Kitabı oku: «En blanco y negro»

Yazı tipi:

En blanco y negro

Elisa Serrana

Prólogo de Andrea Kottow

Ediciones Universidad Alberto Hurtado

Alameda 1869 – Santiago de Chile

mgarciam@uahurtado.cl – 56-228897726

www.uahurtado.cl

© Sucesión Elisa Serrana

© Andrea Kottow

ISBN libro impreso: 978-956-357-313-8

ISBN libro digital: 978-956-357-314-5

Directora editorial

Alejandra Stevenson Valdés

Editora ejecutiva

Beatriz García-Huidobro

Coordinadora Biblioteca recobrada

Lorena Amaro Castro

Diagramación interior y portada

Francisca Toral R.

Imagen de portada

iStock

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Con la colección Biblioteca recobrada. Narradoras chilenas, la Universidad Alberto Hurtado busca dar nueva vida a la literatura escrita por mujeres en Chile desde el siglo XIX, con obras hoy asequibles solo en antiguas ediciones e incluso casi inexistentes en las bibliotecas de nuestro país.

Hemos seleccionado con este fin textos que consideramos atractivos para las y los lectores de hoy: desde novelas o cuentos a otras formas de relato de difícil encasillamiento genérico, debido al mismo lugar excéntrico que estas escrituras ocuparon en los campos culturales y en las inscripciones canónicas de su tiempo.

Esta selección de textos es apenas una contribución a la enorme reformulación crítica del canon y de la historiografía literaria, iniciada sobre todo por pensadoras e investigadoras que, a mediados de los años de la década de 1980, comenzaron a trabajar estratégicamente por una mayor visibilización de la escritura de mujeres en el campo cultural. Esta labor se lleva a cabo hoy a través de diversos esfuerzos académicos y editoriales, a los que nuestra casa de estudios busca contribuir.

La colección busca facilitar el acceso a personas dedicadas a la investigación —y también a lectoras y lectores de diversas edades e intereses— no solo la materialidad de estos libros, sino también recobrar las voces, las subjetividades y mundos imbricados en ellos, que se habían tornado opacos o inexistentes en un campo cultural misógino, indiferente e incluso hostil a la creación de las mujeres.

En cada volumen de esta colección colabora una escritora o crítica, con un prólogo que busca acercar al presente estas escrituras. A todas ellas agradecemos su contribución. Para la realización de este trabajo se ha contado con un comité integrado por las editoras Alejandra Stevenson y Beatriz García-Huidobro (Ediciones UAH), junto a dos investigadores de la literatura chilena: María Teresa Johansson y Juan José Adriasola, (Departamento de Literatura UAH) y Lorena Amaro, coordinadora de la colección, crítica literaria y académica (Pontificia Universidad Católica de Chile).

Ver o no ver, esa es la pregunta

Andrea Kottow

Elisa Serrana y su narradora ciega

“Ver para creer”, dictamina un refrán popular, haciendo hincapié en el privilegiado lugar que ocupa la mirada en la cultura occidental moderna. La visión es, sin lugar a dudas, el sentido al cual más importancia solemos otorgar y el que más tememos perder. En una cultura que no ha hecho sino acrecentar la relevancia de la mirada en su devenir, dándole más y más protagonismo a la imagen como cifra de lo que nos identifica en tanto sensibilidad histórica, la pérdida de la vista —la ceguera— se carga con múltiples significados. Tal como queda implicado en el “ver para creer”, la vista de algo o alguien se convierte en el garante de su existencia, del estatuto de su realidad y de su potencial verdad. Cuando Freud plasmó en su emblemático ensayo Lo ominoso el temor a perder los ojos y la vista, y lo vinculara con el miedo a la castración, ponía el acento justamente en este destacado papel que cumple la mirada y la vista en nuestro entramado simbólico: “[…] la experiencia psicoanalítica nos pone sobre aviso de que dañarse los ojos o perderlos es una angustia que espeluzna a los niños. Ella pervive en muchos adultos, que temen la lesión del ojo más que la de cualquier otro órgano. Por otra parte, se suele decir que uno cuidará cierta cosa como a la niña de sus ojos”. La vista es el sentido que no solo se fusiona con el carácter real de las cosas, sino además entra en alianza con la identidad del sujeto que ve, o deja de hacerlo. Ver se vuelve sinónimo de la comprensión, del entendimiento, de la capacidad racional, es decir de aquello que en muchas ocasiones se supone nos define como seres humanos. Freud toma de base el cuento “El hombre de arena” de E. T. A. Hoffmann, donde Nathanael, su protagonista, pierde la razón al enamorarse de la autómata Olimpia y de sus ojos centelleantes. Estos ojos, insuflados de fuego y de la ilusión de la vida por su creador, hacen que Nathanael recuerde los experimentos de su padre con un alquimista que solían provocar terror y fascinación en el niño, pues los asocia a la muerte trágica de su progenitor. El miedo a perder los ojos se amalgama con el temor a perder la cabeza, el raciocinio, la humanidad. En las cartas que Nathanael escribe a su amada Clara, el lector asiste a la paulatina entrega del protagonista a la locura. Nathanael, el enceguecido, el loco y simbólicamente castrado, pierde la capacidad de ver lo que realmente ocurre, confunde lo inerte con lo vivo, el pasado con el presente, difuminándose su identidad como sujeto y ser racional. Clara, que nunca deja de ver, con la claridad que su nombre indica, se vuelve el modelo de la visión no enturbiada y la identidad inquebrantable.

En una de las escenas más insignes de la literatura occidental, Edipo Rey arremete contra sí mismo, arrancándose los ojos. Sacarse los ojos para no ver aquello que, finalmente, ha tenido que llegar a ver. Ver se convierte en la acción de admitir, entender y asumir que, efectivamente, Edipo ha matado a su padre y se ha casado con su madre. A pesar de todos los intentos de escabullir el dictamen del oráculo, ha sucedido aquello que el destino había previsto para el hijo de Layo y Yocasta. Ese destino que Tiresias, el vidente ciego, decía que se había cumplido y que estaba causando estragos en Tebas. Tiresias —quien ve lo que realmente importa, sin tener la capacidad fisiológica de ver— le anuncia a Edipo —quien, a la inversa, puede ver, pero es incapaz de traspasar con la mirada la superficie engañosa de las cosas— lo que ocurre. Edipo no le cree a Tiresias, pero cuando debe darle la razón se saca esos ojos que no sirvieron para ver lo que había que ver. En este engranaje entre las figuras de Edipo y Tiresias —entre la no-videncia, pero capacidad de poder comprender, por un lado, y la videncia, sin que esta garantice la facultad de aprehender la factura de lo real, por el otro— se juega gran parte de la simbología de la ceguera. Ver se vuelve sinónimo de entender, de reconocer. No ver, estar ciego frente a las cosas, es no penetrarlas. Lo paradójico de la figura de Tiresias es justamente su facultad de ver sin la visión; y el acto de Edipo de despojarse de los ojos como consecuencia de no haber podido ver, es el acto invertido de esta forma de representar la visión como emblema de la comprensión humana.

En un ensayo de reciente data, la escritora Lina Meruane hace una revisión de varios de los ciegos más insignes de la literatura. Figuras ciegas representadas en la literatura, así como también escritores y escritoras ciegos y ciegas que, algunos sí y otros no, hicieron que la experiencia de sus problemas con la vista, o la ausencia de ella, entrara al mundo de sus ficciones y escrituras. Un ensayo que no solo muestra el gran acervo que fue construyendo su autora con respecto a la trenza ceguera y literatura, sino también un texto de resonancias autobiográficas, donde Meruane vuelve a su propia experiencia de la ceguera y su elaboración en la novela Sangre en el ojo. Uno de los puntos más destacables de Zona ciega de Meruane es que muestra que, mirado desde el punto de vista de la literatura, la ceguera masculina es muy distinta a la femenina, para empezar, porque esta última más bien pareciera brillar por su ausencia. Si rápidamente suelen acudir a la memoria justamente las historias de Tiresias y de Edipo, pero también El país de los ciegos de H. G. Wells, los ciegos malvados que pueblan la novela Sobre héroes y tumbas de Sábato, el Ensayo sobre la ceguera de Saramago, y los autores atormentados por sus vistas frágiles, como Wordsworth, Joyce y Borges, no ocurre lo mismo con sus pares femeninos. ¿Dónde están las protagonistas mujeres ciegas de la tradición literaria? ¿Qué escritoras sufrieron de la vista? ¿Dónde nos encontramos en las letras con los tormentos vividos por mujeres que nacieron sin visión o la fueron perdiendo paulatinamente? “La tradición solo parecía haberse ocupado del vínculo que establecieron los hombres con sus ojos”, concluye Lina Meruane en Zona ciega.

Es, entre otras cosas, el vacío que se abre al hacerse estas interrogantes que le otorgan un lugar destacado a En blanco y negro de Elisa Serrana, que ahora tendremos la oportunidad de poder leer en esta reedición de la novela en la colección “Biblioteca recobrada”. Publicada por primera vez en el año 1968, y después de las dos obras más conocidas de la autora —Chilena, casada, sin profesión del año 1963 y Una de 1964— esta novela recrea la voz de una joven ciega, que escribe en primera persona acerca de su infancia, juventud y entrada a la edad adulta, siguiendo el modelo propio de una novela de formación. Una especie de Bildungsroman trunco y accidentado, dado que uno de los tópicos centrales del relato es la dificultad de la narradora de entender lo que para una chica en su condición podría llegar a significar una “formación”. ¿Tiene, una ciega, facultades para acceder a y seguir una formación, una educación, una serie de enseñanzas y aprendizajes que le entreguen un lugar en el entramado social? Esta pregunta atraviesa de diversas maneras las páginas de este relato, produciéndose una oscilación entre las opiniones divergentes que presentan todos los integrantes de la familia y de las intuiciones que va articulando la propia protagonista.

Elisa Pérez Walker, alias Elisa Serrana, cuyo pseudónimo revela intenciones reivindicativas, al transformar el Serrano del apellido de su marido en uno que finalice con la vocal que marca gramaticalmente el femenino, fue una mujer de la élite, cuya producción literaria ha sido leída como parte de la así llamada generación del 50. Fue madre de la conocida escritora Marcela Serrano y compañera de ruta de autoras como Margarita Aguirre, María Elena Gertner, Mercedes Valdivieso y María Carolina Geel, para solo nombrar a las más conocidas autoras de su generación. Serrana incursiona en una narrativa que se caracteriza por la presencia de problemáticas que cruza preguntas por la familia y sus marcas, el género y sus sesgos, y la clase social y sus (im)posibilidades. En un estilo que indaga en términos filosóficos en el existencialismo, esta narrativa solo recientemente ha comenzado a ser leída desde una perspectiva de género, poniéndose el acento en las desigualdades que en ella se subrayan entre las vidas de las mujeres y los hombres. Fue la crítica Raquel Olea quien reconoció a estas autoras en su diferencia con sus pares de generación, resaltando tanto sus semejanzas con sus colegas hombres como también sus divergencias. Un punto importante que Olea destaca en su análisis de la conformación y confirmación del criterio generacional es que las mujeres escritoras incluidas en diversas antologías que fueron apareciendo en los años 50 fueron variando. El escritor Enrique Lafourcade fue quien primeramente aunó en dos antologías (Antología del nuevo cuento chileno de 1954 y Cuentos de la Generación del 50 de 1959) a los autores y las autoras que adscribió a la generación del 50. Pero de un texto a otro, el número de mujeres disminuyó y los nombres fueron cambiando. Solo Margarita Aguirre y María Elena Gertner sobrevivieron a la poda y fueron incluidas en ambos volúmenes. Se generó toda una polémica en torno a la primera antología publicada por Lafourcade, enjuiciándose y descalificándose sus criterios de selección, como también las características atribuidas a la escritura de la época. De hecho, la propia Elisa Serrana declara que “no sentía mayor conexión con ellas, convivíamos muy bien en la vida literaria de las ferias del libro, de giras y en los primeros programas de televisión, pero no sentíamos que fuéramos una generación” (cit. en Olea). A pesar de lo que la misma Serrana haya opinado, la crítica feminista reciente ha podido establecer las herramientas que permiten leer un conjunto de textos, efectivamente, como un corpus, que tiene una serie de rasgos compartidos y que apunta a problemáticas similares. Desde esta perspectiva, las escritoras del 50 “proponen en su escritura la desnaturalización de la sumisión de la mujer, que la sitúan históricamente en el orden de una sociedad eclesial-patriarcal, burguesa y hacendal que evidencia su desmoronamiento y su decadencia” (Olea).

Una casa de campo

Construida como un clásico relato que comienza ab ovo, es decir, desde la cuna de la figura protagónica, En blanco y negro inicia con el nacimiento de la protagonista ciega que la da su sello a toda la novela. Escrita en retrospectiva, gran parte de la historia recrea la infancia de quien narra esta especie de autobiografía, que está situada en la casa familiar en el campo chileno. Recordando, de esta forma, a novelas emblemáticas de la tradición literaria nacional como Casa grande de Luis Orrego Luco o Casa de campo de José Donoso, el relato condensa la trama en la vida familiar tal como transcurre en la casa, alejada de la vida urbana y de las influencias que pudiesen acometer del exterior. La casa opera como una condensación de la existencia y sus posibilidades, de distintos tipos de personas y sus destinos. El hogar en el que crece la ciega es una especie de depositario para todos aquellos miembros de la familia que no han podido encontrar su lugar en el mundo o que han sido expulsados de él. Regentada, en primeros términos, por la abuela, habitan en ella la madre de la ciega, que ha quedado sola tras el abandono de su marido por la tragedia y vergüenza que implicó el nacimiento de una niña ciega; la tía Clara, cuya sospechosa amistad con una tal Flora la mantuvo alejada de la casa familiar por largos años, pero a la cual ha vuelto; el tío Luciano, pianista y artista frustrado, que ahoga las penas por el abandono de su mujer en alcohol y busca consuelo entre los brazos de las empleadas que pueblan y rodean la casa familiar; y, por temporadas, el primo José Luis, hijo de Luciano, con anhelos espirituales y, en la mirada de su padre, carente de masculinidad. La casa de campo —esa misma casa que en Orrego Luco era un lugar de encuentro para los jóvenes de la élite, que descansaban sobre los logros económicos y sociales de sus ancestros, encarnados en la finca y las tierras de la familia; y esa casa que, en José Donoso, se convierte en el lugar disputado para un poder que la clase alta terrateniente comienza a perder por sus derroches y su incapacidad para el trabajo— ahora se ha convertido en el lugar de acogida para los raros, excéntricos y disfuncionales. La ciega así entra, al menos en apariencia, en una serie donde se encuentran todos los miembros de la familia que están marcados por alguna diferencia. Una casa de campo residual, que opera como castigo y condena para todos a quienes la vida ha doblegado. Es una casa de campo que se ha quedado estancada en el tiempo; donde nada pasa y nada nuevo promete con advenir. El tiempo parece no transcurrir, cerrando de este modo cualquier posibilidad para el porvenir. Los personajes caídos que la pueblan solo raras veces se preguntan acaso la ciega pudiese tener alguna posibilidad de salir del destino que la aguarda entre las estrecheces de esta casa de campo, que deviene, según las perspectivas de los diversos personajes, en cárcel, correccional, monasterio o manicomio.

