Kitabı oku: «A contracorriente»

HISTÒRIA I MEMÒRIA DEL FRANQUISME / 62
DIRECCIÓ
Ismael Saz (Universitat de València)
Julián Sanz (Universitat de València)
CONSELL EDITORIAL
Paul Preston (London School of Economics)
Walter Bernecker (Universität Erlangen, Núremberg)
Alfonso Botti (Università di Modena e Reggio Emilia)
Mercedes Yusta Rodrigo (Université Paris VIII)
Sophie Baby (Université de Bourgogne)
Carme Molinero i Ruiz (Universitat Autònoma de Barcelona)
Conxita Mir Curcó (Universitat de Lleida)
Mónica Moreno Seco (Universidad de Alicante)
Javier Tébar Hurtado (Arxiu Històric de Comissions Obreres de Catalunya, UB)
Teresa M.ª Ortega López (Universidad de Granada)

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© Eduardo Abad García, 2022
© De esta edición: Universitat de València, 2022
Publicacions de la Universitat de València
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Coordinación editorial: Amparo Jesús-María
Ilustración de la cubierta: Militantes del PCC asomadas a la ventanilla de un tren a mediados de los años ochenta. Arxiu Josep Serradell. Fons fotogràfic.
Diseño de cubierta: Celso Hernández de la Figuera
Maquetación: Celso Hernández de la Figuera
Corrección: Letras y Píxeles, S. L.
ISBN: 978-84-9134-950-1 (papel)
ISBN: 978-84-9134-951-8 (ePub)
ISBN: 978-84-9134-952-5 (PDF)
Edición digital
A los mios pas, por enseñame lo que ye la conciencia de clase
A Natalia, por too y por tantu
«Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, en circunstancias elegidas por ellos mismos, sino en aquellas circunstancias que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y precisamente cuando éstos parecen disponerse a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca antes visto, en estas épocas de crisis revolucionaria, es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio a los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para representar, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, la nueva escena de la historia universal».
Karl Marx, El 18 brumario de Luis Bonaparte, Madrid, Fundación Federico Engels, 2003, p. 13.
«Precisamente porque el sentido inmanente de la realidad irradia con un brillo cada vez más fuerte, el sentido del devenir es cada vez más profundamente inmanente a la vida cotidiana, y la totalidad aparece cada vez más sumergida en los aspectos momentáneos, espaciales y temporales de los fenómenos. El camino de la conciencia en el proceso histórico no se allana, sino que, al contrario, se hace cada vez más arduo y requiere cada vez mayor responsabilidad. La función del marxismo ortodoxo –superación del revisionismo y del utopismo– no es, por tanto, una liquidación, una vez para siempre, de las falsas tendencias, es una lucha incesantemente renovada contra la influencia pervertidora de las formas burguesas del pensamiento en el pensamiento del proletariado. Esta ortodoxia no es la guardiana de las tradiciones, sino la anunciadora siempre alerta de la relación del instante presente y sus tareas con la totalidad del proceso histórico. Y así, las palabras del Manifiesto comunista acerca de las tareas de la ortodoxia y de sus portadores, los comunistas, no han envejecido y siguen siendo válidas».
Georg Lukács, Historia y consciencia de clase, Barcelona, Orbis, 1985, p. 61
ÍNDICE
PRÓLOGO
GLOSARIO DE SIGLAS Y ABREVIATURAS
INTRODUCCIÓN
I. LA PRIMERA OLA DISIDENTE. DE LOS ORÍGENES A LA ATOMIZACIÓN
De la crisis de Checoslovaquia al PCE (VIII Congreso)
1968. Mundos que chocan: la crisis de Checoslovaquia
Checoslovaquia como motor de disidencia en el interior del PCE.
Solos contra todos
«Escrito en rojo»: el PCE (VIII Congreso)
La atomización, primer obstáculo
El Partido del general: Partido Comunista Obrero Español
La esencia de los principios: El PCE (VIII-IX Congresos)
II. LA SEGUNDA OLA DISIDENTE
La oposición al VIII Congreso del PCE
Cambiar el partido desde dentro. El proyecto de la OPI
«Con nuestras propias fuerzas». La corta vida del PCT
Un movimiento a cámara lenta. Los insumisos de las Células Comunistas
La unión que no fue: nacimiento y muerte del PCEU
III. LA TERCERA OLA DISIDENTE
Frente al eurocomunismo: ¡unificación!
La disidencia ortodoxa en el comunismo catalán
«Catalunya marca el camino». El impacto del V Congreso
El Partit dels Comunistes de Catalunya, «un partido de los comunistas de siempre»
Auge y caída del PCPE
La gran ilusión, la creación del PCPE
Entre la supervivencia y el desengaño. El PCPE ante el fin del socialismo real
CONCLUSIONES
FUENTES Y BIBLIOGRAFÍA
PRÓLOGO
La historia del comunismo español en sus diversas facetas ha experimentado en las últimas décadas una notable renovación, que ha venido a subsanar anteriores errores y exageraciones determinadas por enfoques sobradamente militantes y esencialistas, bien apriorísticamente hostiles, bien excesivamente apologéticos. Esta renovación ha supuesto no solo una actitud general distinta, más académica y distanciada, ante el tema de estudio, sino también y sobre todo una ampliación del campo temático y un profundo replanteamiento metodológico. Entre otras cosas, se ha ido encuadrando cada vez más en los marcos de una historia política remozada y también de una historia sociocultural de amplio espectro.
El presente trabajo, que ahora llega a las librerías tras un largo proceso de reflexión y elaboración, es un fruto palpable de esta modernización historiográfica. Sus páginas bien meditadas y su esquema perfectamente articulado muestran –a mi modo de ver– el buen hacer de su autor, joven pero ya avezado artesano de la historia. Y digo artesano en el mejor sentido de la palabra, porque es seguramente como mejor puede definirse la tarea o lo que –en certera expresión– Marc Bloch prefería llamar «el oficio de historiador».
Aunque todo libro –al menos cualquiera que merezca la pena– siempre es susceptible de múltiples lecturas y puede dar lugar a valoraciones distintas, la mía particular quiere hacer hincapié en las que creo que son las grandes virtudes de esta investigación. La primera es que el autor ha sabido acotar certeramente su objeto de estudio, perfilándolo y reconstruyéndolo de tal modo que desde ahora queda plenamente incorporado al campo general (la historia del comunismo, la izquierda y las luchas sociales en nuestro país) con trazos bien definidos. Eduardo no solo rescata a la que bautiza como «disidencia ortodoxa» de un cierto olvido o infravaloración, condescendiente o beligerante, frente a un PCE que, pese a sus sucesivas crisis, siempre conservó una robustez que no pudieron alcanzar quienes lo criticaban por su abandono de «los principios»; y también ante una «izquierda revolucionaria» (trotskista, maoísta, consejista) aparentemente más glamurosa, tal vez por su perfume sesentayochista, que siempre aporta un plus de sobrevaloración en un mundo como el nuestro, presto a reconocer moral o estéticamente las rebeldías románticas fracasadas, siempre que queden reducidas a la inoperancia. Eduardo aprovecha para dar nombre a la cosa, argumentando vigorosamente en favor de la opción de ortodoxos frente a la –casi siempre despectiva– de prosoviéticos, que además arrastra connotaciones –que el análisis de este libro rechaza, creo que con razón– sugeridoras de un origen fundamentalmente externo del fenómeno. Pero, además, recorre con coherencia una trayectoria de dos densas décadas, incluyendo el final del Franquismo, la Transición y la adaptación postransicional al nuevo escenario que reafirmaba viejas hegemonías sociales. La afortunada metáfora de las olas ayuda a visualizar un proceso cuya diversidad de derivaciones y episodios queda perfectamente clarificada.
La segunda virtud del libro reside precisamente en su afinado proceso de elaboración. A diferencia de tantos objetos de trabajo que terminan imponiendo su lógica propia al investigador, Eduardo teoriza, estructura, articula conexiones y reconstruye dinámicas dando forma a un objeto de estudio que, aunque como todos es susceptible de nuevos matices y aportaciones, queda desde ahora, y creo que por mucho tiempo, acotado con sus esquemas y su nomenclatura. Un tema además rescatado para la historia sociocultural, con la aplicación de operativas nociones como las de memoria colectiva, identidad o cultura política, que tanto están contribuyendo a renovar la historia política actual. Todo ello, con un soporte documental sólido y consistente, fruto de un rastreo minucioso y una amplia nómina de testimonios personales que enriquecen una visión que nunca renuncia a cierta perspectiva «desde abajo».
Un tercer rasgo es la presencia, subyacente y que aflora solo de manera ocasional, del interés personal del autor por los procesos de los que habla, y que no está reñido con un prioritario compromiso, inexcusable en cualquier historiador que se precie, por la reconstrucción veraz, más allá de simpatías o antipatías con quienes son objeto de su bisturí analítico y crítico. Por fortuna, Eduardo está lejos de aplicar a sus «biografiados» el tono condescendiente que Thompson rechazaba para los que han ido «a contracorriente» y no han logrado triunfar en sus pequeñas o medianas batallas; en las grandes, dicho sea de paso, este fracaso último es, en definitiva, compartido con los demás sectores que también quisieron «asaltar el cielo». Como bien señala Eduardo con cita interpuesta (¡gran hallazgo el texto del 18 Brumario aplicado a la ocasión!), los hombres hacen su propia historia, aunque no la hacen a su libre arbitrio ni sin el peso –que es también estímulo– de «las generaciones muertas» y «los espíritus del pasado». Esta invocación de las propias tradiciones, que quienes se estudian en este libro consideran traicionadas, configura una ortodoxia que Eduardo no menosprecia ni rechaza en sí misma, al menos si se entiende a la manera lukacsiana, no como mera guardiana de un pasado glorioso, sino como «anunciadora» de la relación del presente con «la totalidad del proceso histórico». Pero –no nos engañemos– los juicios y valoraciones del autor de este libro no son exactamente complacientes o acríticos, en especial cuando la ortodoxia actúa como freno o factor de ofuscación con respecto a la realidad; como buen historiador, su perspectiva es etic o distanciada, aunque tenga en cuenta la visión emic de los propios protagonistas.
Poco más se me ocurre añadir. Quizás el reconocimiento de que mi opinión está inevitablemente condicionada por haber visto nacer y crecer al historiador y a su trabajo, asistiendo al siempre grato espectáculo de presenciar, como «observador participante», de qué manera un joven investigador va puliendo sus defectos, limando sus prejuicios y rellenando las lagunas de su formación; aprendiendo, en definitiva, su oficio y asumiendo el código deontológico propio de un historiador honesto. Esta percepción emocionante, que es, mutatis mutandis, casi como revivir la propia y ya lejana experiencia juvenil, se une en este caso a un afecto y a un respeto personal e intelectual que han ido acrecentándose, que supongo correspondidos –si es que la petición de un prólogo puede testificarlo– y que ojalá no hayan dañado gravemente la ecuanimidad de mis valoraciones. Acerca de los defectos de este trabajo –que sin duda también los hay–, son los lectores quienes deben juzgar, pero estoy seguro de que al menos una parte significativa de ellos podrán compartir, sin violentar su propia percepción, mis modestas apreciaciones.
FRANCISCO ERICE
GLOSARIO DE SIGLAS Y ABREVIATURAS
| ADAMHIS | Asociación de Amistad Hispano-Soviética |
| AFOHSA | Archivo de Fuentes Orales de la Historia Social de Asturias |
| AHCCOO-A | Archivo Histórico de Comisiones Obreras de Andalucía |
| AHCONC | Arxiu Històric de la CONC |
| AHPCE | Archivo Histórico del Partido Comunista de España |
| AHUO | Archivo Histórico de la Universidad de Oviedo |
| ATLE | Archivo Tiempos de Lucha y Esperanza |
| AUS | Asociación de Amigos de la Unión Soviética |
| CC | Comité Central |
| CC. CC. | Células Comunistas |
| CC. OO. | Comisiones Obreras |
| CD | Coordinación Democrática |
| CE | Comité Ejecutivo |
| CEE | Comunidad Económica Europea |
| CEOP | Coordinadora Estatal de Organizaciones Pacifistas |
| CIA | Central Intelligence Agency |
| CJC | Colectivos de Jóvenes Comunistas |
| CMP | Consejo Mundial de la Paz |
| CNT | Confederación Nacional del Trabajo |
| CONC | Comissió Obrera Nacional de Catalunya |
| CP | Comité Provincial |
| CR | Comité Regional |
| CRAS | Comunas Revolucionarias de Acción Socialista |
| CUT | Coordinadora Unitaria de Trabajadores |
| EK | Euskal Komunistak |
| FDR | Frente Democrático Revolucionario |
| FJCE | Federación de Jóvenes Comunistas de España |
| FLP | Frente de Liberación Popular |
| FLPCA | Frente Leninista del Partido Comunista de Andalucía |
| FRAP | Frente Revolucionario Antifascista y Patriota |
| FUCA | Frente Unitario Comunista por la Abstención |
| FUSOA | Frente Unitario de Solidaridad Obrera de Asturias |
| IC | Internacional Comunista |
| IU | Izquierda Unida |
| JJ. SS. | Juventudes Socialistas |
| JCE (VIII-IX Congreso) | Juventud Comunista de España (VIII-IX Congreso) |
| JCT | Juventud Comunista de los Trabajadores |
| KKE | Κομμουνιστικό Κόμμα Ελλάδας Partido Comunista de Grecia |
| LCR-ETA (VI) | Liga Comunista Revolucionaria-ETA (VI Asamblea) |
| MC | Movimiento Comunista |
| MCA | Movimientu Comunista d’Asturies |
| MCE | Mercado Común Europeo |
| MCI | Movimiento Comunista Internacional |
| MDM | Movimiento Democrático de Mujeres |
| MDP | Movimiento Democrático Portugués |
| MRPCE | Movimiento de Recuperación del Partido Comunista de España |
| MRUPC | Movimiento de Recuperación y Unificación del Partido Comunista |
| OCE (BR) | Organización Comunista de España (Bandera Roja) |
| OMDE | Organización de Mujeres Democráticas de España |
| OPI | Oposición de Izquierdas del PCE |
| ORT | Organización Revolucionaria de Trabajadores |
| OTAN | Organización Tratado del Atlántico Norte |
| P | Partido |
| PC | Partido Comunista |
| PCA | Partido Comunista de Asturias/ Partido Comunista de Andalucía/ Partido Comunista de Aragón |
| PCC | Partit dels Comunistes de Catalunya |
| PCCH | Partido Comunista de Checoslovaquia |
| PCOC | Partit Comunista Obrer de Catalunya |
| PCE | Partido Comunista de España |
| PCE (m-l) | Partido Comunista de España (marxista-leninista) |
| PCE (VIII Congreso) | Partido Comunista de España (VIII Congreso) |
| PCE (VIII-IX Congreso) | Partido Comunista de España (VIII y IX Congresos) |
| PCEU | Partido Comunista de España Unificado |
| PCF | Parti Communiste Français |
| PCI | Partito Comunista Italiano |
| PCOE | Partido Comunista Obrero Español |
| PCP | Partido Comunista Portugués |
| PCPE | Partido Comunista de los Pueblos de España |
| PCT | Partido Comunista de los Trabajadores |
| PCTA | Partíu Comunista de los Trabayaores d’Asturies |
| PCUS | Partido Comunista de la Unión Soviética |
| PGT | Partido Guatemalteco del Trabajo |
| PP. CC. | Partidos Comunistas |
| PRN | Política de Reconciliación Nacional |
| PRUC | Promotora por la Recuperación y Unificación de los Comunistas/ Partido por la Recuperación y Unificación de los Comunistas |
| PSOE | Partido Socialista Obrero Español |
| PSP | Partido Socialista Popular |
| PSUA/SED | Partido Socialista Unificado de Alemania/ Sozialistische |
| Einheitspartei Deutschlands | |
| PSUC | Partit Socialista Unificat de Catalunya |
| RDA | República Democrática Alemana |
| RGANI | Российский государственный архив новейшей истории/ Archivo Estatal Ruso de Historia Contemporánea |
| UGT | Unión General de Trabajadores |
| UNINSA | Unión de Siderúrgicas Asturianas SA |
| UR | Unidad Regionalista/ Unidá Rexonalista |
| URSS | Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas |
INTRODUCCIÓN
Una disidencia en forma de olas
En abril de 1985, con motivo del 65.º aniversario de la fundación del PCE, el escritor y comunista Manuel Vázquez Montalbán publicaba en el órgano del PCE Mundo Obrero un pequeño artículo de reflexión titulado «La cultura de la poda».1 En sus líneas, describía la existencia de una conducta en la cultura política comunista que, a su juicio, resultaba diferenciadora frente a otras culturas políticas: la dinámica de las constantes purgas internas. No obstante, pese a lo interesante de las reflexiones del escritor catalán, tampoco está de más recordar que estas prácticas autodestructivas han existido en todos los movimientos políticos, no solo en el comunista. En todo caso, para Vázquez Montalbán, esta «cultura de la poda» obedecía a un desencadenante endógeno: la falta de mecanismos democráticos dentro de los partidos comunistas que garantizaran la pluralidad interna y que, a su vez, permitía a los partidos actuar «como si aún conservaran aquella necesidad de decantación de los orígenes, en busca de una conciencia colectiva “ideal”». Además, añadía cómo «En nombre de esa búsqueda de la conciencia colectiva ideal, de la purificación del intelectual orgánico colectivo, se han cometido auténticos genocidios internos y no siempre en el sentido figurado de la palabra genocidio. “La poda fortalece al árbol”».2 Lo cierto es que en la historia del PCE la actitud general hacia la disidencia interna fue siempre la misma: la censura, el estigma y la persecución de quienes opinaban de manera diferente a la dirección del partido. Al contrario de lo que se pueda pensar, estas prácticas no desaparecieron con el paso del tiempo. De tal manera que se volvieron a reproducir masivamente con la llegada de la crisis generalizada del movimiento comunista internacional en la cual se inserta este trabajo. Sin embargo, es necesario recordar que las formas empleadas para llevar a cabo las purgas internas fueron evolucionando, de modo que no resultan comparables los métodos utilizados en los años cuarenta con los de los años setenta y ochenta.3 Por otra parte, también resulta relevante resaltar que esta «cultura de la poda» no fue un fenómeno en propiedad exclusiva de los dirigentes más reformistas, sino que, tristemente, se volvería a reproducir de manera bastante similar en los distintos partidos que los expulsados fueron creando a lo largo de los años.
Un repaso a la historia reciente de los comunistas españoles permite rastrear la existencia de disidencias internas prácticamente en cualquier periodo. Sin embargo, no todos los movimientos de oposición fueron iguales en su origen, ni tuvieron la misma configuración e influencia. El fenómeno de la disidencia sufrió un aumento exponencial y un salto cualitativo tras la «fecha bisagra de 1968» y la crisis general del movimiento comunista.4 La crisis de Checoslovaquia de ese año se convertiría en el detonante para el surgimiento de un movimiento centrífugo de unas dimensiones nunca antes vistas en la historia del PCE. Lo que diferenciaría esta nueva disidencia de otros movimientos precedentes era su propia configuración interna, que bien podría definirse como una especie de oxímoron, ya que, como bien señalaba Gregorio Morán, 1968 fue el año en que la ortodoxia se convirtió en disidencia.5 Además, otro factor importante es que, lejos de desaparecer al remitir el eco del 68 checoslovaco y convertirse en un estallido momentáneo, este fenómeno sufriría nuevos impulsos durante las dos décadas siguientes que guardarían importantes nexos entre sí.
En cuanto a su origen, el fenómeno disidente se demostró poliédrico. Por una parte, en su despliegue resulta evidente el peso inicial de conflictos particulares entre sectores de la militancia comunista, cuyo origen era relativamente diverso. Se trataba de episodios muy localizados, pero que motivaron la transformación colectiva de sectores que hasta ese momento se habían identificado con la dirección del partido como críticos y disconformes. Por otra parte, también es importante recalcar que existió un nexo común que articuló fuertes vínculos culturales entre las distintas etapas de esta disidencia. Ese vínculo no fue otro que una autopercepción compartida por estos militantes como comunistas contrarios a la nueva línea más moderada del PCE, que simbolizaba como nadie su secretario general Santiago Carrillo. Un proceso marcado por la construcción colectiva de su identidad. Es decir, en la construcción de las diferencias existentes entre el «nosotros» que les definía y el «ellos» que encarnarían los sectores oficialistas del PCE. Para articular ideológicamente su rechazo, reivindicaron la ortodoxia del marxismo-leninismo, el internacionalismo proletario y el modelo bolchevique de partido, elementos todos ellos clásicos de su cultura política y pilares de la identidad comunista durante décadas. Además, otro rasgo diferenciador fue la pervivencia simbólica de la URSS como un referente mayormente positivo, a la vez que reivindicaban la memoria colectiva de los comunistas españoles en todas sus facetas.
Conviene subrayar cómo este proceso tuvo una configuración que se alargó durante décadas y que fue más allá de los conflictos meramente coyunturales. El fenómeno de la disidencia ortodoxa se enmarcó en una rebeldía colectiva de corte transversal que fue llevada a cabo por distintos sectores de la militancia comunista en diversos momentos de la historia. Además, sus orígenes hay que buscarlos dentro de cada etapa en un momento concreto en el cual se produjo la toma de conciencia frente a lo que valoraban como un proceso de mutación de la identidad global del PCE, que a sus ojos suponía una renuncia intolerable. Sería esta transformación en su mentalidad la que les haría romper los vínculos de la disciplina de partido y actuar tanto dentro como fuera del PCE con un objetivo: recuperar lo que consideraban que un día había sido el Partido Comunista de España.
La historiografía sobre el PCE en las últimas décadas ha conocido un importante repunte, tanto en cantidad como en calidad, y, por suerte, cada año aparecen nuevos e interesantes ensayos o monografías. Los estudios sobre el fenómeno comunista que se llevaron a cabo de forma posterior a la II Guerra Mundial estuvieron, en la mayoría de los casos, tremendamente condicionados por el contexto de la Guerra Fría. La producción escrita sobre este objeto de estudio oscilaba entre la burda manipulación anticomunista y la hagiografía heroica de los textos de carácter más militante. La historiografía producida a partir de la década de los setenta se centró especialmente en una historia política donde las perspectivas internas y los enfoques «desde abajo» desempeñaban un escaso papel. Otros campos de las ciencias sociales, como por ejemplo la sociología o la antropología, sí centraron sus miradas en las teorías de los sujetos sociales o la identidad colectiva, pero en muchos casos equipararon erróneamente la participación en organizaciones clandestinas con alguna clase de patología psicológica (personalidades dependientes, baja autoestima, baja inteligencia o egocentrismo).6 Estas categorizaciones derivadas de una perspectiva anticomunista también se pueden encontrar fácilmente, incluso en la actualidad, en el campo de la historia, como muestra el uso acrítico del concepto de «religión política».7 Sin embargo, en los últimos años, han surgido nuevos enfoques de investigación que rompen con la historiografía clásica, centrada principalmente en dirigentes y episodios concretos, lo que abre perspectivas inéditas de análisis y permite identificar nuevos sujetos de estudio dentro de la vida del PCE.8 Para el caso español resultan especialmente relevantes el libro colectivo Nosotros los comunistas. Memoria identidad e Historia Social, el libro de Juan Andrade El PCE y el PSOE en (la) Transición o los escritos de Giaime Pala sobre la identidad de la militancia en el Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC).9 En estas obras se trabaja sobre la identidad de los comunistas desde categorías sociológicas que, lejos de ver el comunismo como una «patología política», 10 tratan con el rigor necesario los problemas vinculados con los procesos de construcción de la identidad colectiva de la militancia comunista. También resultan muy relevantes todos aquellos estudios que se encuentran relacionados con el estudio de las políticas de memoria de los comunistas.11 En los últimos años han continuado apareciendo libros sobre esta temática, demostrando que la historiografía sobre el PCE se encuentra en un buen momento.12
Asimismo, también se han producido interesantes avances en el estudio de las diferentes organizaciones que formaron parte de la denominada «izquierda revolucionaria española», es decir, de aquellos movimientos que se consideraban revolucionarios frente a la supuesta deriva reformista del comunismo oficial. Este nuevo objeto de interés historiográfico es fruto del cuestionamiento del relato historiográfico clásico sobre el «Régimen del 78». Aunque la gran mayoría de los estudios tienen un formato más bien descriptivo, existen algunas excepciones. En los últimos años han destacado muchas aportaciones en formato de comunicaciones en congresos, tesis doctorales y pequeños ensayos, contribuyendo a enriquecer el debate sobre las identidades militantes. En este sentido, es especialmente relevante el libro de Gonzalo Wilhelmi Romper el consenso. Izquierda radical y movimientos sociales en la transición publicado en 2016.13 También ha sido importante el papel de los exmilitantes de diversos partidos y organizaciones, que han comenzado a construir memoria en torno a sus experiencias de lucha, contribuyendo con la publicación de varias obras.14
Los comunistas ortodoxos se encuentran a medio camino entre el PCE y la izquierda revolucionaria. Sin embargo, la historia de ambas corrientes ha tendido a ignorar o minusvalorar su existencia. Una de las pocas excepciones son los textos escritos por Julio Pérez Serrano sobre el conjunto de la izquierda revolucionaria española.15 También han aparecido otras contribuciones, como las de Víctor Peña, quien analiza a los comunistas ortodoxos desde una perspectiva fundamentalmente política.16 Por mi parte, a lo largo de estos años de investigación, también he publicado algunos artículos y contribuciones a congresos sobre este sector comunista.17 Sin embargo, la historia de una buena parte de los comunistas ortodoxos estaba por escribir y esto se debe, principalmente, a las limitaciones de su proyecto político, ya que como bien señala Thompson «las vías muertas, las causas perdidas y los propios perdedores caen en el olvido».18 El presente trabajo es la primera ocasión en la cual se estudia el fenómeno de la disidencia comunista ortodoxa de forma global y monográfica. Por lo tanto, su objetivo principal es contribuir a esclarecer una de las facetas más desconocidas de la historia del comunismo español, sin la cual esta quedaría incompleta.
La acotación del objeto de estudio y el interés por conocer tanto las experiencias de los militantes como sus representaciones sociales y culturales condicionaron el uso de la metodología empleada, de carácter fundamentalmente cualitativo. Sin embargo, también lo fue el difícil acceso a fuentes cuantitativas o cuantificables, como estadísticas sociológicas de militancia o número de tiradas de periódicos. No obstante, siempre que ha sido posible se ha incorporado este tipo de apreciaciones, ya que la cuantificación permite «aportar un óptimo valor instrumental; sirve para basar, para apoyar una explicación, pero no reemplaza a la explicación misma».19 Para ello, me baso en los principios de la historia sociocultural, poniendo especial hincapié en su identidad, memoria e imaginario colectivo. Estos aspectos son analizados en profundidad a lo largo de todo el libro. De esta manera, se utiliza una metodología que tiene como objetivo la búsqueda de una perspectiva totalizadora que permita sacar el máximo rendimiento a unas fuentes disponibles caracterizadas por su fragmentación.
La hipótesis de partida de este libro es que los múltiples conflictos internos producidos en el seno del PCE no estuvieron manipulados por la intervención exógena de algún servicio secreto de un país socialista. Bien al contrario, se trató de un proceso fundamentalmente endógeno, cuyo origen hay que buscarlo en las consecuencias de la mutación progresiva de la política y la imagen del PCE entre sectores de su militancia. También fue importante el contexto, marcado por las frustraciones del último Franquismo, la Transición y la crisis del Movimiento Comunista Internacional (MCI). La arribada de estos cambios no siempre fue bien recibida, produciéndose como consecuencia varios movimientos disidentes, cuyo nexo común radica en la importancia de la autopercepción clásica de la identidad comunista.
Fruto de una exhaustiva investigación, este trabajo se propone una clasificación de esta corriente en tres etapas. Estas fases son lo que he denominado «olas». La metáfora tiene un propósito heurístico y, como toda clasificación, procura arrojar luz para una mejor comprensión de los fenómenos complejos, como el que aquí se analiza. Por supuesto, esta forma de entender la configuración de un fenómeno sociopolítico no es la primera vez que se plantea en las ciencias sociales. La clasificación en olas, con sentidos variados, ha sido ampliamente utilizada para ofrecer una conceptualización de diversos movimientos sociales. En 1996, el sociólogo Immanuel Wallerstein editaba un volumen sobre la historia de los movimientos sociales a escala global bajo el sugerente título de Making Waves. Worldwide Social Movements, 1750-2005. En su introducción, Wallerstein llamaba la atención sobre la necesidad de estudiar la relación entre la existencia de oleadas con características propias y la existencia de un proceso de acumulación sobre el cual iban surgiendo los nuevos impulsos.20 Además, en las conclusiones de este libro se resaltaban especialmente dos hallazgos novedosos. El primero se refería al impacto global de la lucha de los movimientos sociales en el mundo capitalista. El segundo eran las interesantes relaciones de sinergia que se producían entre los viejos movimientos sociales y el surgimiento de otros nuevos. Fenómeno que, a su vez, se veía complementado por las radicales transformaciones que sus acciones producían en las fuerzas contra las cuales protestaban.21
Existen muchos estudios centrados en movimientos sociales concretos que, de alguna manera, también utilizan la conceptualización de las olas, aunque su significado pueda ser algo diferente. Por ejemplo, la visión cíclica, que habla de una marea que se va desarrollando en olas. Un buen ejemplo serían las ondas de movimiento producidas a lo largo del tiempo en algunos movimientos sociales, como las oleadas huelguísticas del movimiento obrero, los ciclos de protesta del pacifismo o el movimiento ciudadano.22 Por otra parte, otros movimientos, como el movimiento de personas afrodescendientes en Estados Unidos, sí han sido estudiados poniendo en relación las distintas olas que configuraron su historia. De tal manera que cada ola aporta elementos nuevos, se ciñe a contextos novedosos y acumula enseñanzas y herencias de la anterior.23 Sin embargo, si existe un movimiento social donde este acercamiento heurístico ha tenido especial impacto, ese ha sido el feminista.24 Los estudios sobre este movimiento, en algunas ocasiones, han tratado de plantear una visión progresiva de las distintas olas un tanto determinista, a modo de generaciones que van subiendo escalones, lo cual también ha generado polémicas:
Durante más de un cuarto de siglo, la teoría feminista ha sido presentada como una serie de olas ascendentes, y esto ha sido presentado como una serie de divisiones generacionales y diferencias de orientación política, así como diferentes formulaciones de objetivos. La imaginería de las ondas, aunque connota movimiento continuo, implica una trayectoria singular a modo de una teleología inevitablemente progresiva. Como tal, limita la forma en que entendemos qué ha sido el feminismo y dónde ha aparecido el pensamiento feminista, al tiempo que simplifica la rica diversidad política y filosófica que ha sido característica del feminismo en todo momento.25
Esta visión también ha sido criticada por una parte de la comunidad académica como, por ejemplo, en el caso de la filósofa marxista y feminista Gilliam Howie, quien observa en este planteamiento un enfoque esencialista que muestra una carencia de análisis que parta de la realidad material y social. De tal manera que la crítica contra las olas se formula, no contra la existencia de olas en sí mismas, sino contra una visión determinada que segmenta excesivamente cada una, estableciendo compartimentos estancos sobre la base de visiones idealistas del pasado de este movimiento.26 Estas visiones, además, reflexionan muy poco sobre la propia metáfora de las olas. En mi opinión, dicha metáfora, empleada en el contexto adecuado, tiene una fuerza explicativa muy visual y no ha sido explotada suficientemente en el campo de los estudios sobre el comunismo español. Por ello, si bien emplearé este elemento como categoría analítica, no dejaré de acotar sus límites ontológicos con el fin de dotarlo de significado, transformándolo en un concepto relevante para el análisis de la disidencia comunista ortodoxa. La clasificación, como tantas otras que se pudiesen hacer, no está exenta de problemas, pero con todo resulta especialmente útil a la hora de presentar este fenómeno de la forma más clara posible al lector, conjugando los aspectos diacrónicos y sincrónicos que se pretenden mostrar.
Para el presente trabajo se toma la metáfora de las olas del feminismo en su consideración como movimiento social, político y teórico conceptualizado como un proceso. Esa idea de «proceso» resulta especialmente útil para explicar cómo el fenómeno de la disidencia ortodoxa en el comunismo español se desplegó gradualmente, no de un día para otro, y que, además, permite apreciar la existencia de tres etapas diferenciadas con rasgos propios.
En relación con los aspectos diacrónicos de este trabajo, además de la idea de proceso, es importante destacar la idea de «solapamiento». Del mismo modo que las olas del mar se suceden las unas a las otras, los partidos y organizaciones que encarnarán la siguiente ola disidente emergen cuando todavía resisten los anteriores. Mientras conviven, los segundos van ganando espacio a los primeros, con retraimientos, hasta que la primera ola se disipa y la segunda se impone como dominante. En este sentido, el concepto de «ola» permite mostrar la sucesión temporal de tres etapas de la disidencia con características propias. Al mismo tiempo, facilita mostrar la permeabilidad de los límites entre estas etapas, conviviendo temporalmente unas olas con otras. Esta clasificación rompe con la artificialidad de las categorizaciones meramente diacrónicas, que trazan límites rígidos forzando en exceso el fenómeno estudiado y ocultando la complejidad de la realidad material. Por ello, la metáfora de la «ola», ahora ya como categoría analítica, permite realizar un análisis más respetuoso con el fenómeno estudiado. La «ola» se sustenta sobre las ideas de «proceso» y «solapamiento». Como ya se ha mencionado, se entiende como proceso en la medida en que, si bien tiene lugar una sucesión temporal de acontecimientos, al mismo tiempo, se contemplan tanto los avances como los retrocesos, no únicamente el progreso inexorable que se ha criticado anteriormente. Por otro lado, la idea de «solapamiento» da cuenta de la complejidad de las etapas, en las que conviven aspectos de unas olas con otras, retroalimentándose entre ellas, aunque sea a través de la crítica o la polémica. Es por ello por lo que unas olas «conversan» con otras, y desde esa «conversación» se construyen las unas con las otras. Así es como se mostrarán, por un lado, las distintas etapas en las que la disidencia comunista ortodoxa se constituye con características que les son propias; y, por otro, la permeabilidad de los límites y las sinergias temporales y temáticas. La clasificación en olas también permite un análisis sincrónico centrado, especialmente, en la identidad comunista.
Por todo ello, este trabajo ha tenido que estructurarse de una forma doble, incluyendo una caracterización general y un desarrollo cronológico. La introducción funciona a modo de ventana transversal desde la que perfilar las principales características de este fenómeno enfocado desde una perspectiva social y cultural. De esta manera se logra obtener una visión global de la historia de esta disidencia, que posteriormente se estudiará con detalle. El elemento de la identidad comunista funcionó como un nexo que favoreció la permeabilidad de unas olas con respecto a otras. Por eso se convirtió en el principal vector de este fenómeno. En ese sentido se analiza el proceso de construcción de una identidad colectiva por parte de los disidentes ortodoxos. Además, se problematizan las categorías con las que hasta ahora han sido clasificados, especialmente el término «prosoviético», y se propone, razonadamente, utilizar el de comunistas ortodoxos por considerarlo más riguroso y realista.
