Kitabı oku: «El fuego en la memoria»

Yazı tipi:

You are a ghost

Of my indecision

No more little girl

Blank Page,

THE SMASHING PUMPKINS

1

¿Qué sentido tiene? Apagó la alarma. Abrió los ojos muy despacio. No podía salir de la cama, no tenía fuerzas. La terapia siempre la dejaba exhausta. La falta de sueño tampoco ayudaba, aunque el problema no era su cuerpo, de eso estaba segura. Se planteó la idea de sólo quedarse ahí, sintiendo que su piel era de papel y crujía bajo las cobijas, pesadas como una lápida. Miraría el techo hasta que el cansancio la venciera de nuevo o las ventanas de su habitación dieran paso a un día completo y volvieran a oscurecerse. Miró la fecha en la pantalla del teléfono: 31 de octubre. El aire abandonó sus pulmones de golpe.

El día anterior le aseguró a su terapeuta que estaba mejor; era mentira. ¿Cómo demonios le hace una para «sentirse bien», para «superarlo»? Los ojos se le iban humedeciendo mientras su psicóloga le recordaba la instrucción del psiquiatra para suprimir los ansiolíticos. ¿Algún día dejaría de habitar entre la ansiedad y la depresión? Odiaba vivir a base de pastillas. Luchaba por respirar, sin éxito. «Eso es todo por hoy. ¿La próxima cita para la siguiente semana?». Luna asintió en silencio mientras se levantaba del diván. Sentía las mejillas pegajosas y la cabeza le punzaba, a punto de estallar. Tomó su mochila y lanzó el teléfono a la bolsa delantera como si fuera su peor enemigo. La voz de la psicóloga la devolvió a la realidad: «Por favor, no olvides programar tu cita». La joven le dio las gracias de forma torpe mientras intentaba no tropezarse con nada.

Se marchó apresurada. Cada paso era más veloz que el anterior; su respiración se tornaba agitada. No quería estar fuera de casa una vez que cayera la noche. Luna no sabía si era la pre-

caución habitual o un temor agravado porque su madre les heredó a ella y a su hermana muchas de sus supersticiones.

Un año más desde la muerte de Andrea. Conteniendo la respiración, abordó el vagón del metro. Esos días siempre eran incómodos. La psicóloga le dijo que hacer una ofrenda sería una buena idea, un modo de encauzar su duelo, pero Luna no se atrevía. La mera idea de poner la foto de su hermana en un marco frente a unas veladoras y pan de muerto le provocaba náuseas. Su terapeuta insistía en marcar avances; ignoraba que el recuerdo del pálido rostro de Andrea a veces la atormentaba entre sueños. Bajar las dosis de medicamento le daba la

sensación de estar en camino a la cura, pero no parecía darle el alivio necesario. El vagón iba dejando atrás una estación tras otra; el dolor de cabeza de Luna empeoraba.

Llegando a casa, corrió a la habitación y se desplomó en la cama. En vez de piel y huesos su cuerpo era una armadura medieval, metálica y oxidada. Pensó en llamar a su padre para ver cómo estaba. Lo descartó. Él tampoco la había llamado. Apenas hablaban desde aquello, tampoco era como si él se desviviera por buscarla. Tal vez ninguno de los dos podía con otro dolor además del propio. Además, Luna estaba convencida de que él todavía no podía perdonarla, nunca lo haría, no había forma. Por eso, cuando despertó gritando y sudando frío a las tres de la madrugada, optó por tomarse una pastilla. El aroma a neumático quemado se quedó en su nariz junto con las notas de madera de la loción de su atacante. Las piernas le dolían como si de verdad hubiese corrido a todo lo que daba, huyendo entre estrechas callejuelas sombrías. El corazón estaba a punto de salírsele del pecho. Al final, el agotamiento pudo más que la medicina. Todo se tornó negro.

La alarma la devolvió a la conciencia.

Dejó su celular en la mesita de noche. La foto del museo de Orsay estaba allí, justo frente a sus ojos. La había puesto en el mismo marco que tenía la última selfie que se tomó con Andrea; superpuesta. Después del suicidio, no soportaba ver su sonrisa. Aquella foto arquitectónica era su refugio, un recordatorio. Cuando escuchó la historia del edificio, su corazón salió por un momento de su aturdimiento habitual y dio un sal-

to. La carátula del reloj mostraba una nítida escena de París donde la vista abarcaba hasta la basílica del Sagrado Corazón. El edificio era una estación de tren creada para la Exposición Universal de París en 1900, tras 39 años en activo perdió su misión hasta quedar casi en ruinas. Luego, las autoridades francesas decidieron convertirlo en museo. La magia estuvo a cargo de la arquitecta italiana Gae Aulenti, quien tomó la estructura vacía para hacer de ella una de las pinacotecas más importantes del mundo. Dentro de la edificación con su bellísimo reloj vivían las obras de Degas, Monet, Renoir, Cézanne… Van Gogh. Ocurría que las estructuras firmes pasaban años envolviendo ruinas, pero tenían salvación. Con el tiempo se restauraban para sostener la belleza y no el despojo. Ver la imagen le daba fuerzas para salir de la cama y asistir a la Facultad de Arquitectura.

A pesar de sus esfuerzos, Luna no pudo retener mucho de las

clases que tomó esa mañana. En lugar de eso, su mente se empeñó en revivir las pesadillas de la noche anterior. Los rugidos de su estómago se aliaron con los malos recuerdos. En días como ésos, optaba por grabar las clases para escucharlas luego y compensar. Justo cuando desactivaba la grabadora, recibió un mensaje de WhatsApp: «Veñ». Soltó una risa que sonó más a gruñido, tomó su mochila y corrió hacia el estacionamiento. Recuperaba el aliento cuando un claxonazo la hizo pegar un salto. Subió al auto, halló una bolsa a su izquierda.

—Doble espresso y un panini, trágatelos, ya sé que no desayunaste.

—Eres la mejor stalker del mundo, K.

Karen y Luna eran mejores amigas desde que tenían uso de razón. A veces Luna se preguntaba cómo lo habían logrado siendo tan distintas, pero la razón más importante era que nadie en el mundo la conocía tan bien como ella.

—Ya sé que soy una perra insensible y que hoy es el día D, pero antes de que suceda lo inevitable tú vas de shopping conmigo.

—K, no puedo llegar tarde.

—Eso no va a suceder porque tu bestie te va a llevar a casa luego de que la ayudes con una decisión crucial.

—¿Cómo se llama?

—Mauricio. También conocido como: buenas nalgas, ojos bonitos y no es patán.

—¡Al fin! Si no caía pronto, me ibas a volver loca.

—Ya estás loca —respondió su amiga mientras le guiñaba el ojo. Ambas estallaron en carcajadas.

Karen era la única persona con la que nada era un tabú ni desembocaba en un juicio; un sitio seguro en donde Luna podía

hablar a salvo, alguien que sin importar lo que pasara la trataba como una persona normal, sin lástima, sobreprotección o condescendencia. No lo admitiría, pero las compras parecían una buena idea. Al menos la harían olvidar por un rato el inevitable encuentro con su padre para la visita anual al cementerio. Sabía que Karen era perfectamente capaz de elegir su outfit sola, era la persona más a la moda que conocía, también la más empática e intuitiva. Lo suficiente para adivinar que Luna moría de hambre y necesitaba distraerse a toda costa.

Aunque no pensaba comprar nada, Karen la convenció de probarse un suéter verde con el pretexto de que luciría bien en contraste con la piel pálida de su amiga y su color de cabello. Por mucho que ésta quiso negarse, Karen insistió con tenacidad. Luna se limitó a recogerse el cabello en una coleta y ceder ante los deseos de su amiga. Una vez con la prenda puesta, no tuvo otra opción más que alabar el buen ojo de K para la moda.

—¿Sabes, Lu? En los días malos sentirse bonita es más importante que nunca.

Incluso si no era adepta de la filosofía de Karen para la vida, Luna se sentía querida y acompañada en uno de los peores días del año. Por sí mismo, eso ya era reconfortante.

—Además, tu onda darks es MUY 1998, querida —escupió mientras le acomodaba el cuello de la blusa—. ¿Qué tienes ahí, Lu?

—¿Dónde?

—Aquí, mira.

Se acercó al espejo y descubrió a lo que K se refería: una serie de rasguños y un moretón alargado entre el cuello y los hombros. No los habían notado antes porque el cabello suelto los cubría. Luna peleó contra su cuerpo para obligarlo a respirar, imágenes de la noche anterior volvieron a su mente. Trató de confinarlos de nuevo a un rincón oscuro, pero ya era demasiado tarde. Karen supo de inmediato que algo no estaba bien. Hizo que su amiga se sentara y le pidió que respiraran juntas, muy lento.

—Las… pesadillas, K. Volvieron —confesó con un hilo de voz, entre respiraciones.

—Tranquila. Seguro te arañaste con algo. A veces eres muy torpe.

K estaba en lo cierto: Luna era torpe, siempre se tropezaba, se golpeaba con muebles o se lastimaba sin querer. La joven repitió varias veces en su mente la explicación racional de su amiga para mantener a raya el olor a colonia y llanta quemada, para olvidar la presión del misterioso atacante sobre su cuello. Se sentía real incluso en sus recuerdos.

Karen no dijo nada. Lu se concentró en inhalar profundo y exhalar por la boca hasta que dejó de ver borroso y su corazón dejó de pegarle a las costillas. Pagaron las cosas. Tampoco hablaron mucho camino a casa, supuso que K estaría incómoda.

2

—¿Te pasas? —Luna se limitó a señalar al interior del departamento mientras fijaba la vista en su padre.

—No, aquí te espero.

Dejó la puerta abierta mientras bebía un vaso de agua, caminaba lo más lento posible a su habitación y se tomaba su tiempo para acomodar sus llaves, un brillo labial, un paquete de pañuelos desechables, su cartera, el celular y las llaves en su bolsa. Su papá jamás había puesto un pie dentro del departamento desde lo de Andrea; Luna pensaba que si pudiera tocar el timbre con un palo de escoba lo haría, todo con tal de mantenerse lejos del lugar de la tragedia. Sin embargo, ese sitio también era su hogar. Por mucho que el pasado flotara en el ambiente, habría agradecido que él la visitara de vez en cuando, comer pizza juntos, ver alguna serie. Ella sola no podía borrar el aire opresivo de su hogar por mucho que tratara, pero tampoco podía mudarse y perder lo último que sobrevivía de su hermana.

Regresó a la puerta; él estaba justo donde lo había dejado, ni siquiera dio un paso más hacia adentro. Mirarlo así, con su traje impecable, le daba la impresión de que se alistaban para un trámite burocrático más que para un ritual familiar. Luna vestía jeans negros, una playera del mismo color, un suéter color vino y botas industriales. La sola idea de vestir colores alegres la irritaba; su guardarropa sólo tenía prendas oscuras.

Luna empezaba a imaginarse la tortura del elevador. Salió al pasillo detrás de su padre y se tomó su tiempo para cerrar la puerta. Cuando lo alcanzó, él ya se enfilaba hacia las escaleras. NO FUNCIONA, anunciaba una cartulina neón con tipografía irregular. Mejor así. Le aliviaba no tener que forzar una conversación inútil. Bajaron las escaleras en silencio y una pequeña sonrisa traicionera se le dibujó en los labios al notar que, al igual que ella, su padre contaba los escalones al bajar. Andrea decía que eran idénticos, Luna ya no estaba tan segura. Cada interacción era más incómoda que la anterior. Era como si ella y su papá estuvieran separados por vidrios polarizados todo el tiempo. Era poco más que una sombra para su padre, no acertaba con la forma de acercarse de nuevo a él, si tal cosa existía siquiera. Terminaron el descenso y caminaron al auto. ¿Cuál círculo de Dante es éste? Tuvo que respirar profundo para cerrar la puerta sin azotarla.

—¿Cómo va todo, hija?

