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Las guerras de Yugoslavia (1991-2015)

Eladi Romero García

LAS GUERRAS DE YUGOSLAVIA (1991-2015)

UNA VISIÓN ACTUAL


Esta obra ha recibido una ayuda a la edición del Ministerio de Cultura y Deporte


Primera edición: septiembre de 2021

© Eladi Romero García

© de esta edición: Laertes S.L. de ediciones, 2021

www.laertes.es

ISBN: 978-84-18292-49-1

Fotocomposición, mapas y cubierta: JSM

Fotografía de la cubierta: autor desconocido

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Prólogo

En la noche del 1 de marzo de 1991, un grupo de paramilitares serbios pertrechados con armas de la reserva territorial se apoderó de Pakrac, una pequeña localidad de la república de Croacia con poco más de 8.000 habitantes. Ocuparon la estación de Policía y capturaron a los 16 agentes allí destacados. Al día siguiente, unos 200 policías de elite croatas, apoyados por vehículos blindados, recuperaron la población, capturando a 180 rebeldes, incluidos 32 policías serbios, y provocando la huida de los paramilitares hacia los bosques vecinos. Una operación que solo provocó tres heridos leves entre los agentes croatas, pero que fue magnificada por la prensa de ambos bandos. Además, la intervención del ejército federal yugoslavo a favor de los rebeldes serbios, tanto antes como después de este incidente, mostraría bien a las claras cómo iba a desarrollarse el inminente conflicto bélico.

Los sucesos de Pakrac, de los que ahora se cumplen 30 años, son considerados los primeros incidentes bélicos de las denominadas guerras yugoslavas, una serie de conflictos que durante la última década del siglo xx tiñeron de sangre aquella región. Los peores acaecidos en Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Como consecuencia, surgieron seis nuevos Estados (siete, si contamos Kosovo) que en la actualidad, incluida la propia Serbia, solo quieren olvidar que algún día estuvieron unidos formando aquello que se llamó Yugoslavia.

La mayoría de estos Estados viven hoy día una cierta estabilidad (si dejamos de lado la pandemia del coronavirus), e incluso algunos forman parte de la Unión Europea. Otros, en cambio, no han logrado superar los problemas derivados de aquellos conflictos. Como es el caso de Bosnia y Herzegovina. Aquí, la existencia de una Republika Srpska (República Serbia) integrada en la unión, pero dominada por políticos nacionalistas serbios que no olvidan su intención de unirse a la madre patria serbia, provoca numerosos problemas a la hora de cohesionar el Estado. Y no digamos Kosovo, un pseudoestado ni siquiera integrante de la ONU al no haber sido reconocido por diversos países, incluida España (aunque en mayo de 2020, el gobierno de Pedro Sánchez dio a entender que podría cambiar de postura, siempre y cuando Kosovo llegara a algún tipo de acuerdo con Serbia).

Y llegados a 2020, la pandemia del coronavirus ha provocado la relegación de muchos de los problemas políticos de estos países. Entre las muchas consecuencias de la enfermedad podemos mencionar la muerte del criminal de guerra Momčilo Krajišnik, colega político de Radovan Karadžić, el principal dirigente serbobosnio, un personaje del que hablaremos a menudo en este libro. Krajišnik, que había sido sentenciado a 27 años de prisión por el Tribunal Penal Internacional para la ex-Yugoslavia de La Haya, se encontraba en libertad condicional en Banja Luka (la capital oficiosa de la Republika Srpska) cuando se contagió del virus, falleciendo el 15 de septiembre de 2020.

Aunque en menor medida que en España, lógicamente, las seis repúblicas exyugoslavas han sufrido también los efectos de la pandemia. En Kosovo, por ejemplo, la gestión de la epidemia llevaría incluso a la caída del gobierno de Albin Kurti, destituido en una moción de censura aprobada en su Parlamento el 25 de marzo de 2020. En Macedonia del Norte, las elecciones legislativas fijadas para el 12 de abril tuvieron que ser aplazadas hasta el 15 de julio. Resultará interesante saber cómo se vivirá en estos países el 30 aniversario de sus guerras.

Antecedentes históricos
Algunas generalidades

Yugoslavia, en el idioma antiguamente conocido como serbocroata, significa «Eslavia del Sur», es decir, país de los eslavos del sur. Una palabra acuñada oficialmente en 1929. Como Estado existió en Europa desde el 1 de diciembre de 1918 hasta el 4 de febrero de 2003, aunque durante ese tiempo adoptó diversos nombres y se extendió por territorios que no siempre fueron los mismos, aunque siempre dentro del ámbito balcánico. Además, entre 1941 y 1945 desapareció temporalmente como entidad estatal unida y soberana, al ser fraccionado y en parte repartido entre el III Reich alemán y sus aliados (Italia, Bulgaria y Hungría).

Sin embargo, en la mente de muchos lo que más se recuerda de Yugoslavia fueron precisamente las guerras que desintegraron dicho Estado, desarrolladas entre 1991 y 1999, y de las que en el presente se conmemora el treinta aniversario de su inicio. En cambio, cuando el 1 de diciembre de 2018 se cumplió el centenario de la fundación del país, nadie se acordó de él, ni siquiera en las repúblicas herederas, más centradas en sus propios proyectos de afirmación nacional. Solo el Museo de Yugoslavia ubicado en Belgrado dedicó una exposición evocativa, preparada a lo largo de tres años. Buena culpa de este olvido la tuvo ya el régimen comunista de Tito surgido en el país tras la Segunda Guerra Mundial, más interesado en exaltar la república socialista que la anterior monarquía yugoslava. Y llegados a 2018, el discurso dominante en Serbia era que entrar en aquel reino les costó, junto a la pérdida de un tercio de su población durante la Primera Guerra Mundial, la disolución de su Estado independiente en un entramado mucho más extenso y políticamente más complicado, donde eslovenos y croatas no entraron de buena fe, sino porque necesitaban a los serbios para escapar de las garras de Italia, Austria o Hungría. Y, sobre todo, los serbios de 2018 odian a Tito, hijo de croata y eslovena, por poner coto a la hegemonía serbia de la primera Yugoslavia con su Estado federal y por conceder la autonomía a sus regiones de Vojvodina y Kosovo. Croatas y eslovenos acusan a Serbia de engañarlos, porque su plan era dominarlos antes que mantener una relación de iguales. Más lamentos: los eslovenos pagaban demasiado, los montenegrinos perdieron su independencia, los albaneses quedaron separados de Albania... En definitiva, en 2018 nadie parecía deberle nada ni a la Yugoslavia monárquica ni a la socialista, consideradas errores históricos, mazmorras de una serie de naciones que posteriormente buscaron liberarse a toda costa. Por lo tanto, lo que en ese año imperó en las naciones herederas fue una política oficial antiyugoslavista y anticomunista, poco proclive a conmemoraciones que encima cuestan dinero.

Sin embargo, los analistas sí detectaron por esas fechas centenarias cierta yugonostalgia entre la gente común, sobre todo en lo referente a la Yugoslavia socialista. Una nostalgia que, más que un anhelo por volver a unirse, se traducía en cierto desencanto por la pérdida de calidad de vida y de estabilidad política. Porque la Yugoslavia de Tito fue líder del movimiento de países No Alineados, y además era respetada en todos los foros internacionales, mientras que sus repúblicas herederas no son más que Estados bastante irrelevantes dentro de la política global. Con motivo del centenario, la televisión bosnia fue la única que emitió un reportaje conmemorativo, y lo hizo evocando precisamente la Yugoslavia de Tito, el dirigente que concedió a la región el estatus de república y reconoció la nacionalidad bosnia. Todo un símbolo.

A pesar de todo, la más destacada ficción de la televisión serbia fue una producción de 30 capítulos previstos, de los que se llevan ya emitidos 20, titulada Sombras sobre los Balcanes (Senke nad Balkanom), que en España ha podido verse subtitulada y que se desarrolla, precisamente..., en la Yugoslavia de finales de los años 20 y década de los 30. Un gran fresco histórico en el que aparecen policías serbios investigando una serie de crímenes, terroristas macedonios, comunistas, rusos blancos, agentes nazis y soviéticos y hasta el mismísimo dirigente fascista croata Ante Pavelić.

En el momento en que comenzaron los conflictos secesionistas, Yugoslavia, entonces denominada oficialmente República Federativa Popular de Yugoslavia (en serbocroata Socijalistička Federativna Republika Jugoslavija), constituía un amasijo de pueblos entre los que se distinguían al menos seis grupos nacionales (serbios, croatas, eslovenos, macedonios, montenegrinos y bosniacos musulmanes), más otros grupos étnicos menores como los albaneses (mayoritarios en la provincia serbia de Kosovo), húngaros, italianos, búlgaros, rumanos, eslovacos, checos, ucranianos, gitanos o turcos. Se hablaban tres lenguas principales (la serbocroata, considerada oficial, más el albanés, en la provincia serbia de Kosovo, y el húngaro, en la provincia serbia de Vojvodina), se practicaban tres religiones mayoritarias (la cristiana ortodoxa, la católica y la musulmana) y se utilizaban dos alfabetos (el cirílico y el latino). Políticamente era un Estado federal dividido en seis repúblicas (Serbia, Croacia, Bosnia y Herzegovina, Eslovenia, Macedonia y Montenegro), en una de las cuales, Serbia, dos de sus provincias (Vojvodina y Kosovo) habían sido autónomas entre 1974 y 1990. Su sistema económico era el socialista, cuyo modelo se diferenciaba en algunos aspectos del que funcionaba en las repúblicas populares de la Europa oriental. En definitiva, un Estado atípico de dudosa identidad.

Su superficie rondaba los 255.804 km², es decir, la mitad de la de España, y sus habitantes estimados según el censo de 1991 eran 23.229.846. Su distribución era la siguiente:


RangoRepública o provinciaPoblación%Densidad
1Serbia (total de la república)9,506,17440.9%114.0
__Serbia (sin Vojvodina ni Kosovo)5,582,61124.0%99.4
2Croacia4,784,26520.6%84.6
3Bosnia y Herzegovina4,377,05318.8%85.6
4Macedonia2,033,9648.8%79.1
__ Vojvodina1,996,3678.6%92.8
__Kosovo1,956,1968.4%183.1
5Eslovenia1,913,3558.2%94.5
6Montenegro615,0352.6%44.5
Total Yugoslavia23,229,846100%92.6

Tiempos medievales

Las causas de tanta diversidad en un espacio geográfico relativamente pequeño hay que buscarlas en los antecedentes históricos, sobre todo a partir de los siglos vi y vii d.C., cuando se produjeron en la región las invasiones de las distintas tribus eslavas. Antes, ese espacio perteneció a las tribus ilirias y posteriormente se romanizó. Los eslavos, en continua lucha con el Imperio bizantino, acabaron cristianizándose y se organizaron en diversas entidades políticas, conservando sus idiomas propios. La primera fractura surgida entre esos pueblos diversos tuvo como principal causa la religión, pues mientras los antepasados de eslovenos y croatas se adscribieron a la Iglesia católica de Roma, los abuelos de serbios, montenegrinos y macedonios gravitaron en torno a la Iglesia bizantina, precursora de la actualmente denominada Iglesia ortodoxa.

Durante la Edad Media, los distintos pueblos yugoslavos vivieron una evolución bien distinta. Sus tres ramas principales (eslovenos, croatas y serbios) lograron crear entidades feudales independientes, aunque los eslovenos, organizados en torno al ducado de Carantania, pronto cayeron en manos del Sacro Imperio Romano Germánico. En cambio, croatas y serbios formaron reinos que proyectaron una memoria histórica todavía destacable en cada una de dichas naciones. El reino croata cayó a principios del siglo xii en manos de un soberano magiar, con excepción de los territorios costeros de Istria y Dalmacia, controlados por la república de Venecia, y de la ciudad dálmata de Dubrovnik (Ragusa, en latino), un centro comercial autónomo que logró sortear mediante el pago de tributos la dominación primero de venecianos y posteriormente de turcos. En cambio, el reino-imperio-despotado (los tres nombres fueron empleados) serbio, que llegó a dominar partes de Bosnia y Macedonia (región disputada primero con bizantinos y posteriormente con los búlgaros), se mantuvo hasta 1459, aunque en sus últimos setenta años de existencia cada vez más acosado por los otomanos. De hecho, la batalla de Kosovo, en la que perdió la vida su rey Lazar en 1389, constituye un hito identitario de los serbios. En Bosnia también surgió un breve reino en el siglo xiv, efímero e inestable, a caballo entre serbios y húngaros, que también sucumbió ante los turcos en 1463. Curiosamente, la región de Montenegro, en la época medieval conocida como Zeta, que perteneció al reino serbio, logró conservar una amplia autonomía durante toda la dominación turca gracias a su abrupto relieve y al pago de tributos. Sus príncipes-obispos mantuvieron la identidad serbia y la religión ortodoxa, desarrollando incluso un agudo sentimiento antimusulmán que les llevó a combatir a menudo y muy sañudamente contra los otomanos. Uno de sus príncipes, Petar II Petrović-Njegoš (1813-1851), obispo y poeta, dejó constancia de este odio hacia los enemigos islámicos en un poema titulado La guirnalda de las montañas (Gorski Vijenac, en su idioma original), cuya primera edición apareció en Viena en 1847.

La guirnalda de las montañas, dedicado «a las cenizas del padre de Serbia» (es decir, a Đorđe Petrović, el cabecilla que inició la primera insurrección antiotomana de 1804 en Serbia), es considerado por algunos estudiosos como el primer precedente literario de lo que, durante los años 90 del siglo xx, los serbios denominaron limpieza étnica (traducción de etničko čišćenje) para hablar de su política de eliminación de croatas y musulmanes bosnios. Se trata de un conjunto de escenas campesinas basadas en la poesía oral tradicional, inspiradas en la épica aniquilación, por parte del vladika Danilo (un anterior gobernante montenegrino), de los musulmanes locales durante las Navidades de 1702. Especialmente celebrados fueron los versos dedicados a los que mantuvieron el credo cristiano frente aquellos que se convirtieron al islamismo, merecedores de ser exterminados sin compasión por apoyar que los turcos acabaran con la libertad de los cristianos montenegrinos. Entre otras lindezas, podemos leer: «Incendiaremos las casas turcas/ para que nuestra tierra no acoja/ ninguna traza de infieles servidores del diablo». Más adelante, cuando habla de la matanza de turcos en la comarca costera de Crmnica, afirma que allí no quedó nada de ellos aparte de los cuerpos sin cabeza y de las ruinas. Precisamente en 1990, vísperas de las guerras yugoslavas, se publicó en Belgrado una cuidada edición del citado poema, que era leído a menudo por el líder serbobosnio Radovan Karadžić, uno de los principales responsables de las matanzas llevadas a cabo por los suyos contra los musulmanes bosniacos durante los años 1992-95. Pese a ser obra de un gobernante montenegrino, La guirnalda de las montañas se considera el emblema de la identidad serbia.

La dominación turca

La invasión otomana y su dominio sobre los territorios balcánicos, que duró casi medio milenio, representaron una segunda fractura entre los pueblos de la zona. Los que vivieron la ocupación directa (serbios, macedonios, albaneses, búlgaros, rumanos...) se vieron aislados del desarrollo económico y cultural de Europa, quedando marcados por la lenta agonía del imperio, iniciada a fines del siglo xvii, después de su derrota ante los muros de Viena en 1683. Croatas y eslovenos, dependientes del imperio germánico de los Habsburgo, también sufrieron indirectamente la proximidad de los turcos al ser sus tierras fronterizas con su imperio. Así, durante casi tres siglos padecieron sistemáticamente los ataques, los saqueos y las razias otomanas, y por sus tierras cruzaron y se enfrentaron numerosos ejércitos de ambos bandos. La dominación otomana en Bosnia y en parte de la costa e interior croatas modificó sustancialmente la composición étnica de estas zonas. Muchos croatas emigraron hacia el norte, instalándose incluso en tierras austriacas. A su vez, las autoridades del imperio germánico asentaron a germanos y húngaros, y permitieron a los serbios que huían de los Balcanes quedarse en aquella región. Los Habsburgo, que ya dominaban la ciudad de Rijeka y parte de la península de Istria, crearon en 1578 una Frontera Militar (Vojna Krajina), destinada a defenderse de los otomanos en las actuales Eslavonia y Krajina (noreste y este de Croacia respectivamente). La fortaleza de Karlovac, construida en esta época, constituía uno de los principales puntos estratégicos.

Los territorios serbios quedaron en medio de las dos grandes potencias enemigas de la zona: el imperio de los Habsburgo austriacos y el Imperio otomano, constantemente inmersas en numerosos conflictos. Los serbios, siempre en continua rebeldía, aprovecharon estas guerras para sublevarse contra sus señores turcos. Así, durante la guerra austro-turca de 1593 a 1606, los serbios se rebelaron en el Banato (provincia fronteriza otomana actualmente dividida entre Hungría, Serbia y Rumanía) a partir de 1594, lo que provocó que el sultán Murad III, en venganza, ordenara quemar en Belgrado las reliquias de san Sava (un destacado santo serbio que vivió en el siglo xiii y fue el primer arzobispo de la iglesia ortodoxa local). Los serbios crearon otro centro de resistencia en Herzegovina, aunque cuando turcos y austriacos firmaron la paz, fueron abandonados a la venganza turca. Una secuencia de acontecimientos que se volvió común en los siglos siguientes.

Durante la guerra entre el Imperio otomano y la Liga Santa creada con el patrocinio del papa Inocencio XI (1683-1690), y que incluía a Austria, Polonia, Rusia y Venecia, los delegados cristianos incitaron a los serbios a rebelarse contra las autoridades turcas, y pronto las sublevaciones y las guerrillas se extendieron por diversas zonas de los Balcanes occidentales, desde Montenegro y la costa dálmata hasta la cuenca del Danubio y la Vieja Serbia (Macedonia, Serbia central, Kosovo y Metohija, nombre este último con el que se conoce el sudoeste de todo Kosovo). Cuando los austriacos abandonaron estas zonas, invitaron al pueblo serbio a seguirles hacia el norte. Teniendo que elegir entre la represalia otomana y vivir en un Estado cristiano, los serbios prefirieron la segunda opción dirigidos por el patriarca Arsenije III Čarnojević. Se calcula que con él cruzaron el Danubio unas 40.000 familias, muchas de ellas procedentes de Kosovo, instaladas ahora en la Vojvodina de los Habsburgo. El nuevo patriarcado ortodoxo se estableció en Sremski Karlovci.

Otro episodio importante en la historia serbia se desarrolló entre 1716 y 1718, cuando los territorios étnicamente eslavos de Dalmacia, Bosnia, Herzegovina, zona de Belgrado y la cuenca del Danubio se convirtieron en campo de batalla de una nueva guerra austro-otomana. Los serbios de nuevo tomaron partido por Austria. Con la firma de un tratado de paz en Požarevac (Passarowitz en alemán) de 1718, los otomanos perdieron sus posesiones en la cuenca del Danubio, además del norte de Serbia y norte de Bosnia, parte de Dalmacia y el Peloponeso. El último conflicto de la Edad Moderna entre austriacos y otomanos fue la guerra de Dubica (1788-91), llamada así por la comarca serbia donde se desarrolló.

Los cuatro siglos de dominio otomano también tuvieron un impacto drástico en la composición de la población de Bosnia, que cambió varias veces como resultado de las conquistas del imperio, las frecuentes guerras con las potencias europeas, las migraciones y las epidemias. Surgió así una comunidad musulmana nativa de habla eslava que, con el tiempo, se convirtió en el grupo etnorreligioso más importante, sobre todo como resultado de un aumento gradual del número de conversiones al islam. También destacó un número significativo de judíos sefardíes, llegados tras su expulsión de España a fines del siglo xv. Las comunidades cristianas bosnias también experimentaron cambios importantes. La población católica bosnia estaba protegida por un decreto imperial oficial, aunque sobre el terreno estas garantías a menudo se ignoraban, dando lugar a la disminución del número de sus integrantes. La comunidad ortodoxa del país, inicialmente confinada en Herzegovina (región del sur de Bosnia) y sudeste de Bosnia, se extendió por toda la región y experimentó una relativa prosperidad hasta el siglo xix.

Kosovo (al sudeste de la vieja Serbia), nombre que en serbio significa Mirlo, y Metohija (al oeste-sudoeste), que en serbio significa Tierra de los monasterios, constituían dos territorios que en la Edad Media habían sido controlados y habitados por los serbios. Dominados totalmente por los otomanos en 1459, muchos de sus antiguos habitantes eslavos emigrarían a lo largo de los siglos de ocupación otomana, mientras que la población no eslava, a la que podemos calificar ya como albanesa (entre la que se encontraban montañeses llegados de la actual Albania reinstalados por los turcos), se islamizó en masa, siendo utilizada en muchos casos por los nuevos señores como fuerza militar. El patriarcado de Peć, única autoridad eclesiástica ortodoxa permitida, sería finalmente abolido en 1766. Sin embargo, también hubo resistencias. De hecho, en 1689, el ejército austriaco, reforzado con serbios y albaneses contrarios a los otomanos, ocuparía brevemente Kosovo. La inmediata recuperación de la provincia por parte de los turcos acentuó la emigración eslava hacia el norte.

Nacionalismo decimonónico

A finales del siglo xviii, la decadencia del Imperio otomano, obligado a replegarse al sur del Danubio, resultaba ya evidente. En contraposición observamos una reafirmación del poder de los Habsburgo en la región, con gobernantes reformistas como María Teresa o José II, impulsores de las ideas renovadoras en sus territorios. Como resultado, surge un nacionalismo romántico que no tardará en manifestarse en una serie de intelectuales eslavos, interesados en recuperar su propia identidad a través de la historia y la lengua. Desde el punto de vista político, asistimos por un lado a las conquistas napoleónicas, anexionando a su imperio las posesiones de Dalmacia y las regiones al sur del Danubio (1805) y constituyendo las llamadas Provincias Ilíricas (1809). La capitalidad de este territorio se instaló en la ciudad eslovena de Liubliana. De esta forma, se estimulaba el nacionalismo eslavo en la región. Por otro, vemos a los serbios manteniendo una dura lucha con los otomanos para obtener la autonomía, alcanzada en 1829 como consecuencia de los dos grandes levantamientos: el de 1804 (protagonizado por un humilde personaje llamado Đorđe Petrović, más conocido como Karađorđe o Jorge el Negro) y el de 1815, aunque tropas otomanas continuarían de guarnición en Belgrado hasta 1867. El nuevo príncipe serbio fue Miloš Obrenović, promotor de la segunda sublevación y fundador de una dinastía, cuyos hombres asesinaron a Karađorđe. En 1835, el mismo Obrenović dotó a sus súbditos de una constitución, proclamada en Kragujevac. Además, su gobierno se caracterizó por la aplicación de una limpieza étnica avant la lettre, desarrollando una reforma agraria que comportó la expropiación de propiedades pertenecientes a gentes de fe islámica, y a la vez una persecución en las ciudades de la población musulmana, que vio cómo sus mezquitas eran destruidas y su cultura poco menos que prohibida. Belgrado, a fines del siglo xviii una ciudad en gran parte turca, perdió numerosos edificios islámicos, y de hecho hoy día solo se conserva una única mezquita de la época de la dominación, la mezquita Bajrakli. La idea era crear un Estado con una sola etnia y una única religión. De forma parecida actuarían los serbobosnios durante la guerra de Bosnia de finales del siglo xx.

El concepto de una gran Serbia unida cobró intelectualmente fuerza a mediados del siglo xix gracias a Ilija Garašanin (1812-1874), militar y político serbio, partidario de la dinastía de los Karađorđe y contrario a los Obrenović. En 1844 redactó para el príncipe Alejandro Karađorđević, que había logrado el poder dos años antes, un proyecto secreto solo publicado en 1906 en el que defendía la formación de un gran reino serbio heredero de su antiguo precedente medieval, habitado por todos los serbios que vivían en los Balcanes, incluidos los de Croacia, Bosnia y Herzegovina Macedonia y Kosovo. Para ello, aconsejaba buscar siempre el apoyo de Rusia. Ciento cincuenta años después, sus ideas se mostraron violentamente vigentes precisamente en Bosnia y Croacia, gracias en parte al apoyo obtenido por la nueva Rusia de Borís Yeltsin. No en vano una edición de dicho proyecto fue publicada en Belgrado en 1991, con el título de Načertanije Ilije Garašanina: program spoljašnje i nacionalne politike Srbije na koncu 1844 godine (Ilija Garašanin: Programa nacional de política exterior y nacional de Serbia a fines de 1844).

Fue en este clima de fervor intelectual cuando comenzó a cobrar cuerpo la idea yugoslava, basada en una lengua y una cultura comunes. Portavoz de tal programa fue Ljudevit Gaj (1809-1872), un destacado lingüista croata iniciador del llamado Movimiento Ilirio de autoafirmación nacional, contrario a la germanización y magiarización que pretendían imponer las autoridades imperiales. Su nombre se deriva del hecho de que los eslavos del sur se consideraban herederos de los antiguos ilirios. Su proyecto, desarrollado por una serie de jóvenes intelectuales durante los años 30 y 40 del siglo xix, era el de desarrollar un estado-nación croata en el seno del Imperio austro-húngaro que uniera a los eslavos del sur. Zagreb se convertirá en la capital de este llamado Renacimiento Nacional Croata.