A continuación, se encuentran las tres olas de la disidencia ortodoxa en el comunismo español, dividido en otros tantos capítulos. En ellos se realiza un repaso de las principales etapas y episodios de cada ola con el objetivo de lograr una comprensión total del objeto de estudio. Cada ola se distingue por una serie de tópicos, problemas y características que les son propios. Al mismo tiempo que abarcan distintos periodos en la historia que se narra, en tanto que forman parte de un proceso, también se encuentran relacionadas las unas con las otras. Por ello se pueden encontrar elementos de la primera en la segunda y de ambas en la tercera. Esto tiene que ver con las reacciones, críticas y diálogos entre las diferentes tradiciones, grupos y partidos que formaron parte de esta corriente del comunismo español. Además, es necesario volver a resaltar la idea del solapamiento y del desarrollo sincrónico del análisis de este fenómeno. Es por ello por lo que en los distintos capítulos pueden aparecer algunos segmentos cronológicos similares, donde lo que cambia es la perspectiva del sujeto que se está estudiando en ese momento.
El primer capítulo tras la introducción está dedicado íntegramente a explicar la primera ola de la disidencia ortodoxa. En él se realiza un repaso general por las principales características de la primera fase, cuyo origen se encuentra en el alejamiento por parte del PCE de la identificación con la URSS. Sus páginas abarcan desde los orígenes hasta el proceso de atomización de los años setenta e incluso la prolongación de algunas organizaciones hasta su extinción a mediados de los ochenta. Comienza analizando las consecuencias de la crisis de Checoslovaquia de 1968 para los comunistas españoles, especialmente para aquellos que se van a manifestar contrarios a la posición adoptada por el PCE. Este episodio resulta especialmente importante por ser el que desencadenó la aparición de una disidencia ortodoxa relevante por primera vez en la historia del partido. Seguidamente, se examina el proceso de formación del primer partido comunista ortodoxo en 1971, el PCE (VIII Congreso). Además, también se profundiza en aquellos rasgos culturales y de militancia que le aportaron una singularidad propia. Por último, se analiza la historia de los dos partidos resultantes de una crisis interna en la citada organización. Por una parte, el Partido Comunista Obrero Español (PCOE) de Enrique Líster, con escasa incidencia, marcado por la histórica personalidad de su secretario general, que acabaría completamente marginado de las dinámicas de la tercera ola y se integraría en el PCE en 1986. Por otra, el Partido Comunista de España (VIII-IX Congresos), liderado por Eduardo García y que, aunque con mayor número de militancia, siempre guardó un gran mimetismo con el PCE y destacó por una adhesión incondicional a la URSS. Este partido sí se acabaría integrando en la tercera y última ola disidente.
El segundo capítulo está dedicado a la segunda ola disidente. Una ola cuyo origen ya no se relacionaba de forma directa con la crisis con el referente soviético. Su nacimiento se nutriría del malestar existente debido a la falta de democracia interna en el interior del PCE, así como con un malestar fruto de la moderación en la táctica del partido. Además, este movimiento llegaría a reivindicar la identidad clásica de los comunistas como una pieza muy importante en su lucha. Frente a un perfil militante más clásico y obrerista característico de la primera ola, la segunda estaba compuesta en su mayor parte por jóvenes profesionales y universitarios. El capítulo comienza analizando el impacto del VIII Congreso del PCE celebrado en 1972 entre estos sectores y el surgimiento de un movimiento disidente que demandaba mayor libertad de expresión y la adopción de unas posiciones más combativas. Esto dio lugar a la aparición de una tendencia interna conocida como la Oposición de Izquierdas (OPI), que pretendía cambiar el partido desde dentro de sus estructuras. Lejos de conseguirlo, la mayoría de sus miembros se vieron abocados a permanecer fuera del partido debido a las expulsiones. Por eso, a continuación, se analiza la corta historia del Partido Comunista de los Trabajadores (PCT), surgido de las cenizas de la OPI.
Acto seguido, le llega el turno a otra organización ortodoxa. Se trata de las Células Comunistas (CC. CC.), cuya mayor influencia se vivió en las Islas Canarias. Este movimiento también tuvo especial peso entre sectores profesionales e intelectuales, quienes plantearon nuevas críticas al sistema de funcionamiento interno del partido, al mismo tiempo que reivindicaban la identidad comunista más clásica. Por último, se analiza un episodio de transición entre la segunda ola y la tercera, como fue el caso del nacimiento y crisis del Partido Comunista Unificado (PCEU). Este partido nació de la fusión en 1980 entre el PCE (VIII-IX Congreso) y el PCT, es decir de la fusión entre la primera y la segunda ola. Sin embargo, rápidamente surgieron drásticas desavenencias que provocaron la existencia de dos organizaciones enfrentadas pero que utilizaban el mismo nombre. Estas organizaciones acabarían participando activamente en la consolidación de la tercera ola disidente hasta acabar integrándose en ella.
El tercer y último capítulo está dedicado a la tercera ola, cuyos orígenes están directamente relacionados con las consecuencias moleculares que el eurocomunismo produjo en el PCE y con la grave crisis interna que atravesó ese partido entre 1978 y 1989. Las principales características de esta etapa estaban relacionadas con esa crisis y con la búsqueda de un referente colectivo que el PCE había dejado de representar para muchos militantes. Por tanto, era una ola que volvía a reivindicar la identidad comunista que, según estos sectores, había sido abandonada con la irrupción del eurocomunismo. La forma de hacerlo estaba vinculada a la consigna de la unidad de los comunistas como vía para la construcción de un nuevo partido que rivalizara con el PCE e incluso que lograra desbancarlo. Fue una ola mucho más heterogénea que las anteriores, en parte por su mayor amplitud numérica, lo que permitió integrar una diversidad relativamente amplia de perfiles de militancia. Además, esta ola permitió asimilar los restos de otras anteriores en su seno, con las que «conversó» hasta integrarlas o lograr destruirlas. El capítulo comienza indagando en los orígenes de esta oleada, repasando la existencia de algunos fenómenos locales en los cuales, en plena Transición, se crearon plataformas de unidad comunista potenciadas por grupos de comunistas independientes. Además, también se hace un repaso sobre el proceso de formación de los primeros grupos de peso, como la Coordinadora Leninista que lideraba García Salve. Más tarde ya aparecerían las primeras plataformas formadas por los expulsados del partido dirigido por Carrillo, como el Movimiento de Recuperación del PCE (MRPCE) o la Promotora de Recuperación y Unificación de los Comunistas (PRUC).
Todos estos grupos fueron convergiendo, no sin problemas, hacia la celebración de un congreso de unificación. En este contexto la crisis del comunismo catalán marcó el inicio de un nuevo impulso para los disidentes en toda España. Cataluña fue el escenario del mayor fenómeno de disidencia contra el eurocomunismo. La crisis desatada antes y después del V Congreso del Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC) ofreció una nueva perspectiva a la disidencia ortodoxa. Este episodio se convertiría en un detonante que logró canalizar los descontentos existentes por múltiples factores y nuclearlos en torno a la idea fuerza de recuperar la identidad comunista. Tras una política de expulsiones masivas, los disidentes fundarían el Partit dels Comunistes de Catalunya (PCC). Un partido que contaba con miles de militantes, una fuerte integración en el territorio y en la clase obrera catalana. En el futuro, este partido se convertiría en el principal impulsor y valedor general de los comunistas ortodoxos. Finalmente, en 1984 se produciría un congreso de unidad comunista en el que participarían todas las fuerzas de la tercera ola. Este cónclave dio lugar a un nuevo partido, primero llamado Partido Comunista (PC) a secas y más tarde Partido Comunista de los Pueblos de España (PCPE). En sus primeros años, el PCPE alcanzaría una buena implantación. Sin embargo, como se analiza en el último epígrafe, acabaría sufriendo una importante crisis interna con el abandono de un relevante sector de su militancia, que se reintegraría en el PCE. A esto se sumó el inicio de la crisis de los países del socialismo real, fenómeno que afectaría drásticamente a esta corriente comunista.
LA ORTODOXIA COMO HILO CONDUCTOR
Los comunistas ortodoxos fueron una corriente del comunismo español que tuvo su base en las divergencias surgidas fruto de los cambios producidos en el PCE de los años finales del Franquismo y la Transición. Como respuesta a esos cambios, muchos comunistas sintieron la necesidad de defender la percepción de lo que significaba para ellos ser comunista. Entre esas transformaciones tuvo mucho peso el distanciamiento y la crítica al PCUS, pero también todos los elementos identitarios que el arquetipo simbólico del país soviético aún representaba entre los comunistas españoles.27 Es cierto que no se trató de un proceso homogéneo, pero es que la filiación colectiva se expresa muy pocas veces a través de identidades completamente integradas y monolíticas.28 A lo largo de las sucesivas olas en las que se estructura la historia de esta corriente comunista se puede rastrear la existencia de una relativamente rica pluralidad de factores simbólicos que les aportaban algunos rasgos específicos. Sin embargo, estos elementos diferenciadores, aunque siempre estuvieron de alguna manera presentes, fueron diluyéndose en el propio proceso global de disidencia ortodoxa que les hizo converger bajo una misma afinidad política y cultural.
Por lo tanto, una importante paradoja es la que se da en esta corriente por la presencia de lo que a primera vista podría ser caracterizado como múltiples microidentidades. Esta interpretación se sustentaría en esa pluralidad interna que existió gracias a la diversidad de su origen político y las trayectorias militantes de sus miembros.29 Lejos de que esto suponga en esta corriente una división de facto en varias identidades excluyentes, las diferentes olas convergieron bajo el paraguas de una misma identidad múltiple. Es decir, una autopercepción que pese a tener unos fuertes elementos comunes también tenía una notable pluralidad interna. La existencia de identidades múltiples en los movimientos sociopolíticos no es una característica exclusiva de los comunistas ortodoxos, se trata de un fenómeno del cual existe una amplia literatura en el campo de la sociología.30 Sin embargo, es necesario recalcar cómo este factor fue una característica importante de los comunistas ortodoxos a lo largo de las diferentes olas. Esto fue debido a la variedad de criterios y sentimientos que llevaron a estos actores a la adhesión a estas organizaciones. No es lo mismo que la disidencia se desarrolle debido a la posición que tuvo el PCE respecto a la URSS o a la CEE, que a la sensación de hartazgo y desencanto por falta de democracia interna. No obstante, como ya se ha planteado, al final todas estas divergencias acabaron convergiendo y sumando en la construcción de una misma subcultura ortodoxa. En este sentido, también es importante resaltar cómo, además de reafirmar el «yo» personal y común, la identidad opera siempre como un principio organizador con relación a la experiencia individual y colectiva, ayudando a identificar aliados y adversarios.31 Precisamente por eso se puede afirmar que los comunistas ortodoxos tenían una identidad múltiple, es decir, internamente heterogénea. Las distintas olas disidentes generaron distintas autorrepresentaciones que coexistieron en diferentes organizaciones e incluso algunas veces llegaron a generar tensiones entre ellas. Durante este proceso adquiere mucha importancia el papel de las identidades como organizadoras del sentido. El sociólogo Manuel Castells define el sentido como «la identificación simbólica que realiza el actor social del objetivo de su acción».32 Este mismo autor ha propuesto varias categorías sobre la identidad partiendo de la base de que son los sujetos y sus objetivos concretos los que determinan su contenido simbólico y su sentido para quienes se identifican con ella o contra ella. De acuerdo con estas categorías, podríamos considerar a los comunistas ortodoxos como lo que Castells llama una «identidad de resistencia», dado que se encuentran «en posiciones/ condiciones devaluadas o estigmatizadas por la lógica de dominación, por lo que construyen trincheras de resistencia y supervivencia basándose en principios diferentes u opuestos a los que impregnan las instituciones de la sociedad».33
La historia de esta corriente se puede dividir en distintas olas, las cuales guardan toda una serie de especificidades que están muy relacionadas con la problemática de la autopercepción. Los primeros que sintieron la necesidad de rebelarse fueron quienes se vieron afectados por los hechos acontecidos en la etapa que abarca desde la crisis de Checoslovaquia en 1968 hasta el VIII Congreso del PCE en 1972. Las principales características de esta primera ola son un buen ejemplo del funcionamiento de la identidad disidente. En este corto periodo de tiempo surgieron divergencias con orígenes diversos pero que tenían varios puntos comunes y acabaron confluyendo en torno a los intentos de preservación de su percepción de la cultura comunista. El esquema de su desarrollo es en buena medida extrapolable a otras olas y sirve de modelo para analizar las etapas en las cuales se pueden analizar las distintas fases de esta corriente. Como primera fase, estos comunistas plantearon una lucha desde dentro del partido con el objetivo de tratar que se rectificara la nueva línea política y se respetara su identidad. Sin embargo, en una segunda fase, fruto de un evidente trabajo fraccional y derrotadas sus posiciones por el aparato del partido, acabaron siendo expulsados parcial o totalmente del PCE. En este punto desarrollaron redes de solidaridad y apoyo entre los expulsados, ampliando su alcance e impulsando nuevos contactos entre la militancia del interior y el exilio. Una vez fuera del PCE construyeron distintas formas organizativas y se reapropiaron de la identidad comunista tradicional para construir una nueva cosmovisión colectiva basada en la ortodoxia comunista.34 Sus prácticas políticas, en muchos casos, fueron sectarias y tendentes a la atomización por culpa del fenómeno denominado «cooperación competitiva», el cual les condujo a tensiones internas y a un creciente «faccionalismo».35 Sin embargo, es importante recalcar que su leitmotiv fue siempre el de unificar a todos los comunistas que creían bajo una cultura política caracterizada por un imaginario colectivo del pasado presente.
Lejos de solucionarse, los conflictos derivados de la crisis molecular de los comunistas se reprodujeron cíclicamente como respuesta a las paulatinas transformaciones que fue sufriendo la imagen del PCE a lo largo de los años. En cada una de las olas estudiadas se pueden identificar dos fases diferenciadas. La primera fase se puede caracterizar como «latente», en tanto en cuanto la disidencia se mantiene dentro de las estructuras del PCE, en una especie de clandestinidad interna. En este periodo, la identidad se nutre de las acciones ocultas de un limitado número de actores y los grupos de disidentes se limitan a relaciones interpersonales de carácter más informal cuyo alcance es muy limitado. La segunda fase, por el contrario, se puede caracterizar de «visible». En este ciclo la principal característica es el predominio de la acción pública con el desarrollo de una activa propaganda partidista y la construcción de amplias redes de militancia. El desarrollo de estructuras organizativas más o menos estables y el trabajo abierto hacia todo tipo de trabajadores fueron otros factores importantes de este tramo.36
Otro aspecto relevante tiene que ver con el público potencial al cual dedicaban sus acciones. Este aspecto está directamente vinculado con el desarrollo de una identidad compartida entre militantes del PCE y militantes que se encontraban fuera del PCE. Además, es necesario recalcar la autopercepción existente de su papel como vanguardia de la disidencia, que actuaría a modo de «punta de un iceberg».37 Las fuentes orales ponen de manifiesto que, según su cosmovisión colectiva, en sus organizaciones «no estaban todos».38 En el imaginario colectivo de las fuerzas que encuadran al comunismo ortodoxo, el mayor número de comunistas susceptibles de compartir su línea se encontraban todavía dentro del PCE «secuestrado por Carrillo».39 Este factor explica las ambiguas relaciones de todos estos grupos con el PCE, con el que aún compartían muchos vínculos.
Llegado a este punto, es necesario profundizar en el principal conflicto que rodea a este sujeto de estudio y que es, sin duda alguna, el de su denominación. Esta corriente ha sido caracterizada generalmente como «prosoviética», aunque, como ya se ha adelantado, claramente es un término que no resulta adecuado para englobarlos. La falta de un estudio específico sobre su cultura política ha minusvalorado su heterogeneidad, arrinconando su identidad bajo la apariencia de un simple cliché. En ocasiones, cuando se aborda la historia del PCE, suele hacerse referencia a algunos de estos grupos describiéndolos como «grupúsculos sin futuro». Aunque esto no deja de ser cierto en parte, al menos respecto a sus posibilidades de tomar el PCE, no deja de ser una interpretación un tanto superficial.40 Por otra parte, la historiografía centrada en la izquierda revolucionaria ha prestado muy poca atención a esta corriente y ha ignorado la potencialidad que encierran las cuestiones relacionadas con su autopercepción por considerarlos demasiado cercanos al PCE.41 Sin embargo, una excepción temprana a la norma la encontramos en los textos del sociólogo José Manuel Roca, quien para referirse a esta corriente habla de «comunistas (prosoviéticos)». Según su tesis, estos comunistas conformarían el «sector más moderado y ortodoxo de la izquierda radical», dado que continuaron la mayoría de los postulados del PCE, partido que siempre fue su principal referencia. En cuanto a su denominación, opina que: «Nominalmente se consideran comunistas y, por su incondicional defensa de lo que denominan “el campo socialista”, también son llamados prosoviéticos».42
Otros autores realizan ciertas distinciones respecto a los grupos que se estudian en este trabajo y hablan de que es posible establecer una diferencia fundamental entre dos corrientes: los «prosoviéticos» y los «leninistas». De acuerdo con este planteamiento, Julio Pérez Serrano defiende la tesis de que, aunque estas dos corrientes tuvieron simpatía por el campo socialista y ambos se opusieron igualmente al eurocomunismo, en el fondo, existían algunas singularidades de origen que justifican esta clasificación: «los leninistas lo impugnaban por su carácter reformista y los prosoviéticos por su alejamiento de la línea del PCUS, con la que algunos leninistas marcaban ciertas distancias. Aunque todos compartían la adhesión al marxismo-leninismo y la defensa del sistema socialista internacional».43 Víctor Peña va un poco más lejos y partiendo de esta misma tesis plantea que mientras que todos los demás grupos serían simplemente «prosoviéticos», la OPI/PCT sería el único grupo susceptible de ser denominado «leninista», dado que:
para los que llamamos prosoviéticos, la contradicción principal gravitaría en torno a la lealtad y el apoyo al campo socialista internacional –y debemos recordar, desde principios de la década de 1960, este se hallaba dividido– liderado por la URSS y, en consecuencia, a su proyecto político; para los que hemos venido en llamar leninistas, la contradicción principal circunnavegaría alrededor de la lucha de clases, y que dependerá del análisis marxista que cada partido haga sobre el desarrollo del capitalismo español y de la naturaleza del Estado franquista.44
Sin embargo, todas estas conclusiones parten de unos análisis que tratan de totalizar las categorías del sujeto en función de principios politológicos sesgados. Estos análisis simplifican su identidad militante partiendo de la categoría que han proyectado durante décadas sus adversarios. De tal manera que estas categorizaciones no problematizan el origen y las consecuencias que para la historiografía ha tenido hasta ahora el uso indiscriminado de este término para referirnos a estos comunistas. Por otra parte, la segmentación en dos categorías, «prosoviéticos» y «leninistas», únicamente podría servir para excluir a la OPI-PCT de la estigmatización. Esta interpretación se debe más a una visión edulcorada de los postulados políticos de la OPI-PCT que a un análisis riguroso del proceso colectivo de construcción de la identidad de esta corriente comunista. En todas las organizaciones estudiadas en esta investigación convivieron factores colectivos e individuales que mitificaron a la Unión Soviética y los países del campo socialista. Esta cuestión tiene su origen en la cristalización cultural del imaginario comunista desde 1917 y, especialmente, desde la Guerra Civil.45 Para un análisis en profundidad sobre esta corriente comunista no se puede obviar la importancia de la experiencia de sus militantes como fuente de conocimiento para la comprensión global del fenómeno. Además, independientemente del contenido exacto de sus documentos políticos, sus militantes desarrollaron una cultura política que tuvo como base la identidad comunista ortodoxa, aunque como ya se ha comentado, esta fuera comprendida de distintas maneras y existiera una gran heterogeneidad interna.
En la historia reciente de las investigaciones político-culturales se ha desarrollado un importante debate epistemológico sobre la perspectiva de investigación. Especialmente, sobre la forma en que se estudiaban y catalogaban las culturas políticas. Por eso, desde la ciencia política se ha puesto en marcha una importante producción teórica alrededor del problema de lo que han definido como la «naturaleza de la interpretación».46 En este sentido parecen especialmente relevantes las tesis de Stephen Welch, quien en 1993 ya alertaba sobre la preponderancia de una «visión idealista» en los estudios sobre las culturas políticas. Este punto de partida tan extendido entre las investigaciones otorgaba mayor importancia a la visión del propio analista que al significado aportado por los propios actores. Estas reflexiones acompañaban a la problemática que se escondía tras el «acto de nombrar» a las distintas culturas políticas. En vez de basarse en arquetipos ideales, el autor proponía dar más importancia al contexto mediante los propios conceptos vividos por los protagonistas.47 En este sentido, también resultan interesantes las reflexiones del sociólogo Jesús Ibáñez hechas a mediados de los años ochenta, al calor de la manipulación mediática que se cernía sobre el recién creado PC que lideraba Ignacio Gallego. En su razonamiento destaca la importancia que le otorgaba a lo que se dice explícitamente y, sobre todo, de lo que no se dice de este cuando nos referimos a esta corriente comunista: «¿Por qué designarlo con el término de “prosoviético”? Ninguno de los designados como “prosoviético” se autodesignaría con esa designación (y no son más prosoviéticos que otros son proamericanos)».48 Algunos historiadores están empezando a resaltar la necesidad de superar esta visión simplista basada en un estigma. En el II Congrés de Historia del PSUC, Joan Tafalla apuntaba acertadamente algunas críticas sobre la denominación hasta entonces hegemónica sobre esta corriente:
Desde hace tiempo, y sin ningún éxito, predico a favor de superar el estigma del «prosovietismo» para designar un determinado grupo interno del PSUC que una clasificación menos interesada llevaría a adjetivar como ala izquierdista del partido. ¿Por qué no designar aquellos, que la prensa burguesa y una determinada historiografía suelen denominar «Prosoviéticos», tal como ellos se denominaban, es decir, «comunistas»? […] Una amalgama de sectores y descontentos que no cabía ni bajo la etiqueta del «prosovietismo». Una amalgama de sectores y sensibilidades que convergían en su crítica del eurocomunismo y que coincidían en autodenominarse comunistas, y punto.49
Partiendo de la base de que, efectivamente, los componentes de nuestro de objeto de estudio son, ante todo, comunistas, se hace necesario profundizar en su identidad para lograr una adecuada denominación. Como hemos visto previamente, la identidad está directamente relacionada con los procesos de acción colectiva, y se puede establecer que esta se lleva a cabo gracias a la identificación de los actores involucrados en el conflicto, el desarrollo de relaciones emocionales basadas en relaciones de confianza mutua entre sus miembros y la puesta en marcha de construcciones simbólicas que permiten conectar su lucha con su visión de la historia.50 Según este parámetro de análisis, el término «prosoviético» es esquemático y deformante. En primer lugar, estamos hablando de una corriente con una corta historia de vida de apenas veinte años, lo que dificulta la creación de una única identidad plenamente consolidada. En segundo lugar, se trata de una cultura militante que se fragua en dos contextos muy distintos, primero dentro y después fuera de las estructuras del PCE. Como su acción se desarrolló en varias olas, su disidencia se produjo en muchos casos de forma paralela, coincidiendo en los ámbitos de actuación interna/externa. Por otra parte, conviene no olvidar el proceso de ósmosis con la identidad de la izquierda radical dada su colaboración durante varios años. Bajo esta situación parece recomendable buscar nuevas categorías que engloben más representativamente a esta identidad. Precisamente por ese motivo en esta investigación se utiliza el concepto de comunistas ortodoxos. La aparición del término «prosoviético» tiene su origen en sectores anticomunistas y es previo a los años sesenta, por lo que ni siquiera nace de forma específica para denominar a esta corriente comunista. Tras el giro del PCE a finales de los años sesenta este adjetivo peyorativo pasó a usarse para estigmatizar a aquellas personas que defendían la identidad ortodoxa.51 El Diccionario de la Real Academia Española (RAE) define ortodoxo como «conforme con la doctrina fundamental de un sistema político o filosófico», además de «conforme con hábitos o prácticas normalmente admitidos».52 Es decir, la ortodoxia aplicada a este sujeto político sería la conformidad con los principios de una doctrina (el marxismo-leninismo que se profesaba activamente en el PCE hasta los años setenta), aceptados por la mayoría (de los comunistas) como los más adecuados en un determinado ámbito (la sociabilidad militante).
En realidad, la cuestión de la ortodoxia comunista ha estado siempre presente en la historia del marxismo y no es un objeto de debate excesivamente novedoso. Incluso, ha sido objeto de reflexiones por parte de grandes teóricos del marxismo, como el filósofo húngaro György Lukács. En 1923 reflexionaba, desde otra perspectiva, sobre la necesidad de defender un marxismo ortodoxo:
Así pues, marxismo ortodoxo no significa reconocimiento acrítico de los resultados de la investigación marxiana, ni «fe» en tal o cual tesis, ni interpretación de una escritura «sagrada». En cuestiones de marxismo la ortodoxia se refiere exclusivamente al método. Esa ortodoxia es la convicción científica de que en el materialismo dialéctico se ha descubierto el método de investigación correcto, que ese método no puede continuarse, ampliarse ni profundizarse más que en el sentido de sus fundadores. Y que, en cambio, todos los intentos de «superarlo» o «corregirlo» han conducido y conducen necesariamente a su deformación superficial, a la trivialidad, al eclecticismo.53
Como hemos visto anteriormente, el concepto de «prosoviéticos» resulta tremendamente conflictivo para el análisis histórico y dificulta una correcta caracterización de las singularidades de esta corriente. Esto ocurre principalmente por dos motivos. El primero reside en que cuando se usa este término se tiende a ignorar su origen e intencionalidad. Es necesario recordar que se trata de un término con claras connotaciones negativas que no se ajusta ni a la heterogeneidad de las fuerzas políticas que formaron parte de esta corriente, ni mucho menos a lo complejo de su identidad. El segundo motivo tiene relación con el bajo grado de aceptación entre los propios militantes. Este concepto no está interiorizado por la militancia, entre la cual aparecen diferentes opiniones. Además, para la casi totalidad de los comunistas entrevistados el origen de este término tiene como objetivo la descalificación desde los propios planteamientos que esgrimió el Franquismo durante cuarenta años para referirse al PCE. Es decir, construir una imagen de ellos como una fuerza externa y a las órdenes de Moscú, ajenos a la lucha de la clase obrera española por su emancipación. Si existe un consenso historiográfico para no referirse al PCE previo a 1968 como «los prosoviéticos», por los mismos motivos no es adecuado utilizarlo para calificar a los comunistas que, dentro o fuera del PCE, mantenían posturas disidentes basadas en el mantenimiento de la ortodoxia que hasta entonces había sido hegemónica en el partido. Además, la utilización del término «prosoviético» para hacer referencia a los comunistas ortodoxos lleva a embarcarse en otras posibles contradicciones historiográficas, teniendo quizás que aceptar según estos planteamientos que los comunistas más heterodoxos del PCE dirigidos por Santiago Carrillo serían susceptibles de ser denominados «antisoviéticos» por contraposición, lo cual significaría igualmente una mera vulgarización frente al complejo proceso que tuvo lugar en los intentos de construcción de una identidad eurocomunista.54
Durante el periodo de recogida de fuentes orales para la redacción de este trabajo fue quedando claro que el concepto de «prosoviéticos» no parecía ser del gusto de todos, siendo incluso un tema especialmente delicado durante las entrevistas.55 Como ya hemos visto anteriormente, un aspecto fundamental que tiene que ver con su denominación está relacionado con la construcción de la identidad colectiva. Por eso, para el análisis histórico de esta corriente, las líneas de partida deberían de pivotar en torno a esa ortodoxia abandonada que les identifica. Este importante aspecto desborda los estrechos márgenes en los que tradicionalmente se les ha definido, reducidos a una mera caricatura de la Guerra Fría. Aun cuando se trata de una identidad en construcción y a que el «mito soviético» tuvo un peso importante, nos encontramos con una rica variedad de elementos identitarios que operan a distintos niveles. Para esta colectividad de exmilitantes el término adecuado sería estrictamente el de comunistas o marxista-leninistas. Esta concepción aparece en muchas de las entrevistas. Por ejemplo, un militante obrero que formó parte de estas organizaciones respondía en estas formas cuando le preguntaban por su militancia en organizaciones «prosoviéticas»:
[…] bueno eso de prosoviéticos… Yo era simpatizante de los países socialistas como ahora soy simpatizante de Cuba, sin embargo, estoy en contra de lo que hay en la Unión Soviética, estoy en contra totalmente, más que nadie. Pero a mí me parecía mal cuando me llamaban prosoviético, porque yo soy comunista».56
Otro exmilitante, con un perfil más intelectual y que actualmente es profesor universitario, reflexionaba de la siguiente manera ante la misma cuestión de si «ellos» habían sido o no «prosoviéticos»:
Estar en el campo socialista era una cosa y ser prosoviético era otra cosa. Entonces, dentro del campo socialista estaba Yugoslavia, estaba Cuba. Y ser prosoviético era otra cosa. O sea que, yo creo que por ejemplo en la OPI de aquel tiempo, no era ya el debate, pero la inmensa mayoría de la gente no hubiera defendido la invasión de Checoslovaquia. Es verdad que luego el planteamiento era claramente prosoviético, muy formalmente prosoviético, pero era un prosovietismo, yo creo, acartonado y bastante interesado. O sea que, se te obligaba, ¿no? Es verdad que se puede decir: «oiga, pero usted está defendiendo esto» …. Pero yo creo que eran cosas que se hacían, primero, con escasa convicción y luego un poco con la idea de que lo que estaba ocurriendo no era una contaminación global del campo socialista, sino que había una corriente dominante negativa.57
Resulta muy interesante ver cómo aparecen algunas reacciones refractarias ante este estigma que se proyectan sobre los conflictos vividos en el seno de esta corriente. De esta manera, podemos comprobar que muchos de los testimonios no niegan que existiesen «prosoviéticos», pero, sin embargo, nunca lo identifican como parte del «nosotros» colectivo, sino como una característica de los «otros». Según esta visión, los «prosoviéticos» serían aquellos sectores más sectarios y dogmáticos con los que no se identificaban y a los que en muchos casos consideraban culpables de los fracasos colectivos de su corriente. De esta forma, se reapropiaban del término que sus adversarios externos utilizaban para estigmatizarlos y lo usaban en los mismos parámetros contra sus propios adversarios internos. Lo cierto es que en el mejor de los casos el término era aceptado a regañadientes, aunque ellos se sentían esencialmente «comunistas y punto»:
Sin problemas no, con algún problema. Es decir, yo creo que hasta cuando nos preguntaban, no sé si venía de arriba o lo decíamos nosotros. Que nos gustaba la política internacional de la URSS, pero que no nos gustaba su política interior […] Estábamos en la órbita de los prosoviéticos, pero ya desde el principio no nos sentíamos precisamente cómodos con eso de que se nos calificara de prosoviéticos puros y duros. Y entonces, bueno, yo no sé si a modo de disculpa, pero teníamos eso aprendido […] Nosotros nos considerábamos comunistas y punto. Nos considerábamos la vanguardia que iba a ser capaz de liberar al pueblo.58
Por supuesto, un factor importante que condiciona muchas de las respuestas sobre la cuestión del «prosovietismo» es el que tiene que ver con la valoración que realizan de su experiencia como militantes de esta corriente. En muchos casos, con el paso de los años han aflorado reflexiones más críticas sobre sus relaciones con la URSS:
Yo no lo consideraba acertado, después de mis vivencias directas con el campo del socialismo y con los tejemanejes en la construcción de partidos que dependiera de ellos. Después mis reflexiones me han confirmado en mis pensamientos. Yo mantengo la tesis de que el prosovietismo era una contradicción con lo acaecido en la URSS. Nosotros nos considerábamos prosoviéticos, leninistas, ortodoxos y por supuesto anti-carrillistas, en aquellos momentos todos estos calificativos significaban una sola cosa: comunista. Hoy, repito, hay que cuestionarlo todo.59
Sin embargo, no sería realista pensar que a todo el grueso de estos comunistas les causaba rechazo el término de «prosoviético». Para una minoría el concepto era totalmente aceptable, incluso en los términos en los que lo planteaban sus adversarios. Así lo refleja el veterano militante del PCOE en Nerja, Manuel Calderón:
Hombre, a nosotros lo de prosoviéticos no nos parecía mal porque nosotros precisamente estábamos por eso. No por copiar el modelo soviético, pero si creíamos en los logros sociales de ese país. Un sistema en el que yo realmente creía […] No, no, yo no tenía ningún problema en que me llamaran prosoviético. Vamos no, no, ninguno. Nosotros en el partido no teníamos ninguno. Marxistas-leninistas prosoviéticos. Si eres marxista-leninista no vas a ser proamericano.60
Aparte de considerarse comunistas, gran parte de esta militancia se identificaba con la corriente ideológica del marxismo-leninismo, es decir, se consideraban leninistas. El problema radica en que el concepto de «marxista-leninistas» o «leninistas» fue reivindicado de una u otra manera por varias corrientes comunistas, desde maoístas hasta algunos trotskistas. Con la expansión de la izquierda revolucionaria a finales de la década de los años sesenta, esta categoría se convirtió en un elemento de autopercepción ampliamente asignada a un conjunto heterogéneo de grupos, de tal manera que resulta confusa su utilización como elemento definitorio exclusivo de esta corriente.61
Más allá de los testimonios individuales de los exmilitantes entrevistados, las organizaciones respondieron de distinta manera ante este calificativo. El caso más excepcional de entre todos estos partidos comunistas estudiados en el presente trabajo fue el del PCE (VIII-IX). Este partido gozó de una idiosincrasia especialmente integrista que se remonta a sus orígenes a principios de la década de los setenta. Precisamente por eso, tuvo siempre entre sus principios la defensa del «campo socialista» en cualquier situación, e incluso llegó a considerarlo «piedra de toque del internacionalismo proletario».62 Este partido destacó por ser el que mejor resolvió los ataques sufridos a través de la etiqueta del «prosovietismo». Lejos de sufrirlo como un estigma, estos comunistas trataron de reapropiarse del término. De esta forma, un concepto tan controvertido se convirtió en motivo de orgullo. Para ellos, esta actitud formaba parte de lo que siempre había sido uno de los pilares fundamentales del partido comunista: «Por eso los comunistas españoles lejos de acomplejarnos cuando la burguesía y los revisionistas de derecha e “izquierda” nos califican de prosoviéticos, les respondemos: Sí, somos prosoviéticos, nos enorgullecemos de ello, siempre estaremos con el PCUS y la Unión Soviética».63
No resulta llamativo que mucha de la militancia comunista ortodoxa tratara de distanciarse del estigma que suponía la etiqueta de «prosoviéticos». La identidad surge gracias a los procesos de reconocimiento exógeno pero también de los procesos de auto-identificación.64 En muchos casos esa autorrepresentación se ve condicionada por las imágenes que crean de ellos los medios de comunicación, la opinión pública, las estructuras de poder y los grupos sociales que les son hostiles.65 Esto choca con una de las principales aspiraciones que implican los procesos de construcción de la identidad, la necesidad de diferenciarse del resto y el derecho a ser reconocidos como tales.66
La influencia que el mito movilizador soviético alcanzó entre los comunistas españoles durante el siglo XX fue, sin duda alguna, de enormes dimensiones.67 Esta cuestión tuvo bastante peso en la configuración de la identidad ortodoxa porque era un elemento que ya estaba en el «ADN» comunista de forma previa a las crisis del PCE. Este factor identitario destacaba especialmente por su funcionalidad en el conjunto de valores del universo simbólico comunista.68 Sin embargo, este seguidismo respecto a la «patria del socialismo» no fue en modo alguno un aspecto estático y sufrió una notable evolución a lo largo del siglo XX. Tras la disolución de la III Internacional los partidos comunistas fueron relajando sus relaciones con la URSS. Incluso anteriormente, durante la Guerra Civil española, el PCE impulsó un proyecto de país que destacaba especialmente por su defensa de la soberanía nacional. De esta manera, en la década de los años setenta todos los PP. CC., independientemente de su postura con respecto a la URSS, se consideraban a sí mismos organizaciones plenamente soberanas. No obstante, en el PCE esta cuestión se convirtió en un elemento conflictivo y un arma arrojadiza para la disidencia. La estrategia adoptada por los eurocomunistas también aludía a su propia historia, de hecho, resaltaba que fue el propio PCUS quien disolvió la Komintern al ser imposible hacer de los partidos comunistas un partido único.69 Para el referente de la ortodoxia comunista europea Álvaro Cunhal la «soberanía de las decisiones» era un síntoma de que los partidos entraban en una «nueva y superior fase del desarrollo del Movimiento Comunista Internacional». Esta nueva fase estaba marcada por la «madurez política» de los comunistas de Europa Occidental, pero igualmente se encargaba de denunciar la falta de independencia de clase de quienes, fruto de la presión de la burguesía, pretendían renunciar a las «realidades históricas del socialismo».70 Recordemos que el propio Líster ya había marcado sus distancias con el PCUS al votar a favor de la condena del PCE a la intervención militar en Checoslovaquia. Lejos de esconderlo, esta peculiar postura fue destacada como un símbolo de la autonomía de su partido.71 Una evidencia de ello son las polémicas declaraciones a la prensa de Carmen Gómez Serrano, militante del PCOE y cónyuge de Líster, recién regresada a España tras su exilio. Como quedó reflejado en la prensa de la época, para ella un elemento destacable era su independencia respecto a la URSS: «el Partido Comunista Obrero Español era el auténtico partido comunista, puesto que también les parecía excesivo el prosovietismo planteado por el VIII y IX Congresos del PCE, de Eduardo García. De ahí que los miembros del PCOE se consideren totalmente independientes de ambos».72
Justo en el caso opuesto se encuentra la OPI-PCT, que como ya se indicó anteriormente tuvo una personalidad muy característica. Ya durante su etapa como corriente crítica del PCE iniciada en 1973 fueron especialmente susceptibles a los distintos ataques que desde la dirección «carrillista» vinculaban sus críticas con el apoyo de los países del socialismo real:
¡Acabáramos! ¡Son rusos, espías, agentes del extranjero! Si alguna acusación podía ser más disparatada –y notablemente cínica– era esta, lanzada contra apenas un centenar de estudiantes, profesionales y obreros. Hay que repasar los mejores artículos de «Arriba» para encontrar argumentos similares.73
Este partido mantuvo en numerosas ocasiones una posición que iba más allá de la simple independencia planteada por el PCOE, era abiertamente crítico con muchos aspectos de la URSS. En realidad, se mantuvo en una posición ambivalente que alternaba la crítica a muchos aspectos concretos de la construcción del socialismo en estos países, el mantenimiento de una adhesión formal a la identidad comunista ortodoxa y la defensa total del papel antiimperialista de la URSS:
Reconociendo, analizando y asumiendo, así como evitando los errores del Este y no renegando de esa experiencia socialista es como en el oeste debemos levantar la hipoteca soviética sobre la revolución del proletariado y teniendo presente que los problemas que implican al socialismo son indisociables del mismo modo que la libertad no se puede dividir.74
A pesar de todas estas notables diferencias, el PCT acabaría unificándose con el PCE (VIII-IX) y formando efímeramente el PCEU, por lo que tradicionalmente también se le etiquetó de forma errónea como «prosoviético». En los años finales de la Transición se acrecentó la crisis del PCE, lo que provocó un movimiento más compacto, numeroso y variado. Movidos por el objetivo de la unificación de los comunistas y la recuperación del PCE, surgieron nuevas plataformas de disidencia ortodoxa que igualmente remarcaron con distintos matices su adhesión a la URSS. Este movimiento era consecuencia del desgaste que producían entre la militancia de base las políticas eurocomunistas. «El “eurocomunismo”, le gritaba un delegado obrero en una comisión del congreso a uno de los delegados a los que la prensa llama “leninistas”, no es una palabra; es romper huelgas».75 En este nuevo contexto de lucha de líneas su alternativa trató de ser nuevamente descalificada bajo el epíteto de «prosoviéticos» o «afganos».76 Este fue el caso de la crisis que se desencadenó en el V Congrés del PSUC y que dio lugar al PCC:
Hacía pocas horas que se había acabado el 5º Congreso y ya Simón Sánchez Montero decía que detrás nuestro estaba la embajada soviética. ¿Es que los obreros del Bajo Llobregat están subvencionados por la embajada soviética? ¡Hombre! Esto no tiene ningún sentido […] Nosotros no nos hemos llamado prosoviéticos. Los medios de comunicación han usado esta calificación, que ha salido de algunos miembros de la dirección eurocomunista del partido […] Nosotros no hemos dicho nunca: somos prosoviéticos. Nosotros hemos dicho siempre que somos comunistas, ahora, también hemos dicho que antisoviéticos no lo seremos. Pero una cosa es el propósito de no ser antisoviético y otra cosa es que te coloquen el cartel de prosoviético cuando no lo has pedido.77
Esta campaña de desprestigio hacía los disidentes continuó de forma paralela a la crisis de identidad del PCE y a la convergencia de militantes ortodoxos en una misma organización. Un buen ejemplo de la intensidad de estos ataques lo encontramos en la portada de Cambio 16 correspondiente al número 713 de 1985. En la portada de este número aparecía una ilustración donde se mostraba a Ignacio Gallego como uno de los lagartos alienígenas de la popular serie de televisión V, acompañado del titular «Ignacio Gallego: El lagarto de Moscú». En su interior, varios artículos de dudoso rigor informativo defendían una visión sesgada que se centraba de forma obsesiva en la financiación que supuestamente obtenía este partido de los países del Este. También se incluía una pequeña entrevista al propio Gallego, donde respondía en estos términos a la pregunta de si su partido era o no «prosoviético»:
Nosotros somos comunistas internacionalistas. Es cierto que nos llevamos bien con los comunistas soviéticos, los cubanos, los nicaragüenses…, pero ¿Por qué no íbamos a llevarnos bien? Al fin y al cabo, todos los partidos comunistas defienden el mismo ideal, que es el de acabar con el sistema capitalista.
