, y, por último, presentándose con el nombre de Marcus para poder ser tratado con mayor familiaridad por el doctor Enós Draven.

Durante su papel como constructor, Miguel no solamente colocaba mezcla en ladrillos y embebía la madera, sino que también aprovechó para crear un escudo que pudiera proteger al niño del exterior, y si alguien tratara de llevárselo de ahí, iba a sufrir mucho al momento de entrar en esa minifortaleza. La energía que protegía el recinto era para enfrentarse a Lucifer, así que una vez que se acercara sentiría un extraordinario dolor que muy pocas veces en su existencia lo habría sentido y eso le permitiría al arcángel llegar al rescate.

El temor de Miguel pasó de ser algo racionable a frenético y después descontrolado. Sentía que la barrera protectora que había puesto para Lucifer ya no estaba, la habían eliminado. Llegando a la puerta tomó la perilla y la hizo girar rápidamente. Si el arcángel Miguel hubiera tenido ojos en esos momentos, se le hubieran desorbitado por su expresión de asombro y de terror.

—He fallado —dijo el arcángel con voz baja.

VI

Enós Draven había cumplido en adornar el cuarto del infante como le había propuesto al arcángel Miguel en su disfraz de constructor.

La estancia tenía una cajonera pintada de blanco en el cuerpo y de rojo en las caras de los cajones, pegada a la pared que separaba su departamento con el del vecino. La cuna no era mayor a un metro de largo y sus barrotes cuadrados eran lo suficientemente altos como para no permitir a ningún niño mayor de dos años que saliera de ella trepándolos. El clóset en la oquedad de la pared era dos puertas de bisagras, barnizadas de un color que resaltaba el café de la madera. El ventilador de techo estaba operando a velocidad media con sus cinco aspas y tenía las tres bombillas encendidas. Por último, estaba la mecedora. No era de madera como lo había planeado el doctor Draven en un principio, al final había optado por una de metal. Estaba pintada toda de blanco, a la que le cocoló un cojín verde tierno en forma de asiento y el ruido de su vaivén era absorbido por la alfombra aterciopelada en el piso. Sobre ella permanecía inmóvil el bebé Eros Draven, acurrucado en los brazos de un ente que no era su padre, pero tampoco se trataba del brazo aún entero y el otro cercenado de Lucifer.

Su cuerpo era antropomorfo, hecho por una especie de arena de mar extrafina; portando unos cuantos harapos desgarrados de color negro desteñido. Como cabeza tenía un montículo de arena que carecía de cabello, boca, ojos, nariz y oídos. Sus pies estaban descubiertos, aunque no tenía dedos en ellos y se apoyaba en los talones para mover la mecedora. Con un brazo tenía cargado el bebé, y con la mano libre le acariciaba su cabello castaño.

—¿Por qué te lo has llevado? —preguntó el arcángel Miguel con voz quebrada.

No necesitaba sus ojos carnales para saber quién era. Mucho antes del instante que le dio existencia al arcángel Miguel y al serafín Lucifer, él ya existía. Durante el primer enfrentamiento que hubo entre los hermanos del mismo instante, mientras que unos estuvieron a favor de Miguel y otros a Lucifer, él nunca apoyó a ninguno de los bandos. Permaneciendo neutral en todo momento. Cuando llegó la caída de Lucifer, y el exilio de él y de los suyos, fue hasta entonces que intercedió ante el Creador de Todo para que se les ofreciera el perdón. Cosa que no entendían. A Lucifer, Belcebú, Astaroth y otros tantos más fueron alejados de la gracia de su progenitor y de todo lo que amaban, pero él decidió tomar un camino diferente. Una senda la cual lo evocó a estar siempre en medio de su progenitor y de Lucifer, pero nunca cerca de alguno de los dos.

A lo largo de los sucesos, los hombres y el resto de todas las especies conscientes de su existencia le habían puesto varios nombres; en aquel planeta lo conocían por La Muerte. Aunque el significado que le daban a esa palabra no existía realmente, consideraba que un mote más adecuado para él hubiera sido La Transición o El Cambio; pero no era así como lo consideraban las diversas culturas de los humanos. Sin embargo, el nombre por el que lo conocían el arcángel Miguel y Lucifer era Atiel.

—No me lo he llevado. Vengo a mantenerlo en este mundo —dijo Atiel deteniendo el vaivén de la mecedora para levantarse suavemente. Miguel notó cómo el bebé al dejar de ser tocado en la frente hizo movimientos con sus brazos de querer más cariño. Poniéndolo en la cuna y con un dedo suyo de arena, liso y sin uña, le acarició las mejillas regordetas—. Esta noche iba a trascender de manera natural. —La arena que tenía por cabeza vibraba en ondulaciones cada vez que pronunciaba palabras.

—Eso no puede ser —dijo Miguel sorprendido—. Rafael estuvo con él lo que duró su gestación dentro de la incubadora. Lo cuidó, lo sanó. Le dio las fuerzas más que suficientes para existir en este mundo.

—Sí, lo hizo. Y lo hizo bien. —Se retiró de la cuna para acercarse más al confundido arcángel—. Pero yo soy más sabido. Comprendo mejor las cosas, mejor que ustedes, mejor que Lucifer… Tienes un feo rostro, Miguel, permíteme ayudarte.

La mano de arena fina acarició la carne charrasqueada, dejando partículas en todo el rostro de Miguel. El arcángel pudo sentir cómo la carne de su rosto se movía estrepitosamente, sanando. Incluso las masas gelatinosas de los ojos que ya estaba creciendo por obra propia de Miguel se expandieron rápidamente y se detuvieron al momento de volver a tener sus iris color azul. Aunque sin sus ojos podía apreciar el entorno que le rodeaba, era mejor tenerlos para que no se le escapara ningún detalle.

—La energía de esta pequeña alma se encuentra cambiante —continuó Atiel—. Cambios a los que no están acostumbrados estas clases de cuerpos. Si no hubiera llegado, su pequeño corazón hubiera dejado de latir.

—Rafael podría haberlo sabido.

—Como te lo acabo de decir, soy más sabio. Ustedes no tienen la capacidad de predecir estos escenarios. Ven las posibilidades mientras que yo veo lo definitivo.

Y en eso el arcángel Miguel no podía contradecir a Atiel. Lo cierto era que todos los ángeles y arcángeles tienen una capacidad de predecir de manera muy acertada el futuro de los hombres y de otras tantas especies. Pero esa clarividencia era más bien una deducción. Ya que su panorama de visión, que era muchas veces más amplia que el de las especies de baja oscilación, les permitía percatarse de aquellos detalles y actos que repercutirían en las vidas de otros con mucha antelación y de esa manera determinar un futuro cercano a lo que sería. Pero al final ese proseguir de los sucesos podía ser cambiado en cualquier momento por las acciones del libre albedrío. Por lo que sus conjeturas serían siempre aproximadas, pero nunca exactas.

Pero Atiel era diferente. El papel que interpretaba siempre había sido el del cambio. No importaba cuántas variables interactuaran en los sucesos de las cosas, su única constante era el cambio. Y él era el mejor para entender eso.

—¿Te pidió que vinieras a cuidar de él?

—Él nunca me ha pedido eso. Yo vine porque así lo quise. Así como han existido quienes los he dejado en este plano por mi propia obra, él también tenía el derecho a seguir con su existencia en este nivel. Sus posibilidades son tantas que sería una pena el dejarlo partir.

—¿Y Lucifer? ¿Qué paso con él?

—Cuando me vio se quedó estático. Agachó la cabeza para esquivar su mirada de mí y se fue como llegó: cayendo entre los pisos… Oh, mira, la pelea terminó.

Sin darse cuenta Miguel, el cielo ya se encontraba despejado. Con la luna aún a la vista pero cerca del amanecer. Las flamas y los rayos se habían extinguido por completo. Belcebú y Astaroth ya se habían retirado de la zona de la pelea.

Aunque para ellos la duración de la escaramuza había sido extremadamente breve, para los seres humanos les habría llevado desde la noche del día anterior hasta el alba del siguiente. Debido a que esta se había librado en otro plano. Uno donde el mundo y los hombres existían para ellos, pero ellos no existían en el mundo ni con los hombres. Solo Miguel regresó al mismo plano de los hombres para tener contacto físico con Eros, mientras su padre permanecía en un estado de sueño profundo en la otra habitación.

No veía a sus amigos en los cielos. Al rastrear sus presencias, notó que la mitad ya se encontraban en el techo del edificio donde él se encontraba con Atiel. La otra mitad permanecían en el edificio de lado. Todos adustos y muy lastimados.

—Tres de los cuatro grandes estuvieron aquí, y los hicieron mierda a los siete. Sí, a los siete, no me veas así, Miguel. A Lucifer solo le bastó con cortarse un brazo para dejarte inmóvil. Es notorio que quiere hacer esto haciéndoles el menor daño posible. Si se hubieran puesto a pelear en serio los tres, este planeta hubiera quedado estéril. Me hubieran hecho trabajar demasiado en una sola noche, o lo que queda de ella. Ya casi amanece, es mejor retirarnos de este lugar.

—No me puedo ir de aquí. Si dejo solo al niño, Luci…

—Lo harás. Lucifer no pondrá pie ahora que sabe que yo no tengo intención de que esta alma pase por la transición de dejar su cuerpo carnal para pasar a lo siguiente.

—Yo soy su protector por nacimiento.

—Y lo hiciste lo mejor que pudiste. Pero ahora le toca a este pequeño luchar con sus propias fuerzas. Y desde ahora te lo digo. Como la energía de su alma se encuentra en constante cambio va a tener un cuerpo enfermizo. Va a padecer y mucho. Y cada vez que se enferme no harás nada para sanarlo. Él solo lo tiene que hacer.

—Estaré con él lo necesario, como si fuera cualquier otro al que cuido, pero no será menos.

—Lo considero justo. Ya llegará el suceso en que esta pequeña alma acudirá a ti en busca de respuestas. Pero, hasta que dicho suceso llegue, lo dejaremos tener una existencia tan humana como los demás.

VII

Todas las velas se apagaron al segundo soplo. Siete eran las velitas rojas que despedían tranquilamente su humo por encima del pastel de chocolate, cubierto con merengue del mismo color y adornado con cerezas y hojas de menta en su centro.

—¡Bravo…! —gritaban y aplaudieron con entusiasmo los invitados de la fiesta.

Terminando de devorar el pastel, los niños pasaron a jugar en el jardín, mientras que los adultos platicaban de su trabajo, parientes, pacientes y demás.

Por la ventana de la cocina, el doctor Enós Draven veía a los niños jugar y a los adultos convivir con otros adultos, como era el caso de su actual jefe. Quien con un cigarro en mano y mostrando sus dientes amarillentos se rodeaba de su comitiva personal que lo acompañaba a todos lados, siempre expresándole adulación y a la espera de poderse ganar un favor suyo. Su entrañable amigo Marcus se la pasaba junto con su esposa, degustando una rebanada extra de pastel, y el resto de las personas reposaban la comida con una plática amena y uno que otro trago de alcohol.

Durante el lavado de la vajilla que utilizó para despositar los platillos de la fiesta, a su alrededor pasaba uno que otro invitado ya fuera para tirar basura, dejarle algún traste sucio o simplemente para saludarlo y felicitarlo por la celebración que organizó para su hijo.

—¿Necesitas ayuda? —dijo una voz femenina al doctor.

—¿Qué? —dijo Enós de manera automatica, rompiendo el trance que consiguió mirando a los niños jugar—. Oh, no, Laura, gracias. ¿Te gustó la comida?

—Sí. Todo estuvo muy rico —dijo la invitada desechando el sobrante de merengue del pastel en una bolsa de plástico negra—. Un poco condimentado el rissotto para mi gusto, pero sabía bien. ¿Tú mismo lo cocinaste?

—¿Yo? Qué va —le respondía tomando un tazón que comenzó a lavar—. No digo que no se me dé la cocina, me gusta mucho cocinar, pero el día no me alcanzaría para cocinar todo esto.

Laura era su pasante desde hacía menos de un año. Había dado con ella por recomendación de Marcus. En su primera entrevista, no obtuvo una buena impresión de ella con sus capacidades como médico, ya que era bastante introvertida y no le gustaba darse mucho a notar. Pero, siendo optimista, decidió realizar un salto de fe con ella, salto que hasta ese día no se había arrepentido de darlo. No le tomó mucho descubrir que su pupila contaba con una mente rápida y manos agiles, y por encima de ello era leal con su equipo de trabajo.

Para la fiesta de cumpleaños del hijo de su jefe, la joven llevaba puesto un conjunto de camisa de manga corta y un short de vestir, hechos de la misma tela roja en la que se le pintaba círculos blancos pequeños. Fajada con un cinturón de piel color blanco y de hebilla dorada. Era una mujer de baja estatura, pero su esbelto cuerpo, piel blanca y cabellera negra y larga la hacían lucir bastante llamativa a la mirada de todos los hombres.

—¿Quieres que te ayude? —preguntó la joven poniéndose a su lado y extendiedo las manos para secar el tazón recién lavado.

—No es necesario. Gracias, Laura. —Le retribuyó con una sonrisa cansada.

—Claro que sí —respondió ella quitándole el refractario de las manos—. Deja todo esto para más tarde y sal al jardín. La tarde está agradable y todo mundo está saliendo al jardín.

A pesar de la buena camadería que llevaban en el trabajo, Enós no había puesto al corriente a Laura sobre los hechos que lo dejaron viudo, ni tampoco creía propicio decirle que mientras que su único hijo festeja un año más, a la vez, se cumplía un aniversario luctuoso más de su difunta esposa Annalisa.

—Muy bien —respondió dejando de lado los platos sucios—. Salgamos.

Afuera en el jardín, se podía disfrutar de la tarde del sábado.

Había bastante claridad y no se sentía el calor del sol; un clima ideal para que los niños jugaran por todo el patio y entre las mesas rentadas para la ocasión. Pero, en vez de jugar alegremente, la acción de Eros era la de ocultarse debajo de los manteles blancos, huyendo de sus perseguidores.

—¿Dónde estás, piagnucolone? —Escuchaba una voz de niño cerca de él—. ¿Dónde te escondiste?

«Quédate quieto».

—¿No lo vieron? —preguntó la misma voz infantil.

«No hables».

—No —oía la voz de otro niño respondiéndole al primero.

«No respires».

De repente, una pequeña mano lo tomó de su pie derecho, la única parte de él que no se fijó que se encontraba a la vista, fuera del camuflaje del mantel.

—Lo encontré —dijo una tercera voz impúber.

Como reflejo, movió su pierna bruscamente para liberarse, pero ya era demasiado tarde. Delante de él ya estaban otros dos niños que fácilmente lo sometieron, tirándolo al pasto y tapándole la boca. El último niño en llegar fue el que lo había descubierto, y en esta nueva oportunidad logró sujetar con fuerza suficiente sus piernas para que no se escapara.

Con sus ojos vidriosos, el infante reconoció al niño que lo sujetaba del hombro derecho y le tapaba la boca para socavar sus gritos. Se trataba de Christian. Un niño dos años mayor que él, regordete, con el cabello tieso y de color zanahoria que movía sus fosas nasales con cada inhalación. Era él quien lo estaba llamando por el apodo de piagnucolone. No era compañero de escuela suyo ni mucho menos un amigo cercano, era el sobrino más pequeño del jefe de su padre, quien jugaba el papel del hijo que nunca pudo tener.

Cuando su padre le presentó por primera vez a Christian, este tenía la intención de que ellos dos se convirtieran en grandes amigos, demostrándole tanto a su nuevo jefe como a sus colegas médicos que no tenía ninguna clase de resentimiento por los acontecimientos pasados.

Después de la jubilación obligatoria del doctor Jean Conti, cuyos últimos años laborales fueron en el mismo hospital donde trabajaba Marcus y que lograra llevar consigo a Enós, la consigna de llevar el Departamento de Neurocirugía fue pasada al doctor Isaac Ferrara. Esto a causa de que Enós aún no cumplía un año en el puesto de subdirector.

Ferrara era un hombre de mediana edad al igual que de estatura. Sus ojos azul pálido exhibían una mirada hipócrita y egoísta, siempre tratando de sacar algún provecho a toda situación que se le presentara. Poseía vasto conocimiento derivado a su trayectoria médica, pero esa virtud era sobrepasada en gran medida por su manera elocuente de hablar con las personas indicadas en los momentos apropiados, destrezas que lo posicionaron en el puesto de director del departamento, a pesar de la desaprobación del doctor Conti.

Pero, sin que supiera el doctor Draven, le había presentado a su hijo un niño malcriado y en extremo mimado. Al final, Eros tenía que lidiar con otro tormento más, aparte de los que tenía en la escuela y fuera de ella.

—¿Por qué te escondes, piagnucolone? —le dijo Christian en voz baja. Sonriéndole, enceñando sus dientes de conejos y separados en medio.

«No hables».

—Solo queremos jugar contigo —continuó Christian dándole un rodillazo en un costado—. El juego se trata de cuánto aguantas antes de que nos encuentren. —Le dio otro rodillazo.

«No grites».

—Sí, orfano —dijo el niño que estaba a su izquierda. No conocía a los otros, pero no le costó deducir que era amigo de Christian—. A ver cuánto aguantas. —Le empezó a dar de rodillazos también.

Comenzaba a sentir cómo se le escapaban las lágrimas.

«No llores».

—Orfano, esa estuvo buena —decía Christian riéndose como si se tratara de un grandioso chiste.

Los segundos se le hicieron eternos a Eros. Por más fuerza que hacía para tratar de liberarse no tenía éxito. El dolor también lo sentía en sus piernas ya que el tercer niño, que tampoco conocía, le dejaba caer todo su peso sobre sus tobillos para impedirle moverse. Al final, no pudo hacer otra cosa más que rememorar qué fue lo que había hecho para ganarse tremenda agresión.

Después de partir el pastel todos los niños se la pasaron corriendo y jugando en el jardín. Gracias a que asistieron poco menos de la mitad de los invitados esperados, muchas mesas se quedaron arregladas, pero no fueron ocupadas ni removidas, a lo que terminaron convirtiéndose en una zona de juegos para los infantes. Eros no jugaba mucho porque con la poca agitación que llegara tener su asma le respondía con malestares en los pulmones, agitándose o dificultándole la respiración, orillándolo a que su existencia fuera muy pasiva. Así que mientras el resto de los infantes corrían de un lado para el otro, Eros seguía comiendo un poco más de pastel que le quedaba en su plato de unicel. Fue cuando a unos bocados antes de acabar su rebana lo abordó Christian.

—¿Aún no acabas de comer, piagnucolone? —le dijo muy sonriente picándole con su dedo índice la mejilla llena de la torta de chocolate.

Eros pasó rápido el bocado para poder responderle.

—Ya te dije que no me gusta que me llames piagnucolone —dijo con una voz temblorosa, muy bajo, como si lo estuviera susurrando.

—Ah, perdón, su majestad, olvidé que como hoy es su día no se le puede molestar.

Se acercaron otros dos niños que Eros no conocía, lo más probable es que eran amigos de su agresor.

—Pero, como tu día fue al principio de la semana —continúo—, hoy ya no me importa.

—Yo no tengo la culpa de que repitas el año porque saliste mal en tu examen de Matemáticas de la semana pasada —le dijo Eros sin pensarlo.

Christian no entendía cómo era posible que supiera eso. Pero recordó que después de haber reprobado recibió una buena llamada de atención por parte de su maestra y del director de la escuela a la que asistía. De ahí, le siguieron los manotazos que le dio su madre, porque también fue víctima del regaño de los trabajadores escolares, y, por último, los diversos castigos que le impuso su padre como medida correctiva. Si en esos momentos se encontraba en la fiesta era por magnificencia de su tío, quien se empeñó en llevarlo como último aire de libertad, antes de que empezara a cumplir con las múltiples sentencias impuestas por su progenitor.

—Testa di minchia, Eros —respondió Christian enfurecido—. Ahora sí te jodiste.

No supo el tiempo exacto que duró. Quizás para el resto del mundo se trataron de unos pocos segundos, menos de un minuto; pero para Eros, con los costados molidos y los pies adoloridos, cada instante que respiraba le parecía eterno. No le quedó otra opción más que quedarse un rato tirado debajo de la mesa viendo los herrajes de esta.

Con esta ya eran cuatro ocasiones en las que terminaba muy mal por decir cosas que no sabía dónde las había escuchado. Por ser tan íntimas que cada vez que las decía terminaba lastimando emocionalmente a los involucrados. Las tres ocasiones anteriores fueron en el transcurso del año y todas en la escuela. La primera fue con unas hermanitas, las cuales les hizo el comentario de que a su gato no le interesaba seguir cerca de ellas después de su muerte, porque no las quería debido al mal trato que le habían dado. La segunda fue con un niño, donde le advirtió que su padre no lo llevaría de vacaciones, y la tercera cuando le dijo a la maestra delante de toda la clase que no sufriera por la infidelidad de su esposo.

—No se preocupe, maestra, su esposo está con otra mujer, pero él no la quiera a ella —dijo efusivamente de pie en su pupitre—. Él sigue pensando en usted.

