Kitabı oku: «Conflicto cósmico»


Millones de lectores, ansiosos por obtener respuesta a los profundos interrogantes de la vida humana, han encontrado inspiración y esperanza en las páginas de este libro extraordinario. Basado en una comprensión certera de la Biblia y de la intervención de Dios a lo largo de los 20 siglos de la era cristiana, Conflicto cósmico presenta un panorama histórico de apasionante interés y dramáticas proyecciones.
¿Cómo se cumplirán las antiguas profecías de las Escrituras en nuestros días y en el futuro cercano? ¿Se unirán algún día las iglesias cristianas y las religiones del mundo? ¿De qué manera culminará la lucha milenaria entre el bien y el mal? Preguntas como éstas, que preocupan a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo, encuentran respuesta en este best seller que ha alcanzado amplia difusión en diversos idiomas.

Elena G. de White
ASOCIACIÓN CASA EDITORA SUDAMERICANA
Av. San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste
Buenos Aires, República Argentina
Título del original: From Here to Forever, Pacific Press Publishing Association, Nampa, ID, E.U.A.
Dirección editorial: Aldo D. Orrego
Traducción: Fernando Chaij
Diseño del interior y de la tapa: Nelson Espinoza
Ilustración de la tapa: Archivos ACES
Ilustración del interior: Gabriel Aybar
Cuarta edición
MMXI
Publicado en la Argentina – Published in Argentina
Libro de edición argentina
Es propiedad. Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-567-801-9
G. de White, Elena
Conflicto cósmico : Acontecimientos que cambiarán su futuro / Elena G. de White / Dirigido por Aldo D. Orrego. - 4ª ed. - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2011.
EBook.
por: Fernando Chaij
ISBN 978-987-567-801-9
1. Teodicea. I. Aldo D. Orrego, dir. II. Fernando Chaij, trad. III. Título.
CDD 231.8
Publicado el 15 de julio de 2011 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Av. San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.
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Por qué usted debe leer este libro
Para millones de personas, la vida resulta absurda y carente de significado. La ciencia, la tecnología, y aun la filosofía y la teología, han considerado a los seres humanos como meros productos de la casualidad. Sin embargo, consciente o inconscientemente, tanto los hombres como las mujeres hallan difícil aceptar una existencia sin propósito. La violencia, las protestas, la rebelión y la drogadicción son, en muchos casos, las manifestaciones irracionales de personas que están luchando con un espantoso sentimiento de confusión, como de seres que están totalmente perdidos. Como huérfanos, claman en su soledad y desesperación: “¿Quién soy yo? ¿Quiénes son mis padres? ¿Por qué me abandonaron ellos? ¿Cómo podría encontrarlos?”
Muchos acuden a la ciencia en busca de una respuesta, sintonizando los grandes radiotelescopios que pulsan el ritmo de las estrellas, como para preguntar: ¿Existe alguien por allí que me conozca? ¿Alguien que tenga interés en mí? Pero la ciencia no tiene respuesta. La ciencia puede contestar preguntas en cuanto al mecanismo de las cosas: ¿Cómo está hecho un átomo? ¿Cómo se divide? ¿Cómo funciona nuestra mente? ¿Cómo está hecho el universo? Pero es incapaz de explicar los propósitos de tales realidades.
La ciencia no puede decirnos por qué existe un átomo, por qué hay en el mundo seres humanos, por qué existe un universo.Tampoco puede contestar los interrogantes angustiosos que se formulan por doquiera y que atribulan a la gente pensadora: Si existe justicia y significado en el universo, ¿por qué el inocente sufre como el culpable? ¿Hay vida después de la muerte? ¿Continúa viviendo la persona humana?
¿Representan de veras a Dios las iglesias cristianas de nuestro tiempo? ¿Cuál es la verdad?
¿Qué futuro le aguarda a nuestro mundo? ¿Terminará con el lloriqueo de un niño que lucha en medio de los estertores de sus últimas respiraciones en una atmósfera contaminada, o con el estallido formidable de un infierno atómico producido por una bomba de hidrógeno? ¿O será que los seres humanos –que en toda la historia nunca han conseguido dominar su propio egoísmo básico– repentinamente tendrán éxito en desterrar el mal, la guerra, la pobreza y aun la muerte?
Este libro da las respuestas, y éstas son consoladoras. La vida tiene significado ¡No estamos solos en el universo! ¡Hay Alguien que nos cuida y está interesado en nosotros! Alguien que, por cierto, está muy interesado en el desarrollo de la historia humana, que se unió con nuestra raza en persona, de manera que pudiéramos llegar a él y él pudiera alcanzarnos. Alguien cuya mano todopoderosa ha estado sobre este planeta y lo conducirá de vuelta a la paz, y esto muy pronto.
Pero hace muchísimos siglos un ser cósmico persuasivo se propuso asumir el control de nuestro mundo y desviar el plan de Dios para la felicidad de la familia humana. En lenguaje gráfico –que millares de personas han considerado un lenguaje inspirado– la autora de este libro descorre el velo de lo confuso y desconocido, y en forma valiente expone las estrategias de ese ser poderoso, aunque invisible, cuya mano está extendida para tomar posesión de la soberanía de nuestro mundo. En el escenario humano, gobernantes idólatras y cuerpos religiosos apóstatas son expuestos como participantes en esta gran conspiración.
Solamente en una época de libertad religiosa pudo imprimirse un libro como este, y haber circulado con tanta profusión, puesto que se refiere en forma muy directa a algunas de las instituciones más poderosas de nuestro tiempo. Nos explica la razón por la cual se necesitó una Reforma, y por qué ésta resultó detenida; nos cuenta la triste historia de la iglesia apostólica, las alianzas persecutorias, la gestación de una peligrosa unión entre la Iglesia y el Estado, la cual ha de jugar un papel importante antes que finalice la lucha milenaria entre el mal y el bien. Y todo ser humano será un participante en este tremendo conflicto.
Aquí la autora escribe acerca de cosas que ni siquiera existían en sus días. Y habla con una honradez que perturba y alarma, pero a la vez orienta. Los diferentes aspectos de la controversia son tan grandes y las posibles consecuencias tan enormes, que alguien tenía forzosamente que hacerse eco de estas palabras de advertencia e iluminación.
Ninguna persona que lea este libro pensará que lo que la ha inducido a leerlo fue pura casualidad.
Los Editores
Descorriendo el velo del futuro
Introducción de la autora
ANTES que el pecado entrara en el mundo, Adán gozaba de libre trato con su Creador; pero desde que el hombre se separó de Dios por causa del pecado, ese gran privilegio le ha sido negado a la raza humana. No obstante, mediante el plan de redención, se abrió un camino para que los habitantes de la tierra pudieran seguir teniendo relación con el cielo. Dios se comunicó con los hombres mediante su Espíritu, y por medio de las revelaciones hechas a sus siervos escogidos la luz divina se esparció por el mundo. “Los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo” (2 S. Pedro 1:21).[1]
Durante los 25 primeros siglos de la historia humana no hubo revelación escrita. Los que eran enseñados por Dios comunicaban sus conocimientos a otros, y estos conocimientos eran así legados de padres a hijos a través de varias generaciones. La redacción de la palabra escrita empezó en tiempos de Moisés. Los conocimientos inspirados fueron entonces compilados en un libro inspirado. Esa labor continuó durante el largo período de 16 siglos; desde Moisés, el historiador de la creación y el legislador, hasta San Juan, el narrador de las verdades más sublimes del evangelio.
La Biblia nos muestra a Dios como autor de ella; sin embargo, fue escrita por manos humanas, y la diversidad de estilo de sus diferentes libros revela la característica única de los diversos autores. Todas las verdades reveladas son inspiradas por Dios (2 Timoteo 3:16); sin embargo, están expresadas en palabras humanas. Y el Ser supremo e infinito iluminó con su Espíritu la inteligencia y el corazón de sus siervos. Les daba sueños y visiones y les mostraba símbolos y figuras; y aquellos a quienes la verdad fuera así revelada, revestían el pensamiento divino con palabras humanas.
Los Diez Mandamientos fueron enunciados por Dios mismo y escritos con su propia mano. No es de redacción humana sino divina. Pero la Biblia, con sus verdades de origen divino expresadas en el lenguaje de los hombres, muestra una unión de lo divino y lo humano. Esta unión existía en la naturaleza de Cristo, quien era Hijo de Dios e Hijo del Hombre. Se puede pues decir de la Biblia lo que fue dicho de Cristo: “Aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros” (S. Juan 1:14).
Escritos en épocas diferentes y por hombres que diferían notablemente en rango y ocupación, así como en facultades intelectuales y espirituales, los libros de la Biblia presentan contrastes en su estilo, como también diversidad en la naturaleza de los asuntos que desarrollan. Sus diversos escritores se valen de expresiones diferentes; a menudo la misma verdad está presentada por uno de ellos de modo más patente que por otro. Ahora bien, como varios de sus autores nos presentan el mismo asunto desde puntos de vista y bajo aspectos diferentes, puede parecer al lector superficial o descuidado que hay divergencias o contradicciones, allí donde el lector atento y respetuoso discierne, con mayor penetración, la armonía fundamental.
Presentada por diversas personalidades, la verdad aparece en sus variados aspectos. Un escritor capta con más fuerza cierta parte del asunto; comprende los puntos que armonizan con su experiencia o con sus facultades de percepción y apreciación; otro nota mejor otro aspecto del mismo asunto; y cada cual, bajo la dirección del Espíritu Santo, presenta lo que ha quedado grabado con más fuerza en su propia mente. Cada cual presenta un aspecto diferente de la verdad, pero existe una perfecta armonía entre todos ellos. Y las verdades así reveladas se unen en perfecto conjunto, adecuado para satisfacer las necesidades del ser humano en todas las circunstancias de la vida.
Dios se ha dignado comunicar la verdad al mundo por medio de instrumentos humanos, y él mismo, por su Santo Espíritu, habilitó a ciertos hombres y los hizo capaces de realizar esta obra. Guió la inteligencia de ellos en la elección de lo que debían decir y escribir. El tesoro fue confiado a vasos de barro, pero no por eso deja de ser del cielo. Aunque llevado a todo viento en el vehículo imperfecto del lenguaje humano, no por eso deja de ser el testimonio de Dios; y el hijo de Dios, obediente y creyente, contempla en ello la gloria de un poder divino, lleno de gracia y de verdad.
En su Palabra, Dios comunicó a los hombres el conocimiento necesario para la salvación. Las Santas Escrituras deben ser aceptadas como dotadas de autoridad absoluta y como revelación infalible de su voluntad. Constituyen la regla del carácter; nos revelan doctrinas, y son la piedra de toque de la experiencia religiosa. “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16, 17).
Las circunstancias de haber revelado Dios su voluntad a los hombres por su Palabra, no anuló la necesidad que tienen ellos de la continua presencia y dirección del Espíritu Santo. Por el contrario, el Salvador prometió que el Espíritu facilitaría a sus siervos la comprensión de la Palabra; que iluminaría y ampliaría sus enseñanzas. Y como el Espíritu de Dios fue quien inspiró la Biblia, resulta imposible que las enseñanzas del Espíritu estén en pugna con las de la Palabra.
El Espíritu no fue dado –ni puede jamás ser otorgado– para invalidar la Biblia; pues las Escrituras declaran explícitamente que la Palabra de Dios es la regla por la cual toda enseñanza y toda experiencia deben ser probadas. El apóstol Juan dice: “No creáis a todo espíritu, sino probad los espíritus si son de Dios; porque muchos falsos profetas han salido por el mundo” (1 S. Juan 4:1). E Isaías declara: “¡A la ley y al testimonio! Si no dijeren conforme a esto, es porque no les ha amanecido” (Isaías 8:20).
Muchos cargos se han levantado contra la obra del Espíritu Santo por los errores de una clase de personas que, pretendiendo ser iluminadas por éste, aseguran no tener más necesidad de ser guiadas por la Palabra de Dios. Están dominadas por impresiones que consideran como voz de Dios en el alma. Pero el espíritu que las dirige no es el Espíritu de Dios. Este método de seguir impresiones y descuidar las Santas Escrituras, sólo puede conducir a la confusión, al engaño y a la ruina. Sólo sirve para fomentar los designios del maligno. Y como el ministerio del Espíritu Santo es de importancia vital para la iglesia de Cristo, una de las tretas de Satanás consiste precisamente en arrojar oprobio sobre la obra del Espíritu por medio de los errores de los extremistas y fanáticos, y en hacer que el pueblo de Dios descuide esta fuente de fortaleza de la cual nuestro Señor nos ha provisto.
Según la Palabra de Dios, el Espíritu Santo debía continuar su obra por todo el período de la dispensación cristiana. Durante las épocas en que las Escrituras, tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo Testamento, eran entregadas a la circulación, el Espíritu Santo no dejó de comunicar luz a personas aisladas, además de las revelaciones que debían ser incorporadas en el Sagrado Canon. La Biblia misma da cuenta de cómo, por intermedio del Espíritu Santo, ciertos hombres recibieron advertencias, censuras, consejos e instrucciones que no se referían en nada a lo dado en las Escrituras. También habla de profetas que vivieron en diferentes épocas, pero sin hacer mención alguna de sus declaraciones. Asimismo, una vez cerrado el canon de las Escrituras, el Espíritu Santo debía llevar adelante su obra de esclarecimiento, amonestación y consuelo en bien de los hijos de Dios.
Jesús prometió a sus discípulos: “El Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho... Cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad... y os hará saber las cosas que habrán de venir” (S. Juan 14:26; 16:13). Las Sagradas Escrituras enseñan claramente que estas promesas, lejos de limitarse a los días apostólicos, se extienden a la iglesia de Cristo en todas las edades. El Salvador asegura a los discípulos: “Estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (S. Mateo 28:20). San Pablo declara que los dones y las manifestaciones del Espíritu fueron dados a la iglesia “para el perfeccionamiento de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo: hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al estado del hombre perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo” (Efesios 4:12, 13, VM).
En favor de los creyentes de Éfeso, el apóstol rogó así: “Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él, alumbrando los ojos de vuestro entendimiento, para que sepáis cuál es la esperanza a que él os ha llamado... y cuál la supereminente grandeza de su poder para con nosotros los que creemos” (Efesios 1:17-19). La bendición que San Pablo pedía para la iglesia de Éfeso era que el ministerio del Espíritu divino iluminara el entendimiento y revelase a la mente las cosas profundas de la santa Palabra de Dios.
Después de la maravillosa manifestación del Espíritu Santo el Día de Pentecostés, San Pedro exhortó al pueblo al arrepentimiento y a que se bautizara en el nombre de Cristo, para la remisión de sus pecados; y dijo: “Recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare” (Hechos 2:38, 39).
El Señor anunció por boca del profeta Joel que una manifestación especial de su Espíritu se realizaría justo antes de las escenas del gran Día de Dios (Joel 2:28). Esta profecía se cumplió parcialmente con el derramamiento del Espíritu Santo el Día de Pentecostés; pero alcanzará su cumplimiento completo en las manifestaciones de la gracia divina que han de acompañar la obra final del evangelio.
El gran conflicto entre el bien y el mal aumentará en intensidad hasta el fin del tiempo. En todas las edades la ira de Satanás se ha manifestado contra la iglesia de Cristo; y Dios ha derramado su gracia y su Espíritu sobre su pueblo para robustecerlo contra el poder del maligno. Cuando los apóstoles de Cristo estaban por llevar el evangelio por el mundo entero y consignarlo por escrito para provecho de todos los siglos venideros, fueron dotados especialmente con la luz del Espíritu. Pero a medida que la iglesia se vaya acercando a su liberación final, Satanás obrará con mayor poder. Descenderá “con gran ira, sabiendo que tiene poco tiempo” (Apocalipsis 12:12). Obrará “con gran poder y señales y prodigios mentirosos” (2 Tesalonicenses 2:9). Por espacio de seis mil años esa inteligencia maestra, después de haber sido la más alta entre los ángeles de Dios, no ha servido más que para el engaño y la ruina. Y en el conflicto final se emplearán contra el pueblo de Dios todos los recursos de la habilidad y sutileza satánica, y toda la crueldad desarrollada en esas luchas seculares. Durante ese tiempo de peligro los discípulos de Cristo tienen que dar al mundo la amonestación del segundo advenimiento del Señor, y un pueblo ha de ser preparado “sin mancha e irreprensibles” para comparecer ante él a su venida (2 S. Pedro 3:14). Entonces el derramamiento especial de la gracia y el poder divinos no serán menos necesarios que lo que fue para la iglesia en los días apostólicos.
Mediante la iluminación del Espíritu Santo, las escenas de la lucha secular entre el bien y el mal fueron reveladas a quien escribe estas páginas. En una y otra ocasión se me permitió contemplar las diferentes escenas de la gran lucha secular entre Cristo, Príncipe de la vida, Autor de nuestra salvación, y Satanás, príncipe del mal, autor del pecado y primer transgresor de la santa ley de Dios. La enemistad de Satanás contra Cristo se ensañó en los discípulos del Salvador. En toda la historia se puede ver el mismo odio a los principios de la ley de Dios, la misma política de engaño, mediante la cual se hace aparecer el error como si fuese verdad, se hace que las leyes humanas sustituyan a las leyes de Dios y se induce a los hombres a adorar a la criatura antes que al Creador. Los esfuerzos de Satanás para desfigurar el carácter de Dios, para dar a los hombres un concepto falso del Creador y hacer que lo consideren con temor y odio más bien que con amor; sus esfuerzos para suprimir la ley de Dios, y hacer creer al pueblo que no está sujeto a las exigencias de ella; sus persecuciones contra los que se atreven a resistir sus engaños, han seguido con rigor implacable en todos los siglos. Se pueden ver en la historia de los patriarcas, profetas y apóstoles, y en la de los mártires y reformadores.
En el gran conflicto final, Satanás empleará la misma táctica, manifestará el mismo espíritu y trabajará con el mismo fin que en todas las edades pasadas. Lo que ha sido, volverá a ser, con la circunstancia agravante de que estará señalada por una intensidad terrible, cual el mundo no vio jamás. Las seducciones de Satanás serán más sutiles, sus ataques más resueltos. Si fuera posible, engañará hasta a los mismos escogidos (S. Marcos 13:22).
Al revelarme el Espíritu de Dios las grandes verdades de su Palabra, y las escenas del pasado y de lo por venir, se me ordenó que diese a conocer a otros lo que se me había mostrado, y que trazase un bosquejo de la historia de la lucha en las edades pasadas, y especialmente que la presentara de tal modo que derramase luz sobre la lucha futura. Con este fin, he tratado de escoger y reunir acontecimientos de la historia de la iglesia en forma tal que quedara bosquejado el desenvolvimiento de las grandes verdades probatorias que en diversas épocas han sido dadas al mundo, las cuales han excitado la ira de Satanás y la enemistad de una iglesia amiga del mundo, y han sido sostenidas por el testimonio de aquellos que “no amaron sus vidas, exponiéndolas hasta la muerte” (Apocalipsis 12:11, VM).
En esos registros podemos ver un anticipo del conflicto que nos espera. Considerándolos a la luz de la Palabra de Dios, y por la iluminación de su Espíritu, podemos ver expuesta la astucia del maligno y los peligros que deberán evitar los que quieran ser hallados “sin mancha” ante el Señor cuando él venga.
Los grandes acontecimientos que marcaron los pasos de reforma que se dieron en siglos pasados son hechos históricos tan harto conocidos, y tan universalmente aceptados, que nadie puede negarlos. Esa historia la he presentado brevemente, de acuerdo con el objetivo de este libro y con la concisión que necesariamente debe observarse, condensando los hechos en forma comprensible y relacionándolos con las enseñanzas que de ellos se desprenden. En algunos casos, cuando he encontrado que un historiador había reunido los hechos y presentado en pocas líneas un claro conjunto del asunto, o agrupado los detalles en forma conveniente, he reproducido sus palabras. Pero en otros no se ha mencionado el autor, puesto que las citas fueron usadas no tanto para referirse a esos escritos como autoridades, sino porque sus palabras resumían adecuadamente el asunto. Y al referir los casos y puntos de vista de quienes siguen adelante con la obra de reforma en nuestro tiempo, me he valido en forma similar de las obras que han publicado.
El objetivo de este libro no consiste tanto en presentar nuevas verdades relativas a las luchas de pasadas edades, como en hacer resaltar hechos y principios que tienen relación con acontecimientos futuros. Sin embargo, cuando se consideran tales hechos y principios como formando parte de la lucha empeñada entre las potencias de la luz y las de las tinieblas, todos esos relatos del pasado cobran nuevo significado; y se desprende de ellos una luz que proyecta rayos sobre el porvenir, alumbrando el sendero de los que, como los reformadores de los siglos pasados, serán llamados, aun a costa de sacrificar todo bien terrenal, a testificar “de la palabra de Dios, y del testimonio de Jesucristo” (Apocalipsis 1:2).
Desarrollar las escenas de la gran lucha entre la verdad y el error; descubrir las tretas de Satanás y los medios de resistirle con éxito; presentar una solución satisfactoria al gran problema del mal, derramando luz sobre el origen y el fin del pecado en forma tal que la justicia y la bondad de Dios en sus relaciones con sus criaturas queden plenamente manifiestas; y hacer patente el carácter sagrado e inmutable de su ley: tal es el objetivo de esta obra. Que por su influencia muchos se libren del poder de las tinieblas y sean hechos “aptos para participar de la suerte de los santos en luz”, para la gloria de Aquel que nos amó y se dio a sí mismo por nosotros, tal es mi ferviente oración.
Elena G. de White
[1] En esta edición, los pasajes bíblicos se transcribieron por regla general de la versión Reina-Valera, revisión de 1960, porque es la más difundida en los países de habla castellana; pero donde, por motivos de mayor claridad, se consideró conveniente usar otra versión, el hecho se indicó en la referencia: VM significa Versión Moderna; RVA, Reina-Valera Antigua (1909); BJ, Biblia de Jerusalén.
Capítulo 1
Una revelación del destino del mundo
Desde la cumbre del Monte de los Olivos, Jesús contemplaba Jerusalén, donde resaltaban las magníficas construcciones del templo. El sol poniente doraba la nívea blancura de sus muros de mármol y se reflejaba en la parte superior del templo y su torre. ¡Qué hijo de Israel podía observar la escena sin sentir gozo y admiración! Pero otros eran los pensamientos que ocupaban la mente de Jesús. “Cuando llegó cerca de la ciudad, al verla, lloró sobre ella” (S. Lucas 19:41).
No derramaba Jesús lágrimas por sí mismo, aunque ante él se encontraba el Getsemaní, el escenario de su próxima agonía, que ya no estaba distante, y el Calvario, el lugar de su crucifixión. Pero no eran éstas las escenas que ensombrecían esta hora de alegría. Lloraba por los millares de habitantes de Jerusalén sentenciados a la destrucción.
Jesús observaba la historia de más de mil años del favor especial y del cuidado protector de Dios manifestados hacia el pueblo elegido. Jerusalén había sido honrada por Dios más que cualquier otro lugar de la tierra. El Señor había “elegido a Sion... por habitación para sí” (Salmo 132:13). Durante siglos, los santos profetas habían anunciado mensajes de advertencia. Diariamente la sangre de los corderos había sido ofrecida para representar la del Cordero de Dios.
Si Israel se hubiera mantenido leal al cielo, Jerusalén habría permanecido para siempre como la elegida de Dios. Pero los anales de este pueblo favorecido eran una historia de apostasía y rebelión. Con un amor mayor que el de un padre que se compadece, Dios había tenido “misericordia de su pueblo y de su habitación” (2 Crónicas 36:15). Siendo que las amonestaciones y reprensiones habían fallado, él mandó el más rico don del cielo, el Hijo de Dios mismo, para exhortar a la ciudad impenitente.
Durante tres años el Señor de luz y gloria había caminado entre su pueblo “haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos del diablo”, poniendo en libertad a los cautivos, devolviendo la vista a los ciegos, haciendo que el cojo caminara y el sordo oyera, limpiando a los leprosos, resucitando a los muertos y predicando el evangelio a los pobres (ver Hechos 10:38; S. Lucas 4:18; S. Mateo 11:5).
Errante peregrino, vivió para suplir las necesidades y aligerar las penas de los hombres, y para rogarles que aceptaran el don de la vida. Los actos de su misericordia, rechazados por aquellos corazones endurecidos, regresaban en una manifestación más poderosa de inexpresable amor y compasión. Pero Israel había rechazado a su mejor Amigo y a su único Ayudador. Los ruegos de su amor habían sido despreciados.
La hora de esperanza y perdón se estaba esfumando rápidamente. La tormenta que se había estado formando durante siglos de apostasía y rebelión estaba por estallar sobre un pueblo culpable. El único que podía salvarlos de su destino inminente había sido despreciado, injuriado y rechazado, y pronto había de ser crucificado.
