Kitabı oku: «Guillermo Buitrago: Precursor de la música vallenata»

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Catalogación en la publicación – Biblioteca Nacional de Colombia

Caballero Elías, Édgar

Guillermo Buitrago : precursor de la música vallenata / Édgar Caballero Elías. -- 1a. ed. -- Santa Marta : Universidad del Magdalena, 2020.

(Humanidades y artes. Historia)

Incluye bibliografía.

ISBN 978-958-746-327-9 (impreso) -- 978-958-746-328-6 (pdf) -- 978-958-746-329-3 (epub)

1. Buitrago, Guillermo, 1920-1949 – Biografías 2. Vallenato (Música) - Historia y crítica 3. Músicos colombianos - Siglo XX I. Título II. Serie

CDD: 927.861 ed. 23

CO-BoBN– a1062014

Primera edición, noviembre de 2020

© UNIVERSIDAD DEL MAGDALENA

Editorial Unimagdalena

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Diagramación: Eduard Hernández Rodríguez

Diseño de portada: Andrés Felipe Moreno Toro

Corrección de estilo: Clinton Ramírez C.

Santa Marta, Colombia, 2020

ISBN: 978-958-746-327-9 (impreso)

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ISBN: 978-958-746-329-3 (epub)

DOI: 10.21676/9789587463279

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Dedicatoria

A Clemente José Caballero Toro, in memoriam.

A ti, hijo, que estaré contigo hasta el final de los tiempos, dedico este libro.

Contenido

Consideraciones

Presentación

Agradecimientos

Capítulo I

Ciénaga

El nido de El Jilguero

Un lugar llamado La Manglaria

La Manglaria

La ciudad de los pianos y las guitarras

Capítulo II

La familia de Buitrago

Los padres de Buitrago

Vivencias de Roberto Buitrago Muñoz en Ciénaga

Semblanzas y episodios

¿Guillermo Buitrago Henríquez o Guillermo Buitrago de la Hoz?

El carrito del cura

Lilia Esther Gallardo Polo, la esposa de Guillermo

Capítulo III

Caminos de juventud en Ciénaga y Santa Marta

En la radio

Programas de las emisoras de Ciénaga

Buitrago actor

El Garcípolo

Extraño episodio en su vida

Buitrago en Santa Marta

Capítulo IV

Algunas de sus obras

Falsa caricias

Anhelos

Teresa Mercedes

Mala noche

Linda nena

Las mujeres a mí no me quieren

La araña pelúa

Los enanos

Capítulo V

Tertulias y amigos

Salón colonial

Esteban Montaño

Juan De la Cruz

Capítulo VI

Buitrago: periodista y publicista

Cancionero Cantaleta

Tipografía Poliarquía

Patrocinadores del cancionero

El publicista

Las propagandas cantadas

La costeña

El Colegio

La Farmacia San José

Ron Añejo

Ron Motilón

Las cortadoras de acetato en Ciénaga

Rafael Lavalle

Capítulo VII

Maestros y amigos a través de canciones

Andrés Paz Barros

Se marchitaron las flores

El Cafetal

La cama berrochona

Dame tu mujer, José

José, dame tu mujer

Episodios en la vida del maestro Paz

Dámaso Hernández Montenegro

Carlos Manuel Sobrino Pimienta, El Niño Postán

Albur

Los Palomeaos

La Sonora Cordobesa

Séptimo novio

Soplaviento

Cien mil cosas

El apodo del Niño Postán

Yo vivo mi vida

El Compae Heliodoro (1912-1963)

Su mejor anécdota

Su peor pesadilla

Compae Heliodoro

Efraín Torres Echeverría

Capítulo VIII

Otros de sus éxitos

Los panderos de Rio Frío

Cienaguera

Los galanes y La Capuchón

Luis Eduardo García

Luis Eduardo

La Loca Rebeca

¿Cómo nació “Ron de Vinola”?

Ron de Vinola

¿”El enviado” O “El brujo de Arjona”?

Capítulo IX

Un amigo, un colega y un imitador

Darío Torregroza Pérez

“Himno de Ciénaga”

Semblanza de Ángel Fontanilla

Gato por liebre

El huerfanito

El acople Buitrago-Fontanilla

Anécdotas de Fontanilla

¿Cómo llegó Ángel Fontanilla donde Bovea?

Julio César Sanjuán, “Buitraguito”

El tigre

Capítulo X

Siguen las canciones

Antonio Miranda Culzat

Toño Miranda en el Valle

Doña Juana

Cara ‘e perrro

Su origen

Capítulo XI

Buitrago en Barranquilla y Cartagena

Vivencias desconocidas

Cancionero mensual G. B.

El Compae Chipuco

Las propagandas cantadas

Canada Dry

Cerveza Águila

Buitrago conquista Barranquilla

Restaurante de Eduarda

Trabajos discográficos

Vivencias

El Coge Coge y El toque de queda

Por un locutor

Vinculación de Guillermo Buitrago con Discos Fuentes de Cartagena

¿Fue el “Compae Heliodoro” su primera grabación con Discos Fuentes?

Capítulo XII

Muere el jilguero. Nace la leyenda

Capítulo XIII

Los socios de la “Víspera de año nuevo”

Su origen

Capítulo XIV

Herencia musical cienaguera de Rafael Escalona

“El duelo de los machetes”

“El profe Castañeda”

A propósito de un comentario

Capítulo XV

Guillermo Buitrago, el olvidado precursor del vallenato

Antecedentes históricos e influencias familiares

El estilo

Capítulo XVI

Su influencia en otros artistas y en otros anuncios

Julio Torres y los Alegres Vallenatos

Los Vallenatos del Magdalena

¿Y los otros qué?

Capítulo XVII

Guillermo Buitrago en el vallenato de hoy

Capítulo XVIII

Discografía de Guillermo Buitrago

Anexos

Anexo 1

Breve historia del Festival Guillermo Buitrago

Anexo 2

Mi participación en el hallazgo de la guitarra de Buitrago

La guitarra de Buitrago

Por Julio Cesar Oñate Martínez

Bibliografía

Entrevistas

Consideraciones

¿Por qué escribo este libro?

Una pregunta aparentemente sencilla de contestar, habida cuenta de los muchos méritos que tiene el personaje central del mismo, pero si se toman en cuenta otros aspectos de la personalidad artística de Guillermo Buitrago, la pregunta ya no sería tan fácil en su respuesta.

Existirían muchísimas razones y de distintos tipos, pero me animó escribirla, el deseo de reivindicar socialmente el nombre de alguien que ha sido, en muchísimas ocasiones, tomado como vicioso, alcohólico, irresponsable: como un tipo que hizo del trago y la parranda una especie de religión.

Guillermo Buitrago no fue un vicioso, ni hizo de la parranda una religión, si bien no estuvo exento, como muchísimos otros artistas, inmersos en la barahúnda de la farándula, de compartir atenciones y festejas sus éxitos musicales. Lo mal que hizo, a lo más que llegó, dentro de ese «pecado» que le atribuyen, fue a participar de algunas parrandas, de algunos festejos en los cuales había alcohol, pero nunca se supo de su afición tipo de drogas, algo tan común y excusables en los artistas de esta época.

Buitrago jamás fue el elemento que se quedaba tendido en el sardinel de una cantina o dormido en la mesa de un bar, presa del alcoholismo vicioso; tampoco incumplió contratos. Ni lo hizo ni sus amigos, que sentían por él verdadera devoción, lo hubieran consentido. A Buitrago le sobraban lechos donde dormir una juma.

Era una persona popular que atendía algunas invitaciones y se tomaba sus tragos, pues tampoco era un santo, pero jamás incumplió un compromiso, jamás fue un tipo que dio un espectáculo grotesco por efecto del alcohol ni por nada, jamás fue una persona que tuvo un desplante, ni tuvo una situación de mal gusto en el aspecto social o artístico.

Guillermo Buitrago ha sido víctima de la conspiración del silencio, del olvido y la indiferencia. Conspiración del silencio porque nadie se quiso ocupar de Buitrago durante los primeros treinta años de su muerte. El primer gran trabajo que se hizo sobre él lo realizó Álvaro Ruiz Hernández, en el año de 1979, a raíz del 30° aniversario de la muerte de Guillermo Buitrago cuando publicó unas crónicas en el Diario del Caribe tituladas “¿Qué se hizo la guitarra de Buitrago?”, y “Buitrago, el Gardel del Vallenato”. Las suyas fueron inquietudes que alborotaron un poco el cotarro, además de contagiar a otros investigadores, como el historiógrafo Julio Oñate Martínez, quien buscó afanosamente, con una actividad casi febril, la guitarra, hasta hallarla y realizar después una serie de programas. Pero, con todo y eso, han sido pocos los que se han ocupado de él, para rescatar su memoria del olvido. Otros, en cambio, siguieron tergiversando la vida de Buitrago, como lo habían hecho antes.

Es necesario sacarlo del olvido y de la indiferencia, porque en los certámenes de importancia y en los centros de producción de la música por los que Buitrago luchó, a los que les abrió mercados nacionales e internacionales, a los que vistió de frac, no se le nombra o recuerda.

No solo no le han hecho, como deberían hacerlo, un busto, una estatua a Guillermo Buitrago, en esos escenarios, en esos festivales, sino que ni siquiera lo mencionan, y por el contrario, quieren, en un vano intento, quitarle la gloria, restarle méritos a su talento, cuando dicen que unas tales y tales canciones no eran de Buitrago y que aparecen como de él. Jamás se ha ocupado en decir, por supuesto, que Buitrago compuso, sin ningún tipo de cuestionamiento, sin ninguna clase de duda, más de ciento veinte canciones. A Buitrago no le pueden atribuir las decisiones de las casas disqueras que, en razón de la importancia de su nombre, de firmar como suyas canciones de compositores amigos de Buitrago, a quienes él, al grabarles, los dio a conocer en el mundo musical de la naciente industria discográfica.

Este libro pretende restablecer la verdad, además de ratificar la contribución de Buitrago a la música popular del país, en la que logró imponer un estilo: una marca inconfundible, además de ayudar a difundir la música de estar parte del país, de abrirle camino... Eso hizo Buitrago con la “música vallenata” que si hoy goza de los más altos índices, los más elevados niveles de producción, de venta y de difusión, deben al menos reconocer el mérito de quien fue sin discusión uno de los pioneros e indudablemente el primero en hacerla internacional y en sacarla de los baúles olvidados en las viejas chozas de los pueblos de más allá de las Sabanas del Diluvio, de todo ese Magdalena Viejo. Ese es uno de los méritos de Buitrago al difundir temas que, más de sesenta años después, perviven en los gustos de otras generaciones. Sin ese impulso inicial de Buitrago, omitido reiteradamente, quién sabe cuánto tiempo habría pasado para que se conociera la suerte de muchos de sus compositores.

Este libro se hace para recordar los méritos de Buitrago y para que su nombre no siga borrado de la memoria colectiva de su gente.

Presentación

Joaquín Viloria De la Hoz

Al cumplirse 100 años del natalicio de Guillermo Buitrago, la Universidad del Magdalena, con el apoyo del Centro Cultural del Banco de la República de Santa Marta, decidieron reeditar esta obra de Edgar Caballero Elías, publicada por primera vez hace más de dos décadas. Para esta reedición, Chichi Caballero revisó ese primer trabajo rico en información, pero carente de una rigurosa corrección de estilo (Samper Pizano, 2000). Este nuevo libro ha sido enriquecido no solo con información adicional, sino además con una escritura más limpia, fotografías poco conocidas y bibliografía actualizada.

