Kitabı oku: «La bipolaridad como oportunidad»
La hamaca (o columpio) es una imagen que expresa la dinámica de la bipolaridad: el subir y bajar, una y otra vez, sin poder detener el vaivén emocional. Este libro presenta, en primer lugar, el desafío de plantear nuevos y provocadores interrogantes acerca de este sufrimiento. La idea esencial en la que se basa el autor es que la inestabilidad es una actividad natural del organismo; pero, bajo ciertas circunstancias y en determinadas personas, esa oscilación puede despenarse hacia el trastorno bipolar y la desdicha. En segundo lugar, no solo echa luz sobre las fuerzas que se apoderan del timón emocional de los bipolares y los hacen subir y bajar a su antojo desde la manía a la depresión, sino también propone considerar la bipolaridad como una oportunidad que se les presenta a estos pacientes de despertar sus talentos dormidos, abrirse a vínculos sanos y recuperar la alegría. De modo que la cuestión radica en hacerse nuevamente del control de la "hamaca" en la cual todos nos balanceamos por la vida. Línea tras línea, con un estilo fresco y poético, el autor va contagiándonos su fe en que esto es posible.

Eduardo Grecco nació en la Argentina y reside actualmente en México. Psicólogo, realizó estudios en Psicoanálisis y cursó seminarios de Psicología Junguiana y Transpersonal, Bioenergética y Lectura Emocional del Cuerpo. Desde hace más de una década es reconocido como maestro internacional por su trabajo de investigación y docencia de la Terapia Floral. Fue Presidente de la Asociación Iberoamericana de Terapeutas Florales. Premio Internacional de Naturopatía Benedic Lust, 2002. Autor de los libros: Muertes Inesperadas; Sexualidad, erotismo y vínculos de amor; Terapia Floral y Psicopatología y Jung y flores de Bach. Hace 13 años incorpora la investigación y atención a pacientes de bipolaridad y escribe: La bipolaridad como don, despertando el don bipolar, quien se ha subido a mi hamaca.
Eduardo H. Grecco
La bipolaridad como oportunidad ¿Quién se ha subido a mi hamaca?

Índice
Cubierta
Contratapa
Biografía del autor
Portada
Dedicatoria
Brevísimo prólogo a un no-libro
Introducción
Primera estación. La bipolaridad tiene dos caras Las dos caras de la bipolaridad Existencia y bipolaridad La trama bipolar Estabilidad y movimiento La oscilación inestable del humor Elogio a la oscilación ¿Quién se ha subido a mi hamaca?
Segunda estación. La bipolaridad y su don Despertando el don bipolar Talentos bipolares Creatividad
Tercera estación. La bipolaridad puede ser una bendición La bipolaridad como bendición Bipolaridad y poesía Espiritualidad Manía y éxtasis Bipolaridad y locura
Cuarta estación. Relaciones bipolares Ser bipolar es sentirse incomprendido ¿Por qué destruyo lo que amo? Vínculos bipolares Enredos vinculares
Quinta estación. Cuestiones terapéuticas El valor de la experiencia La báscula mental Cuando se escoge un tratamiento Sobre qué sostener un tratamiento La finalidad de un tratamiento Psicoterapia para bipolares El punto de vista del paciente Cuando se escoge a un terapeuta El paciente quiere que su terapeuta sea un poeta Lo que el terapeuta es para un bipolar
Sexta estación. Cambio de vida Plan de vida Lo que un plan de vida incluye Al principio de la vida Alimentación balanceada Respirar hasta los pies Moverse ayuda Descanso reparador
Séptima estación. Rituales y bipolaridad El bipolar y los rituales El valor de los rituales Sexo y bipolaridad
Una reflexión final
Créditos
Otros títulos de esta editorial
A mis hijos: Hernán, María Amelia y Bárbara
A Pachi
Y, en especial, a Francisco Javier que es una nueva luz que enciende mis sueños
BREVÍSIMO PRÓLOGO A UN NO-LIBRO
Permítame el lector hacer una confesión íntima y directa. No creo que éste sea un libro.
Al menos, uno al cual los hábitos y las buenas costumbres nos han conformado. Éste no es un texto con sus capítulos y páginas ordenadas para evitar, por si acaso, algún traspié en el confortable discernimiento del lector.
Es un material que se presenta, como dice el autor, organizado en siete estaciones —con todo lo mágico que el número siete y la palabra estación encarnan— que fluyen como siete pasos de un sendero de reflexión.
En realidad, está planteado con tan extraordinario ritmo y belleza que uno puede abrir la página en cualquier tramo de sus contenidos, sin otra premisa que el azar o la atracción que sin duda despierta algún título en especial. Todo ello sin perder claridad y armonía en el sentido reflexivo de cada artículo.
¿Por qué un prólogo brevísimo? Por dos razones: la primera es que en general algunos prólogos son aburridos ad nauseam, y en homenaje al lector y al autor me gustaría evitar ese pecado. La segunda es que, luego de haber leído con gran pasión esta obra de Eduardo Grecco, me parece una herejía demorar al lector su excitante tránsito por los siete senderos propuestos.
¿Quién es Eduardo Grecco? Difícil pregunta para alguien que experimenta una íntima gratitud y admiración a un maestro insólitamente circunstancial. Más complejo aún si la respuesta fluye de la palabra escrita. Lo que es transparente y preciso en el silencio del afecto, inevitablemente se fragmenta en la palabra.