Cuando Cristo contempló Jerusalén, lo agobiaba la condenación de toda una ciudad, de toda una nación. Contempló al ángel destructor con la espada levantada contra la ciudad que por tanto tiempo había sido la morada de Dios. Desde el mismo lugar que más tarde fue ocupado por Tito y su ejército contempló, más allá del valle, los atrios y pórticos sagrados. Con ojos inundados por las lágrimas vio las murallas rodeadas de tropas enemigas. Oyó la marcha de los ejércitos que avanzaban en son de guerra, la voz de las madres y los niños que clamaban por pan en la ciudad sitiada. Vio su santo templo, sus palacios y sus torres, entregados a las llamas, y finalmente hechos un montón de ruinas humeantes.
Observando la marcha de los siglos, vio al pueblo del pacto esparcido por todos los países, “como náufragos en una playa desierta”. La piedad divina y el sublime amor de Cristo se volcaron en las amorosas palabras: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta a sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!” (S. Mateo 23:37).
Cristo vio en Jerusalén un símbolo del mundo endurecido en la incredulidad y la rebelión, apresurándose hacia los juicios retributivos de Dios. Su corazón fue conmovido de piedad por los que en la tierra estaban afligidos y sufrían. Anhelaba aliviarlos, y estaba dispuesto a derramar su alma hasta la muerte para poner la salvación a su alcance.
¡La Majestad del cielo envuelta en lágrimas! Esa escena muestra cuán dura es la tarea de salvar al culpable de las consecuencias de la transgresión de la ley de Dios. Jesús vio al mundo envuelto en el engaño, un engaño similar al que causó la destrucción de Jerusalén. El gran pecado de los judíos fue su rechazo de Cristo: el gran pecado del mundo sería su rechazo de la ley de Dios, el fundamento de su gobierno en el cielo y en la tierra. Millones de personas esclavizadas por el pecado, en peligro de sufrir la muerte eterna, rehusarían escuchar las palabras de verdad el día que se las dijeran.
El magnífico templo condenado
Dos días antes de la Pascua, Jesús de nuevo fue con sus discípulos al Monte de los Olivos que dominaba la ciudad. Una vez más observó el templo con su deslumbrante esplendor, una joya de hermosura. Salomón, el más sabio de los reyes de Israel, había completado el primer templo, el edificio más magnífico que jamás tuviera el mundo. Después de su destrucción por parte de Nabucodonosor, fue reedificado quinientos años antes del nacimiento de Cristo.
Pero el segundo templo no había igualado al primero en esplendor. No hubo una nube de gloria, no descendió fuego del cielo sobre su altar. El arca, el propiciatorio y las tablas del testimonio no se hallaban allí. Ninguna voz procedente del cielo había manifestado al sacerdote la voluntad de Dios. El segundo templo no fue honrado por la nube del Dios de gloria, pero sí con la presencia viva de Aquel que era Dios mismo manifestado en carne. El “Deseado de todas las gentes” había venido a su templo cuando el Hombre de Nazaret enseñaba y sanaba en los atrios sagrados. Pero Israel había rechazado el Don ofrecido por el cielo. Junto con el humilde Maestro que ese día había salido por sus áureos portales, la gloria se había apartado para siempre del templo. Ya se estaban cumpliendo las palabras del Salvador: “Vuestra casa os es dejada desierta” (S. Mateo 23:38).
Los discípulos se habían llenado de asombro ante el anuncio profético de Cristo, que el templo sería destruido, y anhelaban entender el significado de sus palabras. Herodes el Grande había contribuido tanto con tesoros romanos como con recursos judíos para darle mayor hermosura. Enormes bloques de mármol blanco, traídos desde Roma, formaban parte de su estructura, hacia los cuales los discípulos habían llamado la atención de su Maestro, diciendo: “Mira qué piedras, y qué edificios” (S. Marcos 13:1).
Pero Jesús respondió con estas solemnes y terribles palabras: “De cierto os digo, que no quedará aquí piedra sobre piedra, que no sea derribada” (S. Mateo 24:2). El Señor había dicho a los discípulos que él vendría por segunda vez. Por lo tanto, ante la mención de los juicios que caerían sobre Jerusalén, sus mentes se concentraron en su venida, y preguntaron: “¿Cuándo serán estas cosas, y qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo?” (S. Mateo 24:3).
Cristo presentó delante de ellos un delineamiento de los principales acontecimientos que ocurrirían antes del fin del tiempo. La profecía que pronunció tenía un doble significado. En tanto que anunciaba la destrucción de Jerusalén, predecía a la vez los terrores de los días finales del mundo.
Los juicios de Dios caerían sobre Israel por su rechazo del Mesías y la crucifixión del Salvador. “Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel (el que lee, entienda), entonces los que estén en Judea, huyan a los montes” (S. Mateo 24:15, 16; ver también S. Lucas 21:20, 21). Cuando los estandartes idolátricos de los romanos se establecieran en los terrenos sagrados fuera de los muros de la ciudad, los seguidores de Cristo habían de huir para salvarse. Los que escaparan debían hacerlo sin demora. Debido a los pecados de Jerusalén, la ira caería sobre la ciudad. Su persistente incredulidad hizo que su destrucción fuera segura (ver Miqueas 3:9-12).
Los habitantes de Jerusalén acusaron a Cristo de ser la causa de todos los problemas que le habían acontecido como consecuencia de sus pecados. Aunque sabían que él era sin pecado, declararon que su muerte era necesaria para la seguridad de la nación. Aceptaron la sentencia del sumo pontífice, que les dijo que sería mejor que muriera un hombre y no que toda la nación pereciera (ver S. Juan 11:47-53).
Aunque dieron muerte a su Salvador porque él reprobó sus pecados, se consideraban a sí mismos como el pueblo favorecido de Dios y esperaban que el Señor los libertara de sus enemigos.
La paciencia de Dios
Durante casi 40 años el Señor demoró sus juicios. Había todavía muchos judíos que ignoraban el carácter y la obra de Cristo. Y los hijos no habían disfrutado del conocimiento que sus padres habían despreciado. Mediante la predicación de los apóstoles, Dios hizo que la luz brillara sobre ellos. Veían cómo la profecía se había cumplido no solamente con el nacimiento y la vida de Cristo, sino también con su muerte y resurrección. Los hijos no fueron condenados por los pecados de sus padres; pero cuando ellos rechazaron el conocimiento adicional que les fuera conferido, se hicieron partícipes de los pecados de sus mayores y colmaron la medida de su iniquidad.
Los judíos, en su obstinada impenitencia, rechazaron la última oferta de misericordia. Entonces Dios retiró su protección de ellos. La nación fue abandonada al control del dirigente que había escogido. Satanás despertó las pasiones más fieras y más bajas del alma. Los hombres eran irrazonables, y estaban dominados por el impulso y el odio ciego, y actuaban con crueldad satánica. Amigos y parientes se traicionaban unos a otros. Los padres mataban a los hijos, y los hijos a los padres. Los gobernantes no tenían poder para gobernarse a sí mismos. La pasión los convirtió en tiranos. Los judíos habían aceptado el falso testimonio para condenar al inocente Hijo de Dios. Ahora, falsas acusaciones habían hecho insegura su vida. El temor de Dios ya no los preocupaba. Satanás estaba a la cabeza de la nación.
Dirigentes de partidos opositores combatían entre sí y se mataban sin misericordia. Aun la santidad del templo no restringía su horrible ferocidad. El Santuario fue mancillado por los cuerpos de los asesinados. Sin embargo, los instigadores de esta obra infernal declararon que no tenían temor de que Jerusalén fuese destruida. Era la ciudad de Dios. Aunque las legiones romanas estuvieron rodeando el templo, las multitudes se aferraron a su creencia de que el Altísimo se interpondría para derrotar a los adversarios. Pero Israel había despreciado la protección divina, y ahora no tenía defensa.
Un desastre portentoso
Todas las predicciones dadas por Cristo con relación a la destrucción de Jerusalén se cumplieron al pie de la letra. Aparecieron señales y milagros. Durante siete años un hombre estuvo recorriendo las calles de Jerusalén, declarando las desgracias que vendrían. Este extraño personaje fue apresado y azotado, pero ante el insulto y los maltratos solamente contestaba: “¡Ay de Jerusalén!” Finalmente fue asesinado durante el sitio de la ciudad que él predijo.[1]
Ni un solo cristiano pereció en la destrucción de Jerusalén. Después que los romanos habían rodeado la ciudad bajo Cestio, inesperadamente abandonaron el sitio cuando todo parecía favorable para el ataque. El general romano retiró sus fuerzas sin la menor razón aparente. La señal prometida había sido dada a los cristianos que esperaban (S. Lucas 21:20, 21).
Los sucesos se desarrollaron de tal manera que ni los judíos ni los romanos impidieran la huida de los cristianos. Ante la retirada de Cestio, los judíos lo persiguieron, y mientras ambas fuerzas estaban así plenamente empeñadas en batalla, los cristianos de todo el país pudieron escapar sin problemas a un lugar seguro: la ciudad de Pella.
Las fuerzas judías, al perseguir a Cestio y a su ejército, cayeron sobre la retaguardia. Con gran dificultad los romanos tuvieron éxito en su retirada. Los judíos con sus despojos regresaron triunfantes a Jerusalén. Sin embargo, este aparente éxito les trajo solamente mal. Inspiró un porfiado espíritu de resistencia en los romanos, los cuales trajeron una angustia indecible sobre la ciudad condenada.
Terribles fueron las calamidades que cayeron sobre Jerusalén cuando Tito reinició el sitio. La ciudad fue rodeada en ocasión de la Pascua, cuando millones de judíos se reunían dentro de sus muros. Anteriormente muchos depósitos de provisiones habían sido destruidos debido a las luchas de los partidos contendientes. Ahora empezaron a experimentarse todos los horrores del hambre. Los hombres comían el cuero de sus zapatos y sandalias y las cubiertas de sus escudos. Gran cantidad salía de noche para juntar plantas silvestres que crecían fuera de los muros de la ciudad, aunque entonces muchos de ellos eran torturados cruelmente y muertos. A menudo los que regresaban salvos eran privados por asalto de todo lo que habían recogido. Los esposos despojaban a sus esposas, y las esposas a sus maridos. Los hijos arrebataban el alimento de las bocas de sus padres ancianos.
Los dirigentes romanos trataron de infundir terror en los judíos y así obligarlos a rendirse. Los prisioneros eran azotados, torturados y crucificados ante los muros de la ciudad. A lo largo del valle de Josafat y en el Calvario se levantaron cruces en tal cantidad que apenas había lugar para moverse entre ellas. De esta manera fue castigada aquella imprecación terrible pronunciada ante Pilato: “¡Recaiga su sangre sobre nosotros, y sobre nuestros hijos!” (S. Mateo 27:25, VM).
Tito se llenó de horror al ver los cuerpos amontonados en los valles. Como obsesionado, observó el magnífico templo y ordenó que no se tocara ninguna piedra de su estructura. Dirigió un ferviente llamamiento a los líderes judíos a que no lo obligaran a contaminar con sangre el lugar sagrado. ¡Si los romanos lucharan en cualquier otro lugar, ninguno de ellos violaría la santidad del templo! Josefo mismo les rogó que se rindieran para salvarse, y para salvar también la ciudad y el lugar de culto; pero fue rechazado con amargas maldiciones. Arrojaron flechas contra él, su último mediador humano. Los esfuerzos de Tito para salvar el templo fueron en vano. Uno mayor que él había declarado que no sería dejada piedra sobre piedra.
Finalmente, Tito, determinado a salvar el templo, si era posible, de la destrucción, decidió tomarlo por asalto. Pero sus órdenes fueron desobedecidas. Un soldado, aprovechándose de una abertura en el pórtico, arrojó un leño encendido, e inmediatamente las cámaras forradas de cedro que rodeaban la casa santa estuvieron envueltas en llamas. Tito se precipitó al lugar y ordenó a los soldados que apagaran las llamas, mas sus palabras fueron desatendidas. En su furia los soldados arrojaron teas encendidas a las cámaras adjuntas del templo, destruyendo así a los que habían hallado refugio en ellas. La sangre corría como agua por las gradas del templo.
Después de la destrucción del templo, la ciudad entera cayó en poder de los romanos. Los dirigentes judíos abandonaron sus torres impenetrables. Tito declaró que Dios los había entregado en sus manos pues ninguna maquinaria, por poderosa que fuera, podría haber prevalecido contra esas estupendas fortalezas. Tanto la ciudad como el templo fueron arrasados hasta sus fundamentos, y el terreno en el cual estaba edificada la casa santa fue “arado como un campo de cultivo” (ver Jeremías 26:18). Más de un millón de personas perecieron; los que sobrevivieron fueron conducidos como cautivos, vendidos como esclavos, arrastrados a Roma, arrojados a las bestias salvajes en los anfiteatros o esparcidos como errantes peregrinos por la tierra.
Los judíos habían colmado la copa de la venganza. En todas las desgracias que siguieron a su dispersión estaban recogiendo la cosecha que sus propias manos habían sembrado. “¡Es tu destrucción, oh Israel, el que estés contra mí... porque has caído por tu iniquidad!” (Oseas 13:9; 14:1, VM). A menudo los sufrimientos son considerados como un castigo ordenado directamente por Dios. De este modo el gran engañador trata de disfrazar su propia obra. Debido a un rechazo caprichoso del amor y la misericordia divinos, los judíos habían hecho que la protección de Dios les fuera retirada.
No podemos saber cuánto debemos a Cristo por la paz y la protección que disfrutamos. El poder restrictivo de Dios impide que el género humano caiga enteramente bajo el dominio de Satanás. Aun el desobediente y desagradecido tiene mucha razón para agradecer a Dios por su misericordia. Pero cuando los hombres traspasan los límites de la tolerancia divina, la protección desaparece. Dios no actúa nunca como el verdugo de la sentencia contra la transgresión. Él deja que los que rechazan su misericordia cosechen aquello que han sembrado. Cada rayo de luz rechazado es una semilla sembrada que produce su infalible cosecha. El Espíritu de Dios, persistentemente resistido, al fin se retira. Entonces no queda ningún poder para controlar las malas pasiones del alma, ninguna protección contra la malicia y la enemistad de Satanás.
La destrucción de Jerusalén es una solemne advertencia dirigida a todos los que resisten los clamores de la misericordia divina. La profecía del Salvador con relación a los juicios sobre Jerusalén ha de tener otro cumplimiento todavía. En la suerte corrida por la ciudad escogida podemos ver la condenación de un mundo que ha rechazado la misericordia de Dios y pisoteado su ley. Negros son los registros de la miseria humana que el mundo ha presenciado. Terribles han sido los resultados de rechazar la autoridad del cielo. Pero una escena aún más tenebrosa es lo que se presenta en las revelaciones del futuro. Cuando el Espíritu restrictivo de Dios se haya retirado totalmente, para no frenar más la exposición de la pasión humana y de la ira satánica, el mundo contemplará, como nunca antes, los resultados del gobierno de Satanás.
En ese día, como en la destrucción de Jerusalén, el pueblo de Dios será librado (ver Isaías 4:3). Cristo vendrá la segunda vez para reunir a sus fieles consigo. “Entonces aparecerá la señal del Hijo del Hombre en el cielo; y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra, y verán al Hijo del Hombre viniendo sobre las nubes del cielo, con poder y gran gloria. Y enviará a sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán a sus escogidos, de los cuatro vientos, desde un extremo del cielo hasta el otro” (S. Mateo 24:30, 31).
Guárdense los hombres de descuidar las palabras de Cristo. Como él amonestó a sus discípulos acerca de la destrucción de Jerusalén para que huyeran de la misma, así ha amonestado al mundo acerca del día de la destrucción final. Todos los que quieran podrán huir de la ira que vendrá. “Entonces habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes” (S. Lucas 21:25; ver también S. Mateo 24:29; S. Marcos 13:24-26; Apocalipsis 6:12-17). “Velad, pues” (S. Marcos 13:35), es la amonestación del Señor. Los que escuchen la advertencia no serán dejados en tinieblas.
El mundo no está más dispuesto a creer el mensaje para este tiempo que lo que estaban los judíos para recibir la advertencia del Salvador con relación a Jerusalén. Venga cuando venga, el Día de Dios sobrevendrá en forma inadvertida para los impíos. Cuando la vida continúe su curso invariable; cuando los hombres estén absorbidos en el placer, en los negocios, en la caza del dinero; cuando los dirigentes religiosos estén magnificando el progreso del mundo, y el pueblo esté adormecido en una falsa seguridad, entonces, así como el ladrón a medianoche entra en una casa sin custodia, vendrá la destrucción sobre los descuidados impíos, “y no escaparán” (1 Tesalonicenses 5:2-5).
[1] Milman, History of the Jews [Historia de los judíos], lib. 13.
Capítulo 2
La lealtad y la fe de los mártires
Jesús les reveló a sus discípulos la historia de su pueblo desde el tiempo en que él sería arrebatado al cielo hasta su regreso con poder y gloria. Penetrando profundamente en el futuro, su ojo vio las violentas tempestades que habrían de asaltar a sus seguidores en los años futuros de persecución (ver S. Mateo 24:9, 21, 22). Los seguidores de Cristo deben recorrer la misma senda de humillación y sufrimiento que recorrió su Maestro. La enemistad que soportó el Redentor del mundo se manifestaría contra todos los que creyeran en su nombre.
El paganismo se dio cuenta de que si triunfaba el evangelio, sus templos y altares serían arrasados; por lo tanto se encendieron los fuegos de la persecución. A los cristianos se los despojaba de sus posesiones y se los arrastraba de sus hogares. Nobles y esclavos, ricos y pobres, cultos e ignorantes, fueron sin misericordia sacrificados en gran número.
Empezando bajo Nerón, las persecuciones continuaron durante siglos. Se declaró falsamente que los cristianos eran la causa del hambre, las plagas y los terremotos. Había acusadores listos, por soborno, a traicionar a los inocentes acusándolos como rebeldes y como peste de la sociedad. Muchísimos fueron arrojados a las bestias salvajes o quemados vivos en los anfiteatros. Algunos fueron crucificados; otros fueron cubiertos con pieles de animales salvajes y arrojados a la arena para ser despedazados por los perros. En las fiestas públicas, vastas multitudes se reunían para gozar del espectáculo y festejar con risas y aplausos la agonía mortal de los mártires.
Los seguidores de Cristo se veían obligados a ocultarse en lugares solitarios. Fuera de los muros de la ciudad de Roma, entre las colinas, se habían construido largas galerías subterráneas, a través de la tierra y la roca, de muchos kilómetros de longitud. En estos refugios ocultos, los seguidores de Cristo enterraban a sus muertos. Aquí también, cuando eran perseguidos, hallaban un hogar. Muchos recordaron las palabras de su Maestro: que cuando fueran perseguidos por causa de Cristo, debían alegrarse en gran manera. Grande sería su recompensa en los cielos, porque de la misma forma habían sido perseguidos los profetas antes que ellos (ver S. Mateo 5:11, 12).
Cánticos de triunfo ascendían de en medio de las llamas crepitantes. Por fe vieron a Cristo y a los ángeles observándolos con el más profundo interés y considerando su firmeza con aprobación. Resonaba la voz desde el trono de Dios: “Sé fiel hasta la muerte, y yo te daré la corona de la vida” (Apocalipsis 2:10).
Vanos fueron los esfuerzos de Satanás para destruir a la iglesia de Cristo por la violencia. Los obreros de Dios eran sacrificados, pero el evangelio continuaba esparciéndose y sus adherentes aumentaban. Dijo un cristiano: “Cuanto más a menudo seamos muertos por ustedes, más creceremos en cantidad; la sangre de los cristianos es semilla”.[1]
Frente a ello, Satanás formuló sus planes para combatir con más éxito contra Dios, poniendo su bandera dentro de la iglesia cristiana para ganar por engaño lo que no podía conseguir por la fuerza. La persecución cesó, y fue reemplazada por los atractivos de la prosperidad temporal y el honor. Los paganos fueron inducidos a recibir una parte de la fe cristiana, mientras rechazaban verdades esenciales. Profesaban aceptar a Jesús, pero no tenían convicción del pecado y no sentían ninguna necesidad de arrepentimiento o de cambio de corazón. Haciendo algunas concesiones de su parte, propusieron que los cristianos hicieran también las suyas, para que todos pudieran unirse sobre la plataforma de “la fe en Cristo”.
Ahora la iglesia se encontraba en un terrible peligro. ¡El encarcelamiento, la tortura, el fuego y la espada eran bendiciones en comparación con esto! Algunos cristianos se mantuvieron firmes. Otros estaban en favor de modificar su fe, y bajo el manto de un pretendido cristianismo, Satanás se insinuó a sí mismo en la iglesia para corromper su fe.
Finalmente la mayoría de los cristianos rebajó las normas. Se formó una unión entre el cristianismo y el paganismo. Aunque los adoradores de ídolos profesaban unirse con la iglesia, continuaban aferrándose a su idolatría, cambiando únicamente los objetos de su culto por imágenes de Jesús, y aun de María y de los santos. Doctrinas incorrectas, ritos supersticiosos y ceremonias idólatras se incorporaron a la fe y al culto de la iglesia. La religión cristiana llegó a corromperse, y la iglesia perdió su pureza y poder. Sin embargo, algunos no fueron engañados. Continuaron manteniendo su fidelidad al Autor de la verdad.
Dos clases en la iglesia
Siempre ha habido dos clases entre los que han profesado seguir a Cristo. En tanto que una clase estudia la vida del Salvador y trata con todo fervor de corregir sus defectos y conformar su vida con el gran Modelo, la otra clase de personas evita las verdades sencillas y prácticas que exponen sus errores. Aun en su mejor estado la iglesia nunca se compuso totalmente de personas veraces y sinceras. Judas se contó con los discípulos, para que por la instrucción y el ejemplo de Cristo pudiera ser inducido a ver sus errores. Pero debido a su indulgencia con el pecado, atrajo las tentaciones de Satanás. Se enojó cuando sus faltas fueron reprobadas, y esto lo llevó a traicionar a su Maestro (ver S. Marcos 14:10, 11).
Ananías y Safira pretendieron hacer un sacrificio completo en favor de Dios pero retuvieron en forma codiciosa una porción para sí mismos. El Espíritu de verdad reveló a los apóstoles el verdadero carácter de estos pretendidos creyentes, y los juicios de Dios libraron a la iglesia de aquella inmunda mancha que mancillaba su pureza (ver Hechos 5:1-11). Cuando la persecución sobrevino a los seguidores de Cristo, solamente los que estaban dispuestos a abandonarlo todo por la verdad deseaban llegar a ser sus discípulos. Pero cuando cesó la persecución, se añadieron conversos que eran menos sinceros, y el camino quedó abierto para la penetración de Satanás.
Cuando los cristianos nominales se unieron con los que eran semiconvertidos del paganismo, Satanás se regocijó, y entonces los inspiró a perseguir a aquellos que se mantenían fieles a Dios. Estos cristianos apóstatas, al unirse con compañeros semipaganos, dirigieron su guerra contra los rasgos más esenciales de las doctrinas de Cristo. Se necesitaba una lucha desesperada para mantenerse firme contra los engaños y las abominaciones introducidas en la iglesia. La Biblia no era aceptada como norma de fe. La doctrina de la libertad religiosa fue calificada como herejía, y los que la sostenían fueron perseguidos.
Los primeros cristianos eran, por cierto, un pueblo peculiar. Pocos en número, sin riquezas, sin jerarquía ni títulos honoríficos, eran odiados por los impíos, como Abel fue odiado por Caín (ver Génesis 4:1-10). Desde los días de Cristo hasta los nuestros, los fieles discípulos de Jesús han excitado el odio y la oposición de los que aman el pecado.
¿Cómo, pues, puede entonces el evangelio denominarse un mensaje de paz? Los ángeles cantaron en las llanuras de Belén: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (S. Lucas 2:14). Existe aparente contradicción entre estas declaraciones proféticas y las palabras de Cristo: “No he venido para traer paz... sino espada” (S. Mateo 10:34). Sin embargo, si ambas declaraciones se entienden correctamente, existe entre ellas perfecta armonía. El evangelio es un mensaje de paz. La religión de Cristo, recibida y obedecida, extendería paz y felicidad por el mundo entero. Era la misión de Jesús reconciliar a los hombres con Dios, y así reconciliarlos mutuamente. Pero el mundo en general está bajo el control de Satanás, el más encarnizado enemigo de Cristo. El evangelio presenta principios de vida que están en total desacuerdo con los hábitos y deseos de los pecadores, y éstos se oponen a aquellos principios. Odian la pureza que condena el pecado, y persiguen a los que los exhortan a adherirse a sus santas demandas. Es en este sentido como el evangelio se convierte en una espada.
