Kitabı oku: «Paris en América»

Yazı tipi:

Édouard Laboulaye

Paris en América


Publicado por Good Press, 2022

goodpress@okpublishing.info

EAN 4057664137906

Índice

NOTA DE LOS TRADUCTORES.

PARIS EN AMÉRICA.

AL LECTOR.

PARIS EN AMÉRICA.

CAPITULO PRIMERO. Un espiritista americano.

CAPITULO II. ¿Es esto un sueño?

CAPITULO III. Zambo.

CAPITULO IV. En casa.

CAPITULO V. Sin dote.

CAPITULO VI. En donde se hace conocimiento con M. Alfredo Rose y el vecino Green.

CAPITULO VII. El incendio.

CAPITULO VIII. Truth , Humbug y Ca.

CAPITULO IX. Donde se le dice su merecido á la verdad.

CAPITULO X. La cocina infernal.

CAPITULO XI. De la máxima protectora,—que la vida privada debe ser sagrada.

CAPITULO XII. Una candidatura en América.

CAPITULO XIII. Canvassing .

CAPITULO XIV. Vanitas, Vanitatum.

CAPITULO XV. Un recuerdo de la patria ausente.

CAPITULO XVI. La eleccion—El sábado.

CAPITULO XVII. Viaje en busca de una iglesia.

CAPITULO XVIII. Un chino.

CAPITULO XIX. Un sermon congregacionalista.

CAPITULO XX. Un luncheon de ministros.

CAPITULO XXI. La escuela del Domingo.

CAPITULO XXII. Disgustos de un funcionario Americano.

CAPITULO XXIII. La audiencia de un Juez de Paz.

CAPITULO XXIV. Un attorney jeneral.

CAPITULO XXV. Dinah.

CAPITULO XXVI. La caridad.

CAPITULO XXVII. La escuela.

CAPITULO XXVIII. La partida de los voluntarios.

CAPITULO XXIX. Un viaje de placer.

CAPITULO XXX. Lo mas corto del libro y lo mas interesante para el lector.

CAPITULO XXXI. Algunos inconvenientes de un viaje á América.

CAPITULO XXXII. Una familia Parisiense.

CAPITULO XXXIII. El Doctor Olybrius.

CAPITULO XXXIV. Un loco.

CAPITULO XXXV. Un sabio.

NOTAS

Post-Scriptum de los traductores.

TABLA DE LAS MATERIAS.

Fé de las principales erratas.

NOTA.

NOTA DE LOS TRADUCTORES.

Índice

Como el penetrativo lector vá á verlo, hemos creido conveniente para su mejor intelijencia introducir en nuestra traduccion algunos neolojismos. El carácter del libro lo permite. Contiene filosofia y mucho caudal de enseñanza; pero no es ni un tratado de filosofía, ni una obra didáctica.

El pronombre personal vous,—que en el estilo familiar se traduce Ud. hemos creido conveniente traducirlo vos, siguiendo en esto á algunos buenos traductores modernos, y la opinion del nuevo Diccionario de literatos de 1863 que dice—que vos es un término medio entre el tu y el Ud. y que es muy usual entre las personas que ni quieren tutearse ni tratarse con la frialdad y ceremonia que implica el Ud.

Por la unidad de la ortografía pondremos siempre jota en las sílabas je—ji.

PARIS EN AMÉRICA.

Índice

Lector:

Hé ahí el nombre del libro, cuya traduccion os ofrecemos. Está dedicado á la Europa y la América. Lleva ya siete ediciones agotadas, y sin embargo, continúa todavia despertando la atencion del mundo civilizado.

Su autor se oculta bajo el pseudónimo de Lefebvre, y no podemos deciros á que viene el misterio, tratándose de una reputacion tan hecha como la de Laboulaye. Son secretos de la mente, cuyo velo no tenemos el poder de descorrer.

El rosario de títulos con que Lefebvre se adorna, puede padeceros trivial é induciros á creer que el charlatanismo ha querido abrirse paso, lanzando un globo de esploracion. Pero no: Lefebvre es hombre sério y sesudo,—sério como un metodista, sesudo como un catalan,—y si habla en tono de broma es que en los tiempos que alcanzamos, los libros y papeles que mienten y engañan mas son los libros y papeles sérios. Díganlo si no el Times y el Monitor, comparados con el Punch y el Charivari; la Tribuna y el Mosquito, Montaigne y Renan.

La sociedad quiere que se la engañe sin reir, y que se la diga la verdad haciéndola reir. Con su pan se lo coma, como decia frecuentemente el padre de uno de los traductores: en el pecado lleva la penitencia!

Leedlo y lo vereis. Os aseguramos bajo nuestra palabra de honor, que no sereis como Nemorino, víctima de Dulcamara. Hay en él, algo para la mujer, algo para el hombre, algo para el comerciante, algo para el fraile, algo para el gobierno, algo para el pueblo, algo para los necios, algo para los vivos, en suma, y para acabar en dos palabras la enumeracion, mucho para todos.

Si lo leeis en invierno os aseguramos que no os incomodará la lumbre de la estufa (si la teneis),—ni el frio (que lo dudamos). Si lo leeis en verano, la cuestion cambia de aspecto, como es natural, y, es casi seguro que si estais al rayo del sol lo aguantareis. Es libro para el hogar,—libro para el campamento,—libro para el tourist, y que solo puede no divertir á los que admiran la organizacion política y social de la China ó del Mogol.

Si creis que, porque habeis leido á Tocqueville, Chevalier, Grimke y las correspondencias de Debrin, conoceis la América, os equivocais. Los tres primeros os habrán dicho y enseñado, como está constituido el gobierno, os habrán esplicado la complicada y á la vez sencilla maquinaria del réjimen representativo, democrático, federal. El último os habrá edificado diciéndoos como se matan los pueblos libres del todo, con los pueblos libres á medias,—el Norte con el Sur,—y os habrá engañado mas de una vez. Pero ninguno de ellos os habrá revelado una cosa tan interesante como la que ha podido ver y estudiar Lefebvre, sin mas trabajo que comerse una píldora. Reis eh! Y, sin embargo, vivimos en el siglo de las píldoras. Díganlo sino Brandreth, Torres y el que la ha hecho tragar á la Francia que el imperio es la paz.

Os diremos que cosa es esa,—no sea que nos tacheis de charlatanes, á nosotros pobres traductores, que tanto aborrecemos en su esencia y en su forma la literatura Kerosénica. Pues esa cosa es: como vive y debe vivir un pueblo libre, ó diciendo lo que hubiéramos debido decir primero,—qué clase de bien-estar, de sentimientos, é ideas son las que desarrolla y debe desarrollar la libertad bien entendida y sínceramente practicada.

Ya veis que el negocio es de interés para un pueblo, que como el Argentino, al cual tenemos el honor de pertenecer, nos atrona todos los dias los oidos hablándonos de libertad,—de instituciones—etc., etc.,....

Leed, pues, á Paris en América, y, no nos creais en el resto de nuestra vida si su lectura no os hace buen provecho. Si la píldora no os cura la indigestion de malas ideas y de falsas apreciaciones que teneis, desde sabe Dios cuando os empachásteis con libros franceses del siglo pasado.

Un palabra todavia,—llamadnos esplotadores, si os dormis leyendo nuestra traduccion,—corruptores de la conciencia pública, si ella deja en vuestro corazon, en el de vuestros hijos ó hijas, nietos, viznietos, tataranietos ó choznos, de ambos sexos, el jérmen de una mala semilla.

Es lo único que en el preámbulo podemos deciros y ofreceros; lo que debeis darnos en cambio del servicio que creemos rendiros vá en la Postdata[3], con todo lo cual quedamos, lector querido, vuestros—

muy atentos servidores.

LUCIO V. MANSILLA—DOMINGO F. SARMIENTO.

[3] Se suprime la Postdata—que salió en el Prospecto suelto.

AL LECTOR.

Índice

Lector amigo: te ofrezco este librejo, escrito para tu regalo y para el mio. No lo dedico ni á la fortuna ni á la gloria,—la fortuna es una doncella que, hace seis mil años, corre tras los jóvenes; la gloria es una vivandera que no se complace sinó con los soldados. Soy viejo, no he muerto á nadie, y por eso no tengo mas deseo que buscar la verdad á mi modo, y decirla á mi manera. Si no tengo toda la gravedad de un buey, de un ganzo, ó de un........ (escoje el nombre que quieras), perdóname; los primeros actos de la vida nos han hecho llorar lo bastante para que nos sea permitido reir antes que caiga el telon. Cuando se han perdido las ilusiones de los veinte años, no se toma á lo sério ni la comedia, ni los comediantes.

Si este librejo te agrada, bueno; si te escandaliza, tanto mejor; si lo arrojas, no tienes razon; si lo comprendes, eres mas ducho que Maquiavelo. Házlo el breviario de tus horas perdidas, que no tendrás de que arrepentirte: Non est hic piscis omnium. Las paradojas de la víspera son las verdades del dia siguiente. ¡Al buen entendedor, salud!

Algun dia, quizá, verás á la débil luz de mi linterna, la fealdad de los ídolos que adoras hoy dia; quizá tambien, mas allá de la sombra decreciente, apercibas en todo el encanto de su inmortal sonrisa, á la Libertad, hija del Evanjelio, hermana de la justicia y de la piedad, madre de la igualdad, de la abundancia y de la paz. Ese dia, lector amigo, no dejes estinguir la llama que te confio; alumbra, ilumina á esa juventud que nos apura ya y nos empuja, preguntándonos el camino del porvenir. ¡Ojalá! que ella sea mas loca que sus padres, pero de otra manera, tal es mi deseo y mi esperanza.

Con esto, ruego á Dios te libre de ignorantes y de tontos. En cuanto á los malos, ese es tu cuento; la vida es un entrevero: has nacido soldado, defiéndete; ó mejor dicho, recupera de los Americanos la antigua divisa de la Francia: ¡Adelante! siempre y en todas partes, ¡Adelante!

RENATO LEFEBVRE.

New Liberty [Virginia] Julio 4 de 1862.

PARIS EN AMÉRICA.

Índice

CAPITULO PRIMERO.
Un espiritista americano.

Índice

“Mr. Jonatás Dream, espiritista y medium trascendental de Salem (Mass.) invita á vd. á la velada psíquica y medianímica, que dará el martes 1.ᵒ de Abril próximo, en su hotel, calle de la Luna número 33.”

“Sonambulismo, éxtasis, vision, prevision, profesía, segunda vista, doble vista, adivinacion, penetracion, sustraccion del pensamiento, evocaciones, conversacion, poesía, y escritura sobre-naturales; pensamientos de ultra-tumba y arcanos de la vida futura descubiertos, &a. &a.”

Las puertas se cerrarán á las ocho de la noche en punto.

¡Pardiez! decia yo para mi coleto, leyendo y volviendo á leer esta carta,—deveras que no me disgustaria hacer relacion con un medium americano, cofrade en pneumatolojia positiva y esperimental, porque habeis de saber que yo tambien soy espiritista. ¡Que diantre! Bien puede uno no ser sino un simple vecino de Paris, y, sin embargo, haber ovocado yá lo mismo que cualquier otro á César, Napoleon, Voltaire, Madama de Pompadour, Ninon, Robespierre etc. Algo mas, y lo diré, aunque repugne á mi modestia: estos ilustres personajes no me han eclipsado con su jénio: todos me han respondido como si yo mismo les hubiera soplado la respuesta. Veamos si el Señor Jonatás Dream, con sus pretenciones de ultramar, tiene mas espíritu, ó mas espíritus que vuestro servidor, Daniel Lefebvre, médico de la facultad de Paris, discípulo en espiritismo de Mr. Hornung de Berlin, de Mr. de Keichembach y del baron de Guldenstuble.—A espiritista, espiritista y medio.

En una hermosa habitacion, al estremo de un salon herméticamente cerrado, aunque resplandeciente de luces (lo que no sucede jeneralmente en nuestras reuniones espiritistas) encontré á Mr. Jonatás Dream sentado delante de una mesa redonda. Tenia la mirada melancólica y el rostro inspirado de las sibilas. Frente á él estaban sentados media docena de sus adeptos, con aire recojido. Siempre el mismo público: jentes nerviosas, mugeres que no han sido comprendidas, sarjentos-mayores ó viudas retiradas; cada uno escribia en un papel el nombre de los muertos que queria interrogar; yo hice lo mismo que todos.

Mezclados los nombres en un sombrero, el primero que se sacó fué el de José de Maistre. Jonatás se recojió por un instante, aplicó la mano á su oido, para escuchar la voz que le hablaba muy bajo, y escribió rápidamente lo que sigue:

“—No hay conocimiento estéril; todo conocimiento se parece á aquel de que habla la Biblia: Adan conoció á Eva, y Eva concibió.”

“—Sin Credo no hay crédito.”

—Eh! eh! me dije, hé ahí unas paradojas que tienen buen aspecto; están dotadas de toda la ridiculez del padre, me parece solamente, haberlas visto yá en alguna parte: en lo de Baader, si no me engaño. Despues de todo, allá arriba no hay propiedad literaria y es muy posible que por distraccion, se entretengan en robarse las ideas. Hipócrates, vino en seguida,—tuvo la cortesanía de hablar en francés; he aquí lo que escribió su intérprete.

—El hombre que piensa mas, es el que dijiere menos. En circunstancias iguales, el que piensa menos es el que dijiere mejor.

—Ay de mi!—esclamó una mujercita, cuyo rostro descarnado, desaparecia bajo las ondas de sus cabellos encanecidos—esa es una repuesta de médico, una repuesta brutal, hecha por los hombres y para los hombres. No es ese el pensamiento que consume el corazon, es.... Y suspiró.

Se llamó á Nostradamus,—se le pidió su opinion sobre el porvenir de Polonia, de Francia, y de Italia. La siguiente es la repuesta del gran adivino, jénio sublime que deja siempre á los otros el cuidado de entender lo que dice.

En France, Italie et Pologne,

Beaucoup d’esprit, peu de vergogne

En Pologne, France, Italie

On est sage aprés la folie;

En Italie, Pologne et France

Moins de bonheur que d’esperance[4]

Tuvimos que contentarnos con este oráculo, demasiado profundo para que fuera claro. Despues del hechicero provenzal, le tocó el turno á Kosciusko. Esa noche el Washington polaco estaba de mal humor, no se le pudo arrancar nada mas que esta divisa latina; In servitute dolor, in libertate labor; en la esclavitud dolor, en la libertad labor, tres veces se le interrogó, tres veces dió esta repuesta seca, arrojándónosla al rostro como un reproche, que ni siquiera comprendiéramos.

El último billete pedia que se interrogasen á Don Quijote, á Tom Jones, á Robinson ó á Werther, lo que hizo reir al cenáculo, aunque á decir verdad, no tenia bastante gana. El autor de esta impertinencia, tengo verguenza de confesarlo,—era yo.—Los muertos y los vivos me fastidian hace tanto tiempo, que me habria gustado mucho saber lo que pasa en las cabezas de jentes que jamás existieron.

Jonatás Dream arrojó el aciago billete á la canasta, y anunció que la sesion habia concluido, despidiéndonos á fuerza de cortesias.—En el momento en que yo salia, me puso la mano en el hombro, y me rogó que me quedase.