Guillermo Buitrago nació en Ciénaga, cuando esta ciudad estaba en pleno furor bananero bajo el monopolio de la multinacional estadounidense United Fruit Company - UFCo. En los inicios de la bonanza, en la primera década del siglo XX, muchas de las antiguas casas de Ciénaga fueron demolidas y remplazadas por unas construcciones de estilo republicano, bajo la dirección de un arquitecto norteamericano recomendado por la UFCo. Esas nuevas construcciones donde pasaron a vivir los terratenientes cienagueros y los comerciantes llegados de todas partes, configuraron el centro histórico de Ciénaga que varias décadas después sería declarado Monumento Nacional y Pueblo Patrimonio.

Ciénaga fue el municipio de mayor población y dinámica comercial del departamento del Magdalena durante el siglo XIX y gran parte del XX. Las bonanzas tabacalera y bananera generaron un flujo migratorio desde las diferentes regiones colombianas, y también del exterior, hacia Ciénaga y toda la zona agrícola que se extendía desde esta población hasta Fundación (Viloria, 2009). Durante el boom bananero llegaron de la Guajira y la Mojana los padres de Gabriel García Márquez (1927-2014), del Tolima la familia de Leo Matiz (1917-1998) y de Antioquia el padre de Guillermo Buitrago (1920-1949), para solo citar a estos tres personajes. Pero también llegaron los españoles Ramón Vinyes, el Sabio catalán de Cien años de Soledad, y el comerciante Agapito Clavería, en cuya tienda trabajó Roberto Buitrago, el padre de Guillermo.

La madre de Guillermo Buitrago fue la cienaguera Teresa Henríquez de la Hoz. Su familia paterna fueron judíos sefardíes que llegaron a Ciénaga a mediados del siglo XIX. En ese período, la subregión agrícola se abrió al mercado internacional, cuando algunos empresarios europeos y otros locales aprovecharon el fin del estanco del tabaco para iniciar los cultivos de la hoja. Uno de esos fue Jacob Henríquez de Pool, judío sefardí de padres curazaleños, quien conformó junto con otros empresarios una sociedad para cultivar tabaco y exportarlo a Alemania. Por su parte, la familia De la Hoz tenía una larga tradición en la subregión del Bajo Magdalena, en poblaciones como Sabanalarga, Soledad, El Piñón o Ciénaga, donde se destacaron algunos de sus miembros como médicos, ganaderos, comerciantes o telegrafistas. Ese fue el entorno familiar que encontró Guillermo al nacer: un padre antioqueño, comerciante como casi todos, quien abandonó a su familia costeña y se remontó de nuevo en tierras andinas. Una madre cienaguera que se hizo carga de toda la prole de sus siete pequeños hijos.

Guillermo creció en una ciudad que era tanto el epicentro de la economía bananera, así como portadora de una tradición musical que se enriqueció con los aportes de las migraciones que pasaron por allí de tiempo atrás. Así, por ejemplo, la pequeña colonia cubana que se estableció en Ciénaga a finales del siglo XIX trajo consigo parte de su cultura musical, que luego fue difundida desde las primeras décadas del siglo XX por los discos en acetato y la radio. Los cubanos también fueron los encargados de introducir el negocio de las “academias de baile”, que funcionaban como unos burdeles encubiertos donde se producía música para banda con letras picantes. En estas “academias” trabajaron y dieron sus primeros pasos músicos como Eulalio Meléndez, Lucho Bermúdez, Andrés Paz Barros, Antonio María Peñaloza y Humberto Daza, entre otros (Moscarella, 2002). Además de los anteriores, en esta subregión desarrollaron parte de su carrera musical artistas como Esteban Montaño, Julio Bovea, Pacho Rada, Abel Antonio Villa y Luís Enrique Martínez, entre otros.

Cuando Buitrago se hizo músico y empezó a crecer su fama, salió de Ciénaga para hacer presentaciones en Santa Marta, Fundación, Barranquilla, Cartagena y Valledupar, entre otras poblaciones. En Valledupar conoció a compositores como Rafael Escalona y Tobías Enrique Pumarejo, grabando por primera vez la música provinciana de carácter rural, llevándola a escenarios urbanos como Barranquilla, Cartagena, Bogotá y otras ciudades. Es por eso que Buitrago ha sido considerado como el precursor de la música vallenata, al grabarla en su estilo característico con guitarra en 1943. Al año siguiente Abel Antonio Villa hace la primera grabación con acordeón, en cuyo conjunto también estuvo Buitrago con su guitarra (Viloria, 2018).

Los orígenes de ese estilo híbrido de Buitrago de cantar y de tocar la guitarra se puede encontrar en la tradición musical cienaguera, que se remonta hasta finales del siglo XIX con Eulalio Melédez; a la influencia cubana que dejaron los inmigrantes que llegaron a la región, así como a los discos y emisoras cubanas que se sintonizaban en Ciénaga y todo el Caribe colombiano; al ancestro andino de su padre y muchos de los comerciantes de Ciénaga, que trajeron consigo la tradición musical de su terruño y la música provinciana del Magdalena presente en Ciénaga.

El libro de Edgar Caballero Elías nos muestra unas facetas de Buitrago como precursor no solo de la música provinciana o vallenata, sino de otros proyectos poco conocidos como periodista y publicista. Es así como Buitrago editó unas publicaciones que él mismo producía y vendía puerta a puerta y grabó jingles que varias empresas de Ciénaga, Santa Marta, Barranquilla y Cúcuta le contrataron al Jilguero de la Sierra Nevada, como lo bautizó el empresario cartagenero Antonio Fuentes.

Cuando estaba en un momento creciente de su carrera y con el proyecto de internacionalizar su música, Guillermo Buitrago murió en 1949, a la edad de 29 años. El vallenato apenas empezaba a consolidarse y en las dos décadas siguientes el acordeón se impuso como el instrumento líder de este género musical, desplazando la guitarra a un segundo plano. Siete décadas después de la muerte de Buitrago su música sigue viva, principalmente en época de fin de año, y en Ciénaga se celebra desde hace varios años el Festival de Música con Guitarra Guillermo Buitrago. Larga vida y buena salud para este Festival.

Agradecimientos

Estos esfuerzos, que vuelvo a organizar después de muchos años, se publican gracias al empeño de Joaquín Viloria De la Hoz, quien insistió en que mi texto sobre Buitrago reclamaba otra edición; a la Universidad del Magdalena, que puso a disposición su equipo editorial en cabeza de Jorge Elías; a Clinton Ramírez, quien con paciencia y cariño corrigió esta nueva edición. También a la joven Lorena Lacera, quien con dedicación y paciencia trascribió el libro completo para esta edición.

Muchas gracias

Capítulo I
Ciénaga
El nido de El Jilguero

Ciénaga está situada sobre una inmensa planicie salitrosa, en un valle fértil, circunscrito al norte por el mar Caribe y el río Córdoba, al este por las estribaciones de la Sierra Nevada, al oeste por la laguna del Pueblo Viejo y la gran albufera llamada Ciénaga Grande y al sur por el río Frío. Goza de una localización privilegiada. Dista veintiocho kilómetros de Santa Marta, setenta de Fundación y sesenta de Barranquilla, la capital de la región Caribe de Colombia. El Centro Histórico y algunas de sus edificaciones son Monumento Nacional desde diciembre de 1994. En la Plaza del Centenario están situados la Iglesia San Juan Bautista, el palacio de gobierno y el templete: estos últimos construidos en las primeras décadas del siglo XX, en pleno esplendor del negocio bananero (Correa, 1996). La Plaza del Centenario, con el templete en el centro de su estrella masónica, fue diseñada y construida para celebrar los cien años de vida republicana del país.

En esta población, en 1920, nació Guillermo Buitrago. Ciénaga era para esta fecha la capital del lucrativo negocio del banano y vivía un acelerado proceso de crecimiento urbano, demográfico y comercial.

El auge del banano favoreció una masiva inmigración tanto de extranjeros como de colombianos de otras regiones del país, atraídos por el dinero y los espejismos del banano. Se empezaban a sentir, sin embargo, los malestares del monopolio bananero de la United Fruit Company entre pequeños propietarios, colonos, comerciantes y obreros que, luego de varios intentos de huelgas, desembocó en la Masacre de obreros de 1928, ocurrida en la plaza de la estación del ferrocarril, acontecimiento que el niño siguió en las voces y los temores de mayores y vecinos.

En este ambiente de crecimiento y tensiones llega el padre de Buitrago a Ciénaga, en donde conocerá y desposará a la madre del futuro compositor y cantante. Su niñez y adolescencia las vivió, pues, en una ciudad que se caracterizaba por contar con varios periódicos, compositores, músicos y poetas, algunos de renombre como Gregorio Castañeda Aragón, el Poeta el Mar. Un ambiente sin duda favorable para el desarrollo artístico de un muchacho de sus aspiraciones y que encontró en las emisoras, fundadas a principios de los años treinta, una valiosa plataforma de lanzamiento.

Un lugar llamado La Manglaria

La Manglaria era un amplio playón del barrio Carreño adonde en el pasado llegaban a descansar pescadores y cortadores de leña, luego de extenuantes jornadas en los caños de la Ciénaga Grande y en sus selvas de mangles. Allí, al amparo de enramadas y ranchos improvisados, el barrio creció al establecerse en sus predios obreros del banano, empleados del ferrocarril y trabajadores del puerto fluvial que permitía el comercio y tráfico de pasajeros con la pujante Barranquilla.

Quedaba al sur de la ciudad, al final del viejo callejón Olivo (Carrera 6) con la calle 24, y debía el nombre a la gran cantidad de mangles que había en el lugar. Era el más musical de los barrios de Ciénaga: lugar de cumbias y festejos.

Toda una larga lista de importantes músicos vivía allí o se reunía en el sector. Algunos de ellos fueron: Enrique Álvarez, Juan Martínez, José Rosario Caguana, Gustavo Rada, el profesor Marcos Guillot Sánchez, Esteban Montaño, Manuel Yépez, Agustín Polo, Tomas Fandiño, Abelardo Carbonó Lobo, José Rodríguez, Leopoldo Sierra, el maestro Jorge López Palmarini, Santiago Padilla. Algunos vivían allí y eran humildes pescadores.

Gustavo Rada, por ejemplo, es el autor de “La araña pelúa”, cuya anécdota central sucedió durante un agasajo en su casa y a la que asistió Buitrago. Esteban Montaño, oriundo del vecino municipio de Puebloviejo, es el autor de la letra de “La cumbia cienaguera”, del paseo “Por ella”1 y sería uno de los rivales musicales de Buitrago, con quien sostuvo varias piquerias en un teatro de la ciudad. Buitrago le grabó el paseo “Buitrago me tiene un pique” y el merengue “Las contradicciones”.

La idea de La Manglaria, como nombre para el barrio, nació gracias al poeta Armando Torregrosa Pérez, quien un día, al calor de unos tragos y entusiasmado con aquellas reuniones de músicos, exclamó: “¡Ahí tenéis La Manglaria! ¡Viva La Manglaria!” A lo que todos contestaron: “¡Viva La Manglaria! ¡Viva La Manglaria!”.

Buitrago, como buen amante a la música, una vez conoció el lugar, empezó a frecuentarlo. El barrio fue significativo para la música de la región y para Buitrago. Algunos conocedores, ganados por el estilo musical de Buitrago, coincidían en afirmar que su llamativo estilo al componer e interpretar le debía mucho a la alegría y el picante de los músicos de La Manglaria.

