Kitabı oku: «Nuevo Chile, acción colectiva y tejido social.»
Nuevo Chile,
acción colectiva
y tejido social
La historia contada
por sus habitantes

Jaime Ruiz, Edwin Diomedes
Nuevo Chile, acción colectiva y tejido social. La historia contada por sus habitantes / Edwin Diomedes Jaime Ruiz [y otros diecinueve autores]; Editores académicos, Edwin Diomedes Jaime Ruiz y Hernando Sáenz Acosta, Bogotá: Ediciones USTA, 2020.
128 páginas; fotografías a blanco y negro y a color e ilustraciones
Incluye referencias bibliográficas (páginas 113-118) e índices temático, onomástico y de autores
ISBN: 978-958-782-390-5
E-ISBN: 978-958-782-391-2
1. Barrio Nuevo Chile -- Vida social y costumbres. 2. Urbanismo -- Aspectos sociales -- Colombia 3. Comunidades rurales 4. Participación de la mujer 5. Barrios populares -- Condiciones económicas. 6. Derechos humanos 7. Transporte urbano – Barrio Nuevo Chile I. Universidad Santo Tomás (Colombia).
| CDD 307.72 | CO-BoUST |

© Hernando Sáenz Acosta, Laura Daniela Cétares Zarate, Ana Ruth Castellanos de Ardila, Adela Dimas, Edwin Diomedes Jaime Ruiz, Lina María Aldana Suescún, Lucio Flavio Lara Maldonado, Carmen Rosa Minota Montaño, María Alejandra Chala Quintero, Jesús Antonio Córdoba Quijano, Ana María Cortés Domínguez, Bernardino Motta Marizancen, Ana María Rivera Joya, María Riguey Sánchez Galeano, Rubiela Hoyos Sánchez, Érika Constanza Trujillo Rubiano, María José Pinzón Rodríguez, Jessica Daniela Ramírez Suárez, Érika Constanza Trujillo Rubiano y Fernando Octavio Escobar Suaterna, autores, 2020
© Edwin Diomedes Jaime Ruiz, Hernando Sáenz Acosta, editores académicos, 2020
© Universidad Santo Tomás, 2020
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Diagramación: Martha Cadena
Montaje de cubierta: Yully Cortés
Impresión: DGP Editores S.A.S.
Hecho el depósito que establece la ley
ISBN: 978-958-782-390-5
E-ISBN: 978-958-782-391-2
Primera edición, 2020
Esta obra tiene una versión de acceso abierto disponible en el Repositorio Institucional de la Universidad Santo Tomás: https://repository.usta.edu.co/
Universidad Santo Tomás
Vigilada Mineducación
Reconocimiento personería jurídica: Resolución 3645 del 6 de agosto de 1965, Minjusticia
Acreditación Institucional de Alta Calidad Multicampus: Resolución 01456 del 29 de enero de 2016, 6 años, Mineducación
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, por cualquier medio, sin la autorización expresa del titular de los derechos.
Impreso en Colombia • Printed in Colombia
Contenido
Introducción
El barrio popular como escenario de reconstrucción del tejido social
Hernando Sáenz Acosta
Edwin Diomedes Jaime Ruiz
En el principio fue el Centro diez de inquilinos
Hernando Sáenz Acosta
Laura Daniela Cétares Zarate
Ana Ruth Castellanos de Ardila
Adela Dimas
El Mar de la tranquilidad
Edwin Diomedes Jaime Ruiz
Lina María Aldana Suescún
Lucio Flavio Lara Maldonado
Carmen Rosa Minota Montaño
Construyendo comunidad
María Alejandra Chala Quintero
Jesús Antonio Córdoba Quijano
Reivindicación de los derechos humanos, lucha por la vivienda y gestión de lo público
Ana María Cortés Domínguez
Bernardino Motta Marizancen
Mujeres de armas tomar
Ana María Rivera Joya
María Riguey Sánchez Galeano
Rubiela Hoyos Sánchez
Érika Constanza Trujillo Rubiano
El papel de los jóvenes y la acción colectiva
María José Pinzón Rodríguez
Jessica Daniela Ramírez Suárez
Érika Constanza Trujillo Rubiano
Fernando Octavio Escobar Suaterna
Conclusiones
Referencias
Sobre los autores
Índice onomástico
Índice temático
Lista de figuras
Figura 1. El Mar de la tranquilidad, actual barrio Nuevo Chile, Bogotá D.C.
Figura 2. Comisión de seguridad y verificación para el traslado de familias al actual barrio Nuevo Chile, Bogotá D.C.
Figura 3. Detención de mujeres y niños. Alcaldía de Bosa. Bogotá D.C.
Figura 4. Construcción del puente El Socorro (1), Bogotá D.C.
Figura 5. Localización del barrio Nuevo Chile en Bogotá D.C.
Figura 6. Límites barrio Nuevo Chile
Figura 7. Imagen satelital barrio Nuevo Chile
Figura 8. Transporte de tubos del agua desde La Azucena, Bogotá D.C.
Figura 9. “El Riel”. Bogotá D.C.
Figura 10. Construcción Casa cultural barrio Nuevo Chile, Bogotá D.C.
Figura 11. Casa cultural barrio Nuevo Chile, Bogotá D.C.
Figura 12. Reuniones de estudiantes Casa cultural barrio Nuevo Chile, Bogotá D.C.
Figura 13. Biblioteca comunitaria Violeta Parra, barrio Nuevo Chile, Bogotá D.C.