En años posteriores, el lingüista serbio Vuk Stefanović Karadžić (1787-1864) difundió la idea del lenguaje como la característica principal de una nación. De hecho, en 1850 una serie de expertos croatas, eslovenos y serbios (incluido el propio Karadžić) firmaron el acuerdo para adoptar una lengua serbocroata común.

La Croacia decimonónica

Precisamente fue en la Croacia habsbúrgica donde cuajaron tanto las ideas paneslavas como la nacionales exclusivistas, en parte derivadas de su condición de constituir un pueblo eminentemente católico. La región era considerada parte del reino de Hungría, a su vez integrado en el imperio austriaco. Ante las peticiones cada vez más exigentes de los croatas, relativas sobre todo al uso oficial de su lengua y al fin de la magiarización administrativa, en abril de 1848 el Parlamento revolucionario húngaro, empeñado en independizarse de Austria, adoptó severas limitaciones de su autonomía. El Sabor del pueblo croata (el antiguo Parlamento medieval, permitido al integrarse en el imperio austriaco) declaró entonces la separación de Hungría, abolió la servidumbre, proclamó la igualdad de todos los ciudadanos y eligió como virrey (ban) al coronel croata Josip Jelačić. Este llevó a cabo la invasión de Hungría, debilitando a las fuerzas de la revolución húngara dirigida por Lajos Kossuth, lo que permitió a los Habsburgo recuperar su poder en aquel país. Poco después, el emperador austriaco lograría imponer durante un tiempo un sistema de gobierno centralista tanto en Hungría como en Croacia.

El Sabor croata fue disuelto en 1861, y seis años después, con la división de la corona imperial en el llamado Imperio austro-húngaro o monarquía dual, germanos y magiares quedaron como naciones dominantes en la nueva entidad estatal. En 1868, Hungría aceptó la existencia de la Croacia panonia (o interior) como unidad política autónoma con lengua propia (el serbocroata) dentro de la corona, pero Austria siguió mandando directamente en Dalmacia, Istria y la Frontera Militar (la conocida como Krajina, habitada desde el siglo xvii por una nutrida colonia serbia, huida de la dominación otomana).

En Croacia, las corrientes políticas estaban, pues, divididas. Desde 1848 existía un paneslavismo tendente a la unificación nacional de los pueblos eslavos meridionales, cuyo principal representante era Josip Juraj Strossmayer (1815-1905), obispo de Đakovo. Strossmayer, promotor de la Universidad de Zagreb y experto lingüista, pese a su catolicismo aceptaba plenamente la igualdad y la legitimidad de la Iglesia ortodoxa serbia, lo que le llevó a enfrentarse con las autoridades austro-húngaras. Seguidor de esa misma tendencia, el sacerdote e historiador Franjo Rački, fallecido en 1894, fue presidente de una academia yugoslava fundada en 1867. Los impulsores de esta propuesta paneslavista eran en su mayoría miembros de la burguesía liberal, del clero católico y de los círculos intelectuales. Pero por otro lado estaban los pancroatas del Partido del Derecho, dirigidos por Ante Starčević y Eugen Kvaternik y apoyados por la pequeña burguesía. Su ideario se basaba en el proyecto de una Croacia libre y fuerte, que incluyera todas las tierras de Bosnia y se mantuviera separada de los serbios. Unas ideas que fueron apoyadas por el conde húngaro Károly Khuen-Héderváry, ban de Croacia entre 1883 y 1903, quien llegó a fomentar la lucha nacionalista entre serbios y croatas para mantenerlos así débiles y divididos.

La presencia de una destacada minoría serbia en el territorio oriental croata constituyó en este tiempo un elemento de conflicto. En 1867, tras el acuerdo austro-húngaro que integraba a la Croacia interior en la zona de dominación magiar, los serbios supieron llevarse bien con los indeseables señores húngaros, lo que les granjeó la antipatía de los propios croatas. No obstante, dentro del Sabor regional ya restaurado de Croacia surgiría una tendencia paneslavista que fue muy fuerte entre 1905 y 1914. Sus defensores fueron Frano Supilo y Ante Trumbić. También repercutió de forma contradictoria, en la relación entre ambos pueblos, la incorporación oficial de Bosnia y Herzegovina a los territorios austriacos en 1908 (aunque la dominación real se remontaba ya a 1878). Por una parte, se veía con desagrado que los serbios reclamaran para sí una región en la que vivía una importante minoría croata. Por otra, se anhelaba esa unidad paneslava que permitiera la creación de un Estado yugoslavo. Una alianza de líderes serbios y croatas adoptó la llamada Decisión de Rijeka, un programa de acción que ganó en las elecciones de 1906. Fue esta la tendencia que acabó imponiéndose durante la Primera Guerra Mundial, a pesar de que numerosos croatas defendieron la monarquía de los Habsburgo combatiendo en el frente italiano. La guerra significó para muchos una lucha entre hermanos serbios (independientes de los turcos desde hacía ya bastante tiempo) y croatas (que tuvieron que mostrarse teóricamente aliados de Turquía por pertenecer esta a las potencias centrales).

La reafirmación de Serbia

A su vez, aprovechando las revoluciones de 1848, los serbios del imperio austriaco proclamaron la provincia autónoma serbia conocida como Vojvodina serbia. Por una decisión del emperador Francisco José I de Habsburgo, en noviembre de 1849 se transformó Vojvodina en la provincia de la corona austriaca conocida como Vojvodina de Serbia y Tamiš Banat. Contra la voluntad de los serbios, esta provincia desapareció en 1860.

Una nueva guerra contra los turcos (1877), en la que participó Rusia, cada vez más implicada en el juego internacional antiotomano y paneslavo, condujo a la independencia definitiva para Serbia, así como a grandes ganancias territoriales hacia el sudeste incluyendo la ciudad de Niš. En dicha guerra, tropas serbias invadieron la provincia turca de Kosovo, provocando diversas matanzas y obligando a 160.000 albaneses musulmanes a abandonar sus territorios. Todo ello quedó reconocido internacionalmente en el tratado de Berlín de 1878, tratado en el que los turcos asimismo aceptaron la existencia de un reino en Montenegro y la ocupación austro-húngara de Bosnia y Herzegovina, considerada por los serbios una desgracia, por frenar sus intereses expansionistas en una región habitada por una destacada minoría ortodoxa.

En 1882 se proclamó el reino serbio con Milan Obrenović I, un descendiente del primer Miloš mencionado. En ese momento, millones de serbios vivían no obstante fuera del reino, bien en el ahora denominado Imperio austro-húngaro (Bosnia, Croacia, Vojvodina y el Sandžak, un antiguo distrito otomano con capital en Novi Pazar) y en el Imperio otomano (Serbia del sur, Kosovo, Macedonia). El nuevo país, como la mayor parte de las tierras balcánicas, dependía económicamente de la agricultura, con apenas industria o infraestructura moderna. La población había pasado de un millón de habitantes hacia 1800 a cerca de dos millones y medio un siglo después. Belgrado tenía entonces 100.000 pobladores.

La política interna giró en gran parte en torno a la rivalidad dinástica entre las familias Obrenović y Karađorđević, descendientes respectivamente de Miloš Obrenović (reconocido como príncipe heredero en 1829) y Karađorđe Petrović. Los Obrenović dirigieron el Estado emergente entre 1817 y 1842 y de nuevo entre 1858 y 1903, mientras que los Karađorđevići lo hicieron entre 1842 y 1858, y después de 1903. El tema dinástico se mezcló en parte con otras cuestiones diplomáticas más amplias de carácter internacional. Milan Obrenović alineó su política exterior con la de la vecina Austria-Hungría a cambio del apoyo de los Habsburgo para su coronación como rey. Los Karađorđević se inclinaron más hacia Rusia, consiguiendo el trono en junio de 1903 tras un sangriento golpe de mano dado por oficiales del ejército hostiles al dominio de los Habsburgo sobre los eslavos del sur. Alejandro I Obrenović fue entonces brutalmente asesinado junto a su esposa en su palacio de Belgrado, siendo sustituido por Pedro I Karađorđević.

La oposición serbia a la anexión por el Imperio austro-húngaro de Bosnia-Herzegovina (donde abundaba la población serbia y eslava en general) en octubre de 1908 condujo a una grave crisis europea. La presión alemana y austro-húngara forzó a Rusia para obligar a Serbia (31 de marzo de 1909) a aceptar la anexión, aunque comprometiéndose a defenderla de cualquier amenaza futura a su independencia.

A comienzos del siglo xx se produjeron en los Balcanes diversos acontecimientos de tinte nacionalista que aprovechaban la decadencia del Imperio otomano. Bulgaria se independizó de forma oficial en octubre de 1908, mientras que en agosto del año siguiente tenía lugar en Grecia un movimiento exitoso de oficiales que propició un gobierno militarista-reformista. Con esta coyuntura favorable, Serbia se unió a estos dos países y al vecino reino de Montenegro, poblado por serbios, para formar la Liga Balcánica e invadir Macedonia en octubre de 1912, reduciendo la Turquía europea a una pequeña región alrededor de Estambul. Fue la llamada Primera Guerra Balcánica, concluida en mayo de 1913. Aparte de aumentar los territorios de Serbia, tras esta contienda se reconoció la independencia de Albania, aunque una parte importante de población albanesa se mantuvo en Kosovo, provincia que quedó en manos de los serbios, por considerarla estos un espacio histórico propio.

Bulgaria se mostró disconforme a la hora de repartir las conquistas, y en el verano de 1913 estalló una breve Segunda Guerra Balcánica que enfrentó a dicho reino contra sus antiguos aliados de la Liga Balcánica, a los que se unieron Rumanía y el Imperio otomano. Lógicamente, Bulgaria salió derrotada, y tanto Serbia como Rumanía aprovecharon la circunstancia para consolidar la anexión de nuevos territorios. El envalentonado reino serbio adquiría así buena parte de la Macedonia septentrional, convirtiéndose junto con el rumano en las dos potencias más expansivas de la zona. Ya solo restaba encontrar la excusa para luchar contra el Imperio austro-húngaro y unir, de esta forma, a todos los eslavos meridionales en un solo Estado bajo dominio serbio.

La victoria serbia en las guerras balcánicas aumentó el respeto del país vencedor entre los eslavos del sur. En las provincias austro-húngaras, los partidarios de la unidad yugoslava celebraron la expansión territorial de su pariente étnico, dando así esperanzas a la idea de la unificación incluso entre aquellos que previamente no la habían apoyado.

En otro orden de cosas, la lucha de los albaneses contra los dominadores otomanos para alcanzar la independencia se solapó con la Primera Guerra Balcánica de 1912. El ejército serbo-montenegrino penetró en territorio albanés en ese mismo año, ocupando en octubre el puerto de Durres. Kosovo y Metohija quedaron a su vez en manos de esos mismos invasores, y entre 20 y 25.000 albaneses fueron masacrados. La intervención del Imperio austro-húngaro logró preservar la independencia de una pequeña Albania, aunque una parte importante de la población albanesa quedó repartida en territorios de Serbia, Montenegro y de la actual república de Macedonia. Las fronteras del nuevo Estado serían definidas en 1913, quedando Kosovo y Metohija en manos del reino serbio, con excepción del territorio de Peć, que se integró temporalmente en el reino de Montenegro hasta su anexión definitiva en el Kosovo serbio en 1918. El gobierno serbio desarrollaría inmediatamente una política de limpieza étnica, provocando mediante duras medidas de represión la huida de numerosos albaneses y de los restos de población turca. Para muchos serbios, los albanokosovares no eran más que seres subhumanos con cola, tal y como los describía el ex-primer ministro serbio Vladan Đorđević en un opúsculo publicado en alemán y titulado Los albaneses y las grandes potencias (Leipzig, 1913).

La Bosnia austro-húngara

La ocupación austro-húngara de Bosnia y Herzegovina en 1878, aunque solo como potencia administradora, aunque preservando la soberanía otomana, no se hizo sin resistencia de las poblaciones musulmana y ortodoxa. De hecho, las tropas imperiales sufrieron algunos percances en Maglaj y Tuzla, aunque lograrían ocupar Sarajevo en octubre de 1878. La breve campaña de conquista duró tres semanas, y costó al ejército invasor unas 5.000 bajas.

La tensión se mantuvo en algunas partes de la provincia, particularmente en Herzegovina, provocando una masiva emigración de disidentes musulmanes. Sin embargo, pronto se alcanzó relativa estabilidad, y las autoridades austro-húngaras lograron culminar una serie de reformas sociales y administrativas. Sirva de ejemplo el hecho de que en 1885 comenzó a funcionar el tranvía en Sarajevo. Con el objetivo de establecer la provincia como un modelo político estable que ayudase a disipar el creciente nacionalismo de los eslavos del sur, los Habsburgo promulgaron leyes para introducir nuevas prácticas políticas que definieran a los bosnios musulmanes (los bosniacos) como un pueblo con carácter propio, y en general para intentar modernizar la provincia.

En este sentido destacó la labor del conde Benjamin von Kállay, gobernador austro-húngaro de la provincia entre 1882 y 1903, quien se mostró habilísimo a la hora de fomentar la animosidad de sus distintos grupos étnicos apoyando sobre todo a los musulmanes, más numerosos y menos peligrosos, cuyas prerrogativas sociales alcanzadas durante la dominación otomana fueron conservadas.

Temiendo al expansionismo serbio tras el golpe de Estado que situó en el trono del reino de Serbia a Pedro I Karađorđević, la diplomacia austro-húngara negoció con Rusia los términos de la anexión, y tras una reunión celebrada el 16 de septiembre entre los ministros de Exteriores de ambos imperios Alois Aehrenthal y Aleksandr Izvolski, el emperador Francisco José I de Austria anunció el 5 de octubre de 1908 la anexión de Bosnia, que recibió un nuevo régimen constitucional en el que se reconocía su autonomía. El Imperio otomano protestó airadamente ante la anexión, boicoteando militar y económicamente al imperio de los Habsburgo. Finalmente, ambas potencias llegarían a un acuerdo por el que las autoridades austro-húngaras pagarían a los turcos 2,2 millones de libras esterlinas. Además, entregó el sanjacato de Novi Pazar (en serbio conocido como Sandžak), integrado en Bosnia, a los turcos. Una cesión que duraría pocos años, pues los serbios lograrían apropiarse de dicho sanjacato tras las guerras balcánicas de 1912 y 1913.

Como hemos dicho, la Administración austro-húngara intentó inculcar un ideal bosnio entre sus habitantes, pero las poblaciones croata y serbia, incentivadas además por la cuestión religiosa, vivieron al margen de la nacionalidad bosnia, y a partir de 1910 el nacionalismo dominó la política de la provincia. Una inestabilidad que culminó con el asesinato en Sarajevo del heredero al trono austro-húngaro, el archiduque Francisco Fernando de Austria, el 28 de junio de 1914. Su asesino, un joven serbobosnio llamado Gavrilo Princip, formaba parte de un grupo de nacionalistas eslavos armados por militares serbios desde Belgrado, deseosos de provocar un conflicto que les permitiera ocupar Bosnia. La muerte del mandatario provocó a su vez que varios serbios fueran masacrados y diversas propiedades pertenecientes a gentes de dicha etnia acabaran destrozadas.

La Primera Guerra Mundial y la creación del reino yugoslavo

El magnicidio de Sarajevo dio inicio a la guerra austro-serbia, e inmediatamente a la Primera Guerra Mundial. El reino serbio, agotado por las guerras anteriores, no estaba preparado para afrontar un nuevo conflicto. Sin embargo, no tardo en organizarse, e incluso logró diversas victorias iniciales frente a los invasores austro-húngaros.

Uno de los elementos propagandísticos impulsados por el gobierno serbio fue el de que la lucha se hacía con un objetivo muy claro, que no era otro que el unir a todos los hermanos eslavos del sur frente a la opresión imperial. Precisamente en los ejércitos austro-húngaros combatían soldados y oficiales croatas, bosnios eslovenos e incluso serbios de Croacia, Bosnia y Vojvodina, que procuraron ser alejados de los frentes meridionales para evitar problemas y deserciones.

La liberación de los hermanos eslavos se mencionó ya en el discurso dado a su ejército por el regente Alejandro Karađorđević (que ejercía la regencia en nombre de su padre el rey Pedro desde el 24 de junio) el 4 de agosto de 1914. En dicho discurso fueron incluso citadas las provincias habitadas por esos «hermanos»: Banat, Bačka, Srem (las tres en Vojvodina), Croacia, Eslavonia y Bosnia. Lo que no dejó claro el regente fue si la liberación significaba anexión, unificación o federación. Una nota dirigida el 4 de septiembre a los enviados serbios en los distintos Estados de la Entente afirmaba la necesidad de la creación de un solo Estado compuesto por Serbia, Bosnia y Herzegovina, Vojvodina, Dalmacia, Croacia, Istria y Eslovenia. El geógrafo serbio Jovan Cvijić realizó los primeros mapas de dicho Estado, y uno de ellos se entregó de inmediato al delegado ruso en Serbia. Otro acabó publicándose en un folleto titulado Jedivovo Jugoslovena (Unidad de los yugoslavos), firmado por Cvijić. A partir de entonces, se editaron libros y más folletos en defensa de la unidad, tanto por historiadores serbios como eslovenos y croatas.

Por otro lado, al estallar las hostilidades diversos intelectuales y políticos croatas, eslovenos y bosnios abandonaron el territorio imperial y se instalaron en la entonces neutral Italia para mejor defender su proyecto de unidad eslava, de forma que el 30 de abril de 1915 se fundó en París un comité yugoslavo, que de inmediato se trasladó a Londres. Su presidente fue el croata Ante Trumbić. La creación formal de dicho comité había acelerado previamente las negociaciones de la Entente para que Italia entrara en la guerra, a cambio de la cesión de Istria y de la mayor parte de Dalmacia cuando concluyera el conflicto, según se estableció en un acuerdo secreto firmado en Londres el 26 de abril. Este hecho, que acabó siendo conocido por los dirigentes paneslavistas, contrarios a la aplicación del acuerdo, ayudó a homogeneizar la mentalidad del comité yugoslavo enfatizando las aspiraciones de los eslavos del sur de unirse, junto con Serbia, en un Estado soberano independiente.

En dicho reino, tras las primeras victorias sobre los austro-húngaros devino la derrota y la aparición de una serie de epidemias, especialmente de tifus, que mermaron la capacidad de combate de su ejército. A pesar de todo, el gobierno serbio continuó su tarea de propaganda en los países aliados y neutrales a favor de su proyecto de unión eslava, enviando con este propósito, a fines de 1914, diversos agentes a las capitales europeas (incluido el propio Jovan Cvijić, desplazado a Londres). Sin embargo, el ataque combinado de los ejércitos alemán, austro-húngaro y búlgaro en octubre de 1915 llevó a la ocupación de Serbia, Montenegro y Kosovo (donde recibieron la colaboración de muchos albaneses, lo que provocaría que tras el retorno del ejército serbio en 1918 a la provincia se produjeran las acostumbradas matanzas y episodios de limpieza étnica), obligando a retirarse a su ejército y a sus instituciones políticas hasta Grecia tras sufrir numerosas pérdidas. Solo en noviembre de 1916 se logró un pequeño éxito al recuperar una franja de territorio macedonio en la zona de Bitola.

La primavera de 1917 marcó un punto de inflexión en el conflicto. La revolución rusa, que hizo perder un importante apoyo a los serbios se vio compensada por la entrada de Estados Unidos en la guerra, un hecho que aumentó las esperanzas por liberarse de los pueblos eslavos integrados en el Imperio austro-húngaro. En el comité yugoslavo, no obstante, se producían constantes discusiones sobre el tipo de Estado que se pretendía crear. Una parte del grupo croata, dirigida por el periodista Frano Supilo, temía el dominio serbio sobre su pueblo, abogando por una federación igualitaria de pueblos yugoslavos. Al final, Supilo acabaría radicalizándose y apoyando una Croacia totalmente independiente, aunque su inesperado fallecimiento en septiembre le impidió asistir al final del conflicto. Sin embargo, poco a poco, el comité, financiado con dinero serbio y cada vez más dominado por representantes de dicho país, fue rechazando la idea federal. En un acuerdo aprobado en la isla griega de Corfú el 20 de julio, los miembros del comité y un grupo de funcionarios serbios decidieron que el futuro Estado sería una monarquía constitucional, parlamentaria y democrática bajo el nombre de Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, sin especificarse si se trataría de un Estado centralista o federal. No obstante, se garantizaba la libertad religiosa y el uso de los dos alfabetos, el cirílico y el latino. El acuerdo, firmado por Ante Trumbić en nombre del comité y del primer ministro serbio Nikola Pašić en representación de su gobierno, establecía que la dinastía reinante sería la de los Karađorđević. El gobierno montenegrino en el exilio no fue incluido en las negociaciones.

Sin embargo, debemos saber también que en el territorio croata la guerra también había avivado los sentimientos nacionalistas propios, encaminados a crear una Gran Croacia federada dentro de la monarquía austro-húngara, que incluiría Dalmacia y Bosnia y Herzegovina. Este era el proyecto del denominado Partido Puro por los Derechos, creado en 1895 y muy activo durante la guerra. En cambio para otros, especialmente para los movimientos católicos, era la idea de la unificación esloveno-croata la que primaba. En marzo de 1915, el movimiento católico croata del obispo Anton Mahnič (1859-1920) aprobó en Rijeka una declaración en ese sentido. La clerical agrupación eslovena Vseslovenska ljudska stranka (Partido Popular Panesloveno), bajo el liderazgo de Anton Korošec (1872-1940) abogó asimismo por una reorganización federal del imperio, contando con numerosos partidarios.

A partir del verano de 1918 quedó claro que la monarquía austro-húngara se aproximaba a su fin. El ejército serbio y sus aliados rompieron el frente macedonio y liberaban Serbia, entrando en Belgrado el 1 de noviembre. Esto aceleró el proceso de creación del futuro reino yugoslavo. Muchos croatas temían que su tierra quedara dividida entre Serbia e Italia, por lo que acabaron apoyando el acuerdo de Corfú como mal menor. Lo mismo sucedió en Eslovenia, temerosa de caer bajo la égida italiana. Como consecuencia, el 1 de diciembre el regente Alejandro proclamaba en Belgrado el Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos. Únicamente el líder del Partido Campesino Croata Stjepan Radić, por entonces a la cabeza de unos pocos diputados por la gran restricción del derecho a voto, se opuso en vano a una unión que no garantizaba por parte de Serbia la formación de una federación o, al menos, el respeto de la autonomía de los pueblos. Desde su exilio parisino, el rey Nicolás I de Montenegro y su pequeño grupo de partidarios también se opuso a la unificación.

Ninguna gran potencia se apresuró a reconocer el nuevo Estado, y su participación en la conferencia de paz de París se anunció bajo el nombre de reino de Serbia. Estados Unidos fue el primer gran país en reconocerlo (7 de febrero de 1919), y de inmediato lo hicieron el Reino Unido y Francia.

El inesperado estallido de la Primera Guerra Mundial había sorprendido a todos aquellos que llegaron a pensar en una unificación paneslava, pero también a aquellos defensores de programas más nacionales. Muchos croatas, serbios y eslovenos tenían ese tipo de programas, que incluían territorios propios muy marcados, basados en los derechos étnicos e históricos, estos últimos bastante problemáticos, como hemos podido constatar. Unos territorios que parcialmente se solapaban (particularmente en Bosnia), de modo que los ideólogos más razonables del yugoslavismo entendieron que no había fronteras étnicas puras, que los pueblos estaban mezclados y que solo la unificación podría reunir un cuerpo verdadero nacional. La decisión de la unificación se vio reforzada por el principio decimonónico de un Estado fuerte, que hiciera frente con garantías a los amenazadores vecinos, tal y como sucedió con Italia y Alemania. En este sentido, Serbia, acabó siendo el Piamonte o la Prusia yugoslava. Y ello en contra de ideas tan abiertas, y acaso más realistas, como la de crear unos Estados Unidos de Yugoslavia, propugnada por el geógrafo Jovan Cvijić.

Pronto se comprobaría que el optimismo de una unión paneslava, basada en la lengua común, que debía aproximar a los eslavos del sur y conducirlos hacia un destino común, iba a chocar con los planteamientos de muchos ciudadanos y facciones políticas que solo conocían su pequeño espacio local y se apegaban a un programa nacional separado. El Estado que se creó bajo el ideal yugoslavo no alcanzó, pues, muchas expectativas, aunque también demostró que no se trataba solo de un sueño político.

El Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos

La muerte de Pedro I el 16 de agosto de 1921 convertiría a Alejandro, ya a todos los efectos, en el rey del nuevo Estado.

