Kitabı oku: «Cuidándonos unos a otros & Lado a lado»

Publicado por:
Publicaciones Faro de Gracia
P.O. Box 1043
Graham, NC 27253
www.farodegracia.org ISBN 978-1-629463-06-3
Side by Side: Walking with Others in Wisdam and Lave Copyright© 2015 by Edward T. Welch, Published by Crossway
Caring for One Another: 8 Ways to Cultivate Meaningful Relationships Copyright 2018 by Edward T. Welch, Published by Crossway a publishing ministry of Good News Publishers Wheaton, Illinois 60187, U.S.A.
This edition published by arrangement with Crossway. All rights reserved. Todos los Derechos Reservados.
2021 Publicaciones Faro de Gracia. Traducción al español realizada por Giancarlo Montemayor y Julio Caro, respectivamente; edición de texto, diseño de la portada y las páginas por Francisco Adolfo Hernandez Aceves. Todos los Derechos Reservados.
Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada en un sistema de recuperación de datos o transmitida en cualquier forma o por cualquier medio —electrónico, mecánico, fotocopiado, grabación o cualquier otro— excepto por breves citas en revistas impresas, sin permiso previo del editor.
Las citas bíblicas son tomadas de la Versión Reina–Valera 1960, Sociedades Bíblicas en América Latina. renovada 1988, Sociedades Bíblicas Unidas, a menos que sea notado como otra versión. Utilizado con permiso.


Contenido
CUIDÁNDONOS UNOS A OTROS
PREFACIO
1. Con toda humildad
2. Acércate a los demás
3. Conoce el corazón
4. Conoce las influencias cruciales
5. Ser personal y orar
6. Habla acerca del sufrimiento
7. Habla acerca del pecado
8. Recuerda y reflexiona
LADO A LADO
Introducción
Parte 1. Somos necesitados
1. La vida es difícil
2. Nuestros corazones están ocupados
3. Cuando las circunstancias difíciles se encuentran con un corazón ocupado
4. El pecado pesa mucho
5. Pide ayuda al Señor
6. Pide ayuda a los demás
Parte 2. Somos necesarios
7. Recuerda: tenemos al Espíritu
8. Acérquense y salúdense unos a otros
9. Ten conversaciones reflexionadas
10. Ve lo bueno, disfrútense unos a otros
11. Caminen juntos, relaten historias
12. Ten compasión durante los problemas
13. Ora durante los problemas
14. Mantente alerta ante las artimañas de Satanás
15. Prepárate para hablar sobre el pecado
16. Ayuda a los que comparten tu condición de pecador
17. No te olvides de la historia principal
Conclusión
Otros títulos de Publicaciones Faro de Gracia
CUIDÁNDONOS UNOS A OTROS
«La mayoría de los cristianos saben que debemos cuidarnos unos a otros, pero pocos sabemos cómo hacerlo. El avezado consejero bíblico y escritor Ed Welch no sólo nos dice el cómo, sino que a igual que un gran chef, nos sirve el platillo en ocho maneras, las cuales son ricas en sabiduría, bíblicamente certeras y concisas. Cada uno de sus breves capítulos puede leerse en voz alta con un grupo y va acompañado de preguntas de discusión punzantes e iluminadoras. Este libro puede moldear la cultura de nuestras iglesias y transformarlas en sitios seguros de cuidado mutuo. ¡Lo recomiendo encarecidamente!».
Alfred J. Poirier, profesor invitado de teología práctica, Westminster Theological Seminary, Glenside, Pensilvania; autor de El pastor pacificador.
«Casi todos los cristianos han experimentado incomodidad en la iglesia local. En un momento u otro, nos hemos sentido ignorados, incomprendidos o fuera de lugar. Puede que la Iglesia sea el cuerpo de Cristo, pero no siempre funcionamos tan bien como deberíamos. En Cuidándonos unos a otros, Ed Welch nos entrega directrices minuciosamente bíblicas y completamente prácticas para facilitar la existencia de interacciones más significativas en nuestras iglesias. En el transcurso de ocho lecciones breves, aprendemos que necesitamos acercarnos a las personas y terminamos equipados para ayudarlas de un modo amoroso y verdaderamente útil. Ya sea que leas este libro en solitario o lo estudies con un grupo, cerrarás la última página con las energías renovadas para construir relaciones en tu iglesia».
Megan Hill, autor de Praying Together [Orando juntos], editor de The Gospel Coalition y miembro de la junta editorial de Christianity Today.
«Una de las maneras en que Dios ha elegido ayudar a la gente es usar el cuidado y la preocupación de los otros cristianos. En nuestro mundo ajetreado de relaciones superficiales, muchos han abandonado este llamado y han dejado en las manos de los profesionales la labor que los cristianos comunes podrían desempeñar para ayudar a los demás. Con lineamientos prácticos fáciles de seguir, Ed Welch nos muestra cómo podemos remediar eso y convertir a nuestras iglesias en comunidades atentas. Esta clase de cuidado puede ser un medio usado por Dios, no solo para bendecir a los cristianos, sino también para enaltecer el camino cristiano ante los ojos de los que están fuera de la Iglesia».
Ajith Fernando, director de docencia, Youth for Christ, Sri Lanka; autor de Un llamado, gozo y sufrimiento.
«Este libro es corto, pero su efecto es poderoso. Ed Welch nos ha dado una guía fácil de usar para que nuestras iglesias crezcan juntas buscando cuidarnos mejor los unos a los otros. Me encanta que las lecciones estén diseñadas para leerse en voz alta y discutirse entre los miembros de la iglesia. Ya vislumbro varios grupos de personas con que podría leer este libro en nuestra congregación. Compra este libro. Mejor aún: compra varias copias de este libro para obsequiarlas en tu iglesia. Incluso mejor que eso: haz que la gente de tu iglesia lea este libro junta. El impacto de este libro en nuestras iglesias puede ser de gran alcance si buscamos amarnos los unos a los otros de un modo que centre la atención en Cristo».
Dave Furman, pastor principal, Redeemer Church de Dubái; autor de Kiss the Wave [Besa la ola] y Being There [Estar allí].
« Cuidándonos unos a otros es una guía concisa para ayudar a los demás. Contiene perlas de sabiduría bíblica y principios sanos que animan a los lectores a acercarse a los demás con toda humildad, a ser personales y orar, y a ser sensibles para hablar del sufrimiento y el pecado. Recomiendo encarecidamente este libro tan útil a todos los cristianos».
Siang–Yang Tan, profesor de psicología, Fuller Theological Seminary; pastor principal, First Evangelical Church Glendale, California; autor de Counseling and Psychotherapy: A Christian Perspective [Consejería y psicoterapia: Una perspectiva bíblica].
«Breve, bíblico, práctico, sabio: si necesitas ayuda para construir relaciones significativas, Ed Welch será el guía perfecto. Cuidándonos unos a otros será una lectura obligada para todos mis estudiantes».
Deepak Reju, pastor de consejería bíblica y ministerio familiar, Capitol Hill Baptist Church, Washington, DC; autor de El pastor y la consejería y She’s Got the Wrong Guy [Está con el chico incorrecto].
«Necesito este libro. Mi iglesia necesita este libro. Mi comunidad local necesita que mi iglesia lea este libro. Ed Welch visualiza una nueva clase de comunidad atenta que camina en dependencia de la gracia de Dios. Con amor y sabiduría cristocéntrica, nos muestra cómo se ve eso en la práctica y cómo podemos llegar allí. Tal comunidad es la que deseo para mi familia, mi iglesia y la gloria de Dios. Cuando se trate de cuidar a los demás, este será el primer libro que tomaré para despertar mi alma, moldear mis oraciones y capacitar a mi iglesia».
Ste Casey, tutor académico y orador, Biblical Counseling UK; pastor, Speke Baptist Church, Liverpool, Inglaterra.
PREFACIO
Nuestro llamado es cuidar mutuamente de nuestras almas. Queremos llevar nuestras luchas al Señor y a los demás para que la Iglesia se fortalezca y el mundo presencie la sabiduría y el amor.