Una ves solos:—Sois vos cófrade, me dijo riendo de un modo singular, sois vos quien me ha dirijido una pregunta que esos profanos juzgan indiscreta?—quizá sois de su parecer. ¡Ciego, que nunca habeis sondado los arcanos de la eterna verdad!—¿Os imaginais que don Quijote y Sancho, que Robinson y Domingo, que Werther y Carlota, que Tom Jones y Sofia, no han existido?—¡Qué!—el hombre no puede crear un átomo de materia, ¡y suponeis que pueda crear pieza por pieza almas que no perecerán jamás!—¿No creis tanto en D. Quijote como en todos los Artajerjes?—¿Acaso Robinson no ha vivido, á vuestro juicio, lo mismo que los Drake y los Magallanes.

—¡Cómo!—¿el injenioso D. Quijote ha vivido?—¿Y podria yo conversar con el sabio prefecto de la Insula Barataria?

—Sin duda.—Comprended pues, lo que es un poeta. Es un vidente, un profeta, que se eleva hasta el mundo invisible. Allí, entre los millones de seres que han pasado sobre la tierra, y cuyo recuerdo se ha perdido aqui abajo, él escoje aquellos que quiere hacer revivir en la memoria de los hombres.—Los evoca, les habla, les escucha, y escribe segun su dictado. Lo que la necia humanidad, toma por una invencion del artista, no es mas que la confesion de un muerto desconocido; pero vos que sois espiritista, ó que teneis pretenciones de tal, ¿cómo es que no reconoceis una voz extra-natural?—¿Porqué os dejais engañar como la multitud?—¿Tan poco adelantado estais en las vias de la medianimidad? Al hablar asi, Jonatás Dream, echó la cabeza hácia atrás, y agitando los brazos, abriendo y cerrando las manos, avanzó sobre mi, como para ahogarme en su fluido.

—Cofrade, le dije, veo que sois un hombre de talento, aunque espiritísta; y no dudo que podais escribirnos un discurcito á la D. Quijote, ó improvisar algunos nuevos refranes dignos de Sancho.—Pero estamos solos, y ambos somos agoreros; tenemos el derecho de mirarnos y hasta el de reirnos mirándonos. No pasemos adelante, os deseo un feliz éxito. En Francia es cosa sabida; el pueblo que se crée el mas espiritual de la tierra es naturalmente el que con mas facilidad se deja conducir de la punta de la nariz. Preguntádselo á las mujeres de París.

—Alto ahí,—esclamó el májico con tono furioso. ¿Me hé engañado acaso?—¿Sois un falso hermano?—¿Me tomais por un charlatan, por un mistificador, por un saltimbanqui?—Sabed que Jonatás Dream no ha dicho jamás una palabra que no fuera verdad. ¡Ah! dudais de mi poder, caballerito. ¿Qué prueba quereis que os dé?—¿Es necesario que os quite todas vuestras ideas, lo que no será dificil; es necesario haceros dormir, que paseis por el frio, el calor, el viento, ó la lluvia, es necesario....?

—Nada de magnetismo, le dije; sé que en eso hay un fenómeno natural mal conocido hasta ahora, y del cual abusais.—Si quereis convencerme, no principieis por hacer dormir.—No estamos en la Academia.

—Y bien, dijo él, fijando en mí sus ojos relucientes, ¿qué diriais si os transportára á América?

—¿A mí?—Necesito verlo para creerlo.

—Sí, á vos, esclamó, y no solamente á vos, sino á vuestra mujer, vuestros hijos, vuestros vecinos, vuestra casa, vuestra calle, y si pronunciais una palabra, á París entero.—Sí, agregó, poseido de una ajitacion febril, sí, si quiero, mañana por la mañana París estará en Massachusetts; y en los bordes del Sena no habrá mas que una llanura desierta.

—Mi querido hechicero, hubiera convenido vender vuestro secreto al señor Prefecto del Sena; eso nos habria economizado algunos millones quizá. Durante la ausencia de los parisienses, se les habria hecho un París nuevecito, recto y monótono como Nueva York; un París sin pasado, sin monumentos, sin recuerdos; nuestros arquitectos todos, y todos los maestros administradores se hubiesen enloquecido de puro gozo.

—Os chanceais; dijo Jonatás, teneis miedo....os lo repito: mañana, si quiero, París estará en Massachusetts, junto con Versalles—¿Aceptais el desafio?

Sí, ciertamente, lo acepto, respondíle riendo. Y sin embargo, la seguridad de este demonio de hombre me turbaba. Soy entendido en materia de fanfarronadas; leo veinte diarios todos los dias, y he oido á mas de un ministro en la tribuna; pero esa voz de iluminado me imponia, apesar mio.

—Tomad esta caja, dijo el májico con tono imperioso; abridla, hé ahí dos píldoras, una para vos, otra para mí, escojed, y no me interrogueis.

—Habia ido demasiado lejos para retroceder—Tragué uno de los glóbulos, Jonatás tomó el otro y me saludó, diciéndome con voz cavernosa: Hasta mañana, del otro lado del océano.

Una vez en la calle, me encontré en un estado singular. Corrí de un aliento á los Campos Eliseos, sin apercibirme de la distancia. Me sentia mas vivo, mas lijero, mas elástico que nunca lo estuvo creatura humana; me parecia que saltando tocaria los cuernos de la luna, que se elevaba en el horizonte. Todos mis sentidos tenian una sutileza increible—Desde la plaza de la Concordia veia los carruajes que daban vuelta al rededor del arco de la Estrella, escuchaba el tic-tac de la gran aguja que marca la hora en el reloj de las Tullerias. La vida corria por mis venas con una velocidad y un calor desconocidos; me preguntaba si una mano invisible no me conducia yá al otro lado del Atlántico. Para tranquilizarme, miré á la apagada media luna que ascendia lentamente en el cielo. Seguro de no haber cambiado de meridiano, entré en mi casa, avergonzado de mi credulidad, y me dormí riendome de Mr. Dream y de sus locas amenazas.

CAPITULO II.
¿Es esto un sueño?

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Durante la noche tuve un sueño—¿Fué en efecto un sueño? Jonatás sentado á mi cabecera me miraba con aire burlon.

—¡Qué tal! decia, señor incrédulo—cómo os encontrais despues de la travesia?—¿El viaje os ha fatigado demasiado?

—El viaje, murmuré; si no me he movido de la cama.

—No; pero estais en América—No os tireis de la cama como un loco,—esperad á que os dé algunas instrucciones para que la sorpresa no os mate. En primer lugar, he trastornado vuestra casa. En un pais libre no se vive como en una caserna, revuelto, sin reposo y sin dignidad. De cada uno de esos cajoncitos, que llamais pisos, he hecho una habitacion á la americana, la he dispuesto y amueblado á mi modo, y le he agregado un jardincito. Para arreglar asi las cuarenta mil casas de París, he empleado cerca de dos horas; no lo siento; vedos señor de vuestra casa, es la primera de las libertades. De hoy en adelante no tendreis que sufrir á vuestros vecinos, ni que hacerles sufrir á su vez. Olores de cocina y de caballeriza, gritos de niños, de mujeres y de amas, ahullidos de perros, maullidos de gatos y de pianos: todo se acabó, no sereis en adelante un número de presidio ú hospital, un harenque aprensado, sois un hombre; teneis una familia y un hogar.

—¡Mi casa trastornada!—Estoy arruinado; ¿qué habeis hecho de mis inquilinos?

—Estad tranquilo: estan ahí, cada uno de ellos en una cómoda casita. Al presente son enfiteutas que os pagarán su renta durante medio siglo, sin que cada tres años tengais que sorprenderos los unos á los otros, y engañaros á quien mejor. He colocado á vuestra derecha á M. Leverd, el especiero, hoy dia. Mr. Green. M. Petit, el banquero del primer piso, sé ha hecho Mr. Little, y no es un personaje menos notable con sus millones. M. Reynard[5], el abogado del piso segundo, se llama el señor Procurador Fox[6], y no perderá por esto una sola de sus picardias. A vuestra derecha encontrareis al vecino del cuarto piso, el bravo coronel Saint-Jean, convertido en the gallant colonel Saint-Jean, con todos sus reumatismos, y en fin á Mr. Rose, el farmacéutico, que no es ni menos importante, ni menos majestuoso desde que se llama, M. Rose, el boticario. En cuanto á vos, mi querido Lefebvre, vedos convertido, por derecho de inmigracion, en el señor doctor Smith, miembro de la familia mas numerosa que haya salido del tronco anglo-sajon. Haced fortuna matando ó curando á vuestros clientes del nuevo mundo, que no serán mosquitos, lo que os falta.

Queria llamar; pero los ojos del terrible visitante me clavaban en el lecho.

—Apropósito, dijo riendo, os sorprendereis un poco, cuando oigais á vuestra mujer, á vuestros hijos, á vuestros vecinos hablar ingles y ganguear. Han dejado la memoria en el viejo mundo y ahora son Yankees pur sang. Efecto admirable del clima; notado ya por el príncipe de los espiritístas, el grande Hipócrates. Los perros dejan de ladrar cuando se aproximan al polo; el trigo, bajo el ecuador, es una grama estéril; un Yankee en París cree haber nacido gentil-hombre: un francés en los Estados-Unidos pierde el horror á la libertad. En cuanto á vos, señor incrédulo, os he dejado con vuestras preocupaciones y vuestros recuerdos. Trato de que juzgueis de mi poder, con conocimiento de causa. Sabreis asi Jonatás Dream es ó no un espiritísta; vedos metido en una piel Américana, de donde no saldreis mientras no me dé á mí, la regalada gana.

—But I cannot speak English[7], esclamé; y me detuve bruscamente, temeroso de silvar como un pájaro.

—No tan mal, dijo el insoportable burlon; antes de dos dias confundireis Shall y will, these y those[8], con toda la facilidad y la gracia de un Escoces. Adios, añadió levantándose; adios, me esperan á media noche en casa de la sultana favorita, en el harem de Constantinopla; á las dos de la mañana debo estar en Lóndres, y veré salir el sol en Pekin. Una advertencia mas; no olvideis que el sabio no se sorprende de nada. Si veis á vuestro alrededor alguna figura estraña, no griteis al diablo: os encerrarian con nuestros lunáticos. Seria un obstáculo á vuestras observaciones.

Me levanté sobresaltado. Tres puñados de fluido, recibidos en pleno rostro, me dejaron inmóvil y mudo. Con esto, mi traidor me saludó riendo sardónicamente; en seguida, tomando un rayo de luna, que se arrastraba por la habitacion, se envolvió en él, atravesó la ventana, y se evaporó en los aires.—Espanto, magnetismo, ó sueño; no lo sé,—me sentí postrado:

Y’ venni men cosi com’ io morisse

E caddi, come corpo morto cade[9].

CAPITULO III.
Zambo.

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Cuando volví en mi, era de dia—Mi hijo cantaba á toda voz el Miserere del Trovador; mi hija, discípula de Thalberg, ejecutaba con incomparable brio las variaciones de Sturm sobre un aire variado de Donner. A lo lejos, mi mujer reprendia á la sirvienta, que la respondía á gritos. Nada habia cambiado en mi pacífica morada,—las angustias de la noche eran un vano sueño; libre de esos terrores quiméricos, podia seguir una dulce habitud, soñar despierto, mientras esperaba el almuerzo.

A las siete, segun costumbre, el sirviente entró en mi habitacion y me entregó el diario. Abrió la ventana, y entreabrió las persianas; el resplandor del sol y la vivacidad del aire me hicieron el efecto mas agradable. Volví la cabeza hacia la luz, ¡horror!—los cabellos se me erizaron, ni fuerzas tuve para gritar.

Estaba en mi presencia un negro, riente y alegre, con dientes como teclas de piano, y dos enormes lábios rojos que le cubrian la nariz y la barba. Enteramente vestido de blanco, como si temiera no parecer bastante negro, el animal se me aproximó, sacudiendo su cabeza crespa y revolviendo sus enormes ojos.

—El amo ha dormido bien; dijo cadenciosamente, Zambo está contento.

—Para disipar esta pesadilla cerré los ojos; mi corazon palpitaba á punto de romperme el pecho; cuando me atreví á mirar,—estaba solo. Saltar de la cama, correr á la ventana, tocarme los brazos y la cabeza, fué cosa de un segundo. En frente de mí habia una série de casitas alineadas como casuchos de naipes, tres imprentas, seis diarios, carteles por todas partes, el agua desperdiciada desbordando en las acequias. En la calle jentes atrafagadas, silenciosas, corriendo con las manos en los bolsillos, sin duda para ocultar en ellos, los revolvers; ni ruido, ni gritos, ni paseantes, ni cigarros, ni cafées, y hasta donde alcanzaba mi vista no se veia un solo ajente de policía, un solo jendarme. ¡No habia remedio! estaba en América, desconocido, solo, en un pais sin gobierno, sin leyes, sin ejército, sin policia, en medio de un pueblo salvaje, violento y codicioso. ¡Era hombre perdido!

Mas abandonado, mas desolado que Robinson despues de su naufrajio, me dejé caer sobre un sillon que inmediatamente se puso á hacerme bailar. Levantéme temblando, me buscaba en el espejo, ¡ay! y no me encontraba. Estaba frente á mí un hombre flaco, de frente calva, sembrada de algunos cabellos rojos, con el rostro descolorido, rodeado de flamíjeras patillas que caian hasta los hombros. ¡Hé ahí lo que la malignidad de la suerte hacía con un Parisiense de la Chaussée-d’Antin! Estaba pálido, mis dientes rechinaban y el frío me llegaba á la médula de los huesos. Séamos hombres, esclamé, tengo una familia y el nombre francés que sostener. Es necesario recobrar sobre mis sentidos el imperio que pierdo. La adversidad es la que hace los héroes!

Quise llamar; no habia campanilla: apercibí un boton de cobre que empujé á la ventura. De repente apareció Zambo, como esos diablos que salen de una caja, y sacan la lengua al saludar.

—Fuego, grité, traed me fuego, quiero una gran lumbre en la chimenea.

—¿El amo no tiene fósforos? dijo Zambo, mostrándome los avíos de encender sobre la chimenea. ¿El amo no puede agacharse? agregó con tono irónico. En seguida dando vueltas á un tornillo en la parte inferior de la chimenea y aplicando un fósforo á la leña de fundicion, hizo rutilar mil lenguas de fuego.

—¡Es permitido, ¡buen Dios! esclamó al salir, incomodar al pobre negro que está tomando el sol?

—Pueblo salvaje, murmuré yo, aproximándome al fuego y reanimándome al sentir su calor suave é igual; pueblo salvaje, que no tiene ni palas, ni tenazas, ni fuelles, ni carbon, ni humo; pueblo bárbaro que no conoce siquiera el placer de atizar el fuego. Dar vueltas á un tornillo para encender, estinguir ó arreglar el fuego, es verdaderamente la obra de una raza sin poesía, que no deja nada á lo imprevisto, y que tiene miedo de perder un minuto, porque el tiempo es dinero.

Luego que me hube alentado, pensé en mi tocador. Tenía delante de mí, una mesa de jacaranda atestada de cabezas de cisnes de cobre y de otros adornos de mal gusto; pero adornada de esas porcelanas inglesas que regocijan la vista por la riqueza del colorido y del dibujo. Habia sobre esta mesa, y en profusion, cepillos, esponjas, jabones, vinagres, pomadas, etc., pero ni una gota de agua. Oprimí de nuevo el boton; Zambo entró mas atufado que á la salida.

