Kitabı oku: «Lado a lado»

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Lado a Lado

Andando con otros en sabiduría y amor

Edward T. Welch

Publicaciones Faro de Gracia

P.O. Box 1043

Graham, NC 27253

www.farodegracia.org

“La labor de la consejería es la labor de amar bien a otros. Este libro te ayudará a saber cómo luce el amor de Cristo, cómo extenderlo a otros y cómo aceptarlo de parte de otros al vivir juntos.”

Heath Lambert, director ejecutivo, Association of Certified Biblical Counselors; Profesor Asociado de Consejería Bíblica, The Southern Baptist Theological Seminary; autor, The Movement of Biblical Counseling After Adams

“Hay dos cosas que el libro de Welch hace muy bien: Demuestra que nadie otorga mejor la gracia que una persona convencida de que ella misma la necesita, y que Dios hace que Su gracia sea visible al enviar personas ordinarias para dar gracia extraordinaria a los que la necesitan. Welch no solo nos recuerda a todos nuestro llamado al ministerio de amistad, sino también explica cómo se ve en la vida diaria. ¡Todo creyente debe leer este libro!”

Paul David Tripp, presidente, Ministerios Paul Tripp; autor, ¿Qué estabas esperando?: Redimiendo las realidades del matrimonio

“Welch construye una visión de una comunidad cristiana que va mas allá de trivialidades y promesas huecas y llega a relaciones profundas, Cristo-céntricas y basadas en la Escritura. Encontrarás este libro como un manual muy útil para pedir y proveer ayuda en medio de una época de separación.”

Elyse M. Fitzpatrick, consejera; conferencista, autora, Found in Him.

“¡Finalmente! He estado deseando un libro que ayude a cristianos normales y cotidianos a conocer cómo ayudar a amigos que están en dificultades. Esto es lo que Ed Welch nos ha dado en su pequeño libro, de una forma bien escrita bíblicamente sólida y que exalta a Cristo. Planeo comprar un montón de copias y regalarlas a los miembros de nuestra iglesia”.

Deepak Reju, pastor de ministerio familiar y consejería bíblica, Iglesia Bautista Capitol Hill, Washington, DC; autor, El pastor y la consejería

“Ed Welch nos llama a regresar al modelo del cuidado mutuo con sabiduría sencilla que ni complica demasiado ni simplifica demasiado lo que significa ser un consejero bíblico. Recomiendo Lado a Lado para todo creyente, todo grupo pequeño de estudio y toda iglesia comprometida a ser equipada para animar a otros en Cristo”.

Robert W. Kellemen , vice presidente, Desarrollo Institucional, presidente, Departamento de consejería bíblica, Crossroads Bible College; autor, Consejería centrada en el evangelio

“Lado a lado es una guía práctica, simple y perspicaz para caminar con otros durante tiempos difíciles. Este libro ayudará a las iglesias a llegar a ser comunidades de honestidad y sanidad. Deberías leerlo—será de beneficio para ti y para otros”.

Ian Smith, director, Christ College, Sydney

“Lado a lado es una guía bíblica, práctica y exhaustiva, destinada tanto para el miembro promedio de la iglesia como para pastores y líderes. Ed derrumba el mito de que la consejería puede ser dada únicamente por personas profesionales. Desearía que este libro hubiera sido escrito hace mucho tiempo”.

John K. John, director ejecutivo, Biblical Counseling Trust of India

“Este libro de espiritualidad práctica producirá más cristianos necesitados, pero también más cristianos útiles. Me hizo sentir tanto más necesitado como más necesario. ¡Una rara bendición doble!”

David P. Murray, profesor de Antiguo Testamento y Teología Práctica, Puritan Reformed Theological Seminary

“Lado a lado es un tratamiento de terapia física ejecutado con destreza sobre el cuerpo discapacitado de Cristo. Con precisión bíblica y compasión práctica, Welch ayuda al atento y enseñable a trabajar los músculos espirituales que casi no se usan. Finalmente, alguien le ha ofrecido al pueblo de Dios una herramienta de ministerio para sobrellevar las cargas de otros y ejercitar el cuerpo espiritual.”

Joseph V. Novenson, pastor, Lookout Mountain Presbyterian Church, Lookout Mountain, Tennessee

“Ed Welch provoca y aconseja hábilmente a los cristianos sobre cómo relacionarse mejor con otros al reconocer que son necesitados y necesarios al mismo tiempo. Ed pone su brazo alrededor de los miembros de la iglesia que quieren ser más que solo espectadores, alrededor de amigos que quieren crecer en amor sabio y alrededor de padres que quieren ser más efectivos con sus hijos. Desearía haber leído este libro en mi juventud—la vida habría sido más provechosa para otros y para mí”.

Bruce K. Waltke, profesor emérito de estudios bíblicos, Regent College

“Lado a lado hizo que mi enfoque al ministerio y mi método de alcance fueran más pertinentes para el evangelismo y discipulado personal”.

Dallas H. Wilson Jr., vicario, Capilla St. John, Charleston, South Carolina

“Somos personas necesitadas que comparten la misma naturaleza con muchos otros necesitados. La gracia de Dios no nos hace autosuficientes sino que nos permite ayudar a otros. Welch desarrolla este principio bellamente en este libro. Lado a lado no es solo un libro de beneficio individual, sino uno para ser usado como instrumento de crecimiento de la iglesia y el equipamiento del pueblo de Dios”.

Valdeci Santos, vice presidente y profesor de consejería bíblica y misiones, Centro Andrew Jumper para Graduados, Brasil

“ Lado a lado es un libro práctico que trata sobre la necesidad que tenemos de otros y otros de nosotros. Nos empuja a ir más allá en nuestras relaciones y ofrece formas concretas para llevarlo a cabo. Es un libro que trata sobre el ser compañeros y aliados en la vida cristiana. En resumen, es un libro sobre cómo ser buenos amigos cristianos. Me encantaría que cada miembro de nuestra iglesia lo leyera—como resultado seriamos una comunidad más fuerte”.

Steve Midgley, director ejecutivo, Consejería Bíblica UK; ministro principal, Iglesia de Cristo, Cambridge

Lado a Lado

Andando con otros en sabiduría y amor

Edward T. Welch


Publicado por:

Publicaciones Faro de Gracia P.O. Box 1043 Graham, NC 27253 www.farodegracia.org

ISBN 978-1-629461-74-8

Agradecemos el permiso y la ayuda brindada por Crossway para traducir e imprimir este libro, Side by Side, Walking with Others in Wisdom and Love, by Ed Welsh, al español.

