Kitabı oku: «Sugar, daddy», sayfa 9
Dio una estocada final con la punta, y rodé los ojos al alcanzar el orgasmo intenso. Mi cuerpo se desestabilizó tanto que me tuve que coger a sus brazos, y debido al temblor de mis piernas, casi me caigo cuando mis pies resbalaron del escritorio, pero Takashi me sujetó la cintura.
—Túmbate –me recostó en el escritorio con suavidad, observando mi pecho subir y bajar, mis ojos levemente aguados–. ¿He ido muy fuerte? –dijo paternal. Meneó triunfante sus dedos en el aire, brillantes por mi orgasmo.
—Un poco –miré atenta cómo se masturbó con frenesí, y algo caliente y espeso se derramó en mis bragas. Las expresiones de su cara extasiada se me grabaron en la cabeza, y se recostó sobre mí sin avisar. Notaba su corazón bombear sangre, su cara escondida en la curva de mi hombro–. Soy capaz de dormirme aquí encima, Señor Takashi –la escasa distancia permitía los susurros como única forma de comunicación, y sonrió con sinceridad ante mi somnolencia.
Se me estaban cerrando los ojos literalmente, y el calor que su bien formado cuerpo desprendía, no ayudaba.
Levantó mi mentón ligeramente con el índice, y se quedó mirándome en silencio, analizando, paciente, feroz. Me había metido en las fauces del lobo, pero este lobo sabía tratarme, ver a través de mis vicios.
—
—Creo que irás más cómoda sin las bragas, Areum –se rio natural, y pasó la lengua por mi labio de forma bífida, dejando su huella–. Arréglate la ropa y sal de aquí antes de que no te lo permita.
Kohaku
A pesar de que me limpié la cara con el dorso de la mano, al segundo volvieron a caer más lágrimas sobre los papeles.
—Por favor deja de llorar –me autoconsolé tembloroso, y cubrí mi cara al notar un doloroso sollozo raspar mi garganta. Y tras intentar retenerlo y no poder, sucumbí a la debilidad humana y lloré como no había llorado en años.
Areum no me había mandado ningún mensaje, y posiblemente se estuviese follando a Takashi.
La puerta de mi despacho se abrió, e intenté recomponerme cuando mi padre apareció en el umbral, el humo del tabaco pinchando mi corazón con memorias de mi infancia.
—Ito, ¿has acabado los informes que te ped... Oh –sentí el asco en su voz al ver el estado de mis ojos, y se llevó a los labios la causa de muerte de mi madre–. Cuando acabes de llorar como un maricón mándame las cuentas, ¿quieres?
—Sí, Padre –le sostuve la mirada como pude, y sin querer memoricé su mirada ojerosa y con desprecio. Dio una calada más, su intención no otra que hacerme daño, pero si lloraba frente a él, me pegaría de nuevo.
Agradecí que no vio el temblor de mis piernas y se cansó justo cuando estaba a punto de desmoronarme. Dio un portazo, y solo entonces me permití llorar con las deprimentes luces de los rascacielos, pensando en lo solo que estaba.
Mi padre no me quería, mi mejor amiga tampoco, y mamá ya no estaba. Suspiré vacío.
18. [malentendido]
Areum
—Joji, ¿podemos parar un momento en la librería más cercana? –busqué la mirada del joven chófer en el espejo, y vi el conflicto en sus ojos–. Puedes entrar conmigo si quieres, no le diré nada a mi madre.
—Estoy en horario laboral, Señorita So –giró el volante con gracia, aparcando en frente del comercio y sosteniéndome la mirada con una sonrisa educada.
—Aún así puedes bajar, ¿vale? –desabroché el cinturón para colarme entre los dos asientos delanteros, mirándole de forma amistosa y directa–. No tardo mucho.
Me apeé del coche, sosteniendo la tela de la falda a mis muslos. Aunque en el momento me hubiese parecido excitante, se me habían manchado las bragas con mis fluidos y los del Señor Takashi, y me daba bastante asco llevarlas puestas, así que no llevaba nada debajo.