Sin embargo, como tenemos una larga lista de problemas propios, es fácil que pensemos que sería mejor dejar el cuidado de los demás en manos de los que están mejor capacitados. Pero el Reino de Dios opera en formas que no esperaríamos. Aquí, los humildes y débiles son los que realizan el trabajo pesado del cuidado pastoral:
Y él mismo [Jesús] constituyó a unos, apóstoles; a otros, profetas; a otros, evangelistas; a otros, pastores y maestros, a fin de perfeccionar a los santos para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo (Efesios 4:11–13).
Los pastores y maestros realizan la obra del ministerio. También nos capacitan para la obra del ministerio. Por lo visto, el Señor Se complace en usar personas comunes, mediante actos de amor aparentemente comunes, para que sean los principales contribuyentes a la maduración de Su pueblo. Si has confiado en Jesús en lugar de en ti mismo y te sientes débil e incapacitado, entonces estás capacitado. Entonces estás llamado.
El objetivo de estas ocho lecciones es seguir moldeando la cultura de tu iglesia, de modo que la consejería y el cuidado mutuo de las almas se transformen en características naturales de la vida cotidiana del cuerpo. Las lecciones son breves pero ricas en teología esencial, y están repletas de aplicaciones potenciales. Están diseñadas para leerse en voz alta junto a un grupo (los participantes no tienen que leer nada con anterioridad).
Nuestra utilidad ―nuestro cuidado de las almas― comienza con nuestra necesidad de que nos cuiden. Necesitamos a Dios, y necesitamos a las otras personas. Nuestro objetivo es alcanzar la madurez mediante la dependencia. Para poner a prueba esta humildad, pedimos que los demás oren por nosotros. Eso contribuye a formar una cultura eclesiástica menos auto defensiva y más unida.
Imagínate un grupo interconectado de personas que se cuentan su vida. Puedes hablar de tu dolor, y alguien responde con compasión y oración. Puedes hablar de tus alegrías, y alguien se regocija contigo. Incluso puedes pedir ayuda en tus luchas con el pecado, y alguien ora contigo, te infunde esperanza y ánimo usando la Escritura, y no te deja solo hasta que parece que el pecado ya no tiene el predominio. Hay apertura, libertad, amistad, compañerismo para sobrellevar las cargas y entrega y recepción de sabiduría. No hay respuestas trilladas. Y Jesús está en todo el proceso.
Queremos más de eso.
Cuando acudimos a Jesús, Él nos perdona y limpia, de modo que podemos hablar francamente y sin vergüenza; Él nos ama, de modo que podemos amarlo libremente a Él y a los demás, y Él nos da la sabiduría y el poder de Su Espíritu, de modo que podemos ayudarnos mutuamente de una manera que nos edifique e infunda esperanza. En Su honor y poder, queremos convertirnos en un cuerpo de Cristo maravillosamente amoroso, sabio e interdependiente, uno en el que podamos ayudarnos los unos a los otros en los momentos de dificultad.
El apóstol Pablo prioriza la humildad
De hecho, en Efesios 3 Pablo oró para que fuéramos esa clase de comunidad (v. 14–21). También nos enseñó cómo hacerlo:
Yo pues, preso en el Señor, os ruego que andéis como es digno de la vocación con que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre, soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz (Efesios 4:1–3).
Agustín escribió: «El primer camino [hacia la verdad] es la humildad, el segundo camino es la humildad y el tercer camino es la humildad».1 Si la humildad no precede a nuestra sabiduría y asistencia, nuestros esfuerzos serán vanos. Al parecer, Pablo estaría de acuerdo con esa afirmación. La vida en Cristo comienza con la humildad.
La humildad simplemente reconoce nuestros muchos pecados y limitaciones, y responde diciendo: «Necesito a Jesús y necesito a las otras personas». Es un conjunto atractivo que incluye la confianza en el control de Dios, la fe en el perdón y el amor del Señor, y una apertura que no brota de tener que ser alguien, sino del descanso en Jesús. Resulta ser que el simple reconocimiento de nuestras necesidades y flaquezas le abre la puerta a la gracia de Dios, donde hallamos confianza, paz, seguridad, sabiduría, fortaleza y libertad en Él.
La humildad nos lleva a la oración
Una manera de poner la humildad en práctica es esta: pídele a alguien que ore por ti. Dios ha establecido Su Reino en la tierra de tal modo que debemos pedir ayuda. Le pedimos ayuda al Señor y también a otras personas. Hasta que Lo veamos cara a cara, Dios seguirá obrando mediante Su Espíritu y Su pueblo.
Esto solo suena sencillo. Una cosa es pedirle ayuda al Señor: incluso si nuestra fe es especialmente débil, hemos oído que Él nos invita a clamar por ayuda y nos oye cuando lo hacemos (Salmo 62:8), así que estamos dispuestos a correr el riego de abrirnos un poco ante Él. Pedirle ayuda a un hermano es algo muy distinto: nuestro orgullo se resiste a ser vulnerable. Es más, si alguna vez confiaste en alguien y solo recibiste comentarios hirientes o poco solidarios, es posible que en ese mismo instante hayas decidido que no dejarías nunca que eso volviera a ocurrir, lo que significa que te guardas tus problemas. Esta estrategia autodefensiva puede parecer efectiva a corto plazo. Sin embargo, Dios no nos creó para que actuáramos así con los demás, por lo que, a la larga, producirá miseria en vez de seguridad. En lugar de hacer eso, optamos por seguir un camino mejor. El proceso para pedir oración se presenta a continuación:
1. Identifica problemas en tu vida
Los problemas siempre están golpeando la puerta. Por lo general, la lista de problemas incluye las finanzas, el trabajo, las relaciones, la salud y otros asuntos específicamente relacionados con nuestro conocimiento de Jesús y la manera en que vivimos para Él y con Él.
2. Conecta un problema específico con la Escritura
Cuando conectas tus problemas con la Escritura, estás ligando tu vida a las promesas, gracias y mandamientos de Dios. Desarrollar esta habilidad toma tiempo, pues hay mucho en las Escrituras, pero es probable que tengas una idea general de lo que Dios dice:
«A veces, se me hace difícil incluso orar por las dificultades de mi vida. ¿Podrías orar para que, en lo profundo de mi corazón, sepa que a Dios le importan y que me invita a derramar mi corazón delante de Él?» (Salmo 62:8).
«He estado enfermo por un tiempo y puedo desanimarme mucho. ¿Podrías orar para que me torne de inmediato a Jesús cuando me sienta especialmente miserable?» (2 Corintios 4:16–18).
«He sido brusco con mi cónyuge las últimas semanas. ¿Podrías orar para que viva con humildad y mansedumbre cuando tratemos de hablar sobre asuntos difíciles?» (Efesios 4:1).
«Me he frustrado tanto por mi hija que llegué al punto en que deseo más su respeto que ser paciente y mostrarle benignidad. ¿Podrías orar por mí?» (1 Corintios 13:4).
«Durante el último tiempo, mi jefe ha sido crítico y áspero. Ni siquiera sé qué pensar de eso. ¿Tienes alguna idea de cómo podría orar?» (Romanos 12:18).
Si no sabes cómo orar, pide a los demás que te ayuden a conectar tus necesidades con la Palabra de Dios.
La voluntad de Dios es que le pidamos ayuda a Él y a los demás. Cuando lo hacemos, damos un paso importante para poder ayudar a otros, pues los ayudantes menesterosos y humildes son los mejores ayudantes. Además, en el transcurso del camino, bendeciremos a nuestra comunidad e induciremos a los demás a ser dependientes, abiertos y vulnerables.
Discusión y reacción
1. ¿Alguna vez le has pedido a otra persona que ore por ti? ¿Cómo fue esa experiencia?
2. Trata de conectar tus necesidades con las promesas de Dios. Si es posible, identifica pasajes bíblicos concretos, pero eso no es necesario para comenzar. Puedes practicar con tus propias necesidades o usar escenarios como los siguientes:
• Problemas de salud
• Temores financieros
• Dificultades relacionales
3. ¿Cómo esperas aumentar tu dependencia? ¿A quién podrías pedirle que ore por ti?
