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Un matrimonio por Escocia

Edith Stuart


ÍNDICE

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3

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5

6

7

8

9

10

11

Epílogo

AGRADECIMIENTOS

Primera edición en formato digital:

Septiembre 2021

Título Original: Un matrimonio por Escocia

©Edith Stuart, 2021

©Editorial Romantic Ediciones, 2021

www.romantic-ediciones.com

Diseño de portada: Olalla Pons

ISBN: 9788418616594

Prohibida la reproducción total o parcial, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, en cualquier medio o procedimiento, bajo las sanciones establecidas por las leyes.


1

Edimburgo, Escocia, 1314

Guerras de la independencia,

Robert Bruce y sus principales caballeros permanecían reunidos en el salón del castillo de Edimburgo. Este había sido arrebatado a los ingleses por las tropas de Thomas Randolph, conde Moray. El rey escocés seguía con su particular cruzada de recuperar todas las fortalezas que todavía estaban bajo dominio inglés. Tenía la mirada fija en el mapa desplegado sobre la mesa. Su atención se fijaba de manera obsesiva en un solo punto: Stirling y su fortaleza.

—Solo nos restan dos fortalezas para tener los principales castillos de Escocia bajo nuestro dominio —dijo señalando uno de los últimos reductos ingleses en Escocia—. Y toda la nación pasará a estar en nuestras manos. Lograremos expulsar a los ingleses de una maldita vez.

El resto de hombres permanecían callados contemplando el mapa y escuchando a su rey.

—En lo que va de año hemos logrado arrebatarles a los ingleses los castillos de Roxburgh, Linlithgow y hace unas semanas este de Edimburgo. Los hombres están cansados de pelear, pero también lo están ansiosos de terminar esta ambiciosa empresa, señor —le informó James Douglas con cierta preocupación.

—Necesitamos tropas de refresco. Hombres procedentes de otros clanes que remplacen a los caídos en las batallas si pretendemos continuar la guerra —aseguró el conde de Moray—. El rey Eduardo tiene miles de soldados a su servicio. De Gales, de Irlanda y Francia a los que añadir grupos de mercenarios y lamentablemente algunos clanes escoceses —finalizó diciendo con repulsa por lo que eso significaba.

—Si pudiéramos atraernos a parte de esos clanes partidarios de Comyn y de Eduardo de Inglaterra —exclamó Edward Bruce, el hermano del rey.

—Es algo imposible a mi modo de ver después de lo sucedido entre vos y él —apuntó Douglas mirando a Bruce y recordando lo acontecido en hacía ocho años en la iglesia de Greyfriars en Dumfries. Nadie supo con exactitud qué sucedió entre ellos, solo que Robert Bruce apuñaló a Comyn frente al alta mayor. Desde ese momento los seguidores de este apoyaron a Eduardo de Inglaterra porque consideraba a Robert Bruce un asesino que conduciría a la nación al desastre.

—¡Qué más quisiéramos! El tiempo ha pasado, pero muchos de ellos no han olvidado lo sucedido. Llevamos años luchando por la libertad de Escocia y algunos clanes se obstinan seguir apoyando a los ingleses —se lamentó el rey Robert apoyándose contra el respaldo de su silla. Tenía la mirada ausente y el gesto turbado. El conde de Moray tenía razón: necesitaban aumentar sus tropas. Pero, ¿cómo demonios iba a hacerlo?

—Podríais intentar convencer a alguno de sus líderes ofreciéndoles algo a cambio. Algo que no puedan rechazar como el castillo de Stirling una vez que esté en nuestras manos —le aseguró James Douglas mirando de manera fija a su señor.

Robert pareció reaccionar. Frunció el ceño en un primer momento y después miró a su consejero con extrañeza.

—¿Habláis en serio? ¿Ofrecerle el castillo de Stirling?

—Sería un botín que pocos estarían dispuestos a rechazar, señor —le aseguró con total convicción.

—Si os soy sincero no me agrada la idea de dejarlo en manos de alguien que apoya a Eduardo de Inglaterra. Podría devolvérselo a este una vez que el Murray se asentara en el trono —le confesó con temor a que eso pudiera suceder—. Y entonces todos nuestros esfuerzos y las vidas que se han perdido y se perderán en su toma, habrán sido en vano.

—Hablad con el jefe del clan Murray. Siempre os apoyó, y cuando sucedió lo de Greyfriars se mantuvo neutral mientras los demás tomaron partido por uno u otro pretendiente. Luego, quiero creer que las circunstancias de la guerra lo empujaron a aliarse con los Comyn buscando el bienestar de su clan. Ofrecerle el castillo de Stirling a cambio de su ayuda —le sugirió Edward Bruce—. No podrá negarse a ello. Ya lo veréis.

—No será nada sencillo convencerlo para que se una a nosotros. Pese a que en su día tuviera su apoyo —comentó el rey sacudiendo la cabeza.

—Si los Murray se unen, tal vez algún clan más lo haga —sugirió el conde de Moray—. Pensadlo.

—Sí, pero debo ofrecerle algo más que un castillo. Además, quiero tener cierto poder sobre este. No puedo dejarlo en manos de un seguidor de los Comyn, ya os lo he dicho —murmuró el rey dejando su mirada puesta en James Douglas, quien se la devolvía con expectación por lo que estuviera considerando.

—¿Qué más podríais ofrecerle? —le preguntó este.

—Murray tiene una hija —dijo el conde de Moray.

—Sí. Bronwyn —le informó Edward Bruce—. Al parecer no está casada.

James Douglas esbozó una cínica sonrisa.

—¿Por qué os estáis riendo? —preguntó el rey con curiosidad.

—Ofrecerle un compromiso entre su hija y vuestro hijo —aseguró Edward Bruce señalando al jefe Douglas.

Este frunció los labios y asintió antes de echarse a reír.

—¿Con mi hijo? ¿Estáis borracho?

—No, ni lo más mínimo. Pero pensadlo con detenimiento por un segundo. Ese compromiso nos otorgaría tener poder sobre Stirling y su castillo. Con el joven Douglas al frente de este casado con Bronwyn Murray, todos ganamos. Y sería una manera de recompensar su lealtad y su pericia en el combate —resumió el hermano del rey contemplando como el semblante del viejo Douglas cambiaba a medida que pensaba en esa proposición.

Robert Bruce permanecía callado escuchando la exposición de los hechos de su hermano. Bien pensado, este tenía toda la razón. Un matrimonio en la hija del jefe Murray y el joven Douglas contentaría a ambos clanes. Y Stirling y su fortaleza estarían bajo el mando un clan leal a Escocia.

—Id a buscarlo —pidió el rey con autoridad haciendo un gesto con el mentón para que su propio padre fuera a por él—. ¿Estás seguro? —le preguntó a su hermano Edward cuando James Douglas se hubo marchado.

—Si ponéis a un Douglas al frente del castillo de Stirling, podréis dormir tranquilo porque ningún inglés se atreverá a intentar tomarlo dada la fama de ese clan —le aseguró Edward Bruce al rey conociendo la clase de hombre que era William.

Este permanecía en el patio del castillo junto a varios de sus leales seguidores. Su padre era el jefe del clan, pero él tenía su grupo de amigos y de fieles guerreros que le seguían en la batalla. Su destreza con la espada era más que conocida, de igual manera que su astucia y su fiereza en el combate. Se había distinguido como uno de los soldados más despiadados del ejército del rey Robert en su cruzada particular por recuperar los castillos de la nación.

—¿Crees que atacaremos Stirling? —le preguntaba uno de los hombres que estaban junto a él

William chasqueó su lengua y sacudió la cabeza.

—No estoy seguro. Deberíamos hacerlo ya que es el último castillo que retienen los ingleses en Escocia.

—Te olvidas de Berwick…

—Ya. Pero teniendo Stirling, los ingleses se lo pensaran antes de seguir la lucha o abandonarlo. Créeme Malcom.

—Pero…. Mira, ahí viene mi padre. Él mejor que nadie nos dirá qué han acordado con el rey —dijo el tal Malcom señalándolo cuando se acercaba a ellos.

James no estaba seguro de cómo reaccionaría su hijo ante la propuesta del rey. Pero tendría que acatarla como leal vasallo suyo. Y por el bien de la nación. Aunque no mirara a la cara a la hija del Murray, ni la tocara o ni tan siquiera durmiera en la misma cama. Eso eran aspectos sin importancia en estos momentos tan importantes para la nación.

—¿Qué ha dicho el rey? No parece que tengas buena cara.

James bufó y se pasó la mano por su poblada barba.

—Stirling y su castillo son su principal objetivo. Tomarlo sería arrojar a los ingleses de Escocia.

—Perfecto.

—¿Y Berwick?

—De momento lo importante es Stirling. Luego ya veremos.

—¿Cuándo partimos? ¿Se sabe ya? —William se mostraba ansioso por volver a entrar en combate. Llevaban días enteros en la corte y estaba algo cansado de comer, dormir, y frecuentar las tabernas y los burdeles de la ciudad.

—Cuando sumemos más hombres a nuestro ejército —le confesó su padre contemplando como el gesto de su hijo y el de los hombres a su lado cambiaba.

—Lo sabía. Lo estábamos comentando antes de que llegaras. Los hombres están cansados y hemos sufrido numerosas bajas en la toma de la capital y de este castillo —aseguró haciendo un gesto a la fortaleza—. ¿Cómo piensa el rey reclutarlos? ¿Mercenarios franceses o de alguna otra nación europea? Por qué no creo que ni los galeses ni los irlandeses nos apoyen después de haber sido poco menos que masacrados en tiempos de Wallace. E incluso tengo dudas acerca de los franceses. Son los únicos candidatos que conozco y ya te aseguro que no creo que muchos estén dispuestos a hacerlo.

—No, no ha pensado en estos.

—¿Y de dónde piensa sacar más tropas? —preguntó uno de los hombres que permanecían al lado de William.

—Va a ofrecer un trato al clan Murray —anunció James Douglas con seguridad y parsimonia.

—¿Un trato? Pero ellos forman parte de ese grupo de clanes leales a John Comyn, el que fuera opositor al trono de Escocia junto al rey Robert. No aceptarán.

—Les va a ofrecer Stirling y su castillo.

William se quedó con la boca abierta.

—¿A los Murray? Es una locura. En cuanto Archibald Murray tome posesión de este se lo entregará de vuelta a los ingleses —le aseguró William enojado por esa decisión del rey. Estaba furioso con este.

James Douglas sacudió la cabeza. Estaba convencido de que no sería así.

—Estás equivocado.

—¿No me digas? ¿Y cómo demonios va a evitarlo? ¿Le hará firmar un documento que después será papel mojado?

—No. Ese no será el trato. No habrá problemas con el trato que va a ofrecerle y en el entras tú.

—¿Yo? ¿Qué pinto yo con los Murray? —William entornó la mirada hacia su padre con cierto recelo por lo que este tuviera que contarle.

—Te convertirás en el señor de Stirling. De ese modo el rey Robert se asegura de que no caerá en manos inglesas.

William dio un paso atrás y sonrió algo nervioso.

—Un momento. ¿Y qué pintan los Murray si yo seré al final el señor del castillo de…? —De repente se detuvo. Una idea inverosímil se le cruzó por la cabeza. Una a la que no quería prestar atención.

—Hijo, esto no va a ser sencillo. Pero tendrás que acatar la voluntad del rey. Sé que no has pensando en un compromiso, pero….