La ceguera como diferencia

Esta particular casa de campo alberga, entonces, a los raros. El único denominador común de esta comunidad marcada por la excentricidad es precisamente su rareza; es decir, su diferencia. El signo que los une consiste en que divergen de la normalidad. Una normalidad entendida tanto desde el punto de vista de una norma, esto es, de lo que se espera desde la perspectiva de las regulaciones y leyes, como también de un promedio, vale decir, lo que corresponde a la mayoría. Fue el historiador de la medicina Georges Canguilhem, quien en su señero libro Lo normal y lo patológico subrayara este doble carácter de lo que se establece como “normal”. La salud, al ser comprendida como lo normal, y la enfermedad como un desvío de la normalidad, siempre implica un gesto que incide sobre dos realidades que, si bien se superponen, no son lo mismo, o no tendrían por qué serlo. Lo saludable responde a la normalidad y viceversa, volviéndose su estándar cuando coincide con la norma y el promedio. Sería esta convergencia la que permite, a su vez, la confluencia de lo enfermo con lo excéntrico, lo marginal, disfuncional y raro. En Lo normal y lo patológico, Canguilhem traza los movimientos producidos al interior de los discursos médicos en su devenir histórico y destaca que este entretejido entre salud y normalidad, de un costado, y enfermedad y anomalía, por el otro, se produce en el transcurso del siglo XIX de la mano de la transformación de la medicina en una de carácter científico y experimental. El privilegiado lugar que comienza a ocupar la medicina desde el siglo XVIII en adelante, y que se afianza en el siglo XIX haciendo que la medicina desplace paulatinamente a la religión y sus discursos, puede explicarse precisamente porque el hablar médico se convierte en uno de implicancias normativas. Ya no será el cura el que dictamina aquello que está bien o mal, sino será ahora el dedo índice del médico el que advierte sobre los comportamientos condenables. No está de más recordar la expresión “dioses de blanco”, que parece situar en los médicos la facultad de decidir sobre quién está sano y quién enfermo, quién vivirá y quién morirá, quién se salvará y quién sucumbirá.

Volvamos a nuestra casa de campo habitada por los anormales. Se trata, si se pensara este conjunto de seres raros y enfermos, siguiendo a Canguilhem, de un conjunto paradójico. Pues la única característica que comparten sus miembros es, precisamente, su rareza, su alejamiento de la normalidad. El único rasgo diferencial es la diferencia que, en sí, no es un rasgo, sino más bien la ausencia de una característica, o un desvío. Es por ello que la serie que forman los seres caídos de la casa de Campo de En blanco y negro es una de carácter inestable, una que amenaza constantemente con disolverse y en la que no reina ninguna empatía ni sentido de comunidad. Un conjunto no solo paradójico, sino también paralógico, pues burla la lógica de los conjuntos, al establecer la diferencia en tanto denominador común.

La serie de los diferentes, que difieren de los “normales”, pero también entre sí, entonces, acoge como también expulsa a la ciega de su configuración. La ciega opera como una especie de casilla vacía, que organiza la serie, sin nunca aparecer del todo en ella.

El criterio de la casilla vacía lo propone Gilles Deleuze en su texto “¿Cómo reconocer el estructuralismo?”, para identificar a aquel elemento que conforma una serie, pero teniendo una posición, de alguna manera, externa a la misma serie. Tomando de ejemplo el juego de ajedrez, el rey operaría como esa casilla vacía que simultáneamente está adentro y fuera del juego. Con él comienza y termina una partida. En torno a él se organizan todas las reglas y la estructura del juego. Es un elemento que no puede, como todas las otras piezas, ser comido, ni reemplazado, ni comparado con ningún otro elemento del sistema “ajedrez”. Si bien es el que más poder ostenta, es, al mismo tiempo, el que menos movilidad tiene. Deleuze subraya con la idea de la casilla vacía que, en los relatos, en una estructura textual, siempre hay un elemento que opera como un motor oculto, en el sentido de que no se hace presente de forma explícita en la estructura. Pero sin aquel elemento, la serie no funcionaría, no arrancaría la narración. Escribe Deleuze, siguiendo el análisis que Lacan propone de “La carta robada” de Edgar Allan Poe:

La naturaleza de este objeto […] está siempre desplazado respecto de sí mismo. Tiene como propiedad el no estar allí donde se lo busca, pero también ser hallado allí donde no está. Se dirá que “no está en su sitio” (y por ello no es en absoluto real), pero también que no está en su reflejo (y por ello no es en absoluto una imagen) ni en su identidad (por lo cual no es en absoluto un concepto).

En Blanco y negro es la ceguera la que opera como casilla vacía. Es, una y otra vez, durante el relato, colmada de sentidos divergentes. La ciega es identificada con un sinfín de significantes cambiantes: adopta formas y figuras tan distintas entre sí que termina por disolverse y constituirse solo fantasmalmente. La ciega es denominada por sus tíos, por su madre, su abuela y su primo como “perro”, “mono”, “chancha”, pero también “pajarito” o “ardilla”. Es catalogada de “tonta”, “retardada” e “idiota”, de “muda” y “loca”, de “ignorante” y de “analfabeta”, así como de “vaga” e “histérica”. A su vez se la tacha de “bruta”, “inmunda” y asquerosa”, y para el tío Luciano es un “pájaro de mal agüero”. La pregunta que se hacen los personajes es si acaso la ciega tiene alma, y si se trata de un ser racional y educable. Las opiniones van variando según quién las emita y según diferentes momentos del relato. Es de esta forma que la ciega y su ceguera recorren toda la novela, sin nunca aparecer colmadas de significado, sino siempre desplazadas de sus posibles sentidos. La misma ciega no sabe leer su ceguera si no en las formas en que esta va siendo cifrada en la mirada de los otros. Se va metamorfoseando de perro a chancha, de retardada a histérica, de desalmada a educable.

La diferencia con nombre de mujer

La pregunta por la ceguera y sus implicancias va anudándose con la interrogante acerca de la sexualidad y el género de la ciega. Si de niña es vista como una especie de animalito o bestia, a veces con ternura y las más de las veces con rechazo, al crecer y al desarrollarse su cuerpo se vuelve imperioso decidir si se trata de un cuerpo femenino. Muy tempranamente en el relato, la misma narradora se cuestiona:

[…] por qué todo el mundo no se llamaría igual y por qué a unos al nacer los catalogaban de hombre y otros de mujer. ¿Quién determinaba la diferencia? ¿Era la mamá del niño quien escogía, o el doctor? Por otro lado, muchas veces había oído decir a la abuela “menos mal que no es hombre”, refiriéndose a mí, y acepté el hecho como alguna equivocación de alguien, quizás de mi padre […].

La ignorancia de la ciega refleja la exclusión de los discursos de género cuando de ella se trata: ni femenina, ni masculina, sino únicamente ciega, su adscripción genérica solo se resuelve ex negativo. Más adelante, los niños del vecindario sí reconocen los rasgos de un cuerpo femenino en ciernes en ella: “Aurelio y sus compinches del vecindario crecían más que yo y hablaban de que al fin y al cabo yo era, después de todo, una mujer, y pretendían perseguirme para tantearme el pecho o levantarme las faldas”. José Luis, objeto de admiración para la protagonista, se debate entre despreciar a su prima ciega, por un lado, y reconocerle capacidades especiales e intentar rescatarla de la ignorancia, por el otro. Cuando la narradora le confía su gusto por los hombres, la dura respuesta de José Luis no se deja esperar:

—En ti no importa —respondió despectivo, como diciendo “Tú no eres una mujer”, porque para mi pobre y confundido primo las mujeres eran despreciables, humanas, débiles, sin ambiciones ni ideales, sin alas, pedestres, sin otra aspiración que ese difícil y despreciable sentimiento que él denominaba, despectivamente, amor.

Vemos en este tajante dictamen, un enjambre de diversas formas de interpretar el vínculo entre ceguera y femineidad. Para José Luis y sus aspiraciones espirituales, la femineidad se vincula a la sexualidad y es, por lo tanto, despreciable. Femineidad es corporalidad y bajeza, es imposibilidad de acceder a las verdades más altas e importantes de la existencia. Se configura entonces, para José Luis, como un halago cuando niega a su prima la condición de mujer. La ceguera la salvaría, en ojos de su primo, de la condena femenina de estar amarrada a la materialidad y sus necesidades, sin poder elevarse espiritualmente. La ceguera ahora se masculiniza y por ende humaniza a la protagonista. Dado que es ciega, se salvaría de su ser mujer y podría superar las bajezas propias del género femenino. En otra oportunidad, José Luis le subraya a su prima que “mi única gracia era que yo era distinta y que debía mantenerme distinta”.

Un día José Luis le obsequia unos lentes oscuros a su prima, y el cambio que opera la invisibilización de sus ojos ciegos se comenta profusamente entre los miembros de la familia. Nuevamente las opiniones no son unánimes: su madre encuentra que se ve bonita; —“¡si la niña sin sus ojos es preciosa!”—, mientras que su tía sentencia: “Pero si no tienes ojos…, eres otra sin ojos. Yo no quiero que seas otra, te quiero así”. Cuando la narradora va en búsqueda de la opinión de su tío, este resalta el atractivo erótico de su sobrina: “Puchas, puchas, si se está poniendo tentadora. Cabrita tierna… al puro punto”.

Así la femineidad y la ceguera se transforman ambas en cifras cuya decodificación está en constante pugna. Niña-bestia, adolescente a la que se le niega o a quien se le exacerba su carácter femenino, se subraya o anula su sexualidad, se distingue o se iguala con otras (cuando la narradora es víctima de una violación, su tío aduce el argumento clásico de la culpa femenina: “—¿No ves cómo anda esa chiquilla, provocando? ¿No ven ustedes cómo se comporta? ¿O creen que porque es ciega no es como todas?”). Tanto su ceguera como su ser femenino son continuas superficies de interpretación, elementos que reclaman un ejercicio de exégesis cuyos resultados son variables. Como reconoce la propia protagonista en algún momento: “Yo estoy fuera de todas las series”, siendo, simultáneamente, la que las recorre todas.

De forma invertida, la novela termina por señalar la imposibilidad de que una mujer ciega sea leída en un sistema patriarcal. Los modelos de ordenación genérica masculinista no cuentan con un alfabeto para poner nombre y dar sentido a la narradora de este relato. Por ello es que sus nombres son tantos y tan diversos entre sí, que más bien tienden a difuminarse y borrarse. No es casual que el nombre propio de la protagonista no nos sea revelado nunca. Así, el texto de Elisa Serrana parece preguntar también por quién es o quiénes son los verdaderos ciegos, qué es lo que se ve o no se ve con los ojos, y si acaso habrá un mundo que emerge ante los y las ciegas, permaneciendo opaco para los videntes.

Quizás para dar respuestas, si bien precarias y provisorias, a estas preguntas, es que la ciega se decide a escribir las páginas que luego conformarán el relato que el lector tiene entre manos. Como ella misma anota antes de considerar terminado su texto: “No es una obra de arte ni una confesión, ni un desahogo; es simplemente un encargo. Un pretexto para obligarme a escribir”. Escribir es ensayar una interpretación de la propia historia, un acto de autoría que implica hacerse dueña de su relato, una forma de avanzar hacia la pronunciación del nombre propio.

Bibliografía citada

Deleuze, Gilles. “¿Cómo reconocer el estructuralismo?”. En: Deleuze, Gilles, La isla desierta y otros textos. Textos y entrevistas (1953-1974). Trad. Luis José Pardo. Valencia: Pre-textos, 2005.

Freud, Sigmund. “Lo ominoso”. En: Freud, Sigmund, Obras completas. Tomo XVII. Trad. José L. Etcheverry. Buenos Aires: 2013.

Meruane, Lina. Zona ciega. Santiago de Chile: Random House, 2021.

Olea, Raquel. “Escritoras de la generación del cincuenta. Claves para una lectura política”. Universum, núm. 25, vol. 2 (2010). 101-116.

Serrana, Elisa. En blanco y negro. Santiago de Chile: Random House, 2004.

EN BLANCO Y NEGRO

Si fuerais ciegos, no tendríais pecados.

(San Juan, cap. 9, 41)

1

Que nadie se alegró de mi nacimiento lo descubrí mucho más tarde, en el tiempo en que comenzaba a comprender otras cosas y, de paso, también eso: que soy tonta, ignorante e inútil y que debí causar dolor. Creo que mi madre estuvo contenta en el primer instante y ese consentimiento suyo marcó mi afecto para siempre. Después tuvo que aceptarme y superó su natural rebeldía tomándome como un instrumento de la voluntad de Dios que me engrandeció mucho; yo contribuiría a su expiación en la tierra; su paso por la vida adquirió, por mí, un carácter dramático y excelso, como un castigo, como una promesa, ya que estaba convencida de que solo el sufrimiento lleva a Dios, y yo era, a fin de cuentas, un sufrimiento sencillo, agradable a veces, que le aseguraba la salvación.

