Kitabı oku: «El fuego de la montaña»

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El fuego

de la montaña

Siete conversos para nuestro tiempo

Eduardo de la Hera


Versión electrónica

SAN PABLO 2012

(Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)

Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723

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ISBN: 9788428565011

Realizado por

Editorial San Pablo España

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«Trashumando por el desierto, Moisés llegó al Horeb, el monte de Dios, y allí se le apareció un ángel del Señor, como una llama que ardía en medio de una zarza. Al fijarse, vio que la zarza estaba ardiendo pero no se consumía» (Éx 3,1-2).

Para mis sobrinos,

Luis Miguel, Raúl, Álvaro y Claudia.

Introducción

Romano Guardini, en el prólogo de una de sus obras más importantes, El Señor (Der Herr), nos dejó dicho que, aunque es difícil hablar de ese mundo en el que Dios irrumpe en el corazón de la persona y transforma su vida, es posible hacerlo, siempre que se sepa de qué hablamos y de los límites que el tema nos impone. Refiriéndose a san Francisco de Asís como converso, Guardini dice: «Nuestras indagaciones no llegarán nunca a dilucidar el misterio de su renacer espiritual y de los caminos de la gracia. Con todo, puede pretenderse ver cómo se encuadra en su época, cómo la moldea y es moldeado por ella...»[1].

Sin pretender dilucidar el misterio que encierra toda conversión en lo que tiene de personalísimo encuentro con Jesucristo, sí podemos aproximarnos al converso, describir trayectorias antes y después de su encuentro con el misterio de Dios, y subrayar lo más significativo del personaje para hoy, para nuestras búsquedas personales y nuestros actuales recorridos dentro o fuera de la comunidad cristina. Podemos, también, estudiar el contexto social y el momento histórico en que acontece toda conversión o encuentro con Dios. Cada converso constituye una historia distinta, y es un regalo gozoso aproximarse a ella para intentar narrarla...

¿Qué he intentado hacer en este libro?

En las páginas de este libro he procurado acercarme, con temblor y pudor, a algunas personas que dicen haber experimentado la irrupción de Dios en sus vidas. Ellos lo expresarían, más o menos, así: «Es Dios el que nos ha buscado primero; nosotros sólo le hemos abierto la puerta». Esta es la experiencia más profunda del amor de Dios. Lo que la teología llama «gracia». Aunque todo hay que decirlo: ellos, los «encontrados por Dios», ya estaban en camino. Ellos ya buscaban, cuando encontraron al que es la suma Felicidad. Como dice S. Agustín, andaban desparramados, como perdidos hacia fuera, hasta que lo encontraron en lo más cercano y profundo de su ser[2].

Me he aproximado al corazón y he sondeado algunos retazos de vidas apasionadas y apasionantes. Ninguna vida es igual a otra. Este libro pueden ustedes empezar a leerlo por el capítulo que deseen, aunque todas estas vidas tienen un común denominador: se encontraron con Aquel que buscaban y que les buscaba a ellos, y esta experiencia no les defraudó.

Es como si algunos hombres y mujeres, al venir a este mundo, después de haber transitado por desiertos y estepas estériles, descubrieran de pronto un oasis verde, con agua abundante para apagar su sed. Es como si hubieran vivido ciegos y de repente se encontraran con un incendio de luz, parecido al de la bíblica zarza de la montaña del Horeb.

El título de este libro hace referencia al fuego que «ardía, pero no se consumía» (Éx 3,2): aquel incendio que fascinó a Moisés, cuando en la montaña se sintió empujado a quitarse las sandalias porque el suelo que pisaba era sagrado (cf Ex 3,5). Aquella voz irrumpió con fuerza en su vida, invadió su espíritu: «¡Moisés! ¡Moisés!» (Éx 3,4). La respuesta a la llamada de Dios no se hizo esperar. El elegido empeñó toda su existencia en esta respuesta. Dios lo enviaba. No tenía escapatoria. Y continuó su camino, pero de otro modo. Nada en adelante fue igual ni para Moisés, ni para el pueblo de Israel. Una conversión repercute siempre en la sociedad en la que vive el converso.

El fuego de la zarza que envolvió con su incendio al Patriarca de Israel, es el mismo que se apodera de los conversos. Podría calificarse de irresistible, aunque la teología nos dice que uno puede resistir a la gracia o llamada de Dios. Es un fuego que tiene mucho de atractivo, de envolvente, de imán misterioso. Pero es también un fuego que quema. Y en este sentido es peligroso. El Dios de Jesucristo pide al converso «cambiar de vida». Lo cual siempre encierra un riesgo, implica y hasta complica la vida.

Juan Bautista Metz, en su libro, Memoria Passionis (Una evocación provocadora en una sociedad pluralista), dice: «Permanecer cerca de Jesús resulta peligroso: hay riesgo de fuego, de incendio y sólo a la vista del peligro resplandece la visión del reino de Dios que en Jesús se hace cercano»[3].

Metz recoge un dicho o apotegma extra-canónico que nos ha llegado a través de Orígenes, en el que Jesús dice: «Quien está cerca de mi, está cerca del fuego». Juan Bautista Metz entiende esta sentencia como un comentario abreviado al Apocalipsis neo-testamentario, un libro en el que se pone en evidencia lo que arriesga quien abraza el don de la fe[4]. Y es que todos los conversos han vivido su fe como riesgo, como lucha, pero también con el gozo inmenso de quienes se han reconocido encontrados por Dios.

¿Quiénes son, en definitiva, los conversos?

Los conversos son esas personas que, después de haber vivido al margen de toda fe religiosa, un día inolvidable dieron un viraje tan intenso a la trayectoria de su vida que cambiaron de rumbo. Y comenzaron, si se me permite la expresión, a «tomarse en serio a Dios». Dios trastocó sus vidas. En cierto sentido, se las complicó.

Alguien pudo ver en ellos a seres sugestionados, alucinados o alienados. Pero no, ellos no se salieron de este mundo: el suyo y el de todos, el único que tenemos. Fueron (y son, porque sigue habiendo conversos) fieles a Dios y al mundo en que vivieron. Tampoco se transformaron en fanáticos de lo religioso. Supieron, simplemente, mostrarse coherentes con su verdad y respetuosos con la verdad de los otros.

No, no se mostraron intransigentes. Un fanático es un convencido que puede morir matando. Ellos, no. Ellos vivieron compartiendo y repartiendo la vida y la luz que tenían (o, más bien, que los tenía y sostenía a ellos). Ellos empezaron a ver el mundo desde otras coordenadas: las que inspira la fe. Pero no anduvieron navegando por las nubes de sus sueños, sino que se abrazaron a la realidad cotidiana de sus vidas. Siempre, desde la fidelidad a sus convicciones. Siempre, desde su fe que supieron mantener y defender contra viento y marea. Y en ocasiones hasta sufrieron marginación por ponerla alta, en el candelero de su vida.

Los conversos supieron ser coherentes. Aunaron en sí mismos el misterio de la gracia, como don recibido de Otro, con el quehacer diario. Es así como supieron afrontar, con un sentido cristiano, todo lo que les sobrevino: alegrías y sufrimientos, vida y muerte.

Los conversos vivieron, pues, con los pies sobre esta tierra. Alguien pudo decir de ellos: «Fueron unos exagerados». Son muchos los que, hoy, en tiempos de medianías light, califican de «exagerada» toda conversión. No tienen razón. Confunden lo «exagerado» con la «radicalidad». Jesús invitó a un seguimiento radical, dejándolo todo, es decir sin vivir atados a nada. La radicalidad es hermosa y hace a las personas libres. Más libres que las mediocridades por las que navegan muchos de los que viven lejos de Dios.

¿Qué me ha impulsado a abordar este recorrido?

Lo que invita a acercarse a la vida de los conversos es algo que casi da vergüenza decirlo. Algo difícil de expresar, y que tiene que ver con la grandeza de ellos y con la mediocridad de muchos de los que se dicen (o nos decimos) seguidores de Jesucristo. Es admirable constatar cómo han existido hombres y mujeres agraciados, que han sido capaces de eliminar el polvo de sus zapatos, la costra de la rutina, para vivir de otro modo: con el rostro permanentemente vuelto o convertido hacia Dios.

Los que se dicen cristianos, pero están poco convertidos, pueden habituarse a todo: a dormir y a velar, a rezar y a no rezar, a comer con él, con Cristo, y a no comer (o sea, a celebrar o no su Eucaristía). Uno puede habituarse a todo, hasta a lo más sublime, y seguir llamándose «cristiano». O sea: seguidor del que vivió permanentemente «convertido» ¡Seguidor del que siempre estuvo orientado hacia su Padre! ¡Discípulos del que hizo, contra viento y marea, la voluntad de Dios, y acertó a descubrirla en el servicio a los excluidos, a los últimos!

¿Podemos decir que Jesús de Nazaret vivió una permanente conversión hacia su Padre?

Pienso que sí, que podemos utilizar este lenguaje. Por eso permítaseme situar a Jesús aquí como paradigma de convertidos. Si convertirse es girar y volver la vista al que nos mira con ojos benevolentes, Jesús, que nos llamó a todos a la «conversión» (cf Mc 1,15), vivió siempre de cara a Dios, su Padre y nuestro Padre. Él, evidentemente, no experimentó el cambio brusco de los conversos a los que aquí nos referiremos. Jesús de Nazaret vivió siempre «convertido». Pero él también tuvo que ir haciendo sus opciones, sus permanentes «conversiones»; él tuvo que ir rechazando tentaciones e ir dejando a un lado caminos que lo desviaban de la misión a la que le llamaba el Padre.

Hacer un seguimiento aproximado del camino de conversión que hizo el Jesús histórico, no es tan difícil como tal vez puede parecer a primera vista. Es verdad que los datos que conservamos de la vida del Señor están encerrados en una predicación: o sea, en la transmisión de un mensaje, tal y como viene realizado por los testigos de su resurrección. Pero, como ha precisado Josef Ratzinger (Benedicto XVI), en su libro Jesús de Nazaret, «para la fe bíblica es fundamental referirse a hechos históricos reales»[5]. La fe bíblica «no cuenta leyendas como símbolos de verdades que van más allá de la historia, sino que se basa en la historia...»[6]. Por eso, aunque no me corresponde hacerlo aquí, pienso que no es difícil estudiar la cadena de momentos precisos en los que el Padre llama a Jesús y él va respondiendo y haciendo su propio camino de vocacionado, de «convertido»[7].

¿Por qué he seleccionado a estos y no a otros conversos?

He seleccionado siete personajes significativos, que pueden todavía hoy decirnos algo; o sea, pueden susurrarnos palabras y gestos de esperanza, precisamente en esta época nuestra a la que podemos considerar de gracia y oportunidades felices para los cristianos, aunque también de riesgos y dificultades.

¿Por qué escuchar, hoy, más a los «profetas de calamidades» que a los que interpretan los «signos de los tiempos» como llamadas de Dios? Algunos airean con frecuencia la cantinela: «¡Malos tiempos corren!». No conviene exagerar aquello del palentino Jorge Manrique: «¡Cualquiera tiempo pasado fue mejor!». Hay que frotarse los ojos para ver las rosas junto a las espinas, como decía el poeta Tagore. En todo tiempo, ayer como hoy, espinas y rosas han convivido, y el mundo, impulsado por el Espíritu de Dios, ha seguido rodando en el espacio...

En una primera selección, elegí no menos de cincuenta significativos conversos de distintas épocas y de todas las profesiones y países. Había que decidirse por algunos. Y me decidí, según devociones mías, por dos mujeres y cinco hombres que me parecen interesantes para los hombres y mujeres de hoy. Podían haber sido otros; fueron estos. Entre ellos hay ensayistas y novelistas laicos (Chesterton, Papini, Graham Greene); hay una filósofa, religiosa carmelita, venida del judaísmo (Edith Stein); hay una actriz de variedades (Eva Lavallière), está el fundador de los Hermanitos de Jesús (Charles de Foucauld) y un obrero que colaboró en la fundación del conocido Movimiento Apostólico, la HOAC (Guillermo Rovirosa)...

A todos une lo mismo. Se mostraron inconformistas, buscadores y, llegado el momento, insisto, «se tomaron a Dios en serio». O sea, fueron coherentes con su fe recién estrenada. ¿Pecadores? Sí, también fueron pecadores como todos los humanos. Graham Greene, por ejemplo, no fue precisamente un dechado de virtudes domésticas. Pero la fe ardió en todos ellos como una llama fuerte, sugestiva, y se convirtió, como la zarza bíblica, en fuego que ardía y no se consumía.

Ellos, por encima de debilidades y mediocridades, entendieron, como Moisés, que el lugar que pisaban era sagrado (cf Éx 3,5). Y echaron a andar por esta tierra en un éxodo difícil, de horizontes anchos, abiertos. Peregrinaron a la luz centelleante de la misteriosa y cautivadora zarza, a la que me referí antes. Y escucharon, atentos, la voz que salía de la misma y que les invitaba a no detenerse e ir cada vez más lejos...

Es verdad que ellos encontraron al Dios de su fe en el rostro de Cristo. Y Cristo siempre está más acá, más cerca de nosotros, puesto que tiene rostro humano A Cristo, como decía el discípulo amado, lo podemos palpar (cf 1Jn 1,1-4). Ellos no encontraron a un Dios Altísimo, perdido en el cielo; su conversión fue un encuentro con Jesucristo. Atrás dejaron el ateismo, el agnosticismo o la indiferencia religiosa. Supieron, en el momento oportuno, aferrarse a la mano del Dios hecho hombre, y así es como dieron el salto de la entrega confiada. Lo hicieron, es cierto, con ayuda de otros; nadie camina solo. Pero la decisión, como en Pablo de Tarso y en Agustín de Tagaste, fue muy suya, personalísima e intransferible. Una opción libre, de cada uno de ellos. Y, en el camino de su vida, se abrieron las aguas tempestuosas del mar. Y apareció, en el océano de su personal recorrido humano, una frontera definida: el antes y el después de su conversión.

¿Dónde vivieron su fe todos estos conversos? En el ámbito de la comunidad cristiana. Vivieron su cristianismo en el seno de la Iglesia católica, una y diversa, santa y pecadora, llamada por Cristo, cada día, a la conversión. Quiero subrayar este aspecto en su vida de fe: ellos no vivieron el cristianismo al margen de la Iglesia. En ocasiones se mostraron críticos con ella. Pero sabían que ella les había dado ya el abrazo previo que dan las madres.

¿Qué límites impone el tema elegido?

No otros que los derivados de la dificultad que surge cuando se intenta hablar del mundo interior de las personas. ¡Qué difícil es contar las experiencias íntimas del corazón! De igual modo, según apunté más arriba, no siempre es fácil hablar del mundo interior de los conversos. Excepto de lo que ellos mismos quieran comunicar. Por eso, llegado el momento de las experiencias íntimas, prefiero darles a ellos la palabra.

Todos los que han intentado bucear en el interior del converso, pronto han chocado con las dificultades propias del que quiere estudiar y describir con precisión algo tan personal e íntimo como es el diálogo de la criatura con el Creador, del ser humano con su Dios. Se hace cuesta arriba, aunque sea tarea apasionante, describir esos momentos en los que Dios irrumpe en la vida de alguien, hasta el punto de darle un revolcón, de trastocarlo: es decir, de transformarlo en criatura nueva. Es difícil, pero no imposible. Ellos mismos echan mano, en ocasiones, de imágenes que a más de uno pueden resultar extrañas. Así ocurre, por ejemplo, con Blas Pascal en el famoso Memorial de 1654 en que cuenta su conversión y en el que habla de «fuego». «Nuestro Dios es un fuego devorador» (Heb 12,29)[8].

En todo caso, siempre hay que ser cuidadosos y honrados con los personajes. No hacerles decir lo que a uno le gustaría que dijeran. Hay que ser fieles a sus experiencias personalísimas, hay que acercarse a ellas con respeto e interpretar sus palabras con máxima fidelidad y objetividad.

Lo que, en su libro citado, nos dice Guardini acerca de Jesús vale para todos los conversos. Dice Guardini que no siempre es posible señalar una «verdadera evolución» en la vida de los que fueron tocados por la gracia. No siempre se acierta a descubrir los «motivos» que empujaron a algunos a una entrega total a Dios. Repito: siempre se choca con esa región misteriosa que el Maestro de todos los conversos llamaba la «voluntad del Padre», el Reino que irrumpe dentro de nosotros como un misterio y que cede a toda aclaración histórica.

Y, sin embargo, hay que decir que se puede indagar en el curriculum histórico de determinadas personas; se puede apuntar con el dedo signos externos, momentos continuados y expresiones inequívocas de que Dios ha «tocado», de algún modo, al que antes recorría otros caminos, alejados de la fe religiosa. Esto es posible hacerlo, aunque, en ocasiones, se haga difícil describir una conversión. Sobre todo, contarla desde el interior del converso. Por eso siempre que se pueda, como ya dijimos, habrá que darle la palabra al propio converso. Es algo que he cuidado especialmente en este libro.

¿Y ellos qué han dicho? ¿Cómo nos han narrado su experiencia interior? Casi todos se refieren a ella como un acontecimiento gozoso que trastocó su vida. A la mayoría, cuando cuentan su conversión, les parece que, como le ocurrió a Moisés, pisan un territorio sagrado, en el que se encuentran con una zarza misteriosa que «arde sin consumirse»...

Esto no tiene nada de raro, porque, bien mirado, cualquier hombre o mujer posee ya aspectos, facetas que a los humanos nos desbordan. Cualquier ser humano tiene mucho de misterio ¡Somos un misterio para nosotros mismos y para los demás! Esto, que podemos decir de lo más humano, ¡cuánto más debe decirse, de estas otras realidades que llamamos sobrehumanas, y que san Pablo llama «gracia», don recibido de Dios!

Podemos encontrar conversos en todas las religiones. Y también, en muchas de las ideologías que han influido con más fuerza en el mundo. Hay una psicología del converso que ya se ha ido estudiando[9]. Aquí me referiré sólo a los conversos al Dios de Jesucristo. O lo que para los cristianos es lo mismo: me referiré a los conversos a este mismo Cristo, en cuanto que en él se nos ha manifestado el verdadero rostro de Dios y nos ha desvelado el misterio del hombre (cf GS 22). No puedo decir que los conversos a quienes me refiero aquí, volvieron a la Iglesia. Algunos no estaban en ella. Por eso algunos se hicieron bautizar en la fe de la Iglesia. Otros habían sido bautizados de niños; pero habían olvidado su bautismo...

Otra cosa más: ¿Qué quería decir san Pablo, que fue un auténtico converso, cuando nos dejó escrito que «al hombre espiritual nadie puede juzgarlo»? (1Cor 2,15). Al decir de Guardini, algo de esto que venimos comentando: que, al igual que ocurre con Cristo, nuestras indagaciones no llegarán nunca a dilucidar el misterio del renacer espiritual de los conversos o los caminos de la gracia que a ellos los empujaron. Con todo, me ha parecido bueno intentar describir procesos, que a algunos pueden resultarles extraños. O que algunos pueden pensar que se explican sin acudir a lo que los creyentes llamamos intervenciones de la gracia. Me arriesgo, como creyente, a pensar que son intervenciones de Dios en la vida de sus hijos. Porque Dios, efectivamente, cree en nosotros antes que nosotros podamos dar siquiera un paso hacia Él. Dios nos busca antes que nosotros le busquemos.

En fin, me parece importante el que, también hoy, nos dejemos deslumbrar por el testimonio de fe y de entrega personal de aquellos que se lanzaron a la búsqueda del Único: de Aquel que constituye la plenitud de la vida. Resulta no sólo aleccionador, sino también estimulante el poder conocer las dificultades, dudas, peripecias que, en la búsqueda de Dios, tuvieron que afrontar aquellos que, decimos, fueron tocados por el fuego de la zarza que ardía sin consumirse.

Es verdad que, cuando uno se acerca a estas vidas, siempre le quedan deseos de «saber más» para «contar más». Pero no siempre le es dado al curioso «saber más», porque, como ya dije, hay una frontera y, una vez atravesada, el narrador debe descalzarse, y siempre se encontrará con lo mismo: una enorme zarza que, ardiendo, deslumbra e, iluminando y aun quemando, no se consume. Tal vez con este poquito, que nos lleva a describir los pasos misteriosos de los que dicen haber encontrado a Dios, con sus dudas y entregas, tengamos bastante. ¿Para qué más?

El lector se dará pronto cuenta de que no hay dos vidas iguales. Por mucho que los teóricos de la «conversión» se esfuercen en decirnos que hay denominadores comunes en los recorridos de los conversos (y es cierto que los hay), sin embargo cada camino es distinto. Aquí sí que nos sirve aquello que Isaías pone en labios de Dios: «Mis caminos no son vuestros caminos» (Is 55,8). O lo que dice también el poeta Antonio Machado, cuando asegura que nadie recorre el mismo camino que otro...

Querido lector: estos seres, cuyos retazos de vida recojo aquí, nunca se habituaron a ser cristianos. Siguieron siempre a Cristo con el apasionamiento del que todos los días estrena algo grande. Se dejaron deslumbrar por la luz de Dios: del Altísimo, que dice la Biblia, y del Profundísimo, que dice el converso Agustín de Hipona. Se dejaron apresar por lo inefable e inaprensible: lo que está siempre en la región del más allá. Aunque (y esto es lo admirable) supieron pasar por la vida con la mirada cercana y compasiva del que vive más acá.

Un último deseo: que disfrutes con la lectura de estas páginas, que se han llevado días, desvelos y magníficos momentos de mi vida. Benditas sean las horas dedicadas, si sólo uno de vosotros me dice que ha disfrutado con ellas. Mucho más, si le han ayudado, aunque sólo sea un poco, a reorientar su vida.

Palencia, 25 de enero del 2009,

en la fiesta de la Conversión de san Pablo

Capítulo 1
Giovanni Papini.
La encrucijada entre Dios y Satán
(Florencia, 1881-Florencia, 1956)
Introducción

Giovanni Papini, italiano de la Toscana (florentino por más señas), escritor de obra extensa y variada, destacó en casi todo: como ensayista, poeta, crítico de arte, periodista, biógrafo. Todo, a la vez. Y es que Papini era Papini, un personaje original, desmedido y genial. Inquieto y buscador. Nunca se estancó, supo evolucionar, aun cuando siempre mantuvo su peculiar estilo humano y literario.

En su obra encontramos (con la perspectiva que aportan más de 50 años después de su muerte), en primerísimo lugar, a un entusiasta del saber humano. Y, no en el último, a un dialéctico que enseguida se subía al caballo de la polémica. Lo que le hacía parecer permanentemente enfadado.