Figura 14. Construcción puente El Socorro, Bogotá D.C.
Figura 15. Construcción alcantarillado Calle 56, barrio Nuevo Chile, Bogotá D.C.
Figura 16. Construcción del alcantarillado, barrio Nuevo Chile, Bogotá D.C.
Figura 17. Adecuación zanja para alcantarillado, barrio Nuevo Chile, Bogotá D.C.
Figura 18. Movilización de mujeres, barrio Nuevo Chile, Bogotá D.C.
Figura 19. Caricatura de Leonor Martínez, participante activa de los procesos de gestión en el barrio Nuevo Chile, Bogotá D.C.
Figura 20. Reunión comisiones, barrio Nuevo Chile, Bogotá D.C.
Figura 21. Reinado en el barrio Nuevo Chile, Bogotá D.C.
Figura 22. Caravana de desfile, quinto reinado barrio Nuevo Chile, Bogotá D.C.
Figura 23. Equipo de fútbol infantil. Aniversario n.º 12 barrio Nuevo Chile, Bogotá D.C.
Figura 24. Actividades programa “Pioneros” barrio Nuevo Chile, Bogotá D.C.
Figura 25. Presentación Grupo de Danzas Folclóricas Jitoma, Bogotá D.C.
Figura 26. Representación cultural, barrio Nuevo Chile, Bogotá D.C.
Figura 27. Representación cultural, barrio Nuevo Chile, Bogotá D.C.
Expresamos nuestro más alto sentimiento de gratitud a quienes nos acompañaron solidariamente en el proceso de investigación y consolidación de este libro.
A los directivos y miembros del barrio Nuevo Chile que nos permitieron conocer y escribir la historia de su barrio.
A la Central Nacional Provivienda Cenaprov por guiarnos y facilitarnos su archivo histórico frente a su lucha por el derecho a una vivienda digna para los colombianos.
Al decano Miguel Urra Canales por su acompañamiento en el desarrollo y elaboración de esta investigación tan enriquecedora para nuestras profesiones, en especial para la sociología.
Introducción
Colombia experimentó durante el siglo XX una importante transición en materia de procesos de poblamiento, ya que pasó de ser un país rural a uno urbano. Este cambio se explica generalmente desde la sociología urbana por la combinación de industrialización y urbanización. Sin embargo, en el caso colombiano, debe agregarse el impacto generado por la violencia en las zonas rurales y los desplazamientos forzados de campesinos que migraron hacia las principales ciudades del país (Sánchez, 2008).
Bogotá como centro político, administrativo y económico del país no estuvo ajena a esta transición demográfica. A mediados de los años cincuenta se empieza a observar la proliferación de las llamadas urbanizaciones piratas y las invasiones de terrenos. Se trata de formas mediante las cuales se accede a suelo urbano que carece de las inversiones básicas para su urbanización. En un primer momento, la respuesta desde el Estado se centró en su erradicación, pero luego se dio paso a los programas de legalización y regularización de asentamientos informales (Camargo & Hurtado, 2013; Torres, 2013).
Una de las organizaciones más importantes en materia de apoyo a la población “destechada” en Colombia ha sido la Central Nacional Provivienda (Cenaprov), organización que se creó en los años sesenta y desde ese momento se tornó en un referente de organización a nivel nacional en materia de lucha por la vivienda. Bajo una orientación política de izquierda, esta organización se distingue de otros procesos en los que era más importante el aspecto económico. Cada iniciativa apoyada por la Central era vista no solo como una oportunidad para lograr mejores condiciones habitacionales para quienes carecían de una vivienda, sino que era una oportunidad más para promover los ideales revolucionarios y apoyar otro tipo de luchas, especialmente las asociadas al movimiento obrero.
Además, autores como Jaramillo (1980) señalan que existen no solo diferentes mecanismos para el acceso al suelo, sino también a la vivienda. En este segundo caso habla de diferentes formas de producción de espacio construido, algunas de las cuales difieren de la establecida por el capitalismo. En el caso de organizaciones como Cenaprov, por ejemplo, se han puesto en marcha procesos de autoconstrucción progresiva de las viviendas, que le confiere a la ciudad latinoamericana una morfología particular en donde diversos sectores de la ciudad son resultado de las mejoras realizadas por los habitantes y en otros predomina la intervención del Estado; este intenta garantizar la provisión de los medios de consumo colectivo indispensables para garantizar la reproducción ampliada del capital por medio de la planeación urbana.
Los mecanismos de acceso al suelo y a la vivienda requerirán de formas de organización colectiva para la resolución de las necesidades asociadas a la vivienda como la defensa del terreno, la construcción progresiva de las viviendas, las luchas por el acceso a servicios públicos domiciliarios, la legalización urbanística, los problemas de inseguridad, entre otros. Si bien el debate acerca de la organización comunitaria sigue teniendo lugar, su aporte a la constitución de una ciudad popular ha sido indiscutible.
Un ejemplo de estos procesos de organización colectiva es el que se presentará en este libro. A partir del trabajo realizado entre 2015 y 2018 se reconstruyó la memoria del proceso de urbanización y consolidación del barrio Nuevo Chile, que se encuentra localizado al sur de la ciudad de Bogotá y en cuyo surgimiento fue vital el papel de la Central Nacional Provivienda. Se trata de un ejercicio realizado entre los líderes comunitarios del barrio y la Facultad de Sociología de la Universidad Santo Tomás.