Copyright© 2015 by Edward T. Welsh

Published by Crossway

a publishing ministry of Good News Publishers

Wheaton, Illinois 60187, U.S.A.

This edition published by arrangement with Crossway.

All rights reserved.

© 2018 Publicaciones Faro de Gracia. Traducción al español realizada por Giancarlo Montemayor; redacción y diseño de la portada y las páginas por Benjamín Hernandez, Enjoy Media. Todos los Derechos Reservados.

Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada en un sistema de recuperación de datos o transmitida en cualquier forma o por cualquier medio – electrónico, mecánico, fotocopiado, grabación o cualquier otro – excepto por breves citas en revistas impresas, sin permiso previo del editor.

© Las citas bíblicas son tomadas de la Versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. © renovada 1988, Sociedades Bíblicas Unidas, a menos que sea notado como otra versión. Utilizado con permiso.

Para

Sharon

Contenido

Introducción Lado a Lado: Necesitado y Necesario

Parte 1 Estamos Necesitados

1 La vida es difícil

2 Nuestros corazones están ocupados

3 El encuentro de circunstancias difíciles con corazones ocupados

4 El pecado pesa mucho

5 Pide ayuda al Señor

6 Pide ayuda a los demás

Parte 2 Somos Necesarios

7 Recuerda: Tenemos al Espíritu

8 Acérquense y salúdense unos a otros

9 Ten conversaciones profundas

10 Ve lo bueno, disfrútense unos a otros

11 Caminen juntos, Cuenten historias

12 Ten Compasión durante los problemas

13 Ora en medio de los problemas

14 Estén alertas ante las artimañas de Satanás

15 Prepárate para hablar sobre el pecado

16 Ayuda a los que comparten tu condición de pecador

17 No te olvides de la historia

Conclusión Una comunidad funciona mejor lado a lado

Otros Títulos de Publicaciones Faro de Gracia

Introducción
Lado a Lado: Necesitado y Necesario

Este libro identifica las habilidades que necesitamos para ayudarnos unos a otros.

Es para todos—amigos, padres, incluso vecinos.

En el camino encontraremos que a Dios le agrada usar personas ordinarias, conversaciones ordinarias y amor sabio y extraordinario para hacer el trabajo pesado en Su reino.

La idea básica es que aquellos quienes ayudan mejor son aquellos quienes necesitan ayuda y dan ayuda. Una comunidad saludable depende de que todos nosotros seamos esos dos tipos de persona. Así que el libro está dividido en dos partes. La primera parte te guía a compartir tus cargas; la segunda parte te guía a sobrellevar las cargas de otros.

Todos necesitamos ayuda—esto simplemente es parte de lo que significa ser humano.

La ayuda que necesitamos va más allá de cosas como pintar nuestra casa o encontrar un buen mecánico. Es mucho más profunda que eso. Necesitamos ayuda para nuestras almas, especialmente cuando estamos pasando por dificultades. La ayuda puede ser tan sencilla como conectarte con alguien que te comprenda o a alguien que sinceramente te diga, “Cuanto lo siento”. No fuimos diseñados para atravesar solos las situaciones difíciles.

Pero no es fácil pedir ayuda. Pasamos mucho tiempo escondiendo nuestra necesidad porque tenemos miedo de lo que las personas van a pensar. Hablando personalmente, la mayoría de los días estoy feliz de brindar ayuda y reacio a pedirla. Para mí, el estar necesitado es una señal de debilidad, y, si se me da la opción, prefiero parecer fuerte o al menos competente.

Aun así, la debilidad—o necesidad—es un recurso valioso en la comunidad de Dios. Jesús inauguró una nueva era en la que la debilidad es ahora la fuerza. Cualquier cosa que nos recuerde que somos dependientes de Dios y de otras personas es algo bueno. De otra manera, nos engañamos al pensar que somos autosuficientes, algo que seguramente viene seguido de la arrogancia. Necesitamos ayuda, y Dios nos ha dado Su Espíritu y nos ha dado los unos a los otros para proveerla.

Todos somos ayudantes—esto también es parte de ser humano. Un niño pequeño está más satisfecho cuando ayuda a sus padres a cocinar o limpiar. Ellos se deleitan en contribuir en el hogar. En esto, ellos ilustran cómo Dios ha dado dones a todas las personas “para provecho” (1 Corintios 12:7), y todos los dones son necesarios. No existe la persona innecesaria.

En realidad, ofrecemos ayuda tan frecuentemente que podría ser que ni siquiera estemos conscientes de ello. Escuchamos a un compañero de cuarto o un cónyuge sobre sus dificultades en el trabajo, compadecemos a un amigo quien está lleno de temores, damos consejo al miembro de nuestro pequeño grupo de estudio quien está pasando por una relación difícil, preguntamos cómo podemos orar.

Fuimos hechos para vivir de esa manera. Fuimos hechos para caminar lado a lado, un cuerpo interdependiente de personas débiles. Dios se complace en hacernos crecer y cambiarnos por medio de la ayuda de personas quienes han sido recreadas en Cristo y capacitadas por el Espíritu. Así es como funciona la vida en la iglesia.

Y aun así llega el miedo. Tenemos miedo a saltar hacia las complejidades de la vida de una persona. ¿Quiénes somos para ayudar a alguien más? Tenemos problemas al por mayor. Nuestro pasado hace del presente un desorden. El pecado siempre amenaza con alcanzarnos. ¿Y quién no tiene un desorden psicológico? Nos sentimos destrozados y tememos que solo vamos a hacer las cosas peor para los demás. Nos sentimos incompetentes.

En nuestra era consultamos expertos, profesionales y especialistas, pero cuando observas tu propia historia de cómo has sido ayudado, probablemente te darás cuenta que son muy pocos los expertos que te han ayudado. ¿Quiénes fueron tu ayuda? ¿Eran consejeros profesionales o especialistas? Probablemente no. Más frecuentemente, ellos eran amigos—las personas habituales cotidianas en tu vida. Los amigos son la mejor ayuda. Ellos vienen pre-empacados con compasión y amor. Todo lo que ellos necesitan es sabiduría, y está disponible para todos.