William jadeó porque no era capaz de sonreír. De repente tenía la impresión de que se ahogaba por falta de aire. Miraba a su padre primero y a sus dos amigos después deseando que aquello fuera una pesada broma que habían urdido entre ellos.

—Empiezo a entender cuál es tu papel en todo esto, amigo —le aseguró Malcom asintiendo con toda intención—. ¿Qué dices Angus?

El otro hombre frunció el ceño y los labios en un claro gesto de que no le gustaba lo que estaba pensando. Pero menos gracia le iba a hacer a William cuando se lo dijera.

—Creo que sé qué clase de relación guarda todo esto con los Murray o más bien con la hija del jefe.

William jadeaba porque no era capaz de reírse. Los nervios parecían tenerlo atenazado en ese instante.

—Así es. El rey va a ofrecerle al jefe Murray un matrimonio para su hija a cambio de su ayuda para tomar Stirling y su castillo.

—¿Por qué yo? —William se encaró con su padre.

—Eres mi primogénito y tienes que acatar lo que te ordene que hagas.

—¿Ves con buenos ojos un matrimonio con la hija del jefe Murray?

—No nos queda otra. Necesitamos Stirling a toda costa, pero no podremos hacerlo sin más tropas. Y el rey considera oportuno atraernos al clan Murray. Uno de los más poderosos de los que apoyan al clan Comyn y por extensión a Eduardo de Inglaterra. Pero para ello hay que negociar y ofrecerle algo que no pueda rechazar.

—¿Por qué un compromiso con su hija? —William estaba furioso. Miraba a su padre con el ceño fruncido y las manos cerradas en puños. Sentía la sangre hirviéndole en las venas. Deseaba golpear a alguien o incluso acabar con su vida.

—Porque los Douglas nos hemos comportado como los más leales y fieros guerreros. ¿Nos ves que es una manera de reconocer tu valor y destreza en el combate?

—¿Con un compromiso que no deseo? Me basta con que Escocia sea libre. No necesito castillos, ni tierras, … y menos una esposa —dijo como si escupiera la última palabra.

—No me importa que ella no te guste. Como si no la miras. Una vez que estés instalado en el castillo podrás vivir a tu aire, en una parte del mismo o en la propia ciudad. Eso es lo de menos. Como si no vuelves a verla. ¿Qué te importa? Lo único que de verdad vale es expulsar a los ingleses y continuar la lucha.

—¿Y si su padre no acepta? ¿O ella?

—Ella acatará su voluntad como tú la mía. Y su padre no rechazará una joya como es el castillo de Stirling. Ahora deberíamos regresar dentro y decirle al rey que aceptas. Que es un honor que haya pensado en ti.

William resopló.

—Ya lo creo que lo es —murmuró sacudiendo la cabeza camino del interior del castillo sin mirar a su padre. ¡Un compromiso con la hija de los Murray! ¡Por San Andrés que era un completa locura! ¡No quería una mujer a su lado a todo momento! Se repitió una y otra vez negando con la cabeza antes de entrar en el salón donde el rey lo aguardaba.

Al verlo aparecer, Robert Bruce se sintió más tranquilo. Al ver que James Douglas se demoraba, el rey había temido lo peor. Confiaba en la lealtad de los Douglas después de sus hazañas en la guerra contra los ingleses. Y entendía que un compromiso tal vez no fuera lo que William esperaba, pero era necesario para vencer de una vez por todas.

—Mi señor —dijo el joven Douglas con las manos a la espalda y un leve movimiento de cabeza en señal de respeto.

—William. Tu padre te habrá puesto al corriente de la situación.

—Sí, señor.

—¿Qué tienes que decir? Me interesa tu opinión franca y sincera.

William pareció titubear unos segundos. Como si estuviera pensando en lo que debía decirle al rey. Llevaba combatiendo por él desde que este fue coronado en Scone, y de eso hacía ya ocho años. Durante ese tiempo había derramado sangre inglesa, y algo de la suya propia. No podía desobedecerlo con lo que había en juego. Si quería ver a su nación libre de los ingleses debería sacrificarse.

—Será un honor complaceros una vez más, mi señor.

—Es una manera de recompensar la lealtad del clan Douglas durante todos estos años de guerra. Creo que entregaros el gobierno de Stirling me dará tranquilidad en todo momento, porque no caerá en manos inglesas. Por otro lado, ofrecerle la posibilidad de que su hija se convierta en señora del castillo, creo que puede animarlo a apoyarnos en esta guerra.

—Lo entiendo, señor.

—¿Tengo vuestra palabra de que una vez que toda esta guerra termine, desposaréis a la hija de Archibald Murray?

William deslizó el nudo que acababa de apretar su garganta al sentir la mirada fija de su rey. Era como el lazo del verdugo y pensó que no podría hablar. De manera que se limitó a asentir primero, y responder a continuación. Mientras recuperaba la templanza.

—Lo estoy. Si no muero en las próximas jornadas —aclaró con una chispa irónica que provocó la sonrisa en todos los allí presentes.

—Hasta ahora os habéis conducido con la prudencia y la sagacidad de un buen guerrero. Procurad no dejarla viuda antes de desposarla o perderemos posibilidades en Stirling —le pidió el rey con la misma chispa irónica que había empleado él.

—Lo intentaré, mi señor.

—En ese caso, lo prepararemos todo para partir los antes posible hacia las tierras de los Camero. Como no podía ser de otra manera, formaréis parte de la expedición —le aclaró mientras el joven Douglas asentía.

William saludó a Robert por última vez antes de abandonar el salón. Había dado su palabra y la cumpliría. Solo tenía que pensar que lo hacía por el bien de su nación. Y no porque en verdad deseara atar su vida a la de una mujer.

Horas más tarde William disfrutaba de la bebida y la compañía de sus amigos en una taberna. Pero en ciertos momentos no podía evitar quedarse pensativo dándole vueltas a la situación a la que se veía abocado.

—Entonces, ¿cuándo marchas a conocer a tu futura esposa?

La pregunta de Angus, un escocés de cabello y barba castaños, pareció despertar a William de sus pensamientos. Sacudió la cabeza y contempló a su amigo con los ojos entrecerrados.

—¿Por qué no lo dejas estar? ¿O quieres que parta la cara?

—Déjalo o lo cabrearás de verdad. Bastante tiene con haber aceptado —comentó Malcom, el otro fiel amigo saliendo en defensa de este—. Si te lo hubiera pedido el rey Robert en persona, tú habrías aceptado igual que él. O yo mismo. No se puede ir contra la voluntad de este. Decidimos rendirle pleitesía cuando fue coronado en Scone, de manera que no nos queda otra que acatar sus órdenes.

—Creedme que no lo hago por mi voluntad, sino porque necesitamos más hombres para tomar Stirling. Y como has dicho, rendimos vasallaje al rey Robert —resumió el joven Douglas mirando a Malcom y dejando luego la mirada suspendida en el vacío.

—Es verdad. El castillo de Stirling es una de las últimas fortalezas que retienen los ingleses junto con el de Berwick. Si los expulsamos de esta habremos dado un paso definitivo porque no creo que tengan intenciones de defender esa última fortaleza —dijo Malcom con orgullo—. La muerte de Wallace y las de tantos compatriotas no pueden haber sido en vano. Estamos ganando la guerra a Inglaterra.

—El clan Murray es uno de los más poderosos. Muchos hombres de otros clanes lo seguirán si el rey Robert consigue atraerlo a su causa —advirtió Angus.

—Siempre fue partidario del rey. Pero el hecho de que este apuñalara a Comyn en la reunión que ambos tuvieron en Greyfriars, lo hizo desconfiar —apuntó Malcom.

—Sí, decidió no tomar parte por Bruce y se mantuvo neutral durante algún tiempo. Pero seguro que las circunstancias de la guerra hicieron que tomara partido por Comyn y Eduardo. Quiero creer que fue por el bienestar de su clan —resumió William expresando su opinión personal en ese asunto.

—Ahí es donde entráis tú y la hija de Archibald Murray —señaló Malcom.

—Y la propiedad del castillo de Stirling. No lo olvides. Será la dote del propio rey Bruce a la pareja —aseguró Angus—. Por cierto, ¿qué sabes de ella?

William frunció los labios y encogió los hombros.

—No me importa quién sea, ni como sea. Solo tengo que cumplir mi parte del trato y ya está.

—Sí, viviendo en un castillo tampoco es necesario que os veáis —apuntó Angus convencido de que su amigo se comportaría de esa manera.

—Ella tendrá su propio servicio de damas. Podrás hacer lo que le plazca. No me interesa —insistió sacudiendo la mano para dejar claro que no le importaba lo más mínimo lo que ella pudiera hacer.

—Pero admite que tendrá que engendrar un heredero —le avisó Malcom con toda intención.

William gruñó.

—Sí, bueno. Es su deber. No hace falta que nadie se lo diga.

—¿Y si es una vieja solterona? Ya me entiendes… Una mujer entrada en años a la que su padre no ha conseguido casar —La risa de Angus enervó, más todavía, el ánimo de Malcom.

—He dado mi palabra. Si conseguimos que los Murray se unan a las huestes del rey, y con ello liberemos Escocia del yugo inglés, bienvenida sea —William apuró de un trago su bebida sin hacer más caso a sus dos amigos. Apretó los dientes con rabia pensando en que además de haber aceptado el compromiso, su prometida no fuera nada agraciada. Si al menos fuera una muchacha joven y atractiva… se dijo en un intento por animar un poco.

—Te aconsejaría que te desfogaras antes de ir a las tierras de los Murray a conocer a tu futura esposa —le jaleó Angus entre risas.

Pero William no dijo ni una palabra más. Se limitó a mirar a los dos y sacudió la cabeza sin entenderlos.

—Me gustaría veros en mi situación. Estoy seguro de que no os estarías riendo.

Decidió que lo mejor era alejarse de aquellos dos y estar a solas. No solo no se trataba de tener una esposa sino de que esta le diera un hijo que siguiera con el apellido Douglas. Pero eso a él no le importaba en ese momento. Ya se preocuparía cuando llegara. Por lo pronto, solo quería entrar en batalla y que volvieran a ser una nación libre que tomara sus propias decisiones. Había sido educado para pelear, para ser algún día el señor del clan Douglas y procurar que todos lo respetaran. Desde que comenzó la guerra contra Inglaterra, no había pasado ni un solo día sin combatir al lado de su padre, conduciendo a su clan junto a otros tantos a la batalla. Y aún después de muerto Wallace había seguido combatiendo para liberar los castillos escoceses en manos de los señores feudales ingleses. Y lo haría hasta el final porque era su cometido. No había cabida para el amor cuando había visto su país sometido y desangrado por Eduardo de Inglaterra.

***

La comitiva hacia las tierras de los Murray partió de la capital dos días después de que William se hubiera comprometido a acatar la orden del rey. Les llevaría unas jornadas llegar a las tierras de los Murray, las cuales quedaban cerca del propio castillo de Stirling. Lo que le dejaba algo de tiempo para pensar en lo que le diría a su prometida. Le sonaba extraño pensar en una mujer de esa manera. No había considerado la idea de casarse hasta que la guerra no hubiera concluido. Pero los acontecimientos se habían precipitado y no tenía otra opción. De repente se veía comprometido con una mujer a la que no había visto. A raíz de este comentario, recordó las palabras de su amigo Angus sobre si esta sería una vieja solterona a la que su padre no había conseguido encontrar un marido. Sacudió la cabeza desechando esa idea mientras cabalgaba con el ceño fruncido, la mirada gacha y las manos cerradas con fuerza en torno a las riendas. Su padre no pasó por alto estos gestos y sonrió porque intuía lo que le sucedía a si hijo.