La Manglaria fue, en todo caso, un sector muy importante para la música popular de Ciénaga y la de Guillermo Buitrago en especial: música sencilla, alegre, con ritmo que se componía casi de oído y con una letra auténtica, llena de gracia, en la que se relataban hechos de la vida cotidiana.

César Castro Hernández, músico y compositor cienaguero, en homenaje al popular barrio sureño de Ciénaga, compuso, en ritmo de paseo, un tema de nombre homólogo, cuya letra transcribo:

La Manglaria

En la región sur de este municipio

se encuentra allí una zona que la llaman La Manglaria

unos me dicen yo preparo mi atarraya

para buscar lo que solicito.

Entonces cantemos a La Manglaria

a esta zona que es muy linda de adornarla

cantaremos todos emocionados, tocaremos con toda la alegría

y tocaremos armonía para este suelo idolatrado.

Por allá juntico está el barrio de los pescadores

que al atardecer se marchan complacidos

cuando está muy lejos se escuchan los rumores

de ese mar que vive embravecido.

Cantaremos todos emocionados

tocaremos con toda la alegría

y tocaremos armonía

para este suelo idolatrado.

Carlos Matheus es un mozo inteligente

Armoniza entre nosotros la música en la guitarra

nos dice que llevará en su mente

que llegue a la meta La Manglaria.

La ciudad de los pianos y las guitarras

Buitrago nació y creció en una ciudad en franco crecimiento, con una rica tradición cultural y musical asentada, reconocida en la región y el país (Caneva, 1998). Nace en una ciudad con destacados compositores y músicos como Eulalio Meléndez (el célebre autor de la música del Caimán y de “La piña madura”), Dámaso Hernández y Andrés Paz Barros: compositor de la famosa “Cumbia cienaguera”, a quien trató y de quien interpretó, entre otras piezas, el paseo “Dame tu mujer José”, inspirado en un motivo pícaro sucedido a un amigo2 de Paz Barros en Sevilla, trabajador de la United Fruit Company.

Esta tradición empezó a forjarse medio siglo antes de nacer el músico y es fácil de rastrear cuando se estudian los antecedentes musicales de Eulalio Meléndez, quien aprendió a tocar piano bajo la tutela del músico José C. Alarcón, padre del gran pianista colombiano Honorio Alarcón. Meléndez, que murió en Ciénaga en 1916, a la edad de setenta años, es el autor de una canción que Buitrago haría famosa, “La piña madura”, que compuso en 1881, con motivo del agasajo que la sociedad de Ciénaga le ofreció al ingeniero, político y novelista Jorge Isaac, que investigaba la existencia de minas al sur del municipio. Meléndez, quien dirigió bandas en distintos puntos de la región y creó una escuela de música en Ciénaga (en 1906), compuso la emblemática pieza “El helado de leche”, especie de himno de la sociedad samaria. Paz Barros, alumno y seguidor de Meléndez y sus hijos, pondrá a disposición de Buitrago temas suyos a los que éste, con fino instinto musical, les mejoró las letras o les puso letras y grabó, como sucedió con la canción “Por el amor de Claudia”, en cuyos arreglos Paz participó y cuyo título inicial era “De Ciénaga a Santa Marta”, según el músico le comentó al investigador Guillermo Henríquez Torres a principios de los años setenta del siglo pasado.

Esta tradición cultural y musical de Ciénaga es la que Buitrago canaliza y catapulta de manera intensa en el último lustro de los años cuarenta. Esta tradición musical culta y popular a la vez, con el piano y la guitarra como instrumentos nucleares, explica que en Ciénaga haya habido un gran aprecio por la música y hasta una academia dedicada a formar músicos en los años veinte y treinta del siglo XX, institución en la que estudió un muchacho humilde, zapatero de oficio, Andrés Paz Barros: músico de pentagrama, como también lo fue Dámaso Hernández, quien llegó a ser subdirector de la Banda de Música de la Policía del Atlántico. Ciénaga era, ciertamente, la ciudad de los espejismos y los pianos, que tocaban por igual hombres y mujeres de las familias pudientes3, enriquecidas en el comercio y en los cultivos y explotación de la madera, la caña de azúcar, el tabaco y el cacao, mucho antes de la aparición y la hojarasca del banano, a finales del mismo siglo. Era también una ciudad de guitarras y de destacados guitarristas, la mayoría de ellos de origen popular, pero de sólida formación. Esta tradición la mantuvieron viva, andando el siglo XX, hombres de la talla de Efraín Burgos García4 (Burgos, s.f.) y agrupaciones como el Trío Cienaguero, para mencionar un trío con una vigencia de más de medio siglo: sobresalientes continuadores de la música de Buitrago y espejos de las posteriores generaciones de artistas de este instrumento.

1. La letra de esta canción pertenece al poeta y educador de Tasajera (Pueblo Viejo) Santiago Montaño Castro.

2. Un gringo de la empresa bananera, enamorado de la mujer del amigo de Paz Barros, se la solicita a su subalterno a cambio de una supuesta deuda monetaria. Buitrago transforma la letra, aunque deja, según Paz le explicó a Guillermo Henríquez (1970), el nombre del amigo: José.

3. Una de ella es la célebre Juanita Monsalvo, quien, en 1865, a los dieciocho años, migró a Valledupar, donde enseñó solfeo y piano a los hijos e hijas de la élite. Ella dio origen a una rica tradición de músicos y compositores, como reconoce un bisnieto suyo, Efraín Quintero Molina, en crónicas aparecidas en el diario El Pilón de Valledupar en fechas recientes (2020).

4. Efraín Burgos fue uno de los grandes ejecutantes de la guitarra en su tiempo. Hizo vida europea en la segunda mitad de los años sesenta. Se presentó varias veces en el Teatro Olympia de París, ciudad donde vivió. Es el heredero de una tradición de reconocidos guitarristas cienagueros: José y Domingo Mazilli Ribón, Alfonso Cayón, Marcos Guillot Sánchez, José Hilario Castro, Santiago Padilla, Hispano Góngora y Efraín González. Fue alumno de Andrés Paz Barros a finales de los años cincuenta. Murió en Ciénaga, en 1995, ciudad en donde naciera en 1938. Actuó en las orquestas de los Hermanos Martelos y en la Tropibomba, entre otras agrupaciones. Muy joven, en Girardot, conoció al bolerista colombiano Tito Cortés, con quien anduvo de gira un corto tiempo.

Capítulo II
La familia de Buitrago
Los padres de Buitrago

Los padres del cantor cienaguero fueron Roberto Buitrago Muñoz y Teresa Mercedes Henríquez de la Hoz. Roberto era oriundo de Marinilla (Antioquia), hijo de Guillermo Buitrago y Dolores Muñoz, ambos de Marinilla.

Como buen paisa, fue inquieto, trabajador y andariego. Era un comerciante que recorría los pueblos de Colombia ofreciendo sus productos y negociando otros; de esta manera, viajando de un lado para otro, negociando artículos, llegó a Ciénaga, donde conoció a Teresa Mercedes Henríquez de la Hoz, de la que se enamoró perdidamente. Teresa, la madre, era hija natural de Jacobo Henríquez Ricardo y Gregoria de la Hoz Avendaño. Contrajeron matrimonio en la parroquia San Juan Bautista, de Ciénaga, el 15 de junio de 1916, ceremonia que celebró el padre José María del Castillo, siendo testigos del matrimonio Julio C. Morán y Manuel Charris.


Foto: Roberto Buitrago Muñoz y Teresa Mercedes Henríquez, padres de Guillermo.

Inicialmente vivieron en la casa de la señora Gregoria, madre de Teresa Mercedes, a quien cariñosamente le decían La Niña Yoya. La casa, grande y de techo de paja, se caracterizaba por tener unas inmensas puertas y enormes ventanales. Estaba ubicado en la antigua calle Santander y el callejón Santa Marta.

En esa casa nació el 1 de abril de 1920, un niño llamado Guillermo de Jesús Buitrago Henríquez, quien fue recibido por María Álvarez Laiseca, una de las parteras tradicionales y de confianza que había en aquel tiempo en Ciénaga. También nacieron allí otros hermanos del músico: Socorro, Alba Luzmila, Lola, Edith, Gregorio y Helda Cecilia, todos recibidos y atendidos por María Álvarez Laiseca.

Guillermo fue bautizado en la parroquia San Juan Bautista de Ciénaga por el padre Guillermo Gerardino, el 29 de septiembre de 1920, a los cinco meses de nacido. Sus padrinos fueron Óscar González Aycardi y Carmen Isabel González.

En la casa de la abuela vivieron muchos años, hasta cuando la familia perdió la casa a raíz de una deuda contraída con Carlos Medina Rojas. Se pasaron entonces, en calidad de arrendatarios, a una casa de la calle Nueva con el callejón de las Flores, propiedad de Julia Muñoz de Ebratt. Esta edificación era una casa de madera, grande también, techo de zinc y un enorme alar. Allí vivieron mucho tiempo.

Vivencias de Roberto Buitrago Muñoz en Ciénaga

Son pocas las noticias que pueden rescatarse del padre de Guillermo. Según Ana Rosa Díazgranados, vecina de ellos, “el cachaco Buitrago era un tipo serio, meticuloso, callado, un poco alto, de contextura gruesa, buenas facciones y trabajador...”. Trabajó inicialmente el negocio de Agapito Clavería, “un español que llegó a Ciénaga en 1914, donde abrió una tienda, grande y muy surtida, en el viejo caserón de los Barrancos , en la esquina de la calle Santander con el callejón Popayán, donde funcionó, a finales del siglo pasado, una factoría tabacalera...”, recuerda Ana Rosa.

Agapito Clavería, el patrón del padre de Buitrago, trasladó el negocio a otra esquina de la calle Santander, pero con el callejón Bucaramanga. A un costado de la tienda, en la misma edificación, fijó su residencia el famoso comerciante español. “Lo recuerdo como si fuera hoy –dice Ana Rosa- porque mi yerno, Benjamín Arza “Mincho Arza”, casado con mi hija Rosa Jimeno, también trabajaba con el cachaco Buitrago en la tienda de Agapito Clavería. Trabajaron con él también Juan González Aragón, Cayetano Polo y Rafael Vélez”.

Albertina Locarno Pumarejo nos cuenta a su vez otras vivencias del padre de Guillermo Buitrago. Cuando fui a visitarla a su casa, en Ciénaga, me recibió atenta como siempre y con un tinto deliciosamente preparado por ella. “Sí, yo fui amiga personal de Yoya y de Teresa”, abuela y madre, respectivamente de Guillermo. “Roberto Buitrago atendió un llamado del entonces gerente de la Santa Marta Railway Company Limited, míster George Maherj, El Cuáquero, apodo que le puso Francisco Eliécer Locarno Sarco, mi padre, para que se vinculara a la compañía”, recordaba.

Míster Maherj era un masón inglés, miembro de la logia de Boston, que fue gerente de la compañía hasta 1932. Estaba casado con una señora de nombre Zulma. Después se fue para su tierra y no se supo más de él.

Míster Deudney, superintendente del tráfico, nombró a Roberto Buitrago jefe de la estación de Sevilla. Buitrago se relacionó, entonces, con Alejandro Castañeda Lozano, jefe de la estación de Ciénaga, además de Pedro Bonett Camargo, esposo de Albertina, que era el telegrafista.

