Kitabı oku: «Hans Blaer: elle»
HANS BLÆR

EIRÍKUR ÖRN NORÐDAHL
HANS BLÆR: ELLE
TRADUCCIÓN DE ENRIQUE BERNÁRDEZ

SENSIBLES A LAS LETRAS, 69
Título original: Hans Blær
Primera edición en Hoja de Lata: marzo del 2021
© Eiríkur Örn Norðdahl, 2018
Published by agreement with Forlagid Publishing House, www.forlagid.is
© de la traducción: Enrique Bernárdez, 2020
© de la imagen de la portada: Carla Fuentes, 2021
© de la fotografía de la solapa: Erik Brunulf
© de la presente edición: Hoja de Lata Editorial S. L., 2021
Hoja de Lata Editorial S. L.
Avda. Galicia, 21, 4.º E, 33212 Xixón, Asturies [España]
info@hojadelata.net / www.hojadelata.net
Edición: Hoja de Lata Editorial S. L.
Diseño de la colección: Trabayadores culturales Glayíu
Corrección: Olaya González Dopazo
ISBN: 978-84-16537-64-8
Producción del ePub: booqlab
Esta obra ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura y Deporte.

Este libro ha sido traducido con el apoyo financiero del

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Sí, os compadezco porque no habéis sufrido. Para sufrir hace falta un corazón grande, noble y un alma generosa. Pero llegará la hora de la expiación, si es que no ha venido ya. Y entonces os sentiréis aterrorizados ante el vacío espantoso de todo vuestro ser. ¡Desgraciados! No encontraréis nada que pueda llenarlo. Al llegar al umbral de la eternidad, ¿qué echaréis de menos? La vida. Ante la inmortalidad, ¡vosotros añoraréis el polvo, la nada!
Del libro Herculine Barbin, llamada Alexina B.
HANS BLÆR
Primavera. Quiero decir otoño. ¿Qué diferencia hay, en realidad?
En una casita de madera, en un lugar sin nombre en algún sitio más allá de las rotondas de Mosfellsbær está Hans Blær Viggósbur, sentade a la luz de una vela como un malhechor cualquiera del siglo XIX, escribiendo estas palabras. Estas mismas, estas y todas las que vendrán después, por los siglos de los siglos, amén. Está avanzada la tarde, al otro lado de las ventanas reina la oscuridad, como corresponde, dentro titila la luz de la vela sobre las tablas de la pared y fuera brama la tormenta otoñal que se cuela por las tuberías de ventilación, se restriega voluptuosa con el tejado de chapa ondulada y saca de sus casillas hasta al mar. Podéis imaginarlo. Todo es como tiene que ser.
Y es otoño. Como suele suceder, eso no anuncia nada bueno.
Hans Blær no escribe en el teclado de un ordenador, no juguetea con un móvil, aunque por lo general escriba en el teléfono a una velocidad tremenda, tampoco escribe en una máquina de escribir, ni manual ni eléctrica, ni siquiera en un cuaderno. De haber tenido opción, probablemente habría sacrificado un cordero para escribir estas palabras, aunque no fuera más que para poder quitárselas de encima, aplazarlas mientras elle preparaba la piel para hacer pergamino. El mejor amigo de la verdad es el aplazamiento, el tiempo de digerir. Quien escribe demasiado deprisa deja atrás la verdad. Quien piensa demasiado deprisa se deja atrás a sí mismo.
Hans Blær escribe con un lápiz amarillo de escuela primaria sobre hojas sueltas, rayadas, de papel color crema, y escribe despacio para comunicarse con cuidado, porque elle no está nada habituade a esta forma de comunicación, como si se pudiera llamar comunicación a lo escrito en privado y sin destinatario. Aunque ¿quién está aún habituado a ello? Pero aunque escribe despacio no escribe poco, se repite, incluso refunfuña, todo para comprar más tiempo, y va desbrozando el terreno con el lápiz que se reduce más y más, hasta que se acaba.
Elle. Elle. Esto precisa de una explicación. Sois un gran signo de interrogación. Lo veo, escribe elle.
A elle le llaman hermafrodita —hermafrodita insolente, incluso fenómeno, sociópata desalmado—, pero eso es porque elle es al mismo tiempo trans e intersex, aunque la primera definición de «hermafrodita» en el diccionario islandés es «animal de dos sexos, animal que no es ni macho ni hembra» y Hans Blær no es realmente ninguna de esas dos cosas, ni tantas, tantísimas otras. Tiene que ver con otras cosas que veremos enseguida. Pero el primer nombre, igual que el segundo, los inventó elle misme. Y a nosotros nos toca respetarlo.
Elle a elle de elle para elle, dice elle, suena tan raro como casi todo lo suyo.
El nombre Hans Blær, dice elle, no es ni masculino ni femenino y es las dos cosas a la vez. Pero eso es solo asunto suyo y de nadie más.
Capisce?
Es como si el mundo creciera cuando te vuelves incapaz de verte la mano delante de la nariz. Perdonad la sensiblería: no hay estación del año tan espléndida como el otoño. No está nada claro que elle tenga que morir esta noche. Quizá está ya muerte, quizá desde hace mucho tiempo. Pero es otoño. Nunca ha sido tan otoño como esta noche, se va volviendo más y más otoñal con cada minuto que pasa. Las hojas de los árboles enrojecen, las montañas se vuelven marrones, y las noches, negras; se anuncia tormenta, ha empezado a nevar, mañana tocará sacar la pala. Ahora el vaso va perdiendo profundidad y lo llena otra vez a toda prisa. Un Dark & Stormy, burbujeante cerveza de jengibre combinada con ron Gosling y bastante hielo (como si no hiciera ya frío suficiente). Temporal por dentro y por fuera.
Y un trol. Elle es trans y trol.
Un trans «está en el espectro» autista. Alguien que no pertenece plenamente ni al sexo femenino ni al sexo masculino, cuyo sexo en el nacimiento no está concorde con el género innato de su psique, o quien, sencillamente, rechaza la tiranía binaria. Los trans presentan a veces cambios formales, y a veces no.
Un trol es quien trolea, y es el público en general quien es troleado cuando topa con un trol. La realidad exige constantemente conceptos nuevos, ideas nuevas, y hay que asignarles palabras.
Capisce?
Hans Blær es un trol trans de lujo, de 33 años de edad, y hubo un tiempo en que dormía con placidez.
Hans Blær mide 1,75 m de estatura. Hans Blær pesa 65 kilos. Hans Blær tiene ojos azules, aunque no es «ojizarque», el cabello es rubio platino natural, pero se lo tiñe con frecuencia, está siempre bien cortado y cuidado. Hoy día lleva un peinado pompadour medio deshecho, las mejillas perfectamente afeitadas, rayas rojo oscuro, uñas de gel pintadas de rosa y zuecos Birkenstock sin calcetines. Pechos grandes, aunque menos que los de su madre, y pelo en el pecho, aunque más que en el de su padre.
Nadie nace así. Hans Blær es una creación, se creó a su propia imagen y semejanza, con dos piernas veloces, dos ojos veloces —ya sabéis la continuación (cabeza, hombros, rodillas y pies)—. Tiene una hermosa complexión y no se avergüenza de mostrarla, no se avergüenza de ocultarla, no se avergüenza de nada.
Claro que Hans Blær no tiene 33 años, perdón, Hans Blær tiene 34 años, un jovencito con alma de 15 años en un cuerpo de 22, porque practica en la cinta de correr de su casa todas las mañanas sin dejar ni una (bueno, ya entendéis, cuando se despierta) y al gimnasio o la piscina, y además yoga, preferiblemente hot yoga, pero a veces también danzas afro o Pilates (como si el siglo XX no hubiera terminado hace mucho). Hans Blær bebe boost biológico y vive para sonreír y amar. Y hace nada cumplió los 34. Hace poco, quiero decir.
Hans Blær tiene las narinas parduzcas por el consumo de cocaína, el tabique nasal ha desaparecido prácticamente y la nariz, a ambos lados de las fosas nasales, es una inmensa sima de oscuridad, miedo, ego y temor. No es nada bonito. Dicen que la cocaína produce «bienestar artificial», pero los entendidos saben que no existe diferencia entre el bienestar artificial y cualquier otra clase de bienestar. El mismo popurrí. El bienestar es bueno mientras dura y siempre es demasiado escaso.
Hans Blær camina de promedio unos ocho mil pasos al día, si hacemos caso del teléfono móvil que guarda en el bolsillo y que los cuenta con ayuda satelital. Y elle siempre consigue ir un paso por delante, jamás menos de uno, a veces probablemente más, pero ¿por delante de quién? Por delante de todos los que pretenden acosarle, por delante de la policía, por delante de la opinión pública, por delante de los periódicos, de toda la troupe. Todos quieren conseguir su libra de carne y nadie consigue ni el recorte de una uña. Porque Hans Blær es libre.
Hans Blær ha cambiado de sexo más veces de las que se pueden contar, ha corregido su sexo al menos el mismo número de veces, ha mentido sobre él, le ha dado la vuelta, se ha vestido a contrapelo de su sexo aparente, ha eliminado todas las distinciones y se ha declarado «en el borde» como si el género no fuera más que una afición, algo que se pudiera comprar en cualquier juguetería como las pistolas de agua y los vibradores, empapuzándote todo el rato de cosas de colorines y siempre en marcha a full speed para llegar a tiempo de sumergirte en algo, sea lo que sea, culos, coños, pantalones ceñidos, aventuras fabulosas.
Hans Blær es tode nuestre y nada nuestre; la persona corriente y el individuo perfecto. Es Schadenfreude que nos conforta y tiembla cuando causamos algún daño en un mundo malvado; y es dolor que abrasa y refresca nuestras ansias, cubre el vacío de nuestros corazones y llena de vida el cuerpo en un mundo que nos ampara y nos insensibiliza al mismo tiempo. Elle es neurosis cuando callamos y remordimientos cuando tomamos la palabra, oscuridad que nos oculta y relámpagos que nos iluminan el camino. Elle es el trol que no es trol, el trans que no es trans, el salvador que no salva a nadie y la fiera que no quiere dañar a nadie. Elle no se ve reducide a su moralidad, su género, su debilidad o su fuerza. Elle nos conduce a la verdad y nos bebe en mentiras, nos envuelve en abrazos y nos despedaza. Reímos cuando no debemos reír, lloramos cuando no debemos llorar y nos encolerizamos cuando no debemos encolerizarnos; siempre estamos equivocados, siempre somos injustos y eso no es nunca hermoso y, sin embargo, es muy hermoso. Lloramos, nos dormimos y salimos, sacudimos la cabeza y discutimos hasta la madrugada. Elle es la quiebra de la identidad y por ello la imagen total, el individuo que no se identifica con nadie pero se niega a desvanecerse, que no mantiene el paso de nadie pero sigue marchando, al paso marcado por el regimiento detrás de elle, pero nunca a la par. Elle es el paso vacilante y la mano fuerte, el más flojo de todos nosotros y que goza de la mayor fuerza; elle es elle, él y ella, ellos, ellas, yo y tú y vosotros, y además algo completamente distinto: elle es nosotros y nadie, escribe elle.
Hans Blær es un vikingo del siglo diez, un colono islandés del siglo once, un vendedor de esclavos del siglo doce, un caudillo y un traidor del siglo trece, un brujo y un blasfemo del siglo catorce, un sacerdote católico del siglo quince, un sacerdote luterano del siglo dieciséis, un poeta religioso alcohólico del siglo diecisiete, un lascivo aristócrata del siglo dieciocho, un tipo que engendra hijos con sus primas y hace arrojar a su propio padre a los perros, por pura diversión, porque da mucha risa ver gemir a un puto varón; un estoico intelectual del siglo diecinueve que patea las calles ardiendo de fiebre con su chaquetón destrozado, mientras elle lee a Nietzsche para aniquilarse a sí misme, zurra a las tías y se enamora de los caballos; genios de toda clase del siglo veinte, un batallón entero: un futurista feliz por pasear con botas de cuero; una sufragista feliz por usar pantalones de cuero y cigarrillos con boquilla; un hobo que recorre sin rumbo las praderas de América en un vagón de algún tren de mercancías, mordisqueando una brizna de paja y masturbándose despreocupado con los vaqueros puestos, al ritmo del traqueteo del tren como puntuación de su existencia; una chica despendolada en minifalda, un chico melenudo con navaja, un niño despierto mientras en el salón sus padres borrachos practican el intercambio de parejas con los vecinos; un armador de lancha motora, un rey de las pesquerías con una flota de arrastreros; el periodista, el escritor, el pintor, la intelligentsia de la nación enamorada del teléfono y, junto a todo lo demás, una persona del siglo XXI, incluyendo al ocioso, al nini, al hípster en busca de la culminación de su realización vital que se sumerge en la gastronomía, la poesía, la bicicleta, el trol, la ebanistería, los Alcohólicos Anónimos, el ejercer de viejo verde, la halterofilia, la coctelería; el moralista competitivo que siempre es mejor que nadie, que incluso es mejor en ser mejor, más víctima que otros, más ganador que otros y más menos que otros, andante y sangrante culpable de su propio sufrimiento por su dolor y su lascivia y la consciencia de que elle es el no va más, que está por delante de todos los demás seres humanos que van detrás de elle y no tiene más objetivo que robustecer sin freno su propio atractivo.
Hans Blær es el espíritu de la Navidad pasada, el silencio y la oscuridad y el zumbido de tus oídos, llegado para decir lo menos posible en el tiempo más largo posible, con las más palabras posibles, tan alto y claro como quiera.
Hans Blær es la vida, el cliché de que el destino no importa tanto como el viaje. Nunca ha existido ningún destino, ninguna meta, solo oscuridad, solo silencio, solo la permanente, enloquecedora vista por la ventanilla del tren, y nunca te han tocado, nadie te ha abrazado nunca de verdad. Y estas palabras nunca se agotarán, escribe elle.
Es otoño, no primavera. El otoño va descendiendo, la primavera va ascendiendo. Eso lo ve cualquiera. Y hay más claridad en primavera que en otoño porque en primavera aún queda un poco de nieve en las montañas que reflejan el invierno —y el invierno es la segunda estación más luminosa, después del verano—. Esta noche azota una gran tormenta y mañana habrá llegado formalmente el invierno, pero ahora es otoño todavía. Escribe elle.
Hans Blær Viggósbur
Resulta que sé que en ataques de histeria como estos hay que tirar a la basura leyes y tribunales; en los casos de turbación lo más habitual es que las personas inocentes se vean excluidas de la llamada justicia porque hay que apagar la insaciable sed de la gente. Es comprensible. Se perderá por completo en los recovecos de la verdad quien solo la conozca de oídas. Quienes durante años hemos errado por este laberinto podemos gritar a los cuatro vientos que los hombrecillos de a pie no saben cómo interpretar las señales de tráfico, lo que no resulta nada extraño.
Hace 23 h y 14 m. 441 likes. 72 comentarios.
KARLOTTA HERMANNSDÓTTIR
Usted, escribe elle en la oscuridad, en el otoño. Usted, vuelve a escribir elle, como si así sonara más claro, dirigiéndose a su madre con el único pronombre personal que le proporciona la lejanía que necesita para sentir su cercanía sin asfixiarse por simple —y llana— vergüenza.
Es otoño y hay tempestad, pero esta mañana, cuando despertó usted —Lotta Manns, madre del hermafrodita de quien tanto se habla—, la naturaleza no era sino gentileza, escribe elle, y alarga el brazo para coger el vaso. Usted abrió los ojos y miró el empapelado de la pared, con decoración de ramas, bajo el cual había estado durmiendo. Viggó estaba en el mar y los niños se habían marchado de casa hace mucho. Sus retoños. Ilmur y Hans y Davíð o como se llamen los benditos retoños. Usted no preguntó qué radiodespertador había sonado. Volvió a sonar. Del altavoz surgió un trocito de canción, probablemente el final de una animada pieza de jazz —pensó en Louis Jordan, algo por el estilo—, y se dio la vuelta en la cama. También habría podido ser un fragmento de anuncio. Como mucho, dos segundos, probablemente en do mayor, la madre de todas las tonalidades, la familia nuclear de las escalas musicales, el incorrupto centro heteronormativo de toda la música occidental, solo notas blancas y, encima, 4/4. Después sonaron unos sonoros tonos en el timbre. Son las siete horas. A continuación, ofrecemos las noticias.
Y atiza.
Si usted hubiera tenido empuje para poner el radiodespertador en zumbido antes de irse a dormir, lo habría hecho, sin duda, y habría evitado las noticias de la mañana. Sintió cosas diversas, lo comprobó en los mapas estelares e hizo que le leyeran la mano, pero en realidad no era la primera vez que sucedía algo y a veces el mundo es sencillamente demasiado automático y nadie puede pensar en todo.
En cuanto oye el nombre de elle —elle es uno de sus retoños, ya no sabe si llamarle hijo o hija, porque el idioma no se ha adaptado del todo a la realidad y Hans Blær se niega a echarle una mano, algunos dicen bur, que es como criatura, pero para usted esa no es una palabra normal—, extiende el brazo hacia la mesita, aprieta el botón de snooze y vuelve a cerrar los ojos como si de otro modo se le fueran a salir del cráneo. Pero solo después de oír lo que sigue:
«La policía de Reikiavik busca a Hans Blær, estrella de los medios de comunicación, en relación con una investigación sobre Samastaður, el centro de acogida para víctimas de violación, iniciada a raíz de una acusación anónima. Se sospecha que…».
Y luego, nada más. Radio silence. Al menos en esta habitación. Porque usted fue incapaz de hacer nada más. El contador llegó al tope hace mucho y la vida de usted era ya un permanente ataque de nervios por culpa de esa bendita niña y de todo lo que esa bendita niña se había dedicado a hacerles a usted y al mundo. Usted había dormido, como mucho, cinco horas.
Imaginar que elle había sido en tiempos el ojito derecho de su padre y la persona favorita de su madre. Usted le maldijo a media voz, volvió a cerrar los ojos con la esperanza de que el sueño consiguiera apoderarse de usted de nuevo antes de que terminara la pausa del despertador. Para que las preocupaciones se marcharan volando y fueran sustituidas por un mundo de otra especie, por fantasías de otra especie, un poco más relajadas. Las noticias habían terminado cuando la radio volvió a conectarse con un chasquido. Ragnar Bjarnason cantaba Allá en Hamraborg. Usted abrió los ojos con prudencia, levantó los párpados como si fueran pesadísimas persianas metálicas. Allá en Hamraborg no es una canción más larga de lo debido y cuando terminara era de esperar que volviera a empezar «el debate». No sería la primera vez que Hans Blær monopolizaba las ondas.