—¿Estás nervioso por conocer a tu futura esposa?

—¿Eh? ¿Cómo dices? —William desvió la atención hacia su padre.

—Te preguntaba si estás nervioso ante el compromiso que has adquirido con el rey Robert.

William inspiró primero y soltó el aire a continuación.

—No lo sé. No tengo ni idea. Nunca lo he hecho antes.

—Es normal. Nunca has mostrado interés por una mujer. Luego, no puedes saber lo que te espera. Si tu madre te viera…—dijo el viejo Douglas con cierta resignación o melancolía porque ella ya no estaba en este mundo. Y él solo deseaba ir con ella, pero no parecía que su hora hubiera llegado todavía.

—¿Y si ella no acepta?

—Lo hará. Respetará la palabra de su padre o bien será él en nombre de su hija quien lo acate. El castillo de Stirling es toda una tentación para cualquier jefe de un clan. Y el Murray no es diferente a los demás. Tenlo por seguro. De todas formas, de ti dependerá en gran medida que ella te acepte —le advirtió mirando a su hijo de pies a cabeza como si estuviera comprobando si ella lo haría al verlo.

—¿Yo? Solo puedo hablarle de la situación real a la que nos enfrentamos. Su colaboración es necesaria. No pretenderás que la seduzca… Porque no creas que tengo mucha experiencia.

—Pues te aconsejo que la encuentres y la pongas en práctica. Lo que sea para que ella no se oponga. Deberías tratar de seducirla y comportarte con ella como si en verdad te sintieras atraído e interesado por ella. No es una de esas mujeres que sueles frecuentas cuando estás por ahí con Angus y Malcom. Te lo advierto.

—Ya me hago a una idea de la clase de mujer que puede ser. Y de lo que tengo y no tengo que hacer. Haré todo lo que esté en mis manos para convencerla —le aseguró a su padre desechando la idea de que ella fuera una vieja solterona. Según las palabras de su padre, si ella no aceptaba su padre podría hacerlo y entregársela. No parecía que fuera a tener otra opción que aceptarla de todas, todas.

—Eso espero.

William lanzó una última mirada a su padre para dejarle claro que sabía lo que hacía en todo momento; o al menos eso creía él.

***

Archibald Murray no podía creer lo que le contaba su hombre de confianza. Y no lo hizo hasta que él mismo abandonó su casa y salió a comprobarlo. Robert Bruce marchaba al frente de una comitiva de hombres entre los que reconoció a James Douglas y al conde de Moray. Dio órdenes de que los hombres estuvieran alerta por lo que pudiera suceder y él mismo se armó con la espada al cinto. Sus más allegados hicieron lo propio poniéndose cotas de malla y corazas de cuero. Se armaron deprisa como si fueran a presentar batalla. El jefe del clan no se fiaba de esa repentina aparición. ¿Qué diablos hacía Bruce lejos de la corte? Sin duda que era una locura y una temeridad por su parte dados los tiempos que corrían.

William se sentía más nervioso a medida que se acercaban a la casa señorial del clan Murray. O tal vez se tratase de la curiosidad que despertaba en él conocer a la hija del jefe del clan. Iba escrutando los rostros de las mujeres y muchachas en edad de casarse, que iba encontrándose a su paso. Pero era algo absurdo hacerlo puesto que su futura prometida estaría dentro de la casa del clan. De manera que tendría que esperar un poco más para conocerla. Eso si Archibald Murray accedía

—¿Qué habéis venido a hacer a mis tierras? Sabed que estamos dispuestos a repeler cualquier ataque por vuestra parte —El tono frío y autoritario de Archibald Murray y su pose defensiva con la mano cerrada en torno a la empuñadura de su espada, así lo manifestaba.

—No he venido a pelear, sino todo lo contrario.

—Y por ese motivo os escoltan tantos hombres de armas —le comentó haciendo un gesto con el mentón hacia el nutrido grupo de caballeros montados a caballo y a pie.

—He venido a haceros una propuesta. La escolta es lógica en estos días. Hemos pasado cerca de Stirling, y ya sabéis que está bajo dominio inglés.

—No quiero saber nada de vos. Volveros por dónde habéis venido antes de que ordene a mis hombres que os hagan prisioneros.

Aquellas palabras provocaron un ligero revuelo entre los hombres que acompañaban al rey. James Douglas observó por el rabillo de su ojo a su hijo como dirigía su mano hacia la empuñadura de su espada.

—Quieto —le ordenó deteniendo su brazo y mirándolo con autoridad—. ¿Piensa que tu prometida puede estar viéndote? ¿Qué imagen pretendes causarle si desenvainas la espada ante su padre?

William apretó los dientes y devolvió una mirada de incomprensión a su padre. ¿Quería que se quedara quieto sin hacer nada?

—¿Qué me importa ella si el jefe de los Murray pretende atacar al rey?

—¿Quieres abrir un nuevo frente contra tu futuro suegro? Es la hora de la negociación. No de emplear la espada. Ya tendrás tiempo cuando entremos en Stirling y sitiemos el castillo.

William movió la cabeza sin comprender a su padre. Frunció el ceño y apretó las manos alrededor de las riendas de su caballo. Decidió prestar atención a la conversación del rey con Archibald Murray.

—No habéis escuchado mi proposición todavía —le dijo Bruce descendiendo de su caballo para quedar frente al jefe Murray.

—Os repito que nada de lo que…

—Imagino que sabréis que a estas alturas sabréis que Stirling es la única fortaleza que resta en manos de Eduardo. El resto de los castillos han cambiado de manos y ahora pertenecen a los escoceses.

—Sí, no soy sordo a los comentarios que circulan. Pero os olvidáis de Berwick en la frontera. Sabéis tan bien como yo que Eduardo I, padre del actual rey inglés, lo tomó sin ninguna contemplación y anunció que abdicaba del trono escocés en favor de John Balliol. Y que años más tarde lo retomó y se autoproclamó rey de Escocia. Pero eso es algo que vos ya sabéis. Y vos me habláis de tomar Stirling y su castillo.

Archibald no pudo evitar reírse de aquella supuesta propuesta.

—Veo que conocéis muy bien la historia de nuestra nación. Pero yo he venido a solicitaros ayuda para arrebatarle Stirling a los ingleses. Ya nos ocuparemos de Berwick en su momento —le aseguró convencido de que así sería.

—O sois un loco o un necio por venir hasta aquí para hacerme esa proposición. Se os ha olvidado que os negué mi apoyo cuando asesinasteis a Comyn. —Archibald se encaró con Robert Bruce para dejarle clara su postura.

—Os mantuvisteis neutral en la disputa entre los Comyn y yo. Pero veo que os ha compensado después de todo uniros a estos y a los ingleses —le refirió con ironía.

—No me gusta que estos dirijan el destino de Escocia, pero ¿qué queríais que hiciera? Tengo que velar por la seguridad de mi clan —le expuso señalando a la gente que se había acercado a escuchar la conversación.

—John Comyn iba a traicionar a Escocia contándole al rey Eduardo nuestros planes. Iba a vendernos. No podía consentirlo. ¡Basta de ser vasallos de los ingleses! Vos mismo acabáis de decírmelo. No os gusta que nos gobiernen. Olvidad el pasado y uníos a mí para terminar de expulsarlos de nuestra tierra, Archibald. Os estoy brindando la oportunidad de hacerlo.

El jefe Murray no apartó su mirada del rey Robert ni un solo instante.

—¿Y qué ganaría yo?

—Una nación libre.

Archibald aguantó la risa.

—Eso ya lo tengo, apoyando a los ingleses.

—El castillo de Stirling pasaría a manos de los Murray —le dijo con un tono embaucador que cambió el semblante de él.

—¿Habláis en serio? ¿Por qué habríais de entregárnoslo?

—El castillo sería vuestro con una sola condición más.

—Ya me parecía a mí que no me bastaría con unir a los Murray y a sus aliados a vuestras huestes —ironizó entre risas.

—Un compromiso que acabe en matrimonio.

—¿De qué estáis hablando? —Archibald Murray se mostró receloso ante esas palabras. No convenía creer a pies juntillas a los reyes ni a los gobernadores. Siempre acababan por traicionar a uno. Entornó su mirada hacia el rey aguardando una explicación.

—Un matrimonio entre vuestra hija y el hijo de James Douglas. Ellos serán los que regenten el castillo de Stirling.

—¿Con el Douglas? ¿Por quién me tomáis? ¿Queréis que la case con el diablo? —le espetó con una mezcla de incredulidad y rabia porque pensaba que se reía de él.

—Os estoy ofreciendo la libertad de nuestra nación y el último castillo que queda por tomar a cambio de la mano de vuestra hija para William Douglas —Robert extendió el brazo para señalarlo montado sobre el caballo—. Se convertiría en la señora de Stirling.

—Ya veo vuestra jugada.

—No hay ninguna jugada. Lo único que os pido es ayuda para Escocia. Nada más. A cambio os ofrezco el castillo para que vuestra hija gobierne.

—¿Y en cuanto a mí? ¿Qué me quedaría? ¿Podría ser el gobernador de Stirling? —le sugirió elevando una ceja con suspicacia.

—Podría ser. Esos términos los negociaríamos cuando todo haya pasado. Tenéis mi palabra.

Durante unos segundos Archibald Murray permaneció pensativo. Después de todo, la oferta era bastante buena. Su hija regiría en el castillo de Stirling y él podría ser el gobernador. Lo que no acababa de convencerle era la presencia de los Douglas. No eran gente de su confianza, ni a los que se les pudiera manipular.

Los dos hombres permanecieron retándose con las miradas esperando a ver cuál de los dos se apartaba primero.

—Tenéis mi palabra. Los Murray lucharan a favor vuestro. Pero incumplid lo prometido y yo mismo acabaré con vos. También os doy mi palabra en este caso.

—Me consta que lo haríais, pero os lo ahorraré. Y ahora, ¿dónde está vuestra hija?

William había estado escuchando la conversación en parte relajado, pero expectante a lo que pudiera suceder. No había dicho nada a su padre después de su gesto con él al detener su brazo camino de su espada. Sin embargo, al escuchar aquella pregunta, William se irguió en el caballo y su cuerpo lo acusó, tensándose sobre la silla.

La joven Bronwyn permanecía asomada a una ventana observando con atención y curiosidad a su padre mientras hablaba con el rey Robert. ¿Qué hacía este allí? Por lo que ella sabía, su padre se había mostrado partidario de John Comyn. Y se había mantenido leal a Eduardo para no tener ninguna disputa con este. Y de repente Robert Bruce se presentaba ante las puertas de su casa con un nutrido grupo de hombres armados. Entre estos, no pudo fijarse en uno. Tenía el cabello oscuro y algo enmarañado por la lluvia y viento. Sus rasgos eran firmes e incluso algo duros, como si se los hubieran tallado. Su mirada sin embargo parecía llena de curiosidad y no dejaba de pasearla por la gente allí reunida, como si estuviera buscando a alguien.

—¿Sabes quién es? —le preguntó a su madre, que permanecía a su lado observando el devenir de los acontecimientos.

Margaret se mostró sorprendida por la curiosidad mostrada por su hija. Por otra parte, entendía que aquel hombre le hubiera llamado la atención. No era nada extraño dado su aspecto. Pero si era quien ella creía…

—¿Te refieres al joven que está junto a James Douglas?

El semblante de su hija cambió al escuchar aquel nombre, y su mente se llenó de las historias que había escuchado contar acerca de este y de sus actos en favor del rey Robert.