El papá de Guillermo Buitrago, ya nombrado jefe de la estación de Sevilla, se trasladó con la familia a dicha población, donde les tocó presenciar y soportar en todo su rigor, los sucesos de la huelga de las bananeras, en 1928. Al año siguiente, septiembre de 1929, ocurrió algo doloroso, lamentable e inesperado: Roberto Buitrago abandonó a la familia, se fue de Ciénaga y no regresó más. Nunca se supo qué pasó o por qué lo hizo.

Guillermo tenía nueve años cuando el padre se fue; la mayor tenía trece años y la menor apenas había nacido.

Supieron que regresó a Marinilla, su lugar de origen, y que después se radicó en Ibagué. Nueve años más tarde, en 1938, Guillermo viajó a Medellín y llegó a Marinilla, donde le informaron que Roberto estaba en Ibagué. Viajó, entonces, a la capital del Tolima. Allí estuvo con él algunos días. Regresó con la noticia de haberlo visto, pero la felicidad duró poco, porque un año después, Roberto falleció en Ibagué, víctima de un infarto cardiaco. Dos años más tarde moriría en Ciénaga, Teresa, la madre de Buitrago, a la edad de cuarenta y cinco años.

Semblanzas y episodios

Del matrimonio de Roberto Buitrago y Teresa Mercedes Henríquez nacieron siete hijos: Socorro, Alba Luzmila, Guillermo, Lola, Edith, Gregorio y Helda.


Foto: Familia Buitrago Henríquez. Guillermo Buitrago aparece en la parte superior, de pie, al lado de sus hermanas Lola y Socorro. Sentada aparece su madre Teresa Mercedes y sus otros hermanos Helda y Gregorio.

Socorro, su hermana mayor, falleció en 1999 en Barranquilla. Lola, la cuarta del matrimonio, murió en Barranquilla a mediados de 2000. Alba Luzmila, la segunda, murió en Ciénaga cuando tenía un año de nacida, en 1919. Guillermo murió de 29 años, en 1949, en su ciudad natal. Edith murió también muy niña, de año y medio, en 1926. Después venía Gregorio, el sexto, murió a los 19 años, en 1947, en Ciénaga. Helda, la última, murió en Tunja, en 1954. Tenía 24 años.

Erlina Cecilia Buitrago Castillo es otra hermana de Guillermo. Su madre fue una tolimense de nombre María Castillo Delgado. Murió en Ciudad de Panamá, donde residía. Se casó con el inglés Daniel Joseph Reid Depass. Erlina no conoció a su padre ni tampoco a sus hermanos, según ella misma manifestaba. De su padre tiene el recuerdo, por información de su madre, que era un señor trabajador, bueno y muy celoso.

A Helda Cecilia, como a su hermano, le apasionaba la música. Era una hermosa mujer, alegre y extrovertida. Cantaba tan exquisitamente que la llamaban La Alondra Cienaguera.

¿Guillermo Buitrago Henríquez o Guillermo Buitrago de la Hoz?

La legislación colombiana estuvo durante muchos años sometida a la legislación canónica, fenómeno que produjo una cierta contradicción entre la realidad social del país y las reglas referentes a matrimonio, filiación y régimen de bienes.

El Concordato de 1888 tenía el grave inconveniente, como toda la legislación canónica, de pretender regular con las mismas disposiciones a todos los católicos del universo, que son necesariamente distintos.

A partir de 1863, en Colombia se hizo obligatorio el matrimonio civil, por lo que el matrimonio católico pasó a ser una simple unión libre frente al poder civil. La filiación natural no existía. Las leyes 57 y 153 de 1887 refrendaron retroactivamente la validez del matrimonio católico.

En vigencia de la Constitución impuesta por Rafael Núñez, en 1887, se pactó un concordato que impuso como obligatorio el matrimonio católico para todos los que profesaron dicho clero.

La Ley 30 de 1888 elevó incluso a causal de nulidad de pleno derecho de un matrimonio civil, la celebración de otro católico por cualquiera de los cónyuges con una tercera persona. Esta disposición rigió hasta cuando se aprobó el nuevo concordato por medio de la Ley 54 de 1924, conocida popularmente con el nombre de la Ley Concha, como reconocimiento al vicepresidente José Vicente Concha. Solamente en 1936, cuando se expidió la Ley 45, pudo decirse que comenzó un verdadero, aunque tímido y discutido, régimen para los hijos nacidos fuera del matrimonio, llamados en ese entonces hijos naturales.

Antes de la Ley 45 de 1936, los hijos no matrimoniales se clasificaban en dos grandes grupos: Hijos simplemente ilegítimos e hijos espurios, bastardos o de dañado o de punible ayuntamiento, los cuales se subdividían en hijos incestuosos, adulterinos y sacrílegos.

El hijo ilegítimo era el nacido de padres que al momento de la concepción no estaban casados entre sí, pero podían casarse válidamente. Hijo espurio o bastardo o de dañado o de punible ayuntamiento, era el nacido de padres que al momento de la concepción, ni estaban casados, ni podían casarse válidamente entre sí. Hijo adulterino era el nacido de personas que, al momento de la concepción, una de ellas por lo menos estaba ligada con vínculo matrimonial. Hijo sacrílego era el engendrado o concebido por religiosos o clérigos. Finalmente, el hijo incestuoso era el nacido de padres ligados por la relación de parentesco que les impedía casarse.

Existía una última clasificación que era la de los llamados hijos mánceres, que se aplicaba a los hijos no legítimos de las meretrices. Es por ello que al hablarse de hijo máncer se hacía relación únicamente a la madre, puesto que según la ley era hijo de soltera o viuda que se prostituye a muchos y cuyo padre es incierto.

La iglesia católica también había recibido el beneficio legal de manejar el estado civil de las personas con base en las actas eclesiásticas de celebración de matrimonios, bautizos y defunciones. Solo a partir de 1938 se dispuso por la ley que el estado civil de las personas podría probarse con las correspondientes partidas de registro expedida por los notarios, los alcaldes y los inspectores de policía en virtud delegación especial y expresa.

Mientras la iglesia católica manejó la prueba del estado civil, los apellidos de los menores bautizados quedaban muchas veces al criterio, al genio, a los caprichos o arbitrariedades, o a los intereses personales del sacerdote que administraba el sacramento.

En muchas ocasiones bastaba con que el sacerdote incluyera el nombre del padre bautizado, para que esté llevará el apellido de su progenitor y de hecho adquiriera un estatus de hijo natural frente a sus parientes y con relación al régimen sucesoral.

En muchas oportunidades el sacerdote se negaba a mencionar el nombre del padre, con lo cual se le asignaban como apellidos al menor, los de su madre o los de sus abuelos maternos. Es por ello que nos encontramos con mucha frecuencia con hermanos y con primos que llevan apellidos completamente distintos, casos que se presentaron con mucha frecuencia en Ciénaga, especialmente en relación con hijos de sacerdotes, que eran supremamente prolíficos.

Buitrago nació en 1920, en pleno dominio de la legislación canónica respecto del matrimonio, la filiación y las pruebas del estado civil. En diversos documentos, tales como la partida de matrimonio de Roberto Buitrago con Teresa Mercedes Henríquez (hija natural de Gregoria de la Hoz), padres del cantor, observamos que se le reconoce a su madre el apellido paterno; sin embargo, a su hijo Guillermo le negaron el apellido de su abuelo y le asignaron después del Buitrago el segundo apellido de su madre, el de la Hoz, mientras que a Alba Luzmila y Helda Cecilia, sus otras hermanas, le reconocen el apellido de su abuelo, asignándoles después del Buitrago, según se puede observar en las partidas de bautismo, el primer apellido de su madre: Henríquez.


Foto: Partida de bautismo de Helda Buitrago, hermana de Guillermo. En este documento se le reconoce el apellido paterno a su madre (Henríquez).

Eso sucedía sencillamente por la arbitrariedad de los sacerdotes encargados de los bautismos y del asentamiento de las partidas correspondientes. Esos abusos no tienen explicación distinta al capricho de los santos sacerdotes que administraban los sacramentos. El verdadero nombre del trovador cienaguero debe ser, según queda visto, Guillermo de Jesús Buitrago Henríquez.

Los curas, respecto de sus hijos, los famosos hijos sacrílegos, es muy probable que no les pusieran sus apellidos por temor a que el obispo los recriminara y los sancionara, asignándoles una parroquia pobre. Aunque de hijos de obispo también está poblado el Magdalena Grande.

Eran tantas las aventuras y romances, tan abundante la prole de muchos sacerdotes, clérigos y obispos, que algunas fueron llevadas al pentagrama por los más connotados autores populares de nuestro medio.

No le falta razón al maestro Rafael Escalona cuando dice que: “Muchas veces la historia del canto es mejor que el canto”. “No es lo mismo escuchar “El Gavilán Cebao” con la idea de que se trata del cuento de un ave rapaz, y oírlo a sabiendas de que este es el relato metafórico de las aventuras eróticas de un cura”.

El cuento se relata a continuación:

Allá en la Sierra viene un gavilán cebao

que es el demonio y el control de las mujeres

le ponen trampas para matarlo

pero él es adivino y entonces no viene.

Levanta el vuelo por las nochecitas

cuando todo el mundo se encuentra dormido

y amaneciendo regresa a su nido

pero entre las uñas trae una pollita.

Ay mujeres pongan cuidado

que viene el gavilán cebao

ay mujeres habrá en el ojo.

porque siempre llega solo

ay mujeres dejen la bulla

ahí viene el gavilán sin plumas.

Por atrevido quisieron matarlo

con una linda polla envenenada

pero él no vino, los dejó burlados

sigue volando sin pasarle nada.

De dos en dos se las está llevando

según se ve no va dejar ninguna

no tiene pico pero tiene mano

y lo más raro es que no tiene pluma.

Ay mujeres pongan cuidado

que viene el gavilán cebado

ay mujeres habrá en el ojo

porque siempre llega solo

ay mujeres dejen la bulla

ahí viene el gavilán sin plumas.

A donde vive el gavilán ahora

eso solamente lo sabe Dios

pero enseguida contará la historia

por los motivos que él se desterró.

De él no gustaba nadie en este mundo

seguramente por su negra fama

se arrepintió de ser un vagabundo

y salió a perderse en la extensión lejana.

Cuenta la gente que al amanecer

lo oyen penando de aquel la´o del cerro

a la hora fija que él alzaba el vuelo

toda la sierra de oye estremecer.

Ay mujeres pongan cuidado

que viene el gavilán cebado

ay mujeres habrá en el ojo

porque siempre llega solo

ay mujeres dejen la bulla

ahí viene el gavilán sin plumas

Más elocuente no puede ser la letra de “El gavilán cebao”. Definitivamente a este eclesiástico le descubrieron más vuelo de gavilán que de religioso.

Ahora vean lo que dice Julio Erazo Cuevas, conocido compositor guamalero, cuando al referirse al mismo tema compuso:

El carrito del cura

Si ustedes vieran cómo gozan las muchachas

cuando se montan en el carro del curita

a él no le importa que le arruguen la sotana

lo que importa es que ellas vayan pegaditas.

Ay dicen, vámonos en el carrito

ay vamos, vamos con el padrecito.

A las muchachas más hermosas las coloca

en la cabina pa´ que formen un montón

y con las manos a todas las vuelve locas

metiendo cambios y la doble transmisión.

Ay dicen, vámonos en el carrito

ay vamos, vamos con el padrecito.