Borges decía que no hay encuentros casuales sino citas. Algo así me ocurrió con Eduardo. Cuando leí por primera vez Despertando el don bipolar (digo por primera vez porque vuelvo recurrentemente a él) quedé impactado por su integridad profesional.
Su estilo literario, la mesura de sus ideas me hacían intuir a un hombre en quien podía confiar y ser capaz de honrar mi confianza. Luego, como sucede con las personas abiertas y sencillas, fue muy fácil intercambiar con él algunos correos electrónicos. Después, la “cita” borgeana se tornó real. Para ese entonces le había comentado que se iba a publicar un libro mío. Él me aclaró que justamente en noviembre viajaría a Buenos Aires. Yo le dije que la presentación del libro se haría en un auditorio de la calle Florida. Entonces unos días antes nos encontramos. Nos saludamos como si hubiésemos retomado una amistad truncada veinte años atrás. Almorzamos en un recoleto restaurante del microcentro. De inmediato supe que me hallaba ante alguien intelectualmente íntegro, un poeta capaz de descarnar la belleza y la crueldad humana con los ojos vulnerables e inocentes de un niño.
Hablamos sin prisa, sin apremios. Creo que me sentí por un instante como un paciente confiado ante su médico querido. Es interesante de dónde proviene la palabra médico: Medeos —actitud compasiva de una persona que cuida a otra. Eduardo es en esencia una persona compasiva que no necesita imagen alguna para relacionarse con el otro. Es sólo tal como es. No es imagen ni personaje, es alguien que está con uno en total silencio aunque se le escuche hablar. Las imágenes de Eduardo aparecen después de conocerlo, sólo cuando él no está. Pero las imágenes son palabras, algunas proyecciones del afecto evocado. Si el lector las necesita, ahí va la pregunta:
¿Qué imágenes evocan en usted palabras como: serena escucha, tibieza gestual, empática ternura, lúcido miramiento, inclusión total del otro, plenamente el otro (hétero) intensamente escuchado? ¿Qué descripción podría ajustarse plenamente a un psicoanalista cuyos trabajos desnudan su alma en el sufrimiento (la visión del paciente, su totalidad, su subjetividad) más que en la enfermedad, en la sanación de una persona sojuzgada por el miedo, más que en el éxito terapéutico?
Siento que la mejor manera de aproximar la ética de Eduardo Grecco al lector es ceder al impulso de transcribir un párrafo de uno de sus breves artículos: “Cuando se escoge a un terapeuta” (pág. 92).
Cuando uno escoge a un terapeuta, debe ser uno el que escoge. Ni la familia, ni los amigos, ni la desesperación, ni “el que sea”. Elegir a un terapeuta es tomar la decisión de enfrentarse a un espejo que nos va a devolver la imagen que de nosotros no queremos ver. Entonces, cuando estén pensando en elegir a un terapeuta, un hermano mayor que los guíe a la libertad, que los ayude a romper con la esclavitud de sus desdichas, no piensen en títulos académicos u honores profesionales: sólo piensen en si esa persona es alguien a quien ustedes pueden amar y alguien capaz de amarlos. ¿Por qué? Porque las técnicas curan, pero lo que realmente sana es la relación. Y es por eso que el epígrafe de San Agustín que elegí para este tema tiene tanta relevancia a cuenta de dar explicación de un fracaso terapéutico: el terapeuta no ha estado con el paciente cuando el paciente estuvo allí dando lo mejor que podía dar: su presencia. Ésta es la primera causa de que las cosas no funcionen en un tratamiento terapéutico.
Es todo. Espero que usted, amable lector, disfrute como yo el remanso terapéutico que propone esta obra. Los siete senderos del no-libro La bipolaridad como oportunidad - ¿QUIÉN se ha subido a mi hamaca? es una maravillosa bendición para pacientes, familiares, especialistas en esa encerrona trágica llamada bipolaridad, y para quien desee asomarse al miedo bipolar y a su sanación desde una perspectiva que Kahlil Gibran propone bellamente:
Eres bueno cuando eres uno contigo mismo.
Sin embargo, cuando no eres uno
contigo mismo, no eres malo.
Juan Magliano
Buenos Aires, primavera de 2006
INTRODUCCIÓN
La unidad no es una propiedad del mundo sino su tarea. Hacer del mundo una unidad es nuestro trabajo sin fin.
Martín Buber
Lo que ha sucedido en estos años en torno al trabajo que se desarrolla sobre la bipolaridad es sorprendente. Cada día es mayor el número de personas que toman conciencia de su propia inestabilidad emocional y que, como consecuencia, dejan de estigmatizar a aquellos otros que han sido diagnosticados con este término clínico. Del mismo modo, cada día crece el número de profesionales del arte de curar que enfocan el tratamiento del trastorno bipolar desde un paradigma holístico.
Sin embargo, aún es mucho lo que falta por hacer; pero si recapitulamos algunos de los avances logrados en este territorio —de los cuales dejamos de lado todo lo concerniente a los enfoques y aportes provenientes de las neurociencias y los avances farmacológicos, no porque no sean importantes sino, simplemente, porque exceden el marco de este texto—, creo que un buen punto de partida, para hacer un balance de la situación actual, es observar cómo la sociedad ha comenzado a comprender que la bipolaridad es un problema de salud, no más dramático, aunque sí más complejo, que una gripe.
En la medida en que se le quita dramatismo, la bipolaridad deja de ser percibida con temor y comienza a ser aceptada como un acontecer posible y común de la vida, y quien la padece tiene la opción de contemplarla no ya como una dolencia irreparable sino como un conflicto que puede llegar a mitigarse y resolverse. A esto ha contribuido, de un modo significativo, el siguiente hecho: poco a poco ha dejado de ser sostenible el concepto que hacía de la bipolaridad parte de la psicosis, en tanto se reconoce que la mayoría de los pacientes bipolares son neuróticos y, a veces, inclusive, apenas un poco.