Este proyecto también es especial por evidenciar el trabajo articulado entre las funciones sustantivas de Proyección Social y de Investigación que tienen lugar en la Universidad. La idea se gestó en 2015 a través del espacio académico Sociología de la Comunidad cuando se dio una aproximación inicial hacia los procesos organizativos de Cenaprov y luego se fue consolidando en los espacios académicos de Proyecto I, II y III gracias a la participación de varias estudiantes que no solo diseñaron y aplicaron instrumentos tales como grupos focales y entrevistas, sino que escribieron junto a los líderes comunitarios los diferentes capítulos que componen este libro[1].
El enfoque metodológico empleado ha sido el de la Investigación Acción Participativa (IAP), que se entiende según Contreras (2002) como: “una herramienta que permite crear vínculos de reflexión-diálogo-acción-aprendizaje entre las personas y agentes externos interesados en promover acciones para el desarrollo y el empoderamiento sociopolítico de la comunidad” (p. 9). Mediante la aplicación de esta herramienta es posible un acercamiento a la realidad social de primera mano y la búsqueda colectiva de soluciones a los conflictos sociales que identifica la comunidad, la reflexión y la generación de cambios orientados al fortalecimiento del desarrollo territorial y la participación comunitaria.
El enfoque de IAP también promueve el diálogo de saberes en donde las personas que integran la comunidad son reconocidas como coinvestigadores o investigadores comunitarios y, por lo tanto, reconoce la importancia de tener en cuenta sus propias necesidades, que pueden diferir o no de quienes hacen parte de la academia. Fals Borda (2009) afirma:
Este esfuerzo de participación en el estudio puede denominarse empírico en el buen sentido, esto es, busca ajustar herramientas analíticas a las necesidades reales de las bases y no a las de los investigadores. Así, obviamente las técnicas desarrolladas por las ciencias sociales tradicionales no todas resultan de rechazar (como algunos pretendieron), sino que pueden utilizarse, perfeccionarse y convertirse en armas de politización y educación de las masas. (p. 264)
Asimismo, según Herrera y Rodríguez (2013):
[…] la historia del barrio Nuevo Chile da cuenta de una de las problemáticas que no han sido subsanadas por parte del Estado como el acceso a la vivienda, motivando así la organización de la gente para la toma de tierras, al no tener más posibilidad de conseguir una vivienda digna para sus familias […] La solidaridad y el trabajo en comunidad rompen con los valores individualistas y excluyentes propios del sistema capitalista, que de diversas formas vulnera y violenta los derechos de las personas. (p. 5)
Frente a este contexto, los procesos de acción colectiva han resultado significativos como elementos constitutivos de la lucha urbana por la vivienda digna en Colombia.
Durante la realización de este proyecto, docentes, estudiantes, líderes comunitarios y población residente en el barrio participaron de celebraciones, galerías fotográficas y actividades culturales con las que se reflexionó acerca de las prácticas y discursos necesarios para la recuperación de la memoria histórica, que está plasmada en numerosas fotografías y caricaturas que empiezan a contar historias, a describir actores y a pensar nuevos escenarios en el territorio. Entre el conjunto de técnicas metodológicas que fueron empleadas se cuenta la revisión documental y fotográfica, la observación participante, las historias de vida, las entrevistas semiestructuradas y los grupos focales.
Estas herramientas metodológicas permitieron establecer de manera conjunta con la comunidad los hitos históricos que marcaron la construcción, consolidación y apropiación del barrio Nuevo Chile como formas de acción colectiva. Para articular cada etapa o fase del proyecto se contó con la participación de las siguientes estudiantes, a quienes agradecemos su apoyo: Jessica Daniela Ramírez, María Alejandra Chala, María José Pinzón, Ana María Rivera Joya, Ana María Cortés, Laura Daniela Cétares y Lina Aldana. Cada una de ellas se comprometió más allá de los dos años de ejecución del proyecto y continuó participando de las actividades que han llevado a la elaboración de este escrito.
Adicionalmente, con el uso de estas herramientas se logró generar una relación estrecha por medio de los procesos pedagógicos dialógicos, que se evidencian en ejercicios de enseñanza-aprendizaje mediante una cultura de la participación. Desde esa perspectiva fue primordial construir un proyecto en conjunto con la comunidad y los grupos sociales con los cuales se trabajó. Se privilegió una aproximación cualitativa que profundiza en la comprensión de la organización social viviendista, de acuerdo con los intereses y alcances de los actores sociales. La propuesta resultante pone a la comunidad como el centro de esta iniciativa, ya que el tejido social y su recuperación es un fin que se puede alcanzar a partir del conocimiento y comprensión de los procesos de acción colectiva indicando posibles rutas o perspectivas para la construcción de soluciones alternativas e incluyentes.
El primer capítulo presenta una contextualización de los procesos de lucha urbana por la vivienda digna, describe algunas características de la evolución de la urbanización latinoamericana en el contexto colombiano, específicamente en el caso de la ciudad de Bogotá. También se hace una revisión de los principales momentos de las políticas urbanas ensayadas a nivel continental y nacional.
El segundo capítulo presenta los testimonios de Adela Dimas y Anita Castellanos a partir de los cuales se configura una descripción de lo que es el Centro diez de inquilinos. Por medio de esta instancia de formación política y educativa de los inquilinos, Cenaprov apoya a las familias con la organización necesaria para avanzar en la toma o compra de terrenos y en la configuración de las comisiones de trabajo, pieza central de la organización comunitaria de los barrios que, como Nuevo Chile, van desde el acceso a servicios públicos, la defensa frente a los intentos de desalojo ejecutados por la policía, la consecución de fondos para las obras comunales, entre otros.