—Agua caliente y fria para vestirme; pronto, estoy de prisa.

—Esto es demasiado, esclamó Zambo; el amo no puede dar vueltas á la llave del agua fría y á la llave del agua caliente que están en el rincon? Palabra de honor: esto es echarlo á uno; mi no puede continuar sirviendo á un amo que no vé jota. Y salió dándome con la puerta en los hocicos.

—Agua caliente á todas horas y en todas partes, es cosa cómoda; pero es el invento de un pueblo que no piensa mas que en su confort; gracias á Dios, nosotros no hemos llegado á este punto. Pasarán un siglo ó dos antes que la noble Francia descienda á este esmero de molicie, á este aseo afeminado.

Nada refrezca tanto las ideas, como el hacerse la barba. Despues de haberme afeitado, me encontré otro; comencé hasta á reconciliarme con mi cara larga y mis dientes de adelante. Si tomara un baño, dije para mis adentros, acabaria de calmarme,—podria afrontar, con mas coraje, la vista de mi mujer y de mis hijos: ¡ay de mí! quien sabe si no están mas cambiados que yo!

Llamé:—Zambo se presentó de nuevo, con el rostro descompuesto.

—Amigo mio: ¿dónde hay un establecimiento de baños en la ciudad? Enseñadme el camino.

—Un establecimiento de baños, amo, ¿para qué?

Me encojí de hombros.—Imbécil, para bañarse, por lo menos.

—El amo quiere tomar un baño, dijo Zambo, mirándome con una sorpresa mezclada de espanto. ¿Es para eso que el amo me hace venir desde el fondo del jardin?

—Sin duda.

—Esto es demasiado, gritó el negro tirándose de las motas. Cómo! hay una sala de baño al lado de cada dormitorio, y el amo hace subir á Zambo para decirle: “Mi amigo, ¿dónde puede uno bañarse?” No se burla uno así de un americano.

Empujando una puertita oculta bajo la tapicería, el negro me hizo entrar en un gabinete elegante, donde habia una bañadera de mármol blanco.

—Vamos, Zambo, murmuré con tono furioso y cómico á la vez, dá vuelta la llave para el Amo: llave del agua fria, llave del agua caliente; revuelve el baño, pon las sábanas á calentar; haz de nodriza, Zambo; el amo no sabe servirse de sus manos.

No tenía otra cosa que hacer sinó callarme, dejaba á Zambo exhalar su furia y no queria que me sacara la lengua; pero, en mis adentros, maldecia estas horribles casas americanas, moradas insociables, verdaderas prisiones, de las que no se puede salir, puesto que en ellas se encuentra á la mano, todo lo que en Paris tenemos el placer de ir á buscar fuera de casa, á mucho precio, es cierto, pero muy lejos.

CAPITULO IV.
En casa.[10]

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Una vez fuera del baño sin haber conseguido calmarme, descendí muy pensativo la escalerita que conduce al piso bajo. ¿Qué habian hecho de mi casa? ¿Bajo qué máscara iba yo á encontrar á mi familia? Entré al comedor, no habia nadie; pasé al salon, ni un alma. Mientras esperaba, me entretuve en mirar las dos habitaciones, con el objeto de habituarme al aspecto de mi nuevo alojamiento.

El comedor, además del alfombrado, tenia por único adorno un viejo y pesado aparador de jacarandá cargado de tasas de la China y de teteras de metal inglés, mas brillante que la plata. En frente al armario, habia tres grabados mediocres. Al centro, Penn tratando con los indios bajo el álamo de Sthakamaxon; á la derecha el retrato de pié de Washington con su caballo y su negro; á la izquierda, la imájen del soberano pro-tempore, el honrado y viejo Abád, en otras palabras, el honorable Abraham Lincoln, antiguo constructor de cercados,[11] presidente, hoy dia de los Estados Unidos.

¡Hé ahí, esclamé, los jénios protectores de mi nuevo hogar, del hogar de un francés educado en el culto de la fuerza y del éxito! Un cuácaro pacífico, un jeneral que pudiendo ser emperador del Nuevo Mundo, se rebaja hasta el punto de ser el primer majistrado de un pueblo libre, un artesano que llega á ser abogado á fuerza de trabajo, y por casualidad.—Presidente de su pais,—tales son los héroes de la América. En esta tierra semi-salvaje la moral de los paisanos es la misma de los grandes hombres. ¿Qué puede esperarse de una nacion que tiene semejantes preocupaciones? ¡No es ella, por cierto, la que le dará un César al mundo! En la sala habia un piano de palisandra, un escritorio recargado de papeles y una biblioteca llena de libros. Tres ó cuatro Biblias figuraban entre las obras de Francisco Quarles, de Bunyan, de Jeremías Taylor, de Law, de Jonathan Edwards, de Channing, toda jente muy honrada sin duda; pero cuyos nombres leia por vez primera. No pasé adelante: la teolojía me desagrada hasta en las noches de insomnio. Seguian algunos historiadores y moralistas, Franklin, Emerson, Marshall, Washington-Irving, Prescott, Bancroft, Lothrop-Motley, Tiknor; á continuacion algunos romances sérios, y una multitud de poetas ingleses, americanos, alemanes, y hasta españoles. ¿Y la Francia dónde estaba? Ay! por todo representante de la patria no encontré mas que un Telémaco, con la pronunciacion figurada ó mas bien desfigurada en inglés. Y pensar que un dia para celebrar quizá el natalicio de su padre, mi hija, mi querida Susana, me recitaria con sus lábios seductores el: Calepso ne povait se connsolére diou départe d’Youlis! Despechado arrojé el libro y pasé al jardin: era un pedacito de tierra rodeado de cuatro paredes, cubiertas de yedras y madreselvas; sembrado de lilas, rosales y flores desconocidas; en el fondo habian un invernáculo pequeño y un kiosco chinesco; abrigo cómodo para tomar el té, fumar un cigarro ó contemplar las estrellas. En el jardin no habia nadie, si se esceptúa á Zambo, tendido como una estátua de bronce sóbre una mesa de mármol blanco. El negro roncaba con el rostro vuelto hácia el sol y cubierto de moscas, descansando de las crueles mortificaciones que yo le habia causado. El bribon se aprovechaba de estar á mi servicio, para no hacer nada y dormir á pierna suelta.

Comenzaba á intrigarme este paseo solitario en los dominios de la Bella del Bosque durmiente; iba á despertar á Zambo para tener el placer de reñir con un cristiano, cuando escuché voces que salian del bajo piso, ó como dicen los Franco-Americanos en su patria, del basement, palabra que faltará durante mucho tiempo al diccionario de la Academia.

Despues de haber descendido algunos escalones, apercibí al fin en una espaciosa cocina á dos mujeres, que no sintieron el ruido de mis pasos, tan atareadas estaban. Una de ellas, la que me daba la espalda, pero á quien reconocí por la voz, era mi querida Jenny, la madre de mis hijos; la otra, á quien recien iba á conocer, enorme criatura, rubia, de cinco piés y ocho pulgadas de estatura, y con aspecto mas bien de granadero escocés que de hija de Eva, era Marta, la cocinera, natural de Pensylvania, y tunkeriana ó tunkerista de relijion, cosa parecida á cuácara; escelente persona que resongaba á toda hora y no tenía mas defecto que tratar de pagano ó de publicano á cualquiera que usára botones en el vestido ó en la levita. Para esta alma exaltada, el símbolo del cristianismo no era la cruz, era el broche.

A juzgar por la gravedad de las dos mujeres, y por las palabras que con tanta vivacidad cambiaban, llevaban á cabo en aquel momento una gran obra culinaria. Jenny (¿era en efecto madama Lefebvre?) ataba dentro de una servilleta, una masa disforme de reposteria, colocándola con cuidado en una cacerola llena de agua. Marta, á su vez, encerró la preciosa vasija en un horno de hierro, colocado en un costado de la cocina. Era de construccion monumental, con pisos como una casa, y no sé cuantos cajoncitos y alacenas de donde se escapaba el vapor. Horno para cocer, lavadero, asadores, sartenes, agua y aire calientes, y cuanto es necesario, todo se encontraba en este horno mónstruo, que tenia una inscripcion, á manera de arco de triunfo:

G. Chilson’s cooking Range Boston[12].

Dudo que el mismo Satanás, con los recursos de que dispone, haya inventado nunca una hornaza mejor calentada que esta.

Cuando todo estuvo en su lugar, despues de haber movido y alineado un ejército de calderos y calentadores, volvióse mi mujer, dando un grito de placer al verme.

—Buenos dias, amor mio, me dijo, creo que habeis pasado una buena noche. ¿Veis vuestros preparativos? es un pudding como aquel que encontrásteis tan bueno, dias pasados. Acabo de pisarlo y amasarlo yo misma. Sé mejor que Marta, lo es de vuestro gusto. Espero que estareis contento como yo y que me recompensareis todo el trabajo, ó mas bien todo el placer que me tomo por serviros.

Diciendo esto, acercóseme cuanto pudo poniéndome la frente. ¡Cosa rara! era mi mujer, y, sinembargo, no era ella. El mismo rostro, las mismas facciones, salvo la punta de la nariz que habia enrojecido un poco; pero no sé que de límpido y de tranquilo en la mirada, de dulce en la palabra, de afectuoso en la fisonomia, que jamás habia notado en nuestros tiempos matrimoniales del viejo París. Me sentia amado, cuidado, esto hará retozar mi corazon. Por eso, sin inquietarme de la presencia de Marta y de mis veinte años de casado, abrazé tiernamente á Madame Lefebvre, quiero decir, Mistriss Smith. Perdonadme esposos parisienses, ¡yo estaba en América!

—Marta, dijo mi mujer quitándose un delantal de cocina, y bajando su vestido de seda, que habia suspendido, atándolo por detrás. Marta, ireis á casa de Mr. Green. Su último café no era bueno, era del Brasil, á mi marido no le gusta sino el de Mauricio, escojed un grano pequeño y redondo, que yo misma lo tostaré. He visto en el mercado las primeras fresas, comprad algunas, lo suficiente para poner dentro de una de esas tortas que haceis tan bien y que mi marido y mis hijos comian con tanto placer el año pasado. Decidle á Hoffman el floricultor que en todas partes hay claveles, escepto en nuestro jardin, y que mi marido espera las tres variedades nuevas que me ha prometido. No olvideis tampoco los lirios que he escojido para Susana, y los jeránicos para Enrique. En fin, tomad en la libreria, el último discurso del reverendo doctor Bellows, sobre el estado de la nacion. Es una obra elocuente y patriótica y mi marido nos la leerá esta noche, ¡él que lee tan bien! Esto nos divertirá á los niños y á mí!

¡Cuán débiles somos! sentiame atraido y encantado por esta música nueva, en la que á cada compás aparecia mi nombre y el de mis hijos. En París, en Francia, eran otras notas, las que yo oía. Mi mujer tenia todas las virtudes; pero su estremada modestia me hacia la vida un poco insoportable. Hacer lo que todo el mundo, era la divisa de Madame Lefebvre: Dios sabe, lo que me costaba el no diferenciarnos. Para estar hospedados como todo el mundo, habitábamos un departamento, á ciento diez escalones de altura, en un hotel, digno de un príncipe, es cierto, y cuyo portero tenia un sirviente y un limpia suelos. Para estar servidos como todo el mundo teniamos un lacayo, enorme pícaro borrado y embustero, gran bribon con pantalones de pana y chaleco rojo, que me costaba muy caro y me servia en todo al revés, no dejándome vestir, ni comer ni beber á gusto. Para vestirnos como todo el mundo necesitaba mi mujer y mi hija, trajes de un precio loco, crinolinas que ocupasen cada una, una carroza entera, no dejándome lugar sino en el pescante. En fin para figurar donde vá todo el mundo, tenia yo que andar trás las invitaciones, y sonreir á jentes que despreciaba en mi corazon, con el mas soberano desprecio. Era la práctica. El buen tono queria que se adorára á la fortuna y que se arruinára uno por aparecer. Por mi parte, buen cuidado tenia de no separarme de la buena sociedad. Hubiera sido una orijinalidad: vicio de pésimo gusto, que la Francia deja á los Ingleses.

Desempeñábamos, gracias á mi mujer y á sus sabios consejos, con decencia, asi lo creo al menos, un rol difícil. Las jentes que nos veian en el bosque en todo tiempo, y á la misma hora debian hacernos justicia. Me atrevo á decir que sosteniamos nuestro rango en París, y que llevábamos con honor la vida mas ocupada que pueda imajinarse: hariamos veinte visitas todas las mañanas, y no faltábamos á ninguna reunion. Todo esto era bueno; pero—¿es necesario que lo confiese? en un pais salvaje, mi naturaleza ruda recobraba su poder. Estaba contento porque ya no oia hablar de todo el mundo. Me gustaba que mi mujer no se ocupase mas que de mí, y no viese nada mas allá de su marido, de sus hijos y de su casa. Me sentia rey de mi morada y estaba tan contento con mis súbditos que al subir la escalera, pasé mi braso al rededor de la cintura de Jenny, y abracé á mi mujer por segunda vez; lo que la hizo ruborizarse prodijiosamente:

—For shame, mister Smith[13], murmuró con un tono que me hizo creer que ella y yo habiamos rejuvenecido veinte años.

CAPITULO V.
Sin dote.

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Mientras que Zambo se cansaba de dormir, y mi mujer y Marta preparaban la mesa y servían el almuerzo, púseme á leer el Paris-Telegraphe, enorme y barato diario que llevaba por lema estas palabras estúpidas: The world is governed too much: el mundo está demasiado gobernado. El tono grosero de esta hoja me desagradó. ¡A Dios gracias!—á nosotros nos dan mejor educacion.—No es á nosotros, á quienes un gobierno protector del buen gusto, dejaria tomar la odiosa costumbre de llamar: un chat, un chat, et Rollet un fripon.

¿Quién creeria, por ejemplo, que el Paris-Telegraphe se atreviera á herir con el epíteto de ladron y hasta de asesino á un millonario honrado que, por un error, escusable sin duda, habia suministrado al ejército del Norte unos sesenta mil pares de calzado, cuyas suelas eran de carton y habian resistido mal á la humedad de los vivacs? ¡Y haga uno negocios en un pais, donde se respetan tan poco las grandes especulaciones!

Todo el diario estaba escrito en ese tono deplorable. Nada escapaba á las invectivas de aquel folletinista insolente, de aquel gacetero miserable. Tal ley era abominable porque trababa la libre accion de los ciudadanos; tal majistrado era un Jeffries ó un Laubardemont, porque hacia caer en un lazo inocente al pícaro que se fiaba en la justicia; tal municipal era un Verrés ó un nécio, porque concedia á accionistas bien entendidos un monopolio ventajoso para todo el mundo, como son siempre todos los monopolios. Tomaos la molestia de gobernar á los hombres, para recibir diariamente semejantes vejaciones.

Pamfletista desgraciado, me dije yo, si hubieses tenido el honor de vivir en el pueblo mas amable y mas ilustrado de la tierra, sabrias desde que naciste, que criticar la ley, el juez ó el funcionario, es crímen de lesa-majestad social. La infalibilidad de las autoridades, es el primer dogma de un pueblo civilizado. Maldito sea el inventor del diario, y sobre todo, del diario libre y barato! La prensa es como el gas; una luz que os quema la vista, al mismo tiempo que os envenena.