Mi padre, en cambio, se derrumbó. Al principio trató de encontrar una solución, pero a pesar de haber arrostrado obstáculos para casarse con mi madre y ser por temperamento fácil, filosóficamente bohemio, tuvo miedo a una lucha para la cual no estaba preparado y cuyas raíces extraterrenas lo asustaron. No luchó por mí como un día lo hizo —¿o fue mi madre quizá?— por ella. Le signifiqué el desarme; no supo cómo enfrentar fuerzas diabólicas o celestes y prefirió evadirlas. La aceptación maternal lo exasperó tal vez y, ahora pienso, desencadenó un drama que no se perdonó durante mucho tiempo. El lapso duró tanto tiempo como el matrimonio de mis padres.

Un día él se fue de la casa y jamás se mencionaron claramente las razones. Si entonces los rostros fueron torvos y las sonrisas forzadas, yo no me di cuenta. Desde muy temprano viví en un mundo propio, vi solo lo que deseaba ver, manteniéndome al margen de una buena parte de las experiencias de mis semejantes.

En mis primeros años, ese mundo mío (único y cerrado, donde las ideas eran formas, los colores tenían una diferente temperatura y los comentarios y juicios se dividían como las fichas de mis damas, que yo trataba de creer que eran familias que se odiaban o se amaban y que movía entre el blanco y el negro; amontonaba en dos torres distantes, una blanca y otra negra; guardaba en diferentes cajas, en una las blancas y en otras las negras; jugaban desde dos líneas separadas, la blanca y la negra; hasta que supe que siempre las guardaba confundidas, que eran fichas iguales y solo variaban de personalidad en mi intención, tocándose, en la realidad, las unas con las otras en un montón blanco y negro), tenía el alto de las patas de los sillones de la casa de campo de mi abuela, y mi gran alegría era tocar el cielo que me proporcionaban las cubiertas de las mesas y los respaldos cóncavos de algún sofá. Durante el verano, el espacio de mis manos se agrandaba a los arbustos del jardín, hacia donde era fácil arrastrarme pasando inadvertida entre los pies de los mayores, hasta llegar a protegerme en las cuevas naturales que hacían para mí las ramas y las hojas.

Porque yo era, soy también ahora, ciega.

Para los grandes fui casi inexistente o, más bien, mi existencia era próxima y permanente y me olvidaban con facilidad. Así, con los años, aceptada como parte del mobiliario o del paisaje y señalada como un ser inofensivo, adquirí ante mis primos y sus amigos cierto prestigio: podía llevarles cuentos prohibidos y chismes familiares que no se decían delante de los niños, comentarios sobre la vida y sus dramas no aptos para oídos menores que solo oía yo cuando los demás eran excluidos por orden de la abuela, que solía decir: “Ya, los niños, váyanse a jugar”.

Más que esa frase que no me aludía, me impresionaba otra dicha por tío Miguel o su mujer: “Ustedes, mocosos, háganse humo”. Sentía un raro pánico y, a pesar de oír los pasos, carreras y gritos de burla y rebeldía, comenzaba mi desazón: ¿Y si mis primos dejasen de existir y llegara de repente hasta mí el aire contaminado que producía tal escozor en los ojos y la nariz; y si sus cuerpos-humo volvían a la pieza hechos nada, intocables, molestos como el vaho de una tetera, como el olor del dulce de moras o la mermelada de duraznos al llegar a su punto, como el agua de la acequia que consumía al sol del verano en el fondo del jardín, como el paso de Rosa, la cocinera, y el galope terrible de los caballos que anunciaban incendio en los bosques del vecino? Entonces me escurría del grupo mayor y con torpeza golpeaba las piernas de mis tíos o estrellaba la silla de la abuela. Preocupada solo de escudar el rostro con mis dedos antes de llegar al primer poste del parrón, y ahí, en espacio abierto, me atrevía, para igualarlos, a correr también hasta asegurarme de que aún eran ellos mismos, tangibles. Trataban de engañarme usando mil trucos para esconderse y asustarme, pero los delataban ciertos pedazos de risas a medio sofocar. Feliz, reía yo también, batía palmas y me echaba sobre algún niño próximo, porque me encantaban sus caras y, al tratar de encontrarlas, sentía sobre mí alguna bofetada: “Ya llegó la tonta, siempre a la cola…”.

Era agradable la vida en la casa de la abuela.

Nací en la capital y, en un momento perdido en mi memoria, mi padre decidió llevarnos al campo, pues le ofrecían un trabajo en sus cercanías. Ahora sé que preparaba su fuga facilitándole la tarea a su conciencia. Porque allí, en su casa, mi madre no sería tan desgraciada ni la vida tan costosa. Como había viajado poco, creo recordar ese éxodo que nos llevó a un tren, luego a un coche, mientras yo apretaba a una muñeca que nunca quise, entre voces desconocidas y lugares extraños, tirada por la mano de mi padre. Comprendí que llegábamos al notar cierta indecisión en los cascos de los caballos, algunos suspiros entrecortados y una caricia lacia contra el pecho que me apoyaba. En ese viaje perdí a mi padre, porque después otras voces reemplazaron la suya y extraños pasos ahogaron su andar. Nuevas manos me cogieron y olvidé cómo era la palma de la suya.

No recuerdo más de él; en cambio, sí está viva en esa primera memoria la presencia de varios miembros de la familia, que acudían según las necesidades de compañía o alimento. Tíos o primos llegaban o partían, se buscaban las sábanas limpias, se hacían camas y la casa tomaba un diferente ritmo; subía la cuenta del pan y había que mandar por carne; se ponía más templada la voz del abuelo y todos andábamos con cierto desorden de tránsito. Cualquier día volvimos otra vez a la calma. En un momento de parecido afán, mi padre dejó de estar.

La primera vez que vi a tía Clara debió haber sido luego. Quizá vino a casa por la muerte del abuelo, pero el abuelo y su desaparición no dejaron huella en mí; se hablaba de ello como un hecho nada más, era como una historia que se cuenta y se va. No así mi tía Clara. Ella formó con su presencia tal revuelo y sus frases eran tan distintas a las de mi madre que se grababan, y su llegada fue un acontecimiento. Había estado ausente de la casa durante mucho tiempo, y ciertos rumores sobre su conducta liviana y su gran amistad con una tal Flora, que se nombraba en casa como quien nombra al demonio, la hacían sospechosa y tal vez temible. Mi madre le temía, esto lo sé. A pesar de ser muy querida por el abuelo, no se apareció por la casa hasta su muerte. ¿Temía ella su reproche o intuía ella su pena? Después se olvidaron los malentendidos y quedaron para más adelante los reproches, hasta que estos se fueron también, dejándole abierta otra vez la puerta de la casa materna.

—Ven aquí —decía fríamente mi madre, cuando me sentaba yo sobre las rodillas de su hermana. Como si ella me contaminara.

También pertenece a esa época el primer recuerdo de mi primo José Luis. Vivía con su madre en la capital, aceptando malamente la esporádica presencia del padre, mi tío Luciano, que parecía ser borracho, mujeriego, “artista”, y gastaba a manos llenas la fortuna de su hermosa mujer.

El arribo de José Luis, que pese a su edad ya viajaba solo, causaba un revuelo distinto al que producían las llegadas de otros miembros de la familia. Cuando se anunciaba, la abuela, con la esperanza de que el niño viniera con su madre, mandaba a abrir la otra sala de baños, que olía a humedad y cuya tina era suave, de porcelana algo dulce a mi lengua. Me gustaba acostarme en la tina y quedarme allí adentro como en una casa de loza que sentía amable contra mis espaldas. Entonces daba vuelta la llave y el agua corría un rato sobre mi cabeza y me ahogaba la nariz, cosa que me divertía en extremo.

Las visitas se anunciaban por teléfono. O, más bien, el sonido de la campanilla hacía suponer alguna visita, porque se oía mal y no se sabía de quién era la voz. El teléfono en nuestra casa era el único medio de comunicación con el resto de la familia y con la gran ciudad, pero estaba viejo y siempre descompuesto. Esto alteraba profundamente a la abuela.

—Son los cables —gemía, sin alzar la voz—. Aló… Aló… ¡Aló! —empezaba a angustiarse, a ceder, luego gritaba y, por último, con un desolado ¡ALÓ!, se daba por vencida.

Desde mi escondrijo yo deseaba ayudarla, pero no podía descubrir cómo. Hasta muchos años después no conseguí que me pasaran el fono y, por eso, las voces de mis parientes eran para mí misterios que agitaban hasta el paroxismo a mi familia.

—¿Quién llama?… Pero sí. No oigo nada… No se oye, señorita, no se oye —colgaba y en su asiento seguía lamentándose—. ¡Cómo es posible que durante años esté yo pagando una cuenta y cuando quiero hablar…!

Mi madre volvía a levantar el fono por si lograba oír, lo que enfurecía más aún a mi abuela.

—Te digo que no se oye. Si yo no oigo nada, ¿por qué vas a oír tú? Son los cables que están viejos.

—No se aflija, mamá —decía mi madre, que nunca pasaba por mi lado sin poner la punta de los dedos sobre mi pelo—. Quiere decir que alguien viene.

Y así, tras el anuncio roto de un cable telefónico, llegó José Luis, pero solo.

—¿Y tu madre? —preguntó la abuela cortésmente, y mi primo, que desde pequeño fue petulante y veraz, respondió con soltura:

—No creo que venga nunca más. Dijo que ya nada tenía que ver con la familia.

—¿Y Luciano acepta tal insolencia? —preguntó mi madre, afligida.

—¿Mi papá?… Hace mucho tiempo que no veo a mi papá.

No recuerdo exactamente las frases, solo está claro en mí el silencio que siguió. El mover silencioso de los palillos del tejido de la abuela, la respiración callada de mi madre y allá lejos, en el fondo de alguna puerta abierta, la risa de mi tía Clara, que no podía evitar exclamar:

—¡Ya era tiempo!

Aprovechando la distracción general, yo me escabullí a tomar el fono, porque me gustaba el fono silencioso: no oí ni siquiera el eco de respiraciones ocultas en el hilo.

—¿Tampoco oyes? —preguntó mi tía, sin apremio.

Sonreí netamente, porque me gustaba el tono silencioso con cierto olor a boca y humedad.

—¿Pensará algo esta niñita? —continuó, pero yo no me di por enterada, porque la corneta era redonda y la boca en el hueco me cabía perfectamente y podía imitar su forma con mis manos.

—Comprende todo —se excusó mi madre.

—Tu padre debe estar loco —murmuró la abuela, dirigiéndose a mi primo.

—Así dice mi mamá…

—Que se calle esa… —la abuela podía insultar a su hijo, no así a la nuera. Se levantó furiosa—. Y que no te oiga hablar de ella nunca más, ¿entiendes?, nunca más.

—Ya pues…, usted también…

—No tiene por qué ser retardada, además.

Mi tía me quitó el fono de entre los dedos llenos de saliva. Desde lejos seguía defendiéndome mi madre:

—Es dulce y buena, pero la pobrecita…

—¡Déjate de pamplinas! —rugió mi tía, echándome hacia un lado—. La pobrecita, qué pobrecita; si está siempre callada es porque no tiene para qué hablar—. Se dirigió a mí por segunda vez—. Te entretiene tu mundo interior, ¿no es cierto? —desde entonces principió a gustarme su manera de decir las cosas, una forma que yo llamaba poética, porque ella embellecía el tono para sus palabras, al revés de otros—. Para lo que hay que ver, es preferible no ver nada…

Mi madre lanzó un quejido incomprensible.

—¿No perdona aún, Clara? —dijo.

Yo, molesta, deseaba recuperar mi mano y comencé a forcejear.

Como se acercaba José Luis, mi madre trató de hacerme desaparecer. Le dolía que me viera todo el círculo familiar y cuando llegaba un extraño trataba de esconderme. Pero esta vez no alcanzó y sentí a mi primo fríamente cercano.

—Soy ciega —dije yo sonriente, porque esa frase me volvía importante—. Soy ciega, soy ciega, soy… —siempre que decía esa palabra los demás callaban. Aplaudí contenta, con las palmas abiertas—. Soy ciega. ¿No es cierto, mamá, que nací ciega?

Escuché alejarse los pasos de José Luis, acongojarse a mi madre y la abuela distrajo por un instante su último pesar, mientras mi tía comenzaba a tararear una canción. Para todos, excepto para mí, la ceguera era trágica, humillante y a nadie le gusta reconocer una verdad fea. La abuela entonces se puso de pie, porque nunca le gustó sufrir y siempre buscaba cosas que la distrajesen para sentirse otra vez alegre. Decía que ella necesitaba alegría para vivir y que siempre esta era escasa. Así, ahora también echó a un lado la ceguera, su responsabilidad y los problemas familiares. Me propuso que fuéramos al jardín a pasear a los perros. Cuando salíamos dijo como para sí misma:

—Escribiré a la compañía y haré un reclamo en forma —pero como esa frase se oía a menudo, me puse a pensar dónde estaría mi primo.

Me gustaban la noche y su sonido. Me gusta hasta hoy la fresca conversación de las cosas durante la noche. El sonido nocturno es rico y cada voz difiere de otras voces, así como diferentes son las voces del día. Las aves diurnas cantan, gritan y pelean mientras se picotean jugando cerca de la acequia y quieren, creía mi madre, como los hombres, bañarse en el mismo hilo de agua y caminar en el mismo rincón del corral, pero yo creo que lo que desean es encontrarse bajo ese mismo hilo de agua y juntos estar en el trozo de corral. De noche, los pájaros son discretos y tímidos, se mueven con avances solapados, porque tienen miedo y chocan sus alas nocturnas y blandas, porque no saben las distancias. Los charcos de la noche se unen en un concierto y la gente cree que la que canta es la rana. Ahora pienso, recordando las noches de mi infancia —porque entonces no pensaba, tan distraída andaba en otros menesteres—, que me gustaba la noche porque nos hacía a todos iguales. Yo podía conducir a cualquiera en la noche, y era curioso oír que los otros debían disminuir su velocidad y hacer indecisos sus pasos cuando caminaban a oscuras. En la oscuridad, yo era más fuerte.