—¿James Douglas, el Negro? —preguntó con un ligero temblor en la voz.

—Así lo apodan los ingleses debido al terror que inspiraba a estos. Él mismo arrasó su propio castillo cuando los expulsó. Supongo que el hombre al que te refieres es su hijo, William Douglas. Lo deduzco por el blasón que lleva impreso en su jubón. Y por el color del tartán de su plaid.

Bronwyn sintió un escalofrío recorriendo su cuerpo al conocer la identidad de aquel hombre. Le había llamado la atención desde el primer momento por su aspecto, pero no pensó que pudiera tratarse de hijo de Douglas, el Negro. Sin embargo, su mirada parecía haberle transmitido algo diferente a lo que ella conocía de la historia de dicho clan.

—No sé a qué habrá venido el rey Robert, pero supongo que pronto lo sabremos por tu padre. Venga, será mejor que te apartes de la ventana.

La hija de los Murray pareció no escuchar las palabras de su madre y permaneció un poco más en esta. Su mirada no podía apartarse de aquel hombre. ¿El joven Douglas? Sería mejor no cruzarse con él, si era como contaban que lo era su padre. Mejor sería no llamar la atención. Pero cuando lo pensó comprendió que era ya tarde porque él la contemplaba con una mezcla de curiosidad y desconcierto.

William levantó la mirada hacia lo alto de la casa de los Murray. No era una gran construcción, pero era digna del jefe del clan. Sin embargo, lo que captó su atención fue la figura de una joven con el cabello semejante al color de la miel y un rostro risueño. Permanecía asomada a una de las ventanas del piso superior y tenía la impresión de que lo estaba contemplando. Cuando ella se dio cuenta de que él la había sorprendido, esta le lanzó una última mirada de desafío y desapareció. Él se quedó pensativo sin saber qué pensar hasta, que sintió una mano que le tocaba el brazo.

—Desmonta. Vas a conocer a tu prometida —le aseguró su padre con una sonrisa cínica—. Y compórtate o la asustarás.

William no dijo nada. Sacudió la cabeza y volvió a alzar la mirada hacia la ventana en la que había estado asomada aquella muchacha. Se trataría de alguna sirvienta que iría con el cuento a su señora sobre las personas que acababan de llegar. Claro que, para serlo, la mirada que le había dirigido había sido bastante arrogante, la verdad. ¿Tal vez supiera quién era él? Era consciente que el clan Douglas no gozaba de un buen trato entre los demás clanes leales a Inglaterra. Confiaba que no esto no fuera un impedimento para la muchacha. Si tenía oportunidad la buscaría para contemplarla de cerca y quién sabe, a lo mejor se pasaban un rato agradable, se dijo tratando de animarse y no pensar en su prometida.

2

William siguió a los demás al interior de la casa observando con curiosidad a las personas con las que se cruzaba. Buscaba a la joven de la ventana. No sabía por qué diablos se obstinaba en pensar en ella de la manera en la que lo había hecho antes, y cuando iba a conocer a su prometida.

—Mi esposa, Margaret —dijo Archibald Murray a los demás.

—Señora, mucho gusto. Disculpad que nos hayamos presentado sin aviso, pero la cuestión es urgente —le refirió Robert Bruce inclinando su cabeza en señal de respeto hacia ella.

—Estáis en vuestra casa, señor.

—Gracias.

—Di a Bronwyn que venga. He de hablar con ella.

Margaret frunció el ceño mirando a su esposo sin entender qué era lo que sucedía. ¿La presencia del rey Robert en su casa tenía algo que ver con su propia hija? No pudo evitar preguntarse yendo a buscarla.

Esta se había quedado en su alcoba para no volver a encontrarse con la mirada ni la presencia de aquel escocés, el supuesto hijo de James Douglas, según palabras de su madre. No quería que se volviera a fijar en ella. Y para ello debería evitarlo mientras él estuviera allí. La puerta se abrió de repente y la muchacha se volvió de repente hacia esta. Su madre volvía con ella.

—Hija, tu padre quiere que bajes al salón.

Esta se quedó quieta asimilando aquella orden. Sabía que debía acatarla, pero no dejaba de sorprenderla.

—¿Por qué? ¿No te lo ha dicho?

—No. Quiere hablar contigo.

—Bien… —asintió retorciéndose las manos de manera incesante. Y que su padre le pidiera que acudiera a su lado no era lo que más le preocupaba sino el hecho de volver a encontrarse con aquel hombre. No le cabía la menor duda de que estaría entre los caballeros del rey Robert. Debía estar preparada para soportar su mirada y su presencia.

William tenía la mirada fija en la mesa a la que todos se habían sentado por orden expresa de Archibald Murray. Tenía el gesto pensativo y en su cabeza un revuelo de pensamientos a cuál más alocado. ¿Y si la muchacha de la ventana era la hija de Archibald?, se preguntó en un momento en el que él mismo se sorprendió. No, no. Imposible. La joven muchacha de la ventana sería una sirvienta. No, no podía tratarse de su futura prometida. Pero cuando levantó la mirada el corazón le dio un extraño vuelco…

Bronwyn llegó al salón acompañada por su madre. Todos los allí presentes permanecían sentados hablando entre ellos sin prestarle atención. Pero entonces, todos al mismo tiempo, como si alguien los hubiera avisado volvieron sus rostros hacia ella convirtiéndola en el centro de sus miradas, al tiempo que sus voces se iban apagando hasta convertirse en un murmullo.

William abrió los ojos sobresaltado al darse cuenta de que era ella. Pero no esperaba verla tan pronto. Ni esperaba escuchar a Archibald Murray decir aquellas palabras. Todos se levantaron de sus asientos para mostrar respeto por la joven dama.

—Señores, os presento a mi hija Bronwyn.

Esta permanecía callada, vigilante y expectante ante cualquier movimiento y comentario de los allí reunidos. No quería pasear su mirada por los rostros de estos porque intuía que lo encontraría a él.

William permanecía mudo. Si el rostro de ella en la ventana le había llamado la atención, más por su manera de mirarlo, que por su belleza. Verla allí con aquel sencillo vestido de color verde con ribetes dorados resaltando su figura exquisita lo había paralizado por completo. No podía ser cierto. Debería tratarse de un sueño, se dijo. Ella. La joven de la ventana que él creía que era una más en el clan; o incluso una sirvienta. La misma con la que pretendía pasar un buen rato. Ahora entendía por qué lo había mirado con cierta altanería antes de desaparecer de su visión.

—Vaya con tu futura esposa —le susurró el conde de Moray dándole un codazo para que despertara.

Robert Bruce tomó la palabra inclinándose antes la joven.

—Es un honor conoceros, milady.

—Gracias, señor.

—El rey Robert y sus caballeros han venido para hacernos una proposición que te incumbe, hija.

Esta miró a su padre intrigada. Aquellas palabras habían despertado en ella incertidumbre por lo que pudieran significar. ¿Qué tenía ella que ver con aquello?

—¿De qué se trata? —preguntó Margaret al ver a su hija callada.

—He accedido a combatir al lado del rey Bruce para tomar Stirling, y expulsar a los ingleses de Escocia de una vez por todas.

Madre e hija se miraron entre ellas sin lograr comprender a qué había venido ese cambio. Y qué incumbía a Bronwyn.

—Mi señora, —intervino el rey mirando a Margaret— he venido buscando el apoyo del clan Murray y sus aliados para tomar Stirling y su castillo el cuál pasará a manos de vuestra hija, aquí presente.

Bronwyn abrió la boca como si fuera a decir algo, pero más bien fue la sorpresa que le produjo conocer esa noticia que no esperaba. ¿Era eso para lo que ella era importante allí en el salón? Por un momento se sintió algo más aliviada al conocer la noticia. Había esperado cualquier cosa, menos que le fueran a entregar una fortaleza, que por otra parte estaba en mano inglesas y que había que tomar.

—¿Mi hija? Pero… —Margaret Murray balbuceaba sin llegar a entender nada de lo que sucedía. Contempló a su marido esperando que él lo aclarara.

—Nuestra hija será la señora del castillo cuando este pertenezca a Escocia de nuevo. Y ella contraiga matrimonio —intervino Archibald mirando primero a su esposa para después dejar la mirada fija en su hija.

—¿Casarme? —Bronwyn dio un paso atrás alejándose de su padre y contemplándolo como si acabara de repudiarla. De repente experimentó un sudor frío en todo su cuerpo y creía que las piernas le fallarían en ese preciso instante.

Hubo un ligero murmullo entre los presentes, y el propio William fue testigo del temor y del rechazo en la mirada de ella. Era algo que él presentía antes si quiera de que ella misma supiera con quién iba a contraer nupcias. Apretó los dientes e hizo grandes esfuerzos para no salir hacia ella y explicarle todo. Pero la mano de su padre lo retuvo cuando este sintió que su hijo hacia ademán ir hacia ella.

—He accedido a que contraigas matrimonio y a que seas la señora del castillo en Stirling —le aseguró su padre convencido de que no habría marcha atrás posible. Su voz sonaba autoritaria y su mirada no dejaba lugar a ninguna duda por pare de ella.

Durante unos segundos ninguno en el salón dijo una sola palabra. Todos parecían estar conteniendo la respiración hasta ver en qué terminaba aquel duelo entre padre e hija. Bronwyn inspiró hondo, entrecerró sus ojos y con cierto orgullo, que sabía que no le serviría de nada, se envaró adoptando un toque irónico.

—¿Y a quién has elegido como futuro esposo?

—El joven Douglas. William —le respondió el rey Robert haciéndose a un lado para dejar espacio a este.

Bronwyn sintió el temblor en todo su cuerpo cuando lo vio avanzar hacia ella. Alto e intimidatorio con su aspecto de guerrero. Ya se había fijado en él cuando lo vio desde la ventana y le llamó la atención sobre su caballo. Pero en ese momento en el que quedaba frente a ella su primera impresión quedó en nada. Logró tragar y aclararse la garganta antes de decir nada. Temblaba y había cerrado sus manos en puños que no separaba de sus costados.

—Mi señora —El tono de su voz era rudo, autoritario pese a que él parecía intentar mostrarse todo lo contrario. Su mirada trataba de ser cálida, pero le intimidaba su forma de fijarse en ella. Como si fuera una yegua a la que comprar. Claro que entendía que la observara de aquella manera, ya que a fin de cuentas se la estaban entregando.

Ella inclinó la cabeza a modo de saludo. Sabía que no tenía muchas posibilidades de escapar de aquel apaño entre su padre y el rey Robert. Que su opinión no significaría nada, ni la de su madre. Y más si por medio había una guerra y un castillo. ¡Señora del castillo de Stirling! Sonaba muy bonito para lo demás. Y para su padre sería un orgullo que los Murray se sentaran en este. Pero, ¿qué precio tendría que pagar ella? ¡Casarse con un Douglas! Con el hijo de James, el Negro. El azote de los ingleses. El mismo diablo, podía decirse. Se dijo sintiendo como se le encendía la sangre y el calor del momento se apoderaba de ella. Miró a su madre en busca de apoyo, pero esta se limitó a sonreír y a asentir.

—Creo que sería mejor dejar que se conocieran, mientras nosotros ultimamos el acuerdo —dijo su padre mirando a su mujer e hija para que salieran del salón en compañía del joven Douglas.

—Sí, será lo más acertado, padre —le respondió ella con la frialdad reflejada en sus ojos mientras le daba la espalda y abandonaba el salón ante la mirada de perplejidad de su madre, que comprendía el malestar de su propia hija por su futuro.