4. Dense el tiempo de orar juntos.
Dios toma la iniciativa y se acerca a nosotros; nosotros tomamos la iniciativa y nos acercamos a los demás. Esta enseñanza simple tiene aplicaciones infinitas.
El Señor nuestro Dios siempre da el primer paso.
Porque así ha dicho Jehová el Señor: He aquí yo, yo mismo iré a buscar mis ovejas, y las reconoceré (Ezequiel 34:11).
Esta sección de Ezequiel trata sobre el pueblo de Dios, que ha dejado a su verdadero Pastor y ha sido abusado por sus líderes. Aunque las ovejas no hacen ni un ademán de regresar al Señor, Él busca a las perdidas, trae de regreso a las descarriadas y venda a las heridas (v. 11-24). Su misericordia y compasión abren el camino.
Esta historia tiene muchísimas variantes. Piensa en cómo Oseas buscó y cuidó a su esposa rebelde de un modo persistente pero silencioso e incluso anónimo. Lo hizo para ilustrar el amor inquebrantable de Dios. Piensa en Jesús y en cómo viajó por la ruta menos transitada para alcanzar a una mujer samaritana marginada (Juan 4). Recuerda la vez en que habló de cómo Él busca a esa única oveja perdida (Lucas 15:4–6). Él toma la iniciativa, especialmente para acercarse a los necesitados, aunque sea una sola persona.
Los reyes reciben al pueblo. Se dignan a otorgarte una audiencia de cinco minutos y después debes irte. Los reyes no aparecen en tu casa ni se salen de su camino para ayudarte. Sin embargo, todo cambia cuando llega el Rey Jesús. Este Rey abandona las inmediaciones del palacio y te encuentra.
Jesús nos busca; nosotros nos buscamos unos a otros
Todas las historias bíblicas en que el Señor Se acerca a la gente son historias de gracia. La gracia consiste en que Dios Se acerque a nosotros en Cristo. Él no nos buscó porque clamáramos muy bien o diéramos el primer paso para reformarnos. Simplemente estábamos enfermos y lo necesitábamos. Peor aún: éramos enemigos que no tenían la intención de rendirse.2
Él parte diciendo «Te amo», aun cuando nosotros respondemos encogiendo los hombros con indiferencia o con una expresión que equivale a un «gracias» insustancial. Y aquí descubrimos por qué puede ser difícil que nos acerquemos a los demás: el que toma la iniciativa en la relación ―el que ama más― es el que se arriesga a que lo humillen.
Pero imagínate esto. Tú crees que Jesús te busca. Has dejado atrás las viejas mentiras que te sugerían que no le importas y que te ha olvidado. Gracias a Jesús, ya no buscas a la persona con la que es más fácil hablar cuando la gente se reúne. En cambio, te acercas a los callados, a los nuevos y a los excluidos. Imagínate a un grupo de personas que se acercan mutuamente, que son más activas que pasivas, que aman más que lo que temen el rechazo. Se ven gloriosas; atraen al mundo. Ese es un ejemplo de lo que el apóstol Pablo llama vestirse del Señor Jesucristo y es una evidencia de que el Espíritu de Cristo está operando en nosotros.3
Cuando medites en cómo empezar a acercarte más a los demás, piensa en los que han tenido dificultades en la vida. Por ejemplo, en una ocasión, un hombre compartió con un grupo pequeño de personas que el último año había sido el más difícil de su vida. En respuesta, nadie dijo ni una sola palabra. Nadie se acercó a él nunca. Nadie le dijo: «Por favor, cuéntame más. ¿Cómo estás ahora? ¿Cómo puedo orar por ti?». Nadie. No es sorprendente que se haya guardado sus problemas los próximos diez años.
Con demasiada frecuencia, nos quedamos callados al escuchar los problemas de los otros. El silencio es lo mismo que alejarse.
Jesús escucha; nosotros escuchamos
Por lo tanto, nos acercamos a los demás. Parece que los extrovertidos logran que eso se vea fácil. Los más tímidos pueden sentirse intimidados por la posibilidad de que se produzca incomodidad o silencio. Sin embargo, la búsqueda amorosa no es sencilla ni natural para nadie. Todos necesitamos humildad y la ayuda de la Escritura para sortear las primeras etapas de una conversación útil. Esos pasos iniciales pueden ser más o menos así:
• El Señor nos llama familia, así que nos saludamos calurosamente.
• El Señor sabe nuestro nombre, así que aprendemos el nombre de alguien.
• El Señor sabe detalles aparentemente irrelevantes de nosotros, como el número de los cabellos de nuestra cabeza, así que nos interesamos en los detalles. ¿Es esta persona nueva en la reunión? ¿Dónde vive? ¿Con quién vive? ¿Trabaja, estudia, administra un hogar?
Puede que lo escuchemos nos sorprenda. Mal que mal, para la mayoría de las personas no es común que les pregunten de ellas, así que puede que nos den mucha más información que la básica. Puede que oigamos de eventos dignos de celebrar; puede que escuchemos sobre dificultades personales.
Los eventos buenos y agradables podrían ser un proyecto que se completó con éxito o una nueva relación. Pero aquí también hay bienes más profundos, como cuando vemos algo del carácter de Dios en la otra persona: cómo ama a su familia y sus amigos, cómo sirve, cuida o persevera en las dificultades.
Y habrá dificultades continuas, como problemas de salud personales o de familiares y amigos, injusticias en el trabajo y relaciones rotas.
Como respuesta, escuchamos. Eso significa que estamos concentrados, nos involucramos y somos afectados por lo que dicen. Compartimos, de un cierto modo, los deleites de las cosas buenas y las cargas de las cosas difíciles. La pauta para extraer estos asuntos importantes puede ser confusa, y en adelante hablaremos más de ella, pero sabemos esto: siempre hay más por conocer.
Como aguas profundas es el consejo en el corazón del hombre; Mas el hombre entendido lo alcanzará
(Proverbios 20:5).
Esperamos ser esa persona entendida, lo que solo puede ocurrir si buscamos a los demás como Jesús nos buscó a nosotros.
Discusión y reacción
1. ¿Alguna vez te ha buscado alguien que de verdad se interesó en tu vida? ¿Cómo lo hizo? ¿Cómo te animó?
2. Esperamos encontrar motivación en la manera en que Jesús nos ha tratado a nosotros. ¿Cómo dirías que Jesús te buscó?
3. ¿Por qué podrías resistirte a acercarte a los demás?
4. ¿Cómo esperas dar el primer paso hoy y esta semana?
Conoce el corazón, conoce a la persona. Nuestro interés en ayudarnos unos a otros nos hace ir más allá de las conversaciones rutinarias y entrar a la esfera del corazón. Contar con una guía clara para este terreno puede enriquecer todas nuestras relaciones.
Alguien te pregunta: «¿Cómo estás?».
Tú respondes: «Bien, gracias. ¿Cómo estás tú?».
Es un saludo placentero.
Pero cuando alguien te pregunta «¿Cómo estás?», para todo lo que está haciendo y se sienta a escucharte, tiendes a decir más.
Eventos y circunstancias de la vida
En un comienzo, puede que ese más sea un simple recuento de los eventos del día.
Un padre le pregunta a su hija de doce años: «¿Cómo estuvo el día en la escuela?».
―«Bien».
―«Cuéntame un poco más».
―«Tuve matemáticas, después historia y después almorcé».
Es un comienzo, pero no queremos que nuestras conversaciones solo cubran eventos. Tenemos la sensación de que hay algo más profundo. Queremos saber qué es importante para la otra persona, y eso nos lleva a lo que la Escritura llama corazón.4
Cuestiones del corazón
Es posible que el corazón esté velado y sea difícil de conocer. Preferimos ocultar sus pensamientos menos atrayentes y algunas de sus heridas. Sin embargo, cuando estamos dispuestos a ser un poco más vulnerables y los demás tratan nuestro corazón con cuidado, descubrimos que conocer y ser conocidos es parte de nuestro diseño. Esas conversaciones son un deleite, y resultan esenciales si queremos cuidarnos, ayudarnos y animarnos bien los unos a los otros.