—Bien, padre.

—¿La escuela? —Se aflojó un poco la corbata.

—Bien.

—¿La terapia está…?

—Bien —interrumpió ella.

La conversación se estrelló de lleno. Luna vio cómo Joaquín encendía el auto. La radio trataba de llenar el silencio incómodo que invadía el vehículo. Los acordes de «Jumpin’ Jack Flash» le crisparon los nervios. ¿Cómo llegas a odiar algo que antes te encantaba? Recordaba los viejos tiempos, cuando su padre cantaba al conducir mientras ella y Andrea fingían tocar instrumentos invisibles. Luna en la guitarra, su hermana en la batería. Eran como una pequeña banda decadente de garage preparándose para enfrentar un lunes aburrido con el poder del rock. Ya no tenían ese poder, se les esfumó con el último aliento de Andrea. Dirigía miradas furtivas a su padre. La culpa la golpeó, quería contarle más de su vida, recordar cómo conectar con él, pero todo le parecía una repetición interminable de clases, terapia e intentos infructuosos de actuar como una persona normal. Deseaba tener algo bueno que decirle a su padre, pero ni ella misma podía encontrarlo.

La grava se quejó bajo la presión de las llantas, habían llegado. Vio a su padre bajarse del auto, rodear la parte delantera del carro, abrir la puerta del copiloto y ofrecerle la mano para ayudarla a bajar. Antes no lo hacía. Desde la muerte de Andrea exhibía una caballerosidad que ella aceptaba a regañadientes. Su madre se habría molestado también, pero Luna no tenía fuerzas para rechazar los intentos de Joaquín para establecer contacto. Algo es algo, se repetía a modo de mantra.

El ambiente de las criptas siempre le daba escalofríos. Era pesado, como si de la nada le pusieran una mochila llena de piedras sobre la espalda. Se abrazó a sí misma para calmar el frío que le erizaba la piel y disimular. Su padre clavó la mirada en ella antes de poner su saco sobre los hombros de Luna. Comenzaba a atardecer, el clima invernal de la ciudad se hacía cada vez más presente.

Las enormes letras doradas con la inscripción «Familia» seguida de los apellidos de sus padres le parecían un chiste de mal gusto. No quedaba una familia, sólo una parte de ella encerrada tras el frío mármol y otra mitad aún más incompleta luchando por hallarle sentido a la vida. El padre se aproximó

para acariciar con sumo cuidado las letras que sentenciaban «Mairead Lynch (1968-2008)». Joaquín le había contado a Luna que cuando ocurrió no pudo añadir más al epitafio. ¿Qué podía decir sobre el amor de su vida? La sola idea de etiquetarla en palabras como «esposa» o «madre» le conflictuaba. Mairead efectivamente había sido eso, pero él odiaba cualquier insinuación de que su valor radicaba en los roles que había tenido en su vida. Ella había sido su existencia entera, una melena indomable, su adorable acento, su risa estruendosa, su carácter aguerrido y su habilidad de beber como un vikingo. Para él era como si apenas su nombre bastase para dar un indicio de las tempestades que contenía, la única palabra posible. Para Luna, era más un reflejo de la nada; mientras más olvidaba todos esos detalles, su memoria se parecía más a esa lápida.

Luna y su padre compartieron las lágrimas al posar la vista en el «Andrea Ojeda Lynch (1994-2013)». Tal vez ese pequeño hueco podía contener las cenizas de su madre y de su hermana, pero el resto del universo con trabajos era suficiente para contener su dolor, la terrible ausencia que impregnaba el mismo aire que respiraba, el aroma de crisantemos y muerte que no podía expulsar de su mente. No pudieron tocarse ni siquiera para consolar al otro, el luto era una enfermedad contagiosa que infectaba todo.

3

—Ningún padre cree que deberá enterrar a un hijo.

Repasaba las palabras que dijo tras el funeral, tres años atrás. Luego de un par de whiskies, ¿o fueron seis?, le había contado a Luna que siempre pensó que él y Mairead morirían a una edad avanzada, cuando sus hijas fueran adultas y hubieran tenido tiempo de hacerse a la idea. Las había imaginado como adultas nada más sostenerlas en brazos recién nacidas. Nada en específico: sólo vivas y felices.

—Eres todo lo que tengo… ¿Cómo voy a protegerte? —expulsó las palabras entre sollozos.

Esa fue la última vez que se abrazaron de verdad.

Cuando se acercó a Luna para tomar el pañuelo del saco y secar las mejillas de su hija con cuidado, surcó años de dolor para volver al presente. La rodeó con los brazos y le sorprendió que ella no lo rechazara. En vez de eso, se aferró fuerte a él y pudo escucharla llorar con la cabeza apoyada en su hombro, como cuando era pequeña. Al menos podían compartir eso. Ya más tranquilos, se dieron unos minutos para conversar en silencio con Mairead y Andrea. Su mujer solía decir que el 31 de octubre los límites entre el mundo físico y espiritual se adelgazaban, los seres queridos estaban de visita. Joaquín deseaba que fuera cierto.

Luna no dijo casi nada en la cena, él tampoco. Temía arruinar el momento que habían compartido antes, desde aquello ya no sabía cómo tratar de acercarse a ella sin echarlo a perder.

—Estoy bien, papá, no te preocupes por mí. —Su hija menor siempre fue una pésima mentirosa.

—Siempre me preocupo por ti. —Tentó a la suerte y tomó las manos de Luna, ella sonrió.

El resto de la velada transcurrió entre tragos de malteada, mordidas de hamburguesa y suspiros. Ése era el sitio favorito de las hermanas cuando eran pequeñas. Joaquín se preguntaba si llegaría el momento en que los recuerdos gratos fueran más luminosos que incapacitantes. Tras otro aniversario, seguía sin obtener la respuesta.

Hablaron un poco más de camino a casa. Por un momento incluso consideró pedirle a su hija que pensara en mudarse de nuevo a casa, con él. Al final se quedó callado. No era buena idea, bastaba ver cómo Luna se aferraba al departamento que compartió con su hermana. La culpa volvió con su látigo: quizás pudo haberla salvado. ¿Qué clase de imbécil deja que dos adolescentes vivan solas? ¡Nada de moderno, pendejo! Debería ordenar la mudanza de Luna sin preguntarle su opinión, pero conocía a su hija, ¡era tan parecida a él! Si le daba una orden sólo la perdería más. Ya era mayor de edad, debía asumir eso aunque no le gustara. Haberla convencido de no trabajar y centrarse en sus estudios mientras se recuperaba ya era un gran logro. Luna había cedido a regañadientes. En eso era como su madre. ¿En serio crees que te necesita?

No arrastrar los pies mientras acompañaba a su hija hasta la puerta del departamento requirió de un esfuerzo adicional. Se sabía incapaz de entrar, no estaba listo. Antes de dejarla partir la abrazó con fuerza. Luna no se lo esperaba. Recibió el abrazo con el cuerpo tenso, después se relajó un poco. Era la única forma en la cual podía decirle a su hija que, a pesar de sus fallas y su debilidad, no se había rendido con ella: nunca lo haría. Podría esperar otro año para abrazarla de nuevo. Encontraría la forma de acercarse de nuevo. Le dolió tener que marcharse, pero sabía que ambos necesitaban descansar.

4

Mierda. Luna se picó un ojo con el delineador. Estaba muy oxidada en eso de maquillarse y la presión extra no ayudaba. Miró la pantalla del celular con aprensión, Karen no tardaría en llegar por ella. Se paró frente al espejo para mirarse de arriba abajo y luego girar en todos los ángulos posibles: sólo hallaba defectos. ¿Por qué decidió ponerse ese vestido rojo? Dejó escapar el aire con un ruido gutural, el cristal se empañó. Torció su melena y la enrolló para formar un chongo; sus habilidades no daban para más. Descartó los tacones, conocía sus límites. Dio una vuelta más frente al espejo. Le costaba recordar cuándo se había sentido linda por última vez. Obligó a su rostro a hacer una mueca muy parecida a una sonrisa. Seguía sin estar conforme cuando sonó el timbre. Se calzó unos Converse, tomó su bolso y corrió hacia la puerta.

Luna estiró la mano para bajarle el volumen al estéreo. Karen le dio un manazo.

—Es para ir entrando en ambiente, güey.

Tenía un rato sin salir de fiesta, en parte por el cansancio pero también porque no podía beber mientras tomaba sus medicamentos. Esa noche era especial; se sentía con energía y mataría por un buen trago. K estaba muy misteriosa sobre el lugar al que iban. Las sorpresas no entusiasmaban a Luna, pero al menos podía confiar en el buen gusto de su amiga. O eso creyó hasta que llegaron a una calle solitaria que terminaba en un callejón. Luna estaba a punto de quejarse cuando su amiga le tapó la boca, se acercó a una pequeña puerta de madera al principio de la acera y tocó tres veces. «Contraseña», inquirió una voz desde el interior. «Rendez-vous», contestó K en un francés perfecto.

La puertecita se abrió revelando un pasillo largo con luces rojas. Las chicas siguieron la iluminación hasta dar con un bar de ambiente vintage que emulaba los años veinte. Un speakeasy. Luna no tenía idea de que existieran lugares así en la ciudad; llevaba tanto tiempo fuera del circuito fiestero que, a decir verdad, no sabía nada de nada. Las chicas tomaron una mesita discreta en una esquina. Una banda de jazz complemen-

taba la atmósfera retro. Lu disfrutaba la sensación de salir a un sitio nuevo, distraerse y ¡al fin! beber un coctel sin la preocupación de que el cerebro le hiciera corto. Los martinis eran muy sofisticados para ella, aunque estaba disfrutando la aventura más de lo que admitiría en voz alta.

La banda anunció un descanso y la música dio un giro radical. Los asistentes comenzaron a llenar el centro del local mientras las luces bajaban de intensidad. De repente el sitio parecía mucho más lleno que antes; Luna se removió en su asiento de forma incómoda. K notó que su amiga estaba ansiosa y la arrastró a la pista para distraerla. Bailar funcionaba. Luna se sentía menos aprensiva, ni siquiera notó que Karen se había alejado hasta que un tipo alto se plantó frente a ella. El olor de su colonia le revolvió el estómago: maderas y tabaco. Podía sentir cómo clavaba su mirada en ella mientras se acercaba cada vez más. Luna lo evadió entre los bailarines, pero el hombre no se daba por vencido: caminaba hacia ella con paso lento, seguro.

Luna alcanzó el final de la pista. Giró para asegurarse de que el tipo no la seguía y notó que había muchos hombres vestidos con traje negro. Antes no estaban ahí. Se encaminó hacia el baño de mujeres, K debería estar ahí. La música no paraba, incluso parecía más estridente a cada segundo. Todo está en mi cabeza, se obligó a respirar profundo, es una casualidad. Se repetía que no había un grupo de hombres de negro tratando de cerrarle el paso. No tenía sentido. Karen volvería en cualquier momento. El camino hacia su mesa estaba libre. Luna corrigió el rumbo y decidió ir a su asiento. Lo hizo despacio, tratando de suprimir las ganas de correr que la adrenalina provocaba en su torrente sanguíneo. Un paso tras otro, con cuidado, sin mirar atrás. Caminó muy recta, fingiendo seguridad.

Estaba muy cerca de llegar cuando alguien la jaló del brazo y le hizo perder el equilibrio. Cayó sentada en la silla de una de las mesas cercanas. Las esquinas del bar estaban envueltas en las sombras.

—¡¿Qué chingados?!

—Perdón, no quería asustarte —dijo el chico que estaba en la mesa.

—Pues te falló. —Luna intentó ponerse de pie.

—¡No! Espérate. ¿Qué haces aquí?

—Es un país libre y estoy en un bar. Deduce el resto, Sherlock. —Zanjó la discusión levantándose de la mesa.