Muchos que son débiles en la fe desechan su confianza en Dios porque él permite que los hombres viles prosperen, en tanto que los mejores y más puros sean atormentados por el cruel poderío de aquéllos. ¿Cómo puede Alguien que es justo y misericordioso, y que tiene poder infinito, tolerar tal injusticia? Dios nos ha dado suficientes evidencias de su amor. No hemos de dudar de su bondad porque no podamos entender su providencia. Dijo el Salvador: “Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os perseguirán” (S. Juan 15:20). Los que son llamados a soportar la tortura y el martirio están solamente siguiendo los pasos del amado Hijo de Dios.
Los justos son colocados en el horno de la aflicción para ser purificados, para que su ejemplo convenza a otros acerca de la realidad de la fe y la bondad, y para que su conducta consecuente condene a los impíos e incrédulos. Dios permite que los malvados prosperen y revelen su enemistad contra él con el fin de que todos vean la justicia del Señor y su misericordia en la total destrucción que sufrirán los malos. Todo acto de crueldad hacia los fieles de Dios será castigado como si hubiera sido hecho contra Cristo mismo.
Pablo declara que “todos los que quieran vivir piadosamente en Cristo Jesús padecerán persecución” (2 Timoteo 3:12). ¿Por qué es, entonces, que la persecución parece actualmente adormecida? La única razón es que la iglesia se ha conformado con las normas del mundo, y por lo tanto no despierta ninguna oposición. La religión de nuestros tiempos no es la religión pura y santa de Cristo y sus apóstoles. Debido a que las verdades de la Palabra de Dios son consideradas con indiferencia, debido a que existe tan poca piedad vital en la iglesia, el cristianismo resulta popular en el mundo. Prodúzcase un reavivamiento de la fe como en la iglesia primitiva, y los fuegos de la persecución volverán a encenderse.
[1] Tertuliano, Apología, párr. 50.
Capítulo 3
Una era de tinieblas espirituales
El apóstol San Pablo declaró que el día de Cristo no vendría “sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado... el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios... haciéndose pasar por Dios”. Además declaró que “está en acción el misterio de iniquidad” (2 Tesalonicenses 2:3, 4, 7). Aun en esa época primitiva el apóstol vio que algunos errores ya se estaban introduciendo en la iglesia, los cuales prepararían el camino para el papado.
Poco a poco “el misterio de iniquidad” fue desarrollando su obra engañosa. Costumbres ajenas se introdujeron en la iglesia cristiana, y fueron restringidos sólo por un tiempo por las terribles persecuciones que se realizaron bajo el paganismo; pero cuando cesó la persecución, el cristianismo abandonó la humilde sencillez de Cristo para reemplazarla por la pompa de los sacerdotes y los gobernantes paganos. La conversión nominal de Constantino causó gran regocijo. Ahora la obra de corrupción progresó rápidamente. El paganismo, que parecía conquistado, se convirtió en el conquistador. Sus doctrinas y supersticiones fueron incorporadas en la fe de los profesos seguidores de Cristo.
Esta alianza entre el paganismo y el cristianismo dio como resultado la formación del “hombre de pecado” predicho en la profecía. Esa falsa religión es una obra maestra de Satanás, y del esfuerzo que él realizó para sentarse en el trono con el fin de gobernar la tierra de acuerdo con su voluntad.
Una de las principales doctrinas del romanismo enseña que el Papa se halla investido de suprema autoridad sobre los obispos y pastores de todo el mundo. Más que esto, el Papa ha sido denominado “Señor Dios el Papa” y declarado infalible. La misma pretensión que sostuvo Satanás en el desierto de la tentación todavía la sostiene por medio de la Iglesia de Roma, y vastas multitudes le rinden homenaje.
Pero los que reverencian a Dios hacen frente a esta pretensión como Cristo hizo frente a su astuto enemigo: “Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás” (S. Lucas 4:8). Dios nunca ha nombrado a hombre alguno para ser la cabeza de la iglesia. La supremacía papal es opuesta a las Escrituras. El Papa no puede tener poder sobre la iglesia de Cristo, excepto por usurpación. Los partidarios de Roma presentan ante los protestantes la acusación de haberse separado caprichosamente de la verdadera iglesia. Pero ellos son los que se han apartado de “la fe que ha sido una vez dada a los santos” (S. Judas 3).
Satanás sabe bien que fue mediante las Sagradas Escrituras como el Salvador resistió sus ataques. Ante cada asalto, Cristo presentaba el escudo de la verdad eterna, diciendo: “Escrito está”. Para que Satanás pueda ejercer su dominio sobre los hombres y establecer la usurpadora autoridad papal, debe mantenerlos ignorando las Escrituras. Las sagradas verdades de la Biblia debían ser ocultadas y suprimidas. Durante centenares de años la circulación de la Biblia fue prohibida por la Iglesia Romana. Se le vedaba a la gente el derecho a leerlas. Sacerdotes y prelados interpretaban sus enseñanzas para sostener sus pretensiones. Así, el Papa llegó a ser casi universalmente reconocido como el vicegerente de Dios en la tierra.
Cómo se “cambió” el sábado
La profecía declaraba que el papado iba a “cambiar los tiempos y la ley” (Daniel 7:25). Para poder reemplazar el culto de los ídolos por alguna cosa que lo sustituyera, se introdujo gradualmente la adoración de las imágenes y reliquias en el culto cristiano. El decreto de un concilio general finalmente estableció esta idolatría. Roma se atrevió a borrar de la ley de Dios el segundo mandamiento, que prohíbe el culto de las imágenes, y a dividir el décimo en dos con el fin de conservar el número total.
Dirigentes inconversos de la iglesia atentaron también contra el cuarto mandamiento de la ley, para eliminar el descanso del sábado antiguo, el día que Dios había bendecido y santificado (Génesis 2:2, 3), y exaltar en su lugar el día festivo observado por los paganos como “el venerable día del sol”. En los primeros siglos el verdadero sábado había sido guardado por todos los cristianos, pero Satanás trabajó para realizar su objetivo. El domingo fue hecho un día festivo en honor de la resurrección de Cristo. Se realizaban servicios religiosos en él, aunque se lo consideraba como un día de recreación, mientras el sábado continuaba siendo observado por ser el día santo.
Satanás había inducido a los judíos, antes del advenimiento de Cristo, a recargar la observancia del sábado con exigencias rigurosas, convirtiéndolo en una carga. Ahora, aprovechándose de la falsa luz bajo la cual lo había hecho considerar, hizo que los cristianos lo despreciaran como institución “judaica”. Mientras en general continuaban observando el domingo como el día festivo, de gozo, los indujo a considerar el sábado como un día de tristeza y de abatimiento para manifestar su odio hacia el judaísmo.
El emperador Constantino dio un decreto convirtiendo el domingo en una festividad pública para todo el Imperio Romano. El día del sol fue entonces reverenciado por sus súbditos paganos y honrado por los cristianos. Constantino fue inducido a hacer esto por parte de los obispos de la iglesia. Inspirados por una sed de poder, percibieron que si el mismo día era observado tanto por cristianos como por paganos, haría progresar el poderío y la gloria de la iglesia. Pero, aunque muchos cristianos que temían a Dios fueron inducidos gradualmente a considerar el domingo como un día que poseía cierto grado de santidad, todavía se mantenían fieles al descanso sabático y observaban ese día en obediencia al cuarto mandamiento.
El archiengañador no había completado su tarea, y estaba resuelto a ejercer su poder por medio de su vicegerente, el orgulloso pontífice que pretendía representar a Cristo. Se realizaron grandes concilios en los cuales se reunieron dignatarios de todo el mundo. Prácticamente en cada concilio el sábado resultaba un poco más disminuido, en tanto que el domingo era exaltado. Así, la festividad pagana llegó finalmente a ser honrada como la institución divina, mientras que el sábado de la Biblia fue proclamado como una reliquia del judaísmo y su observancia fue prohibida bajo pena de excomunión.
El apóstata había tenido éxito en exaltarse a sí mismo sobre “todo lo que se llama Dios o es objeto de culto” (2 Tesalonicenses 2:4). Se había atrevido a cambiar el único precepto de la ley divina que señala al Dios vivo y verdadero. En el cuarto mandamiento, Dios se revela como el Creador. Siendo el monumento recordativo de la obra de la creación, el séptimo día fue santificado como el día de descanso para el hombre, designado para mantener siempre al Dios vivo en la mente de los hombres como objeto de adoración. Satanás lucha para desviar a los seres humanos de la obediencia a la ley de Dios; por lo tanto, dirige sus esfuerzos especialmente contra el mandamiento que señala a Dios como el Creador.
Los protestantes ahora alegan que la resurrección de Cristo en el día domingo lo convirtió en el sábado cristiano. Pero ni Cristo ni sus apóstoles le otorgaron tal honor a ese día. La observancia del domingo tuvo su origen en el “misterio de la iniquidad” (2 Tesalonicenses 2:7) que, ya en los días de Pablo, había comenzado su obra. ¿Qué razón puede darse para efectuar un cambio que las Escrituras no sancionan?
En el siglo VI el obispo de Roma fue declarado cabeza de toda la iglesia. El paganismo había dado lugar al papado. El dragón había dado a la bestia “su poder y su trono, y grande autoridad” (Apocalipsis 13:2).
Ahora habían empezado los 1.260 años de opresión papal, predicho en las profecías de Daniel y el Apocalipsis (Daniel 7:25; Apocalipsis 13:5-7; ver el Apéndice). Los cristianos eran obligados a elegir entre abandonar su integridad y aceptar las ceremonias y el culto papal, por una parte, o pasar la vida en calabozos, y sufrir la muerte, por la otra. Ahora se cumplieron las palabras de Jesús: “Seréis entregados aun por vuestros padres, y hermanos, y parientes, y amigos; y matarán a algunos de vosotros; y seréis aborrecidos de todos por causa de mi nombre” (S. Lucas 21:16, 17).
El mundo llegó a ser un extenso campo de batalla. Durante centenares de años la iglesia de Cristo encontró refugio en la reclusión y la oscuridad. “La mujer [la iglesia verdadera] huyó al desierto, donde tiene lugar preparado por Dios, para que allí la sustenten por mil doscientos sesenta días” (Apocalipsis 12:6).
El advenimiento de la Iglesia Romana al poder señaló el comienzo de la Edad Media, la edad oscura. La fe fue transferida de Cristo al Papa de Roma. En lugar de confiar en el Hijo de Dios para el perdón de los pecados y la salvación eterna, el pueblo miraba al Papa y a los sacerdotes a quienes él había delegado autoridad. El Papa era el mediador terrenal. Ocupaba para ellos el lugar de Dios. Una desviación de los requerimientos que él había impuesto era suficiente para que fueran castigados severamente. De esta forma las mentes del pueblo fueron desviadas de Dios hacia hombres crueles y falibles. Más aún, hacia el mismo príncipe de las tinieblas, quien ejercía su poder por medio de ellos. Cuando se suprimen las Escrituras y el hombre empieza a considerarse como supremo, contemplamos solamente fraude, engaño y vil iniquidad.
Días de peligro para la iglesia
Los fieles que sostenían el estandarte eran pocos. A veces parecía como que el error prevalecería por completo, y que la verdadera religión sería desterrada de la tierra. Se perdía de vista el evangelio, y el pueblo era recargado con rigurosos impuestos ilegales. Se enseñaba a la gente a confiar en las obras propias para conseguir el perdón de sus pecados. Largas peregrinaciones, actos de penitencia, el culto a las reliquias, la construcción de iglesias, santuarios y altares, el pago de grandes sumas a la iglesia: éstas eran las cosas impuestas para aplacar la ira de Dios o para asegurar su favor.
En torno al fin del siglo VIII, los partidarios del Papa pretendieron que en los primeros siglos de la iglesia, los obispos de Roma habían poseído los mismos poderes espirituales que ahora ellos se arrogaban. Los monjes inventaron escritos antiguos. Decretos de reuniones conciliares de los cuales nunca se había oído fueron descubiertos, y en ellos se establecía la supremacía universal del Papa desde los primeros tiempos.
Los fieles que edificaban sobre el seguro fundamento (1 Corintios 3:10, 11) estaban perplejos. Cansados de la lucha constante contra la persecución, el fraude y todos los demás obstáculos que Satanás podía inventar, algunos que habían sido fieles se descorazonaron; por causa de la paz y la seguridad de sus propiedades y de su vida, abandonaron el seguro fundamento. Pero otros no se dejaron intimidar por la oposición de sus enemigos.
El culto de las imágenes se hizo general. Se encendían velas ante ellas, se les ofrecían oraciones y se practicaban las más absurdas costumbres. La razón misma parecía haber perdido su poder. Mientras los prelados y obispos eran personas amantes del placer y corruptas, la gente que esperaba de ellos dirección estaba sumergida en la ignorancia y el vicio.
En el siglo XI el papa Gregorio VII proclamó que la iglesia nunca se había equivocado, y que jamás se equivocaría, pretendiendo que eso estaba de acuerdo con las Escrituras. Pero ninguna prueba bíblica acompañaba esa declaración. El orgulloso pontífice también reclamaba la autoridad para deponer emperadores. Una ilustración del carácter tiránico de este abogado de la infalibilidad fue la forma en que trató al emperador germano Enrique IV. Por considerar que éste había desestimado la autoridad del Papa, Enrique IV fue excomulgado y destronado. Sus propios príncipes fueron animados a rebelarse contra él por mandato papal.
Enrique sintió la necesidad de hacer las paces con Roma. Acompañado de su esposa y de un fiel sirviente cruzó los Alpes en pleno invierno para poder humillarse ante el Papa. Al llegar al castillo de Gregorio fue conducido a un atrio exterior. Allí, en medio del severo frío del invierno, con la cabeza descubierta y los pies desnudos, esperó el permiso del Papa para aparecer ante su presencia. Solamente después que había pasado tres días de ayuno y confesión, el pontífice le concedió el perdón. Y esto todavía con la condición de que debía esperar la autorización del Papa para volver a usar las insignias reales o ejercer su poder. Gregorio, envanecido con su triunfo, se jactó de que era su deber humillar el orgullo de los reyes.
Cuán notable es el contraste entre este despótico pontífice y Cristo, que se presenta a sí mismo pidiendo entrada a la puerta del corazón. Enseñó a sus discípulos: “El que quiera ser el primero entre vosotros será vuestro siervo” (S. Mateo 20:27).
Cómo se introdujeron las falsas doctrinas
Aun antes del establecimiento del papado, las enseñanzas de los filósofos paganos habían ejercido su influencia en la iglesia. Muchos aún se aferraban a los principios de la filosofía secular e instaban a otros a estudiarla como medio de extender su influencia entre los paganos. Así se introdujeron serios errores en la fe cristiana.
Entre las falsas doctrinas se destacan la creencia de la inmortalidad natural del hombre y su estado consciente después de la muerte. Esta doctrina forma el fundamento sobre el cual Roma estableció la invocación de los santos y la adoración a la Virgen María. De esto surgió también la herejía del tormento eterno para los que eran definidamente impenitentes, la cual se incorporó en la fe papal.
Estaba preparado el camino para otra invención del paganismo: el Purgatorio, empleado para aterrorizar a las multitudes supersticiosas. Esta herejía afirma la existencia de un lugar de tormento en el cual las almas de los que no habían merecido la eterna condenación sufren un castigo por sus pecados, y desde el cual, cuando son limpiados de la impureza, son admitidos en el cielo.
Aún se necesitaba otra impostura para permitirle a Roma sacar provecho de los temores y los vicios de sus adherentes: la doctrina de las indulgencias. Se prometía la completa remisión de los pecados pasados, presentes y futuros a todos los que se alistaran en las guerras del pontífice para castigar a sus enemigos o para exterminar a aquellos que osaran negar su supremacía espiritual. Mediante el pago de dinero a la iglesia, las personas podían liberarse de sus pecados y también liberar a las almas de los amigos muertos que sufrían en las llamas atormentadoras. De esta manera Roma llenó sus cofres y sostuvo la pompa, el lujo y el vicio de los pretendidos representantes de Aquel que no tenía dónde reclinar la cabeza.
La institución bíblica de la cena del Señor fue reemplazada por el sacrificio idólatra de la misa. Los sacerdotes papales pretendían convertir el sencillo pan y el vino en el verdadero “cuerpo y sangre de Cristo”.[1] Con blasfema pretensión, abiertamente reclamaban el poder de crear a Dios, el Creador de todas las cosas. Se exigía que los cristianos, bajo pena mortal, manifestaran su fe en esta herejía que afrentaba al cielo.
En el siglo XIII se estableció la más terrible maquinaria del papado: la Inquisición. En sus secretos concilios Satanás dominaba la mente de esos hombres malos. Invisible en medio de los mismos, un ángel de Dios tomaba nota de sus terribles e inicuos decretos y registraba la historia de hechos demasiado horribles para los ojos humanos. “Babilonia la grande” se vio “ebria de la sangre de los santos” (ver Apocalipsis 17:5, 6). Los cuerpos mutilados de millones de mártires clamaban a Dios por venganza contra ese poder apóstata.
El papado había llegado a ser el déspota del mundo. Reyes y emperadores se inclinaban ante los decretos del pontífice romano. Durante centenares de años la doctrina de Roma se recibía sumisamente. Sus clérigos eran honrados y sostenidos generosamente. Desde entonces nunca la Iglesia Romana alcanzó de nuevo tanto rango, brillo o poder.
Pero “el mediodía del papado era la medianoche del mundo”.[2] Las Escrituras eran casi desconocidas. Los dirigentes papales odiaban la luz que revelaba sus pecados. Habiéndose eliminado la ley de Dios, la norma de justicia, ellos practicaban el vicio sin restricción. Los palacios de los papas y prelados eran escenarios de viles francachelas. Algunos de los pontífices eran culpables de crímenes tan horrorosos que los gobernantes seculares intentaron destronarlos por ser monstruos demasiado viles para ser tolerados. Durante siglos Europa se estancó en materia de saber, arte y civilización. Una parálisis moral e intelectual había dominado a la cristiandad.
¡Tales fueron los resultados de desterrar la Palabra de Dios!
[1] Conferencias del cardenal Wiseman sobre “The Real Presence” [La presencia real], conf. 8, sec. 3, párr. 26.
[2] J. A. Wylie, The History of Protestantism [La historia del protestantismo], lib. 1, cap. 4.
Capítulo 4
Un pueblo que esparce la fe
Durante el largo período de la supremacía papal hubo testigos de Dios que conservaron la fe en Cristo como el único mediador entre Dios y los hombres. Consideraban la Biblia como la única regla de vida, y santificaban el verdadero día de reposo. Se los tildaba de herejes, sus escritos eran confiscados, adulterados o mutilados. Sin embargo, ellos permanecieron firmes.
Su historia ocupa un lugar escaso en los registros humanos, fuera de lo que se encuentra en las acusaciones de sus perseguidores. Roma trató de destruir todo lo “herético”, tanto personas como escritos. Se esforzó también por destruir todo registro de su crueldad hacia los que no estaban de acuerdo con ella. Antes de la invención de la imprenta, los libros eran escasos en número; por lo tanto, no era mucho lo que se podía hacer para impedir que los partidarios de Roma llevaran a cabo su propósito. Tan pronto como el papado obtuvo poder, la Iglesia Romana extendió sus brazos para aplastar a todo el que rehusara reconocer su dominio.
En Gran Bretaña, el cristianismo primitivo había echado raíces muy temprano, sin dejarse corromper por la apostasía romana. La persecución por parte de los emperadores paganos fue el único don que las primeras iglesias de Gran Bretaña recibieron de Roma. Muchos cristianos que huían de la persecución en Inglaterra hallaron refugio en Escocia; desde allí la verdad fue llevada a Irlanda, y en estos países fue recibida con alegría.
Cuando los sajones invadieron Gran Bretaña, el paganismo logró predominar, y los cristianos fueron obligados a refugiarse en las montañas. En Escocia, un siglo más tarde, la luz brilló hasta llegar a países muy distantes. Colombano y sus colaboradores llegaron desde Irlanda y convirtieron a la isla de Iona en el centro de sus labores misioneras. Entre estos evangelistas se hallaba un observador del sábado, y así la verdad fue introducida entre el pueblo. Se estableció una escuela en Iona, y de ella salieron misioneros para ir a Escocia, Inglaterra, Alemania, Suiza y aun a Italia.
Roma hace frente a la religión bíblica
Pero Roma resolvió someter a Gran Bretaña bajo su autoridad. En el siglo VI sus misioneros emprendieron la tarea de convertir a los paganos sajones. A medida que la obra progresaba, los dirigentes papales se encontraron con que los cristianos primitivos eran sencillos, humildes, y que tenían un carácter, una doctrina y una conducta consecuentes con las Escrituras. Esos dirigentes ponían en evidencia la superstición, la pompa y la arrogancia propias del papado. Roma exigía que estas iglesias cristianas reconocieran la soberanía del pontífice. Los habitantes de Gran Bretaña replicaron que el Papa no tenía derecho a ejercer supremacía en la iglesia y que no podían tributarle más que la sumisión debida a todo seguidor de Cristo; no reconocían otro señor que Cristo.
Entonces el verdadero espíritu del papado comenzó a revelarse. El dirigente romano dijo: “Si no recibís a hermanos que os traen paz, recibiréis a enemigos que os traen guerra”.[1] La guerra y el engaño fueron empleados contra estos testigos leales a la fe bíblica, hasta que las iglesias de Gran Bretaña fueron destruidas u obligadas a someterse al Papa.
En los países que estaban más allá de la jurisdicción de Roma, durante siglos los grupos cristianos permanecieron casi totalmente libres de la corrupción papal. Continuaron considerando la Biblia como la única regla de fe. Estos cristianos creían en la perpetuidad de la ley de Dios y observaban el sábado del cuarto mandamiento. En el centro del África y entre los armenios del Asia había iglesias que adherían a esta fe y práctica.
De entre los que resistieron al poder papal se destacaban, en forma sobresaliente, los valdenses. En el propio país donde el papado había sentado sus reales, las iglesias del Piamonte mantenían su independencia. Pero llegó el tiempo en que Roma insistió en que éstas se sometieran. Sin embargo, algunos rehusaron ceder al Papa o a los prelados, y determinaron preservar la pureza y la sencillez de su fe. Se realizó una separación. Los que se adherían a la fe antigua, ahora se retiraron. Algunos, abandonando los Alpes nativos, levantaron el estandarte de la verdad en países extraños. Otros se refugiaron en las fortalezas rocosas de las montañas y allí conservaron su libertad para adorar a Dios.
Sus creencias religiosas se fundaban sobre la Palabra de Dios. Esos humildes campesinos, apartados del mundo, no habían llegado por sí mismos a la verdad en oposición a los dogmas de la iglesia apóstata. Sus creencias religiosas fueron la herencia que recibieron de sus padres. Ellos luchaban por la fe de la iglesia apostólica. “La iglesia del desierto”, y no la orgullosa jerarquía entronizada en la gran capital del mundo, era la verdadera iglesia de Cristo, la guardiana de los tesoros de la verdad que Dios encomendó a su pueblo para que fuera dada al mundo.
Entre las causas más importantes que determinaron la separación entre la iglesia verdadera y Roma, existía el odio que esta última profesaba hacia el día de reposo bíblico. Como lo había predicho la profecía, el poder papal echó por tierra la ley de Dios. Las iglesias, sometidas al papado eran obligadas a honrar el domingo. En medio del error prevaleciente, muchos de los verdaderos hijos de Dios estaban tan confundidos que observaban el sábado y al mismo tiempo no trabajaban el domingo. Pero esto no satisfacía a los dirigentes papales. Ellos exigían que el verdadero sábado fuera profanado, y denunciaban a los que se atrevían a manifestar que honraban ese día.
Centenares de años antes de la Reforma, los valdenses poseían la Biblia en su idioma nativo. Esto determinó que fueran un objeto especial de persecución. Ellos declaraban que Roma era la Babilonia apóstata del Apocalipsis. Con peligro de su vida se mantenían firmes para resistir sus corrupciones. Durante aquellos siglos de apostasía, hubo valdenses que negaban la supremacía de Roma, rechazaban el culto a las imágenes como idolatría y observaban el verdadero día de reposo.
Detrás de los majestuosos baluartes de las montañas, los valdenses establecieron un lugar de refugio. Esos fieles exiliados señalaban a sus hijos las alturas majestuosas, en cuyo pie se hallaban, y les hablaban acerca de Aquel cuya palabra es tan duradera como las colinas eternas. Dios había establecido con firmeza las montañas; ningún brazo sino el del infinito poder podía moverlas. De idéntica manera él había establecido su ley. Para el brazo humano, el cambiar un solo precepto de la ley de Dios era tan difícil como desarraigar las montañas y arrojarlas al mar. Esos peregrinos no exhalaban ninguna queja por las durezas que les deparaba su suerte; nunca estaban solitarios en medio de la soledad de las montañas. Se regocijaban en su libertad para adorar. Desde muchas alturas majestuosas entonaban alabanzas, y los ejércitos de Roma no podían silenciar sus cánticos de acción de gracias.