Imagínate al corazón como algo con capas y profundo. Es comparado con las raíces de un árbol (Jeremías 17:5–8), con aguas profundas (Proverbios 20:5) y con un tesoro que debemos buscar (Mateo 6:20). Como está lleno de muchas cosas, siempre habrá más por descubrir, aunque a veces alcanzarlo requiere tiempo y confianza.
Deseos naturales
Sabes que entraste al corazón cuando descubres carencias, afectos o deseos. Allí guardamos lo más importante para nosotros.
Queremos descanso y salud para nuestros cuerpos,
lo mejor para nuestros amigos y familiares,
protección de nuestros enemigos,
un trabajo significativo,
una vida que aporte,
paz,
amor.
Estos deseos del corazón son importantes para el Señor, y Él nos invita a derramar nuestros corazones delante de Él (Salmo 62:8). Así es cómo funciona Su amor. Él comparte los placeres y dolores de Sus amados. El Señor nos escucha en el sentido más pleno. Oye y se conmueve. Nos invita a hablar y responde con compasión, recordatorios de Su fidelidad pasada y la certidumbre de Sus promesas.
Entonces, en respuesta a Él, hacemos eso mismo los unos con los otros. Invitamos a hablar a los demás. Entramos al mundo de las otras personas. Buscamos escuchar los asuntos más importantes para el otro. Escuchamos y rastreamos las emociones de la persona, pues allí es donde encontramos carencias y deseos.
«¿Cuáles han sido los mejores momentos de tu día?».
«¿Qué ha sido especialmente difícil?».
Las preguntas como estas nos sitúan en la dirección correcta. Nos llevan a los deseos naturales satisfechos o frustrados, y suelen ser el primer paso para llegar al corazón.
Deseos morales
Justo abajo de nuestros deseos alborotados se encuentra la dirección moral de nuestra vida:
El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón saca lo bueno; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca (Lucas 6:45).
Una vez, un amigo me preguntó: «¿Cómo está tu corazón?».
Nota que estaba cavando más hondo. Estaba especialmente interesado en la forma en que mis deseos establecen el curso moral o espiritual de mi vida.
Aquí descubrimos que nuestro corazón puede ser recto, constante, limpio, penitente y puro o hipócrita, corrupto, duro y repleto de necedades.
En otras palabras, lo que ese hombre me estaba preguntado básicamente era: «¿Cómo te ha ido en las batallas espirituales? ¿Cómo estás lidiando con las tentaciones de la vida?». Por lo general, solo otorgamos acceso a estas áreas en las relaciones más curtidas que se caracterizan por el amor.
Deseos con respecto a Dios
Desde luego, nuestra dirección moral se basa en una persona. La dirección de nuestro corazón nunca es un mero asunto de guardar o quebrar la ley. En nuestro corazón, conocemos a nuestro Dios Creador (Romanos 1:19–21; 2:14–15), y todo lo que hay en nuestra vida se relaciona con Él:
Cuando violamos Su ley, deshonramos Su nombre y nos hemos alejado.
Cuando amamos a los demás, lo honramos y amamos a Él.
Cuando tenemos miedo, necesitamos conocer con mayor profundidad Quién es Él y Su cercanía.
Cuando nos enojamos, nos alejamos de Él y vivimos principalmente para nuestros propios deseos.
Cuando tenemos vergüenza, nos alejamos de Él porque creemos la mentira de que se alejó de nosotros.
Todos vivimos ante el rostro de Dios, estemos o no conscientes de esa realidad. La vida es sumamente personal. Él nos busca y nos invita a conocerlo mediante Jesús, es decir, a conocer lo que hay en Su corazón. Nosotros, a su vez, respondemos en una de estas dos maneras: o bien se despierta nuestro deseo piadoso y queremos escuchar, conocer y acudir a Jesús, unirnos a Él en la obra de Su Reino y hablar con Él, o nuestro deseo egoísta se aferra a otros dioses y reinos que consideramos más valiosos. Para decirlo de otro modo: o confiamos en Él o confiamos en nosotros mismos y en los objetos de nuestros afectos. O nos acercamos a Él o nos alejamos de Él.
En lo profundo de nuestro corazón, la cuestión no es tanto qué amamos, sino a quién amamos.5

Conoce y disfruta
Esta es la manera de profundizar en la vida de una persona:
1. Pregunta «¿Cómo estás?». Luego, sigue las emociones fuertes. Ese es el camino hacia el corazón, y allí es donde empieza la ayuda. Buscamos oír alegrías y tristezas, esperanzas y temores, y nos interesamos en ellos.
2. Disfruta lo bueno. Buscamos «amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, [y] templanza» (Gálatas 5:22–23), además de otras características que se asemejen a Jesús. Cuando vemos o escuchamos esos reflejos de Cristo, los disfrutamos, los señalamos y simplemente nos complacemos en la persona.
3. Ten compasión cuando haya problemas, y habrá muchos (Juan 16:33). Mientras más tiempo camines con alguien, más problemas escucharás. Queremos que nuestra compasión crezca al oírlos.
4. A medida que sigas caminando con esa persona, puede que descubras un fundamento espiritual que es una mezcla de fe en Jesús y confianza en uno mismo. Entonces hablamos especialmente de Jesús y Su amor, y oramos para poder conocerlo mejor. Cuando nos alejamos, hemos olvidado quién es Él, y la fórmula es conocerlo mejor.
Todos somos santos, sufrientes y pecadores que esperan ser más transparentes con los demás. Tú también debes sincerarte con respecto a tus afectos cuando alguien te pregunte. Queremos conocer a los demás y que ellos también nos conozcan.
Discusión y reacción
1. Más abajo hay un esquema útil. En su centro, está el corazón. El círculo que rodea al corazón representa al cuerpo. Juntos, estos dos círculos comprenden a la persona. A medida que nos vamos alejando del centro, los otros círculos concéntricos son ejemplos de las influencias que moldean nuestras vidas. El círculo interior incluye las influencias visibles; el exterior contiene las que son menos visibles. La flecha sugiere que hay una interacción continua y bidireccional entre nuestros corazones y el Dios vivo. La flecha también indica que nuestro corazón se ve afectado por todas las circunstancias de la vida (la flecha se dirige hacia nosotros) y además interpreta toda la vida (la flecha se aleja de nosotros). En verdad, estamos llenos de muchas cosas.

¿Cómo es que entenderte de esta forma te ayuda a comprender tu propia alma?
¿Qué preguntas tienes?
2. ¿Qué preguntas te ayudan a penetrar en tu propio corazón?
• ¿Qué es lo que amas? Esta apunta a los objetos de tus deseos.
• ¿Qué te hace feliz? Esta revela deseos insatisfechos.
• ¿Qué te entristece? Esta revela deseos pospuestos o frustrados.
• ¿Qué te enoja? Esta también revela deseos frustrados.
• ¿Qué temes? Esta apunta a los deseos en peligro.
Lo que queremos es practicar con nosotros mismos y crecer en transparencia delante del Señor. Cuando entendemos mejor cómo funciona nuestro corazón, podemos aprender a profundizar más en las vidas de otras personas.
3. Intenta ver lo bueno ―no solo circunstancias buenas, sino también bondad moral―. Nota cuando la persona es paciente aunque la estén tratando mal, amable aunque sean bruscos con ella, perdonadora, benigna y capaz de decirles «no» a los deseos rebeldes. Como regla general, debes esperar ver esto antes de hablar sobre asuntos más difíciles.
• En los últimos días, ¿qué cosas buenas has visto en las otras personas?
• ¿Por qué es importante ver lo bueno?
Si queremos ayudar de forma sabia, debemos conocer el corazón Y las influencias significativas de ese corazón. Entre esas muchas influencias, hay dos que destacan: las otras personas y nuestros cuerpos físicos.
