Kitabı oku: «Humanos sin recursos»
HUMANOS SIN RECURSOS
Un compendio de humanidades
Eduardo Consiglio

"Estás acá porque sos el mejor"
Humano sin recursos. Un compendio de humanidades, narra la historia de una Organización dirigida por personajes inescrupulosos que intentará manipular las relaciones profesionales y humanas dentro de la corporación. La obra comienza con una "reestructuración" generacional; pero con el transcurrir de la trama, dará vida a un viejo conflicto de intereses que pondrá en evidencia lo peor de la política y el sindicalismo.
En el transcurso de la negociación, estará en juego el cierre del Centro de Consolidación, Logística y Distribución junto con el despido de sus trabajadores. En este embrollo de situaciones, cada una de las partes intentará sacar provecho, buscando llevar adelante un acuerdo inmoral que dejará expuestas mezquindades y miserias personales. La negociación será liderada por una inexperta Gerente de Recursos Humanos, quien tendrá que afrontar situaciones límites, que harán "tocar fondo" y replantearse su carrera profesional.

Consiglio, Eduardo
Humanos sin recursos / Eduardo Consiglio. - 1a ed - Villa Sáenz Peña : Imaginante, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-8447-64-3
1. Ambiente Laboral. 2. Narrativa Argentina. 3. Cuentos Realistas. I. Título.
CDD A863
Edición: Oscar Fortuna.
© 2021 Eduardo Consiglio
© De esta edición:
2021 - Editorial Imaginante.
www.editorialimaginante.com.ar
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Prohibida la reproducción total o parcial de esta obra bajo cualquier método, incluidos reprografía, la fotocopia y el tratamiento digital, sin la previa y expresa autorización por escrito del titular del copyright.
ISBN 978-987-8447-64-3
Conversión a formato digital: Libresque
A Stella, mi esposa y compañera de ruta y a mis queridos hijos Lucas y Nicolás.
Un especial agradecimiento a mi querido amigo Gustavo E. Guzmán quien puso toda su profesionalidad y buena onda para la corrección de mi obra.
«Todas las personas, empresas y situaciones que aparecen en esta historia son inventadas y cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia».
Prólogo
Conocí a Eduardo Consiglio en 2004, cuando él terminaba su formación en Psicología Social y yo trabajaba en una multinacional que emprendía una búsqueda compleja. La firma necesitaba reclutar capital humano para cubrir puestos en las sedes que se abrirían en varios países de América Latina. Eran tiempos sin Zoom ni Google Meet. Las comunicaciones todavía eran por telefonía de larga distancia, un desafío hoy inimaginable para la mayoría de los «centennials»… Desorientados, decidimos pedir ayuda a, un joven, Consiglio. En tiempo récord, Eduardo seleccionó, entrevistó y definió todos los perfiles que, finalmente, ocuparon los cargos que necesitábamos en la región. Y desde ese momento se convirtió para mí en un valioso referente en materia de recursos humanos.
Este año me sorprendió gratamente la publicación de «Humanos sin recursos», la primera obra de Consiglio. De más está decir que me apuré a conseguirla. Esperaba un libro de divulgación técnica de sistemas de gestión de recursos humanos, pero no lo era…
Su carácter de novela ficcional me atrapó y lo leí en apenas cuarenta y ocho horas.
Aquellos lectores que trabajen o hayan trabajado en ámbitos corporativos identificarán en sus vivencias personales los diferentes escenarios de conflicto que plantea la obra de Consiglio. Desigualdad laboral y de género, brechas salariales, liderazgos negativos, dobles estándares, desacuerdos de metas, afectaciones psicosociales, disputas organizacionales y luchas reivindicativas son algunos de ellos. Y quienes desconocen este ámbito, a través de esta obra se adentrarán sutilmente en la crudeza del mundo empresarial.
Adelante y buena lectura…
Gustavo E. Guzmán
Prefacio
Aún no me acuerdo de cuándo comencé a narrar historias breves en formato de cuento. Solo sé que una mañana apareció el maldito virus de la COVID-19, llevándose la vida de muchas personas y encerrando en habitaciones de ignorancia y miedo a otras tantas.
En ese momento tuve la necesidad de revisar todo lo que había escrito y fue así que me encontré con un abanico de ideas, muchas de las cuales todavía estaban pendientes de cerrar.
En ese contexto, cada palabra y expresión adquirió una estructura semántica que me llevó a transitar por el camino de la novela.
El escenario de la cuarentena pandémica fue mi Lienzo a partir del cual les di vida a personajes que, de a poco, fueron moldeando con su personalidad un drama que mostraba pinceladas oscuras de comedia.
«Nadie vuelve a ser la misma persona después de haber sido parte de las miserias ajenas». Por eso, querido lector, la historia que vas a encontrar en mi obra es «un compendio de humanidades». Sus personajes te llevarán a recorrer lo más noble que puede ofrecer una persona cuando es respetada, hasta lo más miserable en lo que se puede convertir cuando las circunstancias y el poder se lo permiten.