Varias horas después de su último evento trágico, estaba esperando a que el agua se le escurriera del cuerpo antes de salir de la regadera. Con un débil movimiento limpio el espejo empañado y la figura que vio reflejado en este, no le era nada grata. Tenía hematomas recorriéndole a lo largo de los costados, otros más se le dibujaron cerca de sus tobillos; su cara se conservó intacta, para no llamar la atención de los adultos.

«Fue listo en eso».

Habiendo pasado un rato de la agresión, Eros juntó fuerzas para levantarse y salir de entre las mesas. Se limpió la cara lo mejor que pudo y se fajó de nuevo su camisa y pantalón. Hizo su máximo esfuerzo para disimular que la fiesta había sido todo un éxito frente a los invitados y principalmente delante su padre. No tenía la intención de darle otra preocupación y no quería que el sufrimiento que sentía por la falta de una madre se acrecentara al pensar que, como padre, no era capaz de cuidarlo como era debido. Así que solo le quedó fingir que no había pasado nada y seguir así hasta que concluyera la fiesta.

Con su pijama azul cielo ya puesta, Eros salió del baño para dirigirse a su cuarto a dormir y esperar que el día por fin terminara. Al caminar por el pasillo escuchaba la voz del doctor Marcus, compañero de años de su padre y que era costumbre suya y de su esposa quedarse hasta el final de cualquier evento para platicar con Enós.

—¿Ya terminaste de ducharte? —gritó su padre desde la sala.

—¡Ya! —contestó Eros como queriendo gritar para pedir ayuda.

—Ok. Ve a la cama, en unos minutos subo… Te vuelvo a repetir, Marcus, que en estos momentos no estoy interesado en…

Eros dejó de escuchar la voz de su padre cuando cerró la puesta de su cuarto. La habitación se encontraba pintada de verde seco y era lo doble del grande de la que tenía cuando era el bebé que llegó a vivir al Rione Cavalleggeri D´aosta. Tenía un abanico de metal en el techo de color blanco y la cama era angosta pero suave, al igual que las almohadas. El mueble lo coronaba una cabecera y un buró de madera de estilo clásico en cada lado. También tenía un librero donde tenía toda clase de juguetes. Un clóset que llegaba casi hasta el techo y un escritorio viejo, que consiguió su padre a muy buen precio en la remodelación del hospital. Con un banquito donde tenía que poner las dos almohadas para quedar a una altura perfecta para el escritorio.

Desacomodó la sábana y la acomodó en un hueco que tenía libre en el librero, precisamente para dejarla ahí hasta la mañana siguiente, para volverla a tender. De ese lado de la casa no se escuchaba nada del tránsito que se generaba por el ambiente nocturno de un sábado por la noche, por lo que la hacía ideal para alguien con el sueño tan liviano que se despertaría con el desprender de las hojas de un árbol. Esperaba con ansias el quedarse dormido, el día había sido largo, agitado y, sobre todo, muy doloroso.

«Veeeteee».

Algo le hablaba suavemente.

«Veeeeteeee».

La palabra se empezaba a entender mejor.

«Veeeeeteeeee».

Eros estando más dormido que despierto comenzó a prestarle atención.

«Veeeeeteeeee».

—¿Qué? —preguntó el niño sin saber a quién o a qué.

«Veeeeeteeeee».

No podía precisar si la voz era de un hombre o mujer. Pero era claro que alguien o algo quería hacerle llegar un mensaje.

De las rendijas de la puerta veía una luz entre roja y amarilla que venía del pasillo.

«Veeeeeeeeteeeeeeee».

La voz andrógina se alzó desmesuradamente. Dejó de ser un suave murmullo para convertirse en una estrepitosa voz que le estaba dando una instrucción directa.

Sin saber por qué, sus manos estaban heladas y sudadas. Por más que intentaba controlarlas, el temblor en ellas no le permitía hacer nada.

De la rendija debajo de la puerta se apreciaba diversas sombras que se detenían del otro lado de esta.

—Abre la puerta, piagnucolone, sé que estás ahí. —La voz de Christian se escuchaba en lo que la perilla giraba de un lado para el otro.

El niño Eros ya se encontraba sentado en su cama, sin poder articular palabra, con la espalda erecta y sus manos sujetando a duras penas la delgada sábana, su único escudo ante aquella extraña voz que provenía de todos lados y de las agresiones que pudiera cometerle el inesperado Christian.

—Abre ya, Eros —dijo la voz de Christian con furia—. Tengo un mejor juego para ti.

«Veeeeeeeeteeeeeeee», proseguía diciendo la otra voz.

Todo el cuarto empezaba a temblar. Escuchándose golpes por todas partes.

Eros quería llamar a su padre, pero el miedo no lo dejaba articular palabras.

De repente, la manija dejó de girar y la puerta se abrió… Un monstruoso chillido se escuchó por toda la casa.

VIII

El comedor degli Incurabili era un polígono con siete lados desiguales, donde entraban estrechamente doce mesas cuadradas de aluminio, cada una con dos sillas tan angostas que resultaba imposible para quienes se sentaban en ellas el poder degustar los alimentos comodamente.

Cerca de la puerta de entrada, Enós se encontraba sentado en una de las mesas de metal, solo y masticando la comida del mismo modo que una vaca engullendo pasto. Debía mantenerse con energía para poder lidiar con todo lo que estaba atravesando su reducida familia, y la única forma de ganarla era comiendo, teniendo o no apetito. Su platillo consistía en dos porciones de verduras, cuatro porciones de carne roja a las hierbas finas y una porción de pasta. Un alimento que a simple vista abría la apetencia de cualquier comensal, pero delante del agotado médico solo era un puñado de lechuga reseca con zanahoria rallada, un filete duro con un fuerte sabor a estragón y espagueti blanco a medio cocer.

Aun con su rostro desencajado, su porte como doctor era impecable. Llevaba puesta una camisa de manga larga de seda color verde seco, perfectamente planchada al igual que su pantalón de vestir café. Zapatos de piel boleados y su bata blanca de doctor sin manchas. Su mayor desatino eran los pocos pelos que le invadían el mentón y mejillas, señal de no haberse pasado en varios días la navaja de afeitar.

—¿Te importa si me siento? —preguntó el doctor Ferrara al doctor Draven.

—Adelante —respondió Enós de manera hosca.

Sin darle importancia a la forma de contestar de su subordinado, el jefe del Departamento de Neurocirugía tomó asiento. Vestía un traje de sastre mandado a hacer a la medida. Pantalón y chaleco en color negro, que hacían resaltar la camisa de manga larga color azul que portaba. Depositando su café latte en la mesa, comenzó a hablar.

—¿Cómo sigue tu hijo? —preguntó emulando una sonrisa falsa al exhibir sus dientes amarillos y no abrir en absoluto los ojos.

Más que prestarle atención, Enós se quedaba mirando su platillo y la presentación que este adquiría al revolver la lechuga con el espagueti.

—Tranquilo. —«Vete a la mierda, Issac»—. Se encuentra estable, pero no se sabe si volverá a tener otro ataque. —Se introdujo a la boca un puñado de espagueti.

A pesar de la melancolía, el enojo y la frustración que sentía Enós en esos momentos, estaba perfectamente consciente de que su jefe, el doctor Issac Ferrara, sabía a detalle el estado de su hijo, siendo él quien había hecho los trámites para alojar a Eros en el área de pediatría y para que estuviera bajo observación por terror nocturno.

—Entonces aún hay esperanzas. Es bueno saberlo. —Dio un pequeño sorbo a su latte y lo sostuvo en su mano, revolviéndolo con los girones de su muñeca—. ¿Y cómo vas con tus pacientes?

—Alonzo, Fazio y Matteo han permanecido estables desde hace dos meses. Nocoletta y Alcina comienzan a presentar síntomas de somnolencia a causa de que les aumenté la dosis de Zolmitriptán. A Romilda, Piero, Jean, Gianna y Lia los está atendiendo Laura por ser de menor gravedad. Todo bajo mi supervisión.

—De acuerdo. Es importante que estés al tanto de todos ellos. Laura aún es muy joven y muy poco experimentada para que esté por su cuenta viendo a los pacientes. ¿Tienes cirugías programadas?

—Ninguna para esta semana.

—Me parece bien. Si necesitas algo házmelo saber. —De un solo movimiento se levantó de su asiento y partió del comedor, despidiéndose dando otro sorbo a su café.

El fin de semana pasado, justamente la noche de la fiesta de cumpleaños de Eros, Enós presenció el primer ataque de pánico de su hijo.

Al escuchar el chillido de ayuda del infante, el padre no supo en qué momento pasó de estar sentado en la poltrona de su sala a estar frente la puerta de la habitación de su estirpe. Dando una patada para poder abrir la puerta, vio la cara pálida y desencajada de su primogénito. Con los ojos abiertos de un modo que nunca antes le había visto, recorriéndole las lagrimas en sus mejillas y emanándole espuma por la boca. Fue así como encontró a Eros antes de que perdiera el conocimiento y empezara a convulsionarse sobre la cama.

A la mañana siguiente y estando más dormido que despierto, encontró a Marcus en la cocina lavando platos y exhibiendo los signos del desvelo: despeinado, brillándole el rostro por el exceso de grasa y bostezando a cada momento.

Siendo su mejor amigo, no se había ido de su casa y lo acompañó hasta que el pequeño se encontrara estable. Por otro lado, Isabela, la esposa de Marcus, se había retirado desde muy temprano para hacer cosas de su propio hogar.

Arrastrando los pies por el cansancio, Enós arribó a la cocina.

—¿Ya despertó? ¿Te ha dicho lo que le pasó? —preguntaba Marcus cuando lo vio entrar.

—Acaba de despertar —respondió Enós en un tono que dejaba mostrar su agotamiento—. Creo que se trata de terror nocturno ocasionado por estrés postraumático. Al parecer, estuvo escuchando voces. Una le decía que se fuera, aunque no sabía a dónde, y la otra era de varias personas que querían hacerle daño.

—No tiene mucha coherencia lo que me dices. Aparte, parece ser más una pesadilla que terror nocturno. ¿Por qué dices que el terror nocturno fue ocasionado por estrés postraumático? ¿Cuál fue el trauma?

—Lo revisé y le quité la pijama —dijo mientras tomaba asiento en una silla, el semblante de su cara era el de un hombre torturado—. Tiene varios hematomas en sus costados y en los tobillos. Casi te puedo asegurar que fueron hechos por el puño de un niño.

—¿Cómo?

—Por el tamaño y distribución de los moretones. Si hubiera sido la mano de un adulto, el área del moretón sería más grande y el daño mayor. Estos son pequeños y la distancia de separación no concuerda con el tamaño promedio del puño de un adulto o un adolescente. Tuvieron que haber sido mínimo dos niños para que pudieran someterlo. Si solo hubiera sido uno, Eros se hubiera podido defender. Lo que todavía no me explico es cómo se originaron los que te tiene en los tobillos.

—Tendrás que informárselo a la policía. Tienen que investigar quién en la escuela le hizo esto.

—No fue en la escuela, Marcus. Pasó en la fiesta.

Marcus vio la expresión de impotencia en la cara de Enós mientras frotaba una mano con la otra. Le costaba creer que la agresión que recibió su ahijado pasara prácticamente bajo las narices de ellos.

—No puedo asegurarlo, pero creo que fue el sobrino mimado de Ferrara —pronunció el padre en forma de susurro.

—Esa es una fuerte declaración, Enós —dijo Marcus asombrado y preocupado a la vez—. ¿Te estás dando cuenta de que hablas del sobrino predilecto de Ferrara? ¿Qué clase de pruebas tienes para decir que fue ese niño?

—Porque Ferrara fue el primero en retirarse de la fiesta. Cuando se despidió, me dijo que a su sobrino le comenzó a doler el estómago y que quería retirarse. Y para lo poco que los he visto juntos, se ve que no se lleva bien con Eros. Creí que lo que les hacía falta era interactuar más entre ellos, pero me he dado cuenta demasiado tarde de que ese niño es solamente un problema para mi hijo.

—Esto no se puede quedar así nada más, Enós. Tienes que…

—No puedo hacer nada, Marcus. Eros ya se bañó y limpió toda evidencia que pudiera probar la culpabilidad del sobrino de Ferrara. Lo único que puedo hacer es separar a ese niño de mi hijo, hablar con Eros para hacer que se sienta mejor y que sepa que juntos superaremos esta situación.

El plan que tenía Enós en primera instancia no dejó muy convencido a Marcus, pero él no había tenido la fortuna de ser padre. Así que prefirió guardarse sus comentarios. En el transcurso de la tarde de ese día, Marcus había partido de la casa dejando solos a su colega y ahijado.

Enós dedicó el resto de la tarde para hacer las labores del hogar y estar al pendiente de su hijo, que seguía descansando. Le había inyectado un fuerte sedante, por lo que podía limpiar rápido sin alterarlo. Aprovechó para terminar de hacer el quehacer restante de la fiesta y cocinarle un caldo de pollo como el que le hacía su madre, para que recuperara el ánimo perdido.

Siendo de noche, se sentó en la poltrona de color vino que tenía en la sala y prendió el televisor para ver la programación nocturna. En medio de los comerciales se percató de un ruido que venía de su espalda.

—Papá, ho fame —dijo Eros somnoliento.

Lo caliente del potaje de pollo no le impidió al infante acabárselo en pocos minutos. Casi llegando al fondo del segundo plato fue cuando quedó satisfecho del todo. Enós lo acompañó con un pedazo de pan y con rissotto que había sobrado de la fiesta. Al haberse consumido el contenido de su plato, Eros lo alejó para limpiarse la boca con la servilleta de tela que tenía entre las piernas.

—Eros, ¿hay algo de lo que quieras contarme? —preguntó Enós a su hijo de manera pausada y con voz queda, como si hubiera una tercera persona con ellos y no quería que esta escuchara.

—No —respondió en seco el niño.

—Hijo. —Tomó su mano—. Como tú, yo también fui niño alguna vez y sé que en ocasiones hay otros niños que no siempre se portan bien con uno. Y en esas ocasiones, suelen ser incluso muy agresivos y pueden causar mucho daño. Y para eso está tu padre. Para ayudarte, para protegerte, para…

—¡No pudiste salvar a mamá! —gritó Eros mientras se soltaba de la mano de su padre—. Te odio. Ya no te quiero. —Dando un salto de su silla se fue corriendo hacia su cuarto.

Enós se quedó boquiabierto con la contestación de su hijo. Esperaba una negativa a su cuestionamiento sobre el porqué de los distintos hematomas que tenía en todo su cuerpo, pero nunca imaginó que le pudiera dar esa contestación. Sentía cómo un cuchillo le atravesaba el pecho, pero en lugar de matarlo lo estaba torturando. Sometiéndolo a un dolor insoportable pero que no lo mataba. Lo mantenía agonizante sin dejarlo fallecer.

«An. Perdóname. Te he fallado».

En la mañana del martes el constante ruido del teléfono sonando logró despertar al cansado doctor Draven, quien dormía en el escritorio del cuarto de su hijo, por culpa de otro episodio de terror nocturo que tuvo el niño. Se incorporó para salirse del cuarto y contestar el teléfono del pasillo.

—Diga —pronunció quedamente el doctor a su desconocido interlocutor.

—Enós. Te habla Ferrara, llevo varias horas queriéndome comunicar contigo. ¿Qué paso? ¿Estás bien? No te presentaste ayer a trabajar ni tampoco te has reportado.

Pese a lo cansado que estaba y lo iracundo que se puso al escuchar el tono con el que su jefe se le dirigía, Enós tomó unos segundos para formular la mejor respuesta para las quejas del doctor Ferrara.

—Una disculpa, Ferrara. Mi hijo se enfermó y lo he estado cuidando —respondió caminando sin hacer ruido hasta llegar al cuarto de Eros para revisar si la chicharra del teléfono no lo había despertado—. No he podido despegarme de él ni tampoco descansar y pasé por alto el llamarle.

—Hay pacientes que necesitan de ti —dijo Ferrera con un tono más suave—. ¿Qué es lo que tiene tu hijo?

—Ha presentado síntomas de terror nocturno durante tres noches seguidas. Le he suministrado un miligramo de Alprazolam ayer y hoy en la madrugada, para que pueda descansar.

—Es mucha dosis para un niño, Enós. Tráelo al hospital, se tiene que internar, aquí lo vamos a revisar.

Enós no se había acabado ni la mitad de su platillo en el comedor degli Incurabili cuando ya se encontraba frío. Terminó levantándose de su asiento y depositó lo que le quedaba de su plato a la basura para salir del área del comedor.

Sabía que los breves minutos que estuvo su jefe con él fueron para aparentar interés por el estado de su hijo y de cómo le iba con sus pacientes. Sin embargo, el trasfondo era que a Ferrara nunca le había interesado hacer una buena relación laboral con Enós. Lo que buscaba era una excusa para poderlo despedir, pero sin quedar como un monstruo insensible ante el dolor ajeno.

La jugada del anciano jefe consistía en darle todo el apoyo posible en su predicamento personal, pudiendo continuar con el seguimiento a los pacientes, mientras que su hijo era atendido. No obstante, si aun con todos los recursos del hospital Enós demostraba un bajo desempeño, Ferrara podría hablar con el comité del hospital para que tuviera un periodo de descanso obligatorio, sin goce de sueldo, y de ahí tomaría la oportunidad para despedirlo. Contratando a alguien a quien él considerara como su digno sucesor, ya que a Isaac le faltaba poco para jubilarse y el siguiente en la lista para tomar el puesto como jefe del Departamento de Neurocirugía era el doctor Enós Draven. Idea que no lo complacía en absoluto.

Sin ponerle un rumbo a sus pasos, Enós terminó irremediablemente en el área de pediatría. Deteniéndose a la mitad del cristal de la venta del cuarto de su hijo. Mirando fijamente y de manera dubitativa la manija de la puerta, ya que las persianas de la cortina se encontraban cerradas. Le tomó algunos instantes tomar el valor suficiente para abrir la puerta que le daba acceso al cubil donde moraba su hijo. Tomó la manija y la abrió con más miedo que ganas, quedándose en el marco de la misma, mirando a Eros acostado en la cama, sedado, con suero suministrado vía intravenosa y con varias ventosas pagadas en la cabeza, cara y pecho. Mismas que se conectaban a un aparatejo que tenía a un lado de la cama, que servía para monitorear y guardar registro de todos sus signos vitales mediante unas agujas, que rayaban un grueso rollo de papel.

«Pobre de mi hijo».

—Doctor Enós.

A impresión de Enós, Laura había aparecido como por arte de magia. Su silueta de mujer la tenía resguardada debajo de la bata percudida de doctora, que le llegaba hasta la mitad de los pulgares si no doblara los puños y por debajo de las rodillas. Sus accesorios eran un reloj de correa negra, de cara cuadrada con relieve dorado, portándolo en su mano izquierda mientras que la derecha sujetaba su tabla para notas. Traía puesto arracadas de oro, cuadradas y grandes, que resaltaban con el negro de su cabellera suelta y su piel blanca.

—Perdón que lo moleste —continuó—, pero una pareja mayor está preguntando por usted, en el lobby.

Cerró la puerta del cuarto rápidamente y tomó una postura como si se tratase de un militante de la Guardia Suiza, cuyo único trabajo era impedir el acceso a cualquiera durante el cónclave.

—¿Te dijeron sus nombres?

—Me parece que el señor se llama Carlo.

«¿Por qué ahora?».

—Vale. —Se quedó pensativo unos instantes mirando hacia la nada—. ¿Me estabas buscando nada más para decirme eso?

—No exactamente —dijo Laura mientras se pasaba los dedos por la cabellera—. Esa pareja se veía muy molesta y hablé con ellos para tranquilizarlos un poco. Una vez que los pude calmar me fui a buscarlo antes de que el doctor Ferrara tuviera que toparse con ellos. —Laura no era tonta. Era consciente de que entre su jefe y el jefe de su jefe no había una buena relación y, aunque prefería mantenerse al margen de la situación, optaba por ponerse del lado de Enós—. Supuse que estaría en el comedor porque aún no ha concluido su hora de comida. Pero no lo encontré. Así que imagine que podría estar aquí y…

—Vale, vale —la interrumpió sujetándola de los hombros y haciéndola a un lado para dirigirse al lobby—. Hazme un favor. Quédate con Eros en lo que yo regreso.

Cortos pero muy rápidos fueron los pasos que dio Enós para llegar hasta el lobby degli Incurabili.

La entrada principal de la institución médica era una gran dovela de casi cuatro metros de alto y dos metros y medio de ancho. Con dos puertas de metal adaptadas a la forma del pasaje, que permanecían abiertas a todo el mundo hasta entrada la noche. En el lado de la recepción había un sillón de espera en cada costado. En el mueble derecho encontró a una pareja mayor de pie. La señora traía puesto un juego de dos piezas, que consistía en un vestido que le llegaba por debajo de las rodillas y un saco, todo de color azul claro y calzando sandalias cerradas por enfrente. El señor llevaba puesto un conjunto de pantalón y saco de pana color marrón oscuro, con una playera roja tipo polo. En su cabeza se vivía una batalla entre la alopecia y las canas, contra las hebras rubias que aún le quedaban. Delante de sus ojos color verde marrones tenía unas gruesas gafas bifocales.