El tercer capítulo se centra en contar la historia del proceso de toma de terrenos por parte de los habitantes y cuenta con la participación de don Lucio Lara y doña Carmen Rosa Minota, quienes explican cómo tiene lugar en 1971 la toma del terreno localizado en inmediaciones de una zona industrial al sur de la ciudad y de las razones por las cuales se escoge el nombre Nuevo Chile para el barrio. Además, se narra cuál fue la respuesta del Estado y la forma en la que reaccionó la comunidad ante la represión y algunos de los logros derivados de la acción colectiva.
El cuarto capítulo, mediante los relatos de Jesús Córdoba, cuenta el proceso posterior a la toma de los terrenos. Allí se describe con mayor detalle el papel de las comisiones sectoriales y los logros obtenidos a partir de ellas. El capítulo quinto narra el caso particular de las obras para el alcantarillado a partir del testimonio de Bernardino Motta.
Los capítulos sexto y séptimo se caracterizan por destacar el papel de las mujeres y los jóvenes en el desarrollo comunitario del barrio Nuevo Chile. En el primero de ellos, participan Erika Trujillo, María Riguey y Rubiela Hoyos, recordando el papel crucial que desempeñaron las mujeres en la acción colectiva de Nuevo Chile, mientras que el último capítulo, en donde participan Erika Trujillo y Fernando Escobar, narra las iniciativas desarrolladas por y para los jóvenes del barrio.
Dentro de los impactos esperados se contempla la utilización de los resultados de la investigación como herramienta para el reconocimiento de Cenaprov como modelo de trabajo para la transformación y el desarrollo social. Se busca también que entre los habitantes del barrio Nuevo Chile sea posible la reconstrucción de una memoria histórica colectiva que reconozca la importancia de las acciones que se presentaron y que responden a las problemáticas actuales. Además, es relevante mencionar que este texto sirve como una forma de activar la memoria histórica de las nuevas generaciones sobre la lucha que vivieron los habitantes del barrio, sin olvidar la importancia que tiene el lugar y toda la riqueza sociocultural con la que cuenta. Asimismo, sirve como invitación para que las nuevas generaciones que se acentúen en el barrio sean partícipes de los diferentes procesos sociopolíticos que se dan en el lugar (Ramírez & Pinzón, 2016)
De igual forma, este libro se considera como una oportunidad pertinente para reflexionar sobre los cambios que ha tenido una ciudad como Bogotá en las últimas décadas y, en particular, de los movimientos viviendistas. Este proceso de trabajo con la comunidad del barrio se ha convertido en un semillero que aporta a la discusión sobre la lucha por la vivienda en Bogotá a través de ejercicios compartidos de recuperación de memoria colectiva. Se considera que la generación de nuevos horizontes requiere de la inclusión de las diferentes organizaciones populares, por medio de las cuales se posibiliten acciones sin discriminación política y en donde, por el contrario, exista mayor apertura democrática.
Para finalizar esta introducción, destaca la importancia que tienen estos procesos de IAP de cara a la comunidad universitaria. Por un lado, está el aprendizaje derivado de iniciativas pedagógicas en donde el trabajo con las organizaciones va encaminado a la aplicación de las técnicas de investigación que permiten la construcción de diagnósticos sobre las necesidades; con esto se fortalecen las capacidades de los estudiantes en campos de acción tales como el acompañamiento comunitario o el trabajo con movimientos sociales. Se espera despertar en los estudiantes un ejercicio más comprometido para la resolución de los problemas, necesidades y conflictos sociales.
Este tipo de proyectos se constituyen en un mecanismo de promoción de la filosofía institucional propuesta por la Proyección Social Universitaria que:
Tiene como propósito lograr el compromiso social de la universidad y cumplir su voluntad de servicio a la comunidad, trabajando activamente en el mejoramiento cualitativo y cuantitativo de la localidad, la región y el país, haciendo presencia nacional en la lucha contra la pobreza, la promoción de la solidaridad y de la cultura de la paz, empezando por sus mismos estudiantes activos y egresados. (Arcos, 2010, p.39)
[1] Para darle mayor formalidad al ejercicio de investigación y proyección social se diseñaron los proyectos de investigación “Resignificación de la acción colectiva en la Central Nacional Provivienda a partir de algunas experiencias en el barrio Nuevo Chile-Bogotá D.C.” y “Acción Colectiva en el barrio Nuevo Chile a partir de la Central Nacional Provivienda Cenaprov” ejecutados en 2016 y 2017 respectivamente en el Grupo de Investigación Conflictos Sociales, Género y Territorios y en la línea de investigación Subjetividades, Acción Colectiva y Transformación Social.
El barrio popular como
escenario de reconstrucción
del tejido social[*]
HERNANDO SÁENZ ACOSTA
EDWIN DIOMEDES JAIME RUÍZ
El barrio Nuevo Chile representa a muchos asentamientos de América Latina que han sido autoproducidos por sus habitantes. Son numerosos los estudios que, desde la sociología, la antropología, la ciencia política, el urbanismo, la planeación urbana se han enfocado en ellos describiendo sus orígenes, las trayectorias por medio de las cuales se construyeron y su posterior consolidación. En este capítulo, presentamos un rápido repaso de las tres lecturas principales que se hacen sobre el proceso de urbanización en América Latina y, particularmente, sobre los barrios autoproducidos, haciendo énfasis en un aspecto que consideramos importante en este libro, la reconstrucción del tejido social.