En mi recorrido, también aprendí que ninguna historia se parece a sí misma, si el camino que se transita es diferente. Tal vez por eso, mientras iba escribiendo mi novela, me animé a caminar por un sendero distinto, en el cual la imaginación iba teniendo más dominio que la vida real. De a poco se me iba develando la desmesura patológica del poder en las relaciones humanas: eso que los griegos llamaban el «síndrome de hibris».
Después de un largo y profundo proceso de escritura, emociones y sensaciones encontradas, puedo decir que llegó el día de dar a luz mi ópera prima: «Humanos sin Recursos: Un compendio de humanidades». Allí donde para mí estuvo presente la «nueva anormalidad» del encierro desmedido, encontré la fuente de inspiración en mis largas madrugadas de insomnio. Ese fue el lugar desde donde escribí y «jugué a ser Dios», para darle vida a una historia y a sus oscuros y diversos personajes.
Por eso, querido lector, no solo me siento feliz por haber salido creativamente vivo del puto año 2020, sino también porque después de haber atravesado un profundo y sinuoso camino, hoy puedo decirte que estoy en condiciones de acompañarte a transitar mi historia para que la disfrutes y reflexiones.
¡Es un gran día porque me siento terriblemente feliz!
«Estás acá porque sos el mejor»
Introducción
Betty tuvo un día agotador. Su regreso a la oficina estuvo lleno de incertidumbres que, con el correr de las horas, le confirmaron la terrible verdad que ella creía saber.
La reunión de ese día con el director del Centro de Consolidación, Logística y Distribución le sirvió para entender que su misión por el noroeste argentino fue solamente una cortina de humo para tapar otra aterradora historia de miserias personales. Ella en sus pensamientos más profundos se sintió molesta consigo misma porque se dio cuenta que equivocadamente estuvo naturalizando actitudes de su jefe que atentaban contra sus valores y formación profesional. En muy poco tiempo su piel se había endurecido demasiado para una vida tan corta, pero como dicen por ahí, “lo que no mata fortalece” y ella necesitaba salir pronto de ese lugar que estaba ocupando porque finalmente lo ocurrido le permitió tener una mirada distinta de su profesión entendió que nadie vuelve a ser la misma persona después de haber sido parte de las miserias ajenas.
Un gran discurso de presentación
Ese miércoles a las ocho y media, don José García, director del Centro de Consolidación, Logística y Distribución más grande de la República Argentina, inauguraba un nuevo mandato en la cámara que agrupaba a las empresas de logística. Comenzaba un nuevo período que se renovaba anualmente, según lo establecido por el estatuto. La apertura del evento estaba por llevarse a cabo en el salón principal, desde donde se iba a transmitir en directo por el streaming de Internet a todas las sedes del país.
El departamento de prensa y eventos invitaba a más de quinientas personas entre socios integrantes de la cámara, representantes de la cúpula sindical, medios de comunicación especializados, clientes y proveedores. Unas semanas antes, don José le había encargado a su hija mayor, Verónica, que fuese ella quien escribiera el discurso. Al directivo le parecía especialmente importante remarcar las inversiones que se imponían en la actividad de logística y distribución. Y, como era un hombre al que no le gustaba «dar puntada sin hilo», también le había solicitado a su hija que sutilmente agregara, como parte del contenido, que en su empresa se comenzaban a implementar nuevos procesos, infraestructuras e importantes inversiones tecnológicas orientadas a mejorar la relación comercial y operativa con sus clientes, muchos de los cuales «casualmente» estaban allí.
Verónica ya llevaba algunos meses involucrada en la empresa de su padre, más precisamente desde su regreso de Estados Unidos, donde había pasado casi dos años realizando un posgrado en la Universidad de Harvard. Esa formación le permitía conocer lo último y más novedoso en materia de gestión y administración.
Durante esa etapa, había tenido la oportunidad de participar en varias conferencias y charlas dictadas por los distintos gurúes de la administración, entre los cuales estaban el Dr. Peter M. Senge, el escritor y psicólogo Edward de Bono y el Dr. Ken Robinson, por nombrar tan solo a algunos de los pensadores y autores que leía y en quienes se inspiraba para pensar de otra manera la gestión integral de la formación profesional de los Recursos Humanos.
Verónica contaba con la insistencia y la luz verde de su padre para efectuar nuevas prácticas e ideas en su empresa; para este evento, padre e hija concebían juntos, desde hacía varias semanas, las ideas principales del discurso de apertura. Don José tenía la convicción y una ética errada al pensar que ese era el lugar y el momento para contarles a sus competidores y clientes que su empresa estaba dando un salto importante en la nueva etapa de cambios de su cultura organizacional. Verónica tenía claro que el camino de propuestas e implantaciones no iba a ser fácil porque la empresa funcionaba como una marca propia que estaba íntimamente relacionada con la complicada personalidad de su padre.
Él se sentía orgulloso por el ímpetu que mostraba su hija, a quien consideraba una mujer con gran personalidad y mucha predisposición para lograr cualquier meta que se propusiera.