Por eso algunas veces, después del primer sueño, dejaba yo mi cama, apoyada en el recodo que hacía el pasadizo entre la pieza de mi madre y la entrada de la galería, y daba a mis pasos un ritmo de quejido nocturno para deslizarme hasta el jardín. Junto al último poste del parrón, había una piedra (estuvo ahí mucho tiempo, porque en casa las cosas permanecían siempre en su lugar y nadie movía nada a no ser que decidiera hacerlo un tercero y tomara solo la iniciativa, porque entonces también por no tener que cambiar, quedaba la cosa ya cambiada, en su nuevo sitio, y allí permanecía), a la que me gustaba allegarme y poner sobre ella mi mejilla. No dejaba que nadie se sentara en la piedra, la sentía mía y pasaba a su lado; cuando era de día, disimuladamente para que no la vieran, me alejaba para aislarla, volvía a otra parte para no atraer el deseo de otros sobre ella.

Sin embargo, una mañana cualquiera de cualquier invierno de mi pequeña infancia, al llegar al borde del parrón, presentí a una persona; antes de asustarme reconocí a mi tía Clara, que agarraba un débil rayo de sol. Un “a dónde vas” interrumpió mi huida y comencé a temblar.

—Ven y siéntate para que conversemos —dijo secamente.

Asentí aferrándome al poste.

—¿Por qué no hablas?

—Sí hablo.

—¡Cómo saber qué hay dentro de ti…!

—Mmm…

—Por quién y cuándo fuiste concebida…

—¿Eres una veta pobre o un rico mineral?

—Mmm…

—Tu madre llora porque no ves y…

—Yo veo…, veo…, veo; la gente cree que porque soy ciega, no veo nada.

—¿Qué ves? —la voz de mi tía parecía declamar.

—Veo a la gente, veo las caras de la gente, veo la luz del sol y el frío del nublado.

—No lo dudo —respondió mi tía, distraída ahora, desilusionada—. No tienes por qué no ver. Eso es cierto. Ser ciega es como cualquier cosa, como ser rubia o ser morena, fea o bonita. La ciega es ciega y no tiene por qué no serlo. ¿Qué significa? Es una cualidad, como cualquier otra. Me gustaría que me dijeras cómo ves la luna. La luna es para mí como un manto rojo, ¿comprendes?, sobre un vestido de novia.

Comprendí muy bien, porque los vestidos de novia eran como mantos y los mantos podían ser como la luna.

—El mundo entero es ciego, niñita —agregó ahora con voz dramática, agarrándome tan fuertemente del cuello que sentí ahogo—. Uno pasa la vida llena de luz y a oscuras, y como uno ve, cree una cantidad de tonterías y describe lo que ve, otra gran tontería, y así…, ¿de qué estábamos hablando?

—Del tiempo.

—¿Crees en el tiempo?

—¿Qué tiempo?

—Ya verás. No existe el tiempo. Yo estaba sentada en este mismo sitio, no, más allá, cerca del comedor, cuando vi detenerse un coche y bajar de él a un desconocido. Supe de inmediato que era él y me saludaría sonriente y vendría a sentarse a mi lado; conversaríamos largo y me diría que pensaba construir puentes y tranques y cosas duras… No puedo contarte todo lo que me habló ni cómo él me besó, ni mi miedo, ni la forma de la luna que salía allí detrás de ese almendro, así como interrumpida de hojas y ramas y como claveteada. Era terrible dejarse besar por un desconocido y me volvió el miedo, porque mi papá era difícil y podía verme besándome con él, que estaba haciéndole un trabajo, pero yo le dije de inmediato, para que se me pasara el miedo, que mi padre no me dejaría casarme porque era su hija predilecta y que él era joven y yo aún no sabía su nombre.

—¿Su nombre?

—Óyeme sin interrumpirme. ¿Crees en el tiempo? —me puse a pensar si contestaría sin interrumpir, pero ella no me esperó—. Tiempo después, un año quizá, llegó a casa. Y yo ya lo había conocido. Se lo dije y él respondió que venía del sur y que nunca había estado en la zona, pero le expliqué que eso era una tontería, porque yo lo había visto bajo el parrón una noche de luna, no, era una tarde de luna, son mucho más lindas las tardes de luna, y él aceptó el hecho y dijo que yo era cómica y que le gustaría casarse conmigo. ¿Te gustan los cuentos?

—No.

—A mí tampoco.

Las conversaciones con mi tía eran así y me agradaba oír su voz ronca de fumadora poética y, al oírla, me parecía que tomaba el tono de la persona que lee. Sí, leía sus recortados trozos de memoria, me bañaba su voz, de cuando en cuando me salpicaba su saliva y ella ponía un dejo especial que nadie usaba y ese hablar era para mí.

—¿Qué te estaba contando?

—De usted, de él, de los ciegos.

—Sí, tu pobre madre dice que no ves.

Lancé un quejido de rabia y comencé a morderme el dedo, pero mi tía me dio tal mantón que cayó mi baba suelta y descarriada.

—¿Te dolió…? ¿Qué te dolió?

—Yo veo…

—No digas tonterías.

—Pero si usted dijo que soy ciega y rubia…

—Qué más da. Llevas vida de mineral. No sabes nada de nada y eso es divertido.

Ya en ese tiempo me daba cuenta de que mi ignorancia le servía a la familia como una argolla, todos me tomaban y debía seguir mil cursos diferentes colgando de cuantos brazos quisieran arrastrarme; mi cuello debía ser dócil a la mano que quisiera apoyarse. Los dedos de toda la familia me guiaban como si fuese un buey y tuviera mil yuntas. Los dedos de los parientes sobre mi espina dorsal me indicaban los recodos y las acequias con un claveteado; me empujaban con mayor decisión cuanto más grande era el obstáculo. Tenía dificultad en dejarme llevar, me daba un miedo horrible, ya que no confiaba en las manos de quienes no eran ciegos y creía que me guiaban mal. No me atrevía a quejarme por no ser grosera, porque no me parecía amable desconfiar de la vista ajena y temía ofender a quienes me ayudaban.

Seguí a mi tía, sin embargo, cuando quiso que oyera sus versos y entramos a una pieza más oscura que otras, que olían a naftalina, a lavanda y a encierro. Me empujó suavemente hasta su cama. Ya cerca de ella me sentí mejor, subí de un salto y tomé la posición de gallina clueca, como decía mi tío, es decir, un montón de niñita en un ovillo de pelo y brazos, hasta que comenzaron a luchar en su garganta la poesía y la voz.

Sus versos eran diferentes a aquellos que, años después, leía mi prima Angélica tendida en el pasto cuando un mes de febrero vino al campo a preparar un examen de Castellano.

Desde que conocí el interior del dormitorio de mi tía comencé a quererla. Conocí su cama y me eché sobre sus ropas durante largas horas de muchos días, pero su amistad tenía un precio y el refugio de los armarios también: debía escucharla y comprenderla. No la escuchaba siempre, pero sí la comprendía y llegamos a una cierta intimidad. Fue la única persona de la familia que no se preocupó en ese entonces de mi ceguera; me trataba como una persona normal y no se despojaba de sus prejuicios en contra mía, ni me disimulaba su desprecio. Me gustó tía Clara por ser tan distinta a mi madre y a mi abuela; eso le daba otra dimensión a mi conocimiento del mundo. Tampoco intervenía en las frecuentes discusiones familiares sobre mi persona.

Decían a mi abuela que yo no sabía nada, pero ella contestaba que para algo tenía yo madre y si alguien repetía a mi madre la queja, esta se lamentaba llena de pena y exaltación:

—Es como echarme en cara mi desgracia. Decirme a mí una cosa tan triste. No tienen corazón con una mujer abandonada que solo aspira a conservar lo poco que Dios, en su infinita bondad, se dignó entregarle—. Lloriqueaba un poco. Me tomaba en sus brazos, escondía su cabeza en mi hombro y murmuraba—: Tú sabes que solo deseo lo mejor para ti, pero ¿qué puedo enseñarte yo? Si tuviera algún dinero traería a una institutriz, pero tú sabes que tu padre… para tu padre no existes ya. Cuando pienso cómo te quiso de guagüita antes de que se te notara la deformación, antes de que el médico dijera que la desgracia era irremediable. Tú me comprendes, ¿no es cierto?

Comprendiéndola, y por no ver qué necesidad tenía la gente de atormentarla por mi causa, no se me ocurría otra forma de consuelo que la de no estorbar con mi presencia recordándole su desgracia. “Su desgracia” era yo. Me lo decía besándome, como quien besa un silicio, cuando yo no entendía que la gente necesitara desgracia para ser feliz, pero ella necesitaba de mí, y cuando me escondía me lo reprochaba con inmensa tristeza. Resultaba difícil cambiar tantas veces en un día mi actitud a sus deseos. Pero ella salía sola, perdiéndome entre los arbustos.

Los recuerdos de mis primeros años no se dividieron en épocas sino en sensaciones.

Una vez que estaba yo escondida entre unas matas de alcanfor, oí decir a la abuela:

—¡Dios nos ampare! —lanzó una carcajada absurda, era imprevista en sus afanes como en sus alegrías—. ¿Qué se le ocurrirá a este demonio ahora?

Desde entonces, José Luis y el demonio anduvieron juntos en mi mente. Nadie dejaba de mencionar al demonio antes o después de su nombre: “Déjame y ándate al diablo”, “Este demonio de niño”, “Chiquillo del diablo”, “Vete al infierno”. De ello provino que, en mi más intenso recuerdo, José Luis conservó el olor y el porte de demonio y el demonio tomó la hermosura y la gracia de mi primo. Por eso también un tiempo me atrajo y me aterró el demonio. Hasta que alguien me contó que el demonio había sido un ángel. Ahí se complicó más aún la imagen, porque José Luis no era casi nunca un ángel.

—Claro —comentó la abuela—. Esa mujer no se acuerda de nosotros en todo el año y cuando en las vacaciones el chiquillo comienza a molestar recuerda que no se engendró solo, que necesitó de un padre. A propósito, ¿dónde se mete Luciano? Luciano… Luciano… —gritó despavorida—. Llega tu hijo.

Abandonado por su mujer y con poco dinero, mi tío Luciano había llegado también a casa. Tía Clara consideró su presencia como una copia o una intrusión. Desde su arribo comenzó a desear partir, pero luego olvidó el motivo por el cual debía irse y se fue quedando. Tío Luciano no se dio por aludido de las mil reiteradas frases de sus hermanas, quienes, cada cual a su manera, insistían en que estaba bien que la casa paterna fuera un refugio de mujeres abandonadas (eso lo decía mi madre) o de mujeres que desean la vida tranquila del campo (esto lo decía mi tía), pero el caso de un hombre “es diferente”. Mi abuela, en general, no decía nada, porque si bien es cierto que alimentar a todos sus hijos le resultaba pesado, tenía en ellos una compañía adecuada y la casa volvía a ser la de otros tiempos. Aprovechaba la abuela para hacer recuerdos tiernos sobre su marido muerto y las hermosas épocas en que “estas niñitas” (mi madre y mi tía) eran chiquillas. Aunque estas no resultaban para mí tan niñitas, lo aceptaba, como otra de las mil cosas de la gente grande que uno acepta en la infancia. Mientras, mi tío Luciano hacía su vida entreteniéndose en atormentar a sus hermanas y a mí, para desentumecer un viejo deseo de sufrimiento ajeno.

—Es bueno que también ese padre se acuerde de que tiene hijo —agregó tía Clara, terminando de comer un merengue que le deformaba la voz y le dejaba pegajosos los labios—. Es claro que si arman líos entre Luciano y ese chiquillo del diantre, me largo de aquí y me vuelvo donde Flora.

Siempre amenazó con irse donde Flora, hasta el día en que supo que Flora se había casado. Debió sentir un gran alivio. Estaba por fin tranquila, como si hubiese tocado tierra, aunque la tierra vista fuese un islote desierto. Demostró su dignidad no volviendo a mencionar nunca más a su amiga y guardando un silencio muy poco suyo cada vez que mi tío la insultaba en su presencia o contando anécdotas de la pasada vida de Flora.

—¿Qué va a ocurrírsele a este niño ahora? Porque en algo hay que entretenerse —dijo la abuela.

—Hacer sufrir a la niña, eso lo entretiene —respondió mi madre.

Mi tío se volvió hacia mí, lo sentí cercándome de ojos. Me hundí contra los ladrillos del corredor.

—¿A ti te molesta que un hombre te maltrate? —siempre decía esas frases raras con curiosa entonación—. Si sigues las huellas de tu tía, le tomarás el gusto rápidamente —rio con ácido en la garganta—. No te disgusta nada, creo yo; más bien te gusta que ese demonio de niño te maltrate; los he visto, lo sigues como un perro faldero esperando sus retos, sus improperios, sus dulces y aduladoras palabras —se exaltaba con voz extraña—. Los he visto. Le dice linduras a esta chiquilla solo para burlarse, solo para aprovechar su buena voluntad, y ella feliz…, feliz…, ella…

Yo no escuchaba. Me acostumbré a cerrar los oídos, así como otros cierran los ojos. Me gustaba transformar las palabras, embellecerlas y creer de repente que me estaban diciendo lindas frases de cariño. Así logré evitar los ataques de mi tío y lo vencí, cosa que a José Luis le costó mucho más tiempo y más amarguras. Es cierto que él era su hijo. Pero, además, era rebelde y su primera y más terrible dificultad, me parece a mí, fue aceptar las frases odiosas de su padre y acostumbrarse a su cada vez creciente olor a alcohol. Además, no aprendió a evitarlo. Yo conocía desde lejos sus pasos y me era fácil esconderme bajo los arbustos antes de encontrar su presencia.

—Como no es de los más sacrificados el chico, seguro que tomará un auto en la estación y deberemos pagárselo —insistió mi tía, que recobraba su sentido común cuando la estimulaban.

—Deberemos…, qué frase…, deberemos; como si tuvieras con qué pagar. Pordiosera, eso eres, pordiosera de todo. Yo le pagaré el taxi. Para eso tiene un padre. Para algo es mi hijo; a alguien tenía que salir dispendioso y altivo…, a alguien… —pareció poco convencido de su encono y su voz decayó sin objeto. Nadie lo escuchaba.