¿Cuál es su problema? El coraje sirvió para borrar la angustia de la persecución. Miró alrededor: no había rastro de Karen y los hombres de negro se habían dispersado. Demasiadas

emociones por una sola noche. Quizás no estaba tan lista co-

mo creía. La furia de Luna se desplazó hacia ella misma; ni

siquiera conservaba su legendaria resistencia etílica. Estaba harta; se encaminó a la salida. Llamarle a K para que la alcanzara en la puerta era la mejor opción.

Su espalda golpeó contra una de las paredes del pasillo.

Estaba aturdida. Un olor que le provocaba arcadas la hizo reaccionar. Tomó aliento para gritar; una manota le cubrió la boca. Luna mordió con todas sus fuerzas, lanzó su rodilla contra la entrepierna del sujeto y echó a correr sintiendo que su vida dependía de ello. La puerta del bar estaba cerrada.

—Pst, ¡por aquí!

Tomó la mano que le ofrecían sin pensarlo dos veces. Tras unos pasos en la oscuridad, otra puerta se abrió. Luna se descubrió en el centro del callejón, tomando la mano del chico de la mesa. Él la colocó contra la pared y se inclinó sobre ella. Luna comenzaba a levantar la rodilla para pelear de nuevo pero se detuvo cuando él empezó a hablarle al oído.

—Perdóname, de verdad, no quería sacarte de pedo. Confía en mí.

—Es fácil para ti decirlo.

—No vieron por dónde nos fuimos, pero no tardan en salir a buscarte.

—Mi amiga se quedó adentro. —Luna trató de separarse de él.

—Tranquila, no le pasó nada, ella no era su objetivo.

—¿Objetivo? ¡Qué demonios…!

—Luna, no deberías estar aquí.

—Claro… Oye, ¿cómo sabes mi nombre?

El ruido de varias personas corriendo los interrumpió. Ambos guardaron silencio. Luna miró de reojo sobre el hombro

de su misterioso cómplice: eran al menos nueve. Su respiración se volvió errática, agitada. Él acarició su cabello con

suavidad y empezó a respirar despacio. Luna siguió el ritmo, no entendía por qué, pero sabía que estaba segura. No se atrevieron a moverse hasta que el ruido cesó.

—No quería friquearte, lo siento, era la única forma de que no te vieran. —Se separó de Luna y la tomó del brazo para dirigirla hacia un lugar más iluminado.

—Dime qué carajos está pasando.

—No tienes idea, ¿verdad?

Luna pretendía amedrentarlo con su famosa mirada asesina. Verdes. Al notar el color de sus ojos se sintió desarmada. Los reclamos se le atoraron en la garganta. Él tomó aún más distancia, fruncía el ceño. Estiró la mano pidiéndole su celular, ella se lo entregó por reflejo. Seguía paralizada, tratando de encontrarle una lógica a la situación. Tenía demasiadas preguntas. Le tomó unos segundos recuperar la compostura y decidir cómo actuar.

—¿Qué está pasando? —insistió, ya más tranquila.

—Ojalá no vuelva a verte, pero toma esto por si acaso —respondió él entregándole el teléfono—. Éste es mi número, ya está guardado en tu memoria.

—No manches, espérate.

—Ya es hora de irnos. Si pasa algo, llámame.

Luna leyó la pantalla:

Eric

5536271809

¿Cómo que si pasa algo? No entendía al tipo en absoluto. Necesitaba respuestas. ¿Quién demonios era él? Cuando levantó la mirada Eric ya no estaba ahí, se había esfumado. Un ruido estridente la hizo saltar.

5

Karen se estacionó y tocó el claxon. Luna estaba demasiado lejos para escucharlo, pero le daba igual. Tenía un punto. Hace un par de horas le había escrito al Whats:


¡TEMPRANO! y no la estaba esperando abajo; diez minutos perdidos que se iban a volver treinta, si tenía suerte. La vio salir corriendo, sin peinar y con la mochila a medio abrir. As always.

—Güey, tuve un sueño fumadísimo. —Luna subió al carro y azotó la puerta.

—Mínimo saluda, ¿qué dormimos juntas o qué?

—No mames, K —le respondió entre risas mientras se acomodaba y se ponía el cinturón de seguridad.

—Bueno —puso los ojos en blanco—, cuéntame.

Se las ingenió para seguir el relato de Lu entre claxonazos, mentadas y cambiar las rolas que no le latían. Una mañana cualquiera de atravesar la ciudad para llegar a CU. Apagó el estéreo mientras se estacionaba. Se hizo el silencio, estaba procesando la información.

—No, pues gracias, güey. ¿Te das cuenta de que me dejaste morir? —apuntó al fin.

—¡Desapareciste! Técnicamente tú me dejaste morir.

—Ah, sí. Es que me encontré con un tipo guapo y mientras tú sufrías yo me lo daba en el baño.

—¡Cerda!

Ambas estallaron en carcajadas.

—No, ya fuera de pedo, creo que tu cuerpo extraña los chochos, Lu.

—Mñeh, le voy a tener que decir a mi terapeuta.

—Sí. Además, como que ya necesitas salir. El chiquito bebé que te rescató es tu mente gritando por sexo.

—¡K!

—Lu, ¿hace cuánto que no sales con nadie?

—No exageres.

—¡Güey! Tiene más de tres años, te lo apuesto.

—Vas tarde a clase.

—Te salvaste. Tú y yo vamos a hablar muy seriamente luego.

Ambas salieron del auto. Karen dejó a Luna y marchó hacia la Facultad de Ingeniería.

—¡Ay, chiquita!, ¿tu papá te dejó salir de tu casa con esa falda tan cortita?

—¿Y a ti te dejaron salir de tu cueva con ese cerebro tan chiquito? —replicó K, serena.

A veces, la escuela era una jungla para las mujeres. Ella se negaba a caer en la trampa de ser «uno de los compas»: crecer con tres hermanos mayores le había enseñado que no había forma de ganar. Si optara por no arreglarse, de seguro le dirían «machorra»; si se vestía bien todos la trataban como una chica plástica y hueca. Estaba harta. Era el promedio más alto de su generación desde el primer semestre, se vestía como se le pegaba la gana y exigía el respeto que merecía. No era fácil, pero ir por la vida sin aceptar mierda le quitaba un gran peso de encima.

K podía contar con exactitud los momentos de quiebre de Luna sin mucho esfuerzo. Aquellos cambios imperceptibles para los demás y enormes para ella. Le daba igual que su amiga estuviese o no en una relación, lo angustiante era la forma sistemática en que Lu fue sacando a las personas de su vida.

Tenía algunos compañeros de la carrera con quienes mantenía relaciones superficiales, nada más. El contacto de Luna con su padre era, siendo muy optimistas, escaso. Karen se había vuelto el único espacio seguro para ella. No le molestaba, pero entendía lo poco sano de la situación. Tal vez el sueño era una petición de ayuda camuflada; un grito desesperado por romper el aislamiento que construyó sin darse cuenta.

Tras la muerte de Andrea, Lu se volvió muy distinta. Lo esencial no se había modificado, más bien era como si hubieran eliminado partes de su personalidad. Ésa era la explicación más apropiada para describirlo. No se atrevía a decirle ciertas cosas, como que idealizaba a su hermana muerta. Todos lo hacen, siempre que estiran la pata los beatifican. La tía Gladiola lloró a mares al imbécil del tío aunque fuera un golpeador, por ejemplo. Quizá nunca tendría el valor para recordarle algunas verdades sobre Andrea. La vibración del celular la hizo olvidar, de momento, sus preocupaciones. Se convenció de que Luna estaría bien y se entregó a la cálida voz de Mauricio.

6

Garabateó cientos de veces el nombre y el número del chico en su cuaderno. Se había sentido ridícula por encerrarse en una caseta del baño para revisar los contactos de su teléfono esperando encontrarlos guardados ahí. No estaban. Regresó al salón arrastrando los pies tanto como su dignidad. Una vez que apoyó el lápiz sobre la última hoja de la libreta y trazó «Eric» con su mejor letra, descubrió que recordaba el teléfono. Ah, «guardados en tu memoria» era esto. Eric olía como un bosque: a notas de pino, tierra mojada y otra cosa fresca que no conseguía nombrar. Le sorprendió recordar esos detalles; creía que pensar en la pesadilla de la noche anterior sólo le provocaría más angustia, pero había un aura familiar en él, algo tranquilizador. A ratos, divagaba en los ojos verdes del muchacho. No mames, Luna, sí estás muy necesitada. Se obligó a poner atención en clase. De verdad tenía que hablarlo con la terapeuta. Se puso las manos en las mejillas para estirarse la piel, imitando El grito de Munch. Estaba convencida de que las buenas calificaciones eran más un milagro que mérito propio.

Al terminar la clase no tuvo más opción que aceptar una invitación a comer de sus compañeros. Hubiera preferido mil veces ir a la biblioteca, adelantar unas tareas e irse a dormir temprano, aunque el trabajo en equipo fuera mucho más urgente. Al menos creen que soy normal. En su salón, la mayoría la consideraba tímida y nadie sabía lo de Andrea. Una de las cosas que más le gustaban de la universidad era que, fuera de K, nadie cercano a ella la conocía de antes. En cuanto puso un pie en la Facultad de Arquitectura de la UNAM dejó de ser «la hermana de la que se mató»: al fin recuperó su nombre. Aquí nadie tenía motivos para ser cruel con ella. Por eso se mantenía en una zona segura: mientras menos contara, más a salvo estaba. Era una ñoña tímida, nada mal. Ésa sí era una etiqueta con la que podía vivir cada día sin estar perpetuamente enojada con Andrea por haberla dejado sola, entre los bullies de aquel estúpido colegio privado.

—Por cierto, ya tengo el presupuesto de las celdas solares para la casa autosustentable —abrió la conversación.

—Eres la neta, Ojeda. Con eso ya nos la rifamos con el profe —respondió uno de sus compañeros—. Ya ves que se fija cañón en esos detalles.

—Pues igual si hace falta algo de información me dicen y lo investigo.

—Ya estás. Oye, ¿tienes plan este fin?

—Mmmm, no estoy segura. ¿Por?

—Es cumple de la Bety, te paso los datos por el Whats. Si puedes caerle un rato estaría chido. No hay pex si llevas a alguien.

—Va, veo y les aviso.

Fingir normalidad es muy cansado. No estaba de humor para fiestas, ni ese fin ni nunca.

—No me estoy castigando —escupió las palabras sin mucha convicción.

—¿Has considerado las razones por las que te aíslas? —insistió la terapeuta.

Un silencio incómodo fue esparciéndose como niebla por el consultorio. El ambiente se volvía más pesado a cada segundo. Luna empezó a contar sus respiraciones para mitigar la incomodidad anidada en su pecho.

—¿Aún te parece que debes sentir culpa o que te redimes a través del dolor? —Violeta era como un perro de caza.

Se quedó callada. No quería responder. Hablar era darle la razón y Luna odiaba perder, casi tanto como sentirse descubierta. Su dolor estaba ahí, era real, no le «parecía» nada ni se lo estaba inventando por el mero gusto de sentirse miserable. Bufó de forma automática.

—Terminemos por hoy. Te veo la próxima semana. Luna, considera que sentir algo no valida tus percepciones fatalistas. Tus emociones son reales pero tus conclusiones sobre la realidad no lo son en automático sólo porque el sentimiento esté ahí.

Luna salió en silencio sin dar las gracias ni despedirse. Parece que me lee la mente; «is qui quinsidiri»… considere mis nalgas, doctora.

Pensó en llamarle a K para contarle todo, pero desistió cuando se dio cuenta de que era la única persona a quien podía recurrir. Apretó los puños con fuerza y sintió cómo sus yemas se estrellaban contra la palma de su mano. Aflojó. Durante los meses que siguieron a la muerte de Andrea, Luna se dejaba las uñas largas: usaba el mismo movimiento para hacerse sangrar las palmas de las manos. Un dolor para olvidar otro. Cuando Joaquín se dio cuenta, ir a terapia dejó de ser una sugerencia. Desde entonces Luna se cortaba las uñas lo más posible y trataba de mantenerlas así para no herirse, pero el gesto se negó a dejarla.