Durante los últimos años, distintas circunstancias le venían demostrando que su empresa necesitaba adaptarse a los nuevos cambios. Don José quería que fuera su hija quien llevara adelante las implantaciones que necesitaban. Su único problema iba a ser delegarle las decisiones y el mando. Vero, como él le decía, pertenecía a una generación de jóvenes que entendía los cambios como procesos naturales. Ella estaba empecinada en lograr que su padre de una vez desaprendiera sus viejos métodos de conducción e incorporara nuevas formas de gestión. Ese intercambio de ideas entre padre e hija también les permitía recuperar el diálogo que habían dejado de tener por distintas circunstancias familiares. Las largas charlas que Verónica retomaba con su padre, de a poco parecían ir convenciéndolo de que iba a tener que adoptar nuevas prácticas para que la empresa siga creciendo, comenzando por abandonar la vieja estructura piramidal y su estilo de conducción vertical. La joven estaba convencida de que, una vez que se lograra superar el viejo modelo de gestión, se pasaría a un nivel más avanzado en donde la compañía saldría beneficiada de un estilo más dinámico y flexible; y a través del cual todos los mandos jerárquicos tendrían que reordenar su forma de conducción profesional bajo un entorno de trabajo por objetivo. Aunque Verónica se mostraba firme respecto de los cambios que era imperioso hacer, seguía dudando de hasta dónde su padre querría abandonar lo que tradicionalmente a él le había dado buen resultado.
Por eso, aquel evento parecía ser el lugar y el momento perfecto para que su padre pudiera lucirse con un discurso políticamente correcto, de esos que a él tanto le gustaban y en los que podía marcar territorio, anunciando grandes títulos con escaso contenido sobre lo que quería hacer, sin especificar cómo tenía pensado llevarlo adelante.
Él estaba muy feliz, porque ese era el lugar donde se sentía poderosamente libre de hacer y decir lo que quisiera, ya que en dicho ámbito nadie tendría agallas para contradecirlo o cuestionarle algo de lo que dijera. Todo estaba perfectamente planeado, incluso los aplausos sonaban elegantemente guionados. Era el sitio ideal para que las palabras más ásperas sonaran empalagosamente audibles. En el ambiente de la logística y distribución, don José era tan detestado como respetado; él lo sabía y se reía de ello, jactándose y diciéndose a sí mismo que era el precio que debía pagar por ser el mejor. El discurso que tenía preparado era parte de un plan de comunicación que había delineado su hija teniendo en cuenta los más mínimos detalles. El auditorio estaba lleno. Hasta el momento todo parecía funcionar según lo planeado. Era un gran día y él se sentía eufórico y complacido.
No obstante, muchos de los que estaban allí lo conocían y sabían que no era un buen orador: su voz era monocorde, se trababa con las palabras y leía textualmente con puntos y comas y sin levantar la vista de los papeles. Sabiendo eso, su hija pensó que una pantalla detrás de él podía distraer al auditorio para que los asistentes fueran leyendo el contenido que estaba diciendo. La disertación duró un poco más de quince minutos y cuando estaba comenzando a cerrar las ideas principales, la ansiedad le hizo levantar la vista de sus hojas y vio que en la primera fila estaban los principales directivos de la competencia, con quienes desde hacía un largo tiempo mantenía una fuerte disputa por el liderazgo del mercado nacional, principalmente el tucumano, donde próximamente abriría una nueva filial de su Centro de Consolidación.
El intervalo demoró pocos segundos, aunque fue el tiempo suficiente como para que su vehemencia le jugara una mala pasada y comenzara a improvisar. Lo primero que hizo fue dejar de hablar en tercera persona para tomarse él mismo como autorreferencia, nombrando importantes inversiones de más de diez millones de dólares para abrir la nueva filial en la provincia de Tucumán. Explicó también que había comprado más de cincuenta camiones para mejorar el circuito de distribución y que próximamente se incorporarían cien personas, entre choferes y conductores de autoelevadores. La frutilla del postre fue cuando concluyó su anuncio diciendo que, para el año siguiente, inauguraría una planta modelo de última generación en la República Islámica de Pakistán, cuya inversión iba a ser de similares características. Ese último mensaje fue con el que cerró su disertación. Los presentes estaban sorprendidos, porque se los convocaba para la inauguración de un nuevo mandato de la cámara que los agrupaba y no a un discurso de don José hablando de su empresa. El directivo estaba feliz porque sentía que todo salía según lo planeado y, entre murmullos y enojos, se podían escuchar los aplausos eufóricos de sus más allegados, distribuidos estratégicamente a lo largo y ancho del salón de eventos de la cámara. Sus colegas se acercaban para saludarlo, su equipo de prensa no paraba de sacar fotos, y él simplemente estaba embelesado, disfrutando de ese momento. Don José sabía que había abusado de su verborragia, pero ese instante para él era único, estaba sumamente feliz. Su jefe de prensa estaba sorprendido con lo que había escuchado sobre Pakistán, porque nada de eso estaba escrito en el discurso redactado por la hija de don José, así que él y sus asistentes se enteraban también en ese momento. Verónica, que estaba en su departamento siguiendo el discurso, volcó su café cuando escuchó a su padre hablar de Pakistán. Ella lo conocía y hasta el momento del anuncio, estaba sorprendida de que se hubiese mantenido leyendo textualmente todo lo que estaba escrito. De todas maneras, esas cosas eran marca registrada de un don José en estado puro. Una vez pasado el cimbronazo, la joven no tuvo más remedio que reírse. Lo único que atinó a decirse fue que, cuando se encontrara con él, le iba a preguntar por qué se le había ocurrido nombrar a Pakistán.