La primera interpretación de los barrios autoproducidos de América Latina corresponde a la llamada Teoría de la modernización y la marginalidad, que se apoyó en la lectura promovida por la Escuela de Sociología de Chicago en relación con el proceso de urbanización estadounidense. En el caso de EE. UU., se observó a comienzos del siglo XX un proceso significativo de migración hacia las ciudades y la generación de una cultura moderna caracterizada por la despersonalización u objetivación de las relaciones sociales. Los individuos dejaron de estar ligados íntimamente con los lugares donde residían para pasar a tener una mayor libertad de movimiento y mayores oportunidades para el desarrollo intelectual. Otro aspecto señalado consistía en el paso de un sistema de control social basado en costumbres y hábitos para dar paso a leyes objetivas, era el paso de un control ejercido por grupos y relaciones primarias (como la familia, por ejemplo) a otro en manos de grupos secundarios (vinculados a las esferas del mercado o del Estado) (Park, 1999; Simmel, 1988).
A partir de esta lectura, los teóricos de la Escuela de Chicago analizaron el conflicto cultural del migrante como un proceso de ruptura de esos vínculos con su lugar de origen y la necesidad de abandonar sus costumbres para alcanzar mayor libertad en función de la secularización de sus relaciones sociales. Se trataba del paso hacia una organización llamada civilización, basada principalmente en intereses racionales. La ciudad moderna es definida, entonces, como el lugar en donde sucede esa objetivación de las relaciones sociales y lo urbano es un modo de vida marcado por la prevalencia de relaciones interpersonales utilitarias, promovidas por una especialización del trabajo, la coexistencia de diferentes personalidades y, por ende, una mayor promoción del respeto por las diferencias, que es una condición básica para la secularización de la vida.
Wirth (1973) señalaba que la movilidad también generaba más inestabilidad y, por lo tanto, los individuos mudaban sus fidelidades entre uno y otro grupo de referencia. Eso significaba entonces que, si en un momento anterior la identidad estaba asociada a un lugar, en la ciudad moderna esas posibilidades se ampliaban, ya que podría darse también en términos de ingresos monetarios y de estatus social. Este escenario propio de la ciudad moderna se oponía así a un mundo rural tradicional.
La comprensión del proceso de urbanización latinoamericano que tuvo lugar en el siglo XX fue inicialmente abordada desde esta perspectiva, así como desde enfoques estructuralistas. Autores como Gino Germani (1969) promovieron una lectura que intentaba conservar aspectos de la propuesta original, pero al mismo tiempo trataba de definir las particularidades de una región como América Latina. La conclusión de estos estudios señaló, en primer lugar, la coexistencia de sectores arcaicos y modernos en las ciudades, que estaría asociada a un desfasaje ocurrido en el cambio social.
Entre las posibles explicaciones se contemplaban, por un lado, el papel de las élites y la burguesía (Germani, 1969), por el otro, el papel de Estado (Blanco, 2003) que se entendían como principales responsables por introducir las reformas que favorecieran la modernización en las ciudades. A partir de la promoción de un modelo de desarrollo económico basado en las exportaciones de materias primas se esperaba la creación de las condiciones para pasar a una segunda etapa marcada por la industrialización. Tendría lugar también la constitución de una clase media urbana, que gozaría de un mejoramiento significativo en sus condiciones de vida respecto de quienes vivían en las zonas rurales y un proceso de migración rural-urbana, que favorecería una oferta de mano de obra para la floreciente industria nacional.
No obstante, el proceso de modernización fue parcial, ya que a pesar de que se dio un mejoramiento en las condiciones de vida de los migrantes que llegaban a la ciudad, no se comparaba con el nivel de las clases medias. Germani (1969) señalaba que ese mejoramiento parcial fue decisivo para neutralizar la movilización política de los nuevos habitantes urbanos. Otra conclusión observada fue la constatación de que la modernización social no iba necesariamente a la par de estructuras económicas atrasadas. Los sectores tradicionales conservaban aún su importancia y, al ser tan significativos, habían logrado subordinar esos valores modernos (Blanco, 2003).
La principal manifestación de esta coexistencia entre lo moderno y lo tradicional tuvo lugar en el campo de la vivienda. El surgimiento de numerosos barrios al margen total o parcial de las normas urbanísticas adquirió diferentes denominaciones dependiendo del país: callampas en Chile, villas en Argentina, las favelas en Brasil y las invasiones/urbanizaciones piratas en Colombia. Este tipo de procesos de ocupación del suelo fueron considerados como obstáculos para el progreso económico y suscitó un programa de investigación destinado a caracterizar ese tipo social de latinoamericano que recibiría el nombre de hombre marginal. Se trataba de la antítesis del hombre moderno descrito por la Escuela de Chicago y se fue generalizando en las investigaciones urbanas gracias a la influencia del Centro de Investigación y Acción Social Desarrollo Social para América Latina Desal, creado en Santiago de Chile (Blanco, 2003; Cortés, 2002).
Las características de este hombre marginal eran negativas en su mayoría, ya que se le consideraba incapaz de cambiar su propia condición por iniciativa propia o necesitaba de la presencia de agentes externos que pudieran ayudarlo para organizarse colectivamente. Era tarea del Estado la promoción de una inclusión frente a la exclusión generada por las dinámicas económicas, especialmente, por cuenta del modelo de desarrollo económico aplicado en ese periodo (sustitución de importaciones) (Mires, 1993).