Unas campanitas metálicas anunciaron mi entrada a la librería, e instantáneamente me relajé cuando las páginas de papel capturaron mi olfato. Aprovechando que le gustaba leer, iba a comprarle el regalo de cumpleaños a Kohaku.
Me acerqué al mostrador que había al final, con un bonsái al lado del chico. Ocultaba su cara tras el cómic que leía.
—Hola –esperé a que me prestara atención, y me sorprendí al ver lo atractivo que era, probablemente fuera universitario–, ¿me puedes ayudar a buscar un libro?
—Claro –clavó el marcapáginas en el cómic antes de levantarse, y vi lo alto que era en realidad. Le tendí la lista de libros, manteniéndome firme, y observé el mullet rubio-sucio que enmarcaba su cara. En el pin de su camiseta rezaba “Mon”.
Al mirar la lista de los sugerentes títulos, arqueó una ceja.
—Son para un amigo... –sonreí un poco avergonzada, pero aún así le seguí hasta la estantería más oculta de la tienda.
—No juzgo las compras de mis clientes –le hizo una seña a los estantes +18, sonriéndome con un poco de chulería. Yo hice lo mismo.
—Gracias, “Mon” –leí su etiqueta, y volvió a desvanecerse entre montañas de libros. Estaría bien trabajar aquí, muy bien.
Busqué algunos títulos entre los perfectamente alineados lomos, y mi curiosidad de vez en cuando sacaba algún volumen de su alineación solo para ver la portada. Era una imagen peculiar, una colegiala en la sección de hentai y sin bragas. No se veía todos los días.
Di un pequeño saltito al encontrar el título, y sonreí al ver cerezas en la portada. Porque sí, le había buscado a Kohaku hentai que tuviese cerezas, que parecían gustarle mucho. Recopilé algunos más que creí que podrían gustarle, y cuando me quise dar cuenta, ya tenía más de cinco entre los brazos.
Circulando hacia el mostrador, eché una ojeada a las estanterías +18 para chicas, y salté del susto con la voz.
—Creía que eran para un amigo –carraspeó el tal Mon, su voz tan cerca que me desubicó por un momento. Estaba colocando mangas en la otra parte de la estantería, su mirada filtrándose a través del hueco que yo había dejado.
Me dispuse a pagar, justo cuando las campanitas metálicas anunciaron el ingreso de un nuevo cliente. Sonreí al ver la cara seria de Joji, que a pesar de ser la imperturbable mirada de siempre, me saludó de forma militar y cómplice.
Mon siseó sin motivo alguno.
—¿Pasa algo?
Señaló mi pecho, y fruncí el ceño un poco confundida.
—Tengo varios amigos que van a ese instituto de pijos –chasqueó la lengua un poco fastidiado, pero era la reacción normal de la gente de clase media, no les culpaba–. ¿Conoces a Seiichi, Takashi Seiichi?
—Hmmn... –hice memoria–, creo que el nombre me suena –me encogí de hombros de forma casual, oyendo el tarareo lector de Joji y el papel que Mon plegaba para mi compra.
—¿Y a Takashi Kaito? Hace tiempo que no le veo, tendré que hacerle una visita algún día...
—¿Takashi Kaito? –repetí pálida, y las pequeñas heridas que me quedaban en el culo comenzaron a arder. Su nombre no era lo único que conocía.
—Es un capullo, todos los de los colegios de pijos lo sois –vi la sonrisa de anuncio que tenía, tan blanca como la espuma del mar–, pero es mi amigo.
—No deberías generalizar, ¿sabes? –recogí los libros que había envuelto, rodando los ojos con su crítica.
—No voy a discutir con alguien a quien nunca le han cortado la luz por impago –abrió su cómic de forma desinteresada, como quitándole importancia a sus palabras.
Era de clase acomodada y a mi familia nunca le había faltado el dinero, algo con lo que el chico rubio no se identificaba. Podría haber empezado cualquier discurso sobre la multimillonaria herencia de mi padre, pero Mon también llevaba un uniforme y la corbata aflojada. Era estudiante y trabajaba como yo, aunque con distintos fines.