—Seguidme —le dijo Margaret a William, quien no tenía ni la menor idea de qué hacer en aquella situación, salvo lograr que ella lo aceptara de una u otra manera por el bien de Escocia, se dijo caminando en dirección a dónde ella lo había hecho.

Entraron en el comedor con el que contaba la casa. Austero en cuanto a mobiliario y decoración, pero tampoco es que le fueran mal las cosas al clan Murray. No en vano, se habían arrimado a Londres y al rey Eduardo. Y eso tendría sus beneficios, ¿no? se dijo William paseando la mirada por la decoración.

La madre de ella se colocó algo apartada de él, controlando a su hija. No sabía qué reacción tomaría, pero estaba segura de que no sería la que él esperaba.

William centró toda su atención de volcó en ella. En la joven muchacha de la ventana, que lo había cautivado que resultaba ser su prometida y futura esposa. La observaba caminar por la estancia como una fiera enjaulada. Tenía la cabeza gacha con la mirada puesta en el suelo y los brazos cruzados sobre el pecho. En ningún momento se dignó en mirarlo. Ni tan si quiera para ver si él estaba allí. Recordó las palabras de su padre acerca de tratarla bien para lograr el apoyo de los Murray. En ese momento comprendió que sería harto complicado viendo su reacción y lo entendía porque a ambos se la habían jugado. Pero, por otro lado, ¿qué podía hacer él? El padre de ella había dado su consentimiento tanto a apoyar al rey con su clan, como en entregarle a su hija. ¿Acaso importaba mucho cómo la tratara? Desde luego que pondría su empeño, porque le había gustado desde que la vio. Lo que desconocía era su carácter, del cual ya había visto una muestra cuando se envaró ante su padre. Y ahora cuando lo ignoraba.

—Mi señora…

Ella detuvo sus pasos y elevó la mirada para fijarla en él en cuanto lo escuchó referirse a ella. Lo contempló con los ojos entrecerrados y el ceño fruncido. Seguía enrabietada por lo que había hecho su padre. Algo que no le perdonaría. Durante años había despotricado del rey Bruce, acusándolo de poco menos que asesino y usurpador al trono de Escocia. Y cuando este venía a pedirle ayuda para atacar Stirling, ¿qué hacía su padre? Aceptar su proposición entregándola a ella como moneda de cambio. ¿Dónde había quedado el honor de su padre después de esto? Se preguntaba mientras le sostenía la mirada al joven Douglas.

William percibía el enojo y la decepción en el semblante de ella. Había adoptado una postura defensiva cruzando los brazos sobre sus pechos, una especie de barrera con el fin de evitar que él se acercara de más. Y no lo haría, hasta que la viera más calmada. Ella le recordaba a una fiera salvaje en posición defensiva ante su atacante. Por ese motivo, decidió guardar la distancia.

—Mi señora, entiendo que todo esto os haya causado la misma sorpresa que a mí. Pero…

—¿Sorpresa a vos? —ironizó ella interrumpiéndolo y contemplándolo con gesto de asombro por aquel comentario—. Vos ya sabíais a lo que veníais. No me vengáis ahora a decir que estáis sorprendido —le rebatió con dureza recorriendo su cuerpo de los pies a la cabeza. Le llevó un tiempo hacerlo dada su estatura y su corpulencia.

—En ese aspecto tenéis razón. Conocía los planes del rey antes de venir. Fue él en persona quien me los comunicó.

Ella percibió cierta resignación en su voz. Como si no le hubieran dado otra opción. Y así era en aquellos tiempos. De igual modo que ella debía acatar la voluntad de su padre.

—¿Por qué no lo rechazasteis? Sois un caballero. Tenéis más poder que yo para hacerlo.

—No soy un caballero como decís. Mi clan lo perdió todo a manos de los ingleses. Y no puedo rechazar una orden de mi señor, el rey. Entendedlo. De igual modo que vos obedecéis a vuestro padre.

—Pero, ¿lo habrías hecho de haber podido? —La curiosidad la pudo y no se calló la pregunta que le quemaba la lengua.

William la vio dar un par de pasos que la acercaron más hasta él. Sin duda debidos al ímpetu y el coraje que derrochaba que a que quisiera acortar la distancia entre ellos. Su mirada brillaba por todo lo que le estaba pasando. Sus manos estaban cerradas en puños como si fuera a golpearlo. Pero lo que le llamó más la atención fue su imagen con el cabello cayendo en ondas sobre sus hombros, se le había soltado con cada uno de sus movimientos y ahora le ocultaba una parte de su rostro. Lo atrapó cuando percibió la fuerza de emanaba de ella.

Por otro lado, controlaba los movimientos y los gestos de lady Murray, su madre. Y esta parecía advertirle de que tuviera cuidado con su hija. El joven Douglas no parecía ser un peligro para esta, por lo que ella observaba y escuchaba. Más bien intentaba justificar su presencia allí.

—No tenía intención de buscarme una esposa hasta que Escocia fuera libre. Y eso siempre que encontrara una acorde a mis gustos. Si eso os sirve de consuelo, mi señora.

—Dejad de referiros a mí de esa manera —le refirió sacudiendo la cabeza—. No soy vuestra señora.

—Pero si sois mi prometida os guste o no. Vuestro padre ha accedido a entregaros a mí a cambio del castillo de Stirling —le recordó endureciendo el gesto y el tono de su voz, aunque no le gustara.

—Mi padre… Sí. Él mismo que durante años ha acusado al rey Robert de usurpador al trono por acabar con John Comyn en Greyfriars. Ese ese mi padre que ha cambiado de bando en cuanto le han puesto en bandeja la fortaleza de Stirling. Tarea nada sencilla, por cierto. Lo de reconquistarlo para Escocia. E imagino que vos tomareis parte del asedio.

—Por supuesto. Y estoy seguro de que no lamentarías que muriera bajo una flecha inglesa —frivolizó él buscando su reacción.

Tanto lady Margaret como ella palidecieron y se sobresaltaron al escuchar aquellas palabras en boca de él. Y mientras su madre no sabía cómo reaccionar, Bronwyn se acercó un poco más y le dedicó una mirada que bien podría haber acabado con él en el suelo.

—No soy tan despiadada —el aseguró con orgullo y determinación. Sin perderle la mirada—. Que esté en contra de casarme con vos no significa que os desee la muerte

—Seríais la señora de Stirling.

—¿Acaso pensáis que quiero vivir en el castillo? ¿Qué ardo en deseos de ser la señora? —Lo contempló con desaire y sacudió la cabeza—. No sé si a estas alturas os habéis dado cuenta que no soy más que una moneda de cambio. Nada más. Tenedlo en cuenta —sacudió la cabeza y apartó la mirada de él un instante. Su cercanía la turbaba en gran medida.

—Ambos los somos.

Ella volvió el rostro cuando lo escuchó y dejó escapar una risita mordaz.

—Pero en vuestro caso saldréis ganando más. Un castillo, una esposa que os entregue un heredero, honores de caballero. Tal vez incluso el rey os llame a la corte en Edimburgo. De ese modo podéis libraros de mí y tened tantas amantes como gustéis para engendrar bastardos —le objetó con desdén.

Estaba decidida a plantarle cara y a luchar para no ponerle las cosas fáciles.

—Eso puedo tenerlo sin una esposa —le aseguró siendo él quien la recorriera con su mirada. Se detuvo en su rostro dándose cuenta de la fina lluvia de pecas que se esparcían por sus sonrosadas mejillas. De la palidez de tu tez, de sus labios entre abiertos por los que respiraba de manera trabajosa. Aquella especie de duelo la alteraba haciéndola más exquisita y deseable a sus ojos.

—En ese caso, no me necesitáis.

La vio darle la espalda una vez más y caminar dirigirse hacia su madre. Esta permanecía en silencio, escuchando la conversación entre ellos dos. No había dicho nada hasta ese momento en el que su hija se dirigió a ella. Pero William la había visto gesticular en algún momento de aquella conversación. Él interpretó aquella retirada suya como una pequeña tregua entre ellos y cogió aire antes de seguirle exponiendo su punto de vista de la situación.

—Lo creáis o no, esta situación me agrada tanto como a vos. Entended que los dos somos peones en esta partida que libran los reyes. Yo estaba a gusto con mi situación personal antes de que Bruce me propusiera un matrimonio.

Ella volvió el rostro para mirarlo por encima de su hombro.

—Sin duda que lo estáis después de haberos escuchado decir que no me necesitáis. Tenéis vuestras amantes o sirvientas para satisfaceros; e incluso puede que os den algún que otro bastardo, como os he dicho.

—Hija, por favor… Él tiene razón después de todo —Bronwyn miró a su madre sin poder creer lo que acababa de escuchar.

—¿Te pones de su lado? ¿Tú también me traicionas? —Se apartó contemplándola como si no la conociera y su madre se apresuró a explicarle lo que había querido decirle.

—No, no me pongo de su parte ni apoyo lo que ha hecho tu padre. Pero es verdad que ambos estáis metidos en esto por cuestiones políticas. No lo hagas más complicado.

Pero la mirada de su hija le dejó claro que le importaba más bien poco lo que él pensara o cómo se sintiera al respecto. Ni que aquello se tratara de una cuestión política. Sonrió burlona y se giró hacia él.

—Vuestra madre tiene razón. Todo esto es por un solo motivo y es reconquistar Stirling y su castillo. No hay más —le resumió tratando de hacerla razonar sobre cuál era la realidad de todo aquello.

—En ese caso, entiendo que, dado que esto no es más que una cuestión política y que como bien habéis dicho, no tenéis interés en mí, algo que os agradezco —le comentó sonriendo de manera de manera irónica—. No me tocaréis un pelo.

William frunció el ceño y apretó los dientes. ¡Maldita fuera! Con gusto le enseñaría un par de cosas aquella joven. ¿Lo estaba provocando? ¿Por qué no se ponía de su lado? Hasta su propia madre lo había comprendido.

—Decís bien. No os tocaré… Hasta la noche de nuestra boda —le recordó él con una sonrisa taimada—. Y dad gracias a que lo más importante ahora es Escocia, sino, os prometo que buscaría un párroco o un monje para que nos casara hoy mismo y así poder tocaros —le aseguró reuniendo el aplomo necesario para no rodearla por la cintura con su brazo y atraerla hacia él para borrarle aquella sonrisa de triunfo que esgrimía.

Escuchar aquello hizo que ella palideciera. Un escalofrío se abrió camino por su espalda hasta perderse bajo los rizos de su cabello y seguir ascendiendo hasta la nuca. Por suerte para ella, su madre la sujetaba del brazo. De lo contrario, no creía que lograra seguir de pie. No quería imaginarse a aquel hombre poseyéndola como si fuera una yegua para satisfacer sus deseos y el hecho de que engendrara un heredero. Ni si quiera se imaginaba la manos de él, hechas para la guerra, recorriendo su frágil cuerpo. Deslizó el nudo que se le había formado en su garganta impidiéndola hablar, y recuperando su orgullo caminó hacia él.

William se dio cuenta de que sus últimas palabras haciendo referencia a la noche de bodas sin duda que le habían afectado. Lo último que quería era enojarla más de lo que ya estaba. Ni tampoco pretendía asustarla. Pero ella parecía dispuesta a seguir peleando con él.

—Así será hasta que llegue ese día.