El reino reunió, como hemos visto ya, territorios eslavos con una historia y una cultura muy diversas, a la que se unía a la vez cierta complejidad étnica. Solo en la antigua Vojvodina austro-húngara había destacadas minorías húngara, germánica, valaca y rumana. Albaneses los había en Kosovo y en Macedonia. Y todos con idiomas propios. En cuanto a la religión, croatas, eslovenos y húngaros eran católicos (37,5%); serbios, macedonios y montenegrinos, ortodoxos (48,7%); los albaneses, y numerosos bosnios, musulmanes (11,2%). Las diversas lenguas eslavas, unificadas oficialmente en el llamado idioma serbocroata (de la que se distinguían, por sus relevantes peculiaridades el esloveno y el macedonio), empleaban dos alfabetos, el latino y el cirílico. La proporción de analfabetos mostraba grandes variaciones según las regiones: mientras que el 83,8 % de los macedonios lo era en 1921, en Eslovenia este porcentaje se reducía al 8,8 % de la población. Una combinación que podía dar lugar a consecuencias imprevisibles.

En 1921, el país contaba con 12.545.000 habitantes aproximadamente, de los cuales el 78,9% constituían población rural. El desarrollo industrial era mayor en las regiones anteriormente austro-húngaras, que concentraban dos tercios de la industria nacional. La parte central y meridional del nuevo reino era la más pobre. En todo el país, apenas el 9,9 % de la población trabajaba en la industria.

En esa misma fecha, las líneas férreas apenas contaban con 9.300 km, con una disposición que indicaba la historia de las diversas regiones, ya que conectaban con los antiguos centros de poder de las potencias desaparecidas en la guerra mundial (Viena, Budapest o Estambul). En cambio, no existía comunicación férrea entre las diversas regiones del reino. Las carreteras tenían 41.000 km de longitud, aunque de calidad diversa. En algunos lugares montañosos como la región de los Alpes Dináricos, los medios de comunicación eran tan rudimentarios que el principal medio de transporte era la yunta de bueyes. Las comunicaciones entre la costa y el interior eran prácticamente inexistentes. El carácter escarpado de buena parte del país y la falta de fondos para acometer grandes las grandes obras públicas necesarias para que mejorasen las comunicaciones impidieron el cambio de esta situación.

Desde el primer momento, el reino vivió una gran inestabilidad política. De hecho, ningún gobierno logró cumplir sus cuatro años de mandato, y solo un ejecutivo fue sustituido por ser derrotado en el Parlamento; el resto cambió tras diversos manejos y maniobras políticas. Se sucedían las intrigas entre partidos, las disputas sobre el poder para favorecer a sus partidarios y los cambios de alianzas. Las dos primeras elecciones de la década de 1920 estuvieron amañadas, y las dos últimas, marcadas por las presiones de la policía. El control de la Administración y su capacidad para favorecer a los intereses de unos pocos quedaron casi todo el periodo en manos de los serbios del antiguo reino (los llamados srbijanci), los eslovenos y los musulmanes bosnios. Los srbijanci controlaban también el ejército y la banca. El funcionariado estaba mal pagado, era parcialmente corrupto y de una calidad inferior al del austro-húngaro. Además, los peores funcionarios solían enviarse a las zonas políticamente más complicadas (como Macedonia o Vojvodina), con efectos políticos claramente desastrosos.

No todos los territorios tenían la misma presión fiscal (más alta en los antiguos dominios austro-húngaros, menos devastados en la guerra mundial) ni las mismas leyes, que nunca llegaron a unificarse.

Los campesinos, más de tres cuartos de la población, no contaban políticamente. Incluso los partidos teóricamente agrarios estaban controlados por la burguesía, la burocracia o los intelectuales. Dado el poco peso del capital privado y la importancia económica del Estado, la lucha entre los diferentes partidos por controlarlo y usarlo para sus propios fines fue feroz, aparcándose a la vez las posibles reformas sociales y económicas.

Entre la proclamación del nuevo Estado y la aprobación de su constitución en 1921, el nuevo país se rigió por la antigua Constitución serbia y fue administrado por el funcionariado y el ejército serbios. Este último se apresuró a disolver las unidades austro-húngaras y a despedir a sus oficiales. Fueron años de relativo estancamiento. El gobierno, en manos de los partidos serbios, estaba teóricamente controlado por un Parlamento provisional no elegido, del que quedaron excluidos las minorías y los opositores macedonios y montenegrinos.

El campesinado, por su parte, había sufrido una gran transformación en la guerra: influido por los cambios de la contienda y las nuevas ideologías, exigía cambios que acabasen con su anterior sumisión a la burguesía y la burocracia estatal, que consideraba explotadora. En los territorios austro-húngaros, exigía una inmediata reforma agraria, mientras que en Serbia y Montenegro reclamaba crédito barato. A pesar de que a comienzos de 1919 el Estado tomó medidas que eliminaron el peligro político inmediato del malestar campesino, a estas no les siguieron durante el resto del periodo otras para mejorar su situación. En un país con alrededor de tres cuartas partes de la población dedicada al campo, el Ministerio de Agricultura no solía disponer de más de un 1% del presupuesto estatal. La reforma agraria aplicada significó el reparto de 1.175.000 hectáreas, en su mayoría pertenecientes a señores bosniacos, y que fueron repartidas entre unos 250.000 nuevos propietarios, en su mayoría serbios.

En estos años, el principal partido de la antigua Serbia, los Radicales, pudo contar con la alianza de su antigua escisión más progresista, los Demócratas, en este periodo más centralistas incluso que los primeros.

Las elecciones municipales de 1920 y las de la asamblea constituyente de noviembre de 1920 fueron tensas pero, en general, libres (aunque no pudieron participar los militares, las minorías alemana y húngara, y los resultados de Montenegro y Macedonia resultaron muy dudosos). Sin embargo, el censo electoral utilizado era el de 1910, que no reflejaba la población real en la década de 1920. En las regiones del sur del país nunca hubo libertad real de sufragio, y en Montenegro y Macedonia las listas estaban amañadas para favorecer a los Radicales. Asimismo, el Estado llevó a cabo una campaña de terror en estas regiones y parte de Bosnia. En cuanto a los resultados de los primeros comicios, el Partido Campesino Croata de Stjepan Radić obtuvo 50 escaños en las elecciones para dicha asamblea, siendo el cuarto partido con más parlamentarios, aunque se negaría a acudir a las sesiones. Su postura parecía poco clara y de simple oposición, pues se negaba a aceptar la inclusión de los territorios de población croata en el nuevo Estado y las condiciones en las que se produjo, a pesar de haber sido aprobada por el antiguo Parlamento austro-húngaro de Croacia-Eslavonia.

Por su parte, el radical Nikola Pašić, el principal político serbio, mantenía su ideología panserbia y parecía incapaz de comprender la idea yugoslava. La política de no participación de Radić, sin embargo, favoreció a Pašić, que lograba gracias a ella una mayoría suficiente para desarrollar su política. Este, tras tratar de lograr un acuerdo con los moderados croatas, acabó por pactar con los Demócratas serbios ante el boicot de los diputados croatas.

Los comunistas (partido fundado en 1920), la tercera fuerza en escaños, se negaron a jurar la constitución y poco después fueron disueltos por el gobierno, aprovechando el asesinato del ministro del Interior Milorad Drašković (21 de julio de 1921) y el intento fallido contra el príncipe Alejandro, en los que la jefatura comunista negó su participación. Víctima de una dura represión, siguió atrayendo no obstante a gran número de descontentos y brillantes miembros de la intelectualidad joven, aunque disipó sus fuerzas en disputas internas.

Stojan Protić, primer ministro en 1920, había presentado un borrador de constitución liberal, pero el regreso al gobierno del veterano Pašić supuso la derrota de esta propuesta y su sustitución por otra que encarnaba la tradicional administración centralista serbia, con escasas concesiones a los adversarios de esta estructura de Estado. Pašić, ocupando a la vez el cargo de ministro de Exteriores, resultó un maestro de la intriga política, rodeándose de personajes de carácter dudoso y rápido enriquecimiento a la sombra del gobierno.

La negativa de Radić a participar en la redacción de la nueva constitución y la progresiva ausencia de los grupos más disconformes con el borrador centralista de Pašić le permitieron a este lograr la aprobación de la llamada Constitución de Vidovdan, por ser aprobada el día dedicado a san Vito (28 de junio de 1921, jornada en la que, en 1389, se produjo la tan evocada batalla de Kosovo y la muerte del rey serbio Lazar). Lo hizo con el apoyo de sus rivales del partido Demócrata, especialmente de su dirigente Svetozar Pribićević. Obtuvo también el apoyo de la JMO bosnia (siglas eslavas de la Organización Musulmana Yugoslava, fundada en 1919) y de algunos diputados agrarios eslovenos. A cambio, los bosniacos musulmanes obtuvieron ciertas concesiones en materia de cultura y religión.

La constitución, muy centralista, exigía tres quintos de los diputados para poder ser reformada. Garantizaba los derechos civiles y el sistema democrático, instituyendo un Parlamento unicameral (Skupština), elegido cada cuatro años por los varones mayores de 21 años, con representación prácticamente proporcional. Las leyes debían ser aprobadas por el monarca, el cual sin embargo no tenía derecho a veto. Se aseguraban asimismo la igualdad de religión, expresión y otros derechos humanos.

La aplicación de la constitución fue, sin embargo, muy deficiente, debido a la extensión de la Administración serbia al resto del país, caracterizada a menudo por la brutalidad, corrupción y excesivo celo centralista de los funcionarios, mayoritariamente procedentes del antiguo reino de Serbia.

La organización del país, esbozada en la Constitución y expuesta en detalle en la ley de Administración del 18 de mayo de 1922, que dividía al reino en 33 unidades (oblasti) controladas desde la capital, fue objeto de grandes tensiones y marcó las elecciones nacionales de 1923. El Partido Campesino Croata no aceptaba la legitimidad de la Constitución, y organizó un bloque croata que no solo rechazó las propuestas de Radicales y Demócratas para formar una alianza política más amplia, sino que apeló, aunque infructuosamente, a las potencias extranjeras en 1922 para que defendiesen los derechos constitucionales croatas ante Belgrado.

En cuanto a Montenegro, su rey Nicolás I fallecería en su exilio de Antibes el 1 de marzo de 1921, a los ochenta años de edad. Su orgullo le había hecho rechazar una renta vitalicia votada por el Parlamento de Belgrado. Británicos y franceses aún mantendrían relaciones diplomáticas con la casa real montenegrina de Neuylli-sur-Seine hasta 1920. Italia, cada vez más enemiga del fortalecido reino eslavo, al final aguardaría a la muerte de Nicolás para dar por finalizada la monarquía de Montenegro. Nicolás I fue enterrado en San Remo, siendo su cadáver, el de su esposa Milena y los de dos de sus hijas, trasladados a su antiguo reino en 1989, justo cuando la Yugoslavia comunista estaba a punto de desintegrarse. El 1 de octubre de ese año, unas 200.000 personas se congregaron en las calles de Cetinje, la vieja capital montenegrina, para recibir los despojos de aquel monarca.

La integración en el reino de Yugoslavia no se hizo de forma pacífica. Los monárquicos montenegrinos, oficiales y soldados, aún lucharon contra las tropas serbias hasta 1924, destacando especialmente el capitán Krsto Todorov-Zrnov Popović, héroe de la Primera Guerra Mundial y posteriormente colaborador con los fascistas italianos hasta que fue asesinado por los comunistas en 1947. Por otro lado, Serbia trató a Montenegro como una colonia, sin promover ningún beneficio económico, lo que fomentó más las ideas nacionalistas. En materia religiosa, la Iglesia ortodoxa montenegrina volvió al redil de la autocéfala serbia.

Nikola Pašić, al frente de su Partido Radical, logró vencer en las elecciones de 1923, aunque sin lograr mayoría absoluta. En dichas elecciones quedó muy reducido el grupo parlamentario agrario serbio y desaparecieron los comunistas, muy perseguidos desde los mencionados atentados. Salieron sin embargo reforzados los partidos regionalistas. En definitiva, los grupos políticos que hacían hincapié en la necesidad de abordar problemas sociales quedaron muy debilitados.

Al no contar con mayoría, Pašić hubo de volver a formar una coalición, emprendiendo negociaciones con Radić. Al fracasar, Pašić buscaría el apoyo puntual de formaciones menores para gobernar en solitario. Se volvía así a la situación de inestabilidad anterior a las elecciones de 1923. Mientras, Radić continuaba con sus campañas contra el gobierno central, esta vez solicitando ayuda italiana durante una delicada crisis italo-yugoslava sobre el puerto de Fiume, para disgusto de los serbios, que creían que el Estado estaba arriesgándose a una confrontación con Mussolini a causa de un puerto croata. Al quedar implicado su secretario en una conspiración contra el Estado con apoyo extranjero, Radić huyó del país empleando pasaporte falso en julio de 1923.

En 1923 y 1924, el miembro del Partido Demócrata Ljubomir Davidović, tratando de sustituir a Pašić al frente del gobierno, solicitó el fin del boicot del Parlamento a Radić, que decidió por fin enviar a los diputados croatas a la cámara para facilitar la caída de su antiguo rival Pašić. Pronto, sin embargo, sus críticas al rey, la familia real y el ejército hicieron que cayese el gabinete de Davidović por la dimisión del ministro de Defensa, que no las toleraba. Incapaz de encontrar al tradicional militar para la cartera de Defensa, Davidović hubo de dimitir, dando paso nuevamente a otro gabinete de Pašić. Radić fue arrestado por la misma legislación que había permitido la prohibición del partido comunista.

En las elecciones de febrero de 1925, el apoyo a Radić menguó, y el rey logró convencerlo para participar en el gobierno, ocupando la cartera de Educación en noviembre. Este cambio no mejoró, sin embargo, las relaciones entre Radić y los partidos serbios, aunque sí entre las del político croata con el monarca.

Hartos de las críticas al gabinete y de sus excentricidades, los socios de coalición de Radić le expulsaron del gobierno en abril de 1926, momento en el que también Pašić dimitió como gesto de apoyo a su hijo, acusado de corrupción, aunque con la intención de regresar pronto al gobierno. La muerte le sorprendería durante este proceso (10 de diciembre de 1926). El nuevo primer ministro sería Nikola Uzunović, del mismo Partido Radical Serbio, quien formó gobierno en febrero de 1927.

En abril, tras doce crisis de gobierno y cuatro cambios de gabinete, Uzunović cedió la presidencia del consejo al principal dirigente Radical, Velimir Vukićević, que gobernó aliado con el disidente Demócrata Vojislav Marinković y la JMO de Mehmed Spaho. Recibió también el apoyo del monarca, que libró al gobierno de someterse al Parlamento durante la primavera y el verano y le permitió amañar a su favor las elecciones de septiembre de 1927. En estos comicios, Vukićević logró mantenerse al frente de los Radicales aunque perdiendo apoyos a costa de los Demócrata. Radić perdió un tercio de sus votos aunque no tanta proporción de escaños gracias a la ley electoral que favorecía a las minorías. Las fuerzas regionales mantuvieron sus posiciones. Vukićević creó entonces una amplia pero inestable coalición de Populistas eslovenos, Radicales, Demócratas, JMO y Partido Alemán. Tras las elecciones de 1927, el antiguo centralista a ultranza serbio (aunque nacido en Croacia) Svetozar Pribićević se alió con Radić en su oposición al gobierno.

Este acuerdo entre opositores provocó que el Parlamento entrara en una fase de creciente estancamiento y tensión entre los adversarios políticos. En general, los antiguos súbditos austro-húngaros se oponían cada vez con más vehemencia a la camarilla que controlaba el gobierno central y con él, la administración y las finanzas del Estado. La oposición resultó durísima, sobre todo la de Radić, y el gobierno, al negarse en redondo a cualquier concesión, agravó aún más la crisis política.

De hecho, a comienzos de 1928 la coalición de gobierno entró en crisis por disputas entre los partidos serbios. El rey trató entonces de ganar el apoyo de Radić, aunque sin lograrlo. Radić sugirió por primera vez en febrero la conveniencia de formar un gobierno con un militar al frente. Vukićević siguió no obstante al frente del ejecutivo, pero la alianza de Radić y Pribićević convirtieron el Parlamento en un caos. Las duras acusaciones contra los políticos serbios del antiguo reino, la postura de la oposición que impedía la mejora de relaciones con Italia y el comienzo de la crisis agraria agravaron la situación política.

El 20 de junio de 1928, la tensión política y el estancamiento del Parlamento llegó a su culminación con el asesinato de Radić, su colega de partido Pavle y un tercer parlamentario croatas a manos de un diputado fanático montenegrino, Puniša Račić. El asesino, enfurecido por las tácticas dilatorias y obstruccionistas de Radić y los suyos en la cámara, disparó contra estos, matando a los tres citados e hiriendo a otros dos. Radić fue trasladado a Zagreb, donde falleció dos meses después (8 de agosto de 1928). Tras estas muertes, los diputados opositores se retiraron del Parlamento, al que negaron validez, exigiendo la abolición de la Constitución y la convocatoria de una nueva asamblea constituyente, a la vez que mantenían un programa errático y contradictorio. La postura del gobierno fue completamente negativa y de cerrazón, negándose a hacer concesión alguna a la oposición o siquiera investigar el crimen. Solo el monarca, consciente de la gravedad de los hechos, acudió a visitar al moribundo Radić y trató de apaciguar los ánimos. El gobierno cayó en junio, no tanto por los asesinatos, sino por su incapacidad de lograr un crédito internacional.

Tras contemplar la sugerencia de Radić de un gobierno tecnócrata con un militar al frente, el monarca acabó decidiéndose por un ejecutivo de coalición con el sacerdote esloveno Anton Korošec al frente. Su gobierno no logró calmar la situación, sucediéndose las manifestaciones y las acusaciones mutuas entre los ministros y la oposición. Durante las celebraciones del aniversario de la creación del país, hubo disturbios en Zagreb en los que fallecieron varias personas.

A finales de año, creyendo posible lograr un entendimiento entre los croatas de Vladko Maček, el rey permitió al dirigente de los Demócratas Ljubomir Davidović crear una crisis de gobierno que diese paso a nuevas elecciones y alcanzar así una coalición Demócrata-Campesina, que Davidović prometió como probable. Korošec dimitió el 30 de diciembre de 1928 después de una enésima intriga parlamentaria.

Celebrados los comicios, las demandas de Maček resultaron inaceptables para Davidović, quien hubo de admitir que no había logrado un acuerdo previo con los croatas. El resto de partidos se negaron también a aceptar las demandas del dirigente croata. El 6 de enero de 1929, el rey se decidió entonces al fin por implantar una dictadura real que acabara definitivamente con las crisis políticas. Hasta entonces y desde su fundación, el reino había vivido una historia política turbulenta, con veinticinco cambios de gabinete en diez años.

El sistema parlamentario había fracasado como instrumento de unidad nacional: no existían, aparte de los socialistas y comunistas (de escaso apoyo o pronto prohibidos), partidos nacionales, sino solo regionalistas. La idea de la nación yugoslava no cuajó, manteniendo las comunidades sus identidades regionales. El parlamentarismo se mostró incapaz de resolver los problemas del país, degenerando en una continua disputa entre los grupos políticos por trivialidades, repartos de poder y choques de personalidades entre sus muchos dirigentes. Se sucedieron las coaliciones inestables de partidos, sin base suficiente para durar en el gobierno más allá de unos pocos meses. La falta de mayorías suficientes requería las continuas coaliciones. Las formaciones políticas se distinguían más por la personalidad de sus dirigentes que por sus principios ideológicos. Mientras los políticos croatas mantenían sus tácticas obstruccionistas heredadas de la época austro-húngara, los serbios subestimaron las dificultades de la unión y no se mostraron sensibles a las demandas croatas.

El Reino de Yugoslavia: la dictadura monárquica

Por decreto real, ese 6 de enero de 1929 el rey abolió la Constitución de Vidovdan y todos los derechos incluidos. Promulgó además otra ley, la de defensa del Estado, que reforzaba las medidas anticomunistas aprobadas en 1921 e imposibilitaba la oposición al nuevo régimen. Los partidos políticos fueron disueltos, quedando prohibida la formación de nuevas organizaciones políticas basadas en regiones, religiones o nacionalidad. Los cargos de las administraciones locales fueron relevados por representantes nombrados por el nuevo gobierno. El rey Alejandro tomó para sí los poderes del Estado, nombrando un nuevo ejecutivo que solo era responsable ante él, finalizando así el periodo de gobierno parlamentario. El monarca indicó, sin embargo, que la dictadura sería temporal hasta concluir con la crisis que vivía el país. La proclamación de la dictadura y la abolición de la constitución centralista fueron recibidas, en un principio, con cierto alivio y satisfacción por la población. Incluso la oposición se alegró de la supresión de la odiada Constitución de Vidovdan y de las promesas del soberano de comenzar un nuevo proceso político. El nuevo primer ministro elegido por el monarca fue el jefe de la guardia real, el general Petar Živković, allegado del rey, mientras que los ministros eran antiguos políticos veteranos de todas las principales formaciones políticas. La maniobra del rey tampoco resultó mal recibida en el extranjero, donde se deseaba acabar con la peligrosa inestabilidad en el país.

El 3 de octubre de 1929, el país pasó a llamarse oficialmente Yugoslavia y se modificó la ordenación territorial, creándose nueve nuevas provincias (las banovinas), que sustituyeron a las treinta y tres unidades administrativas vigentes desde 1924. Estas provincias, sin ningún tipo de autonomía, quedaban establecidas por razones económicas y políticas, y demostraban un intento de aniquilación de los regionalismos. Los gobernadores provinciales serían nombrados por decreto real y respondían únicamente ante el rey. Fue entonces cuando Vladko Maček, dirigente del Partido Campesino Croata, pasó a oponerse a la dictadura monárquica. La idea de una dictadura temporal, sin embargo, quedaría en entredicho cuando el 4 de julio de 1930 el soberano manifestó su intención de no volver a instaurar la antigua ordenación territorial y de no permitir el regreso a la política de los antiguos partidos.

En los primeros meses de gobierno, la dictadura llevó a cabo medidas que se consideraban necesarias y urgentes. Se creó el Banco Agrario (15 de agosto de 1929), se reorganizó la Administración, inflada por el favoritismo, y se unificaron las leyes, medidas que el Parlamento no había logrado aprobar desde la independencia. También se redujo parcialmente la corrupción administrativa y la opresión que se ejercía en Macedonia. En este territorio, considerado una simple Serbia meridional desde su conquista en 1912, se habían cerrado las escuelas búlgaras, griegas y rumanas, expulsándose a todos sus profesores y estableciéndose como idioma único el macedonio, ahora convertido en un dialecto del serbocroata. La política de serbianización desarrollada entre los años 1920 y 1930 se enfrentó con el sentimiento pro-búlgaro desarrollado por la Organización Revolucionaria Interior de Macedonia, que aspiraba a una Macedonia independiente con capital en Tesalónica, mientras que los comunistas locales favorecieron asimismo el camino de la autodeterminación.

Sin embargo, a los pocos meses, quedó manifiesta la ausencia de un programa claro. La crisis económica de comienzos de los 30 agudizó las dificultades del régimen. Ya en 1927 se había puesto de manifiesto la crisis agrícola, caracterizada por una continua bajada de precios que empobreció a la mayoría de la población, es decir, a los campesinos. A su vez, esa misma bajada de los precios hizo que los ingresos por exportación de materias primas y productos agrícolas disminuyeran, perjudicando a la balanza de pagos. El creciente proteccionismo de los países industrializados, destino de sus exportaciones, menoscabó en la nueva década el comercio exterior del país. La situación económica comenzó a deteriorarse notablemente en 1931, al surgir dificultades para emigrar y producirse una continua retirada de créditos a corto plazo, proceso ya iniciado en el año anterior.

El 3 de septiembre de 1931, en parte para facilitar la obtención de un crédito internacional que paliase la penuria económica, el régimen promulgó una nueva constitución. Con esta medida se buscaba también ganar popularidad e intentar prevenir un derrocamiento del régimen al igual que había sucedido en España con la caída de la monarquía en ese mismo año. A pesar de garantizar los derechos individuales, el nuevo texto contenía severas limitaciones políticas: concedía gran poder al rey y al gobierno, las elecciones parlamentarias dejaban de realizarse mediante voto secreto, y la mitad del senado era escogida por el monarca. El gabinete seguía siendo responsable únicamente ante el rey, que podía cambiarlo a voluntad. Además, el artículo 116 le otorgaba poderes extraordinarios en situaciones de emergencia. La ley electoral promulgada poco después que la Constitución establecía también una nueva forma de distribuir los escaños: el partido con mayoría obtenía dos tercios de los mismos más la parte proporcional a sus votos del otro tercio, asegurando así una cómoda mayoría al vencedor de las elecciones y evitando la necesidad de coaliciones que tanto daño habían hecho con el sistema anterior. La oposición, considerando la maniobra del gobierno como una farsa, decidió no participar en las elecciones al Parlamento, celebradas en noviembre de 1931 con la única participación de la lista gubernamental. En diciembre, para tratar de aumentar el respaldo al régimen, se creó una formación política que le sirviese de base, el Partido Nacional Yugoslavo, en la que se concentraron principalmente Radicales de derecha, disidentes de casi todos los antiguos partidos y oportunistas.