Después de su conversión, Papini siguió las huellas de Cristo y nunca ocultó la luz de su fe, a pesar de las horas oscuras y de la tragedia personal que, según veremos detalladamente, vivió. Pero siguió siendo un escritor polémico. Sufrió acoso político por sus alianzas con el fascismo, y padeció lo indecible, después de la parálisis progresiva, que, aun manteniendo lúcido su cerebro, le llevó a la tumba.

1. Interés para nuestra época

No creo que él o sus libros deban archivarse, olvidados, en el baúl de los recuerdos. Papini a nadie deja indiferente. Discutido y discutible, algunas de sus obras continúan reeditándose, y no pocas se dieron a conocer después de su muerte (1956)[10].

Por otra parte, determinadas facetas de la personalidad de Papini concuerdan con perfiles del hombre de nuestros días. El lector inteligente deberá hacer la conveniente transposición de lo que va de ayer a hoy. La época que le tocó vivir no es la nuestra. Nada tiene de extraño que choquen con nuestra mentalidad las ideas políticas que él sostuvo. Y quizá moleste a no pocos su fogoso y encendido lenguaje, en ocasiones un tanto apocalíptico; pero de lo que no cabe duda es de su sinceridad y puntería a la hora de señalar los problemas que atenazan a los hombres y mujeres de todos los tiempos.

Fue ateo primero y, después, católico. Nos interesa, sobre todo aquí, destacar su fe en Jesucristo. Crítico con la jerarquía de la Iglesia, sin embargo nunca abandonó a la familia de Jesús. Fogoso, declamatorio, fiel a sí mismo, auténtico siempre. E, insisto, polémico, muy polémico. De expresión cortante, seca, a veces poco matizada. Casi siempre, brillante.

El estilo literario de Papini recuerda bastante al de Nietzsche (1844-1900), quien en su desgarrado modo de decir influyó no poco en él. En este estilo muy suyo, apasionado y vibrante, radica su grandeza y también su debilidad. Escribe con mucha sinceridad[11]. Pero puede resultar enojoso para quien no comparta sus ideas. Precisamente, por su aparente dogmatismo ideológico. Decía de él Jorge Luis Borges que, en la polémica, Papini solía ser «sonoro y enfático”[12].

El inconformismo de Papini, su búsqueda religiosa, su fuerte personalidad, resultan fascinantes y, desde luego, son un referente importante para esta época nuestra de pensamiento único y de pereza religiosa. Papini no habría soportado la superficialidad actualmente reinante. Hay mucho miedo, hoy, a manifestarse en contra de lo considerado como políticamente correcto. A Papini las modas le importaban muy poco. Le interesaba, ante todo, ser fiel a su propia conciencia.

De ahí que se convirtiera en un auténtico demoledor de lugares comunes, de tópicos y mezquindades. Así que estamos ante alguien complejo, a veces contradictorio, pero muchas veces genial. No es fácil mantener una postura desapasionada ante Giovanni Papini. Como pocos, encarnó las luces y las sombras de su tiempo.

2. Momento histórico y cultural en el que vive

Giovanni Papini nació en Florencia, la ciudad del Renacimiento italiano, el 9 de enero de 1881. Por tanto inaugura el siglo XX, cuando tan sólo tenía veintiún años. Aunque hay que decir que para entonces ya había recorrido un importante camino literario. Fue precoz y fecundo. Si se repasa su bibliografía, uno se queda pasmado porque hay años en que escribe hasta cuatro y más libros.

Luigi, su padre –un ex-garibaldino que había combatido en Aspromonte y en el Volturno–, pequeño comerciante de muebles, ateo beligerante, quiso que su hijo se educara al margen de toda religión. Sin embargo, su madre, Erminia Cardini, bautizó medio en secreto a su hijo. Había que ocultárselo a su marido.

Siendo niño, se mostró retraído y huidizo. De 1885 a 1889 frecuentó los Institutos privados Baldassini, Scatena y La Speranza. En 1890 asistió a la escuela elemental, pública, de Vía dei Magazzini, la escuela técnica de S. Carlo, la Escuela Normal de la Vía Sangallo (siempre en Florencia). De este último centro salió con el diploma de maestro. Tenía dieciocho años.

De joven, pálido y pensativo, parecía agotado y enfermo. Asiduo de bibliotecas, polifacético, autodidacto e instintivamente contrario al mundo que representaba su padre. Siempre, dispuesto a la polémica.

En 1896 apareció una de sus primeras publicaciones: el relato, titulado Il leone e il bimbo (El león y el niño). Fue en una revistilla para muchachos: L’amico dello scolaro.

Dos años después, en 1898, fue teniendo sus primeros contactos literarios con personajes de la época: Giuseppe Prezzolini, Ercole Luigi Morselli y Alfredo Mori. Con ellos hizo un equipo cultural de amigos.

En 1900 enseñaba ya lengua italiana en el Instituto inglés de Florencia, y frecuentaba como oyente los cursos del Instituto de Estudios Superiores. En 1902, cuando había sido nombrado bibliotecario del Museo de Antropología de Florencia, murió su padre en Turín, adonde se había desplazado por razones laborales. Una de sus primeras publicaciones apareció precisamente este mismo año, y se tituló La teoría psicológica de la precisión. Se trataba de un escrito que respondía al positivismo, introducido en Italia por Cattaneo, Ferrari y Morselli.

De su amistad con Prezzolini y de su liberalismo radical surgió la revista Il Leonardo (1903-1907). Fue una publicación que pronto adquirió prestigio. El propósito estaba claro: pretendían combatir el academicismo e inmovilismo de la cultura oficial. A la vez colaboraba en la revista Il Regno, dirigida por Enrico Corradini. Pero debemos citar, como dato que lo retrata bien, una revista fundada por él (no llegó a editarse) y que llevaba el significativo título de Iconoclasta.

En 1904, lo encontramos participando en el Congreso Internacional de Filosofía, junto a Vailati y Calderoni.

En 1906 publicó con Giuseppe Prezzolini La cultura italiana. Papini fue siempre un adelantado de la cultura, un hombre de fuerte temperamento intelectual, que se entusiasmó, siendo muy joven, con la lectura, escritura y crítica literaria. Este mismo año viajó a París, donde se unió a su amigo, el pintor Ardengo Soffici. Nos los imaginamos a ambos, un tanto bohemios, en Montmartre.

En septiembre de 1907 se casó (tenía 26 años) con Giacinta Grovagnoli, una campesina de Bulciano (Toscana). Se casó por la iglesia, a pesar de su ateísmo. Allí, en Bulciano (en la alta Valtiberina), rodeado de montañas y prados verdes, pasaba sus vacaciones. Y allí se retiraba, cuando los fracasos, la persecución política o la miseria económica lo asediaban: «¡Cómo amo esta tierra! Amo el claro rostro de septiembre y sus frutos oscuros, pámpanos de vino, olivas de aceite y las castañas que se defienden solas (...), como las mujeres honradas, como los pueblos libres»[13].

Después de haber residido algún tiempo en Milán con su mujer y con su amigo, Ardengo Soffici, volvió, en 1908, a la Toscana, a Bulciano, donde le nacería su primera hija, Viola. Gioconda, su segunda hija, nació dos años más tarde, en 1910.

Giovanni Papini vivió las dos guerras mundiales, el tiempo que las precede y el que las sigue. Este no es un detalle menos importante para conocer su trayectoria espiritual. Después de las guerras siempre se inaugura un tiempo nuevo en el que hay lugar para desengaños, en unos casos, e ilusiones en otros.

En 1908 fundó La Voce; en 1911, con Giovanni Amendola, L’Anima, y en 1913, dejó La Voce e inauguró, con su amigo periodista, Sofici, Lacerba (1913-1915), una nueva revista, que llegó a ser el órgano del futurismo italiano. «Papini animaba a los futuristas, se metía con los futuristas, se declaraba futurista y proclamaba la muerte del futurismo»[14]. Por entonces sacó a la luz, también, Cento pagine di poesia (1915), un libro de prosa lírica, y Stroncature (1916), páginas de crítica literaria. Todavía con Sofici, en 1919, dio a luz La Vraie Italie.

Sus dos primeros libros, un tanto panfletarios, los calificó de «narraciones metafísicas» y los tituló Il tragico quotidiano (1906) e Il pilota cieco (1907). Para el crítico español Juan Bonilla, antes citado, estas narraciones son el exponente de que, en la Europa de la época, muy pocos podían comparársele en categoría y personalidad. «No es de extrañar que el Papini cuentista arrobara al joven Borges...»[15].

En 1912 apareció Un uomo finito (Un hombre acabado), íntima confesión intelectual con propósito de la enmienda, a la que, por su importancia, me referiré más abajo. Y de este mismo período abundante datan los relatos recogidos con los títulos Parole e sangue (1912) y la L’altra metà (1912).

Durante la I Guerra mundial (de la que se libró por problemas de miopía) se reveló, al estilo de D´Anunzzio, como un defensor del espíritu guerrero italiano. Así lo dejó reflejado en sus artículos publicados en Il popolo d’ ltalia.

En 1918 escribe L´uomo Carducci: una semblanza sobre Giosuè Carducci (1835-1907), que había recibido el Nobel de Literatura doce años antes (en 1906) y que, como ya hiciera antes en Francia Charles Baudelaire (1821-1867) en Las flores del mal, había compuesto un canto al diablo (Himno a Satanás). A Papini también le obsesionaría la figura del diablo y, andando el tiempo, escribiría un libro sobre el Padre del Mal, que le acarreó alguna que otra preocupación. Pero a Papini lo que más le gustaba de Carducci era su amor por la naturaleza, su culto a la razón y sobre todo su entusiasmo por Italia.

En estos años (1918-1919) Papini dio un giro espiritual, cambió de postura religiosa, se volvió hacia el catolicismo, y, después de su clamorosa conversión, escribió la Storia di Cristo (1921), un libro en el que se revuelve contra el materialismo de su época. Fue un éxito de lectura en el mundo entero[16].

A su Historia de Cristo siguieron el Dizionario dell’ uomo selvatico (1923), en colaboración con Domenico Giuliotti, y los versos de Pane e vino (1926), la biografía del también converso S. Agustín (Sant´Agostino, 1929), el curioso relato de Gog (1931) y Dante vivo (1933).

Dante vivo tiene una curiosa historia: obtuvo el premio Florencia, gracias a la benevolencia de Mussolini. Fue el Duce quien le cedió el puesto y el reconocimiento a Papini, puesto que el premio se lo había llevado el propio Mussolini con una Vita di Arnaldo.

A partir de 1935 Papini se escoró hacia la derecha fascista. Son aquellos los años en que toma posesión de la cátedra de literatura italiana en la Universidad de Bolonia: cátedra que habían ocupado anteriormente Carducci y Pascoli. Así es como nuestro personaje llegó a ser académico de Italia (1937). De su compromiso con la cultura surgirá el Instituto de estudios sobre el Renacimiento.

Cuando los comunistas asesinaron a Giovanni Gentile (1944), Papini escribió en su Diario:

«La noticia me ha afectado profundamente. Le había conocido mejor y pude apreciar su espíritu de trabajo, bondad de alma y pasión sincera por las cosas del espíritu y de Italia. Estaba contento de que fuera Gentile presidente de la Academia (...) En política había tomado partido de forma decisiva y clara por el fascismo»[17].

Durante la II Guerra mundial se mostró partidario de la intervención italiana y de mantener siempre su esfuerzo junto a Alemania. Escribió en 1943: «Soy el único escritor italiano que más de una vez se ha pronunciado claramente a favor de la guerra».

Recibió, en 1942, la visita del subsecretario de Educación Nacional. Coincidió con él en su visión política. Las derrotas militares italianas no le permitían concentrarse en su tarea literaria. Se enfadaba contra Mussolini, porque no era capaz de defender Roma ante el avance aliado.

Tras la derrota militar, Papini fue castigado: «Verdaderamente me considero reo. Se reanudan los ataques contra mí. Reo de no haber hecho como tantos el «doble juego «, reo de no creer en los «magníficos destinos» y progresistas promesas de la democracia y del comunismo» (Diario).

Papini fue expulsado del Sindicato de periodistas. Un diario comunista proponía que sólo se le dejara vivir si no volvía a escribir más. Su casa fue hipotecada, para responder, así, de sus «responsabilidades políticas». Su respuesta a la persecución sería el desprecio por el mundo materialista que –según él– se avecinaba y su reafirmación ideológica.

Aquejado de una extraña parálisis progresiva, continuó su labor literaria. Fue su nieta, Anna Paszkowski, la que heredó y publicó, después de la muerte del abuelo, algunas de las mejores páginas de toda la vastísima producción de Papini. Ciego e impedido, dictaba a su nieta, Anna, artículos y escritos múltiples. Sus schegge (fragmentos literarios) fueron apareciendo en el Corriere della Sera, y, después, se recogieron en La spia del mondo (1955) y en La felicità dell’ infelice (1956). Más tarde otros fragmentos de sus schegge se publicarían, como escritos póstumos, en el volumen Le schegge (1971).

Il giudizio universale apareció en 1957 y La seconda nascita, importante obra para adentrarnos en su evolución cristiana, vio la luz en 1958. Aún aparecería más tarde, en 1962, su Diario. Y, finalmente, su Rapporto sugli uomini saldría en 1977[18].

3. Antes de su conversión

Dijimos ya que en su juventud se entusiasmó con Nietzsche y se alineó con los nacionalistas más exaltados. Papini era un entusiasta de la gran patria y cultura italianas. Pertenecía a la generación del prefascismo. No le convencían los «valores modernos», a los que criticaba sin piedad. Ironizaba contra la pintura abstracta o la cubista. No le gustaba Picasso.

En 1912, con poco más de treinta años, escribió un libro autobiográfico muy sincero, Un uomo finito (Un hombre acabado), en el que expresaba bien su pensamiento. Un libro que en cuarenta años tuvo más de veinte ediciones (fue una especie de Biblia para muchos jóvenes). Se trataba de un libro clave para entender el cambio intelectual y, en general, la transformación que se efectuó en toda su persona, sobre todo a partir de esta obra. Para no pocos, su obra maestra[19].

El propio Papini decía de sí mismo en Un hombre acabado: «Nací con la enfermedad de la grandeza». Mi vida ha sido «una breve historia de tentativas pueriles». Este ha sido «el secreto de mi vida». Y en otro pasaje comentaba: «No acepto la realidad. No hay palabras que expresen mi disgusto con el mundo físico, humano, racional que me suprime y que no me deja espacio ni aire suficientes para mis alas inquietas».

¿Qué ocurrió realmente en la vida de Papini por entonces?

Son, hoy, muchos los que están de acuerdo en considerar Un uomo finito como un momento fuerte en el devenir de aquel insatisfecho y apasionado buscador. Había llegado la hora de revisar posturas, creencias y hasta el propio tren de su existencia. Hay un antes y un después de esta especie de revisión de vida que es Un uomo finito. Dice Papini: «Aquí dentro hay un hombre dispuesto a vender cara su piel y que quiere terminar lo más tarde que sea posible».

Así, pues, no se trataba de un momento bajo, en el que Papini se considerara «brucciato» (quemado), sino que pensaba que había sonado la hora de emprender una vida nueva. La fe en el Dios de Jesucristo le iba a servir de guía. Lo que no quería decir que, en adelante, quedara vacunado o inmunizado contra errores ideológicos, alianzas políticas o cualquier tipo de exceso. Sólo quería decir que Un uomo finito surgía de una honda insatisfacción, de un dolor por sus pecados literarios e ideológicos, y probablemente también de un propósito de la enmienda. Este momento de su vida todavía no señalaba la hora de su conversión católica; pero podemos decir que era una preparación remota.

Un uomo finito se divide en seis partes. Cada una de ellas, como en una composición musical, parece corresponder a un estado de ánimo distinto, según las épocas que el autor nos narra: andante, appassionato, tempestoso, solenne, lentissimo, allegretto. Ya dije más arriba que por entonces Papini andaba aquejado por una enfermedad de altura: la enfermedad de la grandeza.

Señalaba, a este propósito, nuestro autor que creía ser el único espíritu sin prejuicios y sin anteojos, sin falsedad ni necedades en la cabeza; el único capaz de deshacer engaños y de arrojar lejos a los usurpadores, de desnudar toda cosa, toda idea de los velos de la rutina y del convencionalismo, de liberar la humanidad de todas las oprobiosas servidumbres mentales que la empastan.

Para Papini, «liberar» era tanto como ayudar a recuperar la libertad a aquellos que él mismo despreciaba por su situación opresiva y opresora. Así que, llegado a este punto de su vida, nuestro autor hizo como un balance de su existencia, que él calificaba de «errante del saber».

Dicen algunos comentaristas que la segunda parte de su libro probablemente recoge lo mejor de su reflexión: la parte más auténtica de su indagación interior. Papini había sufrido grandes y torturantes ambiciones, precipitadas renuncias, y no estaba dispuesto a seguir por este camino. Decía, citando a Miguel Ángel, que no surgía en él pensamiento alguno que no le trajera esculpida la muerte. No había tenido tiempo para el amor. O había sufrido desengaños, porque en aquel momento hablaba con desprecio de la donna. Mujeres se habían cruzado en su vida, pero no había surgido ninguna Beatriz. Pensaba que no tenía por qué lamentarse. Sus energías las había encauzado por otros caminos. Pero se sentía solo y desanimado.

Hoy este libro (Un uomo finito) puede ser leído como un importante testimonio de la cultura italiana en los años que coincidieron con la llegada del fascismo. Puede dar idea «de un cierto tipo de intelectual de la época, enfermo del espíritu de D´Anunzzio, turbado por la filosofía irracionalista del primer Novecento y animado por un ansia de rebelión a la que cuesta encontrar los canales adecuados para expresarse»[20].

Sin duda, en su etapa de juventud, el Papini ateo quería ser como Dios: un dios con pies de barro. Ya Nietzsche (en una de sus melopeas antiteístas) había dicho aquello de «si Dios existe, ¿por qué no puedo yo ser un dios?».

Estamos, pues, ante un romántico exaltado, con afanes de grandeza. Soñó con igualar a Miguel Ángel, del que escribiría, en 1949, una biografía (Vida de Miguel Ángel en la vida de su tiempo). Se trataba de una visión muy personal del genio italiano. Cuando escribió su Juicio final (1957), obra póstuma e inconclusa, pienso que estaba intentando medirse con el genio del Renacimiento. Lo que Miguel Ángel había hecho con los pinceles (recuérdense los frescos de la Sixtina), Papini intentaba hacerlo con la pluma en su libro Juicio final. No es que fuera fatuo o soberbio, no. Es que él se sentía obligado a rendir pleitesía a los grandes de su patria y a medirse o codearse con ellos. Era para él un problema de fidelidad y de conciencia.

Lo mismo había hecho, en 1933, con otro grande de la literatura italiana, del cual también hizo biografía: Dante Alighieri, gran creyente y grande entre los grandes por su Divina Comedia. De este libro decía Papini que quería ser «el libro de un hombre vivo sobre un hombre que, después de la muerte, no ha cesado jamás de vivir»[21].

Sin duda, Papini ayudó y seguirá ayudando a muchos a descubrir facetas personalísimas de los grandes escritores italianos y no italianos, muchos de ellos, ya clásicos[22].

4. Itinerario y encuentro con Cristo

La inquietud artística y su búsqueda religiosa le condujeron a las puertas de la fe. Y pienso que, también, su insatisfacción existencial. En el aspecto religioso, Papini supo evolucionar, buscar y encontrar. Sin embargo, no evolucionó tanto en cuanto a su ideología política, sobre todo después del gran fracaso del fascismo italiano.

4.1. «¡Te necesito, Cristo!»

Entre 1918 y 1919 ocurrió algo insólito: Papini se encontró con Cristo. Son los años de su conversión a la fe cristiana.

¿Cómo ocurrió?

Él, que había sido educado en el ateísmo puro y duro y que había vivido lejos de la fe, dio un salto al catolicismo. Fue todo un proceso que duró –como veremos enseguida– algunos años. No hay que pensar, en el caso de Papini, en un fogonazo «tumbativo» (a lo Frossard o a lo Claudel), pero sí hay que hablar de un paso decisivo: de una opción que fue tomando, poco a poco, y en la que permaneció durante el resto de su vida.

Hay, sin embargo, una zona de misterio en toda conversión. Es verdad que el entorno familiar (su mujer, sobre todo) y otras alianzas (la alianza con el pueblo sencillo) le facilitaron el camino: su camino de Damasco[23].

Y, sin embargo, la fe siempre seguirá siendo un misterio de amor: Dios que llama a las puertas del hombre y el hombre que responde, y abre o no las puertas del alma. Él no lo tuvo fácil. Perdería a su hija más pequeña, Gioconda, a la que escribía versos, siendo niña. Rodó por muchos desengaños y fracasos. Palpó muy de cerca el sufrimiento propio y ajeno.

Sí, lo salvaron Dios y los pobres. La fe sencilla del pueblo, además de la gracia divina, salvaron a Papini, y le ayudaron a dar el paso hacia Cristo.

Sabemos que, cuando en agosto de 1919 escribía Rapporto sugli uomini (libro que no aparecería hasta después de su muerte) experimentó ya un vivo deseo de manifestarse como católico.

Comenzó por entonces a redactar su Historia de Cristo (1921): obra fogosa, apasionada y apasionante, que le costaría escribir dos años: precisamente a él, que escribía deprisa. Obra testimonial: «un juego no interrumpido de comparaciones eruditas y humanas»[24]. A nadie comunicó que estaba escribiendo el libro de su vida. Ni siquiera a su familia. Pero lo cierto es que, con esta publicación, Papini irrumpió en el mundo como una centella, y su fama de escritor y creyente se propagó enseguida como un incendio en todo el mundo católico. La Historia de Cristo ha sido, sin duda, su libro más conocido y traducido: la obra que le dio renombre y dinero[25].

Primero fue un grito ahogado por el pudor. Algo así: ¡Te necesito, Cristo! Pero después fue un desahogo largo, sincero, una conmovedora plegaria que sitúa al final de su obra. Merece la pena recoger, aunque sólo sea un fragmento:

«Jesús, Tú ves cuán grande es nuestra pobreza; no puedes dejar de conocer cuán improrrogable es nuestra necesidad, cuán dura y verdadera nuestra angustia, nuestra indigencia, nuestra esperanza; sabes cuánto necesitamos de una extraordinaria intervención tuya, cuán necesario nos es tu retorno (...).

Tenemos necesidad de ti, de ti sólo y de nadie más. Solamente Tú, que nos amas, puedes sentir hacia todos nosotros, los que padecemos, la compasión que cada uno siente de sí mismo. Tú sólo puedes medir cuán grande, inconmensurablemente grande, es la necesidad que hay de ti en este mundo, en esta hora del mundo.

Ningún otro, ninguno de tantos como viven, ninguno de los que duermen en el fango de la gloria, puede darnos a los necesitados, a los que estamos sumidos en atroz penuria, en la miseria más grande de todas, la del alma, el bien que salva.