El replanteo sobre la naturaleza de la condición clínica de la bipolaridad y su ubicación diagnóstica condujo a la necesidad de forjar el concepto de espectro bipolar, esto es, reconocer que existe una serie de manifestaciones conductales, sintomáticas y/o físicas ligadas a la bipolaridad o que son perfiles encubiertos de ella, tales como el pánico, el déficit atencional, la adicción, la hiperkinesis, epilepsia, entre otras. El concepto de zona o banda, que propone una mirada dimensional del trastorno bipolar, permitió no sólo reunir en un mismo grupo formas diversas conectadas a un mismo tronco común, sino también descubrir que ciertas manifestaciones de este grupo no son ni siquiera disfuncionales como ocurre con la disposición particular al pensamiento en imágenes y la curiosidad.
Uno de los resultados de este recorrido por el cual se está transitando es que los terapeutas vamos advirtiendo que la bipolaridad es una modalidad normal de funcionamiento del organismo (tanto en su registro psíquico como en el biológico), funcionamiento que si bien puede despeñarse hacia un territorio patológico, es, también, el que da cuenta de procesos y fenómenos tales como la creatividad, la intuición y el éxtasis.
¿Qué implicaciones tiene esta propuesta? Que el encendido bipolar, en cualquiera de sus dos extremos, no es algo en sí mismo anómalo o malsano, ni patrimonio de quienes se desvían de la salud. Por el contrario, se trata de un molde —a la par fisiológico y emocional— gracias al cual determinados circuitos psicofísicos se encienden de forma hipersincrónica permitiendo la emergencia, en la persona, de una compleja manera de comprensión de la realidad que refleja la presencia de un dinamismo cerebral evolucionado. Este encendido se acompaña de una alteración de la conciencia habitual y puede descarriarse en diversas manifestaciones de la enfermedad, como las que ya hemos mencionado; pero, en su forma genérica, representa un estado alterado de conciencia sin ninguna connotación patológica.
Mas allá de estos dos últimos territorios de transformación mencionados —espectro y encendido bipolar— donde el efecto de cambio puede tener a corto plazo implicancias decisivas sobre el modo en que se concibe y trata la bipolaridad, el descubrimiento de los dones que se esconden detrás de la inestabilidad emocional, el replanteo de la meta terapéutica de la estabilidad como fin de todo tratamiento y la admisión de que ser bipolar es un modo de ser en el mundo, constituye el paso cualitativamente más gigantesco sobre el que se está montando la revolución clínica en torno de la bipolaridad. Sobre estos ejes he insistido, a lo largo de los años, en la investigación y la práctica, y las aproximaciones que sostengo en estos temas quedaron plasmadas en los libros Muertes inesperadas, Los afectos están para ser sentidos, La bipolaridad como don y Despertando el don bipolar.
El presente libro incluye varias notas y una serie de fragmentos desgrabados, de talleres y seminarios dictados en España, Italia, Argentina, Chile, México, Costa Rica y Nicaragua, así como breves segmentos de mis libros anteriores que considero oportuno reiterar aquí. En su conjunto, todos estos textos tienen la virtud de presentar de una manera fresca y dinámica una enseñanza que he tratado de trasmitir sobre la bipolaridad y que supone una concepción del hombre, la enfermedad, la salud y la cura. Por otra parte, también, son respuestas a preguntas que los bipolares y sus familias se hacen permanentemente.
Todo este material se presenta organizado en siete estaciones —con todo lo mágico que el número siete y la palabra estación encarnan— que fluyen como siete pasos de un sendero de reflexión. Sin embargo, dada la naturaleza de sus contenidos, puede leerse sin otro orden que el que dicta la intuición o la atracción de algún título en especial.
Hay en este libro algunos párrafos surgidos de la pluma de una lectora visceral e implacable de mis originales: Susana Rabbufeti Pezzoni, quien me acompaña, desde hace muchos años, en el proceso de corrección y prearmado de la mayoría de mis escritos antes de su publicación. Ella es una autora no citada, pero no por eso menos presente en esta obra, a la que también aportó versos y párrafos ajenos que no sólo iluminan los temas desarrollados por mí, sino que dejan su impronta de sabiduría y belleza en la urdimbre de mi texto.
Muchos de los temas aquí tratados reciben un desarrollo particular en los libros anteriormente señalados, pero, presentados de este modo, permiten al lector una perspectiva global y cercana de la intimidad del devenir bipolar.
Por otra parte, el subtítulo que reúne a todos estos temas —La bipolaridad como oportunidad— alude no sólo a mi particular concepción de este padecer, sino, especialmente, a mi convicción de que es deseable que terapeutas y pacientes bipolares nos embarquemos juntos en una nueva y creativa lectura de la inestabilidad emocional, que nos permita atravesarla con menos desgarro y aun con alegría y esperanza de sanación, pues ya no se tratará de una enfermedad a superar sino de una oportunidad de ser. Y para aquellos que aún insisten en considerar la bipolaridad como una adversidad, estas palabras del maestro hindú Gururaj Ananda Yogui: “En cada adversidad hay una oportunidad. El hombre fracasa porque sólo ve la adversidad, debido a que su mente fragmentada no reconoce la oportunidad. No hay adversidad en la vida. ¡Sólo hay oportunidades! Aquello que consideramos adversidad puede que sea la lección que necesitamos aprender”.