Esas muchachas se entusiasman con el carro

y para remate que el curita es buen chofer

no se dan cuenta cuando el curita le mete los cambios

tampoco siente cuando lo pone a correr.

Ay dicen, vámonos en el carrito

ay vamos, vamos con el padrecito.

Como es seguro que yo nunca tendré carro

de vez en cuanto me iré a San Sebastián

y pa´ lograr con el cura su cacharro

voy a pedirle que me nombre sacristán.

Ay, dicen, vámonos en el carrito

ay, vamos, vamos con el padrecito…

Lilia Esther Gallardo Polo, la esposa de Guillermo

De la unión de Francisco Gallardo Pertuz y Carmen Polo, baranoero y cienaguera, respectivamente, nacieron tres hijas: Olga Graciela, Beatriz del Carmen, Lilia Esther, ya fallecidas.

Lilia Esther, nacida en Ciénaga, el 23 de abril de 1924, es el personaje que nos ocupa. Era la esposa de Guillermo Buitrago. Hizo sus estudios en el Colegio Santa Teresa, de las Hermanas de la Presentación, de esta ciudad, donde se destacó como buena estudiante y gran compañera de clases.

Era una muchacha sencilla,alegre y muy activa. En el colegio hacía presentaciones de teatro y organizaba las verbenas, que eran amenizadas por el hombre que sentimentalmente le cautivaría: Guillermo Buitrago.

Lilia Esther siempre lideraba estas fiestas, generalmente de carácter benéfico. Nose tocaba por plata, el músico cuando era bueno, la mayor distinción y reconocimiento que recibía era la invitaciónpara que tocara en las fiestas. Lilia era una admiradora del cantor cienaguero y amante de su música. Había una relación de amistad que posteriormente se convirtió en un romance, prácticamente a escondidas.

Los padres de Lilian Esther no veían con buenos ojos a Guillermo, como para que fuera el esposo de su hija: su condición de músico le hacía perder cierta credibilidad para lograr esa posibilidad con ella. Con él no existía problema alguno, por supuesto que no, pero esa particularidad de ser músico hacía que lo pasaran como dulce amargo, o que lo vieran con ojos de bacalao con lentes de contacto. Doña Carmen, por ejemplo, ni siquiera le gustaba que en su casa se escuchara su música.

Pero el “El Mono” no se rendía. El romance apenas comenzaba. Se hizo amigo entonces de las hermanas Silva (Lila, Esther, Rosalba, Raquel y Nora), amigas de su pretendida, y consiguió de esta forma establecer un puente de comunicación con su novia. Ellas eran las que le colaboraban con aquello del “lleva y trae”. Que no era otra cosa que el correveidile, logrando poco a poco “ambientar el ambiente”.

Por las tardes se sentaba en la Plaza del Centenario a la espera de las hermanas Silva, que lo acompañaban a visitar a su novia. Así, con el tiempo fue ganándose la confianza y algo del cariño de sus futuros suegros.

El día del grado de Lilia Esther, el 17 noviembre 1945, Guillermo llegó acompañado del brazo de Lila Silva, elegantemente vestido, con el regalo en la mano… y un poco nervioso. Fue recibido cordialmente por los padres de la novia, que allí presentes, lo invitaron a pasar, estando con él durante toda la fiesta.

Envalentonado después de algunos tragos, Buitrago aprovechó el momento para manifestarles cuáles eran sus intenciones y el deseo de casarse con su hija. Los padres finalmente cedieron no solo con la aceptación de Guillermo sino también de su música.

A la edad de 26 años, Guillermo, y de 24 Lilia Esther, contrajeron matrimonio en la parroquia San Juan Bautista, de Ciénaga, el 1 de julio de 1946, presenciado por el entonces cura párroco, Máximo Ruiz,siendo testigos del matrimonio Julio Medina Vizcaíno y Adolfo Suárez.Fijaron su residencia en la casa ubicada en el viejo callejón Ayacucho, entre calles Bolívar y Santander, actual carrera 8,calles 7 y 8, cuya propietaria era la señora Carmen Polo.

De este matrimonio nació Guillermo de Jesús Buitrago Gallardo, el 5 de noviembre de 1948.

Apenas cinco meses de nacido tenía cuando su padre murió. Guillermo Junior actualmente reside en Ciénaga, donde lo vemos diariamente transitando calles y esquinas de la ciudad.

Años después de muerto Guillermo Buitrago, Lilia Esther contrajo nuevamente matrimonio con Aquileo Mozo, con quien tuvo dos hijos: Álvaro y Janeth; se radicó en Barranquilla, donde murió el 5 de febrero de 1994, a la edad de 70 años. Fue sepultada en Jardines de la Eternidad de esa ciudad.

Capítulo III
Caminos de juventud en Ciénaga y Santa Marta

Guillermo era un muchacho común y corriente, como cualquier joven de la época. Inició estudios de primaria en el Colegio Adventista de Ciénaga, regentado en esa época por María Ruptilia Manjarrez, que funcionó en la calle Valledupar con el callejón Enciso. En una esquina, diagonal a la institución educativa, vivía quien más adelante sería uno de los personajes más populares en la vida artística del cantor cienaguero: Heliodoro Eguis, a quien dedicó uno de sus canciones más exitosas. A Guillermo, los compañeros de colegio, le pusieron pronto un apodo: Papabuelo, por el color rubio del cabello.

Continuó los estudios primarios en la Escuela Moderna, de don Víctor Manuel Gallardo Meza5, ubicada entonces en el callejón Popayán, entre calles Padilla y Valledupar. Cursó hasta tercero de bachillerato en la Escuela de Segunda Enseñanza para Varones, que había sido creada en abril 4 de 1932 mediante ordenanza del departamento.

En 1933, el gobernador del departamento, Roberto Castañeda Orozco y el director de Educación Pública, firmaron el Decreto 81 que organizó el plantel según lo dispuesto por la ordenanza de 1932. Fueron nombrado el poeta Gregorio Castañeda Aragón -el poeta de San Juan del Córdoba, como lo llamaba León De Greiff- como rector fundador, con una asignación mensual de $120 pesos, y los profesores Franco García Navarro, Carlos García Mallorca, Ramón Miranda, Raúl Villalobos Rojas, Manuel Rovira Bolaños, Víctor Manuel Gallardo y los padres Nicanor Sagorday y Saturnino Orellano: una nómina de lujo, dadas las calidades profesionales e intelectuales de los designados.

En marzo de 1934, la Escuela de Segunda Enseñanza abrió sus puertas con los cursos primero y segundo de bachillerato. Inicialmente funcionó en el viejo caserón de las hermanas Sara e Isabel Maya Fernández de Castro (Machara y Mabén), en la esquina del callejón Bucaramanga con la calle Magdalena, en la antigua residencia de las Hermanas del extinto Colegio Santa Teresa de la Presentación. El colegio, para 1935, siendo rector el licenciado Bienvenido Rodríguez, abrió los grados tercero y cuarto de bachillerato.

Guillermo Buitrago ya pertenecía al colegio. El profesor Pedro Juan Navarro recordaba a Guillermo como un muchacho “sereno y muy callado, ajeno a problemas y discusiones”. Solía decir, contaba el profesor, que “para pelear se necesitan dos y yo no soy uno”. Era un estudiante promedio, pero, sin ninguna duda, la música era su verdadera pasión, memora Navarro.

En 1943, durante la gobernación de Armando L. Fuentes, el Decreto 67 creó el Instituto Virginia Gómez, y en el mismo acto administrativo, la Escuela de Segunda Enseñanza pasó a llamarse Instituto San Juan del Córdoba.

A principios de 1944, ocupó la dirección del colegio el licenciado Campo Elías Ortega, quien pronto le dio un nivel al colegio similar al del Liceo Celedón de Santa Marta, institución prestigiosa en donde estudiaban los hijos de las más importantes familias del antiguo departamento del Magdalena. Campo Elías logró la aprobación para dictar los cursos de quinto y sexto de bachillerato: un hito para la educación de una ciudad que crecía de manera acelerada.

En 1949, año de la muerte inesperada de Buitrago, siendo vicerrector el doctor Pedro Juan Navarro, el Instituto San Juan de Córdoba entregó su primera promoción de bachilleres: diez jóvenes que, andando los años, traspasaron sin dificultad el umbral de los centros universitarios.

El joven Guillermo Buitrago de la época escolar era un muchacho pausado al hablar, sereno, laborioso. Siempre andaba bien vestido y con el pelo corto y engominado, partido al lado izquierdo, lo que le daba una apariencia elegante. Alto, blanco, pecoso y de ojos claros, Buitrago estaba dotado de un físico poco usual en Ciénaga. La ceja izquierda, según recuerda uno de sus amigos de estudios, la tenía un poco más arqueada que la derecha. Frente ancha, orejas grandes y miradas fijas, tenía una protuberante manzana de Adán.


Foto: Hermanos de Guillermo Buitrago.

Socorro, su hermana mayor, recordaba que le gustaba leer y sentarse a la puerta de la casa. Con ella era con quien más conversaba. La actualidad y generalidades del momento ocupaban sus charlas. Fue supremamente respetuoso y amable con las personas. Nunca fumó en una época en que la juventud exhibía la mayoría de edad de la mano siempre de un paquete de cigarrillo. A pesar de su frágil contextura física, Socorro afirmaba que Guillermo era muy sano.

No hizo estudios de música, pero desde muy joven se sintió atraído por la fuerza de su sensibilidad musical. Sus inquietudes musicales las expresaba tocando en cajas de madera, silbando y cantando mientras que Helda, niña aún, lo acompañaba con toda clase de “ruidos”.

Empajaba muebles y fabricaba tiritos de mecha en los ratos en que estaba desocupado. Actividades que constituían unas entradas económicas importantes, ya que todavía no ejercía la música como una profesión. Estaba muy joven y apenas rasgaba el tiple, que fue el primer instrumento que aprendió a tocar gracias a su propietario José Rosario Caguana, que vivía en La Manglaria.

La guitarra, sin embargo, era el instrumento que lo cautivaba y, curiosamente, uno de los enamorados de una de sus hermanas tocaba guitarra, la que dejaba guardada en la casa donde ellos vivían, ocasiones que aprovechaba El Mono para necear con las cuerdas.

A mediados de 1936, adolescente aún, empezó a trabajar, como dependiente, en el almacén de víveres El Mercadito, ubicado en la calle Cauca, con el callejón de las Flores, en un local de Gabriel González de la Hoz, arrendado a José Manuel Fernández de Castro, El Baby Castro, dueño del negocio. Allí trabajó poco tiempo.

En la radio

Fue para entonces cuando comenzó a frecuentar los lados de la emisora Ecos del Córdoba, de Víctor Roberto Pereira Zamora, que ya hacía transmisiones en el segundo piso del palacio municipal, en oficina donde funcionó la Biblioteca Pedro Bonett Camargo.

La emisora había sido fundada por Víctor Roberto el 24 de junio de 1935, fecha del fallecimiento en Medellín de Carlos Gardel. Fue la noticia con que se inauguró la emisora, cuya autorización para operar la otorgó Manuel Vives Barranco, entonces presidente del Concejo del municipio.

En ella trabajaron Antonio y Enrique Campo Núñez, Juancho Ortega y Darío Torregrosa Pérez. Debido a una crítica al escudo de Ciénaga, formulada por Amadeo Mazzilli (colocado entonces en la parte superior del palacio municipal), el alcalde, Luis Jorge Lafaurie, que la consideró de mal gusto, la emisora tuvo que desocupar el amplio salón donde funcionaba en la Alcaldía. Enfadado, le pidió a los dueños de la emisora que retiraran esos garrafones del palacio, en una clara alusión a los altoparlantes.