Jaramillo (1993) en un análisis de las políticas públicas implementadas frente al surgimiento de estos barrios autoproducidos identifica, por un lado, las iniciativas de remoción de estos asentamientos y de una relocalización de las familias en proyectos habitacionales propios de una sociedad industrial; y por otro, políticas dirigidas al reconocimiento de estas formas de supervivencia instauradas por sectores de bajos ingresos y, por lo tanto, de las iniciativas desplegadas por esas poblaciones para mejorar su calidad de vida. El reconocimiento de esa urbanización popular fue visto como un mecanismo poderoso de promoción social y adaptación de los migrantes rurales a la ciudad.
Una segunda interpretación del proceso de urbanización latinoamericano y de la existencia de los barrios autoproducidos surge a partir de los aportes de la Teoría de la dependencia y la Escuela Francesa de Sociología Urbana, que tienen como principal referente teórico al marxismo. La coexistencia de lo moderno y tradicional es interpretada en función de las llamadas formas de producción y relaciones sociales capitalistas y precapitalistas. La ciudad moderna se identifica no solo como el lugar donde tienen lugar fenómenos urbanos, sino que, a su vez, es la matriz que los estructura y los territorializa contribuyendo para su expansión sobre el entorno que la rodea (CEO, 2002).
La ciudad como forma urbana es analizada como una red de relaciones de producción, las cuales son el fundamento de las relaciones sociales (Sáenz, 2016, p. 4). En esta ciudad moderna, que es capitalista, se producen y reproducen las condiciones generales de producción que incluyen la infraestructura física para el tránsito de mercancías generadas en el sector privado de producción capitalista y, por último, la infraestructura necesaria para garantizar la reproducción de la fuerza de trabajo, que incluye, además de la vivienda, equipamientos colectivos de consumo y otros espacios como parques, zonas recreativas, etc. La inclusión de la dimensión cultural se refiere a los usos y costumbres que los habitantes desarrollan en la ciudad y sus espacios y que configuran su identidad (CEO, 2002).
La propuesta de la sociología urbana marxista trata de dar respuesta a los análisis descriptivos de la Escuela de Chicago generando una lectura del fenómeno urbano en las llamadas sociedades de capitalismo tardío (aquellas donde el desarrollo está basado en revoluciones tecnológicas) (Mandel, 1972; Valencia, 2005). El espacio es definido como fuerza productiva, siendo el carácter distintivo de este tipo de espacialidad el hecho de producir y reproducir un desarrollo geográfico desigual en donde confluyen procesos simultáneos de homogenización, fragmentación y jerarquización (Lefebvre, 1972, 1973; Valencia, 2005).
Un aporte significativo de la Escuela Francesa de Sociología Urbana es la interpretación de la ciudad como unidad territorial de la reproducción de la fuerza de trabajo. Autores como Manuel Castells (1974) destacan los medios de consumo colectivo como “medios de consumo objetivamente socializados que por motivos históricos específicos dependen esencialmente de la intervención del Estado para su producción, distribución y gestión” (p.7). De esta responsabilidad se deriva la importancia de la política urbana como centro de análisis del fenómeno urbano, en la medida en que frente a la existencia de movimientos sociales urbanos podría ser posible una modificación estructural del sistema urbano y, más allá de eso, una nueva relación entre sociedad civil y Estado (Castells, 1974; Valencia, 2005).
Topalov (1979) en un libro llamado La urbanización capitalista destaca otro aspecto importante para comprender la ciudad capitalista. Se trata del monopolio de la renta del suelo y el surgimiento de esquemas de segregación socioespacial por medio de los cuales se expulsa a los sectores populares y determinados grupos de ingresos medios de las localizaciones que son de interés prioritario para los tenedores de capital (Topalov, 1979; Valencia, 2005). Georgina Isunza (2006) afirma que tanto para Topalov como para Castells es importante:
[…] el papel del Estado en el espacio urbano con el objetivo de transferir los costos de reproducción de la fuerza de trabajo al conjunto de la sociedad. Esa transferencia sería una desvalorización del capital porque se tornaría improductivo toda vez que el consumo social sería visto como una inversión a fondo perdido. (p. 72)
Para la interpretación del caso latinoamericano fue importante encuadrar el proceso de urbanización en los procesos de acumulación dependiente, es decir, de la forma en que el capitalismo se había desarrollado en la región siendo su principal característica una proletarización parcial de la población y la generación de un excedente poblacional que, lejos de corresponder a seres inadaptados culturalmente, eran resultado del fracaso del Estado y el capital por garantizar la reproducción de la fuerza de trabajo. Mientras algunos investigadores como Paul Singer (2002) y Emilio Pradilla (2009) apelaron al concepto marxista de Ejército Industrial de Reserva para describir a esa población excedente, otros trataron de avanzar hacia una lectura original destacando lo que se denominó heterogeneidad en la estructura ocupacional. José Nun (1999) usó la expresión de masa marginal para describir la población excluida del sistema capitalista mientras que Aníbal Quijano (1977) utilizó el concepto de polo marginal para referirse no sólo a los excluidos, sino también para llamar la atención sobre las actividades de subsistencia desarrolladas al interior del mismo sistema y atravesadas, generalmente, por situaciones de explotación. Este sector dotado de una dinámica propia podría interferir o no en el proceso de acumulación capitalista (Mires, 1993).