Una vez finalizado el discurso y mientras bajaba de la tarima entre saludos y felicitaciones, don José se dirigió a la salida. Los directivos de la competencia fueron los primeros en retirarse indignados, mientras comentaban por lo bajo que ellos habían ido a la apertura de un nuevo mandato de la cámara, no a escuchar un discurso en el que García solo había hablado de sí mismo y de su empresa. Don José fue rápidamente hacia donde estaba su chofer, quien lo esperaba en la puerta para llevarlo a la oficina.
«Andando el carro, los zapallitos se acomodan solos»
Mientras su chofer lo llevaba de vuelta a su empresa, don José le pidió que se desviara y pasara por Defensa al 500, en el barrio de San Telmo. Allí supo estar la pensión en la que había vivido al llegar a una Buenos Aires que en ese entonces parecía más relajada y con mejores posibilidades para trabajar. Siempre que pasaba por ese lugar, sentía un déjà vu de sus jóvenes comienzos, proveniente de una familia humilde de clase media baja. Había nacido en Cerro Colorado, provincia de Córdoba, donde vivió hasta los dieciocho años. Su madre era docente de escuela primaria y su padre, jornalero de campo. Al finalizar la escuela elemental, trabajó en la verdulería de su padrino, un amigo de la infancia de su padre. De él aprendió el duro oficio de levantarse temprano para abrir y atender el negocio hasta muy tarde.
A lo largo de los años, siempre tuvo presente las enseñanzas de su padrino que, en los momentos difíciles de su vida, le solía decir: «Josecito, cuando tengas un problema, acordate siempre de que: andando el carro, los zapallitos se acomodan solos» frase que jamás olvidó. Cuando cumplió dieciocho años, quiso probar suerte yéndose a Buenos Aires. Allí aprendió a vivir al día haciendo changas. Lo poco que ganaba, apenas si le alcanzaba para pagar la pensión. A pesar de los avatares de su vida, siempre fue un emprendedor, una persona que por necesidad debió adaptarse a las circunstancias del momento. Sus vecinos del barrio de San Telmo lo veían como una persona confiable, respetuosa y con muy buena predisposición, por eso los comerciantes lo contrataban para hacer mandados que él gustosamente aceptaba a cambio de algunos pesos y comida. De a poco, esos trámites se fueron haciendo cada vez más frecuentes hasta que, sin darse cuenta, había iniciado su emprendimiento de cadetería, que en sus comienzos hacía a pie hasta que un compañero de la pensión le prestó una bicicleta y, en la medida en que fueron creciendo sus negocios, pudo comprarse una «chata» que usaba para transportar mercadería y hacer mudanzas. La vida fue poniéndolo a prueba en distintas oportunidades, porque después del fallecimiento de su esposa, debió hacerse cargo de sus dos hijas, a quienes tuvo que criar en el momento en que su empresa comenzaba a crecer. Verónica, con solo treinta años, ya tenía un título universitario en leyes y un posgrado en Recursos Humanos. Su segunda hija Nancy, de veinticuatro, siempre había sido la más rebelde y desprejuiciada. A ella no le interesaba la empresa ni estudiar ni trabajar; solo pasaba a ver a su padre todos los meses para saludarlo y pedirle dinero que usaba para gastar en viajes y compras.
En su ambiente, don José era considerado un empresario exitoso que, después de más de treinta años de trabajo, había convertido su emprendimiento en un importante Centro de Consolidación, Logística y Distribución, con presencia en todo el país. El negocio le resultaba fructífero, ya que alcanzaba una facturación anual de varios millones de dólares. En su empresa trabajaban más de mil empleados que atendían a más de ocho mil clientes segmentados entre pymes, grandes cuentas y empresas del Estado. Él necesitaba tener todo bajo control, por eso en su organización tenía una oficina a la que llamaba Recursos Humanos. Esta se manejaba con estilo y formas de una Administración de Personal similar a la que pregonaba la vieja escuela clásica de Henri Fayol y su «teoría general de la administración» donde, entre otras cosas, se veneraba la autoridad vertical, casi de estilo militar, con una disciplina y unidad de mando incuestionables. En Recursos Humanos trabajaban dos empleados: uno liquidaba sueldos y el otro controlaba ausentismo y aplicaba sanciones disciplinarias. Su negocio funcionaba de esa manera y por mucho tiempo, ese estilo le había servido para crecer y expandirse por todo el país. El sindicato que los agrupaba era el de logística y distribución, con el cual había logrado entablar una relación de «toma y daca» bastante particular. No obstante, en algunas provincias de Argentina, existía otro sindicato más combativo, el de choferes de logística, quienes sabían del dinero que estaba en juego y por eso reclamaban encuadrar a sus más de quinientos choferes bajo su órbita sindical. Para don José, reunirse con «esa gente», como él los definía, era una pérdida de tiempo, por eso solo lo hacía semestralmente con la cúpula sindical, con quienes negociaba acuerdos para que no le pararan ninguna planta ni perjudicaran la logística, el transporte y la distribución de la mercadería. Así era él: esa eran sus formas y métodos personales para manejar los negocios.