—Enós —dijo la mujer al ser la primera en reconocerlo.

—María. Carlo —saludó a los dos de manera educada pero seria—. ¿Puedo saber la razón de su visita?

—¿Y qué otra razón puede ser, Enós? —respondió el señor de manera hosca y agresiva—. Queremos saber cómo se encuentra nuestro nieto.

Carlo D’amaco, padre de la difunta Annalisa D’amaco y abuelo de Eros Draven, era un hombre pasado de los sesenta años. Con unos pocos centímetros más de estatura que Enós, de barriga amplia, brazos flacos y de manos pequeñas para su corpulencia. Era propietario de un modesto grupo de taxistas que se movían por toda Nápoles, haciéndolo no muy adinerado pero consiguiendo poderse dar un estilo de vida con una solvencia económica que Enós aún no alcanzaba.

—Por el momento Eros se encuentra en observación —respondió Enós tratando de orillarlos a la salida.

—Desde que nació, Eros siempre ha estado en observación o delicado de salud —respondió María—. Se nota que tus cuidados no han surtido efecto.

—Le he dado toda la atención médica a mi alcance, él se encuentra en buenas manos.

—Nunca ha estado en buenas manos, Enós —dijo Carlo apuntando con el dedo índice directo a la cara—. Mi hija, An, nunca lo estuvo contigo, mucho menos mi nieto.

—Te he dicho hasta el cansancio que lo de An no fue mi culpa. Si hubiera podido, hubiera dado la vida por ella.

Los viejos rencores empezaban a emanar en la cara de ambos.

A pesar de que no había tenido enfrentamientos con sus suegros, siempre existió una relación tensa, pero que se sabía sobrellevar de alguna manera. De la pérdida de Annalisa, Carlo tomó una postura de odio y coraje contra Enós. Culpándolo de lo sucedido exclusivamente a él. Y las tensiones se volvieron insoportables cuando en una noche desafortunada el departamento en Rione Cavalleggeri D´aosta donde vivía el viudo y su hijo fue consumido por llamas por circunstancias inexplicables, costando la vida de la nodriza de Eros. Precisamente un día que había tenido una discusión con Carlo. Desde entonces, Enós tomó la posición de ya no fraternizar más con los padres de An. Cobrando el dinero del seguro del departamento, reunió los pocos ahorros que tenía y con ayuda de un préstamo del banco fue como compró su casa en el residencial privado de nombre Vico Equense, a las orillas de Nápoles.

—¡Pero no lo hiciste! —El grito de Carlo atrajo la mira de todos en el lobby—. Tu afán de tener hijos nos costó la vida de nuestra hija. Y ahora por tus descuidos como padre le va a costar la vida a Eros. ¿Cuántas personas más tienen que morir para darte cuenta de que no sirves como padre ni mucho menos como doctor? Enós, tú no salvas vidas, las acabas.

—Una cosa es que hables mal de mi trabajo y otra muy diferente que me digas que quiero que mi hijo muera. —La cara de Enós era un tomate fresco y sentía que las orejas le ardían.

—Esa es la verdad, Enós, y no dejaré que eso pase. —Metiendo su mano derecha en el bolsillo trasero de su pantalón, sacó una hoja doblada y arrugada.

—¿Qué es esto? —preguntó Enós sin tomar aquel pedazo de papel doblado.

—Esta es una demanda por la custodia de mi nieto. —Le aventó el citatorio al pecho—. Así es, Enós, no pongas esa cara, te quitaré a mi nieto.

IX

—Vale, vale. Hazme un favor. Quédate con Eros en lo que yo regreso.

Laura no tuvo tiempo de responderle a su jefe cuando este dejó de sujetarla de los hombros y tomó camino fuera del área de pediatría.

«Pobre hombre».

No era la primera vez que Laura trataba de ponerse en los zapatos de Enós. Pensaba en aquellos cansados pies que yacían dentro los mocasines con los que regularmente iba al trabajo. Adoloridos por toda la carga emocional que tenían que soportar, adicional al peso de su cuerpo y ropajes. Intentó imaginarse cómo sería tener que lidiar con la impotencia de no poder ayudar a su único hijo, estando enfermo, siendo él médico. El tener que cuidarse la espalda de su propio jefe, que más que querer ayudarlo solo estaba buscando la manera de cómo perjudicarlo y hacerle perder su empleo. Y como tiro de gracia, estaba aquella pareja de adultos mayores que, con tan solo mencionarlos, cambió la expresión de su rostro, pasando de tristeza a desesperación.

A la joven pasante solo le quedaba la opción de ser una espectadora silenciosa de todo lo que ocurría y esperar a ver cómo se desenlazaba aquella triste historia.

Sus pensamientos de simpatía hacia su jefe fueron interrumpidos por un rápido descenso y ascenso en la energía eléctrica. Mismo que provocó un cambio súbito en la intensidad de las luces del pasillo, llamando su atención y haciéndola recordar lo sensibles que eran los equipos a los que estaba conectado el infante.

«Tengo que revisar que no se hayan apagado los equipos en el cuarto».

Estando a punto de tocar la manija de la puerta del cuarto, fue cuando todo comenzó.

De repente, todo su cuerpo se puso tenso. Sentía cómo su epidermis se le ponía como piel de gallina. Si hubiera podido ver por debajo de aquella bata percudida de laboratorio, habría visto cómo se le estaban erizando los finos bellos de sus brazos.

Era un triunfo el poder respirar.

Tenía la sensación de que su rostro se encontraba sumergido en un balde con agua. Por un instante, realmente creyó que se estaba ahogando. Percibiendo de manera inexplicable cómo su pecho y corazón eran estrujados por una fuerza invisible. Repentinamente, le surgió un deseo incontrolable de querer gritar para pedir ayuda, pero no podía tan siquiera separar sus labios para exhalar alguna palabra.

«¿Qué me está pasando?».

Algunas de las principales cualidades con las que todo el mundo relacionaba a Laura eran las del racionalismo y ecuanimidad. Siempre lo analizaba todo, dentro y fuera de su trabajo. Características que la definían como una profesional muy centrada. Dando grandes expectativas en su especialidad en Neurocirugía ante la vista de todos sus compañeros, incluso a la de su jefe, el doctor Enós Draven.

En aquellos momentos, ni toda su inteligencia, razonamiento y autocontrol le permitieron comprender por qué el repentino aceleramiento en su corazón. El temblor incontrolable en su cuerpo era tal que ocasionó que la tabla para notas que llevaba entre sus manos cayera. Renunció a ella por miedo de agacharse y que algo malo le sucediera. Su rostro y mirada estaban alineados frente a la puerta del cuarto de Eros, sintiéndose observada por todos lados. No se atrevía a mirar hacia ningún otro punto que no fuera la puerta. Como si su instinto de supervivencia le dijera que, pasara lo que pasara, no debía voltear la mirada. Las lágrimas le empezaron a brotar sin justificación aparente, y conforme sus ganas de llorar superaban por mucho a su autocontrol, gesticuló sus labios a modo de que lo que saliera de su boca parecería una mezcla entre el llanto y la súplica.

Y fue como Laura recitó el avemaría.

—Ave, o Maria, piena di grazia, il Segnore è con te. —Sentía que las lágrimas no dejaban de fluir de sus ojos—. Tu sei benedetta fra le donne e benedetto è frutto del tuo seno, Gesù. —De la nariz le escurría moco, que bajaba por sus labios, acumulándose en el mentón antes de caer—. Santa Maria, Medre di Dio. —Le resultaba casi imposible el poder tomar aire para continuar con la oración. Respiró profundo y al momento de exhalar fue acercando su mano temblorosa hacia la perilla de la puerta—. Prega per noi peccatori…

—¡Laura, vámonos de aquí! —gritó una especie de hombrecillo que se había sujetado a su cintura para sacudirla.

A la vez que ella daba el mayor grito de su vida, empujó a aquel pequeño ente con apariencia de niño, terminando los dos en el piso. El dolor infligido por el sentón le sirvió para conseguir un poco de compostura.

Mientras que veía aquella personita retorciéndose, ya que había caído sobre su hombro y eso le propiciaba mucho dolor, la pasante giró su cuerpo y comenzó a moverse a gatas. Abalanzándose hacia la puerta del cuarto de Eros para poderlo abrir. Sujetando mal la manija logró abrirla, pero el giro de su muñeca fue tan torpe que no consiguió aferrarse de ella. Desplomándose de nueva cuenta al piso, pero en esta ocasión impactó su nariz contra la fría baldosa. A pesar del golpe y la sangre que le salía por las fosas nasales, consiguó introducirse al cuarto de observación y cerrar la puerta, recargando todo su peso en ella.

—Laura, ábreme —decía la voz infantil.

—¡No…! —respondía ella gritando y llorando, poniendo toda su diminuta corpulencia en la puerta para que los golpecitos dados del otro lado no la abrieran.

—Laura. Soy yo, Eros —seguía insistiendo—. Ábreme, por favor. Ahí viene.

Sin más, los golpecitos insistentes se convirtieron en ruidos de pasitos, que se iban disminuyendo hasta perderse por completo.

Al ya no sentir nada en su espalda, la futura neurocirujana se puso de pie lentamente; la cabeza le daba vueltas cuando terminó de levantarse. Se tocó la nariz y por el dolor que sentía se dio cuenta de que se la había fracturado. Empezó a respirar por la boca y su lengua paladeó el sabor metálico de su sangre. Sin dejar de sentirse mareada, recordó que estaba dentro de la habitación de observación por terror nocturno, donde reposaba Eros.

Por unos instantes, Laura dejó de prestar atención a sus dolores. El tabique fracturado pasó a segundo plano. El dolor de cabeza y el vértigo no eran importantes. Su flagelado rostro se había convertido en un simple malestar. Todo lo sufrido se redujo a nada cuando dirigió su mirada hacia la camilla y se dio cuenta de que no había nadie acostado en ella.

La sábana se encontraba distendida y las ventosas, que debían de estar pegadas al pecho y cabeza de Eros, yacían a un lado de la camilla.

—Esto no puede estar pasando —siendo como un suspiro, dijo mientras se abrazaba a sí misma.

Tomándose unos instantes para limpiarse con mucho cuidado la sangre de su nariz con la manga de la bata de laboratorio, lentamente y sin hacer ningún ruido, Laura regresó a la puerta del cuarto para abrirla despacio.

Como si fuera indispensable para la apertura de la puerta, trató de contener la respiración y maldecía en todo momento el rechinido que hacían las bisagras al girar. Comenzó con una rendija, la cual pudo encauzar su mirada hacia adelante, hacia el pasillo que daba fuera del área de pediatría. Mismo por el que había salido el doctor Draven. Todo se observaba normal, las luces estaban encendidas y las demás puertas cerradas. Tomó aire por la boca, volvió a percibir el sabor metálico de su sangre, pero no le prestó atención. Al exhalarlo, amplió la rendija un poco más, para vislumbrar alguna silueta en el camino.

No había nadie a la vista.

Era su oportunidad. Se armó de valor para abrir la puerta de lleno y salir corriendo.

En el pasillo todo se encontraba en calma.

Laura no se explicaba qué era lo que le había pasado. La única conclusión que deducía en ese momento era que su propia mente le había jugado una broma macabra y muy dolorosa. Aparte de la nariz y la cabeza, comenzó a sentir un dolor muy agudo cerca del coxis al caminar, parecido al de una punción lumbar recibida. De aquellas que había hecho en repetidas ocasiones, pero que nunca se había puesto a pensar realmente cuánto dolor se podía llegar a percibir con ellas.

«Tengo que avisarle al doctor de que su hijo no está».

Dio pasos apresurados con dirección al lobby del hospital para encontrarse con su jefe y decirle que su hijo no estaba en el área de pediatría. Pero aterradora fue su sorpresa, cuando al salir de ese recinto y llegar al pasillo general no encontró ninguna persona.

El pasillo general no tenía más de catorce metros de largo, y era similar al pasaje del área pediátrica. Igual de blanco. Igual de limpio. Con excepción de unos cuantos estantes, llenos de papeles viejos y amarillentos. Desafortunada y aterradoramente, en esos momentos también coincidía con el pasillo pediátrico al no haber nadie en lo absoluto, siendo un pasaje concurrido por todos en ese lado del hospital.

Con ese escenario a la vista, el miedo irracional se apoderó de nueva cuenta de Laura.

—¿Hola? —preguntó al aire. De manera muy queda y más hacia sus adentros que al exterior.

Al no recibir respuesta, no le quedó más opción que seguir caminando. Sus pasos eran sigilosos, como gato escabulléndose por los tejados. Se sujetó en uno de los anaqueles por unos instantes, por el dolor en el coxis que le resultaba insoportable. Al recargarse en el mueble sintió algo de alivio. Lo suficiente como para que el tabique le recordara que estaba roto. Trató de tocarse la punta de la nariz para darse masaje, pero con el más suave toque el dolor aumentaba. Con su cuerpo reclinado en ese polvoriento y viejo archivero, vio en su reloj que aún no había acabado el horario de comida de muchos otros empleados. Concluyendo que lo más seguro era que podía encontrar a quien sea en el comedor y pedirle ayuda.

Volviéndose a erguir, continuó su andar poniendo rumbo al comedor. Sin embargo, cuanto más avanzaba, el resultado de encontrar compañeros de trabajo, pacientes o cualquier otra persona era el mismo que el de pediatría. El resto de las personas en el hospital habían desaparecido. Una punzada en el corazón le decía que no había ningún otro ser humano en el mundo más que ella.

Era inquietante la paz que se respiraba en lugar. Todo quieto. Todo en absoluto silencio. Y esa inquietante paz se transformó en miedo. Miedo por el ensordecedor silencio que lo inundaba todo. Miedo por sentirse sola. Miedo por no saber qué era lo que le estaba pasando. A Laura le temblaban las manos de solo pensar que el siguiente ruido que escuchara quizás sería el último. No podía dejar que eso le pasara. Algo tenía que hacer, y hacerlo ya. No esperó a que ninguna acústica extraña le llegara primero de manera sorpresiva. Ella hizo el primer movimiento, echándose a correr y no parar hasta llegar al comedor.

Aunque más que correr lo que hacía era trotar. Le resultaba doloroso el mantener una postura derecha. Le sorprendía cómo algo tan sencillo como el respirar le resultara casi imposible en esos momentos. La sangre que le había escurrido por la nariz comenzaba a coagular, tapando sus fosas nasales. Su boca la tenía reseca porque se había convertido en su nuevo canal de respiración. El camino que la llevaba al comedor nunca lo había sentido tan largo como en esos momentos. Parecía que cuanto más rápido intentaba moverse, más lejos estaba de alcanzar su meta. Su maratónica travesía concluyó cuando observó las puertas de cristal, enmarcadas con aluminio y con las palabras grabadas de: «Sala da pranzo».

En vez de desacelerar, Laura dio todo lo que le quedaba para llegar ahí. El dolor en su cintura era fuerte, pero eran más fuertes sus ganas de poder ver a alguien, a quien fuera, incluso al doctor Ferrara. De verlo, le daría un beso en la boca de lo feliz que estaría. Su andar tan desmesurado la hizo impactar contra las puertas de vidrio, mismas que le sirvieron de freno. Haciéndola detenerse un poco más adelante del centro del polígono de siete lados, que le daba forma al comedor.

Tampoco había personas en su interior.

Dando una vuelta sobre sí misma, comprobó que no había ninguna otra alma ocupando algún lugar dentro del claustro.

El comedor no solamente tenía ausencia de comensales, sino que también de varias cosas más. Los estantes para platos limpios estaban incompletos, faltaban sillas, y las que estaban se encontraban perfectamente acomodadas en su lugar. No había cestos para basura. Las charolas para comida carecían de alguna clase de alimento. El lugar daba la impresión de que apenas sería inaugurado como comedor.

Asustada, ya no sabía qué más podía hacer. Esperaba encontrar a alguien y pedirle ayuda, pero esa idea murió al ver la soledad que adornaba todo el recinto.

—No puede ser, esto no me puede estar pasando.

—Laura. —Se escuchó la voz de un niño que provenía detrás de lo que sería la barra de ensaladas.

La joven se paralizó del miedo al ver una manita que salía de un costado del carrito. Era pequeña, pero su forma no era algo que no haya visto antes en las manos de un niño. Detrás de la mano siguió el antebrazo, después el brazo y, por último, la cabeza. Mostrando un rostro idéntico al del hijo del doctor Draven.

—Eros, ¿en serio, eres tú? —preguntaba con una voz muy gangosa mientras que ponía sus brazos sobre su pecho. Siendo ellos la última barrera que la protegerían de lo que estuviera pasando, aunque no supiera qué era.

—Sí. Tú eres Laura, ¿verdad?

La pasante asintió con la cabeza.

—¿Qué te pasó? Se supone que estabas con anestesia.

—Y lo estoy.

Ella no entendió esa respuesta.

—¿Cómo que lo estás? Estás aquí. Conmigo —dijo tratando de respirar por la nariz—. No puedes estar allá.

—Lo sé porque me vi acostado —dijo el niño muy seguro de sí mismo, saliendo por completo de su escondite. Tenía los pies descalzos y llevaba puesta su batita de paciente infantil—. Me vi con todos esos cables pegados a mi cabeza. Y de repente escuché una voz que me llamaba desde la parte más oscura de la habitación. Me dio mucho miedo. Salí corriendo de ahí a buscar a mi papá y cuando lo encontré lo vi hablando con mis abuelos. Parecían enojados los dos, no sé por qué, no podía escucharlos. Y por más que intenté que me vieran, jamás me pusieron atención. Solo podía verlos. Quise tocarlo, pero nunca pude. Y después de eso, ella llegó.

—¿Quién es ella? —le cuestionaba Laura con más miedo que ganas.

—No lo sé. No estoy seguro… Mmm… Antes de vivir en Vico Equense, vivíamos mi papá y yo en otra parte de la ciudad. No me acuerdo de cómo se llama, era un edificio alto, había muchas casas ahí. Un día, nuestro hogar se quemó repentinamente. Yo estaba siendo cuidado esa noche por mi nana. Y en esa noche de incendio a mí no me pasó nada, pero a mi nana… Y ahora ella…

Laura se encontraba más confundida que cuando llegó al comedor. No recordaba en qué momento pasó de estar haciendo su guardia cotidiana a estar corriendo por su vida. Dentro de los miedos que la invadían, había algo en su interior que le decía que muy probablemente el niño que le estaba hablando era realmente el hijo de su jefe

—Eros. ¿Tú sabes dónde estamos? —preguntó teniendo un poco más de confianza a su única compañía.

Observó cómo el infante le respondía con un movimiento de cabeza hacia arriba y hacia abajo.

—Estamos en el hospital, pero no en nuestro hospital —le respondió el niño.

Esa no era la contestación que estaba esperando. «Estamos en el hospital, pero no en nuestro hospital». ¿Qué significaba eso? ¿Había acaso más Ospedale Santa María degli Incurabili del que ella conocía? ¿Qué era lo que le estaba tratando de decir aquel niño, con la misma apariencia que Eros Draven? ¿Cómo fue que llegó a esa situación? ¿Era acaso una broma cruel y despiadada de todos sus colegas del hospital? Volvió a pensar que todo se trataba de un muy mal sueño del que no sabía cómo despertar.

—Ven —dijo extendiendo su mano, pero sin moverse de su lugar—. Vamos a buscar la salida.

«Aunque no sé dónde queda».

—Yo también quisiera saber dónde se encuentra.

—¿Qué fue lo que dijiste? —preguntó ella regresando su mano a su pecho.

—Tú dijiste que no sabías en dónde quedaba; bueno, yo tampoco lo sé.

—Es que yo no lo dije, solo lo pensé.

—Perdón —dijo el infante agachando la cabeza—. A veces no distingo cuándo me lo están diciendo a cuándo solo lo están pensando. Con papá me es más fácil. Cuando eso me pasa con él, yo sé cuándo no le debo de responder. Pero para los extraños me resulta más difícil saber.

Laura pasó de un estado de desconcierto a uno de horror. El miedo era tal que quería salir corriendo de nueva cuenta, sin importarle todo el dolor que tenía en su cuerpo y que aumentaría al moverse.

—Aléjate de mí —decía—. Tú no eres…

Fue cuando la abrazaron por detrás.

El zangoloteo por quererse liberar hizo que la mordida parara en su hombro y no en su cuello. Sintió cómo su carne era pellizcada. Concentrándola en su hombro derecho; después, le siguió un grito ensordecedor cuando arrancaron la piel. La siguiente mordida dio con el hueso. La presión que ejercía la mandíbula con los escasos dientes hacía crujir su hombro. El dolor fue más intenso y el grito mucho mayor. La sangre comenzó a impregnarse en su bata percudida y hacía que su blusa se le pegara a la piel.