—Bueno –comencé, sus ojos desconfiados en mí–, cuando te apetezca te invito a un café y tenemos una charla sobre toda la corrupción en la bolsa de acciones de Tokio.
Sonreí antes de irme, dejando el cambio sobre su mesa. Me sobraba el dinero y el chico me había sacado una sonrisa, no me importaba que se lo quedase.
Joji me siguió segundos después, y cuando el joven rubio salió de la tienda con mis billetes en la mano y la cara agitada, el coche arrancó.
Al día siguiente
Miré preocupada el reloj, pues mi compañero de pupitre siempre solía llegar veinte minutos antes de la primera clase.
Prefería no enviarle un mensaje ahora y verle la cara, hablar con él.
La silla de la esquina del fondo estaba vacía, y moví los pies nerviosamente aislada de los compañeros de clase. Aunque sonase muy triste, Kohaku era mi único amigo.
Voces graves y agitadas penetraron mis oídos, y rodé los ojos al ver cómo el séquito de Seiichi se reía sonoramente. Era el típico chico popular y creído, y su aparente amistad con el chico de la librería no parecía concordar. Tampoco sabía qué pintaba Takashi en ese rompecabezas.
Hablando del rey de Roma (o más bien de su destrozo), había sustituido el pañuelo por maquillaje waterproof, estaba cansada de pasar calor y sentirme agobiada.
Oí una aguda y familiar risa, con un toque muy feo de falsedad. Kohaku estaba con Seiichi.
—¡Kohaku! –me levanté de la silla para llamar su atención, y me falló el cortocircuito mental al ver cómo no me sostuvo la mirada–. Pero qué...
¿Por qué se estaba sentando en primera fila con ellos?
—Ey Kohie –toqué su hombro, ganándome la mirada reprobatoria de Seiichi y sus amigos. No necesitaba pedirle permiso para hablar con mi amigo, y le quería dejar muy claro que no iba a permitir que lo convirtiera en otro superficial de su séquito. Ya no me extrañó tanto la posible afinidad entre los dos egocéntricos Takashi.
Mi mejor amigo pareció acordarse de mí, y se disculpó con ellos antes de prestarme atención.
—¿Te vas a sentar aquí? –cerré los dedos alrededor del asa de papel, su regalo tardío de cumpleaños dentro. Me miró con indiferencia. Kohaku tenía los ojos un poco hinchados, tal vez por la temprana hora.
—Sí, hoy estaré con Seiichi.
—Vale, cojo mis cosas y me siento contig...–
—No te molestes, Areum –cogió mi muñeca cuando hice el amago de ir a mi sitio al fondo, y le miré en busca de explicaciones. Areum, no Ari...
—¿No quieres que me siente contigo? –fui brusca y directa, mirando el todavía duradero agarre de sus dedos.
Aflojó los dedos como aflojó su sonrisa. No había nada peor que el rechazo de Kohaku, al menos para mí.
—Vale –dejé la bolsa sobre su nuevo pupitre, y al abrir los ojos asombrado por mi actitud defensiva pude ver el brillo peculiar de sus ojos–, no entiendo por qué te ha molestado tanto que hiciese novillos, pero si te quieres enfadar, pues adelante.
Mi voz creció varios decibelios en la clase, la puta risa de Seiichi llegando a mis oídos. Seguro que a él también le parecía ridícula.
—Siéntate con quién quieras –me zafé de él, recogiendo mis cosas del pupitre para irme de clase. No iba a centrarme en la lección con este cabreo, ¿para qué quedarme? Levanté la mirada para ver la arrepentida de Kohaku, pero la sonrisilla de Seiichi captó mi atención–. ¡Como te vuelvas a reír te quedas sin dientes!
Me colgué la mochila de un golpe y casi corrí hacia el pasillo, siendo el punto de mira de toda la clase. Nadie me frenó, nadie me habló, y salí disparada hacia la biblioteca antes de que algún profesor apareciese. Oí la risa del grupito, y la de Kohaku también estaba entre ellos.
—Joder... –bajé la cabeza al sentir mis mejillas mojadas, y me enjugué las lágrimas antes de que alguien me cogiera el hombro–, lo siento, ahora no...