Una cosa más. Los Bips’ están trabajando afanosamente por sí mismos; han formado redes de intercambio y autoayuda y demuestran a cada instante una madura necesidad de encontrar caminos que los saquen de su condición de malestar. Estoy muy ligado (desde el corazón) a esas búsquedas y tengo la convicción de que tales tanteos forman parte del proceso de su propia curación. De modo que mi agradecimiento a todos y cada uno de aquellos amigos —muchos de los cuales aún no nos hemos presentado físicamente pero con quienes nos escribimos con frecuencia— que son quienes me empujan a mantener viva la esperanza de trasmitir el mensaje de que una bipolaridad dichosa es posible. Quizás este mensaje pueda ser visto como un imaginario poético que quiere celebrar anhelos más que realidades. Sin embargo, la vida enseña que la verdad que permanece es aquella que propagan los poetas y que la clínica es más del orden de la poesía que una pura cuestión de técnica aplicada de conocimientos científicos.
Eduardo H. Grecco
Cuernavaca, primavera de 2006
PRIMERA ESTACIÓN LA BIPOLARIDAD TIENE DOS CARAS
De hierro las dos caras labran un solo eco.
Jorge Luis Borges
Las dos caras de la bipolaridad
Nada tan abierto y generoso como una cruz; y sin embargo, nada más doloroso.
Nemer Ibn el Barud
Esta imagen poética de Nemer Ibn el Barud está siempre presente cuando pienso sobre la bipolaridad o cuando la bipolaridad piensa por mí. Es un bello y homeopático verso, y no menos verdadera su enseñanza.
Es un hecho que la bipolaridad existe, al punto que adonde quiera que vayamos encontramos personas bipolares con mayor o menor conciencia sobre su ir y venir afectivo. Algunos son típicamente oscilantes, de esos que remontan vuelo en la manía y se hunden, al tiempo, en la depresión; que parten y regresan, que suben y bajan casi sin tregua al modo de las usuales descripciones de libros y manuales. Otros tienen un tono alegre, activo y acelerado, son personas buscadoras de sensaciones y exploradoras del universo y, de tanto en tanto, los aplasta la melancolía. Pero hay algunos que esconden su bamboleo tras camuflajes corporales o conductas compulsivas, como la adicción, el juego o el sexo. Hay muchos otros que lo hacen tras síntomas que parecen distantes, tales como: déficit atencional, dislexia, hiperkinesis, epilepsia, adicciones, o bajo la cobertura de otras variadas manifestaciones psicosomáticas.
Todos éstos son los bipolares desgraciados, que sufren y viven atormentados por su padecer, que no pueden ser constantes en sus actividades, y cuyos vínculos afectivos van de golpe en golpe; aquellos que se sienten como una hoja en la tormenta y que pueden hacer suyas las palabras de Fernando Pessoa: “Y así soy, fútil y sensible, capaz de impulsos violentos y absorbentes, malos y buenos, nobles y viles, pero nunca de un sentimiento que subsista, nunca de una emoción que prolongue y entre hasta la sustancia del alma. Todo en mí es tendencia para ser a continuarse en otra cosa; una impaciencia del alma consigo misma, como un niño inoportuno; un desasosiego siempre creciente y siempre igual. Todo me interesa y nada me cautiva. Atiendo a todo siempre soñando…”.
Pero, también, es un hecho que la bipolaridad es un talento. Hay personas que han podido descubrir este don, que han aprendido a balancearse con proporción, que exploran los matices, que pueden integrar los opuestos, que tienen ritmo y movimiento pero no se dejan tragar por el apuro; creativos, imaginativos, intuitivos y realizadores, pensadores en imágenes, capaces de comprender como nadie a los otros, que se alegran y entristecen pero no se dejan absorber por sus afectos, que saben del valor de una relación y cuidan sus vínculos; personas que han sabido transformar su inestabilidad en un recurso, la polaridad irreconciliable en flexibilidad pausada. Éstos son los bipolares venturosos o dichosos que aman sin sufrir.
De manera que la bipolaridad tiene dos caras: la dicha y la desdicha. No se trata ahora de seguir sosteniendo la creencia de que un gen marca o un neurotransmisor determina. La dicha o la desdicha son el fruto de lo que hacemos con nuestra vida, o mejor dicho, de lo que dejamos de hacer en ella. La bipolaridad no nos acontece, nosotros le acontecemos a ella, y en sus luces y sombras es parte nuestra. Una parte, por momentos oscura, por momentos luminosa, que nos sacude o nos aquieta, pero nuestra. Un fragmento de nuestra intimidad, y que nos descarría cuando lo negamos o rechazamos.
De ahí nace la convicción de que el más seguro sendero para sanar la bipolaridad desdichada es integrarla como parte de nuestra propia vida y nuestro propio ser.
Existencia y bipolaridad
Se parecen en el exceso tanto la escasez como la abundancia.
Nemer Ibn el Barud
En la bipolaridad desdichada se hace inviable cualquier posible armonía, del mismo modo que en la estable rigidez. No hay que buscar la estabilidad, no es un valor humano; sí, en cambio, el movimiento proporcionado, el balanceo continuo y sereno. No hay que temer llegar a los extremos, sino el quedarse en ellos. Bipolaridad no es el exceso, sino la falta de retorno al punto medio. Ser bipolar no es deprimirse o estar eufórico, sino no poder integrar ambas emociones en una misma experiencia.