Reunión con Clara
Ya casi llegando a la empresa, don José llamó a su secretaria porque creía recordar que tenía una reunión, pero no sabía con quién ni por qué motivo. Elena era su colaboradora de muchos años y su persona de confianza. La mujer le recordó que lo estaba esperando Clara, la gerente comercial de la Región Patagónica; también le mencionó que Betty, la gerente de Recursos Humanos, lo había llamado varias veces. Clara hacía poco más de veinticinco años que trabajaba en la empresa. Su temple, vocación comercial y capacidad de escucha le daban un importante lugar de respeto como líder. Ella y su equipo habían logrado desarrollar comercialmente toda la región patagónica, poniendo en funcionamiento nuevas unidades de transporte y logística para los rubros petróleo, gas y minería. Estos negocios le significaban a la empresa un mejor posicionamiento y un incremento sostenible en su facturación. Don José era un hombre que solo dedicaba tiempo a su personal para hacerle saber cuánto le estaba haciendo perder a la compañía; cualquier cosa fuera de eso, era para él una pérdida de tiempo. Clara sabía que no podía desaprovechar la oportunidad de reunirse en privado con él para hablar de sus temas pendientes. Por eso llevaba información de los últimos tres años sobre el crecimiento sustentable que había tenido su región. Esos datos iban a ser un buen disparador para meterse en un viejo tema de comisiones nunca resuelto, del cual la empresa todavía le adeudaba pagos a su equipo de trabajo por el desarrollo de nuevos mercados y el crecimiento de nuevas cuentas. Como no quería dejar nada librado al azar, unos días antes del viaje a Buenos Aires, se había reunido con sus colaboradores para preparar un minucioso y detallado informe de gestión FODA (Fortalezas, Oportunidades, Debilidades y Amenazas) de su región. Todos esos datos le iban a permitir explicar el cuadro comparativo que llevaba, donde se podían ver las diferencias a favor entre lo planificado al comienzo de la gestión y lo efectivamente logrado. Esta iba a ser una reunión puntual y distinta a la que normalmente se organizaba con el total del cuadro gerencial porque, en esas largas sesiones, la ineptitud colectiva solía eclipsar las buenas intenciones individuales. Allí don José solía «cortar el hilo por la parte más débil», buscando culpables o estigmatizando a alguien por su presunta mala gestión. En esas instancias, los más astutos aprovechaban el desorden para ocultar sus miserias y salir airosos, acomodando sus discursos con la información que él quería escuchar para tomar decisiones. En este contexto, la manipulación y el miedo eran herramientas de gestión que él sabía usar muy bien a la hora de exigir resultados.
Esa mañana, Clara había llegado a la reunión diez minutos antes. Mientras esperaba, se puso a charlar con Elena. En ese momento, don José llamó para avisar que estaba llegando cerca del mediodía. La secretaria hablaba con su jefe por el teléfono en manos libres, mientras Clara escuchaba que él ni siquiera se acordaba de que tenía que encontrarse con ella a las diez de la mañana. Cerca del mediodía, don José ingresó a la empresa. Cuando tomaba el ascensor, todos en la oficina sabían de su llegada porque se podía oler su perfume intenso y persistente. Una muestra más de poder que él usaba como recurso para marcar su territorio. Esa era la extraña forma que tenía para comunicar su presencia al personal. Este estilo particularmente heterodoxo de comunicación lo había visto en un documental de Animal Planet. A él le fascinaban los programas de fauna. Justamente de allí conocía cómo funcionaba la comunicación entre los lobos. Él no dejaba de sorprenderse con la muestra de poder que los animales tenían cuando orinaban, defecaban y se restregaban contra los árboles para marcar su territorio. Esos programas también lo instruían sobre la organización de los leones y cómo las hembras trabajaban cazando mientras el macho protegía su territorio de otros depredadores. Ese modelo de organización salvaje era el que intentaba aplicar en su empresa. Para él, todo eso era percibido como una gran muestra de liderazgo y poder. Tales comportamientos salvajes eran los argumentos que le permitían jactarse de haber aprendido todo sobre management, simplemente observando cómo funcionaba el reino animal. En su despacho, se podía ver lo obsesionado y meticulosamente ordenado que era. Las paredes de la sala se encontraban finamente pintadas de un color beige suave, entonado con el color roble oscuro de su escritorio y con su enorme sillón de cuero negro. En la pared colgaba el cuadro de un pintor famoso por el que había pagado mucho dinero y de cuyo autor nunca recordaba el nombre. A la derecha se podía ver una placa de bronce, con el logotipo de la empresa, que debajo tenía escrito el lema corporativo que rezaba: «Estás acá porque sos el mejor». Sus empleados solían hacer bromas afirmando que ese lema se le debía haber ocurrido una mañana, mientras se perfumaba mirándose al espejo. Al costado de su sillón había una biblioteca con algunos títulos, entre los cuales asomaba El príncipe, de Nicolás Maquiavelo, forrado en cuero marrón y letras doradas. Sobre su escritorio tenía fotos familiares, algunas chucherías compradas durante sus viajes por el mundo y una notebook Mac de última generación que nunca usaba.