—Areum –sentí una espina con la voz de Kohaku, y me giré a la defensiva, con las mejillas mojadas. Ya parecía preocupado de por sí, y vi horror en sus ojos al observarme–, lo siento –se rascó la nuca–. ¿Por qué lloras?
Le sostuve la mirada, y encogí los hombros, conteniendo otra serie de cataratas. Si el Señor Takashi no me hubiese dejado tantas marcas no estaría así con Kohaku.
—No entiendo por qué estás tan molesto conmigo –busqué explicaciones en sus ojos estrellados, y me hizo caminar hasta un lugar más privado como las escaleras–. Ya te dije que no me encontraba bien para hacer la clase de gimnasia. No lo volveré hacer si tanto te molesta, pero...–
—No te disculpes. Soy un poco gilipollas por haberlo exagerado tanto –sonrió con la calidez de siempre, pero en el fondo supe que algo le pasaba. No se enfadaba por cualquier gilipollez.
—Yo no estoy enfadada...
—Yo tampoco –hubo una pausa en la que nos miramos, rodilla con rodilla en los escalones–. Anda, dame un abrazo –Kohaku me abrió sus brazos, y no dudé en reconciliarnos. Inspiré tranquila cuando apoyé la cara en su pecho, pocas cosas me daban tanta paz como aquello.. Se me nubló la mente–. No quiero que me dejes sola, Kohie.
Apreté más su camiseta, presa de unas lágrimas traicioneras que había recordado en soledad.
—No llores por mí, no te voy a dejar sola –acunó mi nuca con caricias, respirando cálidamente en mi coronilla–. Venga tonta, que no te voy a dejar sola, ¿vale? Mira cómo me he puesto solo porque no has sido mi compañera en educación física, soy un dependiente de mierda –su risa sonó muy triste.
Me apartó a la fuerza de sus pectorales, y me cogió la cara con determinación. Agachó el cuello hasta mi altura, enjugándome las lágrimas con los pulgares y mirándome a los ojos. Seguro que le daba pena, era una patética por no poder contarle lo del contrato.
—Perdón por ser tan insegura...a veces me pasa.
—Que no te disculpes, tonta –negó quitándole importancia, y zarandeó un poco mi cara, sus dedos dulcemente pegados a mis mejillas mojadas–, lo importante es que estés mejor.
Asentí, disfrutando del momento íntimo que estábamos compartiendo. Bajó la mirada a mi cuello, y algo parecido a una mueca feliz cruzó su cara.
—Hoy hace mejor tiempo –entendí la alusión que hizo al pañuelo, y escondí el pánico como escondí las marcas con maquillaje. Me soltó la cara–. ¿Es nuevo el collar?
La gargantilla se hizo más pesada que nunca, y abrí los ojos de forma desorbitada al darme cuenta de que no tenía el dulce collar de plata que me había regalado. Si no lo llevaba puesto...¿dónde coño estaba?
—Ehm...sí –sentí la súbita necesidad de coger su mano, y Kohaku no me negó el contacto a pesar de que no llevaba su regalo.
—Me gusta más cuando no llevas bufandas que te cubran la cara –dio un apretón cariñoso–, así te veo.
—Acabo de llorar, seguro que parezco un mapache. ¿Se me ha corrido el maquillaje? –abrí los ojos para que lo comprobara.
—¿Que si se te ha corrido? –repitió, procesando–. No, está intacto. Estás igual de guapa que siempre.
Se quedó estático cuando me puse de puntillas y me atreví a besar su mejilla.
—Kohaku, te quiero mucho –expresé lo primero que cruzó mi mente, apoyándome en su hombro más tranquila.
—Yo también –le costó un poco decirlo–, nunca lo dudes –peinó mi pelo, frotando mi mejilla con parsimonia. Se mordió el carrillo, dando la sensación de que estaba conteniendo algunas palabras. El estridente timbre sonó.
—Vas a llegar tarde a clase... –no quería que se fuera.