Es el sistema perfecto. Si Dios usara únicamente expertos y personas de renombre, algunos podrían jactarse de su propia sabiduría, pero la forma en que Dios hace las cosas no es igual a la nuestra. A nosotros, las personas ordinarias, se nos ha dado el poder y sabiduría a través del Espíritu Santo y somos llamados a amar a otros (Juan 13:34). Desde el principio, somos obligados a acercarnos a otros y no apartarnos.

Así que estoy escribiendo para personas como yo, quienes están dispuestas a acercarse a otras personas que están en dificultades pero no están seguros de poder decir o hacer algo muy útil. Si te sientes bastante débil y ordinario—si te sientes como un desastre pero tienes el Espíritu—tienes las credenciales correctas. Tú eres una de las personas ordinarias que Dios usa para ayudar a otros.

Durante el proceso de aprender esto—estar en necesidad y ser necesarios—Jesús estará presente. Él fue débil antes que nosotros lo fuéramos; Él fue dependiente de Su padre y dependiente incluso de simples seres humanos. Él también vino a servir en lugar de ser servido, y Él lo hizo lado a lado. En la medida que seamos capaces, hagamos esto unos con otros.

Parte 1
Estamos Necesitados

Tu necesidad te califica para ayudar a otros. Tu necesidad, ofrecida adecuadamente a alguien más, incluso puede ser uno de los grandes dones que des a tu iglesia. Inspirarás a otros a pedir ayuda.

Recuerda algún momento cuando estabas en un grupo y alguien habló abiertamente de una lucha en la vida diaria. ¿Qué sucedió? En la mayoría de los casos, el grupo de pronto llegó a ser mas como una familia. Otras personas abrieron sus vidas, y las oraciones del grupo se asemejaron mas a los Salmos. Cuando algo como esto sucede, queda descubierto ese mito de que todos tenemos resuelta nuestra vida, y comenzamos a compartir nuestras cargas unos con otros, justo de la manera en que Dios lo desea.

Pasamos demasiado tiempo ocultando nuestra necesidad. Necesitamos dejar de esconderla. El estar necesitados es nuestra condición básica. No hay vergüenza en ello—simplemente así es. Comprender esto, aceptarlo y practicarlo te hará un mejor ayudador.

Esta parte del libro comienza con un simple bosquejo de quienes somos. Desde allí, te ayudará a entender, admitir y practicar tu propia necesidad.

Estamos necesitados

La vida es difícil

Nuestros corazones están ocupados

El encuentro de circunstancias difíciles con corazones ocupados

El pecado pesa mucho

Pide ayuda al Señor

Pide ayuda a los demás

1
La vida es difícil

La vida es demasiado difícil como para manejarla sin ayuda. La vida también es buena, pero es difícil. No hay un solo día en que no nos enfrentemos a circunstancias difíciles.

El admitir eso no es quejarse. Simplemente es verdad. Jesús dijo, “En el mundo tendréis aflicción” (Juan 16:33) y, si nos detenemos a pensar en esas tribulaciones, nos damos cuenta que son interminables:

• Nuestra salud

• Incógnitas financieras y laborales

• Violencia local

• Promesas rotas

• Demasiadas cosas que hacer

• La salud de nuestra familia

• Discriminación e injusticia

• Terrorismo internacional

• Conflictos con amigos

• Fallas mecánicas

¿Por qué nos tomamos la molesta de identificar tales dificultades? Lo hacemos porque los seres humanos prosperan cuando llevan sus dificultades públicamente a Dios y al menos a una persona más. Cuando observamos los salmos, descubrimos que este es el deseo de Dios para nosotros.

A ti, oh Jehová, clamaré,

Y al Señor suplicaré. (Salmo 30:8)

A través de salmos como este, el Señor esencialmente nos dice, “Ven a mí con tus dificultades. Eso es lo que los hijos hacen con su Padre”. Las cosas difíciles de la vida son importantes para Dios, y si son importantes para Dios, son importantes para nosotros y vamos a trabajar en hacerlas audibles.

La vida organizada

¿Dónde comenzamos? Ya que hay tanto, pudiera ayudar el organizar las circunstancias de nuestras vidas. La Figura 1, mostrada abajo, es una manera de hacer esto. Organiza aquellas circunstancias, buenas y difíciles, en una serie de círculos concéntricos. Imagina una radiografía de nosotros y del mundo a nuestro alrededor. El corazón y el primer círculo (nuestro cuerpo) nos representa; los círculos concéntricos adicionales son las circunstancias que nos rodean. Son el mundo en el que vivimos.


Figura 1. Una radiografía bíblica de una persona y el mundo que la rodea

Considera primero algunas circunstancias que moldean nuestras vidas. (Trataremos con el corazón en el siguiente capítulo).

Nuestro cuerpo

Nuestro cuerpo es una parte integral de nosotros, pero también es un tipo de circunstancia que nos afecta. Nos bendice con salud, y nos trae dificultades tales como molestias y dolores diarios, falta de sueño, dolores de cabeza y un sinnúmero de diagnósticos médicos. El cuerpo, incluyendo el cerebro, contribuye a trastornos psiquiátricos. Si estas experimentando manía, ciertas características de depresión o déficit de atención—la lista puede ser larga—esto podría significar que te llegarán algunos problemas físicos.

Nuestras Relaciones

Las relaciones es en donde encontramos lo mejor y lo peor de la vida. En ellas está el placer de las relaciones crecientes y pacíficas, y aquí es donde se pierde la esperanza y se pierde el amor. Aquí es donde experimentamos soledad, victimización y rechazo. Sea que nos guste o no, necesitamos a las personas, pero ellas pueden hacer la vida difícil.

Nuestro Trabajo

El trabajo incluye el empleo que tenemos o nos gustaría tener, la futilidad de alguna tarea y el dinero que ganamos. El dinero, en particular, puede tener una influencia significativa en nuestras vidas. Tanto la pobreza como la riqueza nos dejan vulnerables. La pobreza sugiere que Dios no está con nosotros, así que confiamos en nosotros mismos, y las riquezas sugieren que tenemos lo que necesitamos, así que confiamos en nuestro dinero. El trabajo y el dinero moldean nuestras vidas más de lo que nos damos cuenta.

Seres Espirituales y el Mundo

Los seres espirituales están tras bambalinas, pero tienen gran efecto. Los ángeles nos protegen, mientras seres espirituales confabulados con Satanás se oponen a nosotros. Estos seres espirituales tienen el poder de afligirnos físicamente, como lo vemos con Job. Pero sus principales armas son mentiras, medias verdades y tentaciones, tácticas que son mucho más poderosas que cualquier aflicción física.