Se trasladaron, entonces, a la casa de los padres de Ramón Ropaín (notable pianista cienaguero), Clemente Ropaín y Delia Elías, en la calle Antioquia, callejón Popayán, esquina, al sur de la Plaza del Centenario.

La emisora salió al aire con el nombre de Ondas del Magdalena, identificada con las letras H.J.B.E., en la frecuencia 1.460 kc., y empezó a emitir el programa La Hora Artístico-literaria, fundado por el intelectual Darío Torregrosa Pérez, el 18 de diciembre de 1938 (Revista Costamar, 1941). El programa era un pregonero cultural que se hacía todos los domingos a partir de las 8:30 a.m. y se escuchaba por los altoparlantes instalados en el Teatro Trianón y en la Librería Danón, o sintonizando la emisora por medio del radio.

Amplificando o retransmitiendo en la casa de Calixto Bayona V., en el callejón Bucaramanga, lograron llevar la transmisión a los playones de Aguacoca, al sur de Ciénaga, donde acondicionaron un radioteatro, que sería esencial en la vida de los jóvenes músicos de entonces, en especial de Buitrago. Era un amplio caserón de madera, con techos de zinc, dos grandes corredores y un inmenso portón. Esta casa era conocida como El Hipódromo, porque las carreras de caballos, que se hacían en los playones de Aguacoca, arrancaban de ese lugar.

Finalmente, la emisora, ya con el nombre de La Voz de Ciénaga, se estableció en el callejón de las Flores, entre las calles Antioquia y Cauca, en una casa de madera y techo de teja, cuyo propietario era el mismo Víctor Roberto Pereira.

Programas de las emisoras de Ciénaga

La primera agrupación musical que se presentó en la emisora fue la conformada por Carlos “El Mocho” Noriega, quién había perdido su mano izquierda al hacer explosión una pólvora cuando fabricaba artefactos pirotécnicos. El Mocho Noriega era el ejecutante de la dulzaina, un instrumento marca Honner, que tenía siete vueltas, parecido a una mazorca. Adolfo Arrieta Balanzó interpretaba la marimba, que era el contrabajo de la época. Lorenzo Arrieta Balanzó estaba con el tamborito y Manuel Arrieta con las maracas. Esas presentaciones se hicieron frecuentes y eran las delicias del público, que colmaba entusiasmado las rústicas instalaciones del radioteatro. Al local llegaba un jovencito con una guitarra prestada, cantaba un rato, lo aplaudían y se iba. Su nombre: Guillermo Buitrago.

Entusiasmado con estas presentaciones, se esmeró por hacerlo mejor. Posteriormente, con el hijo del dueño de la emisora, Guillermo Pereira, que también tocaba guitarra, conformaron un dúo, Los Dos Guillermos.

Se presentaron en un programa dominical dirigido por Ramón Ropaín Elías, dedicado especialmente a los niños, La Hora Infantil, que comenzaba a las diez de la mañana.

Los infantes cantaban acompañados por el dúo. Ropaín promocionaba y premiaba a los mejores. Fue un programa que gustó por la sencillez de sus integrantes, por la música que interpretaban y por “un rubio que parecía extranjero”.

Había un morenito, con mucha gracia para bailar y cantar, Sócrates Rafael Villero, a quien apodaron Figurín, hijo de Agustina Villero, la doméstica de los padres de Buitrago.


Foto: Guillermo Buitrago y su ahijado Sócrates Villero “Figurín”, a quien dedicó el paseo “El negrito Figurín”. Además de los anteriores aparecen de izquierda a derecha: Darío Torregroza, Helda Buitrago (hermana), Ángel Fontanilla, Esteban Montaño, Gregorio Buitrago (hermano), Juan de la Cruz y un desconocido.

Guillermo sentía gran aprecio por el niño, ahijado suyo. Lo llevaba al radioteatro de la emisora, donde bailaba vestido de rumbero para regocijo de la audiencia, que atiborraba el salón.

La historia de Figurín se pierde en el tiempo, como muchas de sus anécdotas. Procedía de María la Baja, Bolívar, la tierra de la madre. Nunca se supo más de él.

Ni nadie recuerda que haya vuelto alguna vez.

Las programaciones en la emisora seguían, y una verdadera procesión de gentes nuevas llegaba al radioteatro.

Ana Elvira, Elvira Elena, Zoila y Sara Rada, Elizabeth Hernández Miranda, Rosa Vizcaíno, Rosita Noguera, Hugo Parejo Fontanilla, Armando Mieles Mejía, Camilo Remón Camilo Montañez, Ana Joaquina Gastelbondo, Nicanor Velázquez García, Álvaro Montero González, entre otros, mantenían la sintonía con sus boleros corridos y romanzas.

Las guitarras de Lino Ibáñez Díaz, Ricardo Lacera y Olivo Palacio no se hicieron esperar. Interpretaban páginas románticas y acompañaban a los cantantes que de domingo a domingo pasaban por el micrófono en la programación de La Hora Artístico-Literaria, de Darío Torregrosa Pérez.

Esporádicamente Buitrago se presentó en la emisora de Sergio Martínez Aparicio, en la experimental de Rafael A. Correa Serna y en la de Juan Armenta Vázquez. Su primera guitarra fue un regalo de Darío Torregroza Pérez, hecha por Alberto Bornachera Carrillo, carpintero de profesión.

Buitrago asistía a las programaciones que hacían las emisoras. Su aporte fue valioso y muy significativo. Con Ramón Ropaín creó y dirigió el programa La Hora de los Aficionados, que los mayores recuerdan con viva nostalgia.

Causó agrado en aquella época, el premio dado al concursante Efraín Miranda Reales, quien conformara el famoso Trío Cienaguero, al ocupar el segundo puesto. Un año gratis de estudio en el colegio de Juan Pastor Campo. El primer puesto, Hugo Parejo Fontanilla, recibió como premio una máquina fotográfica.

Guillermo disfrutaba los bailes y gozaba el carnaval, y en tiempos de carnaval solía sacar un disfraz de mariachi, Allá en el Rancho Grande, canción que entonaba con una agraciada pareja, la linda jovencita Carmen Mancilla, cuya voz hizo época en su generación. Era una chica entusiasta, nativa de Ciénaga, enormemente apasionada por el canto, que interpretaba canciones románticas.

Ella actuaba en la emisora a escondidas de sus padres, porque no les gustaba que su hija anduviera metida en los asuntos de la farándula y menos cantando en una emisora. Para que sus padres no se dieron cuenta de sus presentaciones, el animador del programa, Juancho Ortega, la anunciaba como una cantante anónima: “Ustedes dirán que Ciénaga no tiene artistas, aquí tienen a la Incógnita Cienaguera deleitándonos con el precioso tango “Besos brujos”, de Libertad Lamarque”.

Diferentes grupos musicales, dúos, tríos, solistas y cuartetos, llegaban de distintos rincones de Ciénaga a la emisora.

El conjunto Ronda Lírica del Magdalena, por ejemplo, deleitaba a los asistentes con pasillos, bambucos, valses y nuestros aires tropicales. Lo conformaban Blas Carrillo, director y bandola; José Meléndez, tiple; José Pacheco, guitarra; e Hilda Esther Linero Díaz, guitarra. Esta última, nacida en Ciénaga el 23 de febrero de 1918, hija del samario Roberto Linero Padilla, fue criada por Blas Carrillo, quien le enseñó a tocar guitarra. Carrillo, además de la bandola, tocaba tiple, guitarra, violín, dulzaina y la famosa hojita, que hacía sonar como un clarinete.

La clave de Aquileo Peña, el banjo del cartagenero Juan Riola Guerrero, las guitarras de Pedro Camacho y José Hilario Castro, la parte vocal de Guillermo Meléndez fueron sensacionales cuando en la emisora reventaron con el tema “El Progreso del Magdalena”, merengue de la autoría de Meléndez.

Un buen campo de aviación

carretera pa´ correr

eso era lo que queríamos

ya lo podemos ver.

También la radio emisora

tu progreso va adelante

hace volar como el viento

las voces de los cantantes.

La emisora mantuvo la sintonía y el entusiasmo por mucho tiempo; primero como Ecos del Córdoba, después como Ondas del Magdalena y finalmente como La Voz de Ciénaga. Las dificultades y los problemas económicos obligaron a don Roberto a limitar la programación.

Por eso, cada vez fueron menos frecuentes las presentaciones de La Incógnita Cienaguera, los programas de La Hora Infantil, la Hora de los Aficionados... y así, un día cualquiera, por la falta absoluta de patrocinio, acabaron.

En el año 1942,18 de enero, la emisora fue vendida a Hernán Gómez Peláez, que vino de Sincelejo a realizar el negocio y se llevó como socio a Guillermo Pereira, quien, además de buen guitarrista, fue un destacado ingeniero electrónico, su verdadera profesión. De esa forma se originó la emisora Radio Sincelejo.

Este ilustre ingeniero electrónico, fijó desde entonces (1942) su residencia en Sincelejo, donde conoció a Julia Almario Montes, con quien se casó y tuvo ocho hijos. Regresó a Ciénaga 7 años más tarde, cuando viajó con su hija Consuelo del Carmen, que tenía entonces un año de nacida, para que la bautizaron Víctor Roberto y Consuelo, padre y hermana, respectivamente, de Guillermo. Después regresó a Sincelejo donde se quedó definitivamente. No volvió más a Ciénaga.

La primera semana de abril de 1948, la emisora presentó a Guillermo Buitrago y sus muchachos en el teatro El Dorado, en Sincelejo, cuyo propietario era Enrique Castellanos. Fue la única presentación del artista cienaguero en dicho lugar.

Guillermo Pereira recibió varias condecoraciones por sus servicios prestados a la radiodifusión costeña. Las emisoras La Voz de Montería, Radio Barají, de Sahagún; Ideal, de Planeta Rica; y Radio Progreso de Córdoba, de Lorica, le impusieron una medalla honorífica en reconocimiento a su labor.

A Guillermo Pereira y Pereira se le considera uno de los pioneros del sistema F.M., en los departamentos de Sucre y Córdoba, pues con su aporte colocó a las emisoras de estas dos regiones al nivel de las principales del país.

Tuve la oportunidad de visitarlo en su casa de Sincelejo, el 23 de diciembre de 1997, donde su familia me recibió calurosamente. Aún recordaba las vivencias de aquellos años treinta y principios de los cuarenta, de su ciudad natal. Se interesó por el destino de algunos amigos y de algunas conocidas casas comerciales. Me comentó episodios interesantes, sucedidos en la emisora de Ciénaga, muchos de ellos consignados en esta obra. Mes y medio después, el 8 de febrero de 1998, Guillermo murió en Sincelejo de un infarto cardíaco.

Buitrago actor

Guillermo Buitrago incursionó igualmente en el teatro. Se presentó en una obra en el Colegio Santa Teresa, de las Hermanas de la Presentación, titulada Bajo unas palmeras. Actuó con Ana Joaquina Gastelbondo, que hizo el papel de cantante, mientras que en un bote, con un fondo lleno de palmeras, mar y aves, remaba “El Mono” Buitrago. La obra fue presentada varias veces y gustaba, pero no llenaba en nada las aspiraciones de Guillermo.

Definitivamente “no le jalaba a eso”. El bote no era su vocación. Si le hubieran dado una guitarra, el remero seguramente hubiera cantado.