El monarca había conseguido la destrucción temporal de los antiguos partidos políticos, ninguno de ellos de carácter nacional, pero había sido incapaz de sustituirlos con otras formaciones políticas, dando lugar a un vacío en la política yugoslava, en la que el monarca gobernaba apoyándose fundamentalmente en el ejército y la burocracia. Mientras, a pesar de sus proclamas reformistas, se mantenían las políticas centralizadoras que tanto habían disgustado a los regionalistas. El reino yugoslavo se había convertido en un Estado policial, con nula independencia del poder judicial respecto de la dictadura y abundancia de juicios políticos contra la oposición (nacionalistas croatas y macedonios o comunistas). De hecho, se había instituido un régimen de terror político y de represión continuada. La libertad de prensa y la expresión quedaron virtualmente eliminadas. En el otoño de 1930, el esloveno Anton Korošec, ministro de Živković, pasó a la oposición, llegando incluso a ser desterrado dos años después a la isla de Hvar. De esta forma, quedaba aún más en evidencia el verdadero carácter centralista serbio del régimen. El descontento con el gobierno era cada vez más manifiesto, tanto por motivos políticos (falta de acuerdos con el nacionalismo croata, pérdida de libertades políticas) como por culpa de la crisis económica.

El general Petar Živković, mano derecha del rey Alejandro, fue cesado por este en abril de 1932. Buscando un político más aceptado, nombró sustituto a Vojislav Marinković, del Partido Demócrata, que aguantó poco más de un año hasta que fue relevado al presentar un programa renovador excesivamente liberal. De hecho, llegó a mencionar públicamente la posibilidad de convocar un referéndum sobre la federalización del país, que disgustó tanto algunos de sus ministros como al propio rey, que lo destituyó en julio de 1932. Le sucedió al frente del gobierno su antiguo ministro de Interior Milan Srškić, antiguo Radical opuesto a la rápida liberalización de su antecesor. Su gobierno acentuó la represión y, con ello, la tensión con la oposición. Esta, viendo decaer el prestigio del gobierno, presentó en el invierno de aquel año dos manifiestos de reforma. Mientras, en el extranjero, los ustaše (palabra croata que significa «insurgentes»), ultranacionalistas croatas organizados tras el asesinato de Radić y dirigidos por el político y abogado refugiado en Italia Ante Pavelić, aumentaron su agitación contra el régimen y cometieron diversos ataques terroristas. Incluso intentaron una revuelta del país en septiembre que fue reprimida con dureza.

El 27 de enero de 1934, Srškić fue relevado por el veterano Radical y más moderado Nikola Uzunović, presidente del partido gubernamental y símbolo del agotamiento del gobierno monárquico. El cambio de primer ministro señaló la intención del rey de tratar de reconciliarse con parte de la oposición a la dictadura ante su creciente aislamiento, la crisis económica, la falta de avances en los problemas políticos, y el deterioro de la situación internacional.

Ante el fracaso interno y las amenazas externas de la oposición, el soberano comenzó el desmantelamiento de su dictadura a finales del verano de 1934. En septiembre, antes de su visita a Bulgaria y a Francia, prometió al croata Maček, entonces encarcelado por traición al Estado, su pronta liberación y el comienzo de negociaciones.

El 9 de octubre de 1934, el proceso se detuvo temporalmente cuando el terrorista búlgaro-macedonio Vlado Georgiev Černozemski, en connivencia con los ustaše croatas, asesinó al rey Alejandro y al ministro de Asuntos Exteriores francés Louis Barthou en Marsella. El criminal murió a su vez linchado por la policía francesa y la multitud.

El sucesor en el trono era el hijo de Alejandro, Pedro II, quien al tener solo once años dio paso a la regencia del príncipe Pablo, primo del monarca asesinado. Tras un intento del primer ministro Nikola Uzunović de formar un gabinete únicamente con sus partidarios serbios, frustrado por el regente, aquel dimitió (20 de diciembre de 1934). La regencia encargaría entonces formar gobierno al ministro de Asuntos Exteriores y hombre de confianza del rey Alejandro, Bogoljub Jevtić. Este comenzó su gobierno con medidas moderadas, incluyó ministros no serbios en el gabinete, prometió elecciones libres y liberó al principal dirigente de la oposición, el líder del Partido Campesino Croata Vladko Maček. Declaró además su intención de llevar a cabo una descentralización progresiva de la Administración. En las elecciones de mayo de 1935, presentó candidatos en todas las circunscripciones, a pesar de que su formación solo tenía un respaldo real en los antiguos territorios serbios, logrando una mayoría de votos y de escaños gracias a la ley electoral. La oposición denunció entonces la comisión de un fraude electoral. De hecho, se consideró también vencedora moral, pues había logrado derrotar a varios ministros del gabinete y vencido en algunos distritos importantes pese a la intimidación gubernamental.

De nuevo la oposición se negó a acudir al Parlamento y, cuando en este comenzó una campaña de duros ataques a Maček, el regente Pablo logró la caída del gabinete de Jevtić favoreciendo la dimisión del ministro de Defensa, el general Petar Živković, de los ministros no serbios y del prestigioso ministro de Finanzas Milan Stojadinović. El regente deseaba evitar la vuelta a las disputas parlamentarias que habían llevado a la proclamación de la dictadura en 1929. Consultó entonces con Maček, que recomendó la celebración de nuevas elecciones, pero prefirió en su lugar nombrar un nuevo gobierno.

Maček se había mostrado dispuesto a permitir un gobierno encabezado por Milan Stojadinović, ministro de Finanzas del ejecutivo anterior, y a participar en el Parlamento si se cambiaba la ley electoral y se garantizaba la libertad en las votaciones. El nuevo gobierno de Stojadinović (24 de junio de 1935) incluyó al principal político esloveno, Anton Korošec, y al bosnio Mehmed Spaho, coaligado con Maček en las anteriores elecciones. Incluía además cuatro croatas sin afiliación a ningún partido político. Se deshizo de la mayoría de los políticos identificados con la dictadura, sustituyéndolos por tecnócratas o políticos ajenos al régimen de Alejandro. Entre las primeras medidas adoptadas estuvieron la relajación de la censura, la amnistía para miles de presos políticos, la moderación del terror policial y el permiso para la instalación de una estatua del asesinado Stjepan Radić en Zagreb.

En menos de dos meses, Stojadinović remozó el partido gubernamental, creando la Unión Radical Yugoslava, amalgama de Radicales, Populistas eslovenos y musulmanes bosnios. La formación debía servir como cimiento del poder del primer ministro, que en diciembre de 1935 se deshizo de parte de los antiguos dirigentes Radicales que creían poder manipularlo. El 6 de marzo de 1936 salió ileso y reforzado de un intento de asesinato en el Parlamento. Los antiguos cargos de la dictadura formaron entonces una coalición opositora que no debilitó a Stojadinović, sino que le dio un aura de renovación frente a esta. El bloque opositor principal, con Maček a la cabeza, siguió sin acudir a las cortes, facilitando los planes del primer ministro. Los diversos intentos para llegar un acuerdo sobre el problema croata, de momento no fructificaron.

Tras afianzarse así en el gobierno, Stojadinović comenzó a realizar reformas, aliviando el grave problema de las deudas de los campesinos en septiembre de 1936. Se aprobaron además medidas de apoyo a los campesinos, como la implantación de seguros agrarios, construcción de silos y otras obras públicas, creación de institutos de investigación agrícola, etc. Esta política, las buenas cosechas de esos años y la disposición alemana a absorber gran parte de la producción agrícola yugoslava dieron gran prestigio al primer ministro entre los campesinos. El desarrollo agrícola no bastó, sin embargo, para acabar con el problema de la superpoblación rural. Este gobierno respaldaría también la industrialización del país y comenzaría a desarrollar rápidamente la minería.

A finales de 1936, la oposición al régimen parecía contar con la abrumadora mayoría de los antiguos súbditos austro-húngaros. El primer ministro había conseguido una victoria en las elecciones municipales de diciembre de 1936, pero los distritos croatas aún apoyaban a la oposición. A pesar de las promesas de apertura del gobierno, no hubo cambios en el censo electoral y se mantenía el terror estatal en Macedonia. Para los nacionalistas croatas, su programa político seguía teniendo precedencia ante el social. Los primeros contactos entre Stojadinović y Maček en 1935 habían fracasado.

A comienzos de 1937, Stojadinović trató nuevamente de lograr un acuerdo con Maček, pero este, que había mantenido el tipo en las recientes elecciones, mantuvo sus exigencias. El primer ministro intentó entonces minar la base de su adversario con medidas a favor de los campesinos y un intento de concordato con el Vaticano, creyendo que así se ganaría las simpatías del agro croata, religiosamente católico. De hecho, el concordato ya se había firmado el 25 de julio de 1935, aunque no había sido ratificado ante la hostilidad mostrada por la Iglesia ortodoxa serbia. Su intento de aprobar la ley en 1937 le ganó la enemistad de esta, mientras que los votantes croatas, más interesados en sus demandas políticas que en la religión, no le respaldaron. Al final, el concordato, que fue ratificado por la cámara baja pero no llegó a serlo por el senado, supuso un error político del primer ministro, que se vio forzado a denunciarlo en 1938 tras el desinterés croata y la hostilidad de la Iglesia serbia.

En el otoño de 1937, el primer ministro reorganizó su formación para tener un mayor control y comenzó a adoptar la parafernalia fascista, tratando de dar a su gobierno el respaldo de un movimiento de masas, aunque sin excesivo éxito. El 8 de octubre de 1937, la oposición moderada, formada por el Partido Campesino Croata y varios partidos serbios, firmaron un acuerdo de cooperación contra el régimen, que fue bien recibido por la población. Esta oposición reunida exigía una nueva ley electoral, nuevos comicios libres y la formación de una asamblea constituyente que redactase una nueva constitución de consenso.

Con el campesinado contento por su capacidad de vender sus productos en Alemania y obtener de ella productos industriales asequibles, y las aparentes victorias diplomáticas que debían haber aislado a Maček, el primer ministro adelantó las elecciones a diciembre de 1938, seguro de su triunfo. A pesar de celebrarse sin voto secreto, los comicios supusieron una derrota para el primer ministro, que solo obtuvo el 54,1% de los votos frente al 44,9% de la oposición. La distribución del voto también reflejaba la división política que no había logrado eliminar: mientras que el gobierno había obtenido el 70% de los votos en la antigua Serbia, la oposición había logrado el 80% de los sufragios en los territorios con población croata. Los miembros croatas y eslovenos se retiraron del gabinete, debilitando al primer ministro.

La víspera de la apertura del Parlamento, el 15 de enero de 1939, los diputados de Maček se reunieron en Zagreb sin intención de acudir a Belgrado y proclamaron su indiferencia hacia el Parlamento yugoslavo, amenazando indirectamente con la guerra civil. Ante el deterioro de la situación internacional y el de la oposición, a pesar de su reciente victoria moral en las elecciones, el regente Pablo comenzó conversaciones secretas con Maček. Cuando este mostró su disgusto con el primer ministro, el regente lo destituyó el 6 de febrero, colocando en su lugar a un maleable Dragiša Cvetković, más dispuesto a seguir las directrices de Pablo.

A comienzos de la primavera de 1939, y con la nueva crisis internacional por la desaparición de Checoslovaquia en marzo, Maček y Cvetković trataron de lograr un acuerdo político. A su vez, el primero continuaba su alianza con la oposición serbia, al objeto de lograr el establecimiento de un régimen democrático, manteniendo contactos secretos con Mussolini sobre el posible apoyo italiano a la independencia de los territorios croatas.

Tras largas negociaciones, el acuerdo (conocido como Sporazum) solo se alcanzó el 20 de agosto de 1939, días antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial. Por este se creaba una nueva unidad administrativa croata con autonomía (la banovina de Croacia), un Parlamento propio y un gobernador nombrado por el trono y responsable ante este y el gobierno autónomo, pero no ante el central, quedando la nueva provincia (que contaba con un 27% del territorio y un 29% de la población del país) unida al resto de la nación a través del monarca. Su territorio no coincidía con el de la actual república de Croacia, pues incluía zonas hoy pertenecientes a Bosnia y Herzegovina. Según cuenta el historiador y político croata Zdracko Tomac (Zločin bez kazne, Matrix Croatica, Zagreb, 1999, p. 90 y siguientes), durante las conversaciones entre Maček y Cvetković el primero se preguntó sobre la suerte que correrían los bosniacos musulmanes. La respuesta de Cvetković resultó muy clarificadora: «hagamos como que no existen».

El 26 de agosto de 1939, Maček se convirtió en vice primer ministro del gobierno, y cuatro de sus correligionarios recibieron carteras ministeriales. El acuerdo no logró, sin embargo, su objetivo de acabar con el problema nacionalista en el país: bosnios, serbios y eslovenos deseaban obtener la misma autonomía ahora concedida a los croatas, los serbios de Croacia se sentían desamparados ante la nueva autonomía, y los nacionalistas croatas extremistas, cada vez más numerosos, pensaban que las concesiones obtenidas eran insuficientes. En sus negociaciones con el gobierno, Maček había destruido además la unidad de la oposición, pues sus aliados serbios se habían opuesto a aquellas, y acusaron al dirigente croata de traicionar la causa democrática.

Durante toda la monarquía yugoslava, albaneses y macedonios vieron negada su identidad nacional y cultural, e incluso fueron considerados pueblos subdesarrollos a los que había que asimilar o, en su defecto, expulsar. Quienes más padecieron ese rechazo fueron los albaneses de Kosovo, en su mayoría musulmanes (aparte de una minoría católica). El ejército serbio, al regresar en 1918, actuó de forma brutal, imponiendo un régimen de terror y provocando ese mismo año la creación de un Comité Nacional de Defensa de Kosovo, conocido como Comité de Kosovo. Esta organización luchó por la separación del territorio habitado por albaneses (es decir, Kosovo-Metohija, Macedonia occidental y partes del Sanjacato de Novi Pazar, es decir, el Sandžak) del recién formado Reino de los Serbios, Croatas y Eslovenos, y su anexión a Albania. El comité llegó a recibir una ayuda sustancial, en efectivo y en armas, de los italianos, intentando la cooperación con los opositores montenegrinos y macedonios. Los ataques contra los funcionarios yugoslavos en la región fueron constantes, y a finales de septiembre de 1924, el ejército monárquico se vio obligado a emplear incluso artillería para sofocar la revuelta. Las ejecuciones fueron muy numerosas. Durante los años 30 se llevó a cabo además un programa de serbianización, instalando colonos campesinos en algunas zonas, empleando en las escuelas solo el idioma serbocroata y confiscando tierras a los albano-kosovares. El historiador y político serbobosnio Vaso Čubrilović, que de joven había colaborado en el asesinato del archiduque Francisco Fernando, llegó a proponer en 1937 la expulsión en masa de los albaneses de Kosovo.

La Segunda Guerra Mundial

En marzo de 1939, la desaparición de Checoslovaquia, conquistada por el III Reich alemán, le costó a Yugoslavia el perder la principal fuente de armamento y el traspaso de las inversiones checoslovacas a Alemania. Mussolini estableció contacto además con miembros del Partido Campesino Croata, buscando desestabilizar al gobierno yugoslavo. Las relaciones italo-yugoslavas volvieron a empeorar, sobre todo tras la ocupación de Albania por Italia en abril. En un principio, sin embargo, Alemania e Italia decidieron no apoyar los intentos de desmembramiento del país, siempre que este mantuviese su relativa proximidad al Eje. Los yugoslavos se apresuraron a asegurar su futura neutralidad y a no ingresar en ninguna coalición contra italianos y alemanes. A pesar de los intentos de intimidación germanos, el regente se negó a abandonar la Sociedad de Naciones.

La situación de Yugoslavia en Europa fue deteriorándose poco a poco. Tras el estallido de la Segunda Guerra Mundial, Yugoslavia declaró de nuevo e inmediatamente su neutralidad. Los beligerantes aprobaron la postura yugoslava: Alemania deseaba mantener el suministro de materias primas yugoslavas, y los aliados no estaban en situación de exigir más del gobierno de Belgrado. Italia, sin embargo, se mostró más belicosa. En enero de 1940 Mussolini aceptó volver a reunirse con Pavelić, que aspiraba a la independencia de Croacia. En junio de 1940, capitulaba el principal aliado, Francia. En el verano, Hitler prohibía el ataque italiano a Yugoslavia, para el que Mussolini había ordenado ya preparar un plan de campaña. En el otoño, los vecinos fueron cayendo bajo dominio alemán, firmando uno tras otro el Pacto Tripartito (Rumanía el 23 de noviembre de 1940, Hungría el 20 de noviembre de 1940 y Bulgaria el 1 de marzo de 1941). El ataque italiano a Grecia de octubre de 1940, que acabó con la derrota temporal italiana y la necesidad de auxilio alemán a su aliado, complicó aún más la situación de la neutral Yugoslavia. Hitler deseaba asegurarse la cooperación o clara neutralidad yugoslava para su proyectado ataque a Grecia.

A pesar de la tradicional actitud hostil de la familia real yugoslava al régimen soviético, el deterioro de la situación internacional y la necesidad de un contrapeso al creciente dominio alemán aconsejaron revisar la situación. En marzo de 1940 comenzaron las conversaciones con la Unión Soviética, que llevaron a la firma de un tratado comercial el 13 de mayo de 1940 y al establecimiento de relaciones diplomáticas en junio. Un posterior ofrecimiento soviético de armamento en noviembre no llegó a fructificar.

Rodeada y dependiente económicamente del III Reich, Yugoslavia se vio presionada dada vez más por Hitler para suscribir el Pacto del Eje (firmado en septiembre de 1940 por alemanes, italianos y japoneses), alternativamente mediante amenazas veladas y ofrecimientos diversos. Con su suministrador habitual de armamento (la fábrica checoslovaca Škoda) en manos alemanas, sin alternativa para abastecerse de armas, con una industria propia insuficiente para hacerlo y unas comunicaciones deficientes, el ejército yugoslavo se encontró en una situación desesperada ante las amenazas alemanas. Su despliegue era además inadecuado, extendiéndose por las fronteras de acuerdo a motivos políticos y no estratégicos.

Ante esta situación, el 25 de marzo de 1941 el gobierno del regente firmó el Pacto en Viena, con las salvedades logradas de los alemanes, que incluían el compromiso de no estacionar tropas y ni de utilizar el territorio yugoslavo para la campaña contra Grecia.

Sin embargo, el descontento serbio ante lo que se consideró una capitulación se tradujo en el golpe de Estado del 27 de marzo, encabezado principalmente por algunos oficiales de las fuerzas aéreas. El general Dušan Simović, jefe de la aviación yugoslava, formó un nuevo gobierno. Mientras la multitud celebraba el golpe en las calles de Belgrado, en Liubliana y Zagreb esta acción se veía sin entusiasmo como la decisión unilateral serbia de entrar en guerra. El regente se exilió (fallecería en París en 1976), proclamándose la mayoría de edad del rey Pedro II.

A pesar de la impresión en la calle y en el extranjero, Simović trató desesperadamente de calmar a los alemanes, declarando su intención de mantener los compromisos del país, incluido el pacto recién rubricado, y nombrando un ministro de Asuntos Exteriores teóricamente pro-alemán.

Hitler, enfurecido y dispuesto a destruir Yugoslavia, rechazó no obstante los intentos de conciliación del nuevo gobierno, ordenando a las pocas horas del golpe la invasión del país, que comenzó el 6 de abril de 1941 con un brutal bombardeo de Belgrado. El día anterior, el gobierno yugoslavo, tratando de reforzar su posición, suscribió un acuerdo de amistad y no agresión con la Unión Soviética, que finalmente no le reportó ayuda ninguna.

El país se vio invadido por todas sus fronteras, salvo la que compartía con Grecia. El ejército real yugoslavo únicamente resistió once días. El 17 de abril se firmó la capitulación, e inmediatamente el rey Pedro II y su gobierno se exiliaron en Londres, mientras que Yugoslavia era inmediatamente desmantelada según los deseos de Hitler manifestados en sus órdenes de ataque del 27 de marzo.

Así, Italia ocupó el sur de Eslovenia con Liubliana, parte de Dalmacia, Montenegro —teóricamente independiente como reino, aunque sin rey— y, por el sur, junto a la Albania que habían anexionado anteriormente, Kosovo y el oeste de Macedonia. Alemania se apoderó del norte de Eslovenia y del Banato (noreste de Serbia), ante la negativa rumana a que Hungría se hiciese con el control de la región, que contaba con una minoría rumana. Se creó el Estado Independiente de Croacia (NDH), que incluía Bosnia y Herzegovina y la Sirmia (Serbia centro-oriental), aliado con la Alemania nazi. El nuevo país quedaba bajo ocupación militar conjunta italo-germana, con una línea de demarcación entre las ambas zonas. Serbia, que se mantuvo bajo control alemán, fue reducida más o menos a sus fronteras anteriores a 1912 bajo un gobierno militar colaboracionista. Vojvodina quedó en su mayor parte bajo control húngaro. Bulgaria ocupó, aunque sin poder anexionarla formalmente, la parte oriental de Macedonia.


Partición de Yugoslavia en la Segunda Guerra Mundial.

En Croacia, los alemanes ofrecieron en primer lugar el poder a Maček, el jefe del mayoritario Partido Campesino Croata. Este último, miembro del gobierno camino del exilio, declinó la propuesta, aunque regresó a Croacia y reconoció al nuevo Estado independiente, que quedó en manos de Ante Pavelić y sus ustaše, aunque oficialmente se constituyera como una monarquía. El monarca elegido fue Aimon de Saboya-Aosta (nieto del rey de España Amadeo de Saboya), que adoptó el muy emblemático nombre de Tomislav II aunque, por motivos de seguridad, nunca pusiera un pie en sus posesiones. La jerarquía católica, con el arzobispo de Zagreb monseñor Aloysius Stepinac a la cabeza, aceptó de buen grado la independencia de Croacia bajo la égida nazi. Estos reconocimientos se explican por el hecho de que Yugoslavia representaba para gran parte de los croatas un Estado opresor, y que la autodeterminación de Croacia respondía a sus deseos.

Contrariamente a Croacia, en Serbia el desmantelamiento del país y la ocupación alemana se sintió como una pesada derrota, aunque los alemanes lograron encontrar a los colaboradores necesarios para la formación de un gobierno, primero con políticos poco conocidos y, más tarde, desde agosto de 1941, con el general Milan Nedić a la cabeza, un gabinete que incluía a otros dos generales del ejército real yugoslavo. Sin embargo, a pesar de su desmembramiento efectivo, el país sobrevivió tanto como idea como a través del gobierno en el exilio, que inmediatamente indicó su intención de continuar combatiendo al Eje.

Para el alto mando alemán, los Balcanes constituían una región de importancia secundaria, aunque no la perdieron de vista. La necesidad de desviar tropas de otros frentes más importantes a los Balcanes, y la posibilidad de que las distintas guerrillas que se crearon facilitasen un desembarco aliado, hicieron que tanto Hitler como Mussolini se planteasen la eliminación de estas. La región suministraba además importantes alimentos y, especialmente, metales necesarios para la producción alemana de armamento: Yugoslavia producía bauxita, cobre y antimonio, y era paso obligado del cromo turco. La región también era uno de los principales canales de abastecimiento de Rommel en África. Cubría asimismo el flanco derecho de los ejércitos destinados en la URSS de posibles ataques desde el Mediterráneo.

Los diversos territorios yugoslavos tuvieron suertes distintas durante la guerra. La porción de los territorios eslovenos anexionada al Reich, más industrial, se unió a las provincias austriacas y sufrió una brutal política de germanización que incluyó la deportación de parte de su población al NDH, a la Serbia de Nedić o a la Europa ocupada como mano de obra. Numerosos colonos alemanes se asentaron en la región. La zona anexionada a Italia tuvo un tratamiento menos duro y recibió cierta autonomía, aunque el surgimiento de un movimiento de resistencia llevó a un endurecimiento de la misma y a la represión, dando lugar a miles de muertos.

En Dalmacia, los italianos designaron un gobernador y tres prefectos, mientras que más al sur, en Montenegro, se nombró al comienzo un legado, que debía ser sustituido por un monarca que nunca llegó. Al final, el gobernador militar general Pirzio Biroli, una vez que estalló la revuelta contra el ocupante en julio de 1941, se encargó de la represión.

En Kosovo, la población musulmana vio en general con buenos ojos la ocupación italiana (asimismo impuesta en la propia Albania, lo que permitía soñar en una unión de ambos territorios), que le permitió ajustar cuentas con la población serbia, en parte colonos instalados durante el periodo de entreguerras.