El mundo está incluido entre estas influencias. La Escritura utiliza la palabra mundo en dos formas diferentes. Algunas veces mundo quiere decir la creación habitada, en otras palabras, nuestra tierra. Otras veces, y la forma en la que la estoy utilizando aquí, se refiere a Satanás y aquellos quienes están a la par con él y en contra de las formas de Dios. Juntos crean un coro de voces que silenciosa pero poderosamente hablan en contra del carácter de Dios y anuncian que no hay nada malo en el pecado. Puedes escuchar al mundo especialmente en lo que nuestra cultura dice del libertinaje sexual. Esto quiere decir que nosotros somos, en efecto, personas vulnerables que necesitan el poder y protección de Dios (por ej., Efesios 6:10–12).

El Dios Trino y Su Reino

El círculo que envuelve todo es Dios mismo. Vivimos, en todas las maneras y en todo momento, delante de Dios—Padre, Hijo y Espíritu—y en Su mundo (Hechos 17:28). Dios está sobre todas las cosas y rodea todas nuestras circunstancias. Él es soberano y está activo, nunca duerme. Dios está en los detalles de la vida diaria; Él está en los amplios trazos de la historia, al ir moviendo todas las cosas hacia un clímax final, y lo necesitamos para poder tener “vida, y para… [tenerla] en abundancia” (Juan 10:10). En ninguna manera es Dios tan solo un observador distante, contemplando silenciosamente nuestros problemas—aun cuando fácilmente pudiéramos pensar tales cosas. En cambio, Él creo todas las cosas, por lo que le pertenecen.

Pudiéramos agregar más círculos. El trasfondo étnico y religioso es la circunstancia más importante de la vida para muchas personas. También pudiéramos agregar nuestro entorno geográfico y político, pero los ejemplos anteriores son una buena forma de comenzar. La vida incluye tantas influencias y dificultades, y Dios tiene planes para cada una de ellas.

Piensa en lo que escribirías en esos círculos. ¿Qué viene a tu mente? ¿Qué es bueno, y especialmente, qué es difícil?

Nuestra tarea por ahora es reconocer algunos datos específicos de la fragilidad e incertidumbre de nuestras vidas y las circunstancias difíciles que enfrentamos, para entonces hablar honestamente desde nuestro corazón. No tenemos que agregar peticiones. Solo hablar.

Discusión y Respuesta

1) Existen muchas cosas difíciles viniendo hacia ti. ¿Cuáles son las tres principales? También pudieras tomar una de cada una de las categorías que nos rodean a cada uno de nosotros.

2) Toma tiempo para hablar tus cosas difíciles con el Señor—Él escucha.

Estamos necesitados

La vida es difícil

Nuestros corazones están ocupados

El encuentro de circunstancias difíciles con corazones ocupados

El pecado pesa mucho

Pide ayuda al Señor

Pide ayuda a los demás

2
Nuestros corazones están ocupados

Las circunstancias de la vida son fáciles de entender, pero es en el centro de estas—en nuestros corazones—donde las cosas se vuelven complicadas. Nuestros corazones están siempre rebosantes de actividad. Ellos guían nuestros pensamientos y acciones al interactuar con todas nuestras circunstancias: nuestro cuerpo, nuestras relaciones, nuestro trabajo, seres espirituales, el mundo y Dios. Aquí en el corazón es donde encontramos la esencia misma de quienes somos. Nuestros corazones son vistos más fácilmente a través de nuestras emociones pero también se reflejan en lo bueno—y lo malo—que hacemos. Y nuestra conexión con Dios reside aquí. Sí, nuestros corazones están ocupados.

Ya que la Escritura misma está tan interesada en nuestros corazones, esta utiliza un vocabulario rico y variado para identificar este centro de control de la vida. Espíritu, alma, corazón, mente, persona interior y consciencia son los términos más familiares. Cada una de esas palabras tiene un énfasis particular, pero tienen una cosa en común. Todas identifican nuestro centro espiritual, es decir, cómo estamos conectados con Dios, en todo tiempo, sea que lo sepamos o no.

Es difícil imaginar algo que no puedes ver, tal como el corazón, pero la Escritura provee imágenes y analogías tales como una fuente, un pozo, un árbol y un cofre de tesoro.1

Una fuente es el origen real de los arroyos más visibles (Proverbios 4:23) y un pozo tiene profundidades que deben ser exploradas (Proverbios 20:5). Estos pueden dar tanto agua fétida como agua viva (Juan 7:38).

Un árbol tiene raíces que buscan una fuente de vida (Jeremías 17:5– 8). O esas raíces encuentran su descanso en otras personas, algo que la Escritura asemeja a un arbusto marchito en el desierto, o se sacian solamente en el Señor, en cuyo caso permanecerán durante los tiempos más difíciles.

Un cofre del tesoro es donde ponemos nuestros objetos de valor (Mateo 6:19–21). Esto es lo que amamos verdaderamente. Algunos tesoros son propensos a oxidarse y corromperse—podemos estar seguros que un tesoro así estará acompañado por el temor. Si nuestro tesoro es guardado en Jesús, entonces estará seguro.

Estas imágenes capturan cómo nuestros corazones trabajan tras bambalinas, silenciosamente determinando el curso de nuestras vidas, y tienen mucho más que ver con Dios de lo que pudiéramos darnos cuenta. Ellos (nuestros corazones) pueden también ser traídos a la luz y examinados. Una forma de hacer esto es seguir nuestras emociones.

Las Emociones Vienen del Corazón

Nuestras emociones son nuestra primera respuesta al mundo que nos rodea. Aparecen sin ningún pensamiento aparente. Sin embargo, son mucho más que meras reacciones, ya que dicen más de nosotros que lo que dicen sobre nuestras circunstancias. Nuestras emociones revelan lo que es más estimado para nosotros (ej., Salmo 25:17; 45:1). Es por eso que nuestras emociones nos identifican. Ellas son nosotros. Reconocemos a nuestros amigos por sus pasiones y respuestas emocionales. Cuando las emociones de nuestros amigos están trastornadas por una lesión en la cabeza o intensificadas por los efectos secundarios de un medicamento, decimos que no son ellos mismos. Nuestras emociones nos señalan hacia aquellas cosas que son más importantes para nosotros.