—¡Ya déjala! —gritó el niño parecido a Eros, quien había tomado una bandeja de comida para golpear a la cosa que sometía a Laura—. Te digo que la sueltes.

Como si el aire tuviera manos, una de las pocas sillas que había en el recinto flotó de la nada y sirvió de mazo, golpeando la cabeza de aquella carbonizada criatura. El impacto fue tal que el ente liberó a Laura, quien volvió a caer al piso, pegándose en la cara y casi arrancándose un pedazo de lengua, por la mordida que se dio. La prospecto de neurocirujana estaba acostumbrada a ver sangre, pero el dolor era algo totalmente diferente. El querer utilizar sus dos manos para levantarse implicaba un esfuerzo sobrehumano y un dolor insoportable.

—Vamos, Laura, levántate —dijo el niño al mismo tiempo que la sujetaba del brazo bueno.

La maltratada mujer se levantó como pudo, aferrándose del pequeño para no volverse a caer. En esos momentos, ya no le prestaba atención a su dolor en el coxis. Entre las fosas nasales obstruidas por la nariz rota y la boca ensangrentada por la lengua cortada, prácticamente ya no podía respirar. El sufrimiento no cesaba, pero el miedo era su principal motor para moverse. Al estar de pie, pudo observar a aquella extraña criatura que también se estaba levantando.

Era un ser con escasos centímetros de altura más que ella, pero por su silueta y la curvatura de su torso le hicieron concluir de manera involuntaria que se trababa de una mujer de edad avanzada y que tenía quemaduras de cuarto grado en todo su cuerpo. Ya no tenía cabellera. El lado izquierdo de su cara se veía derretido, al igual que la cera de una vela encendida que se desliza por el calor de la flama y se secaba a mitad de su recorrido. En las cuencas de los ojos ya no había nada, salvo la oquedad carbonizada. El labio superior era inexistente, y los pocos dientes que tenía eran negros como el carbón.

«Esto no puedo estar pasándome».

Aquella criatura abortada por el fuego se abalanzó directamente hacia ellos, pero de nueva cuenta algo en el ambiente hizo que una de las mesas se levantara. Golpeándola de lleno e impactándola contra la pared, lejos de las puertas de entrada. Dos sillas más despegaron como si fueran proyectiles. Enterrándose sobre la abominación, quedando sus patas incrustadas en medio de la carne y la pared. Atrapándola y haciendo que todo esfuerzo por liberarse fuera inútil.

Por un instante y como si fuera un destello, Laura pudo ver a las demás personas del hospital, dentro del comedor. A los trabajadores comiendo y uno que otro visitante. Pero, al igual que Eros, solo podía verlos y no escucharlos. Inmediatamente se le dibujó en su rostro una sonrisa al mirarlos y estiró su mano para tratar de tocarlos, pero sin más ese mundo repleto de comensales y existencia normal se desvaneció.

Un quejido de aquella criatura la hizo recordar en qué predicamento se encontraba. La observó y se percató de que aquel ser se encontraba atrapado. Por más que se retorcía para liberarse de los barrotes que atravesaban su cuerpo y que se habían enterrado en la pared, no podía escaparse de allí. Siendo ese el momento perfecto para que la pasante junto con el infante salieran del comedor.

—¿Para dónde vamos? —preguntó el niño que parecía ser Eros, pujando por la fuerza que hacía para servir de apoyo a Laura.

—A la capilla —respondió ella como si trajera la lengua y las mejillas anestesiadas.

X

Laura sabía a la perfección que para poder estar en la capilla de Santa María del Popolo o en la capilla de Santa María dei Bianchi era necesario cruzar la mitad del hospital. Recorriendo el mismo pasillo general, donde corrió temerosa por su vida hacia al comedor en busca de ayuda. Atravesar la entrada principal, donde el niño que aseguraba ser Eros había visto a su padre, el doctor Draven, hablando con sus abuelos maternos, y por último salir hacia la explanada del complejo hospitalario. Para girar a la izquierda y avanzar hasta terminar en medio de las puertas de ambos recintos santos.

En condiciones normales, a cualquier persona no le tomaría más de cinco minutos llegar a cualquiera de las dos minúsculas iglesias, desde donde se encontraban ellos. Pero en el estado en que se encontraba le resultaba imposible calcular el tiempo que les tomaría llegar.

—¿Ella… era… tú… nana? —preguntaba la joven al niño que la acompañaba con más jadeos que con palabras.

—Solo se parece a ella, pero no es ella —contestaba el infante esforzándose por hablar mientras le servía de apoyo—. Está disfrazada para no decirnos quién es.

Con lo previamente sucedido, a la malherida pasante ya no le quedaba mucho pensamiento analítico para discernir qué tan verosímil era la respuesta de su pueril soporte. Todo lo que le estaba sucediendo escapaba de su comprensión y raciocinio. Las opciones sobre qué pensar eran menos que escasas y, en vista de las circunstancias, solamente le quedaba pasar del pensamiento analítico al espiritual.

—¿Monstruo? ¿Demonio? —preguntaba tratando de ser los más concisa posible, le dolía la lengua para hablar y con cada palabra que pronunciaba perdía fuerzas para caminar.

—Algo así. Es malo, muy malo. Ya lo había sentido antes, pero nunca así de fuerte. A veces, era un ruido que aparecía de la nada cuando yo estaba solo. O una voz que me llamaba a mitad de la clase. O un viento frío cuando hacía calor. O un toque sobre mis hombros o en mi cabeza. Fuera lo que fuera, siempre era malo. Siempre asustándome. Pero desde mi cumpleaños todo fue peor. Él estaba ahí cuando me pegó Christian.

Aquellas palabras le dieron la claridad a Laura para entender qué era lo que había pasado para que Eros terminara en el cuarto de observación por terror nocturno. También comprendió por qué el encargado del área pediátrica era el único quien lo revisaba y de los rumores que había escuchado donde señalan al doctor Draven como un padre agresivo. Su mayor vislumbramiento fue que la reciente dicha del doctor Ferrara se debía a que si comprobaba que Enós era violento con su hijo implicaba una mancha tan grande para su jefe que sería despedido.

—¿El… sobrino… de… Ferrara?

—Podía sentirlo cerca de mí —le respondió Eros—. Escuchar su risa. Recuerdo que el aire tenía un aroma raro. Y luego los golpes… Cuando Christian se había ido él todavía seguía ahí. Y de repente se fue, pero volvió esa noche con más fuerza, me asusté mucho, Laura. Tenía mucho miedo.

La joven detuvo su caminar y se balanceó hacia la pared, siendo ayudada por el niño para que se recargara sobre el muro. Estaban muy cerca de llegar al lobby y unos metros más adelante pasarían por el conducto de la entrada principal del hospital; sin embargo, el procesar la información recibida la había agotado.

—¿Has… —trataba de hablar con la lengua de fuera— comentado… —le faltaba el aire para poder dialogar— algo…?

—No es necesario que lo digas —dijo el pequeño y fatigado Eros—. Solo piénsalo.

—¿Le has comentado algo a tu padre de las cosas que te han pasado? —dijo mentalmente Laura, resignada a creer que lo que le había dicho el infante era cierto.

—Ya he tratado de explicarle estas cosas que siento, pero no me cree —respondió con un tono melancólico—. Que solo son malos sueños o que estoy jugando. Que las cosas que le digo que puedo hacer no son ciertas.

Mientras escuchaba lo que le decía el niño, Laura hacía el esfuerzo por quitarse la bata de laboratorio. La prenda era solamente un lastre que le restaba fuerza. Se agudizó el dolor al momento de retirarse la bata de la zona de la mordida, donde la sangre se encontraba seca y servía como pegamento entre la tela y su piel.

—¿Cómo que las cosas que puedes hacer? ¡Ah! —No pudo contener el grito cuando se quitó por completo la bata. Despegando su piel adherida con su sangre de la ropa, la blanda costra que se había formado se desgarró, liberando un hilo de sangre que le recorrió su hombro y que llamó la atención del niño, mostrando su expresión de asustado—. No te asustes. Voy a estar bien —le dijo cuando dejó caer por completo la prenda—. Me estás diciendo que lo que pasó hace un rato en el comedor… ¿Qué es lo que atacó a tu nana? ¿Fuiste tú? —seguía hablando con su pensamiento mientras respiraba agitadamente.

—Sí.

—Va fan culo —dijo en voz alta, pasando por alto el hecho de que él podía escucharle sus pensamientos—. ¿Cómo es eso posible?

—No lo sé. Es la primera vez que lo hago así. Solamente escuchaba a las personas cuando se hablaban para ellos mismos. Como contigo hace un rato. En otras ocaciones, sé cosas que las personas jamás me han dicho y que no quieren que nadie más sepa de ellas. Y, sin embargo, lo sé. Incluso sé cuándo van a pasar algunas cosas. Pero el decirlas me han ocasionado muchos problemas. Mejor me quedo callado. ¿Puedo decirte algo? —Permaneció callado hasta mirar cómo ella asintió con la cabeza—. Yo puedo verlos a todos: a las enfermeras, a los doctores, a los guardias, a los pacientes, a los familiares de los pacientes, incluso a las palomas en las ventanas.

A Laura le resultaba difícil de creer todo lo que le decía el infante.

—Hace un rato me dijiste que estábamos en el hospital, pero no en nuestro hospital. ¿Puedes explicármelo? —se lo pedía a la vez que se sostenía de nueva cuenta de él para seguir caminando. Era indispensable el seguir avanzando. No sabían cuánto tiempo les quedaba antes de que aquello regresara a querer terminar lo que empezó.

—Es fácil. Es igual que cuando juego con mis carritos sobre la alfombra de la sala, cerca del televisor. Me imagino que ese lugar es una larga carretera, con curvas y con terrenos peligrosos, volcanes, incluso hasta con un lago. Bueno, esa vez fue cuando tiré un vaso con agua y mi papá me regañó. Pero en realidad sigue siendo la alfombra de la sala. Lo mismo sucede aquí. Esa cosa juega sobre el hospital, pero en lugar de crear algo diferente simplemente lo imagina igual que el hospital. Por eso te digo que estamos en el hospital, porque seguimos en él. Pero este no es nuestro hospital porque alguien más se lo imaginó y nos puso aquí para jugar.

—Y saliendo del hospital, ¿encontraremos las iglesias?

Asintió con la cabeza.

—Sí. Su tapete es el hospital completo. Incluyendo las iglesias. No sé hasta dónde llegue, pero las iglesias deberán de estar allí.

Con esa afirmación, Laura se volvió a parar cuando estuvieron de frente a la gran dovela de la entrada principal, con sus dos enormes puertas de metal abiertas. Viendo los imponentes portones, sus dolores pasaron a segundo plano ante la idea que la abordó abruptamente.

—¿Y puede aparecer en cualquier momento y en cualquier lugar?

—No lo sé.

—¿Crees que siga en el comedor?

—No lo sé.

El miedo se apoderaba de ella, pero tenía que resistir. Tenía un plan y debía de hacer lo necesario para llevarlo a cabo.

—¿Puedes ver algo?

—Veo a muchas personas, pero no a mi papá, ni a mis abuelos ni a mi nana.

Meditó unos momentos la información que le dio el niño.

—Vale. Hagámoslo.

Pegados lo más que podían uno del otro, cruzaron lentamente el pasillo de la entrada principal.

Laura hubiera querido irse corriendo de aquel lugar, pero su condición no la dejaba moverse más rápido. Con cada paso que daba, se sentía más débil, fruto de la sangre perdida y de sus músculos adoloridos. Tampoco sabía en qué momento y en qué lugar la exnana carbonizada de Eros volvería hacer acto de presencia, eso último la angustiaba.

El conducto de la dovela estaba hecho de cemento, con grandes piedras incrustadas sobre la superficie, todas de color café en diferentes brillos. Había una lámpara de alógeno en el centro, que se encontraba apagada en esos momentos. Aparte de la luminaria, no había otra cosa en el pasillo.

No existía ningún recoveco en las paredes. Algo por lo que la joven daba las gracias, ya que eso eliminaba la posibilidad de recibir la ingrata sorpresa de que algún monstruo saliera de ahí. Aun así, el miedo seguía latente.

Conforme se desplazaban, Laura veía todo borroso. Aunque lo que más la inquietaba era el cómo escuchaba las cosas. Quizás era por la falta de sangre, o por el dolor, o probablemente por una jugarreta de aquel ente disfrazado, con la forma cremada de la difunta nana de Eros; pero sentía que estaba sumergida de cuerpo completo en el agua. Escuchando el desplazamiento de esta cada vez que hacían cualquier tipo de movimiento.

Los pasos de los dos eran cortos y muy tardados, pero al final lograron salir de la entrada principal del recinto médico y tenían a la vista la explanada del Ospedale Santa María degli Incurabili. Aquel polígono consistía en un gran rectángulo con adoquines rotos y otros tantos más descoloridos por el pasar de los años y la poca manutención.

Ya para ese punto, la visión de Laura era totalmente nula. Con dificultad distinguía las formas cercanas a ella, todas eran de color gris oscuro. Por el tamaño, sabía cuáles eran los autos y las ambulancias. Durante unos instantes pensó que perdería el conocimiento y probablemente hasta su vida. Pero no era así. Seguía de pie. Dejándose guiar por el niño que pensaba que era Eros, a quien veía como una forma humanoide pequeña en color grisáceo. Dando un paso y luego otro. Avanzando hacia lo que ella creía que eran las capillas del complejo.

—¿Puedes ver a las demás personas? —El diálogo mental de Laura era más inhibido. Como si fuera algo natural el que se comunicara con el infante de esa manera.

—Sí —respondía con voz muy baja, como no queriendo ser escuchado—. Una ambulancia acaba de llegar, no logro ver bien quién está en la camilla.

—De acuerdo. Sigamos.

Cuando doblaron a la izquierda para dirigirse hacia las capillas, la visión de Laura se volvió inexistente. Se sujetó con fuerza a la manita de Eros, tanto que sintió cómo el niño giró para verla. No quiso pensar en su malestar para no preocuparlo. Bastó con un simple: «Me estaba resbalando» para que ninguno de los dos dejara de caminar.

Le costaba trabajo mantenerse en pie. Podía respirar un poco mejor que antes, pero eso no le mitigaba el dolor que sentía por la nariz rota, la lengua cortada y el hombro despellejado. El hombro mordisqueado era lo más molesto. En cada vaivén de su caminar hacía que involuntariamente se moviera su brazo, doliéndole mucho.

—¿Qué más puedes ver?

—Aquí no hay personas. Todos deben de estar adentro. Laura. ¿Estás bien?

—Vale. Hay que seguir. No te detengas.

De repente, Laura comenzó a sentir una seguridad que crecía conforme se alejaba de la salida principal del hospital y se acercaba a las capillas. No sabía de dónde provenía, pero no le importaba. Se sentía tranquila, en paz. Los miedos se disipaban y de un momento a otro los dolores eran menos molestos. Ya podía cerrar la boca y respirar por la nariz. Su intuición le indicaba que el cambio repentino era por estarse alejando del comedor. Última sede donde habían visto aquella criatura, pero existía también la posibilidad de que sintiera de esa manera por estar cerca del infante.

—Eros. ¿Alguien te había dicho lo especial que eres?

—Solo mi papá.

—Pero tú papá no cree en estas cosas, ¿cierto? Me estoy dando cuenta de lo especial que eres y que existe algo en ti que los demás no tenemos —le decía mientras trataba de sonreír con los labios cerrados—. Y creo que esa cosa es lo que quiere de ti. También creo que, así como nos pudiste defender hace un rato, lo puedes volver hacer. Hasta atacarlo de ser preciso.

—¿Tú crees eso?

—Sí. Porque esa cosa no es más fuerte que tú… Hay que seguir. Debemos de estar cerca de las capillas.

Y como si las hubiera podido ver con sus propios ojos, Laura estaba en lo correcto.

La gran y alta dovela que daba hacia el exterior del complejo hospitalario tenía una puerta en cada lado, los accesos hacia las capillas de Santa María del Popolo y de Santa María dei Bianchi.

Sacando las últimas energías que le quedaban, ambos entraron al recinto y, como era de esperarse, no había personas, o al menos eso era lo que hubiera visto Laura.

En ese falso hospital, el día estaba nublado, por lo que todo el claustro se encontraba oscuro. Observándose solamente las formas de las butacas y del pasillo, que finalizaba a pie de la cátedra, donde el padre daba la misa. Al fondo, adornado con un ambiente sombrío, yacía un crucifijo de un poco más de dos metros de alto.

—Dime qué ves.

—Veo a unas cuantas personas. Cuatro señoras hasta el fondo y en medio de la hilera de bancas hay unas cuantas parejas. Dos de ellas están muy tristes. No ha llegado el padre, se están preparando para la misa.

—De acuerdo. Llévame hasta la cruz que está al final.

No era la primera vez que Laura entraba en aquel lugar. Fueron diversas las ocasiones que ella había entrado al verdadero reciento. Ya fuera para escuchar alguna de las misas, buscando y encontrando paz y tranquilidad, cuando el trabajo la había sobrepasado o sencillamente por el gusto de escuchar el canto de las palomas, que la habían tomado como su morada. En esa ocasión, no había ruidos de aleteos o cantar de palomas. No había murmullos de oraciones ni nada que se le pareciera. Todo era silencio sepultural. Era la paz que anunciaba la tormenta que se avecinaba y que les tocaría vivir, sin saber qué pasaría después de ella.

Los dos recorrieron el pasillo hasta subir a la cátedra, donde el padre daba la misa, y de ahí cruzaron para llegar al enorme crucifijo de mármol, resguardado al final del cuarto. Laura alcanzó a distinguir su forma. Por un momento pensó que, al estar frente a la cruz, la vería resplandecer con algún color dorado y emanando luces de ella. Pero no era así. Simplemente era un gran objeto que, al tocarlo, sentía la frialdad que habitaba en el.

—Vale. Ponme atención, Eros —dijo Laura mientras se recargaba en el bastidor de manera tallada, donde reposaba el símbolo bíblico—. Yo me quedaré aquí y atraeré la atención de esa cosa. No, no, no. No me pongas esa carita. Hazme caso. Estaré lo más cerca posible de la cruz. Necesito que te escondas en el mueble del confesionario. Te ocultarás y, cuando veas muy cerca de mí a tu nana, harás lo mismo que hiciste con las mesas y las sillas del comedor. Pero esta vez con la cruz. Se la dejaras caer. ¿Recuerdas que cuando la lastimaste también vi a las personas en el comedor? Pienso que si realmente lo lastimas será más que suficiente para volver a donde pertenecemos.

—No sé si pueda hacerlo.

—Lo harás. Yo confío en ti. —Le acarició el rostro y después le hizo un ademán para que se alejara de ella.

Sin mayor opción, Eros se escondió detrás del confesionario. Manteniendo la vista fija en Laura y quedándose en silencio a la espera del momento en que hiciera su aparición aquella cosa.

Laura seguía sin poder ver y no dejaba de transitarle la idea de que en cualquier momento se desmayaría. Pero no fue así. Había resistido hasta logar sentar dentro de la Capilla de Santa María del Popolo. Ahora le tocaba esperar a que aquel monstruo llegara con ellos. No le agradaba la idea de que ella fuera la carnada, pero no le quedaba de otra.

Pasó un largo rato. Suficiente para que su respiración por fin se tranquilizara, comenzando a ver el interior de la capilla.

«Es una buena señal».

Notó las primeras butacas que tenía enfrente. Al igual que el pedestal, donde se depositaba la Biblia al ser dada la misa. Apreció también algunas de las estatuas de los santos puestas en la pared.

Los segundos se le hacían eternos y comenzaba a impacientarse. La espera fue tal que el cansancio por fin le estaba pasando la factura. Los instantes en que tenía los ojos cerrados eran más de los que los tenía abiertos. Los cabeceos por el sueño fueron más repetitivos hasta que escuchó un ruido que llamó su atención, fue como despertó. No distinguió de qué se trataba, pero la segunda acústica desconocida provino de la puerta de entrada, rompiendo con la armonía silenciosa del lugar.

Laura hubiera jurado haber escuchado a Eros exclamar un sonido gutural de asombro, cuando vio pasar a su exnana por las butacas.

Con la escasa vista que había recuperado, podía vislumbrar aquel ente que se dirigía hacia ella. Su respiración volvió a acelerarse y apretaba los labios, sintiendo una vez más el sabor metálico de la sangre.

—Ven —dijo Laura con la lengua entumecida—. ¿Qué esperas? Aquí estoy.

El ente pasó de largo entre las butacas. Subiendo a la cátedra donde el padre oficiaba la misa y llegando con Laura. La vio a ella y a la gran cruz que tenía detrás. Pero no le dio importancia, no sentía ninguna clase de miedo al ícono bíblico. Al fin y al cabo, era su tapete, eran sus juguetes. Había todo lo que esa criatura cremada quería que hubiera. Y teniendo a sus pútridos pies la joven y debilitada pasante, su atención fue atraída por otra cosa. Algo que yacía oculto en el confesionario.

Aquella abominación del fuego giró a un lado y se dirigió al habitáculo aislado.

«Mierda».