La existencia es bipolar, y el hombre se enferma cuando se resiste a vivir armónicamente la dualidad de la vida, cuando excluye y dogmatiza las cimas y los valles emocionales. En suma, el bipolar no hace otra cosa que exagerar un modo de funcionamiento universal inherente a la vida humana y del que todos disponemos: el antagonismo complementario de los opuestos.
No hay nada en la vida que no funcione bipolarmente. Miremos la luna como símbolo que enseña a transitar al hombre en pasos rítmicos. Gracias a la observación de las fases de la luna los seres humanos nos fuimos tornando conscientes de nuestro propio modo de ser en el mundo: del ciclo de nacimiento, muerte y resurrección. La luna nos muestra, en su suceder, dualismo, polaridad, oposición, conflicto, así como la reconciliación de los contrarios, la concordancia de lo discordante. La luna, además, nos acerca al devenir, el crecimiento y el decrecimiento, y al hecho de que la muerte no es el final, pues a ésta siempre le continúa un nuevo renacer. Siempre, después de los cambios y aun del ocultamiento, la luna reaparece en toda su plenitud.
A diferencia del sol, la luna representa lo siempre en movimiento, la historia, las emociones y, en este sentido, la bipolaridad es una enfermedad lunar. En cambio, la obsesión, en su fijeza y linealidad, es un padecer solar.
Visto así el tema, podemos imaginar que la existencia bipolar desdichada es un modo de ser fallido del Ser. Ni las emociones, ni la historia personal, ni el movimiento, ni el balanceo son en sí mismos negativos. Pero, cuando, en vez de dejar que afloren plenamente en nuestra vida, los abortamos, inhibimos o contenemos, impedimos que se transformen en experiencia y los condenamos a permanecer como eventos, como cosas. Así, aunque no sea la intención que nos alienta, nos precipitamos a habitar un modo cosificado y vacío de existencia.
La trama bipolar
El arte de vencer se aprende en las derrotas.
Simón Bolívar
Tal como ya expresé en el libro La bipolaridad como don, la historia personal del paciente bipolar revela que, de niño, sintió que no recibía el amor, el cuidado, la protección ni el sostén que necesitaba, de modo que creció bajo la impresión de estar sujeto a una insuficiencia afectiva. Esta creencia no sólo está guardada en la memoria emocional, sino que también se encuentra registrada en el sistema nervioso como una huella, como un circuito resistente a una fácil modificación.
Su interpretación de esta insuficiencia como desamor, su error cognitivo fatal, fue determinante para la constitución posterior de su sufrimiento bipolar. Atribuyó tal carencia a una condición de desamor: “Si no me aman, es porque no lo merezco, y si no merezco, es porque no valgo nada”. De este modo, la autoestima, la autoconfianza, la firmeza y la seguridad personal quedaron fuertemente dañadas y quebradas.
A partir de estas premisas, ese niño fue inscribiendo en su psiquismo una serie de pautas mentales no menos importantes. Si “no valgo nada”, es porque “soy indigno”, entonces “está bien que no me quieran y que las cosas en la vida me sean hostiles” (el círculo vicioso de la depresión) o “no me importa que me den”, “estoy indignado”, “no necesito nada” (círculo vicioso de la manía).
Frente a esta situación, la pregunta que surge es, entonces, bajo qué condiciones psicológicas e históricas se hace posible que estos dos estados afectivos (depresión y manía) se combinen en una persona y se transformen en un malestar que la carcome.
La respuesta no es simple. Podría decirse que las personas bipolares son fuertemente ambivalentes frente a su propio Yo, que no han podido “decidir” por el aceptarse o rechazarse. En el polo depresivo, manifiestan una fuerte hostilidad hacia sí mismas; en la manía, un extremado amor. Se aman y se odian, sin poder conciliar ambos aspectos en una misma realidad. “No soy nada. / Nunca seré nada. / No puedo querer ser nada” —dice en este poema Fernando Pessoa, pero luego agrega—: “Aparte de esto, tengo en mí / todos los sueños del mundo”; es decir, hay conciencia (suponemos dolorosa) de ser nada, o sea hay un sentimiento de odio, de autodesprecio por ello, pero, al mismo tiempo, este yo poético tiene sueños de una vida distinta, es decir, está “enamorado” de esa parte de su ser que tiene proyectos.
Este ir y venir de un lado al otro es un ciclo que transcurre entre períodos de intensificación y atenuación de sentimientos de culpa y remordimiento, entre sentimientos de aniquilación y omnipotencia, de castigo y de reiteración del pecado, de expiación y de transgresión, de depresión y de euforia, de tragedia y de sátira. En última instancia, entre hambre y saciedad, patrón básico en el cual el ser alimentado quedó ligado, desde los primeros tiempos de vida, al ser amado y el hambre al ser rechazado. Pero, además, el bipolar experimenta este rechazo como una derrota y la saciedad como un triunfo. En cada logro se siente amado, en cada fracaso no querido. Tiene que aprender que no hay fracasos ni aciertos, sólo experiencia, y que en cada oportunidad en que vive una derrota puede aprender el arte de vencer.
Estabilidad y movimiento
Quien pretenda una felicidad y sabiduría constantes, deberá acomodarse a frecuentes cambios.
Confucio
Entre la oscilación inmoderada de la bipolaridad y la rigidez envarada de la esclerosis existe un punto de equilibrio posible que no se trata de una localización fija sino dinámica, de un punto que no es tanto un lugar preciso como un intervalo, una zona donde los antagonismos se hacen conciliables. En suma, una gama de matices, un espectro de posibilidades.