Cuando estamos contentos, poseemos algo que amamos; cuando estamos ansiosos, algo que amamos está en riesgo; cuando estamos abatidos, algo que amamos ha sido perdido; cuando estamos enojados, algo que amamos está siendo robado o alejado de nosotros.

Observa la culpa y vergüenza. Podemos decir que no revelan lo que amamos, pero ciertamente revelan aquello que es estimado para nosotros. Cuando sentimos vergüenza, sentimos como si alguien hubiera quitado nuestra cubierta humana y nos hubiera dejado desnudos. Nos separa de las relaciones, relaciones que son estimadas para nosotros. Cuando somos culpables, sentimos como si nuestra relación con Dios esta potencialmente en riesgo, y esta relación es un asunto de vida o muerte.

¿Qué es lo más importante para nosotros? ¿Qué es lo que amamos? ¿Qué es más estimado para nosotros?2 No deberíamos sorprendernos de que estas preguntas lleguen hasta el centro de nuestro ser. Ellas también señalan hacia donde nos dirigimos. Todos los caminos eventualmente llevan a nuestra relación con Dios. ¿Amamos lo que Él ama? ¿Es Él lo más estimado para nosotros?

Así que, busca esos fuertes sentimientos, primero en ti y después en otros. ¿Qué circunstancias te emocionan? ¿Qué disfrutas? ¿Qué te provoca pesar? Observa a tus amigos iluminarse cuando hablan de un hijo, cónyuge, grupo musical, Jesús, trabajo o un deporte. Los escucharemos detenerse cuando tocan un tema de algo que es especialmente difícil, como si de pronto cargaran un peso. Pudiéramos observar un destello de enojo: “Yo nunca voy a ser como mi padre”. Si confían en nosotros, pudiéramos escuchar de temores, dolor oculto, y vergüenza—asuntos que preferiríamos mantener en privado.

Pudiéramos resumir nuestras emociones de la siguiente manera: estas usualmente proceden de nuestros corazones, se les da forma mediante nuestros cuerpos, reflejan la calidad de nuestras relaciones, reflejan ambas caras del trabajo: tanto lo bueno como lo vano, proveen un vistazo de los resultados que obtenemos en la batalla espiritual e identifican lo que realmente creemos de Dios.

Una aclaración: Podríamos decir que las emociones usualmente reflejan lo que está sucediendo en nuestros corazones. Ocasionalmente, ya que a las emociones se les da forma en nuestros cuerpos, las emociones pueden ser asaltos impredecibles que vienen de cuerpos desordenados y mentes indisciplinadas.

La depresión, por ejemplo, pudiera decir que algo amado está ahora perdido, la vida ha perdido significado y propósito, o algo deseado nunca va a ser poseído. Pero la depresión también pudiera decir, “Algo no está bien con mi cuerpo o mente”.

En otras palabras, las emociones fuertes son un tiempo para preguntar, “¿Qué es lo que está realmente diciendo mi corazón? ¿Para qué vivo que no poseo?”. Pero pudiéramos no recibir respuestas claras a esas preguntas. Algunas veces la depresión es simplemente sufrimiento físico. Nos dice, “Siento como si estuviera adormecido por dentro”. En todo caso—y esto es importante—las emociones difíciles son siempre un tiempo para buscar ayuda y orar buscando resistir en la fe. Una persona deprimida está sufriendo y el sufrimiento nos deja espiritualmente vulnerables. Plantea preguntas sobre la bondad y cuidado de Dios y susurra que debemos haber hecho algo malo para merecer tal sufrimiento. El sufrimiento emocional necesita apoyo espiritual.

El bien proviene del corazón

Ahora, profundicemos un poco más. Nuestras emociones pueden estar en la superficie y ser obvias para nosotros. Pero en lo más profundo está todo lo que pudiéramos llamar “bueno”.

Esto bueno, como nuestras emociones, aun expresa lo que amamos y deseamos. Pero nos señala, aún más claramente a Dios. Por ejemplo, los padres aman a sus hijos. Ese amor, lo sepan los padres o no, refleja el amor de Dios para Sus hijos, y es bueno. Hay bondad en cada ser humano. Incluso el flagrante narcisista tiene un lado más suave y bueno si miramos lo suficientemente cerca. Ya que Dios nos creó, y las cosas creadas siempre llevan alguna cualidad de su creador, somos capaces de ver cosas buenas los unos en los otros. Viene de muchas maneras:

• Vecinos que se ayudan unos a otros

• Los extraños que regresan billeteras perdidas.

• Los empleados que trabajan duro, incluso cuando el jefe está de vacaciones.

• Los cónyuges que reconocen cuando están equivocados.

• Mecánicos de autos que son honestos.

Cuando la bondad es nuestra respuesta a Jesús—cuando hacemos el bien por Él—también puede ser llamado “obediencia”, “fe” o una “expresión de nuestro amor hacia Dios”. Esta bondad es especialmente hermosa cuando las dificultades parecen llover sobre nosotros, y, en respuesta, nos volvemos hacia el Señor en lugar de alejarnos de Él. La bondad brilla más en la debilidad. Esta es la esencia de la fe, y es digna de admiración. Cualquier cosa que hagamos por Jesús—amor, trabajo, soportar, esperar—es muy buena.

Observar la bondad de Dios en otros es importante en la manera en que ayudamos, y debemos regresar a ella una y otra vez. La ayuda incluye ver lo que es bueno en otra persona.

Lo malo viene del corazón

No todo está bien claro está. Nuestros corazones pueden ser buenos, pero también pueden ser muy malos. Ellos son ambas cosas al mismo tiempo.

Aunque preferimos mantener esta realidad en secreto, hay poco desacuerdo sobre la maldad que reside en cada corazón. Todos sabemos que hacemos mal. Nos amamos a nosotros más de lo que amamos a los demás. El egoísmo y el orgullo son parte de nuestra vida diaria:

• Padres que degradan y destruyen a sus hijos.

• Vecinos que chismean.

• Empleados que defraudan a sus jefes.

• Hombres que aman la pornografía más de lo que aman a sus esposas.

• Contratistas que cobran trabajo innecesario.