Ese año esperé a José Luis anhelante. Recordaba su voz alta y aguda, algo quejosa y cruel, de cuando en cuando triste, como si luego de pellizcarme los brazos y las nalgas hasta hacerme gritar, creciera de repente sintiéndose hombre. Pero no deseaba ser hombre, tampoco quería continuar siendo niño, y ese era otro problema en sus deseos y tendencias. ¿Volvería a atravesar cuerdas en el camino para hacerme caer? A mí me divertía el juego. Sentía un terrible miedo al comienzo, pero al oír a todos mis primos reír con alegría, reía yo también. “Parece una garrapata en la tierra”, chillaban antes de tenderme alguna otra celada. Les gustaba jugar conmigo y me enorgullecía servirles de diversión: me sentía única y pretexto para otras barrabasadas, muñeca y juguete diferente que se amoldaba a sus gustos y seguía sus emociones.

Oí antes que nadie el ruido del automóvil; era tan viejo el taxi del pueblo como el auto de la abuela, que permanecía encerrado y cubierto de polvo en el garaje; gemía desde la última subida como si viniera empujándose. La portezuela se abrió antes de estar detenido, pero los pasos demoraron un momento en dirigirse a la casa. José Luis había pagado y traía él mismo su maleta. Me tendí de espaldas en el suelo para que me viera al pasar; puse cara de estar tocando el sol y sonreí bobamente a la atmósfera como si no lo viera. Pensé que se detendría a saludarme, pero siguió de largo. Lo oí mascullar ante la abuela y supe que ella lo estaba besando. Evitó que mi tía le rozara el rostro con sus labios, pero estrechó a mi madre con calor. Luego, abochornado, sumiso, se sometió a las preguntas de su padre. Como siguiera ignorándome, me acerqué despacio hasta la puerta del dormitorio que la abuela había destinado para él.

—¿Qué hacías allí botada como perro?

—Nada.

Para que José Luis me buscara, volví a esconderme. A veces permanecía en mi pieza hasta muy tarde y otras me echaba bajo la mesa del comedor, donde tocaba los ladrillos que tenían caminos en todas direcciones por donde transitaban las hormigas.

—No sé cómo no la pican —decía mi abuela al pasar—. Lo más bien que se las arregla con esos bichos, porque son como ella, terrestres. En cambio, las moscas…

—En todo caso, es un juego inmundo —decía mi madre.

—Mírala cómo escupe en el suelo —chillaba mi tía riendo a carcajadas.

—No seas cochina, niñita.

No se daban cuenta de que, en vez de escupir, yo hacía lagunas para que se bañaran las hormigas. Mi baba duraba un tiempo en los ladrillos. Antes había intentado echarles agua, pero esta se consumía con rapidez y debí cambiar de líquido.

Un día que me hallaba en la pieza de mi tía, esta entró como un viento. Su apresuramiento era igual a su voz y su confusión fue ingrata al verme echada en su cama como una lagartija. Comenzó a hablar, creo que declamaba, porque los movimientos de sus brazos eran como aleteos; su voz como eco, paisaje o agua; según ella, devenía estridente y apenas oí lo que decía. Al fin comprendí que mi prima Angélica llegaba al día siguiente.

Para ir en busca de Angélica era preciso sacar el Ford de la abuela. La escena de la partida fue, como siempre, conmovedora. Lucho, el chofer, que también trabajaba en otras partes de la casa, abrió de mañana el portón y empujó el auto hasta la entrada. José Luis maniobró el volante y yo ayudé a empujar, porque era divertido quedarse colgada del parachoques en el emocionante momento en que el motor se decidía a partir. Generalmente tomaba esa decisión en la bajada del camino y rugía como burlándose de todos los que nos quedábamos atrás resoplando, riendo y con las manos desocupadas de improviso y la fuerza de los músculos marchita.

—Estará muy linda esa niñita —dijo mi abuela—. La mandan aquí para que estudie, porque fracasó en un examen.

Linda debe haber llegado, porque José Luis, algo menor que ella, no dejó de seguirla cuando vagaba por el jardín con un libro en la mano. Se sentaba a su lado cada vez que tenía oportunidad de hacerlo sin que su padre lanzara un largo silbido de burla o de aprobación hacia la sobrina, cosa que al hijo desesperaba. Siempre había dicho que la encontraba engreída, pero ahora olvidó su juicio y discurrió invitarla a bañarse en el canal a la hora en que toda la casa dormía la siesta.

De alguna manera lo supo mi tío y aprovechó la quietud del patio para acercarse a mirarlos desde la reja que limitaba el jardín del potrero del fondo, donde corría el canal, comentando después a la abuela que estos niños se bañaban casi desnudos. La abuela se sobresaltó un instante, pero prefirió orillar el problema contestando algo de los tiempos, de las debilidades de las madres y del uso indebido de trajes de baño que parecían pañuelos. Pero no se allegó a la reja, porque cerciorarse era peor que suponer un hecho y la abuela no quería disgustos innecesarios.

Yo también los seguí al fondo del jardín, pero encontré a Angélica sola arrastrando una silla de lona sin acertar a ubicarla en un sitio confortable. Al sol le daba calor, dijo, y a la sombra, frío, y la semisombra y el semisol la ponían nerviosa.

—Puede ser que logre estudiar algo —pasó la mano por mi pelo y me alejó de ella.

Sentada a algunos pasos, leía en voz alta su primera lección, como mi tía el diario, comiéndose las palabras y saltándose los párrafos apretados: “Padre nuestro que estás en los cielos,/ ¿por qué te has olvidado de mí?/ Te acordaste del fruto en febrero/ al llagarse su pulpa rubí./ ¡Llevo abierto también el costado/ y no quieres mirar hacia mí!”. Calló un instante, enternecida, y siguió con más emoción: “Padre nuestro que estás en los cielos…”.

A medida que memorizaba el texto iba cogiendo su sentido y enamorándose de su voz. Cambió de ritmo y de inflexión, como mi tía inventaba nuevas voces para que sus versos me fueran tocando. Me divertí oyéndola. En poco rato aprendí de memoria la poesía y, al final de su lectura, comencé a recitar la primera estrofa.

—¡Bah —gritó como si me descubriera—, ya la sabes! Entonces puedes tomármela a mí.

—Pásame el libro —dije, para darme importancia.

—¿Y para qué lo quieres, tonta?

—Me gusta.

—Pero si no lo ves.

Traté de tragar la rabia que esa frase me producía, porque estaba consciente del favor que significaba servir a mi prima y cómo estaría de furioso José Luis cuando supiera que yo la ayudaba a estudiar. Desistí de explicarle que, teniendo el libro en mi mano, yo lo veía.

—Es para que no mires.

—Bah, te sabes una pura estrofa. Después yo podría decirte cualquier cosa y tú me la creerías.

—No, porque yo la oí.

—Tómame mejor esta lección de Castellano —comenzó a leer, y ahí yo me distraje; eso era otra cosa.

Un verso se aprende, pero una enumeración de palabras llamada oración, y un análisis de verbos y preposiciones y qué sé yo, era muy aburrido. Sin embargo, esa tarde aprendí mi primera lección de Castellano y nunca más olvidé los verbos de la tercera conjugación. Me costó imaginar que fuese tercero algo que para mí era único, pero no deseaba discutir con Angélica y temblaba ante la idea de que decidiera deshacerse de mí. La tercera conjugación y algunas reglas gramaticales flotaron en mi memoria vacía como islas flojas. Descubrí cuántas cosas podían venir en un libro tan pequeño y traté de tenerlo misteriosamente escondido detrás de mis espaldas para que Angélica no hiciera trampas. Cuando me cansé partí corriendo, con el libro aún en la mano, y ella aprovechó ese incidente para correr tras de mí, empujarme un poco y desentumecer las piernas. Mas, al sentir llegar a José Luis, escondí el libro entre unas ramas y me alejé cuando pude. Oí que se desesperaba buscándolo y que todos los insultos me iban dirigidos, lo que me alegraba, porque eso era para mí un juego y la lucha estaba llena de emoción.

—No te digo yo que es idiota…

—Y si le preguntáramos dónde lo puso…

—Yo no le hablo a esa ni que me paguen…

—Espérate no más que yo la agarre.

Pero no me encontraron y otra tarde fui a espiarlos mientras se bañaban en el canal. Después de almuerzo buscaron sus trajes y cuando estaban alegres chapaleando en el agua aparecí de repente, feliz de sentir gotas de frescura que entre gritos lanzaron contra mí. Sentía gran curiosidad por saber cómo era mi prima y por qué mi tío silbaba tan largamente que el silbido de su lengua se pasaba a la garganta convirtiéndose en tos y, sobre todo, por qué José Luis no la golpeaba como a mí. Pensando en esto y por querer tocarla, me eché vestida al agua. Acostumbraba a hacer siempre cuanto me venía en ganas. Bastaba que una idea se me cruzara por la mente para que estuviese ya en mis manos. Tenía que tocar la piel de Angélica, saber cómo era ese traje con el que parecía desnuda, conocer su cuello y sus brazos. Así, con el agua hasta la cintura y resistiendo la corriente, me acerqué gritando hasta colgarme de su cuello; me amarré en sus brazos riendo, sin comprender que Angélica se pusiera a chillar. Gritaba como un pájaro nocturno, gritaba como un verraco mañoso.

—¡No me toques así, déjame tranquila, tonta!… ¡Te digo que me sueltes! —con mi peso perdía fuerzas en la corriente. Yo interpreté a mi modo sus gritos y creí que eran parte del juego, dejándome llevar con ella por el agua, apretada a su cuello y tratando de lamer sus espaldas mojadas.

José Luis logró sujetarnos y Angélica continuó persiguiéndome:

—Inmunda… ¡me las pagarás! —de un empujón me echó de cabeza al agua haciéndome tragar tal cantidad de líquido, tierra y hojas, que sentí ahogarse mi boca y mis pulmones—. Es que me da asco esta chiquilla cargosa —seguía ella quejándose, mientras José Luis me arrastraba media muerta hasta la orilla.

—Lo que falta es que te ahogues, miéchica —murmuró—; haces cosas de loca. Ya, ponte aquí al sol para secarte bien —me desabrochaba torpemente la camisa y tiró lejos mis zapatos—, no vayas a enfermarte.

—¿Pero no viste, José Luis, cómo la tonta me lamía como un perro? —se excusaba Angélica.

—No te des tanta importancia ahora —José Luis cargaba contra Angélica y la impresión de tal cambio me hizo bendecir mi caída y toda la mugre que había tragado y hasta los tirones de mi primo sobre mis brazos—. Déjate de hacerte la interesante.

—Es que no viste, te digo… Además yo no soporto que me toquen…, que nadie me toque…, mucho menos esa…

—¿Podrías, alguna vez, entender alguna cosa? —gritó José Luis fuera de sí—. Eres bien cargante tú también —bajó un poco la voz—: es ciega, ¿o no lo sabes? Es ciega y ella tiene su manera…

Volví a casa sola, llena de agua, barro y ahogos, pero contenta, con los zapatos en la mano y sin sentir el calor de la tierra en los pies. “Me das asco”. ¿Por qué? ¿Por qué no le gustaba a Angélica que la tocasen? ¿Cómo podía vivir alguien sin tocar? Es como no ver. Eso sí que era ser ciega. A mí me gustaba tocarlo todo y deseaba que los demás me tocaran. Aun ahora, cuando no toco a alguien, me siento muy sola. Es cálido y amable el cuerpo de una persona; me gustan las manos que saben apretar otras manos, son generosas y veraces y ayudan a seguir andando; y cuando uno pone los labios sobre una mejilla o siente que alguien le besa el pelo; cuando uno logra descubrir la forma de unos ojos o de una boca; cuando se conocen en los dedos el cuello y la piel y se afirma en un brazo y ese brazo toca mi brazo, cree una estar viva, estar entre amigos; pienso, en esos momentos, que los demás son iguales, que tal vez sus almas desean copiar la mía y que tengo un lugar importante entre los hombres.

Me sabía ciega, torpe e ignorante, encontrando esas cualidades igualmente irremediables. No le daba mayor importancia, pero intuyendo una desventaja argüía, como mi madre, que era muy chica, que era inválida y que en la vida no había gran cosa que aprender.

Sin embargo, cuando José Luis habló de mi ignorancia agregando palabras para mí desconocidas, como analfabeta y otras no tan desconocidas, como burra, se lo conté a la abuela, quien me respondió:

—Para algo tienes madre, hijita; que cada persona cargue con su propio fardo. Allá ustedes, nunca me ha gustado meterme en la vida ajena.

Como en esos días la abuela enfrentaba una desesperada lucha contra las moscas, se creía su única víctima y su más vengativa adversaria, cambió rápidamente de preocupación, rogándome que le pasara el insecticida.

—Ya pues, niñita, no te hagas la tonta —se impacientó—. Está ahí cerca de tu rodilla. ¿Qué crees tú que habrá provocado esta ola de moscas? Más cosas para matarlas inventa el hombre, más tercas y fuertes se ponen ellas. Esta mañana amanecí con una mosca sobre la nariz; por suerte había dejado al alcance de mi mano mi matamoscas y la muy pérfida no se me escapó.

Me puse a echar líquido con la pequeña bomba, cosa que me gustaba sobremanera hacer, porque olía el perfume del insecticida y me sentía capaz de perdonar a algunas moscas echándolo hacia otro lado del que me indicaba mi abuela y diciendo por lo bajo: “Ya, escapen ligerito, que tengo que volver”.

—Con moscas no se puede vivir. ¿Has despertado alguna vez con una mosca sobre tu nariz?

—Sí, muchas veces.

—Desagradable, ¿eh?

—Hacen cosquillas.

—¡Qué niña…!

—¿Qué significa ser analfabeta?

—No hagas caso. José Luis es un odioso.

—Dice que no sé rezar.

—¿Eso dice? Mírenlo… ¿No sabes rezar? Malo. Es malo no rezar. Pero eso tiene que resolverlo tu madre, porque no hay mejor educadora que la que no tiene hijos ni mejor administradora de los bienes ajenos que la que nada tiene. Es fácil saber las cosas en las que uno no es parte. Meterse en ellas es distinto. Hace mucho tiempo que pienso que hay que dejar vivir, pero no lo pensaba así cuando tenía a mis hijos pequeños —suspiró la abuela con tristeza impropia, aspirando profundo para serenarse—. No debo ponerte triste, tienes bastante con tus propios problemas, tú también —sonó un golpe seco contra la mesa, un vaso se tambaleó—. Eso, maté otra.