El trayecto a casa le dio tiempo para pensar; sabía que Violeta estaba en lo cierto, sólo no estaba lista para admitirlo. Tendría que salir, socializar, conocer gente… dejar que la conocieran con todo y las crisis de ansiedad, la depresión y la prescripción psiquiátrica. ¿Estaba atrapada dentro de ella misma? ¿Era incapaz de abrirse de nuevo? Pensó en su cuerpo como un pesado ataúd y en su alma como alguien que despierta sólo para darse cuenta de que le queda muy poco aire, de que si no sale pronto morirá rascando el satín del féretro, con un rictus congelado en la desesperanza. Tomó su celular, le escribió a K y presionó enviar antes de arrepentirse.


7

—¿Qué es eso de plan para el finde? —Karen se hizo de rogar y Lu había tenido que invitarle un café para explicarle.

—Me invitaron a una fiesta de la facu, pero no me late ir sola.

—Demonio, deja el cuerpo de mi amiga. ¡El poder de Cristo te obliga!

—¡No mames!

—Bueno, cuando ardas en el infierno recuerda que luché por tu alma.

Luna entornó los ojos ante la respuesta de su amiga.

—Bueno, ¿se arma o no?

—¡Obvio, güey!

—Gracias, K.

Las clases estuvieron mejor de lo que Luna creyó; sus ganas de evadirse eran tantas que le resultó sencillo poner atención a todo. A lo mejor era cierto lo que decía su madre sobre mantenerse ocupada todo el tiempo para evitar a los monstruos que buscan debilitar la mente. Cuando Mairead tenía malas noches, se le podía hallar en su estudio haciendo alguna manualidad peculiar para aquietar su mente. «Si tu cerebro está confundido, escucha a tu cuerpo. Es la mejor forma de obtener respuestas», solía decir. Aún tenía el atrapasueños que hicieron las dos juntas una noche en la que Luna no podía dormir debido a las pesadillas. Tras meditarlo, llegó a la conclusión de que si su cabeza seguía mostrando resistencia a la terapia tal vez fuera momento de dejar que su cuerpo le respondiese. Esa misma tarde, tras salir de la escuela, se animó a salir al parque a correr. Le sorprendió notar que la furia y la confusión alimentaban su carrera.

El sábado llegó sin pena ni gloria. Luna sólo necesitó un buen rato y algo de ayuda de Google para determinar el nivel de arreglo que se esperaba de ella en una fiesta del estilo. Se decidió por un atuendo sencillo y algo de maquillaje. Da igual si me pongo una botarga, voy con K. Que su amiga opacara a cualquier mujer era un alivio para Lu. Se estaba obligando a romper sus resistencias; no estaba lista para llamar la atención. El tono de su celular le avisó que era momento de irse.

—Creí que Mau venía contigo —apuntó Luna mientras entraba al carro.

—Ñe, todavía no.

—¿Cómo va eso?

—Estamos saliendo y así, pero todavía no hay nada formal.

—¿Y?

—Es buena bestia, me lo quiero llevar con calma.

—Ok.

Luna sabía que con Karen no existían medias tintas: o quería

algo serio o no quería nada. Esta vez era uno de los primeros casos. Se sintió contenta por ella. Le angustiaba la idea de ser demasiado absorbente con K: era su único lugar seguro, pero temía fastidiarla. Le habría gustado ser más fuerte y menos ansiosa, lo suficiente como para ir a una fiesta sola sin tener que esconderse detrás del bolso Louis Vuitton de Karen para socializar a salvo.

Cuando llegaron a la dirección marcada, Luna notó que la fiesta era todo menos «pequeña». El cuerpo se le estaba volviendo de plomo, a diferencia de Karen, quien parecía flotar de felicidad. La música sonaba tan fuerte que, de ser una película gringa, los policías ya habrían hecho acto de presencia. K, como siempre, entró erguida y marcando el paso con sus tacones. Despedía un aura de estilo tan imponente que forzaba a los pobres mortales a quitarse de en medio y dejarla pasar como si se tratase de la mismísima reina de Inglaterra. Luna se limitó a seguirla sintiéndose como esa gente mierda que va tras una ambulancia para evitar el tráfico.

Luna perdió de vista a K unos segundos. Cuando la halló, ella ya caminaba a su encuentro con una chela en cada mano.

—Bueno, ¿ahora qué, querida? —Le entregó una botella.

—Creo que voy a buscar al gatito de la casa.

—¡No manches, Lu! Se supone que vamos a demostrarle a tu loquera que se equivoca, ¿no?

—Sí, pero…

El ardor se extendió por su espalda. La humedad colonizó su pecho y abdomen antes de que se escuchara la botella romperse. El olor a alcohol precedió al sonido de la botella al caer. Tardó en comprender lo que le sucedía cuando la voz de K terminó de armar el rompecabezas:

—¡Fíjate, pacheco de mierda! —gritó mientras asesinaba con la mirada al causante del percance. El chico huyó sin decir palabra. —Te apuesto que viene pacheco, Lu.

—No creo, K —replicó Luna, todavía reponiéndose del golpe.

—Güey, son las nueve de la noche, estamos dentro de una casa y el pendejo trae lentes oscuros, ¡o sea!

Luna se quedó en silencio, sin saber bien qué decir y con la ropa empapada de cerveza.

—¿Sabes qué? A la chingada, mejor vámonos, te cambias y te invito al cine.

Tras la declaración de misión fallida, Lu cedió ante la propuesta sintiéndose más inapropiada e inútil que nunca. Mientras salían vio de lejos al chico que la había empujado. Era bastante alto, llamaba la atención. Fijó la vista en él, que se quitaba los lentes para observarla. Sus miradas se encontraron. Tenía los ojos verdes.

8

Las manos le temblaban como si fueran de gelatina. La derecha se esforzaba por centrar el botón del timbre y pulsarlo, la izquierda estrujaba una bolsa de papel que emitía severos crujidos a modo de queja. Podía haber llamado antes de llegar, aunque prefirió correr el riesgo de que Luna no estuviera en casa a soportar otro rechazo en el teléfono.

—¿Quién es? —preguntó la voz de su hija a través del intercomunicador.

—El peor padre del mundo con los mejores churros de la ciudad.

Joaquín escuchó la risa de Lu y se imaginó la cara de la chica tratando de contenerse pero aceptando la derrota mientras la puerta se abría con un zumbido electrónico. Le dio gusto saber que todavía conocía bien las debilidades de su niña.

Luna sonaba amodorrada, así que prefirió usar las escaleras y darle tiempo extra para recomponerse. También pensó que cansarse un poco le ayudaría para disimular su ansiedad. El terapeuta le había dicho que para obtener avances en su relación con Luna debía ceder y aventurarse en los espacios de ella. Joaquín se había levantado de golpe del diván. Replicó que era el departamento de sus hijas, pero sabía que el dolor no era la barrera invisible que le impedía entrar al lugar. Era el egoísmo. El peso de admitir por completo que le restaba sólo una hija viva en ese lugar. Los días después de la sesión habían sido terribles, cada vez entendía mejor que se aferraba a su hija muerta y perdía las fuerzas para hacer lo mismo con la viva. Tenía que elegir.

—¿Por qué no tomaste el elevador? —Luna interrumpió sus reflexiones. Lo esperaba en la puerta del departamento, en pijama y pantuflas.

—No llegaba, creo que se quedó atorado en otro piso —justificó él, con torpeza.

—Ah, ya. A veces los del piso 3 lo traban, son una lata. ¿Estás bien? ¿Te saco un vaso de agua?

—De hecho… ¿Te molesta si me quedo a desayunar?

Vio cómo los ojos de su hija se abrían de par en par: el mismo gesto de sorpresa desde niña. Ella se apartó de la puerta y le hizo una seña con el brazo, invitándolo a entrar. Joaquín abrió la bolsa mientras pasaba junto a ella, la escuchó inhalar y soltar un mmmm bajito. Contó cada paso hacia la mesita del desayunador. Se obligó a respirar profundo, todo su cuerpo estaba tenso. Cálmate, sólo tienes que ser un papá, sabes cómo hacerlo.

—Perdona el desorden, padre, no sabía que venías. —Luna cerró la puerta.

—No te preocupes, se me ocurrió de último momento. —Movió trastes sucios y unos cuadernos para acomodar la preciada carga.

—Voy a ponerme algo más presentable, hay leche en el refri.

Joaquín sonrió un poco. Su hija todavía recordaba algunos de sus gustos también. No se habían convertido en extraños. Aún había tiempo, después de todo. Hurgó por la cocina tratando de no hacer ruido. Puso algo de leche en una olla, sacó un cucharón de uno de los cajones y comenzó con la preparación del detalle faltante para hacer las paces con Luna. Mientras batía el chocolate se miró las manos. Su argolla de matrimonio brilló emitiendo algunos destellos plateados. En los siete años transcurridos desde la muerte de Mairead, jamás le había pasado por la mente quitársela. Examinó el grabado mientras batía el chocolate. «Las dos manos significan la amistad, el corazón el amor y la corona la lealtad», le había explicado su esposa. Se trataba del anillo tradicional de su país. Cuando quería hacerla enojar, mencionaba los duendes, las monedas de oro, el arcoíris o cualquier cosa verde; el estereotipo la enfurecía. También era bastante pendenciera y su resistencia para beber era legendaria. Sonrió. A menudo podía ver a Mairead reflejada en la naturaleza combativa de Luna.

—¿Huele a chocolate o ya alucino?

—Te tardaste, ¿eh, chamaca? Esto ya casi está —atajó Joaquín.

—¿Todo bien?

—¿Por?

—Padre, trajiste churros de El Moro y me estás haciendo chocolate caliente…

—Nada mal para un domingo, ¿verdad?

Luna sólo levantó los hombros a modo de respuesta.

—Tu refri se ve muy vacío, hija. ¿Estás comiendo bien?

—¡Oye! Creí que venías en son de paz, Joaquín.

Sonrió ante el reclamo. Cuando convenció a su hija de enfocarse sólo en la escuela y la terapia, ella hizo un presupuesto estricto de lo que necesitaba para vivir. Nunca le pidió ni un peso más. Era su forma de no sentirse inútil o incapaz de ver por sí misma. Ese sentido desmedido de orgullo lo heredó de él. Luna siempre le pareció más cabal que Andrea; su hija mayor era un tanto más cínica. Había temporadas en las que ambas peleaban mucho: cosas de hermanas. Eran muy parecidas en el físico y por completo distintas en el carácter. Jamás sospechó que la más alegre de las dos… ni siquiera los años de terapia o las noches de insomne retrospección lo ayudaron a dilucidar la causa.

—¿Estás pensando en Andy? —preguntó Luna, sirviendo el chocolate en dos tazas muy grandes.

—¿Cómo te diste cuenta?

—Estabas mirando a su recámara. Además, no es como que tengas mucho en qué pensar.

—Para que lo sepas, jovencita, tu padre tiene muchas cosas fantásticas e interesantes en qué pensar. Aunque sí, pensaba en Andy. —Tomó asiento.

—¿Cuánto hace que no comíamos churros juntos?

—Mmmmm, un par de años al menos. —Agradeció que Luna cambiara el tema, pero tampoco se iba a librar tan fácil—. ¿Sí estás comiendo bien? Te veo más delgada.

—Se llama universidad, padre —replicó Luna mientras dirigía su mirada al techo.

—Ya, ya, este viejo sólo se preocupa por ti.

—Tampoco eres tan viejo.

Luna tenía razón: en unos meses Joaquín cumpliría 49 años. Incluso había escuchado que algunas mujeres se referían a él como un hombre «maduro e interesante».

—Ok, hagamos algo. Mientras almorzamos nada de Andrea o de la terapia ¿de acuerdo? —propuso el padre.