Valiosos principios de verdad
Ellos valoraban los principios de la verdad por encima de casas y terrenos, amigos y parientes, y aun la vida misma. Desde los más tempranos años de su niñez, a los jóvenes se les enseñaba a considerar como sagrados los mandatos de la ley de Dios. Los ejemplares de la Biblia eran raros; por lo tanto sus preciosas palabras eran confiadas a la memoria. Muchos eran capaces de repetir largas porciones tanto del Antiguo Testamento como del Nuevo Testamento de memoria. Se los ejercitaba desde la niñez a soportar durezas y a pensar y actuar por sí mismos. Se les enseñaba a llevar responsabilidades, a ser cuidadosos en lo que hablaban y a valorar la sabiduría del silencio. Una palabra indiscreta que llegara a sus enemigos podría hacer peligrar la vida de centenares de hermanos, pues, como lobos que buscan su presa, los enemigos de la verdad perseguían a los que osaban reclamar libertad para su fe religiosa.
Los valdenses, con perseverante paciencia, trabajaban para producir su pan. Aprovechaban toda porción de tierra arable que había entre las montañas. La economía y la abnegación formaban parte de la educación de los niños. El proceso era laborioso, pero sano; precisamente el que el hombre necesita en su estado caído. A los jóvenes se les enseñaba que todas las facultades pertenecen a Dios, y que deben ser desarrolladas para su servicio.
Las iglesias valdenses se asemejaban a la iglesia del tiempo apostólico. Rechazando la supremacía del Papa y de los prelados, se aferraban a la Biblia como la única autoridad infalible. Sus pastores, a diferencia de los señoriales sacerdotes de Roma, alimentaban a la grey de Dios, conduciéndola a pastos verdes y a los vivos manantiales de su santa Palabra. La gente se reunía, no en iglesias magníficas o en grandes catedrales, sino en los valles alpinos, o, en tiempos de peligro, en alguna fortaleza rocosa, para escuchar las palabras de verdad de los siervos de Cristo. Los pastores no solamente predicaban el evangelio, sino que visitaban a los enfermos y trabajaban para promover la armonía y el amor hermanable. A semejanza de Pablo, el fabricante de tiendas, cada uno aprendía un oficio con el cual, si fuera necesario, pudiera proveerse sostén propio.
Los jóvenes recibían instrucción de sus pastores. La Biblia era el principal tema de estudio. Aprendían de memoria los evangelios de San Mateo y San Juan, así como muchas de las epístolas.
Mediante un trabajo incansable, a veces en las oscuras cavernas de la tierra, a la luz de las antorchas, se copiaban las Sagradas Escrituras versículo por versículo. Angeles del cielo rodeaban a estos fieles obreros.
Satanás había instigado a los sacerdotes papales y a los prelados a enterrar la Palabra de verdad bajo los escombros del error y la superstición. Pero de una manera maravillosa ésta fue conservada fielmente a través de todas las edades oscuras. Como el arca sobre las ondas tempestuosas, la Palabra de Dios hace frente a las tormentas que amenazan destruirla. Así como la mina tiene sus ricas vetas de oro y plata ocultas bajo de la superficie, las Sagradas Escrituras tienen tesoros de verdad que se revelan únicamente a los que los buscan en forma humilde y con oración. Dios se propuso que la Biblia fuera un libro de lecciones para todo el género humano y una revelación de sí mismo. Cada verdad que se descubre es una nueva revelación del carácter de su Autor.
Desde las escuelas de las montañas algunos jóvenes eran enviados a instituciones de enseñanza de Francia o Italia, donde había un campo más amplio de estudios y observación que el de los Alpes nativos. Los jóvenes enviados se veían expuestos a la tentación. Se encontraban con los agentes de Satanás que los instigaban con sutiles herejías y peligrosos engaños. Pero su educación desde la niñez los preparaba para hacer frente a estos peligros.
En las escuelas adonde eran enviados no debían tener confidentes. Sus ropas eran preparadas de tal manera que podían esconder su gran tesoro: las Escrituras. Dondequiera que podían hacerlo, mientras iban por el camino, con mucho cuidado, colocaban algunas porciones de éstas entre aquellos cuyo corazón parecía abrirse para recibir la verdad. En estas instituciones de enseñanza se ganaban conversos para la verdadera fe, y frecuentemente sus principios se dejaban sentir en toda la escuela. Sin embargo, los dirigentes papales no podían descubrir el origen de la así llamada “herejía” corruptora.
Jóvenes educados como misioneros
Los cristianos valdenses sentían la solemne responsabilidad de permitir que su luz brillara. Por el poder de la Palabra de Dios trataban de quebrantar la esclavitud que Roma había impuesto. Los pastores valdenses habían de servir tres años en algún campo misionero antes de hacerse cargo de una iglesia en su lugar nativo: una introducción adecuada para la vida pastoral en tiempos que constituían una prueba para el alma de los hombres. Los jóvenes veían delante de ellos no la riqueza y la gloria terrenal, sino el trabajo fatigoso, el peligro y la posibilidad del martirio. Los misioneros salían de dos en dos, como Jesús solía enviar a sus discípulos.
El dar a conocer la misión que llevaban habría asegurado su derrota. Todo ministro poseía un conocimiento de algún oficio o profesión, y los misioneros proseguían su trabajo bajo el manto de una vocación secular, habitualmente la de comerciante. “Llevaban sedas, joyas y otros artículos... y eran bienvenidos como comerciantes en lugares donde habrían sido despreciados como misioneros”.[2] Llevaban secretamente ejemplares de la Biblia, parciales o completos. A menudo se despertaba el interés de leer la Palabra de Dios, y una porción de la misma era dejada para los que la deseaban.
Descalzos y con una indumentaria tosca y gastada por el viaje, estos misioneros pasaban por las grandes ciudades y penetraban en países distantes. A su paso se erigían iglesias, y la sangre de los mártires testificaba de la verdad. En forma oculta y silenciosa, la Palabra de Dios hallaba una alegre recepción en los hogares y el corazón de los hombres.
Los valdenses creían que el fin de todas las cosas no estaba muy distante. Al estudiar la Biblia resultaban profundamente impresionados con su deber de dar a conocer a otros sus verdades salvadoras. Hallaban consuelo, esperanza y paz por medio de su fe en Jesús. A medida que la luz alegraba sus corazones, anhelaban reflejar sus rayos sobre los que estaban en las tinieblas del error papal.
Bajo la dirección del Papa y los sacerdotes, se enseñaba a las multitudes a confiar en sus buenas obras para salvarse. Los hombres siempre se miraban a sí mismos, su mente se espaciaba en su condición pecaminosa, y aunque afligían el alma y el cuerpo, no encontraban alivio. Millares pasaban su vida en las celdas de los conventos. Mediante ayunos y azotes repetidos, observando vigilias de medianoche, postrándose sobre piedras frías y húmedas, y con largas peregrinaciones –obsesionados por el temor de la ira vengadora de Dios–, muchos continuaban sufriendo hasta que, con el físico exhausto, abandonaban la lucha. Sin un rayo de esperanza terminaban en la tumba.
Cristo, la esperanza del pecador
Los valdenses anhelaban abrirles a estas almas los mensajes de paz que se hallaban en las promesas de Dios y señalarles a Cristo como su única esperanza de salvación. Consideraban que la doctrina de que las buenas obras pueden proporcionar el perdón del pecado estaba basada en la falsedad. Los méritos de un Salvador crucificado y resucitado son el fundamento de la fe cristiana. La relación de dependencia del alma de Cristo debe ser tan íntima como la de un miembro con el cuerpo, o la de la rama con la vid.
Las enseñanzas de los papas y los sacerdotes habían inducido a los hombres a considerar a Dios, y aun a Cristo, como austero y repulsivo, tan desprovisto de simpatía para con el hombre, que se necesitaba invocar la mediación de los sacerdotes y los santos. Pero aquellos cuya mente había sido iluminada anhelaban eliminar las obstrucciones que Satanás había acumulado, para que los hombres fueran directamente a Dios, confesaran sus pecados, y obtuvieran el perdón y la paz.
Invadiendo el reino de Satanás
Los misioneros valdenses reproducían en forma cuidadosa porciones escritas de las Sagradas Escrituras. La luz de la verdad penetraba en muchas mentes entenebrecidas hasta que el Sol de Justicia brillaba en el corazón trayendo salud en sus rayos. A menudo los oyentes deseaban que se repitiera una porción de las Escrituras, como para asegurarse ellos mismos de que habían escuchado correctamente.
Muchos veían cuán vana es la mediación de los hombres en favor del pecador. Exclamaban con regocijo: “Cristo es mi sacerdote; su sangre es mi sacrificio; su altar es mi confesionario”. Tan grande era el diluvio de luz que los inundaba, que se sentían como transportados al cielo. Todo miedo a la muerte se desvanecía. Ahora podían anhelar la prisión si de esta manera podían honrar a su Redentor.
La Palabra de Dios se llevaba a lugares secretos y era leída, a veces, a una sola persona, y a veces a un pequeño grupo que anhelaba la luz. A menudo toda la noche transcurría de esta manera. Con frecuencia se pronunciaban palabras como éstas: “¿Aceptará Dios mi ofrenda? ¿Me mirará con favor a mí? ¿Me perdonará a mí?” Se leía la respuesta: “¡Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso!” (S. Mateo 11:28, VM).
Felices, las almas regresaban a sus hogares para difundir la luz, para repetir a otros, lo mejor que podían, su nueva experiencia. ¡Habían hallado el verdadero camino viviente! Las Escrituras hablaban al corazón de los que anhelaban la verdad.
El mensajero de la verdad proseguía su camino. En muchos casos sus oyentes no preguntaban de dónde había venido ni a dónde iba. Habían experimentado tanto gozo, que ni se les había ocurrido hacer la averiguación. “¿Podría aquél ser un ángel del cielo?”, se preguntaban ellos.
En muchos casos el mensajero de la verdad había partido a otro país, o estaba penando en algún calabozo, o tal vez sus huesos blanqueaban en el lugar donde había dado testimonio de la verdad. Pero las palabras que había dejado detrás estaban realizando su tarea.
Los dirigentes papales vieron el peligro que entrañaban los trabajos de estos humildes itinerantes. La luz de la verdad disipaba las nubes pesadas del error que envolvían a la gente; dirigía las mentes únicamente a Dios, y eventualmente destruía la supremacía de Roma.
Estas personas, al sostener la fe de la iglesia antigua, eran un testimonio constante de la apostasía de Roma, y por lo tanto excitaban el odio y la persecución. Su negativa a abandonar las Escrituras era una ofensa que Roma no podía tolerar.
Roma se propone destruir a los valdenses
Entonces comenzaron las más terribles cruzadas contra el pueblo de Dios refugiado en sus hogares montañosos. Se enviaron inquisidores para que les siguieran la pista. Una y otra vez se convirtieron en un desierto sus fértiles tierras, y sus moradas y capillas fueron destruidas. No podía formularse ninguna acusación contra el carácter moral de esta clase proscrita. Su gran ofensa era que no adoraban a Dios de acuerdo con el deseo del Papa. Por este “crimen” se usó contra ellos todo tipo de insultos y torturas que los hombres y los demonios podían inventar.
Cuando Roma se propuso exterminar a la odiada secta, el Papa proclamó una bula [un edicto] condenándolos como herejes y entregándolos a la matanza. No se los acusaba de ser holgazanes, deshonestos o personas desordenadas; se declaraba que tenían una apariencia de piedad y santidad que seducía a “las ovejas del verdadero rebaño”. Esta bula pedía que todos los miembros de iglesia se unieran a la cruzada contra los herejes. Como incentivo, “a todos los que se unían a la cruzada, [la bula] los liberaba de cualquier juramento que hubiesen hecho: declaraba que eran legítimos sus títulos de toda propiedad que hubieran adquirido ilegalmente, y prometía la remisión de todos sus pecados a todo el que matara a algún hereje. Anulaba todos los contratos hechos en favor de los valdenses, prohibía a todas las personas que les dieran cualquier clase de auxilio, y autorizaba a todos a tomar posesión de las propiedades de aquéllos”.[3] Este documento revela claramente el rugido del dragón y no la voz de Cristo. El mismo espíritu que crucificó a Cristo, que martirizó a los apóstoles y que movió al sanguinario Nerón a sacrificar a los fieles de su tiempo, estaba en acción para eliminar de la tierra a aquellos a quienes Dios amaba.
Pese a las cruzadas contra ellos y a la inhumana carnicería a la cual fueron sometidos, este pueblo temeroso de Dios continuó enviando misioneros para difundir la preciosa verdad. Se los perseguía para darles muerte, y sin embargo su sangre regaba la semilla sembrada y producía fruto.
Así los valdenses dieron testimonio en favor de Dios siglos antes que apareciera Lutero. Ellos implantaron la semilla de la Reforma que empezó en los días de Wiclef, se desarrolló y se afirmó en los días de Lutero, y ha de avanzar hasta el fin del tiempo.
[1] J. H. Merle D’Aubigné, History of the Reformation of the Sixteenth Century [Historia de la Reforma del siglo XVI], lib. 17, cap. 2.
[2]Wylie, lib. 1, cap. 7.
[3]Ibíd., lib. 16, cap. 1.
Capítulo 5
Mensajeros de una era mejor
Dios no había permitido que su Palabra fuera totalmente destruida. En diferentes países de Europa hubo hombres que fueron movidos por el Espíritu de Dios a buscar la verdad como si trataran de encontrar tesoros escondidos. Guiados providencialmente a las Sagradas Escrituras, estaban dispuestos a aceptar la luz a cualquier costo. Aunque no veían todas las cosas claramente, pudieron percibir muchas de las verdades por largo tiempo sepultadas.
Había llegado el tiempo en que las Escrituras le fueran dadas al pueblo en su idioma nativo. El mundo había pasado por su medianoche. En muchos países aparecían señales del amanecer que se aproximaba.
En el siglo XIV se levantó en Inglaterra “el lucero de la Reforma”. Juan Wiclef se destacó en el colegio por su ferviente piedad así como por su sana erudición. Educado en la filosofía especulativa, en los cánones de la iglesia y en la ley civil, estaba preparado para empeñarse en la gran lucha en favor de la libertad civil y religiosa. Había adquirido la disciplina intelectual de las escuelas, y entendía las tácticas de los hombres letrados. El carácter extenso y completo de su conocimiento exigía el respeto tanto de amigos como de enemigos. Sus adversarios se veían en la imposibilidad de burlarse de la causa de la reforma porque no podían encontrar ignorancia o debilidad en quien la sostenía.
Mientras Wiclef todavía estaba en el colegio, inició el estudio de las Escrituras. Hasta aquí había sentido una gran necesidad, que ni sus estudios formales ni la enseñanza de la iglesia podían satisfacer. En la Palabra de Dios encontró aquello que en vano había buscado en otros conocimientos. Aquí vio a Cristo presentado como el único Abogado en favor del hombre, y se propuso proclamar las verdades que había descubierto.
Al principio Wiclef no se declaró opuesto a Roma. Pero cuanto más claramente comprendía los errores del papado, más fervorosamente presentaba las enseñanzas de la Biblia. Vio que Roma había abandonado la Palabra de Dios para reemplazarla por la tradición humana. Valientemente acusó a los sacerdotes de haber ocultado las Escrituras, y exigió que la Biblia le fuera restaurada al pueblo y que su autoridad fuera restablecida en la iglesia. Era un predicador capaz y elocuente, y su vida diaria era una demostración de las verdades que predicaba. Su conocimiento de las Escrituras, la pureza de su vida, y su valor e integridad ganaron la estima general. Muchos vieron la iniquidad de la Iglesia Romana, y saludaron con alegría no disimulada las verdades presentadas por Wiclef. Pero los dirigentes papales se llenaron de ira; el reformador estaba logrando una influencia mayor que la de ellos.
Un hábil detector del error
Wiclef se daba cuenta fácilmente del error, y con valor atacó los abusos sancionados por Roma. Mientras era capellán del rey, asumió una posición valiente en contra del pago del tributo reclamado por el Papa al monarca inglés. La pretensión del Papa de que tenía autoridad sobre los gobernantes seculares era contraria tanto a la razón como a la revelación. La demanda del Papa había levantado indignación, y las enseñanzas de Wiclef ejercían su influencia sobre las mentes más destacadas de la nación. El rey y los nobles se unieron para rehusar el pago de este tributo.
Los monjes mendicantes pululaban en Inglaterra, y atentaban contra la grandeza y la prosperidad de la nación. La vida de los monjes, ociosa y de vagancia, era no solamente una pérdida para los recursos del pueblo, sino que hacía que el trabajo útil se mirara con desprecio. Por el ejemplo de los tales, los jóvenes eran desmoralizados y se corrompían. Muchos eran inducidos a dedicarse a la vida monástica no sólo sin el consentimiento de sus padres, sino aun sin su conocimiento y hasta en contra de sus órdenes. Debido a esta “monstruosa inhumanidad”, como Lutero la denominó más tarde, y “participando más del espíritu del lobo y del tirano que del espíritu de un cristiano y de un hombre”, el corazón de los niños se endurecía contra sus padres.[1]
Aun los estudiantes de las universidades eran engañados por los monjes y seducidos para unirse a sus órdenes. Y una vez que estaban entrampados les resultaba imposible obtener libertad. Muchos padres rehusaban mandar a sus hijos a las universidades, las escuelas decayeron, y prevalecía la ignorancia.
El Papa había concedido a estos monjes la facultad de escuchar confesiones y otorgar perdón, lo cual era una fuente de muchos males. Con el propósito de obtener ganancias, los frailes estaban tan listos a conceder la absolución que hasta los cristianos recurrían a ellos, y los peores vicios aumentaban rápidamente. Los donativos que podrían haber aliviado tanto a enfermos como a pobres se entregaban a los monjes. La riqueza de los frailes aumentaba constantemente, y sus magníficos edificios y mesas bien servidas hacían más evidente la pobreza creciente de la nación. Sin embargo, los frailes continuaban manteniendo su dominio sobre las multitudes supersticiosas y les hacían pensar que todo el deber religioso se reducía a reconocer la supremacía del Papa, adorar a los santos y hacer regalos a los monjes, y esto era suficiente para obtener un lugar en el cielo.
Wiclef, con claro discernimiento, atacó las raíces del mal, declarando que el sistema mismo era falso y debía ser abolido. Se estaban despertando la discusión y la investigación. Muchos se preguntaban si no debían pedir perdón a Dios y no al pontífice de Roma. “Los monjes y sacerdotes de Roma –decían ellos– nos están comiendo como un cáncer. Dios debe librarnos, o el pueblo perecerá”.[2] Los monjes mendicantes pretendían estar siguiendo el ejemplo del Salvador, y declaraban que Jesús y sus discípulos habían sido sostenidos por la caridad del pueblo. Esta pretensión inducía a muchos a ir a la Biblia para descubrir la verdad por sí mismos.
Wiclef comenzó a escribir y a publicar folletos contra los frailes, para llamar la atención del pueblo a las enseñanzas de la Biblia y a su autor. Él no podría haber elegido una forma más eficaz de derrocar ese edificio gigantesco que el Papa había levantado, y en el cual muchos estaban cautivos.
Wiclef, llamado a defender los derechos de la corona inglesa contra los abusos de Roma, fue nombrado embajador real en los Países Bajos. Aquí se puso en contacto con eclesiásticos de Francia, Italia y España, y tuvo oportunidad de observar las escenas que le habían sido ocultadas en Inglaterra. En estos representantes de la corte papal leyó el verdadero carácter de su jerarquía eclesiástica. Regresó a Inglaterra para repetir sus anteriores enseñanzas con mayor celo, declarando que el orgullo y el engaño eran los dioses de Roma.
Después de su regreso a Inglaterra, Wiclef fue nombrado, por el rey, rector de Lutterworth. Esta era la seguridad de que al monarca no le desagradaba su manera directa de hablar. La influencia de Wiclef empezó a amoldar la creencia de la nación.
Pronto el papado comenzó a luchar contra él. Se enviaron tres bulas ordenando que se tomaran inmediatas medidas para silenciar al maestro de “herejías”.[3]
La llegada de las bulas papales imponía a Inglaterra la orden de apresar al hereje. Parecía seguro que Wiclef pronto caería ante el espíritu de venganza de Roma. Pero Aquel que le había dicho a un hombre ilustre de la antigüedad: “No temas... yo soy tu escudo” (Génesis 15:1), extendió su brazo para proteger a su siervo. La muerte sobrevino, no al reformador, sino al pontífice que había decretado su destrucción.
La muerte de Gregorio XI fue seguida por la elección de dos papas rivales pretendiendo infalibilidad. Cada uno de ellos exigía a los fieles que hicieran guerra contra el otro, poniendo en vigencia sus demandas con terribles anatemas en contra de sus adversarios, y promesas de recompensa en los cielos para sus partidarios. Las facciones rivales estaban ocupadas en atacarse mutuamente, y el reformador tuvo descanso por un tiempo.
El cisma, con toda la lucha y la corrupción que produjo, preparó el camino para la Reforma, permitiendo a la gente ver lo que era realmente el papado. Wiclef pedía que la gente considerara si estos dos papas no estaban diciendo la verdad al condenarse uno al otro como el anticristo.
Determinado a que la luz fuera llevada a todas partes de Inglaterra, Wiclef organizó un cuerpo de predicadores: hombres sencillos, devotos, que amaban la verdad y deseaban extenderla. Estos, al enseñar en los mercados, en las calles de las grandes ciudades, en los caminos del campo, buscaban a los ancianos, a los enfermos y a los pobres y les presentaban las buenas nuevas de la gracia de Dios.
En Oxford, Wiclef predicó la Palabra de Dios en la universidad. Se lo llamaba “el doctor evangélico”. Pero la obra mayor de su vida fue la traducción de las Escrituras al inglés, de manera que toda persona de Inglaterra pudiera leer las maravillosas obras de Dios.
Atacado por una peligrosa enfermedad
Pero repentinamente sus labores se detuvieron. Aunque no tenía todavía 60 años de edad, el trabajo arduo e incesante, el estudio y los ataques de los enemigos lo habían debilitado y envejecido prematuramente. Fue atacado por una enfermedad peligrosa. Los frailes pensaban que se arrepentiría del mal que había hecho a la iglesia, y rápidamente fueron a su casa, listos para escuchar su confesión. “Tienes la muerte en tus labios –le dijeron–; arrepiéntete de tus faltas, y retráctate en nuestra presencia de todo lo que has dicho contra nosotros”.
El reformador escuchó en silencio. Entonces le pidió a su ayudante que lo levantara en su lecho. Observando fijamente a los frailes, dijo con voz firme y fuerte, voz que a menudo los había hecho temblar: “No moriré, sino que viviré para volver a denunciar los hechos malvados de los frailes”.[4] Asombrados y confusos, los monjes se apresuraron a salir de la habitación.
Wiclef continuó viviendo para colocar en manos de sus conciudadanos el arma más poderosa que existía contra Roma: la Biblia, el agente señalado por el cielo para liberar, iluminar y evangelizar al pueblo. Wiclef sabía que tenía solamente pocos años para trabajar; vio la oposición a la cual debía hacer frente; pero animado por las promesas de la Palabra de Dios, avanzó. Con el pleno vigor de sus facultades intelectuales, rico en experiencia, había sido preparado por las providencias de Dios para ésta, la hora más grandiosa de sus labores. En la rectoría de Lutterworth, sin prestar atención a la tormenta que rugía afuera, se aplicó a su tarea predilecta.
Por fin la obra fue completada: la primera traducción de la Biblia al inglés. El reformador había colocado en las manos del pueblo inglés una luz que nunca se apagaría. Había hecho más para quebrantar las cadenas de la ignorancia, y para liberar y elevar a su país, que lo que jamás se haya hecho por victorias logradas sobre el campo de batalla.
Únicamente por medio de un trabajo arduo y difícil podían prepararse ejemplares de la Biblia. Tan grande era el interés por obtener el libro, que con dificultad los copistas podían suplir la demanda. Compradores adinerados querían tener la Biblia entera. Otros compraban una porción. En muchos casos, varias familias se unían para comprar un ejemplar. La Biblia de Wiclef pronto se difundió por los hogares de la gente.
Wiclef ahora enseñaba las doctrinas distintivas del protestantismo: la salvación por la fe en Cristo, y la infalibilidad únicamente de las Escrituras. La nueva fe fue aceptada casi por la mitad del pueblo de Inglaterra.
La aparición de las Escrituras produjo desmayo en las autoridades de la iglesia. No había en ese tiempo ninguna ley en Inglaterra que prohibiera la Biblia, porque nunca antes había sido publicada en el lenguaje del pueblo. Tales leyes se sancionaron más tarde y se pusieron en vigencia con todo rigor.