—¿Porqué no se sirve el almuerzo? pregunté bruscamente á mi mujer, con el objeto de disipar estas ideas desagradables—¿En dónde están los niños? ¿Porqué no bajan?

—Han salido, amigo mio, y no tardarán en volver. Enrique pronuncia esta noche su primer discurso en la Academia de los jóvenes lectores; y ha querido asegurarse de la sonoridad de la sala, antes de hablar en público.

—¿Sobre qué tema perorará esta noche nuestro Ciceron de diez y seis años?

—Hé aquí un borrador, dijo Jenny, pasándome con el orgullo de una madre un papel lleno de palabras sub-rayadas, de interjecciones, de pausas y de esclamaciones.

El título, escrito en grandes caractéres, me pareció mas respetable que claro.

De la moralizacion de las mujeres, consideradas como educadoras del jénero humano.

—Cuélgate, Querubin, esclamé yo; ¡el mundo se acabará á fuerza de virtud! A los diez y seis años, si en algo pensábamos nosotros, no era por cierto, como el señor mi hijo, en la moral....

—Amigo mio, me dijo Jenny.... Su voz me detuvo de golpe, y tan á tiempo que me mordí la lengua á la mitad de una palabra, y me sentí ruborizar á pesar mio.

—Amigo mio, continuó mi mujer, que no se habia apercibido de mi turbacion: creo que se prepara un cambio en la situacion de Enrique. Todos los dias me repite, que hace mucho tiempo que está á nuestro cargo y que esto debe fastidiar al gobernador....

—¿Qué significa eso de gobernador?

—¿No lo sabeis? es el nombre amistoso que nuestros hijos dan á su padre. En dos palabras, Enrique quiere tomar una profesion.

—Paciencia, señora Smith, tenemos tiempo. Ese cuidado me toca á mí.

—Amigo mio, nuestro hijo ha cumplido ya diez y seis años: todos sus camaradas tienen una posicion, es necesario que se abra camino. Conversad con él sobre esto: tiene completa confianza en vos, y nadie puede dirijirlo mejor.

Púseme á pasearme de un lado á otro, mientras mi mujer miraba por la ventana, si volvian ya nuestros hijos.

¡Oh hijo mio!—decíame yo,—si, el cuidado de establecerte me pertenece. Hace mucho tiempo que todo lo he dispuesto para tu éxito. No fué inútilmente que diez y seis años há, escojí para padrino tuyo á mi amigo Regelman, entonces subjefe; y hoy dia jefe de oficina en el Ministerio de Hacienda, Seccion de Aduanas. Si, mi querido Enrique, de antemano, sin saberlo tú, eres candidato para pretender el supernumerariato del Ministerio de Hacienda. Dentro de dos dias serás bachiller; y dentro de tres años, si pasas felizmente tres ó cuatro concursos y eres protejido vigorosamente, tu Marcellus eris!—Te veo ya, sub-jefe, á los treinta y cinco años, disfrutando de dos mil cuatrocientos francos, y condecorado como lo fué tu padrino; te veo como tu modelo, dulce, humilde, político, complaciente con tus jefes; severo, tieso, majestuoso con tus subordinados; y elevándote de grado en grado hasta la direccion del personal. A los cincuenta años, si nada engaña á la orgullosa ilusion de un padre, tu serás el terror y la esperanza de diez mil fracs verdes. ¡Qué fortuna! ¡y qué porvenir!

—Ahí está Enrique, esclamó mi mujer, que habia permanecido en la ventana. Conversa con M. Green.—Estoy segura que le pide un buen consejo,—algo mas quizá.

—¿Qué decis, querida mía?—¿Green, el especiero? ¿Mi hijo conversa con esa jentuza?

—¡Jentuza! replicó mi mujer con aire de sorpresa. M. Green es un hombre honrado, un buen cristiano, respetado universalmente. Vale trescientos mil dollars, y hace el mejor uso posible de su fortuna que debe á su trabajo.

¡Perfectamente! esclamé yo. Bienaventurado pais en donde los especieros son millonarios, dan consultaciones como los abogados, sino dan colocaciones, como los ministros. Solicite pues, mi hijo, á S. E. el Sr. de las ciruelas en conserva y de la Melaza. Pero, llamad á Susana; supongo que no espera nada del honorable M. Green.

—Susana, está en su leccion de hijiene y de anatomía.

—De anatomía, ¡gran Dios! Mi hija, á los diez y nueve años, aprende anatomía—¡Si tambien disecará!

—¿Qué teneis, amigo mio?—repuso mi querida mujer, con una tranquilidad que me volvió el alma al cuerpo. Susana tendrá hijos algun dia. ¿Quereis que los crie y los cuide á tientas, sin conocer su constitucion? ¿No habeis repetido cien veces en su presencia que el estudio del cuerpo humano, hace parte indispensable de toda buena educacion?

—¿Cual es el médico á cuya prudencia se confia el cuidado de enseñarla anatomía á las jóvenes?

—Es la señora Hope, una de nuestras celebridades médicas.

—¡Mujeres médicos! ¡Oh Moliére! ¿donde estás? Qué ¿en este pais hecho al revés de los demas, no son los hombres los que cuidan á nuestras madres, á nuestras esposas é hijas? Son tambien mujeres las que partean á las señoras de la buena sociedad? Eso no se hace en parte alguna; eso es indecente, señora Smith,—¡indecente!

—Yo hubiera creido lo contrario, amigo mio; pero vos sabeis mas que yo. ¿De manera que si alguna vez nuestra hija tuviese una de esas indisposiciones, graves ó no, que una mujer en su pudor se atreve apenas á confesarse á sí misma, querríais mas bien que se llamára á un médico?

—Nada de eso; me comprendeis mal, querida mia. Queria decir solamente que hay antiguas prácticas que son respetables como todos los viejos errores. Es decir.... no; otro dia os esplicaré eso. ¿Quién acompaña á Susana á esa leccion de anatomía?

—Nadie.

—¿Cómo nadie? ¿Mi hija que solo tiene diez y nueve años y es bella como un ánjel, recorre las calles sola y sin un acompañante de respeto?

—¿Por qué no ha de hacer ella lo mismo que sus compañeras? ¿Qué peligro puede amenazarla? ¿Os imajinais que haya en América un hombre tan criminal ó tan loco como para faltar al respeto debido á la juventud y á la inocencia? Padres, maridos, hermanos ó hijos, todos los brazos se alzarian para herir al miserable; pero jamás se ha visto en este noble pais semejante indignidad.

Esas son miserias y vicios que es necesario dejar al viejo continente.

—Por otra parte, agregó mi mujer con su dulce sonrisa, creo bien cuidada á Susana. Alfredo, el último hijo de M. Rose ha vuelto de las Indias. Le he visto ayer paseándose con su padre y sus ocho hermanos. Nadie me quitará de la cabeza que Susana y él están comprometidos hace mucho tiempo.

—¡Comprometidos! ¿Mi hija enamorada del noveno hijo de un boticario? ¿Y es su madre la que me anuncia friamente una noticia de ese carácter?

—¿Por qué no habria de casarse con el que ella ama? me dijo Jenny fijando en mí sus hermosos ojos azulas. Amigo mío ¿no es eso lo que yo he hecho? ¿Me he chasqueado? ¿estais acaso arrepentido?

—¿Pero qué carrera, qué fortuna posée ese jóven?

—Estad tranquilo, amigo mio; Alfredo es un caballero. No se casará con Susana mientras no tenga una posicion que ofrecerla. Susana esperará diez años, si es necesario.

—¿Y la dote señora Smith, habeis pensado en la dote? ¿Sabeis lo que quiere ese jóven galan que compromete á nuestra hija? ¿Sabeis lo que nos es posible hacer y qué parte tendremos que sacrificar de nuestro diminuto haber?

—No os comprendo, Daniel. ¿Vendemos acaso á nuestra hija? ¿Es necesario pagar á un jóven, á un enamorado, para que se decida á aceptar por compañera, á una jóven encantadora, cuyo aspecto regocija y que es tan buena como bella? ¿Dónde habeis adquirido esas estrañas ideas, que os oigo por vez primera?

—¡Sin dote! esclamé yo, ¡en un pais donde de la noche á la mañana todo el mundo está de rodillas delante de un dollar!

—En América, amigo mio, uno se ama, se casa porque ama y es feliz toda la vida repitiéndose el uno al otro que se ha escojido por amor. Cada uno lleva en dote su corazon, y espero que, en una nacion libre, jóven y jenerosa como la vuestra, no se conocerá jamás otro dote.

—Sin dote, decíame yo, ¡sin dote! Harpagon tenia razon, esto cambia las cosas. El matrimonio no es ya un negocio. Rica ó pobre, la novia estará segura de que la aman, que se casan con ella y no con su dinero. El padre que dé temblando á su hija no tendrá que temer á lo menos, que la entrega á un especulador innoble. ¡Sin dote! Los pueblos bárbaros tienen algunas veces, sin saberlo, ciertas delicadezas que harian honor á nuestra civilizacion.

—Hé aquí á Susana, esclamó mi mujer, que habia vuelto á ocupar su puesto de observacion. Alfredo está con ella,—lo habia adivinado.

Corrí á la puerta. Mi hija, mi querida Susana, ¡estaba mas bella que nunca! Sus largos cabellos rubios que caían formando bucles sobre sus hombros, su mirada risueña, su aire altivo, su andar mesurado la daban nuevos encantos. Era la inocencia del niño y la gracia de la mujer. Saltóme al cuello como una loca. La estreché con transporte sobre mi corazon y la llevé en mis brazos hasta el comedor.

Solamente allí apercibíme de que Susana no habia entrado sola en casa. Estaba junto á ella el mónstruo que venia á arrebatarme mi alegria y mi felicidad. Susana le tomó de la mano y me lo presentó de la manera mas natural.

—M. Alfredo Rose, querido papá—¿no le reconoceis?

¡Demasiado que lo reconocia! ¡Era encantador el miserable! Suspiré y dí un apreton de manos á aquel futuro yerno; que queria hacerme el honor de escojerme por suegro sin tomarse siquiera la molestia de consultármelo.¡ Sin dote! bastaba esto para que se creyera con derecho á casarse con la mujer que amaba.

Hablad pues de decoro á estos bruscos que van siempre recto á su objeto.

CAPITULO VI.
En donde se hace conocimiento con M. Alfredo Rose y el vecino Green.

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Mientras que Alfredo y yo permaneciamos el uno frente del otro, silenciosos ambos y mirándonos, las dos mujeres conversaban entre sí en voz baja y con estrema vivacidad. La madre sonreía, la hija tenia los ojos suplicantes.

—Amigo mio, dijo Jenny tomando á los jóvenes de la mano, hé aquí dos niños que, con la ayuda de Dios, quieren formar una familia cristiana y os piden vuestra bendicion.

—Mi bendicion! Yo he visto al Papa Pio IX, bendecir á Roma y al mundo, con esa dulce majestad que hace caer de rodillas á los incrédulos; he visto á obispos piadosos bendecir la inocencia y el fervor de la primera comunion. Eso era grandioso y bello: era la santidad que se espandia. Pero yo, pecador, no me sentia con derecho para bendecir, siquiera á mis hijos. Abrazé á Susana, abrazé á Alfredo, junté sus manos con las mias y lloré.

Eran tan felices los ingratos, que no vieron mis lágrimas, y así escapáronse de mis brazos para correr hácia Jenny, que les recibió alzando la voz:

—Que el Dios de Abraham y de Sara, díjoles, que el Dios de Isaac y de Rebeca, de Jacob y de Raquel os bendiga, hijos mios, y os dé una vida cristiana.

—Amen, respondió una voz cuya gravedad me hizo temblar. Era Marta que se aproximaba con la mirada y el jesto de un profeta.

—Hombre, dijo, toma á esta mujer delante de Dios; mujer, toma á este hombre delante de Dios, en la buena y en la mala suerte, en la salud como en la enfermedad, en la vida y en la muerte. No lo olvides, el Eterno lo recordará.

—No, ciertamente, no lo olvidaré jamás, esclamó Alfredo levantando el brazo, pongo al Señor por testigo.

Lo confesaré para mi verguenza! apesar de la escelente educacion que he recibido en Francia, y aunque se me habia habituado á no tratar sériamente sino las cosas festivas, me sentí conmovido hasta el fondo del alma, por la solemnidad de este compromiso. Me parecia que mi hogar se hacia sagrado como el de Abraham, y que Dios, invisible y presente, descendia para bendecir la union de mis hijos.

La entrada de Zambo disipó estos sérios pensamientos. Habia arrasado el jardin y el invernadero para poder ofrecer á la novia un ramo enorme. Acompañó su obsequio de jestos tales y de cumplimientos tan burlescos, que me eché á reir contra mi voluntad.

—¿Cuándo la boda amito? preguntó el negro. ¿Mañana, pasado mañana, dentro de ocho dias? Zambo quiere cantar, Zambo quiere bailar.

—Susana, esclamé mirando á mi hija, no está fijado el dia!

—Mi buen padre, esperamos vuestras órdenes respondió la señorita mi hija, con una falsa modestia que me hizo suspirar.

—Y no esperamos mas que eso, dijo Alfredo, he alquilado y amueblado una casa, cerca de aquí; en la esquina de la avenida décima cuarta. Todo está dispuesto para recibir á la que me hace el honor de compartir mi fortuna y mi nombre.

—Hijo mio, le dije á Alfredo, y este nombre de hijo me ahogó al salir, Susana os ha escojido, nosotros os adoptamos con los ojos cerrados; pero perdonad á la lejítima curiosidad y á la inquietud de un padre. ¿Desde cuándo amais á mi hija?—Y ya que hablais de fortuna—¿cuál será vuestra situacion, la de ambos, en esa casa cuya felicidad nos toca tan de cerca?

—Deciros desde cuando amo á Susana, me sería difícil; respondió el jóven. Me parece que la amé desde que nació.—A no dudarlo, la amaba ya cuando íbamos juntos á la escuela comun, y corriamos á lo largo del camino, ella era una criatura y yo casi un adolescente. Despues de ese tiempo, tantas veces hemos jugado, hablado y orado juntos; la he visto siempre alegre, buena, amable, y tantas veces hemos conversado sin rebozo, tantas veces he podido apreciar toda la belleza de su alma, que ha llegado un dia en que he comprendido que Susana era la mujer que Dios en su bondad me habia deparado.—Cuando Susana tuvo diez y seis años, le pedí me aceptára por esposo, nos comprometimos, y hé ahí toda la historia de nuestros amores.

—De manera, dije yo suspirando, que es la estimacion y la amistad la que os han conducido á eso que vosotros llamais amor—¿Nada de súbito, nada de fulminante: ni poesía, ni pasion?

—Tengo veinte y cuatro años, dijo el jóven, y amo á Susana. Nunca he amado, ni amaré á otra que no sea ella; la estimo mas que á nadie en el mundo; la quiero mas que á mi mismo: ¿es cordura, es pasion?—no lo sé; pero espero que Susana no me pedirá esplicaciones, y que me permitirá que la ame del mismo modo hasta mi último dia.

—Perfectamente, hijo mio; sois un sábio; sereis feliz, como mereceis serlo y tendreis muchos hijos. Entretanto hablemos de dinero.

—Yo no tenia fortuna, dijo Alfredo, y eso aplazaba bastante nuestros proyectos. Tenia veintiun años y estaba decidido á hacer carrera rápidamente,—no dudaba del éxito.