Nuestros corazones siempre están tramando algo. Como podríamos esperar, hay un ajetreo incesante en torno a las cosas que son importantes para nosotros. Amamos, nos preocupamos, planificamos, descansamos, eludimos, adoramos, nos escondemos y hacemos muchas cosas más. Mientras tanto, el mundo que nos rodea también está incansable y activo. Perdemos el empleo, nuestros cónyuges se enojan con nosotros y los vehículos se estropean. Alguien nos invita a comer, nos recuperamos de una enfermedad y somos amados por otras personas. La vida siempre viene con dificultades y cosas buenas. Si queremos conocernos y ayudarnos unos a otros, debemos permanecer cerca del lugar donde confluyen los mundos y corazones de los demás.
Observa que, en el esquema, la flecha que conecta lo externo a nosotros y nuestros corazones apunta en ambas direcciones. Nuestros cuerpos, nuestro trabajo, nuestro dinero, nuestra cultura, otra gente e incluso las fuerzas espirituales están negociando con nuestro corazón, ya sea para cuestionar o confirmar nuestras creencias. Desde luego, Dios está por sobre todos esos factores, y Su voz es la que queremos oír con más claridad.

Es imposible conocer por completo la inmensa cantidad de factores que influyen en el corazón. Nuestro propósito es identificar las influencias que han sido más importantes. Entre las más comunes que encabezan la lista, se encuentran el impacto de las otras personas y las consecuencias de las debilidades corporales y cerebrales.
La gente sana, la gente hiere
El impacto más obvio en nuestra vida lo tiene la gente. Aunque vivamos en pobreza abyecta, juzgamos la vida según nuestras relaciones. Si somos ricos en amigos y familiares cercanos, la vida es buena. Si estamos aislados y desconectados, no hay suma de dinero que baste para contrarrestar esas dificultades. Si somos rechazados o abusados, parece que las secuelas no acaban nunca. Nuestras relaciones bendicen y también maldicen.
El Salmo 133 ensalza la bendición de la unidad.
¡Mirad cuán bueno y cuán delicioso es
Habitar los hermanos juntos en armonía!
Es como el buen óleo sobre la cabeza,
El cual desciende sobre la barba,
La barba de Aarón,
Y baja hasta el borde de sus vestiduras
(v.1–2).
Al mismo tiempo, la mayoría de los salmos reconocen el dolor del aislamiento, de los amigos que actúan como enemigos, de los enemigos que actúan como enemigos y de los estragos de la injusticia.
Sabemos esto: Dios está activo en medio de las relaciones difíciles, la victimización y la opresión. El éxodo de Egipto de los israelitas comenzó porque Dios respondió a los clamores de los esclavos, aunque ni siquiera estaban clamándole a Él. El mismo Jesús, nuestro Gran Sumo Sacerdote, vino a este mundo de incomprensión y violencia cuando Se hizo «en todo semejante a sus hermanos, para venir a ser [un] misericordioso y fiel sumo sacerdote» que actuara en favor de los heridos y maltratados (Hebreos 2:17).
Sin embargo, mientras Dios está activo, también lo está Satanás. Sabemos que Satanás usa estas dificultades para sembrar dudas sobre el cuidado y la compasión de Dios. ¿De verdad Le importa a Dios? Un buen padre, ¿permitiría que sus hijos pasaran por cosas así? Todas las circunstancias dolorosas pueden suscitar un estruendo confuso de voces en conflicto que desnudan o abruman nuestro corazón, y es posible que tengamos reacciones contrapuestas:
• Podemos confiar en el poder y la justicia de Dios, y mantenernos agradecidos.
• Podemos amargarnos y tomar el asunto en nuestras propias manos.
• Podemos mantenernos confiados en el amor de Dios porque tenemos los ojos puestos en Jesús.
• Podemos creer que Dios está distante y es indiferente a nuestro dolor.
Aquí los ayudantes deben moverse con cuidado. Estas respuestas revelan cuestiones importantes, pero, al cuidar de los demás, lo primero que hacemos rara vez es indagar en las respuestas del corazón. Más bien, nos detenemos en las relaciones que han sido dolorosas. No empezaríamos una conversación con Job diciéndole: «¿Cómo has respondido ante del Señor por las muertes de tus hijos y tus propios achaques y dolores?». Esas preguntas omiten la compasión y suelen ser innecesarias.
Eso no significa que pospongamos las conversaciones sobre el Señor, sino solo que seremos cuidadosos al acercarnos al corazón de otra persona. La mejor asistencia trae a Cristo de forma temprana y frecuente. Cuando escuchamos de circunstancias y relaciones abrumadoras, debemos ayudarnos mutuamente a hablar de esos problemas con el Señor, pedirle Su compasión y poder, y asegurarnos de Su amor fiel.
Cuando escuchamos de las buenas relaciones de alguien, somos bendecidos junto a esa persona. Si escuchamos de relaciones difíciles, tomamos nota, esperamos oír más en algún momento y preguntamos cómo podemos orar.
Nuestros cuerpos son fuertes, nuestros cuerpos son débiles
El impacto de las otras personas compite con el impacto de nuestro cuerpo. Nuestros cuerpos somos nosotros, pero también actúan como una especie de influencia sobre nuestros corazones, que es similar a la ejercida por la gente. Por lo tanto, en el esquema, el cuerpo se presenta como un círculo, lo que sugiere que, aunque es nosotros, también nos afecta. Por ejemplo, vemos la mala salud como algo que nos ocurre, y es una de las cosas más importantes que nos ocurren.
El saludo más común del mundo es «¿Cómo está tu salud?».
Nuestra petición de oración más frecuente es «¿Podrías orar por sanidad?».
Somos seres físicos y siempre lo seremos. Se acerca el momento en el que nuestros cuerpos serán renovados, pero por ahora pueden ser quisquillosos. En su mejor estado, nuestro cuerpo (y cerebro) es fuerte y saludable. Todo parece funcionar bien y no hay molestias ni dolores que requieran atención. Por lo demás, nuestros cuerpos son débiles y se van desgastando, en cuyo caso pueden transformarse en inquietudes e intromisiones para las tareas cotidianas de la vida. El apóstol Pablo resume así esta idea:
Aunque este nuestro hombre exterior [nuestro cuerpo] se va desgastando, el interior [nuestro corazón o alma] no obstante se renueva de día en día (2 Corintios 4:16).
Nuestro objetivo es estar cada vez más conscientes de esas fortalezas y debilidades físicas.
Todos entendemos un poco sobre las debilidades del cuerpo. Sabemos de los problemas de visión, el dolor crónico, los accidentes vasculares y las fracturas. Sin embargo, al igual que en todos los aspectos de nuestro conocimiento mutuo, queremos saber más. Por ejemplo, considera cómo estructuramos la vida. Hay personas que pueden establecer pasos claros para conseguir un fin específico; otras son más desordenadas. Este proceso se debe a fortalezas o debilidades físicas ―es decir, relacionadas con el cerebro―. Algunas personas se enfocan mucho en los detalles; otras ven el panorama general y se olvidan de los elementos específicos. Eso también puede deberse a diferencias cerebrales.
Los estudios recientes sobre el vínculo entre el cerebro y el comportamiento nos han dado más información sobre problemas difíciles como la demencia en adultos y las diferencias de aprendizaje de los niños. Los últimos avances de la psiquiatría moderna nos han alertado de la interdependencia de nuestros pensamientos y emociones, y el funcionamiento del cerebro. No tenemos que ser expertos en estas áreas de estudio, pero sí queremos aprender lo que podamos, recibir la ayuda de los que tienen más experiencia y ser humildes ante la complejidad humana.
Cuando oímos de buena salud, disfrutamos las bendiciones de esa persona; cuando oímos de discapacidad y enfermedades, esperamos entender más, mostramos compasión y oramos.
• Agradecemos por la buena salud.
• Oramos por sanidad en la enfermedad.
• Oramos para que la fe se renueve en la enfermedad.
Esta es una regla general: mientras mejor entiendas las debilidades físicas de una persona, más paciente serás con ella.