Si bien todos reconocemos la maldad dentro de nosotros, estamos menos dispuestos a reconocerla como pecado. Pecado quiere decir que nuestra maldad es principalmente dirigida contra Dios, y la mayoría de las personas no están conscientemente agitando su puño contra Él. Ni siquiera pensamos en Él. Así que, ¿cómo es que el mal comportamiento puede ser pecado?

Aquí es donde las cosas se ponen turbias, necesitamos la luz que las Escrituras brindan. Aun cuando vivimos delante de Dios, no siempre estamos conscientes de Dios. Cuando un adolescente no cumple la indicación de un padre, no siempre lo siente como un acto de rebelión contra el padre. A menudo parece algo más sencillo—el adolescente solo quiere hacer lo que él o ella quiere hacer. La desobediencia no es “nada personal”, pero sí que es personal. Lo mismo es verdad para nosotros. Cuando pecamos, es contra Dios, aun cuando no se sienta de esa manera.

Luego está el mal comportamiento más consciente. Un hombre tenía que escoger entre la cocaína y su esposa: “Era claro para mí que no había opción. Amo a mi esposa, pero no voy a escoger nada por encima de la cocaína”.3

Aquí está el corazón en acción. Ese hombre ama su deseo más que a su esposa. Eso está claro. Tú lo sabes, él lo sabe, y está mal. Ahora mira un poco más lejos y descubrirás que él ama sus deseos por encima del Señor—él está comprometido a administrar su vida en lugar de someterla al Señor. Él no estará consciente de ello, pero pueda que lo reconozca al escucharlo.

Somos, en efecto, personas necesitadas.


figura 2

Las lealtades espirituales provienen del corazón

En el mismo centro de nuestros corazones esta nuestra conexión a Dios. Aquí están las raíces del árbol, el manantial al fondo del pozo. Sea que lo conozcamos o no, somos religiosos de principio a fin.

A eso que está ocurriendo dentro de nuestros corazones lo podríamos llamar “adoración”. Aquel a quien amamos por sobre todas las cosas es aquel a quien adoramos, y aquel a quien adoramos nos controla.

Sea que nos percatemos de ello o no, nuestros corazones conocen mucho sobre el Dios verdadero, y fijamos una postura a favor o en contra de Él. Ese conocimiento no es siempre notorio para nosotros, pero allí está. Es como si retuviéramos alguna vaga conciencia de los cantos de amor que Dios nos cantaba antes de que tomáramos nuestro propio camino, y cuando los volvemos a escuchar, evocan algo hermoso y familiar. Él es nuestro Padre; somos Sus hijos. Vivimos coram Deo, delante del rostro de Dios. No existe la independencia. Incluso si huimos, Él es nuestro Padre. Incluso si buscamos emancipación legal, no podemos escapar. A continuación algunas pocas maneras en las que sabemos esto:

• Nuestros corazones reconocen Su voz. Conocemos el amor porque Él es amor. Queremos justicia porque Él es el juez justo. Somos atraídos a la compasión y misericordia porque Él es el Dios compasivo y misericordioso (Ex. 34:6).

• Nuestros corazones tienen la “obra de la ley” escrita en ellos (Rom. 2:15), y esa ley refleja el carácter de Dios. Tenemos una consciencia que condena la maldad y aprueba lo correcto.

• Nuestros corazones jamás están completamente en paz hasta que descansamos en Él.

• Nuestros corazones están en su mejor momento cuando amamos y adoramos al trino Dios por sobre todas las cosas y seguimos Sus mandamientos.

Lo que confunde todo es que el pecado de otros, las mentiras del malvado, y nuestros propios pecados pueden distorsionar este conocimiento.

Las personas temerosas conocen a Dios, pero ellas ven primero las máscaras de aquellos quienes los han lastimado. Aquellos que se sienten culpables pudieran asumir que Dios es como un simple ser humano que perdona parcial y condicionalmente.

Quienes odian a otros han ignorado la verdad de que Dios extiende Su amor incluso a los enemigos.

Aquellos que siempre quieren más de la vida conocen a Dios, pero creen la mentira de que existe la satisfacción fuera de Dios.

Entretejido con el conocimiento del Dios verdadero encontramos nuestras mentiras y aquellas que escuchamos de los demás. El resultado es que nadie tiene un conocimiento completamente libre y preciso del Señor. Nadie. Nuestros mitos son revelados en nuestros temores, pasados, emociones perturbadas y pecados.

Debido a esta condición de la humanidad, un conocimiento preciso de Dios es la cosa más importante—la cosa más saludable y productora de gozo—que pudiéramos tener. Y eso es exactamente lo que nuestro Padre se deleita en darnos.

Observa como el apóstol Pablo ora por nosotros:

No ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria de vosotros en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él (Efesios. 1:16–17; vea también 3:14–19).

Pablo comprende que la necesidad más profunda de nuestros corazones es Dios—conocerlo profundamente y seguirlo. Esto quiere decir que si queremos ser ayudados y ayudar a otros, siempre debemos aspirar a esto. Y ya que Jesús mismo es nuestra imagen completa de Dios, siempre debemos buscarlo. De alguna manera, al crecer en nuestro conocimiento y adoración a Jesús, Él alienta lo bueno, rehabilita lo malo y trae paz al corazón atribulado. Él es la Fuente de toda sabiduría, amor y esperanza. Sea o no que mencionemos el nombre de Jesús a un amigo necesitado, siempre señalamos hacia Él.

Entonces, con un conocimiento creciente de Jesús en nuestras manos, respondemos creyendo y le seguimos.

El corazón está ocupado. Es nuestro centro espiritual. La evidencia de su actividad puede ser vista día a día en la mezcla humana de bondad, maldad, miedos, frustraciones, gozos y pesares. Si sigues su pista, llegarás al mismo centro del corazón a encontrarte cara a cara con el Dios verdadero y el estado de tu relación con Él. ¿Estamos intentando crear una existencia por nosotros mismos en el desierto, o estamos activamente conduciendo nuestras raíces hacia el agua?

Discusión y Respuesta

1) ¿Puedes describir el corazón en unas pocas oraciones?

2) Da algunos ejemplos de cómo tus sentimientos están vinculados a lo que está sucediendo en tu relación con Dios.

Estamos necesitados

La vida es difícil

Nuestros corazones están ocupados

El encuentro de circunstancias difíciles con corazones ocupados

El pecado pesa mucho

Pide ayuda al Señor

Pide ayuda a los demás

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El encuentro de circunstancias difíciles con corazones ocupados

Siempre habrá circunstancias preocupantes. La vida es difícil. Cuando nuestro corazón se encuentra con las circunstancias difíciles, estalla una conversación entre ambos—de ambas vías—y la conversación puede ser sabia y llena de esperanza, o puede ser insensatez disfrazada de sabiduría.