Ese miércoles llegó a la reunión dos horas tarde. Allí lo estaba esperando Clara, venida especialmente desde la Patagonia. Para esa reunión, llevaba una carpeta prolijamente armada con los datos y números que quería mostrarle. Su región parecía ser la más productiva debido al gran trabajo de su equipo.
Durante el último año, ella había sido abuela de su primera nieta Sofía. Esta circunstancia le permitía enfocarse en lo verdaderamente importante.
Después de forzar una espera paciente de más de dos horas, don José entró a su despacho y saludó a Clara con las formalidades típicas, sin recordar felicitarla por su reciente condición de abuela. Una vez allí, comenzaron la reunión a las doce y treinta. Ella esperaba algún comentario o disculpa de su parte por haber llegado tarde; sin embargo, él no se dio por aludido. Quienes lo conocían sabían que jamás pedía disculpas y mucho menos a un empleado. Habitualmente estaba acostumbrado a llegar tarde a cualquier reunión y, cuando lo hacía, decía sarcásticamente que «la espera estaba incluida en el sueldo que les pagaba». Al comienzo de la charla se trataron temas de clientes y de los altos costos que tenían las sedes. Ella tenía lista su carpeta con detalles de ingresos y rentabilidad de su región. A él le gustaba usar la estrategia de comenzar las reuniones «golpeando» para bajar expectativas y marcar su territorio, quitando toda posibilidad de reclamo salarial o de comisiones que pudieran hacerle. Don José siempre hablaba de la ineficiencia operativa que terminaba impactando en la rentabilidad del negocio. Para él, la gente era un «gasto permanente que tenía que bajar»; esta era otra de sus frases de cabecera que repetía y que habitualmente y, sin ningún tipo de cortesía, la usaba para iniciar o terminar sus monólogos. Sus palabras solían expresar lo más oscuro de sus pensamientos, porque hablaba sin cuidado ni contención. Sus ninguneos y malos tratos lo ponían muy lejos de ser una persona empática. Estas características estaban alineadas con sus formas de gestionar mediante un estilo duro y vertical que siempre le había dado buen resultado para que las relaciones humanas dentro de su empresa fueran tan paupérrimas como él deseara.
«Yo soy el que la tiene más larga»
En su papel gerencial, Clara era reconocida por ser una mujer respetuosa con un alto nivel de empatía, comunicación y escucha. Todas estas virtudes eran profundamente valoradas y reconocidas por su equipo de trabajo. Y allí estaba ella, sola y expectante, esperando que su jefe le dijera por qué la había citado. Sobre su falda tenía una pequeña valija de mano con todos los datos pormenorizados y detalles financieros. Solo había que esperar el momento oportuno para mostrárselos, teniendo el cuidado de no contradecirlo ni poner en duda la veracidad de sus palabras, porque Clara sabía que, en algún momento, él terminaría diciendo que «en su empresa, era él quien la tenía más larga». Frase que utilizaba frecuentemente para concluir cualquier discusión.
En ese momento, para entrar en tema, quiso dar una señal amigable y comenzó diciéndole:
—¡Felicitaciones, don José! Supongo que todos los cambios que comenzaron en nuestra empresa son méritos de Verónica. ¡Qué bueno que ella pueda poner en práctica tantos años de estudios en el exterior!
Él, sin prestar la menor atención a su comentario, empezó su soliloquio de esos que tanto le gustaban, sin otorgar la mínima posibilidad de intercambiar palabras o ideas:
—Clarita, el motivo por el que te cité es porque quiero que te reúnas con Betty para que inicies tus trámites jubilatorios; ya estás con la edad necesaria para quedarte en tu casa. Quiero agradecerte por todos estos años de servicio, pero, como te dije, decidí que nuestra empresa tiene que renovarse. Para que te quedes tranquila, también le pedí a Recursos Humanos que te incorpore dentro del plan de retiro para todas las personas mayores que están en edad de jubilarse.
Clara había ido con otras expectativas a esa reunión, sin imaginar que, finalmente, la conversación tomaría ese camino. Todo era inusual y, en ese momento, tomó conciencia de su edad. Ahora, por esas extrañas cosas de la vida en la que ella se sentía en su mejor momento para aportar conocimientos y experiencia, él le estaba diciendo que tenía que jubilarse: la estaba desechando por considerarla «vieja», como si su edad fuese la imagen de un espejo que él no quería ver. A partir de ese momento, cada segundo de esa reunión se fue haciendo interminable.