El poder de las circunstancias
Las circunstancias de la vida no tienen el poder de alejarnos de Jesús o hacernos amarlo más; esa es la jurisdicción del corazón. Sin embargo, sí pueden facilitar la vida o hacerla más miserable, y pueden transformarse en pruebas difíciles que revelan cosas sorprendentes sobre lo que alguna vez estuvo latente en nuestro corazón. Cuando nos topamos con un desvío en el peor momento, nos damos cuenta de que nuestros corazones son más iracundos y demandantes que lo que pensábamos.
Por lo tanto, escuchamos en la intersección de la vida y el corazón. Allí, descubrimos que la gente que parece seria y distante ha sido herida, y que su amabilidad emerge cuando solo cavamos un poquito. O tal vez descubramos que los temerosos son los gigantes espirituales en medio nuestro y que los violentados que hablan abiertamente son de los más valientes de nuestras filas. En todas las personas hay profundidades y rincones infinitos. Tenemos el privilegio de compartir y conocer algunos de esos lugares. Aunque nunca podamos conocernos los unos a los otros de forma exhaustiva, sí podemos conocernos con precisión y en verdad.
Discusión y reacción
1. Hay un sinnúmero de influencias que moldean nuestras vidas: las personas, el cuerpo y el cerebro, la educación, el clima, la cultura local, los líderes políticos, la raza y las guerras. ¿Cuál ha sido la influencia predominante de tu vida? ¿Cómo ha afectado tu corazón?
2. Nuestra época ha sido más cuidadosa para describir las diferencias relacionadas con el cerebro. ¿Cuáles te han resultado útiles para entenderte a ti mismo y a los demás? ¿Cómo es que conocer los detalles de las debilidades físicas de otras personas te ha ayudado a amarlas y ser paciente con ellas?
3. El Salmo 130 es un ejemplo de cómo podemos pasar con naturalidad de las circunstancias al corazón:
De lo profundo, oh Jehová, a ti clamo.
Señor, oye mi voz;
Estén atentos tus oídos
A la voz de mi súplica.
JAH, si mirares a los pecados,
¿Quién, oh Señor, podrá mantenerse?
Pero en ti hay perdón,
Para que seas reverenciado (v. 1–4).
Cualquiera que hayan sido las circunstancias del salmista, eran extremas. El salmista describe una experiencia en que no podría haber estado más cerca de la muerte y seguir con vida. Sin embargo, dirige sus súplicas al Señor. Recuerda esto: si el Señor, en Su bondad, perdona a Sus enemigos, podemos estar seguros de que estará con nosotros en nuestros períodos de necesidad.
No negamos las dificultades de la vida. Más bien, queremos hablar de ellas con el Dios que nos escucha, recordar Sus promesas y amor fiel, y confiar más en Él.
Dense el tiempo de orar para que podamos expresar salmos similares.
Aunque pudiéramos pensar que la ayuda verdadera viene a través de ideas nuevas y dramáticas, esta, en su mayoría, tiende a venir de formas más corrientes. Viene mediante la interacción personal de los unos con los otros, mediante la atención a Cristo y mediante la oración.
En la próxima página, volvemos a encontrar el esquema del corazón inserto en un sinfín de círculos.
Es una estructura simple, pero nos puede ayudar en cada conflicto humano, ya que nos provee una manera de interpretar todos los problemas psiquiátricos o psicológicos que frecuentemente son significativamente influenciados por el cuerpo y el cerebro. Asimismo el diagrama nos explica que nos sentimos más plenos en el culto de la iglesia, cantando himnos y alabanzas, porque esto llega hasta nuestra alma o corazón.6

Ten en cuenta que Jesucristo no es solo para nuestra vida espiritual, como si lo espiritual fuera distinto a nuestros pensamientos, emociones o relaciones. Más bien, toda la vida es espiritual, pues Cristo es nuestro consuelo, nuestro perdón, nuestro honor, nuestra justicia, nuestro poder, nuestro gozo y nuestra esperanza. Incluso la forma en que estamos estructurados hace que lo que sabemos de Jesús y nuestra confianza en Él sean el centro del corazón humano, y solo cuando descansamos en Cristo podemos florecer realmente como Su pueblo.
Equipados con estos rudimentos, queremos extraer más y más aplicaciones que nos guíen a tener conversaciones sabias y útiles.
Ser personal y orar. Estas son las dos habilidades que esperamos dominar.
Ser personal
Aquí hay algo verdadero y rico: Dios es personal y, por eso, nosotros somos personales con Él y con los demás.
Que Dios sea personal significa que Él Se acerca a Su pueblo. Cuando Se acerca, nos habla e invita a responder, y cuando Le respondemos, Él escucha. Eso quiere decir que oye y en verdad es influido por lo que decimos. Podemos pensar que es como si nos invitara a Su casa, donde Él habla con franqueza y amor, y nos ofrece la mejor hospitalidad divina. Todo eso ya es demasiado, pero además Él nos invita a que le digamos lo que es importante para nosotros, y mientras Se lo decimos, Él Se involucra con nosotros sin distracción alguna, respondiendo a nuestras palabras.
Podríamos decir que hay compañerismo, incluso comunión.
La vida de Jesús en la tierra es una evidencia de la comunión personal de Dios con nosotros. Él habló, escuchó y Se conmovió por lo que vio y oyó. Todas las menciones de Su compasión y misericordia son evidencias de que es el Dios personal. Vuelve a pensar en Su conversación con la mujer samaritana (Juan 4:1–42): buscó a esa mujer marginada, entabló con ella la conversación más larga que se registra en el Nuevo Testamento y le reveló que era el Cristo. Se acercó a ella como siervo, amigo y Dios.
A raíz de esto, nuestra ayuda es personal. Somos una mezcla de siervo y amigo que, como siervo, prioriza los intereses de los demás y, como amigo, entra a la vida de la otra persona, disfruta de ella, lleva sus cargas e incluso comparte lo que hay en su propio corazón.
Disfrutamos a los demás y las cosas buenas que han recibido:
«Estoy muy feliz por ti».
«¡Celebremos juntos!».
«¡Qué regalo tan grandioso! Esto es simplemente maravilloso».
También disfrutamos a los demás y las cosas buenas que salen de su corazón:
«Tu apertura con respecto a tu vida ha sido una gran lección sobre la gracia para mí».
«Muchas gracias por preocuparte por mí. Me recuerda que no estoy solo».
«Valoro mucho poder ver la paciencia y bondad que les das a tus hijos».
Mostramos compasión al compartir sus cargas y sufrimientos:
«Lo siento mucho».
«Eso parece muy difícil. ¿Podrías contarme un poco más?».
«Te tengo en el corazón».
Nos gozamos con los que se gozan y lloramos con los que lloran (Romanos 12:15) porque hacer eso refleja el carácter de Dios.
La regla para ser personal es decir algo cuando la otra persona te da acceso a sus tesoros. No es necesario que sea mucho. Lo que guía nuestras respuestas es la regla de oro (Mateo 7:127) y la humildad. La regla de oro pregunta: «¿Qué cosas útiles y alentadoras me han dicho a mí otras personas?». La humildad pregunta: «¿Qué podría ayudarte y animarte a ti?». Cuando no sabemos qué decir, pedimos ayuda.
Como variante de la regla de oro, también puedes pensar en lo que ha sido inútil para ti y para los demás. Por ejemplo, casi siempre es inútil aconsejar a alguien que está en problemas, a menos que la persona lo pida. Los consejos son lo que nosotros haríamos en la situación del otro, aun cuando puede que nunca hayamos estado en esa situación. Por lo general, suenan como las palabras de un profesor y pasan por alto la compasión. Rara vez son personales. Por lo tanto, guárdate los consejos, a menos que te los pidan.
Hablar de ti mismo también puede ser inútil, por lo menos al comienzo:
«¿En serio? Mi mamá también tuvo alzhéimer».
«Yo también me deprimo a veces. El año pasado estaba muy agotado porque…».