La Administración búlgara trató a la población macedonia fundamentalmente como compatriotas búlgaros y trató de ganarse su favor. Hungría, por el contrario, aplicó una brutal política de magiarización en los territorios recuperados.

En Serbia, Nedić no estaba particularmente próximo a las ideas fascistas. Sin duda deseaba proteger a su pueblo del aniquilamiento físico, adoptando la misma postura que el mariscal Pétain en Francia. Sin embargo, se dirigió a sus compatriotas por radio para preconizar «el orden, el trabajo, la paz y la fraternidad». La primera labor del gobierno consistió en ocuparse de los centenares de miles de serbios refugiados de Croacia y de otras regiones en que no se sentían seguros. Nedić debió igualmente tomar postura frente al movimiento de resistencia de los chetniks (Četnici), de orientación monárquica y nacionalista serbia (defendían una monarquía serbia cuyo territorio, étnicamente puro, incluiría Serbia, Montenegro, Macedonia, Bosnia y Herzegovina y amplias zonas de Croacia), desarrollada desde el inicio de la invasión, y frente a la lucha de los partisanos de inspiración comunista, surgidos tras la entrada en guerra de Alemania contra la URSS, la Operación Barbarroja, el 22 de junio de 1941. Para evitar que los alemanes enviasen a sus aliados ustaše y búlgaros a reprimir la resistencia serbia, Nedić aceptó la creación de una policía y una guardia estatal serbia que lanzó a la lucha contra los partisanos. En relación con los chetniks, su posición era mucho más ambigua: existieron contactos múltiples entre el entorno de Nedić y el entorno militar anticomunista de los chetniks. Esta colusión, más que para atraer a las fuerzas gubernamentales hacia algún tipo de resistencia al ocupante, sirvió por el contrario para atraer al general Draža Mihajlović, el jefe de los chetniks, hacia el colaboracionismo.

Antes de la guerra, desde el asesinato del rey Alejandro I existía en Serbia un movimiento ultranacionalista, antisemita y de orientación fascista dirigido por Dimitrije Ljotić y bastante comparable a los ustaše de Croacia. Ljotić rechazó entrar en el gobierno de Nedić, pero organizó a disposición de los alemanes una especie de milicia, el cuerpo de voluntarios serbios, rival de la guardia estatal serbia de Nedić, aunque a la postre ambas fueron utilizadas directamente por los alemanes como fuerzas supletorias en la lucha contra los partisanos.

El nuevo Estado croata fue dividido en zonas de ocupación alemana e italiana. El régimen dictatorial de Ante Pavelić (titulado Poglavnik, palabra croata que viene a significar jefe del clan) comenzó por abolir el Parlamento croata y proscribir toda oposición a su política. Desde la toma del poder por los ustaše, algunas unidades especiales sembraron el terror en las ciudades y pueblos de mayoría serbia asesinando a su población. La doctrina de los ustaše establecía que los únicos auténticos croatas eran los católicos y, en menor medida, los musulmanes. Los serbios, de religión ortodoxa, quedaban excluidos. Además, a imitación de la Alemania nazi, la nueva Croacia promulgó leyes raciales contra judíos y gitanos. Muchas iglesias ortodoxas de la región serbia incorporada de Sirmia fueron destruidas. En agosto de 1941 se establecía el campo de concentración de Jasenovac, donde fueron asesinados decenas de miles de serbios, judíos y gitanos.


Ante Pavelić visita a Hitler en Alemania el 9 de junio de 1941.

Tras las primeras matanzas de serbios, los chetniks intervinieron en su defensa. Los italianos pronto llegaron a acuerdos con fuerzas chetniks, que quedaron bajo su protección y utilizaron los territorios bajo su control para atacar a croatas y musulmanes. Los mandos italianos los utilizaron contra los partisanos y como contrapeso a los ustaše. Las fuerzas armadas croatas se mostraron incapaces de proteger a la población de los ataques de los insurrectos, y Pavelić no detuvo las persecuciones de la población ortodoxa que alimentaban la revuelta. Los continuos desmanes de Pavelić provocaron un empeoramiento de sus relaciones con los mandos militares alemanes de la región.

Un movimiento de resistencia de obediencia comunista, los partisanos antifascistas, emergió durante el verano de 1941, dirigido por el croata Josip Broz, conocido como Tito, un comunista ya organizador de las Brigadas Internacionales que lucharon en España. En 1943, de un total de 26 divisiones de partisanos, 11 se encontraban en Croacia. Los partisanos se abrieron ampliamente a los serbios perseguidos por los ustaše, aunque como estos fascistas locales y los alemanes eran cada vez peor vistos por muchos croatas y musulmanes, muchos de ellos se unieron igualmente a los partisanos, capaces ahora de liberar amplias zonas del territorio. En definitiva, un complejo entramado que daría lugar a una elevada proporción de víctimas mortales, calculadas en torno al millón de muertos durante todo el conflicto.

Los intentos alemanes de formar unidades de voluntarios y conscriptos en Yugoslavia y en la vecina Albania resultaron moderadamente exitosos durante los cuatro años de su ocupación. Por lo menos, es lo que puede decirse por el número de hombres alistados. Sin embargo, los intentos de explotar los conflictos interétnicos para consolidar su dominio sobre Yugoslavia fueron muy contraproducentes, pues agravaron y extendieron la acción de partisanos y guerrilleros de diversas facciones, enfrentados entre sí y contra las fuerzas alemanas de ocupación.

Entre 1941 y 1945, Italia se anexionó gran parte de Kosovo, reimplantando la lengua albanesa y dando la impresión, como hemos adelantado ya, de que se trataba de un país liberador frente a la opresión serbia. Sin embargo, ya en noviembre de 1941 surgió un grupo partisano local compuesto principalmente por serbios y montenegrinos. En los años sucesivos, los éxitos de estos últimos (primero ante los italianos, y a partir de septiembre de 1943 ante los nuevos ocupantes alemanes), motivarían incluso, en diciembre de 1944, una rebelión en masa de albaneses, que no querían volver a caer bajo el gobierno yugoslavo. Tuvieron que emplearse unos 30.000 soldados del Ejército Popular Yugoslavo con el fin de sofocar el levantamiento. En la nueva Yugoslavia, los albanokosovares volvieron a ser considerados un potencial enemigo interior, y por ello en los primeros años de posguerra fueron sometidos a duras represalias.

Como ya hemos avanzado, bajo la dirección de Draža Mihajlović, los chetniks, que incluían principalmente combatientes serbios de tendencia monárquica y nacionalista, fueron los primeros en organizar la resistencia a los alemanes y sus aliados. En junio 1941, el comunista Josip Broz, Tito, creó como hemos visto un movimiento de partisanos, al que otorgó, de acuerdo con la política de Moscú, el carácter de una amplia coalición antifascista que dejaba su orientación comunista en un segundo plano. Los partisanos acogieron combatientes de cualquier nacionalidad. Chetniks y partisanos hicieron por un tiempo causa común contra el enemigo, pero rápidamente se enfrentaron entre sí. Durante el otoño y el invierno de 1941, Mihajlović mantuvo contactos con Nedić, y en una ocasión se reunió con representantes alemanes, que trataron en vano de convertirlo en una fuerza colaboracionista más. A finales de año, una ofensiva alemana, apoyada por las fuerzas de Nedić, acabó con la revuelta de chetniks y partisanos. Parte de los primeros se infiltraron entre las unidades de Nedić para evitar el ataque alemán.

En el verano de 1941, tras la proclamación de Montenegro como reino bajo control italiano, se produjo otra revuelta que permitió a nacionalistas y comunistas, aquí también brevemente unidos, tomar el control de toda la región a excepción de las principales ciudades. Pronto el extremismo de los partisanos dividió a las guerrillas y permitió a las unidades reforzadas italianas, con apoyo chetnik, eliminar a los partisanos y retomar el control. Por acuerdo entre los vencedores de la campaña, las ciudades quedaron bajo administración italiana, mientras que las zonas rurales fueron entregadas a los chetniks.

En 1942, los chetniks alcanzaron su apogeo frente a sus rivales partisanos, aunque ambos grupos estaban aún formados abrumadoramente por serbios, a menudo excesivamente xenófobos. Solo en 1943 los partisanos lograron rehacerse y superar a sus rivales, tras una larga marcha que llevó a los principales restos de sus tropas de Montenegro y el este de Bosnia al oeste de esta. En esta región, castigada por los ustaše y con un movimiento chetnik más débil, las unidades partisanas se recobraron.

Los chetniks llegaron incluso a colaborar con el ocupante en ofensivas contra los partisanos. Los ingleses, que inicialmente daban apoyo a los chetniks, les abandonan finalmente a finales de 1943, tras la conferencia de Teherán, en favor de los partisanos de Tito, que en ese momento ya contaban con 300.000 hombres, presentes en todo el territorio yugoslavo, y que ya han creado amplias y numerosas zonas liberadas. A comienzos de año, los intentos de Mihajlovic de dar una imagen más liberal a su movimiento y menos panserbia, en respuesta a la propaganda partisana de Tito y su AVNOJ (Consejo Antifascista de Liberación Nacional de Yugoslavia, en sus siglas serbias), fracasó. En septiembre de 1944, el rey Pedro II lanzó un llamamiento en favor de la unión a los partisanos de Tito. El llamamiento de alzamiento de Mihajlović en Serbia fue infructuoso, pues en lugar de lograr el control del territorio o recuperar el respaldo aliado, simplemente sirvió para debilitar su organización en la región, mientras que sus acciones pasaron en general desapercibidas entre los aliados. Enfrentándose a alemanes, a las fuerzas partisanas que pretendían regresar a Serbia desde Bosnia y más tarde a las unidades soviéticas que se negaron a tratar con él, Mihajlović hubo de retirarse a finales de 1944 a Bosnia, donde las penalidades fueron disolviendo sus últimas fuerzas. En su intento de regresar a Serbia, fue finalmente capturado por las fuerzas de Tito, juzgado y ejecutado en 1946.

El 1 de noviembre de 1944, Tito e Ivan Šubašić, dirigente del Partido Campesino Croata, alcanzaron un acuerdo para formar un gobierno de coalición, en el que el primero aportaría el doble de miembros que el segundo, y por el cual quedaba virtualmente excluido el retorno del monarca. El acuerdo fue aceptado por los británicos con resignación, y presionaron al soberano yugoslavo a rubricarlo, lo que le obligaba a formar un consejo regente que le representaría. Ante la amenaza de expulsión del Reino Unido, el rey cedería a finales de enero de 1945. Pronto, el nuevo gobierno yugoslavo mostró su disposición a no permitir la formación de un Estado democrático, utilizando la represión, el terrorismo de Estado y la intimidación contra la oposición, a pesar de las promesas de Tito.

En el aspecto militar, mientras el Ejército Rojo avanzaba hacia Hungría tras haber entrado en Sofía el 9 de septiembre de 1944, los partisanos de Tito, en colaboración con el ejército soviético, liberaron Belgrado el 20 de octubre, aunque los alemanes resistieron en algunos puntos de Bosnia, Croacia y Eslovenia hasta mayo de 1945.

La guerra dejó un saldo espeluznante. Entre la invasión de Yugoslavia en abril de 1941, y su completa liberación en mayo de 1945, además de los enfrentamientos estrictamente militares, el país quedó marcado por una serie de matanzas de una considerable magnitud que dejaron una huella de odio muy duradera. En primer lugar, destacamos las masacres de serbios cometidas por los ustaše, en el momento inmediatamente posterior a su toma del poder, en mayo de 1941. En su zona de ocupación, el ejército italiano se opuso frecuentemente a esas atrocidades. Las víctimas de los campos de la muerte, como el mencionado de Jasenovac, afectaron a los judíos yugoslavos, serbios y gitanos, de forma que, ya en el periodo final de la guerra, muchos croatas acabaron oponiéndose a los ustaše. A su vez, los chetniks serbios asesinaron también a musulmanes y especialmente a croatas, principalmente en Bosnia-Herzegovina y en el Sanjacato. Los partisanos ejecutaron igualmente a muchos de sus adversarios políticos. Tras la liberación, los británicos entregan a Tito los restos del ejército y de los funcionarios de Pavelić (que logró huir con algunos seguidores a Argentina y acabaría falleciendo en Madrid, donde se encuentra enterrado, en 1959) que se les habían rendido, junto con sus familias, en el pueblo fronterizo austríaco de Bleiburg. En total, algunas decenas de miles de personas, casi todas exterminadas en las posteriores marchas de la muerte, por las que se recorrieron centenares de kilómetros hasta su agotamiento. Y lo mismo sucedió con unos 10.000 eslovenos de la guardia blanca, soldados bajo mando alemán que combatieron a los partisanos y que en mayo de 1945 fueron devueltos desde Austria por los británicos para ser ejecutados.

El balance de todas estas masacres es difícil de establecer, y ha dado lugar a diversas polémicas entre historiadores. Las cifras aceptadas en el siglo xxi por los estudiosos, ya avanzadas, hablan de alrededor de un millón de muertos en todo el país, de ellos cerca de 500.000 serbios, 200.000 croatas, 100.000 musulmanes bosnios, 60.000 judíos, entre 20.000 y 50.000 montenegrinos, 35.000 eslovenos, casi 30.000 gitanos,15.000 albaneses, 6.000 macedonios y casi 3.000 húngaros. Buena parte de estas víctimas murieron en territorio del Estado Independiente de Croacia. En ese territorio se habla de 30.000 víctimas judías, entre 16.000 y 27.000 gitanos y 350.000 serbios (aunque no todos estos asesinados por los ustaše). Las víctimas judías y gitanas a manos de alemanes y húngaros habrían sido también numerosas en Serbia.

La república socialista yugoslava

El 9 de mayo de 1945, siete días después de que el Ejército soviético tomase Berlín, los partisanos entraron en Zagreb sin encontrar resistencia. Para entonces ya se había producido la rendición de la Alemania nazi, aunque a pesar de esto los combates todavía se alargarían en la zona de Eslovenia hasta el 15 de mayo.

La victoria militar sobre los nazis supuso un enorme éxito para Tito y los comunistas, que vieron reforzada su popularidad entre la población yugoslava. Por el contrario, después de cuatro años de guerra la posición de la monarquía había quedado en una situación muy precaria, como también ocurría con los políticos del periodo anterior a la guerra. El 11 de noviembre tuvieron lugar las primeras elecciones yugoslavas de la posguerra, tal y como se hubiera acordado meses antes. Tito y los comunistas concurrieron a los comicios bajo la coalición del Frente Unitario Nacional de Liberación, mientras que los monárquicos se negaron a participar en las elecciones y las boicotearon. La coalición liderada por los comunistas logró obtener un triunfo aplastante con un 90% de los votos. El resultado electoral confirmó a los comunistas en el poder. Unas semanas después, el 29 de noviembre de 1945, el nuevo Parlamento electo aceptaba la nominación de Tito al cargo de primer ministro y a su vez proclamó la República Federativa Popular de Yugoslavia, de acuerdo con la Constitución que entró en vigor al año siguiente. Pedro II, aislado y sin apoyos, nunca pudo regresar a su antiguo reino.

El nuevo Estado yugoslavo se fundó sobre los cimientos de la resistencia partisana contra la ocupación alemana, algo que estuvo presente durante las siguientes décadas. De hecho, salvo algunas ayudas limitadas de los británicos y la cooperación soviética durante la liberación de Belgrado, Yugoslavia fue uno de los dos países europeos que se liberó de la ocupación nazi por sus propios esfuerzos.

A partir de 1948, Yugoslavia, a diferencia de otros países comunistas de Europa, eligió un camino independiente de la Unión Soviética y no fue miembro del Pacto de Varsovia. En cambio, fue uno de los países fundadores del Movimiento de Países No Alineados en la década de los 50. El Estado estaba organizado según la Constitución de 1946, la cual fue enmendada en 1963 (cuando cambió su nombre inicial por el de República Federativa Socialista de Yugoslavia, RFSY) y 1974. El Partido Comunista de Yugoslavia, ganador de las elecciones realizadas tras la Segunda Guerra Mundial, permaneció en el poder a lo largo de la existencia del Estado. Conocido a partir de 1952 como Liga de los Comunistas de Yugoslavia, estaba compuesta por los partidos comunistas de cada república constituyente. Josip Broz Tito fue el principal líder de la RFSY y su presidente desde su creación hasta su muerte en 1980.

El nuevo Estado adoptó una estructura federativa, estableciéndose seis repúblicas que más o menos mantuvieron sus fronteras históricas: Serbia, Croacia (que recuperó la Istria y la Dalmacia italianas), Eslovenia, Montenegro, Bosnia y Herzegovina y Macedonia. Una estructura que recordaba a la, en un primer momento, aliada Unión Soviética, basada en un dominio pleno del partido comunista en cada una de las repúblicas. La idea era crear una sociedad completamente nueva, basada en el internacionalismo proletario, sin apenas tener en cuenta las diferencias étnicas, y buscando reparar las injusticias cometidas por el régimen monárquico anterior. Para muchos serbios, esta estructura fue percibida como una agresión, al desvincularse de su república el antiguo territorio conquistado de Macedonia, y al mantenerse una elevada proporción de población serbia en otras repúblicas (como Croacia o Bosnia y Herzegovina). Pero el control dictatorial ejercido por el Partido Comunista de Yugoslavia y por la policía secreta evitó cualquier tipo de protesta. La sensación de que el nuevo Estado pretendía ofender a los serbios todavía se intuyó más cuando, en 1974, las provincias de Kosovo y Vojvodina obtuvieron la plena autonomía dentro de la república de Serbia.


Tito en 1977.

Los orígenes de la confrontación
Primeros problemas nacionalistas

Desde la década de los años 70, el régimen comunista yugoslavo se vio severamente desafiado por numerosas disensiones internas que iban desde la facción nacionalista y descentralizadora liderada por los croatas y eslovenos, partidaria de una federación descentralizada que concediera mayor autonomía a Croacia y Eslovenia, hasta la facción centralista liderada por los serbios, defensora de una federación centralizada que asegurara los intereses de los serbios en la federación, ya que en el conjunto del país constituían el principal grupo étnico. Desde el punto de vista económico, estas diferencias venían a reflejar además dos mundos distintos en un mismo país: mientras Eslovenia y Croacia estaban más desarrolladas, en Serbia, Bosnia, y sobre todo en Macedonia y Kosovo, la economía era algo más tradicional y agropecuaria.

Pasemos a analizar el desarrollo de estas cuestiones. Hacia 1968, tras una purga en clave liberalizadora de los servicios secretos ordenada por Tito, los albaneses de Kosovo pidieron el estatuto de república y una universidad autónoma. Tito les concedió la condición de provincia autónoma socialista, dotándoles de unos primeros elementos identitarios: bandera propia, una suerte de estatuto, tribunal supremo, academia de ciencias, escuelas, universidad y una televisión propias (TV Priština, la capital de la provincia, llamada Prishtinë en albanés), con programas en serbocroata y albanés. La región pasó a llamarse Provincia Socialista Autónoma de Kosovo. En los años anteriores desde 1945 había sido conocida primero como Región Autónoma de Kosovo y Metohija, y como Provincia Autónoma de Kosovo y Metohija, aunque tal autonomía únicamente se había manifestado en la denominación, y de hecho, los musulmanes kosovares padecieron a menudo diversas medidas represivas. La provincia de Vojvodina vivió asimismo una evolución similar.

En Bosnia, donde en un principio la religión musulmana había sido perseguida, con más de 700 mezquitas destruidas a partir de 1945 y decenas de intelectuales asesinados, en el censo de 1971 pasó a reconocerse la identidad nacional bosniaca (es decir, la de los bosnios musulmanes), cuando antes solo se les inscribía como yugoslavos. Además, su crecimiento demográfico era muy superior al de los serbios o croatas locales, lo que hacía temer a estos un inminente predominio de la nueva nacionalidad reconocida.

En marzo de 1969, durante el IX congreso de la Liga de los Comunistas de Yugoslavia, los representantes croatas comenzaron a presionar para obtener una mayor cuota de autonomía. En el verano de 1971, estalló en Croacia un movimiento de masas abreviadamente conocido como Maspok (del serbocroata masovni pokret, lo que significa precisamente «movimiento de masas»). Fue la llamada Primavera Croata. En un principio, las protestas se relacionaban con reclamaciones de tipo lingüístico (la aplicación de la gramática serbocroata como forma unificadora del idioma yugoslavo, sin tener en cuenta las peculiaridades del dialecto croata), pero pronto fueron agregadas nuevas reivindicaciones de tipo cultural, político y económico. Donde debían levantarse monumentos a las víctimas del fascismo, se erigían ahora estatuas del gran rey medieval croata Petar Krešimir IV. La protesta idiomática croata dio paso a un movimiento en el cual los estudiantes y académicos de Croacia procedían a revalorar la cultura propia de su república natal, diferenciándola de las otras repúblicas de Yugoslavia. De igual forma, las reclamaciones políticas invocaban una mayor descentralización del gobierno de Belgrado, y la transferencia de más competencias en autogobierno para Croacia.

El producto principal del «boom» periodístico del Maspok fue la publicación del Hrvatski Tjednik (El Semanario Croata), puesto en marcha por la Matika Hrvatska (antigua institución cultural fundada en 1842) en abril de 1971 y editado por Vlado Gotovac, que se complementaba con una publicación de carácter económico llamada Hrvatski Gospodarski Glasnik. Hrvatski Tjednik se convirtió en un auténtico fenómeno social que no dejó títere con cabeza. Desde sus páginas se denunciaba la explotación económica de Croacia dentro de la federación o la situación de los croatas de Bosnia y Herzegovina y en menor medida de Vojvodina. Aspectos, a priori, tan simples como los sellos estatales o los indicadores de carreteras y estaciones también fueron cuestionados. Pero, sin duda, su tema preferido fue la cuestión demográfica, argumentando que entre la elevada cantidad de emigrantes croatas (la mitad de todos los yugoslavos, según el periódico) y la llegada de serbios a la república, atraídos por mejores condiciones económicas, se estaba alterando el equilibrio natural de la región, lo que podía llegar a ser peligroso para la existencia de Croacia como nación. Argumentos muy similares empleará posteriormente el nacionalismo serbio en relación a Kosovo y la superioridad demográfica de los albaneses.

Otra clase de protestas tenían un fundamento económico, pues académicos croatas cuestionaban que su república, la segunda más rica de Yugoslavia después de Eslovenia, generase riquezas que se destinaban en pequeña proporción a Croacia y en su mayor parte a financiar el desarrollo de otras regiones más atrasadas como Kosovo. A ello se añadía la queja de que la industria turística de Croacia generaba casi el 50% de las divisas que percibía la economía de Yugoslavia por ingreso de turistas, aunque dicha región solamente recibiera el 7% del valor de esas divisas.

El clímax de este movimiento llegó cuando en el año 1971 se publicó un libro titulado Ortografía croata (Hrvatski pravopis), elaborado por los académicos Stjepan Babić, Božidar Finka y Milan Moguš. En él no se utilizaba el término srpskohrvatski o «serbocroata» para el idioma estudiado, de forma que acabó prohibido por el gobierno yugoslavo e incautadas todas sus copias, salvo una que llegó al extranjero y fue difundida y reproducida desde Gran Bretaña. Ante esta situación, hubo manifestaciones callejeras bastante concurridas en Zagreb (unos 30.000 estudiantes llegaron incluso a ponerse en huelga) y otras ciudades croatas, reclamando no solamente la autonomía lingüística, sino también reformas políticas y económicas favorables a Croacia. Algunos miembros de la Liga de los Comunistas de Croacia se sumaron a las quejas.


Ejemplar de la Ortografía croata de 1971.

Ante ello, el gobierno de Belgrado reaccionó con la represión política y policial: hubo numerosos arrestos y condenas a prisión contra líderes estudiantiles y profesores participantes en la Primavera Croata, así como una purga a gran escala lanzada en diciembre de 1971 contra los comunistas croatas que habían apoyado el movimiento. Entre estos figuraba Franjo Tuđman, antiguo general de origen partisano expulsado del partido ya en 1968 por firmar una declaración sobre los derechos de la lengua croata. Pasó dos temporadas en prisión en 1971 y 1981, y en 1991, Tuđman se convertiría en el primer presidente de la Croacia independiente. 741 altos cargos fueron procesados y condenados, así como otras 11.800 personas de diversa condición social, aunque en su mayoría intelectuales. El Maspok quedó desmantelado. Una purga que se extendió a Eslovenia, Macedonia e incluso en la propia Serbia, gracias a la colaboración del ejército.

Se trataba de las primeras protestas de carácter nacionalista surgidas en el país, en un momento en que Tito estaba todavía vivo. El viejo mariscal, comprendiendo lo que estaba ocurriendo, decidió conceder algo de cal con la promulgación en 1974 de una nueva constitución que concedía una notable autonomía a las repúblicas y regiones de Yugoslavia. Fue una decisión temeraria, que para muchos significó el inicio de la desintegración del país.