William se sentía algo mezquino por lo que le había dicho. Tal vez le hubiera aparecido una especie de animal o de sátiro. Ver el temor por lo que le pudiera hacer, reflejado en sus ojos, le hizo reaccionar.

—No pretendo causaros ningún daño. Ni tampoco pretendo que me temáis, mi señora. No soy vuestro enemigo.

—No confundáis mi desidia hacia vos con miedo. Sois un Douglas y ya sé cómo se comportan los de vuestro clan. Empezando por vuestro padre, al que los ingleses apodan <<El Negro>> por sus actos.

William asintió apretando los labios.

—Habéis oído hablar de las hazañas de mi padre…

—¿Hazañas? ¿Destruir su propio castillo, reducirlo a cenizas con los soldados ingleses en el interior lo calificáis como tal? —Volvía a quedarse tan cerca de él que le bastaría extender su brazo para tocarla, pensó ella en un momento. Se imaginó que él podría llevarla contra su pecho y besarla. Recorrer su cuerpo con sus manos… Ella se dio cuenta de lo que podía suceder y se apartó con solo imaginarlo. Pero el calor había prendido en el interior de su cuerpo, también.

—Los ingleses nos arrebataron nuestro hogar, ya os lo dije antes cuando me dijisteis que yo era un caballero —Apretó los labios y apartó su mirada de ella cuando aquellos sucesos inundaron su mente—. Estábamos en nuestro legítimo derecho a recuperarlo y hacer lo que nos diera la gana con este porque era <<nuestro>> Lo destruimos para que los ingleses no se volvieran a apoderar de este. Fue duro y doloroso contemplar semejante acto. No os lo deseo.

—Entiendo entonces, también podéis hacerlo conmigo —Lo estaba desafiando. Lo estaba llevando al límite de su paciencia. Pero ella solo quería saber la clase de hombre que era. Hasta dónde podría aguantar sin tomarla en brazos y hacerla callar.

—¡Hija! Por lo que más quieras. Deja ya esta conversación. No va a conducirte a nada bueno. No le hagas recordar esos hechos —le dijo su madre contemplando el gesto irónico en ella, y el de asombro en el joven Douglas. Margaret Murray había escuchado esos acontecimientos y no terminaba de creer que clan hubiera actuado así, pero al escucharlo por boca de William no le quedaba duda alguna.

—No con vos mi señora. Nunca os haría daño. Pero sí a quien ose apartaros de mi lado. Quiera Dios que nadie se atreva, y se lo piense dos veces antes. Porque sin duda que conocerá de lo que es capaz un Douglas. Os lo juro. Haré cuanto esté en mi mano para que este compromiso y posterior matrimonio perdure, mi señora

Aquel comentario la dejó sin capacidad de reacción porque no esperaba que él pudiera decir algo semejante. Pero sobre todo la impactó la manera de mirarla. Había determinación y seguridad en su mirada. Era penetrante e intimidatoria en un primer momento. Pero algo hizo que él la cambiara, dulcificándola lo justo para tranquilizarla.

—¿De verdad? Hace un momento parecíais decir lo contrario. Incluso creí que podríais repudiarme al asegurar que ya tenéis amantes de sobra.

William la miró con atención y sin mediar palabra dejó que sus dedos se enredaran entre sus cabellos y notara su suavidad. Luego esa misma mano se posó en su mejilla sin que ella se apartara. Él sonrió de manera tímida.

—En verdad que os necesito.

—No… —Se quedó sin aliento cuando lo escuchó decirlo. Su mano se había quedado quieta en su mejilla y ahora el pulgar se la estaba acariciando de manera lenta provocándole un ligero cosquilleo en su cuerpo. ¿Qué hacía allí parada permitiendo que la tocara? ¿Por qué no podía alejarse un paso de él? Bastaría con eso. Su corazón latía más y más deprisa sin que ella pudiera remediarlo.

Su madre permanecía quieta contemplando aquella escena. No quería decir nada por temor a romper el hechizo que parecía tener cautivada a su hija, después de todo.

—Os necesito para que Escocia sea libre. Vos sois la llave para conseguirlo. Mi señora. Debo volver con los demás, pero si me necesitáis, no dudéis en buscarme.

Se inclinó con respeto y se volvió para salir de la estancia porque creía que ya había dicho todo lo que se le ocurría por el momento. Soltó el aire que había retenido en su interior mientras la estuvo mirando de cerca. Su mano sobre la suave piel de su rostro. Sus ojos brillantes y sus labios entreabiertos. Habían sido todo un reclamo para él. De haber sido cualquier otra muchacha la habría besado sin pedirle permiso, acaso y tal vez habrían acabado retozando sobre el suelo. O la habría tomado sobre la mesa. Pero ella… No. Debía mantenerse firme en su palabra acordada con ella. No la tocaría hasta la noche de bodas. Y no la haría sentirse incómoda en ningún momento. No quería que saliera huyendo y el pacto acordado entre su padre y el rey Robert pudiera romperse. Y para ello estaba dispuesto a cualquier cosa, incluso a ser un Douglas si alguien osaba tocarla.

Bronwyn permaneció en silencio durante unos segundos, mientras contemplaba como él abandonaba la sala. Era como si no supiera qué hacer, ni qué decir. Pero los últimos comentarios por su parte parecían haber calado dentro de ella. De manera lenta comenzó a caminar por la estancia bajo la atenta mirada de su madre.

Margaret Murray no aprobaba algunas de las cosas que le había dicho a su futuro esposo. Pero esa era su hija y ese era su carácter. En el fondo no sería ella sino se comportase de esa forma. Más tarde ella misma buscaría al joven Douglas para hablar con él. Ahora tenía que estar al lado de su hija.

—¿Lo has escuchado?

—Todo lo que ha dicho, hija. Y debo decir que me ha parecido…

—Soy la llave para lograr la libertad de Escocia —susurró con la mirada perdida en el vacío.

—Sin duda que es así en cierto modo. Tu compromiso con William Douglas supone que nuestro clan luche en favor del rey Robert. Y con nosotros acudirán muchos más hombres de otros clanes afines al nuestro.

—Un peón en el tablero de la política de esta tierra —Se sentó en un banco porque sentía que sus piernas no le aguantarían mucho más.

—De igual modo que él. Ya lo has escuchado.

—Solo que él es un hombre —le recordó mordaz.

—Dispuesto a cualquier cosa por ti.

Bronwyn abrió los ojos como platos al escuchar a su madre hacer ese comentario

—¿Por mí? Yo sé lo único que va a moverlo hacia mí.

—Ambas lo hemos escuchado. No permitirá que nada malo te suceda; ni que nadie ose apartarte de su lado o conocerán la fama del clan Douglas.

—Por una Escocia libre. ¿Lo olvidas? Solo le intereso porque a su rey le conviene la alianza con nuestro clan para liberar Stirling. ¿Cómo puedo saber que lo lograrán? ¿Y si no lo hacen? ¿Queda anulado el compromiso? ¿Y si él muere en la batalla? —miró a su madre esperando que le dijera que eso no sucedería.

—Tú misma le has dicho que no esperas que eso suceda. Cuando él te aseguró que seguro que no lamentarías que cayera muerto.

Bronwyn fue a decir algo pero recordar ese momento la hizo replanteárselo.

—No soy tan malvada como para desearle la muerte, madre. Ya se lo he dicho.

—Eres joven y fuerte. Valiente y temeraria en ocasiones. Como hace un momento cuando hablabas con él. Creo que lo has puesto al límite y que de haber sido otra clase de hombre no habría vacilado en responderte a su modo. Podría haberse propasado contigo.

—Entonces sería lo último que hiciera en su vida —le refirió con una frialdad extrema.

A su madre no le cabía la menor duda de que de haber intentado tocarla o propasarse con ella, Bronwyn habría terminado por acabar con él. Era capaz de todo con tal de seguir viva.

—No me parece la clase de hombre que se lo merezca. Creo que él también es una víctima de las circunstancias políticas, ya lo has escuchado. Que no le ha quedado otra alternativa que acatar la palabra de su rey. No lo juzgues por ello sino por cómo se comporte contigo. Y no me parece que pueda hacerlo tan mal como crees.

—Es un Douglas, madre. Y tú me has contado de lo que han sido capaces. En especial su padre.

—Sí. Y su hijo acaba de contarte por qué hicieron lo que hicieron con su castillo.

—Sí. Porque era de su propiedad. Pero yo no lo soy —Sacudió la cabeza en repetidas ocasiones para dejarlo claro.

—No creo que te considere como tal. Reconozco que todo esto me ha caído de sorpresa de igual manera que a ti. Y que tengo mi recelo y mi temor al respecto de lo que pueda salir. Pero he percibido algo en el joven Douglas que me permite tener esperanza.

—Solo le interesa que Escocia sea libre.

—Sí, ¿y qué hará cuando esta lo sea? ¿Lo has pensado? Tú serás la llave de su felicidad, y de la tuya propia.

—No creo que un hombre como él pueda llegar a sentir algo por mí salvo que soy un instrumento para sus fines y los de su rey. Nada más. Cuando acabe la guerra con Inglaterra y se convierta en el señor de Stirling se dedicara a tener amantes, a perseguir a las sirvientas, a emborracharse y a poco más. Eso es lo que hará —le dijo ella como si estuviera muy segura de lo que decía. Y algo en su interior se contraía porque después de todo no quería esa vida para ella.

—Entonces, está en tus manos que nada de eso suceda.

Bronwyn permaneció callada, con el ceño fruncido sin entender nada de lo que su madre le decía. No estaba segura de que el joven Douglas no se comportara como el resto de hombres que ella conocía. ¿Y qué podía hacer ella para cambiar la situación? Se preguntó sin querer buscar una respuesta por el momento. Toda aquella situación le estaba dando dolor de cabeza.

—Me gustaría que todo esto fuera un mal sueño. Que despertara y todo siguiera como hasta este día. Que no tuviera que casarme con nadie y que pudiera seguir siendo libre —se dijo mientras relajaba los hombros por primera vez desde que todo aquello comenzó.

3

William se alejó de ella cuando consideró que su paciencia estaba llegando a su límite. Sin duda que la joven Murray tenía valor y descaro para hablar como lo había hecho. Pero, ¿qué podía hacer o decir él? Nada cambiaría la situación. Él no había sido partidario de contraer un compromiso que acabaría en un matrimonio. Pero era necesario lograr el apoyo de más clanes a la causa del rey. Y por este motivo haría cualquier cosa por liberar a su tierra de los ingleses; aunque ello fuera comprometerse con una mujer como Bronwyn Murray.

—¿Qué tal tu futura mujer? ¿Es arisca como una gata? —le preguntó Angus cuando vio a William abandonar la casa

—Creo que no se trata de una vieja desdentada —le dijo Malcom riéndose en sus narices.

—No, no es nada de eso.

—¿Y cómo es?

La curiosidad de sus amigos pareció no hacerle mucha gracia. Hizo un gesto algo hosco y se apartó de ellos.

—Es algo rebelde. Pero entiendo su postura cuando a alguien le imponen algo que no desea.

—Supongo que te refieres a que no quiere casarse —sugirió Malcom.

—Sí.

—Pues ya dos sois dos. Lo que sucede es que no os quedará otra ahora que el rey y los Murray se han puesto de acuerdo para atacar Stirling.

—Por ese motivo hemos venido, ¿no?

—Entiendo que no te ha hecho gracia la encerrona en la que te han metido. Pero, ¿tan poco merece ella la pena? —le preguntó Angus obligando a su amigo a mirarlo a la cara—. En serio.