Puede que tu intención sea invitar a la persona a abrirse aún más, y en algunas relaciones es posible que tales comentarios logren precisamente eso. Sin embargo, también pueden cambiar el tema, llevándolo de lo que hay en el corazón de la otra persona a lo que hay en tu propio corazón. Por lo tanto, si hablas de tu propia historia análoga, asegúrate de regresar a lo que está ocurriéndole a la otra persona.
Orar
Una forma segura de ser personal es orar. Orar evidencia que alguien está en nuestro corazón. La oración junta lo que sabemos de los demás, nuestro amor por ellos y lo que sabemos de Dios y Sus promesas.
Puede funcionar más o menos así: te acercas a una persona nueva después del culto. La saludas y le preguntas de ella. En respuesta, obtienes algunos datos: dónde trabaja, dónde vive, cuánto tiempo ha vivido allí. Menciona que está sin empleo.
Durante la semana siguiente, oras por ella un par de veces. La próxima vez que la ves, le preguntas sobre su búsqueda de empleo. Cuando te dice que está estancada, le preguntas un poco más: qué trabajos ha tenido, qué trabajo le gustaría tener. Entonces le dices:
―«Esto parece muy difícil. ¿Cómo puedo orar por ti?».
―«Podrías orar para que encuentre trabajo pronto».
―«¿Puedo orar por ti ahora?».
Estás ahondando en el corazón y en las cosas importantes para ella. Luego, vienen otras preguntas:
«¿Alguna idea nueva para conseguir trabajo?».
Podrías hacerle un par de preguntas más amplias:
«¿A qué iglesia asistías antes?».
Mientras tanto, sigues buscando oír lo más importante. Al escuchar, buscas sus afectos, sus emociones.
Cuando lees la Escritura, observas algunos pasajes que pueden guiarte al orar por ella. Le cuentas de esos pasajes y le preguntas si hay otros importantes para ella. La invitas a un grupo pequeño en que los demás puedan conocerla y ella pueda conocer a los demás.
Estos son los elementos esenciales de la ayuda y el cuidado:
Sé personal: es decir, acércate a la gente, conoce a los demás, conmuévete por las cosas importantes.
Ora por y con la gente: la mejor ayuda identifica las necesidades de nuestra vida que solo pueden ser cubiertas por Jesucristo. Esas son nuestras necesidades más importantes y profundas.
Cuando la otra persona te invita a entrar a su vida, hay muchas preguntas y problemas que considerar:
«¿Qué debo hacer con mi hija iracunda?».
«Mi esposo me golpeó esta semana. ¿Qué debo hacer?».
«Siento que soy un fracaso en todo».
No es necesario que te sepas todas las respuestas. La humildad y el amor quieren saber más, así que preguntas más. Preguntas qué ha sido útil e inútil. Meditas en cómo orar. Luego, siempre habrá más ayuda disponible en el cuerpo ampliado de Cristo, así que pedimos ayuda juntos.
Discusión y reacción
1. ¿Alguna vez has sido bendecido por las respuestas personales de otra persona? Dicho de otro modo, ¿alguna vez has sido animado por alguien que en verdad te escuchó y oyó?
2. Una de las revelaciones impactantes del carácter de Dios ocurre cuando, en respuesta a los afectos vacilantes de Israel, el Señor dice:
Mi corazón se conmueve dentro de mí,
se inflama toda mi compasión.
(Oseas 11:8).
La palabra «conmueve» significa que el corazón de Dios se emociona y agita fuertemente en favor de Su pueblo. Dios se conmueve por Su pueblo; nosotros también debemos conmovernos por los placeres y dificultades de las personas que amamos. Cuando pensamos en el hecho de que Dios Se conmueve por nosotros, esperamos ser aún más sensibles con los demás. ¿Cómo podrían afectar estas realidades la manera en que tú oras?
3. Pasar de conocer a los demás a orar con ellos cara a cara puede ser difícil. ¿A qué puede deberse eso? ¿Cómo esperas llegar a orar más con los demás?
4. Dense un momento para orar los unos con los otros.
Las dificultades y el sufrimiento están en todas partes, y la Escritura los aborda hablando de nuestros problemas en casi todas sus páginas. La historia del éxodo abre ese camino.
Ya que muchas de nuestras conversaciones tienen que ver con dificultades, queremos saber más de lo que Dios les dice a los que sufren. La mayoría de nosotros hemos pensado en estas cosas. Todos tenemos algunas nociones de lo que Dios dice. Lo que nos interesa es refinar y complementar lo que sabemos.
¿Por dónde empezamos?
Algunas de nuestras luchas se identifican claramente en la Escritura. Por ejemplo, podemos buscar «miedo» o «ansiedad» en una concordancia bíblica, y de inmediato encontraremos cientos de pasajes. Pero ¿qué hacemos cuando la Escritura no identifica con claridad un problema específico? Parece que guarda relativo silencio respecto a la prevalencia cada vez mayor de diagnósticos psiquiátricos, que son asuntos urgentes para muchas personas. En respuesta, solicitamos la ayuda de otra gente sabia y seguimos escuchando a los que están en apuros. Cuando lo hacemos, notamos dos cosas:
1. Las dificultades son únicas. No hay dos formas de sufrimiento que sean idénticas.
2. Las dificultades tienen algo en común. Son dolorosas y nos hacen sentir que se nos acabaron los recursos. Esa es la razón por la que un solo salmo puede abordar muchos problemas diferentes.
La siguiente es una de las historias que se extienden a gran parte de la miseria humana. No identifica todos los embates que podríamos experimentar, pero sí nos brinda una historia maestra para guiarnos.
La historia del desierto
El relato del éxodo comienza con la compasión y liberación de Dios: «Los hijos de Israel gemían a causa de la servidumbre, y clamaron; y subió a Dios el clamor de ellos con motivo de su servidumbre. Y oyó Dios el gemido de ellos» (Éxodo 2:23–24). Entonces, el Señor mostró Su gran poder sobre Egipto y los sacó de allí. El plan era pasar por el desierto y llegar a la tierra prometida, pero el viaje por el desierto terminó siendo más largo y difícil de lo que cualquiera podría haber previsto.
El desierto es difícil, por ello respondemos con compasión
A decir verdad, el desierto es un lugar de miseria e impotencia. Si alguna vez te has sentido así en tus problemas, esta es tu historia. El desierto te hace sentir que todo está perdido y que no puedes dar ni un paso más. Hay peligros en todas partes. Si queremos ayudar, los viajes por el desierto de las personas que amamos despertarán nuestra compasión. Lloramos con los que lloran, nos acercamos a ellos y oramos para que sean fortalecidos.
En el desierto no hay solo dificultades
Las cosas no son exactamente lo que parecen. Aunque nuestros sentidos nos digan que estamos solos, el Señor está allí, y ya que Él es la fuente de vida, vida nos dará incluso en una tierra estéril. El desierto es el lugar donde sale agua de las rocas y aparece el maná todas las mañanas.
También es el lugar donde el Señor prueba y forma a Sus hijos reales, con el propósito de que vean lo que en verdad hay en sus corazones y asciendan a las cortes reales con madurez y sabiduría (Deuteronomio 8:1–3; Santiago 1:2–5). La prueba llega a lo profundo del alma: ¿creeremos y confiaremos en Él cuando las circunstancias parezcan extremas?
En la prueba del desierto literal, el pueblo se olvidó de Dios. Se quejaron de Él, lo que es una forma de despreciarlo; se entristecieron al recordar Egipto, y buscaron ayuda fuera del Señor. Con mucha frecuencia, nosotros repetimos su travesía y, cuando la vida se pone difícil, confiamos más en lo que nos dicen los sentidos que en lo que nos dice Dios.