Esto quiere decir, en parte, que ser estático no se corresponde a una manera sana de ser. La estabilidad por sí misma no debiera ser un valor terapéutico a conquistar, pero sí, en cambio, el movimiento proporcionado, la armonía móvil, la solidez flexible, el arraigo sin estancamiento.
Por otra parte, nada es más alejado al mundo emocional que la simetría, que la severidad de algo fijo, consolidado e invariable. Los afectos son vibración, agitación, ajetreo, ondulación, y hasta un simple meneo, que puede convertirse en conmoción, temblor o convulsión. Los afectos nos desplazan y trasladan y, por momentos, nos apartan o nos arrinconan en sus contradicciones. La cuestión no reside en no sentir, en no emocionarse, sino en saber navegar sin despeñarse en un abismo afectivo.
Si ahora consideramos como el rasgo característico de la bipolaridad su inestable vaivén cíclico, el hecho de que quien la padece va y viene, de un modo más o menos irregular, de un polo a otro entre la alegría y la tristeza, conviene considerar que tal alternancia, para ser considerada disfuncional, tiene que ser desmesurada y excluyente, es decir, debe reflejar esa imposibilidad interna de la persona para integrar polaridades, su dificultad de aceptar y de vivir en plenitud la ambivalencia.
Desde el blanco al negro hay una variada progresión de grises, y en esto consiste la dificultad bipolar: su incapacidad para detenerse en matices y gradientes emocionales. Y, lo que el bipolar debe alcanzar no es la estabilidad, sino la serenidad del justo medio. Una serenidad que no proporciona ningún químico y que no se compra a granel, sino que se logra alcanzar, poco a poco, por el camino de estar en contacto con la propia intimidad y, al mismo tiempo, con la intimidad del otro.
La serenidad es el proceso de sentirse en el centro, de la quietud móvil. De la armonía no exenta de contradicciones. En suma, estar en paz y en conexión con el mundo, sintiendo, pero no dejándose tragar por las aspas de las emociones. La serenidad es un camino que en mucho se recorre meditando.
La oscilación inestable del humor
A veces de la fuente de tu rara alegría brotan negras las aguas de tu melancolía.
Anónimo palermitano
Más allá del pasaje de un estado emocional a otro, existe una tendencia reluctante en este vaivén del humor a lo largo de la vida. Sin un motivo cierto, la persona salta de un pico al otro, y si esto puede observarse en lo puntual, al considerar la totalidad de una historia se aprecia que cada episodio de manía o depresión forma parte de una cadena más abarcativa, de una serialidad repetitiva propia de la naturaleza bipolar.
Esta rueda de ciclos puede estar separada por mesetas, de aparente o real armonía, pero la posibilidad de caer en una fase de depresión o de manía está siempre presente como una amenaza constante y acerca de la cual nunca se sabe el momento preciso de su aparición. De manera que la oscilación toma, aquí, la figura de algo recurrente pero impredecible. El día y la noche se suceden de un modo “estable”; en cambio, en el acontecer bipolar todo es incierto, cíclico pero inestable.
Frente a este modo que tienen los estados de ánimo bipolares de emerger, inesperada y sobresaltadamente, no hay conciencia que pueda estar preparada de modo razonable para evitar el precipicio. Pero, estar en alerta es inútil, es gastar energía que nos debilita para enfrentar el huracán. Como nos enseña el Tao, un vencedor hábil no lucha con sus enemigos. Hay signos que avisan, lo cual no significa que se pueda impedir el temporal ni que haya que huir del temporal. ¿Qué hacer entonces? Lo que todo buen marinero: asir fuertemente el timón, relajar los músculos, respirar profundamente y aprovechar la fuerza del viento y el mar a su favor.
Elogio a la oscilación
Si el corazón me fuera percutido
pudiera ser que resonara a muerto,
pero pudiera ser que diese ruido
de pájaros cantores en un huerto.
Alfonsina Storni
Al comprender al bipolar no sólo en sus límites sino en sus talentos, no sólo en su actualidad sino en su historia, no sólo en sus síntomas sino en su estructura, estamos abriendo un campo de posibilidades significativo a la hora de diseñar una estrategia terapéutica.
Entre las varias cosas sobre las cuales conviene insistir está el tema del sentido y el valor que la oscilación tiene en la vida de un bipolar. Esta cuestión es de una importancia capital, ya que de la comprensión adecuada de lo que ello implica va a depender la orientación terapéutica con que emprendamos un tratamiento.
La vida es vibración, la vida es movimiento, la vida es oscilación. El problema de la persona bipolar no es tanto su inestable oscilación, sino su incapacidad para integrar polaridades, su inhabilidad para detenerse en los gradientes y la intensidad exagerada de los antagonismos emocionales que la dominan. En suma, una polaridad que se presenta como antagónica, excluyente, radical, desmesurada, compulsiva, desarmonizadora y exacerbada y que le impide, por lo tanto, detenerse en los puntos intermedios que van de un extremo a otro.
Lo que intentamos sostener, desde hace tiempo, es que la bipolaridad no es un problema de estabilidad (o falta de ésta), sino de proporción en el modo que tiene el paciente de alternar sus afectos. El bipolar no debe incorporar a su vida quietud y fijeza, sino tonalidades, gamas, escalas, matices... y todo esto dentro de un esquema de cadencia, ritmo ponderado y consonancia, porque la inestabilidad, el bamboleo y la fluctuación no se curan con estabilidad y fijeza, sino con más movimiento hasta alcanzar el equilibrio y la armonía. Movimiento que está presente en la creatividad, en el don de los matices, el pensamiento en imágenes y la voraz curiosidad del bipolar.