—Me la suda, la salud mental de mi mejor amiga es más importante que contabilidad –se rió con su vocabulario soez, y su lengua lamió los labios al estudiar mi cara. Me tendió la bolsa de papel–. No sé qué es, pero no quiero que me lo des de malas formas ¿vale? –volvió a acercarse, su respiración caliente cosquilleando mi frente. Asentí con sumisión, y se tomó su tiempo para besar el hueso de mi ceja.
Entrelacé mis dedos con los suyos, y pude sentir como él tampoco se quería ir.
—¿Entramos a clase? –subió la mano por mi brazo, sus dedos anhelando mi contacto de la misma forma que yo anhelaba el suyo.
—No voy a entrar después de haber hecho el ridículo, ¿mejor nos vemos en el patio? He traído cerezas para almorzar... –soné insegura, pero asintió con una sonrisa.
—No te metas en líos sin mí –me sonrojé cuando me guiñó un ojo, y no supe muy bien el porqué.
...
Abandoné la mochila bajo el árbol del patio, tecleando nerviosamente en mi teléfono.
Señor Takashi, necesito hablar con usted. Es urgente.
11:23
Vibró momentos después con un tono de llamada pop. Lo descolgué enseguida.
—¿Necesitabas oír mi voz, cielo? –ignoré sistemáticamente su petulancia, yendo directa al tema.
—¿Tiene usted el collar? –hubo un tenso silencio en la línea, y alcé la vista a la ventana de mi clase, distraída.
—Lo llevas puesto, ¿no? –interpretó la pregunta cómo él quiso, y apreté la mandíbula.
—El collar de Kohaku –aclaré–, me lo quitó el otro día y no me lo devolvió. ¿Lo tiene usted, verdad?
—No sabría decirte, Ari –oí su risita desinteresada y sus anillos tintinear contra una copa. A raíz de él ya había tenido una discusión con mi mejor amigo, a parte de las constantes mentiras que me tenía que inventar para que Kohaku no sospechara. No iba a dejar que Takashi me mareara más.
—Kaito, ¿yo no te llamo por tu nombre, verdad? –hice una pausa, y pude advertir que aquello no le gustó–. Pues de la misma forma, ese apodo está reservado para alguien más– comencé, apretando el móvil a medida que notaba cómo me calentaba con la ira–. No soy nada tuyo fuera del despacho, no me hables con cercanía.
Oí su respiración hastiada a la otra línea, pero me dió igual, me gustaba hablarle con desobediencia.
—Si no me devuelves el collar, no pisaré el despacho nunca más. Puedo trabajar telemáticamente, no me verás más por allá.
—Entonces tendrás que venir a por él –oí cómo se le agravó la voz, esta vez con un matiz diferente–, a lo mejor te llevas un castigo y todo. Los dos salimos ganando, nena.
19. [hentai cute]
Kohaku
—Nos vemos mañana –repeiné mi pelo y acomodé la corbata del uniforme al acabar el partido de fútbol con Seiichi y sus amigos, y el mayor se apoyó en mi hombro. Miré a Areum desde la distancia.
—Te tiene cogido de los huevos –su voz me puso los pelos de punta, los dos mirando a través de la valla de metal.
Areum leía recostada contra el tronco del milenario árbol, la tranquilidad idílica en su cara, un libro entre sus delicadas manos. Tenía las piernas abiertas y flexionadas hacia nosotros, y sabía que era eso lo que estaba llamando la atención de Seiichi, aunque ella siempre llevase pantalón debajo de la falda.
—Es muy rarita pero está muy buena, gran elección –me dio palmaditas en la espalda, y sentí la necesidad de escupirle en la cara para compensar por su repugnante observación–. Avísame cuando te la tires.
—No hables así de ella, no es un objeto. Y me puede coger los huevos y todo lo que ella quiera –soné firme y autoritario y también ridículo, pero no me podía importar menos. Me estaba cansando de ser el chico dulce que aguantaba toda la mierda de las bocas ajenas.
Me planté frente a ella, y me regaló una acaramelada sonrisa desde abajo que me hizo recordar el beso de la mejilla.