Se incorporó en la cama, pasó la mirada, confusa, a su alrededor y se frotó los ojos. Le apetecía seguir durmiendo, pero sabía que intentarlo no serviría para nada. Las mujeres de la edad de usted no vuelven a conciliar el sueño nunca, eso se queda para la gente joven.
Al lado de la cama estaban sus ropas amontonadas, menos la blusa que, por algún motivo, había tenido el cuidado de colgar en una percha. Se puso los mismos calcetines del día antes y tampoco se cambió de bragas, metió las piernas directamente en los pantalones del chándal en vez de los vaqueros, porque no tenía intención de salir, se puso en pie, se abrochó y cogió la blusa azul pálido.
—Es un asunto increíble que algo así pudiera estar pasando durante años —tronó de pronto desde el radiodespertador. Era una voz femenina. Usted se ató deprisa los cordones.
—Sí —respondió un varón—. No sé qué decir. No encuentro palabras.
—Como la nación entera, Rúnar. La nación no encuentra palabras.
—No tenía una opinión clara sobre ese…, pero vaya.
—¿Sobre Hans Blær?
—Hans Blær, sí, su majestad.
—Su majestad.
—Sí, pero ¿qué hay que hacer, Sigga? ¿Qué hay que decir de él?
—De elle. Hay que decir elle, de elle, a elle.
—No, no lo dirás en serio.
—Elle no puede haberlo decidido por su cuenta.
—Tampoco es eso a lo que me refiero. Me refiero a eso de Samastaður.
—¿No sería mejor que pusiéramos otra canción?
—Habrá que discutir el asunto.
—No podemos discutir un asunto del que no sabemos nada.
—Ese hombre, si se trata de un hombre, un humano, claro…, ¿los no binarios son personas?
—Yo no estoy segura ni de que las mujeres sean personas.
—… ¿Qué le puede haber pasado a ese tío?
—A elle. Qué le puede haber pasado a elle, Rúnar.
—Lo siento, me espanta lo horroroso que es todo esto. Ese tío acoge a esas chicas…
—Rúnar, en serio, este no es el lugar adecuado para…
—Pero claro que lo es, espera, espera. Acoge a esas chicas bajo sus alas protectoras. Ellas acuden a él. Son víctimas. Ya las han violado al menos una vez. Y él les da…, cómo se llama…
—Propofol.
—Sí, ese tío les da el Pro… Propo…
—Propofol.
—Y ellas se quedan traspuestas. Y luego, según dicen, ¿ese tío se dedicaba a follárselas mientras estaban desmayadas?
—¿No sería mejor poner una canción?
—Y luego, ese tío sale con que todo lo hace por ellas. Que eso las refuerza.
—Empodera.
—Sí, eso. Las empodera. Que es un tipo de tratamiento. ¿O estoy desvariando?
—No. No, no. No creo. Ellas participan.
—¡Claro! Se dejan violar tranquilamente en esa especie de tratamiento. Con un pene fabricado en alguna operación.
—No sé qué tiene eso que ver con el asunto, Rúnar. Elle no es más que una persona, independientemente de lo que haya pasado en Samastaður. El pene de elle, si es que tiene pene, cosa que creo que no se ha publicado en ningún sitio, es tan válido como el tuyo.
—De vez en cuando pienso que el hermafrodita ese no es más que cualquier otro individuo. Él, ella o elle, o simplemente ello, ha echado a perder…
Usted encerró la radio en el dormitorio sin apagarla y las voces se amortiguaron lo suficiente para que no pudiera distinguir las palabras. El hombre de la radio siguió loco de furia unos minutos más. Finalmente llegaron a la cocina las notas de Strange fruit. Usted se tomó un segundo de descanso al lado del fregadero y abrió con dificultad la cafetera, la llenó de agua y alargó el brazo para coger la lata del café. Era gris claro con seres negruzcos: algún tipo de personajes grabados que rodeaban la lata entera. Llenó el filtro, lo puso en la parte de abajo y volvió a enroscar la parte de arriba. Cuando abrió el gas no pudo evitar, por un brevísimo instante, que la asaltara la idea de dejar que inundara toda la casa. Que la vida se apagara o ardiera en llamas según las circunstancias; usted no sabe cómo funcionan estas cosas. Pero el sistema de encendido era automático y antes de darse ni cuenta la cocina se había prendido. Una vez más había sobrevivido usted.
Maldita sea.
La vela parpadea más cuando está a punto de apagarse, como si sufriera una repentina desesperación. Hans Blær busca a tientas el manillar en la oscuridad, abre el cajón del escritorio barnizado de marrón, saca una vela nueva y coge la palmatoria, mete el culo de la vela en la masa de cera caliente y la sujeta hasta que queda firme, y enciende la luz, que es tan miserable como la que acaba de apagarse, pero que ilumina el mundo, lo que queda de él.
Esto es la tierra y es oscura, aunque ni de lejos sea tan oscura como la vivienda de Hans Blær en el centro de la ciudad, donde todos los listones de madera están pintados de negro y absorben las acciones; en ellos no se halla solución, ni alivio, ni caos, porque allí nada de eso cabe. En la oscuridad de aquí, más allá de las rotondas de Mosfellsbær, las paredes se limitan a crujir y no sucede nada porque aquí no hay nadie —casi, ni Hans Blær—, aunque eso es provisional, pues siempre se corre el riesgo de que incluso aquí llegue la mañana.
Ha empezado a nevar hace un momento y del techo cae una gota inesperada que aterriza en la mesa al lado de elle. No suele llover dentro de casa, por regla general, ni nevar, de ahí que mire extrañade el techo de tablas, pero todo parece seco. Pone el dedo en la mancha húmeda de la mesa y la restriega, se mezcla con el polvo de la placa y se convierte en un barro oscuro que acaba por secarse. La realidad es ficción, pero no por eso es más improbable. Es ficción como el amor, el tráfico y las paredes que aprovechamos para protegernos de las inclemencias del tiempo, como nuestras debilidades, nuestro llanto, nuestras fortalezas y la enajenación mental que a veces crispa nuestros párpados. Sin ella no habría nada; lo único que podemos hacer es sacarle una luz de la que vivir.
La puerta corrediza de la panera siempre dejaba escapar un extraño olor hueco al abrirse. Usted sacó dos rebanadas de un pan llamado Omega. Ambas rebanadas resultaron ser extremos. Las metió en la tostadora. Luego puso café en una taza, zumo de naranja en un vaso, y cuando los dos extremos salieron lanzados del aparato, los recogió del suelo y los untó de queso fresco marrón.
Su apartamento estaba en la planta doce del bloque y usted aprovechaba esta circunstancia para contemplar desde lejos el alboroto de la ciudad por las mañanas. Hacía poco que había dejado de trabajar de contable en una zapatería y no echaba de menos estar metida en aquel tráfico. De vez en cuando echaba de menos, quizá, el trabajo en sí, o a sus compañeros de trabajo, pero no era demasiado sacrificio poder desayunar tranquilamente y no ir a ningún sitio en su coche ni en el autobús.
En el marco de la ventana estaba colocado el receptor de radio marca Tivoli, silencioso y de semblante adusto. Hace tiempo compró tres aparatos iguales y le regaló uno a Davíð Uggi y otro a Hans Blær. La calidad del sonido era incomparable y usted acostumbraba a pasar aquí tranquilamente la primera hora del día, escuchando el programa matutino, navegando por Facebook, leyendo periódicos en la red y echando un vistazo al correo electrónico. Ahora no se atrevía a hacer ni una cosa ni otra. Como si tuviera puesta una camisa de fuerza en su propio hogar. Allá fuera, en el mundo (en todos los coches que veía recorrer la ciudad, en todas las ventanas iluminadas de todas las casas de la ciudad), la gente corriente estaba oyendo en la radio a esos calumniadores difamar a su retoño como si fuera la cosa más natural del mundo entretenerse a costa de la vida privada de elle, sí, y no solo la de elle, también la de usted, porque nada que le afectara a elle dejaba de afectarla también a usted, su madre.
Y usted sabía que todo lo que decía la gente era verdad. ¿Tal vez porque usted era madre? ¿O sencillamente porque usted estaba afectada de «transfobia», como había asegurado Hans Blær durante años? ¿Acaso no era elle culpable? ¿No habría un rayito de esperanza oculto en los muchos prejuicios de usted, que la llevaban a juzgar a su retoño antes de la cuenta —sin justificación alguna—, y que todo fuera solo un equívoco que en algún momento se solucionaría?
Nunca existe más que una vía hacia la verdad, y era obvio cuál era. Abrir el ordenador. Encender la radio. Ser testigo. El runrún del despertador surgió a media voz desde el dormitorio, pero usted no pudo distinguir las palabras, igual que un rato antes. Muchas veces se había prometido a sí misma, cuando su retoño era distinto a como es ahora, que no dejaría que los prejuicios se adueñaran de usted. Que estaría en guardia para proteger su propia salud mental. No quería oír esto.
—… lo cierto es que no existe supervisión alguna en este tipo de centros —dijo en la radio una voz desconocida y un poco insegura cuando alargó el brazo para apretar el botón de encendido—. En la situación de hoy en día no se establecen condiciones mínimas de funcionamiento, aparte de las que quiera aplicar cada uno. Para conseguir una subvención pública es preciso contar con buenos apoyos, conseguir una recomendación de algún psicólogo y tal vez de algún que otro trabajador social titulado, esa es la esencia del asunto. En los centros de tratamiento trabajan exalcohólicos y exdrogadictos, en las casas de reposo, exobsesos, etcétera. Así parece que eran las cosas en Samastaður. El principal requisito era haber sufrido violencia sexual.
—¿Y no había psicólogos titulados? —preguntó la voz masculina, Rúnar.
—No. El año pasado estuvo trabajando uno, pero se despidió en diciembre.
—¿Y eso es normal?
—No, en absoluto. No sé por qué ese hecho no hizo sonar ninguna campanilla. Estamos investigando los métodos de trabajo.
—Pero dime, Kjartan —dijo la voz femenina, Sigga se llama—. ¿No habría tenido que hacerse antes? ¿Cómo se lleva a cabo la supervisión?
—Evidentemente, la supervisión es defectuosa. Hace tiempo que lo sabemos. Hacemos todo lo que podemos, pero, a decir verdad, y no me cabe duda de que el Ministerio me amonestará por lo que estoy diciendo, no nos proporcionan el dinero que necesitaríamos para hacer todo lo que legalmente tenemos obligación de hacer. Lo más natural sería que fuera el sistema público el que subvencionara fundaciones de esta clase y que la supervisión estuviera incluida en un contrato. Pero no parece que haya planes de algo así. Como digo, si ni siquiera tenemos medios económicos para llevar a cabo la supervisión, mucho menos podríamos encargarnos nosotros de las subvenciones. Y en realidad, aunque dispusiéramos de medios económicos para hacerlo, difícilmente podríamos ir de un centro a otro a todas horas del día y de la noche. Igual que tampoco podríamos hacer que nos acompañara un agente de policía a cada bar, porque en algunos sitios venden speed a escondidas. Pero tendríamos que hacer más de lo que hacemos ahora, de eso no cabe duda.
Volvió a apagar la radio. Se sintió aliviada de que no estuvieran hablando de Hans Blær y sus cualidades humanas, o de sus cualidades femeninas, o masculinas, o trans, pero se quedó extrañamente disgustada. Estaba preparada para algo que sabía que resultaría difícil, pero que nunca llegó a ser. Y ahora estaba como abrigadísima a pleno sol, le sudaba el alma, y la naturaleza animal esperaba solo el ataque, esperaba el momento de morder. Golpeó con la mano abierta en la placa de la mesa y se puso en pie. Respiró hondo, cerró los ojos y levantó los brazos por encima de la cabeza.
A continuación, encendió el ordenador y entró en Facebook. Todos a los que usted conocía poco habían empezado ya a discutir el tema, y todos a los que conocía mejor callaban piadosamente por respeto a los sentimientos de usted mientras engullían los cereales del desayuno, la primera taza de café del día acompañado de vitaminas y aceite de hígado de bacalao, leían las noticias e intentaban montar mentalmente una imagen global de aquella violencia incomprensible. Estaba claro que la nación también había estado escuchando las discusiones en la radio y cada uno se había hecho alguna idea al respecto, algo y bastante más sobre lo que había querido decir el representante del Ministerio de Bienestar Social con eso de los «exobsesos» de las casas de reposo, pero de momento se pusieron a hablar de otras cosas.
Se pasó un buen rato sin apartar los ojos de Facebook ni de la ventana hasta que de pronto miró el reloj. El mundo seguía existiendo. El tiempo. En veinte minutos empezaba su grupo de yoga para menopáusicas. Y usted ahí clavada a la silla junto a la mesa del desayuno, con una rebanada de pan con queso a medio comer, en blusa y pantalones del chándal. Sin peinar. Sin pintar. Ni siquiera se había cepillado los dientes. No le apetecía nada salir de casa, pero estaba decidida a hacerlo porque la soledad no era con ella menos dura que la compañía de otras personas. Tardaba como un cuarto de hora en coche hasta el centro y no tenía tiempo que perder si no quería llegar tarde.
Dejó con cuidado la taza de café, se limpió el queso que le había caído encima y se fue pitando a la entrada a pasitos rápidos, metió los pies directamente en las botas de invierno y cogió la bufanda de la balda de los gorros.
¿Las llaves del coche? ¿Dónde estaban las malditas llaves del coche? Descolgó el chaquetón de la percha y volvió a entrar sin quitarse las botas. Tenían que estar en la cocina. No debía descargar su enfado con los muebles. Ni dar patadas en el suelo. Ni rechinar los dientes. A la mierda el suelo, solo tendría que limpiarlo después. A la mierda, daba igual. Concentrarse. ¿Dónde vio las llaves por última vez?
Cinco minutos después encontró las llaves debajo de una montaña de caramelos en el bote de las golosinas, en el salón. Ahora ya estaba claro que llegaría un poco tarde, pero probablemente no importaría mucho. De todos modos, la gurú Guðlaug nunca empezaba a la hora exacta. Salió corriendo, llamó el ascensor y miró la luz que se movía por el contador de pisos, del uno al doce. Era un ascensor Kone nuevecito, hecho en Finlandia, que instalaron la primavera anterior, y que no tardaba nada en subir. Cuando entró y apretó el botón del piso cero para bajar al garaje, disponía aún de 12 minutos.
Hans Blær Viggósbur
«Es necesario ser fuerte para moverse entre imbéciles, e inteligente para quitar de en medio a los imbéciles. Quien no ha aprendido a dominar lo pequeño —las mariposas, las hojas de los árboles, el reflejo de las estrellas en los ojos de la persona amada— nunca aprenderá a conocerse a sí mismo y nunca comprenderá la esencia del mundo. Será rechazado por los imbéciles». Hepatitis B, El puño y el músculo.
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ILMUR ÞÖLL
El 11 de septiembre de 1984, y unos días antes y después —cinco años más o menos— el mundo era al mismo tiempo asexuado, sexófobo y paralizado por un irresistible temor a la muerte. Vigdís Finnbogadóttir era presidenta de Islandia. Reagan era presidente de los EE. UU. Y a la familia de la avenida de Snorrabraut no podrían haberles sido más indiferentes otros presidentes. Por todo el país surgían videoclubs, las películas X las tenían en la trastienda, debajo del mostrador había un libro de registro y las revistas porno adornaban las estanterías de todas las librerías. Porque no existía internet, pero la gente necesitaba algún remedio para masturbar su impotencia. Los habitantes del planeta se mostraban con poca ropa en la televisión, con el pecho desnudo en las playas, y prácticamente todos habían perdido el impulso sexual por miedo al invierno nuclear y al sida; las mujeres asistían a cursos de autoprotección para defenderse de los violadores y compraban silbatos y espráis de pimienta, y de vez en cuando cocaína y cócteles, porque no existían medidas de seguridad suficientemente radicales para detener una guerra nuclear, ni había silbatos suficientemente grandes para asustar a los violadores, y de alguna forma había que aguantar tanto horror.
Cuando las mujeres dan a luz un niño es siempre una especie de milagro. Pero Lotta Manns, cuando aún disfrutaba de vitalidad, los milagros los hacía igual que lo hacía todo. Bufó un poco, levantó los brazos como si los cielos corrieran peligro de derrumbarse, salmodió como un religioso musulmán, se encogió de hombros, luego puso los brazos debajo del cuerpo y se quitó el mundo de en medio. Porque, digo yo, ¿qué otra cosa podía hacer? Nada.
Hans Blær nació (por primera vez) cinco años después de que Lotta cumpliera los veinte, el gran día 11 de octubre de 1984, el mismo día en que caminó por el espacio la primera mujer. En cuanto llegó a la tierra, se arañó hasta hacerse sangre y berreó para apoderarse del mortificado cuerpo de su madre, Karlotta Hermannsdóttir, exacto, y se acurrucó sobre su esternón entre los dos pechos gigantescos que colgaban hacia los lados como dos ballenas varadas en sus sudorosas axilas. Elle se había aferrado a la vida y no tenía ninguna intención de soltarla.
Todo esto había sucedido en forma muy repentina. Lotta Manns pugnaba por recuperar el aliento. Su ancho rostro estaba enrojecido, tenía el rubio cabello pegado a las sienes por el sudor, la barbilla estaba llena de moco, y los ojos, inyectados en sangre por el esfuerzo; recordaba al mismo tiempo a una pobre tonta y a un ufano guerrero. Volvió a cerrar los ojos y recogió del vacío sus pensamientos, volvió a ponerlos a cada uno en su casilla. Luego cogió los bracitos de Hans Blær, le levantó y estudió su entrepierna, arrugó las cejas, se mordió el labio, le acercó, alejó, acercó, volvió a ponerle entre sus pechos, cerró los ojos y dijo: «Niña». Luego exhaló y añadió al inhalar: «Gracias a Dios».
Eso no era nada especial, nada anómalo. Exactamente así asigna sexo la gente, así viene haciéndolo desde tiempos inmemoriales, y no podríamos afirmar con fundamento que eso tuviera la más mínima importancia en este caso concreto, aunque haya sido el primer error en una causalidad más bien banal.