La proletarización peculiar se caracteriza por la existencia de un régimen muy bajo de salarios que lleva a las familias a buscar, mediante estrategias externas a la relación salarial, la reproducción de su fuerza de trabajo. Así, las actividades no capitalistas pueden apoyar el proceso capitalista sea por la: 1) producción de bienes y servicios como mercancías que entran en la canasta de consumo de la población asalariada; 2) sostenimiento del ejército de reserva de parte de la misma población asalariada; y 3) producción de bienes y servicios, como valores de uso o como mercancías para quienes realizan 1) y 2). En síntesis, los bajos salarios y la sobreexplotación llevan a la coexistencia de actividades capitalistas avanzadas y atrasadas, y limitan el desarrollo de la producción específicamente capitalista (Ayala & Rey, 1979; Jaramillo, 1993).
Jaramillo (2018) para recuperar este debate de larga duración propone la categoría de agente mercantil simple, que en el análisis marxista corresponde ‘‘a sujetos que producen por cuenta propia, que no contratan a otros y recurren al mercado para obtener de forma indirecta valores de uso a través del intercambio’’ (p. 186). Estas actividades no tienen como objetivo final la acumulación, es decir, que no se constituyen como un referente en sus acciones. El mercado representa para ellos un lugar de intermediación y no una finalidad en sí misma como sí sucede con un agente capitalista. Por último, esta heterogeneidad productiva implica que entre las actividades capitalistas y no capitalistas existan relaciones que pueden ir desde la complementariedad hasta la competencia (Ibáñez, 1997; Jaramillo, 2012).
La tercera y última interpretación de la urbanización latinoamericana surge a partir de los años ochenta del siglo XX y se hizo conocida por emplear la categoría informal e informalidad para describir las relaciones económicas y sus bases jurídicas, que tienen lugar en los mercados de trabajo y de vivienda en las ciudades latinoamericanas y en los barrios autoproducidos. La tesis principal es que la población que vive en estos asentamientos es pobre debido a la ausencia de títulos de propiedad que permitan la conversión de sus activos en capital. Se suele acusar al Estado de ser el principal responsable porque no ha puesto en marcha políticas de legalización de estos barrios y, por lo tanto, se estaría obstaculizando la generación automática de capital y crecimiento económico (De Soto, 2001).
Esta última lectura se inscribe en un trabajo intelectual que está volcado hacia la defensa de las políticas neoliberales y, en particular, de la intervención mínima del Estado. Se considera que los habitantes de estos barrios son pequeños emprendedores populares que ante la imposibilidad de formalizar sus activos tienen que desarrollar acuerdos informales. Según De Soto (2001) este mundo sub-capitalizado se rige por una combinación de reglas provenientes del sistema legal oficial, pero también por improvisaciones y costumbres traídas ad hoc desde sus lugares de origen o producidos en el mismo barrio. Existe entonces un contrato social apoyado por la comunidad como un todo y reforzado por autoridades escogidas por quienes la integran. La ausencia de formalización de los activos restringe los circuitos de comercio haciendo que los intercambios se realicen entre amigos de negocios (Sáenz, 2016).
Al referirse a las poblaciones rurales que migraron a las ciudades, autores como De Soto (2001) destacan el desarrollo de un orden propio que denomina como extra-legal y que tuvo como objetivo sustituir las leyes promulgadas por el Estado y, de esa forma, regular sus propias actividades económicas. La propuesta desde esta interpretación es evolucionista porque plantea la posibilidad de alcanzar la situación observada en EE. UU, en donde está difundida la propiedad formal. Según De Soto (2001), lejos de un proletariado legal oprimido lo que es característico de los países en vías de desarrollo es la presencia de pequeños empresarios extralegales oprimidos con un razonable monto de activos.
Caracterizar el tejido social
en un barrio autoproducido
Sáenz (2015) partió de las tres lecturas de la urbanización latinoamericana con el fin de hacer una caracterización de los barrios autoproducidos (o de origen informal) que nos permitiera comprender el tipo de relaciones sociales que se tejen en estos territorios y cómo afectan las dinámicas de mercados como el de la vivienda en arrendamiento. La primera hipótesis planteaba entender el barrio autoproducido como un espacio en donde el proceso de objetivación de las relaciones sociales no habría tenido lugar y, por lo tanto, se habría presentado lo que se considera la ruralización de las ciudades. El orden y control social continuarían basados en la costumbre, los hábitos traídos por los migrantes desde sus zonas de origen generalmente rurales.
Una segunda hipótesis construida a partir de la teoría marxista apuntaba, por el contrario, a entender el barrio autoproducido como resultado de las estrategias desplegadas por los migrantes para garantizar las condiciones básicas para la reproducción de la fuerza de trabajo por su propia cuenta. Dado el carácter de un régimen de bajos salarios y la exclusión del acceso a valores de uso territorializados como la vivienda, tendría lugar el desarrollo de formas de producción de espacio construido no capitalistas, que serían toleradas e incluso promovidas desde el mismo Estado. Las relaciones entre los mismos habitantes de estos barrios se explicarían no tanto por aspectos culturales, sino por compartir esa posición de sobrexplotación en un sistema capitalista y la necesidad de asociarse colectivamente para lograr mejoras en sus condiciones de vida. Se trataría, ante todo, de una solidaridad funcional ante situaciones en donde el mejoramiento no se logra obtener de forma individual.