—¡Va!

—Entonces… ¿Qué tal tu sábado? ¿Netflix?

—Se supone que tenía una fiesta, pero terminé en el cine con Karen.

Escuchó con atención los detalles de la fiesta que nunca fue. Estaba un poco nostálgico por todo el tiempo que había pasado desde la última vez que ambos conversaron a gusto de cualquier cosa no relativa al duelo.

—En resumen, jamás voy a recuperar la capacidad de salir y moriré sola.

—No seas ridícula, hija. Lo de hoy son los gatos, no los novios. —Luna rio y él sintió que eso le devolvía la vida—. Llévate las cosas con calma, pequeña. No tienes que resolver todo de golpe.

—Supongo… —Tomó un churro y lo sumergió en el chocolate.

—¿Hay algún chico especial?

—No, papá, ninguno. Ni especial ni normal.

—Tú nunca fuiste la de los ligues. —Intentar evadir el tema de Andrea era como caminar por un campo minado. Se apresuró a corregir el rumbo—. Conste que no estoy diciendo que morirás sola ni nada por el estilo, sino que siempre parecías tener algo más importante en mente. Creo que la única vez que realmente te vi enamorada fue del chico aquél…

—¿Qué chico? —habló con la boca llena.

—Iba en la prepa contigo y Andrea. ¡Qué chistoso! No logro recordar más que eso.

—Pues yo no me acuerdo de él para nada, papá.

—¡Ah, amores adolescentes! Para siempre son tres meses.

Luna se quedó callada. A Joaquín le pareció que su hija estaba frustrada por no ser capaz de recordar algo más sobre aquel romance. A decir verdad, él mismo lo estaba, pero trató de restarle importancia. Los afectos de Luna solían ser duraderos y profundos, Andrea era más dada a las relaciones breves, juguetonas. El resto del tiempo se fue hablando sobre el despacho de Joaquín, trabajo, su nulo interés en salir con alguien y cualquier cosa que contara como «ponerse al corriente».

—Ya es tarde, mejor me voy.

—Papá… —La voz de Luna sonaba entrecortada aunque ella se esforzaba en vano por disimularlo—. Podemos quedar otro día… si quieres.

—¡Claro que sí, pequeña! —El pecho de Joaquín se llenó de fuegos de artificio.

Antes de marcharse, ayudó a su hija con los trastes. Pensó en darle un abrazo, pero se contuvo. Poco a poco, se reprendió en silencio. De todas formas, decidió bajar los seis pisos por las escaleras, silbando una tonada alegre. Se sentía vivo por primera vez en años.

9

—Oye, ¿éste es el salón del Ingeniero Soto?

—Sí, pero ya se fue. —Luna respondió sin mirar a su interlocutor, llevaba prisa.

—Espérate, ¿te conozco? —el chico siguió la conversación.

—No creo. —Salió apurada del salón.

Era semana de parciales y entrega de trabajos, Luna apenas recordaba su propio nombre.

—¡Oye, tú!

Luna lo ignoró. Una mano se posó en su hombro. Ella se giró, la temperatura le había subido de golpe. Odiaba que los extraños la tocaran.

—Se te cayó esto, se lee importante.

Miró las manos del chico y le arrebató el papel que le extendía: era la hoja en la que había estado garabateando el nombre y el número telefónico de Eric durante la clase. La cara se le puso tan caliente que creyó que se le derretiría.

—Gracias. —Se dio la vuelta, dispuesta a huir a toda velocidad de ahí.

—¡Ya te ubiqué! Eres la chava de la fiesta a la que le tiré la chela, ¿te acuerdas? —Se paró frente a ella, cerrándole el paso.

Luna levantó la mirada. ¿Cómo olvidarlo? Al parecer se había equivocado y el tipo no estaba drogado, borracho o algo. La furia contenida subía desde la planta de sus pies hasta las puntas de sus cabellos. El tipo no sólo no pensaba disculparse, además husmeó algo privado.

—Sí y vengo del pasado, donde la gente todavía tenía modales. —Al soltar esa frase sintió como si Mairead hubiera tomado posesión de su garganta.

—Bueno, tu amiga no fue lo que se dice una damita, ¿eh?

La chica entornó los ojos, le dio la espalda y apretó el paso.

—¡Me llamo Bruno! —alcanzó a escuchar Luna mientras se alejaba.

Me importa un bledo.

Seguía irritada, ni siquiera podía concentrarse en la biblioteca. Tenía que revisar algunos libros y revistas en busca de referencias para el plano de una casa de dos plantas, pero su cerebro estaba centrado en aquellos ojos verdes. Miró el papel, parecía un número real, tenía los dígitos correctos. A Luna le sorprendía recordarlo con tanta claridad. Le molestaba que el tipo de la fiesta le recordara al chico de sus sueños. Un montón de gente tiene ojos verdes, se reprochó. Terminó por rendirse. La falta de educación del tipo la crispaba a niveles irracionales.

Más tarde, al dejarse caer el en diván de su terapeuta, Luna pensó que nunca se había acostumbrado del todo al ambiente prístino del lugar. Estaba la mesita de entrada con un bote de gel antibacterial y una caja de pañuelos sobre la pulida superficie caoba. Enseguida estaba un librero, siempre limpio, sin una sola mota de polvo. Los libros seguían un estricto orden por color, tamaño y tema. Eso le resultaba satisfactorio. Entre la puerta y el diván había cuatro pasos de distancia. Tres y medio si la persona encargada de limpieza lo movía. Nunca dejaba marcas sobre la duela. La tela del diván siempre estaba impecable, además tenía la textura perfecta para que la piel no se pegara a ella y tampoco picara. A menudo se preguntaba si la terapeuta tenía todo eso planeado o era sólo una feliz coincidencia. También se dio cuenta de que trataba de evadirse pensando todo eso. Entonces la sesión comenzó y tuvo que confesarle a la psicóloga lo enojada que se sentía. No pudo evitar el tema.

—Es un patán.

—¿Qué te lleva a esa conclusión?

—Es desagradable.

—Si te desagrada y no quieres involucrarte con él, ¿por qué traes el tema a terapia, Luna? ¿Podrías estar proyectando?

—¿Estás diciendo que creo que es un patán desagradable porque en realidad yo creo que soy desagradable? —replicó Luna un tanto alterada.

—No necesariamente, pero ahora que tocas el punto, ¿te alejas de nuevas relaciones porque no crees gustarle a la gente?

La chica guardó silencio y respiró profundo. Recuerda, Luna: necesitas entender el origen de tus emociones, no seas sarcástica, no se vale atacar a la psicóloga. ¿Por qué le pago si ya me terapeo yo sola?

—Nota que estás juzgando a una persona sin conocerla. —La

doctora recuperó la atención de Luna.

—Me tiró un vaso de chela en una fiesta, jamás se disculpó y el tarado encima tuvo el descaro de chismosear en mis papeles.

—¿Podría ser que te molesta porque te hizo sentir vulnerable o expuesta?

—Tal vez —concedió.

—Es natural que sentirte vulnerable dispare tu miedo a ser lastimada, es algo en lo que podrías reflexionar. ¿En ocasiones anteriores has confundido la atracción con el rechazo?

—Él no me atrae —soltó Luna—, ni siquiera lo conozco.

—Bien, si no despierta interés alguno en ti, ¿por qué traer el tema a terapia? ¿Qué te dice eso de ti misma?

—Hay muchas cosas que no recuerdo, ¿eso es normal? —In-

cluso ella se sorprendió de sacar el tema a colación, no sabía que le molestaba tanto.

—¿Como qué cosas?

—Sé que he tenido relaciones amorosas, he estado con chicos, he besado chicos, estoy segura de eso. Pero cuando trato de recordarlo no puedo.

—Luego de experiencias traumáticas intensas es normal bloquear algunos recuerdos relacionados.

—Pero no tienen nada que ver con lo de Andrea.

Al final, la terapeuta le pidió a Luna llevar una lista de las cosas que no conseguía recordar para irlas trabajando juntas. No le pareció una gran solución, pero al menos sintió que había un avance.

Aprovechó el trayecto en el metro para hacer un esbozo torpe de Eric en su bloc de dibujo. ¿Me estaré obsesionando con esto? Prefería no hablar de los sueños con la terapeuta. Además tampoco pasaba todo el tiempo pensando en él. Su vida seguía como si nada y, con el periodo de parciales, le parecía un milagro tener tiempo de pensar en algo más que en la resistencia de los materiales, cálculo y las herramientas del Autocad. Pero cuando tenía un momento libre, su mente viajaba en automático a los ojos verdes de Eric, su aroma, su voz o algún detalle de aquel mundo onírico.

Miró su restirador nada más entrar al departamento y sintió el mal humor volver a ella en forma de agruras. Los papeles cubrían el mueble con tal desorden que era casi imposible distinguir planos de fotocopias. Le pareció ver envoltorios de papitas y dulces en algunas zonas. Las manos comenzaron a picarle, como si estuvieran llenas de hormigas. Dejar la sertralina fue una mala idea, Luna. Tenía mucho trabajo pendiente y no podría hacer nada hasta poner algo de orden. A últimas fechas su ánimo oscilaba entre el agotamiento extremo y los ataques de hiperactividad. Resignada, sacó un Red Bull del refrigerador, se lo bebió de un trago y empezó con la faena.

10

Tip, tip, tip. Hacía frío. Abrió los ojos despacio. El suelo estaba húmedo y duro. Sintió algo de lodo adherido a su mejilla. Se limpió con la manga del suéter. Trató de entender en dónde estaba: era en un callejón. Se levantó. No tenía nada lastimado. Estaba sola. Caminó hacia la salida. La ciudad se veía normal, la gente caminaba por las aceras y nadie pareció notar su presencia. Casi no había autos, sólo un Cadillac negro impecable, como de colección. Los músculos de Luna se tensaron al reconocer el carro. Lo había soñado antes. El vehículo se acercaba a ella. Corrió en dirección a él. Andrea se lo dijo una vez: era mejor correr hacia él porque ganaría tiempo mientras el conductor trataba de darse la vuelta.

Miró de reojo a los tripulantes: todos vestían de negro, llevaban lentes oscuros y voltearon sus rostros hacia ella. Una de las puertas se abrió. Una mano se cerró con fuerza en la pantorrilla de Luna. Cayó. Las uñas del hombre perforaban su piel mientras pataleaba para escapar. Luna consiguió soltarse. Se levantó. Ignoró el dolor lo mejor que pudo para seguir corriendo. Escuchó el rechinar de las llantas. Olía a plástico quemado. Los hombres bajaron del auto para seguirla. No estaban dispuestos a perder tiempo. Ella giró a la izquierda en la primera esquina que encontró. «Siempre ve entre calles, lo importante es que no te alcancen», otro consejo de Andrea. ¿Cuándo le había dicho todo eso?

El aguante comenzaba a fallarle. No podría correr mucho más. Vio una separación entre dos edificios, si lograba entrar lo suficiente y no hacer ruido, quizá podría engañar a sus perseguidores. Se fue introduciendo tan rápido como pudo. Las paredes le lastimaban los brazos. No se escuchaba nada. Luchó por regresar su respiración al ritmo normal, también por mantenerse en silencio. El frío calaba más y más. No tenía noción del tiempo ni modo de asegurarse de que los hombres se hubieran alejado. En algún momento tendría que salir, pero se arriesgaba a que ellos estuvieran ahí. Tampoco puedes quedarte aquí para siempre. El latido de su corazón parecía hacer eco en el escondite. Es sólo una pesadilla, cálmate.