Cuando Lotta hubo descansado un poco y el padre, Viggó Rúnarsson, hubo cortado con habilidad aprendida el cordón umbilical y la comadrona le hubo limpiado a elle toda la sangre y todo volvió a ser feliz tranquilidad, se decidió que Hans Blær recibiría el nombre de Ilmur Þöll. Porque olía muy bien, que es lo que significa Ilmur.
Siempre volvemos a empezar. Todo vuelve a empezar. No tenemos ningún interés en poner el punto final al otoño, que dure toda la eternidad, que las palabras no se agoten nunca, escribe elle, apretándose la nuca con la mano.
Primero no tenía nombre y luego se llamaba Ilmur, escribe elle en una página nueva, vacía y de color crema, a la luz fluctuante de una vela, con una oscura tormenta en un vaso, 34 años y 16 días después de venir al mundo, y era, como ha quedado dicho, una niña, o algo parecido. El proceso del parto fue larguísimo, pero se aceleró en cuanto empezó la expulsión, Ilmur pesó tres kilos y cuarto. Tres y cuarto, casi tres y medio. Una criatura sana, dijeron los médicos. Una criatura sana, murmuraron a media voz al cuello de sus batas blancas mientras se movían nerviosos por el linóleo que cubría los suelos de la planta de neonatos. ¿Pero qué?, preguntó la madre de la criatura. Preguntaba expectante. ¿Pero qué? Nada, una cosa sin importancia, dijeron los médicos. *Tos* *Tos*. En realidad no es nada. Y puede esperar, añadieron. Descansa y mañana por la mañana lo hablamos.
La madre de la niña no pegó ojo en toda la noche, había examinado la entrepierna de Ilmur con tanta atención que no vio nada, no quiso ver nada. Nada de lo que podía verse a simple vista. Cosas que pasan a veces.
El padre de la niña cortó el cordón umbilical y se fue al bar y luego al barco y no volvió a ver a su hija en estado sobrio hasta que desembarcó meses después. A Ilmur le daba igual, aunque a veces pensaba que quizá a su madre le resultaba muy molesto.
Tres kilos y cuarto. Casi tres y medio. No sé lo que significa, escribe elle. Me parece poco. No sabría deciros cuál tiene que ser el peso de un recién nacido por término medio. ¿Un kilo? ¿Dos kilos? Probablemente, Ilmur era una niña pequeña, tan insignificante como grandiosa llegaría a ser más tarde. Lo cierto es que cuando era pequeña, todo era pequeño. Su padre era pequeño. Apenas llegaba al manillar del cochecito de bebé. Su madre era pequeña. Metro y medio, y tal vez 40 kilos en un buen día, de los que diez correspondían a los pechos.
Karlotta Hermannsdóttir, a quien siempre llamaron Lotta Manns, era una exsecretaria de veinticuatro años y, pese a su baja estatura, se la consideraba perfectamente capaz de procrear. Se había graduado en la escuela de artes domésticas, era muy bonita de cara e insistía en trabajar en casa, a diferencia de sus compañeras de escuela, y a tal fin había pillado un hombre «mayor» muy sensato, que andaba por la treintena, nada menos.
Lotta Manns pretendía ser ama de casa, escribe elle, y nada más, aquello era su raison d’être, como dicen en Francia los poetas románticos, su este y oeste, como dicen en Inglaterra los poetas románticos, porque eso era lo que había sido la madre de Lotta y la madre de su madre también, y antes de esa época no existía sociedad civil en Islandia, no había amas de casa que trabajaran en casa, porque todo el mundo trabajaba a tiempo completo para no morirse de hambre. Al menos en la familia de Ilmur.
Lotta Manns decidió trabajar en casa en el siglo de la supermujer, cuando según el espíritu de los tiempos debería trabajar al menos en dos empleos en la ciudad, aparte de criar a los niños, cocinar, hacer tartas y limpiar, si hacemos caso a los semanarios, sin mencionar el curso de artes marciales, la peluquería semanal, las horas de bronceado, gimnasia y visitas a locales de esparcimiento (¡porque solo tenía veinticuatro años!).
El padre de Ilmur, Viggó Rúnarsson, tenía 32 años y era capitán del pesquero de altura Herdís Guðbjartsdóttir, que tenía Akranes como puerto de cabecera. El Herdís era un buen empleo, si se puede llamar «empleo» a capitanear un barco, como si fuera un empleo como cualquier otro. En los años ochenta era estupendo salir al mar, aunque no podía compararse con lo que era salir al mar en los setenta, por eso de las cuotas de pesca, pero siempre es estupendo salir al mar cuando tú eres el pez gordo, sobre todo si el año viene mal dado, y el padre de Ilmur era el pez gordo y por eso la familia de la avenida de Snorrabraut siempre andaba sobrada de dinero, fuera el año bien o mal dado, aunque, bueno, para el capitán, el año siempre va bien dado. Y lo cierto es que estaba siempre embarcado, lo que probablemente no es tan grave, o en casa de su amiguita de Akranes, para gran felicidad de todos.
Igual que otras mujeres que habían salido ya de la primera juventud y aún no habían tenido hijos, Lotta Manns metió uno de los dedos de sus pies, de uñas elegantemente pintadas, en el sucio pozo del mercado de trabajo. Asistió a clases de caligrafía el verano después de acabar la escuela intermedia y luego trabajó de secretaria en la agencia de viajes Þorbjörn hasta que conoció a Viggó, un año antes de que naciera Ilmur, el cual era unos seis años mayor que ella. A veces, cuando quería que Viggó sintiera que la necesitaba, fingía echar de menos la agencia, aunque, en realidad, lo único que deseaba era que la dejaran quedarse en casa oyendo la radio y cuidando del hogar, con los rulos puestos y unas rodajitas de pepino sobre los ojos, cocinando pescado al horno, leyendo La casa de los espíritus con los pies metidos en el masajeador mientras los niños dormían. Bebiendo demasiado café, haciendo estiramientos con el vídeo (Betamax) de Jane Fonda y comiendo bizcocho a escondidas. Después llegó el Segundo Canal y los seriales de la tarde. Mein Gott!, como dicen en Alemania los poetas románticos. Lieber Gott im Himmel! Y el resto ya se sabe.
Lotta Manns era una mujer agraciada por naturaleza, pues ningún hombre con unos ingresos como los de Viggó se habría conformado con una tía cualquiera de tres al cuarto. Era rubia, de ojos verdes y delgada, y durante todo el decenio de los ochenta y hasta bien avanzados los noventa llevaba el pelo recogido en una trenza que le llegaba hasta media espalda y que iba dando saltitos al caminar como una cola de pura luz del sol. Los primeros años no iba nunca encorvada, nunca estaba cansada ni fastidiada ni agotada, o por lo menos no se notaba desde fuera. Lotta vestía siempre con elegancia, y habitualmente llevaba vestido. No seguía la moda, pero tenía un estilo clásico que estaba en una extraña línea intermedia entre el de un ama de casa americana retro y una campesina nórdica de antes de 1970. Lo presentaba todo como cosas neorrománticas: faldas de volantes, hombreras, colores pastel y neón, pelo cardado y líneas bien marcadas en el maquillaje que envolvían las orejas, o los ojos, o todo a la vez. Colores terrosos naturales, un poquitín de colorete en las mejillas para tener un aspecto más fresco, un breve toque de lápiz aquí y allá y un porte poderoso a la vez que modesto. No necesitaba nada más.
Lotta era a veces un poco inflexible, un poco brusca, con quienes tenía más cerca, sobre todo con sus amigas. Pero no era porque estuviera angustiada. Lotta sabía mirar a la gente —incluso de pronto, inesperadamente— con tal furia que los varones adultos se arrodillaban ante ella y se ponían a pedir excusas sin saber qué era lo que habían hecho. Fue perdiendo esa fuerza según se fue haciendo mayor, y cuando se cansaba, parecía fundirse con la eternidad, de donde procedía, igual que pasaba con tantas otras cosas.
Pero antes de llegar a lo que enseguida contaremos —como corresponde a nuestra desacreditada lentitud, no tenemos prisa—, antes de que estallase la feroz tormenta y los vasos se llenaran, nació Ilmur, y al día siguiente de nacer Ilmur llegaron los médicos y dijeron a la madre recién parida que su hija tenía «falo» (porque eran personas demasiado educadas para decir «polla» a la luz del día), o al menos algo parecido a un «falo». Fue un auténtico golpe para Lotta. Ciertamente, el falo estaba contraído, dijeron los médicos, era pequeño y en realidad no era más que un clítoris demasiado grande —la criatura tenía lo que se denomina «clitoromegalia», probablemente como consecuencia de la inmadurez de las glándulas suprarrenales—, pero no dejaba de ser un falo. Un falo y nada más, o ambas cosas, aunque no era un falo propiamente, menos aún un clítoris, sino un dedito índice o un hombrecito calvo que estaba ahí encogido y rojo e intentaba asomar por el glande, pero que no podía porque tenía los hombros sujetos, como si Ilmur estuviera pariendo un niño diminuto. Su propio hijo, justo de un día de edad, un niño del tamaño de un muñeco de Lego.
Al principio, Lotta no conseguía distinguirlo, su educación había sido tan esmerada que era incapaz de ver cualquier cosa que perturbara su mundo, a menos que alguien le exigiera terminantemente que reconociera su existencia.
Pues claro, escribe elle al tiempo que alarga la mano hacia el vaso, toma un sorbo y hace crujir las cervicales. A Lotta Manns, la madre de elle y de ella, a usted, mamá, le administraron óxido nitroso, oxígeno y tranquilizantes, y a punto estuvieron de rodearla de enfermeras con abanicos, pero nadie se preocupó de ayudar a Ilmur con ninguna de esas cosas hasta mucho después. También ella era demasiado necia para tomarse el asunto demasiado a pecho. Viggó seguía embarcado, siempre estaba embarcado, excepto cuando estaba con alguna puta en algún puerto. Mamá lloraba cuando no había visitas, pero tenía el máximo cuidado para que nadie viera a Ilmur sin pañal. Pero fue más tarde, ya en la casa de Snorrabraut, y con Ilmur con el culo al aire, cuando el gusarapo se dejó ver claramente como un brillante faro de carne en la oscuridad; el nombre latino de clítoris es landica, lo oculto o escondido, pero no había nada oculto o escondido en el clítoris de Ilmur Þöll Viggósdóttir.
Al tercer día, Lotta Manns dejó de suspirar lastimera y se quitó la mascarilla de oxígeno, con gran alivio de la comadrona. Entonces le preguntaron si le interesaría que le extirparan «aquello» a la niña. Estaba pálida por el exceso de preocupación, la falta de alimento, los medicamentos y el estrés en general, y no se consideraba en condiciones para ocuparse de aquel horror, había empezado a llover y la temperatura había subido ocho grados; Ilmur ya pesaba tres kilos y medio, o algo así, lo cierto es que ya estaba creciendo, pues, aunque la madre aún no hubiera puesto el pezón en su boquita, las enfermeras se habían ocupado de alimentar a la criatura.
Lotta volvió a ponerse la mascarilla de oxígeno mientras reflexionaba sobre el asunto. Faltaban aún quince o veinte años para que la expresión «ablación de clítoris» se hiciera de uso común. Y entonces se utilizaba, en realidad, para hablar de otra cosa, pero da igual, ¿estaba ella dispuesta a permitir que unos energúmenos armados de bisturí hurgaran en el sexo de la niña? ¿O debía dejarla ir por la vida deformada por la mano de Dios? El médico, que saltaba a la vista que había estudiado en el extranjero, aseguró que no tendría por qué ser nada especial, ni reducir el falo para transformarlo en un falo de bebé normal y corriente, ni dejarlo como estaba, sin más. «La complejidad de la naturaleza dista mucho de estar sobrevalorada —dijo el médico, henchido de su propia importancia y de una amplitud de miras importada—. Puede decirse que un micropene o macroclítoris, según se mire, es una deformación. Pero nadie tiene por qué convertirse en una molestia para uno mismo. Los genitales del hombre son complejos».
Lotta volvió a quitarse la mascarilla de oxígeno e iba a decir algo de que los genitales de su hija no eran los genitales de ningún hombre, aunque el médico lo sabía perfectamente, claro, y había querido decir otra cosa, pero se sintió tan mareada que se sujetó la mascarilla y aspiró con fuerza sin decir nada.
El personal cambió la bombona de oxígeno y Lotta pidió un poco más de tiempo para reflexionar. Pensaba pedir consejo a Halla, su amiga de la agencia de viajes.
Viggó Rúnarsson se había ido del paritorio al bar directamente, y de ahí a Akranes, de donde navegó rumbo a Groenlandia, donde estaba ayudando a unos marinos portugueses a pescar bacalao para los groenlandeses, con escaso éxito, según supe más tarde, y los marinos portugueses le dieron la enhorabuena y abrieron muchas botellas en su honor y fumaron puros y jugaron a diversas cosas aprovechando la ausencia de bacalao durante varios días seguidos, mientras Viggó mandaba mensajes a casa explicando su alegría por todo aquello. Los mensajes eran todos del mismo tenor: «Espero que estés bien de salud, amor mío. No puedo esperar para estar otra vez con vosotras. Tu Viggó».
Ya hemos visto que quedaba totalmente excluida la posibilidad de intentar consultar nada con él. La amiga Halla había tenido cinco hijos de dos hombres distintos, pero en estos momentos de la historia estaba sola, aparte de los niños, claro. Lloró un poco al borde de la cama de hospital de Lotta. En cambio, Lotta rio. Era por culpa de los medicamentos, y luego lloró ella también, ¿no sería también cosa de los medicamentos? Finalmente pidieron que trajeran a Ilmur, le quitaron el pañal y examinaron el animalillo que había debajo del clítoris.
—Es casi como si se fuera a salir por su cuenta para escaparse —dijo mamá. Y añadió, tras un breve silencio y unos cuantos suspiros—: Pero no lo hará, claro.
—Te voy a contar una cosa —dijo Halla—. Una vez vi a una mujer. —Enarcó las cejas—. En la piscina. —Era como si quisiera que Lotta terminara la frase—. Con una cosa como esa. —Abrió mucho los ojos y señaló el monstruo de Ilmur—. Solo que más grande y más de adulto, claro. Igualito que un pene pequeño, es que exactamente igual. Primero pensé que aquella mujer llevaba una jaula absurda. Aquello recordaba más que nada a un pollito.
—Naturalmente, después crecerá el pelo —dijo mamá.
—Y se quedará más arrugado. ¿Lo de abajo está bien abierto?
—Sí, sí. Es como tiene que ser.
—¿Como en una mujer? ¿Sale la orina?…
—No estoy segura. Tiene que estar por aquí arriba. —Examinaron los genitales y tiraron con cuidado de la piel que rodeaba la vulva, si se podía hablar de vulva, cada una con un dedo índice.
—¿Y la vagina?
—¡No mea por la vagina, y tú tampoco!
—Ya lo sé. ¿Qué te crees que soy?
Y justo a punto, Ilmur empezó a mear. Por la uretra. Lotta y Halla se encogieron cuando el hombrecito estiró la cabeza, sacó un hocico rojo oscuro y de él brotó con fuerza un chorro considerable, fino y de color claro, y tan fuerte que primero lamió la cabecera de la cama por fuera, luego bajó al hombro de Lotta, que ni chistó, atontada como estaba por las medicinas, luego a la rodilla de la preciosa criatura y finalmente las últimas gotitas le cayeron entre las nalgas y en la cama.
—Es para no creérselo —dijo Halla llena de admiración de lo bien que había regado Ilmur el mundo. Se puso en pie, se secó las lágrimas y miró a Lotta con gesto serio—. Esto es obra de Dios.
Y con eso quedó todo decidido.
* * *
No nos precipitemos, escribe elle. Naturalmente, quedan muchas cosas que os gustaría saber, pero lo sabréis todo al final. Probablemente podríamos dar todo esto por concluido en doscientas palabras más o menos —como una confesión de longitud promedio— y dejarnos de discusiones sobre el moméntum. Pero la verdad no está ahí. También tenemos que aprender a dejar tiempo a las cosas. Tal vez no importe que esto no se lea nunca, aunque sea ilegible. No por eso hay que ser descuidados.
Usted y vosotros, escribe elle, Lotta y Viggó, prepararon para su hija única, Ilmur Þöll —que es como se llamaba entonces, aunque ya no se llama así—, un lindo hogar en una casa unifamiliar al lado mismo de la plaza Hlemmur, en Reikiavik. La casa estaba pintada de blanco, mientras que todas las casas de la zona estaban revestidas de arena de conchas. Dos pisos y montones de metros cuadrados, todo repleto, quién conoce de verdad un sitio así, mayor que la inmensa mayoría de las casas, porque el capitán Viggó tenía un enorme arrastrero congelador con base en el puerto de Akranes, donde Viggó, por esa misma razón, pasaba mucho tiempo, en un piso a cargo del armador, y en la ciudad tenía sus amantes desde hacía tiempo, aunque ellas no le hacían ninguna sombra a Lotta, a quien mantenía también con generosidad. Pero Viggó pasaba poco tiempo en casa y quizá fuera lo mejor, porque era un tanto desabrido y fastidioso cuando estaba en casa, mientras que en Akranes resultaba ser el amo de todas las fiestas, de modo que probablemente lo mejor era que no se moviera de allí.
Lotta Manns y Viggó Rúnars tuvieron su primer hijo, que en cierto sentido resultó ser dos hijos, o muchos, en otoño, como ya sabemos. Los padres suelen reconocer, al menos los padres que saben del asunto —los que leen libros sobre educación, madurez, la diferencia entre primera y segunda infancia, etcétera, tal vez no los que piensan que educar consiste solamente en dar de comer al retoño y esperar a que pueda comunicarse (nada más pasar la pubertad) para mandarlo a trabajar, aunque sí otros padres, más listos desde el nacimiento—, que lo mejor es tener hijos en otoño. El motivo es que el primer medio año de la vida no es, en realidad, más que medio año de reclusión. La criatura pasa la mayor parte del tiempo en el interior de la casa, o de las casas, además, como es natural, de en su propio interior, pero cuando la criatura por fin se hace consciente de la existencia del mundo, digamos en abril, la naturaleza rompe a cantar. El retoño aprende a caminar por la hierba antes del regreso del otoño. Va a la piscina de bebés al aire libre. Conoce el mundo desnudo y en flor.