La conversación comienza

Por lo regular, nuestros problemas comienzan la conversación interna:

“Esto es doloroso. ¿Por qué está sucediendo?”

Y entonces viene el caos. Los seres espirituales susurran, “¿Le interesas a Dios? ¿Puede confiarse en Sus palabras?”. Nuestros corazones pueden someterse a esas preguntas, y nosotros podemos adoptarlas como nuestras:

“Tal vez a Él no le interese. Un buen padre, ¿no protegería a Sus hijos de estas cosas?”

Mientras tanto, Dios también habla.

Pudiéramos resumir Sus palabras de la siguiente manera: “Mira a Jesús, crucificado y resucitado de los muertos. Aquel que fue crucificado y sufrió, Él es la evidencia del amor infalible en medio de la aflicción. El sufrimiento genera muchas dudas y para la mayoría de ellas tendrás que confiar en mí—que mi amor es más sofisticado de lo que crees”.

Nuestra tarea es escuchar la voz de Dios, creer Sus palabras, y seguir a Jesús aun cuando la vida sea difícil.

Una y otra vez los problemas vienen a nosotros y nosotros respondemos. El diablo cuestiona nuestras respuestas; nosotros respondemos. La Palabra de Dios en Cristo Jesús nos relata la verdadera historia sobre nuestro sufrimiento y habla de esperanza; nosotros respondemos. Y la conversación continúa.

¿Quién gana? ¿Quién tendrá la última palabra?

Mientras tanto, la conversación cambia verdaderamente la experiencia del sufrimiento. Por ejemplo, si respondemos con, “Nada tiene sentido y a Dios no le importa”, nuestro dolor será peor. Si respondemos con, “No entiendo esto, pero sé que mi Padre me ama y confío en Él”, viviremos con propósito, esperanza y perseverancia. Si recordamos las promesas de Dios en nuestras pruebas y nos volvemos a Él, los problemas pueden hacerse ligeros y momentáneos (2 Corintios 4:17) cuando son comparados a las riquezas que tenemos en Él.

Es en este ir y venir que necesitamos ayuda. Incluso aquellos que parecen fuertes en la fe pueden tambalearse por el sufrimiento que amenaza las cosas que más aman.

Algunas conversaciones son mejores que otras

Hay algunas conversaciones en las que el corazón no quiere ayuda. Ya hemos tenido suficiente, somos inflexibles y ninguna palabra de Dios o de otras personas nos va a influenciar. Aquí hay un ejemplo:

“Dios, tú no tienes corazón”. Él era silencioso y temeroso de Dios. Algunos lo consideraban tímido. Rara vez los vecinos lo escuchaban hablar, aun así dirían que era un buen vecino.

Cuando fue expulsado de su hogar y reubicado en un gueto Húngaro, él era la misma vieja persona, como si nada hubiera cambiado. Pero cuando fue llevado en un camión que era demasiado pequeño para la docena de personas que llevaba, cuando el viaje iba en su segundo y después tercer día sin agua, cuando los guardias abrían las puertas cada pocas horas y al azar golpeaban con las culatas de sus rifles las débiles cabezas, y cuando morían personas a su alrededor, su corazón finalmente respondió.

Sus circunstancias dominaban la batalla interna.

“Dios todo poderoso, ¿por qué nos has hecho esto a nosotros? ¿No tienes corazón, no tienes sentimientos? ¿No tienes ojos para ver? ¿No tienes oídos para escucharnos? Eres malvado, Oh Señor, tan malvado como el hombre.”4

Ese fue el final de su conversación. Él acuso a Dios y sintió que no había nada más que decir. En lugar de pedir prestadas las palabras de los salmos de David, el respondió con su propio anti-salmo, y se aferraba a ello.

Aquí hay una mejor alternativa:

“Nada ha cambiado”. Un padre de cuatro hijos, de cincuenta y cuatro años de edad, tenía una larga historia de caminar con Jesús. Una de sus rutinas era leer un salmo cada día, y el Salmo 22 era uno de sus favoritos. Debido a que él había hecho esto por décadas, estaba acostumbrado a hablar honestamente con el Señor en cualquier circunstancia, y él, también, podía resumir sus reacciones en unas pocas palabras.

Durante un examen de rutina, su doctor notó una lesión muy irregular en su hombro, a la cual efectuó una biopsia y envió a un laboratorio de patología para hacer algunas pruebas. El resultado estaría listo en diez días. El doctor estaba claramente preocupado y sugirió que el paciente regresara a la oficina para tratar los resultados y considerar cuáles tratamientos pudieran ser de ayuda.

Diez días después acudió al médico acompañado de su esposa. El doctor fue directo al grano.

“Tengo malas noticias. La lesión es cancerosa”.

“¿Qué quiere decir esto? ¿Cuál es el tratamiento y pronostico?”

“Es un melanoma maligno—uno de los cánceres más agresivos. En este momento, los únicos tratamientos que tenemos son

experimentales y no han mostrado gran éxito”.

“¿Y el pronóstico?”

“Lo siento mucho. Por lo general la esperanza de vida es de entre nueve y doce meses”.

Agradeció al médico por ser claro, directo e intentar ayudar.

Agendaron una cita de seguimiento para hablar sobre los tratamientos experimentales. Él y su esposa dejaron la oficina y lloraron juntos.

Sus primeras palabras fueron, “Nada ha cambiado”.

A la vista de las peores circunstancias posibles para él y su familia, él dijo, “Nada ha cambiado”. Su corazón y su claro conocimiento de Jesús tomaron el control de la conversación interna y esencialmente dijeron esto: “Si tú crees que las noticias de mi muerte van a cambiar mi confianza en el amor de Dios hacia mí, no lo harán. Su Hijo dio Su vida por mí. ¿Por qué pensaría que Él me ama menos ahora? Él me amaba ayer cuando todo parecía ir bien. Nada ha cambiado—Él me ama también hoy”.

Esa fue la palabra final. Había tanto que hacer y habría muchas lágrimas adelante. En efecto, pidió oración de su familia y amigos—por fe, por esperanza, por amor—pero jamás reconsideró esa conversación inicial, aun cuando murió, rodeado por su familia un año más tarde.