El Garcípolo

Guillermo Buitrago fue una persona de pocas bromas. Sin embargo, no escapó a ellas. Una muy recordaba aún, ocurrió en casa de Manuel Meza Fonseca, en el callejón Enciso, entre calles Santander y Magdalena.

El 16 de enero, cumpleaños de Alicia, Pablo, su hermano mayor, regresó de la finca en donde había estado de cacería con unos amigos, comentaba Arturo, hijo del viejo Meza. Encontró una agradable reunión, amenizada por Bienvenido Martínez y Guillermo Buitrago. A eso de las once o doce de la noche, cuando todos disfrutaban de la fiesta y estaban en lo mejor, a Pablo se le ocurrió organizar un sancocho con la presa que había traído de la cacería.

La presa era un pájaro grande, apetecido por la familia, un Garcípolo que había apartado, premeditadamente, para que se lo comiera Buitrago. Guillermo degustó el plato mientras los otros, entre risas y chistes, empezaron a llamarlo Garcípolo, no solo por habérselo comido, sino porque ambos (el pájaro y Buitrago) tenían una característica común: los dos tenían el cuello largo. Al principio Guillermo quiso molestarse, pero finalmente aceptó la broma, como aceptó también repetir del suculento sancocho.

Es posible que haya aceptado la broma, termina diciendo Arturo, por la amistad tan familiar que los unía a ellos, especialmente con don Manuel y Marcelina Jerónimo, a quien cariñosamente llamaban Chela.

Extraño episodio en su vida

Siendo inspectora de educación en Ciénaga Helena Esther Castañeda Rada, reunió en aquella época a los dos distintos colegios de la ciudad con el propósito de realizar una verbena para recolectar fondos con destino a una obra benéfica. Para garantizar el éxito del festejo, contrató al artista de moda, Guillermo Buitrago, quien amenizó la reunión bailable.

Cuando la actuación terminó, la inspectora de educación le preguntó cuánto le iba a cobrar por la presentación, Buitrago textualmente contestó: “A una mujer tan bonita, tan amable y tan dinámica como usted, no se le puede cobrar”.

El episodio parece intrascendente: una anécdota más en la vida del cantautor cienaguero, un gesto amable de alguien que hacia su aporte a una obra de beneficio social, colectivo, para su entrañable tierra, muy en la línea de un hombre servicial y sin afanes desmedidos de lucro.

El 2 de diciembre de 1967, diecinueve años después de la reunión bailable, el hijo de Guillermo Buitrago y la hija de la inspectora de educación, Isabel Elena Romero Castañeda, contrajeron matrimonio en la parroquia de Santa Bernardita de Barranquilla. El destino o el azar siempre juegan con cartas marcadas. Sus designios nadie puede borrarlos.

Nadie podrá negar que el ambiente artístico musical de la Ciénaga de la juventud de Buitrago favoreció su crecimiento como cantautor. Tampoco puede soslayarse que el declive de la primera emisora de Ciénaga, tan útil en su corta carrera, fue un indicio temprano del fin de una época de lujos, fiestas, pasiones y esplendores. El primero golpe provino del cierre forzado del mercado bananero durante los años de la Segunda Guerra Mundial, que sumió a Ciénaga y sus élites en un sopor semejante a la muerte, muy a pesar del plan de obra que el gobierno de Eduardo Santos autorizó para ocupar a miles de brazos caídos de la región bananera, incluida Santa Marta, sede del puerto y el ferrocarril. El segundo, dos décadas después, corrió por cuenta del traslado de la compañía bananera a la región de Urabá, en Antioquia, en el gobierno de Carlos Lleras Restrepo (1966-1970): un golpe mortal para la deprimida economía cienaguera.

Buitrago en Santa Marta

Al final de los años treinta, o tal vez a principios de los cuarenta, Guillermo Buitrago llegó a la ciudad de Bastidas, la capital del departamento del Magdalena.

La ciudad sufría el cierre de los mercados externos debido a las hostilidades bélicas de la Segunda Guerra Mundial. Las exportaciones de banano habían cesado y en la ciudad, como Ciénaga y los pueblos de la Zona Bananera, muchos trabajadores que dependían del movimiento de la fruta (operarios y mecánicos del tren, portuarios, obreros de la construcción, entre otros) estaban cesantes. El gobierno colombiano, en cabeza de Eduardo Santos, había autorizado un plan de obras públicas para Santa Marta y el Magdalena (Ciénaga, Fundación) que, en parte, ayudaban a absorber parte de la mano de obra desempleada.

Demetrio Daniel Henríquez Pereira, profesor de historia de Colombia, que había sido trasladado de la Escuela de Segunda Enseñanza de Ciénaga al Colegio Industrial de Santa Marta, fue quien llevó al joven Buitrago a Radio Magdalena y lo relacionó con el profesor José Manuel Conde Campo, fundador y propietario de la emisora, que operaba en pleno centro de Santa Marta.

Darío Torregrosa Pérez, ya fallecido, celoso protector y asesor de los intereses de Guillermo, se encargó de presentarlo en el programa Antenas del Espíritu, que se transmitía los jueves, a las 7 de la noche, después del radio-periódico La Voz de la Victoria y el programa cívico La Media Hora del Pueblo.

Fue recibido con entusiasmo por la audiencia samaria. En Antenas del Espíritu, donde también leía cuñas, fue bautizado definitivamente como artista en las modalidades de la guitarra y la canción, algo muy significativo venido de una ciudad y un público entendidos en la música, tanto la culta como la popular. Allí deleitó a los oyentes durante el tiempo que duró el programa. Estuvo secundado por Julio Bovea Fandiño, Efraín “El Ronco” Torres, como guitarras acompañantes, y José “El Cheque” Rodríguez en la guacharaca.


Foto: Radio Teatro de la emisora Radio Magdalena, Santa Marta

En aquella emisora, la vieja Radio Magdalena, trabajaba Ariel Moreno, encargado de los transmisores. Rafael Bermúdez Benítez, Juan Tovar Noriega y Jorge Olarte Blanco eran los locutores de plantas. En los controles (hoy operadores de audio) estaban Enrique Roca Elías y Máximo Martínez Hernández, el popular Amiguito.

El apodo de Amiguito se originó por la forma como Buitrago acostumbraba llamar a Máximo Martínez. Cuando llegaba a la emisora solía decirle cordialmente: “Hola, amiguito”. Tratamiento que usaba cuando se despedía o se encontraban en alguna parte: “Hasta luego, amiguito”, “¿Cómo estás, amiguito? El término se generalizó y se volvió costumbre entre los compañeros de Máximo seguir llamándolo así. Amiguito murió en Santa Marta, el 12 de marzo de 1998, de infarto cardíaco. El patrocinador del programa Antenas del Espíritu era la Farmacia Tropical, de Ambrosio Zabaraín Díazgranados.

Buitrago, antes de ir a la emisora, llegaba a casa del “General” Rovira, cienaguero radicado en Santa Marta. Casado con Aída Mercado, vivían cerca de la emisora. Guillermo pasaba a cambiarse, como también, a tomar los alimentos; otras veces se quedaba a dormir en la casa del General, que entre cosas no era ningún general, pero decía haber combatido en la Guerra de los Mil Días. Razón suficiente para que sus amigos determinaran ascenderlo a general sin haber sido coronel.

5. En memoria de este ilustre educador baranoero, fallecido en Ciénaga el 28 de marzo de 1957, a la edad de 67 años, el colegió pasó a denominarse Instituto Víctor Manuel Gallardo, según constas en la Resolución N°0235 de febrero 2 de 1962.

Capítulo IV
Algunas de sus obras
Falsa caricias

Romántico y poeta, Buitrago vivía las penas y lo mataban las preocupaciones. Fue artista y bohemio. Siempre encontraba o se agarraba de cualquier pretexto para componer. Desengañado de una linda momposina, dejó correr su vena poética para hacer la composición en aire de vals:

Te entregué mi cariño con nobleza

nunca pensé en engaños ni falsías

estaba convencido que me amabas

y no quise creer en felonías.

Una noche junto al mar

con luna grande y llena

juraste que me amabas

y yo te entregué toda mi vida

sin saber que eran falsas

mil veces falsas tus caricias.

Imposible olvidar aquel ultraje

al pagar tan malamente mi cariño

quiera Dios que algún día en tu camino

alguien cobre tu falta y tu desvío.

Vendedora de amor y de caricias

falsa, mil veces falsa

sigue tu camino solitario

y déjame que llore mi desgracia

de ser hoy un espectro de la vida.

Esta fue su primera composición en aire de vals que, aunque grabada en acetato, se perdió, para quedar solamente en el recuerdo de sus amigos.

Anhelos

“Anhelos” es otra de sus obras, que en opinión de Darío Torregrosa Pérez “No solo era musical y sentida, sino que tenía poesía y alma”. Veámosla:

Tus ojos se impregnaron sobre mí

con dulce y soberbio caminar,

pasaste por mi calle, coqueteando,

con tu sombrilla de rosa y de carmín.

Imposible olvidarte, si eras linda

y llevabas un donaire de mujer

me clavaste tu mirada mansa y buena

y desde ese instante de ti, yo me prendé.

Un día te apartaste de mi vía

nunca supe qué destino tomarías

solo sé que de ti quedé prendado

y por ti, mi muñeca estoy soñando.

Qué martirio amar sin ser amado

qué tragedia querer a un ser de piedra

qué indiferencia, altiva y presumida

pasó por mi camino un bello día.

Yo le pido a la Virgen Milagrosa

que de mí se compadezca y me consuele

que tu regreses y vuelvas a mirarme

que si me miras tranquilo moriré.

“Anhelos”, “Falsas caricias” y “Linda Nena” fueron piezas de Guillermo Buitrago que no corrieron la suerte de otras interpretadas por él. Infortunadamente muchas de sus composiciones desaparecieron, incluso algunas puestas en acetatos, pero que no fueron prensadas por sello alguno.

Teresa Mercedes

Los paseos “Teresa Mercedes”, dedicado a su madre, y “Mala noche”, cuya figura principal era Sócrates Villero (el negrito Figurín), hacen parte de esa larga lista de discos perdidos y apetecidos por los coleccionistas de música.

Teresa Mercedes

una mujer singular

que tenía la mano lista

para siempre regalar.

Daba lo que tenía

y se quedaba sin nada

gozaba haciendo favores

así era Teresa Mercedes

siempre Teresa Mercedes

Tenía algo que regalar

y daba lo que tenía

y se quedaba sin nada.

Oye Teresa Mercedes

que dice Juana Canal

que le prestes cinco pesos

y le des un poquito de sal.

Muy contenta y alegre

viene Teresa Mercedes

ya regaló hasta su casa

y ahora sí que está feliz.

Mala noche

Lo cantaba en la emisora de Víctor Roberto Pereira, al presentar al negrito Figurín, su ahijado, que salía a bailar, disfrazado de rumbero, en la pista del radioteatro.

Decía así:

El negrito Figurín

es un rey para bailar

canta bien los paseos

y es un as en la cumbiambas.

Sócrates Antonio Villero

en mala noche te veía,

tus ojos como luceros

tenían fuego y calor

y yo te ofrecía un trago

de media botella de ron.

Qué mala noche pasamos

al pie de un negro cajón

el muerto se hacía el pesado

Y sin media botella de ron.

El negrito Figurín

es un rey para cantar

y al escuchar un paseo

abandonó aquel velorio

para ponerse a bailar.