La tercera hipótesis que recoge la lectura de la informalidad retoma la descripción de los asentamientos autoproducidos como escenario en donde se presenta una combinación de aspectos jurídicos creados por la misma comunidad para regular las actividades que tienen lugar allí, y de su relación de complementariedad o conflicto respecto del derecho oficial producido por el Estado. Un tipo específico de derecho es el urbanístico, que sirve de referente para identificar lo formal e informal en relación a los procesos económicos que se desarrollan en estos barrios. Esta lectura señalaría la posibilidad de establecer finalmente ese control social basado en leyes racionales, específicamente las de mercado, siempre y cuando el Estado promueva las tareas de legalización y regularización de los asentamientos. No obstante, el desarrollo de un pluralismo jurídico no reforzaría necesariamente la tendencia a la objetivación de las relaciones sociales, sino que podría abrir otros horizontes en la medida en que se alcanza un equilibrio en donde ciertas dinámicas de mercado vuelvan a ser incrustadas en lo social.
Revisando estas hipótesis podemos pensar de forma más compleja las relaciones sociales que se tejen entre los habitantes de los barrios autoproducidos en América Latina. La simbiosis de lo tradicional y lo moderno ha derivado en una identidad propia que no es posible generalizar dadas las particularidades culturales, socio-jurídicas, demográficas, económicas y territoriales de cada barrio y país de la región. Es allí cuando los estudios de caso muestran su importancia para entender cómo se generan esos procesos de acción colectiva por el mejoramiento barrial y de las dificultades y logros alcanzados en el tiempo.
Jaramillo (1980, 1999, 2012) y Cuervo & Jaramillo (2009), en un esfuerzo por identificar las formas de producción de espacio construido en ciudades como Bogotá, han propuesto diferenciar el acceso del suelo del acceso a la vivienda. En el primer caso existirían dos posibilidades: un acceso que desconoce los derechos de propiedad —es el caso de las invasiones de terrenos— y la adquisición a través de un mercado informal, en donde se establecen intercambios monetarios incluso bajo la legalidad, pero en donde lo que se está incumpliendo son los lineamientos de un derecho urbanístico, que sería el caso de las urbanizaciones piratas o los loteos irregulares. En cuanto al acceso a la vivienda se propone una tipología en donde existen formas no capitalistas como la autoconstrucción. En cuanto a la provisión de equipamientos colectivos y servicios públicos, estos se alcanzarán mediante redes de clientelismo o la movilización social. Frente a las deficiencias del Estado y del mercado tendrá lugar en estos barrios el uso de la interacción personal como recurso funcional, en contraste con la situación de los condominios residenciales o algunos barrios de clase media, donde lo que predomina es el anonimato y el individualismo tiene lugar en los asentamientos autoproducidos, situación que obstaculiza la construcción de redes de solidaridad y de vecindario, es decir, de un tejido social.
En este sentido, Alfonso Torres (2006) afirma que la acción colectiva ha asumido diferentes formas históricamente, entre las que se destacan la protesta, la movilización, el asociacionismo y las estrategias de resistencia. Por su parte, McAdam, McCarthy y Zald (1999) proponen que existen diferentes estructuras formales o informales que les permiten a las personas movilizarse o hacer parte de la acción colectiva. Lo que permite dimensionar todo un repertorio de formas de producción y reproducción de las acciones colectivas asociadas con el barrio autoproducido.
Asimismo, como menciona Valentín Martínez-Otero (2001), para comprender la acción colectiva es necesario tener en cuenta elementos culturales sobre los cuales se construyen las ideas y los conceptos que describen dicha situación. Abordar la acción colectiva desde diferentes perspectivas que se asocian con elementos estructurales y culturales, que buscan transformar la realidad de los territorios y las dinámicas de organización social, ha permitido generar otras dinámicas de gestión al margen de la acción estatal.
José Luís Coraggio, en un esfuerzo por desarrollar conceptualmente una propuesta de economía popular y, posteriormente, de una economía del trabajo, ha propuesto el concepto de racionalidad substantiva. El barrio autoproducido o popular sería el espacio en donde tendrían lugar procesos orientados especialmente a la reproducción de la vida humana, que actuarían como respuesta a la creciente exclusión y la desigualdad propia del sistema capitalista y del otro lado al pesimismo que parece apoderarse de quienes buscan alternativas de acción (Coraggio, 2005).
Situados así en un plano de acción hacia el futuro, consideramos importante la promoción de una economía solidaria o social. El reconocimiento de esas relaciones económicas basadas en redes de parentesco, de vecindario, de amistad, tendría el objetivo no tanto de la acumulación de capital o de la obtención de beneficios, sino de garantizar las condiciones para la reproducción biológica y social de las unidades familiares. La reciprocidad y la solidaridad se tornan así en valores positivos para la realización de los intercambios (Coraggio, 1998, 2005, 2009).
La reproducción ampliada de la vida se basa en las posibilidades de realización de lo que se llama el fondo de trabajo de las unidades domésticas. Este fondo de trabajo se entiende como el conjunto de capacidades de trabajo de los integrantes de cada unidad familiar (los jóvenes, adultos, mujeres, etc.), que se realiza a través de un trabajo de reproducción (trabajo doméstico de autoconsumo, trabajo doméstico de consumo solidario, trabajo con la finalidad de reproducción transgeneracional), o sea, a través del trabajo mercantil (trabajo doméstico mercantil, trabajo mercantil independiente y trabajo asalariado). La reproducción de este fondo de trabajo no deja de ser considerada atrasada comparada con la empresa capitalista, pero desde la óptica de la reproducción de la vida adquiere otro significado (Coraggio, 1998).
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