De todos modos debe de haber tratado el tema con mi madre, porque esta, una mañana, me sentó en su falda y tomándome la mano comenzó a enseñarme a persignar. Aburrida de hacer el mismo gesto, una cruz sobre mi frente, sobre mi boca y otra cruz sobre el pecho, me gustaba terminar besando bulliciosamente los dedos todavía cruzados. Después de esa lección, creí que había dejado de ser ignorante, pero mi primo insistió en que lo más terrible era ser analfabeta. Continuaron las clases y creció mi aburrimiento; no encontraba postura y si trataba de retirar mi mano de la de mi madre, esta apretaba con más fuerza y suspiraba descorazonada. Le dije con rabia a José Luis que era responsable de mi desgracia, de las muchas horas que perdía de estar tendida al sol y que si seguían metiéndome rezos en la cabeza se me olvidarían todas las otras ideas, porque siempre me llamaban cuando tenía a medio hilar un pensamiento y al volver estaba olvidado, y era una lástima tener que empezar cada pensamiento desde el principio.

—Eres analfabeta y te pondrás cada día más burra —repitió él con paciencia—. Con el tiempo puedes dejar de ser analfabeta, pero con estos argumentos tuyos seguirás igualmente ignorante. Nadie puede dejar de ser un ignorante viviendo en esta casa.

—¿Qué tiene esta casa?

—Está estancada.

—¿No te gusta vivir aquí? —creí que iba a llorar de pena.

—¿Crees que soy un ente como tú? —preguntó—. No soy idiota. Aguanto porque no me queda otra cosa. No tengo plata ni casa a dónde ir, pero si yo pudiera… hace mucho rato que habría volado a otra parte.

La idea me pareció fantástica. Nunca antes pensé que se pudiera uno ir a otra parte, menos aún volar, y menos que menos vivir en otra casa. Nunca supe que el dinero era importante ni su falta, una limitación. Desde ese momento, el dinero comenzó a tomar una dimensión creciente y desmesurada, un poder mágico. Traté de imaginarme cómo podría yo andar sola por el mundo y entonces José Luis repuso que los ciegos tenían un bastón blanco que les abría el camino y les servía de apoyo. Ahora fueron los bastones los que tomaron blancuras mágicas. Con los años, siempre que me hablaban de dinero pienso en bastones y por ello tengo en la mente a las personas que tienen mucho dinero como seres rodeados de bastones donde ellos, al estirar la mano, escogen el que les acomode mejor. Los ricos escogen sus bastones. Algunos pueden cambiar uno más duro por otro de madera suave y hasta por uno de material sintético; otros deben tratar de no extraviar el único que poseen para proseguir su camino. Hay personas con miles de bastones, millones de bastones, casas hechas de bastones y arcas con bastones guardados; otras con una pila de bastones arrimadas a la puerta. Hay yates de bastones y edificios y automóviles con el color blanco y suave de los mejores bastones. Aunque en mis manos el dinero sonaba y era redondo, no logré disociar ambas imágenes, que si bien eran distintas en su forma, eran parecidas en su primitiva sensación.

Pregunté un día a mi madre que por qué hacíamos tantas cruces para persignarnos y ella comenzó a contar la historia de Jesús, de quien yo conocía de paso una que otra anécdota, dándole esencial marco al momento de la crucifixión. Tuve la sensación entonces de que para ella no eran tan importantes el nacimiento, el milagro, la resurrección: era especialmente devota de la crucifixión. Esa vez la clase de catecismo tuvo resonancia en mí. Sentí una dolorosa transformación interior, y mientras pensaba si eso sería dejar la ignorancia, la idea de la cruz tomaba forma en mis dedos y en mis espaldas. Mientras mi madre hablaba, sentía que todo mi cuerpo era de madera y que se adaptaba perfectamente a la cruz. Salí corriendo al jardín, porque tenía que pensar cómo era posible poner dos tablas en forma de cruz y una alegría extraña y contradictoria sentía en mí.

Meditando me quedé dormida y cuando desperté oí las voces de los niños tras una pirca semiderruida. José Luis, como siempre, dirigía el conjunto y su voz callaba o alentaba a los hijos de la cocinera y otros vecinos con quienes solía jugar a la pelota. Hablaban en voz baja y eso me alentó a escucharlos, pues pasar inadvertida era la forma de oír muchas cosas. Trataban de convencer a una de que fuera a robar cigarrillos a su padre. Se disponía a saltar la pirca y ya no tenía tiempo de escapar. Los esperé de frente, temblando, y en ese instante sentí a uno que daba la voz de alarma.

—Tenía que estar oyendo.

—Yo los acompaño.

—Las mujeres no fuman, eso es cosa de hombres.

—Ya, ándate…, tú eres ciega.

—Que se vaya esta chiquilla.

—Ándate, miéchica, ¿oíste?

—Qué más da, si ella no le cuenta a nadie —intercedió José Luis.

Pero como sentí que me tomaban de los brazos, me eché con rabia al suelo y comencé a patear hacia todos lados para alcanzar a quien se me acercase. Echada sobre mi espalda y girando en redondo, mis piernas se convertían en peligrosas aspas que dolían y exasperaban a la pandilla. Lanzaba patadas a una velocidad vertiginosa sin darles tiempo a que me agarrasen.

—Es bruta.

—Pégale con esa piedra.

—¡A que yo la pesco!

—Esta mocosa de mierda no creerá que tiene más fuerzas que yo.

José Luis se abalanzó contra mí con tal fuerza que recibió una patada en la nariz, lo que le provocó sangre, humillación y más rabia.

Ahora pateaba yo como enloquecida; olía su sangre, que también me llegaba en sus manotazos. En un momento de debilidad me detuvo y arrastrándome furibundo, agarrada de una pierna, seguía repitiendo entre sollozos de ira contenida:

—Si cree que se la puede conmigo, ya verá.

Cuando recuerdo esta escena me parece inventada. No comprendo cómo los niños son capaces de tanta violencia, cómo una vez que pierden la línea, el miedo o la pasión los ciega. Es mucho más cruel un niño que el más malvado de los hombres. Nunca vi tanta furia en tantos niños ni tanta ciega pasión. Lo sé, porque yo la sentía igual, como si cada cual me la estuviese comunicando y yo se la devolviese centuplicada. Solo la debilidad de un niño convierte su rabia en inofensiva. Si sus fuerzas fueran brutales, habría más homicidas niños.

Cuando me sentí devorada por la ira, cuando los sentí a todos tanto o más encolerizados que yo, tuve miedo, horror y no vi nada, se borraron de mí todas las imágenes y fui, por un lapso, totalmente ciega. Comencé a gritar. Al verme ya impotente, los secuaces de mi primo, sin temor a mis pobres manos temblorosas y débiles, me levantaron del torso, arrastrándome sofocaban mis gritos con las pocas manos que quedaron libres. Llevándome en vilo a veces, sobre mi espalda otras, corrieron hasta el más lejano potrero, desde donde mi voz no podía llegar a nadie. En ese momento, uno descubrió un pañuelo en su bolsillo y, deteniéndome para amordazarme, continuaron más libres la inusitada carrera por los surcos. Perdidas las esperanzas de ser escuchada, dejé de gritar y el pañuelo hirió menos la boca callada.

Me tendieron de espaldas en el suelo, sacaron la mordaza empapada de saliva. Sentía en mis espaldas los terrones arados y restos de hierba seca me pinchaban. El sol hería mis ojos al tocarlos tan directamente y por cerrarlos más arrugaba tan horrorosamente el ceño que ellos continuaron con su tarea exacerbados por mi gesto huraño. No deseaba continuar llorando. Comprendía ahora que estábamos jugando y que era mejor reír para que la diversión resultara verdadera. ¿Qué harían conmigo? Jadeaban sobre mí como perros cansados. Siempre me había gustado sentir la lengua de los perros en mi cuello y en mis brazos, y comencé a recuperar mi alegría.

—Tráete dos palos grandes —ordenó José Luis—. Vamos a crucificarla.

Sentí que arrastraban tablas del cerco y una inmensa felicidad comenzó a invadirme. No deseaba hablar para no interrumpir el trabajo ni mi propia emoción.

Sobre los palos cruzados me acostaron y de inmediato mi espalda comenzó a amoldarse a la forma del madero. Sujetaron firmemente mis manos extendidas y mis pies semiabiertos.

—No tenemos clavos —balbuceó alguien, y quise comenzar a gritar de nuevo, pero no pude hacerlo. Varias manos apretaban mi boca.

—No importa… es fácil de encontrar.

Recuerdo con una extraordinaria claridad ese instante, extraña en mi miedo, en mi oscuridad y en mi encontrada emoción. Los imaginaba armados de clavos, de martillos y de lanzas. Entonces, el grito se me dio vuelta hacia atrás y el ahogo fue convirtiéndose en un estertor de suma dicha. ¿Ira?, ¿miedo?, ¿placer? Plenitud diversa, una alta tensión nerviosa antes desconocida e imposible de analizar en esos cortos años. Conservo ese sentimiento como el misterio. El grande y único misterio de mi sencilla infancia. Coronación, flagelación, resurrección, dolor y gozo. Misterio. Sentí una inefable alegría, una alegría que desbordó mi límite corporal. Nunca lo he contado a nadie, he callado el secreto de mi luz, de la inmensa luz, la primera y última luz que vi claramente con mis ojos. Desarrugué mis párpados y se estiraron sin tendones los músculos de todo mi cuerpo; estuve lacia, inerte, luminosa; abrí al sol los párpados y vi el sol redondo, incoloro, inmenso y soporté sin parpadear sus rayos. En ese instante vi mil cosas desconocidas y me llené de ellas para toda la vida. A pesar de mis años acepté el misterio y sentí evidente la transformación que se operaba en mí. Doblé la cabeza, sonreí contenta y esperé.

Comprendí en el silencio del aire que había terminado el milagro y que ya estaba por fin muerta, verdaderamente muerta, clavada en una cruz y, por ello, eternamente llena de gloria.

Esperé. Mi espalda se apegaba realmente a la tabla. Esperé y mis manos sintieron en realidad el entrar de los clavos. Esperé y mis pies sufrieron un gran reconocimiento. Esperé las risas de los niños y deseé decirles que continuaran, que me gustaba el juego, que cada uno estaba representando su papel en el acto. Solo deseaba ahora ver a Jesús, ahora que nos comprendíamos, ahora que éramos una sola carne, ahora que éramos Él y yo una sola cruz.

No supe en qué momento se detuvo el suplicio y cuándo huyeron uno por uno mis compañeros de juego. No oía nada. Vagamente creo recordar que cesaron de jadear sus gargantas y el silencio de ellos fue helado y angustioso. Solo deseaba dormir, continuar eternamente durmiendo. Se habían ido sin saberlo yo. Se fueron, dejándome allí con los brazos extendidos en medio del potrero, cara abierta a la tarde.

El frío de la noche me obligó a volver a casa. No sentí ruido alguno a mi alrededor, pero me sabía vigilada. Todos parecen estar muertos. No encontré a nadie y tuve cierto recelo. Comí sola en la cocina y me fui a acostar. No recuerdo que entonces haya venido mi madre o mi abuela a darme las buenas noches.

Dormí muy bien y cuando desperté a la mañana siguiente y supe que toda la familia se reunía para abrir la correspondencia del día, esperé a José Luis para estar un rato con él. Pero no se me acercó.

Durante el resto del verano no volvió a hablarme. La Semana Santa terminó. Oí que tenía que volver a su casa.

2

Nunca quise mucho a mi tío Luciano. Huía de su arrastrar de pies y de su voz silbante. En general, me gustan las voces, me hacen desear guardarme al amparo de ciertas inflexiones graciosas o agradables; las voces son para mí como la respiración de la atmósfera; y cuando hay voces está vivo el ambiente de los humanos; cuando ellas callan comienzan a oírse otras; son las voces de los espíritus, las voces de los que nadie conoce ni comprende, que llegan a mí y me hacen sentirme, a veces, como una extraña entre fantasmas. Las voces me entran y sacan de diferentes reductos y a través de ellas nazco y muero mil veces en un minuto. Las voces, como para otros videntes los rostros, tienen algo de bueno o de perverso. Las voces están divididas en palabras y cada palabra es distinta para mí; palabras que a nadie molestan me hieren, y palabras que a nadie gustan me gustan. Como notas musicales me suenan diferentes. Las palabras eran, entonces, más fuertes que las ideas y, a veces, su significado no coincidía con la forma en que esa palabra había arraigado. Una palabra abstracta no siempre tenía un significado abstracto. Era una combinación de colores que jugaba en mí. Después estudié la combinación de cada color y el color de cada cosa, pero no lo aprendí. No lo creo. Lo acepto como muchas otras cosas he debido aceptar. Los colores y las voces tomaban formas que solo yo conocía. Me gustaban especialmente las palabras difíciles; al no saber su significado me las apropiaba, eran puras de sentido y, por lo tanto, mías; podía formarlas y deformarlas a mi antojo. El aprender no fue siempre una brecha como creyó José Luis (“te abrirá la mente a otras verdades, te abrirá otros caminos”). A veces sentí una gran desilusión: nostalgia de perder ciertas expresiones que al conocerlas mejor debí abandonar, como una jugarreta de infancia. La palabra jazmín era un techo donde no llegaban los hijos de la cocinera, hasta que supe que algunos sugerían Francia, blancura; marrón no era otra cosa que el término de una carrera donde había una piedra que gemía y reía en las noches de un momento de verano, hasta que parrón pasó a ser el llanto de José Luis y la pérdida de su ilusión, para devenir más tarde en un conjunto de parras de lateral agrupamiento. No siempre las palabras eran asociables a su idea. Las más eran islas solitarias. La palabra ilusión era con olor a quemado y la palabra mustia era cuadrada de color ladrillo. Por eso no me gustaba mucho hablar. Me costaba escoger para los demás palabras que sabía no estaban expresando mi pensamiento. Cuando un día decidí hablar como yo pensaba, la gente me creyó loca. “Yo soy impura”, decía, porque la palabra era redonda en forma de beso y todos se reían a gritos, hasta que mi madre me dio un tapaboca. Busqué otras palabras redondas y a nadie le pareció mal que dijera repetidas veces “porompompo”. Cuando descubrí que era más divertido poner la boca en forma de sonrisa, la palabra “chi-chi-chi-chi” me entretuvo durante mucho tiempo.