La Constitución de 1974, cuyo arquitecto fue el ideólogo esloveno Edvard Kardelj, desarrolló un federalismo que definía a la República Socialista Federativa de Yugoslavia como una unión voluntaria de repúblicas socialistas y de naciones, entendiéndose que los grupos nacionales eran los eslovenos, croatas, serbios, montenegrinos, macedonios y musulmanes, a los cuales se les garantizaba sus «derechos nacionales» y la plena participación en el proceso de toma de decisiones a nivel federal, dejando atrás la ciudadanía y primando la «nacionalidad». A partir de entonces habría, pues, grupos nacionales, y dentro de cada grupo, ciudadanos, aunque la igualdad entre los ciudadanos de los distintos grupos pasó a ser inexistente menos en el gentilicio simbólico de «yugoslavos», y cada grupo nacional debería ocuparse de «sus» ciudadanos. Cualquier grupo nacional podría vetar también al Consejo de Repúblicas y Provincias y rechazar cualquier medida, especialmente las económicas, controlando por completo en su correspondiente república la educación, el sistema judicial y la policía. Kosovo y Vojvodina, consideradas provincias plenamente autónomas de Serbia, a efectos prácticos recibían poder de veto sobre las decisiones del Parlamento serbio. De igual manera se aplicó el sistema de paridad para la composición de todos los órganos políticos de la federación. Por último, y en consonancia con el carácter socialista de la república, la soberanía no recaía en el ciudadano, sino en la clase trabajadora, aunque con una salvedad: siempre de acuerdo con el territorio a la que pertenecía. La Liga de los Comunistas, en último extremo, era el organismo garante del delicado equilibrio que se creaba.

El proceso que vivieron los yugoslavos a partir de entonces se caracterizó por un incremento del enfrentamiento y la rivalidad entre territorios, desembocando al cabo de 17 años en una cruenta guerra civil. Desde la aprobación de aquella Constitución, las tendencias particularistas y los conflictos entre las diversas repúblicas crecieron incesantemente, estimulando un latente nacionalismo serbio, cuyos promotores se consideraban agraviados con el nuevo texto legal, que gracias al derecho al veto de las provincias autónomas vio paralizada la vida política de la república. Al final, su presidencia encargó a un grupo de expertos la elaboración de un Libro Azul que recogiera los perjuicios sufridos. Presentado a Tito en 1977, este acabó rechazándolo.

La primera consecuencia de estos cambios fue un caos económico abrumador debido al aumento del estatismo centrípeto en cada una de las repúblicas. De esta forma, al cabo de una década la economía yugoslava había alcanzado un punto de alineación regional tal que los movimientos de capital entre las repúblicas casi se habían extinguido. Cada república había constituido su propio banco central, adicional al Banco Central Federal Yugoslavo; el comercio interregional descendía vertiginosamente, y cada república desarrollaba su propia política tecnológica, impositiva o de precios sin ninguna coordinación con las de las otras repúblicas, y sin ninguna consideración con las de la misma república federal. En resumen, los resultados obtenidos de la bienintencionada Constitución de 1974 fueron nefastos. El texto hipotecaría el proceso de toma de decisiones económicas a nivel federal, al prevalecer el requisito de la unanimidad entre repúblicas en relación con un área de interés tan destacable.

En el terreno político ocurrió más de lo mismo, pues las repúblicas fueron adquiriendo poderes normativos y legislativos comparables a los de la república federal, provocando un vacío de funciones y autoridad en esta última. A su vez, el Partido Comunista Yugoslavo (por aquel entonces partido único, sabido es) no fue ajeno al proceso de desagregación. Los activistas dejaban de serlo del PCY para ser los valedores de la Liga Comunista de sus repúblicas respectivas, así que paulatinamente los congresos regionales fueron sustituyendo el papel dirigente del comité central. De hecho, los miembros del comité central eran elegidos por los respectivos congresos regionales y no por el congreso federal de partido. Esta nueva situación provocó que las decisiones del PCY no fueran más que una síntesis de las decisiones que previamente habían adoptado los congresos regionales.

La muerte de Tito y el caos subsiguiente

El 7 de mayo de 1980 Tito fallecía en Liubliana y la presidencia del país pasó a ser colectiva (seis representantes de las repúblicas más dos de las provincias autónomas de Serbia, aunque estos dos últimos solo estuvieron hasta 1988). Cada año, de forma rotativa, uno de esos representantes pasaba a ser el Presidente de la Presidencia. En 1981, Yugoslavia sobrepasaba los 21 millones de habitantes, con 8 millones de serbios, 4,5 millones de croatas, 2 millones de musulmanes en Bosnia, Montenegro y Serbia, y 1.730.000 albaneses musulmanes en Kosovo y Macedonia. Los que se declararon simplemente yugoslavos sumaban 1.219.000.

Menos de un año después de fallecer Tito, volvieron a surgir las protestas en Kosovo, acaso la región más pobre de Yugoslavia y de toda Europa, si exceptuamos la propia Albania. De hecho, en 1980 un obrero kosovar ingresaba de media 180 $ al mes, frente a los 235 de la media federal o los 280 de los obreros eslovenos.

Protestas que se iniciaron de forma espontánea el 11 de marzo por parte de los estudiantes universitarios de la capital, Priština, muy resentidos por el paro y la falta de futuro en un territorio que decían abandonado por el gobierno de Belgrado. Sin embargo, los primeros motivos de queja eran más simples: la mala calidad de la comida en la cafetería universitaria y las largas colas que debían hacer los jóvenes para obtenerla. La primera protesta de 4.000 manifestantes sería disuelta por la policía, que practicó unas 100 detenciones.

Pero las quejas estudiantiles se reanudaron dos semanas más tarde, el 26 de marzo, cuando varios miles de manifestantes corearon consignas cada vez más nacionalistas, y la policía utilizó la fuerza para dispersarlos, hiriendo a 32 personas. Una reacción desmesurada que, lejos de calmar los ánimos, los encrespó.

El 1 de abril, las manifestaciones se extendieron por todo Kosovo, y 17 policías resultaron heridos en enfrentamientos con los estudiantes. El dirigente comunista albanokosovar, Mahmut Bakalli, solicitó la intervención del ejército federal, que hizo acto de presencia sacando los tanques a la calle. En pocos días, las protestas por las condiciones de los estudiantes se convirtieron en un claro descontento nacionalista, siendo la demanda principal que Kosovo se convirtiera en una república dentro de Yugoslavia, en contraposición a su estado vigente en ese momento como una provincia de Serbia.

Las autoridades culparon a los radicales nacionalistas de las protestas. El diario serbio Politika afirmó que el objetivo de las protestas era, en última instancia, la independencia de Kosovo y su posterior unión a Albania, lo que resultaba inaceptable tanto para la minoría serbia del lugar como para los serbios de la propia Serbia, que veían en Kosovo uno de sus centros históricos, religiosos y culturales más estimados. Tampoco la república macedonia, con una destacable minoría albanesa, se mostraba muy conforme con las protestas.

El 2 de abril, el presidente de Yugoslavia, el serbobosnio Cvijetin Mijatović, declaró el estado de emergencia en Kosovo, situación que se alargó durante una semana. 30.000 soldados se desplegaron por toda la provincia, acabando así con las protestas. La prensa yugoslava informó sobre 11 muertos y 4.200 encarcelados. El propio Bakalli, ahora en desacuerdo con la brutal actuación militar, acabó renunciando de sus cargos. Otras fuentes afirman que fue obligado a dimitir por las autoridades serbias. Posteriormente, en la universidad se prohibió el uso de libros de texto importados de Albania, usándose solo los escritos en serbocroata. En esencia, la revuelta fue considerada oficialmente como un acto contrarrevolucionario, fomentado en parte por agentes extranjeros (léase, procedentes de Albania).

Las manifestaciones también motivaron una tendencia cada vez más extendida entre los políticos serbios a exigir la centralización, la unidad de las tierras serbias, la disminución en el pluralismo cultural para los albaneses y el aumento de la protección y promoción de la cultura serbias, exigiendo el fin de la autonomía de la provincia. La universidad albanokosovar sería denunciada como un foco de nacionalismo albanés. También se dijo entonces que los serbios de la provincia estaban siendo obligados a abandonarla, principalmente por el crecimiento de la población albanesa, más que por la mala situación de su economía. La crisis que llevaría a la disolución de Yugoslavia estaba, pues, ya servida.

Mientras, durante la década de los 80 la Constitución de 1974 estaba dando sus frutos más negativos, con cada república encerrándose política y económicamente en sí misma. En cada una de ellas se aplicaban recetas propias (la legislación permitía el control del 70% de los fondos de inversión) sin apenas coordinarse con las demás y con criterios más bien exclusivistas. Lo que suponía, por ejemplo, la aplicación de barreras a la importación o exportación con respecto a las otras repúblicas por razones proteccionistas. En consecuencia, la economía de todo el país se resintió notablemente. En 1983, se divulgaron los primeros datos de esa caída, en los que se indicaba que el nivel de vida había descendido un 40% respecto a 1979, el paro alcanzaba el 15% y la inflación el 62%, con una deuda exterior tan acentuada que se hubo de recurrir al control financiero del Fondo Monetario Internacional.

Con el tiempo, los bancos regionales comenzaron a favorecer a los acreedores locales, a la vez que imponían severos vetos al movimiento de inversiones entre repúblicas. En 1981, este no pasaba ya del 4%, lo que implicaba una suerte de autarquía en cada territorio.

Al poco tiempo, esa economía «nacionalista» daría paso a una ideología cada vez más nacionalista, habida cuenta de la crisis que el comunismo integrador estaba viviendo en diversos países de la Europa del este, incluida la propia Yugoslavia. Estamos hablando la de la era de Gorbachov y de su perestroika o de las protestas en Polonia (promovidas por el sindicato de raíz católica Solidarność). A finales de septiembre de 1986, el diario serbio Večernje novosti (Noticias de la tarde) publicó en varias ediciones algunas páginas de un documento hasta el momento mantenido en secreto, el conocido como Memorándum elaborado por la Academia Serbia de las Ciencias y las Artes (abreviado, según las siglas en serbocroata, como SANU). Un documento en el que una institución tan respetada estaba trabajando desde el año anterior, todavía inacabado pero convenientemente filtrado a la prensa para que su divulgación provocara el escándalo que produjo. Al parecer, su elaboración había sido obra de una comisión integrada por dieciséis intelectuales serbios bastante teñidos de nacionalismo.

El memorándum mencionaba la creciente autarquía de las repúblicas, pero hacía referencia sobre todo a la discriminación que había vivido el pueblo serbio durante la Yugoslavia de Tito. Sin embargo, y siempre de acuerdo con el documento, los partidos comunistas croata y esloveno, y en conjunto sus respectivas repúblicas, habían sido beneficiados por la política del fallecido dictador. Todo ello con la perversa intención de mantener subordinados a los serbios, convertidos en verdaderas víctimas de dicha política. Una afrenta especialmente gravosa por cuanto, como insistía el memorándum, el número de serbios que vivía fuera de la república madre era muy elevado, según el censo de 1981, casi 2 millones de personas que representaban el 24% de todos los serbios. Serbios que, en repúblicas como Croacia, donde representaban el 11,5% de la población, estaban viviendo un sutil proceso de asimilación. O serbios que, como ocurría en Kosovo, vivían claramente un proceso de genocidio físico, político, legal y cultural, tal como rezan sus palabras: «El genocidio físico, político y cultural contra el pueblo serbio en Kosovo constituye la mayor derrota de Serbia en las guerras que ha mantenido por su iberación (...). La responsabilidad de esta derrota es del Partido Comunista Yugoslavo, y de la fidelidad de los políticos serbios a esta política, a las ilusiones políticas e ideológicas, al oportunismo de los políticos serbios, siempre a la defensiva y siempre pensando qué es lo que piensan otros de ellos, condicionando así el futuro del pueblo al que gobiernan». Y como solución, la Academia proponía un cambio en la Constitución de 1974 que reformulara Yugoslavia y las autonomías de las repúblicas desde un punto de vista serbio.

Los dirigentes de la Liga de los Comunistas Serbios, con el presidente de la república de Serbia a la cabeza, Ivan Stambolić, pusieron el grito en el cielo al conocer el memorándum y criticaron su contenido por excesivamente nacionalista. Sin embargo, en Eslovenia y Croacia tomaron buena nota del texto. Además, el ejército yugoslavo, en el curso de los años 1987-88, llevó a cabo una política secreta de entrega de armas a la población serbia de Bosnia y Croacia. Actividades que serían reconocidas posteriormente por altos mandos de dicho ejército, según publicó 28 de junio de 1997 el semanario Vreme (Tiempo), una de las pocas revistas serbias que no cayó en las garras del nacionalista serbio Milošević. Un personaje del que tendremos ocasión de hablar a menudo en este relato.

Para muchos serbios, incluidos los redactores del memorándum, el mayor problema estaba en Kosovo, república autónoma que, según el censo de 1981, tenía una población de 1.227.000 albaneses frente a solo 209.000 serbios. Además, el índice de natalidad era más alto en los primeros (más del 30‰ frente al 11‰ de los serbios). Musulmanes frente a ortodoxos, albaneses frente a eslavos, mezquitas frente a los monasterios medievales del antiguo reino serbio, una historia de opresores (primero los albaneses musulmanes; luego, al crearse el reino de 1918, los serbios, y de nuevo los albaneses con la república socialista) y oprimidos. Y una provincia pobre, con una elevada tasa de paro y cada vez más olvidada por el resto de las repúblicas y por la propia Serbia, que apenas invertían y cotizaban en el denominado Fondo Federal para el Desarrollo Acelerado de las Repúblicas y Provincias autónomas subdesarrolladas, el viejo mecanismo yugoslavo de solidaridad interregional creado en 1965.

Para Eslovenia y Croacia, la nefasta gestión aplicada por Serbia en su provincia autónoma de Kosovo constituía un síntoma de lo que les podía ocurrir a ambas. Solo faltaba que, para colmo, el emergente nacionalismo serbio pusiera en tela de juicio la propia autonomía de la provincia argumentando la opresión que la minoría serbia sufría en ella. La prensa, con datos inventados o exagerados, divulgaba noticias sobre miles de serbios y montenegrinos malvendiendo sus propiedades y abandonando Kosovo, a fin de escapar de un ambiente cada vez más irrespirable para ellos. El 1 de mayo de 1985, un agricultor serbio llamado Đorđe Martinović, de 56 años, se presentó en el hospital de la localidad kosovar de Gjilane con una botella de cerveza incrustada en el recto, afirmando que había sido maltratado por dos albanokosovares. Ya lo había dicho el memorándum: en Kosovo se estaba llevando a cabo un genocidio contra los serbios, con violaciones, asesinatos y chantajes. También lo había publicado el obispo serbio Atanasije Jevtić en su libro Od Kosova do Jadovna (traducido, De Kosovo a Jadovna, publicado en Belgrado en 1984): las mujeres serbias de Kosovo estaban siendo sistemáticamente violadas por los albaneses. Pero nada de eso era cierto. Los expertos serbios en derechos humanos llegaron a la conclusión de que, en 1990, había muchas más violaciones de mujeres en el resto de Yugoslavia que en Kosovo. La prensa serbia divulgó profusamente el caso Martinović, y aunque las investigaciones posteriores determinaron que el asunto se había debido, casi con toda probabilidad (aunque Martinović siempre lo negara), a un intento de automasturbación y no se persiguió por ello a nadie, los albaneses de la provincia se convirtieron en los herederos de los turcos empaladores. Noticias como esta, o la divulgada en septiembre de 1987, según la cual un recluta albanokosovar llamado Aziz Keljmendi había asesinado, la madrugada del día 3, a cuatro compañeros y herido a cinco en su cuartel de Paraćin (Serbia central), no ayudaban a calmar los ánimos. Poco importaba que solo uno de los muertos fuera serbio, y que todo se debiera a un brote de locura sin trasfondo político.

Keljmendi acabó suicidándose (al menos esa fue la versión oficial) tras ser rodeado por la policía militar, lo que impidió conocer las verdaderas causas del suceso. Sin embargo, el sentimiento antialbanés, ya propiciado por noticias anteriores sobre crímenes contra los serbios perpetrados en Kosovo, se hizo fuerte en Serbia. La prensa de esta república, y en especial el rotativo Politika, llegó a afirmar que Keljmendi había mostrado públicamente simpatías hacia los separatistas albanokosovares. Los rumores se dispararon, divulgándose la especie de que los albaneses dueños de tiendas de comestibles vendían alimentos envenenados a los serbios, lo que provocó el apedreamiento de algunos de estos locales en las ciudades serbias de Paraćin, Belgrado, Valjevo y Subotica.

En Bosnia y Herzegovina, la situación también fomentaba las tensiones interétnicas. Tras la muerte de Tito, los serbios de la república vieron aumentadas sus posibilidades en todos los ámbitos, en detrimento de bosniacos musulmanes y croatas. Para lanzar una señal de aviso a los disidentes, las autoridades de Sarajevo decidieron castigar al intelectual y abogado musulmán Alija Izetbegović, quien de joven ya había apoyado la presencia de voluntarios bosnios en las SS alemanas, motivo por el que tras la Segunda Guerra Mundial fue condenado a tres años de cárcel. En 1970 publicó un manifiesto titulado Declaración islámica (Islamska deklaracija), donde defendía un tipo de Estado basado en los principios islámicos, que Izetbegović consideraba moralmente superiores a los occidentales. En 1983, él mismo y doce seguidores fueron juzgados en un tribunal de Sarajevo por llevar a cabo diversas actividades hostiles (propaganda, asociación ilegal). Todos recibieron diversas condenas, siendo la mayor la de Izetbegović, sentenciado a catorce años de prisión. Diversos organismos internacionales protestaron, y casi cinco años después este fue indultado, aunque su paso por la cárcel provocó un grave quebranto en su salud.

Las ideas de Izetbegović y sus partidarios aumentaron las inquietudes de los serbobosnios, temerosos de que su república acabara convirtiéndose, debido a la explosión demográfica de los musulmanes, en un país fundamentalista islámico como el nuevo Irán de los ayatolás. De este temor se hizo eco un profesor de Derecho de la Universidad de Sarajevo llamado Vojislav Šešelj. En diversos escritos, algunos no publicados, defendió la división de Bosnia y Herzegovina entre Serbia y Croacia, atacando a los musulmanes y declarándolos «nación inventada». Las autoridades yugoslavas lo detuvieron por sus actividades nacionalistas y fue condenado a ocho años de prisión, aunque el Tribunal Supremo de Belgrado conmutó la condena y fue puesto en libertad en 1986. Cuatro años después, junto a Vuk Drašković y Mirko Jović, fundaba el partido ultranacionalista Movimiento de Renovación Serbio (SPO, en sus siglas serbocroatas, que corresponden a Srpski pokret obnove).

Por aquel entonces, llevaba ya un tiempo dominando el escenario político serbio la figura de Slobodan Milošević.

Slobodan Milošević, o el nacionalismo oportunista serbio

Slobodan Milošević era un destacado funcionario comunista serbio que había hecho carrera en el mundo de la empresa pública yugoslava. Nacido en Požarevac en 1941, en 1953 se afilió a la Liga de los Comunistas de Yugoslavia. Estudió Derecho en la Universidad de Belgrado, donde se licenció en 1964. En ese momento inicia su actividad profesional en la Administración de la República Socialista de Serbia, y más concretamente en el Ayuntamiento de Belgrado, primero como asesor del alcalde y luego como jefe del servicio de información municipal. En 1968 se pasó al mundo empresarial, en el que ocupó puestos de responsabilidad en la empresa autogestionaria, característica del régimen socialista económico yugoslavo. Comenzó a trabajar en la compañía energética estatal Technogas, de la que en 1973 fue nombrado director general. Y en 1978, accedió a la dirección del mayor banco de Yugoslavia, el Banco Unido de Belgrado (Beogradska Banka).

Tras la muerte de Tito en 1980, Milošević comenzó a abrirse paso en el mundo de la política. Aunque aparecía como un hombre de carácter introvertido, orador más bien mediocre y sin carisma, en 1983 fue elegido miembro del Presidium del Comité Central de la Liga de los Comunistas de Serbia (LCS) y, al año siguiente, presidente del comité municipal en Belgrado. El 15 de mayo de 1986 sustituye a Ivan Stambolić, alzado ahora a la presidencia serbia, en la presidencia del Comité Central de la LCS.

El 20 de abril de 1987, Milošević se encontraba en Kosovo enviado por su mentor Stambolić. Debía entrevistarse con los dirigentes comunistas locales para valorar en primera línea lo que allí estaba sucediendo. 2.000 manifestantes serbios le salieron al paso, protestando por la opresión que decían sufrir. Milošević les atendió, prometiéndoles que les escucharía en breves días. Cuatro días después, el dirigente serbio llegaba a Kosovo Polje, localidad del distrito de Priština ubicada en el lugar donde se decía había sido derrotado el rey Lazar por los turcos en 1389. Aquí, las cosas resultaron harto más complicadas.

Mientras Milošević hablaba con varios líderes locales en la casa de cultura del lugar, fuera una multitud de serbios (cifrada en 15.000 personas según New York Times, aunque otros hablan de 20.000) se enfrentaba con piedras a la policía albanokosovar de la provincia, y al parecer estaba ganando la batalla. Milošević salió a parlamentar con ellos y sus palabras, dirigidas a un pequeño grupo de manifestantes, quedaron recogidas por la televisión de Belgrado. Fue un discurso cien por cien nacionalista, con palabras que incluían la necesidad de defender a los serbios, la petición de que no abandonaran sus hogares y la sugerencia de que no toleraran la opresión de los albaneses. El discurso concluía con el grito de «¡Yugoslavia y Serbia nunca abandonarán Kosovo!». Unos minutos de gloria que, gracias a la televisión, auparon al dirigente comunista serbio al liderazgo del emergente nacionalismo. En la Europa occidental, más ilusionada con el fin de la guerra fría que patrocinaban Reagan y Gorbachov, todo aquello parecía algo secundario. Pero de nuevo en Eslovenia y Croacia se seguía tomando nota de lo sucedido.

La efervescencia nacionalista serbia estaba creciendo como la espuma, empujada por la crisis económica. Además, ahora estaba incentivada por la prensa serbia, en buena manera controlada por Milošević, quien en 1988 puso sus ojos sobre la provincia autónoma de Vojvodina para eliminar su autogobierno. Un objetivo fácil, pues allí los serbios no eran minoría, sino más de la mitad de la población.

El 5 de octubre de 1988, alrededor de 150.000 personas se reunieron en Novi Sad, la vieja capital austro-húngara de Vojvodina, para protestar contra el gobierno autónomo. Todo había comenzado días antes con protestas previas en la vecina localidad de Bačka Palanka, dirigidas por el funcionario comunista de la minoría húngara llamado Mihalj Kertes, segundón de Milošević. Cercada la sede del gobierno provincial, el jefe del partido, Milovan Šogorov, solicitó por teléfono ayuda a Milošević, y este se la prometió a cambio de que todo su equipo dejara sus cargos. Al día siguiente, el equipo gubernamental de la autonomía dimitía, siendo de inmediato sustituido por hombres fieles a Belgrado y a Milošević, que estaba vendiendo todo aquello como una revolución antiburocrática dispuesta a acabar con funcionarios corruptos e ineficaces. Situaciones parecidas se vivieron en Montenegro, con más manifestaciones a partir de octubre que acabaron con los viejos dirigentes, y en la propia Belgrado, con una gran manifestación de varios cientos de miles de personas (un millón según algunas fuentes) celebrada el 19 de noviembre. Durante el acto, se enarbolaron retratos de Milošević, y este prometió que Serbia sería completamente libre y recobraría Kosovo, situándose en posición de equidad frente a las demás repúblicas yugoslavas. Gracias a sus intrigas, el dirigente serbio se convertiría el 8 de mayo de 1989 en presidente de la República Socialista de Serbia. Dos años antes había logrado deponer de dicho cargo a su antiguo protector Stambolić mediante una serie de acusaciones e intrigas palaciegas.

Algo menos de tres meses antes, y una vez controladas Vojvodina y Montenegro con nuevos dirigentes de su cuerda, Milošević había pasado a la acción en Kosovo, donde todos estos sucesos inquietaban cada vez más a la población albanesa, empobrecida y atacada por la prensa serbia. Cuando el dirigente serbio inició la sustitución de los dirigentes albaneses de la provincia, el 20 de febrero de 1989 los trabajadores del complejo minero kosovar de Trepča se pusieron en huelga. Una semana después recibían el apoyo de los dirigentes eslovenos, lo que provocó una indignación teledirigida por los medios de información serbios, celebrándose el día 28 en Belgrado una enorme manifestación donde se coreó a Milošević, se exigieron armas para atacar Kosovo y se escuchó al presidente de la federación, ahora el inseguro bosnio musulmán Raif Dizdarević. Este se limitó a asegurar que la provincia albanesa era parte de Serbia, pero fue Milošević quien se llevó la gloria, prometiendo el arresto de los dirigentes albanokosovares promotores de la protesta. Y así fue. Tropas con tanques, junto a policía federal llegada de Serbia, acabaron con la revuelta de forma violenta provocando varias decenas de muertos (entre 22 y 140 según las fuentes), y el 3 de marzo, por decisión de la misma presidencia federal, se ordenó la detención del dirigente comunista albanokosovar Azem Vllasi y de sus colaboradores, acusados de organizar huelgas y desórdenes. A finales del mismo mes, los Parlamentos de Vojvodina y Kosovo, ahora en manos de seguidores de Milošević, aprobaban la limitación de sus prerrogativas autonómicas. De hecho, aquello era el fin de ambas autonomías provinciales, anuladas definitivamente al año siguiente tras aprobarse la nueva constitución de la república de Serbia.