De nuevo los dirigentes papales se complotaron para silenciar la voz del reformador. Primero, un sínodo de obispos declaró que sus escritos eran heréticos. Luego, ganando al joven rey Ricardo II en su favor, pronto obtuvieron un decreto real condenando al encarcelamiento a todos los que sostuvieran las doctrinas proscritas.
Wiclef apeló del sínodo al Parlamento. Valientemente acusó a la jerarquía eclesiástica ante la autoridad nacional, y exigió la reforma de los enormes abusos sancionados por la iglesia. Sus enemigos se sintieron confundidos. Se esperaba que el reformador, siendo ya anciano, solo y sin amigos, se inclinara ante la autoridad de la corona. En lugar de ello, el Parlamento, impulsado por la notable apelación de Wiclef, rechazó el edicto de persecución y el reformador se halló de nuevo en libertad.
Pero una vez más fue traído a juicio, y en este caso ante el tribunal eclesiástico supremo del reino. Aquí, finalmente, la obra del reformador tendría que detenerse; así pensaban los papistas. Si podían ellos realizar su propósito, Wiclef saldría de este lugar solamente para ir a las llamas.
Wiclef rechaza retractarse
Pero Wiclef no se retractó. Valientemente mantuvo sus enseñanzas y rechazó las acusaciones de sus perseguidores. Emplazó a sus oyentes ante el tribunal divino y pesó sus falsos argumentos y fracasos en la balanza de la verdad eterna. El poder del Espíritu Santo se hizo sentir sobre los oyentes. Como flechas de Dios, las palabras del reformador atravesaron sus corazones. El cargo de herejía, que habían traído contra él, lo arrojó contra sus acusadores.
“¿Contra quién piensan ustedes que están luchando? –dijo él–. ¿Contra un hombre anciano que está al borde de la tumba? ¡No! Contra la verdad: la verdad que es más poderosa que ustedes y los vencerá”.[5] Al decir tal cosa se retiró, y ninguno de sus adversarios intentó impedirlo.
La obra de Wiclef estaba casi terminada, pero una vez más había de presentar su testimonio en favor del evangelio. Fue citado a juicio ante el tribunal papal de Roma, que tan a menudo había derramado la sangre de personas justas, pero un ataque de parálisis le hizo imposible realizar el viaje. No obstante, aun cuando su voz no había de ser oída en Roma, podía hablar mediante una carta. El reformador envió al Papa un escrito que, aunque respetuoso y de espíritu cristiano, era un agudo reproche a la pompa y al orgullo de la sede papal.
De esta forma presentó ante el Papa y sus cardenales la mansedumbre y la humildad de Cristo, exhibiendo, no solamente ante ellos, sino ante toda la cristiandad, el contraste entre ellos y el Maestro, cuyos representantes pretendían ser.
Wiclef tenía la plena convicción de que el precio de su fidelidad sería su vida. El rey, el Papa y los obispos estaban unidos para conseguir su ruina, y parecía seguro que solamente después de unos meses él iría a la estaca para ser quemado. Pero su valor era intrépido.
El hombre que durante su vida entera había permanecido valientemente firme en defensa de la verdad, no iba a caer como una víctima del odio de sus adversarios. El Señor había sido su protector; y ahora, cuando sus enemigos se sentían seguros de la presa, la mano de Dios lo quitó del alcance de éstos. En su iglesia en Lutterworth, cuando estaba por impartir la comunión, cayó herido por otro ataque de parálisis, y después de un corto tiempo, fue llamado al descanso.
Precursor de una nueva era
Dios había puesto la palabra de verdad en la boca de Wiclef. Su vida fue protegida y sus labores prolongadas hasta que se hubo colocado el fundamento para la Reforma. No hubo ninguna persona, anterior a él, cuya obra sirviera de molde para su sistema de reforma. Fue precursor de una nueva era. A la vez, en la verdad que presentaba había una unidad y una totalidad que los reformadores que lo siguieron no superaron y que algunos ni siquiera alcanzaron. Tan firme y segura era la estructura, que no necesitaba ser reconstruida por los que vinieran después de él.
El gran movimiento que Wiclef inauguró, para liberar a las naciones de tanto tiempo de esclavitud por parte de Roma, tenía su fundamento en la Biblia. Esta era la fuente de ese manantial de bendiciones que ha fluido a través de los tiempos desde el siglo XIV. Educado para considerar a Roma como la autoridad infalible y para aceptar con incuestionable reverencia las enseñanzas y las costumbres de mil años, Wiclef abandonó todas estas cosas para escuchar la santa Palabra de Dios. Declaró que la única verdadera autoridad era la voz de Dios hablando por medio de su Palabra, en lugar de que la iglesia hablara por medio del Papa. Y enseñó que el Espíritu Santo es el intérprete de la Palabra.
Este hombre fue uno de los más grandes reformadores, e igualado por pocos de los que vinieron después de él. Pureza de vida, diligencia infatigable en el estudio y el trabajo, integridad incorruptible y amor cristiano caracterizaron al primero de los reformadores.
Fue la Biblia la que hizo de él lo que fue. El estudio de la Biblia ennoblecerá todo pensamiento, sentimiento y aspiración como ningún otro medio puede hacerlo. Da estabilidad de propósitos, valor y fortaleza. Un escudriñamiento ferviente y reverente de las Escrituras daría al mundo hombres de intelecto más fuerte tanto como de principios más nobles, de los que jamás haya producido la mejor instrucción que puede otorgar la filosofía humana.
Los seguidores de Wiclef, conocidos como wiclefitas y lolardos, se extendieron a otros países llevando el evangelio. Habiendo desaparecido su dirigente, los predicadores trabajaron con un celo aún mayor que antes. Multitudes concurrían a escucharlos. Algunos de la nobleza, y aun la esposa del rey, se hallaban entre sus conversos. En muchos países los símbolos idolátricos del romanismo fueron quitados de las iglesias.
Pero pronto estalló una inclemente persecución contra los que habían osado aceptar la Biblia como su guía. Por primera vez en la historia de Inglaterra se decretó la hoguera para los discípulos del evangelio. Un martirio sucedió a otro. Cazados como adversarios de la iglesia y traidores de la fe, los defensores de la verdad continuaron predicando en lugares secretos, mientras hallaban refugio en los hogares humildes, y a menudo escondiéndose en cuevas y cavernas.
Una protesta tranquila y paciente contra la corrupción de la fe religiosa continuó manifestándose por siglos. Los cristianos de ese tiempo primitivo habían aprendido a amar la Palabra de Dios, y pacientemente sufrían por su causa. Muchos sacrificaban sus posesiones mundanas por Jesús. Aquellos a quienes se les permitía que habitaran en sus hogares, alegremente alojaban a sus hermanos desterrados, y cuando ellos también eran desalojados, aceptaban con alegría la suerte de los perseguidos. No fue pequeño el número de los que dieron un valiente testimonio de la verdad en los calabozos y en medio de las torturas y las llamas, regocijándose de ser contados por dignos de participar “de sus padecimientos” (Filipenses 3:10).
El odio de los partidarios del papado no podía quedar satisfecho mientras el cuerpo de Wiclef descansara en la tumba. Más de 40 años después de su muerte, sus huesos fueron exhumados y quemados públicamente, y las cenizas arrojadas a un arroyo vecino. “Este arroyo –dijo un antiguo escritor–, ha conducido sus cenizas hasta el río Avón, el Avón al Severna, el Severna hasta los mares y éstos al océano. Y así es como las cenizas de Wiclef son un emblema de su doctrina que ahora está dispersa por el mundo entero”.[6]
Por medio de los escritos de Wiclef, Juan Hus de Bohemia fue inducido a renunciar a muchos de los errores del romanismo. De Bohemia la obra se extendió a otros países. Una mano divina estaba preparando el camino para la gran Reforma.
[1] Barnas Sears, The Life of Luther [La vida de Lutero], pp. 70, 69.
[2]D’Aubigné, lib. 17, cap. 7.
[3]Augustus Neander, General History of the Christian Religion and Church [Historia general de la religión cristiana y la iglesia], período 6, sec. 2, parte 1, párr. 8. Ver también el Apéndice.
[4] D’Aubigné, lib. 17, cap. 7.
[5]Wylie, lib. 2, cap. 13.
[6]T. Fuller, Church History of Britain [Historia de la iglesia en Inglaterra], lib. 4, sec. 2, párr. 54.
Capítulo 6
Dos héroes condenados a muerte
Ya por el siglo IX la Biblia había sido traducida y el culto público se realizaba en el idioma del pueblo en Bohemia. Pero Gregorio VII estaba decidido a esclavizar al pueblo, y se proclamó una bula prohibiendo el culto público en idioma bohemio. El Papa declaró que “place al Omnipotente que su culto se celebre en un lenguaje desconocido”.[1] Pero el cielo había provisto medios para la preservación de la iglesia. Muchos valdenses y albigenses, acosados por la persecución, llegaron hasta Bohemia y trabajaron celosamente en secreto. Así se preservó la verdadera fe.
Antes de los días de Hus había en Bohemia hombres que condenaban la corrupción de la iglesia. Pero se despertaron los temores del clero, y la persecución se inició contra el evangelio. Después de un tiempo se decretó que todos los que se apartaran del culto romano fueran quemados. Mas los cristianos tenían la esperanza de que su causa triunfara. Uno declaró cuando murió: “Se levantará uno de entre el común del pueblo, sin espada ni autoridad, y no podrán prevalecer contra él”.[2] Ya había uno que estaba levantándose, cuyo testimonio contra Roma conmovería a las naciones.
Juan Hus era de cuna humilde y había quedado huérfano a temprana edad por la muerte de su padre. Su piadosa madre, considerando que la educación y el temor de Dios eran las posesiones más valiosas, trató de proveerle esta herencia a su hijo. Hus estudió en la escuela provincial, y luego, por caridad, fue admitido en la Universidad de Praga.
En la universidad, Hus pronto se distinguió por sus rápidos progresos. Su conducta bondadosa y amable le ganó la estima general. Era un creyente sincero de la Iglesia Romana y un fervoroso buscador de las bendiciones espirituales que ella profesaba otorgar. Después de completar su curso en el colegio, entró en el sacerdocio. Rápidamente llegó a ser bien conocido, y se lo empleó en la corte del rey. Fue nombrado profesor y luego rector de la universidad. El humilde alumno que fuera admitido por caridad, había llegado a ser el orgullo de su país y su nombre era famoso en toda Europa.
Jerónimo, que más tarde llegó a asociarse con Hus, había traído consigo de Inglaterra las Escrituras de Wiclef. La reina de Inglaterra, conversa a las enseñanzas de Wiclef, era una princesa bohemia. Por medio de su influencia las obras del reformador circularon ampliamente en su país natal. Hus se inclinaba a considerar con favor las reformas propiciadas. Aunque él no lo sabía, ya había entrado en una senda que lo llevaría muy lejos de Roma.
Dos cuadros impresionan a Hus
Por este tiempo, dos hombres extranjeros venidos de Inglaterra, personas de saber que habían recibido la luz, habían llegado para esparcirla en Praga. Pronto se los quiso silenciar, pero no estaban dispuestos a abandonar su propósito y recurrieron a otros medios. Como eran pintores al mismo tiempo que predicadores, en lugar abierto al público dibujaron dos cuadros. Uno representaba la entrada de Cristo en Jerusalén, “manso, y sentado sobre una asna” (S. Mateo 21:5), y seguido por sus discípulos, vestidos con indumentaria gastada por los viajes y descalzos. El otro cuadro representaba una procesión pontificia: el Papa, con ricas vestimentas y una triple corona, montado sobre un caballo magníficamente enjaezado, precedido por trompetas y seguido por cardenales y prelados rodeados con deslumbrantes galas.
Las multitudes venían a observar los cuadros. Ninguno podía dejar de extraer la moraleja. Se produjo gran conmoción en Praga, y los extranjeros vieron que era necesario partir de allí. Pero los cuadros hicieron gran impresión en Hus y lo indujeron a un estudio más profundo de la Biblia y de los escritos de Wiclef.
Aunque todavía no estaba preparado para aceptar todas las reformas propiciadas por aquél, vio el verdadero carácter del papado, y denunció el orgullo, la ambición y la corrupción del clero.
Praga puesta bajo entredicho
Las noticias llegaron a Roma, y Hus fue citado para presentarse delante del Papa. El obedecer habría significado una muerte segura. El rey y la reina de Bohemia, la universidad, miembros de la nobleza y altos funcionarios del gobierno se unieron para pedir al pontífice que se le permitiera a Hus permanecer en Praga y responder mediante un enviado. En lugar de esto, el Papa procedió al juicio y a la condenación de Hus, y declaró que la ciudad de Praga estaba bajo censura eclesiástica.
En aquella época esta sentencia producía alarma. El pueblo consideraba al Papa como el representante de Dios, que tenía las llaves del cielo y del infierno y que poseía el poder para tomar medidas divinas. Se creía que hasta que el Papa no quitara el entredicho, los muertos eran excluidos de la morada de los benditos. Todos los servicios religiosos eran suspendidos. Las iglesias se cerraban. Los matrimonios se solemnizaban simplemente en el patio de las iglesias. Los muertos eran enterrados sin ritos en zanjas o en el campo.
Praga se llenó de tumultos. Muchos denunciaban a Hus y demandaban que fuera entregado a Roma. Para calmar la tormenta, el reformador se retiró por un tiempo a su aldea nativa. Pero no cesó en sus labores, sino que viajó por el campo predicando a las multitudes ansiosas. Cuando la excitación de Praga se apaciguó, Hus regresó para continuar predicando la Palabra de Dios. Sus enemigos eran poderosos, pero la reina y muchos nobles eran sus amigos, y el pueblo, en gran número, estaba con él.
Hus había estado solo en sus labores. Pero ahora Jerónimo se unió a la Reforma. En lo sucesivo los dos unieron sus vidas, y no estuvieron distanciados en la muerte. En las cualidades que constituían la verdadera fuerza de carácter, Hus era el mayor. Jerónimo, con verdadera humildad, percibió los valores de aquél y seguía sus consejos. Bajo la dirección de esta unión, la Reforma se extendió rápidamente.
Dios permitió que brillase una luz mayor en la mente de esos hombres escogidos, y les reveló muchos de los errores de Roma, pero no tuvieron aún toda la luz que había de ser dada al mundo. Dios estaba sacando al pueblo desde las tinieblas del romanismo, y lo dirigía paso a paso, conforme a la fuerza de ellos. Como la plena gloria del sol del mediodía en el caso de los que han estado por largo tiempo morando en la oscuridad, la luz en su totalidad los habría hecho retroceder. Por lo tanto, Dios la reveló poco a poco, a medida que podía ser soportada por el pueblo.
El cisma en la iglesia continuó. Tres papas ahora peleaban por la supremacía, y esto produjo muchos tumultos entre los respectivos seguidores. No contentos con arrojarse anatemas, cada uno trataba de comprar armas y obtener soldados. Para ello había que tener dinero, y para conseguirlo se ofrecían en venta oficios y bendiciones por parte de la iglesia.
Con creciente valentía Hus protestaba enérgicamente contra las abominaciones toleradas en nombre de la religión. El pueblo acusaba abiertamente a Roma como la causa de las miserias que agobiaban al cristianismo.
De nuevo Praga se vio al borde de un conflicto sangriento. Como en los tiempos pasados, el siervo de Dios fue acusado de ser “perturbador de Israel” (1 Reyes 18:17, VM). La ciudad de nuevo fue puesta bajo la censura papal, y Hus se retiró otra vez a su aldea nativa. Él había de hablar desde un escenario mayor a toda la cristiandad, antes de deponer su vida como un testigo de la verdad.
Se reunió un concilio general que debía sesionar en Constanza (al suroeste de Alemania), convocado de acuerdo con el deseo del emperador Segismundo por uno de los tres papas rivales, Juan XXIII. El papa Juan, cuyo carácter y conducta no soportaban la investigación, no se atrevió a oponerse a la voluntad de Segismundo. Los principales objetivos a conseguirse eran solucionar el cisma de la iglesia y desterrar la “herejía”. Los otros dos antipapas fueron citados para presentarse, y también se requirió la presencia de Juan Hus. Los dos antipapas fueron representados por sus delegados, y el papa Juan concurrió con mucho recelo, temiendo que se le pidiera cuenta de los vicios con que había corrompido la tiara y de los crímenes por medio de los cuales la había conseguido. Sin embargo, hizo su aparición en la ciudad de Constanza con gran pompa, asistido por eclesiásticos y un séquito de cortesanos. Sobre su cabeza había un palio de oro, sostenido por cuatro de los principales magistrados. Se llevaba delante de él la hostia, y las ricas vestiduras de los cardenales y de los nobles constituían una imponente ostentación.
Mientras tanto otro viajero se acercaba a Constanza. Hus dejó a sus amigos como quien nunca va a encontrarse de nuevo con ellos, sintiendo que su viaje lo conducía a la estaca de la hoguera. Había obtenido un salvoconducto del rey de Bohemia y también uno del emperador Segismundo. Pero hizo todos sus arreglos en vista de la probabilidad de su muerte.
El salvoconducto del rey
En una carta a sus amigos les decía: “Hermanos míos... parto con un salvoconducto del rey para hacer frente a mis numerosos y mortales enemigos... Cristo Jesús sufrió por sus muy amados; y por lo tanto, ¿habremos de extrañarnos de que él nos haya dejado su ejemplo?... Por lo tanto, amados, si mi muerte debe contribuir a su gloria, oren para que se realice rápidamente, y que él me habilite a soportar todas mis calamidades con constancia... Oremos a Dios para que yo no suprima una sola tilde de la verdad del evangelio, con el fin de dejar a mis hermanos un ejemplo excelente para seguir”.[3]
En otra carta, que escribió a un sacerdote convertido al evangelio, Hus hablaba con humildad de sus propios errores, acusándose a sí mismo “de haber sentido placer al usar ricos ropajes y haber malgastado tiempo en ocupaciones frívolas”. Entonces añadía: “Que la gloria de Dios y la salvación de las almas ocupen tu mente, y no la posesión de beneficios y propiedades. Cuida de no adornar tu casa más que tu alma; y, por encima de todo, presta atención al edificio espiritual. Sé piadoso y humilde con los pobres, y no consumas tus recursos en festines”.[4]
En Constanza, a Hus se le concedió plena libertad. Al salvoconducto del emperador se añadió una seguridad personal de protección por parte del Papa. Pero violaron estas repetidas declaraciones, y después de muy corto tiempo el reformador fue arrestado por orden del Papa y los cardenales, y arrojado en un inmundo calabozo. Más tarde fue transferido a un fuerte castillo que estaba al otro lado del Rin, y allí mantenido como preso. También el Papa fue pronto confinado en la misma cárcel,[5] habiéndose comprobado que era culpable de los crímenes más bajos, además de asesinatos, simonía, adulterio, y “pecados que no podían ser mencionados”. Pronto fue privado de la tiara. Los antipapas también fueron depuestos, y se eligió un nuevo pontífice.
Aunque el Papa mismo era culpable de crímenes mayores que los que Hus había atribuido a los sacerdotes, el mismo concilio que degradó al pontífice procedió a condenar al reformador. Su encarcelamiento excitó gran indignación en Bohemia. El emperador, poco dispuesto a que se violara su salvoconducto, se opuso a la decisión tomada contra Hus. Pero los enemigos del reformador presentaron argumentos para probarle que “no debía cumplirse la palabra empeñada con herejes, y con personas sospechosas de herejía, aunque se les hubiera provisto de salvoconductos del emperador y los reyes”.[6]
Debilitado por la enfermedad –el húmedo calabozo le produjo una fiebre que casi terminó con su vida–, Hus fue traído por fin ante el concilio. Cargado de cadenas apareció en presencia del emperador, cuya buena fe había sido empeñada para protegerlo. Mantuvo firmemente la verdad y expresó una solemne protesta contra las corrupciones del clero. Al pedírsele que eligiera entre retractarse de sus doctrinas o sufrir la muerte por medio del martirio, aceptó esto último.
La gracia de Dios lo sostuvo. Durante las semanas de sufrimiento que precedieron a su sentencia final, la paz del cielo llenó su alma. “Escribo esta carta –le decía a un amigo– en mi prisión, y con mi mano encadenada, esperando que mañana se cumpla mi sentencia de muerte... Cuando, con la ayuda de Cristo Jesús, nos encontremos de nuevo en la paz deliciosa de la vida futura, tú descubrirás cuán misericordioso se ha mostrado Dios hacia mí, cuán eficazmente me ha sostenido en medio de mis tentaciones y mis pruebas”.[7]
El triunfo previsto
En su calabozo, Hus previó el triunfo de la fe verdadera. En sueños vio al Papa y a los obispos desfigurando los cuadros de Cristo que él había pintado en los muros del palacio de Praga. “Esta visión lo perturbó. Pero al día siguiente volvió a soñar y entonces vio a muchos pintores ocupados en restaurar estos cuadros en mayor número y con colores más brillantes... Los pintores... rodeados por una inmensa multitud, exclamaron: ‘Ahora que vengan los papas y los obispos; nunca los volverán a desfigurar...’ ” Dijo el reformador: “La imagen de Cristo nunca será desfigurada. Han querido destruirla, pero será pintada de nuevo en todos los hogares por predicadores mucho mejores que yo”.[8]
Por última vez Hus fue traído ante el concilio, una vasta y brillante asamblea: estaban el emperador, los príncipes de todo el imperio, los delegados reales, cardenales, obispos, sacerdotes y una gran multitud.
Se le pidió que expresara su última decisión, y Hus declaró que se negaba a abjurar. Fijando su mirada en el monarca que en forma tan vergonzosa había violado la palabra empeñada, declaró: “Determiné, por mi propia y libre voluntad presentarme ante este concilio bajo la pública protección y la fe del emperador aquí presente”.[9] El bochorno cubrió la cara de Segismundo mientras los ojos de todos se fijaban en él.
Habiéndose pronunciado la sentencia, comenzó la ceremonia de degradación. De nuevo se lo exhortó a retractarse, pero Hus replicó, volviéndose hacia el pueblo: “¿Con qué cara me presentaría en el cielo? ¿Cómo miraría yo a las multitudes de hombres a quienes he predicado el evangelio puro? No; aprecio más su salvación que este pobre cuerpo, condenado ahora a la muerte”. Se le quitaron las ropas sacerdotales una por una, y cada obispo pronunciaba una maldición mientras realizaba su parte de la ceremonia. Finalmente “colocaron sobre su cabeza una gorra de papel en forma piramidal, en la cual había pintadas figuras de demonios, y con la palabra ‘archihereje’ bien clara al frente. ‘Muy gozosamente –dijo Hus– usaré esta corona de vergüenza por tu causa, oh Cristo, porque por mí llevaste la corona de espinas’ ”.[10]
Hus muere en la hoguera
Entonces fue conducido hacia afuera. Una inmensa procesión lo siguió. Cuando todo estaba listo para que el fuego fuera encendido, el mártir, una vez más, fue exhortado a salvarse renunciando a sus errores. “¿A qué errores –dijo Hus– renunciaré? No me reconozco culpable de ninguno. Pongo a Dios por testigo de que todo lo que he escrito y predicado ha sido con el propósito de rescatar a las almas del pecado y la perdición; y, por lo tanto, muy gozosamente confirmaré con mi sangre la verdad que he escrito y predicado”.[11]
Cuando se encendieron las llamas en torno a él, comenzó a cantar: “Jesús, hijo de David, ten misericordia de mí”, y así continuó hasta que su voz fue silenciada para siempre. Un celoso partidario del Papa, describiendo el martirio de Hus, y el de Jerónimo, que fue realizado poco tiempo después, dijo: “Se prepararon para el fuego como si fueran a una fiesta matrimonial. No pronunciaron ningún clamor de agonía. Cuando se elevaban las llamas, comenzaron a cantar himnos; y apenas la vehemencia de las hogueras pudo detener sus cantos”.[12]
Cuando el cuerpo de Hus había sido consumido, sus cenizas se arrojaron al Rin, y éste las llevó al océano para que fueran semillas esparcidas por todos los países de la tierra. Aun en lugares en aquel tiempo todavía desconocidos habían de producir abundante fruto en forma de testigos de la verdad. La voz que se oyó en la sala del concilio de Constanza despertaría ecos en todos los siglos venideros. Su ejemplo animaría a multitudes a permanecer firmes frente a la tortura y la muerte. Su ejecución exhibió ante el mundo la maligna crueldad de Roma. ¡Los enemigos de la verdad estaban promoviendo la causa que trataban de destruir!