Todos tienen necesidad de ti, incluso los que no lo saben, y los que no lo saben mucho más que aquellos que lo saben. El hambriento se imagina que busca pan, y es que tiene hambre de ti, el sediento cree desear agua, y tiene sed de ti; el enfermo se figura ansiar la salud, y su mal está en no poseerte a ti. El que busca la belleza del mundo, sin percatarse te busca a ti, que eres la belleza entera y perfecta; el que persigue con el pensamiento la verdad, sin querer te desea a ti, que eres la única verdad digna de ser sabida, y quien se afana tras la paz, a ti te busca, única paz en que pueden descansar los corazones, aun los más inquietos. Esos te llaman sin saber que te llaman, y su grito es inefablemente más doloroso que el nuestro.

No clamamos a Ti por la vanidad de poderte ver como te vieron galileos y judíos, por el placer de contemplar una vez tus ojos, ni por el loco orgullo de vencerte con nuestra súplica. No pedimos el gran descendimiento en la gloria de los cielos, ni el fulgor de la Transfiguración, ni los clarines de los ángeles y toda la sublime liturgia del último advenimiento.

¡Hay tanta humildad, Tú lo sabes, en nuestra desbordada presunción! Te queremos a ti únicamente, tu persona, tu pobre cuerpo taladrado y herido, con su pobre túnica de obrero pobre; queremos ver esos ojos que traspasan la pared del pecho y la carne del corazón, y curan cuando hieren con ira, y hacen sangre cuando miran con ternura. Y queremos oír tu voz, tan suave que espanta a los demonios, y tan fuerte que encanta a los niños.

Tú sabes cuán grande es, precisamente en estos tiempos, la necesidad de tu mirada y de tu palabra. Tú sabes bien que una mirada tuya puede conmover y cambiar nuestras almas; que tu voz puede sacarnos del estiércol de nuestra infinita miseria; tú sabes mejor que nosotros, mucho más profundamente que nosotros, que tu presencia es urgente, inaplazable en esta edad que te conoce.

(...) Viniste la primera vez para salvar; para salvar naciste; para salvar hablaste; para salvar quisiste ser crucificado; tu arte, tu obra, tu misión, tu vida es de salvación. Y nosotros tenemos hoy, en estos días grises y calamitosos, en estos años que son una condenación, un acrecentamiento insoportable de horror y dolor; tenemos necesidad, sin tardanza, de ser salvados...»[26].

Pienso que a esta entusiasta profesión de fe no llegó Giovanni Papini, si no es después de todo un largo proceso, que quién sabe si no tuvo sus orígenes en la rebeldía contra el dogmatismo ateo de su padre[27].

L´abbé Alphonse David, en el libro colectivo (ya clásico) Convertis du XXème siècle, dice que, cuando Papini publicaba el epílogo a su Historia de Cristo, su adhesión al Evangelio era ya un hecho realizado. David Strauus en Alemania y André Gide en Francia habían planteado el problema: Hoy día, en conjunto, ¿somos cristianos? Papini en general se mostraba más bien pesimista. Pensaba que el cristianismo no es un bien que se busca «en esta hora de la gran agonía de Occidente». Por el contrario, «es un bien que nunca hemos querido aceptar». Y añadía: «El cristianismo no pertenece al pasado; puede ser al mañana al que pertenezca (...) Más que una nostalgia, es con mucho una esperanza»[28].

4.2. Un «segundo nacimiento»

Contaba el propio Papini que, siendo niño, se sentía como desterrado. Su padre le había prohibido asistir al catecismo. Cuando el sacerdote católico llegaba a su escuela para la hora preceptiva de la catequesis, él salía inmediatamente al pasillo. Allí se encontraba, también, con un niño judío. Un día su compañero de destierro le preguntó:

—¿Eres protestante? ¿Tal vez un excomulgado? ¿Quién eres?

Papini no sabía bien qué responder. Por fin le dijo:

—Mi padre es ateo.

—¿Qué quiere decir ateo? –preguntó, extrañado, el pequeño judío.

Y el también pequeño Giovanni le contestó «para confundirle»:

—Un ateo es un hombre que no cree en nada.

El niño hebreo le miró «con toda la fuerza aguda de sus ojos húmedos y negros». Después le volvió la espalda y nunca más le hizo preguntas.

Pero Giovanni pensaba hacia dentro:

—Mi padre es inteligente, lee libros; por tanto lo sabe todo. ¡Debe tener sus buenas razones para prohibirme el contacto con la religión!

Su curiosidad le empujó a escuchar, detrás de la puerta, lo que el sacerdote explicaba a los niños católicos. Un día le oyó decir:

—¡Honrarás a tu padre y a tu madre!

Y el pequeño Giovanni se pasó todo el día dando vueltas a lo mismo:

—¿Y por qué a mi padre no le gusta que yo aprenda a «honrarle»?[29].

Y así, de pregunta en pregunta, aquel niño continuaba creciendo, devorando libros, intentando ser obediente a su padre al margen del Decálogo.

Menos mal que en el rostro de su mujer, y, más tarde, en el de los curtidos campesinos de Bulciano, Giovanni pudo descubrir, como en un espejo, no sólo el rostro de Dios, sino también el rostro de otra humanidad.

«Únicamente al lado de los hombres de ese pueblo mínimo y pobre es donde he vuelto a tener conciencia de mi naturaleza y de mi destino de hombre, de mi humanidad entera (...) No los siento inferiores a mí. Al contrario. Ante todo, tienen un alma igual a la mía, un alma salida del soplo de Dios y para la que Cristo ha sufrido como para todas las otras almas. Y si su alma está menos amueblada de ideas que la mía, de palabras y fantasía, posee por encima de mí la paz y la simplicidad»[30].

La gracia de Dios, sus insistentes llamadas, llegan siempre por caminos sencillos de silencio y simplicidad. En el caso de Papini esto es evidente. Hasta los símbolos cristianos le asediaban con sus llamadas al corazón.

Contaba él que una cruz negra, de madera, clavada en una roca, una cruz ni rica, ni bella, plantada delante de su casa de Bulciano, largamente contemplada en sus paseos, constituyó para él toda una revelación, un argumento, una apología. Era una cruz de madera; la cruz de los pobres y sencillos.

Un día de Semana Santa, el inquieto Papini llegó a Setignano, cerca de Florencia. Allí se encontró con una procesión. Soldados romanos, con corazas relucientes, cabalgaban a lomos de fuertes caballos. Un campesino de barba negra portaba la cruz sobre sus hombros. Las gentes se arrodillaban a su paso y hacían la señal de la cruz.

Papini quedó inmóvil, fascinado por la escena:

«Por primera vez la pasión, leída en los libros como una leyenda célebre, se me había convertido en carne, sangre y dolor; drama no recitado por comparsas enmascarados, sino por seres que iban verdaderamente a morir. Por primera vez supe que Cristo había muerto sobre una cruz de verdad»[31].

Bulciano presumía de tener dos iglesias. No eran muchas. En Italia se ven iglesias por todas partes. Un día don Rufino, el párroco (sin duda apoyado en sus buenas razones), dejó de subir a la iglesia de arriba, la que estaba fuera del pueblo, y sólo celebraba la misa en la que estaba en el centro de la villa. Esto no gustó a los que estaban acostumbrados a reunirse en la iglesia del extrarradio, y, como Papini –según creían aquellas buenas gentes– era un personaje importante e influyente, acudieron a él para que mediara en el familiar conflicto. Ni siquiera se preguntaron si Papini era creyente o no.

El escritor no tuvo más remedio que acceder, y se dirigió al buen párroco. Pero don Rufino tiró del Derecho Canónico y no se dejó convencer. Sólo si el obispo le ordenaba otra cosa, accedería; eso sí, accedería de buen grado. Papini, perseverante y conciliador, se dirigió a Arezzo a visitar al obispo, que finalmente se doblegó a los ruegos de los campesinos. La iglesia se abrió de nuevo, y los tozudos cristianos tuvieron otra vez su Eucaristía.

Comentaba Papini: «Dos domingos después, don Rufino volvió a Bulciano para decir misa. Ese domingo, allí estaba yo también»[32].

Una noche, estando en el campo, le despertó una mujer del pueblo. Venía agitada, nerviosa. El niño de una vecina suya había nacido agonizante. Debían bautizarlo enseguida...

—Pero..., ¡si yo no soy sacerdote!

—Usted puede hacerlo. ¡Venga pronto!

Papini no sabía por dónde empezar. Pidió un libro de misa, y ni siquiera sabía por dónde abrirlo. Recitó el Credo y el Padrenuestro. Luego tomó el agua que le trajeron en un recipiente pequeño, y la derramó sobre el niño que se moría. Dijo: «Ego te baptizo in nomine Patris et Filii et Spiritus Sancti». Conocía el latín y sabía lo que hacía la Iglesia en estas ocasiones.

—¡Dios os bendiga! –respondió una señora mayor, al concluir el sacramento–. ¡Habéis hecho un ángel!

Aquellas buenas gentes, en su simplicidad, opinaban que, ausente el cura, quien mejor podía hacer una tarea sacramental, como aquella, era el intelectual, «sin pensar –comentaba Papini– en el vacío de su corazón».

Y continuaba diciendo: «De la sombra de aquella habitación salí al sol, espantado, sin saber bien lo que había hecho, como si me hubiera despertado de un sueño extravagante. Y, a pesar de todo, si esas mujeres no mentían, acababa de ser el actor de un milagro: ¡yo, el ateo, había dado un ángel nuevo al paraíso!»[33].

En la Iglesia de la Santa Croce de Florencia, panteón de hombres ilustres, rodeado de las tumbas de Miguel Ángel, de Maquiavelo, de Galileo y del monumento fúnebre a Dante Alighieri (su tumba está en Ravena), Giovanni Papini tuvo otra experiencia religiosa, que le empujó por el camino de la fe: camino que, sin duda, estaba ya recorriendo:

Fueron las vidrieras del templo las que, en aquella tarde de otoño, atrajeron su atención. Clavó en ellas su mirada y la paseaba, pensativo, de unas a otras. En un momento dado, se sintió invitado a «nacer de nuevo»: a volver a la infancia.

«Si todo era verdad, si Jesús era Dios (...). Y si él existía verdaderamente, ¿no podía escuchar a aquel que le hablaba en ese instante? ¿Darle una señal? ¿No debería Él saber que mi corazón quería pertenecerle por completo y que, en secreto, este corazón era más naturalmente cristiano que lo que decían mis palabras orgullosas?»[34].

Una de las últimas vivencias que Papini nos cuenta, en su libro La seconda nascita, se refiere a un episodio conmovedor, que él titula así: La muerte de Midio.

Midio era el hijo de un amigo de Papini. Había regresado de la guerra (del frente de los Alpes) gravemente enfermo, y ahora se encontraba en un hospital de Florencia. El escritor lo visitaba con frecuencia e intentaba llevarle un poco de consuelo. Con la medicación de entonces resultaba muy difícil frenar el mal que aquejaba a Midio.

Poco a poco, Papini se fue dando cuenta de que aquel joven no era un personaje literario, extraído de alguna obra de ficción (de entre las muchas que él había devorado). Midio era de carne y hueso. Cada vez menos carne y más hueso. Midio se moría. ¿Qué respuesta tenía el escritor para Midio? ¿Qué podía aportarle él? Ninguna filosofía salvaría a Midio de su angustia, del miedo que experimentaba frente al inevitable final.

¿Qué es la vida? –se preguntaba Papini–. ¿Para qué nos preparamos mientras vivimos? ¿Y qué es la muerte? ¿El muro negro contra el que se estrellan todos nuestros proyectos? ¿Qué es la muerte? ¿La otra cara, la más sombría, de nuestra existencia? ¿Un nuevo nacimiento?

Aquel día se celebraba, precisamente, la Pascua del Señor resucitado. Como otros muchos días, Papini se dirigió al hospital a visitar a Midio.

—¿Cómo te encuentras?

—Más o menos igual. Tal vez, peor. Pero no debieras de haber venido. Hoy es una fiesta especial. ¿No deberías estar con tu familia?

—Tú también eres mi familia. Por otro lado, hoy debemos estar alegres. ¡Cristo ha resucitado!

¿Dijo esto como una frase hecha? ¿Lo dijo para aportar un poco de aliento a aquel creyente que era Midio? El caso es que Papini lo dijo, y no pensaba desdecirlo.

Midio hizo un esfuerzo por sonreír. Lo que se proclamaba en las iglesias con alborozo, acompañado del aleluya, allí sonaba de otro modo: más fuerte y contundente.

Clavó su mirada en Papini:

—¡Es verdad: Jesús ha resucitado! También nosotros resucitaremos, ¿verdad?

Entonces el escritor cayó en la cuenta de la hondura de lo que Midio acababa de decir. «Yo no sabía, yo (el ciego), que también resucitaría con Cristo». «Yo resucitaría gracias a Midio, gracias al que estaba a punto de morir y sonreía».

El día que Midio murió, Giovanni Papini se encontraba allí, en el hospital, a su cabecera. El joven abrió los ojos y reconoció al escritor. Lo miró con ternura y dijo:

—¡Oh, Giovanni!

Falleció enseguida. Nunca olvidaría Papini la última mirada del amigo muerto. Fueron aquellos ojos parecidos a los del «hermano eterno» que siempre acompañaron a Virata en su peregrinaje terreno –según cuenta, en su espléndido relato, el austriaco Stefan Zweig[35].

Comentaría más tarde Papini:

«Han pasado, después, años; se han producido cambios en mí, pero jamás he podido olvidar el rostro inocente de Midio, ni aquella voz que pronunció mi nombre con tanto amor. Ese nombre pronunciado por él en sus últimos momentos y de esa manera, resonó en mí más tarde como un llamamiento, como una invitación. Desde aquel día mi corazón fue menos malo, menos agrio que antes. Y hasta hoy rezo por él, a fin de que me perdone no haberle amado bastante»[36].

El día que las hijas de Papini hicieron la Primera Comunión, el proceso de su inicial conversión se había cerrado. Fueron muchos pequeños y significativos acontecimientos los que entre Bulciano y Florencia se dieron cita para que Cristo fuera transformando el corazón rebelde, crítico y un tanto soberbio de Giovanni Papini. Los pobres entraron en su vida como una bendición: Erminia, su mujer; don Rufino, el párroco; aquel bautismo «in extremis»; la muerte de Midio y la cruz aquella de madera, clavada en el corazón de Bulciano...

Lo demás ya lo conocen los lectores. Es su propia historia en la Historia de Cristo. Por cierto, después de su publicación no todo fueron aplausos. Algunos católicos más conservadores (curas y laicos) tal vez acostumbrados a otras historias de Cristo más dulzonas y tópicas, no entendieron el lenguaje fuerte de Papini. Así que sobre la cabeza del converso arreciaron algunas críticas a modo de tormenta. Pero también recibió reconocimientos y bendiciones, ya que el libro sería aplaudido por muchísimos católicos (sacerdotes, obispos y laicos) que entendieron el esfuerzo y mérito del escritor, recientemente converso[37].

5. Después de su conversión

A partir de comienzos de los años veinte (fecha aproximada de su conversión) Papini practicará un catolicismo combatiente, duro, polémico. Por supuesto, no abandonará su compromiso con la cultura (los libros y las artes); pero sus escritos tendrán ya un color y calor nuevos: el que imprime la fe.

5.1. Agustín, el «númida africano»

Escribirá, en 1929, una muy personal biografía (Sant´Agostino) de otro ilustre converso, Agustín de Hipona: el númida africano (como le llamaba Papini)[38]. Esta biografía no pretendía ser una paráfrasis de las Confesiones ni «una exposición completa de su pensamiento»[39]. Tan sólo intentaba Papini asomarse al alma del gran Padre de la Iglesia, a quien comparaba, en sus vuelos, a un cóndor (él se veía a su lado «como una hormiga con alas»).

S. Agustín entró en la vida de Papini, primero como escritor de obra extensa y ferviente apasionado del saber humano; pero no puede decirse que lo conoció hasta bien «avanzada la juventud» y con una salvedad: de Agustín le interesaban más «las cuestiones humanas que las divinas»[40].

«Puede decirse que, antes de volver a Cristo, san Agustín fue, con Pascal, el único escritor cristiano que yo leí con admiración no tan sólo intelectual. Y cuando yo forcejeaba por salir de los cubiles del orgullo a respirar el divino aire del absoluto, san Agustín me prestó inmensa ayuda»[41].

Le parecía a Papini que existía alguna semejanza entre san Agustín y él: ambos eran aficionados a la literatura y a la palabra, ambos buscadores de filosofías, amantes de la verdad (hasta rondarles la «tentación del ocultismo»), ambos sensuales y ávidos de fama. Pero cuando Papini descubrió por la fe a Cristo, también san Agustín adquirió para él una luminosidad nueva: «Si una vez lo admiré como escritor, hoy le quiero como un hijo quiere a su padre, lo venero como un cristiano venera a un santo»[42].

5.2. «La escala de Jacob»

La escala de Jacob (1932) es una colección de artículos, escritos por su autor entre 1919 y 1931, cuyo nexo no es otro que la visión católica del mundo y de la fe en un Dios universal.

Merece destacarse, entre estos artículos, el primero, titulado Amor y muerte (1919), cuyo tema central gira en torno al abandono, por parte de algunos cristianos, de la paradoja de la cruz (o de lo que la cruz significa) para ser sustituida por un paganismo de nuevo cuño, en el que triunfa el culto no precisamente a la belleza del Resucitado, sino al yo egoísta y violento que todos llevamos dentro. La pregunta que se hace Papini es esta: ¿La cruz llegará a coronar la esfera (el mundo) o la esfera saltará por los aires destrozada por el profesor Lucifer?[43].

El segundo artículo que inserta La escala de Jacob se titula ¿Hay cristianos? (1919), y parte de esta afirmación: Nadie, excepto los santos (pocos numéricamente) han estado dentro del evangelio (lo han vivido a fondo). Pocos «han transpuesto el límite del Reino de los cielos». No existen, pues, verdaderos cristianos (según Papini), y no «es posible retornar al evangelio, puesto que jamás hemos llegado a él». El cristianismo es «un bien que no hemos querido aceptar». El cristianismo no es algo que pertenezca al pasado; «tal vez pertenece al porvenir». Más que una nostalgia, «el cristianismo es una esperanza». La más grande originalidad para un hombre de nuestros tiempos sería la de ser cristiano. Y concluye nuestro autor con esta contundente afirmación: «Es necesario que intentemos, con un atraso de casi dos mil años, convertirnos por vez primera en cristianos»[44].

Llama la atención también su artículo La juventud del catolicismo (1927), en el que, en contra de los que sostienen que el catolicismo está muerto, él afirma que dos mil años aún es una buena edad para la Iglesia, y que el catolicismo no sólo «no está agonizando, sino que por el contrario se halla apenas en su fase de preparación y de expectativa». Cristo continúa en la vida de la Iglesia: en los sacramentos, sobre todo en la Eucaristía, pero también en la historia del devenir cristiano.

«Decidlo fuerte y gritad que nuestro Dios es un Dios joven, amigo de los niños y de los jóvenes (...) No os preocupéis si nuestros libros parecen antiguos y si nuestras iglesias están hechas de piedras seculares (...) Viejos, en cambio, son los enemigos del cristianismo. Vieja es la barbarie feroz que a cada tanto aflora en la humanidad; viejo es el paganismo que jamás ha muerto del todo en las almas bajas y mal convertidas...»[45].

Este es el problema que atenaza a Papini: el que los cristianos (él se incluía, sin duda) no estamos suficientemente convertidos. Y este es –según él– el gran problema de toda la Iglesia. Sabemos dónde está la fuente y con frecuencia andamos perdidos, lejos de Cristo, bebiendo en charcos y lodazales.

5.3. Gog, el monstruo viajero

Gog es de 1931. Todo el argumento del libro se sustenta en una ficción: un loco, llamado Gog, un monstruo «que debía tener medio siglo, alto, mal garbado, sin un solo cabello en su cuerpo», hombre rico y viajero, entrega al autor un fajo de manuscritos: «un envoltorio de seda verde». El demente supuestamente habría recogido en ellos reflexiones y experiencias de su vida: «eran apuntes sueltos, páginas de antiguos diarios, fragmentos de recuerdos, mezclados todos sin orden, sin fechas precisas, redactados en un inglés vulgar, pero bastante descifrable»[46].

«Se trata, me parece, de un documento singular y sintomático: espantoso, tal vez, pero de un cierto valor para el estudio del hombre de nuestro siglo»[47]. Es lo que le interesaba a su autor: hacer un retrato del hombre de su siglo. Pero, como el siglo que le tocó en suerte a Papini (primera mitad del siglo XX) fue bastante convulso y accidentado, el retrato que le sale resulta un tanto estremecedor y distorsionado. Las riquezas acumuladas han dado pie a que muchos caigan en la extravagancia. Unos caen, de hecho, y otros, en sueños. Todo ello le da pie a Papini para derrochar no sólo imaginación, sino también ironía y crítica, no exentas de horror y espanto.

Papini se cura en salud ya en el prólogo, y, siendo consciente de dónde está y de lo que vive después de su conversión, hace una advertencia: «Yo no puedo de ninguna manera aprobar los sentimientos y los pensamientos de Gog y de sus interlocutores. Todo mi ser, que ahora se ha renovado con mi retorno a la Verdad, no puede menos que aborrecer lo que Gog cree, dice o hace»[48].

En el comienzo del libro nos encontramos con una cita del Apocalipsis: «Satán será liberado de su cárcel y saldrá para reducir a las naciones, a Gog y Magog...»[49]. La obra suma más de cincuenta relatos breves, entre los que desfilan toda clase de personajes, algunos un tanto originales y estrafalarios, como el Duque de Hermosilla de Salvatierra, personaje imaginario («último descendiente de una de las más gloriosas familias de la vieja Castilla») que Papini sitúa en Burgos. Es curiosa la visión que de Castilla (supongo que también de España) tenía Papini: gentes de abolengo, fieles a D. Ruy Díaz de Vivar (el Cid Campeador), instaladas en un apasionado culto al pasado, toreros e inquisidores...

Después de enseñarle su curioso palacio, poblado de maniquíes con vestidos de época, en el que el Duque había «revivido» a todos sus antepasados (menos a un afrancesado), Gog-Papini decide marcharse aquella misma noche de Burgos. La visita al palacio del Duque de Salvatierra le había producido «no ya terror, sino una especie de náusea que me quitaba la respiración». «Las ventanas se hallaban cerradas, la luz era escasa y el aire apestaba a alcanfor, a moho y a Historia putrefacta»[50].