Como hemos adelantado ya, en mayo Milošević pasó a ser presidente de la República Socialista de Serbia, y el 28 de junio estrenó su nuevo liderazgo celebrando en la explanada de Gazimestan, junto a Kosovo Polje, el 600 aniversario de la trágica batalla contra los otomanos. Era, como sabemos, el día de Vidovdan o San Vito. Todas las autoridades federales, con el presidente Janez Drnovšek (esloveno) a la cabeza, se congregaron en el lugar, pero fue Milošević quien se llevó la gloria. Ante una enorme multitud de serbios llegados de todo el país, que según divulgó con evidente exageración el diario Politika sumaban dos millones (las estimaciones más fiables rebajan la cifra a la mitad), el presidente serbio habló de las pasadas y presentes batallas que se habían ganado y debían continuar ganándose («Seis siglos más tarde, estamos comprometidos en nuevas batallas, que no son armadas, aunque tal situación no pueda excluirse aún. En cualquier caso, las batallas no pueden ganarse sin la resolución, el denuedo y el sacrificio, sin las cualidades nobles que estaban presentes en los campos de Kosovo en aquellos días del pasado»), aunque sin apelar directamente al enfrentamiento armado, sino a la prosperidad económica y social: Pero las viejas banderas monárquicas serbias, hasta entonces malditas, ondearon a cientos como símbolos del resurgir de la nación, de un pueblo que exigía justicia ante los atropellos padecidos. Los albaneses, que habían sido excluidos de la celebración, decidieron quedarse en sus casas como prueba de su malestar ante aquella provocación.

Milošević aprovechó el control que logró ejercer sobre los medios de comunicación (televisión serbia, buena parte de una prensa previamente purgada de críticos, radio), impulsando una campaña de odio sin precedentes en la Europa de posguerra. El discurso del miedo pretendía calar sobre todo en los serbios de Kosovo, Croacia y Bosnia, recordando momentos históricos relativos a la lucha serbia por su libertad y la defensa de la religión ortodoxa, al dominio otomano o al genocidio de los ustaše. Es decir, convirtiendo la historia en mitología y folclore. Según estos medios, eslovenos, croatas, bosnios y albanokosovares se habían propuesto humillar y expulsar a los serbios de sus territorios. Los bosniacos pasaron a ser denominados turcos, fundamentalistas islámicos o incluso muyahidines; los croatas, fascistas del Vaticano, y los albaneses, terroristas, criminales y saqueadores de templos. Los canales de televisión, las cadenas de radio, los periódicos y revistas constituyeron el eje neurálgico de la formidable campaña de intoxicación que, sincronizadamente, atizó la desconfianza y el odio entre las comunidades y las regiones en las que quedaban rescoldos, o los resucitó si se habían extinguido, fabricando el clima propicio para que se desencadenara la carnicería. También la literatura aportó su granito de arena a este proceso. En 1989 se publicaron dos exitosas novelas donde los serbios se convertían en víctimas de sus enemigos más próximos: Timor Mortis, de Slobodan Selenić (editorial Svjetlost, Sarajevo), donde se relatan matanzas de los ustaše contra los serbios; y Vaznesenje (La ascensión, Dečje Novine editor, Belgrado), un relato a caballo entre la primera y la segunda guerras mundiales en el que se incide en el odio que los musulmanes bosnios sienten por los serbios. Para caldear aún más este ambiente, la situación económica yugoslava no era ni de lejos demasiado boyante. Las huelgas se multiplicaban debido a la disminución del nivel de vida (699 en 1985, 851 en 1986, 1.570 en 1987). La situación tocó fondo en 1989 cuando la hiperinflación alcanzó el 2.700%. Ante tales problemas, el gobierno federal apenas supo hacer nada.

Los temores de Eslovenia

En Eslovenia se venía tomando nota, como hemos anunciado, de todo aquello desde hacía bastante tiempo. Aunque fuera una república étnicamente casi pura, sin minorías serbias ni de otras nacionalidades destacables, los cada vez mayores anhelos de independencia hacían temer una previsible intervención del ejército federal, acaso la única institución con poder que podía representar un peligro.

Porque Eslovenia, una república montañosa tradicionalmente centroeuropea, que recordaba a su vecina Austria, poseía el nivel de vida más elevado de Yugoslavia, y no deseaba perderlo por favorecer a los más empobrecidos serbios o macedonios. Su objetivo ahora era integrarse en la próspera Europa occidental, cada vez más unida y eficiente. Su nacionalismo creciente contrastaba con el serbio, pues aquí todo era cultura (sobre todo en publicaciones filonacionalistas) y discreción, sin exageradas reivindicaciones irredentistas ni nostalgias de batallas perdidas. Buena muestra de ello fue la publicación, en febrero de 1987, del Programa Nacional Esloveno en el n.º 57 de la revista mensual y de índole cultural Nova Revija, clara respuesta al memorándum de la academia serbia. Aunque el problema central que se abordaba era el desarrollo de la sociedad civil eslovena, de las libertades políticas y de los derechos humanos, implícitamente se trataba también del marco estatal en que ese desarrollo sería posible. El tono general de las contribuciones era de abierta insatisfacción por el estatuto de Eslovenia como república federada dentro de Yugoslavia, y los autores de algunos de los artículos propugnaban con bastante claridad la independencia. Este hecho provocó que el director de la revista fuera despedido.

Otra revista eslovena radical era el semanario Mladina (Juventud), que buscó en el ejército federal yugoslavo al mayor enemigo de la futura independencia eslovena. Sus artículos denunciaban el enorme gasto que representaba mantener 180.000 soldados, cuyo monto sumaba casi la mitad del presupuesto federal. La gota que colmó el vaso de los militares yugoslavos fue un escrito aparecido el 13 de mayo de 1988, titulado La noche de los cuchillos largos, donde se publicaban los planes del ejército, expuestos en un documento secreto redactado en enero de aquel año y destinados a tomar el control de Eslovenia en caso de que esta organizara revueltas nacionalistas. Janez Janša, el autor del artículo, otro periodista y un sargento que había filtrado el documento, fueron arrestados el 31 de mayo. En un juicio militar a puerta cerrada, donde se empleó el serbocroata en lugar del idioma esloveno, Janša sería condenado a 18 meses de prisión por divulgación de secretos militares. Su compañero, el director de Mladina Franci Zavrl (detenido dos semanas después que los otros tres) y el suboficial también recibieron parecidas penas. No obstante, encontraría muchos apoyos entre sus conciudadanos, incluidos el presidente de la república de Eslovenia Janez Stanovnik y el presidente de la Liga de los Comunistas Eslovenos Milan Kučan (aunque Janša llegaría a acusar a este de mostrar, en un principio, cierta pasividad ante su arresto). Un momento que mucha prensa local calificaría de primavera eslovena.

El encargado de investigar el suceso, detener e interrogar a los detenidos fue el coronel general de los servicios secretos yugoslavos (conocidos como KOS, siglas de Kontraobavještajna služba o Servicio de contrainteligencia) Aleksandar Vasiljević, ya experto en estos asuntos tras colaborar en represión de los kosovares en 1981. Sus bravatas y amenazas provocaron la creación de un comité para la defensa de los derechos humanos al que se adhirieron cerca de cien mil voluntarios, que ejercieron toda la presión posible para defender a los acusados, incluso mediante manifestaciones públicas. Dicho comité acabaría cristalizando en enero del año siguiente en un partido político, la Unión Democrática Eslovena, meses antes ya de que la Liga de los Comunistas Eslovenos renunciara al monopolio político. Uno de sus fundadores fue el propio Janez Janša, liberado tras pasar seis meses en prisión.

Llegados a 1989, y como respuesta a las enmiendas constitucionales serbias, Eslovenia puso en marcha las suyas en septiembre de dicho año, aprobadas por su Parlamento el día 27. Al rechazar la preeminencia de las leyes federales sobre las propias, se abría un paso claro hacia la secesión. La tensión entre Serbia y Eslovenia aumentó notablemente, y Milošević inició una serie de tácticas intimidatorias. Él y sus partidarios de los gobiernos serbio y federal organizaron en diciembre acciones de protesta que fueron prohibidas por el gobierno esloveno. Los trenes procedentes de Serbia, cargados de potenciales manifestantes, fueron registrados mediante una activa tarea de la policía eslovena, que encontró colaboración en sus homólogos croatas. La respuesta serbia fue el boicot a los productos eslovenos y la interrupción de las relaciones económicas de 130 empresas serbias con la díscola república. Todo ello pasó bastante desapercibido en Europa, cuya atención estaba en asuntos como la caída del muro de Berlín o el fin de las dictaduras comunistas en países como Hungría, Polonia, Checoslovaquia o Rumanía.

Por fin, del 27 de septiembre, el Parlamento esloveno, ya desvinculado de su anterior ideología comunista, concedía vía libre legal a la existencia de otros partidos en su república. Además, en una enmienda a la Constitución de 1974, establecía el derecho de la república a separarse de Yugoslavia. Un intento de Milošević por organizar el 1 de diciembre en Liubliana una «manifestación de la verdad», en la que debían participar numerosos serbios y montenegrinos desplazados allí para desestabilizar al gobierno esloveno, fue neutralizada al prohibir este dicha manifestación y emplear a su policía para evitar que se llevara a cabo.

Las elecciones democráticas de 1990

En el marco de los profundos cambios que estaba viviendo la Europa del Este, donde los particos comunistas iban cayendo uno tras otro en sucesivas elecciones generales, a lo largo de 1990 las distintas repúblicas de Yugoslavia se aprestaron a celebrar sus primeros comicios democráticos y pluripartidistas, después de varias décadas de dictadura comunista. Un proceso iniciado en Eslovenia, donde la Liga de los Comunistas de la república pasó en febrero a llamarse Partido de la Renovación Democrática, y que constituyó una nueva vuelta de tuerca en el que la euforia nacionalista iba a estallar principalmente en esa misma república y su vecina Croacia.

Pero antes tuvo lugar el XIV Congreso extraordinario de la Liga de los Comunistas de Yugoslavia, planteado ya desde el verano de 1988 y que Milošević quería aprovechar para meter en cintura a los díscolos, confeccionar una nueva constitución a su medida y, si los eslovenos no aceptaban, invitarles a abandonar la federación. El congreso se inauguró en Belgrado el 20 de enero, y la delegación eslovena se presentó ciertamente inquieta, pero con propuestas muy claras como fueron: elecciones libres, separación entre Estado y Partido Comunista, aplicación estricta de la Constitución de 1974 para Kosovo, amnistía para los delitos políticos, etc. Al ser todas rechazadas gracias a las manipulaciones previas de Milošević, los eslovenos abandonaron ese mismo día el congreso. Y cuando parecía que el dirigente serbio podría imponer sus criterios al partido, y de esta forma, a una nueva Yugoslavia sin Eslovenia, los croatas hicieron causa común con sus vecinos eslovenos y dejaron también la asamblea. Por la noche, un congreso que debía durar tres días, se disolvió, lo que venía a significar la muerte del Partido Comunista de Yugoslavia y de su monopolio político, y el paso previo a que todas las repúblicas hicieran lo que consideraran conveniente.

En abril de 1990, los eslovenos eligieron presidente al excomunista Milan Kučan, aunque su nuevo Parlamento, salido de las primeras elecciones libres celebradas en el país, estaría dominado por la coalición reformista Demos (Oposición Democrática Eslovena), reformista, anticomunista, liberal y partidaria de la independencia. Aunque Kučan, junto con los croatas, propondría mantener una confederación laxa inspirada en la Comunidad Económica Europea, basada en la economía de mercado, el pluralismo político y el respeto a los derechos humanos, no aceptaba que preservar la unidad yugoslava tuviera que efectuarse por la fuerza. El rechazo por parte del gobierno federal de dicha confederación se materializó el 17 de mayo, cuando unidades del ejército procedieron a desarmar la Defensa Territorial en Eslovenia, Croacia y Bosnia. Pese a todo, el nuevo gobierno esloveno, temiendo la peor de las situaciones, lograría conservar una parte importante del armamento y crear en secreto su propia fuerza armada. En los meses sucesivos, y dada la situación de tensión que se estaba viviendo en Kosovo y Croacia, Eslovenia acabaría aceptando la secesión. De esta forma, el 23 de diciembre de aquel año, el referéndum celebrado ese día daba como resultado un 95% de respaldo a la independencia, con un 93,2% de participación.

En Kosovo continuaban las protestas de los albaneses. Esto dio lugar a una declaración de estado de emergencia en febrero de 1990, y la renuncia del gobierno autónomo, ahora pro-serbio, en mayo. En los dos meses anteriores, se produjo una hecho como mínimo sospechoso: miles de niños albaneses tuvieron que ser atendidos en hospitales por dolores de estómago y de cabeza, así como por náuseas. Procedían de colegios donde se había llevado a cabo la separación entre serbios y albaneses. Muchos observadores hablaron de histeria colectiva ante el rumor de que se trataba de un envenenamiento masivo, pero algunos análisis toxicológicos realizados en sangre y orina descubrieron restos de dos agentes nerviosos, sarín y tabún. El gobierno serbio promulgó además una serie de leyes que prohibían a los albaneses comprar o vender propiedades, suspendió el idioma albanés de los medios de comunicación y despidió a miles de empleados públicos. A finales de junio, los miembros albaneses de la asamblea provincial propusieron una votación para crear una república propia, y el presidente serbio de la asamblea inmediatamente la disolvió para evitar males mayores. En las calles se organizaron entonces referendos secesionistas improvisados, a lo que el gobierno serbio respondió en julio eliminando definitivamente la escasa autonomía que la provincia conservaba. En una espiral de acción-reacción, los diputados albaneses de la disuelta asamblea local proclamaron secretamente el 7 de septiembre, en Kačanik, la «República de Kosovo», elaborando una Constitución según la cual las leyes de Yugoslavia solo serían válidas si se compatibilizaban con dicho texto. Las autoridades serbias mantendrían en la provincia una actitud represiva que únicamente agravaría las cosas, despidiendo incluso al menos a 80.000 albaneses de sus trabajos. Los medios occidentales de entonces elevaron esa cifra a 123.000 trabajadores que se quedaron sin sus puestos, incluidos funcionarios, profesores, doctores y obreros de las industrias controladas por el gobierno. Algunos de los que no fueron despedidos renunciaron por solidaridad y se negaron a trabajar para el gobierno serbio. Aunque los despidos fueron ampliamente considerados como una purga de albaneses étnicos, el gobierno sostuvo que simplemente se estaba deshaciendo de viejos directores comunistas.

Mientras, Croacia vivía también su propio cambio político, acelerado, pluripartidista y cada más extremadamente nacionalista, de acuerdo con el ejemplo esloveno. Además, la violencia, propiciada por los medios de comunicación de las distintas repúblicas yugoslavas, que despreciaban y ridiculizaban a sus vecinos, se iba imponiendo en muchos sectores de la sociedad. Tal y como sucedió el 13 de mayo en la capital croata, donde iba a celebrarse un partido de fútbol entre el Dinamo de Zagreb y el Estrella Roja de Belgrado. Los choques entre estos dos equipos yugoslavos, habitualmente rivales en los puestos altos de la Liga del país, habían sido siempre de alto riesgo, pero esta vez el encuentro degeneró en violentos incidentes cuando los hinchas del Dinamo trataron de saltar las vallas hacia la zona del estadio donde se alojaban los del Estrella Roja. Rápidamente, estos comenzaron a lanzar asientos y trozos de valla sobre los seguidores del Dinamo gritando que Zagreb era una ciudad serbia y amenazando con asesinar al líder nacionalista croata Franjo Tuđman (uno de los depurados de 1968), lo que desencadenó la intervención policial. La policía actuó inmediatamente, cargando contra los seguidores del Dinamo que pretendían saltar al campo, con un resultado de más de 60 heridos, incluyendo algunos por arma blanca, de bala o intoxicados por el gas lacrimógeno.

Pocos días antes, el 6 de mayo, se habían celebrado elecciones en la república croata, resultando vencedora la Unión Democrática Croata (en croata, Hrvatska demokratska zajednica, HDZ), partido derechista, católico y extremadamente nacionalista, fundado el 17 de junio de 1989 en el Hotel Panorama de Zagreb por disidentes nacionalistas croatas encabezados por Franjo Tuđman. Este, durante un mitin celebrado en la localidad de Benkovac, había sufrido un intento de atentado por parte de un exaltado serbio, lo que incrementó sus posibilidades de vencer. Aunque solo obtuvo el 42% de los votos, la peculiar ley electoral aplicada, que incluía dos vueltas, le concedió dos tercios del Sabor o Parlamento croata. La mayoría legislativa nacionalista creó un sistema presidencial con Tuđman a la cabeza que redujo al Parlamento a la impotencia, cambió la Constitución por mayoría simple de un modo que contribuyó a provocar la rebelión de la minoría serbia en el país y procedió a purgar a los funcionarios, al poder judicial y a la policía. Bajo pretexto de preparar la economía para la privatización, el nuevo gobierno nacionalista croata también depuró a los empresarios serbios y comunistas y tomó el control directo de la radio, la televisión y la prensa principal. Y para colmo, Tuđman, que se las daba de historiador, había publicado en 1989 un libro exitoso y explosivo titulado El significado de la realidad histórica (Bespuća povijesne zbiljnosti), donde banalizaba las masacres cometidas por sus compatriotas contra los serbios durante la Segunda Guerra Mundial hablando de no más de 110.000 víctimas, cuando los serbios las elevaban a 750.000, casi el mismo de croatas que Tuđman consideraba asesinados por los partisanos al finalizar la Segunda Guerra Mundial. Además, el texto mostraba negros tintes antisemitas. El párrafo que a continuación reproducimos nos permite comprender de inmediato la polémica que el libro provoco: «El genocidio constituye un fenómeno natural, en armonía con la naturaleza mitológicamente divina de la sociedad. El genocidio no solo está permitido, sino que se recomienda e incluso ha sido ordenado por la palabra del Todopoderoso, siempre que sea útil para la supervivencia o restauración del dominio del país elegido, o para la preservación o difusión de su única y justa fe».

Dos meses antes, en el congreso del partido que lo eligió candidato a presidente, Tuđman había provocado otro escándalo al declarar que el Estado Independiente de Croacia (el Estado títere pro-nazi fundado en 1941) no fue solo un simple Estado colaboracionista y criminal, sino también la expresión de las aspiraciones históricas del pueblo croata. Y en otro mitin de campaña celebrado el 17 de mayo en un barrio de Zagreb no se le ocurrió otra cosa que agradecer a dios de que su mujer no fuera ni serbia ni judía, palabras muy criticadas en la televisión de Belgrado. La masiva aparición de símbolos profascistas en la república, como el escudo ajedrezado en rojo y blanco (la šahovnica), de origen pretendidamente tardomedieval pero empleado por los violentos ustaše, no ayudó en nada a calmar los ánimos.

En definitiva, que los serbios de Croacia comenzaron a temer lo peor, y decidieron prepararse para la confrontación. Sumaban unos 600.000 y representaban en torno al 12% de la población de la república adriática. Además, estaban concentrados en la región llamada Krajina (zona centro-oriental del país, fronteriza con Bosnia) y en la Eslavonia oriental (noreste del país, fronteriza con Serbia), por lo que podían organizar mejor su defensa. Como hemos dicho ya, estaban allí desde el siglo xvii, instalados por los Habsburgo para defender esas tierras de los turcos (de hecho, krajina significa en serbio frontera), y habían sufrido muchos avatares, sobre todo durante la Segunda Guerra Mundial, cuando los croatas fascistas se propusieron exterminarlos. De ahí que escuchar a Tuđman banalizando las matanzas de serbios llevadas a cabo por el régimen ustaša, cuando todavía quedaban supervivientes que podían contar lo realmente sucedido, les hacía temer lo peor. La propaganda nacionalista, dirigida por el presidente serbio Milošević desde Belgrado, tampoco ayudaba a mantener la calma.


Mapa con la proporción de población serbia en la Croacia de 1991.

Con estos antecedentes históricos revoloteando por su cabeza, los serbios de Croacia comenzaron también a organizarse políticamente, confiando en la ayuda bien del ejército federal, bien de sus hermanos de Serbia, dirigidos ahora por un Slobodan Milošević que se las daba de nacionalista y que alentaba sus aspiraciones. El 17 de febrero de 1990 fundaron el Partido Democrático Serbio (Demokratska Stranka Srpska, SDS), organizado por Jovan Rašković, un psiquiatra nacido en 1929 en Knin, la capital de la Krajina serbia y nudo ferroviario a 60 km de la costa dálmata, entonces con unos 10.000 habitantes. El SDS participó en las primeras elecciones democráticas en Croacia en abril y mayo de 1990, logrando un 1,55% de los votos en la primera vuelta, y el 2% en la segunda ronda, consiguiendo varios escaños en el Sabor croata. Después de los comicios, Rašković se entrevistó con Tuđman, quien imprudentemente apenas le hizo caso. De inmediato, el principal objetivo confeso del SDS fue el de proteger a la población serbia, que se consideraba en peligro de extinción según la nueva Constitución de Croacia, un texto adoptado en diciembre de 1990 que dejaba sin efecto toda consideración sobre la minoría serbia (o cualquier otra minoría) al considerar a la república como el «estado nacional de los croatas». Para muchos serbios, aquello significaba volver a los tiempos de los ustaše.

Rašković, miembros de la Academia Serbia de las Ciencias y las Artes, parte de cuya familia también había sido asesinada por los ustaše, había publicado en 1990 en Belgrado un libro titulado País de locos, donde aplicaba las teorías siquiátricas al problema nacionalista. Y eso es lo que escribía al respecto: «Los croatas, afeminados por la religión católica, sufren de un complejo de castración que les conduce a una total incapacidad para ejercer una mínima autoridad. Una humillación que compensan con su elevada cultura. En cuanto a los musulmanes de Bosnia y Herzegovina y de las regiones vecinas, estos son víctimas, como diría Freud (el conocido cocainómano), de frustraciones rectales que los llevan a acumular riquezas y refugiarse en comportamientos fanáticos. Finalmente, los serbios, ortodoxos: pueblos edípico que tiende a liberarse de la autoridad de su padre. Su valor como guerreros reside en esta capacidad de resistencia, y por ello son los únicos capaces de ejercer una autoridad real sobre los otros pueblos de Yugoslavia. No debería sorprender que en estos países se desarrolle una situación de odio total y paranoia». Palabras como estas animarían a muchos a seguir el camino de las armas para imponer su pretendida superioridad.

Faltos de influencia política, pero animados por sus líderes, los serbios de la Krajina optaron por la senda de la defensa activa, dirigida por el segundo de Rašković en el SDS, un dentista llamado Milan Babić que ejercía de alcalde en Knin. Este, en colaboración con el jefe de la policía local Milan Martić, se negó a disolver a la policía serbia de la ciudad, lo que obligó al gobierno de Zagreb a desplazar, el 9 de julio, a su viceministro del Interior Perica Jurić, quien fue incapaz de poner orden en la región y tuvo que salir casi huyendo de Knin. Es más, los agentes serbios y fuerzas paramilitares que se fueron organizando a su alrededor, se dedicaron a instalar troncos y controles en las carreteras (la denominada «revolución de los troncos», comenzada el 17 de agosto en el municipio de Benkovac), que dificultaron las comunicaciones, separaron Dalmacia del resto del país y amenazaron a los viajeros croatas. Una medidas que habían sido aconsejadas por el propio ministro del Interior federal, el general serbio Petar Gračanin. En estas barricadas se colocaban banderas yugoslavas, acompañadas de las típicas cruces chetniks con las cuatro C cirílicas (sonido S), abreviatura de la frase Samos sloga Srbina spasava (Solo la unidad salvará a los serbios).


La «revolución de los troncos» en la Krajina croata.

El 19 de agosto, un referéndum organizado entre los serbios de la Krajina aprobó por abrumadora mayoría el derecho a la soberanía y a la autonomía de la región. Lógicamente, el gobierno de Zagreb lo consideraría sin valor legal. De hecho, dos días antes había intentado evitar su celebración desplazando diez vehículos blindados y tres helicópteros, pero los primeros fueron detenidos por los paramilitares serbios y los segundos devueltos a sus bases por los propios cazas de la fuerza aérea federal, que amenazaron con derribarlos. El nuevo presidente de la federación, el croata Stjepan Mesić, contrario a estas acciones, protestó ante el general Blagoje Adžić, un serbobosnio que ejercía la jefatura del Estado Mayor yugoslavo, quien se limitó a repetir sus amenazas contra los croatas.