Sin darse cuenta, ella comenzó a respirar profundamente, mientras procesaba toda la información que estaba recibiendo. Tras recuperarse del impacto, manifestó irónicamente:
—Don José, sabe que no me lo imagino jubilado. ¿Lo pensó bien? Usted todavía es joven y tiene mucho para darle a la empresa. —Él pareció sentirse molesto con ese comentario y Clara, con gran placer, se dio cuenta de que, con mucha dignidad, le estaba devolviendo el maltrato verbal al que García la estaba sometiendo. Entre tanto, ella continuó con una nueva dosis de sarcasmo—: Entonces, por lo que entiendo, ¿la empresa está preparando un plan de retiro para quienes nos vamos a jubilar? Conociendo su generosidad, supongo que hay algún tipo de gratificación especial para los «viejos» que le hemos dedicado los mejores años de nuestra vida al Centro de Consolidación.
Don José, que había comenzado a entender su juego, le clavó la mirada profundamente y por primera vez después de más de veinte años, entendió que esa persona que estaba delante de él no era la Clara sumisa que conocía. Estaba molesto y se lo hizo saber con un viejo tic que ella ya se lo había visto en otras oportunidades y que consistía en abrir y cerrar sus puños, como si en cada una de sus manos tuviese una pelota de tenis. De todas maneras, él no quiso dejar ninguna duda al comentario que había hecho, y le respondió:
—No, Clarita, yo no dije eso. Por supuesto que te vamos a dar algún presente de agradecimiento por los años de servicio. No entiendo por qué creés que la empresa tendría que darte alguna gratificación en dinero por tu jubilación, supongo que algo debés haber ahorrado del sueldo que te pagué todos estos años. —Entonces con un tono de voz más sarcástico, le dijo—: de todas maneras, para que te quedes tranquila, no tengo previsto pagar ninguna gratificación especial.
Sin que se lo dijese, ella conocía la respuesta; el único fin de la pregunta había sido molestarlo. Ella sabía que, en esa discusión, se había metido en un terreno pantanoso, de esos que cuanto más se mueven, más se hunden. A esa altura, el informe de rentabilidad que había traído para mostrarle a su jefe había pasado a un lamentable segundo plano.
Don José era un viejo zorro y mejor negociador, por eso no quería que Clara lo llevara a su terreno y mucho menos ensuciarse con su lodo. Ella llevaba el peso de volver a su región con una respuesta, se había comprometido con cada una de las personas de su equipo y no quería defraudarlas. Si bien se consideraba una buena negociadora, esta vez se encontraba frente a alguien que era mucho más habilidoso. Ambos habían vivido esta película estando del mismo lado y ya conocían el final. Después de todo lo dicho, Clara sintió que no tenía nada que perder, por eso pensó que ese era un buen momento para recordarle el compromiso asumido frente a su equipo, a quienes les había prometido pagar comisiones por incorporar nuevos negocios, una promesa que don García jamás había cumplido. En esos momentos, las palabras de Clara habían sido poderosamente motivadoras, porque lograron que todo el grupo de Patagonia trabajase duramente para incorporar los rubros de petróleo y gas en una sola unidad de negocio. Este desarrollo les significó un importante posicionamiento en el mercado y un crecimiento sostenible de facturación. Pero para don José, nada parecía ser suficiente.
El dinero y la soberbia parecían darle a García el poder necesario para hacer lo que se le cantase.
Clara aún recordaba la última conversación con sus subordinados, agradeciéndoles el esfuerzo realizado para que los negocios crecieran y fueran sustentables.
Por otra parte, hacía ya tiempo que la empresa había comenzado a ningunearlos, quitándoles cualquier expectativa de crecimiento profesional. Clara sabía que, cuando ocurrían estas cosas, los resultados podían dispararse para cualquier lado, porque un equipo en esas condiciones suele ser la antesala a un quiebre emocional y a la falta de compromiso. Pero ella era una mujer de fuertes convicciones y con su liderazgo positivo había logrado sortear esa y muchas otras adversidades para que su gente siguiera adelante.
Mientras tanto, ambos continuaban metidos en un terreno resbaladizo de cuestiones que parecían no tener retorno. Don José, quien a esa altura mostraba fastidio, parecía querer cerrar esa discusión interminable y, levantando la voz, comenzó a decirle:
—Clara, no entiendo qué querés. Tu trabajo es generar negocios para la compañía, esa fue y es tu responsabilidad, para eso te pago, para que hagas tu trabajo. ¿Qué estás reclamando? ¿Necesitás que te recuerde cuál es tu lugar en la empresa y cuáles son mis responsabilidades como presidente? No me quieras enseñar cómo tengo que llevar mis negocios. —En ese juego de palabras, ella solo atinaba a mirarlo fijamente, no había nada que pudiera decirle para detener sus malos modos que parecían llevársela puesta como una locomotora . Él había dejado de defenderse y su táctica era la de atacarla verbalmente. Su verborragia lo llevaba desde una euforia desmedida a la tensa calma de un juego bipolar, donde la razón parecía haber perdido todo argumento. Entonces, continuó diciéndole—: Lo tuyo parece un reclamo sindical, no estoy de acuerdo con que sigas siempre con lo mismo, esto ya pasó hace más de tres años y para mí, prescribió. —En ese instante se hizo un breve silencio, ambos bebieron un sorbo de café y entendieron que, por la salud mental de cada uno, era necesario cambiar de estrategia. Entonces, don José dejó de hablar en voz alta y, con un tono más conciliador, dijo—: Clarita, vos estás por jubilarte. Yo creo que tenés que ir pensando en otras cosas para cuando dejes de estar en actividad.