Parece algo muy deseable y no debería extrañar a nadie. Ni siquiera hay quien lo discuta.
Viggó desembarcó, cogió a su hija en brazos, le hizo el caballito sobre las rodillas, le quitó el vómito de los muslos y luego se embarcó otra vez, o se fue con sus putas, lo uno por lo otro. Los portugueses no habían encontrado ni un pez, pero como él cobraba por asesorarlos y había ido en su temporada libre, ese hecho no afectaba a sus ganancias, que eran ingresos extra; Viggó había perdido ya la capacidad de decir no al dinero cuando Lotta le informó de que estaba esperando —no solo por Ilmur, pero perdió el deseo sexual hacia «la madre»—, de modo que tuvo que consolarse en Kjalarnes con una querida, que costaba lo suyo, y ahora tuvo que hacer dos mareas seguidas con Herdís de Akranes, lo que duró los dos meses siguientes, con una breve parada, como llevaba haciendo más o menos en los tres últimos.
No se hablaba de relaciones de cama con mujeres que apenas conseguían levantarse sobre las dos piernas después del parto en ninguno de los libros que tenían en la casa de Snorrabraut, y, naturalmente, Viggó no estaba necesitado, con todas las mujeres que tenía, y solo Dios sabe si Lotta estaba necesitada o no, pero alguna necesidad debió de haber porque, cuando Viggó se volvió a marchar al día siguiente, Lotta estaba embarazada de Davíð Uggi, y Viggó se enteró por un mensaje justo antes del siguiente periodo de libranza, y al saberlo se presentó de inmediato para otra marea y no se le vio el pelo en cuatro meses, con excepción de algún día suelto. En esa época no existía el túnel de Hvalfjörður y para viajar entre Akranes y Reikiavik había que tomar el ferri Akraborg y, si desembarcaba tarde, se tenía que quedar a dormir en Akranes, igual que, casi sin excepción, el día antes de hacerse a la mar, y otras veces más para el «mantenimiento del buque», como lo llamaba él con un juego de palabras muy hábil, porque en esos días se dedicaba a follar con la mantenida. «El capitán tiene que ser el primero a bordo. Sin excepciones», decía cuando Lotta protestaba. Había tantas cosas que las mujeres eran incapaces de entender.
La primera cosa memorable que hizo Ilmur en la vida, cuando por fin se encendió la luz en su cerebro —llegó la primavera y vio el mundo florecer—, fue, como queda dicho, mirar a su madre embarazada, nada más nacer ella. Lotta Manns fue engordando como manda la ley, caminaba con andares de pato y se dejaba mimar por sus amigas. Estaba de un humor un tanto raro, que oscilaba entre los accesos de llanto y una determinación rocosa, tenía antojos de cosas raras a horas extrañas del día y le salieron edemas y ampollas, olía a queso viejo, a arenque rancio, a bandeja vieja con trozos de tiburón fermentado, ya sabéis cómo es eso, cuando no olía a mañana de primavera o incluso a cerdo confitado de Navidad, se odiaba a sí misma y pensaba que la vida era un maratón de danza sobre rosas, sobre espinas de rosas, etcétera, etcétera. Todo en perfecto acuerdo con el bendito libro.
Ilmur tenía cinco años, como mucho, cuando Lotta le pidió por primera pero no última vez que, por lo que más quisiera, no le enseñara el gusarapo a nadie. No tenía ocasión de hacerlo, Ilmur no lo había hecho nunca, no se dedicaba a jugar a los médicos con sus amigos ni nada de eso, y probablemente, Lotta solo quería evitar antes del parto, simplemente evitar, prudentemente, que pudiera llegar a suceder que la niña se pusiera a hablar con otras personas, sin darse ni cuenta, sobre sus genitales y se descubriera la anormalidad de la familia, porque era culpa de la madre, fueron sus hormonas las que dejaron a Ilmur en ese estado. No se avergonzaba de su hija, se avergonzaba de sí misma, de haber fracasado, le resultaba embarazoso y no quería verse en la tesitura de tener que explicar nada, pero le pasó el tema a Ilmur. «Tampoco nosotras hablamos de los genitales —le dijo a su amiga Halla cuando se lo preguntó—. ¿O es que tú vas por la ciudad hablando de tu coño?».
A Ilmur, aquello le importó un pito, no le afectó en lo más mínimo. Muchas personas trans estaban destrozadas desde que llegaban al uso de razón, pero Ilmur no era así, ni lo es, nunca lo ha sido, era de constitución demasiado fuerte, demasiado madura, siempre jugaba con lo que le apetecía y se vestía con lo que le apetecía y se comportaba como le parecía, no entendía ni entiende ahora a quienes no lo hacen así, no era nada complicado, era la gente quien lo hacía complicado.
Ilmur no habría dejado de hablar del monstruo con Lotta, ella no tomaba decisiones por su cuenta por vergüenza ante los demás, pero prefería callar, se preocupaba de que no se le viera mucho en la ducha después de clase de natación en la escuela primaria, no se ponía pantalones demasiado ceñidos como para que se notara el gusarapo y no hacía alardes. No sabía por qué era así, y solo quería guardárselo para ella. Era asunto suyo.
Pero lo dicho. No vamos a correr, no tenemos ninguna prisa, la historia va saliendo a la luz poco a poco, escribe elle bostezando, aunque aún quede la eternidad de la noche.
Hans Blær Viggósbur
Samastaður. ¿Basta con que haya paredes, o además hay que descubrir lo que se puede hacer con esas paredes? ¿Acumular energías, lograr seguridad y crearse el objetivo de enfrentarse al mundo de paredes afuera para que rijan en él las mismas leyes que de paredes adentro? ¿Aprender a navegar entre Escila y Caribdis, aprender a sujetarse para mantenerse a flote, para vivir la vida libre de cinturones de seguridad, safe-spaces, wingwalkers, transmisores de emergencia y otros recordatorios de la muerte?
La muerte no es algo que haya que temer. El sufrimiento no es algo que haya que temer. No hay que temer nada, excepto la cobardía y las palabras de los lacayos exigiendo seguridad sin fisuras. Los conflictos son instructivos. La violencia es una parte de la vida de la que nadie querrá carecer cuando llegue el momento decisivo, excepto quizá quienes nacen bajo un ala protectora, universitarios mimados que se fijan un microscopio en la jeta para analizar hasta los más mínimos defectos del mundo, porque creen que la vida no tiene categoría. Y claro que no tiene categoría. La vida de esa gente carece de cualquier conflicto auténtico, así que tienen que crearlos. Buaa las tipas que están de permiso maternal no reciben suficiente subvención. Buaa a los niños de las plantas de neonatos les dan pañales rosas y azules GRATIS. Buaa las chicas que van solas por ahí de noche tienen miedo de que venga el perverso hombretón blanco y les enseñe la polla. Bua y más buaaa. Es muy difícil existir, es un milagro que esa gente no se asfixie simplemente al intentar aspirar oxígeno.
Nadie quiere reconocerlo, pero todos sabemos que la mayoría de nosotros no estamos dispuestos a aceptar oposición de ninguna clase. Somos blandos. Somos perezosos. Cedemos ante la menor presión. Nos escondemos en cuanto alguien enseña los dientes. Muy pocos de nosotros somos capaces de mantener en serio un diálogo con el mundo, de pelear. Seguramente nuestras aptitudes físicas, cada vez peores, tienen mucho que ver con eso. En el fondo somos como otros animales, pero nuestras condiciones de vida hacen que tengamos músculos fláccidos y huesos quebradizos, somos rígidos y lentos. Y entonces nuestro cerebro nos dice que hagamos lo único que le parece razonable: buscar escondites y gemir suplicando ayuda a quienes no son igual de rígidos, miserables y quebradizos. ¡Ay, en mi casa hay tanto moho que no puedo respirar! Como si las condiciones hubieran sido mejores en las viejas granjas de turba. ¡Ay, me resulta muy difícil contraer compromisos porque mi papá no me mostró suficiente afecto! ¡Buaaa! ¡Todas las noches me duermo llorando porque una vez en el colegio me metieron mano una noche de vídeos y no conseguí decir no! ¡Es que no pude! ¡Me bloqueé!
Hace 22 h y 33 m. 442 likes. 303 comentarios.
HANS BLÆR
Me duermo sole y me despierto sole, escribe elle, se levanta y vuelve a sentarse, completamente despierte, aunque ya ha empezado a anochecer. Dormir sole no es una norma. Elle no vive la vida según las normas. Es una preferencia. La eligió elle. A decir verdad, le da igual si duerme abrazade a alguien o no. Probablemente sea toda una «experiencia» para la persona en cuestión y a elle no le hace ningún daño. Pero está totalmente determinade a despertar sole. Eso es innegociable. Elle no tiene sueños románticos sobre una persona amada que se levanta y prepara café, va a la panadería a por cruasanes recién hechos y a llevarle el desayuno a la cama, o que le despierta haciéndole sexo oral. A elle no le interesa, beber y comer en la cama es pura desidia, y la sexualidad puede ser más emocionante que eso. Cuando ya no puedes entrar en los genitales de otra persona como en una juguetería —como ha sido durante un tiempo—, enseguida pasa a ser tan emocionante como cualquier mierda producida en serie. Vibradores recubiertos de piel para meter por pliegues carnosos con agujeros. Elle busca algo más auténtico. Elle no practica el sexo sino para desgarrar elle misme la carne viviente. Y nadie empieza el día haciendo eso.
Si quieres despertar sole, lo más práctico es dormirte sole. Nunca hay que confiar en que podrás echar a alguien que se ha quedado dormido. A elle no le engaña su naturaleza, y su naturaleza es la libertad. Pero elle es un hombre práctico —cuando no es una mujer práctica— y prefiere anticiparse a las cosas.
Despierta con la cabeza despejada, decidide y cansade, y empieza poniéndose cara, una de sus caras. Eso es una norma. No la estableció elle, y no tiene por qué someterse a ella, pero es así, sin discusión. Primero se pone la cara, luego se pone bata y zapatillas, va al descansillo y baja las escaleras. Desde la planta baja se accede a la cocina de Joe & the Juice. Allí compra té rooibos, batido de espinacas y jengibre, y un sándwich de atún y jalapeño. Da propina al empleado —Andreu, Torfi o Sigurjón, en ocasiones algún contratado temporal—. Sabe que en Islandia no se da propina, pero elle no vive la vida según las normas. Elle misme decide lo que quiere y lo que no quiere. A elle no le importa un billete de cien coronas más o menos, aunque tampoco servirá para hacer milagros en la economía doméstica de Andreu, Torfi o Sigurjón, según el caso, pero los pondrá de buen humor. Con el billete de cien coronas está diciendo: vosotros sois especiales. Y también: vosotros me otorgáis un trato especial. Os preocupáis de que esté abierta la puerta trasera y no me importunáis con cháchara innecesaria si estoy recién despertade y no me interesa lo que digáis, pero sois superconscientes de mantener conversación conmigo cuando estoy feliz y parlanchine. Además, a veces, en su honor, hasta apagan la música que inunda el local como una resonante oleada cancerígena.
Vuelve a subir de puntillas los escalones de madera. Su apartamento consiste en un único espacio, aparte del cuarto de baño. La pared consta de ocho paneles cuadriculados de cuatro metros de altura —disfruta de vistas a la zona portuaria, el monte Esja y el edificio Harpa—. Hay escaleras de roble que conducen al piso superior, a la izquierda, donde duerme, y debajo está el cuarto de baño. A la derecha está la cocina americana y una mesa de comedor, aunque elle come siempre en la esquina izquierda, cerca de la ventana, donde tiene el ordenador de sobremesa sobre una mesita de bar. Todas las paredes están pintadas de negro.
Después lee las noticias y se informa. Huye del algoritmo prefabricado y busca opiniones más que likes, si hay opción —la belleza de la muchedumbre, donde pueden florecer mil flores—. Le fastidia que un bienintencionado programador de Chicken se filtre para sí mismo alguna verdad aprovechable, algo de lo que pueda escandalizarse el unísono coro de borregos que el algoritmo sitúa más cerca de elle. Fastidio, odio, desprecio, deshonor y vergüenza. Todo el espectro de sentimientos.
Elle utiliza la misma táctica, ya que no es mejor engañarse a sí misme que dejar que otros lo hagan. Si alguna opinión le parece demasiado ridícula, si apacigua su bondad innata, pasa enseguida a otra.
Un ejemplo.
¿El sistema de cuotas de pesca tenía alguna función que no fuera reprimir la naturaleza humana? ¿No estaba destinado el ser humano a vivir en la tierra y a morir después? ¿Tenía que arrastrarse por el mundo como una mendicante serpiente sin piernas, dejándose arrastrar por la vergüenza luterana en vez de por su natural deseo de las cosas buenas de la vida? ¿O debería alabar el sistema de cuotas como maximización del beneficio, de ese magnífico arte del cálculo de los expertos en administración de empresas que fueron capaces de transformar una simplísima ecuación, unos trazos sobre un papel, en imaginarios peces no pescados en el océano de queso y champán de las orgías de Garðabær? Quizá lo mejor sería no pescar ni un solo pez, ¿no era cierto que el noventa por ciento de las capturas se las comían los pobres? ¿No podríamos contentarnos simplemente con perseguir algún que otro bogavante de paso, con vino blanco, y dejar que los duchos en aritmética borren del mapa las aldehuelas salvajes?
O bien:¿A alguien se le pasó por la cabeza, realmente en serio, que las mujeres que han acusado a Harvey Weinstein, el canalla más famoso de la historia de la humanidad, iban con él para «hablar de su carrera» o «repasar un guion»? ¿No iban sencillamente para que se las follara a cambio de éxito y fama, acaso no es una transacción ventajosa? Que cambiaran de opinión en medio del asunto, cuando el ballenáceo corpachón de Harvey apareció debajo del albornoz —y un falo desproporcionado con forma de gamba con una boca cual manguera de bomberos, indigno de un bellísimo coñito hollywoodiense, suave como la seda y de entrenados músculos—, no es más que otra historia, mucho más trágica, en la que elle no quería tomar partido.
Sin embargo. ¿No fue divertido también ver cómo se encogía el falo una vez reveladas las más profundas perversiones? Ansias desmesuradas guardadas en el corazón, comentarios idiotas a los que dejaban volar cuando creían que no había nadie escuchando (y, naturalmente, nunca se les ocurrió pensar que los pobrecitos agujeros de las tías fueran capaces de hablar en voz alta). Nada bajo el sol es más bello o más entretenido que la venganza. Y cómo resplandecían las tipas cuando vieron estallar en llamas los resecos bosques de la patria —uno tras otro— y el mundo se hizo llamas como una supernova en una vía láctea habitualmente oscura. Mirad sus ojos, mirad cómo suben y bajan los pechos de esas valquirias del futuro, y decid si no os pone un poco cachondos. En el mundo no hay nada más follable que una mujer furiosa.
Y otro más:
¿Las mujeres tienen sueldos más bajos porque los varones las odian o porque ellas tienen otros valores biológicos que las llevan a elegir trabajos menos valorados por el mercado, porque no es el mercado quien les paga directamente? ¿Las lesbianas resultan especialmente incapaces para luchar contra las ciberagresiones o, por el motivo que sea, están más dispuestas que otras personas a dejarse agredir, para obtener así a bajo precio la compasión de una sociedad cabrona? Ya me entendéis. Es complicado. Solo hay que tener los ojos abiertos, tener muy en cuenta que la verdad no es, a fin de cuentas, la primera idea que se nos pasa por la cabeza.
Por la naturaleza misma del tema, no le corresponde a elle ofrecer respuestas —elle no es más que un cabrón o un bombón que se está comiendo un sándwich de atún junto al ordenador de su salón—, pero se siente como si tuviera la obligación de reflexionar sobre el tema desde los dos lados, sobre todo cuando hay más de dos. Lo cierto es que solo trabajan quienes lloriquean más fuerte. No tiene por qué salir gratis el ser súbdito de una sociedad democrática en el siglo de la información.
Pues eso.
Así serían las cosas en un día normal. En un día normativo, no es que haya días que sean del todo normativos, pero ya entendéis. Esta mañana, elle no despertó sole ni en calma, sino perseguide por todas las autoridades importantes de la sociedad: delincuentes, policía, medios de comunicación y todos aquellos con quienes había alcanzado la fama a base de mirarlos a los ojos desde que salió del seno de su madre hace 34 años, así como sus conocidos, parientes, amigos y enemigos. Y ni siquiera ha bajado a Joe & the Juice. Esto pertenece a otra historia, es obvio, estas cosas no suceden en el vacío. Empezaremos por el principio, escribe elle. Ya me perdonaréis si somos demasiado francos y os borraremos solo si sois más susceptibles de lo debido. Jesus saves y todo eso. Ahora pondremos las cartas sobre la mesa.
Era por la mañana y, como ya se ha dicho, estaba despierte, escribe elle una vez más en las páginas crema, a la luz parpadeante de una vela, como un malhechor cualquiera del siglo XIX. Nunca miraba la agenda hasta que había terminado el desayuno. Daba igual la hora que fuera. El día empezaba cuando elle estaba dispueste para el día, no al revés. Las normas son para los siervos. Primero dormía hasta que despertaba y luego se tomaba el tiempo necesario para ponerse en marcha. No hacía nada útil si no estaba bien despabilade, a menos que la sangre fluyera por sus arterias y sus pensamientos ardieran. Pero ¿algo útil? Elle no estaba aquí para ser útil. Los siervos existen para ser útiles. Hans Blær existe por gusto.
No despertaba cuando se iluminaba la pantalla del móvil. En realidad, es inimaginable que se despertara por la luz, por esa u otra cualquiera. Dormía con antifaz y no veía nada; había cortinas oscuras en las ventanas y otras más en la buhardilla, que tenía las paredes pintadas de negro como el resto de la vivienda. Además, siempre, sin excepción, dejaba el teléfono en el suelo, así que, como mucho, se filtraba un finísimo marco de luz por los bordes, porque su móvil se pasaba la noche trabajando sin pausa, receptando informaciones y sentimientos, de modo que si elle se despertara con aquel marco de luz, jamás podría conciliar el sueño. El mundo quería que elle supiera de él, aunque estuviera durmiendo. Pero elle se despertó a medias, se dio la vuelta y luego, de pronto, se incorporó, se quitó el antifaz a toda prisa y se quedó mirando fijamente el mundo.