—¿Comemos ya? –asentí sin pensármelo dos veces, y me senté en la hierba junto a ella. Por muy infantil que sonase, el casto beso de antes me había dado esperanzas de continuar intentándolo–. Dame un momento –se giró para hurgar en la bolsa misteriosa de papel, esa que me había dado antes.
Ya me había olvidado de por qué me había enfadado ayer, pero al mirar su cuello, me sentí un fracasado. Sí, Areum ya no llevaba el pañuelo ni los moretones, pero sí el collar de Takashi. Él mismo me lo admitió ayer. No quería pensar por qué razón no llevaba el mío.
Tampoco entendía por qué no me había comentado nada sobre el heredero gilipollas de la Hyundai, pero tenía esperanzas de que Takashi se lo hubiese inventado todo. Aunque no se regalaba un collar de diamantes con tus iniciales a cualquiera...
—Oye, ¿qué tal va la colaboración con Takashi? –me recosté sobre el tronco del árbol disfrutando de la tranquilidad, los chicos ruidosos jugando a fútbol en la otra punta. Este árbol era nuestro rinconcito sagrado.
—Pues ya solo quedan cinco meses –dijo evasiva, sin contestar realmente. Me distrajo con la bolsa, extendiendo los brazos–. Es tu regalo de cumpleaños, siento haber tardado tanto.
Sus ojos se rasgaron más por su preciosa sonrisa, y le robé la bolsa para no robarle un beso.
—No tenías por qué regalarme nada.
—Tú tampoco me tenías que regalar nada en tu cumpleaños.
Contuve las ganas de mirar mi inexistente collar en su cuello, y en su lugar le pedí permiso para abrir el regalo. Saqué la caja de cerezas que había encima de todo lo demás, y las compartí con Areum como siempre. Pero los pequeños volúmenes de abajo me secaron la garganta.
—¿Pero y esto...? –miré el manga con más detenimiento, la diminuta y sugerente ropa de la chica de la portada. No era manga común, era hentai. Joder, Areum ¿me había regalado hentai?
—¡Pero sácalos todos! –dio palmas animada.
—Madre mía... –dejé los libros sobre el césped, y casi se me salen los ojos al ver la cereza que la chica de la portada chupaba con provocación. ¡¿Cerezas?! ¿No podían ser manzanas?, ¿o incluso limones?
—Había un montón de libros en la sección +18, ¡voy a ir más a menudo! –distraída, Areum cogió un volumen para ojearlo, y al mirarla, casi toso como un imbécil al ver la cereza que sus labios sujetaban. Era la misma imagen que la del hentai, solo que ella no se la estaba comiendo como si le estuviese haciendo una felación a la fruta.
Aún así, si me diesen a elegir, descartaría el hentai explícito ante Areum comiendo cerezas. Era adorable, Areum podía ser mi hentai cute personal.
Debí de quedarme mirándole de forma indiscreta, porque chasqueó los dedos en mis narices con una risita de querubín.
No me iba a desenamorar en un tiempo cercano, lo tenía muy claro
—Oye –sujeté su muñeca con urgencia antes de que se apartara, mordiendo mi labio para no morder los suyos–, de verdad que siento mucho haber sido tan dramático ayer. Y gracias por el regalo guarro, me encanta.
No me lo pensé dos veces y tiré de su muñeca, desequilibrándola. Le rescaté con mi pecho, su mejilla impactando contra mí cuando me tumbé en el césped.
Areum no dijo nada, y aunque me dio miedo haber sido tan obvio, igualmente acaricié su mejilla pálida, el rabillo de la cereza serpenteando entre sus labios.
Había ojos que enamoraban, y luego estaba su par castaño que me sosegaba el corazón. Seguro que lo notaba palpitar contra mi pecho.
—¿Quieres una cereza? –no se despegó de mis ojos ni de encima de mí, y parecía una correspondencia a mis sentimientos. Si ella era quien me las daba, me comía todos los suministros de cerezas del mundo.
Me incorporé un poco a modo de respuesta, y sus delgados dedos me alimentaron la pequeña fruta con elegancia. La atrapé con los dientes sin dejar de mirarle, y me protegió la mano que descansaba en su mejilla.