Esperó un poco más aguzando el oído. Silencio absoluto. Comenzó a salir poco a poco. Tenía medio cuerpo de fuera y todo seguía tranquilo. Dio un paso más. Dolor. Una mano se aferró a su cabellera. Jaló con fuerza. El cuerpo de Luna se estrelló contra el suelo. Un pie chocó contra su estómago. Lu jadeaba, peleaba por recuperar el aliento. Las manotas del tipo le envolvieron las costillas. Primero la dejó caer, provocándole rasguños. Después la levantó de nuevo e hizo una mueca sardónica. Se divertía. Sus camaradas se acercaron para indicarle con señas que la llevara al auto. Luna hizo acopio de todas sus fuerzas, tenía una sola oportunidad. Cuando el gorila se preparaba para arrastrarla, la chica lo tomó de la cara y encajó los dedos pulgares en los ojos del sujeto. Él la soltó entre alaridos. Los demás fueron por ella. Empezaba a rendirse cuando reparó en una botella en el suelo. La tomó, la estrelló contra la pared y la apuntó contra su vientre.

Pudo sentir cómo el vidrio atravesaba su piel y arañaba el músculo. Luego, la dureza del suelo contra su espalda. Se incorporó con un grito. Miró su abdomen esperando ver sangre, pero no había nada ahí. Escudriñó los alrededores. Reconoció el piso alfombrado de la sala. Amanecía, el restirador estaba en perfecto orden. Tuvo mejor suerte que las fotocopias sobre las cuales había caído la cabeza de Luna: éstas exhibían un manchón difuso que, descubrió con horror, fue ocasionado por su propia baba. Me madrearon unos cholos, alcanzó a pensar mientras terminaba de despertar. Se levantó a trompicones. Se obligó a ducharse. Deseó no haberlo hecho, sus brazos estaban llenos de moretones, tenía rasguños en los costados, marcas de dedos en la pantorrilla y una mancha redonda en el vientre. Lloró en silencio mientras terminaba de arreglarse para la escuela.

11

¿Qué mierda estoy haciendo con mi vida? Luna se talló los ojos con las manos. Su estómago emitió un gruñido que hizo eco en las entrañas vacías de su cuerpo. No recordaba lo último que comió. El sueño no la dejaba pensar. Miró alrededor. Todos los presentes en el salón inspiraban lástima. Se les podía ver jalándose los cabellos, suspirando como condenados a muerte, batallando por mantener los ojos abiertos y tratando de controlar los arbitrarios temblores de manos que delataban un consumo excesivo de cafeína. La chica se golpeó la frente con la palma de la mano. Necesitaba concentrarse. Tenía que terminar ese examen a como diera lugar. Tuvo una breve visión de las latas de Red Bull botadas en su departamento. Contuvo las ganas de hacer un recuento, se concentró en calcular la resistencia de unos cimientos.

Tap, tap. El golpeteo taladró la concentración de Luna. Al menos la mitad del salón ya estaba vacía. Volteó discretamente a los lados para identificar al culpable. «A su examen, señorita», escuchó. No se trataba de la voz del profesor Soto. La chica miró al frente. Ahí estaba Bruno, sentado en el lugar del profe-

sor, cuidando a los alumnos y golpeando la mesa rítmicamente con su bolígrafo. Contando los segundos. Ella rechinó los dientes. El muy patán lo hacía a propósito. Cuando notó que lo miraba, le sonrió. Luna lo fulminó con la vista. Le torcería el cuello… No, no. Concéntrate, el grosor de la viga. Fue de las últimas en entregar la prueba, pero al menos había terminado. Hora de salir corriendo a la biblioteca.

—Oye… Ojeda. —El chico la abordó en cuanto salió del salón, mirando el nombre de Luna en su examen—. ¿Tienes tiempo para…?

—No, no tengo.

—Ah, bueno. Vas a reprobar, un gusto.

—¡¿Cuál es tu problema?!

—Ninguno. Es tuyo: olvidaste pasar las respuestas a la hoja de resultados y el ingeniero Soto no las da por buenas si no están ahí. Ya deberías saberlo.

Eres una pendeja. Su destino literalmente pendía de las manos de un tipo que le resultaba detestable.

—Mira, no hay pedo. Ten, pásalas y ya. Been there, done that. Las semanas de parciales son una mierda —agregó Bruno de forma conciliadora, mientras le entregaba las hojas.

Lu balbuceó un agradecimiento, tomó el examen y se hundió en la butaca más cercana. No levantó la mirada hasta terminar. Las manos le temblaban cuando le regresó las hojas a Bruno. Era la última. Se sentía más ridícula que una quinceañera en un vestido color pastel sacándose fotos en el Ángel de la Independencia un domingo a mediodía. Corrió a la salida y bajó las escaleras a velocidad récord. Estaba en el último tramo. El latido de su corazón se replicaba en todo su cuerpo, sus oídos estaban inundados de sonidos que retumbaban como un tambor africano. Luchó por tomar aire. Su boca estaba seca. Negro.

Se incorporó de golpe. Estaba en una camilla, olía a desinfectante. Alguien la tomó de los hombros.

—Tranquila, estás en el servicio médico. Te desmayaste en las escaleras, tu novio te trajo.

—No soy su novio —aclaró Bruno.

—Fue la presión —continuó la enfermera—: subió de golpe. ¿Sentiste taquicardia?

—Creo que sí… —respondió Luna.

—¿Has tomado demasiado café?

—No.

—¿Alcohol? ¿Drogas…?

—No, eso tampoco.

—¿Bebidas energéticas con taurina?

Luna guardó silencio, pero la expresión de su cara respondió por ella.

—Va a ser eso, mija. Mira, esas cosas son peligrosas. Toma mucha agua, descansa y en cuanto puedas ve con tu médico para que te revise.

La enfermera los despachó sin mayor ceremonia. Luna tomó asiento en una banca para recuperarse de la impresión. Bruno se alejó sin decir nada. No podía irse a casa, aún tenía que ir a la biblioteca y preparar una entrega. Decidió terminar el resto del día lo mejor posible. No quiso decirle nada a K; armaría drama y, por lo visto, su cuerpo ya no podía con más emociones fuertes.

—Toma. —Bruno reapareció en escena y le extendió una botella de agua.

—¿Qué es?

—Agua, obvio. La enfermera dijo que te hidrataras. Por la cara que tienes se nota que no te vas a ir a tu casa ahorita. Mínimo toma agua.

—Gracias.

—Oye, sé que las cosas no empezaron con el pie derecho, pero no estoy tratando de envenenarte, todavía. —Luna se rio del comentario—. Así que, si no crees que suena creepy, ¿te late si te acompaño por hoy? Nunca se sabe si necesitarás de un tipo fuerte para cargarte al servicio médico.

Luna se encontró de nuevo con los ojos verdes de Bruno. Luego notó sus brazos ejercitados: todo él lucía muy en forma. Pudo sentir cómo la sangre teñía sus mejillas. Desvió la mirada.

—Ok, ya, sí suena incómodo. —Bruno estiró la mano pidiéndole su celular a Luna, la chica se lo dio como un acto reflejo—. Éste es mi número, ya está guardado en tu memoria. Si pasa algo, llámame.

Bruno devolvió el teléfono y se fue. Luna sintió que no tenía fuerzas para levantarse. Ya había escuchado esas palabras antes. El ritmo de sus latidos se volvió errático de nuevo. No había forma de que el día regresara a la normalidad. Ya no.

12

—Cerca no es suficiente.

Los vellos en los brazos del muchacho se erizaron al escuchar la voz. El timbre era grave y pausado. Emulaba la calma de un depredador a punto de atacar. Él hubiera preferido que el Maestro reaccionara de alguna forma. Quizás incluso el jefe estaba cansado tras los fracasos acumulados. Se habían tardado tres años en dar con la chica, todos asumieron que sería más sencillo. Pero él no estaba acostumbrado a perder.

—Al menos lograste entablar contacto con ella —admitió el hombre.

—Sería más fácil sin tus gorilas, padre —reprochó el muchacho.

—¡Fácil! ¿Eso es lo que te he enseñado? ¿Necesito recordarle a mi propio hijo lo que se espera de él?

Guardó silencio. Había despertado a la fiera, más le valía hacerse el muerto para no empeorar las cosas. Su padre lo miraba casi sin parpadear. Sabía que calculaba el castigo con el cual «premiaría» su rebeldía. Por lo menos no fue tan estúpido como para hacerlo en público. Padre nunca decidía de inmediato. Tomarse su tiempo en pensar la reprimenda para luego aplicarla en el peor momento era el inicio de su técnica. Los ojos le brillaban, como si refinar métodos de tortura lo hiciera sentir vivo. Se estremeció. Intentó disimularlo sin éxito. Las palmas le sudaban. Los castigos siempre daban en el blanco. Después del primero, el miedo a los espacios cerrados nunca lo abandonó.

Tenía nueve años la primera vez que despertó en la mazmorra. La había llamado así porque le recordaba a los cuentos que leía. Había creído que el lugar escondería alguna sorpresa macabra. Se quedó quieto hasta que el silencio empezó a pesarle sobre el cuerpo, sólo escuchaba su respiración y los golpes de su corazón contra el pecho. ¿Así será estar ciego?, se había preguntado. La penumbra era total. Dudó en avanzar. Le pareció ver una luz a la distancia, se encaminó hacia ella. Siguió con total convicción, sin detenerse. Se desplomó. No se dio cuenta de la distancia recorrida hasta que las piernas le fallaron. Intentó ponerse de pie sin lograrlo. Comenzó a gatear. El suelo estaba viscoso, húmedo. Entonces había sentido a los gusanos enredarse entre sus dedos. Algunos bichos reptaron subiéndose a sus brazos. Gritó. Algo se le metió en la boca. Terminó por tragárselo para no ahogarse. No pudo contener el vómito. La multitud de insectos comenzó a envolverlo mientras él usaba sus últimas fuerzas para acercarse a la luz. Fue ahí cuando descubrió que ésta se alejaba conforme él se acercaba. Las alimañas le cortaron la respiración.

Se despertó en una cama mojada. El olor ácido se le había quedado grabado en la mente. Era el aroma del pánico. Padre llegó unos minutos después. Lo hizo cambiar las sábanas y asearse. No le dirigió una sola palabra. El chico fue incapaz de conciliar el sueño. Al día siguiente, su papá lo levantó a la hora de siempre, sirvió el desayuno, lo llevó al colegio y le entregó su lonchera. Él se tragó el dolor de la noche anterior como si nada hubiera pasado. Siguió así durante trece años más. Las variantes eran infinitas. La mazmorra podía convertirse en un ataúd oscuro en el que le faltaba el aire. También en una habitación tan blanca que lo deslumbraba hasta que deseaba arrancarse los ojos de sus cuencas. En una ocasión estuvo prensado entre planchas calientes por tres días; en otra en un tanque lleno de agua en el cual se ahogaba una y otra vez.

La genialidad del castigo radicaba en que no había tiempo dentro de los sueños. A veces podían pasar meses en el transcurso de una noche. Las horas se reducían a segundos. Cuando su padre le dijo que el poder de manipular los sueños de otros era el más codiciado se burló. Era demasiado joven e ingenuo, sólo había tenido buenos sueños hasta entonces. Ahora entendía que el mundo onírico podía dejar marcas en el cuerpo físico. Uno podía volverse loco ahí, morir en ambos planos de existencia al mismo tiempo. Recordaba que sintió miedo cuando descubrió las primeras marcas en su piel. Le parecía incluso haber disentido de las ideas de su padre, en algún tiempo le escandalizaban. Ahora sólo sentía resignación. Se había convertido en el reflejo de su progenitor, sus tiempos de inocencia le parecían muy lejanos.

Si le hubiesen preguntado cuándo llegó al punto de no retorno, habría contestado que fue en su cumpleaños número nueve. Aquella tarde, luego de partir el pastel, Padre le contó sobre la historia de la familia, del destino glorioso que les esperaba si estaba dispuesto a perpetuar la tradición. También le reveló que esa noche su modo de ver la vida cambiaría para siempre. El chico jamás había pensado en su apellido o en el honor de la familia. Sólo deseaba estrenar su nueva autopista. Trece años después, estaba a la espera de un nuevo juguete. Ese que lo mantendría alejado de la mazmorra para siempre y terminaría por convertirlo del todo en una versión más joven de su padre.