Sin embargo la sangre de otro testigo debía hablar de la verdad. Jerónimo había exhortado a Hus a mantener el valor y la firmeza, declarando que si cayera en peligro, él se apresuraría en su ayuda. Al enterarse del apresamiento del reformador, el fiel discípulo se preparó para cumplir con su promesa. Sin un salvoconducto se puso en marcha hacia Constanza. Al llegar, se convenció de que solamente se había expuesto a sí mismo al peligro sin la posibilidad de hacer nada por Hus. Huyó entonces, pero fue arrestado y traído de vuelta, cargado de cadenas. En su primera aparición en el concilio, sus tentativas de responder fueron apagadas con gritos: “¡A las llamas con él!”[13]Fue arrojado en un calabozo y alimentado con pan y agua. Las crueldades que rodearon su prisión le acarrearon enfermedad y amenazaron su vida; pero como sus enemigos temieron que la muerte lo librara de sus manos, lo trataron con menos severidad, aunque permaneció preso durante un año.
Jerónimo se somete al concilio
Como la violación del salvoconducto de Hus había despertado una tormenta de indignación, el concilio determinó que en lugar de quemar a Jerónimo, lo obligarían a retractarse. Se le ofreció la alternativa de retractarse o morir en la estaca. Debilitado por la enfermedad, por los rigores de la prisión y por la tortura de la ansiedad y la incertidumbre, separado de amigos y descorazonado por la muerte de Hus, la fortaleza de Jerónimo se rindió. Se comprometió adherir a la fe católica y aceptar la decisión del concilio al condenar a Wiclef y a Hus, exceptuando, sin embargo, las “sagradas verdades”[14] que ellos habían enseñado.
Pero en la soledad del calabozo vio claramente lo que había hecho. Pensó en el valor y la fidelidad de Hus y reflexionó en su propia negativa de la verdad. Pensó en el Maestro divino, que por su causa había soportado la cruz. Antes que se retractara había hallado consuelo en medio del sufrimiento en la seguridad del favor de Dios, pero ahora el remordimiento y la duda torturaban su alma. Sabía que debía hacer otras retractaciones antes que pudiera estar en paz con Roma. El camino en el cual estaba entrando podía terminar solamente en la completa apostasía.
Jerónimo se arrepiente y tiene nuevo valor
Pronto fue traído de nuevo ante el concilio. Su sumisión no había satisfecho a los jueces. Únicamente abjurando de la verdad sin reserva alguna podía Jerónimo preservar su vida. Mas ya había determinado confesar su fe y seguir a su hermano mártir hasta las llamas.
Renunció a su primera retractación, y estando a punto de morir, solemnemente exigió la oportunidad de hacer su defensa. Los prelados insistieron que él sencillamente afirmara o negara los cargos hechos contra él. Jerónimo protestó contra una injusticia tan cruel. “Me han mantenido en silencio durante 340 días en una terrible prisión –dijo él–; ahora me traen delante de ustedes, y prestan atención a mis mortales enemigos mientras se niegan a escucharme... No falten a la justicia. En cuanto a mí, soy solamente un pobre mortal; mi vida es sólo de poca importancia, y cuando los exhorto a no proceder a una injusta sentencia, hablo menos en mi favor que en el de ustedes”.[15]
Por fin se le concedió su pedido. En la presencia de sus jueces, Jerónimo se arrodilló y oró para que el Espíritu divino dominara sus pensamientos, con el fin de no hablar nada en contra de la verdad o que fuera indigno de su Maestro. Para él ese día se cumplió la promesa: “Cuando os entreguen, no os preocupéis por cómo o qué hablaréis; porque en aquella hora os será dado lo que habéis de hablar. Porque no sois vosotros los que habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros” (S. Mateo 10:19, 20).
Por un año entero Jerónimo había estado en un calabozo, sin poder leer o aun mirar. Sin embargo sus argumentos fueron presentados con mucha claridad y poder, como si no hubiera sido perturbado por la imposibilidad de estudiar. Él señaló a sus oyentes la larga línea de santos hombres condenados por jueces injustos. En casi cada generación, los que trataban de elevar al pueblo de su época habían sido despreciados. Cristo mismo fue condenado como un malhechor en un tribunal injusto.
Jerónimo ahora declaró su arrepentimiento y presentó un testimonio de la inocencia y la santidad del mártir Hus. “Lo conocí desde la niñez –dijo él–. Era un hombre excelente, justo y santo; fue condenado pese a su inocencia... Yo estoy listo a morir. No me retractaré ante los tormentos que están preparados para mí por mis enemigos y falsos testigos, que algún día tendrán que rendir cuenta de sus imposturas ante el gran Dios, a quien nadie puede engañar”. Jerónimo continuó: “De todos los pecados que he cometido desde mi juventud, ninguno pesa tan tremendamente sobre mí y me causa tan agudo remordimiento como el que cometí en este lugar fatal cuando aprobé la inicua sentencia pronunciada contra Wiclef, y contra el santo mártir, Juan Hus, mi maestro y mi amigo. ¡Sí! Lo confieso de todo corazón, y declaro con horror que desgraciadamente me turbé cuando, aterrorizado por la muerte, condené su doctrina. Por lo tanto, suplico... al Dios Omnipotente se digne perdonarme mis pecados, y en particular éste, el más monstruoso de todos”.
Señalando a sus jueces, dijo firmemente: “Condenaron a Wiclef y a Juan Hus... Las cosas que ellos han afirmado, y que son irrefutables, yo también las pienso y las declaro, igual que ellos”.
Sus palabras fueron interrumpidas. Los prelados, temblando de rabia, clamaron: “¿Qué necesidad hay de mayor prueba? ¡Hemos contemplado con nuestros propios ojos al más obstinado de los herejes!”
Inmóvil frente a la tempestad, Jerónimo exclamó: “¡Qué! ¿Suponen que yo temo a la muerte? Me han mantenido un año entero en un terrible calabozo más horrible que la muerte misma... No puedo expresar mi asombro hacia una barbarie tan grande contra un cristiano”.[16]
Se lo entrega a la prisión y a la muerte
De nuevo rugió la tormenta de rabia, y Jerónimo fue arrastrado hacia la prisión. Sin embargo, había algunos sobre los cuales sus palabras hicieron una profunda impresión y desearon salvarle la vida. Fue visitado por dignatarios y se le aconsejó que se sometiera al concilio. Se le presentaron brillantes perspectivas como recompensa si lo hacía.
“Pruébenme por las Sagradas Escrituras que estoy en error –dijo él–, y me retractaré”.
“¡Las Sagradas Escrituras! –exclamó uno de los que lo tentaban–, ¿ha de juzgarse entonces todo por ellas? ¿Quién puede entenderlas antes que la iglesia las interprete?”
“¿Son las tradiciones de los hombres más dignas de fe que el evangelio de nuestro Salvador?”, replicó Jerónimo.
“¡Hereje! –fue la respuesta–, me arrepiento de haber abogado tanto tiempo por ti. Veo que estás dominado por el diablo”.[17]
Antes de mucho fue conducido al mismo lugar en el cual Hus había dado su vida. Fue cantando por el camino, mientras su rostro brillaba con gozo y paz. Para él la muerte había perdido sus terrores. Cuando el verdugo, a punto de prender la pira, se le acercó por detrás, el mártir exclamó: “Aplica el fuego delante de mi cara. Si tuviera miedo no estaría aquí”.
Sus últimas palabras fueron una oración: “Señor, Dios Todopoderoso, ten piedad de mí, y perdóname mis pecados; pues tú sabes que siempre he amado tu verdad”.[18]Las cenizas del mártir se juntaron, y como las de Hus, fueron arrojadas al Rin. Así perecieron los fieles portadores de la luz de Dios.
La ejecución de Hus encendió llamas de indignación y horror en Bohemia. La nación entera declaró que él había sido un fiel maestro de la verdad. Se acusó al concilio de crimen. Sus doctrinas atrajeron más atención que al principio, y muchos fueron inducidos a aceptar la fe reformada. El Papa y el emperador se unieron para aplastar el movimiento, y los ejércitos de Segismundo fueron despachados contra Bohemia.
Pero surgió un libertador. Ziska, uno de los generales más capaces de su época, fue el dirigente de los bohemios. Confiando en la ayuda de Dios, ese pueblo hizo frente a los ejércitos más poderosos que pudieran traer contra ellos. Una y otra vez el emperador invadió Bohemia, sólo para ser rechazado. Los husitas desafiaban la muerte, y nada podía oponérseles. El valiente Ziska murió, pero su lugar fue ocupado por Procopio, que en cierto sentido era un dirigente aún más capaz que él.
El Papa proclamó una cruzada contra los husitas. Un ejército inmenso se precipitó contra Bohemia, solamente para sufrir una terrible derrota. Se proclamó otra cruzada. En todos los países papales de Europa se reclutaban hombres y se reunió dinero y municiones de guerra. Multitudes acudieron a defender el estandarte papal.
El vasto ejército penetró en Bohemia. El pueblo se reunió para rechazarlo. Los dos ejércitos se acercaron mutuamente hasta que solamente un río los dividía. “Los cruzados constituían una fuerza muy superior, pero en lugar de lanzarse a pasar el río para entablar la batalla contra los husitas, a quienes habían venido a hacer frente desde tan lejos, se mantuvieron en un lugar observando en silencio a los guerreros”.[19]
Repentinamente un terror misterioso cayó sobre esa hueste. Sin dar un solo golpe, esa tremenda fuerza se disolvió y se esparció como empujada por un poder invisible. El ejército husita persiguió a los fugitivos, y un inmenso botín cayó en manos de los vencedores. La guerra, en lugar de empobrecer, enriqueció a los bohemios.
Pocos años más tarde, bajo un nuevo Papa, se emprendió aun otra cruzada. Otra vez un ejército enorme entró en Bohemia. Las fuerzas husitas se retiraron atrayendo a los invasores más al interior del país, e induciéndolos a creer que ya habían ganado la victoria.
Por fin el ejército de Procopio avanzó para presentarles batalla. Tan pronto como oyeron el son del ejército que se les aproximaba, aun antes que los husitas estuvieran a la vista, de nuevo el pánico se apoderó de los cruzados. Príncipes, generales y soldados rasos arrojaron sus armaduras y huyeron en todas direcciones. La derrota fue completa, y de nuevo un inmenso botín cayó en manos de los vencedores.
Así fue como por segunda vez un ejército de hombres aguerridos, preparados para la batalla, huyó sin asestar un golpe contra los defensores de una nación pequeña y débil. Los invasores fueron heridos con un terror sobrenatural. El que hizo huir a los ejércitos de Madián ante Gedeón y sus trescientos hombres, de nuevo había extendido su brazo (ver Jueces 7:19-25; Salmo 53:5).
Traicionados por la diplomacia
Los dirigentes papales por fin recurrieron a la diplomacia. Se acordó hacer una transigencia, y ésta entregó a los bohemios al poder de Roma. Se habían especificado cuatro puntos como condición para la paz con Roma: (1) la predicación libre de la Biblia; (2) el derecho de toda la iglesia a participar tanto del pan como del vino de la comunión y el uso del idioma nativo en el culto divino; (3) la exclusión del clero de todos los cargos seculares y de todo puesto de autoridad; y, (4) en caso de crímenes, la jurisdicción de las cortes civiles sobre el clero y sobre los legos por igual. Las autoridades papales estuvieron de acuerdo en que los cuatro artículos debían ser aceptados, “pero el derecho de explicarlos... debía pertenecer al concilio. En otras palabras, al Papa y al emperador”.[20]Roma ganó por simulación y fraude lo que no había podido ganar por la guerra. Colocando su propia interpretación por encima de los artículos husitas, así como por encima de la Biblia, pudo pervertir el significado para cumplir sus propósitos. Un gran número del pueblo de Bohemia, viendo que sus libertades habían sido traicionadas, no aceptó el convenio. Surgieron disensiones y luchas entre los bohemios mismos. El noble Procopio cayó, y las libertades de Bohemia perecieron.
De nuevo los ejércitos enemigos invadieron Bohemia, y los que permanecieron fieles al evangelio fueron objeto de una sangrienta persecución. Sin embargo, su firmeza era inconmovible. Aunque obligados a buscar refugio en las cavernas, seguían reuniéndose para leer la Palabra de Dios y unirse en su culto. Por medio de mensajeros enviados secretamente a diferentes países llegaron a saber que “en medio de las montañas alpinas había una iglesia antigua, que se fundaba en las Escrituras, y que protestaba contra las corrupciones idolátricas de Roma”.[21]Con gran gozo, se inició correspondencia con los cristianos valdenses.
Fieles y firmes al evangelio, los bohemios, aun en la noche de su persecución y en la hora más sombría, dirigieron su mirada al horizonte como personas que aguardan la madrugada.
[1]Wylie, lib. 3, cap. 1.
[2]Ibíd.
[3]Bonnechose, The Reformer Before the Reformation [Los reformadores antes de la Reforma], t. 1, pp. 147, 148.
[4]Ibíd., t. 1, pp. 148, 149.
[5]Ibíd., t. 1, p. 247.
[6]Jacques Lenfant, History of the Council of Constance [Historia del Concilio de Constanza], t. 1, p. 516.
[7] Bonnechose, t. 2, p. 67.
[8]D’Aubigné, lib. 1, cap. 6.
[9]Bonnechose, t. 2, p. 84.
[10]Wylie, lib. 3, cap. 7.
[11]Ibíd.
[12]Ibíd.
[13]Bonnechose, t. 1, p. 234.
[14]Ibíd., t. 2, p. 141.
[15]Ibíd., t. 2, pp. 146, 147.
[16]16 Ibíd., t. 2, pp. 151, 152.
[17]Wylie, lib. 3, cap. 10.
[18]Bonnechose, t. 2, p. 168.
[19]Wylie, lib. 3, cap. 17.
[20]Ibíd., lib. 3, cap. 18.
[21]Ibíd., lib. 3, cap. 19.
Capítulo 7
En la encrucijada de los caminos
De entre los héroes que fueron llamados a conducir la iglesia desde la oscuridad del papismo hasta la luz de una fe pura, sobresale nítidamente Martín Lutero. Sin conocer ningún otro temor más que el temor de Dios, y no aceptando ningún fundamento para la fe fuera de las Sagradas Escrituras, Lutero fue el hombre de su tiempo.
Sus primeros años los pasó en el humilde hogar de un aldeano alemán. Su padre quería que fuera abogado, pero Dios se proponía hacer de él un constructor del gran templo que se estaba levantando lentamente a través de los siglos. Las durezas de la vida, las privaciones y la severa disciplina fueron la escuela en la cual la infinita Sabiduría preparó a Lutero para la misión de su vida.
El padre de Lutero era un hombre de mente activa. Su sentido común lo indujo a considerar el sistema monástico con desconfianza. Quedó muy disconforme cuando Lutero, sin su consentimiento, entró en el monasterio. Pasaron dos años antes que el padre se reconciliara con su hijo, y aun entonces sus opiniones seguían siendo las mismas.
Los padres de Lutero trataron de instruir a sus hijos en el conocimiento de Dios. Sus esfuerzos, fervientes y perseverantes, tendían a preparar a sus hijos para una vida de utilidad. A veces demostraron excesiva severidad, pero el reformador mismo halló en la disciplina de ellos más cosas dignas de aprobación que de condenación.
En la escuela, Lutero fue tratado con dureza y aun con violencia. A menudo sufrió hambre. Las ideas religiosas que entonces prevalecían, siendo lóbregas y supersticiosas, lo llenaban de temor. Solía ir a la cama con el corazón lleno de pesar, con un constante terror ante el pensamiento de que Dios era un tirano cruel, antes que un Padre celestial bondadoso. Cuando entró en la Universidad de Erfurt, las perspectivas para su vida eran más favorables que en sus años más jóvenes. Sus padres, mediante el trabajo y la laboriosidad, habían adquirido una posición desahogada, y podían prestarle toda la ayuda necesaria. Además, amigos juiciosos aminoraron los efectos sombríos de su educación anterior. Con influencias favorables, su mente se desarrolló rápidamente. Una aplicación incansable lo colocó muy pronto entre los más destacados de sus compañeros.
Lutero no dejaba de empezar todos los días con oración, y su corazón respiraba continuamente una petición por la dirección divina. “El orar bien –decía a menudo– es la mejor mitad del estudio”.[1]
Un día, en la biblioteca de la universidad, descubrió una Biblia latina, libro que jamás había visto. Había oído porciones de los evangelios y de las epístolas, que él creía constituían la totalidad de la Biblia. Ahora, por primera vez, contemplaba la totalidad de la Palabra de Dios. Con reverencia y admiración recorría las sagradas páginas y leía por sí mismo las palabras de vida, deteniéndose para exclamar: “¡Ojalá que Dios me concediera poseer este libro!”[2] Los ángeles se sentaban a su lado. Rayos de luz de Dios revelaron tesoros de verdad a su entendimiento. La profunda convicción de su condición de pecador lo dominó como nunca antes.
La búsqueda de la paz
El deseo de reconciliarse con Dios lo indujo a dedicarse a la vida monástica. En ella se le pidió que realizara los trabajos más humildes y que pidiera limosna de puerta en puerta. Pacientemente soportó esta humillación, creyendo que era necesaria a causa de sus pecados.
Privándose del sueño y recortando aun el tiempo dedicado a sus escasas comidas, se deleitaba en el estudio de la Palabra de Dios. Había encontrado un ejemplar encadenado al muro del convento, y allí recurría a menudo.
Llevó una vida muy rigurosa, tratando, mediante el ayuno, las vigilias y los azotes, de dominar los males de su naturaleza. Más tarde dijo: “Si alguna vez un monje pudiera obtener el cielo por sus obras monásticas, yo ciertamente tenía derecho a ello... Si hubiera continuado mucho tiempo más, mis mortificaciones me habrían llevado aun hasta la muerte”.[3] Pero a pesar de todos sus esfuerzos, su alma cargada no encontró alivio. Finalmente llegó al límite de la desesperación.
Cuando parecía que todo estaba perdido, Dios le dio un amigo. Staupitz ayudó a Lutero a comprender la Palabra de Dios, y le pidió que dejara de mirarse a sí mismo y fijara la vista en Jesús. “En vez de torturarte debido a tus pecados, arrójate en los brazos del Redentor. Confía en él, en la justicia de su vida, en la expiación de su muerte... El Hijo de Dios... se hizo hombre para darte la seguridad del favor divino... Ama al que te amó primero”.[4] Sus palabras hicieron una profunda impresión en la mente de Lutero. Su alma atribulada se vio inundada de paz.
Ordenado sacerdote, Lutero fue llamado a ejercer un profesorado en la Universidad de Wittenberg. Comenzó algunas pláticas sobre los salmos, los evangelios y las epístolas, que fueron escuchadas por multitudes y causaron deleite entre sus oyentes. Staupitz, su superior, lo instó a ocupar el púlpito y predicar. Pero Lutero se creía indigno de hablar al pueblo en el nombre de Cristo. Fue sólo después de una larga lucha que accedió a los pedidos de sus amigos. Era poderoso en las Escrituras, y la gracia de Dios descansaba sobre él. La claridad y el poder con los cuales presentaba la verdad convencían a sus oyentes, y su fervor conmovía los corazones.
Lutero, que todavía era un hijo sincero de la iglesia papal, nunca tuvo el pensamiento de que alguna vez podría cambiar. Inducido a visitar Roma, realizó su viaje a pie, alojándose en los monasterios del camino. Se llenaba de admiración ante la magnificencia y el lujo que presenciaba. Los monjes vivían en departamentos espléndidos, se vestían con ropajes costosos y participaban de festines en torno a meses bien servidas. La mente de Lutero se llenaba cada vez más de perplejidad. Por fin contempló a lo lejos la ciudad de las siete colinas. Se postró sobre la tierra, exclamando: “¡Roma santa, yo te saludo!”[5] Visitó las iglesias, escuchó las historias maravillosas repetidas por sacerdotes y monjes, y realizó todas las ceremonias requeridas. Pero por doquiera observaba escenas que lo llenaban de estupor: la iniquidad que reinaba entre el clero y las bromas indecentes que gastaban los prelados. Se llenó de horror por la profanidad de éstos aun durante la misa. Halló disipación y libertinaje. “Nadie puede imaginar –escribió– qué pecados y qué acciones infames se cometen en Roma... Tienen el hábito de decir: ‘Si hay un infierno, Roma está edificada sobre él’ ”.[6]
La verdad acerca de la escalera de Pilato
Se había prometido una indulgencia por parte del Papa para todos los que subieran de rodillas la “escalera de Pilato”, que se decía había sido milagrosamente transportada desde Jerusalén hasta Roma. Lutero estaba un día ascendiendo sus escalones cuando le pareció oír una voz atronadora que decía: “El justo por la fe vivirá” (Romanos 1:17). Se puso en pie con vergüenza y horror. Comenzó entonces a ver más claramente que nunca antes la falsedad de confiar en las obras humanas para la salvación. Apartó su mirada de Roma. Desde ese momento la separación fue aumentando hasta que se cortó toda conexión con la iglesia papal.
Después de regresar de Roma, Lutero recibió el grado de doctor en Teología. Ahora se hallaba en libertad para dedicarse al estudio de las Escrituras, las cuales tanto amaba. Había formulado un voto solemne de predicar con fidelidad la Palabra de Dios, y no la doctrina de los papas. No era ya sencillamente el monje, sino el heraldo autorizado de la Biblia, llamado como un pastor para alimentar el rebaño de Dios que estaba pasando hambre y sed de la verdad. Declaró finalmente que los cristianos no deben recibir otras doctrinas que aquellas que están basadas en la autoridad de las Sagradas Escrituras.
Multitudes ansiosas estaban pendientes de sus labios. Las buenas nuevas del amor del Salvador, la seguridad del perdón y de la paz por medio de su sangre expiatoria, regocijaban sus corazones. En Wittenberg se prendió una luz cuyos rayos habían de aumentar en brillo hasta el fin del tiempo.
Pero entre la verdad y el error existe un conflicto. Nuestro Salvador mismo declaró: “No he venido para traer paz, sino espada” (S. Mateo 10:34). Dijo Lutero, unos pocos años después de iniciada la Reforma: “Dios... me empuja y me obliga... Deseo vivir tranquilo; pero me veo lanzado en medio de tumultos y revoluciones”.[7]
Indulgencias para la venta
La Iglesia Romana hacía un comercio de la gracia de Dios. So pretexto de reunir fondos para la erección de la iglesia de San Pedro en Roma, con autorización del Papa se ofrecían en venta indulgencias por el pecado. Iba a edificarse un templo para el culto de Dios con el precio de crímenes. Fue esto lo que despertó a los más capaces enemigos del papado y los indujo a librar la batalla que conmovió el trono papal y la triple corona de la cabeza del pontífice.
A Tetzel, el funcionario destinado para dirigir la venta de las indulgencias en Alemania, se le habían probado las ofensas más viles contra la sociedad y la ley de Dios; sin embargo, fue usado para promover en Alemania los proyectos mercantilistas del Papa. Este representante papal repetía falsedades deslumbrantes y cuentos maravillosos para engañar a un pueblo ignorante y supersticioso. Si la gente hubiera tenido la Palabra de Dios no habría sido engañada, pero la Biblia había sido prohibida.[8]
Cuando Tetzel entraba en una ciudad, un mensajero iba delante de él anunciando: “La gracia de Dios y del santo padre está a vuestras puertas”.[9] La gente daba la bienvenida al pretencioso blasfemo como si fuera Dios mismo. Tetzel ascendía al púlpito en la iglesia y alababa las indulgencias como el más precioso don de Dios. Declaraba que en virtud de sus certificados de perdón, todos los pecados que el comprador quisiera cometer después, le serían perdonados, y que “ni siquiera era necesario el arrepentimiento”.[10] Aseguraba a sus oyentes que sus indulgencias tenían poder para salvar a los muertos; en el preciso instante en que el dinero llegara al fondo de su cofre, el alma en cuyo beneficio ese dinero había sido pagado escaparía del Purgatorio camino al cielo.[11]
El oro y la plata fluyeron a la tesorería de Tetzel. Podía obtenerse una salvación comprada con dinero más fácilmente que la que requería arrepentimiento, fe y esfuerzo diligente para resistir y vencer el pecado.
Lutero se llenó de horror. Mucha gente que pertenecía a su propia congregación había comprado certificados de perdón. Estas personas pronto empezaron a venir a su pastor, confesando pecados y esperando absolución, no porque fueran penitentes y anhelaran reformarse, sino confiando en la indulgencia. Lutero rehusaba absolverlos, y los amonestaba a que, a menos que se arrepintieran y se reformaran, perecerían en sus pecados.