Sin embargo, cuando se nos califica como pro soviéticos se intenta desprestigiarnos. Eso es una trampa. Antes para descalificarnos, nos llamaban rojos y extranjeros.78
No obstante, como ya hemos visto anteriormente, en el caso de los testimonios conseguidos gracias a las entrevistas realizadas a exmilitantes, esta visión no era totalmente homogénea. También es necesario resaltar que a principios de los años ochenta para muchos comunistas ser «prosoviético» era algo normal y razonable, pero no su principal seña de identidad. En palabras de Francisco García Salve, más conocido como «el cura Paco», «ser prosoviético tal como anda el mundo no es ninguna ofensa. Es una señal de buen sentido, de clarividencia y de espíritu revolucionario».79
Para resumir, es necesario destacar que la corriente comunista ortodoxa fue portadora de una singularidad identitaria fruto de la historia específica del comunismo español, por eso tiene una serie de rasgos diferenciales.80 Nos encontramos con una corriente con una idiosincrasia propia y con una composición bastante más heterogénea de lo que se ha escrito hasta ahora. Tradicionalmente, la corriente política que construyó esa identidad ortodoxa ha sido clasificada como «prosoviética». Este calificativo estaba basado en criterios propagandísticos de la época y no se corresponde a un análisis exhaustivo de los pormenores que constituyen su identidad. Su postura respecto a este encasillamiento fue diversa. Mientras que unos trataban de escapar de esta etiqueta y se defendían por todos los medios, otros, en cambio, lo encajaban con orgullo. Claro que la defensa de ese término estuvo basada en la perspectiva contraria, defender a la URSS debía ser lo «normal» para un comunista. Las bases de su autopercepción pivotaron siempre sobre elementos fácilmente identificables que bebieron directamente de la memoria histórica construida por los comunistas españoles. Los valores del republicanismo vinculados al sacrificio comunista en la Guerra Civil, el obrerismo de las luchas sociales en la clandestinidad o los valores del internacionalismo que aún representaba la URSS fueron sus símbolos más utilizados. Quizás, la imagen de Unión Soviética construida en las mentes de miles de comunistas españoles representó el principal elemento de choque respecto a los cambios producidos en el PCE. Pero se trató en todo momento de un elemento más dentro del amplio imaginario cultural de las tres olas disidentes.
Esta corriente destacó por su heterogeneidad interna fruto de diferencias generacionales y teóricas. La construcción de esta identidad no fue un proceso único ni homogéneo, sino que tuvo varias etapas y estuvo marcada por la interacción y ósmosis con el resto de la izquierda revolucionaria. Por eso, la corriente comunista ortodoxa construyó su identidad durante cerca de dos décadas a la sombra de los cambios sufridos en el PCE. Detrás de la defensa del referente soviético se encontraba una resistencia al cambio, pero también una búsqueda de alternativas ante la frustración que suponía la falta de resultados de las nuevas políticas del PCE. Las distintas experiencias y ritos de paso marcaron especialmente las perspectivas de estos comunistas. En esta situación de crisis política, purgas internas y búsqueda de nuevos referentes, fue donde se construyó realmente una identidad colectiva propia. Los lazos y los vínculos que mantenían estas personas iban más allá de los partidos en los que militaban. Compartían una misma visión que, con distintos matices, recalcaba la necesidad volver a los principios originales del movimiento comunista para tratar de resistir en un momento de crisis, aunque fuera a contracorriente. En este tipo de circunstancias se mezcló el factor humano y el político, lo que dio lugar a un compromiso personal que vinculó su proyecto vital con la consecución de un proyecto político: la tan esperada reconstrucción comunista. De esta manera, pese a los orígenes diversos de sus miembros, sus cosmovisiones y objetivos políticos fueron convergiendo en la década de los años ochenta.
1 Manuel Vázquez Montalbán: «La cultura de la poda», Biblioteca Mundo Obrero 2, abril de 1985, p. 13.
2 Ibíd., p. 13.
3 Una buena muestra de la brutalidad de los métodos empleados en décadas tempranas se puede ver en Fernando Hernández: Los años de plomo. La reconstrucción del PCE bajo el primer franquismo (1939-1953), Barcelona, Crítica, 2015.
4 Giaime Pala y Tommaso Nencioni (eds.): El inicio del fin del mito soviético, Madrid, El Viejo Topo, 2008, p. 10.
5 Gregorio Morán: Miseria y grandeza del PCE (1939-1985), Barcelona, Planeta, 1986, p. 784.
6 Una buena síntesis de las principales aportaciones de la sociología en las teorías de acción colectiva desde una perspectiva crítica se puede ver en Donatella Della Porta: «Las motivaciones individuales en las organizaciones políticas clandestinas», en Benjamín Tejerina Montaña y Pedro Ibarra Guell (eds.): Los movimientos sociales. Transformaciones políticas y cambio cultural, Madrid, Trotta, 1998.
7 El concepto de «religión política» ha sido utilizado desde el marco teórico de las tesis del totalitarismo con el objetivo, entre otras cosas, de descalificar todos los aspectos de la experiencia histórica de la corriente comunista durante el siglo XX. Véase François Furet: El pasado de una ilusión: ensayo sobre la idea comunista en el siglo XX, Madrid, EFE, 1995. Sobre la evolución del concepto de «religión política», véase Hans Maier: «Political religion: A concept and its limitations», Totalitarian Movements and Political Religions (8)1, 2007, pp. 5-16; Zira Bo: «La tesis de la religión política y sus críticos: aproximación a un debate actual», Ayer 62, 2006, pp. 195-230.
8 Hace más de una década David Ginard ya advertía del comienzo de una nueva etapa en los enfoques utilizados para elaborar la historia del PCE. Véase David Ginard: «La investigación histórica sobre el PCE desde sus inicios a la normalización historiográfica», en Manuel Bueno Lluch, José Hinojosa y Carmen García (coords.): Historia del PCE: I Congreso, 1920-1977, I, Barcelona, FIM, 2007.
9 Giaime Pala: «El PSUC hacia dentro. La estructura del partido, los militantes y el significado de la política (1970-1981)», en Giaime Pala (ed.): El PSU de Catalunya. 70 anys de lluita pel socialisme. Materials per a la historia, Vilassar de Dalt, Associació Catalana d’Investigacions Marxistes, 2008; o también, del mismo autor: «El militante total. Identidad, trabajo y moral de los comunistas catalanes bajo el franquismo», Cahiers de civilisation espagnole contemporaine 10, 2013.
10 Esta visión ha sido ampliamente difundida en obras como Robert Service: Camaradas. Breve historia del comunismo, Barcelona, Ediciones B, 2009; Stéphane Courtois: El libro negro del comunismo: crímenes, terror y represión, Madrid, Ediciones B, 2005.
11 En este sentido destacan los escritos de José Carlos Rueda Laffond. Por poner algunos ejemplos de entre su extensa producción historiográfica: «Escritura de la historia en televisión: la representación del Partido Comunista de España (1975-2011)», Historia Crítica 50, 2013, pp. 133-156; «¿Un pasado que no cesa? Discurso patrimonial y memoria pública comunista en el franquismo y la transición española», Revista de estudios sociales 47, 2013, pp. 12-24; «Perder el miedo, romper el mito: reflexión mediática y representación del Partido Comunista entre el Franquismo y la Transición», Hispania: Revista española de historia 251, 2015, pp. 833-862; «El PCE y el uso público de la historia (1956-1978)», Ayer 101, 2016, pp. 241-265; «Fábricas de comunistas: escuelas de partido y estrategias orgánicas en los años treinta», Historia y política: Ideas, procesos y movimientos sociales 40, 2018, pp. 263-297; Memoria Roja: Una historia cultural de la memoria comunista en España, 1936-1977, Valencia, Publicacions de la Universitat de València, 2018.
12 Algunos de los más relevantes aparecidos en los últimos años son Carme Molinero y Pere Ysás: De la hegemonía a la autodestrucción. El partido comunista de España (1956-1982), Barcelona, Crítica, 2016; Francisco Erice: Militancia clandestina y represión. La dictadura franquista contra la subversión comunista, Gijón, Trea, 2017; Giaime Pala: Cultura clandestina. Los intelectuales en el PSUC bajo el franquismo, Granada, Comares, 2016; Josep Puigsech Farràs y Giaime Pala (eds.): Les mans del PSUC. Militància, Barcelona, Memorial Democràtic de la Generalitat de Catalunya, 2017; Fernando Hernández Sánchez: Los años de plomo…
13 Gonzalo Wilhelmi: Romper el consenso. La izquierda radical en la Transición española (1975-1982), Madrid, Siglo XXI, 2016.
14 Martí Caussa y Ricard Martínez i Muntada (eds): Historia de la Liga Comunista Revolucionaria (1970-1991), Madrid, La oveja roja, 2014. VV. AA.: La lucha por la ruptura democrática en la Transición, Madrid, Asociación por la memoria histórica del Partido del Trabajo de España y La Joven Guardia Roja, 2010.
15 Julio Pérez Serrano: «Los proyectos revolucionarios en la Transición española: cuestiones teóricas e historiografía», en Zoraida Carandell, Julio Pérez Serrano, Mercè Pujol y Allison Taillot: La construcción de la democracia en España (1868-2014). Espacios, representaciones, agentes y proyectos, París, Presses universitaires de Paris Nanterre, 2019, pp. 567-589; «Orto y ocaso de la izquierda revolucionaria en España (1959-1994)», en Rafael Quirosa-Cheyrouze (coord.): Los partidos en la Transición: las organizaciones políticas en la construcción de la democracia española, Madrid, Biblioteca Nueva, 2013, pp. 249-291; «Estrategias de la izquierda radical en el segundo franquismo y la Transición (1956-1982)», en Marie-Claude Chaput y Julio Pérez Serrano (eds.): La transición española. Nuevos enfoques para un viejo debate, Madrid, Biblioteca Nueva, 2015, pp. 95-125.
16 Víctor Peña González: «Los partidos prosoviéticos ante la Transición. El ejemplo de la OPI-PCT», en Fundación Salvador Seguí-Madrid (coords.): Las otras protagonistas de la Transición. Izquierda radical y movilizaciones sociales, Madrid, FSS Ediciones, 2018, pp. 1023-1032; «“¡Por la República Democrática!” Los prosoviéticos españoles en la Transición española», en Ana Sofía Ferreira y Joao Madeira (coords.): As esquerdas radicais ibéricas entre a ditadura e a democracia. Percursos cruzados, Lisboa, Colibrí, 2019, pp. 65-78. «El movimiento de Células Comunistas y la recuperación del Partido Comunista, 1974-1984», Investigaciones Históricas 40, 2020, pp. 733-762.
17 Eduardo Abad García: «Entre el internacionalismo proletario y la disciplina de partido. Los comunistas asturianos ante la crisis de Checoslovaquia», Historia del Presente 30, 2017, pp. 155-169; «Contra el aventurerismo de izquierda, contra la claudicación de derecha. Las relaciones de los comunistas ortodoxos con el resto de la Izquierda Revolucionaria en la Transición», en Fundación Salvador Seguí-Madrid (coord.): Las otras protagonistas…, pp. 1011-1024; «Ortodoxos, disidentes y revolucionarios. El proyecto político de los comunistas españoles fieles al campo socialista (1968-1980)», en Teresa M.ª Ortega López, Eloísa Baena Luque (dirs.), Francisco Cobo Romero, Miguel Ángel Arco Blanco, Nuria Felez Castañé, Claudio Hernández Burgos, Pablo López Chaves, Gloria Ruiz Román y Juan Antonio Santana González (eds.): Actas del IX Encuentro Internacional de Investigadores del Franquismo. 80 años de la guerra civil española, Sevilla, Fundación de Estudios Sindicales y Cooperación de Andalucía, 2017, pp. 283-292; «El otoño de Praga. Checoslovaquia y la disidencia ortodoxa en el comunismo español (1968-1989)», Historia Contemporánea 61, 2019, pp. 971-1003; «Una ortodoxia transnacional. Notas sobre la historia cruzada entre el PCP y los leninistas españoles», en Ana Sofía Ferreira y Joao Madeira (coords.): As esquerdas…, pp. 129-144. «Viento del este. La URSS en la cultura militante de los comunistas españoles (1917-1968)», Hispania Nova 19, 2021, pp. 196-228.
18 Edward P. Thompson: La formación de la clase obrera en Inglaterra, Madrid, Capitán Swing, 2012, p. 30.
19 Manuel Tuñón de Lara, Metodología de la historia social de España, Madrid, Siglo XXI, 1977, p. 48.
20 Immanuel Wallerstein: «Foreword» en William G. Martin (coord.): Making waves. Worldwide Social Movements, 1750-2005, Colorado, Paradigm Publishers, 2008, p. vii.
21 William G. Martin: «Conclusion: World Movement Waves and World Transformations», en William G. Martin (coord.): Making waves. Worldwide Social Movements, 1750-2005, Colorado, Paradigm Publishers, 2008, pp. 168-174.
22 Edward Shorter y Charles Tilly: Strikes in France 1830-1968, New York, Cambridge University Press, 1976; Sidney Tarrow: Power in Movement. Social Movements and Contentious Politics, Nueva York, Cambridge University Press, 1998, pp. 141-160.
23 Michael O. West: «Like a River: The Million Man March and the Black Nationalist Tradition in the United States», Journal of Historical Sociology (12)1, pp. 81-100.
24 Una obra general donde explica el feminismo como un movimiento estructurado en olas se puede ver en Marlene LeGates: Making Waves: A History of Feminism in Western Society, Toronto, Copp Clark / Addison Wesley, 1996. Para un acercamiento acerca del origen y las opiniones ante esta conceptualización, ver Karen Offen: European Feminism 1700-1950. A Political History, Stanford, Stanford University Press, 2000, pp. 25-26.
25 Esto se puede ver en la existencia de toda una serie de 19 publicaciones bajo el epígrafe: «Breaking feminist waves» de la editorial Palgrave Macmillan. Este texto se ha recogido de la presentación de esa serie que se recoge en cada publicación. Por ejemplo: «Series Foreword», en Gilliam Howie: Between Feminism and Materialism. A Question of Method, Nueva York, Palgrave Macmillan, 2010, pp. 9-10.
26 Gilliam Howie: Between Feminism…, pp. 4-10.
27 Francisco Erice: «El “orgullo” de ser comunista. Imagen, autopercepción, memoria e identidad colectiva de los comunistas españoles», en Manuel Bueno y Sergio Gálvez (eds.), Nosotros los…, p. 150.
28 Alberto Melucci: L’Invenzione del Presente. Movimenti, Identidá, Bisogni Individuali, Bolonia, Il Mulino, 1982. Y del mismo autor: Challenging Codes, Cambridge / Nueva York, Cambridge University Press, 1996.
29 La identidad nunca es completamente uniforme, sino que se ve atravesada por la clase social, la etnia o el género. En este sentido, una identidad más amplia como la comunista o la comunista ortodoxa se modula siempre en relación con los diferentes contextos. Es necesario partir de la base de que las categorías relacionadas con la identidad deben usarse de forma no esencialista, dando cuenta de las limitaciones que muchas veces plantean estas categorías si se usan de forma estática. También se debe huir de fragmentar en exceso estas categorías, puesto que se podría argumentar que existen tantas identidades como personas. Al mismo tiempo, resulta muy pertinente usarlas para aglutinar una serie de particularidades generales y poder explicar el fenómeno. De tal manera que la mejor forma de operar metodológicamente es realizando un equilibrio riguroso que permita extraer el potencial que tienen estas categorías sin caer en excesivas fragmentaciones.
30 Donatella Della Porta y Mario Giani: Los movimientos sociales, CIS, 2011, Madrid, pp. 134-137.
31 Nancy Whittier: «Political generation, Micro-cohorts and the Transformation of Social Movements», American Sociological Review 62, 1997, pp. 760-778.
32 Manuel Castells: La Era de la información: economía, sociedad y cultura. El poder de la identidad, II, México, Siglo XXI, 1999, p. 29.
33 Ibíd., p. 30.
34 Eduardo Abad: «Ortodoxos, disidentes…», pp. 283-292.
35 Donatella Della Porta y Mario Giani: Los movimientos…, p. 205.
36 Esta clasificación es una adaptación que parte de los esquemas desarrollados en Alberto Melucci: Challenging…
37 Testimonio de José Manuel Álvarez, Pravia, Oviedo, 12 de marzo de 2014.
38 Testimonio de Mario Huerta, Gijón, 4 de junio de 2015.
39 «Empecemos por organizarnos», Por la unidad. Órgano mensual de expresión del MR-PCE-Madrid 3, mayo de 1983.
40 Carme Molinero y Pere Ysàs: «El Partido del antifranquismo (1956-1977)», en Manuel Bueno, José Hinojosa y Carmen García (coords.): Historia del PCE…, p. 23.
41 Por poner solo un par de ejemplos, tanto en la pionera obra de Consuelo Laíz como en las recientes investigaciones de Gonzalo Wilhelmi no existen referencias a esta importante corriente.
42 José Manuel Roca: «La izquierda comunista revolucionaria en España (1964-1992)», Leviatán: Revista de hechos e ideas 51-52, 1993, p. 94.
43 Julio Pérez Serrano: «Orto y ocaso…», p. 271.
44 Víctor Peña González: «Los partidos prosoviéticos…», p. 1036.
45 José Carlos Rueda Laffond: Memoria Roja…, p. 202.
46 Un resumen de las principales posturas de este debate se puede leer en Javier de Diego Romero: «El concepto de “cultura política” en ciencia política y sus implicaciones para la historia», Ayer 61, 2006, pp. 264-266.
47 Stephen Welch: The Concept of Political Culture, Londres, MacMillan Press, 1993, p. 80.
48 Jesús Ibáñez: «Análisis sociológico de textos y discursos», Revista internacional de sociología 1, 1985, p. 129.
49 Joan Tafalla: «Les conseqüències de la transició en el PSUC», en Giaime Pala y Josep Puigsech Farràs (dirs.): Les mans del PSUC…, p. 265.
50 Donatella Della Porta y Mario Giani: Los movimientos…, pp. 28-29.
51 Eduardo Abad: «Ortodoxos, disidentes…».
52 RAE: Diccionario de la lengua española, en línea: <https://dle.rae.es/?id=RFyJugd> (consulta: 15/06/2019).
53 Georg Lukács: Historia y …, Barcelona, Orbis, 1985, pp. 57-58.
54 Este contradictorio proceso ha sido estudiado de forma específica en Emanuele Treglia: «Un partido en busca de identidad. La difícil trayectoria del eurocomunismo español», Historia del presente 18, 2011, pp. 25-41.
55 El uso inicial del término «prosoviético» para referirme a su identidad generó no pocos rechazos en el proceso de establecimiento de contactos con las personas que era susceptibles de ser entrevistadas. En vista de que este fenómeno se repetía con frecuencia se optó por un tratamiento mucho más amplio, partiendo de la base de que existían distintas autopercepciones, aunque existiera un consenso generalizado en que ellos eran ante todo comunistas.
56 Testimonio de Gonzalo Victorino García Fernández, Gonzalín, Fondo series de vida, B2/14, AFOHSA.
57 Testimonio de Juan Torres, Sevilla, 18 de diciembre de 2017.
58 Testimonio de Hugo O’Donell, Oviedo, 31 de enero de 2019.
59 Testimonio de Manuel Góngora, Sevilla, 13 de diciembre de 2017.
60 Testimonio de Manuel Calderón, Nerja, 18 de diciembre de 2017.
61 Fernando Vera Jiménez: «La diáspora comunista en España», Historia Actual Online 20, 2009, pp. 35-48.
62 «Frente al revisionismo del grupo carrillista, los militantes y organizaciones del Partido Comunista de España levantan la bandera del marxismo-leninismo y del internacionalismo», 1970, caja n.º 5, Fondo Pedro Sanjurjo, AHUO.
63 «Boletín de información del Partido Comunista de España» 1, junio de 1973, caja n.º 3, Fondo Pedro Sanjurjo, AHUO.
64 Donatella Della Porta y Mario Giani: Los movimientos…, p. 143.
65 Alberto Melucci: Challenging Codes…; Jhon Drury y Steve Reicher: «Collective Action and Psychological Change», British Journal of Social Psychology 39, pp. 579-604; Judith. A. Howard: «Social Psychology of Identities», Anual Review of Sociology 26, pp. 367-393.
66 Craig Calhoun (ed.): Social Theory and the Politics of Identity, Oxford / Cambridge, Blackwell; Alberto Melucci: L’Invezione del Presente…
67 Francisco Erice: «El impacto de la Revolución rusa en el movimiento obrero español: el surgimiento del PCE», en Juan Andrade y Fernando Hernández Sánchez (coords.): 1917. La Revolución rusa cien años después, Madrid, Akal, 2017, pp. 331-348.
68 Francisco Erice: «El “orgullo” de ser…», p. 150.
69 Gregorio López Raimundo y Antonio Gutiérrez Díaz: El PSUC y el eurocomunismo, Barcelona, Grijalbo, 1981, p. 122.
70 Álvaro Cunhal: Un partido con paredes de cristal, Madrid, Editorial Agitación, 2013, p. 153.
71 Enrique Líster Forján: Así destruyó Carrillo el PCE, Madrid, Planeta, 1983, p. 187.
72 «Rueda de prensa de la Esposa de Líster», El comercio, 9 de octubre de 1977.
73 De la OPI al Partido Comunista de los Trabajadores, PCT, 1977, p. 10.
74 «Non al oportunismu políticu», Asturias Comunista (segunda época) 5, julio y agosto de 1977, p. 3.
75 Manuel Sacristán: «A propósito del V congreso del PSUC», El País, 22 de enero de 1981.
76 Carme Molinero y Pere Ysàs: De la hegemonía…, p. 366.
77 «Entrevista realizada por Joan Cata en el semanario “El Maresme” en diciembre de 1981», en Salida a la superficie. Josep Serradell «Román», PCC, 1998, pp. 134-135.
78 «Ignacio Gallego: La Unión Soviética no nos ha dado un rublo», Cambio 16 713, 29 de julio-5 de agosto, 1985, p. 36.
79 Francisco García Salve: Por qué somos comunistas, Madrid, Penthalon ediciones, p. 218.
80 Julio Pérez Serrano: «Orto y ocaso…», p. 271.
1. LA PRIMERA OLA DISIDENTE. DE LOS ORÍGENES A LA ATOMIZACIÓN
DE LA CRISIS DE CHECOSLOVAQUIA AL PCE (VIII CONGRESO)
1968. Mundos que chocan: la crisis de Checoslovaquia1
El año de 1968 tuvo una importancia decisiva para la identidad comunista y los futuros conflictos en el seno del comunismo mundial. Algunos autores sostienen que 1968 actuó como una «fecha bisagra» dentro de la historia de los comunistas de Europa occidental, al igual que otros momentos trascendentales en su historia como 1956 o 1989.2 Checoslovaquia, que hasta ese momento había tenido un discreto papel dentro del movimiento comunista internacional, pasó a convertirse en el centro de atención primordial por parte de los sectores progresistas y comunistas de todo el mundo. El curso de reformas emprendidas por la renovada dirección del Partido Comunista de Checoslovaquia (PCCH)3 puso al país centroeuropeo en el punto de mira de todas las discusiones sobre el futuro del socialismo en Europa. Lo cierto es que esta fecha marcó un antes y un después en el rumbo de los comunistas. Existe un consenso generalizado entre los grandes historiadores del comunismo en que la crisis de Checoslovaquia supuso un punto de inflexión, que ahondó la crisis del MCI y la separación de los partidos comunistas de Europa occidental y oriental.4 Para Maud Bracke, el pensamiento y la estrategia comunistas se habrían renovado en 1968, pero también se produjo un proceso de fragmentación, y sus limitaciones fueron expuestas. De esta manera, en Occidente la ortodoxia comunista se habría visto desplazada por una revolución cultural heterodoxa que incorporaba un nuevo simbolismo que rompía con muchos de los iconos de la cultura política comunista, como fue el caso de la URSS.5
Lo cierto es que, a lo largo del planeta, ni los entusiastas ni los detractores vieron venir el dramático desenlace de la «lucha de líneas» en el seno del comunismo checoslovaco. El 20 de agosto las tropas militares de cinco países del Pacto de Varsovia (Alemania Democrática, Bulgaria, Polonia, Hungría y la URSS) coordinaron una intervención armada para controlar el país y devolver su gobierno al sector más ortodoxo del PCCH. Este dramático acontecimiento se convirtió en un lugar de memoria que remitía a la «zona cero» de la crisis del movimiento comunista internacional, cuyas repercusiones no cesaron hasta la desaparición de los sistemas socialistas en Europa oriental a finales de los años ochenta. Por eso mismo, resulta crucial poder utilizar una perspectiva transnacional para poder desentrañar las peculiaridades que encierran las contradicciones existentes en torno a esa fecha como origen de una crisis que tuvo unas dinámicas de larga duración y que dio lugar al nacimiento de una nueva corriente comunista disidente que, paradójicamente, se reivindicaba de la ortodoxia existente hasta ese momento.
Las repercusiones de la crisis de Checoslovaquia para el caso concreto del PCE también fueron enormes. Sin embargo, muchas veces, los enfoques historiográficos han preferido centrarse solo en algunos aspectos muy específicos. Se trata de perspectivas que privilegian el análisis político de los factores novedosos que constituyeron la esencia del eurocomunismo: su génesis, sus dirigentes, sus políticas de alianzas o su nueva estrategia.6 La escasa presencia de los conflictos internos causados por la crisis checoslovaca evidencia las limitaciones de estos puntos de vista. Por otra parte, también es necesario señalar que, debido a la conflictividad que despierta este tema, la literatura producida sobre esta crisis está marcada por visiones altamente antagonistas, aunque en Occidente destaquen con mucho los textos contrarios a la invasión.7 Las primeras muestras de interés por este tema ya aparecían tempranamente en el libro de Guy Hermet8 y continuaron hasta la excelente obra monográfica editada por Giaime Pala y Tommaso Nencioni que analizaba este proceso en el caso del Partido Comunista francés, italiano y español. Resultan muy interesantes sus conclusiones, ya que han analizado esta crisis centrándose en la perspectiva militante. Para ellos, más que la ruptura con la Unión Soviética, la crisis de Checoslovaquia comportó una notable transformación en el papel del militante de base. En su opinión, tras 1968, los militantes se volvieron más «críticos» y «democráticamente disciplinados», siendo el punto de partida hacia la «laicización del partido».9
Otros historiadores también han profundizado en la crisis de Checoslovaquia como una de las causas que motivaron la ruptura entre los PP. CC. occidentales y la URSS.10 Resultan especialmente relevantes las investigaciones de Emanuele Treglia, las cuales analizan en clave comparada las tensas relaciones del PCE con los países del «socialismo real».11 Por su parte, Carme Molinero y Pere Ysás señalan que este episodio supuso un gran cambio en las relaciones PCE-PCUS. De esta manera, el PCE fue adquiriendo cada vez mayor protagonismo en el comunismo europeo. Además, para los historiadores catalanes esta crisis también reforzó su imagen independiente, lo que atacaba la línea de flotación del anticomunismo franquista. Esto habría favorecido el acercamiento a sectores contrarios a la URSS y cuyo interés por parte del PCE residía en su potencial como «compañeros de viaje» en la lucha contra la dictadura de Franco.12
Sin embargo, un análisis más centrado en una perspectiva social y cultural puede ofrecer otros resultados. En torno a la fecha del 21 de agosto de 1968 se construyó una auténtica fractura de memoria asociada a un acontecimiento traumático que dividiría a la militancia del PCE. Y es que, frente al discurso de la dirección, para un sector de comunistas españoles «la Primavera de Praga» estuvo asociada con los peligros de una contrarrevolución. La condena emitida por la dirección del PCE fue más radical e improvisada que la de otros partidos de su entorno, incluso que la del «policentrista» Partito Comunista Italiano.13 Precisamente por eso, las repercusiones de esa ruptura fueron mucho mayores que en otros partidos. A partir de este momento se abrió una nueva etapa en la historia del comunismo español, en la cual se generó un proceso de larga duración que provocaría varios conflictos con sectores leninistas situados dentro y fuera del PCE. Los cuales se expresarían a través de tres olas de disidencia. El partido de Carrillo se convirtió en los años siguientes en el PC que más firmemente formuló una actitud crítica respecto al proceso de «normalización» en Checoslovaquia.14
Es interesante señalar el hecho de que, a partir de esta crisis, comenzaría una etapa caracterizada por una importante transferencia simbólica entre los comunistas ortodoxos de ambos países. Durante dos décadas se construyó una extensa red de intercambio entre sectores disidentes españoles y el comunismo checoslovaco de la «normalización», motivado por el apoyo a lo que consideraban una «intervención militar» justificada para proteger el socialismo en ese país. La condena de la intervención en Checoslovaquia constituyó el «mito fundacional» para la primera ola de disidencia ortodoxa. El detonante para el nacimiento de un nuevo tipo de disidencia. Además, durante todo el periodo estudiado fue un elemento recurrente dentro del discurso y la memoria de muchos militantes. Precisamente por eso, considero necesario investigar este fenómeno como mito fundacional y como parte sustancial de una memoria traumática que estuvo presente durante mucho tiempo.
En este sentido, existen tres factores claves para comprender la idiosincrasia de este proceso.