A decir verdad, le apetecía cualquier cosa menos despertar. Todo menos levantarse. La tarde y la noche habían sido difíciles y hacía no demasiado tiempo que se había dormido. ¿Qué le había despertado?
Nada. Reinaba un silencio sepulcral.
El padre de Hans Blær —que había estado embarcado desde que elle era pequeñe; en realidad, desde que él mismo era pequeño— había afirmado algunas veces que en mar abierto había pocas cosas tan desagradables como el silencio que reinaba cuando se paraba el motor. Y si sucedía cuando estabas durmiendo, toda la tripulación se despertaba con un respingo. Nunca contaba si era por algo grave o si era algo habitual. Quizá sucedía muchas veces por semana y no había nada que contar. Pero a elle se le quedó grabado que el silencio te despertaba.
Pero este silencio. Ni siquiera había tráfico delante de las ventanas. Los pájaros callaban —probablemente todos habían emigrado a los países cálidos, faltaba poco para el invierno, se acercaba una gran tormenta para la noche—, los perros y los gatos callaban, las personas que habitualmente deambulaban por el centro se habían ido a dormir, no se oían crujir los árboles. Probablemente podríamos seguir diciendo que el único sonido que oía era «la sangre pulsante en sus venas», «el rumor de los cables eléctricos del alma de la ciudad» o «el chirrido de la marcha del sistema solar», pero todo eso sería falso y, en realidad, lo que sentía elle era como si el mundo se hubiera detenido, por mucho que en el exterior siguieran pasando cosas. Era puro silencio.
Pero, al menos, seguía con vida.
Apartó la sábana de seda y saltó de la cama; el primer ruido auténtico que oyó fue el de sus talones golpeando los negros tablones del suelo. Alargó la mano para coger el móvil, que estaba cargando en la mesilla de noche, y miró el techo, bostezando. Eran las 06.13; tenía 19 llamadas perdidas; 13 mensajes de SMS sin leer; le esperaban unos 900 comentarios en Facebook y 82 mensajes; 201 mensajes de correo en el inbox; 72 menciones en Twitter, 15 etiquetas en Snapchat e incluso 7 en Instagram. ¿Pero hay alguien que siga etiquetando en Instagram?
Es conveniente que no haya malentendidos, de modo que lo repetiremos. Elle estaba habituade a que, al despertar, hubiera comentarios y mensajes reclamando su atención. Eso, por sí solo, no era nada nuevo. La vida de elle en los últimos ocho o nueve años, desde que, como buen mártir cristiano y por propia voluntad, se entregó a las leoninas fauces de los medios de comunicación (aunque con plena consciencia, hay que decirlo, pues no hace nada sin querer, dos no pelean si uno no quiere), se distinguía por unos estímulos irresistibles sobre los que elle solo ejercía un dominio parcial. Sus palabras se convertían en noticias irresistibles para algunos y en ley para otros; unas veces le tomaban como el mejor «ejemplar de su especie» (y entonces era al mismo tiempo héroe de la libertad de expresión, la temeridad, la transroyalty) o el mejor ejemplo de «mierda de su clase», muchas veces lo decían las mismas personas, la buena gente le llama diet-fascista (guay), la mala gente, hermafrodita o escoria, aunque la mayoría no parece saber en qué casilla situarle. Y elle no tenía ni el más mínimo interés por ayudarlos.
El comentario más insulso, hecho en modo irónico en una conversación entre unos parientes de Burkina Faso sin apenas amigos en la red, engordaba hasta convertirse en titular de primera página en un país que creía que los fakes eran un servicio público si conseguían un impacto suficientemente alto. Elle estaba acostumbrade a eso desde hacía tiempo, no esperaba otra cosa, pero exigía que el viento soplara de otra dirección, que la nieve tuviera otro color o que las mujeres dejaran de tener la regla. Eso era como era; sucedió como sucedió.
Sin embargo. Por muy acostumbrade que estuviera, le extrañó que hubiera ochocientos comentarios básicamente coincidentes. Incluso al terminar los días de más faena, cuando se acostaba temprano, dormía hasta el aburrimiento sin preocuparse por nada hasta el mediodía, cuando el número rondaba los cien o algo menos. Elle sabía que no tenía por qué extrañarse, anoche previó que este día sería una auténtica tortura y que conciliar el sueño había sido un milagro.
Hans Blær comprobó enseguida que los mensajes podían clasificarse en seis grupos, aunque algunos se solapaban:
En primer lugar, había acusaciones e insultos, basados principalmente en malentendidos, pero también, en cierto modo, en una postura infantil sobre las cuestiones éticas. En conjunto, todo enlazaba a noticias que afirmaban que elle había cometido delitos con una o más chicas jóvenes en Samastaður. Estas acusaciones —ciertas, inciertas, torticeras o distorsionadas, who cares?— eran la base de todas las demás. De todo el caos.
En segundo lugar, había saludos breves. Hola. ¿Estás ahí? ¿Qué está pasando? Y así sucesivamente. Gente más próxima, que intentaba ponerse en contacto con elle; muchos, probablemente, con escasas esperanzas, no solo por la situación, sino también porque elle solía estar muy ocupade y no destacaba precisamente por ser rápide a la hora de responder, ni siquiera en un día bueno.
En tercer lugar, personas nada próximas a elle —o que llevaban tiempo sin serlo— que le enviaban extensas cartas o le etiquetaban en algún reportaje con intención de explicar algo, a sí mismos o a elle o alguna otra cosa sin relación ninguna; era gente que estaba loca por conocerle y que sentía la necesidad de contextualizar de algún modo su conocimiento con lo que estaba pasando en esos momentos. Pedir disculpas, mostrar apoyo, mandarle a la mierda, etcétera.
En cuarto lugar, periodistas que le enviaban preguntas o solicitudes de entrevista.
En quinto lugar, luchadores por la justicia social que le etiquetaban en algún reportaje, o que hacían preguntas exaltadas y llenas de prejuicios, o simplemente para dar rienda suelta a sus poco amistosos sentimientos.
En sexto lugar, trols, en su mayoría sin humor alguno, que usaban mal las comillas en unos comentarios sarcásticos sobre el aspecto que tendría elle en ropa interior. «¿Quién es el responsable del sistema sanitario que ha dado ánimos a ese “hombre”?». Etcétera. Ya entendéis.
Si elle tenía rabo, y era perfectamente imaginable que lo tuviera, o si lo había tenido alguna vez, gente así no podía tener ni la menor idea, además de que no era asunto suyo.
Hans Blær necesitó cuarenta minutos para repasar toda aquella basura —a toda velocidad— y para desetiquetarse de las barbaridades más atroces. Luego se puso la bata, unos calcetines calientes y entró de puntillas en la cocina. Ninguna de esas cosas le pillaba por sorpresa. Todo estaba ya preparado ayer noche.
Hans Blær bebió el café directamente de la cafetera; se puso un zumo de naranja, dos (finas) rayas de coca y pan tostado con mantequilla. Luego se sentó en un taburete del mostrador de la cocina y disfrutó por un instante de lo callado que estaba todo. Ya no era silencio, el silencio se había terminado, o se había ido, o esfumado, ahora estaba todo callado. Las paredes pintadas de negro se tragaban la luz y la convertían en algo que hacía que cuando se sentaba bajo la lámpara del mostrador se formara una especie de aura luminosa en torno a su cabeza; elle no estaba sole en la oscuridad, estaba sole a la luz de un reflector, mientras en todos los demás lugares, el mundo era oscuro como la brea. En el bolsillo de la bata seguía iluminándose la pantalla a intervalos regulares.
Saldré adelante, pensó. No hay que preocuparse. Yo siempre salgo adelante. Luego cerró los ojos. Abrió los ojos.
Al cabo de un rato sacó el móvil del bolsillo y lo puso en el mostrador, delante de elle. Estaba aún en modo silencioso, pero en la pantalla aparecía un nombre conocido. Karolína.
Karó era su lacaya, su ayudante, la productora y directora gerente. Si Hans Blær estuviera colgade en un precipicio y quisiera que le rescataran, la llamaría a ella. Si Hans Blær se cayera de un avión y quisiera que le agarraran, ella le recogería entre sus brazos. Si Hans Blær estuviera en un concurso televisivo y tuviera que «llamar a un amigo», la llamaría a ella. Si Hans Blær tuviera tal diarrea que no le quedaran ni ganas de limpiarse el culo, le daría a ella el rollo de papel. Etcétera. Ya entendéis.
Lo menos que podía hacer por una persona así era responder cuando llamaba por teléfono.
* * *
No hay novedad en la gran tormenta. Poco a poco se va acumulando la nieve contra las paredes de la casa más allá de las rotondas de Mosfellsbær y la oscuridad otoñal del exterior se vuelve más negra y más infinita, más duradera. De cuando en cuando gotea el techo y la gota acaba en el borde de la mesa o en el suelo, pero elle no hace caso de la gotera y aún no ha llegado al punto de tener que ir a buscar un cubo. Deja el lápiz, vuelve a cogerlo, se lo mete entre los labios y sopla como si fuera una flauta.
—Hans Blær —escribe elle entonces, pues eso dijo al teléfono cuando llamó Karó (es una costumbre de los tiempos en que todos tenían teléfono fijo), y al momento se dio cuenta de lo ronco que estaba esa mañana—. Eres madrugadora —dijo elle—, con lo mal que nos sienta. —Su mente es un sendero tortuoso en movimiento constante, le duele la memoria. Es por la mañana otra vez. Rebobinada. Somos siempre personajes nuevos.
—Cariño —Karó siempre llamaba cariño a Hans Blær—. Tienes que escapar. Enseguida.
—¿Escapar? ¿De dónde?
—De tu casa. Según mis fuentes, la policía piensa ir a buscarte al alba y…
—¿La policía? ¿Tengo que inquietarme por ellos?
—¿Sabes lo que ha pasado?
—Sí, más o menos, sí, sí, a grandes rasgos.
—… y además están los hermanos de la chica.
—¿De Margrét? ¿Qué pasa con sus hermanos?
—Uno de ellos es Flosi el Cabrón.
—¿Flosi el del Propofol? ¿El de la motocicleta?
—El motero.
—¿No es lo mismo?
—Flosi el Cabrón no tiene ningún interés por las motos.
—¿Sino?
—Por romperle las rodillas a la gente y darles a comer sus excrementos.
—Lo sé. Pero ¿a mí?
—Según fuentes fiables.
—¿Qué quieres que haga?
—Quiero que te vayas. Enseguida. Puedes venir aquí, si quieres.
—No me apetece nada escapar a Árbær.
—¿Por qué no?
—En Árbær no hay más que plebeyos. Y porque es plena noche y eso está muy lejos y el coche está en el taller y simplemente porque no me apetece. ¿Te vale con eso?
—Pues tienes que irte como sea. Estás en el censo, no costará nada averiguar dónde vives.
—Y dónde vives tú, ¿eso no?
—Yo sigo empadronada en Skólavörðustígur.
—Me marcharé. Me compraré un billete para Copenhague y adiós muy buenas.
—No puedes salir del país. La policía hará que te extraditen si consigues llegar a algún sitio.
—Vaya. Entonces iré a algún otro sitio. A Borgarnes. No sé.
—¿Árbær es más plebeyo que Borgarnes?
—Iré… —dijo elle, pero no pudo seguir porque justo en ese momento sonaron patadas en la puerta de entrada, abajo. Fuera estaba todo aún tan callado que Hans Blær oyó desde dos pisos más arriba los crujidos al estallar el marco de madera de la puerta. Se le cayó el móvil en el parqué negro, se apagó, maldijo (más aún, se quedó aturdide) y salió corriendo hacia la puerta para mirar el videoteléfono del portal. Estaba claro que la puerta aún no estaba del todo rota, porque en las escaleras de fuera había dos tipos enormes, uno bastante más grande que el otro, que arremetían contra la puerta como si hubiera sido ella quien dañó a su hermana.
Hans Blær dejó enseguida de maldecir, se metió el móvil en el bolsillo de la bata, entró en el dormitorio y arrambló con las prendas de ropa que encontró más a mano, descolgó el portátil del gancho de la puerta, corrió descalce por el parqué otra vez hacia la puerta, donde se calzó a toda prisa unos zuecos Birkenstock, y salió al pasillo a todo correr. Su apartamento estaba en el segundo piso de un bloque, y lo primero que se le ocurrió fue despertar a algún vecino, pero luego pensó que las puertas de los demás no supondrían un obstáculo más fuerte que la suya propia, y no le resultaba apetecible morir en los brazos de ninguna de las personas que vivían allí —ni de la vieja de enfrente, la de los gatos, ni de los inquilinos Airbnb holandeses ni de Gunnar, el auditor, el del piso de abajo—. En bata, sin maquillar, con un nudo en la garganta. Si vas a hacer que te maten a golpes, lo mínimo es plantarse como un hombre, no acurrucade y con un jubilado cagado de miedo administrándote los primeros auxilios.
Hans Blær bajó corriendo los cinco escalones, pasó sin ser viste por delante de la puerta exterior del bloque que Flosi el Cabrón y su hermano estaban intentando arrancar de raíz, bajó al sótano, abrió la puerta del lavadero y esperó. Fue justo a tiempo, porque los gigantes entraron un momento después, subieron las escaleras a todo correr y empezaron a armar estrépito en la puerta del apartamento por el mismo procedimiento anterior, antes de que elle consiguiera salir a la calle. «¡Hans Blær Viggósbur, vas a morir!». Y fue entonces cuando se acordó del chico.
Viktor.
Maldita sea.
Hans Blær Viggósbur
Señoras y señores oyentes de Lollari, os doy las gracias desde lo más profundo de mi corazón por poneros en contacto conmigo, pero los relatos desmedidos sobre mi derrota, mi ruina, mi muerte, mi deshonra y el incendio de mis propiedades son exagerados: Vivo, pataleo y me meneo, aunque los medios de comunicación me achaquen culpas imaginarias y yo permita a los psicólogos (lol) que inventen cataclismos con su afamada inspiración.
No ha pasado ni una noche entera desde que la policía llamó a la puerta de Samastaður, ni media hora desde que me vi obligade a huir, y las historias que por gracia de los dioses he podido leer sobre mí misme en los medios que se autodenominan «tradicionales» o incluso «críticos» (je je) deben de contarse por docenas. Ciertamente es divertido leerlas, igual que es divertido mirar un insecto que se ha quedado patas arriba y patea con la esperanza de volver a poner las patas en su sitio, pero ¿no resulta un poquitín lamentable? En serio.
Hace 22 h y 11 m. 622 likes. 181 comentarios.
KARLOTTA HERMANNSDÓTTIR
Usted entró como una tromba en el vestuario y miró a su alrededor. Llegaba tarde, pero la clase de yoga no había empezado aún. Las individuas vestidas de batik y olorosas de aceites esenciales a las que usted llamaba sus amigas estaban aún frente a las taquillas vistiéndose en silencio y haciendo estiramientos. Callaron y apartaron la mirada cuando apareció usted en la puerta, y usted intentó aparentar que no había nada raro, aunque se había dado perfecta cuenta. Si fuera de verdad amiga de sus «amigas», habrían querido hablar en privado con usted, una a una, para enterarse de «lo que había pasado». Cara a cara, las dos solas. Le harían preguntas crípticas: «¿Qué tal estás?», y pondrían cara de no estar preguntándole por Hans Blær, sino por cualquier otra cosa, para no verse obligadas a decir: «Lo vi en internet, ¡pero es que ha perdido la cabeza!».
Y sí. Sí, exacto. Elle había perdido la cabeza más de lo debido. ¿Cómo se siente usted, de verdad, con todo eso?
Después de quitaros abrigos de entretiempo, jerséis de fibra y pantalones vaqueros, una vez que vestíais la ropa de yoga, ecológica, ceñida pero cálida, os ibais instalando una a una en el dojo. La maestra lo llamaba así (dojo), y a sí misma se llamaba gurú. Cuando vosotras pensabais en el dojo, era algo distinto lo que se os venía a la cabeza. Algo más violento, donde unos hombres jóvenes se golpeaban violentamente unos a otros en plena cara. Pero quizá hacían falta más de cuatro paredes, filosofía oriental y buena voluntad para llamar dojo a una habitación. Os instalabais entonces, diez mujeronas rollizas, sobre las esterillas nuevas de yoga con colores infantiles —rosas y azules— que, pese a ser nuevas, ya habían empezado a oler a secreciones de mujeres en la cincuentena.
Usted era la mayor, 58 años, y la única que ya había terminado la menopausia. Usted no le concedía especial importancia, aunque a todas debería resultarles fácil de ver, porque el curso iba destinado a ayudar a las mujeres «a sobrellevarlo», como decía la gurú Guðlaug, la que llamaba dojo a la habitación. Usted nunca admitiría que ya había dejado de ser mujer, aunque pensara que tampoco tenía tanto apego a esa denominación. Pero usted sabía que había dejado de ser mujer, con tanta seguridad como sabía que Hans Blær seguía siéndolo o no lo había sido nunca, según a qué médico se preguntara.
Elle nació con ese gusarapo entre las piernas. Un órgano al que nunca se llamaría nada que no estuviera influido por lo que no era en absoluto. Falso falo. Clitopene. Cosas así. Y usted nunca se perdonaría a sí misma por no haberla puesto inmediatamente en manos del médico para que la operara, y luego, mejor que nada, a un convento. Así habrían solucionado sus padres aquel horror. Como si nunca hubiera existido. Pero usted no era sus padres. Usted era más pusilánime. Usted se dejaba arrastrar por el espíritu de los tiempos —en aquellos tiempos se cortaban prácticamente todos los gusarapos, muchas veces sin preguntar siquiera a los padres—. Pero, claro, usted tenía amigos «liberales» que la convencieron. Que le dijeron que «eso» —sí, decían «eso», lo recordaba perfectamente— no era más antinatural que cualquier otra cosa. Y el médico aquel. Él dijo que no había ningún motivo para que un individuo nacido con un gusarapo en vez de… una chocolatina entre las entrepiernas… tuviera que ser desdichado, o un marginado de la sociedad, o inservible socialmente. Ningún motivo. Al contrario, un individuo así podría sacar fuerzas de su particularidad, un individuo así había de tener un punto de vista único sobre la sociedad patria, desligado del «milenario encajonamiento del pensamiento patriarcal». Usted lo recordaba como si lo hubiera oído ayer.