Clara lo siguió mirando fijo, solo podía responderle con un silencio, que a él parecía incomodarle demasiado. Ella no dejaba de pensar en sus colaboradores, en todo el esfuerzo y expectativas que habían puesto en cada proyecto, en cada negocio que habían desarrollado en la región. No se le ocurría cómo iba a hacer para enfrentarlos y explicarles que la persona con la que estaba intentando hablar llevaba una mochila sobrecargada de miserias personales. Para ella, la reunión había terminado el día en que había sido convocada, toda esa discusión la había llevado a entender que el único motivo por el cual don José la había citado era para decirle que ya estaba en edad para jubilarse. Por eso, ya no quería estar allí, tan solo quería regresar a su casa. No le interesaba seguir escuchándolo. Él pudo percibir esa actitud y, aprovechándose del momento, comenzó a relajarse, pasando de a poco a una «tranquilidad conciliadora», suponiendo que ella ya no le reclamaría nada más. Entonces, con otras formas un poco más contemplativas, le dijo:
—Clarita, vos tenés que tener en cuenta que yo les doy de comer a casi mil empleados, no me puedo detener con estas pavadas, que seguramente deben ser dos mangos.
Justo en ese momento, sonó el teléfono: lo llamaba Betty Ramírez, su gerente de Recursos Humanos.
Betty: la amiga de Vero
Betty tenía treinta y cinco años, era soltera, su pasatiempo era escribir y postear cosas todo el tiempo en una red profesional. Este hobby había comenzado cuando vivía en Estados Unidos. Ella hacía todo lo posible para ser reconocida como una influencer. Y para ello, todo el contenido que posteaba funcionaba como una marca propia. Sus notas eran lo más parecido a un manual de autoayuda, desde el cual se sentía con autoridad para dar consejos sobre cómo ser un buen profesional de los Recursos Humanos. Tenía más de diez mil seguidores que la leían, opinaban y compartían con otros lectores sus artículos, que se iban retroalimentando todo el tiempo.
Betty llevaba el estigma de ser única hija y de haber vivido hasta los treinta años con sus padres en un barrio privado, hasta recibir de ellos un departamento en Palermo, Buenos Aires, que le permitió independizarse y vivir sola. Si bien pertenecía a la generación de jóvenes millennials afectos a las nuevas tecnologías digitales y no tanto a la lectura en papel, en su caso era distinto, porque sus padres siempre la motivaron a leer libros clásicos, con algunas preferencias por determinados autores. En ese momento, su lectura de cabecera era El retrato de Dorian Gray, de su autor preferido, Oscar Wilde, un escritor que admiraba profundamente no solo por su estilo, sino también por cómo había logrado enfrentar a algunos detractores contemporáneos que lo consideraban controversial. De ese libro, lo que más le fascinaba era cómo el autor reflejaba la belleza imperturbable, hedonista y vanidosa a través de un retrato, donde ni siquiera el tiempo lograba alterar el paso de los años, algo que la había comenzado a obsesionar y que con cada lectura parecía exigirle al autor respuestas sobre el secreto de la eterna juventud. Betty era amiga de Verónica, la hija mayor de don José. Ambas habían entablado una relación de íntima amistad durante los dos años de cursada de un posgrado en la Universidad de Harvard. Las dos tenían cosas en común, incluso cuestiones socialmente afectivas que no habían podido resolver. Provenían de una clase media argentina que, por mérito propio, había logrado progresar económicamente en un país que políticamente discriminaba el esfuerzo y el desarrollo de las personas. Con mucho trabajo, las dos pudieron lograr una alta formación académica, estudiando en los mejores colegios y universidades, aunque eso les quitara la posibilidad de conocer la calle y sus códigos. Hacía un tiempo ya que don José le había insistido a Verónica que, cuando finalizara su posgrado, se incorporara a su organización. Si bien ella no estaba del todo convencida, después de meditarlo mucho, terminó aceptando, poniendo como condición que su amiga Betty se hiciera cargo de la Gerencia de Recursos Humanos, que en ese momento estaba a cargo de Roberto Wilson. Lo cierto es que, durante su estadía en Estados Unidos, las amigas habían diseñado un plan para implantar en la empresa con las herramientas de gestión que habían visto e incorporado durante su posgrado. Don José pudo conocer a Betty cuando su hija, desde Estados Unidos, le envió su curriculum vitae, haciéndole leer artículos escritos por ella en su red social. Digamos que Verónica había hecho lo imposible para que su padre comprara la idea de incorporarla a la empresa.
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