El primer factor es el impacto de la invasión de Checoslovaquia y sus repercusiones en la militancia. Esto supone hacer referencia necesaria a actitudes, emociones y percepciones sobre estos acontecimientos que forman parte constitutiva de la construcción de la identidad comunista ortodoxa de la primera ola. El segundo factor es el relacionado con los dirigentes ortodoxos. Es necesario revisitar la disidencia en el seno de la dirección, profundizando más allá de un mero desarrollo descriptivo. Para ello, se ha de buscar identificar los marcadores de disidencia en el seno de la dirección, así como las reconfiguraciones de cuestiones como la lealtad o la traición, desde la reformulación de los preceptos de la moralidad comunista. Y el tercer factor es el relacionado con los estudios sobre la memoria comunista y la cultura política. ¿Cuál fue el impacto de estos acontecimientos en sus narrativas sobre el pasado? ¿Hasta qué punto activó elementos que luego fueron pilares de su cultura política? Además, la memoria de esta crisis centroeuropea también resultó un elemento conflictivo para este fenómeno. Como se analizará más adelante, no todas las olas disidentes, ni todas las organizaciones tuvieron la misma relación con la crisis checoslovaca.
Checoslovaquia como motor de disidencia en el interior del PCE
Como ya se ha explicado, la Unión Soviética llegó a representar un «capital simbólico» de primer orden para los comunistas españoles. Un referente idealizado con el cual se intentaba no confrontar. Esto fue así hasta 1968, cuando ese consenso saltó por los aires tras la invasión de Checoslovaquia. No obstante, también en los años previos hubo algunos pequeños episodios conflictivos entre ambos partidos que afectaron a aspectos aislados. En ocasiones, estos hechos han sido presentados como pruebas fehacientes de unos supuestos antecedentes en la ruptura PCE-PCUS. Sin embargo, su verdadera importancia radica en que constituyeron actitudes novedosas, aunque restringidas esclusivamente al ámbito de la dirección del PCE.15 Por ejemplo, en octubre de 1964, tras la repentina destitución de Jruschov, Mundo Obrero reprodujo un editorial en el que mostraban cierta «preocupación». Con todo, este texto, que contenía críticas moderadas, concluía de la siguiente manera:
Sin ninguna especie de incondicionalidad, guardando nuestra independencia –a la que por otra parte nadie pretende atentar– los comunistas españoles reafirmamos como una constante de nuestra orientación la amistad entrañable con el P.C.U.S y con la Unión Soviética, que han mostrado a la Humanidad entera el camino de la liberación, el camino del socialismo y del comunismo.16
Dos años después tuvo lugar un nuevo incidente en la escalada de tensiones hispano-soviéticas. En este caso, Carrillo publicó en Nuestra Bandera una crítica al encarcelamiento de los intelectuales Andrei Siniavsky y Yuli Daniel, acusados de publicar «propaganda antisoviética». El texto resultaba un tanto ambiguo y jugaba con las dinámicas recientes de la historia soviética. Por una parte, se insistía en la idea de que si bien esa condena podría haber estado justificada en la anterior etapa de «dictadura del proletariado», no se adecuaba a la nueva realidad soviética, caracterizada por ser un «Estado de todo el pueblo».17 Por otra parte, el escrito insistía redundantemente en subrayar su alineamiento incondicional con las políticas de la URSS. Probablemente, la intencionalidad del texto era manifestar una ligera crítica, al mismo tiempo que se trataba de minimizar las contradicciones que esta actitud podía generar entre la militancia.18
Un conflicto bastante más problemático fue el que estalló meses antes de la crisis de Checoslovaquia. El origen de este nuevo choque residía en la publicación de un artículo en la revista Izvestia firmado por el periodista soviético Ardakovski.19 El texto abordaba el futuro de España tras la muerte de Franco y sugería como la opción más factible una salida monárquica al régimen. Esta publicación ofendió profundamente a Carrillo, quien lo consideró una injerencia en los asuntos del PCE. En esta ocasión la repuesta no se buscó únicamente por los discretos cauces de las relaciones bilaterales,20 sino que apareció publicada en primera página de Mundo Obrero: «Para nosotros la democracia en España es sinónimo de República. La monarquía es el gobierno de la aristocracia financiera y terrateniente, de las camarillas palaciegas; el régimen de los saraos, de las fiestas señoriales; el reino del sable».21 Pese a entrañar unas formas un tanto bruscas, si se analiza el contenido se puede observar cómo la crítica fue siempre constructiva y lo único que se buscaba era una rectificación que restaurara la autoridad del PCE respecto a los temas de España.22 A modo de conclusión, es necesario recalcar que en el periodo que abarca de 1956 a 1968 no existió ningún intento real de alejarse de la URSS, ni tampoco una profundización teórica al respecto: «de ahí el carácter harto improvisado de la ruptura con el comunismo soviético y sus consecuencias».23 Precisamente por eso, tal y como se ha explicado, el valor del capital simbólico que representaba la URSS continuaba siendo muy importante para la militancia comunista.
Checoslovaquia comenzó a cobrar importancia en 1968. Especialmente, durante los ocho meses en que el Gobierno encabezado por Dubcek llevó a cabo su proceso de reformas. Los vínculos se fueron reforzando gracias a la influencia del nuevo «modelo checoslovaco de socialismo». En el mes de mayo, Santiago Álvarez señalaba en Mundo Obrero su admiración por la «vía checoslovaca al socialismo». Según sus palabras, el proyecto que se estaba construyendo en Checoslovaquia seguía una vía perfeccionada de socialismo en la misma línea que proponía el PCE: «los comunistas españoles seguimos con gran simpatía el proceso de renovación que tiene lugar en Checoslovaquia».24 Aunque esta nueva orientación confrontaba con la ortodoxia del modelo soviético, no era descrita como antagonista, sino como una adaptación a un modelo de sociedad desarrollada. La propaganda sobre Checoslovaquia se fue intensificando mediante varios artículos de prensa y alocuciones en «la Pirenaica».25 Sin embargo, no puede decirse que esta campaña fuera interiorizada por la totalidad de su militancia de igual forma, ni mucho menos concebida como una ruptura con los principios tradicionales de su cultura política. De hecho, a partir del mes de junio comenzarían a llegar a las bases del PCE algunas críticas de los soviéticos a lo que estaba sucediendo en Checoslovaquia. Con la difusión de esa «inquietud» por parte de la URSS las cosas empezaron a cambiar, un sentimiento de desconfianza comenzó a extenderse entre un sector de la militancia comunista.26 Los argumentos difundidos por la dirección del PCE ya no convencían a todos. Los sectores más ortodoxos de la organización comenzaron a preocuparse por si la «vía nacional al socialismo» en Checoslovaquia suponía un posible alejamiento del internacionalismo proletario. Según esta cosmovisión, la nueva ley de prensa daba voz a los contrarrevolucionarios y la reforma económica suponía un proceso de privatización encubierto que pondría la economía al servicio de los capitalistas extranjeros. En síntesis, este proceso de reformas fue caracterizado por estos sectores como una involución del socialismo hacia el capitalismo.27 Por si fuera poco, la autoría soviética de estas informaciones garantizaba la validez de esta perspectiva. Por primera vez, los dos pilares de la identidad comunista –«el Partido» y la URSS – tenían discursos distintos, lo que lógicamente generaba ciertas contradicciones entre la militancia. Sin embargo, hasta finales de agosto de 1968 las tensiones no fueron demasiado fuertes. El militante del interior estaba más preocupado por su día a día, más relacionado con las luchas del movimiento obrero que con los debates internacionales. Además, dados los continuos avances en las negociaciones, todo parecía entrever que la diplomacia acabaría triunfando.28 Precisamente por eso, la invasión del 21 de agosto sorprendió notablemente a la militancia del PCE. El origen de esta sorpresa estriba en dos factores. Primero, por la forma y el medio mediante el cual tuvieron que enterarse. La traumática noticia les llegaba a través de las ondas de la emisora del partido, Radio España Independiente (REI), de manera realmente sobrevenida. Segundo, por el gran calado del mensaje que contenía el comunicado de la dirección del partido. Si bien la noticia mantenía la retórica de amistad con la URSS, al final, significaba contradecir a la mismísima Unión Soviética:
Nuestra emisora está en condiciones de comunicar que la dirección del PCE consecuente con la línea que ha venido manteniendo acerca de la necesidad de evitar un desenlace dramático de la crisis surgida por las discrepancias de apreciación sobre la evolución checoslovaca, no aprueba la intervención militar sobrevenida. Al mismo tiempo, proseguirá sus esfuerzos en busca de una solución política y de la unidad y entendimiento entre los países socialistas y del conjunto del movimiento comunista y obrero internacional.29
Esta sencilla declaración oficial tendría unas repercusiones de larga duración trascendentales para la militancia comunista. Tradicionalmente, el análisis politológico circunscribe esta crisis a una confrontación ideológica entre el PCE y el PCUS. Sin embargo, esta perspectiva presenta una visión incompleta de las consecuencias de este fenómeno. Es necesario profundizar en el hondo impacto que produjo esta crisis entre la militancia y que, incluso, se podría circunscribir al terreno de las emociones. Asimismo, el empleo de la perspectiva historiográfica conocida como «desde abajo» permite analizar el impacto de este episodio poniendo el foco en la el plano social. Un acontecimiento que se convertiría a la larga en una «fecha bisagra» para la cultura militante del comunismo español. El historiador Rubén Vega advierte de la importancia del impacto de estos hechos, ya que «se trata, con toda probabilidad, de la primera ocasión en la que, pese a la clandestinidad, un debate que cuestiona la línea oficial del Partido se extiende al conjunto de la militancia».30 La crisis de Checoslovaquia desencadenó la explosión de una tensión preexistente entre dos símbolos de la identidad comunista: la disciplina de partido y la adhesión incondicional a la Unión Soviética. Estos dos ejes identitarios estaban anclados profundamente en la mentalidad militante hasta que chocaron a finales del verano de 1968.31 Gracias a la consulta de los fondos territoriales y centrales del AHPCE existen suficientes indicios para afirmar que la mayoría de las personas que formaban parte del PCE manifestó, al menos inicialmente, su aprobación hacia la intervención militar: «Sobre los acontecimientos de Checoslovaquia las posiciones son unánimes, de acuerdo con la intervención […] Y ese problema ha pesado mucho y pesa todavía».32
Esta situación desencadenó una disidencia primitiva que manifestaba un estado de frustración generalizado entre la militancia, cuyo origen se encontraba en un ataque proveniente del propio partido hacia uno de los elementos simbólicos más relevantes y aglutinantes: la URSS. El desasosiego se extendería rápidamente, generando a su paso un profundo malestar por el enroque del partido en su postura. Desde un punto de vista sociológico, entre los indignados destacaban los procedentes de sectores obreros, aunque también los había de otras clases sociales como profesionales o intelectuales.33
Sin embargo, otro factor muy importante contribuyó a que se generara ese estado de opinión generalizado entre las bases. Los medios de comunicación española llevaron a cabo una notable campaña de propaganda dirigida contra la URSS. En este sentido, los comunistas del interior vivieron la peor parte. Esta propaganda repetía el argumento del «totalitarismo soviético» para explicar la intervención en Checoslovaquia. Lógicamente, la militancia, acostumbrada a este tipo de ataques constantes por parte del régimen, cerraba filas de forma automática contra este tipo de argumentarios. Por otra parte, la prensa franquista utilizó otras fuentes más innovadoras, como la difusión de la postura condenatoria del PCI.34 Esta novedad contribuyó notablemente a enrarecer la situación y reforzar, aún más si cabe, la percepción de que la intervención era correcta. Desde esta perspectiva, pensar que era Carrillo el que se equivocaba era una contradicción importante en los términos de las reglas morales que guiaban su compromiso militante. Durante los meses que sucedieron a la invasión continuó esta pugna discursiva que buscaba influir directamente en su visión personal de los hechos. Por su parte, la Unión Soviética también desarrolló una campaña que trataba de legitimar la intervención militar. Las vías utilizadas fueron fundamentalmente dos: las emisiones de Radio Moscú en castellano y la difusión de folletos y libros que justificaban la invasión. El argumento utilizado era sencillo y fácilmente comprensible en Checoslovaquia habrían estado operando grupos contrarrevolucionarios, el PCCH había perdido el control de la situación y esto había justificado que el Tratado de Varsovia interviniera para salvaguardar el sistema socialista.35 Además, esta narrativa del pasado guardaba muchas semejanzas con los argumentos expuestos para justificar la intervención en Hungría en 1956.36 Por lo tanto, los comunistas españoles se enfrentaron a dos relatos antagónicos respecto a la crisis de Checoslovaquia. Por otro lado, la legitimidad de ambos emisores estaba clara y entraba directamente en contradicción. La permeabilidad de los argumentos soviéticos fue una cuestión que preocupó al equipo de Carrillo, quien entendía este asunto como una injerencia soviética respecto a las cuestiones internas del partido: «Por aquí siguen enviando cantidades considerables de propaganda. Últimamente el famoso “libro blanco” que conoces, publicado por un “grupo de prensa de los periodistas soviéticos”, en realidad sin que nadie firme y afronte la responsabilidad. Los argumentos que se emplean son del tipo de los empleados en el artículo del 22 de Agosto en la “Pravda”, si cabe más exagerados».37
El aparato del partido respondió con las dos principales armas con las cuales contaba: el uso del renombre de sus «cuadros» más veteranos y el sentido de la disciplina propio de la cultura comunista.38 De esta manera, tuvieron que ser sus dirigentes más prestigiosos los que insistieran en llamar a la calma. Un ejemplo se puede ver en la carta de Mario Huerta a la dirección central: «Mi escasa experiencia con los pocos que hablé es que la comprensión es fácil a condición de no andar por las ramas a medias tintas, o con tapujos para no producir fuertes impresiones».39 No obstante, esta crisis ponía de manifiesto la existencia de una importante divergencia de opiniones entre las bases y la dirección del PCE. Los orígenes de esta crisis interna son bastante complejos, pero se hace evidente que pivotan en torno a todas las conflictivas modificaciones de la política y el reflejo que esto tenía en la identidad comunista. Como bien señala Giaime Pala, para el grueso de la militancia del PCE el horizonte ideológico era más bien estrecho y su formación política se basaba en un bagaje doctrinal sencillo basado en los clásicos del marxismo-leninismo.40 Tan es así que incluso las propias organizaciones del partido en el interior señalaban que los orígenes de esta crisis se basaban en una falta de interiorización de su nueva línea:
Consideramos que la resistencia manifestada por un gran número de camaradas a condenar la intervención, tan contradictoria con nuestra línea política y con toda la estrategia del movimiento comunista internacional, refleja el muy bajo nivel político de una gran parte de nuestra base y nuestros cuadros medios. Esa resistencia es indicio de la incomprensión y la aceptación superficial de todos nuestros materiales de estudio y de propaganda, en especial de los recientes libros de nuestro secretario general.41
A pesar de ello, el balance final se acabaría decantando del lado de la dirección del PCE. Este resultado fue posible gracias a la disciplina existente en ese momento entre las personas que formaban parte de sus filas. En cambio, los informes internos muestran cómo esta crisis provocó una fuerte crispación entre la militancia y que un gran porcentaje se encontraba a favor de la intervención. Con todo, el sentido de disciplina garantizó que la crisis fuera poco a poco apagándose. Así lo explicaba Higinio Canga refiriéndose a sus intentos por conciliar ambas posturas, pese a estar a favor de la invasión:
Cuando plantean el problema de Checoslovaquia, dije yo: hombre tenéis que pensar un poco más lo que vais a decir, porque personalmente yo creo que la cuestión de Checoslovaquia es un poco compleja como para que la zanjemos así. Yo tengo una opinión, otros pueden tener otra. Mi opinión es esta: yo rogaría que antes de tomar una decisión que lo pensarais bien. Y entonces todos quedaron de acuerdo con lo que yo planteé […] En esa reunión quedamos en que calma y a esperar los acontecimientos.42
Se hace complicado calcular el impacto cuantitativo de esta crisis. Sin embargo, sí que se puede decir que tuvo una influencia cualitativa muy importante, cuya consecuencia directa fue el nacimiento de la primera ola disidente ortodoxa. Su huella se dejó sentir en la militancia del interior y también del exterior. Especialmente conflictiva fue la situación de las células del PCE en países socialistas. Aunque la mayoría de los comunistas que vivían en los países de Tratado de Varsovia estuvieron a favor de la intervención, otra parte no lo estuvo. Estos comunistas se vieron expuestos a una fuerte tensión al poder ser acusados de «antisoviéticos» por parte de las autoridades.43 Los repatriados provenientes de la URSS, los antiguos «niños de la guerra», también desempeñaron un papel relevante, ya que se caracterizaron por su fidelidad absoluta hacia la Unión Soviética por encima de las coyunturas políticas.44 Así lo recordaba en sus memorias el que fuera presidente de la Sociedad Cultural Pumarín (Gijón) y miembro del PCE en ese momento, José Leopoldo Portela:
Llega la reunión de la célula de partido en El Llano. Al ser una de las más activas, acudió un miembro del Comité Central, el camarada Ángel León. ¡Buena se armó allí! Nos encontrábamos doce camaradas, y cuando nos explicó que a Dubcek, Secretario General del Partido Comunista Checo, lo habían llevado esposado de Praga a Moscú, y que el trato que le habían dado era peor que el de la policía franquista, el camarada Juanín «El Ruso» se levantó y dijo:
–Yo no puedo aguantar más estas injurias. Así que, abandono la reunión, y desde este momento causa baja en el Partido.
Aquella discusión nos acaloró a todos de una forma exagerada. Poco faltó para que echásemos de allí al miembro del Comité. Sólo uno de los camaradas votó a favor de la postura del Comité Central.45
Los debates llegaron también a uno de los emplazamientos donde se concentraban una parte nada desdeñable de comunistas en la España franquista: las cárceles. En este sentido, vale la pena detenerse en las memorias de Juan Rodríguez Ania, quien estuvo preso en Jaén durante la invasión. Este relato es especialmente relevante por encontrarse en dicha cárcel un nutrido colectivo de comunistas. Entre ellos destacaban dirigentes del movimiento obrero y algunos estudiantes:46
A finales de agosto del 68 tuvo lugar un acontecimiento internacional que repercutiría en nuestra vida carcelaria, al menos en la mía. La invasión de Checoslovaquia por parte del Pacto de Varsovia suscitó, en el colectivo de presos comunistas, duros enfrentamientos dialécticos entre los partidarios de la invasión y los que la criticaban. Así pues, decidimos en votación enviar una extensa carta en la que manifestábamos nuestro apoyo a las fuerzas del Pacto de Varsovia, escrita en papel de fumar que me encargué de remitir al Comité Ejecutivo del P.C.E en París […] La respuesta a nuestra carta llegaría casi dos meses más tarde a través de un escrito de Santiago Carrillo, en nombre de la dirección del partido, en la que fijaba la posición del P.C.E condenando.47
Finalmente, la crispación inicial se iríra suavizando poco a poco. La fidelidad al partido prevaleció por dos motivos. En primer lugar, la presión del contexto. En un momento de auge del movimiento obrero, los militantes prefirieron centrarse en su lucha diaria contra la dictadura. En segundo lugar, la falta de una perspectiva clara de futuro si decidían proseguir con el rumbo divergente. Por su carácter improvisado, esta disidencia primitiva no ofrecía en ese momento ningún proyecto alternativo claro, solo contradicciones y frustración. Este informe sobre la situación en Asturias en los días siguientes a la invasión resulta bastante representativo de las contradicciones que sufrieron los militantes de base en el interior de España:
Hay emocionantes casos expresivos del respecto y la autoridad del partido. Los cuarenta militantes de una mina que actúan de vanguardia en la presente huelga apreciaban con entusiasmo la intervención, entre sus razones estaban «No hay quien pueda con la U.S»; «Cuando la U.S. lo hizo…», «No se puede perder un palmo de terreno», «La lástima es que no llegaron a Gibraltar», etc. Pero al enterarse que la Dirección del Partido no estaba de acuerdo decidieron callar y esperar. Esta ha sido la actitud de muchos buenos camaradas. En otros casos, esto es casi general, al iniciar el orden del día en las reuniones, el problema checo, pidieron que se retirase, en el orden del día porque conocen a través de otros la posición del P. y aunque subsista en ellos algunas dudas, posiblemente, consideraran que lo importante es discutir los problemas de aquí.48
Este conflicto también tuvo otro importante escenario de batalla en los debates de la dirección del PCE. Antes del 21 de agosto el sector ortodoxo de la dirección del partido había rechazado la confrontación a la espera de la resolución pacífica del problema.49 En la reunión del CE el 23 de julio de 1968 se ratificaron los documentos de Carrillo por unanimidad, como venía siendo costumbre, pero algunas voces manifestaban que no creían que fuera a haber una intervención y que no se podía aprobar una futura condena porque este hecho nunca llegaría a producirse.50 Si ya la invasión pilló por sorpresa a los dirigentes más ortodoxos, la condena emitida por el partido los dejó completamente descolocados. Esta incredulidad se puede observar a través de dos cartas enviadas a Pasionaria el 27 de agosto de 1968. Una estaba escrita por Eduardo García (miembro del secretariado y responsable de organización) y la otra por Agustín Gómez (miembro del CC y enlace con el PCE vasco). El objetivo de estas misivas era intentar que Pasionaria cambiara de opinión y lograr la anulación de la condena. Ambas misivas tenían por propósito generar una complicidad con Ibárruri ante la «venenosa campaña antisoviética». Es necesario tener en cuenta que Pasionaria era una autoridad moral en el PCE y encarnaba un referente de la ortodoxia marxista-leninista española, vinculada a la memoria orgánica y al «mito soviético».51 En su contenido, estas cartas señalaban a Carrillo como un único culpable de la situación en la que se encontraba el partido, pues este llevaba ya tiempo maniobrando contra el prestigio de la URSS: «En Santiago Carrillo hay una tentativa, que viene desde hace ya algún tiempo, de sembrar la desconfianza y la duda respecto al PCUS. Y en esta ocasión de los acontecimientos de Checoslovaquia esa tendencia se ha desencadenado con más fuerza todavía y es que la lógica no podía conducir a otra parte».52
Por su parte, Agustín Gómez se centraba en argumentar que la postura tomada por el CE iba en contra del pensamiento mayoritario de los militantes. Según su opinión, difundir una posición tan importante sin consultar su opinión a la militancia era antidemocrático. Estos planteamientos posiblemente no careciesen de base, puesto que estos dos dirigentes formaban parte del aparato del partido en aquel momento. Dado que era el aparato quien controlaba y ejercía el contacto con el interior, es muy posible que tuvieran una información bastante fidedigna del sentir de la militancia. Gómez insistía en recalcar que «la aplastante mayoría está con la URSS y manifiestan un enorme descontento hacia las posiciones de nuestro partido en este asunto». Además, defendía que el «internacionalismo proletario» se impondría por encima de cualquier otra consideración, ya que los militantes «manifiestan abiertamente que entre el PCUS y la URSS por un lado y cualquiera otro que les condene se quedan del lado de la URSS». Además, las acusaciones formuladas por Gómez iban un paso más allá y ponían en cuestión la política de los últimos años. En esas líneas denunciaba la existencia de un omnipresente culto a Carrillo. También destacaba la falta de democracia interna, el débil trabajo ideológico y los continuos ataques a la URSS. Para finalizar, realizaba una desesperada petición a Pasionaria: «usted no puede estar en esta grave situación con los que han condenado al PCUS y a la URSS. Si usted rectifica la posición de desaprobación que has adaptado en el primer momento y apoyas a la URSS nuevamente harías un gran servicio a nuestro Partido, a nuestro pueblo y a la causa del socialismo».53 Con todo, estos argumentos no dejan de ser los de una minoría del CC. Sin embargo, muestran algunos indicios interesantes para tratar de comprender el sentir general del grueso de la militancia comunista española.
La máxima autoridad en los aspectos organizativos del PCE, Eduardo García, había escrito una carta a Pasionaria con un carácter más íntimo y personal. De entrada, narraba cómo había vivido las declaraciones de la REI de una forma verdaderamente traumática. Una auténtica sorpresa que consideraba «contada de la misma manera que en los medios franquistas y del imperialismo norteamericano». Además, aseguraba que con esta decisión la dirección se estaba separando de las bases, que apoyaban masivamente la posición soviética. Asimismo, también le recordaba a Ibárruri que la forma en la cual se había tomado la decisión habría sido «antiorgánica». No se habría convocado al grueso de los dirigentes en un intento por parte de Carrillo de manipular los tiempos. El desenlace de la carta guarda grandes vínculos con los principales arquetipos de la memoria orgánica del PCE y de la identidad comunista, los cuales pretendía resaltar para poner en contradicción con la línea actual y, especialmente, con la decisión de emitir una condena de la invasión de Checoslovaquia: «No se puede estar con la Unión Soviética y condenar a su Partido Comunista y a sus dirigentes. Eso es un juego innoble e impropio de comunistas. Tú y Pepe nos educasteis así. Y yo te lo agradezco en el alma».54
Las cartas no sirvieron de nada, el Comité Ejecutivo publicó el 28 de agosto de 1968 un comunicado confirmando la condena. Este texto tendría una amplia difusión al ser publicado en Mundo Obrero posteriormente.55 El CE se reunió en septiembre de ese año para debatir la cuestión en profundidad. En dicha reunión, el responsable de organización, Eduardo García, se opuso abiertamente al discurso planteado por Carrillo. En su intervención, García defendió el papel de la URSS como «piedra angular del socialismo en el mundo», a la vez que se manifestaba «decididamente y sin ninguna reserva al lado de los países que han intervenido. Era necesario hacerlo como 12 años antes en Hungría».56 Su discurso estaba fundamentado en la existencia de una lucha global fruto de la lucha de clases internacional, de la que el «intento contrarrevolucionario en Checoslovaquia» sería tan solo la última pieza. En este punto también manifestaba que había sido equivocado apoyar el nuevo curso checoslovaco tan solo sobre la base de las informaciones de algunos militantes residentes en Praga.57 Otro punto de conflicto residía en la forma en la que se había tomado una decisión de este calado, mediante la decisión unilateral del Comité Ejecutivo. Por ese motivo, una activa minoría del CC reaccionó contra esta tendencia. Consideraban que se estaban adulterando los principios de no injerencia en las decisiones del campo socialista. Según su postura, el CE se había precipitado sin esperar a que se desarrollaran los acontecimientos. De tal manera que su posición –que además violaba los principios del internacionalismo proletario– condicionaba el futuro debate sobre la intervención de las tropas del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia. Así lo reflejaba Enrique Líster en sus memorias:
la decisión tomada un mes antes de la intervención fue empleada en las discusiones de Madrid y otros lugares para «convencer» a los camaradas que debía ser aprobada la declaración del CE del 28 de agosto. Este argumento se empleó, incluso, en nuestra reunión. Mendezona, tan ligero como siempre, dijo: «Se había previsto la contingencia de la intervención militar y cuál iba a ser nuestra posición». ¡Más claro, agua!58
La crisis de Checoslovaquia continuó funcionando como un elemento de tensión interna utilizado por la dirección para reforzarse, pero no dejaba de ser también un problema que buena parte de sus bases se manifestaran a favor de la invasión. Por eso, la dirección necesitaba un acto de masas que sirviera como catarsis de su cohesión interna. Más de 700 militantes acudieron el 15 de septiembre de 1968 en Ivry (París) a un mitin, donde estaba claro que se hablaría de Checoslovaquia. La intervención de Carrillo fue recordada por los ortodoxos como una auténtica ostentación de cinismo y mal gusto, ya que fue especialmente crítico con la acción de los países del tratado de Varsovia.59 Finalmente, el 18 de septiembre de ese año se celebró el plenario del CC. En esta reunión afloró abiertamente un movimiento disidente de cariz ortodoxo, un acto sin precedentes en la historia del partido.60 Sin embargo, el «cierre de filas» de los miembros de este órgano para con su secretario general fue mayoritario. Esta situación parecía mostrar un mayor grado de disciplina en las altas esferas que en las organizaciones de base, donde la crítica estaba mucho más extendida. De hecho, los informes presentados en esa reunión mostraban una realidad incómoda para Carrillo.
Las informaciones aportadas por los dirigentes de distintas partes del interior manifestaban que, al menos en un primer momento, la mayoría del partido había simpatizado con la intervención militar en Checoslovaquia. También se advertía una clara segmentación social. Mientras que la militancia de extracción obrera –perfil mayoritario en el PCE– estaba con la URSS, una minoría de intelectuales y universitarios mostraban unas críticas a la invasión aún más radicales que las del propio ejecutivo. Por ejemplo, «Jorge», delegado del partido venido de Zaragoza, relataba cómo la condena del PCE había sido recibida en «las masas» de su zona como «un ataque brutal y desorbitado». Incluso la clase obrera había identificado esta postura con la posición del régimen franquista. Esto estaría basado en el subjetivismo existente entre la clase obrera, que odiaba al imperialismo y cuyo mayor referente era Ernesto Guevara.61 Por su parte, Josep Serradell «Román» informaba de cómo se había vivido la crisis en el seno del PSUC. Según su testimonio, el partido catalán había tenido que discutir mucho su posición de condena, aunque la invasión no había afectado a su prestigio entre sus aliados. Gran parte de su militancia estaría a favor de la intervención o se resignaría a aceptar la condena para mantener la unidad. No obstante, las células de la Universidad habían hecho críticas que rozaban el antisovietismo.62 Otros militantes del PSUC, como «Blas», complementaron su información, aportando algunos datos, como que, por ejemplo, en Tarrasa, Sabadell y Lérida obreros y campesinos «estaban por la intervención».63 Otro dirigente venido de Valencia reseñaba cómo en su tierra se daba una situación que él calificaba de extraña, ya que mientras todo el mundo estaba de acuerdo con el último trabajo de Carrillo, al mismo tiempo, todos estaban de acuerdo con la intervención en Checoslovaquia. Literalmente, porque «se pensaba que algo muy importante debía haber ocurrido».64 Un caso similar habia sucedido en Asturias, donde «Ramón» informaba que ellos se habían enterado por Radio Moscú y, en parte, por ese motivo la militancia estaba mayoritariamente a favor de la postura soviética.65 Otro militante informaba de cómo las organizaciones de Toledo, Guadalajara, Segovia y Ciudad Real se habían mostrado a favor de la intervención, como respuesta a la propaganda del régimen franquista.66 Agustín Hoyos, por su parte, hablaba de cómo tanto en Galicia como en Santander los militantes estaban esperando que aparecieran pruebas que justificasen la intervención. También se quejaba de que Radio Moscú difundía supuestos testimonios de comunistas españoles que estaban completamente a favor de la acción del Tratado de Varsovia. Además, denunciaba que Eduardo García le había asegurado que otros miembros del CC estaban con sus posiciones y que contaban con el apoyo de los soviéticos.67 La excepción parecía venir de Vizcaya, donde «Fernando» decía que toda la organización estaba a favor de las posiciones del partido.68 Otro militante valenciano ponía la nota crítica al declarar que «era un reflejo de 30 años o más de esfuerzos del P(artido)» en defensa de la U(nión) S(oviética). Viejos camaradas que no quieren trabajar en la C.(omisión) O.(brera) que siguen esperando que sean los soviéticos los que nos traigan el socialismo».69
Sin embargo, la postura tomada por Carrillo había quedado clara y no era posible volver atrás. El CC aprobó el informe elaborado por el secretario general por amplia mayoría: 66 votos a favor y solo 5 en contra (Eduardo García, Agustín Gómez, Jesús Saiz, José Bárzana y Luis Balaguer). Sin embargo, es necesario tener en cuenta que no todos los dirigentes, de los que pocos años más tarde engrosen las filas del comunismo ortodoxo, votaron en contra. Un caso muy representativo fue el de Enrique Líster, quien casualmente se encontraba con su familia en Praga durante la invasión.70 Su postura, contraria a la invasión, estaba basada en un conocimiento detallado de las formas en las cuales se había producido la intervención militar, lo que le obligaba, pese a su sintonía con la URSS, a manifestarse públicamente en contra. De esta manera tan ambigua, lo expresaría en la reunión del Comité Central: «Estoy en contra de la intervención soviética en Checoslovaquia porque considero que no está justificada en este momento y, por tanto, ha sido un error. Como es natural, no estoy en contra de todas las intervenciones».71
Además, cinco miembros del CC rompieron con Carrillo y votaron en contra de la resolución del Comité Ejecutivo del 28 de agosto. El relato defendido por estos comunistas disidentes remitía directamente a los pilares de la identidad comunista. Como ya se ha explicado, un factor fundamental de esta identidad era el simbolismo que representaba la URSS. Precisamente por eso, los disidentes insistieron repetidamente en la necesidad de defender al campo socialista como un valor fundamental de su cultura política: «El campo socialista es una conquista de todos los comunistas, es nuestra mayor conquista y debemos hacer todo por reforzar tanto ese campo común como la ligazón con él». Sin embargo, esta postura no estaba exenta de complicaciones. El hecho de estar confrontando con la dirección del partido al que habían venerado hasta hace muy poco generaba muchas contradicciones que tenían que superar. Sobre todo, porque la disidencia no era un valor positivo dentro del imaginario comunista. Por eso mismo, ellos insistían en que sus críticas nunca atentarían contra la unidad o los principios del PCE. Es decir, que se harían respetando los cauces del centralismo democrático. Esta contradicción resulta muy reveladora, pues para ellos era complicado conciliar ambas cuestiones de forma coherente. No hay que olvidar que en la cultura política comunista la defensa de la unidad orgánica y el monolitismo eran pilares centrales. La sola insinuación de que un militante estaba atentando contra la unidad del partido, trasladaba automáticamente a este a la categoría de los enemigos, de «los otros». En base a esa cosmovisión, Eduardo García manifestaba que sería incapaz de hacer una cosa así: «yo no he pensado nunca, no pienso, no pensaré jamás hacer nada, absolutamente nada que pudiera perjudicar la unidad de nuestro Partido Comunista».72
Los debates en el CC y la rebeldía primitiva de las bases supusieron, siquiera, la primera batalla de un largo conflicto que recorrió el movimiento comunista español durante dos décadas. Esta crisis puso de manifiesto la existencia de tensiones latentes en el interior del PCE. Por primera vez en la historia del partido tuvo lugar un conflicto que afectó a todos los ámbitos de la organización. Como consecuencia, un sentimiento de impotencia y desasosiego afloró entre una militancia que, por vez primera, se veía obligada a escoger entre sus dos principales referentes: sus dirigentes y la URSS.
Por eso, la crisis de Checoslovaquia tuvo especial trascendencia desde el punto de vista de la memoria comunista. Hasta tal punto que se puede afirmar que la crisis de Checoslovaquia se transformó, siguiendo las tesis de Pierre Nora,73 en un «acontecimiento monstruo» para la disidencia comunista ortodoxa. Un episodio con un impacto de larga duración que separaba dos percepciones distintas de la identidad comunista. Además, continuando con los postulados de Nora, también se puede afirmar que la crisis de Checoslovaquia se convirtió en un importante «lugar de memoria». En todo caso, lo que está claro es que este acontecimiento debe ser considerado como el mito fundacional de la disidencia ortodoxa en el comunismo español. Este mito fundacional cumplió un triple propósito. En primer lugar, sirvió como un factor de legitimación, ya que muchos militantes habían estado en desacuerdo con la dirección. En segundo lugar, tenía un efecto movilizador, dado que este elemento fue el principal impulsor de la primera ola disidente. Y en tercer y último lugar, actuó como un elemento cohesionador para su causa, ya que funcionaba como un lugar común que reforzaba su identidad.