—¡Ey! —gritó Laura lo más claro que pudo—. ¿A dónde crees que vas? Mírame. Porca Madona. ¡Te digo que me mires!

No había recorrido muchos metros cuando aquel ente regresó su atención a Laura. Volviendo sobre sus pasos, estos se hicieron más lentos, sabiendo que tenía segura a su presa y que no podía escapar.

Sin mayor dificultad, llegó con ella.

Se acercó tanto que pudo tocarla con aquello que parecía ser lo que quedaba de su nariz desfigurada.

Laura sentía asco cuando le olfatearon el cuello. Sabía que el aroma de su sangre la atraía. Las lágrimas ya no salían de sus ojos, estaba decidida a llevar a cabo su plan. El autocontrol era un factor clave para asegurar la sorpresa y hacer que cayera en la trampa. Faltaba poco para tenerla donde ellos querían. Sus ojos llegaron a distinguir las cuencas vacías y quemadas de la aberración que se había convertido la exnana de Eros.

«Ahora, Eros».

Podía ver cómo la criatura giraba la cabeza de un lado para el otro, tratando de observarla con más detalle antes de atacarla.

«Hazlo».

Lo siguiente que vio fue la boca carbonizada de aquel ser que se abrió para morderle de nueva cuenta el hombro herido.

El grito que dio fue tan grande que pareció no tener la lengua entumecida, los labios partidos y la nariz rota. Después de que su carne le fuera arrancada, volteó su vista al confesionario para ver qué estaba sucediendo.

Los ojos se le abrieron como platos cuando miró la cara del niño. El llanto incontrolable, el moco escurriéndole por la nariz y las manos temblorosas, como queriendo hacer un truco de magia el cual no lo lograba, por más que lo intentara. Leyendo los labios del infante que le decían: «No puedo».

XI

El primer ruido vino de algún lugar remoto a las dos iglesias. Más allá de la capilla de Santa María del Popolo, aquel sonido sonaba seco. Como un objeto que impactaba muy duro contra una placa de metal, pero sin el resonar que generaba un cuerpo metálico al ser golpeado.

Tal sonoridad hizo que Eros tensara todo su cuerpo.

—¿Dónde está? —se preguntaba a sí mismo mientras buscaba por todas partes, dentro de la pequeña capilla.

Ante los ojos del infante, la vista del recinto era indistinta de la real a la de aquella enorme alfombra, en la que estaba viviendo junto con Laura el juego más macabro de sus vidas. Para ambos casos, el ambiente del lugar era oscuro y sombrío. Un perpetuo anochecer en su interior gracias a las pequeñas ventanas que hacían que la luz del día que llegase a penetrar el lugar fuera escasa. Era la primera vez que estaba dentro de la capilla, aunque no había nada nuevo en ella que no hubiera visto en otras. Adoquines viejos, que los mantenían limpios gracias al trapeador que pasaba sobre de ellos varias veces al día. Largas butacas de madera, debidamente espaciadas. Entrando la mayor cantidad posible y que los visitantes pudieran arrodillarse para orar. Esculturas talladas de personajes angelicales, cuyas miradas habían sido hechas de tal manera que, sin importar en qué lugar dentro del recinto estuviera una persona viéndola, parecía que el santo siempre lo estaba mirando directamente a los ojos.

Sin duda alguna, era una iglesia como todas las demás.

Pero su experiencia y conocimiento sobre el Ospedale Santa María degli Incurabili era una historia completamente diferente.

Decir que lo conocía era una descripción corta de la realidad. Para el infante, el Ospedale era una parte de él y viceversa. El complejo hospitalario era el principal testigo de todos los capítulos importantes en su corta existencia. Desde su nacimiento. Durando varias semanas dentro de una incubadora, por haber venido al mundo de manera prematura. Hasta que pudo salir de ella y gritarles a todos con su llanto que estaba vivo. Las siguientes veces, sus visitas fueron por las vacunas, irritación estomacal, el dentista, mareos y vómito, alergias, revisiones de rutina con su pediatra, padecimiento de los bronquios por su asma detectada hace poco menos de un año, y la más reciente, estar internado por terror nocturno. Eros sabía que esa última era una mentira, pero ¿cómo le podía demostrar a los adultos y sobre todo a su padre que él no padecía de eso? ¿Quién estaba dispuesto a creerle que las voces que escuchaba por las noches y que no lo dejaban dormir no eran producto de su mente? ¿Quién?

La única que estaba dispuesta a creerle era Laura. La que consideraba su nueva amiga o, mejor dicho, su única amiga. Esperaba salir de aquella terrible situación para contarle muchas cosas, cosas que, hasta el momento, no había tenido la oportunidad de relatarle a ella ni a nadie más. Deseaba compartirle lo que él sabía y lo que había visto, con la finalidad de que entre los dos le hicieran por fin creer a su padre que lo que tenía no eran malos sueños ni mucho menos terror nocturno. Pero para hacer cambiar de parecer al doctor Enós Draven, su progenitor, tenían primero que salir de ese terrorífico lugar. Haciendo el suficiente daño a aquella creatura disfrazada de su exnana consumida por las llamas para que ellos pudieran regresar al lugar donde pertenecían.

Pero para que el niño y la pasante pudieran retornar a sus vidas cotidianas Laura tenía que hacerle de carnada mientras que Eros actuaba de vigía. Con la finalidad de sorprender a aquella cosa, dejándole caer la pesada cruz de mármol.

Repasaba con la mirada todo el claustro santo, esperando encontrar a su exnana antes de que esta lo sorprendiera. Observaba a la joven, que también estaba a la expectativa de lo que pudiera pasar. Sentía su miedo y hasta podría jurar que alcanzaba a escuchar los latidos de su corazón. Acelerando cada vez más, pensando que, de un momento a otro, podría detenerse. Se enfocó de nueva cuenta en el crucifijo y extendió sus brazos en dirección a él. Como tratándose de un requisito indispensable para poderlo mover con su mente.

De repente, un segundo ruido se escuchó muy cerca de la entrada.

Eros no podía distinguir de qué se trataba; era una mezcla entre el lamento de un humano y el jadeo de un animal. Momentos después fue cuando hizo aparición la criatura que generaba ese ruido tan inquietante. Era sin duda su exnana, pero tenía diferencias a como la vio en el comedor. En varias partes de su cuerpo, le faltaban pedazos de su carne, como si se las hubiera arrancado para poderse liberar de los barrotes que la tenían aprisionada, y su caminar era distinto. Dejaba notar que le costaba trabajo el poderse mover, arrastrando el pie izquierdo y forzando el derecho. Pero, a pesar de su apariencia desvalida, el infante sabía perfectamente que podía correr e incluso pelear de ser necesario. Teniendo en cuenta eso, hizo de lado la idea de que se encontraba vulnerable. Que todo era un truco para engañar a sus presas.

Al adentrarse a la capilla, se dio cuenta de que lo primero que vio fue a Laura. Reclinada en el bastidor de madera y estando verosímilmente desamparada. Se fijó en cómo la joven apretaba sus labios con cada paso que daba la criatura, para no tener que gritar. El escenario que se le avecinaba era el de un aterrador ser que, de poco a poco, se le acercaba y sus intenciones eran tan espeluznantes que prefería no pensar en ellas.

«Ven. Vamos. Aquí estoy».

Eros volvió a prestar atención a la gran cruz detrás de Laura. Cuando la carbonizada criatura pasaba por entre las butacas, estiró sus brazos y con sus manos dibujó en el aire un ademán que parecía que traía sujeto un palo de madera. El cual se había atorado y que quería con desesperación pegárselo al pecho. Fue en ese intento y estando a poco menos de la mitad del trayecto, entre la entrada de la capilla y la catedra, que aquel monstruo rotó su cabeza en dirección hacia el confesionario. Como si lo estuviera llamando. Descubriendo que, a pesar de no tener ninguna clase de carnosidad ocular, lo podía observar.

«Me ha visto».

Eros se puso las manos en la boca, como si en lugar de haberlo pensado lo hubiera dicho. Sin otra cosa que pudiera hacer, miró cómo el arrastre de los pies de su exnana la estaban llevando al confesionario. Justamente donde estaba resguardado.

—¡Ey! —escuchó el grito de Laura—. ¿A dónde crees que vas? Mírame. Porca Madona. ¡Te digo que me mires!

Como si hubiera sido ofendida, notó cómo aquel ente invirtió su dirección, para acallar a quien la estaba insultando.

Eros era testigo de cómo ese monstruo seguía arrastrando los pies mientras se acercaba a su amiga. Como no trayendo prisa por lo que iba a hacer. Contempló todo temeroso el momento que llegó con Laura y la empezó a oler.

Sabía que esa era su oportunidad.

Levantó las manos una vez más y se concentró en sentir que tenía entre sus dedos el cuerpo alargado, cilíndrico y frío de la cruz. La rigidez en sus dedos lo hacía pensar que de verdad estaba tocando aquel crucifijo. Y por unos instantes desvió su mirada, para ver cómo su exnana olfateaba a Laura, muy cerca de su hombro herido.

—Ahora, Eros. —Escuchó el niño el pensamiento de la joven pasante.

Aumentando el ahínco trató de sentir aquella escultura sacra. Intentó imaginarse cómo era su textura, el grueso de su cuerpo, lo mucho que pesaba. Clavó su mirada en ella. Continuó con su mímica de jalarlo hasta hacerlo caer; pero por más duro que fuera su esfuerzo,la figura no se movía en lo absoluto.

—Hazlo. —Volvió a escuchar el infante el pensamiento de su desventurada compañera.

Las lágrimas comenzaron a brotarle por la rabia y la frustración de no poder cumplir con aquello que le había encomendado su nueva amiga.

«Por favor, muévete».

—¡Aaaaaaaaaah! —Su cuerpo se paralizó de miedo al escuchar el grito de Laura, al momento de que le era arrancado un pedazo de la carne de su hombro.

Eros tenía la cara desencajada. Llorando desconsoladamente y escurriéndole moco por la nariz. Después de presenciar cómo aquella criatura comenzaba a masticar la carne de la joven, observó cómo ella lo veía a él. Con los ojos muy abiertos, llenos de horror, y sin tener que escuchar sus pensamientos, bastaba esa mirada que le preguntaba por qué.

Esa fue la primera y última vez que vería esa mirada en Laura.

—No puedo —pronunció el niño en voz baja y mirándola. Con las manitas temblorosas y extendidas, simulando que tenía agarrado un grueso palo.

Lo siguiente que atestiguó fue cómo su más reciente amiga se retorcía de dolor, con cada mordida que recibía de su exnana. Los gritos de la joven le resultaban ensordecedores.

Se tapaba los oídos para aminorarlos.

—¿Por qué, Eros? ¿Por qué? ¿Por qué? —Escuchaba el infante los pensamientos de ella de manera involuntaria. Escuchando una y otra vez la misma pregunta—. ¿Por qué?

Para placer de aquel monstruo, no había mordido aún la garganta de la joven. Por lo que ella podía gritar con todo lo que le quedaba de fuerza para su deleite. La sangre de la aspirante a neurocirujana empezaba a derramarse por el piso de aquel lugar sacro ficticio. Después de despellejarle parte de su hombro y de su seno derecho, continuó con su costado. Mientras que, con su otra mano, el ser cremado sujetó el hombro izquierdo de ella, para que su retorcimiento por el dolor la dejara comer a gusto.

Laura se golpeaba la cabeza una y otra vez, contra el bastidor de madera que sostenía aquel símbolo venerado, cada vez que le desprendían la carne de su cuerpo. Uno de esos golpes hizo que le emanara sangre de su cráneo, dejándola atontada pero no desmayada. Como acto de misericordia, la exnana de Eros le mordió el cuello para desgarrarlo y hacer que la sangre le saliera más rápido.

Fue así como el fuego de vida Laura fue extinguido.

En los últimos momentos de Laura, Eros tenía los ojos cerrados y oídos tapados. Para así no tener que ver ni escuchar aquel horrendo espectáculo. Sin embargo, no dejaba de percibir los gritos y por más que lo intentaba no podía quitarse de la cabeza la grotesca escena que se estaba desarrollando.

No podía dejar de llorar. No sabía por qué le estaba pasando todo eso. Él era una víctima más. Deseaba con todas sus fuerzas escapar de aquel lugar, fruto de la imaginación retorcida de ese aterrador ser. Pero no era sí. Él seguía atrapado y ahora se encontraba solo. Todo a causa de que no fue capaz de ayudar a su única amiga.

Entre sus sollozos, pudo percatarse del arrastre de los pies de la abominación, que lo había perseguido desde quién sabe cuánto y ahora parecía que por fin iba a cumplir con su objetivo, desconociendo cuál fuera este.

Cuando la criatura llegó con Eros, lo encontró con la cabeza agachada, las manos tapando sus oídos y sin parar de llorar. Sin más remedio, el infante alzó la mirada para verla de frente. Apreciando cómo dentro de las cuencas vacías existía un diminuto punto de luz brillante. Casi insignificante a primera vista, pero teniéndolo de frente, era un brillo como el de una estrella que se ve estática, a mitad del cielo nocturno. Viéndola distante, inalcanzable para los espectadores, pero para Eros tenía un significado totalmente diferente y, aunque no sabiendo cuál era ese significado con exactitud, a su corta edad estaba consciente de que no era nada bueno para él.

—Ven. —Esa fue la primera palabra que exhaló su exnana, con una voz de anciana moribunda.

Escuchando aquella voz atormentada, Eros no supo qué hacer. Creciendo su temor cuando le extendió su mano achicharrada.

—Ven —decía de nueva cuenta aquel ente, a escasos centímetros de tocarlo.

Con más miedo que ganas, el niño extendió su mano para tomar la de su exnana. Tanto por el terror de lo que le pudiera pasar por no hacerle caso, como porque ya no le quedaban más opciones. En lo que temerosamente levanta su infante corpulencia, alcanzó a mirar el cuerpo interfecto de Laura. La sangre ya había bajado la cátedra y se dirigía hacia las primeras butacas.

Eros siempre pudo ver los dos mundos. Uno donde estaba siendo oficiada la misa por el padre, junto con unos cuantos oyentes, aunque seguía sin poder escucharlos. Y el otro era donde se encontraba. Un hábitat oscuro, desolado y sin esperanzas. Alejado de su padre y de los pocos seres queridos que lo conocían y lo amaban.

Tenía miedo, mucho miedo.

«Ya no quiero estar aquí».

De repente, experimentó una sensación que nunca había sentido en su corta y enfermiza existencia…

El miedo de Eros se transformó en ira.

No tenía nada que ver con la frustración que sintió momentos atrás, cuando no pudo hacer nada por Laura. Al fallar en mover el pesado crucifijo de mármol pulido para lastimar al monstruo. La ira era por querer que todo lo que estaba sucediendo se terminara de una vez. Y de la ira pasó al coraje. Coraje de hacer lo necesario para escapar de aquel lugar. Quería hacerle justicia a Laura, por todo lo que tuvo que pasar a su lado.

—¡No te acerques a mí…! —gritó Eros con todas sus fuerzas, apartándose del ente.

Y de nueva cuenta el aire tenía manos, dedos y extremidades invisibles. Mismas que sujetaron y arrojaron por el aire aquella bestia lejos del niño. En lugar de estamparlo contra alguna de las paredes, o que se golpeara contra la cruz, la criatura quedó suspendida en el aire. Casi en el centro de la capillita, flotando y sin poder hacer nada para liberarse de su situación.

Viéndola ingrávida y aturdida, Eros sintió que era su oportunidad para atacarla. Tenía sus manos acomodadas de tal manera que parecía que sujetaba un pajarito, no uno bonito, sino uno horrendo. Con una cara nefasta y que se la pasaba graznando y luchando para escaparse de él. Con cada apretón que el niño hacía en su mímica, el cuerpo de su exnana estaba siendo exprimido.

Percibiendo la fuerza que ella hacía para liberarse, Eros se esforzaba para mantener las manos quietas porque los dedos no dejaban de temblarle. Estaba decidido a darlo todo. Deseaba con todo su ser hacerle justicia a Laura y volver a lado de su padre. Y como si estuviera realmente sujetando un ave, se imaginó que la tomaba de su grotesca cabeza y la hacía girar, tanto que terminó por desprendérsela del resto de su cuerpo.

Y así fue como pasó.

En un abrir y cerrar de ojos, la criatura había quedado decapitada. Saliendo de sus carótidas un líquido denso de color negro. Su cabeza estaba aún en el aire y hacía sonidos raros, un dialecto diferente, aunque Eros no comprendía ninguna palabra ni tampoco le importaba.

—¡Lárgate de aquí! ¡Aaaaaah! —gritó Eros al mismo tiempo que hacía un ademán de abrir sus brazos los más rápido posible, para que el cuerpo y cabeza de aquella carbonizada criatura se fueran de la capilla. El arrojo fue tal que el cuerpo de su exnana rompió la pared de la capilla de Santa María del Popolo, atravesando también la capilla de Santa María dei Bianchi. Rodando sobre la catedra de esta, mientras que la cabeza volvió a quedar dentro de los pasillos del complejo hospitalario.

—¡Aaaaaah! —gritó Eros con todas sus fuerzas sentándose en su cama.

El grito cesó cuando se dio cuenta de que estaba en su cuarto del área pediátrica. No sabía si era de noche o de día. Respiraba de manera agitada y con una mirada nerviosa peinó toda la habitación. Aparte de él, no había nadie más. Su única compañía eran los equipos de medición que se unían a él, mediante las ventosas que traía pegadas en la cabeza y en el pecho.

XII

Desconocía cuánto tiempo llevaba despierto, escapando de su comprensión qué era lo que le había sucedido para despertar de aquella manera tan extraña.

Se recordaba gritando, de una manera en la que nunca antes lo había hecho. Sentando sobre su cama y con las manos extendidas, como mago que las movía para realizar su truco de magia.

Había tenido una pesadilla, eso lo tenía claro.

Eran pocas y confusas las imágenes que aún retenía. Hilaba el haber estado caminando por diversas partes del hospital: el área de pediatría, el pasillo general, el comedor, el lobby, la explanada. Incluso llegó a cruzarse por la cabeza la idea de encontrarse en el interior de alguna de las capillas, los centinelas perpetuos que custodiaban la entrada principal del Ospedale Santa María degli Incurabili.

Ese último pensamiento le causaba incertidumbre. En toda su trayectoria como enfermizo frecuente, nunca tuvo la necesidad de ingresar a ellas. Ya fuera para escuchar misa o por mera curiosidad. Aun así, la visualización suya dentro de alguno de los viejos oratorios persistía. Ignorando en cuál se había metido ni para qué fin.

Yacía acostado y cubierto con una sábana que lo tapaba hasta su ombligo. Su cabeza era soportada por una cómoda almohada, misma que le dejaba ver a medias a su extraño compañero, que reposaba a un costado de la cama. Presenciando cómo sin su permiso este inanimado ser tomaba nota de cada una de sus acciones involuntarias, como lo eran los latidos de su corazón y el respirar.

Sabía que se trataba de un artilugio de la medicina moderna. Tenía forma de ladrillo parado. Con rueditas locas en su base y en la parte superior varios botones de distintos colores. Montado en la parte superior, un rodillo de papel era arañado ininterrumpidamente por una serie de agujas.

En ocasiones, el rasguño era apacible. Como si una suave brisa que revoloteba por todo el cuarto moviera las agujas. Mientras que otras tantas se marcaban abruptos disparos de arriba para abajo y viceversa. Tal cual proyectil, siendo disparado al espacio y en algún punto en el firmamento, la gravedad lo frenara, haciéndolo descender de manera estrepitosa.

Aquel raro ente se conecta con el niño por medio de pequeños y fríos pedazos de metal, fijados con cinta adhesiva a su cuero cabelludo, rostro y pecho. Durante ese lapso de la noche, Eros se preguntaba cómo habrían sido las marcas en el rodillo, cuando se despertó gritando. Tenía la impresión de que aquellos alfileres metálicos que veía subir y bajar, además de medir sus signos vitales, lo que realmente hacían eran leer su mente. No los minúsculos impulsos eléctricos que viajaban de un lado para otro en su cerebro, sino las ideas que se generaban ahí dentro.

Como si un pico alto fuera un bonito recuerdo. Como cuando apagó las velitas de su pastel de cumpleaños y todos los invitados le aplaudían. O los regalos que abrió en la mañana de Navidad. Mientras que un pico bajo era un mal pensamiento. Como el querer desaparecer de la faz de la Tierra a Christian Ferrara. Uno que otro pico sobresalía del resto que se pintaba en la gráfica, pero era algo a lo que no le prestaba mucha importancia.

Sin previo aviso, un rechinido emanado de la manija de la puerta al ser girada interrumpió su concentración. Sobresaltado, movió la cabeza hacia el otro lado, para poder ver lo que cruzaría por la entrada. Sin entender por qué, un miedo irracional lo embargó.

«Vienen por mí».