Esta gente volvía a Tetzel con la queja de que su confesor había rechazado sus certificados, y algunos valientemente exigían la devolución de su dinero. Lleno de ira, el fraile expidió terribles maldiciones, hizo que se prendieran hogueras en las plazas públicas, y declaró que él “había recibido una orden del Papa de quemar a todos los herejes que tuvieran la presunción de oponerse a sus santísimas indulgencias”.[12]
Comienza la obra de Lutero
La voz de Lutero se oía en solemnes advertencias desde el púlpito. Presentaba delante del pueblo el carácter ofensivo del pecado y enseñaba que es imposible que el hombre, por sus propias obras, aminore su culpa o escape al castigo. Nada sino el arrepentimiento para con Dios y la fe en Cristo pueden salvar al pecador. La gracia de Cristo no puede comprarse; es un don gratuito. Aconsejaba al pueblo a no comprar indulgencias, sino a mirar con fe al Redentor crucificado. Relataba su propia y dolorosa experiencia, y aseguraba a sus oyentes que fue por la fe en Cristo como él había encontrado la paz y el gozo.
Mientras Tetzel continuaba sus impías pretensiones, Lutero resolvió efectuar una protesta más eficaz. El castillo de la iglesia de Wittenberg poseía reliquias que en ciertos días santos eran exhibidas al pueblo. Se concedía plena remisión de pecados a todos los que visitaban entonces la iglesia y se confesaban. Se acercaba una de las más importantes de estas ocasiones, la Fiesta de Todos los Santos. Lutero, uniéndose a las multitudes que se dirigían a la iglesia, clavó en sus portales 95 declaraciones contra la doctrina de las indulgencias.
Estas tesis atrajeron una atención universal. Se leían y se repetían por todas partes. Se creó una gran excitación en toda la ciudad. Mediante estas proposiciones se demostraba que el poder de otorgar el perdón del pecado y de anular su penalidad nunca había sido encomendado al Papa ni a ningún hombre. Se mostraba claramente que la gracia de Dios se concede gratuitamente a todos los que lo buscan por medio del arrepentimiento y la fe.
Los puntos escritos por Lutero se esparcieron por toda Alemania, y después de unas pocas semanas se divulgaron por toda Europa. Muchos devotos romanistas leían estas declaraciones con gozo, reconociendo en ellas la voz de Dios. Sentían que el Señor había extendido su mano para detener la ola creciente de corrupción que partía desde Roma. Príncipes y magistrados se regocijaban secretamente de que se pusiera coto al poder arrogante que negaba cualquier apelación de sus decisiones.
Los eclesiásticos astutos, viendo sus ganancias en peligro, se encolerizaron. El reformador tenía que hacer frente a terribles acusadores. “¿Quién no sabe –respondía él– que un hombre apenas presenta alguna idea nueva sin... ser acusado de excitar querellas?... ¿Por qué Cristo y todos los mártires encontraron la muerte? Porque... presentaron novedades sin haber aceptado humildemente primero el consejo de los representantes de las opiniones antiguas”.[13]
Los reproches de los enemigos de Lutero, la deformación que realizaron de sus propósitos y las observaciones maliciosas que hicieron de su carácter lo abrumaron como un diluvio. Él había esperado con confianza que los dirigentes se unieran alegremente con él en la reforma. Había previsto con anticipación una época más brillante amaneciendo para la iglesia.
Pero el ánimo se cambió en vituperio. Muchos dignatarios de la Iglesia y del Estado pronto se dieron cuenta de que la aceptación de estas verdades prácticamente minaría la autoridad de Roma, detendría millares de canales que ahora fluían hacia la tesorería y así restringiría el fausto de los dirigentes papales. El enseñar al pueblo a fijar su mirada sólo en Cristo para la salvación, derrocaría el trono del pontífice y finalmente destruiría la propia autoridad de ellos. De manera que se aliaron mutuamente contra Cristo y la verdad, oponiéndose al hombre que el Señor había enviado para iluminarlos.
Lutero temblaba cuando se contemplaba a sí mismo: un hombre opuesto a los poderes tremendos de la tierra. “¿Quién era yo –escribe– para oponerme a la majestad del Papa, ante el cual... los reyes de la tierra y todo el mundo tiemblan?... Nadie sabe cuánto sufrió mi corazón durante esos primeros dos años y en qué desaliento, y debo decir en qué desesperación, me hallé sumido”.[14] Pero cuando el sostén humano fallaba, el reformador ponía su mirada solamente en Dios. Podía descansar con seguridad en el brazo todopoderoso.
A un amigo Lutero le escribía: “Tu primer deber es comenzar con oración... No esperes nada de tus propios trabajos, de tu propia comprensión; confía solamente en Dios, y en la influencia de su Espíritu”.[15]Aquí hay una lección de importancia para los que sienten que Dios los ha llamado a presentar ante los demás las solemnes verdades para este tiempo. En el conflicto con los poderes del mal se necesita algo más que el intelecto y la sabiduría humanos.
Lutero recurría solamente a la Biblia
Cuando los enemigos echaban mano de las costumbres de la tradición, Lutero les hacía frente solamente con la Biblia, y sus argumentos no podían ser contestados. De los sermones y los escritos de Lutero irradiaban rayos de luz que despertaban e iluminaban a miles de personas. La Palabra de Dios era como una espada de doble filo que se abría camino a los corazones de la gente. Los ojos del pueblo, por tan largo tiempo dirigidos a los ritos humanos y a los mediadores terrenales, ahora se fijaban con fe en el Cristo crucificado.
Este interés general despertó los temores de las autoridades papales. Lutero recibió la orden de presentarse en Roma. Sus amigos conocían bien el peligro que lo amenazaba en esa corrupta ciudad, ya ebria con la sangre de los mártires de Jesús. Ellos pidieron que fuera examinado en Alemania.
Esto fue lo que se hizo, y el Papa nombró un legado para considerar el caso. Pero en las instrucciones dirigidas a ese funcionario se hacía constar que Lutero ya había sido declarado hereje. Por lo tanto, el legado debía “perseguir y obligar sin demora alguna”. Recibió poder “para condenarlo en cualquier parte de Alemania; para prohibir, maldecir y excomulgar a todos los que lo siguieran”, y para excomulgar a todos los que, cualquiera fuera la dignidad que tuvieran en la Iglesia o el Estado, dejaran de detener a Lutero y a sus adherentes y entregarlos a la venganza de Roma, excepto al emperador.[16]
No había ni siquiera un rastro de principios cristianos o aun de justicia común en tal documento. Lutero no había tenido ninguna oportunidad de explicar o de defender su posición; sin embargo, había sido declarado hereje, y en el mismo día exhortado, acusado, juzgado y condenado.
Cuando Lutero necesitaba tanto el consejo de un verdadero amigo, Dios le mandó a Melanchton a Wittenberg. El juicio sano de Melanchton, combinado con la pureza y la rectitud de su carácter, le ganaron universal admiración. Pronto llegó a ser el amigo de mayor confianza de Lutero: la bondad, el cuidado y la exactitud de Melanchton eran un complemento del valor y la energía de Lutero.
Se estableció la ciudad de Augsburgo como lugar del juicio, y el reformador partió a pie para ese lugar. Se hicieron amenazas de que sería asesinado por el camino, y sus amigos le rogaron que no se aventurara. Pero su lenguaje fue: “Soy como Jeremías, un hombre de lucha y de contención; pero cuanto más aumentan las amenazas de ellos más se multiplica mi gozo... Ellos ya han destruido mi honor y mi reputación... En cuanto a mi alma, no la pueden tomar. El que desea proclamar la Palabra de Cristo al mundo, debe esperar la muerte a cada momento”.[17]
Las noticias de la llegada de Lutero a Augsburgo le produjeron gran satisfacción al legado papal. El fastidioso hereje que atraía la atención del mundo parecía estar ahora en poder de Roma; no debía escapar. El legado intentaría forzar a Lutero a retractarse, o en caso contrario, hacer que lo trasladaran a Roma, para seguir la suerte de Hus y Jerónimo. Por lo tanto, por medio de sus agentes, trató de persuadir a Lutero para que viniera sin un salvoconducto, confiándose únicamente a su merced. Pero él no apareció ante el embajador papal hasta que hubo recibido el documento en que el emperador comprometía su protección.
En principio, los romanistas decidieron ganar a Lutero con una apariencia de bondad. El legado profesó gran amistad, pero exigió que Lutero se sometiera completamente a la iglesia y cediera en todo punto sin argumento ni cuestión. Lutero, en respuesta, expresó su consideración por la iglesia y su deseo de la verdad, su disposición a responder a todas las objeciones a lo que él había enseñado, y de someter sus doctrinas a la decisión de las universidades principales. Pero protestó contra la conducta del cardenal al exigirle que se retractara si haberse probado que él estaba en error.
La única respuesta fue: “¡Retráctate, retráctate!” El reformador mostró que su posición estaba sostenida por las Escrituras. No podía renunciar a la verdad. El legado, incapaz de contestar los argumentos de Lutero, lo agobió con una tormenta de reproches, escarnios, adulaciones, citas de la tradición y dichos de los padres, sin concederle al reformador ninguna oportunidad de hablar. Lutero finalmente obtuvo, a duras penas, permiso para presentar su respuesta por escrito.
Dijo, escribiéndole a un amigo: “Lo que se ha escrito puede ser sometido al juicio de otros; y en segundo lugar, uno tiene una mejor oportunidad de recurrir al temor, ya que no a la conciencia de un déspota arrogante y balbuciente, que de otra manera se impondría con su lenguaje imperioso”.[18]
En la próxima entrevista, Lutero presentó una exposición clara, concisa y vigorosa de sus puntos de vista, sostenidos por las Escrituras. Después de leer en voz alta este documento, se lo extendió al cardenal, quien lo arrojó orgullosamente a un lado, declarando que era una masa de palabras necias y de citas sin importancia. Lutero ahora hizo frente al orgulloso prelado en su propio terreno –las tradiciones y la enseñanza de la iglesia– y contradijo totalmente sus aseveraciones.
El prelado perdió por completo el dominio propio, y en un arranque de ira gritó: “¡Retráctate, o te enviaré a Roma!”. Y finalmente declaró en tono soberbio y airado: “Retráctate, o no vuelvas más”.[19]
El reformador se retiró rápidamente junto con sus amigos, manifestando claramente de esta manera que no debía esperarse ninguna retractación de su parte. Esto no era lo que el cardenal se había propuesto. Ahora, quedando sólo con sus partidarios, miró a uno y otro, desconsolado por el inesperado fracaso de sus planes.
La gran asamblea reunida tuvo oportunidad de comparar a los dos hombres, y cada uno tuvo ocasión de juzgar por sí mismo el espíritu manifestado por ambos, así como la fuerza y la verdad de sus respectivas posiciones. El reformador, sencillo, humilde, firme, teniendo la verdad de su lado; el representante papal, atribuyéndose importancia, intolerante, irrazonable, sin un solo argumento de las Escrituras, y sin embargo gritando con vehemencia: “¡Retráctate, o serás enviado a Roma!”
Huida de Augsburgo
Los amigos de Lutero lo instaron a que, como era inútil para él permanecer allí, debía regresar a Wittenberg sin demora alguna, y observar el mayor cuidado. De acuerdo con este consejo salió de Augsburgo a caballo antes del alba, acompañado solamente por un guía proporcionado por el magistrado. Secretamente recorrió las calles oscuras de la ciudad. Enemigos vigilantes y crueles estaban planeando su destrucción. Aquellos eran momentos de ansiedad y ferviente oración. Llegó a una pequeña puerta en el muro de la ciudad, que se abrió ante su presencia, y junto con su guía pasó por ella. Antes que el legado se enterara de la partida de Lutero, éste ya estaba fuera del alcance de sus perseguidores.
Al conocer las noticias de la huida de Lutero, el legado se llenó de sorpresa y de enojo, pues había esperado recibir gran honor por su firmeza al tratar con este perturbador de la iglesia. En una carta dirigida a Federico, el elector de Sajonia, denunció amargamente a Lutero, demandando que Federico enviara al reformador a Roma o lo desterrara de Sajonia.
El elector tenía hasta ese momento poco conocimiento de las doctrinas de la Reforma, pero estaba profundamente impresionado por la fuerza y la claridad de las palabras de Lutero. Hasta que no se probara que el reformador estaba en error, Federico resolvió permanecer a su lado como protector. En respuesta al legado escribió: “Puesto que el Dr. Martín ha aparecido ante su presencia en Augsburgo, debe estar satisfecho. Nosotros no esperábamos que se esforzara por hacerlo retractar sin haberlo convencido de sus errores. Ninguno de los sabios de nuestro principado me ha informado que la doctrina de Martín es impía, anticristiana o herética”.[20]El elector vio que era necesaria una obra de reforma, y secretamente se regocijó de que se hiciera sentir en la iglesia una influencia mejor.
Había pasado solamente un año desde que el reformador clavara sus tesis en la iglesia del castillo; sin embargo, sus escritos ya habían encendido por doquiera un nuevo interés en las Sagradas Escrituras. No solamente de todas partes de Alemania, sino también de otros países, llegaban estudiantes a la universidad donde él enseñaba. Los jóvenes que llegaban por primera vez a la ciudad de Wittenberg “elevaban sus manos al cielo, y alababan a Dios por haber hecho que la luz brillara en esa ciudad”.[21]
Lutero por entonces estaba sólo parcialmente convertido de los errores del romanismo, pero escribió: “Estoy leyendo los escritos de los pontífices, y... yo no sé si el Papa es el anticristo mismo, o su apóstol. De tal manera es Cristo mal representado y crucificado en ellos”.[22]
Roma llegó a exasperarse más y más por los ataques de Lutero. Opositores fanáticos, aun doctores de las universidades católicas, declararon que el que matara al monje estaría sin pecado. Pero Dios era su defensa. Sus doctrinas se escucharon por doquiera, “en casa y conventos... en los castillos de los nobles, en las universidades y en los palacios de los reyes”.[23]
Por ese tiempo Lutero halló que la gran verdad de la justificación por la fe había sido proclamada por el reformador bohemio Hus. “¡Todos nosotros –dijo Lutero–, Pablo, Agustín y yo mismo hemos sido husitas sin saberlo!... ¡Dios le pedirá cuentas al mundo, porque la verdad fue predicada... hace un siglo, y la quemaron!”[24]
Lutero escribió lo siguiente acerca de las universidades: “Mucho me temo que las universidades resulten ser los grandes portales del infierno, a menos que ellas trabajen en forma diligente para explicar las Santas Escrituras, y para grabarlas en el corazón de los jóvenes... Toda institución en la cual los hombres no estén incesantemente ocupados con la Palabra de Dios, llega a corromperse”.[25]
Este llamamiento circuló por toda Alemania. La nación entera fue conmovida. Los oponentes de Lutero urgieron al pueblo a tomar medidas decisivas contra él. Se decretó que sus doctrinas debían ser inmediatamente consideradas. El reformador y sus seguidores, si no se retractaban, debían ser todos excomulgados.
Una terrible crisis
Esa resultó ser una terrible crisis para la Reforma. Lutero no dejaba de ver la tempestad que estaba por estallar, pero confió en que Cristo sería su sostén y su escudo. “Lo que está por acontecer no lo sé, ni me importa saberlo... ni siquiera una hoja cae sin la voluntad de nuestro Padre. ¡Cuánto más él cuidará de nosotros! Es poca cosa morir por la Palabra, puesto que la Palabra o el Verbo se hizo carne y murió él mismo por nosotros”.[26] Cuando la bula papal le llegó a Lutero, dijo: “La desprecio y la ataco como algo impío y falso... Es Cristo mismo el que resulta aquí condenado. Yo siento mayor libertad en mi corazón; porque al fin sé que el Papa es el anticristo, y que su trono es el de Satanás mismo”.[27]
Sin embargo, el mandato de Roma no dejó de tener efecto. Los débiles y supersticiosos temblaron ante el decreto del Papa, y muchos sintieron que la vida era demasiado cara para ser arriesgada. ¿Estaba por terminar la obra del reformador?
Lutero continuaba manteniéndose intrépido. Con terrible poder aplicó a Roma misma la sentencia de condenación. En la presencia de una multitud de ciudadanos pertenecientes a todos los rangos, Lutero quemó la bula del Papa, diciendo: “Una lucha seria acaba de empezar. Hasta ahora sólo he estado jugando con el Papa. Comencé esta obra en el nombre de Dios; ella terminará sin mí, y con su poder... ¿Quién sabe si no es Dios el que me ha llamado y me ha escogido, y si cuando ellos me desprecian, no debieran temer estar despreciando a Dios mismo?...
“Dios nunca eligió como profeta al sumo pontífice o algún otro gran personaje; pero, por lo general, eligió a hombres humildes y despreciados, y en una ocasión escogió aun a Amós, un pastor. En todas las edades, los santos han tenido que reprender a los grandes, a los reyes, a los príncipes, a los sacerdotes y a los hombres sabios, con peligro de su propia vida... Yo no digo que soy un profeta; pero digo que ellos deberían temer precisamente porque yo estoy solo y porque ellos son muchos. De lo que estoy seguro, es de que la Palabra de Dios está conmigo, y de que no está con ellos”.[28]
Sin embargo no fue sino después de una lucha terrible consigo mismo que Lutero decidió separarse finalmente de la iglesia. “¡Oh! ¡Cuánto dolor me ha causado, aunque tengo las Escrituras de mi lado, justificarme en el hecho de que debo tomar una decisión sólo en contra del Papa y considerarlo a él como el anticristo! ¡Cuántas veces me he hecho con angustia esa pregunta que con tanta frecuencia está en los labios de los partidarios del Papa: ‘¿Tú solo eres sabio? ¿Pueden todos los demás estar equivocados? ¿Qué pasará si al fin eres tú el que está engañado, y el que está induciendo a error a tantas almas, que serán eternamente condenadas?!’ Esta fue la lucha que tuve conmigo mismo y con Satanás, hasta que Cristo, por su propia Palabra infalible, fortaleció mi corazón contra estas dudas”.[29]
Apareció entonces una nueva bula, que declaraba la separación final del reformador de la Iglesia Romana, denunciándolo como un hombre maldito por el cielo, e incluyendo en la misma condenación a todos los que recibieran su doctrina.
La oposición es la suerte de todos los que Dios emplea para presentar verdades especialmente aplicadas a su tiempo. Hubo una verdad presente en los días de Lutero; hay una verdad presente para la iglesia hoy. Pero la mayoría de la gente en nuestros días no desea conocer la verdad más que lo que la deseaban los papistas que se oponían a Lutero. Los que presentan la verdad para este tiempo no deben esperar ser recibidos con mayor favor que el que tuvieron los primeros reformadores. El gran conflicto entre la verdad y el error, entre Cristo y Satanás, ha de intensificarse hasta el fin de la historia de este mundo (ver S. Juan 15:19, 20; S. Lucas 6:26).
[1]D’Aubigné, lib. 2, cap. 2.
[2]Ibíd.
[3]Ibíd., lib. 2, cap. 3.
[4]Ibíd., lib. 2, cap. 4.
[5]Ibíd., lib. 2, cap. 6.
[6]Ibíd.
[7]Ibíd., lib. 5, cap. 2.
[8]Ver John C. L. Gieseler, A Compendium of Ecclesiastical History [Un complemento de historia eclesiástica], período 4, sec. 1, párr. 5.
[9]D’Aubigné, lib. 3, cap. 1.
[10]Ibíd.
[11]Ver K. R. Hagenbach, History of the Reformation [Historia de la Reforma], t. 1, p. 96.
[12]D’Aubigné, lib. 3, cap. 4.
[13]Ibíd., lib. 3, cap. 6.
[14]Ibíd.
[15]Ibíd., lib. 3, cap. 7.
[16]Ibíd., lib. 4, cap. 2.
[17]Ibíd., lib. 4, cap. 4.
[18]Martyn, The Life and Times of Luther [La vida y los tiempos de Lutero], pp. 271, 272.
[19]D’Aubigné, Londres, lib. 4, cap. 8.
[20]Ibíd., lib. 4, cap. 10.
[21]Ibíd.
[22]Ibíd., lib. 5, cap. 1.
[23]Ibíd., lib. 6, cap. 2.
[24]Wylie, lib. 6, cap. 1.
[25]D’Aubigné, lib. 6, cap. 3.
[26]D’Aubigné, Walther, 3ª ed., 1840, lib. 6, cap. 9.
[27]Ibíd.
[28]Ibíd., lib. 6, cap. 10.
[29]Martyn, pp. 372, 373.
Capítulo 8
Un campeón de la verdad
Un nuevo emperador, Carlos V, ascendió al trono de Alemania. El elector de Sajonia, con el cual Carlos tenía una gran deuda por su obtención de la corona, le rogó a éste que no tomara medidas contra Lutero antes de haberle dado la oportunidad de escucharlo. El emperador se hallaba así en una posición de gran perplejidad y embarazo. Los papistas no estarían satisfechos con nada menos que la muerte de Lutero. El elector había declarado “que el Dr. Lutero debe ser provisto de un salvoconducto, para que pueda aparecer ante un tribunal de jueces imparciales, sabios y piadosos”.[1]
La asamblea se reunió en Worms. Por primera vez los príncipes de Alemania habían de encontrarse con su joven monarca en una asamblea. Dignatarios de la Iglesia y del Estado, y embajadores de países extranjeros, todos se reunieron en Worms. Sin embargo el tema que despertaba más profundo interés era el reformador. Carlos V había encargado al elector que trajera consigo a Lutero, asegurando protección y prometiendo una discusión libre de las cuestiones que estaban en disputa. Lutero escribió al elector: “Si el emperador me llama, no tendré ninguna duda de que es el llamado de Dios mismo. Si ellos desean usar violencia contra mí... yo coloco el asunto en manos del Señor... Si él no me salva, la vida es de poca importancia... Podéis esperar de mí cualquier cosa... pero no la huida o la retractación. Huir no puedo, y menos retractarme”.[2]
Cuando circularon las noticias de que Lutero debía aparecer ante la Dieta, se produjo una excitación general. Aleandro, el legado papal, estaba alarmado e iracundo. El analizar un caso en el cual el Papa ya había pronunciado la sentencia de condenación, podría arrojar dudas sobre la autoridad del pontífice. Además, los argumentos poderosos de ese hombre desviarían a muchos príncipes de su lealtad al Papa. Por eso insistió mucho ante Carlos V en contra de la aparición de Lutero en Worms, e indujo al emperador a ceder.
No contento con esta victoria, Aleandro trabajó para obtener la condenación de Lutero, acusando al reformador de “sedición, rebelión, impiedad y blasfemia”. Pero su vehemencia reveló el espíritu que lo dominaba. “Está movido por el odio y la venganza”, era la observación general.[3]
Con redoblado celo Aleandro urgió al emperador a ejecutar los edictos papales. Vencido por la importunidad del legado, Carlos V le concedió a éste la oportunidad de presentar el caso ante la Dieta. Con recelos, los que habían favorecido al reformador anticipaban el discurso de Aleandro. El elector de Sajonia no estaba presente, pero algunos de sus cancilleres tomaron nota del discurso del nuncio.
Lutero acusado de herejía
Con instrucción y elocuencia, Aleandro se propuso acusar a Lutero como un enemigo de la Iglesia y el Estado. “En los errores de Lutero –declaró él– hay suficiente motivo para condenar a la hoguera a cien mil herejes”.
“¿Qué son todos estos luteranos? Un puñado de insolentes pedagogos, sacerdotes corruptos, monjes disolutos, abogados ignorantes y nobles degradados... ¡Cuán superior a ellos es el partido católico en número, en capacidad y en poder! Un decreto unánime de esta ilustre asamblea iluminará al hombre sencillo, amonestará al imprudente, decidirá a los dudosos y dará fuerza a los débiles”.[4]
Los mismos argumentos todavía se siguen esgrimiendo contra todos los que se atreven a presentar las sencillas enseñanzas de la Palabra de Dios. “¿Quiénes son todos estos predicadores de nueva doctrina? Son ignorantes, pocos en número y pertenecen a la clase más pobre. Sin embargo, pretenden tener la verdad y ser considerados como el pueblo de Dios. Son ignorantes y están engañados. ¡Cuánto más grande en número e influencia es nuestra iglesia!” Estos argumentos no son más concluyentes hoy que lo que fueron en los días del reformador.
Lutero no estaba presente, con las claras y convincentes verdades de la Palabra de Dios, para vencer al campeón papal. Se manifestó una disposición general no sólo de condenarlo a él y sus doctrinas, sino, si fuera posible, de desarraigar la herejía. Todo lo que Roma podía decir en su propia defensa había sido dicho. Por lo tanto, el contraste entre la verdad y el error se vería más claramente, porque la lucha quedaba empeñada en una guerra abierta.