Mi tío sostenía que yo era tonta, pero la palabra tonta, aunque era dicha en tono que sugería algo insultante, no me disgustaba y yo le gritaba: “tonta, tonta, tonta”, y arrancaba; la “t” era agradable y me daba cosquillas en el paladar. Entonces, él sudaba algo pegajoso y sus manos húmedas me cogían y húmedas llegaban a mí sus palabras de cólera. Cerraba los oídos y pensaba que nada me estaba sucediendo.

Era, sin embargo, importante para mí por ser el padre de José Luis y sus noticias sobre los estudios de su hijo y sus próximas vacaciones eran interesantes. Me acercaba a él y escuchaba, sufriendo su presencia, para saber algo de lo que leían sus manos en la cara.

Ese verano José Luis fue a la playa con su madre y mi tío resoplaba de furia, pero antes de terminar febrero llegó a casa de la abuela, como siempre. Lo noté cambiado. Venía distinto.

Triste de no poder alegrarlo, segura de que tenía algún problema serio, me revolvía en la cama hasta que me sofocaba. Salía entonces a tomar el fresco y despacio caminaba hasta el final del parrón. Me sentaba en las piedras de cara al cielo y recibía la brisa nueva que movía las hojas. Cada noche, la brisa era distinta: sus interferencias de calma y sus ímpetus cambiaban a capricho, según la hora. Cuando trataba de tomar su ritmo para seguirlo, solfeándolo con las manos, me interrumpió un murmullo que no era pájaro ni grillo ni hoja; parecía una risa. La risa siempre produce una segunda risa en mí. Me doblaba la alegría ajena y me llenaba el corazón. Reía ahora un hombre, pero terminaban los murmullos en resoplidos bruscos y bruscos movimientos sobre el suelo. Hice silencio en mí. Continuaban la risa y el trajín, se afanaba la ropa con las hojas, se aplastaban los quebrados ruidos de los demás seres nocturnos. Yo reía también y me refregaba contra el poste para adaptarme al ruido y seguirlo más de cerca. Súbitamente, el murmullo dejó de ser alegre, dejaron de quebrarse las hojas y se revolcaron los pesos en el suelo. Un gemido fue creciendo, se sumó a él otro gemido, angustia, ahogo, respiración cortada y el último grito de un estrangulado. Luego vino el silencio. Resucitaron las voces quedas y se perdieron los pasos. Asustada, volví a mi pieza. Me deslicé, como siempre, sin ruido, y tratando de no tocarme me tapé con las sábanas. Volví al lugar otras veces parecidas y me acostumbré a aquel alegre coloquio nocturno como si me hicieran participar en la vaga tertulia de la noche.

Una tarde que encontré a José Luis y los hijos de la cocinera afanados en el suelo, aquietadas sus risas y apoyando uno en otro sus muslos, tuve una rabia inmensa. No me invitaban a sus juegos. Supe que trataban de hacer fumar a un murciélago; habían clavado sus alas con alfileres y el pobre bicho echaba humo por una paja. Sentía su estertor ahogado y recordé aquel ruido bajo el parrón. Llamé a José Luis, que se acercó intrigado.

—Tengo que decirte un secreto —dije bajito.

—Di luego y no babosees —respondió, alejando la boca de mi mejilla.

—Puedo mostrarte un murciélago que fuma bajo el parrón.

—¿A qué hora?

—Después de que todos se hayan dormido.

—¿Me pasas a buscar?

—No, te espero en el parrón.

—Tú ves mejor en la oscuridad.

Me puse tan contenta que le ofrecí:

—Entonces me voy a tu cama y cuando todos duerman salimos.

Así lo hicimos. Cuando supusieron que me había dormido y los grandes conversaban en el comedor, yo fui a meterme a la cama de José Luis, al otro extremo del pasillo. Me hice un bulto a los pies y esperé allí bien tapada. Me despertaron las piernas de mi primo sobre mi cabeza, que me rasguñaban la cara y olían a tierra y transpiración.

Cuando vio que todas las luces de la casa estaban apagadas, levantó las sábanas y murmuró hacia el fondo de la cama:

—¿Estás viva o ya te ahogaste?

—No, no; corre tus piernas y déjame un huequito a tu lado.

Salí a la superficie y él gentilmente me cedió un espacio donde poner la cabeza sobre la almohada. Su respiración era agitada. Estaba nervioso.

—¿Estás segura de que existe un murciélago grande?

—Sí, es tan grande como una persona.

—¿Cómo lo sabes?

—Por el ruido que hace al arrastrarse.

Pensé por primera vez en cómo sería un hombre, me pregunté por qué todo el mundo no se llamaría igual y por qué a unos al nacer los catalogaban hombre y a otros mujer. ¿Quién determinaba la diferencia? ¿Era la mamá del niño quien escogía, o el doctor? Por otro lado, muchas veces había oído decir a la abuela “menos mal que no es hombre”, refiriéndose a mí, y acepté el hecho como alguna equivocación de alguien, quizá mi padre más propenso a equivocaciones y más difícil de analizar. Pocas veces me había tocado un hombre. Solo conocía las facciones de la abuela, de mi tía y de mi madre, que pacientes habían permitido que pasara mis dedos sobre sus ojos, sus mejillas y su pelo. También sabía que las personas grandes tenían un pecho blando y mayor que el mío, que esgrimía una cadena de huesos. A mi tío lo había rozado y comprendí por algunos besos de despedida o saludo que tenía el pelo corto y la garganta áspera. Cuando el jardinero me tomaba en sus brazos y trataba de estrecharme junto a sus pantalones, comprendí que estos cubrían sus piernas y que su cara tenía vellos duros. Como José Luis tenía las mejillas tan suaves como las de Angélica, yo no podía saber por qué él era un hombre. Estiré la mano y sentí su respiración, su pecho era como el mío, limpio y huesudo, y cuando quise tocar sus mejillas me dio tal manotón que por poco caigo de la cama. Alcancé a sujetarme de la almohada.

—No pensaba pegarte —dije.

—Es que me… ya, no importa. ¿Vamos?

—Cuando no haya ningún ruido.

—Yo no oigo nada.

—En la cocina están terminando de lavar las ollas.

Volvimos a quedarnos en silencio, él resoplando y yo bien quieta para no provocarlo. Su respiración fue haciéndose tranquila. Dejó de mover el codo como si deseara a cada instante estirar el brazo y el codo lo estuviese reteniendo. Al poco rato volvió a hablar, muy despacio, para no oírse tal vez a sí mismo, seguro como estaba de que yo oía las más insignificantes voces:

—¿Para qué tienes que tocarme la cara?

—Para saber cómo eres.

—Bueno, yo no soy una mujercita para andar aguantando… —Pensé que recordaba la reacción de Angélica.

—Ya sé. Los hombres son distintos.

—Bah…

—Tienen un olor. Tú no tienes ese olor —pensaba en que José Luis era distinto de mi tío.

—¡Qué idiota eres!

—Soy ciega —dije con orgullo porque esa explicación me liberaba de muchas otras y me hacía única.

José Luis guardaba silencio; trataba sin duda de decidirse a vencer una interna repulsión que yo provocaba en quienes tenían que tocarme o besarme o vestirme (esa repulsión que hizo tan difícil a mi padre la convivencia conmigo, que debió dejarnos), tomó mi mano y la pasó por su rostro. Primero sobre el pelo, fue dejándola caer sobre sus ojos, quedó unos instantes sobre su boca y de allí bajó por la nariz hasta tocar la oreja. Al lado izquierdo noté una cosa áspera, pero no era pelo hirsuto de hombre sino una pequeña protuberancia.

—¿Qué tienes aquí?

—Que yo sepa… nada —se tocó él mismo y exclamó—: Bah, nunca me había fijado, parece que es un lunar. Ya, es hora de salir.

Mientras bajaba de la cama a tientas, se estrelló contra el velador y trató de encontrar una caja de fósforos; yo sabía, ya que siempre que la gente se estrellaba con algo en la casa de campo era seguro que buscaba un fósforo y una vela y me preguntaba para qué deseaba calor una persona que acababa de toparse con un mueble.

—Yo te guío —dije, tomándole la mano, y por una vez no me evitó sino que se apretó a ella al traspasar la puerta y llegar hasta la primera grada del corredor. Ya a la intemperie, se soltó de mí, asegurando que la noche no estaba muy oscura y que las estrellas eran bastante útiles después de todo.

Llegamos hasta el parrón y noté que allí estaba aún más oscuro; caminamos por el costado donde las ramas proyectaban, además, la sombra de sus propios troncos y llegamos a la piedra sin contratiempo. Guardamos silencio. Al cabo de un rato, cuando José Luis comenzaba a impacientarse, toqué su brazo. Se oía un ruido. Se acercó más a mí para hacer de ambos una sola sombra. Ahora fue una voz que salía de las matas, bajo el alero donde se guardaba paja, barriles y leña. De la voz alcanzó a brotar una risa que se interrumpió medrosa. José Luis, tenso, se acercó hacia el lugar; se oían el peso de un cuerpo al arrastrarse y un jadeo mimoso. Traté de imaginar al enorme murciélago que había prometido a José Luis, temiendo que me echara en cara la equivocación. Comprendí de pronto que le había mentido, que sabía muy bien que no existía el bicho y que alguien jugaba bajo el alero. Cuando dejaron de oírse las quejas y el silencio volvió al lugar, mi primo no estaba por ninguna parte. Corrí hasta su pieza, salí al patio, subí a la tapia del fondo y no logré encontrarlo. Dando vueltas por el jardín, intuí su presencia bajo el sauce. Lloraba. Comencé a subir a una rama y me recosté sobre su cabeza sin que él me sintiera. Lloraba junto al canal.

—Cochinos, todos son unos chanchos —murmuró y redoblaba el llanto de rabia—. Unos chanchos inmundos.

No deseaba contener la voz ni los sollozos; lo arrastraban, lo fascinaban. ¨Chanchos inmundos…, todos los grandes son malos…, todos cochinos…, quieren que les creamos, pero no pueden negarlo. Son chanchos, inmundos, malos…”. Parecía alegrarse de haber encontrado la palabra precisa, la repetía con fruición. “Chanchos, inmundos, malos. Los grandes…”. Cierto dolor profundo que distinguí en su garganta me hizo creer que iba a echarse al agua de puro furioso y no me atreví a decir nada. Intuía que en el asco que a José Luis le producían su padre, su madre y toda la familia, estaba incluida yo y que su repulsión rechazaba la noche, las estrellas, el correr del agua. Pensé que sus gritos estaban convirtiéndose en gritos de chancho, porque eran roncos, feroces, como no he vuelto a oír en la garganta de un hombre.

—Pst —hice desde la rama, para que me ayudara a bajar, no fuera a echarse al agua así, vestido, con la noche fresca encima, ya que esas cosas, más que ese raro llanto de chancho, eran malas para él y algo terrible estaba sucediendo—. Oye, bájame de aquí.

Además, yo tan diestra en subir a todas partes, tenía terror a los descensos. Nunca sabía qué iba a encontrar bajo mi pie.

—Ándate, imbécil —gritó con tal odio que perdí la esperanza—. Ándate tú también, bruta, degenerada, ciega, inmunda, chancha…, chancha, que si vuelvo a verte, te mato. Asquerosa. Todo el mundo es asqueroso. Yo que pensaba que solo las mujeres lo eran, no, los hombres también, todos son malos, hombres y mujeres, todos son malos, todos son inmundos. ¿Qué hacer, Dios mío, qué hacer?

Comencé a llorar yo también, de miedo, en ese tronco, de pena y desilusión. Fue un concierto aquel dúo nuestro, más cierta risa de los sapos. Yo sobre las ramas de un árbol, apretada al tronco; él abajo, descargando la furia contra el suelo. Esa noche comprendí cuántas cosas yo no podía ver de la existencia. Me supe, por primera vez, distinta a los demás. Supe que ser ciega era malo, que ser distinta es ofensivo y que para vivir es preciso ver.

Temblando contra el tronco me quedé dormida. Soñaba con frío y con dolor de pesadilla, sin distinguir el frío del agua del dolor de mi brazo. Para despertar, grité, grité, grité y no lograron despertarme del todo ni mis gritos. Gritaba más que nada porque iba en brazos de mi tío, cuyo olor era ácido y su rostro duro como de cadáver.

No recuerdo si desperté ese día o al siguiente. Me llegaban los comentarios de la abuela, que lamentaba la locura del mundo y la decadencia de la juventud. “Nadie obedece, no saben de disciplina”. ¿Quiénes? Los jóvenes, sin duda.

—No me digan nada más…, es demasiado tremendo…, los niños están locos. Una se acuesta a dormir en la rama de un sauce como si no tuviera cama, y el otro desaparece… No se puede estar tranquila ni en este confín del mundo.

—Diantre de niño —exclamaba mi tío—, ¿dónde diablos puede estar? Es claro… qué le importa a él el problema que me crea. Ahora su madre se aprovechará de esto. Qué le importan al muy ingrato el enredo y la indignidad en que nos mete. Haber tenido yo que llamar a su madre y preguntarle por él y oírla recriminarme y saber que tampoco está allá. No tiene adónde ir, no tiene dinero, y yo tengo que responder por sus actos…

Hablaba solo porque la abuela seguía su propio hilo mientras sujetaba mi brazo para que no se me aflojara la venda. “Una vez que esté enyesado, podrás levantarte”, me decía a intervalos. Luego continuaba tejiendo. Oía un brusco movimiento cada cierto tiempo y un pequeño golpe matemático al término de cada hilera. Mi tío me acompañaba también, porque estaba nervioso y andaba tras la abuela para distraerse. Lo mismo que yo. Siempre había novedades cerca de ella, aun cuando no lo deseaba, noticias que en algún momento tenían que llegarle. Si el asunto era de carácter transitorio, por no molestarla quedaba postergado. Era una forma de evasión cooperativa. Aquello que la abuela no sabía, podía darse por no sucedido. A la abuela no debía llevársele malas noticias y con ello lo malo no acontecía, pero en el hecho solo se postergaba todo, pues algún día ella llegaba a saberlo. Se quejaba mil veces, se dolía en trance y luego se olvidaba. Al fin y al cabo se había refugiado en el campo, cansada de problemas familiares, esperando que allí no llegasen las malas noticias.