Su respiración se aceleraba conforme se ampliaba el haz de luz, proveniente del exterior. Poco le faltó para dar un grito tan grande como el que lo hizo despertar, al momento de distinguir una figura languidezca que irrumpía en su cuarto. Imaginó que se trataba de alguno de los extraterrestres que había visto en las películas de los sábados por la tarde. Pero, al ver aquel humanoide careciente de una cabeza gigante en proporción a su minúsculo cuerpo, lo hizo descartar la idea. Al final, respiró tranquilo cuando lo que se descubrió al ser encendida la lámpara de la habitación fuera un enfermero.

Su rostro delataba que era un hombre joven, mucho más joven que su padre. Con una nariz afilada y una mirada bastante seria, que le hacía resaltar sus pequeños ojos azules. De tez blanca y de cabello rubio, tan dorado que daba la impresión de que eran hilos de oro incrustados a su cabeza. Su playera en cuello uve para enfermero le disimulaba su panza, misma que sin ella parecería una pajilla con un chícharo atorado. O al menos eso pensó el infante. Su calzado era de color blanco al igual que su uniforme. Sus brazos delgados y lampiños quedaban al descubierto por la prenda. Mostrando en su muñeca izquierda un reloj digital de color negro, con cara hexagonal y extensible de plástico.

—¿Te asusté? —preguntó el enfermero al niño con una voz ronca.

—No —respondió en seco Eros.

—No te creo. —Levantó su mano para señalar al extraño acompañante de su cuarto—. Alcanzó a ver que las lecturas de tu corazón se aceleraron.

—Que no —respondía el niño aferrado a su respuesta, sin darse cuenta de que otra de las agujas en el rodillo trazó una onda diferente a las demás.

—Como quieras. —Encogió los hombros—. Pero deberías de estar dormido.

—No puedo dormir —dijo para sus adentros—. ¿Qué hora es?

—Son las tres con quince de la mañana.

—¿Y mi papá?

—Eres el hijo del doctor Draven, ¿cierto? Lo más probable es que no esté en el hospital en estos momentos. Me imagino que salió en su horario de siempre. Mañana temprano vendrá a verte. Pero ahora debes de dormir.

—Está bien —respondió sintiéndose regañado—. Dormiré.

Eros observó cómo el enfermero tomaba del barandal de su cama la tabla para notas donde se describía su estado de salud y qué tratamiento médico estaba llevando. Poniéndole especial atención a las facciones que hacía con la cara, conforme su serio visitante iba leyendo, esperaba poder descubrir algo, cualquier cosa que le pudiera resultar útil. Para su desgracia, su visitante no le delató ninguna clase de información. Aun así, siguió observando.

El cuidado que le puso fue tal que terminó sincronizando su respiración con la de él, inhalando y exhalando el aire de la habitación al mismo tiempo.

El trance se vio zanjado cuando miró que el joven metía su mano en el bolsillo de su pantalón. Sin despegar la mirada de los movimientos que aquella mano lampiña ejecutaba por debajo de la tela blanca, notó que los dedos habían sujetado algo alargado y cilíndrico. ¿Quizás era una jeringa? Pero ¿qué medicamento le iban a inyectar a esa hora? Y, sobre todo, ¿por qué la tenía allí? Una vez más, su respiración se aceleró. Sin embargo, ese ritmo no duró mucho cuando divisó que lo que sacó el enfemero de su bolsillo era un bolígrafo retráctil.

Oprimiendo la cabeza para sacar la punta y escribiendo unos cuantos garabatos sobre el papel, dejó de nueva cuenta la tabla en el mismo lugar de donde la tomó.

—Hasta el momento, todo normal. Mañana durante la mañana, vendrá el doctor que revisa tu caso y hablará con tu padre. Él le compartirá sus valoraciones y acciones a seguir. Por el momento, no te tocan medicamentos hasta las ocho de la mañana. Trata de dormir.

—Está bien.

Sin despedirse de él, el rubio enfermero apagó la luz y volvió a cerrar la puerta.

Gracias a que el enfermero le había brindado la hora, pudo diferenciar que en esos momentos era de noche y no de día. Las ventanas tenían las persianas abajo, evitando poder ver hacia el exterior. Tampoco había algún reloj pegado a la pared para poder saber la hora. Los únicos sonidos que actuaban como ruido de fondo para ambientar su cuarto y pasar el rato eran los producidos por su raro compañero.

Permaneciendo enclaustrado, encamado y sin la posibilidad de hacer lo que él quisiera, solo le quedaba tratar de seguir durmiendo y esperar a que la mañana llegara y su padre con esta. Parecía una tarea imposible de cumplir, por lo enérgico que se sentía, mas no supo en qué momento el fastidio se volvió en aburrimiento, después en somnolencia y al final en sueño. Cuando volvió a despertar, miró con la misma tonalidad oscura su habitación.

Ignoraba qué hora era, pero sí estaba consciente de que había dormido. Pasó un rato despierto hasta que, de nueva cuenta, escuchó la manija de la puerta, pero en esta segunda ocasión no se sobresaltó por ello.

Una mujer de mediana edad fue quien cruzara la puerta. Era alta y bastante robusta. En su cabellera castaña se le dibujaban muchas canas, pero las lucía con gracia en su peinado esponjado. Venía empujando un carrito que tenía varias secciones en su interior, y en ellas habitaban charolas de plástico con tapa, mismas que resguardaban los alimentos.

Para Eros, esa era la más clara señal de que ya era de mañana y que era hora de desayunar.

—Hola, buen día, dormilón —decía la mujer mientras encendía la luz del cuarto—. Te traigo tu desayuno.

Antes de darle el desayuno, la recia fémina ayudó al pequeño paciente a sentarse sobre la cama. Después, le entregó una bandeja para alimentos. Al abrirla, Eros miró un plato hondo vacío, una cuchara y una porción de cereal empaquetada en una cajita de cartón. Todo aquello acompañado por un envase de leche que le vino entregando la mujer en sus manos. Dando las gracias, desgarró con una uña la tapa del empaque donde venía el cereal, mezclándolo todo con la leche dentro del tazón, y prosiguió a desayunar en solitario. Al parecer, la enfermera tenía más desayuno que repartir en el área pediátrica.

Eros devoró todo muy rápido. No le interesaba si tenía buen sabor o no, ya no recordaba cuál había sido su último alimento. Y entre masticadas y pensamientos evocados a su pasado, fue como se dio cuenta de que tampoco recordaba por qué lo tenían retenido en contra de su voluntad en esa habitación. Por más esfuerzo que realizaba, solo recordaba su cumpleaños, la golpiza que le infligió el despiadado sobrino del jefe de su padre y la discusión que tuvo con su progenitor una noche después a su cumpleaños.

Aun con sus dudas, continuó con su desayuno hasta que se lo terminó. Dejando sobre la bandeja de plástico una cajita de cartón rota vacía, un envase de plástico para leche destapada y sin producto y un plato hondo vacío. Con unas cuantas hojuelas de cereal pegadas en sus muros por la leche seca. No esperó mucho cuando regresó aquella robusta enfermera para llevarse lo que había dejado.

—En unos minutos más, vendrá otra compañera a valorarte. Todavía no son las ocho y a esa hora te toca el medicamento —le indicaba con un tono de voz que le hacía recordar a las madres de sus compañeros de clase cuando los dejaban en la escuela—. Nos vemos.

En su condición actual, su mundo era delimitado por cuatro paredes, un piso y un techo. Lo acompañaban la cama, la almohada, la mesita alta con rueditas que tenía al pie de su cama y, por último, se encontraba aquel raro aparato que lo estuvo vigilando durante toda la noche. Quien sin tener que decir alguna palabra podía decirle todo a los médicos que sabían cómo hablar con él. La pared que daba al pasillo tenía un cristal grande. Mismo que era la conexión visual entre el mundo del cuarto con el mundo del pasillo. Desafortunadamente, el vínculo visual que podría existir entre ambos mundos lo restringía un par de gruesas persianas.

Todo eso conformaba el universo de Eros, aunque también lo podría definir el infante como un lugar careciente de amigos y familiares. Un territorio insípido, donde solo importaban la captura de datos y los resultados que estos pudieran arrojar.

Su solitario entorno fue perturbado por el ruido que generó la manija de la puerta al ser girada, siendo en esta ocasión de nula importancia para Eros. Como se lo había profetizado la enfermera robusta, lo visitaba otra enfermera. Su juventud era tal que el niño pensó que se trataba de una adolescente. Su cabellera morena la concentraba en un peinado de cebolla y sus ojos café los resguardaban unos anteojos bifocales sostenidos por la punta de su nariz.

—Hola. Buenos días —saludó dibujando una gran sonrisa en sus labios—. ¿Cómo pasaste la noche?

—Bien —dijo Eros sin dejar de responder de manera hosca.

—Qué bueno —dijo emocionada la enfermera, importándole poco la forma de responder del niño—. ¿Tuviste alguna pesadilla?

—No lo recuerdo.

—Está bien. No te preocupes. Mira, te traje esta medicina. —Le extendió dos vasitos, uno de papel y el otro de plástico. Dentro del envase de papel había media tableta de color azul pálido mientras que el de plástico albergaba el agua para podérsela pasar por la garganta—. Tómatela. Hará que te pongas mejor.

Sin otra opción, el infantil paciente cedió al buen trato de la enfermera. Una vez tragada la tableta e ingerido todo el líquido, la auxiliar médica se dirigió con el singular equipo médico y sin permiso del pequeño lo apagó.

—Esto no ayuda de mucho si estás despierto —comentó la enfermera de manera alegre mientras se acercaba al rostro de Eros. De uno por uno, y de manera delicada, retiró cada uno los de los metales que tenía adheridos a su cuero cabelludo, rostro y pecho—. Por el momento, no necesitas traer esto pegado. Hasta que sea de noche.

—¿Estaré aquí otra noche? —preguntó el niño con cierto tono de tristeza y mirando a su visitante con ojos de borrego tierno a medio morir.

—Eso no te sé decir. Necesitamos que venga el doctor acompañado de algún familiar tuyo. Para que hable con él y ya de ahí tomarán las acciones que serán lo mejor para ti. —Acercándose al aparato médico, quitó los seguros y retiró el grueso rodillo de papel de la máquina—. Me llevaré esto para que lo puedan revisar. Mientras tanto, sigue descansando.

—¿Como a qué hora vendrá mi papá y el doctor?

—La verdad, no lo sé. Pero tiene que ser el día de hoy. Bueno, te dejo —decía la enfermera dirigiéndose a la salida.

—Enfermera.

—Sí. ¿Qué pasó?

—Quiero ir al baño —dijo Eros en tono apenado y con la cara sonrojada.

Después del auxilio de la enfermera para llevarlo al baño y regresarlo de vuelta con bien hasta su cuarto, la mañana para el infante pasó de largo y en extremo aburrida. No porque el tiempo mismo hubiera tenido un decremento en la velocidad natural con la que solía trabajar, estando él metido en aquel diminuto universo. Sino porque para un niño de siete años recién cumplidos le resultaba en extremo difícil encontrar la manera de cómo matar el tiempo. Apenas sabía contar lo suficiente como para ponerse a enumerar los cuadros del techo falso o las losetas que alcanza a ver en el piso. Tampoco tenía sus juguetes a la mano, con los que pasaba todas sus tardes jugando después de hacer los deberes o encomiendas que le dejaba su padre. Hasta que escuchara el grito de guerra que anunciaba que la cena ya estaba servida en la mesa.

No había con quién platicar, aunque eso no era nuevo para él. Estaba acostumbrado a estar solo. En la scuola primaria carecía de verdaderos amigos. Sus compañeros de clase le resultaban ser niños desconocidos con los que estaba forzado a convivir y en algunas clases tenía que jugar con ellos por culpa de los maestros, quienes argumentaban que así era el método de enseñanza. Y aunque tuviera amigos, ¿quién lo iría a visitar? No sabía quién más pudiera estar al tanto de que se encontraba en el hospital, ni mucho menos llegar hasta donde se encontraba: en un cuarto aislado y deprimente.

El tiempo que transcurría esa mañana lo hacía de la misma forma en que siempre lo venía haciendo. Pero, para la percepción de Eros, un infante de poco menos de un lustro y medio, esa mañana fue la más larga que pudiera recordar. Sin embargo, encontrándose aburrido, no se sentía ansioso ni estresado. Tampoco estaba feliz o eufórico.

Antes de que se diera cuenta, llegó su hora de comida. Siendo llevada por alguien que no era ni la enfermera robusta ni la enfermera sonriente. Se trataba de un hombre de la misma edad de su padre o un poco mayor. Portaba el mismo uniforme blanco que llevaban todos aquellos invitados anteriores, que se atrevieron a interrumpir su soledad. La diferencia yacía en que era obeso, con tal sobrepeso que Eros llegó a pensar que el hombre no podría ver sus pies cuando se bañaba. A pesar de su prominente abdomen y las tetillas que resaltaban en su playera de cuello uve, lo que más le llamaba su atención eran sus corpulentos brazos. Fácilmente eran el doble de gruesos que los de la enfermera robusta quien le llevara el desayuno.

—Buenas tardes —saludaba el enfermero con voz grave pero con educación, acomodando la mesita alta con rueditas por encima de la cama—. ¿Cómo te has sentido?

—Bien —respondió Eros igual de serio que antes, pero sin el tono hosco que acompañaba sus respuestas mientras tomaba asiento sobre la cama. Tomando como respaldo la almohada para poder comer.

—Qué bueno. Aquí te traigo tu comida.

El grueso enfermero le extendió una charola de plástico de cinco divisiones rectangulares, de las cuales cuatro de ellas contenían alimento. En una división, había una pierna de pollo; en otra, una porción de arroz blanco; en la siguiente, lechuga picada; y en la última, cuadritos de gelatina de color uva.

Todos los alimentos que se encontraban conviviendo de manera independiente en la charola compartían algo en común: la ausencia de todo sabor.

La pierna de pollo se encontraba desabrida. El arroz blanco estaba insípido. La lechuga carecía de algún aderezo para darle sabor y la gelatina, que tendría que saber a uva porque ese era su color; estaba desaborida. Como si solo tuviera el colorante pero no el extracto que le diera el sabor frutal. Lo único que rescató su paladar fue el jugo de manzana que venía en el vaso de plástico. Al menos, ese sabor le era familiar.

Carecía de opciones, además de que tenía hambre y miedo de que el enfermero, con sus monstruosos bíceps y cuádriceps, le metiera por la fuerza la comida en la boca. Una vez que regresara por la charola y que la descubriera con el alimento intacto. Al final, después de unos cuantos minutos y de comer con más miedo que con ganas, terminó por consumir todo lo que había en la charola. Minutos después, regresó el enfermero a recolectar la charola y dándole solamente una mirada de despedida se marchó del cuarto.

Una vez más, Eros se había quedado solo en su mundo.

Por el alimento recibido, dedujo que ya había pasado del mediodía, y la siguiente conclusión que consiguió fue que su padre no debería de tardar en verlo. Eso por algunos minutos le causó alegría, pero no supo distinguir en qué momento esa dicha que le invadió lo convirtió en un alma triste y desdichada.

«Quiero a mi papá».

Si su raro compañero hubiera estado conectado a Eros y trabajando a lo largo del día, hubiera registrado el momento exacto en el que el niño se volvería un mar de llanto. Causado por la ausencia de su padre y la desesperación por quererse ir de ahí.

En algún punto de la tarde, la puerta de su cuarto se volvió a abrir una vez más. Pero Eros no recordaba haber prestado atención a si la manija de la puerta seguía rechinando o no. Desesperanzado, vio entrar a otra enfermera desconocida, como el resto de los visitantes que había tenido el gusto obligado de conocer desde la madrugada de ese día. La joven era de estatura promedio, de piernas cortas y de complexión delgada. Su piel y su cabello se acercaban a la tonalidad del enfermero rubio que conoció en la madrugada. También vestía de blanco, pero su playera con cuello uve tenía ajustes en los costados que hacían resaltar su esbelta figura.

—Hola, hola. Buenas tardes. ¿Cómo te has sentido? —le preguntó la joven de manera amigable.

—Bien —contestó Eros, aunque sin que él lo supiera tenía marcado en el rostro el camino recorrido por sus lágrimas derramadas unas horas atrás.

—¿Estás seguro? —volvió a preguntar la enfermera, sabiendo que el rostro del niño le indicaba todo lo contrario.

Sin esperar la respuesta del infante, ella tomó la tabla para notas para revisarla.

—¿Y mi papá? —preguntó el niño en tono desconsolado.

—No sabría decirte. Hasta donde sé, durante el día, esta habitación no debería ser usada. Solamente sé que la utilizan por las noches.

—¿Lo has visto? Él trabaja aquí, en el hospital.

—Eso tampoco sabría decirte. Tengo unos días que inicié a trabajar aquí y aún me falta por conocer a mucha gente. Lo que te puedo decir es que, por el momento, no te toca medicina todavía. Hasta las nueve de la noche.

—¿Qué hora es?

—Las seis menos diez. —En lo que le respondía, volvió a dejar la tabla para notas en su lugar.

Eso no era buena señal para el infante. Estaba próxima la hora de salida de su padre y hasta ese momento no lo había visitado. En su mente concibió la idea de que quizás su padre estaba esperando a que diera concluida su jornada del día para ir con él.

—Trata de relajarte —continuó la enfermera—. En un rato más, vendrá el doctor a verte. Probablemente, él te pueda decir algo sobre tu papá. Debo irme, te veré pronto.

De nueva cuenta, la puerta se cerró y Eros se sumergió en el llanto. Si se lo hubieran preguntado, él hubiera jurado que estuvo llorando el resto de la tarde por la ausencia de su padre o, en su defecto, de cualquier conocido que pudiera ir a visitarlo y darle razón de lo que le sucedía a su progenitor, para no poder ir a verlo.

«Mi papá ya no me quiere por lo que le dije de mi mamá y que lo odiaba».

Ese era el dictamen al que llegó el infante. Su padre, el doctor Enós Draven, había dejado de sentir amor por su único hijo, debido a que este le había restregado en su cara que lo odiaba y que no pudo salvar a su madre. En el fondo sabía que todo lo que le había dicho unos días atrás, justo cuando comenzó esta solitaria travesía, era mentira. Que todo lo dicho aquella noche fue producto de la rabia que sentía consigo mismo. Por haber permitido todo lo malo que le estaba pasando y no hacer absolutamente nada al respecto para remediarlo.

Al final, no importaba si fueron horas o unos cuantos segundos; su lloriqueo también pasó, como pasaron los anteriores. Aunque no la idea de que su padre lo había dejado de amar. Esa premisa aún persistía. No podía hacer nada al respecto. Se tenía que hacer a la idea de que ahora en adelante viviría en aquella diminuta habitación por siempre. Crecería solo y no tendría amigos con quienes jugar. De que llegaría el día en que saldría huyendo de ese cuarto y viviría por su cuenta como vagabundo: a expensas de la limosna. Ya no le quedaba opción, a partir de ese día, tendría que valerse por sí mismo.

Pero los pensamientos de emancipación forzada le duraron solo lo que le llegó la cena.

—Hola, hola.

Para el último alimento del día, le tocó que se lo entregara la misma enfermera que lo fue a visitar a las seis menos diez. Continuando con su forma amigable de ser, como si se tratara a uno más de su familia. La única diferencia que alcanzó a notar Eros en ella era que, en su cara, ya se le veía el cansancio de la jornada trabajada.

Traía consigo el carrito de comida, con sus niveles llenos de charolas. Guardó sus lágrimas para otra ocasión, era momento de no mostrar sus emociones a desconocidos y de cenar. De la misma forma que en el desayuno, no hubo la necesidad de mover la mesa de patas largas con rueditas. Bastó con que enderezara su torso y recargara su espalda sobre su almohada para poder recibir la charola.

En lo que la enfermera le indicaba que regresaría en unos minutos para recoger las cosas, notó que su cena consistía en un emparedado de ensalada de pollo, con mayonesa y zanahorias hervidas. Acompañado por un vaso de agua natural.

Resignado, prefirió solamente comer y hacer de lado los cuestionamientos de dónde se encontraba su papá. Si ya era la hora de cenar, entonces también era hora de que su progenitor se encontrara lejos del hospital. Aquella ausencia resultaba ser la inequívoca resolución de que su padre no lo quería volver a ver. Dándose por vencido, entendió que nunca más estaría con él. Ese era su castigo por haberse portado mal. Encontrarse solo, tanto en el mundo exterior como en su mundo de cuatro paredes, un piso y un techo.

Mediante pequeñas mordidas en su estado inapetente, Eros ingirió su cena de manera tan lenta que antes de acabárselo ya había regresado la enfermera. Sorprendida de ver que aún no terminaba de cenar, esta se acercó tanto al infante que terminó sentándose a su lado.

—¿Todo bien? —preguntó ella de manera cálida, como si estuviera hablando con su hermano menor.

—Sí… —respondió Eros y prosiguió dando pequeñas mordiditas a su sándwich.

—Pues, en mi experiencia, si un niño come así de lento, es porque está triste. Y mira que tengo bastante experiencia con los niños.

—¡Que no estoy triste! —gritó el niño, casi a punto de romper en llanto.

—Es sobre tu papá. ¿Verdad? El doctor Draven.