Otro de los personajes españoles con los que se encuentra Gog (y en el libro no aparece ningún español más) es don Ramón Gómez de la Serna, el famoso autor de las greguerías. Tal vez Papini lo admiraba o le tenía, cuando menos, como un personaje curioso: «lo encontré, por la noche, en el famoso Café del Pombo, rodeado de siete jóvenes morenos que fumaban cigarrillos, escuchando en éxtasis al maestro de las greguerías». «Ramón Gómez de la Serna es un señor moreno, gordo y amable, que tiene el aire de burlarse perpetuamente de sí mismo»[51]. En este capítulo, Papini aprovecha para criticar, una vez más, la codicia del tener y atesorar: «La plata, a fuerza de ser manejada por los hombres, ha adquirido la palidez opaca de los tísicos, y el oro, de tanto permanecer encarcelado en las criptas de los bancos, da señales de locura. Y con razón, pues lo hemos separado de su hermano celeste, el sol»[52].

En Detroit, Gog nos llevará a un encuentro con el padre de la industria del automóvil, Henry Ford (1863-1947). En este personaje condensa Papini la visión que él tiene del típico hombre norteamericano de negocios:

«Nadie ha comprendido bien los místicos principios de mi actividad (...) Se reducen al Menos Cuatro y al Más Cuatro y a sus relaciones: El Menos Cuatro son: disminución proporcional de los operarios; disminución del tiempo para la fabricación de cada unidad vendible; disminución de los tipos de los objetos fabricados, y, finalmente, disminución de los precios de venta. El Más Cuatro, relacionado íntimamente con el Menos Cuatro, son: aumento de las máquinas y de los aparatos, con objeto de reducir la mano de obra; aumento indefinido de la producción diaria y anual; aumento de la perfección mecánica y de los productos; aumento de los jornales y de los sueldos»[53].

Ante la pregunta de dónde sacarán los hombres de otros países dinero para comprar sus máquinas, supuesto que sus métodos de fabricación anularían, en parte, la industria de dichos países, Henri Ford responde:

«Los clientes extranjeros pagarán con los objetos producidos por sus padres y que nosotros no podemos fabricar: cuadros, estatuas, joyas, tapices, libros y muebles antiguos (...) Todo, cosas únicas que no podemos reproducir con nuestras máquinas (...) Entre los europeos y los asiáticos aumenta cada día la manía de poseer los aparatos mecánicos más modernos y disminuye al mismo tiempo el amor hacia los restos de la vieja cultura. Llegará pronto el momento en que se verán obligados a ceder sus Rembrandt y Rafael, sus Velázquez y Holbein, las Biblias de Maguncia y los códices de Homero (...), para obtener de nosotros algunos millones de coches y de motores. Y de este modo, el almacén retrospectivo de la civilización universal deberán venir a buscarlo a Estados Unidos, con gran ventaja, por otra parte, para las industrias del turismo...»[54].

Es así como, en su libro, Gog-Papini sigue asombrándonos con sus visitas y encuentros. En New Parthenon hay milagros y milagreros a domicilio; en una isla del Pacífico (¿imagen del mundo?) por cada nacimiento deberá producirse una muerte («el espanto del hambre ha hecho inventar a los oligarcas papúes un sistema estadístico muy burdo, pero preciso»); en Chicago se topan con la FOM (Friends of Mankind), una organización que, partiendo del principio de que el aumento continuo de la humanidad es contrario al bienestar de la propia humanidad (Malthus tenía razón), la organización se dedicará a hacer desaparecer racionalmente «a los que sean menos dignos de vivir»...[55]

Gog nos acompañará, también, a Ahmedabad (India) a hacer una interesante visita al Mahatma Gandhi; nos hablará de un caníbal arrepentido y de un historiador al revés; de un arquitecto de ciudades inverosímiles y de un abogado partidario de castigar a los inocentes; de un defensor y adalid de la religión de la Egolatría y de un escultor del humo; asistiremos a la compra de una República y al diseño de una fortaleza en el mar; sabremos del promotor del Instituto de Demencia Voluntaria y de una curiosa propuesta: la de fundar una cátedra especializada en Ftiriología, es decir, en piojos.

En fin, extravagancias de todo tipo. Para reír y para echarse a temblar. Una crítica despiadada de la sociedad tecnológica y del maquinismo. Todas estas extravagancias –como dije anteriormente– han sido puestas por Papini en los labios de un loco. Pero un loco no quiere decir un necio.

5.4. Dante, los católicos y el Renacimiento

Dante vivo es de 1933. Papini estaba convencido de que, a pesar de lo que se había escrito sobre el genio florentino (mayormente libros de profesores para sus discípulos o de críticos para otros críticos), faltaba profundizar en el alma del Dante a través de sus obras[56]. Es lo que él se proponía: hacer una interpretación del espíritu que latía, vivo, en la obra del autor de la Commedia[57]. Ya anteriormente Papini había denunciado la insuficiencia espiritual de los dantistas profesionales[58]. A muchos de ellos los comparaba a las hormigas encima de los leones: «podrán efectuar el reconocimiento de la melena, contar los pelos de la cola, pero no podrán contemplar entera, en toda su terrible majestad, a la gigantesca criatura»[59].

Decía él, además, que para adentrarse en Dante era necesario ser católico, artista y florentino. Quien tuviera estas tres cualidades estaba en la mejor de las disposiciones para estudiar el alma del gran clásico italiano.

En 1936 Papini fue nombrado Académico de Italia. Fue entonces cuando inició una intensa actividad en pro de las letras, participó en la confección de un vocabulario de la lengua italiana, que dirigió Giulio Bertoni. Publicó, en 1937, el primer volumen de una Historia de la literatura italiana, empresa que se vio interrumpida por sus problemas con la vista (Papini se estaba quedando casi ciego). I testimoni della Passione apareció, también, en este mismo año. Fue un año fecundo en realizaciones, ya que, gracias a Papini, Florencia tuvo un Centro de estudios para el Renacimiento.

Precisamente cinco años más tarde, en 1942, Papini publicará una serie de artículos sobre el Renacimiento (L´imitazione del Padre. Saggi sul Rinascimento)[60]. En ellos pondrá de relieve que el Renacimiento había unido, en el seno de la civilización europea, lo que nunca más debería ya separarse: a Dios y al hombre. Si en la gótica Edad media se mortificaba al hombre para alcanzar a Dios, en el Renacimiento se ensalzaba a Dios en la misma grandeza del hombre. No se exaltaba al hombre a costa de Dios, sino en la misma grandeza del hombre, criatura salida del pensamiento y de las manos del Padre, se ensalzaba al Creador.

El período de la II Guerra mundial que va de 1943 a 1944, Papini lo pasó, primero, en su querido Bulciano, y después en el convento de la Verna, donde llegó a ser terciario franciscano con el nombre de Fray Buenaventura. En abril de 1944, después del asesinato de Giovanni Gentile, profundamente abatido, rechazó su nombramiento de Presidente de la Academia de Italia. Y en octubre volvió a su casa de Florencia. Antes había sido huésped, durante un mes, del Obispo de Arezzo.

5.5. Celestino VI, un Papa imaginario

En 1947 Papini sacó a la luz sus «Cartas del Papa Celestino VI a los hombres»: una curiosa obra, en la que el autor se imaginaba un Papa, Celestino VI, supuesto sucesor del histórico Celestino V (1215-1296), el único Papa que, después de cinco meses de pontificado, abdicó por sentirse incapaz de ponerse al frente de la Iglesia (Dante en su Divina Comedia lo colocaría en el Infierno por considerarlo cobarde, a pesar de que, años más tarde, sería canonizado). Este supuesto Celestino VI, sucesor del histórico Celestino V, «fue ardiente, impetuoso, elocuente, inflamado siempre en el áureo fuego de Cristo (...) Murió mártir en los últimos días de la Gran Persecución»[61].

Las cartas, dedicadas a los hombres «con desesperada esperanza», son un toque de atención para que cada cual desarrolle su vocación aquí en la tierra, durante los años que Dios le dé vida. Están dirigidas a personas de todos los estamentos y cargos sociales: al pueblo cristiano y a los sacerdotes, a las monjas, frailes y teólogos, a los ricos y a los pobres, a los que gobiernan los pueblos y a sus súbditos, a las mujeres, poetas e historiadores, a los hombres de ciencia y a los cristianos desunidos, a los hebreos, a los sin Cristo y a los sin Dios; en fin, a todos los hombres. La cartas recuerdan, a veces, el orden que se sigue en la «plegaria universal», recitada en la liturgia del Viernes Santo, y concluyen con una bellísima «plegaria a Dios». Si la Historia de Cristo, terminaba con una conmovedora oración al propio Jesucristo, las Cartas del papa Celestino VI son rematadas con una Plegaria a Dios, que bien merece ser releída[62].

Permítaseme transcribir algunas pinceladas del pensamiento papiniano, vertido en estas cartas. No deja de ser actual en muchos aspectos. Para no extenderme, me ceñiré solamente a la carta que dirige a los teólogos:

Comienza recordando lo que significó la ciencia teológica en «otros tiempos». «La teología era entonces la emperatriz de las ciencias». El objeto de la teología ha sido siempre el más alto que la mente humana podía afrontar: «era la ciencia que hacía conocer a Dios y sus misterios». «La teología, firme y audazmente edificada (como una catedral) sobre los pilares maestros de la Revelación, de la Tradición y de la Razón». La Patrística –dice Papini– sería algo así como la «primavera de la teología»[63].

Y se pregunta Papini:

«¿Por qué, pues, la divina teología es hoy tan poco popular entre los hombres? ¿Por qué la ciencia suprema, la ciencia de Dios, es ignorada hoy incluso por los no ignorantes? ¿Por qué la vemos quedar relegada, sobre todo en nuestra Iglesia, a las clases de los seminarios y los estudios de los monasterios? (...) ¿Qué ha sucedido? ¿No se presenta jamás a vuestro ánimo la duda de si tan funesta falta de interés no será, en su mayor parte, culpa vuestra?»[64].

Evidentemente, no toda la culpa de este olvido –responde Papini– hay que echársela a los teólogos, pero sí en parte. «La verdad, dolorosa verdad, es que la vida ardiente y creadora del pensamiento se ha retirado de vosotros. Después de santo Tomás –digamos también después de Suárez– no habéis sido capaces de erigir una nueva y potente síntesis teológica»[65].

Evidentemente Papini escribe todo esto antes del florecimiento que supuso para la teología el Concilio Vaticano II. Decía él no sin razón: «En vuestro mundo cerrado no ha ocurrido nada»[66].

Las observaciones que hace a los teólogos me parecen atinadas, y su invitación a abrir la teología a los laicos, imprescindible:

«Cada siglo tiene su lenguaje, sus apetitos, sus sueños, sus problemas» (...) Cuidad «de los cristianos que se hallan fuera de las puertas claustrales y están ya acostumbrados a comidas más apetitosas e incitantes. ¿No necesitan también ellos ser invitados a la mesa en que se preparan los alimentos más necesarios para el hombre, es decir, las verdades divinas?»[67].

A pesar de estos interrogantes, hay que decir que no se muestra el Celestino VI-Papini pesimista, y, como si otease un horizonte nuevo, llega a decir:

«Espero con fe otra edad de oro de vuestra ciencia: nuevas iluminaciones de santos, nuevas intuiciones de poetas, nuevas interpretaciones de doctores, harán que la teología vuelva a ser, como en otro tiempo, la ciencia dominante de los espíritus soberanos (...) Salid alguna vez al aire libre, escuchad las voces que se alzan de las almas que padecen hambre de certeza, no creáis rebajaros por aprender algo, incluso de los no teólogos...»[68].

¿Qué dirían muchos pastores, teólogos y laicos, hoy, de esta advertencia que Papini pone en labios del imaginario Celestino VI?

«Mis predecesores os aconsejaron la prudencia, porque los más de entre vosotros eran, en tiempos, audaces en demasía. Hoy, que estáis agonizando en el muerto mar de la indiferencia y la monotonía, os exhorto a la audacia. Ya comprenderéis que no es mi intención incitaros a arriesgadas navegaciones por el negro mar del absurdo y de la herejía (...) Pero en las palabras de la Revelación se pueden encontrar nuevos sentidos, más profundos de lo que se vio hasta aquí...»[69].

El papa Juan XXIII diría algo parecido, el 11 de octubre de 1962, en el discurso de apertura del Concilio Vaticano II (Papini oiría, complacido, estas palabras desde el cielo):

«Nuestra tarea no es únicamente guardar este tesoro (el tesoro de la doctrina católica), como si nos preocupáramos tan sólo de la antigüedad, sino que también estamos decididos, sin temor, a estudiar lo que exige nuestra época, continuando el camino que ha hecho la Iglesia durante casi XX siglos (...) Esta doctrina es, sin duda, verdadera e inmutable (...), pero hay que investigarla y exponerla según las exigencias de nuestro tiempo. Una cosa, en efecto, es el depósito de la fe o las verdades que contiene nuestra venerable doctrina, y otra distinta es el modo como se enuncian estas verdades, conservando, sin embargo, el mismo sentido y significado»[70].

5.6. «El Libro negro»

En 1951, cinco años antes de su muerte, Papini vio aparecer su «Libro negro». Es la segunda parte de Gog (1934): o sea, la prolongación, doce años después, de aquellos insólitos viajes que protagonizaba el nómada imaginado que ya conocemos. Gog debió tener buena aceptación entre el público, porque Papini se decidió a escribir esta segunda parte, tan negra como la primera[71].

Nuestro autor decía que llamaba a su libro así, «negro», porque se refería a una de las más negras épocas de la historia humana[72]. ¿A qué época? Indudablemente a la época que le había tocado vivir a él: a la primera mitad del siglo XX. Un tiempo de guerras (dos mundiales en Europa) y revoluciones sociales, que iban desde la revolución científica y técnica a la revolución filosófico-religiosa de Nietzsche, que Papini conocía bien, con su «Dios ha muerto».

De la mano de Gog, su autor nos lleva, de nuevo, en primer lugar por tierras norteamericanas (América del Norte, por entonces, simbolizaba el futuro de la civilización), pero también por el continente asiático, por algunos pocos países africanos, y poco a poco nos va poniendo en contacto con los personajes más variopintos y estrafalarios. Por supuesto, viajamos también por Europa. En España nos lleva a Granada, Madrid, Toledo y Barcelona...

En Granada, Papini nos presenta un supuesto (y hasta entonces desconocido) manuscrito autógrafo de D. Miguel de Cervantes, titulado Mocedades de Don Quijote. Convierte a don Alonso Quijano, durante sus años jóvenes, en estudiante universitario de Salamanca; le hace huir de la filosofía («fatigosa y tediosa disciplina») y lo enamora de las letras y de una joven, que finalmente lo dejará por un doctor en leyes, amigo del padre de ella. Traicionado, despechado y dado que «desde su temprana niñez había sido un cristiano devoto», lo conduce a un convento de carmelitas, donde «permaneció más de un año, esforzándose por llegar a los más altos grados de perfección». Pero el espectáculo que le brindaban los monjes distaba mucho de ser edificante. «Los más eran perezosos e indiferentes (...). Algunos se mostraban arrogantes, impacientes, malignos e hipócritas. Ni siquiera faltaba alguno que se embruteciera en la ebriedad o buscara las mujeres». El Superior del convento terminó por tenerle ojeriza, y un día «lo llamó a su celda y le dijo que no estaba seguro de su vocación religiosa».

Total, que terminó por dejar los hábitos y marcharse. Seguirán las aventuras del joven don Quijote, que le permitirán a Papini hacer una crítica despiadada de la Corte de Madrid y de la conquista española de América. Terminará nuestro personaje diciendo: «Quien no conoce la juventud de Alonso Quijano no puede comprender el don Quijote de la Mancha ya maduro, ni tampoco sus generosas y desinteresadas extravagancias»[73].

En Madrid, Papini se encuentra con García Lorca, a punto de escribir «un poema sobre Ignacio Sánchez Mejías, uno de nuestros toreros más famosos». A García Lorca lo describe como poeta y pintor: «un joven de aspecto genial y viril». Y pone en sus labios estos pensamientos: «espero hacer comprender la belleza heroica, pagana, popular y mística que hay en la lucha entre el hombre y el toro». «Así como también el cristianismo enseña a los hombres a liberarse de los excesos bestiales que hay en nosotros, nada tiene de extraño que un pueblo católico como el nuestro concurra a este juego sacro, aun cuando no comprenda con claridad la íntima significación espiritual del mismo»[74].

De nuevo en Madrid, Papini, amigo de bibliotecas, nos pone en contacto con un imaginario manuscrito de Don Miguel de Unamuno sobre la «decadencia del cristianismo». «Comienza la acción cuando el mundo está a punto de ser destruido». Dos hombres se encuentran: el primero y el último. Frente a frente se contemplan Adán y el último superviviente, «una especie de autómata viviente». Adán es el hombre perfecto, recién salido de la mano de Dios, mientras que el otro es un extraño ser «mecánico, convertido en número y átomo por voluntad de la ciencia y de la masa». Ambos representan el principio y el fin de la historia humana. «En el pensamiento de Unamuno aquí está la tragedia: el primer padre no sabe qué decir al último hijo». Adán es culpable de la degradación de la humanidad, puesto que ha querido sustituir a Dios, haciéndose dios él mismo. Por tanto no puede sentirse con el derecho de reprocharle nada al último hombre deshumanizado...

La redención de Jesucristo no ha podido evitar que los hijos de Adán «continuaran siendo débiles y frágiles (...), bajo el dominio de la sangre y del orgullo». Un demonio, sin embargo, estará «dispuesto a defender al último hombre, que es hijo de nuestras obras» (las obras del mal). Pero parece que llega tarde. Palabras como culpa, redención, pecado, bien y mal han dejado de tener significado. Hasta «Dios» se ha convertido en «un concepto inútil y absurdo». Y es que, con la llegada de Kant (o con el advenimiento de la modernidad), ha comenzado una etapa nueva (y tal vez desdichada) para la humanidad[75].

Finalmente, en Barcelona, Papini se encuentra, visitando una exposición, con Salvador Dalí, en quien personifica al genio que está dando una vuelta completa al mundo, «a fin de mostrar la otra parte, el anverso, el otro lado». «Dios ha dejado su creación a medio hacer, y corresponde ahora a Salvador Dalí completarla y terminarla». Dalí se siente, incluso, «obligado a rehacer a Dios, es decir, la idea errada y baja que tienen los hombres acerca de Dios (...) Dalí es el último redentor y la pintura es su evangelio». Una locura más, según Gog-Papini. Así que «ni siquiera lo saludé, salí de la exposición y entré enseguida en un café de la Rambla para tomar una naranjada fresca»[76].

5.7. El diablo y Dios, ¿reconciliados?

En 1953 Giovanni Papini publica su polémica obra El diablo, en la que, tributario de la apocatástasis de Orígenes, defenderá con audacia teológica la rehabilitación de Satanás al final de los tiempos[77].

En Europa (sobre todo en los círculos católicos) el libro suscitó comentarios y polémicas. El diario vaticano L´Osservatore Romano publicó un artículo con el título de Una condena superflua, en el que venía a decir que, a pesar de los errores explícitos, descarados y clamorosos de la obra, El diablo papiniano carecía de importancia doctrinal y que, por tanto, «no se comprendía qué debía hacer la Iglesia con semejante libro entre las manos». El libro –según L´Osservatore– si a alguien perjudicaba, era al catolicismo de Papini, no al catolicismo en general[78].

Papini había intentado dejar claro que él era cristiano y que su libro se había escrito «con el más profundo sentido cristiano». Que nadie buscara en las páginas de su obra, lo que esta no intentaba, ni de lejos, transmitir: por ejemplo, una historia sobre las creencias acerca del Diablo; ni un tratado conceptual, según la Escolástica tradicional; ni un prontuario ascético para proteger a las almas de las asechanzas del demonio; ni, mucho menos, una defensa del Diablo. Lo que Papini intentaba con su libro era otra cosa: estudiar las verdaderas causas de la rebelión de Lucifer, que –según decía él– no eran las que comúnmente se creían...

Según Papini, las verdaderas relaciones entre Dios y el Diablo habían sido más cordiales de lo que la gente suele imaginarse. Por tanto bien podía pensarse en la posibilidad de que Satanás volviera a su condición primera. Y, ya de paso, liberara a los hombres de la tentación del mal. Decía Papini que él apoyaba siempre sus afirmaciones en el Antiguo y Nuevo Testamento, en los Padres de la Iglesia y en filósofos y escritores cristianos[79].

Después de todo –comentaba él–, ¿por qué el diablo no va a poder hacer las paces y reconciliarse con Dios?

5.8. «El Juicio universal», un libro no terminado

Parece que el Giudizio Universale iba a ser su «empresa literaria más ambiciosa»: la que latía en el pecho de Papini «desde su primera juventud»[80]. No la concluyó, y apareció editada como obra póstuma en 1957.

Se sabe, también, que la tentación de abandonar el proyecto lo rondaba con frecuencia, aunque siempre acababa retomándolo. Había puesto mucha ilusión en esta obra, en la que quería hacer desfilar ante el trono del Juez de vivos y muertos a los representantes más significativos de la humanidad, con sus errores, pasiones y problemas (y él en el papel de abogado). Pero a Papini le engañaba siempre su inmenso corazón. Al final le sorprendió la muerte con el libro en el cajón de su despacho. Un libro con muchas páginas escritas, pero inconcluso[81].

En una carta escrita a Piero Bargellini, le decía a propósito de su Juicio Universal:

«A esta [obra] que estoy escribiendo quisiera unido mi nombre, si es que lo imponente del tema y su grandeza y amplitud no sobrepasan mis fuerzas (...) Todos mis recursos y reservas de poeta, de pensador, de creyente, de moralista, de historiador, de hombre que ha vivido, intento gastarlos en este libro gigantesco y tremendo. Pide a Dios que me dé fuerzas, a fin de que no me muestre demasiado pequeño para el grandioso tema»[82].

La obra está dividida en 16 coros, precedidos por un prólogo y un epílogo: el coro de los amantes de Dios y el de los ateos; el de los apóstoles y profetas; el de los monarcas, políticos y dictadores; el coro de los delirantes; el de los papas y sacerdotes; el de los desesperados (incluidos los ángeles rebeldes y los derrotados); el coro de los pastores y campesinos; el de los brujos, locos, sabios y filósofos; el de las mujeres pecadoras; el coro de los suicidas y condenados a muerte; el de los comediantes y artistas; el de los pobres y esclavos; el de los lujuriosos y sensuales; el coro de mercaderes, artesanos y atletas; el de los narcisos y mediocres, y, finalmente el coro de los poetas y escritores...

Todos ellos van desfilando y respondiendo personalmente ante un ángel que los interroga.

Papini (quizá recordando su etapa de no creyente) rompía una lanza a favor los que no acertaron a descubrir a Dios, a su paso por la tierra:

«Nosotros te hemos negado y, sin embargo, nos atrevemos a pedirte que no reniegues ni siquiera de estos tus hijos, estos hijos parricidas, pero creados también por tu hálito y redimidos por tu sangre. Negamos, sí, tu existencia, pero tú no podrás renegar (ni siquiera contra nosotros mismos) tu esencia, que es Amor (...)»[83].