William se detuvo y se quedó contemplándolos sin saber qué decirles. ¿La verdad? ¿Qué no le hubiera importado lo más mínimo estrecharla contra él y hacerla callar como él creía que ella se merecía? ¿Qué una parte de él deseaba casarse con ella por la noche de bodas? ¿Para tenerla desnuda en su cama? ¿Qué la estaban empujando a un destino incierto?

—La conversación ha sido normal. ¿Qué esperabais? ¿Qué ella lo aceptara sin más y me acogiera entre sus brazos? Además, falta mucho para casarnos. Lo importante ahora es saber cuándo partiremos de regreso a la capital para preparar el asalto al castillo. Es lo único que me interesa.

—Tú procura que no te mate ningún inglés —le advirtió Malcom—. O de lo contrario ella se quedará con el castillo por el que tú habrás luchado.

—Al menos disfrútalo, ¿no? En cuanto a ella… Supongo que habrá sitio de sobra en este para no veros si no queréis.

—Sí —asintió él sin añadir más. No estaba seguro de no quererla ver después de todo. Sacudió la cabeza desechando cualquier pensamiento que guardara relación con ella. No era el momento para pensar en nada que no fuera la guerra contra los ingleses—. Creo que iré en busca de mi padre a ver qué tiene que contarme. Os veré más tarde.

Lo encontró charlando con Moray quien después de salúdalo con la mano se alejó para seguir hablando con el rey Robert y Archibald. A James le sorprendió ver a su hijo sin la compañía de la hija del jefe Murray.

—¿Ya has terminado de hablar con tu prometida? Pensaba que pasarías más tiempo a su lado, para conocerla.

A William no se le pasó por alto el toque de sorpresa en la pregunta. Ni la mirada de intriga de su padre.

—¿Qué más quieres que haga? Hemos estado hablando de todo lo referente a esta inesperada situación para ambos.

—Ya —James Douglas chaqueó la lengua. Era lo esperado, claro, pero a él le hubiera agradado que su hijo pasara más tiempo con su prometida. Solo eso. Sin embargo, James Douglas parecía receloso del comportamiento de su hijo—. Sé que es un compromiso impuesto por el rey. Que no tenías intención de buscar una mujer para casarte porque prefieres seguir con tus correrías. Pero debes aceptarla por el bien de la nación. Necesitamos más hombres para poder acabar ganando la guerra.

—No se me ha olvidado en ningún momento.

—Bien. ¿Qué opinión te merece la muchacha? Sé que tal vez no sea de tu agrado, ya me entiendes… Pero confío en que sepas tratarla para que no salga huyendo o cometa alguna estupidez que eche por tierra todo.

—No lo hará, tranquilo. Ella es consciente de la situación y no va a contravenir la palabra de su padre.

—Confío en tu palabra y que no tengas problemas para tratar con ella. Piensa que al final podrás ser el dueño y señor del castillo de Stirling. En cuanto a ella, una vez que te dé un heredero perderás el interés en ella. Pero hasta que ese momento llegue, deberás comportarte con ella como si fuera la misma reina.

—¿Podríamos dejar ese tema? —le rebatió William a su padre—. Lo que más nos interesa es expulsar a los ingleses de nuestra tierra. Ese es mi objetivo. No ando pensando en tener un hijo con una mujer, que no muestra demasiado entusiasmo en este compromiso, como puedes presuponer.

—Lo sé. Pero el rey necesita hombres para ganar la guerra, como bien dices.

—Por eso mismo me sacrifico por mi país. Ella es el instrumento para lograr un objetivo. Y ya está logrado. El rey tiene más tropas —le dijo con un tono frío. De repente le molestaba que hablaran de Bronwyn de esa manera. Bastante la habían utilizado.

—Deberías mostrar más entusiasmo por tu futura esposa —intervino Moray que se había quedado junto a ellos cuando el rey y Archibald Murray se marcharon—. Entiendo cómo te sientes. A nadie le gusta que le impongan nada. Y menos un matrimonio.

—Podría haberle dado el castillo y la ciudad sin más —protestó William.

—El rey no podía hacerlo. Ya te lo dije. No puede dejar un lugar tan estratégico en manos de un clan, que se mostró leal a John Comyn porque este lo era con Eduardo I de Inglaterra. Podría volverse contra Robert Bruce y traicionarlo dejando que los ingleses volvieran a ocuparlo. Pero contigo eso no sucederá, hijo.

—Odio verme en medio de estos entresijos políticos. Soy un guerrero que lucha por su país. Nada más. Me atrevería a decir que casi me gustaban más los años en los que no teníamos rey y seguíamos a William Wallace en su lucha.

—¿Crees que entonces no había conspiraciones políticas? ¿Cómo crees que Robert logró mantenerse con vida? —le preguntó sujetándolo por el plaid para zarandearlo—. No sabes nada.

—Me hago una idea de que su padre forjó una alianza con el propio Eduardo. Solo digo que Wallace y los que le seguíamos luchábamos por un ideal.

—Y ahora también —le instó Moray.

—Sí, pero a cambio de atarme a una mujer que teme al clan Douglas como la propia peste.

—Así es como se hacen las cosas, muchacho. Aprenderás rápido —le aseguró su padre palmeándolo en el hombro—. Demos una vuelta por aquí a ver qué tenemos. ¿Vienes?

William sacudió la cabeza.

—No. Prefiero estar solo. Tengo que pensar —le aseguró viendo a su padre y a Moray alejarse. Resopló y se pasó la mano por el pelo. Así era cómo se hacían las cosas, se repitió las palabras de su padre como si pretendiera que no se le olvidaran. Pues a él no le agradaban lo más mínimo. Le iba bien como estaba. De batalla en batalla. Arrebatando a los ingleses las ciudades y posesiones en Escocia para devolverlos a sus legítimos dueños. Disfrutando de la satisfacción del deber cumplido. No necesitaba una mujer a su lado. Pero ahora… Todo iba a cambiar tras la última batalla.

***

Margaret abandonó y se encontró a William sentado en banco de piedra. Su gesto parecía expresarlo todo. Tenía el ceño fruncido y la mirada fija en el vacío. Su hija no había sido muy amable con él en ese primer encuentro. Entendía que no quisiera comprometerse con el Douglas, pero era la decisión de su padre. Y, además, ella tenía que ser consciente de que más tarde o más temprano debería casarse y tener su propia familia dentro del clan. Comprendía que aquella forma no era la más acertada. Una imposición del rey Robert y con un Douglas después de los comentarios e historias que circulaban sobre lo crueles que habían llegado a ser con los ingleses.

Se acercó con paso dubitativo al joven William porque no quería molestarlo. Ni tampoco sabía cómo iba a reaccionar este. Cuando notó su presencia, levantó la mirada para fijarle en su rostro e instándola a detenerse de manera brusca a la espera de su próxima reacción.

Él se levantó del banco cuando la vio dirigirse hacia él. Asintió a modo de saludo.

—Mi señora.

—Siento importunaros.

—No, no lo hacéis. Quedaos tranquila.

—Os he visto aquí solo, pensando tal vez en todo lo que está sucediendo...

La mujer lo contemplaba con cuidado y curiosidad. Tal vez él le confesara algo más de lo que le había dicho a su hija. La primera impresión que le había causado no era la que tenía en mente cuando supo quién era. El hijo de Douglas <<el Negro>>

—Vivimos un tiempo convulso. La guerra entre las dos naciones dura demasiado.

—Y esperáis que acaben con la toma de Stirling…

—Sí. Una parte de mí así lo quiere.

—¿Es que en el fondo no lo deseáis? Habéis hecho referencia a una parte de vos…

—La parte de guerrero que habita en mí… —esbozó una tímida sonrisa—. Llevo peleando contra los ingleses desde que Wallace se levantó en armas al matar al sheriff de Lanark.

—Entiendo que vuestra vida ha sido la guerra.

—Por eso os lo digo.

—Pero entonces, si Stirling cae y los ingleses son derrotados por fin y expulsados de esta tierra, ¿qué sucederá con esa parte de guerrero de la que me habláis?

—Que tendrá que guardar la espada y disfrutar de la paz. No creáis que no se lo merece.

—¿No lo echaríais de menos?

—No. Ansío más la paz. He derramado y visto derramar demasiada sangre.

Hubo un momento de silencio entre ambos. Como si los dos estuvieran pensando en esa breve introducción al tema que Margaret quería tratar con él.

—Os buscaba para hablaros —comenzó diciendo mientras observaba el gesto de asombro en el rostro de él.

—Supongo que de lo que ha sucedido hace un momento con vuestra hija —William apartó la mirada de la mujer y volvió a mirar al frente pensando en Bronwyn—. No la culpo por su reacción porque era lo que me esperaba.

—Pero es su deber como mujer e hija. Me refiero a casarse y formar su propia familia.

—No os lo discuto, señora. Pero creo que las formas no han sido las más apropiadas para ninguno de los dos. Ya se lo dije a ella y os lo repito a vos: somos dos peones en este tablero de la guerra y la política. ¿Creéis que me hizo gracia que el rey Robert me lo propusiera?

—Entiendo que sois un hombre y un guerrero, y que lo que tal vez menos ansiáis ataros a una mujer de por vida. Pero imagino que habréis pensado seguir con vuestro linaje.

—Sí. Cuando la guerra con Inglaterra termine. Cuando disfrutemos de esa pasa que os he mencionado. Entonces me estableceré en alguna parte y supongo que tendré una mujer e hijos.

—A la mujer ya la tenéis.

William ahogó la risa.

—Ella me odia por lo que represento.

—¿Y vos?

Margaret lo miró con curiosidad.

—Odio a los ingleses por lo que llevan haciendo con nosotros. Lo que han hecho a esta tierra y a sus gentes. Y luego dicen que nosotros somos salvajes y bárbaros…

—Entonces si no la odiáis, es un buen comienzo.

—Pero, yo no sé nada de sentimientos, ni de mujeres… Ni de cómo diablos tratar a una esposa. Desde que era un chiquillo solo he conocido la muerte y la guerra.

—Pero supongo que habréis estado con mujeres.

—Pero no de la misma manera que estaré con vuestra hija. Siendo su esposo —Le sonaba extraña esa palabra. Nunca había creído que llegaría ese día.

—Siempre podéis repudiarla.

—¡Eso nunca mi señora! He dado mi palabra al rey y a vuestra hija, y la cumpliré. Me casaré con ella cuando la guerra acabe y permaneceré a su lado en todo momento. No quiero que ella pague por todo esto.

—¿Por qué lo decís?

—Ella no tiene ninguna culpa de que la circunstancias la aten a mí de por vida. Sé lo que representa escuchar el nombre de Douglas. No sería justo apartarla y tratarla de menos.

—No esperaba escucharos decir algo así —comentó sorprendida después de todo.

—Oh, sí. Estoy seguro de que en el fondo pensáis que una vez que recuperemos el castillo de Stirling y me establezca allí, arrojaré a vuestra hija de lado. Sí, es lo más sensato de pensar de alguien como yo.

—No dejáis de sorprenderme joven Douglas.

—Os creo porque acabo de deciros que mi clan conlleva una serie de taras. Pero estas han sido producidas por la guerra. Nada más. Todos han escuchado lo que mi padre ha hecho a los ingleses. El porqué de su apodo. Pero es la guerra la que lo ha vuelto así.

—Sí, las cosas que se cuentan de vuestro clan ponen los pelos de punta.

—No os lo discuto. Y comprendo que vuestra hija me tema.