—Ya no se pueden leer ni los diarios. Tragedias por todos lados, batallas, bombardeos, incendios, hambrunas, homicidios. Un día dejaré de leer los diarios y seré feliz. Pero estoy segura de que entonces llamarán para contarme que este bandido de nieto ha robado plata y partido a Dios sabe dónde. Nadie me tiene piedad.

—Solo la Compañía de Teléfonos. No es fácil darle malas nuevas por ese simpático aparato.

—Para peor. La gente no me cuenta lo bueno, lo agradable, pero se las arregla para hacerme saber lo terrible, aunque esté en el fin del mundo.

Como respuesta a sus lamentaciones, sonó la campanilla del teléfono. Mi tío corrió a atenderlo. En esta ocasión se oyeron mitad de palabras, frases inconexas. La madre de José Luis había avisado a los carabineros para que siguieran una pista.

—Y lloraba la muy… —contó mi tío al volver a la pieza—. Es denigrante tener que estar en manos de los carabineros. Niño sin compasión, sin respeto por la casa y la familia, sin amor por su abuela —trataba de halagar a su madre para tenerla de su lado.

—Los niños de hoy no saben lo que es el amor de un padre. Otros tiempos… —pero la abuela no se atrevió a continuar, su instinto alerta delante del hijo que no estaba en absoluto convencido de que, en alguna época, el amor de los padres haya sido un detente.

—Con los años uno comienza a idealizar el pasado. Yo, a veces, me pongo a pensar en lo felices que éramos y que los problemas presentes no deben hacernos olvidar esa felicidad pasada, ya que cada ser trae al mundo su dosis de padecimiento bajo el brazo y cuestión de tenerlos antes o después. La felicidad o la tristeza dependen de cómo se reparte la dosis, de si se usan todos los dolores antes o después, o se reparten sabiamente a través de toda la vida.

—Ojalá se pudiera —dijo mi tío con desagrado—. A veces uno trata de conservar su propia dosis en su propia caja, bajo su propio brazo, y viene otro que se la quita; otro más fuerte que escarba en la caja de uno y saca lo que le conviene. Si cada ser tuviese lo propio, si reconociera su parte en cada acontecer, no se quejaría. Lo que da rabia, lo que frustra, es cuando uno empieza a sacar de su caja, de debajo de sus brazos, padecimientos ajenos, y ve que alguien, en algún momento, le robó el bien que venía en ella mezclado.

—¿Qué insinúas, monstruo? —gritó mi madre, tan fuera de sí que tuve miedo y agarré su mano—. ¿Qué tratas de decirme? ¿No te parece que Dios es quien llena cada caja y no va a permitir que otros escarben sus designios?

—A mí no me importa nada todo eso —murmuró mi tío con sorna—. Nada, nada, es problema de ustedes, hermanitas —supe entonces que mi tía Clara había entrado a la pieza durante la conversación y comencé a oír su respirar ansioso—, problemas de mujeres. A mí no me importa nada, pero me parece muy fácil echarle la culpa a Dios del mal que realizamos y apropiarnos de nuestros méritos. Me voy. Creo que esta espera me está poniendo idiota y para la idiotez no hay nada mejor que un trago.

Desde una silla cerca de la puerta comenzó el delirio de mi tía. Hablaba en voz baja y parecía declamar:

—Dejen a Dios en el cielo, que este mundo está en manos de los habilidosos. Los hábiles lo tienen todo porque hay imbéciles que se los dan. Es decir, los habilidosos se quedan con la mejor parte siempre que estén cerca de un imbécil que se la extienda en bandeja. Se quedan con lo que ellos, ¡habilidosos!, estiman que es bueno; con cosas que posiblemente los tontos no han tomado en consideración. Los tontos, más sagaces en materia de tonterías, están muy a tono en este mundo de tontos y se quedan felices al ser despojados. Como la mayoría es tonta, ellos están bien ambientados y sus tontos deseos los llenan de felicidad. Se miran unos a otros admirados, han descubierto algo fantástico que no es más que otra tontería. La verdadera tragedia se desata cuando un habilidoso desea tonterías o un tonto se empeña por algo inteligente y, no se sabe por qué motivo, eso que desean se realiza; se arma la confusión, la frustración, el caos. Hay que obtener en la medida de uno, en su nivel, para que haya orden. Cuando se cambia ese orden es porque Dios ha metido su mano. No olvides el proverbio hebreo: “No pidas demasiado una cosa, que puedes obtenerla”. Yo te diría, hermana, no pidas una cosa que no te corresponde, que puedes obtenerla—. Mi madre jadeaba silenciosamente, como al límite de una carrera. Yo no sabía qué pasaba en la pieza, por qué el aire y las voces eran espesos—. Yo ya he tenido mi castigo: soy inteligente y solo he deseado tonterías —sonrió, tomando ahora un tono más liviano—. Soy un desorden; solo que el castigo no es tan terrible, porque me gusta el desorden. Tú —se dirigió otra vez a mi madre— deseaste y obtuviste. Dios te arregló el pastel. Yo, a veces, cometí la imprudencia de desear algo inmortal, un amor inmortal, un entendimiento pleno, una comunicación absoluta; lo obtuve y lo perdí; deseé el abismo y también lo obtuve y lo perdí. Una tontería más, ya que no tengo apetitos inmortales.

Se paseaba ahora tía Clara y agitaba los brazos como poseída; pensé si estaría loca, pero no, todo lo que hablaba era lógico, cuerdo, comprensible. Dejando tranquila a mi madre, quería hacer volver a mi tío, que se paseaba curioso cerca de la puerta. A gritos, para que él no perdiese su sermón, dijo:

—Macaco, hombre de paja, ven acá, ¿qué has deseado tú?, puras cosas simples y tontas, a pesar de que si mal no recuerdo fuiste bastante mejor tiempo atrás. Otro desorden. Deseas idioteces y las obtienes, amores con las chinas, refregones con las cocineras, pellizcos al traste de cuanta rota encuentras. ¿Qué más? Mejor así. Nunca supe hasta hoy que quisieras a tu hijo.

La escena colmaba la paciencia de la abuela. Comenzó a implorar y al fin, descorazonada, soltó los palillos para taparse los oídos.

—Un padre siempre quiere a sus hijos —dijo mi madre, ejemplarizadora y amable—, es natural —las ideas en mi mente volvieron a confundirse, porque por primera vez ese día recordé a mi padre y esa presencia casi borrada comenzó a mostrarse—. Una madre, de eso tú, Clara, no sabes nada. Una madre siempre vela por el bien de sus hijos. En ello encuentra su única alegría.

—Callémonos mejor. Estamos diciendo puras leseras —terminó mi tía con fatigado acento y se acercó a la cama para tocar mi frente.

—Dios sabe por qué da hijos —continuó mi madre, ausente—. Dios tiene que saberlo.

—Puede que Dios no lo sepa en el caso tuyo, pero tú sí —replicó mi tía—. No seas hipócrita, mujer; te vas a envenenar con todo lo que tragas.

Mi madre comenzó a temblar. Mi tío, contento de presenciar otra tormenta en la que él no estaba amenazado, entró de nuevo. Mi pieza se hacía estrecha para tanta gente.

—¿Qué deseas tú para esta chiquilla? —dijo con una perfidia que yo conocía.

—Bueno…, un día deseé muchas cosas, pero la vo…

—¡La voluntad de Dios! No jodas más con el pobre Dios, tan usado y requeteusado.

—Deseo —continuó mi pobre madre valientemente— desarrollar sus buenos sentimientos. Tiene alma, ¿o no?

Trataba desde debajo de la almohada, donde poco a poco me había ido refugiando, de compartir su pena, de excusarla de deberes hacia mí y liberarla, pero era difícil decir aquello y mientras pensaba en dónde tendría un caramelo para dárselo y recordaba que seguramente el único de que disponía estaba lleno de legajos en el fondo de mil bolsillo y, gracias a Dios, el bolsillo de mi delantal no se había caído conmigo del árbol, ya que andaba en camisa de dormir esa noche; y que posiblemente la empleada habría querido lavarlo y para ello vaciaba todo el fondo de mis bolsillos en el basurero y seguro no encontraría caramelo alguno ni limpio ni adobado en restos de miga y de tierra, de esa que siempre tengo en mis bolsillos y…, pero mi madre había salido llorando de la pieza y no podía oírme. Sentí dolor en el brazo y comprobé que no podía moverlo. Traté de levantar la mano para tapar mi cara con la sábana y alejarme de todos ellos…

—Deja, hijita —gritó mi abuela—, que te quedarás para siempre con el brazo chueco.

Mi tío ensayó diferentes gruñidos para parecer chistoso, ladridos de perros chicos y de perros grandes, maullidos de gatos y ciertos ruidos de chancho hozando en el suelo, que lo enorgullecían porque con ellos engañaba a la gente y asustaba a las empleadas en la noche. A veces me engañaba hasta a mí lanzando graznidos de cuervo en la oscuridad. Salía al parrón y empezaba a gritar como pájaro de mal agüero y volvía a su cama, gozoso de la noche, de la fresca brisa y de su talento imitador.

—Conocí a una niña tan mala, tan mala, que le salió una mano de rana —croaba para dar entonación a su verso y yo comencé a reír—. Érase una niña tan zonza que se meó sobre una mosca— reímos las dos a carcajadas, pero mi tío no podía dominar su perfidia largo rato, lo ahogaba—. Érase una niña tan bizca, tan bizca, que no veía ni una pizca.

—No pongas nerviosa a la niña —dijo fríamente la abuela, pero él continuó:

—Érase una madre tan buena, tan buena, que su marido dijo corre que te vuela —pero mi madre no oía y su ingenio perdió efecto.

—Borracho, miserable… pájaro de cuenta —espetó tía Clara, tomándolo de la chaqueta para echarlo afuera—. Los tontos que solo desean cosas tontas y no las obtienen, son unos desgraciados. Eres un desgraciado, hermanito.

Mi tío, sin dejarse vencer, reía como un loco. Mi abuela gritaba y ante la algazara entró otra vez mi madre.

—Érase una hermanita tan bruta, tan bruta, que no llegó ni a prostituta —seguía riendo.

—¡Cállate, cobarde! ¿Quieres que diga aquí lo que declaró en juicio contra ti tu mujer?

Mi tía lo vencía y arrastrándolo fuera dejaron más limpia de gritos y olores la estancia. Levanté las sábanas con el otro brazo. Así, apartada por ese pedazo de género, me sentía igual a Jesús abandonado de sus amigos, caminando solo entre desconocidos. Como Él, yo había sido escupida. Porque siempre que un grupo de personas adultas discute, en su afán de aplastar más rápidamente con su odio, siente uno que la bañan diferentes salivas. Esa humedad comenzaba a molestarme y tenía ganas de echarme agua en la cara y lavarme.

Moverme sin las manos es para mí lo que para un vidente es andar sin pies; por ello, mi brazo malo me llevó a una necesaria inmovilidad que me tuvo cerca de la abuela mientras ella registraba papeles antiguos, ordenaba cartas y leía los diarios entre lamentos. Con la excusa de tenerme quieta, me hacía sentarme a su lado en el extremo más asoleado de la galería, cerca de la puerta del dormitorio. Yo me entretenía con el ruido periódico de sus palillos, que era como un acompañamiento agradable a mis juegos mentales. A veces llegaban a la casa niños vecinos y trataban de arrastrarme a sus diversiones. Eran, en su forma, afables y me entretenía seguirlos, pero temía no poder defenderme de sus empujones, no recorrer fácilmente sus presencias con una sola mano. En general, para incorporarme a los juegos de mis primos o vecinos y estar en todo momento atenta, forzaba en tal forma mis nervios que sentía un fuerte dolor de cabeza, que no confesaba para que no me despidieran de su compañía. Ahora aprovechaba este intermedio de paz y me quedaba junto a la abuela quien, para mantenerme quieta, me enseñó a rezar el rosario y a decir yo misma los misterios gloriosos, gozosos y dolorosos.

Generalmente me parecía que esas luces y sombras que yo veía eran la única realidad, y yo me sentía bien en ese tono mientras no vinieran seres que desordenaban con sus comentarios la imagen de ese mundo mío. Cuando mis tíos con sus familiares llegaban me ponían nerviosa, y cuando la casa volvía a su normalidad, tornaba yo a mis lugares predilectos cerca del suelo, echada contra un árbol o cubierta por el toldo de algún mantel.

Mi abuela no me daba sorpresas, conocía sus movimientos y la veía cuando estábamos solas, pero si llegaba alguien se me oscurecía de repente.

—¿Era bonita usted, abuelita?

—Como ¿era? Soy bonita…, tan bonita como tú me ves.

Por esas respuestas me gustaba mi abuela, y porque no me preguntaba nunca qué veía ni me explicaba la forma de una tetera, ni su color, ni trataba de que amara el bello rostro de mi madre. Nunca hacía interrogatorios largos para saber si reconocía a una persona por la voz, por su olor o por sus pasos, preguntas bastante tontas ya que uno conoce o no conoce a la gente porque sí, ya que una ve el rostro de alguien y lo distingue cuando lo siente toser o respirar.

—Las caras son respiros y las voces ojos —dije un día a mi tía y ella empezó a tratar de componer de esa tontería una rima.

Mi conocimiento de las invocaciones del rosario y ciertas clases de catecismo que mi madre me daba cuando comprendía que alguna vez debía hacer la primera comunión, dejaban en mí una confusa mezcla de creencias y repeticiones vocales entremedio de uno que otro misterio. Me fascinaban los misterios. Bastaba que se me definiera tal idea de misterio, explicándome que solo la fe hace del misterio una creencia básica, para que la comprendiese y la adoptase contenta. Mi mente maduraba la idea religiosa.

—Cuéntame, abuelita, cómo pudieron hacer un ataúd tan grande para que cupiera Dios.

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