¿Pensaba Papini en el ateísmo profesado en su juventud? Casi seguro. Él había saboreado, en un momento crítico de su vida, aquel Amor que Dios es. Pero Papini sabía, también, de oscuridades y búsquedas a tientas. En su forcejeo (como Jacob con el Ángel) se había dejado vencer por el que es más fuerte. Ahora se sentía libre. Pero no podía menos de reconocer que Dios, con frecuencia, se esconde, como el sol entre las nubes, o no se manifiesta con luminosidad evidente:

«Es verdad, sí; nosotros no supimos verte, no fuimos capaces de descubrirte, no logramos reconocerte. Pero fue sólo culpa nuestra, de nosotros, gusanos ciegos (...), ¿o fue también culpa tuya, de Ti, demasiado celado y velado? Tú sabes que la fe es hija no sólo del querer (...). ¿Por qué no ayudaste, pues, a nuestra incredulidad? ¿Por qué no socorriste nuestra debilidad? (...) ¿Por qué tus escribas y tus intérpretes no fueron más límpidos, más persuasivos, más irrecusables? (...) Tú mismo nos habías creado sujetos a la duda y al error. ¿Por qué no redoblaste contra nuestra oscuridad las espadas de tu luz?»[84].

Adelantándose a lo que el Concilio Vaticano II afirmó acerca de las formas y raíces del ateísmo[85], Papini colocaba el dedo en la llaga, cuando ponía en boca de los ateos lo siguiente: «Creímos que la muerte del Dios vivo podría hacer a cada uno de nosotros más divino. Fue envidia, quizá, fueron celos, fue rivalidad de mente, lo que impulsó a uno de nosotros a asesinarte, esto es, a mutilarse a sí mismo»[86].

Es evidente que, cuando Papini dice «uno de nosotros» se refiere a Nietzsche, quien lanzara el grito de «¡Muera Dios, para que nazca el superhombre!», pero a quien nunca dejó de admirar Papini y al que defiende, después de que habla el «coro de los filósofos»:

«Mi alma era naturalmente cristiana. Tan profunda y espontáneamente cristiana, que no pudo encontrar su patria en ninguna de las Iglesias que se gloriaban de cristianas. La romana y la oriental eran, o me lo parecieron, hospicios recargados de estucos polvorientos y barrocos para refugio de almas somnolientas y retorcidas; la protestante era una tempestad helada, un pietismo debilitador o desvanecido (...) No pude soportar el horroroso tufo y buscar a Cristo bajo aquellos enmohecidos trapajos. Hube de alimentar y saciar mi alma cristiana fuera del cristianismo (...)»[87].

Y concluye, en su defensa de Nietzsche, con este reconocimiento:

«Lo mismo que Pablo, fui cegado por el violento fulgor de la revelación del Hombre-Dios. El Apóstol recobró la vista; mi razón quedó deslumbrada para siempre. Pero hoy, redimido de la locura y curado de la muerte, puedo decir, por fin, a mi Cristo. También yo tuve mi crucifixión y soy digno de vivir en Ti. Pero no te habría buscado tanto, si no te hubiese abandonado; no te hubiera hallado, si antes no te hubiese perdido»[88].

6. Concluyendo

Cuando Papini murió, en la madrugada del 8 de julio de 1956 (lo llevó a la tumba una esclerosis lateral amiotrófica), era todavía la época de Pío XII, seis años antes de que Juan XXIII convocara el Concilio Vaticano II: la gran asamblea eclesial que se abrió el 11 de octubre de 1962. Todavía, en aquella época, seguían contra Papini las acusaciones y acosos de liberales y marxistas, tachándole de fascista. No se sentían magnánimos para reconocer en él otras connotaciones, aciertos y valores. Cuando se desata una marea negra de resentimientos y odios (sobre todo, si son políticos), la peor y más podrida de las pestilencias puede anegarlo todo.

Y sin embargo, es muy difícil encasillar a hombres tan paradójicos como Papini: primero antinacionalista y después nacionalista. Ateo integral antes de convertirse al catolicismo. Admirador, primero, de las máquinas y del progreso. Y crítico, muy crítico, después, con la sociedad industrial.

Él se autodefinió como católico, artista y florentino[89]. Es verdad que escribió una Historia de Cristo, pero también escribió sobre el Diablo. Más de ochenta libros, en los que se encuentra de todo: pensamiento, teoría y crítica literaria, cuentos y novelas cortas, infinidad de artículos. Ciento cincuenta traducciones a multitud de lenguas. Pero no sólo a las más corrientes de nuestro entorno; también al árabe, al japonés, al chino, al lituano, al maltés y al yiddisch...

A pesar de sus limitaciones y excesos, ¿no merece Papini, todavía, un reconocimiento, además de una generosa y actualizada lectura? ¿Por qué, hoy, se habla y se escribe tan poco de Papini?

En todo caso, algo queda claro: hay un antes y un después de su conversión en la persona y en la obra del gran genio florentino. Cristo le cambió profundamente. No naturalmente en sus inquietudes y búsquedas. Pero sí en su visión y apreciación de la cultura y de la vida toda.

A punto de dejar este mundo escribió: «Muero un poco cada día (...), pero espero que Dios me concederá la gracia, a pesar de mis errores, de alcanzar la última jornada con el ánimo entero».

7. Obras de Papini

Muchas de estas obras fueron editadas, en su día, por la editorial Vallecchi de Florencia y muchas han sido traducidas al castellano. Las traducciones figuran a continuación de la edición original.

7.1. Obras originales

Il tragico quotidiano, Lumachi, Florencia 1906 (trad. esp., Lo trágico cotidiano y El piloto ciego, La España moderna, Madrid 1908 y Lo trágico cotidiano-El piloto ciego-Palabras y sangre [colec. dirigida por Jorge Luis Borges, con prólogo de J. L. Borges, trad. de José Miguel Velloso], Hyspamerica, Buenos Aires 1985).

La cultura italiana (con G. Prezzolini), Lumachi, Florencia 1906.

Il crepuscolo dei filosofi, Libreria Editrice Lombarda, Milán 1906; también Vallechi, Florencia 1976 (trad. esp., El crepúsculo de los filósofos [trad. de R. Ballester Escalas], Diamante-Mateu, Barcelona 1961; también, en Editorial Mundo Nuevo, Santiago de Chile 1938).

Il pilota cieco, Ricciardi, Nápoles, 1907 (trad. esp., Lo trágico cotidiano y El piloto ciego, La España moderna, Madrid 1908).

Le memorie d’Iddio, Casa Editrice Italiana, Florencia 1911 (trad. esp., Memorias de Dios y La vida de Nadie, Editorial Tor, Buenos Aires 1935).

L´altra metà, Puccini, Ancona 1911.

Parole e sangue, Petrella, Nápoles, 1912 (trad. esp., Gog, Palabras y sangre, Dante vivo [trad. de Mario Verdaguer], Plaza Janés, Barcelona 1961; también en Editorial Apolo, Barcelona 1932).

La vita di Nessuno, Baldoni, Florencia 1912.

Ventiquatro cervelli, Puccini, Ancona 1913.

Guido Mazzoni (Una stroncatura), Libreria della Voce, Florencia 1913 (después se tituló: Stroncature, Florencia 1916).

Sul pragmatismo (Saggi e ricerche) (1903-1911), Libreria Milanese, Milán 1913.

Il discorso di Roma, Edizioni di Lacerba, Florencia 1913 (después: L’esperienza futurista, Vallecchi, Florencia 1920).

Almanacco Purgativo 1914 (con A. Soffici y otros), Vallecchi, Florencia 1913.

Un uomo finito, Libreria della Voce, Florencia 1913; Un uomo finito, Scrittori Italiani, Ponte alle Grazie, 1994 (trad. esp., Hombre acabado, Biblioteca Nueva, Madrid 1923; también en Mateu, Barcelona 1961).

Il mio Futurismo, Edizioni di Lacerba, Florencia 1914 (después: L’esperienza futurista, Florencia 1919).

Vecchio e nuovo nazionalismo (con G. Prezzolini), Studio Editoriale Lombardo, Milán 1914.

Buffonate, Libreria della Voce, Florencia 1914 (trad. esp., Bufonadas [trad. de Cipriano Rivas], El Adelantado de Segovia, Madrid 1924; Osiris, Santiago de Chile, 1935).

Cento pagine di poesia, Libreria della Voce, Florencia 1915.

La paga del sabato, Studio Editoriale Lombardo, Milán 1915.

Stroncature, Libreria della Voce, Florencia 1916.

Opera prima, Libreria della Voce, Florencia 1917.

Polemiche religiose, Carabba, Lanciano 1917.

L’Europa Occidentale contro la Mittel-Europa, Libreria della Voce, Florencia 1918.

Giorni di festa, Vallecchi, Florencia 1918.

Testimonianze, Facchi, Milán 1918.

L´uomo Carducci, Zanichelli, Bolonia 1918 (trad. esp., Carducci, hombre [trad. de C. Povo-José M. Velloso-A. Lázaro Ross], en Obras II. Biografías y retratos, Aguilar, Madrid 1957, 497-599).

Chiudiamo le scuole, Vallecchi, Florencia 1918.

L´esperienza futurista, Valecchi, Florencia 1919.

Rapporto sugli l´uomini, 1919.

Poeti d’oggi (1900-1920) (con P. Pancrazi), Vallecchi, Florencia 1920; Crocetti, 1996.

Storia di Cristo, Valecchi, Florencia 1921 (trad. esp., Historia de Cristo, Fax, Madrid 1961; Edibesa, Madrid 2000; Porrúa, México 1998; Editorial Voluntad, Madrid 1924 [hay otras ediciones]).

Renato Fondi. Un costruttore, Vallecchi, Florencia 1922.

Antologia della poesia religiosa italiana, Vita e Pensiero, Milán 1923.

Dizionario dell’ uomo selvatico (con Domenico Giuliotti), Valecchi, Florencia 1923 (trad. esp., Diccionario del hombre salvaje, Editorial Selección, Buenos Aires 1924).

L’ uomo selvatico si difende. Umilissime scuse (con D. Giuliotti), Vallecchi, Florencia 1923 ; después, en La scala di Giacobbe, Vallecchi, Florencia 1932; Umilissime Scuse, Marietti, 2000.

Pane e vino. Con un soliloquio sulla poesia, Valecchi, Florencia 1926.

L’anno santo e le quattro paci, Libreria Editrice Fiorentina, Florencia 1925; ahora, en Quale giubileo?, La locusta, Vicenza 1998.

Sant´Agostino, Valecchi, Florencia 1929 (trad. esp., San Agustín, Fax, Madrid 1954; Editorial Voluntad, Madrid 1930).

Gli operai della vigna, Vallecchi, Florencia 1929 (trad. esp., Los operarios de la viña, Ediciones Fax, Madrid 1933).

Gog, Valecchi, Florencia 1931; Gog, Giunti, 1995 (prólogo de Enzo Siciliano) (trad. esp., Gog y El libro negro [trad. de Mario Verdaguer], Círculo de Lectores, Barcelona 1968; Gog, Reno, Barcelona 1965; Obras: Gog, Palabras y sangre, Dante vivo [trad. de Mario Verdaguer], Plaza Janés, Barcelona 1961; Gog y El libro negro, Porrúa, México 2005; Gog, Espasa Calpe, Madrid 2001).

I nipoti d´Iddio, Valecchi, Florencia 1932.

Maschilità, Vallecchi, Florencia 1932 (trad. esp., Masculinidad, Mateu, Barcelona 1961).

Eresie letterarie, Valecchi, Florencia 1932.

La scala di Giacobbe, Valecchi, Florencia 1932 (trad. esp., La escala de Jacob [present., trad. y notas de Héctor Delfor Mandrioni], Haviláh, San Lorenzo de El Escorial (Madrid) 1990; Exposición personal-La escala de Jacob [trad. de Alfonso Banda Moras], Luis de Caralt, Esplugas de Llobregat 1971; Plaza Janés, Barcelona 1964; Editorial Mundo Moderno, Buenos Aires 1948).

Ritrati italiani (1904-1931), Valecchi, Florencia 1932.

Gli amanti di Sofia (1902–1918), Valecchi, Florencia 1932 (trad. esp., Los amantes de la sabiduria: 1902-1918, Editora Latino Americana, México 1955).

Stroncature (1904-1931), Vallecchi, Florencia 1932.

Ritratti stranieri (1908-1921), Vallecchi, Florencia 1932 (trad. esp., Retratos, Caralt, Barcelona 1984).

Eresie Letterarie (1905-1928), Vallecchi, Florencia 1932.

Poesia in versi, Vallecchi, Florencia 1932.

Poesia in prosa, Valecchi, Florencia 1933.

Il sacco dell´Orco, Valecchi, Florencia 1933; Scheiwiller, Milán 2000.

Dante vivo, Librería Editrice Fiorentina, Florencia 1933 (trad. esp., Obras: Gog, Palabras y sangre, Dante vivo [trad. de Mario Verdaguer], Plaza Janés, Barcelona 1961; también en Apolo, Barcelona 1941).

Ardengo Soffici, Hoepli, Milán 1933.

La pietra infernale, Morcelliana, Brescia 1934.

Grandezze di Carducci, Valecchi, Florencia 1935.

Storia della letteratura italiana (Duecento e Trecento), 1937; Storia della Letteratura Italiana, vol. I (Duecento e Trecento), Vallecchi, Florencia 1937; después con el título: L’Aurora della Letteratura Italiana (Da Jacopone da Todi a Franco Sacchetti), Vallecchi, Florencia 1956 (trad. esp., Historia de la Literatura Italiana, Editorial Mundo Nuevo, Santiago de Chile 1938).

I testimoni della Passione, Valecchi, Florencia 1937; después, Marietti, Milán 1997 (trad. esp., Los Testimonios de la Pasión, Ballester, Barcelona 1947).

Italia mia, Valecchi, Florencia 1939.

Felicità di Giacomo Leopardi, Reale Accademia d’Italia Roma 1939; después, La corona d’argento, Istituto di Propaganda Libraria, Milán 1941.

Re Lear (para la música de Vito Frazzi), Ricordi, Milán 1939.

Figure umane, Valecchi, Florencia 1940 (trad. esp., Figuras humanas: retratos, [trad. de José Miguel Velloso], Luis de Caralt, Barcelona 1967.

Medardo Rosso, Hoepli, Milán 1940.

Mostra personale, Morcelliana, Brescia 1941.

Prose di cattolici italiani d’ogni secolo (con G. De Luca), Società Editrice Internazionale, Turín 1941.

L´imitazione del Padre. Saggi sul Rinascimento, Le Mounier, Florencia 1942.

Racconti di gioventù, Vallecchi, Florencia 1943.

Cielo e terra, Libreria Editrice Fiorentina, Florencia 1943.

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Passato remoto, L’Arco, Florencia 1948; después: Ponte Alle Grazie, Florencia 1994.

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Il diavolo tentato, Vallecchi, Florencia 1950.

Florencia fiore del mondo (con Soffici, Bargellini, Spadolini), L’Arco, Florencia 1950.

Le pazzie del poeta, Vallecchi, Florencia 1950.

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Concerto fantastico, Vallecchi, Florencia 1954.

Strane storie, Vallecchi, Florencia 1954; Strane Storie, Sellerio 1992.

La spia del mondo, Vallecchi, Florencia 1955 (trad. esp., Espía del mundo, Escelicer, Madrid 1963; Emecé Editores, Buenos Aires 1959).

La loggia dei busti, Valecchi, Florencia 1955 (trad. esp., La logia de los bustos [trad. de Carmen Castro], Taurus, Madrid 1959).

La felicità dell´infelice, Vallecchi, Florencia 1956; Le felicità dell’infelice. Le ultime «schegge», Edizioni di Storia e Letteratura, Roma 2006 (trad. esp., La felicidad del infeliz, Escelicer, Madrid 1957).

Il muro dei gelsomini (Ricordi di fanciullezza), Società Editrice Internazionale, Turín 1957.

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Poesia e fantasia, Vallecchi, Florencia 1958.

Dichiarazione al tipografo, Scheiwiller, Milán 1958.

Prose morali, Vallecchi, Florencia 1959.

Città felicità, Vallecchi Florencia 1960.

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Diario, Vallecchi, Florencia 1962; Diario 1900 e pagine autobiografiche sparse 1894-1902, Vallecchi, Florencia 1981 (trad. esp., Diario [trad. de Javier Fernández], Mateu, Barcelona 1964; Diario 1916-1953, Dirección de Difusión Cultural, Departamento Editorial 1985).

Scritii postumi, Vallecchi, Florencia 1966.

Le schegge, Vallecchi, Florencia 1971.

Rapporto sugli uomini, Rusconi, Milán 1978.

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7.2. Obras completas (traducidas al castellano)

Obras completas (6 vols.) Tomo I: Autobiografía. Narraciones. Poesía. Varia. Tomo II: Biografías. Retratos. Tomo III: Crítica. Apologías. Tomo IV: Religión. Filosofía. Tomo V: Autobiografía, ficción. Tomo VI: Religión, Política, Arte y Letras, (recopilación, prólogo y notas de José Miguel Velloso), Aguilar, Biblioteca de Autores Modernos, Madrid 1957.

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8. Estudios sobre la vida y obra de Papini

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Capítulo 2
Charles de Foucauld,
el explorador de los desiertos
(Estrasburgo, Francia, 1858-Tamanrasset, Argelia, 1916)
Actualidad

¿Qué puede decir al mundo de hoy la figura señera del P. Charles de Foucauld? ¿Qué puede decir, en la actualidad, a los jóvenes inquietos, insatisfechos, buscadores –como él– de toda verdad, se encuentre esta donde se encuentre? ¿Puede decir algo a los más metidos en la vorágine de los placeres, del triunfo o del poder?

Ahí siguen sus hijos, los Pequeños Hermanos de Jesús y las Fraternidades de Foucauld, suscitando simpatías, queridos y valorados cada día más por la humildad de su presencia y por la radicalidad de su testimonio. No menos que por su silencio, hecho reflexión y oración.

Ellos siguen convencidos de que el mensaje de su padre y maestro sigue estando de actualidad. Precisamente, porque conecta con el Evangelio más puro y desnudo. El evangelio de Jesucristo –como lo fue para Foucauld y para tantos otros– sigue siendo noticia de insospechada felicidad para jóvenes y gentes de todas las edades.

En el verano de 1998 se celebró en Lyon (Francia) un cursillo de y para la Fraternidad Carlos de Foucauld, que puso en evidencia, una vez más, lo que muchos ya sabíamos: la actualidad y sabiduría de este hombre, apasionado de Dios y radical seguidor, como Francisco de Asís, de las huellas del Cristo desnudo y pobre.

Me interesa, sobre todo, su itinerario espiritual. Así, Itinerario, se subtitula el libro de Jean François Six o el más reciente de Antoine Chatelard, que lleva también como subtítulo la idea de itinerario o camino. Chatelard titula su libro así: el camino de Tamanrasset. Tamanrasset, al sur de Argelia, es el lugar donde en los últimos años de su vida vivió y fue asesinado el P. De Foucauld. Estas dos obras son las que fundamentalmente me han servido de guía en mi trabajo[90].

Importa descubrir los pasos que él fue dando desde la oscuridad más negra y las lágrimas más amargas, hasta la luz más clara y plena; desde la increencia más cerrada y la indiferencia más gris, hasta la entrega más generosa y la donación más encendida. Cristo se le «apareció» igual que a Pablo de Tarso, a Francisco de Asís y a otros muchos conversos en toda su fascinante grandeza. Y se le manifestó así, como lo que Cristo es: Camino, Verdad y Vida. Pero, también Cristo se le reveló, desposado con la virtud de los hombres libres: la pobreza.

Charles lo único que hizo, después de su conversión, fue abrir de par en par las puertas a Cristo y permitirle entrar. ¡Entró y arrasó! ¡Transformó toda su vida! El cambio realizado en Foucauld fue extraordinario: él que había buscado ansiosamente los primeros puestos, las riquezas y el éxito, se situó, a partir de su conversión, entre los más últimos de entre los últimos. Es el puesto «privilegiado» que nadie ha sido capaz de arrebatar a Jesucristo. Así le había dicho e inculcado el sacerdote que más le ayudó en su «camino de perfección»: un profesor de historia, coadjutor de la iglesia Parísina de S. Agustín e ilustre conferenciante, llamado Henri Huvelin.

En la actualidad 10 congregaciones religiosas y 9 asociaciones de vida cristiana se inspiran en la espiritualidad del P. de Foucauld. Pero, más allá y más acá de las familias religiosas que se inspiran en la espiritualidad de Foucauld, más allá del tiempo transcurrido, la estrella de este hombre sigue luciendo con luz propia. No deja indiferente a nadie: ni a creyentes ni a no creyentes, ni a jóvenes ni a mayores. Cualquier hombre o mujer, con talante inquieto y buscador, encontrará un amigo en el P. Charles de Foucauld.

Que Foucauld sigue de actualidad, lo testifican la amplia bibliografía y los congresos en torno a su figura, pero sobre todo el atractivo que todavía ejercen su persona y su obra, muy especialmente entre los jóvenes[91].

Él sigue siendo un profeta en medio del desierto. Su voz es una voz discreta, pero su vida constituye un aldabonazo. Es un golpe fuerte que puede despertar conciencias anestesiadas por el egoísmo, vidas amodorradas que, muy especialmente en esta época nuestra, duermen bajo el peso de una prolongada siesta espiritual.

Su cercanía a los musulmanes pobres de Argelia abrió un nuevo camino hacia Dios, porque trató de ser un «hermano universal», un testigo del amor de Dios a todas las gentes. Bueno es recordar esto, cuando la Iglesia se esfuerza en mantener un diálogo cordial y constructivo con las grandes religiones del mundo.

¿En qué aspectos descuella todavía, después de un siglo, la personalidad de este hombre? ¿Dónde radica su genio? ¿En qué ámbitos de nuestro mundo puede, todavía, resonar su voz, sin que resulte extraña por anticuada?

1. Antes de su conversión
1.1. Un hogar accidentado

Charles de Foucauld nació en Estrasburgo, la capital de la Alsacia francesa, cerca del Rhin, el 15 de septiembre de 1858.

Mayor de dos hermanos (su hermana María nacería tres años después), vivió una infancia accidentada. Era hijo de familia aristocrática, con muchos medios económicos; pero pronto conoció la desgracia, al quedarse huérfano de padre y madre. Tenía tan sólo cinco años.