Al escuchar su nombre, Eros se sobresaltó.

—Lo sabía —continuó la enfermera—. Después de que te vi, les pregunté a mis compañeros que llevan más tiempo aquí y ellos me contaron un poco de ti y de tu padre.

—¿Hablaste con mi papá?

—No. Lo siento. Sí pregunté por él. Pero me dicen que hoy no se presentó a trabajar. Pidió permiso para ausentarse.

—Mi papá ya no me quiere ver —explicó el niño a la enfermera con vocecita sería, pero con las lágrimas bajando por sus mejillas.

—No. No es así —le respondía mientras que, de su bolsillo, sacó un pañuelo de color blanco ostión y se lo pasó de manera muy tierna por el rosto, para limpiar su llanto—. Tu papá te quiere mucho.

—¿Cómo lo sabes? No lo conoces.

—Eso es cierto. Pero a todos los que les pregunté por el doctor me dijeron lo mismo. Que te amaba mucho y que no sabían por qué razón no se presentó el día de hoy a trabajar en el hospital. Les extrañó mucho eso. Pero hasta el momento nadie sabe más. Dime: ¿no te gustaría que tu papá te viera tan bien que te sacara de esta cama?

El infante respondió subiendo y bajando la cabeza con la boca llena de pollo.

—Bueno. Pues, necesitas primero acabarte tu cena. Eso, así. Sigue comiendo. —Le siguió dando ánimos hasta que el niño terminó con su platillo. Le retiró la charola vacía y la puso dentro de los niveles del carrito. Mientras que, por encima de esta, tomó un vasito de papel y uno de plástico, y se los entregó al niño—. Toma. Esto es lo segundo que tienes que hacer: tomarte tu medicina.

Eros recibió de la enfermera un vasito de papel cuyo contenido era media tableta de color azul pálido. Sin pensarlo mucho, de una bocanada se metió la cuasi pastilla a la boca y después terminó de tomarse toda el agua que le quedaba en el vaso.

—¡Eso! —dijo la enfermera entusiasmada—. Bueno, ahora me llevo los vasitos y los pondré por aquí. Y ya, por último, hay que ponerte de nueva cuenta los electrodos.

—¿Los qué? —preguntó el niño algo nervioso.

—Los sensores que van sobre tu cabecita, carita y corazoncito —le respondió tomando cada uno de los sensores—. Tranquilo —insistió la enfermera en lo que se sentaba en la cama y ponía cada uno de los electrodos sobre las partes del cuerpo que le había dicho. Cortó con los dientes unos cuantos pedacitos de cinta adhesiva, que le fue poniendo uno tras otro mientras que el infante no oponía resistencia—. Sabes. Yo tengo un hijo un poco más chico que tú. Sí, en serio. Y como tú, también se enferma seguido. Y cuando lo veo triste trato de animarlo. Como a ti. Listo —dijo apretándole en la nariz y haciendo un ruido semejante al de un claxon—. Terminé de ponerte los sensores. ¿Estás listo? —le preguntó guiñándole el ojo.

—Sí —respondió con mejores ánimos.

—Bene. Bene.

La enfermera se levantó de la cama y se dirigió de nuevo al aparato médico. Abrió una compuerta que tenía el equipo en su lado frontal y del interior tomó un rollo grande y grueso de papel. Lo acomodó en el panel, a un costado de los botones, y lo aseguró. Apretó una perilla de color verde y encendió la máquina. Eros alcanzaba a ver cómo las agujas comenzaban a arañar el rodillo mientras este giraba para ir desenrollando el papel. Retornando al infante, la enfermera tomó la sábana y lo cubrió, a la altura del pecho.

—¿Ya mejor?

—Sí. Muchas gracias…

—Aura. Me llamo Aura.

—Muchas gracias, Aura.

—Bueno. Ahora tienes que descansar. Para que te repongas pronto y tu papá te encuentre sano.

—Está bien —respondió el niño de manera amable y cordial.

Sin más que decir, la enfermera Aura tomó el carrito de las cenas y después de atravesar la puerta volvió a entrar al cuarto, apagando las luces, y cerró la puerta de manera silenciosa.

Por primera vez en todo el día Eros se sentía tranquilo. No pudo ver a su padre, pero no era porque él no quisiera, sino porque algo se lo impedía. Lo más seguro es que lo vería el día de mañana. También concluyó que era muy apresurado de su parte el pensar que su progenitor no quería verlo nunca más. Solo porque había transcurrido un día dentro de ese mundo de cuatro paredes, un piso y un techo. Tenía que esperar un poco más, pero estaba en mejores condiciones para aguadar.

—Aura. —Suspiraba Eros con los ojos cerrados—. Aura.

Su cuerpo estaba relajado, quizás por el efecto de la medicina o porque, al fin, se había liberado del estrés de ese día.

Trató de imaginársela lo mejor que pudo antes de que cayera en los brazos de Morfeo. La vislumbró como la primera vez que la vio. Amable y amigable con él. Con su rostro pálido y sus ojos cafés. Sentándose con él a un lado de la cama y acompañada de una cálida sonrisa. Volviéndole a tocar la nariz y haciendo el sonido del claxon.

De repente, algo en ella cambió.

Exhibía una piel más blanca, la nariz mucho más afilada. Una larga cabellera negra y unos ojos color café oscuro, que hacían que su mirada fuera bastante seria. No reconocía a la chica que tenía en frente de él. Se asustó de su nueva visitante. La joven permanecía callada y en su rostro se veía mucha serenidad. Lo único que hacía era rotar un poco la cabeza de un lado hacia el otro, sin dejarlo de ver.

—¿Aura?

—¿Por qué, Eros? ¿Por qué? —dijo su extraña visitante—. ¿Por qué, Eros? ¿Por qué? ¿Por qué? —seguía una y otra vez, haciendo que su cuestionamiento al niño se volviera un reclamo—. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?

—Basta —decía el niño en la cama casi a punto de llorar.

—¿Por qué? —continúa repitiendo sin parar. Tomando de los hombros al pequeño y sacudiéndolo—. ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? —El hombro derecho de ella comenzó a sangrar y de sus ojos le brotaban lágrimas color carmesí—. ¿Por qué? ¿Por qué?

—Basta, Aura —repetía Eros—. Basta. Basta, Aura. Basta. Aura. ¡Aura! ¡LAURA…!

Y en ese instante abrió los ojos, escapando de su pesadilla pero siendo embestido por la estampida de todos sus recuerdos reprimidos.

XIII

En fracciones de segundo, pasaron por su cabeza todos aquellos terribles sucesos de los que fueron víctimas la joven pasante de su padre y él. Recordó cuando le pidió a Laura que se fueran de su cuarto y ella lo aventó al piso del susto. Encontrándola de nuevo en el comedor del hospital y siendo atacados por aquel ente, quien se disfrazaba del cadáver carbonizado de su exnana. De cómo fue que llegaron a las capillas esperando poderle tender una trampa a su enemigo. Del sacrificio que Laura hizo y cómo él no pudo hacer nada por salvarla. Al final, sin entender por qué, mandó a volar por los aires aquel monstruoso ser, haciendo que la cabeza y torso atravesaran por separado las paredes de las dos capillas.

De nueva cuenta yacía sentado, no gritando ni con las manos abiertas para hacer algún truco de magia; en esta ocasión, recordaba a la perfección lo que le había pasado. Sabía que estaba donde tenía que estar, que era la cama del cuarto de observación por terror nocturno, dentro del Ospedale Santa María degli Incurabili. En la de verdad y no aquella salida de una película de terror. Desconocía qué había sucedido con su terrorífica nana y con aquel horroroso tapete de juegos, donde tuvieron que jugar por sus vidas Laura y él.

Había ganado, de eso estaba seguro. Pero, si ganó, ¿qué había perdido para poder ganar? Quería saber sobre Laura. La joven no se había presentado con él a lo largo del día. Se rehusaba a aceptar que aquel final fuera el definitivo. Pensaba que quizás, en esos momentos, estaba en su casa, dormida. Creyendo que, si se acordaba de algo de lo acontecido, no sería más que una terrible pesadilla. O tal vez estaría en sus rondas y carecía del tiempo para visitarlo. En el mejor de los casos, aquella Laura que lo acompañó en su travesía no era la de verdad. Sino un elemento más que conformaba al tapete.

Durante su desvelo, emergió de él un entendimiento que lo hizo sentirse diferente, un descubrimiento que cambiaría su forma de pensar y de ver las cosas.

Se sentía ligero. Tan liviano que si no fuera por el peso de la sabana que lo cubría su cuerpo flotaría sobre la cama. No comprendía qué era aquello que percibía diferente. Se percibía estático y muy distante a la vez. Como si estuviera alejado de su cuarto, a cientos de miles de millones de kilómetros, pero sin la necesidad de despegar su cuerpo de la cama. Careciendo de algo que siempre había llevado consigo y que comúnmente le hacía apreciar que todas las cosas transcurrían a través del tiempo.

Era eso: tiempo.

Para el discernimiento de Eros, el tiempo no existía en el interior de aquel cuarto, ni fuera de este, o más allá del hospital y del mundo entero. Le era incomprensible la conclusión a la que había llegado, pero no tenía miedo de ella. Lo sentía como algo natural. Como si siempre hubieran sido así las cosas. Pero, si el tiempo no existe, ¿cómo sabría que realmente transcurrían las cosas? ¿Qué era aquello que determinaba que una cosa pasara a ser otra? ¿Qué era? ¿Cómo saber que algo estaba sucediendo?

Era eso: el suceso.

No lo tenía del todo claro, pero en algún punto de su razonamiento poco convencional le daba a entender que el constante cambiar de todas las cosas no dependía del tiempo, sino que era todo lo contrario. Para que el tiempo existiera, necesitaba forzosamente que algo pasara, no importaba qué tan pequeño fuera, pero sí era inexcusable que aconteciera. Su respiración, el recorrer de la sangre por sus venas, la aguja de aquel aparato rayando el rollo de papel, sus pensamientos. Todo eso que presenciaba con sus cinco sentidos y todo aquello que estaba más allá de ellos, ocurriendo a expensas de que él los presenciara, eran cosas indispensables para que el tiempo transcurriera.

Pero, aún con esa idea revoloteándole por la cabeza, sus pensamientos por su progenitor lo volvieron a abordar. Con todo lo recordado, tenía muchas cosas de las que quería platicar con él, pero no sabía por dónde empezar y, lo que era peor, le resultaba difícil de pronosticar qué tanto le iba a creer de lo que le dijera.

De manera sorpresiva, el sonido de la perilla de su puerta siendo girada llamó su atención. En lugar de sentirse exaltado como la primera vez, Eros se sintió intrigado por saber de quién se trataba y qué venía a hacer a esas horas. Ya había recibido su cena y su medicamento antes de dormir. No debería por qué entrar otra persona para verlo. Aunque si era mitad de la noche, probablemente, se trataría del mismo enfermero larguirucho, quien lo visitara la madrugada pasada.

Conforme la apertura de la puerta se ampliaba, más era la luz blanca y cegadora que entraba del pasillo, hasta que una mano encendió el interruptor de la luz dentro de el cuarto. Inmediatamente pudo distinguir una silueta baja y delgada, se trataba de una mujer. Por unos instantes, en serio pensó que se trataba de Laura. Pero al verla más de cerca pudo notar que no lo era. La enfermera tenía cabello negro y recogido, en lugar de traerlo suelto. Su nariz era achatada. Los ojos eran grandes y de color azul. Con enormes pómulos en sus mejillas, que resaltaban por el enrojecimiento natural que tenía.

—Ciao, bambino piccolo —dijo la enfermera de manera muy cordial.

—Hola —respondió Eros serio.

—¿Cómo estás? ¿Cómo te sientes? —le preguntaba sonriente mientras ingresaba con un carrito—. Soy la enfermera Julia y me tocó pasar por aquí el día de hoy para traerte el desayuno.

«¿Desayuno?».

Eso sí lo tomó por sorpresa. ¿Cómo era posible que ya fuera de mañana si sentía que hace unos sucesos atrás se encontraba con Aura, recibiendo su medicamento y siéndole conectados los cables a su cuerpo antes de dormir? Estaba convencido de que a quien vería sería al enfermero rubio de ojos azules. O que, en su defecto, a alguna enfermera que solamente lo iba a revisar para cumplir con su guardia. Le era increíble que fuera de mañana y que le trajeran su desayuno.

—Bien. —Su carita de infante le quería dar a entender que le tenía cierta reserva—. No te había visto antes por aquí.

—¡Ah! Es que yo antes estaba en Oncología y ahora me mandaron para acá.

Eros recordó que ese departamento estaba de lado al de Neurocirugía, donde trabajaba su padre.

—¿Y mi papá? —le preguntó a Julia, como si estuviera seguro de que ella lo conocería.

—No lo he visto todavía. Sé que el doctor Enós entra a trabajar una hora después que yo. Pero no debe de tardar en pasar a verte. —Denotando saber quién era el padre del niño, tomó una charola de alimentos para entregársela—. En un rato más, va a empezar el horario de visitas. Yo creo que a esa hora te vendrá a ver. Y dime, bambino piccolo, ¿por qué estás aquí?

—Por pesadillas —le dijo en lo que se sentaba sobre la cama—. Y no me digas piccolo. No me gusta.

—Está bien, mi valiente. Como gustes —le respondió manteniendo su sonrisa y entregándole la bandeja—. Y por qué no me hablas sobre tus pesadillas.

«¿Qué no tienes a otros pacientes que darles su desayuno?».

—Son pesadillas y ya —recordó lo sucedido con Laura y puso su cuerpo tenso y con sus manitas apretó fuertemente la sábana con la que se tapaba.

Julia no prestó mayor atención al comportamiento del infante. En lo que le explicaba que la mañana había amanecido fresca y que el tráfico era un horror, tomó la tabla para notas leyendo rápidamente su contenido y depositándola de nueva cuenta en su lugar.

—Bueno, te dejo desayunar. En unos minutos más te volveré a ver. Nos vemos.

Eros, desconfiado, esperó a que la enfermera se fuera de la habitación para destapar sus alimentos. El desayuno consistía en huevos revueltos con espinaca y champiñones. Acompañados por dos hogazas de pan y un envase de leche. Degustó del desayuno de manera normal: sin prisas ni tampoco esperando a que se enfriara más de lo que ya estaba. La revoltura con huevo tenía buen sabor para él, pero las hogazas de pan ya estaban duras. Tuvo que verter un poco de leche en ellas para poderlas suavizar a su gusto. Al final y sin exponer quejas al aire, se lo comió todo en silencio.

Pasaron algunos minutos más para que regresara Julia con el carrito de charolas. Encontrando a Eros acostado una vez más, destapado y con la charola de alimentos aguardando vacía en la orilla de la cama.

—Bene. Bene. Bene. Bene —pronunció en voz baja, en lo que pasaba de largo por la cama y llegando hasta a su singular vigía de todas las noches para apagarlo—. Y ahora te voy a quitar los electrodos.

Permaneciendo estático, observó cómo la enfermera hacía muecas mientras le quitaba todos los medidores que tenía pegados al cuerpo. Los que más le dolieron fueron los de la cabeza. El dolor se lo adjudicaba a dos posibles razones. La primera, que Aura no se había fijado en cómo ponerlos, para que no se pegaran tanto a su cabello. O dos, que Julia era muy torpe para quitárselos.

Una vez retiradas todas las piezas, la enfermera las juntó en un manojo de cables que terminaron a un costado de los botones. Desabrochó los seguros que sujetaban el rodillo y lo tomó. Acto seguido, regresando al carrito de comidas, sujetó un vasito de papel y uno de plástico. Eros pudo imaginar de lo que se trataba.

—Te voy a dar tu medicamento —dijo Julia extendiéndole los vasitos de papel y de plástico.

—¿No es muy pronto para tomarme la medicina? —replicó en lo que tomaba ambos recipientes.

—No. Lo que pasa es que es una dosis pequeña la que se te está dando. Así que ya te la puedes tomar. Aparte, no vinieron todos los enfermeros el día de hoy. Así que de una vez te doy tu medicina.

«Vamos. Anda. Te hará bien».

Escuchando el pensamiento de la enfermera, Eros se dio cuenta de que tenía buenas intenciones y que no había algo oculto tras darle el fármaco.

Escuchar el pensamiento de la enfermera no le resultaba extraño. Lo que lo asombró fue que lo pudo hacer a voluntad. Le interesaba saber en qué estaba pensando la enfermera Julia y en esos precisos instantes lo consiguió. Todas las veces anteriores, ya fuera con su padre, los compañeros de la escuela, alguno que otro desconocido e incluso con Laura, cada vez que escuchaba la voz interna de ellos, oyendo lo que no querían decir con sus cuerdas vocales al mundo, siempre lo había hecho de manera involuntaria. Siempre siendo un accidente. Pero con Julia había sido de manera deseada y controlada.

Sin poner objeción alguna, miró la media tableta de color azul pálido y se la metió a la boca. Después, se tomó toda el agua para podérsela pasar por la garganta y le regresó los vasitos vacíos.

—Muy bien, bambino —lo felicitó y lo premió dándole de nueva cuenta otra sonrisa—. Bene, bene. Volveré como a eso de las dos de la tarde para traerte tu comida. Nos vemos.

«Descansa».

Eros se quedó solo, despierto y recién desayunado. Pero también con ganas de ir al baño. Sin la asistencia de alguien para poder ir y como si estuviera en su casa, se levantó de la cama y salió del cuarto para visitar al excusado. Al salir de lo que un día antes definía como su mundo, observó en el pasillo del área de pediatría las luces encendidas. A su derecha, estaba el camino para llegar al pasillo central y luego al lobby. Mismos que recorrió con un ser femenino muy parecida a Laura, la pasante de neurocirugía de su padre, y que, curiosamente, también tenía el mismo nombre. Pero no tenía manera de asegurar de que se trataba de la misma persona. A su izquierda estaba el resto del pasillo. El baño quedaba en el lado izquierdo del pasillo, así que por ahí se dirigió.

El corredor era todo blanco y tenía tres puertas en cada lado. No había ventanas que dieran vista al exterior. Pero estaban estratégicamente posicionados, cristales que servían para dar vista al interior de los cuartos. Donde yacían otros niños, padeciendo de diferentes males. Algunos ventanales tenían las persianas abajo, así que no podía ver si había gente allí. Sin embargo, el tercero a su izquierda estaba levantado. Cuando volteó la cabeza, observó que la habitación tenía cinco camas, de las cuales tres estaban ocupadas.

No alcanzaba a ver todos los rostros por las cortinas que dividían el espacio entre cada cama. Pero la del primer infante junto a la ventana sí. Se trataba de una niña, con el cabello castaño y de ojos azules. En su nariz tenía una manguerita de color azul claro, que se introducía en su fosa nasal izquierda.

Sintiendo la presencia que la estaba observando, la niña volteó la cabeza y su mirada se encontró con la de Eros. El niño, sin saber de qué manera actuar, simplemente levantó su mano e hizo un ademán de saludo. La niña en correspondencia alzó también su mano y lo saludó desde su cama. Eros dejó de agitar la mano de un lado para otro y continuó su recorrido por el pasillo, hasta llegar al final. Antes de pegar con pared, dobló a la derecha. Abriendo la puerta del baño de hombres. Encontrando el mismo cuarto de color blanco que visitó un día antes.

En su interior había una batea aperlada grande, con tres grifos para lavarse las manos. Incrustados a la pared había cuatro mingitorios y dos excusados. Al final de los excusados, existía una regadera para quien pudiera y quisiera bañarse lo hiciera. Eros tenía muchas ganas de lavarse todo el cuerpo, pero tuvo que conformarse con tallarse muy bien la cara y las axilas cuando terminó de hacer sus necesidades.

Regresando a su confinamiento, no pudo resistir en ver de nueva cuenta a la niña que había detrás del cristal. Como si se tratara de otra evidencia más de que se encontraba en el mundo real y no en sueño, en una pesadilla o algo mucho peor. Pero ahí la encontró, en la misma habitación y en la misma cama. Al parecer, estaba dormida o mínimo tenía los ojos cerrados. No quiso molestarla. El simple hecho de verla ahí postrada le hacía sentirse seguro del mundo en el que estaba. Continuó con su camino hasta que regresó a su cuarto. Una vez adentro, se volvió a recostar y permaneció tranquilo.

En su soledad, se percató de lo calmado que estaba todo.

No había ruido proveniente del exterior. Le hubiera gustado que por lo menos se pudieran escuchar los sonidos que hacían los otros niños del área pediátrica. Los pacientes eran todos infantes y no creía que todos estuvieran tan enfermos o padeciendo del mismo tipo de malestar que les impidiera hacer alguna clase de eufonía. Pero al parecer así era.