Es por esta razón que los tratamientos “estabilizadores” no deberían ser el objetivo esencial de una labor sanadora, ya que esto conlleva la pérdida o bloqueo de los auténticos talentos de la personalidad bipolar.
Un hombre de la idoneidad y el reconocimiento internacional en el tema bipolar como es el Dr. Hagop Akiskal, y que se encuentra, tal vez, en las antípodas de las ideas que sostengo, afirma —al respecto de lo que acabo de comentar— lo siguiente:
El punto final de todo tratamiento no debería ser, insisto en esto, la estabilización del humor; el punto final del tratamiento debería ser obtener un buen funcionamiento que sea compatible con las aspiraciones y deseos de la persona. Y esto no debería ser una imposición, una imposición artificial en cuanto a qué es la enfermedad mental. No debería ser hacer de la persona un vegetal mediocre, promedio, que no tiene ni este estado ni el otro, que anda solo por ahí dando vueltas. Hay algunos colegas que dicen que debemos remover totalmente la depresión, así como uno lo hace con el azúcar en la diabetes. Yo creo que es un criterio equivocado, alguna fluctuación en ese nivel de azúcar en sangre es posiblemente muy importante; algo de fluctuación en la presión sanguínea es probablemente importante; entonces, es lo mismo para los estados de ánimo. Debemos ser muy cuidadosos con lo que hacemos porque si removemos los estados de ánimo, quitamos un montón de belleza, y diría también, que un poco de conflictividad que hace interesantes a las relaciones humanas.
Creo que con lo dicho queda sustentado que oscilar no es —al menos— tan malo. Que vale la pena buscar otros caminos alternativos a la estabilización, con el objetivo de despertar el poder bipolar que yace dormido tras la sintomatología, y no condenar a la persona a una existencia mediocre e insípida en donde cualquier vaivén está desterrado por “indeseable”.
A la hora de diseñar una estrategia terapéutica cambiemos nuestros esquemáticos puntos de vista y empecemos a tomar conciencia de que un bipolar puede ser constructor, creativo e incluso genial, no a pesar de su bipolaridad sino gracias a ella. Pues la bipolaridad es un don, y si fue convertida en una desventaja, no es porque lo sea verdaderamente, sino porque la sociedad, la escuela y la medicina la han tratado, hasta ahora, como tal.
¿Quién se ha subido a mi hamaca?
La tierra no es más que un momento,
una noche que recordar,
entre el cielo y el mar puedes volar,
eterna oscilación de lo que fue
y lo que vendrá.
Rafael Alberti
Ser inestable emocionalmente es una desgracia. Así, por lo menos, lo plantea la sociedad en la que vivimos y así lo difunden las ciencias de la salud mental. Si uno es bipolar, está prisionero de un hábito de inconstancia, irregularidad y desorden, va y viene de la depresión a la manía, y es un tormento para sus seres queridos. Lo mejor que puede hacer es quedarse quieto, no moverse mucho y resignarse a una vida controlada y sin mucha esperanza de cambio. ¡Pero el mundo está en constante cambio! No importa, usted se queda inmóvil. Pero, ¿por qué? Simplemente, porque usted es bipolar y no sabe respetar reglas, no sabe tener límites, no sabe jugar como corresponde, siempre termina perdiendo el control y subiendo y bajando sin medida. Pero, ¿es realmente así?
Y ya que estamos imaginando al bipolar como “un mal jugador”, puede ser interesante apuntar la idea de que la bipolaridad desproporcionada es el resultado de juegos mal aprendidos. ¿Puede ser? ¿Cuáles juegos? Cuando éramos bebés teníamos una comunicación singular con mamá, una comunicación que nos sostenía y serenaba. La mirábamos y encontrábamos sus ojos que nos sonreían y nos acariciaban, tendíamos nuestros pequeños brazos y mamá nos levantaba y abrazaba, dilatábamos y entreabríamos nuestra boca para encontrar un pecho que nos alimentara y nos nutriera con calor. Cuando todo eso ocurría, nos sentíamos seguros y amados, y nuestra estima y nuestra confianza se afirmaban.
Pero, si ante nuestra mirada percibíamos frialdad como respuesta, si ante los labios palpitantes se estrellaba un pezón ausente o distante, si ante las manos que buscaban abrazos recibíamos rechazo, la situación era muy otra. Aunque la rabia nos embargara e hiciéramos berrinches como un modo de expresarla, el corolario era que nos sentíamos no queridos, rechazados como una pelota rebotada. Entonces, nuestra estima, nuestra confianza y nuestra seguridad se marchitaban. Y, claro, después de tantas experiencias reiteradas el yo herido en su afirmación se volvió un incrédulo de sí mismo y de sus fuerzas Éstos son los primeros juegos fracasados, los primeros desafíos malogrados, pero que necesitan de otros fracasos sucesivos para hacernos bipolares desgraciados.
Cuando estaba en el vientre de mamá acontecían muchas cosas. Entre ellas, al caminar o moverse, mamá me mecía. También, yo subía y bajaba y giraba sobre mí mismo. Recuerdo que, además, tuve que girar para nacer y eso me dio un poco de trabajo.
Cuando nací, los brazos de mamá o de papá o de los abuelos me acunaban y, más tarde, me hacían avioncito y caballito... y todo eso era como recordar las mismas cosas que hacía antes de asomarme al mundo. Ya más grande, la hamaca, la calesita y el sube y baja, en la plaza o el parque, reemplazaron el cuerpo y las manos de mis padres y abuelos.