Primero perdió a su madre, la señora Elisabeth de Foucauld. Murió de un mal parto en casa del abuelo del pequeño Charles y padre de Elisabeth, el rico coronel Morlet. Se había refugiado allí con sus dos hijos, al caer gravemente enfermo de tuberculosis su marido, un «inspector de aguas y bosques». No tardaría mucho en fallecer, también, el padre de Charles, Eduardo de Foucauld. Fue en París, tan sólo cinco meses después de su mujer, lejos del hogar y con la amargura en la boca a causa de la lejanía de los suyos.

La tutela de los niños pasó al bondadoso abuelo, que rodeaba a sus nietos de cariño, pero también les consentía toda clase de caprichos. Sobre todo, a Charles, cuyo semblante y vivacidad le recordaba constantemente a su hija. De ello se aprovechaba el muchacho, que conseguía del abuelo todo lo que quería.

A los diez años, Charles se matriculó en el liceo de Estrasburgo. Sus profesores lo describían como un alumno «inteligente y estudioso». La muerte de sus padres había dejado honda huella en él, por lo que también se mostraba replegado, introvertido, taciturno.

Además del hogar del abuelo, Charles frecuentaba la casa de la hermana de su padre, la señora Inés Moitessier[92]. Sobre todo, en vacaciones. Su tía tenía una hermosa finca en Louye, cerca de Evreux, y allí Charles conversaba con su prima, María Moitessier, nueve años mayor que él...

María Moitessier llegó a ser una mujer excepcional, muy cristiana, que supo estar siempre cerca de Charles, tanto en sus años de extravío como, posteriormente, en los de vida religiosa.

Cuando estalló la guerra de 1870, Charles tenía doce años. El abuelo Morlet huyó, llevándose a sus nietos, primero a Rennes, y de allí, a Suiza. Luego vendría el desastre de Sedán, el sitio de París, la derrota, el hambre, la guerra civil. Dice Jean François Six que todos estos acontecimientos repercutieron profundamente en el ánimo del niño[93].

Concluyó la guerra y el abuelo Morlet fijó su residencia en Nancy. Allí continuaría sus estudios el jovencito Charles. Y allí hizo su Primera Comunión, unida a la Confirmación, en abril de 1872. Fue aquel un día grande para toda la familia. Se sintió valorado y querido. Su prima llegó de París y el mejor regalo se lo hizo ella: un libro de Bossuet, Élévations sur les Mystères, por el que siempre Foucauld tendría gran aprecio. En 1897, desde Nazaret, todavía recordaba el acontecimiento y el libro: «Tu recuerdo de aquel día es el primer libro que yo leí antes de mi conversión, el que me hizo entrever que acaso la religión cristiana fuera la verdadera»[94].

Con catorce años, Charles, que cursaba ya quinto, leía todo lo que caía en sus manos. Su cultura se iba ampliando; pero, tal vez por falta de orientación y acompañamiento, su fe también iba naufragando. El ambiente social, escéptico e irreligioso, nada le ayudaba. Por otra parte, le asaltaban toda clase de dudas, y así fue como terminó por caer en la increencia más absoluta. La fe de los suyos ya no le servía. Necesitaba «hombres sabios en cosas religiosas, capaces de dar razón de sus creencias», pero no los encontraba. «Nada me parecía suficientemente probado; la fe semejante por la que se rigen religiones tan diversas, me parecía la condenación de todas»[95].

A uno de sus amigos más íntimos, el geógrafo y explorador Henri Duveyrier, le resumiría así, en una carta escrita en 1892, su situación religiosa: «Fui educado cristianamente, pero desde la edad de 15 o 16 años toda fe había desaparecido en mí. Las lecturas, de las que tenía avidez, habían hecho esta obra en mí; no me alineaba con ninguna doctrina filosófica. Al no encontrar ninguna suficientemente fundada, me quedé en la duda total, alejado especialmente de la fe católica, varios de cuyos dogmas, a mi entender, chocaban con la razón...»[96].

En resumen, el joven Charles respetaba la fe de sus mayores, pero a él no le servía. Se lo decía, en 1901, a un amigo y confidente, el oficial Henry de Castries: «Henry, durante doce años he vivido sin fe alguna»[97].

Así fue como Dios llegó a desaparecer totalmente del horizonte de su vida. El nombre de Dios nada decía ya al joven Charles de Foucauld.

1.2. «Sólo piensa en divertirse»

Con la fe cristiana (tal vez no por casualidad) otros valores se iban esfumando de la vida de Charles de Foucauld. ¿Para qué esforzarse? ¿De qué servía asumir sacrificios? Había que vivir al día. Y así, sus años jóvenes transcurrían entre juergas y placeres. Apareció el egoísmo. Aprendió a aprovecharse de todo y de todos. La diosa fortuna le trataba bien. Poseía dinero, salud y hasta un título, el de vizconde.

Cuando Charles llegó a la edad redonda de los veinte años, decidió, al morir su abuelo (3 de febrero de 1878), emanciparse de los suyos. Era verdad que, con la muerte del señor Morlet, Charles se sentía más solo. Pero también era verdad que había heredado mucho dinero, y se encontraba con menos trabas, lejos de los familiares reproches, para lanzarse a una vida de desenfreno.

Dos años antes de la muerte del señor Morlet, en junio de 1876, Foucauld se presentó a un examen escrito, para entrar en la célebre Academia de Oficiales de Saint-Cyr, fundada nada menos que por Napoleón I. Entre cuatrocientos doce alumnos, aprobó con el número ochenta y dos. No estaba mal. ¿Pero qué buscaba el joven Charles en el Ejército? ¿Honores? ¿Dinero? ¿Aventuras? Tal vez un poco de todo. Veía claro que, poseyendo todo esto, sería un hombre feliz.

En la alcaldía de la ciudad francesa de Nancy, donde vivían él y su familia, firmó, en octubre de aquel mismo año, el acta de alistamiento voluntario. Dijo solemnemente, sin creérselo del todo: «Prometo servir con fidelidad y honor al Ejército, durante cinco años, a partir de este día».

¿Cinco años de disciplina no eran demasiados para un muchacho con ansias de placeres y aventuras? Sin duda, lo eran. Pero el Ejército –pensaba Foucauld– le permitiría también viajar, conocer otros lugares, salir de la vida provinciana y anodina que había llevado hasta entonces. Para un joven que sueña con triunfos y prestigios humanos, la movilidad por las colonias francesas en África (algo que entonces permitía el alistamiento en el Ejército) era una aspiración fascinante, aventurera, gloriosa.

Así fue como, el 30 de octubre, Charles de Foucauld ingresó en la Academia de Saint-Cyr. Había cumplido dieciocho años. Diez le faltaban para su conversión...

Aquellos jóvenes oficiales de la Academia militar cuidaban con esmero su persona: impecable uniforme, peculiar peinado, acicalamiento múltiple. Buscaban ideales de gloria. Sus autoridades azuzaban el fuego sentimental de la gran patria: la «grandeur de la France». Sin embargo, al vividor Charles le interesaba menos la patria que disfrutar de una vida fácil, a la sombra de los grandes discursos patrióticos.

Por otra parte –cosa curiosa– le gustaba leer literatura clásica. Le interesaban, sobre todo, los filósofos latinos y griegos de la antigüedad. Tenía muchos libros, ya que había heredado una buena biblioteca de su abuelo.

El hecho era que cada vez se iban acentuando más, en la vida de Charles, el refinamiento y la despreocupación por los deberes militares. La copiosa herencia de su abuelo le empujaba a un ansia exacerbada de vivir a lo grande: despreocupación, fiestas y derroches. Aunque más adelante se atrevería a confesar: «Experimentaba en todo ello una aplastante soledad».

Entre tanto se desahogaba por correspondencia con un amigo del colegio, Gabriel Tourdes, y le decía: «De repente me quitan mi familia, mi casa, mi tranquilidad y esa despreocupación que resulta tan dulce. Todo eso ya nunca lo volveré a encontrar...»[98].

Pero si, por un lado, experimentaba nostalgia del hogar familiar y de una amistad adolescente, un tanto posesiva, con Gabriel, por el otro lo que Charles ansiosamente buscaba eran nuevas aventuras, ambientes distintos: en definitiva, huir de la monotonía.

El 1 de octubre de 1878, el joven Foucauld inauguró su segundo año en Saint -Cyr con los galones de subteniente. No permanecería más tiempo allí. Todo estaba a punto para un traslado. Y este llegó el 15 de noviembre de aquel mismo año, fecha en la que ingresó en la Escuela de Caballería de Saumur, en el departamento de Maine y Loira (Oeste de Francia), a orillas del río Loira.

Ahora le rodeaban alimentos caros y vinos refinados, compartidos con otros compañeros, en repetidas y concurridas cenas. Metido en una situación así, fácil era adivinar que no le faltarían amigos y amigas de ocasión. Copiosamente alimentado, su grueso cuerpo apenas cabía en el bien planchado uniforme. Tenían que hacerle los trajes a la medida: algo que entre los alumnos de la Academia militar no era lo habitual.

Si, en Saint-Cyr, con frecuencia era arrestado por distraído (habitación descuidada, pantalón sucio, pelo demasiado largo) ahora, en la Escuela de Caballería de Saumur, los problemas le venían del lado de la conducta, no tanto del atuendo externo. En el aspecto externo no había problemas. El joven Charles se esmeraba: alta peluquería, sastres escogidos, lujosos zapatos. Otras eran las dificultades: el desenfreno, el derroche, las amistadas equívocas. Cuando jugaba, apostaba fuerte. Sus propinas entre los camareros eran celebradas y disputadas. Corría el dinero por sus manos...

Nada tiene de extraño que, encumbrado en este tren de vida, al joven vizconde le pesara, cada vez más, la milicia, la disciplina y monotonía de las marchas. Así que buscó una salida fácil y la encontró en la organización de una fiesta tras otra. En una inspección, llevada a cabo un año después de su llegada a Saumur, en octubre 1879, el comandante segundo de la Escuela anotaba en su cuaderno: «Espíritu poco militar; no tiene en grado suficiente el sentimiento del deber...». Por su parte, el inspector general certificaba: «Tiene distinción; ha sido bien educado. Pero tiene la cabeza ligera, y no piensa más que en divertirse»[99].

El año 1880 transcurrió para Foucauld en su nuevo destino: el 4º Regimiento de Húsares, cuya guarnición ocupaba ostentosa y triunfalísticamente todo un pueblecito del Marne, llamado Sézane. Foucauld se aburría allí como una ostra. Se refugiaba en sus ya habituales fiestas, pero no entendía del todo lo que le ocurría: seguía vacío, triste, insatisfecho. Buscando cambiar de aire y de paisaje, pidió el traslado y lo enviaron a Pont-à-Mousson. Pero, más de lo mismo: tedio militar y fiesta tras fiesta.

Una nota de la Inspección general (agosto de 1880) le concedía «carácter y juicio rectos», pero lo tachaba de inmaduro y falto de firmeza. Tal vez con una «buena dirección» se podría conseguir de él mucho más. Uno de sus camaradas, el duque de Fitz-James, decía, por entonces, que poseía un «tacto perfecto» y que deslumbraba a todos por «su vasta inteligencia y su prodigiosa memoria»[100].

En 1897, once años después de su conversión, Foucauld expresaba así los sentimientos que le embargan después de cada fiesta, cuando se encontraba solo en su habitación. Algo parecido a lo que cuenta san Agustín en sus Confesiones: «vacío doloroso», «tristeza nunca jamás sentida». Él organizaba las fiestas. «Pero, llegado el momento, las pasa en un mutismo, en un hastío, en un aburrimiento infinito...»[101].

Él pensará, más adelante, que todos estos sentimientos eran una gracia preparatoria para la conversión; pero, entonces, el joven Charles andaba lejos de saberlo. Había perdido toda referencia religiosa y vivía sumergido en el más oscuro de los ateísmos. «Mi vida comenzaba a ser una muerte»[102].

Entre tanto, seguía viviendo a lo grande, sin proyecto alguno, sin freno ni brújula. No entraba en sus cálculos el matrimonio, y, en aras de la libertad o, más bien, del libertinaje, estaba dispuesto a pagar el precio de la soledad, que combatía, como podía, con juergas y excesos.

Escribía, por estas fechas, a Gabriel Tourdes: «No sé muy bien lo que haré dentro de diez años. Probablemente ya no estaré en el ejército: empezaré mi vida de solterón solo, en alguna casita de campo; es bueno estar libre y tranquilo, pero es duro estar solo; y, sin embargo, es a eso a lo que estoy condenado por necesidad»[103].

¿Aburrimiento? ¿Insatisfacción? ¿Decepciones? Algo de esto empezaba a percibirse en las asiduas cartas que se cruzaba con su amigo Gabriel, una de las pocas personas con quien hablaba desde el corazón y la sinceridad. Luego estaba su tía, la señora Inés Moitessier, que intentaba, como podía, corregirle; pero Charles la rehuía. Hasta llegó, en ocasiones, a enfrentarse duramente con ella, aunque nunca le negó reconocimiento y gratitud[104].

A finales de 1880 su Regimiento de húsares fue destinado a África: exactamente a Sétif, una de las ciudades de Argelia, en el departamento de Constantina. Foucauld cumplía, por entonces, 22 años.

Una mujer, una tal Mimí (de la que se sabe muy poco), le acompañaba de un sitio para otro. Sus superiores le recriminaban. Pero él no hacía ningún caso. Ello le acarreaba serios avisos y sanciones ininterrumpidas. «De noviembre de 1880 a enero de 1881 pasó la mayoría del tiempo en el calabozo»[105]. Cuando cumplía sus arrestos y salía del encierro, le seguía acompañando siempre su amante. Llegó a hacer pública, en una fiesta, su unión con la joven Mimí.

Finalmente, cansados ya sus superiores de la indisciplina de Charles, le dieron oficialmente la orden de separarse de esta mujer; pero él protestó, diciendo que su vida privada nada tenía que ver con su servicio en el Ejército.

En marzo de 1881 le llegó una notificación: «Queda usted apartado del servicio militar por indisciplina, acompañada de notoria mala conducta»[106]. Deseoso de libertad e independencia, abominando de la disciplina del Ejército, regresó a Francia, y se llevó con él a su querida Mimí. Se instalaron en la hermosa villa de Évian-les-Bains, en la orilla sur del lado de Ginebra. Un verdadero paraíso para turistas adinerados.

¿Huyó del Ejército por amor a Mimí? Todos sus biógrafos coinciden en que Charles, más que amor hacia aquella mujer, lo que buscaba eran ensoñaciones y huidas. La realidad se le hacía dura, y siempre estaba buscando vías de evasión, fugas hacia paraísos que sólo existían en su florida imaginación.

1.3. Y también pensaba en la fama

En mayo de 1881 tuvo lugar la insurrección de Bou Amama, en el sur de Orán. Informado del lance, al joven Foucauld le ardía por dentro el sentimiento de aventura. Por fin, ocurría algo excitante, más allá de lo ordinario y tedioso de la vida diaria. Sus antiguos compañeros luchaban con bravura. ¿Qué hacía él en Évian, lejos de toda responsabilidad?

Sin pensarlo demasiado, abandonó a su muchacha, llegó a París, se dirigió al ministerio de la guerra y, decidido, solicitó ser readmitido de nuevo en el Ejército de Caballería. No le importaban las condiciones. Entraría, si era necesario, como soldado raso.

El 3 de junio de 1881 fue la fecha en la que regresó al Ejército. Partió inmediatamente hacia Orán. De nuevo, la huida hacia adelante. Tal vez, el deseo de grandeza, la estima propia, la necesidad de rehabilitarse ante familiares y amigos. Y lo mismo que anteriormente se había entregado al disfrute y a los placeres de la vida, ahora se lanzaba a la conquista de la fama y del buen nombre. Dice Jean François Six que Foucauld se arrojó a la campaña del Orensado con la misma intensidad que anteriormente se había lanzado a los placeres. Con la misma embriaguez[107].

Su amigo Laperrine, que le conocía bien, escribía: «En medio de los peligros y privaciones de las columnas expedicionarias, este erudito jaranero se revela un soldado y un jefe. Soportando alegremente las más duras pruebas, exponiendo constantemente su persona, preocupándose con abnegación de sus hombres, era la admiración (...) del regimiento y de los veteranos»[108].

Foucauld soportaba con alegría hambre y sed; atendía bien a sus jinetes, cuya suerte sólo pensaba en mejorar; compartía lo que tenía (poco o mucho) con ellos. «Con el agua racionada, él les cedía su parte. Daba siempre ejemplo de entrega, de valor, de inteligencia y de energía»[109]. ¿Era verdaderamente Foucauld aquel generoso y encendido soldado? ¿Era el mismo a quien sus superiores habían reprendido tantas veces?

El 2 de octubre de 1881 escribía, de nuevo, a su amigo Gabriel Tourdes. Leyendo esta carta, fácil es adivinar dónde tenía puesto su corazón el joven Charles: «Me han vuelto a destinar justamente a África como había solicitado, mas no precisamente en el regimiento que yo quería (...); pero, en fin, no he perdido gran cosa viniendo aquí, pues desde hace tres meses y medio que estoy en el 4º de Cazadores de África, no he dormido dos noches bajo techado (...) Es muy divertido: la vida de campamento me gusta tanto como me disgusta la de cuartel...»[110].

La expedición que el ejército llevó a cabo en Orán, duró diez meses. Después, el soldado Foucauld fue destinado a Màscara, siempre en el Orensado. Es el mismo Laperrine quien señala que, por entonces, comenzaban ya a cautivarle los árabes, su vida y sus costumbres. Hasta el punto que empezó a estudiar su lengua. África se le abría como un continente fascinante, digno de ser explorado...

¿Qué le quedaba a Foucauld del pasado libertino y frívolo? Apenas nada. Un cierto snobismo y una pulcra edición del más famoso de los poetas cómicos de Atenas: Aristófanes. ¿Y Dios? Dios cada vez estaba más cerca del inquieto Foucauld. Él, entonces, no lo sabía. Seguía sin fe. Pero la gracia, el don de Dios, le asediaba por todas partes. Será precisamente en África, en el silencio de sus desiertos y rodeado de la profunda religiosidad de sus gentes, donde Charles, poco a poco, irá tomando en serio la pregunta por Dios, y donde Dios le esperará para adentrarse suavemente en su corazón y transformarlo en criatura nueva.

1882 fue el año en que se desveló totalmente el Foucauld aventurero. Fue aquel año cuando se planteó explorar desiertos y montañas, tribus y poblados africanos. También aquí se manifestaba en él un deseo de grandeza, tal vez de fama; pero, ante todo, el ansia de ir cada vez más lejos, la profunda insatisfacción que experimentaba en su vida.

En una larga carta que escribirá, diez años más tarde (21 de febrero de1892), al ya citado Henri Duveyrier, amigo suyo (geógrafo y explorador), le explicaba por qué había decidido entrar en la vida religiosa, y le decía: «Entre 1881 al 1882 pasé siete u ocho meses bajo la lona en el Sahara oranés, lo cual me dejó un gusto muy vivo por los viajes, cuyo atractivo yo siempre había sentido...»[111].

Así, pues, Foucauld no podía permanecer mucho más tiempo en Màscara, donde la vida se le hacía pequeña y el horizonte se le estrechaba cada vez más. Pidió permiso para hacer un «viaje al Oriente»; pero le fue denegada la solicitud. Entonces, allí mismo, en Màscara, formuló un drástico propósito: decidió darse de baja en el Ejército (28-I-1882). Era como arrojarse al vacío sin paracaídas. El 10 de marzo le aceptaron la dimisión.

El 18 de febrero explicaba a Gabriel Tourdes por qué se iba de la milicia: «Detesto la vida de cuartel, encuentro que es un oficio que atonta, sobre todo en tiempo de paz, que es el estado habitual (...). Por eso estaba ya resuelto, desde mucho tiempo antes, a dejar cualquier día la carrera militar (...) Prefiero aprovechar mi juventud viajando; de este modo, al menos, me instruiré y no perderé el tiempo»[112].

¿Adónde se dirigirá ahora Charles de Foucauld? Inicialmente, a la ciudad de Argel. Pensaba que, sin estudiar el árabe, no podía ir muy lejos. Y, durante un año y medio, se entregó al conocimiento de este idioma y a preparar su viaje expedicionario y aventurero. A la vez entró en contacto con aquellos que le podían informar de lo que se necesitaba, para llevar a cabo un proyecto de exploración.

Entre tanto, su familia no entendía nada. Y la señora Moitessier, su tía, mucho menos. ¿Qué sentido encontrarle a este nuevo abandono del Ejército? Así que, siempre pensando en el regreso del sobrino pródigo y en corregir sus excesos, la señora Moitessier le impuso, por despilfarrador, un consejo judicial, que aceptó llevar adelante su primo, M. de Latouche. Sus parientes no entendían que aquel cabeza loca estuviera dilapidando la cuantiosa fortuna que le había dejado su buen abuelo.»En menos de cuatro años había derrochado más de ciento diez mil francos-oro de su patrimonio»[113].

Después de una entrevista con Foucauld en el viejo hogar de Nancy, M. de Latouche consiguió, al menos, que el derrochador, el hijo pródigo, se pusiera a trabajar, llevando una vida de estudiante pobre, «no gastando mensualmente más de trescientos cincuenta francos y pagándose de esta suma sus lecciones de árabe»[114].

¿Cómo acogió Foucauld lo del «consejo judicial»? Evidentemente, no con agrado; pero tampoco, con soberbia ni rebeldía insensata. Comprendía hasta cierto punto el que su familia estuviera disgustada y no entendiera sus decisiones. Al fin y al cabo, todo se lo debía a ellos. ¿Con qué derecho podía reprocharles algo? Viajó al entrañable hogar de Nancy, y allí dialogó con los suyos. Lo hizo con humildad. Les aseguró que, en adelante, no les defraudaría. Sabrían de lo que era capaz el «nuevo Charles», al orientar todas sus energías hacia el descubrimiento de personas y lugares nuevos, desconocidos para el mundo civilizado.

Bien puede pensarse que había mucho del romanticismo y del espíritu de la época en estos afanes aventureros de Charles de Foucauld. Al fin y al cabo, el siglo XIX y los comienzos del XX fueron momentos estelares en los grandes descubrimientos geográficos, en las excavaciones arqueológicas, en las exploraciones de lugares remotos, en los hallazgos de tesoros escondidos...

Y aquí tenemos, por vez primera, al joven e indómito Charles sometido de buen grado a la autoridad del explorador y conservador del Museo de Argel, MacCarthy, que le impuso una exigente disciplina, para llevar a cabo los proyectos que ilusionaban al ex-oficial del Ejército. En sus planes entraba, al menos inicialmente, explorar toda el África del Norte, Arabia Saudí y, tal vez, Jerusalén. No queriendo viajar como un turista despreocupado, su amigo, Gabriel Tourdes, le proporcionó los libros que necesitaba para las exploraciones. Foucauld se lo pidió por favor en una carta, el 18 de febrero de 1882, en la que también le informaba de sus planes[115].