Sin percatarse, entró en un estado de relajación tal que podría haber jurado que sentía cómo la sangre le circulaba por todo su cuerpo. Entre bostezos y abrir y cerrar de sus ojos adormilados, pensaba que otra clase de actividad podía hacer estando encerrado y acostado. No necesitó pensarlo tanto para encontrarla. Su nueva actividad autoasignada consistía en estar a la expectativa de lo que pudiera pasar. Esperar y estar listo, por si se diera la ocasión de que su exnana rostizada regresara por él y se lo tratara de llevar. Tenía que estar al tanto de lo que sucedía en su diminuto mundo, para poderse defender cuando ella se decidiera a atacar. Concibiendo la idea de que sería necesario apresarla de la misma manera en que lo hizo en las capillas. Para preguntarle qué había sido de aquella Laura que lo había acompañado durante ese trágico viaje.

Le resultaba sumamente tedioso el estar al pendiente de todo, en todo momento. Teniendo una habitación tan pequeña como la suya, no había mucho que ver. Solo a su extraño compañero, el cual no estaba desempeñando sus funciones como su custodio, leyendo sus signos vitales y transcribiendo en idioma de líneas que iban de arriba para abajo sus pensamientos. La puerta, las paredes, la ventana que daba al pasillo, su cama, su mesa alta con rueditas, los pliegues de su cobijita; todo se tornaba aburrido estando en guardia perpetua. Perdiendo su mirada en el techo, buscaba las respuestas a las preguntas que tenía. ¿Por qué le estaba pasando eso? ¿Cuándo sería el día en que podría salirse de ese cuarto y volverse a incorporar al mundo exterior que él conocía? ¿Dónde se encontraba Laura? ¿Por qué su padre no lo había ido a ver todavía?

Sin más, sus cuestionamientos fueron abruptamente interrumpidos por la apertura de la puerta. Por primera vez vio una cara conocida, aunque no sabía decir si ese rostro anunciaba algo bueno o algo muy malo. Se trataba del jefe de su padre, el doctor Isaac Ferrara, quien se introducía con un caminar arrogante y viéndolo por debajo del hombro.

—Hola, Eros. ¿Cómo estás? —saludó Ferrara con la misma expresión fácil con la que siempre saludaba: sonriendo, mostrando sus dientes amarillos superiores y sin mutar la expresión de neutralidad y de desinterés en sus ojos.

—Bien —respondió el niño siendo más abierto con él que con los anteriores enfermeros.

—Qué bueno. ¿Te acuerdas de mí? Soy el doctor Ferrara, jefe y amigo de tu padre. Antes que otra cosa, te pido una disculpa —dijo al mismo tiempo que se sentaba a la orilla de la cama—. Ya que he sido yo quien le ha pedido a tu padre que atienda a otros pacientes antes que a ti. Tenemos pacientes en estados muy delicados y que requieren que tu padre no se despegue de ellos. ¿Verdad que lo entiendes?

—Sí. Lo entiendo.

—Me da gusto escucharlo. Dime, Eros: ¿ha venido a visitarte alguien más aparte de mí? ¿Algún familiar? ¿Algún amigo?

—No.

—Está bien. No te preocupes. Ha pasado muy poco desde que te hospitalizamos. Sin embargo, hay algo de lo que quiero hablar contigo. Espero que puedas entenderlo. Verás… Tus abuelos. El papá y la mamá de tu mamá, que en paz descanse —dijo llevándose una mano al pecho—. Vinieron el día de ayer. Estaban muy molestos con tu papá. Él los atendió, pero no le fue del todo bien. Tuvieron una fuerte discusión y se hicieron de muchas palabras. Incluso tu papá quería golpear a tu abuelo. —Mostró una sonrisa irónica como deseando que lo siguiente que dijera fuera que sí lo hizo—. Obvio, no lo hizo…

«Aunque me hubiera gustado que lo hiciera…».

—Al final —continúo hablando sin prestarle atención a la cara de asombro del niño, que coincidió justamente con su pensamiento—, tuve que llegar yo para calmar los ánimos. Suerte que una de las enfermeras me habló oportunamente de lo que estaba aconteciendo. Pero eso es otra historia. Lo que quiero decirte es que tu abuelo llegó con un citatorio, en él citan a tu padre ante el juzgado. Ya que ellos quieren apelar por tu custodia.

—Disculpe, señor, no le entiendo.

—A lo que voy —continuó sin importarle la poca comprensión de Eros—. Es que esta situación se ha vuelto muy complicada para el hospital. A lo que me veo obligado a llamar a Laboro Sociale, para que ellos tomen custodia de ti y todo sea conforme a la ley. Deben de estar llegando en el transcurso de la tarde del día de hoy. —Se levantó y comenzó a caminar hacia la salida del cuarto—. Hablaré con Christian para que te venga a visitar. Te hace falta tener buena compañía que te haga sentirte mejor. ¡Ah! Por cierto. Ya casi es hora de que te traigan tu comida. Que tengas buen apetito. Nos vemos.

—¿Cómo dijo? —preguntó Eros a la nada dentro de la habitación—. Ya casi es hora de comer. Pero si apenas empecé a cuidar de mi cuarto.

De todo lo que le había dicho el jefe de su padre, solamente había entendido que ya estaba cerca la hora de su comida. Sobre lo dicho acerca de sus abuelos maternos, la demanda y lo de Laboro Sociale, todo eso le resultaba ajeno para él. Tampoco le había revelado información acerca del paradero de su progenitor ni qué tanto estaba haciendo que le impedía irlo a ver.

Lo que olvidó preguntarle era que si podía darle razón sobre Laura. Recordaba que en más de alguna plática entre su padre y el amigo de este, Marcus, Laura resultaba ser una prometedora doctora, que incluso Ferrara había tenido interés en que se la presentaran. Por lo cual resultaba creíble que él también pudiera conocerla. Pero ya era tarde para preguntárselo. Se había marchado, dejando más dudas que certidumbre.

De la visita de Ferrara a la llegada del enfermero con el carrito de la comida no había pasado mucho. Lo que no alcanzaba a comprender el infante era cómo era posible que fuera víctima de los abruptos brincos en el tiempo. Aun así, se alegró de que la persona quien le trajera la comida ese día fuera el mismo enfermero que se la entregó el día de ayer. Con sus gruesos brazos y amplio vientre que lo caracterizaba. Eros le brindó un saludo con menos formalidad que el de un día atrás. De todos los trabajadores médicos, solamente Aura y el fornido enfermero eran de su agrado.

Viendo al niño de mejores ánimos, este le correspondió de igual manera. Saludándolo como si fuera un pariente suyo, pero conservando un toque de seriedad. Una vez más, le acercó la mesa alta con rueditas y colocó sobre esta su charola con alimentos.

—Regreso en unos minutos —dijo el enfermero, despidiéndose de Eros, estando de pie en la puerta del cuarto.

El menú de esa tarde consistía en lo que parecía ser una especie de pechuga de pollo hervida y deshebra, marinada con especias. Servida con ensalada de coditos con mayonesa y trocitos de queso tipo americano. Verduras hervidas y cubos de gelatina, en color amarillo. Todo acompañado con un vaso grande de jugo de manzana. Desafortunadamente y de la misma manera que un día atrás, y sin ser sorpresa para Eros, la comida carecía de sabor. A pesar de ello, se la comió. No por el miedo de que el fornido repartidor de comidas del hospital le obligara a comérsela, sino por el simple hecho de que tenía hambre.

Dejó para el final el jugo de manzana, ya que también le servía de postre por el sabor dulce que tenía. En lugar de la insípida gelatina, que, por su color, cualquiera hubiera pensado que era de piña. Pero el careciente sabor no era lo suficientemente conciso como para asegurar dicha idea. Habiendo terminado con sus alimentos, aguardó a que regresara el enfermero para que este recogiera la charola.

En su retorno y sin decir palabras, el corpulento hombre tomó de manera delicada la charola y la puso en el interior del carrito. Antes de que Eros lo viera partir, se armó de valor para hablarle.

—¿Puedo preguntarte algo? —dijo el niño temeroso y bastante serio.

—Eso en sí ya es una pregunta —le contestó el enfermo de la misma manera educada con la que siempre le hablaba—. Pero la respuesta es sí. ¿Dime?

—¿Conoces a Laura? Ella trabaja con mi papá, el doctor Draven.

—Sí identifico quién es tú papá, aunque yo no lo trato mucho. La Laura que me dices es una mujer como este tamaño. —Puso su mano a la altura de su hombro—. Y con el cabello largo y de color negro. ¿Correcto?

—Sí —confirmó entusiasmado.

—La verdad es que nunca he hablado con ella.

—¿Pero la has visto?

—No recuerdo la última vez que la vi. Te estaría mintiendo.

—Está bien —respondió desilusionado.

—Nos vemos. —Fueron sus últimas palabras mientras cerraba la puerta del cuarto.

Aparte de las breves conversaciones que tenía con el personal médico en los horarios establecidos por el hospital, Eros no le quedaba más remedio que volver a su papel de centinela cuando se encontraba solo. Ya que, además de eso, no tenía mayor distracción que la de estar de vigía, a la espera de lo que pudiera pasar.

También estaba la opción de seguir contemplando el inalterable mundo de su habitación. El techo falso color blanco y liso, aunque no se viera del todo limpio. Tenía dos luminarias medianas, posicionadas a distancias equidistantes en la superficie. Arrojando una luz blanca brillosa, que emanaba de las lámparas de alógeno. Enfocando un poco más su atención en los recuadros, empezó a notar diversas manchitas negras. Suciedad acumulada a falta de limpieza. Enfocándose más en ellas, le pareció observar que comenzaban a tener vida propia. Moviéndose cada una por su cuenta. Cuanto más las miraba, más se convencía de lo real que era aquella danza de máculas negras. Como si se tratara de una microfiesta, las partículas daban giros y piruetas que se concentraban sobre una mayor, en el centro de todas.

Era algo nuevo para el infante, pero el folclor danzante se vio interrumpido cuando se abrió la puerta.

La silueta que observó Eros al entrar no se le hacía concoidea en lo absoluto. Era un hombre que no tenía porte de enfermero. De estatura media, no más alto que su padre, pero con un abdomen mucho más amplio. No tenía mucho cabello y con lo poco que le quedaba trataba de tapar los estragos de la alopecia. Se encontraba perfectamente rasurado. Sus ojos eran de color café y pequeños, encontrándose ambos muy cerca de su nariz redonda. Traía puesta una camisa a cuadros de color verde con líneas negras, de manga corta y algo vieja. En uno de sus hombros, colgaba un maletín de piel sintética con broches en su tapa. Portaba lentes bifocales con armazón dorado, que combinaban con el bolígrafo, metido en el bolsillo de su camisa. Su pantalón era de tonalidad café claro y de pierna ancha, sujetado con un cinturón de imitación de piel, con un color muy cercano al de la prenda. Sus zapatos eran viejos y carecientes de brillo por el lustrado inexistente.

—Hola, Eros —dijo el hombre con una voz tan gruesa que desencajaba con su porte—. Mi nombre es Pierrot. Soy de Laboro Sociale. Tus abuelos me pidieron que viniera a verte. ¿Puedo hablar contigo unos minutos?

—Sí —respondió el niño algo extrañado de la situación.

—Muy bien. —Sacó de su maletín una libreta y extrajo de su bolsillo el bolígrafo dorado. Tomándolo del centro y girándolo para un lado, sacó la punta—. ¿Me puedes decir tu nombre?

—Eros Draven.

—¿Solo Eros Draven? —le preguntó al momento de concluir con la escritura en su libreta—. «No toma en cuenta el apellido de su madre».

—Eros Draven D´amaco —contestó el niño al momento de haber escuchado el pensamiento.

—Gracias, Eros. —«Respondió el niño de manera natural»—. Eso es bueno. ¿Cuántos años tienes? —preguntó, volviendo a posicionar su bolígrafo en el papel.

—Siete.

—Muy bien. ¿Vas a la escuela?

—Sí. Voy a la scuola elementare.

—Gracias. ¿Quién te lleva a ella?

—A veces mi papá. En otras mi abuela. También me voy en el autobús.

—Ok. ¿Y cómo te llevas con tus compañeros de clase?

—Bien.

—¿Solo bien? —«Veamos si puedo obtener algo más acerca de la escuela».

—Sí. Bien —respondió Eros, tratando de descubrir las intenciones de su visitante—. Juego con ellos entre las clases. Y en algunas de ellas, la maestra nos pone a jugar.

—De acuerdo. —«Al parecer todo normal en la escuela»—. ¿Y quién te lleva a tu casa cuando sales de escuela?

—Mi papá.

—¿Y qué haces al llegar a tu casa después del colegio?

—Juego. Hago la tarea. Me baño. Ceno con mi papá. Veo la tele.

—¿Suelen comer solo los dos?

—A veces con mi abuela. En otras con Marcus.

«Quizás esto me indique algo».

—¿Quién es Marcus?

—Mi padrino.

—¿Y cómo se llevan tu papá y Marcus?

—Bien. No dejan de hablar del trabajo en la cena.

—¿Y cómo se comporta contigo?

—Bien. A veces me cuenta chistes.

—Es una persona interesante tu padrino. Y cuando cenan, ¿tu papá toma alcohol con Marcus?

—No creo. Mi padrino toma algo que le da mi papá. Que saca de una botella que tiene en la vitrina. —No recordaba muy bien. Prefiere cambiar un poco el enfoque de la conversación—. Después de cenar mi padrino y mi papá toman café y se ponen a fumar.

—¿Ellos fuman mucho? —«Veamos si fuman dentro de la casa y delante del pequeño».

—No —respondió rápido y sin darse cuenta de que a lo que había dado respuesta era al pensamiento y no la pregunta que hizo el trabajador social—. Ellos fuman en el jardín.

—¿Me dices que ellos no fuman mucho y que fuman en el jardín?

Eros se dio cuenta de su equivocación y trató de idear la solución.

—Perdón —dijo fingiendo estar apenado por la contradicción—. Me confundí. Mi papá y mi padrino se ponen a fumar en el jardín. Pero no tardan mucho.

—Ok. ¿Qué más suele hacer tu papá cuando está en casa?

—Mi papá suele preparar la cena para dos o tres días mientras que yo hago la tarea o juego. —Decidió que era momento de voltear el interrogatorio—. Me gustaría saber dónde está mi papá.

—No lo sé —respondió Pierrot de manera tajante y viendo al niño directamente a los ojos, como tratando de intimidarlo—. No he tenido el gusto de conocerlo. Tu papá, cuando llega del trabajo, ¿cómo te trata?

—Bien —le respondió Eros, convencido por la voz intimidante del hombre—. Me abraza. Me saluda de beso en la mejilla. Platica conmigo. Y a veces me regaña.

—¿Eso lo hace muy seguido? —preguntó Pierrot prestando atención en ese último comentario.

—Solo cuando no hago las cosas que me pide.

—¿Y qué cosas te pide? —Preparó su pluma en la libreta para escribir cualquier dato que pudiera proporcionarle el niño.

A opinión de Pierrot, parecía que el niño estaba hurgando entre sus recuerdos, para poderle dar la información que él estaba buscando. Sin embargo, Eros estaba decidiendo con que palabras le iba a responder a su interrogador. Se había dado cuenta de que este se encontraba muy interesado en saber sobre su padre y la relación que mantenía con él. Y por lo que escuchó de sus pensamientos, concluyó que no era para algo bueno.

—No jugar con mi comida —respondió Eros al final—. Levantar mi plato. No rayar las paredes. Hacer la tarea. Estar alistado desde temprano para irme a la escuela. Cosas así.

—Y en esos regaños, ¿cómo se comporta tu papá? ¿Te grita?

—No entiendo.

—Digamos que no limpias tu habitación cuando tu papá te lo pide. ¿Cómo te dice las cosas tu papá? —«Veamos si con lo que me diga hay alguna muestra de evidencia de agresión por parte de su padre».

—Solo me lo dice. No me grita. Papá rara vez se molesta conmigo.

«No me da mucha información sobre su padre. Veamos si hay otra persona con la que interactúa».

—Ok. ¿Aparte de tu papá y tú, alguien más vive con ustedes o se la pasan mucho tiempo en casa?

—Solo mi padrino. —Podía decirle que un ser maligno que se disfraza de su difunta nana tenía la intención de raptarlo, pero prefirió no darle más información de la que ya le había revelado—. A veces va solo. En otras va con su esposa.

—Y si llegan a estar solos tú y Marcus, ¿qué te dice? —preguntó impaciente por no obtener ninguna clase de información que le indicara que el padre estaba siendo agresivo con el niño.

—Nada. Casi siempre está con mi papá. Hablando o fumando fuera de la casa —respondió Eros con cierto tono burlón.

—Ok. ¿Tu papá pasa muchas horas en el trabajo?

—Últimamente sí. Su jefe le ha dejado más trabajo. Es lo que me dice cuando llega tarde a la casa.

Otro vuelco en el camino que vio Pierrot como área de oportunidad.

—Me dijiste que tu papá siempre pasaba por ti al salir de la escuela.

—Casi siempre —contestó rápido el niño, habiéndose dado cuenta de su error—. A veces lo hace mi abuela.

—¿Y cómo es tu abuela?

—Es buena conmigo. Siempre me quiere hacer galletas. Aunque mi papá le pide que no me las haga seguido. Que no es bueno para mí comer tanta galleta.

«No me dirá mucho de momento».

—Entiendo —dijo resignado—. Bueno, Eros. —Miró su reloj—. Creo que es todo por ahora. Volveré a verte mañana o, a más tardar, pasado mañana. Espero que te repongas pronto.

—Disculpe. ¿Me puede decir la hora?

—Sí. Son las cuatro y veinticinco.

—Gracias.

Sin más que decir, aquel desconocido se retiró del pequeño mundo de Eros, dejándolo satisfecho por no haberle dado a su visitante algún tipo de información con la que pudiera perjudicar a su padre. Aunque no sabía qué clase de datos podría proporcionarle para que existiera ese resultado. Pero también se sentía solo.

Estando en su soledad, se percató qde ue una vez más le había pasado lo mismo.

Sin entender cómo, todo había transcurrido más rápido de como usualmente era. Escapando de su comprensión qué era lo que estaba pasando. Sin embargo, en lo que sí pudo fijarse fue que, aparte de escuchar cosas que los demás no querían que las escucharan, también podía percibir las mismas cosas de una manera muy diferente. Quizás era por el encierro. Desde que había salido de la incubadora, nunca le había tocado estar solo un periodo de tiempo tan extenso.

Imaginó que el resto de la tarde no tendría mayores sobresaltos y que tampoco conocería más gente nueva. Decidió que volvería a estar de vigía, pero su objetivo a velar no era la llegada sorpresiva de algún monstruo proveniente de las llamas. Sino estar consciente en el instante de que perdería la capacidad de apreciar el concepto de tiempo como lo conocía. Volviendo a pasar este de manera más veloz de lo acostumbrado.

En esta ocasión no fue así. Todo fue transcurriendo como estaba acostumbrado a que pasara. No hubo ninguna clase de alteración que hiciera que todo aconteciara de manera diferente a la que debería de ser. Logrando con ello que se sumergiera en total aburrición. Su estado de aburrimiento fue cortado por la llegada a su cuarto de un visitante más. Se trataba de Aura. Supuso que lo fue a visitar como parte de su ronda, ya que recordaba que no le tocaba medicamento hasta la noche. Pero agradeció que su visitante fuera ella.

—Hola, bambino. ¿Cómo estás?

—Bien. —El escuchar que le dijeran bambino le resultaba molesto. Le hacía recordar a la latosa enfermera Julia—. Me gustaría poder ver a mi papá.

—Lo verás pronto. No te preocupes —le dijo mientras le tocaba la nariz, acción que hizo sonreír al niño—. ¿Alguna novedad?

—Hace un rato vino un señor. Nunca lo había visto.

—Ah, sí. ¿Y a qué vino ese señor?

—A hacerme algunas preguntas.

—¿Como cuáles? —La cara amistosa de Aura pasó a ser la misma que pone una gata, cuidando a sus crías de los extraños.

—Me preguntó mi nombre. Cuántos años tenía. Cómo me iba en la escuela. Cómo me trata mi papá. Pero no le dije mucho.

—¿Y estaban solos? —Por su tono de voz, puso en evidencia su preocupación por lo que le había dicho el niño—. ¿No había nadie que conocieras acompañándote?

—No. —Eros se sintió inquieto al percibir la preocupación que le invadió a la enfermera.

—Ay, corazón. Muy mal. Un extraño no puede venir solo contigo y hacerte preguntas. Alguien más debía de haber estado contigo. Dices que te preguntó tu nombre, ¿verdad?

—Sí. Me pidió mi nombre completo.

—Desde ahí empezamos mal. Mi madre siempre me decía que nunca le des tu nombre a un desconocido. Así es como comienzas a concederle poder sobre ti.

—¿En serio?

—Claro que sí. Mi vida. Así trabajan los policías. Primero empiezan sacándote tu nombre y de allí viene todo lo demás.

—No lo sabía.

—Bueno, ahora lo sabes.

Eros notó que Aura no traía nada consigo. Un carrito con comida, alguna tabla para notas. Incluso que llevara medicamento para dárselo. Pero no era así.

—Aura. ¿Vienes a darme mi medicina?

—Todavía no, mi vida. Eso te toca en un rato más. Solo pasé a saludarte.

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