Con sus nuevos gobiernos democráticos ya elegidos, tanto en Eslovenia como en Croacia, temerosas de una intervención del ejército federal que acabara con sus pretensiones de independencia, cada vez más manifiestas, iniciaron un proceso de creación de un ejército propio lo suficientemente armado para hacer frente a dicha amenaza. En el caso de Croacia, ese ejército resultaba aún más necesario tanto por su posición fronteriza con Serbia y Bosnia, como por la insurrección de Krajina (que proclamó su autonomía el 21 de diciembre de 1990) y Eslavonia oriental. En esta última región, habían surgido también fuerzas paramilitares serbias en torno a localidades como Vukovar, que recordaban a los viejos chetniks monárquicos de la Segunda Guerra Mundial, con sus águilas bicéfalas en sus gorros de lana y algunos símbolos religiosos ortodoxos.

En Eslovenia y Croacia no se podía contar con el ejército federal, claramente partidario de la unidad, con muchos oficiales de origen serbio y por ello más bien convertido en enemigo de las repúblicas secesionistas. Ese era, pues el enemigo a batir, a expulsar de sus propios territorios. Para ello disponían de sus propias policías y de la denominada y ya mencionada Defensa Territorial, un sistema creado por Tito mediante la Ley de Defensa Nacional de 1969 para proteger Yugoslavia en caso de una invasión exterior como la acaecida en Checoslovaquia un año antes. Dicha defensa implicaba a civiles reservistas tanto varones como mujeres de entre 15 y 65 años de edad, que sumaban entre uno y tres millones de personas y estaban encuadradas en unidades locales. De vez en cuando, un total de hasta 860.000 soldados de la Defensa Territorial podían ser llamados para participar en maniobras y otras actividades militares en su zona de residencia. Más de 2.000 municipios, fábricas y otras empresas organizaron pequeñas unidades del tipo de las compañías armadas con armas ligeras, que al luchar en sus lugares de origen, ante la eventual agresión exterior mantendrían la esencial producción local de pertrechos para el esfuerzo de la defensa. También funcionaban unidades mayores tipo batallón o regimiento, más fuertemente equipadas, incluyendo algunos vehículos blindados. Aunque lo más destacado de esta fuerza reservista era su organización altamente descentralizada e independiente. Las unidades de la Defensa Territorial fueron organizadas y financiadas por los gobiernos de cada una de las repúblicas constituyentes, es decir, Bosnia y Herzegovina, Croacia, Macedonia, Montenegro, Serbia y Eslovenia, así como por cada una de las dos provincias autónomas de Vojvodina y Kosovo.

Los altos mandos de la Defensa Territorial pertenecían al ejército federal, lo que permitió al gobierno de Yugoslavia, en la primavera de 1990, retener buena parte de su armamento e iniciar su desmantelamiento, ante la perspectiva de que eslovenos y croatas intentaran basar sus propios ejércitos en dicha defensa. En este sentido, fueron los eslovenos los que lograrían una organización militar más eficaz, conservando el 30% de las armas de la Defensa Territorial, reclutando a 70.000 hombres y comprando secretamente armamento en países como Alemania o en el mercado negro, hasta el extremo de conseguir unas 5.000 piezas de artillería ligera en parte robadas de los depósitos del ejército federal. Una tarea de la que se encargó el flamante ministro de Defensa Janez Janša, el mismo periodista condenado en 1988, quien mediante todo tipo de subterfugios (como esconder los certificados de nacimiento) logró evitar que los jóvenes reclutas eslovenos fueran a realizar el servicio militar a otras repúblicas. En cambio en Croacia (como sucedería también en Bosnia y Herzegovina), donde la minoría serbia colaboró activamente, el ejército federal no tuvo problemas para desarmar completamente a los croatas de la Defensa Territorial, y sus autoridades solo pudieron echar mano de la policía republicana, convertida en la denominada Guardia Nacional, a la que se fueron añadiendo reclutas en general bisoños. De todo ello tuvo que hacerse cargo el general Martin Špegelj, ministro de Defensa croata y viejo partisano de la Segunda Guerra Mundial (al igual que su presidente Tuđman), quien no tardaría en verse acusado por los servicios de inteligencia federales (el KOS) de tráfico ilegal de armas.

Efectivamente, el jefe del KOS, coronel general Aleksandar Vasiljević, al que ya hemos visto espiando a Janša en 1988, se mantenía alerta ante estos acontecimientos, y no tardó en descubrir la secreta e ilegal adquisición de armas en Rumanía y Hungría, que entraban en camiones a través de la frontera húngaro-croata de Virovitica, por parte de Špegelj y sus agentes. Además, lograría grabar secretamente varias cintas, en las que se veía al ministro croata explicando sus planes para desactivar al ejército federal e intentando reclutar a un oficial para la causa insurreccional. Una información que empleó en cuanto tuvo ocasión para desprestigiar al nuevo gobierno croata.

Bosnia también tuvo sus primeras elecciones democráticas en dos rondas el 18 de noviembre y el 2 de diciembre. Cada grupo étnico-religioso votó a su partido: así, los musulmanes, aunque no habían desarrollado todavía una conciencia nacionalista y más bien eran partidarios de una Bosnia unida y multiétnica, lo hicieron al Partido de Acción Democrática (SDA) de Alija Izetbegović, más proislámico que probosnio; los serbios, al Partido Democrático Serbio (SDS), y los croatas a la Unión Democrática Croata (HDZ). Es decir, en estos dos últimos casos, a partidos nacionalistas a los que les interesaba bien poco el destino de una Bosnia unida e incluso de una Yugoslavia unida, y que consideraban a los musulmanes bien serbios islamizados (o sea contaminados y degenerados), bien croatas asimismo islamizados. La presidencia de la república sería rotatoria, siendo el primero elegido el abogado y filósofo musulmán Alija Izetbegović, el hombre que ya había sido condenado en 1983 por actividades hostiles a la república. En Serbia, las primeras elecciones democráticas se celebraron el 9 de diciembre de 1990. Slobodan Milošević se mantuvo como presidente de la república, y su partido, el Partido Socialista de Serbia (SPS), los antiguos comunistas, obtuvo una amplia mayoría en el Parlamento. Ese mismo mes, después de dos rondas, la Liga de los Comunistas de Montenegro vencía en sus elecciones, siendo elegido presidente de la pequeña república Momir Bulatović, firme aliado de Milošević. Por fin, en Macedonia las primeras elecciones pluralistas se celebraron también en dos rondas a partir del 11 de noviembre. El otrora gobernante Partido Comunista tomó una dirección reformista y cambió su nombre por la Liga de los Comunistas de Macedonia-Partido por el Cambio Democrático liderado por Petar Gošev. Después de que el jefe de la última presidencia comunista Vladimir Mitkov renunciara, el excomunista Kiro Gligorov se convirtió en el primer presidente democráticamente electo de la República Socialista de Macedonia el 31 de enero de 1991. El 16 de abril de ese año, el Parlamento aprobó una enmienda constitucional que eliminaba el concepto «socialista» de la república.

La llamada de las armas

Sobre el papel, el ejército federal yugoslavo (el JNA, siglas de Jugoslovenska narodna armija, o Ejército Nacional Yugoslavo) parecía ser una fuerza poderosa, con 180.000 soldados, 2.000 tanques y 300 aviones de combate (todos ellos de fabricación nacional o soviética). Sin embargo, en 1991 la mayoría de este equipamiento tenía más de 30 años: los modelos más extendidos, el tanque T-54/55 y el caza MiG-21, constituían el 60% y el 40% de las fuerzas blindadas y de la fuerza aérea respectivamente. Por el contrario, los misiles antitanque (como el AT-5) y antiaéreos (como los SA-14) eran más modernos y bastante abundantes, y habían sido diseñados para destruir armamento mucho más avanzado. Además, el JNA constituía una fuerza multinacional: los conflictos políticos y la lucha civil iban a suponer la deserción de muchos hombres (especialmente entre los cuadros de oficiales, muchos de ellos procedentes de las áreas del norte de Yugoslavia, más desarrolladas), perjudicando así seriamente la efectividad de este ejército. El ministro de Defensa que lo dirigía en 1991 era el general Veljko Kadijević, partisano comunista nacido en la localidad croata de Glavina Donja, aunque de padre serbio. En 1991, manteniendo buenas relaciones con Milošević, proclamaba una postura firme en defensa de la unidad de Yugoslavia. De, hecho, en enero de aquel año barajaba junto a otros miembros del alto mando yugoslavo la posibilidad de protagonizar un golpe de Estado que acabara con las veleidades de las repúblicas. En este sentido, desplazó a varios de sus subordinados a tantear la opinión de los europeos y los soviéticos al respecto. En un momento en el que el mundo tenía puestos sus ojos en la guerra de Golfo, con Irak como enemigo internacional, nadie parecía preocuparse demasiado de Yugoslavia. De hecho, franceses, británicos y soviéticos no se mostraban demasiado opuestos a una solución militar que evitara futuras guerras en el territorio federal.

Lo primero que intentaron los militares yugoslavos fue imponer el estado de excepción para impedir en último extremo el rearme de Eslovenia y Croacia. Así, hubo dos reuniones de la presidencia federal en Belgrado (días 9 y 25 de enero), en las que se ofrecieron pruebas de la actitud hostil y contraria a la federación de eslovenos y croatas. Incluso se aprovechó la segunda cita para pasar por televisión aquel vídeo comprometedor obtenido por los servicios de inteligencia, en el que se veía al ministro de Defensa croata intentando captar a un oficial para la rebelión. Sin embargo, la opción de Kadijević sobre la proclamación del estado de excepción fue bloqueada por los representantes croata, esloveno y bosnio, y al final los altos cargos militares no se atrevieron a dar el paso del golpe de Estado. La idea de mantener la unidad de la Yugoslavia de seis repúblicas parecía ya muerta, y ni siquiera la consideraba el propio Milošević, cada vez más interesado en una entidad estatal menor que en realidad fuera una Gran Serbia, incluyendo los territorios croatas y bosnios donde hubiera población serbia.

En estas circunstancias, la situación en la Krajina era cada vez más explosiva. Tuđman necesitaba imponer allí su autoridad, y cuando la noche del 1 de marzo los paramilitares serbios, pertrechados con armas de la reserva, se apoderaron de Pakrac y capturaron a los 16 policías croatas del puesto local, dio orden a sus fuerzas de desalojarlas. Se trataba de un pequeño municipio de la Eslavonia occidental con unos 27.500 habitantes, casi la mitad de ellos serbios. Al día siguiente, unos 200 policías de elite croatas, apoyados por vehículos blindados, recuperaron la población, capturando a 180 rebeldes, incluidos 32 policías serbios, y provocando la huida de los paramilitares hacia los bosques vecinos. El ya mencionado periódico serbio Večernje Novosti informaría falsamente de que las fuerzas croatas habían asesinado a unos 40 civiles serbios. En realidad, la operación solo costó tres heridos, pero provocó las iras del ejército federal, que recibió encantado órdenes del presidente federal, el serbio Borisav Jović, de poner orden en Pakrac. La intervención de soldados yugoslavos dejó la situación de Pakrac como estaba antes del incidente, aunque con la tensión a flor de piel. Posteriormente, estos incidentes serían considerados en Croacia como los primeros de la oficialmente llamada Guerra Patria (en croata, Domovinski rat), es decir, la lucha por la independencia. Pero las tensiones no solo tenían un carácter nacionalista y separatista. En la misma Serbia, Slobodan Milošević debía hacer frente a sus propios demonios y a la oposición a sus políticas. El principal partido de la oposición serbia era el Movimiento de Renovación Serbio, ultranacionalista y anticomunista fundado por el escritor Vuk Drašković y Vojislav Šešelj, un político ya mencionado que había colaborado brevemente con Milošević durante la crisis de Kosovo, y que luego crearía su propio Partido Radical Serbio. Contrarios al autoritarismo y al control de los medios de comunicación por parte del presidente serbio, el 9 de marzo organizaron una manifestación que acabó siendo prohibida. A pesar de todo, se concentraron en la plaza de la República de Belgrado hasta 40.000 personas, que acabaron brutalmente disueltas y con el saldo de dos muertos (un manifestante y un policía). Incluso se proclamó el estado de excepción, tuvo que intervenir el ejército, que se puso del lado de Milošević, y Drašković fue detenido, aunque no tardaría en ser liberado. Todo resultaba apocalíptico. Tres días después, el presidente serbio intentó conseguir la extensión del estado de excepción a todo el país, pero se encontró de nuevo con la oposición de los representantes a la presidencia federal, que votaron en contra gracias al rechazo manifestado por el delegado bosnio Bogić Bogićević.

Milošević tampoco estaba muy interesado en ceder el protagonismo a los militares yugoslavistas. Sabía y aceptaba que Eslovenia estaba irremisiblemente perdida, y sus ojos estaban puestos en Bosnia y Herzegovina. Una república que consideraba artificial y que deseaba controlar. Sino todo su territorio, al menos una buena parte de él, la que estaba habitada por los serbios y algo más que pudiera conquistarse. De ahí que pretendiera nada menos que llegar a un acuerdo discreto con su teórico enemigo, el croata Tuđman, destinado a repartirse aquel territorio.

El encuentro, en un principio secreto, se produjo el 25 de marzo en Karađorđevo, una antigua finca de caza creada por las autoridades austro-húngaras para la cría de caballos y que luego pasó a pertenecer a la casa real serbia y posteriormente al ejército. Próxima a la frontera con Croacia, era el lugar ideal para una reunión tranquila en el campo, lejos de testigos incómodos. Tuđman argumentó allí que Bosnia-Herzegovina debía formar parte de su república, pues estaba vinculada históricamente a Croacia, y que su existencia era fruto de los caprichos otomanos, de ahí que el presidente croata no veía viable una Bosnia independiente. Una segunda reunión se celebró en Tikveš (Croacia), otra reserva de caza, el 15 de abril. Es posible que en estos encuentros, de los que no queda documentación oficial, Tuđman se convenciera de que Serbia aceptaría la partición de Bosnia y Herzegovina a lo largo de una frontera serbo-croata, aunque después de las reuniones, Milošević, en un discurso en Belgrado, diera a conocer sus planes para la incorporación de la República Serbia de Krajina en la nueva Yugoslavia que estaba diseñando, lo que chocaba frontalmente con las aspiraciones croatas. El gobierno de Croacia negaría siempre el acuerdo de Karađorđevo, afirmando que en 1991 los serbios controlaban todo el ejército yugoslavo y la rebelión de la minoría serbia en Croacia durante la guerra de independencia croata acababa de empezar, pero está claro que algún tipo de pacto se produjo, independientemente de que más tarde no se cumpliera. Los testigos que años más tarde pasaron por el Tribunal Penal Internacional para la ex-Yugoslavia así lo confirmaron, afirmando incluso que en ambos encuentros se habló ya de intercambios de población (es decir, limpieza étnica) y de la posibilidad de aceptar un pequeño Estado tampón bosniomusulmán que acogiera a dos millones de personas que no se consideraran ni serbias ni croatas. De hecho, los serbios de Bosnia se estaban preparando a su vez para actuar militarmente como sus hermanos de Croacia, organizándose en torno a la localidad de Banja Luka (norte de Bosnia, cerca de la frontera croata). Su jefe, otro psiquiatra montenegrino llamado Radovan Karadžić, fundador en 1990 del Partido Democrático Serbio de Bosnia.

Puede que Tuđman también intentara un acuerdo con Milošević para evitar una confrontación directa con los serbios por la Krajina, pero está claro que aquí tampoco consiguió nada. Seis días después del encuentro de Karađorđevo se produjo un nuevo incidente en tierras croatas provocado por los serbios. El escenario elegido fue el hermoso parque natural de los lagos de Plitvice, en pleno centro de Croacia. Los serbios pretendían incorporarlo a la Krajina, y el 28 de marzo lo ocuparon 100 de sus efectivos paramilitares. La policía croata intervino tres días después desplazando 300 policías en autobuses y vehículos particulares, apoyados por un blindado, y el enfrentamiento se saldó con dos muertos (considerados los primeros de la guerra de Croacia), uno por cada bando, más veinte heridos (7 croatas y 13 serbios). Los croatas también capturaron a 29 rebeldes serbios, a los que acusarían de insurgentes. El ejército federal volvió a intervenir, separando a los contendientes y controlando la carretera que transitaba por la zona. Unos 400 turistas que visitaban el parque, en su mayoría italianos, tuvieron que ser evacuados. El dominio que acabó imponiendo el ejército federal significaba que virtualmente el lugar quedaba en manos de los serbios, lo que motivaría enérgicas protestas de las autoridades croatas.

Durante aquella primavera, las fuerzas paramilitares serbias se iban haciendo fuertes tanto en la Krajina como en Eslavonia, organizando continuos incidentes que ponían en jaque a la policía croata. Además, sus dirigentes fomentaban el separatismo mediante acciones como el referéndum del 16 de marzo, que decidió con un 99,8% de síes la incorporación del territorio a la república de Serbia. El 1 de abril, el gobierno de Knin proclamaba su intención de separarse de Croacia.

Pero también había croatas extremistas, muchos de ellos vinculados al partido ganador Unión Democrática Croata, deseosos de eliminar a sus opositores serbios. Así, el 8 de abril tuvo lugar un incidente peligroso en Borovo Selo, aldea del municipio de Vukovar (Eslavonia oriental), junto al Danubio. En el momento del suceso, en este municipio, que incluía la ciudad de Vukovar y una docena de aldeas aledañas, el censo de 1991 registraba 84.189 habitantes, de los cuales 36.910 eran croatas (43,8%), 31.445 serbios (37,4%), 1.375 húngaros (1,6%), 6.124 que se calificaban simplemente yugoslavos (7,3%) y 8.335 (9,9%) de otras etnias o no adscritos. En la ciudad, la población era mayoritariamente croata, mientras que la mayoría de la población serbia vivía en los suburbios y aldeas aledañas. Borovo Selo era una comunidad serbia justo al norte de Vukovar, dominada por una gran planta industrial en Borovo Naselje, donde trabajaba gran parte de la población de la aldea en 1991.

En aquel día, varios nacionalistas croatas, entre los que al parecer se encontraba Gojko Šušak, lanzaron un cohete antitanque Armbrust contra la aldea. Šušak, futuro ministro de Defensa croata, era un emigrante que había hecho fortuna en Canadá montando una pizería en Ottawa. De regreso a su país, se había vinculado a Tuđman, convirtiéndose en uno de los halcones de su partido. El ataque no hirió ni mató a nadie, pero los serbios lo magnificaron. Uno de los misiles, que no llegó a explotar, fue mostrado en la televisión de Belgrado como prueba de la agresión croata sin que mediara provocación alguna. La tensión se acentuó aún más. A finales del mes de abril, los serbios locales armados, asistidos por voluntarios del nuevo Partido Radical Serbio de Vojislav Šešelj (empeñado a reducir Croacia a lo que pudiera verse desde la catedral de Zagreb, según manifestó en alguna ocasión) y otros grupos nacionalistas, levantaron barricadas en Borovo Selo para mantener a la policía y milicias croatas fuera de la aldea. Šešelj declararía posteriormente en el Tribunal Penal Internacional para la ex-Yugoslavia que su intervención se hizo por solicitud de Vukašin Šoškočanin, el presidente de la comuna de Borovo y comandante de la Defensa Territorial local.

En la noche del 1 de mayo de 1991, cuatro policías croatas entraron en Borovo Selo y trataron de cambiar la bandera de Yugoslavia que ondeaba allí por la bandera de su república. El incidente parece haber sido una decisión espontánea de los agentes surgida aprovechando el festivo Día del Trabajo. Pero el asunto salió mal, pues dos de los participantes resultaron heridos y fueron capturados por los milicianos serbios.

Al día siguiente 2 de mayo, las autoridades croatas de las vecinas ciudades de Osijek y Vinkovci enviaron unos 150 policías a Borovo Selo, junto al Danubio, para liberar a los cautivos. La policía, que viajaba en un convoy de autobuses y vehículos policiales, llegó a la aldea, donde cayó en una emboscada. Doce policías croatas murieron y otros veinte resultaron heridos; los serbios también tuvieron algunos fallecidos, aunque se desconoce el número exacto (entre tres y veinte). Posteriormente, los serbios procedieron a mutilar los cuerpos de los agentes atacantes, lo que inflamó la propaganda croata, que volvió a rememorar el odio étnico surgido en la Segunda Guerra Mundial y las atrocidades de los chetniks. Por la tarde, el ejército federal volvería a interponerse, retirando los cadáveres.

Después de una reunión de la presidencia yugoslava celebrada el 4 de mayo, que condenó la masacre de Borovo Selo, el ministro de Defensa federal ordenó a su ejército que tomase posiciones en el área para actuar como un tapón entre los dos bandos. La 63 Brigada Paracaidista se desplegó en la zona, y el primer ministro federal, el bosniocroata Ante Marković, viajó a Borovo Selo para negociar la liberación de los policías croatas capturados. El gobierno de Croacia, por su parte, aceptó la mayor presencia del ejército federal en el área, hecho que luego tendría importantes consecuencias en la inminente guerra que se avecinaba. Dicho gobierno se enfrentó a serias dificultades políticas por los errores cometidos, criticados por el alcalde de Osijek, Zlatko Kramarić, y el jefe de la policía croata en dicha ciudad, Josip Reihl-Kir, quien también se quejó abiertamente de que extremistas croatas se hubieran hecho cargo de la situación en la zona, obstruyendo sus esfuerzos para negociar la paz. De hecho, dos meses después, el 1 de julio, fue asesinado en Tenja mediante dieciséis disparos de Kalashnikov, en lo que parece fue un control-trampa orquestado por un reservista de la policía croata con vínculos en el HDZ llamado Antun Gudelj, que interceptó su vehículo. En el incidente también resultaron muertos Milan Knežević y Goran Zobundžija, concejal y vicealcalde respectivamente de Osijek, siendo además herido el alcalde de Tenja Mirko Tubić. Gudelj, tras muchas vicisitudes y apoyos encubiertos, sería condenado en 2009 a veinte años de cárcel gracias a la perseverancia de la viuda de Reihl-Kir, Jadranka, por lograr algo de justicia.

Los heridos croatas que habían sido capturados en Borovo Selo sufrieron diversas vejaciones. De hecho, en fecha tan tardía como el 10 de mayo de 2011, cuatro paramilitares serbios fueron acusados de ello por un tribunal de Osijek, aunque por haber sido capturado únicamente uno, llamado Milan Marinković, la sentencia solo le condenó a él a 3 años y 6 meses de prisión por el delito de malos tratos a prisioneros de guerra.

En esta oleada de muertes sospechosas y asesinatos por emboscadas tuvo lugar, el 15 de mayo, la defunción del presidente serbio de la comuna de Borovo Selo Vukašin Šoškočanin, miembro del Partido Democrático Serbio, al parecer ahogado «accidentalmente» en el Danubio cuando regresaba de visitar un campo de refugiados de Vojvodina. Šoškočanin, organizador de la masacre de los policías croatas, quizá pudiera haber sido asesinado por submarinistas del ejército federal yugoslavo, aunque no hay pruebas de ello.

Entre otros incidentes a destacar, debemos recordar lo sucedido en el histórico puerto de Split, donde, el 6 de mayo, se produjo una multitudinaria protesta de los ciudadanos (se habló de hasta cien mil manifestantes) ante el edificio Banovina, cuartel general del ejército federal en la zona. Entre las peticiones de aquellos estaba el fin del bloqueo impuesto por los militares yugoslavos al pueblo de Kijevo (del que hablaremos más tarde). La situación se descontroló, se cruzaron disparos y un soldado federal de origen macedonio resultó muerto. Los medios de comunicación serbios volvieron a acusar al gobierno croata de fascista y genocida. El 5 de junio fueron detenidos cuatro supuestos responsables, juzgados por un tribunal militar y sentenciados a varios años de prisión, aunque el 25 de noviembre serían liberados en un intercambio de prisioneros. Para evitar nuevos problemas, la fuerza federal iría retirando su material de Split, para instalarlo en lugares más seguros.

Una primavera cada vez más violenta, a la que seguiría un verano donde definitivamente se declaró abiertamente la guerra contra las dos repúblicas separatistas. Y para avivar más el fuego, las autoridades croatas organizaron un referéndum por la independencia para el 19 de mayo, en la que salió vencedor el sí por abrumadora mayoría (más del 93% de los votantes). No obstante, en las zonas de mayoría serbia el referéndum fue boicoteado.

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Yaş sınırı:
0+
Litres'teki yayın tarihi:
22 ekim 2025
Hacim:
595 s. 42 illüstrasyon
ISBN:
9788418292491
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Bookwire
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