En esa oportunidad el Señor movió a un miembro de la Dieta para hacer una verdadera presentación de los efectos de la tiranía papal. El duque Jorge de Sajonia se puso de pie en esa asamblea principesca y especificó con terrible exactitud los engaños y las abominaciones del papado:
“Los abusos... claman contra Roma. Se ha abandonado toda vergüenza, y su único objeto es... dinero, dinero, dinero... de manera que los predicadores que deben enseñar la verdad no expresan sino falsedades, y no solamente son tolerados, sino recompensados, porque cuanto mayores son sus mentiras, mayor es su ganancia. Es de esta fuente corrompida de donde manan las aguas emponzoñadas. El desarreglo conduce a la avaricia... ¡Ah!, es el escándalo causado por el clero lo que precipita a tantas almas a la condenación eterna. Debe efectuarse una reforma general”.[5] El hecho de que el orador era un enemigo declarado de la Reforma dio mayor influencia a sus palabras.
Angeles de Dios arrojaron rayos de luz sobre las tinieblas del error y abrieron los corazones a la verdad. El poder del Dios de la verdad dominó aun a los adversarios de la Reforma y preparó el camino para la gran obra que estaba por realizarse. La voz de Uno mayor que Lutero había sido oída en esa asamblea.
Se nombró una comisión para que preparara una lista de las opresiones papales que recaían pesadamente sobre el pueblo de Alemania. Se presentó esta lista al emperador, con un pedido de que él tomara medidas para la corrección de esos abusos. Decían los peticionantes: “Tenemos el deber de prevenir la ruina y la deshonra de nuestro pueblo. Por esta razón, muy humildemente, pero con la mayor urgencia, le rogamos que ordene una reforma general, y que se aboque a su realización”.[6]
Lutero es intimado a comparecer
El concilio ahora exigió que el reformador compareciera ante él. El emperador por fin consintió, y Lutero fue citado. Con la notificación se expidió un salvoconducto. Estos documentos los llevó a Wittenberg un comisionado para conducir a Lutero a Worms.
Conociendo el prejuicio y la enemistad que había contra él, los amigos de Lutero temieron que su salvoconducto no fuera respetado. Pero él replicó: “Cristo me dará su Espíritu para vencer a estos ministros del error. Yo los desprecio durante mi vida; triunfaré sobre ellos en mi muerte. En Worms están ocupados en obligarme a retractarme; y ésta será mi retractación: Yo dije anteriormente que el Papa era el vicario de Cristo; ahora declaro que él es el adversario del Señor, el apóstol del diablo”.[7]
Además del mensajero imperial, tres amigos determinaron acompañar a Lutero. El corazón de Melanchton estaba unido al de Lutero, y él anhelaba seguirlo. Pero sus ruegos le fueron negados. Dijo el reformador: “Si yo no regreso, y mis enemigos me dan muerte, sigue enseñando tú, y manténte firme en favor de la verdad. Trabaja en mi lugar... Si tú sobrevives, mi muerte será de poca importancia”.[8]
Siniestros pensamientos embargaban los corazones de la gente. Se supo que los escritos de Lutero habían sido condenados en Worms. El enviado, temiendo por la seguridad de Lutero en el concilio, le preguntó si todavía quería continuar su viaje. Él contestó: “Aunque se me ha puesto bajo censura en todas las ciudades, continuaré”.[9]
En Erfurt, Lutero pasó por las calles que había recorrido a menudo, visitó su celda del convento, pensó en las luchas por las cuales había pasado y en virtud de las cuales la luz que ahora brillaba en su alma inundaba también a Alemania. Se le instó a predicar. En realidad, al principio se le había prohibido que lo hiciera, pero luego el heraldo le dio permiso, y Lutero, el fraile que una vez fuera el sirviente del convento, ahora ocupó el púlpito.
El pueblo escuchó como hechizado. El pan de vida había sido servido a las almas hambrientas. Cristo fue elevado delante de ellos por encima de los papas, legados, emperadores y reyes. Lutero no hizo referencia a su propia situación peligrosa. En Cristo se había perdido de vista a sí mismo. Se escondió detrás del hombre del Calvario, tratando solamente de presentar a Jesús como Redentor del pecador.
El valor de un mártir
Mientras el reformador continuaba su marcha, una ansiosa multitud lo rodeaba, y voces amigas lo amonestaban en contra de los romanistas. “Ellos te quemarán –le dijo uno–, y reducirán tu cuerpo a cenizas, como hicieron con Juan Hus”. Lutero contestó: “Aunque ellos enciendan un fuego tan grande que alcance desde Worms hasta Wittenberg... yo lo atravesaré en el nombre del Señor; compareceré delante de ellos... confesando el nombre de Cristo Jesús”.[10]
Su aproximación a Worms creó una tremenda conmoción. Sus amigos temblaban por su seguridad. Los enemigos temían por la causa de ellos. Por instigación de los papistas, se lo instó a alojarse en el castillo de un caballero amigo, donde, según se declaró, todas las dificultades podrían ser amigablemente arregladas. Los amigos describieron los peligros que lo amenazaban. Lutero, sin inmutarse, replicó: “Aunque haya tantos diablos en Worms cuantas tejas hay en los techos, aun así entraré allí”.[11]
Al llegar a Worms, una vasta multitud acudió a los portales de la ciudad para darle la bienvenida. La excitación era intensa. “Dios era mi defensa”, dijo Lutero al apearse de su carruaje. Su llegada llenó a los partidarios del Papa de consternación. El emperador citó a sus consejeros. ¿Qué conducta debía seguirse? Un rígido papista declaró: “Hemos hecho largas consultas sobre este asunto. Que su Majestad Imperial se deshaga de este hombre de inmediato. ¿No decidió Segismundo hacer que Juan Hus fuera quemado? No estamos dispuestos siquiera a respetar el salvoconducto de un hereje”. “No –dijo el emperador–, debemos mantener nuestra promesa”.[12]Se decidió que el reformador fuera escuchado.
Toda la ciudad estaba ansiosa por ver a este hombre notable. Lutero, cansado del viaje, necesitaba tranquilidad y descanso. Pero había disfrutado solamente unas pocas horas de reposo cuando los nobles, los caballeros, los sacerdotes y los ciudadanos se reunieron y lo rodearon ansiosamente. Entre éstos había nobles que habían exigido valientemente del emperador una reforma de los abusos eclesiásticos. Tanto enemigos como amigos vinieron a ver al monje indómito. Su posición era firme y valiente. Su rostro pálido y delicado revelaba una expresión bondadosa y hasta llena de gozo. El profundo fervor de sus palabras trasmitía un poder que aun sus propios enemigos no podían soportar completamente. Algunos se convencieron de que una influencia divina lo acompañaba; otros declararon, como los fariseos que dijeron de Cristo: “Demonio tiene” (S. Juan 10:20).
Al día siguiente se nombró a un funcionario imperial para que condujera a Lutero a la sala de audiencias. Todos los pasillos estaban colmados de espectadores ansiosos por observar al monje que había osado resistir al Papa. Un general anciano, héroe de muchas batallas, le dijo bondadosamente: “Pobre monje, vas a hacer frente a una empresa más difícil que cualquiera de las que yo u otros capitanes hayamos llevado a cabo en nuestras batallas más sangrientas. Pero si tu causa es justa... ¡avanza en el nombre de Dios y no temas nada! Dios no te abandonará...”[13]
Lutero hace frente al concilio
El emperador ocupó el trono rodeado por los más ilustres personajes del imperio. Martín Lutero ahora había de responder por su fe. “Esta audiencia era en sí misma una señal de victoria sobre el papado. El Papa había condenado al hombre, que estaba ahora en presencia de un tribunal que, por el hecho mismo, se había constituido por encima del Papa. El Papa había puesto a Lutero bajo entredicho, y lo había privado de toda sociedad humana; sin embargo, fue citado a comparecer con un lenguaje respetuoso y recibido en la asamblea más augusta del mundo... Roma ya estaba descendiendo de su trono, y era la voz de un monje la que causó su humillación...”[14]
El humilde reformador parecía abrumado y confuso. Varios príncipes se acercaron a él, y uno susurró en sus oídos: “No temas a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma”. Otro le dijo: “Cuando los entreguen ante los reyes y gobernantes, no piensen cómo o qué han de hablar; el Espíritu de vuestro Padre hablará por ustedes” (ver S. Mateo 10:28, 18, 19)
Un profundo silencio embargó a la numerosa asamblea. Entonces un funcionario imperial se levantó, y señalando los escritos de Lutero, exigió que el reformador contestara dos preguntas: Si él los reconocía como suyos, y si estaba dispuesto a retractarse de lo que había escrito. Después de leérsele los títulos de los libros, Lutero, a la primera pregunta contestó que los libros eran de él. “En cuanto a la segunda –dijo él–, yo actuaría en forma imprudente si contestara sin previa reflexión. Podría afirmar menos de lo que las circunstancias demandan, o más de lo que la verdad exige. Por esta razón ruego a su Majestad Imperial, con toda humildad, que me dé tiempo para que pueda contestar sin ofender la Palabra de Dios”.[15]
Lutero convenció a la asamblea de que él no había actuado por pasión o impulso. Tal tranquilidad y dominio propio, que no se esperaba en un hombre valiente e inflexible, le permitió más tarde contestar con una sabiduría y una dignidad que sorprendió a sus adversarios y condenó su insolencia.
Al día siguiente el reformador había de presentar su respuesta final. Por un tiempo su corazón desmayó. Sus enemigos parecían que estaban por triunfar. Las nubes lo rodearon y parecieron separarlo de Dios. Con angustia de espíritu derramó sus clamores entrecortados y desgarradores, que nadie puede comprender plenamente sino Dios.
“Dios Todopoderoso y eterno –imploró él–, si he de poner mi confianza solamente en la fuerza de este mundo, todo está perdido... ha llegado mi última hora, y mi condenación ha sido ya pronunciada... Oh Dios, ayúdame a afrontar toda la sabiduría del mundo... la causa es tuya... y es una causa justa y eterna. ¡Oh Señor, ayúdame! Dios fiel e inmutable, en ningún hombre coloco mi confianza... Tú me has elegido para esta obra... manténte a mi lado, por causa de tu bien amado Hijo Cristo Jesús, quien es mi defensa, mi escudo y mi torre de fortaleza”.[16]
Sin embargo, no era el temor al sufrimiento personal, la tortura o la muerte lo que lo abrumaba con terror. Sentía su insuficiencia y temía que debido a su debilidad, la causa de la verdad pudiera ser perjudicada. No por su propia seguridad, sino por el triunfo del evangelio luchaba él con Dios. No quería aparecer solo delante del concilio, y en su total impotencia, su fe se aferró de Cristo, el poderoso Libertador. La paz inundó de nuevo su alma, y se regocijó de que se le permitiera elevar la Palabra de Dios ante los gobernantes de las naciones.
Lutero pensó en su respuesta, examinó los pasajes de sus escritos y extrajo de las Escrituras pruebas apropiadas para sostener su posición. Entonces, colocando su mano izquierda sobre el sagrado volumen, elevó la diestra al cielo y se comprometió “a permanecer fiel al evangelio y libre para confesar su fe, aunque sellara su testimonio con su sangre.”[17]
Lutero comparece de nuevo ante la Dieta
Cuando Lutero fue conducido de nuevo ante la Dieta, estaba sereno y manso, a la vez que valiente y digno, como testigo de Dios ante los grandes de la tierra. El funcionario imperial ahora demandó su decisión. ¿Deseaba él retractarse? Lutero pronunció su respuesta en tono humilde, sin violencia o pasión. Su porte era tímido y respetuoso; no obstante, manifestó una confianza y un gozo que sorprendió a la asamblea.
“Serenísimo emperador, ilustres príncipes, benignos señores –dijo Lutero–, comparezco delante de ustedes en este día, de acuerdo con la orden que me fue dada ayer. Si, debido a mi ignorancia, violara los usos y procedimientos de las cortes, ruego que me perdonen; porque no he sido criado en los palacios de los reyes, sino en el retiro de un convento”.[18]
Entonces declaró que en algunos de sus libros publicados había hablado de la fe y las buenas obras; y que aun sus enemigos los declararon provechosos. El retractarse de ello sería condenar las verdades que todos confesaron como verdad. La segunda clase consistía en escritos que exponían corrupciones y abusos del papado. Revocar esas declaraciones sería fortalecer la tiranía de Roma y abrir una puerta más amplia a grandes impiedades. En la tercera clase él había atacado a individuos que defendían los males existentes. En cuanto a éstos, confesó francamente que había sido más violento que lo que convenía. Pero ni aun estos libros podía desautorizar, pues los enemigos de la verdad aprovecharían la ocasión para maldecir al pueblo de Dios con una crueldad aún mayor.
Continuó: “Me defenderé a mí mismo como Cristo lo hizo: ‘Si he hablado mal, denme testimonio del mal’... Por la misericordia de Dios, los conjuro, serenísimo emperador, y a ustedes, ilustrísimos príncipes, y todos los hombres presentes de cualquier categoría, a probarme por los escritos de los profetas y los apóstoles que yo he errado. Tan pronto como esté convencido de esto, me retractaré de todo error, y seré el primero en tomar mis libros y arrojarlos al fuego...
“Lejos de desmayar, me regocijo al ver que el evangelio es ahora, como fue en los tiempos pasados, causa de problemas y disensiones. Este es el carácter, éste es el destino de la Palabra de Dios. ‘No vine a traeros paz, sino guerra’, dijo Jesucristo... Cuídense de que, al intentar apagar las disensiones, persigan la santa Palabra de Dios, y atraigan sobre ustedes un terrible diluvio de peligros irresistibles, desastres en el tiempo presente y la desolación eterna”.[19]
Lutero había hablado en alemán; ahora se le pidió que repitiera lo mismo en latín. Repitió, pues, su discurso con la misma claridad como la primera vez. La providencia de Dios lo dirigió en esto. Muchos príncipes estaban tan cegados por el error y la superstición que al principio no vieron la fuerza del razonamiento de Lutero, pero la repetición les permitió percibir claramente los puntos presentados.
Los que en forma caprichosa cerraron los ojos a la luz, se airaron por el poder de las palabras de Lutero. El que había sido elegido como portavoz de la Dieta dijo con indignación: “No has respondido a la pregunta que se te ha hecho... Se te exige que des una respuesta clara y precisa... ¿Te retractarás o no te retractarás?”
El reformador contestó: “Puesto que vuestra Serena Majestad y vuestras altezas exigen de mí una respuesta clara, sencilla y precisa, se los daré, y es la siguiente: No puedo someter mi fe ni aun al Papa o los concilios, porque es tan claro como el día que ellos frecuentemente han errado y se han contradicho mutuamente. A menos que esté convencido por el testimonio de las Escrituras... yo no puedo ni quiero retractarme de nada, pues no es digno de un cristiano hablar contra su conciencia. Esta es mi posición, no puedo hacer otra cosa; que Dios me ayude. Amén”.[20]
Así mantuvo su firmeza este hombre recto. Su grandeza y la pureza de su carácter, su paz y el gozo de su corazón resultaban manifiestos para todos mientras daba testimonio de la superioridad de la fe que vence al mundo.
En su primera respuesta, Lutero había hablado en una forma respetuosa y casi con sumisión. Los romanistas consideraron que el pedido de tiempo era meramente el preludio para su retractación. Carlos mismo, notando con un poco de desprecio el hábito raído y sencillo del monje, había declarado: “Este monje nunca me convertirá a mí en un hereje”. Pero el valor y la firmeza que ahora desplegaba, el poder de su razonamiento, llenó a todo el mundo de sorpresa. El emperador, movido a la admiración, exclamó: “Este monje habla con un corazón intrépido y un valor indomable”.
Los partidarios de Roma estaban derrotados. Trataron de mantener su poder, no apelando a las Escrituras, sino haciendo amenazas, al argumento infalible de Roma. Dijo entonces el orador de la Dieta: “Si tú no te retractas, el emperador y los Estados del imperio consultarán qué conducta habrán de seguir contra un hereje incorregible”.
Lutero respondió con calma: “Que Dios sea mi ayudador, porque no puedo retractarme de nada”.[21]
Se le pidió a Lutero que se retirara mientras los príncipes consultaban. La negación persistente de Lutero a someterse había de afectar la historia de la iglesia a través de los siglos. Se decidió darle una oportunidad más para retractarse. De nuevo se formuló la pregunta. ¿Renunciaría él a sus doctrinas? “No puedo alterar mi respuesta –contestó él–, mantengo lo que he dicho ya...”
Los dirigentes papales estaban acongojados porque su poder era despreciado por un monje humilde. Lutero había hablado a todos con dignidad y calma cristianas, y sus palabras estaban libres de pasión y exageraciones. Se había perdido de vista a sí mismo y sentía que estaba en la presencia del Ser Infinito que es superior a los papas, a los reyes y a los emperadores. El Espíritu de Dios estaba presente, impresionando el corazón de los grandes del imperio.
Varios príncipes valientemente reconocieron la justicia de la causa de Lutero. Otros no expresaron en ese momento sus convicciones, pero más adelante llegarían a ser indomables sostenedores de la Reforma.
Federico, el elector, había escuchado con profunda emoción el discurso de Lutero. Con gozo y orgullo presenció el valor y el dominio propio del docto ajusticiado, y determinó mantenerse firme en su defensa. Vio que la sabiduría de los papas, los reyes y los prelados había sido anulada por el poder de la verdad.
Cuando el legado percibió el efecto producido por el discurso de Lutero, resolvió emplear todos los medios a su alcance para lograr la condena del reformador. Con elocuencia y habilidad diplomática presentó al joven emperador los peligros de sacrificar, por causa de un monje insignificante, la amistad y el sostén de Roma.
Al día siguiente de la respuesta de Lutero, Carlos V anunció a la Dieta su determinación de mantener y proteger la religión católica. Debían emplearse vigorosas medidas contra Lutero y las herejías que él enseñaba: “Sacrificaré mi reino, mis tesoros, mis amigos y mi cuerpo, mi sangre, mi alma y mi vida... procederé contra él y sus adherentes como herejes contumaces, por la excomunión, el entredicho y todos los medios calculados para destruirlos”.[22] Sin embargo, el emperador declaró que el salvoconducto de Lutero debía ser respetado. Se le debía permitir que llegara a su hogar con seguridad.
El salvoconducto de Lutero en peligro
Los representantes del Papa de nuevo demandaron que el salvoconducto del reformador fuera desestimado. “El Rin debe recibir sus cenizas, así como recibió las de Juan Hus hace un siglo”.[23] Pero los príncipes de Alemania, aunque eran declarados enemigos de Lutero, protestaron por semejante violación de la fe pública. Señalaron las calamidades que habían seguido a la muerte de Hus. No se atrevían a traer sobre Alemania una repetición de esos terribles males. Carlos mismo, en respuesta a la vil propuesta, dijo: “Aunque el honor y la fe desaparezcan en todo el mundo, deben encontrar un refugio en el corazón de los príncipes”.[24] Aunque fue urgido por los enemigos papales de Lutero a hacer con el reformador lo que Segismundo había hecho con Hus, evocando la escena en la cual, en la asamblea pública, Hus había señalado sus cadenas y recordado al monarca el compromiso violado, Carlos V declaró: “No quiero sonrojarme como Segismundo”.[25]
Sin embargo, Carlos rechazó deliberadamente las verdades presentadas por Lutero. Él no quiso abandonar el sendero de la costumbre para andar en los caminos de la verdad y la justicia. Debido a que sus padres lo hicieron, él quería sostener el papado. Así se dispuso a no aceptar más luz de lo que sus padres habían recibido.
Muchos hoy también se aferran a las tradiciones de sus padres, y cuando el Señor les envía conocimiento adicional rehúsan aceptarlo porque tampoco fue recibido por sus padres. Dios no nos aprobará si miramos el ejemplo de nuestros padres para determinar nuestro deber en lugar de estudiar la Biblia por nosotros mismos. Somos responsables por la luz adicional que de la Palabra de Dios ahora brilla sobre nosotros.
El poder divino había hablado por medio de Lutero al emperador y a los príncipes de Alemania. Su Espíritu instó por última vez a muchos en esa asamblea. Y como Pilato siglos antes, Carlos V, cediendo el orgullo mundano, decidió rechazar la luz de la verdad.
Los proyectos hostiles que se tramaban contra Lutero circulaban ampliamente, causando excitación por toda la ciudad. Muchos amigos, conociendo la crueldad traidora de Roma, resolvieron que el reformador no debía ser sacrificado. Centenares de nobles se comprometieron a protegerlo. En las puertas de las casas y en los lugares públicos había letreros, algunos de los cuales condenaban y otros apoyaban a Lutero. En uno se hallaban las siguientes significativas palabras: “¡Ay de ti, tierra, cuando tu rey es un muchacho!” (Eclesiastés 10:16). El entusiasmo popular en favor de Lutero convenció al emperador y a la Dieta de que cualquier injusticia manifestada hacia él haría peligrar la paz del imperio y la estabilidad del trono.
Esfuerzos para transigir con Roma
Federico de Sajonia ocultó cuidadosamente sus verdaderos sentimientos hacia el reformador. Al mismo tiempo lo vigiló con incansable cuidado, estando alerta en cuanto a sus movimientos y a los de los enemigos. Pero muchos no hicieron ninguna tentativa de ocultar su simpatía por Lutero. “La pequeña pieza del doctor –escribió Spalatín– no podía contener a todos los visitantes que venían a verlo”.[26]Aun aquellos que no tenían fe en sus doctrinas no podían sino admirar la integridad que lo inducía a una muerte valiente antes que a violar su conciencia.
Se realizaron fervientes esfuerzos con el propósito de obtener el consentimiento de Lutero para hacer un arreglo con Roma. Nobles y príncipes le manifestaron que si continuaba sosteniendo sus opiniones contra la iglesia y los concilios sería desterrado del imperio y no tendría defensa. De nuevo fue aconsejado a someterse al juicio del emperador. Entonces no tendría nada que temer. “Consiento –dijo en respuesta–, con todo mi corazón, en que el emperador, los príncipes y aun los más humildes cristianos examinen y juzguen mis obras; pero con la condición de que tomen la Palabra de Dios como su norma. Los hombres no deben hacer otra cosa que obedecerla”.
Respondiendo a otra instancia dijo: “Consiento en renunciar a mi salvoconducto. Coloco mi persona y mi vida en las manos del emperador, pero renunciar a la Palabra de Dios, ¡nunca!”[27] Manifestó su disposición a someterse a un concilio general, con la condición de que se exigiese que ese concilio decidiera de acuerdo con las Escrituras. “En lo que concierne a la Palabra de Dios y a la fe, todo cristiano es juez tan bueno como el Papa, aunque éste esté apoyado por un millón de concilios”.[28] Tanto amigos como enemigos, por fin, se convencieron de que era inútil continuar esforzándose por hacer una reconciliación.
Si el reformador se hubiera sometido en un sólo punto, Satanás y sus huestes habrían ganado la victoria. Pero su firmeza inconmovible fue el medio de emancipar a la iglesia. La influencia de este hombre único, que se atrevió a pensar y obrar por sí mismo, había de afectar a la iglesia y al mundo, no solamente en su propio tiempo, sino en todas las generaciones futuras. Por fin el emperador ordenó a Lutero que regresara a su casa. Esta noticia sería rápidamente seguida por su condenación. Nubes amenazantes se cernían sobre su sendero; pero cuando partió de Worms, su corazón estaba lleno de gozo y alabanza.
Después de su partida, deseoso de que su firmeza no se entendiera como una rebelión, Lutero escribió al emperador: “Tengo la más ferviente disposición a obedecer a Vuestra Majestad, ora sea honrando ora deshonrando, en la vida o en la muerte, y con ninguna excepción salvo la Palabra de Dios, por la cual el hombre vive... En cuanto concierne a los intereses eternos, Dios no desea que el hombre se someta al hombre. Pues una sumisión tal en materia espiritual es un verdadero culto, y éste debe ser rendido únicamente al Creador”.[29]
En el viaje de regreso de Worms, los príncipes de la iglesia daban la bienvenida al monje excomulgado y los gobernantes civiles honraban al hombre a quien el emperador había denunciado. Era instado a predicar y, a pesar de la prohibición imperial, de nuevo subía al púlpito. “Nunca me comprometí a encadenar la Palabra de Dios –dijo–, ni lo haré”.[30]
No mucho tiempo después que el reformador dejara Worms, los partidarios del Papa prevalecieron sobre el emperador para que éste emitiese un edicto contra él. Lutero fue denunciado como “Satanás mismo bajo la forma de un hombre envuelto en hábito de monje”.[31] Tan pronto como su salvoconducto expirara, se prohibiría a todas las personas a alojarlo, a darle alimentos o bebida, a ayudarlo o animarlo por palabra o de hecho. Había de ser entregado a las autoridades, y sus adherentes también debían ser apresados y sus propiedades confiscadas. Sus escritos habían de ser destruidos y, finalmente, todos los que se atrevieran a obrar en contra de este decreto se hallarían incluidos en su condenación. El elector de Sajonia y los príncipes más amigos de Lutero habían salido de Worms poco tiempo después de su partida, y los decretos del emperador recibieron la sanción de la Dieta. Los romanistas estaban jubilosos. Consideraban sellada la causa de la Reforma.
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