—¿Contaríais sin duda con protectores poderosos? ¿con la promesa de un buen puesto en el gobierno? ¿Vuestro padre quizá habia comprometido en vuestro favor al primo de la prima de algun Senador?

—No; tenia mi cabeza y mis brazos, respondió, Alfredo y la divisa de todo Yankee verdadero: Go ahead! never mind; help yourself: Adelante! y sin cuidado; ayúdate á tí mismo: esto vale mas que un apoyo estraño. En un país que se engrandece tan velozmente como el nuestro, todo hombre que no es un necio y que tiene voluntad, concluye por encontrar una buena veta. Empleado como químico en casa de un rico comerciante de índigo, oía á mi patron quejarse á menudo de que los buques espedidos á la India iban siempre á media carga. Encontrar un nuevo artículo de flete, era la idea fija de nuestros armadores. Descubrí uno, en el que nadie habia pensado y que tenia asegurado su despacho: era el hielo. Jamás se proveerá cantidad igual á la que puede consumir la India. La dificultad estaba en poder conservarlo durante el camino. Era un problema que debia resolverse. Gracias á mi padre he sido educado en un laboratorio; la física y la química han sido mis primeros entretenimientos. Para aislar mis témpanos de hielo, necesitaba un cuerpo mal conductor del calórico. Ensayé el serrin, que no tiene valor alguno entre nosotros. El descubrimiento estaba hecho: faltaban solo los capitales.

Encontrar dinero para poner en ejecucion una buena idea es cosa fácil en América, pensé en M. Green, que hace grandes negocios en arroz, café, especias é índigos. Tuvo confianza en mí y arriesgó una espedicion. Partí para Calcuta con mi cargamento; no tuvimos merma en el camino, y vendí mi hielo de modo á ganar el flete de ida y vuelta; y he vuelto despues de haber establecido allí un mercado ventajoso para veinte años. A mi llegada tuve ocho mil dollars por mi parte, y vedme al frente de la casa Green, Rose y compañia. El éxito es seguro. Puedo descontarlo hoy dia mismo, si quiero. Diez ó doce mil dollars por año: hé ahí lo que por lo pronto puedo ofrecer á Madama Alfredo Rose, esperando mejor suerte.

—Sesenta mil francos anuales! esclamé, qué bella cosa es el comercio, cuando sale bien! Miré de mas cerca á mi yerno y le encontré cierto aire de jénio. En la frente y en la parte inferior del rostro tenia algo de Napoleon.

Habia olvidado completamente la botica de su señor padre, cuando Zambo nos anunció á Mr. Rose que venia á tomar parte en el regocijo jeneral. Por estimable que fuera el exelente hombre, no era un boticario el suegro que yo ambicionaba para mi hija: habia soñado con un sub-prefecto; pero qué hacer en un pais primitivo que no ha conquistado todavia esa centralizacion que la Europa nos envidia?

Con M. Rose entró M. Green, seguido de Enrique. Reconocí al boticario en ese aire médico que jamás se pierde; pero el especiero con frac negro y corbata blanca era para mí un mónstruo desconocido. Su lenguaje y sus maneras no eran menos raras que su traje. Green, el vendedor de aceite y de café, hablaba con la autoridad y la sangre fria de un hombre que cuenta los millones por los dedos.

—Vecino, díjome, con afectuosa bonhomia, héme aquí medio de la familia por este jóven, vuestro yerno y mi socio. No quedaremos ahí. Enrique ha venido á verme: es un muchacho intelijente y que me agrada. He encontrado una colocacion para él. Alfredo se hace sedentario: no se casa uno para correr el mundo. Necesitamos entre tanto una persona de confianza en Calcuta. He pensado en Enrique, apesar de ser tan jóven. Nunca entra uno demasiado temprano en los negocios. Tres años de residencia en las Indias le formarán. Le daremos una parte, que si él trabaja, subirá de cuatro á cinco mil dollars por año. Vos me confiais un niño, y yo dentro de tres años os volveré un hombre.

¿Qué decis de mi proyecto? ¿os sonríe tanto como á Enrique?

—Oh hijo mio! me dije yo, habia soñado otro porvenir para tí. Quizá este te convenga mas; quizá no tengas ni el jénio de la política, ni la flexibilidad necesaria para elevarte al rango de jefe de oficina. El dado está tirado, serás millonario!

Dí las gracias á Green, quien me dijo al oído:

—Vecino, no pararemos en esto. Conoceis á Margarita, mi duodécima hija, chiquilla encantadora, que ya tiene diez años y el talle redondo como una muñeca. Tengo la idea que dentro de seis ó siete años haremos de ella la señora de Smith. Pensaremos en el jóven y en su fortuna; contad conmigo.

Esto era demasiado! Yo, el doctor Lefebvre, yo un sábio, un bourgeois en mi pais, convertido así en aliado de un especiero, y debiéndole favores!

Es cierto, amo la igualdad: soy francés, y tengo por evanjelio los principios de 1789. Que proclamen esta igualdad y la anuncien en todas partes, lo exijo; que la pongan en nuestras leyes, lo consiento: las leyes no se aplican jamás; pero que se haga descender esa igualdad á nuestras costumbres, nunca! El hombre que no hace nada estará siempre arriba del que se ensucia los dedos trabajando.

Iba á romper el encanto y á rehusar esa fortuna pérfida, cuando por invitacion de mi mujer, cada uno de nuestros vecinos aceptó una tajada de jamon y una taza de té....

—Daniel, me dijo Jenny, estamos todos en la mesa, decid la bendicion.

—Querida mia, estoy tan conmovido que no sé lo que hago.—Ocupad mi lugar y hablad por mi.

—Dios mio, dijo Jenny, bendecid esta casa y á todos los que están en ella. Bendecid sobre todo á los que se alejan, y que entre ellos, Señor, no halleis sino corazones puros y obedientes.

Todos respondieron: Amen, con voz tan sincéra que el curso de mis ideas se trastornó. Miré á mis amigos, á mis hijos, á mi mujer: á Green que con tanta simplicidad hacia la fortuna de mi familia: á Enrique, que á los diez y seis años, con la resolucion de un hombre y el ardor de un niño, queria conquistarse á fuerza de trabajo un puesto en el mundo y no retrocedia ni ante el peligro ni el destierro; á Susana y Alfredo que se amaban con un amor tan tierno y tan puro, á mi mujer en fin, mi buena Jenny, que no se ocupaba sino de los demas, atenta y abnegada, la vida y el alma de la casa, la reina de esta colmena, de donde se escapaba el enjambre!

Y yo, moscardon inútil, que no sabe sino murmurar, me decia, voy á quedar solo en este hogar, animado en otro tiempo por la alegria de Susana y de Enrique. Rose tenía nueve hijos; Green quince: Dios bendice las grandes familias, y cuando queremos ser mas sabios que él, confunde nuestra falsa prudencia, condenándonos al aislamiento que nosotros mismos hemos buscado.

Miraba á mi mujer, jóven todavia, fresca y de una robustez graciosa; y me decia........no recuerdo lo que me decia, cuando Zambo entró, empujando la puerta, con aire asustado y gritando:

—Arrebato! arrebato!—escuchad—llaman á fuego.

CAPITULO VII.
El incendio.

Índice

Al primer grito de Zambo, el boticario corrió á la ventana, en seguida volviéndose hácia Green:

—Teniente le dijo, es á nosotros á quienes llaman; el incendio es en la duodécima avenida.

—Sarjento, soy con vos, dijo el especiero levantándose. Doctor, agregó golpeándome en el hombro, alerta! el carruaje no espera.

—Bueno! me dije, viéndolos salir acompañados de Alfredo y de Enrique, hélos ahí que juegan á la guardia nacional. La guardia nacional! es un regalo que la América nos ha enviado con el ciudadano Lafayette, y que nos ha aprovechado lindamente! Corred á esa parada inútil, queridos amigos, y que os haga buen provecho!, por mi parte, me quedo en casa. Qué es ese carruaje de que habla Green? ¿Se imajina él, que yo voy á correr como un papanatas, al espectáculo del incendio en un pais donde, segun dicen, el fuego aparece todos los dias?

Me aproximé á la ventana: torbellinos de humo subian al cielo arrojando chispas. El fuego tomaba cuerpo.

—Lijero, amo, lijero, el carruaje se aproxima, me dijo derepente Marta.

Me dí vuelta: frente á mi estaba Zambo, con una hacha en la mano, y un casco de cuero curtido en la cabeza: Marta tenia una chaqueta de paño negro, y un ancho cinturon jimnástico: era mi uniforme. Yo era bombero!

Bombero! yo! quería protestar contra este nuevo ultraje de la suerte; pero Marta se habia apoderado de mi. En un abrir y cerrar de ojos, me hallé vestido, ceñido, con el casco puesto, armado é izado sobre el techo de un omnibus inmenso que contenia en sus flancos una máquina á vapor, toda humeante. Dos magníficos caballos negros llevaban al galope bomba y bomberos.

—No temas nada, Daniel, gritó Marta, con el brazo levantado, vas á servir á Dios; el Altísimo te arrancará de entre las llamas, como ha salvado á Sidrach, á Misach y á Abdenago, sus servidores.

Esta bendicion bíblica me hizo temblar; olia á quemado.

—Singular idea, esclamé, la de arriesgar su pellejo por desconocidos, cuando podria pagarse á los bomberos.

—Qué es lo que decis doctor, interrumpió una voz ágria que me hizo reconocer á mi vecino Reynard en el attorney[14] Fox.—Ciudadanos, agregó, recitando quizá un viejo alegato, si quereis ser libres, sed vosotros mismos vuestra policia y vuestro ejército. Darse guardianes, es darse amos. Mi querido amigo, continuó en tono natural, ¿dónde habeis tomado esas ideas del otro mundo? ¿no sois amigo de la libertad?

—La libertad ante todo! me apresuré á contestar, un poco avergonzado de mi debilidad. Correr al socorro de sus conciudadanos es un deber y un placer que no cedo á nadie; tengo orgullo en ser bombero!

—Menos que Green, querido vecino, respondió el hombre cara de zorro. Ese sí que vá contento al incendio! El es diabólicamente fino, agregó hablándome al oido; devilish smart, repitió cuatro veces, guiñándome el ojo, y haciéndome señas con la nariz y la barba.

Abrió su tabaquera, suspiró y tomando dos veces lentamente tabaco: Nuestro Capitan, dijo, el bravo coronel Saint-John se retira, Green es teniente y ambicioso. Quiere ser Capitan con el objeto de elevarse mas alto. El es diabólicamente astuto; pero aunque tiene cuidado de ocultar sus cartas, yo leo en su juego.

Fox no habia concluido todavia sus insidiosas confidencias, y ya habiamos llegado: Ninguna policia, ninguna precaucion habia sido tomada; un pueblo de curiosos estaba alineado en las veredas, y por suerte dejaba libre el medio de la calle, la máquina fué instalada en un instante, desencadenados los pistones, el agua corria por todas partes. Mientras que el teniente reconocia el foco principal del incendio y daba sus órdenes, púseme á dirijir los tubos con mi amable vecino.

Frente á nosotros estaba una casa presa toda del fuego. Las llamas habian roto las ventanas y salian en torbellinos. Derrepente, se escucharon gritos desgarradores en el primer piso. Una figura blanca pasó como una sombra. Una voz de mujer pedia socorro. Al instante, Green, apoyando una escalera á lo largo de la pared, subió y desapareció en medio del humo.

Diabólicamente fino, me dijo Fox con un gesto satánico, devilish smart; juega cerrado, el ambicioso!

—Por aquí muchachos, por aquí, gritaba Rose, enteramente ocupado de ahogar el incendio. Levanté á fuerza de brazo el pesado tubo; pero no podia quitar la vista de la ventana por dónde Green habia entrado. El corazon me saltaba, la inquietud me ahogaba.

En el mismo instante reapareció Green, con una mujer en los brazos, y descendió en medio de los hurras de la multitud.

Apenas en el suelo, la mujer se incorporó:—Mi hijo, gritó, donde está mi hijo, dónde está mi hija?—Todo su cuerpo temblaba, lloraba, levantaba los brazos hácia la ventana incendiada y queria arrojarse en aquella hornaza. Se procuró en vano retenerla, se escapaba de nuestras manos, corria á la casa, y, rechazada por la llama, retrocedia lanzando gritos terribles y arrancándose los cabellos.

Todos nos mirábamos. La llama rujia como la tempestad, el techo incendiado iba á desplomarse. El niño estaba perdido. No sé lo que en ese momento pasó en mi alma: la vista de aquella pobre madre, las palabras de Marta, el ejemplo de Green, la idea de que yo era francés, qué sé yo?—fué una embriaguez que me subió á la cabeza—Corrí á la escalera, y estuve arriba antes de saber lo que hacia.

Rose quizo detenerme:—Soy padre, esclamé, no dejaré que ese niño muera!

Una vez en la habitacion, tuve miedo. Las llamas silvaban á mi alrededor, los ensamblados crujian, los cristales estallaban: era aquello un ruido siniestro. Sofocado por el calor, enceguecido por el humo, llamé, nadie respondió; grité, ni el éco resonó. Estaba desesperado, cuando una lengua de fuego roja, atravezando la oscuridad me mostró frente á mi una puerta cerrada. Romper la cerradura de un hachazo, entrar en la habitacion, correr á la cuna donde lloraba un niño, apoderarme de este tesoro, fué cosa de un instante; qué alegria! pero fué corta. Rodeado de humo, casi afixiado, no sabia donde estaba; el corazon me palpitaba, la cabeza me daba vuelta, estaba perdido.

—Por aquí, doctor! por aquí, Daniel! gritaba la voz de Rose; avanzad, pero reculando, atencion!

El consejo era prudente, apenas me habia dado vuelta, un vigoroso chorro de agua dirijido por la hábil mano del boticario, me inundó de piés á cabeza, á riesgo de voltearme. Gracias á esta diversion estratéjica, que contuvo por un instante el fuego y disipó el humo, ví la ventana, corrí á ella, y enhorquetándome en la escalera; me dejé deslizar hasta el suelo, negro y humeante como un tison mojado. Un instante despues el techo se hundia con espantoso estrépito. Marta tenia razon: Dios me habia tratado como á Abdenago.

Decir la alegria de la pobre madre sería cosa inútil. El mas feliz era yo, que habia salvado á un niño y sostenido el honor del nombre francés. Mi locura me habia costado algo: tenia una parte de mis cabellos chamuscados, una mejilla asada y el brazo izquierdo quemado de puño al codo:—¿qué era esto despues de lo que habia ganado?

Una hora cuando mas despues del suceso, volvíamos á nuestro barrio, dejando á los recien venidos el cuidado de estinguir los restos humeantes. Trepé listamente, y con la cabeza erguida, á ese mismo omnibus en que por la mañana habia subido tan de mala gana. Fox estaba allí, guiñando el ojo, como si fuese tuerto.

—Green es pillo, dijo, dándome un codazo en el brazo enfermo, lo que me hizo estremecer, pero vos sois endemoniadamente mas pillo que él. Hurrah al capitan Smith! agregó frotándose las manos.

No le respondí: un nuevo espectáculo me ocupaba enteramente.

A lo largo de las veredas estaba alineada una inmensa multitud en un órden increible. Casi todos los hombres tenian un papel en la mano, que ajitaban á nuestro paso.