Y así era todo también en casa. No había trabas para Hans Blær, a quien su peculiaridad proporcionaba una gran «fuerza».
Y todos estaban de acuerdo en que el gusarapo estaba más cerca de ser una vulva que un falo, y aunque usted no dejara que se lo cortasen, crio a Ilmur como niña. Le dio nombre de niña. Le dio vestidos. Le dio cepillos para el pelo y la enseñó a hablar de sí misma en femenino. Fue culpa de usted. Que ella sería dichosa, y no dichoso. Se le pasó por alto que pudiera ser dichose. Eso no había llegado aún.
Postura fácil
Estuvo a punto de dejarse caer en la colchoneta de yoga y echarse a lloriquear como una tonta, pero en el último momento se dominó y se sentó con las piernas cruzadas sobre la parte más carnosa de su cuerpo. Probablemente eran solo las mujeres quienes adquirían semejantes posaderas. Las mujeres avejentadas quizá siguieran siendo mujeres, después de todo, igual que los radiocasetes seguían siendo aparatos de reproducción de sonido. Mujeres con culos gordos y cuerpos inútiles. El tatami olía a la menopausia de todas esas mujeres. Usted ya no olía a nada. La gurú Guðlaug conectó un pequeño iPod con un delgado cable que se extendía por el lado izquierdo de su esterilla, y de los altavoces brotó música para meditación. La música estaba interpretada con un instrumento cuyo nombre usted desconocía. Una especie de cítara, mandolina, guitarra trans o violín extraño, o una combinación de todo a la vez. Las señoras se miraban de reojo unas a otras y sonreían como si compartieran un secreto, pero a usted no le sonreía ninguna, y usted no tenía ningún secreto guardado.
Usted hacía lo que ordenaba la gurú Guðlaug, levantaba los brazos por encima de la cabeza y aspiraba hondo, se estiraba hacia los lados y echaba el aire. Todas erais flexibles en grados muy variados, pero usted no era la más agarrotada, aunque fuera la mayor, y tampoco era la que más practicaba ni la que peor olía.
En realidad eran unas exageradas con lo del olor, muy pocas de vosotras no olíais demasiado, pero las que sí, olían suficiente como para parecer un rebaño de ovejas mojadas.
Postura del pez
Se inclinó hacia atrás, se tumbó de espaldas y extendió los brazos por encima de la cabeza. Tenía los ojos cerrados, pero oía protestas: la postura no era adecuada para todo el mundo, aunque usted se sentía cómoda, como si hubiera ganado en una especie de lotería de la vida la capacidad de estirarse más que otras mujeres más jóvenes que usted. Usted estaba a la derecha, en la parte delantera de la sala, y abrió los ojos para ver lo que estaba haciendo la gurú Guðlaug, y al abrirlos y girar la cabeza hacia la esterilla más cercana, Marta dio un respingo y cerró los ojos. La gurú Guðlaug tenía los brazos un poco hacia los lados. Probablemente, Marta había estado mirándola a usted. También había estado pensando en algo. En qué madre tan desdichada era usted. Con un problema genético e incapaz a la hora de socializar, como si nunca hubiera tenido hijos. Marta y usted se conocían desde hacía más de diez años, desde el cambio de sexo, la corrección, el cambio de ciclo, y ella nunca dijo una sola palabra sobre Hans Blær, al menos que usted pudiera oír, sabía lo difícil que aquello había sido para usted. Pero en esos ojos vueltos a cerrar a toda prisa, usted se dio cuenta de que todo había cambiado. No era lo mismo ser madre de alguien que se entretiene rompiendo las normas de convivencia de la sociedad, que serlo de alguien buscado por la policía por graves agresiones sexuales. Usted estaba segura de que elle era inocente hasta que se demostrara su culpabilidad, aunque sabía muy bien que era culpable —en lo más profundo, e incluso también en la superficie— y no había nadie que lo dudara.
Y luego arriba y de espaldas.
Postura del bebé feliz
Hans Blær fue un bebé feliz, igual que usted en la esterilla de yoga, de espaldas, con las piernas levantadas y los dedos de las manos en los talones. Elle —o ella, entonces era ella, da igual lo que diga cada uno, la vida de usted no era una mentira, simplemente era lo que era— era la persona más tierna que se pueda imaginar. Más tranquila que los demás niños, más dócil, pero también más jovial e imaginativa, y siempre divirtiendo a los demás. Una vez —usted lo recuerda como si hubiera sido ayer— se dedicó a cantar al revés, después de ver a un chico haciéndolo en televisión. Era como si su cerebro poseyera dotes especiales para ciertas cosas. Quizá fuera precocidad y quizá fuera simplemente madurez. No tenía más que seis años. Día tras día le pedía que dijera palabras, que ella aprendía entonces a decir al revés, y una vez por semana aprendía una canción nueva.
Tanisasu netie un tonrá, un tonrá tinquichí
que meco telacocho y rontú
y taslibó de nisá.
Meduer cacer del dordiará
con la dahamoal en los pies
y ñasue que es un gran onpecam
doganju al drezjeá.
Hans Blær —Ilmur, escribe elle, y borra el primer nombre— no se contentaba con cantar la canción al revés, sino que también jugaba a hacer todos los movimientos al revés. Al principio lo hacía con bastante torpeza, pero a los seis meses, o quizá solo cuatro o cinco, era ya capaz de hacerlo de corrido. Y usted empezó entonces a llamarla, cuando había visitas en casa, para enseñarles «el animalito de circo», como decía ella, y luego contagió también a sus amigos.
Los animalitos de circo eran un grupo de niños y niñas que hacían lo que fuera para divertirse ellos y divertir también a los adultos, soñaban con llegar a ser humoristas profesionales, y el nombre no fue cosa de usted, sino de alguien de algún sitio de la ciudad. Al principio usted se lo tomó muy a mal —su hija no era un animal de exposición, aunque más o menos podía decirse que de vez en cuando la exponía ante otros—, pero acabó por conformarse, pensando que sería perfecto como forma de describir esa idea fija. Probablemente, tampoco les habrían puesto el nombre con mala intención. En cualquier caso, los animalitos de circo estaban muy bien vistos en todo sitio donde se presentaban, se tratara de festivales de curso, la escuela de música o las clases de baile.
¿Qué habrá sido de ellos? Un día dejaron de venir, sin más, y aunque usted supo algo de ellos de vez en cuando mientras Ilmur asistía a la escuela, eso fue hace mucho tiempo.
Postura del niño
Tampoco eran así. No fue hasta más tarde cuando su hija empezó a comportarse así. Usted recordaba, sin duda, una ocasión en que ella y sus amigos estuvieron haciendo un trabajo en el colegio para los días temáticos. El trabajo era sobre Tanzania y todos se disfrazaron con faldas de paja, fabricaron joyas primitivas con briks de leche, cuerdas de pescar y cierres de plástico de bolsas de pan, y se pintaron la cara de negro. Eso no habría parecido nada correcto hoy en día —aunque a Hans Blær le pareciera evidente, elle distribuyó en internet fotos del número circense, fotos que usted recibió con toda ingenuidad, eran fotos de su niña disfrazada—, pero es que eran otros tiempos. Todos éramos mucho más ignorantes a principios de los años noventa. Y más inocentes. Usted tampoco oyó que los niños negros de la escuela se lo hubieran tomado mal. De modo que quizá no era más que una broma inocente.
Hoy día, los padres serían los primeros que lo considerarían ofensivo, y los niños se habrían dormido llorando, porque los niños lo comprenden todo a través de sus padres. Los niños verían a sus padres ofendidísimos, se quedarían de lo más extrañados y avergonzados, y empezarían a tener miedo ellos también.
Usted no tenía ni idea de lo que debía sentir en esos momentos. A veces tenía la sensación, sencillamente, de que la sociedad había decidido marginarla también a usted. Al menos, no había nadie que le diera pista alguna de si había comprendido las cosas «correctamente» o si las había aceptado sin más, hasta que las cosas fueron engordando hasta estallar con la siguiente «revolución». Hacía tiempo que usted había dejado de aprender nuevas leyes morales, eso no significaba nada, no era cosa suya, y muchas veces simplemente deseaba que el mundo hiciera una pausa mientras usted tomaba aire.
Además, usted tenía otras cosas en que pensar. También usted necesitaba vivir la vida.
Nunca llegó a saber qué hizo Hans Blær que le hicieran en Bangkok, igual que lo ignoraba el resto de la gente, y tampoco le importaba. No había que estar siempre metiendo las narices en la ropa interior de otras personas.
Postura del perro boca abajo
Estabais cada una en su esterilla con las manos apoyadas en el suelo, las piernas abiertas y el culo subido, y lo apretabais al ritmo de las indicaciones de la gurú Guðlaug.
Tenía usted la sensación de que allí dentro todas estaban pensando en usted. La gurú Guðlaug repetía una y otra vez que teníais que «vaciar la mente» y «dejar que los pensamientos fluyeran hacia el río del tiempo» y que aquel «no era lugar para las preocupaciones cotidianas» y cosas semejantes; Hans Blær se cernía como un íncubo por encima de todo, pero nadie podía decirlo en voz alta. No solo porque nadie sabía cómo expresarlo en palabras —ni siquiera usted, aunque le habría gustado romper aquel silencio—, sino también porque estaban en clase de yoga y allí regían ciertas normas de conducta. Si alguna de vosotras fuera Hans Blær, tal vez no importaría, elle desprecia todas las normas de conducta, pero ninguna de vosotras se acercaba ni lo más mínimo a ser Hans Blær, y por eso nadie decía nada. Usted notaba cómo se iba cargando el huracán en la habitación y cómo formaba un torbellino sobre vuestras posaderas en pompa. Usted sentía deseos de someterse, pero no de dar explicaciones, y no hizo nada. Usted era demasiado tímida para someterse. Se avergonzaba demasiado.
Con todo lo creativa y divertida e imprevisible que era Ilmur de niña, al poco tiempo de acabar la escuela elemental se volvió una persona realista furiosa y una agitadora sin freno, las dos cosas a la vez, sin que entraran en conflicto entre sí. En cuanto empezó la secundaria fue como si ya no aguantara estar con los demás animalitos de circo, que dejaron de ir de visita, y buscó nuevos amigos. Usted no supo nunca lo que sucedía entre ellos, pero, durante unos años, Ilmur estuvo como aislada. En los años del bachillerato se fue profundizando aún más la fractura entre ella y su entorno —sus amigos y sus compañeras de instituto mantenían (a juzgar por lo que decía ella misma, usted nunca conoció a ninguna de esas personas en los diez años de instituto) puntos de vista más progresistas que ella en cuestiones internacionales, y todos se convirtieron en una especie de radicales de izquierda—, siempre protestando contra las guerras de Irak y Afganistán, Bush o la OTAN, y celebrando reuniones para honrar la memoria del Che Guevara.
En el colegio, Ilmur apretaba los dientes y callaba, pegaba la cara al brik para beber el batido de cacao, se desahogaba después del colegio y saliendo de marcha los fines de semana, pero luego volvía a casa y le soltaba a usted un chorreo durante la cena. ¿Esa gente no se había enterado de nada? ¿Cómo podían ser tan asquerosamente superficiales? ¿Por qué creían que solo los izquierdistas tenían derecho a organizar la moral del mundo? ¿Por qué se enfurecían con la violencia de Pinochet, pero les resultaba indiferente la violencia de Fidel Castro? ¿Por qué los sufrimientos de las mujeres —por ejemplo, las violaciones— eran mucho más importantes que los sufrimientos de los hombres —por ejemplo, el suicidio—? ¿Por qué su propia justicia les parecía mucho mejor que la justicia de otros? Era imposible opinar algo distinto que ellos, ¡imposible! Simplemente te hacían callar soltando barbaridades y llamándote mala persona. Por llevar zapatillas Nike. Por afeitarte los sobacos. Por pensar que no estaba bien que Sadam Huseín gaseara a sus propios súbditos y que los talibanes tirasen ácido a sus mujeres y no les permitieran conducir coches. Por seguir las noticias deportivas. Por no querer leer No Logo y afirmar que Michael Moore quizá no era un buen ejemplo, porque ni siquiera era capaz de caminar bien con esa enormidad de grasa que tenía. Simplemente por hacer preguntas: nada alteraba tanto el resplandor de la justicia como las preguntas simples. Y siempre hacían como si fueran ellos las auténticas víctimas. Probablemente, las peores. Acosaban a todo el mundo —tiraban huevos contra las casas de los que estaban en desacuerdo con ellos, reunían firmas, quemaban fotos, levantaban puños, empujaban y exigían que les pidieran disculpas— y luego se enfurecían, indignados, si alguien se atrevía, simplemente, a regalar a sus hermanos o hermanas pequeños un jersey del color equivocado (¿Qué clase de bárbaro regala un jersey rosa a una chica? ¿Por qué no venderla directamente a una incubadora de esclavas del patriarcado?). Y que Dios proteja a quienes se burlaran del grupo. Los despellejaban.
Le duelen los muslos; respira hondo y cierra los ojos. El mundo explota dentro de su mente.
Dentro.
Fuera.
Dentro.
Fuera.
Usted no tuvo nunca ideas propias sobre política, las copiaba. Su eslogan era siempre pensar sobre todo en quienes estaban más cerca de usted, preocuparse de que vivieran aceptablemente. Todo lo demás quedaba en segundo plano. Y tampoco se daba cuenta de que era muy importante quiénes mandaban en qué, pero todo eso acabaría, de todas formas, y la vida seguiría siendo tan jodida después como lo era antes. Las ideas políticas eran un privilegio de quienes no tenían muchas más cosas en que pensar, de jovencitos y universitarios. Usted siempre se había considerado abierta de miras y se había puesto el objetivo de inculcar a sus hijos la tolerancia y la paciencia frente al mundo. Pero no llegó mucho más allá. Usted jamás comprendió del todo qué recorrido seguía Ilmur o cómo recibía las ideas que usted le transmitía. Pero lamentaba que su hija no encajara con sus amigos, a muchos de los cuales conocía desde la guardería, y claro, estaba lo de los animalitos de circo, Ilmur dejó por completo de exhibir sus habilidades ante los invitados y se pasó años sin hablar al revés.
Postura del triángulo
Se oyó un extraño crujido en sus muslos y usted se estremeció un poco. A veces acariciaba la idea de que todo ese caos de género de Hans Blær no era más que oportunismo, que le proporcionaba a elle una cierta coartada y sucedía siempre en algún momento sospechosamente conveniente. Durante un tiempo, la buena gente no podía condenarle; elle podía ir mucho más lejos que esos obesos hombres enchaquetados que trabajaban en los bancos. Al principio, después de la operación, fue como si sus culpas se hubieran aplazado temporalmente. O como si se hubieran cancelado las deudas por exceder la línea de crédito, de modo que podía volver a empezar con una página en blanco. En todas partes surgían teorías sobre su conducta a lo largo de los años, disquisiciones de psicología analítica que partían de que su disforia de género y la vergüenza innata por su carácter intersexual le hacían incapaz de no sentirse ofendido por el mundo, hasta el punto de excluirlo. Como ya quedó dicho, todo es culpa de ella. Todo es siempre culpa de la madre. Las cadenas de Facebook eran interminables; las exclamaciones en Twitter, como si el mundo se hubiera rajado, y por primera vez desde que elle asomó la cabeza, parecía aceptable romper una lanza públicamente en favor de Hans Blær. No es que nadie lo hubiera hecho hasta entonces, pero eran solo trols de derechas, la gente incómoda, «la mala gente», mientras que ahora alzaba la cabeza la gente con convicciones morales, todos a la vez, para reclamar un «espacio» para Hans Blær; pedían comprensión y exigían que las cosas se situaran en el contexto adecuado. «Hans Blær es resultado de una sociedad cargada de prejuicios; nosotros, los hijos de una clase media blanca, heterosexuales e inocentes, debemos estar siempre prevenidos ante nuestros juicios sobre quienes están subordinados a nosotros en la sociedad nacional», escribió en Facebook, por ejemplo, un poeta con muchos likes.
Hombres burgueses de mediana edad se abalanzaron a sus blogs y preguntaron, tomando como base de apoyo principios bien asentados, si «la política identitaria» pretendía ponerlo todo patas arriba. Si la gente ya no era responsable de sus propias palabras y actos, sencillamente porque la identidad —ese nebuloso concepto neomarxista de los ciudadanos universitarios— la han borrado del mapa. ¿Por qué una persona trans tiene que pretextar una táctica defensiva —«solo estaba bromeando» o «soy acosado y perseguido, toda mi violencia es autodefensa»— que no estaba permitida a las personas cis, por muy poco educadas que fueran, ni a los desdichados en paro cuya única arma y protección en la vida era una red de comentarios, a menos que nos refiramos a la hora de los oyentes de la infame Radio Saga? Era cosa sabida que había que «promocionarse» —daba igual lo que uno pensara sobre las excepciones morales—, pero ¿acaso lo hizo Hans Blær alguna vez? ¿No se dedicaba Hans Blær, esa rata de alcantarilla de la libertad de expresión, más que a ninguna otra cosa, a denigrar a los más humildes? ¿Qué importaba, entonces, que elle no hubiera nacido en la clase más pudiente de la sociedad?
¿Qué diría toda esa buena gente cuando él avanzara la generalización de que nadie nace en un cuerpo equivocado, sino que todo es una elección de identidad sexual? Los más o menos heterosexuales, cisgénero, estudiantes universitarias, ¿tenían que presentar, frente a la experiencia vital de elle, el solo argumento de que ellas poseían una titulación universitaria que explicaba cómo vivía elle su propio caos sexual? ¿Qué tenía que decir la gente si él afirmaba que follaba a todos sus varones como mujer y a todas sus mujeres como varón, porque la homosexualidad era algo asqueroso? ¿Era simplemente una broma? ¿Y si elle se presentaba en una iglesia con una cruz en el pecho y plegarias en los labios y respondía a todas las preguntas sobre su relación con Dios con lo que parecía humilde sinceridad, hasta que le pedían que pronunciara el sermón del día y entonces aprovechaba la ocasión para insultar a la Iglesia, a la homosexualidad, a las religiones establecidas, a los discapacitados, a las mujeres y de vez en cuando hasta a Cristo mismo? ¿Para afirmar a continuación que elle estaba culminando la obra de Dios? Alargabais la mano hacia elle —el depredador que dirige el debate— y tan solo agarrabais el vacío porque elle no admitía ser nada de lo que era, y rechazaba el mundo como prejuicio o como corrección política vociferante. Se burlaba de las víctimas con los criterios de los actores y de los actores con los criterios de las víctimas, y si las carcajadas no eran suficientemente estruendosas, contaba entre lágrimas cuando abusaron también de elle, y en el mismo instante confesaba que probablemente elle también habría sido culpable de un sinnúmero de delitos sexuales, «pues el mundo es un valle de lágrimas de idiotas que se malinterpretan unos a otros con serias consecuencias, incluso en apenas tres segundos». ¿Qué haces entonces? ¿Qué respondes?