Este acontecimiento también tuvo otras importantes repercusiones relacionadas con narrativas del pasado. Por ejemplo, supuso un punto de inflexión con respecto a la memoria cosmopolita comunista, destruyendo la antigua mitificación hacía los dirigentes del PCE.74 Además, en torno a este «acontecimiento monstruo» también se produjo un choque entre la memoria orgánica del PCE y la memoria viva de sus militantes. Para una parte de la militancia comunista este cambio de rumbo significó una crisis personal que afectaría a sus recuerdos y su memoria individual. Una experiencia traumática que para un sector de los comunistas españoles puso de relieve la necesidad de rebelarse contra la dirección del PCE. Por lo tanto, la crisis de Checoslovaquia también se construyó como una memoria traumática. Este tipo de rememoraciones cargadas de valores de la tradición comunista aportaron un mayor radicalismo simbólico a su memoria colectiva, donde la visión idealizada del campo socialista actuaba como refuerzo identitario.
Sin embargo, los límites de esta disidencia primitiva estaban condicionados por la propia cosmovisión militante. Precisamente por eso, los comunistas procuraron minimizar las críticas y no supieron organizar una respuesta colectiva para forzar un mayor debate sobre la postura del PCE y el nuevo rumbo de la organización. La aparente paz que logró la invocación a la disciplina interna fue tan solo temporal. Las discrepancias abiertas tras la crisis de Checoslovaquia, lejos de desaparecer, fueron el germen directo para la aparición de la primera ola disidente.75 Para algunos militantes, su actitud crítica se convirtió en un estigma que acabaría con la trayectoria que durante años se habían esforzado por construir dentro de la organización. Como castigo a los que se resistían a dar su brazo a torcer, la dirección trató de marginarles, apartándoles de puestos de responsabilidad.76 Sin embargo, la percepción global de los comunistas ortodoxos sobre este «acontecimiento monstruo» muestra una imagen poliédrica de este. No todos los comunistas que más tarde adquirieron un mayor protagonismo en la disidencia ortodoxa consideran que el conflicto checoslovaco tuvo tanta importancia. Así, por ejemplo, Mario Huerta, exdirigente del PCPE en Asturias, cree que se trató de un acontecimiento histórico que no causó debates importantes sobre los problemas estructurales que atravesaba el PCE. En todo caso, lo cierto es que la nueva disidencia también se centraría en otros aspectos conflictivos como la nueva política de alianzas, el modelo de socialismo, la falta de democracia interna, el tacticismo y la moderación.77 Sin embargo, como ya se ha explicado, las representaciones de este acontecimiento continuaron activas en la memoria de esta corriente como un lugar común de memoria del internacionalismo proletario. No obstante, la heterogeneidad interna también afectó a su percepción sobre la invasión, no todos aprobaban en un inicio esta acción. Pese a lo cual, Checoslovaquia siempre desempeñó un papel bastante relevante. Especialmente, para el caso de la primera ola disidente.78
Solos contra todos
Resulta innegable que la crisis de Checoslovaquia tuvo gran importancia para la gestación de la primera ola. Se trató de un episodio que resquebrajó la disciplina de partido y permitió la aparición de una disidencia de matiz ortodoxo que recorrió la historia del comunismo español durante dos décadas. Fue, por lo tanto, el mito fundacional de esta corriente. Sin embargo, a corto plazo y por sí mismo, este acontecimiento tan solo produjo una «rebeldía primitiva» de su militancia que, por su falta de organización y objetivos, estuvo abocada al fracaso. Uno de los motivos estuvo en la falta de coordinación de los disidentes a nivel de base-dirección. Aunque en las bases una mayoría de militantes manifestaron sus discrepancias, no fue así en los órganos superiores, donde solo unos pocos dirigentes osaron contradecir a su secretario general. Esta distinta correlación de fuerzas marcó profundamente la forma de abordar el problema por parte de la dirección. Una vez finalizada la etapa inicial, llegó la respuesta del partido, que no era otra que la represión a los disidentes. Como se verá más adelante, serían las medidas disciplinarias hacia aquellos dirigentes más destacados las que empujaron a este movimiento hacia una segunda fase más activa.
Lo cierto es que para los cinco dirigentes del CC que habían votado en contra del informe de Santiago Carrillo y se habían mantenido en su defensa de la invasión, las perspectivas no eran muy halagüeñas. Manifestar públicamente sus críticas a la dirección del partido y mantenerlas era algo poco común en la historia de los partidos comunistas. En todo caso, las consecuencias de ese tipo de actitudes eran predecibles y solían ser bastante graves. Acostumbrados al monolitismo y la ausencia de divergencias, cualquier crítica era percibida como un ataque a la unidad del partido. Precisamente por eso, estos dirigentes, que hasta ese momento habían sido considerados como de lo más valioso de la militancia del PCE, se transformaron en otra cosa. Se convirtieron en elementos peligrosos, en personas en las cuales ya no se podía confiar. En definitiva, habían comenzado la transición del «nosotros», propio de la identidad colectiva comunista, al «los otros» asociado al conjunto de enemigos de la organización. Fruto de este proceso, el ambiente se fue enrareciendo en todo lo relacionado con estos «camaradas» y como primera medida de profilaxis fueron apartados del núcleo de trabajo de la dirección del partido, lo que ya significaba una marginación muy importante y un estigma imborrable en su «orgullo militante».
Sin embargo, seguían siendo miembros del CC y las tensiones continuaron sucediéndose. Así, por ejemplo, tuvo lugar, nuevamente, un choque de visiones respecto a qué actitud tomar ante la reunión de noviembre de 1968 en Budapest. Este encuentro internacional resultaba muy importante, dado que debía servir como preparatoria de la Conferencia de los partidos comunistas y obreros que se iba a celebrar en junio de 1969 en Moscú. Tradicionalmente, estos conclaves internacionales servían de instrumento de coordinación y puesta al día de los partidos comunistas, un sustitutivo de la internacional comunista, fruto de la cada vez mayor autonomía de los partidos.79 No obstante, la invasión de Checoslovaquia había supuesto un duro golpe para el MCI y existía un debate abierto sobre si la conferencia debía celebrarse igualmente o, en vistas de la grave crisis de Checoslovaquia, lo mejor era suspenderla hasta que se solucionase. La conferencia preocupaba enormemente a la alta dirección del PCE. Carrillo temía que sirviese para legitimar la invasión y esperaba que, consiguiendo más plazo, los debates pudieran ser otros. Sin embargo, una vez más, Eduardo García daría la nota disonante. El antiguo responsable de organización del PCE opinaba que no debía ser aplazada ninguna discusión, sino todo lo contrario. Según su punto de vista, era necesario continuar sobre lo planificado antes de la crisis. Lo contrario sería justo lo que deseaba el imperialismo, un signo más de debilidad del campo socialista en la difícil coyuntura posterior a la invasión.80 En este mismo contexto, paralelamente, los militantes del PCE del interior fueron normalizando su indignación, aunque para muchos la confianza en la dirección se había perdido para siempre. El PCE, por su parte, monitorizaba con detenimiento todos los movimientos de aquellos militantes que más se habían destacado en su oposición. En términos generales, los informes elaborados por los distintos territorios del interior eran bastante positivos, puesto que, aunque resaltaban que había militantes que aún se mostraban recelosos, se destacaba que estos manifestaban que «a pesar de todo insisten en que están con el P. y su política».81
Apartados del trabajo real que llevaba a cabo la organización, estos comunistas ortodoxos acabarían rompiendo con uno de los principios básicos de su código moral, aquel que hasta hacía poco juraban que jamás romperían: la unidad del partido. Como ya se ha explicado, la cosmovisión militante existente hasta este momento en el PCE daba mucha importancia a la disciplina interna. Según los preceptos del centralismo democrático, una vez discutida una cuestión, la minoría debía siempre acatar y defender lo acordado por la mayoría. Sin embargo, Eduardo García y Agustín Gómez romperían con esa «regla de oro» de la organización. Ellos desarrollaron un conflictivo proceso por el cual disociaron a la dirección del PCE de la autoridad partidaria y, por tanto, se legitimaba su acción disidente. En todo caso, la etapa inicial de disidencia dentro del partido fue especialmente corta para esta primera avanzadilla de la primera ola. Tal es así que, ya en la primavera de 1969, Carrillo comenzó a acusarles de trabajo fraccional. En esta difícil coyuntura, con una correlación de fuerzas muy en su contra, ellos tratarían en vano de suavizar sus posiciones públicas. Hay que tener en cuenta que esta era su única opción, pues les resultaba imposible ganar cualquier votación en el CC y necesitaban tiempo para organizar una disidencia con alguna opción de ganar. No obstante, la errática conducta de estos dirigentes estuvo completamente alejada de una planificación inteligente de los pasos que se debía seguir. El mejor ejemplo de este comportamiento se encuentra en la súbita dimisión de Eduardo García de todos sus cargos en el Comité Ejecutivo y en el Secretariado. Es cierto que, de facto, García dejaba de ser voluntariamente el responsable de organización. Además, no se le incluía en los debates ni la toma de decisiones de ningún órgano central. No obstante, la decisión de dimitir, en vez de esperar que se le expulsara definitivamente, muestra falta de picardía y de olfato político, ya que podía haber presentado esta maniobra más fácilmente como una represión interna hacía los «auténticos comunistas». Su hijo ha valorado que esta decisión se debió en gran parte a su honradez y a su «orgullo de comunista». Según este análisis, García se habría visto desprovisto de la confianza de su secretario general, al mismo tiempo que se habría sentido herido por su marginación,82 con lo cual la dimisión vendría a ser una especie de «harakiri» político. Lo que probablemente no calculó Eduardo García era lo que podía pasar ante esa renuncia. Carrillo se vio beneficiado por el abandono de este dirigente, pues el CE decidió expulsarlo del CC basándose en un supuesto malentendido con la amplitud de su propuesta de dimisión.83 Así que, en un corto periodo de tiempo, y sin presentar una batalla política, Eduardo García había pasado de ser la tercera persona más importante en el PCE a un simple militante. Además, todo había sido posible gracias a su torpeza política. Pese a que García no podía haber colaborado más en su propia defenestración, Carrillo no dudó en hacerle todos los desplantes posibles durante este proceso. Un ejemplo, se encuentra en una carta de Eduardo García fechada el 13 de mayo de 1969. En ella, el antiguo dirigente le imploraba a Carrillo que se le pasase previamente el texto que se iba a publicar sobre su dimisión, tratando en vano de aparentar algún control sobre la inmolación de su imagen de dirigente que se estaba llevando a cabo. Esta petición, fácilmente realizable, nunca fue cumplida por parte de la dirección del PCE, de la cual Eduardo ya no formaba parte.
En el caso de Agustín Gómez, las acusaciones contra él contenían rasgos más previsibles, propias de los primeros pasos de una disidencia organizada. Concretamente, fue acusado de trabajo fraccional, es decir, de estar conspirando contra la dirección del partido. Al parecer, en uno de los varios sondeos que hicieron hacia militantes díscolos, tratando de tejer una red de disidentes, fue descubierto. En concreto, fue acusado de enviar un emisario a Euskadi para contactar con un militante que se había opuesto de forma notoria a la condena hecha por el PCE. Sin embargo, este militante priorizó la disciplina de partido sobre sus divergencias con la línea central. Sería precisamente este quien, supuestamente, le habría denunciado a la organización.84 A partir de este punto, las cosas se complicaron mucho para ambos. Lejos de buscar algún tipo de conciliación, Carrillo no dio marcha atrás y acusó a ambos de cuestiones muy graves. Por una parte, declaraba que ya no contaban con su confianza política. Por otra, atacaba directamente su conexión con el capital simbólico de la URSS al expresar que ambos estaban haciendo «un flaco favor a la Unión Soviética». Lo cual es previsible que les hiriera especialmente, dada su debilidad por dicho país. Por lo tanto, acabaron siendo apartados de los órganos centrales del PCE en el pleno del CE de abril de 1969.85 Ante su expulsión manifestaron su disconformidad con el envío de dos cartas, una fechada el 28 de junio y la otra el 8 de agosto, las dos firmadas como miembros de dichos órganos centrales. Ambas misivas son importantes para comprender cuáles fueron los fundamentos iniciales de esa disidencia ortodoxa.
Las divergencias de estos dos dirigentes se pueden agrupar en tres grandes bloques. El primero es el relacionado con los nuevos planteamientos en la política internacional del PCE. Según su punto de vista, tras la condena de la invasión de Checoslovaquia se había producido un giro de 180º y el PCE había desarrollado una política «antisoviética». Esta cuestión sería especialmente peligrosa, porque atentaba contra las esencias de la identidad comunista y, además, aislaba al PCE del resto de partidos comunistas del mundo. El segundo bloque era en el cual atacaban lo que ellos consideraban como «carrillismo». Este elemento resulta especialmente importante, ya que no dejaba de ser una construcción simbólica de lo que ellos consideraban su antítesis. Por tanto, fue en el marco de este proceso cuando se produjo una fase clave para la consolidación de la identidad de los comunistas ortodoxos como grupo: la construcción simbólica de su enemigo, de «los otros». Las críticas al secretario general se basaban en dos factores. Creían que estaba acaparando demasiado poder y que operaba por encima de la organicidad interna para imponer su línea derechista. El tercer y último bloque, sin embargo, ponía de manifiesto cuestiones más de fondo sobre la política de alianzas del partido (Iglesia católica, monárquicos, ejército…). Esta crítica invalidaba por derechista todas las políticas que el PCE venía aplicando en los últimos diez años. Por eso, resulta especialmente relevante, ya que pone de manifiesto como lo que aparentemente se trataba de una disidencia por un hecho puntual –la crisis de Checoslovaquia– en realidad era una crítica global hacía la nueva política impulsada por Carrillo en la última década.86
La respuesta no se hizo esperar y la dirección del PCE se esforzó por tensar las filas de su militancia ante lo que consideraban un ataque al partido en toda regla. En el Mundo Obrero de octubre de 1969 el CE publicaba un comunicado en el cual reafirmaban su posición ante la crisis checoslovaca como: «válida y plenamente justificada la posición tomada por el Comité Central».87 En dicha declaración también se insistía en conectar los hechos de Checoslovaquia con un resurgimiento de los fantasmas del «estalinismo»: «El Comité Ejecutivo manifiesta su profunda inquietud ante planteamientos y acuerdos que parecen ir en sentido opuesto a las conclusiones del XX Congreso del PCUS y marcar un retroceso hacia métodos condenados justamente por el movimiento comunista internacional».88
Esta preocupación sobre el nuevo rumbo del MCI tras agosto de 1968 se convirtió en un eje central de la política del PCE. Los distintos enfoques utilizados por los comunistas –cuando estaban en el poder y cuando no– mostraban profundas contradicciones difíciles de resolver. No obstante, la documentación interna del partido muestra cómo los dirigentes del PCE insistieron en que sus críticas no traspasarían la línea roja del «antisovietismo». Al mismo tiempo, parecían muy preocupados por la supuesta incapacidad del campo socialista europeo por dar una batalla ideológica contra el imperialismo:
La amenaza del imperialismo se reduce a la llamada «subversión ideológica» en los países socialistas, es decir, teóricamente, al impacto que la propaganda imperialista pueda producir en esos países. Parece como si las ideas del imperialismo tuvieran más fuerza que las nuestras, cuando es todo lo contrario. En vez de plantearse seriamente la lucha ideológica contra el imperialismo, se plantea una lucha contra la «subversión», es decir, una lucha en la que intervienen los tribunales y las medidas administrativas, en vez de la lucha de las ideas […] nuestra posición es muy firme, nosotros no romperemos, no haremos antisovietismo, pero de ninguna manera cederemos en las cuestiones que son fundamentales y de principio. Y en su día se nos hará justicia por los que hoy no nos entienden.89
Además, ese Mundo Obrero de octubre también resultó muy importante por otro de sus textos. Se trataba de un artículo destinado a ganar la lucha interna que se estaba abriendo contra la disidencia ortodoxa. Bajo el título «Sobre un intento fraccional y escisionista», en sus líneas se acusaba a Eduardo García y Agustín Gómez de cargos muy graves. En primer lugar, se destacaba que no había mantenido la promesa de respetar la disciplina de partido que habían hecho tras las divergencias con el asunto de Checoslovaquia. Para ello se reproducían fragmentos de sus cartas a la dirección donde manifestaban que nunca atentarían contra la unidad del partido. Además, se resaltaba que su labor fraccional no solo atentaba contra la unidad del partido, sino que había puesto en peligro a los sacrificados militantes del interior de España. El objetivo de esta narrativa de los hechos no era otro que lograr despertar en su militancia un instinto defensivo que reforzara la adhesión ciega a su dirección. Es decir, una estrategia que buscaba convertir la propia acción disidente en el principal argumento legitimador de la dirección.
Aunque no se ha podido tener acceso a cómo experimentaron todo este proceso los propios disidentes, sí que se ha podido consultar en el AHPCE cómo fue viviendo esta etapa la dirección del PCE. Aun con las cautelas lógicas de comprender que eran parte interesada, estas descripciones sirven para tener una visión aproximada de cómo fueron los primeros pasos desarrollados para intentar extender la red de contactos de los disidentes:
Estos dos hombres siguen empeñados en su labor fraccional, y la cosa toma el giro peor que podía temerse. Eduardo ha escrito una nueva carta a los miembros del CC que, por su tono y contenido, es una ruptura abierta con el partido. Agustín parece que ha enviado un nuevo enlace propio a Euskadi. A París han llegado algunos camaradas portadores de las ideas de Eduardo y Agustín, ideas que tratan de propagar entre ciertos camaradas. Como ves, continúan su actividad típicamente fraccionista. La táctica que emplean es curiosa. Aquí se esfuerzan por acreditar la idea de que Dolores Ibárruri en Moscú está contra la política de París […] en Moscú, en cambio van diciendo que Dolores Ibárruri está pidiendo un nuevo congreso y enfrentada con Santiago Carrillo. En realidad, aquí tienen el apoyo de un reducido grupo de camaradas, disgustados por unas u otras causas, que han encontrado en la «defensa de la Unión Soviética» una bandera estupenda para encubrir su ya vieja descomposición.90
Lo primero que hicieron los disidentes en este primer periodo fue comenzar a desarrollar una primitiva red de contactos con militantes afines. Su acción durante esta etapa resulta ligeramente confusa y contradictoria. Al mismo tiempo que se ponía en marcha una oposición organizada, intentaban mantener un perfil bajo, en aras de pasar desapercibidos. No hay que olvidar que Eduardo García había sido el responsable de organización y, por lo tanto, poseía un buen conocimiento del interior del partido. Lógicamente, estos movimientos eran vigilados de cerca por el PCE, que recibía continuos avisos de sus organizaciones locales: «A la dirección de la mujer de un preso ha llegado el libelo de E. García que os adjuntamos. ¿Para cuándo el comunicado de expulsión? Hemos abordado con (7)91 la cuestión de E. García y está de acuerdo con las apreciaciones que nosotros hacíamos en la anterior y su inmediata expulsión».92
En los meses finales de 1969 se incrementó notablemente la intensidad de sus acciones disidentes. Una buena muestra de ello se puede ver en el informe que el servicio de inteligencia de Carrillo pasó a conocimiento del CC. Según este documento, se había detectado que el 21 de septiembre de 1969 había tenido lugar una reunión en la frontera entre España y Francia. En ella Jesús Saiz, antiguo niño de la guerra, le había solicitado a su cuñada el contacto de varios militantes del interior, entre ellos dos asturianos repatriados de la URSS. Se trataba de Aladino Cuervo y Juanín el Ruso. 93 Este caso nos muestra las formas rudimentarias por las cuales se construía la red de contactos, partiendo muchas veces de la propia familia. En todo caso, muestra que en el punto de partida de esta red disidente el sector hispano-soviético tuvo un papel destacado.94
Ese mismo mes de octubre, un escrito firmado por Eduardo García y Agustín Gómez fue distribuido intensamente entre los miembros del PCE. Su objetivo prioritario eran aquellas organizaciones donde se habían mostrado críticas a la dirección por su postura en la crisis de Checoslovaquia. El documento hacía un llamamiento público al conjunto de la militancia para que se rebelase contra Carrillo. En sus páginas, se criticaban los ataques vertidos contra Eduardo y Agustín en Mundo Obrero y se analizaba cuál era la situación en la que se encontraba el partido. Su denuncia proclamaba que se había impuesto una línea «antisoviética» que no se correspondía con el sentimiento de las bases del partido. Por lo tanto, caracterizaban como legítima su disidencia, al estar en peligro la supervivencia del PCE. Además insistían en que era la única manera de actuar, dado que no se permitía a las organizaciones debatir abiertamente este problema.
El documento ofrecía una narrativa de lo acontecido en Checoslovaquia distinta a la defendida por la dirección del partido. Una que apoyaba sin fisuras la línea mantenida por la URSS. Este relato se iniciaba manifestando su apoyo a los cambios en la dirección del Partido Comunista Checoslovaco y la purga de Antonín Novotny en 1968, «para acabar con los errores burocráticos del pasado». Sin embargo, también aclaraban que este proceso, aparentemente renovador, habría acabado degenerando en un movimiento «contrarrevolucionario» gracias a la intervención del imperialismo europeo y estadounidense. Según su versión, esta cuestión habría sido conocida por Carrillo, pero este lo habría escondido a la militancia del PCE. Por lo tanto, Carrillo habría conducido al PCE al antisovietismo conscientemente. Además, todo el texto estaba repleto de críticas al secretario general y al conjunto de la dirección. Una estructura de la que, hasta hace escasos meses, ellos también formaban parte. Precisamente, uno de los focos de su denuncia era el estilo de vida acomodado que llevaban las personas encargadas del aparato del partido. Según su argumentario, habría sido el exilio lo que habría alejado a la dirección de los problemas reales del proletariado español:
La presión ideológica del enemigo de clase, nacional o internacional, presión que se ejerce ininterrumpidamente sobre todo el partido, sin excepción. Nos parece evidente que la prolongada emigración de muchos dirigentes, el apartamiento físico de la clase obrera y el pueblo, con la vida real, crea un clima más favorable para la penetración del virus del neocapitalismo, del revisionismo de derecha o de izquierda.95
El documento continuaba con críticas hacía la táctica que había impulsado Carrillo durante los últimos años. Además, el texto suponía un salto cualitativo en el tono de sus críticas. En su contenido se hacía un llamamiento a «poner freno a los liquidadores», como llamaban a la dirección. Aun así, este texto iba firmado por ambos exdirigentes cuando aún eran militantes. Tras la publicación del comunicado en Mundo Obrero, su táctica se centró en la confrontación directa y en radicalizar su mensaje. Otro elemento muy importante a la hora de iniciar el movimiento disidente fue proyectar una cierta imagen de viabilidad e incluso de éxito. En este sentido, su relato proyectaba la imagen de que existían fuerzas suficientes para dar una lucha política en el seno del partido y que se podría conseguir la inmediata retirada de las sanciones a los militantes disidentes. Lo cual, en este punto, parecía como mínimo complicado. Para ello remarcaban sus contactos con la organización, la pervivencia de un malestar general y la incompatibilidad del nuevo rumbo del PCE con la identidad comunista y la memoria colectiva de los comunistas españoles.96
Mientras tanto, otros cambios importantes se fueron produciendo en el seno del PCE. En este periodo tuvo lugar la conferencia de Partidos Comunistas y Obreros de junio de 1969 y se celebraron reuniones con el PCUS. Tras este tránsito, el PCE consolidó su orientación «independiente», distanciándose definitivamente en su búsqueda de una política de alianzas lo más amplia posible.97 Precisamente por eso, la dirección del partido percibía este movimiento como una maniobra soviética, por lo que existía un gran recelo hacía la URSS. Según este punto de vista, la disidencia de Eduardo García y Agustín Gómez constituía un intento de debilitar al partido por parte de los dirigentes soviéticos, lo que era mucho más peligroso que la acción de unos pocos camaradas disidentes:
Como sabéis recientemente la prensa ha hecho mención a comentarios de REI sobre las relaciones de los países socialistas con el régimen franquista, y a propósito de todo ello se especula bastante con la tirantez de relaciones entre nosotros y el PECUS. Por ello sería deseable que del próximo encuentro salieran resultados positivos, si es que en verdad renuncian a los intentos escisionistas, crearnos dificultades activamente, lo que tenemos que hacer es no dormirnos.98
En esta coyuntura, el final de estos dos dirigentes con décadas de militancia a sus espaldas era fácilmente predecible. Sin embargo, las formas utilizadas para su expulsión no dejan de sorprender por su rudeza. Una muestra de la importancia que revestía este asunto es que fueron automáticamente purgados de la dirección, sin tan siquiera reunirse el Comité Central. Para ello, los miembros del CC debían escribir una carta manifestando su opinión.99 Aunque este método no parece el más democrático o transparente y desde luego no favorecía el debate, lo cierto es que era bastante habitual en esta época. En realidad, el procedimiento de consulta individual era parte de la táctica de Carrillo para controlar los debates y asegurarse de que no habría contratiempos que pudieran perjudicar el curso de los acontecimientos. Paradójicamente, este sistema fue el mismo que se utilizó para la expulsión de Fernando Claudín y Jorge Semprún en el conflicto de 1964-65, donde Eduardo García tuvo un papel importante como responsable de organización.100
Tras la expulsión de Eduardo García y Agustín Gómez en diciembre de 1969, comenzó una nueva etapa en la primera ola. Esto supuso algunos cambios en cuanto a las formas de organización y la construcción del sujeto colectivo. Inicialmente, se constituyó una primera organización provisional de esta corriente en una plataforma que denominaron «Comisión de represaliados del Partido Comunista y la Unión de Juventudes Comunistas». Esta efímera estructura decía mucho de la forma en la cual se presentaban ante la militancia del PCE, es decir, como víctimas de la represión «carrillista». También tenía mucho que ver con su propia autopercepción, ya que ellos se veían a sí mismos como militantes honrados que habrían sufrido las injusticias de un secretario general despótico que trataba de destruir el PCE. El trabajo de esta comisión fue modesto y consistió en la edición de varios documentos sobre la situación en el partido, cuya distribución pretendía incidir en un futuro levantamiento de las bases del PCE contra su dirección.101 A lo largo de los primeros meses de 1970 la situación se fue tensando cada vez más, hasta tal punto que los llamamientos a la disciplina interna y a seguir los cauces orgánicos se acabarian convirtiendo en una tarea cotidiana de la dirección:
Todo lo que viene sucediendo tanto en el ámbito nacional como en el movimiento comunista internacional, demuestra la justeza de la línea política de nuestro partido. Puede ocurrir que algún camarada no vea así uno u otro aspecto de la misma. La unidad de los comunistas se logra en la práctica de la democracia interna del partido. Todos los militantes tienen el derecho y el deber de plantear y defender, exigiendo el máximo respeto para sus opiniones, sus puntos de vista, en el seno de las organizaciones a que pertenecen; Pero agotada la discusión, todos los camaradas estamos obligados a acatar la disciplina del partido. No podemos consentir que ningún comunista ataque la política del partido al margen de su organismo.102
La labor de difusión de los textos de esta comisión llegó a adquirir notoriedad. No obstante, hay que tener en cuenta que el contexto era complejo, marcado por la clandestinidad dentro de la clandestinidad. Pese a esta díficil coyuntura, la comisión logró llegar a un sector notable de la militancia. Esto fue posible gracias, fundamentalmente, al papel de la emigración, que mantenía sólidos lazos con los comunistas del interior. Como se puede apreciar en esta carta de un dirigente local a la organización central en el exilio, la preocupación del PCE por la proliferación de estos textos era notable:
Sería bueno que disminuyeran sus recursos económicos para que dejaran de enviar toda esa cantidad de cartas y otros papeluchos. Se conoce que en Bruselas encuentra muchas facilidades para sacar direcciones de los que por allí han pasado y que hoy se encuentran por estas tierras pues todos ellos o casi todos han recibido por correo de su mercancía.103
Como ya se ha explicado, la reacción del PCE ante la continuidad de las acciones disidentes fue contundente. La estrategia utilizada por el aparato del partido trataba de unificar a la militancia bajo su mando. Por lo tanto, su objetivo era convencer a sus militantes de la necesidad de «cerrar filas» frente a los ataques «escisionistas» al partido. Se trató de un proceso en el cual se construyó una atmósfera de fuerte tensión que apelaba directamente a los comunistas a contribuir a salvar a su organización. De esta manera, se lograba tener un efecto cohesionador, a la vez que se censuraba la diversidad interna. El objetivo principal de toda esta campaña era desviar la atención del contenido de las críticas disidentes. Hasta tal punto que incluso se llegaba a afirmar que aquellos militantes que vertían críticas sobre el partido tenían los mismos intereses que la dictadura:
Las cartas difamatorias de Eduardo García y Agustín Gómez, en tanto que responde a desesperados intentos de fraccionar al Partido, toda su labor escisionista, son ajenos a los intereses de la revolución, del Partido y de la clase obrera. Esos intentos escisionistas solo son comunes a los intereses de la reacción, del franquismo que sueña desde su existencia con la división de nuestro Partido.104
Sin embargo, la dirección central no se limitó solo a eso, sino que presentaba los avances en la lucha antifranquista como una confirmación irrefutable de lo acertado que estaba resultando el nuevo rumbo del partido. Por otra parte, también se dedicaron muchos esfuerzos a tratar de presentar la ola disidente como algo ajeno al asunto de Checoslovaquia. Precisamente porque, aunque sobre el papel había quedado resuelto, en la realidad distaba mucho de estar superado. El prestigio de los países socialistas continuaba prácticamente intacto entre la mayoría de los militantes. Tan es así que, recelosos del relato ofrecido por la dirección del partido, trataban de buscar información mediante las radios de los países socialistas. Así lo reflejaba un informe interno: «no debemos subestimar la influencia que pueden tener las emisiones de Radio Praga, y otras radios, que seguirán haciendo campaña falsificando la realidad y que son escuchadas a veces por nuestros c[amara] das».105 Otro tema que preocupaba a Carrillo era la información que como exresponsable de organización podía manejar Eduardo, precisamente por las dimensiones que este conflicto podía llegar a alcanzar:
De lo que se trata es de mostrar que el problema ya no es Checoslovaquia, sino la unidad del Partido, la existencia de una tentativa fraccional, escisionista, por parte de gentes que explotan lo de Checoslovaquia a fin de dividir al partido como los que no las comprenden, lo que sí tienen que comprender es que el Partido debe estar unido, mantener su disciplina, y que todo intento de división en estos momentos, cuando estamos en el periodo más álgido de la lucha contra la dictadura, es una traición a la clase obrera, al pueblo. Nosotros no sentimos ninguna alarma por estas actividades fraccionistas porque estamos convencidos de que el Partido las rechaza enérgicamente.
Pero no hay peligro pequeño ni enemigo pequeño cuando se trata de la unidad del partido. Y es lo cierto que estas gentes están enviando emisarios suyos a diversas provincias como nos han informado ya; que pueden seguir enviando por el hecho de que Eduardo, por haber sido responsable de organización, conoce direcciones y gentes. E incluso hay peligro de que la policía, utilizando el mismo juego, consiga sorprender a algún camarada.
No se trata de crear alarma, pero sí de levantar el espíritu de vigilancia y la indignación contra toda tentativa de división del Partido.106
Tras dejar fuera del partido a García y Gómez, otros dirigentes comenzaron una nueva ofensiva. En este caso, fue encabezada por Enrique Líster, quien había mantenido un perfil muy bajo durante los anteriores conflictos. Precisamente por eso, lo primero que llama la atención es la falta de coordinación e, incluso, de empatía entre disidentes. Si bien las posturas de ambos sectores no eran idénticas, los dos compartían muchos elementos de análisis. Sin embargo, la táctica de Líster estaba también abocada al fracaso. El problema era que las personas que hubieran podido apoyar sus propuestas en los órganos centrales ya habían sido expulsados del PCE y, además, el clima de tensión interna que había generado Carrillo no daba, precisamente, mucho pie a consentir debates que reabrieran las polémicas sobre el rumbo del partido.107 No obstante, es verdad que Líster y García no eran iguales. García era un personaje más bien gris y no era demasiado conocido entre la militancia. Sin embargo, Líster era una persona conocida y mitificada. Hasta el punto de que su figura constituía un claro ejemplo de «hombre-memoria», un liderazgo heroizado muy ligado a la memoria orgánica del PCE.108 Sus posturas no eran parecidas ni siquiera en lo concerniente a la crisis de Checoslovaquia. Líster había votado en contra y Eduardo a favor. Los motivos de su condena hay que buscarlos en su propia historia personal. Líster no había sido un entusiasta de la intervención porque esta le había pillado a él y a su familia en Praga, donde había podido observar las consecuencias directas de la invasión. Aun así, poco más tarde criticaría el supuesto «antisovietismo» de Carrillo y la falta de democracia interna en el partido:
La diferencia, repito, entre mi posición y la de Carrillo y compañía radica que para mí el problema de Checoslovaquia es un problema en sí, que se termina donde se produjo. Por el contrario, para los carrillistas de todo tipo es la ocasión para sacarse la careta, entrar a fondo en el proceso de revisión del marxismo, de abandono a cara descubierta de los principios leninistas y de ataques cada vez más brutales contra los partidos y países, sobre todo la Unión Soviética, donde esos principios son respetados y aplicados.109
Sin embargo, el planteamiento de Líster tenía una marca propia. Entre su argumentario destacaban las críticas a la historia personal de Carrillo, las cuales se remontaban atrás en el tiempo. Además, su leitmotiv fue el de la búsqueda de la celebración de un VIII Congreso extraordinario. Líster denunciaba que Carrillo estaba secuestrando al partido y que el centralismo democrático no se cumplía; por lo tanto, era necesario un congreso. En este evento, según su visión, la voz de los militantes transformaría el rumbo que había tomado el PCE, para volver a la normalidad. El contexto no era muy proclive a ese tipo de reivindicaciones. Por eso, su trayectoria disidente dentro del partido fue verdaderamente breve, en septiembre de 1970 fue expulsado. Los detalles de su expulsión fueron bastante anómalos. Esta sanción sucedió en una reunión del CC muy turbulenta. Parece ser que Carrillo había ampliado de manera unilateral el pleno con militantes del interior, lo cual hacía que las dimensiones del público fueran mayores que las normales. Por si esto fuera poco, el trato que se le dio a Líster fue bastante brusco. Carrillo no aceptó que se tratara en el orden del día su propuesta del Congreso extraordinario. Tras una fuerte discusión, Líster trató de abandonar la reunión, cuestión que le fue denegada. El bizarro desenlace de este conflicto ofrecía la triste imagen del veterano comunista, antaño general de cuatro ejércitos, retenido durante varias horas hasta que acabó la reunión. Como colofón, estas tensiones se saldaron con la expulsión tanto del propio Líster como de Celestino Uriarte, José Bárzana, Luis Saiz y Luis Balaguer.110 La errática trayectoria de estos primeros pasos muestra que el grado de improvisación de sus participantes fue bastante alta. La tesis de la conspiración soviética que habría fracasado frente a la madurez de la militancia del PCE cae por su propio peso. Sin embargo, la realidad parece haber destacado por la existencia de muchos claroscuros, donde la inexperiencia en este tipo de conspiraciones dio lugar a un fracaso con respecto a sus objetivos iniciales. No fue un levantamiento rápido y efectivo. La disidencia ortodoxa iniciaba una guerra de posiciones cuyo objetivo era el desgaste de la dirección del PCE.