Al final, centró su expedición en el Marruecos profundo y menos conocido. Marruecos, entonces, era considerado como un país peligroso y un tanto enigmático. En él se adentró el arriesgado joven, Charles de Foucauld. Tenía veinticinco años. Partió de Argel el 30 de junio de 1883, y transcurrió un año medio perdido en el país de sus sueños.

En agosto, Charles escribió una carta a su preocupada hermana, Marie de Foucauld (Madame de Blic). Le prometía que iba a cumplir su itinerario hasta el fin, porque «cuando uno se marcha diciendo que va a hacer una cosa, no hay que volverse atrás sin haberla hecho»[116]. La divisa de la familia Foucauld era precisamente esta: «Nunca hacia atrás».

Cuando regresó de su expedición, transcurrido un año, le dijo a su amigo, el duque de Fitz-James: «La cosa ha sido dura, pero muy interesante, y he triunfado»[117].

Ahora era el triunfo, el éxito en las empresas lo que verdaderamente le importaba. Se le comunicó, también, que recibiría la primera medalla de oro de la Sociedad de Geografía. Su amigo, el gran explorador Duveyrier, que acababa de publicar un libro sobre los tuaregs, le presentaba así: «No se sabe qué admirar más, si estos resultados tan bellos y útiles, o el fervor, valor y abnegación ascéticos, gracias a los cuales los ha obtenido»[118].

Efectivamente, el joven Charles había llevado a cabo aquel viaje sin ayuda del gobierno, a costa suya. Disfrazado de judío, había convivido entre gentes que tenían prejuicios sobre los hebreos. Y todo, sin tienda y sin lecho. Más aún, casi sin equipaje. Foucauld había trabajado durante once meses, afrontando el riesgo de ser descubierto y de morir asesinado. Toda una arriesgada aventura.

Con su medalla de oro, admirado internacionalmente, en este momento al vizconde de Foucauld se le abría un prometedor futuro. Y, sin embargo, todos estos triunfos no le ayudaban a progresar moralmente. Volvió a echarse en brazos de la vida fácil. Regresó un pasado que pensaba haber superado. De nuevo, esclavitudes, oscuridades e insatisfacciones. «Al volver de Marruecos, yo no valía más que unos años antes...»[119].

1.4. En el umbral de la fe

Algunos biógrafos, como Six, sitúan, al narrar la conversión de Foucauld, el umbral de su fe en julio de 1884[120].

¿Qué es lo que entonces ocurrió?

Enseguida lo veremos; pero insistamos en que lo admirable de este hombre fue su constante y tozuda búsqueda. No se estancó en superficiales harturas. No se acomodó a lo fácil. Ni el dinero, ni la fama, ni la buena vida lo retuvieron, apresado, en sus redes. Él siguió siempre en pos de sensaciones nuevas, de horizontes anchos, de ideales a la medida del corazón humano.

Habíamos dejado descansando a Foucauld, después de su viaje de explorador por tierras africanas...

Permaneció quince días en Argel, y enseguida, el 17 de junio de 1884, le vamos a encontrar de nuevo en París, desde donde se retirará a Gironda, a un castillo que en Tuquet tiene, como residencia de verano, su tía, la señora Inés Moitessier.

Allí, en la tranquilidad del campo, rodeado de las atenciones de su prima María, vizcondesa de Bondy, y después de una seria enfermedad, Charles de Foucauld empezó a recuperar la sabiduría de la bondad, el gusto por la soledad sonora, la serenidad de espíritu, el sentido del agradecimiento hacia aquellos que verdaderamente le amaban.

Así se lo decía al ya citado responsable del museo de Argel, el 19 de junio: «He llegado esta mañana del campo (...) (esta es) una tierra encantadora, todo agua, todo verdor; es más de lo que necesito para encontrarme perfectamente feliz»[121].

Soledad, en compañía de personas buenas: este fue el clima, la atmósfera espiritual que preparó la conversión del que, andando el tiempo, sería el «Hermano universal», el inspirador de los Pequeños Hermanos de Jesús. De este retiro y de la convalecencia de su enfermedad, salió un hombre más reflexivo, más maduro y equilibrado...

¿Un hombre nuevo? Todavía no. Pero Charles ya no era el joven alocado, ruidoso y despilfarrador de pocos años antes. Había empezado a saborear el silencio y el jugo de lo que es esencial en la vida.

A finales de octubre (seguimos en 1884) Charles regresó a África: volvió a Argel. Seguía siendo un oficial en la reserva. Pensaba permanecer allí unos diez meses. Entre tanto, preparó sucesivos viajes y nuevas exploraciones.

Una hija del comandante Titre le gustaba. Se trataba de una chica joven de 23 años, Marie-Margarite, que había dado el paso del protestantismo al catolicismo. Tal vez sin pensarlo mucho y queriendo organizar su vida, Charles le hizo proposiciones de matrimonio. La señorita Titre encontró en Foucauld un joven serio y seguro de sí mismo, reflexivo, cuidadoso en el vestir. Sin embargo aquella relación no llegó a prosperar. Los encuentros con la novia no eran lo bastante frecuentes como para poder hablar de un conocimiento, y María de Bondy desaconsejó a su primo seguir adelante con una relación que estimaba poco clara.

Por la propia mademoiselle Titre sabemos que Charles de Foucauld, por entonces, sentía algo así como pena de no tener fe. A la chica le había dicho un día: «Cuando nos casemos, señorita, yo la dejaré completamente libre para hacer lo que quiera en cuestión de religión; en cuanto a mí, yo no la practicaré, porque no tengo fe»[122].

A finales de 1884 Foucauld volvió a Francia. Asistió a la boda de su hermana María, que se casó con Raymond de Blic.

En marzo de 1885 lo encontramos, de nuevo, en Argel, ocupado en redactar el informe de sus viajes anteriores. El intrépido explorador deseaba verlo todo impreso. Y, a poder ser, pronto. El 24 de abril, María de Bondy, en nombre de su primo, recogió el importante premio, concedido a Foucauld, del que ya hablamos: la medalla de oro de la Sociedad Francesa de Geografía.

El resto de aquel año se le fue entre idas y venidas, de Francia a Argel. Recorrió el Sahara argelino y tunecino, porque deseaba establecer una comparación con el Sahara marroquí; visitó, en septiembre, el Mzab; en octubre llegó a Laghouat; en noviembre, con un destacamento militar, se dirigió a El Golea, un oasis que dista de Argel más de mil kilómetros. Allí instaló un palomar de palomas mensajeras. Había sido el primer francés en poner los pies en aquel lugar. La religiosidad musulmana le impresionaba vivamente, sobre todo la práctica de la hospitalidad, el sentido de Dios, la fidelidad a la oración.

Actividad la de Foucauld, continuada, intensa, casi febril.

A comienzos del año 1886 lo encontramos en Gabes, donde se embarcaba para Francia: «Pienso estar en París, el 15 o el 20 de enero, con el manuscrito preparado para la imprenta...»[123]. El 19 de febrero, después de visitar en Niza a su hermana, que había sido recientemente mamá, regresó otra vez a París...

Alquiló una habitación en la calle Miromesnil, nº 50, muy cerca de la iglesia de san Agustín y no lejos del palacio donde vivían su tía, la señora Moitessier y su prima, María de Bondy. La cabeza de Charles no paraba de dar vueltas. Pensaba ya en nuevas exploraciones. Pero de momento lo que más deseaba era ordenar las notas de sus viajes anteriores, con vistas a la publicación de su libro Reconnaissance au Maroc[124]. Debía, además, poner a punto sus mapas y preparar nuevos viajes.

Se instaló en su apartamento a lo árabe. Vestía como ellos, una chilaba, y dormía en el suelo, sobre una alfombra.

Así lo encontró la visita agraciada del buen Dios. Porque fue exactamente allí: cerca de la iglesia del también converso san Agustín. Allí, a finales de octubre de 1886, donde le esperaba, con los brazos abiertos, el buen Jesús, para regalarle la auténtica alegría de la fe: aquel tesoro, hasta entonces escondido para él y que ya nadie en el futuro le arrebataría. Charles tenía en este momento 28 años. Casi toda una vida por delante.

Pero, ¿qué ocurre realmente, en la vida de Foucauld, entre febrero y noviembre de 1886?

2. La conversión definitiva

El P. Henri Huvelin (1838-1910), director espiritual de Charles de Foucauld durante casi 25 años, en una de sus conferencias, decía, hablando de la conversión cristiana: «No se llega nunca a conocer plenamente la historia de una conversión, ni aun de la propia. Se ve bien todo lo que la ha preparado, pero nada más. La acción de nuestro Señor es en extremo variable. Se verá el hastío; pero el hastío prepara, no une (...) El mero dolor no trae consigo la conversión. Es menester el trabajo de la gracia (...) En toda conversión hay algo divino, imposible de explicar»[125].

En el caso de Foucauld, tampoco es tarea fácil investigar el momento preciso del toque final o definitivo de la gracia. Hay una preparación próxima. Y otra, remota.

Algo hemos dicho de la preparación remota: o sea, de aquellas personas (familia y, sobre todo, su prima María) y de aquellas circunstancias (encuentros en sus viajes por África con hombres y mujeres musulmanes, profundamente creyentes) que fueron preparando el terreno, para que la semilla de la fe echara sus raíces.

Me referiré ahora al desencadenante más próximo de su conversión.

2.1. «Dios mío, si existes...»

Hay una oración, mil veces repetida por el entonces espiritualmente inquieto Charles: «Dios mío, si existes, haz que yo te conozca». Entra y sale, repetidas veces, de las iglesias de su entorno Parísino. Siempre, la misma oración y siempre el silencio por respuesta. Hasta que un buen día se dirige a un sacerdote que había conocido en casa de su tía, el ya mencionado P. Henri Huvelin. Este sacerdote –Charles lo reconocería siempre– fue una importante mediación en su conversión.

Aquel día Foucauld, en el silencio y recogimiento de la Parísina iglesia de san Agustín, se dirigió al confesionario del P. Huvelin:

—No vengo a confesarme, padre. Creo que no tengo fe.

—¿Qué desea, entonces?

—Sólo le pido su bendición y que me facilite una buena instrucción religiosa. Deseo conocer los contenidos de la fe en Jesucristo...

—¿Sólo esto le ha empujado a venir hasta aquí?

—No sé, padre; supongo que también otras cosas. Hace años que llevo dando vueltas a lo mismo: una fe, que llevan en el corazón tantas y tantas personas inteligentes y buenas que conozco, no puede ser una ilusión.

—La fe no es una ilusión; es una experiencia. Pero creo que usted ya la tiene. Pascal dice aquello de «tú no me buscarías a mí, si no me hubieses encontrado ya».

El P. Huvelin y Charles de Foucauld hablaron largo rato. No sabemos todo lo que se intercambiaron. Pero sí sabemos que, al final del diálogo, el confesor invitó a ponerse de rodillas al «penitente», le impartió la absolución sacramental, y le envió, sin más, a comulgar...

Dice Marie-André, en Convertis du XXème siècle: «puesto que él deseaba creer, este hombre de buena voluntad obedece y se humilla. La respuesta divina no se hace esperar. Con la paz, la luz lo inunda. El P. Huvelin le envía enseguida a recibir la Eucaristía (...) Un nuevo Foucauld había nacido»[126].

El P. Huvelin «tuvo la amabilidad de responder a mis preguntas, la paciencia de atenderme cuantas veces quise. Me convencí de la verdad de la religión católica...»[127].

Charles de Foucauld diría muchas veces que él estaba seguro de que su vocación a la vida religiosa surgió en su interior casi a la vez que su conversión. No era hombre de medias tintas, y, aunque su familia y el mismo P. Huvelin le empujaban al matrimonio, él comenzó a hacer planes para entrar en un convento. Pero lo prudente, según le dijeron los que le querían bien, era dar tiempo al tiempo, esperar haciendo...

Otro de los caminos recorridos por Foucauld y que desembocó, gracias a la Gracia, en la fe cristiana, fue el de sus lecturas. Ya conocemos la afición de Charles a los clásicos griegos y latinos. Pero ahora lo que buscaba (y necesitaba) era instrucción católica. Conocía a filósofos y escritores que, lejos de convencerle, habían contribuido a que perdiera todo rastro de fe. Ahora leía atentamente el libro de Bossuet, titulado Elevaciones sobre los misterios, que, según podemos recordar, le había regalado su prima, el día de su ya lejana Primera Comunión: «Por azar leí algunas páginas de un libro de Bossuet, donde encontré mucho más de lo que había hallado en mis moralistas antiguos (...) Proseguí la lectura de este libro y poco a poco llegué a decirme que la fe de una mente tan grande, la que yo veía cada día muy cerca de mí, en tan hermosas inteligencias, en mi familia misma, quizá no era tan incompatible con el sentido común como me había parecido hasta entonces»[128].

Sin embargo, Bossuet sólo le ayudó en parte. Estaba de acuerdo con Bossuet en el alto valor moral del cristianismo. Pero la cuestión de fondo –¿Cristo es Dios?– todavía no la tenía del todo resuelta. Se preguntaba si, tal vez, llegaría algún día a resolverla...

Le ayudaban mucho los encuentros con el P. Huvelin, que comenzaban a ser frecuentes a partir de aquel día en que, de rodillas, recibió la absolución en el confesionario de la iglesia de san Agustín y comenzó a comulgar, empujado por la fe[129]. Pero la más profunda formación cristiana llegaría más tarde, cuando, animado por el P. Huvelin, decidió entrar en la vida religiosa.

También en la conversión de Foucauld aparece el fulgor de la llamada y la sencillez de la respuesta, como se cuenta de otros conversos, por ejemplo, de Paul Claudel, en que venos un marco exterior de lujo (una catedral, Notre-Dame) y una fuerte iluminación interior, que señala un cambio brusco de vida[130].

2.2. «¿Qué debo hacer?»

La reflexión que se hace Charles, en el transcurso de su conversión, es la siguiente: Si Dios existe, Él debe llenar de sentido toda mi vida, Él debe mostrarme cuál es su voluntad, y yo debo entregarme sin reservas a Él. «Tan pronto como creí que había Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir para Él»[131].

¿Dónde? ¿En el mundo o retirado del mundo?

La radicalidad cristiana le empujaba a lo que consideraba un estado de vida más perfecto. Quería ser religioso, no vivir más que para Dios: «Comprendí que no podía hacer otra cosa que vivir para Él». «Mi vocación religiosa data del mismo momento que mi fe (...) ¡Hay tanta diferencia entre Dios y todo lo que no es Él...!»[132].

«Yo deseaba ser religioso, no vivir más que para Dios y hacer aquello que fuera lo más perfecto, sin importar qué (...). Mi confesor me hizo esperar tres años; (...); yo mismo no sabía qué orden elegir: el Evangelio me mostró que el primer mandamiento consiste en amar a Dios con todo el corazón y que había que encerrarlo todo en el amor; cada uno sabe que el amor tiene por efecto primero la imitación; quedaba, pues, entrar en la Orden donde yo encontrase la más exacta imitación de Jesús. Yo no me sentía hecho para imitar su vida pública en la predicación: yo debía, por tanto, imitar la vida oculta del humilde y pobre obrero de Nazaret. Me pareció que nada me presentaba mejor esta vida que la Trapa»[133].

El 25 de diciembre de aquel año de gracia de1886 celebró la Natividad del Señor en la iglesia de S. Agustín. Le acompañó su prima María. Ambos comulgaron en el altar de la Virgen, donde había comulgado la mañana radiante de su conversión. Había oído decir al P. Huvelin algo que le había calado profundamente: «Nuestro Señor tomó de tal manera el último lugar, que nadie ha podido ya arrebatárselo».

Charles de Foucauld iba poco a poco entendiendo que valemos tanto cuanto amamos. Somos no lo que tenemos, sino lo que amamos. Podemos muy bien definirnos por nuestras entregas más fuertes y encendidas.

¿Por qué no seguir las huellas de Jesucristo, sobre todo en la entrega que un cristiano realiza en el estado de vida religiosa?

Al fin y al cabo, otros le siguen aún más lejos: por ejemplo, hasta la cruz del martirio. Aquel mismo año, precisamente en el África más alejada y profunda, en Uganda, murieron, martirizados por su fe, un amplio equipo de jóvenes cristianos (todos ellos de color), verdaderos atletas o campeones de Cristo[134].

En agosto de 1887 encontramos a Foucauld en el Tuquet con la señora Moitessier. Tiempo de reflexión y de reconciliación con los suyos. Lee la vida de los padres del desierto. Otra vez el desierto, como símbolo de austeridad, despojamiento, soledad libremente elegida para mejor realizar el encuentro con Dios. El destino de Foucauld será el desierto: un aventurero del desierto. Sin embargo, no sabe todavía qué orden religiosa elegir. Sabe lo que quiere, pero no sabe dónde realizarlo.

El 4 de febrero de 1888 se publicó, por fin, su esperado libro, Reconnaisance au Maroc. Pronto Foucauld reconquistaba su nombre como descubridor de mundos. Pero a él todo esto le importaba ya muy poco. Atrás quedaba una vida de triunfos humanos, y por delante se abría otra vida distinta, hecha de despojamientos y de entregas calladas.

En el prólogo que un primo de Foucauld escribió para una de las ediciones del libro, comentaba con amor y humor: «Tengo presente en la memoria a aquel primo excelente, tan dulce, siempre sonriente (...), lo que hacía que mi hermano y yo lo consideráramos venido al mundo con el único fin de que le tomáramos el pelo y nos hiciera regalos. Nos dio su equipo militar para que pudiéramos representar la comedia con otros niños. Teníamos su shako de Saint-Cyr y el gorro de batalla de Saumur. Luego, poco a poco, fueron pasando a nuestro poder todos los objetos traídos de Marruecos: pistolas, escopetas, puñales, gualdrapas de seda y, sobre todo, albornoces y chilabas...»[135].

Curiosamente aquel mismo año, Friedriech Nietzsche sacaba a la luz uno de sus más conocidos libros: El Anticristo. Mientras Foucauld se entregaba a Cristo, al que amaba profundamente, Nietzsche compadecía a aquel hebreo que –según él– había muerto demasiado prematuramente como para darse cuenta de los sueños que soñaba. A la vez, Nietzsche pronosticaba el fin del cristianismo y la «muerte de Dios». En otro lugar de Francia, el 9 de abril de aquel mismo año, una jovencita de Alençon, llamada Teresa Martín, ingresaba en el monasterio de carmelitas de Lisieux. En el futuro se la conocería como Teresa del Niño Jesús.

¡Qué diversos son los caminos de los humanos! Cada uno va por su ruta, y cada viajero tiene sus días y sus noches.

En agosto del mismo año, 1888, Charles descansaba en el castillo de la Barre, al lado de su prima, la señora de Bondy. ¡Cuánto debía al silencio, a la dulzura y bondad de su prima! El 19 del mismo mes visitaba la Trapa de Fontgombault, a unos treinta kilómetros de La Barre. Allí encontró a un hermano lego con el hábito gastado y remendado, y creyó ver en él la imagen del Cristo pobre al que Charles, precisamente, quería imitar.

Entre tanto leía apasionadamente los evangelios. Pero no todo lo veía claro. Sus estudios bíblicos no daban demasiado de sí como para despejarle dudas o responderle a preguntas. Le hubiera gustado mezclar pasajes del Corán en sus oraciones. Precisamente, en un momento histórico en que el diálogo interreligioso estaba aún lejos de la Iglesia[136]. Una cosa tenía clara, leyendo el evangelio: le seguía cautivando el Cristo de los pobres.

¿Qué quedaba de los proyectos aquellos de seguir explorando Marruecos y otros lugares de África?

Comenzaban a evaporarse, como ocurre con la niebla al elevarse el sol.

En mayo de 1888 escribió a Maupas, secretario de McCarthy en la biblioteca de Argel: «Sigo ocupándome vagamente de los países musulmanes, con intención de viajar aún por allí; leo árabe y estudio a grandes rasgos las comarcas de Levante; pero no tengo ningún proyecto fijo y no pienso salir de Francia este año»[137].

A finales de noviembre, por indicación del P. Huvelin, peregrinó a Tierra Santa. Repito: «por indicación del P. Huvelin». Él obedecía, e inicialmente emprendió el viaje sin demasiados entusiasmos. Sin embargo, este viaje fue el espaldarazo a su vocación religiosa. También, después de la correspondiente conversión, otros hombres ilustres, como Francisco de Asís o Ignacio de Loyola, se habían sentido empujados hacia el país de Jesús.

El 15 o 16 de diciembre lo encontramos en Betfagé, Betania, el Cenáculo y Getsemaní. Un poco más adelante, el 25 de diciembre, celebraba el Nacimiento de Jesús en la gruta de Belén. Jesús-Niño se le ofrecía pobre y desnudo como una invitación de seguimiento. No muy lejos, al cabo de un hora de camino, en Jerusalén, visitaba la basílica del Santo Sepulcro y el Calvario. «Es preciso, quiérase o no, cambiar de pensamientos y encontrarse otra vez al pie de la cruz»[138]. El mensaje de desasimiento y de sacrificio que significa la cruz de Jesús, asaltaba por todos los flancos su itinerario de recién convertido. Iba descubriendo, como Saulo, los designios de Dios en su vida.

El 10 de enero del año siguiente, 1889, visitó Nazaret. Ahora el encuentro lo realizó con la vida oculta, silenciosa y laboriosa de Jesús, el hijo de María y del artesano José. Se imaginaba al joven Nazareno viviendo en aquellas cuevas o descendiendo por aquellos caminos estrechos, polvorientos, encharcados en los momentos de la lluvia... («Y dijo Natanael: ¿De Nazaret puede salir algo bueno?», Jn 1,46). Otra vez, el mensaje de la sencillez de vida, del silencio y del anonimato.

Foucauld tenía ahora clarísima una cosa: elegirá, en el camino de su entrega, aquella familia u Orden religiosa que más se parezca al modelo del generoso y humilde trabajador de Nazaret. Esta idea no le abandonará nunca. Ya casi al final de su vida, el 20 de junio de 1916, en una meditación sobre Lc 2,50-51, Charles de Foucauld se detendrá en el «descendit cum eis» («descendió con ellos y vino a Nazaret y les obedecía»).

Se preguntaba Foucauld: ¿Qué hizo Jesús de Nazaret a lo largo de su vida, sino «descender» siempre? «Jesús no hizo otra cosa que bajar: bajar en la encarnación, bajar haciéndose criatura, bajar obedeciendo, bajar haciéndose pobre, abandonado, desterrado, perseguido, ejecutado, poniéndose siempre en el último lugar»[139].

El 14 de febrero de 1889 Charles de Foucauld regresaba a París. Tenía un reto o desafío: buscar cuanto antes un lugar y una comunidad religiosa donde poder vivir su fe, su llamada y su espiritualidad cristianas.