Todos estos juegos me enseñaron muchas cosas: sensaciones de riesgo y placer, acercarme y alejarme, subir y bajar, desprenderme y asirme, girar sin marearme; pero, lo fundamental es que aprendí a sostenerme por mí mismo. Primero, fueron los cuerpos de mis padres, luego la hamaca, la calesita y el sube y baja, ahora soy yo quien se sostiene por sus propios medios. Pero, ¿si no jugué? ¿Si no aprendí a ser el timonel de mi hamaca, de mi calesita y de mi sube y baja? ¿Si no aprendí a hamacarme y volar por mí mismo? ¿Y si no sé sostenerme por mis propios medios? ¿Si no aprendí a girar sobre un eje, a cambiar las perspectivas de lo que veo, manteniendo un centro? Desde luego, el resultado es que voy y vengo, subo y bajo y giro sin control. Es como si alguien se hubiera subido a mi hamaca y me hamacara a su antojo, y por más que grito y pido para que pare y me deje ser el dueño de la hamaca, sigue subiendo y bajando... subiendo y bajando... y parece que no puedo hacer nada para impedirlo. Pero, ¿quién se ha subido a la hamaca?
Ésta es una pregunta que intento responder en lo que escribo y en lo que exploro (en mí o con otros), a la par que divulgar mi convicción de que si jugando nos hicimos bipolares desdichados, jugando podemos dejar de serlo y transformarnos en bipolares venturosos.
SEGUNDA ESTACIÓN
LA BIPOLARIDAD Y SU DON
En la tinta de mi tenaz melancolía mojo el pincel para crear palomas y en su batir de alas mi alegría.
S. M. Auffet
Despertando el don bipolar
Sólo al perder lo que sobra se puede reconocer lo que falta.
Sólo si se acepta la sombra puede brillar la luz del alma.
Jorge Carvajal
¿Es correcta esta perspectiva? ¿No será demasiado esperanzadora? ¿Es posible pensar que un cambio de actitud sobre la bipolaridad puede llevarnos a procurar una ayuda significativa a estos pacientes? Muchas veces me hago estas preguntas y siempre llego al mismo lugar: ver a personas que han recuperado su salud y su vida, sin mutilarse ni restringirse, y con deseos de construir día a día su felicidad junto a otras, es un testimonio elocuente de que algo de razón hay en estos planteos y en el accionar terapéutico consecuente con ellos.
Es bueno insistir en el hecho de que no se trata sólo de propuestas genéricas, sino que conllevan consecuencias prácticas y técnicas concretas, dirigidas y ordenadas en función del objetivo central que es despertar el don bipolar. Todas estas prácticas y estas técnicas están basadas en una cierta filosofía de trabajo que quiero acabar de explicitar. Veamos:
Existen en la terapéutica tres grandes vías de curación, que coinciden con tres grandes vías de evolución: el amor, la sabiduría y el poder.
La primera vía se refiere a cómo nos transformamos por la alquimia de las ligaduras afectivas. Dado que ningún encuentro es casual y como toda relación nos puede cambiar para mejor, si nos abrimos a una experiencia de auténtico encuentro con otra persona, podemos tener la esperanza de acceder a la sanación de nuestras heridas más profundas.
La segunda, consiste en el proceso de aprendizaje que no se reduce al mero conocimiento intelectual ni académico, sino que se extiende a la comprensión de la conexión entre todos los aspectos de la existencia y todas las modalidades de la sabiduría. (Una curiosidad —una de las tantas que siempre nos depara la etimología de nuestra lengua—: la palabra “saber” viene del latín y tiene la misma raíz que “sabor”. Para los antiguos, un sabio era, sobre todo, aquel que sabía saborear la vida.)
La tercera, no alude al dominio sobre los demás o sobre la naturaleza, sino al poder de convocar y suscitar en uno y en los otros las energías autocurativas capaces de transformar el dolor en felicidad para lo que nos reste de vida, y así poder afirmar como Efraín Huerta que —a pesar de la metáfora fatal y manriqueana de “mar = morir”—: “Nuestras / vidas / son los / ríos / que van / a dar / al / amar / que es / el vivir”.
Estos tres caminos son los que hay que hacer converger en el tratamiento de los pacientes bipolares: un amor capaz de ejercer una acción benéfica de metamorfosis sanadora; una sabiduría suficiente que permita comprender las razones y los sentidos de un síntoma como un indicador de una lección que se debe aprender, y el poder de hacer resurgir, desde dentro de la persona, la potencia y el impulso buscador del equilibrio y la salud, y la fibra para dejar atrás las ataduras y fijaciones del pasado.
Desarrollar una terapéutica amorosa, sabia y poderosa ha de ser el propósito que impulse la práctica clínica y lo que todo paciente debe buscar en un tratamiento con el cual se comprometa. Sobre la base de estos valores y criterios es como podrán desplegarse los caminos o vías concretas para la recuperación del equilibrio perdido y del despertar de los talentos dormidos.
En este sentido, y en paralelo a la instalación del eje interior, acto que casi se convierte en un hecho ritual en el bipolar, los talentos que hay que avivar, para ayudar al proceso de sanación son: creatividad, capacidad de detenerse en los matices, asertividad (fruta madura de la intuición), diversidad (flexibilidad mental) y capacidad de servicio. Éstos son verdaderos poderes curativos por sí mismos, sobre los cuales nunca es suficiente la insistencia.
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