En respuesta a nuestra lealtad vacilante, el mismo Jesús vino al desierto. Resulta ser que el viaje por el desierto, que es el camino por el que Dios lleva a Sus hijos reales, es el camino del Rey Jesús (Mateo 4:1–11). Luego de las muchas fallas de la humanidad en el desierto, nuestro campeón asumió nuestro rol donde nosotros fallamos. Sin embargo, su camino fue distinto. Si bien Israel tuvo maná, Jesús solo sería sustentado por las Palabras de Su Padre, y no por pan. Si bien Satanás se mantuvo en las sombras durante el éxodo, iba a pelear personalmente con el Mesías debilitado, enfocando sus armas espirituales contra Él. Así y todo, sus estrategias fueron similares: «Los caminos de Dios no son buenos. Confía en ti mismo, confía en mí, confía en los ídolos muertos». Cuando viene la dificultad, podemos estar seguros de que oiremos las mentiras de Satanás, que ponen en duda la generosidad, el amor y la veracidad del Señor.
Nuestro Rey fue voluntariamente a ese lugar tan árido, donde creyó y recitó las palabras de Su Padre. Esas Palabras fueron Su comida y satisfacción. Fueron todo lo que necesitó para fortalecerse y tener éxito, y Su éxito lo cambiaría todo.
Dicho de otro modo, en nuestro propio desierto, nuestra aspiración es tener ojos para ver a Jesús.
El desierto es una oportunidad para la fe
Ahora entramos a la historia del desierto sabiendo que Jesús ya ha ganado la victoria y nos ha dado al Espíritu para que hagamos lo que no podíamos hacer antes. Podemos acudir al Señor en vez de alejarnos de Él en medio de los grandes problemas.
Esta historia nueva es para todos nosotros: para los que están familiarizados con el trastorno de estrés postraumático, con el trauma, con la victimización y el abuso, con el duelo y con el miedo. También es la historia germinal de la tentación, de modo que es fundamental para todas las adicciones. Nuestra tarea es vivir en ella y apropiarnos de ella.
Observa lo que ocurre cuando el éxodo se transforma en nuestra historia. Comienza con nuestra liberación de la esclavitud: «Yo soy Jehová tu Dios, que te saqué de la tierra de Egipto, de casa de servidumbre» (Éxodo 20:2). De algún modo, Dios escuchó nuestro clamor, aun cuando todavía no estábamos clamando a Él. Demostró Su poder sobre Satanás y determinó que seríamos Suyos.
Ya que nuestro Rey fue guiado a lugares desolados, podemos estar seguros de que nosotros también seremos llevados a lugares difíciles, pues seguimos al Rey. En el fondo de la mente, pensamos que un buen padre debe protegernos de las dificultades. Es fácil creer que Él nos ama, incluso en dificultades menores como lastimarnos la rodilla. Pero ¿qué padre permitiría que su hijo sufriera un abuso vergonzoso? Esa pregunta es difícil de responder, pero sabemos esto: el Padre ama a Su Hijo perfecto, que pasó por el peor sufrimiento y la peor vergüenza, así que seguramente nos ama a nosotros, que estamos unidos a Su Hijo por la fe. Además, podemos confiar en que el Padre será el Juez justo que rectificará las cosas. Esa confianza sostuvo a Jesús en Su humillación: «Quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente» (1 Pedro 2:23). Podemos compartir Su confianza.
Las dificultades vendrán.
Jesús nos precedió en las dificultades y nos conoce.
El amor del Padre nos busca en nuestras dificultades.
La justicia del Padre, que callará a todos los criminales y restaurará a Su pueblo, está garantizada.
Ahora, Jesús está con nosotros por Su Espíritu, y también nos está preparando un lugar en la tierra prometida. Luego de vencer a Satanás, perdonar nuestros pecados y atravesar con éxito el desierto en nuestro lugar, nos guía por el desierto hacia nuestro hogar con Él. Mientras perseveramos con confianza en Él, nos fortalece en nuestra flaqueza. Así honramos Su nombre.
Clama al Señor
La primera forma ―y la más importante― de expresar esta confianza o poder en la debilidad es simplemente hablar con Él:
De lo profundo, oh Jehová, a ti clamo.
Señor, oye mi voz;
Estén atentos tus oídos
A la voz de mi súplica (Salmo 130:1–2).
Esta es una de las cosas más fáciles y difíciles de hacer. Un niño puede hacerlo, pero también requiere una mezcla sofisticada de necesidad humana y confianza personal en Jesús. En un comienzo, puede sentirse muy poco natural. Puede sentirse como el balbuceo de un bebé. Sin embargo, es mucho más que eso, pues el Espíritu de Dios es Quien nos da palabras para hablar. Esas palabras son honestas, francas, llenas de interrogantes y se aferran, a veces a duras penas, a Jesucristo y lo que Él ha hecho.
La Escritura, el mensaje personal de Dios para nosotros, nos habla en nuestra miseria. Aunque es posible que no identifique la naturaleza exacta de nuestro desierto, una vez que identificamos nuestras luchas específicas como sufrimiento, la Palabra de Dios dice mucho respecto a ellas.
Discusión y reacción
1. ¿Hay pasajes bíblicos específicos sobre el sufrimiento que se hayan vuelto particularmente significativos para ti?
2. ¿Puedes vincular la historia del desierto con dilemas modernos como la depresión, otros problemas que podrían tratarse con fármacos o conflictos que son difíciles de encontrar en la Escritura? La historia del desierto comprende toda clase de dificultades, incluso las que se deben a irregularidades cerebrales o corporales. Una de las ventajas de esta narración consiste en que no es necesario que sepamos la causa precisa del problema descrito para que nos beneficiemos de él, ya que aplica para toda clase de problemas.
3. ¿Cómo podrías orar por alguien utilizando la historia del desierto? Estas son algunas de las realidades espirituales que emergen de la historia magistral del éxodo y podrían guiarte:8
• La vida es difícil. El Hijo sufrió, y los que siguen al Hijo sufrirán (1 Pedro 4:12).
• Habla con el Señor de forma honesta y frecuente. Esto es crucial. Solo habla, gime, pídele a alguien que te lea un salmo y pronuncia un débil «Amén».
• Aspira a conocer mejor a Dios mientras estás en este desierto (Filipenses 3:10–11).
• Puestos los ojos en Jesús. Mantén los ojos en la Escritura, pensando en el Siervo Sufriente. Él entró a tu sufrimiento, y tú puedes entrar al Suyo (Isaías 39–53; Juan 10–21).
• Vive por fe; ve lo invisible (Hebreos 11:1). La visión natural no basta. Tus ojos te dirán que Dios está lejos y mudo. Pero la verdad es que Él está cerca (invisible, pero cerca). Él tiene un cariño único por los que sufren como Él. Por lo tanto, solicita ayuda para forjar una visión espiritual. Escudriña la Escritura. Recluta a otras personas que te ayuden, oren y recuerden la verdad. Pídele al Dios de la consolación que te consuele.
• Dios es Dios (Job 38–42); nosotros somos Sus hijos y no entendemos los detalles de Sus caminos (Salmo 131; Isaías 55:8). La humildad ante el Rey puede acallar algunas de tus interrogantes.
• Pide ayuda. Habla con los que han sufrido, lee sus libros, escúchalos. No estás solo.
• Confiesa tu pecado. Esto no significa que el pecado sea necesariamente la causa de tu sufrimiento. Solo significa que el sufrimiento pone a prueba nuestras lealtades, y es posible que quede al descubierto que nuestras lealtades estaban más divididas de lo que sabíamos (Santiago 1:2– 4). Además, la confesión es una característica habitual de la vida cotidiana. Te ayuda a ver la cruz de Jesús con más claridad y es la manera más rápida de ver el amor persistente y generoso de Dios (Hebreos 12:1–12).
• Mira hacia delante. Necesitamos tener una visión espiritual respecto a lo que está ocurriendo ahora y a la dirección en la que se dirige el universo. Estamos en una peregrinación que termina en el templo de Dios (Salmo 23:6; 84:1–4).
Estas realidades espirituales no tienen el propósito de darnos respuestas para las preguntas de todos. Tanto nuestro propio sufrimiento como el sufrimiento de los demás nos compele a ser humildes, siempre y cuando aspiremos más a ser como niños que a ser maestros. Sin embargo, sí nos recuerdan que Dios habla acerca del sufrimiento y se dirige a los que sufren
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