¿Esto era lo que quería? Si pudiese volver en el tiempo y hacer otra elección ¿dejaría que su progenitor y sus fratres le retiraran el velo? Lo había pensado tantas veces que ya ni siquiera podía contarlas. Siempre llegaba a la misma conclusión: las decisiones son una ilusión. Estaba en su sangre, era el hijo del Maestro y estaba a un paso de volverse el heredero oficial en la Orden. Respiró profundo. La habitación le devolvió un eco. Daba lo mismo si caminaba o se quedaba estático. Lo sabía, el terror llegaría a él. Lo rompería una vez más. Padre tenía razón: era patético y débil, pero no por mucho más.

13

La piel se le puso chinita, el aire fresco de la noche le trajo un olor a romero y lavanda. Al girarse, la tela de edredón le acarició el rostro. Bostezó y abrió lentamente los ojos, hacía mucho que no descansaba tan bien. Conforme enfocaba la vista, Luna fue reconociendo el lugar. Estaba en su recámara. Fue haciendo una lista mental de los objetos mientras posaba su mirada en ellos. La mesita de noche con la lámpara y la cajita de música que Mairead le regaló. El escritorio de caoba que heredó de su padre, con un tablero de corcho colgando encima. El clóset de pared a pared que albergaba más ropa de Andrea que suya. La luz se colaba por los cristales. Se levantó y corrió un poco la cortina para fijar la vista en el jardín. Abrió la ventana. Respiró profundo. Los aromas a jazmín, rosas y albahaca inundaron su nariz. Joaquín era un gran devoto de la jardinería, Mairead solía cocinar con muchas de las cosas que se daban en el jardín de la casa.

Alguien llamó a la puerta, Luna abrió. Ahí estaban aquellos ojos verdes. Le indicó que pasara con un gesto, no se sentía capaz de articular una frase coherente. Eric tomó asiento en la silla del escritorio, se movía por la habitación como si la conociera.

—Estaba preocupado.

—¿Por?

—Por ti, boba —replicó en tono cariñoso.

Luna levantó los hombros a modo de respuesta. Él sonrió y, para ella, la habitación se tornó mucho más luminosa de golpe.

—Nunca creí que éste fuera uno de tus lugares seguros. —El

silencio de Luna y su expresión confusa resultaron suficientes para seguir con la charla—. ¿Te acuerdas de mí?

—Pfff. Eric, el chico del bar. No es como que le abra la puerta de mi recámara a todos los chicos que tocan. —Se le subieron los colores, la frase sonaba mucho mejor en su cabeza.

—¿Y de antes?

—En mi vida te había visto.

La sonrisa de Eric emprendió la fuga. La sustituyó un suspiro herido que pareció flotar por la habitación unos segundos antes de esfumarse. Desvió la mirada, se incorporó y se dio la vuelta para mirar por la ventana.

—Esa mata de tréboles bajo tu ventana la plantaste junto con tu madre cuando cumpliste nueve años. En tu cumpleaños quince no querías fiesta, pero Andrea se empeñó en hacerte una. Invitó a todos sus amigos de la prepa, pero a ninguno tuyo. Te enojaste, llenaste la comida de laxantes, te robaste el pastel y una botella de whisky de la cava de tu papá. Luego te encerraste en esta misma habitación a ver películas de terror.

Luna se tomó unos segundos para procesar la información. Lo de los tréboles era cierto, lo de la fiesta le sonaba familiar aunque no podía recordarlo del todo.

—Glendalough de trece años —dijo la frase casi sin darse cuenta.

—El viejo casi se trepa a las paredes cuando nos… te encontró.

¿Cómo sabe esas cosas? Lu miró a su acompañante con los párpados entrecerrados, tratando de llegar a su esencia. Buscaba algún detalle para determinar si en verdad lo conocía o no. Los datos estaban ahí, fuera de su familia nadie sabía lo de las plantas y la fiesta. El problema estaba en que no podía asegurar que esa historia fuese real. Eric seguía de espaldas a ella. Un zumbido la distrajo. No podía encontrar la fuente del sonido. El volumen iba en aumento.

—Hasta luego, Luna.

—No, ¡espérate!

La mano de Luna pegó contra el buró. El marco con la foto del museo de Orsay golpeó la alfombra con un ¡plap! ahogado.

Mesita de noche con un libro de arquitectura. El librero delgado que Karen le regaló cuando se mudó al departamento. El tablero de corcho sobre un escritorio liviano de triplay. Clóset reducido que aun así no conseguía llenar sólo con su ropa. Persianas y no cortinas. Estaba en su habitación, la verdadera, la actual. El maldito celular vibraba como loco. Lo había dejado en silencio sin querer, se le hacía tarde para la escuela.

14

Karen esperó a que Luna se abrochara el cinturón de seguridad antes de extenderle el termo con café.

—Te toca poner la música.

No existía un acuerdo, K era una dictadora benevolente cuando se trataba de su nave. Cedía el control de la música si Luna se veía especialmente decaída o dispuesta a confesar algo. Trataba de adivinar cuál de las opciones era la acertada cuando la voz de Morrissey salió de las bocinas. Confesión. Si Lu ponía lo que Karen denominaba «música de papás» era porque buscaba seguridad antes de soltar la sopa.

—K, ¿te acuerdas de mi fiesta de quince?

—Jajaja, muy graciosa, tú y yo sabemos que no tuviste quinces. Si a lo que te refieres es al mes que pasaste castigada, sí, me acuerdo.

—¿Un mes?

—Yep. Admiro eso de purgar a la crema y nata del colegio, pero empedarte con un desconocido en tu cuarto fue una mamada.

—¿Quién era?

—¡Ése es mi punto!

—¿En serio pasó?

—No, babosa, lo invento para volverte loca y robarme tu fortuna.

Karen logró que Luna soltara una carcajada y a continuación Morrissey se apropió del auto. «Alma Matters» era una de las canciones favoritas de Mairead. K recordaba con cariño a la madre de su mejor amiga cantando por cada rincón de la casa. Era una persona cálida y alegre, pero al mismo tiempo enérgica, poderosa. Nunca le había confesado a Luna que Mairead había sido su modelo a seguir. Sonaría muy creepy. Siempre le había parecido que Andrea se parecía más a su madre, tan extrovertida, segura de sí misma y popular. Sólo era en apariencia, Luna tenía esa parte fuerte y misteriosa que su mamá emanaba, aunque no se daba cuenta.

—Bueno, ¿me vas a decir o me hago pendeja? —Era momento de aplicar presión.

—¿Ubicas al tipo de la fiesta?

—¿El cabrón de la chela?

—Ajá, pues me dio su número…

Mientras Luna escupía todos los detalles del incidente con Bruno, Karen pasó de sentirse excluida a estar aliviada de que su amiga no se hubiera quedado sola.

—El güey te late.

—No sé, es que…

—No era pregunta, Luna: ¡te gusta! Y te hizo el paro con el examen, te llevó a la enfermería y te dio su número. Le gustas.

—Pero K…

—¡Ah, ah, ah! Párale. Dale chance o dime si ya te consigo tu primer gato. Ok, todo empezó del nabo, pero no me hagas recordarte el sagrado triángulo de las relaciones.

Luna entornó los ojos. El sagrado triángulo de las relaciones era una de sus mejores teorías. Karen la desarrolló luego de una buena peda en su primer semestre de universidad. Miraba un meme que Luna le había mandado, un triángulo con tres opciones: buenas calificaciones, vida social y dormir bien. En teoría, si eras universitario sólo podías tener dos de las tres. Luna por ejemplo, tenía buenas calificaciones y dormía decentemente, entonces carecía de vida social. K pensaba que ya dormiría cuando estuviera muerta. Una cita nefasta y mucho vodka fueron los responsables de la epifanía: era lo mismo con las relaciones. Las variables eran tres: la cabeza, el corazón y el sexo. Sólo se podían elegir dos. Si el sexo era maravilloso y el corazón latía desbocado, de seguro tu cerebro te diría que eso era un error.

—Resumiendo —retomó la conversación—, tu vida amorosa sería menos miserable si dejaras de conectar tu vajayjay y tu cerebro todo el tiempo, Lu.

—No es tan fácil, K, me da cosa pensar en una relación. Ni siquiera sé si puedo con una y…

—Perdón, quise decir: tendrías una vida amorosa. Apagar tu genial cerebro un ratito no es la perdición, te lo juro.

—Es que si algo sale mal…

—Lo mandas a la chingada y ya. Esto puede ser un shock para ti, pero ya estamos en el siglo veintiuno, ¿eh?

Karen fue dura con Luna, lo sabía. No quería dejarla caer en esos ciclos infinitos de autocompasión y azote que la caracterizaban. Las dos guardaron silencio. The Smiths se hicieron cargo de atenuar la incomodidad del resto del trayecto. K trató de rememorar la vida amorosa de su amiga sin demasiado

éxito. Era más bien escasa, lo sabía. No era eso lo que la inquietaba, sino su incapacidad de recordar nombres o rostros. Estaba el chico del incidente, por ejemplo. La cosa no había quedado ahí, pero lo que pasó después era un hueco en su memoria. Lu le había contado a detalle su primer beso, su primera vez. Sombras. Huecos. Misterios. Entre ellos la razón por la cual sentía tanto desprecio por la chica que antes representaba todo lo que deseaba ser: Andrea.

En cuanto estacionaron el auto, Karen sacó el celular de la mochila de Luna, entró a WhatsApp y escribió un sencillo «Ola ke ase» para Bruno. Para cuando Lu reaccionó, K ya había enviado el mensaje. Observó cómo las dos palomitas se volvieron azules ante la mirada aterrada de su amiga.

15

—Ola ke ase, ¿rescatando chistes viejos o ke ase?

Luna volteó de golpe. Hasta percibió la mala ortografía en la forma en la que Bruno articulaba las palabras. Voy a vomitar bolas de pelo de llama. No se atrevió a mirarlo a los ojos, estaba mortificada por la jugada de Karen. Ni siquiera enojada. Era como cuando a sus padres se les hacía tarde para recogerla en la primaria y los profesores la veían con lástima. Juraba que tenía «vergüenza» escrito por toda la cara. Se miró los zapatos mientras le imploraba a un dios en el que no creía que se la tragara la tierra.

—Me sorprendió que me escribieras.

Lu levantó la cara. Bruno le sacaba al menos una cabeza de estatura. Él sonrió. Los pensamientos de ella se perdieron entre la barba partida y los hoyuelos del muchacho. Por unos instantes se imaginó pasando las yemas de sus dedos por la incipiente barba de su interlocutor. Ya valió madre, admitió mientras la sangre subía a sus mejillas y su ritmo cardiaco se disparaba.

—Fue una buena sorpresa —remató, sin perder la sonrisa—, sería cool que lo hicieras de nuevo.

Bruno se marchó sin decir nada más. Luna permaneció clavada en el lugar. Comenzó a respirar profundo para que se le bajaran los colores del rostro. Luego se encaminó apurada a su salón, sin levantar la vista del suelo. La invitación a escribirle de nuevo se repetía en su cabeza. ¿Y si Karen tenía razón? Lu se dejó caer en la butaca. Uno de sus compañeros se sentó al lado.

—Ojeda, ¿eres muy amiga del chico del pasillo?

—Lo conozco de vista, ¿por? —Luna trató de disimular la pena de que alguien hubiera presenciado la escena.

—Es el nuevo adjunto de Soto.

—Supongo, nos aplicó el parcial ¿no?

—Resulta que es una chingonería, andan diciendo que nada más termina la tesis y tiene aseguradas prácticas en Nueva York con Bjarke Ingels.

—¡No juegues!

—Es tu ídolo, ¿no?

—¿Bruno?, no tampoco es para tanto.

—No, Ingels.

—Ah… sí.