3. Después de su conversión

Entre tanto, para no precipitarse a la hora de elegir, el P. Huvelin aconsejó a Foucauld hacer un retiro en la Abadía benedictina de Solesmes. Con una carta de recomendación de su director espiritual, Charles llegaba a la histórica abadía en abril de 1889. Huvelin no ocultaba (así lo manifestaba en la carta) que a él le parecía bien que Foucauld realizara su vocación monástica en Solesmes.

3.1. Camino de la Trapa

Poco sabemos de los pormenores de este retiro espiritual. Parece que a Foucauld le llegó al alma un consejo de Dom Delatte, prior de la abadía: En las horas de tristeza es bueno acordarse de dos cosas: que Dios nos ama y que la vida no es eterna[140]. Y sin embargo Charles descubrió que aquella comunidad benedictina no era su lugar. Le orientaron, entonces, hacia la Trapa de Soligny, dado que le atraía la vida cisterciense. Le parecía más próxima al espíritu de pobreza en el seguimiento de Jesús.

El 6 de junio de 1889 el templo Parísino, dedicado al Corazón de Jesús, en la colina del Montmartre, resplandecía en toda su belleza. Se celebraba con júbilo eclesiástico la consagración de Francia al amor de Cristo, cuyo símbolo más popular es su divino corazón. Los jesuitas habían sido los encargados de difundir esta famosa devoción, de raíces tan bíblicas. A Foucauld, conocedor por experiencia del amor generoso del buen Maestro, le atraía todo lo que este corazón pregonaba y significaba. Andando el tiempo, convertiría al corazón de Jesús (coronado por una cruz) en el símbolo y distintivo de su entrega en la vida religiosa.

En el castillo de La Barre, cerca de su prima María de Bondy, transcurrieron las últimas vacaciones familiares, antes de partir para siempre hacia su retiro religioso. Por eso aquel verano, del 14 de agosto al 15 de septiembre, tuvo mucho de lágrimas y despedidas. Nunca más volvería a disfrutar de un sosegado veraneo familiar.

Una vez que Foucauld se decidió por la vida contemplativa y por una comunidad trapense, había que elegir lugar. ¿A qué Trapa dirigirse?

Con ayuda del P. Huvelin, se descartaron unas como inviables y se eligieron otras como más probables. Al fin, el joven Charles se orientó hacia la Trapa de Nuestra Señora de las Nieves, en Ardèche, uno de los monasterios más altos y fríos de Francia. Esta pequeña abadía, a la que habían alcanzado los decretos de expulsión de religiosos de 1879, poseía entonces una fundación en Siria, en Cheikhlé, cerca de Akbés. Era un pequeño priorato que, desde 1882, dirigía Dom Policarpo, antiguo abad de Nuestra Señora de las Nieves[141].

Este iba a ser su lugar: un monasterio pobre, alejado de su familia, de su patria y de todo aquello que le recordaba los extravíos de su vida pasada.

En octubre, a modo de experiencia previa, pasó diez días en Nuestra Señora de las Nieves, conociendo la nueva vida que le esperaba. Entre tanto, se iba empapando de las lecturas de santa Teresa de Jesús, sobre todo manejaba el Libro de las Fundaciones. Le entusiasmaba la santa aventurera y contemplativa de Ávila. En aquel momento, al menos, la espiritualidad carmelitana encajaba perfectamente en la sensibilidad de Foucauld. Un oportuno retiro en Clamart, en la villa jesuítica de Manresa, disipó sus últimas dudas.

Y, por fin, llegó la hora del «adiós».

3.2. Lágrimas y despedidas

Charles de Foucauld retuvo siempre, en su feliz memoria, una fecha para él inolvidable: el 15 de enero de 1890. Fue el día más largo de su vida.

Si deseaba realizar una entrega al Cristo pobre y desnudo, si optaba por una donación radical y sincera, él sabía que debía dejar atrás todo lo que había amado. Todo: «Quien ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; y quien ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí» (Mt 10,37).

¿Cristo invita a ir demasiado lejos? Tal vez. Foucauld, sin duda, pensaba que sí; pero sabía también que merecía la pena realizar este seguimiento. El tesoro escondido e inaudito de aquella parábola del Reino (cf Mt 13,44) consistía precisamente en esto: venderlo todo, para hacer un buen negocio. Él lo descubrió enseguida. Casi a la vez que su conversión. Ya señalé que, para Charles, conversión y vocación a la vida religiosa estuvieron íntimamente unidas. Como la cara y la cruz de las monedas aquellas del tesoro evangélico. Lo demás consistiría ya en coherencia y respuesta al don de Dios.

¿Lo entendieron los suyos? ¿Su familia? ¿Sus amigos? Sin duda, unos, como María de Bondy, lo entendieron y asumieron; otros, como sus amigos exploradores y militares, no demasiado. Pero probablemente todos admiraron el arrojo y la entrega de este joven decidido, valiente, alejado de las medias tintas.

Y sin embargo el corazón es el corazón. El de un joven de treinta y dos años, como era el corazón de Charles en este momento, sensible a los amores humanos, lloró lágrimas reales y se retorció antes de partir para siempre hacia su nueva vida.

Se despidió de todos y cada uno. Visitó al P. Huvelin, que se encontraba muy enfermo, en la calle Parísina de Laborde. El P. Huvelin le dio su bendición. Comulgó junto a su prima, María de Bondy, en la inolvidable parroquia de Saint-Augustin, en el altar donde había comulgado cuatro años antes, el día de su conversión.

Por la tarde en la Avenida Percier 10, residencia de su prima, las horas se hicieron lentas y dolorosas. «Yo estaba sentado junto a ti en tu salón, mirándote unas veces y otras al reloj de péndulo (...) ¡Cómo vive para mí ese día!»[142].

Llegado el momento, no pudo contener las lágrimas y se marchó llorando con el pañuelo entre las manos. Lágrimas de un alma sensible.

Foucauld dirá más adelante: «Este sacrificio me costó todas mis lágrimas, pues desde entonces, desde aquel día, ya no lloro...»[143].

Ahora conocemos cuál era la razón de este sacrificio: su amor a Cristo. Charles quiso ocultarse, perderse y despojarse..., para estar más cerca del que se ocultó, perdió y despojó por amor a los humanos.

3.3. Nuevas páginas de su vida

Fue a partir de estos años, después de su conversión y siguiendo la llamada de Cristo, primero en la Trapa (1890-1897) y después en otros lugares, cuando Charles de Foucauld comenzó a escribir las páginas más bellas de su vida. Llama la atención cómo busca siempre la pobreza, el silencio y los caminos más radicales en el seguimiento de Jesucristo[144].

Pasados siete años de vida cisterciense (su período más largo de estabilidad), parecía que tampoco encontraba allí toda la desnudez y fidelidad al proyecto evangélico con los que él había soñado. Ni en Nuestra Señora de las Nieves ni en Akbès parecía encontrar lo que buscaba.

Por eso, estando en Akbès en septiembre de 1893, escribió al P. Huvelin: «No haremos sino apartarnos más, y cada vez más, de la pobreza, de la humildad, de esa vida pequeña de Nazaret que yo he venido a buscar...».

Aquel mismo año se reunieron las congregaciones de cistercienses y de la Trapa. De estos encuentros salieron unos «Usos y Constituciones nuevos», que no convencieron del todo a Charles de Foucauld.

Fue entonces cuando el inquieto buscador sugirió la posibilidad de fundar una nueva, pequeña congregación: «¿No habría medio de formar una pequeña congregación para llevar esa vida, para vivir únicamente del trabajo de nuestras propias manos, como hacía nuestro Señor, que no vivía de colectas, ni de ofrendas (...) Quizás se podrían encontrar algunas almas para seguir a nuestro Señor en esto, para seguirle siguiendo todos sus consejos, renunciando absolutamente a toda propiedad, tanto colectiva como individual (...)».

Y, en la misma carta, hablando de la «complicada liturgia de S. Benito», hacía una observación importante, cuando todavía estaba lejos la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II: «Nuestra liturgia cierra la puerta de nuestros conventos a los árabes, turcos, armenios, etc., que son buenos católicos, pero no saben una palabra de nuestras lenguas...».

Sin alardes de fundador ni de pionero, él no quiso renunciar a lo que, después de su conversión, había buscado con todo empeño: seguir a Cristo en total disponibilidad.

Por eso dice: «¡Cuando miro al sujeto a quien le ha venido este pensamiento! (...) El sujeto, este pecador, este ser débil y miserable que usted conoce (...) Si el pensamiento viene de Dios, Él dará el crecimiento y hará venir pronto almas capaces de ser las primeras piedras de su casa, almas ante las cuales yo quedaría con toda naturalidad en la nada, que es mi sitio...»[145].

¿Qué respuesta le dio el P. Huvelin?

Hombre prudente, le aconsejó esperar. Entre tanto Foucauld seguía con sus estudios de teología; pero también se acercaba más y más a los pobres. Le impresionaba aquella miseria de las gentes de Akbès. Curiosamente, Marx publicó aquel mismo año de 1894 el libro tercero de El Capital.

En 1895 se produjeron las horribles matanzas de armenios, no lejos de donde vivía el hermano María-Alberico, que así era conocido Charles de Foucauld en la Trapa de Akbès. De todo ello levantó acta el incómodo trapense en sucesivas cartas.

El 16 de enero de 1896 escribía al P. Huvelin: «No es por mí por lo que le escribo hoy. Usted conoce sin duda los horrores que han ocurrido en estas comarcas; en nuestro convento gozamos de una profunda calma, y yo estoy tan en paz como si no existiese la tierra. Pero en este tiempo ha habido a poca distancia, en Armenia, terribles matanzas: se habla de 60.000 muertos..., y entre los supervivientes, en las ruinas de sus pueblos quemados, despojados de todo, una miseria, un hambre, un sufrimiento espantosos...»[146].

Suplicaba, a continuación, al P. Huvelin para que, «si conoce alguna persona que pueda y quiera socorrer tanta desgracia, oriente hacia ese lado su caridad»[147].

Aquel mismo año, el 2 de febrero, el hermano María-Alberico renovó sus votos, pero seguía pensando en abandonar la Trapa. Estaba convencido de que Dios le pedía algo más fuerte y exigente. El P. Huvelin le invitó a tener paciencia, a exponerlo y discernirlo con sus superiores trapenses: «Dígales sencillamente lo que piensa, hábleles a un tiempo de su estima profunda por la vida que usted ve a su alrededor y del movimiento invencible que, desde hace tiempo, haga usted lo que haga, le lleva hacia otro ideal...»[148].

Por entonces comenzó a escribir sus meditaciones sobre el Evangelio. Seleccionaba pasajes relativos a la oración y la fe. René Bazin colocó acertadamente estas reflexiones al principio de sus Escritos espirituales[149]. Son los primeros escritos suyos de estas características que se conservan. Se había deshecho de otros muchos, redactados durante su estancia en la Trapa.

Comentando la oración de Jesús en la cruz, tal y como la recoge S. Lucas en 23,46, redactó la conocida Oración de abandono: «Padre mío, me pongo en vuestras manos; Padre mío, me confío a vos; Padre mío me abandono a vos; Padre mío, haced de mí lo que os plazca; sea lo que sea, lo que hagáis de mí, os lo agradezco; gracias por todo; estoy dispuesto a todo; lo acepto todo; os doy gracias por todo, con tal que vuestra voluntad se haga en mí, Dios mío; con tal que vuestra voluntad se haga en todas vuestras criaturas, en todos vuestros hijos, en todos aquellos a los que ama vuestro corazón, no deseo nada más Dios mío; pongo mi alma en vuestras manos; os la doy, Dios mío, con todo el amor de mi corazón, porque os amo, y para mí es una necesidad de amor el darme, ponerme en vuestras manos sin medida; yo me pongo en vuestras manos con infinita confianza, porque vos sois mi Padre»[150].

4. Hacia la entrega total

En junio de 1896 Charles de Foucauld terminó la redacción del primer proyecto de congregación religiosa, que entonces se llamaba Ermitaños del Corazón de Jesús. Había escrito ya una primera regla para los que estuvieran decididos a formar una comunidad con él.

Pero al P. Huvelin le asustó no tanto la radicalidad evangélica de su «dirigido», cuanto «verle fundar». No le veía en esto, y, además, «su reglamento es absolutamente impracticable». Le escribió el 2 de agosto una carta que era toda ella una súplica dolorida. Le decía que viviera como quisiera, «pero no escriba reglas, ¡se lo suplico!». «¡Sobre todo, no funde nada! Si es usted absolutamente refractario al espíritu de S. Bernardo y de la Trapa, haga otra vida..., pero no busque compañeros, se lo suplico»[151].

Finalmente el P. Huvelin, sin verlo claro y tal vez convencido de que Charles, debido a su temperamento inquieto, nunca encontraría un lugar donde reposar tranquilo, aceptó que Foucauld dejara la Trapa.

4.1. Descender con Cristo

¿Y qué otra cosa podía hacer? Foucauld deseaba descender, bajar, y –según él– la Trapa quería hacerle subir. Por eso él pensaba que podría haber otro lugar donde realizar su vocación.

¿Otro lugar? ¿Dónde?

De momento, Roma. Es como si un diablejo se hubiera propuesto enredarle o complicarle la vida. Él, que quería «bajar», era enviado a Roma. En la Ciudad Eterna se encontró con más teología y también con más pruebas en su camino...

Era la misma Trapa la que le imponía esta prueba: debía matricularse en alguna de las universidades romanas y cursar allí estudios teológicos. El 10 de septiembre el hermano María-Alberico había recibido una carta de Dom Wyart. Le decía que se fuera a Staouëli. Staouëli era la Trapa de Argelia de la que dependía Akbès. El abad, Dom Luis Gonzaga, le daría las órdenes oportunas. Y estas órdenes por fin llegaron. No podían ser más claras: estudiar durante dos años en Roma.

Ironías de la vida: celebrará el aniversario de su conversión en la Ciudad Eterna, matriculado en la Universidad Gregoriana. Al menos –escribe a su prima– beberé «en la fuente más pura de la enseñanza religiosa»[152]. «Te das cuenta de que mis deseos no han cambiado en nada; están más firmes que nunca, pero obedezco con sencillez (...) Y con el convencimiento de que, después de esta larga prueba, se manifestará con toda claridad la voluntad de Dios...»[153].

Tres aburridísimas clases por semana de filosofía escolástica. ¡Y en latín! «En latín, para mí, que estoy tan lejos del latín...». Así lo describe J. F. Six: «Estudiante de treinta y ocho años perdido entre una turbamulta de jóvenes clérigos». Y añadía Foucauld: «Viejo, ignorante, sin hábito de latín, me cuesta mucho seguir las clases. Seré un asno en teología como en todo»[154].

A finales de enero de 1897 recibió los permisos necesarios para abandonar la Trapa y el 14 de febrero se le dispensó de los votos simples (él hizo de forma privada los votos de castidad y pobreza, prometiendo no tener nunca nada para su uso que no tuviera un obrero pobre).

Quedaba libre, por tanto, para emprender una etapa nueva de su vida. Después de todo –escribía Foucauld, no sin cierto humor– «¡qué buena ha sido Roma, para dar a mi vocación la confirmación más plena, más entera que cabe en este mundo!»[155].

En su identificación con Cristo, tenía por delante tres modelos que correspondían a las tres grandes situaciones vividas por Jesús de Nazaret: una «vida oculta» (cotidiana, sencilla, de trabajador que se gana el pan), una «vida en el desierto» (estrictamente contemplativa) y una «vida de obrero evangélico» (que correspondería a la vida activa de apostolado).

¿Por qué tipo de vida se decidirá? Pero estas «tres vidas», ¿se excluyen unas a otras?

En todo caso, todavía el 27 de enero el P. Huvelin le insistió machaconamente: «No piense en reunir almas en torno suyo, ni sobre todo en darles una regla. Viva su vida; luego, si vienen almas, vivan juntos la misma vida, pero sin reglamentar nada. Sobre este punto soy bien claro»[156].

Foucauld regresó a Tierra Santa.

4.2. Sacerdote para siempre

El 24 de febrero de 1897 llegó a Jaffa. El 10 de marzo se convirtió en el mandadero de las hermanas clarisas de Nazaret. Llevaba una bata azul. Las monjas lo acogieron, sabiendo quién era, pero él no sabía que las monjas conocían su identidad, y pensaba que lo recibían como a un vagabundo. «Vivo en una casita solitaria, situada dentro de un cercado que pertenece a las hermanas, de las que soy un criado feliz; estoy solo (...), es una ermita deliciosa, perfectamente solitaria»[157].

Aquel mismo año (1897) otros dos guiños envió Jesús a su Iglesia, para que viviera pobremente. Otros dos significativos testigos de la hermana pobreza se hicieron notar: Léon Bloy, el gran literato y también converso, publicaba La femme pauvre, y el 30 de septiembre moría pobremente la hermana Teresa del Niño Jesús y de la Santa Faz.

Teresa de Lisieux dejaba entre nosotros, como Foucauld, el perfume de su vida, el testimonio de su desasimiento, pero sobre todo su mucho amor a Cristo y esa especie de memorias espirituales que son «La historia de un alma».

El 8 de julio de 1898 el hermano Carlos, como se le conocía en este momento, realizó varios viajes a Jerusalén y visitó a las clarisas de la ciudad. La abadesa, madre Elizabeth, deseaba que se instalara en Jerusalén y así se lo propuso. Le insinuó que, tal vez, podía acoger a algunos compañeros. En definitiva, le incitó a salir del retiro de Nazaret. Es así como renació en él su instinto de fundador, y, en Akbès, a donde se había trasladado durante los meses de septiembre y octubre, comenzó a redactar una nueva regla.

El 4 de octubre regresó de nuevo a Jerusalén. El 28 decidió abandonar la regla de san Benito y la cambió por la más flexible de san Agustín. Buscaba «llevar la vida de Nazaret (...), formar una pequeña familia, un pequeño hogar monástico, pequeño, muy sencillo; nada benedictino»[158].

El 20 de febrero de 1899 el hermano Carlos volvió a Nazaret, e hizo el propósito de permanecer definitivamente allí. El P. Huvelin no ocultó su alegría por este regreso: «¡Cuánto me gusta verle en Nazaret (...) Con pena le veía dejar ese nido querido, y con alegría le digo que vuelva allí»[159].

Del 19 de marzo al 21 de mayo el hermano Carlos llevó a cabo un largo retiro y concluyó la regla. Un propósito renovado: quedarse en Nazaret. Pero..., ¡por pocos meses! Pasado algún tiempo, descubrió que necesita salir. Pensaba que allí ya no era un desconocido ni para las hermanas clarisas ni para otros. Su vida de silencio y de ocultamiento ya no era tal.

El siglo XX comenzó para el hermano Carlos con un deseo: establecerse como sacerdote-ermitaño en el monte de las Bienaventuranzas. El P. Huvelin no entendía nada. ¿De dónde, esta veleidad? Pero el hermano Carlos parecía convencido e iba respondiendo con hechos.

El plan consistía en comprar un terreno e instalarse allí, en el monte, como sacerdote. Sacerdote y ermitaño, ambas cosas. La idea –según él decía– había ido creciendo, poco a poco, dentro de él. Y –según pensaba entonces– no tenía por qué estar en contra de la perspectiva de Nazaret ni de su específica vocación. Finalmente el proyecto quedaba sólo en esto: en proyecto.

En el verano de 1900 deseaba ardientemente recibir las órdenes ministeriales, y en octubre comenzaba a prepararse para el sacerdocio. El 16 de agosto lo encontramos en Marsella y, al día siguiente, en París. Visitó al P. Huvelin, que narraba así el reencuentro: «Su atuendo era extraño, su aire muy cansado y absorto; creo que está enfermo, pero ha estado muy tierno y es un alma muy santa. Quiere ser sacerdote. Yo le he indicado los medios. Tenía muy poco, muy poco dinero, yo le he dado algo. Sabía muy bien lo que pienso (...) Pero algo muy fuerte le empuja...»[160].

Visitó, también, a sus familiares y, a primeros de septiembre, el hermano Carlos viajaba a Roma: «Siguiendo el criterio del P. Huvelin, estoy en Roma por algún tiempo, después iré también por un tiempo a Nuestra Señora de las Nieves, donde terminaré mi preparación para la ordenación, que comienzo aquí...»[161].

El 29 de septiembre llegó a Nuestra Señora de las Nieves. Allí continuó la vida de ermitaño y hasta recuperó su antiguo nombre trapense: hermano María-Alberico. Tres días antes de la Navidad se ordenaba de subdiácono en Viviers. En el retiro preparatorio, renovaba su elección: sería un obrero pobre, un imitador de la vida oculta de Jesús.

Pero, ¿dónde vivir todo esto? «Donde pueda hacer el mayor bien a las almas (...) Donde pueda fundar los ermitaños del Sagrado Corazón, primero en Tierra Santa, porque es el país de Jesús, porque es de ahí de donde nos ha venido «toda gracia»»[162].

El 23 de marzo de 1901 se ordenó de diácono en Nîmes y el 9 de junio, sacerdote en Viviers. Durante su preparación decía: «Yo tengo que poner la humildad donde nuestro Señor la ha puesto, practicarla como él la ha practicado, y para ello, practicarla en el sacerdocio, a ejemplo suyo»[163]. Para entonces había corregido ya la Regla escrita en 1898, y había sustituido la palabra «ermitaños» por «hermanitos».

Algunas otras palabras empezaban a tener importancia en el proyecto fundacional de Foucauld: por ejemplo, el adjetivo «universal» («caridad universal», «hermano y amigo universal», «fraternidad universal»). «Ermitaño» hablaba de alejamiento, de soledad; «hermano», en cambio, remitía a cercanía, proximidad, entrega a los demás: «Mis retiros de diaconado y de sacerdocio me han mostrado que esa vida de Nazaret, que me parecía ser mi vocación, había que llevarla no en Tierra Santa, tan querida, sino entre las almas más enfermas, las ovejas más abandonadas...»[164].

¿Dónde ir a buscar las almas más abandonadas? ¿Dónde encontrar a los más pobres entre los pobres? El P. Foucauld lo iba viendo claro: África volverá a ser su residencia, y Argelia, su campo de apostolado.

El P. Huvelin se mostraba entregado a la propuesta del nuevo presbítero, y el 15 de julio le escribía en estos términos: «Siga ese movimiento que le impulsa, querido hijo, no es lo que yo hubiera soñado, pero creo que es eso lo que Dios le dice, ya que no puede usted quedarse en la Trapa. Vaya donde el Maestro le llama. Bendigo sus intenciones, sus proyectos (...) Yo haré todo lo que pueda para ayudarle»[165].

El 23 de octubre Foucauld llegó a Beni Abbès, en Argelia, pueblo-encrucijada de caravanas, y allí creó una «fraternidad», no lejos del poblado.

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