—Hurrah al bravo teniente! Hurrah á Green! gritaban. Hurrah á Smith! Hurrah al bombero heróico!

—Helos ahí, se decian señalándonos con el dedo. Aquel, es Green; ese otro, es Smith! Hurrah! Los sombreros se alzaban, flotaban los pañuelos y las mujeres nos mostraban á sus hijos, que ajitaban sus manecitas como si nos bendijeran. ¿Por medio de qué misterio sabia ya toda la ciudad mi nombre y mi accion?—lo ignoraba, y no lo preguntaba. Uno se habitúa pronto á la gloria; pero la emocion comenzaba á dominarme. Habia tenido fuerzas para contemplar á la multitud con la modestia y la calma de un héroe. Al aproximarme á mi casa derramaba lágrimas. El pueblo rodeaba á Jenny, á mi hija, á Marta que predicaba, y á Zambo que bailaba como un niño. Me eché en sus brazos, y, apesar de mi figura de deshollinador sabe Dios, con cuanto cariño abrazó á todos. Creo que estaba tan negro como Zambo.

Antes de entrar en casa, Jenny me mostró sonriendo la imprenta que estaba frente, la del Paris-Telegraphe, ese diario sedicioso. Un inmenso cartel se elevaba en lo alto de la casa, y de una media legua podia leerse lo que sigue:

QUINTA EDICION

PARIS-TELEGRAPHE

HORRIBLE INCENDIO

¡¡¡El bravo teniente GREEN!!!

¡¡¡El heróico bombero SMITH!!!

FRASE SUBLIME:

¡Soy padre no dejaré morir ese niño!

50,000 ejemplares vendidos en prensa la SEXTA EDICION

Era aquel el templo donde se distribuía la gloria: ¡allí habia con que curar la vanidad!

¡Ah!—¡Con qué placer corrí á la sala del baño para meterme en el agua, emblanquecer mi cara y refrescar mi brazo quemado! Esta vez encontré admirable la invencion que ponia á toda hora agua caliente en mi habitacion. En cuanto á Zambo, no quiso dejarme, so pretesto que el Amo tenia necesidad de sus servicios y que no podia pasarse sin él. El buen muchacho tenia necesidad de hacerme hablar para darse importancia en la vecindad. Mi gloria era la suya, él era el que habia entrado en las llamas, por procuracion.

Cuando descendí á la sala, la oficina del París Telegraphe, estaba todavia asediada por los compradores, sin poder dar abasto á los pedidos; la multitud se estrujaba bajo nuestras ventanas procurando verme. Con mi brazo en cabestrillo, mi mejilla señalada, y mis cabellos quemados, podia creerme un héroe.

Muy luego, y para que nada faltase á la alegria de este dia feliz, vino la música de los bomberos á darme una serenata, con toda la compañia y Green á la cabeza, que me dirijió un discurso.

En este speech, bastante bien redondeado, el especiero con una modestia conmovedora, se olvidaba á si mismo para no hablar sino del valor que yo habia desplegado, y, á nombre de la compañia, me rogaba aceptase el puesto de capitan.

—¡Camaradas! ¡amigos! esclamé, me siento confundido por vuestras bondades, pero no quiera Dios que olvide el ejemplo que me ha dado el teniente Green, y el socorro que he recibido de Rose, ¡el bravo sarjento! Al primero, debo el honor de una buena accion; al segundo, debo la vida. Permitidme pues que no olvide esta deuda de gratitud y que siempre considere como mis jefes al excelente Green y al jeneroso Rose. Quiero permanecer con vosotros, camaradas; como vosotros, simple bombero, en un pais libre. Orgulloso de vuestra amistad y de vuestro heroismo, no cambiaria nuestro modesto uniforme por el traje de capitan jeneral. ¡Viva la América y la libertad!

Mi respuesta tuvo éxito, sobre todo el final que no valia nada. Green se arrojó en mis brazos; Rose hizo otro tanto, y Fox, llamándome á parte, me dijo al oido:

—Sois diabólicamente astuto, camarada, veis lejos; pero es lo mismo, os comprendo. Y guiñó los dos ojos á la vez, lenguaje misterioso cuyo alcance no entendí.

A una señal de Green, comenzó de nuevo la serenata. Al mismo instante ví ascender un cuadro á lo largo de la imprenta del París Telegraphe, como un pabellon que se iza en el gran mastelero. Sobre este cuadro trasparente é iluminado por linternas de colores, se leia la siguiente inscripcion en caracteres de un pié de alto:

OCTAVA EDICION.

PARIS-TELEGRAPHE.

HORRIBLE INCENDIO.

¡¡¡El heróico bombero Smith, el nuevo Cincinato!!! DE QUE MODO LA AMERICA RECOMPENSA LA VIRTUD. 100,000 EJEMPLARES VENDIDOS. En prensa la nona edicion.

Qué quiere decir esto? esclamé. Zambo id á buscarme el diario; hay aquí una broma de mal gusto.

Traido el diario, leí, con gran sorpresa mia, el discurso de Green, y mi respuesta. Lo habian taquigrafiado é impreso durante la sesion. Lo que me valia el título de Cincinato: era mi renuncia. ¿Porqué? jamás lo he sabido; pero la palabra hacia buen efecto en el cartel. Debe ser alguna cosa un hombre que se llama el nuevo Cincinato.

A continuacion de mi speech y bajo el epígrafe ridículo: De qué modo la América recompensa la virtud, se leian las dos cartas siguientes:

EL CISNE.

COMPAÑIA DE SEGUROS CONTRA INCENDIOS.

CALLE DE LAS ACACIAS N.ᵒ 10.

(Capital social 10 millones de dollars. Parte de los beneficios distribuidos á los asegurados).

“Señor:

“El valor que habeis desplegado en el incendio de esta mañana os ha señalado á la atencion del consejo de la compañía.

“Está vacante el puesto de médico consultante, para examinar las heridas y accidentes resultados de el incendio.

“Esperamos que nos hareis el honor de aceptarlo. Los honorarios son de 400 dollars.

El director de la compañía X. X.

“Al Dr. Daniel Smith, bombero de la séptima compañia.”

LA PROVIDENCIA.

Hospicio de niños, sostenido por suscripcion privada de 10 dollars por año.

CALLE DE LOS NOGALES N.ᵒ 25.

“Señor:

“El médico que ha pronunciado las bellas palabras: soy padre, no dejaré morir á ese niño, es al que su abnegacion y su talento llaman naturalmente á cuidar de los niños expósitos.

“El puesto de primer médico de nuestro hospicio está vacante; esperamos que os dignareis aceptarlo.

“Servicio: todos los dias de seis á ocho. Honorarios 2,000 dollars.

Los administradores del Hospicio R. T.

“Al Sr. Dr. Daniel Smith, bombero de la séptima compañía.”

—Zambo, pregunté: ¿han traido cartas para mí?

—No amo, el cartero no ha venido.

—Es imposible, á menos que no haya alguna mistificacion en este diario.

—Golpean á la puerta, amo, dijo Zambo, escuchad: uno, dos, tres, es el correo, corro.

El negro me trajo cuarenta cartas, una montaña de papel. Unos enfermos me preguntaban la hora de mi consulta, otros me rogaban fuese á verles lo mas pronto posible, cuatro cófrades me llamaban en consulta, seis farmacéuticos me ofrecian una asociacion, y en fin, cosa rara, dos cartas cuidadosamente lacradas me anunciaban confidencialmente lo que el Paris-Telegraphe habia publicado ya, con una indiscrecion, que en el fondo yo perdonaba.

Ya era célebre! Mi fortuna comenzaba. Un dia, una hora de valor me daban un nombre y hacía mas por mi en América, que lo que habia conseguido en el viejo continente durante veinte años de trabajos. Pero, pensé, y este pensamiento me volvió la humildad de que tenia tanta necesidad, sin ese diario charlatan, sin esa trompeta que ha lanzado mi nombre á todos los écos del Nuevo Mundo, habria yo conseguido algo? Mi primera idea, desde luego, fué dar las gracias al periodista, fuese quien fuera. Era demasiado tarde, la oficina estaba cerrada, el cartel apagado, mi gloria desvanecida. Dejé mi visita para el dia siguiente.

La noche la pasé con mis antiguos amigos, mi mujer y mis hijos. Todos ellos hacíanme repetir los mas pequeños detalles del terrible y glorioso suceso: Jenny palidecía cuando hablaba de mis peligros y se sonrojaba cuando referia la alegria de la madre al ver de nuevo á su hijo. Susana me estrechaba la mano y miraba á Alfredo.

Creo que la conversacion habria durado toda la noche, si Marta no hubiese colocado sobre la mesa una enorme Biblia, forrada en zapa, y cerrada por grandes broches de cobre.

—Lée, me dijo; y calma tu vanidad; no olvides la historia de Aman, hijo de Amadatha, de la raza de Agag; y no olvides que aquí hay un Mardaqueo que no se arrodillará ante tu presencia.

—Estad tranquila, Marta, le respondí riendo, á mi puerta no hay una potencia de cincuenta codos de altura, y yo no quiero colgar á nadie.

Jenny abrió la Biblia y nos leyó el tercer capítulo de Daniel, lo que encantó á la cuácara, desagradó á Zambo y me hizo reflexionar sériamente sobre la bondad de Dios para conmigo. Cuando nos separamos despues de un dia tan bien empleado, la noche estaba un poco avanzada. Me arrojé en la cama fatigado, sufriendo un poco, pero contento de mí mismo: y, toda la noche soñé con serenatas, carteles, hurrahs y discursos.

CAPITULO VIII.
Truth[15], Humbug[16] y Ca.

Índice

Apenas me disperté, corrí á la ventana; queria gozar de mi celebridad naciente, y contemplar una vez mas mi nombre proclamado por arriba de los techos. El tablero estaba en su lugar; todos los pasantes le echaban la vista, pero, oh vanidad de las glorias humanas! he ahí lo que leian:

Llegada del Persia.

GRANDES NOTICIAS DE EUROPA.

Lóndres—Consol. 93¾.

Liverpool—algodones—alza de 20%.

Puerco salado (Cleveland) se piden 4,000 barricas á 14 dollars.

A los agricultores—ocasion única.

Cuatro hermosos asnos de Italia, padres de primera clase.

Dirijirse á MM. Ginocchio hermanos. 70. William-Street.

—Pueblo de mercaderes! esclamé mostrando el puño á los pasantes, raza grosera que hace marchar revueltos y al mismo paso los negocios, los sentimientos, el algodon y las ideas—doy gracias á Dios de no pertenecerte. Viva el pais del ideal, viva la Francia, que se la arrastra siempre con una palabra sonora, la Francia que, alabado sea Dios! no piensa jamás en sus intereses sino cuando es demasiado tarde! Nuestra locura vale mas que la prudencia de estos Yankees; nuestra pobreza es mas noble que su riqueza. Cuatro asnos de Italia, y el precio del puerco, hé ahi las grandes noticias de Europa para estos colonos ignorantes! Y ni palabra de Francia, de las nuevas modas, del baile de la Corte, de la última novela, del último vaudeville. Pálidos vándalos, no tengo para vosotros sino desprecio.

A la vez que daba libre curso á mi justa cólera, no queria dejar de dar las gracias al periodista que el dia anterior habia hablado de mi. Fuese quien fuera aquel folletinista, no me convenia deberle una atencion. Honrarlo con mi visita, era quedar á mano con él.

Entré en una casa de poca apariencia, que tenia por toda muestra una placa de cobre, clavada en la pared, y sobre la cual se leia: PARIS-TELEGRAPHE, Truth, Humbug y Ca. propietarios. directores. Una puerta de sarga verde estaba frente á mi, la empujé y me encontré en presencia de un hombrecillo vestido de negro y abrochado hasta el cuello: era M. Truth. Sentado delante de un escritorio de jacarandá, tenia en la mano unas tijeras enormes, cortaba largas tiras de papel de un diario inglés y las echaba á una especie de buzon de cartas que comunicaba con la imprenta. Era la redaccion á bajo precio.

—Qué quereis, Señor?—preguntóme sin levantar la cabeza, ni interrumpir su trabajo.

—Señor, le dije con voz grave y reposada, soy el doctor Daniel Smith, bombero de la séptima compañía, el mismo cuyo elojio habeis tenido la bondad de hacer en vuestra hoja de ayer.

—Bien, dijo el periodista continuando sus recortes—¿Qué quereis?

—Daros las gracias, señor: pagar la deuda de agradecimiento.

El hombre miróme con aire sorprendido.

—No me debeis nada, doctor. Publicando vuestra bella accion, he hecho mi oficio; y me habeis valido ayer mas de doscientos dollars. No me debeis pues, ningun favor.

Con lo que continuó su trabajo, sin invitarme siquiera á tomar asiento.

—Señor Truth, le dije en tono seco y digno, no me ocupo de los motivos que os hayan hecho obrar ayer. Me habeis hecho un servicio, soy, y me reconozco vuestro deudor.

Iba á salir cuando levantó de nuevo la cabeza y fijó en mi sus grandes ojos negros, cuya espresion dolorosa me hirió.

—Doctor, dijo con voz jadeante, si tratais absolutamente de chancelar una deuda imaginaria—la ocasion se os presenta. Decidme con toda sinceridad de qué enfermedad sufro, y cuanto tiempo me queda de vida:

Se levantó, púsose la mano sobre el corazon y se detuvo de repente. Una asma violenta le oprimia. Le tomé el pulso, escuché su respiracion—le ausculté—Tenia síntomas que no permitian engañarse.

—Doctor, me dijo Truth, os pregunto la verdad. Cuando se tiene, como yo, la costumbre de decirla á todo el mundo, se tiene la fuerza suficiente de escucharla por su cuenta. Tengo necesidad de saber en que estado me encuentro.

—Teneis, le respondí, una enfermedad al corazon, que está lejos de ser incurable. Los cigarrillos de stramonio os aliviarán. Pero si quereis sanar, os son necesarios, el aire puro, la vida tranquila, el descanso del alma y del cuerpo, cosas todas que no se encuentran en la oficina de un diario.

—Gracias, doctor, me dijo:—vuestra opinion es la misma que mi médico me ha dado esta mañana. Es necesario renunciar á las fatigas de mi profesion; sea, cuanto mas pronto, mejor. Un Yankee nunca mira atrás.—Doctor, compradme mi diario. Os vendo mi parte por veinte mil dollars; en seis meses los habreis ganado—¿Aceptais?—

—Peste! esclamé, lijero andais!

Periodista yo! es un honor en el que no he pensado jamás.

—Pensad en él—Para un hombre de bien, es la primera de las posiciones.—Hay nada mas bello que guiar á sus hermanos por la senda de la justicia y de la verdad!

Periodista, es un papel que no se estima de lejos, pero que de cerca, no sé porqué todos quieren ensayarlo. Los periodistas son de la misma familia de los comediantes: se les desdeña y se les envidia. Estos jitanos tienen ingenio; frotándose con ellos, uno se encuentra menos paisano.

No hay una sola mujer hermosa que no sienta placer en acercarse á las grandes coquetas: no hay un solo hombre de Estado que, en un momento dado, no lisonjée á los folletinistas, si no es que se enrola modestamente entre los hacedores de diarios. A pesar mio, la proposicion de Truth haciale cosquillas á mi vanidad; la idea de dirijir la opinion me sonreia. Un hombre como yo tiene tantas cosas que enseñar á esa masa ignorante y estúpida que se llama público! Solo el sentimiento de mi dignidad me impedia ceder á esta locura.