«Escrito en rojo»: el pce (VIII Congreso)
La primera ola de la disidencia ortodoxa tuvo unas características muy complejas que le confirieron una singularidad propia. Factores como, por ejemplo, el hecho de haber sido pionera en este tipo de disidencias o de estar inspirada en una auténtica «rebelión primitiva» tuvieron un impacto importante. Sin embargo, el estudio de las fases de esta ola puede servir para comprender mejor las etapas del proceso de construcción de la identidad de un nuevo grupo político, como fue el caso de los comunistas ortodoxos. El primer período tuvo lugar tras la crisis de Checoslovaquia, cuando se produjo el estallido de un fuerte descontento militante. Esta fase continuaría con los intentos de algunos dirigentes de tejer una red de contactos y de capitalizar ese malestar hacía la generación de un movimiento organizado. Estas dos etapas tuvieron lugar dentro del PCE con el objetivo de cambiar al partido desde su interior. Más tarde, comenzaría una tercera fase en la cual la táctica cambiaría notablemente. Ya no se trataba de cambiar el partido desde dentro, sino construir otro partido fuera de las estructuras organizativas del PCE. Esta fase llevaba consigo transformaciones importantes en la identidad que afectarían a aspectos tan relevantes de su cultura política como la construcción de una memoria colectiva propia o la aparición de distintos modelos de militancia.
Uno de los primeros retos a los que se vieron sometidos estos comunistas fue decidir cómo debían organizarse. La cuestión no era baladí, tras su expulsión o abandono voluntario del PCE les esperaba un futuro incierto, lejos del partido al que habían sacrificado sus vidas durante décadas. Por una parte, existía un sentimiento colectivo de ilusión, fruto de la incorporación a un movimiento en el cual existían afinidades políticas y culturales. Además, el proceso de expulsiones también había generado un espíritu de rabia e indignación colectiva que actuó como un elemento cohesionador entre este grupo de personas. No obstante, el miedo a lo desconocido, a estar cometiendo una grave equivocación, también tenía lugar en un segundo plano más personal.111 La primera forma de organización tuvo un carácter muy informal. Se trataba de una plataforma de pequeñas dimensiones organizada en torno a Eduardo García, que vivía en París y a Agustín Gómez, que residía en Moscú. Este colectivo desarrolló un embrionario trabajo para lo que después sería el futuro PCE (VIII Congreso). Sus principales esfuerzos se dedicaron a elaborar diversos pasquines y panfletos, donde criticaban el proceso de expulsiones y la línea llevada a cabo por Carrillo. Su intención era poder influir en el debate que creían tendría lugar en todas las estructuras del PCE.112 Sin embargo, aunque su trabajo no fue menor, su capacidad de acción fue limitada. Su principal actividad estaba enfocada a contactar con aquellos militantes que habían tenido conflictos o disidencias previamente y se encontraban expulsados o desconectados del PCE y de los que, como responsable de organización, Eduardo García tenía conocimiento. Así lo recuerda, por ejemplo, Lidia Falcón, quien había sido apartada del PSUC por su postura respecto a la crisis checoslovaca:
Un día de otoño de 1969 recibí en casa un sobre con matasellos de Toulouse. Dentro se hallaba un largo informe sobre los acontecimientos de Praga. En él se daban datos sobre todo aquello que yo ansiaba conocer […] Al mismo tiempo se denunciaba, como nunca se había hecho antes en los documentos del PCE, la estrategia de Carrillo para acabar con el comunismo en el partido, imponer un programa socialdemócrata y establecer una estrategia de colaboración y pactos con la democracia cristiana. A este esclarecedor análisis se unía una estremecedora denuncia de los errores y hasta crímenes que tanto Carrillo como otros de sus fieles colaboradores habían cometido […] En definitiva, mucho de lo que yo quería saber y había intentado conocer se encontraba en aquellos papeles que firmaba una comisión disidente del PCE.113
De esta primera comisión se pasó a otra forma de organización más elaborada y con un mayor simbolismo. La transformación de sus estructuras tuvo lugar tras la expulsión de Líster y los otros cuatro miembros del CC. En términos generales, se produjo un cambio sustancial respecto a la orientación organizativa y su autopercepción. Un perfecto indicador de esta cuestión fue la edición de una versión de Mundo Obrero cuya cabecera estaba impresa en rojo. El primer número del portavoz de los disidentes ortodoxos del PCE vio la luz en septiembre de 1970. El editorial de este primer ejemplar era no solo una declaración de intenciones, sino también una presentación introspectiva de este colectivo disidente:
Nosotros somos el órgano central del Partido Comunista de España. Carrillo creía que le dejaríamos a él, el nombre glorioso de nuestro partido. En eso, como en otras muchas cosas se ha equivocado. El Partido Comunista de España es nuestro; es de todos sus militantes, es de aquellos que dieron la vida por la victoria de sus grandes ideales. Los comunistas y las masas juzgarán a unos y otros. Verán quienes son fieles a la ideología del proletariado, al marxismo-leninismo y al internacionalismo proletario; quienes orientan su actividad práctica con esa ideología y poniendo en primer plano los intereses de la clase obrera, la fuerza dirigente de la revolución socialista; quiénes son componente orgánico-no formal del movimiento comunista internacional.114
Además, este primer número también pretendía ser una muestra de fuerza. Su cuidada edición y la buena calidad de los materiales transmitían una imagen de continuidad respecto al PCE que ofrecía mayor credibilidad. Especialmente, si se compara con las artesanales publicaciones clandestinas que elaboraba la izquierda revolucionaria de la época.115 No fue solo la estética, también exístían otros factores importantes que reforzaban su legitimidad. Por ejemplo, en sus páginas se ofrecían muchos testimonios en los cuales los comunistas españoles de distintas partes del mundo ofrecían su apoyo a los disidentes. En este sentido, se reproducían muchos comunicados y cartas en las cuales diversos militantes manifestaban su insubordinación a Carrillo. La intencionalidad que se ocultaba tras la reproducción de este tipo de contenidos era atraer a otros potenciales disidentes. Muchos lectores podían verse reconocidos con este tipo de declaraciones. En definitiva, de lo que se trataba era de construir un relato en el cual su proyecto fuese viable y tuviese oportunidades de recuperar el PCE. Sin embargo, los contactos en esta primera fase no podían ser muy numerosos. Probablemente, su militancia no alcanzaría más que a unos escasos centenares de militantes, sobre todo en países socialistas.116 Aunque sí que es cierto que ya existían relaciones con diversos grupos del interior que serían la base de la futura estructura del PCE (VIII) en España. Entre ellos destacarían el colectivo de repatriados de la URSS, militantes obreros y veteranos del partido.117 Las críticas expuestas en Mundo Obrero (cabecera roja) trataban de mostrar que existía un descontento en bastantes organizaciones del PCE con muchos más temas que el del asunto de Checoslovaquia:
Los comunistas asturianos están frente al carrillismo en lo de Checoslovaquia, en lo de las expulsiones, en la actitud hacía la Unión Soviética, en lo que se refiere a las formas de lucha obrera, en el problema de las alianzas, hacen duras y justificadas críticas a toda la orientación política del grupo de Carrillo […] Pese a todas estas dificultades paso a paso, la verdad de lo que pasa en el partido se va abriendo camino y cada vez son más los camaradas que en Asturias se plantean la tarea de levantar al Partido.118
El PCE, por su parte, continuaba a la expectativa de ver las dimensiones del golpe. Para ello había estado controlando a todos aquellos militantes que se mostraban críticos con la línea de Carrillo en política exterior e interior, tratando de marginarlos al máximo y haciendo un seguimiento de lo que decían y hacían:
Aquí, aunque sin mucho entusiasmo, siguen los mismos que ya en otra ocasión os dijimos; en torno al cual actúa un elemento que había sido un activo de (16). Este es un elemento intrigante y ambicioso, no dando la cara a los c[amara]das. Que él sabe que le van a desplazar, pero se arrastra a los que considera más débiles tratando de llevarlos a su mismo terreno, pero sin ningún éxito. El (17) ha desenmascarado la labor de estos elementos y ha prevenido a todos los militantes de los fines que persiguen, aislándolos.119
Otra transformación central para la consolidación de su subcultura política fue la forma de identificarse. El complejo proceso de construcción de una imagen pública. Como ya se ha comentado, estos comunistas se veían a sí mismos como los defensores de los verdaderos valores del partido que el «carrillismo» estaba tratando de destruir. Por lo tanto, sus críticas se centraron en atacar al único elemento que consideraban ajeno a esa cultura política: los actuales dirigentes del PCE. La fijación en este sujeto estaba vinculada con la construcción de la figura de los «traidores» como antítesis de ellos mismos. Esta fue la manera en que intentaron resolver la fuerte contradicción que para los militantes suponía tener que elegir entre acatar la disciplina de partido o sumarse a las filas de la disidencia. En todo caso, ellos decidieron autodenominarse también como PCE conscientes de que existía otro PCE y de la confusión que esto generaba. Sin embargo, esta decisión venía determinada por la necesidad de reforzar su autoafirmación y tratar de arrebatarle a Carrillo la legitimidad de esas siglas:
Hay motivos y razones para ser optimistas y confiar en que existan fuerzas sanas suficientes en el partido para restablecer la democracia interna y celebrar nuestro VIII Congreso, donde se corrijan las deformaciones de los métodos de dirección, se acabe para siempre con la autocracia y el partido no pierda lo que siempre fue en él tradicional: su fidelidad a los principios del marxismo-leninismo, su internacionalismo proletario y su combatividad revolucionaria.120
Por su parte, el PCE continuó viendo con alguna preocupación el avance de los ortodoxos. La difusión de estas nuevas ideas que incluían la denuncia del «carrillismo» como una desviación del comunismo no parecía agradar especialmente al secretario general. Por eso, el propio Carrillo se esforzaba por desmentir estas acusaciones y presentar su política como una liberación frente a la tutela soviética: «En el Partido no hay “carrillistas”, sino comunistas, marxistas-leninistas. Difícilmente puede haber más democracia en un partido clandestino. Se trata de ver si queremos un Partido independiente, con voluntad propia, o volver “a la época de a incondicionalidad” y convertirnos en caja de resonancia o agencia de propagandistas de tal o cual Partido».121 Algunos comités provinciales, como el caso del asturiano, continuaron con sus ataques a los disidentes. Según su opinión, se trataba de una operación que solo podía beneficiar al mismísimo Franco, ya que «contiene una difamación del Partido que no creemos que la propaganda franquista haya superado jamás». Además, también insistían en defenderse de las acusaciones que pretendían presentarles como contrarios al legado soviético: «afirmamos que estamos y estaremos siempre con Lenin. Creemos que mantener con franqueza y con firmeza nuestras posturas dentro del Movimiento Comunista Internacional no es antisoviético». Otro argumento que el PCE divulgó dentro de su propaganda fue la apelación a la modernidad. El PCE debía renovarse y ser un partido moderno, acorde a los tiempos que les tocaba vivir. Mientras que los ortodoxos estarían «caducos» y vivirían en el pasado. El aparato repitió abundantemente esta idea, incluso aseguraba que lucharía contra todos aquellos que se les había «parado el reloj en 1936, sean franquistas o se crean comunistas».122
La nueva cabecera de la prensa ortodoxa fue utilizada como una importante herramienta para la difusión del nuevo movimiento disidente. En las páginas del Mundo Obrero (cabecera roja), no solo se escribían artículos denunciando al PCE o reivindicando aspectos teóricos del marxismo-leninismo. Los redactores del periódico también tuvieron mucho interés en ir reflejando las distintas luchas obreras que se iban sucediendo en el interior de España. Las crónicas de estos conflictos los describían como parte de un auge exponencial de la lucha de clases que amenazaba con terminar con la dictadura. Sin embargo, como no podía ser de otra manera, estas crónicas aparecían siempre acompañadas de reflexiones llamando a reforzar el partido ortodoxo, porque según su cosmovisión: «sin ese Partido la clase obrera no puede marchar hacia adelante».123 Durante este primer periodo, extender el partido se convirtió en una auténtica prioridad. Los comunistas ortodoxos se volcaron en acercarse a la militancia de todas las organizaciones del PCE para explicarles su visión de los problemas que atravesaba el comunismo español, lo cual como ya hemos visto, generó importantes tensiones y roces con el PCE. El trabajo de proselitismo y propaganda se realizó en todos aquellos lugares donde había comunistas españoles, tanto entre la emigración como en el interior. Los éxitos iniciales fueron más bien discretos, aunque es verdad que lograron captar simpatizantes en muchas organizaciones del partido de Carrillo. Un lugar donde obtuvieron un mayor éxito fue en los países del bloque socialista. En estas repúblicas existió una mayor sensibilidad y empatía hacía su disidencia y por eso cosecharon bastantes éxitos. Aunque no se puede decir que arrasaran por completo, sí que es verdad que lograron alguna conquista. Muchas de las secciones del PCE en los países del este (RDA, URSS, Polonia, Hungría, etc.) quedaron diezmadas por la acción «anticarrillista» de García y Líster.124
Lógicamente, el trabajo disidente en el interior fue más complicado debido a la situación de clandestinidad a la que obligaba la dictadura. La forma de trabajo se orientaba desde los focos de la emigración en países como Francia o Bélgica. Allí lograban captar a comunistas emigrados, que aprovechaban sus viajes de vacaciones para realizar contactos y extender la organización. Toda esta situación exasperaba especialmente al PCE: «Como ya sabéis por aquí circula en cantidad la basura de Líster y cía. Unos llegan por correo desde Bélgica y Francia y otros se meten en buzones».125 Sin embargo, los pequeños éxitos no parecían corresponder con las amplias expectativas que podían haberse creado muchos dirigentes y militantes. El levantamiento contra Carrillo no acababa de generalizarse y después de los éxitos en el este, las adhesiones llegaban con cuentagotas. Algunas cartas, supuestamente mandadas a la redacción del periódico, mostraban un cierto grado de desesperación ante la inmovilidad de sus «camaradas»:
Nos hemos quedado parados, tenemos miedo. Aceptamos todo lo que dice Carrillo sin importarnos que haya renegado de los principios revolucionarios, que confunda los intereses de la burguesía con los del proletariado, que no distinga entre ideología y teoría científica. Unos camaradas han dado un paso al frente, se han separado del pelotón carrillil [sic]. ¿Si estamos de acuerdo con sus razones por qué no nos situamos a su lado? ¿No nos interesa el problema? ¿Somos comunistas o seguidistas?126
Sin embargo, durante el primer año de existencia se logró asentar la organización e incluso extender sus contactos de manera importante. No obstante, faltaba un nuevo golpe de efecto y para eso la dirección de este grupo fue dando los pasos para llevar a cabo su objetivo principal: la celebración de un autoproclamado VIII Congreso del PCE. Un evento que debía servir para legitimarles en tres frentes. El primero, ante su propia militancia. Este congreso debía ser un acto capaz de cohesionarles y reforzar sus convicciones ante la lucha que quedaba por delante. El segundo, ante los comunistas que continuaban en las filas del PCE. Se trataba de construir una imagen sólida que diera garantías de que el sacrificio era menor que la posible recompensa. Y el tercero, ante los partidos comunistas del bloque oriental, especialmente el PCUS. Conseguir el reconocimiento público de este partido era un objetivo muy importante y para ello era necesario convencerles de que la mayoría estaba de su lado. Construir la imagen de un congreso exitoso donde los comunistas españoles, entre ellos varios dirigentes de reconocido prestigio, se unieran frente a Carrillo, era importantísimo. Sobre todo, porque el congreso era presentado como un importante acontecimiento en el que se iban a enmendar de forma colectiva los errores y «crímenes» del «despotismo carrillista». Por eso, como ya se ha explicado, se insistía en que sus militantes debían hacer una ardua labor voluntarista para tratar de atraer al mayor número posible de comunistas a su proyecto. Además, era necesario insistir en la necesidad de recuperar a aquellas personas que, aun siendo comunistas, se encontraban en sus casas apartados de la militancia activa:
Si el Partido, el glorioso partido comunista de España es el heredero del marxismo-leninismo y es capaz de purificarse a sí mismo, embarcándose en una tarea dolorosa pero positiva, debe orientarse también a un trabajo difícil y urgente: la recuperación de los camaradas que injustamente fueron separados de él o que ellos mismos se alejaron sin dejar de ser comunistas.127
Por otra parte, es necesario recordar que la relación con los partidos comunistas en el poder durante esta etapa fue muy compleja. El PCUS mantuvo una posición complicada en la cual trató de distanciarse públicamente de los disidentes españoles. Incluso no parece muy claro que el propio PCUS estuviera a favor de su estrategia. Al fin y al cabo, la celebración de un VIII Congreso suponía la ruptura definitiva con el PCE y la formación de un nuevo partido. Inevitablemente, este movimiento era visto por los soviéticos como una división del comunismo español, lo que debilitaba su fuerza. Probablemente, los soviéticos hubieran preferido que los ortodoxos continuaran dentro de las estructuras del partido condicionando las acciones de Carrillo. El apoyo a una discreta disidencia interna no podía comprometerles de la manera que sí lo hacía la construcción de un nuevo partido. Incluso, según los testimonios consultados, se pusieron ciertas trabas en cuanto a la financiación del nuevo partido.128
Con todo, el trabajo para la celebración del VIII Congreso continuaba su marcha. Una comisión se encargó del proceso de elaboración de los documentos congresuales. En ellos se ponía en tela de juicio la línea política de los últimos años en el PCE. También se plasmaba su táctica y estrategia de cara al futuro. Aunque a primera vista pudiera parecer que suponía un continuismo con los postulados clásicos del PCE, esto no fue exactamente así. La combatividad rodeaba muchas de las propuestas políticas. Finalmente, la comisión de dirección se encerró durante ocho días para el debate de los documentos. El lugar escogido, a las afueras de Praga, mostraba la sintonía con el PCCH. Lidia Falcón, asistente a esta reunión, recordaba la impresión que le causaba estar rodeada de veteranos militantes de la talla de Líster. También se quejaba de las formas escogidas por estos dirigentes: «En el trato asiduo que sostuve con los promotores de aquel movimiento de renovación del partido, pude enterarme de lo mal que aceptaban cualquier discusión u objeción a sus análisis y decisiones […] Se trataba de aceptar en bloque todo lo que dijeran los líderes o nuevamente sentirme excluida del proyecto. Ante tal disyuntiva decidí seguir adelante con él».129
Además, los materiales para la elaboración de los documentos congresuales habían sido facilitados con poca antelación y la dirección se encargó de marcar férreamente los ritmos de trabajo. De tal manera que las conclusiones no guardaron grandes contrastes con las tesis propuestas. Líster y García tenían muy claro qué línea debían seguir.130 El proceso culminó con la celebración del congreso en París a principios de 1971. Este evento fue presentado como el auténtico VIII Congreso del PCE llevado a cabo por sus «fuerzas sanas». Es decir, por aquellos sectores conscientes de lo que suponían las políticas de Carrillo y que no habían sucumbido a la «enfermedad del carrillismo». En estos documentos destacan proclamas clásicas en la cultura política comunista. En primer lugar, se explicitaba la adhesión a los países del campo socialista y se saludaba, especialmente, el nuevo rumbo tomado en Checoslovaquia tras la entrada de los tanques de las tropas del Tratado de Varsovia. También se puede apreciar el proceso por el cual trataban de autolegitimarse como los verdaderos continuadores de la historia del PCE, apelando de forma constante a lugares comunes de su memoria colectiva. La definición de sus enemigos quedaba nuevamente perfilada al considerar al PCE oficial como una «plataforma antimarxista y antileninista de Santiago Carrillo y su grupo».131 También se encontraba entre sus acuerdos la creación de una comisión para el esclarecimiento de la historia del partido, con el objetivo de rehabilitar públicamente a toda la militancia injustamente expulsada. En cuanto a su línea política, se condenaba a la «alianza de las fuerzas del trabajo y la cultura» por «reformista». Como alternativa, recuperaban la importancia de la tradicional «alianza obrero-campesina» y apostaban por la creación de un frente antifranquista y antimonopolista. Todo esto estaba impregnado de los grandes elementos simbólicos de la cultura política comunista: la lucha de clases y el frente popular. Otro factor de divergencia con Carrillo era su concepción de la articulación europea. Tanto era así que se consideraba al Mercado Común Europeo como una «organización supranacional de los monopolios destinada a aumentar la explotación de los trabajadores». Su estrategia en el movimiento obrero pasaba por apoyar la lucha de las Comisiones Obreras como una herramienta para construir la unidad obrera. Además, respecto a la futura forma de gobierno, ellos defendían la república democrática como única salida para asegurar las transformaciones democráticas y revolucionarias que el país necesitaba.132
Tras la celebración de este congreso trató de darse un nuevo impulso al proselitismo. En este sentido, llaman la atención algunos de los rasgos característicos de su perfil de militancia. Se trataba de un «militante de resistencia» acostumbrado a un trabajo político en una situación muy dura y a la realización de enormes sacrificios. Los años de exilio, represión y clandestinidad dieron lugar a una cultura política con unos rasgos muy específicos. Aunque su visión de la militancia estaba muy ligada a la disciplina, este tipo de militante podía, llegado el momento, incluso romper con el partido gracias a la percepción de que su principal lealtad se debía con su código moral. De esta manera, este tipo de activistas podía llegar a tener una praxis tremendamente versátil. En primer lugar, estaría dispuesto a organizar una disidencia dentro del PCE, con el riesgo que ello conllevaba. Una vez derrotada esta táctica, trataría de construir otra estructura de forma autónoma para más tarde «buscar al partido». Precisamente por eso, el recién constituido PCE, (VIII Congreso) realizó un llamamiento a los y las comunistas para que se encuadrasen en células. Sin embargo, debido a la precariedad organizativa, debían de ser ellos mismos quienes dieran el paso y construyeran el partido desde abajo. La iniciativa debía organizarse de forma autónoma para, más tarde, entrar en contacto con la dirección en Francia. De esta manera lo describía el responsable de organización Agustín Gómez:
Para formar una célula del Partido y un comité de célula en una empresa, barriada, pueblo Universidad, cuartel, los militantes que están de acuerdo con el VIII Congreso y con sus documentos y decisiones no deben esperar recibir orientaciones e instrucciones de los organismos superiores, sino que deben constituirse inmediatamente en célula y elegir un comité. Al mismo tiempo, los militantes deben esforzarse por entrar en contacto con la dirección del Partido utilizando para ello formas y conductos conocidos.133
Gracias a este llamamiento comenzaron a estructurarse las distintas organizaciones del PCE (VIII Congreso) en 1971. Para la llegada del verano ya existían varios comités de zona que desarrollaron distintas actividades de propaganda llamando a «desenmascarar a los carrillistas» y a regenerar el PCE.134Además, durante esta etapa tuvo lugar un «efecto boomerang». Gracias a que la dirección del PCE impuso un «cordón sanitario» ante cualquiera que planteara algo relacionado con los «escisionistas», algunas personas expulsadas acabaron integrándose en las filas del PCE (VIII Congreso). Este sería el caso del comunista asturiano Pedro Sanjurjo, Pieycha:
La totalidad de los militantes venidos de la URSS clamaban contra Carrillo y comencé entonces a discutir lo ocurrido con todo el que podía. No había tomado decisión alguna sobre qué postura adoptar. El Comité Local de Gijón, sin haber reunido a todos sus miembros, al menos faltaba BRAGA, tomó la decisión de apartarme de la organización bajo la acusación de labor fraccional […] El cabreo fue mayúsculo pues entendía que el discutir sobre los informes del VIII Congreso no podía ser reprobable, así que ayudaron a que diera el paso de integrarme con los camaradas «prosoviéticos» que habían celebrado el congreso.135
Desde fechas tempranas, el PCE (VIII) contó con presencia en la URSS, RDA, Polonia, Hungría, Bulgaria y Cuba. También tenía fuerza en algunos lugares de la emigración como Bélgica, Suiza, Francia o Argentina, y existían contactos con los disidentes mexicanos que se estaban organizando de forma independiente. En el caso del interior, su presencia se reducía a organizaciones en Asturias, País Vasco, Madrid, Cataluña y Aragón. De entre estas últimas, la más importante era la asturiana. Desde su adhesión en 1971, fue el propio Pedro Sanjurjo el encargado de extender y consolidar la organización. Sin embargo, este joven dirigente actuaba bajo las indicaciones del veterano comunista y líder sindical en Duro Felguera, Higinio Canga.
El estudio de caso asturiano de esta organización es un buen ejemplo de la consolidación del partido en una zona del interior. Su composición sociológica no era muy diversa. El grueso de sus miembros era de extracción obrera y, en la mayoría de casos, estaba formado por antiguos militantes del PCE y la UJCE, cuyo trabajo era fundamentalmente sindical. Los primeros núcleos desde donde el partido fue creciendo estuvieron en las zonas industriales de Gijón y de la cuenca del Nalón. En esta última zona, ya a principios de septiembre, estaba constituido un Comité Local. Este comité se proponía difundir los escritos de Lenin, a su parecer condición necesaria para ampliar la formación de los militantes y desenmascarar a «tiranos, acomodados y burgueses».136 Los primeros contactos se realizaron con militantes que Canga había conocido en la cárcel. También se sumaron al proyecto veteranos sindicalistas con un trabajo en el sindicato vertical y un gran respaldo entre sus compañeros como el caso de «Sionín» de Duro Felguera o «Fidel» de UNINSA. Otro sector importante en su composición fueron los repatriados de la URSS, como los casos de Aladino Cuervo, Andrés Ros o Juan Fernández «el ruso». Al poco tiempo también se incorporaron otros militantes con una larga trayectoria, como «el madreñeru» de la fábrica de loza en Gijón y «el zapateru» de La Felguera, que llegaría a ser el responsable de propaganda en la zona. Otros militantes eran más veteranos, como el mierense Luis Álvarez, de mucho prestigio entre los mineros pensionistas. En algunos de estos casos, las incorporaciones no se hacían de forma individual, sino familiar. Como, por ejemplo, el caso del dirigente minero Juan Bonilla (responsable político del Nalón), cuya familia al completo se había pasado a las filas del PCE (VIII Congreso).137 Una buena fuente para alcanzar a tener una visión más amplia de los perfiles militantes se puede encontrar en la sección de necrológicas del periódico del partido. Así, por ejemplo, en las páginas de Mundo Obrero (cabecera roja) se difundió la noticia del temprano fallecimiento de Carlos Villoria (43 años). Este militante era minero del Pozo Santa Bárbara y había ingresado en el PCE a finales de los años cincuenta. Más tarde había desarrollado un importante trabajo sindical y había sufrido las consecuencias de la represión, siendo torturado en el transcurso de la huelga de 1962. Posteriormente, se había exiliado en Bélgica, donde había encontrado trabajo en una fábrica. Sin embargo, tras la ruptura en el PCE acabaría retornando a Asturias con el objetivo de contribuir en la construcción del nuevo partido.138
Aunque los motivos que provocaron la disidencia fueron varios, uno destacó por encima de los demás. Lo relacionado con las críticas a la URSS fue lo que tuvo más influencia para la consolidación de la primera ola. Este cambio en el trato del PCE a la Unión Soviética motivaría el florecimiento de una visión crítica más amplia sobre la línea política y la estrategia global de los comunistas. Como ya hemos visto, la ruptura con el mito de la URSS como factor de movilización puso de manifiesto que existía un amplio sector obrero que recelaba con la nueva línea y que la había asumido por disciplina. Por su fuerte simbolismo, resulta especialmente interesante la incesante búsqueda de contacto de estos comunistas con la cultura soviética. Un caso bastante conocido eran los contactos de estos ortodoxos con marineros soviéticos cuyos barcos recababan en puertos españoles desde comienzos de los años setenta. En el marco de estas experiencias se construyeron interesantes redes culturales que contribuyeron a consolidar el mito soviético. Por una parte, estos comunistas ejercían de anfitriones, asesorándoles en la compra de productos y enseñándoles la ciudad. A su vez, ellos les correspondían con material propagandístico para que realizaran sus labores de proselitismo. Se trataba de un material difícil de conseguir y muy codiciado por estos militantes, como libros de la prohibidísima Editorial Progreso o revistas del tipo Unión Soviética.139
Con la existencia de un partido ortodoxo, que competía directamente con el PCE hasta por el nombre, las tensiones continuaron creciendo. A la altura de 1971, el PCE buscaba deshacerse de estos disidentes incómodos de uno en uno, negando cualquier opción de militancia crítica en su seno. Además, continuaban propagando constantes insinuaciones sobre la posible connivencia policial de este partido o de los oscuros objetivos de su causa:
Para sumar más voces al coro de la reacción, los Líster reclutaron sus adeptos entre insidiadores […] y terminarán confraternizando con toda la suerte de chivatos que la policía orientará para formar grupos de «verdaderos comunistas». Es posible que algunos de los que desde hace tiempo se hundieron en la charca resuciten ahora adoptando posiciones revolucionarias, porque para calumniar al Partido no tropezarán con el aparato policiaco.140
La acción política cotidiana del PCE (VIII Congreso) no difería en nada de los demás grupos de la oposición antifranquista que operaban en el interior de España. Así, por ejemplo, en septiembre de 1971, Mundo Obrero (cabecera roja) destacaba la reunión mantenida por comunistas de Madrid, que se adherían al VIII Congreso. En el acta de la recién constituida célula Jorge Dimitrov insistía en reafirmar su ruptura con la «fracción encabezada por Dolores Ibárruri y Santiago Carrillo», a la vez que se condenaban sus análisis:
Aquí, en el interior de España, hemos podido ver la demagogia de Carrillo y de su seguidora Dolores Ibárruri al escuchar los discursos que pronunciaron en París y que han grabado en cinta magnetofónica. En esos discursos han hecho cánticos triunfalistas para engañar al mundo que vive fuera de nuestras fronteras. He aquí algunas de sus mentiras: Que al franquismo le quedan cuatro días de existencia; que las fuerzas de oposición están formadas por muchos oficiales y algunos altos jefes del Ejército franquista; que hay un potente partido comunista.141
También se reproducía el saludo de un grupo de comunistas de Málaga que opinaba que: «es imprescindible derrotar totalmente al carrillismo, enemigo irreconciliable del socialismo y del comunismo».142 Asimismo, escribían al Mundo Obrero (cabecera roja) los militantes de una célula afincada en Euskadi y compuesta por comunistas vascos y extremeños. En su carta, además de declarar su simpatía por el nuevo partido, se puede apreciar la importancia que la memoria revestía en la identidad de la militancia comunista:
Nosotros consideramos que la situación por la que atraviesa nuestro Partido en estos momentos es la más difícil desde su fundación, el 15 de abril de 1920, y que su historia y procesos deben saberlo todos los comunistas españoles […] Nuestros caídos nos vigilan desde la tumba y nos están juzgando porque ellos son parte integrante de la gran obra revolucionaria y a nosotros nos legaron seguirla como nosotros se la legaremos a otros para culminarla.143
Sin embargo, no todo se quedaba en el terreno interno. El partido también llevaba a cabo algunas acciones dentro de España, aunque circunscritas sobre todo a Asturias, donde tenía una militancia más activa. En ese sentido, destacaba la campaña contra la visita de Franco a Gijón, con la colocación de letreros que decían «Franco asesino, libertad para los presos políticos», la participación en un encierro de pensionistas o el boicot a las elecciones de procuradores.144 Además, llevando a la práctica los postulados del VIII Congreso, se anunciaba la creación del Frente Democrático Revolucionario (FDR), cuyo objetivo era lograr la unidad de acción con otras fuerzas políticas, a la vez que tejer una red de alianzas más obrerista y alternativa a la del PCE. Su primera aparición fue para denunciar la brutal represión franquista contra los pensionistas encerrados en algunas iglesias asturianas. Ante estos hechos, realizaban un llamamiento a la movilización. El objetivo debía ser iniciar un fuerte movimiento huelguístico que acabara desembocando en una huelga general.145 Además, las páginas de Mundo Obrero (cabecera roja) se llenaron de crónicas y artículos sobre huelgas y conflictos laborales. El periódico servía como un canal de información que lograba difundir las distintas luchas que ocurrían en el interior a lugares tan lejanos como Bruselas o Moscú. Este periódico también funcionaba como uno de los principales vínculos entre la dirección del partido y sus militantes o simpatizantes. La llegada cada quince días o cada mes de la prensa del partido servía para renovar el contacto dentro de la red clandestina e impulsar nuevamente la ilusión colectiva gracias a las informaciones que allí se relataban sobre avances en su lucha. La prensa no solo se consumía de forma individual, su objetivo era ser leída por cuantas más personas fuera posible. Era un formato que pasaba de mano en mano, pese a que en el interior de España su consumo fuera perseguido. Por supuesto, en las páginas de Mundo Obrero (cabecera roja) se aseguraba la cada vez mayor popularidad entre los trabajadores de esta cabecera: «la lectura y comentario de sus artículos abre perspectivas insospechadas de claridad revolucionaria […] Mundo Obrero Rojo es y seguirá siendo, el faro luminoso que ilumine su andar tras la gran victoria de las fuerzas del trabajo».146
La organización del partido dedicaba sus esfuerzos a hacer todo lo posible para ayudar a sus «camaradas» del interior, conscientes de que, en última instancia, eran ellos quienes se jugaban la vida luchando contra Franco. Una muestra de ello fue la recaudación de una notable cantidad de dinero en 1972 por el PCE (VIII Congreso) de París, entre cuyos militantes destacaban los exiliados y emigrantes. Ese dinero fue enviado a la frontera vasca, donde, al más puro estilo de la clandestinidad, fue entregado a un miembro de la organización asturiana. Una vez más, el ejemplo asturiano sirve para ilustrar el funcionamiento cotidiano de esta organización. Con este dinero fue adquirida una multicopista destinada a las labores de «agit-prop». Se trataba de una poderosísima herramienta para el trabajo clandestino, capaz de reproducir manualmente miles de copias de panfletos y otro tipo de materiales. Por su peligrosidad, inicialmente esta multicopista se situó en el pueblo de los abuelos de Pedro Sanjurjo, Riofabar (Piloña). Sin embargo, resultaba demasiado arriesgado recorrer tanta distancia con estos materiales clandestinos. Por suerte, a los pocos meses un militante en la emigración holandesa entregó a la organización las llaves de su piso en Gijón. Allí se estableció el equipo de propaganda tras realizar una obra para construir una habitación oculta. Durante años este espacio se convirtió en la sede clandestina del partido y la vivienda de su dirigente en Asturias Pedro Sanjurjo.147 En términos generales, durante esta primera etapa de 1970-1972 el partido, pese a tener unas dimensiones modestas, mostraba un buen nivel de crecimiento organizativo. Sobre todo, se puede observar cómo se produjo una consolidación de su capacidad logística y el fortalecimiento de sus redes de contactos. Sin embargo, las formas de organización continuaban siendo un poco precarias, el impulso de la actividad celular se realizó con lentitud. Por ejemplo, en el caso de la organización asturiana, la forma de trabajo consistía en la centralización de casi todas las tareas de dirección designada por el CC en una sola persona, Pedro Sanjurjo, lo cual no era lo más acorde con el centralismo democrático.148
Durante este periodo, tuvieron lugar algunas contradicciones importantes entre el PCE y los países socialistas que afectaron de distintas maneras a los comunistas ortodoxos. Un tema especialmente espinoso fue la polémica en torno a la importación de carbón de la República Popular Polaca en plena huelga de los mineros asturianos o la represión hacia los trabajadores de este mismo país.149 El PCE fue radicalizando sus posturas con el paso de los días. En un primer momento solo exigían que el POUP desmintiera tajantemente (si es que era falso) que varios barcos estaban exportando carbón a la España franquista. Además, también destacaban que Polonia como país socialista debía tomar medidas activas de solidaridad con los mineros asturianos.150 Pero, a medida que se fue aclarando la cuestión del carbón polaco, el PCE comenzó a denunciarlo de forma mucho menos sutil.