Se me ocurría otra cosa diminuta y rosada que podía mordisquear, pero eso lo aparté para la sección adulta de mi imaginación.
Me olvidé del puto Takashi a pesar de que la gargantilla de su cuello brillara grotescamente, porque los delineados ojos de Areum me ofrecían paz. Y qué bonito era cuando un hombre encontraba galaxias en los ojos de una mujer.
Me atreví a acercarle más a mí, y ninguno dijo nada con los escasos centímetros entre nuestras caras.
—Te despertaré cuando sean las seis –le dije–, duérmete un rato.
Forcé su mejilla en mi camisa para evitar hacer una locura de enamorado, y alcé una muralla de brazos alrededor de su cabeza para que nadie le molestara, para que tuviese el sueño de princesa que se merecía.
Y si no podía ser el príncipe, al menos sería el dragón que le protegiera, abrasaría a cualquiera que se atreviera a dañarla.
Areum
—Ari –la suave voz de Kohaku me despertó, y aunque abrí los ojos, no me levanté de su cálido torso–. Tienes carita de dormida.
Me contagió la sonrisa, y cuando me acarició la mejilla, cogí su mano sin pensármelo demasiado.
—No quiero ir a trabajar –me quejé–, me quiero quedar contigo.
Lo cierto era que me sentía más que protegida entre los brazos de mi mejor amigo, y la sola idea de ver un traje Gucci después me daba ansiedad.
—Te mandaré mensajes para que te animes –casi me caí de su pecho cuando se incorporó, pero él fue más hábil y me sujetó la cabeza–. Mañana volveremos a hacer la siesta, y si quieres me traigo los hentai y los leemos en clase de contabilidad.
De repente tenía unas tremendas ganas de llorar, y no sabía si era porque ahora iba a ver al Señor Takashi o porque Kohaku me estaba haciendo sentir increíblemente querida.
—No sé si será buena idea leer eso en clase –me sentí como un bebé por la forma en la que acunó la cara, y cerré los ojos con el beso que dejó en mi frente.
Se merecía un beso solo por tratarme como una princesa, por ser tan buen chico y por ser mi pilar fundamental, pero no se lo di. Sería demasiado raro, después de todo, éramos amigos. Siempre era controversial cruzar esa fina línea entre amigos y amantes.
Nos levantamos cuando Joji apareció con su coche y el chófer de Kohaku con el suyo.
—Queda una cereza –dijo intentando ralentizar el tiempo–, para ti.
Su cuerpo me hizo sombra, su respiración en mi frente con una desgarradora intimidad y tensión en el ambiente.
—¿Y por qué no para ti? –contradije, sus dedos ya listos con la pequeña fruta. Me la quería dar directamente a la boca, como en el hentai que le había regalado.
—Me da la sensación de que tú la necesitas más, abre la boca –hice lo dicho, y absorbí la cereza con los labios. Kohaku reposó un dedo en la comisura de mis labios, con la mirada ida, embobada.
Tuve el descaro de mirar cómo se relamió los labios, ¿ y de qué exactamente fueron los nervios que sentí?
—Nos vemos mañana –murmuré exaltada. Y Kohaku estaba tan cerca que olía su cítrico perfume a menos de tres palmos.
—Vale –me miró de arriba a abajo de una forma que me sonrojó las mejillas, y por alguna razón me empecé a fijar de más en lo bien que le quedaba a Kohaku el pelo corte coco, en sus pómulos marcados y sus finos labios–. Ten cuidado, y si quieres algo me llamas.
—V-Vale, ¡adiós! –asentí como una quinceañera que ve a su crush hacer ejercicio semidesnudo, y corrí despavorida hacia el coche, directa a mi pesadilla borgoña personal.
...
Salí del baño del veinteavo piso de la Hyundai, alisándome los pantalones de mi traje de trabajar. Así es, había vuelto a ponerme mi traje holgado y cómodo, nada de uniforme escolar. Takashi me había quitado el collar sin que me diera cuenta, así que yo también desobedecería.