Usted no respondía. Usted mantenía la boca cerrada, respiraba y se estiraba.
Postura del guerrero
El guerrero. Usted no era un guerrero. Más aún, usted era bastante timorata. Cuando Ilmur estaba creciendo, usted no era de esas madres que se pasan día y noche encima de sus hijos para prohibirles que hagan cualquier cosa divertida, que coman cualquier cosa rica y que digan cualquier cosa interesante. Quizá habría debido ser usted una madre de esas, pensaba ahora, quizá habría sido mejor, quizá las cosas habrían sido diferentes. Al parecer, usted pensaba que sus hijos no podrían aprender nunca nada necesario e independiente. Que los dos necesitaban, primero de todo, aprender a cometer sus propios errores. Ahora sentía usted que los dos habían carecido de auténtica disciplina. Y además, pensaba que, sobre todo, usted no había sido una madre indulgente por decisión consciente, sino por dejadez. Y que esa idea era una justificación a posteriori.
¿Y Davíð Uggi? ¿Por qué no era él un sociópata? Davíð Uggi recibió exactamente la misma educación que Hans Blær y era muy considerado con todo el mundo. Estaba afiliado al Partido Socialdemócrata. Fregaba los platos, acostaba a los niños y telefoneaba con frecuencia a su madre. Nunca para contarle problemas.
Postura de la silla
Silla. Usted era una silla. Era una tarea familiar. Usted era una buena silla, aunque le dolieran las caderas y la rodilla por la postura. Era un acierto que sirviera de asiento. Estaba en consonancia con su propia identidad. No la derrota, sino que su tarea consistiera en mantener en alto a los demás. La silla no juzgaba. Simplemente, estaba. En ella se sentaban las buenas personas y las malas, y no hacía distingos entre unas y otras. Todos podían descansar sus exhaustos huesos. Nos sentábamos en sillas para alimentarnos, para estudiar, para socializar, pero la silla no tenía postura sobre cuál debía ser el alimento, el estudio o el carácter de la reunión.
Usted miró de reojo y vio que Marta tenía la mirada extrañamente perdida hacia el frente, aunque toda su atención estuviera dirigida, obviamente, hacia usted. No podía comprender cómo se daba cuenta, pero era así.
Postura del águila
En el mundo no había justicia. Nunca la había habido. No habíamos sido creados iguales y nuestras aptitudes eran distintas. Nuestras identidades —los grupos a los que pertenecíamos— eran celdas de una prisión y estábamos alerta para que nadie dañara el decoro fingiendo ser lo que no era. Y no sin malicia —al menos, no siempre—. Usted leyó en una revista semanal un reportaje sobre un hombre que había conseguido convencer a los productores de programas de entrevistas de que él era algo así como un virtuoso del yoyó. Luego se descubrió, en una emisión en directo, que era una auténtica calamidad en las artes del yoyó. Hacía girar el yoyó sin ningún control por encima de la cabeza y se golpeaba una vez tras otra en la cabeza y los genitales —se puso en grave peligro a sí mismo y a todo el estudio—. Alguien habría tenido que parar a ese hombre, pensarías tú. Alguien habría tenido que intervenir con severidad diciéndole: Tú no tienes ni idea de yoyó. Tienes que parar esta estupidez. No puedes decir que sabes jugar al yoyó cuando no sabes jugar al yoyó.
Probablemente, serviría de ejemplo. Usted trajo a la memoria que una vez leyó sobre unos médicos que trabajaban sin permiso ni formación académica, y lo mismo sobre unos pilotos de avión, y usted, como tantos otros, pensó muchas veces sobre toda clase de gente, inclusive periodistas y artistas, que eran puro fake, nada de lo que decían y hacían tenía relación alguna con la realidad en la que vivían. Pero no podía reconocer en usted misma ni falta de talento ni incompetencia, porque entonces se hundiría su mundo, pues este solo consistía en mentiras como esas.
Pero por algún motivo, lo del yoyó la desconcertaba a usted por completo. Era de una desvergüenza absoluta.
Postura del gato-vaca
Desde que Hans Blær salió del armario, estuvo jugando a dos manos con feminidad y varonía —vestía faldas de tul y pantalones vaqueros, se dejaba barba, se sometía a operaciones de aumento de pecho, a operaciones de reducción de pecho, se ponía ropa ceñida— y respondía a todas las preguntas personales de la misma forma: «Yo no te pido a ti que me dejes ver tu ropa interior, ¿no?».
Usted ni siquiera sabía que elle tenía pene hasta que lo mencionaron esta mañana en la radio (y a lo mejor ni ellos lo sabían). Solo después de la operación —Hans Blær no quería llamarla corrección de sexo, elle no podía hacer lo mismo que los demás, y decía que no podía corregir nada porque quien era libre no se equivocaba nunca— mencionó con frecuencia las dificultades físicas que habría padecido si hubiera tenido que transformar el fino gusarapo en una vagina normal.
—Pero tú tienes vagina… —decía usted sin entender más de lo que siempre era incapaz de entender.
—Sí, gracias a Dios —decía ella—. Lo que digo es si hubiera tenido que…
—¿Pero por qué es eso más difícil?
—Para hacer una vagina normal a partir de un falo, este tiene que ser grande. Preferiblemente, muy grande. Tan grande que llegue desde los labios hasta el diafragma. —Se puso el dedo índice en los labios y lo fue bajando lenta y tranquilamente hasta el ombligo—. De forma que si alguien te lo hundiera en el ano, te ahogarías con el glande. —Se cogió la garganta y aparentó que se ahogaba—. O más o menos. Por lo menos, cuanto mayor, mejor. Es la regla de oro. Hace falta mucha materia prima para construir una vagina normal. Este clitoritín mío no bastaría ni para construir un agujerito de la nariz de un bebé. —Entonces le enseñó a usted una película de hombres trans con falos artificiales y una bomba de erección en los testículos—. Mira, así se usa la bomba para levantarlo, ¡como si fuera la bomba de una bicicleta!
A usted, la bomba le recordaba más a un aparato de tomar la tensión. Usted intentaba fingir indiferencia cuando Hans Blær empezaba a decir obscenidades. Usted sabía que si mostraba alguna clase de turbación, elle se sentiría animade a decir más.
—Mamá, mira, te lo estoy enseñando.
Perro boca abajo (otra vez)
Propofol. Lo consultó esta mañana. No solo produce inconsciencia, sino también una especie de desaparición sin sueños. Ese era el medicamento que Michael Jackson recibió por vía intravenosa y que lo llevó a la muerte. El Propofol era uno de los anestésicos más habituales en la actualidad y no podía utilizarse, bajo ningún concepto, si no era bajo supervisión de un médico anestesista. El medicamento tardaba solo un instante en apagar al paciente —llevárselo de este mundo y sumergirlo en el vacío— y uno de los efectos secundarios más comunes era la parada cardiaca. De modo que no tenía que ser una sorpresa para nadie —ni siquiera para usted— que el uso de Propofol con fines recreativos era de lo más anómalo. Otro de los efectos secundarios más habituales era un bienestar profundo que invadía al paciente al regresar de las profundidades, y en algunos casos el medicamento provocaba también desinhibición y apetito sexual. Había casos en que los pacientes casi se abalanzaban sobre los anestesistas nada más salir del sopor, e intentaban violarlos. O al menos seducirlos, provocarlos sexualmente, hacerles proposiciones indecentes, tocamientos, miradas, usted ya había olvidado dónde estaban los límites. Pero, sobre todo, la gente buscaba la profundidad. La desaparición. El vacío. Hundirse en la oscuridad y poder olvidarlo todo. Se decía que era como si el alma se echara a dormir y descansara, para despertar renovada y fortalecida. Y despertaban alegres, según decían. Sin preocupaciones. Lo que no era poco.
Usted pensaba en la dulzura de la voz de Michael Jackson cuando hablaba. En la fuerza de la voz de Michael cuando cantaba. Cuando Ilmur tenía seis años, Michael era su favorito. El primer libro que leyó en inglés fue una biografía de Michael. Tenía la habitación empapelada con pósteres suyos. Los animalitos de circo competían por imitar su moonwalking y sus grititos de niña, se llevaban la mano al imaginario escroto y daban patadas en el aire. Eso era a principios de los años noventa. Ya entonces, usted se asombraba de cómo el mundo había perdido su inocencia —mucho tiempo atrás ya—, aunque no sabía lo que iba a traer el futuro.
En Misuri iban a ejecutar a un hombre con una elevada dosis de Propofol, pero la ejecución se detuvo en el último minuto porque tendría una influencia negativa sobre los intereses exportadores de los Estados Unidos, donde se producía el medicamento. Parecía pésima publicidad para otros usos del medicamento.
Probablemente, el caso de Samastaður no descolocaría al imperio, por muy fastidioso que fuera.
Postura de la muñeca de trapo
La chica que acabó en el hospital sufrió lo que se denomina «distonía», y en las descripciones en internet, usted pudo comprobar que se trata de una especie de ataque epiléptico. La distonía no es uno de los efectos secundarios más frecuentes del Propofol, pero figura en la larga lista de efectos secundarios probables e improbables. En Samastaður no parece que se produjeran los efectos secundarios más frecuentes —parada cardiorrespiratoria— o, si los hubo, sus consecuencias no se conocieron más allá de las puertas del centro. Usted pensaba que todo apuntaba a que Hans Blær tenía una idea bastante clara de lo que se traía entre manos. Que actuaba con prudencia y adoptaba todas las medidas de seguridad posibles.
No informaron de quién llamó a la ambulancia, pero la chica del hospital se llamaba Margrét algo. No recordaba su patronímico, y lo lamentaba. Habría querido saberlo. Querría decirlo en voz alta y clara para que el mundo se enterase de que a usted no le era indiferente su sufrimiento. Vivirá, dijeron los médicos en las noticias, y se recuperará por completo. No fue ella quien llamó a la policía, fue otra persona. Usted ignoraba lo que pasaba. La policía había convocado una rueda de prensa para la tarde y entonces quedaría todo más claro. Y seguramente mucho más tenebroso.
Postura de la montaña
Pero ahora estaba usted aquí. La espalda recta, los brazos a los costados, mirando fijamente al frente. Estaba al lado de la ventana, tan alta como una persona, por la cual podía ver el mar. ¿Siempre había sido tan grande? Detrás de usted había un grupo de mujeres que no podían dejar de mirarla. Dentro de su cabeza, el mundo bullía buscando un lugar por donde escapar, pero no había salidas, y usted sentía cómo los nervios de todo su cuerpo habían empezado a abrasarse por el estrés. Respiró hondo e intentó no perder el conocimiento. El cansancio se estaba apoderando de usted.
Hacía ya mucho que no tenía ni idea de dónde o cómo se podía empezar a entender a Hans Blær. Ni siquiera sabía ya cómo se le malinterpretaba. Simplemente, elle sucedía como cualquier otra ley de la naturaleza. Otras personas aceptaban con naturalidad, como algo evidente, que usted era la máxima especialista mundial en la conducta de elle —probablemente la atención que sentía dirigida a usted por la mitad de sus compañeras de yoga era, precisamente, curiosidad—, pero, a fuer de sinceros, usted era la que menos entendía de todos. Usted, la madre, la incubadora de su descendencia, la creadora de su existencia, el manantial de ese gran río. La naturaleza de Hans Blær tenía la peculiaridad de que cuanto más trato se tenía con elle, tanto más incomprensible se volvía. Era como si la cercanía de elle disolviera el nexo con la realidad.
Y no era nada nuevo. Usted llevaba años preocupada por elle. Probablemente más de lo que debería. Elle era un tren sin gobierno, una estrella fugaz, la explosión que empezó hace mucho tiempo y que ya no se detendrá. Lo único que podíamos hacer era ocultarnos a esperar a que elle terminara lo que tuviera que hacer. Esto no nos va a hacer ningún daño, porque no lo comprendemos, no sabemos de dónde llegó, pero quizá podríamos enfrentarnos a las consecuencias cuando hubiera terminado ese horror, cuando se hubiera consumido la pólvora.
Postura del árbol
Usted seguía en la postura de la montaña. Seguía mirando por la ventana. La gurú Guðlaug no decía nada, aunque usted estaba quieta y sin cambiar de postura. Usted tenía el alma demasiado agotada como para que alguien pudiera pensar que sería capaz de mantenerse en equilibrio sobre una sola pierna, pero no era solo eso. Usted había dejado de oír lo que decía la gurú Guðlaug. Solamente un zumbido en los oídos. Usted había dejado de percibir la estancia en la que se encontraba. Había dejado de notar la atención. Tal vez había alcanzado el nirvana, había desaparecido en el vacío, tal vez se había unido, en la profundidad, a los adictos al Propofol, a los iluminados. Tal vez era simplemente que se había rendido. Tal vez era, sencillamente, que no aguantaba más el fisgoneo de las mujeres, el tamaño del mar, los descendientes trans con tendencias dieto-fascistas, Margrét Hija de Alguien, y la idea de tener que regresar a la realidad en la que había emisiones de radio, teléfonos inteligentes, gente con preguntas en los ojos y vacío en los labios. Todo eso era demasiado doloroso.
Y entonces, sin más, se desmayó.
Hans Blær Viggósbur
A mis enemigos les digo: Tened cuidado, pues pronto se extenderá la oscuridad. Hans Blær nunca está solo. Hans Blær es legión, multitud de personas sin rostro que aprovechan la solidaridad incondicional de cada uno de los demás, y sobre aquellos que convierten en proscrito a Hans Blær Viggósbur lloverá fuego y azufre desde todos los puntos cardinales, desde todos los rincones y desde el cielo mismo. Vosotros nunca podréis saber quién es hermano, quién es hermana, quiénes son aliados juramentados que formarán el ejército que me servirá dondequiera que vaya.
A mis hermanos les digo: Buscad a mis enemigos y aniquiladlos, buscad a quienes se regocijan de mi deshonor y heridlos. Volveos hacia la nación misma, hacia su núcleo, y provocad el caos.
Yo estoy aquí por vosotros. Vosotros estáis aquí por mí. Juntos, somos legión, juntos somos victoriosos puños y golpes.
Hace 20 h y 11 m. 902 likes. 43 comentarios.
ILMUR ÞÖLL
Davíð Uggi nació en abril, un año después, 1985. Tenía el pelo tan negro como rubio era el de la madre y la hija. Más de cuatro kilos y medio por los poco más de tres de Ilmur, y con una constitución aún más robusta. Vigdís Finnbogadóttir seguía siendo presidenta, y Reagan era presidente todavía, pero no sucedió nada en especial el día en que nació Davíð Uggi, lo que a Ilmur le resultaba de lo más interesante y le encantaba recordárselo a su hermano, pues ella nació el mismo día en que salió la primera mujer al espacio, un día memorable, y, desde que se enteró, no pasaba día sin mencionarlo. Dos años después del nacimiento de Ilmur —exactamente ese día— empezó la reunión de Reagan y Gorbachov en Islandia. Davíð Uggi tenía que contentarse con compartir su cumpleaños con Eunhyuk, la estrella coreana del k-pop.
Ilmur no era una niña buena y, en consecuencia, tampoco era una buena hermana mayor, o hermano mayor, o hermane mayor, no es que no quisiera a Davíð Uggi y menos aún que le resultara indiferente. Simplemente, le resultaba… interesante… poder hacerle daño y que no pasara nada. Primero, porque él aún no sabía hablar y ella siempre podía contar lo que le viniera en gana —se cayó, tropezó, echó a correr— porque, a fin de cuentas, ella no era sino nueve meses mayor que él —fue sin querer, no lo hice adrede—. Y finalmente porque él tenía demasiado miedo a su hermana como para berrear tan fuerte que le pudieran oír. Demasiado miedo como para no hacer lo que ella le mandase. Demasiado miedo como para asumir la culpa cuando ella le decía que se callara, así que ponía ojos de cordero degollado y pedía perdón.
No se trataba de usar cigarrillos encendidos. Ni cuchillos ni porras. Ilmur no le dejaba huellas físicas. Pero le retorcía los pezones y le tapaba la boca mientras él intentaba gritar. O le metía por el ano algún trasto pequeño, generalmente en broma, para que el pequeñajo supiera quién mandaba, pero también para comprobar si tenía consecuencias. No era cuestión de sadismo, era por puro placer sin relación con el sadismo, solo quería que Davíð Uggi hiciera lo que ella le mandase, y para convencerse de que la obedecía —en vez de limitarse a que hiciera cualquier cosa que le pudiera gustar—, lo más práctico era llegar al límite, al extremo, decirle que hiciera algo que él no tuviera ningunas ganas de hacer. Esta autoridad no era cosa evidente, solo los separaba un año de diferencia de edad, pero siempre estaba más asentada en Ilmur Þöll que en Davíð Uggi, quien quizá iba algo más retrasado en la maduración.
Como atenuante de la conducta de Ilmur Þöll, puede señalarse que había una serie de cosas que nunca le mandaba hacer: nunca le mandaba comer nada que ella supiera que era venenoso o que pudiera causarle daños permanentes, aunque hay que añadir que no siempre estaba segura. Por ejemplo, en una ocasión le hizo beber agua mezclada con lavavajillas, y probablemente fue puro azar que las cosas no fueron a mayores, la mezcla estaba muy diluida, porque un detergente para loza es un veneno mortal.