Aquí está el mejor ejemplo: “¿Por qué me has desamparado?”. Jesús ha ido delante de nosotros y nos muestra cómo responder a las dificultades— cómo tener la conversación del corazón con Dios. Así es como Jesús respondió a Su sufrimiento:

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?

¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor?

Dios mío, clamo de día, y no respondes;

Y de noche, y no hay para mí reposo (Salmo 22:1–2).

Llantos honestos, abiertos al Padre—esa fue su forma de responder a las dificultades. Comienza con preguntas. ¿Por qué está sucediendo esto? ¿Por qué estás tan lejos? ¿Por qué no respondes?

Las palabras de Jesús, en medio de su desesperación, parecen impactantes, sin embargo, Él autoriza el uso de estas mismas palabras en nuestras dificultades. Lo que es especialmente importante es que no se está quejando o desafiando a Dios. No, Él está clamando y dirigiendo Sus palabras al Dios que hace promesas y cumple promesas; quien realmente escucha. Hacer esto es más difícil de lo que parece, dada nuestra tendencia de interiorizar nuestro dolor.

Ya que no tiene sentido que Su Padre estuviera en silencio y distante, Él continúa:

Pero tú eres santo,

Tú que habitas entre las alabanzas de Israel.

En ti esperaron nuestros padres;

Esperaron, y tú los libraste.

Clamaron a ti, y fueron librados;

Confiaron en ti, y no fueron avergonzados (v. 3–5).

Su clamor al Padre va en muchas direcciones. Él alaba al Padre y habla de tiempos de desesperación en el pasado de Israel, cuando Dios los rescató y los liberó. Jesús lucha las batallas espirituales siempre dirigiendo la conversación hacia las fiables y comprobadas palabras y a los actos de Su Padre. No hay caos aquí—la voz del Padre tiene autoridad clara sobre todas las otras.

Pero tú eres el que me sacó del vientre;

El que me hizo estar confiado desde que estaba a los pechos de mi madre.

Sobre ti fui echado desde antes de nacer;

Desde el vientre de mi madre, tú eres mi Dios. (v. 9–10)

Así, en medio de Sus terribles circunstancias, clama a Aquel quien escucha y actúa:

Mas tú, Jehová, no te alejes;

Fortaleza mía, apresúrate a socorrerme…

Sálvame de la boca del león (v. 19–21).

Y la conversación continúa, progresa de peticiones de ayuda a declaraciones de liberación. Estas declaraciones alcanzan su cenit cuando Jesús une el pasado, presente y futuro, incluso desde la cruz, y termina su petición con estas palabras: “Sálvame de la boca del león” (v. 21).

Por tanto, Jesús hace pública Su alabanza y considera las certezas del futuro:

Anunciaré tu nombre a mis hermanos;

En medio de la congregación te alabaré.

Los que teméis a Jehová, alabadle.

Glorificadle, descendencia toda de Jacob,

Y temedle vosotros, descendencia toda de Israel.

Porque no menospreció ni abominó la aflicción del afligido,

Ni de él escondió su rostro;

Sino que cuando clamó a él, le oyó (v. 22–24).

Jesús declara que el Padre no ha escondido Su rostro. El Padre ha escuchado sus clamores. Entonces Jesús nos recuerda mirar hacia el Señor, porque Él nos ha hecho bien:

Se acordarán, y se volverán a Jehová todos los confines de la tierra,

Y todas las familias de las naciones adorarán delante de ti…

La posteridad le servirá;

Esto será contado de Jehová hasta la postrera generación.

Vendrán, y anunciarán su justicia; A pueblo no nacido aún,

anunciarán que él hizo esto (v. 27–31).

Este es uno de los muchos salmos que nos ayudarán a aprender cómo dirigir nuestras conversaciones internas con Dios cuando lleguen los problemas. Existen interminables formas de conducir este diálogo. El Salmo 22, sin embargo, merece especial atención porque fue el clamor de mayor angustia de Jesús. Como tal, puede ser un modelo para nuestra propia miseria, sin importar cuan extrema sea.

Sigue hablando; crece durante los problemas

Así que, seguimos hablando con Dios, sin quejarnos de Él. La mayoría de nosotros cae entre los dos extremos del Salmo 22 y el anti-salmo del hombre enfrentando la opresión Nazi. La mayoría de nosotros tenemos momentos en que el sufrimiento tiene el poder de endurecer nuestros corazones. Para algunos, ese lugar es incluso tan simple como una llanta ponchada o un contratiempo mecánico, especialmente si es uno de muchos. Para otros, esa línea no se cruza hasta que la vida de un ser amado está en peligro. Sin embargo, para personas como el apóstol Pablo y el hombre que dijo, “Nada ha cambiado”, no hay tal línea. Ninguna cantidad de sufrimiento puede sacudir su confianza en Dios. Temo que mi propia línea está más cerca a la llanta ponchada.

Con la ayuda de Dios, crecemos. Aspiramos a apropiarnos los salmos cada vez más. Cuando lleguen los problemas y superemos el conflicto interno, seremos capaces de restablecer el orden. Si no sucede esto, buscamos más ayuda. Apuntamos a crear nuestros propios salmos en donde (1) derramamos nuestra queja al Señor, (2) repasamos las promesas de Dios y Su fidelidad, (3) encontramos nuestro descanso y comodidad en Jesús, y (4) les permitimos a otros saber que ellos, también, pueden encontrar descanso y consuelo. Entonces, cuando flaqueamos, pedimos ayuda y lo hacemos todo de nuevo.

Una de las habilidades espirituales críticas para cada seguidor de Jesús es traer orden al conflicto interno y crecimiento en medio de los problemas, en lugar de furia o desgaste (2 Cor. 4:16). La tribulación no va a ganar al final. En medio de la miseria física podemos tener esperanza, y la esperanza es una de nuestras respuestas más valiosas a las dificultades de la vida.

Discusión y Respuesta

1) Toma un evento difícil reciente e identifica qué tipo de salmo estas escribiendo.

2) Parafrasea el Salmo 22 y permite que el salmista te guíe en oración.

Estamos necesitados

La vida es difícil

Nuestros corazones están ocupados

El encuentro de circunstancias difíciles con corazones ocupados

El pecado pesa mucho

Pide ayuda al Señor

Pide ayuda a los demás

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