—¿Temeros? No creo. En el fondo tiene mucho carácter como habéis podido ver por vos mismo —le refirió con una risa ahogada. Aquel joven comenzaba a caerle algo mejor. Sin duda no tenía nada que ver con lo que contaban de los miembros del clan Douglas.

—Sin duda —asintió pensando en que su relación no sería muy cordial, al fin y al cabo.

—No os quiero molestar más tiempo. Solo quería disculparme por el comportamiento de mi hija.

—Y yo os repito que no es necesario que lo hagáis. Es la reacción que esperaría cualquiera. Quedaos tranquila.

Margaret permaneció unos segundos contemplándolo y asintiendo. Tal vez después de todo el joven Douglas no fuera como el padre y su hija acabara en buenas manos.

—Si me disculpáis, no os robaré más tiempo.

—El que necesitéis, mi señora —le dijo levantándose al mismo tiempo que los hacía ella.

William la vio alejarse de vuelta a la casa mientras él permanecía a solas con sus pensamientos. Solo que después de la conversación con aquella mujer, no sabía si todo se había arreglado o enmarañado más todavía. Lo que más deseaba era partir de regreso a la capital y organizar en asedio al castillo de Stirling. Si se centraba en la guerra se olvidaría de todo lo demás; incluida ella.

Esa noche se celebró una cena en honor a la pareja y a su futuro matrimonio a la conclusión de la guerra. Tanto el rey Robert como Archibald Murray daban por hecho que esta concluiría con la toma del último castillo escocés en mano de los ingleses. Y luego toda la nación viviría en paz bajo el gobierno de Robert Bruce.

—Estoy más que convencido de ello. Con los hombres de mi clan, y de los que descienden de este, vuestro ejército no estará en franca desventaja ante el inglés —le decía Archibald a Bruce.

—Confío en que así sea. No obstante no debemos fiarnos del rey Eduardo. Según las noticias que tengo antes de partir de la capital eran que al parecer estaba reuniendo un ejército para reforzar Stirling.

—En ese caso, ya conoce vuestras intenciones.

—Sí. Eso me temo. Creí poder tomarlo por sorpresa pero no va a ser así.

—¿Y si el asedio no da sus frutos? ¿Lo habéis pensado?

Robert frunció el ceño y se llevó la mano bajo su mentón en un claro gesto pensativo.

William permanecía atento a lo que se discutía acerca de la campaña militar para el asedio del castillo de Stirling. Como soldado que era, no podía dejar de pensar en lo que sucedería en los próximos días. Pese a que a su lado permanecía sentada su prometida y futura esposa Bronwyn. No le había hecho demasiado caso durante la cena. Pero ella tampoco se había dirigido a él salvo en el momento de saludarlo a su llegada a la mesa. Entonces él se fijó con atención en su renovada apariencia. Había cambiado de manera considerable desde que se conocieron. Se había recogido el cabello en una trenza, dejando visible su rostro y su cuello de piel pálida, de aspecto suave. La mirada que le había dirigido no había sido tan fría y tan cortante como él esperaba, sino algo más cálida pese a todo lo que había sucedido. Ocupó la silla que había a su derecha, pero siempre manteniendo cierta distancia entre ellos, pese a todo. Comieron en silencio salvo por las ocasiones en las que sus miradas coincidieron y entonces, más por obligación que por voluntad de cada uno, se dirigieron la palabra. En otras ocasiones fue para pedir que se acercaran alguna bandeja o plato de la mesa. Nada más. Ella no le parecía estar por la labor de facilitarle las cosas. Y por ese motivo él decidió centrarse en la conversación en torno a la situación actual de la guerra. Era lo más importante para él. Estaba deseoso de partir y dejarla allí al cuidado de su madre hasta que todo terminara. Entonces… volvería por ella.

Al concluir la cena William permaneció junto a su padre y al conde de Moray. Por un instante se preguntó dónde estaría Bronwyn. Echó un vistazo al salón pero no la vio y supuso que se habría retirado junto a su madre y algunas sirvientas. Las conversaciones de la guerra no eran tema para mujeres.

—Creo que lo más acertado sería que todos viajásemos hasta la corte en la capital —sugirió el rey Robert mirando de manera fija a Archibald—. De ese modo vuestra esposa y vuestra hija, así como los miembros de vuestro clan más necesarios estarán bajo mi protección. No tiene sentido dejarlos aquí si la situación se va a recrudecer.

—Es una buena idea. De ese modo mi clan viajará más seguro entre vuestros caballeros. Y mi hija estará cerca de su futuro esposo —aseguró mirando a William, quien le sostuvo la mirada y se limitó a asentir. No podía rechazar esa idea porque no le convenía hacerlo. Pensó en su prometida y en que tendrían que pasar juntos bastante tiempo. Algo que seguramente a ella no le hiciera demasiada gracia. Ni a él tampoco, ya que supondría que tendría que estar pendiente de esta a todo momento con una guerra de por medio. Él debía estar junto a sus hombres por lo que pudiera suceder. Confiaba en su propia madre para ocuparse de ella.

—Una vez instalados en este, organizaremos el asedio al castillo.

—Tened en cuenta el tiempo. No deberíamos darles más ventaja a los ingleses que ya nos esperan —le sugirió Moray.

—¿Qué sugerís? ¿Qué nos detengamos en nuestro viaje y ataquemos Stirling? No tenemos hombres suficientes para hacerlo.

—Pero entonces daremos tiempo a Eduardo a enviar tropas en su auxilio.

—Creo que tiene razón —señaló Douglas—. Todos sabemos que Stirling es el único castillo en Escocia que no hemos arrebatado a los ingleses. Ya que la de Berwick queda justo en la frontera entre ambos países. Y Eduardo también lo sabe. A estas horas debe estar preparando un fuerte contingente de tropas para ir a reforzarlo. Si lo sitiamos ya, podemos evitar que esas tropas de auxilio lleguen a tiempo.

El rey Robert permaneció pensativo, meditando la situación sobre el mapa que había expuesto sobre la mesa.

—Los ingleses tiene por delante un viaje largo y duro hasta llegar a Stirling. Es nuestra baza —aseguró Archibald Murray.

—Aquellas tropas que vengan desde Londres. Pero, ¿qué me decís de los clanes que lo apoyan en Escocia? Incluso puede mover mercenarios de Gales. Le costaría poco informarlos para que se organicen y emprendan la marcha. O sus tropas en la frontera, desde Berwick —señaló Douglas con su mano la marca que separaba ambas naciones—. Solo con movilizar a estos junto con las tropas de Stirling le bastaría para resistir mientras llegan su caballería desde Inglaterra. E incluso puede arrastrar soldados desde Francia e Irlanda por mar. Le bastaría ganar tiempo hasta su llegada, si no los ha movilizado ya, como sucedió en la batalla de Falkirk que perdimos.

Aquellas explicaciones dieron que pensar a los presentes y a ninguno se les pasaba por alto la derrota que sufrieron a manos de Eduardo.

—Siempre podemos cortarles el avance —sugirió Moray.

—Si queremos hacerlo, necesitamos más hombres y, sobre todo, anticiparnos a los movimientos de Eduardo —insistió James Douglas que no presagiaba nada bueno.

—Están bien. Enviaré un mensajero a Edimburgo para que las tropas se preparen para la marcha. Nos encontraremos en esta posición elevada de Torwood dentro de diez días. En el paso entre Borestone y Bannock Burn. Tendremos una visión acertada de la llegada de los ingleses —aseguró el rey mientras todos parecían acatar esa orden—. Necesito enviar a alguien a la corte con las órdenes específicas. Mi esposa y la gente que está allí al frente sabrán qué hay que hacer.

William dio un paso al frente captando la atención de los demás.

—Me ofrezco voluntario para llevarlo, señor.

—No, nada de eso. Os agradezco vuestra disposición, William, pero no os lo concederé. Es más, vos deberíais estar con vuestra prometida, y no aquí escuchando el relato de la batalla que se avecina.

—Soy un soldado. Tengo que estar presente.

—De acuerdo. Pero no seréis vos el que lleve el mensaje. No me gustaría que vuestra prometida se quedara viuda antes de tiempo. Ni que le suceda a ella en el camino. No. Permaneceréis a su lado y os encargaréis de su protección hasta llegar a Torwood. Ese será vuestro cometido, joven Douglas.

—Siento discrepar señor, pero mi prometida estará bien protegida en todo momento con los hombres del clan Murray, y vuestros caballeros.

—Tenéis razón. Pero eso no os exime de velar por su seguridad. Permaneceréis a su lado por si algo malo le sucediera. Espero haberme expresado bien.

El tono del rey fue claro y conciso, de igual modo que su mirada.

—Con vuestro permiso.

William se mantuvo firme en todo momento escuchando las órdenes del rey. Quedarse con su prometida. ¡Pero si él haría mejor servicio marchando como mensajero a la corte! Se dijo frustrado por el parecer del rey, lo que lo llevó a abandonar el salón enfurecido por el devenir de los acontecimientos. Sin duda que aquel compromiso iba a restarle protagonismo en un momento crucial para el devenir de Escocia.

—Un momento. No te alejes —le pidió su padre reteniéndolo. James Douglas fue testigo del malestar de su hijo ante la negativa del rey a concederle permiso para ser él quien llevara el mensaje a la corte—. No entendiendo por qué has reaccionado de ese modo. Es comprensible que el rey no te haya elegido para ser tú el que lleve sus órdenes, pero entiende que no quiere arriesgar el acuerdo que tiene con los Murray.

—Ya lo veo.

—El pacto depende de tu compromiso con la hija del jefe. Nada nos asegura que, si a ti te sucediera algo, Archibald no lo rompiera. No olvides que los últimos años ha apoyado a los Comyn, y a la postre a Eduardo de Inglaterra. ¿Lo entiendes?

—En ese caso tendré que quedarme en la corte para no sufrir ningún daño —le comentó con ironía.

—Podrás estar en el asedio a Stirling. No me cabe la menor duda. Pero ahora tu misión es permanecer al lado de tu prometida. Por el bien de Escocia. Robert no se fía del viejo Murray.

—No creo que se eche atrás si ha acordado entregar a su hija, ¿no?

—Yo tampoco lo creo porque al final ella estaría en nuestro poder.

—¿Qué tratas de decirme? —William comenzaba a vislumbrar algo en lo que no quería creer.

—Este compromiso tiene otro significado y es que tenemos a la hija del jefe Murray en nuestro poder.

William dio un paso atrás al escuchar a su padre revelarle aquello. Sacudió la cabeza sin terminar de creer que todo hubiera sido una argucia rastrera para presionar al jefe de los Murray.

—¿Me estás diciendo que el rey podría obligarlo a cumplir lo acordado o su hija sufriría algún percance? ¡¿Es eso?! —William no quería creer en esa posibilidad, pero al ver el semblante de su padre, no le quedó ninguna duda—. ¿Seríais capaces de utilizarla para presionarlo de que cumpla su palabra?

El enfado que había experimentado segundos antes cuando el rey Robert le pidió que permaneciera junto a su prometida, se estaba convirtiendo en ira y repulsa hacia el mismo.

—El matrimonio ha sido un ardid para tener algo con lo que obligar al Murray si en el último momento decidiera apoyar a Eduardo —le confesó su padre con naturalidad—. Nunca se le haría daño, tenlo presente.

—Por supuesto que no se le va a hacer daño —reiteró William con frialdad en su mirada y en sus palabras—. Yo mismo me encargaré de que así sea. —William sacudió la cabeza tratando de decirse que no era cierto—. Es injusto que jueguen de esa manera con ella.

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