Sin embargo, para los comunistas agrupados en el VIII Congreso estas acusaciones no eran más que «provocaciones». Por eso, según su narrativa partidaria, la mayoría de los mineros y la población trabajadora asturiana estaba indignada con lo que consideraban ataques por parte de los «carrillistas, especulando con eso del carbón polaco». Es interesante detenerse mínimamente a analizar el argumentario utilizado para defender a Polonia en este caso. En primer lugar, apelaban a la coexistencia pacífica, por la cual era importante incentivar los contactos entre países de distinto signo político. Por lo tanto, ellos consideraban que se trataba de un ataque sin argumento, pues no se podía hacer «la revolución mundial sobre la base del cese de comercio entre países». En segundo lugar, esgrimían la autoridad de la memoria y la continuidad con la historia del partido, ¿si antes no había problema por qué ahora sí? Y es que, según ellos, las acusaciones contra Polonia por la llegada de barcos de carbón que «a veces coinciden con huelgas de los mineros, se remonta a 1962». Fue en ese momento cuando según el PCE (VIII) habría habido un fuerte debate con miembros del FLP en la cárcel de Carabanchel por este mismo problema. Según su argumentario, en aquel caso concreto y en otros conflictos similares que se dieron hasta 1970, se habría obrado correctamente: «nadie buscaba chivos expiatorios en los barcos polacos». Para ellos, el problema no era ese. Lo que era necesario impulsar era la solidaridad activa de la gran metalurgia asturiana concentrada en Mieres, Langreo, Gijón y Avilés. De esta forma, se arrastraría a otros campos de la producción a la huelga, incluido el portuario. Y como colofón, se vería que los barcos polacos o americanos «no tienen ninguna incidencia en la huelga minera» y que «“el problema” del carbón polaco es una maniobra antisoviética y antisocialista».151
Otro aspecto importante tuvo que ver con los intentos del partido de traspasar su tradicional hermetismo obrero y llegar a otras clases sociales, especialmente el campesinado. Este intento de expandirse a zonas agrarias respondía a los planteamientos del VIII Congreso, en los cuales se insistía en la necesidad de reforzar la alianza obrero-campesina.152 El partido solía incluir la situación del campesinado frecuentemente entre sus análisis de la realidad española, destacando que «la miseria y el desequilibrio entre la ciudad y el campo se acentúa más cada año».153 Además, aunque no se daban datos concretos del trabajo realizado, sí que se informaba de avances en la elaboración de propuestas políticas redactadas por supuestos dirigentes campesinos.154 Incluso, a finales de 1972 la resolución del V Pleno del CC volvía a insistir en la necesidad de continuar organizando a los campesinos:
Es necesario que los campesinos se unan y luchen, aprovechando todas las posibilidades legales y extra legales, pero, sobre todo, creando sus propias formas de organización, a partir de sus localidades respectivas. Los campesinos sólo pueden conquistar sus reivindicaciones aliados a los obreros industriales. La clase obrera y su Partido Comunista deben hacer mayores esfuerzos para que la alianza obrero-campesina se convierta en una realidad.155
El partido llegó a tener presencia en algunas áreas rurales. Por ejemplo, en la zona campesina de Vegas Altas del Guadiana en Extremadura. En las páginas de Mundo Obrero (cabecera roja) se puede observar algunas informaciones sobre el trabajo desarrollado en este sector. Por ejemplo, en junio de 1972 un militante de la organización publicaba un llamamiento a los campesinos de la zona:
Yo hago un llamamiento a los campesinos de todos los pueblos nuevos para que nos unamos frente al gran monopolio agrario del Estado capitalista de Franco (I.N.C) para que las tierras pasen a ser administradas por nosotros que las cultivamos, siendo los dueños de las cosechas, que alcancemos vendiéndolas donde nos de la gana, fuera totalmente de la tutela del patrón Instituto. Agrupémonos todos en grandes cooperativas agrícolas o Colectividades y desmonopolicemos la tierra y colectivicemos nuestras conciencias de campesinos, de proletarios y de clase.156
Sin embargo, el único caso conocido con más detalle donde sí se realizó un mayor trabajo con el campesinado tuvo lugar en Asturias. En diciembre de 1971 apareció la primera noticia en Mundo Obrero (cabecera roja) sobre la dramática situación en el campo. En sus líneas se explicaba el empobrecimiento del pequeño propietario y la presión de la oligarquía local gracias al apoyo del régimen franquista.157 Para acabar con esta situación, realizaban un llamamiento a la militancia obrera con orígenes rurales, debían ayudar a los campesinos a formar células comunistas. De esta manera, se forjaría la alianza obrero-campesina, base del Frente Democrático Revolucionario y de la revolución socialista en España.158 Aunque no deje de resultar un caso anómalo, es interesante el proceso de construcción de unas pocas células comunistas en el concejo rural de Piloña (Asturias). Todo comenzó a partir de un contacto de la cárcel de Higinio Canga. Pronto, consiguieron conectar con más comunistas de la zona. Se trataba de militantes desconectados que les manifestaron sus críticas por la marginación a la que les sometía el PCE. Así que comenzaron a repartir profusamente por estos pueblos el Mundo Obrero (cabecera roja), cosechando buenas críticas ante unos militantes muy aislados y «desconocedores de la situación que atravesaba nuestro partido, a partir de los acontecimientos de Checoslovaquia».159 Tras varios roces con los enlaces de la dirección provincial del PCE, convocaron una reunión en día de mercado y, tras un acalorado debate sobre el nuevo rumbo del PCE, decidieron pasarse en bloque al PCE (VIII Congreso).160 En mayo de 1972 se constituyó un Comité Comarcal.161 Sin embargo, los comienzos no fueron fáciles, pues debían soportar las limitaciones del propio medio geográfico y un entorno social receloso con los comunistas. Las páginas del periódico denunciaron profusamente la situación de los campesinos. Desde la lucha contra la pérdida de montes comunales por la política forestal del franquismo que atentaba contra la ganadería de subsistencia162, hasta los precios de la leche, que mantenían en la miseria a las caserías asturianas. Todo ello enfrascado dentro de un combate más amplio por la reforma agraria destinada a elevar el precario nivel de los trabajadores del campo «en los marcos de la fase antimonopolística y popular de la revolución española».163 A finales de 1972 casi nadie podía presagiar la crisis cismática que se cerniría sobre los comunistas ortodoxos en poco tiempo. Hasta ese momento, la tendencia general del PCE (VIII Congreso) era de crecimiento y el partido, aunque modesto, parecía que se empezaba a consolidar en el panorama político del antifranquismo. La primera ola disidente no había conseguido su principal objetivo, destituir a Carrillo, pero resistía tenazmente. El desconocimiento de sus fuerzas reales y el miedo a que los soviéticos decidieran finalmente apoyarlos continuaba preocupando al PCE. Además, el PCE (VIII Congreso) poco a poco iba ganando adeptos en el interior, lo que se sumaba al apoyo que ya tenía entre los españoles que residían en los países socialistas. Sin embargo, esta situación pronto cambió, produciéndose una grave crisis interna cuyos orígenes se remontaban hasta 1968. De esta manera, aparecieron grandes roces en el Comité Central que acabaron paralizando el proceso ascendente y rompiendo la organización por la mitad. Los motivos de este dramático desenlace fueron varios. Sin embargo, se puede decir que estuvieron fuertemente condicionados por la división del partido en dos corrientes representadas por Líster y García respectivamente. La confrontación entre ambas tendencias se fue agudizando hasta que se consumó la ruptura orgánica a principios de 1973. Aunque el choque estuvo fuertemente condicionado por los protagonismos de estos dos líderes, existieron otros problemas que es necesario explicar con más detenimiento. Ambos dirigentes representaban modelos de partido distintos, cuyos matices comenzaron a resultar importantes a medida que trascurría el tiempo y era necesario decidir qué rumbo debía tomar el PCE (VIII Congreso). Principalmente, las diferencias pueden agruparse en torno a cuatro cuestiones: el grado de protagonismo de los países del campo socialista en la línea del partido, la extensión hacía otros sectores no proletarios, la relación con otros grupos comunistas y el rumbo organizativo que debía tomarse.
El primer punto de fricción resultó capital, pues estaba directamente relacionado con el papel que la Unión Soviética debía representar para el partido. Si bien ninguna de las partes renegaba de la URSS, el debate estaba en el grado de dogmatismo que revestía la adhesión. Por una parte, la línea encabezada por E. García planteaba un completo seguidismo respecto de la Unión Soviética. Es decir, que hiciera lo que hiciera este país no existía posibilidad de crítica alguna, pues la crítica era signo de «antisovietismo». Sin embargo, esta cuestión no era vista de la misma manera por todo el CC. Líster defendía la solidaridad con todo el campo socialista, pero con algunos matices. Como, por ejemplo, evitar una excesiva dependencia del PCUS y, sobre todo, tratar de mantener una cierta independencia en aquellos aspectos que pudieran interferir en la lucha antifranquista.164 Este aspecto ya había quedado patente durante el debate en el CC del PCE sobre los sucesos de Checoslovaquia, cuando Líster condenó la intervención mientras García se opuso activamente. Incluso, con el propio proceso de expulsión de E. García y A. Gómez. En esa ocasión, Líster también trató de mantenerse neutral pese a condenar el «giro antisoviético de Carrillo». Evidentemente, estas diferencias y roces del pasado inmediato tendrían mucho peso para el conflicto posterior.
El segundo de los puntos conflictivos estaba relacionado con la extensión del partido a otros sectores sociales. Enrique Líster se quejaba de que existía por parte de E. García una prudencia extrema a la hora de impulsar las distintas ramas del partido (juventud, mujeres, propaganda, Mundo Obrero). Es decir, que se negaba a que el partido pudiera crecer realmente y se acercase a muchos otros sectores que estaban potencialmente contra Franco. Sin embargo, Eduardo García contestaba a esas acusaciones alegando que esta diversificación solo serviría para crear estructuras fantasmas. O, dicho de otra manera, que se convertirían en estructuras sin un contenido real, ya que, dadas sus fuerzas en ese momento, no tendrían contacto alguno con España.165 El tercer elemento de discordia eran las relaciones con otras organizaciones comunistas «izquierdistas». Ambos sectores tuvieron distintas posiciones en lo que respecta a qué tipo de vínculos debían tener con las demás organizaciones comunistas. Una vez más, el centro del debate se orientaba en torno al diferente nivel de dogmatismo de las dos líneas. Por ejemplo, Líster defendía la necesidad de abandonar el sectarismo y realizar un cierto acercamiento a los demás grupos «en aras de un trabajo común contra el franquismo». Sin embargo, García mantenía un discurso mucho más duro, vinculado a una reafirmación identitaria como forma de cohesión de grupo. Por lo tanto, para él la prioridad era no tener ninguna relación con estas organizaciones. Es más, en el marco del conflicto chino-soviético, este había llegado a defender la necesidad de «combatir el maoísmo, desviación muy peligrosa del marxismo-leninismo, tanto en el terreno nacional como internacional».166 Por último, estaba el cuarto factor de desacuerdo entre las dos partes, que tenía que ver con los objetivos finales del proyecto político y también con la autopercepción de estos comunistas. En definitiva, el conflicto afectaba al principal vector de la lucha disidente: la identidad comunista. Por eso, Líster planteaba que el proyecto de García para el PCE (VIII Congreso) era convertirse tan solo en un grupo de presión política, cuyo objetivo era poder influir en la línea del PCE. Todo esto con la intención de corregir las desviaciones en su seno para poder reintegrarse en el partido al cual habían dedicado décadas de su vida. Sin embargo, en este caso el viejo general era mucho más pragmático y realista. Consciente de que habían perdido en sus objetivos iniciales, el partido tenía que ir desarrollándose y adquiriendo ciertos rasgos que les diferenciaran en la sopa de siglas de la izquierda revolucionaria española. Según su parecer, lo contrario sería una «traición» a los postulados del VIII Congreso.167
Esta crisis supuso un impacto muy negativo para el futuro de la primera ola disidente. Una primera desilusión para una militancia que ya se había enmarcado en una ruptura dolorosa con el abandono del PCE. Lo que comenzó como una serie de pequeñas confrontaciones en el marco de los debates de los órganos centrales, acabó derivando en una ruptura abierta. El choque de dos tácticas políticas distintas tendría que haberse mantenido en un marco estrictamente político, pero no fue así. Al final, esta crisis se vio empañada por un cruce de fuertes acusaciones entre los dos sectores. Una violencia política que incluso llegó a la confrontación física. Las amenazas de muerte, las palizas, los intentos de atropello o incluso el uso de armas constituyeron la cara oculta de este conflicto.168 La pugna por el reconocimiento en comunidades muy pequeñas como las de la emigración facilitó la radicalización de la crisis. La búsqueda de legitimidad se circunscribía ahora entre los militantes del PCE (VIII Congreso) que debían nuevamente elegir con qué sector se alineaban. Una vez más, el mimetismo y la reivindicación a ultranza de la identidad comunista dificultaron que los dos grupos se diferenciaran. Precisamente por eso, el principal elemento de enganche, más allá de los argumentos, fueron los liderazgos carismáticos. Tanto Líster como García habían conseguido reunir a un importante grupo de seguidores que, en muchos casos, idealizaban a estos dirigentes. Por lo que, al final, era la confianza personal en estos líderes lo que servía a los militantes como verdadero aval para adherirse a las posturas de uno u otro.
La ruptura prosiguió con la aparición de dos versiones de Mundo Obrero (cabecera roja) que eran idénticas en todo, excepto por su contenido. En sus páginas se podían encontrar un gran número de duras acusaciones contra las personas que hasta hace poco habían sido sus «camaradas». Ambas cabeceras reprodujeron los elementos básicos de la definición del enemigo en la cultura política comunista. Por eso hablaban sobre el culto a la personalidad, el trabajo fraccional, las conductas «dogmático-sectarias» y la falta de respeto al centralismo democrático.169 En cuanto a la cuestión de las proporciones en los órganos centrales, parece ser que Líster estaba en minoría. Sin embargo, el problema radicaba en que sí tenía mayoría en el Comité Ejecutivo, lo cual lo complicaba. No obstante, al final, como era el Comité Central quien debía resolver de forma definitiva el problema, acabó siendo expulsado junto con sus seguidores.170 A pesar de ello, como parte de la formación de su memoria orgánica, cada grupo construyó una narrativa del pasado de forma antagónica. Según sendos relatos, una vez consumada la ruptura, los dos grupos habrían convocado reuniones de dos direcciones centrales paralelas. Y una vez allí, cada grupo habría procedido a la catártica escenificación de la expulsión de sus enemigos in absentia. Por lo cual, en la reunión oficial del CC, se expulsó a Líster, y en la otra se condenaron las actitudes del grupo de García, que supuestamente se había autoexcluido de la convocatoria.
Tras el estallido del conflicto, ambas partes se apresuraron a tratar de buscar apoyos entre las bases del partido. Sin embargo, Líster lo tenía más difícil al haber quedado apartado de la organización. Eduardo García, quien controlaba los resortes del partido, trasladó por carta a los dirigentes de cada territorio el problema. Sin embargo, esto no fue inicialmente explicado al conjunto de la militancia en aras de no producir una ruptura en la organización. Poco más tarde, fue el propio García el que acudió clandestinamente a visitar a los distintos comités. La excusa utilizada había sido la necesidad de planificar futuras acciones del partido y su reforzamiento. Sin embargo, el objetivo era evaluar el daño que estaba haciendo la escisión de Líster. Estas formas tan calculadas de tratar el problema no terminaron de gustar a todos sus militantes. Así, por ejemplo, Eduardo se alojó en la casa de Antonio Portela cuando visitó Asturias, a quien decepcionó su actitud y decidió por este motivo abandonar el partido:
Al día siguiente de marcharse Eduardo se me acerca a mí Pedro Sanjurjo y me propone una reunión para tratar sobre la ruptura del camarada Enrique Líster con el VIII Congreso. Lo que me dijo, me dejó frio. Resulta que habíamos estado reunidos tres días con el camarada Eduardo García y no nos había mencionado absolutamente nada. Y justamente tras su marcha salió el tema. Se pretendía vincularnos con el grupo de Eduardo sin consulta alguna. Yo aquello no podía admitirlo, por lo que tomé la determinación de dejar la militancia.171
Todo este proceso de crisis interna puede parecer que guarda ciertos paralelismos con la anterior crisis en el PCE. Según esta lógica, al final todo se reduciría al choque entre dos visiones, una más moderada y otra más radical, cuyo resultado final fue la escisión. Sin embargo, esto no es exactamente así. Se trata de procesos mucho más complejos en los que se debe de reflexionar más allá de los propios discursos de los protagonistas. Si bien existen paralelismos en cuanto a las formas reproducidas en ambos conflictos, no se da la misma circunstancia en cuanto al contenido. En cuanto a las formas, ambas partes vuelven a plantear que la dirección se ha convertido en una «fracción» debido a sus planteamientos «revisionistas» o «antidemocráticos». Por lo tanto, estas actitudes van en contra de los principios del partido y, de esta manera, pierden su autoridad. Además, la solución para resolver este problema es la misma: la celebración de un congreso extraordinario. Sin embargo, en esta ocasión no existió un descontento previo de las bases, ni una «rebelión primitiva» de estas. Sencillamente, lo que se produjo fue un conflicto entre dirigentes que se trasladaría al grueso de la militancia gracias a la influencia de los liderazgos carismáticos. Sin embargo, en la memoria de la militancia ortodoxa esta crisis no es recordada como una fase necesaria, sino en todo caso como un problema que debilitó su trayectoria. De esta manera, comenzó una nueva etapa en la historia de la primera ola disidente, caracterizada por la atomización. El siguiente paso sería la formación de un nuevo partido. La lógica del proyecto de Líster daría lugar a la creación del Partido Comunista Obrero Español (PCOE). A su vez el PCE (VIII Congreso) celebró ese mismo año de 1973 un nuevo congreso, donde adquirió la denominación que usó hasta su desaparición: PCE (VIII-IX Congresos).
LA ATOMIZACIÓN, PRIMER OBSTÁCULO
El Partido del general: Partido Comunista Obrero Español
Tras la expulsión de Enrique Líster y sus seguidores del PCE (VIII Congreso) comenzó una nueva etapa, donde iniciaron un camino en solitario, fragmentando aún más a esta pequeña corriente. En ella su principal objetivo no fue otro que llevar a cabo las ideas propuestas por Líster en el seno del anterior partido. El balance de cuentas a nivel cuantitativo no acabó siendo positivo para el grupo de Líster. La mayoría de los militantes del PCE (VIII Congreso) no secundaron el rumbo del general y continuaron con García y Gómez, aunque el proyecto quedó seriamente dañado. Todo el proceso escisionista erosionó la dinámica que llevaba la primera ola. La aparición el 25 de enero de 1973 de un nuevo Mundo Obrero (cabecera roja) editado en Bélgica por la línea de Líster generó aún más confusión.172 Las páginas del nuevo periódico mostraban una estética idéntica a la anteriormente utilizada por el PCE (VIII). Durante los primeros números, la mayoría de los artículos eran resoluciones de organizaciones que apoyaban a Líster y textos críticos con García y Gómez.173 Sin embargo, al poco tiempo el periódico volvió a proporcionar información sobre lo que acontecía en el interior, como las huelgas mineras o la represión al movimiento obrero.174 Un cambio importante fue la fundación en febrero de 1973 de la Federación de Jóvenes Comunistas de España (FJCE), que serían de facto las juventudes del partido.175 La FJCE tenía una imagen más moderna y plural, apostando por unir a toda la juventud en la lucha por solucionar sus problemas y acabar con el franquismo. Incluso a nivel organizativo se pueden observar ciertos guiños juveniles. Por ejemplo, la FJCE no tenía un CC, sino un «Comité Coordinador» y su unidad básica no eran las células sino los «círculos».176 Desde el mismo mes de febrero, la FJCE comenzó a difundir Lucha juvenil, su portavoz. En esta publicación destinada a los más jóvenes destacaban las noticias relacionadas con el estudiantado y las movilizaciones universitarias. También se reflejaba en sus páginas la preocupación ante la represión desatada por el régimen o las luchas contra el imperialismo en todo el mundo. La cabecera tenía un enfoque más sencillo e incluso tocaba cuestiones que normalmente resultaban temas tabú. Sin embargo, la FJCE consideraba necesario explicar a la juventud ese tipo de cuestiones. Como, por ejemplo, la problemática del «terrorismo» y la «lucha armada», muy de actualidad en aquel contexto por las acciones de ETA:
Valoramos los atentados según el carácter de los mismos. Durante la lucha guerrillera en nuestro país tuvieron lugar numerosos atentados siendo ellos parte de la lucha armada librada por los mejores luchadores de nuestro pueblo. Si algo tenemos que lamentar es que la lista de esos atentados no fuera más larga de lo que lo fue, pues mayores serían las pérdidas del enemigo. Los comunistas no estamos en contra de que se castigue a un verdugo que se dedica a torturar a los revolucionarios en los locales de la B.P.S. El castigar a esos verdugos es una necesidad profiláctica para hacerles comprender a los que aspiran a hacer carrera martirizando a nuestros hermanos de lucha, que donde las dan las toman…Pero estamos en contra del atentado y terrorismo individual como forma de lucha.177
Esa forma de hablar abiertamente de la lucha armada ya se encontraba en sus primeros documentos. Por ejemplo, en 1973 cuando se aprobó el primer programa político del PCOE. En este importante texto de la organización se abogaba por una revolución antimonopolista y popular, como una corta etapa previa al socialismo. La herramienta utilizada por el pueblo para llevar a cabo esta revolución era, una vez más, el Frente Democrático y Revolucionario. Sin embargo, en el PCOE tenían muy claro el rumbo para conseguir vencer y lograr un gobierno popular:
Las fuerzas revolucionarias tendrán que dominar toda la gama de formas de lucha, tanto pacífica como armada. El Partido Comunista Obrero Español debe estar preparado para todo género de eventualidades […] la insurrección armada, la guerra civil, el movimiento guerrillero, la guerra contra las agresiones imperialistas, etc. El PCOE hará los máximos esfuerzos para que la caída de la dictadura franquista se produzca sin guerra civil; pero esta perspectiva no depende de él exclusivamente.178
La nueva línea pretendía romper con los aspectos más inmovilistas de la anterior etapa. No obstante, su intención era no presentar estos cambios como una ruptura del VIII congreso, sino como una superación en clave de mejora. En junio de 1973 tuvo lugar la celebración del primer congreso del nuevo PCOE, el partido de Líster. En este evento fundacional participaron 65 militantes. Su origen era bastante variado. Por una parte, el grueso de su militancia provenía del exilio (Bélgica, Francia, Hungría, Polonia y la URSS). Por otra, también acudieron algunos militantes del interior, concretamente, de Madrid, Andalucía, y Cataluña. El congreso escenificó una serie de rupturas simbólicas con el pasado, importantes para la construcción identitaria de este grupo. Por eso la primera decisión que tomaron fue la ratificación de expulsión de Eduardo García y Agustín Gómez. Sin embargo, esta decisión tan solo formó parte de una calculada puesta en escena. No tenía ningún efecto real e incluso, ya había sido tomada anteriormente por su recién creado Comité Central. Además, este congreso resultó innovador por otros motivos. El modelo de partido defendido por Líster suponía ciertas novedades respecto al PCE (VIII Congreso), al menos teóricamente. Un ejemplo de ello fue la presentación de su sección juvenil: la Federación de Jóvenes Comunistas de España (FJCE). Estos jóvenes comunistas, muchos de ellos hijos de veteranos militantes, también estuvieron presentes y participaron activamente en el debate. Otra cuestión importante que se pretendía recuperar, haciendo de paso una apelación a la memoria, era el reconocimiento explícito de la plurinacionalidad.179 Frente al centralismo de la etapa anterior, el nuevo PCOE reivindicaba una mayor autonomía y reconocimiento para los comunistas de las nacionalidades históricas. En este sentido, destaca la aparición de un saludo al congreso firmado por un autodenominado Partit Socialista Unificat de Catalunya (PSUC), cuyas siglas eran copiadas directamente del referente catalán del partido oficial. En dicho mensaje se ponía de manifiesto el malestar que había existido respecto al centralismo y la cuestión nacional catalana en el PCE (VIII Congreso): «Siempre fuimos considerados por García y Gómez como una radio más del PCE, tratando siempre de disminuir nuestra personalidad e ignorar la existencia del PSU de Cataluña. Fuimos calificados de nacionalistas por pedir que la hoja de “Treball” fuera en catalán».180
Otra de las cuestiones que resultaron novedosas frente a la etapa anterior fue la presencia de la Organización de Mujeres Democráticas de España (OMDE). Este grupo era en realidad una organización satélite del propio PCOE creado para realizar trabajo entre las mujeres de forma similar a la táctica del PCE con el Movimiento Democrático de Mujeres (MDM).181 Sus dimensiones debieron de ser bastante limitadas, si tenemos en cuenta que este partido estaba compuesto fundamentalmente por hombres. En todo caso, la OMDE estuvo presente en este cónclave como una declaración de intenciones de lo que sería la nueva política del PCOE:
La Organización de Mujeres de España acaba de constituirse y todavía no ha tomado el cuerpo y la fuerza que nosotras deseamos. Pero estad seguros, delegados del Congreso, que las mujeres comunistas contribuiremos en todo lo que esté a nuestro alcance para hacer una fuerte Organización de Mujeres Democráticas capaz de organizar a las mujeres españolas y de realizar entre ellas una labor de esclarecimiento de los problemas con que nos tropezamos cada día en la producción, en la familia y en la sociedad […] Una de nuestras aspiraciones es la de estar representadas en el Movimiento Mundial de Mujeres y de aportar a él la contribución que estamos obligadas a hacer en cumplimiento de nuestros deberes internacionalistas.182
Sin embargo, no cabe duda de que la transformación más importante tenía un cariz global. El PCOE nacía sobre el papel como un proyecto rupturista y renovador que pretendía distanciarse definitivamente de las siglas que controlaba Santiago Carrillo. La muestra más simbólica de esta importante transformación fue el cambio en la denominación, pasando del PCE al PCOE. Esto ocultaba una importante transformación en la cosmovisión militante ya que, al fin y al cabo, suponía asumir que su estrategia anterior había fracasado. Ya no podían reclamarse como el verdadero PCE, porque el proyecto había quedado estancado y la mayoría continuaba reconociendo a Carrillo como su secretario general. Sin embargo, reconocerlo no suponía renunciar a la memoria colectiva de los comunistas españoles. Para dejar esto claro, recuperaban el nombre de un partido histórico que formaba parte del tronco del legado del PCE. Además, a nivel político trataron de actualizarse, mostrando una mayor comprensión sobre la cambiante realidad que se vivía en el interior de España y a nivel mundial. De esta manera, se diferenciarían, tanto de los distintos partidos de la izquierda radical, como del partido de Carrillo. Con todo, no renunciaban a reivindicarse de la memoria histórica del PCE:
El cambio de nombre ayudará a encuadrarnos en el movimiento comunista internacional y a fortalecer nuestros vínculos con los partidos hermanos. El Partido Comunista Obrero Español no rompe con las tradiciones revolucionarias del movimiento obrero español y del Partido Comunista de España; es el puente que vuelve a enlazar con el partido de los años de la revolución democrático-burguesa de 1931, del Frente Popular de 1936, de la guerra nacional revolucionaria del pueblo español contra el fascismo, del período de la clandestinidad y de las guerrillas, del Partido por el que dieron sus energías y su vida legiones de revolucionarios.183
Uno de los principales objetivos que se marcaba este grupo con la creación del nuevo PCOE era tratar de aglutinar a todos los comunistas que se oponían al «carrillismo» en un solo partido comunista:
No se trataba de crear un partido alternativo. Se trataba de crear un polo para retener a todos aquellos elementos que nosotros considerábamos marxista-leninistas, bueno «sanos», en el partido, de que no se dispersaran y ahí Líster fue rotundo, ¿de acuerdo? Las puertas del PCOE están abiertas a todos los elementos de izquierda y de extrema-izquierda, están cerrados únicamente a los elementos de derecha. Todos los otros tienen cabida en el PCOE.184
Desde épocas muy tempranas, el PCOE puso sus esperanzas en los avances que algunos partidos comunistas estaban consiguiendo en el panorama internacional. Por eso, rápidamente, declaró su entusiasmo por la línea del Partido Comunista Portugués. Precisamente, fue en esta primera etapa cuando el prestigio del PCP en el movimiento comunista y sus buenas relaciones con el PCUS atrajeron las miradas de los militantes del PCOE hacia el partido portugués. Un ejemplo representativo de este tipo de dinámicas tuvo lugar cuando en 1973 Álvaro Cunhal fue condecorado con la prestigiosa «Orden de la Revolución de Octubre».185 Esto motivó que Enrique Líster le felicitara en nombre del Comité Central del PCOE, siendo publicado en la portada de su periódico. En esta carta utilizaba varios de los elementos identitarios que ya se han señalado anteriormente. Además, realizaba llamamientos a la confraternización de los comunistas ibéricos. Entre las loas a la heroicidad y al sacrifico de los comunistas lusos, se señalaba especialmente el papel individual que el propio Cunhal había prestado a la causa antifranquista en sus años de joven militante.186 Sin embargo, sería con la llegada de la Revolución de los Claveles cuando el PCP se convertiría en uno de los principales referentes para este partido. Tanto es así, que la portada de su edición de Mundo Obrero (cabecera roja) de mayo de 1974 abría bajo el titular de «¡Viva Portugal democrático!». Según el PCOE esta revolución era una lección muy importante para los comunistas españoles, ya que marcaba el camino que seguir.187 Además, se reproducía una nueva carta de Líster a Cunhal donde felicitaba al que consideraba su camarada por los éxitos del partido y de todos los portugueses.188 Sin embargo, la crisis que atravesó la revolución portuguesa también preocupó mucho al PCOE. Esta preocupación por la situación en el país luso se transformó en impotencia, ya que los militantes del PCOE poco podían hacer desde el otro lado de la frontera. Así lo reflejaba una carta que militantes sevillanos del PCOE enviaron a Vasco Gonçalves, alertándole de la posibilidad de que Portugal se convirtiera en el «Chile de Europa».189 El desasosiego no desapareció tras el 25 de noviembre de 1975, fecha que marcaría oficialmente el fin de la revolución portuguesa. La preocupación por lo que ocurría en el país vecino se centraba en poder mantener las conquistas que la revolución había conseguido y, sobre todo, evitar un golpe de Estado que supusiera una vuelta al pasado.190
De las organizaciones que pertenecen a la primera ola disidente, el PCOE fue la más longeva. El partido existió desde 1973 hasta 1986 en su primera etapa y de 1986 al año 2000 en la segunda.191 La composición sociológica de este partido era bastante homogénea. La mayoría de su militancia estaba formada por personas de clase obrera con una media superior a los cincuenta años. Sin embargo, también había militantes más jóvenes y con un perfil intelectual. Ese fue el caso de Alejandro Fernández, responsable de la organización asturiana. Alejandro era un joven trabajador de banca, miembro del Comité Ejecutivo y responsable político de la organización regional.192 Sin embargo, el desarrollo organizativo del PCOE fue menor que el de los demás partidos de esta ola, con escasos centenares de miembros. Esto no quita para que con los años lograra una implantación respetable en algunos territorios. Para comienzos de la Transición el partido ya tenía organización consolidada en Andalucía, Cataluña y Asturias. A ellas se unían otros núcleos más reducidos en Madrid, Valencia, Euskadi, Galicia, Castilla-La Mancha, Castilla y León, Extremadura, Murcia, Tenerife, Aragón, Navarra y Baleares.193 Además, mantuvo estructuras en el exilio, especialmente en París y Bruselas, pero también en la URSS, Cuba, la RDA y Hungría. En Cataluña se constituyó el Partit Comunista Obrer de Catalunya (PCOC), que elaboraba su propio periódico, Endavant, desde finales de 1974. En sus páginas se mezclaban artículos en castellano y catalán. La defensa del idioma y la cultura catalana era para los comunistas del PCOC una prioridad, estaban seguros de que el pueblo catalán conquistaría su reconocimiento.194 La existencia de un partido autónomo ligado al PCOE no dejaba de ser un intento de continuar con la tradición del PCE/PSUC. Con todo, el nuevo PCOE no tuvo en sus inicios mucho arraigo en el interior. Por esa razón, varios emisarios aprovecharon sus vacaciones para hacer contactos políticos. Ese fue el caso de Ramón Bada desde Bélgica, y de José Molina o Robustiano Fernández, Tano, ambos desde Alemania.195 El uso de enviados de otros territorios, incluso de la emigración, era descrito en la jerga militante como «paracaidismo». Este «paracaidismo» de militantes del PCOE, a su vez, era duramente criticado desde las filas del PCE (VIII-IX Congresos) de Eduardo García. Para ellos, lo peor de estos enviados era que «presentaban a su grupo como campeón de las gestiones a favor de la unidad de los comunistas».196
Sin embargo, el aislamiento fue uno de los principales rasgos del PCOE durante toda su historia. La praxis política de esta organización se caracterizó en muchos casos por las continuas polémicas desatadas por Líster. Destacaban aquellas que con un tono brusco acusaban a Carrillo de diversos crímenes.197 También hubo fuertes críticas públicas hacia los demás grupos comunistas. Incluso, utilizando argumentos casi siempre personales, lo que no benefició precisamente a su causa.198 Un buen ejemplo de esto fue el intento de unificación a finales de 1976 con la OPI. El acercamiento acabaría siendo abortado de forma brusca. Existieron varios motivos para la ruptura de dicho proceso. En primer lugar, Líster difundió a la prensa el acuerdo de manera sorpresiva y unilateral desde Bruselas, lo que podía poner en peligro a los militantes clandestinos de la OPI.199 El segundo motivo se encontraba en las formas empleadas por el dirigente del PCOE. Su anuncio se realizó mezclado con fuertes insultos a Carrillo, lo que sorprendió bastante a una militancia universitaria acostumbrada a otra forma de actuar en política.200 Por su parte, el PCOE, que parece que se había tomado mucho más en serio la unificación con la OPI, mostró mucho malestar por la forma en que había terminado el proceso. En 1978 publicó algunos documentos internos para tratar de legitimar su postura frente a los procesos unitarios fallidos en los que había participado. Según su relato, había sido la OPI la que había faltado a su palabra, pues ya habían firmado varios documentos conjuntos e incluso en un mitin público en Bruselas se había anunciado que la unificación se produciría bajo la sigla de PCOE en unos pocos meses. Según el PCOE, la actitud claudicante de la OPI se debía a dos motivos. El primero de ellos era de índole teórica. En su opinión, la OPI presentaba una gran confusión ideológica con respecto a la noción de bloque histórico gramsciano, que «se inspiraban más en el eurocomunismo que en el marxismo-leninismo». La segunda tenía que ver con la concepción de grupo de presión existente en la OPI, que no renunciaría a cambiar el PCE desde dentro. Sin embargo, pese a la ruptura, a mediados de marzo de 1977 los dirigentes de la OPI volvieron a dirigirse al PCOE con la intención de unificarse de cara a poder presentarse a las elecciones, cuestión que para el partido de Líster significaba un alto grado de oportunismo y, precisamente por eso, esta vez fueron ellos los que rechazaron la integración en esos términos.201