Su compañero ahogó una risita. Luna tuvo que contenerse de estrellar la frente en la paleta del pupitre. Pensó en escribirle a Karen. Descartó la idea, quería castigarla un poco por haberla puesto en esa situación. Además, tampoco sabía qué decirle. Parte de ella deseó que Andrea estuviera viva, podría haberle aconsejado qué hacer. Maldijo su amnesia selectiva. Si no fuera por eso quizá podría recordar cómo lo había hecho antes. Por todos los dioses, Luna Ojeda, compórtate como un adulto, se recriminó. Una sonrisa boba se le escapó de los labios mientras la memoria se abría paso entre su drama. Mairead solía decir eso: «Por todos los dioses». La alegría le duró poco. Quitando a Karen de la ecuación, lo más cercano que tenía a una mujer confiable a la cual pedirle consejo era su terapeuta. La profesora entró al salón. Por el momento, lo único útil para Lu era concentrarse en la clase.

16

La amaba. Después de lo ocurrido era terrible admitirlo, pero el sentimiento no mentía. «Los instintos están para ser seguidos, no ignorados, hijo», fue lo que le dijo su padre en sus prime-

ros entrenamientos. Los cazadores necesitan meterse en la mente de la presa, sentir su ansiedad, el miedo, la adrenalina. Ser racional viene después. Es la forma en que construyes la trampa definitiva, lo que te hace superior al perseguido. Las ideas brotaban con tanta facilidad de su memoria que eran suyas, se las había apropiado, ya no pertenecían al padre.

Dijo su nombre despacio, la primera a fue apremiante como la súplica de un hombre sediento, la segunda sílaba vibró con fuerza en sus cuerdas vocales. Como una reafirmación de lo que su corazón albergaba. La última a salió aliviada como la primera noche que pudo llorar su muerte sin miedo a terminar en la mazmorra por mostrar debilidad. Tres sílabas para resumir su pena.

«La Orden requiere sacrificios, el poder tiene un precio»: ésa fue su letanía para calmarse luego de sus visitas a los sitios de tortura erigidos por su padre. Lo habían engañado, el precio era demasiado alto. Era demasiado tarde, estaba hecho. Quizá por eso la venganza parecía tan sencilla. No se le daba bien mentir, engañar era otro arte. Se engañaba a sí mismo pensando que cortejaba a su amada para hacerlo pasar por verdadero. Sencillo. El parecido entre Luna y Ella era suficiente. Sabía que su objetivo no recordaba nada, ni siquiera lo reconoció. El cazador y la presa, como desde el principio de los tiempos: está en tu sangre, se dijo en voz alta, pero escuchó la de su padre.

El deseo es sólo eso. A fin de cuentas él quería una cosa de Luna, mas no amor. Todos temieron que después de tres años sería demasiado fuerte, hallarla destrozada y sin recuerdos fue un beso de la diosa fortuna. Se estremeció. La emoción lo invadió, estaba tan cerca. Paciencia, no lo eches a perder, se reprochó. Miró su foto, todavía la tenía en la cartera. Estaba oculta en uno de los bolsillos, para evitar que su padre la viera en un descuido. Aquellos ojos color chocolate; al cruzar su mirada con la de Luna escudriñaba en busca de parecidos. Se convencía de que miraba los de Ella, de que le sonreía sólo a Ella. «Cuando lo consiga, tu muerte no habrá sido en vano», le repitió a la fotografía, como si pudiese escucharlo. Una lágrima corrió por su mejilla, se obligó a calmarse.

Pasos en el corredor. La puerta se abrió sin aviso alguno.

—La Orden sesiona esta noche, no me decepciones.

—Entendido, Señor.

Alivio inmenso. El Maestro ni siquiera se dignó a mirarlo, sólo dejó las pastillas para dormir en la mesita más próxima. Guardó el retrato. Debería poner un hechizo contra intrusos, pero su padre lo notaría, asumiría que esconde algo y todo empeoraría. Se resignó a terminar algunas tareas pendientes mientras llegaba la hora de acostarse.

17

Una pastilla, sólo una. Exceder la dosis tenía consecuencias nefastas, los miembros de la Orden lo sabían muy bien. La píldora bastaba para garantizar ocho horas de sueño profundo a la vez que lúcido. Las reuniones se acordaban con poco tiempo de anticipación, por seguridad. Nadie tenía permitido faltar bajo ninguna excusa. La única excepción: algún encargo a discreción del Gran Maestro. Sabía todo eso desde los trece años, cuando lo dejaron asistir como testigo a su primera sesión. Le pareció gracioso remarcar que su forma de operar era muy similar a los aquelarres de las brujas que tanto odiaban. Mazmorra. La visita más larga de su vida al calabozo.

Sólo el Gran Maestro tenía el poder para controlar los sueños. Él era el encargado de reunir a los fratres una vez que entraban al mundo onírico. Sabía, en teoría, cómo se hacía el

proceso. Su padre se lo explicó cuando cumplió dieciocho años e inició su entrenamiento como sucesor. Era un cargo hereditario, así que nadie le preguntó su opinión. «Lo llevas en la sangre», le dijeron. El líder de la Orden no sólo debía cumplir los requerimientos del mundo mágico; debía ostentar el mismo éxito y poder en el mundo mortal. «Como es arriba es abajo», susurró. Máximas esotéricas para la vida equilibrada. El matrimonio forzado entre «Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo» y «Haz tu voluntad: será toda la Ley». Ser incapaz de vivir aceptando la contradicción mostraba debilidad. Alcanzó a meditar todo eso antes de sentir el llamado, era como si le ataran una cuerda a la cintura y un gigante de fuerza infinita lo jalara entre sus sueños hasta el espacio compartido.

Fue el primero en llegar, los demás aparecieron de uno en uno. Todos con la túnica reglamentaria y las caras oscurecidas por la sombra de las tribunas de madera.

—Avances.

Para ser tan tradicionalista, su padre era muy poco or-

todoxo. Se saltaba los saludos y las formalidades. Aun así

conseguía inspirar respeto entre sus seguidores. O quizá miedo: para ellos no había diferencia alguna entre ambos conceptos.

—Estamos preparando una nueva persecución mejor delimitada, la bruja es fuerte.

—¿Tengo que hacerlo yo mismo? —El tono plano de su voz empeoraba las cosas, no sabía qué esperar de él—. Habrá reprimendas, consideren cada hora de tardanza un agravante.

—Pido la palabra —intervino el hijo, sintiéndose valiente.

—Concedida.

—He notado que la bruja no tiene recuerdos, no logró reconocerme. Sé que puedo usar eso a mi favor, Maestro.

—Detalles.

—Dudo que sea consciente de sus poderes, es sabido que los sentimientos y los recuerdos son fundamentales para que las brujas los usen. Ella está hecha una piltrafa. Débil, patética como todas las de su clase. Puedo acercarme a ella,

manipularla desde el lado emotivo. Si seguimos con los ataques en ambos frentes, podré estar a su lado cuando termine de quebrarse.

—Piensas como un digno sucesor. ¿Está claro el plan de acción?

El resto de los asistentes asintieron a coro. El líder los dejó ir a todos, menos a él.

—Hoy no fuiste una decepción.

—Gracias, Padre.

—El clan Lynch es interesante, por decir lo menos. Quiero debatirlo contigo sin cargar con el resto de la Orden. ¿A qué puede deberse la pérdida de recuerdos?

—Tal vez a un error en el último hechizo de la hermana mayor. O a la condición mental de la bruja, está loca.

—No lo pierdas de vista. Me interesa. Tuvimos demasiada suerte en que la menor tuviera el mismo don. No podemos fallar una segunda vez, tu futuro y el mío dependen de eso.

—Sí, Señor.

—Mantén firmes tus prioridades.

Cuando su padre lo dejó, aún tenía unas horas para moverse en el mundo de los sueños. Decidió ir a su lugar seguro, para meditar.

18

Respiró profundo, exhaló lento. La sensación del aire puro en sus pulmones la hizo sonreír. Todo era vegetación alrededor. Recordó las veces que sus padres las llevaban de campamento. Mairead brillaba cuando estaba en el bosque, contagiaba felicidad. Luna descubrió un sendero bajo sus pies y lo siguió sin prisa. Esta vez no se trataba de una pesadilla. La luz del sol se colaba entre las hojas e iluminaba el lugar. El clima no era ni muy caluroso ni frío, sólo se le podía describir como perfecto. Sobre todo, se sentía en paz. Nadie la observaba, no había oscuridad, todo estaba en equilibrio.

Un improbable campo de tulipanes la distrajo. Danzaban en el viento mostrando sus vivos colores en contraste con el cielo azul. Le costaba recordar la última ocasión en la que tuvo un buen sueño, sin intrusos ni sobresaltos. Sus pasos eran lentos pero seguros. Dejó el sendero y se aventuró por los distintos rincones del lugar. Llevaba el cabello suelto, las corrientes lo agitaban a su antojo. Era como volver a ser niña, inocente, sin preocupaciones, sin dolor.

Tras andar otro rato encontró un claro en el bosque. La hierba era alta y los rayos solares iluminaban un único árbol. Luna se acercó a él, de sus ramas pendían manzanas rojas en su punto exacto de maduración mezcladas con flores blancas. Disfrutó mucho de la anomalía, tomó una flor y se la puso en el cabello. Esa parte de los sueños le gustaba, todo era posible. Se tendió a los pies del árbol, el pasto formaba una suave alfombra para descansar. Cerró los ojos. A lo lejos podía escucharse el sonido del agua al correr, un río, tal vez.

—¿Cómo llegaste aquí?

La voz de Eric la sobresaltó, se incorporó de golpe. Fijó la mirada en él, ojos verdes como el bosque. Pino, aire fresco, musgo, tierra mojada y manzana. Al fin descubrió el último ingrediente del aroma misterioso que rodeaba al chico de sus sueños.

—Ése es mi árbol.

—No le veo tu nombre por ningún lado.

—Del otro lado del tronco, arriba. —Le señaló el sitio sin dejar de sonreír—. Pero no me molesta compartirlo contigo.

Esa frase la desarmó. Quería ser más combativa, menos emocional, pero él no se lo dejaba nada fácil. Le parecía familiar, confiable. Su intuición le decía que estaba a salvo ahí con él. Lo miró colocarse las manos tras la nuca y dejarse caer de espaldas.

—El pasto, literal, sabe cuándo volverse acolchonado, mi mejor logro hasta ahora… en la vida.

Luna soltó una carcajada.

—¿Este lugar es tuyo?

—Podrías decir que yo lo hice. Por lo visto ya no es mío, mío —aclaró Eric.

—¿Por qué llegué aquí entonces?

—Una pregunta fascinante… —Luna lo miró expectante— que no puedo responder.

Lo que Eric sí pudo contarle, cuando Luna se sentó a su lado, fue que ese bosque era su «lugar seguro». Cada caminante de sueños podía construir uno o más de ellos, según le explicó. A veces los creaban con intención, otras sin querer. Eso explicaba por qué Luna había replicado la casa de sus padres en su sueño: pensándolo bien, era el último sitio donde sintió que nada podía dañarla de verdad.

—Si son personales, nadie más puede entrar, ¿no?

—Se supone, pero tú acabas de invadir mi privacidad.

—Tú invadiste la mía primero.

—Ok, me rindo, tienes un punto ahí.

—¡Aguanta! ¿Soy una caminante de sueños?

—¡Obvio! El asunto es: ¿cómo es que no lo sabías? —Luna escudriñó su mente buscando una respuesta—. ¡Mierda! Perdona el francés, te quedas en tu casa.

Antes de que Luna pudiera abrir la boca para decir algo, cualquier cosa, Eric desapareció del claro. Se levantó furiosa. Tiró la flor al suelo, la pisó y le dio un par de vueltas al manzano para calmarse. Ahí, justo donde Eric le había indicado, estaba el nombre del chico grabado en la corteza, junto al de ella.

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