—Dirijir un diario, dije á mi enfermo es cosa muy dificil, para quien no ha nacido en esta industria.

—No, nada mas sencillo. Sentaos ahí, cerca de mí, permaneced durante dos horas, y poseereis el secreto del oficio. En el fondo todo se reduce á una sola regla de conducta: decir la verdad, nada mas que la verdad, toda la verdad.

La curiosidad venció? Me eché en un gran sillon de cuero amarillo, puse el baston entre mis piernas y apoyé mi brazo enfermo sobre la empuñadura; una vez instalado, abrí mi tabaquera que habia dejado sobre la mesa y mirando á Truth:

—Mi querido Arístides, le dije, vuestra divisa es bella; pero, aquí para entre nosotros, no lo es demasiado? En materia de periodismo, yo creia que la mentira era la regla, y la verdad la escepcion.

—¿Dónde habeis visto eso, doctor maquiavélico? En la vieja Europa, quizá? En España, en Rusia, en Turquia; en todas partes donde la prensa es un monopolio en manos del gobierno, los pobres periodistas tienen permiso para no decir palabra durante seis dias, á condicion de mentir oficialmente el séptimo; pero en un pais de libertad, en el que cada cual puede pensar lo que quiere, é imprimir lo que piensa, de qué serviria la mentira? La verdad es nuestra mercancia, lo que nos compra el público. Mentir es perder nuestro crédito y arruinarnos vergonzosamente. Nosotros podemos tener todos los vicios, menos uno. Ved el Times inglés: es inconstante, injurioso, violento; pero embustero, nunca! Sorprendido en flagrante delito de mentira, su propietario perderia una renta de cien mil dollars. No es uno vicioso á ese precio: uno es verídico por cálculo y virtuoso por interés.

No me alucinaba esta virtud americana. Buscaba una respuesta, cuando apercibí un hocico de garduña que atravesaba la puerta. Era mi honorable compañero de armas y vecino el sollicitor[17] Fox, que se aproximó deslizándose sobre el pavimento y nos dió la mano afectuosamente.

—Buenos dias, querido Truth, dijo al periodista sonriéndole. Vengo de parte de M. Little, el banquero, á conversar con vos de un gran negocio. Hay dos mil dollars de ganancia para el diario, dos mil dollars, repitió, acentuando cada sílaba.

—Bien, respondió friamente el periodista; eso corresponde á mi socio.

Tocó la campanilla. Una puertecita se abrió dando paso, no sin trabajo, á un hombron, á quien su cuerpo enorme, su cabeza calva, sus grandes orejas y sus dientes delanteros, daban el aspecto de un elefante vestido.

—Buenos dias, doctor Smith, esclamó reventando de risa, buenos dias, os reconozco por vuestro brazo en cabrestillo. ¿Qué decís de mi tablero de ayer, querido Cincinato? ¿No valía el de hoy? Truth, los cuatro asnos están vendidos; Ginocchio nos escribe que suprimamos el aviso. Buenos dias, Fox, sois tan delgado que os tomaba por la sombra del doctor. Vosotros los SOLLICITORS, teneis la conciencia tan tierna que los escrúpulos os enflaquecen. ¿Qué nos traeis?

—Hé aquí de lo que se trata, dijo Fox, mediocremente lisonjeado por los agasajos de M. Humbug. La casa Little hace un pequeño empréstito mejicano; diez millones para comenzar. Las acciones son de doscientos dollars cada una, emitidas á ciento sesenta y reembolsables á la par por sorteo anual. Diez por ciento de interés y veinte por ciento de beneficio sobre el capital; es un lindo negocio!

—Para Little, dijo Humbug riendo. Y necesitais anuncios: Mundus vult decipi, ergo decipiatur.[18] Estad tranquilo Fox, os daremos un bonito lugarcito en el diario. Entre los unguentos de Holloway y las píldoras de Morrison, vuestro empréstito mejicano será una maravilla.

—Venia para arreglar con vosotros el precio, dijo Fox.

—¿Y sois vos quien pedís la tarifa de los avisos? Un centavo[19] por palabra, un dollar por cien palabras; en este bosque comun, se charla á precio fijo, lo sabeis bien....

—Perdon, querido Humbug, respondió Fox guiñando el ojo, me habeis comprendido mal. Cuando hablaba del precio, no era en la tarifa en lo que pensaba. Little desearia que el proyecto de esta suscripcion útil y patriótica fuera insertado en el cuerpo del diario, á fin de que no tuviese aspecto de aviso. Pagaremos lo que sea necesario. ¿Me comprendeis?

—Lo temo, maese zorro, respondió el hombre sin dejar de reir. Pero como dice el viejo Plauto:

Stultitía est venatum ducere invictos canes. [20]

Os habeis levantado demasiado tarde mi buen Fox. De este lado del agua no se coje á los zonzos en un lazo tan grande; eso está bueno para los inocentes del otro mundo. Por lo demás, desde que no se trata ya de los avisos, dirijios á mi socio. ¿Habeis comprendido lo que se nos pide, mi querido amigo?

—Perfectamente, respondió Truth con voz acentuada. M. Little tiene necesidad de mi honor para colocar su empréstito; y me hace preguntar á qué precio me vendo.

—Truth, querido mio, tomais mal las cosas, dijo Fox en tono insidioso: sois mas puritano que los peregrinos de Plymouth. No os pedimos mas que lo que otros diarios nos han prometido; el Lince, el Sol, la Tribuna, recomendarán nuestro empréstito; así lo espero, al menos: estamos en trato.

—Puesto que teneis esos diarios, dijo Truth, por qué habeis venido? ¿Que necesidad teneis de mí?

—Por una razon muy sencilla, mi excelente amigo, dijo Fox con voz almibarada. En la Bolsa, no se tiene confianza mas que en el París-Telegraphe; es muy natural que tratemos de ponerlo de nuestra parte. Haremos cuanto sacrificio sea necesario para conseguirlo.

—Señor Fox, esclamó el periodista pálido de emocion, aquella es la puerta.

—Soy vuestro servidor, señor Truth, dijo el procurador desapareciendo.

—No soy el vuestro, respondió mi cliente. Mañana sabré lo que es ese empréstito y lo diré.

—Mi querido señor, le dije con la autoridad de mi profesion: agravareis vuestra enfermedad, no corrijireis á nadie y os hareis de enemigos mortales.

—Los enemigos son nuestra gloria. Somos soldados: nuestro puesto está en el fuego.

Diciendo esto se tomó el pecho con ambas manos y se torció en el sillon.

—Doctor, esclamó Humbug, socorredle; no veis que se sofoca? Puede uno darse semejantes emociones por esta canalla humana! Truth, perro egoista! os matais adrede para arruinarme á mi, vuestro viejo amigo. Veamos, miradme.

Truth le tendió la mano sonriendo tristemente. Apesar mio, sentí cierta lástima por aquel pobre jitano que sacrificaba su vida al mas quimérico y al mas deplorable de los oficios.

CAPITULO IX.
Donde se le dice su merecido á la verdad.

Índice

Cuando la crisis hubo pasado, y el enfermo recobró aliento, Humbug apoyó ambos codos sobre la mesa, y con una voz que trató de hacer alegre, sin conseguirlo:

—Mi querido Truth, dijo no resistais por mas tiempo á vuestra verdadera vocacion; haceos pastor. Los vicios son de buena pasta; se dejan maltratar sin decir palabra. Todos los domingos se les fustiga vigorosamente sobre los hombros del prójimo, despues de lo cual se almuerza en paz y se come lo mismo. Pero esos bípedos que se creen hombres por que caminan en dos pies, esos lobos con sombrero redondo, esos zorros con lentes, esos monos encorbatados, esos ganzos con levita negra, á esos es necesario mirarlos de cerca para reir de su crueldad, de su avaricia, de su cobardia, de su estupidez. El que los toma á lo serio, muere con el corazon despedazado.

—Hé aquí á mi sucesor, dijo Truth tomándome de la mano: el doctor será un buen asociado para vos.

—El doctor! respondió Humbug, es imposible: si tiene traza de cervatillo!

—¿Cual es pues, esclamé, la especie de bestia que produce los periodistas?

—Para ser un buen periodista, dijo Humbug con gravedad cómica, se necesita la cara de un perro, el olfato de un perro, la impudencia de un perro, el valor de un perro y la fidelidad de un perro. La cara de perro para intimidar á los picaros: el olfato del perro para sentirlos de lejos, la impudencia del perro para ladrar tras de ellos apesar de sus gestos y sus amenazas: el valor del perro para saltarles á la garganta: la fidelidad del perro para irse, detenerse y volver al primer llamado de la verdad.

—Señor director de los avisos, dijo yo con impaciencia, no suponia que tuvieseis por la verdad una pasion tan viva y tan desinteresada.

—¿Porqué no, sabio Esculapio? respondió en tono chocarrero. ¿Creeis que no sé que dos y dos son cuatro? ¿Qué es lo que hace el precio de los avisos? El número de lectores. ¿Qué es lo que trae lectores? La opinion. ¿Engañando acaso á la opinion se la gana? La verdad es el cuerpo del diario; los anuncios no son sino la crinolina, ridículo traje, provisto por la mentira y la vanidad. Desinit in piscem mulier formosa superné. ¿Quien tiene la culpa? El espíritu y el buen gusto del público.

—Señor, le dije haciendo dar vueltas la tabaquera en mis manos para apoyar mis palabras, toda verdad no es bueno decirla. Hay algunas que turban y desgarran la sociedad.

—Si, querido doctor; la verdad es revolucionaria.

—Al fin, esclamé, lo confesais!

—Sin duda. Ved la Reforma. ¿A qué precio ha libertado la conciencia?

—Eso es, dije yo, golpeando con mi baston, eso es!

—Y el Evanjelio, respondió Humbug. Qué trastorno! Una civilizacion destruida, Jupiter destronado, los Césares despreciados y derribados. Cuán conveniente hubiese sido que ahogasen en su orijen á esta verdad que mataba un mundo y engendraba uno nuevo! Eh! bien, querido Hipócrates ¿no decis nada? ¿Y la Revolucion Francesa?

—Señor, esclamé, no toquemos las cosas sagradas. La resistencia de los privilejios fué la que hizo todo el mal. Confesad que hay verdades que asustan.

—Si, como la luz intimida á los ladrones.

—Hay algunas que son odiosas, para quien las escucha.

—Sí, cuando se perturba la embriaguez, ó se recuerdan los remordimientos.

—Hay algunas que son peligrosas para los que las dicen.

—Sí, cuando tienen un corazon de esclavo ó de lacayo. Di la espalda á aquel sofista desvergonzado que no temia atacar sabias preocupaciones y sacudir la almohada en que el mundo duerme en paz hace dos mil años. Me dirijí á Truth, que habia vuelto á empezar sus recortes y que parecia no escucharnos.

—¿En qué pensais, querido enfermo? le dije; nuestra conversacion os fatiga quizá.

—Doctor, respondió sonriendo, perdonad la impertinencia de mi fantasia, pensaba en Pilatos. Escuchaba á este grave administrador decirle á Cristo: ¿Qué es la verdad? y salir sin esperar la respuesta. En tiempo de Tiberio César, habriais sido un excelente gobernador de Judea.

—Qué! agregó animándose, no sentis que para nosotros los hombres, la verdad es la vida, y que la mentira es la muerte? Buscad á vuestro alrededor paises prósperos, ilustrados, honrados, caritativos: ¿no son aquellos donde cada cual puede decir la verdad, toda la verdad, sin escepcion de personas, sin respeto á las preocupaciones, á los privilejios, á los abusos? Buscad los paises miserables, ignorantes, sin moralidad; ¿no son aquellos donde reina la mentira oficial bajo todas las formas? Contemplad la grandeza de la Inglaterra, el crecimiento de la América, la fortuna naciente de Australia. ¿Cual es la fuerza que en ochenta años ha levantado á nuestros Estados-Unidos de tres millones á treinta y un millones de habitantes? No os engañeis: es la verdad. Dejad á los políticos hacer armazones de sistemas y combinar formas de gobierno; ved cuales son las instituciones vivas de los pueblos libres. Escuelas, asociaciones, tribuna, prensa, ¿qué es todo esto, sino otros tantos instrumentos con el objeto de propagar la verdad y captarse todos los corazones? Contad los diarios de un pueblo y tendreis su rango en la escala de la civilizacion: es un termómetro que nunca engaña. ¿Porqué? Es que la verdad no es, en otros términos, sino la ley que gobierna el mundo moral: es que hay relaciones naturales entre los hombres, como las hay entre las cosas. Reconocer y respetar esas relaciones, es reconocer y respetar la verdad, ó mejor dicho, á Dios mismo, presente en el mundo por su voluntad todo poderosa.

—Querido señor Truth, respondí, un poco conmovido por este flujo de palabras, Humbug tiene razon: habeis nacido para predicar. Pero la esperiencia me ha enseñado hace mucho tiempo que la práctica es lo contrario de la teoria. ¡Cuántas verdades admirables de lejos, se desvanecen en la prueba! Todos los dias oigo repetir que los hombres son hermanos, que la mujer es la igual del hombre, que los gobiernos son hechos para los pueblos........

—¿Y dudais?—dijo Truth.

—No, no dudo teóricamente; pero tratad de poner en práctica esas bellas máximas: ¿á donde iriamos á parar?

—Al reino del Evangelio, respondió el periodista con singular gravedad. Si teneis un ideal mas noble, decidlo: si no teneis nada que poner, en su lugar, no desempeñeis el triste papel de Mefistófeles. La humanidad tiene la necesidad de creer y de esperar.

—Pero doctor encantador, que no creis en la teoria, esclamó Humbug con risa impertinente, ¿cuando hablais, sabeis lo que decis? ¿cuando dais un remedio á vuestros enfermos, sabeis lo que haceis?.... No os incomodeis; si lo sabeis, haceis teoria apesar vuestro; si no lo sabeis ¿qué razon teneis para estar tan orgulloso de no raciocinar?

Hundíme en el sillon, crucé las piernas y los brazos y mirando á Humbug en pleno rostro:

—Señor, le dije, escuchadme sériamente, si sois capaz de algo serio. En teoria, lo diré una vez mas, amo la verdad, la amo tanto como podeis amarla vos; pero la prensa no es la verdad. Hay en ella una mezcla de pasiones, de injurias, de mentiras que sublevan todo corazon delicado. La salvaje libertad que reina en este pais no es de mi gusto. He refleccionado largo tiempo á este respecto, y os diré, si os dignais comprenderme, como se puede organizar la prensa, administrar sabiamente la verdad, abolir la licencia del mal, y no dejar sino la libertad del bien.

—Impedid á los perros que ladren, esclamó Humbug echándose á reir, y está hallada la cuadratura del círculo.

—Supongo, continué sin responder á esta patochada, supongo un gobierno ilustrado, moral, paternal, que no piensa sino en el bien de sus súbditos.

—Doctor, eso es teoria!

—No señor, es observacion. En este gobierno hay ministros inteligentes........

—Comprendo, dijo el insoportable bromista, ministros ilustrados, morales, paternales, y que no piensan sino en el bien de sus administrados.

—Si, señor, y estos ministros tienen bajo sus órdenes millones de agentes........

—Todos ilustrados, morales, paternales etc., en una palabra, una lejion de ánjeles con frac negro.