El PCOE encaró el proceso de agotamiento político del Franquismo y el comienzo de la Transición anclado a una dinámica de resistencia. Entre la denuncia constante del «entreguismo» del PCE y el intento de integrarse en los organismos unitarios de la unidad antifranquista. En septiembre de 1974 el PCOE denunciaba abiertamente a la Junta Democrática como una «nueva maniobra carrillista» creada «de espaldas al consenso popular». Al mismo tiempo, el partido recalcaba la necesidad de que todas las fuerzas antifranquistas, al menos las que consideraban que realmente trabajaban por terminar con el franquismo, desarrollaran un trabajo conjunto y unitario.202 Ante la aproximación de la muerte de Franco, el PCOE fue tejiendo redes y alianzas con algunos grupos, especialmente en la emigración en Francia y Bélgica. Una buena muestra de ello fue el comunicado conjunto firmado por el PCOE y el FRAP en Lieja (Bélgica) anunciando la creación de un comité para coordinar a todas las fuerzas democráticas y revolucionarias que se oponían al continuismo monárquico.203 El PCOE buscaba integrar en estos comités prioritariamente a los grupos socialistas, aunque también a sectores del FRAP, nacionalistas revolucionarios o incluso libertarios. Esta dinámica de impulsar comités unitarios de índole antifascista y republicana se amplió a otros lugares. A comienzos de 1975 se creaba en París un autodenominado Comité Antifascista de Unión Popular (CAUP) integrado por el PSOE, ARDE, FRAP y PCOE. Para el partido de Líster este era un primer paso que debía ser seguido de la creación de organismos unitarios de estas características en el interior de España.204
Sin embargo, la tan ansiada coordinación general en el interior nunca llegó. Lo más que consiguió el partido fue participar en algunos otros actos unitarios durante ese año. Por ejemplo, el 13 abril de 1975 se celebró en Vénisseux (Francia) un mitin con motivo de la celebración del 44.º aniversario de la proclamación de la Segunda República. El acto estuvo impulsado por el Comité Antifascista de Unidad Popular, del que formaban parte PSOE, UGT, FRAP y PCOE.205 También el 17 de mayo se convocó en Bruselas una manifestación unitaria contra la represión en España, firmada por muchas organizaciones de emigrantes, entre otros por PSOE, CNT, MCE y PCOE.206 Además, el 15 de junio otra manifestación tuvo lugar en Bruselas bajo el lema «Unidos contra la represión», esta vez en rechazo al estado de excepción en Euskadi, las torturas y las peticiones de pena de muerte para numerosos antifranquistas.207 El auge de las movilizaciones entre la emigración española en Bruselas y la sintonía de muchas organizaciones propició la creación de una «Plataforma de lucha de Bruselas». Esta plataforma contaba con nueve puntos básicos, entre los que se encontraban cuestiones como luchar contra el «continuismo monárquico», a favor del derecho a la autodeterminación, contra la represión franquista o a favor de fomentar la solidaridad con los trabajadores belgas.208 La situación resultaba más complicada en el interior, donde sus escasas fuerzas, unidas al sectarismo de otros grupos ortodoxos, dificultaba mucho su táctica unitaria. Sin embargo, sí que participó en algunas acciones como, por ejemplo, la manifestación convocada en Sevilla el 25 de septiembre de 1975 por JS, LCR-ETA VI, MCE, ORT y PSOE-UGT. 209
Con todo, el PCOE quiso sacar músculo ante la inminente muerte de Franco organizando un importante mitin en la Mutualité de París el 16 de noviembre.210 Este acto pretendía servir de elemento cohesionador para su militancia, al mismo tiempo que era una forma efectiva de propagar su política de alianzas en torno al Frente Democrático Revolucionario. La crónica del acto describe a los asistentes (unos 1000) como un público de «obreros donde se confundían en una misma medida, adultos y jóvenes, mujeres y muchachas». De esta forma, el PCOE apelaba tanto a los «veteranos del 7 de noviembre» como a una joven generación para la cual Líster no era el jefe del V Regimiento, sino el secretario general del PCOE. El mitin también guardaba muchos elementos simbólicos constitutivos de la memoria comunista vinculada a la resistencia antifranquista y republicana. Así, por ejemplo, el encargado de realizar la apertura del evento fue Luis Fernández (general jefe de la Agrupación de Guerrilleros españoles F.F.I), quien cargó contra la reconciliación con los franquistas: «Ahora que cruje y se tambalea el edificio franquista hablan de amnistía para los vencidos y sobre todo para los vencedores, para los que vencieron ayer». El resto de intervinientes fueron: un representante de la FJCE, del PCOC, de la UME y el propio Líster en representación del PCOE. La mayoría de las participaciones insistían en la importancia del momento que se abría con la muerte de Franco y en la necesidad de evitar a toda costa que se produjera una continuación del régimen bajo la corona de Juan Carlos I.211
Sin embargo, lo más llamativo es que, de forma paralela al impulso público del FDR, el PCOE exploró otra vía. El 7 de noviembre de 1975, el Comité Ejecutivo hacía público un documento en el cual, aparte de reiterar que el partido rechazaría cualquier solución monárquica, solicitaba su integración en la Plataforma de Coordinación Democrática. El documento también insistía en que el PCOE siempre había buscado construir alianzas con la izquierda tradicional y con la nueva izquierda, pero especialmente con el PSOE. Para justificarlo, citaba un extracto del pleno del CC de abril de 1974 donde se decía que, de todas las fuerzas de izquierda, era con el PSOE con quien el PCOE tenía una mayor afinidad. La propuesta política del partido se fundamentaba en la constitución de un gobierno provisional de coalición democrática, órgano rector en la transición hacía la República Democrática. Este gobierno debía llevar a cabo un programa mínimo que incluía aspectos como la liberación de los presos políticos, el reconocimiento de las nacionalidades históricas, la mejora de las condiciones de vida de la clase obrera o la observancia de los compromisos internacionales contraídos por España, siempre y cuando no hipotecaran la soberanía nacional.212
Sin embargo, durante esta etapa el partido se mantuvo en una situación de escasa actividad y en un notable aislamiento respecto al resto de fuerzas antifranquistas. Tras este punto, se internó en una época de mayor encierro en sí mismo. Pese al prestigio histórico de Enrique Líster Forján, el partido no acababa de despegar. Desde finales de 1976 la principal actividad del PCOE se desarrolló en torno a la demanda de que Líster obtuviera un pasaporte por parte del Gobierno español para poder retornar. Como de costumbre, en esta ocasión el viejo general también desafió a las autoridades: «aprovecho esta ocasión, porque creo que es buena, para pedir mi pasaporte, pero no como amnistiado. A mí no hay que amnistiarme de nada, porque yo no he cometido ningún delito. Si se me quiere juzgar, que se me dé el pasaporte, voy a España y que se me juzgue. A ver si hay un tribunal capaz de condenarme por haber combatido durante tres años en los frentes de batalla».213
Los distintos comités regionales del PCOE llevaron a cabo una importante campaña para reclamar el fin de la dictadura y la vuelta de Líster. Así, por ejemplo, la organización asturiana lanzaba un panfleto en el verano de 1977 denunciando que este hecho ponía de manifiesto la situación antidemocrática que se estaba viviendo en España pese a la muerte del dictador. Además, denunciaban cómo gran parte de los partidos de izquierda seguían sin legalizar e incluso no se les había permitido presentarse con sus siglas a las elecciones generales. También se revelaba que no se había liberado a todos los presos políticos y no se permitía retornar a muchos exiliados. Para terminar, concluían:
El Comité Regional del Partido Comunista Obrero Español, alza su más airada y enérgica protesta, contra la arbitraria medida del gobierno y pide la entrega inmediata del pasaporte a Enrique Líster invita a los dirigentes políticos y Partidos Democráticos en general, a que se adhieran a esta justa petición y unan su voz a la exigencia de que Líster sea autorizado a entrar en España, después de 40 años de emigración.214
El partido sufrió un paulatino aislamiento frente a los procesos de convergencia del antifranquismo y manifestó una falta de sintonía con el resto de las organizaciones situadas «a la izquierda del PCE». Esta circunstancia se puede observar con motivo de su posición respecto a las elecciones de junio de 1977, de cariz abstencionista. Según los análisis del PCOE, la situación en España se había ido agravando hasta el punto de que las fuerzas de «oposición habían ido vendiendo trozo a trozo los intereses de los trabajadores a cambio de su propia legalidad». Para el partido del general, las elecciones de junio de 1977 eran la consecuencia lógica de la reforma política de Adolfo Suárez, ante la que ya habían pedido la abstención en el referéndum de 1976. Además, también denunciaban la falta de garantías democráticas en manos de un gobierno franquista. El aumento de la represión demostraría que era necesario no apoyar lo que consideraban una «farsa electoral». Según su análisis el principal problema residía en que la izquierda no había sido consecuente con lo que planteaba en diciembre de 1976 y por eso no se estaba en condiciones de boicotear las elecciones y tumbar al Gobierno.215 El partido vivió en una situación de clandestinidad hasta, prácticamente, la obtención del pasaporte de Líster. Carmen López, dirigente del PCOE y cónyuge de Líster, realizó una gira por toda España demandando la emisión del pasaporte. En sus declaraciones explicaba cuáles eran sus diferencias con respecto al PCE. Según su testimonio, las divergencias principales se dieron porque «se había convertido en un partido desclasado, que ha renegado de los principios comunistas. E incluso dejan de levantar el puño y ha pasado a ser un partido al servicio de la burguesía, no al de la clase obrera».216 Finalmente, se produjo la legalización del PCOE y Líster pudo retornar al país en noviembre de 1977.217
A partir de este momento, se abrió una nueva etapa para el partido caracterizada por un mayor dinamismo y un crecimiento de su actividad. Por ejemplo, a principios de 1978 tuvo lugar la conferencia del PCOE en Madrid, y llegó a reunir a más de un centenar de delegados. Pese a que este cónclave se marcó algunos objetivos bastante ambiciosos, el partido continuaba en algunas zonas en un estado embrionario. Un ejemplo se puede ver en cómo un militante de Vallecas (Madrid) explicaba su plan de trabajo para ese año: «como no podemos contar con un local propio de la Organización, hemos decidido celebrar una serie de reuniones en nuestras propias casas, de forma rotativa. A estas reuniones invitaremos a personas del barrio; así difundiremos nuestra línea política y las alternativas que defiende el partido».218 Por su parte en Andalucía el partido contaba con una mayor implantación.219 Destacaba su organización en Sevilla, compuesta por varias células de obreros y veteranos. El líder regional era Manuel Góngora, un joven empleado que contaba con una importante trayectoria militante dentro del movimiento obrero.220 También destacaban sus células en Málaga y Nerja, esta última especialmente activa.221 El partido llevaba a cabo un importante trabajo en el plano laboral y vecinal. Sin embargo, Góngora se quejaba de la existencia de una campaña continua contra su partido. En la denuncia del joven dirigente del PCOE andaluz se puede apreciar la conflictividad que envolvía la identidad del partido:
El PCOE ha sido objeto de una difamante campaña proyectada a desacreditarlo, epítetos como «stalinistas», «ortodoxos», «dogmáticos» y argumentaciones como «veteranos al servicio de Moscú» son los piropos más inofensivos que la prensa española y sus voceros oportunistas nos han dedicado. El peculiar daño que infieren tales propagandas estriba en que infunden en las masas obreras la desconfianza en los revolucionarios y las desvía de sus auténticos objetivos de clase.222
Por su parte, en Asturias este periodo fue de crecimiento para el PCOE, que llegó a inaugurar un local en Oviedo que estuvo abierto algo más de un año, aunque era en Gijón donde concentraban casi toda su militancia en tres células. El PCOE también tenía en este territorio otras células en Mieres y en Pola de Siero, contando con militantes más jóvenes que provenían del grupo de teatro «La Careta».223 Frente al referéndum de la constitución de diciembre de 1978, el partido realizó un llamamiento a la abstención. Además, llegó a formar parte del Frente Asturiano Comunista por la Abstención (FUCA) junto con OCE (BR), PCTA y PCE (VIII-IX). Sin embargo, su participación en esta experiencia unitaria acabaría mal porque existieron ciertos roces y diferentes análisis de la campaña.224 Este no fue el único esfuerzo que realizaron en esas fechas para conseguir la unidad de las fuerzas de la izquierda revolucionaria. El PCOE propuso en 1978 la creación de una federación de partidos y agrupaciones que coordinase el trabajo de todos los grupos. Eso sí, se referían solo a aquellas organizaciones que proclamaban «el marxismo-leninismo como guía para la acción». La intención de esta novedosa propuesta era que se impulsase el trabajo común y, de esta manera, contribuir a mitigar la atomización de las organizaciones que se reivindicaban del marxismo-leninismo, ofreciendo una imagen de unidad.225 Esta propuesta, que a primera vista podría parecer irrelevante, ponía de manifiesto la existencia en el PCOE de una creciente preocupación por su aislamiento. Incluso intentaron impulsar un cierto acercamiento al resto de organizaciones de la izquierda comunista, aunque sin muchos éxitos. Estas propuestas tienen sus orígenes en dos preocupaciones del partido. En primer lugar, el PCOE buscaba acabar con su marginación participando en diversos movimientos sociales y de oposición antifranquista. Además, también necesitaba influir en los comunistas que se oponían a las políticas moderadas del PCE, necesitaba convertirse en un referente de la ortodoxia comunista. Esta táctica ayudó a construir puentes con otras organizaciones en el contexto del surgimiento del eurocomunismo. Para el PCOE, el eurocomunismo era un tipo de oportunismo que no aportaba nada nuevo en el plano teórico, solo servía para alejar la revolución socialista de Europa occidental, desfigurar la fisonomía clásica de las fuerzas de izquierda y dar ventaja a la derecha para que pudiera prolongar el sistema de dominación del capitalismo monopolista de Estado.226 Al mismo tiempo, el partido también desarrolló una línea sindical propia y bastante diferenciada de la del resto de organizaciones ortodoxas. Frente a la predominancia histórica del trabajo de los comunistas en CC. OO., el PCOE proponía adaptarse a cada contexto. En el IV Pleno de su CC de junio de 1976 se acordó la tesis de que era necesario apostar por la creación de una central sindical única. Como el partido valoraba que esa central aún no existía, hacía un llamamiento a la unidad de acción de los distintos sindicatos de clase. Sin embargo, al tiempo advertían de que no se proponía crear ningún sindicato que contribuyera aún más a la desunión sindical, concluyendo que «los militantes del PCOE deben pues, actuar en Comisiones Obreras, UGT y otras sindicales, siguiendo el viejo principio leninista de que “los comunistas deben estar allí donde están las masas”».227 Además, también defendían la presentación de candidaturas abiertas a las elecciones sindicales. Esto llevaría, ya entrados los años ochenta, al impulso de la Coordinadora Unitaria de Trabajadores (CUT) que bajo el paraguas de la lucha autónoma y unitaria de los trabajadores, en la práctica funcionaría como el frente sindical del PCOE.228
El PCOE también modificaría sus posturas en otros ámbitos estratégicos, como el electoral. En poco tiempo, los análisis del partido sobre la cuestión electoral sufrieron un cambio de 180º. Por esta razón, frente a sus anteriores posturas abstencionistas, a finales de la década de los setenta llamaba a participar en casi todas las citas electorales. Sin embargo, no siempre contaba con las fuerzas necesarias para presentarse. El giro se manifestó en la convocatoria de elecciones generales de 1979. En esa ocasión el partido apostó por pedir el voto para el PSOE. Los argumentos utilizados tenían un fondo muy pragmático y posibilista. Llamaban a votar al PSOE por ser «un voto útil que podía frenar a la derecha». No obstante, recalcaban que no compartían todo su programa y que, además, eran conscientes de los límites de lo que podía llegar a hacer este partido en el poder: «El PCOE no deja de señalar las grandes diferencias que le separan del PSOE, tanto a nivel ideológico y político, como táctico y estratégico. La línea del PSOE no lleva al socialismo, pero sí puede ser útil en esta etapa para profundizar la democracia y propiciar la depuración de los elementos franquistas en los aparatos del Estado».229 La única excepción se produjo en las Islas Baleares fruto de los intentos de converger con otras fuerzas de izquierda. Allí el PCOE se presentó a las elecciones junto al Partit dels Treballadors de les Illes bajo una coalición al senado.230
Poco después, en abril de 1979, tuvieron lugar las primeras elecciones municipales. En este caso el partido sí se volcó, intentando legalizar listas electorales a los comicios allí donde tenía presencia.231 Destaca la presentación de candidaturas en núcleos pequeños como Marazambroz (Toledo), Picaña (Valencia) o Castelldefels (Cataluña).232 Un ejemplo del despliegue de la organización con la cita electoral se puede ver especialmente en el caso de Madrid, donde el partido presentó a Líster como cabeza de lista.233 En otros casos el PCOE participaba en listas en las cuales iban militantes de otros partidos de la izquierda revolucionaria e independientes. El episodio más pintoresco fue el de Montcada i Reixac, donde elaboraron una lista conjunta LCR y PCOC.234 Sin embargo, esto no siempre era posible, y en aquellos lugares donde no pudo hacerlo, optó por apoyar algunas listas de convergencia de la izquierda. Por ejemplo, en el caso de Gijón, el PCOE pidió el voto para la «Candidatura Gijonesa para un Ayuntamiento Popular, conscientes de que los votos de la izquierda deben de ir lo más unidos posible y de que es la preferida candidatura el mejor móvil a través del cual los trabajadores pueden llevar su voz y sus reivindicaciones al Ayuntamiento».235
En lo que respecta a las relaciones con los países socialistas, el PCOE fue más discreto que su predecesor y otros partidos de la primera ola. Aunque el «mito soviético» continuaba muy presente en la identidad del partido, el PCOE moderó algunas cuestiones, buscando cierta autonomía política. Como parte de la personalidad del propio Enrique Líster, la identidad del partido destacaría por recalcar las diferencias estratégicas e ideológicas que le separaban del PCE, a la vez que su cosmovisión militante tenía como punto fuerte el verse a si mismos como una avanzadilla en España del comunismo mundial como parte del movimiento comunista mundial.236 Sin embargo, el propio Líster había condenado en su momento la intervención militar en Checoslovaquia y esta cuestión resultaba un tanto confusa en el interior del partido.237 Checoslovaquia apenas aparecía en las publicaciones y los discursos y si lo hacía era para definir esta crisis como el «acontecimiento monstruo» en el cual Carrillo había mostrado sus verdaderas intenciones. No obstante, esta cuestión estaba muy presente en el imaginario colectivo de sus militantes. Un buen ejemplo de ello fue la dura carta que dirigió, a comienzos de 1975, un grupo de militantes del PCOE a Radio Praga. En ella estos comunistas se mostraban indignados porque en las alocuciones de la radio checoslovaca, que se escuchaban con asiduidad en España, se anunciase como algo positivo la creación por parte del PCE de la Junta democrática. En esta ocasión los militantes del PCOE se preguntaban si «no existe todavía en RADIO-PRAGA algún o algunos nostálgicos de las semanas de la “Primavera de Praga”».238 Es necesario tener en cuenta que el partido de Carrillo no reconocía al PCCH y atacaba públicamente el nuevo rumbo del país. Una muestra se puede ver en el revuelo que se armó en las filas ortodoxas cuando el PCE apoyó a los disidentes de la Carta 77.239 Disidentes que, para los comunistas ortodoxos, no eran más que «simples agentes del imperialismo (inconscientes, claro está) utilizados en momentos precisos, para desacreditar a los regímenes socialistas y desviar la atención de los trabajadores de los países capitalistas en momentos en que se vislumbran grandes cambios sociales».240
Con todo, lo que sí se puede apreciar en las publicaciones del PCOE es que Checoslovaquia apenas aparece nombrada. Esta circunstancia hace más extraño que fuera la propia embajada en Madrid de dicho país la que se pondría en contacto con el partido. Este país invitó oficialmente a Líster en 1979 para tantear las posibilidades de que se produjera un proceso de unificación de los partidos leninistas en España. El viaje tuvo todo el protocolo que se podía esperar en una visita oficial. Incluso se reconoció el simbolismo del propio Líster para la memoria comunista y su narrativa antifascista. El general fue condecorado con la medalla al mérito en la lucha contra el fascismo que otorgaba una asociación de excombatientes checoslovaca.241 Dicha medalla fue la excusa con la que el PCCH quiso agasajar al histórico dirigente. No obstante, lo que el partido centroeuropeo buscaba en realidad era obtener información. Quería saber cuáles eran las posibilidades inmediatas de la unificación de los grupos ortodoxos en un intento de rivalizar con el PCE eurocomunista. Por su parte, el principal objetivo de Líster era obtener un reconocimiento oficial. Lo que no supuso un problema para los checoslovacos, que lo reconocieron como secretario general del PCOE, cuestión que vendió como un gran logro a su militancia.242 Sin embargo, el partido checoslovaco no consiguió su meta. La tozudez de Líster estuvo por encima del respeto a los países socialistas. El general se negó tajantemente a unificarse con el PCT y el PCE (VIII-IX Congresos).243 Sin embargo, la militancia de su partido sí que observó en silencio los altos costes de la personalidad independiente del general. Sobre todo porque, aparte del apoyo político, Checoslovaquia podría haber llegado a convertirse en una poderosa fuente de financiación. Aunque, claro está, aceptar esta cobertura habría tenido un alto coste para su autonomía.244
Resulta importante resaltar que la imagen del PCOE era indisociable de la figura de Líster. De hecho, esta organización era conocida como «el partido de Líster». Un partido hecho a la imagen y semejanza de su líder, que actuaba como su principal reclamo. De ahí que muchos de sus mítines congregaran cientos de personas, con gran interés por escuchar a esa figura histórica.245 Tanto en la propaganda política como en la construcción de su memoria orgánica, la centralidad del discurso estaba dominada por el simbolismo que rodeaba a la figura de Líster como héroe comunista. La memoria de este dirigente estaba construida en torno a la figura del abnegado combatiente comunista. Un luchador durante toda una vida de sacrificio entregado al partido que había intentado ser acallado por Carrillo, se había rebelado contra las injusticias y había dicho «¡basta!», aunque eso supusiera un sacrificio para su vida personal.246 Como ya se ha explicado, el antiguo general constituía el perfecto arquetipo de «hombre-memoria», puesto que su figura estaba enraizada con la memoria de los comunistas españoles por su papel en la Guerra Civil y la resistencia antifranquista. Dentro de este relato, construido como parte de su memoria orgánica, Líster era presentado como la antítesis de Carrillo, el enemigo por excelencia de los comunistas ortodoxos:
Al finalizar la contienda de España, Enrique Líster no se quedó cruzado de brazos en el exilio ni vivió cómodamente en hoteles de lujo a expensas de gobiernos amigos como lo hicieron otros líderes «comunistas», entre ellos el tránsfuga de Santiago Carrillo. Lister continuó luchando con las armas en la mano para coadyuvar a destruir a los enemigos de la libertad y la democracia donde quiera que ellos estuvieran. Líster no era hombre de ocios y titubeos. Por encima de todo, su comunismo ha sido siempre sincero y honesto, sin dobleces ni especulaciones malévolas. Sin claudicaciones de ninguna clase y debía hacer honor a sus sentimientos, a sus ideales. Ha sido y es hombre de bien, de acción permanente, de lucha incesante contra el capitalismo y la burguesía fascistoide que se cobija entre las sotanas oscurantistas […] La limpieza ideológica de Líster es bien conocida en España desde antes de la guerra civil. Muchas personas que no sustentan sus ideas progresistas lo respetan y lo admiran sin reservas por su rectitud y su don de gentes: por su lealtad a la causa comunista que abrazó desde muy joven a Marx y a Lenin.247
El ejercicio del liderazgo carismático por parte de Líster fue el factor que logró cohesionar a la militancia en el PCOE. Por eso era muy frecuente que se publicaran entrevistas a Líster en el periódico o reflexiones suyas en clave de memoria.248 Este elemento estaba muy presente en la identidad colectiva del partido, existiendo un notable culto a la personalidad de su secretario general junto a una omnipresencia de los elementos clásicos de la identidad y la memoria comunista.249 Aunque en mayor o menor medida, esto fue un fenómeno reconocible en todos los partidos comunistas, el caso del PCOE tiene su singularidad por ser un fenómeno tardío y por darse en unas estructuras partidarias marginales. De ahí, la existencia de un sentimiento de adhesión incondicional y la construcción del fenómeno del «listerianismo». Por tanto, la identidad de los militantes del PCOE estaba directamente ligada a la imagen heroizada de Líster, la memoria transnacional del comunismo, y la memoria colectiva de los comunistas españoles ligada a la Guerra Civil y la resistencia antifranquista. Ese «aura» que rodeaba al general le otorgaba autoridad para opinar a contracorriente con algunos temas considerados tabú en el MCI como, por ejemplo, la cuestión de Stalin.250 De la misma manera, para muchos comunistas que se incorporaban al PCOE, tener la oportunidad de trabajar con una figura de este calibre era considerado un auténtico honor y una experiencia única:
No tardé mucho en darme cuenta de que estaba ante un hombre extraordinario, un líder político de altura, con un torrente de voz que armonizaba con gran capacidad de síntesis en cada una de sus disertaciones políticas; tal destreza le venía dada como consecuencia de su práctica y profunda convicción comunista, endurecida en miles de batallas políticas e ideológicas y, cuando fue necesario, en batallas armadas en defensa de la legalidad republicana en España. Y en el campo internacional, en la lucha contra el fascismo mundial, y más tarde por su experiencia durante 25 años como miembro del Consejo Mundial de la Paz y responsable del PCE de las relaciones con los partidos comunistas a nivel internacional.251
Entre finales de los años setenta y principios de la década de los ochenta, el PCOE arrastró unas dinámicas organizativas muy complicadas. En septiembre de 1977 salía publicado el primer número de Unidad y lucha, su nuevo órgano de expresión que venía a sustituir a Mundo Obrero (cabecera roja). Las razones alegadas para tal cambio eran dobles. En primer lugar, la recién estrenada legalidad del PCOE hacía «jurídicamente desaconsejable» que su periódico se llamara igual que el del PCE. Y en segundo lugar, se encontraba una razón relacionada con la propia identidad del partido, que ya desde su creación había buscado diferenciarse del PCE y construir sus propios símbolos: «el nombre de “Mundo Obrero” ha sido desprestigiado por el carrillismo de la misma forma que desprestigió el “Partido Comunista de España” al hacer del partido que aún ostenta este nombre un partido reformista, revisionista, que ha renunciado a la revolución socialista y a la lucha de clases para integrarse en los mecanismos del poder de la burguesía».252
Su principal objetivo tras la vuelta de Lister y la legalización fue la celebración de un nuevo congreso. El IV Pleno del CC de mayo de 1976 había acordado convocar un pleno extraordinario del partido y elaborar un proyecto de tesis. Sin embargo, el congreso se fue posponiendo debido a «el deseo profundamente sentido por todo el partido de celebrar en Madrid el primer congreso legal, lo más representativo y numeroso posible, que mostrara el verdadero rostro del Partido Comunista Obrero Español, libre de las deformaciones de nuestros detractores para desfigurarlo ante la opinión pública de nuestro país».253 Finalmente, el X congreso se celebró en el Hotel Sideral de Madrid en enero de 1978. El propio Líster definiría posteriormente este evento como un «congreso de euforia. El Congreso del encuentro de los de dentro y los de fuera».254 La presencia de los elementos simbólicos de la cultura política comunista fue muy relevante. La mesa del congreso estuvo presidida por dos grandes retratos colocados a cada extremo. Por una parte, se encontraba uno de Lenin, considerado como el principal líder comunista de ámbito internacional. Por otra, un gran retrato de José Díaz simbolizaba la época dorada del comunismo español. Ambos retratos se encontraban al lado de dos banderas colocadas igualmente en cada extremo, la comunista y la republicana.255 Todos estos símbolos representaban la dualidad de la cultura comunista entre lo internacional y lo nacional. Al mismo tiempo, eran importantes factores de su memoria colectiva, vinculada al «mito soviético» y la memoria de la resistencia republicana. Según las propias informaciones del PCOE, a esta reunión habrían acudido: «385 delegados, representando a 436 organizaciones, entre las que figuran algunas de la emigración en Europa y América, que agrupan 11.356 militantes. Han asistido, asimismo, 185 invitados».256Aunque las cifras totales estaban claramente abultadas. El evento fue planteado como el inicio de una nueva etapa donde el PCOE debía convertirse en el núcleo en torno al cual debía generarse la «reconstrucción de un solo y único partido marxista-leninista amplio, combativo y consciente».257 Además, también se daban algunas indicaciones de ámbito organizativo, donde debían hacerse grandes transformaciones para la nueva etapa en legalidad:
Hay que romper las ataduras que nos ligan aún con la pasada clandestinidad. Debemos imprimir gran dinamismo a nuestras organizaciones. Han de tener agilidad para abordar, estudiar y resolver los problemas de orden político, de organización y propaganda, de educación y económicos. Perdonarme que os diga que es preciso hablar menos entre nosotros y hacer más. Poner fin a las discusiones bizantinas. Las reuniones no deben ser interminables, que acaban por cansar a los asistentes. En ellas no puede haber un recargado orden del día. Todos los problemas no pueden examinarse a la vez. Recordad que el que mucho abarca poco aprieta. Además, hay que levantar actas de las reuniones y aprobar resoluciones para poder controlar después el cumplimiento de los acuerdos. Y no olvidaos, es necesario acabar dentro del partido con el espíritu de grupo, con la peña de amigos, e imponer en todos los niveles el espíritu del partido.258
Sin embargo, tan solo dos años después del X Congreso, la dirección del PCOE se vio obligada a realizar un nuevo congreso extraordinario fruto de varios problemas internos. Las razones del adelanto eran, por tanto, no de índole política, sino organizativa. Durante este periodo de dos años fueron varios los militantes expulsados de la organización por causas diversas. Aunque, especialmente por lo que Líster concebía como «ataques antipartido» y que no eran otra cosa que intentos de llegar a acuerdos de cara a una posible unificación de todos los comunistas ortodoxos en una sola organización. Una cuestión especialmente sensible dentro de la «vigilancia revolucionaria» a la que Líster sometía a toda la militancia de la organización y que era considerada una alta traición. En este sentido, por ejemplo, se puede reseñar la expulsión de varios militantes del PCOC que intentaron un acercamiento al PCT y que fueron descritos por su antiguo partido como «impostores», «oportunistas» y «confusionistas».259 Otra crisis bastante grave tuvo lugar en Valencia en mayo de 1979. En este caso se saldó con la expulsión del responsable de la organización valenciana, Adriano Iglesias, junto a otros seis miembros del Comité del País Valenciano. Una vez más, el partido trasladaba al conjunto de su militancia un relato muy alarmista sobre lo sucedido:
Esta amarga experiencia de Valencia debe servirnos a todos. Los que están en contra de la existencia de un partido comunista verdaderamente revolucionario no paran mientras en su lucha contra nuestro partido, no vacilan en recurrir a las formas y métodos más viles. Una de ellas consiste justamente, como el caso de Iglesias lo evidencia, en intentar infiltrar so pretexto de una falsa política unitaria, a hombres cuyo cometido estriba en ir sembrando solapadamente descontento, confusión, conceptos erróneos, para tratar de enfrentar a los militantes entre sí, a las organizaciones contra la dirección. Es deber de todo el partido, de cada militante y cada organización, dar la debida respuesta a los actos y los libelos del provocador Adriano Iglesias.260
Lejos de desaparecer, los problemas internos continuaron en el PCOE, esta vez en la emigración. A finales de 1979 fueron expulsados varios militantes de la organización de París, entre ellos José Manzanero Marín.261 El origen de estas expulsiones estaba relacionado con la existencia de contactos con otras organizaciones con el objetivo de tantear las posibilidades de una unificación. En este caso, la forma escogida para desprestigiar a esta persona fue la de acusarle de no cumplir el perfil de buen militante. Se le recriminaba que, desde un punto de vista ético, su vida personal contradecía los valores que debían caracterizar a un militante del PCOE:
Él cuenta con poderosos medios económicos que puede emplearlos para tan sucia labor. Este triste personaje llegó a Francia en 1949, desde los primeros tiempos se dedicó a negocios de construcción en los que durante más de 20 años se dedicó a explotar a españoles y portugueses que entraban en Francia clandestinamente y esa brutal explotación le permitió comprar casas y tierras y acumular fortuna. Y así desde un tranquilo lugar de Francia donde vive en plan de gran señor escribe sus porquerías contra los que no hemos salido de España o hemos regresado o siguen fuera, pero ayudando dignamente al Partido Comunista Español que está aquí en España y desde aquí se dirige, lo que este señor y algunos ricachos tienen la fea costumbre de olvidar.262
El 24 y 25 de mayo de 1980 se celebró un nuevo congreso. Esta vez el evento fue mucho más modesto que el celebrado dos años antes. Casualmente, las páginas de Unidad y lucha no hicieron una gran crónica, ni se publicaron fotografías.263 El informe presentado por Líster al XI Congreso Extraordinario resulta un documento muy revelador de los problemas internos que atravesó el partido en esos dos años y también de la particular idiosincrasia del trabajo político del general. En sus páginas se describe el mal resultado que había dado la elección del anterior CC al querer representar todas las sensibilidades del partido desde un punto de vista sociológico, generacional y migratorio. También relataba los problemas surgidos con quienes denominaba como «señores feudales» y «barones». En esta narrativa del pasado reciente se destacaba de forma ambigua que estas personas estaban «ligadas con ciertas organizaciones y servicios», en clara alusión a supuestas intervenciones de los servicios secretos de los países socialistas. En opinión de Líster: «para estos caciques, el PCOE no era más que una tapadera y el nombre de Líster, una tarjeta de garantía».264 El líder del PCOE creía que un sector de las personas que se acercaban al partido trataba de aprovecharse de su condición de «héroe» y «hombre-memoria» del comunismo español. Aunque el informe no ofrecía un estado general de la militancia, sí se hacía del Comité Central. El balance de la composición del CC ofrecía unas cifras bastante preocupantes que evidenciaban una importante descomposición interna, pese a que el propio Líster opinaba que «no es una cifra alarmante». De los 52 miembros que pasaron por este órgano en esos dos años, 47 elegidos en el congreso y 5 cooptados posteriormente, 19 ya no formaban parte de este. De esos 19, 5 habían sido expulsados, 6 habían presentado su dimisión, 7 se habían autoexcluido y uno había fallecido.265 Políticamente, el congreso no supuso ninguna aportación relevante. Es más, de alguna manera se sancionaron los anteriores documentos del X Congreso, a la par que se aprovechó para realizar cambios menores y actualizar algunas cuestiones que habían quedado obsoletas. Fruto de los documentos se elaboró el programa del partido.266 El congreso no supuso un freno a la sangría de militantes, pues en enero de 1981 el periódico del PCOE informaba la expulsión de Ramón Bada, militante de la organización de Bélgica, por motivos similares a los de anteriores expulsiones.267
Sin embargo, no deja de llamar la atención que, pese a la radicalidad con que Líster calificaba cualquier contacto con militantes de otra organización, el PCOE hiciera exactamente lo mismo a la inversa en cuanto tenía ocasión. Y es que también se produjo trasfuguismo de otros grupos al PCOE. Un ejemplo de ello se encuentra en la «Conferencia Nacional por la reunificación de los comunistas en un solo partido marxista-leninista» celebrada en Madrid el 12 y 13 de septiembre de 1981 en Madrid. En este evento se produjo una gran puesta en escena y fue seguido con una gran crónica en el periódico acompañado de abundantes fotografías. El relato del partido de Líster hablaba de una supuesta integración del PCE (VIII-IX Congresos) en el PCOE. Sin embargo, lo que el PCOE no explicaba era que ese partido ya no existía y que se trataba de un reducido grupo de antiguos militantes que se habían negado a integrarse en el PCEU por considerar al sector proveniente del PCT como herético.268
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