La gran pota tuvo que esperar hasta unos años después, cuando Ilmur le hizo beber una botella de aceite con ajo. Fue en el Pizza 67 de Nethylur, que al parecer ha vuelto a abrir. Este recuerdo acompañaba al olor, aire impregnado de sal, queso empanado, cebolla y orégano seco de bote. Lotta había ido al baño e Ilmur convenció a Davíð Uggi, que tenía seis años, de que ella podía convencer a mamá para que les comprara helado de postre, pero para eso, él tenía que hacer lo que ella le pidiera. «Tienes que acabártelo», dijo ella, repitiendo lo que oía a mamá, que siempre intentaba que los niños acabaran lo que tenían en el plato. Entonces le acercó la botella, una garrafita con tapón de corcho llena de aceite rancio en el que flotaban trocitos de ajo; había posos blandos, el líquido tenía color verdoso y dorado, recordaba al sebo asado. Davíð Uggi se tapó la boca con las manos y sacudió la cabeza. Ilmur quitó el tapón y cogió el menú que había en la mesa. Luego hizo como si leyera todas las clases de helado mientras los ojos de Davíð Uggi iban aumentando de tamaño. Lo cierto es que en el menú no había postres y que ella ni siquiera estaba segura de que los hubiera en el restaurante.
—Helado de chocolate. Helado de fresa. Helado de melón. Helado de compota de frambuesa. Helado de compota de arándanos. Helado de arándano negro. Helado de crema de ruibarbo. Tartaleta de helado de caramelo. Polo de cola.
Ilmur no había llegado al arándano negro cuando Davið Uggi empezó a beber. Agarró el cuello de la garrafita y se la vació en la boca. Davíð no solo tenía miedo a Ilmur, además se volvía loco por el helado.
La reacción de Ilmur al ver a su hermano a punto de vomitar por el aceite de ajo fue curiosa. No es que no le tuviera cariño, quería y sigue queriendo a Davíð Uggi con todas sus fuerzas, era su hermano y quizá, incluso, nunca se habría comportado así con alguien a quien no tuviera cariño, a su modo lo hacía para acercarlos, para unirlos, para crear un puente entre su propias emociones y las de él, como si estuviera obligándole a demostrar lo mucho que la quería, a expresar que haría cualquier cosa por ella, para que ella pudiera devolverle su amor con más fuerza aún.
El rostro de Davíð Uggi era una mueca, la cara se le puso roja y las lágrimas le bajaban por las mejillas. Ilmur dejó de enumerar helados. Cuando el niño dejó la botella, se pudo ver que apenas había bebido, si acaso, medio decilitro. Probablemente solo se la metió en la boca y cerró la garganta sin conseguir tragar. Por la barbilla le corría aceite con trozos de ajo. Levantó la botella para volver a intentarlo, pero en el momento mismo en que iba a beber, la pizza que acababa de terminar, o de acabar a medias —«La favorita del cowboy» con salsa barbacoa, bacon y piña—, inició, a medio digerir, su retorno al mundo: fibras de carne roja oscura y piña marinada en jugos gástricos se derramaron sobre la mesa, cayeron al plato entre los restos de la comida, se escurrieron sobre la barbilla del niño y los pantalones vaqueros blancos y la camisa vaquera que papá y mamá habían comprado en Glasgow el verano pasado.
Ilmur estaba como hechizada. Aquello le parecía asqueroso, pero también tremendo, le parecía fantástico, el espectáculo, el sacrificio, el drama, no tenía palabras para describirlo, y todavía hoy conserva ese sentimiento. Cuando, por fin, apartó la vista y miró para buscar a su madre, que no aparecía por ningún sitio, se dio cuenta de que la chica de la barra los estaba mirando —a lo mejor había estado mirándolos todo el tiempo, mientras estaban sentados a su mesa en uno de los compartimentos—. Ilmur, arregladísima con chaleco blanco y polo negro, con rastas en el cabello rubio y una maravillosa sonrisa de un blanco deslumbrante producto del amor que el mundo le obsequiaba. Davíð Uggi, descompuesto y cubierto de lágrimas, con ropa Adidas, seguía vomitando piña, bacon y bilis.
Cuando Lotta volvió del váter, echó a correr hacia Davíð Uggi, lo abrazó, le puso la mano en la frente y preguntó si algo le había sentado mal. Davíð Uggi no dijo nada, y por algún motivo, la chica de la barra calló también; a Ilmur le parecía una vieja, pero, pensándolo bien, comprendió que probablemente no era más que una adolescente bastante gorda, y las adolescentes gordas dan muchas veces la impresión de ser mayores de lo que son, flojas y ajadas como los viejos. Estaba tan desconcertada como los dos hermanos. Lotta pidió sinceras excusas por todo, por el vómito en la mesa y los asientos, y se fueron directamente a casa en el nuevo Ford Taurus —«el coche de señora», como lo llamaba Viggó, para diferenciarlo de su propio Range Rover— y Lotta se pasó todo el camino diciéndole a Uggi una vez tras otra que no podía vomitar en el coche. Les compró cajitas de helado a los dos, y los tres juntos estuvieron viendo Willow, que era la película favorita de Davíð Uggi, porque estaba malito. De modo que, sin darse ni cuenta, Ilmur había cumplido todo lo prometido e incluso más.
En el verano de 1995 dejó de atormentarlo. Por nada en especial. Ilmur tenía once años, y Davíð Uggi, diez. Los dos eran iguales de estatura y complexión, pese al año de diferencia, y él acabaría siendo más fuerte que su hermana. Ilmur crecía como chica, desde luego, pese a los líos hormonales del útero materno. Ninguno de los dos era tan bajito como Lotta —teniendo en cuenta la edad, claro, escribe elle y hace crujir los dedos, en esa época los dos eran más pequeños que ella—. Pero no era solo eso. Un día, Ilmur se dio cuenta clarísimamente de que si continuaba con las mismas nunca podría parar y acabaría matando a su hermano —o a cualquier otra persona—, lo que tendría consecuencias; comprendió por fin que las personas que matan a otras personas —o que las hieren gravemente— no suelen vivir una vida demasiado feliz ni afortunada. Naufragarán. Ilmur leía muchos libros, sobre todo novelas infantiles, y es probable que esa verdad tuviera allí su origen. Se supone que la verdad está en los libros. Eso lo he comprobado, escribe elle, levanta la vista del papel y mira a la oscuridad, como confirmación de todo.
* * *
En los años de su adolescencia, Ilmur era un espantoso padecer sin pausa, aunque ¿no son todas las adolescencias un espantoso padecer sin pausa? Probablemente, el sexo no forma parte de ello —no es algo innato interna ni externamente, sino una libre opción—, pero Ilmur se sentía como si todos los cambios que se producían en su cuerpo fueran anormales. No le interesaban los pechos ni los pelos. Nunca le venía la regla, aunque llevaba tiempo esperándola, y todas las horas del día estaba preocupadísima, primero de que le llegara de repente, en el peor momento posible, durante la celebración de la confirmación, en casa de algún pariente idiota o cuando estuviera yendo sola en el autobús a pasar un rato con sus amigos, «los animalitos de circo», que seguían reuniéndose de vez en cuando, y, más tarde, de que no le llegara, de no tener nunca la regla, de no ser una chavalita con un clítoris enorme, sino un tío con un agujero debajo del pito, un bicho asqueroso incapaz de sangrar.
Los años de la adolescencia son una asquerosa fuerza bruta que te cagas para todos los que tienen que padecerlos, y muy en especial para las chicas, y aún más especialmente para las chicas que no son aún suficientemente mayores para socializar. Podríamos hacer que todos los profesores de biología del mundo se pusieran en pie y les dijeran a voz en cuello desde el nacimiento: TENDRÁS QUE SANGRAR, SERÁ MOLESTO Y ODIARÁS A TODOS Y A TODO MIENTRAS SANGRAS, pero las pillaría a todas desprevenidas. Y el caso es que no sangrar no es mejor, en absoluto, es peor, y al final Ilmur mentía y afirmaba que ya le había venido, hizo que su abuela le comprara compresas y más tarde le pidió a su madre que le comprara tampones, y finalmente le dijo a su padre que le comprara copas menstruales, para que todo el mundo se enterase bien, y durante cinco años estuvo poniéndose una copa menstrual en la vagina cada luna llena, simplemente para sentirse normal.
A lo que voy es a esto: seguramente, Ilmur no se sentía peor que las demás. Se sentía mal, y ya. Y eso no tenía nada que ver con desarreglos hormonales, sencillamente es que estaba marginada. Nunca fue lo bastante popular para que la integraran del todo; cuando los animalitos de circo dejaron de incluirla en el grupo, no era lo bastante popular para que la invitaran a las fiestas de la escuela, para ligar con chicos (o chicas) o para salir de marcha por el centro comercial con un montón de gente. Pero tampoco era tan impopular como para que nadie sintiera lástima por ella. No tenía ni siquiera una tía que intentara compensar su impopularidad invitándola al cine o a un fin de semana en Copenhague para ver a los Rolling Stones. No es que le apeteciera demasiado ver a los Rolling, unos carrozas, pero ya me entendéis, había un chico de noveno con el que nadie quería estar, y él fue a Copenhague a ver a los Rolling invitado por un tío suyo, mientras que, aunque Ilmur les caía bien a todos, nadie hacía nada por ella. Los perdedores podían consolarse con la lástima. La gente los alababa por los éxitos más nimios. Recibían premios solo por participar, una palmadita en la espalda. Los que se movían por el borde caían bien, pero no eran nada súper, para ellos bastaba el simple hecho de existir y que nadie les hiciera nada, que no se le ocurriera a nadie pegarles un tiro en la cabeza para liberar al mundo de la mediocridad.
Escribe elle mientras la tempestad descarga sobre los cristales, extiende el brazo hacia el cenicero, los cigarrillos y el encendedor para practicar una variante romántica de la vida eterna. Aquí estoy yo, escribe elle con el cigarrillo en la comisura de los labios. Aquí estamos los dos —yo y mi persona interior— huyendo de las mentiras y no tenemos más refugio que este, detrás de una nubecilla de palabras en un mundo repleto de cobardes. Se pone en pie, va a la cocina, busca la taza más grande de la casa y la coloca debajo de la gotera.
* * *
Cuando Davíð Uggi tenía catorce años, encerró a Ilmur Þöll en la habitación y se negó a dejarla salir hasta que confesara que había robado y vendido una tarjeta Charizard 4/102 en perfecto estado, que había conseguido hacía poco intercambiándola con casi la mitad de su colección de Pokémon. Ella no insistió en negarlo, pero Davíð Uggi no la dejó salir.
—¡Ya eres demasiado mayor para jugar a esos juegos de canijos! —le gritó ella desde el otro lado de la puerta cerrada.
—Esta carta era mía. ¡La carta era mía! —respondió él, también a gritos.
—¡Estás en noveno, vas a acabar la secundaria! ¡Tendrías que estar colándote en las tiendas para conseguir alcohol, en vez de cambiar Pokémon con niños de diez años!
—¡Lo que yo haga no es asunto tuyo!
—No quiero que todo el mundo piense que mi hermano pequeño es un pringao.
—¿Y si yo quiero ser un pringao?
—Te quiero demasiado para eso.
—¿A quién le vendiste la carta?
—Da igual.
—No te dejaré salir.
—No lo conoces. Y nunca la devolverá.
—Pues ve a buscarla. Esa carta es mía.
—A él no le importa un pimiento. No seas tan pringao.
—No soy ningún pringao.
—Sí que eres un pringao.
—Tú sí que eres una pringada.
—Vale, pero no soy una tonta de remate.
—Claro que eres tonta.
—No.
—Eres una tonta y una payasa.
—Davíð Uggi está grogui. —Eso le decían en el colegio.
—Y tú eres una tontalaba. —Davíð golpeó la puerta con los puños cerrados, con todas sus fuerzas—. Con un pito en el coño.
Ilmur calló.
Davíð Uggi volvió a golpear la puerta y repitió:
—Con un pito pollapitopollapito en el coño como una tontalculo con chocho.
Ilmur calló.
—¿Te crees que no lo sabe todo el mundo?
Hacía tiempo que Ilmur había empezado a presumir del gusarapo cuando le venía bien y a utilizarlo con fines sexuales, así que sabía perfectamente que todos lo sabían, pero fue como si esa publicidad perteneciera a un mundo distinto a este.
—¡Eres una pitopollatontalculo con un pitochocho y me vas a devolver mi carta!
Ilmur se sentó en la cama y adoptó la decisión consciente de dejar de responder. Sabía perfectamente que era sobre todo porque no sabía qué decir. Había vendido la carta en una tienda de coleccionismo y con lo que le dieron se había comprado medio litro de licor casero ilegal. Por lo que decía Davíð Uggi, se daba cuenta de que habría podido sacar mucho más. Pero ¿a quién le importaba? Era viernes y no tenía ninguna intención de dejarse fastidiar el fin de semana. Y tampoco estaba dispuesta a que le afectaran aquellas gilipolleces de niñato idiota.
Durante un rato, Davíð siguió golpeando la puerta y llamándola tontalculo, pero después se fue.
—Esto no acaba aquí. Me debes esa carta.
Lotta la dejó salir una hora después, y esa tarde Ilmur se emborrachó y no se volvió a hablar del tema. Pasaron muchos años hasta que Davíð Uggi se permitió mencionar otra vez al gusarapo.
* * *
La madre de Ilmur, Lotta Manns, a quien se dedicó a tratar de usted una temporada, porque la ponía de los nervios y no podía disimularlo, dejó también de tratar con gente al empezar la menopausia, en la época en que Ilmur volvía a salir, y enseguida dejó de hacer casi cualquier cosa que no fuera oír la radio y beber cócteles de leche, comer comida congelada calentada en el microondas y engordar. Estaba taciturna y con los ojos cansados, maquillada o no, no exactamente en albornoz todo el día, pero sí que de una forma u otra conseguía hacer que incluso las prendas más de vestir parecieran colgarle como un albornoz viejo y ajado. Ilmur no tenía amigos en el insti, pero si los hubiera tenido no los habría invitado a su casa, porque habría preferido pasar el rato con ellos en la sala de espera de la estación de autobuses, con tal de que no vieran a su madre.
Sé que a veces podría parecer que Ilmur siempre tuvo una relación muy fácil con su sexo natural. Que eso no representó jamás un problema. Que se aceptó a sí misma tal como era y le importaba una mierda lo que dijera el mundo. Ni siquiera recordaba la edad que tenía cuando se dio cuenta de que tenía el gusarapo aquel en vez de un coño normal y corriente, probablemente fue sucediendo poco a poco entre los cinco y los ocho años, y cuando por fin se dio cuenta, tuvo la sensación de que ser especial no dejaba de resultar atrayente, aunque al mismo tiempo se sentía un tanto aterrorizada. No tenía ni idea de cómo llamar a aquello, y aún no sabe por qué fue gusarapo la palabra que se asentó. En Islandia, según cuentan las Leyendas populares de Jón Árnason, aquello era una alimaña —«harto fiero, y más dañino que otras alimañas»— descendiente de un gato y una zorra, palabras que sirven también para referirse en jerga islandesa al sexo de las mujeres; aunque también podía ser un bicho que parecía persona por arriba y animal por abajo. Todo esto coincidía en cierto modo con cómo vivía ella su sexo, pero esa coincidencia podía ser producto del nombre, de que entendiera el gusarapo como «hijo de una zorra y un gato» y a sí misma como «persona por arriba y animal por abajo», de acuerdo con aquel peculiar nombre que llegó como caído del cielo. Realmente no lo sé, escribe elle. A veces me imagino, escribe elle, que pensó que la palabra recordaba a «guiñapo» —pensó usar esa palabra, pero era una tontería—. Un gusarapo era algo frío, húmedo y viscoso, siempre lo encontrabas en sitios raros, si no totalmente imposibles. Esa lógica podría haber resultado perfectamente convincente para Ilmur cuando tenía seis años.
Pero lo más probable es que fuera una estupidez de Lotta Manns. Lotta se inventó el nombre porque pensaba que el gusarapo ensuciaba a Ilmur, la convertía en algo monstruoso, y lo había elegido como podía haber elegido cualquier otro sustantivo, por su innato desprecio hacia sí misma y por su vergüenza de sí misma. Esto es una silla, esto es un oso de peluche, esto es un gusarapo. Cabeza, hombros, pies y gusarapo. Coño, pene, gusarapo, tetas, culo, etcétera. Escándalo y vergüenza. Durante un tiempo, hasta imaginó que no era ella la única, que los chicos tenían pene y las chicas tenían coño o gusarapo. Más tarde se sintió totalmente sola en el mundo, probablemente porque iba a la escuela primaria y tenía que participar en clases de natación, y entonces empezó a avergonzarse de su cuerpo y a avergonzarse de avergonzarse, empezó a vestirse apartada de las demás niñas y a avergonzarse de vestirse apartada de las demás niñas, se duchaba en bañador si no se lo hacían quitar, y entonces se lavaba con la cara y el gusarapo contra la pared, encorvada y retorcida de vergüenza y más vergüenza.
Muchas de sus compañeras de clase lo sabían; sin embargo, se notaba a través del bañador si se fijaban, y seguramente se lo habían dicho a los chicos en voz baja, pero a ella no le parecía que eso importara demasiado, hasta que tuvo once o doce años. Entonces hacía ya tiempo que no se lo había visto nadie, excepto ella misma, y tal vez impresionaba más a la gente como una leyenda oral, como mitología de escuela primaria. La madurez sexual se iba colando a través de los años como un zorro dentro del gallinero, como una polla que se clava en una obrera gorda, e Ilmur hacía novillos siempre que podía. Estaba siempre llorando, o tiesa como un palo.
Y un día perdió la vergüenza, Ilmur empezó a ostentar el gusarapo como una corona. A partir de los catorce o quince años y de ahí para arriba, se vestía muy ceñida de cintura para abajo a la menor ocasión; no importaba, o al menos ya no tenía efectos negativos, solo era una divisa convertible, un puño con el que llamar a las puertas. Era como si simplemente hubiera llegado al límite y lo hubiera sobrepasado, como si hubiera restañado todas las lágrimas, acabado con todas las dudas y todo el sufrimiento, y hubiera vuelto a surgir del fuego reforzada, fuerte, dura como una piedra.
Quizá lo más extraño, pensándolo a toro pasado, es que, en realidad, ella no tenía ni idea de qué era eso hasta que empezó al bachillerato. No fue hasta que le preguntó a Lotta, y Lotta le habló a Ilmur de clitoromegalia —tuvo que mirar en los papeles del hospital, porque no recordaba el nombre—, cuando Ilmur descubrió que era intersex. Que ella no era la única, después de todo.
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