Entre otros acetatos perdidos, con piezas de su autoría, se encuentran “La rosca”, dedicado a los reinados del carnaval cuando estos eran dirigidos por “un monopolio de una estirpe que imponía autoridad y mando en la jurisdicción social carnestoléndica”; así como “Los choferes”, que dedicó a los taxistas de la ciudad, especialmente a su cuñado Francisco Feoli Dilioni, Chicho Feoli, dueño de una flota de carros de plaza y de un bus que recorría la ruta Ciénaga-Santa Marta-Ciénaga, que él mismo manejaba. En la canción mencionaba, en forma jocosa, a todos los choferes de la época.

Linda nena

Sin embargo, es en ritmo de vals que hace uno de sus más bellas páginas musicales, inspirado por la hermosura de una dama cienaguera, que era todo un primor de dulzura y belleza. La conoció una noche del mes de diciembre, en un cumpleaños de Dubys, en casa de la familia Pipán. Ella jamás supo del flechazo, ni de la devoción de Buitrago, cautivado por su rostro angelical.

Linda nena tus ojos me hacen soñar

Linda nena tu mirada es consuelo sin par

no comprendes que te amo con loca pasión

no comprendes que mi alma te llora,

te canta y te implora le entregues su amor.

Tus sonrisas la noche del baile

extasiaron mi fiel corazón,

en tus ojos yo leí la esperanza

que anhelaba sediento de amor.

Hoy tu imagen indeleble en mi mente

me deja inconsciente por tu fiel mirar.

Linda Nena no puedo olvidarte

no puedo arrancarte de mi corazón.

La pieza fue grabada en pasta de acetato en los estudios de Juancho Armenta Vázquez, en Ciénaga. Posteriormente sería reeditada para el sello Atlantic, K-5565, lado B.

Las mujeres a mí no me quieren

Para algunos amigos entendidos resulta incomprensible que Guillermo haya compuesto este tema. Sin ser un mujeriego incorregible, casi nunca fue rechazado en sus pretensiones. El merengue, más allá de su contenido real, de los motivos del músico para componerlo, se constituyó muy pronto en un éxito, al que contribuyeron la picardía de la letra y la cancha de Buitrago al interpretarlo.

Las mujeres a mí no me quieren

porque es que yo no tengo plata

las mujeres se van con los ricos

siempre le resultan lata.

Y este verso no es pa´ mi

desde lejos lo conocí

Las mujeres en el amor

se parecen al acordeón

ay si se afloja la boca

se le aprieta el diapasón

Y este verso no es pa´ mi

desde lejos lo conocí

La araña pelúa

La cartagenera Argénida fue uno de los amoríos del músico. “Era una mujer simpatiquísima, y entre las cosas que llamaba la atención era que tenía muchos vellos, y ese distintivo preocupaba mucho a Buitrago”, comentaba Darío Torregroza, conocedor de intimidades de su protegido. Una tarde discutieron y hubo reventazón en los amoríos y Guillermo, despechado, la comparó con una araña con pelo. Al poco tiempo le compuso la canción en ritmo de paseo:

Yo vi una araña con pelo

Yo vi una araña con pelo

en el alar de mi casa

con rabo y con cuatro patas

con rabo y con cuatro patas

y tenía forma de cangrejo.

La araña te va a picá

agárrala por detrás

la araña te va a morder

agárrala por los pies

la araña pico a Gustavo

porque le tentaba el rabo

borracha araña atrevía

ayer asustó a María.

Esa araña inteligente

esa araña inteligente

es una friega pa´ mí

de pronto la veo subir

de pronto la veo subir

haciendo mueca a la gente.

La araña te va a picá

agárrala por detrás

la araña te va a morder

agárrala por los pies

la araña pico a Gustavo

porque le tentaba el rabo

borracha araña atrevía

ayer asustó a María.

Gustavo Rada, por su parte, manifestaba ser el autor de la letra de la canción. Refiere cómo se originó. “Yo llegué a Barranquilla procedente de Bogotá, para el nacimiento de mi hija Alicia Mercedes, en 1946, e invité para festejar ese día a Efraín Torres, Numa Pabón, Ángel fontanilla y Guillermo Buitrago, entre otros. La canción se origina porque al costado de la casa donde vivía, en el callejón del Matadero, había un grupo de pelados festejando la muerte de una cipote araña negra y pelúa”. Gustavo Rada se da cuenta, “porque había ido al patio a orinar, y se sorprendió al ver ese cipote animal”. Este fue el motivo para que empezara a tararear el primer verso:

Yo vi una araña con pelo

en el patio de mi casa

con rabo y con cuatro patas

tenía forma de cangrejo…

Llamó a Fontanilla para que escuchara los primeros versos. Se acercaron, entonces, Numa Pabón y Buitrago, que le dijo que esa canción estaba buena para grabarla. Término Gustavo de hacerla y ese mismo día la montaron.

Cuando habla de “Borracha araña atrevida// ayer asustó a María”, se refiere a María Flores, entonces su mujer, y cuando dice “La araña picó a Gustavo// porque le tentaba el rabo...”, no es porque lo haya picado, ni él le hubiera tocado el rabo, como él mismo manifestaba, sino que los agregó para hacer el acoplamiento de los versos, cuadrar la melodía. El resto, termina diciendo Gustavo, lo hizo El Mono Guille. Además de una tremenda letra, sencilla y pícara, como la mayor parte del repertorio de la música de Ciénaga y la región, Buitrago le imprimió a la interpretación una gracia difícil de superar o de encontrar en otras composiciones de la música popular colombiana. Es uno de sus clásicos. Surgido, como se deprende de las confesiones de Gustavo Rada, de un episodio de la vida cotidiana e infantil en un barrio popular, pero que sus compositores le dieron una pícara vuelta de tuerca para trascender el motivo inspirador inicial y pasar a ser una metáfora que el entendido pueblo colombiano disfruta y goza, sin distingos de clases y edad.

Los enanos

Por supuesto que no faltaron aventuras en la vida de Buitrago. Guillermo era metódico, pues cada vez que salía de su casa, decía para dónde iba o dónde iba a estar, y así, siempre se le encontraba cuando se le necesitaba.

Un día, Ciénaga fue alegrada con la llegada de un circo, precedido de mucha fama y procedente de Méjico. Era el Circo Atayde. Había llegado a mediados de los años cuarenta. Armó sus carpas, tres grandes carpas, en el viejo playón6 de la antigua estación del ferrocarril, por los lados del entonces Salón Colonial y del extinto Teatro Córdoba. Llamaba la atención por lo grande y espectacular que era y por la variedad de animales que trajo.

Guillermo galanteaba a una de las trapecistas, tocando antes de cada función en unos establecimientos comerciales que había en la calle 17, la vieja calle Nueva York, frente al circo. El propietario de los locales era J.M. Fuentes Cabas, y estaban ubicados entre lo que es hoy la refresquería Chimitá y el Banco de Colombia, en un extremo de la calle más comercial de Ciénaga, escenario también de la masacre de obreros de 1928.

Así conoció Guillermo a esta agraciada jovencita, de nombre Emperatriz, y se enamoró de ella. Decidió, entonces, asistir a todas las funciones, ya fueran vespertinas o nocturnas, y un domingo, en matiné, se presentó el problema: en la puerta de la carpa, Buitrago y Emperatriz charlaban cuando, energúmeno y lleno de celos, apareció el domador de fieras y atacó a Buitrago, quien, indefenso, entró a una casilla del ferrocarril. El domador, armado de hierro enorme, forzaba la puerta del refugio de Buitrago, algo que habría conseguido de no mediar la intervención de sus amigos Alfonso, Enrique y Fernando Angarita, Camilo Remón, Roberto Montero, Toño Miranda, Guillermo Pereira, Nicanor Velásquez y Darío Torregroza, quienes atraparon al domador y le propinaron una tremenda surimba.

Al día siguiente se fue al circo y con él Emperatriz la trapecista, y solo quedó un vacío en el playón de la estación. Buitrago, triste y melancólico, compuso entonces “El circo”, que la casa disquera rótulo “Los enanos”: pieza en donde habla de payasos, de animales, de malabaristas y de equilibrista, pero no menciona para nada a Emperatriz, la linda maromera, por quien estuvo a punto de perder la vida una tarde.

El grupo de amigos, al tanto del amorío, le dijeron a Guillermo que el circo estaba en Fundación. Le propusieron incluso al enamorado ir darle a Emperatriz una serenata, que ellos irían, dispuestos a repetirle, si era necesario, la surimba al domador de fieras.

Guillermo, prudente y resuelto a no crear problemas, no les paró bolas, y no quiso, por más que le dijeran, ir a Fundación a cantar frente al circo. Esta es la versión:

Aa la una, aa las dos...

a las dos y media y un poquito más ...

ja ja ja ja , dale cajeta pues...

Las muchachas cienaguera

con la llegada del circo

han abandonado todo,

los enanos patulecos

con sus caras de chorizo

han hecho la barrejobo.

Que... yo seré la maromera

que... yo seré la equilibrista

que.. yo seré la payasada

que... y yo seré malabarista.

Así decían las niñitas en sus casas

A sus abuelos y a toditos sus parientes.

Que... yo seré la maromera

que... yo seré la equilibrista

que.. yo seré la payasada

que... y yo seré malabarista.

Pasaron mucho trabajo

los perros y los burros viejos

con la llegada del circo

los gatos a dos por chivo

almuerzos embolatados

y enamorados con compromisos.

Que... yo seré la maromera

que... yo seré la equilibrista

que.. yo seré la payasada

que... y yo seré malabarista.

Aa la una, aa las dos...

a las dos y media y un poquito más ...

dale cajeta otra vez…

Así decían las niñitas en sus casas

A sus abuelos y a toditos sus parientes.

Que... yo seré la maromera

que... yo seré la equilibrista

que.. yo seré la payasada

que... y yo seré malabarista.

Aa la una, aa las dos... a las dos y media y un poquito más…

Ja ja ja ja ja

Anteriormente había estado en Ciénaga, el Razzore, famoso circo de los hermanos Rómulo, Emilio y Régulo, con quienes Buitrago hizo gran amistad, especialmente con Emilio, que además de trapecista, era músico: tocaba la bandola y su show consistía en tocar dicho instrumento en una forma bastante particular, trepado en el trapecio y colgado de los pies, es decir, de cabeza.

El espectáculo central, a cargo de Régulo, consistía en manejar una moto dentro de un inmenso globo de acero enmallado, y de girar en todos los sentidos cualquier cantidad de veces. Rómulo era el gerente de esta empresa.

El circo Razzore tuvo su final trágico cuando naufragaron en el buque hondureño, el Eusquera, que había zarpado de Cuba. Se hundió a la una de la mañana del primero de septiembre de 1948. Extrañamente el buque dio vuelta de campana. Se salvaron 12 personas y algo más de 44 desaparecieron. Los sobrevivientes permanecieron siete días a la deriva en un bote salvavidas y fueron rescatados por el vapor noruego El Caribe.

6. Los playones eran los patios de la antigua estación del ferrocarril. Los circos armaban en ellos sus grandes carpas. También allí se jugaban partidos de fútbol y béisbol, el deporte insignia de los cienagueros. En épocas más recientes en ellos funcionaban las casetas de carnaval. En uno de estos playones se instalaron varios miles de obreros huelguistas en la víspera de la Masacre de las Bananeras, en1928.

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22 ekim 2025
Hacim:
274 s. 24 illüstrasyon
ISBN:
9789587463293
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