—En nombre del cielo, Humbug, callaos, esclamó Truth. Dejadlo concluir su cuento de hadas; me parece oir á un Francés que se imajina raciocinar porque enfila paradojas y surce palabras.

—Señor Truth, respondí secamente, la razon y la esperiencia hablan por mi boca; escuchadme. En manos de este gobierno, que todo lo sabe, que todo lo vé, que todo lo entiende, que no tiene ni preocupaciones, ni pasiones, en esas manos es, decia, en las que pongo el depósito de la verdad; no quiero por esto darle el monopolio, soy amigo de la libertad, pero reglamentada, limitada y moralizada! Reduciria el número de los impresores, de modo de hacer de la tipografia una censura prudente y discreta, un sacerdocio conservador; en seguida, limitaria el número de los diarios, de modo de constituir un pequeño número de tribunas, verdaderas cátedras de donde no se dejaria hablar sino á la decencia y á la moderacion. Habria periodistas como hay sacerdotes, es decir, ministros de la verdad que recibirian del gobierno su investidura y su símbolo. Si, apesar de la sabia direccion del Estado, algun gacetillero insolente, olvidando la gravedad de sus deberes, faltase al respeto que debe á la autoridad, personificacion de la justicia y de la verdad, entonces no recurriria al juri, que tiene la mano pesada y deja deslizar entre sus dedos mas de una inocencia dudosa; es á la administracion, siempre paternal y protectora, á quien yo dejaria la santa mision de confundir la mentira, en caso de necesidad, de contenerla antes que aparezca—Es á la administracion, siempre prudente, ilustrada, desinteresada, y que sabe mejor que nadie, lo que la conviene y lo que la daña, es la administracion la que herirá á la audacia y la ignorancia; ella ahogará la oposicion naciente como Hércules en la cuna ahogó las serpientes. Gracias á esta higiene ingeniosa, los diarios serán un alimento inocente, un remedio en vez de un veneno. La prensa será una antorcha en manos del gobierno: no se temerá ya el incendio. Se prepararán preocupaciones útiles, errores saludables; se sujetará la verdad á las necesidades del Estado á la fuerza de las poblaciones; y si alguna nueva doctrina aparece en el estranjero, se esperará á que haga fortuna en el pais de su orijen, antes de molestar á almas tranquilas y que no aspiran sino al reposo. Hé ahí mi teoria: señor Humbug ¿qué decis de ella?

D—d rascal! esclamó descargándome sobre el hombro un puñetazo, capaz de descornar á un buey. ¡Cuán feliz es uno con tener injenio, siempre se tiene una bestialidad á mano que decir! Con su aire solemne, he visto el momento en que este socarron mistificaba á un viejo Yankee como yo.

—Señor Humbug, le dije frotándome el hombro, esos argumentos groseros no son de mi gusto. Pegar no es responder!

—Estrangular tampoco! gritó el periodista riendo. Continuad, doctor; sois mas entretenido de los que pensais! Verba placent et vox. Pero, adios: ha llegado la hora de hacer el diario; tiempo es dinero—me arruinais!

Una vez solo con M. Truth, le pregunté, si no estaba sorprendido como yo de lo que habia de profundo en el sistema que le exponia; si podía poner en términos de comparacion á la turbulencia y al desorden de la prensa americana con ese mecanismo compacto que debia en poco tiempo embridar al pueblo mas ardiente del mundo, y darle la habitud de la moderacion y el gusto de una inocente libertad.

—Doctor, dijo con dulzura, soy del parecer de Humbug: os reis de nuestra simplicidad. Esa doctrina, que nos presentais como una invencion nueva, hace mucho tiempo que la conozco. Es el dogma de la inquisicion: la verdad hecha cosa oficial, instrumentum regni, y monopolizada por la Iglesia y el Estado. Hace tres siglos que Lutero ha soplado esas peligrosas quimeras y repuesto á cada cristiano en posesion de su conciencia y de su derecho. En los primeros dias del mundo la verdad salió de la caja de Pandora, con tantos otros bienes, que son otros tantos males en manos inespertas; buscar la verdad, es la obra de todos,—apoderarse de ella, no pertenece á nadie. No os pagueis de palabras: Gobierno, ministros, funcionarios, qué es todo esto, sinó hombres que no son ni mas infalibles ni mas sábios que nosotros? Hacer de ellos los dispensadores de la verdad, es un sueño. La verdad es de todo el mundo, como el aire y la luz; lo único posible es ahogarla, no impedir que los hombres piensen, sino que hablen. ¿Quién se aprovechará de tan detestable invencion? ¿La autoridad? Será la primera víctima. Se la engañará sin cesar; bastará un puñado de intrigantes para seducir al majistrado mas honrado y comprometerlo en las mas locas aventuras. ¿No veis, por otra parte, que dais á vuestro gobierno todo el poder de hacer mal, con tal que tenga el cuidado de raciocinar mal? ¿Ganarán con ello los ciudadanos? Desde el momento en que la cosa pública no les pertenezca, les quitais lo que hay de mas noble, de mas bello, de mas grande en la vida: el amor á la patria, la pasion de la libertad. Quitad la ajitacion de la tribuna y de los diarios, y la sociedad no será sino una agua mansa de donde saldrán la corrupcion y la muerte. ¿Asegurareis, por lo menos, la prosperidad material, único incentivo de la multitud? Muy al contrario: la riqueza es el fruto de la libertad. No hay seguridad, ni rentas, ni comercio, ni industria, sino en los paises donde pululan esos diarios cuya voz os importuna. El silencio es el triunfo de los nécios, la noche no es el reino de las jentes honradas; dejadnos la luz, el ruido y la vida. Recordad que en Roma tambien se gritaba contra la charlatanería de los tribunos; que un dia Syla los hizo callar, con gran placer de los utopistas, y que, desde entonces comenzó una decadencia, de la que el mismo cristianismo no pudo levantar al universo.

—Permitidme, respondí, admirado del curso que tomaba la discusion; no pretendo haber encontrado la piedra filosofal en política. Todo sistema tiene sus abusos; es una cuestion de proporcion. Confesad que el lenguaje de vuestros diarios es espantoso, y que no hay mal mas horroroso que su licencia desenfrenada.

—Doctor, vos sabeis lo que dice el Evanjelio; Es en el fruto en lo que los conocereis. Encontradme un pais donde haya mas luces, mas caridad, mas prosperidad material que en América.

—No veo sino escándalo por todas partes, respondí. Los fundamentos mismos de la sociedad se hunden en esa arena movediza que llamais la democracia. ¿Qué es lo que respetais? ¿La relijion? Eh bien! que un pastor falte á su deber, que su conducta sea lijera, en el acto veinte periodistas se echarán á reir, como el indigno hijo de Noé, en vez de ocultar á todos las miradas una debilidad cuya deshonra repercute sobre la Iglesia.

—La verguenza, dijo Truth, es para la Iglesia que patrocina la causa del culpable, no para la Iglesia que arroja de su seno á un miembro gangrenado.

—¿Os llevais bien con la justicia? Ayer no mas, vuestro diario atacaba con cínica acritud á un juez que, en un instante de mal humor, habia maltratado á no sé que pícaro. ¿Cómo quereis que se respete al juez, si no es infalible?

—La justicia, dijo Truth, es hecha para el acusado, y no el acusado para la justicia.

—Que un subalterno, continué yo, salga de sus atribuciones, que por casualidad olvide la ley, que detenga por inadvertencia á un inocente: inmediatamente diez diarios aullarán contra la tirania; como perros que ladran á la luna; incendiarán el pais por la causa del último de los miserables, qué sé yo? por un mendigo, ó un ladron puesto preso sin que las formas hayan sido observadas.

—Tendrán razon, dijo Truth; la libertad del último de los miserables atañe á todos. Desde el momento en que se violen las formas legales, desde el momento en que un ciudadano es injustamente agredido, todos están amenazados. El que no comprenda esto no sabe lo que es la libertad.

—Pero, es que algunas veces es necesario cubrir la estátua de la ley y salvar el pais á despecho de una falsa legalidad.

—Doctor, vos teneis una especie de inclinacion á Pilatos. El tambien no se detuvo ante una falsa legalidad, le pareció mejor condenar á un inocente que perder su puesto. Era un hombre habil; no sé por que el mundo es tan severo con él.

—¿A dónde iriais? continué, cada vez mas irritado de la frialdad de Truth. Doce ó quince diarios, hé ahí los dueños de la opinion y de la república.

—Quince diarios, dijo Truth asombrado: ¿qué quereis decir con eso? Tenemos trescientos; es poco para un millon seiscientas mil almas. Boston tiene cien para menos de doscientos mil habitantes, es cierto que en Boston, la ciudad puritana, se comprende la libertad y la civilizacion de otra manera que en París.

—Trescientos diarios! esclamé, sorprendido por esta cifra formidable. ¿Entonces quién dirije y gobierna la opinion? El primer desconocido puede, sin mision alguna, erijirse en profeta y lejislador; el primer soñador puede decir lo que quiera é imponer sus opiniones á la multitud. Qué atroz despotismo!

—Mi buen amigo, dijo Truth, bajando la voz para colocarme en un diapason menos ruidoso, no comenceis de nuevo vuestras bromas: ellas divierten á Humbug á mi me hacen daño. Allí donde todo el mundo puede hablar, no hay ni mision, ni profeta, ni primer desconocido: hay un derecho que pertenece á ciudadano, y de que todo ciudadano usa en su interés particular ó en el interés jeneral. ¿En un pueblo libre, quién se ha imajinado poder dirijir y gobernar la opinion? ¿Hay un solo Yankee que no se haga él mismo su regla de conducta, y que no escoja con conocimiento de causa su partido y su bandera? La prensa es un éco que repite las ideas de todo el mundo, y nada mas. Esos innumerables diarios no tienen sino un objeto, acumular los hechos, las noticias, las ideas, multiplicar y esparcir la luz! Mientras mas hay, cada ciudadano se encuentra en mejores circunstancias para leer, reflexionar, y juzgar por sí mismo. Poner la verdad al alcance de todos, hé ahí nuestra ambicion. El pretendido despotismo de los diarios no existe sino en vuestra imajinacion. Cuando mas seria posible allí donde un gobierno mal aconsejado y que hiciera del periodismo un monopolio contra si mismo, no sufriese sino diez ó quince hojas, obligando asi á los partidos á aliarse contra él, y cuando su naturaleza tiende á dispersarlos. Pero en América donde hay ochocientos ó novecientos diarios, donde nacen nuevos todos los dias, el número de los tiranos ha muerto la tirania.

—Sea; es un réjimen que Aristóteles no ha previsto: una democracia de papel. En este pais bienaventurado, todo es gobierno, escepto el gobierno mismo. Vosotros los periodistas [y aqui todo el mundo es periodista], vosotros, sois mas que la Iglesia, mas que la Justicia, mas que el Estado! ¿Qué sois pues?

—La respuesta es muy fácil, dijo Truth; somos la sociedad:

—Pero si la sociedad, si el pueblo gobierna, ¿quién será el gobernador?

—Doctor, respondió el periodista sonriendo, cuando andais por la calle, quién es el conducido? Por amor á una palabra, necesitais muletas? Cuando gobernais vuestras pasiones [lo que no siempre haceis], ¿quién es el gobernado? Hay una edad madura para los pueblos como para los individuos. Compadezco á la China envejeciéndose en una infancia eterna; pero nosotros cristianos, nosotros ciudadanos de un gran país, nosotros no somos un pueblo de idiotas y de privados: hace mucho tiempo que hemos salido de la tutela, y que nosotros mismos hacemos nuestros negocios. ¿Qué es esa soberania del pueblo, que hace setenta años ponemos al principio de nuestras constituciones, sino una declaracion de mayor edad?

—Las comparaciones no prueban nada, respondí secamente; lo que es cierto respecto á un individuo, no lo es respecto á una nacion.

—Siempre palabras, doctor. Una nacion, es una coleccion de individuos. Lo que es cierto respecto á diez, á veinte, á mil personas, es tambien cierto respecto á un millon. ¿En qué cifra comienza pues la incapacidad?

—No, dije yo, no es cierto que una nacion sea una simple coleccion de individuos; es cosa muy distinta.

—Es decir que el total de una adicion es cosa diferente de la suma de todas las unidades?

—Error! esclamé fatigado de discutir con una intelijencia tan limitada. Hay aquí una diferencia que salta á la vista. ¿Para desembarazarse de los intereses particulares, cual es la palabra májica que invocan los hombres de Estado? El interés jeneral. ¿Cuando se quiere anular derechos y pretensiones que dañan al gobierno, qué se alega? Un interés superior, el interés social. La utilidad pública, es la negacion de los derechos individuales: tal es al menos la manera de raciocinar y de obrar en todo país civilizado. Si bastase escuchar el deseo de la mayoría y sumar los intereses y las voluntades, os pregunto lo que sería la política: un oficio de almacenero, un papel al alcance del primer hombre honrado que se presentára; os figurais á un César, un Richelieu, un Cromwell, un Luis XIV, escuchando la voz del campecino, ó tomando el voto de algunos millones de paisanos? ¿A qué quedarian reducidas las combinaciones, las alianzas, las guerras, las conquistas, todos esos esplendores, todos esos juegos de fortuna donde triunfan los héroes? Arrastrar una nacion á la victoria y á la gloria, imponer á la masa popular ideas que no son las suyas, hacerla servir á una ambicion y á proyectos que en nada le importan,—hé ahí la obra del jénio! Hé ahí lo que aman los pueblos: adoran á aquellos que los pisotean. Dejad esas pobres jentes entregadas á sí mismas, sembrarán sus coles, sus anales serán de dos renglones, como la moraleja de los cuentos de hadas: Vivieron mucho tiempo, fueron felices, y tuvieron muchos hijos. ¿Qué seria la historia con ese bello sistema? ¿Y de retórica qué les enseñarian á nuestros hijos?

Yo estaba elocuente, lo sentía. Truth confundido me miraba con un aire singular.

—Doctor, me dijo, yo no amo los sofismas: pero de todos esos juegos de injenio no hay ninguno que me sea mas odioso que las paradojas de otros tiempos, mentiras muertas hace mucho. Me hacen el efecto de una vieja cortesana que ha olvidado de hacerse enterrar, y que pasea entre la juventud disgustada, sus afeites, sus falsos cabellos y sus arrugas. Washington ha enseñado al mundo lo que es un hombre honrado gobernando á un pueblo libre; la prueba está hecha; el siglo del egoismo político ha pasado, ahora no hay lugar sinó para la abnegacion. El que esto no comprenda, el que no escuche la voz de las jeneraciones nuevas, el que no sienta que la industria, la paz y la libertad son las reinas del mundo moderno, ese no es sinó un soñador y un insensato. No es á la gloria á donde camina,—es al ridículo.

—Acabemos de una vez, señor, esclamé levantándome, y apesar mio, llevé la mano á la empuñadura de mi espada ausente. Si hubiese tenido mi uniforme de cirujano de la Guardia Nacional, habria obligado á aquel insolente á empuñar su acero: haciéndole morder el polvo le habria probado sin réplica que la América no entiende jota de civilizacion, y que un francés nunca deja de tener razon.

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Yaş sınırı:
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Litres'teki yayın tarihi:
10 ekim 2024
Hacim:
370 s. 1 illüstrasyon
ISBN:
4057664137906
Yayıncı:
Telif hakkı:
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