El tramo de escaleras se me hizo más corto que de normal, y escuché unas voces desde dentro del despacho.
Me asomé por la puerta entreabierta del despacho, viendo la alta figura del heredero abrazada a otra más débil y estrecha, la de una mujer; una muy joven, diría yo. Uy, aquello era demasiado íntimo como para que estuviese mirando.
¿Qué hacía el Señor Takashi abrazando a alguien?, ¿era su sumisa? Resulta que sí que tenía emociones básicas...
Su encuentro acabó en breve y la chica salió por la puerta, e hice un esfuerzo por no abrir la boca con su aspecto. Era tan guapa como frágil, y daba la impresión de que si la tocabas se caería, sus huesos demasiado débiles. Yo no era quién para opinar del físico ajeno, pero estaba demasiado delgada como para ser sano. Y la chica estaba llorando.
¿Qué le había hecho Takashi?
—Perdona –le abordé, intimidada por sus ojeras púrpuras–, ¿quieres un pañuelo? Para secarte la cara –le señalé con ojos comprensivos. Saqué uno de la mochila y se lo tendí, una pequeña sonrisa hospitalaria para que lo aceptara. No tardó en agradecérmelo, y por el collar negro que llevaba, la identifiqué–. Perdona –repetí, recordando el nombre–, ¿eres tú Soyeon?
—Sí –dijo a duras penas, sonándose la nariz con la fuerza de un mosquito–, encantada
—Yo soy So Areum; es un nombre coreano –añadí. Le pregunté con la mirada qué había pasado en el despacho, sin escuchar los pasos de dentro que se aproximaban–. He visto tu collar –señalé–. ¿Cuánto tiempo te queda de contrato con él? No sé qué te habrá hecho pero no parece m...–
—¿”Contrato”? –de la confusión, Soyeon inclinó la cara a un lado.
—Sí, con el sádico ese –señalé la puerta de cerezo, y sonrió incómoda. Tenía una sonrisa muy bonita, de esas que exteriorizan inestabilidad mental. Sentí pena, y quise invitarla a un café y charlar del malnacido de Takashi.
—No deberías hablar así de él... Es una persona muy buena y noble, me está ayudando mucho..–.
¿Qué cojones?
—No creo que estemos hablando de la misma persona, Soyeon. ¿A ti no te ha...–la puerta se abrió del todo y cerré la boca automáticamente. Me hice la loca y miré a la planta semi-mustia del final del pasillo, notando la penetrante mirada del Señor Takashi.
—¿Hablando mal de mí, Areum? –el estúpido tono parental de su voz me hizo sonrojar, qué incómodo–. Veo que ya os habéis conocido –bajó la vista a Soyeon y le acarició la mejilla con dulzura, justo como me hacía a mí. Qué miserable.
Inesperadamente, la chica se echó a los brazos al llorar, buscando refugio.
—¿Quieres que te acompañe al baño? –inquirí, siendo ya bastante entrometida. Se veía que Soyeon sí confiaba en él, que Takashi no tenía intenciones de lastimarla... Entonces, ¿qué podía hacer yo ahí?
—No, gracias –respiró hondamente, y cuando miró a Takashi le sonrió levemente–. Gracias, Maestro.
Una alerta me hizo tilín en la cabeza. ¿”Maestro”?
—Cuídate, Soyeon.
La chica hizo una pequeña reverencia antes de desaparecer por las escaleras, pero no me quedé tranquila. La acompañaría al baño, o aunque fuese al vestíbulo. Pero no di ni dos pasos cuando Takashi me cogió del brazo.
—Estate quieta –amenazó, su voz asquerosamente cerca de mi oído.
—No me toques –me intenté zafar de él, pero ahogó mi muñeca con los dedos, lastimándome los huesos hasta que me quedé quieta por el dolor.
—Buena chica –me rodeó el cuello desde atrás, empujándome hacia el despacho tan bruscamente que me asusté–. Entra al despacho, tenemos cosas de las que hablar seriamente, como por ejemplo tu puto uniforme. Ya me estás vacilando de nuevo como al principio.
Ücretsiz ön izlemeyi tamamladınız.